Читать книгу: «Hay que tener más huevos que esperanza»

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A menudo enfrentamos conflictos importantes en nuestra vida. Y ese dolor, esa frustración o ese desencanto nos hacen creer que nuestros sueños están muy lejos de cumplirse o que incluso son inalcanzables. Sin embargo, en mi trayectoria como terapeuta he podido ver que todos tenemos el potencial para lograr lo que anhelamos y superar los periodos de confusión y estancamiento.
No te voy a mentir, el camino no es sencillo. Llegar a la meta requiere trabajo duro, constancia y huevos, muchos huevos. Pero te aseguro que el resultado vale el esfuerzo.
El libro que tienes en tus manos nació de un deseo de ayudarte a identificar las emociones que detienen tu crecimiento, pero también las que te impulsan. Es una invitación para que busques en tu interior y, a la vez, una guía que te acompañará en tu exploración personal.
Tenemos lo que creemos merecer. Por eso es tan importante que aprendas a conocerte. Si no eres consciente de lo que sientes, piensas y cómo te percibes, te expones a repetir errores dolorosos o, también, a caer en trampas emocionales que tan solo te desgastan. Lo que estas páginas ofrecen son herramientas y estrategias que te ayudarán a abrirte a nuevos modos de sentir y de actuar, para que consigas los resultados que buscas.
En cada capítulo me he propuesto compartirte mi experiencia como terapeuta y conferencista especializada en crecimiento personal. Además de mi conocimiento, me apoyo en las vivencias de otras personas que, igual que tú, se han arriesgado a confiar en ellos mismos para superar situaciones difíciles o conquistar sus metas.
A lo largo de tu lectura verás que recopilo las dos caras de una emoción para que identifiques dónde estás parado y qué camino tomar para llegar a tu meta. Comienzo presentándote el lado negativo (indecisión, miedo, estrés, etc.) porque generalmente es nuestro punto de partida. Después te brindo consejos, estrategias y ejercicios que te ayudarán a cambiar o abandonar esos afectos nocivos. Posteriormente, te presento la cara positiva de esa emoción, los beneficios que la acompañan, cómo trabajar para integrarla a tu vida cotidiana y, al final, te dejo algunas actividades para que lleves a la práctica la información que revisamos.
Desde ya te anuncio que es muy importante que pongas en acción lo que aprendas en estas páginas. De otro modo, todo se va a quedar en buenos deseos e intenciones.
Ya diste el primer paso para cambiar. Este libro que tienes en tus manos es el mejor testimonio de que anhelas crecer. Ahora, ¡atrévete a llegar hasta la última página!
El cambio que buscas no implica dejar de ser quien eres. En realidad, es algo mucho más sencillo. Consiste en saber cómo reaccionas a las situaciones que se te presentan día a día.
Mi énfasis está en tu vida cotidiana, porque ahí es donde se construyen los cambios significativos. No importa tu edad ni a qué te dediques, tampoco tus estudios o dónde vives, lo decisivo es que quieras transformarte y crecer.
Hay que tener más huevos que esperanza es un viaje de emociones positivas y negativas por una razón muy importante: porque representan la postura que tomamos ante la vida. Indican nuestra forma de responder a las exigencias del entorno y a nuestros propios sueños. Reconocerlo es un potente motor de cambio.
Te propongo que mientras leas te concentres en tus acciones presentes, porque ellas son las que en realidad afectan tu futuro. Toma la canasta de huevos que te ha regalado la existencia y deja las quejas, las dudas y la culpa para otro momento. Concéntrate en lo que tienes hoy en tus manos. Enfócate en conocerte. Considéralo un espejo que te ayudará a verte con mayor claridad. Te prometo que no te arrepentirás. Y cuando termines, mi más profundo deseo es que te encuentres con esa persona que siempre has querido ser. Más plena. Dueña de sí misma. Realizada. Feliz.
TOMA LA CANASTA DE HUEVOS QUE TE HA REGALADO LA VIDA Y CONFÍA EN TI PARA SUPERAR SITUACIONES DIFÍCILES O CONQUISTAR TUS METAS.




Un día la vida me propuso cumplir mi mayor sueño. Obviamente, no me lo esperaba. Desde hacía mucho tiempo anhelaba ser conferencista. Quería transmitirle a la gente los temas que veo a diario como psicóloga y neuropsicoeducadora, sobre todo compartirle que nuestro potencial humano no es rígido ni limitado.
Recuerdo claramente la llamada de mi mejor amigo: “Oye, Mónica, ¿de verdad quieres ser conferencista?”. Ni siquiera dudé. Era mi sueño. Y al contarte esto aún tengo frescas sus palabras: “Pues tengo la oportunidad de tu vida”.
Resulta que a uno de sus clientes le acababa de cancelar el famoso conferencista que habían contratado para un evento que tenían a la mañana siguiente. “¿Te subes o te bajas?”, sentenció. Tenía frente a mí la oportunidad que tanto había deseado. No poseía experiencia hablando en público y, vamos, ni siquiera sabía usar PowerPoint para armar mi presentación, pero tenía el tema perfecto: el miedo. “Me subo”, le respondí, sin saber en qué me había metido realmente.
La cita era temprano en un gran hotel de la Ciudad de México y la noche anterior no dormí nada. Jamás en mi vida había sentido tanto miedo como esa vez, porque salieron a confrontarme cientos de dudas y temores: “¿Y si no puedo?” o “¿Y si la gente no me acepta?”. Seguro sabes a qué me refiero.
Total que llegó el día y me presenté en el salón de la conferencia para las pruebas de sonido. En mi desconocimiento y emoción había olvidado preguntarle a mi amigo para cuántas personas iba a ser la charla. Cuando vi el escenario, entendí la magnitud del reto que tenía enfrente. En mi cabeza había imaginado una audiencia de 30 o 50 personas, pero en realidad había más de cuatro mil. El evento era para una importante empresa de ventas multinivel y en ese escenario se habían presentado artistas y expertos de renombre.
Más que sorprendida, te juro que casi estaba en shock. Y, encima, ni siquiera sabía utilizar el control para cambiar las diapositivas.
Mientras me ponían los micrófonos y observaba el escenario, lo único que pensaba es “súbete y hazlo”. Todo iba a salir bien si lo hacía desde el corazón y ahí estaba la respuesta. En ese instante me di cuenta de que solo necesitaba huevos para hacerlo. No había otra forma. Podía quedarme en mi zona de confort y esperar “un mejor momento” o podía creer en mí y lanzarme al ruedo.
Me subí con todos los nervios del mundo. Obviamente, en los primeros cinco minutos tartamudeé y traía un desastre con la secuencia de las diapositivas. Pero decidí respirar, dejé de fijarme en las reacciones de la gente y la conferencia fue saliendo sola.
Al final, en la sección de preguntas y respuestas, uno de los asistentes comentó: “Mónica, ¿alguna vez has hecho algo mientras te estabas muriendo de miedo?”. Me dio risa y les compartí esta historia, igual que lo hago ahora contigo. Estaban sorprendidos de que nunca hubiera dado una conferencia. Les dije: “Créanme que hoy me subí aquí con todo el miedo del mundo, pero me atreví a tener huevos”. Había enfrentado mi miedo y no dejé que me invadiera. Fui yo quien lo persiguió, no él a mí.
Entre los asistentes al evento estaba el dueño de una agencia de oradores y conferencistas que mi amigo había invitado para que me escuchara. Y ese día me contrató. Han pasado seis años desde entonces y no solo empezaron a llegar más conferencias, sino también programas y talleres que a la fecha imparto en distintos países.
Gracias a esa primera experiencia comencé a vivir mi sueño, pero principalmente pude llegar a mucha gente y contribuir a cambiar la perspectiva de cómo ven la vida. Te confieso que para mí ese es el mayor logro de mi trayectoria como conferencista. Me llena de satisfacción recibir mensajes en los que las personas me comentan sus logros o me comparten los miedos que han vencido.
Ese día mi vida cambió no solo porque había dado un paso muy importante para realizar mi sueño, sino porque me di cuenta de que no basta con tener esperanza para que las cosas sucedan, es necesario tener huevos y actuar.
De esa experiencia también nacieron estas páginas. Me emociona como no tienes idea que estés leyendo ahora, porque eso significa que estás dispuesto a conocer tu potencial, a vencer las ideas y emociones cómodas que solo te estancan y a superar el miedo a transformarte.
Te propongo un reto: a lo largo del capítulo vamos a cuestionarnos por qué hay que tener más huevos que esperanza, con qué tipo de emociones queremos vivir y qué nos detiene para cumplir nuestras metas, ¿te subes o te bajas?
Deja de esperar milagros
Antes de la mañana del evento tomé unos cursos relacionados con hablar en público, leí libros muy específicos, estudié incluso sobre el manejo de la voz y otros temas relacionados, todo con la esperanza de llegar a ser conferencista.
Y no quiero que me malentiendas, obviamente la formación es fundamental. Pero lo más importante es que te atrevas a subir al escenario de tu vida. No hay otra forma. Decidirse a actuar es muy importante, porque de otra manera vamos a estar esperando el momento correcto, uno que quizá no llegue jamás.
Nunca vas a estar suficientemente preparado y en el camino puedes encontrar cientos de pretextos para postergar la acción: “Voy a tomar un curso más” o “Es que ahora voy a aprender la técnica de fulano” o “Cuando sepa manejar tal programa, estaré listo”. Es como prepararse para no hacer nada.
Recuerdo a gente que me ha contado en el consultorio que quiere abrir un negocio. Ya fueron por el tóner, la impresora, los archiveros y hasta pintaron la oficina, pero ni siquiera tienen clara su idea o cómo empezar. Y cuando ya no hay nada más que comprar, encuentran una nueva excusa. Creo que lo más importante es hacer las cosas con lo que tenemos. Ahí está la respuesta, el siguiente paso. Pero te tienes que atrever, es decir, tener huevos.
Estamos acostumbrados a ver lo que no tenemos, a funcionar desde la carencia. Constantemente nos recordamos que no podemos, que es complicado ir tras nuestras metas y que las cosas saldrán mal. Aprendemos a ponernos solos el pie y terminamos siendo nuestros peores enemigos porque dejamos que el miedo nos persiga. Pero gracias a mi experiencia profesional he visto que solemos vivir con el vaso medio vacío. Sin darnos cuenta, permitimos que los obstáculos vacíen la mitad positiva, que es donde habitan las oportunidades. Pero déjame decirte algo: si lo decides, puedes llenarlo.
Todos tenemos la oportunidad de cambiar y de alcanzar nuevos retos. Y quizá pienses: “Claro, Mónica, es más fácil decirlo que hacerlo”. ¿Te digo algo? Es cierto. Pero también es verdad que si te lo propones, pronto encontrarás más maneras de llenar tu vaso que de vaciarlo.
Empecemos por reconocer en dónde estás parado. ¿Eres de las personas que viven esperanzadas en que un día se va a cumplir su sueño, pero no mueves un dedo para que suceda? ¿Ves la puerta de la oportunidad y te quedas aguardando a que se abra sola, en lugar de ir a abrirla y entrar? Tal vez te incomode lo que voy a decirte, pero debo hacerlo: lo que esperas es un milagro. Como todo en la vida, hay momentos increíbles de suerte y situaciones mágicas, sin embargo, las oportunidades hay que buscarlas.
Con esto no me refiero a que mañana organices un viaje al Himalaya para escalar el Everest o que a partir de hoy te dediques a buscar la solución que acabe con el hambre en el mundo. Esto definitivamente requiere huevos extragrandes, pero el cambio que buscas seguramente no es así de descomunal. Estoy segura de que la pareja que anhelas o el trabajo que añoras más bien se encuentran en las pequeñas acciones, en los pasos cotidianos que tomas para conseguir lo que quieres. Pero vayamos más despacio. Comencemos por entender qué significa tener esperanza.
La esperanza es un sentimiento positivo y además es precioso porque nos impulsa. Es como una lámpara que ilumina nuestra actitud y nos obsequia una sensación de confianza, pues nos dice que es posible lograr lo que queremos. Eso está muy bien, pero ten en cuenta que este sentimiento solo te acompaña, no resuelve las situaciones. A la pobre esperanza le imponemos la responsabilidad de que cumpla nuestras metas, cuando su tarea es animarnos, no salir diario a la calle a trabajar para realizar nuestros deseos. A nosotros nos corresponde atrevernos a entrar en acción. Es nuestra responsabilidad.
A menudo perdemos de vista que el camino a nuestros sueños se construye en la vida diaria. Ahí está la pequeña trampa. No necesitas grandes proezas ni actos increíbles. Cuando te hablo de echarle huevos a la vida me refiero a esos aspectos sutiles, pero decisivos, que implican:
1. Conocernos, aceptarnos, querernos y defender con asertividad lo que nos importa.
2. Saber que no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos elegir nuestras actitudes frente a ello.
3. Aprender a vivir conectados con nuestra parte más auténtica.
Todo esto está en tus manos, no depende de nadie más. Y tal vez digas: “Excelente, Mónica, pero ¿por dónde empiezo?”. Te doy una pista: comienza por salir de tu zona de confort.
Todos tenemos una canasta
de huevos
¿Qué es la zona de confort? Es un estado mental que nos impide cambiar y evolucionar. Incluso diría que, más que un estado, es una prisión. Me explico. La comodidad que hemos construido a lo largo de los años hace que nos sintamos seguros porque creemos tener todo bajo control. De esa forma la rutina se vuelve complaciente y dejamos de tomar riesgos. En lugar de visualizar nuevos caminos, encontramos cada vez más obstáculos que nos mantienen en el mismo punto. Nos conformamos con nuestra situación actual, aunque en el fondo quizá seamos infelices.
Es importante no confundir una vida estable con llevar una rutina negativa y conformista. La primera es un territorio creativo y de oportunidades. En la segunda, en cambio, te dedicas a actuar en piloto automático. Aquí dejamos de sentir las emociones incómodas, pero tarde o temprano las terminamos sustituyendo por otras dañinas, como la pasividad, la apatía y el vacío existencial. Esto, lamento decírtelo, es terreno fértil para la infelicidad de la que pretendes huir.
Detrás de la zona de confort hay miedo. Este sentimiento nos afecta a tal grado que le dedicaré un capítulo más adelante. Por lo pronto, déjame decirte que ese temor paralizante suele relacionarse con la incertidumbre y la inseguridad. Nos asusta lo que ignoramos y lo que puede pasar. Y atreverte a hacer algo diferente es justamente eso: dejar atrás lo conocido y lo que crees seguro. Incluso si eso significa, por ejemplo, terminar la relación con esa persona que te trae más desdicha que felicidad, pero que justificas diciendo que “no está tan mal”.
Lo peor de la zona de confort es que la gente permite que las circunstancias avancen y que la infelicidad aumente hasta que la situación se sale de control y termina explotándole en las manos. Es cuando el jefe que te paga dos pesos ya te despidió, tu pareja abusiva te agredió o ya te hicieron una grosería que rebasó todos tus límites. Pero ¿por qué tenemos que llegar a ese punto? ¿Por qué esperar a que la vida nos obligue a cambiar?
Déjame contarte algo acerca de la incertidumbre: en realidad es la tierra de las oportunidades. Si lo que te digo es cierto, entonces quizá te preguntes por qué no has podido reconocerlas y aprovecharlas. Tal vez porque no te has dado cuenta de la canasta de huevos que la existencia te regaló. Las quejas son el peor impedimento para verla: “Es que a mí la vida nunca me sonríe” o “Es que no soy guapo como fulano” o “Es que no nací en buena familia”. De nuevo, eso es ver la vida desde la carencia. Sin embargo, tienes una canasta llena de huevos para aprender a detectar las oportunidades, para quererte, confiar en ti y merecer tus sueños. Sobre todo, para atreverte a ir por ellos.
La incertidumbre no es tu enemiga. Al contrario, hay que abrazarla. En ella están los regalos de la vida. Cuando la aceptas, a menudo te preguntas qué obsequio te tiene ahora o con qué te va a sorprender. Son hermosas las sorpresas, ¿no crees?
Seguro ya te diste cuenta de por qué es el mundo de las oportunidades: porque aquí todo puede suceder y, por eso, también puedes aspirar a todo. La incertidumbre es positiva y cuando la incorporas a tu vida, el miedo se acaba porque en verdad quieres estar ahí.
A final de cuentas, es una cuestión de decidir. En mis conferencias siempre le digo a la gente que puede pensar bien o mal y que ambas opciones cuestan el mismo trabajo. Lo importante es qué quieres realmente tú, dónde te quieres parar y qué lugar quieres ocupar en tu vida. La decisión es solo tuya.
Faltan huevos… y un plan de acción
Dejemos algo en claro, una cosa es tener sueños y otra muy distinta es hacerte responsable de ellos. Como ya vimos, ese negocio que quieres, esa pareja que anhelas, esos amigos que buscas no van a llegar solos, debes entrar en acción para conseguirlos. Y cuando asumes tus metas y te haces responsable, entonces armas un plan de acción para lograrlo.
Este plan es una especie de mapa en el que trazas la ruta que vas a seguir para llegar a tu destino. Te recuerdo que no se trata de algo descomunal, sino de pequeñas acciones cotidianas con las que te vas a acercar a cumplir tus metas. “Genial, Mónica, pero ¿cómo lo elaboras?”. Te comparto la receta.
1. Identifica tu meta
Si no tienes claro tu objetivo, entonces comienza por preguntarte: ¿qué quiero?, ¿qué busco?, ¿cuál es mi sueño?
2. ¿Qué necesitas hacer?
En este punto debes identificar las conductas generales que te ayudarán a lograr tu meta. Por ejemplo: ser constante en el ejercicio.
3. ¿Cómo lo vas a hacer?
Este paso está directamente relacionado con el anterior, la diferencia es que aquí debes especificar las acciones que tomarás. De otro modo, solo tendrás una lista de buenos deseos. Por ejemplo: inscribirme a un gimnasio y asistir por lo menos cuatro días a la semana.
4. ¿Con qué cuentas?
Aquí debes considerar los artículos, herramientas, dinero y demás cosas necesarias para ejecutar tu plan.
5. ¿A quién necesitas?
Este punto se refiere a las personas que contribuirán o facilitarán tu proceso, como maestros, instructores, especialistas, entre otros.
6. Plantea las tareas que debes realizar
Es el plan de acción propiamente dicho. Aquí vas a plantear las conductas diarias que seguirás. En este paso es muy importante numerar las acciones que debes tomar. Sé muy específico porque si no terminarás enredándote. Por ejemplo, si quieres aprender a nadar, ¿qué pasos debes seguir? 1) Investiga los horarios y la ubicación de las escuelas de natación cerca de donde vives. 2) Pide informes en la escuela que más te interesa o mejor te acomoda. 3) Inscríbete y compra un traje de baño, etc.
7. Ejecuta
Ahora sí es momento de sacar los huevos de la canasta y usarlos para hacer realidad lo que buscas.
Este viaje que apenas iniciamos es de transformación. Tienes lo necesario para salir de la banca, que es tu zona de confort, y saltar a la cancha a dar el juego de tu vida. Sin embargo, puede que aún no te decidas a salir de ese espacio cómodo porque algo negativo te retiene ahí. Hay cárceles o enemigos emocionales que nos traicionan y nos paralizan, así como áreas de oportunidad en las que debemos trabajar.
Si no somos conscientes de los enemigos emocionales y no tomamos medidas para enfrentarlos, van a terminar influyendo poderosamente en nuestro cerebro. Y esto es importante que lo entiendas porque no es que tu cerebro quiera hacerles caso, es que ellos hablan tanto y tan fuerte que no queda más que escucharlos.
Tú eres tus emociones y por eso es muy importante que las conozcas. Lo que sientes influye en lo que piensas.

Como ya notaste, en este camino de cambio que estás iniciando es fundamental tener claro qué buscas y definir qué quieres. Sin embargo, rara vez nos fijamos en qué nos falla, a pesar de que es un punto muy delicado. Todos tenemos una conducta, un hábito o alguna actitud que nos cuesta mucho trabajo enfrentar o una emoción muy complicada de superar. A esto le llamo el yo negativo.
Así como es importante contar con un plan de acción para acercarte a lo que sueñas, también es necesario tener uno para cuidarte de los enemigos emocionales que impiden tu crecimiento, como la pereza o la inconstancia. Si te gana la desidia y no le das continuidad a tus acciones, no importa lo maravilloso que sea tu plan de acción, las cosas difícilmente van a suceder. Por eso es fundamental enfrentar esas emociones y hábitos que te paralizan.
Ahora te toca ver a tu yo negativo a la cara y tomar las medidas para que deje de ser un obstáculo en tu desarrollo. Utiliza el siguiente cuadro como guía y elabora tu propio plan para identificar y confrontar a tu enemigo interno. Sé muy honesto en reconocer las actitudes, malos hábitos y emociones de tu yo negativo. Después, recuerda ser muy específico en las acciones que vas a tomar. Tienen que ser conductas muy puntuales que puedas seguir en tu día a día.

RECUERDA… 
No esperes milagros, decídete a actuar, porque de otra manera vas a estar esperando el momento correcto que quizá nunca llegue.
La vida puede tener momentos de suerte y magia, pero las oportunidades hay que buscarlas.
El camino hacia tus sueños se construye con pequeñas acciones diarias.
La esperanza es un sentimiento positivo que nos impulsa y nos da confianza, diciéndonos que podemos lograr lo que queremos. Sin embargo, a nosotros nos corresponde hacernos responsables y entrar en acción.
La zona de confort es un estado mental que nos impide cambiar porque creemos tener todo bajo control, así que dejamos de tomar riesgos y de ver las oportunidades de la vida.
El miedo detrás de la zona de confort puede ser paralizante y suele relacionarse con la incertidumbre.
Nos asusta lo que ignoramos.
En realidad, la incertidumbre es tu aliada. Aquí habitan las oportunidades y los regalos de la vida. Aquí todo puede suceder y sorprenderte.
Hazte responsable de tus sueños y ten un plan de acción para lograrlos. Este será el mapa que te ayudará a llegar a tu destino.
Lo que sientes influye en lo que piensas. Es fundamental que conozcas tus emociones para saber cómo trabajarlas.



Una tarde me llamaron al consultorio para preguntarme si podía atender a alguien de urgencia. La emergencia era la muerte de un hijo. El pequeño, de diez años, se había ahogado. Por supuesto que acepté. Pocos dolores se comparan a una pérdida como esa. Tenemos palabras para hablar de la gente que pierde a un cónyuge o a los padres, hablamos de viudos o huérfanos, pero no hay una forma de referirse a quien sufre la muerte de un hijo.
Para mi sorpresa, la mujer que llegó al consultorio lucía entera. Habían pasado dos semanas del trágico accidente y ella estaba sumida en un mundo oscuro de tristeza y desesperanza. Claro, seguía cargando mucho dolor del cual quería hablar, pero también había algo luminoso en ella.
Me contó que después del incidente comenzó a preguntarse qué más había en su vida. Creo que es inevitable plantearse algo similar frente al vacío que deja la pérdida de un ser amado. Y la ausencia de su pequeño por supuesto que era enorme; pero de lo que también se dio cuenta era de que otras cosas llenaban su existencia que había dejado de ver. Tenía a sus hijas, su hogar, amor, amistades y familia que la acompañaban. Y claro, además, también tenía su dolor, al cual decidió darle un sentido positivo.
Tal vez te preguntes qué puede haber de positivo en el dolor y en especial en uno similar al que ella estaba viviendo. Bueno, déjame contarte que esta mamá decidió crear una fundación para ayudar a las familias que han perdido a un hijo. Desde hace algunos años, su organización apoya a las personas para que le den un significado distinto a la muerte. La fundación tiene diferentes programas de apoyo, como una biblioteca virtual con material sobre el duelo, talleres de meditación y yoga para promover la paz interior, así como un hermoso parque en la Ciudad de México, donde los padres pueden rendir homenaje a sus hijos en un muro conmemorativo.
Elegí contarte esta historia porque muestra uno de los grandes retos que enfrentamos cuando el mundo parece no tener salida o cuando creemos que carece de sentido. Es un gran ejemplo de cómo encontrar lo positivo en lo negativo.
Cuando estamos sumidos en el abismo emocional de la desesperanza, perdemos de vista las oportunidades y damos por sentado los recursos personales con los que contamos para salir adelante: seres queridos, trabajo, ciertas habilidades o, incluso, la oportunidad de ayudar a otros a superar el sufrimiento.
Lo que quiero proponerte en este capítulo es muy sencillo: que decidas qué actitud quieres tomar ante los momentos difíciles de la vida, aquellos que se salen por completo de tu control. De nuevo, es una invitación para que veas el vaso medio lleno que llevas en tu mano y que lo colmes de elementos positivos, como la esperanza.
Perder la fe
Una de las razones por las que creo que estás leyendo estas páginas es porque tienes un sueño no cumplido, porque has perdido algo valioso, porque hay una meta que se te escapa o porque buscas darle un giro a tu vida. Muchas veces iniciamos nuestro camino de transformación con una gran confianza, llenos de ilusión y seguros de que alcanzaremos lo que perseguimos. Ese entusiasmo inicial es extraordinario. Pero ¿qué suele pasar después? Nada. Sí, así como lo oyes, no ocurre lo que buscamos porque nos hace falta un ingrediente fundamental: la acción.
“¿Otra vez con eso, Mónica?”. Sí, ya sé que abordamos este asunto en el capítulo anterior, pero déjame contarte de una trampa en la que muchos caemos y que a menudo acompaña esta falta de acción: vivimos ilusionados.
Cada deseo y anhelo suelen venir acompañados de expectativas que esperamos cumplir, como: “Cuando consiga ese trabajo, por fin van a reconocer mi talento” o “Con el dinero del premio haré el viaje que siempre he querido” o “Estaremos juntos el resto de nuestra vida”. Las expectativas son historias que nos contamos sobre lo que queremos que suceda y tienen que ver con una palabra muy curiosa: la ilusión.
En realidad, la ilusión es un elemento psicológico muy poderoso, pues crea la imagen en nuestra mente de cómo y dónde queremos estar. Poco a poco la vamos alimentando de sueños y energía y, por eso, es tan doloroso cuando no se cumple. Esto incluye la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido o una ruptura amorosa. Y aquí, ¡cuidado!, porque la decepción es la puerta de entrada a la desesperanza.
Si nos descuidamos, este sentimiento puede convertir un hermoso sueño en una terrible pesadilla. Pero ¿qué es exactamente? Es cuando crees que todos tus esfuerzos han sido en vano. Te dices que sin importar lo que hagas, los resultados no van a llegar. Y entonces tú mismo te vendas los ojos y dejas de ver los aspectos valiosos que te rodean. Poco a poco esto te va restando fuerza vital y las ganas de seguir adelante. Llega el momento en que deja de haber luz en tu vida y vas caminando con un pesado vacío en tu interior, hasta que terminas hundido en el pantano de la zona de confort.
En mi experiencia como terapeuta ha habido gente que me ha dicho: “Mónica, ¡qué horror! Me pasa algo malo y de pronto se viene todo como avalancha”. Y así es, hay ocasiones en las que algo sale mal en el trabajo, luego en la familia, con los amigos y, cuando menos imaginamos, nos rodea un mar de problemas. Pero ¿te digo algo? Todos tenemos malas rachas. Sin embargo, cuando caes en la desesperanza, lo que no funciona luce más complicado de lo que es, los asuntos simples se ven complejos y todo parece más difícil.
Si dejas que esto avance, corres el riesgo de paralizarte y caer en un hoyo muy oscuro en el que dejas de ver soluciones. En este panorama, lo más seguro es que la desesperanza pronto te susurre al oído cosas como: “Ya nada es posible” o “Acéptalo, nada va a cambiar” o “Esto no va a mejorar” o, peor aún, “Todo está acabado”. Esa voz hace que creas que no te queda más que una salida: resignarte a vivir así.
La desesperanza es como un agujero negro que va tragándose lo positivo, incluida tu fe en todo lo bueno. Y créeme, no hay nada peor que perderla y dejar de confiar en lo que sí funciona y en las oportunidades. Si te resignas a vivir de este modo, empiezas a alimentar una actitud negativa de queja: nada es suficiente, los demás son los culpables, nadie te entiende y todo está mal. Lo peor es que cuando fomentas ese estado de ánimo solo provocas que llegue a tu puerta más de lo que no quieres. Lo que antes podía ser una racha fugaz, ahora atrae situaciones negativas que se repiten y terminan convirtiéndose en un barril sin fondo.
La pregunta importante entonces sería: ¿cómo puedo acabar con esa tristeza, con la apatía, el estrés y la indecisión? La respuesta es muy sencilla, pero te aseguro que va a ponerte a prueba. ¿En qué consiste? Solo acepta la situación. No suena complicado, ¿cierto? Sin embargo, es el primer paso que necesitas dar para salir del círculo de negatividad en el que estás encerrado. ¡Así que toma tu canasta de huevos y sigue!
Sal del círculo negativo
La desesperanza es astuta y conoce nuestros miedos. Aprovecha los acontecimientos negativos y la infelicidad para instalarse en nuestro ánimo. Y si además vives en una zona de confort tediosa y aburrida en la que no pasa nada, su fuerza aumenta.
La monotonía y las situaciones inesperadas son algo común. Forman parte de la vida y muchas veces no tenemos el control de lo que sucede. Y es justo por esa razón que debemos estar atentos a nuestra actitud. Hay que mantenernos alertas y no permitirnos caer en la desesperanza. Además, déjame compartirte un secreto: eres más que tu situación actual.
Es cierto, ¡somos más que nuestras situaciones! Respira un momento y date cuenta de que no eres tus problemas ni tus pérdidas ni tus metas pendientes. Es verdad, ¡solo acéptalo!
Cuando aceptas lo que estás viviendo, comienzas a romper el círculo de negatividad que te aprisiona. Dejas de pelear con lo que te sucede y eso es fundamental para iniciar el cambio que buscas.
Nadie más tiene la culpa de nada, ni tú mismo. Lo que ocurre cuando aceptas que tu relación amorosa terminó, que tu ciclo en el trabajo llegó a su fin o que llevas una temporada estancado personalmente es que te estás haciendo responsable de lo que vives. Así de sencillo, pero también así de profundo.
La aceptación es el primer paso para salir de la cárcel de la desesperanza. El segundo es el cambio de actitud. Si reconoces de corazón lo que llega a tu vida, el siguiente paso ocurrirá con naturalidad. Se trata de estar abierto y, por tanto, tener la disposición para enfrentar lo que se presente. Al final, es una cuestión de decidir. ¿Prefieres gastar energías en quejarte de los obstáculos que te encuentras en el camino o mejor te enfocas en hallar maneras de avanzar? Tú eliges. Lo positivo y lo negativo requieren la misma energía, ¿recuerdas? Bueno, pues a ti te corresponde decidir con cuál te quedas.
Es fundamental que tengas muy presente que la actitud es una decisión. Importa porque esto influye en tus acciones y, en especial, en tu manera de responder a los desafíos de la vida.
Si optas por lo positivo, poco a poco volverás a entablar una relación de amistad con uno de los recursos más poderosos con que contamos los seres humanos: la esperanza. Pero ojo, no confundas esperanza con ilusión. No olvides que la segunda es una idea, una historia que nos contamos sobre lo que debería suceder basada únicamente en nuestros deseos.
Quedarte ahí es vivir en una fantasía, porque la realidad tarde o temprano regresará a reclamar su lugar.
La esperanza, en cambio, es más profunda. No es casual el dicho popular que dice que mientras haya vida, hay esperanza. Hablamos de una fuerza muy poderosa para los seres humanos. Y cuando viene acompañada por la acción, pocas cosas podrán detenerte.
Sin embargo, ten presente que la esperanza no es una varita mágica. Como te indiqué en el capítulo anterior, no basta con pensar las cosas y aguardar esperanzado a que sucedan. Eso sería instalarte en el reino de la ilusión.
Por el contrario, lo que buscas requiere acción y la esperanza es la mejor compañera. Te cuento más de ella a continuación.
La confianza que acompaña
la acción
La esperanza es la llama que nos mantiene vivos en los momentos más difíciles. Nos anima a luchar, a no darnos por vencidos y nos permite mantenernos de pie emocionalmente cuando sentimos que nuestras certezas se derrumban.
En el consultorio he conocido a personas que han pasado por sucesos terribles y si en algo coinciden es que han salido adelante gracias a que aceptan sus circunstancias, toman una actitud positiva y actúan. Si hay una fórmula para encontrar la esperanza, sin duda está en estos tres pasos.
¿Qué actitud tomamos ante una enfermedad, por ejemplo? ¿Nos victimizamos? “Pobre de mí” o “¿Por qué me pasó esto?”. No me malentiendas, las enfermedades son dolorosas, complicadas y difíciles. No obstante, lo que está en nuestras manos es cómo las vivimos.
Quiero contarte algo. Justo cuando empezaba a escribir este libro, comencé a sentirme muy mal. Para no hacerte el cuento largo, terminé dos veces en el hospital debido a las complicaciones de una neumonía que me tomó completamente desprevenida. Te juro que nunca me había enfermado tan horrible. Además, ¿cómo iba a quedarme en cama por tanto tiempo? No fue sencillo. Pude haberme desquitado con quien fuera, ser grosera o estar enojada todo el tiempo. Sin embargo, una parte de mí dijo: “Esto es lo que me toca vivir ahora y voy a tener una buena actitud”. Al final, no podemos cambiar la realidad, pero nuestra actitud puede modificar cómo la percibimos. O te ríes o lloras.
Cuando sucede algo fuera de nuestro control, es importante darnos cuenta de que no somos invencibles. Una mala noticia, una enfermedad, un accidente o el fallecimiento de alguien querido no va a desaparecer por más que lo neguemos. En mi caso, a pesar de sufrir un malestar como ninguno en mi vida, logré ver el lado positivo de la situación: vi a la gente que me quería y se preocupaba por mí, además de que valoré mi situación económica y laboral, ya que me permitió afrontar la emergencia médica. En pocas palabras, vi que mi vaso estaba lleno. Ahí me di cuenta de que cuando vives con esperanza hay todo un mundo positivo dentro de lo negativo.
Pero atención, no se trata solo de visualizar lo bueno y agradable a costa de lo difícil y lo que no te gusta. Como ya mencioné, la esperanza es más profunda y también comprende dimensiones espirituales y psicológicas. Permíteme explicarlo con más detalle.
Espiritualmente, la esperanza se relaciona con la fe, es decir, con una creencia penetrante que nos hace confiar en algo que sentimos pero no podemos ver. Esto va más allá de cualquier religión, costumbre y creencia.
Desde el punto de vista psicológico, la esperanza está ligada al sentido de la vida, o sea, al significado y propósito que le damos a nuestra existencia. Como ves, no es cualquier cosa. Cuando la vida tiene sentido, vemos las situaciones con mayor claridad porque estamos centrados y reconocemos nuestras prioridades. Esto nos permite identificar y trazar las metas que más nos importan.
Asimismo, la esperanza se relaciona con una buena salud física y mental. Diversas investigaciones han señalado los menores índices de depresión que presentan las personas que viven con una esperanza sólida. Se ha comprobado que este tipo de gente se siente más satisfecha en general, sin importar su edad y, también, experimentan un menor grado de estrés.
Otro aspecto que quiero que sepas es que mejora la capacidad social, pues se ha visto que la gente con niveles altos de esperanza se conecta mejor con los demás, ya que no solo les importan sus propias metas e intereses, sino también las de quienes los rodean. Esto aumenta la capacidad de considerar otros puntos de vista y, por tanto, de ampliar la perspectiva que uno tiene de la vida. Date cuenta, es como si te hubieran reservado el mejor asiento del estadio.
Ahora que conoces los beneficios de mantenerte en el mundo de la esperanza es importante que nunca olvides que sin acción no hay resultados. “¿Otra vez con eso, Mónica?”. Sí, otra vez. La esperanza es como una muleta que te ayuda a avanzar hacia tus sueños. Le da firmeza a tus pasos y equilibrio a tus decisiones, pero no va a caminar por ti. Eres tú quien debe tomar los recursos con los que cuentas y movilizarlos en la dirección que buscas.
La acción es la clave. Es por eso que sin huevos no hay esperanza.

Una pregunta que te dará mucha luz en este camino de crecimiento es: ¿cómo utilizas la esperanza? A lo largo del capítulo hemos visto que esta emoción es una herramienta muy valiosa que te da confianza en distintos momentos, sean complejos o cotidianos. Pero ahora déjame preguntarte: ¿tú le ayudas a ella a que cumpla su tarea?
Si pasas por un momento complicado o una situación dolorosa, es importante que te protejas contra la desesperanza o salgas de su círculo negativo. A continuación, te presento un cuadro que te servirá de guía para encontrar lo positivo en lo negativo. Escribe la situación por la que estás pasando y después haz una lista de los elementos positivos que te rodean en este momento.
Esto te ayudará a tomar perspectiva y decidir qué acciones tomar.

Si tu situación, más bien, tiene que ver con usar la esperanza como varita mágica para que ocurra un milagro, por favor regresa al capítulo anterior y elabora tu plan de acción. De eso se trata tu crecimiento: de levantarte, actuar y tener huevos. ¡Adelante!
RECUERDA… 
La desesperanza te hace creer que todos tus esfuerzos no valen la pena y que los resultados no van a llegar.
La desesperanza nos hace perder de vista las oportunidades y los recursos personales que tenemos para enfrentar las situaciones. Los asuntos simples lucen complejos y todo parece más complicado de lo que es.
Cuando te hundes en la desesperanza, sin darte cuenta atraes situaciones negativas que se repiten una y otra vez.
Las expectativas y la ilusión suelen ser historias e imágenes sobre cómo y dónde queremos estar.
Aceptar las circunstancias, tener una actitud positiva y actuar son la fórmula para encontrar la esperanza.
Cuando aceptas tu realidad, comienzas a romper el círculo negativo que te aprisiona. Dejas de culpar a los demás y a ti mismo, porque te vuelves responsable de lo que vives.
Cambiar de actitud es estar abierto y dispuesto a enfrentar lo que la vida te presente.
La actitud es una decisión.
Lo que buscas requiere tomar acción y la esperanza es la mejor compañera.
No se puede cambiar la realidad, pero sí cómo la percibimos.
Cuando vives con esperanza encuentras que hay un mundo positivo dentro de lo negativo.
La esperanza está ligada al sentido de vida, es decir, al significado y propósito que le damos a la existencia. Esto nos permite perseguir las metas que más nos importan.
Sin acción, no hay resultados… Sí, otra vez.
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