Читать книгу: «El arte del amor»

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© 2020 Silvia Fernández Barranco
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El arte del amor, n.º 281 - octubre 2020
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Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-1375-007-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Cita
Jürgen
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice
Jürgen
Alice
Jürgen
Alice
Alice y Jürgen
Si te ha gustado este libro…
Lo que más necesito de todas las cosas es el color.
Claude Monet
JÜRGEN
Los rayos de sol sobre el rostro acabaron por despertarme como una terrible condena: la cabeza latía con vida propia como si fuera a estallarme, la boca seca y el cuerpo dolorido. Abrí los ojos con cuidado para no quedar ciego al instante, en efecto, tuve que hacer dos intentos más antes de poder enfocar la vista en el techo.
«Bien, Jürgen», me animé. Era una habitación de hotel, una suite, «menos mal». ¿Cuántas veces había despertado ya en casa de alguien desconocido? Apoyé los codos sobre las sábanas para poder mirar alrededor. Un baño a la izquierda, cristaleras grandes cubiertas por cortinas finas y blancas inmóviles, un escritorio pequeño y unas sillas. Toda mi ropa, los vaqueros y una camiseta negra en el suelo, más allá, cerca de la puerta, la cazadora de cuero. Sentí mi propia desnudez bajo las sábanas de hilo, pero ni rastro de la ropa interior.
No tenía la menor idea de dónde estaba, ni la ciudad ni el país, ni siquiera qué día de la semana era o cómo había llegado hasta allí. Casi con temor miré a mi lado, pelirroja. Sin nombre. Su ropa cuidadosamente doblada sobre la silla. Intenté salir de la cama despacio, lo que menos necesitaba en ese momento era que esa chica se despertara. ¿Era mi habitación o la suya? «Joder, tío, ¿a qué límite has llegado?», me dije cabreado.
Con los ojos entornados llegué hasta las cortinas y las descorrí con suavidad para no despertarla. El fuerte sol me cegó un instante y suspiré cuando vi a través de los cristales los tejados de la ciudad. Cientos de cúpulas rasgando el azul del cielo entre los edificios y la luz brillante del sol reflejada en ellos. Estaba en la ciudad eterna, Roma.
Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a venirme en forma de flashback y negué decepcionado. Ni siquiera había sido una noche memorable y la resaca duraría todo el día. El maletín con el cuadro seguía allí y podía respirar tranquilo. Soren me hubiera matado si supiera que había paseado aquella joya del Renacimiento por todo el barrio del Trastévere en mitad de una borrachera legendaria. Podían haberme robado, secuestrado y cien opciones más nada agradables, pero si algo he aprendido es que la mejor forma de pasar desapercibido es no haciéndolo.
La suave melodía de Bach comenzó a sonar desde el bolsillo de mis pantalones tirados en el suelo, corrí justo cuando el volumen comenzaba a subir de tono en el móvil, lo cogí sin mirar el número de quien llamaba y contesté con un susurro.
—Jürgen, dime que no te he despertado.
La voz de Nela, la mujer de Soren, mi hermano, sonaba suave y comprensiva como siempre. Miré el reloj, las nueve.
—No, no. Susurré yendo hacia el extremo opuesto de la habitación.
—¿Interrumpo? Hablas tan bajo que casi no te oigo.
—¿Qué quieres, Nela? Si llamas para saber si tengo el cuadro, dile a mi hermano que sí, ha sido fácil —mentí.
La pelirroja acababa de despertarse y con una sonrisa apartó las sabanas, invitándome a volver a la cama. Con un gesto del índice sobre mis labios y una sonrisa encantadora que no sentía, le dije que se mantuviera en silencio un momento. Mientras Nela hablaba en mi oído miré a la mujer con atención. Era más joven de lo que solían gustarme, ni siquiera recordaba cómo se llamaba. La cabeza empezó a doler más y mi estómago se revolvió con angustia.
—Soren está preocupado por ti, me ha pedido que te diga… —la voz de Nela seguía hablando, desde Waldhaus. Hacía meses que no veía a Soren y a Nela. Meses fuera del único lugar que podía llamar hogar, quemando las interminables noches y pasando cada día de resaca en resaca y de mujer en mujer. Huyendo de mí, en busca de algo que no lograba encontrar, fuera lo que fuera no estaba en Berlín, París, ni Roma, ni donde hubiera estado antes. Con la excusa de cumplir los encargos de Soren recorrí todas esas ciudades, llevaba una semana en Roma, o eso creo, pendiente de la subasta de ese cuadro. Había usado métodos poco honestos para hacerme con el lienzo que quizá hasta mi hermano desaprobaría.
—Nela, mañana te veo.
Colgué sin dejar que mi cuñada se despidiera. Era hora de volver a casa, a Alemania, a Waldhaus, hora de reencontrarme con mi hermano y con viejos recuerdos.
La pelirroja descubrió su cuerpo en una clara invitación que no me atraía demasiado, me di cuenta de que seguía desnudo y recogí los pantalones del suelo con cierta timidez ajena a mí.
—Perdona, preciosa, ¿esta es mi habitación o la tuya?
JÜRGEN
El viaje en avión lo pasé dormido, recuperando cada célula de mi cuerpo de los excesos del alcohol y la falta de sueño. Desperté justo al aterrizar en nuestro pequeño aeropuerto, iba sin maletas, en algún momento las había perdido en algún hotel o coche, ni idea. Agarré con fuerza el maletín con el lienzo. Soren estaría contento, hacía ya un año que le perdió el rastro a su juguete, en Berlín. Sus obsesiones acababan siendo las mías porque ahora no se podía mover con tanta libertad como antes, iba a tener un hijo. Otro de los motivos por los cuales me fui de Waldhaus, la casa del bosque había cambiado con la llegada de Nela, demasiado calor familiar para un sitio que siempre fue un mausoleo frío y sin amor, lleno de fantasmas y miedos.
Tal vez Soren no quisiera vender «el cuadro de los papas» como lo llamaban desde el siglo XVI en que lo pintó Da Vinci para el papa León X, uno de los pocos encargos que consiguió realizar el pintor para la sede de la cristiandad. Quizá mi hermano quisiera incluirla en la colección de la familia, entre nuestros tesoros artísticos. Tendría que ser entre los privados porque ese cuadro no debería haber salido nunca del palacio episcopal del que lo robaron hacía ya dos años. Seguro que Nela no tenía ni idea de aquella subasta ilegal en la que habíamos participado. Por primera vez en días sonreí mientras conducía el coche de alquiler por la estrecha carretera, arropado por los altos abetos alemanes y pensando que debería comentárselo a ella en cuanto llegara y, de paso, cabrear a Soren. Me miré en el espejo del retrovisor, el verde de mis ojos era el mismo y las ojeras casi habían desaparecido, por fortuna mi cara ya no reflejaba la juerga de la noche anterior.
Bajé demasiado deprisa la carretera, poniendo a prueba mis reflejos, hasta que tras una curva apareció el lago, y reduje la velocidad. El verano acababa y la paz volvería a aquel rincón de Baviera, al sur de Múnich. Los turistas y las familias se irían huyendo del frío y nos dejarían con un otoño helador tan cerca de los Alpes, y nieves más tempranas de lo normal. Estaba anocheciendo y la silueta blanca de Neuschwanstein dominaba el valle con la grandiosidad de sus torres, el castillo de cuento de hadas entre las montañas que atraía a turistas del mundo entero me dio la bienvenida. Dejé atrás la fortaleza y seguí la carretera adentrándome en los bosques. Aquella era mi tierra y mi hogar. No creo que pasara este invierno en la casa.
Las verjas negras tardaron un poco más de lo acostumbrado en abrirse, la entrada a la finca estaba llena de guardas armados y se había doblado el número de cámaras en el exterior. O mi hermano estaba paranoico por culpa de la llegada de mi sobrino o algo inusual pasaba.
Desde la garita dos guardias saludaron al reconocerme y, al fin, abrieron después de lo que pareció una eternidad.
Waldhaus estaba iluminada por los focos del jardín, la luz se reflejaba en la antigua fachada de piedra blanca, en las ventanas ojivales que marcaban cada piso y en las cristaleras de las dos torres, a ambos lados del edificio central. Los tejados en forma pico brillaban bajo la luz artificial y la hiedra había comido parte de la fachada hasta alcanzar el estudio de cristal de Nela, donde restauraba los cuadros. Había pasado demasiado tiempo fuera, igual que mis hermanos adoraba aquella casa, llena de recuerdos horribles, pero también el único refugio que conocíamos desde niños. Obligados a viajar por culpa de nuestro padre, o a estar internos en colegios, solo aquel lugar era el centro de nuestras vidas, allí crecimos y lloramos, a veces hasta reímos. Allí ya no quedaba nada de nuestro padre, Soren lo había enterrado en Berlín, donde ya no podría alcanzarnos nunca. Sus rígidas costumbres y su amor por las palizas y la bebida no nos hizo llorarlo precisamente.
Entré bajo la atenta mirada de los guardias, dos de ellos, los que vigilaban la parte delantera, hicieron un movimiento con la cabeza a modo de saludo. Nada más atravesar las puertas de madera, con sus grandes cristaleras, el enorme cuadro de la entrada me dio la bienvenida, el lienzo del pintor Caravaggio me recibió con nostalgia, envuelto en el olor a manzana que provenía de las cocinas. Helga y su famoso pastel de manzana. Antes de que apareciera mi hermano cogí el maletín con el cuadro y lo dejé sobre la mesa del estudio, quizá debería haberle puesto un puto lazo rojo. Ya estaba en casa.
ALICE
Los nervios aún no se habían calmado, salí de Heathrow con la incertidumbre por encontrarme con Nela, había pasado demasiado tiempo y ahora, en el aeropuerto de Múnich, seguía temblando como una niña ante el primer día de colegio.
Una decisión rápida, sin pensar, me había llevado hasta su nuevo hogar en Alemania, quizá la última discusión entre Colin y yo había sido demasiado fuerte, demasiados gritos y reproches para dos personas que se casaban en apenas unas semanas. ¿Cómo una simple conversación, un sonido del viento o una hoja al caer nos despierta del trance de saber que nuestra vida no va en la dirección adecuada, que tal vez, solo tal vez, podría vivir otra diferente? El camino no siempre es recto, pero ya había agotado todas las curvas posibles, viraje tras viraje, y Colin era mi recta, precisa e imperturbable, solo tenía que volver a encontrar la dirección correcta. No habíamos anulado la boda, al menos oficialmente él no, nos habíamos dado un tiempo para reflexionar y ya me arrepentía de ello.
Esperaba que Nela ya estuviera allí, tras la línea de seguridad, con una sonrisa enorme. Tardé un poco más justificando en seguridad la cantidad de chocolate con menta que llevaba en mi bolso. Nela frunciría un poco el ceño al ver el color de mi pelo, una decisión que ni había pensado, cambié hace unas semanas el rubio por mi color natural, un castaño claro, ¡es que muchas cosas habían cambiado sin ella!
Nela era risas y café por las tardes, confesiones y miradas cómplices. Tristeza por no vernos y un abrazo cálido cuando algo dolía, era el último caramelo de la bolsa y la alegría de compartirlo conmigo. Nela era la confianza de saber que en algún lugar del mundo estaba ella, la única persona que podía comprenderme porque Nela era el color azul, el de la amistad, los buenos consejos, el cielo de un día en Hyde Park…
¿Seguiría Nela con su olor a pintura y a rosas? La abrazaría como si fuera otra vez a escaparse de mi vida para vivir con un loco alemán que amaba tanto el arte como ella. A nuestro lado pasarían con sus gestos, su ropa, sus voces, uno y mil colores difuminados que nunca entrarían en mi vida, personas ajenas a ese reencuentro, y Nela sonreiría, porque ella no sabía que ya no podía verlos. Los colores habían muerto para mí hacia tanto tiempo que solo tenía un vago sentimiento de cómo eran y cómo los pintaba. Estaban entre mis recuerdos, mamá era el blanco con matices rosas como el color de sus mejillas… Mi padre, gris, del color de sus corbatas. Nela, azul y Colin, el rosa. Sabía que sonaba extraño, pero era como me sentía a su lado, cuando todo parecía perfecto entre nosotros y disfrutábamos al ver una película, sentados en el sofá de su casa. Así era antes, cuando podía pintar y cada sentimiento tenía un color, hasta que un día simplemente dejé de verlos, podía imaginarlos, pero no volví a sentirlos, y dejé de pintar.
Volví al ruido del aeropuerto y esperé mi encuentro con Nela, un encuentro que fue muriendo mientras mis pasos me llevaban a los tornos de salida de la terminal. Tras la cinta de seguridad, no estaba ella. Confundida, miré a un lado y a otro. A mi alrededor, la gente se reencontraba: abrazos, saludos fríos, algún que otro cartel con el nombre de personas, nadie para mí.
Se había retrasado, solo eso. Sonreí por mi estupidez y me deshice del bolso colgado al hombro. Me eché a un lado junto a los aseos y, para poder llamarla, me puse a buscar el móvil en la maraña de cosas que había llevado a mano. Mi pesado y enorme bolso, lleno de pequeñas cosas que la mitad de las veces no necesitaba, pero que estaban ahí, por si acaso.
—¡Nooo!
Alguien me empujó, el asa se me escurrió, no sirvió de nada que intentara poner mi rodilla para parar la imparable caída de todo el contenido sobre el suelo. Lo único que de verdad me importaba eran las tres tabletas de chocolate y menta de Hans Sloane, el mejor regalo que podía hacerle a Nela, su marca favorita. Las cogí casi en el aire antes de que tocaran el suelo y caí de rodillas.
Unas botas de montaña, de puntera de acero, se detuvieron junto a mi preciada carga y un hombre se agachó junto a mí. Un mechón color miel le cayó sobre el rostro al coger la única tableta de chocolate que estaba en el suelo y la sostuvo dándole la vuelta con curiosidad.
—¡Gracias! —esbocé al agarrar el extremo antes de que él me la devolviera.
Entonces levantó la mirada, unos ojos verdes profundos del color de las hojas de menta bajo unas cejas más oscuras que el color de su pelo. Un rostro que hacía girar a las mujeres que pasaban a nuestro alrededor con todo el descaro del mundo. No soltó mi preciada carga como esperaba, sino que se levantó, y yo, desde el suelo, admiré su cuerpo. Unos vaqueros oscuros ceñidos a sus piernas y una camisa blanca remangada hasta los codos. Sin ninguna duda, deberían estar prohibidas esas camisas que tensan los músculos de los brazos y las espaldas anchas. Con una sonrisa, me tendió la mano, unos dedos largos con un anillo enorme en el índice. Miré su mano y su sonrisa, una después de la otra. Esos ojos debían estar prohibidos por alguna ley internacional.
—¡Gracias! —balbuceé de nuevo, un momento antes de levantarme. Él seguía teniendo en la mano el chocolate de Nela y lo giró para verlo por un lado y por el otro—. Perdona, ¿puedes devolvérmelo? —pregunté con cierta timidez, impresionada por su descaro.
Sonrió y, si pensaba que era guapo antes, ahora me pareció… buuf…
—¿Es After Eight? ¿Eres inglesa? —preguntó con un profundo acento alemán en su perfecto inglés, devolviéndomelo sin borrar su sonrisa y esas finas líneas que rodeaban sus labios y alrededor de los ojos. La punta de mis dedos se rozó con los suyos y su enorme anillo brilló bajo las luces artificiales del aeropuerto.
—Sí, es un regalo —volví a articular con poco acierto—. Estoy esperando a alguien.
¡Ojalá siguiera percibiendo los colores y pudiera clasificar en mi mente a ese descarado alemán!
Las puertas de la terminal se abrieron y el olor a ese hombre, agradable y suave, a algo que no lograba ubicar en mi memoria, me llegó impulsado por el viento de fuera. Era casi invierno y en Alemania se presentía ya un frío horrible.
Un grito me envolvió, aún con mi bolso en la mano, haciendo equilibrios, y la mitad de mis cosas en el suelo.
—¡Alice!
—¡Nela!
Ahora sí, nos fundimos en un abrazo lleno de saltos, pisamos todas mis cosas, sin importarnos, y nos separamos un instante con los ojos como platos, sus ojos azules y los míos bajaron a la vez hacia lo que nos separaba varios centímetros. Una enorme barriga de embarazada que nos hizo reír aún más. No supe cómo actuar, tocar su vientre, prometerle que todo saldría bien ahora que estaba allí, o seguir llorando.
Aparté la mirada buscando los pañuelos entre mis bolsillos y las lágrimas que luchaban por salir, llorar en público iba contra toda mi severa educación de manual inglés. Fue entonces cuando reparé en la sombra que permanecía a nuestro lado, en aquellos ojos verdes que nos observaban en ese momento que tenía que ser mágico y solo nuestro. Su pelo rubio oscuro se agitó de nuevo en torno al rostro y creo que suspiré ante aquel hombre y la fuerza que exudaba por cada poro, una energía capaz de barrer el aeropuerto entero.
—Alice, este es Jürgen. El hermano de Soren —dijo Nela con orgullo. Así que el hombre de los ojos verdes era su cuñado.
Resoplé con una sonrisa mitad aliviada, mitad culpable por mis palabras, más bruscas de lo habitual, era el hermano de Soren. Si en ese momento hubieran medido mis pulsaciones me habrían dado por muerta. ¡Se parecía tanto al marido de Nela! Cuando él se acercó sin dudar y me dio un suave beso en la mejilla sentí un hormigueo recorrer el punto exacto en que sus labios se posaron en mi piel, nunca había olido ni sentido la energía pura en una persona como en él.
—Soy Alice Barday, la amiga de Nela —dije sin pensar, ese hombre me ponía nerviosa. Jürgen. Sus ojos verdes, lagunas frías, se posaron en mí, desde los pies al último pelo de la cabeza. Permanecí más tiempo del necesario escrutando su rostro, intentando averiguar qué pensaba de mí, como si de pronto tuviera toda la importancia del mundo conocer su veredicto.
JÜRGEN
—Soy Alice Barday, la amiga de Nela.
¿Es una broma? Tiene que ser una jodida broma. Cuando oía hablar a Nela de su amiga, imaginaba a otra persona, una amiga delgaducha y bajita, compañera de sus clases de historia, o yo qué sé, todo menos una mujer así. El pelo castaño recogido en un moño prieto que tiraba de su rostro hacia atrás y unos ojos marrones, del color de las hojas en otoño. No demasiado alta, pero lo suficiente para que admirara sus largas piernas bajo los amplios pantalones de vestir. Sus mejillas, cubiertas de pequeñas pecas y una sonrisa llena de hoyuelos dedicada a Nela. El penitente conquistador que llevaba dentro dio saltos y aplaudió tanto, el muy cabrón, que no dejó que oyera (en realidad sí lo oí, pero bastaba con ignorarlo), era la «amiga de Nela», intocable.
Lo que menos esperaba al regresar a casa, después de tanto tiempo, en busca de paz y tranquilidad, era que esperábamos visita al día siguiente: la amiga inglesa de Nela iba a pasar unos días en Waldhaus, antes de que mi sobrino naciera y, ante mi sorpresa, Soren se lo había permitido a ambas.
Allí estaba ella, Alice Barday, con sus pantalones de pinzas azul marino y su camiseta de los Rolling bajo una chaqueta del mismo tono apagado que sus pantalones, con los ojos entornados escrutando mi cara, la barbilla levantada, su desconfianza pintada en el rostro y su moño tenso anudado con fuerza. A primera vista parecía una chica estirada y tímida, pero ahora que veía sus gestos sencillos y la forma de bajar la mirada, me cuadraba más con el carácter de Nela.
—Encantado, Alice —dije tras darle un suave beso en la mejilla. Al hacerlo, rocé su cuello con la barbilla y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Su piel era suave y sin perfumes.
—Deja que te ayude con las maletas —reaccioné al fin con frialdad. Sin dejar que ella contestara, cogí sus cosas.
Allí estaba yo, huyendo de una vida de desenfreno, juergas y mujeres, para encontrarme con una monada inglesa de ojos increíbles entre el dorado y el castaño. Tal vez estar en casa unas semanas no sería tan aburrido como pensaba y podría distraerme haciendo claudicar a aquella estirada inglesa.
—Heiner nos espera fuera —ordené mientras las dos me seguían entre chillidos y risas. El camino a casa se iba a hacer largo.
ALICE
Frente a la puerta de la terminal nos esperaba un enorme coche con el tal Heiner, que debía de formar parte de la seguridad de Nela y su chófer. Supuse que en algún momento me acostumbraría a la altura de aquellos hombres y sus mandíbulas cuadradas para no sentirme tan pequeña entre ellos. Nela y yo nos sentamos juntas en la parte de atrás y, enfrente, Jürgen. Se trataba de un coche enorme con dobles asientos. Durante todo el camino, mientras Nela y yo nos poníamos al corriente de nuestras vidas, desde el corto espacio de tiempo entre nuestra última llamada y ese momento, sentí la mirada de Jürgen sobre nosotras. Esos ojos verdes no eran lo único de lo que debía huir, su rostro de cincelada mandíbula tenía un bronceado que no esperaba encontrar en un alemán; se notaba que había estado en algún lugar soleado de vacaciones. Al contestar a Nela con un sí o un no, sus ojos brillaban y la piel se tensaba a la altura de la comisura de los labios, formando unas líneas seductoras. La mano me tembló al pensar cómo sería rodear su rostro con ambas manos, hundirlas en su cabello rubio e inclinar la cabeza sobre el hueco del cuello para sentir su piel bajo los labios.
—¿Cómo están tus padres?
Tuve que mirar a Nela dos veces para olvidar los estúpidos pensamientos que ese hombre despertaba en mí.
—Bien, están muy ilusionados con la boda y con Colin —dije en voz baja como si el hecho de pronunciar su nombre en voz alta delante de Jürgen me avergonzara.
—¡Tengo unas ganas enormes de conocerle! ¡El hombre que por fin ha conseguido enamorar a mi Alice! Pero ¿por qué tan rápido? Creí que, el día que conocieras al definitivo, te lo pensarías mucho antes de casarte.
Nela, como siempre, sin medias tintas ni rodeos. La había echado mucho de menos. ¡Estaba tan guapa con esa tripita llena y la cara más redonda! No podía criticar a Colin ahora. No era justo que yo juzgara nuestra relación a raíz de los últimos días. De todas las cosas que había hecho en la vida él era seguramente la mejor y más acertada de todas, como decía mi padre, pero últimamente Colin tenía demasiado trabajo, apenas nos veíamos, como si al poner fecha para la boda algo hubiera cambiado en mí. Discutíamos por cosas absurdas las pocas veces que conseguíamos estar solos y luego, arrepentida, pedía perdón. ¿Dónde estaba el maldito manual de cómo casarse y estar segura de que es el hombre de tu vida? Colin era todo lo que se podía esperar de una pareja: atento, sexy, educado, fiel y todo lo que se pueda imaginar cuando alguien habla de relaciones. Se llevaba de maravilla con mi padre; de hecho, trabajaban juntos y él lo miraba como si ya fuera su hijo y heredero de sus conocimientos en la banca de la City. Entonces, ¿qué haces aquí, Alice?
—No lo sé, Nela, el amor llega así, ¿no?, de repente —contesté con una sonrisa sin entrar en detalles. Colin simplemente había aparecido en el momento oportuno, cansada de conocer chicos e intentar que funcionara. Mi gran desfile de amores fracasados y relaciones absurdas.
—Sí, supongo que sí —dijo Nela pensativa mientras sus ojos me escudriñaban en busca de respuestas. Después, parecían prometer, no iba a convencerla sin más.
—Colin y yo nos enamoramos la primera vez que nos vimos —aclaré hacia el rostro insondable de Jürgen, él permanecía absorto en la pantalla de su móvil, ignorándonos.
¿Por qué ha sonado tan frío «Colin y yo»? Hablaba como una persona ajena a todo lo que había vivido en los últimos meses. El paisaje, a través de las ventanillas, comenzó a cambiar a medida que salíamos de la gran ciudad hasta dejar la enorme autopista por una carretera más pequeña. A los lados, enormes bosques de abetos ocultaban pequeños pueblos de tejados rojos y negros. Todo el rato, asomados a las copas de los árboles, se divisaban en la lejanía las enormes montañas del sur de Alemania. Poco a poco, al ver el paisaje, lograba comprender por qué Nela se había enamorado de esta tierra. Mientras nos adentramos en el valle, un lago apareció ante nosotros, aguas azules cristalinas que copiaban los árboles y el cielo con sus nubes. Primero, lo vi en el reflejo del agua y parpadeé, no una, sino dos veces, confundida. Al elevar mi mirada hacía la roca fue cuando, por primera vez, vi Neuschwanstein, el castillo de hadas imagen de mil fotografías. De muros de piedra blanca, elevado sobre un valle con un pequeño pueblo de casas con tejados inclinados y ventanas de madera. Sus torres redondas desafiaban a las montañas y los árboles centenarios. Las fotos no hacían justicia al castillo más famoso de Alemania que, con sus formas estilizadas, se alzaba como si se tratara de una construcción irreal para desafiar al cielo. Un paisaje y un castillo que creía magnifico hasta que el coche entró hacia una pequeña carretera de tierra, los enormes abetos formaban sobre nosotros un arco con sus ramas y los rayos del sol se difuminaban sobre el camino mientras las sombras nos engullían.
El tono de mi móvil anunció un mensaje. Deslicé la pantalla para encontrarme con un mensaje de Colin y dudé un momento si contestar, para después apagarlo sin leer su contenido. «Más tarde», me dije, como si fuera a desaparecer o pudiera simplemente obviarlo.
—Son los bosques bávaros —Jürgen, que todo el rato había estado en silencio, habló al captar mi sorpresa, con una leve sonrisa burlona, sus labios se curvaron para volver a ignorarme.
—Es un paisaje increíble, esto es precioso.
—Espera a ver la casa. Waldhaus, en alemán, significa «la casa del bosque» —dijo Nela.
Atravesamos unas verjas negras y, poco a poco, el camino ondulante por el bosque se fue aclarando hasta que en una explanada enorme apareció la casa. Waldhaus, la había llamado Nela.
JÜRGEN
Encerrado en el estudio, oía el incesante parloteo de mi cuñada y esa chica mientras recorrían la casa. Cotilleé la mesa de Soren, llena de papeles, artículos de obras subastadas en países de nombres impronunciables, catálogos de colecciones y, junto a todo, muestras de color rosa y beis, fotos de flores y papel de colores. La decoración para el cuarto del futuro Müller parecía acaparar la mesa de mi hermano. Cuando Soren volviera, esperaba que pusiera orden y tirara todo a la basura.
Como si lo hubiera invocado como al mismo demonio, la puerta se abrió y él entró con paso decidido. Con el paso de los años nos parecíamos más y más, él quizá un poco más rubio y con los ojos azules en lugar de verdes, como los míos. Él era idéntico al rostro de los retratos de la escalera, al de todos los Müller, al de nuestro padre. Era así como debía ser, Soren es el heredero de todo.
No me equivocaba, al ver su espacio lleno de porquerías ñoñas, ladeó la cabeza con fastidio y colocó la papelera al final de la mesa. Con el brazo arrastró todo hasta que cayó en el cubo.
—¿Ya está aquí la chica? —preguntó Soren, como si desconfiara de que me hubiera portado bien y hubiera llevado a Nela a buscarla al aeropuerto. Ni un saludo, ¿para qué?
—Sí, hermanito, anda por ahí con tu mujer. ¡Joder, lo que hablan!
Soren sonrió, quizá porque Nela llenaba su carácter callado y reservado con interminables frases y sonrisas, ya no quedaban apenas silencios en la casa.
—¿Cómo está Alice? —preguntó Soren y, al hacerlo, la sorpresa se reflejó en mis ojos. ¿De verdad le importaba a mi hermano o era por Nela?
—Muy buena —contesté con una sonrisa que lograba siempre desesperarlo. Al acercarse, golpeó mi hombro para llamarme al orden.
—Sabes que no era eso lo que preguntaba, Jürgen. «Le vendrá bien a Nela tenerla por aquí», y punto, eso debías contestar. Aléjate de ella, se casa el mes que viene y, si le jodes la boda a su amiga, Nela te matará. Y nada de fiestas, ni amiguitas medio desnudas recorriendo la casa.
Ambos recordábamos el momento en que conocí a Nela en aquel mismo estudio, yo con una rubia colgada de mi cuello y ella, con su habitual timidez, me caló al instante con una sola mirada.
—He cambiado, hermanito —afirmé muy serio porque así lo sentía, o al menos eso quería pensar. A punto de sonreír, sé que Soren me dejó de prestar atención al minuto al ver el maletín en el que estaba el cuadro. Sus ojos brillaban con interés—. Ahí tienes tu juguete, ¿tienes comprador?
—Sabes que podemos permitirnos quedarnos con él.
—Lo dices porque no sabes lo que pagué por él…
Casi con reverencia saltó los dos clics de seguridad del maletín y con las dos manos cogió el lienzo con admiración. Era pequeño y eso permitía no tener que enrollarlo, era tan antiguo y delicado que lo trataba con sumo cuidado y admiración. La luz de invierno, que entraba por los ventanales y arrojaba destellos sobre las paredes llenas de libros, nos permitía observarlo con detalle. Los bordes estaban comidos por el tiempo y el color amarillo, tan característico de las viejas obras, lo cubría y difuminaba. Soren me miró complacido, con una sonrisa de triunfo. Su mirada en ese momento fue adrenalina pura, poder y victoria.
—Jürgen, ¿te costó mucho sacarlo de Roma?
—No demasiado, tuve que sobornar a algunas personas, pero fue fácil. Había otros hombres en la puja que no se tomaron muy bien que los Müller nos lo lleváramos. —Distraído, me acerqué hacia la pared de libros que llegaba hasta el techo.
—¿Debemos preocuparnos? —preguntó Soren, inquieto.
El mercado del arte negro era así, grandes familias pujábamos por obras robadas o desaparecidas para luego venderlas a su vez por el doble de lo que se había pagado. Los Müller éramos eso, cambiantes de arte o marchantes desde tiempos del abuelo. Unas veces más honestos que otras. Arruinados tras la primera gran guerra, nuestra familia había encontrado la manera de subsistir y encontrar el beneficio de los conflictos en Alemania. Tras un golpe de suerte, en la segunda gran guerra, el abuelo se hizo con obras de arte que sobrevivieron al expolio nazi, siempre al margen de la política y de los horrores que rodeaban al país. Todas fueron escondidas en los sótanos del castillo de la otra orilla del lago, en Neuschwanstein, y él solo tuvo que ir a recogerlas cuando la guerra terminó.
—No creo, pero en la puja estaba Andréi.
Andréi era todavía el marido de nuestra hermana, Meike. Se habían separado un año antes cuando ella se enamoró del guardaespaldas de Soren. La enemistad entre ambas familias era desde entonces insalvable.
Soren iba a preguntarme algo cuando la puerta se abrió de golpe y las dos mujeres irrumpieron en el estudio.
—¡Soren, has vuelto! —gritó Nela. A la carrera se colgó del cuello de mi hermano.
Para cualquiera que conociera a Soren eso era como un milagro cada vez que lo veíamos, me alegraba por él, pero a veces el carácter de Nela desprendía tanto cariño y corazones que me ponía malo.
Detrás de ella, con cierta timidez, entró su amiga inglesa. Enseguida percibí sus mejillas rojas y el movimiento nervioso de sus manos.
—Alice, me alegra verte.
Soren la saludó desde lejos y ella no hizo ademán de acercarse. Conocía como todos las neuras de mi hermano: si él no mantenía contacto físico, nadie podía tocarlo, una de las grandes herencias que había dejado el cabrón de nuestro padre. Los tres recibíamos sus golpes, pero Soren fue su blanco más veces de las que podía recordar. Un niño solitario y callado, huía de la gente y de nosotros, hasta que Nela entró en Waldhaus.
—Yo también, Soren, te agradezco mucho que hayas permitido que os hiciera una visita. La casa es… ¡es preciosa!
Me dieron ganas de reír a carcajadas, la tímida Alice evitaba mirar en mi dirección desde que entró por la puerta. ¿Huía de mí?
ALICE
Intentaba no ver las cosas que Nela no me había contado en todo este año, los guardias armados de fuera, las obras de arte colgadas en las paredes, un lienzo en un maletín negro. Los Barday no éramos pobres, no me era desconocido el lujo ni las cosas hermosas que podía comprar el dinero, pero toda aquella casa estaba llena de obras de incalculable valor. No era ostentoso, nada sobraba en aquel lugar, pero en la casa se respiraba un aire tenso desde mi llegada. No había sido buena idea venir a Waldhaus. Cada vez estaba más convencida de que los Müller rayaban la ilegalidad. ¿Cómo encajaba Nela en todo ese mundo? ¿En qué momento sus principios habían cambiado tanto?
Helga, la mujer que al parecer se ocupaba de toda la casa, era un encanto. Rubia, de generosas proporciones y permanentes mofletes rojos, me había tratado con amabilidad. El resto de las personas que conocí en las últimas horas me trató con verdadero cariño, pero me sentía bienvenida y a la vez espiada, como si todos desconfiaran de los extraños.
Y allí estaba otra vez Jürgen, con sus inquisidores ojos esmeralda y esa sonrisa de triunfo al ver cómo lo evitaba. Colin es más guapo, con su aire elegante de inglés y sus ojos azules. Debía centrarme en pensar en Colin, no dejar que lo que ocurría en la casa me distrajera. Ahora soy otra persona, más madura y centrada, con un futuro prometedor. He aprendido a seguir las normas y todos a mi alrededor tenían razón, soy más feliz siguiendo la senda correcta, como dice mi padre. No puedo perder la cabeza por un rostro atractivo. Todas las parejas discutían y más aún a falta de unas semanas de la boda. Era totalmente normal. Este tiempo alejados ya me hacía echarlo de menos. Colin envió mensajes para ver si había llegado bien, por si era bien recibida en la casa, y lejos de molestarme su habitual forma de controlarme me reconfortaba saber que después de ser yo quien quería aplazar la boda, siguiera preocupado por mí. Él fue quien insistió en mantener la fecha, Colin pensaba que siempre podía cambiar de idea, que todo se debía a los nervios de última hora e incluso me animó a que me tomara un tiempo. Lo que no le hizo gracia fue que quisiera venir a ver a Nela y ahí estaba ese punto que siempre estropeaba las buenas acciones de Colin.
—¿Dónde están todas las muestras para el cuarto del niño? —Nela me sacó de mis pensamientos con esa pregunta inocente.
Con cuidado, los dos hermanos se miraron con una sonrisa mientras ocultaban a la vista de Nela la papelera llena de cuadernos de colores, muestras florales y tarjetas en blanco. Toda mi atención estaba puesta en el maletín al que Nela no le prestaba la menor atención, estaba abierto y un cuadro reposaba en su interior. Intentaba asomarme para ver qué era y, disimulando, di un paso hacia él.
—¿Quién ha tirado todo esto? —les regañó Nela con el ceño fruncido.
Aprovechando el momento en que estaban discutiendo, entre risas, me acerqué con paso dubitativo a echar un vistazo.
—Así que te quedarás aquí unos días.
Jürgen se interpuso entre la mesa y yo, con su cuerpo y con esa sonrisa encantadora a la vez que burlona. Para detenerme, posó sus manos en mis brazos, a la altura de los codos, y una corriente recorrió al momento mi piel desde las muñecas hasta los hombros. Al levantar la mirada hacia él, encontré esos increíbles ojos verdes profundos, con una mirada tan seria que parecía atravesar mis pensamientos. Sin pensar, di un paso atrás intimidada por su presencia.
—Eso no es de tu incumbencia —me advirtió él con voz grave al ver que mis ojos se abrían sorprendidos.
—Solo curioseaba, es lo malo que tiene trabajar en un museo, no he podido evitar ver la cantidad de obras de arte que tenéis aquí y me preguntaba si era alguna nueva adquisición.
Al fin, se relajó, sonriendo, e inclinó la cabeza hasta llegar a mi oído.
—No seas curiosa, Alice, no está bien hurgar en las cosas de los demás. Además, tú no eres restauradora, ¿no? Te ocupas de las relaciones públicas del museo, ¿verdad? —Esa voz grave y potente, capaz de sacudir cada fibra de mi ser, se acercó tanto a mi piel que retrocedí otro paso hacia atrás.
¡Poco sabía él que había hundido de verdad el dedo en la herida! Nela jamás contaría lo mucho que me dolió el día que me apartaron de la restauración, tenía poca paciencia, poca disciplina, decían. Como si de una niña se tratara, Jürgen me apartó y cerró la tapa del maletín con cuidado. ¡Como si me interesaran sus asuntos! En ese momento, al ver mi expresión, se rio con ganas y con el dedo índice en mis labios me ordenó que callara señalando a Nela y Soren.
—Silencio, están entrando en bucle. —Nela por fin había visto el maletín, el tono de ambos era bajo a la vez que iba creciendo la tensión en aquella habitación—. Ven —ordenó Jürgen con mi mano entre las suyas, arrastrándome hacia la puerta, sin opción a que pudiera resistirme, hasta sacarme fuera de la habitación. Al salir cerró despacio.
No sé si se dio cuenta de que nuestras manos seguían unidas cuando nos deslizamos hasta la salida. Era tan incómodo que necesitaba detenerme y dejar de sentir sus dedos cerrados sobre los míos.
—¿Qué haces? Suéltame de una vez.
Sin hacerme caso, atravesó la puerta de entrada con sus enormes cristaleras y bajó los escalones, pasamos entre dos árboles y cayó sobre un banco de madera apoyado en la fachada. Se trataba de un pequeño refugio en la fachada lateral, la pared cubierta de hiedra y los pequeños setos creaban la ilusión de estar en un hueco con la piedra rodeándonos por todas partes.
—Cuando se ponen así es mejor huir —rio como un niño—. Soren al final descarga su cabreo conmigo o con quien pilla más cerca. ¿No querrás que te fastidie la escapada y te mande de vuelta a casa?
Estaba anonadada, ese hombre era increíble, después de arrastrarme con él como si lo conociera desde siempre, se sentaba tan tranquilo. Tampoco quería invadir la intimidad de Nela y su marido, así que, en lugar de escapar, me quedé en aquel sitio, me senté y esperé confundida.
—No te entiendo, ¿la escapada? —pregunté mirándolo, tal vez fuera por culpa del idioma que no le entendía, su inglés de acento alemán, un tanto ronco y profundo. Por primera vez tan cerca, le observé despacio, apreciando las pequeñas arrugas que aparecían alrededor de las comisuras de los labios y de los ojos al sonreír. Tenía encanto, era indudable.
—Sí, ¿por qué ibas a estar aquí si no? ¿A qué has venido, Alice? ¿De qué huyes?
Silencio, las palabras no brotaban de mi garganta y la mente se había quedado en blanco. ¿Cómo se atrevía?
—No huyo, estoy aquí por Nela, quería verla antes de la boda.
—Ya —una sola palabra llena de ironía—. ¿Problemas en el paraíso prematrimonial? ¿Cómo dijiste en el coche?, Bobby, ¿no? ¿Es que Bobby ya no quiere casarse? No, espera, eres tú…
—Es Colin, no Bobby —contesté molesta por su tono irónico.
—Como sea, los dos son nombres anodinos. ¿Es inglés como tú? ¿De esos de la raya a un lado y traje de raya diplomática? ¿Té a las cinco y flema inglesa?
Intenté permanecer impasible mientras le veía reírse de Colin, o tal vez de mí.
—¿Y tú, Jürgen? —le pregunté al levantarme del asiento de piedra. A su lado no podía concentrarme en hablar y sentirlo tan cerca. Perpleja, vi cómo se sacaba del bolsillo un cigarrillo liado y lo encendía sin preguntar. La cerilla rasgó la caja y el humo me molestó al rodearnos en una espesa columna gris, allí dentro el aire no se movía—. Está claro que no eres de los que disfrutan del campo ni de estar encerrado.
Conseguí llamar su atención y clavó su mirada interrogadora en mí, pero al momento sonrío con un gesto de la mano como si pasara de lo que le decía.
—Esta es mi casa, estoy a gusto aquí. ¿Por qué dices eso, dulce Alice? No me has contestado, ¿problemas con Rusty?
El tono con el que cambiaba el nombre de Colin acabó de sacarme de quicio. ¿Qué le habría hecho yo a este idiota? ¿Y Nela tenía que convivir con él? Ahora recordaba alguna ocasión en que Nela me había contado del incorregible hermano de Soren, su afición a las mujeres y a las fiestas.
—Déjame adivinar, Jürgen, coches caros, bebida, chicas, trajes y fiestas. Eres un estereotipo fácil de calar.
—Prototipo —repitió confundido al traducir la palabra al inglés con poco acierto. Sin querer, hizo que sonriera al ver su ceño fruncido por primera vez.
Jürgen apagó el cigarrillo contra la pared de piedra y se levantó con energía, ya no sonreía. ¿Por qué tenía tantas ganas de enfadarlo? De alguna manera me sentía amenazada por su atractivo. En cuanto empezaron sus ataques debí darme la vuelta y entrar en la casa. No me gustaba, era peligroso con esa arrogancia. Pero ¿por qué había acertado con sus preguntas y mis respuestas no dadas? «Porque hay fisuras, Alice», me dije, pequeños resquicios de rebeldía que debía cerrar para dejar de ser aquella universitaria alocada y sin rumbo.
—Sí, tú, Jürgen, pareces alguien que disfruta de la vida, sin ataduras y que, cuando su hermano mayor le tira de las orejas, vuelve a casa.
Esa risa otra vez, como si nada le llegara dentro y nada le importara.
—¿Crees que me has calado, niña inglesa? —dijo acercándose con un solo movimiento, tuve que mirar hacia arriba para encontrarme con sus ojos. Estaba enfadado—. Nadie me tira de las orejas desde hace años, pero sí de otra cosa, ¿quieres probar?
Tan cerca, pude sentir el calor de su cuerpo y los latidos de mi corazón, golpeando deprisa. Desde que le vi en el aeropuerto algo me presionaba el pecho cada vez que estaba cerca de él, y sus groserías no hacían más que encender esa pequeña llama de calor, nadie a mi alrededor jamás había sido tan brusco ni tan grosero.
—¿Siempre que no quieres escuchar algo te vuelves impertinente?
—¡Qué palabra tan bonita, Alice, «impertinente», muy inglesa! ¿Te la enseñó Rusty?
No tenía por qué seguir escuchando a ese idiota prepotente, así que giré para irme sin que él lo impidiera.
—¡Estás aquí, Alice! Te estaba buscando. —Nela se detuvo en seco para mirarnos a los dos con los ojos entrecerrados.
—¡Eh, Nela!, ¿Qué tal mi hermano? ¿Ya le has cabreado bastante?
—¡Cállate, Jürgen, disfrutas viendo a Soren así! Vamos, Alice, te enseñaré tu habitación. Luego hablaré contigo. —Amenazó con el dedo a Jürgen. Me giré en el último momento para ver cómo Jürgen volvía a recostarse en el banco y encender otro cigarrillo. Con la mano me dijo adiós de un modo tan irónico que hice una mueca irritada.
Seguí a Nela al interior de la casa, escaleras arriba, sorprendida por la reacción que había tenido con Jürgen, como si debiera justificar mi forma de ser y mis pensamientos ante él.
ALICE
La habitación era preciosa, de techos de madera bajos y colores cálidos. La cama, enorme y alta, con una mullida colcha anaranjada. Entre los altos pinos la luz entraba a raudales a través de los ventanales. Una suave brisa se movía entre las ramas y lanzaba sombras sobre las paredes de piedra. Cuadros preciosos, reproducciones de Van Gogh, Cézanne, todas de pintores impresionistas, todas seguramente elegidas por Nela al conocer mis gustos.
Nela fue a sentarse frente a la chimenea apagada, en una de las dos sillas, aprovechando que investigaba cada rincón de la habitación.
—Necesito sentarme, cada vez me cuesta más subir las escaleras.
Su tono cansado llamó mi atención y con decisión acerqué una de las sillas y me senté frente a ella con una sonrisa de satisfacción.
—¿Cómo estás, Nela?
—¿Cómo crees? ¡Gordísima! —contestó entre risas tocándose la enorme tripa en un gesto cariñoso. Sus ojos volaron a los míos, se incorporó un poco y atrapó su mano con la mía. Con una sonrisa y sus dedos enlazados la llevó hasta su abultado vientre. En ese momento sentí el enorme calor que desprendía la vida que ya estaba casi formada en su interior—. Y feliz, muy feliz, Alice.
—Nunca te había visto así, estás radiante, Nela. —No quería emocionarme, pero me pareció sentir un movimiento bajo la palma abierta que Nela sujetaba.
Si alguien hubiera dicho, el día que nos conocimos siete años atrás, que seríamos como hermanas, quizás me hubiera reído en su cara. Ella, apocada y tímida, había entrado en silencio en el pequeño apartamento de estudiantes en el que vivía. Aquel día, como tantos otros, estaba preparada para salir, era la fiesta de principio de curso. Mi segundo primer curso en Bellas Artes. Todo lo hice en contra de los deseos de mi padre, que quería que estudiase Económicas. Busqué a propósito una universidad lejos de casa, en un país extraño, y me matriculé en la carrera que podía hacer de la pintura una profesión. Después todo vino rodado, fiestas, drogas, noches locas… y entonces apareció Nela y me dijo que por qué aquella noche no me quedaba con ella para conocernos. Y la Alice que era joven e impulsiva, esnob y prepotente, lo hizo.
—¿Qué ocurre, Alice? ¿Por qué estás aquí cuando deberías estar eligiendo centros florales y probándote vestidos de novia por todo Londres?
—No lo sé, Nela. —Era increíble cómo todo el mundo me acorralaba y ni una palabra salía de mis labios, y la primera vez que Nela me preguntaba todo quería salir de golpe. Frente a ella, con la mano puesta sobre su tripa las lágrimas empezaron a salir—. No sé qué me ocurre, es la tristeza. Es como si poco a poco fuera abriéndose paso en mi corazón, nada me llena, nada me hace feliz. Sonrío porque así debe ser, ¡voy a casarme! Debería ser la chica más feliz del mundo. Y, por el contrario, tengo la horrible sensación de que eso me hará más infeliz.
—¿Colin te trata mal? ¿Ha ocurrido algo entre vosotros?
—No, no, al contrario. Colin es lo que siempre esperé de un compañero, pero falta algo, algo que no consigo encontrar y, mientras el tiempo pasa y la fecha se acerca, creo que ambos merecemos algo mejor, ¿sabes qué quiero decir?
—Que no eres feliz.
—¡Nela! —exclamé quitando la mano—. ¡Eres capaz de resumir todo en una palabra cuando llevo días sin saber qué hacer!
—¡Alice, no puedo creerlo! —gritó alarmada—. ¿Has venido hasta Alemania para decidir si te casas con él? Quiero decir, estoy encantada de que estés aquí, ¡pero no pretenderás que te diga qué hacer!
—No. Sé que tengo que decidir sola, aclararme, por Colin y por mí. Nela, me he perdido a mí misma, no sé quién soy en este momento de mi vida. Te necesitaba cerca, y alejarme de él un tiempo.
—Yo también, me haces falta, Alice. Estoy deseando que el niño nazca, que Soren deje de preguntarme si estoy bien, dónde estoy, qué he comido o qué hago a todas horas.
—No creo que sea para tanto.
La puerta se abrió en ese momento de golpe, dando con la pared, y el marido de Nela apareció con el ceño fruncido.
—Nela, te estaba buscando. ¿Qué hacéis? ¿Has comido ya?
Con lágrimas en los ojos, entre la alegría y el llanto, Nela y yo nos miramos y echamos a reír, probablemente Soren no lo entendería, pero no podíamos parar.
ALICE
Seguí a Nela, después de que ella aplacara la ansiedad de Soren, a través del corredor iluminado por la luz del sol. Nunca había imaginado que la casa tuviera tantas habitaciones. Una puerta cerrada tras otra hasta llegar al extremo del enorme pasillo.
—Es aquí, Alice.
Nela abrió una puerta de madera más clara y pequeña que las demás. Subimos unos pocos escalones de piedra, una alfombra en el suelo evitaba resbalar en ese estrecho ascenso hasta que, de repente, a espaldas de ella, la luz me cegó un momento. Bosque. Esa es la única palabra que me vino a la mente, el verde de los árboles mecidos por el viento. Era la misma vista que tenía desde mi habitación solo que, en esa sala, cristales del suelo al techo en tres de sus paredes hacían parecer que te hubieras internado entre sus ramas.
Nela caminó entre dos largas mesas de madera clara, llenas de botes transparentes, pinceles, paletas y pequeñas muestras. El olor, acetato y disolventes, pintura acrílica y pegamentos. Huele a pasado y una época sin preocupaciones. Pasé los dedos sobre las mesas dispuestas en dos enormes borriquetas mientras, con satisfacción, me entretenía en tocar algún objeto conocido. Volví a tener seis años menos y a entrar en la sala de restauraciones de la universidad. Roberto Márquez, nuestro profesor, nos explicaba la función de cada miembro del equipo de restauración mientras yo miraba al guapo chico que tenía de compañero. Él me guiñó un ojo. Mi primer chico en la universidad. Días más tarde, en una fiesta, fue cuando tuve mi primer contacto con las drogas y la bebida y, a partir de ahí, todo fue mal, muy mal. Los colores se difuminaron a mi alrededor porque ya no me preocupaba captarlos. Murieron para mí cada vez que cogía un pincel entre las manos.
—Es impresionante, Nela, es un estudio completo, aquí en mitad de los bosques.
¡Siempre ha sido tan ordenada! A pesar de los cientos de frascos y soluciones, pequeños bastones y gasas, todo aparece alineado y con un orden concreto. Fue en ese momento cuando lo vi: un cuadro pequeño sobre un caballete, tapado con una sábana de protección para evitar la luz del sol y los cambios de temperatura.
—Este es el cuadro en el que trabajo —afirmó Nela con una sonrisa que conocía de sobra. La niña traviesa que habitaba en ella pareció llamarme para jugar en el patio de los mayores.
Lo descubrió despacio y entornó los ojos con ojo crítico: un lienzo de pequeñas dimensiones, de un hombre mirando de perfil, con la cabeza ladeada y una mirada triste de ojos avellana. Sus ropas, siglo XVI, un jubón oscuro y un sombrero de pintor granate. Esos colores densos y cargados de pigmentos, el sólido negro, la sensación de una capa gruesa formando el manto verde.
Ahogué un suspiro porque no podía creerlo, había visto antes ese cuadro de fondo oscuro y trazo minucioso. Aparecía en cientos de listas en la red, las malas, las de cuadros perdidos, desparecidos o robados.
—Rembrandt, autorretrato.
Las palabras se me escaparon en un suspiro. Sin apartar la mirada busqué a tientas la mano de Nela y la obligué a acercarse conmigo para ver las pinceladas y la firma que no encontraba. Tal vez, si no estaba firmado, podría afirmar que era una copia.
—Es auténtico, Alice —afirmó Nela—. Puedo demostrarlo, he estudiado cada milímetro del lienzo. Estaba abandonado en una pequeña buhardilla en París.
—Está en la lista de los diez cuadros desaparecidos más famosos —sentencié—. ¿¡Y lo tienes tú, Nela!?
Era peor de lo que imaginaba. ¿A qué se dedicaban los Müller? Esa casa escondida en mitad de un bosque era un almacén de obras de arte, ¿robadas?, ¿expoliadas en el pasado?
—Sé lo que piensas, Alice, pero es legítimo. Soren compró la casa en la que estaba y todo lo que había dentro. Pertenecía a una vieja familia alemana exiliada durante la guerra en París, ellos a su vez lo adquirieron en una subasta en Zúrich. Soren tiene muchos contactos que no sé cómo encuentran estas cosas, ni quiero saberlo.
La miré con cierto recelo, ¿sería verdad?
—¿Quieres decir que el cuadro estaba allí tirado en un rincón? ¿De verdad es auténtico?
—Aunque no lo creas, estaba destrozado, manchado de polvo y restos de desechos de pájaros y ratones. Soren sigue las pistas, tiene gente que se encarga de ello, encuentra los cuadros y yo los restauro.
—¿Y el de ahí abajo?
Nela calló y sus ojos azules me esquivaron.
—No puedo cambiar lo que son los Müller, a veces no todo es legal, pero he de conformarme con que algunas obras vuelvan a la luz después de tanto tiempo. Se venden para preservarlas. Alice, esto tiene que quedar entre nosotras, nadie puede saberlo, nunca. Destruirías nuestra familia.
Sentada sobre el taburete porque las piernas me flaqueaban, volví a mirar la pintura. Era hermosa. Nela casi había terminado el proceso de restauración. No había podido salvar un extremo duramente golpeado y necesitaba reconstruir la pintura de ese lado casi en su totalidad. La tela rasgada indicaba que alguien había maltratado el cuadro, o no sabía lo que de verdad valía abandonándolo sin piedad en un rincón. Comprendía lo que Nela me decía, esa parte del artista que necesitaba recuperar una obra de arte, devolverla a la vida sin importar las connotaciones de su procedencia.
—Quedará entre nosotras, Nela. Sabes que nunca os pondría en peligro —contesté a la vez que miraba su vientre abultado.
Nela sonrió como si supiera mi respuesta antes de dársela. Luego, destapó un lienzo en blanco, de mayores dimensiones.
—¿Y eso? Está en blanco.
—Es para ti, Alice —dijo mientras cogía de la mesa cercana un pincel de Gouché, delicado, de madera natural y cerdas cortas.
—Sabes que ya no pinto —dije sin coger el pincel que me tendía, escondí la mano a la espalda en un acto reflejo, huyendo de la impotencia de no poder plasmar ya nada sobre un lienzo.
—Puede ser un buen momento para volver hacerlo, tal vez te ayude a pensar. Necesito tu ayuda con este cuadro de Rembrandt, sabes que yo no pinto como tú…
Nos miramos, cómplices de tantas confidencias y momentos compartidos. Había dejado de pintar hacía demasiado tiempo, cuando una buena fiesta y un par de pastillas de colores eran lo único que llenaba mi vida. Demasiada pasión por vivirlo todo, por no desperdiciar un solo momento, por beberme la vida. Con los bolsillos llenos, en un país extranjero, lejos de la protección de papá y mamá y muy poca experiencia fuera de casa. Hasta el día en que me desperté en un barrio del centro de Madrid, en un callejón, la cara llena de golpes y sin recordar nada de lo que había sucedido la noche anterior. La llamé a ella, fue quien me llevó a que me reconocieran y con quien suspiré al saber que solo había sido un robo. Con quien confesé ante mis padres, muerta de miedo, y les expliqué todo. Nela cada fin de semana lo pasaba conmigo en la clínica en la que me internaron. Nunca me abandonó ni perdió la esperanza, confió en mí como nadie.
—Inténtalo, hazlo por esta gorda embarazada o el niño saldrá con un pincel en la frente y tendrás que explicárselo a Soren.
Reí con ganas por sus trucos de antojos. Quizá mañana. Quizá otro día.
JÜRGEN
Agarré el vaso con fuerza, los nudillos blancos, estaba a punto de reventar el duro cristal de bohemia y relajé la mano, agarrotada por el esfuerzo. ¿En qué momento había perdido la cabeza y corrí a Füssen para ver a Suzanne? En cuanto me llamó y tuve la menor oportunidad de salir de la casa. Y allí estaba yo, escuchando su interminable lista de reproches acerca de que no la había llamado en semanas, que pasaba de ella, que no sabía mantener una relación. Pero ¿qué relación? Esa mujer era preciosa, con su melena rubia y su andar sexy, los labios llenos y… No teníamos ninguna relación, aparte de que cuando me aburría la buscaba. La tenía a mano, a una hora de Waldhaus, buena bodega y una casita típica de los Alpes con una enorme chimenea en el salón. Sin complicaciones. La miraba a los ojos y no veía más que vacío. En realidad, no creo ni que le importara más de lo que ella a mí, pero soy un Müller, dinero y buena vida, además de un físico envidiable.
—Escucha, Suzanne, no ha sido buena idea. Es mejor que me vaya.
Sus enormes ojos azules se abrieron de par en par, sin poder creer que me hubiera tragado toda aquella charla y fuera a marcharme sin pedir nada a cambio.
—Estás con alguien —afirmó de repente, como si yo hubiera dicho algo aparte de que me marchaba.
—Siempre estoy con alguien, Suzanne. Que yo sepa, no te he prometido nunca fidelidad.
Y, sin embargo, la imagen de una inglesa de cabellos tostados y ojos color avellana me asaltó por sorpresa. ¿Qué…?
—No, no lo has hecho, pero nunca antes te había visto tan serio y sin ganas de sexo. Llevo sin verte meses y ¿ahora te vas así?
Solté el vaso sobre la mesa, fui derecho hacia la puerta. Cogí las llaves del coche y me giré un momento para mirar hacia su rostro perplejo.
—Estoy cansado, Suzanne, otro día, ¿vale?
No sé si quería que la escuchara al cerrar la puerta, pero el insulto lo oí tan claro como si estuviera a mi lado. Fuera, subí por el camino de gravilla hasta el Porsche, otra tontería de las mías, solo podía conducirlo en verano porque en invierno se hundía en la nieve y permanecía en el garaje casi un año. ¿Tendría razón la inglesa? ¿Todo sería parte del «estereotipo» como ella me llamó? Al acelerar sobre el camino, el rugido del motor pareció contestar. No. Eres Jürgen Müller y te gusta.
Conduje deprisa, con el acelerador tan a fondo como el tráfico permitía. Era viernes y la autopista estaba llena de coches, aún hacía buen tiempo y la gente escapaba hacia las casas de verano en busca de los últimos días de calor.
Al tercer cambio de carril volví a mirar, el retrovisor me devolvió la imagen de un todoterreno negro. Esperé un poco más. Ahí estaba de nuevo. Volvió a cambiar de carril siguiendo mi trayectoria. Puse de nuevo el intermitente, tres coches más atrás hizo lo mismo.
Busqué la siguiente salida y me pegué al lado derecho como si fuera a coger el desvío, otra vez el mismo movimiento que yo. No podía ver al conductor con la luz del sol tras nosotros.
—¡Joder! —grité cabreado. No sabía desde cuándo me seguían, pero estaba claro que iban detrás de mí. No era difícil, llevaba el coche más llamativo de todos. ¿Sería por el jodido cuadro? Debí contarle a Soren que intentaron robármelo. Andréi se había cabreado demasiado, más que en otras ocasiones, cuando le levantaba una antigüedad que él deseaba. Recorrí toda Roma para esquivar a sus hombres, de tugurio en tugurio, hasta perder el conocimiento, cobijado por el anonimato y mis amigos.
Con el intermitente puesto hice el gesto de girar y el todoterreno se metió en el carril de salida, giré el volante con fuerza y volví a entrar en la autopista provocando unos cuantos pitidos y derrapajes. Intentó seguirme, pero ya era demasiado tarde, lo vi desistir hasta perderse en un cambio de sentido. Pisé el acelerador en vez de sonreír, un regusto amargo se quedó anclado en el estómago. Soren no debía enterarse, en Waldhaus estaríamos seguros.
ALICE
Al salir, rodeé los muros por el sendero hasta ver la casa en toda su magnitud: los arcos ojivales de las ventanas, los contrafuertes de piedra blanca y los tejados de pizarra negra con vertiginosas caídas. Paseé siempre vigilada por los guardias apostados en cada una de las esquinas, en la linde con el bosque, donde las últimas luces se filtraban sobre el suelo de agujas y un aire frío comenzaba a soplar. Heiner, el jefe de seguridad, pasó junto a mí y me saludó con la cabeza con frialdad. Era el único con el que apenas había intercambiado unas breves palabras de agradecimiento cuando nos llevó del aeropuerto a Waldhaus el día anterior. El rugido de un motor rompió la paz del paisaje, un Porsche antiguo, de color azul claro, entró a toda velocidad y siguió el sendero hasta parar frente a la entrada con un chirrido de sus frenos y dejando una estela negra sobre la gravilla blanca.
Sonreí cuando Jürgen bajó del coche. ¡Solo podía ser él! Llevaba unos vaqueros negros y una camiseta del mismo color. Fruncía el ceño como si pensase en algo que no acababa de convencerle, y entonces me vio. Su expresión cambió con rapidez de la sorpresa al reconocimiento, ¿se había olvidado de que yo estaba allí?
—¡Eh! ¡Inglesa!
Intenté no enfadarme con él, me hacía gracia su saludo: «¡Eh!». Y lo cierto es que sí era inglesa, y hacía unas horas lo había tratado un poco mal. «¿A qué has venido, Alice, de qué huyes?». Tal vez Jürgen solo intentaba saber qué me había llevado allí, igual que Nela y Soren, igual que mi familia y yo misma. Si íbamos todos a convivir unos días no quería provocar problemas a Nela. Iba a llevarme bien con el hermano de Soren. «Una excusa como otra cualquiera para no confesar que te atrae…», apagué la voz que de vez en cuando se reía de mí desde dentro.
—Hola, Jürgen. Bonito coche.
—Si vas a decir que ya sabías qué coche tenía, o algo sobre que soy una muestra del típico niño rico, déjalo, de verdad. No estoy de humor —contestó mientras se liaba un cigarrillo con maestría antes de cerrar la puerta de su coche con el pie.
Quedé parada frente a él mientras Jürgen se giraba para sacar las llaves del contacto con gesto cansado.
—Lo decía en serio, es una pasada, ¿un Porsche 911?
Jürgen me observó con el ceño fruncido, decidiendo si hablaba en serio o íbamos a discutir de nuevo. Una medio sonrisa acompañó al bufido, ¿sabría que intentaba mantener la paz entre nosotros?
—Es un Porsche, sí —contestó molesto.
—¡Guau! A mi padre le encantan los coches. De pequeña siempre me arrastraba a las carreras y a las ferias de automóviles. —Acaricié un momento la carrocería con devoción—. Oye, Jürgen, lo siento. Esta mañana fui un poco brusca —me disculpé aun sabiendo que él había sido más borde que yo, pero no podía estar mucho tiempo enfadada.
—No importa.
Jürgen vio cómo temblaba ante los últimos rayos de sol, el viento sopló con fuerza. Él volvió a abrir el coche, sacó una chaqueta del asiento del copiloto, una cazadora de cuero con los puños desgastados y las marcas de los antebrazos. Con una expresión de fastidio se acercó y la puso sobre mis hombros intentando no tocarme. Olía de maravilla, a jabón y crema de afeitar y ¿a perfume de mujer? Sus ojos esquivaron a los míos para prestar atención a los guardias que se movían a un lado y al otro.
—Gracias.
—Déjala luego dentro, Helga hará que la suban a mi habitación.
Se fue sin más, arrojó el cigarrillo al suelo dejándome sola en el exterior con la sensación de que tal vez Jürgen no quería ser así, que con mis palabras lo había herido de alguna manera y ahora tendría que ganarme su confianza.
Le seguí a los pocos minutos, entré con la chaqueta en la mano, la dejé sobre una silla, reticente y frustrada por ser incapaz de hablar con ese alemán obstinado. Me preguntaba cómo sería su habitación. ¿Como la mía? ¿O con una larga fila de fotos enmarcadas con las chicas que le perseguían? Porque eso no se podía negar, Jürgen era guapo, atractivo, de esos hombres que, al caminar por la calle, son seguidos por los ojos de alguna mujer.
Pasé delante del estudio, la puerta estaba abierta y mis pasos se detuvieron junto al dintel. No había nadie. Entré llevada por la curiosidad, el maletín negro seguía allí. Miré hacia atrás para asegurarme de que nadie me veía entrar y avancé hasta la mesa. La tapa estaba abierta, quedé al segundo atrapada por la imagen. Las formas redondas, la fuerza de las miradas, la madre mirando a su pequeño, en su regazo. Me enternecieron las expresiones de sus rostros, la redondez de sus pómulos, la media sonrisa de sus bocas. Las manos delicadas sosteniendo al pequeño en contraste con la escena de atrás en la cual aparecía la mirada perdida de un santo. ¿San Juan Bautista? Una escena religiosa. Una composición triangular con el fondo en ruinas y la silueta de cúpulas de iglesia y los edificios bañados en una niebla azulada. La belleza del cuadro estaba presente en sus rostros, en sus ropas de colores difuminados, rojo, azul y blanco, los paños italianos sobre las cabezas… La serenidad inconfundible del cuadro, la técnica del esfumado y el glacis para aplicar luz me hizo saber al momento de qué escuela se trataba y quién podía haberlo pintado. Con reverencia acaricié suavemente la superficie admirando la rugosidad de los trazos, venerando lo hermoso de la composición y el brillo de las miradas.
En el fondo del maletín, acolchado para no dañar el contenido, una pequeña etiqueta de las que ponían en los museos para identificar las obras en restauración se había caído en una esquina. Miré de nuevo hacia la puerta para asegurarme de que seguía sola y la cogí temiendo rozar aún más el lienzo. Era tan pequeña que el número de serie con que habían catalogado la obra estaba apretado, casi ilegible, la giré y fruncí el ceño. Museum Vat. El papel debía de estar ahí de antes porque, si no, significaba que ese lienzo había salido del Museo del Vaticano y eso era imposible.
La voz de Roberto Márquez, mi profesor y ahora mi jefe en el museo en el que trabajaba, me llegó tan nítida como aquella mañana en clase de restauración, por mucho que ese día tuviera resaca: «Catalogar la obra mediante códigos es lo normal. Si habéis estado en un aeropuerto sabréis que en vuestro billete de avión aparece un código de la ciudad a la que vais, AMS, Ámsterdam, Madrid, MAD. Los museos tienen sus propios códigos, cuando una obra se cataloga aparece EXP si pertenece a una exposición temporal. Si no, encontraréis solo el nombre del museo y un número de serie, el autor… Si está expuesta en las salas, pondrá MS y, si está archivada, las referencias del lugar estarán reflejadas…».
Nunca creí que pudiera ver una obra salida del Museo del Vaticano, una obra que había estado expuesta en alguna de sus salas, y que pudiera observarla tan cerca. Se lo había prometido a Nela, tenía que olvidar ese lienzo y su procedencia por el bien de mi amiga.
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