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Índice

11 La travesía de La Jirafa

Ricardo Sigala

uno

Entre el sueño y la realidad

19 Realidad conjetural

Julio M. Virrueta

25 Eva sin manzana

Alfredo Cortés

30 La última parábola

Octavio Hernández

33 La hora del té

Emma Yanet Carranza Suárez

dos

Cosas de familia

45 Animus aemulandi

Yolanda Chávez Arroyo

48 Suicidio

Jesús Octavio Corona Ochoa

52 El fruto

Fernando Araiza

55 Vouyerista

Didí Sedano

58 El estanque

Diego Armando Arellano

62 Pueblo chico

Salvador Manzano Anaya

tres

El laberinto, el enigma

71 Días contados

Juan Valdovinos Martínez

77 El laberinto

Julio M. Virrueta

80 El unicornio chino

Gilberto Moreno

83 Necronomástico

Juan Valdovinos Martínez

cuatro

Un mundo hostil

91 Fiesta nacional

Hiram Ruvalcaba

96 Autopsia del veedor

Martín González

102 Bajo presupuesto

Ana Isabel Rodríguez

cinco

El retorno de los dioses

107 Amanece Caín

Alejandro Moreno Merino

113 La diosa y yo

Salvador Manzano Anaya

seis

El yo íntimo y el mundo

125 Música para Uno

Mar Pérez

131 Opacidad

Ana Isabel Rodríguez

134 La ventana blanca

José Antonio Vázquez Clavel

137 Gravedancer

Guadalupe Tejeda Carrillo

141 Arde

Gissel Jannet Cerrillos Chávez

145 Históriame

Alejandro von-Düben

150 Anexo

152 Los autores

La travesía de La Jirafa
Ricardo Sigala
I. El contexto zapotlense

Ciudad Guzmán, Zapotlán el Grande, es la cuna de artistas tan reconocidos como Juan José Arreola, en la literatura, José Clemente Orozco, en la pintura, José Rolón, en la música de concierto, y Consuelito Velasco y Rubén Fuentes, en la música popular, sólo por mencionar a los más destacados. No obstante en los últimos tiempos se han alzado ciertas voces frente a las prácticas culturales locales, argumentan que vivimos de las glorias del pasado, especialmente de personajes que se vieron obligados a abandonar su tierra por la falta de espacios para su desarrollo, y que por si fuera poco vivíamos en un ofensivo desconocimiento de sus obras; Ciudad Guzmán es «cuna de grandes artistas», pero la ciudad, incluidas las instituciones y la comunidad artística, tenía una tarea pendiente: activar una dinámica cultural incluyente que dejara de ser concebida como efemérides, estatuas y ofrendas florales, que urgía el establecimiento de una política cultural. Nunca hubo un pronunciamiento oficial en torno, pero en la última década, al menos en el campo literario, se ha dado un movimiento que ha despertado el quehacer literario de la ciudad.

El Centro Universitario del Sur abrió la carrera de Letras Hispánicas en 2007 y un año más tarde la de Periodismo, al tiempo que la Secretaría de Cultura inauguraba la Casa Taller Literario Juan José Arreola. Esto trajo una serie de actividades entre las que destacan el coloquio arreolino y las cátedras de Letras y la Hugo Gutiérrez Vega, que han convocado en Zapotlán a escritores de la talla de Fernando del Paso, Daniel Sada, Juan Gelman, Sylvia Iparraguirre y Saúl Sosnoswski entre muchos otros. En lo que respecta a los talleres literarios, la Casa de la Cultura ha tenido el mérito de sostener el suyo durante 17 años, y la Casa Arreola ha ofrecido otro par de talleres además del Diplomado en Creación Literaria del inba.

Hubo también un grupo de publicaciones periódicas que le dedicaron espacios importantes a la literatura: La Jirafa del Diario Regional de Zapotlán, La gaceta del cusur y El Juglar, en tanto que el Archivo Histórico Municipal ha ido llenando un hueco que tenía pendiente el ayuntamiento: la publicación de libros de autores locales; por su parte el cusur edita cada año, entre otros títulos, el libro ganador del Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. La radio ha jugado un papel importante: Charlas de café en la radio comercial, Cumbres de Babel en la universitaria, y los significativos esfuerzos de Textoservidoras, transmitido por internet, contribuyen desde distintas ópticas, para diferentes auditorios, a la cultura literaria de la región. Ha llamado especialmente la atención la aparición de grupos culturales como Bajo el volcán, que en la primavera de 2011, en medio de la crisis de inseguridad vivida en el país, publicó su «Manifiesto metastásico» provocando una sacudida en el medio literario local. El tono incendiario del manifiesto tuvo airados detractores y simpatizantes entusiastas, Hugo Gutiérrez Vega y Juan Gelman firmaron el manifiesto como gesto de solidaridad. A las pocas semanas La Jornada Semanal dedicaba sus páginas centrales a los «Novísimos de Zapotlán», una muestra de cinco poetas jóvenes de la ciudad.

II. La travesía de La Jirafa

En 2004 nace La Jirafa. Los miembros del taller literario de la Casa de la Cultura contaban ya con un espacio para publicar sus trabajos: una columna semanal en El Diario de Zapotlán, generada por Milton Peralta. Después se publicaría dos veces a la semana y terminaría convirtiéndose en una sección sabatina, de una, dos y hasta tres páginas dedicadas a la cultura. Es cierto que había espacios para los jóvenes del taller en El ágora del Diario de Colima, Crisol, Orfeo e incluso Luvina, sin embargo era necesario un escaparate permanente y que además tuviera presencia inmediata en la ciudad, una revista o una editorial estaban lejos del presupuesto y La Jirafa resultaba la mejor opción.

Las consecuencias de La Jirafa se manifestaron rápidamente. Varios alumnos del taller ganaron el certámen de poesía Juegos Florales de Zapotlán y otros tantos fueron contratados por periódicos locales, hubo quien obtuvo estímulos a la creación a nivel estatal. Para 2006 en coordinación con el Archivo Histórico de Zapotlán salió a la luz la colección Estación Sur, media docena de bien cuidadas plaquetas, cuyo objetivo era publicar la ópera prima de los autores en ciernes.

En 2009, para celebrar el quinto aniversario, se instituyó el concurso regional con los auspicios del Diario Regional de Zapotlán, el Archivo Histórico Municipal y el Centro Universitario del Sur. La participación ha sido nutrida —un promedio de 65 participantes por año— y los organizadores han cuidado especialmente la selección de un jurado confiable, imparcial y de trayectoria reconocida como editores, escritores y/o académicos: Carlos López de Alba, Mariño González, José Luis Gómez Lobo, Marco Aurelio Larios, Luis Martín Ulloa, Fortunato Ruiz, José Luis Vivar, Hilda Rocío Leal Vera, Víctor Gil Castañeda y Adalberto Carvajal Berber, entre otros, han dado fe de la calidad de los trabajos.

Ciudad Guzmán cuenta con una tradición de 70 años de certámenes de poesía (Juegos Florales) y de 11 del Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola Este último género estaba descuidado a nivel regional y La Jirafa ha pretendido llenar ese hueco.

III. Cuento zapotlense contemporáneo

La Jirafa. Cuento zapotlense contemporáneo reúne 25 cuentos de 21 autores nacidos o avecindados en Ciudad Guzmán. Presumiblemente escritos en los últimos cuatro años, pues todos participaron en el Concurso de Cuento La Jirafa a partir de 2009, suponen una especie de muestra o termómetro del estado en que se encuentra este género en la región sur de Jalisco. Los cuentos fueron ganadores o recibieron mención honorífica, 14 hombres y siete mujeres nacidos entre 1964 y 1992 representan los temas y las diferentes formas en que se está cultivando el género breve en una zona tradicionalmente artística y que en los últimos tiempos ha evidenciado un notable interés en la formación y la promoción literarias.

Presentar un libro con el ganador y las menciones honoríficas de los respectivos concursos corre dos riesgos: la predisposición del lector por el dictamen del jurado, y un orden del material que no obedezca a la lógica de la construcción narrativa propiamente literaria —ritmo, tono, temas, recursos narrativos. No pretendemos ofrecer únicamente un documento que justifique la existencia de un concurso de cuento, también, y muy especialmente, aspiramos a que este volumen que el lector tiene en sus manos sea una experiencia literaria, estética. El libro se compone de seis secciones que van desde las relaciones que guarda el sueño con la realidad, los tópicos de familia, los enigmas que irrumpen en nuestras vidas, hasta el mundo hostil y la irrupción súbita de antiguas divinidades en lo cotidiano, pasando por la relación que establece el yo más íntimo con el mundo. Textos ganadores y menciones honoríficas de los distintos concursos conviven bajo la lógica de sus características puramente literarias, al margen de los designios de los jurados en turno.

IV. Nota sobre el CUSur

El Centro Universitario del Sur, una de las instituciones convocantes, ha sido firme colaborador del Concurso de Cuento La Jirafa contribuyendo en la difusión y con sus instalaciones para las ceremonias de premiación. Pero ha contribuido de manera aún más significativa al concurso: 12 de los 21 autores incluidos en el libro son alumnos del cusur. Un estudiante de Psicología, Periodismo y Turismo Alternativo, respectivamente, y ocho de Letras Hispánicas ubican al centro universitario como el más importante semillero de narradores del sur de Jalisco en la actualidad. La Licenciatura en Letras Hispánicas, con apenas una generación egresada, rinde cuentas y se presenta como una carrera dinámica y protagonista en su contexto, contribuye no sólo a la divulgación de la cultura literaria sino a la generación de productos artísticos.

Queremos agradecer la generosa disposición de las autoridades del cusur y de la Editorial Universitaria para la publicación de La Jirafa. Cuento zapotlense contemporáneo, la importante colaboración de Milton Peralta, quien es en muchos sentidos el artífice de La Jirafa, a Didiana Sedano por las muchas horas de desinteresado trabajo dedicado a la elaboración del libro, y principalmente a los autores por su invaluable contribución.

Con este volumen celebramos 17 años del taller literario de la Casa de la Cultura de Ciudad Guzmán, ocho de La Jirafa como columna y suplemento cultural, cinco del concurso de cuento, y especialmente celebramos la pujanza que muestra el cuento en el sur de Jalisco, la zona que vio nacer a dos de nuestros grandes maestros del género: Juan José Arreola y Juan Rulfo.

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Realidad conjetural
Julio M. Virrueta

Me dieron la noticia por teléfono. El accidente ocurrió cuando volvía de la playa a la ciudad. Un camión de carga había arrollado su auto compacto, reduciéndolo a un montón de metal retorcido. Suzanne murió al instante y me llamaron a la morgue para reconocer el cuerpo. Ella vivía conmigo, pensábamos casarnos dentro de unos meses, su familia no vivía en la ciudad, así que sólo yo podía realizar la tarea de identificar entre un amasijo de carne a la mujer que amaba.

Aun cuando el cuerpo sobre la plancha de metal estaba evidentemente muerto, aun cuando el rostro no se había desfigurado demasiado y en él podía reconocer a Suzanne, me resistía a creer que había muerto, tan sólo unas horas antes me dijo que iría a la playa con unas amigas, que volvería para que asistiéramos al concierto del domingo por la noche.

No lo acepté ni siquiera mientras llenaba un montón de formularios, ni mientras un hombre vestido de negro me daba unos suaves golpes en la espalda y me decía que la casa funeraria se encargaría de todo, que saliera de inmediato, que el cuerpo sería lavado, que era necesario quitar la sangre coagulada y cerrar los múltiples cortes para que pareciera de nuevo que estaba viva, y todo eso lo decía sin mencionar su nombre, para él no era otra cosa que el cuerpo, incluso peor, un cuerpo, uno más entre muchos, ya no una persona sino una cosa. Sin embargo para mí seguía siendo Suzanne...

En el velorio todos se empecinaban en levantarme el ánimo, me daban sus condolencias y me ofrecían apoyo. Para mí no tenía sentido, en mi mente seguía viva, no había por qué realizar tantos rezos, tantos descanse en paz y el Señor se apiade de su alma, no era necesario llenarlo todo de humo aromático como si se temiera que su cadáver comenzara a oler mal. No eran necesarias tantas personas para levantar el ataúd, cuando Suzanne podía caminar, tenía que poder, porque mientras íbamos a paso lento hacia el cementerio, yo conservaba la esperanza de que se levantara, de que dijeran que todo había sido un error o un milagro y correría hacía mí, pidiendo disculpas por haberme asustado.

Pero eso no ocurrió. El ataúd fue colocado en la fosa y la tierra comenzó a cubrirlo hasta formar un túmulo que yo veía con insistencia, como si con la sola fuerza de mi voluntad pudiera revivirla. Aunque obviamente fracasé y ella se quedó ahí, en medio de tantos muertos, y no pude evitar pensar: como ella.

Me llevó varios meses comprender que los muertos se quedan así por siempre, que sus cuerpos se ponen duros y fríos, hasta que finalmente se descomponen y se reducen a nada. Todo eso me lo habían explicado mil veces pero yo me resistía a no verla nunca más, pasaba todo el tiempo en casa, encerrado en mi cuarto, pensando en Ella, pese a que me habían dicho que no lo hiciera, que debería comenzar a olvidar, a aceptarlo, pero no podía evitar imaginarme situaciones en las que seguía estando viva. Recordaba los momentos que pasamos juntos con tanto detalle como si los estuviera viviendo en ese mismo instante y era una delicia revivir cada uno de ellos, un placer tan intenso como la desilusión que venía después, cuando tenía que abrir los ojos a la realidad.

Ha pasado casi un año y sigo sin hacer otra cosa más que conjeturar, pensar qué ocurriría si todavía estuviese viva, si de pronto llamase a la puerta y al ver que no acudía la abriera ella misma. Casi puedo escuchar sus pasos en el corredor. Como muchas otras veces, entraría a mi cuarto y, sentada en una silla, me miraría con esos ojos que tanto amo.

¿Qué haces? me preguntaría mientras pone una cara de niña curiosa. Pues, pienso, diría yo con la mirada clavada en el suelo. ¿En qué piensas? En nada concreto, en ti, le respondería con un encogimiento de hombros. ¿Acaso yo no soy algo concreto?, la cara de indignación que pondría al decir eso se dibuja en mi mente con más claridad que si la estuviera viendo. Claro que lo eres, sólo que estás… ¿Que estoy qué? Nada, es sólo que no debería estar pensando en ti, no me hace bien. ¿Por qué? ¿Acaso ya no me quieres? Claro que te quiero, pero ya no es posible, tú estás…

Pero justo antes de decir la palabra «muerta», ella tomaría mi mano, que casi toca el suelo, y la levantaría con suavidad, con una suavidad que casi puedo sentir como real.

Te has vuelto a quedar con los ojos fijos en el techo, me diría, ¿ahora en qué piensas? En nada. Otra vez con lo mismo, en algo debes estar pensando. Era tan agradable hablar con Suzanne que decidí seguir haciéndolo, olvidar por un momento que estaba muerta, pero ella seguía insistiendo en saber qué pensaba, no debía dejar que lo supiera porque eso acabaría con la ilusión, debía engañarla. La verdad es que lo he olvidado, mentiría, se ha desvanecido sin dejar recuerdos. Tú siempre hablando de esa forma tan rara, mi forma de hablar era algo que me reprochaba constantemente, la verdad que muchas veces no puedo entenderte. No es nada, olvídalo.

Oye, he estado pensando en los detalles de la boda, creo que deberíamos reducir el número de invitados. ¿De qué estás hablando? Pese a que no podía olvidar a Suzanne, la boda se había hundido pronto en mi memoria y me costó trabajo recordarla. Claro Ella no sabía que no hubo boda, para Ella no había pasado un día después del accidente, no hubo accidente. Pues no tenemos demasiado dinero y creo que sería mejor abonar un poco más a la hipoteca en vez de hacer una gran fiesta, siguió diciendo sin darse cuenta de mi confusión.

Cuando vio que volvía a divagar oprimió mi mano con más fuerza y pude ver un par de lágrimas en sus ojos. ¿Ya no te quieres casar conmigo? Su inseguridad era un tema constante de nuestras discusiones, aun días después de que le pedí que nos casáramos me preguntaba si en realidad me gustaba, a mí me exasperaba. Poco a poco iba recuperando los pequeños detalles de su personalidad, de nuestra relación, que había olvidado, absorbido por la idea de no perderla, y si quería continuar con ese juego debía hacerlo más rápido o Ella se daría cuenta de que nada de eso estaba pasando en realidad. Por supuesto que me quiero casar contigo, le dije apresuradamente, sólo que... ¡Qué! Nada. Siempre dices eso, nada, ¿qué me ocultas?

No tengo el valor para revelarle que no es real, y en verdad la extraño tanto que no quiero que lo sepa justo ahora que actúa tan como Ella, tanto que me cuesta razonar con claridad. Quizá Ella sí es real y yo sólo tuve un mal sueño, la peor de las pesadillas de la que ahora despierto. Pero su cuerpo destrozado en la morgue y el velorio y el montículo de tierra sobre el ataúd fueron reales. Debería despertar y dejar de soñar de una buena vez…

Cuando el sueño está por terminar, Ella toma mi rostro entre sus manos y me obliga a mirarla. Está ahí, frente a mí, más nítida y real que nunca, ese rostro que yo conozco tan bien. ¿Te pasa algo? Estás muy pálido, sus ojos están preocupados y su voz es cariñosa, perdón por tocar el tema de la boda así, tan de repente, es sólo que… ya sabes, nunca estoy segura de que esto sea verdad, de que al fin vayamos a casarnos, hay veces en que todo me parece que son imaginaciones mías. Yo no pude decirle nada, la acerco hacia mí y la abrazo con fuerza, puedo escucharla suspirar. Por sobre mi hombro ve los boletos que tengo en mi escritorio. Las entradas para el concierto al que nunca fuimos, el concierto al que ella no llegó. Claro, Ella no sabía eso.

¡El concierto! Grita al tiempo que se aparta de mí, lo había olvidado. Mira su reloj y se levanta de la silla, alisándose las arrugas de la blusa. Si nos damos prisa podemos llegar a tiempo.

Las cosas habían llegado demasiado lejos, debía decírselo, dejar que se desvaneciera, que se perdiera de nuevo en mis recuerdos… pero su imagen era tan real que sería como perderla una vez más y no podía quitar la felicidad a sus ojos, estaba tan emocionada, tan contenta, quería ir al concierto, yo nunca había podido negarle nada y en ese momento me pareció que lo único que de verdad quería era existir...

¡Vamos! Levántate de una buena vez, no tenemos mucho tiempo. Suzanne, yo… tengo algo que decirte, le hablo sin convicción, no muy seguro de lo que estoy haciendo. Me lo dirás en el camino, ahora lo único que debes hacer es levantarte y cambiarte de camisa, ésa es demasiado fúnebre. Vuelve a tomarme de la mano y esta vez tira de mí con fuerza. Si llegamos tarde no te lo voy a perdonar, ponte de pie, ¿qué te pasa? ¿Por qué actúas tan raro? ¡Vayámonos, por favor! Sé bueno ¿sí? Suzanne, la verdad es que tú… tú, mientras volvías de la playa con tus amigas, el auto, un camión… Un beso detuvo las atropelladas palabras que salían de mi boca, sus labios cálidos eran tal como los recordaba, su aliento, eso no podía ser una ilusión, sin lugar a dudas lo otro era un sueño, no esto, esto debía de estar ocurriendo de verdad, ese beso no era una imaginación mía y ella tampoco. La decisión estaba tomada, cualquier otra posible realidad, sin ella, tenía por fuerza que ser una ficción imposible.

Me puse de pie, tomé una camisa clara del clóset y me cambié rápidamente, Suzanne me esperaba con ansias en la sala. Al salir cerré la puerta con llave. Ella me llevaba a paso rápido por las poco iluminadas calles mientras yo la mantenía firmemente asida por la cintura, con la certeza de que no se desvanecería en el aire…

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Eva sin manzana
Alfredo Cortés

Los detalles no aparecieron en la nota policíaca ni nadie reclamó el cuerpo. Sólo escuetas líneas náufragas en el mar convulso de asaltos, suicidios y crímenes pasionales; crímenes de esos que tanto excitan y alimentan el morbo de los lectores domesticados que leen sin leer y que, con imperceptibles parpadeos, omiten puntos y comas, engullendo golosamente párrafos sin respirar.

Un «nn» femenino más a la fosa común, dijo el forense garabateando mecánicamente la hoja de servicio.

* * *

El largo y silbante bostezo se amortiguó entre los pliegues de la sábana. Eva pestañeó repetidamente con pereza. Desechó la idea de tragarse un sedante, sólo se hundiría en un sopor estúpido que le impediría soñar. Optó por contar ovejas para convocar al sueño y dormir; pero sólo números danzaban en cuanto cerraba los ojos. Sonrió divertida, la noche anterior tampoco pudo contar ovejas, apareciendo en su lugar ladrillos; ahora números, ¿en qué pensaría la siguiente vez? Pensando en números y ladrillos se quedó profundamente dormida. Empezó a soñar.

* * *

La yugular mostraba un corte perfecto, simétrico, tan exacto que haría palidecer de envidia al mejor cirujano. No había en el cuerpo rastros de violencia innecesaria, estaba limpio, ni siquiera los senos abundantes y redondos o las piernas largas y blancas mostraban un mínimo rasguño o un ligero hematoma. Estaba limpia, tal vez el o los asesinos eran conocidos de la víctima y existía confianza entre ellos, concluirían los investigadores más tarde; sólo una sonrisa obtusa y congelada florecía en los labios amoratados. Lástima de cuerpo, tan buena que estaba, dijo el camillero, cubriendo el bello rostro mortecino con una manta percudida.

* * *

Estoy desnuda y eso hasta un ciego lo notaría, pensó Eva al sentir la fresca humedad de la brisa chocar en su cuerpo y endurecerle los pezones. La fría sensación del césped mojado provocaba cosquillas en las plantas de los pies y sentía el barro pegarse entre los dedos, pero caminaba sin dificultad, hasta podría decirse que disfrutaba de pasear entre el fango y las briznas verdes que se pegaban en los empeines. Le sedujo la idea de metaforizar la palabra libertad y se dijo que sería ella misma, caminando desnuda en ese parque inmenso y silencioso —¿era un parque?—, al menos tenía la apariencia de serlo, no parecía otra cosa; además no le importaba, era un sueño y nada más. ¿Es de noche o de día?, se preguntó hurgando en las entrañas de ese tiempo difuso, era esa hora en que la luz se vuelve estéril, en que se difumina la noche con el día, cuando el silencio es abrumador y todas las cosas y las luces y los animales y los rostros y todo se confunde, se mezclan entre sí, y quien lo vive y quien lo siente experimenta en los sentidos un aturdimiento angelicalmente demoníaco.

* * *

Encontraron el cuerpo tirado bocabajo en un solar, junto a un montón de basura descompuesta y periódicos amarillentos, duros y quebradizos. No lo encontró el clásico borrachín que, tambaleante regresa a casa después de una noche de ron barato y putas aún más baratas, pensando todavía en medio de los sopores de la embriaguez en las excusas con que librará la ira de la esposa tradicionalmente gorda y piernas varicosas. No, quien lo halló fue una beata madrugadora a misa de siete que sintió la irrefrenable necesidad de evacuar y corrió al baldío a desahogar el vientre, cagándose en los calzones apenas los bajaba cuando descubrió el bulto inerme junto a ella. La rezadora matinal juró que la muerta la veía con reproche, teniendo apenas tiempo de exclamar un «¡virgen santa!» y salir huyendo.

* * *

Eva sintió clavarse en sus pechos la mirada lasciva bajando despacio hasta el pubis desnudo. Insolente y retadora, devolvió la mirada. Él era un hombre alto, de complexión estándar, nada que ver con los cuerpos de figura atlética, esos que enloquecen a algunas mujeres, era sólo un tipo común que, desnudo también, blandía en sus manos —unas manos pequeñas para la constitución del cuerpo, observó Eva— un miembro de regulares dimensiones que apuntaba hacia ella. Se miraron, midiéndose sin prisa, escrutándose los cuerpos. Ella estaba tranquila y respiraba pausada; todo lo contrario ocurría con él, la ansiedad asomaba de los ojos y en las muecas silenciosas, invitándola sin recato a un encuentro lúbrico. Eva aceptó el reto y moviendo insinuante las caderas, se plantó frente a él, hiriendo a la nariz un aliento agrio, rústico, pero no importó; pasando con malicia la lengua por los labios, se arrodilló frente a él.

* * *

Una mata de pelo estaba untada en una costra de sangre parda. Más abajo, en el cuello, la línea perfecta del tajo empezaba a obscurecerse y perdía el color cárdeno y hermoso de una herida recién hecha. Estaba desnuda, el forense dijo que no había huellas evidentes de violencia en el cuerpo. Tendría entre veinte y veinticinco años, si tenía menos la muerta no lo reclamaría, por aquello de la manía femenina de quitarse años a la menor provocación. Era un cadáver hermoso, de esos que da gusto recoger, rumió el policía que hizo las primeras valoraciones, pensando en el cuerpo tosco y descuidado de su mujer, ilusionándose por un momento con la idea de que la muerta fuera su esposa y no esa beldad que mataron quién sabe por qué oscuras razones.

* * *

A pesar de la desnudez, no tenía frío, le divertían las miradas de los transeúntes que la observaban codiciosamente y sin recato. Me encanta este sueño, se dijo feliz y siguió caminando sin prisa, limpiándose con el dorso de la mano restos de materia viscosa y blancuzca, retando provocativamente a que la miraran y la desearan.

* * *

Después de las fotografías de rigor, el cuerpo fue almacenado en una de las gavetas del frigorífico, se cumpliría el plazo estipulado por la ley, si nadie lo reclamaba se iría a la fosa común o sería destazado en alguna clase de medicina de cualquier universidad privada, para las universidades públicas eran los pordioseros, ella no, ella era un cadáver hermoso que sería vendido en una buena suma y lo demás sería historia.

* * *

Desnuda como estaba, llegó hasta su casa. Qué extraño, soñar que llegaba a su casa y más extraño aún encontrar un periódico cuidadosamente doblado sobre la mesa de centro. Lo hojeó descuidadamente y se entristeció al leer la nota, apenas unas cuantas líneas aludían a los restos mortales femeninos encontrados en un lote baldío. Llamó su atención la belleza del rostro, le recordaba a alguien, pero no precisaba a quién. Dejó el periódico y fue a dormir, fue la última imagen de su sueño.

Eva despertó contenta, bostezó largamente y estiró los brazos. Antes de meterse a la ducha quiso leer el periódico. Lo abrió sin prisas y encontró una nota que le cambió la expresión risueña. Leyó, preguntándose desolada quién sería la infeliz que encontraron muerta de un tajo en la yugular, tirada en un baldío...

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La última parábola
Octavio Hernández

No sólo he imaginado esos sueños;

también he imaginado esa casa.

Jorge Luis Borges

Acaso así son los sueños.

Octavio Hernández

Aquel hombre de mirada desorbitada y triste sabía de los sueños de los hombres, dijo que en un principio el sueño precedió al verbo y que ningún sueño es nuevo.

Me habló sobre la invención de la lengua y la mentira, me dijo de un hombre que nació del polvo molido de todas las muertes y de la inexplicable física primitiva, el cual predicaba que la inmortalidad se encontraba en el alma; aquel sujeto sombrío y parsimonioso hablaba con gran agudeza y elocuencia.

Después lo miré dibujando en el aire la silueta perfecta de un hombre atado al hilo de una oscura mujer. Ella lo recogía, lo envolvía para que no temiera al futuro, ese futuro que en sus manos de arena sólo corroboraba el gran invento de la muerte, mientras susurraba: «Gregorio al final del sueño cae como cascada de un violento violín».

El sonido al despertar era como el de un tren que, al estrellarse con la mañana, desecha el último sueño, «sólo se escuchaba el último grito que deshoja el espejo de la jaula de Alejandra». El corría dejando a la deriva los hexágonos del silencio que abarcaba su desesperada voz, era el verbo que anulaba toda posibilidad de creer en algo que se ha dicho.

Alguna vez lo vi cargando la representación del mundo, en ese instante me sentí tan indefenso (aquí la realidad nos volvió intangibles y clandestinos), era como vislumbrar la verdad que le está vedada a los hombres.

Entre sus posesiones había un artefacto que proyectaba y abastecía de sueños a los hombres que carecían de tan dichosa actividad. Lo escuché claramente hablando en extrañas y confusas lenguas, presagiando oscuros e inciertos tiempos, en su rostro había un atardecer pálido e infinito, como si esperara el desenlace de su vida presagiada.

En cierta ocasión lo encontré detrás del espejo proyectando su sombra contra la pared, una sombra nueva, afirmando que la oscuridad existe. A su costado se encontraban algunos pergaminos en donde se veían ecuaciones matemáticas de un intelecto admirable, fijé la mirada en uno que hablaba del origen del universo, la teoría era espeluznante y ridículamente aceptable, entre otras cosas había ciertas afirmaciones sobre la evolución del hombre en simio, y en uno de ellos resaltaba la imagen de un paquidermo que podía adivinar el futuro —me llegó una risa de marfil—; en ese momento se disipó la duda: su cuerpo era un enjambre más, el grito sordo de una vieja canción desteñida por los años y su equivalencia «la del olvido».

Entonces surgió el verbo, flotaba en el aire como desde aquel momento tan concurrido por el silencio y el hambre de no saber a ciencia cierta si el barro es carne o si la conciencia es el epicentro de nuestra ceguera. En el aire existía un cierto olvido, su silueta me dio la espalda, su llanto era lo insondable que habita en la nada, su eco era el origen de la ignorancia, sólo quedó el último torrente de su muerte y de su sueño, el último esbozo de su risa y de su nada, el último hemisferio del sueño que navega entre los hombres con su mar clandestino y su fantasma hecho niebla. Quedó abatido y en silencio, inmóvil, y una vez más perdió el aliento y se deshizo.

Aquella tarde languidecí en el sueño. Al llegar la media noche, su silencio no era más que una rosa para un cerdo: dormía, soñaba el sueño de otro hombre. La metamorfosis era inevitable, su sombra se difuminó y nació el infierno mientras decía: «perdónalos porque no saben lo que sueñan».

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La hora del té
Emma Yanet Carranza Suárez

La vida de Maite no era como la de cualquier joven de su edad, vivía bajo el cuidado de Daniel, un anciano que solía permanecer casi todo el día en el viejo y enorme sillón que había en la sala de la antigua casa. La casa era pequeña y obscura, las cortinas siempre cerradas obstruían cualquier rayo de luz, los contados muebles permanecían siempre donde mismo.

Maite acostumbraba mirar todos los días por la ventana del baño, afuera estaba la vida, y se limitaba a un estrecho y sucio callejón. Se encerraba horas para mirar por la pequeña ventana, suspiraba y entretejía los dedos bajo la barbilla, cerraba los ojos imaginando un mundo mágico, como el de sus libros, que se esfumaba cuando oía a lo lejos crujir la madera bajo el bastón de Daniel, que cruzaba la sala. Bajaba de la escalerita, abría la llave de la regadera y se metía a prisa.

Esa mañana tras abrir los ojos, Maite corrió hasta la pared donde colgaba un enorme calendario, encerrado en un círculo se encontraba el día exacto de su cumpleaños, había llegado. La sonrisa adornó pronto sus carnosos labios, su mirada seguía fija en el papel, así se quedó quizás una hora.

La cabeza de Maite nunca fue fácil. Daniel solía regañarla cuando tenía ideas descabelladas, decía: «una mente joven actúa siempre inconsciente». Entonces Maite pudo ver el arrugado y flácido rostro de Daniel en su mente, casi podía saber lo que diría cuando ella le propusiera su alocada idea: anhelaba conocer el mundo que esperaba ahí afuera. Encerrada entre esas paredes grises y carcomidas, la vida para ella se había convertido en una tortura, más que nada quería salir.

Todos los sábados por las mañanas se dedicaba a leer para Daniel, estudiaba bajo su mirada rígida, era su carcelero. Maite no sabía exactamente el parentesco que podía tener con él, pues nunca le permitía hablar sobre el asunto, ponía mala cara y le recordaba «ése no es asunto tuyo», no sabía nada de él, ni su edad, ni si había conocido a los que fueron sus padres, ¡no tenían pasado! Ni ella, ni él.

La juventud de Maite podía verse en cada parte de su rostro, su piel suave y tersa, el brillo de sus enormes ojos negros; pero su energía y sobre todo el entusiasmo se le agotaba a cada segundo atrapada entre las estrechas paredes del cuartucho, Daniel y su pesimismo le asqueaban: «encerrada aquí estás mejor». Caminaba de un lado a otro en la habitación, se detenía y miraba a todos lados, luego se dirigía al otro extremo y hacía lo mismo. La ansiedad la delataba, no podía ocultarlo, se acercó a la sala casi de puntillas y miró a Daniel en el sillón verde de siempre, mientras por su cabeza cruzaban las mil y una formas de persuadirlo para que accediera a su petición.

El bastón en la mano de Daniel señaló algo en la pequeña mesa de la sala, miró a la mesa y caminó muy despacito hasta tenerla enfrente. La voz grave de Daniel sonó en toda la habitación cuando se echó a reír, el brinco sorpresivo de Maite lo hizo reír con más ganas, sus carcajadas sonoras la tomaron desprevenida, desconcertada y perpleja lo miraba y parpadeaba. No entendía el motivo de su alegría, jamás lo había visto reír de ese modo, comenzó a creer que soñaba, entonces se talló los ojos y los abrió aún mas. «Ábrela» dijo Daniel señalando la cajita en la mesa, la tomó temblorosa entre las manos, era ligera, casi podía asegurar que se encontraba vacía, «pero ábrela ¿qué esperas?», decía divertido el viejo decrépito que no apartaba la mirada de ella. Temblorosa rasgó el papel dorado que cubría la caja, por fin la abrió; estaba confundida, ahí adentro sólo había un papel enrollado, parecía viejo y algo manchado, lo tomó en sus pequeñas y delgadas manos, lo miraba curiosa, empezó a desenrollarlo, era una invitación, tenía la fecha exacta de ese día y estaba dirigida a ella, era una cordial invitación a tomar el té, tenía una dirección impresa y la hora. Sonrió ampliamente, saldría de ahí, ¿era eso? Se preguntaba «¿saldré de aquí?» una y otra vez, perpleja puso su mirada en Daniel «¿iré?» dijo sumisa, «pero por supuesto, deberías vestirte, ya casi es hora». Se quedó congelada, las palabras pasaron unas cuantas veces en su cabeza hasta que reaccionó «¿cambiarme?».

Su rostro comenzaba a dar muestras de que se había dado cuenta del asunto, su corazón palpitaba desenfrenado, comenzaba a sonreír, se dio vuelta y fue hasta su cuarto, temblorosa eligió las prendas indicadas, entonces se le ocurrió preguntarse: «¿Quién había llevado la invitación?», no conocía a nadie. Le dio muchas vueltas, se detuvo en la respuesta que más le agradaba: sus padres vendrían por ella en su cumpleaños, la sacarían del infernal modo de vida que comenzaba a trastornarla. Sus nervios comenzaban a hacer efecto, reía bajito, parecía no querer que nadie más se diera cuenta de que reía.

Se vistió de prisa, al terminar salió a buscar a Daniel pero no lo encontraba, había revisado en todos los rincones, sólo faltaba buscar en el baño cuando vio la puerta abierta de par en par: afuera había tanta luz, y el aire fresco soplaba. Dio un breve paso y nada, otro y nada, así se acercó hasta quedar afuera por completo. Se encontró en un pasillo blanco y angosto, estaba en el cuarto piso de un enorme edificio, caminó aprisa hasta llegar a la salida, había tanta gente, corrió hasta el enorme cristal, observó maravillada a toda esa gente. Todo era hermoso, el sonido, los colores, todo.

Miró el rollo en su mano y detrás escuchó unos pasos, al voltear se encontró con un pequeño conejo blanco, Maite había visto dibujos en los libros, pero éste era real. Se acercó ansiosa y vio colgado del cuello del conejo un papel en forma de flecha con letras rojas que decía: «sígueme…» Sonrió complacida, el juego era de su agrado. El conejo comenzó a saltar de prisa, ella lo seguía ansiosa y divertida. A lo lejos del pasillo vio una puerta pequeña, parecía muy lejana pero el conejo llegó de un salto y se quedó quieto frente a la puerta. «Es muy pequeña» dijo Maite, sonrió complacida: «esto me recuerda a mi libro preferido», entonces vio brillar la llavecita colgada del cuello del conejo, sus ojos brillaban excitados por todo aquello. Tomó la llave y abrió la puerta, el conejo entró rápidamente mientras ella se arrastraba para entrar. Ya en la habitación se puso de pie, era enorme y de color naranja, en el otro extremo había otra puerta y se apresuró a abrirla, estaba emocionada. El otro lado de la habitación era de un blanco enceguecedor. Entonces vio el sillón viejo y verde de Daniel, corrió emocionada y lo giró rápidamente: una extremidad ensangrentada lo ocupaba, aterrada gritó, el brazo señalaba la otra extremidad que tenía algo en la mano. La respiración y el llanto de Maite crecían de una forma exasperada, sus quijadas temblaban, al acercarse a la puerta cerrada miró el reloj que yacía en la mano que había pertenecido a Daniel, el llanto desbordado continuó sin cesar, las manecillas marcaban las doce.

Maite parecía entrar en estado de shock, escuchó abrirse una puerta, reaccionó y abrió apresurada la ventana que señalaba el brazo ensangrentado, mientras se deslizaba por la pequeña ventana escuchó una melodía, era música de un violín, pero no se detuvo. Al otro lado había una puerta negra, corrió para abrirla, giró la perilla, el ruido la puso aún más nerviosa, abrió. Su rostro se inmutó al mirar el callejón, salió corriendo, respiró hondo y corrió sin mirar atrás, no parecía tener fin, seguía corriendo, se dio cuenta que la imagen era la misma sin importar cuán rápido corriera. Parecía no avanzar, se detuvo confundida, algo no andaba bien. Miró la cerca que quedaba a un costado, trepó por las montañas de basura y brincó agitada, se encontró con otro callejón cerrado. Abrió otra puerta y la cerró rápido tras de ella, seguía llorando, no podía contenerse, se deslizó hasta sentarse en el frío piso, abrazó sus piernas y lloró más y más…

«Daniel», gemía bajito entre dientes, tenía miedo. Entonces vio un cuadro con una flecha roja señalando hacia la izquierda, se decidió a seguirla, la llevó a un jardín, entró y miró la mesa blanca entre la maleza y las flores, sobre la mesa había seis tazas, se acercó curiosa mientras se secaba las lágrimas. A su alrededor no parecía haber nadie, vio nuevamente el rollo de papel en uno de los asientos, lo tomó y lo tiró rápido, corrió buscando una salida, reanudó el llanto desesperado, mientras corría las ramas le rasguñaban la cara, brazos y piernas. Por fin encontró una nueva puerta y dudó en abrirla, no sabía qué horror encontraría, deseaba más que nada estar a salvo tras las grises y viejas paredes de su casa, la vida aquí era terrible.

Un ruido en los matorrales la hizo tomar una decisión, abrió apresurada la puerta y se encontró con una gran cantidad de gente que parecía atenta a algo o a alguien, ella se escabulló entre la multitud y una mujer que cargaba a un infante la hizo sonreír aliviada, la pesadilla había terminado, pensó, pero se acercó para mirar al bebé y se dio cuenta de que se trataba de un muñeco sucio y viejo. Comenzó a irse lentamente, dando pasos hacia atrás, mas chocó con un hombre que la delató, todos la miraron, una mujer gorda exhaló demandante: «que la juzgue la reina». La fueron aventando hasta que quedó frente a todos, temblaba esporádicamente y gemía «¡Daniel! ¡Daniel!». La mujer con el muñeco la señalaba: «¡bruja! ¿qué le hiciste a Daniel?», «¿yo?», confundida miraba a la multitud enardecida que hacía llegar un costal ensangrentado. La mujer que se decía reina tenía un gesto malévolo, Maite miraba a todos atemorizada ¿Dónde se había metido? ¿Qué sucedía? Su mente giraba sin sentido, el grito espantoso la sacó de su órbita, «¡que le corten la cabeza!». Maite gritó y se sacudió los brazos que la aprisionaban, su mente voló lejos, muy lejos, no podía escuchar a nadie, «¡pobre Alicia! Ahora sé cómo se sentía, vivir en un mundo de locos, cómo pude desear alguna vez salir de mi casa, aquí afuera todo es horrible, bien decía Daniel que ahí estaba segura, pobre, nunca quise oírlo, ¡qué horrible cumpleaños!», decía mientras lloraba desconsolada y la gente se abalanzaba contra ella. «Quisiera despertar y volver a esas cuatro paredes custodiándome, maldita sea la hora en que salí por esa puerta, ¡maldita sea la hora del té!». Lloriqueaba a gritos entrecortados, cerró sus ojos con fuerza, pensó en aquel viejo libro que leía una y otra vez para Daniel, cómo le gustaba Alicia en el país de las maravillas, cómo lo odiaba ahora, «el mundo se ha vuelto loco ¡loco! Todos…»

«¿Maite? Querida, abre los ojos, todo está bien.» Abrió los ojos al escuchar esa voz desconocida que la llamaba tiernamente por su nombre: »Maite...»

Era una mujer delgada, vestida de blanco, su cabello rubio y largo caía sobre sus hombros. En el lugar había luz, las ventanas daban a un jardín. Entre el silencio, había una musiquita de fondo: Mozart. La mujer secaba el llanto de Maite: «todo está bien, levántate, hace días que no duermes, ven…»

La acompañó hasta un pasillo angosto, Maite miró confundida los letreros con flechas rojas. Abrieron una estrecha puerta y se sentó al borde de una cama. «Todo estará bien, Maite», le decía la mujer que le quitaba las pantuflas y la acomodaba en la blanca cama. «¿Y Daniel?», preguntó desorientada, «De eso quieren hablar contigo, bonita, unos hombres estarán aquí, promete que te portarás bien», le acarició el rostro. «No siento las piernas», dijo un poco asustada. «Alicia», dijo un hombre alto y delgado en la puerta «¿está lista?» «Ya están aquí» ¿Alicia? Pensó Maite, miró las letras rojas que en el pecho decían: «Alicia Barajas». Dos hombres entraron tras del doctor, respiraba lento, con pesadez, veía sus rostros y sus labios al moverse le explicaban algo, las imágenes que le mostraban en un gran portafolio eran las de un cuerpo mutilado, no escuchaba nada, sólo la música…

¿Quién daña por dañar? Mi regalo de cumpleaños me retrasó para la hora del té…

«¿Daniel?», dijo Maite mientras bajaba las improvisadas escaleras del baño…

En la cabeza de Maite las complicadas imágenes le traían recuerdos borrosos, se extravió cuando salió de la realidad, se perdió, justo cuando el reloj dictó las doce.

Me quedé en silencio a mitad de las escaleras, escuchaba su respiración acercarse a mí, sentí el sudor correr en mi frente, mi pecho palpitaba, sentía un leve temblor en mis rodillas que parecía esparcirse en mi cuerpo desde las puntas de mis pies hasta mis dientes, fue entonces cuando todo quedó en pausa…

El viento se detuvo, tan espeso que no podía respirarlo, tan frío que sentí mi piel gélida. El sonido de aquel grillo escondido en algún recóndito lugar de la casa parecía volverse un estruendo en mi cabeza, su mano estrujó mi brazo fuerte y firme.

Mi corazón se detuvo, mis ojos salieron de sus órbitas, en mi garganta un nudo se hacía. Mi cuerpo inmóvil no producía ninguna reacción, los segundos antes de reaccionar me parecieron eternos, un sonido hueco salió de mi boca seca, sus dedos me sujetaron con mayor fuerza, con tanta que se anclaban rasgándome la piel, comencé a sentir un calor cuyos dedos me dejaban llagas en la piel… cerré los ojos esperando que sus manos desaparecieran. Nunca me gustaron los gatos, no tenía a nadie para que me indicara un mejor camino, hablé casi susurrando.

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23…

«Veinticuatro.» Pronunció la voz ajena.

Todo el aire que había en mis pulmones se esfumó, me sentí frágil e indefensa, me vi en el fulgor de sus pupilas, eran tan distintas que me perdí un instante en su color, su belleza única y magnífica hacía que mi piel se erizara de miedo, el gesto en su rostro me decía que disfrutaba el horror que había en el mío…

Al otro instante ya no supe de mí…

Tic, tac, tic, tac. Era tarde, era la hora del té.

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
125 стр. 9 иллюстраций
ISBN:
9786074506174
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