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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Mike Lightwood

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lo que nunca fuimos, n.º 1 - diciembre 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1375-304-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Primera parte

Antes

Capítulo 1

Antes

Capítulo 2

Antes

Capítulo 3

Antes

Capítulo 4

Antes

Capítulo 5

Antes

Capítulo 6

Antes

Capítulo 7

Antes

Segunda parte

Antes

Capítulo 8

Antes

Capítulo 9

Antes

Capítulo 10

Antes

Capítulo 11

Antes

Capítulo 12

Antes

Capítulo 13

Antes

Capítulo 14

Antes

Tercera parte

Capítulo 15

Antes

Capítulo 16

Antes

Capítulo 17

Antes

Capítulo 18

Antes

Capítulo 19

Antes

Capítulo 20

Antes

Capítulo 21

Un año después

Agradecimientos

Para todos a los que, como a mí,

les robaron su adolescencia.

Primera parte

Antes

2004

Me había pasado un trimestre entero sin hablar con él ni una sola vez. Un trimestre entero mirándolo.

Lo miraba por la calle cuando salíamos del instituto, lo miraba por los pasillos y, sobre todo, lo miraba en clase. Cuando nadie más me veía, cuando todos tenían mejores cosas que hacer que fijarse en el chico nuevo al que nadie conocía y que tampoco se molestaba por conocer a nadie. En esos momentos, yo solo hacía una cosa: mirarlo.

Así fue como lo aprendí todo sobre él o, al menos, eso es lo que creía. Me aprendí los movimientos de sus manos y su forma de caminar. Me aprendí el remolino que siempre se le formaba en la coronilla. Me aprendí el movimiento nervioso de sus piernas cuando teníamos algún examen. Me aprendí su voz, la diferencia de tono entre cuando hablaba con sus amigos y el nerviosismo cuando respondía las preguntas de algún profesor.

Pero jamás le había hablado y, por supuesto, él tampoco lo había hecho. Sin embargo, al terminar ese curso deseé que jamás hubiéramos llegado a conocernos siquiera.

Fue en 3.º de la ESO. Un curso que supondría un punto de inflexión en mi vida, y no solo por motivos académicos. Acababa de cumplir los quince años; ya no era un niño, pero todavía me quedaba mucho para ser un adulto. Desde mi perspectiva, faltaba tanto que realmente dudaba que llegara a serlo algún día, aunque ahora sonrío al pensar en lo cortos que parecen esos años vistos desde la distancia.

Había empezado el curso con miedo. Tras dos años en secundaria, el fantasma del bachillerato era cada vez más corpóreo en el horizonte, como cuando vas en coche durante una mañana de niebla y los edificios comienzan a aparecer en la lejanía. No, desde luego que ya no era ningún niño. El curso siguiente ya terminaría la ESO, y después entraría en bachillerato. Tras eso, vendría la selectividad, seguida de la universidad, y entonces llegaría el fantasma más terrible de todos, un monstruo que me acompañaba cada noche cuando no podía dormir pensando en el futuro: La Vida Adulta. Ese Día de Mañana que tanto mencionaban los profesores, esa etapa en la que ya no estaría bajo la protección de mis padres y tendría que volar solo, quisiera o no.

Habría sido más fácil si hubiera tenido un grupo de amigos en clase, pero no era el caso. No es que fuera de los marginados de la clase, pero tampoco era popular. Simplemente era uno más, alguien del montón. Pero yo no era como mis compañeros; eso era algo que ya tenía más que claro. Tenía un secreto; un secreto que había aparecido en mi vida sin desearlo y que se había quedado ahí sin ser invitado. Un secreto que me daba miedo. Era un secreto que necesitaba gritar a los cuatro vientos y, al mismo tiempo, sabía que debía ocultar a cualquier coste.

Nadie podía descubrir que me gustaban los chicos.

Por lo que había podido averiguar de la dinámica del grupo durante el primer trimestre, Rubén también era uno más en la clase. Tenía un par de amigos, aunque muchas veces prefería quedarse solo. Y también era guapísimo, o al menos a mí me lo parecía. Y me molestaba pensar eso. Me molestaba mirarlo cuando nadie me miraba. Y me molestaba que estuviera siempre, casi siempre, solo, cuando yo lo único que quería hacer era acercarme a él. Pero no podía hacerlo.

En realidad, desde la distancia que me dan los años, me doy cuenta de que tampoco era tan guapo, al menos, no en el sentido más convencional de la palabra. Tenía acné, aunque lo cierto es que casi todos lo teníamos a esa edad. Y tampoco estaba tan desarrollado como algunos de mis compañeros, que me sacaban una cabeza y tenían unos músculos que prefería no mirar. Rubén, de hecho, ni siquiera estaba delgado, lo cual lo excluía automáticamente de las listas absurdas que hacían las chicas de clase. Y, aun así, durante ese curso Rubén era para mí el chico más guapo del mundo.

Sin embargo, no hablé con él hasta el día que nos emparejaron para hacer un trabajo de clase.

Y, desde ese momento, todo cambió por completo.

Capítulo 1

Empezar un nuevo trabajo siempre da miedo.

Es curioso que nunca te hablen de ello en el instituto, o ni siquiera en la universidad, cuando se supone que te están preparando para la vida laboral. Siempre se centran en que hay que estar preparados a un nivel académico. Bien formados y, a ser posible, que no falten los títulos. Como mucho nos decían que tenemos que ser formales, aseados y puntuales. Que es importante dar una buena impresión, especialmente el primer día. Hubo un profesor de la universidad que hasta nos dio algunas pautas para hacer un currículum decente, aunque él era una rara avis.

Pero ninguno te hablaba de la noche sin dormir antes de incorporarte a tu nuevo trabajo. De los nervios en el estómago al despertar por la mañana. De la tensión cuando vas hacia allí, sin saber qué es lo que te vas a encontrar. Empezar en un trabajo nuevo se parece mucho a empezar en un instituto nuevo, y eso es algo con lo que tengo cierta experiencia.

Y lo peor es que, cuando eres gay, vas con un miedo añadido del que se habla poco. Nunca sabes qué van a pensar de ti tu jefe o tus compañeros. Si se imaginarán lo que eres, o si les molestará cuando lo descubran. Nunca sabes qué ideología va a tener la gente que trabaje contigo. En cualquier momento puedes oír cualquier comentario hiriente, aunque sea malintencionado. Tampoco sería la primera vez que me pasa, y desde luego no es algo a lo que te acostumbres.

Recuerdo cuando estuve dando clases de inglés para pagarme mis gastos mientras iba a la universidad. Parecían una familia normal y corriente. Lucas era un chaval de doce años, más simpático y agradable que otros alumnos que había tenido. También era buen estudiante y se esforzaba en los estudios como el que más, pero un día pinchó y suspendió un examen. Cuando me lo contó, noté que se le saltaban las lágrimas, hasta que al final acabó llorando. No podía culparlo; después de todo, tenía constancia de que había estudiado y él mismo estaba decepcionado. Sabía bien cómo debía de sentirse, así que traté de consolarlo y ofrecerle las palabras de ánimo que necesitaba en ese momento. Fue entonces cuando entró su padre y se lo quedó mirando mientras lloraba.

—No seas maricón —le dijo.

Tres palabras. Tres simples palabras que derrumbaron todo lo que había estado construyendo desde mi adolescencia, que apenas acababa de dejar atrás. Por un momento, me llenó de pánico pensar que me lo decía a mí, que me había descubierto de algún modo. Pero entonces me di cuenta de que se lo decía a su propio hijo, y eso era todavía peor. Me pregunté qué habría pasado si mi propio padre me hubiera dicho algo así unos años antes. Probablemente me habría destrozado, pero al menos yo tuve suerte con mi familia. Y, después, me pregunté qué pasaría si ese chaval fuera gay en secreto, tal como lo había sido yo apenas unos años antes. Tal como, en realidad, lo seguía siendo cada vez que conocía a alguien.

Es curioso que la gente hable de salir del armario como si fuera un momento único en el tiempo, porque en realidad te pasas toda la vida haciéndolo.

La segunda vez que me ocurrió fue un par de años más tarde, poco después de independizarme y cambiar de ciudad. Estaba trabajando en una cafetería para poder pagar el piso mientras encontraba algo de lo mío, y no había tardado en hacer migas con mis compañeros. Todos tenían más o menos mi edad; se trataba de gente maja con la que había conectado enseguida, algo poco habitual en mí, que siempre tenía problemas para relacionarme.

Una tarde me había tocado cerrar con uno de mis compañeros, un chico rubio con el que me llevaba bastante bien. Mientras yo estaba haciendo la caja y él ponía el lavavajillas, sonó mi móvil, que ya había encendido tras terminar el turno. El tono de llamada era Applause, de Lady Gaga, el último single de mi cantante favorita. Me apresuré a cortar la llamada, pero él oyó la canción de todos modos.

—Vaya mariconada de canción, tío —dijo entre risas.

Se me encendieron las mejillas al instante y di las gracias en silencio por tener la caja como excusa para no contestar. Y, a partir de ese momento, las cosas cambiaron un poco en ese trabajo. Ya no me sentía tan libre cuando me tocaba hacer el turno con él; estaba constantemente controlando mi voz y mis gestos para no delatarme.

Poco después, por suerte, comencé a escribir sobre música para una revista de cultura que me permite trabajar desde casa. El ambiente dentro del grupo de trabajo no podría ser más amigable y más abierto, y casi me da pena que no haya una redacción física donde pueda tener un contacto más directo con mis compañeros. Luego pienso que eso es precisamente lo que me permite no madrugar y se me pasa, claro.

Pero hoy comienzo a trabajar en un colegio. No como profesor de verdad, sino como monitor de inglés en las actividades extraescolares. Las cosas no van tan bien como antes en la revista y no son buenos tiempos para ser autónomo, así que necesitaba urgentemente unos ingresos extra después de unos meses bastante complicados. Y, al recordar mi etapa universitaria dando clases, me ha parecido la opción perfecta. Después de todo, uno de mis intereses siempre fue la enseñanza, aunque al final acabara ganando mi pasión por el periodismo.

Al ser el primer día, tenemos que estar en el colegio a las dos en punto, una hora antes de la que empezaremos normalmente. He venido bien peinado, vestido con mi mejor camisa y unos pantalones que he planchado por primera vez en mi vida, y con todos mis nervios bajo el brazo. No nos contrata el propio colegio, sino una empresa externa, y nos han citado a una reunión para explicarnos todo lo que necesitamos saber antes de empezar. La plataforma informática donde encontraremos todo el material, las listas de asistencia que tendremos que rellenar cada día, las normas que hay que seguir… Es demasiada información, pero me esfuerzo al máximo por absorberlo todo.

Tras la reunión, todos los monitores de inglés nos reunimos con la coordinadora, una chica morena que se llama Martina. Es joven; tal vez un par de años mayor que yo. Pero está seria, muy seria, y su expresión me deja claro que no se va a convertir en una amiga en ningún futuro cercano. De hecho, me basta un primer vistazo para saber que es un poco borde.

—Hay que llegar al cole todos los días a las tres menos cinco como muy tarde. Tenéis que estar en vuestras aulas a las tres en punto para recoger a los niños. La profe no se puede quedar esperando, así que no tardéis. —Nos lanza una seria mirada de advertencia a cada uno antes de continuar—: Y tened en cuenta que en cada clase hay niños que van a actividades distintas, así que os tenéis que asegurar de que tengáis a todos los vuestros. La profe suele entregar cada niño a su monitor, pero siempre se puede despistar y tenéis que estar atentos. ¿Habéis entrado ya en la plataforma online para descargar la lista de matriculados?

Todas asienten con la cabeza. Todas menos yo, claro.

—Eh… No sabía que había que descargar la lista.

Martina me mira con el ceño fruncido. No llevo ni cinco minutos y ya la he cagado.

—Pues muy mal —responde tajante, dejándome descolocado por un momento—. Ábrela ya en el móvil, que la profe no tiene por qué adivinar cuáles son los que te tocan a ti.

Enrojezco hasta la raíz del pelo mientras saco el móvil de mi bolsillo para entrar en la plataforma online. Sí, sin duda, me ha tocado una coordinadora borde. Y, tal como suele ser esta gente, no me extrañaría que me haya cruzado ya. Por suerte, no tardo más que unos segundos en encontrar la lista. Cuando levanto la mirada, mis ojos se cruzan con los de otra de las monitoras… Porque, sí, aquí son todas chicas menos yo. Pero no hay hostilidad en su mirada y, cuando ve que la estoy mirando, me dirige una sonrisa de ánimo.

—Eric —dice Martina, sobresaltándome un poco—. Tú eres el nuevo, así que todavía no conoces el cole. —Mira a la chica que me ha sonreído—. Que Clara te acompañe y así ves cómo se llega, yo no tengo tiempo de ir contigo.

—Va… Vale —balbuceo.

—Y apréndete bien el camino, que el jueves vas a tener que ir tú solo.

¿En serio es necesario que sea tan borde?

—Vale —repito, sintiéndome cada vez más estúpido.

A continuación, Martina da por terminada la charla y todas se van cada una por su lado. Yo me quedo ahí plantado, con Clara, deseando que me trague la tierra. Está claro que mi primer día no podía haber empezado peor, pero al menos ya me he enfrentado a lo más duro. Al menos, eso es lo que creo, porque todavía no he conocido a los niños. Aunque dudo que sean peores que Martina.

—Eric, ¿verdad? —me pregunta con una sonrisa, y yo asiento con la cabeza—. No le hagas mucho caso a Martina; está un poco amargada. Siempre es así de borde al principio, pero ya la irás conociendo.

Me echo a reír sin poder evitarlo. Al menos, sus palabras alivian un poco la tensión que siento.

—Bueno, al menos tú pareces maja.

—Eso dicen —contesta entre risas, y se pasa el pelo rubio por detrás de los hombros—. ¿Cuál es tu clase?

—Primero… —Saco el móvil para asegurarme—. Primero B.

—¡Ah, es la clase de Rubén! Vente, es por aquí —Echa a caminar hacia un pasillo hacia mi izquierda—. Es muy majo, yo tenía a sus niños del curso pasado.

—Pues mira, al menos ya van dos personas majas en este colegio.

Vuelve a reír.

—Sí, de los profes de primaria él es el más simpático. Y también es el más guapo, aunque me imagino que eso a ti no te importa.

Ay, si tú supieras…

Compruebo de nuevo la lista de mis niños. Solo tengo cinco, así que supongo que no será difícil aprenderme sus nombres. Y, con suerte, tampoco perderé a ninguno. Repaso los nombres en mi cabeza: Gabriel, Nora, Marta, Fayna y Elías. Tres niñas y dos niños. No debería ser demasiado difícil, ¿verdad? Espero no tardar mucho en aprendérmelos, aunque asociarlos a sus caras igual ya me cuesta un poco más.

—Bueno, pues aquí es —dice Clara, deteniéndose frente a una puerta llena de recortes de cartulina y dibujos mal pintados que me hacen sonreír. A continuación, señala otra aula al fondo del pasillo—. Y ahí es donde tienes que ir a dar la clase después de recoger a tus niños.

—¡Vale! Gracias por acompañarme —respondo con absoluta sinceridad.

—¿Quieres que venga a por ti cuando terminemos? Me pilla de camino.

—Eh… Sí, claro.

—¡Genial! Pues me voy ya a mi clase que no llego, ¿vale? Luego nos vemos.

Me quedo mirando la puerta sin saber muy bien qué hacer. ¿Debería llamar? ¿O esperar a que salga el profesor? Después de todo, todavía no ha sonado el timbre siquiera. ¿No me habré equivocado de clase? Compruebo el móvil una vez más y veo que no: todos mis niños son de Primero B. Estoy a punto de llamar a la puerta cuando escucho una voz detrás de mí.

—Es tu primer día, ¿verdad? —Me doy la vuelta y veo a una chica atlética en chándal, probablemente la monitora de alguna actividad deportiva. Asiento tímidamente con la cabeza. En serio, ¿de verdad se me nota tanto que soy el nuevo? Es como volver al instituto otra vez—. No te preocupes, Rubén abrirá la puerta cuando acabe.

—Va… Vale, gracias.

Estoy enrojeciendo de nuevo, así que me alejo de la puerta y me apoyo contra la pared. Cierro los ojos y suelto un suspiro. Espero que la cosa mejore, porque si no esto va a ser un verdadero desastre. Y lo peor es que todavía no ha hecho más que empezar.

La puerta se abre apenas un minuto después. La monitora entra en la clase, así que espero mientras la oigo hablar desde fuera y saludar a los niños con entusiasmo.

—¡Te toca! —dice con una sonrisa al salir unos momentos después. Se despide de mí con la mano, seguida de una docena de niños eufóricos. Está claro que el inglés no es la actividad más popular, precisamente, porque yo no tengo ni la mitad—. Que vaya bien.

—¡Gracias! —respondo, feliz de haberme encontrado a otra persona simpática.

Me acerco a la puerta, revisando la lista de nombres una vez más para que parezca que me he aprendido los nombres.

—¡Hola! Soy Eric, el monitor de inglés.

—¡Un segundo! —contesta el tal Rubén, que se encuentra girado a noventa grados de mí, de modo que no puedo verle bien la cara. Está consultando una lista que hay colgada en la pared—. Tengo que comprobar quiénes se van contigo a Inglés y a quiénes los recogen sus padres, si me das un momento…

—Eh… Sí, claro.

Rubén termina de consultar la lista y se dirige al resto de niños, que están todos en fila y esperando, obedientes.

—Vale, venid conmigo los que yo os diga. Los demás os quedáis en la fila. Marta, Fayna, Gabriel, Nora y Elías. Os toca ir a Inglés.

Y, entonces, se gira hacia mí con una sonrisa en los labios. Y yo no puedo evitar quedarme boquiabierto al verle la cara. Una cara que, a pesar de los años que han pasado, todavía conozco muy bien.

No es un Rubén cualquiera.

El Rubén que tengo delante fue el primer amor de mi adolescencia. El chico del que me pasé todo el curso colgado, el chico que me hacía suspirar y que, durante mucho tiempo, también me hizo llorar. Un chico al que llevaba más de catorce años sin ver.

Rubén fue mi primer amor, pero también fue el primer chico que me rompió el corazón.

Y, aunque logré superarlo, verlo es como si volviera a tener quince años. Como si me hubiera roto el corazón otra vez.

Antes

Lunes, 10 de enero de 2005

Nunca fui capaz de decidir si me gustaba ser «el nuevo» o si lo odiaba con todo mi ser.

Como todo, tenía su parte positiva, pero también su parte negativa. La parte positiva era que podía empezar de cero en un lugar donde nadie me conocía, lleno de posibilidades y de posibles futuros. Un lugar donde podía ser quien quisiera ser, sin que nadie tuviera una imagen ya fijada de mí tras toda una vida compartiendo aulas, pasillos y recreos. Y, si nadie se fijaba en mí, nadie podría averiguar mi secreto.

La parte negativa era que allí no tenía amigos, pues había llegado nuevo ese curso al instituto y prácticamente no conocía a nadie. Tenía una amiga, en singular, pero no tenía amigos, en plural. Nadie me incluía en los planes. Nadie me contaba qué tal le había ido en algún examen, ni me pedía los apuntes o los deberes. Mi compañero de pupitre ni siquiera me pedía la goma cuando la necesitaba; prefería levantarse a pedírselo a algún amigo que probablemente conociera desde hacía años.

Pero, en mi mente, la parte positiva compensaba todo lo demás.

Solo una persona se había acercado a mí el primer día de clase: Natalia, una chica de largo pelo castaño y lacio que se sentaba justo detrás de mí. Por su aspecto y su madurez al hablar me pareció que era mayor; tal vez había repetido un curso. Lo primero que hizo cuando acabó la presentación fue acercarse a mí. Se presentó y, desde entonces, nos volvimos inseparables. No solo se convirtió en una amiga, sino también, gracias a su madurez, en una especie de hermana mayor.

Pero ese día, el primero después de las vacaciones de Navidad, no había venido a clase. Y, cuando solo tenías una única amiga, eso podía llegar a ser un problema.

—Hoy vamos a empezar un proyecto audiovisual para el resto del trimestre —dijo la profesora de Inglés—. Va a ser por parejas, así que id eligiendo mientras saco las fotocopias de la carpeta.

La clase se llenó del ruido de sillas arrastrándose y deportivas chirriando en el suelo. Yo me quedé donde estaba; tenía claro quién sería mi pareja. Me incliné sobre el cuaderno y me dediqué a hacer garabatos mientras esperaba a que los demás terminaran de buscar a sus compañeros.

—Hola —dijo de repente una voz masculina que conocía muy bien, sobresaltándome—. Dice la profe que me ponga contigo.

No tenía que levantar la mirada para ver de quién se trataba, pero lo hice de todos modos. Algo regordete y de mejillas sonrosadas, con el pelo oscuro y rizado y unos grandes ojos castaños. Ya me había fijado en él, claro; me había pasado todo el trimestre anterior mirándolo. Sin embargo, aquella era la primera vez que lo tenía tan cerca y, por supuesto, la primera vez que hablábamos. A tan poca distancia hasta podía ver algunas pecas en su nariz en las que jamás me había fijado, y me parecía todavía más mono por ello.

Y me daba rabia pensar eso.

—Eh… Soy Rubén, por cierto —añadió, claramente incómodo.

Por supuesto, yo ya lo sabía. Aunque tampoco podía esperar que él supiera mi nombre, así que supuse que sería mejor que me presentara.

—Yo soy Eric. Pero ya tengo pareja. —Rubén miró a mi alrededor, sorprendido—. Me voy a poner con Nati, ya haré yo su parte hoy.

Se encogió de hombros.

—Pues no sé, díselo a la profe. A mí me ha dicho que me ponga contigo.

Y eso es lo que hice. Por alguna razón me estaban comenzando a arder las mejillas, así que me apresuré a levantarme de mi pupitre para ir hacia el escritorio de la profesora. Levantó la mirada de sus papeles cuando vio que me acercaba y me miró con una sonrisa.

—Oye, profe —murmuré, cohibido—. ¿No podría ponerme con Natalia? No me importa hacer su parte de hoy.

Ella negó con la cabeza.

—No, ya le he dicho a Rubén que se ponga contigo.

—Pero entonces Natalia se quedará sin pareja —argumenté, esperando que con eso bastara—. Somos impares en clase.

—No te preocupes; cuando vuelva, que se incorpore a otro grupo. Tú vete con Rubén.

—Es que… —comencé, pero ella me interrumpió antes de que pudiera protestar.

—Eric, necesitas socializar un poco con el resto de la clase. Haz el proyecto con Rubén, ¿vale?

—Pero…

—Nada de peros. Vas a hacer el proyecto con Rubén —insistió, tajante.

—Está bien —contesté al fin, resignado.

No quería hacer el trabajo con él. Cualquiera en mi lugar se habría alegrado de tener una excusa de pasar horas con el chico que le gustaba, pero aquel no era mi caso. Si yo hubiera sido una chica, o si él lo fuera, habría sido más fácil. No me lo habría pensado dos veces, y probablemente hasta habría aprovechado la situación a mi favor. Pero las cosas no eran tan fáciles. Aunque me gustara, prefería permanecer alejado de él, seguir admirándolo desde la distancia sin acercarme más de lo necesario, tal como había hecho durante todo el primer trimestre. No sabía si me daba más miedo el rechazo o lo que pudiera pasar si no había tal rechazo.

Y tampoco sabía que aquel trabajo iba a cambiar por completo mi vida durante ese curso.

Apenas avanzamos durante el resto de la hora. No solo porque habíamos empezado tarde, ni tampoco porque me quedé mirándolo cuando tenía que estar leyendo las fotocopias con las explicaciones para hacer el proyecto. No, el verdadero problema fue que no éramos capaces de elegir un tema.

—A ver, ¿qué películas te gustan? —me preguntó después de que hubiéramos descartado las series y los videojuegos tras no encontrar nada en común.

Pero tampoco le quise decir la verdad, al igual que había escondido mi amor por Embrujadas y por Pokémon cuando me había preguntado por series o videojuegos. La verdadera respuesta habría sido Harry Potter; en esa época, estaba completamente obsesionado con las películas. El problema era que en clase se reían mucho de Harry Potter, al que llamaban jocosamente por nombres absurdos como Harry Petas o Harry el Porretas. Al igual que se reían de Embrujadas por ser una mariconada y de Pokémon por ser para críos… Justo las tres cosas que más me gustaban.

Durante ese curso teníamos entre catorce y quince años, así que estábamos en esa edad incómoda en la que renegábamos de las cosas que nos gustaban en la infancia. Veíamos películas de Disney, pero no se lo decíamos a nadie. Jugábamos a Pokémon, pero lo ocultábamos para no parecer críos. Íbamos a ver las películas de Harry Potter, pero disimulábamos cuando nos encontrábamos en el cine. En mi caso, ese mismo año me habían regalado por Navidad el DVD de Harry Potter y el prisionero de Azkaban y, por Reyes, la Edición Rojo Fuego de Pokémon. Pero no se me habría ocurrido mencionar la película en clase, al igual que tampoco se me habría ocurrido llevar la consola al instituto como sí que había hecho con las primeras ediciones en el anterior colegio.

—Pues… No sé. —Me esforcé por pensar películas que parecieran más adultas y mencioné los primeros títulos que se me pasaron por la cabeza, películas que conocía por mi hermano pero nunca me había molestado en ver—. Matrix, El Señor de los Anillos… Star Wars. Esas cosas, ya sabes.

De repente, su rostro se iluminó.

—¡¿Qué dices?! ¡Me flipa Star Wars! ¿Cuál es tu favorita?

«Mierda. Me va a pillar».

—No sé, es difícil elegir —me apresuré a mentir—. La primera, supongo.

—¿De cuáles? ¿De las originales o de las precuelas?

—¿Qué?

—Sí, ya sabes. ¿La primera de las antiguas o de las nuevas?

—Eh. ¿De las nuevas?

En realidad, no tenía la menor idea de lo que me estaba preguntando. Me di cuenta de que le había dado la respuesta equivocada al ver su ceño fruncido, pero ya era tarde.

—¿En serio? —preguntó extrañado—. ¿Tu favorita de la saga es La amenaza fantasma?

—Bueno, a ver. —Me estrujé el cerebro, tratando de encontrar una salida convincente—. Yo tampoco diría que es mi favorita. Es que me gustan todas.

Eso ya pareció tranquilizarlo un poco más.

—Entonces, ¿te parece si hacemos el trabajo sobre Star Wars? —me propuso entusiasmado—. Siendo algo que nos gusta a los dos, va a estar chupado.

No sabía en qué jardín me estaba metiendo, pero ya me había quedado sin opciones.

—Me parece bien.

En ese momento, la profesora pidió silencio para hablar.

—Quedan menos de cinco minutos de clase, así que podéis ir recogiendo las cosas. El miércoles quiero que me contéis el tema que habéis elegido para que os dé el visto bueno.

El empollón oficial de la clase, Rafa, levantó la mano, y la profesora le dio la palabra.

—¿Para cuándo es el trabajo?

—El proyecto será para hacerlo durante todo el trimestre. La última semana antes de las vacaciones de Semana Santa la vamos a dedicar a las exposiciones orales.

—¿Vamos a hacer todo el trabajo en clase? —preguntó Rafa, apuntando lo que sin duda debía de ser la fecha en su agenda—. Porque si necesitamos ordenadores o lo que sea…

—No, también tenemos que avanzar materia —le recordó la profesora—. Vamos a dedicar un día a la semana para trabajar en el proyecto, pero la mayor parte tendréis que hacerla en vuestras casas o en la biblioteca.

Tragué saliva. ¿En serio iba a tener que quedar con Rubén fuera de clase para hacer el trabajo? Si me lo hubieran dicho aquel mismo día al levantarme de la cama, no me lo habría creído.

—Podrías venirte a mi casa un día de estos —sugirió Rubén mientras recogía sus cosas, y las palabras hicieron que el corazón se me detuviera por un instante—. Si quieres. Así podemos ver alguna de las pelis y empezar con el trabajo.

Tragué saliva varias veces más antes de contestar, tratando de deshacerme del molesto nudo que sentía en la garganta.

—Vale.

A esas alturas, ya no podía dar marcha atrás. Sin embargo, la perspectiva de ir a su casa me emocionaba y aterrorizaba a partes iguales.

Capítulo 2

No me ha reconocido. No puedo creer que no me haya reconocido.

—Oye, ¿estás bien? —pregunta al verme pasmado, como si hubiera visto un fantasma.

Y en cierto modo así es, porque ahora mismo estoy viendo a un fantasma que no esperaba volver a ver en mi vida. Concretamente, un fantasma del pasado. Un fantasma que llegó a mi vida cuando menos lo esperaba y dejó un rastro imborrable a su paso.

Pasamos dos trimestres enteros juntos. Me grababa capítulos de Embrujadas en un CD, que prácticamente era lo más romántico que podías hacer a mediados de los 2000. Y yo le hacía galletas que aprendí a preparar para él. Fui a su casa en incontables ocasiones, y él también fue a la mía más de una vez. Fue el primer chico del que me enamoré. El primer chico que me cogió la mano. ¿En serio no se acuerda de mí?

¿Y en serio me duele tanto?

—Sí… Perdona —respondo al fin, tratando de recomponerme—. Es que es mi primer día aquí y estoy un poco atolondrado con todo esto. Me llamo Eric.

Por un momento me parece ver una expresión extraña en su rostro al oír mi nombre, pero al segundo estoy seguro de habérmela imaginado.

—Encantado, Eric.

Me tiende la mano para saludarme, como si no nos conociéramos. Esa mano que tantas veces soñaba con acariciar durante mis noches de insomnio. Esa mano que tan solo toqué en ocasiones contadas, aunque todas se me quedaron grabadas a fuego en la memoria. La observo durante un instante, dudoso, pero entonces extiendo la mía para tomársela.

Y ahí está. Esa electricidad que había entonces. Solo habían sido chispas cuando nuestras manos se rozaban por accidente, pero el día que me la tomó al fin sentí una verdadera corriente eléctrica que nos atravesaba por completo. Ha pasado mucho tiempo, pero no he sido capaz de olvidarla. Y, ahora, casi quince años después, todavía siento que parte de esa corriente eléctrica aún vive entre nosotros. Es como si se detuviera el tiempo por un momento, o tal vez simplemente sea un momento muy largo que transcurre en lo que parecen ser solo unos segundos.

—Profe, ¿nos vamos? —nos interrumpe la voz de una niña, rompiendo el momento.

Tal vez sí que estaba siendo un momento demasiado largo.

—¡Sí! —Bajo la mirada y veo a una niña con media melena de pelo oscuro, mirándonos con curiosidad—. ¿Cómo te llamas, guapa?

—Soy Nora. ¿Nos vamos ya, profe? Me aburro.

Me echo a reír ante su iniciativa. Para ser tan pequeña, es muy insistente, y eso me deja claro que voy a tener que controlarla bien en clase si no quiero que acabe dominándome.

—Claro, cariño —respondo, tendiéndole la mano. Consulto el móvil de nuevo; ya se me han olvidado los demás nombres—. Marta, Fayna, Gabriel y Elías. Venid conmigo, ¿vale?

—Bueno —dice Rubén con una sonrisa que no sé cómo interpretar—. Ya nos vemos.

—Eh… Sí, ya nos vemos —acierto a responder—. Hasta el jueves.

Me llevo a los cinco niños hacia el aula del fondo, con cuidado de no perder a ninguno por el camino. En realidad, no he preparado gran cosa para hoy, tan solo unos juegos de presentaciones para conocernos mejor y aprenderme sus nombres. Y me alegra que sea así, porque no soy capaz de quitarme a Rubén de la cabeza durante toda la hora.

¿Qué posibilidades había de que acabáramos los dos aquí? Estamos a cientos de kilómetros del instituto donde estudiábamos juntos y hemos acabado los dos en el mismo colegio, y además con los mismos niños. Y, aunque ya estoy mucho más cerca de los treinta que de los quince, peligrosamente cerca, no puedo evitar sentirme de nuevo como un adolescente. Como si volviera a ser ese adolescente que apenas comenzaba a descubrir el mundo y conoció el amor cuando todavía no estaba preparado, si es que alguien lo está alguna vez.

Cuando suena el timbre que pone fin a la clase me doy cuenta de que he vuelto a cometer un error: Martina nos había dicho que cinco minutos antes de que sonara el timbre teníamos que recoger el aula y estar preparados para salir, pero no me he dado ni cuenta. Recogemos a toda prisa y, cuando salgo de allí, me encuentro con Clara esperando al otro lado de la puerta, rodeada de un corrillo de niños algo mayores que los míos que parecen completamente enamorados de ella. ¿Cómo es posible que haya conseguido hacerse con ellos tan pronto?

—¡Hola! —me saluda con una sonrisa—. ¿Cómo ha ido tu primer día?

Me esfuerzo por devolverle la sonrisa mientras reúno a mis niños en una fila. Si ya es difícil con los cinco que tengo yo, no me quiero ni imaginar cómo será tener que lidiar con los catorce o quince que tiene ella.

—Bueno, ha estado bien. ¿Tú qué tal?

—Pues bien, tengo a los mismos niños del año pasado, así que ya los conozco. ¿Los tuyos qué tal? —pregunta, echándoles un vistazo mientras nos ponemos en marcha—. ¿Son buenos?

—Sí, sí, parecen buenos críos —respondo distraído—. Oye… ¿Sabes dónde están los profesores?

—¿Los demás monitores, dices? Pues tenemos que ir todos al patio para esperar a los padres. ¿Necesitas algo?

—No, no —me apresuro a responder—. Era solo curiosidad.

Mierda. Tendría que haberlo supuesto. Rubén es un profesor de verdad, no un simple monitor de extraescolares como yo. Él se habrá ido después de entregarme a mis niños; probablemente esté ya en su casa. Su casa… Recuerdo esas veces que fui a su otra casa, esa en la que vivía cuando los dos éramos adolescentes. Recuerdo mi nerviosismo al entrar y la tensión que sentía cada vez que estaba a solas con él, en su habitación, una tensión que iba creciendo a lo largo de las semanas. Recuerdo exactamente todo lo que hacíamos en ella. Estoy seguro de que, si cerrara los ojos, podría recordar cada detalle de esa habitación.

Los siguientes diez minutos transcurren como rodeados de una neblina que lo difumina todo a mi alrededor. Salimos al patio, que está convertido en un caos de niños, monitores y padres recogiendo a sus hijos. Por suerte, Clara me indica dónde tengo que esperar, así que apenas tardo unos pocos minutos en entregar a todos los niños. No sé si debería quedarme a esperar a Clara o si tendría que hablar con Martina, así que miro a mi alrededor durante unos instantes, un tanto confuso. Pero no veo a nadie que conozca y tampoco me habían dicho que tuviera que quedarme, así que me voy.

Al sacar el móvil, veo que tengo un mensaje de Natalia. Después de quince años, continúa siendo mi mejor amiga, y es ella quien me ha proporcionado todo el apoyo moral que necesitaba antes de comenzar en el trabajo.

Natalia:

Eriiic!

Qué tal el primer día?

Todo bien?

Yo:

Bueno, bien

Tía, te acuerdas de Rubén?

Natalia y yo nos conocemos desde el mismo 3.º de la ESO, que lo conocí a él, así que en su día se tuvo que comer todos mis dramas con Rubén.

Natalia:

Qué Rubén?

Espera

El del cole??? Tu Rubén???

Yo:

Sí, tía

Adivina quién es el profe de mis niños

Natalia:

No jodas!!!!

Es coña, no?

Yo:

Qué va

Me he quedado flipando

Natalia:

Y qué tal??

Qué te ha dicho?

Yo:

Pues nada, la verdad

No me ha reconocido, tía xd

Natalia:

No jodas

Estás seguro?

En realidad, no lo estoy. O, al menos, no del todo. Recuerdo esa expresión que me pareció ver en su rostro cuando le dije mi nombre. ¿De verdad fue solo mi imaginación, o realmente le cambió la cara al oír mi nombre? Y recuerdo también la pausa que hizo antes de pronunciar mi nombre en voz alta. ¿De verdad no me había reconocido? Sí, ya han pasado casi quince años, pero los amigos del instituto no se olvidan. Porque eso es todo lo que fuimos después de todo, ¿no? Amigos. Aunque yo habría querido ser más que eso. Mucho más que eso.

Yo:

No lo sé

No me dijo nada

Natalia:

Y tú tampoco??

Yo:

No, la verdad es que no

Me quedé muy bloqueado

Natalia:

Y no crees que a él le pudo pasar lo mismo??

Erais muy buenos amigos, seguro que se acuerda

Tampoco me resulta una opción descabellada. Después de todo, si a mí me chocó verlo, ¿por qué no iba a pasarle lo mismo a él? Uno no ve todos los días a su mejor amigo de hace quince años, aunque la cosa durara poco. Igual no estaba seguro de que fuera yo, o igual pensaba que era yo quien no se acordaba de él. Natalia tiene razón: éramos muy buenos amigos por mucho que después nos distanciáramos, así que es imposible que se haya olvidado de mí.

¿Verdad?

Antes

Lunes, 10 de enero de 2005

Necesitaba ayuda.

Y el único que podía ayudarme en aquella situación era mi hermano.

—Luis —resollé sin aliento en cuanto llegué a casa, irrumpiendo en su habitación—. Te necesito.

—¿Qué quieres, pesado?

Estaba tirado en la cama, en calzoncillos, leyendo un cómic mientras se rascaba el paquete con aire distraído. Un espectáculo que hubiera preferido ahorrarme, pero tendría que aguantar si quería conseguir mi objetivo. Por lo general, solía evitar su habitación siempre que podía. Estuviera él dentro o no, siempre había tres constantes en ella: mal olor, calzoncillos por el suelo y pósteres. Muchos pósteres. Y la mitad eran de Star Wars, lo cual significaba que era la persona perfecta para sacarme de mi ignorancia.

—¿Vemos Star Wars?

Se quedó tan sorprendido que se le cayó el cómic de entre las manos. Me miró durante unos instantes, boquiabierto, antes de ser capaz de contestar.

—Estás de coña, ¿no?

Llevaba como mínimo diez de mis quince años recién cumplidos tratando de convencerme para que viera las películas con él, pero jamás lo había conseguido. Lo más cerca que estuvo fue una vez, cuando yo tenía seis o siete años, en la que me senté con él en el sofá mientras veía una de las películas. Todo iba bien hasta que, de repente, apareció una especie de babosa gorda y gigantesca que me hizo salir corriendo de allí, aterrorizado. Siempre pensé que esa escena me había creado un trauma y por eso jamás había vuelto a ver ninguna de las películas, porque desde ese momento me había negado en rotundo cada vez que me había propuesto ver alguna.

—Tenemos que hacer un trabajo de Inglés sobre alguna película y mi compañero ha escogido Star Wars, así que… tengo que verlas.

Podía ver un brillo de puro entusiasmo en sus ojos grises, los mismos que habíamos heredado los dos de nuestro padre.

—Vale. Esta tarde empezamos el maratón —decidió—. ¿Prefieres el orden cronológico o el de estreno?

—Eh. No sé. ¿Qué quieres decir?

—A ver, ¿prefieres empezar por las originales o por las precuelas?

Ya estaba hablando igual que Rubén, y a él tampoco lo entendía. Por suerte, Luis era mi hermano y no quedaría mal si se lo preguntaba.

—Tío, que no sé de qué me estás hablando. Explícamelo.

—En serio, ¿qué os enseñan en el instituto? —Soltó un suspiro de resignación—. A ver, primero se estrenó La Guerra de las Galaxias, que después se llamó Una nueva esperanza. Ese es el Episodio IV, que es de los setenta. Y después llegaron El imperio contraataca y El retorno del Jedi, que son los Episodios V y VI.

—¿Por qué empezaron por el cuarto? —pregunté, un tanto confuso—. No tiene sentido, ¿no?

—Es muy largo de explicar, pero lo importante es que esos fueron los primeros que se estrenaron. ¿Me sigues por ahora? —Asentí con la cabeza y él tomó aire para continuar—: Vale, pues hace como seis años comenzó la trilogía de las precuelas, que serían los Episodios I, II y III. De momento se han estrenado La amenaza fantasma y El ataque de los clones, pero este verano ya sale la tercera, La venganza de los Sith. ¿Lo pillas?

Asentí una vez más con la cabeza.

—Entonces, empezamos por el Episodio I, ¿no? La de los fantasmas esos.

—Personalmente, no te lo recomiendo —respondió, negando con la cabeza—. Piensa que todavía falta el Episodio III, así que tendrías que pasar del II al IV y sería un poco extraño. Yo creo que es mejor que vayamos por el orden de lanzamiento. Empezamos por el Episodio IV, y después de terminarnos la trilogía original ya nos vemos las precuelas. ¿Te parece bien?

No sabía ni qué decir; tanta información de golpe me resultaba abrumadora. Menos mal que eran solo seis episodios y no nueve.

—Sinceramente, tampoco te creas que me he enterado mucho —admití—. Pero confío en ti, así que lo que tú digas.

—Ya verás, te van a encantar —dijo con entusiasmo, aunque yo no estaba tan seguro—. ¡Y en verano podríamos ir al cine a ver el Episodio III juntos! Fijo que sacan el tráiler dentro de poco, tengo unas ganas que me muero.

—Bueno, bueno, tampoco te emociones —respondí entre risas—. De momento nos vemos estas y después ya hablamos, ¿vale?

Y así fue como empezó mi maratón de Star Wars. Cinco películas en dos tardes, y todo para poder estar preparado para cuando tuviera que hablar de la saga con Rubén. Lo bueno de verlas con Luis es que era el mayor experto en la saga que conocía, así que no le importaba responder a todas mis preguntas y dudas sobre las películas.

Supongo que, si lo analizo en perspectiva, esa fue la primera locura que hice por amor.

Capítulo 3

Se estremece bajo mi peso mientras lo embisto con fuerza, temblando de placer mientras suelta unos jadeos que quedan ahogados por la almohada.

—Joder… —gimotea Álvaro contra la almohada—. Sigue, Eric…, sigue.

Continúo moviendo las caderas, aumentando la velocidad todavía más mientras él se estremece debajo de mí. Arquea la espalda y, entonces, una serie de gemidos prolongados señalan que ya ha terminado. Sus piernas ceden y se desploma sobre la cama, haciéndome caer con él. Aunque no me detengo todavía.

—¿Crees que aguantas un poco más? —susurro contra su oreja, abrazando su cuerpo inmovilizado debajo del mío.

—Sí, tranquilo —responde con la respiración entrecortada—. Tú sigue.

Pero, en realidad, tampoco tardo mucho más. Con su cuerpo atrapado debajo de mí, aumento cada vez más la velocidad hasta que siento ese estallido de placer que, por un momento, hace que me olvide de todo. Y eso es justo lo que necesitaba esta semana.

Me quedo inmóvil sobre Álvaro, abrazándolo con fuerza y con la cara enterrada en su pelo demasiado largo.

—Eric… —susurra tras unos instantes—. Me estás aplastando.

—Perdona.

Me apresuro a quitarme de encima de él y me tumbo a su lado. Él, sin embargo, continúa sin moverse.

—Acaríciame un poco la espalda, anda —me pide con la voz ahogada contra el colchón.

—Qué cara tienes —respondo entre risas.

Sin embargo, hago lo que me pide. Es una rutina que me gusta, muy diferente a la que he tenido con otros follamigos. Álvaro es especial; nunca es y nunca ha sido un polvo más para mí. Álvaro es mi amigo de verdad. Un amigo con el que suelo acostarme varias veces por semana, sí, pero un amigo, al fin y al cabo. Mi mejor amigo, en realidad.

—¿Estás bien? —pregunta tras unos minutos de silencio, claramente preocupado—. Estás muy callado hoy.

—Sí, sí, lo siento… Es que no dormí muy bien anoche.

—No te preocupes. Creo que será mejor que me duche y me vaya a casa. Y tú deberías descansar, que mañana tienes cole —añade con un guiño.

—Te recuerdo que no empiezo hasta las tres —respondo en mitad de un bostezo, y aprovecho la oportunidad para picarlo un poco—. No todos tenemos que madrugar.

Me siento de espaldas a la pared, frotándome los ojos con los puños. Él se incorpora para mirarme durante unos segundos. A continuación, baja la mirada hasta su vientre pegajoso y después hasta las sábanas, que también lo están.

—Te he pringado la cama… Lo siento —se disculpa con una sonrisa.

—Ni que fuera la primera vez —respondo entre risas mientras me quito el preservativo—. Ya cambiaré las sábanas luego.

—¿Te vienes a la ducha conmigo?

—Sí, claro.

Normalmente habría respondido con más entusiasmo, en parte porque me gusta que nos duchemos juntos y en parte porque eso muchas veces significa una segunda ronda. Sin embargo, hoy tengo la cabeza en otra parte. Tiro el condón a la papelera y sigo a Álvaro hasta el cuarto de baño, sumido en mis pensamientos.

—Oye, ¿seguro que estás bien? —pregunta mientras se mete en la bañera y abre el grifo para que el agua se vaya calentando—. Es que te veo muy raro.

Suelto un suspiro antes de contestar. Sé que se lo acabaré contando tarde o temprano, así que tampoco tiene mucho sentido seguir retrasándolo.

—Sí, no es nada… Un encuentro inesperado, nada más.

—¿Algún antiguo amor? —pregunta entre risas.

Mi primer impulso es negarlo. Sin embargo, nunca le he mentido a Álvaro, desde el primer día que quedamos. Nos conocimos por Grindr, durante mi primera semana en Madrid. Él buscaba sexo y yo también. Nos gustamos enseguida y además vivíamos relativamente cerca, así que quedamos esa misma noche. A veces, las cosas eran así de simples. Sin embargo, después del sexo ocurrió algo que pocas veces me había pasado: nos quedamos hablando durante horas. Concretamente, hasta las seis de la mañana. Y, después, le dije que se quedara a dormir conmigo, a pesar de que vivía a solo veinte minutos a pie. Nos despertamos a la hora de la comida, metimos una pizza en el horno y nos pasamos toda la tarde y buena parte de la noche viendo películas malas en Netflix. Y también haciendo otras cosas, claro.

Y, por sorprendente que pueda parecer, ese fue el inicio de algo muy bonito.

Ni somos ni hemos sido nunca pareja, por supuesto. Ninguno de los dos siente ninguna clase de atracción romántica hacia el otro. Sin embargo, ese encuentro fortuito a través de Grindr fue el inicio de mi primera amistad de verdad en Madrid, y también la más importante. Álvaro no es solo alguien con quien acostarme cuando a los dos nos apetece. Es alguien con quien ir al cine o de fiesta. Es alguien con quien pasar las tardes viendo series y películas. Y también es alguien en quien sé que puedo confiar, sea para lo que sea.

—Sí, podríamos decir que sí —respondo al fin.

—Joder, ¡pues cuenta!

—Nada, es solo… —Suelto una risa nerviosa—. En fin, un crush que tuve en el instituto. Rubén. Me pasé todo 3.º de la ESO pillado por él. Fue mi primer amor, supongo.

—¿Y ahora vive aquí o qué? —pregunta mientras me enjabona el pecho, y yo asiento con la cabeza.

—Y no solo eso. Trabaja en el cole donde empecé ayer. Es el profe de mis niños.

—No jodas. ¿Y qué tal? ¿Qué te ha dicho?

—Nada —respondo, encogiéndome de hombros para tratar de quitarle importancia—. Ni siquiera me ha reconocido.

—Hostias… Me imagino que tu yo adolescente estará fatal ahora mismo.

—Está un poco en la mierda, sí —contesto entre risas, dejando que me enjabone la espalda—. Pero… no sé. Me habría gustado que me reconociera, la verdad. Significó mucho para mí durante ese curso. De hecho, marcó el resto de mi etapa en el instituto.

—Déjame adivinar: era hetero.

—No, qué va —contesto, y me doy la vuelta para mirarlo—. Bueno, a ver, nunca me lo dijo claramente, pero yo creo que no era hetero ni de coña. Con decirte que éramos los dos superfanes de las Embrujadas…

—Hostias, me encantaba esa serie —responde con una sonrisa.

—Pues él me grababa todos los capítulos, así que imagina.

—Bueno, igual veía la serie por las chicas.

—Te digo yo a ti que no —respondo entre risas—. A ver, obviamente no lo digo por eso. Yo creo que o era gay o era bisexual, pero hetero estoy seguro de que no era.

—¿Y nunca pasó nada entre vosotros?

Me quedo en silencio durante unos instantes, sopesando la pregunta. En realidad, sí que había pasado algo, por así decirlo, pero todos los detalles más íntimos con Rubén prefiero guardármelos para mí mismo. Y no porque no confíe en Álvaro, sino porque no estoy preparado para compartirlos todavía.

—Bueno, digamos que no pasó lo que yo quería que pasara —respondo al fin—. Te juro que soñaba con ello todas las noches, pero… nunca fui capaz de dar el paso.

—¿Y él tampoco lo hizo?

Niego con la cabeza.

—Yo pensaba que no le gustaba, pero después de que perdiéramos el contacto ya no estaba tan seguro. Y, cuanto más tiempo pasaba, más claro tenía que había dejado escapar mi oportunidad.

—Joder. Eso sí que es una putada.

Vuelvo a darme la vuelta y él comienza a masajearme la espalda, extendiendo el gel. Cierro los ojos mientras disfruto de la presión de sus manos. Estoy más tenso de lo que pensaba, pero él se encarga de relajar mis músculos poco a poco.

—Ya. Me pasé muchos años pensando en lo que podía haber sido, en lo que nunca fuimos. Pero, no sé… Con el tiempo y la experiencia, cada vez tenía más claro que las señales estaban ahí. Supongo que yo no era capaz de verlas, o tal vez es que no quería verlas. No sé. —Suelto un suspiro—. Lo único que sé es que perdí cualquier oportunidad que podría haber tenido.

—Bueno. Pero igual ahora podrías tener otra, ¿no?

—No lo sé. No creo, la verdad. Si es que ni siquiera me recuerda, Álvaro.

—Pues, si es así, entonces es que no te merece —responde con voz tajante—. Mira, vamos a hacer una cosa. Date la vuelta.

—Sorpréndeme.

—Quiero que cierres los ojos. —Obedezco entre risas, imaginando ya lo que va a pasar a continuación—. Y, ahora, quiero que te imagines que soy el Rubén ese.

Ahora me río todavía más fuerte, aunque mantengo los ojos cerrados.

—Venga ya, Álvaro.

—Shh… —susurra él—. Imagina que estamos viendo Embrujadas en la tele. Y que están volando en escoba o lo que sea.

—Las Embrujadas no volaban en escoba, Álvaro.

—Bueno, da igual. Imagina que estamos los dos en el sofá. —Lleva la mano derecha hacia la mía—. Y entonces yo, que soy Rubén, te empiezo a acariciar la mano…

—Teniendo en cuenta que nos daba vergüenza rozarnos siquiera…

—Tío, para. Que me estás jodiendo la fantasía. ¿O prefieres que pare yo?

—No, no —me apresuro a responder—. Perdona. En realidad, me gusta esto.

—Vale. Pues eso, te empiezo a acariciar la mano… y voy subiendo poco a poco por tu brazo.

Lo hace y, en mi mente, comienzo a imaginar que es Rubén quien me está tocando. Pero no el Rubén que conocí en su día, sino el Rubén de la actualidad, el que vi ayer. Un Rubén más alto y crecido y, sin duda, mucho más experimentado que los críos inseguros que éramos en su día, esos chavales que apenas estaban empezando a descubrir sus cuerpos.

La mano sube hasta mi cara y acaricia mi mejilla antes de dirigirse hasta mi boca. Comienza a recorrer mis labios suavemente con los dedos.

—No sabes cuánto tiempo llevo deseando hacer esto, Eric —susurra Rubén contra mi oído… No, Álvaro. Es Álvaro.

Y, entonces, me besa. Y durante un segundo, un breve y glorioso segundo, siento como si fuera Rubén el que me está besando. Pero no es Rubén, claro. Es Álvaro. Conozco demasiado bien sus labios como para confundirlos.

Me aparto bruscamente de él y abro los ojos para mirarlo.

—Álvaro, para.

—¿Qué pasa?

Levanto la mano para acariciarle la cara.

—Prefiero que sigas siendo tú, ¿vale?

—Me parece perfecto —responde con una sonrisa.

Vuelve a besarme y, esta vez, me permito dejarme llevar. Recorre mi cuerpo, masajeando y acariciando las zonas precisas, demostrándome hasta qué punto ha llegado a conocer bien mi cuerpo en todo este tiempo. Cuando se arrodilla frente a mí dispuesto a darme placer mientras el agua de la ducha cae sobre nosotros, suelto un gemido tan prolongado que reverbera en las paredes del cuarto de baño.

Sitúo las manos a ambos lados de su cara, tal como a él le gusta, y muevo la cabeza de atrás hacia delante en movimientos cada vez más rápidos. El agua caliente cae sobre mi espalda mientras la boca de Álvaro me saborea en profundidad, y la mezcla de sensaciones es tan intensa que sé que esta vez voy a acabar mucho más rápido que antes.

—Álvaro… —alcanzo a decir, con la respiración entrecortada—. ¿Prefieres que volvamos a la habitación?

Aparta la boca el tiempo justo para negar con la cabeza, y después continúa haciéndome estremecer de placer como solo él es capaz de hacerlo.

Cuando exploto al fin en su boca, me tiemblan tanto las piernas que tengo que apoyar la espalda en la pared para no perder el equilibrio.

Antes

Viernes, 14 de enero de 2005

El miércoles le contamos a la profesora de Inglés las ideas que teníamos para el trabajo. Al principio, tener un trimestre entero nos parecía mucho tiempo, pero no tardamos en darnos cuenta de que realmente íbamos a ir muy justos si no nos esforzábamos al máximo. No era el típico trabajo fácil que se podía hacer en un par de horas tirando de Wikipedia, el Rincón del Vago y la Encarta. Si queríamos tener una nota decente, íbamos a tener que currárnoslo y echarle muchas horas.

La última semana antes de las vacaciones de Semana Santa tendríamos que exponer los trabajos delante de toda clase. Solo íbamos a tener los miércoles para avanzar con el proyecto en clase y consultar las dudas que pudiéramos tener con la profesora, lo cual significaba una cosa: íbamos a tener que vernos mucho fuera de clase si queríamos avanzar.

Al tratarse de un trabajo audiovisual para el que tendríamos que ver vídeos y películas, la biblioteca quedaba descartada… Y eso significaba que tendríamos que quedar en la casa de alguno de los dos. Por lo tanto, había muchas posibilidades de que fuera a tener a Rubén en mi habitación o de estar yo en la suya, tal como había sugerido. Me había pasado desde el lunes soñando despierto con ese momento, y también soñándolo de verdad por las noches. Tras una de ellas, tuve que poner el pijama a lavar al despertarme, rezando para que mi madre no me hiciera preguntas incómodas.

Aun así, también había estado el resto de la semana evitando a Rubén. Y es que temía y ansiaba al mismo tiempo el momento en que quedáramos a solas. ¿Y si me dejaba a mí mismo en ridículo? ¿Y si le caía mal cuando me conociera un poco? O, peor todavía. ¿Y si descubría mi secreto? No sabía cómo se iba a tomar el hecho de que un chico estuviera colado por él, pero estaba seguro de que la situación sería como mínimo un poco violenta.

—¿Eric? —dijo una voz demasiado familiar desde el otro lado del aula, sobresaltándome.

Era la hora del recreo, pero yo me había quedado con Natalia en nuestra clase, tal como hacíamos siempre. Habíamos descubierto enseguida que ahí nadie nos molestaba nunca. Estábamos haciendo los deberes de Matemáticas para la siguiente hora, tan concentrados que ninguno de los dos nos dimos cuenta de que Rubén había entrado en el aula.

—Ho… Hola —acerté a responder. Me sentía como un idiota.

—¿Qué tal?

—Eh… Pues bien. ¿Y tú?

—Bien.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, sin saber muy bien qué decir. Natalia nos lanzaba miradas alternas, con una sonrisa de diversión en el rostro. Se estaba dando cuenta de todo, y yo lo único que quería era que me tragara la Ttierra.

—¿Querías algo, Rubén? —preguntó mi amiga al fin, cansada de nuestro duelo de miradas tímidas y silencios incómodos.

—Eh. Sí —contestó él, claramente cohibido—. Quería hablar con Eric.

—Pues dispara, que tenemos que hacer los deberes de Mates y necesito que él los termine para copiárselos.

—¿Puedes venir un momento, Eric? —me preguntó Rubén con timidez.

—Eh… Claro.

Me acerqué a él mientras el corazón me latía con fuerza. Esperaba que fuera él el primero en hablar, porque yo no sabía qué decir. Al detenerme a apenas un metro de distancia me di cuenta de que tenía las mejillas calientes, y me maldije por haberme acercado tanto. Al menos, desde esa distancia no iba a ser capaz de oír los latidos frenéticos de mi corazón. ¿Verdad?

—Tendríamos que ir pensando en el trabajo de Inglés. —Si se había fijado en el color de mis mejillas, desde luego, lo supo disimular muy bien—. No hemos podido avanzar casi nada en clase y deberíamos ponernos ya en serio.

En realidad, yo me había hecho un maratón de toda la saga de Star Wars en dos tardes y eso ya suponía todo un avance por mi parte, pero claro, eso él no lo sabía.

—Sí, estaría bien.

Me miró durante unos instantes con timidez, y me di cuenta de que tragaba saliva varias veces mientras pensaba qué decir a continuación.

—¿Te apetece quedar este finde? Para hacer el trabajo, digo —se apresuró a aclarar. Yo me esforcé al máximo por no mostrar mi entusiasmo, pero por dentro sentía fuegos artificiales que explotaban en mi estómago. Al ver que no contestaba, añadió—: Si quieres.

—Sí, estaría bien. ¿En tu casa o en la mía?

En ese momento quise que me tragara la tierra una vez más, sobre todo al oír la risita mal disimulada de Natalia. Si ya había conseguido cagarla en apenas un minuto de conversación, ¿cómo no iba a hacerlo si llegábamos a quedar? Por suerte, su única reacción fue una media sonrisa curvando sus labios.

—¿Te quieres venir a la mía? Tengo todos los DVD de la saga y varios libros de las películas, así que hay material de sobra para ir empezando.

Tuve que respirar hondo antes de contestar para parecer tranquilo.

—Mejor. Además, la conexión de mi casa es una mierda. ¿Puedes mañana?

—¡Claro! Podemos quedar a las cinco, así tenemos toda la tarde para hacerlo. ¿Te parece bien?

—Sí, claro —me apresuré a responder. Tragué saliva y después añadí—: ¿Llevo… llevo algo para merendar o lo que sea?

—Bueno, vale, estaría bien —contestó sonriente; al menos, no le había parecido una pregunta estúpida—. Si quieres trae galletas o algo así, como veas. Yo tengo Kit Kats, pero no sé si habrá suficientes para toda la tarde.

Él mismo lo había dicho: «Toda la tarde». Me esforcé por no hiperventilar ante la perspectiva de pasar una tarde entera con él. En su casa. Y, muy probablemente, en su habitación, los dos solos sin nadie que nos molestara. No sabía cómo iba a poder dormir aquella noche. Continuamos hablando un par de minutos más y me apunté la dirección en mi agenda. Me pillaba un poco lejos de casa y tendría que coger el autobús para llegar, pero sabía que merecería la pena cada segundo del trayecto.

—Bueno… Pues me voy fuera. —Me dirigió una sonrisa antes de añadir—: ¡Hasta mañana!

No sabía qué decir, así que me quedé ahí paralizado, mirándolo como el idiota que era mientras él se marchaba. Un momento después me recuperé y volví a mi asiento, sintiéndome como si estuviera flotando en una nube.

Nati se me quedó mirando fijamente cuando llegué junto a ella.

—¿Qué pasa? —pregunté, y le di un trago largo a la botella de agua que tenía sobre el pupitre—. ¿Tengo un moco en la cara o qué?

—A ti te mola Rubén —dijo de repente, haciéndome escupir toda el agua. Ella se echó a reír al ver que confirmaba sus sospechas sin querer—. ¿A que sí?

—¿Qué dices, Nati? —mascullé, sintiendo que me ardían las mejillas todavía más—. No digas chorradas.

—¿Chorradas? —repitió—. ¿Por eso has escupido el agua cuando te lo he preguntado?

—Es que he bebido muy deprisa y me he atragantado.

—Eric, que mientes fatal —insistió con una sonrisa, y después puso los ojos en blanco—. No soy tonta, ¿sabes? Sé que te mola, se te nota a kilómetros.

—Tía, que no —insistí—. Que no soy… No soy gay.

Me di cuenta de que era la primera vez que pronunciaba aquella palabra. La sentía extraña en mi lengua, como si quemara, como si fuera algo prohibido o insultante. Supongo que, cuando te enseñan toda tu vida a odiar esa palabra y todo lo que representa, al final no te queda otro remedio.

—Claro, y yo no soy bollera.

—¿Qué? —pregunté con los ojos muy abiertos, un tanto aturdido por su respuesta—. Espera. ¿Eres lesbiana?

Se echó a reír, encogiéndose de hombros mientras me miraba.

—Pues claro. Yo pensaba que ya te habrías dado cuenta.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—No sé, es que tampoco quería presionarte —respondió—. Prefería esperar hasta que te sintieras preparado para hablar del tema.

—Espera. ¿Tú ya sabías que yo soy ? —Ni siquiera era capaz de pronunciar la palabra otra vez, a pesar de que me acababa de decir que era como yo—. Bueno, ya sabes.

—Pues claro, y más viendo cómo mirabas a Rubén. —Se encogió de hombros como si fuera evidente, y supongo que en cierto modo lo era—. Mira, Eric, me importas mucho, pero ya sé que solo hace un trimestre desde que nos conocemos. No quería que te sintieras obligado a decirme nada; prefería que me lo contaras cuando te sintieras preparado.

Tenía lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta que me impedía contestar de inmediato, pero Natalia no insistió.

—Jo —dije al fin—. Eres la mejor.

Ella me miró a los ojos durante unos segundos, con una sonrisa en la cara. Y, entonces, cruzó los escasos centímetros que nos separaban para rodearme con sus brazos. Era la primera vez que me abrazaba, y en ese momento fue cuando me di cuenta de lo muchísimo que necesitaba un abrazo así. El abrazo de una amiga, cálido y reconfortante justo cuando más lo necesitaba.

Mientras me secaba las lágrimas en los ojos, me di cuenta también de que ni siquiera recordaba ya la última vez que me había abrazado un amigo. Pero estaba seguro de que iba a tener muchos abrazos como ese a partir de ese momento, y ese pensamiento me llenaba de felicidad casi tanto como la idea de poder pasar la tarde del sábado en la casa de Rubén.

Como ella misma había dicho, solo hacía un trimestre que nos conocíamos. Sin embargo, ese trimestre me había bastado para darme cuenta de que había conseguido una amiga para toda la vida.

Capítulo 4

Por alguna razón estúpida, estoy casi temblando de los nervios. No recuerdo haber estado tan nervioso desde… En fin, desde la primera vez que fui a la casa de Rubén. Supongo que algunas cosas nunca cambian.

Pero, en realidad, las cosas sí que han cambiado. Han pasado ya casi quince años desde ese curso, así que ya no soy el crío que era entonces. Y ya no estamos en el instituto, aunque sí que estamos en un colegio. Y, pese a que ya no tenemos que hacer ningún trabajo de clase, los dos trabajamos en una clase. Los paralelismos son demasiados como para olvidarme de ellos.

Llego al colegio a las tres menos cuarto. No quiero darle más razones a Martina para odiarme, así que no estoy dispuesto a arriesgarme a llegar tarde. Por desgracia, ella es la única que está junto a la puerta del colegio cuando llego. Si al menos estuviera Clara para hacer de apoyo moral… Pero me encuentro solo ante el peligro.

—Ho…

—No has subido la lista de asistencia —me interrumpe antes de que pueda terminar de hablar.

—¿Qué?

—La lista de asistencia —repite impaciente—. Tienes que subirla a la plataforma online durante o después de cada clase. Sin falta.

—Eh… No lo sabía.

—Se dijo en la reunión del martes. ¿No te enteraste?

«No, Cristina, estaba demasiado ocupado tratando de asimilar mil cosas al mismo tiempo».

—Se me debió de pasar, lo siento. Pero sí que apunté a todos los niños —me apresuro a mentir—. Vinieron todos.

—Pues acuérdate de actualizar la lista. Recuerda: durante o después de cada clase. Es muy importante que los papás y las mamás sepan en todo momento dónde han estado sus hijos.

—Está bien —respondí, tragándome la rabia.

Por suerte, en ese momento llegan otras dos de las monitoras. Martina comienza a hablar con ellas de inmediato, ignorándome por completo, así que yo saco el móvil y actualizo la asistencia del martes antes de que vuelva a echarme la bronca. Estoy acabando cuando llega Clara al fin, y entonces entramos todos en el colegio.

—¿Qué le has hecho a Martina? —me pregunta cuando nos separamos de ellas de camino a nuestras aulas—. Te mira como si le hubieras atropellado el gato.

—¿Tanto se nota?

—No más de lo habitual, la verdad. —Se encoge de hombros, riendo, y mira hacia atrás como para asegurarse de que la coordinadora no esté cerca—. Esa tía está amargada.

—¿Y por qué la ha tomado conmigo?

—Ah, pues porque eres el nuevo. Ya se le pasará dentro de unos meses.

Me detengo en seco para mirarla con la boca abierta.

—¡¿Meses?!

—Bueno, tal vez menos —contesta entre risas.

—Genial —replico con un resoplido.

—Tú asegúrate de tenerla contenta y de hacer las cosas bien.

Aun así, tengo que reconocer una cosa a favor de Martina: lo bueno de tener que aguantar su mala leche es que, en los últimos diez minutos, no me he acordado siquiera de Rubén. Y, de repente, ya estoy frente a su aula sin haber tenido tiempo de ponerme nervioso siquiera. Ahí está de nuevo la chica del otro día, la monitora del chándal, que me saluda con una sonrisa cuando Clara se marcha.

—¿Cómo fue tu primer día?

—Bueno, en general bien. —Me encojo de hombros—. Podría haber sido peor, supongo. Soy Eric, por cierto.

—Yo me llamo Eva. Soy la monitora de fútbol.

En ese momento se abre la puerta, y ahí está él. Rubén. Mi primer amor, el chico por el que me pasé tantos meses suspirando. Y, al verlo, me siento como si volviera a tener catorce o quince años.

Al igual que el martes, Eva recoge a sus niños primero, que se van con ella con un entusiasmo que ya querría yo. Y, después, llega mi turno.

—Hola —acierto a decir.

—¡Hola! Eric, ¿verdad?

Escuchar mi nombre pronunciado por él me provoca un cosquilleo en la boca del estómago que me hace sentir ridículo.

—Sí. Vengo a por los niños.

—Evidentemente —responde con una sonrisa, y después señala el interior del aula, donde ya están esperándome. Nora y Fayna me saludan con la mano, mirándome con sendas caritas de felicidad—. Que sepas que están deseando irse contigo. Les he preguntado y me han dicho que les encantó la clase del otro día.

Espera. ¿Que ha hablado de mí con alguien? Vale, puede que haya sido con unos niños de seis años, pero ¿de verdad ha hablado de mí? ¿Y de verdad me emociono tanto por una tontería así? Y, sobre todo. ¿De verdad tengo ya casi treinta tacos?

—¿En serio? —acierto a preguntar.

Su sonrisa se ensancha aún más.

—Sí, y no te creas que es fácil ganárselos. Sobre todo, a esta gamberrilla de aquí —añade mientras señala a Nora, que se ha acercado a mí con una sonrisa traviesa, incapaz de seguir esperando en la fila—. Así que, nada, ¡os dejo!

Estoy a punto de asentir con la cabeza, de responder cualquier chorrada y marcharme con los niños. Pero, entonces, decido echarle valor y lanzarme de lleno.

—Oye, Rubén. Espera. ¿Podemos hablar un momento? ¿Aquí fuera?

Veo una expresión dubitativa en su rostro antes de que conteste.

—Sí, claro. —Se gira para dirigirse a los niños—. Sentaos todos y esperad un momento, ¿vale? Tengo que hablar con Eric.

¿Es cosa mía o mi nombre suena más bonito cuando él lo pronuncia? Y ¿acaso eso pasaba ya cuando íbamos al instituto? Si es así, ¿por qué no lo recuerdo? Hay tantos detalles que debo de haber olvidado, tantos momentos que estarán perdidos en algún rincón de mi memoria

—Será solo un momento —le aseguro mientras salimos al pasillo—. Te lo prometo.

Estoy de espaldas a él, así que aprovecho que no puede verme la cara para cerrar los ojos y respirar hondo durante unos segundos, tratando de serenarme un poco.

—Bueno… Pues tú dirás. ¿Es que ha pasado algo con alguno de los niños? —pregunta con cara de preocupación—. ¿Se han portado mal?

—No, no. —Me giro por fin hacia él—. No es eso.

—¿Entonces?

Suelto un suspiro de resignación.

—¿De verdad no te acuerdas de mí, Rubén? —pregunto con un hilo de voz.

Por un instante, vuelvo a ser un chaval de quince años, triste porque el chico del que se había pillado no le correspondía.

Pero, entonces, Rubén me mira a los ojos por primera vez desde que nos hemos reencontrado y me doy cuenta de que hasta ahora ha estado esquivando mi mirada en todo momento. La máscara desaparece y vuelvo a ver la misma expresión extraña del otro día.

—Claro que sí, Eric —susurra con una voz apenas audible—. Pues claro que me acuerdo de ti.

Se acerca a mí con rapidez, sin darme tiempo siquiera a asimilar del todo sus palabras. Por un instante, un frenético y demencial instante, creo que está a punto de besarme, como tantas veces soñé hace tantos años. Y, durante una fracción de segundo, me doy cuenta de que por alguna razón eso es precisamente lo que deseo.

En lugar de eso, me abraza. Y, por alguna razón, eso es casi mejor de lo que podría haber sido cualquier beso.

—No sabes cuánto me alegra volver a verte después de tanto tiempo —me susurra al oído, como si no quisiera que nadie nos oyera a pesar de que está el pasillo vacío.

Su voz suena extrañamente estrangulada, pero su aliento contra mi piel me provoca un estremecimiento que recorre todo mi cuerpo. ¿Cuántas veces soñé con este momento? ¿Cuántas veces deseé que me abrazara así, sentir su cuerpo contra el mío, quedar envuelto en su olor y en su calidez? No tengo forma de saberlo, pero lo que sí sé es que fueron tantas que jamás sería capaz de contarlas.

—Y a mí, Rubén —respondo al fin, susurrando también—. Te he echado mucho de menos.

Pero el momento termina tan rápido como ha empezado. Después de todo, estamos en el pasillo del colegio. Un lugar tan parecido al lugar donde suspiraba por él y, sin embargo, tan diferente al mismo tiempo. Y, al igual que entonces no podía abrazarlo, aquí tampoco puedo hacerlo, no más de lo que ya lo hemos hecho. Aunque esto ya es un paso, supongo.

—Podríamos… —comienza tras un par de minutos de silencio, pero entonces se queda en silencio. Traga saliva antes de continuar—: Podríamos tomar un café algún día de estos, si quieres. Y así nos ponemos al día.

Sus palabras me hacen sonreír de oreja a oreja.

—Me parece bien.

—¿Hoy qué día es?

—Es tres de octubre.

Hace una mueca.

—Vaya, pensaba que era día dos. Es que el cuatro vienen mis padres, que se van a quedar unos días conmigo. Pero podemos dejarlo para la semana que viene si quieres.

—Bueno, no te preocupes —contesto, tratando de no sonar decepcionado—. La semana que viene me parece bien.

—Estupendo —responde él, sonriendo también. A continuación, echa un vistazo a la puerta del aula y frunce el ceño antes de mirar el reloj y volver a mirarme—. Pero me temo que ahora tenemos trabajo. Tengo que sacar a los niños al patio en menos de dos minutos, y tú tienes que irte a clase con los tuyos.

—Cierto. ¿Lo hablamos la semana que viene, entonces?

—Claro —responde con una sonrisa que me derrite un poco por dentro—. Nos vemos el martes.

Y no decimos nada más. Me hubiera gustado haber concretado ya la hora, o haberle pedido su número de teléfono al menos, pero supongo que ya habrá tiempo para ello la semana que viene. Sin embargo, mientras me llevo a mis niños hasta el aula me siento más emocionado de lo que me he sentido en mucho más tiempo del que querría admitir.

Antes

Sábado, 15 de enero de 2005

Había sido incapaz de dormir la noche antes de quedar con Rubén.

Ya había hecho muchos trabajos con compañeros antes de cambiar de centro, y también había estado en casa de otros chicos. Cuando tenía mi grupo de amigos en el anterior colegio, dormíamos juntos como mínimo una vez al mes. Sin embargo, aquella era la primera vez que me sentía nervioso de verdad antes de ir a casa de alguien. La primera vez que apenas fui capaz de comer a causa del intenso cosquilleo que sentía en el estómago. La primera vez que me pasé más de media hora en el baño para tratar de ponerme guapo antes de salir.

Bueno, y también para hacer otras cosas que evitaran problemas inesperados a causa de mis hormonas en efervescencia.

También era la primera vez que hacía galletas de chocolate. No las hice completamente solo, claro; en esa época, no tenía la menor idea de repostería. Pero busqué yo mismo la receta, compré todos los ingredientes con mi propia paga y le pedí ayuda a mi madre, para asegurarme de que no la liaba en ningún momento. El resultado fue mucho mejor de lo que esperaba para ser mis primeras galletas, así que me sentía muy orgulloso de poder llevárselas a Rubén y decir que las había hecho yo. Tan solo esperaba que le gustaran.

—Hola —me saludó una mujer que debía de ser su madre al abrirme la puerta, diez minutos antes de la hora a la que habíamos quedado en realidad. Me di cuenta de que tenía los mismos ojos castaños que su hijo, y también se le formaba el mismo hoyuelo en la mejilla al sonreír—. ¿Eres Eric, cariño?

Su tono de voz era dulce y tenía el cuerpo un tanto rechoncho, también como Rubén. Su pelo, sin embargo, era rubio y liso.

—Sí, soy yo —respondí algo azorado. Esperaba que me abriera la puerta él—. ¿Está Rubén?

—Pues se acaba de meter en la ducha… Me parece que se le ha hecho un poco tarde. —Le agradecí que no señalara el hecho de que, en realidad, era yo quien llegaba demasiado temprano—. Pasa y le esperas en su habitación, ¿vale? Yo le aviso para que se dé prisa.

Estaba temblando un poco de los nervios, pero por suerte hacía frío, así que era difícil que la madre de Rubén fuera a sospechar nada. Lo cierto era que la perspectiva de entrar en su habitación me aterraba y me fascinaba a partes iguales, pero, por muchas ganas que tuviera de estar ahí, me parecía extraño hacerlo sin él dentro.

—No pasa nada, puedo esperar aquí.

—Anda, no seas tonto, ¿cómo vas a esperar fuera con el frío que hace? —Se apartó a un lado e hizo un gesto con la mano para que entrara en la cálida casa, así que obedecí con timidez—. ¿Quieres un vaso de agua, algún refresco o lo que sea?

—No, estoy bien. Muchas gracias.

No me fijé mucho en la casa; estaba demasiado mareado mientras trataba de asimilar dónde me encontraba mientras entraba un poco en calor. Por suerte, la madre de Rubén me dejó mi espacio; tan solo se limitó a acompañarme sin hacerme preguntas ni tratar de sacar conversación de forma incómoda. Cuando llegamos a la puerta de la habitación, que tenía un cartel con el nombre de Rubén escrito con las letras de Star Wars, me hizo un gesto para que entrara. A través de la puerta de al lado oía el ruido del agua corriendo, haciendo que mi imaginación se disparara.

—Este chico es un desastre —murmuró su madre, observando la habitación con una mueca de desaprobación en el rostro, y después volvió a dirigir la mirada hacia mí—. ¿Seguro que no quieres nada, cariño?

«Quiero meterme en la ducha con tu hijo y besarle como si no hubiera un mañana».

—No, de verdad. Muchas gracias.

Ella asintió con la cabeza, se despidió con una sonrisa y me dejó allí, solo en un territorio desconocido. Lo primero que noté fue el olor: la habitación olía a él. No había estado lo suficientemente cerca de él en tantas ocasiones como para acostumbrarme a su aroma, pero los pocos ratos que estuvimos juntos en clase ya me habían bastado para que se quedara grabado en mi cerebro para siempre. Y allí, en su habitación, todo estaba impregnado con suavidad de ese olor, de modo que si cerraba los ojos casi podía imaginar que me estaba abrazando.

Su habitación habría sido el paraíso de cualquier friki. Tenía un televisor pequeño con la PlayStation 2, la GameCube y un montón de videojuegos perfectamente colocados en una estantería, tal vez la zona más ordenada de su habitación. También tenía una Game Boy Advance SP, como yo, y varios juegos de Pokémon. Me acerqué y vi que uno de ellos era la Edición Verde Hoja, cuando a mí me acababan de regalar la Rojo Fuego por Reyes, y sonreí al darme cuenta de que podríamos jugar juntos alguna vez. Encima del escritorio también había un ordenador, que estaba encendido. El salvapantallas era lo que parecían las estrellas de Star Wars cuando una nave se movía a toda velocidad.

No pretendía fisgonear, pero rocé el ratón sin querer y el salvapantallas desapareció para mostrar un reproductor de vídeo con un logo en forma de cono naranja. En la pantalla había dos personas que conocía muy bien: Piper y Phoebe Halliwell, dos de las Embrujadas. Sin embargo, no reconocía la escena. Además, Phoebe tenía el pelo más largo que en la anterior temporada, pero no tanto como en las anteriores… ¿Acaso sería un capítulo que me habría perdido? Me fijé en el nombre del archivo: «Charmed 7x06 - Once in a Blue Moon.mp4». No me sonaba el episodio, así que tenía que habérmelo perdido por fuerza. Y, si Rubén lo estaba viendo, tenía que haberlo buscado específicamente, y eso significaba…

Abrí mucho los ojos, emocionado al darme cuenta de que a él también le gustaba mi serie favorita de todos los tiempos.

Pero ya no podía tardar mucho y tampoco quería que me pillara cotilleando, así que me alejé del ordenador y me dirigí hacia la cama. Estaba deshecha, pero me senté sobre la parte que todavía seguía cubierta por la colcha. Me parecía demasiado íntimo sentarme sobre las sábanas. Allí era donde dormía, donde hacía… otras cosas. Era el lugar de la habitación donde más olía a él y, por un instante, sentí el deseo de meterme entre las sábanas, de abrazarme a la almohada y de imaginar que lo estaba abrazando a él. En lugar de eso, tan solo pasé la mano por las sábanas, preguntándome cómo sería tocar a Rubén del mismo modo que lo hacían ellas.

Eso hizo que mi cuerpo reaccionara de inmediato y, aunque apenas se notaba gracias a los vaqueros, no quería que Rubén se diera cuenta si llegaba de la ducha. Así pues, continué inspeccionando la habitación con la mirada. Me sonrojé ligeramente al darme cuenta de que había unos calzoncillos tirados por el suelo, pero preferí no detenerme en ellos y seguí mirando hacia delante, a una estantería llena de figuritas que había junto a la mesita de noche. Sonreí al darme cuenta de que se trataba de una colección de figuras de Star Wars, que ahora podía reconocer gracias al maratón que había hecho con Luis un par de días antes.

—Uy. Hola —dijo de repente una voz desde el otro lado de la habitación.

Me giré con rapidez. Era Rubén, que se encontraba en el umbral de la puerta. Estaba cubierto solo con una toalla, pero podía ver parte de su torso todavía húmedo. Me esforcé por pensar en Jabba el Hutt para sofocar la inevitable reacción de mi cuerpo, aunque solo funcionó en parte.

—¡Hola! —contesté, levantándome de la cama de golpe. Pero eso fue peor: los vaqueros camuflaban mejor estando sentado y, además, tampoco es que fuera a acercarme a él para saludarlo cuando estaba medio desnudo—. He llegado un poco pronto, lo siento. Me ha dicho tu madre que te esperara aquí… Espero que no te importe.

—Ah, no pasa nada. —Hubo una pausa incómoda en la que ninguno de los dos parecía saber qué decir—. Eh… Me tengo que cambiar y eso.

—Ah. Vale. —Una nueva pausa incómoda, y entonces comprendí lo que me estaba pidiendo en realidad—. ¡Ah! ¡Perdona! ¿Quieres que salga o…?

Mis ojos traicioneros se dirigieron hacia su toalla, pero me apresuré a apartar la mirada antes de que Rubén se diera cuenta. Quería mirar, pero no debía, no, no, no podía mirar.

—Tranquilo; no hace falta. —El corazón se me paró un instante ante la perspectiva de verlo desnudo. Aunque compartíamos vestuario en el instituto, los dos éramos de los que evitaban desnudarse delante de los demás, y yo concretamente no me había duchado jamás ahí. Noté un calor interno que comenzaba en mi vientre y después se extendía hacia arriba y sobre todo hacia abajo, mientras me preguntaba si debía quedarme ahí plantado, o si debería sentarme para disimular y hacer como que miraba la habitación—. Con que te des la vuelta me vale.

Pues claro; tendría que haber sido evidente. Por supuesto que no iba a dejar que me quedara mirándolo... ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podía haber sido tan imbécil?

Me apresuré a volverme hacia la estantería de Star Wars, contento al menos de tener una excusa para esconder mis mejillas ruborizadas. Y no solo mis mejillas, porque la reacción de mi cuerpo era todavía mayor que antes. Pero, por alguna razón que yo no alcanzaba a comprender, Rubén tenía una figurita de Jabba el Hutt entre su colección, así que me concentré en ella y recé para que fuera suficiente.

—Bueno, pues ya estoy —dijo detrás de mí, más cerca de lo que esperaba.

Me di la vuelta de golpe y ahí estaba él, a apenas medio metro de distancia de donde yo me encontraba. Si fuéramos amigos, tal vez podríamos darnos la mano y así tendría una excusa para tocarlo. Tal vez hasta podríamos abrazarnos sin que resultara extraño. Sin embargo, la realidad era que no habíamos hablado siquiera hasta que nos tocó hacer el trabajo juntos, así que nos quedamos mirándonos durante unos segundos, inmóviles, sin saber muy bien qué decir. Se había puesto un chándal que se ajustaba a su figura y la tentación de bajar la mirada era demasiado grande, pero sabía que no podía hacerlo.

—Guay —contesté al fin, sintiéndome como un imbécil.

—¿Empezamos? —sugirió, dirigiéndose hacia el escritorio.

Me di cuenta de que ya había una segunda silla frente al ordenador, y sonreí a sus espaldas al imaginármelo mientras la dejaba ahí para mí antes de irse a la ducha. Mientras me sentaba, Rubén movió el ratón y el salvapantallas de las estrellitas de Star Wars se desvaneció, mostrando otra vez la imagen de Embrujadas. Él se apresuró a cerrar el reproductor, como si le avergonzaba que pudiera fijarme en lo que estaba viendo.

—Oye —me atreví a decir—. ¿Estabas viendo Embrujadas?

Me di cuenta de que se ponía un poco rojo.

—Eh. Sí. —Tragó saliva de forma audible y enrojeció un poco más—. No es que me guste. Es solo que…

—Es mi serie favorita —le corté antes de que tuviera que inventarse alguna mentira.

—¿En serio? —respondió, y su expresión dio paso de repente a una enorme sonrisa—. ¡La mía también! ¿Cuál de ellas es tu preferida?

—Phoebe —contesté sin dudar—. ¿Y la tuya?

—Piper. Aunque Phoebe también me gusta. —Me miró con un entusiasmo evidente—. ¿Estás viendo los capítulos nuevos?

—No sabía que había nuevos —admití—. ¿Desde cuándo los echan?

—Ah, es que en España todavía no está la nueva temporada. Yo me los descargo por Internet y los veo subtitulados.

Todo un mundo de posibilidades se abrió ante mí después de oír sus palabras. Siempre tenía que esperar muchos meses desde que acababan de emitir una temporada hasta que empezaba la siguiente, así que la idea de poder descargar los episodios y verlos al mismo tiempo que se emitían en Estados Unidos me parecía algo surrealista.

—¿Y te faltaba mucho para terminarte el capítulo? —pregunté con timidez.

—Cinco minutos o así; lo paré antes de que acabara porque se me había echado la hora encima. —Hizo una pausa y sonrió—. Justo me estaba viendo de nuevo los capítulos que llevan de esta temporada, porque han hecho un parón por Navidad y mañana salen los nuevos, así que quería refrescarme un poco la memoria. Si quieres pongo la temporada desde el principio y la vemos juntos.

Abrí mucho los ojos ante la propuesta.

—¿En serio?

—¡Claro! Si total, siempre me veo los capítulos cuatro o cinco veces hasta que sale el siguiente.

—Bueno, por mí, guay. Tenía muchas ganas de ver los nuevos.

—¡Genial! —contesta sonriente y cierra el archivo—. Cuando sigan con la temporada podríamos ir viendo los capítulos cada semana. Total, como vamos a tener que quedar bastante para terminar el proyecto…

No me podía creer siquiera la suerte que estaba teniendo.

—Pues me mola la idea. —Me di cuenta de que me había puesto rojo, así que traté de pensar en alguna excusa para disimular—. ¡Por cierto! He traído galletas. —Me levanté para coger mi mochila y saqué el táper que había llevado, repleto de las galletas que mejor habían salido. La forma fallaba un poco, pero suponía que sería cuestión de práctica. Abrí el táper y se lo tendí, un tanto nervioso—. Prueba una, a ver qué te parecen.

Él escogió una de ellas y le dio un mordisquito, dudoso. Después, se metió la galleta entera en la boca y comenzó a masticar, disfrutando claramente.

—¡Está buenísima! —dijo, todavía con la boca llena—. ¿De dónde son?

—Las he hecho yo —admití, sintiéndome algo avergonzado sin saber muy bien por qué.

Rubén abrió mucho los ojos con cierta incredulidad.

—¡Qué dices! ¿En serio? —Asentí con la cabeza mientras las mejillas me ardían cada vez más—. Buah, ¡te han quedado buenísimas! ¿Puedo coger otra?

Asentí con la cabeza, feliz por su entusiasmo.

—Claro. Las he traído para los dos.

Y también las había hecho expresamente para él, aunque eso no se lo dije.

Volví a ocupar mi asiento y dejé las galletas entre ambos. Rubén cogió una sin mirar, con la otra mano sobre el ratón mientras miraba fijamente a la pantalla. Y, sin decir más, puso el capítulo desde el principio y comenzamos a verlo, engullendo una galleta tras otra hasta que solo quedaron las migas.

Ese día no avanzamos nada en el trabajo, pero el cosquilleo que sentía en la boca del estómago al estar tan cerca de él era todavía mejor que todas las galletas del mundo.

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
291 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788413753041
Правообладатель:
Bookwire
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