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MELINA HONORATO

OCÉANOS PARA VOLAR


Honorato, Melina

Océanos para volar / Melina Honorato. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-10-6

1. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

© 2021, Melina Honorato

Primera edición en cubierta rústica, diciembre 2021

Primera edición en cubierta dura, diciembre 2021

Diseño y diagramación

Lara Melamet

Corrección

Martín Vittón y Karina Garofalo

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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www.pampublicaciones.com.ar

A Luisa, de mi vida.

A Domingo, de la suya.

Un buen viajero sabe que el único descubrimiento consiste no en visitar nuevos paisajes, sino en mirar con otros ojos.

MARCEL PROUST

Todo el mundo tiene océanos para volar,si les alcanza el corazón para hacerlo.

¿Es imprudente? Tal vez. Pero ¿qué saben los sueños de límites?

AMELIA EARHART


PRIMERA PARTE

Agosto de 1930


1

¿Había vivido escapando?

¿Había escapado para vivir?

Con las manos aferradas a la barandilla, miré el perfil de la ciudad. Su figura imponente se desarmaba en el reflejo del río y perdía fuerza. Podía desnudar la geografía de aquella metrópoli con solo mirar su despliegue de edificios: el distrito financiero en la punta, donde estaban los rascacielos, más allá, copas de árboles, la extensión de un largo parque; a orillas de la bahía, los tenements, con sus escaleras en zigzag; el muelle, los ferris que trazaban líneas de agua frente a mis ojos, las olas que se desplomaban en la costa. La ciudad se vislumbraba pequeña desde mi posición, pero la intuición me decía que por dentro era diferente. El agua me separaba de ella y la distancia siempre ha ocasionado que se agitaran sentimientos enterrados en mí: esta vez fue el de la incertidumbre. Una incertidumbre que invadió por completo cada parte de mi cuerpo, o que ya venía invadiéndome de antes. El que tenía enfrente no era un paisaje como el de todos los días: no había animales ni un horizonte verde y vacío; no cantaban los grillos ni molestaban las moscas, no estaba mi hamaca ni la larga fila de eucaliptos que le otorgaba seguridad al paisaje de mi vida. Ahora estaba en un lugar ajeno a mí, en una ciudad desconocida, y me preguntaba, con una terrible angustia, si sería capaz de subsistir.

Hasta entonces nunca había mirado las porciones de mi vida como capítulos terminados. Mis veintiún años habían conformado un mismo episodio, sin divisiones ni etapas. De alguna forma siempre podía volver atrás y remendar un suceso, una frase que sonó mal, una herida: cuando me peleaba con mis hermanas, podía pedir perdón y después del berrinche lo olvidábamos. Sobraba el tiempo para ser mejores. Pero aquel día frente al muelle, desde el transatlántico RMS Majestic en el que había recorrido miles de kilómetros, sentí que llegaba el final de un ciclo: lo que hasta ahí no se había hecho, no se haría jamás. Podía verlo todo como en una de esas cintas celuloides donde se ven las películas. Mi infancia, mi adolescencia, mi destino errado. Yo sola montada a la ballena negra, mirando el futuro desde el agua.

Llevábamos catorce días navegando el océano Atlántico. Fue un viaje tedioso y gris, llovió la mayor parte del tiempo y hablé poco con los pasajeros, que se entretenían jugando a las cartas y por las noches bebían vino del mismo pico hasta que los oficiales los mandaban a sus cabinas. Desde mi litera se oía el choque de las olas a través de las planchas de acero de la pared, el eco de los pasos inquietos en el pasillo, unos sonidos sordos que emitía la nave, como retortijones de estómago. Las sábanas siempre estaban húmedas por el rocío salino y no recuerdo un solo día en que no haya sentido frío en los pies. Tenía los dedos helados, como si no me llegara la sangre. Durante el día, en cambio, reinaba un silencio pesado que se mezclaba con el estruendo de vómitos, rostros ojerosos y pasajeros con náuseas. Fueron catorce días de espera, del barco como un laberinto sin salida, de miradas hoscas y pocas palabras, porque los pasajeros hablábamos idiomas tan diferentes que hacíamos señas para todo y la timidez solo se iba con el alcohol, y siempre por la noche.

Cuando al cabo de dos semanas el vigía gritó que había tierra a la vista, la gente que me rodeaba se sobresaltó de repente. Una gran turba de extranjeros exaltados empezó a darse abrazos y a chocar manos como si la mismísima salvación estuviera en el horizonte. Era el alivio a cuentagotas, era la gracia de no tener que volver a sus países, de donde habían sido desterrados. Esos países que no los habían protegido y que ellos habían tenido que abandonar con dolor. Aquellos pasajeros que durante catorce días habían compartido conmigo el almuerzo y la cena, habían vendido su alma a otra patria. Yo también, y con la extraña certeza de que no solo había nacido en el país equivocado sino que además estaba haciendo lo correcto. Eso pensé en ese momento, mientras el gentío lloraba de emoción y buscaba entre las olas lejanas la tierra prometida, aunque después me diera cuenta de que no era tan fácil irse, porque uno nunca deja de pertenecerle al lugar donde nació, y mucho menos a la casa donde fue criado. Todos los comienzos se imprimen en nosotros como una pequeña mancha de nacimiento.

La masa de pasajeros corrió a la proa, curiosos por divisar América. Lo primero que pensé fue que, por el peso, el barco perdería el equilibrio, que nos hundiríamos hacia adelante, que aquel iba a ser el último día de mi vida. Que hasta ahí llegaba todo. Por instinto corrí hacia popa, asustada; fui la única que tuvo esa reacción. La heredé de mi padre, hice lo que habría hecho él. Como cuando nos contaba cómo se había hundido el Titanic: «Los más vivos se fueron a la popa, fue lo último que se hundió».

Fue así como me arrimé a la barandilla y me aferré con fuerza. Subí los pies a una tarima. Logré sostenerme, aunque me transpiraban las manos y me costaba ingresar aire en los pulmones porque estaba nerviosa. Tenía más de medio cuerpo en el aire y el viento salino me desequilibraba y enfriaba las extremidades. La suela de mis zapatos se resbalaba como la cuchilla de un patín de hielo sobre una fina rama de metal. Miré hacia abajo; el agua oscura se revolvía devolviendo burbujas. Cientos de burbujas de espuma blanca, idénticas a las burbujas de jabón en el fregadero de la cocina, la presencia de mi hermana Teresa a un costado, pásame el trapo así seco los platos. Las burbujas se fueron rompiendo de a una, una por una, hasta que quedó la última, sola, naufragando, esquivando el chorro de la canilla. Una burbuja redonda y transparente, con un rayo de arcoíris cruzándola en el medio, el rayo de luz que entraba por la ventana. Luisa, Luisa, ¿en qué estás pensando?

Si este hubiera sido mi último instante, me habría llevado una hermosa vista como estampa final. Tendría que haber sentido miedo de caer al agua, pero en aquel pensamiento descubrí que de tantos kilómetros recorridos los antiguos fantasmas me habían perdido el rastro y ahora deambulaban lejos de mí, buscando en medio del Atlántico a otro cuerpo que atormentar. Aunque fuera por tan solo unos minutos, me entregué a mi nuevo porvenir sin resistencia, no intenté controlar lo que venía. Abracé el viento, me peiné con él, dejé que la brisa salada me llenara la boca, me entrara por las orejas, inhalé la fragancia del mar. Cerré los ojos. Me sentí libre por primera vez. Liberada, liviana. En el otro extremo del barco se oían aplausos y alaridos de festejo y por un momento sentí que eran todos para mí.

Abrí los ojos y busqué tierra firme, pero solo vi un horizonte de agua. A veces lo incierto es lo único seguro y quizás en aquella franja de mar se escondía la versión de mí misma que había ido a buscar. Esperé unos instantes y, conforme el barco avanzaba, logré distinguir la punta del Edificio Chrysler,con su cúpula coronada, el más alto del mundo. Su silueta apenas atravesaba la bruma matutina como un fantasma erguido a lo lejos. Luego empezaron a emerger otros más, como si crecieran del océano. Poco a poco, a medida que nos acercábamos, la isla comenzó a tomar forma y pude reconocer todo lo que había leído sobre ella en las revistas.

Esa misma tarde dos oficiales de delantal blanco y barbijo fueron a buscarme y entonces me arrolló la incertidumbre otra vez. Nos habían informado a través de un papel que habían encontrado tuberculosos en el barco y que nos tendrían aislados, que deberíamos esperar para poner los pies sobre la ansiada tierra firme. Los vi venir por el pasillo, un hombre y una mujer de chaqueta celeste con pañuelos en la boca. De inmediato evoqué la masa de gente amontonada en la proa observando Manhattan con los ojos llenos de lágrimas aquella misma mañana, o los hombres bebiendo vino de la misma botella y lo fácil del contagio. Sabía mucho sobre esa enfermedad y la vi volver hacia mí como el recuerdo de una pesadilla. Me hicieron esperar media hora en una fila y luego llamaron mi nombre. Mientras caminaba hacia la sala de revisiones médicas, miré el mar: las olas se batían con sus crestas espumosas, tan ajenas a la realidad de las personas que viajaban sobre ellas.

La sala era blanca y tenía dos ventanas redondas como ojos azules e inquietos. Recorrí el lugar con la mirada, mientras una enfermera me conducía con prisa a la camilla. Fue inevitable detectar a otra muchacha a unos metros de mí. La examinaba el médico a cargo. Me sorprendió que estuviera desnuda y que con sus brazos cortos intentara cubrirse las partes íntimas, quitarle las manos al médico de encima, taparse la boca cuando tosía, despejar el pelo del rostro, todo a la vez, pero el hombre le levantaba los codos y le abría la boca con sus guantes fríos. Vi dos moretones en las costillas, los ojos como aureolas grises, la piel erizada, las uñas largas y sucias. El viento entraba desde la veranda, pero tenía que correr el aire, porque aquella muchacha en la sala de revisiones estaba enferma, según dijo el médico varias veces, negando con la cabeza y asustándola. También le oí decir que era del este de Europa y que por su culpa el barco no podría atracar en la Isla Ellis, que se atrasaría el desembarco y que se deberían registrar los pasaportes a bordo. Pero ella no parecía hablar inglés, no entendía qué sucedía, estaba aterrada. En ese momento pensé que el mundo era demasiado peligroso para muchachas solas como nosotras.

Me quedé observándola con miedo de que aquello me sucediera. A los pocos minutos ella cerró los ojos, como si se hubiera desmayado, y el médico caminó hacia mí. Lo demás ocurrió en un segundo: me hicieron respirar hondo, me palparon el abdomen, me abrieron los ojos, me miraron los dientes y los oídos mientras yo solo pensaba cuándo llegaría la parte en que me quitarían la ropa y los guantes fríos tocarían mi cuerpo. Al sentir aquellas manos ajenas recorriéndome, tocándome aquí y allá sin pedir permiso, por un momento pensé que todo había sido una idea terrible y que estaba en ese lugar horroroso por decisión propia, que yo misma me había conducido a aquella desagradable situación, como lo había hecho con muchas otras, y me odié por un instante, les di la razón a todos aquellos que me habían advertido de mí misma.

La muchacha despertó a los minutos. Podía oler su miedo desde la corta distancia que nos separaba, oía su terrible inglés, sus movimientos errantes. Cuando el médico se marchó de la sala para buscar a los próximos pasajeros, me acerqué rápidamente y la ayudé a colocarse el vestido. Era una prenda manchada y desteñida, como las que yo usaba en casa cuando sabía que no vendrían visitas. Musitó unas palabras incomprensibles mientras asentía con la cabeza. Creo que me pedía algo, o quizás me agradecía, pero no pude ayudarla con nada más, era ella o era yo. Luego de aquel instante no volví a cruzármela, pero sus ojos mustios y su acento foráneo aún quedan en mi memoria. Lo único que pude hacer por ella fue dejarle un pañuelo bordado con mis iniciales: LC, Luisa Cornell.

Después del examen volví a mi habitación y a las horas me informaron que todo estaba en orden. Tuve mi visa y varios días para recordar. No había otra cosa que hacer más que mirar el vaivén de las olas y remontarse en el tiempo a las razones por las cuales cada uno estaba en aquel navío colosal. Cerraron el teatro y los buffets, la pileta de natación y la biblioteca, solo podíamos ir al comedor y usar los baños. Debíamos permanecer en nuestras habitaciones lo más que pudiéramos hasta que el barco atracara en el puerto una vez cumplida la cuarentena. Por las noches, cuando salía a tomar aire a la veranda, un manto de calina se suspendía sobre la ciudad y me daba la sensación de que yo era muy pequeña en comparación con la inmensidad que veían mis ojos. Los demás pasajeros estaban ansiosos por que nos dejaran bajar, y yo me dediqué a observar la miseria que traían consigo. Escapaban de la pobreza, de los vestigios de la guerra, del hambre. Pero otra vez, como en muchos aspectos de la vida, mientras los miraba ansiosos por atracar, pensaba que yo no huía de los mismos fantasmas que ellos, sino de los que yo sola me había creado.

Fue entonces que sentí un nudo en la garganta. Se había vuelto real lo que tanto había esperado y no sabía qué haría con ello. Por la noche miré las luces titilantes de la ciudad y pensé que al día siguiente estaría tropezando sobre sus calles, intentando forjarme una existencia. Pensé en mi padre, en lo preocupado que estaría por mí. Pensé en mi hermana Teresa, si ya estaría con su esposo en su nueva casa, ¿se había casado a pesar de mi partida? ¿Cómo sería pasar los días al lado de alguien que no quieres?

2

El verano de mi nacimiento fue una época turbulenta que afianzó en mis padres la idea de alejarse de la capital. La semana trágica de Barcelona, revueltas callejeras en Madrid, la decisión del gobierno de enviar tropas de reserva a África, la guerra de Melilla, decenas de muertos cada mes. La formación de brigadas mixtas, compuestas por padres de familia que no querían morir en combate para que su patria recobrara el dominio de los años perdidos. La sociedad estaba cansada de luchar por las ambiciones ajenas; las mujeres, de perder a sus hijos y sus maridos y ser viudas a los treinta años. Guerras sin el apoyo del pueblo, represión, condenas públicas, cárcel, destierro. El pronóstico para los años venideros no se atisbaba en absoluto esperanzador.

Mis padres deben haber estado locos de miedo para irse a vivir al medio del campo, a varias horas de Madrid, cuando todo el mundo escapaba a las ciudades a trabajar en fábricas o se iba a otros países. Buscábamos paz, argumentaban. Un día mi tío murmuró por lo bajo que en realidad temían que mi padre, con tantas contiendas dando vueltas, fuera llamado a filas y dejara a mi madre con tres hijas que alimentar. Entonces se alejaron, se escondieron donde no los pudieran encontrar, según la versión oficial. Se hicieron cargo de la finca de mis abuelos, plantaron sus propias verduras, criaron a los animales y vivieron de la siembra del trigo.

De pequeña me contaron que mi padre, en su juventud, había sido un hombre apuesto y soñador, un auténtico viajero del mundo. No sé hasta qué punto esto es verdad, lo que conocí de él fueron apenas trazas de aquella leyenda. De él se decía que odiaba la guerra y amaba los viajes, y que se conmovía al mirar mapas amarillentos y antiguos. Le fascinaba la cartografía. Nació en Inglaterra, pero de inglés no tenía más que el apellido, porque su vida estaba curtida por los viajes que había hecho alrededor de su amada Sudamérica, donde aprendió a hablar español más por curioso que por intelectual. En aquella época de juventud gloriosa solo soñaba con darle la vuelta al mundo en un velero de sábanas blancas, despojado de bienes materiales y viviendo como un trotamundos, pero conoció a mi madre en medio de aquellas ilusiones desbaratadas, cuando andaba de paso por Madrid. La vio caminando por el mercado ataviada en un vestido azul y con un rosario colgando del cuello, sin más compañía que una chaperona distraída y somnolienta. Mi padre le robó el honor a fuerza de insistencia, porque mi madre siempre fue una mujer fría y me cuesta imaginarla entregándose fácilmente a un hombre como él. La increpó de frente, cuando estaba sola esperando en la fila del baño. Quizás a ella le atrajo el hecho de que mi padre siempre parecía estar yéndose, y a él lo sedujo lo plantada que estaba ella sobre la tierra. Dos fuerzas por completo opuestas que chocaron ese día en el mercado de San Miguel, en el verano de principios de siglo. Se vieron durante catorce días bajo el sol abrasante de la Plaza Mayor, junto a la estatua de Felipe III, a metros de la cual se alzaba una vieja hostería donde engendraron a mi hermana más grande en un arrebato intempestivo. Tuvieron un romance fugaz, sin verdadera importancia para mi padre, quien meses más tarde en un país del sur se enteró a través de una carta que la había dejado embarazada. Sé que pensó en no regresar nunca más.

Según mi abuela materna, que siempre se encargó de destrozar la imagen de héroe que yo tenía de mi padre, él solo volvió por el dinero. Porque en cada país donde había puesto un pie, acumuló deudas, faltó a promesas e hizo malas inversiones, hasta que un día no tuvo dónde más ir. Envió cartas a todos los conocidos que tenía, incluso a los apellidos más remotos y las direcciones que tenía escritas en su pequeña bitácora de viajes. Entonces, aseguraba mi abuela, el único que respondió por él fue el padre de aquella muchacha olvidada en España. Mi abuelo.

Este le dijo que solo le daría el dinero que necesitaba si prometía regresar a hacerse cargo de la dignidad de su hija. Pienso que mi padre estaba en verdaderos aprietos porque aceptó sin más, aunque él fuera protestante y ella católica, aunque estuvieran en continentes distintos, y acabó regresando a Madrid con la cola entre las patas. Cambió de religión, renunció a los viajes y se casaron al poco tiempo. Recién entonces mi abuelo saldó las deudas del nuevo yerno. Más tarde, murió convencido de que había sido un buen negocio, porque la integridad de una hija no tiene precio.

A pesar de que mi padre era alto, de espaldas grandes y fuertes, un rubio de melena frondosa y semblante poderoso, a mis ojos de niña era un hombre frágil. Solía experimentar largos períodos de introspección, sobre todo en el invierno, cuando se le marcaban grandes surcos bajo las bolsas de los ojos y nos hablaba poco. Esto me confundía, porque mi padre era de jugar con nosotras a menudo, mucho más que mi madre, y de repente se abstraía y sus tres hijas le generábamos cierto rechazo. A veces pensaba que lo alejaba el solo hecho de que éramos mujeres, y a Rosa le estaba por venir el período y él no sabía qué hacer o cómo relacionarse con ella. Odiaba a mi hermana cuando esto empezó a suceder, pero al mismo tiempo sabía que el problema no éramos nosotras sino la frustración que lo rodeaba como un aura. De enseñarnos a buscar huesos que él aseguraba que eran de dinosaurios, llevarnos a pescar a la reserva o cantarnos tangos, pasaba a ignorarnos casi por completo y a cansarse mucho. Se cansaba, dormía y arrastraba los pies.

Mi madre, por otro lado, nunca fue de las que se ven fregando platos a través de la ventana al llegar de la escuela, ni de las que te cepillan el cabello después de un baño. Nosotras le interesábamos a medias, a mi padre lo atendía porque era lo que tenía que hacer, sus comidas no tenían sabor a madre: no existía una receta inconfundible que hiciera pensar Esto fue cocinado por las manos de Vera. Su habitación no era un mundo de misterio para mí, y de todas las veces que ella se solía ir al pueblo, creo que solo entré a husmear entre sus cosas una sola vez. Guardaba frascos vacíos de perfume en los cajones y un rosario bajo la almohada, por lo demás, parecía que nadie interesante vivía allí. Tenía una rutina esclavizante que yo no ansiaba imitar de grande, ella era todo lo opuesto a quien yo quería ser: se disputaba el día entre la limpieza de la casa y los animales, pero siempre se quejaba de que nunca le alcanzaban las horas para todo. Su mayor preocupación era darles de comer a las gallinas, porque a veces juntaba sus huevos y se los vendía al lechero, y así juntaba unas cuantas monedas que eran solo de ella y que nunca supe en qué gastaba. Sus pensamientos andaban flotando en niveles desconocidos, jamás alcancé a saber si detrás de aquella mujer de silencios hoscos y ceño fruncido se escondía una mentalidad inteligente o si tan solo se trataba de una esposa arrepentida. A veces me daba un beso frío, distante, con sus labios finos y su nariz puntuda, apoyaba sus labios sobre mi frente mirando hacia un costado, como buscando una salida. De aquella madre fría y de aquel padre impulsivo en la juventud y contrariado en la vejez, vengo yo.

Guardo una fotografía de ambos el día que se casaron. El sitio donde fue tomada no era el típico de aquellos años, como lo retratos viejos donde hay un telón en el fondo. Esta es en un gran salón con paredes de chapa y repleto de invitados bailando. Mis padres miran al fotógrafo endureciendo el gesto para evitar un parpadeo repentino. Solo tenían para pagar una única fotografía. Vera lleva el velo hacia atrás y en la frente se le abulta un flequillo vaporoso; se alcanzan a ver las mangas de su vestido que parecen merengues sobre los hombros y un cuello de encaje que la cubre casi por completo. No se ve nada de piel salvo por su rostro, que apenas luce algo de maquillaje. Era una mujer atractiva de joven. La escuché muchas veces decir que mi padre David y su comportamiento extraño tenían la culpa de que hubiera envejecido tan rápido. Nunca vi entre ellos un gesto de cariño, una caricia o una sonrisa cómplice, se turnaban para tomar decisiones y no dormían en la misma habitación. El amor como lo conocía entonces no se asemejaba en nada a las novelas o los cuentos felices, y los adultos de mi infancia eran personas desdichadas que solo nos mandaban a jugar afuera, nos hacían callar en la mesa y nos trataban de insolentes si preguntábamos demasiado.

3

La buena memoria siempre ha sido mi virtud y mi castigo, un océano profundo donde los recuerdos se hallan enterrados en las arenas movedizas del suelo. Allí me detengo para poder atrapar algo que es mío, que soy yo, que me pertenece. De la infancia solo puedo decir que el centro de mi vida era mi padre y que a través de sus ojos aprendí a ver el mundo. Frente a su figura grandiosa, todos los hombres de mi vida se han estampado y caído al vacío.

Cuando no estaba debatiéndose entre los médanos de su tristeza, mi padre David nos mostraba quién realmente había sido, aunque ya quedaran apenas vestigios de aquel hombre valiente de la juventud. Pasábamos largas horas bajo los sauces del jardín con mis dos hermanas. Rosa, la mayor, desde el columpio porque ya era una señorita y el pasto le daba asco; Teresa y yo, sentadas como indiecitos, él contándonos entusiasmado cómo había dejado la casa materna en Londres y había llegado a España tras un largo viaje por un país remoto llamado Argentina. Mientras hablaba, se le secaba la boca y pedía agua a gritos, y repetía Argentina, Argentina, cantando con voz rasposa, mientras que Dorotea, nuestra empleada, le traía la jarra a los saltos, salpicándose entera. Siempre que recuerdo esta imagen atardecía, el sol se ocultaba detrás de la casa y se extendían dos largos rayos luminosos que parecían abrazarla. Después de beber agua de un solo trago, se limpiaba la boca con un pañuelo y cerraba la tarde con alguna canción, con un tango argentino, hasta que Rosa empezaba a bostezar y a mirar para otro lado. Yo, sin embargo, nunca me cansaba de oírlo.

Él fue quien insistió en que recibiéramos una buena educación. Era un hombre adelantado a su época. Mi padre, algo en él, parecía estar al tanto de las desventajas de ser mujer, y por eso insistía en que estudiáramos, como si los libros nos escudaran del mundo. Sin embargo, supe más tarde que dentro de él se libraba una batalla constante entre darnos las armas y rendirse a la rutina de las costumbres, donde mandaban los hombres. De allí, de su ambivalencia, viene mi curiosidad por la libertad, quizás porque la veía reprimida en él. Mientras las muchachas de la ciudad tomaban clase hasta los once o doce años, y las del pueblo con suerte sabían leer, nosotras nos educamos hasta los diecisiete, entre mapas amarillentos y libros oxidados del despacho de mi padre. Celeste, la maestra que iba a nuestra casa, nos hacía entonar el himno de España en las fechas patrias, rezar el Ángelus al comienzo de cada lección y recitar de memoria los aburridos poemas del Mio Cid. Perdió la costumbre de pegarnos con una regla en los dedos cuando no le prestábamos atención porque a mí se me llenaron las manos de moretones y no podía escribir. Mi padre le prohibió esa práctica, aunque fuera algo común en las escuelas, esta es una casa de familia, no un cuarto de tortura, le decía entre dientes. Celeste encontró en el soborno una forma de recuperar mi interés: al final del día podía jugar con el globo terráqueo, el tesoro de mi padre, si me esmeraba en prestar atención.

Con aquel artefacto aprendí a leer, en una época en que la esfera me superaba en tamaño. Juntos, mi padre y yo, nos sentábamos en el diván de terciopelo con el planeta Tierra en la mesa ratona y lo hacíamos girar. El primer país que me enseñó a pronunciar fue Argentina, lugar de sus sueños, su dedo apuntó directamente al sur. Aún recuerdo como si fuera ayer su uña sombreada por una fina línea de tierra clavada en medio del mapa. Fue complicado para mí articular el nombre de aquel país extraño y me limité a comenzar por las islas caribeñas, más fáciles de acertar: Cuba, Bahamas, Santa Lucía, Panamá. Aquellas fueron las primeras palabras que leí de corrido, frente a la risa frenética de mi padre, que me corregía los acentos y las consonantes que tanto trabajo me costaba deletrear en mi boca de pocos dientes.

Él y yo nos reuníamos en su despacho para compartir los gustos que teníamos en común: la geografía, los viajes y los animales. Fue gracias a él que a los siete años hablaba de corrido en inglés porque se negaba a dirigirse a mí en otra lengua. Su oficina, en el segundo piso de la casa, fue mi sitio preferido durante la infancia. Era una habitación espaciosa, cuyas paredes de madera oscura estaban revestidas por libros. Detrás de las puertas se extendían largos mapas y bajo el vidrio de su escritorio había dos planos de las hectáreas que teníamos en Argentina, porciones de tierra que incluso en las épocas más desgraciadas, cuando mi abuelo le pagó las deudas presionándolo para que se casara con mi madre, él se negó rotundamente a vender. A través de las ventanas de su despacho se atisbaba el campo, los tallos de trigo meciendo sus melenas al viento, las maderas de los corrales algo caídas y desvencijadas, las nubes transitando por el cielo como si todos los días fueran una pintura distinta. También había una mesa donde reposaba el globo colosal, ya oxidado por los años, pero aún conservaba el tinte del uso, los dedos marcados, y emitía un chirrido agudo al girarlo que al principio me hacía doler los dientes. Lo rodeaba un compás metálico con números y la base era de madera escalonada. Un delicado artefacto para viajar, que según mi padre había heredado de un tío marinero. Era nuestro juguete favorito.

Sus períodos de lucidez y calma hacían que valiera la pena esperarlo en sus épocas tristes.

—Papá no está de buen humor hoy. Es mejor que no lo molestes —me atajaba mi hermana Teresa al verme rondar cerca de la puerta de su despacho.

—¡Deja de perseguir a tu padre por toda la casa! —me gritaba luego mi madre cuando, a pesar de que mi padre no me registrara, yo me prendía detrás de él como su sombra.

4

El pelo cobrizo de Rosa le llegaba hasta la mitad de la espalda. A veces, cuando se ponía al sol, veía cómo los rayos se le iban metiendo entre los cabellos formando una trama de luz y de brillo. Eso quizás es lo único que recuerdo nítidamente, ella se fue de casa a los diecisiete años. Con el tiempo, nos volvimos dos extrañas que solo se veían en cumpleaños, bodas y funerales, aunque más tarde, por las vueltas de la vida, nuestra relación cambió. Mi hermana Teresa, por otro lado, pasaba largos períodos en los retiros espirituales de las hermanas de Toledo, en un convento de las Carmelitas Descalzas. A pesar de que no nos unían intereses comunes, supe más tarde que las tres compartimos la misteriosa necesidad de irnos lo más pronto posible de casa. Entonces, solo había dos opciones: casarse o hacerse monja.

Éramos tan distintas que parecíamos hijas de diferentes padres. Teresa, por un lado, nació con vocación de santa, y así lo hizo saber desde que aprendió a rezar a los cuatro años. Nos amoldamos en torno a las prácticas cristianas solo porque ella lo exigía, y lo único que nos salvaba de no ir a misa todos los domingos —o todos los días— era el largo tramo hasta el pueblo más cercano, a unas dos horas por camino de tierra. Aun así, mis padres tampoco creían que fuera necesario comulgar tan a menudo, pero Teresa armaba unos berrinches que partían la tierra en dos si no íbamos a la iglesia al menos cada quince días. Era mejor soportar el trecho de baches y pozos que el dolor de oídos que provocaban sus chillidos caprichosos, y aún peor sus eternos sermones sobre cuánto se enojarían los santos con nosotros por preferir quedarnos a dormir la siesta que manejar hasta la iglesia. De muy pequeña ya tuvo devoción por los cánticos a coro, la Virgen del Sagrario, las estampitas de santos y los rosarios con olor a rosas, que coleccionaba en una cajita, impecables y ordenados, y rezaba fervorosamente en las horas más tediosas, como la siesta. Se enfurruñaba con mi padre y conmigo por bostezar en misa y por toser a propósito cuando encendían el incienso sagrado. Quizás es por ella que nunca entendí verdaderamente a Dios, porque no soy buena descifrando metáforas, y Teresa siempre nos hablaba en un lenguaje inentendible argumentando que así lo decía la Biblia. “Ve, Francisco, y restaura mi casa”, leyó una vez en una estampita de San Francisco de Asís. Para ella fue un mensaje revelador, yo apenas comprendí lo que quería decir.

Nuestra vivienda era antigua, una construcción de huesos pesados y techo a dos aguas con una galería fresca y reverdecida, abrazada por enredaderas de flores coloradas. En la galería transcurría la vida cotidiana en los meses estivales, las cenas y los almuerzos, los cumpleaños que caían en primavera, los domingos en familia y algún que otro encuentro casual. Rodeaba la casa un prado suave y eterno, verde en verano y amarillo en las demás estaciones, por el cual se podía caminar durante días sin llegar a ningún sitio. A lo lejos se alzaban dos cerros morenos entre los cuales se posaba la luna llena en algunos meses del año. Era todo un espectáculo ver aquella moneda plateada desde las ramas altas de los árboles o desde las tejas del techo. En los alrededores de la casa criábamos gallinas, algunas vacas, cerdos y ovejas, y los gatos se reproducían de a miles en la parte de atrás del establo. Las arañas conquistaban cada resquicio, los bichos bolita convivían con los sapos bajo la humedad de las piedras, y siempre había flores silvestres a los costados de los caminos, que yo arrancaba con duda y luego me arrepentía. Las guardaba entre las páginas de los libros para no pensar que había desperdiciado su belleza.

A metros de la casa había una pequeña capilla que Teresa restauró con esmero y con la ayuda de mi madre en sus primeros años adolescentes. Taparon los agujeros y las grietas de las paredes, la lijaron y la pintaron, le hicieron un piso nuevo, cambiaron las bisagras oxidadas de la puerta, y allí mi hermana tenía su refugio para la oración, más acudido que su propio dormitorio o que la cocina. Apenas cabía un solo reclinatorio frente al altar y de las paredes colgaban repisas con santos de los más variados nombres, caían viejos rosarios cubiertos de tierra y abundaban las flores, el olor a flor rancia, a agua podrida, que yo tanto odiaba.

Mi padre presentía por dónde iba el rumbo de mi hermana Teresa. Su fervor por las plegarias, las velas encendidas a toda hora, la Biblia, la ansiedad por los retiros cada tres meses, acusaron a mi padre que algo no andaba bien con su hija del medio, o al menos como él esperaba. No era devoto de los santos, para eso nos había dado educación, siempre repetía. En los primeros años de adolescencia, mi hermana no estaba en absoluto interesada en un primer beso con algún muchacho ni tampoco conversaba sobre hombres. Solo hablaba de Jesús, de la rutina idólatra de las monjas de clausura y las horas de contemplación en las que rogaban por el mundo entero con los pies desnudos. Teresa abandonaba la casa y se sumergía en el bochorno polvoriento camino a la capilla, todos los días alrededor de las dos de la tarde, y se encerraba bajo aquellas cuatro paredes a calcinarse en un susurro de rezos.

Mientras Teresa se pasaba los días rezando hasta quedarse dormida, yo era una niña de la naturaleza. Por las mañanas, cuando me despertaban el canto de los gallos y el traqueteo de la cocina, el abrir y cerrar de cajones, la caldera hirviendo y los pasos de mi padre al bajar las escaleras, solía abrir la ventana y dejarme envolver por la corriente de libertad que reinaba en el campo, una sensación que perdí con los años. De niña no podía estar quieta: me desbordaba la curiosidad. Quería saber por qué salía el sol y por qué existía la luna, cómo era posible que les saliera leche a las vacas y nosotros pudiéramos beberla, cuánto tiempo vivía una estrella, qué sucedía cuando se moría un mosquito, ¿también se va con Dios? No, no, respondía Teresa, entonando una voz seria de hermana mayor. Mueren y punto.

A mi hermana le molestaba mi sentido común, mi falta de fe, como ella decía. Dorotea, en cambio, se cargaba de paciencia y me explicaba solo aquello que conocía, porque no había ido a la escuela y lo poco que sabía era pura experiencia o superstición; mi madre me respondía que todo era obra del Señor y mi padre simplemente me inventaba historias fantasiosas como que las montañas eran caparazones de tortugas milenarias que estaban hibernando y que en cualquier momento podían levantarse. Si él no estaba de humor, me entretenía sola, construía castillos de barro, coleccionaba flores y mariposas, peinaba las crines de los caballos y trepaba los árboles con salvaje habilidad. Ayudaba a mis padres en todo lo que podía: remojar el grano de maíz, machacarlo y lanzárselo a las gallinas, que se pisoteaban entre ellas para comer. Llenaba los barriles de agua y, en verano, cuando el calor se hacía insoportable, agarraba un cepillo y me iba con los trastos a la reserva para limpiarlos mientras me bañaba. La reserva estaba cerca de la casa y era muy acudida por patos, gansos y caballos que vagaban entre nuestro campo y el de los vecinos. Mi energía era inagotable, una fuente de continuos lamentos por parte de mis padres, que siempre me perdían el rastro y vivían con el corazón en la boca.

El último espasmo de niñez que guardo tuvo lugar a los once años, cuando salté de la rama de un eucalipto. Fue algo así como un acto tardío de la infancia, una idea que cualquier niña habría llevado a cabo a los cinco. Pero yo, en un impulso inconsciente, me lancé del árbol con la excusa de querer volar. Mi padre acudió a mí enseguida y lo vi recobrar la lucidez, sus ojos se abrieron como platos y me abrazó con fuerza.

—Lo único que quieres es lastimarte para llamar la atención. ¿O acaso no sabes que no te saldrán alas así te tires cien veces? ¿Eres tonta o qué? —reprochó mi madre en tono vulgar mientras Dorotea limpiaba los rasguños con un trapo húmedo. Sé que pensó que en lugar de empezar a comportarme como una señorita, estaba actuando de forma varonil, y ningún hombre me querría. Ella siempre temía que de grandes nos quedáramos sin novio. Al cabo, tuvimos que ir a un hospital a dos horas de distancia porque yo no podía mover el brazo. Mi padre, después de abrazarme y preguntarme unas cien veces si estaba bien, se enojó conmigo porque el auto estaba roto y era un viaje costoso. Fuimos todos en silencio, Teresa y yo en el asiento de atrás. Yo hacía fuerza con los ojos cerrados para intentar contener las lágrimas, aunque me moría de dolor: no me permitía llorar frente a mi padre, que encima estaba enojado conmigo.

En el hospital de Toledo no pudieron hacerme una radiografía porque carecían de equipos, por lo que nos mandaron directo a Madrid. Teresa aprovechó y, ya que estábamos en Toledo, quiso quedarse con las monjas, pero mi madre le dobló la cara de un cachetazo. Todos estábamos nerviosos, sobre todo mi padre, que en lugar de entender que yo necesitaba una simple radiografía, creyó que estaba a punto de morirme. En el auto iba explicándole a mi madre que quizás tenía un órgano perjudicado y que podía estar desangrándome por dentro, como cuando había atropellado a un viejo perro que teníamos. Por fuera parecía todo sanito, pero en realidad tenía las tripas reventadas.

—¡Ay! ¡David! ¿Qué cosas dices? La niña está muy bien, ni siquiera ha llorado. ¡Por favor! Hazme el favor de callarte por lo que resta del viaje.

Seguimos directo a Madrid hasta que se hizo de noche. El auto iba a la velocidad máxima, esquivando pozos y bultos en las calles de tierra; mi padre, rogando que no nos dejara a medio camino, volanteando a derecha e izquierda, sorteando obstáculos. Íbamos como sacos de papas con las frenadas y los saltos, pero la urgencia de David por que me viera un médico era superior. Tengo aquel día grabado en la retina porque es el primer recuerdo que tengo de la ciudad de Madrid y de la avasallante sensación de viajar, de trasladarse a un sitio desconocido. Y, más importante que eso, de la casa de mi amiga Clara.

5

Guardo en la memoria los ojos verdes de Clara, su pupila negra rodeada por un aura nítidamente rojiza, sus largas y curvadas pestañas, que siempre perseguían mis movimientos, y su aspecto de niña desenvuelta, que se crio entre adultos. Su pelo era azabache como el de su padre, Benjamín. Clara y su familia nos visitaban todos los veranos en nuestra casa de campo y el paisaje del lugar cambiaba: mi madre colocaba las alfombras, la vajilla de casamiento y los manteles bordados. Un día antes de que arribaran los Preston nos pedía que nos bañáramos, porque la primera impresión, después de una temporada sin vernos, era importante. Dorotea refregaba cacerolas, pisos y ventanas por igual, baldeaba la galería y destrozaba telarañas con la escoba. El día anterior a que ellos llegaran, todos estábamos ocupados quitando el polvo de adornos o haciendo las camas de la habitación de huéspedes, todos salvo mi padre, que solo iba a juntar leña y volvía al final de la tarde, cuando la casa ya estaba impecable. A él los Preston no lo ponían nervioso. Benjamín, el padre de Clara, era como un hermano para él, y no le daba vergüenza que supiera cómo vivíamos en realidad; según mi padre, Benjamín ya le conocía todas las miserias. A mi mamá, en cambio, los Preston la incomodaban. En la mesa, durante las comidas, solía mantenerse callada porque, cuando decía algo, conjugaba mal un verbo o usaba mal un sustantivo, eso solía decirnos Rosa en secreto. Además, yo tenía la percepción de que a mi madre la avergonzaban sus dientes, y por eso tampoco reía, o si lo hacía se cubría los frontales estirando los labios o se llevaba las manos a la boca. Se limitaba a sentarse tarde a la mesa, y mientras comía se levantaba cada tanto para buscar lo que se había olvidado en la cocina.

Nuestra casa era como la casa de vacaciones de los Preston, donde iban a descansar del ajetreo de Madrid y el bullicio de las avenidas. Pero nosotros nunca habíamos visitado la casa de ellos hasta aquel día en que me tuvieron que llevar al hospital de Madrid por caerme del árbol. Mientras iba en el auto con mi familia solo pensaba en cómo iba a decírselo: «Mira, Clara, intenté volar pero no funcionó». Me urgía la prisa por llegar y contárselo, aunque muy dentro de mí sabía que notaría una leve nota de regocijo en su rostro. Ella me había jurado que volar era imposible y yo le aseguré lo contrario. Por momentos dudaba si volar era tan importante para ella como para mí.

Clara era una niña despierta, estimulada por sus padres y sus abuelos. Pero su creencia en las fantasías era débil en aquel entonces y se perdió totalmente cuando creció: sus tintes de aventurera fueron escurriéndose en las calles de la ciudad y en las conversaciones que mantenía con los adultos. Su juego favorito de niña consistía en rescatar insectos del estanque de la reserva y jugar al hospital. Los veíamos sufriendo, con las patas estiradas y chapoteando en el agua, desesperados por sobrevivir, por alcanzar la orilla. Un saltamontes, una mariposa, una mísera hormiga. Y entonces Clara sumergía su dedo salvador y les ofrecía una balsa de piel suave. Los seguíamos por un rato a través de la hierba, bajo el sol candente de verano, hasta que los perdíamos de vista o aparecía otra víctima que salvar. Juntas les sacábamos las espinas a las patas de los perros cuando cojeaban y buscábamos heridas o rasguños en los lomos de los caballos para jugar a sanarlos con el agua bendita que le robábamos a Teresa. Y ella era buena conmigo, nunca me hacía desear sus juguetes nuevos por mucho rato, a los pocos minutos acababa prestándomelos. Siempre tuve la duda de si éramos verdaderas amigas o solo habíamos heredado la relación a causa de nuestros padres.

Desde la negrura que nos envolvía en la ruta, se empezaron a vislumbrar las pequeñas luces de Madrid, que yo enseguida asocié con las luciérnagas. Tenía olor a tierra, el vestido sucio, el sabor metálico de la sangre entre las encías, las rodillas encostradas y los brazos encintados con un líquido espeso que usaron para limpiarme las heridas. Noté que mi hermana todavía tenía el sombrero de paja puesto, ni siquiera había recordado quitárselo, aún seguía pasmada por la bofetada que le había asestado Vera y de vez en cuando gimoteaba con la mejilla pegada al vidrio.

—Su hija está bien, no tiene nada —confirmó el médico con el papel radiográfico a la altura de la luz—. Pero tráigamela mañana que quisiera ver cómo va.

Al salir del hospital fuimos a la casa de los Preston a pasar la noche, sin dar aviso previo. Esto le molestó a mi madre, porque si ellos hubieran caído en casa a avisar, qué mugre y desorden habrían encontrado. Creo que temía que, si no avisábamos, los Preston harían lo mismo en alguna ocasión del futuro. Sugirió la idea de ir a un hotel, pero mi padre ni siquiera le contestó.

La casa de los Preston era una mansión de ciudad que aún puedo describir en detalle, simplemente porque fue uno de esos espacios en los que logro verme de lejos, como si se tratara de una niña que fui pero que ya no me pertenece. Yo pensaba que Clara vivía en una casa como la mía, tenía una habitación como la mía, pero con tan solo entrar en su vecindario me di cuenta de que ninguna construcción se parecía a la nuestra, el enrejado con ribetes del ingreso en nada era similar al alambrado herrumbroso del campo ni las habitaciones espaciosas ni la iluminada claraboya ni la pintura de la Plaza de San Marcos que decoraba el techo del living; tampoco el hogar, que me doblaba en altura, ni los sobrios cuadros de marcos dorados ni la multitud de espejos en cada pasillo. Hasta entonces, Clara, Clarita, había vivido en un sitio como el mío, era una niña como yo. Al conocer su hogar me di cuenta de que los distintos éramos nosotros. Aquel contraste fue el primer choque de mi vida, el primer encuentro con la verdad fuera de la inocencia. ¿Qué habría pensado Clara al ir a mi casa? ¿Al ver el baño de azulejos rotos y viejos, el perro azuzando a las gallinas, la humedad comiéndose los rincones, la pintura descascarada? La limpieza no alcanzaba para barnizar la realidad. Se lo transmití a Teresa y ella me redujo las dudas a la premisa de que, en la amistad, el dinero no importa, y que nuestros padres eran amigos desde hacía mucho tiempo. Su explicación no me dejó tranquila.

Clara tenía muchas amigas en la ciudad, pero para mí ella era, en cierta forma, mi única amiga. Creo que nunca llegó a quererme con la misma devoción con la que yo las quería a ella y a su madre Eugenia. En ese momento, la familia de Clara representaba el centro de todas las comparaciones que yo hacía entre las personas, sobre todo en lo que respecta a los padres. Si no hubiera sido por los Preston y por los brochazos de mundo exterior que yo recibía a través de ellos, probablemente mi destino habría sido otro. Fue por ellos y por el contraste entre ambas familias, entre lo que a ellos les sobraba y lo que a nosotros nos faltaba, que a una temprana edad conocí la vergüenza. Sentí vergüenza aquella vez que fui a su casa, vi la vergüenza en el semblante de mi madre, vi la vergüenza ajena en la exagerada hospitalidad de Eugenia, y no me la pude quitar de encima por años. Los Preston tenían todo aquello de lo que nosotros carecíamos, una casa de sueños, la bulliciosa compañía de la ciudad, que amortiguaba la soledad y el aislamiento, la ropa reluciente comprada en la tienda Simeón, en la Plaza del Ángel en Madrid, esa vestimenta que acrecienta el carácter y el plantarse con seguridad frente a los demás. Y, sobre todo, el amor, que a ellos les brotaba de los ojos y de las mangas de las camisas, en sus gestos amables y sus palabras elocuentes.

La mamá de Clara, Eugenia, era la peor pesadilla de mi madre. Aquella noche nos recibió ataviada en una bata azul de seda y unas pantuflas que cualquier mujer que conociera habría usado para ir a bailar al salón del pueblo. Se estaba por ir a dormir, pero bajó del segundo piso a saludarnos y a preguntarnos qué había sucedido. Tenía el rostro pálido y limpio, nunca la había visto sin maquillaje, pero no hizo diferencia. Mi madre, en cambio, tenía puesto el mismo vestido negro, desteñido, de todos los días, y las alpargatas descosidas. No estaba preparada para aquel encuentro imprevisto, jamás pensó que por mi caída terminaríamos en casa de los Preston y sentí que me habría pegado un zarpazo si no hubiera sido por la presencia de los demás. Teresa nunca se percataba de estos detalles porque siempre tenía la cabeza en los santos, ni corría a abrazar a Eugenia como hacía yo. Esa noche en que al verme lastimada Eugenia me sostuvo entre sus brazos y me dio un beso, sentí su aroma a cabello limpio, a jabón. Me fascinaba aquel aroma tan puro que en el campo solo encontraba en las lavandas o en las rosas.

En los veranos en que los Preston nos visitaban en el campo, Eugenia era el centro de atención: de pronto ahogaba la pesadumbre del entorno con su aire cosmopolita, como si el mundo no estuviera tan lejos de nuestro alcance. Hablaba de películas mudas, de la inauguración de algún restaurante, de la temporada de veraneo en la costa; llevaba el novedoso presente a mi sombrío hogar, como si aquellos fueran lujos accesibles para todos y todos supiéramos en profundidad de qué trataba cada tema que abordaba. Era lindo mirarla hablar, sin embargo, aunque por momentos no entendiera una palabra. Ver sus brazos largos y pálidos, la perfección de sus orejas, su cuello de cisne. Cuando Eugenia empezaba a relucir sus experiencias, a mi madre se le marcaban dos grandes rayas en la frente. Luego, en la cocina, mientras lavábamos los platos, la oía susurrar a Dorotea que las visitas eran arrogantes, en plural. Pero nada me convencía de pensar lo contrario: para mí, Eugenia era una meta, la mujer que quería ser cuando creciera. Y Clara, su extensión, la compañía más esperada durante los veranos para sobrellevar el aburrimiento del campo. Yo siempre me preguntaba por qué mis padres habían elegido aquel estilo de vida campestre, tan aislado y tosco, y no podía evitar pensar que había algo de malo en ellos porque nunca querían mejorar. Mi padre, especialmente, no parecía anhelar lo que los Preston tenían.

Con el papá de Clara, en cambio, era diferente. Aunque hiciera el esfuerzo, me costaba considerarlo como un pariente cercano o como un padre, como me sucedía con Eugenia. Pensaba que era un hombre demasiado serio y ocupado, no poseía la calidez de mi papá. Cuando estaba en casa, intentaba mostrar solidaridad con él, ser afable y atenta, ayudaba a poner la mesa, a servir el postre, me adelantaba a alcanzarle una servilleta si creía que la necesitaría, pero mi madre interrumpía cualquier acción dirigida hacia el señor Preston y me mandaba a sentar. Yo pensaba que siempre que lo veía era como conocerlo por primera vez, con su sobriedad y su andar despreocupado pero imponente. De niña no me gustaban los dulces de gelatinas azucarados, uno de los típicos regalos de Benjamín a Clara. Cuando él dejaba las bolsitas cerca de donde estábamos jugando, yo corría desesperada a engullir una, solo para que no sospechara que las odiaba. Me resistía a las arcadas y si podía las escupía detrás de alguna planta. En la familia se hablaba tanto de él y de sus logros, de su concesionaria, de sus despachos, de sus tierras en Francia, donde tenía viñedos, que a mí me daba la sensación de que todos los demás seres humanos éramos insignificantes en comparación, todos menos mi papá, a quien lo protegía el inmenso cariño y amor que le prodigaba. Me daba pudor admitirlo, pero de noche, cuando pensaba en los muchachos del pueblo o del campo vecino que tenían mi edad, a todos los imaginaba, sin querer, con el rostro de Benjamín, aunque sacudiera la cabeza e intentara no evocarlo. No era a propósito. El papá de Clara, pensaba yo, debía de haber sido muy atractivo de joven, porque aún lo seguía siendo de grande, un hombre impermeable al paso del tiempo.

Lo que más me llamaba la atención de él eran sus formas: su forma de caminar, llevando las espaldas anchas por toda la casa, la confianza en sí mismo que emanaba de su boca al dar una opinión o hacer un comentario, siempre pensando uno o dos segundos antes de decir cualquier cosa, su forma de mover los labios y los hoyuelos que se dibujaban a los costados. Cómo fumaba, cómo bebía de un vaso, cómo cortaba la carne con el cuchillo y el tenedor: cada acción era sencillamente propia de él y podía reconocer que el señor Preston estaba en mi casa incluso si no lo veía en el lugar, porque hasta los muebles, los aromas, el ambiente, las paredes, hablaban de su presencia, de que había estado por allí. Se movía como si siempre le sobrara el espacio, con soltura y seguridad, y todo lo transformaba, incluso con su ausencia. Todos los hombres que conocí en el futuro parecían estar imitándolo.

El ánimo de mi padre mejoraba cuando estaban juntos, pasaban horas hablando del pasado, de Inglaterra, de Argentina, de los países que los habían unido. En una estación de trenes de Inglaterra se habían conocido —ambos oriundos de dos zonas bastante disímiles de Londres—, a Argentina habían viajado juntos y allí tenían tierras que aún no valían nada, y con dos mujeres españolas se habían casado. Solían reírse de estas coincidencias, y mi madre renegaba al oírlos y a veces se atrevía a largar alguna ironía que siempre contenía las palabras dinero y mala suerte y estaba dirigida a las malas elecciones de mi padre. Benjamín podía ver la resignación de las palabras de mi madre y solía llevarle una ramo de flores o algún presente, que la hacían sentir valiosa y apreciada. A veces los hombres también conversaban de política, de las imparables andanzas del rey Alfonso XIII, y renegaban de España, país en el que se quedaron a fuerza del matrimonio. Se doblaban de la risa recordando anécdotas y los conmovía hablar de algún viejo amigo al que le habían perdido el rastro. Benjamín era varios años menor y relacioné con aquello el hecho de que aún se mantuviera en tan buena forma, de que la tristeza no le hubiera empañado la perspectiva de la vida con el mismo descaro que a mi padre. Quería que el señor Preston envejeciera rápido, que acompañara a mi papá, quería comprobar que a todos los hombres al volverse viejos se les plantaba el desaliento de la misma forma, que no había nada de extraño en mi amado David.

6

Desembarcamos en Nueva York el 26 de agosto de un año inestable y turbulento, 1930, a poco de cumplirse el primer aniversario de la caída de la bolsa. La ciudad seguía su marcha normal a pesar del desastre que había explotado en Wall Street meses atrás, cuando el mundo entero se vio sacudido por cifras y expectativas que nadie entendía cómo habían reducido la vida cotidiana a la mera búsqueda de subsistir. Mil pasajeros de tercera clase —los que se encontraron aptos para ingresar por las puertas de Norteamérica— y yo descendimos del barco una mañana despejada de verano y recogimos las maletas en un galpón de chapa que desprendía un aliento caliente y sofocante. El reloj daba las diez en punto, la ropa se me pegoteaba al cuerpo y los pies nadaban en los zapatos. Mientras caminaba con paso lento entre el gentío desesperado por recoger sus pasaportes, vi la ciudad rezagada detrás de unos contenedores de madera que amurallaban la salida del puerto. Me generó cierta ansiedad ver los edificios como mástiles a poca distancia, y con el mentón en alto y los ojos buscando la última ventana, lo primero que pensé fue que carecían del encanto de la vejez que poseían los de Madrid, o los de Europa en general. Estos rascacielos eran más bien como cajas lisas y apiladas, sin birretes o rostros de ángeles y gárgolas, sin un mensaje o una historia que contar a través de su arquitectura. Hacía calor y aún no tenía en claro adónde ir, tenía esbozadas en un papel varias direcciones de hoteles y pensiones que había ido recolectando en el barco, pero nada concreto. Me había guardado en el bolso unos bollos de pan, dos manzanas y una naranja, robadas del buffet, por si acaso, y caminaba con el bolso bien agarrado por miedo a que me robaran lo poco que había dentro. Dinero no tenía mucho, algunos ahorros, billetes que me había dejado mi abuela paterna antes de morir, con quien solía intercambiar correspondencia desde hacía años pero a quien nunca había conocido. Ella siempre me enviaba pequeños montos que yo no gastaba en nada más que en revistas cuando íbamos a Madrid. Quería mucho a esa abuela inglesa desconocida, a quien imaginaba como una mujer fina y elegante, todo lo opuesto a la madre de Vera, Carmela, que me parecía vulgar y campesina. Aquello que me sobraba de la compra de revistas lo ahorraba para un gran viaje. Armaba rollitos con forma de cigarros y los escondía en las costuras de las solapas de los libros. Así, tenía la biblioteca de mi habitación repleta de escondidos tesoros, que más tarde supe que valían poco.

Tomamos las maletas, nos entregaron los pasaportes y nos indicaron la salida, que era a través de los contenedores y hacia la izquierda, gritaban los oficiales. Caminé varios metros intentando abrirme paso entre la gente y al toparme con la calle me di cuenta de que no era la única sola: muchos pasajeros se quedaban tiesos mirando hacia los costados, como esperando que alguien fuera a rescatarlos o a decirles qué hacer. Otros se subían a carros y algunos pocos se abrazaban con personas que habían ido a recibirlos y lloraban. Las puertas del mundo se habían abierto ante nosotros y entonces sentí el insípido sabor de haber logrado lo que quería, y luego, de no saber qué hacer con ello. Pensé que tal vez había llegado demasiado lejos, que no necesitaba entablar una distancia tan inmensa entre el pasado y yo, y recordé que de pequeña siempre le decía a mi padre que un día iba a irme con mis cosas en una bolsa atada a un palo, como los vagabundos, y no me iban a ver nunca más. A veces, cuando me enojaba, lo hacía, pero llegaba hasta la tranquera del campo o me iba a la reserva y cuando anochecía regresaba sola y furiosa por no haber sido capaz de sobrevivir.

Seguí observando a mi alrededor, otros pasajeros estudiaban mapas trazados a mano o simplemente se quedaban anonadados por el perfil de la ciudad, que se alzaba frente a nuestros ojos con indiferencia. Los autos y los carros tirados por caballos, las bicicletas y algunos tranvías generaban tráfico en la calle, y la zona del puerto, con la salida de todos los pasajeros, se abarrotaba de gente. Me pregunté por dónde salían los de primera clase, si se ahorraban aquel amontonamiento, los golpes de las maletas en las rodillas, el olor a sudor, los gritos, el calor, la desesperación. Miré el reloj otra vez, como si en el transcurrir del tiempo estuvieran las respuestas. Había perdido de vista a mi amiga, una catalana petisa y charlatana con la que había compartido los almuerzos desabridos y las cenas tristes durante el viaje. Era una mujer de unos treinta años cuyo marido la esperaba en Boston, donde trabajaba vendiendo boletos en una terminal del puerto. Ella fue quien se había mantenido a mi lado y al oficial que me preguntó qué iba a hacer a Nueva York, le respondió por mí que ella y su marido me darían trabajo en la central de pasajes porque necesitaban una empleada que hablara su mismo idioma. Hasta entonces yo no sabía que me preguntarían qué iba a hacer en Nueva York, y aquella catalana llamada Nuria me salvó la vida.

La busqué entre las cabezas y los sombreros, me subí a un cantero de tierra donde alguna vez hubo flores, y mientras arrastraba los ojos vi un cartel que rezaba «Battery Park». Enseguida me atrapó el rugido incesante de la ciudad vista desde un poco más de altura, la avenida como una lengua negra y larga, el tráfico acelerado. Me aturdía el barullo: como una cascada cercana, un torrente de gritos y bocinas, chirridos de autos que frenaban de golpe; obreros vociferando en idiomas extraños mientras martillaban el asfalto. Y el sol, el calor incesante azuzado por el hormigón y el pavimento, la ciudad artificial. A lo lejos, el traqueteo de un tren que hacía vibrar el suelo; ferris que cruzaban de una isla a la otra.

Sentí que el mundo a mi alrededor giraba. Apreté los ojos para evitar el vértigo y me sostuve con firmeza de la columna de un farol. A mí nadie me había dibujado un mapa ni yo me había animado a confesarle a Nuria que en realidad no tenía adónde ir, aunque ella jamás me lo preguntó. Me daba vergüenza decirle que no tenía una oferta de trabajo, aunque pensé que mucha gente debía de estar en mi situación, que no era la única. Recordé fugazmente que otra pasajera del barco, morocha, alta y voluptuosa, se había percatado de mi desamparo con solo mirarme una noche que nos cruzamos en el baño. La marea a esas horas estaba intranquila y la nave se mecía con una cadencia espesa de la izquierda a la derecha. Tuvimos que tomarnos de la grifería para mantener el equilibrio, tal como yo me estaba tomando de aquel farol mientras la evocaba. Después de pintarse los labios en el espejo, mientras yo me lavaba los dientes, me advirtió sobre los peligros de una mujer sola en una ciudad grande. Describió dónde acabaría. Habló de clientes y cabarets a los que llamó «teatros» y yo entonces me pregunté, de pie en Battery Park, qué aspecto podía estar dando sola, subida a aquel cantero aferrada a la columna de hierro, sin saber para dónde doblar ni qué calle estaba desprovista de peligros. Me pregunté si aquella mujer había marcado mi destino y me estremecí.

—Hay una pensión en la Calle Dieciséis —me sorprendió la voz de Nuria, que me gritaba desde abajo—. Yo voy ahí. ¿Vienes?

7

La primera noche Nuria se había quedado dormida a las nueve y media. Yo, sin embargo, aún seguía inquieta. Me revolvía entre las sábanas, tenía el abdomen hinchado por el estofado de la cena. No acostumbraba irme a dormir después del último bocado, siempre me quedaba leyendo en la sala frente al hogar mientras Dorotea tejía y Teresa rezaba sus últimas oraciones y luego nos preparaba té.

Recorrí la habitación con la mirada y pensé que nunca me acostumbraría a ella. La humedad y el calor me anclaban aún más a la incomodidad, y aunque no había descansado en todo el día, no lograba dormirme sin repasar los paisajes y las escenas de aquel primer día agitado en un país extranjero. Las imágenes me acechaban cada vez que cerraba los ojos. Cada detalle se había quedado grabado en mí y supe que no podría olvidar absolutamente nada, porque a partir de entonces todo me parecería nuevo y extraño. Ya nada me resultaría familiar, porque incluso los españoles que me encontrara allí tendrían las costumbres algo barnizadas por la cultura —o la mezcla de culturas— del país. Ni los olores ni los sabores ni los sonidos serían los mismos, y los días quizás serían tan largos y agotadores como aquel, y en el sueño no encontraría consuelo para la decisión que había tomado. Lloré un poco ante eso, silenciando el llanto con la almohada. A mi lado, compartiendo la misma cama de dos plazas, la catalana seguía roncando y balbuceando palabras entrecortadas. Se oían ruidos lejanos, ruedas de autos cortando las esquinas, haciendo explotar los charcos que quedaban de la llovizna de la tarde. Había sido un día largo. A través de la ventana se colaba el reflejo de un cartel luminoso cuya luz parpadeaba. La bombilla parecía estar a punto de extinguirse. Mientras daba vueltas me sentía atormentada por el destello claro que armaba una aureola en la pared oscura. No estaba acostumbrada a dormir con luz, y mucho menos con luz eléctrica.

Me senté en la cama y acomodé la almohada en mi espalda, decidida a liberar los pensamientos. El viento caluroso de la noche amenazaba con dejar entrar unas plumas de paloma, pegoteadas sobre el marco de la ventana con excremento. Como en una proyección, analicé el día que habíamos tenido, la mañana en Battery Park, el muelle repleto de pasajeros, el nuevo paisaje de rascacielos, las avenidas ajetreadas y los callejones fríos adonde no llegaba la luz, las personas que había conocido durante la jornada. Sin dudas, la más relevante había sido doña Nancy Álvarez, la administradora de la pensión donde nos hospedábamos. Le pagamos el alquiler de una habitación por adelantado, la mitad con mi dinero y la otra mitad con el de Nuria. Aunque solo nos conociéramos del viaje en barco, las cuentas no daban para pagar habitaciones o camas separadas. Rezongando por no poder sacarle provecho al alquiler de dos piezas, con el delantal de la cocina montado a la cintura y las manos blancas de harina, doña Nancy recibió los billetes y se los guardó entre los pechos.

—Hoy cenaremos estofado. La cena es a las ocho, el desayuno a las seis. El almuerzo a las doce, pero eso se paga aparte. Si no están aquí abajo a esa hora, no les prometo que sobre algo, mis niñas. En estos tiempos de penuria, lo que menos dura es la comida en el plato. Tendrán que cocinarse solas —dijo y continuó amasando el pan.

—Será mejor que te acostumbres al estofado. Estofado de lo que sea —me advirtió Nuria.

Doña Nancy Álvarez, a veces le decíamos «doña Nancy», otras «doña Álvarez». Para quienes no la querían, el apodo era «la vieja de la Dieciséis», para sus amigas simplemente «Nan» o «Nancita». Era una mujer de corta estatura, cabello negro cercenado a la altura de la nuca, ojos marrones y caderas anchas y orondas como tuercas estancadas en la mitad de su delgado cuerpo. Era de Avilés, en Asturias, aunque del acento asturiano ya no quedaban ni sospechas. Había llegado allí con su marido, a principios de siglo, cuando ambos eran aún jóvenes. Pero de él se sabía poco y nada: hacía más de tres décadas que no se lo veía por el barrio y doña Álvarez tampoco lo mencionaba. Se decía que no habían podido tener hijos y que por eso él se fue a otros sitios a buscar un vientre en el cual engendrar. Quizás en aquel suceso se escondía la razón del carácter arisco de doña Nancy, el lenguaje combativo y la voz siempre tres tonos por encima de las demás. Vivía a la defensiva, como atajando cualquier compromiso, deuda, pedido o acusación, y cada día del mes te recordaba cuánto faltaba para abonarle el próximo alquiler. Tan pronto conocerla mencionó a Dios una veintena de veces y yo no pude más que pensar en Teresa: a cada alusión sentía un martillazo en el pecho y el aire se me atoraba dentro por unos segundos.

La pensión era una construcción precaria, de cinco plantas, que todos describían como un tenement, un edificio de apartamentos. Pero en realidad no lo era: había sido simplemente la casa de alguna familia burguesa en el siglo anterior. Para cuando llegué a Nueva York, los ricos se mudaron a las orillas del Central Park y sus antiguos hogares se convirtieron en habitaciones de alquiler donde a veces vivían, amontonadas, hasta diez personas. Por lo mismo, doña Álvarez no era la dueña la pensión: ella estaba a cargo de cobrar todos los meses, de recolectar el dinero y de pagarle al dueño, que no quería lidiar con inmigrantes. Nunca le hacían refacciones al edificio ni reparaban las cañerías. La última mano de pintura se la habían dado hacía más de tres décadas, por lo que las paredes estaban amarillentas, agrietadas y tenían tallados los nombres de algunos de sus habitantes. Tan pronto entrar se veía una pequeña cocina, con un artefacto a leña y una gran mesada de roble donde doña Álvarez preparaba sus alimentos. El sitio estaba impregnado de olor a comida, por más que abriéramos de par en par las ventanas. Cacerolas, grandes sartenes, tablas de madera, cucharones y cuchillos pendían desde el techo entremedio de ramas de laurel y plantas de tomillo disecadas. Todo lo que pasaba por allí se iba con el aroma a la cocina de doña Nancy, tu cabello, tu ropa, tu bolso. A la izquierda, tres sillones verdosos y un hogar en el centro eran los únicos mobiliarios que adornaban la sala. No había cuadros ni fotografías en las paredes, tan solo un crucifijo arriba del marco de la puerta. Entre la sala y la cocina estaban las escaleras, como el ingreso a una guarida oscura incrustada entre los dos ambientes principales. La iluminación del resto de los ambientes estaba bien, aunque doña Álvarez se quejó de que el edificio de enfrente le hacía demasiada sombra.

Había inquilinos de todos los tipos, aunque nunca llegué a conocer a cada uno. Un día llegaban mujeres, otro día hombres solos, alguna que otra vez se cruzó por mi falda un niño que estaba aprendiendo a caminar. En el pasado se habían aceptado solo mujeres, pero cuando impactó la Gran Depresión, hubo que ensanchar el número de ocupantes. Así la mantenía doña Álvarez, trabajando de sol a sol, ella misma limpiaba las áreas comunes, se encargaba de las compras y las comidas para ganar un ingreso extra. Judíos, italianos, irlandeses, ucranianos; todas las nacionalidades y colores pasaban por la pensión de doña Nancy, famosa por sus opulentos platos y por la tranquilidad de la cuadra, la Dieciséis; lejos del barullo de la concurrida Mulberry Street, donde la gran mayoría de los inmigrantes iba a trapichear con lo que tenía. La Dieciséis se encontraba en una zona diferente, y aunque formaba parte del Lower East Side, el área de los inmigrantes, estaba un poco mejor ubicada y la miseria de la pobreza no se notaba tanto en las calles. Union Square Park estaba a un tiro de piedra, la iglesia St. George también; aunque yo no fuera nunca a rezar, me agradaba ver cuando algunas mujeres de la pensión se alistaban para ir todas juntas, con el velo de puntillas sobre la cabeza y un ramo de flores para ofrendar.

—No anden por los muelles de noche solas. Por Bowery no se metan ni de día. Mejor no anden por ningún lado solas después de las seis de la tarde. El Lower East Side es zona de inmigrantes, pueden conseguir buenos precios y hacer amistades; en el Upper East y West viven los ricos. Los rusos son antipáticos, los italianos, comilones y gritones. Los chinos, escurridizos —empezó a enumerar doña Nancy como primer consejo la mañana siguiente a nuestra llegada, después de aquella noche turbulenta en que di mil vueltas en la cama, aturdida por la luz titilante del cartel. Nuria le respondió a secas que en unos días partía en tren a Boston, que no le servían aquellos consejos porque no pensaba quedarse más tiempo ni regresar de visita, que Nueva York le parecía un espanto y estaba ansiosa por reencontrarse con su marido. Yo no supe qué responder, me aterraba que Nuria se fuera porque era mi única conexión con la partida, con la España que había dejado atrás hacía menos de un mes. Sin ella y sin su compañía me quedaba sola, sola en la habitación y en la cama de dos plazas. En el fondo me había consolado la posibilidad de que me llevara a Boston y me diera trabajo como había dicho en el barco, pero luego me percaté de que había sido un puro gesto de amabilidad, para sacarme de apuros.

—Necesito ir a hablar con el vecino de enfrente —dije en el desayuno, mientras le agregaba azúcar al café.

—¿Para qué, niña, si se puede saber? —preguntó doña Álvarez, que hasta entonces había permanecido de espaldas, cortando el pan.

—Tiene una luz que ilumina nuestra habitación. Funciona mal, se prende y se apaga, no me deja dormir.

—Bueno, pues, mira, tendrás que acostumbrarte a eso —afirmó acercándome la canasta de pan recién horneado.

Nuria no pronunció palabra: no era asunto suyo, ella podía dormir sin problema. Yo me debatía entre sumirme en una discusión o retraerme para evitarla; entonces permanecí en silencio unos minutos más hasta que fue ella quien me puso los puntos.

—Sé que somos compatriotas, niña linda, pero aquí no estamos en España. Es mejor que te olvides de las comodidades. El vecino ya se dará cuenta solo de lo que tiene que hacer, o quizás ajustar la bombilla o quizás removerla, pero con el poco dinero que hay la dejará encendida hasta que no dé más. Vende licor por las noches, y la mayoría de sus clientes vienen a esa hora. Pero tú sobre esto calladita, eh. Mira, el alcohol aquí es ilegal, pero hay gente que vive de eso, así que mejor olvídate del asunto —levantó el mentón para acentuar el final de su oración. No me animé a emitir respuesta.

El carácter de doña Nancy me resultaba prepotente. Prepotente y agresivo, esa fue la primera impresión que fabriqué sobre ella. «Somos más directos en el nuevo continente, no es nada personal», me dijo más tarde Nancy al notar el llanto latente que me impregnaba los ojos a cada frase pronunciada. Por un momento pensé que no podría levantar una existencia en aquella ciudad, con ese enjambre de desconocidos que se comportaban con frialdad y distancia, concentrados en sí mismos, subiendo y bajando los raídos escalones de la pensión, protegiendo con uñas y dientes desde una rebanada de pan hasta el papel higiénico.

8

Mi amiga catalana se fue a principios de septiembre, cuando en el aire aún se sentía el calor asfixiante del verano neoyorquino. La acompañé a la estación Grand Central, pero hasta allí fui nomás: de la salida del metro que provenía de la Dieciséis al andén interestatal que la llevaría a Boston, y luego, sin dar un paseo ni distraerme, de regreso sola a la pensión en la misma línea de tren. No tuve el coraje para abandonar la estación en ningún momento: a través de las ventanas se asomaban edificios filosos y cientos de cristales que se irguieron sobre mí como enormes ojos. Sin embargo, mientras Nuria mostraba su pasaporte, me distraje mirando la cúpula turquesa de la estación, donde se desplegaba la pintura de un cielo estrellado, y por un instante me transporté al campo y recordé que allí la vista del cielo era inigualable. Ahora, desde la ventana de la pensión, apenas se colaban una o dos estrellas tenues. Despedí a Nuria y regresé de un tiro a lo de doña Nancy.

Al llegar a la habitación, di un portazo y me pegué de espaldas a la puerta, algo abatida. Observar postales efímeras de la ciudad desde los cristales del metro y atravesar las pocas calles que tuve que hacer a pie me había aturdido. Entonces me di cuenta de que el espacio sin Nuria había cambiado. Solo estaban mis pocas pertenencias, esparcidas sobre la cama y en la mesa de luz. Recordé fugazmente los rincones que antes, en España, aquellos objetos habían ocupado, y luego los evoqué en el barco, amontonados como un tesoro, conmigo a todos lados, porque temía que me los robaran. Pensé que sin ellos de alguna forma me sentiría menos protegida o quizás hasta desvinculada de España, solo atada por los recuerdos. Recorrí la habitación con la mirada. En esa habitación, iluminada pero triste, no estaba el océano. Como solía hacer en el transatlántico RMS Majestic, ahora no podía salir a tomar aire a las verandas y sentir que mis problemas y mi entera existencia eran minúsculos en comparación con el mar y con su grandeza. El mar había sido la anestesia, el resguardo. En esa habitación, en cambio, no tenía dónde ahogar mis pesadillas ni acallar la voz de mis pensamientos. Miré hacia la ventana y pensé que no servía para tomar aire. Era como una suerte de enemiga, que me refregaba en la cara los miedos y me enfrascaba en mis limitaciones. Me decía que el exterior era demasiado para mí, que no podría manejarlo.

El aspecto de la habitación daba tristeza. Aunque era luminosa, había algo de perecedero en ella que daba la sensación de que era un sitio solo para estar de paso y no para quedarse. Nunca había estado en un hotel, pero supuse que era algo similar, aunque más lujoso. Me pregunté si podría ser capaz de transformarla en un hogar de quedarme allí por un buen tiempo, y recordé que mi padre decía que un hogar es cualquier sitio donde se puede ser uno mismo o donde se encuentra la mejor versión de sí. Pude ver las siluetas de otros viajeros allí, sus maletas sin desarmar porque, como Nuria, se quedaban pocas noches y luego partían. Tuve la intención de ponerme de pie y darle un poco de amor al lugar, entonces supe que tendría que ordenarme antes que nada porque, como decía Dorotea, el orden de la casa es el orden de los pensamientos. Yo siempre intentaba aplicar su teoría y cuando no sabía qué hacer o qué decisión tomar, ordenaba.

Miré a mi alrededor: la cama grande estaba desarmada, las sábanas dispersas, el barral de la ventana sin cortinado, los esqueletos de las perchas desnudos en el armario, los vestigios de un desayuno improvisado sobre la mesa de luz, migas y restos de café, dos cucharas sucias, la maleta destripada, unas revistas en el suelo. La modelo de una de las tapas era Greta Garbo y me acechaba con sus ojos azules. Pensé en la vieja Dorotea otra vez, me despegué de la puerta y me incorporé. Extendí las sábanas y las arrollé por los bordes debajo del colchón, sacudí la frazada y coloqué encima una vieja manta portuguesa que planché con ambas manos. Desenrollé los vestidos y los colgué en las perchas del armario con delicadeza, deslizando mis dedos por la tela de seda y por la de algodón de aquellas prendas que había cosido yo misma en las horas más pesadas, con la ayuda de Dorotea. Terminé de desempacar bastante rápido: solo tenía una camisa, una falda y cuatro vestidos, un camisón de dormir y medias finas.

En el estante de abajo del armario acomodé mis botas blancas de invierno, puntudas y elegantes, que alguna tía me había regalado con esfuerzo de ahorros en un cumpleaños. A un costado distribuí los frascos de champú y acondicionador y las siete pastillas de jabón que robé del barco, apiladas una sobre la otra. También me llevé dos envases de pasta de dientes y un cepillo de pelo que encontré en el tocador del salón principal, una noche en que un oficial no me vio cruzar a la primera clase. No tenía tenacillas para hacerme ondas de agua en el cabello, como estaba tan de moda, y mi melena castaña seguía larga hasta la cintura como en la época victoriana. Coloqué la falda marrón de gabardina al lado de las botas y los únicos zapatos de verano que tenía siempre estaban en mis pies. Y finalmente, mi único abrigo. Era blanco, de paño italiano, doble fila de botones, solapas anchas, una prenda elegante que me había regalado mi madre y que me hacía quererla y evocarla con cariño. Y muchas revistas. Intercalados entre las páginas de las revistas había recortes, algunas postales viejas, una carta y una margarita a medio deshojar que algún día había tomado del jardín de mi casa. Deposité algunas revistas en el cajón de la mesa de luz, donde doña Nancy había dejado una Biblia pequeña.

La habitación semivacía era como un cuaderno de páginas blancas donde podía escribir mi historia. No tenía más mobiliario ni adornos ni cortinas, pero no me importó, porque el orden de alguna forma había logrado consolarme. Lo último que saqué de la maleta fue una caja azul con un tropel de caballos en pleno galope grabados en la tapa metálica. Era mi costurero.

9

Transitar la niñez y los primeros años de juventud en el campo hizo que mi imaginación creciera hacia arriba, como una planta trepadora que todo lo va cubriendo y devorando. Había que ingeniárselas para encontrar la forma de matar las horas, sobre todo en las malas épocas de mi padre, en las que, debido a su desgano, también entraba poco dinero a la casa. Si no hubiera sido por mis abuelos o por los Preston, habríamos vivido solo de las bondades de la tierra y de los animales. Ellos nos traían azúcar, galletas, té, jabón, arroz, fideos. Todo lo demás lo obteníamos de la naturaleza, gracias a la huerta de Dorotea, las gallinas de mi madre y la leche de los animales con la cual se hacían la manteca y el dulce de leche, que mi padre había probado en Argentina y no podía faltar en la mesa.

De todos los recuerdos que conservo de mi padre, solo algunos aún me acompañan, los demás ya forman parte de mí y los llevo impresos en los gestos, en las palabras que uso y hasta en mi forma de mirar la vida. Varias veces he encontrado a mi padre en mí misma. Dentro del repertorio de los buenos momentos que compartimos, una vez íbamos en el auto de regreso a la casa por los caminos de tierra, yo tenía trece años y faltaba poco para mi próximo cumpleaños. Mientras conducía, me preguntó qué regalo quería y le contesté que me gustaría realizar una fiesta con invitados así podía hacer amigos. No quería seguir dependiendo de Clara. Estábamos creciendo, ya no éramos las niñas de antes, y cada vez que nos visitaba me hablaba de amigas nuevas que hacía en la ciudad, se demoraba en la sobremesa para evitar salir a jugar afuera y el campo le parecía agreste, ya no era la jungla de juegos donde antes hacíamos tortas de barro o armábamos casitas con ramas secas. Al oír que yo quería dar una fiesta para hacer amigos, mi padre, ignorando rotundamente mi pedido y la desazón que me causaba la lejanía de Clara, comenzó a describir una pradera reverdecida después de la lluvia, un atardecer de árboles verdes y naranjas, jirafas comiendo de ellos con sus cuellos largos, olor a humedad, a tierra mojada; el rugido lejano de un león hambriento, el zumbido de los insectos, el calor de la tierra emergiendo desde el centro. No entendí hasta más tarde que hacía referencia a su Kenia imaginaria, donde vivía un viejo amigo suyo llamado Roy Bachtesten, un inglés que había decidido evitar las trincheras de la guerra: había vendido su única casa en Londres y había adquirido tierras para plantar café en África Oriental. Desde allí le enviaba postales y cartas que a mi padre lo enloquecían de deseo y de un oscuro rencor contra sí mismo. Sin embargo, Roy aún lo invitaba a pasar una temporada, a ir de safari por la sabana, a conocer su finca y sus shambas, a interactuar con los coloridos natives que trabajaban para él. Pero mi padre nunca se decidía a ir, escaseaba el dinero, y cuando había se utilizaba para refaccionar la casa o para invertir en herramientas o maquinaria para el trigo. O para el alcohol, que mi padre empezó a beber por aquella época.

Luego me dijo que si pudiera darme un gran regalo, jamás sería una fiesta, porque los amigos van y vienen. Si pudiera darte un regalo, sería un pasaje en barco, dijo. Yo me enojé. Miré por la ventana en dirección al campo de colinas suaves y verdes y odié que los adultos siempre vivieran arrepintiéndose de algo. Que siempre quisieran volver a ser jóvenes, que se quejaran de no haber vivido como deberían haberlo hecho. Guardé silencio un instante y por primera vez le contesté con insolencia a mi padre: yo, a punto de cumplir catorce años, aún atrapada en el cuerpo de una niña pálida y esquelética pero con sorprendentes mejillas gordas, le dije que me tenía hasta la coronilla con África, con Argentina y con cualquier país de turno con el cual él se obsesionaba. Acabé la oración diciéndole que se fuera de una vez, que con Dorotea y con mamá podíamos arreglárnosla bien.

Él no se enojó conmigo por contestarle así. Esbozó una sonrisa y mientras miraba por la ventanilla empezó a reír, como si supiera algo que estaba lejos de mi compresión. El viento lo despeinaba y le embolsaba la camisa y sus ojos aún no perdían el brillo de la esperanza. Dudo que captase los celos que subrayaban mis palabras: me molestaba que siempre quisiera irse, que cuando estaba de buenas hiciera alusión a sus deseos sin expresarlos abiertamente, que cuando entendía que su honor de hombre no le permitía dejarnos solas, se sumiera en un estado de estrepitosa desolación. Si no era África, era Argentina, si no era Argentina, era Brasil, y así mencionaba países y continentes con nombres de reinas exóticas que para mí carecían de sentido, porque sabía que si se iba, nunca más iba a volver.

Los amigos van y vienen. Sus palabras se hicieron parte de mí como cicatrices que por mucho tiempo no supe de dónde venían. Para ese cumpleaños número catorce, mi padre me concedió el deseo de regalarme un amigo que yo pudiera ver más seguido que mis distantes conocidos del pueblo, solo que no pudo evitar hacerlo a su manera. Iba moldeándome a su gusto, me empachaba con sus sueños, para luego quitármelos y dejarme tan vacía como él. Me desperté pensando que recibiría otro libro de geografía, o quizás un globo como el suyo, un vestido floreado o una muñeca de esas por las que ya había perdido el interés. Pero mi padre se las ingenió de otra forma. La mañana de mi cumpleaños, me hizo salir de la casa rumbo al establo y ordenó detenerme en el portón de madera. Estaba agarrado a las dos manijas de hierro, las sostenía con firmeza de espaldas a mí. Tenía el pelo largo, la mirada espabilada como siempre que se entusiasmaba, las bombachas de campo que de joven había traído de Argentina y una camisa blanca con pinceladas de grasa. Me hizo cerrar los ojos.

—Siente los pájaros —me ordenó, y tras un instante dijo—: Ahora, míralos.

Abrí los ojos y por detrás del establo salió una bandada de aves esparcidas en la misma dirección, por encima de mi cabeza: pude sentir el aleteo poderoso cuando despegaron de las chapas del techo y fue como si la tierra temblara. El cielo de pronto se salpicó de plumas y agitación hasta que los pájaros se perdieron en el horizonte. El truco me pareció mágico, aunque después me enteré de que mi padre se sirvió de Dorotea para llevarlo a cabo. Entonces me dijo que aún el hombre no había inventado una forma de poder volar con la libertad de aquellas afortunadas aves, pero que sí existía otro animal que me daría alas.

—Te presento a tu nueva amiga —gritó mientras abría las dos pesadas aberturas de chapa. Ingresé al establo confundida, con pasos cortos y lentos, y de adentro del galpón salió al galope una bestia asustada que a duras penas alcancé a ver. Caí al suelo del susto. Mi padre se fue corriendo detrás, clamando mi nombre para que lo siguiera, Luisa, Luisa, y un kilómetro más allá, donde apenas podía verlo, se detuvo. Los tallos de trigo le llegaban a las rodillas y estaban verdes. Caminé hacia él hasta alcanzarlo.

Me regaló una yegua. Debo admitir que en ese entonces mi inclinación hacia los animales no estaba del todo desarrollada: yo quería amigos que se pararan en dos patas y me hablaran en mi idioma. Pero más doloroso que no tener una fiesta era ver angustiado a mi padre o decepcionarlo y no saber cuándo volvería a entrar en uno de sus períodos de tristeza. La sola idea de que creyera que no me había gustado la sorpresa que con tanto esfuerzo había planeado me generaba un dolor incómodo en el pecho. No existía nada más doloroso que ver sufrir a mi padre. Le di un abrazo como agradecimiento y un par de sonrisas exageradas. Juntos la llamamos Tostada. Era una yegua amarronada y pura sangre, comprada a un criador de renombre, según alardeó más tarde.

—Esta hermosura te llevará adonde quieras ir. Será como tus alas, ya verás —exclamó palmeándole el lomo.

—No sé montar muy bien —le contesté yo con nerviosismo, sin saber muy bien qué decir en aquel momento abrumador: hacía tiempo que no lo veía rebosante de entusiasmo, Tostada era como el regalo que a él le hubiera encantado recibir a mi edad.

—Cuando crezca un poco y pueda ser montada, yo voy a enseñarte.

Miré a Tostada, con sus patas huesudas y delgadas, todavía era una potranca torpe. David, mi hermoso y salvaje padre, era como el viento: sus repentinos cambios de dirección fluctuaban según la disposición de algún factor desconocido. Imposible atraparlo en sus buenas épocas, guardarlo en un frasco de vidrio para que se quedase allí, así, para siempre, imperecedero, invisible, un suspiro guardado. Era cuestión de tan solo unas horas: su nostalgia era palpable cuando acariciaba aquello que a él lo colmaba de dicha, pero que de alguna forma no podía concretar. Luego se lo llevaba la corriente de la aflicción otra vez y el mundo parecía venirse abajo.

Yo siempre temía que mi padre se hundiera tanto en su tristeza que nunca más regresara a la realidad. Hasta que un día de aquellos sucedió, aunque el proceso fue paulatino y casi sin que nos diéramos cuenta. Él empezó a alejarse. Como si con el regalo de la potranca hubiera concluido toda amistad entre nosotros, una suerte de responsabilidad cumplida, el tiempo que compartíamos juntos en su despacho y en el campo fue menguando, y empecé a verlo más a menudo bebiendo del pico de alguna botella. Era normal que los hombres bebieran alcohol, mucho alcohol, pero mi padre simplemente se transformaba y a mí me carcomía la pena de no saber cómo ayudarlo. No hacía escándalos ni rompía muebles, solo se limitaba a retraerse y encerrarse en su habitación. No volvió a hablar más de sus sueños ni de sus viajes, como si hubiera decidido ponerle un punto final a esa etapa insatisfecha de su vida. Empezó a beber sin pudor a que lo viéramos, vasos llenos de vino en el almuerzo, tres por la noche, y los envases se acumulaban como un muro detrás de la pared del patio. Yo los apilaba con la boca hacia el frente, jugando al rompecabezas, sin darme cuenta de que en realidad lo estaba ayudando a construir un contrafuerte indestructible que lo separaba cada vez más de mí. Para que mi madre no lo reprendiera frente a nosotras y él se muriera de vergüenza, a veces le escondía las botellas en las madrigueras que encontraba más allá del establo. Con el tiempo, entablar una conversación con él se volvió una hazaña agotadora y noté que algo había cambiado: ya casi no se afeitaba. Se dejó el cabello largo hasta debajo de los hombros, donde caían unos rulos que no volvió a recortar; adelgazó varios kilos, sus ojos se recubrieron de una lámina vidriosa, como un espejo que siempre está al revés, y su piel se tiñó de rosado en la zona de las mejillas. Me dejó todas sus enseñanzas y fue como si no hubiera vuelto a saber de él, aunque viviéramos en la misma casa. Nunca pude decirle cuán profundo habían calado en mí sus anhelos y sus historias.

10

Los años que siguieron, mientras el mundo bailaba charleston y se entretenía con la radio en la época dorada de los años veinte, yo atravesaba el duro período de la adolescencia. En Madrid ya existía un tren que recorría la ciudad por debajo de la tierra y casi todas las familias tenían auto —los Preston ostentaban un Roamer amarillo que habían mandado a traer en barco desde Norteamérica—; en Rusia y los países del norte las mujeres podían votar como los hombres, en Madrid hasta fumaban en público, trabajaban y algunas iban a la universidad. Al otro lado del mapa, en Estados Unidos, ya existían los rascacielos, una suerte de casa con cientos de pisos que pinchaba las nubes. Me imaginaba las ciudades tan abarrotadas que la gente no tenía espacio para dormir y se amontonaba en literas, y luego miraba el campo, tan vacío y solo sembrado de vacas con media cuadra de distancia entre sí, y no entendía por qué aquella gente no se mudaba a España, donde teníamos espacio de sobra. Muchas revistas me traía Eugenia al campo desde la capital, y aunque atrasadas y amarillentas, me servían para espiar, desde el cordón de la galería, qué sucedía en el mundo. Es imposible olvidar el impacto que aquellos números tenían en mí. Solía desvelarme leyéndolas y analizando sus dibujos y fotografías en el silencio y el fresco de la noche. Mientras crecía, siempre me acompañó esa amplia percepción de saberme pequeña en comparación con el resto del mundo, y de ser consciente de que mientras yo leía las revistas, existía gente que estaba viviendo la vida «de verdad», como si la mía valiera únicamente de observador, un testigo de que los demás habían existido o existían. La imaginación era lo único que me quedaba o era el plano donde yo podía ser quien se me diera la gana.

En aquella época, entre los catorce y los dieciséis años, me sentí perseguida por las monjas. Las recuerdo con cariño, hablaban siempre bajito y reían más de lo que cualquier otra religiosa se podía dar el gusto de reír, a pesar de ser carmelitas. En Toledo vivían en clausura, pero con tal de sumar a Teresa a su séquito podían visitarnos en el campo, siempre de a dos, para acompañarla en su conversión, aunque de esto mi padre pretendiera no estar enterado. Para ellas era como época de vacaciones, andaban felices por toda la casa barriendo el piso con sus hábitos blancos y azules, se encargaban de poner tramperos para las ratas y dar alimento a los animales, salvo a las gallinas, que eran propiedad de mi madre. Tomaban té en la galería y dormían con aire fresco de campo. Les gustaba jugar a las cartas, era su única distracción. Las cartas, una sopa antes de dormir, ayuno y que nunca nos quedáramos cortos de velas.

Entre las monjas, la que más resalta en mi memoria es la madre superiora. Nunca supe su nombre, porque todos en casa simplemente le decíamos «Madre». Era una mujer fornida y de huesos pesados, la guía espiritual de Teresa y la primera enemiga de mi padre, que con amabilidad le rechazaba hasta la sopa más deliciosa solo porque la había cocinado ella. Según él, la madre estaba encaprichada con llevarse a Teresa a rezar a los calabozos de Toledo. Por momentos parecía que la madre mandaba en toda la casa y que mi padre nunca había vivido allí. Cuando nos visitaba, elegía el menú del almuerzo y de la cena, organizaba los horarios del rosario y hasta tomaba la escoba y un trapo y se ponía a limpiar con Dorotea mientras hablaban de recetas de cocina. Cooperaba con mi madre en el lavado de la ropa y a mí me enseñaba sobre plantas en los vergeles, sobre hierbas curativas como el boldo para la digestión, la hierbabuena para el dolor de músculos, la lavanda para el reuma de los viejos, la caléndula para los dolores menstruales.

Les debo mucho a las mujeres que ayudaban a mi familia. Dorotea, por su parte, tenía como mayor preocupación que yo aprendiera a coser, y de niña ya me dejaba confeccionar vestidos para las muñecas con los retazos que sobraban de nuestras prendas o con sábanas viejas. Pasé a su lado alrededor de veinte años cosiendo, y recuerdo las callosidades de sus dedos y la aguja y el hilo siempre entre ellos. Por otro lado, la madre superiora me instruyó en las primeras técnicas de la curación, que me serían de tanto uso en la vida: una venda simple, coser una herida con aguja e hilo, calmar el dolor con aguardiente, desinfectar con alcohol, bajar la fiebre con papas. Me lo explicaba con los animales o a veces con algún peón accidentado del campo. También ella me describió qué sucedía en el cuerpo de una mujer durante el período y qué hacer con los sangrados, cómo usar las compresas y cómo aliviar los dolores. Jamás se quedaba quieta, pero era amable y no me forzaba a rezar si me veía ocupada en otras labores, que yo siempre inventaba. Incluso hubo ocasiones en que entré a la capilla con el pretexto de leer la Biblia, pero en el interior del libro escondía otro más interesante, o le robaba viejas cartas de los cajones a mi padre y me entretenía leyéndolas a escondidas.

—¿Necesita hablar? —solía preguntarme la madre cada vez que arribaba a nuestro hogar. No sé si veía en mí un alma que salvar, si quería llevarme en el camino de mi hermana o si me notaba extraviada. Siempre se ofrecía como confesora, me increpaba en medio del pasillo y me decía que podíamos conversar cuando estuviera lista. ¿Lista para qué? Yo siempre le decía que no, que gracias. A veces pensaba que quizás la madre tenía el poder celestial de leerme los pensamientos.

—Iré a rezar. Rezaré por la guerra, madre. Por nuestros hombres —le respondía con tono firme, tomando el cristo del rosario entre los dedos.

En mi niñez hubo guerras, siempre había guerras: la Primera Guerra Mundial y la del Rif son las que más sentí nombrar, y todas las que involucraban a Inglaterra también eran de interés para la familia. Aunque mi padre lo negara, en sus documentos pertenecía a dos países; y sin embargo no le rendía militarmente a ninguno, pero acerca de esto yo nunca preguntaba, aunque la intriga me comiera por dentro.

—Sabes que de eso no se habla —oí decir a mi madre cientos de veces coreando su amenaza con un pellizco, un tirón de pelos y, alguna que otra vez, una bofetada. La enardecía el miedo, se le hinchaba el rostro de solo escuchar que yo hacía mención a aquello. Muchos secretos envolvían a mi familia: la verdad se escondía en miradas y en gestos casi imperceptibles. Nunca la encontré en las cartas que les robaba a mis padres. En las reuniones siempre se recordaba al primo del tío del amigo de alguien que había muerto en la guerra, pero en un comentario fugaz, mi madre enseguida desviaba el tema.

Aún recuerdo las revistas amarillentas que coleccionaba en esa larga época de espera que fue mi adolescencia, recuerdo sus portadas y contraportadas. Las sabía de memoria de tanto hojear. Había comprado algunas yo y otras las heredaba de Eugenia y de Clara, que las traían en pilas cuando nos visitaban, amordazadas con hilos junto con diarios atrasados para mi papá. Las hojas tenían el perfume de la casa de Clara. Publicidades de sostenes y de vestidos, una mujer mirándose al espejo, otra fumando un cigarrillo, pintándose los labios, de pie frente a un buque rodeada de maletas; bailando con los pies al aire, los flecos del vestido disparados todos en un misma dirección, reluciendo las largas piernas. Una estatua con una antorcha en la mano, rascacielos, pasaportes. La vida después de la guerra. En su mayoría eran revistas un tanto prohibidas en España, compradas en Estados Unidos por Eugenia o alguna amiga suya, donde se hablaba de la época del boom femenino, las primeras libertades de la mujer fuera del hogar: los años veinte, los tiempos dorados en Norteamérica. Sin embargo, comparaba estas ediciones con las de Madrid y me confundía notar lo dispares que eran: en la sección de efemérides del periódico madrileño se publicaban compromisos de señoritas, el día y el lugar de la boda, el nombre del sacerdote que daba la ceremonia. El lugar de la luna de miel, el apellido de la familia con letras gordas y negras. El ancho mar de posibilidades que la esperaba dentro del hogar, con los niños. Si bien en las comidas siempre se decía que España estaba atrasada, yo no podía evitar preguntarme cuál de las dos ediciones pregonaba mi destino.

A la casa nos llegaban noticias porque una visita de los Preston nos ponía al corriente tres meses por delante de lo que nos llegaba del pueblo. A veces, mucho más. Las recuerdo con exactitud porque siempre estaba oyendo conversaciones de adultos, y luego anotaba los acontecimientos en mis diarios íntimos para darles tinte de adultez: España recién se estaba acostumbrando a la dictadura con rey, nació la compañía de teléfonos de Madrid, en Estados Unidos unos locos disfrazados con caretas puntiagudas mataban a los afroamericanos y los colgaban de los árboles, un hidroavión voló el Teide. Eran algunas de las noticias lejanas que parecían venir de otros mundos, porque en el campo la vida cada vez se retrasaba más y yo mantenía mis ilusiones a flote como podía, a manotazos, a veces lloraba en silencio, otras veces pensaba en hacerme monja como tanto quería mi hermana.

11

En la adolescencia, tanto como a mí me perturbaba la presencia de las monjas, a mi madre la inquietaban las visitas de los Preston. Llegaban al campo con bártulos para seis meses, pero después de varios días en la naturaleza ya cargaban todos los baúles nuevamente, improvisaban una excusa y salían despavoridos de regreso a la ciudad con la piel magullada por los mosquitos. Con esto me refiero solo a Eugenia y a Clara, porque Benjamín adoraba nuestro campo y, si hubiera sido por él, decía, habría sido capaz de quedarse durante largos meses.

¿Qué le molestaba tanto a mi madre? ¿Que llegara Eugenia bien vestida y tuviéramos que atenderla como a una reina? Quizás. Su belleza, cuando no la habías visto por un buen tiempo, te dejaba sin aliento, como si de pronto una brisa barriera tus pensamientos y no pudieras dejar de observarla y de pensar en ella. Eugenia era una de esas mujeres espléndidas, inteligentísimas, que todo lo hacen bien. Parecía vivir sin altibajos, nunca sentía demasiada hambre ni demasiada sed, jamás sufría esos arranques nerviosos que a mí me agarraban por el aburrimiento de ser mujer, no se quejaba de nada. Sabía cuándo exponer un buen argumento en una discusión con hombres, cuándo volverte rabiosa de envidia, cuándo seducir, cuándo callar. Le agradaba estar consigo misma, no necesitaba matar la tarde con juegos de mesa o alguna actividad llevada a cabo con los demás. No le interesaba jugar a las cartas con mi familia, y siempre inventaba alguna excusa como un dolor de cabeza para ir a refugiarse a alguna habitación a leer. A menudo se mostraba por la casa con libros bajo el brazo, volúmenes de arte en francés o de historia, que hacía parecer irrisorias mis lecturas de novelitas románticas y de aventuras. Creo que esto a mi madre también le molestaba porque debía quedarse con nosotras en la sobremesa escuchando a los hombres y adulándolos, o debía ayudar a Dorotea con la limpieza, mientras que Eugenia jamás había lavado un vaso en nuestra casa. Pero era la invitada, y a los invitados había que atenderlos, decía mi padre.

Cuando una vez, en el verano de mis diecisiete años, Clara me contó sobre sus futuros estudios en París tan pronto llegó con su familia a nuestra casa, me di cuenta de que ya le había perdido el rastro y que no podría alcanzarla jamás. De que indefectiblemente en poco tiempo perteneceríamos a dos mundos lejanos: ella al moderno, yo al atrasado. Mientras dábamos un paseo por el camino de tierra entre los árboles, rumbo a la reserva, relató con entusiasmo sus planes para el viaje de estudios a París. Recuerdo que tenía las mejillas rosadas, los labios de un rojo violeta y la piel rebosante, las pestañas curvadas y tan abiertas que parecían tocarle las cejas. Hacía poco que había empezado a maquillarse y estaba más hermosa que antes. Vestía de blanco y se había puesto las mismas sandalias Ferragamo azules que había usado para la boda de mi prima Dolores. Miré hacia abajo, hacia mis pies, y vi un par de alpargatas rasgadas y mugrientas, los talones escocidos por la tierra, la piel seca y áspera como las piedras. Respondí a sus novedades con cumplidos exagerados y mucha emoción, y pensé que yo no tenía noticias de esa talla para darle, entonces, sin poder resistirme, culminé la oración diciéndole que anhelaba irme de viaje de estudios yo también. Al instante me arrepentí, porque supe que ella no planeaba llevarme a ningún sitio ni tenía la obligación de hacerlo. Sin esperar respuesta, volví a halagar sus planes, le pregunté si su madre la estaba ayudando con el francés. Yo pensé que me diría que sí, que su madre siempre la preparaba para los exámenes, pero me equivoqué. Noté que alargaba las respuestas y que miraba hacia atrás, hacia la casa. Buscaba la forma de decirme algo. Cuando se percató de que no había nadie cerca, largó un pesado suspiro y anunció: «Mi madre ha estado un poco enferma y eso me tiene preocupada».

Sufrí un repentino cambio de humor. Estaba anocheciendo y, sin saber qué hacer con aquello que Clara me había dicho, le propuse que regresáramos a la casa. Le hice algunas preguntas, me trastabilló la voz. Todos sabíamos que la gripe española estaba haciendo estragos, la tuberculosis también, pero nunca pensé que algo malo pudiera ocurrirles a los Preston. Dorotea siempre decía que lo bueno de vivir en el campo era estar lejos de aquellas pestes. De vuelta a la casa, Clara respondió mis preguntas con evasivas. Se sentía ultrajada ante la posibilidad de que hubiera un enfermo en su casa y no quiso expandirse en el tema. Barajó los síntomas de la tos, algo de fiebre, su abuelo tenía tuberculosis y no dijo nada concluyente.

—No se lo digas a nadie —me pidió.

Cuando los Preston se iban, caía toda la familia de mi madre a casa para chismear: mi prima Dolores, mi tía Marta, mi abuela Carmela y todos sus respectivos hijos y nietos. A veces también venía Rosa, pero no era frecuente, su auto solía averiarse. Si los Preston pasaban demasiado tiempo sin visitar, entonces también iban todas en procesión cuando se enteraban de que mi padre había recibido una carta con noticias de la ciudad. Se armaba un gran banquete, unas traían tartas, otras panes recién horneados. «Suelta los chismes, David, vamos, vamos, que todas nos morimos de ganas por saber qué tan bien se la está pasando la mujercita de Benjamín.» Entonces mi padre se sentaba a la cabecilla de la ronda con la carta entre las manos y prendía un cigarrillo. Se servía un vaso de licor, se hacía esperar. Lo hacía a propósito, haciéndoles desear en el bochorno de la tarde aquello que ninguna de las mujeres que estaban sentadas en nuestra sala podía obtener jamás. Yo me reía con él de su maldad, mientras observaba la torta de colgajos que decoraba el abdomen de mi tía, el barniz de sudor en la frente de mi prima Dolores, que no paraba de mecer a algún pobre niño; el peinado ridículo de mi abuela, que no podía evitar meterse las uñas largas para escarbarse los dientes, esas encías rancias que acababan sangrando y cuyos restos de comida ella volvía a tragar. Mi madre, que resoplaba mientras iba de un lado a otro entre la sala y la cocina, secándose las manos siempre mojadas con el delantal, y mi hermana Rosa, que no decía nada porque para aquel entonces yo ya había entendido que se había casado rápido solo para marcharse de casa. Todas me parecían tan deprimentes que al caer la noche me carcomía la culpa de detestarlas al ver un destino similar golpeando con insistencia mi puerta.

Ser una mujer espléndida, como Eugenia, era difícil. A pesar de los lamentos y el chismerío, todas queríamos imitarla. Mi prima Dolores, por ejemplo, con esfuerzo de meses convenció a su marido de que la llevara a la ciudad a comprar el mismo tono de lápiz labial rojo que usaba Eugenia. Mi abuela Carmela imitaba algunos gestos que Eugenia hacía con las manos, lo cual la hacía ver como una gallina. Tenía tantos colgajos porque había bajado veinte kilos y todos sus pliegues se movían enloquecidos. En ese período de mi vida en mi casa se hablaba mucho de los Preston y yo también debo admitir que intenté incursionar en aquello de ser virtuosa como Eugenia. Tenía alrededor de dieciséis o diecisiete años. Pero me iba terrible: si me pintaba las uñas, me olvidaba de conjugar los zapatos con el vestido. Si confeccionaba un vestido nuevo con Dorotea, nunca daba como resultado una prenda elegante, más bien parecían un par de harapos unidos por hilo de coser, que al ponérmelo era como vestir la bolsa de las compras, con costuras torcidas y desprolijas. Si me ponía colonia, hacía un comentario inadecuado en la mesa. Si hacía un chiste y todos se reían, tenía el cabello como el de un espantapájaros. Si aprobaba un examen de geografía, me había caído del caballo y tenía las piernas con moretones. Si un día la piel de mi rostro estaba radiante, me reía de lo que no había que reírse. Si Rosa venía a casa uno de esos domingos repletos de comensales y me prestaba sus maquillajes, parecía un payaso, o me caía al llevar la bandeja con comida, o tenía un ataque de malhumor. Si había adelgazado, hacía demasiadas preguntas en la mesa. Nunca todo podía salir bien: cada uno de mis intentos acababa ensombrecido por un mínimo detalle erróneo.

—Es porque tiene dinero —sentenció una vez Teresa, cuando en una tarde sin nada que hacer, sentadas en las poltronas de la galería, salió el tema de los Preston. Teresa era la única que no halagaba a Eugenia, ni siquiera se fijaba demasiado en ella. Me dio aquella respuesta y yo empecé a entender por dónde venía la cosa—. Si tú hicieras lo que ella hace, te castigarían todos —volvió a decirme—. Pero Eugenia sabe disfrazar sus declives, cuenta lo que hay que contar para que personas como tú y la abuela crean que es fantástica.

Después de oírlo, me sentí ofendida, no solo porque entendía cuán sabia era su teoría, y lo superficiales que eran mis ideas, sino además porque me comparaba con mi abuela la gallina, y eso me enojaba terriblemente.

Recuerdo a Teresa, a mi hermana Tere, sentada en la poltrona de hierro blanco, enfundada en una túnica negra que le tapaba el cuello y los talones. Solo dejaba ver sus manos blancas de dedos largos y finos, su rostro siempre a cara lavada, el pelo atado en una cola, sin accesorios, sin decorados, totalmente deslucido; desprovisto de dudas, con la mirada imperturbable puesta en el horizonte. Tenía los ojos verdes, del mismo color que los de Vera, con piedritas marrones en el iris. Mi hermana Tere parecía leerme los pensamientos y me lo demostraba con un pesado sacudón de cabeza, lamentándose por dentro de que yo no la escuchara y que siguiera ahogándome en nimiedades. Era una mujer sabia. El amor que profesaba por la religión era tan nítido, tan franco, que le causaba dolor el no poder practicarlo formalmente, porque mi padre no se lo permitía y ella jamás se animó a contrariarlo. Era un amor imposible, que a la sola mención la estremecía.

Teresa y mi padre tenían en común aquello de la mirada. Jamás podías saber con exactitud dónde se alojaban sus pensamientos ni qué clase de paisaje los rodeaba, los dos parecían estar a años luz del frasco de vidrio donde residían mis ideas de ser humano normal. Me imaginaba algo así como una playa de arena negra y cielos turbulentos al sitio donde se desgranaba la alegría de mi padre, y con respecto a Tere, todo lo contrario: nubes de algodón atravesadas por rayos dorados, coronadas por ángeles desnudos de grandes alas emplumadas y un suelo invisible donde en lugar de caminar se flotaba. Pero era solo mi imaginación, la verdad era que los dos siempre estaban mirando la nulidad del horizonte bajo una lámina vidriosa de lágrimas. Bañados en infelicidad, en una desolación inconmensurable. A veces oía sus conversaciones a través de la ventana de mi habitación, que daba a la galería.

—Padre, escuché que Benjamín se irá a África a visitar al tío Roy. ¿Por qué no va usted también? Así se despeja un poco —oí una vez desde mi cama, mientras estaba hojeando una revista que sabía de memoria.

—En otro momento sí, hija, lo habría hecho, pero ya estoy viejo para esas cosas —pronunció arrastrando las últimas sílabas, y enseguida lo evoqué con la petaca plateada colgando de una mano.

—Pero, padre, necesita un cambio de aires. Nunca sale de aquí. Además, está bebiendo más que de costumbre y eso no le hace bien —le aconsejó ella, con el tono de voz respetuoso que siempre usaba al dirigirse a él. Al oírla pensé en cuánto lo adoraba, pero la suya no era una adoración platónica como la mía, sino de obediencia.

—¿Sabes dónde queda África? —preguntó—. África, África —siguió balbuceando.

—Claro que sí, usted bien se encargó de que lo supiera.

Después hubo un silencio. Mi padre alegó que nos había metido demasiadas cosas en la cabeza y que se arrepentía sobre todo porque yo, la menor de las tres, me las había creído a todas. Se dirigía a Teresa con un tono de voz de adultez, sabía que de sus hijas ella era la más seria y la mejor plantada en la tierra. Luego se levantó y arrastró los pies lejos de la galería; seguí sus pasos hasta que se mezclaron con el resoplar del viento.

12

—Creo que ya no tiene más fuerzas. Mira lo flaco que está —le dije a Teresa mientras lo observábamos tirarles maíz a los cerdos.

—La muerte de la abuela lo ha desgastado mucho —confirmó ella.

Nuestra abuela inglesa, la madre de nuestro padre, la señora de caligrafía elegante que yo imaginaba como una madama de finos modales y con la única que podía alardear frente a Clara, la que me enviaba dinero y siempre nos escribía cartas, la que nunca pudimos conocer, falleció en el verano de 1928, tres días antes de mi cumpleaños número diecinueve. Desde que se enteró de la noticia y hasta un tiempo después, mi padre se sumió en la más profunda de las tristezas, a tal punto que perdió el apetito por la comida y se resignó a beber, con la excusa de no haber podido despedirse de ella porque emprender un viaje en ese entonces costaba un dineral. A pesar de que los Preston ofrecieron dinero, él se negó rotundamente a aceptar un centavo más argumentando que siempre nos salvaban de las malas épocas y que no eran nuestro banco.

Teresa y yo no podíamos evitar seguirlo con la mirada durante el día y comentar sus acciones, comparar qué hacía distinto antes y qué hacía ahora. Aquella mañana en particular, mientras él hundía la mano en el maíz y luego lanzaba un puñado de granos al aire, pensé que se estaba muriendo de angustia y que ninguno de los años que había pasado yo a su lado había podido sacarlo de aquel oscuro aljibe en el que se sumía. Miré a mi alrededor, los palos que dividían los corrales, las pilas de ladrillos de barro bajo los cuales se rebujaban los bichos bolita, el pelo de los caballos enredado en los alambres, flameando al viento. Los antigua bañera, raída y podrida, donde los cerdos tomaban agua. Detrás de mí, Teresa lavaba la ropa con jabón en pan y la refregaba sobre los dientes de la bacha, luego me la pasaba a mí para que la enjuagara.

—Acepté casarme con José Pedro, muy a mi pesar —me interrumpió ella con la voz asustada. Sus manos sostenían una camisa de nuestro padre, que goteaba al piso como derritiéndose. La escruté sin entender cómo ella, tan seria y racional, no podía manejar el peso de la culpa, sentimiento del cual yo parecía haber nacido desprovista. Miré el rosario que le colgaba del cuello, las cuentas apenas escondidas en la túnica que vestía ese día, y luego bajé la vista hacia el agua blanca, enjabonada, donde yacía la ropa como una piel muerta. Le hablé sin mirarla.

—Tú quieres dedicarte al Señor. ¿Teresa? ¿Qué cosas dices?

—¿Y qué opción tenemos? No puedo continuar viéndolo así. Míralo. Una boda lo alegrará, lo dice mamá, lo dice la abuela, lo dicen todos. Una linda ceremonia, entrando del brazo de papá. Creo que es importante hacerle sentir que lo queremos, que ha educado bien a sus hijas. Ya no quiero darle más dolores de cabeza. Además, con Rosa lejos, alguien tendrá que cuidar de nuestros padres. Si me caso con José Pedro, viviré en el campo de al lado —prosiguió, intentando convencerse a sí misma de que aquello era lo que realmente deseaba. Conocíamos a José Pedro desde pequeñas, y él siempre la había cortejado, incluso en las etapas más beatas de Teresa, cuando empezó a usar las túnicas y se mostraba por la iglesia del pueblo como una candidata nata a la religión.

La decisión de mi hermana marcó el final de la adolescencia y de aquellos años confundidos. La inocencia ya se nos había ido, a mí con los primeros deseos de todo lo que no podía poseer —la envidia— y la vergüenza de mis orígenes, a ella con la negativa de mi padre a que se dedicara a la religión. Ya no teníamos quince años sino alrededor de veinte, y cada una tenía que decidir qué hacer con su vida. Ella jamás me preguntó qué haría yo con la mía, como si dentro de ella lo supiera incluso antes que yo misma. Asumió todas las responsabilidades que conllevan la vejez de los padres, sin pedir nada a cambio. Y a pesar de que sus opciones podrían haber sido diferentes, y de que yo la quería mucho, algo en mí no me permitió ayudarla.

SEGUNDA PARTE

13

Septiembre de 1930, Nueva York

Permanecí sentada al lado de la ventana más de una hora, con el costurero entre mis manos. Lo giraba y luego volvía a mirar hacia afuera, oía el aleteo de las palomas que habían hecho nido en el alféizar exterior de la ventana. Observaba el rectángulo de cielo que se dibujaba en el marco. Mis dedos sujetaban el costurero, lo invertían y lo daban vuelta, lo volvían a colocar en posición. Acaricié los caballos de la tapa: uno blanco, uno negro y uno marrón, corriendo libremente por un valle. El marrón se parecía mucho a Tostada, y cuando mi padre me la regaló pensé que había sido una hermosa coincidencia, porque de los tres aquel era mi preferido. El costurero que ahora sostenía me había acompañado desde tiempos remotos, aunque el propósito con el que había utilizado su contenido no siempre fue zurcir. De niña lo llevaba adonde fuera, como el maletín que lleva un médico: era mi bolso, mi caja de maquillaje, mi botiquín de primeros auxilios con el que jugaba al doctor de insectos y animales con Clara. Era una caja demasiado bonita que me servía para múltiples usos y les aportaba belleza a mis momentos. Adentro, no solo guardaba hilos de colores y agujas, sino también una petaca de alcohol robada a mi padre, gasas, bandas elásticas, tijeras y algodón. En aquellos tiempos significó una posesión importante en mi vida y sentía la palpitante corazonada de que no debía ir a ningún sitio sin él.

Acerqué el costurero a mi nariz y me invadió una mezcla de olores, incluso podría asegurar que estaban impregnados; los del campo, los de la estufa a leña de mi casa; el de la alfalfa, el perfume del cuero de los animales, que a veces me quedaba en las manos cuando los acariciaba; el de las hierbas con las que jugaba a la vendedora. Yo me recorría en una línea de tiempo invisible cada vez que respiraba cerca de él y los aromas me llegaban. Me recordaba al pasado, cada vez más ilusorio, que intentaba con esfuerzo dejar atrás.

Pocos días después de la partida de Nuria, doña Álvarez me encontró a primera hora de la mañana en la mesa del comedor escribiendo avisos con tinta azul y una caligrafía redonda y elegante.

—Al fin te has dignado a bajar de esa habitación. Ni la cena ni el almuerzo, no te has metido ni bocado. Niña, ¿acaso te sucede algo? ¿Tienes fiebre?

Me estampó una mano en la frente y negó con la cabeza. Me tragué las palabras. Las ganas de llorar se me atoraban detrás de la garganta cada vez que doña Nancy me increpaba, como un nudo imposible de expulsar. Quise decirle la verdad, quejarme de que era imposible dormir allí de noche, con el tráfico, las máquinas del edificio en construcción cruzando la calle; la luz parpadeante, los clientes de ese vecino que traficaba alcohol de manera ilegal; que le golpeaban la puerta y se quedaban en el portal fumando un cigarrillo y parloteando hasta las tres de la madrugada. Los gatos en celo que merodeaban por las medianeras, el ronquido del señor Greco que hacía temblar las paredes, las italianas que se engarzaban en discusiones a la hora más insólita y lloraban y reían por los pasillos, los niños polacos del segundo piso que corrían por las escaleras persiguiéndose, jugando a las atrapaditas. Yo no estaba acostumbrada a dormir con ruido ni con luz, y de pronto me vi extrañando aquel silencio de llanuras vastas donde solo se oía el canto de las chicharras y los grillos o el suave golpeteo de las hojas ante la brisa.

—No es nada, doña Álvarez. Cansancio, solo eso —respondí dibujando mi nombre en el pedazo de papel.

—¡Cansancio, dices! ¡Si no haces nada en todo el día! ¡Cansancio debe sentir la del tercer piso, que limpia casas de ricos catorce horas seguidas! —gritó mientras quitaba el polvo de los muebles con un plumero—. Eso que estás haciendo tú… pero ¿qué piensas hacer? —me quitó el papel de las manos—. “Luisa Cornell, costuras, arreglos, remiendos. 130 East 16th Street.” ¿Qué es esto? ¿Niña? No se te ocurrirá andar por el barrio divulgando tu nombre con la dirección de mi pensión, ofreciendo servicios dudosos. ¿O me vas a decir que te llamarán para que les cosas los agujeros? Escúchame, aquí la gente no tiene dinero para estas cosas. Aquí se los cosen ellos mismos.

Le respondí que coser era lo único que sabía hacer. Pensaba pegar los carteles por el barrio con un engrudo viscoso que Dorotea me había enseñado a preparar con agua y harina, pero las palabras de doña Álvarez me frenaron por un momento. La idea no le gustó en absoluto, lo supe por el gesto arrugado de su frente al enarcar las cejas. Su falta de modestia me había dejado sin palabras: nunca un extraño me había hablado así.

—De alguna forma tienes que pagarme la renta. ¡Necesito la renta a tiempo! ¡Esto es una pensión, no caridad!

—Lo sabemos, Nancy, we know —dijo un huésped que justo pasaba por allí.

Tardé dos días completos en asimilar las palabras que me había dicho la casera y tomar coraje para salir. Ya corría septiembre y el pudor se había ido evaporando a medida que veía el dinero hacerse agua en mis manos y la urgencia de no tener con qué vivir aceleraba su marcha. Bajé de mi habitación con los carteles en una mano, el pote de pegamento en la otra y mi mejor vestido de día: blanco con rosas rojas. Para combinar, me había pintado los labios con mi único lápiz labial, de un tono similar al rojo del vestido, de un tono similar al que siempre utilizaba Eugenia. Me lo había regalado mi prima Dolores porque su marido no la dejaba usarlo más. Me sentía coqueta, aunque asustada. Me había prometido a mí misma salir a las calles con un buen aspecto si quería conseguir trabajo. Unas dos horas me había tomado prepararme, planchar la prenda con la pesada plancha de hierro, que el vapor me desarmara las ondas de agua que me había armado con un rulero prestado la noche entera, limpiar los zapatos, maquillarme y bañarme en el minúsculo cuarto de baño que compartíamos todos los inquilinos del cuarto piso: yo, tres hermanas italianas, doña Berta y la familia Greco, compuesta por madre y padre y dos niños varones.

Salí a la calle convencida de que cada uno se ganaba el pan como podía. Que no debía sentir más vergüenza. Me envolvía un aire de valentía que no sé cómo había surgido, si de tanto mirar a las italianas vecinas arreglándoselas solas o de la voz siempre a gritos de doña Nancy, que por mucho que le había molestado que yo hubiera llegado a su pensión sin trabajo, tuvo la discreción de no preguntar por qué. Estudié cómo los árabes en la otra cuadra de la pensión ofrecían degustación de sus delicias exóticas desfilando por la calle con una bandeja atiborrada de bocadillos. Algunos caminantes los rechazaban con una mueca de asco, como si aquello que les ofrecían fuera carne podrida. Otra vecina vendía cacharros usados que desperdigaba sobre una manta en la vereda, y soportaba el rechazo con brillo en los ojos y un aire de resignación. La gente parecía acostumbrada a que la ignorasen.

Había llegado a Nueva York sabiendo algo de matemática, pero la realidad era que pocas veces había tenido dinero en mis manos, y poco sabía sobre cómo usarlo. ¿Dónde hay que comprar pan?, ¿cuánto sale el kilo de papas? Me perdí entre las calles, fui más allá, divagué por las manzanas zigzagueantes y estrechas del Lower East Side, todas parecidas, con sus muros de ladrillos y las escaleras de incendios, los canteros donde alguna vez hubo flores y ahora tenían basura. Empecé a pegar los avisos en algunas columnas donde convivían propagandas variadas. Lo hacía casi oculta detrás del pilar, lanzaba un chorro del espeso adhesivo y con la palma abierta lo adhería rápidamente a la pilastra, como si estuviera robando. Seguí andando mientras me limpiaba disimuladamente los dedos engrudados con los troncos de los árboles que se abrían a mi paso. Buscaba ofertas laborales en las vidrieras, en los periódicos de los cafés, miraba los avisos encolados uno sobre el otro en las esquinas, pero con los estragos de la Gran Depresión el país estaba en quiebra y nadie conseguía nada. A lo largo de las calles se me amontonaban imágenes con una cadencia acelerada: las luces del semáforo, los gigantescos y oxidados anuncios en las esquinas, publicidades de Camel’s, Chop Suey, Betty Boop; el cartel de Closed en las puertas de las tiendas, las farolas apagadas, las vecinas barriendo la vereda, un poco de italiano, un poco de ruso, un poco de acento irlandés. Se percibía en el ambiente que aquella era una ciudad levantada por inmigrantes, se veía en los letreros de las tiendas, donde los caracteres chinos convivían con los hebreos. Se olía a través de las ventanas abiertas, el aroma a pan recién horneado se mezclaba con el humus o la salsa de tomate de alguna cocina italiana.

Con los últimos rayos de sol y la resignación a punto de apoderarse de mí, ingresé en una mercería para ofrecerme como empleada. Era un sótano oscuro, sin ventanas. Bajé los peldaños, el taconeo de mis zapatos se oyó con fuerza y de repente me absorbió la oscuridad de aquella caverna donde las paredes eran botones antiguos y pósteres de actrices de cine. Como si hubiera descendido al centro de la Tierra, de repente el sonido exterior cesó. Me recibió una mujer de melena rizada que como un aura le rodeaba la cabeza entera. Tenía una blusa con rayas de colores, el cuerpo esbelto y los ojos saltones.

En la mercería me encontré, para mi sorpresa, con la figura familiar de doña Álvarez escondida detrás de una palmera de mentira. Pura casualidad. Se rascaba el cuello y me dio la impresión de que se había escondido para darme un susto. Llevaba un bolso de mimbre asido al hombro y me saludó con ánimo, aunque en su rostro se notaba que no había podido concretar la broma que estaba tramando. Por mi parte, resultó agradable sentir algo de calidez y ver un rostro conocido, a pesar de que ella me hostigara la mayor parte del tiempo, había algo dulce en la mirada de la vieja Nancy. Mientras ellas parloteaban, permanecí invisible detrás de las aspas de un ventilador vencido por el calor de septiembre, que giraba con pereza revolviendo el olor a encierro. Con el aire abanicándome la nuca transpirada y la cercanía de Nancy pude estabilizar, poco a poco, el ritmo cardíaco, fregar mis manos en el vestido para que no se las viera húmedas y con un pañuelo secarme el sudor.

Las mujeres estaban hablando de los asuntos que envolvían a España, de los rumores tras la renuncia del general Primo de Rivera el pasado enero, de que la cosa se estaba poniendo turbia y por primera vez doña Nancy agradecía estar lejos de su tierra. Yo entendía poco y nada sobre asuntos de política, más ahora que estaba lejos.

—Póngalo a mi cuenta, Carmencita —ordenó doña Álvarez mientras guardaba unos hilos en su bolsa y amagaba con marcharse—. Mire, Carmencita, esta niña que está acá es nueva en el barrio, es de nuestros pagos y se está quedando en mi pensión.

Observé a mi alrededor como si doña Nancy estuviera hablando de otra persona. Los pósteres estaban amarillentos, con las puntas dobladas para adentro, no estaba claro si las figuras famosas eran pinturas o fotografías, o una mezcla de las dos. De aquel sótano emanaba un olor a telas rancias, madera de otro siglo y humedad.

—Carmencita, esta niña sabe coser, a usté que se le ha ido la mulata esa que tenía de ayudante, mándele algunos clientes aunque sea para que me pague la renta —repitió doña Nancy.

Carmen me analizó con la mirada y sin quitarme los ojos de encima tomó una pila de prendas y las colocó sobre el mostrador. Luego encendió un cigarrillo sirviéndose de una caja de fósforos y una cerilla que tenía guardadas en una cajita de madera. Después de hacernos esperar unos segundos, explicó con parsimonia que las prendas eran pantalones llenos de agujeros, de unos trabajadores del puerto. Tenían a sus mujeres al otro lado del Atlántico y necesitaban quien se los arreglase. Después agregó que ella odiaba ese trabajo, que podía hacerlo yo por unos centavos. Le respondí afirmando vehemente con la cabeza que sí.

—Vamos, niña, caminemos juntas de regreso —propuso doña Álvarez tomándome del brazo, agradeciéndole el gesto a Carmen. Yo tomé los pantalones, le dije gracias y nos fuimos.

De la mercería a la pensión, conversamos. Doña Nancy me resumió la vida de los del cuarto piso, donde yo dormía. El cotilleo era su especialidad. Doña Berta, me dijo, era una judía que vivía en la pensión desde hacía una década y se mantenía con alquileres de propiedades que había dejado en Alemania. Yo hasta el momento no la había visto, la mujer vivía encerrada y solo de noche abría la puerta para compartirnos las emisoras nocturnas de la radio, que aturdían todo el pasillo pero sin la cual nadie podía dormir. La familia Greco, al lado de doña Berta, había llegado hacía poco desde Nápoles. Sus dos niños traviesos se criaban como podían, entre la calle y las reprimendas de extraños, porque los padres se deslomaban en una lavandería en la calle Catorce y no siempre los llevaban con ellos. Y luego estaban las Rossi, las tres hermanas Rossi: Magdalena, Lila y Gina. Era la primera vez que oía sus nombres, pero sí había oído sus gritos, porque las tres eran famosas en la pensión por pelear por la ropa, los zapatos y los hombres. Las había visto un par de veces, las había saludado fugazmente. Eran escurridizas y ligeras y nunca me había detenido a conversar con ellas.

—Muchachas así, de tu edad, Luisita. Pueden ser buenas amigas —propuso Nancy mientras cortábamos camino por Union Square—. Son italianas, buenas chicas. Tú sabes, los italianos son pura bulla, pero tienen buen corazón.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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305 стр. 9 иллюстраций
ISBN:
9789878924106
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