Читать книгу: «Breve historia de la Revolución»
MEHRAN KAMRAVA
BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: A Concise History of Revolution
© 2019 by Cambridge University Press
© 2021 de la edición española traducida por JOSÉ MARÍA CARABANTE
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe, 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
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Realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-5968-8
ISBN (versión digital): 978-84-321-5969-5
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
ESTUDIO PRELIMINAR. UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICO-POLÍTICA AL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN
1. INTRODUCCIÓN
El argumento central
Plan del libro
2. DE LA REBELIÓN A LA REVOLUCIÓN
Nacionalismo
La figura del líder
La vanguardia del partido
Lucha armada
La infantería revolucionaria
Conclusión
3. DEL MOVIMIENTO SOCIAL A LA REVOLUCIÓN
Vulnerabilidad y colapso del Estado
Movimientos sociales
Conclusión
4. ESTADOS REVOLUCIONARIOS
Liderazgo posrevolucionario
Institucionalización
La economía
Conclusión
5. POLÍTICAS REVOLUCIONARIAS
Las sociedades posrevolucionarias
Cultura política
Disenso y oposición
Conclusión
6. CONCLUSIÓN
CRONOLOGÍA DE LAS REVOLUCIONES
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
AUTOR
COLECCIÓN HISTORIA
ESTUDIO PRELIMINAR.
UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICO-POLÍTICA AL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN
QUIZÁ HAYA SIDO HEMINGWAY el que mejor ha reflejado la arremetida de una revolución, cuando en Por quién doblan las campanas recuerda el ajuste de cuentas que acontece en la plaza de un pueblo la mañana posterior a un levantamiento. Las masas mesiánicas aguardan a los caciques, con la ansiedad del público frente a los toriles, para ajusticiarlos. Y al final, después del proceso popular, al igual que el albero tras la faena, el empedrado de los soportales queda sanguinolento, enlodado, como un testigo mudo y horrorizado ante la venganza de la historia.
Es indudable que, en el mundo posmoderno, donde el transcurso del tiempo toma una velocidad de crucero y tiene algo de vaporoso, la revolución ha perdido su faz implacable. Sea como fuere, y pese a que el mayo del 68 nos enseñó que todos somos, en nuestro interior, revolucionarios en potencia[1], todavía predominan en el inconsciente colectivo los símbolos tumultuosos y ensordecedores de la Revolución francesa —la revolución por antonomasia—, por culpa de la cual nos imaginamos los levantamientos populares como torrentes o avalanchas irrefrenables.
El primero que se percató de que las revoluciones eran sucesos cósmicos, algo así como meteoritos plagados de posibilidades preparándose para chocar con la línea de flotación de un régimen caduco, fue el duque de La Rochefoucauld-Liancourt. Luis XVI, sin mucha preocupación, le interrogaba sobre la Toma de la Bastilla, preguntándole sosegadamente si era una revuelta. «No, majestad —cuentan que respondió—. Es una revolución». Agudeza le sobraba.
Pero la revolución no ha sido solo el principal acontecimiento político del mundo moderno[2], sino también del nuestro. Porque no podríamos comprendernos sin tomar conciencia de que somos una secuela de esa concepción histórica y pseudomística que concibe el progreso social como un fruto maduro al alcance de la mano. Así lo vio, ciertamente, Marx, a quien Engels, en su entierro, no le recordó por sus contribuciones a la economía política, sino por ser un auténtico revolucionario.
Ahora bien, reflexionar sobre la revolución no es una tarea que solo incumba a quienes se sienten amenazados en el trono o con riesgos de ser arrastrados al cadalso. Ni siquiera es un tema exclusivo de especialistas. Por el contrario, cualquiera que anhele comprender dónde se gestó nuestro presente haría bien, primero, en comparar lo que ocurrió en América —o en Inglaterra, un siglo antes— con lo sucedido en Francia a finales del XVIII, en ese preciso momento en que la historia política se bifurca. Además, hay pocas cosas tan terapéuticas para contrarrestar nuestra peligrosa y enfermiza querencia por la utopía como rememorar Boston o, lo que es igual, desmitificar París, para lo cual este ensayo que presentamos es un buen compañero de viaje.
En efecto, su autor, Mehra Kamrava, nos recuerda que las revoluciones no tienen por qué ser violentas, pero sobre todo que nuestro juicio sobre ellas ha de posponerse casi indefinidamente hasta que el tiempo revele sus corolarios. Una revolución es, siempre y en todo caso, una promesa y eso, después de lo sucedido en el Edén, tendría que hacernos sospechar. En la mirada retrospectiva que ofrece, Kamrava se siente cómodo y muy seguro al diagnosticar el rumbo desgraciado y liberticida tomado por Francia, Rusia, China, Vietnam e incluso Cuba o su Irán natal, pero confiesa sus dudas sobre lo ocurrido hace unos años en el mundo árabe, lo cual muestra su inteligencia y prudencia política. En la historia todo es cuestión de perspectiva. De tiempo.
La filosofía clásica no prestó atención a la revolución porque su interés residía en la permanencia y en la estabilidad de los regímenes políticos. Por su parte, la filosofía moderna, que ha sacralizado el cambio, no puede abordar su origen, desarrollo y conclusión. Lo más próximo que Platón y Aristóteles estuvieron de llegar a lo revolucionario fue cuando hablaron de la stasis, aunque este término tiene más en común con los desequilibrios internos de la polis que con la conciencia popular de echar un órdago al poder. Por paradójico que pueda parecer, la metáfora de las revoluciones proviene de la astronomía, un campo en el que el término hacía referencia a una recurrencia cíclica. Revolucionario, además, no pierde el significado de restauración hasta finales del siglo XVIII[3], cuando adquiere esa aura adánica que vincula la revolución a la creación de un universo nuevo y prístino.
Kamrava presenta una pertinente aproximación histórico-sociológica al fenómeno, aunque debemos reconocer que en ocasiones el libro se aleja de esas disciplinas para encumbrarse a cotas más elevadas. De ese modo, resulta enriquecedor su enfoque, pues contribuye a superar concepciones acerca de la revolución más limitadas, aunque muy influyentes; unas, empeñadas en observar los eventos sociales como si fueran simples hechos naturales y el especialista requiriera acomodar la lente del microscopio; y otras, interpretándolos como epifenómenos definidos por estructuras más profundas, anónimas, que operan de espaldas al hombre. Su Breve historia de la revolución nos invita a considerar que la historia es un drama porque su urdimbre es la libertad.
Sin restar mérito a esta aproximación, el relato de Kamrava, tan útil para desentrañar las interacciones que abren la espita subversiva, carece de una gramática filosófica que explique el significado último de cualquier sublevación. A tenor de este, por ejemplo, cabría proponer una clasificación de las revoluciones diferente y de mayor calado a la ofrecida por el profesor de Georgetown. Arendt lo intentó, con innegable base histórica, distinguiendo entre las revoluciones que tienen como objetivo la constitución de la libertad, y aquellas de índole más social, que buscaban liberar al hombre de los imperativos de la necesidad o la pobreza.
A la pensadora alemana no le faltaba razón al traducir el excesivo peso concedido a la Revolución francesa como un alejamiento de lo que, en esencia, es constitutivo de la política. Creemos que esta consiste en el ejercicio del poder, que su función reside en gestionar las demandas de una ciudadanía anónima, cuando, en verdad, está relacionada con la posibilidad de una vida comunitaria y la participación del hombre en un proyecto conjunto. Necesitamos Estados del bienestar que ayuden a los menos pudientes, pero también un marco de libertad en el que dilucidar nuestros valores. La diferencia entre una revolución y otra llevó a Arendt a realizar una afirmación que hoy, imbuidos como estamos por el mito de la revuelta gala, puede sonar escandalosa. Y es que la «libertad ha sido mejor preservada en aquellos lugares donde no se ha dado la revolución»[4].
Bajo un enfoque filosófico, la revolución se nos presenta como una suerte de secularización racionalista del más allá. En efecto, en su narrativa el hombre se encarga de engendrar el futuro. Ni siquiera Marx, que tuvo el atrevimiento de concebir la violencia como la partera de una historia tan inexorable como la naturaleza, negó el papel radical que desempeña el ser humano cuando se trata de anticipar, a golpe de rebelión, el paraíso.
Pero si, como indicábamos, podemos emplear como sinónimo del mundo moderno la palabra revolución es porque la dualidad ideológica, tan interminable como fecunda, que enfrenta a los partidarios del progreso con los de la tradición, arranca en 1789. La diferencia entre los revolucionarios y quienes no lo son toma, de ese modo, un cariz antropológico. ¿Somos eslabones de una cadena o, por el contrario, cada generación surge en la más completa orfandad, arrostrando la titánica encomienda de crear de nuevo todas las cosas? Los conservadores, con Burke a la cabeza, no tienen ínfulas prometeicas, y si rechazan la revolución no es por miedo al cambio, sino casi siempre porque siguen ese innato sentido de la política que les conmina antes que nada a conservar y a reformar, no a destruir[5]. No hay que llevarse a engaño y pensar que el incondicional del progreso suscribe una antropología más optimista, como suele decirse. En realidad, quien vive pletórico de ilusión es el conservador, que no es tan ciego ni tan insensible como para pasar por alto el valor de todo aquello que merece ser preservado.
Los principales acontecimientos de los dos últimos siglos han estado vinculados, sin embargo, con el punto de vista más proclive a la algarada. Es decir, con el marxismo. El caso de Rusia, Cuba, China o el sudeste asiático sirven solo para atestiguarlo. En agosto de 1917, Lenin, a punto de convertirse en el timonel de la historia, firmaba un texto en el que vituperaba lo que entendía que era una manifestación de oportunismo político —el reformismo socialdemócrata—. Aprovechaba el momento, además, para abrir camino a la Revolución de Octubre, sosteniendo que la violencia era el instrumento para acabar con la democracia mutilada de su país. Para el camarada no había duda: la meta de la revolución era la destrucción completa del Estado y de la política[6]. Y es esta última posibilidad —la de un eclipse definitivo de la política— el principal riesgo del totalitarismo, puesto que el gulag y el campo de concentración solo pueden emerger una vez que la ciudad ha languidecido o expirado.
Por todo ello, la clasificación más importante de las revoluciones no es la que ofrece Kamrava en este libro, sino aquella que sitúa las “monstruosas comedias” revolucionarias de las que hablaba Burke junto a los sanos arrebatos por instaurar un régimen fundado en la libertad cívica. Las primeras son fantasmagorías ideológicas urdidas o por los revolucionarios profesionales o por los intelectuales interesados en cumplir con el papel de Mefistófeles de la política. Las segundas, que cuestionan el despotismo, no se identifican con una determinada opción política, sino con eso tan sano y perentorio que es la causa del hombre libre.
Más allá de las categorizaciones que sugiere y de su labor desmitificadora, este ensayo recuerda que las revoluciones nunca son la causa, sino siempre la consecuencia, de una crisis política. Dicho de otro modo: que la oportunidad de un levantamiento irrumpe en Estados debilitados, a punto de desintegrarse o exánimes de legitimidad[7]. No sabemos si en el futuro habrá más revoluciones, pero sí cabe aventurar que, teniendo en cuenta el progreso y la proximidad política de un mundo globalizado, las que se han producido seguirán repercutiendo en la forma de entender los principios de nuestra vida en común. Aunque solo sea por eso, revisar las pasadas merece la pena.
JOSÉ MARÍA CARABANTE
[1] J. Carabante, Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna (Madrid, Rialp, 2018).
[2] H. Arendt, Sobre la revolución (Madrid, Alianza, 2013), p. 42.
[3] Un intelectual como Thomas Paine, cuyo radicalismo no puede ponerse en duda, sugería, por ejemplo, llamar a los levantamientos “contrarrevoluciones”.
[4] H. Arendt, o. c., p. 182.
[5] E. Burke, Reflexiones sobre la Revolución francesa (Madrid, Rialp, 2020).
[6] V. I. Lenin, El Estado y la Revolución (Madrid, Alianza, 2012), passim.
[7] J. Dunn, Revoluciones modernas. Introducción al análisis de un fenómeno político (Madrid, Tecnos, 2014), p. 64-65.
1.
Introducción
ESTE ES UN LIBRO SOBRE REVOLUCIONES, cuyo estudio es tan antiguo como el de los sistemas políticos despóticos. Cómo caen los estados, la manera en que los rebeldes normalmente movilizan a la población y combaten, las formas en que quienes lideran el movimiento organizan el poder y aplastan a los opositores… todo ello ha sido objeto de análisis por parte de generaciones y generaciones de académicos. Por tanto, este ensayo recorre una senda ya transitada. De hecho, muchos de los temas que aborda han sido tratados con anterioridad por diversos teóricos de la política y reputados sociólogos. Mi propósito no es cuestionar lo que se sabe sobre el modo en que se producen las revoluciones o por qué se llevan a cabo. Pretendo, por el contrario, presentar un marco que nos permita ubicar y clasificar las distintas categorías de revolución según sus causas y procesos. A mi juicio, la originalidad de este enfoque estriba en diferenciar tres tipos ideales de ellas: revoluciones planificadas, revoluciones espontáneas y, por último, revoluciones negociadas.
Antes de examinar detalladamente cada una de estas categorías, es importante ofrecer una definición de revolución común a todas. Zoltan Barany aporta una muy útil, de corte minimalista, según la cual se entiende por revolución «cualquier desafío popular dirigido de abajo hacia arriba, es decir, de las masas al régimen político establecido y o sus gobernantes»[1]. De modo parecido, yo creo que las revoluciones provocan cambios importantes en tres dimensiones políticas fundamentales: en el Estado, es decir, en el cuadro de líderes, sus instituciones y sus funciones; en segundo lugar, en la naturaleza y alcance de las relaciones entre el Estado y la sociedad, así como en sus respectivas interacciones. Y, por último, en la política imperante, o, por decirlo de otro modo, en la manera en que la sociedad concibe la política, las instituciones y los principios políticos, así como a sus líderes.
Por norma general, las revoluciones son sucesos de enorme magnitud protagonizados por las masas sociales, llevados a cabo gracias a la movilización de la población y con objetivos políticos concretos. A menudo, aunque no siempre, van acompañadas de grandes dosis de violencia, ya sea antes de la toma del poder, ya sea tras conquistarlo o bien, como es habitual, en ambos casos. Pero, contrariamente a lo que se supone, no siempre ni necesariamente implican medios violentos o son seguidas de periodos de terror. Por ejemplo, a finales de la década de los ochenta del pasado siglo, estallaron numerosas revoluciones en Europa del Este que, en comparación con otras épocas, no fueron especialmente violentas.
Dentro del léxico político, hay pocos términos de los que los políticos profesionales o aspirantes a ejercer el poder hayan abusado tanto como el de revolución. Son muy pocos los políticos u opositores que no se consideran revolucionarios o entienden que lo es su agenda o la forma en que ejercen el poder. Sin embargo, las revoluciones son eventos históricos bastante inusuales. De algún modo, ponen el mundo político boca abajo, transforman las bases de la cultura política y alteran los principios por los que se rige la acción política. En este sentido, se puede afirmar que toda revolución es indiscutiblemente un evento político, aunque para que se produzcan han de concurrir un conjunto de factores no solo de esta índole, sino también sociales y culturales[2]. Por tanto, insistimos en que, a pesar de lo usual del término, las auténticas revoluciones constituyen sucesos históricos raros. Hay razones que explican por qué. Como veremos a continuación, todas exigen la aparición simultánea de, al menos, tres factores: en primer lugar, instituciones estatales vulnerables y débiles; en segundo término, grupos y activistas capaces de aprovecharse de la situación política y, por último, una población receptiva y dispuesta a movilizarse para derrocar a quienes detentan el poder. Se trata de condiciones que no son frecuentes y que incluso pocas veces se presentan de forma aislada; mucho más infrecuente es su coincidencia. Para empezar, los dictadores rara vez renuncian al poder sin oponer resistencia y, de hecho, lo más habitual es que cuiden de que no surjan movimientos opositores. También es extraño que gobiernen solo a base de violencia. La mayoría de las veces crean a su alrededor una élite o un grupo de oligarcas que se juegan mucho con el mantenimiento del statu quo, puesto que ocupan puestos estratégicos en las instituciones y en el sector económico. Pero, lo que es más importante, los dictadores además idean medios diversos para mantener una guardia pretoriana y vigilan atentamente a las fuerzas armadas. Incluso cuando las instituciones civiles del Estado pierden gran parte de su eficacia y dejan de funcionar correctamente, los servicios de seguridad cumplen normalmente con su cometido y sofocan enérgicamente la disidencia. Buscar el respaldo de países poderosos en la escena internacional es igual de importante.
Pero, además de los obstáculos derivados de la vigilancia y capacidad represiva del Estado frente a los disidentes, hay otros igual de relevantes cuando se trata de organizar un levantamiento revolucionario coordinado. En cualquier rebelión, existen formas y niveles diversos de participación: por un lado, se en encuentran los integrantes principales del movimiento (la comunidad objetiva o la base social), por otro, los simpatizantes, los miembros reales, los activistas o militantes. Todo rebelde tiene un dilema, puesto que, para quienes participan, no implicarse es la opción más racional: los costes del compromiso pueden ser muy elevados o, en muchos casos, desconocidos, mientras que los beneficios de no hacerlo son los mismos se logre la victoria o no. Por lo tanto, «la disensión colectiva generalizada es improbable» y «la mayoría de los rebeldes en realidad no se rebelan»[3]. Según Mark Lichbach, «solo una pequeña minoría de activistas destaca en el amplio espectro de la disidencia». De acuerdo con el mismo autor, los datos empíricos muestran la existencia de una regla, la del 5 %, de modo que cabe decir que este es el porcentaje que se rebela en el seno de las organizaciones vecinales en los conflictos comunitarios, en las rebeliones urbanas, en las revueltas estudiantiles, los sindicatos, las guerras de guerrillas y los movimientos populistas rurales. Los rebeldes, además, son una pequeña minoría en todos los casos importantes de disensión colectiva. El criterio es válido para el caso de las revoluciones estadounidense, rusa, argelina y cubana, y para los movimientos fascistas.
Los rebeldes pueden paliar las dificultades provocadas por la baja participación recurriendo a diversos medios; en concreto, elevando los beneficios del compromiso y reduciendo sus costes. También aumentando sus recursos, mejorando la eficacia de las tácticas, incremento la probabilidad de la victoria y dificultando abandonar la lucha de los que se han integrado en ella[4]. Pero ninguna de estas opciones es fácil y todas tienen su precio.
A pesar de las dificultades, lo cierto es que en muchas ocasiones tiene lugar revoluciones. En este libro me propongo analizar sus causas, sus consecuencias y, lo que es igual de trascendental, sus diversas categorías.
EL ARGUMENTO CENTRAL
En este ensayo lo que sostengo es que, de los tres elementos clave que deben concurrir para que se produzca una revolución —la crisis del Estado, la aparición de líderes que encabecen el movimiento y la movilización social—, su aparición sigue un patrón distinto dependiendo de la categoría de revolución. Así, en primer lugar, hay revoluciones que cabe calificar de espontáneas, como la francesa de 1789, la rusa de febrero de 1917, la que tuvo lugar en 1978 en Irán o las de Túnez y Egipto entre 2011 y 2012. En estos casos, por norma general, lo primero que aparecen son grietas y debilidades en el Estado autoritario. Eso crea un clima de apertura política que proporciona el espacio para que se conforme el movimiento social. Más tarde, eso provoca la movilización masiva de la sociedad liderada por los sujetos surgidos del seno del movimiento, provocando al final el colapso del Estado. Este tipo de revoluciones no tienen una finalidad clara más allá del derrocamiento del viejo orden y, por lo tanto, sus líderes, su ideología y la concepción posterior solo aparecen paulatinamente, es decir, a medida que se van desarrollando. Incluso tras su triunfo, es muy poco probable que la primera generación de líderes sea la que venza. Únicamente quienes tienen acceso a las instituciones pueden liquidar su carácter espontáneo y planificar el movimiento para lograr sus propios fines.
Pero no en todas las revoluciones son las masas las que llevan a cabo el derrocamiento del régimen. De hecho, hay casos en que las clases sociales con más poder o determinados actores estatales alcanzan una especie de equilibrio negativo. Esto ocurre cuando cuentan con suficiente poder como para desafiar al Estado, pero no para derrocarlo, o cuando quienes tienen el control político todavía no lo han perdido por completo. En esas circunstancias, a veces la única salida es la negociación y que los dos bandos llegan a un acuerdo de principios para construir un nuevo sistema político. Podemos llamar a esta clase de revoluciones, en las que la movilización de la sociedad debilita al Estado, revoluciones negociadas.
Lo que determina que una revolución sea negociada o no es el modo en que el poder se transfiere a los nuevos líderes. Si, como consecuencia de la movilización de la población, el Estado se tambalea y, por ejemplo, se producen deserciones masivas en las filas del ejército o determinados actores dejan la primera línea política, la ola de la revolución arrasa con todo y quienes lideran el movimiento se adueñan decidida y vigorosamente del poder. Esto fue lo que sucedió en las revoluciones espontáneas de Francia en 1789 e Irán en 1979. Pero cuando las instituciones estatales permanecen más o menos intactas, las deserciones no son muy numerosas y aunque erosionan el poder gubernamental no lo socavan del todo, los dos bandos se avienen a negociar porque ven el acuerdo como la salida más viable y, con frecuencia, más segura para ambos. Ahora bien, las transiciones negociadas pueden tener resultados igualmente revolucionarios, como demuestra el caso de Europa Central y del Este a finales de los ochenta o el ejemplo de Sudáfrica en la década de los noventa[5].
Pero hay algunas revoluciones que se planifican. En ellas, lo primero que aparecen son los líderes, que tienen la misión de recabar el apoyo de la sociedad para poner fin a la dictadura vigente. En este caso, existe un plan detallado para hacerse con el poder, se disponen de medios para inculcar su ideología y ganar simpatías entre la población, así como una concepción sobre el futuro Estado. Parte de su proyecto, en realidad la más importante, es derrotar militarmente al régimen en el poder. Ello exige lanzar campañas militares desde las zonas rurales, donde apenas llega el control y la autoridad del Estado. Solo si y cuando este colapsa, se logra movilizar a la población de un modo significativo gracias a los líderes del nuevo Estado, así como utilizarla para consolidar los logros de la revolución.
Estas categorías son tipos ideales, por lo que lo importante es si en el caso concreto predomina la planificación o las acciones deliberadas, la espontaneidad o si hay una salida negociada o no a la crisis que provocan. En su mayor parte, lo cierto es que todas las revoluciones son una mezcla en gran medida de las tres. El factor clave que nos permite distinguirlas está relacionado con el momento en que se percibe la debilidad del Estado y la aparición tanto grupos organizados de opositores como de individuos que se consideran los líderes del movimiento revolucionario y son también así vistos por la mayoría de los casos por la población.
En las revoluciones de carácter espontáneo, lo primero que aparece es siempre la debilidad del Estado, gracias a la cual la oposición encuentra espacio para expresarse. Así, poco a poco, emerge un grupo que se destaca sobre los demás para liderar el movimiento. En las planificadas, en la primera fase surgen grupos que pretenden derrocar al Estado y hacerse con el poder y, si tienen éxito, utilizar su autoridad para movilizar a la población. En uno y en otro caso, la derrota militar del Estado prerrevolucionario, o la deserción en las filas militares, es lo que determina el éxito de la insurrección. En este sentido, aunque el régimen no caiga por completo, no puede recuperar el poder, ahora en manos de la sociedad, esa situación normalmente da paso a una serie de conversaciones, así como, finalmente, al traspaso negociado del gobierno.
Como hemos señalado, lo normal es que concurran diversos factores en el desarrollo de la revolución, que nunca tiene rasgos exclusivos de una sola categoría. En Rusia, por ejemplo, los activistas antiestatales habían estado urdiendo el derrocamiento del poder zarista mucho tiempo antes de que estallaran los disturbios de febrero y octubre de 1917. Pero fueron en gran parte las heridas que el Estado se autoinfligió, comenzando por la humillante derrota ante Japón en 1905, lo que allanó el camino para la revolución, en gran parte espontánea, de febrero de 1917. Quienes asumieron el poder entonces tuvieron que afrontar las dificultades derivadas de una situación económica e institucional disfuncional, lo que, unido a su incompetencia, no pudo refrenar a las fuerzas bolcheviques, organizadas con el fin de tomar el poder. En resumen, en Rusia se produjo una revolución espontanea en febrero, seguida de una planificada en octubre.
A la hora de estudiar los principales rasgos de las revoluciones planificadas, tomo en gran medida como ejemplo las revoluciones rusa, china, vietnamita y cubana, así como la aventura fallida del Che Guevara en Bolivia. La revolución de 1979 en Nicaragua también fue planificada en su mayor parte por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), aunque, además de la guerra de guerrillas y la insurrección urbana, en ella hubo una serie de huelgas generales. En este último caso, la insurrección dependió de la alianza política entre obreros y campesinos y contó con el apoyo de otros sectores importantes, como la burguesía, los intelectuales y la iglesia[6]. En Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano urdió planes para iniciar una revolución cuando su líder, Nelson Mandela, se encontraba preso. Pero el estancamiento del país provocó que se sentaran a negociar el CNA y el Partido Nacional, que gobernaba y que estaba bajo observación de las potencias internacionales. Fue eso lo que abrió una nueva época en el país.
Al igual que en Sudáfrica, las revoluciones que derrocaron los regímenes comunistas en Europa del Este, entre 1989 y 1991, fueron posibles y triunfaron en gran parte gracias a las transiciones negociadas. A esta clase de revoluciones, algunos expertos las han denominado “revoluciones antirrevolucionarias”, porque en ellas apenas se produjeron episodios violentos y, además, su objetivo no era tanto tomar el poder como reclamar la apertura del espacio público y ciertas libertades, como la libertad de opinión y de reunión[7]. Pero los hechos acaecidos en países como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumanía y Alemania Oriental cumplen con todos los requisitos de las revoluciones y puede decirse que sí lo fueron, ya que no es necesaria la violencia para que un movimiento revolucionario triunfe.
Ahora bien, determinar si una revolución espontánea ha tenido éxito o no es mucho más difícil porque en ellas casi nunca se aclaran en un primer momento los objetivos y, además, los grupos que luchan por derrocar al Estado tienen cada uno sus propias metas e intereses, así como sus propias ideas acerca del régimen a instaurar tras la victoria. A ello se añade que, al menos en un primer momento, no hay nadie que ejerza claramente el liderazgo. No hay, propiamente hablando, ninguna “revolución”, ni se cuenta con ni planeamientos ideológicos claros ni planes sobre el futuro régimen. Las diferencias existentes en el seno de la coalición que adopta cada vez más rasgos revolucionarios se acaban resolviendo únicamente cuando uno de los grupos se impone al resto y se hace finalmente con el poder.
En las revoluciones espontáneas es natural que existan diversas sensibilidades o concepciones en liza, pero tras la revolución solo hay espacio para una. La naturaleza intrínsecamente imprecisa de las revoluciones espontáneas es lo que explica que el sociólogo Asef Bayat se haya preguntado si los levantamientos durante la llamada Primavera Árabe fueron o no auténticas revoluciones. Según Bayat, «carecieron de un marco intelectual» y no tenían «un conjunto de ideas, conceptos y filosofías» que informaran «el subconsciente teórico de los rebeldes, influyeran en su visión o en la elección de estrategias y el tipo de líderes escogidos». Además, señala, carecían, en términos políticos y económicos, de radicalismo[8]. Por lo tanto, lo que ocurrió en Túnez, Egipto y Yemen no fue ni una revolución ni una reforma, sino lo que llama una “refolución”, es decir, un «movimiento revolucionario que surgió para conminar al Estado a hacer determinados cambios y poner en marcha reformas importantes en nombre de la revolución»[9]. «Por la movilización parecían revolucionarios, pero desde el punto de vista de lo que proponían, era movimientos de reforma», precisa[10].
No se equivoca Bayat al preguntarse si lo ocurrido en el mundo árabe fue una revolución o algo diferente, es decir, situaciones de caos o inestabilidad, guerras civiles alimentadas por conflictos regionales preexistentes, maniobras de terceros países, etc. Es cierto que, solo teniendo en cuenta el factor temporal, los levantamientos árabes carecieron del alcance y duración de la revolución francesa o iraní. Pero la ausencia de “conceptos y filosofías” caracteriza a todas las revoluciones espontáneas y el supuesto secuestro de la revolución por parte de otros grupos es una habitual cuando unos obtienen el poder frente a colectivos que también lo desean. De la misma manera que los opositores laicos al régimen del Sha en Irán sintieron que el ayatolá Jomeini y sus secuaces se habían adueñado de la revolución, los activistas y miembros de los Hermanos Musulmanes y las fuerzas armadas egipcias se acusaron recíprocamente de hacerlo en la “Revolución del 25 de enero”. Fue ese día fatídico el momento culminante de lo que muy rápidamente se convirtió una revolución de enorme relevancia histórica. Pero el golpe de Estado de julio de 2013 por parte del general Abdelfatah El-Sisi restauró los antiguos principios que regían las relaciones entre el Estado y la sociedad, revocando las primeras reformas. En otros lugares, como Libia, Siria y Yemen, a las fracturas existentes entre la élite se añadió la intervención extranjera, lo que sumió al país en una guerra civil. Hablar en esos casos de revolución, tal y como empleamos aquí el término, no tiene mucho sentido. Solo en Túnez se puede decir que se llevó a cabo una transición con poca violencia, en términos comparativos, y se inició un proceso de negociación. El resultado, al menos por ahora, no se puede decir que haya sido menos revolucionario.
La tesis de este ensayo se basa en los trabajos y análisis sobre la revolución ofrecidos por cuatro generaciones de investigadores, tal y como las clasificó en su momento George Lawson. Este ultimo diferenciaba cuatro etapas en los estudios sobre la cuestión, no necesariamente distintas[11]. La primera generación, aparecida antes de la Segunda Guerra Mundial, y representada por los trabajos de Crane Brinton, adoptó en sus contribuciones el punto de vista de la “historia natural”, centrándose en el estudio de los síntomas de la decadencia política y desequilibrio social producidos en los momentos precedentes y posteriores a la revolución. La segunda generación, tras la Guerra, se centró en los vínculos causales entre los procesos de modernización y los levantamientos, examinando o bien lo que se ha dado en llamar el fenómeno de la desincronización (Chalmers Johnson), bien el de las expectativas incumplidas (James Davies), o bien el de la degradación relativa (Ted Robert Gurr). Los análisis estructuralistas se popularizaron entre los años sesenta y ochenta, conformando la tercera generación de estudiosos. En ellos, se prestaba atención a la función de las estructuras nacionales e internacionales —por ejemplo, Estados mecenas más poderosos, clases nacionales como el campesinado y la burguesía, guerras, etc.—, como reflejan las obras pioneras de Barrington Moore, Theda Skocpol y Jack Goldstone. Una cuarta generación, a la que supongo que pertenece este libro, se dedica a analizar las complejas interacciones entre el ámbito de las relaciones internacionales, las crisis políticas y los desarrollos sociales que provocan el estallido revolucionario y, al mismo tiempo, dan forma a sus resultados y consecuencias.
En concreto, lo que pretendo en estos capítulos es llamar precisamente la atención sobre la concurrencia de cuatro factores en todas las clases de revolución, ya sean planificadas, espontáneas o negociadas. Al elaborar una teoría sobre la revolución, esos cuatro factores constituyen los pilares fundamentales del marco analítico. Se hace referencia, así, a la dimensión institucional, a la internacional, al liderazgo y la agencia y, finalmente, a la economía. Cualquier análisis sobre la revolución debe tenerlos en cuenta. Al mismo tiempo, se trata de factores interconectados y ninguno de ellos se puede separar del resto. Así, las instituciones determinan o influyen en las relaciones de poder, dentro del Estado, entre el Estado y la sociedad, y entre los actores sociales y quienes aspiran a adueñarse del control político. Pero estas relaciones institucionales tienen lugar en un contexto más amplio, como es el internacional, en el que se decide también la fortaleza o debilidad del Estado y los recursos con que cuenta. Estos y, más ampliamente, la economía, son también importantes, ya que la capacidad de las instituciones está en función de ellos, pero también, como veremos que sucedió en Europa del Este a finales de los ochenta, las prioridades de la sociedad y la dirección que ha de tomar el Estado tras las revueltas. Todo ello muestra la relevancia de lo que denominamos “agencia”, es decir, de la capacidad de los individuos para tomar sus propias decisiones. Especialmente en el caso de las revoluciones planificadas y en las coyunturas críticas que aparecen como consecuencia de la toma revolucionaria del poder, las decisiones adoptadas por los líderes pueden tener consecuencias duraderas y de vasto alcance[12]. Por decirlo lisa y llanamente, mientras que Nelson Mandela poseía convicciones democráticas, este no era el caso de Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Castro o Jomeini. Y aunque estos no fueron las únicas figuras revolucionarias, sus ideas personales fueron las decisivas para el resultado y configuración institucional del Estado.
PLAN DEL LIBRO
Los siguientes capítulos presentan un marco teórico para el estudio de las causas, los procesos y los resultados de las tres categorías de revolución: las planificadas, las espontáneas y las negociadas. Los capítulos 2 y 3 se centran, respectivamente, en el estudio de las planificadas y las espontáneas. El capítulo 2 analiza tanto los medios como los métodos empleados por quienes aspiran a liderar la revolución, además de examinar los esfuerzos destinados a la toma del poder. Se concluye que, independientemente de su ideología, todas están motivadas por sentimientos nacionalistas hondamente arraigados, definen roles importantes para el liderazgo del grupo y del partido de vanguardia, y se canalizan mediante la lucha armada, la movilización de guerrilleros y la formación de un ejército de infantería revolucionario.
El capítulo 3 se dedica al examen de las revoluciones espontáneas, teniendo en cuenta especialmente la vulnerabilidad y el colapso del Estado, una situación que ofrecen la posibilidad para la aparición, primero, de acciones dispersas y desorganizadas de protesta y oposición. Después se conforma un movimiento social que, con el efecto bola de nieve, da lugar a la movilización revolucionaria de la población. En ese proceso, con el tiempo y aprovechando las oportunidades que surgen, se decanta quiénes asumirán el liderazgo en el orden posrevolucionario. Una vez triunfa la revolución, el nuevo Estado no solo es diferente al anterior, sino que también adopta un papel y un perfil distinto tanto a nivel nacional como internacional.
El capítulo 4 se centra en la estructura institucional y las prioridades del Estado después de la victoria. En concreto, veremos cómo los nuevos diseñan el aparato institucional para ejercer el gobierno y afrontar los desafíos tanto políticos como económicos que se presentan. La sociedad también cambia tras la revolución, adoptando una serie de características que no son solo resultado de su experiencia revolucionaria, sino fruto de las acciones y prioridades establecidas por el nuevo orden. El capítulo 5 analiza las relaciones entre el Estado y la sociedad después de la victoria. Las revoluciones liberan tensiones de sociedades sumidas durante mucho tiempo a regímenes dictatoriales y despóticos. La reacción más natural es aferrarse a los logros y libertades recién adquiridas, pero esto último no siempre casa bien con los intereses de quienes han heredado el poder. Lo que se produce no es siempre un tira y afloja entre el Estado y la sociedad, aunque es frecuente, sino entre esta y la pretensión del Estado de crear una nueva concepción de la ciudadanía acorde con los nuevos intereses políticos. En ese marco, el disenso y la oposición adoptan también rasgos muy concretos.
Al resaltar la importancia de los temas y factores que se discuten aquí, hago referencias y extraigo, en todo momento, ejemplos de diversos sucesos históricos. Al final del libro ofrezco una breve cronología de las revoluciones a las que aludo, precedida por el capítulo 6, que recoge las principales conclusiones. Además de resumir los principales hallazgos, el apartado final analiza algunas de las formas más eficaces con que los Estados del siglo XXI intentan evitar los movimientos revolucionarios, las cuales han contribuido a fortalecer a los regímenes autoritarios y a alargar su existencia. Pero mientras haya dictadores, siempre será posible que estalle en el futuro una revolución.
[1] Zoltan Barany, How Armies Respond to Revolutions and Why (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2016), p. 7. El subrayado es original. Para un análisis del concepto de revolución, se puede consultar James Farr, “Historical Concepts in Political Science: The Case of Revolution”, American Journal of Political Science, Vol. 26, n.º 4 (Noviembre, 1982), pp. 688–708; y John Dunn, “Revolution”, en Political Innovation and Conceptual Change, Terence Ball, James Farr y Russell Hanson, eds. (Cambridge: Cambridge University Press, 1988).
[2] John Dunn, Modern Revolutions: An Introduction to the Analysis of a Political Phenomenon (Cambridge: Cambridge University Press, 1989), p. XVI.
[3] Mark Irving Lichbach, The Rebel’s Dilemma (Ann Arbor, MI: University of Michigan Press, 1998), pp. 16-17.
[4] Ibid., pp. 22-25.
[5] George Lawson, “Negotiated Revolutions: The Prospects for Radical Change in Contemporary World Politics”, Review of International Studies, Vol. 31 (2005), p. 481.
[6] Devora Grynspan, “Nicaragua: A New Model for Popular Revolution in Latin America”, en Revolutions of the Late Twentieth Century, Jack A. Goldstone, Ted Robert Gurr, y Farrokh Moshiri, eds. (Boulder, CO: Westview, 1991), p. 97.
[7] Harald Wydra, “Revolution and Democracy: The European Experience”, en Revolution in the Making of the Modern World: Social Identities, Globalization and Modernity, John Foran, David Lane, y Andreja Zivkovic, eds. (London: Routledge, 2008), p. 43.
[8] Asef Bayat, Revolution without Revolutionaries: Making Sense of the Arab Spring (Stanford, CA: Stanford University Press, 2017), p. 11.
[9] Ibid., p. 17.
[10] Ibid., p. 18. Bayat explica que «el excepcionalismo geopolítico de Oriente Medio se explica por el petróleo y la presencia de Israel» (p.16).
[11] George Lawson, Negotiated Revolutions: The Czech Republic, South Africa and Chile (Burlington, VT: Ashgate, 2005), pp. 47-70.
[12] Podemos definir las coyunturas críticas como «períodos de tiempo relativamente cortos durante los cuales existe una alta probabilidad de que las decisiones de los agentes influyan o determinen el resultado». Concretamente, «se caracterizan por ser situaciones en las que las circunstancias estructurales (económicas, culturales, ideológicas, organizativas) que determinan la acción política pierden su influencia durante un breve espacio de tiempo, lo que tiene dos consecuencias: en primer lugar, se amplían de un modo importante las opciones con que cuentan los actores políticos y los efectos de sus decisiones, en segundo lugar, son potencialmente mayores. Por decirlo de otro modo, las contingencias se vuelven importantes». Giovanni Capoccia y R. Daniel Kelemen, “The Study of Critical Junctures: Theory, Narrative, and Counterfactuals in Historical Institutionalism”, World Politics, Vol. 59, n.º 3 (Abril, 2007), pp. 343, 348.
2.
De la rebelión a la revolución
¿QUÉ INSPIRA A LOS REVOLUCIONARIOS? Es evidente que no existe una única respuesta. Los revolucionarios pueden inspirarse en las promesas que les hacen sus camaradas, en su carisma o en el deseo de un futuro político mejor, libre de injusticias y por el que vale la pena luchar. A diferencia de lo que sucede en las revoluciones de carácter espontáneo, en las que quienes participan casi sin querer, por decirlo así, se ven inmersos en circunstancias revolucionarias, en el caso de las planificadas, los revolucionarios, conscientes de su misión, han de crearlas. Requieren, pues, de ciertos medios e implican bosquejar un proyecto, así como contar con un conjunto de estrategias. De todo ello hablaremos en este capítulo.
Mientras que las revoluciones espontáneas surgen por azar y son consecuencia de los estallidos de ira y frustración de las masas, las organizadas parten de rebeliones orquestadas y premeditadas. El objetivo de este capítulo es detallar los factores principales de esta clase de revoluciones y las interrelaciones que se establecen entre ellos. En primer lugar, y con independencia de su postura ideológica, todos y cada uno de revolucionarios son nacionalistas. Además, sienten siempre un profundo deseo por mejorar las condiciones en que se halla su país y la calidad de vida de sus conciudadanos. Incluso en los casos en que suscriben ideologías propiamente antinacionalistas, como el comunismo, su decisión de iniciar la revolución no parte de la voluntad de hacerse con el poder, sino de mejorar la vida a su alrededor y transformar lo que ocurre en su vecindario, en su ciudad y en su país.
Otros de los componentes de toda revolución planificada son el liderazgo y la existencia de un partido. Esta clase de eventos revolucionarios no pueden tener lugar si un conjunto de individuos fuertemente comprometidos no decide planificar, organizar y liderar la toma del poder. Como es lógico, al principio conforman una célula secreta, pero esta es el origen del partido político o guerrilla que surge más tarde para encabezar la revolución. Normalmente uno de los integrantes de esa vanguardia asume el papel principal porque tiene mayor ambición que el resto, porque posee mejores dotes organizativas o porque sabe aprovechar las oportunidades que se le presentan. O, simplemente, por casualidad. Aunque ninguna revolución planificada puede tener éxito sin el apoyo de un partido revolucionario organizado, quien lidera la estructura de este último se convierte en el rostro de la revolución y, si triunfa, acaba siendo el líder del país.
Solo los individuos comprometidos, que muchas veces se muestran impelidos a realizar cambios drásticos y de amplio alcance en el cuerpo político, pueden iniciar y llevar a cabo revoluciones planificadas. Una vez que deciden abrazar la causa revolucionaria, se entregan a ella en cuerpo y alma, buscando con todas sus fuerzas acabar con el régimen y erigir uno nuevo. Por esta razón, desatiendan otras dimensiones de su vida y pasan por alto todo lo que no guarda relación con la lucha.
La revolución no tendrá éxito si los revolucionarios no consiguen derrotar militarmente a las fuerzas gubernamentales y poner de rodillas al Estado. Para ello es necesario recurrir a la lucha armada, otro de los elementos de todas las revoluciones planificadas. Los revolucionarios dedican gran parte de sus esfuerzos iniciales a reflexionar sobre la mejor manera de combatir y lograr la victoria contra las milicias del régimen. Su objetivo estratégico es derrotar al Estado y hacerse con el poder político, lo que implica el uso de la violencia e incluso la guerra.
Un líder necesita un partido y un partido, estrategias y tácticas. También es importante contar con lo que se puede llamar un cuerpo de infantería orgánico que respalde los objetivos e ideales de la organización. Para ello, es preciso una vanguardia de soldados dispuestos a participar activamente en la revolución y, si es necesario, a emplear armas. Casi todas las revoluciones se libran en nombre de los oprimidos y los desposeídos: los pobres de las ciudades, la clase trabajadora, el campesinado. Pero hay que reconocer que muy pocos de los que las ponen en marcha pertenecen a estos grupos: en su mayoría son jóvenes idealistas y formados que viven zonas urbanas y disfrutan de un elevado nivel adquisitivo. Con independencia de su clase, sin ellos, o sin un número suficiente, la revolución está condenada a fracasar. Como veremos, esa fue la difícil lección que aprendió de un modo dramático el Che.
A continuación, examinaremos separadamente cada uno de los factores de las revoluciones planificadas: nacionalismo, liderazgo, vanguardia de partido, lucha armada y soldados de infantería. Lo haremos refiriéndonos al ejemplo de la revolución rusa de octubre de 1917, la china, la vietnamita y la cubana. En cada caso, nos centraremos en la revolución que mejor refleja cada fenómeno, aunque tendremos en cuenta otros ejemplos que pueden resultar esclarecedores.
NACIONALISMO
Con independencia de las convicciones ideológicas de los revolucionarios, lo que principalmente les motiva es una creencia inquebrantable: están convencidos de que la revolución mejorará la vida de sus conciudadanos y será beneficiosa para todo el país. Probablemente, alguien con la forma de pensar de Lenin rechazaría rotundamente ser considerado nacionalista. Pero su fe en el progreso de Rusia y su empeño por cambiar las condiciones del país eran sus principales preocupaciones ya antes de 1917. Puede que, rigurosamente hablando, no fuera nacionalista, aunque indudablemente lo era su voluntad decidida por mejorar la vida de los rusos y la propia Rusia. Por otro lado, la demagógica defensa del nacionalismo que hizo no mermó su voluntad de transformar el país.
En Vietnam es donde mejor se refleja la fuerza del nacionalismo y su relación con los movimientos revolucionarios. En este sentido, se puede decir que el objetivo de Ho Chi Minh fue armonizar comunismo y nacionalismo[1]. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando incrementó la presión y la explotación francesa de Indochina, Ho recrudeció sus críticas al país galo para defender su nación. Fue durante los años que pasó en Francia, en la década de los veinte, cuando su nacionalismo se radicalizó y crecieron sus sentimientos anticoloniales. Durante esa época, acusaba al socialismo francés de complicidad silenciosa con la explotación de las colonias. Poco a poco, y no sin aflicción, se fue dando cuenta de que al socialismo europeo no le preocupaba mucho la cuestión colonial[2]. A menudo criticaba amargamente que la clase obrera de la metrópoli pasara por alto, casi siempre conscientemente, las luchas del proletariado colonial[3]. En un discurso durante el encuentro del Komitern celebrado en Moscú, en 1920, no ocultó su desilusión ante la actitud de sus camaradas franceses:
Deben disculpar mi franqueza, pero no puedo evitar pensar, por el discurso de mis camaradas, que de lo que tratan es de matar a un dragón pisando solo su cola. Todos sabemos que el veneno y la vitalidad de la serpiente capitalista se encuentra concentrada más en las colonias que en la madre patria[4].
En 1921, Ho reivindicó frente a las autoridades francesas una amplia gama de libertades para su país y se convenció de que la liberación nacional era la condición necesaria de la emancipación social[5]. En su libro El proceso de colonización francesa, denunció implacablemente todo el proyecto colonial francés y, en concreto, se refirió a la situación de Indochina[6]. Desde un primer momento, se adhirió a la estrategia en dos fases de la revolución seguida por Lenin —que, primero, apoyó la revuelta de febrero, antes de lanzar el ataque definitivo en octubre de 1917—. A su juico, pues, era necesario desprenderse antes que nada del yugo colonial para, en un segundo momento, iniciar la revolución comunista[7]. El deseo por movilizar a sus compatriotas frente al usurpador extranjero le obligó a no pasar por alto los sentimientos nacionalistas. Sus llamamientos a la población hacían referencia a la necesidad de combatir, al mismo tiempo, tanto a los señores feudales como a los colonos, puesto que unos y otros estaban saqueando el país[8]. Ho estaba firmemente convencido de que el partido comunista debía liderar la revolución y que, para ello, era imprescindible el apoyo del proletariado[9], pero no se encuentran muchas ideas comunistas en las arengas que dirigió al pueblo, en las que animaba a sus compatriotas a unirse en la lucha contra el colonialismo francés y a enrolarse en la resistencia. Sí que estaban llenas de expresiones nacionalistas; pero de la ideología marxista-leninista, ni rastro[10].
En 1944, a medida que se recrudecía el enfrentamiento contra Francia, Ho abordó sin tapujos la compatibilidad entre nacionalismo y comunismo: «Soy comunista, pero lo que me importa ahora es la independencia y la libertad de mi país, no el comunismo. Les garantizo que personalmente [si los franceses se quedan aquí] el comunismo no se hará realidad en Vietnam, ni aunque transcurran otros cincuenta años»[11].
Por la misma época, escribió una serie de manifiestos exaltando el pasado glorioso de la nación[12]. A su juicio, no existía contradicción entre ambas ideologías y es eso lo que se desprende del texto de la Declaración de Independencia de Vietnam, cuyo borrador escribió en 1945. Basada en la americana, este documento, leído en alto entre gritos de euforia y bajo un clima de celebración, no recoge ninguna idea propiamente comunista[13].
Pero Ho no hizo uso del nacionalismo solo por motivos estratégicos. Siempre se preocupó por la unidad nacional, incluso tras la independencia, y realzó los rasgos que definían, a su juicio, la identidad vietnamita, entre los que incluía, por ejemplo, el respeto por las minorías étnicas y religiosas del país[14].
También encontramos tendencias nacionalistas en muchas de las medidas y decisiones adoptados por Mao Zedong, y, aunque en menor medida, se palpan del mismo modo en sus escritos. Mao, a la vez que buscaba garantizar la pureza ideológica del Partido Comunista Chino (PCCh), concebía el marxismo-leninismo como un programa de acción, siendo muy pragmático a la hora de aplicarlo a China y a las condiciones que existían en el país antes de 1949[15]. Pero, en su opinión, eran igual de importantes la unidad nacional y la defensa de la soberanía china frente a la ocupación japonesa. Creía que la revolución comunista triunfaría solo si el país lograba mantenerse unido y conseguía expulsar definitivamente a los japoneses[16]. A pesar de iniciar la Larga Marcha en 1934 contra el Kuomitang (KMT), su pragmatismo le obligó a aliarse con este último para combatir a Japón, su enemigo común.
También los revolucionarios cubanos, sobre todo Castro, compartían parecidas inclinaciones. De hecho, antes de la victoria, Castro, más que leninista, era «un nacionalista radical con fuertes convicciones sobre la justicia social»[17]. Lo mismo cabría decir de su movimiento en la primera época, puesto que su ideología se centraba en el antiimperialismo y solo era de un modo vago marxista. El nacionalismo era una respuesta a la presencia e intrigas americanas y se caracterizaba al principio por un férreo antiamericanismo. Los escritos y la poesía de José Martí (1853-1895), icono de la independencia cubana, fueron la principal fuente de inspiración de los jóvenes revolucionarios.
Como para Ho Chi Minh y Mao Zedong, también para Castro el nacionalismo implicaba luchar por la mejora de las condiciones de vida de sus compatriotas y, en general, del país. Y como ellos, creía que el sistema político vigente obstaculizaba las aspiraciones nacionales del pueblo. Según indica uno de los biógrafos, Castro, al igual que Martí, «poseía una concepción orgánica, casi ahistórica, de la verdadera Cuba, libre de la aberración del régimen dictatorial, cuya esencia esperaba poner de manifiesto»[18]. Se encontraba, pues, convencido de que la revolución podía corregir las desviaciones de la historia y conducir a un futuro mejor.
LA FIGURA DEL LÍDER
Junto al nacionalismo, las revoluciones planificadas tienen otro componente común: un líder, es decir, alguien firmemente comprometido con la causa revolucionaria y a la que, literalmente, consagra casi siempre su vida. Como tendremos oportunidad de ver brevemente, todas las revoluciones, pero especialmente las planificadas, están dirigidas por una pequeña célula encargada de provocar el colapso del Estado. Otro denominador común es la presencia de un líder completamente absorbido por el movimiento. No es sorprendente que aflore una figura mítica que se acaba identificando personalmente con la revolución. Es cierto que, en general, todos los revolucionarios son románticos y disponen de arrojo suficiente para actuar según sus convicciones, pero los líderes conforman una raza superior porque piensan que lo que no esté relacionado con la lucha revolucionaria carece de significado y valor. De este modo, les distingue tanto su entrega obsesiva como su dedicación, casi en exclusiva, a la causa. La famosa frase de Mandela —«la lucha es mi vida»[19]—, recoge el sentir de todos. Precisamente, el líder sudafricano, recordando cómo tuvo que separarse de su esposa Winnie y la distancia entre ellos, señalaba en su diario:
Parece que el destino de quienes luchan por la libertad es llevar una vida personal inestable. Cuando tu vida es la lucha, como en mi caso, apenas hay lugar para la familia. Esto ha sido mi mayor motivo de arrepentimiento y la consecuencia más dolorosa de la decisión que adopté[20].
La misma determinación tuvo Lenin y es lo que explica su voluntad de iniciar la revolución comunista. Luchó sin ningún tipo de escrúpulos, implacablemente, para derrocar a los Romanov y asegurar la victoria bolchevique. Se implicó tanto en la revuelta que quedó completamente absorbido, sin apenas tiempo para descansar, lo que le causó numerosos problemas de salud. Con el fin de fortalecer la pureza ideológica del movimiento, en ocasiones se mostraba excesivamente dogmática e inflexible; creyó, además, que era su obligación escribir ensayos interminables para asegurar la victoria de sus puntos de vista sobre el partido[21]. Según uno de sus biógrafos, «en el pequeño mundo del marxismo ruso organizado, se convirtió en una figura a la que se amaba o se odiaba. No dejaba a nadie indiferente»[22].
Lenin censuró en diversas ocasiones el elitismo intelectual de sus correligionarios, tildándolo de “intelectualismo” y acusándolo de oportunismo[23]. En su visión, combinó la pureza ideológica con el pragmatismo, lo que se manifiesta en su actitud hacia los soviets, un movimiento ajeno al partido bolchevique[24]. Pero el destino quiso que su alianza fuera determinante durante los meses que transcurrieron entre febrero y octubre de 1917.
Es evidente que este tipo de consideraciones no tienen como objetivo restar importancia ni rebajar el alcance de los movimientos revolucionarios; tampoco reducir su impacto a las contribuciones de un solo individuo, con independencia de lo comprometido que pueda estar con la causa. Pero se advierte un patrón común en todas las revoluciones planificadas, puesto que en ellas, un poco antes o justo después de acceder al poder, emerge una figura que asume el liderazgo. Tal vez la Revolución china ofrezca el ejemplo más claro, ya que “las ideas de Mao Zedong” se habían convertido, ya antes de 1938, en la nueva ortodoxia del PCCh[25].
En su VII Congreso, celebrado en 1945, el partido le nombró líder supremo y desde entonces pasó a ser conocido como “el presidente Mao”[26]. Han existido muy pocos líderes —tanto en el ámbito revolucionario como fuera de él— que hayan exigido esa deificación, casi absoluta, de su persona como Mao, tanto en el periodo anterior como posterior a la toma del poder. Castro, la figura inspiradora de la guerrilla de Sierra Maestra, estaría en un lejano segundo lugar. En el juicio que tuvo lugar tras el fracasado asalto al Cuartel de Moncada, el 26 de julio de 1953, el cubano pronunció, en tono desafiante, la famosa frase: «Condenadme. La historia me absolver»[27]. En un principio, la revolución era a todas luces una empresa suicida. De hecho, muchos cubanos le infravaloraron, tratándole como un agitador más de los muchos que mostraban por aquella época su descontento con la situación política. Pero jugó bien sus bazas y logró la victoria. Después de su paso por prisión, su determinación a hacer la revolución estaba mucho más clara que antes.
Se suele afirmar que la cárcel es la mejor escuela para rebeldes y revolucionarios. Y en el caso de Castro mucho más, ya que fue quien dijo que «la prisión es la mejor aula»[28]. Posteriormente, comentó que había cultivado su afición lectora durante su encarcelamiento, una época en la que pudo disfrutar de las obras de Víctor Hugo, Romain, Rolland, Maxim Gorky, H. G. Wells, Cervantes, Dostoievsky y Karl Marx[29]. Nada más abandonarla, sin embargo, dejó a un lado los libros para hacerse cargo de la dirección revolucionaria. En una carta fechada el 7 de julio de 1955, se puede leer lo siguiente: «Se ha cerrado cualquier posibilidad para la lucha pacífica. [Es hora de] apoderarnos de nuestros derechos en lugar de reivindicarlos, de ejercerlos, en lugar de suplicarlos. La paciencia de los cubanos tiene límites»[30]. Se veía a sí mismo como un cubano que había dado y seguiría dando todo por su país.
Tiempo después, Castro abandonaba Cuba, rumbo a México, donde reagrupó a sus camaradas, fundó el Movimiento 26 de julio e ideó el plan que finalmente conduciría al derrocamiento de Bastista. Fue por aquellos días cuando conoció a un joven médico argentino, Ernesto “Che” Guevara, que quedó prendado de su personalidad, de su carisma y de su espíritu revolucionario[31]. Quienes conocieron a Castro, como al Che, confiaron en gran parte en él por su tenacidad y persistencia ante adversidades que parecían insuperables, pero también por su coraje, su integridad, su intuición y su capacidad de adaptarse políticamente para lograr objetivos importantes desde un punto de vista estratégico. Y aunque no se puede decir que Castro fuera un pensador original, tenía un don para divulgar sus ideas con convicción y persuadir a quienes le escuchaban[32]. En términos de ideología y como intelectual, no hay duda de que el Che era mejor; Castro se enorgullecía de ser, sobre todo, un hombre de acción.
LA VANGUARDIA DEL PARTIDO
Las revoluciones no dependen solo del activismo, ni del compromiso de un solo hombre, por muy acusado que sea. Las planificadas están normalmente impulsadas por una camarilla de conspiradores, que conforma la vanguardia de la lucha. En esta clase de insurrecciones, la actitud de los que se sitúan en primera línea, ya sea de una organización estructurada y disciplinada, como el caso bolchevique, o de un grupo más desorganizado, como el Movimiento 26 de Julio, es determinante a la hora de elaborar el plan e iniciar el combate.
El partido constituye la vanguardia revolucionaria y es el marco en el que se diseña la estrategia. En la mayoría de los casos, la vanguardia tiene tres objetivos. En primer lugar, se encarga de establecer la ideología que justifica la conquista del poder y, al tiempo, de aprobar las decisiones a adoptar cuando se alcance. Como hemos visto hasta ahora, lo más normal es que aparezcan mezclados sentimientos nacionalistas e ideales de inspiración marxista. Pero, en segundo lugar, la vanguardia tiene la misión de diseñar la estrategia, es decir, el plan de acción, identificando los objetivos, coordinando la defensiva, organizando los medios humanos y, finalmente, asignando los recursos disponibles. En definitiva, se encarga de dirigir la revolución sobre el terreno. Por último, los partidos son un medio muy importante a la hora de ganar simpatizantes y atraer a más personas a la causa revolucionaria. Todo ello —desde la teoría revolucionaria hasta la ampliación de la base de apoyo, pasando por el diseño de la estrategia revolucionaria— explica que la vanguardia deba contar con cierta organización interna.
Fue Lenin el que se dio cuenta de que era necesaria una vanguardia para realizar las funciones que hemos señalado y se puede decir que esa fue su principal contribución a la ideología marxista. Según el dirigente ruso, el partido ha de tener:
—Un programa basado en el marxismo y en la aplicación de este a la realidad, lo que permite hacer progresos en la implantación del socialismo.
—Activistas profesionales que suscriban y se encarguen de aplicar el programa.
—Una organización en todos los niveles basada en principios abiertos y democráticos.
—Jerarquía y disciplina interna, tanto desde un punto de vista organizativo, como a la hora de la toma de decisiones[33].
Lenin expresó lo que denominaba el “centralismo democrático” con la frase: «Libertad de discusión, unidad de acción»[34]. Y es cierto que de discutir los bolcheviques sabían mucho, porque en su seno se habían suscitado debates muy acerbos, especialmente sobre el liderazgo. Ya en la década de los ochenta y de los noventa del siglo XIX, en Múnich, donde muchos vivían en un exilio voluntario, los revolucionarios rusos discutían interminablemente sobre tácticas insurreccionales. A pesar de su evidente pragmatismo, Lenin a veces era muy dogmático y no toleraba desviaciones de lo que consideraba que era la ortodoxia marxista. De hecho, uno de los principales puntos de desacuerdo entre Lenin y otros marxistas fue la forma en que debían aplicarse las ideas de Marx a la sociedad rusa de finales del siglo XIX, cuya población la formaba un 90 % de campesinos y solo el 7 % de proletarios. Entre los rusos partidarios de la revolución, muchos de los cuales estaban integrados en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), se diferenciaron dos grupos: los bolcheviques (la mayoría) que, encabezados por Lenin, abogaban por intensificar la disciplina interna y crear una alianza entre campesinos y obreros, así como la posterior instauración de una «dictadura del proletariado y el campesinado»; y, por otro lado, los mencheviques (minoría), que pensaban que la coalición del proletariado con la clase industrial era el modo más eficaz para derribar al régimen zarista.
En 1912, Lenin y sus hombres más cercanos rompieron definitivamente con los mencheviques y escindieron el partido el movimiento. En muy poco tiempo, los bolcheviques lograron articular una estrategia revolucionaria clara y un programa, exigiendo, entre otras cosas, la jornada laboral de ocho horas para los obreros, la reforma agraria, para mejorar la vida de los campesinos, y la convocatoria de elecciones democráticas para la Duma. No sorprende que aumentara su popularidad en el país. Pero también supieron aprovechar su momento cuando la sociedad rusa empezaba a olvidar las desastrosas consecuencias que había tenido su participación en la Primera Guerra Mundial.
A medida que llegaba el año 1917, se reorganizaron los soviets, que eran consejos de trabajadores surgidos, por primera vez, en las fábricas y ciudades tras la guerra ruso-japonesa, en 1905. La diferencia es que ahora se pusieron bajo la tutela de los socialistas. En abril de 1917, Lenin pronunció un famoso discurso, las “Tesis de Abril”, en el que acuñó lemas que se harían famosos: “Todo el poder para los soviets” y “paz, pan y tierra”[35]. Al llegar el verano, en el momento en que el gobierno provisional se enfrentaba a los extremistas, Lenin radicalizó su mensaje y este calaba cada vez en el ánimo de todos.
En septiembre, pidió a sus correligionarios que se mantuvieran inflexibles e incrementaran la presión sobre el gobierno provisional para avanzar en la insurrección. De no hacerlo, explicaba «los bolcheviques nos lamentaremos y quedaremos cubiertos de vergüenza para siempre» por «haber arruinado la revolución»[36]. La ocasión no tardó en presentarse. La rebelión comenzó el 24 de octubre en Petrogrado; un día después, los revolucionarios tomaron el Palacio de Invierno, donde residía Kerensky, que ocupaba el puesto de primer ministro, pero lo hicieron inexplicablemente sin encontrar mucha oposición[37]. Luego se dirigieron a otros edificios gubernamentales, declarando el fin del régimen zarista y la instauración de uno nuevo liderado por los soviets. Fue más tarde cuando los bolcheviques decidieron cambiar de nombre y convertirse en el Partido Comunista. Con el fin de evitar las expectativas que la revolución podría suscitar en otras regiones del mundo, al menos a corto plazo, Lenin se apresuró a dejar claro desde un primer momento que lo ocurrido en Rusia no tenía por qué extenderse a otras zonas del planeta[38]. Lo que no pudo evitar es que estallara en su propio país la guerra civil.
También el PCCh desempeñó un papel central en el surgimiento y la dirección de la revolución china. Mao se percató de lo importantes que eran los aspectos organizativos muy pronto, cuando decidió fundar un club de debate estudiantil. A lo largo de la década de los veinte puso en marcha diversas asociaciones campesinas. Siempre tuvo en cuenta tanto el tamaño geográfico y demográfico de China, como el alcance histórico del movimiento. De ese modo, antes y después de la victoria, se preocupó mucho de la organización y disciplina interna del partido. Desde que se afilió al mismo, se interesó especialmente por asegurar la movilización, reforzar la disciplina de base y articular con claridad sus principales objetivos. En 1938, Mao explicaba a sus camaradas que debían tomar conciencia de la relevancia que poseía la teoría, pero también los aspectos prácticos, de la revolución:
Ningún partido político puede liderar un gran movimiento revolucionario y conducirlo a la victoria sin contar con una teoría revolucionaria, sin conocer la historia y sin una profunda comprensión de las cuestiones prácticas[39].
Si para Lenin el partido era un elemento indispensable, para Mao lo imprescindible era el ejército revolucionario. De hecho, se puede decir que su principal contribución a la ideología comunista fue la del partido-ejército. Para Mao y los revolucionarios chinos, el PCCh era el principal instrumento del que disponían para movilizar a la población campesina y también para combatir militarmente tanto a los japoneses como al Kuomintang, pero no para dirimir la ideología o la dirección de la revolución. Más que aplicar el marxismo, lo que defendían los comunistas chinos era el “igualitarismo rural”, gracias a lo cual pudieron obtener un amplio respaldo en las zonas donde vivía el campesinado[40]. Si por algo mostró preocupación Mao, desde el principio hasta el fin de su vida, fue por la dimensión práctica, no abstracta, de la revolución y hasta qué punto esto es cierto lo muestra su empeño por extender esa visión pragmática en el campo del arte, por ejemplo[41].
La mayoría de los comunistas chinos pensaba que la victoria de la revolución “democrático-burguesa” lanzada por Sun Yat-Sen era un paso previo en la instauración definitiva del verdadero comunismo[42]. En 1945, Mao advertía que «los comunistas nunca ocultamos nuestra concepción política. No tenemos ninguna duda de que nuestro futuro y nuestro proyecto más importante es llevar a China por el camino del comunismo y el socialismo»[43]. Ahora bien, recordaba también en esa ocasión a quienes formaban parte del PCCh que «la política y las tácticas conforman la vida del partido. Los camaradas en puestos de responsabilidad, con independencia de su nivel, deben ser muy cuidadosos y no actuar nunca negligentemente»[44]. Tanto durante la revolución campesina, en el momento en que el PCCh constituía y operaba como un auténtico ejército, como después, tras la victoria, como partido-Estado, Mao lo utilizó para consolidar su poder personal sobre el movimiento revolucionario y el cuerpo político. En 1941 puso en marcha el Movimiento de Rectificación, que estuvo vigente hasta 1944, dando inicio a un periodo de estudio, reflexión y autocrítica ideológica para todos los miembros del partido. Así fortaleció su control sobre el aparato. A mediados de la década de los cuarenta, había logrado implantar el culto a su personalidad a lo largo y ancho del país.
En enero de 1949, las fuerzas de Mao entraron en Beijing y, en contra del consejo de Stalin, que había dado apoyo logístico y asesoramiento a los chinos, continuaron la ofensiva hasta obligar al Koumintang a retirarse a Taiwán. Acceder a Mao, algo que era ya muy difícil tras la Larga Marcha de 1935, se volvió desde entonces casi imposible y se intensificó el culto a su persona hasta extremos insospechados[45]. Mao, una vez en el poder, utilizó sistemáticamente el aparato del partido para poner en marcha diversas iniciativas políticas y económicas dirigidas a la población, como el Gran Salto Adelante (1958-1962) y la Revolución Cultural (1966-1976), pero también las empleó para eliminar a sus principales adversarios políticos y aumentar su poder[46].
El partido fue también una institución clave en la revolución vietnamita, ya que ayudó a convertir los diversos grupos de discusión, caóticos y clandestinos, existentes y dispersos por el país en una auténtica guerrilla con posibilidad de enfrentarse al régimen vigente. Ho Chi Minh, que pasó un periodo de tiempo en Cantón durante la década de los veinte y, por tanto, fue testigo del surgimiento del movimiento revolucionario, llegó a importantes conclusiones. Se dio cuenta, en primer lugar, de que Indochina necesitaba un partido comunista propio. Además, se convenció de que era menester unir la “cuestión nacional” y la “cuestión social” —es decir, buscar al mismo tiempo la independencia y la reforma agraria—; por último, concluyó que el pensamiento de Sun Yat-Set podía enriquecer la ideología leninista[47]. Así, comenzó en los años los treinta, es decir, al poco de establecerse en el norte del país, a poner en marcha grupos de debate. Al mismo tiempo, vivía de un modo modesto y trabajaba, en muchos casos encargándose de quehaceres muy arduos. Gracias a ello, se presentó como un modelo a seguir y despertaba la admiración de los campesinos. Por la misma época, con el fin de movilizar a las bases, fundó una serie de asociaciones de amigos. Según explica uno de sus biógrafos, «como etnólogo, Ho siempre practicó la “observación participante”, así como la “observancia participadora”: nunca olvidó que el buen ejemplo es siempre mucho más eficaz que cien conferencias»[48].
En febrero de 1930 fundó el Partido Comunista de Indochina. El programa establecía que su objetivo prioritario era la derrota del imperialismo francés y acabar tanto con el feudalismo como con el sistema burgués. El fin que se perseguía era la independencia completa de Indochina, pero también otros, como el establecimiento de un gobierno obrero, campesino y militar, educación para toda la población, reducir la jornada laboral a ocho horas y, por último, el reconocimiento de las principales libertades democráticas[49]. Para Ho, el partido «debe ser cauto y tolerante con la burguesía del país (…) y animando a la acción a quienes la componen si es posible, aunque en caso de ser necesario no se debe dudar a la hora de aislarlos políticamente»[50]. En su opinión, el partido tenía que resultar atractivo para todos los sectores y estratos sociales, ya que, de otro modo, no lograría su meta: la liberación nacional[51].
Unos años antes, en El camino revolucionario (1927), el líder vietnamita había diferenciado tres tipos de revolución: la burguesa, la nacional y la social, y había señalado cuáles habían de ser las principales cualidades éticas del buen revolucionario. En su concepción, mezclaba los valores orientales con los europeos y los socialistas y confucianos[52]. Consideraba imprescindible que todos cuadros del partido suscribieran la “moral revolucionaria”, es decir, un código de conducta sustentado en tres principios: la lealtad y el compromiso absoluto con el partido, que debía estar siempre por encima de sus preferencias e intereses personales; en segundo lugar, el conocimiento profundo de la teoría y la práctica marxista-leninista; y, por último, «el uso constante de la crítica y la autocrítica con el fin de intensificar el compromiso ideológico, mejorar la contribución de cada uno al movimiento y progresar al unísono con el resto de camaradas»[53]. Para Ho, la clase dirigente debía estar formada por el proletariado, que era la «clase más avanzada, consciente, resuelta, disciplinada y mejor organizada» de todas[54].
A principios de los años cuarenta, había llegado a la conclusión de la necesidad de expulsar a los colonizadores franceses y japoneses de Vietnam y de implantar la «democracia popular en el país»[55]. A este fin, el partido fue determinante porque se encargó de reclutar, entrenar y organizar a la guerrilla que habría de enfrentarse al ejército francés[56]. Tras la independencia, el partido siguió ocupando la escena principal porque Ho, al igual que Mao por las mismas fechas, utilizó el aparato interno para crear y poner en marcha las instituciones del nuevo Estado. Desde que declaró la independencia de Vietnam, en septiembre de 1945, hasta finales del siguiente año, se promulgaron 181 decretos para regular ámbitos como la educación o la justicia, la policía o los impuestos, la agricultura, el comercio, la industria e incluso silvicultura. Así se hizo con el control[57]. Pero, a diferencia de Mao, no se creía un ser superior a los demás, ni la encarnación absoluta de la revolución. En cualquier caso, como el líder chino, buscó concentrar en sus manos todo el poder, aunque para ello tuviera que actuar sin escrúpulos. A mediados de siglo, algunos vietnamitas llegaron a comparar el poder del que disfrutaba Ho con el “el Terror jacobino”[58].
También el Movimiento 26 de Julio fue decisivo para la victoria revolucionaria en Cuba. Desde un primer momento, Castro se había dado cuenta de que la política de partidos había perdido su razón de ser en la isla y de que la lucha armada era la única vía para cambiar el régimen[59]. El golpe de Fulgencio Batista (1940-1944) en 1952 terminó por corroborar su idea. Es muy revelador conocer todo lo que por esas fechas rondaba por la cabeza de Castro y que un poco más después puso por escrito:
El momento presente es revolucionario, no político. La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre el camino al verdadero mérito, a los que desnudan sus pechos y alzan los estandartes. Un Partido Revolucionario necesita ser joven y necesita un liderazgo revolucionario que proceda del pueblo, en cuyas manos puede encontrar Cuba la salvación[60].
El Movimiento 26 de Julio, así llamado en homenaje al fracasado asalto al cuartel de Moncada en 1953, estaba compuesto por una serie de colectivos que se sentían agraviados por la política de Batista y que se oponían a él, entre los que se incluían pescadores, trabajadores agrícolas, campesinos, obreros y estudiantes[61]. No se puede decir que fuera un movimiento exclusivamente ideológico, porque no se levantaban con ideas claras acerca de las decisiones a tomar tras hacerse con el poder, sino como protesta ante una situación que consideraban insostenible. Carlos Franqui, encargado de la propaganda, enumeró más tarde algunos de las causas de ese malestar: «El ejército, el caudillismo, las diferentes oligarquías, los monocultivos y la dependencia frente a potencias extranjeras»[62]. Según este último, los revolucionarios se dieron cuenta de que «la propaganda y la información pública eran las armas más importantes con las que contaban». El propósito era «lograr el máximo de penetración psicológica con el mínimo de destrucción física»[63].
Y aunque no era el único movimiento que buscaba derrocar el régimen vigente, sí fue el que mostró más decisión[64]. En noviembre de 1956, 82 revolucionarios, entre los que se encontraba el Che Guevara, zarparon desde México a bordo del Gramna rumbo a la isla. Al desembarcar, la mayor parte se perdió porque el terreno era desconocido para ellos. Otros fueron capturados. Solo doce lograron escapar, como los dos hermanos Castro, Fidel y Raúl, y el Che, y se refugiaron en Sierra Maestra, para preparar un nuevo asalto desde allí. La región ofrecía numerosas ventajas geográficas y demográficas[65]. Quienes trabajaban la tierra en aquella zona eran muy diferentes al resto del campesinado cubano y se puede decir que en aquella zona seguramente vivía la población más pobre del país. Además de la precariedad, muchos habían ocupado las tierras ilegalmente. Castro no había pensado en iniciar una revolución campesina, pero una vez allí se fue elaborando la narrativa de una insurrección rural[66]. Así nació la revolución cubana.
Lo sucedido en Sierra Maestra muestra el compromiso y la resolución de los revolucionarios y guarda semejanza con lo que vividos por los comunistas chinos antes y después de la Larga Marcha. El Che, refiriéndose al difícil momento que atravesaban después del fracaso del desembarco, escribió: «Éramos un ejército compuesto de sombras y fantasmas que caminaban al ritmo de algún oscuro mecanismo psíquico»[67]. No solo tuvieron que enfrentarse a la escasez de efectivos, sino también al mal funcionamiento de las armas. Tampoco era fácil obtener comida ni la satisfacción de las necesidades más básicas. Faltaban medicinas y armas y la situación iba siendo peor a medida que aumentaba el número de miembros[68]. Pero sería inexacto, y completamente injusto, pensar que llamar al Movimiento 26 de julio no disponían de munición para disparar por sí mismos. Sufrieron innumerables reveses, no supieron calcular bien sus posibilidades ni aprovecharse de las debilidades del enemigo. Su método de aprendizaje fue el de prueba y error, como cuando fracasó el asalto al palacio presidencial en marzo de 1957[69]. Según reconocieron, “la ilusión” y, más que nada, el “sueño de la victoria” les condujo a sobrestimar sus fuerzas y cometer algunos “errores de estrategia”[70].
En las filas hostiles a Batista se presentaban principalmente dos tendencias: la representada por el grupo de Sierra, que apostaba primero por movilizar a la población campesina, y la del Llano, partidaria de convocar una huelga general en las principales ciudades y que, por tanto, abogaba por la insurrección urbana[71]. Si al final se logró imponer la línea de Castro y el Che no fue solo por su resolución. Por otro lado, el “mito de Sierra”, una expresión que alude al importante enfrentamiento que tuvo lugar en la región y que se convirtió en el símbolo más relevante desde la guerra de independencia cubana, no debe hacer olvidar lo determinante que resultaron en la victoria final los colectivos urbanos[72]. De un modo u otro, sin embargo, fue la guerrilla de Sierra la que triunfó y sus integrantes los que se encargaron de escribir la historia oficial de la Revolución, así como de elaborar sus principales mitos.
Fidel era un hombre de acción y se ocupó sobre todo de reclutar simpatizantes entre la población campesina, de las labores de movilización y de la lucha armada, mientras los del Llano se enfrascaban en debates interminables sobre los métodos revolucionarios más eficaces. La decisión de publicar el manifiesto precisamente el 20 de febrero de 1957 buscaba refutar los rumores sobre su muerte que el régimen de Batista se había encargado de difundir. En muchas ocasiones, sus discursos adoptaban la forma de «directrices para el país» y a través de ellos deseaba dar a conocer tanto la estrategia a seguir como los medios para socavar los cimientos económicos y políticos del Estado[73]. En marzo de 1958, el Movimiento 26 de Julio hizo público un llamamiento general a la población para que se comprometiera en «la guerra absoluta contra la tiranía», declarando que «la lucha contra el régimen de Batista había entrado en su etapa final»[74]. Era cierto; la caída del régimen estaba próxima. Finalmente, el 1 de enero de 1959 Batista huyó del país.
El papel de Castro durante el tiempo que transcurrió entre el reagrupamiento en México y la toma del poder fue fundamental tanto en la planificación de la revolución como a la hora de ponerla en marcha. Batista se exilió en 1958. Más discutible es si fue tan importante también durante la primera fase y si en aquella época tenía clara cuál era su situación en el seno del movimiento. Según la politóloga Julia Sweig, especialista en el tema, quienes tomaban la mayoría de las decisiones, seis u ocho meses antes de la victoria definitiva, eran figuras menos conocidas que Fidel, su hermano Raúl o el Che[75]. Carlos Franqui, uno de los integrantes, aunque después se convirtió en enemigo de Castro, lo acusó de saltarse todos los procedimientos, de adoptar decisiones precipitadas y arbitrarias y no tolerar ninguna crítica. Actuaba, explica, como si «Sierras fuera de su exclusiva propiedad»[76]. Sea como fuere, es innegable que, ya a finales de 1959, su liderazgo era completo y absoluto. Fue él quien tomó la determinación de crear el órgano de Planificación y Coordinación Revolucionaria, estableciendo una estructura de poder dual análoga a las establecidas por Lenin o Mao. Por tanto, cuando Batista puso fin a su presencia en la isla, no había nadie que gozara del respeto, la popularidad y la legitimidad revolucionaria de la que disfrutaba Castro.
LUCHA ARMADA
Por importante que sea la vanguardia, sin el ejército de infantería formado por el grueso de quienes simpatizan con la revolución, en muchos casos guerrilleros, no se alcanzaría la victoria final. El objetivo de los revolucionarios es provocar el colapso del Estado. Para ello, tanto los insurgentes como los guerrilleros utilizan una serie de estrategias violentas, entre las que se encuentran, por ejemplo, el sabotaje de objetivos vitales, el atentado contra determinadas figuras políticas o el ataque a las instituciones. En general la violencia, pero en concreto la lucha armada, resultan esenciales en todas las revoluciones planificadas. Es inherente, por decirlo así, al espíritu de lucha que anima todo el proceso de conquista del poder. Se piensa que, como quienes controlan el Estado hacen uso de la represión y la violencia para continuar ejerciendo su autoridad, estos son los instrumentos idóneos para adueñarse de ella[77].
Mao, por ejemplo, justificó el uso de la lucha armada del siguiente modo:
Una revolución no es una cena, ni es como escribir un ensayo, pintar un cuadro o bordar. Es decir, no es posible hacer una revolución educadamente, de un modo cortés o pausado, como tampoco con amabilidad, con exquisiteces o medias tintas. Toda revolución es una insurrección, un acto de violencia por el cual una clase derrota a otra y se adueña del poder[78].
La violencia, para Mao, era indispensable en la lucha revolucionaria. «La guerra —escribió en 1936— es la mejor forma de superar las contradicciones entre clases, naciones, Estados o grupos políticos, y ha sido siempre necesaria desde que se instauró la propiedad privada y de clase»[79]. Su llamamiento a tomar las armas era claro y rotundo: «Todo comunista debe comprender esta verdad: el poder político nace en el cañón de una pistola»[80].
Pero no fue el único en mostrarse así de contundente; otros revolucionarios han defendido también el uso de la violencia y la lucha armada. En el juicio que se celebró en 1964, Nelson Mandela justificó su liderazgo al frente del brazo armado del Congreso Nacional Africano, el uMkhonto we Sizwe o MK, y el recurso a medios violentos:
En un primer momento, creíamos que, a tenor de las decisiones políticas del gobierno, la violencia era inevitable para el pueblo africano y que, salvo que surgiera un líder con responsabilidad para canalizar y controlar los sentimientos de la población, se producirían brotes de terrorismo y enfrentamientos de una crudeza inimaginable en una guerra. Después llegamos a la conclusión de que, sin violencia, los africanos no tendrían éxito en su lucha contra el supremacismo blanco. Todos los recursos que ofrecía la ley para combatirlo habían desaparecido y, por tanto, nuestras opciones eran o bajar la cabeza para siempre, o decidirnos de una vez por todos a plantar cara al régimen[81].
Tanto para Lenin, como para el Che o Mandela, la violencia era el camino más rápido para llegar al poder, es decir, un mal necesario para derrocar al Estado existente. Ho Chi Minh no tuvo más remedio también que reconocer que la lucha por el poder, lo que llamó «la larga guerra de resistencia», era un proceso de mayor alcance del que al principio había pensado pensaba. Así, escribió: «Empleamos la estrategia de prolongar la guerra de resistencia con el fin de incrementar nuestro propio poder y acumular experiencia. La guerra de guerrillas nos sirve para desgastar al enemigo antes de lanzar la ofensiva generalizada y aniquilarlo completamente»[82].
La guerra de guerrillas exige disponer de una vanguardia formada por miembros del partido, así como contar una estrategia. «No nos debemos alejar del pueblo, pues de él depende nuestra potencia militar»[83]. Para Ho, «las acciones militares constituyen la piedra angular de la guerra de resistencia»[84]. Como más tarde se encargaron de demostrar los acontecimientos, el líder vietnamita se dio cuenta de que la resistencia se prolongaría durante más tiempo del pensado: «Hemos de comprender que mientras resistimos debemos prepararnos para la contraofensiva general. Así como la guerra de resistencia es larga, también lo es la preparación que precisamos para actuar con perspectivas de éxito»[85]. Para Ho, la resistencia local resultaba fundamental, en primer lugar, porque ayudaba a debilitar al enemigo y, en segundo término, porque hacía más fácil su expulsión del país. Esta es la razón por la que insistía en que sus correligionarios «organizaran y entrenaran adecuadamente a los habitantes de todas las aldeas y los convirtieran en milicianos y guerrilleros», puesto que este sería el contingente base. Además de explicar las tácticas, el partido tenía la misión de velar por «el autoabastecimiento y el mantenimiento de las tropas, incrementando cuanto fuera necesario la producción»[86].
No hace falta decir que también Mao se mostraba partidario del empleo instrumental de la violencia. Pero, en su caso, el valor de esta última no se circunscribía únicamente al periodo previo a la conquista del poder. Mao, como también el Che, aunque en menor medida, creía que los enfrentamientos violentos eran beneficiosos no solo porque facilitaban adueñarse del Estado, sino porque eran un componente esencial de toda revolución. Para ambos, era necesario despertar a las masas y que estas tomaran conciencia tanto del carácter inexorable de la revolución, como de su propio potencial para llevarla a cabo. Según Mao, «el verdadero conocimiento nace de la experiencia». El líder chino no se cansaba de recordar a sus seguidores que tenían la obligación de «descubrir la verdad con la práctica y corroborarla también mediante ella»[87]. Solo un año antes de hacerse definitivamente con el poder, en 1948, reconocía que «se nos podría acusar de oportunistas si intentáramos llevar a cabo la ofensiva sin que las masas hayan tomado conciencia de su función. Nos equivocaríamos, sin duda, si insistiéramos en obligarlas a actuar en contra de su voluntad. Pero incurriríamos en un oportunismo de derechas si no pasáramos a la acción cuando estuvieran preparadas»[88]. Concretamente, Mao se refirió en su momento a la “guerra popular” como medio para organizar y movilizar al campesinado, pero también de adoctrinarlo desde un punto de vista teórico y práctico. Tras la Revolución China de 1911, el país quedó sumido en una guerra civil, bajo ocupación extranjera y sometido a un régimen de tipo caudillista. En este sentido, la población estaba acostumbrada a vivir en medio del caos, los conflictos bélicos y los desplazamientos. Es decir, los revolucionarios estaban ya habituados a la violencia. Ni siquiera después de la toma del poder y el triunfo de la revolución, Mao cambió su modus operandi, ni dejó de emplear medios violentos. Es más: durante su etapa como líder y jefe supremo del Estado, utilizó la violencia como medio principal para resolver las llamadas “contradicciones”, es decir, los desacuerdos entre los revolucionarios y la sociedad en general, recurriendo constantemente a ella para eliminar a sus supuestos enemigos y consolidar su poder absoluto.
En opinión de Mao y sus camaradas, la revolución tenía que imponerse en tres frentes: el primero y el segundo eran, respectivamente, el Kuomitang y el ejército de ocupación japonés; el tercero tenía que ver con la necesidad de movilizar una y otra vez al ejército rural. El PCCh no tuvo más remedio que buscar apoyo en el campo, pero no porque estuviera convencido del potencial revolucionario del campesinado, sino porque, en comparación con otros grupos, este último era más fáciles de movilizar. Fue solo tras esta decisión cuando Mao se dio cuenta de su poder y también de que el ejército de campesinos que había formado era capaz de tomar decisiones importantes, muchas veces inmediatos, sobre el terreno. Perseguidos por el gobierno del Kuomintang, Mao y un ejército 1000 campesinos huyeron en 1927 a la región montañosa de Jinggangshan, en la provincia de Jiangxi, y ahí organizó su famoso Ejército Rojo[89]. Tres años después, en 1930, contaba con un contingente de entre 60 000 y 70 000 soldados[90]. Para capitalizar su presencia en el campo y canalizar el potencial del campesinado, el PCCh organizó soviets rurales en todas las aldeas en que tenía presencia[91]. En 1934, la campaña militar del KMT contra los comunistas había logrado tantos avances que Mao y sus camaradas tuvieron que replegarse más aún y huir de Jiangxi. De 1934 a 1936, en lo que se conoció como la Larga Marcha, unas 100 000 personas, de las que 85 000 eran soldados, se instalaron en las bases que el PCCh disponía en la región norteña de Shaanxi. En 1936, Mao señalaba que «en concreto, y especialmente en relación con las operaciones militares, cuando afirmamos que uno de nuestros principales recursos es la población de la zona lo que queremos decir es que hemos armado al pueblo»[92]. Con todo, la Larga Marcha fue desde todos los puntos de vista una aventura desastrosa y muchos terminaron abandonando o muriendo por agotamiento. Solo uno de cada diez alcanzó el norte tras un año de expedición[93]. Ahora bien, esa terrible experiencia no le impidió a Mao consolidar su liderazgo político y si lo hizo fue por sus dotes directivas y la valentía que mostró a lo largo de la aventura. Cuando concluyó en Yan’an, al norte, se había convertido en el líder político y militar indiscutible del PCCh[94].
Su arrojo a la hora de enfrentarse y declarar la guerra tanto al KMT como los japoneses, y su determinación a la hora de lanzar la revolución comunista, no hicieron más aumentar tras la expedición por el país. Por ejemplo, en 1937, escribía que «en la sociedad de clases resultan inevitables las revoluciones y las guerras. Sin ellas, no es posible acelerar el desarrollo social, ni derrocar a las clases dominantes y reaccionarias. Dicho con otras palabras, es imposible que el pueblo logre el poder de otra manera»[95].
Un año más tarde, el tema de sus discursos casi no había cambiado:
Tomar el poder por la fuerza, recurrir a la guerra, es nuestro principal objetivo y la forma suprema de hacer la revolución (…) No deseamos el conflicto bélico y queremos que termine lo más rápidamente posible, pero sabemos que una guerra solo puede concluir con otra y que es necesario empuñar las armas para ponerla fin[96].
LA INFANTERÍA REVOLUCIONARIA
Si, por una parte, los líderes inspiran y capitanean las revoluciones, por otra, los partidos se encargan de reclutar simpatizantes y de la tarea de movilizar a la población. La lucha armada lo que hace es precipitar y desencadenar el fin del régimen opresor, pero la victoria exige un ejército de infantería, es decir, un cuerpo dispuesto a tomar las armas, enfrentarse a las fuerzas gubernamentales y asumir las consecuencias. En todas las revoluciones planificadas que estamos estudiando —la rusa, la china, la vietnamita y cubana—, el contingente base estaba compuesto por campesinos o, al menos, era eso lo que se afirmaba. Sin embargo, la mayor parte de los líderes eran de origen urbano y de clases acomodadas, e incluso ricas. De hecho, desde una óptica histórica, los dirigentes de las guerrillas, tengan o no éxito en la conquista del poder, son casi siempre estudiantes o profesores de universidad[97]. Es cierto, sin embargo, que asumen su papel en nombre de los oprimidos y desposeídos, y que sus proclamas se dirigen a estos últimos colectivos, a los que pretenden ganarse para el movimiento. De hecho, en todas y cada una de las ciudades que han sido alguna vez escenario de luchas revolucionarias, existen enormes bolsas de pobreza y marginación. Ahora bien, lo que explica el interés de los revolucionarios por recabar apoyo en las zonas rurales es la escasa influencia que tiene allí el régimen al que se enfrentan. De ese modo, no es sorprendente que se lleven a cabo todo tipo de artimañas para incluir la “cuestión campesina” en el corpus ideológico de la revolución. En cualquier caso, no solo se hace hincapié en la importancia del campesinado, sino que se le idealiza, integrando con rapidez en la propia ideología revolucionaria su “sacrifico heroico”.
El empeño de los líderes por involucrar y movilizar a la clase campesina requiere, más que otros cometidos, una potente y eficaz maquinaria organizativa. Además de un campesinado esperanzado con las expectativas revolucionarias y, por tanto, dispuesto a comprometerse con la lucha, las revoluciones guerrilleras precisan de un ejército muy disciplinado, así como de cuadros capaces de diseñar una estrategia y coordinar al campesinado con el fin de hacerse, en última instancia, con el poder[98].
El éxito de las revoluciones campesinas depende directamente de su capacidad para involucrar al campesinado y la eficacia de este último es una de las condiciones necesarias de toda revuelta[99]. Con frecuencia, las acciones políticas espontáneas de los campesinos han sido las que han dado lugar a una batalla sin cuartel entre los que pretenden asumir su liderazgo y dirigir a las masas[100]. La interacción entre el campesinado y el líder, así como la habilidad de este último para comprometer al primero en la lucha y ampliar la base popular de la revolución, es lo que determina la viabilidad y el triunfo final del movimiento. Por el contrario, la falta de vínculos sólidos entre el líder y sus seguidores, especialmente en el caso de las revoluciones guerrilleras en las que la planificación y la iniciativa resultan determinantes, reduce considerablemente la probabilidad de la victoria[101]. Para que la guerrilla alcance finalmente su objetivo es necesario que pueda nutrirse una y otra vez de la savia de nuevos miembros y que mejore su organización, afrontando todas las dificultades que puedan surgir en su batalla contra el régimen.
Pero quienes, finalmente, se alzan con el liderazgo en los movimientos revolucionarios campesinos son normalmente individuos que no pertenecen a esta última clase social. Es más: por regla general, los que terminan por convertirse en dirigentes guerrilleros son miembros descontentos de la clase media, en la mayoría de los casos estudiantes e intelectuales con formación que viven en las ciudades. El desarrollo social, político y económico asimétrico transforma a los miembros de la clase media en potenciales revolucionarios, es decir, en el grupo que tiene más posibilidades de oponerse y enfrentarse a la situación en que vive el país a medida que aumenta su nivel educativo y conciencia social. Dado su alto de grado de sensibilidad al entorno, los movimientos revolucionarios están formados habitualmente por intelectuales de clase media. Son, por ejemplo, los estudiantes los que suelen formar parte de los colectivos revolucionarios[102]. Desde un punto de vista histórico, a veces la insatisfacción que aqueja a las élites más formadas de un país es lo que las obliga convertirse en auténticos revolucionarios profesionales. Este grupo de población se ha visto en la necesidad de establecer fuertes alianzas de carácter revolucionario con el fin de superar las divisiones sociales, étnicas y económicas, mostrando al mismo tiempo su capacidad para, en caso necesario, reemplazar al régimen en el poder[103]. Este estrato de la población encuentra generalmente en el campesinado al público que precisa, es decir, un colectivo dispuesto a seguirlo y a actuar según sus directrices.
Es fácil comprender la función tan destacada desempeñada por el campesinado si se tienen en cuenta las condiciones en que vive y que en el campo resulta más fácil movilizar contra el gobierno a la población. Ahora bien, en ello juegan también su papel las simpatías políticas e ideológicas de los propios líderes. Para empezar, la razón por la que los activistas que viven en las ciudades se sienten atraídos por el campesinado es de índole práctica, ya que con frecuencia los tentáculos del Estado no alcanzan a los pueblos o a aldeas más distantes. Este es el motivo por el que el campo se siente de alguna manera aislado y desatendido por las instituciones. A pesar del exhaustivo y amplio control que los Estados pretorianos ejercen sobre todas las esferas de la vida urbana, la mayoría presta escasa atención al campo. Lo más normal es que descuiden tanto el desarrollo económico de las zonas rurales, como su capacidad de organización política; tampoco se interesan por su pacificación. Incluso en los casos en los que se han realizado esfuerzos por movilizar políticamente a quienes viven en áreas rurales, los campesinos se encuentran fuera del radio de acción de las campañas o insignificantes programas lanzados por el poder. Lo cual, por decirlo así, deja un vacío que los líderes de la futura guerrilla aprovechan para recabar apoyos e involucrar a la gente. Por tanto, como no hay presencia del Estado, es fácil que los líderes revolucionarios logren seguidores. Pero también se suele magnificar el alcance de las acciones revolucionarias, incluso a pesar de que en algunos casos su importancia es meramente simbólica. Desde un punto de vista político, para la guerrilla, sobrevivir puede ser tan importante como ganar una contienda. Teniendo en cuenta las batallas a las que se enfrenta, que la guerra no concluya es ya un verdadero mérito[104].
Otra razón que explica la predilección de los líderes revolucionarios por el campesinado es su supuesta “pureza ideológica”. Debido a la distancia en que se encuentra respecto de los centros de poder, se imagina que no está contaminado por su ideología. El alejamiento del Estado explica también su desafección y la distancia hacia los valores que aquella encarna. Mao, tal vez el que primero en percatarse del potencial revolucionario del campesinado, llegó a sostener que el proletariado no era la verdadera “vanguardia revolucionaria”, sino que la formaban los campesinos, la “masa en blanco”, sin corromper por las ideologías burguesas de la ciudad[105]. Ahora bien, no solo se encuentra fuera del radio de acción de la clase política, sino que comparte con los revolucionarios unos mismos objetivos y una misma situación. Estos pretenden, sobre todo, aliviar la miseria y la injusticia, la pobreza y la explotación y suprimir aquellos que factores que, de un modo u otro, empobrecen la vida, especialmente en las zonas rurales. Todo esto, además de mostrar la sintonía entre la ideología revolucionaria y las condiciones objetivas del campo, haciendo posible el reclutamiento y la movilización de quienes viven allí, explica que las revoluciones planificadas se dirijan preferentemente a regiones rurales remotas. Existe, en definitiva, un estrecho vínculo entre, por un lado, la ideología y el mensaje revolucionario, y, por otro, la situación social del campo.
La unión entre los líderes, la organización guerrillera y la población campesina es una clave importante a la hora de determinar tanto el alcance como la eficacia de las movilizaciones. Una y otra dependen de ciertos factores, que pueden variar en función de la zona o estar vinculados a las cualidades de los propios líderes guerrilleros. Pero lo que resulta más determinante, en primer lugar, es si las clases dominantes controlan las fuentes de poder y, en segundo término, la naturaleza y extensión de las coaliciones y alianzas rurales, por no hablar de la capacidad de los líderes por proveer aquellos bienes y servicios que nadie puede dispensar. Es probable que en la mayoría de las regiones rurales, propietarios precapitalistas, aparceros y arrendatarios gocen de autonomía cultural, social y organizativa, y que sean, por tanto, independientes de las élites en el poder, a pesar de las tendencias localistas y tradicionalistas[106]. No es de extrañar que exista una suerte de resistencia innata frente a la hegemonía de las élites y una especial receptividad hacia mensajes ideológicos y grupos alternativos, naciendo ambas inclinaciones de la seguridad e independencia económica que los colectivos en el poder creen poseer frente a las clases rurales predominantes, como los grandes terratenientes y propietarios. La expansión del capitalismo y la posterior mercantilización de la sociedad agraria es otro de los factores que explican las tendencias rebeldes existentes entre la población campesina[107].
Las simpatías revolucionarias de esta última no son necesariamente más acusadas si aumenta la explotación como consecuencia de la difusión del capitalismo en el ámbito rural. Guardan relación más que nada con la ruptura de una serie “compromisos sociales previos” suscritos entre ellos y sus familiares y vecinos, lo que explica que dispongan de mayor flexibilidad e independencia para actuar con total libertad[108]. Mucho más relevante es el grado de control del gobierno sobre la región, tanto el directo, como el ejercido indirectamente por los propietarios de tierras que lo representan en la zona. En efecto, a la hora de cerciorarse del respaldo del campesinado y de la viabilidad de la lucha es crucial la concurrencia de circunstancias políticas favorables y, de todas ellas, la más destacada es un Estado débil.
Otro de los factores que determina el éxito a la hora de movilizar al campesinado es la capacidad de los líderes revolucionarios para dispensar bienes y servicios, reales o imaginarios. Las personas se unirán o no a los opositores dependiendo de las recompensas que obtengan, tanto a nivel individual como colectivo. Estas pueden ser emocionales —como, por ejemplo, el sentimiento de poder— o materiales[109]. Lo cierto es que los movimientos revolucionarios han logrado recabar mayores apoyos cuando se han mostrado más dispuestos a proporcionar bienes y servicios análogos a los que ofrece el Estado. La demarcación de “áreas liberadas”, a salvo del gobierno, y la prestación de servicios —educación, asistencia médica, un contexto de ley y orden, reformas económicas redistributivas, reducciones de impuestos…— garantizan la implicación del campesinado en el movimiento guerrillero. De hecho, los grupos revolucionarios son muy hábiles a la hora de obtener el apoyo de este último ofreciéndoles bienes y servicios que producen beneficios inmediatos entre la población, lo que suelen hacer antes de buscar comprometerla con la difícil tarea de derrocar al poder[110].
Estos bienes y servicios no tienen por qué ser necesariamente materiales. Para la mayoría de los campesinos y de los habitantes de zonas rurales, la participación en una guerrilla paramilitar representa una manera de escapar de las decepciones causadas por las condiciones en que viven, así como de encontrar un sentido y propósito para su existencia. Involucrarse en la revolución se convierte en un fin en sí, un modo de superar la impotencia que sienten, luchando por metas y principios más elevados. Mandar y obedecer, empuñar un arma o pelear para realizar sus sueños e ideales, es muchas veces la única manera del campesinado revolucionario, especialmente si es joven, para destruir los prejuicios sociales y dejar de ser ciudadanos de segunda.
Dada su renuencia a desviarse, aunque fuera levemente, de la ortodoxia marxista, quizá se puede decir que Lenin fue el que más dificultades tuvo a la hora de justificar su alianza con el campesinado. Por este motivo, apeló con frecuencia al campesinado con referencias continuas también a la clase trabajadora. Como indica uno de sus biógrafos, Lenin «improvisaba y actuaba tanto por instinto como por razones ideológicas. Su programa para el campo era poco convincente, pero se comprende su visión. Quería que el partido, cuando por fin cobrara existencia, no pasara por alto que el 85 % de la población del imperio estaba compuesta por campesinos»[111]. Lenin era, por tanto, muy consciente del poder y la capacidad revolucionaria del campesinado. Es lo que cabe deducir de un texto suyo, escrito en torno a 1905:
Hoy la cuestión del campesinado se ha vuelto crucial, no solo desde un punto de vista teórico, sino desde una perspectiva práctica e inmediata. Nuestra obligación es transformar las consignas generales destinadas al proletariado en llamamientos al campesinado revolucionario. Ha llegado el momento de que el campesinado avance y asuma su papel como creador de una nueva forma de vida en Rusia. La marcha y el desenlace de la gran revolución depende, en gran medida, de que contribuyamos a que el campesinado alcance conciencia política[112].
Pero conciencia solo podía ser canalizada y explotada en beneficio de la revolución si se lograba una alianza entre el campesinado y la clase obrera. «Camaradas campesinos, por favor, confíen en la clase trabajadora —escribió Lenin—, ¡y rompan relaciones con los capitalistas! Solo estrechando lazos con el proletariado se puede llevar a cabo el programa de poder [socialista]»[113]. El líder bolchevique señalaba que «los pequeños campesinos solo podrán liberarse del yugo de los capitalistas asociándose con el movimiento obrero, es decir, ayudando al proletariado en su lucha por la implantación del sistema comunista, y transformando la propiedad de la tierra, así como la de los demás medios de producción (fábricas, obras, maquinaria, etc.) en propiedad colectiva». Pensar que la salvación del campesinado dependía de la pequeña agricultura y de los pequeños capitalistas no haría más que retrasar el progreso social. Pero se engañaría al campesinado si se le hiciera creer que su suerte mejoraría bajo el capitalismo porque eso solo fragmentaría la unidad de la clase trabajadora, elevando a una posición privilegiada, y en perjuicio de los intereses colectivos, a una minoría[114].
Para Lenin, la unión entre el proletariado y los campesinos era indispensable para la victoria. Por sí sola, la clase trabajadora era demasiado pequeña y no disponía de los recursos necesarios para triunfar. Además, no contaba con la colaboración de la clase burguesa. Como escribió en una carta publicada en el periódico Pravda, en diciembre de 1917, la alianza entre proletariado y burguesía era desaconsejable porque «entre ellas existía una divergencia absoluta de fines». Por el contrario, entre trabajadores y campesinos, sí podía crearse «una auténtica alianza porque sus intereses no son tan diferentes. El socialismo puede lograr las metas de los ambos colectivos; de hecho, solo él puede hacerlo»[115].
Si para Lenin el campesinado podía prestar una ayuda inestimable a la causa obrera, según Mao y Ho Chi Minh era, en realidad, la única clase verdaderamente revolucionaria[116]. Para los dos, encarnaba la fuerza de la revolución, aunque hay que decir que esta era su concepción antes de alcanzar el poder; por tanto, cuando se percataron de que su base de operaciones debía ser instalada en el campo. Teniendo en cuenta la sociedad vietnamita de la época, compuesta casi en un 90 % de campesinos, el partido, en palabras de Ho, tenía la obligación de promover «la agitación política entre el campesinado» y «acuciarlo». Es decir, su función consistía en despertarles políticamente, organizarlos, estrechar vínculos entre ellos y «conducirlos a combatir valientemente por sus propios intereses, así como por los del país»[117]. Mao también mostró desde un principio el deseo de movilizar a las masas, lo que en su caso era lo mismo que decir el campesinado. «La guerra revolucionaria es una guerra de masas», escribió en 1934, y «solo puede librarse si se las moviliza y confía en ellas»[118]. El dirigente chino consideraba que «constituían el bastión de hierro», la auténtica fuerza de la revolución. A su juicio, el potencial revolucionario residía en «las masas, es decir, en los millones y millones de personas que sincera y genuinamente muestran su apoyo a la revolución»[119].
Los revolucionarios chinos, incluido Mao, eran conscientes de que el campesinado estaba estratificado desde un punto de vista económico. En este sentido, era necesario distinguir entre las condiciones en que vivía quienes no poseían tierras, los pobres, la clase media y, finalmente, los ricos. Por esta razón, en la primera etapa de la revolución, la mayor parte de sus contemporáneos pensaba que Mao había sobrestimado el potencial revolucionario del campesinado. Pero él mantuvo una inquebrantable confianza en su capacidad movilizadora e insurreccional.
En muy poco tiempo, en las provincias del centro, del sur y del norte de China, cientos de millones de campesinos se levantarán como un fuerte vendaval, como un poderoso huracán, una fuerza tan rápida e implacable que ningún poder, por grande que sea, será capaz de detener (…) Todos los partidos revolucionarios y todos los camaradas tendrán que comparecer ante los [campesinos], para ser juzgados, condenados o absueltos[120].
Se piensa que estas afirmaciones no eran más que frases hechas, destinadas a avivar los ánimos y atraer a un mayor número de simpatizantes. El periodista Edgar Snow, que tuvo la oportunidad convivir con el ejército de Mao y pasó a su lado este varios años, ofrece un testimonio similar: «El campesino chino no era pasivo», escribió tiempo después. «Ni cobarde. Sería capaz de pelear si se le enseñara cómo, si contara con una organización, con un líder, con un programa viable; si dispusiera, en fin, de armas y esperanza. Eso era precisamente lo que trataba de demostrar el comunismo chino»[121]. No debe sorprender que, como explica Snow, el comunismo tuviera tan amplia aceptación entre el campesinado. Algunas de las decisiones adoptadas por el partido, como la redistribución de la tierra, la introducción de técnicas agrícolas más eficaces o de mejores métodos organizativos, así como la participación de la mujer en el trabajo, eran medidas que gozaban de mucha popularidad entre la población campesina del gigante asiático[122].
Pero ningún revolucionario ha idealizado tanto la guerrilla como lo hicieron Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. Es evidente que los dos tenían plena conciencia de la decisiva función del campesinado y, de hecho, uno de los principales objetivos de la revolución cubana fue la reforma agraria. El Che llegó incluso a afirmar que «dejando de lado las importantes excepciones individuales que existen, incluyendo particularmente mi caso, el de Castro y el de la mayor parte de los miembros del movimiento, el núcleo de combate de la guerrilla debería estar compuesto por campesinos»[123]. Así, para congraciarse con el campesinado, Castro siempre resaltó los humildes orígenes del movimiento: «Nuestro movimiento es la organización revolucionaria de los humildes, por los humildes y para los humildes»[124]. De hecho, el ejército rebelde castigaba sin contemplaciones a los correligionarios que hubieran delinquido o transgredido ciertas normas. Se llegó a decretar ejecuciones sumarias para acabar con miembros del movimiento acusados de violación o traición. Según el relato ofrecido por el propio Castro, en dos años fueron fusilados una decena de infractores[125]. Con todo, hay que señalar que el enfrentamiento en Sierras no fue una guerra en sí campesina: la mayor parte de los que lucharon eran de origen urbano.
En su tratado sobre la guerra de guerrillas, el Che ofreció «tres lecciones fundamentales que debían aprender todos los movimientos revolucionarios de América»: La primera, que el pueblo puede ganar la guerra contra un ejército regular. La segunda, que «el foco [es decir, el pequeño núcleo central de revolucionarios] puede favorecer el desarrollo de las condiciones revolucionarias subjetivas a partir de las condiciones objetivas». Y, en tercer lugar, que las zonas rurales menos desarrolladas constituyen «el escenario principal de la lucha armada»[126]. Siguiendo la tradición de Mao Zedong y Ho Chi Minh, la guerrilla, para el Che, no era una simple asociación de combatientes armados.
En su papel de reformadores sociales, los guerrilleros no solo deben dar ejemplo con su propia vida, sino ofrecer orientación ideológica, explicar, cuando sea necesario, la teoría y dar a conocer sus objetivos. También han de utilizar lo aprendido durante el tiempo de guerra para fortalecer sus convicciones revolucionarias y radicalizar su punto de vista a medida que se impone el poder de las armas, a medida que el espíritu y la vida de la población local se convierte en parte de su propio espíritu y de su propia vida y, finalmente, a medida que toman conciencia de la necesidad de realizar muchos cambios, cuya importancia teórica tal vez hubieran entendido antes, pero cuya urgencia práctica con anterioridad todavía no comprendían[127].
Además de formar parte del entorno propio de la guerrilla, los combatientes tienen sus responsabilidades frente al campesinado local. Han de formarles ideológicamente y promover su radicalización, mostrándoles la utilidad de la lucha armada.
El guerrillero es, ante todo, un revolucionario campesino, que interpreta los deseos de la gran masa que trabaja en el campo y que es la verdadera propietaria de la tierra, de los medios de producción, de los animales, de todo aquello por lo que vive y muere[128].
Y continúa:
Hay que realizar un intenso trabajo entre la población local para conseguir que entiendan los motivos de la revolución, sus objetivos, y para difundir esta incuestionable verdad: que es imposible que el enemigo gane en su lucha contra el pueblo. Quien no esté convencido, no puede ser guerrillero[129].
Como fruto de todo ello, el Che terminó por idealizar la lucha del campesinado y la vida del guerrillero hasta extremos insospechados. Estaba absolutamente convencido de que, al existir leyes básicas que determinan el desarrollo de la guerra de guerrillas, era posible replicar en otros lugares de América tanto las condiciones como el éxito de la revolución cubana[130]. Tras desempeñar diversas responsabilidades en el gobierno posrevolucionario de La Habana —entre otros puestos, ocupó el de ministro de Economía (1960) y el de Industria (1961)— viajó al Congo Belga y, más tarde, ya en noviembre de 1966, a Bolivia, con objetivo de iniciar allí una revolución como la de Cuba. Menos de un año después, había muerto. De hecho, su última aventura revolucionaria estuvo llena de contratiempos. Ni él y ni el reducido grupo de revolucionarios cubanos que le acompañaba fue capaz de involucrar a la población en el movimiento. Al principio contaban solo con cuatro personas, aunque rápidamente llegaron a ser seis[131]. «De todo lo que habíamos planeado —escribía el Che— lo más difícil ha sido reclutar combatientes bolivianos»[132]. Las divisiones y los enfrentamientos entre los rebeldes cubanos, que, según explicaba el Che, debían situarse en la vanguardia, y los nativos, nunca se cerraron del todo[133]. En abril de 1967, solo un mes después de llegar a Bolivia, y aproximadamente seis meses antes de su captura y muerte, el Che no podía ocultar su desesperación:
Estamos completamente aislados; la enfermedad ha minado nuestra salud y nuestras fuerzas, menguando, en definitiva, nuestra eficacia (…) Todavía hemos de ganarnos el apoyo de los campesinos, aunque parece que, debido al terror que les produce el sistema, la mayoría se mantendrá seguramente neutral. Los apoyos vendrán más tarde. Hasta el momento no hemos podido atraer a nadie más, y al número de bajas, hemos de sumar ahora la de Toro [uno de los guerrilleros], muerto en la escaramuza de Taperillas[134].
Hay un factor que explica la reticencia del campesinado boliviano para enrolarse en las filas rebeldes: el ejército había estado muy activo en la región y contaba con infiltrados entre la población campesina de la zona. Además, había atacado brutalmente los lugares en que sospechaba que se ocultaban focos revolucionarios. Un mes más tarde, la situación era todavía peor:
El único alimento que nos queda es manteca de cerdo. El otro día me mareé y tuve que detenerme a descansar dos horas, antes de poder continuar la marcha. A pesar de todo, lo hice de un modo vacilante y lento. Y así hemos ido a lo largo de todo el recorrido. Tuvimos que comer sopa con manteca de cerdo en el primer pozo de agua que encontramos. Las tropas están enfermas y con edemas[135].
A finales de julio de 1967, reconocía que «la pérdida constante de hombres» era un «gran varapalo» y que el número de rebeldes no llegaba a veintidós[136]. Al cabo de un mes, hizo el último esfuerzo para obtener más apoyos:
Empiezo a perder el control; la situación cambiará, pero todos estamos juntos en esta empresa y quien piense lo contraría debería decirlo. Es el momento de las grandes decisiones. Tenemos la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, es decir, encarnar la forma más elevada a la que puede llegar la especie humana, y resurgir como hombres plenos. Quien crea que no está a la altura, debería decirlo y abandonar[137].
Finalmente, los campesinos a los que pretendía liberar traicionaron al Che y el ejército boliviano pudo capturarle. El 9 de octubre de 1967 fue asesinado[138].
CONCLUSIÓN
Las revoluciones, como todas las transformaciones sociales vertiginosa y extremas, se producen en un determinado contexto y en ciertas circunstancias. Solo en ocasiones excepcionales tienen lugar tras un largo proceso de maduración. Por ello, no es posible e predecir con exactitud sus desarrollo. En ellas hay pasión, pero su curso depende también de decisiones improvisadas que adoptan quienes luchan por cambiar las cosas. Es decir, nunca son perfectas. Nuestro caso no fue una excepción: cometimos muchos errores y pagamos un precio muy alto[139].
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