Читать книгу: «Años de mentiras»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Mayte Esteban

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Años de mentiras, n.º 266 - septiembre 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock y Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1348-655-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Para Aitana, por regalarme el día más feliz de mi vida

Prólogo

«Un viaje de mil millas comienza con un solo paso».

Lao-Tse

Madrid, primavera de 2016

Los jueves deberían estar prohibidos. El jueves fue el día dedicado por los romanos a Júpiter, el encargado de las leyes y el orden social, pero para Daniel Durán un jueves era todo lo contrario. Si repasaba su vida, siempre había uno en el que su biografía tomaba un rumbo imprevisto, en el que todo se desordenaba hasta lo insoportable. Los jueves, desde hacía mucho tiempo, despuntaban para Daniel con el sello del desastre rubricado en la espuma del primer café tomado deprisa por la mañana en la cafetería que había bajo su casa. Para él, los jueves amanecían marcados.

Había aprendido de ellos que, por mucho que pusiera todo su empeño, no se podía esquivar al destino.

La redacción de Vimar bullía esa mañana. El tecleo constante en los ordenadores se mezclaba con el sonido del televisor, que siempre permanecía encendido en un canal de noticias, y el de los teléfonos que no paraban de sonar. En cada mesa, los empleados se afanaban en su trabajo. Algunos, corrigiendo los textos de los libros que tenían una fecha de publicación a la que debían llegar sin retraso. Otros, concentrados en los artículos que les habían asignado para las revistas que debían cerrar la edición esa misma mañana. El tiempo corría más que los dedos sobre las teclas, así que no convenía perderlo. La daga de la fecha de entrega pendía sobre cada cabeza y ese día nadie se podía permitir el breve descanso de un café. El murmullo constante de voces apresuradas completaba la banda sonora de esa mañana en la cuarta planta del edificio del Grupo Editorial Vimar, situado en el centro de Madrid, a dos calles de la Gran Vía.

Daniel, sentado en su silla, era la excepción.

Daniel Durán no tenía nada que hacer y permanecía ocioso y en silencio frente a la pantalla de su ordenador. Su labor era cubrir los huecos, «apagar fuegos» como llamaban a lo que hacía en el argot de la empresa, y ese día no se necesitaban sus labores de extinción de incendios. Entretenía las horas que le quedaban hasta la salida leyendo artículos de otros compañeros, analizando su manera de expresarse al milímetro. En realidad, eso era parte de su trabajo, empaparse de la forma, averiguar cómo construían las frases para, llegado el momento, hacerse pasar por ellos. Daniel era el imitador, el que nunca firmaba nada porque su tarea era cubrir a quienes, por la razón que fuera, no podían entregar sus artículos a tiempo al cierre de la edición. Daba igual el tema, Daniel era hábil con las palabras, tanto que era capaz de hacer creer que lo sabía todo de cualquier cosa que le encargasen. Una simple búsqueda en Google, las frases elegidas con tiento, y el milagro estaba servido.

Esa mañana, su objeto de estudio era el estilo florido y barroco de uno de los redactores más antiguos, a quien tendría que sustituir en breve porque se pasaba más tiempo en consultas médicas que sentado delante de su pantalla. No le gustaba su manera de redactar, pomposa y enrevesada, pero era de los más fáciles a imitar porque repetía hasta la saciedad varias palabras y las frases siempre las hilaba en una secuencia de subordinadas que de pronto cortaba con una más breve para enfatizar la idea en la que quería poner el foco.

Pan comido para alguien como Daniel.

—¡Durán!

Daniel levantó la vista cuando su apellido se impuso por encima del sonido del televisor, el murmullo y los teléfonos. El grito salió de la boca de la directora, que se había plantado a su lado sin que se diera cuenta. Media plantilla dejó de teclear, expectante, y las voces se fueron apagando. El tono de Beatriz Álvarez, una mujer menuda y nerviosa de unos cuarenta años, no auguraba nada bueno y provocó que tragase saliva en un gesto inconsciente.

—Tú eres imbécil, ¿verdad?

La media plantilla que no parecía haberse inmutado con el primer grito dejó de inmediato lo que estaba haciendo para no perderse el espectáculo que se avecinaba. Beatriz, enfurecida, tiró el ejemplar de una revista encima de la mesa de Daniel, que la miraba sin comprender.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando?

Daniel la recogió. Era el número tres de una publicación infantil protagonizada por los personajes de una serie de dibujos animados de mucho éxito. Estaba abierta por la página en la que se explicaba cómo atarse los cordones, uno de los artículos que Daniel había entregado la semana anterior. No hizo falta mucho tiempo para que se diera cuenta de por qué le estaba gritando. Ahí, al lado del texto que explicaba con detalle los pasos a seguir —incluyendo una divertida disertación en la que los comparaba con las orejas de un conejito—, estaba el problema. En lugar de las fotos ilustrativas que había seleccionado para el artículo, aparecían una serie de gráficos con los datos de la venta de ebooks en el último año. Daniel empezó a ser consciente de lo que estaba pasando. La semana anterior había tenido que entregar los dos artículos, el de los cordones y el de la venta de libros electrónicos, y se había visto obligado a redactarlos casi de manera simultánea. En algún momento tuvo que intercambiar las imágenes de uno con el otro y el resultado de su despiste brillaba a todo color frente a sus ojos. La revista de niños había llegado a imprenta con las fotos equivocadas.

—¿Sabes el dineral que nos va a costar retirar toda esta mierda? —gritó Beatriz.

—Yo…

No fue capaz de decir ni una sola palabra. El poco más de metro sesenta de Beatriz pareció crecer de pronto, paralelo al volumen de sus quejas. Para cuando terminó de echarle la bronca, toda la redacción le estaba mirando, mientras aguantaba impertérrito la lluvia de palabras de ella, que más parecía una tormenta que una mujer.

—¡A mi despacho!

Los ojos azules de Daniel se abrieron en un gesto de sorpresa. ¿Para qué se lo llevaba a su despacho después del espectáculo al que le había sometido? En su mente solo cabía una opción: la de ser despedido. Se levantó despacio y siguió los rápidos pasos de Beatriz, intentando mantener una serenidad que se iba escapando de su cuerpo tras cada paso de ella. La humillación completaba la comitiva, siguiéndolo muy de cerca, y a ella se unió la mirada burlona de Darío Cifuentes, redactor de deportes.

Puto jueves.

Beatriz esperó a Daniel en la puerta y la cerró con un gran estrépito. Las estanterías de su despacho, en las que se acumulaban cientos de documentos y libros, temblaron casi tanto como Daniel, que solo podía pensar en que no le apetecía lo más mínimo volver a casa de sus padres. Sin trabajo, la posibilidad de seguir viviendo solo se esfumaba por segundos y se veía con treinta y seis años de vuelta a su habitación de niño. Beatriz caminó unos pasos para sentarse en su silla, mientras él seguía plantado en medio de la habitación, sin saber qué hacer.

—¿Te vas a sentar? —le ella preguntó, todavía con el gesto de ira que había lucido fuera.

No dijo nada ni hizo ninguna mueca. Se sentó, con la misma cara de quien está preparado para que le lean su sentencia de muerte, a esperar la segunda parte de aquella mañana que se había vuelto gris de pronto. Aunque estuvieran a mediados de marzo y la primavera se hubiera empeñado en hacer acto de presencia en las calles, Daniel sintió el frío del invierno dentro de él.

—¿Sabes lo que cuesta retirar una edición? —le preguntó desde su silla.

—Sí, y lo siento.

—Ya, ya sé que lo sientes, pero con sentirlo no se arregla nada. Deberías haber estado más atento a lo que hacías. Durán, es la tercera vez que cometes un error este año. Los dos anteriores logré detectarlos antes de que fuera un desastre, pero esta vez te has pasado.

Daniel la miró muy serio, dispuesto a ofrecerle una disculpa más antes de la salida más digna que se le ocurría: dimitir. Para él, aquellos no eran días fáciles y Beatriz llevaba razón, había cometido errores desde principio de año, pero también era verdad que siempre trabajaba a contrarreloj, haciendo malabares con las palabras. No era libre de poner lo que le viniera en gana, tenía que tener en cuenta el estilo de la persona a la que suplía, algo por lo que el resto de los trabajadores de aquella redacción no se veía condicionado. Una mierda se mirase por donde se mirase, pero era para lo que le habían contratado. Antes de que le diera tiempo a abrir la boca, Beatriz mutó el gesto y sonrió, componiendo uno poco acorde con el clima de tensión que se había creado.

—¿Me vas a despedir? —preguntó Daniel, con el miedo atenazándole el estómago y la confusión por su sonrisa prendida en la mente.

El semblante de Daniel, a pesar de todo, permaneció tan neutro como el tono de su voz.

—¿Despedirte? Tú eres idiota. Nadie en esta maldita redacción sabe hacer lo que haces tú. Nadie es capaz de imitar a otro sin que se note, no quiero deshacerme de ti porque me salvas el culo más veces de las que estoy dispuesta a admitir.

—¿Y entonces? ¿A qué ha venido todo esto?

—Ahora, cuando salgas ahí, actuarás como si la hubieras cagado. Te voy a mandar a casa con unos días libres para que reflexiones.

Daniel no entendía nada. La actitud de Beatriz se había relajado y no parecía, ni de lejos, tan enfadada como minutos antes. Sus palabras añadían un extra de confusión a la que ya había sentido al entrar. La directora de Vimar se levantó y cerró las persianas venecianas, para darle privacidad al cubículo que tenía como despacho. Muchos de los redactores, a pesar de las prisas, no dejaban de mirar lo que estaba sucediendo allí.

—Tenemos que hablar de algo, pero no quiero que nadie ahí fuera ni siquiera sospeche de qué se trata —dijo, volviendo a sentarse en su sillón ergonómico.

Mientras se movía hacia los lados en su cómoda silla de trabajo, le lanzó otro ejemplar de la revista infantil que estaba encima de su mesa. Daniel la recogió, sin saber muy bien dónde quería ir a parar su jefa. A una indicación de ella, la abrió y buscó el artículo de los cordones. Allí, junto al texto que había escrito unos días antes, las coloridas ilustraciones de unas zapatillas apoyaban las explicaciones. Tal y como él creía que las había mandado.

—Cometiste el error, pero me di cuenta al revisar tu trabajo. Esa revista es la que se pondrá mañana a la venta, no la que te he enseñado. Esa he mandado que la impriman aparte porque la necesitaba para traerte aquí.

—¿Y no hubiera sido más sencillo sin darme el susto que me has dado? ¿O sin humillarme delante de todo el mundo? —preguntó.

Estaba enfadado con ella, pero no dejó que lo viera en su tono. Si algo hacía Daniel bien, además de imitar a otros escribiendo, era no mostrar lo que sentía frente a nadie.

—No, no lo hubiera sido porque lo que tengo que pedirte tiene que mantenerse en secreto y para ello necesito que los demás piensen que la has cagado y que por eso vas a irte a casa unos días. ¿Me puedes explicar esto?

Beatriz giró la pantalla de su ordenador para que Daniel pudiera verla. Allí, un correo electrónico ocupaba toda la superficie.

—Lee —le animó.

Daniel leyó las dos líneas que componían aquel correo dos o tres veces antes de atreverse a separar los ojos de la pantalla:

Cita a Daniel Durán en casa de Elsa dentro de unos días, necesito hablar con él. Muchas gracias, Beatriz.

Alejo Novoa

—¿Cómo has conseguido ponerte en contacto con él? —preguntó la directora.

—Pues… le mandé un correo electrónico al email que tiene para que le escriban sus admiradores.

A la directora de Vimar la explicación le resultó insuficiente.

—Alejo Novoa no ha contestado a nadie en toda su vida. ¡Daniel, no me contesta ni a mí! Llevo años suplicándole una entrevista para una de nuestras revistas y siempre he recibido lo mismo: silencio. ¿Se puede saber cómo te las has arreglado para que quiera hablar precisamente contigo?

El redactor se encogió de hombros. No le parecía que hubiera hecho nada excepcional.

—He escrito a ese correo incontables veces, pero a mí tampoco me ha contestado, si te sirve de consuelo. De hecho, esta vez, si no me equivoco, te ha contestado a ti.

Beatriz le miró muy seria. Dio la vuelta a la pantalla y volvió a leer el escueto correo de Alejo Novoa. Daniel estaba en lo cierto, no le había escrito a él, sino a ella. No se había puesto en contacto con él, sino con la directora del grupo para el que él trabajaba.

—Bueno, ahora eso es lo de menos —le dijo—, lo que quiero saber es qué has hecho en concreto para conseguir llamar su atención hasta este punto.

Él volvió a negar con la cabeza.

—Llevo meses mandándole correos. Le consulto dudas, le hago preguntas que me acabo contestando yo solo, porque nunca me ha respondido. Hace mucho que estoy escribiendo un ensayo sobre él. Quería que participara de alguna manera en este proyecto. Ya sé que parece de locos, pero escribirle, aunque a él le resbalase lo que yo le contaba, se convirtió en un estímulo para mí.

Beatriz tamborileó los dedos contra la pulida superficie de su mesa. El que ella estuviera en medio de la petición de Alejo era algo que le había parecido caído del cielo. No era mujer de desaprovechar oportunidades, así que decidió sacar alguna ventaja de aquello. Abrió ligeramente el cajón de su mesa y se quedó mirando un pequeño objeto que llevaba unos días guardado allí. Esperaba no tener que llegar a usarlo.

Cerró el cajón.

—Vamos a hacer una cosa —le dijo a Daniel, apoyando los codos en la mesa y aproximándose a él—. Como Alejo ha querido que sea yo quien te ponga en contacto con él, tengo un encargo que hacerte. Un justo quid pro quo.

—¿Un encargo?

—Por supuesto. Quiero que le hagas una entrevista para mí y, de paso, que le convenzas para que nos dé la publicación de una novela.

Daniel estuvo a punto de entrar en shock por segunda vez aquella mañana. Alejo Novoa era un escritor de culto que llevaba casi treinta años retirado del mundo editorial. No había concedido nada más que media docena de entrevistas en su vida, a principios de los ochenta, y en ninguna apareció ni siquiera una foto. Desde hacía muchos años era público que había decidido no escribir nada más. No entendía por qué Beatriz pensaba que entrevistarlo y convencerlo de que les diera la publicación de una novela era algo que podría hacer él, por mucho que el escritor quisiera verlo y hubiera sentido curiosidad por sus preguntas.

—No ha querido saber nunca nada de periodistas de renombre, pero por alguna razón tú le has caído bien. Eres el hombre perfecto para conseguirlo. Por supuesto, le dirás que todo lo que sepas de él, su dirección, su vida personal, todo, te lo guardarás para ti. Oficialmente seguirá desaparecido, como siempre ha querido estar.

—Me has dicho que, además, quieres que le convenza para que nos venda una novela. Eso… eso es imposible y los dos lo sabemos —alegó Daniel.

—En esta vida solo es imposible lo que queremos que lo sea. Irás a esa cita y me traerás ese libro. Tienes seis meses para lograrlo.

—¿Y si no quiero?

—¿Por qué no ibas a querer?

Beatriz se temía aquello. Daniel Durán no se caracterizaba precisamente por ser un hombre ambicioso.

—No tengo ninguna necesidad de tener relevancia alguna. No te niego que me apetecería conocer a Alejo Novoa y hablar con él, pero no tengo interés en esa entrevista. Si él quiere seguir desaparecido, yo lo respeto. No a todo el mundo le gustan los focos.

Daniel se levantó de la silla, dando por finalizada la entrevista con Beatriz. Ella emitió un suspiro profundo. Al final iba a tener que hacer uso de sus recursos.

—Si no lo haces, te irás. Tú decides si quieres seguir trabajando o te buscas otro empleo, pero ya sabes cómo están las cosas. Creo que tienes una hipoteca que pagar que además compromete la casa de tus padres. ¿Vas a dejarlos también a ellos en la calle?

Abrió la boca para replicar a Beatriz, pero no fue capaz. No entendía cómo había averiguado lo de la hipoteca, pues estaba seguro de que no había compartido esa información con nadie. Era algo que en su momento no le pareció mala idea, pero a medida que la crisis había hecho mella en su economía le quitaba el sueño por las noches. Si no pagaba, no solo perdería su piso, sino la casa que sus padres habían logrado tener en propiedad después de toda una vida de sacrificios.

No era algo con lo que se pudiera jugar a la ligera.

—Daniel, piénsalo —dijo Beatriz—. No es la única información tuya que manejo.

Cuando Daniel salió del despacho, el color había abandonado su rostro. Recogió la mochila donde guardaba su portátil y se marchó de la redacción. Darío Cifuentes se aproximaba al despacho de Beatriz y le dedicó una sonrisa de satisfacción mal disimulada.

La directora, en su silla, se estremeció. El aplomo que había mostrado se esfumó en el mismo instante en el que Durán cerró la puerta. Lo que le acababa de proponer era un despropósito total, una empresa que ni ella misma estaba segura de que se pudiera llevar a cabo, pero no le había quedado más remedio que hacerlo. Ella también tenía una fecha que apuntaba a su cuello y una reunión de accionistas en menos de medio año que iba a rebanárselo si no hacía algo pronto.

No estaba segura de que lo que se le había ocurrido fuese una buena idea. Cruzó los dedos de manera imaginaria para que así fuera, para que nada se torciera por el camino.

—¿Puedo pasar? —preguntó Darío Cifuentes, cuando ya tenía medio cuerpo dentro del despacho.

Beatriz suspiró. Si creyera en los augurios, se habría puesto a temblar al ver al redactor de deportes.

Para ella era cualquier cosa menos un amuleto de la buena suerte.

De camino a casa, Daniel no podía dejar de pensar en el encargo tan extraño que había recibido. Alejo Novoa era toda una celebridad rodeada de secretos. Su única obra, El hombre inconstante, suponía el mayor éxito editorial de las últimas décadas en España y el Grupo Vimar tenía todos los derechos sobre ella. Las ediciones y reediciones que se habían impreso de la novela eran incontables, era materia de estudio en institutos y universidades y el Poeta, el personaje principal, tenía tanta fuerza que más de un escritor lo había utilizado como referencia en sus textos.

La vida de Alejo Novoa era un misterio. No había una sola fotografía, no tenía presencia en las redes sociales —salvo algunos perfiles hechos en su honor que reproducían sus frases con insistencia en Twitter— y de él solo se conocía una breve biografía que afirmaba que había nacido en la década de los cuarenta en Palencia. Con el éxodo rural de los sesenta, cuando no era más que un adolescente, se trasladó a la capital con sus padres y, a partir de ese momento, lo único que se sabía era que en 1984 había publicado su libro en una pequeña editorial. El éxito fue instantáneo y arrollador, tanto que la editorial recaudó beneficios enormes que se invirtieron en convertirla en uno de los grupos referentes durante el final del siglo XX y la primera década del XXI.

Se rumoreaba de todo sobre Novoa. Que se había retirado enseguida porque no soportaba el éxito. Que había enfermado de gravedad y permanecía postrado en una cama. Que, deprimido, había muerto de una sobredosis de tranquilizantes y sus herederos, de los que tampoco se tenían datos, no habían querido informar de ello… Como quiera que fuese, todo lo que le rodeaba eran hipótesis y que hubiera querido ponerse en contacto con él le parecía tan extraño como sorprendente.

Daniel había leído varias veces la novela. Le parecía que, en sus escasas doscientas páginas, Alejo Novoa había sido capaz de diseccionar el alma humana de una manera magistral, haciendo gala de unos recursos narrativos tan sencillos que parecía increíble que lograsen el impacto que tenían en el lector. Las palabras latían en cada línea, acompasándose al corazón de quien se acercaba a ellas. Sacudían su conciencia y despertaban los pensamientos con la facilidad de la que solo es capaz alguien que siente mientras escribe.

Daniel tenía mil preguntas para hacerle. Beatriz no lo sabía, no podía saberlo porque nunca hablaba con ella, pero él había estudiado el estilo de Novoa, llegando a la conclusión de que era tan sencillo y tan único que él sería una de las pocas personas que se escaparían a su capacidad de imitar. No era tanto la forma, sino el pulso entre las líneas, esa frontera invisible que separa lo genial de lo prescindible, lo que transmitía las emociones que se habían convertido en universales. Lo no escrito tenía mucho más valor en El hombre inconstante que las palabras mismas.

Mientras introducía las llaves en la cerradura de su puerta, soltó un suspiro de alivio. Gracias a Dios no tenía que imitarlo, Beatriz le había pedido que lo entrevistara y, aunque le parecía un reto complicado —¿qué iba a preguntarle que no sonase vacío?— no lo era tanto como que se le hubiera ocurrido que tenía que emular al inimitable. La otra cuestión, convencerlo de que les vendiera una novela, le parecía una quimera, pero prefirió no pensar en ello de momento. Su jefa estaba loca si pensaba que él sería capaz de persuadir al escritor para que volviera si no lo había hecho nadie en todos esos años.

Dejó sus cosas en la entrada de la casa, se descalzó y fue directo a abrir su correo. Beatriz le había dicho que en él encontraría la dirección donde tenía que presentarse sin falta al día siguiente, a las nueve de la mañana. La cita no era lejos: una casa en las afueras de El Escorial, a apenas tres cuartos de hora en autobús desde donde vivía.

Tenía muy pocas horas para tomar una decisión.

Fue a la estantería y cogió la novela para releer algunos de sus pasajes. Uno de ellos elegido al azar hablaba de la familia. El último refugio. Lo único que quedó en pie tras la tormenta. No podía consentir que lo perdieran todo por su culpa. Localizó una libreta y comenzó a apuntar las preguntas de la entrevista.

El autobús interurbano dejó la AP-6 para tomar el desvío a El Escorial. Continuó por la carretera de dos carriles hasta San Lorenzo y Daniel se bajó en la parada que le indicaba el mapa que Beatriz había incluido en el correo. Desde ahí, con el papel donde tomó notas como referencia, siguió caminando unos metros hasta encontrarse con la casa. Miró el reloj que llevaba en la muñeca derecha y constató que eran las nueve menos un minuto. La puntualidad era una de sus virtudes, así que se entretuvo unos segundos hasta que llegó la hora exacta. Se infundió valor con varias inspiraciones y, con el dedo sudoroso por los nervios que le provocaba pensar que iba a conocer a Novoa, apretó el timbre. Se le hizo eterno hasta que la puerta del portal emitió un zumbido que indicaba que había sido abierta. Ni siquiera le habían preguntado quién era por el portero automático, señal de que había alguien esperando su visita. Tan inquieto como si estuviera a punto de realizar un examen en el que se jugaba su futuro, algo que tampoco era tan descabellado pensar dadas las condiciones que le había impuesto Beatriz para conservar el empleo, enfiló los escalones. Con calma. Tomándose su tiempo entre uno y otro, guiado por la incertidumbre de lo que le esperaría al otro lado de ese segundo piso en el que le habían dicho que le esperaba el escritor.

No tuvo dudas sobre la puerta que debía elegir. Permanecía entreabierta, esperando que la atravesara. Sin embargo, Daniel no se decidía. Pensó en decir un «hola» a modo de saludo, una palabra cualquiera para indicar que había llegado hasta allí, pero estaba seguro de que la voz le temblaría. Alejo Novoa imponía, y no porque lo hubiera visto alguna vez. Imponía todo lo que transmitía a través de su novela, confiriéndole en la mente de Daniel un aura de superhombre que intimidaba su voluntad. Tanto que casi se asustó cuando una anciana, que debía de rondar los ochenta años, terminó de abrir.

—Supongo que eres el periodista —le dijo.

—Sí —contestó Daniel, carraspeando mientras buscaba un tono de voz que indicase una seguridad que no sentía ni de lejos—. Daniel Durán, encantado.

Le tendió la mano a la mujer, que la agarró para estrechársela sin dudarlo. Sus largos dedos, envejecidos casi más que el resto de su cuerpo, transmitían una calidez que no esperaba. La sonrisa en el rostro le invitó a traspasar el umbral.

—Yo soy Elsa —le dijo—. ¿Has desayunado?

—Sí, no se preocupe —contestó.

Supuso que quedarse plantado en el rellano le haría quedar como un idiota, así que la siguió.

—Bueno, pero un café no me lo rechazarás, ¿verdad?

El penetrante aroma a café recién hecho los guio hasta la cocina. Atravesaron un largo pasillo que distribuía las habitaciones a ambos lados. Todas las puertas, incluso la del baño, estaban abiertas excepto una. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, se encontraba parado en la cocina. Elsa había preparado de antemano dos tazas encima de la mesa blanca y le invitaba a sentarse frente a ella.

—Así que eres el hombre al que ha hecho venir Alejo.

—Sí.

—Y tu nombre es Daniel Durán —continuó Elsa.

—Puede llamarme Durán. Nadie usa Daniel.

Se ahorró decirle que hacía mucho que tampoco intimaba con la gente lo suficiente como para que alguien se plantease llamarle otra cosa que no fuera Durán. Sus padres eran casi los únicos que se dirigían a él por su nombre.

—Yo te llamaré Daniel, entonces. Bien, vayamos a lo que nos interesa. Alejo Novoa quiere saber de ti, tus correos han despertado su curiosidad y, créeme, eso no sucedía con nadie desde hace mucho, mucho tiempo. Pero, además, Beatriz está empeñada en que le hagas una entrevista.

—Eso me ha dicho.

—Los dos sabéis que nunca las concede, ¿verdad? —preguntó Elsa, sin dejar de mirarle a los ojos.

Le intimidaba la seguridad que emanaba aquella mujer menuda, pero se mantuvo en una pose de aparente serenidad. Se irguió un poco en la silla.

—Yo estoy seguro de ello, pero ella no lo entiende y es lo que pretende.

—¿Qué relación tienes con Beatriz?

Daniel no esperaba una pregunta como esa. Elsa, sin decirlo, le estaba preguntando si tenía algún tipo de relación personal con la directora del grupo editorial, y en cierto modo entendía que ella se lo preguntase.

—Es mi jefa. Nada más —contestó.

Elsa se quedó mirando a Daniel. De piel y pelo morenos, sus ojos de un intenso azul eclipsaban su aspecto descuidado al vestir. Una barba corta ocultaba sus rasgos y Elsa se preguntó por qué la llevaría; en muchos hombres la barba aporta personalidad a rostros anodinos, pero en Daniel lograba el efecto contrario, ocultar un rostro que parecía hermoso.

—Beatriz sabrá por qué cree que tú puedes convencer a Alejo de algo que nadie ha sido capaz en décadas. Y él sabrá qué es lo que le has dicho para despertar su curiosidad hasta el punto de que estés hoy aquí, pero… Bueno, supongo que siempre hay razones para que las cosas sucedan cuando tienen que suceder y no antes o después. Ella piensa que tú eres el adecuado y… Por cierto, disculpa, te estoy tuteando. Me resulta muy complicado emplear el usted cuando la persona que tengo frente a mí es tan joven. Ya que estamos, yo también me sentiría más cómoda si me tuteases. Vamos a tener largas conversaciones de ahora en adelante.

Elsa quitó la tapa del azucarero y se sirvió tres cucharadas generosas. Teniendo en cuenta el tamaño de la taza, ahí había casi más azúcar que café. Sin preguntarle, la mujer puso dos cucharadas en el suyo. Daniel no se atrevió a decirle que siempre lo tomaba amargo.

—Lo primero que debes saber es que no verás a Alejo.

—Pero ¿entonces para qué me ha hecho venir? —preguntó, perplejo.

—No se encuentra en condiciones de recibir visitas, pero yo sí. Todo tu contacto con él será a través de mí. Soy la persona que mejor lo conoce, en quien más confía y con la única que habla desde hace muchos años.

—¿Y cómo voy a hacer la entrevista entonces?

—Me pasarás el cuestionario y yo le trasladaré tus preguntas. Después, te daré a ti sus respuestas.

Aquello le pareció todavía más rocambolesco que cuando Beatriz le había planteado el reto. Sin el escritor presente, no tenía ningún sentido que estuviera sentado en aquella cocina, tomando café con una jubilada a la que acababa de conocer. Ni siquiera estaría seguro de estar entrevistando al escritor. Se atrevió a sugerir las dudas que planeaban por su mente.

—Podría haber mandado un correo con el cuestionario y sería lo mismo —dijo.

—No, créeme, no sería lo mismo. No es igual dejar que otro hable frente a ti que leer las respuestas que te manda, que podrá reescribir las veces que quiera. De este modo la entrevista será más auténtica.

—Pero no se la haré a Novoa, sino… a usted.

—Lo conozco mejor que nadie y hablaré primero con él, te reproduciré lo que me diga palabra por palabra.

—¿Y si a Beatriz no le vale?

—Le tendrá que servir porque de otro modo no hay trato.

Daniel se revolvió en la silla. Beatriz no le podía haber asignado algo normal, no. Le tenía que haber dado aquello, una mierda muy grande porque le sonaba a estafa por los cuatro costados. Solo daba gracias porque no le obligaría a firmarlo. Si se descubría que nunca había hablado con el escritor, su prestigio como periodista quedaría por los suelos. No es que lo tuviera, pero al menos quedaba la duda de si era bueno o no hasta que pudiera demostrarlo.

Le quedaba pendiente exponerle el otro tema que le había llevado hasta la sierra, conseguir ese libro en el que había puesto su empeño Beatriz. Estaba seguro de que era un imposible, pero tampoco quería demorar mucho planteárselo a aquella mujer resuelta que tenía frente a él. Si se negaba, podría marcharse a su casa en ese mismo momento, decirle a Beatriz que había sido imposible y asunto resuelto. No sería culpa suya que la señorita Álvarez no consiguiera lo que pretendía.

—Beatriz quiere más, una novela nueva de Novoa. La entrevista me temo que solo es el camino para llegar a él y convencerlo. ¿Cómo voy a hacer eso si ni siquiera lo veo?

Esperó una negativa de la mujer, que se escandalizara ante la osadía que le estaba proponiendo. Se preparó para un «no» rotundo al que seguiría un educado «muchas gracias por el café, encantado de conocerla». Se levantaría y volvería a Madrid, a su casa, donde trataría de olvidar la ocurrencia de Beatriz mientras buscaba otro empleo. Porque estaba seguro de que ella le presentaría de inmediato el despido.

—Tendrás que convencerme a mí para que yo lo convenza a él.

Daniel posó sus desconcertados ojos sobre los de Elsa, olvidándose de contener una emoción dentro de él. Durante unos instantes se preguntó si aquello que estaba viviendo no sería más que un extraño sueño. ¿Qué hacía allí si ni siquiera tendría acceso directo a Alejo Novoa? Beatriz le había asegurado que tenía un contacto, pero una mujer mayor que abría la puerta sin preguntar quién llamaba no le parecía alguien de quien fiarse demasiado. Era verdad que toda ella transmitía una seguridad pasmosa, que en sus ojos claros, de un color que en otro tiempo pudiera haber sido azul, pero que ahora se diluía en matices de gris, había una resolución que no había visto en mucha gente. Eso no garantizaba que no le estuviera tomando el pelo ni que aquella historia de la entrevista fuera cierta. Podría ser un simple delirio derivado de la edad. Un engaño en el que había caído su jefa y que lo arrastraba a él.

Tuvo la tentación de pellizcarse para comprobar que estaba despierto, pero lo cambió por un sorbo de café dulce. Decidió que ya estaba bien de pensar, que tenía que empezar preguntando más si quería aclarar todos los puntos oscuros de aquella historia.

—¿Novoa tiene una novela escrita? —preguntó.

—Bueno… puede decirse que sí —contestó Elsa, mientras se llevaba su café a los labios.

Hizo un gesto de desagrado y devolvió la taza a la mesa para ponerle más azúcar. La cucharilla resbaló de sus dedos y la mitad del azúcar que contenía se perdió entre la mesa y el plato.

—¿Qué significa «puede decirse»? —preguntó Daniel.

—Significa que lo principal está, el armazón de esa novela. La trama está escrita, los personajes perfilados, el final… Todo lo importante.

—¿Va a escribirla ahora? ¿Cuántos años tiene?

—Muchos, es cierto, y quizá no tenga los reflejos de la juventud, pero la idea es buena y es posible que de ella salga el best seller que está buscando Beatriz.

—¿Y por qué va a aceptar su petición si no lo ha hecho en todos estos años que llevan reclamándole una novela?

—Eso, si me lo permites, no te incumbe.

Daniel se sorprendió. Beatriz era una mujer de carácter, capaz de poner en un aprieto a alguien como él, que la sobrepasaba en altura al menos veinte centímetros, pero de ahí a lograr convencer a alguien como Novoa, que llevaba toda la vida escondiéndose, iba un mundo. No se imaginaba qué clase de deuda podían tener entre ambos para que él aceptase volver a escribir.

—Está bien, no necesito saber nada —dijo, pensando que, cuanto antes empezase, antes acabaría—. Le daré las preguntas y mi teléfono, y esperaré a que haya hablado con él para venir a por las respuestas.

—No hemos terminado de hablar de la novela de Alejo. Tú mismo has llegado a la conclusión de que la entrevista es solo una excusa para convencerlo.

—Pero me ha dicho que tiene la base. Supongo que si acepta se pondrá a escribir.

—No has hecho nada para convencerme de que le convenza —dijo Elsa.

—Es que no sé qué puedo hacer yo —contestó confundido.

—Si estás aquí es porque Beatriz cree que tú eres el único capaz de hacer esto, de llegar a Alejo. Y en eso, querido, empiezo a estar de acuerdo con ella. Hay algo en ti que me recuerda mucho a él. Déjame esas preguntas que has traído para él y vuelve mañana a la misma hora.

—Pero, ¿cuál es mi papel?

—Todo a su tiempo, Daniel. Todo a su tiempo.

Elsa se levantó de la silla y él hizo lo propio, siguiéndola de vuelta por el pasillo hasta la salida. Volvió a fijarse en las habitaciones y dedujo que aquella de la puerta cerrada no podía ser más que un dormitorio. Quizá era allí donde se escondía Novoa del mundo.

En el autobús de vuelta a Madrid, a Daniel empezó a dolerle la cabeza. ¿Qué demonios tenía él de particular? ¡Nada! Él era un cualquiera. Menos que un cualquiera, era el último de la redacción, el hombre que nunca firmaba nada, un ser invisible sin apenas contacto con el resto. Un hombre asocial que hacía años que solo se relacionaba de manera superficial con el resto del mundo.

Todo aquello era una puñetera locura, pero quedarse sin trabajo lo era aún más. Sus padres no se merecían que les fallase de nuevo, no ahora que había logrado que volvieran a confiar en él. Nunca había sentido que alguien le tuviera más cogido por los huevos que Beatriz Álvarez.

La odió.

Capítulo 1

«El nombre exacto de las cosas».

Juan Ramón Jiménez

Una fina lluvia recibió a Daniel al bajar del autobús. Se subió el cuello del abrigo, agachó la cabeza y enfiló a buen paso el camino a la casa de Elsa. No estaba lejos, pero aun así no pudo evitar llegar empapado. Esta vez no dudó al apretar el timbre, animado por lo desapacible del día, que no invitaba a quedarse ni un minuto en la calle. Dos minutos después seguía a Elsa por el pasillo hasta la cocina. A medida que iban superando las puertas, Daniel fijaba en su memoria algunos detalles de la casa. No quería mirar con descaro, solo se permitió un rápido vistazo. En el salón pudo distinguir una librería que ocupaba por completo una de las paredes. El baño tenía una ducha. Uno de los dormitorios contaba con una gran cama cubierta con una colcha blanca y varios cojines. El otro, una cama individual y algunos juguetes de niña pasados de moda. La última puerta, como en su visita anterior, seguía cerrada.

Elsa le invitó a sentarse en cuanto llegaron a la cocina. Tenía preparada la mesa y sin preguntar le sirvió un café con dos cucharadas de azúcar mientras él colgaba el abrigo en la silla y se sentaba. Después, se quedó mirándolo, tal vez esperando que empezase a hablar. Si había algo que a Daniel se le daba mal era iniciar un contacto con otro ser humano. Tuvo que ser ella quien deshiciera el silencio.

—Bien, supongo que estás decidido a hacer esto, ya que has venido a buscar tus respuestas. ¿Te parece bien que empecemos?

—Sí, claro.

Sacó el teléfono móvil del bolsillo y se preparó para buscar la función de grabar. Elsa, con suavidad, posó su mano encima de la de Daniel.

—Nada de eso. Escucha simplemente.

—Pero puede que si solo escucho pierda parte de la información. Grabar esta entrevista me facilitará el trabajo —protestó él.

—Estoy segura de que recordarás lo que te tengo que decir.

Él no estaba tan convencido, pero tampoco era un hombre que discutiera las cosas, así que volvió a guardar el teléfono en el bolsillo. Ni siquiera se molestó en silenciarlo. Eran tan pocas las veces que sonaba que le parecía imposible que fuera a ser, precisamente en ese momento, cuando decidiera mutar su costumbre.

—Vamos a empezar por tu primera pregunta —dijo Elsa.

Daniel la recordaba. El hecho de que Novoa fuera tan esquivo con todo el mundo, que hubiera sido capaz de permanecer escondido tantos años, le condujo a ella cuando empezó a redactar el cuestionario.

—¿Alejo Novoa es un seudónimo?

Elsa aplazó su respuesta y a cambio le regaló una sonrisa. Durante un instante, Daniel tuvo la sensación de que le iba a dar un sí.

—¿Sabes la importancia que tiene un nombre? —le preguntó Elsa.

—No entiendo.

—Te voy a contar una historia, la misma que Alejo me contó cuando le transmití tu pregunta.

Revolvió el café con la cuchara y tomó un pequeño sorbo antes de volver a depositar la taza en el plato. Durante unos momentos, el choque de la loza con la cucharilla fue el único sonido que se escuchó. Parecía que a su alrededor el mundo se había detenido, esperando las palabras de Elsa.

—Cuando era un niño, Alejo conoció a dos hermanas gemelas. Eran idénticas, tanto que a sus propios padres les costaba distinguirlas. Incluso tenían un carácter tan parecido que se hacía imposible acertar con quién era quién a simple vista, sobre todo porque en esa época se tenía la costumbre de vestir a los gemelos igual.

»Alejo se enamoró de una de ellas, Elena. Le gustaba todo, pero lo que más le atraía, lo que la hacía única, era su nombre. Elena. Para Alejo sonaba a música, una melodía que hacía latir su corazón cada vez que la evocaba en su mente. Sus sentidos se llenaron de su nombre y se pasó la infancia soñando con ella. Un día, cuando ya eran adolescentes, se miraron. Los sueños infantiles de Alejo renacieron con la posibilidad de conseguir contarle lo que sentía. Sin embargo, él era tímido. No hizo nada, salvo atrapar todas las miradas que Elena le dedicaba y que engrosaban ese primer amor en su mente. En ella, en su cabeza, siempre era Elena.

»Llegó un momento en el que no le fue difícil distinguirlas. El tiempo modela el carácter y las gemelas empezaron a comportarse de forma diferente, por más que siguieran siendo dos gotas de agua. Por fuera eran iguales. Por dentro no, y eso lo transmitían. Venciendo todos sus miedos, un día la abordó.

Daniel escuchaba atento la historia de Elsa, la suave cadencia de sus palabras que llegaban hasta él envueltas en su cálido tono de voz y en una manera de contar las cosas que le hipnotizaba. No creía que tuviera mucho sentido que le contase aquello, pero le estaba gustando escucharla y en esa historia descubría algo del carácter de Novoa, la timidez que quizá fuera la razón por la que había decidido no enfrentarse a la fama que le sobrevino en tromba tras el éxito de la novela. Quizá por eso se escondía de todos.

—¿Sabes qué pasó? —preguntó Elsa.

—No. Escucho.

—La que él creía que era Elena era en realidad la otra hermana, Emiliana.

Elsa regresó a su café, haciendo una pausa estudiada mientras volvía a beber un sorbo. Daniel esperó. Una confusión de nombres, tan parecidos en realidad, no le parecía algo tan importante como para contener la respuesta a su sencilla pregunta.

—Daniel. El nombre derribó todos sus sueños de años. Daba igual que las dos muchachas fueran iguales, que no tuvieran tantas diferencias. Daba igual incluso que Emiliana hubiera dado muestras de sentir algo por Alejo porque, en realidad, todo en él lo había construido el nombre. No era ella, era su nombre, lo que él idealizó.

—Dejó de gustarle.

—Dejó de resultarle interesante. No era atractivo, Emiliana le parecía un nombre feo y sin personalidad. No era como Elena, no removía nada dentro de él. No le decía nada.

—Eso es un poco injusto.

—¿Qué no es injusto en esta vida? Ahora, piensa en el mundo en el que tú te mueves. ¿Qué es lo primero que te llama la atención de un libro?

No tuvo que pensar demasiado para darle una respuesta.

—El título.

—Eso es. El nombre. Como decía Juan Ramón, el poeta, el nombre exacto. No te hagas esa pregunta sobre Alejo Novoa. No merece la pena. Quédate solo con una cosa: tiene el nombre que le hace quien es frente al mundo.

Daniel supo en ese momento que la primera pregunta de su entrevista se había quedado sin respuesta. No iba a saber nunca si Alejo Novoa era un nombre real o uno inventado, un seudónimo conveniente para salir al mercado o el que le pusieron sus padres. Solo cabía imaginar, establecer una hipótesis que no dejaría de ser su propia teoría, sin nada sólido que la avalase. Decidió pasar a la segunda, por si con ella tenía más suerte.

—Bien. Vayamos con la siguiente —dijo.

—No, Daniel. Hay algo que me olvidé de decirte el otro día. Disculpa, la cabeza de las personas mayores, ya sabes, se dispersa con facilidad. Solo habrá una pregunta por visita.

—¿Una? Tardaremos una eternidad —se quejó.

—Por lo que sé, la eternidad para ti tiene solo seis meses de plazo.

El plazo. Se le había olvidado. Fue tan fácil conectar con Elsa que pensó que en dos visitas tendría solucionada la entrevista y le quedaría tiempo para convencer al escritor de la locura que pretendía Beatriz, pero si limitaba las respuestas a una por día aquello podría alargarse hasta el infinito.

La alarma de un teléfono le sacó de sus pensamientos. Era el de ella. Lo sacó del bolsillo, apagó el insistente sonido y se disculpó con Daniel.

—Perdona, es la hora de las medicinas. Espérame aquí, será solo un momento.

Salió de la cocina y Daniel no pudo evitar la tentación de seguirla con la mirada. Incluso se levantó sin hacer ruido para espiar adónde iba. Alcanzó a verla entrar en la habitación y escuchó el sonido de la puerta al cerrarse. ¿Estaría allí Novoa, a unos pasos de él, oyendo la conversación que mantenían? ¿Estaría tan enfermo que no podía levantarse de la cama? Siguió haciéndose preguntas mientras esperaba a que Elsa volviera, lo que pasó en unos pocos minutos. Se sentó de nuevo frente a él, que poco antes había vuelto a la silla de la cocina.

—Daniel, entre todas las preguntas que sé que te estás haciendo ahora mismo, ¿no está la de querer saber por qué te Alejo eligió a ti? Por lo que me han contado, no cumples el perfil de reportero. Ni siquiera has hecho una sola entrevista importante en tu vida.

Ese matiz era un golpe bajo que tenía que provenir de su jefa. Estaba acostumbrado a que Beatriz torpedease su autoestima, incluso en público, pero que lo hubiera hecho delante de Elsa le dolió, a pesar de que era la puta realidad. No era ni siquiera un periodista que firmase sus artículos. Era un parche que se utilizaba de manera oportuna cuando hacía falta apagar un incendio y del que se olvidaban casi todo el tiempo. Nunca, por ejemplo, le invitaban a la cena de Navidad, ni nadie reclamaba su presencia cuando se iban a tomar un café a media mañana.

—Usted lo sabe —le dijo.

—Claro que lo sé. Te dije que Alejo tiene armada la novela, pero no está escrita. Piensa un poco. Me preguntaste por su edad. ¿Cuántos años crees que puede tener Alejo?

—¿Como usted? —se aventuró.

—Tutéame, por favor, te pedí que lo hicieras y eso pareces haberlo olvidado.

Daniel se dio cuenta de que llevaba razón, había elegido el trato formal que implicaba mantenerse a distancia de ella. Quizá era algo que latía en su subconsciente, una manera de alertarle del peligro de embarcarse en una historia que no entendía.

—Alejo Novoa es de mi generación y tiene muy poca agilidad en sus manos desde hace mucho tiempo. Sin embargo, su cerebro funciona a la perfección y la novela está prácticamente terminada. Hay notas, la escaleta de la trama está lista, algunas frases importantes escritas…

Hizo una pausa adrede, para que él pensase. El silencio se prolongó demasiado y ella decidió seguir.

—¿Alcanzas a saber por qué a Beatriz se le ocurrió que tú podías hacer esto?

Él no contestó. La respuesta empezaba a tomar cuerpo en su mente y empezó a sudar, aunque la temperatura en la casa no lo justificaba. No hacía calor, solo sentía el que venía de su interior. Se agarró las manos, húmedas de pronto, y tuvo la necesidad de restregarlas contra el pantalón.

—Tú escribirás la novela de Novoa, Daniel. De eso es de lo que le tienes que convencer, tendrá que creer que estás preparado para hacerlo.

No podía creer lo que estaba escuchando. Él era capaz de imitar el estilo vacío de los redactores, pero eso era una cosa y otra meterse en la piel de un escritor de culto.

—¿Por qué yo?

—¿Por qué no? —preguntó ella.

—Me gustaría al menos saber la razón por la que no la ha escrito hasta ahora.

La duda de Daniel tenía sentido. Los más de treinta años que hacía desde la publicación de El hombre inconstante eran tiempo suficiente para que Alejo Novoa hubiera escrito al menos una docena de novelas más.

—El éxito es más duro que el fracaso, Daniel. Cuando fracasas, aprendes. Te levantas y vuelves a empezar y, si las cosas no van como pensabas, siempre puedes cambiar de objetivo y descubrir que quizá hay otra cosa en la que eres bueno. Pero cuando tienes tanto éxito como tuvo Alejo… corres el riesgo de entrar en una parálisis que te impide seguir adelante.

»Lo intentó. Escribió otras novelas, pero ninguna se parecía ni lo más mínimo a la primera. No tenían su garra, la energía que emana el Poeta no fue capaz de dársela a ningún personaje más. Lo intentó con todas sus fuerzas, cada noche se encerraba en su cuarto y escribía cientos de palabras que no salvaba porque no estaban a la altura. Las rompía furioso y volvía al día siguiente para acumular una nueva decepción. Un día, sencillamente, dejó de hacerlo y se dedicó a vivir de otra manera.

»Pero un escritor, uno de verdad, no puede dejar de serlo aunque se empeñe. Alejo es de esos, de los que se nutren de palabras escritas, de los que necesitan el consuelo de poner su alma en cada página que escribe y, aunque no utilizase una pluma o una máquina de escribir, seguía haciéndolo. En cada silencio, mientras parecía que estaba simplemente viendo un paisaje, construía un texto. Interiorizaba a cada persona con la que se cruzaba por la calle, imaginando para ella una vida que quizá no se pareciera a la real, y en su mente la convertía en un personaje. Encontraba argumentos en cualquier lugar. Donde los demás no veían nada, Alejo descubría la semilla de una historia que contar.

—¿Y por qué no las escribió?

—Nunca germinaron por lo que te digo. No le parecía que estuvieran a la altura de lo que se esperaba de él.

—Eso puedo entenderlo, lo que no entiendo es por qué ahora sí.

—Daniel, querido. La vida es efímera. El tiempo de Alejo se acaba. Esta es la única historia en la que cree desde El hombre inconstante. Es algo que necesita contar. Pero se está haciendo tarde para él y entre tus insistentes preguntas y Beatriz, con su idea, se lo habéis hecho ver. Si no se escriben estas páginas ahora, se perderán.

—Alejo se está muriendo —afirmó él, convenciéndose de que era la única razón por la que se arriesgaba a dejar su encierro. Podría no darle tiempo a ver qué pasaba con la novela, a no sufrir si la crítica la destrozaba.

—Alejo está vivo aún, pero nadie vive eternamente, Daniel.

Elsa se levantó y dejó el café sin terminar en el fregadero. La taza se le escurrió, estrellándose contra el plato y rompiéndolo. Daniel se ofreció a ayudarla a recoger los restos, pero ella se negó. Con cuidado los depositó en la basura.

—¿Por qué tengo que ser yo? —volvió a preguntar.

—Ya te lo he dicho, le gustas.

—Pero esa es una razón endeble —argumentó.

—¿Recuerdas que hace unos meses extraviaste un pen drive?

Elsa se metió la mano en el bolsillo. Al abrirla frente a él, lo reconoció. Se había vuelto loco buscándolo durante semanas, hasta que lo dio por perdido.

—Te lo dejaste en la redacción, puesto en tu ordenador. Beatriz se quedó ese día hasta tarde y lo recogió. Se lo metió en un bolsillo para devolvértelo y se olvidó que lo tenía hasta que fue a lavar el pantalón. Sé que no estuvo bien por su parte, que lo que tenía que haber hecho era dártelo enseguida, pero es curiosa.

—¿Estuvo husmeando en mis archivos? —preguntó Daniel, bastante enfadado. Beatriz no solo era una jefa sin escrúpulos para gritarle delante de todo el mundo, sino que además resultaba que era una chismosa.

—No solo eso. Leyó tu novela. O eso que pretendes que sea una novela, pero a la que le falta mucho para brillar. Alejo y yo la hemos leído. Tienes talento, ideas, una buena capacidad para expresarte, pero no sabes manejarlo junto. ¿Has seguido trabajando en ella?

—No. Solo la tenía ahí y la di por perdida, pero tampoco importa, no es buena.

—No, querido, yo no he dicho eso. De hecho, creo que es mejor de lo que tú mismo crees. Este objeto es la razón por la que estás ahí sentado. Es la razón que le faltaba a Alejo para dar el paso.

—¿Mi novela?

—Tú.

—No entiendo nada.

Y era verdad, Daniel llevaba una hora intentando entender qué pretendían de él Alejo, Beatriz y Elsa.

—El trato es este. Harás esa entrevista que necesita Beatriz, escribirás la novela de Novoa, imitando su estilo, y yo te devolveré tu vida.

Cerró la mano antes de que a Daniel se le ocurriera intentar quitarle la memoria. De todos modos fue inútil, porque estaba tan desconcertado que ni siquiera fue capaz de reaccionar.

—Y no solo te devolveré la novela —siguió Elsa—, Novoa la revisará y te dirá dónde falla. Solo nosotras dos y él sabremos que lo ha hecho, y tú a cambio guardarás el secreto de la que vas a escribir por él. Nunca le dirás a nadie que has sido tú y no él quien le ha dado forma a sus ideas y que él ha transformado las tuyas. Quid pro quo.

Otra vez la frasecita en latín, aquellas mujeres le desesperaban.

—Esto es de locos —dijo Daniel, levantándose de la silla y tocándose el pelo y la barba de dos días que lucía en un gesto nervioso—. Nunca seré capaz de hacer eso. Novoa es inimitable.

—Nunca hay que rendirse antes de empezar, tienes edad para saber eso. Beatriz conseguirá que publiques una novela con tu nombre si quieres, tiene poder para ello. Lo hará con las mejores condiciones, te lo garantizo. Piénsalo. No tendrás otra oportunidad así en tu vida. Pero hay algo antes que tienes que hacer, porque, aunque pareces el mejor candidato, tenemos que estar seguros de que lo eres de verdad.

—No le he dicho que vaya a aceptar esto…

—Daniel, vuelves a olvidarte de tutearme… —Elsa le miró, mucho más seria de lo que había estado hasta ese momento—. Lo harás, estoy segura. En nuestra próxima entrevista me traerás un texto, una página, no me hace falta más. No hay tema, elige tú, pero no lo escribas como lo harías, sino como si fueras Alejo. Te doy hasta el lunes. Te esperaré a las nueve con un café preparado.

En su casa, Daniel estuvo dándole vueltas a la conversación. Hizo dos listas sencillas, «sí» y «no», lo que podía empujarle a aceptar esa locura o lo contrario, los frenos que su mente establecía para no lanzarse a una piscina vacía. La lista del «no» era mucho más escueta, tres simples palabras que martilleaban su conciencia. Tres sustantivos abstractos que se dibujaban en unas mayúsculas que oscurecían las razones mucho más tangibles que pesaban en el sí. Si se decidía, conservaría el trabajo, podría pagar la hipoteca y no condenaría a sus padres a perder la casa. Tendría una oportunidad única de recuperar su novela, que daba por perdida, algo que también engrosaba esa lista afirmativa. Y estaba el reto, ese que empezaba a latir furioso en su interior, el ponerse a prueba y demostrar, más a sí mismo que a nadie, que podía escribir algo bueno. Que lo que sentía cuando tecleaba delante del ordenador no era un simple pasatiempo, sino una parte de su interior que estaba en lucha constante con sus miedos.

Pero también estaba el «no». El miedo al fracaso, a resultar una estafa, a ser cómplice de un engaño literario que quizá no le importase al mundo, pero a él sí. Y la imposibilidad, esa que era la primera palabra que le venía a la mente cuando se planteaba la idea de imitar a Novoa. ¿Cómo iba a ser capaz de transmitir el latido del alma de otro sin que nadie se diera cuenta?

Era casi la hora de comer, pero no tenía hambre. Una simple manzana le sirvió para aplacar la ira de sus tripas, que no parecían estar de acuerdo con su cerebro ese día. Mientras la mordía, pensó en nombres. En Elena y Emiliana. En Alejo Novoa. En Daniel Durán. Y también pensó en el título de las novelas, las palabras que hacían que unas consiguieran atraer la atención más que otras. Sabía que había algunas que provocan que los lectores se acerquen a una novela, que sientan curiosidad por ella. Palabras como «café», «felicidad», «sueños», «chocolate». Montones de títulos las contenían: Como agua para chocolate, La felicidad es un té contigo, La gente feliz lee y toma café, Sueños en la casa de té, El café de los corazones rotos, Tardes de chocolate en el Ritz, El amor huele a café, Un café a las seis… Cualquier novela que contuviera la palabra «secreto» o «misterio» despertaba la curiosidad de los lectores y ganaba posibilidades frente a las demás de ser leída.

Le apeteció un café y entonces entendió. El título, el nombre de las cosas, tiene que provocar alguna sacudida interna. Consciente o inconsciente. Un deseo que nos conduzca a querer adentrarnos en ese libro y no en otro, a elegirlo entre los cientos de miles que se publican cada año en todo el mundo.

Esa mujer era muy interesante, tan interesante o más que Novoa, y aunque solo fuera por seguir escuchando sus historias decidió aceptar. No estaba en su lista de razones positivas, pero tampoco estaba en sus planes encontrarse en la situación en la que se encontraba.

No podía perder nada.

No tenía nada que perder si seguía adelante.

Empezó a escribir intentando encontrarse con el alma de Alejo Novoa.

Capítulo 2

«El lenguaje artificioso y la conducta aduladora rara vez acompañan a la virtud».

Confucio

El viernes por la noche, una tormenta eléctrica dejó sin luz durante un par de horas al barrio donde vivía Daniel y perdió los tres párrafos que había conseguido hilar haciendo un esfuerzo titánico. Su portátil hacía siglos que no funcionaba con batería, así que se apagó de repente, sin darle opción a decidir si aquello que había escrito merecía la pena. Antes de empezar, había releído los fragmentos de El hombre inconstante que más le gustaban. Sabía todo de la manera particular de deslizar las palabras que tenía Novoa, pero frente a las teclas se sintió embotado y perdido. La presión estaba jugando en su contra. Escribía una frase. Retrocedía. Retocaba. Borraba y volvía a poner palabras que ni siquiera transmitían una mínima parte de las ideas que borboteaban en su interior. Por eso, cuando la tormenta le arrebató las pocas frases hilvanadas, casi se sintió aliviado. No había tenido que tomar la decisión de eliminarlo todo, ya lo había hecho una Naturaleza enfurecida que parecía burlarse de su estéril intento.

Buscó unas velas que sabía que andaban perdidas por algún cajón y encendió una, sujetándola en un botellín vacío de cerveza que llevaba meses esperando a que se decidiera a tirarlo al contenedor de reciclaje. Lo dejó encima de la mesa y se quedó durante varios minutos observando cómo oscilaba la llama. El cono, de un amarillo intenso en la cúspide, se transformaba en un sutil azul a medida que se aproximaba a la mecha. No permanecía quieta, botaba derritiendo la cera que empezaba a desbordarse por los lados y que acabó resbalando por el vidrio. Un chisporroteo le sacó de su ensimismamiento. Bajó la tapa del portátil, buscó un viejo cuaderno de anillas, un cuaderno de cuadros olvidado que tenía en un cajón, y agarró un sencillo bolígrafo Bic azul.

Comenzó de nuevo.

Sin meta. Sin tema. Dejando que fluyeran las ideas en el orden que quisieran, sin preocuparse de si había puesto el sujeto en su sitio o si aquel complemento era el más adecuado. Se dejó arrastrar por el trazo de la tinta y solo paró cuando volvió la luz. Entonces sopló la vela. El olor a quemado y el rastro en el aire dejado por el humo le devolvieron a la realidad. Guardó el cuaderno y el bolígrafo y se marchó a la cama sin releer ni una sola línea.

No eran ni las diez de la mañana del sábado cuando el teléfono le despertó. Daniel gruñó, imaginando que sería su madre quien estaría al otro lado, quejándose de que hacía días que no les había hecho una visita.

—¿Has mirado el correo? —le preguntó una voz, que no reconoció de inmediato.

—¿Quién…?

—Durán, soy Beatriz. Ayer te envié un correo con un artículo que tenías que mandarme por la noche. Que te haya puesto a trabajar en otra cosa no significa que descuides tu tarea.

Cerró los ojos, maldiciendo por dentro a Beatriz, pero sin permitirse ni un gemido que delatase su incomodidad.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó.

—Lo quiero ya. Ponte ahora mismo.

En la lengua de Daniel se enredó una réplica sobre dónde pensaba que se podía meter su urgencia, pero se limitó a retirar la sábana y levantarse de la cama, con el teléfono aún en la oreja. Los torneados músculos de su espalda empezaron a desentumecerse con unos estiramientos rutinarios.

—Elsa cree que no nos hemos equivocado contigo, espero que se lo demuestres.

Y su jefa, con esas breves palabras, colgó.

Beatriz conseguía ponerle de mal humor. No le había dado ni siquiera la opción de contarle lo que había pasado en la entrevista con Elsa. No le dejó hablarle de la extraña condición que le había puesto para sus citas, la de contestar solo a una pregunta por día, y la complicación de cumplir el encargo extra que le había hecho, el folio imitando al escritor. Solo pensarlo le dibujaba una sonrisa amarga y convocaba una sensación de incomodidad en su ánimo, esa que avisa de que estás ante algo del todo imposible de lograr.

Cogió unos boxers del cajón y se los puso, cubriendo la desnudez con la que dormía. Salió de la habitación directo hacia el portátil. Lo colocó encima de la mesa, enchufó el cargador y, al arrancarlo y entrar en el procesador de textos, apareció la copia de seguridad automática que se había generado de lo que estaba escribiendo cuando se fue la luz. Ni siquiera se molestó en guardarla, la borró sin releer nada, consciente del nulo valor de aquellas palabras.

Abrió el correo y descargó los adjuntos que le había mandado Beatriz. Por suerte era algo sencillo, el redactor al que tenía que suplir era de los más previsibles y el tema no era complicado. Pensó en hacerlo inmediatamente, pero se contuvo, ella no se merecía que corriera habiéndolo levantado de aquel modo. Por las mañanas, especialmente cuando se despertaba antes de la hora prevista, la ansiedad hacía su aparición y solo conocía una manera de combatirla.

Entró en una de las habitaciones interiores del piso y dio la luz. En el cuarto había montado un pequeño gimnasio: una cinta para correr, una máquina de abdominales plegable y un saco de boxeo. Puso música en su teléfono móvil, lo conectó a unos altavoces y solo entonces se permitió correr durante media hora. Después, cuando ya había calentado, sacó los guantes y las vendas de entrenamiento, que se puso con calma, siguiendo el ritual que las dejase bien aseguradas. Se empleó a fondo, golpeó sin tregua el cuero rojo hasta que se sintió más tranquilo. Jadeante, apoyó la frente en el saco y cerró los ojos durante unos instantes. Después lo empujó con rabia y le dio el último puñetazo antes de irse a la ducha, donde el agua caliente le ayudó a recuperarse del esfuerzo.

Después de tomarse el primer café, el artículo estaba escrito y enviado al correo de su jefa. Aprovechó que tenía el correo abierto para enviar a Novoa las preguntas de la entrevista. Tal vez, si el escritor se las encontraba todas juntas, se pensaría responder a todas las preguntas. Unas le llevarían a otras y quizá pudiera deshacerse de la entrevista en pocos días.

En esos pensamientos andaba distraído cuando vio entrar un mensaje en su bandeja.

Gracias.

No esperaba que Beatriz le contestase, no era habitual que le diera las gracias por nada, pero aquella mañana lo había hecho y a Daniel la palabra le dio pie a una respuesta.

Necesito verte y que hablemos del lío en el que me has metido. Esta tarde. No se te ocurra negarte, creo que me debes una explicación, al menos por lo del pen drive.

Cuando le dio a enviar, esta vez, temblaba. Las palabras escritas transmitían seguridad, una que ni por asomo sentía Daniel, pero necesitaba que Beatriz entendiera que, aunque pensara aceptar el reto, no lo haría sin antes recriminarle que le hubiera chantajeado para ello. Se pasó la siguiente hora dando vueltas por la casa, consultando el correo cada poco tiempo, pero ninguno de Beatriz entraba en la bandeja. Ya estaba dispuesto a irse a la calle, cuando un icono le avisó de que tenía un nuevo mensaje.

A las seis en La Ciudad Invisible. Te mando la dirección.

Allí estaría.

Puntual como siempre, por la tarde se presentó en el local donde le había citado Beatriz. Se trataba de un acogedor café literario en el centro de la ciudad, un sitio muy apropiado para alguien enamorado de la literatura. En la decoración del lugar, donde predominaba la madera, tenían una presencia importante estanterías con libros, incluso había un pequeño rincón de lectura con dos cómodos sofás al lado de una de las cristaleras que daban a la calle. En el momento en el que Daniel pidió su consumición, los sofás se quedaron libres y hasta ellos se dirigió. Dejó el vaso en la mesa y observó a la clientela mientras se sentaba. La mayoría, como él, estaban solos, sumergidos en la lectura o tecleando en sus portátiles. Parecía un refugio perfecto para quienes necesitan escribir en un lugar público, aunque eso a él nunca se le hubiera pasado por la cabeza. Daniel, para escribir, prefería la soledad de su casa, el silencio, que actuaba como un remanso de seguridad. Ahí sí se sentía aislado y tranquilo, y las palabras brotaban de sus dedos sin interferencias. En un lugar como La Ciudad Invisible los estímulos eran demasiados para su curiosidad y dudaba mucho de que allí fuera capaz de entrelazar frases sin despistarse observando. Es lo que hizo hasta que Beatriz llegó diez minutos después, observar a cada una de las personas allí reunidas. Fue imaginándoles una vida, en un ejercicio narrativo inconsciente en Daniel que solo interrumpió la voz de ella.

—Siento llegar tarde, me ha costado mucho encontrar aparcamiento —se disculpó. Se desembarazó del bolso, dejándolo en la pequeña mesa, y del abrigo, que colgó en el respaldo del sillón.

Tal vez fueron sus gestos, el elegante movimiento de sus manos al deshacerse de las prendas y colocarlas para que no se arrugasen. Quizá fue la seguridad que transmitió con esa breve frase de disculpa. O sus ojos, que juraría que le habían mirado distinto. Pudiera ser que hubiera pesado el hecho de que era la primera vez que se veían fuera de horas del trabajo. Lo cierto era que Daniel se encontró observando a la mujer que había tras la dirección del Grupo Vimar, algo que no había hecho con ojos de hombre desde que se conocieron. Se obligó a sacudirse el estupor que sintió al darse cuenta de que tenía el poder de distraerlo. No se lo podía permitir. Había acudido a esa cita con ella con un objetivo claro.

—Yo en cambio he llegado a las seis —dijo, remarcándole con sus palabras lo poco que le gustaba la impuntualidad.

—Tú dirás. No tengo mucho tiempo, hoy es sábado y tengo mucho que hacer.

Daniel se irguió en el sofá y después inclinó el cuerpo hacia adelante, acercándose a Beatriz. El impacto de su perfume desestabilizó de nuevo sus intenciones y se vio obligado a carraspear antes de hablar. Las palabras salieron de su boca como un susurro y él quiso convencerse de que fue así porque el local estaba demasiado silencioso para conservar cierta intimidad. No se permitió ni pensar en la verdad, que su cuerpo estaba perdiendo el control por segundos frente a aquella mujer menuda que ni siquiera estaba seguro de que le cayera bien.

—Ya te lo he dicho antes. Necesito que me expliques por qué me has metido en este follón. No creo que sea solo porque me equivocase con los artículos y por ese mensaje de Novoa.

—No, es cierto, no es solo por eso —reconoció.

Los ojos le brillaban distinto, o eso le pareció a Daniel, que se apresuró a hablar antes de perder definitivamente el hilo de lo que había ido a decirle, tomando prestado de alguna parte un valor que sabía que no era suyo, porque no lo tenía en el catálogo de sus emociones.

—Además —dijo—, quiero saber por qué te tomaste la libertad de leer lo que había en mi pen drive.

Beatriz suspiró. En ese momento el camarero llegó con el café que le había encargado al entrar y ella se lo agradeció, dejando a Daniel expectante. Cuando el muchacho se alejó, tomó la palabra.

—El artículo que me has mandado esta mañana ya está en imprenta. Estaba muy bien, como siempre. Felicidades.

Daniel gruñó, esta vez sin disimular lo más mínimo. Beatriz se había ido por la tangente, sin contestar a su pregunta.

—¿Por qué leíste lo que guardaba en la memoria portátil? —volvió a preguntar.

—Está bien —dijo ella—. Lo abrí por curiosidad, es verdad que no debería haberlo hecho, pero una vez que empecé a leer no pude parar. Ni siquiera me imaginaba que escribías novelas en tu tiempo libre y me sorprendió la capacidad que tienes para transmitir y enganchar al lector con tu historia. No tardé nada más que una noche en leerla entera.

Daniel no supo si tomarlo como un cumplido.

—No dormí nada. Es buena, Durán. Mejor de lo que se espera para un novel —dijo, sin ocultar su admiración—, pero le falta un pulido importante.

—Eso ya me lo dijo Elsa. Bastante mal me parece que la leyeras tú como para que encima la compartieras sin mi permiso.

—Tuve que hacerlo —dijo ella, mientras se encogía de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Tuviste? ¿Alguien te obligó? ¡Esto es el colmo!

—Tuve que hacerlo porque hace mucho tiempo que Elsa y yo te estábamos observando y esto nos dio la pista definitiva para saber que eras tú el hombre que necesitamos. Eres mucho mejor incluso de lo que imaginábamos, Durán.

El desconcierto se sumó a la conversación, haciéndose un sitio muy cerca de Daniel, que hacía unos días que lo llevaba pegado como una sombra.

—¿Desde cuándo me observa Elsa? —preguntó.

A saber qué le contaría Beatriz, cuántas cosas estarían ocurriendo a su alrededor sin que él se percatase, imbuido como estaba siempre en su infranqueable mundo interior.

—Oh, ella nunca te había visto hasta que fuiste a su casa, pero Alejo le habló de tus correos y yo llevo tiempo hablándole de ti. Necesitamos que alguien escriba esa novela y tuvimos la intuición de que ese alguien debías ser tú.

Daniel la miró. Ella no separó sus ojos de los de él y lo que más le descolocó es que vio que había sido sincera. Eso o que era la mejor actriz del mundo. Ella sonrió levemente al llevarse el café a los labios y él tuvo que volverse hacia el ventanal para eludir los efectos de su sonrisa. Fue asimilando las palabras de Beatriz, intentando acomodarlas en algún tipo de lógica. Era cierto que él sabía imitar casi a cualquiera, pero siempre eran redactores de prensa, no escritores que se estudiaban en las universidades de medio mundo. Volvió la vista hacia la mujer que tenía enfrente para preguntarle algo que llevaba días en su mente, mirándola a los ojos. Quería comprobar si eran tan sinceros como le acababan de parecer.

—¿Qué tienes tú que ver con Novoa?

—Más bien tengo que ver con Elsa y ella con Novoa. Elsa es mi abuela.

La confesión le dejó descolocado. No hubo titubeo por parte de Beatriz, tenía que ser cierto. Por la edad que intuía en Elsa, por los rasgos que ahora que se fijaba eran bastante parecidos entre las dos, era más que factible que aquella amable jubilada fuera la abuela de Beatriz, pero le quedaba saber el papel que jugaba Novoa en sus vidas.

—¿Él es tu abuelo? —se atrevió a preguntar.

—No, no es mi abuelo. Escucha. Lo que te voy a contar deberás guardártelo, considéralo parte del trato que te ha planteado mi abuela. Sé que te ha dicho que te devolverá la novela con correcciones cuando cumplas tu parte, cuando escribas lo que necesitamos, pero entiendo que te estés haciendo muchas preguntas. Algunas las contestaré, otras… llegado el momento las irás averiguando tú solo.

Daniel se frotó la cara con las palmas de las manos. Tenía la sensación de que se había tropezado con dos locas. Su trabajo, casi más que esa novela de la que él mismo no esperaba nada, pendía de un hilo y aunque solo fuera por eso debería mantener la calma. No corrían tiempos fáciles para quedarse en el paro en un país con varios millones de personas en esa situación, con deudas que superaban con creces lo que sus miserables ahorros podían cubrir. Estaba atrapado y lo sabía.

—Mi abuela es dueña del cincuenta y uno por ciento del Grupo Editorial Vimar, donde trabajas —dijo Beatriz—. Era la dueña de la pequeña editorial con la que publicó Novoa El hombre inconstante y esa novela, los beneficios que generó, fueron el motor de arranque que necesitaba para convertirse en el grupo actual. Pero, lo sabes, ahora las cosas no van bien. Internet se ha cargado gran parte del negocio. Mucha gente ha dejado de comprar periódicos y revistas porque tienen lo mismo buceando por la red. Y gratis. ¿Para qué pagar si puedes llegar a lo mismo desde el teléfono, sin gastar un euro? El grupo se tambalea, hace siglos que no tenemos una novela que cubra los gastos de otras.

—Publicáis a famosos y esas novelas se venden muy bien —dijo él, muy serio.

—Lo sé. Es la opción más inteligente, porque dan dinero, porque sanean nuestras cuentas y nos mantienen, aunque tengamos que escuchar a diario que son una ofensa a la literatura —dijo Beatriz.

—Lo son.

—No, Durán, no te equivoques. La ofensa no son esos libros, la ofensa a la literatura viene de quienes los compran, dejando de lado a otros con mucha más calidad que se mueren por el camino, sin lograr agotar una primera edición, aunque dentro escondan historias maravillosas. Pero yo, como responsable de esto, a la ofensa le doy una patada y los publico porque hacen que cuadren mis cuentas a final de año.

—Pero, si tienes esos libros, ¿para qué me necesitas?

—Porque mi abuela dice que Novoa tiene una novela y nos está haciendo falta para salvar este tiempo… con más tranquilidad. Necesito un best seller de los que revientan ventas y lo necesito ya. Nos podemos equivocar, ese es un riesgo que estoy dispuesta a correr. Sea el libro como sea, siendo de Novoa venderá. La base está ahí y solo hace falta darle forma. Ahí es donde entras tú. Según mi abuela, él ya no se ve capaz.

—Yo no soy Novoa —dijo Daniel, furioso.

—Pero lo parecerás. Siempre pareces otra persona, quien te propongas. ¿Por qué no podrías hacerlo con Alejo Novoa?

—¡Porque es un maldito genio! —gritó Daniel, elevando su voz tanto que varios de los clientes del bar se volvieron a mirarlos.

Beatriz bufó. Esperaba que Daniel le dijera algo así, ella misma lo pensaba, pero la situación en la que se encontraba no le permitía racionalizar todo hasta el punto de rendirse antes de empezar. La desesperación encuentra caminos vetados para la razón, se lo había escuchado alguna vez a su abuela, y lo estaba aplicando a pies juntillas.

—¿Has escrito lo que te pidió Elsa? —le preguntó.

Si dejaba que Durán siguiera mostrándole que aquello era una locura acabaría convenciéndola y no se lo podía permitir.

—Veo que habláis mucho tu abuela y tú. He escrito algo, sí.

—¿Puedo verlo? —preguntó Beatriz.

—No, está en mi casa, ni siquiera lo he revisado.

—Llévaselo a ella.

—¿Y si no es lo que esperáis?

«Que es lo más probable», pensó ella, pero no se permitió exponer el pensamiento en voz alta.

—Si no lo es, te devolveré tu novela y nos olvidaremos del tema.

—Beatriz, sabes que puedo contar esto y quedaríais muy mal. Vais a estafar a los lectores, no será Novoa quien escriba la novela.

—No lo vas a contar —dijo ella muy segura—. Recuerda que tienes una hipoteca que saldar y lo que les pasaría a tus padres si no cumples. Y ahora me marcho. Pagaré esto antes de salir.

—No te molestes, ya lo hago yo.

—Insisto. No faltes a la cita con Elsa. Y lleva la segunda pregunta.

Salió del bar sin darle más opción a que removiera sus propias dudas. En un instante, Beatriz se volvió. Daniel, al otro lado de la cristalera del bar, apoyaba los codos en las rodillas y tenía las manos hundidas en su pelo. El cabello, un poco más largo de lo que decía la moda del momento, se deslizaba en mechones entre sus dedos y la barba descuidada le daba un aspecto atormentado. Diferente. Un atractivo entre salvaje y misterioso. Se giró antes de que él levantase la cabeza y la siguiera a ella con la mirada.

Al poco, Daniel recogió su abrigo y volvió andando a casa.

Pasaba más de media hora de las nueve de ese lunes y Daniel seguía sentado en la cocina de Elsa. Ella le había pedido que la disculpase unos momentos, pero los minutos se sucedían y no daba señales de vida, así que se empezó a impacientar. Aunque supiera que no era lo más correcto, había decidido levantarse de la silla y entrar en el cuarto cerrado. O llamar primero, eso todavía lo estaba pensando cuando atravesó la puerta de la cocina en dirección al pasillo.

—¡Por Dios, Daniel! ¡Qué susto me has dado! —dijo Elsa. Volvía tan silenciosa que él no la escuchó hasta que sus cuerpos toparon—. Ten cuidado, no me vaya a dar un infarto. Estoy muy mayor para sobresaltos.

—Perdón. Necesito ir al baño. ¿Sería posible?

—Claro, lo tienes ahí —dijo señalándole la habitación—. Cuando vuelvas empezamos, ¿sí?

Daniel entró en el baño. No tenía necesidad de usarlo, pero lo hizo más por disimular delante de ella su curiosidad que por otra cosa. Cuando terminó, se lavó las manos. Aprovechó para echar un vistazo, sin tocar nada, a los enseres que había en él. En la encimera se alineaban cremas hidratantes, jabón de manos y un perfume. Se fijó también en que había un solo juego de toallas de baño y del perchero instalado en la puerta pendía un albornoz blanco con remates en las mangas en tono rosa. Aquel cuarto hablaba de una casa habitada por una mujer o al menos que esa habitación solo la usaba alguien de ese sexo. Elsa, como era de suponer. Ni rastro de un objeto que pudiera dar pistas sobre más personas viviendo allí y, desde luego, ninguno de género masculino. Novoa, si era cierto como pensaba que ocupaba el cuarto cerrado, tenía que tener acceso a un baño propio desde él, razonó.

Regresó a la cocina y en ella encontró a Elsa frente a la vitrocerámica, removiendo una sopa. El olor de las verduras con carne inundaba el aire, solapando el del café, que se había ido enfriando con la larga espera a la que lo había sometido.

—Habrá que volver a calentarlo —dijo Elsa, señalando las tazas.

—No te molestes, no me gusta el café recalentado.

—Vaya, tienes muchas más cosas en común con Alejo de las que piensas. A él tampoco.

Tiró el contenido de las dos tazas por el fregadero y se dispuso a preparar otras.

—Elsa, no quiero café. Se me está haciendo tarde. He venido a buscar la segunda respuesta.

—Has venido a algo más, Daniel, creo te hice un encargo.

—Sí, no te preocupes —dijo, acordándose de tratarla de tú. Ya no le costaba tanto como los dos días anteriores.

—Déjame ver.

Abrió la carpeta que había llevado con él y extrajo un único folio escrito a mano. Elsa se giró y alcanzó unas gafas que esperaban en una cesta, junto con un manojo de llaves y algunas monedas sueltas, y lo tomó entre sus manos rugosas. La mujer sujetaba el papel, que temblaba bajo su pulso errático, mientras parecía concentrada en su lectura. La hoja bailaba tanto que Daniel se estaba poniendo nervioso. A Elsa debía de estar pasándole lo mismo, por lo que acabó dejándola con suavidad encima de la mesa. Mientras ella leía, intentaba extraer conclusiones de sus movimientos. Vigiló sus ojos, intentando captar si las pupilas se dilataban o si en algún momento los abría sorprendida. Se fijó en su frente, por si la arrugaba en un gesto de preocupación, y estuvo atento a su respiración, intentando deducir lo que estaba pensando.

—Hay mucho que cambiar, esto no sirve —dijo al fin, cuando terminó de leer.

Él tardó un poco en reaccionar. Durante el tiempo que duraron sus pesquisas no había sido capaz de anticipar la respuesta de Elsa. Permaneció concentrada en la página, atenta a las palabras, sin delatar lo que estaba pensando de manera inconsciente. En los pocos minutos que duró la lectura, él estableció los dos escenarios posibles. El sí y el no. Si era sincero, lo que acababa de decirle Elsa era lo mejor que podía pasar, aunque sintiera un poco dañado su ego. Poco. Daniel no lo tenía desmedido, era más bien un pequeño orgullo privado que solo se permitía brotar en su interior. El sí le ataba a la absurda tarea de transmutarse en Novoa, aunque hubiera considerado muy seriamente el reto. El no le daba la opción de cumplir el trámite de hacer la entrevista y regresar a su vida.

Suspiró.

—Entonces será mejor que pasemos a la siguiente pregunta y nos olvidemos de esto —dijo, convencido de que había llegado el punto de cerrar esa historia.

—He dicho que hay mucho que cambiar. No sirve, es cierto, pero es un buen intento. Te lo daré cuando Alejo haya hecho las correcciones adecuadas. Eres listo y sabrás ver dónde has fallado. Lo reharás y seguiremos viendo.

—¿No sería mejor que lo dejáramos?

—No. No lo sería, Daniel.

Al final, la respuesta se quedó en algo ambiguo, un sí pero no, el limbo extraño donde se sitúan siempre los mediocres, el lugar perfecto donde Daniel había construido su mundo. Sin embargo, aquella vez hubiera necesitado algo más concreto, una respuesta total que cerrara la incertidumbre, una emoción de la que siempre huía.

—¿Seguimos con la entrevista? —preguntó él, tratando de finiquitar aquella conversación que le estaba dejando un regusto amargo.

—De acuerdo. En tu cuestionario preguntaste a Alejo dónde aprendió a escribir y quiénes fueron los autores que le influyeron para modelar su lenguaje.

—Eso es.

—¿Te has parado a pensar en lo pobre que resulta la pregunta?

Elsa siempre lograba descolocarlo. Ella se quitó las gafas y fijó su mirada en la de Daniel, que se sintió algo intimidado. Era suave, una mujer delicada por fuera, pero cuando le miraba a los ojos tenía la capacidad de atravesarlo. La inquietud de Daniel se reflejó en un tic en una de sus piernas, que empezó a agitarse sin control bajo la mesa. Tuvo que obligarse a seguir mirándola mientras hacía el esfuerzo de calmarse y forzar a su pierna a mantenerse quieta.

—Alejo aprendió a escribir en la escuela, como casi todo el mundo. La primera parte está respondida. En los años en los que él se formó no había talleres de narrativa, si es a lo que te referías con tu pregunta.

—Supongo que quería preguntarle si hubo alguien que guio sus pasos.

—No. No hubo nadie, es un autodidacta en toda regla. Alejo comenzó a escribir porque lo necesitaba, cuando era demasiado joven incluso para entender que esa necesidad iba a ser su condena. Esto es una droga. Una vez que las ideas entran en tu mente, necesitas sacarlas. Alejo Novoa descubrió que escribir lo lograba, que era una manera perfecta para silenciar a las voces que lo atormentaban.

—¿Silenciarlas?

—No entiendo cómo me haces esa pregunta, tú también escribes. Deberías saberlo.

Quizá, pero él no era Novoa, no era ningún genio. Era solo un hombre amarrado a la escritura, que había convertido en su medio de vida. Solo en un pequeño espacio, que había mantenido inaccesible para los demás hasta que perdió el pen drive, surgía ese otro modo de escribir del que le estaba hablando Elsa.

—Para que lo entiendas, es como si Alejo escuchara música en su interior, una melodía que se repetía una y otra vez, y que solo cesaba en el momento en el que se sentaba delante de una hoja en blanco y dejaba que brotara de él. Cuando lo conseguía, encontraba paz, el mundo se volvía distinto, más amable, mucho menos oscuro que cuando se guardaba cada párrafo, cada palabra o cada pensamiento.

—Pero publicó muy tarde, ya tenía más de cuarenta años, según su biografía —dijo Daniel.

—Supongo que sí, no fue un escritor precoz. O lo fue, pero llegó en plena madurez a publicar. Cuando era joven, uno no podía expresarse como quisiera porque vivíamos en una dictadura. Supongo que has oído hablar de la censura. Lo que salía de Novoa no siempre era políticamente correcto.

—El hombre inconstante no lo es para esos tiempos —dijo Daniel.

—Exacto. Quizá por eso tardó tanto en exponerla, en darse la oportunidad de probar a publicarla. Lo hizo cuando ya no había nada que temer.

Daniel se dio cuenta de lo poco que él medía sus palabras, de la libertad con la que escribía. No existía nada que le prohibiera poner en el papel cualquier idea, salvo sus propios límites éticos. El privilegio de escribir sin censura se le antojó algo sublime, algo muy valioso en lo que no había pensado hasta ese momento.

—Ya sé que la pregunta era pobre —dijo Daniel—, pero no me has dicho quiénes le influyeron.

—¿Otros autores?

—Sí. A todo el mundo le influye lo que lee.

—Bueno, quizá no a todo el mundo ni en la misma medida. Estoy en condiciones de decirte que lo que más influyó a Alejo a la hora de ir conformando su manera de expresarse fue el mundo. Lo que sucedía a su alrededor. Las personas con las que se cruzaba, lo que veía a diario, la propia vida que le tocó. La música que escuchaba era producto de lo vivido más que de lo leído.

El ruido de un claxon interrumpió la conversación. A él se sumaron varios más y Elsa se levantó y se asomó a la ventana de la cocina. Se había formado un pequeño atasco en la calle, ya que uno de los vecinos había dejado el coche mal aparcado mientras sacaba unos enseres que pretendía meter en el vehículo. Al poco los dos conductores empezaron a discutir, aunque desde donde estaban las palabras no llegaban con claridad a la ventana de Elsa.

—Acércate —le dijo a Daniel.

Este obedeció y observó con ella la discusión hasta que se acabó.

—Alejo era capaz de ver una historia en algo así. ¿Tú serías capaz de contarme qué ha pasado?

—¿Ahora?

—Sí, ahora —dijo Elsa.

—Un coche ha obstruido la vía, al parecer porque el dueño estaba trasladando algunos muebles desde su casa. Otro se ha encontrado con que le interrumpía el paso y se ha bajado a recriminárselo. Han empezado a discutir y solo se han calmado con la intervención de una señora que pasaba por la calle. Al final, el primero ha quitado el coche y ambos se han marchado.

Elsa sonrió. Lo que le acababa de contar Daniel era más o menos lo que esperaba, el fiel retrato, objetivo hasta donde era posible, del pequeño incidente en la calle. Tenía mucho que enseñarle a ese muchacho.

—Me acabas de demostrar que eres periodista.

—Soy periodista. No entiendo…

—Lo sé, lo sé, pero quiero que hoy aprendas algo. Un periodista no es un escritor. Escribe, es cierto, pero utiliza otro lenguaje. Frío, aséptico, que no transmite sino información, y así debe ser. Pero ¿crees que lo que me has dicho, si formase parte de una novela, emocionaría al lector?

Se hizo un silencio mientras Daniel trataba de recordar sus propias palabras. Sonrió. Por supuesto que no. No había nada literario en la historia que había salido de sus labios. No había música. Sonaba como la voz repetida de los supermercados, cuando un aviso, casi imperceptible para los compradores, repite: «Por favor, señorita Gutiérrez, acuda a caja número cinco».

—En las escuelas —dijo Elsa—, en los talleres literarios, se aprende la base. La organización de la trama, la mejor manera de estructurar el relato, dónde hay que poner énfasis para que un personaje funcione mejor o a no dejar cabos sueltos, pero desde donde de verdad se aprende es desde aquí.

Señaló la ventana que daba a la calle, ahora desierta.

—¿Desde esta ventana?

—No —se rio Elsa—. Observando a la gente, escuchando y dejando que la música de las palabras fluya. Haciendo un ejercicio de imaginación y de empatía. Señor Durán, anótese esto: en literatura, nunca es lo que dices, sino cómo lo dices. Y a eso solo es posible llegar leyendo a muchos, no centrándose en nadie en concreto pero, sobre todo, observando y escribiendo desde aquí.

Le tocó el estómago. No era el corazón, era más abajo donde Elsa señalaba. En el mismo centro de su ser, donde las emociones se agarran cuando son tan intensas que no se pueden controlar. Donde son únicas para cada uno.

—Date un vuelta por el pueblo, observa, párate a escribir en cualquier sitio desde ahí y ven en un par de horas con lo que tengas. Cuando consigas escribir desde ahí, estarás listo para convertirte en Novoa.

Capítulo 3

«Es tan grande el deseo del pobre por la riqueza del rico, como el deseo del rico de poseer la riqueza espiritual del pobre».

Anónimo

El miércoles a última hora de la tarde, Beatriz preparaba la cena con Elsa en su casa de El Escorial. En el pequeño televisor de la cocina, los concursantes de un programa vespertino respondían a las preguntas del presentador, que intentaba animar el aburrido formato con chistes malos. Ninguna de las dos prestaba atención a sus chascarrillos, estaban más atentas a los ingredientes de la receta y a su propia conversación, que solapaba los aplausos entusiastas del público cuando alguien acertaba una respuesta. La animada charla que mantenían las dos mujeres acabó derivando en Daniel.

—Por cierto, abuela. ¿Te entregó Durán el texto que le pediste? —preguntó Beatriz.

—Sí, lo trajo y la verdad es que no estaba nada mal —respondió Elsa.

Intentó agregar un poco de sal al guiso y al instante recibió un manotazo de su nieta.

—¿No se lo dirías? Me refiero a que no le dirías a la primera que lo ha hecho bien, ¿verdad?

Beatriz era implacable con sus empleados. Rara vez conseguían de ella un elogio por su trabajo; si alguna vez alababa sus méritos, podían contar con que estaba realmente satisfecha con lo que habían hecho. Daniel no era en eso una excepción.

—No, tranquila. Le dije que tiene mucho que pulir y se lo devolveré con mil correcciones, pero está más cerca de lo que buscas de lo que él mismo cree y de lo que Alejo esperaba. Ese muchacho, en efecto, tiene el talento que viste en él. Solo nos preocupa una cosa.

Beatriz la miró mientras la cuchara de palo con la que removía el guiso se quedó suspendida en el aire. Parecía tan expectante por conocer la preocupación de Elsa como ella. Aunque no llegó a formular en voz alta la pregunta que revoloteaba por su cabeza, la abuela contestó:

—Que no sea de fiar, eso nos preocupa, que acabe contándole a alguien lo que pretendes y todo se vaya al traste —añadió.

—¿Durán? Yo no perdería el tiempo ni siquiera en pensar eso —dijo Beatriz—. Es un asocial, no tiene ni un solo amigo. En los tres años que hace que trabaja en la redacción no le he visto intercambiar una sola conversación que no sea imprescindible con nadie.

—Tú lo has dicho, en la redacción, pero todo el mundo tiene una vida al margen del trabajo.

Aunque Daniel fuera un personaje solitario, por fuerza debía relacionarse con alguien. Vivía en la capital y, solo por estadística, tropezaría con vecinos que le darían los buenos días o iría a comprar el pan alguna vez. Uno nunca está solo del todo, aunque lo pretenda. Quizá había alguien con quien conversaba a diario que Beatriz desconocía.

—Investigué —dijo ella—. Vive solo, ni siquiera tiene una mascota y visita a sus padres muy de vez en cuando. Va de casa al trabajo y del trabajo a casa. Incluso me dediqué a buscar perfiles suyos en cuanta red social se me ocurrió y solo tiene uno, en el que no entra desde que lo contratamos. Es una bolsa de empleo que no ha actualizado desde hace tres años. Tampoco visita ninguna página desde el ordenador del trabajo que no sea imprescindible para lo que está preparando en ese momento. Las mesas están colocadas a propósito de tal modo que puedo ver en el reflejo de la ventana, sin que se den cuenta, en qué páginas están navegando mis empleados.

—¿Eso es legal? —preguntó Elsa.

—No es como si tuviera cámaras de vigilancia, así que sí, supongo que lo es. Hay gente que se pasa horas y horas en Facebook o jugando a esos estúpidos juegos de caramelos, pero Durán no es de esos.

—¿Tus empleados se entretienen en esas cosas y no los despides? ¡No te reconozco! —dijo Elsa, irónica.

—Es una plaga, si los despidiera por eso tendría que pasarme la vida haciendo entrevistas a novatos y no compensa. Hago la vista gorda y, cuando alguien se pasa un poco, se lo hago pagar. Hay ruedas de prensa verdaderamente soporíferas.

Sonrió y Elsa negó con la cabeza. Estaba claro que, si Beatriz había llegado a la dirección de la empresa con cuarenta y un años no era solo por ser la nieta de la dueña de la mayor parte de las acciones, sino porque manejaba bien a los empleados. Mano dura cuando hacía falta y cierta mano izquierda cuando la situación lo requería. Tampoco era de muchos amigos, como Daniel.

—No te preocupes por Durán. Tenemos algo que quiere recuperar y en mis manos también está que conserve su trabajo. No creo que se la juegue con los tiempos que corren.

Elsa separó de la mesa una de las sillas. Aunque intentaba mantenerse activa, los años no habían pasado en balde y los achaques de la edad la perseguían cada vez con más insistencia. Sin que hiciera falta una palabra, Beatriz supo que su ayuda para preparar la cena había concluido. A partir de ahí, ella se ocuparía del resto de la receta.

—Daniel parece un buen chico —afirmó Elsa, mientras se sentaba—. Inseguro y tímido, pero tiene carácter.

—¿Estamos hablando del mismo hombre? —preguntó extrañada Beatriz.

—Tú le llamas Durán, yo, Daniel. Pero sí, hablo del mismo.

Beatriz estaba acostumbrada a los curiosos razonamientos de su abuela. Sabía de la importancia que le daba al nombre de todo y que en aquella frase que matizaba cómo se dirigían a él ambas, había encerrado algo más que un comentario casual.

—¿Qué más da cómo lo llame?

—No da igual, los detalles no dan igual. Tú mantienes con él una distancia que entiendo, es un empleado, pero esa misma distancia es la que mantiene él contigo y la que yo estoy intentando derribar. Apuesto lo que quieras a que ni siquiera sabes de qué color tiene los ojos.

Quizá fuera cierto. Beatriz había dedicado mucho tiempo a espiar a Daniel Durán, había recopilado toda la información de su entorno, pero no se había parado a hablar con él más de lo imprescindible por trabajo. La conversación más larga que habían tenido fue en La Ciudad Invisible, apenas unos minutos en los que, en eso su abuela estaba equivocada, sí le miró a los ojos. Eran de un azul profundo y recordó que flotaba en ellos algo parecido a la desesperación, algo que intrigó a Beatriz durante un instante, pero en lo que no se permitió perderse. Para ella era, y seguiría siendo siempre, Durán. Un empleado. Un instrumento para conseguir reflotar un negocio que hacía aguas, y en eso había sido sincera con él.

—Daniel tiene carácter, créeme, aunque ahora no lo muestre —dijo Elsa—. Lo vi en lo que escribió para nosotras. Tengo la sensación de que en algún momento la vida le dio un bofetón del que no se ha repuesto.

—Abuela, tú y tus teorías noveleras… —dijo Beatriz.

—Tú ríete de esta vieja, pero al final siempre acabo llevando razón.

Beatriz levantó los ojos mientras movía la cabeza a ambos lados y suspiraba. Apagó el fuego y sacó dos platos que colocó en la mesa.

—Tienes que permitirme leer lo que te dejó… Daniel —dijo a la vez que ponía los cubiertos.

—Eso está mejor, deja el Durán para la oficina. Luego te lo traigo, cuando me reponga un poco. Mejor después de cenar.

—¿Estás bien? —preguntó Beatriz, preocupada.

—Sí, es solo que esta tarde he salido a dar un paseo y las fuerzas no me acompañan como siempre. Estoy un poco cansada.

—No deberías salir sola —le dijo Beatriz, sentándose a su lado y cogiéndole la mano.

—Tonterías —contestó Elsa—. No estoy en medio de la nada, si me pasara algo ya aparecería alguien. Todo el mundo lleva encima un móvil y está deseando llamar a emergencias.

Beatriz soltó una carcajada. Estaba convencida de que su abuela decía aquello muy en serio.

—No me vas a hacer caso aunque te lo pida, ¿verdad? —le dijo.

—No, ya sabes que no.

Elsa sonrió y Beatriz sacudió la cabeza de lado a lado. En toda su vida, y había vivido con ella desde que nació hasta hacía apenas dos años, cuando se mudó a Madrid para evitar los madrugones, jamás había podido con la abuela. Nunca, por mucha razón que llevase, había logrado imponer su criterio si Elsa no estaba de acuerdo, así que hacía tiempo que había dejado de intentarlo.

—¿Cuándo podrá empezar con la novela? —preguntó, mientras servía los platos.

—Aún no. Estoy bastante segura de que puede hacerlo, pero él no. Tiene que estar convencido y no lo está.

—Pues ya puede darse prisa, no tenemos mucho tiempo. No sé cuánto más podré ocultarle al resto de accionistas que estamos perdiendo dinero. Cada día que pasa, los beneficios se reducen y el departamento de contabilidad lo sabe. He logrado que mantengan la boca cerrada, pero cualquier día alguien hablará y entonces tendremos un problema más que serio. La gente se va a poner muy nerviosa y lo que menos nos conviene es una huelga o los sindicatos haciendo ruido.

La abuela lo sabía, como también sabía que, en la vida, precipitarse es la mejor manera de estrellarse. Tendrían que actuar con calma si querían que su idea solucionase el problema del Grupo Vimar.

—Por cierto —dijo Elsa, sacando de su bolsillo el pen drive de Daniel—, es mejor que te lleves esto. Sabes lo despistada que soy y no quiero dejármelo por ahí, que lo vea en cualquier visita y se lo lleve a casa.

—Tú no eres despistada, abuela. Yo lo soy más que tú.

—No sabes lo que la edad es capaz de hacer con una cabeza —dijo Elsa—. Mejor no tentar a la suerte.

—Trae, anda.

Beatriz guardó el pen drive en su bolso, que esperaba colgado en una de las sillas de la cocina.

—Y quizá no estaría mal que fueras un poco más amable con Daniel, Beatriz, y me ayudases a convencerlo de que puede hacerlo. Pásame la sal, esto está sosísimo.

—¡Ni hablar! —dijo la nieta.

Beatriz se refería a la sal, algo que el médico tenía prohibido a Elsa. En cuanto a Durán, no sabía cómo podría ella convencerlo, pero intentaría ser un poco más cordial al menos.

Daniel volvió a la redacción el jueves. El edificio del grupo editorial se situaba a la espalda de la Gran Vía, una zona de tráfico caótico y siempre abarrotada de gente. Llegó maldiciendo para sus adentros porque el autobús se había retrasado y, por si no era suficiente, al bajar tropezó con una manifestación que le dificultó aún más cumplir con el estricto horario que, más que nadie, se imponía él mismo. Llegaba diez minutos tarde, de un humor que empeoró cuando encontró a Beatriz en la entrada y esta montó con él en el ascensor.

—Buenos días —dijo ella.

—Me pagarás por lo menos el autobús hasta El Escorial, ¿no? —le dijo Daniel. Pulsó el botón de la cuarta planta.

—¿Quieres coche privado o prefieres que te ponga un chófer para ti solo? —ironizó ella.

Se mostró molesta porque Daniel se había saltado el «buenos días» de cortesía, lo que tiraba por tierra sus planes de cordialidad. Se estaba arrepintiendo del cuarto de hora que llevaba dando vueltas por el vestíbulo para hacerse la encontradiza con él e iniciar un acercamiento.

—Mi trabajo es aquí —dijo entre dientes—. Cuando alguien sale a cubrir una noticia fuera, le pagas el desplazamiento. Es justo si estoy haciendo un trabajo para ti.

Había tensión en sus palabras, pero ni un gesto que delatase que la estaba retando de alguna manera. Mientras hablaba a Beatriz, Daniel no la miraba. Se concentraba en el gris plata de la puerta del ascensor, evitando de manera consciente cualquier contacto visual con ella. Al llegar a la tercera planta, se detuvieron y dos mujeres entraron en el estrecho compartimento, lo que provocó que tuvieran que dar un paso atrás. La distancia entre ambos se redujo, a la vez que aumentaba la incomodidad de Daniel. Una de las mujeres pulsó el número seis y el ascensor se puso de nuevo en marcha. Los cuatro permanecieron en silencio hasta que las puertas se abrieron en la cuarta planta. Las mujeres tuvieron que apartarse para que salieran.

—Hasta luego —dijo una de ellas.

Por inercia, Daniel le devolvió el saludo desde el pasillo.

—Muy bonito, Daniel —se quejó Beatriz, parándose en seco—. A mí en lugar de darme los buenos días me pides dinero y te despides educadamente de ellas. Estoy segura de que ni las conoces.

Daniel volvió la cara hacia Beatriz y esta vez ella no pudo evitar sus ojos. Volvió a fijarse en que eran azules, como los suyos, aunque en él tenían una potencia de color inusual. Se quedó perdida en ellos un tiempo y, por un instante, el desconcierto que invadió a Daniel casi estuvo a punto de hacerle olvidar la palabra que le había obligado a girarse hacia ella.

—¿Me has llamado Daniel? —le preguntó extrañado.

—No sé —dijo ella, un poco confusa porque no se había dado cuenta—. ¿Qué hay de malo si te he llamado así? ¿No es tu nombre? —se defendió.

—Sí, es solo que resulta raro escucharlo de tu boca.

—Si es por eso, Durán, no se repetirá, no te preocupes. Habrá sido un descuido.

—No, no importa, es que…

—No te preocupes, te pagaré el autobús.

Las puertas del ascensor paralelo se abrieron y vomitó una nueva carga de pasajeros al pasillo de la cuarta planta, de donde no se habían movido aún. Fina López, de marketing, que estaba entre ellos, requirió la atención de Beatriz y se marcharon juntas, mientras Daniel se quedaba plantado en medio del corredor. Tardó un poco en arrancar a andar, volviéndose a enfadar porque recordó que llegaba tarde.

Tiró de la puerta de emergencia que daba acceso a la redacción y entró decidido. Solo unas cuantas cabezas se volvieron hacia él cuando se dirigía a su mesa, pero nadie le dijo nada, como siempre, una costumbre que él había fomentado a propósito. Una vez sentado, pulsó el botón del ordenador, después la pantalla y espero a que hiciera los chequeos necesarios hasta que arrancó. En ese momento, se dispuso a poner en marcha su rutina. Fue hasta el correo y tecleó las claves para abrir su cuenta. No tardaba mucho y él tampoco tenía mucha tarea, pero no soportaba los tiempos muertos, las esperas, así que abrió el procesador de textos. Solía escribir en el trabajo la base de lo que después redactaba en casa para la novela. Después, guardaba el archivo en el pen drive, pero al hacer el gesto de buscarlo en su bolsillo recordó que ya no lo tenía él.

Se sintió perdido.

Sin el aliciente de contar su propia historia, las horas sentado tras esa mesa se le antojaban eternas. Necesitaba cuanto antes empezar algo nuevo que lo mantuviera protegido de lo que le rodeaba. La escritura, para Daniel, era un modo de evasión, una inconsolable necesidad que mitigaba la soledad y espantaba sus fantasmas. Sin un trabajo que lo requiriera activo las ocho horas de rigor, era lo único que le aportaba serenidad. La buscaba para huir de su propia fragilidad, la que hacía doce años que lo perseguía. Pensar en personajes, buscar las palabras para darles forma, le brindaba una inconsciencia consciente, un consuelo que no había encontrado en nada más. Su aislamiento del mundo era voluntario, pero no podía doblegar del todo la voluntad humana de comunicarse y quizá por eso se concentró en escribir, aunque su único lector, hasta hacía unos días, hubiera sido él mismo.

Miró el correo. Tenía tres.

Uno no se molestó en abrirlo, era el odioso spam que por más filtros que pusiera se acababa colando en la bandeja. El segundo era un dosier enviado por Beatriz. Le encargaba unos pies de foto para una revista de moda, quizá lo que más odiaba de su trabajo. Él no sabía nada de qué era lo más in del momento, además le daba lo mismo. Pondría lo que le sugirieran las imágenes, siguiendo la misma aburrida secuencia de otros números de la revista, añadiría los precios de cada prenda que incluía el informe —desorbitados a su modo de ver— y se lo devolvería en media hora.

El tercer correo llegaba de una dirección que desconocía. Cuando lo abrió, supo antes de llegar a la firma de quién era. Pudo, incluso, escuchar en su mente la cadencia de una voz que empezaba a serle habitual.

Querido, Daniel:

Te adjunto una fotografía del texto que me hiciste llegar con correcciones. Reflexiona sobre ellas. Te espero mañana a las nueve con tu café listo. Con dos cucharadas de azúcar.

Elsa

Lo primero que pensó fue que debería decirle a Elsa que no le gustaba el café con azúcar. Lo segundo, que le apetecía mucho más ver ese texto que hablar sobre trapos y bolsos, pero el deber y la responsabilidad le hicieron cerrar el correo y dedicarse al primero. No le dio tiempo ni a lo uno ni a lo otro.

—Veo que la directora te ha perdonado la vida y has vuelto.

Darío Cifuentes se colocó al su lado, dándole un tremendo susto. No esperaba que se dirigiera a él, aunque tampoco le extrañaba que lo hiciera en ese tono. Darío era un gilipollas que lo odiaba, curiosamente por algo de lo que se había beneficiado. Meses antes, Cifuentes tuvo un pequeño accidente de tráfico. El taxi en el que viajaba chocó con un autobús urbano y se hizo daño en el cuello. Nada demasiado serio, pero tuvo que permanecer en el hospital todo ese día y una noche más, para evaluar las posibles secuelas. Según él, tenía un dolor de cabeza insoportable, aunque lo cierto era que le habían mandado cubrir un evento con un futbolista con el que había tenido varios encontronazos y el accidente le vino de lujo para escaquearse. Beatriz mandó a Daniel en su lugar. Este dio una vuelta por el sitio donde se desarrollaba el acto, tomó notas mentales, y regresó a su mesa. Imitar a Cifuentes era pan comido, era un estúpido prepotente que escribía bastante mal, aunque sus infinitos contactos, y el que hubiera sido tertuliano en un programa televisivo, lo mantenían en el puesto que ocupaba. Su nombre era conocido y un nombre brillante siempre vende más que un buen trabajo.

Daniel redactó la crónica sin una sola alusión cínica hacia el futbolista, más que nada porque desconocía la animadversión que se profesaban ambos. Fue un Cifuentes correcto en la forma, pero mucho más moderado y amable en el fondo de lo que solía ser Darío. Beatriz estuvo a punto de devolverle el artículo, porque ella sí sabía de la mala relación entre el periodista y ese futbolista, pero en el último momento se lo pensó. El artículo no estaba mal y ella no tenía ganas de tener que pelearse con el representante del deportista, que llamaba cada dos por tres para quejarse de las ironías de Darío Cifuentes hacia su cliente.

El resultado fue que ambos salieron reforzados de aquel artículo. Darío parecía haber enterrado el hacha de guerra y el futbolista, en otra entrevista, incluso alabó que hubieran hecho las paces. La popularidad de los dos dio un salto y Cifuentes reclamó un aumento de sueldo que, por supuesto, Beatriz denegó.

—No fuiste tú quien lo escribió —le dijo—, fue Durán. Si quieres, le subo el sueldo a él.

Desde entonces, Darío se había inventado dos indisposiciones más, que por supuesto había suplido Daniel, y con cada elogio que recibían esos artículos, Darío acumulaba más bilis contra él. De cara a la galería estaba encantado de tener una mejor reputación, pero le fastidiaba que Beatriz supiera quién era de verdad el responsable de ella.

—¿Qué quieres, Cifuentes? —preguntó Daniel.

—Nada. Me preguntaba qué clase de «favores» le estás haciendo a Beatriz para que no te haya puesto de patitas en la calle por arruinar a la empresa con tu incapacidad.

Daniel le miró durante un momento y después volvió la vista a la pantalla. Abrió una de las imágenes de la revista de moda y se dispuso a escribir el texto.

—Esa pieza es mía, que lo sepas —le dijo, acercándose mucho al oído de Daniel, para que nadie más lo escuchase—. No sé qué habrás hecho para que no te haya echado después de la metedura de pata del otro día, pero, si en tus planes está meterla en tu cama, siento decirte que llegas tarde.

Se alejó de la mesa, dejándole desconcertado. ¿Beatriz tenía un romance con Darío Cifuentes? Se dijo que tenía que prestar un poco más de atención a lo que sucedía a su alrededor, aunque no le interesase lo más mínimo la vida personal de sus compañeros de trabajo. Intentó hacer memoria, por si recordaba alguna ocasión en la que hubiera visto al redactor de deportes llegar o irse con la directora, pero a lo máximo que alcanzó fue a algunas veces contadas en los que le había visto salir del despacho de ella con papeles en la mano.

Decidió que no merecía la pena perder cinco minutos más de su tiempo pensando en las tonterías de Cifuentes y en sus devaneos amorosos con la señorita Álvarez, aunque hubiera jurado que sintió un pinchazo en el pecho que no logró identificar a qué se debía.

Como había calculado, en media hora tenía listos los textos de las fotos. Los envió tras un último repaso y abrió el adjunto de Elsa. Le hizo un zoom a la fotografía de la página que había escrito y sus ojos se abrieron al ver la cantidad de correcciones que tenía. Había casi más notas que texto: tachones, cambios de preposiciones, frases rehechas… Si aquello fuera un trabajo escolar, el suspenso no se lo quitaba nadie. Agarró un folio en blanco y un bolígrafo, y se dispuso a reescribir el texto siguiendo todas las indicaciones. Costó bastante entender algunas, pues la letra era diminuta y titubeante, la letra de alguien que durante su infancia se había pasado horas haciendo ejercicios de caligrafía, pero que con el tiempo había olvidado el esmero del aprendizaje. Las palabras se estiraban, convirtiendo casi en un ejercicio de adivinación el descifrar con exactitud lo que ponía. Durante las dos horas siguientes se esforzó en el nuevo texto y, cuando se fijó en su propia hoja, estaba tan llena de tachones que decidió volver a empezar. Al rato, cuando terminó, lo leyó de nuevo. Se parecía a lo que escribía Novoa más de lo que él mismo hubiera imaginado.

Pensó en mandárselo de vuelta a Elsa, pero tenían una cita al día siguiente. Podía esperar.

—Esto está mejor, Daniel —le dijo Elsa la mañana del viernes, mientras se quitaba las gafas de lectura y las dejaba con suavidad sobre la mesa de la cocina.

—¿De verdad?

—Sí, has captado el tono, el ambiente de El hombre inconstante y la manera particular que tiene Alejo de narrar. Podría haberlo escrito él.

Le miró y Daniel dejó escapar también una sonrisa. Se sentía satisfecho por ese pequeño logro, aunque era consciente de que una página no es una novela y le había costado dos horas y una ayuda extra. A ese ritmo necesitaría años para escribir doscientas, o dedicarse por completo a ella si quería cumplir el plazo.

—He dicho «podría», pero todavía no has llegado —añadió Elsa. La sonrisa de Daniel se esfumó por completo—. ¿Te importa si hablamos ya de la tercera pregunta?

—¿Ahora? Pensaba que primero nos centraríamos en la novela, en las ideas que tiene Alejo Novoa para ella.

—Todo a su tiempo. Aunque lo has hecho bien, creo que no estás preparado todavía. Mejor vayamos con la entrevista.

Casi la había olvidado, tanto que ni siquiera había anotado las respuestas de los días anteriores, aunque las recordaba con nitidez, tal y como le había advertido Elsa. Asintió con la cabeza y buscó en su carpeta el cuestionario. No había vuelto a mirar sus notas desde que desde que enviara las preguntas por correo y no se acordaba de qué preguntó en tercer lugar.

—Déjalo —le dijo ella, posando su mano en el brazo de Daniel—, yo sí la recuerdo. Le preguntaste qué le había aportado a él El hombre inconstante. Supuso que te estabas refiriendo a dinero.

—¿Qué te dijo?

—Que eres un desastre preguntando —contestó ella—, pero algo se podrá hacer con la respuesta para que no quedes como un principiante. Espera.

Elsa se levantó de la silla y salió de la cocina. Volvió con un par de libros bajo sus manos que colocó encima de la mesa. Daniel los giró para ver los títulos y enseguida descubrió que se trataba de dos manuales de autoayuda de los que se vendían muy bien y que se podían encontrar en cualquier librería. Varias ediciones de ellos y cientos de miles de libros esparcidos por el mundo los colocaban en la lista de los best sellers más destacados. Incluso él los había mirado, aunque ese tipo de libros no estaban entre sus preferidos y jamás llegó a adquirir un ejemplar. Daniel, como siempre, esperaba expectante a que Elsa le mostrase la respuesta de Novoa y lo que tenía que ver con aquellos libros.

—El hombre inconstante fue esto para Alejo —dijo al final Elsa.

—¿Un manual de autoayuda?

—Una terapia en palabras, una manera de exorcizar demonios que vagaban en su interior. Tú lo has leído, sabes de qué trata, cuál es el tema de la novela, ¿verdad?

—La soledad —contestó sin dudar un solo instante.

—Sí, ese es el tema, pero no se trata de una soledad externa, de una situación en la que no hay personas a tu alrededor que te demuestran su cariño. No es eso. El Poeta transmite una soledad mucho más aterradora. Quiere pelear contra las injusticias de su mundo más próximo, pero tropieza una y otra vez con una sociedad en la que la libertad no existe, en la que las normas morales son tan absurdas que le impiden hasta el consuelo de la protesta.

—Está ambientada en la posguerra. Fue una época complicada para la literatura, por la censura sobre todo.

—Complicada es una palabra que no abarca el significado de ese tiempo, y no solo para la literatura. Voy a enseñarte otra cosa.

Elsa se levantó y dirigió sus pesados pasos hasta el dormitorio de la colcha blanca. Volvió con un marco de fotos gastado. Antes de dárselo a Daniel, pasó la palma de la mano con suavidad por el cristal. En el gesto, un simple ademán que parecía que lo único que pretendía era quitar el polvo acumulado en la superficie, descubrió una caricia de nostalgia. Daniel lo tomó entre sus manos y miró la fotografía en blanco y negro. En ella, un grupo de niñas sonreían al fotógrafo. Transmitían la felicidad infantil de ser protagonistas de algo que en ese momento era bastante excepcional, ser fotografiadas en plena calle.

—La del centro soy yo —dijo Elsa.

—Eras muy rubia —comentó Daniel.

Aunque la foto se movía en una secuencia de blancos y negros que con el tiempo se habían ido desluciendo, virando a sepia, todavía se podía adivinar en ella que Elsa tenía el pelo muy claro.

—Tenía el pelo casi tan blanco como ahora, yo no diría que era rubio. Pero no era eso lo que quería que vieras. Fíjate mejor.

Daniel siguió observando la instantánea. Los zapatos de las niñas tenían aspecto de gastados y estaban muy sucios. Su ropa era escasa y denotaba un origen humilde y el carro que aparecía al fondo y las destartaladas construcciones indicaban que la foto había sido tomada en algún pueblo.

—¿No ves nada más? —le preguntó Elsa, cuando terminó de describirle lo que se apreciaba a simple vista.

—Parecen felices.

—Cierto, esta foto captó un instante de felicidad, es un oasis dentro de aquel tiempo. Mira bien a las niñas, Daniel, compáralas con las que te cruzas a diario. Hay una gran diferencia con ellas.

—No visten igual.

—Desnúdalas y dime algo de ellas. No de la sonrisa que ves, sino de lo que esconde, pero que en esta foto es evidente.

Se sorprendió ante la petición. ¿Cómo que las desnudara? ¿Qué era lo que quería decir? Continuó mirando la foto, haciendo el esfuerzo de imaginarlas sin ropa y después hizo lo mismo cerrando los ojos e imaginando a una niña cualquiera de su tiempo. Eran niñas. En apariencia, iguales. De pronto, sin saber muy bien por qué, recordó a su abuela protestando cuando él era pequeño, por la cantidad de juguetes que un año le habían traído los Reyes. En su cabeza escuchó su voz, hablándole de lo feliz que se sentía ella cuando le dejaban un puñado de castañas con el que su madre le hacía un puré dulce que era lo mejor del año.

—Hambre.

—Sus cuerpecitos esqueléticos lo gritan, pero no solo era hambre física. Era algo más. Estas niñas no tenían nada. Ni siquiera el derecho a educarse como los niños.

—Pero había escuelas…

—Sí, donde se nos separaba por sexos y se nos enseñaban cosas diferentes. Con mucho sentido práctico —ironizó—, a nosotras nos reservaron el privilegio de enseñarnos cualquier cosa que nos convirtiera en buenas cristianas, buenas patriotas y excelentes esposas. Suerte que se les pasó por alto que enseñarnos a leer era un acto revolucionario…

—Escuelas de niños y niñas.

—Daniel, el Poeta miraba el mundo como acabas de mirar esta foto, aunque te haya costado un poco. Veía más allá y su lucha interna era no poder expresarse en ese tiempo tan complicado. El Poeta es Alejo, aunque creo que eso ya lo sabes.

—Sí, es lo que estudié.

—Él miraba y callaba, ni siquiera a tus padres era fácil plantearles algo que se saliera del guion que habían trazado para nosotros. Alejo escribió esta novela, creó un trasunto de sí mismo en el Poeta para deshacerse de la angustia interior, de esa soledad en la que se encontraban sus pensamientos. El hombre inconstante le devolvió la paz, pero fue temporal. El éxito de sus palabras fue su siguiente condena. Te lo dije, gestionar eso no es sencillo. Si quieres ser escritor, tendrás que prepararte para fracasar, y seguro que lo haces muy bien, no es tan complicado asumir que uno se equivoca. Lo verdaderamente difícil es acertar de lleno y aceptar lo que conlleva. Estar en el lugar adecuado y en el momento preciso, que algo que tú has hecho concite todas las miradas y te ponga en el centro de un mundo al que ni siquiera te habías planteado pertenecer. Hay que ser muy fuerte para seguir ese ritmo y Novoa no lo era. Tenía demasiadas heridas.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
301 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413486550
Правообладатель:
Bookwire
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