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ESTACIÓN BERLÍN

MARTÍN RICHARD


Richard, Martín

Estación Berlín / Martin Richard. - 1a edición especial - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tamara Herraiz, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-86-4611-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas Realistas. I. Título.

CDD A863

A mi mujer y mis hijos. Y a la memoria de mi amigo José.

Los recuerdos son como perros abandonados, vagabundos, nos rodean, nos miran, jadean, aúllan alzando la vista a la luna; querrías ahuyentarlos, pero no se marchan, te lamen ávidamente la mano, y cuando les das la espalda, te muerden...

Yo otro: (crónica del cambio), Imre Kertész

I

El aeropuerto de Berlín lo sorprendió por lo pequeño. El control de inmigración y retiro de equipaje fue rápido y, en minutos, Germán Repetto se encontró contemplando un sol transgresor de mediodía que una brisa helada se empecinaba en atemperar. En la parada de taxis, afuera de la terminal, la fila de coches excedía la demanda de los pocos pasajeros que por allí deambulaban. Le tocó un Mercedes Benz grande, probablemente un último modelo. Con la ayuda del chofer, un hombre de mediana edad, grueso, de pelo rubio y canoso, cargó las dos valijas que había traído casi vacías.

-¿Regent Hotel? -le preguntó.

El conductor asintió con un movimiento de cabeza y arrancó sin decir palabra. El trayecto hasta el centro de la ciudad tomó algo más de veinte minutos. A través de las ventanillas del automóvil, fue observando calles amplias y edificios bajos y nuevos. A lo lejos, por sobre el perfil de la ciudad, sobresalía una gigantesca antena con forma de estación espacial.

-¿Qué es eso? -preguntó en inglés.

Germán nunca antes había estado en Berlín.

-Television station built by russians -le contestó el chofer con un marcado acento, que bien podría haber sido ruso.

Recordó entonces haberla visto en las páginas de internet que había consultado antes de emprender el viaje. Era el edificio más alto de la ciudad y había sido construido en la época de la República Democrática Alemana, mucho antes de la caída del Muro.

Lo recibía un día casi sin nubes. Los árboles de abril apenas mostraban minúsculos brotes en sus ramas. Pensó que al llegar al hotel lo primero que haría, después de llamar a sus dos hijos, sería revisar el pronóstico del tiempo para los próximos días. Y luego, tratar de descansar un rato. Miró el reloj, hizo una rápida operación mental y calculó que habían transcurrido veintitrés horas desde que había salido de su casa en las afueras de Buenos Aires. El viaje, contando la escala en el aeropuerto de Heathrow, había sido desgastante. Aún así, le parecía increíble estar en Berlín experimentando una repentina inyección de vitalidad, como si hubiera ganado una rifa, o hubiera terminado de darse una ducha de agua helada. Pensó en lo poco que le importaba en ese momento el cansancio acumulado. Desde la muerte de su esposa, hacía ya casi tres años, algo empezaba a aclarar en su vida.

II

Germán viajó apretado en un asiento de clase económica y apenas pudo dormitar. Su metro noventa de estatura casi no podía acomodarse y las rodillas hinchadas raspaban contra la butaca de adelante. No pareció ser tan insoportable para la mujer que ocupaba el asiento del pasillo. Tal vez porque era más pequeña. La espió mientras dormía. Lucía joven, le calculó unos cuarenta años de edad. Antes de despegar, ella había dejado la tarjeta de embarque visible encima de un libro que apoyó en la pequeña mesa rebatible del asiento vacío que había entre ambos. Estaba a nombre de Andrea Meder.

Desde la muerte de Clara, Germán sentía culpa al mirar a una mujer. No podía darse todavía el permiso de hacerlo libremente, en algún lugar lo consideraba un acto de infidelidad. Como viudo, nunca había ido más allá de una ocasional charla, una conversación formal, jamás un diálogo que abordase temas privados o que infiriese un interés íntimo de su parte. Había algo adentro de él que le impedía pensar en términos sexuales. Debía mirar sin mirar. Por más que sus amigos (y en ocasiones su hija Rosario) le dijesen que algún día debía dar vuelta la página.

La única salida, después del cáncer de Clara, fue una que le impuso Paula, amiga de su mujer y madre de una compañera del colegio de Rosario, y que resultó ser un gran fiasco. Paula fue quien acompañó a su esposa hasta los últimos momentos y le agradecía eso, y también su insistencia porque diera ese paso. Sospechaba que su empeño en convencerlo obedecía a un expreso pedido de Clara. De esos que se hacen de mujer a mujer. Algo parecido a: Jurame que no lo vas a dejar quedarse solo. Un día le preguntó a Paula si en efecto hubo un pedido en esos términos pero se lo negó. En un evento de fin de año del colegio, ella le insistió con que tenía que animarse, nada comprometedor, sencillamente probar con una simple salida a cenar. Metas cortas, para “empezar a mover las piezas, desentumecer los atrofiados músculos”, esas fueron sus exactas palabras.

Meses después le dijo, en una reunión de padres, que le quería presentar a una amiga divorciada.

-¿Por qué no la llamás? -le propuso en un tono que podía interpretarse como una orden.

En ese momento Germán respondió con una rotunda negativa. Pero después de darle vueltas al asunto, accedió. Nunca supo bien si fue por no contradecir el mandato oculto de su difunta esposa o para no tener que negarse nuevamente ante Paula. Recordaba esa salida como un banco de niebla, un paréntesis en el tiempo. Fue sólo su cuerpo el que estuvo allí, aquella noche, en aquel restaurante. Trató de recordar lo que había comido, del rostro de la mujer que tenía enfrente, el nombre del lugar, el color del plumaje de las aves estampadas en los enormes jarrones orientales que decoraban la entrada. Como una gran ola, su memoria arrasó con todo lo que había pasado durante aquella velada (incluso no se acordaba del nombre de su cita). Tiempo después entendió que él, mientras conversaba con la divorciada que tenía enfrente, en realidad había estado en otro lado, en un lugar que lo atraía como un imán, que no lo dejaba despegarse del dolor y la tristeza que lo invadía, pero que a la vez le daba paz. Un lugar que no quería ni podía olvidar, como el bebedero de piedra de la plaza adonde jugaba cuando era chico, o la heladería a la que lo llevaba su padre los domingos después de misa.

El avión aceleró de repente las turbinas.

-¿Pasa algo? -murmuró sobresaltada su vecina de asiento.

-No nada, dormí tranquila, no pasa nada -le dijo Germán sin desviar la vista de la pantalla empotrada en el respaldo del asiento de adelante.

III

Rosario acababa de cumplir diecisiete años. Era asombroso el parecido que tenía con su madre. Delgada, de pelo lacio castaño y facciones filosas. Y hasta algunas pecas en el rostro. En vida de su esposa, Germán ya tenía una relación especial con su hija. Le leía pasajes de los textos que escribía, cuentos o partes de novelas, y ella los escuchaba concentrada, como si estuviera jugando una partida de ajedrez. En ocasiones lo interrumpía y se animaba a sugerirle modificaciones, agregados. Eran, la mayoría de las veces, intervenciones agudas, incisivas, precisas pinceladas que le daban el detalle que le faltaba. Como aquella vez en que le leyó un cuento donde uno de los protagonistas era la madre de una niña algo distraída, y ella le sugirió escribir una historia de una chica de seis años que se perdía en un parque de diversiones. Pero esa complicidad que disfrutaba con su hija a través de la lectura de sus textos se había esfumado. Desde la muerte de Clara, él no había vuelto a escribir una línea.

Mientras miraba el mapa de vuelo en el monitor que tenía enfrente, recordó aquella noche en que Rosario le había propuesto que emprendiera el viaje. Estar sentado en la butaca de un avión con destino a Berlín se lo debía a ella, si por él hubiese sido se hubiera quedado en su casa con sus revistas de crucigramas, el pasatiempo al que se había sometido durante el duelo para neutralizar el pegajoso aburrimiento de la media tarde. Ella había tomado la iniciativa e insistido como nunca antes. Recordó sus exactas palabras, meses atrás, durante una cena en familia:

-Pá, ¿porqué no hacés el viaje que tanto querías hacer con mamá? Marcos y yo nos podemos cuidar solos.

En ese momento recibió la propuesta de su hija como un certero uppercut a la quijada. Después del cáncer que mató a su esposa no podía ni imaginar efectuar en solitario el viaje que habían soñado juntos. Recordó una de las últimas conversaciones con su mujer. Ambos tenían un profundo deseo de conocer Berlín y algunas ciudades de la Europa del Este, en especial Praga y Budapest que estaban al tope de las preferencias. Habían viajado por las Islas Británicas e Irlanda cuatro años antes y los había cautivado la idea de darse otro gusto. Pero cuando recién empezaban a planear el viaje surgió la enfermedad. Postergaron todo para cuando Clara se curase. Todavía resonaba en su interior la voz de su mujer en el sanatorio, en el momento en que el cáncer ya estaba muy avanzado, pero ella aún se hallaba lúcida:

-Te quedás sin compañera de viaje -le dijo mientras hacían que miraban la tele.

Se levantó, la abrazó y quiso decirle algo. Pero no pudo articular palabra.

¿Cómo podría viajar solo sin traicionar su memoria? ¿Cómo podría pararse delante de su tumba y contarle que se iba sin ella? Sería bastardear los sueños, anhelos, proyectos, secretos que tuvieron juntos; o como enfrentarte con tus compañeros de equipo después de fallar la jugada del partido, la que había sido planificada hasta el más mínimo detalle, y todo por la aberrante decisión de haberte salido del libreto.

-Te prometo que lo voy a pensar -le contestó esa noche a su hija con la voz entrecortada.

Pero a pesar de su resistencia inicial, se quedaron hasta las dos de la mañana mirando destinos, pasajes, hoteles, precios. Lo hacía sentir bien esta renovada intimidad que tenía con Rosario. Ella le contaba acerca de su mundo, la escuela, las amigas, las salidas a la noche y los progresos que lograba en las clases de repostería que estaba tomando con su tía Susana, la hermana mayor de su madre, en la tienda de tortas y masas de Beccar que había abierto hacía ya varios meses. También le informaba sobre los peligros que acechaban. Hacía poco le había confesado algo que había sucedido con su mejor amiga durante un “pre-boliche” en la casa de una compañera de escuela. Su amiga terminó en la guardia con un coma alcohólico y ella la acompañó toda la noche mientras le hacían un lavaje de estómago.

-Estaba yo sola, no vino nadie de su familia hasta las once de la mañana -le contó indignada.

Su hija era un palenque fuerte, robusto, un lugar seguro donde acudir cuando las defensas flaqueaban. Aunque a veces ella también necesitaba la ayuda de su padre. Rosario extrañaba a su madre. Le decía que se acordaba todos los días de ella y cuando eso ocurría era un golpe, no en una zona determinada sino en todo el cuerpo. Un impacto que tenía el efecto de detenerla en seco, rogando que por favor se pasara pronto. Le contó a su padre que no era algo constante. Venía y se iba. Pero le ocurrió que, de a poco y sin darse cuenta, se fue acostumbrando a esa montaña rusa. Como si hubiera estado atrapada en una cueva submarina sin poder sacar la cabeza afuera del agua y de repente hubiera encontrado la salida. Había sucedido hacía muy poco, y desde ese momento su vida comenzó a tener más sentido. Empezó a pensar en un proyecto universitario (se inclinaba por hotelería y turismo) y hasta apareció en su radar un chico que vivía cerca que la llamaba para invitarla a salir; pero por ahora le decía que no podía.

Mientras trataba de conciliar el sueño, Germán sonrió al recordar esos diálogos con su hija. Se había preguntado más de una vez, después de esa noche en que ella prácticamente lo obligó a planificar y organizar todo, si el viaje tenía algún sentido. Lo que en realidad él podía, lo que tenía fuerzas para afrontar, era dejarse llevar, dejar pasar el tiempo. Sentía una irrefrenable pulsión por escaparse del mundo y abandonarse a sus recuerdos. Entregarse a la rutina de no hacer casi nada de lo que ocupaba su vida antes de enviudar, que era principalmente escribir. Había escrito una novela y un libro de cuentos que habían tenido buena acogida en el público. La novela arrojó respetables ventas y obligó a una segunda edición. También se tradujo al inglés y al portugués y tuvo cierto éxito en el formato de libro electrónico. Ni siquiera se había acercado al escritorio y la silla donde siempre se sentaba, bajo la ventana que da al jardín. Ni tampoco había intentado ir a un bar con su notebook, como solía hacer a veces en vida de Clara. Su imaginación, su capacidad creativa, lo que antes fluía a cada momento, era un pájaro entumecido, aterido de frío en un rama solitaria.

Germán vivía de los ingresos de las librerías comerciales y dos locales que había heredado de sus padres, pero dejó de ocuparse de los números y las compras y le pidió a su hermano Gustavo (el único que tenía) que lo reemplazase. Él a duras penas estaba en condiciones de hacerse cargo de sí mismo y de sus hijos. Le preocupaba especialmente Marcos, su hijo menor, de doce años, que se refugiaba cada vez más en el mundo exterior fuera de la familia, en sus amigos, la escuela, los deportes. Marcos era su clon, pelo negro enrulado, ojos verdes, cara redondeada. Tenía un diálogo casi inexistente con él, las conversaciones que proponía quedaban, la mayor parte de las veces, truncas, cortadas, como si su hijo temiese abrirse ante él. En ocasiones, tenía la sensación de que su hijo era un animal lastimado que no permitía que lo curasen. En lo que encontraba un hilo conductor del vínculo era en la pasión de ambos por el fútbol; cada tanto iban juntos a la cancha de San Lorenzo, cuando se jugaba un partido importante. Allí sentía que se volvía a conectar, que por un momento su hijo le permitía entrar en él, le permitía verlo sin su armadura durante un instante. Pero era algo efímero. Después, las puertas de acceso se cerraban y ya le era difícil volver a entrar en esa misteriosa humanidad. Sentía que de a poco se estaba alejando de él y que no tenía fuerzas ni herramientas para salir de ese lugar. Sabía que, al igual que su hermana, el chico extrañaba a su madre. Él había sido la debilidad de Clara, que fue quizá la única persona que se manejó a gusto con sus silencios. Se entendían con la mirada, los gestos. A veces ella le decía a Germán que probara leyéndole historias de otros, libros juveniles de aventuras, seguramente de esa forma iba a poder relacionarse. Lo intentó, pero su hijo se le escapaba. Entonces, día tras día, fue abandonando la empresa, perdiendo las esperanzas, como quien deja ir la línea al fondo esperando algún pique. Y ahora que Clara no estaba, no tenía fuerzas para recoger el hilo, para liberar el anzuelo enganchado en una piedra profunda. Entonces se dejó llevar por la inercia. Navegaba a la deriva en su relación con Marcos. No tenía herramientas ni energía para seguir haciendo esfuerzos. Se sentía un alcohólico aferrado a la botella que era el recuerdo permanente de su mujer; para él cada trago era la caminata que hacían por las calles empedradas de Victoria casi todos los sábados o, en la noche de su aniversario de casados, cada 24 de octubre, la escapada que se permitían los dos solos a un restaurante frente al río, en San Fernando.

IV

El avión dejó atrás nuevas turbulencias. El mapa de vuelo indicaba que estaban sobrevolando el Océano Atlántico, al norte del Brasil. Su vecina Andrea ni se inmutó y siguió mirando una película. Germán intentó espiar qué era lo que estaba viendo, una digresión voyerista que acarreaba de su pasión por los libros. Siempre que veía a alguien leyendo tenía una irrefrenable curiosidad por saber el título de la obra y el autor. Pero la pantalla de su vecina observada en diagonal distorsionaba y no pudo determinarlo. Frustrado, decidió entonces ver una película. Pulsó el botón del menú en la pantalla que tenía enfrente y seleccionó “movies”. Había una gran variedad, y después de una primera pasada no se decidió por ninguna. Fue a la ventana de estrenos y por alguna razón (probablemente porque le daba pereza seguir buscando) eligió “Everest”. A medida que iba transcurriendo la película, se dio cuenta de que era una mala adaptación cinematográfica del libro del periodista y escritor americano John Krakauer, que él había leído hacía cuatro o cinco años, y que narra la historia de una empresa que garantizaba hacer cumbre en el techo del mundo, pero una subida culminó con la mayor tragedia en la historia del montañismo mundial.

Antes de que terminase la película, aparecieron por el pasillo los carritos ofreciendo la cena.

-Chicken or pasta -le preguntó una azafata veterana con un pronunciado acento británico.

Al igual que su vecina, Germán optó por la pasta. Resultó ser una especie de masa uniforme, blancuzca, a los cuatro quesos, con gusto a nada. En realidad poco de lo que había en la bandeja de plástico tenía sabor alguno, pero sentía hambre, por lo que devoró el pan, el queso untable y el postre de manzana. Afortunadamente la pequeña botella de vino blanco que le dieron alcanzó para dos generosas medidas. Mientras lo saboreaba, pensó en ponerse a escribir ahí, en ese momento. Le dio un nuevo sorbo al vino blanco mientras se preguntaba si el viaje le devolvería las palabras que se le habían esfumado como el vapor de una alcantarilla. Se le ocurrió que podría comenzar una especie de diario. Recordó el consejo de un autor inglés que sostenía que un escritor debía obligarse a escribir por lo menos veinte líneas al día. De lo que sea, de cómo se sentía, del aspecto de la visita que llamaba inesperadamente a su puerta, de una noche de amor con la propia esposa o con una amante. En su caso, podría ser con todo lo que enfrentaría durante las próximas tres semanas, tiempo que duraría el viaje, lo que tenía que hacer era apuntar cada detalle de lo que iba viendo. En un pedazo de papel, una servilleta o un anotador. No importaba si lo que escribía le serviría en un futuro. Sólo debía aflojar los dedos, escribir lo que fuera que le estaba ocurriendo y pasarlo todo en limpio a la noche, en la soledad del cuarto de hotel que le tocase.

Las azafatas ya habían retirado las bandejas de todo el pasaje y las luces del avión se apagaron. No podía conciliar el sueño. A su lado, su vecina dormía profundamente. Cerró los ojos y procuró dormirse. Pero no hubo caso, el sueño no se apoderó de él. Probó con un libro que había llevado consigo para el viaje, era de un escritor checo. Se la había recomendado un amigo. El título lo atrajo: “Una soledad demasiado ruidosa”. Espió la sinopsis. La obra había sido escrita por Bohumil Hrabal durante la Checoslovaquia comunista y había sido prohibida en su momento por el régimen. Luego, años más tarde, se permitió su publicación. Situada durante la Segunda Guerra, narra la historia de un hombre que vive solo (Hanta, se llama) y que trabaja desde hace treinta y cinco años en una trituradora de papel que destruye libros y obras de arte. Pero el protagonista guarda algunos de ellos en una bolsa, se los lleva a su casa y allí los lee. Comenzó la lectura del primer capítulo de la novela y la historia lo atrapó de inmediato. Hanta separa libros y mientras lee, va rescatando lo más bello de ellos. Vive en un país en el que la gente toma cerveza y ama los libros. Y él bebe hasta el hartazgo. Pero no lo hace para embriagarse. Bebe para que el alcohol le agudice los sentidos, para que los textos penetren dentro de él hasta el centro mismo de su existencia, para que la lectura lo conmueva, le provoque escalofríos. Y siente que en su interior él es un manojo de libros, y que provocan allí dentro una pequeña llama que hace que siga vivo. Germán levantó la vista del libro y vio tres luces de lectura encendidas, pasajeros que, seguramente como él, no podían conciliar el sueño. El resto de la cabina estaba sumida en la más completa oscuridad. Y el único sonido que se escuchaba era el rugir de las turbinas del avión. Volvió a Hrabal. Hanta cuenta que a veces se queda dormido encogido, un gato acurrucado, y se levanta a la medianoche sintiéndose indefenso, en medio de una soledad poblada de pensamientos extraídos de los libros que fue salvando de la trituradora. Hanta no tiene a nadie a su lado. Y dice que puede darse el lujo de abandonarse a su soledad sin estar abandonado, porque siempre van a estar ahí los libros.

Germán marcó la página y cerró la novela. Se quitó los anteojos y guardó todo en el estuche que estaba delante de él. Giró su rostro hacia Andrea para observarla. Seguía profundamente dormida. Tenía su cabeza ladeada hacia él y su pelo rojizo se había volteado hacia una mejilla. Se había puesto unas anteojeras color verde para dormir. De repente, sintió el impulso de quitárselas y admirar ese rostro dormido. Estiró la mano hacia ella, y se detuvo. La retiró rápido, avergonzado. Apagó la luz de lectura, apoyó la nuca, cerró los ojos e intentó dormirse con una palabra que le daba vueltas en su cabeza, que casi logró recordar, pero aparecía y se retiraba de su mente como la silueta de un pequeño pájaro en su nido. Hasta que el sueño comenzó a invadirlo y decidió declinar.

V

El taxi se adentró en Berlín por calles más angostas. El tráfico seguía siendo intenso, aunque, para ser un sábado, fluía. Germán miraba en silencio por la ventanilla y pensó que el sector de la ciudad que estaban atravesando tenía un parecido con Washington D.C., donde había pasado algunos años de su vida, cuando era un joven estudiante.

Allí había conocido a Clara.

Lo recordó, mientras el taxi continuaba su marcha por una avenida infestada de locales comerciales. Los rasgos, las facciones de su esposa en esa época reaparecieron en su mente como si se encontrase con el rostro de un viejo amigo en el extranjero, en un pueblo donde uno no espera tal cosa. Había ocurrido veinticinco años atrás, en la planta baja de la escuela de economía de la Universidad de Washington, en el salón de estar para estudiantes. Forzó su memoria. Las imágenes aparecían y se iban, como una transmisión defectuosa. Después de una de las primeras clases del curso, había dejado sus libros en el armario que le habían asignado, tomado unos apuntes que tenía allí guardados para la clase de las once y se había dirigido a una de las mesas esparcidas alrededor del ambiente. En el trayecto, se había servido café en un vaso de plástico de uno de los dos termos ubicados en una mesa auxiliar. Estuvo tentado de tomar uno de los donuts rellenos con dulce de frambuesa, pero desistió. El café era gratis, los bollos no; para tener derecho a uno de ellos, había que dejar un dinero a voluntad en un recipiente ubicado junto a los termos.

Eligió una de las mesas más pequeñas, la que estaba libre de ocupantes, apoyó el vaso de café y los apuntes y empezó a leer. Levantó la vista y vio que una chica se dirigía a la parte opuesta de la mesa. Sin dejar de mirarla, se acomodó en la silla, dejó los libros y comenzó a examinar la pantalla de su netbook. Germán la reconoció. Asistía a la clase de cálculo. Parecía completamente compenetrada en lo que hacía, tanto que pensó que no iba a registrarlo ni aún si le preguntara algo. Pensó en llamarle la atención. Pero no fue necesario, porque en un momento clavó sus ojos oscuros en los de él. Durante unos segundos que le parecieron minutos Germán le sostuvo la mirada, pero después la apartó.

El taxi cruzó por debajo de lo que sería una estación de tren, donde también había varios restaurantes con mesas y sombrillas tendidos a lo largo de las vías que se asemejaban a las mangas de un aeropuerto. A esa hora rebasaban de comensales.

Recordó que en aquel momento le había calculado a la chica unos veintitantos años. Morocha, pecosa, de pelo lacio y facciones angulosas, contrastaba con el biotipo femenino promedio que se veía por allí. Parecía un pájaro de colores en medio de una bandada de aves uniformes. También aparentaba ser diferente. Por cómo actuaba durante las clases, la forma en que hacía preguntas a los profesores, la manera en que movía sus brazos y sus manos, se mostraba segura de sí misma. Bien erguida, sacando pecho. Como si nada ni nadie la pudiese detener.

El taxi disminuyó la velocidad. Vio el enorme cartel del hotel encima de la puerta giratoria. El chofer giró en U y se estacionó frente al acceso.

El diálogo que siguió al cruce de miradas lo tenía grabado a fuego.

-¿Vos sos el argentino de la clase de cálculo, no?

-¿Y vos la argentina de las preguntas sorprendentes?

Se rieron. Se acordaba bien de eso. También de que se quedaron hablando un rato largo de sus familias, de lo que extrañaban sus casas, de los planes que tenían para cuando terminaran el curso. En un momento, Clara miró su reloj y dijo que era casi la hora, que había que subir a clase. Juntaron sus apuntes, libros y computadoras de la mesa y emprendieron la marcha. Cuando estaban subiendo la escalera, ella, que iba delante, se detuvo, giró y le dijo:

-El sábado hacemos un asado con unos amigos en el parque. Bueno, en uno de los quinchos que hay ahí. ¿No querés venir?

VI

El Hotel Regent ocupa un cuarto de manzana y tiene una arquitectura mezcla de contemporánea y señorial. Es bajo, de no más de ocho pisos, y está situado en una zona moderna de la ciudad.

La habitación que le habían dado era amplia, con todas las comodidades, y una puerta ventana cubierta con un cortinado estampado, que daba paso a una pequeña terraza que miraba a la calle. Deshizo una de las valijas, la mediana, en la que había empacado poca cosa. No era de tener mucha ropa y hacía dos años que no se compraba absolutamente nada, quería verse igual que antes, no cambiar. Su hija lo trató de convencer de que debía aprovechar el viaje para renovar su vestuario, le respondió que lo iba a pensar, más que nada para que no siguiera insistiendo. El carry on lo dejó a un costado. Había cargado unos libros, una campera y un bolsito con los implementos de baño, que fue lo único que retiró. Se dio una ducha y se acostó un rato para descansar. Envió mensajes a sus dos hijos para avisarles que había llegado bien y que los pensaba llamar más tarde. Estaba demasiado cansado para encarar una conversación que como mínimo duraría media hora. Espió el pronóstico del tiempo y se alegró de su suerte: iban a ser días fríos pero despejados. Se durmió profundamente cerca de una hora, se levantó con frío y sobresaltado. Tardó unos segundos en darse cuenta dónde estaba.

Se cambió y bajó al lobby. Se dirigió hacia la derecha al amplio mostrador de madera oscura y herrajes de bronce, pidió un mapa y datos al conserje y luego salió a caminar por la ciudad sin tener la más mínima noción de su geografía. También desconocía el idioma, y por ello al principio dio vueltas sin rumbo fijo, como si estuviera metido en un laberinto de paredes de concreto. El jet lag lo hizo olvidar que había comprado y pagado desde Argentina un city tour tipo “Hop On, Hop Off”. Hubiera sido ideal si lo hubiese recordado en ese momento (recién se dio cuenta a la noche). Subirse a un bus, dejarse llevar y que le contaran lo que iba viendo era justo lo que necesitaba.

Deambuló por calles residenciales franqueadas por árboles de ramas desnudas, de una altura media, la mayoría de ellos eran robles, arces y ginkgos, por avenidas de tilos de cinco o seis metros de altura, y almorzó en un bar temático que se le cruzó en el camino. Las hamburguesas vegetarianas que le sirvieron estaban exquisitas. No había caído en la cuenta de lo hambriento que estaba hasta que comenzó a devorárselas. Lo hizo en un santiamén, le pagó doce euros al mozo y prosiguió su marcha. Pasó enfrente a un local que alquilaban los pequeños autos Tabant que se usaron en la República Democrática Alemana y que había visto tantas veces en películas. Era una versión renovada de los mismos y parecía ser una de las atracciones turísticas que ofrecía la ciudad. Sus pies y lumbares comenzaban a estar comprometidos, con lo que se tentó con la idea de alquilar uno. Entró al local y preguntó la tarifa, pero al escuchar el precio desistió. Continuó caminando y, en un momento dado, le pareció ver al fondo de una avenida un monumento familiar. Apenas se lo distinguía, pero creyó reconocer una silueta importante. Era la Puerta de Brandeburgo. Hacia allí fue. Estaba infestado de turistas. Deambuló por el lugar un rato, sacó fotos con su teléfono celular sin apuntar, sólo imágenes casi sin gente. No era un entusiasta de la fotografía, sólo deseaba conservar un registro óptico que después le podría servir al escribir. Anduvo un trecho por la avenida que atravesaba el monumento y llegó al pie de una gigantesca estatua de bronce de un soldado portando un fusil al hombro. Germán leyó las placas. Era el memorial al soldado desconocido del ejército rojo soviético, que conmemoraba a los caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Al día siguiente se enteró que lo llamaban el monumento al violador desconocido. Se sentó en las escalinatas de piedra un rato, a esa altura estaba tan cansado que no le podía quitar los ojos de encima a unos triciclos eléctricos enormes que circulaban por delante suyo paseando turistas. Cada vez le dolían más los pies y tenía la cintura dura, por lo que decidió parar a uno que pasaba por allí que estaba libre. Preguntó el precio y le dijeron que la tarifa era de cincuenta euros la hora. Le pareció un poco caro y probó seguir caminando un rato. No había hecho más de cien metros cuando se le acercó uno de los triciclos.

-Hey mister -lo llamó el chofer.

Era un hombre morocho, regordete, de algún país del medio oriente, no supo precisar su nacionalidad. Luego, durante el paseo, dedujo que podía ser de Egipto, porque en el trayecto le señaló con exagerado entusiasmo la embajada de ese país. El “egipcio” (mentalmente lo apodó así) hablaba un inglés inentendible, pero ponía empeño en hacerse comprender.

- Thirty euros -alcanzó a escuchar. Dudó, pero finalmente accedió, no podía dar un paso más. Además, atardecía y ése parecía ser el último turno. El recorrido, similar al que pueden hacerle a un extranjero en un coche a caballos alrededor del Central Park de Nueva York o en un mateo por los lagos de Palermo, empezó en el edificio del Parlamento.

-Destroyed, Second World War -le dijo el “egipcio” sin mirar para atrás.

Germán ya sabía que toda Berlín había sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial y que había sido casi completamente reconstruida con el paso de los años. El conductor continuó hablando y él siguió sin entenderle una palabra de lo que estaba diciendo.

-Excuse me, I don’t understand -le dijo en un momento.

Logró pescar algo relacionado con la cúpula del parlamento. La observó, era impresionante, un gran armazón de hierro y vidrio que se elevaba al cielo con la forma de una nave espacial y que sobrepasaba en altura a todos los edificios de esa parte de la ciudad. Se preguntó cómo se vería de noche, toda iluminada. El recorrido prosiguió por el parque principal de Berlín, que es atravesado por la ancha avenida que va desde la Puerta de Brandemburgo hasta un gran mástil con una estatua dorada en su parte superior, luego supo que era la Columna de la Victoria.

-Nazis marched here. Third Reich -exclamó el conductor acentuando la palabra “Reich”.

No le entendió ni una palabra de todo lo que le explicaba pero no se animó a decírselo por temor a que el “egipcio” se enfadara y lo dejara de a pie. Recordó que había pasado por una situación parecida en la Universidad de Washington, hacía muchos años. Uno de los estudiantes chinos, al que le costaba realmente hablar el idioma, lo paró una mañana en el pasillo y le preguntó:

-¿Cuata?

¿Cuata?, ¿qué palabra es ésa?, pensó.

-¿Excuse me?

-Cuata -le insistió el chino.

Se había devanado los sesos y no lograba pescar siquiera el contexto de la pregunta y el chino seguía allí parado como un maniquí con mirada inexpresiva esperando la respuesta. Después de decirle “sorry” y “excuse me” varias veces, las inertes facciones de su interlocutor empezaron a sombrearse. Germán decidió tomar el toro por las astas y le dijo al chino en perfecto inglés que no le podía entender ni imaginar qué era lo que le estaba preguntando.

-¡Cuata!, ¡cuata! ¡twenty five cents! -trinó el chino enfurecido, señalando los teléfonos públicos al final del largo pasillo.

Se rió solo. Veintitantos años después lo tenía al “egipcio” repitiendo “to the left”, “to the right”, señalando con los brazos a diestra y siniestra la más fiel representación de un director de una orquesta, y él que no le entendía nada de lo que le estaba contando. Decidió que lo mejor sería no preguntar más, lo último que quería era que el “egipcio” enfureciera. Por lo que se dejó llevar. Pasaron por el célebre Muro y por el famoso Checkpoint Charlie, que sabía, por haberlo leído en libros (recordó especialmente uno de Tom Clancy, pero no se acordó del título) y haberlo visto en películas, que había sido el punto de traspaso de prisioneros y espías entre el sector soviético y el americano durante la guerra fría. El viaje continuó por innumerables monumentos conmemorativos y lugares célebres que el “egipcio” le fue relatando y él nunca entendió qué eran. Hasta que el tour concluyó, una hora exacta después de haber empezado, al pie de la Catedral de Berlín, cuando el sol ya se estaba poniendo detrás del perfil de los edificios de la ciudad.

Subió las escalinatas de la iglesia consciente de que había atravesado cientos de años de historia. La experiencia se asemejaba a un largometraje sin sonido proyectado en cámara rápida. Pero con la ancha espalda del “egipcio”, oscilante como un péndulo al compás de su pedaleo y gutural verborragia, delante.

VII

Germán caminó por la zona de la Catedral sin plan alguno. Entró en una librería de arte y diseño y en varias tiendas de artículos para el hogar. Revisó un juego de cubiertos de acero inoxidable que estaba en oferta (recordó que su hija le había mencionado que los cubiertos alemanes eran los de mejor calidad), pero imaginó que iba a ser un estorbo cargar con el bulto durante el viaje. Entró en una tienda de ropa para gente joven y adolescentes y pensó en comprarles algo a sus hijos, pero sus pies y lumbares empezaron a lanzar señales de protesta nuevamente, por lo que emprendió el regreso al hotel.

Llegó a eso de las siete de la tarde, se sacó la ropa, se metió en la cama y se quedó profundamente dormido. Cuando despertó, miró el reloj y eran las nueve pasadas. Tenía su reloj biológico hecho un licuado y mucha hambre. Se volvió a vestir y dudó en si salir o no a buscar un restaurante para cenar. Pensó en que quizá lo mejor fuera pedir un room service. Pero estaba animado, no tenía ganas de quedarse en el cuarto, deseaba realmente airearse. Se asombró a sí mismo por ello, nunca antes hubiese siquiera considerado ir a cenar a un restaurante solo. Se hubiese pedido un delivery, sin dudarlo.

Recordó la zona de restaurantes que había visto desde el taxi que lo había traído desde el aeropuerto. Le pareció que estaba cerca. Le preguntó al conserje del hotel y éste le dibujó el camino en un mapa. Estaba a unas quince cuadras, las podía hacer caminando. Se había abrigado, harían unos diez o doce grados, pero no corría viento, con lo que se estaba realmente bien. Llegó después de quince minutos y se encontró con una hilera de restaurantes a lo largo de las vías elevadas del tren. La mayoría estaban repletos de clientes. Eligió uno de comida alemana, situado entre un restaurante italiano y otro vietnamita.

Tenía ganas de probar la comida local. Se sentó en una de las mesas de afuera, desde donde se podían ver las terrazas de los restaurantes vecinos. Revisó el menú, llamó al mozo y ordenó un plato de salchichas y cerveza, no sin temor a que le cayera pesado, no estaba habituado a comer embutidos. Mientras esperaba, sacó de la pequeña mochila que llevaba los vouchers y mapas para programar el día siguiente. Se puso los anteojos. Allí fue cuando se dio cuenta de que el panorámico que había contratado desde Buenos Aires estaba fechado para ese día (pero afortunadamente lo podía usar durante los próximos tres) y que al día siguiente tenía una excursión de seis horas a Sachsenhausen, uno de los primeros campos de concentración de la Alemania nazi. Tenía que estar a las diez de la mañana en un lugar de encuentro que no conocía, cerca del Zoológico de Berlín. Le trajeron la cerveza rubia en una jarra de un litro y luego le sirvieron la comida. Un plato abundante de salchichas con chucrut que estaba excelente. La cerveza también se dejaba tomar y en menos de media hora había dado cuenta de todo. Le ofrecieron un postre, pero declinó. Pidió la cuenta. Mientras aguardaba que la trajeran, paseó la mirada alrededor. El lugar era realmente bonito. Las mesas iluminadas contrastaban en la noche como un campo de luciérnagas en la oscuridad. Seguía estando concurrido, a pesar de la hora.

Algo le llamó la atención. Entre las mesas, de espaldas, una figura de mujer que le resultó familiar. Pero no podía distinguirla, estaba tapada por varias hileras de comensales. El pelo rojizo era lo que le parecía haber visto en algún lado. ¿Era la mujer del avión? No estaba seguro. Compartía la mesa con otra mujer, parecía una amiga. El mozo trajo la cuenta de veinticinco euros y la pagó con la tarjeta de crédito. Levantó la vista y ella seguía allí. Iría al baño y se saldría de dudas. Se rió. Seguramente se tratara de una mujer cualquiera, una desconocida. El jet lag y el cansancio seguían haciendo estragos. Se incorporó y se dirigió hacia el baño. Mientras avanzaba, miró hacia donde la mujer estaba sentada. Con otro ángulo quizá pudiera verla mejor. Pero un hombre se había acercado a ellas, se había inclinado sobre la mesa y le tapaba justo la visual. De repente sintió un dolor seco en la pierna. Tropezó, perdió el equilibrio y cayó aparatosamente. Oyó el ruido de una botella que se rompía contra el piso y sintió un líquido viscoso en su mano derecha. Se sentó en el suelo húmedo y vio la mancha de aceite y vidrios rotos a su alrededor. La mesa baja estaba dada vuelta y varios pequeños recipientes con especias aún rodaban por el suelo como bolos en una cancha de bochas. Uno de los mozos lo ayudó a incorporarse y le hizo una pregunta en alemán. Germán supuso que le preguntaba si estaba bien, si no se había lastimado.

-I’m OK, I’m OK -le dijo.

Tenía un pequeño corte superficial en su mano derecha que sangraba. Se quedó parado allí sin saber bien qué hacer. Un mozo le acercó una servilleta limpia y se la enrolló alrededor de la herida. Enfiló hacia el baño. Cuando terminó de limpiarse, salió a la terraza a fijarse si la misteriosa mujer seguía allí.

Ella ya se había marchado.

VIII

Germán caminó de regreso al hotel maldiciendo el olor a aceite de oliva impregnado en su ropa. Lo habían curado con un desinfectante y unas gasas, había sido apenas un raspón superficial. Atravesó el lobby y percibió que el conserje lo miraba. Lo saludó con un ademán y giró la vista hacia otro lado. Se había hecho tarde, eran las doce y al día siguiente debía madrugar. El lugar estaba desierto y subió solo al ascensor. Pensó que era mejor así, se sentía todo pegajoso, oloroso y desalineado y lo último que deseaba era cruzarse con un huésped, por más anónimo que éste fuera.

Se bajó en el piso cuarto y se dirigió a su habitación. Mientras recorría el pasillo pensó que podría aprovechar para hablar con sus hijos después de darse una ducha. Se dio una rápido y se puso el pijama. Llamó por Skype y atendió su hija. Rosario lo bombardeó a preguntas: qué le había parecido la ciudad, qué lo había sorprendido, qué tal era el hotel, qué planes tenía para el día siguiente. Marcos a su lado no hablaba, pero a Germán le pareció que escuchaba atentamente las preguntas y las respuestas y cuando le contó lo que le había pasado en el restaurante percibió en su rostro algo semejante a una sonrisa. Cortaron la comunicación a la media hora. Se sintió bien, hasta se olvidó por un instante de la rodada. Sus hijos estaban ahí, pendientes del viaje de su padre. Pensó que quizás el hecho de que estuvieran físicamente separados operara el milagro de que Marcos se ablandase un poco y le permitiera acceder a su casi infranqueable mundo.

La larga conversación le había quitado el sueño. Probó con la televisión pero los canales eran mayormente en idioma alemán. Hizo un poco de zapping, la apagó y se quedó un rato en silencio. Miró la cama camera, amplia, por un momento se había olvidado de que estaba solo. Ya no oía las voces de sus hijos, ni el volumen de la televisión. No se escuchaba nada, únicamente el sonido de su propia respiración. Se levantó de la cama y buscó su libro en la mochila que había dejado colgada de una silla. Se volvió a acostar y se calzó los anteojos. Pasó las páginas y leyó y subrayó con un lápiz la parte que Hanta cuenta que el día que murió su madre lloró por dentro pero no por fuera. Bajó el libro y se quedó un rato pensativo, sintiéndose allí, en la Praga de pos-guerra, delante del rostro difuso e inmutable del triturador de libros. Volvió a la lectura. Hanta sigue contando que a su madre la cremaron y cuando él vio el humo que salía de la chimenea sabía que era su madre que se estaba yendo al cielo y él, que hacía treinta y cinco años trabajaba en la trituradora de papel, en alguna parte realizaba el mismo trabajo que los sepultureros, sólo que en vez de cuerpos trituraba libros; pero rescataba algunos, que guardaba en su casa para leerlos mientras tomaba cerveza, y así se quedaba con algo de ellos, con lo más bello, como lo que sucedió con su madre, de la que le dieron lo que quedó de ella en una urna, que al final es lo que queda de cada hombre, el fósforo suficiente para una caja de cerillas y el hierro para fabricar un clavo y colgar un retrato en una pared.

Subrayó el pasaje, marcó la página y puso el libro sobre la mesa de luz. Miró su reloj, eran casi las dos de la mañana. A las diez tendría que estar en el lugar de encuentro para ir al campo de concentración, a Sachsenhausen. Se lo había dicho el agente de viajes en Buenos Aires: “Ojo con llegar tarde, si no estás en horario, lo perdés”. Con lo que programó la alarma del teléfono celular a las ocho, quería desayunar tranquilo y no correr para evitar perder la excursión.

Puso los lentes a un costado, apagó la luz y de a poco sintió que el cansancio acumulado de su cuerpo se fusionaba con el edredón y las sábanas. Mientras se adormecía, se dijo que había sido un día diferente. Un día que no recordaba haber tenido hacía mucho tiempo. Lo inundaba un deseo casi adolescente de proseguir con su viaje. Se había sentido tan pleno que no cayó en la cuenta de que él también estaba llorando. Le pareció estar vivo, como durante aquellas vacaciones en familia en las sierras de Córdoba, cuando salían a dar paseos en bicicleta todos juntos al atardecer. Y mientras se imaginaba con su esposa y sus hijos pedaleando y pedaleando hasta no ver más el sol, se fue yendo de a poco dentro de una ondulante correntada hasta que, sin ser capaz de discernir si sus lágrimas brotaban por fuera o derramaban por dentro, se quedó profundamente dormido.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
180 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9789878646114
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Правообладатель:
Bookwire
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