Читать книгу: «Cuando el anarquismo causaba sensación»

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Portada

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Dedicatoria

Introducción. El anarquismo como una flor extraña

1. Espectros mundiales del anarquismo: un tema de todas las conversaciones

Una puñalada en el corazón de todas las repúblicas

Una emperatriz que se muere

Duelo nacional

Imágenes para el recuerdo

2. ¿Anarquistas en Buenos Aires? Los periódicos que todo lo averiguan

Noticias policiales

El cuento del anarquismo

Un anarquismo cordial

Paseos por las sectas

3. Socialistas y anarquistas: como perros y gatos

Enemigos del desenvolvimiento lógico de las ideas

Dinamiteros y agentes provocadores

El anarquista conquistado

4. Los criminólogos frente a los anarquistas: son todo y nada

Lombroso en Buenos Aires

Todos los anarquistas

Un suceso felizmente extraordinario

5. Entre policías y anarquistas: la zona gris

Conocerlos a todos y conocerlos bien

¿Puede un vigilante ser anarquista?

Pensadores policiales

Todos los sentimientos contenidos

Epílogo

Referencias

Martín Albornoz

CUANDO EL ANARQUISMO CAUSABA SENSACIÓN

La sociedad argentina, entre el miedo y la fascinación por los ideales libertarios


Albornoz, Martín

Cuando el anarquismo causaba sensación / Martín Albornoz.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Hacer Historia)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-108-0

1. Anarquismo. 2. Historia Argentina. I. Título.

CDD 982

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de colección: Tholön Kunst

Diseño de cubierta: María Elizagaray Estrada

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: octubre de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-108-0

A Juan Suriano, con cariño

Introducción

El anarquismo como una flor extraña

El 9 de septiembre de 1897, en la casa donde trabajaba como mucamo, José María Acha recogió el ejemplar de La Prensa que, al igual que todas las mañanas, un diariero había depositado en el zaguán. Aprovechando que sus patrones dormían, Acha se acomodó en un sillón del lujoso vestíbulo, hizo a un costado el plumero y la escoba que llevaba en sus manos, y se dejó llevar por la lectura. Pasó las páginas de los avisos clasificados que concentraban ofrecimientos y demandas de trabajo, ventas y alquileres de viviendas. No es posible saberlo, pero era difícil que tuviera tiempo para entretenerse con los extensos editoriales y folletines de la página 3. Lo que seguro capturó su atención estaba en el Boletín Telegráfico de la página 4. Allí, un gran titular daba cuenta de un atentado contra el ministro español Cánovas del Castillo perpetrado por el anarquista italiano Miguel (esto es, Michele) Angiolillo. La “sensacional información” lo puso al tanto de algo de lo que nunca había oído hablar: “No sabía entonces lo que eran esos señores anarquistas, ni lo que tal nombre significaba”.[1]

Con el tiempo, el joven mucamo colmó de significados la palabra “anarquista”, cuando se transformó en fiel representante del movimiento libertario rioplatense en su momento de esplendor.[2] Cincuenta y cuatro años después del asesinato de Cánovas, Acha decidió que había llegado el momento de dejar por escrito algunos trazos de su biografía, como muchos de sus compañeros de ideas. Pero su punto de partida era distinto al de las memorias militantes que, por regla general, subrayaron el impacto directo que tuvo la propaganda en favor de un mundo sin explotación y sin estados en los contactos iniciales con el anarquismo. No era eso lo que le había pasado a Acha: en su caso, la irrupción fue mediada por lo que sus camaradas del futuro despreciaban como “prensa burguesa”.

Este libro se propone elucidar esa escena íntima para conectarla con las experiencias de una infinidad de lectores y lectoras que también se enteraron por los diarios e impresos de Buenos Aires de la existencia de una flor extraña llamada anarquismo, cuya aparición enigmática excitó la imaginación mundial hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. En ese contexto, una de las ideas que aquí se defienden es que cuando los porteños y porteñas tomaron contacto con “los señores anarquistas” no lo hicieron desde la realidad local de un movimiento en ciernes, sino por influjo de una geografía y de acciones internacionales. La prensa fue clave en ese proceso que puso en contacto la realidad de Buenos Aires con las ciudades de París y Barcelona, donde en la última década del siglo XIX se desató una verdadera fiebre de atentados que involucraron a anarquistas.[3] Siguiendo el hilo de la crónica internacional publicada en los grandes diarios de la capital argentina, el presente libro sostiene que el nacimiento del anarquismo en la ciudad no obedeció principalmente a la dinámica del conflicto social ni al desarrollo del propio movimiento libertario. Fue, en primer lugar, la expresión de un imaginario social tramado en íntima relación con la modernización periodística. Al señalar la importancia de este fenómeno –el anarquismo como representación–, el libro toma distancia de las interpretaciones más habituales sobre los orígenes y las características de su expresión porteña.

La historiografía sobre el anarquismo en Buenos Aires es abundante y diversa. Sin embargo, puede dividirse en dos grandes líneas de indagación. La primera, ofrecida por la historia social de fines de la década de 1970, tuvo como principal preocupación desentrañar cuánto incidió la presencia anarquista en la conformación del movimiento obrero argentino. De este modo, el devenir del anarquismo fue estudiado considerando la forma paulatina en que sus militantes –a fuerza de huelgas, protestas y confrontaciones– ganaron peso en el mundo gremial. Según esta lectura, su realización más importante fue imponerse primero en la Federación Obrera Argentina (FOA) y luego en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), en cuyo congreso de 1905 se consolidaron “los principios económicos y filosóficos del comunismo anárquico” como horizonte de expectativas.[4] Correlativamente, este enfoque interpretó el ocaso del anarquismo como resultado de la pérdida de esa hegemonía gremial en manos del sindicalismo revolucionario y del comunismo.

Una segunda línea de investigación, más reciente, señaló que no era posible reducir la existencia histórica del anarquismo a la puja entre obreros y patrones, sino que su incidencia se debía a sus intervenciones culturales, que involucraban a otros actores de origen no proletario. Sin desentenderse de los tiempos del conflicto social, esta aproximación colocó en primer plano un sinfín de iniciativas políticas y culturales como la edición de folletos y periódicos, la organización de actos y conferencias, la construcción de un denso tejido asociativo, la ocupación del espacio público y las propuestas pedagógicas anarquistas. Con los trabajos de Dora Barrancos y Juan Suriano, se abrió un camino más fértil y complejo para comprender sentidos inexplorados y novedosos que resituó la presencia del anarquismo en el panorama social y cultural porteño del cambio de siglo.[5] Sin embargo, esa apertura interpretativa, con el paso del tiempo, declinó en una agenda de investigación fragmentaria atravesada por la idea de que el anarquismo –por su propia predisposición doctrinaria– debía tener algo para decir sobre cualquier asunto y que sus opiniones fueron contrarias a los valores de su tiempo. Así, por ejemplo, con resultados muy desiguales, los anarquistas fueron emplazados a pronunciarse sobre la sexualidad, el amor, el arte, la lectura, la familia, la educación, la niñez, la violencia, el militarismo, la ciencia, la sexología, la salud, la muerte o la ley.[6] En definitiva, se los vio como protagonistas de una cultura contestataria, situada al margen y en oposición a la cultura “burguesa” dominante.

Ya fuera una expresión del movimiento obrero o de una cultura propia, tomados en conjunto, los estudios sobre el anarquismo de Buenos Aires compartieron ciertos trazos en común. El primero es haber exagerado su endogamia: con pocas excepciones, antes que analizar contactos, cruces y contaminaciones con otras corrientes ideológicas o culturales, las dos perspectivas terminaron por coincidir en que el desenvolvimiento del movimiento libertario implicó una suerte de proyección de adentro afuera, como si se tratara de una entidad autónoma. Este efecto se vio potenciado por el tipo de fuentes utilizadas, mayormente elaboradas por los propios anarquistas en su prolífica cultura impresa. El segundo elemento compartido ha sido un recorte geográfico que, más allá del evidente origen migratorio de muchos de los prosélitos de la anarquía, pocas veces se refirió a la conexión que ligó la realidad de Buenos Aires con la de otras ciudades del mundo. En los últimos años, esta inflexión fue subsanada por otra historiografía académica –principalmente producida en el exterior– que destacó que el anarquismo en realidad fue un movimiento transnacional de proliferación simultánea por fuera de los grandes centros europeos, en puntos tan distantes entre sí como Egipto, Perú, Sudáfrica, China, Brasil o la Argentina.[7] La clave de esa dispersión habría estado en la capacidad de los anarquistas de generar redes de intercambio y en el nomadismo de sus propagandistas.[8] Sin embargo, esta sugerente perspectiva no tuvo en cuenta que esa diseminación no se debió solo a la perseverancia y el internacionalismo de su militancia, sino que en gran medida fue resultado de la circulación de noticias y discursos que, como atinadamente observó Lila Caimari, hizo del anarquismo “el primer grupo disidente cuya descripción transcurre a escala global”.[9]

Prestando atención a ese complejo caleidoscopio cultural y social conformado por matutinos como La Nación y La Prensa, vespertinos como El Diario o revistas ilustradas como Caras y Caretas, se puede oír el eco de las explosiones de París o Barcelona y comprender el estupor que el asesinato de un presidente francés o de un monarca europeo causó en los porteños. La evidencia es tan abrumadora que invita a pensar que en la ciudad, así como en casi todo el planeta, un ingrediente fundamental de la constitución del anarquismo fue su condición mediática, mucho más poderosa que la de su contemporáneo, el llamado socialismo científico. De este modo, también en Buenos Aires, con sus peculiaridades, se confirma una idea de Uri Eisenzweig: gracias al periodismo, en la época de los grandes atentados parisinos, el anarquismo se “transformaría de un fenómeno más o menos ignorado por el gran público en un factor, si no mayor, al menos siempre presente […] en el debate, o, para ser más precisos, en el imaginario político occidental”.[10] Siguiendo esa propuesta, el punto de partida del libro, entonces, está dado por la lectura sistemática de la prensa diaria de Buenos Aires en un momento muy particular de su historia.

Espejos gráficos maravillosos

Cuando José María Acha recogió La Prensa una mañana de septiembre de 1897, ese diario, fundado por José C. Paz en 1869, imprimía alrededor de 80.000 ejemplares. La magnitud de su tirada (y el consiguiente abaratamiento de su costo) era un dato más de un proceso de modernización visible en la diagramación, la inclusión de grabados y fotografías, la publicidad, la diversificación noticiosa y la importancia otorgada a la primicia.[11] Que la información internacional haya sido punta de lanza de ese proceso fue algo de lo que se jactaron los propios editores. En enero de 1903, en un número especial ilustrado, La Prensa celebraba su condición de diario moderno guiando a los lectores por una suerte de trastienda de su redacción, su lujoso edificio y sus innumerables servicios, entre ellos y en un primerísimo plano sus servicios telegráficos y corresponsalías en el extranjero. A la vez que exaltaba esos avances, la oportunidad era propicia para caracterizar a su lector ideal como aquel “que busca ávidamente la nota que pique su curiosidad, excite su interés o deseo de las últimas novedades literarias, científicas o artísticas en alas de electricidad de allende los mares”.[12] Ese impulso modernizante también fue característico del otro gran matutino de la ciudad, La Nación, que para la misma fecha hacía circular unos 58.000 ejemplares. Según el exhaustivo estudio de Navarro Viola de 1897, uno de sus atributos era la “perfección alcanzada por su servicio telegráfico”, que en el año del asesinato de Cánovas había permitido seguir en sus columnas “paso a paso” todos los acontecimientos mundiales.[13] Por vía de diarios que, según apuntó otro lúcido observador, se habían vuelto “espejos gráficos maravillosos, que nos hacen ver casi instantáneamente cuanta novedad o hechos de interés se producen en cualquier punto de la tierra”, las ideas, las vidas, los actos y los retratos de los anarquistas ingresaron en la cotidianidad de Buenos Aires.[14]

Publicaciones como La Prensa y La Nación eran la cara más visible de una prensa en veloz expansión, que amplificaba todo lo referido al mundo ácrata. El éxito mediático del anarquismo generó una corriente de opinión internacional según la cual quien ponía una bomba o mataba a un rey o a un presidente lo hacía con un ojo puesto en su objetivo y otro en los periódicos que, indefectiblemente, transformarían el hecho en noticia. Por eso, el anarquista era visto como una encarnación moderna del mito de Eróstrato, el pastor de la Grecia antigua que incendió el gran templo de Artemisa en Éfeso con el único propósito de que su nombre fuera recordado eternamente. Esa sed de notoriedad a cualquier precio recibió en la época el nombre de erostratismo y fue esgrimida por la criminología como una explicación posible a los desconcertantes delitos anárquicos. Así, personas que de otro modo no habrían dejado rastros de su existencia estaban logrando vencer su intrascendencia inmediata gracias a atentados realizados al grito de “¡Viva la anarquía!”.

Esta explicación no se limitó a escarnecer al “ingenuo” anarquista. También lanzó sus dardos al aliado de la era de los atentados: la gran prensa. En Lyon, ciudad que en 1894 fue escenario de uno de los magnicidios más resonantes, el criminólogo Pierre Valette defendió su tesis destinada a desentrañar los misterios del erostratismo; criticaba el lujo de detalles con que los principales matutinos parisinos informaban sobre todos los atentados anarquistas. En sus palabras, la modernización del crimen era indisociable del perfeccionamiento de la prensa comercial, a lo que se sumaría la curiosidad escabrosa de un público ávido de emociones fuertes.[15] Al poco tiempo, pero en Buenos Aires, uno de los protagonistas de este libro, José Ingenieros, hacía suya la teoría de Valette cuando la glosaba en un escrito titulado “La vanidad criminal”.[16] En tono de burla, Ingenieros traía a colación la manía de los ácratas por acaparar las primeras planas de los diarios, apoyándose en los periodistas. Su argumento puede resumirse del siguiente modo: los anarquistas más famosos de su tiempo, uno más audaz que el otro, antes que un reino de igualdad y libertad, buscaban alcanzar un fin más narcisista, ver su nombre impreso en letras de molde. Más allá de la explicación de fondo, las intervenciones de Valette e Ingenieros permiten recuperar el estrecho vínculo entre prensa moderna y anarquismo que, como señaló Benedict Anderson, involucró a un “público global”, gracias a la expansión informativa.[17]

Esto hizo que el anarquismo tuviera intérpretes en geografías muy diversas. El propio Anderson analizó la forma en la que el líder nacionalista filipino José Rizal se nutrió del poder expresivo de la dinamita para dar forma a su literatura y a su anticolonialismo. Para la misma época, en el otro extremo del planeta, el periodista y político cubano Manuel Márquez Sterling evocaba la fascinación que generaba en los lectores del periódico La Justicia la figura de François Claudius Koeningstein, más conocido como Ravachol, famoso por haber combinado el robo, la falsificación de dinero, la dinamita, la profanación de tumbas una apasionada defensa del anarquismo con el asesinato de un ermitaño, motivo por el cual fue guillotinado. Vázquez Sterling con resignación dejó apuntado: “Nada… Ravachol se impone. Los pacíficos habitantes de la región camagüeyana se preocupan demasiado con las gracias anarquistas y todo lo demás lo juzgan vulgar y falto de interés”.[18] Por su parte, desde París, el escritor portugués Eça de Queirós, habitual colaborador de la Gazeta de Notícias de Río de Janeiro, entabló una suerte de diálogo continuo con sus lectores cariocas al ritmo de las explosiones. Con escepticismo e ironía, consciente de que el telégrafo allanaba su camino, Eça de Queirós avanzó en una línea de reflexión reposada para tornar inteligible lo que se presentaba como un fenómeno opaco. Cuando en febrero de 1894 Auguste Vaillant dejó caer su bomba en plena sesión del Parlamento francés, el célebre novelista remarcó una triple condición en ese acto:

En un crimen como el de Vaillant caben, en suma, tres impulsos determinantes. En primer lugar hay un deseo de venganza, completamente personal, por las miserias padecidas durante mucho tiempo en el anonimato y la indigencia. Luego un apetito morboso de celebridad, como lo prueba el hecho de que Vaillant, la víspera del lanzamiento de la bomba, se hiciera fotografiar en una actitud arrogante mirando a la posteridad. Y por último, está el propio propósito de aplicar la doctrina de la secta que, habiendo condenado a la sociedad burguesa y capitalista como único impedimento para la definitiva felicidad de los proletarios, ha decretado la destrucción de esa sociedad. Solo este lado sectario del crimen nos interesa especialmente respecto a su inutilidad, porque por los otros dos lados, el acto no fue inútil, ya que Vaillant cumplió su venganza y alcanzó la celebridad.[19]

A la vista de estos ejemplos, llama poderosamente la atención la sincronía global del intento por aventurar hipótesis explicativas sobre la conducta anarquista. Al mismo tiempo que Eça de Queirós escribía desde París para su público de Río de Janeiro, en Buenos Aires, el poeta nicaragüense Rubén Darío publicó un artículo en La Tribuna con el elocuente título “Dinamita”, lo que dio rienda suelta a una afectación abrumada al considerar al anarquismo, dentro del torrente principal del socialismo, como una expresión de igualitarismo morboso que amenazaba a la sociedad por renegar de la sensibilidad religiosa.[20] Darío, que no se privaba de considerar a Ravachol un “artista exquisito”, veía en el anarquismo “una savia dañina”. Con relación a los anarquistas, la metáfora botánica fue recurrente y sirvió para expresar temor pero también curiosidad frente a la posibilidad de que en el rico suelo agropecuario argentino llegaran a germinar esas flores exóticas.

El anarquismo a través del espejo

A finales del siglo XIX, el caudal de información sobre los atentados anarquistas en otras latitudes generó inquietud sobre cómo podía impactar en Buenos Aires un fenómeno que se consideraba impropio de la realidad local. En esa línea, el vespertino católico La Voz de la Iglesia publicó en 1898 un suelto en el que señalaba que el peligro no eran los anarquistas, sino las noticias sobre ellos, ya que en ciudades donde no los había el riesgo era crearlos. Así, en ocasión de otro resonante crimen, esta vez el de la emperatriz de Austria en Ginebra, un malhumorado redactor se quejaba de que se exaltara al criminal más de lo que se demostraba congoja y condena ante su atentado:

Los dos diarios grandes de esta capital, La Nación y La Prensa ostentan en sus columnas de ayer, no solamente la biografía del asesino de la emperatriz de Austria, sino también su retrato; es decir, todos los elementos para elevar al sujeto a la más alta popularidad, como si se tratara de un benefactor de la humanidad.

No escapará el buen sentido del lector que esta clase de publicaciones no debe hacerse, porque, lo mismo que en el caso de los suicidios, en el presente, la fabricación de la celebridad constituye una especie de aliciente para los asesinos.[21]

La alarma se encendía, una vez más, ante la posibilidad de que alguien en Buenos Aires intentara imitar al asesino de la emperatriz. Sin embargo, la emulación del atentado no fue una consecuencia inmediata, lo que no quiere decir que no haya habido otros efectos. Separados por una década entre sí, dos famosos caballos bautizados Ravachol –por ejemplo– descollaron en el hipódromo porteño.[22] También se supo que un pendenciero de barrio gustaba hacerse llamar como el insigne dinamitero.[23] Estos casos muestran que las esquirlas de las explosiones habían llegado a la ciudad, aunque no de un modo siniestro. Pero la aprensión católica ilumina un aspecto fundamental: la prensa estaba alimentando un frondoso imaginario social que se entreveró y nutrió experiencias e interacciones locales. Es importante tener en cuenta que cuando en este libro se habla de “imaginario” la expresión no alude a algo falso o instrumental, ni a una distorsión u oscurecimiento de una realidad más real, en la cual sería posible encontrar un anarquista esencial.[24] Por el contrario, fue cultural y socialmente productivo para quienes tuvieron que interactuar con los diferentes tipos de anarquistas disponibles para el abanico de consumos del público lector.

De este modo, el libro busca demostrar que a los anarquistas les cupo una extraña suerte: que en su historia resulta tan importante el modo en el que fueron representados por lectores de diarios y revistas, parlamentarios, policías, criminólogos, socialistas, periodistas, escritores e inmigrantes (preocupados por lo que sucedía en sus países de origen), como lo que ellos mismos hicieron y dijeron.

Interesarse por las representaciones del anarquismo implica ingresar en un territorio histórico que ha sido balizado en sus inicios por aquellos cuyo propósito primordial fue denunciar el carácter distorsivo de esas representaciones, ya que, según se desprende de esta lectura, allí donde hubo un anarquista, algún poder al servicio del estado o la burguesía se habría mostrado dispuesto a estigmatizarlo con el único fin de justificar su represión. Como un imperativo moral, entonces, aquel que estudiase el anarquismo debía tener muy clara esa funcionalidad de la cultura para no dejarse engañar ni perpetuar el engaño. En la Argentina, la operación histórica que mejor condensó esa tendencia, replicada en muchos estudios posteriores, fue la del periodista y escritor Osvaldo Bayer. Estaba tan obsesionado Bayer por el efecto deformante de las representaciones sociales que, al escribir en los años sesenta la biografía de Severino Di Giovanni –el anarquista pistolero que en la década de 1920 tuvo en vilo a la sociedad porteña–, su interpretación consistió en refutar cuanto se había escrito al respecto por entonces.[25] Desde el anónimo redactor de crónicas policiales, contemporáneo a los sucesos que narraba, hasta los intelectuales consagrados de la posteridad, todos habrían sido responsables de un mal incalculable al repetir “la historia oficial”. Este afán por combatir la demonización del anarquista provocó en Bayer un efecto distorsivo simétrico: la exaltación de sus inflexiones más agresivas, no solo frente a sus enemigos naturales, sino frente a los propios correligionarios de Di Giovanni que no vieron con buenos ojos que, en nombre del anarquismo, recurriera a una suerte de violencia sin forma. El resultado, como un juego de espejos, no es tan sorprendente. Tanto Bayer como aquellos a quienes hacía comparecer en su juicio histórico coincidían en subrayar la importancia de las bombas y los atentados como elementos distintivos del movimiento libertario en su conjunto.

Bayer no fue el único que transitó esa senda argumental que exaltó la violencia anarquista. En 1971, David Viñas publicó el primer tomo de un proyecto más amplio e inconcluso sobre las rebeliones populares argentinas, titulado De los montoneros a los anarquistas. Aunque no desconoció otros aspectos del complejo movimiento anarquista, su significación última solo se revelaba en una fecha bien concreta: el 14 de noviembre de 1909, cuando el anarquista ruso Simón Radowitzky asesinó al jefe de policía Ramón Falcón (y de paso a su secretario Alberto Lartigau) como respuesta a la represión durante la manifestación del 1º de Mayo de ese mismo año. Así, ese momento quedó fijado como representativo de una época: “Cuando Radowitzky elimina al jefe de policía, no solo elige a quien condensa al máximo la violencia del sistema, sino que se convierte en el emergente de inmigración frustrada. Su acto otorga sentido a todo un fracaso sin voz”. Para fortalecer la generalización de un aspecto marginal, Viñas remata: “La acción aparentemente individual de Radowitzky prefigura, en su secreto, la muerte de un sistema”.[26] Estas aproximaciones dan mucha más cuenta sobre el momento en el cual Bayer y Viñas escribieron que sobre la propia historia del anarquismo. Si Bayer vio en Severino Di Giovanni al Che Guevara y en Radowitzky Viñas vio el fin del mundo burgués, es muy probable que en esa celebración de los atentados fueran sus propias expectativas revolucionarias las que se asociaron con aquello que en el pasado parecía anticiparlas. Viñas explicitó esa remisión –que bien podría constituir la invención de una tradición en su versión más instrumental– al describir su aproximación al anarquismo como la búsqueda de “un rescate del pasado utilizable” para los combates del presente.[27]

La historiografía académica fue bastante más discreta en su acercamiento a las representaciones del anarquismo. Sin embargo, la mirada más sofisticada no borró el sesgo: los discursos e imágenes que tomaron al anarquismo tuvieron el propósito de brindar herramientas para su criminalización. Cuando Eduardo Zimmermann estudió el surgimiento de una fracción de la élite sensible a la cuestión social, en su análisis ese espíritu reformista estuvo condicionado porque le era necesaria la “exclusión del anarquismo”.[28] De manera similar, en su trabajo sobre las tensiones del estado oligárquico en materia social, Juan Suriano no dejó de señalar que combatir al anarquismo era un objetivo tan claro como los primeros intentos de intervenir frente al aumento de la conflictividad social.[29] En ambos casos, los intentos de las autoridades estatales se habrían valido de las teorías criminológicas obsesionadas por la defensa social y de la policía reducida a una simple herramienta. Quien dio un paso más en esa dirección fue Pablo Ansolabehere, al ponderar la diversidad de registros literarios y ensayísticos que incorporaron en su temática a los anarquistas. Pese a la variedad de obras y tonos analizados, Ansolabehere concluye que esa heterogénea literatura estuvo sostenida por el interés de las autoridades en criminalizar a todos los anarquistas sin más y, recuperando el concepto de “ficciones estatales” de Ricardo Piglia, sostiene: “La historia del anarquista delincuente es un caso paradigmático de ficción estatal, ya que en su elaboración participan una serie de instancias ligadas con el Estado o delineadas por el poder ejecutivo”. De este modo, a los ojos de sus contemporáneos, el anarquista era sinónimo de “delincuente” y el anarquismo, espejo del “mal”, sin matices.[30]

La perspectiva de este libro es diferente y, podría decirse, inversa. No busca recomponer los mecanismos de exclusión del anarquismo, sino, por el contrario, sus formas de inclusión en la realidad social y cultural de Buenos Aires desde 1890 hasta los primeros años del siglo XX. No niega en absoluto que los libertarios hayan sido objeto de políticas y prácticas represivas, pero tampoco presupone que estas hayan sido las únicas reacciones que tuvieron lugar en la arena cultural. A diferencia de los trabajos mencionados, no pone el acento en los momentos de mayor tensión dramática, sino que recupera la historicidad de las interacciones en las cuales, con un ritmo menos sincopado y hasta a veces más armónico, el anarquismo, aun con su brutal fama internacional, logró entreverarse con la historia de la ciudad. En este recorte, la prensa, cuyo desvelo por el anarquismo difícilmente pueda ser asimilado a lo que sea que se entienda por estado, ha sido una fuente principal, ya que gracias a ella es posible vislumbrar múltiples encarnaciones.

Si algún elemento distintivo tuvo el anarquismo fue el de haber sido vivido como un fenómeno radicalmente novedoso. En este punto, el libro demuestra que fue un elemento clave de la modernidad de la ciudad de Buenos Aires, que lejos de ser temido, fue esperado y deseado. Antes que reprimido, narrado. Cuando a comienzos del siglo XX la presencia del movimiento se volvió más evidente, ya hacía por lo menos una década que muchas personas creían tener una idea formada sobre lo que podía ser o llegar a ser. Esta constatación de que los anarquistas de Buenos Aires no eran como los de París o Barcelona trajo cierto alivio. Es el caso de Manuel Bilbao, quien en 1902 escribió un fresco histórico sobre la ciudad y allí dedicó un apartado especial al anarquismo porteño, adjudicándole un rasgo alentador. Sus 5000 adeptos, cantidad usualmente invocada en los albores del siglo XX, eran más teóricos que prácticos (en el sentido de “violentos”). Esto le permitía afirmar con serenidad:

Esta planta exótica de la vieja Europa no puede prosperar en un país joven como el nuestro, en el que las clases obreras y menesterosas no sufren las necesidades y miserias que allá pasan. Los anarquistas gozan de entera libertad, y entre ellos ha habido algunos que se reputaban peligrosos, pero que felizmente hasta ahora, no han producido ningún atentado.[31]

El optimismo de Bilbao sería puesto en cuestión muy poco después, con las huelgas y atentados que se sucedieron. Pero eso no implicó necesariamente un cambio de actitud general, ni una condena en bloque, sino que el nuevo escenario puso de relieve una mayor diversidad de reacciones, que deben ser comprendidas en su especificidad. En efecto, cuanto más se adentra en los universos en los que la figura del anarquista caló, más difícil se hace sostener que hubo una sola manera de representarlo. Recuperando las huellas de la heterogeneidad y la potencia creadora de la alteridad, siempre en diálogo con lo que propagaban los grandes diarios de la ciudad, este libro busca destellos del anarquismo en una frondosa cultura impresa, característica distintiva de la ciudad.

Siguiendo estas coordenadas, el libro está organizado en cinco capítulos, cuyos ejes son específicos, pero interconectados. Si bien no siguen necesariamente un orden cronológico, el libro demuestra que durante la última década del siglo XIX se desplegó una suerte de preparación cultural en la forma de interpretar y representar al anarquismo, anterior a cualquier otra forma de existencia.

El capítulo 1 se propone reconstruir el formidable impacto que tuvo en Buenos Aires la miríada de explosiones de bombas y regicidios ocurridos en Europa y los Estados Unidos entre 1890 y 1905. Registros tan disímiles como telegramas, corresponsalías, fotografías, colaboraciones provenientes del exterior y crónicas locales son leídos con especial atención al modo en que se inscribieron en la ciudad. En este sentido, se presta particular atención a las significaciones locales de los atentados anarquistas, a las interpretaciones que circularon y a las reacciones populares que en forma de manifestaciones dolientes tomaron las calles de Buenos Aires.

El capítulo 2 se interesa por la vida porteña del anarquismo a partir de las noticias locales. Gracias a las crónicas policiales (tan atentas a lo escabroso y a los rumores), las exploraciones periodísticas que en vano buscaron a Ravachol en la ciudad y los relatos de huelgas en las cuales se percibía la insólita pero razonable presencia de anarquistas, se reconstruye un ecosistema diverso y complejo que permite afirmar que la germinación del anarquismo no reconoció una sola dimensión. A la vez, el capítulo hace foco en lo que fue presentado como un anarquismo cordial gracias a la presencia fulgurante del médico, criminólogo y agitador libertario Pietro Gori, quien entre 1898 y 1902 gozó de un abrumador prestigio y admiración públicas. Su éxito dice tanto sobre los propios encantos de Gori como de una ciudad que identifica en él a una celebridad moderna y refrescante, antes que un peligro para la sociedad.

El capítulo 3 cambia de escala y perspectiva: incursiona en las representaciones y figuras que sobre el anarquismo desplegó el también incipiente socialismo en Buenos Aires. Su punto de partida surge de la lectura de periódicos como El Obrero y La Vanguardia y las evocaciones de sus militantes; de allí en más, reconstruye los diferentes espacios de sociabilidad capturando el clima de fervor y el tenor polémico que unió a socialistas y anarquistas. Más que sostener que ese combate fue una deriva necesaria de un desencuentro político y doctrinario, el capítulo muestra un prolífico repertorio de imágenes y giros retóricos que estuvieron fuertemente atravesados por lo que las noticias internacionales propagaban como rasgos propios del anarquismo. También se revela que fueron los socialistas quienes sí tomaron nota, y con más vehemencia, sobre la peligrosidad del anarquismo. Este recorte muestra cómo ciertas asociaciones del anarquismo con las bombas, la provocación y la irracionalidad no fueron en verdad monopolio de las élites políticas.

El capítulo 4 recompone la sinuosa trayectoria de la criminología en Buenos Aires y sus primeras aproximaciones al fenómeno anarquista. No se consideran aquí las perspectivas de los criminólogos como parte de un campo homogéneo; lo que salta a la luz es un posicionamiento diverso y cambiante que no es fácil de reducir a una dimensión instrumental. Aquello que médicos como José Ingenieros y Francisco de Veyga observaron e intuyeron estuvo tamizado por múltiples lecturas y experiencias, muchas de ellas construidas al margen de la grilla pergeñada por el célebre Cesare Lombroso. Otras referencias teóricas formaron parte del esfuerzo por dilucidar un fenómeno que, antes que nada, fue representado como irreductible a la aplicación de modelos de interpretación preestablecidos. Solo de este modo es posible comprender por qué, luego de que en 1905 fracasara un intento de asesinar al presidente argentino Manuel Quintana, fue el criminólogo Francisco de Veyga quien ensayó una conmovedora defensa del anarquista que le disparó con su revólver.

Por último, el capítulo 5 aborda la cuestión de la atención prestada por la institución policial al anarquismo desde fines del siglo XIX. Es sabido que la policía desplegó una temprana labor de vigilancia sobre el movimiento libertario en sus múltiples formas. Sin embargo, es muy poco lo que sabemos acerca de la sensibilidad específica de los miembros de la fuerza frente a uno de los principales asuntos que reclamó su atención en el cambio de siglo. El capítulo realza la mirada policial y acompaña a los agentes de investigaciones en sus derivas por el universo anarquista de la ciudad, bajo un imperativo que la propia fuerza condensó en la fórmula “conocerlos a todos y conocerlos bien”. Además, por la propia naturaleza de su objeto, el capítulo rescata la dimensión interactiva, las zonas grises y el vínculo que unió a los anarquistas con los agentes policiales en diferentes momentos y situaciones. En diversos escenarios, se recuperan las percepciones y actitudes de los anarquistas, sus sospechas y temores frente a la intrusiva actividad policial. De esta manera, se intenta demostrar el carácter culturalmente creativo de la lucha, como una zona de conocimiento mutuo y disputa donde la afectividad –sobre todo, el odio y la burla, el recelo y el rencor, emociones válidas tanto para los anarquistas como para los policías– no fueron meros ornamentos, sino parte de la materia con que se forjó el vínculo entre ambos polos.

A diferencia de la mayoría de las obras que trataron el tema, este libro no se ciñe a lo que los anarquistas hicieron o dijeron sobre sí mismos. Si bien sus voces y refunfuños afloran una y otra vez, atacando o defendiéndose, el horizonte de interpretación es más amplio. Así, estas páginas recuperan el consejo de Marc Bloch: para comprender verdaderamente un fenómeno histórico no es posible limitarse a un tipo único de documento. Según sus palabras, “cuanto más se empeña el historiador en llegar a los hechos profundos, menos se le permite esperar la luz sino por rayos convergentes de testimonios de naturaleza muy diversa”.[32] De ahí que en este libro se apueste siempre por invocar la condición múltiple y coral del fenómeno anarquista, ya que no es posible narrar las peripecias libertarias del pasado sin atender a los modos en los que fueron figurados e imaginados. Dicho sea de paso, del análisis se desprende que esos modos fueron tan poderosos que muchas veces los anarquistas los hicieron propios.

* * *

El origen de este libro fue una tesis doctoral en historia defendida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires a comienzos de 2015 y elaborada con el apoyo de dos becas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas que me permitieron dedicarme exclusivamente a la investigación. Sin embargo, nada habría sido posible sin el acompañamiento y la guía de mi director Juan Suriano, de quien aprendí, entre otras cosas, que el anarquismo era históricamente relevante a pesar del anarquismo en sí. Su fallecimiento en 2018 me dejó un vacío imposible de llenar.

Siempre me sentí acompañado por muchas personas, a quienes deseo agradecerles muy especialmente:

En primer lugar, a Mirta Lobato por su cariño, paciencia y confianza.

A Christian Ferrer solo puedo agradecerle por todo. Menos que eso sería nada.

Igualmente agradecido estoy a Sandra Gayol, Ricardo Martínez Mazzola, Agustina Prieto, Sylvia Saítta, Pablo Ansolabehere y Lila Caimari, juradas y jurados de mis tesis de maestría y de doctorado, por sus observaciones críticas, que resultaron fundamentales.

Las páginas que siguen fueron leídas, releídas y discutidas por colegas a quienes les debo el entusiasmo y el cariño tanto como la sinceridad y el acompañamiento. Las reuniones campestres con Diego Galeano, Lila Caimari y Cristiana Schettini terminaron por darle forma a este libro. Tengo la suerte de que, además, son el historiador y las historiadoras con más creatividad e imaginación que conozco.

Roy Hora leyó con generosidad y rigurosidad. Todas sus recomendaciones fueron tenidas especialmente en cuenta porque siempre contribuyeron a mejorar el manuscrito.

Si no hubiera sido por Claudia Román, la reescritura habría sido mucho más árida. Su precisión y sentido del humor resultaron fundamentales.

Este libro, a la vez, forma parte de una intensa conversación sobre temas globales que sostengo con Martín Bergel hace largo tiempo. El murmullo de ese intercambio también resuena en cada capítulo.

También quiero agradecer a las personas que forman parte de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (Idaes) de la Universidad de San Martín. En primer lugar, a mis compañeras del Núcleo de Historia Social y Cultural del Mundo del Trabajo: Laura Caruso, Viviana Barry y María Paula Luciani, por darme infinito respaldo; Cristiana Schettini, por las pasiones thompsonianas que nos unen; y Luciana Anapios, por demasiadas cosas que no caben en una línea. A las y los integrantes del Área de Historia del Idaes; en particular, a Valeria Manzano, Marina Franco y Hernán Confino.

Muchas amigas, amigos y colegas colaboraron de diversas maneras. Intercambios, conversaciones y proyectos de distinto tipo me unen a mis queridas Florencia D’Uva y Gabriela Mitidieri, Juan Buonuome, Paula Bruno, María Migueláñez Martínez, Sebastián Stavisky, Laura Fernández Cordero, Pascual Muñoz, Eduardo Godoy Sepúlveda, Adriana Petra, Osvaldo Barreneche, Ricardo González Leandri, José Moya, Nicolás Duffau, Diego Echezarreta, Ivanna Margarucci, Jorge Canales Urriola, Mariana Sirimarco, Ariel Wilkis, José Garriga, Leandro López y a mis compañeras y compañeros del grupo Crimen y Sociedad y del proyecto “Intelectuales, prensa periódica y mundialización. El proceso de la opinión pública sobre temas globales (Buenos Aires, 1870-1940)”.

También quiero agradecer al equipo de trabajo de la editorial Siglo XXI. En especial a Luciano Padilla López: su erudición y su acompañamiento sin dudas contribuyeron a mejorar el libro.

A mis padres Mario y Carmen. A mi hermano Facundo y mi hermana Guadalupe, y a la pequeña multitud que los acompaña.

Finalmente, a Victoria, por ser el principio de todas las cosas.

[1] José María Acha, Memorias de un anarquista, Montevideo, La Turba, 2013, p. 12.

[2] Véase una reseña biográfica más exhaustiva en Pascual Muñoz, “José María Acha”, ibíd., pp. 5-8.

[3] En la actualidad, la historiografía de los atentados anarquistas es amplia. Acerca del caso francés, véase John Merriman, The Dynamite Club. How a Bombing in Fin-de-Siècle Paris Ignited the Age of Modern Terror, Londres, Yale University Press, 2016. Con relación al caso español, véanse Ángel Herrerín López, Anarquía, dinamita y revolución social. Violencia y represión en España de entre siglos (1868-1909), Madrid, Catarata, 2011; Rafael Núñez Florencio, El terrorismo anarquista, Madrid, Siglo XXI, 1983. Desde una perspectiva global, véase Richard Bach Jensen, The Battle against Anarchist Terrorism. An International History, 1878-1934, Cambridge, Cambridge University Press, 2014.

[4] El principal referente de este tipo de aproximaciones es el trabajo de Iaacov Oved, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, México, Siglo XXI, 1978. En la misma línea, véase Gonzalo Zaragoza, Anarquismo argentino (1876-1902), Madrid, De la Torre, 1996; Edgardo Bilsky, La F.O.R.A. y el movimiento obrero (1900-1910), Buenos Aires, CEAL, 1985.

[5] Los trabajos pioneros más representativos de esta línea son: Dora Barrancos, Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo, Buenos Aires, Contrapunto, 1990; Juan Suriano, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires 1890-1910, Buenos Aires, Manantial, 2001.

[6] En la última década, la Argentina, al igual que otras partes del mundo, asistió a una suerte de boom de los estudios sobre el anarquismo. Al ser realmente difícil resumir la trayectoria de los trabajos al respecto, recomiendo Laura Fernández Cordero, “Historias de un largo siglo: estudios del anarquismo en Argentina”, en Lucas Domínguez Rubio, El anarquismo argentino. Bibliografía, hemerografía y fondos de archivo, Buenos Aires, Anarres, 2016, pp. 75-97.

[7] Para el caso de las conexiones transnacionales del anarquismo argentino, véanse James Baer, Anarchist Immigrants in Spain and Argentina, Illinois, University of Illinois Press, 2015; María Migueláñez Martínez, Más allá de las fronteras: el anarquismo argentino en el período de entreguerras, tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2018.

[8] Steven Hirsch y Lucien van der Walt, “Rethinking Anarchism and Syndicalism: the colonial and post-colonial experience, 1870-1940”, en su compilación Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940. The Praxis of National Liberation, Internationalism, and Social Revolution, Leiden - Boston, Brill, 2010.

[9] Lila Caimari, La ciudad y el crimen. Delito, vida cotidiana en Buenos Aires, 1880-1940, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, p. 139.

[10] Uri Eisenzweig, Ficciones del anarquismo, México, FCE, 2004, p. 23.

[11] Claudia Román, “La modernización de la prensa periódica, entre La Patria Argentina (1879) y Caras y Caretas (1898)”, en Alejandra Laera (dir.), Historia crítica de la literatura argentina, a cargo de Noé Jitrik, vol. III, El brote de los géneros, Buenos Aires, Emecé, 2010, pp. 15-38.

[12] “Cómo se hace un diario moderno. Progresos del periodismo argentino”, LP, 1º de enero de 1903.

[13] Jorge Navarro Viola, Anuario de la prensa argentina, Buenos Aires, Pablo E. Coni e hijos, 1897, pp. 182-183.

[14] Ángel Menchaca, “El periodismo argentino”, en Alberto B. Martínez, Baedeker de la República Argentina, Buenos Aires, Peuser, 1900, pp. 84-88.

[15] Pierre Valette, De l’érostratisme ou vanité criminelle, Lyon, A. Storck, 1903 [ed. cast.: El erostratismo o vanidad criminal, Oviedo, Impr. de Eduardo Uría, 1911].

[16] José Ingenieros, “La vanidad criminal”, APyC, año VI, 1907, p. 163.

[17] Benedict Anderson, Bajo tres banderas. Anarquismo e imaginación anticolonial, Madrid, Akal, 2008, p. 10.

[18] Manuel Márquez Sterling, Mesa revuelta. Política y literatura, Madrid, Hoeck y Hamilton Impresores, 1898, p. 79.

[19] José Maria Eça de Queirós, “Los anarquistas. Vaillant”, en Ecos de París, Barcelona, El Acantilado, 2004, pp. 141-142. El escrito sobre Vaillant fue originalmente publicado en tres partes en la Gazeta de Notícias entre el 26 y el 28 de febrero de 1894.

[20] Rubén Darío, “Dinamita”, publicado en La Tribuna, Buenos Aires, 27 de noviembre de 1893 y recopilado en Erwin Kempton Mapes, “Escritos inéditos de Rubén Darío: recogidos de periódicos de Buenos Aires”, Revista Hispánica Moderna, año 2, nº 2, enero de 1936, pp. 126-129.

[21] “Mala publicidad”, La Voz de la Iglesia, octubre de 1898. En el mismo sentido “La libertad de prensa y los crímenes anarquistas”, ibíd., 31 de marzo de 1894.

[22] Se pueden distinguir al menos dos momentos en los cuales caballos diferentes recibieron el nombre Ravachol. El primero, entre 1893 y 1896, surge de la lectura de la columna “Sports” del diario La Prensa. El segundo, entre 1902 y 1906, aparece en la sección dedicada al Hipódromo Argentino de la revista Caras y Caretas. Por lo demás, la zoomorfización de Ravachol es más que un dato peculiar de la ciudad de Buenos Aires. En efecto, el alcance mundial de su fama se puede corroborar, por ejemplo, en Pontevedra, Galicia, donde un loro que llevaba su nombre, conocido por su procacidad e irrespetuosidad con el clero, es hoy recordado con una estatua en pleno casco antiguo de la ciudad. Tampoco parece haber sido una peculiaridad local bautizar caballos con su nombre. En el cuento “Una noche fantástica” de 1922, el escritor Stefan Zweig (Amok, Buenos Aires, Tor, 1957, p. 121) escenificaba una carrera en la cual, con febril insistencia, un apostador gritaba enfervorizado el nombre del caballo en que había depositado sus esperanzas: “¡Ravachol! ¡Ravachol!”.

[23] “Captura de Ravachol”, LP, 20 de diciembre de 1902.

[24] En este punto soy deudor de la aproximación del historiador francés Dominique Kalifa –“Escribir una historia del imaginario (siglos XIX-XX)”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, nº 115, 2019, pp. 1-17–, quien, al repasar su propia experiencia analítica, afirmaba que cabe “calificar el imaginario de social, es decir, de dinámico, de móvil, en relaciones con contextos cambiantes y en evolución. […] La añaduría del adjetivo social, por lo tanto, era un recordatorio de que nos encontrábamos en el campo de lo colectivo, de la interacción de individuos y grupos, en la producción viva de la historia”.

[25] Osvaldo Bayer, Severino di Giovanni, el idealista de la violencia, reed., Buenos Aires, Legasa, 1989.

[26] David Viñas, Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los anarquistas, Buenos Aires, Carlos Pérez, 1971, p. 271.

[27] David Viñas, Literatura argentina y realidad política, reed., Buenos Aires, Siglo Veinte, 1971, p. 203.

[28] Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina, 1890-1916, Buenos Aires, Sudamericana - Universidad de San Andrés, 1995, pp. 150-172.

[29] Juan Suriano, “El Estado argentino frente a los trabajadores urbanos: política social y represión, 1880-1916”, Anuario, nº 14, 1989-1990, pp. 109-137.

[30] Pablo Ansolabehere, Literatura y anarquismo en Argentina (1879-1910), Rosario, Beatriz Viterbo, 2012, p. 193.

[31] Manuel Bilbao, Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días. Especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX, Buenos Aires, Imprenta de Juan A. Alsina, 1902, p. 125.

[32] Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, México, FCE, 1996, p. 174.

1. Espectros mundiales del anarquismo: un tema de todas las conversaciones

El 25 de junio de 1894, apenas levantado, Víctor Guiñazú, diputado por la provincia de San Luis, leyó en un matutino de Buenos Aires una noticia terrible. Pocas horas antes, en Lyon, el presidente de Francia Marie-François-Sadi Carnot había sido asesinado de una puñalada por el anarquista italiano Sante Geronimo Caserio. Ya en el Congreso, Guiñazú tomó la palabra para proponer que se levantara la sesión en señal de duelo, iniciativa que fue acompañada por todos los presentes con aclamaciones. En su brevísima intervención, sostuvo:

El seno dormido de los mares se ha sentido anoche agitado por la corriente eléctrica que transmitía en todas direcciones, por todos los ámbitos del mundo, una noticia consternadora. Y esa corriente eléctrica, condensada en la prensa diaria de la capital de la república, ha producido hoy una gran conmoción en toda la población de Buenos Aires.[33]

La escena debió sonar familiar a quienes lo oían. Hacía tiempo que la prensa diaria de la capital formaba parte de un entramado comunicativo internacional que gracias al telégrafo –esa “corriente eléctrica” interoceánica a la que se refería el diputado– permitía conocer, en pocos minutos, hechos que tenían lugar a miles de kilómetros.[34] La gravedad del acontecimiento contribuyó a multiplicar el efecto de inmediatez que no solo generó conmoción en el recinto. En calles, cafés, teatros y salones de la ciudad, el asesinato de Carnot produjo “una impresión vivísima”.[35] En la redacción de La Nación, el clima era el propio “de los días de gran ansiedad pública”. En resumen, el atentado contra el presidente francés se había convertido en “tema de todas las conversaciones”.[36] Durante semanas, las páginas de los diarios entremezclaron telegramas, editoriales, artículos provenientes de Francia y detallados informes sobre los homenajes que en memoria de Carnot sucedían cotidianamente en Buenos Aires. En medio de ese torrente informativo emergería inquietante y extraordinaria la figura de su asesino, junto con las ideas que enarbolaba. De esta forma, se fue conformando un imaginario denso ligado a un fenómeno global cuyos contornos podían resultar difusos, pero cuya irradiación local fue indiscutible.

La ligazón entre los atentados y su impacto mediático no escapó a los anarquistas. En 1885, el alemán Johann Most –fervoroso defensor de la utilización de la dinamita en la lucha contra las injusticias sociales– sostenía que tan importante como las acciones en sí mismos eran los efectos que generaban en la población. Desde esta perspectiva, la fuerte impresión que provocaban en la opinión pública a través de la gran prensa tenía consecuencias beneficiosas para la propaganda anarquista.[37] Sin su ayuda, los atentados anarquistas perdían su razón de ser. Años más tarde, los ácratas de Buenos Aires intentaron un argumento similar. Que la “prensa burguesa” del mundo les prodigara tanta atención permitía “cosechar en el campo enemigo”, lo que habría de favorecer a la propia expansión del movimiento.[38]

Por optimistas que fueran estas consideraciones, lo cierto es que los libertarios no siempre pudieron capitalizar a su favor lo que se decía sobre ellos y sus atentados. Tampoco las reacciones que suscitaban. No solo porque las noticias eventualmente deformaran o demonizaran el ideal que aquellos profesaban, sino porque los atentados devenían un espectáculo de consumo masivo. A miles de kilómetros, esa espectacularización se acopló a la modernización de diarios como La Nación y La Prensa. Las columnas de telegramas, la reproducción de grabados y fotografías, las colaboraciones del extranjero y las crónicas locales encontraron en el anarquismo un objeto privilegiado para experimentar sus nuevos lenguajes periodísticos.

Cada vez que un anarquista dejaba caer una bomba, cada vez que con una bala o un puñal atravesaba el corazón de una figura de la política o la realeza, de forma más o menos consciente contaba con que el destino de su acción iba a repercutir inmediatamente a escala mundial. No solo se proyectaba internacionalmente, sino que era parte de la “cultura de lo sensacional” –como la denominó Lila Caimari–, que situaba a los anarquistas en un circuito de noticias que rápidamente los convertía en un “plato fuerte” cuyos efectos escapaban de mil maneras a su control.[39] En ese contexto, La Nación y La Prensa, pero también revistas ilustradas como Caras y Caretas, contaron con una enorme libertad para imponer tonos y temas a partir de los cuales quedaron delineadas las primeras representaciones del anarquismo en Buenos Aires. Al instalar las ideas y las acciones libertarias como una flor extraña, la prensa se movió con un alto grado de libertad formal para referirse a un fenómeno que, en su primera encarnación, lejos estuvo de ser considerado un problema de orden público.

Una puñalada en el corazón de todas las repúblicas

El 6 de abril de 1894, en la columna “Telegramas” del diario La Nación podía leerse sobre una bomba arrojada en Génova contra la redacción de un periódico, el descubrimiento de explosivos en Madrid, la detención de anarquistas en Londres y un atentado en el restaurante Foyot de París que había dejado tres heridos.[40] Se trataba de pequeños textos que, aunque no incluyeran los pormenores de los acontecimientos que narraban, avisaban al lector de la existencia de una forma brutal del anarquismo.

Algunos meses antes, el 12 de febrero de 1894, el refinado anarquista Émile Henry, después de deambular entre varios bares del centro de París buscando el más concurrido, recaló en el café Terminus. Luego de tomar dos cervezas, arrojó desde la puerta, en dirección a la orquesta, una bomba que él mismo había fabricado. Para su mala suerte, la “máquina infernal” rebotó contra la araña del techo, rompió una tulipa y finalmente explotó sin conseguir la deseada masacre de burgueses. De inmediato, Henry fue detenido por la policía, con la colaboración de un peluquero presente en el lugar. Cuando ya en abril se dio a conocer su condena a muerte, La Nación publicó:

París, sábado 28.– Hoy ha terminado la vista del proceso del anarquista Henry. Este ha continuado prestando sus declaraciones con la misma serenidad con que empezó. Hasta el último momento en que estaban reunidos los jurados para dar el veredicto, ha mostrado gran tranquilidad. Antes de que el defensor pronunciase su discurso, el anarquista leyó una larga exposición de sus doctrinas y creencias. Cuando la defensa adujo en su descargo que el reo no estaba en pleno dominio de sus facultades mentales, este replicó que no era loco y que tenía conciencia de lo que había hecho.

El Jurado, después de una corta deliberación, dio su veredicto reconociéndolo enteramente culpable y sin que se pudiesen encontrar circunstancias atenuantes en el crimen.

El tribunal condenó a muerte al reo.

Henry oyó sin inmutarse la lectura de la sentencia.

Una vez concluida la lectura dijo: “Mis compañeros vengarán mi muerte. ¡Viva la anarquía!”.[41]

Esa noticia condensaba un aspecto clave de las representaciones sobre los criminales ácratas: su conducta en los tribunales. Una vez cometido el delito, de cara a la sentencia que no pocas veces los llevaría al cadalso, los anarquistas desplegaron un repertorio recurrente de reacciones: calma, cinismo, falta de arrepentimiento, seguridad doctrinaria y certeza de que su muerte sería vengada. Las declaraciones de Henry, como las de otros tantos anarquistas, se publicaban regularmente, de modo que estaban a disposición de los porteños.[42]

El temblor eléctrico del telégrafo era incesante. En poco menos de un mes, los lectores de La Nación se enteraron de que en Barcelona los anarquistas se habían comportado de forma insolente. Uno de ellos, Paulino Pallás, acusado de atentar contra el general Martínez Campos en septiembre del año anterior, se lamentó por no haberlo matado. Otro se mostró entristecido porque una bomba en el Liceu barcelonés no había destruido por completo el teatro ni había sepultado a todos los concurrentes. Los anarquistas de Londres juraron que vengarían la detención de uno de los suyos. En Lieja estalló un artefacto junto a la iglesia abacial de Santiago el Menor. De nuevo en Barcelona, seis anarquistas fueron condenados a muerte. Jean Jaurès interpeló al Parlamento francés por las sumas que numerosos burgueses y sacerdotes supuestamente habían otorgado a los anarquistas para inmunizarse contra los atentados. Según el líder socialista, la burguesía y el clero financiaban los atentados de los cuales eran víctimas. Más bombas en Livorno y Ancona. El Palacio Chigi-Odescalchi en Roma también fue alcanzado por la dinamita. Anarquistas de Génova se declararon en huelga de hambre. En Madrid se discutía una ley represiva contra el uso de explosivos, mientras que en San Petersburgo se había descubierto que eran anarquistas (y no nihilistas) quienes habían intentado asesinar en Smolensk al zar.[43]

En diálogo con esas grajeas informativas, La Nación hizo uso de corresponsales en el exterior que ritmaban sus colaboraciones más extensas con algunas de las noticias que derramaba el telégrafo. La alternancia entre corresponsalías y servicios telegráficos, antes que mostrar una oposición entre registros, señala que en la construcción de representaciones sobre el anarquismo en el extranjero confluían diversos recursos narrativos. Uno de los colaboradores habituales de la prensa porteña –Ernesto García Ladevese, residente en París– comentó con exhaustividad el mencionado atentado al restaurante Foyot en que había resultado herido el escritor simbolista Laurent Tailhade. Se trataba ni más ni menos que del poeta que después de que Auguste Vaillant arrojara una bomba en la Cámara de Diputados francesa había exclamado: “¡¿Qué importan las víctimas si el gesto es bello!?”. García Ladevese observaba con extrañeza que, en su locura ponebombas, los anarquistas terminarían por aniquilarse entre sí.[44] Un mes y medio más tarde, en un reportaje reproducido en Buenos Aires, el propio Tailhade sostenía con desdén que haber sido víctima de un atentado anarquista era un gaje del oficio, “una contingencia sin importancia”.[45] Por esos mismos días, Rubén Darío, que admiraba a su colega francés, trazó un perfil que puede leerse como respuesta a Ladevese: “¡El amado Tailhade anarquista! Él gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas”.[46]

Es imposible reducir a un único motivo las impresiones que despertó el anarquismo. Adelantando el tono que años más tarde desplegaría en Caras y Caretas, Eustaquio Pellicer se refería con humor a una estampida ocurrida en una iglesia de Madrid. Alguien había hecho correr la voz de que se produciría un atentado, y la multitud, presa del pánico, se agolpó a las puertas del templo de San Ildefonso; hubo escenas dramáticas de asfixia y rostros desencajados. Sobre la causa real de semejante hecho era poco lo que Pellicer podía aportar: “No se ha podido averiguar si a una niña de 10 o 12 años la tiraron de una trenza del pelo o le pisaron un pie[;] lo cierto es que lanzó un grito y este sembró la alarma entre la concurrencia. Creyó que se trataba de una bomba o cosa por el estilo”.[47]

El anarquismo se presentaba como un fenómeno en plena expansión. Según La Prensa, todos los días surgía un nuevo “alucinado” dispuesto a vender cara su vida a cambio de la de sus semejantes. Idéntica impresión despertaba en ese medio la extensión geográfica del fenómeno y la diversidad de sus escenarios:

En la calle, en los edificios, en el teatro, en el parlamento, han ensayado sus procedimientos destructores, revelando la existencia de una secta fanática, como todas las que han nacido al calor de las demencias y exaltaciones de los descontentos de la vida[;] es tenaz en sus propósitos y no busca soluciones sino [que] ejercita venganzas.[48]

También resultaban caprichosas las motivaciones. Los anarquistas en su obcecado duelo con lo existente “no piden nada factible dentro del orden de cosas establecido, no aspiran sino a destruir”.[49] Lo que proponían, a los ojos del redactor, era un vacío de sentido injustificable. Cualquiera podía ser víctima de un atentado anarquista en cualquier país, en cualquier lugar, en cualquier clase social. Su carácter ubicuo potenciaba la inquietud; por mera lógica, los gobiernos del mundo comenzaban a vislumbrar modos de defenderse de semejante amenaza.[50]

Este era el tipo de cosas que podían saberse sobre el anarquismo y los anarquistas cuando Sante Caserio apuñaló a Sadi Carnot. A plena luz del día, el joven anarquista se trepó al coche del presidente francés, que se dirigía a la Ópera, y, con un puñal que llevaba escondido dentro de un periódico, acabó de forma instantánea con su vida. Si hasta el momento los anarquistas no habían centrado sus acciones en determinado blanco, este asesinato fue el primer caso en el que la puntería libertaria parecía afinarse. Sin lugar a dudas, se estaba frente a un hecho particularmente ominoso. Carnot era el alma de todas las “virtudes cívicas”.[51] No se trataba del omnipotente zar de Rusia o del irritante Francesco Crispi, primer ministro italiano, a quien por esos días otro anarquista había intentado asesinar;[52] Carnot representaba otra cosa. No era ni un déspota ni un tirano, sino un “caballero y un patriota”.[53]

Ese tipo de ataque era una novedad. Parecía que los anarquistas estaban abandonando por fin los explosivos en espacios públicos, lo cual podría representar un alivio. Sin embargo, la amenaza a los principales mandatarios del mundo, inaugurada con el asesinato de Carnot, se cernía sobre el orden social republicano. Vista desde la Argentina, “esta joven República” tan atenta al desenvolvimiento global de las grandes naciones, la nueva modalidad resultaba, además de irritante e inusitada, particularmente grave.[54] ¿Qué representaba, entonces, el asesinato de Carnot? Lo lógico, para el editorialista de La Prensa, habría sido asignarle el estatus de asesinato político, pero ¿era realmente eso?

Nos resistimos a asignarle ese rango porque un crimen perpetrado por un individuo, detrás del cual no existe un partido reconocido como tal por el consenso de los pueblos cristianos del orbe, no puede ser contemplado ni juzgado como asesinato político, con fines políticos o de gobierno. La disolución por el incendio y por la muerte alevosa de la organización social moderna no es el programa de un partido de personería aceptable, porque sobre esos fundamentos, jamás en ninguna edad de la historia, se construyó una sociabilidad. […] El sangriento suceso tiene caracteres extraordinarios, que lo hacen único en la historia sombría de los atentados contra los hombres públicos y contra los gobernantes.[55]

Tan ejemplar era la nación francesa que ni aun en la insólita desgracia de perder a su querido líder –el “mártir de Lyon” como fue rebautizado– el principio republicano corrió peligro. Por el contrario, un leitmotiv de la época era que, al atentar contra el orden social, el anarquista solo conseguía fortalecerlo. Síntoma de esa paradoja era que la sucesión presidencial se llevara a cabo por “voto patriótico”, sin “extorsiones y sin estremecimientos”, algo que de paso debía llamar la atención del “deficiente” sistema político argentino.

El clima de excitación favoreció todo tipo de fantasías. Uniendo fragmentos de noticias, un redactor de La Nación dio rienda suelta a su imaginación. Sin referirse a nadie en concreto, se permitió sostener que, aunque el anarquista aparentara tener ideas coherentes (e incluso lógicas), su arquitectura conceptual estaba montada sobre axiomas falsos. Su discurso se presentaba como racional pero era un engaño; por lo tanto, lo que dijera no tenía la menor importancia: “Discutir con un anarquista es tiempo perdido”. Lo importante eran sus actos que, como ya era sabido, la mayor parte de las veces lo destinaban al garrote vil, la guillotina o el pelotón de fusilamiento. Pero en eso residía el drama: el anarquista no temía a la muerte y derramaba su propia sangre con tanta naturalidad “como se bebe un vaso de agua”. Por lo demás, “es solitario y reconcentrado y cuando la idea de un atentado se ha presentado en su mente, la acaricia, la pule, vive embebido en ella, a solas, hasta realizarla”.[56]

Junto con la difusión de esa figura fantasmal y abstracta del anarquista reconcentrado y solitario, las crónicas del asesinato de Carnot entronizaron a su perpetrador. Se sabía que se llamaba Sante Caserio, que era natural de un pueblo cercano a Milán y que tenía 22 años. Era panadero y el puñal que había utilizado era de acero de Toledo. Tras el atentado se negó a hablar. Una y otra vez se subrayaron su carácter excepcional y su “sangre fría sin ejemplo”. La conclusión era que “un criminal como Sante no se ha visto desde hace mucho tiempo”.[57]

El aspecto de este extraordinario personaje también fue objeto de interés periodístico. Después de infructuosas solicitudes a su corresponsal en París, La Nación publicó el primer retrato de un criminal anarquista en la prensa de Buenos Aires, original de Martín Malharro, habitual ilustrador de noticias policiales. Para trazar los rastros de Caserio, al igual que cualquier lector, el célebre pintor debió conformarse con lo que había leído. Bien mirado, según la descripción que lo acompañaba, la figura resultante no irradiaba acometividad ni reconcentración. Nada más lejano de la representación patibularia del anarquista que ansiaba matar para luego morir. Por el contrario, tenía rasgos juveniles “hermosos”; nadie lo creería “capaz de haber cometido el horrendo crimen de que es autor”. En la conformación de su cabeza y en su semblante, ningún psiquiatra encontraría los rasgos “típicos” del hombre delincuente. La imagen invitaba a cierta compasión por lo que ese joven debió haber sufrido. Si Caserio no hubiera abandonado su hogar a los 10 años, como informaba la prensa italiana, con seguridad habría continuado siendo “un buen muchacho” al amparo del cariño y consejo de su madre. En ese desvío de la vida familiar (y no en lo que sus atributos físicos transmitían) se detectaba el origen de “una fuerza perversamente destructora”.[58]

El estilizado retrato de Caserio, junto con sus antecedentes, el llanto de su madre, la humildad de su hermano y de prácticamente todos sus vecinos animaban más a la piedad que al desprecio. De algún modo, esta noticia ilustrada daba cuenta de mínimos desplazamientos en la construcción del estereotipo de anarquista criminal que con el tiempo se volvería, si no el único, al menos preponderante. No había límite a lo que podía decirse sobre el anarquismo, siempre y cuando quedase clara la condena del atentado. Días después, ese desacomodamiento inicial con respecto a lo previsible recibió su rectificación cuando el mismo diario publicó otro retrato que confiaba era más verosímil por proceder directamente del “reputado periódico parisino L’Illustration”.


Figura 1.1. “Sante Caserio: lo que dice su retrato”, La Nación, 25 de julio de 1894

Figura 1.2. “Sante Caserio. Un nuevo retrato”, La Nación, 6 de agosto de 1894

El “nuevo retrato” en realidad no era exactamente el mismo del grabado publicado en L’Illustration, realizado a partir de una fotografía de Caserio en la prisión de Lyon, que permitía ver las amarras de cuero que lo inmovilizaban. La versión de La Nación era más bien un recorte: las amarras apenas se insinuaban asomadas a la altura del cuello, lo que atenuaba su ferocidad tanto como su calidad de prisionero. La actualización de la imagen no contradecía las licencias formales de Malharro. Era “el retrato moral” el que permitía reinterpretar a Caserio: “Lo duro de la mirada, así como lo cerrado, lo sañudo de la expresión general de esa faz de líneas toscas, bien claro dicen todo lo obcecado, todo lo enérgico del carácter de este mozo, humilde obrero de instrucción escasa”. Era otra persona y, si uno fuera un psiquiatra, “encontraría sin duda en los rasgos de Caserio no pocos de los signos característicos del hombre delincuente”. La expresión reconcentrada denotaba “la idea fija, avasalladora, implacable que le hace proclamar su crimen dando vivas a la revolución social, que lo exime de remordimiento, que le hace oír sin vacilaciones la sentencia y que le dará quizás fuerzas para subir mañana al patíbulo, convencido de que en vez del asesino repudiado es un héroe sobre cuya cabeza se cierne el nimbo del martirio”.[59]

Las representaciones del anarquista y del anarquismo estaban abiertas al libre juego de las interpretaciones y habilitaban una dimensión en la cual el conocimiento de las respectivas características era fundamental. Así lo demostró un extenso artículo de La Nación, en el cual se daba cuenta “a vuelo de pájaro” de los nombres y fechas fundamentales del movimiento desde su origen. La nota, pese a su título, intentaba registrar exhaustivamente nombres, fechas clave, publicaciones, atentados y huelgas que jalonaron el despliegue internacional del anarquismo hasta el asesinato de Carnot. Concluía sembrando la incertidumbre: “Lo que sigue Dios lo sabe”.[60]

Efectivamente era imposible adivinar qué iba a suceder con un fenómeno tan novedoso, difícil de comprender en sus propósitos, rizomático en su proselitismo y espectacular en sus manifestaciones. Lo que puede afirmarse es que, para los principales diarios de la época, el anarquismo se convirtió, sobre todo a partir del asesinato de Carnot, en garantía de repercusión mediática: podía o no cambiar el mundo, podía o no aterrar a la población, pero sin dudas funcionaba como acontecimiento informativo.

Una emperatriz que se muere

En los años que siguieron al asesinato de Carnot, las representaciones periodísticas de los anarquistas entraron en una fase de cierta normalización. Pasaron a formar parte de la geografía noticiosa internacional como expresión de una modernidad considerada problemática y atractiva, pero distante. Por eso, cuando el 8 de agosto de 1897 el ácrata Michele Angiolillo asesinó a Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros de España, la gran prensa porteña no mostró asombro ni tristeza. En comparación con la conmoción por el caso de Sadi Carnot, sus implicancias parecían menos graves: “Hay hechos que superan en atrocidad al más reciente, el asesinato de Carnot, por ejemplo”, argumentaba un cronista de La Nación. Cánovas era un “hombre de lucha” y su muerte violenta una posibilidad.[61] Así pensado el anarquismo, sus acciones encontraban una explicación.

Un año más tarde, el 28 de agosto de 1898, La Nación publicó una nota en tono de lamento que no guardaba relación con el anarquismo. Isabel de Baviera, más conocida como Sissi, emperatriz de Austria y reina consorte de Hungría, “la caprichosa princesa que los vieneses llamaban hasta hace poco tiempo die irrende Frau (la dama errante)”, se encontraba en el crepúsculo de su existencia “minada por un mal misterioso”.[62] Insomne, inapetente, de andar débil y vacilante, en su fragilidad y melancólica declinación vital, era absolutamente inofensiva. Como rezaba el título del artículo, se trataba de “una emperatriz que se muere”. Era inimaginable que diez días después alguien atentara contra su vida.

El 10 de septiembre Isabel se encontraba en Ginebra cuando, de improviso, se le acercó un desconocido que le atravesó el corazón con una daga. Desvanecida, fue llevada al hotel Beau-Rivage donde murió minutos después. El asesino, al ser detenido, exclamó, lacónico: “¡Ella debía morir!”. Luego, en la comisaría, declaró que se encontraba en una pésima situación económica y que sencillamente odiaba a los ricos. A todos. Desde París, llegó la información de que se trataba de un francés de 25 años, descendiente de italianos: Louis Lucheni.[63]

Era una increíble recaída del anarquismo a su estado más inmotivado. El asesinato de la emperatriz, primera mujer víctima de un anarquista (así fue presentada), entrañaba el más atroz de todos los crímenes, aquel que se cometía contra “una señora anciana e indefensa”. No le interesaba la política, había llegado al trono más antiguo de Europa de “casualidad” y su vida “no podía ser causal de envidia de nadie”.[64] No había manera de justificarlo:

Esta vez es una mujer inofensiva, una emperatriz enfermiza que iba buscando alivio a sus dolencias, la víctima de la saña anarquista, quitando así al crimen hasta su carácter de venganza política, hasta el pequeño justificativo, si alguno pudiera tener, de castigar a los que mandan, a los que directa o indirectamente son responsables de las persecuciones que sufren, de la situación difícil pero justificada en que las leyes han colocado a los anarquistas.[65]

Desde las páginas de La Nación, Rubén Darío encontró en la literatura “romántica” de Edgar Allan Poe –particularmente en el relato “La máscara de la Muerte Roja”– una metáfora que explicaba el devenir de una “familia de testas coronadas perseguida por un rayo infalible”. El anarquismo se plantaba frente a ellos acelerando el proceso disolvente de la modernidad: “Los reyes se irán; pero estos son martirizados, heridos, echados del mundo por una cruel potencia”. Dios los estaba abandonando y los dejaba a la deriva, expuestos a los “más encendidos látigos del fuego de los cielos”, como un nuevo mal:

Horrible, muy horrible en verdad, el sacrificio de una pobre reina, que fue una bellísima y buena mujer[:] ¿quién le habría dicho, que después de Carnot y de Cánovas ella sería la elegida víctima de ese rojo dios desconocido, que hoy estremece de terror a la tierra? Tulio Hostilio el romano levantó un templo al miedo: la sociedad actual que palidece podrá levantar otro.[66]

El asesinato de la emperatriz de Austria dio ocasión a que múltiples sensibilidades se expresaran. El estremecimiento que tan bien interpretaba Rubén Darío era solo una de sus encarnaciones. Entre quienes fueron convocados a impartir su opinión sobre la conducta del anarquista, sobresalió el célebre criminólogo italiano Cesare Lombroso, flamante colaborador de La Nación. Por lo general, los estudios sobre la recepción de este autor en la Argentina enfatizaron su impacto en ciertas capas profesionales y figuras políticas. Sin embargo, sus asiduas colaboraciones en la gran prensa demuestran que la presencia de sus ideas y su atractivo vocabulario tenían una resonancia mucho más amplia y perdurable. Diarios como La Nación y La Prensa, según observó Lila Caimari, no fueron meros agentes de transferencia de un discurso científico que se volvía hegemónico, sino que permitieron inflexiones particulares al abarcar un conjunto amplio de temas que distaron de ser monopolio de especialistas u hombres de estado.[67] Las problemáticas abordadas por Lombroso no tuvieron una temática privilegiada. Se referían a grandes artistas como Tolstói o Zola, al caso Dreyfus, los estados de ánimo sociales a propósito del fin del milenio, los museos criminales y la política mundial.[68] Todavía en 1908, su prestigio era suficiente como para publicitar una suerte de panacea, el reconstituyente Ischirogeno, que lo mismo curaba la diabetes, la ceguera, el raquitismo, la anemia o la caquexia.[69]

Con el escrito de Lombroso, los porteños accedían por primera vez a una síntesis argumental que ordenaba los elementos dispersos que hasta entonces componían las narrativas sobre las vidas anarquistas. No dejaba cabos sueltos y cada detalle de la biografía de Lucheni servía para sacar algunas conclusiones. Al analizar desde los caracteres de su escritura hasta su vida familiar, pasando por su fisonomía, el criminólogo concluía que en él no había nada extraordinario: era uno de los tantos anarquistas afines con el “hombre delincuente”. Como Sante Caserio, tenía una doble personalidad, observable en las oscilaciones de su caligrafía, a veces pequeña, a veces “exageradamente grande”. Al igual que Émile Henry, no temía a la muerte. Incluso la deseaba, aunque carecía del valor para procurársela por sí solo. En todos estos casos, las causas de los crímenes eran orgánicas; sin embargo, el de Lucheni presentaba algunas variaciones. Luego de narrar las peripecias biográficas, Lombroso finalizaba con una afirmación que, por muchas razones, en Buenos Aires podía resultar inquietante: los italianos, por el mero hecho de serlo, tenían “escaso horror a los crímenes de sangre”. Este argumento hacía de la –así llamada– dimensión “racial” un elemento clave para explicar la expansión del anarquismo: “Entre nosotros, en la raza latina, donde el homicidio es considerado como una acción heroica y sobrepasa en cifras a la raza anglosajona en más del décuplo, esos fanáticos concluyen por asesinar [a] una pobre mujer que en este caso tiene más [la] desdicha que la fortuna de llamarse emperatriz”.[70] Lo curioso es que la recusación de este discurso –que hacía de la italiana una nacionalidad particularmente propensa al asesinato ácrata– provino del mismo diario que lo hacía público. En el momento en que el crimen de Lucheni agitaba a la opinión pública porteña, La Nación discutió abiertamente un artículo del prestigioso The Times de Londres sosteniendo que esa “era una acusación absurda”.[71]

Por idéntica razón, el escrito de Lombroso publicado por La Nación recibió la crítica de la flamante revista Criminalogía Moderna, dirigida por el abogado, poeta y orador anarquista Pietro Gori, recientemente arribado a la Argentina. El artículo “El regicidio de Ginebra” contradecía a Lombroso pero se mantenía fiel a su terminología. Para empezar, el retrato de Lucheni que se daba a conocer era muy distinto al difundido hasta el momento. Elegante y serio, ataviado con uniforme militar, distaba de la intimidante imagen publicada meses antes. Nada dejaba entrever una conducta criminal. Algo más profundo tenía que haber, y en esto se daba una coincidencia con Lombroso: “Como es fácil constatar, las líneas de la fisionomía no presentan asimetrías notables, perteneciendo Lucheni, como todos los violentos políticos, a la categoría de los delincuentes por pasión con fondo epiléptico”.[72]


Figura 1.3. “La emperatriz asesinada”, LN, 9 de octubre de 1898


Figura 1.4. “El regicidio de Ginebra”, CM, año I, nº 1, 20 de noviembre de 1898, p. 11

Así, no era absoluta la discrepancia con Lombroso, que sin embargo radicaba en un punto sensible de la argumentación. Mientras para Lombroso el factor “racial” e ideológico era lo preponderante, para el crítico ganaba peso el factor social. La tópica desplegada justifica la extensión de la cita:

En estas explosiones salvajes de la ferocidad atávica en el hombre, siempre que se [lo] observe atentamente sin dejarse [uno] transportar en manera alguna por preocupaciones políticas, la estratificación del odio en almas calcinadas no sucede por la infiltración doctrinaria de ideas, sino que es el producto de una lenta intoxicación del espíritu, de una acritud por así decirlo, de las mejores facultades del altruismo que se extiende con la civilización, intoxicación y acritud debid[a]s a la miseria perenne, las inauditas privaciones diarias de todas las horas, de todos los instantes, al hambre no satisfecha la mayor parte de las veces, hambre de pan, de instrucción, de amor. No pretendemos, en manera alguna, atenuar la siniestra gravedad de hechos que, como el de Ginebra, hacen pensar con horror en el enorme abismo de rencores mortales que soca[v]a el fondo de tantas almas[;] pero debemos por lógica estrecha [estricta], pensar qué causas tanto o más espantosas de aspereza y de dolor deben haber abierto este abismo mortal.

Los anarquistas de Buenos Aires compartieron el espíritu de las palabras de Gori. No en vano era uno de los suyos. Pero dieron un paso más al diluir toda la culpabilidad del criminal, ya que no habría sido él sino la comunidad la responsable de armar el brazo regicida. En este desplazamiento, por lo general tendieron a repetir el argumento que exculpaba al regicida y cargaba las tintas contra la organización social en su conjunto. Sin injusticias no habría atentados. Sin embargo, esta posición que se declaraba prescindente de juzgar un acto individual era bastante reciente y apenas ocultaba la tentación celebratoria. Con muchas menos vueltas, años antes, en ocasión del primer aniversario del magnicidio de Carnot, los redactores de El Perseguido no habían tenido reparos en dar rienda suelta a su entusiasmo apologético:

Ya pasó un año, y la burguesía cobarde e infame llora todavía. […] Llora pensando en la conciencia que el pueblo adquiere cada día[,] porque será esa conciencia la que hará pasar a todos los explotadores por el camino de la muerte. Mientras tanto el pueblo se ríe de la cobardía burguesa, y hoy, mientras la sentimental burguesía conmemora este día con lágrimas y sollozos, mientras esparce incienso sobre su despanzurrado cuerpo, y levanta himnos de gloria, nosotros gritamos fuerte, más fuerte todavía: ¡Viva Caserio! ¡Viva la anarquía![73]

Ni siquiera se salvaba la viuda de Carnot, esa “puta burguesa”, a quien le deseaban un destino equiparable al de su marido. Años después, el abandono del lenguaje alegre e injurioso no implicó condenar sin más los asesinatos. Para los editores de La Protesta Humana, a lo sumo de lo que se trataba era de salvaguardar al anarquismo, “colectividad universal de hombres unidos por comunes aspiraciones”, proclamando que nada tenía que ver “con la muerte de una anciana”.[74] Esta posición fue refrendada por una eminencia como Kropotkin, quien en un artículo publicado en el periódico Freedom de Londres y reproducido en Buenos Aires, declaraba haberse sentido consternado por “la tragedia de Ginebra”. Pero incluso para él, el hecho de que se hubiese producido una víctima inocente –tan inocente como el propio Lucheni– no había sido responsabilidad del anarquismo, sino de la “lucha social”.[75]

Una de las consecuencias del asesinato de la emperatriz de Austria fue la inmediata convocatoria de la Conferencia Internacional para la Defensa Social, que tuvo lugar entre el 24 de noviembre y el 21 de diciembre, en Roma. Su propósito era establecer criterios legales comunes frente al anarquismo y aceitar los mecanismos internacionales de cooperación policial. Formaron parte delegados de más de veintiún países europeos; entre ellos, diplomáticos y embajadores, así como las cabezas de las policías de Rusia, Francia y Bélgica, y sus pares municipales de Berlín, Viena y Estocolmo.[76] La conferencia sesionó a puertas cerradas y organizada en comisiones de expertos. En términos generales, puede decirse que no logró sus propósitos; en parte, por las diferencias existentes entre las tradiciones jurídicas y políticas de los países participantes. No hubo acuerdo sobre cómo legislar contra el anarquismo, ni siquiera en la caracterización del “acto anarquista” como tal. Sin embargo –como sostiene Richard Bach Jensen–, pese a sus escasos logros, la conferencia, además de proponer ciertas prácticas de extradición y el portrait parlé como moderna forma de identificación policial, devino punto de partida para el incremento de las relaciones entre las distintas policías de Europa en materia de comunicación e intercambio de información.[77]

De este lado del Atlántico, la conferencia no despertó el mismo interés periodístico. Los medios comerciales se limitaron a reproducir información telegráfica. La Nación hizo saber que un representante europeo, el día 26 de noviembre, imaginaba que el cónclave antilibertario iba rumbo al fracaso.[78] Semanas más tarde, agregó que se había logrado un mínimo consenso para coordinar la acción de las policías en la vigilancia de los anarquistas.[79] Otro aspecto destacado como engorroso por la prensa porteña fue la definición de “acto anarquista”. Según un telegrama reproducido por el diario La Prensa, la discusión al respecto “ha sido larguísima y no se ha podido arribar todavía a la definición requerida”.[80]

Más allá de esa cobertura local, la conferencia tuvo cierto impacto en Buenos Aires. Pietro Gori se congratuló de su fracaso, por considerarla un atentado a la libertad.[81] En un sentido contrario se expresó, meses más tarde, el senador Miguel Cané al redactar su famoso proyecto de ley de expulsión de extranjeros indeseables: el fracaso se había debido a que los gobiernos europeos solo se habían puesto de acuerdo “en la imposibilidad de ponerse de acuerdo”.[82] Esto era una desgracia. Según el vaticinio de Cané, los anarquistas, perseguidos por todos los estados de Europa y luego de dar saltos de un país a otro, no tardarían en mirar como una tierra de salvación a la Argentina. En conclusión, según sus cálculos, el impacto del juego entre la violencia anarquista y su represión no tardaría en hacerse sentir en forma de inmigración indeseable.[83]

Pese a sus hipérboles, los augurios de Cané pronto se harían realidad. El impacto de los atentados y magnicidios perpetrados por anarquistas del Viejo Mundo y su intersección con la inmigración se percibirían en Buenos Aires pero no como suscitadores de una ola de xenofobia, sino todo lo contrario. A finales de julio de 1900, la noticia del asesinato del rey Humberto I de Italia, lejos de fortalecer la asociación entre extranjeros y anarquistas, sirvió –gracias a un fabuloso despliegue periodístico– para ensalzar una supuesta integración armónica entre italianos y argentinos.

Duelo nacional

Eran pasadas las 22 hs del domingo 29 de julio de 1900. En Monza, Italia, el rey Humberto I acababa de entregar unos premios de atletismo cuando el anarquista Gaetano Bresci se acercó a su carruaje y lo tomó por sorpresa, tal como seis años antes había hecho Caserio con Carnot. No sería un puñal esta vez el arma elegida, sino un revólver. Bresci disparó tres balas contra el cuerpo del monarca; una impactó de lleno en su corazón y le provocó la muerte. Cuando se lee la prensa de los días inmediatamente posteriores al regicidio, se observa que la repercusión en Buenos Aires fue formidable.

Hacia 1900, los inmigrantes procedentes de distintas partes de Italia eran una enorme mayoría en los saldos migratorios; desde luego, esto se vio reflejado en su fuerte presencia en la sociedad porteña. El tipo de inserción en el país forjó un imaginario asociado a la “confraternidad ítalo-argentina”, que destacaba los vínculos de cercanía y consustanciación de esos migrantes en la construcción de la nacionalidad argentina.[84] Así, se entiende que para La Prensa el regicidio implicase un golpe al corazón de esa confraternidad: “Para la República Argentina la muerte de Humberto I es un duelo nacional”.[85] Con un tono un poco más mesurado, y valorando las primeras medidas tomadas por diversos sectores de la población, La Nación sostuvo una opinión similar: “La ilustre víctima tenía para nosotros títulos especiales de aprecio y admiración, que concurren a que los argentinos acompañen a los italianos en su duelo como si fuera propio”.[86] En las páginas de El Diario redundaba el mismo sentimiento.[87]

Interpretando esas emociones, los homenajes en Buenos Aires estuvieron a la altura. Durante dos semanas, como si Humberto I hubiese sido el rey de la Argentina, hubo una superposición inenarrable de iniciativas, manifestaciones públicas y conmemoraciones. En honor del difunto soberano, hombres y mujeres, estudiantes y (lo que no escapó a la atención de todos los diarios) inmigrantes de los barrios obreros tomaron las calles de la ciudad. La diversificación de actores y modos de movilización en torno al asesinato de Humberto I resultó reveladora de la enorme influencia que la gran prensa ya tenía en la ciudad. El diario La Prensa motorizó innumerables homenajes y actividades, lo que desde un principio le permitió posicionarse como actor clave dentro de sus propias crónicas.

Antes de que el ejemplar del 30 de julio estuviera en la calle, a la medianoche, una llamada telefónica de la agencia Havas dio a conocer a los redactores de La Prensa la “trágica nueva” que minutos después se confirmaría en un despacho transmitido por la vía telegráfica Galveston. Enseguida se hizo sonar la sirena y se encendió la luz del faro que corona su edificio: era la primera vez que se ponía en funcionamiento ese dispositivo instalado en noviembre de 1898 y reservado para adelantar novedades importantes. En respuesta a ese llamado, se congregó en el hall “una concurrencia numerosísima” presa de “una emoción profunda”.[88] Al mismo tiempo, un cronista se dirigió al domicilio particular del embajador italiano, el marqués de Malaspina. Tanto él como su “distinguida” esposa se encontraban abatidos. A las 2 hs, otro empleado del diario se dirigió al Círculo Italiano, que estaba cerrado. Esa noche, el telefonista del periódico, Julio Osores, tuvo que responder más de quinientos llamados.

En los días sucesivos, el ritmo de homenajes y manifestaciones públicas fue vertiginoso. Los detalles del suceso se acumulaban. La reina Margarita se desmayó al conocer la noticia de la muerte de su esposo y se realizó una minuciosa cobertura de todo lo relacionado con el funeral y con la asunción de Víctor Manuel III. Cualquier dato sobre Gaetano Bresci, al que durante varios días llamaron Angelo, era relevante. Había nacido en Prato, en la Toscana; tenía dos hermanos, uno zapatero y el otro teniente de artillería, y una hermana, detenida durante la investigación. Bresci había residido en Paterson, Nueva Jersey, razón por la cual comenzó a tomar cuerpo la hipótesis de un complot internacional que nunca se pudo demostrar. Un telegrama desde Roma informaba que un reportero del Corriere della Sera había podido observar al agresor. Era moreno, alto y elegante, de facciones regulares y con ojos negros que reflejaban una mirada serena. Usaba bigotes. En un primer momento mostró una profunda indiferencia por su situación y durante la indagatoria sostuvo que no le importaba atacar al rey sino al principio que representaba. Se aseguraba que era amigo de Lucheni.

Entretanto, circuló la versión de que años atrás había residido en Buenos Aires, en compañía del famoso anarquista Errico Malatesta. El dato era improbable pero no por eso se lo desestimó. El vespertino El Diario envió a un incrédulo cronista al barrio de La Boca a buscar alguna información al respecto. La conclusión de su pesquisa fue ambigua: “No es posible afirmar que en absoluto no haya estado Ángel Gaetano Bresci en Buenos Aires, quizás semioculto por causas que ahora se nos escapan”.[89] La misma pista habían seguido antes un reportero y un fotógrafo de Caras y Caretas, quienes tuvieron algo más de suerte, pero tampoco mucha. Al menos pudieron dar con un anciano toscano que juraba que uno de sus hijos había sido amigo de Bresci. Para demostrarlo, entregó a los periodistas una fotografía de un hombre que –aseguraba– si no era el propio regicida, al menos era su hermano. Pese al valor relativo de lo que el anciano toscano pudo aportar, el semanario ilustrado decidió publicar la imagen “a título de curiosidad informativa”.[90]

En Buenos Aires, las manifestaciones y los homenajes rendidos a Humberto I adquirieron un ritmo frenético. La casa del marqués de Malaspina se convirtió en foco de peregrinación. Prácticamente no hubo día en que el representante de Italia no tuviera varios grupos de personas que exhibían su pesar. Algo parecido sucedió con el Etruria, buque de guerra de la armada italiana que estaba amarrado en la rada del puerto. Allí acudieron las damas italianas residentes en Buenos Aires vestidas de riguroso negro para entregar una corona de hierro que, en representación de la Argentina, iría hasta el sepulcro del difunto en Roma. La Prensa y La Nación no dejaron de resaltar una y otra vez el carácter espontáneo de las demostraciones. Las banderas argentinas e italianas enlutadas –y a media asta donde correspondiera– adornaban bares, tiendas, dependencias oficiales, asociaciones y casas de comercio. Las bandas militares y policiales tocaron notas fúnebres en cada acto. El Círculo Italiano se convirtió en una fábrica de iniciativas para brindar en día prefijado un espectáculo más importante. También el hall del edificio de La Prensa devino centro de reuniones: se dieron cita numerosas asociaciones de italianos y argentinos para compartir opiniones y generar todavía más iniciativas. No hubo dependencia estatal que no manifestara abiertamente la condena. En el Senado y la Cámara de Diputados, se levantaron las sesiones y se redactaron telegramas de pesar. El presidente Roca y todos sus ministros visitaron innumerables veces al representante italiano. Además de las asociaciones italianas que se estremecieron con la muerte de su rey, diversas instituciones se sumaron al duelo: el Club del Progreso, el Tiro Federal Argentino, el Círculo de la Prensa, la Unión Industrial Argentina, la Cámara Mercantil y el Círculo de Obreros Católicos.

La “juventud estudiosa” también entró en escena. El día en que se conoció la noticia, los estudiantes de la Facultad de Derecho abandonaron las aulas y alrededor de trescientos se lanzaron a la calle. Uno de ellos “interpretó los sentimientos de sus compañeros” y, dirigiéndose a los representantes del gobierno italiano en la Argentina, clamó: “Una mano traidora ha cortado la noble existencia de vuestro amado Rey, y el mismo grito de dolor se ha arrancado de los corazones argentinos e italianos”. Los estudiantes, en estado de movilización permanente, representaron la faz más militante de las protestas. El 1º de septiembre salieron a la calle los alumnos del Colegio Nacional. Días más tarde, menos intempestivamente, se dieron cita en Plaza Lorea. En numerosas oportunidades, en la Facultad de Medicina varios cursos tuvieron que ser interrumpidos por fervorosos arranques de protesta. El futuro médico Pedro Labaqui se ofreció para ofrendarle a Malaspina: “El bálsamo de un cariño para que la desesperación, puñal envenenado, no os hiera en vuestro quebranto”.[91]

La Prensa destacó cada detalle que pudiera reproducir el consenso doliente. De eso se trataba: mostrar solidaridad por Italia, ese noble país que con sus enormes contingentes de inmigrantes contribuía a la grandeza argentina. Incluso se mencionó la “conmovedora” y “simpática” presencia de Ramona V. de Vázquez en el edificio del diario, quien dejó una nota de pésame con un fuerte tenor religioso. El mismo propósito animaba cada acto que tenía lugar en la “progresista parroquia” de San Juan Evangelista, en La Boca, donde también espontáneamente se habían reunido no menos de 400 personas.

De la miríada de homenajes, dos merecen destacarse: el funeral que en ausencia se le ofreció el día 9 de agosto en la Catedral Metropolitana y la gran procesión cívica cuatro días después. Sobre el primero, La Prensa sostuvo que “todo de cuanto tiene Buenos Aires de significación social, intelectual, política, administrativa y financiera, estaba dignamente representado en la vasta catedral, transformada en aquellos momentos en templo de sincero e intenso dolor, común a los italianos y argentinos”. Para el periódico La Patria degli Italiani, lo sucedido allí había escrito una pagina d’oro en la historia de los italianos fuera de Italia y una prueba de amor.[92]

El interior de la catedral fue decorado de negro, lo mismo que su exterior. Al final de la nave central, ante el altar mayor, se dispuso un soberbio catafalco sobre el cual, destacada por la potente iluminación eléctrica, fue ubicada una urna de oro con una corona de hierro que evocaba a la Casa de Saboya. Más atrás, se dispusieron cientos de ramos de orquídeas violáceas. Para completar esta escenografía ideal “para exaltar los ánimos”, se desató una silenciosa guerra de coronas de flores. Tal era su abundancia y hermosura que a los cronistas les costaba elegir la más bonita. El programa musical “de primer orden” interpretado por la orquesta del Teatro de la Ópera apenas dejaba respirar. Fue acertadísimo: la Sinfonía Eroica, que Beethoven compuso en honor de Napoleón I; El Crepúsculo de los Dioses, que acompañaba el triste descenso de los guerreros que conducían “el cadáver del héroe Siegfried cobardemente asesinado por Hagen (¡Extraña coincidencia!)”; el Inflammatus et accensus del Stabat Mater de Rossini, interpretado por el exquisito arte lírico de la señora Carelli, y con arte similar e igualmente conmovedor la señora Mendioroz interpretó el Ave María del Otello de Verdi.[93]

A las 8 hs cien marineros del Etruria oficiaron de Guardia de Honor de la ceremonia. Dos horas después, llegaron las tropas de línea nacionales y la escolta presidencial para tributar homenaje militar al rey. En el templo, la recepción de los invitados estuvo a cargo de Malaspina, el intendente municipal y el jefe de la policía. A la orden del obispo, comenzó el desfile: el presidente de la república, sus ministros y el cuerpo diplomático fueron los primeros. Durante los dos días siguientes, la catedral fue visitada por un público “enorme” que La Prensa calculó en no menos de 15.000 personas.[94]

Habían pasado casi dos semanas y la fiebre humbertina no cesaba. En el Círculo Italiano hormigueaban los representantes de decenas de asociaciones ultimando los detalles de una demostración planeada para el domingo siguiente: el orden de las agrupaciones y las calles por las cuales debía confluir cada una de ellas. La Prensa pondría a disposición sus balcones para que las damas tuvieran una panorámica especial. El trazado del recorrido establecía que el comité organizador partiría desde Plaza Once hacia el puerto; primero, por Rivadavia, que recibiría a las columnas por las calles que la atravesaban; luego, por Avenida de Mayo hasta bordear la Plaza Victoria, actual Plaza de Mayo, para desembocar en el Paseo de Julio, actual Alem, y desde allí se llegaría hasta el muelle donde estaba amarrado el Etruria.

La demostración del 12 de agosto fue un éxito. Según los distintos diarios, entre cien mil y doscientas mil personas salieron a la calle, en una ciudad que todavía no había alcanzado el millón de habitantes. La Prensa, que había agitado las banderas de la confraternización entre ambos países y gustaba de las movilizaciones masivas, manifestaba extasiada:

¡Cuán hermoso espectáculo ha ofrecido ayer nuestra gran capital en la imponente manifestación de duelo, con que italianos y argentinos, unidos en íntima comunión de aspiraciones y sentimientos han tributado a la memoria de Humberto I el homenaje póstumo reservado a las grandes personalidades, que encarnan en su genuina representación los más altos anhelos de su época y los ideales de todo un pueblo!

¡Cuántas reflexiones sugeridas por la contemplación de ese grandioso cuadro, de cuyo fondo se destaca, para ocupar el primer término, una colectividad extranjera que se siente aquí como en su propia patria y a cuyo alrededor se congregan, para prestarle el calor de sus afectos, las muchedumbres argentinas que, a semejanza del coro de la tragedia clásica, entonan los excelsos destinos humanos![95]

Con similar entusiasmo se expresó El Diario, prestando particular atención a la variopinta composición de los asistentes: “Buenos Aires, testigo de su propia jornada no necesita crónica. Él vio a su población concurrir al acto solemne, en todas formas –en la columna o adelantándose a ella, o agregándosele al paso, o tomando parte en el respetuoso saludo con que las familias veían desfilar al pueblo al lento compás de las marchas fúnebres”.[96]

Contrariamente a lo sucedido en casos anteriores, el atentado de Bresci no abrió demasiadas conjeturas sobre qué tipo de fenómeno era el anarquismo. Sin embargo, la resonancia del evento fue mayúscula. Un clima de fervor patriótico –que buscaba hacer de la italianidad un elemento constitutivo de la nacionalidad argentina–, una cultura de movilización aceitada y medios de prensa que producían efectos de simultaneidad a escala internacional coadyuvaron para que los homenajes póstumos, tanto civiles como religiosos, tuvieran una dimensión equivalente a la de los funerales de los principales hombres públicos argentinos.[97]

Frente al enorme despliegue de la prensa diaria, estaban los anarquistas y los socialistas porteños, casi sin público que les prestara atención. Mirados en perspectiva, además de los énfasis y puntos de vista, lo que resulta llamativo es el escaso potencial que tuvieron para contrarrestar los sentidos desplegados por los grandes diarios de la capital. Esto no se debió, en el caso del anarquismo, a lo exiguo de las tiradas de sus principales periódicos.[98] Más determinante fue que frente a la escenificación de la emoción popular, que tan bien capitalizaban y acicateaban La Prensa y La Nación, lo que tuvieran para decir los libertarios sonaba asordinado. En el mejor de los casos, solo podía interesar a un reducido grupo de convencidos. En la prensa libertaria, el asesinato de Humberto I era un hecho que apenas si tenía relación con ellos. Una vez más, era la propia organización social la que debía dar cuenta de él. Por ejemplo, los redactores de La Protesta Humana, como “modestos sociólogos”, encontraban “las fuentes generatrices del mal en las bases mismas de la sociedad […] que convierten el mundo en semillero de irreconciliables, y profundos odios y violencias inauditas”. No era el anarquista el que mataba. Más bien era el orden social debía responder por el odio y la violencia que creaba: “Es su producto. No tiene más que tragárselo”.[99] De un modo muy similar se expresaron los diversos grupos anarquistas en un comunicado que el periódico L’Avvenire publicó en su portada del 4 de agosto.[100]

Si estas fueron las líneas directrices que primaban entre los redactores de la prensa anarquista, en sus listas de suscripción se observaba otro ánimo, menos proclive a contentarse con una modesta explicación sociológica. Durante el mes de agosto de 1900, proliferaron los aportes de entre $0,10 y $0,50 a las arcas de La Protesta Humana, firmados por personas que se escondían tras los nombres de: “Viva Bresci”, “Bresci es un justiciero”, “Ningún zapatero ha marcado punto como Bresci”, “Ya murió”, “Estoy muy contento con la muerte de Umberto”. Por su parte, L’Avvenire recibió cifras similares de “Morte alla Casa Saboya [sic]”, “Viva Bresci”, “Bresci martire”, “Un amigo de Bresci”.[101] Finalmente, con respecto de las multitudinarias demostraciones de dolor que tuvieron lugar en Buenos Aires y el resto del país, sostuvieron: “Tontos son todos los trabajadores que concurrieron por voluntad o por fuerza, consciente o inconscientemente a la manifestación de condolencia por Humberto”.[102] Más allá de la parquedad de su formulación, la mención era un reconocimiento de la masividad y pluralidad de sectores sociales que habían participado en las conmemoraciones. Los trabajadores porteños, en un enorme porcentaje italianos, parecían haberse vuelto más sensibles a las insignias patrias que a la bandera roja.

Por su parte, para los socialistas de La Vanguardia, el anarquismo era responsable de una “tonta paradoja”: matando al rey, los libertarios habían fortalecido el principio monárquico. Sin dejar de subrayar el “lloriqueo hipócrita y convencional que derrama torrentes de lágrimas por la muerte de un monarca, cuya vida vale para nosotros tanto como la de un obrero”, lo sucedido en Buenos Aires parecía confirmar ese diagnóstico. El regicidio había despertado un desborde “de sentimiento público” que podía ser sincero o fingido, pero que en su masividad no podía ser ignorado.[103]

En cualquiera de los casos, la reivindicación de Humberto I era solo una parte del problema. La otra surgía de la ansiedad y la explotación comercial del asunto con la consiguiente extenuación de los trabajadores tipográficos. Un mes después de esos grandes homenajes, La Vanguardia denunció que La Patria degli Italiani, con el pretexto de aumentar su tirada e incrementar sus ventas, había hecho trabajar a sus empleados “27 días sin descanso” incumpliendo su promesa de abonarles horas extras.[104] Como se verá a continuación, no solo el vocero de la comunidad italiana en Buenos Aires procuró los réditos comerciales que los atentados anarquistas podían reportar.

Imágenes para el recuerdo

El asesinato de Humberto I afectó a la sociedad argentina con una potencia mayor que la de cualquier otro atentado anarquista de su tiempo. Cuando a principios de septiembre de 1901 le tocó el turno a William McKinley, presidente de los Estados Unidos, la gran prensa dio cuenta de la sorpresa y la condena, por supuesto. Sin embargo, el acontecimiento no logró involucrar a los porteños. Un cronista de La Nación captó la curiosidad distante que la muerte de McKinley había despertado. Conocida la noticia, en el edificio del diario la gente se arremolinó frente a los telegramas que se iban pegando en la pared del hall central. Reinaban la curiosidad y el asombro, pero no la congoja. Al comparar las reacciones con “las explosiones de dolor y de indignación” sucedidas un año atrás, “la impresión no era tan viva”.[105]

Todavía hoy la ciudad conserva algunas huellas de aquel primer impacto. A pocas horas de conocerse la noticia del regicidio, el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires aprobó por unanimidad que la calle Comercio pasara a llamarse Humberto I.[106] Casi dos meses después, aprovechando la conmemoración del 20 de septiembre de 1900, fecha clave del calendario patriótico italiano, se procedió a la inauguración de la primera placa con el nombre del homenajeado. Durante la ceremonia, el intendente Adolfo Bullrich tuvo palabras que estuvieron a la altura del discurso generalizado: “La mano armada de un degenerado, de un perseguido, ha dado ocasión al mundo entero para reconocer las cualidades sobresalientes de ese hombre, de ese monarca ilustre que tanto se desvelaba por su patria, que tanto amaba su pueblo”.[107] Desde entonces, una calle del Sur nos recuerda que hubo un momento en el que la sociedad porteña se vio conmovida por el asesinato de un rey a más de 11.000 km de distancia.

Otras iniciativas no prosperaron. La más notable: erigir un monumento a Humberto I.[108] La propuesta del Congreso y su puesta en marcha por las asociaciones italianas quedaron en la nada. La conformación del panteón nacional era una derivación sensible de la construcción de la nacionalidad y, como en la capital ya existían una estatua en honor a Giuseppe Mazzini (desde 1872, en la plaza homónima, actual Plaza Roma) y un monumento de Garibaldi (desde 1883, en Plaza Italia), quizás se haya juzgado excesivo que, en los términos del diario La Nación, una república joven rindiera homenaje a un rey.[109]

En los días en que la prensa de Buenos Aires no hablaba de otra cosa más que de la muerte de Humberto I, se encontraba de visita en la ciudad el ingeniero genovés Guido Tabet. Dos años después, reflexionando sobre el altísimo grado de consustanciación entre Italia y la Argentina, en una carta publicada en Revista de Derecho, Historia y Letras (dirigida por Estanislao Zeballos), Tabet dejó testimonio de sus emociones:

Tengo delante, y lo refiero como un ejemplo, un número extraordinario de un periódico ilustrado de Buenos Aires: es de carácter satírico, literario y artístico a la vez. Este periódico dejó de reír en el aniversario del asesinato del Rey Humberto, guardó sus caricaturas y dedicó un número extraordinario y voluminoso, al recordar e ilustrar una a una todas las solemnes manifestaciones, que un año antes, desde las más grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños de la República Argentina, se hicieron por los italianos y los hijos del país, no solo por los particulares sino también de los poderes públicos en prueba de dolor, de luto y de protesta.[110]

Tabet se refería al número especial de Caras y Caretas publicado en septiembre de 1900, muestra cabal de que una tragedia semejante podía devenir, a la vez, un suceso periodístico. Al respecto, Geraldine Rogers apuntó: “Los protagonistas y las circunstancias –un regicidio cometido en un atentado anarquista– eran propicios para suscitar la curiosidad popular y la revista aprovechó la oportunidad”.[111]

A esa evidencia, habría que sumarle el hecho de que la propia revista hizo de su cobertura un suceso periodístico sin igual: todos sus números, desde que fue conocido el atentado, priorizaron ese acontecimiento y pusieron a disposición de los lectores materiales fotográficos que difícilmente habrían podido encontrar en La Nación o La Prensa. Es interesante destacar la versatilidad de Caras y Caretas para percibir el sentimiento que despertó el asesinato. En el número posterior al regicidio, mostró esa sintonía, asociándose “al duelo de la nación italiana” y condenando “el inicuo crimen que acaba de perpetrarse en Monza para mengua de la humanidad”. En ese mismo número se podían observar las fotografías de la movilización a Plaza de Mayo, de los estudiantes preparándose para una manifestación, de la legación italiana, también una detallada serie de imágenes de Monza y los aposentos del rey. El 18 de agosto Caras y Caretas ilustró sus páginas con imágenes de las honras fúnebres realizadas al monarca en la Catedral Metropolitana. Cada aspecto del acontecimiento, cada protagonista, tuvo su fotografía. Esa cobertura se condice con las afirmaciones de Sandra Szir cuando señala que la revista “construyó una narrativa visual otorgándole a la fotografía amplia capacidad de información y evidencia a la vez que mostraba orgullosamente su disponibilidad tecnológica”.[112]

El sumun de esa apuesta narrativa se materializó en la publicación (el 20 de septiembre) de un suplemento especial al nº 102 de la revista que tanto había impresionado a Tabet. Fue publicitado durante las semanas previas:

En la imposibilidad de dar cabida en este número a la crónica gráfica, completa y detallada de las demostraciones de duelo que en todo el país se han realizado, con ocasión del triste suceso que enluta a Italia –no obstante dedicar a esta actualidad la mayoría de las páginas, como verán nuestros lectores– y en el deseo de que este unánime movimiento de condolencia sea conocido en su verdadera magnitud, hemos decidido reunir en una edición extraordinaria toda la información fotográfica que poseemos, y que desde los más apartados puntos de la república nos han remitido nuestros corresponsales, respondiendo diligentemente al pedido que les hiciéramos.[113]

La campaña de promoción del “número extraordinario” fue constante y se confiaba en que el público se daría cuenta del esfuerzo “lisonjeándonos la creencia de que sabrá reconocer en nuestro trabajo la más alta nota de información ilustrada que se ha dado en el país”.[114] A su vez, con el propósito de que el volumen fuera accesible a todas las personas que deseasen “conservar este interesante recuerdo”, se lanzaría en tres tiradas en papel mate, a $0,50; en papel ilustración, al doble, y una de lujo en papel Japón. Una semana antes, a la promesa que entrañaba el número subyacía la certidumbre de que sería un suceso único dentro del periodismo local. Esa edición extraordinaria contaba con más de 500 grabados, entre trabajos artísticos y fotografías, y se promocionaba como una publicación sin antecedentes “ni aun en Europa”.[115]

Antes de la aparición de ese número especial, el asesinato de Humberto I había opacado en Caras y Caretas cualquier otra noticia internacional del momento. Solamente la insurrección de los bóxers en China, por su ferocidad y antioccidentalismo, tuvo una repercusión semejante, aunque mucho menor.[116] Al mismo tiempo, para suerte de los editores del magacín, un anarquista francés llamado François Salson intentó asesinar al sha de Persia en París.[117] Las informaciones sobre el caso develaron que Salson era un tipo de anarquista aislado que, a diferencia de Bresci –se sospechaba que había estado implicado en un complot–, no había comentado su plan a nadie.[118]

Caras y Caretas explotó de forma sistemática el aspecto dramático y acongojado del asunto. Sin embargo, en sintonía con su tono más habitual, también se atrevió a cierta mirada satírica, cuando no comprensiva, sobre el anarquismo. Así, ironizando sobre el temor a ese movimiento y criticando la gestión de Bernardo de Irigoyen como gobernador de la provincia de Buenos Aires, publicó un poema bufo de Luis García en el cual se hacía referencia al grado de anarquía que caracterizaba su gestión: “El que lucha cada día por la anarquía ¿podría toparse con un Bresci? ¡Bah! ¡Si hasta su gobierno está en la mayor anarquía!”.[119]

De todos modos, como señalaba Guido Tabet, en su edición extraordinaria Caras y Caretas había dejado de reír, al menos por un rato. En efecto, no se trataba de una conmoción pasajera como la que generaban ciertas noticias telegráficas que durante pocos días se convertían obligadamente en temas de conversación: “Fue algo más hondo; algo que nos tocaba más de cerca y la conmoción fue más duradera y el sentimiento de dolor, sincero y angustioso, cual si ante nuestra vista se hubiera consumado el crimen”.[120]


Figura 1.5. CyC, Edición extraordinaria. Homenaje a Humberto I, suplemento al nº 102, 20 de septiembre de 1900

El número era efectivamente extraordinario.[121] Empezaba con fotografías de la familia real italiana, de los ministros de Humberto I y de la legación italiana en la Argentina. Se reproducían los “autógrafos” de los telegramas enviados a la reina viuda Margarita y al gobierno italiano por parte del presidente argentino, Julio Argentino Roca; también los del Senado, la Cámara de Diputados y el intendente de Buenos Aires. Luego se pasaba puntillosa revista a todas las manifestaciones de duelo en la capital y en el resto del país. Cientos de fotografías permitían recomponer y hacerse una idea de la magnitud del sentimiento, y en su mayoría destacaban los símbolos de la confraternidad argentino-italiana. No quedó registro sin incluir y se enfatizaba el carácter nacional del duelo. Así se podían ver imágenes del luto en la provincia de Buenos Aires: La Plata, Chacabuco, Azul, Barracas y Carmen de Areco. El resto del país también estaba fuertemente representado; por ejemplo, en una fotografía de la cámara ardiente de Concordia se veía una bandera de luto con la inscripción “Humberto I Rey de Italia. Víctima inocente del fanatismo ciego de una secta asesina”. Del mismo tono era el estandarte colocado en la Iglesia Matriz de Catamarca: “Cayó alevosamente asesinado por un infame sectario fanático”.

Exceptuada la nota de redacción, el suplemento no incluía mayores referencias textuales que las que acompañaban a las imágenes fotográficas. Estas eran consideradas elocuentes, lo cual resultaba novedoso. Si bien los diarios de la capital ocasionalmente ya habían hecho de las imágenes un instrumento muy importante para el tratamiento noticioso de los atentados anarquistas y para modelar el movimiento libertario, Caras y Caretas, en este como en otros temas, hizo de la cobertura iconográfica de la noticia su estrategia informativa. Así, el anarquismo no era tematizado. Lo realmente importante era el fenómeno social que galvanizaba a multitudes a lo largo y ancho del país. Los hombres, mujeres y niños movilizados para rendir un homenaje al rey eran la verdadera noticia.

Solamente podía observarse el sobrevuelo del fenómeno libertario en los dibujos que acompañaron la edición. José María Cao, habitual caricaturista y dibujante de muchas de las tapas satíricas del semanario, tituló su colaboración “El genio del Mal”. Por su parte, Cándido Villalobos, otro frecuente colaborador, bautizó su obra como “La humanidad y el fanatismo”. Sin embargo, en esas imágenes de Cao y Villalobos el anarquismo resultaba algo etéreo (un misterio lejano) si se las compara con las representaciones iconográficas del regicidio que circulaban en la prensa ilustrada europea donde la consumación del acto era esencial.


Figura 1.6. “L’assassinio del Re Umberto I a Monza nella sera del 29 luglio”, portada de La Domenica del Corriere, 6 de agosto de 1900


Figura 1.7. “Assassinat du roi d’Italie Humbert I”, Le Petit Journal, 12 de agosto de 1900, p. 256


Figura 1.8. CyC, Edición extraordinaria. Homenaje a Humberto I, suplemento al nº 102, 20 de septiembre de 1900


Figura 1.9. “El genio del mal”, íd.

En la Buenos Aires de 1900, pocas personas consideraban que el anarquismo fuera un peligro. Por esta razón, pese al desborde emocional que generó el asesinato de Humberto I, La Nación advertía a las autoridades policiales que no se excedieran en su celo contra los anarquistas que habitaban en la ciudad.[122] Sin embargo, pese a lo inofensivo que pudiera resultar, en el cambio de siglo el anarquismo se convirtió en un acontecimiento mediático difícil de soslayar. La gran prensa cumplió un rol excepcionalmente activo para instalarlo e integrarlo a pleno en la cultura y la sociedad porteñas. Eso era algo que no podían ignorar Cao y Villalobos, quienes, gracias al regicidio de Monza, lograron insertar sus creaciones en una edición de Caras y Caretas cuya tirada y repercusión no tenía antecedentes.

Pero el anarquismo convertido en noticia redituable no solo sirvió para promocionar e instalar un semanario ilustrado dentro de su universo periodístico. Con el regicidio de Monza como trasfondo, amplios sectores de la población se movilizaron fervorosamente por las calles. A la vez, los atentados anarquistas que sucedían en territorios lejanos permitieron explorar nuevos lenguajes en la prensa. La información internacional, la inclusión de ilustraciones y las colaboraciones del extranjero forjaron un imaginario de alto impacto cultural. El interés que despertaban los anarquistas dejó sus marcas en una enorme diversidad de representaciones y sensibilidades como la socialista, la criminológica y la policial. Al poco tiempo, cuando las hazañas de Ravachol, Henry, Caserio o Bresci comenzaron a ser tema de conversación social, fue surgiendo la razonable necesidad de averiguar cómo eran los anarquistas de Buenos Aires.

[33] Diario de sesiones de la Cámara de Diputados, t. I, 1894.

[34] Lila Caimari, “En el mundo-barrio. Circulación de noticias y expansión informativa en los diarios porteños del siglo XIX”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, nº 49, segundo semestre de 2018, pp. 81-116.

[35] “Muerte de M. Carnot. Impresión en la Ciudad”, LN, 25 de junio de 1894.

[36] “El asesinato de Carnot. Impresión en la ciudad”, LN, 26 de junio de 1894.

[37] Johann Most, “La acción como propaganda”, en La peste, la bestia y el monstruo, Buenos Aires, Utopía Libertaria, 2014, pp. 73-74.

[38] “Cosechando en el campo enemigo”, LPH, ediciones del 17 de septiembre de 1899, el 16 de septiembre de 1900 y el 14 de octubre de 1900.

[39] Lila Caimari, La ciudad y el crimen, ob. cit., p. 139.

[40] “Telegramas”, LN, 6 de abril de 1894.

[41] “Telegramas”, LN, 27 de abril de 1894.

[42] “La declaración de Emilio Henry”, LP, 24 de mayo de 1894.

[43] “Telegramas”, LN, días 1º de mayo, 2 de mayo, 17 de mayo, 19 de mayo, 20 de mayo, 22 de mayo, 24 de mayo y 27 de mayo de 1894. Véase el “Boletín Telegráfico” de LP para esos días.

[44] Ernesto García Ladevese, “Carta de París”, LN, 29 de abril de 1894.

[45] “Hombres y cosas”, LN, 28 de mayo de 1894.

[46] Rubén Darío, “Los raros. Laurent Tailhade”, LN, 30 de mayo de 1894.

[47] Eustaquio Pellicer, “De España”, LN, 5 de mayo de 1894; Eustaquio Pellicer, “Carta de Madrid”, LN, 6 de julio de 1894.

[48] “En la cámara francesa”, LP, 10 de diciembre de 1893.

[49] Íd.

[50] “Los atentados del anarquismo”, LP, 11 de diciembre de 1893.

[51] “Sadi Carnot”, LN, 25 de junio de 1894.

[52] “Atentado contra el Señor Crispi”, LN, 18 de junio de 1894.

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