Читать книгу: «Un mundo en pandemia»
Contents
1 Prólogo
2 Capítulo 1 - SALA DE ESPERA Patóloga pediátrica argentina De la llanura bonaerense a las colinas de Sheffield Enfrentar la pandemia
3 Capítulo 2 - HISTORIA CLÍNICA Cronología de las pestes La experiencia propia Cambios de rumbo Las enfermedades emergentes Ficción y realidad Destino: Sheffield
4 Capítulo 3 - EMERGENCIAS SOCIALES Pandemias y epidemias entre nosotros La fiebre amarilla La poliomielitis Gripe porcina
5 Capítulo 4 - PANDEMIA COVID-19 Wuhan y el mercado de mariscos El virus fuera de China Dudas sobre el origen
6 Capítulo 5 - PARTE MÉDICO La comunicación como herramienta preventiva Aporte desde el conocimiento Equilibrio y responsabilidad
7 Capítulo 6 - TRATAMIENTO Las lecciones del coronavirus El debate sobre los barbijos Economía en crisis El desarrollo de vacunas Desequilibrios El golpe a la educación Un informe demoledor El manejo de la pandemia en el Reino Unido y la Argentina
8 Capítulo 7 - POSPANDEMIA Los desafíos por delante En busca de una mayor inmunización Cambios en los sistemas de salud “Covid Prolongado” Trabajo y educación virtuales Reflexiones finales
9 Agradecimientos
10 Bibliografía
Landmarks
1 Cover


Cohen, Marta
Un mundo en pandemia : lecciones y desafíos del coronavirus / Marta Cohen ; prólogo de Silvia González Ayala. 1a ed Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2022.
Libro digital, EPUB (Historia urgente / Constanza Brunet ; 92)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8303-75-8
1. Pandemias. 2. Salud Pública. 3. Virus. I. González Ayala, Silvia, prolog. II. Título.
CDD 362.0423

Edición: Ariel Hendler
Coordinación editorial: Víctor Sabanes
Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Marisa Corgatelli
Imagen de tapa: Ricardo Ceppi
© 2022 Marta C. Cohen
© 2022 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371–1511
marea@editorialmarea.com.ar | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-8303-75-8
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Prólogo
Los siete capítulos de Un mundo en pandemia. Lecciones y desafíos del coronavirus, de Marta C. Cohen, entrelazan en sus contenidos las vivencias personales de la autora que, desde la perspectiva médica pero con un lenguaje coloquial fresco y ameno, aborda el contexto y las circunstancias de la nueva enfermedad zoonótica –originada y transmitida por animales– llamada covid-19.
La patóloga pediátrica argentina, formada en la Universidad Nacional de La Plata y residente en el Reino Unido, empieza por presentarnos su propia historia: la impronta de la educación familiar y de su rica trayectoria profesional y académica. Luego desarrolla una descripción sintética de las plagas o pestes que asolaron a la humanidad a lo largo de la historia y las que alcanzaron a la población argentina, tanto en forma de epidemias (viruela, fiebre amarilla) como de pandemias (cólera, poliomielitis, gripe).
Después de describir con detalle la emergencia global causada por el SARS-CoV-2, Cohen expresa su convicción sobre la necesidad de una comunicación oportuna y eficaz basada en la evidencia.
El texto también echa una mirada sobre el impacto de las medidas de confinamiento y la creciente “infodemia” (exceso de información potenciado por internet y las redes sociales), a las que en nuestro país se sumó el nocivo contrapunto político local. Justamente, fueron estos fenómenos los que llevaron a la autora a establecer sus propios canales de comunicación en redes sociales como Facebook, Instagram y YouTube con el fin de brindar a la población información científica abundante y de calidad.
Por último, el trabajo revisa las controversias que se generaron acerca de cuestiones como el manejo global y local de la pandemia, su impacto socioeconómico y educativo, y el desarrollo de las vacunas. Pero, sobre todo, se detiene en las lecciones que, según la autora, deberían ser aprendidas para poder reaccionar en el futuro de un modo más oportuno y eficaz frente a posibles nuevas pandemias.
Los invito a una lectura atenta del presente trabajo en el que Marta C. Cohen pone en evidencia su capacidad, creatividad, honestidad intelectual y coraje para desarrollar esta nueva faceta, la de la comunicación.
Silvia E. González Ayala
Profesora Titular de Infectología, Facultad Ciencias Médicas, Universidad Nacional La Plata. Consultora en Infectología y miembro del Comité Institucional de Revisión de Protocolos de Investigación, Hospital de Niños Sor María Ludovica, de La Plata. Miembro de la Comisión de Vacunas de la Sociedad Argentina de Infectología y de la Comisión Nacional de Inmunizaciones.
Capítulo 1
SALA DE ESPERA
Patóloga pediátrica argentina
Mi nombre es Marta C. Cohen, soy una patóloga pediátrica argentina residente en Sheffield, Reino Unido. Con esta carta de presentación doy inicio a mis reportes sobre la evolución de la pandemia por el coronavirus covid-19, los avances científicos y las medidas adoptadas por las autoridades para controlarla.
Desde el 11 de marzo de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS)1 declaró que la propagación de un nuevo virus bautizado con el nombre de SARS-CoV-2 de la familia Coronavirus, surgido en la provincia chinade Wuhan, había ya alcanzado niveles de pandemia, la vida de cada uno de nosotros cambió en forma drástica y repentina. La mía también: casi sin quererlo me convertí al poco tiempo en un fenómeno mediático. Apenas se desató la emergencia sanitaria mundial, mi hermana Claudia, que es periodista y vive en la ciudad de La Plata, me empezó a transmitir inquietudes de sus colegas para que las respondiera. Al principio era algo informal, pero rápidamente las consultas se multiplicaron al ritmo de la alarma mundial generada por el crecimiento sin freno de los contagios.
El interés aumentó más aún a partir de los avances en la producción de la vacuna que se desarrollaba en Inglaterra. En ese contexto, Caly –como todos llaman a mi hermana– me preguntó si me animaba a hacer un video breve de dos minutos para difundir lo que le contaba. Al principio dudé, pero pronto me di cuenta de que mis posibilidades para acceder a información fidedigna y necesaria podían ser de gran ayuda para mucha gente sumida en la incertidumbre y el miedo. El 20 de julio de 2020, cuando, en medio de fuertes restricciones de circulación y aislamiento, se celebraba en Argentina el día del amigo, antes de retirarme de mi oficina vi que acababa de salir publicado en la prestigiosa revista científica The Lancet un artículo que informaba sobre los resultados prometedores de la Fase II del desarrollo de la vacuna de Oxford-AstraZeneca. Sin dudarlo, grabé un mensaje breve para dar la buena noticia y saludar a todos mis amigos. Pocas horas después, el video tenía miles de reproducciones. Solo ese día recibí cientos de pedidos de entrevistas. Así empezó todo.
Hago mías las palabras del sanitarista brasileño Jarbas Barbosa da Silva Jr., subdirector de la Organización Panamericana de la Salud: “La información oportuna y basada en evidencias es la mejor vacuna contra los rumores y la desinformación”. A las entrevistas periodísticas que me hicieron medios de comunicación argentinos se fueron sumando otras de distintos países del mundo, al mismo tiempo que la decisión de compartir ese material en redes sociales potenció mi comunicación y mis mensajes empezaron a llegar a miles de personas. Así, en este contexto convulsionado y dramático, pasé a tener una altísima exposición a la que aún no me acostumbro. Esto también me llevó a ser consultada sobre las medidas, a veces controversiales, que se fueron adoptando en diferentes instancias y niveles, en la Argentina y en el mundo.
Por cierto, siempre me preocupé por fundar mis comentarios en datos y argumentos científicos, manteniendo una mirada crítica pero sin inmiscuirme en disputas políticas.
De la llanura bonaerense a las colinas de Sheffield
Decir quién soy y qué hago al comienzo de cada mensaje que comparto es una forma de explicar desde dónde hablo. Mi especialidad, la patología (pathos: enfermedad; logos: estudio), consiste precisamente en observar las enfermedades, determinar su origen y analizar su comportamiento y sus manifestaciones clínicas. Por eso, la pandemia del denominado Síndrome Respiratorio Agudo Grave Coronavirus-2 (SARS-CoV-2, su sigla en inglés) alimentó mi curiosidad profesional por estudiar el nuevo brote de coronavirus y por seguir muy de cerca la evolución de esta afección respiratoria grave que hizo encerrar al mundo entero. Empecé a buscar, leer y contactar personalmente a prestigiosas fuentes científicas y repasé los antecedentes históricos de este tipo de afecciones.
El vértigo de los días iniciales de la crisis me hizo evocar, con nostalgia, mis primeros contactos con la medicina a través de mis padres, Ramón Alberto Cohen Souza y Elsa Victoria Bossié, ambos pioneros de la pediatría en medio de la pampa húmeda bonaerense. En 1961 se habían instalado en Trenque Lauquen, por entonces una pequeña ciudad a unos 450 kilómetros de Buenos Aires, donde nací el 27 de mayo de ese mismo año. Tengo siempre presente el empeño que ponían en generar un cambio de paradigma sanitario basado en la prevención y la atención primaria de la salud. Me parece verlos otra vez en sus recorridas por la zona rural y poblaciones vecinas procurando que la gente se protegiera de enfermedades clásicas como el sarampión, la tos convulsa o la varicela, apelando a las vacunas. Era común que en nuestra casa se abriera la puerta del zaguán en la madrugada para atender a algún niño enfermo en el consultorio que ambos compartían en el hogar familiar. Era la vocación de servicio, una condición esencial para ejercer la medicina.
De pequeña, estudié piano con una devoción que aún conservo cuando se trata de aprender. Debo confesar que en esos años pensaba que la música sería mi camino. Marisa Mestre, mi profesora, organizaba conciertos anuales con todos sus alumnos en la Biblioteca Pública Rivadavia de Trenque Lauquen. Recuerdo cómo vibraba mi alma al ejecutar piezas como la Fantasía Impromptu de Chopin o los Preludios de Debussy. Sin embargo, después de sortear algunas dudas y con el impulso de mi madre, me mudé a La Plata, la capital de la provincia, para estudiar Medicina en la Universidad. Tenía 17 años y el país estaba gobernado por una dictadura militar; la ciudad me intimidaba pero sentía que la Facultad de Medicina era mi refugio. Obtuve el título de médica en 1984 y me considero, con orgullo, hija de la educación pública y gratuita argentina.
En septiembre de 1988, mientras llevaba adelante mi segunda residencia en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de la Ciudad de Buenos Aires, el país soportaba una grave crisis económica que ponía en jaque al gobierno democrático de Raúl Alfonsín. En esos días yo participaba del Congreso de la Sociedad Latinoamericana de Patología Pediátrica en La Plata. Mi madre había intentado convencerme de la importancia de concurrir a la cena de cierre del congreso, pero los diez dólares del valor de la tarjeta eran una cifra inalcanzable para los magros cuarenta dólares que constituían mi sueldo de ese momento, de modo que había desistido de concurrir como la mayoría de los médicos residentes. Pero ella insistió y me propuso enviarme el dinero con sus entrañables amigos Chela Corro y Andro Herrero, una pareja que era casi parte de la familia, y que esa misma noche viajaban desde Trenque Lauquen a la ciudad de las diagonales.
En aquel encuentro de camaradería conocí al profesor Ronald Otto Christian Kaschula, un sudafricano nacido en Rhodesia del Sur (hoy Zimbabue), responsable del área de patología pediátrica en el hospital de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, que por entonces era uno de los dos únicos hospitales de niños que existían en el África subsahariana. “Roc”, como lo llamaban, era de origen Afrikáans, la élite blanca de la Sudáfrica del apartheid, y con el tiempo descubrí que tenía un corazón tan grande como su estatura. Pese a que mi inglés era muy rudimentario, sirvió para comunicarnos, y al día siguiente accedí a guiarlo en una recorrida por el centro platense y a comprar algunos souvenirs. De regreso, me agradeció y me dijo que tenía una vacante en su servicio para entrenar en patología pediátrica a médicos extranjeros. Su generosidad me dejó sin palabras. Cada vez que relato esta historia pienso en cómo aquellos diez dólares que me mandó mi madre para que fuera a la cena resultaron ser una de las mejores inversiones de mi vida.
Así fue que en 1990 obtuve una beca que me llevó a Sudáfrica para trabajar como residente en patología pediátrica en el Hospital Pediátrico Red Cross War Memorial de Ciudad del Cabo. Estaba recién casada después de un noviazgo de ocho meses con Ernesto Correa, un tucumano ex rugbier y cantante de ópera que aceptó dejar todo para acompañarme a hacer la experiencia. Allí tuvimos nuestro primer hijo, Emiliano, que nació el 6 de marzo de 1991, con un síndrome complejo –que estudios genéticos diagnosticaron como de Wolf-Hirschhorn– y que nos enfrentó a una situación muy difícil para la cual no estábamos preparados; así que en 1992 decidimos volver a la Argentina en busca de un entorno familiar y afectivo que nos ayudara a salir adelante. Después de un tiempo en Buenos Aires, donde trabajé en lo que pude conseguir –no siempre en mi profesión–, nos instalamos en La Plata y comencé a trabajar en el Hospital de Niños Sor María Ludovica. Entonces llegaron dos hijas mujeres: María Guillermina, que nació el 30 de diciembre de 1994, y Martina Isabel, casi tres años después, el 4 de septiembre de 1997.
Nuevamente en La Plata me involucré activamente en la temática de los derechos de los discapacitados y el acceso a la salud en la provincia. Esta actividad fue determinante para que el camino me condujera a ser auditora del Instituto de Obra Médico Asistencial (IOMA) primero, asesora de las comisiones de Discapacidad y de Salud de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires luego. Este último cargo, desempeñado en el período 1999-2003, fue acompañando a la diputada de la Unión Cívica Radical (UCR) por Trenque Lauquen Silvia Zubillaga, una defensora entusiasta del derecho a una salud accesible e integral. En ese lapso trabajé para la aprobación de la Ley N° 12.522 que permitió la incorporación a planta permanente del personal interino del Ministerio de Salud bonaerense.
En 2003 nuestra vida tomó un nuevo rumbo: fui seleccionada para sumarme al sistema de salud británico en el Hospital de Niños de Sheffield, en el Reino Unido, donde había una necesidad notoria de patólogos pediatras. Nos adaptamos rápidamente al nuevo contexto. Sheffield es una ciudad mediana, de tamaño similar al de La Plata, amable para vivir, con amplios espacios verdes y también con una fuerte impronta universitaria que le otorga un brío juvenil. Me encanta sobre todo la zona del Peak District, rodeada de ondulaciones leves en las que se erigen pequeñas poblaciones muy antiguas, anteriores incluso a la Edad Media.
En el Hospital de Niños me concentré en mi trabajo, y en 2004 fui promovida a jefe de Servicio. Al año siguiente tuve la posibilidad de poder crear el Servicio de Residentes en Patología Pediátrica y Perinatal. El interés que manifestaba en la formación, en la transmisión de conocimientos me ayudó a ser promocionada en 2015 a Directora del Programa de Fellowship en Patología Pediátrica y Perinatal de la Sociedad Europea de Patología, y en 2018 a Profesora Honoraria del Departamento de Oncología y Metabolismo de la Universidad de Sheffield. Un año después, en 2019, fui designada responsable académica del Comité de Patología Pediátrica y Perinatal del Colegio Real de Patólogos: fue la primera vez en la historia del Reino Unido que una mujer accedía al título de profesora en esa especialidad. También me interesé en la medicina legal, y entre 2009 y 2011 me convertí en residente part time en patología forense en el Servicio de Ciencias Forenses de Sheffield, hasta que luego de aprobar dos exámenes teórico-prácticos pude acceder al diploma en Jurisprudencia Médica (Patología) de la Worshipful Apothecary Society [Honorable Sociedad de Boticarios] de Londres. En septiembre de 2012 tuve el honor de ser electa en el Council de la Sociedad Europea de Patología, lo que me permitió continuar aportando en la educación de posgrado de mi especialidad.
Durante esos años me dediqué a la instrumentación de un protocolo nacional para la investigación de los casos de muerte súbita en la infancia, y hoy, casi dos décadas después de mi llegada, el hospital de Sheffield se ha convertido en un centro de referencia internacional en esa materia. Además, sigo abocada a mi especialidad, que es la patología: paso mis días estudiando enfermedades, tratando de descubrir dolencias desconocidas. Por mi dedicación y empeño en el estudio y la investigación, tanto en la biblioteca como en el laboratorio, me he ganado entre mis compañeros el apodo de “Sherlock Holmes”. A algunos les puede sonar a chanza risueña, pero para mí es un verdadero orgullo.
Enfrentar la pandemia
Las pandemias no son ninguna novedad en la historia de la humanidad, y los vestigios más antiguos de este tipo de tragedias sanitarias se remontan a más de 10 000 años. Las pes-tes o plagas –como se las llamaba siglos atrás– pueden ser provocadas por distintos agentes y se han repetido a través del tiempo, causando estragos en la población y desafiando la capacidad del hombre para contrarrestarlas.
Desde que el cristianismo se convirtió en la religión de la mayoría de los pueblos de Europa, los intentos por describir las pestes cayeron bajo el velo de la versión religiosa que postulaba la ira de Dios como causa de todos los males. Así, el llamado “castigo divino” suplantó a la influencia de los astros y las voluntades dispersas de diversas deidades de la Edad Antigua, hasta que la ciencia comenzó a imponerse a partir de la investigación, la experimentación y las evidencias. Fue un proceso que llevó siglos. Recién con la teoría microbiana, a fines del siglo xix, se comenzó a advertir que las epidemias no eran causadas por la contaminación en el aire sino por el contagio directo entre personas, en general por medio de partículas de saliva expelidas al respirar, toser, estornudar o incluso hablar. Ya en el siglo xx, debido a los avances tecnológicos y el desarrollo de la microbiología, fue posible obtener un conocimiento detallado sobre las formas de transmisión y los agentes patógenos.
Pero las generaciones actuales no habían vivido un hecho traumático como el provocado por este nuevo coronavirus de tan rápida evolución, potenciado por la interconexión de un mundo globalizado que, pese al establecimiento de barreras migratorias y medidas sanitarias, no pudo detener los contagios. Así y todo, la humanidad ha demostrado que se encuentra hoy más preparada que en otras épocas para controlar una pandemia. En tal sentido, quedó en claro que el distanciamiento social, las cuarentenas, el uso de barbijo y/o mascarillas y las medidas sanitarias fueron antes –y siguen siendo hoy– las claves para reducir las tasas de transmisión, junto, claro está, con el desarrollo de vacunas efectivas.
Deberá analizarse también en qué medida la profundización del proceso de globalización, que consiste en el intercambio constante de personas y mercaderías de un punto al otro del planeta, se ha convertido en un factor que acelera la frecuencia y extensión de ciertas enfermedades, y en tal caso cuáles serían las soluciones más eficaces para contrarrestar dicho efecto. Al mismo tiempo, es preciso estudiar la circulación planetaria de mensajes que, por un lado, permite una comunicación instantánea entre los lugares más distantes, útil a la hora de generar la advertencia y las reacciones necesarias para frenar los contagios, pero que, al mismo tiempo, conlleva el riesgo de transmitir consigo informaciones inciertas o falsas que generen temor, incertidumbre y descreimiento.
La rápida reacción de la ciencia permitió la identificación del virus, el desarrollo de pruebas diagnósticas y el diseño de vacunas que pudieron ser aprobadas en tiempo récord. Un hito en la investigación científica fue la secuenciación genómica del virus en febrero de 2020, que permitió categorizar al virus SARS-CoV-2, causal de la enfermedad a la que dio en llamarse covid-19. Mientras tanto, las características genómicas comenzaron a ser compartidas en forma abierta, lo que dio impulso al proceso de generación de pruebas diagnósticas y de vacunas. Si bien el desarrollo de estas suele llevar entre diez y quince años, se redujo a diez meses. Esta situación sin precedentes determinó que el Instituto Jenner de la Universidad de Oxford fuera el primero en comenzar a trabajar desde febrero de 2020 en el desarrollo de una vacuna eficaz.
La gente, en general, fue capaz de comprender que el mundo está expuesto a estas situaciones que, muy probablemente, volverán a repetirse en el futuro. También supo entender que durante el desarrollo de una pandemia es necesario reducir de un modo controlado el ritmo de vida mediante la implementación de comportamientos nuevos, creativos y adaptativos que, a la vez que impidan los contagios, permitan que las actividades no se paralicen completamente; es decir, que contemplen también los eventuales efectos sobre la salud mental de la población, como por ejemplo la depresión y el incremento de la violencia social, que podrían resultar igual de graves e incluso ser motivo de suicidios.
Por otra parte, la pandemia dejó al desnudo la necesidad de mejorar la inversión en la salud pública, la educación, la investigación innovadora y el desarrollo de nuevas tecnologías aplicadas a la medicina, así como la de optimizar y ampliar la cobertura de los servicios sociales. Asimismo, demostró la importancia estratégica de que las organizaciones internacionales pertinentes se mantengan alertas y preparadas como para poder desplegar una reacción oportuna y adecuada, acotando al máximo los márgenes de improvisación y efectos inesperados.
Es en este sentido que, con el presente trabajo, aspiro a realizar un aporte para esclarecer, fijar conceptos –algo que considero especialmente útil para la población general– y presentar la evolución y el contexto histórico y geopolítico en el que surgió el covid-19. También me propongo repasar los principales antecedentes pandémicos en la historia de la humanidad y adelantar algunas reflexiones respecto de lo que significa atravesar esta adversidad. Se trata, en definitiva, de una suerte de manual al que apelar para conocer y comprender lo que vivimos, rescatar lo aprendido y pensar en los desafíos que plantea el escenario de la pospandemia.
La emergencia global nos impuso cambios drásticos. Sus efectos alcanzaron a todos los planos de nuestra existencia y nos obligaron a adoptar nuevos hábitos y a seguir las disposiciones de los gobiernos para intentar contener la propagación del virus. Cada país implementó planes, medidas y estrategias que resultaron más o menos efectivos, y es necesario reflexionar críticamente sobre ello. Más allá de los aspectos estrictamente médicos, surgieron en el horizonte otras cuestiones igualmente acuciantes, como por ejemplo evitar el desplome de la economía debido a la imposibilidad de llevar a cabo numerosas actividades; atender a los sectores más carenciados; reorientar las prioridades de los sistemas sanitarios y los objetivos científicos; desentrañar el impacto en la educación; y, entre otras tantas cosas, tomar las medidas que permitan mitigar las devastadoras consecuencias del cambio climático.
Son las prioridades para una nueva etapa de la civilización.
Con expectativas dispares se vislumbra un futuro signado por una nueva “normalidad” diferente a la conocida hasta ahora y que, sin duda, requerirá de nuevos paradigmas. Tenemos la obligación de interpelarnos como humanidad y preparar a las próximas generaciones. Todos, sin distinciones, estamos llamados a trabajar para superar esta tragedia con inteligencia, fuerza y la capacidad de resiliencia suficientes como para concebir un mundo mejor y más seguro.
1 La OMS es la autoridad de coordinación en temas sanitarios del sistema internacional de Naciones Unidas. Comenzó a funcionar el 7 de abril de 1948 –instituido como el Día Mundial de la Salud– y posee oficinas en 150 países. Actúa ante enfermedades transmisibles y no transmisibles en tareas de preparación, vigilancia y respuesta a las crisis así como en planes de promoción y contribución al sostenimiento y diseño de sistemas de salud.
Capítulo 2
HISTORIA CLÍNICA
Cronología de las pestes
El 1° de marzo de 2020 tenía por delante un largo viaje hasta llegar a casa. Regresaba del Congreso de la Sociedad de Patología Pediátrica de los Estados Unidos, que se había extendido durante tres jornadas agotadoras, y mi cuerpo lo sentía; por eso, agradecí estar en la espaciosa y confortable cabina de business de British Airways. Me esperaba un primer trayecto de doce horas desde el aeropuerto internacional de Los Ángeles al de Heathrow, en Londres; después, otras cuatro repartidas entre el vuelo a Manchester y el tramo final en tren hasta Sheffield.
Como cada vez que subo a un avión, cumplí con una especie de ritual: después de acomodar mi equipaje de mano me ubiqué en el asiento asignado y desde allí observé a mis compañeros circunstanciales de viaje. Me sorprendió que el hombre sentado frente a mí, al otro lado del pasillo, llevara puesto un barbijo. Es común en los trayectos internacionales que algunos pasajeros, en especial de origen oriental, usen mascarilla, pero no había visto nunca antes a un occidental que tuviera ese hábito. Entonces recordé que la terminal aérea de Los Ángeles es un punto de escala utilizado frecuentemente por viajeros en tránsito provenientes de China.
Quise saber más. Fue el inicio de unos de mis habituales diálogos con desconocidos que son una marca registrada en mi vida. El hombre, un británico de mediana edad, me explicó que regresaba de Hong Kong y que allí, a raíz del brote notificado en Wuhan el último día de 2019, había comenzado a generalizarse el uso del barbijo para cubrir la boca y la nariz. La amenaza nacida en China había estado presente en las conversaciones informales durante el congreso, pero solo entonces, ya instalada en el avión que me devolvería a la rutina de todos los días, aquella preocupación que había palpado entre los colegas empezó a inquietarme.
Tal como pude reconstruir más tarde, después de analizar la situación, el Comité de Emergencias de la OMS, reunido por teleconferencia, había declarado el estado de Emergencia de Salud Pública Internacional el 30 de enero de 2020. La entidad ya tenía la certeza de que se habían producido transmisiones interpersonales más allá de Wuhan y contaba con notificaciones de casos en los cinco continentes registradas durante el último mes. Considerando los reportes que circulaban entre los miembros de la comunidad médica internacional y la información de los medios de comunicación, que daba cuenta de la gravedad del asunto, la reacción de la OMS parecía demasiado tibia.
Por lo pronto, ver al pasajero con su barbijo en el vuelo a Londres me causó una impresión poderosa. Se agolparon en mi mente imágenes desordenadas de distintas epidemias y pandemias sufridas por la humanidad, y por eso creo que quizás en este punto convenga mirar hacia atrás para entender de dónde venimos. La existencia de enfermedades contagiosas es tan antigua como la organización del hombre en comunidad, ya que básicamente deriva de sus hábitos de cuidado e higiene. En la actualidad, de acuerdo con lo establecido a nivel internacional, entendemos que cuando su propagación se ciñe a una población o región determinada, la transmisión de un virus se convierte en epidemia, mientras que si se expande por diferentes territorios, incluso más allá de las fronteras, estamos frente a una pandemia.
Los rastros de las pestes, tal como se las llamaba antiguamente, se remontan a más de 10 000 años atrás, en la prehistoria, cuando las poblaciones nómadas se trasladaban en busca de tierras para cultivar llevando consigo las enfermedades o encontrándolas a su paso. Siglos después, los viajes de mercaderes y conquistadores hacia diferentes continentes se erigieron en una importante vía de transmisión. De aquellos primeros eventos hay escasas precisiones. No obstante, basta con acudir a algunas evidencias históricas para comprender su carácter devastador, porque las pandemias transforman a las sociedades y desde que ocurren nada vuelve a ser igual. Si bien en cada nuevo episodio se van consolidando recetas que resultan efectivas, muchas veces el verdadero origen de las enfermedades y las medidas eficaces para controlarlas demoraron siglos en ser descubiertas.
Para intentar trazar una cronología de eventos, seguiremos aquí las informaciones provistas al respecto por la OMS, la Enciclopedia Británica y trabajos y documentos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina.
Puede decirse que la llamada “Plaga de Atenas”, en el año 430 a. C., fue la primera pandemia de la que existen referencias. Se produjo durante la guerra del Peloponeso, que enfrentó a dicha ciudad de la Antigua Grecia con Esparta, y afectó a buena parte de la región del Mediterráneo oriental. En sus escritos, el historiador ateniense Tucídides describió el trayecto del agente infeccioso que comenzó en Etiopía y atravesó Egipto y Libia hacia el Norte hasta llegar a Atenas, cuna de la civilización europea. Fue también en Grecia que el mismísimo Hipócrates, considerado el padre de la Medicina, clasificó unas décadas más tarde a las enfermedades en agudas, crónicas, endémicas y epidémicas.
Ya en nuestra era, entre los años 165 y 180 (siglo ii d. C.), plena época de oro del Imperio Romano, fue el turno de la Peste Antonina –que tomó su nombre de la dinastía reinante– tras el regreso de las tropas que habían combatido en la región de la Mesopotamia asiática. La extensión del mal, descripto por Galeno, y cuyo agente no ha podido ser determinado en forma fehaciente, afectó a buena parte del imperio y provocó alrededor de diez millones de víctimas fatales, incluido el emperador Lucio Vero, hijo adoptivo de Antonino Pío2.
Posteriormente, entre los años 541 y 549, la “Plaga de Justiniano” tuvo como epicentro a Constantinopla (actual Estambul), capital del Imperio Bizantino, que habría perdido casi la mitad de su población a causa de ella, aunque se propagó también a otros territorios de Europa, Asia y África. A pesar de la falta de datos, se calculan entre 30 y 50 millones de muertes, y entre los infectados estuvo el propio emperador Justiniano, que, aunque logró recuperarse, le dio su nombre a la plaga. Juan de Éfeso describió la enfermedad con la aparición de bubones, ojos sanguinolentos, fiebre y pústulas. Las personas morían en dos o tres días, después de un período de confusión mental. La hipótesis con mayor consenso entre los investigadores sostiene que se trató de una infección producida por la bacteria Yersinia pestis, confirmada en 2016, cuando investigadores de la Universidad de McMaster (Canadá) identificaron el genoma de Yersinia pestis. La bacteria era transmitida por la picadura de las pulgas que formaban colonias en el pelaje de ratas infectadas que habían llegado en barcos con mercancías. Luego de que una pulga picaba e infectaba a una persona, el contagio entre humanos se generaba a través de las gotas de su respiración, como en nuestros días con el covid-19. El hecho es que, sin herramientas para frenar la propagación de la peste, la acción de las autoridades se limitó a disponer el traslado de cadáveres para ser lanzados al mar o depositados en fosas comunes más allá de las fronteras de la ciudad. Según algunos historiadores, la emergencia sanitaria y sus funestas consecuencias generaron un creciente clima de inestabilidad social y político que debilitó notablemente al Imperio Bizantino.3
El mismo agente o “vector” (como llaman los epidemiólogos a cualquier persona, animal o microorganismo que transporta y transmite un agente infeccioso a otro organismo vivo) fue el causante de la llamada Peste Negra que asoló a casi toda Europa y Asia Central entre 1347 y 1382. Es considerada la mayor pandemia en la historia de la humanidad y, según la Enciclopedia Británica, la primera de la que se posee un registro confiable. Su impacto fue tal que solo en Europa el número de muertos superó al de sobrevivientes.
A partir del siglo xvii reemergieron en forma endémica diversos agentes infecciosos que provocaron lo que se conoce como las llamadas Grandes Pestes. Entre las más graves hay que citar a la segunda pandemia “Peste Bubónica” que afectó a Londres, provocada por la bacteria Yersinia pestis, transmitida a través de pulgas de ratas infectadas. Comenzó en 1665, se extendió por unos dieciocho meses y mató a unos 100 000 londinenses. En esa época se ensayaban medidas preventivas como beber leche mezclada con vino o lavarse las manos con agua y vinagre, y al visitar a los infectados los médicos cubrían todo su cuerpo para evitar un posible contagio. Para tal fin, el galeno francés Charles de L’Orme, médico de reyes y nobles, había diseñado en 1619 una túnica confeccionada con cuero de cabra encerado, además de botas, sombrero, guantes y una máscara que tenía la forma de un pico de pájaro en donde se depositaban hierbas aromáticas para evitar los hedores de putrefacción de los enfermos terminales. Se utilizaba también un bastón de madera que, según las crónicas de la época, tenía un doble cometido: impedía cualquier tipo de contacto con los pacientes y era utilizado como herramienta para el arrepentimiento de pecados, ya que se sostenía que los afectados por la peste sufrían un castigo divino.
El abandono de este tipo de prácticas marchó de la mano del avance de las concepciones seculares que abordaron la existencia humana, la salud y la muerte con nuevas miradas. La idea de que el contagio tuviera un vínculo con lo religioso comenzó entonces a perder peso y dio lugar a un cambio de conducta que, paulatinamente, llevó a intentar curar las enfermedades con aislamientos antes que con procesiones, rezos o pedidos de arrepentimiento, tal como lo plantea el historiador italiano Carlo María Cipolla en su ensayo de microhistoria ¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?, en el que analiza las tensiones que la profunda crisis sanitaria generada por la peste en 1630 provocó en la pequeña comunidad rural de Monte Lupo, en la Italia del Antiguo Régimen.4
En el texto de Cipolla se expone cómo los efectos de la Peste Negra alcanzaron a los seiscientos habitantes de Monte Lupo, en su mayoría campesinos pobres que rompen las rejas que protegen las puertas selladas de las murallas para impedir entradas y salidas del pueblo, empujados por la miseria a la que los condenaba el confinamiento. Detrás de la pesquisa para dilucidar quiénes fueron los autores de sabotaje, fluye el choque entre sectores sociales: La Iglesia –que atribuye la epidemia a la ira de Dios e incita a los pobladores a rebelarse contra las medidas sanitarias– se enfrenta con los representantes de las instituciones que intentan manejarse con parámetros científicos. Así, entran en colisión el poder civil y el religioso; la razón y la fe; la tradición y la modernidad.
Un hito histórico en la lucha contra las epidemias ocurrió en 1796, cuando el médico rural inglés Edward Anthony Jenner, conocido en la historia de la medicina como “el padre de la inmunología”, aplicó la primera vacuna contra la viruela o antivariólica. Jenner siguió un camino puramente empírico: había observado que las mujeres que ordeñaban vacas, al estar en contacto con las pústulas de animales infectados por la variante bovina de la viruela, adquirían una enfermedad que resultaba inocua y, a su vez, impedía el contagio de la viruela humana. Jenner utilizó el pus de las ampollas de la granjera Sarah Nelmes para infectar al hijo de ocho años de su jardinero, primero con viruela bovina y luego con viruela humana. El resultado fue que el niño no contrajo esta última. Luego inoculó la misma a otros niños, incluidos sus propios hijos. Debido a su origen bovino, el método fue denominado vaccination (del latín vacca), ligando el término “vacuna” al de la raza vacuna.
A su vez, en Rusia ocurrió hacia finales del siglo xviii un hecho muy curioso relacionado con la viruela y protagonizado por la emperatriz Catalina la Grande. Amante de la ciencia y los avances de la Ilustración, la monarca se dedicó a investigar sobre esa enfermedad, y en 1768 hizo llamar al médico inglés Thomas Dimsdale, quien había descubierto que las personas sanas inoculadas se volvían inmunes a la enfermedad, y se ofreció para hacer lo propio como una forma de dar el ejemplo a sus súbditos y promover la vacunación masiva. Desde entonces, la ciencia rusa siempre buscó ubicarse en la vanguardia de la lucha contra las enfermedades contagiosas. Así fue que durante el siglo xix el médico ruso Nikolai Gamaleya trabajó en el laboratorio de Louis Pasteur, en París, donde colaboró en el desarrollo de una vacuna contra la rabia y en otras investigaciones sobre el cólera, la tuberculosis, el tifus y el ántrax.
Más tarde, en 1919, Gamaleya desempeñó un rol fundamental cuando se llevó a cabo la primera campaña de vacunación universal en la historia de la humanidad –contra la viruela–, y por eso en 1949 el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología de Moscú adoptó su nombre. Diversas investigaciones y avances posteriores en todo el mundo llevaron a optimizar el desarrollo de una vacuna mucho más efectiva que permitió la erradicación definitiva de esta enfermedad hacia 1980.
Otro hito en la historia de la vacunación contra las enfermedades epidémicas lo protagonizó el bacteriólogo catalán Jaime Ferrán y Clúa, cuando en 1885 un brote de cólera avanzó sobre Valencia. Las autoridades nacionales españolas lo contactaron a él, quien desde hacía un año trabajaba para el ayuntamiento de Barcelona en el establecimiento de medidas preventivas para evitar el arribo de la enfermedad. Ferrán viajó a Marsella, donde la enfermedad se había registrado previamente, y tomó muestras microbiológicas de enfermos. A su regreso, evitó los controles fronterizos ocultando las pruebas dentro sus medias, y en su laboratorio logró confeccionar la vacuna –que demostró su eficacia– usando como conejillos de Indias a miembros de su propia familia.
En mayo de ese año, el equipo liderado por Ferrán inició una campaña de vacunación masiva con 30 000 dosis de vacuna anticólera. Los resultados obtuvieron un éxito notable. Sin embargo, las autoridades dispusieron que las inoculaciones se realizaran en presencia de un delegado del gobierno, lo que aletargó el ritmo de la campaña y sus efectos. Si bien la vacuna de Ferrán recibió reparos por parte de la comunidad científica internacional, el investigador siguió adelante y años después desarrolló vacunas contra el tifus y la rabia, además de diversas medidas profilácticas para enfermedades infecciosas. Con el tiempo, la vacuna se fue perfeccionando y se le sumaron campañas de concientización y prevención. Aún no se ha conseguido que estas medidas cubran las necesidades de la población mundial, ya que no hay que olvidar que el cólera está intrínsecamente ligado a la pobreza y a la deficiencia de las condiciones sanitarias de la población.
Unas décadas más tarde, entre 1918 y 1919, cerca de 500 millones de personas en Europa se enfermaron con gripe, causada por el virus influenza AH1N1 –un subtipo del virus que infecta a cerdos, aves y humanos y puede causar epidemias o pandemias–, que dejó como saldo entre 50 y 100 millones de víctimas fatales. Fue la primera pandemia de esta enfermedad: eran los años de la Primera Guerra Mundial, en la que miles de soldados subsistían en condiciones de hacinamiento y padeciendo necesidades, lo cual contribuyó a la rápida propagación del virus. Curiosamente, se llamó Gripe Española a la enfermedad debido a que la prensa madrileña fue la primera en publicar noticias sobre su existencia, en mayo de 1918. La explicación de esto es que España se mantenía neutral en la contienda bélica, mientras que los países beligerantes no dieron a conocer sus cifras de enfermos y fallecidos, supuestamente por motivos estratégicos. Pero se estima que el 40 % de los soldados fallecidos no murieron en los combates sino a causa de la gripe.
A pesar de haber ocurrido hace más de un siglo, aquella pandemia aparece como la más cercana a nuestra generación. Las fotos en blanco y negro así como las novelas y documentos históricos que profusamente la han reconstruido resultan un testimonio dramático cuya visualización, en lo personal, empujó mi propio empeño por involucrarme activamente. Al declararse la Gripe Española de 1918-1919 no había aún vacunas ni antibióticos, que se desarrollaron recién una década más tarde. Tampoco había tratamientos específicos, tecnología médica, unidades de cuidados intensivos, y mucho menos, planes coordinados para controlar la pandemia. Sin embargo, el distanciamiento social, la cuarentena y las medidas de higiene ya llevaban siglos constituidos en elementos claves de prevención (y son los más efectivos hasta hoy) para reducir la tasa de transmisión de los virus respiratorios.
Durante muchas décadas, el origen de esa pandemia de 1918 se mantuvo oculto en las brumas de la historia. Sin embargo, en 1997 un grupo de investigadores logró recuperar el organismo causante de una muestra de pulmón: la obtuvieron del cuerpo congelado de “Lucy”, uno de los esquimales nativos enterrados en el permafrost de Alaska en Brevig Mission, un pequeño pueblo de la costa, en el que 72 de los 80 miembros de su población adulta sucumbieron a la mortífera gripe en un período breve: entre el 15 y el 20 de noviembre de 1918. Pero no fue sino hasta agosto de 2005 que el virus se cultivó con éxito en el laboratorio para poder así caracterizar plenamente sus propiedades.
A su vez, la mutación de un virus animal en patos salvajes de China provocó, entre 1957 y 1958, una pandemia de gripe A al combinarse con una cepa humana preexistente del virus influenza H2N2. De China pasó a Singapur y a Hong Kong y desde allí saltó a Estados Unidos. Suele mencionarse como antecedente un brote registrado en Rusia en 1889, aunque no hay unanimidad entre los estudiosos. Este virus volvió a causar epidemia a mediados de 1968, en Asia, demostrando lo poco que se había aprendido de los anteriores brotes.
Por otra parte, durante el siglo xx se registraron en varios países brotes endémicos de poliomielitis, también conocida como parálisis infantil, enfermedad que existía desde hacía más de 3000 años pero fue identificada recién a mediados del siglo xix. Se trata de una dolencia con compromiso del sistema nervioso, que afecta principalmente a niños pequeños y puede provocar discapacidades motrices graves e incluso la muerte. Su causante es el llamado poliovirus, que se transmite mediante agua, alimentos y manos contaminadas por materia fecal o por contacto con una persona infectada. En los casos graves afecta el sistema nervioso central generando inicialmente una enfermedad menor (fiebre con o sin manifestaciones respiratorias o digestivas) y al cabo de unos días intensos dolores musculares y parálisis de algunos músculos de las piernas y los brazos en la forma clínica común. En un promedio de entre el 5 y el 10 % de los casos afecta los músculos respiratorios y puede generar la muerte. La pandemia se desarrolló en el período 1955-1958.
En Estados Unidos, la poliomielitis fue considerada como el problema de salud pública más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Casi nada se conocía de esta grave dolencia, que recrudecía cada verano, y de la que no se sabía por qué empezaba ni cómo se transmitía. Uno de los casos de contagio más resonantes fue el del dirigente republicano Franklin Delano Roosevelt, que contrajo la enfermedad en 1921, cuando tenía 39 años. Pese a que la polio paralizó sus piernas y muchos dieron por terminada su carrera política, siguió adelante preocupándose obsesivamente por ocultar las secuelas físicas que le produjo la enfermedad, y logró ser elegido cuatro veces consecutivas presidente de los Estados Unidos, cargo que ejercía cuando falleció, en 1945.
En lo que hace a la epidemia, pese al buen resultado de la llamada política del New Deal, con la que se controló la depresión económica derivada del crack financiero de 1929/30, las partidas y donaciones para los afectados de poliomielitis resultaban insuficientes y el panorama empeoró. Roosevelt promovió la conformación de distintas asociaciones que canalizaron la ayuda solidaria de la población a los afectados, entre las que se destaca la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil (NFIP por sus siglas en inglés) en 1938. La entidad, integrada por científicos y voluntarios de la salud, se dedicó a organizar la contención y rehabilitación física de los paralíticos, y con ese fin trabajó en la capacitación de profesionales, previó acciones durante eventuales epidemias e impulsó la investigación de tratamientos, así como de la búsqueda de una vacuna efectiva.
Una anécdota pintoresca es que, al fundarse la NFIP, el popular artista Eddie Cantor instó en broma a enviar monedas de diez centavos a la organización de caridad que había fundado el presidente Roosevelt con el objetivo de mejorar la salud de madres y bebés, acuñando el término March of Dimes. El público se tomó en serio su pedido e inundó la Casa Blanca con 2,7 millones de monedas, además de miles de dólares en donaciones. Las campañas se sucedieron año a año y permitieron, entre otras cosas, el desarrollo de los pulmotores o respiradores mecánicos para los casos de insuficiencia respiratoria. Pero cuando Roosevelt murió la cura de la enfermedad aún seguía siendo un enigma.
Ante la reaparición estacional de los brotes cada verano, la NFIP convocó en 1948 a un equipo encabezado por el virólogo Jonas Salk, de la Universidad de Pittsburg, para que investigara la manera de frenar el mal. Cuando en 1952 se registró en Estados Unidos un pico con más de 57 000 casos que causaron 3145 fallecidos, Salk avanzaba en el desarrollo de una vacuna contra la poliomielitis utilizando poliovirus inactivado. No obstante, no fue sino hasta el 12 de abril de 1955 que Salk y su equipo anunciaron que la vacuna estaba lista para ser aplicada masivamente. Se dice que el médico había inoculado primero a sus tres hijos para luego probar en 7500 niños sanos de escuelas de Pittsburg, y solo después de vacunar a 1,8 millón de chicos estadounidenses anunció su efectividad, hecho que generó una suerte de fiesta nacional y erigió al investigador en un “trabajador milagroso” e idolatrado.
La vacuna actuaba como un antígeno que estimulaba la formación de anticuerpos específicos contra los virus de la polio e impedía el acceso al sistema nervioso central. Entre 1955 y 1962 se administraron en Estados Unidos alrededor de 400 millones de dosis que lograron reducir los casos en un 90 %. Una anécdota siempre comentada refleja la entrega desinteresada de Salk: cuando en una entrevista televisiva le preguntaron si ya había tramitado la patente de la vacuna, respondió: “No hay patente para esto. ¿Se puede patentar el sol?”.
Mientras la vacuna de Salk conseguía disminuir los casos en Estados Unidos y se exportaba a otros países, otro científico, Albert Sabin, trabajaba con una alternativa más económica en base a virus atenuados, pero el presidente Dwight Eisenhower ponía reparos a los ensayos con virus vivos.
En esos años, las autoridades de la Unión Soviética, otro de los países donde la poliomielitis hacía estragos, comprendieron que los riesgos potenciales del avance de la polio podrían tornarse aún más graves que los provocados por la Guerra Fría con Estados Unidos. Por ello, decidieron enviar a los virólogos Anatoli Smorodintsev, Mikhail Chumakov –desarrolladores de la primera vacuna contra la gripe– y Marina Voroshilova a estudiar los avances de las vacunas estadounidenses. Sabin, que se había aplicado a sí mismo su propio desarrollo y también lo había probado entre sus familiares y equipo de trabajo, compartió con sus pares rusos cepas de virus atenuado que fueron llevadas a Moscú, donde se realizó un estudio clínico masivo. Su éxito motivó que el Ministerio de Salud del Kremlin anunciara en 1957 la nueva vacuna.
Sin embargo, recién en 1961, en medio de una enorme expectativa y un extenso y febril debate internacional sobre sus virtudes y desventajas, un comité de expertos de la OMS y otros organismos especializados dieron su aval a la vacuna oral desarrollada por Sabin. Tuvieron en cuenta para ello su menor costo y las facilidades logísticas, de conservación y administración –ya que se trataba de la aplicación oral de dos gotas, en lugar de un inyectable–, además de que su efecto de inmunización era más prolongado por tratarse de una vacuna que se administraba por la misma vía por la que se adquiría la infección. Asimismo, se indicó que la vacuna de Sabin era más efectiva en impedir la diseminación del virus porque rompía su cadena de transmisión, factor que determinó su uso extendido en el mundo entero, incluido Estados Unidos.
El proceso de fabricación y de distribución de la vacuna de Salk se había vuelto muy complejo y estaba lleno de escollos: escaseaban los frascos para envasarla y solo un puñado de países, como Canadá y Gran Bretaña, estaban en condiciones de producirla. A su vez, el virus era inactivado en células renales de mono de la especie Rhesus, que únicamente habitaba en India, donde eran venerados por cuestiones religiosas, de modo que todo el proceso para inactivar el virus demandaba seis meses y suponía altos riesgos. Solo con el tiempo la vacuna de Salk fue mejorada y, a mediados de la década de los 80, incrementó su potencia. Actualmente es la vacuna de elección de la mayoría de los países acorde a la recomendación de la OMS para lograr la erradicación de la enfermedad. La Argentina la adoptó oficialmente para cumplir con el Calendario Nacional a partir del 1° de junio de 2020.5
A su vez, la vacuna trivalente tOPV o “Sabin oral” fue esencial en la lucha contra esta enfermedad y permitió que en nuestro país no se registren casos de poliovirus salvaje desde 1984. En el año 2016 se rotó al uso de la vacuna bivalente Sabin oral (bOPV) a nivel global según lo dispuesto por la OMS y para ser reemplazada progresivamente por la vacuna Salk. Hoy solamente Afganistán, Pakistán y Nigeria son considerados endémicos en todo el mundo, y de ellos, los dos primeros presentan casos de poliomielitis por poliovirus salvajes. Desde junio de 2020 la Argentina adoptó la vacuna Salk en tres dosis administradas a los cuatro y seis meses de edad más un refuerzo en el momento del ingreso escolar (5 a 6 años).6 Numerosos estudios referidos a esta enfermedad y a las controversias entre las vacunas Salk y Sabin ilustran acabadamente el contexto de producción de las vacunas y sirven para entender una realidad compleja plagada de avances y retrocesos, y también de egoísmos e intereses tanto particulares como geopolíticos.
Hay varias historias dignas de ser reflejadas sobre pacientes poliomielíticos. Una de ellas es la de Paul Richard Alexander, quien lleva 70 años dentro de un pulmotor que le brinda oxígeno en forma mecánica. Su nombre volvió a circular a poco de iniciada la pandemia de covid-19, cuando lo entrevistó el diario británico The Guardian. Allí Alexander narró cómo su cuerpo quedó completamente paralizado cuando tenía seis años a causa del poliovirus, pero aun así, postrado dentro de su respirador mecánico, perseveró, pudo estudiar y recibirse de abogado. Por otra parte, pese a que los avances tecnológicos han permitido diseñar ventiladores más modernos, el hombre ha hecho saber que prefiere seguir viviendo dentro de su viejo pulmón de acero. En aquel artículo el increíble Paul resaltaba que, así como el mundo actual se olvidó con el tiempo del terror de la poliomielitis y de otras enfermedades hoy prevenibles gracias a la vacunación (difteria, fiebre tifoidea, sarampión, tos convulsa y paperas), seguramente también olvidará al covid-19, aunque recalcó algo que considero muy importante: la necesidad de mantenerse alerta y ser conscientes de nuestra fragilidad.7
Algo similar ocurrió con June Middleton, una paciente de Australia que se enfermó de poliomielitis a los 22 años y utilizó un pulmotor 16 horas al día durante 60 años hasta su muerte, en noviembre de 2009. Al igual que Paul, Junne no quiso cambiar el pulmotor por otros sistemas de ventilación mecánica más modernos.
En América Latina, el primer antecedente conocido de una epidemia es un brote de viruela registrado en 1520 en el actual territorio de México. La enfermedad había sido introducida por expedicionarios y colonizadores europeos y su propagación suele ser señalada como un factor determinante en la caída del Imperio Azteca, ya que diezmó a la población nativa. El contagio se producía por el contacto directo de personas sanas con infectadas o bien mediante la manipulación de objetos contaminados con el virus Variola, y durante el proceso de la enfermedad los cuerpos de los infectados padecían las erupciones cutáneas muy características de esta afección, que cubrían todo el cuerpo.
A su vez, la denominada fiebre amarilla, que probablemente se haya originado en África en tiempos remotos, nunca llegó a ser una pandemia, pero su transmisión, de carácter endémico, aún hoy representa un riesgo significativo. Se trata de un virus hemorrágico que ha encontrado mayor desarrollo en las zonas con clima tropical o subtropical de África y América Latina, y para la cual hasta el día de hoy no existe un tratamiento específico. Su nombre alude a la coloración amarillenta (“ictericia”) que adquiere la piel del infectado. La enfermedad cruzó el océano a raíz del tráfico de esclavos, y la primera epidemia confirmada en el continente americano fue la de 1647, en la entonces colonia inglesa de Barbados, en las islas Antillas.
Durante mucho tiempo los científicos no lograron determinar la forma de contagio de esta rara fiebre que azotaba a la población caribeña hasta que, a mediados de 1881, el médico cubano Carlos Juan Finlay descubrió que el agente transmisor del virus –del que luego se conocería que es un arbovirus del género flavivirus– era el mosquito Aedes aegypti. Cuenta la leyenda que una noche, mientras Finlay rezaba el rosario, el molesto revoloteo de un mosquito le hizo pensar en que, si el insecto estuviera infectado por haber picado a una persona contagiada, podría transmitir la enfermedad con sus picaduras a otras personas sanas. A partir de aquel pensamiento, realizó numerosos experimentos con voluntarios hasta lograr confirmar su presunción. Después de muchos intentos fallidos, la vacuna contra la fiebre amarilla fue desarrollada por el virólogo sudafricano Max Theiler en el marco de una investigación para la Fundación Rockefeller y adoptada mundialmente en 1938. Theiler fue galardonado en 1951 con el premio Nobel de Medicina por ese descubrimiento que confiere inmunidad permanente contra la enfermedad con la aplicación de una sola dosis.
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