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LA INOCENCIA

MARINA YUSZCZUK


Índice

  Cubierta

  Portada

  Todas las historias empiezan

  La verdad

  Los días luminosos

  Yo le entregué mi vida

  Crecer engorda

  Virgen niña

  Me bautizo en una pelopincho

  Amigas

  La pulga

  Estado de gloria

  Lo animal

  Empieza

  El amante

  Reincidentes

  La vuelta al rebaño

  La revelación, o apocalipsis

  El juicio

  La calentura

  Una historia con fantasmas

  Falso positivo

  Sobre la autora

  Créditos

Todas las historias empiezan

No sé cómo escribir esto, voy a empezar y punto. Todos los cuentos de iniciación que escriben las chicas se parecen: hay un momento en que se descubre algo desconocido, se intuye que eso tiene que ver con el mal, se reciben como un eco las prohibiciones de los adultos. Las cosas que se hacen a espaldas de otros siempre parecen una transgresión, tal vez son solamente un secreto.

Cuando era chica mi mamá se metió en una religión. Hasta ese momento era católica como casi todo el mundo: la habían bautizado, se casó de blanco y por iglesia, bautizó a sus bebés. Dijo que era porque la presionaron los abuelos.

Un bebé vino atrás de otro bebé y atrás de otro bebé, todos bautizados. Con vestidos blancos, soquetes blancos, zapatitos negros, con fotos donde esos bebés están sentados en el pasto, al lado de una planta repleta de flores, alegrías del hogar, fucsias o rojas. Era el fin de los setenta, las fotos se sacaban una sola vez, las personas posaban para la eternidad o buscaban algún tipo de belleza.

Poco tiempo después mi papá empezó a irse de viaje por trabajo y nos quedábamos solos de lunes a viernes mi mamá, mi abuela, mi tío, mis hermanos y yo. No sé cómo habrá sido ese tiempo, si lo extrañábamos o no. A veces las familias están más tranquilas cuando no están los papás presentes; la mamá y los hijos se hacen un mundo aparte. Hace poco mi mamá me contó que mi hermano menor se le tiraba encima a mi papá cuando llegaba los viernes y no se separaba de él en todo el fin de semana.

Los chicos tienen una manera de mostrar la necesidad, de hacerla visible; tienden los brazos, piden, lloran. Es algo que a los adultos nos da vértigo. Hubo un momento de mi vida en que yo miraba mucho las fotos de cuando tenía dos o tres años y me compadecía infinitamente, no sé bien a propósito de qué. Después se me pasó. Pero sé que muchas veces no quería separarme de mi mamá, que era la única que lloraba cuando llegaba el momento de subirnos a ese colectivo naranja y blanco que nos venía a buscar hasta la puerta de casa para llevarnos a la colonia de verano. Los únicos recuerdos que tengo de ese lugar son de abandono: estoy jugando en las hamacas y los toboganes con los chicos, después me distraigo un minuto, después ya no están. Es el mediodía. Todo lo que veo alrededor es pasto, de un verde encendido, radiante. El club donde se hace la colonia es grande y yo soy diminuta, empiezo a caminar, no sé para dónde ir, no los encuentro.

Muchas personas pasan de largo de esas experiencias, pero yo me construí alrededor de episodios así, los envolví como una hiedra. Otro día estoy sola en la pieza llorando a los gritos, llamo a todos los miembros de mi familia uno por uno y nadie viene. En realidad, lo que yo quiero es que venga a rescatarme mi mamá. Probablemente había hecho algo que la molestó y ella me castigó, o tal vez ni siquiera hizo falta eso. Ahora que tengo un hijo de dos años me doy cuenta hasta qué punto armé mi propio mito. Algunas noches, cuando lo llevo a la pieza para dormir, mi hijo se baja de la cama y se tira boca arriba en el piso, empieza a hacer un ruido como de queja o lamento con la boca y mira hacia donde estoy. Yo lo voy a buscar, lo consuelo, no importa de qué, le digo palabras cariñosas, lo levanto y lo vuelvo a meter en la cama. Entonces se repite toda la secuencia, dos o tres veces más.

Quizás alguna vez yo necesité que mi mamá me levantara del piso y ella no me levantó, o no entendió que yo, a diferencia de mis hermanos, era la clase de bebé que de vez en cuando necesita que lo levanten del piso.

Pasaron los años. Tenía cinco, creo, cuando mi mamá recibió a dos ancianos de una religión en la que llaman así a los pastores. No estoy presente en todo esto porque no tengo memoria, voy a contarlo como ella me lo contó. Dijo que la guerra de Malvinas la había afectado, que imaginaba que a sus hijos varones les tocaba ir a pelear y cuando estas personas le dijeron que era posible un mundo sin guerras, le llamó la atención y se puso a escucharlos. Me la imagino, apoyada en el marco de la puerta, quizás con el delantal puesto o con un repasador entre las manos, atraída sin poder evitarlo por esos hombres que le ofrecen una solución a todo lo que angustia a las madres.

Es algo totalmente disparatado, pero a mí me llevó demasiados años darme cuenta de que ella es una persona muy dramática, tan literal a veces que roza la locura. Y al mismo tiempo, de todas las personas que conozco, es la que más pasa por sensata, porque sabe hablar. Es una especie de engaño que compartimos sin darnos cuenta.

También es cierto que mi mamá, de todas las personas que vi, es la que tiene un sentido moral más rígido. Creo que necesita la sensación de pureza que da responder a ciertas normas, pero no sé si esto es parte de su forma de ser o una huella muy profunda que le quedó después de tantos años de estar en esa religión.

Porque empezó a recibir en casa a estas personas y enseguida “le hicieron el estudio”, como se dice cuando alguien acepta tomar clases semanales de un libro especial que va cambiando cada tantos años. Se cree que ese libro explica todas las verdades que hay en la Biblia y la manera correcta de interpretarlas. La única manera correcta. Fue el principio de muchos años extraños.

No sé lo que hacíamos mis hermanos y yo mientras mi mamá recibía a estas personas. Vivíamos en la misma casa que mi abuela y mi tío maternos, un chalet tipo inglés mal construido por un español de apellido García, con techo de tejas, rejas que daban a la vereda, un patiecito con macetas adelante y un terreno enorme atrás, arbolado. Así que probablemente estamos con mi abuela, jugamos en el patio. Si es verano, tenemos una pelopincho que una exnovia le regaló a mi tío, está armada abajo de una parra y a veces le caen uvas adentro. El agua suele estar fría porque no le da el sol. No me olvido de la sensación de meter el pie desnudo y pisar una uva en el fondo.

Si es invierno no sé. Es mi época de pintarme las uñas con el esmalte de mi mamá, de disfrazarme con la ropa de ella. Al menos lo hice una vez, pero la infancia es una cosa armada con materiales tan escasos que a uno no le queda otra que generalizar, asumir que pasaron muchas veces las cosas que una vez le contaron. Es como alguien que revisa una casa olvidada y encuentra una latita, se pregunta qué papel habrá tenido en la vida de los dueños, qué historias guarda, un objeto fascinante que quizás un desconocido que ni siquiera vivía en la casa tiró al pasar, como un descarte.

Mis hermanos y yo cavamos una vez un pozo en el fondo de la casa. En realidad era el fondo de la casa del vecino, que compartía la medianera con la nuestra y salía al otro lado de la manzana. Mi familia compró esa casa y derribó la medianera, por un tiempo tuvimos esa construcción fantástica a la que se entraba por una vereda y se salía por la opuesta después de cruzar toda la manzana. Al dueño de esa casa lo habíamos visto poco y nos daba miedo, era un viejo que nos miraba torcido. Cuando hicimos ese pozo y aparecieron una, dos, tres monedas de distintos países, y después otras más, pensamos que era nazi y había enterrado un tesoro traído de su fuga de Alemania.

Ojalá yo también pueda enterrar unas pocas monedas, acá y allá, para que los lectores las encuentren.

Uno de esos secretos que son los únicos que valen la pena: los que aparecen. Un día descubrí, en el altillo al que subíamos solo en ocasiones especiales y que la mayor parte del tiempo estaba tapiado con una tabla enorme, un álbum de fotos en blanco y negro donde se contaba en unas cuantas páginas toda la historia de la familia de mi mamá. Ahí estaba mi abuela, joven hasta lo inverosímil, retratada en esa clase de pasado que se impone por su evidencia pero que no puede imaginarse más que como una ficción. Mi abuelo, a quien nunca conocí, sonriente a sus treinta y pico, con bigote y pantalones de vestir de cintura muy alta que le daban el aire de un señor de sesenta. Y mi mamá, fantástica, una nena de la que quedé prendada.

Mi foto preferida de su infancia es una en la que lleva un disfraz de hada, con un sombrero altísimo en punta del que cae un pedazo de tul. Es una foto de estudio: contra un fondo de cartón, ella posa con una pollera fruncida y una varita mágica en la mano terminada en una estrella. Con la cara redonda y esos rulos, que en blanco y negro no se llegan a revelar castaños, parece Shirley Temple, sonriendo con un tipo de dulzura que parece haber pertenecido exclusivamente a la década del cincuenta y ahora no existe más. Ese disfraz de hada probablemente fue la cosa más deseable que vieron mis ojos.

Y en segundo lugar, su vestido de novia. Toda la serie de fotos del casamiento es algo que miré hasta aprenderlo de memoria, como la representación de todo lo perfecto: mi mamá y mi papá, jóvenes y hermosos, felices, con la sonrisa más espontánea que les vi jamás. Él de traje azul, ella con un vestido de raso blanco muy simple, de mangas largas y corte princesa, la falda con un mínimo vuelo. Nada de velos, nada que fuera complicado de llevar. El pelo con una media cola muy natural, ese pelo castaño apenas ondulado que siempre nos gustó tanto a mi papá y a mí, y como única decoración en lo alto del peinado, una rosa roja.

La fiesta sencilla, con botellas de Crush y de sidra sobre las mesas, ellos posando con todos los vecinos del barrio que se habían esforzado por vestirse bien. Unos años después mi mamá tiñó su vestido de novia de un púrpura bastante feo para ir al casamiento de alguien más y, ya vaciado de su primera cualidad mítica, me lo prestó para jugar. Uno no conoce nunca más, tanto como en esos primeros años, la sensación de tener un tesoro.

No sé qué hago el resto del tiempo, pero como tengo dos hermanos, no me aburro. Es la década del ochenta y los nenes salimos solos a la calle. También están los chicos de la cuadra: la Sole, Gastón, Daniela, Leila. Con las otras nenas no me pasa, pero a Leila le envidio mucho el nombre, me parece exótico. Nadie se llama Leila. También el hecho de que la mamá la vista más femenina que yo, le haga dos colitas. Por todo eso me siento un poco bruta al lado de ella, un poco deslucida.

Mi mamá siempre fue una persona práctica, lo decorativo le es ajeno; no me extraña que haya elegido una religión que tiene butacas grises y ninguna decoración en sus salones. Nunca se adornó mucho y a sus hijos tampoco. Tejía pulóveres a máquina, en colores que no fueran ni celeste ni rosa, para que pudieran pasar de un hijo al otro. Usábamos pantalones de gimnasia con tres rayas y ella misma nos cortaba el pelo, no muy bien. Yo tuve el pelo apenas un poco más largo que mis hermanos hasta los cuatro o cinco años, después me lo dejé crecer y me di el gusto de ponerme vinchas, hebillas, colitas. Hay un momento en que las nenas dejan de ser bebés y se enamoran para siempre de su pelo, lo cuidan como si fuera lo más valioso que poseen y la prueba definitiva de que son mujeres o princesas.

En cambio en mi familia nunca se enfatizó que yo fuera una nena, que fuera distinta a mis hermanos: si yo quería una cocinita de regalo, me la daban; si quería una solera, mi mamá me la cosía, pero la mayor parte del tiempo me vestía igual que mis hermanos varones y jugaba a lo que ellos jugaban. Durante años le reproché secretamente eso a mi mamá, haberme generado una confusión de no saber si yo era nena o nene. Todas mentiras, que yo trataba de pasarle por cosas terribles a mi psicóloga cuando hice terapia en mis veintes y ella como corresponde les restaba importancia.

Tienen que saber, si es que ya no lo intuyeron, que esta historia les llega filtrada por esos años de psicoanálisis, y yo misma también. Esa fue la gran interpretación de mi vida, antes de que la rechazara en parte. Pero la primera fue la religión.

Yo también me hice creyente. No sé cómo, porque no sé qué puede pensar una nena de pocos años y tampoco recuerdo lo que yo pensaba. La explicación más simple es que me puse a hacer lo que estaba haciendo mi mamá, como hacen tantas veces los chicos.

Ella nos empezó a enseñar la Biblia a los tres, también a ir a las reuniones de esa religión, y nos llevaba para no dejarnos en casa con la abuela. Dos veces por semana nos tocaba ir al salón, uno de los miles de salones iguales que en todo el mundo se organizan de la misma manera: filas de butacas en colores apagados, una plataforma al frente con micrófono y atril, un cartel con un texto de la Biblia y un arreglo floral discreto, lirios blancos o amarillos, de tela o de plástico.

Es muy especial para una nena, de vez en cuando, sacarse el pantalón de gimnasia y ponerse zapatos con soquetes decorados para salir. Esos soquetes calados con puntillas, o estampados en microtul.

Nosotros vivíamos en Wilde y nos tomábamos un colectivo que nos dejaba en Avenida Mitre. Después caminábamos unas cuadras por veredas arboladas, nuestra parte favorita de la salida. Y a continuación se terminaba la libertad. Entrábamos al Salón y ya teníamos que empezar a portarnos distinto; todo era ordenado y silencioso ahí. Los varones iban de saco y corbata sin excepción; las mujeres, de pollera, blusa y zapatos, algunas con vestidos sencillos, no mucho maquillaje ni joyas ni peinados raros. Todos con carteras y portafolios, incluso los nenes y nenas, que eran las versiones en miniatura de los adultos y debían portarse como tales.

Dábamos algunas vueltas entre las butacas, elegíamos un lugar para sentarnos y empezaba: primero nos poníamos todos de pie para cantar, con un libro entre las manos del que leíamos la letra mientras sonaban los cassettes de las Melodías del Reino. Después se hacía una oración para invocar a Dios y nos sentábamos durante dos horas eternas a escuchar enseñanzas de la Biblia impartidas por los varones que tenían puestos especiales en la congregación. Las mujeres no podían enseñar, al menos no directamente a la audiencia, porque lo prohibía la Biblia. De vez en cuando se les encargaba, lo mismo que a los niños, montar pequeñas escenas teatrales en las que hacían de cuenta que hablaban con personas que no eran de su religión y las convencían.

Nos aburríamos tanto en las reuniones que era abrumador. Nos entretenían con caramelos y libritos. Aun así, me cautivaron los libros para chicos que explicaban las historias del Antiguo y el Nuevo Testamento de una manera simple y con dibujos. Quizás yo solo quería, como todos los chicos, que mi mamá me contara historias.

Pero los dibujos no eran fantasiosos, eran realistas, y el realismo es lo peor que hay. Estaban diseñados sobre modelos vivos, entonces las personas se parecían absolutamente a las personas reales. También había negros y coreanos, para representar la idea de “humanidad” y porque esta religión, que provenía de Estados Unidos, trataba de reflejar en sus ilustraciones la realidad social de ese país para atraer a un público más amplio. A través de esas ilustraciones se enseñaba que todos los seres humanos eran igualmente valiosos para Dios. Excepto la mayor parte de la humanidad, que iba a ser destruida en el Armagedón, pero ya voy a llegar a eso.

La verdad

Dios hizo la Tierra y el universo y todo lo que contienen. Él es un ser todopoderoso y es todo amor, puede ver todo, sabe todo, no necesita nada. Fue por pura generosidad que se puso a crear a otros seres para que habitaran el cielo con él. Uno de esos seres fue su propio hijo, el mejor de los ángeles, más tarde conocido como Jesús cuando bajó a la Tierra, y otro fue el Diablo. Y después hubo muchos ángeles, querubines y serafines, criaturas ordenadas según una jerarquía inamovible.

Los ángeles son criaturas poderosas, como de fuego y luz, y Dios también, pero son espíritus. Un espíritu debe ser algo así como la electricidad, o como se imagina la energía alguien que no sabe nada sobre energía. Una fuerza inmaterial, o material pero de una manera desconocida, que permanece en el tiempo y tiene una identidad. Todos organizados como una especie de ejército o familia. Soldados de Dios, pero también hijos de Dios. Todos varones.

Después Dios creó la Tierra, por un gesto parecido al que lo llevó a crear a los ángeles: porque podía. Nuestro planeta era una esfera gigante cubierta de agua que flotaba en el espacio, con magnetismo. Dios hizo que hubiera un día y una noche, dividió la luz de la oscuridad y separó las aguas de la tierra.

Así se formaron los continentes, y Dios puso los peces en el mar para que lo habitaran, a los animales que se arrastran les otorgó la tierra y a las aves el cielo para que desplegaran las alas y pudieran volar. Es falso que algunas criaturas precarias que habitaban el mar reptaran hasta la tierra y las aletas se hicieran patas, porque el cambio no existe. Cada cosa estaba en su lugar desde el principio.

Crecieron árboles, y plantas, y flores y frutos. Cosas ricas para comer, y agua dulce para tomar, y variedad de colores y formas para que los humanos hechos por Dios se recrearan la vista. No mucho más que eso, porque todo lo demás lo inventaron los hombres. Claro que Dios dio el puntapié inicial al crear a Adán y Eva.

No, a Eva no la creó Dios. Hizo, porque tenía imaginación pero también sus limitaciones, un varón. Lo formó del barro de la tierra y sopló en él aliento de vida, algo del espíritu que él mismo era. Una creación maravillosa, pero Adán no tardó mucho tiempo en sentirse solo y reclamarle a Dios que le hiciera una compañera. No sé cómo, sin haberla conocido nunca, pensó que era eso lo que necesitaba. Quizás no era precisamente una mujer sino una hembra lo que pidió Adán. Debe haber visto las cópulas de distintos animales y sintió deseos de hacer lo mismo.

Estoy contando todo más o menos como lo recuerdo. Dios le sacó una costilla a Adán, y con esa costilla hizo a Eva. Habiendo creado tantas cosas, seguramente podía crear a una mujer que no dependiera de una parte del varón para existir, pero era importante que sí dependiera. Este dios, lo entendí después cuando estudié Letras, tiene que haber matado a la madre de la que nació para apoderarse de todo el universo.

Adán y Eva eran buenos, tanto como Dios, pero imperfectos. Nadie sabe por qué, nadie puede entenderlo, y el “creados a imagen y semejanza” supongo que querrá decir exactamente eso: parecidos. Porque se insiste con que Dios es infalible, pero ellos no lo fueron. Dios les puso una tentación para probarlos y cayeron en la trampa.

Del árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo no podían comer, pero comieron. Y les gustó mucho. Lo que no les gustó fue el castigo: inmediatamente se dieron cuenta de que estaban desnudos. La naturaleza para ellos se desvaneció, y con ella la inocencia.

Los expulsaron del jardín, y tuvieron que empezar a trabajar para conseguirse el sustento. También tuvieron hijos.

La intención original de Dios era que ese jardín especial en el que había puesto a Adán y Eva se extendiera por toda la Tierra. En cambio lo que se extendió fue el mal, que los dos transmitieron a sus descendientes sin poder evitarlo. En los dibujos que traían estos libros, me acuerdo bien, esto se representaba por medio de un bebé llorando a todo trapo a upa de Eva. Supongo que en el paraíso, o en un mundo reconciliado con Dios, los bebés no llorarían.

Es por eso que todos los humanos somos imperfectos y tenemos que sentir vergüenza, pudor, agradecimiento y culpa respecto a Dios.

No nos merecemos nada.

Todas estas cosas yo las aprendí cuando era chica.

Después de eso, Adán y Eva murieron y la Tierra se llenó de generaciones y generaciones de personas malas, imperfectas, enfermizas, que se morían sin excepción en una especie de desierto olvidado de Dios.

Y lo que es muchísimo peor, uno de los ángeles más luminosos traicionó a su creador y se hizo malo. No solo malo sino la encarnación de toda la maldad. Lucifer recibió el nombre de Diablo y Satanás y así cayó a la Tierra, expulsado del cielo. Arrastró a muchos otros ángeles con él, que se convirtieron en demonios. Él gobierna este mundo alejado de Dios, y todo lo malo tiene que ver con su influencia, desde el egoísmo y las enfermedades hasta el sexo, las drogas, la música heavy metal y las ganas de comprar.

Por fin Dios tuvo compasión –si bien en el Antiguo Testamento se lo muestra rígido y terrible– y formó un pueblo con algunas personas de corazón recto, les dio una ley y juró que si le obedecían, algún día los iba a devolver al paraíso del que fueron echados sus antepasados. Algún día.

También los acompañó en el desierto, los contó, les dio unas pocas leyes que se multiplicaron hasta ser infinitos mandatos y preceptos, les dijo que no podían comer carne de cerdo, a algunos de ellos les pidió que sacrificaran a sus hijos (pero después se echaba atrás), a otros les pidió que fueran a ciudades lejanas para anunciar distintas cosas, como que Dios las iba a destruir si no dejaban de tener sexo los hombres con los hombres y hasta con los ángeles.

Uno se llamaba Jonás, se cayó del barco en el que estaba cruzando el mar y se lo tragó una ballena. Jonás viajó varios días en la panza hasta que la ballena lo vomitó en una playa. En ese tiempo Dios hacía grandes cosas a favor de su pueblo: abrió las aguas del Mar Rojo para que pudieran cruzarlo al escapar de los egipcios, los salvó de matanzas brutales, hablaba con ellos a través de sus profetas y cuando se quedaron sin comer les hizo caer maná del cielo, algo así como una nieve dulce.

Había reyes y profetas, doncellas que llevaban un manto en la cabeza y familias enteras que levantaban carpas rayadas en el desierto, personas que viajaban en burro y una ciudad dorada, Jerusalén, con puertas de madera del Líbano, muros complicadísimos y mil detalles artesanales construidos precisamente según las instrucciones de Dios que se guardaron adentro de un arca, en secreto.

Toda esta mezcla de poesía con locura con Indiana Jones, yo la consumí completa cuando era una nena. Y me la creí toda. Algunos chicos creen en Papá Noel, otros no tanto; yo creía en todo esto que acabo de contar, era mi realidad y no había otra posible.

Pero las historias implicaban reglas y conductas. Especialmente por lo que todavía no conté: que Dios, enternecido y viendo que la humanidad estaba perdida, decidió mandar a su hijo a la Tierra por una especie de regla complicada según la cual él podía entregar su propia vida a cambio de la de todas las personas que existieron, existen y existirán. Solo que la transacción demandaba una vida perfecta y humana, a cambio de la vida perfecta y humana que se había perdido cuando Adán pecó.

Es por eso que el único candidato para el sacrificio era Jesús. Quizás podía haber sido cualquier ángel, pero el hijo de Dios, que amaba mucho a la humanidad, quiso ofrecerse, y así se explica lo altruista y a su vez lo obligatorio del sacrificio. También era importante que fuera él, en tanto hijo y heredero de Dios, porque llegado el momento el Padre le traspasaría el Reino de los cielos y Jesús tenía que merecerlo. Puede ser que lo necesario y lo espontáneo no fueran tan distintos.

Jesús vino a la Tierra a través de una madre humana, pero esa historia la conocen todos. María era una virgen que Dios eligió para fecundarla espiritualmente porque era virtuosa, modesta y no tuvo objeciones al hecho de que Dios le pusiera un bebé en la panza. Muchos años después, cuando Jesús le dijo “No tengo nada que ver contigo, mujer”, tampoco tuvo objeciones, o por lo menos nadie dejó registro de que las tuviera. José era el pastor que tuvo que aguantarse que su esposa tuviera primero el hijo de otro –aunque no precisamente de otro hombre– y creerle, para no tener ganas de matarla. Literalmente, porque es lo que se hacía con las adúlteras.

Con esta parte me voy a enredar, es un asunto de teoría un poco complicado. Tiene que ver con la justicia de Dios y con el diente por diente. No recuerdo bien cómo, ese sacrificio de Jesús que se dejó matar por los romanos inaugura para toda la humanidad la posibilidad de salvarse, pero solamente si creen en él y le entregan su vida. Los detalles son arduos y están en uno de los libros de los que hablé, en todo caso pueden consultarlos.

Le llamaban conocimiento a responder con el texto las preguntas que aparecían al pie de cada página. Cuanto más se apropiaba un estudiante de los conceptos y los ponía en sus propias palabras, más parecía que estaba pensando, pero lo cierto es que nadie podía tener una idea. La doctrina llegaba explicada por un Cuerpo Gobernante, elegido directamente por Dios.

Lo que hay que hacer para salvarse es obedecer al pie de la letra todo lo que enseñó Jesús y sobre todo pertenecer a esta religión, que es la única continuadora de la labor de los primeros cristianos sobre la faz de la Tierra. Y la única, por lo tanto, que tiene la clave de interpretación de las Escrituras: todo lo demás es falso.

Todas las demás religiones son falsas y están representadas en el libro de Revelación por una puta vestida de escarlata que se sienta arriba de una bestia, borracha y pelirroja. Y esa bestia, si no recuerdo mal, es Estados Unidos.

Los días luminosos

Algo de todo eso me conmovió y, como mi mamá, con el tiempo me hice religiosa. En mi corazón de nena que llevaba una Biblia en la cartera y recorría las calles del barrio para hablar con las personas, en la compañía de los otros que elogiaban cada mínimo adelanto en la forma de plantarme o de hablar, en estar todo el día acompañada por un padre amoroso que me cuidaba también mientras dormía. En los versículos donde algunos hombres del pasado le pedían a ese Padre que derramara su amor sobre ellos, que no los dejara solos, que los hiciera sabios. Una clase de amor que según me enseñaban, todo lo puede, todo lo cubre, todo lo perdona, nunca falla, no le falta nada.

Me quise ver reflejada en historias de fortaleza y de aguante, de sostener las propias ideas frente a la presión, de hacer grandes gestos hermosos, desinteresados, que Dios estaba viendo cuando parecía que nadie más miraba.

Era difícil pero también era posible, como dejarse sostener por el mar cuando uno no tiene miedo y aprende a hacer la plancha. Cuanto más se abandona la tensión sobre los músculos, mejor, y mantenerse a flote no se trata de hacer fuerza sino de ser flexible, dócil. De hacerse liviano. A mí me resultó muy dulce hacerme liviana, entregarme a esa corriente de creencia que me acunó infinitamente durante algunos años.

Abrir los ojos era recobrar la consciencia de todo y sentir como una cosa muy leve la sorpresa de estar vivo, ¡otro día más! “Te doy las gracias, Dios, por este día, y espero usarlo de la mejor manera para servirte”. Con pequeñas oraciones como esa se enmarcaba la vida cotidiana, se le daba un sentido preciso, como a una flecha. La Biblia tenía que estar siempre a mano para leer un poco a la mañana, o en cualquier momento, un pequeño fragmento de texto del que se extraía el significado como si se tratara de sacar una piedra preciosa de una cantera, con mucho cuidado para no romperla.

Las palabras eran sagradas y también preciosas porque a Dios se le hablaba con poesía, él mismo hablaba con poesía. Con palabras hechas para conmover el corazón, persuadir a la inteligencia, construir una sabiduría sólida, un terreno seguro sobre el que estar parado. ¿Exagero si digo que viví en ese lenguaje durante todos esos años? ¿Había otra cosa que lenguaje?

Yo recibía esas palabras de la Biblia y otras lecturas, de la ayuda que daban los ancianos y los hermanos para interpretarlas, de las conversaciones con amigos y la reflexión silenciosa y el estudio. Y primero que nada de mi mamá, que una vez por semana se sentaba conmigo para enseñarme historias y lecciones sacadas de un libro para chicos.

Después, me movía para ofrecerlas a otros; primero un poco de lenguaje, después un poco más, primero un poco de lenguaje disimulado como una conversación amable sobre un terreno común, después mucho más lenguaje que esos otros debían aceptar o no. La mayoría no lo aceptaba, pero nosotros lo habíamos intentado. Habíamos tratado de salvarlos y eso nos salvaba. Todo eso era la verdad, y me llegaba bajo la forma de textos, capítulos y versículos, historias y razonamientos. Los relatos eran lenguaje y las promesas eran lenguaje, el futuro era un cuento para niños con leones y ovejas que convivían juntos en el paraíso.

Las palabras eran definitivas y eran claras. No temblaban. La traducción de las Santas Escrituras que manejábamos era la única verdadera, la única que no contenía errores ni tergiversaciones ni libros apócrifos. La angustia de lo apócrifo fue desconocida para mí hasta muy tarde, así como la de lo perecedero. Yo habitaba un lenguaje que se había mantenido igual desde el principio de los tiempos, claro, purificado, luminoso. Se podía traducir, y estaba liberado del malentendido.

Esa sensación que después volví a tener algunas pocas veces con ciertos poemas en los que el lenguaje es medido y preciso, recorta y compone con nitidez, gallinas blancas al lado de una carretilla roja, alguien que se comió unas ciruelas que estaban en el congelador, tan ricas, o una dama con medias humedecidas que sube por una escalera de gemas, el viento hace mover las cortinas, la noche es clara. Si el mundo fuera una serie de escenas recortadas con tanta nitidez, compuestas de dos o tres elementos que parecen autosuficientes –del trabajo de la luz sobre las cosas, incluso cuando las desgasta, pájaros en la ventana, una hiedra que trepa silenciosa por una pared–, tendría una sensación parecida, pero apenas puedo dar crédito a nada que no esté roto.

Cuando empecé a estudiar Letras muchos años después, no les pareció muy bien a mis hermanos en la fe. Los más amables me decían que les parecía interesante, los más cautos recelaban. La madeja de textos en la que vivíamos, con la Biblia en el centro y un sinnúmero de libros que interpretaban y desplegaban los textos de la Biblia con autoridad y fundamento, era expansiva y autosuficiente, no le faltaba nada, no dialogaba. Crecía, pero siempre dentro de un canon, y no la interpretaba cada uno de nosotros sino que se nos transmitía ya interpretada. En cambio la literatura era dudosa, y no había forma posible de convivencia entre los dos sistemas: leones y ovejas, no.

Pero en la claridad de los mejores días, yo caminaba sobre nubes.

Yo le entregué mi vida

Lo que no tiene forma siempre fue mi peor pesadilla, y no es una metáfora; en las noches de fiebre soñaba con una superficie blanca interminable, sin bordes, que se iba cubriendo a toda velocidad de líneas negras totalmente caóticas, desorganizadas, imposibles de desenredar, y no podía hacer nada para evitarlo porque yo no estaba en esa superficie. Era una espectadora inmóvil de lo que pasaba. Mi mamá me atendía, con paños fríos sobre la frente y pequeños sorbos de agua pero sin saber nada de todo esto que estaba en mi cabeza. Me acuerdo de una vez en particular, tenía otitis y me llevó a dormir con ella a la cama grande, mi papá estaba de viaje. Tuve esa pesadilla y sentí que lo único que me separaba del caos era el cuerpo de mi madre al lado mío. Los peores dolores de mi infancia fueron esas puntadas en el oído mientras la temperatura me enfrentaba con el desorden que se movía sin parar.

Es como un volcán, solo que sin la mínima forma o dirección que implica el paso de la lava por un túnel. Un volcán del que sale la lava gris de la indefinición que va a cubrirlo todo.

Muchos años después una serie de sueños, que ahora se me da por poner a continuación de los sueños con el caos, tenían que ver con que yo paría un bebé. En uno estoy embarazada de mi primer novio, eso parece al menos, pero cuando está naciendo el hijo él se esfuma del sueño y es un bebé todo mío. A veces me doy cuenta de que el bebé que está naciendo soy yo misma, lo sé porque lo sé. En este no me acuerdo, pero sí hay un detalle imborrable: cuando me acerco para mirar a mi hijo lo veo tan borroso como si no me hubiera acercado del todo; es un bebé grisáceo, indefinido, que no se terminó de formar. Así lo pienso y así se lo cuento después a mi psicóloga. Está lo que se borra y lo que no.

También entiendo enseguida que ese “no se terminó de formar” describe exactamente la clase de monstruo que me siento; si hay una clase de monstruosidad que tiene que ver conmigo es la de lo amorfo. Me toco incansablemente para ver adónde termino, pero no termino en ningún lado.

Quizás por eso, no me extraña tanto que a esa edad de la que no tengo ningún registro haya elegido el orden, así como mi mamá, preocupada por la muerte futura de los hijos, eligió un lugar donde ellos fueran inmortales, indestructibles. La religión es una varita mágica, y la literatura es lo contrario del infierno.

Esa primera infancia está llena de mitos. La casa adonde nos mudamos cuando yo tenía dos años, mis padres con los tres hijos que habían tenido uno atrás del otro junto con mi tío y abuela maternos, era una casa de película de terror de los setentas, con un altillo de techo a dos aguas destartalado del que no se veía el fondo. Los chicos de la cuadra nos contaron que había murciélagos antes de que nosotros llegáramos, por eso entre ellos se decían que la casa estaba embrujada. Hubo momentos en que lo creímos.

El altillo cruzaba la casa de una punta a la otra y tenía una ventana por la que entraba un poco de luz a la parte central. El resto estaba oscuro, el techo tan cerca de nuestras cabezas que parecía un lugar pensado especialmente para nosotros, y al mismo tiempo no. Algunas partes del suelo de madera estaban podridas y habían cedido, se podía hundir el pie en uno de esos agujeros cuando se avanzaba sin ver más allá de esa zona más o menos habitable cuyas paredes habíamos pintado con carbonilla y que ahora me imagino, pensando en esos trazos torpes, como el arte rupestre de nuestra infancia. En general nos dejaban subir a ese altillo con libertad, a pesar de que en un rincón estaba apoyada la escopeta de mi tío.

La planta baja tampoco estaba exenta de peligro porque hacia abajo se prolongaba en sótanos a los que entrábamos de vez en cuando, si algún adulto los abría para buscar o guardar alguna cosa: botellas de vino casero que preparaba mi abuela, carpetas de la escuela de mi mamá, latas de pintura. La luz débil de una linterna nos mostraba ese mundo del que no se veían los bordes, pozos negros donde la humedad era fría, debajo de nuestras piezas.

Pero el jardín era brillante, mi abuela lo cuidaba mucho y había naranjos, paltas, un nogal del que colgamos una hamaca. Al fondo estaba el taller donde mi tío hacía trabajos de electricidad para empresas; después, cuando los iba a entregar, nos llevaba en la camioneta y nos compraba cosas, como hacen los tíos. Cosas que no son necesarias. Los talleres son infinitamente atractivos y las herramientas son reales, los martillos golpean y las pinzas aprietan, hay clavos, alambres, motores desarmados. En cambio no sé de qué trabajaba mi papá; quiero decir, en ese momento no lo sabía y no lo entendí hasta unos años después, era muy abstracto.

A mi papá lo quise a la distancia durante demasiado tiempo. Me dijeron que de nena lo adoraba como todas las nenas a sus papás, pero después se borronea en la memoria. La entrada de mi mamá a la religión puso una línea divisoria, yo quedé de este lado. Él estaba allá con su camisa y corbata, su bigote, un trabajo de oficina que lo mantenía ocupadísimo y que muchas veces lo obligaba a pasar semanas lejos de casa.

Estuve varios días sin escribir porque me dejó dura lo que puse más arriba sobre la indefinición y lo borroneado; ahora voy a hacer de cuenta que eso no está, porque en este momento esas ideas tienen un magnetismo que no entiendo y no puedo dejar de estar angustiada: ese es el pozo donde yo me hundo.

Hay una imagen de un pozo que me atrae mucho, pero es más calma, un grabado en blanco y negro de una artista que conozco. No es un pozo sin fin, que baje hasta un fondo de un fondo oscuro que no existe, sino uno que refleja el cielo. La tengo como fondo de escritorio en la computadora donde estoy escribiendo y no sé si me angustia o no, si ese pozo se pierde en el centro de la Tierra, a una profundidad inimaginable, o es poco más que un charco. Además está en el medio del campo, perdido, ¿quién lo va a encontrar?

Quiero que todo esto sea muy liviano. Fue en Wilde que empecé a ir a las reuniones con mi mamá; a ella le hacía el estudio una señora muy vieja de pelo blanco arreglado en un rodete que se llamaba Nélida. A mí me fascinaba ese rodete, mis abuelas usaban el pelo muy corto. Nélida era especial porque formaba parte de un grupo reducido de personas elegidas por Dios para ir al cielo a gobernar el Nuevo Mundo junto con Jesús. Estas personas se enteraban de que eran elegidas porque lo sentían; también tenían que reunir muchos méritos institucionales, pero en ese momento no lo percibí. Ella era severa y algunas veces me miró como si fuera evidente que yo estaba haciendo algo malo, tenía esa manera de ser buena que hace sentir a todos alrededor que no lo son. También tenía una calma muy particular; no era difícil creer que iba a ir al cielo en breve, cuando se muriera.

Mi mamá también era una persona muy especial, todavía lo es, y más inteligente y culta que el promedio, así que necesitaba una persona como Nélida para que le enseñara. Yo todavía era muy chica como para no aburrirme en las reuniones, apenas empezaba a leer y había que estar sentado durante dos horas escuchando enseñanzas de la Biblia que se interrumpían dos o tres veces para pararse y cantar. Igual, en este tiempo al que me refiero mi compromiso con la religión todavía era mínimo. Después nos mudamos a Bahía Blanca y con los años llegó el momento en que me identifiqué totalmente con ese grupo, me convertí en una defensora convencida.

La mudanza fue dura; mi tío y mi abuela se quedaron en la casa de Buenos Aires y mi papá empezó a estar todo el tiempo presente en nuestra casa nueva, que en realidad era un departamento con dos dormitorios y un patiecito diminuto para colgar la ropa, sin encanto. Él viajaba mucho menos y trabajaba en el comedor, con el teléfono en la mano y un montón de papeles desplegados sobre la mesa que algunas pocas veces logramos conquistar para hacer una ciudad de Playmobils y Rastis. No hubo muchos momentos en los veinte años siguientes en que la voz de mi papá no resonara en alguna parte, si estábamos en casa. Pero en el salón no, porque nunca quiso ir a las reuniones y siempre detestó la religión con toda el alma.

Mi familia se partió dos veces: estaban los que se quedaron en Buenos Aires y los que se fueron, los que entraron a la religión y los que no entraron. Solamente mi mamá y yo quedamos en un grupo, con una complicidad que nos unía como nunca nos había unido nada: la de tener a todo el mundo en contra. No solo a mi papá y a mis hermanos, sino a todos: mi abuela, mi tío, todos mis compañeros de la escuela, los vecinos del barrio, mis amigos de la cuadra, la gente que conocíamos y la que no, todos de un lado, y en el medio una línea divisoria, y acá nosotras.

Los católicos y los miembros de otras religiones viven en el mundo, pero en la religión en la que estábamos se esperaba que, aun viviendo en el mundo, estuviéramos afuera de él. Jesús también lo estaba porque el mundo era de Satanás, una situación que se iba a mantener hasta que Dios trajera el juicio final y el Armagedón y destruyera a todos los que no estaban con él para salvar solamente a su pueblo elegido, es decir, a nosotros. Suena soberbio, y con ese sentimiento tuve que avanzar hasta el final de mi adolescencia, incómoda cada vez que tenía que explicarle a alguien conocido cómo Dios lo iba a destruir frente a mis propios ojos (quizás no literalmente). A mí papá le irritaba mucho toda la idea, que la esposa y la hija creyeran que Dios lo iba a destruir y que estuvieran de acuerdo porque eso era justo. Se entiende que le irritara.

Pero el hecho de tener media familia adentro de la religión y media afuera hizo que nunca pudiéramos vivir del todo la vida que se pretendía que lleváramos, sin festejar Navidad ni cumpleaños, sin ir a los cumpleaños de los otros, sin juntarnos con gente que no fuera de la misma creencia, sin ver ciertas cosas en la tele y leer ciertas cosas y escuchar cierta música y hablar y vestirnos y ser de cierta forma.

Las personas de esta religión, y de cualquier otra que sea tan hermética, necesitan que la casa sea una burbuja, que el exterior quede completamente afuera y una muralla invisible de costumbres y prácticas que están prohibidas marque bien los límites. En cambio nuestra casa era permeable, tenía puertas y ventanas y las cosas entraban y salían. Para nosotras la ambigüedad estuvo presente desde el principio, ese vaivén entre adentro y afuera y la situación imposible de sentirme por momentos cómoda de las dos maneras, una clara indicación de que yo también estaba dividida.

Dividida, y constantemente en falta. En la infancia fue por pequeñas cosas; quizás yo les pegaba a mis hermanos o los escupía y cuando íbamos a la clase de inglés, como mi profesora era también una hermana espiritual, mi hermano mayor me delataba. La facilidad con que los chicos están dispuestos a creer que son culpables es impresionante, ojalá hubiera sido más rebelde. Mi hermano menor era un rebelde y a mí me horrorizaba; cuando lo retaban se volvía más loco y hacía muecas que eran como una caricatura de la maldad. No sé si había una consciencia verdadera del mal debajo de esas muecas, si estaba haciendo fuerza por rechazar un juicio al mismo tiempo que lo internalizaba o si de verdad se burlaba de todo porque no se lo tomaba en serio. Pero se llamaba igual que el nene de La profecía y nos burlábamos por eso.

El mayor era mi máximo ídolo, siempre un poco molesto porque habíamos venido a perturbarle la paz y la exclusividad del hijo único. Yo lo admiraba porque sabía construir y arreglar cosas; con el tiempo le fueron comprando más y más cajas de ladrillos al ver que pasaba de hacer autitos simples a unos transatlánticos enormes, perfectos, que después decoraba con una hilera de banderines dibujados a mano. Los recortaba uno por uno, les pintaba las banderas del mundo y los pegaba en un hilo que pasaba por el mástil. Tenía paciencia para hacer construcciones como esas desde el principio hasta el final, y era perfeccionista. Con los años sufrió mucho por eso.

No sé si hay algo que valga la pena de la infancia, excepto las horas con mis hermanos. Me enseñaban sobre un paraíso futuro pero ese, esas horas fuera del tiempo jugando los tres, fue el único que tuvimos. Jugamos mucho, a apagar la luz en el living y tirarnos al piso a luchar, a hacer un teatro de títeres que interpretaban las canciones que escuchaba mi papá, a volver de la clase de inglés pateando una piedra por la calle que no había que dejar por nada del mundo, no importaba dónde cayera. Como sea, también de ellos me fui separando. Quise tener amigas mujeres a medida que crecía y con el tiempo nos mudamos a una casa más grande, donde por fin pude tener mi pieza. Un día abandoné la cama de abajo de la cucheta que compartía con el menor y desde entonces los pude escuchar al otro lado de la pared, en los minutos previos al sueño, charlando entre los dos como antes charlaban conmigo.

Mientras tanto yo me volvía más y más consciente y las cosas que creía se volvían parte de mí, como huesos y carne. No solamente asistía a todas las reuniones de la religión y estudiaba los libros, sino que ahora también predicaba. Visitaba las casas una por una con otros compañeros, nos dividíamos el territorio y rodeábamos las manzanas como langostas. Tocaba el timbre, esperaba que saliera el o la dueña de casa, si eran demasiado chicos preguntaba por los grandes. En esa época la gente todavía abría la puerta de calle; ni había tantos porteros ni todos estaban hartos de los vendedores o de los que pasaban a pedir, y muchísimo menos tenían tanto miedo.

Había maneras de hacerlo todo, no se trataba de ir a charlar espontáneamente con las personas y decirles lo que pensaba. Por otra parte, yo no pensaba nada que no me hubieran dado a pensar; era una alquimia habilísima por la cual uno terminaba por estar de acuerdo con todo lo que se le enseñaba y creía que ese estar de acuerdo era pensar con libertad. Quizás porque en las reuniones se podía plantear preguntas, no exactamente objeciones o interpretaciones sino más bien preguntas didácticas. El proceso de pensamiento estaba muy guionado, con tanto éxito que además uno sentía que estaba usando la razón. Y que era crítico, y más inteligente que el resto.

No es que me parezca tan raro; supongo que la mayoría de las personas atraviesan la vida creyendo que son más inteligentes que otras, o que los demás no piensan y son imbéciles. El mundo es agresivo, y en ese aspecto, el mundo en el que yo me crie no era muy distinto: se me enseñó que todos los que no pensaban como yo estaban equivocados, pero que la única actitud humanitaria era tenerles compasión.

La compasión y el desprecio organizan las relaciones; la mayoría de las veces triunfa el desprecio, muchísimas veces la compasión es falsa. Pero la organización moral del mundo me marcó a fuego mientras estaba creciendo.

Mientras tanto creía y crecía, hablaba con Dios todo el tiempo y cuanto más me metía en la religión, más engordaba.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
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151 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789878473079
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