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Título original:
FREUD Y LOS CHILENOS:
Historia de la recepción del psicoanálisis en Chile 1910-1949.
www.freudyloschilenos.cl
© SOCIEDAD EDITORIAL PÓLVORA LIMITADA, 2015.
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© 2015 Sociedad Editorial Pólvora Limitada S.A.
PÓLVORA EDITORIAL
Av. Antonio Varas 1973, Providencia, Santiago.
E-mail: polvoraeditorial@gmail.com
ISBN: 978-956-9441-06-6
ISBN digital: 978-956-9441-76-9
Editor
Lucas Sánchez Anwandter
Diseño
Patricio Hernández Nawrath
Composición y Maquetación
Alexis Hernández Escobar
Productora
Olivia Guasch Antúnez
Dirección
Jaime Sánchez Villaseca
Portada
Olivia Guasch Antúnez
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com

Carta de Sigmund Freud a Juan Marín del 11 de Octubre de 1938.
Para Marcia y Amanda,
por todo su amor y comprensión
Índice
Agradecimientos
Prefacio
Prólogo
CAPÍTULO 1 LA HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS EN CHILE
1.1 La historia del psicoanálisis como un problema de investigación en Chile
1.2 Historia en psicoanálisis: tradiciones historiográficas asociadas a su estudio
1.3 Sobre el concepto de “recepción” y su pertinencia en una investigación histórica sobre psicoanálisis chileno
1.4 “Freud y los chilenos”: síntesis, límites y definición
1.5 ¿Por qué 1910-1949? Periodización y sus supuestos
1.6 Método para la investigación: la perplejidad permanente
CAPÍTULO 2 EL “MALESTAR EN LA CULTURA”
2.1 La recepción del psicoanálisis en Chile a la luz del Centenario
2.2 La recepción del psicoanálisis y su vinculación con nuestra historia: el habitus nacional chileno
2.3 Chile le abre la puerta al psicoanálisis:
2.4 Detalles de una una imagen con historia:
2.5 La confianza y esperanza en la acción de la ciencia
2.6 La “cuestión social”
2.7 La Belle Époque Chilena, la época parlamentaria y la república oligarca: “los franceses de Sudamérica”
2.8 El cambio de siglo y la fiesta del Centenario
CAPÍTULO 3 EL “RETORNO DE LO REPRIMIDO”
3.1 Presentación: un recorrido de ida y de vuelta
3.2 La teoría de la degeneración
3.3 German Greve Schlegel en Buenos Aires en 1910
3.4 El trabajo del doctor Octavio Maira
3.5 ¿Cómo Greve tomó contacto con las ideas psicoanalíticas?
3.6 Germán Greve Schlegel y Sigmund Freud en Viena (1894):
3.7 “Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos” (1910): Un encuentro reservado y una práctica privada
3.8 Fernando Allende Navarro y el Valor del Psicoanálisis
3.9 Testimonio de un análisis
3.10 La técnica de sesión variable de Allende Navarro
3.11 Dos circuitos: la psiquiatría y la medicina social
3.12 Condiciones de posibilidad para el interés en el psicoanálisis
3.13 La educación sexual “freudiana” ante el “problema sexual”:
3.14 Un caso extraordinario: Samuel Gajardo Contreras, el “Juez psicoanalista”
3.15 Los Centros de Educación Familiar:
3.16 Samuel Gajardo y sus criticas a Freud: no todo es infantil
3.17 Juan Marín Rojas la Nueva Moral Sexual y el psicoanálisis:
3.18 “Salvemos a Freud”
3.19 La sublimación y su esperanza:
3.20 La psiquiatría chilena en los años 40´s y su relación con el psicoanálisis:
3.21 La fundación de la Asociación Psicoanalítica Chilena
CAPÍTULO 4 “EN CADA UNO DE NOSOTROS EXISTE UN DEMONIO”
4.1 La preocupación de las elites por el crimen
4.2 La amenaza del crimen frente a la determinación de la herencia: se nace y muere como criminal
4.3 La llegada del psicoanálisis al campo criminológico chileno: ir más allá de la degeneración
4.4 La implantación de una nueva concepción del sujeto criminal
4.5 Neurosis y Crimen
4.6 Las causas sexuales de los delitos:
4.7 El Instituto de Criminología:
4.8 El Congreso Latinoamericano de Criminología de 1941:
4.9 La educación como agente profiláctico del delito
4.10 Ejemplos de pericia criminal:
CAPÍTULO 5 “FREUD PARA TODOS”
5.1 Una dimensión novedosa de investigación de la histórica del psicoanálisis en Chile:
5.2 Noticias de Freud desde comienzos del siglo:
5.3 Claves de un periodo de consumo e impulso cultural que facilitó la recepción del psicoanálisis
5.4 Las ediciones locales de las obras de Freud
5.5 El caso de “Moisés y la religión monoteísta”
5.6 “Controle su cerebro”
5.7 Freud católico
5.8 La visión de Alberto Hurtado sobre el psicoanálisis
5.9 Freud y las religiones
5.10 Freud de Izquierda
5.11 La “Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura” (AICH) y sus vinculaciones públicas con el psicoanálisis
5.12 Alejandro Lipschutz y Freud
5.13 “Cualquier Chileno podrá ser psicoanalista”
5.14 Psicoanálisis en la Revista Zig-Zag:
5.15 Las revistas para señoritas y su consultorio psicoanalítico
5.16 La génesis del arte: el trabajo del doctor Ramón Clarés:
5.17 La novela popular en Chile
CAPÍTULO 6 CONCLUSIONES Y COMENTARIOS FINALES
6.1 Sobre la definición de psicoanálisis y su método de estudio histórico:
6.2 La recepción del psicoanálisis en Chile y el comportamiento de las hipótesis de la investigación
6.3 La influencia del habitus nacional en la recepción del psicoanálisis:
6.4 La implantación de una nueva visión antropológica:
6.5 Sobre las rutas de importación del psicoanálisis en Chile:
Notas
Bibliografía
AGRADECIMIENTOS
Esta investigación es el fruto de varios años de trabajo, los que me ayudaron a crecer como investigador y persona. Pude conocer más la historia del psicoanálisis en Chile y al mismo tiempo entender una porción de la historia de mi país. Este trayecto sólo fue posible gracias a la ayuda y colaboración significativa de muchas personas, los que con su guía, aliento y apoyo fueron pilares fundamentales de este proceso. Primero, quiero dar gracias a mis dos tutores: el Dr. Roberto Aceituno, quien siempre ha sostenido una práctica y enseñanza del psicoanálisis ligadas íntimamente al campo de la sociedad y la cultura. Le agradezco mucho por auspiciar esta investigación y ayudarme a entender cómo el psicoanálisis es una práctica en permanente vínculo con los demás. Lo mismo, al Dr. Mariano Plotkin, quien estuvo siempre dispuesto, con generosidad y dedicación, a transmitir su forma de pensar la historia del psicoanálisis y su particular manera de historizarla. Le doy las infinitas gracias por abrir para mí un mundo de referencias, personas y vínculos que enriquecieron significativamente los resultados de este trabajo.
Al mismo tiempo, quiero dejar patente mi deuda y gratitud a mi familia: mi esposa Marcia Ibarra y nuestra pequeña hija Amanda. Su sostén, comprensión, amor y ternura fueron elementos fundamentales para llegar hasta aquí. Lamento mucho, eso sí, los tantos días y meses los que dediqué a mi investigación, dejándolas un poco solas. Tengo la certeza que ahora vendrán días en los que disfrutaremos mucho más juntos. Lo mismo, a mi madre Laura Honorato, ejemplo de trabajo y dedicación, su amor y cariño han sido inmensos. A mi hermano Ángel y mi sobrina Natalia, quien desde Lima, a seguido paso a paso este proceso y que a pesar de la distancia a tenido siempre una palabra de aliento y consideración. A mi abuela Laura Cordero, que siempre llevo conmigo. Su inmenso afecto y ternura hicieron mucho de lo que soy. También al resto de mi familia: Alejandra, Guillermo, Maggi, Rubén, Camilo, Benjamín, Vicente y Josefa, los que llegaron a acompañarnos en estos años de crecimiento. Gracias también a mi amigo y hermano Patricio Hernández, quien ha sido un amigo incondicional y con su fuerza me ha enseñado que todo es posible.
No quiero dejar de mencionar a mis amigos, colegas y estudiantes de la Escuela de Psicología de la Universidad de Santiago de Chile. En especial a mi gran amigo Pablo Norambuena Cárdenas, quien a través de los años siempre ha estado ahí para tenderme la mano cuando lo necesité. A María Inés Winkler que con su ejemplo personal y académico me enseñó desde temprano a dar lo mejor de mi en cada tarea. El valor que ella le da a la historia fue un impulso para iniciar este trabajo. Lo mismo que a Diana Pasmanik, Coordinadora del Proyecto Anillos de CONICYT (SOC-1110): 2013- 2015 “Iluminando un Dilema Educacional en la complejidad de un mundo multicultural: Fortalecimiento de la Formación en Ética e Interculturalidad en Estudiantes Universitarios/as y Profesionales”, en el cual hoy participo como Investigador Postdoctoral. Agradecido por su apoyo y enseñanzas. No puedo dejar fuera a mis ayudantes y hoy colegas Joaquín Carrasco Bahamonde y Camila Berríos Molina, quienes siempre estuvieron dispuestos a colaborar de manera desinteresada en mi investigación. También importantes han sido mis amigos Javier Caro Valdés y su esposa Florencia, su nobleza y cariño son un alimento para el alma. Mi querido y recordado Jorge Olagaray Ortero, profesor, amigo y maestro. Fue el primero en adentrarme en el mundo de la historia del psicoanálisis en Chile, su pérdida a sido difícil de asumir todavía. Importante ha sido también el Dr. Juan Flores Riquelme, quien siempre ha sido un sostén incondicional en varias de mis iniciativas en el psicoanálisis, su cariñosa y desinteresada ayuda me hacen estimarlo y quererlo mucho. Igual a que mis colegas y compañeros de mi formación psicoanalítica en la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA), con especial atención a Trinidad Coloma y Rodrigo Aguilera. Agradezco también al Magíster en Psicología, mención Teoría y Clínica Psicoanalítica de la Universidad Diego Portales, especialmente a Albana Paganini y Katherine Alvear, quienes me han dado la oportunidad de desarrollar el curso “Freud y los chilenos”, el primero en su especie en nuestro país. No puedo dejar de mencionar al Dr. Gonzalo Salas, insigne historiador de la psicología en Chile de quien he recibido su amistad y colaboración permanente. Lo mismo a mis amigos del Seminario de Historia de la Locura: María José Correa, Marcelo Sánchez y especialmente a Silvana Vetö, su generosa crítica ha enriquecido enormemente mi trabajo.
No quiero dejar fuera a mi amigo David Adasme, compañero y colega que siempre ha estado ahí con sus palabras, incondicional afecto e inteligencia, características que le reservan un espacio importante en mi vida. A mi amiga Alejandra Golcman que desde Buenos Aires, siempre ha sido un puente que me han llevado sólo a fructíferos resultados. Su calidad humana y académica son inigualables. Sumo a mis agradecimientos a mis colegas y amigos Carlos Ramírez, Antonio Letelier, Jorge Castillo, María Isabel Reyes, Andrés Albornoz, Roberto Segura, Raúl Suarez, Carolina Rivera, Antonio Fajardo quien desde pequeño me abrió el mundo de la historia y con su afecto me protegió de muchas cosas, Matías Uribe, Rodrigo Lara, Carla Galindo, Ignacio Fuentes, Andrea Pizarro, Ximena Von Bischhoffhsausen, Carmen Espina, Joel Solorza, Jorge Baños Orellana, Mauro Vallejo, Ana María Jacó, Fernando Ferrari y tantos otros.
Cierro agradeciendo a mis profesores del Doctorado en Psicología de la Universidad de Chile, todos fueron piezas significativas en mi formación. Gracias a mis profesores informantes de los que sólo recibí ayuda y críticas constructivas, el Dr. Hugo Rojas y la Dra. Adriana Espinoza. Infinitas gracias al Dr. Carlos Descouvieres, que con su trato y estímulo me permitió seguir adelante. Gracias también a Dalila Vega, su ayuda y apoyo fueron muy importantes durante estos años. Muchas gracias a todos y todas.
PREFACIO
Se diría que este libro trata de la prehistoria del psicoanálisis en Chile. Al menos si consideramos que su Historia comienza a escribirse desde su institucionalización oficial, es decir a partir de la constitución de lo que se ha dado en llamar el “movimiento psicoanalítico”; ese proyecto no sólo científico, sino político que Freud esperaba extender más allá de las fronteras de Europa a principios del siglo XX. Pero esta consideración es del todo insuficiente, porque la historia del psicoanálisis en Chile comienza a escribirse, como Mariano Ruperthuz lo muestra a cabalidad en este libro, antes de su consagración oficial. Sólo una lectura parcial podría reconocer en el primer tercio del siglo XX una antesala de lo que hoy tendría legitimadas cartas de ciudadanía.
Buena parte de esa historia está marcada por los viajes que médicos, intelectuales chilenos realizaron a Europa en su formación académica y profesional, conociendo directamente la obra en curso de los primeros psicoanalistas formados al alero de Freud. Bajo los imperativos políticos y culturales de proyectos modernizadores, los pioneros del psicoanálisis en Chile viajaban al viejo continente para “apropiarse” de saberes cuya confianza en la razón y la ciencia le otorgaban a esa experiencia la posibilidad de su transmisión y de su ejercicio en estos rincones del mundo. A su retorno a Chile, ellos no habrían sino de traducir esa experiencia a partir de las exigencias que nuestras sociedades les planteaba, en los albores de un siglo que hasta hace poco tiempo llamábamos “nuestro”. Una época donde convivía el desarrollo de una elite ilustrada –donde a menudo medicina, literatura y política no eran campos excluyentes– con una realidad social marcada por las contradicciones entre los procesos de modernización en curso y las profundas desigualdades de clase y de raza que caracterizaban a la sociedad chilena a principios de siglo y que, hay que decirlo, son todavía parte de nuestro presente. Contradicción que es propia a lo que Freud denominaba el “malestar en la cultura”; entendiendo por ello el cruce entre los procesos civilizatorios propios a lo que en clave moderna llamaríamos el “pacto social” y un resto inasimilable a tales procesos donde ha imperado la degradación de lo humano a través de guerras y exclusiones de diverso tipo.
El estudio de Mariano Ruperthuz resalta precisamente el modo como el psicoanálisis se hizo parte en nuestro país de su cultura, en ambos sentidos. Tanto para promover prácticas que recogían el valor terapéutico y de conocimiento del psicoanálisis al aplicarse en dominios sensibles para el desarrollo individual y colectivo, como para servirse de esos mismos saberes en el juego político de nuevas o renovadas formas de normalización y, por lo tanto, de exclusión.
La historia del psicoanálisis no es sólo la historia de sus logros, de sus hitos fundantes, de sus grandes personajes, de sus teorías o de sus técnicas. Es en algún sentido la historia del siglo XX, con la cual no puede sino encontrarse, en mayor o en menor medida, identificada. Para la historia cultural del siglo XX, la revolución teórica y práctica que implica la invención del psicoanálisis es uno de sus hitos más notables: para el pensamiento crítico de la modernidad, el siglo XX es en muchos sentidos el siglo del Psicoanálisis. Pero también habría que decir que las condiciones sociales, culturales de esa época son la base histórica de una revolución que no cayó del cielo, ni fue sólo la obra de uno de los mayores pensadores de una modernidad construida sobre la base de una racionalidad que encontró en la aparente sinrazón del inconsciente la matriz de inteligibilidad de una lógica hasta entonces literalmente impensada. Más aún, ¿habría podido Freud elaborar su concepto de pulsión de muerte, su aproximación terapéutica a la experiencia traumática, su concepción del origen y de la transmisión de la cultura si no hubiera vivido en medio de guerras, de exterminios, si no hubiera sido un intelectual, un investigador y un clínico interrogado por el tiempo que le había tocado vivir? Ciertamente, no. Freud no inventó el concepto de inconsciente sólo por una necesidad epistemológica, tal como Marx no inventó la lucha de clases o los destinos de la alienación moderna. Ambos tuvieron la lucidez, más bien la audacia de un pensamiento que se obliga a crear nuevas formas de decir lo que está ahí, más próximo de lo que la “nerviosidad” (Freud) o la alienación (Marx) “modernas” quisieran alejar como un mal sueño.
Un aspecto especialmente notable del trabajo de Mariano Ruperthuz consiste en reconocer, tal como lo hicieran, entre otros, Norbert Elias, Michel de Certeau o Marcel Gauchet, que el psicoanálisis opera como un “revelador antropológico”, en el sentido que muestra, a través de su interrogación sobre la cultura, las condiciones subjetivas que son parte de una época y de una sociedad dada. Entendiendo por subjetividad no sólo el modo como la experiencia psíquica representa un orden social, sino también como el modo a través del cual ese orden (o desorden) es producido y reproducido por cada individuo, sus prácticas y sus instituciones. Para ello no basta analizar las condiciones institucionales del Psicoanálisis, aquí o allá, sino de que manera su “apropiación” dice mucho de las condiciones sociales, históricas y políticas del suelo que lo ha recibido para ver nacer su propio destino local.
Si bien el psicoanálisis no sostiene sus prácticas en lo que Freud denominaba –críticamente– una “visión de mundo”, en el sentido que su horizonte crítico es inseparable de lo que llamaríamos, con algunas precauciones, su cientificidad, su confianza en la razón y en la ciencia; si bien habría que oponer radicalmente toda vocación ideológica al valor heurístico y crítico de su práctica, no es menos cierto que de una manera u otra termina por hacerse parte de una cierta normatividad, incluso de un cierto sentido común que, para bien o para mal, traduce a la lengua coloquial de los pequeños recintos culturales lo que para muchos debiera mantenerse en el frío espacio de una ciencia sin sujeto. Estudios como el detallado en este libro contribuyen a llenar las lagunas que deja una historia “oficial” –como si esa historia fuese la única posible– acerca de la relación que la teoría y la práctica del psicoanálisis establece con las condiciones sociales, políticas, culturales, donde se desarrolla. Más que de “la” historia del psicoanálisis, este libro viene a subrayar que se trata siempre de “las” historias, en la diversidad de lecturas que podemos hacer de su origen, de su presente, tal vez imaginando algo de su destino.
Este libro es suficientemente elocuente como para tener que decir mucho más. Sólo me resta una pequeña digresión personal, porque el proyecto que Mariano Ruperthuz ha realizado fue en cierto modo el mío también, hace ya veinte años. Termino esta breve presentación con esta mínima referencia a mi historia. Pero, cuando de transmisión se trata, la historia de uno no es sólo la propia. Es la historia que otras generaciones escriben a su manera.
Hace cerca de veinte años, viajé a Paris para realizar una tesis doctoral, a la manera como, veinte años después, Mariano haría la suya, que me correspondió co-dirigir con Mariano Plotkin, que de historia del psicoanálisis en Latinoamérica sabe mucho y a quien este libro sin duda le debe bastante. Yo me formaba por entonces en psicoanálisis, lacaniano más precisamente. Me interesaba un asunto que, por entonces, parecía estar en sintonía con las exigencias de nuestras sociedades:¿cómo pensar, psicoanalíticamente hablando, aquello que Julia Kristeva denominaba las Nuevas enfermedades del alma? ¿Nos encontrábamos en una nueva era de nuestras subjetividades? Cuestion todavía pertinente. Pero una afortunada intuición me hizo pensar que, mas allá de las famosas estructuras con las que la jerga psicoanalítica nos había acostumbrado a nombrar las vicisitudes de la subjetividad en nuestro tiempo, más allá de las consignas teóricas con las que nos habíamos familiarizado para conocer una doctrina, era preciso tener la mínima y necesaria humildad de leer la historia. Por eso me encontré un día en la biblioteca del Hospital St. Anne de Paris revisando algunos textos que médicos chilenos habían producido durante sus estadías en esa ciudad tan relevante para la historia del psicoanálisis. Veinte años después, puedo leer en la tesis de Mariano Ruperthuz, que está a la base de este libro, similares esfuerzos por recuperar de los archivos olvidados de esa historia las huellas del modo como a principios del siglo XX el psicoanálisis comenzó a hacerse parte también de nuestra cultura chilena.
Valga esta breve autoreferencia para insistir en que, afortunadamente, las generaciones van marcando el paso de una memoria que no se detiene en las versiones oficiales y que a ellas le debemos el relevo que toman de nuestras insuficientes inquietudes de formación.
Roberto Aceituno
Psicoanalista
Decano Facultad Ciencias Sociales
Universidad de Chile
PRÓLOGO
¿Por qué escribir un libro sobre la historia del psicoanálisis en Chile? A pesar de que fue un chileno, Germán Greve, quien –según el propio Freud–, mencionó públicamente al psicoanálisis por primera vez en América Latina, lo cierto es que esa mención puntual tuvo lugar en un congreso científico que se desarrollaba en Buenos Aires en 1910. Por otro lado, hoy sabemos que antes de Greve hubieron otros latinoamericanos, particularmente brasileños, interesados en el sistema de pensamiento que se estaba gestando en Viena. La difusión del psicoanálisis, tanto en lo que respecta a su dimensión estrictamente terapéutica, como en su carácter de artefacto cultural entendido en un sentido amplio ha sido mucho menos masiva en Chile que en sus vecinos Argentina y Brasil. Pareciera, por lo tanto, que Chile ha ocupado un lugar doblemente periférico en la historia del psicoanálisis, por su ubicación en América Latina, y porque dentro de la región su posición en lo que respecta a la recepción y difusión del mismo no ha sido central.
El libro que el lector tiene entre manos da una respuesta contundente al interrogante inicial y, en su recorrido por los distintos espacios de circulación del pensamiento psicoanalítico en Chile, nos invita a repensar buena parte del conocimiento recibido no solo sobre la historia del psicoanálisis a nivel regional e internacional, sino, más en general, sobre la historia de la circulación de ideas. Pero vayamos por partes.
El psicoanálisis es una disciplina esencialmente histórica, tanto en lo que respecta a su método como en lo referido a su naturaleza. Al igual que los historiadores, los psicoanalistas buscan construir una narrativa sobre el pasado a partir de los vestigios que el mismo ha dejado en el presente. La temporalidad es constitutiva del saber y de la práctica psicoanalítica. Desde luego que no debemos llevar la búsqueda de similitudes entre el saber histórico y el saber psicoanalítico demasiado lejos. Los conceptos de temporalidad que manejan psicoanalistas e historiadores son diferentes, así como los objetivos planteados por las dos disciplinas. Sin embargo, se puede establecer (y de hecho se ha establecido, en alguna medida) un diálogo fructífero entre las mismas.
Paradójicamente, aunque la historicidad es un elemento constitutivo del psicoanálisis, desde sus mismos comienzos quienes lo practican han mostrado fuertes resistencias para pensarlo históricamente, y esto se ha debido a una multiplicidad de motivos. En primer lugar, como otras disciplinas, prácticas sociales y sistemas de pensamiento y creencias, el psicoanálisis ha generado sus propios mitos de origen. Dentro de ellos, el que más proyecciones ha tenido y, a su vez, el que más ha limitado la posibilidad de su historización es aquel que lo ubica dentro de una genealogía vacía. En efecto, desde los primeros intentos de Freud por construir una narración histórica acerca del sistema por él creado, hasta versiones más recientes producidas por lo general desde dentro del movimiento psicoanalítico y que terminaron constituyendo una versión canónica, el psicoanálisis no reconocería antecedentes. Se trataría del “descubrimiento” de un genio aislado trabajando en condiciones de “espléndido aislamiento”. La historia del psicoanálisis, según esta versión, comenzaría con Freud quien fundaría la genealogía psicoanalítica que se prolongaría en sus colaboradores más cercanos y luego con sus discípulos y seguidores a medida que se iban conformando las instituciones psicoanalíticas en distintos países del mundo. El psicoanálisis sería, por lo tanto, una creación ex nihilo.
Como señala perceptivamente Élisabeth Roudinesco, la historia del psicoanálisis, según la versión canónica, sería “auto engendrada” y, en consecuencia, toda historia contextual sobre los orígenes del psicoanálisis debería ser recusada en beneficio de la mitología del “gran hombre”. Esta visión de la historia, ha sido enormemente influyente en la conformación de la identidad del movimiento psicoanalítico internacional y, aunque ha sido fuertemente cuestionada en las últimas décadas, continúa conformando la “historia oficial” del psicoanálisis. La historia del psicoanálisis durante décadas ha sido una historia centrada en Freud y en su núcleo inicial; un Freud que no conocía ni reconocía “padres” intelectuales aunque hoy sabemos que los tenía y en abundancia. A esta historia mítica de Freud y el psicoanálisis en las últimas décadas se ha contrapuesto una “contra historia”, que funciona como una imagen en negativo de la anterior y cuyo exponente más conocido, pero obviamente no el único, ha sido el Libro negro del psicoanálisis publicado en 2005. Tenemos así, dos narraciones míticas enfrentadas, una freudiana y otra antifreudiana, ambas más centradas en legitimar posiciones que en conocer el pasado.
Un segundo núcleo de problemas que ha limitado la posibilidad de historización del psicoanálisis tiene que ver con la forma en que se constituyó y desarrolló el “campo psicoanalítico” y con la formulación de una “identidad psicoanalítica” como mecanismo de auto-legitimación. Aunque Freud hizo esfuerzos explícitos para dejar en claro que el lugar que él había asignado a la disciplina que había inventado estaba ubicado dentro del universo de las ciencias, el componente “romántico” constitutivo de la disciplina y señalado por Luiz Fernando Dias Duarte y Roudinesco, entre otros, y la manera en que se desarrolló la práctica del “psicoanálisis realmente existente” han puesto en cuestión esta posibilidad.
En efecto, el psicoanálisis se ha desarrollado como una práctica y saber cuyos practicantes pretenden ubicarlo por fuera de las “reglas del juego social”. El psicoanálisis se presenta como un saber irreductible a toda otra forma de saber, y por lo tanto, gozando de una “extraterritorialidad” respecto de otras prácticas y saberes sociales científicos y humanos.
Está, de esta manera, concebido como una forma de saber única e inconmensurable y, así, impermeable a cualquier forma de crítica formulada desde fuera, las cuales, por otro lado, son tratadas desde dentro de las comunidades psicoanalíticas como “resistencias” y pasibles de ser psicoanalizadas. Las categorías clásicas del psicoanálisis son concebidas como trans- (o más bien a-) históricas y no serían susceptibles (como no lo sería el psicoanálisis en tanto práctica y forma de saber) de ser analizadas por las ciencias sociales e históricas. Desde este punto de vista habría una negación por parte de los psicoanalistas de la dimensión social –y, por lo tanto, histórica– de su práctica, entendidas como una forma de interacción social que tiene lugar dentro de un campo específico, con sus reglas de juego propias y sus luchas por la acumulación de capital simbólico (y no sólo simbólico). Podríamos decir que, así como Mao Tse-tung sostenía que sólo desde dentro de la revolución se podía entender la revolución, para importantes sectores dentro del movimiento psicoanalítico sólo aquellos que pasaron por el psicoanálisis –y, en el extremo, sólo los psicoanalistas estarían en condiciones de comprender el funcionamiento del “campo psicoanalítico”. En buena medida, el régimen de autoridad en que se valida el psicoanálisis está basado en esta pretensión de extraterritorialidad, en su carácter de saber que no puede equipararse a ninguna otra forma de saber y que, por lo tanto, está asociado a una práctica que escapa a cualquier forma de regulación, ya sea legal o simbólica. En el límite “el psicoanalista se autoriza a sí mismo”. En este sentido la historia ha servido más como herramienta de legitimación de distintas sectas surgidas dentro del movimiento psicoanalítico a una forma de conocer el pasado.
El psicoanálisis ha constituido uno de los sistemas de pensamiento más relevantes del siglo XX. Más allá de los juicios que merezca, lo cierto es que, como ha señalado John Forrester, volver hoy a pensar problemas tales como la sexualidad y la subjetividad con categorías pre-freudianas tendría tanto sentido como pensar el universo con categorías pre-copernicanas. El sistema creado por Freud se ha convertido en un referente esencial aun para aquellos que lo combaten. Sería imposible intentar reconstruir la historia intelectual del siglo XX sin tener en cuenta el psicoanálisis, de la misma manera que no podría entenderse la historia política (y también intelectual) sin tener en cuenta al marxismo. Y es por eso que historización y el análisis social del desarrollo del psicoanálisis constituye una tarea central para la comprensión del siglo XX.
Ahora bien, una mirada histórica sobre el psicoanálisis que vaya más allá de las mitologías de origen debería partir de algunas premisas básicas. En primer lugar, se debe hacer un intento para que esta mirada sea lo más externa posible respecto del objeto de estudio. Esto es particularmente difícil en el caso del psicoanálisis, puesto que los propios historiadores hemos sido, de una manera o de otra, trabajados por los conceptos de origen psicoanalítico. En términos antropológicos, es difícil en este caso separar a los “nativos” y sus categorías de los analistas y las suyas propias. Buena parte de las historias del psicoanálisis toman como punto de partida las mismas categorías conceptuales que sepretenden analizar. Así, por ejemplo, parte del conocimiento recibido sobre la historia del psicoanálisis reproduce la idea freudiana de que el mismo genera (de hecho tiene que generar) resistencias debido a lo revolucionario de sus descubrimientos. De esta manera, una parte importante de la historiografía sobre el psicoanálisis se dedica a analizar estas resistencias y las luchas llevadas a cabo por la aceptación y la implantación del sistema freudiano, sin siquiera cuestionar el concepto mismo. Además, estas resistencias serían específicas del psicoanálisis debido a la naturaleza de su objeto (el inconsciente y la sexualidad). Sin embargo, una mirada “externa”, que no tomara las categorías y conceptos derivados del psicoanálisis como datos sino como objetos que deben ser analizados crítica e históricamente, más que las resistencias (que por otro lado no tienen nada de específico, sobre todo cuando se trata de formas de conocimiento que además tienen una dimensión profesional que puede amenazar posiciones dentro de un campo consolidado), debería tomar en cuenta y enfatizar la rapidísima difusión del sistema inventado por Freud en occidente y más allá también. Un método terapéutico, que además se constituye en un sistema de investigación sobre un objeto al cual solo puede accederse por el método psicoanalítico (el inconsciente), inventado por un médico judío y provinciano (y por lo tanto ocupando un lugar social relativamente marginal) en la capital de un imperio en decadencia se constituyó en menos de veinte años en un sistema de ideas transnacional anclado en una organización institucional cuyas ramas llegaban al oriente remoto. Para 1920 el psicoanálisis había desbordado ampliamente el universo de sus aplicaciones pensadas originalmente por Freud. Hacia 1930 Freud era una figura tan conocida a nivel internacional, que se puede contar, al menos una carta dirigida a él con las palabras “Dr. Freud, Viena” como única referencia en el sobre, llegó a destino. Podemos decir, entonces, que un fundamento importante de cualquier intento de historización del psicoanálisis debe consistir en no tomar sus categorías como datos de la naturaleza, sino más bien ejercer sobre ellas la misma mirada crítica que todo historiador competente debe ejercer sobre su objeto de estudio cualquiera sea su naturaleza.
En segundo lugar, se debería reponer al psicoanálisis dentro del universo de las prácticas sociales. El psicoanálisis se ha desarrollado como un saber pero también como una práctica, y como tal no está por fuera de las “reglas de juego” de las prácticas sociales en general. Al respecto es útil el concepto de “campo” formulado por Pierre Bourdieu, como un espacio de lucha con reglas generadas internamente por la acumulación de capital simbólico (y no solo simbólico). En este sentido, el psicoanálisis como cualquier otra práctica social, no escaparía a las reglas que rigen los distintos campos. El psicoanálisis debe ser entendido, entonces como una práctica social que se ha desarrollado en sociedades y espacios culturales dados, en momentos específicos, y que (conservando su especificidad) está sometido a los condicionamientos de cualquier otra práctica social.
Por ello, y en tercer lugar, la historia del psicoanálisis como la de cualquier otro sistema de ideas, creencias y prácticas, debe ser contextual. Freud y el psicoanálisis han sido productos de su tiempo. Las categorías originadas en el psicoanálisis, aunque tengan pretensión de universalidad, también deben ser analizadas teniendo en cuenta el contexto de su origen y de su posterior evolución. Pero dado que el psicoanálisis ha cumplido más de un siglo de historia y que el mismo se ha desarrollado de manera diversa en distintos puntos del planeta y, además, ha evolucionado (como cualquier otra forma de conocimiento), se han desarrollado por lo tanto, una multiplicidad de psicoanálisis diferentes. Sería entonces casi imposible hablar “del” psicoanálisis y más bien habría que hablar “de los” distintos psicoanálisis. En el caso de un sistema de saberes y de creencias como es el psicoanálisis, que además ha tenido la capacidad de constituir una “subcultura” en diversos lugares del mundo, es decir desbordar ampliamente su ámbito inicial de utilización difundiéndose por canales diversos tanto dentro de la cultura letrada y científica como de la cultura popular, una historia del psicoanálisis debería tener en cuenta todas estas dimensiones. ¿Por qué, por ejemplo, en algunos lugares la recepción de las ideas de Freud se dio más rápidamente en círculos médicos que en otros? ¿Cómo se desarrolló una “recepción popular” de las ideas originadas en el psicoanálisis en distintos espacios culturales? En este sentido, parece obvio que la historia del psicoanálisis (como la del marxismo y la de cualquier otro sistema de ideas, prácticas y creencias de carácter transnacional) trasciende la biografía de su creador y cualquier lectura canónica. El análisis histórico del psicoanálisis no puede limitarse a los textos y las ideas de Freud y los otros “padres fundadores”, sino que debe abordarse también desde la perspectiva de la recepción y la difusión, las distintas formas en que fueron leídos, interpretados, combinados, apropiados y reformulados. Y para esto se hace indispensable estudiar estos procesos no solamente en los espacios caracterizados como “centrales”, sino en todos aquellos donde han tenido lugar. La historia de las ideas y las creencias no puede separarse de la de su recepción, circulación y difusión; y si esto es así, entonces los desarrollos ocurridos en regiones como América Latina y en países como Chile adquieren otra valoración. Y esto es particularmente importante porque América Latina ha sido una región totalmente relegada de las historias generales sobre el psicoanálisis a pesar del lugar central que el mismo ocupa hoy en día en la cultura urbana de algunos países, y de lo temprano que se difundió la obra freudiana en el subcontinente.
Desde luego, este enfoque multidimensional de la historia del psicoanálisis presenta el problema metodológico de fijar los límites del objeto. ¿Hasta que punto un discurso o una práctica social puede considerarse “psicoanálisis”? ¿Dónde están los límites de lo que puede caracterizarse como “psicoanalítico”? Si lo que interesa es entender el lugar del psicoanálisis en una cultura determinada, conviene considerarlo como un artefacto cultural en sentido amplio, que es lo que hace el autor de este libro. Podría decirse al respecto que interesan todos los discursos y prácticas que se legitiman en el sistema freudiano y que de alguna manera tiene “efectos performativos”, es decir que generan acciones y transformaciones. En todo caso, la pregunta relevante sería porqué el psicoanálisis (entendido éste de la manera que sea) en un momento particular de una cultura dada se transforma en un agente legitimador de determinados discursos y prácticas.
El libro que el/a lector/a tiene entre manos es un excelente aporte a la historia del psicoanálisis porque aborda el tema desde todas las dimensiones esbozadas más arriba. Al respecto, quiero destacar dos cualidades del mismo entre las muchas que posee. Se trata de un texto que busca elucidar de qué manera el psicoanálisis ha sido interpretado, leído y apropiado en Chile a lo largo de 40 años de historia del país, prestando atención a variables políticas, sociales, y culturales. De esta manera el proceso de recepción y circulación del psicoanálisis en Chile no constituye un hecho aislado, la llegada de la “buena nueva”, sino parte de un complejo proceso estrechamente vinculado al desarrollo histórico del país en el cual los agentes de recepción jugaron un papel activo. Mariano Ruperthuz Honorato analiza las múltiples dimensiones del proceso de recepción y circulación de las ideas freudianas prestando particular atención a las variables históricas que han constituido un “campo fértil” para esos desarrollos. Por otro lado, se detiene a analizar en profundidad diversos espacios de recepción: jurídico, literario, médico, intelectual y a nivel de la cultura popular.
Pero además, y este es el segundo punto que quiero resaltar, llama la atención la cronología. El análisis de Ruperthuz se detiene en 1949 es decir inmediatamente antes de la creación de la Asociación Psicoanalítica Chilena. Esto es importante de señalar porque con esto contribuye a desmontar otro elemento importante de la narración mítica de la historia del psicoanálisis: que el mismo se implanta solamente cuando se establece una asociación oficial vinculada a la IPA, o de origen lacaniana. Todas las formas de recepción previas son, desde las historias oficiales, o bien ignoradas, o bien consideradas como “precursoras”, o como formas desviadas y por lo tanto sin valor para el “verdadero psicoanálisis”. Lo que Ruperthuz contribuye a mostrar, siguiendo una línea de investigación que comenzó hace décadas en Europa y los EEUU, y más recientemente en otros países de la región, es que, para el momento en que se creó la Asociación Psicoanalítica de Chile, hacía ya décadas que se conocía, discutía y aplicaba elementos del pensamiento freudiano, habiendo incluso intelectuales, juristas y médicos que establecieron contactos personales con Freud. De esta manera, podría decirse que el establecimiento de la asociación constituiría un episodio más en el proceso de recepción y circulación de ideas vinculadas al psicoanálisis en el país, episodio, sin duda importante, pero no necesariamente fundacional.
Creo, por todo esto, que este libro constituye un aporte importante a la historia del psicoanálisis no solamente en Chile, sino a nivel internacional, y un paso más para reinsertar a América Latina en la historia del psicoanálisis general.
Mariano Ben Plotkin
Historiador
Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES, Buenos Aires)
Investigador CONICET
CAPÍTULO 1
LA HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS EN CHILE: LA CONSTRUCCIÓN DE UN PROBLEMA HISTORIOGRÁFICO.
1.1 La historia del psicoanálisis como un problema de investigación en Chile
La presente investigación aborda un problema escasamente estudiado en Chile. Si bien, el psicoanálisis se ha constituido como uno de los sistemas de pensamiento más influyentes en el mundo occidental a lo largo del siglo XX, no han existido investigaciones a nivel local que reconstruyan toda su riqueza como objeto histórico. Parafraseando a John Burham (2012), hablar de Freud es apuntar a un particular e intrincado fenómeno histórico y cultural que transformó las concepciones acerca del ser humano, inaugurando una nueva forma de mirar el mundo en el siglo XX1. Nació como una teoría de la mente y al mismo tiempo como una práctica clínica, el psicoanálisis rápidamente sobrepasó sus límites iniciales y se constituyó, en palabras del poeta británico W.H Auden, en un verdadero “clima de opinión”2. Visto así, las teorías de Freud viajaron rápidamente a través del globo, impactando distintos espacios sociales y culturales, siendo recepcionadas, apropiadas y reinterpretadas según las necesidades de cada público en sus respectivos espacios locales.
El psicoanálisis tiene su origen en la Viena finisecular, de la mano de un médico judío que no ocupaba un lugar central dentro del establishment de su época. Sus tempranos discípulos tampoco gozaban de demasiado prestigio profesional pero, a pesar de esto, sus postulados se diseminaron de manera sorprendentemente rápida, logrando una notoriedad sin igual. Si se piensa en el Chile de finales del siglo XIX y de comienzos del tan significativo siglo XX y los casi 13.000 kilómetros que separaban Viena de Santiago de Chile –ciudad donde se llevaron a cabo, al igual que en Valparaíso, las mayores discusiones en torno al psicoanálisis– ya el sólo el traslado de las ideas de Freud a Chile constituye en sí mismo un problema interesante de responder. Además las historias del psicoanálisis en otras latitudes muestran cómo los conceptos y las ideas freudianas tuvieron una vida independiente de lo que ocurría en los reductos supuestamente “oficiales” como son las sociedades psicoanalíticas.
Como ejemplo de lo anterior, en el año 2011 la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) publicó un libro celebratorio del centenario de la fundación de esta agrupación profesional3, donde se reunieron trabajos de analistas de los cinco continentes, los que desde una perspectiva muy propia y tradicional, señalaban el devenir histórico de las ideas de Freud en sus respectivos países. Este gran recuento incluyó, por supuesto, un opúsculo sobre lo sucedido en Chile4, en el que su autor afirma que: “La historia del psicoanálisis en Chile y de la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH) está bien documentada”5 (p.281), afirmando esto a partir de una serie de trabajos producidos por miembros del nombrado capítulo local6. A mi modo de ver, este pequeño número de documentos comparten algunas características que ayudarían a entender las razones y soportes de esta declaración: casi la totalidad de ellos se centran de manera exclusiva en los hechos que llevaron a la fundación de la Asociación Psicoanalítica Chilena (1949), asimilando que la historia del psicoanálisis en Chile estaría contendida exclusivamente en la historia institucional. Además, este evento es un hito que definiría un “momento cero” desde donde se comienza a escribir la historia “oficial” del psicoanálisis en el país7. Lo anterior a eso será, por lo tanto, prehistórico y los personajes influyentes de ese periodo recibirán el adjetivo de difusores o pioneros (que lo fueron), en contraposición con aquellos formados “oficialmente”8, mostrando como la institución psicoanalítica entrega claros elementos de legitimidad, autorización y reconocimiento al momento de contar la historia del psicoanálisis a nivel local9. Por otro lado, estas aproximaciones excluyen cualquier variable relacionada con el contexto social, político y económico que enmarcó la llegada de las ideas de Freud a Chile y que pudo influir en su aceptación o rechazo. Con ello, se observa una tendencia a pensar artificialmente al psicoanálisis como una práctica indoor10, la que flotaría por fuera de la fuerza de gravedad de la sociedad y que estaría basada en la supuesta neutralidad del psicoanalista11.
Como la historia del psicoanálisis cruza los llamados “saberes psi”12 (psicología, psiquiatría y a sí mismo psicoanálisis) se podría esperar que desde esos sectores se haya realizado una indagación histórica mayor. Pero el panorama no es del todo alentador. Gonzalo Salas y Eugenio Lizama en su reciente Historia de la Psicología en Chile (1889-1981)13 afirman que “la tarea historiográfica de la Psicología en Chile, ha presentado un exiguo desarrollo, debido a la escasa sistematización de los conocimientos y las investigaciones desplegadas en Chile” (Salas & Lizama, 2009, p. 27). Para ellos, la influencia de estos factores ha hecho muy compleja la tarea de realizar una verdadera reconstrucción histórica disciplinar, buscando posicionar así su trabajo como un aporte significativo en esta materia. Sin embargo, el lugar que estos autores le dan al psicoanálisis dentro de la recopilación histórica de la psicología chilena es al menos exiguo. Este trabajo muestra nulas referencias a las ideas freudianas como parte de la historia de la disciplina, ni tampoco dan razones suficientes para dicha exclusión14. Otros autores en esta misma línea opinan que “En Chile, cuando se enseña los orígenes y el desarrollo de la psicología, se enseña la historia estadounidense y europea y no se transmiten las experiencias propias ni se ofrece un recuento histórico chileno. Son muy pocos los autores que han investigado el tema y varios de los escritos presentan impresiones y contradicciones” (Pizarro, 1997, p. 2), desprendiéndose, en consecuencia, la necesidad de profundizar en esta área de investigación, ganando, de seguro, mayor precisión e identidad. Puedo afirmar que la única investigación que ha tomado la historia del psicoanálisis en Chile (comparándola con lo sucedido con Estados Unidos y la Argentina), para rescatar los aportes invisilizados de muchas investigadoras nacionales, víctimas de los principios que rigen la construcción histórica de la disciplina a partir de sesgos de género, es la realizada por María Inés Winkler15. Sin embargo, como su objetivo es otro, no logra ampliar mucho más los antecedentes tradicionales que se manejan sobre la recepción del psicoanálisis a nivel local16.
Por otro lado, los trabajos sobre la historia de la psiquiatría en Chile si bien tienen una mayor tradición, tampoco desarrollan mayores antecedentes sobre el psicoanálisis. Así investigaciones clásicas como las de Ricardo Cruz-Coke17 o Armando Roa18, que dan cuenta de la evolución de la medicina mental en Chile, no extienden demasiado sus márgenes para incluir de manera pormenorizada al freudismo19. Acto seguido, los trabajos recopilatorios más recientes sobre la historia de la psiquiatría chilena, se dedican en extenso a pensar la historia de la fundación y desarrollo de los establecimientos psiquiátricos en el territorio nacional, desde una perspectiva cronológica y principalmente descriptiva20. Cuando hacen referencia al psicoanálisis se dedican a comentar los aportes pioneros de Germán Greve Schlegel y Fernando Allende Navarro, además de centrarse en la figura del “fundador” del psicoanálisis en Chile, Ignacio Matte Blanco. Desde esta óptica el psicoanálisis es el sinónimo de una práctica médica especializada21.
Por otro lado, una renovación la presentan los trabajos que en estos últimos años en Chile ha realizado el “Grupo de Estudios en Historia en las Ciencias [GEHC]”, equipo interdisciplinario que ha fomentado la creación de instancias de investigación y diálogo acerca de la Historia de las Ciencias en Chile y América Latina, dando especial cabida a la historia de la medicina, la psiquiatría, la eugenesia y la criminología22. Por último, debo mencionar que estos últimos años se han abierto nuevas instancias para pensar la historia del psicoanálisis chileno. Por ejemplo, el trabajo realizado por Silvana Veto (2012) acerca del psicoanálisis en los tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, específicamente la desaparición de Gabriel Castillo Cerna, médico psiquiatra, egresado del Instituto de Formación Psicoanalítica de la APCH23.
Así y luego esta revisión, puedo afirmar que el estado del campo donde se inserta la presente investigación, justifica plenamente su presencia e intención, ya que los respectivos campos de “los saberes psi” en Chile no han generado investigaciones históricas que logren abordar la complejidad que implicaría la historia del psicoanálisis . Como lo señalé, el psicoanálisis es uno de los sistemas de pensamiento más influyentes y relevantes del último siglo, su incidencia va más allá del mundo de las ciencias, compenetrándose significativamente en la cotidianidad de los miembros de varios espacios culturales y sociales. Por ello, quise tomar partido en este panorama y proponer un trabajo que abordara, de manera profunda y especialmente novedosa, la llegada e implantación de las ideas de Freud en nuestro país.
Sin embargo, a mi modo de ver, esta simple declaración de intención no es suficiente y es necesario delimitar las herramientas conceptuales para llevar a cabo esta tarea, ya que la bibliografía muestra también que existen distintos modos de encarar y conceptualizar la historia del psicoanálisis. Cada perspectiva tiene su implicancias específicas y quiero dejar claro desde qué óptica pude afrontar este problema. Por ello, en el siguiente apartado repasaré dichos “estilos”, para luego, una vez hecha esta revisión, plantear cuál será la modalidad que adopté en este trabajo.
1.2 Historia en psicoanálisis: tradiciones historiográficas asociadas a su estudio.
La evidencia muestra que, dentro del campo de investigaciones que intentan abordar la historia del psicoanálisis, existen modos bien definidos de encarar y pensar su historia, generando verdaderas tendencias historiográficas perfectamente distinguibles. Estos “modos” o “estilos”, según Plotkin (2003), serían principalmente tres: los trabajos centrados en la figura de Freud como único autor y creador del psicoanálisis. En este grupo de abordajes –donde se reúnen los trabajos del mismo Sigmund Freud, Ernest Jones24, Peter Gay25 y Louis Breger26 27, entre otros– Freud es representado como un verdadero héroe solitario, donde sus descubrimientos no reconocerían casi ninguna genealogía y en la cual la teoría freudiana sería una especie de creación ex-nihilo. Estas propuestas de historización del psicoanálisis tienen tanta antigüedad como el mismo psicoanálisis. Los primeros trabajos dedicados al tema se escribieron casi en “tiempo real” por el mismo Freud a medida que fue visualizando la importancia y repercusión de sus ideas, lo mismo que los motivos políticos de su movimiento. Con esto se inauguró una corriente historiográfica muy fuerte que tuvo su origen al interior del movimiento psicoanalítico y que se distinguirá significativamente del estilo de los trabajos que vendrán desde fuera de él28.
Para ser más concreto, esta veta fue inaugurada con el trabajo freudiano Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico de 191429, reforzándose posteriormente con otros escritos en los que Freud explicará, desde su particular punto de vista, el nacimiento del psicoanálisis. Ellos están plagados de significantes tales como “lucha”, “causa”, “resistencia”, “incomprensión” y “rechazo”, los que circularán a lo largo del tiempo – hasta hoy inclusive– caracterizando la historia y especialmente el origen del psicoanálisis.
Una afirmación de Freud en esta línea es la siguiente:
“Siendo el propósito del presente trabajo trazar la historia del movimiento psicoanalítico, no habrá que extrañar su carácter subjetivo ni la preponderancia en él de mi propia persona. El psicoanálisis es, en efecto obra mía. Durante diez años fui el único en ocuparme de él, y todo el disgusto que su aparición provocó cayó sobre mí, haciéndome contemporáneo de las más diversas y violentas críticas” (Freud, 1996 [1914], p. 1895).
Si se contrasta la afirmación anterior con lo que comúnmente se sabe del origen del psicoanálisis, se pesquisa cierta ambivalencia de Freud para reconocer la participación de “otros” en “su” descubrimiento. Llama particularmente la atención el cambio que tuvo Freud a través el tiempo con respecto al papel de Josef Breuer –por señalar a uno de los participantes más significativos– en el nacimiento del psicoanálisis. Para muchos, incluyéndome, daría por sentado que los conocidos Estudios sobre la Histeria de 1895, de autoría de Breuer y Freud, sentaron las bases para los posteriores desarrollos psicoanalíticos. Sin embargo, y aunque al parecer Freud pensaba lo mismo, en un breve lapso, cambió su opinión al respecto. Así lo evidencian sus palabras de 1909 cuando presentó el psicoanálisis al público norteamericano, las que se diferencian de su trabajo de 1914. Así, Freud abre sus conferencias norteamericanas diciendo:
“Si constituye un mérito haber dado vida al psicoanálisis, no es a mi a quien corresponde atribuirlo, pues no tomé parte alguna en sus albores. No habría yo terminado mis estudios y me hallaba preparando los últimos exámenes de la carrera cuando otro médico vienés, el doctor Josef Breuer, empleó por primera vez este método en el tratamiento de una muchacha histérica (1880-1892)” (Freud, 1996 [1910], p. 1533).
Lo anterior marca la existencia de una genealogía intelectual de la cual el psicoanálisis era heredero, participando dentro de un conjunto de descubrimientos anteriores en el campo científico que lo vio nacer. Esta influencia “externa”, si es que puede llamar así, no sólo apuntaría a las personas que estuvieron directamente relacionadas con Freud – como Charcot, Breuer o Fliess– sino que también al contexto intelectual de la época. Pero el mismo Freud, cinco años más tarde de este reconocimiento, reivindicará, en palabras de López-Ballesteros (1996), su exclusiva paternidad en el nacimiento del psicoanálisis:
“Cuando en 1909, y desde la cátedra de una Universidad americana, se me ofreció la primera ocasión de hablar públicamente sobre el psicoanálisis declaré, movido por la importancia del momento para mis aspiraciones, no haber sido yo quien diera vida al psicoanálisis. Tal merecimiento había sido conquistado por otro –por el doctor Josef Breuer– en una época en la que yo me hallaba entregado a la preparación de mis exámenes finales (1880-82). Posteriormente varios benévolos amigos míos me han reprochado haber dado con tales palabras una expresión desmesurada de agradecimiento hacia el doctor Breuer. Hubiera decidido presentar, según lo había hecho en otras ocasiones anteriores, el “método catártico” de Breuer como un estadio preanalítico, situando el punto de partida del psicoanálisis en mi abandono de la técnica hipnótica y mi introducción de las asociaciones espontáneas del enfermo. A mi juicio, es indiferente iniciar la historia del psicoanálisis con el método catártico o sólo con mi ulterior modificación del mismo. Toco esta cuestión, nada interesante, tan sólo porque algunos adversarios del psicoanálisis suelen acordarse ocasionalmente de que este arte no fue iniciado por mí, sino por Breuer. Esto no sucede, claro está, sino cuando su situación les permite reconocer algo estimable en nuestra disciplina, pues en caso contrario el psicoanálisis es indiscutiblemente obra mía. No he sabido nunca que la considerable participación correspondiente a Breuer en el psicoanálisis haya atraído sobre él su parte de críticas y reproches. Pero habiendo reconocido hace mucho tiempo como destino inevitable del psicoanálisis el de excitar la contradicción y el disgusto de los hombres, me he decidido a considerarme como el único autor responsables de sus caracteres fundamentales”
(Freud, 1996 [1910], p. 1533).
Quiero agregar que el recurso del “héroe solitario” o el “genio”, según ciertos autores, es una herramienta recurrente cuando se escribe la historia de la ciencia30, pero que especialmente en el caso del psicoanálisis, ha reflejado un particular uso del pasado para lograr ciertos grados de autolegitimación. Vale decir, el recurso del pasado31 pretende subrayar la originalidad del psicoanálisis –que la tiene por cierto–, pero desprendiéndose de cualquier antecedente o deuda intelectual32, forjando con ello una especie de “genealogía vacía”, que explicaría su creación como epifenómeno originado por un único creador, haciendo que sea imposible distinguir la historia del psicoanálisis de la biografía de Freud. De esta manera, estos elementos –a los ojos de algunos autores33– comienzan a configurar el “mito de origen” del psicoanálisis, el que tendrá interesantes consecuencias en varios ámbitos. Según esta mirada, el psicoanálisis siempre ha estado (¿y estará?) condenado a chocar con fuertes resistencias de parte de la sociedad y, especialmente, del mundo científico a causa de las verdades que revela 34, ocultando así el sorprendente éxito y rapidez de la diseminación de las teorías freudianas por los distintos países y espacios culturales35. En este mismo sentido, aquellos que se apartaron de este camino fueron calificados como discípulos “disidentes”, donde los casos de Carl Jung y Alfred Adler son históricamente significativos.
Hugo Vezzetti36 resumió cómo desde esta perspectiva, la historia del psicoanálisis ha sido pensada como la historia de un movimiento. Vale decir: “una formación colectiva, con sus propios fines como organización; en un sentido político, o, incluso, en un sentido religioso (es muy conocida, en ese sentido la comparación con una “iglesia”), que la diferencia de una historia disciplinar […] [Por su parte] el desenvolvimiento del psicoanálisis está recargado por el peso de las biografías y de los vínculos entre los analistas, en una trama que se arma como una verdadera novela familiar o una saga religiosa. Allí se establece un modelo de historia dominado por la biografía; ente todo la de Freud” (pp. 64-65).
Más tarde, el avance crítico sobre este estilo ayudó a entender que el nacimiento del psicoanálisis tuvo directa relación con su entorno más próximo, dando paso a los abordajes contextualistas que analizaron cómo las condiciones específicas de la Viena de fin de siglo influyeron crucialmente en los descubrimientos de Freud (Carl Schorske37, William J. McGrath38, y Henri F. Ellenberger39 se cuentan entre los más representativos). Ahora, la historia del psicoanálisis era vista como un entramado de vicisitudes que implicaron a la historia intelectual que rodeó a Freud y las condiciones sociales, políticas y económicas en las cuales estuvo inmerso. Así se puede contar con el declive del sistema liberal vienés y la correspondiente reorganización del papel que los judíos ocuparían en dicha sociedad, lo mismo que la evolución de las teorías psicodinámicas en el campo médico-psiquiátrico y su influencia en la génesis del psicoanálisis. Por ejemplo MacGarth afirma que: “En la exploración histórica de los orígenes de la creatividad de Freud me he centrado en la interacción de su mundo interno de los sueños y fantasías y las influencias externas como la situación familiar, la tradición religiosa, el nivel educativo, y el medio socio-político” (MacGarth, 1986, p.18). Por otro lado, en los últimos años se ha abierto una nueva corriente de investigación –de la cual este libro intenta ser parte–, sobre la historia del psicoanálisis: los estudios que se preocupan sobre la circulación transnacional y la apropiación de las ideas freudianas en ciertos espacios socio-culturales determinados40 (Damusi & Plotkin, 2009). Esta mirada considera al psicoanálisis como un cúmulo de ideas que tiene la propiedad de transitar por distintos espacios culturales y nacionales, siendo recepcionado y utilizado de distintas formas, llegando inclusive a empapar varias capas de la sociedad en la que es recibido. El proceso de recepción es un fenómeno activo, destacando las distintas reapropiaciones y reinterpretaciones que los agentes locales hicieron de las ideas de Freud, haciéndolas compatibles con las tradiciones que dominaban la escena local. Está claro que este es un proceso activo donde los distintos agentes al momento de recepcionar las ideas, también las reinterpretan según las exigencias de su época. Por ello esta concepción se aleja de la idea de la existencia de una supuesta manera “correcta” de leer los conceptos del psicoanálisis.
Como ejemplo ilustrativo de esta manera de pensar el problema, en mayo de 1956 las Universidades de Frankfurt y Heidelberg celebraron el centenario del nacimiento de Sigmund Freud, realizando diferentes conferencias a cargo de distinguidos invitados como fueron Franz Alexander, Michael Balint, Ludwig Binswanger, E. H. Erickson, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, entre otros41. Sentidos discursos y conferencias rescataron el aporte del psicoanálisis como disciplina transversal y no sólo como parte importante de la medicina, psiquiatría o psicología. Hay en especial, dos citas que rescatan las características particulares del psicoanálisis y que en virtud de la presente perspectiva quiero comenzar a introducir. Una de ellas es la del Rector de la Universidad Johan Wolfgag Goethe y la otra del Ministro Presidente de la República Federal Alemana. El primero afirmó:
“Las doctrinas científicas en las que se refleja la obra vital de Sigmund Freud, también fueron originalmente dadas a conocer, discutidas y desarrolladas posteriormente en Alemania, como en todos los países civilizados occidentales. Nuestra universidad fue antiguamente uno de los lugares donde más se cultivaron estas doctrinas. Después fueron reprimidas, durante el período de dictadura política. Mientras adquirieron una importancia cada vez mayor en el extranjero y especialmente en las naciones anglosajonas, cayeron en la proscripción aquí en Alemania” (Coin en Adorno & Dirks, pp. 19-20).
Por otro lado las palabras del primer ministro no dejarían de elogiar y relevar los aportes freudianos:
“Un ministro que se atreviera a hablar en conmemoraciones y en cada oportunidad que se le ofreciera sobre el objeto o la persona del homenaje, no sería tomado a la larga muy en serio por un público crítico y de muy alta formación intelectual. Por ello, no quiero colocarme la toga imaginaria de un pequeño juez universal, para dar aquí un juicio sobre Sigmund Freud. Si tengo el valor de tomar la palabra en esta ilustre reunión, ello se debe a dos motivos. En primer lugar porque soy de la opinión de que la obra de Sigmund Freud se ha convertido ya en muchos aspectos en una posesión común del mundo intelectual. En segundo lugar porque creo que para el estadista, y como consecuencia de su profesión especial, es una obligación ocuparse del destino de esta obra, así como de su autor” […] “En el año 1938 fue desterrado de su patria por el bárbaro fenómeno que condujo a un estado en contra del derecho, la ley y la obligación. Freud murió un año después. Y mientras los violentos nazistas presumían de la caída de determinados círculos intelectuales alemanes, así como de haber destruido la obra de Freud en el campo de la lengua alemana, su doctrina efectuó un viaje victorioso sin igual por todo el mundo. A excepción de la Unión Soviética, que se mantiene rígidamente en la dirección de la reflexología, no existe actualmente en el mundo ninguna Psicología, Pedagogía, Medicina, Filosofía y Estética, que no utilice las doctrinas y métodos de Freud. Esto debería de obligarnos a los políticos a reflexionar nuevamente sobre la relación entre la política y la ciencia, tanto dentro como fuera del gobierno”
(August Zinn, en Adorno & Dirks, pp. 13-26).
Bajo esta óptica, estas citas reflejarían una de las tantas rutas por las que ingresaron las ideas de Freud a Alemania: el mundo universitario, lugar donde fueron recepcionadas, leías y comentadas. Subrayan que el psicoanálisis viajó por el mundo, cruzando diversas fronteras nacionales y culturales, engrosando así las filas del amplio mundo intelectual42 y con esta descripción permiten, ciertamente entender la afirmación que dice que la difusión del psicoanálisis es uno de los fenómenos más importantes del siglo pasado (Plotkin, 2009).
Estos antecedentes, sin duda ayudan a pensar el problema de la historia del psicoanálisis en Chile desde otra perspectiva43. Si el origen del psicoanálisis estuvo influenciado por variables histórico contextuales y no puede atribuírsele sólo a una persona exclusivamente ¿cómo entender su difusión en varios lugares del mundo y sus profundas repercusiones sociales, sin tener que revisar la naturaleza misma del psicoanálisis como disciplina? Entender esta complejidad es uno de los núcleos más conflictivos para las aproximaciones que provienen desde “dentro” del “movimiento psicoanalítico”, ya que alejarse del marco conceptual usualmente ofrecido por este esquema –que piensa que la historia del psicoanálisis se pesquisa a partir del momento en que se establece el ejercicio de cierta práctica clínica canonizada o la fundación de alguna institución oficial bajo ciertos estándares (Vezzetti, 1996)– no es para nada sencillo, ya que implica la apertura de un problema que tendría más aristas de las que regularmente se le suponen. Los criterios tradicionales traen aparejada la suposición de la existencia de un “psicoanálisis verdadero” u “oficial”, resguardando celosamente lo que merece ser calificado como “psicoanalítico” o “freudiano”. Por eso, quedarse en este nivel es continuar historizando sólo las referencias acerca de “analistas, pacientes, teorías psicoanalíticas y asociaciones profesionales” (Plotkin, 2003, p. 14), lo que implicaría seguir mirando exclusivamente lo que ocurre con el movimiento psicoanalítico.
¿Cómo construir una historia del psicoanálisis que tenga en cuenta su amplitud y al mismo tiempo lo haga delimitable y abordable? Hacer historia del psicoanálisis no debe restringirse a un país en particular, a una práctica clínica, ni una teoría sobre la mente, con el aditivo que en ciertos lugares ha llegado a convertirse en una herramienta que ayuda a muchos sujetos –dentro y fuera del movimiento psi– a interpretar el mundo, toda una Weltanschauung44. Para ejemplificar esta afirmación se hace necesario referenciar el trabajo de Sherry Turkle (1978) quien analizó el papel del psicoanálisis en Francia post la revolución de mayo de 1968. Ella afirmó que el psicoanálisis logró rebasar su vertiente clínica-institucional y saltó a la vida cotidiana ofreciéndose como un marco de intelección. A esto Turkle lo llamó “cultura psicoanalítica”, afirmando: “Hemos visto cómo la política psicoanalítica francesa fue llevada fuera del mundo de las sociedades psicoanalíticas y extendiéndose a otros mundos, poblados por el activista político, pacientes psiquiátricos, profesionales médicos, estudiantes universitarios, y una intelectualidad burguesa, que tradicionalmente ha hecho una carrera por conservar lo nuevo. Pero la difusión social del psicoanálisis se extendió más lejos, profundamente en la cultura francesa popular. Los libros, revistas, periódicos, radio, televisión, conversaciones que se comunican usando ideas “psicoanalíticas” a muchos millones de franceses que nunca fueron y nunca estarán dentro de la consulta de un psicoanalista”45 (Turkle, 1978, p. 191). Así el psicoanálisis en Francia no sólo estuvo restringido a las comunidades profesionales que lo usaban como un tecnolecto, sino que sus términos y referencias pasaron a ser parte del marco de inteligibilidad de gran parte de la comunidad para hacer referencia a sí mismos.
Para nuestros fines, se hace necesario enumerar cuáles son las características que tiene el psicoanálisis para generar una “cultura psicoanalítica”. Plotkin se pregunta ¿Qué hace que un sistema de creencias pueda generar una “cultura”? La respuesta apunta a las características intrínsecas a dicho sistema y que resume de la siguiente manera: su naturaleza transnacional; su capacidad para abordar problemas de la vida cotidiana; la posibilidad de generar un discurso fácilmente apropiable y con un aparato institucional y de un cuerpo de “difusores” listos para diseminar la buena nueva en diferentes espacios culturales y desde diferentes espacios culturales (Plotkin, 2009). Estas características se pueden ver operando en los casos donde las ideas y conceptos del psicoanálisis lograron convertirse en un elemento central de la vida cotidiana en ciertos espacios sociales y culturales. Así, lo ocurrido en la década del 30 en Estados Unidos, en Francia post revolución de mayo del 68 y la Argentina, más específicamente lo que sucede en la ciudad de Buenos Aires, representan a cabalidad la materialización de estas características del psicoanálisis.
Quien avanzó un paso en este aspecto es Jacques Lacan46, quien puso atención en los efectos nocivos de pasar por un psicoanálisis clínico, donde predomina el registro Simbólico, ya que esto puede ocasionar en los pacientes una especie de “pansimbolismo”, sufriendo de una excesiva “interpretación” de todo, según las metáforas psicoanalíticas. Este sería un efecto de fin de análisis y para su resolución Lacan propone una operatoria llamada “contrapsicoanálisis”, la que debería desterrar de la vida del analizante la posibilidad de que el psicoanálisis sea un instrumento capaz de interpretarlo todo con una sistematicidad megalomaniaca e hiperdeterminista47. En este mismo sentido, Alfredo Eidelsztein48 sigue a Lacan en este ideario cuando aborda la noción de locura como parte de las llamadas Estructuras Clínicas Freudianas (Neurosis, Perversión y Psicosis). Este concepto, de inspiración hegeliana, deja en evidencia cómo ciertas construcciones, por ejemplo las del mismo psicoanálisis, le otorgan identidad a los sujetos. Eidelsztein comenta:
“Aquí Lacan propone la forma en que incide el psicoanálisis en la objetivación y la identificación simbólica que la sociedad científica moderna propone de manera universal al sujeto hablante. En la sociedad científica moderna, el psicoanálisis oferta con sus propios términos teóricos una nueva condición de objetivación, al dar nuevas figuras pseudo-objetivas del ser, tales como yo, superyó y ello. Los sujetos modernos perfectamente pueden creer que son capaces de sostener que lo que les pasa es a causa del inconsciente o el superyó. Dentro de la sociedad científica, el psicoanálisis tiene una posición de privilegio en cuanto a las posibilidades de “enloquecer”. Es innegable que nunca antes en la historia existió la posibilidad de indentificarse mediante categorías científicas tan específicas del sujeto hablante como: yo, ello, superyó, obsesión, histeria o fobia. Y es así que creyendo que se libera de sus amarras, el sujeto puede enloquecer aún más al creerse obsesivo, histérico o fóbico. “Histeria”, “obsesión”, “fobia”, etc., son términos identificatorios que el psicoanálisis, quiéralo o no, ofrece a la sociedad, que por su universalidad y por su aval científico tienen la posibilidad de producir o favorecer la identificación del sujeto” (Eidelsztein, 2001, pp. 103-104).
Por lo mismo, prefiero aquí, adherir a una definición amplia –necesaria ante los distintos frentes que el psicoanálisis tiene como disciplina– que entiende al psicoanálisis como un sistema de ideas y creencias de carácter transnacional, el que genera y autoriza un cúmulo de prácticas y discursos que se legitiman en una (real o supuesta) genealogía freudiana49 50 (Plotkin, 2003). Bajo este marco operacional esta investigación toma sus bases para recuperar la historia del psicoanálisis en Chile.
Pero, por otro lado ¿qué implica que el psicoanálisis sea un sistema de ideas o creencias que tenga carácter transnacional? Cuando los sistemas de ideas o creencias son transnacionales circulan a través de fronteras nacionales y culturales; cuando sus unidades analíticas transcienden los límites culturales y sus centros de producción y difusión, al igual que las lenguas en las cuales se disemina; cambian a lo largo del tiempo y, por lo tanto, su desarrollo no está asociado con ningún espacio nacional o cultural específico (Plotkin, 2009). Es en este viaje donde las ideas, conceptos y categorías del psicoanálisis, tales como el inconsciente, la sexualidad pulsional, el Complejo de Edipo, entre otros, se vuelven universales y por ello, no dependen de ningún espacio cultural específico.
Freud mismo señalaba que: “[...] la hostilidad general no pudo impedir que, en el curso de los diez años siguientes, el psicoanálisis se extendiera en dos sentidos: sobre el mapa, siendo cada vez más las naciones en las que emergía el interés por el psicoanálisis, y en el terreno de las ciencias del espíritu, hallando aplicación a nuestras disciplinas” [y agrega más adelante] “La diferencia esencial entre esta década [1910] del psicoanálisis y la anterior consistió en no ser ya yo su único representante. En torno a mí iba formándose un círculo de discípulos u adeptos, cada vez más nutrido, cuya labor se dedicó primero a la difusión de las teorías psicoanalíticas y las continuó, completó y profundizó luego” (Freud, 2004 [1923], pp. 19-20). A esta capacidad para cruzar fronteras y contar con un grupo de difusores, se puede sumar que el psicoanálisis no se quedó en el terreno exclusivo de la psicopatología, explorando además fenómenos de la psicología normal. De ahí lo clave de “La interpretación de los sueños”, “El chiste y su relación con el inconsciente” y “Psicopatología de la vida cotidiana”, escritos dirigidos a un público no especialista y que lograron que sus conceptos centrales fueran casi tangibles en la vida de todos los días (Plotkin, 2009).
La transnacionalidad del psicoanálisis como sistema de ideas y creencias, se puede considerar como punto crítico para elaborar los posibles circuitos de recepción del psicoanálisis en Chile. Desde esta perspectiva, como afirma Plotkin (2003), la historia de los sistemas de ideas y creencias, como el psicoanálisis, es indistinguible de sus sucesivas apropiaciones, reformulaciones, utilizaciones y recepciones. Por lo tanto, la historia del psicoanálisis en Chile es un episodio tan importante como la historia del pensamiento freudiano en Viena, New York, Buenos Aires o Río de Janeiro. Así, la llegada del psicoanálisis a Chile, su recepción, difusión y circulación sería parte de un fenómeno transnacional de circulación, donde las ideas freudianas viajaron a través de distintos canales y medios (publicaciones, personas, cartas, etc.)51 siendo parte fundamental de cualquier estudio histórico sobre la circulación y recepción de las ideas.
Finalmente, debo afirmar que en la actualidad “conviven” simultáneamente las “formas” o “estilos” de abordar la historia del psicoanálisis antes descritos, lo que no significa necesariamente que los modos “clásicos” –por nombrarlos de alguna manera– hayan sido “superados” por otros más abiertos o crítica. Cualquiera de estos “estilos” podría ser un aporte para la historiografía del psicoanálisis en Chile. Así, por ejemplo, sería muy atractivo y original centrarse en la historia del movimiento psicoanalítico, enfocándose de lleno en la dimensión institucional –que como se verá es casi la única forma de historización hasta la fecha– del psicoanálisis chileno, profundizando en los eventos que llevaron a la creación de la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH) en 1949, manejándose, de tal modo, con las variables que este tipo de abordaje exige y restringe. Sin embargo, lo anterior ocluye la posibilidad de realizar un análisis que permita aproximarse históricamente al psicoanálisis como un artefacto cultural de amplio espectro. Con todo, intento participar del debate historiográfico acerca del psicoanálisis chileno aplicando la categoría de “recepción”, reconfigurando con ello la manera tradicional de entender la historia de esta disciplina en Chile, acercándome así a una especie de “estudio de caso” de la historia transnacional del psicoanálisis en términos generales.
1.3 Sobre el concepto de “recepción” y su pertinencia en una investigación histórica sobre psicoanálisis chileno.
Los investigadores chilenos Eduardo Devés-Valdés, con su noción de “ruta intelectual”52 y Bernardo Subercaseaux53 quien, en sus trabajos sobre la historia de las ideas en Chile, distingue dos puntos de vista para entender el papel de quienes recepcionan ideas en el medio local: los modelos de “reproducción” y “apropiación” cultural, son referencias pertinentes para pensar el proceso de recepción del psicoanálisis en Chile.
El primero se pregunta:
“¿Por qué interesa la circulación de las ideas? Porque se trata de un problema, tal como interesa la circulación de personas, de los bienes o del dinero. Pero, también cómo la circulación de las ideas es un asunto que se conecta con muchos otros como son, por citar algunos: la dependencia cultural, las modas intelectuales y los impactos de unas sociedades sobre otras. […] producción del conocimiento y circulación del conocimiento (o de las ideas) son dos asuntos interconectados y esta interconexión adquiere mayor relevancia cuando la producción de conocimiento se concibe como un proceso no sólo espontáneo de algunas mentes brillantes (al modo antiguo y artesanal), sino como un quehacer programado de vastas comunidades intelectuales (al modo moderno industrial)”
(Devés, 2008, p. 87).
Estas premisas componen lo que el autor denomina red intelectual, entendiendo esta como una interconexión por donde se transmite el conocimiento a partir de un conjunto de personas ocupadas en la producción y difusión del conocimiento, las que establecen puentes de comunicación perfectamente detectables. Estas rutas tienen la función de ser las vías por las cuales se transportan las ideas, pudiéndose discriminar su densidad y profesionalización. Para Devés existiría una metodología que permitiría dilucidar las formas de comunicación involucradas en una red intelectual. Vale decir: 1. Cara a cara, 2. Correspondencia, 3. Participación en los mismos congresos, sociedades, agrupaciones, 4. Prologación, comentario o presentación de libros, 5. Publicación en los mismos medios, 6. Participación en las mismas campañas o iniciativas, 7. Diálogos, polémicas, 8. Citaciones recíprocas y 9. Otros contactos posibles54 (Devés, 2007).
El aporte de esta noción es que permitiría conformar verdaderas cartografías intelectuales, evidenciando cómo circulan las ideas en un espacio-tiempo determinados. Además, entregaría información importante sobre los contactos profesionales o personales que cualquier miembro de la red estableció, ocupándose, al mismo tiempo, de las hibridaciones55 y evoluciones en los ecosistemas intelectuales de las cuales los cuales los miembros de una red forman parte. También permitiría trabajar sobre la noción de influencia de ciertas ideas en un contexto determinado, alejándose las nociones “robinsonescas” de un autor solitario que pudiese producir un trabajo intelectual. Por último, el concepto de la red intelectual permite complementar las nociones de “generación del conocimiento”, poniendo énfasis en la colaboración entre agentes, y “campo intelectual” –la que ya profundizaré– en las cuales se lucha por conseguir el capital simbólico en juego (Devés, 2007).
Teniendo en cuenta estos valiosos aportes, quiero dejar en claro un punto en el que me distancio de lo señalado por Devés acerca del transporte de las ideas, al pensar la historia de psicoanálisis. Este autor recurre, frecuentemente, a la noción de “mundo periférico” o “periferia” para hablar del público “receptor” de las ideas que nacen de los supuestos “centros de producción” del conocimiento. Un ejemplo de ello es la siguiente afirmación: “Categorías como “influencia” o “difusión” han operado al interior del centro o del centro a la periferia, aunque pueden servir también para estudiar el movimiento de las ideas en el ámbito periférico. Sin embargo, la noción de influencia refiere en gran medida, la pasividad del receptor, en tanto que la noción de “circulación”, tolera mejor cuestiones como los modos de recepción y de reelaboración” (Devés, 2009, p. 17). Concuerdo ampliamente que cualquier proceso de recepción –idea que profundizaré más con lo señalado por Subercaseaux– implica un papel activo del público que recibe un sistema de pensamiento, sobretodo cuando se analiza el caso del psicoanálisis, la noción de centro-periferia al menos debería ser puesta entre paréntesis. La evidencia muestra56 que no existen centros estables de producción de conocimientos psicoanalíticos, dedicados a chorrear sus invenciones hacia la periferia, sino que más bien hay movilidad entre los agentes que protagonizan la génesis del saber freudiano.
Queda claro que lo anterior implica un problema más que una solución, derivado de la dimensión transnacional del psicoanálisis, que según Plotkin (2009), conlleva necesariamente un desplazamiento de los centros de producción y difusión intelectual, y por ende, las lenguas en las cuales este ha sido difundido. Los orígenes del psicoanálisis estuvieron ligados, en un principio, a la cultura germana, para luego trasladarse hacia el mundo anglosajón, más tarde hacia Francia y recientemente a América Latina, lugar destacado como centro de producción, difusión y consumo de las ideas y conceptos freudianos57.
Lo anterior pone en duda la imagen que muestra a nuestro país –en materia psicoanalítica al menos– siendo “colonizado” pasivamente por las ideas creadas en centros de producción europeos o anglosajones, considerando que Chile estaría ubicado en la “periferia” de la comunidad psicoanalítica internacional, reduciendo e invisibilizando con ello cualquier aporte nacional y obligándonos a ocupar el papel de meros “reproductores” de una versión heteroreferenciada del psicoanálisis. Por último y tomando los conceptos de Walter Mignolo58, existe siempre la posibilidad de experimentar una desobediencia epistémica, que fortalece el pensamiento propio y se deja, con ello, de reforzar la clásica idea que el conocimiento se traslada de Norte a Sur y de Este a Oeste (Mignolo 2003 y Plotkin 2009).
Refuerzo lo anterior con los postulados de Bernardo Subercaseaux, especialista en la historia de las ideas en Chile, quien - ya lo decía- distingue los modelos de “reproducción” y “apropiación cultural”. Para él, el primero estaría basado en la relación que América Latina estableció con la Europa colonialista, cuyos representantes entendieron que el proceso de civilización de las Américas debía implicar una “europeización” del territorio. Idea que promueve una dependencia cultural, la distinción de las ya comentadas nociones de “centro”- “periferia”, y el uso de calificativos como “metrópolis” y “polos de desarrollo”cultural. Para esta mirada, los agentes locales tienen la misión de fomentar una extraordinaria voracidad por la cultura exógena, desestimando, simultáneamente, cualquier producción local “rudimentaria”.
Por su parte, el modelo de “apropiación cultural”, se distingue del primero al enfatizar el rol activo de los agentes locales en la recepción de cualquier pensamiento foráneo. Quienes participan en el proceso de recepción y circulación de las ideas, no sólo son “afectados” pasivamente por ellas o deben dedicarse a “imitarlas” y “reproducirlas” al modo europeo. Todo lo contrario, ya que el trabajo de estos agentes está plagado de procesos de selección, reformulación, transformación y apropiación de estas ideas a la realidad y a problemas locales. Para Subercaseaux, por lo tanto, un investigador de la historia de las ideas debería tener en cuenta la influencia de las variables específicas del medio de recepción en el proceso de apropiación cultural. Lo refiere así cuando dice: “Si aceptamos el rol de la contextualidad en el proceso de apropiación tendremos también que convenir que no se puede hablar de positivismo en Latinoamérica, sino de positivismo latinoamericano, de marxismo latinoamericano y de vanguardismo latinoamericano, lo que es muy diferente” (Subercaseaux, 2004, p. 27). A esta serie, me atrevo agregar en consecuencia, la noción de “psicoanálisis latinoamericano” o “psicoanálisis chileno”, más que “psicoanálisis en Latinoamérica” o “psicoanálisis en Chile”59.
Con lo anterior, apunto a que la dimensión transnacional del psicoanálisis implicaría la constitución de un campo internacional de circulación de ideas articulado con sus respectivas consagraciones locales. Un autor que se preocupó sobre este costado de la circulación de las ideas fue el sociólogo francés Pierre Bourdieu, acuñando la noción de campo intelectual. El sociólogo, entiende a la sociedad como un conjunto de campos dentro de los que existen agentes que poseen diferentes tipos y volúmenes de capital (económico, social y cultural como los principales). Así, la noción de campo se define como una red en la que se entrelazan las diferentes posiciones jerárquicas que los agentes que pertenecen al campo poseen. Se subentiende, por lo tanto, que la noción de campo refleja la existencia de una permanente lucha que los agentes (o jugadores) que pertenecen a dicho campo protagonizan para obtener mayor volumen de capital (o poder) dentro de él. Estas posiciones de dominio o subordinación están bien definidas a partir de las reglas que regulan el campo60, las que hacen que los agentes ganen o pierdan capital y se relacionen entre sí.
Que posea sus propias reglas implica que el campo intelectual es un espacio independiente61 “conformado por sus propias instituciones (escuelas, universidades, ateneos, etc.), que constituyen una red con su propia lógica, en la cual se ubicarán precisamente los intelectuales. “Con su propia lógica” implica que la función intelectual tiene cierta autonomía en virtud de las lógicas de otros campos, como el de la economía o la política, por ejemplo. El intelectual se legitima así en su “capital simbólico” (porque posee ciertos conocimientos especializados) y no será considerado en función de la posesión de otros capitales”. Una persona adinerada que practique una mala literatura, por ejemplo, no resultará consagrada ni legitimada dentro del campo intelectual” (Terán, 2008, pp.148-149).
Bourdieu, por su parte, profundiza en esta idea afirmando: “La noción de campo de producción cultural (que se especifica en campo artístico, campo literario, campo científico, etc.) permite romper con las vagas referencias al mundo social (a través de palabras como “contexto”, “medio”, “trasfondo social”, social background) con los cuales se contenta ordinariamente la historia social del arte y de la literatura. El campo de producción cultural es ese mundo social absolutamente concreto que evocaba la vieja noción de república de las letras. Pero es necesario no quedarse en lo que no es sino una imagen cómoda. Y si se puede observar toda suerte de homologías estructurales y funcionales entre el campo social en su conjunto, o el campo político, y el campo literario que, como ellos, tiene sus dominantes y sus dominados, sus conservadores y sus vanguardia, sus luchas subversivas y sus mecanismos de reproducción, en todo caso cada uno de esos fenómenos reviste en su seno su forma completamente específica” (Bourdieu, 1988, p. 143).
Esta mirada entrega elementos que son clave para entender críticamente las condiciones sociales de producción y circulación del conocimiento62 –por ejemplo, en el caso específico: del “conocimiento psicoanalítico” en sus vertientes internacional y local–, alejándose de versiones hagiográficas centradas en la genialidad de un autor solitario. Por ello, las tensiones entre estos dos niveles se hacen evidentes cuando se examinan casos particulares. Siguiendo a Bourdieu, la vida intelectual internacional no es un hecho espontáneo, sino que como se verá en este libro, responde a la acción de distintos agentes presentes en el mismo campo. El intercambio científico entre el espacio local e internacional está lleno de mecanismos sociales que inciden y operan en el transporte de las ideas, porque los intelectuales además de vehiculizar la llamada “veracidad científica” también adicionan un componente humano (prejuicios, estereotipos, percepciones, accidentes de la vida cotidiana) no menor.
Entre las “incidencias” más notables, según Bourdieu, se pueden encontrar: 1º. Los textos circulan sin su contexto, ya que los agentes de un campo nacional desconocen las condiciones de producción de una pieza intelectual; 2º. Los receptores locales se encuentran inmersos en un campo de producción distinto al del autor de una obra; 3º. La existencia de operaciones de selección local: representadas en las preguntas ¿qué es lo que se traduce? ¿Qué se publica? ¿Quién traduce? ¿Quién publica?, dando cuenta que el peso de la introducción de una obra en un espacio nacional depende de otros agentes distintos a los autores pero que tienen un peso específico considerable: las casas editoriales son el reflejo de esto; 4º. Mercado editorial: ¿de qué colección se hará parte la obra que se importa? ¿Quién traduce? ¿Quién prologa la obra? –aportando su propia visión de la obra, su valor y cómo se la articula con los problemas locales– y por último, 5º. Operaciones de lectura: que la imponen los propios lectores al momento de leer una obra en un campo de producción diferente (Bourdieu, 2000).
La acción de las operatorias antes descritas es central para seguir la ruta que experimentará una obra, especialmente su significación, proveniente de un campo internacional de circulación de ideas, al ingresar a un campo de recepción específico. Vale decir a un país o a espacios particulares dentro de ese misma nación. La apropiación, entonces, implicaría una serie acciones simultáneas –distinguibles sólo analíticamente para poder entender el proceso63– que impactan dando origen, según Bourdieu, a interesantes malentendidos, reinterpretaciones y diferentes apropiaciones de una obra con diversos propósitos y beneficios. Este desfase estructural64, es un elemento que debe ser incorporado a cualquier investigación que pretenda analizar un caso nacional de la recepción de algún sistema transnacional de ideas o creencias.
¿Qué es lo que se recepciona? Vezzetti (2000) formula una serie de preguntas que sirven para pensar el problema de recepción del psicoanálisis en términos históricos: “¿Un ‘autor’ destacado en la escena europea, una moda, un discurso relativamente sistematizado, una disciplina entera; en fin una problemática (campo de problemas: por ejemplo la sexualidad), nuevos objetos, nuevos conceptos; algunos procedimientos ‘técnicos’?” y “[…] ¿Qué es lo que permite analizar el éxito de esa implantación? En principio, las ‘posiciones’ alcanzadas en ese campo previo: cátedras, publicaciones (medibles por su impacto y lo que producen), tesis médicas, jornadas, sociedades; las relaciones con el aparato público de salud y la educación, con el campo intelectual, y la capacidad para definir una inserción propia, diferente, innovadora que modifica ese campo. Se trataría de ver en qué medida queda transformado un estado previo de la disciplina, del saber, de las prácticas” (Vezzetti, 2000, pp. 70-80). Es necesario considerar todos estos indicadores, ya que hablan del proceso de recepción en sí mismo, por lo que su detección entregaría valiosa información en el caso chileno.
Pero la recepción nacional de ideas ¿es un proceso homogéneo? Devés responde que “las ideas no circulan de modo homogéneo, no siquiera en la época de la mundialización de las comunicaciones y la economía. La circulación desigual e incluso la casi falta de circulación, en determinados casos, depende de factores variados que van desde los coyunturales a los estructurales y desde los personales a los culturales de larga duración” (Devés, 2009, p. 17). Y ya en el caso específico del psicoanálisis, según Plotkin, en un mismo espacio cultural y nacional la recepción y difusión del psicoanálisis65 se da en distintos niveles y a diferentes ritmos, reflejando una importante heterogeneidad. Así, una investigación debería diferenciar, por ejemplo, las rutas de recepción del psicoanálisis en círculos médicos de aquellos por medio de los cuales las ideas de Freud se diseminaron entre el público más o menos culto, o la manera en que el psicoanálisis se difundió en publicaciones populares66. “De cualquier manera, estas diferentes formas de difusión están usualmente interconectadas. Por lo tanto, la historia del psicoanálisis ejemplifica muy bien los problemas y limitaciones inherentes a la distinción tradicional entre “cultura popular” y “alta cultura”. El psicoanálisis es un sistema de ideas que emergió en un ambiente científico, pero cuya difusión se llevó a cabo en circuitos culturales mucho más amplios” (Plotkin, 2009, pp. 7-8). Como el psicoanálisis es un objeto cultural extendido, su impacto no sólo puede ser detectado exclusivamente en los llamados “círculos profesionales”, sino que también en un radio de acción mayor. La experiencia descrita por distintos investigadores (Plotkin, Turkle y Vezzetti, entre otros) confirma que los conceptos freudianos se hicieron parte de lo que Beatriz Sarlo67 llamó –término rescatado por Mariano Plotkin para pensar el caso del psicoanálisis argentino– los “saberes del pobre”: “esa mezcla desprolija de discursos sobre química e ingeniería, metalurgia y electricidad, geografías exóticas y visiones que anuncian la metrópolis futura” (Sarlo, 2004, p.9). En Chile, durante las primeras décadas del siglo XX, se experimentó un aumento de las publicaciones (revistas, folletos y libros) de consumo medio y popular que coincidió con una mayor oferta cultural de masas, respondiendo a una política gubernamental que intentó llevar un nuevo set de saberes al público chileno, con el fin de aportar a su supuesta culturización. Dentro de este cúmulo se encontraban las obras de Freud, lo que serviría para preguntarse –tal como lo hace Sarlo– cuáles eran estas versiones de Freud, dónde se producían y cómo se difundían, sobre qué experiencias se difundían, qué sensibilidades y destrezas querían generar, cuáles esperanzas despertaban y a qué ausencias respondían.
Por último, la recepción local de cualquier sistema de ideas o de creencias transnacional, que tiene en cuenta esta heterogeneidad en su difusión, debe considerar además lo que el investigador chileno Luis Corvalán68 afirma sobre la recepción, diciendo: “Ciertamente, a través de este concepto de recepción pretendo subrayar el elemento de apropiación de corpus de pensamiento generados en otra parte. En todo caso, como se dijo, sin por ello negar que esa apropiación supone adaptaciones a los requerimientos que profesan lo recepcionado desde el prisma de su peculiar experiencia histórica, necesidades, tradición, formación y mentalidades. Es decir, desde cierta inevitable impronta local, por cuanto poseen una identidad determinada, se ubican dentro de una coyuntura histórica precisa, y no se hallan en el vacío” (Corvalán, 2009, p. 22). De esta manera, se debe suponer y considerar, que el proceso de recepción y apropiación del psicoanálisis en Chile estuvo atravesado por tradiciones locales, orientaciones ideológicas, cuestiones de género y todo lo que se resume a través del concepto de habitus nacional. Este concepto acuñado por Norbert Elias –y que Plotkin lo considera central para el estudio de la dimensión local del psicoanálisis– se entiende como que “la suerte de una nación a través de los siglos se sedimenta a través de sus miembros individuales” (Elias en Plotkin, 2009, p. 7).
¿Qué significa esto? Visto así, siguiendo nuevamente a Pierre Bourdieu y Roger Chartier (2011)69, un sujeto social no es un espíritu instantáneo, por lo que su conducta no sólo puede ser explicada por la presencia de un estímulo. La noción de habitus tiene sus ventajas: “[…] es importante para recordarnos que los agentes tienen una historia, que son también producto de una historia personal, de una educación asociada a un medio, pero que son también el producto de una historia colectiva y que las categorías de pensamiento, las categorías de entendimiento, los esquemas de percepción, los sistemas de valores, etc., son el producto de la incorporación de estructuras sociales” (Bourdieu & Chartier, 2011, p. 70). En este caso podemos concebir lo que vincula la historia de la recepción del psicoanálisis, entendida como una forma activa y particular de leer y practicar las enseñanzas de Freud en Chile, con la historia de Chile, conceptualizada como un devenir que hizo que los términos psicoanalíticos fueran valorados y rechazados según ese entramado colectivo.
1.4 “Freud y los chilenos”: síntesis, límites y definición.
Ya queda claro, como lo mencioné anteriormente, que dentro del campo de investigaciones que ha intentado abordar la historia del psicoanálisis, existen modos bien definidos de encarar y pensar esta particular y compleja disciplina. En consecuencia, esta investigación debió optar y formular las preguntas pertinentes que ayudaron a circunscribir el problema, dar con una manera de abarcarlo, y fijar temporalmente el lugar en el que se inscribe dicha problemática. Así, las pregntas que me pude formular fueron:
1. ¿Qué quiero historizar?, que determinó por tanto,
2. ¿Desde dónde comenzar a historizar? ergo
3. ¿Dónde mirar o buscar las fuentes de información?
Basándome en Plotkin70 y Turkle71 pude responder la primera pregunta de la siguiente forma:
Podría ser atractivo centrarme en la historia del movimiento psicoanalítico, lo que implicaría concentrarsme exclusivamente en la dimensión institucional del psicoanálisis chileno, reconstruyendo los eventos que llevaron a la creación de la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH) en 1949. Esta decisión implicaría maniobrar, por lo tanto, con las variables que este tipo de abordaje exige y restringe al mismo tiempo. A mi consideración, quedarse desde este lugar ocluye la posibilidad de realizar un análisis múltiple, que esté a la altura de un objeto de estudio tan multifacético como se puede reconocer al psicoanálisis.
Por ello, mi segunda opción era considerar las propiedades que el psicoanálisis tiene como “sistema de ideas y creencias de carácter transnacional”, donde el punto de vista institucional sería una variable más dentro de ese cúmulo de prácticas y discursos que se legitimaron por estar emparentados (de manera “real” o no) con el pensamiento de Freud. Tengo clara la complicación que esta opción tuvo para mi - fueron seis años de investigación-, pero me permitió abordar de manera interesante cómo el psicoanálisis circuló a través de las fronteras de los países y distintos espacios culturales, para llegar a nuestro país, mediante circuitos múltiples, que más de una ocasión establecen diálogos entre sí. Esta fue finalmente mi elección, la que sustentó el trabajo de este libro.
Para llevarla a cabo, tomé ejemplos de investigaciones similares en Estados Unidos, Francia y Argentina, lugares donde el psicoanálisis desbordó los límites comunes para originar una verdadera “cultura psicoanalítica” ,reflejando así su introducción en distintas capas del medio local.
En este sentido, me sumerjo en el debate historiográfico sobre el psicoanálisis chileno, tomando como señal de ruta la categoría de “recepción”, y reescribiendo así, la manera tradicional de entender la historia de esta disciplina en nuestro país. Porque aún con esto, cabría la pregunta, ¿qué sería lo chileno, aquello que es propio y que al mismo tiempo no nos pertenece, desde esta perspectiva? Rescato una cita que Alejandro Dagfal hace de Hugo Vezzetti acerca de la historia de la psicología en la Argentina:
Ahora bien ¿qué es lo ‘argentino ’ en esta historia? Los autores y los modelos de conocimiento son europeos en general y franceses en particular. Frente a esto se suele acentuar la “dependencia” y la idea de la mera copia. El problema es más amplio que el de una historia de la psicología y tiene que ver con la cuestión de la conformación de un pensamiento y una cultura nacionales. Aquí interesa resaltar la categoría de recepción: una apropiación activa que transforma lo que recibe” (Vezzetti en Dagfal, 2004, p. 9).
Apoyado en lo anterior, “lo chileno” en el constructo “psicoanálisis chileno” –más que psicoanálisis “en” Chile– serían esos actos que cruzaron lo “ya conocido”, representado por los cánones de la época (literarios, científicos, ideológicos, morales, etc.) con la “novedad” que llega al país –en este caso el psicoanálisis–, “produciendo” toda una serie de actos que lo transforman, lo subvierten, lo critican, lo apropian, lo introducen, lo difunden, lo explican, lo rechazan, etc. en diferentes circuitos de recepción, en los que participan una serie de agentes. Vezzetti lo dice mejor cuando plantea las siguientes preguntas:
“Dado que hay más de un Freud, a partir del abanico de lecturas que lo toman por objeto, ¿en qué campos preexistente de ideas y valores se van a ir inscribiendo esas referencias? ¿Cuáles fueron los nuevos problemas que esa constelación de discursos vino a encontrar y, en parte, a producir? ¿Cuáles son canales y modos de su incorporación y difusión? En todo caso, la constitución fragmentaria del psicoanálisis como objeto discursivo no es separable de condiciones de recepción en las que se apreció la presión de incluir a Freud en alguna tradición preconstituida: científica, ideológica, estética o moral” (Vezzetti, 1996, p. 14).
Aproximarse a los circuitos de recepción del psicoanálisis chileno implicó descifrar la respuesta a estas preguntas, pensando que el psicoanálisis compitió, por ejemplo, con el positivismo imperante desde finales del siglo XIX y su explicación sobre las enfermedades mentales y los problemas de “trascendencia social”. Las ideas freudianas se hicieron parte del contexto que la “cuestión social” subrayó, posibilitando, como pasó con el recordado Germán Greve Schlegel, la discusión del papel que la asistencia social debía sostener frente a los “pobres desgraciados”. Poder suponer, por ejemplo, la existencia de recepciones tanto de derecha como de izquierda del psicoanálisis con distintos usos y propósitos serían posibles de detectar. Declaro, entonces, que la perspectiva y su consecuente problema que intenta abordar es “La historia de la recepción del psicoanálisis en Chile”.
1.5 ¿Por qué 1910-1949? Periodización y sus supuestos.
Es pertinente para los lectores poder aclarar los supuestos que sustentaron el recorte temporal que realicé. Si bien estos responden en un inicio a una tentativa, su formulación buscaba situar las referencias más comunes respecto a la historia del psicoanálisis en Chile.
Por ello, los “hitos” más comentados sobre la llegada del psicoanálisis a Chile son:
a) La lectura del trabajo de Germán Greve Schlegel en Buenos Aires: este médico chileno, oriundo de Valparaíso, leyó el trabajo Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos en la Sección de Neurología, Psiquiatría, Antropología y Medicina Legal del Congreso Internacional Americano de Medicina e Higiene celebrado en Buenos Aires en 1910. Se afirma que este trabajo fue la primera comunicación de las ideas de Freud al español en Latinoamérica. Greve comentó la aplicación del psicoanálisis para combatir los síntomas obsesivos, destacando su eficacia, como también, la dificultad que tiene aplicar su método al pie de la letra. Además, se esfuerza por hacer coincidir los sistemas de pensamiento de Freud y Janet. Este trabajo fue comentado por Freud dos veces, llamándolo como el colega “probablemente alemán”. La historia señala que Greve no volvió con mayor profundidad sobre el psicoanálisis de manera pública.
b) Luego, la llegada de Fernando Allende Navarro desde Europa en 1925 y la publicación de su tesis El valor del psicoanálisis en la policlínica. Una contribución a la psicología clínica (1926) en la Universidad de Chile: Este médico chileno, según las referencias, fue el primer psicoanalista formado “oficialmente” que llegó al continente. Allende Navarro paso largos años en Europa estudiando medicina en las universidades de Suiza, Bélgica y Francia. Se formó con personalidades como Constantino Von Monakow, con quien se especializó en anatomía cerebral y con el mismo Hermann Rorschach. De vuelta a Chile, validó su título de médico en la Universidad de Chile con una tesis que introduce la práctica clínica del psicoanálisis mostrando la eficacia de su técnica con una serie de casos clínicos.
c) La fundación en 1949 de la Asociación Chilena de Psicoanálisis (APCH), donde el comienzo de la historia “oficial” del psicoanálisis chileno estaría encabezada por Ignacio Matte Blanco y sus colaboradores. Este evento reflejaría la consolidación institucional del psicoanálisis en nuestro país, ya que ese mismo año la organización fue reconocida oficialmente por la Sociedad Internacional de Psicoanálisis (IPA) en el Congreso Internacional en Zurich.
Estos tres “hitos”, tal como han sido referidos hasta el día de hoy, dejan grandes espacios de silencio en los que, aparentemente, no habría sucedido nada relevante que mereciera ser recuperado y analizado. Esta mirada está plagada del uso de categorías como “prehistoria”, “precursores”, “pioneros” y “oficialmente formados”, centrándose así en la veta clínica e institucional del psicoanálisis.
Es por ello que ocupé estos mismos parámetros temporales (19101949) para indagar en aquellos espacios en los cuales la historia “oficial” del psicoanálisis guarda silencio, tratando así de hacer emerger los circuitos de recepción y apropiación múltiple del psicoanálisis en la escena nacional. Está reconstrucción histórica se sostuvo en tres grandes supuestos, a saber:
Existen contribuciones significativas y relevantes de varios agentes locales que recibieron las ideas freudianas a través de diversas rutas intelectuales, cada una de éstas está bien definida, implicando con ello un proceso de recepción multifactorial.
Hasta el momento, la mirada que predomina sobre la historia del psicoanálisis chileno invisibiliza dichos aportes, ya que los considera como “capítulos previos” o “preparatorios” a lo que sería la historia “oficial” de la disciplina, contada desde una perspectiva exclusivamente institucional como eje de legitimación y autoridad.
Estos aportes pueden ser recuperados a través de una búsqueda reorientada que tenga en cuenta los beneficios de pensar al psicoanálisis de manera más amplia, redefiniéndolo como un sistema de ideas y creencias de carácter transnacional.
Las particularidades del caso chileno de la recepción del psicoanálisis están relacionadas de manera estrecha con las condiciones locales (sociales, económicas y políticas) de la época de su recepción, pero además con el habitus nacional, entendiendo esto como la suerte de la nación en un marco histórico, el que opera como una variable que condicionó su lectura y uso local.
1.6 Método para la investigación: la perplejidad permanente
Aproximarse a la historia de la recepción del psicoanálisis es sinónimo de estudiar una porción de la historia social, política, intelectual y científica de Chile. Sigo en esto a Aróstegui, quien define a la investigación histórica como aquellos trabajos “que tienen como objeto el comportamiento de las relaciones sociales en función de sus movimientos temporales (recurrentes o transformadores)” (Aróstegui, 2003, p. 150). Se subentiende, entonces, que la llegada de las ideas freudianas a Chile impactó y autorizó la producción innovadora dediscursos y prácticas que pueden ser detectadas y según el presente esquema: (Estado social – Acontecimiento [llegada del psicoanálisis] – Nuevo estado social).
Así, el levantamiento de información de las fuentes históricas más la aplicación del método historiográfico, definido como aquellos pasos necesarios para poder reconstruir cierto fenómeno o fenómenos sociales a partir de la elaboración de hipótesis de trabajo, permitió que los datos encontrados puedan elaborarse para producir un relato histórico lo suficientemente argumentado que dé cuenta de la particularidad de la recepción del psicoanálisis en Chile.
La complejidad del psicoanálisis como objeto de elaboración histórica ha sido considerada a partir de su amplitud y la compenetración que ha logrado en la cultura occidental actual. Desde un punto de vista antropológico, según Plotkin (2009c), el estudio de la historia del psicoanálisis cuenta con un problema adicional para distinguir las categorías “analíticas” de las “nativas”. Un investigador es parte de la cultura que quiere estudiar, por lo que investigar la historia del psicoanálisis puede implicar el riesgo de tomar un dato y “naturalizarlo” precisamente porque ocupa un lugar del problema que se quiere estudiar así como también de la cultura estudiada. Un ejemplo, es la operatoria que el concepto de “resistencia” tiene para el psicoanálisis –tanto en lo clínico como en su política institucional– enfatizando en las supuestas grandes resistencias que las ideas freudianas levantarán en cualquier sociedad en la que se encuentre. Por eso, muchas de las historias del psicoanálisis se esfuerzan por enfatizar o hacer calzar este elemento dentro de las construcciones históricas que realizan, impidiendo con ello interrogarse sobre el éxito sin precedentes de la difusión del psicoanálisis en el mundo. Lo mismo pasa con las ideas que hoy se tienen sobre la subjetividad, la mente y la sexualidad, entre otros, las que se basan o se encuentran inspiradas en el psicoanálisis, o en oposición a él. Tomando esto en cuenta, al investigador se le exige una actitud de “perplejidad permanente” o “exotización”, facilitando así una postura abierta ante lo nuevo.
En consecuencia, definimos al psicoanálisis como “un fenómeno cultural amplio. Que debe ser estudiado desde la perspectiva de la historia cultural y desde un punto de vista histórico-antropológico, sin perder de vista su naturaleza multidimensional. Es crucial tomar en consideración los diferentes niveles y espacios culturales en los que el psicoanálisis como práctica y como sistema de creencias se manifiesta” (Plotkin, 2009c, p. 12).
CAPÍTULO 2
EL “MALESTAR EN LA CULTURA” CHILENA EN EL CENTENARIO: LA IMAGEN DE UN PAÍS ENFERMO.
2.1 La recepción del psicoanálisis en Chile a la luz del Centenario (1910): análisis comparativo según una realidad regional.
Desde su temprano desarrollo, el psicoanálisis viajó por el mundo configurandose como un interesante fenómeno de carácter transnacional, algo que Ricardo Steiner (2000)72 ha calificado –inspirado en una frase de Ana Freud tras el exilio de su padre a Londres en 1938– como “una nueva clase de diáspora”. A los ojos de este autor, el psicoanálisis experimentó un verdadero proceso de aculturación, siendo transformado y adaptado a cada una de las realidades locales a las que arribó73. A mi juicio, el psicoanálisis ya había comenzado desde hace mucho tiempo a experimentar este proceso transformador. Así, desde el momento en que empezó a circular en latitudes distintas a las de su origen, desde finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el psicoanálisis fue recepcionado por distintos públicos, en diversos niveles y capas sociales, generando con ello nuevos discursos y autorizando con esto, nuevas prácticas sociales. El viaje desde Viena, lugar de origen del psicoanálisis, hacia el resto del mundo implicó una inevitable –y por lo tanto normal y esperable– lectura activa de los agentes locales, con sus respectivas reinterpretaciones, apropiaciones y conciliaciones con los problemas, inquietudes y tradiciones locales de pensamiento. En términos históricos, resulta muy valioso lograr reconstruir estos procesos entendiendo que es posible encontrar tantos “Freud” como posibles lectores existían. Lectores que, a su vez lo utilizaron según sus propios fines e intereses.
Si pensamos en términos regionales, es preciso señalar que el psicoanálisis llego muy temprano al continente, a Brasil específicamente, en el año 1899. El médico y fundador de la psiquiatría brasileña Juliano Moreira, citaba por esa época a Freud en sus clases en la Universidad de Bahía (Russo, 2012)74. De hecho, existió en el Hospital de Alienados, bajo la dirección de Moreira entre los años 1903 y 1930, una guardia psicoanalítica (Plotkin, 2009b). Incluso, en el año 1927 se creó una sociedad psicoanalítica reconocida por la Sociedad Internacional de Psicoanálisis (I.P.A), la que aunque tuvo corta vida publicó su propia revista. Así, tal como lo plantea Jane Russo el freudismo fue visto por los círculos médicos y parte de las elites locales, como una herramienta que permitiría que la nación siguiera el camino de la modernidad, haciendo que la sexualidad supuestamente descontrolada y perversa –presente como un rasgo constitutivo de la raza negra nativa– cambiara de meta hacia fines más adecuados gracias a la sublimación de los impulsos. El componente sexual de la teoría, entonces, era valorado como un factor explicativo y útil para los fines civilizatorios que las elites médicas y políticas se habían trazado. Ejemplo de esto son el libro del doctor Franco Da Rocha, de 1920, titulado O pansexualismo na doctrina de Freud75 quien destacó y simpatizó abiertamente con los postulados del psicoanálisis y el trabajo de Julio Porto-Carrero en la ciudad de Río de Janeiro. Parafraseando a Plotkin (2009c) psicoanálisis, en Brasil, era sinónimo de sexualidad.
Por otro lado, el factor sexual de la teoría psicoanalítica fue causa de rechazo por parte de los médicos argentinos. La influencia de la cultura francesa en el mundo trasandino marcó una tendencia que condicionó el comportamiento de los especialistas. Ellos toleraron al psicoanálisis más como una técnica que permitía la exploración de la psique que como una teoría acabada. El freudismo era fuertemente criticado considerándolo poco serio en términos científicos y con un excesivo énfasis en la sexualidad como único factor etiológico de las enfermedades mentales. Según Plotkin (2012), esta actitud reflejaba la fuerte influencia que el mundo galo tenía en la sociedad transandina de la época, la que alimentaba su retroceso ante las ideas freudianas. Los médicos argentinos, siguiendo a sus pares franceses, fueron muy críticos con los postulados freudianos. De esta manera, en la Argentina el psicoanálisis era descalificado por el factor en que en Brasil era valorado.
Lo interesante, además, es que en estos países se presenta una recepción múltiple del pensamiento de Freud, manifestándose de manera transversal en distintas zonas de la sociedad, a través de vías de recepción bien definidas y perfectamente reconocibles. En Brasil, por ejemplo, el psicoanálisis tuvo aparte de la psiquiatría, dos vías de ingreso y diseminación. Una de ellas fue la acción de un grupo artístico de vanguardia, quienes impulsaron el movimiento modernista brasileño, el que con sus particularidades, iban en la dirección contraria a la conducta manifestada por los médicos locales. Ellos exacerbaban aquellos elementos exóticos y salvajes presentes en la cultura brasileña en vez de reprimirlos o intentar sublimarlos. Por ejemplo, para Oswald de Andrade la sexualidad nativa era la fuerza y potencia creadora de la cultura local (Plotkin, 2011; 2009c). Otra vía fue la recepción de parte del gran público a través de una generosa serie de libros, programas de radio e inserciones del psicoanálisis en revistas populares (Russo, 2012).
El caso argentino, en cambio, detalla que en las vanguardias artísticas el psicoanálisis no tuvo mucha influencia durante las décadas del 20 y 30. El grupo relacionado con la publicación de la revista Martín Fierro fue más moderado que sus colegas brasileños, centrándose más que nada en una renovación estética, dejando así de lado alguna crítica a las condiciones sociales o políticas de ese tiempo. Su proyecto, que se tradujo en un manifiesto, tenía una fuerte postura antipsicológica por lo que el psicoanálisis no tuvo mucho lugar. Por otro lado, el discurso sobre la identidad estuvo centrada en las consecuencias de la oleada de inmigrantes que llegaron a residir a la Argentina, alterando significativamente el panorama cultural y social. Caso aparte lo constituyó Roberto Arlt, quien desde finales de la década del 20, incluyó referencias psicoanalíticas –alimentadas a partir de una visión amplia y popular del saber psicoanalítico donde eventos de la infancia de sus protagonistas eran factores explicativos de su conducta adulta– en novelas como Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931). Esta ruta presentaba al psicoanálisis como un saber legitimado en la ciencia y al mismo tiempo una técnica para trabajar materiales psíquicos como los sueños.
Tal como se evidencia en estos dos casos, la recepción del psicoanálisis (u otro sistema de ideas y creencias transnacional) está íntimamente vinculada con las condiciones sociales, políticas y económicas del suelo de recepción (Plotkin, 2011), reflejando la relación íntima que el freudismo entabló con las condiciones específicas de los distintos suelos de recepción. Visto así, este elemento se organiza como un punto nodal para pensar la historia de la recepción del psicoanálisis en Chile, ya que como se verá más adelante, su interpretación y utilización dependió directamente de la visión de crisis que se tenía del país y de los chilenos. Chile, con sus aspiraciones de asemejarse a un país europeo, veía como una fuerte amenaza la serie de vicios y descalabros que afectaban al país a comienzos del siglo XX, y que ya venían asechándolo desde finales del siglo pasado.
Cabe destacar que ambos países tenían como telón de fondo a la teoría de la degeneración, también de origen francés, la que señalaba que las enfermedades mentales y otros graves trastornos tales como el alcoholismo, la prostitución y la delincuencia eran producto de antecedentes familiares trastocados, los que se expresaban en las nuevas generaciones en dosis cada vez más fuertes (Plotkin 2012; Huertas, 1987). Esta teoría, vale la pena mencionarlo, tuvo como particularidad el ayudar a sancionar varios de los problemas sociales que afectaban a varios países de la región.
2.2 La recepción del psicoanálisis y su vinculación con nuestra historia: el habitus nacional chileno.
Se sabe que las ideas viajan por el mundo, eso es un hecho indefectible y si se piensa en el psicoanálisis, este se constituye en un ejemplo claro de dicha circulación, recepción e implantación. En nuestro país, este proceso dependió claramente de las características particulares de nuestra historia nacional. Este no es un asunto simple, ya que conjuga dos dimensiones: el transporte transnacional del psicoanálisis y sus modos locales de aterrizaje. Ya esta articulación configura un interesante problema investigativo.
De este modo, entiendo la historia de la recepción del psicoanálisis en Chile como la articulación de estas dos dimensiones, punto nodal donde se generan los sellos distintivos del caso chileno en relación con la historia del psicoanálisis pensada en términos generales. La historia del psicoanálisis, siguiendo a Plotkin (2003a) es la historia de los múltiples procesos simultáneos de recepción, circulación e implantación en las distintas culturas y sociedades en los que ha tenido presencia. Así, el “caso chileno” es un ejemplo particular de este proceso. Lo especial de este punto de vista, es que descarta la posibilidad de que los receptores sean conceptualizados como agentes pasivos, percibidos como simples repetidores de ideas foráneas, las que aplican de manera exacta en el medio local. En Chile, la evidencia muestra que muchos de los lectores del psicoanálisis trataron de combinar los conceptos freudianos con las distintas tradiciones intelectuales que dominaban la escena nacional, presentándolo como perfectamente compatible con algunas de ellas, aunque tuvieran marcos conceptuales totalmente distintos. Un ejemplo dentro de varios, como se verá más adelante, fue la mixtura del psicoanálisis con la criminología de Lombroso y Ferri.
Otro elemento propio de la recepción y que quiero destacar de manera central es la forma en que el psicoanálisis en Chile se vinculó con lo que Norbert Elias llama habitus nacional76, definido como la manera en que “el destino de un pueblo influye a lo largo de los siglos en el carácter de los individuos que lo conforman” (Elias, 2009a, p.39), concepto que permite entender como los sujetos más disímiles de una nación reciben una impronta común. Este sociólogo alemán, de origen judío, dedicó buena parte de su trabajo a teorizar sobre lo que llamó el proceso de la civilización77, que apunta, en parte, a mostrar que los cambios y transformaciones que una sociedad experimenta tienen impacto en la personalidad de sus miembros. Elias reconoce la influencia de Freud, especialmente en cómo el destino –pulsional si se quiere– de un individuo está sujeto a las coacciones externas primero, las que recibe de su medio más próximo, para luego pasar a las autocoacciones internas (Elias, 2009b). Tal como lo plantea Alejandra Golcman (2010)78, esto sucede en la medida que se desarrolla el superyó, la vergüenza y la responsabilidad social, todos productos de la influencia de Otro social.
Siguiendo a Elias, una tarea investigativa como la presente permitiría reunir factores sociológicos, históricos y psicológicos existentes en el fenómeno de la recepción. La forma de pensar el tiempo cumpliría, a mi modo de ver, un rol importante, ya que es clave para desentrañar la especificidad de un abordaje histórico sobre la recepción de las ideas en un espacio temporal y geográfico específico. No tiene que ver sólo con que se trata de una investigación histórica –y por lo tanto la actuación del tiempo es crítica– sino con que el concepto de habitus nacional tiene la ventaja de entregar elementos que permiten estudiar el devenir de una nación, representada como un destino que se cuela en los problemas que afectan a un país y las respectivas soluciones que se proponen a dichos problemas. Lo afirma Elias diciendo: “No es común, ni siquiera en nuestros días, vincular el desarrollo social actual y, en consecuencia, el carácter nacional de un pueblo con su “historia” –como se le llama–, ni en particular, con su desarrollo como Estado. […] los problemas actuales de un grupo se encuentran determinados de manera decisiva por su destino previo, por un devenir que no tiene principio” (Elias, 2009a, p. 39).
En síntesis, existen problemas que afectan –o afectaban si se piensa en un marco temporal específico o en una época pasada– a una nación que tienen directa relación con su trayectoria, ante los cuales se ofrecen soluciones específicas que son las disponibles de acuerdo también al marco de lo públicamente decible y aceptable y si se quiere agregar, lo pensable en dicha época, parafraseando a Claudia Gilman79. Siguiendo este esquema Plotkin (2009b)80, quien analizó y comparó las matrices de recepción del psicoanálisis en los casos de la Argentina y Brasil, detectando, primero, que el psicoanálisis fue leído y demandado socialmente mucho antes de su institucionalización “oficial” en la década de los 40´s del siglo pasado. Luego –y esto es muy interesante como elemento para pensar lo sucedido en Chile– pudo constatar que un sistema de pensamiento como el psicoanálisis sólo puede difundirse e implantarse en una sociedad cuando logra ajustarse a las preocupaciones locales y es compatible con el denominado habitus nacional. El caso brasileño muestra cómo las ideas freudianas sirvieron para explicar, a los médicos locales, la sexualidad supuestamente exagerada y degenerada de la población negra. Raza y sexualidad eran dos elementos fuertemente vinculados por el mundo médico, pero también desde el quehacer de las elites políticas y sociales, quienes miraban al psicoanálisis como una herramienta de civilización. Por otra parte, en la Argentina pasaba todo lo contrario, el componente sexual de la teoría freudiana era causa de rechazo por parte del mundo médico, quienes influenciados por la cultura francesa, la que estaba muy presente en varios ámbitos de la cultura trasandina, se mostraron escépticos frente a los postulados de Freud. Tanto el caso de Brasil como el de Argentina, enseñan la íntima relación entre los aspectos propios de la recepción y las preocupaciones e intereses locales.
Con todo, este preámbulo ayuda a cimentar los elementos que permitirán dilucidar una matriz de recepción particular: la relación que existió entre las especificidades del devenir nacional, específicamente los graves problemas que afectaban al país al momento de su –supuesta– aparición en 1910 y que provenían desde los albores de la llamada “cuestión social”. Buscaré describir cómo las ideas de Freud compartieron espacio con las formas de problematización y solución a estas dificultades, ofertándose como una respuesta de carácter social para el malestar colectivo que aquejaba a la nación.
De esta manera, quiero proponer la existencia de una serie de discursos y eventos de carácter científico, social y político que se articularon, facilitando una lectura particular de las ideas freudianas en territorio nacional. Chile desde finales del siglo XIX experimentaba una situación paradójica: había triunfado en la Guerra del Pacífico, existía cierta estabilidad económica gracias a las ganancias de la plata y el salitre, permitiendo algunos avances en materia pública, y en el ámbito político, la clase dirigente se vanagloriaba de su supuesta tradición republicana. Sin embargo, esta cara tenía un costado menos feliz ya que la luz del desarrollo y el progreso no circulaba para todos por igual, generando las condiciones para la irrupción desde la década de 1880 a la cuestión social. Las capas medias y bajas de la sociedad no lograban ser visualizadas por el trabajo gubernamental, cuyas acciones se centraban en el mantenimiento del poder y las riquezas en manos de la clase oligarca. Más aún, era de la clase popular de la que había que defenderse, generando acciones concretas para pensar y diseñar la ciudad, con el fin de aislarla y reducir al máximo la influencia de esta parte maldita de la metrópoli. A los ojos de la clase dirigente, el progreso y la higiene sólo se alcanzarán si la ciudad culta –sitio donde habitaban las elites– lograba separarse de los fulgores pestilentes que emananaban de los arrabales, porción bárbara de “la ciudad propia” en palabras delIntendente Benjamín Vicuña Mackenna en 1872.
2.3 Chile le abre la puerta al psicoanálisis: nuestra imperiosa necesidad de cambiar.
El hito de la celebración del Centenario constituyó, según Soledad Reyes del Solar (2007)81, un momento clave en la historia cultural chilena, permitiendo la génesis de un nutrido número de producciones culturales de carácter revisionista, las que ponían en duda y denunciaban la necesidad de hacer algo a favor del resto de la población que vivía y moría sin ser vista. Podemos considerar que muchas de las percepciones respecto a los fuertes problemas que afectaban al país, a saber: la pobreza urbana, el crimen, la locura y las llamadas enfermedades de trascendencia social (sífilis y gonorrea), ligadas a la esfera sexual de la población principalmente, tuvieron una lectura más positiva y esperanzadora gracias a los elementos que el freudismo les dio a los chilenos. La teoría freudiana aparecío menos determinista que, por ejemplo, la criminología de Lombroso y Ferri– influenciadas fuertemente por la teoría de la degeneración– siendo de gran ayuda para conseguir la concreción de una utopía nacional que habló de la construcción de un país lleno de progreso y modernidad, ajeno a los vicios y la degradación social. Las elites y los intelectuales de la época impulsaron distintas estrategias sociales y políticas, las que en muchos casos estuvieron empapadas de conceptos psicoanalíticos. El dinamismo psíquico y, especialmente, la capacidad de transformar, por medio de la sublimación, las fuerzas instintivas potencialmente peligrosas en artefactos culturales de orden superior. Este será un costado atractivo y, por lo tanto, privilegiado a la hora de leer a Freud por la mayoría de los nacionales. Por ello su trabajo será descubierto como una herramienta que ayudará a fortificar la raza chilena, en una época de fuerte cuño nacionalista que cruzará la mayoría de las producciones sociales y culturales82. El nacionalismo –o nacionalismos para ser fiel a todas las posibilidades que existieron– fue el soporte simbólico que facilitó que algunos miembros de distintos campos de la sociedad chilena (política, médica, intelectual, entre otras), considerarán al psicoanálisis como una salida para trocar el negro panorama del país, generando una visión más optimista, y quizás al mismo tiempo, ingenua hacia el freudismo y su aporte específico al país.
En Chile, el psicoanálisis fue incluido dentro del arsenal de herramientas de ayuda social, un instrumento que, apoyó la educación familiar, llevando - supuestamente- a la población a cambiar sus horizontes, dejando atrás la miseria y la degeneración –que se traducía en neurosis, locura y el crimen– las que afectaban a buena parte de la población. Las ideas freudianas, vistas así, fueron percibidas por muchos chilenos como una herramienta civilizatoria, que permitía domesticar y garantizar que el individuo renunciara a sus exigencias pulsionales en favor del resto de la comunidad. A modo de guía quiero destacar que este periodo estuvo cruzado por una manifiesta necesidad de cambiar, buscando que el país creciera y se desarrollara movilizando y potenciando sus recursos a todo nivel. Esto tuvo su correlato en el impulso político por implementar mayores reformas en favor de la justicia social, el desarrollo y el progreso del país. Es el momento de la construcción de una nueva utopía colectiva en la que el psicoanálisis tuvo una participación más que interesante. Por ello, la necesidad de cambiar y especialmente la de mejorar, impulsaron a varios sectores de la sociedad chilena a reconocer que el país experimentaba una fuerte crisis social, donde el malestar colectivo era proporcional a la alegría que existía con el advenimiento del nuevo siglo y la celebración del centenario. El psicoanálisis en Chile fue definido, tal como lo afirma Eidelsztein (2001), como una respuesta racional ofrecida ante el malestar en la cultura83.
Creo valioso mostrar el tránsito que tuvo el imaginario social sobre ese “lado oscuro” de la sociedad chilena- parafraseando a Roudinesco (2009)84-, asociado explíticamente por las elites locales a una porción específica de la ciudad: los arrabales. Estos condensaban la mayoría de los vicios que sufría la sociedad chilena en la década de 1880. Sin embargo, esto cambiará radicalmente durante las primeras décadas del siglo XX, ya que tras la implantación de una nueva forma de verse a sí mismos, facilitada por las ideas freudianas, se llegó a afirmar que: el demonio no estaba afuera, en el Otro, sino que también en cada uno de nosotros. Y ese demonio era el inconsciente postulado por Freud.
El impacto de estas ideas en el medio local, hizo valorizar aún más la acción educativa como punto clave para la vida de la nación, ya que, en potencia –y esto fue algo por lo demás mucho más democrático– cualquier persona podía ser un criminal. Los desmames del inconsciente (o del ello) gracias a la educación civilizatoria podían transformarse en acciones superiores que beneficiaran a todos. Lo anterior no supuso que la irrupción de los conceptos de Freud sustituyeron del todo a las visiones aparentemente más deterministas del ser humano. Nada de eso, ya que se podrá ver cómo este conjunto diverso de ideas, que componían la escena médico, social e intelectual de la época, convivieron mutuamente. Se podrá conocer, más adelante, las distintas combinaciones, reformulaciones y transformaciones que el psicoanálisis experimentó en tierras chilenas.
En lo que sigue, realizaré una síntesis que dé cuenta del panorama general que el país vivió en la época, tratando de reflejar los contornos y sucesos de un periodo complejo. Como la periodización del presente trabajo es bastante amplia, he optado por seguir la división que varios autores85 utilizan en virtud de la transformación de los distintos procesos sociales y políticos que se produjeron en el país durante ese tiempo. Creo firmemente que estos acontecimientos influyeron de manera significativa en cómo el psicoanálisis fue discutido y utilizado en Chile, condicionado claramentepor la atmósfera intelectual de la época. Visto de ese modo, las ideas freudianas aterrizaron en Chile en medio del cambio de siglo, transito en el que en la nación se incentivaban discuciones sobre las acciones que se debían reaizar, como también, de nuevos problemas que se debían enfrentar.

Panorama al interior de un conventillo en Valparaíso (1900).
2.4 Detalles de una una imagen con historia: la visión oscura de sí mismos y el habitus nacional chileno.
El primer hito que evidenciaría la presencia de las ideas freudianas en territorio chileno data de comienzos del siglo XX, de la mano del médico Germán Greve Schlegel. En 1910, Greve viajó a Buenos Aires para presentar a Freud y al psicoanálisis en el Congreso Internacional de Medicina e Higiene, en medio de un clima de alta tensión y pesimismo. Era una época de contradicciones, ya que las elites gobernantes hacían grandes esfuerzos por presentar una imagen positiva, avanzada y moderna del país, justamente en el año de la celebración del Centenario de la República, el 18 de septiembre de 1910. Sin embargo, este retrato distaba mucho del crudo panorama que afectaba a buena parte de la población: una nación en crisis, enferma y desigual. Se podría decir que este hecho ha marcado un rasgo definitorio del habitus nacional chileno, el que moldeó, claramente, la recepción de las ideas freudianas en nuestro país: la tensión permanente entre el deseo del orden y estabilidad provenientes de las elites gobernantes, quienes aspiraban a que Chile se pareciera lo más posible a un país europeo –especialmente a Francia o Inglaterra– acompañados por un fuerte sentimiento de amenaza frente al caos, el peligro y la degeneración. La existencia ciertas patologías que afectaban a las clases populares, pensadas como una masa informe de sujetos, atestiguaban patentemente su raíz primitiva. Así, el alcoholismo, la prostitución, el tifus, la viruela y las malas condiciones higiénicas en las que vivían no eran más que el reflejo de su espuria naturaleza. Tal como lo afirma el historiador Alfredo Jocelyn Holt86 “[…] a Chile le encanta sentirse una excepción. Y esta característica, el ser un país supuestamente ordenado, se ha constituido en la prueba confirmatoria por excelencia de nuestro anhelo providencial: el que seamos únicos, irrepetibles, un pueblo elegido” (Jocelyn- Holt, 1997, p.184). Este rasgo se puede ver, sin muchos problemas, en los relatos fulgurantes de las celebraciones del Centenario87, en los que se hacía presente “la clásica visión de Chile como un caso excepcional en el concierto de las naciones latinoamericanas debido a la solvencia de su tradición republicana” (Correa, Figueroa, Jocelyn-Holt, Rolle & Vicuña, 2001, p.42)88 junto con un ambiente lleno de optimismo patriótico.
Varios países latinoamericanos, entre ellos Chile –a la vista de Huertas & Leyton (2012)89–, tras conseguir su independencia en las primeras décadas del siglo XIX comenzaron el complejo proceso de conformación de sus Estados Nacionales. Cabe puntualizar, que en este proceso de construcción de identidad nacional el positivismo científico cumplió un papel importante, ya que fue adoptado por las elites políticas e intelectuales como la herramienta fundamental para conseguir el desarrollo de la sociedad. Ciencia y política establecieron una estrecha alianza que tuvo como horizonte a la modernidad como meta, la que ayudaría a superar el oscurantismo y el retraso que dejó la época colonial en Chile. Bernardo Subercaseaux (1997b)90 señala que este hecho fue una característica muchos de los países de la región, donde “[…] lo ideológico estuvo dado por un afán modernizador de cuño ilustrado positivista; en lo económico, por la incorporación estructural al mercado capitalista mundial; en lo social, por la inmigración masiva y la presencia de nuevos actores; y en lo político, por la instauración de regímenes teóricamente liberales pero en la práctica fuertemente restrictivos” (p.99).
El positivismo en Chile y específicamente Augusto Comte como su patrono, llegaron a tener una serie de fieles que siguieron sus principios, fundando una verdadera religión. Dentro de ellos se encontraban los hermanos Juan Enrique y Luis Lagarriegue, quienes fueron los principales cultores y difusores del pensamiento Comtiano en el país. Presentaban al positivismo como la “Religión de la Humanidad: el amor por el principio y orden por base; el progreso por fin”. Esta búsqueda incesante por el orden social, guió la organización del Estado, emanando exigencias políticas que debían ser satisfechas. Es lo que Massimo Pavarini91 define como el temor ante el desorden social amenazando el orden contenido. De hecho, el Programa de la Sociedad Positivista en su punto número 11 postulaba: “Que se adopte civilmente la divisa Orden y Progreso inscribiéndola en la Bandera Nacional”, ideales que ya estaban en la bandera de Brasil.
De esta manera, en Chile desde finales del siglo XIX se observó a una considerable profesionalización de los discursos sobre lo social. La generación de 1842, compuesta, entre otros, por los liberales Francisco Bilbao y José Victorino Lastarria, acompañados por personajes tan importantes como Andrés Bello y el argentino Domingo Faustino Sarmiento, protagonizaron un movimiento literario con distintas expresiones culturales que lograba “[…] plantear lo social como problemático, patológico, como algo que hay que diagnosticar y para lo cual diseñar remedios. Generación que debe mucho a la impronta de los exiliados argentinos y al espíritu de regeneración de Echeverría, en parte socialista utópica y en parte protopositivista, o positivista avant-la lettre, que se plantea, como en el caso de Sarmiento, a partir de las antinomias, siendo la principal de ellas la de civilización y barbarie” (Jocelyn-Holt, 1997, pp.174-175)92 93.
2.5 La confianza y esperanza en la acción de la ciencia: herramienta suprema al rescate del país.
La conexión de la obra de Sarmiento y la realidad chilena permite reconocer los valores e imaginarios que circulaban en Chile desde mediados del siglo XIX y que se fortificaron más tarde, en especial atención en el último tercio de este siglo que terminaba94. La sociedad burguesa y los círculos intelectuales se movilizaban a partir de una jerarquía de valores y significados que les permitió interpretar la realidad. Tanto en el caso chileno como en el argentino, se planteaba una lectura dicotómica de la realidad, que contaba con la fuerte presencia de un pesimismo y determinismo hacia los grupos más desposeídos. La clase dirigente buscaba en la ciencia respuestas relacionadas con la consecución del orden social, lo que generaba propuestas consistentes para intervenir la realidad. Se experimentó una verdadera biologización del discurso político, se hablaba de la degeneración de la raza chilena y se planteaba la necesidad imperiosa de huir de esa ruina. Con ello, los conceptos de decadencia y degeneración forman parte regular de la retórica pública. Ya lo declara Thomas F. Glick (1996)95, cuando dice que la década de 1880 estuvo marcada por la recepción de las ideas darwinianas en la región96, más específicamente el darwinismo social –de cuño Spenceriano y Lamarckiano–, como marco interpretativo de los conflictos del país. Se enfatizaba la idea de la necesidad de la competencia de los más aptos, donde muchos de los vicios sociales eran producto de la existencia una herencia degenerada que se manifestaba en los individuos97. Estas máximas fueron debatidas por un importante número de abogados, médicos y pensadores sociales apegados al positivismo, quienes asimilaron esta perspectiva evolucionista y las incorporaron a sus desarrollos científicos.
Es la hora de la formación de proyectos políticos para la construcción de la nación a partir del control de la población98. En esta época se comenzó a establecer un imaginario colectivo de las clases bajas y populares que fue caldo de cultivo para la posterior recepción del psicoanálisis en Chile, el que estaba basado en una mirada orgánica de la sociedad y específicamente veía a la ciudad como un gran ser vivo. Así el “[…] prestigio del que gozaban las ciencias biológicas, el evolucionismo spenceriano, las ampliamente compartidas creencias racialistas y el organicismo del pensamiento positivista explican la preferencia por las metáforas biológicas para describir y explicar la sociedad. Éstas se encargaron de tematizar abiertamente al nuevo actor, las masas, a las que consideraban distintas al individuo imaginado por la acción de la racionalidad y las luces. De hecho, eran vistas como puro cuerpo y emoción, impulsivas e irracionales, sensibles sólo a los estímulos burdos y sanguinarios y desconocedoras de sus verdaderos intereses. Política y psicológicamente eran considerados niños: inestables, emocionales y bestiales” (Lvevich & Bohoslavsky 2009, p.5). El costado irracional que las elites le adjudicaron a los sectores populares, fue un punto clave desde donde se engarzaron las ideas freudianas en Chile. Su validación social y científica residió en su supuesta capacidad para explicar y manejar el costado irracional de todo individuo. En resumen, se podría llegar de decir, que el clima social que existió en Chile en esa época facilitó la recepción del darwinismo social99, la eugenesia y, más tarde, el psicoanálisis. Isabel Torres (2010) muestra la radiografía de este tipo de construcción social de parte de las elites nacionales: el temor frente a la degeneración y los vicios de finales del siglo XIX, dio paso al miedo ante la revolución, los disturbios, la sublevación maximalista o bolchevique, a principio del siglo XX100.
Estos antecedentes ayudan, claramente, a entender mejor la intervención que el Estado como organizador de la Higiene Pública, donde el Intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackenna, durante los años 1872 y 1875, fue uno de sus máximos representantes. Vicuña Mackenna, un liberal que admiraba profundamente la cultura europea, representa los códigos autorreferentes de la elite, quienes conceptualizaron al menos dos tipos de intervención sobre la masa popular: la represión en alianza con los poderes gubernamentales y políticos –cosa que paso en los intentos de protestas y reivindicaciones populares– o la exclusión y el rechazo en la ciudad –que se tradujo en la construcción de un verdadero cordón sanitario en Santiago. La ciudad era vista como el espacio a conquistar por los principios de la Higiene Pública, pero en beneficio de los mismos miembros de la parte dorada de ella. Era una acción autoreferencial más que filantrópica. Como lo señalan Leyton & Huertas (2012) desde finales del siglo XIX, y con mayor fuerza y vigor a comienzos del siglo XX, se produjeron en Santiago un número importante de reformas urbanas con objetivos modernizadores, las que reflejaban una especie de cruzada civilizatoria para la transformación urbana de Santiago101. Se tomaron como pilares el positivismo francés y el ejemplo parisino de Haussmann, implantando de paso claras representaciones sociales que tuvieron consecuencias en la convivencia nacional. Se distinguieron dos claros y excluyentes sectores sociales: el Santiago de las elites, construido como el “París de Sudamérica” y el arrabal, esa especie de “aduar africano” -en palabras de Vicuña Mackenna- donde habitaba la muchedumbre enferma. El Camino de Cintura era el llamado a separar la ciudad propia, llena de actividad e intercambio de todo tipo, de los suburbios que, infectados de pobreza, corrupción y enfermedades, sintetizaba los males de los que la elite quería huir. El Intendente describe a estos sectores de la ciudad diciendo:
“Conocido es el orijen de esa ciudad completamente bárbara, injertada en la culta capital de Chile i que tiene casi la misma área de lo que puede decirse forma el Santiago propio, la ciudad ilustrada, opulenta, cristiana. Edificada sobre un terreno eriazo legado desde hace medio siglo por el fundador de una de nuestras más respetables familias, desde que el canal San Miguel comenzó a fecundar esa llanura, no se ha seguido ningún plan, no se ha establecido ningún orden, no se ha consultado una sola regla de edilidad i menos de hijiene. Arrendado todo el terreno a piso, se ha edificado en toda su área un inmenso aduar africano en que el rancho inmundo ha reemplazado a la ventilada tienda de los bárbaros, i de allí ha resultado que esa parte de la población, el más considerable de nuestros barrios, situado a barbolento de la ciudad, sea solo una inmensa cloaca de infección i de vicio, de crimen i de peste, un verdadero ‘potrero de la muerte’, como se le ha llamado con propiedad” (Vicuña Mackenna, 1872, pp. 24-25).
Este punto me parece muy interesante porque, como lo desarrollaré más adelante, la irrupción del psicoanálisis como discurso social de amplio espectro, sirvió para invertir en esta situación al menos desde un ángulo teórico, impactando fuertemente la visión de ser humano en la sociedad chilena: la cloaca no está solamente afuera, sino que dentro del mismo sujeto. Hasta acá, por lo menos, la ciudad era vista como el espacio donde se plasmaban los valores de la modernidad, generando una construcción social utópica de lo que se quería lograr, acompañada por claras coordenadas simbólicas que ordenaban a los invidiuos en la sociedad chilena. El orden y el progreso debían guiar la construcción de la capital, generando acciones concretas para llegar a conquistar la construcción de una ciudad burguesa, limpia, ordenada y cristiana (Leyton & Huertas, 2012). La defensa de la sociedad de los vicios y la degeneración, estuvieron en la agenda del mundo médico y político en lo que quedaba del siglo y fuertemente en las primeras décadas del venidero.
La instalación de la idea de la defensa de la sociedad fue un elemento duradero a través de la época, condimentada también con elementos de tintes claramente racistas y segregacionistas. Ya lo confirma María Angélica Illanes (2010)102 al considerar que si se habla de la sociedad de la época, hay que calificarla como una “sociedad desgarrada” donde se contrastaba el lujo y la abundancia con la miseria y el abandono en los que se encontraba buena parte de la población chilena. Problemas como la mortalidad infantil, la fiebre palúdica, tétrica, catarros, pulmonar y el tifus se contaban dentro de las causas más comunes de sufrimiento de los chilenos y chilenas. Un ejemplo de la visión que el mundo político tenía sobre estos problemas, la encontramos en Illanes cuando cita al Diputado por Valparaíso Juan E. Mackenna, quien presidió la Junta de Beneficencia, y que en 1888 declaraba ante la Cámara de Diputados lo siguiente:
“Honorable Cámara: Las condiciones generales de alimentación y de insalubridad en que vive la mayoría de los habitantes de nuestro país, no pueden ser más deplorables. Me refiero a las condiciones de alimentación del pueblo en general, a la carestía de todos los artículos de primera y más indispensable necesidad y las consecuencias necesarias e inevitables que ella produce. Sabe la Cámara que con frecuencia se desarrollan epidemias que diezman a nuestra población, llevándose miles de brazos de valor inestimables para el progreso y la riqueza del país, siendo siempre como origen principal las mismas causas a que hemos apuntado” (Mackenna en Illanes, 2010, p. 28).
Por último, tal como lo comenta Sergio Grez en el prólogo del estupendo estudio del historiador argentino Luis Alberto Romero titulado “¿Qué hacer con los pobres?”103 (2007), en esa época se conjugan una serie de miradas que las elites dirigentes tenían acerca del mundo popular: una paternalista con otra horrorizada que veía a los pobres como seres desmoralizados, llenos de vicios y corruptos. La respuesta tradicional, consistente en obras de caridad, no estaba a la altura del tremendo desafío que planteaba la “cuestión social”. En esta línea, la clase dirigente buscó una solución en la moralización y la “regeneración del pueblo”104. La mirada moralizante se proponía educar, instruir, inculcar hábitos, reglas prácticas y una ética de mejoramiento individual. ¿Un posible terreno para comenzar a hablar después de dominio personal de las pulsiones? Yo creo que sí.
2.6 La “cuestión social”: una parte de Chile se lamenta en medio de las celebraciones.
Como lo refiere Norbert Elias, si el habitus nacional es un producto de la historia del devenir de la nación, me interesa rastrear si los elementos vistos hasta aquí fueron producto exclusivo de la coyuntura de una época –el Centenario– o están impregnados de manera más íntima con la identidad nacional, constituyéndose como rasgos definitorios de ser chilenos y chienas. Así, tal como lo plantea Sergio Grez (1995)105 es casi un consenso historiográfico afirmar que los debates sobre la “cuestión social”, entendida como –y en esto se basa en James O. Morris–, las “[…] consecuencias sociales, laborales e ideológicas de la industrialización naciente: una nueva forma de trabajo dependiente del sistema de salarios, la aparición de problemas cada vez más complejos pertinentes a la vivienda obrera, atención médica y salubridad; la constitución de organizaciones destinadas a defender los intereses de la nueva ‘clase trabajadora’: huelgas, y demostraciones callejeras, tal vez choques armados entre los trabajadores y la policía o los militares y cierta popularidad de las ideas extremistas, con una consiguiente influencia sobre los dirigentes de los trabajadores” (Morris en Grez, 1995, p. 9), surgieron en Chile a partir la década de 1880, periodo que coincidía con el primer proceso industrializador del país, el que venía sucediendo a partir de la década de 1860. Luego, el proceso de maduración y auge de estas coyunturas, el que se producirá en a finales del siglo XIX y, sobretodo, a comienzos del siglo XX en Chile, generó una fuerte sensación de una profunda crisis social, política y económica.
Sin embargo, no se puede decir que este tipo de problemas aparecieron sólo en esta época, sino que ya venían discutiéndose en el corazón de la elites locales mucho antes de esta fecha. Se podría reconocer que su existencia data de la época de la llamada Patria Vieja (1810-1811), coincidiendo así con el proceso independentista106. Un ejemplo son los escritos del educador y patriota Manuel de Salas quien describe la existencia de problemas relacionados con las condiciones de vida, salarios, emigración de peones al extranjero, la migración campo-ciudad, mendicidad, inquilinaje, mantención del orden social y la relación entre diferentes clases social, entre otros107. Estas dificultades constituían “[…] verdaderas lacras, cuyo origen era atribuido a defectos estructurales de la comunidad nacional, a la propagación de las disolventes o a factores coyunturalmente negativos, como el comportamiento de ciertas clases de grupos” (Grez, 1995, p. 10), entregando, a mi modo de ver, elementos definitorios para la formación del habitus nacional.
Los principales afectados eran los integrantes del estrato más humilde y vulnerable de la sociedad: labradores, artesanos, mineros y jornaleros, los que denunciaban con su sufrimiento la deuda que la tradicional y conservadora sociedad colonial había contraído con ellos. Sin embargo, como se verá, las “estrategias” de la época se basaron en los métodos propios de la conquista: azote, cepo y trabajos forzados, los que aseguraban el tan ansiado orden social. Como grupo social, las clases populares eran calificadas de degradadas y no había otra forma de relacionarse con ellos más que utilizando el premio y el castigo. Así por ejemplo, el famoso “Organizador de la República” el Ministro Diego Portales Palazuelos en una carta a su amigo Fernando Urízar, el 1 abril de 1831 comentaba: “[…] veo que tiene usted la prudencia y la firmeza, y que entiende el modo más útil de conducir al bien a los pueblos y a los hombres. Palo y bizcochuelo, justa y oportunamente administrados, son los específicos con que se cura cualquier pueblo, por inveteradas que sean sus malas costumbres” (Portales en Grez, 1995, p.13). La visión de Portales era una especie de retrato hablado construido por las elites gobernantes sobre el bajo pueblo y su respectivo malestar. En la época, no existía ningún tipo de reflexión más acabada de los problemas de la nación, ni menos alguna responsabilización de parte de la clase gobernante. Si bien el país, según Portales, tenía cierta estabilidad, era gracias al llamado “peso de la noche”, el que lleva a la masa al reposo diario en vez de la exaltación y la revuelta. Por lo tanto, el país vivía en un cuasi orden, ya que la barbarie estaba siempre presente, lo que justificaba la su cruzada civilizadora del Estado, único garante de la paz social.
Como reacción los ya mencionados liberales Francisco Bilbao (1844) y José Victorino Lastarria108 (1849) denunciaron los privilegios que tenían las capas superiores, vociferando que su existencia era producto del vínculo con la España feudal y el catolicismo, perpetuando una sociedad de sometimiento y abusos. Para Bilbao –quien fuera excomulgado en 1844 por sus constantes ataques a la iglesia católica– en su trabajo Sociabilidad Chilena declaraba que “[…] la sociedad está dividida en dos clases: una que todo lo puede y lo goza todo, y otra que nada vale” (p.295). Del mismo modo, Lastarria en su Manuscrito del Diablo expresaba que los ricos son dueños de la tierra y los demás son vistos como: “[…] plebe, gente inmunda, vil, que debe servir” (p. 311).
Este “afán por el orden” será un articulador importante en la historia de la nación y conjugando elementos simbólicos que definieron la relación que las elites locales tuvieron con las clases populares durante el siglo XIX y principios del siglo XX. Esto formó parte de la estructuración de lo que Salazar & Pinto (2010) denominan como el Proyecto de orden y unidad nacional109, el que ha recorrido la historia del país desde su Independencia. Este proyecto que ha ido mutando según las épocas, gobiernos y coaliciones políticas de todo tipo, tenía un espíritu totalizante donde generalmente las elites gobernantes –quienes suponen que son los elegidos y adecuados para detentar el poder– construyeron objetivos de carácter nacional tratando de guiar unitariamente al resto del país, definiendo lo que debía ser o no la nación. Eso sí “[…] sino se consigue que el conjunto de la nación se pliegue a estos objetivo nacionales diseñados y dirigidos por una minoría gobernante, se llega a la conclusión de que la estabilidad y los “destinos” del país están en jaque; la crisis de una clase o del proyecto de dicha clase es la crisis de un país en su conjunto” (p.17).
Lo anterior define un elemento valioso para entender la marcada crisis que se fue expresando en el país a partir de la década de 1880, en virtud de la denuncia de los problemas sociales que aquejaban a buena parte de Chile. Este periodo se caracterizó por el acelerado crecimiento y modernización capitalista, lo que trajo un fuerte crecimiento económico, más un difícil proceso de complejización y diferenciación social. Hay que recordar que la Guerra del Pacífico (1879-1883) –o mejor llamada Guerra del Salitre en virtud de sus reales causas– ayudó a que Chile se apropiara de los centros salitreros del norte del país, los que antiguamente pertenecían a territorios peruano y boliviano, especializando con ello la actividad económica e impulsando una importante migración interna, que los incipientes conos urbanos tuvieron que absorber con mucha dificultad110. Como consecuencia, la guerra trajo el enriquecimiento de las clases altas del valle central, relacionadas con latifundios, el mundo bancario y las escasas industrias existentes en esa época, generando así una oligarquía que concentraba el poder económico y político del país.
2.7 La Belle Époque Chilena, la época parlamentaria y la república oligarca: “los franceses de Sudamérica”.
Durante la década de 1880 el mundo se encontraba en plena revolución industrial y Chile se preparaba para su inclusión en los mercados capitalistas internacionales. La extracción y exportación del salitre fue el principal motor económico del país, generando una prosperidad que se concentraba principalmente en las clases altas de la sociedad. La centralización del poder económico y político en Chile confluyó en un único grupo social: la oligarquía, que en este tiempo se renovó, asimilando a banqueros, comerciantes y propietarios de latifundios donde los inquilinos se vinieron a desempeñar como trabajadores. Los epicentros laborales del país estaban ubicados en la zona central y el norte.
El ejemplo de lo que ocurrió en el norte del país, convencía cada vez más a la clase dirigente de que ella era la única capaz de dirigir a Chile hacia el camino del éxito, acercándose al sueño de ser un país desarrollado. Desde que Chile se independizó definitivamente de España a comienzos del siglo XIX, hasta la Guerra Civil de 1891, su historia como Estado Nacional - en palabras del historiador Cristian Gazmuri (2012)- , permite configurar un balance al menos positivo. A pesar de haber sido una de las colonias menos importantes y más pobres de la Corona Española, Chile logró durante ese periodo un bienestar económico –muy mal distribuido claro está111– gracias al auge de la plata, del trigo, del cobre y finalmente el salitre, el que será la principal fuente de riqueza del país durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Esta estabilidad económica estuvo acompañada, según este autor, de una seguridad institucional, donde los gobernantes se caracterizaron por ser probos, sobrios y con un firme sentido público.
Una cuestión diferente se vivió en la llamada República Parlamentaria (1891-1925) periodo caracterizado por la incubación de un malestar social alimentado por las profundas desigualdades socioeconómicas y facilitadas por una serie de gobiernos de clase, donde la oligarquía buscó su beneficio a través del ejercicio del poder político, perdiendo, según varios críticos de la época, su calidad “moral” ante el pueblo. El poder del Presidente de la Reública era reducido112, ya que tras las reformas a la Constitución de 1833, el control de las acciones políticas se concentraba en el Congreso Nacional. El parlamento tenía atribuciones para derribar los gabinetes presidenciales gracias al recurso de la interpelación, retardar las leyes periódicas demorando el presupuesto de la nación y dilatando también infinitamente las discusiones ante los proyectos de ley. La utilización abusiva de estos mecanismos hizo que la tarea legislativa fuera lenta y extra contemporánea, produciendo también una constante rotativa ministerial113 que significó un freno para las políticas de gobierno. El desprestigio de la política se combinó con denuncias de cohecho, intervención electoral y cacicazgo político como vicios que impregnaban las acciones de los honorables. La participación en el mundo político era muy pequeña, ya que sólo podía votar cerca del 5% de la población del país, lo que hablaba de la escasa representatividad ya que los elegidos eran parte de una oligarquía homogénea, emparentada normalmente a través de lazos familiares. Así por ejemplo, los presidentes Federico Errázuriz Echaurren (1896-1901) y Pedro Montt (1906-1910) eran hijos de presidentes que gobernaron durante el siglo XIX. Germán Riesco (1901-1906) era cuñado de Errázuriz Echaurren. Lo anterior, también se reproducía a nivel parlamentario o ministerial y los ejemplos se multiplicaban de manera exponencial. Aún así, este periodo se caracterizó por la regularidad política: todos los gobiernos del periodo se sucedieron utilizando mecanismos constitucionales, a pesar de que las elecciones estuvieran llenas de los vicios.

Retrato del Matrimonio Fernández- Milicevic (1924). Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional
En esta época muchas de las decisiones importantes para el país no se discutieron ni en el Congreso ni en la Moneda, sino en lugares como el Club de la Unión, el de Septiembre, el Club Hípico o en las Logias Masónicas114. Lo mismo pasaba con los círculos ligados a la Iglesia Católica, que era por esos años, la religión oficial del país. Existía un vínculo indisoluble entre el Estado y la Iglesia que desde el tiempo de la Colonia marcaba las posibilidades del país para hacerse cargo de muchos de los problemas sociales que aquejaban a la población.
Los partidos políticos en esta época tuvieron escasas diferencias ideológicas, en gran parte, por lo reducido de su espectro. Fue más tarde cuando el radio político incluyó a otros sectores, como las capas medias y las clases populares, especialmente obreros y trabajadores, diversificando el panorama. El eje central y articulador del mundo político era la cuestión laico-religiosa, dando forma al Partido Conservador, el que representaba a la derecha clerical, el Partido Radical, por la izquierda laica, y finalmente el Partido Demócrata. En el centro se ubicaba el Partido Liberal, con varias fracciones y el Partido Nacional, de inspiración liberal. Los dos grandes bloques políticos se constituían cuando el Partido Liberal participaba de la Alianza Liberal junto a los radicales o de la Coalición en compañía de los conservadores.
Las ocho presidencias y tres vicepresidencias correspondientes a este periodo, a saber Jorge Montt Álvarez(1891-1896), Federico Errázuriz Echaurren (1896-1901), Aníbal Zañartu (Vicepresidente 1901), Germán Riesco Errázuriz (1901-1906), Pedro Montt (1906-1910), Elías Fernández Albano (Vicepresidente, 1910), Emiliano Figueroa Larraín (Vicepresidente, 1910), Ramón Barros Luco (1910-1915) y Juan Luis Sanfuentes Andoneagui (1915-1920), transcurrieron sin mayores sobresaltos, las ganancias de la explotación del salitre se mantuvieron estables –siendo la principal fuente de financiamiento estatal– enfocándose principalmente a la inversión en obras públicas: muelles, malecones, edificios estatales y administrativos, caminos y líneas férreas.
Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, la clase dirigente vivió según los cánones europeos, buscando asimilar los modismos que se llevaban en el viejo continente. De esta manera Europa, y específicamente Francia, fueron las referencias obligadas para la vida pública y privada de las principales familias de las elites chilenas. Las formas de sociabilidad, las costumbres y el refinamiento galo llenaron de frivolidad y manierismos a buena parte de los repertorios de la parte alta de la sociedad. Era el auge de la belle époque chilena115, en la que dominaba un ambiente despreocupado y alegre –según Villalobos (2010)–, propenso a la diversión y la vida fácil116. Las familias más prominentes vivían en el centro de Santiago, en el barrio República, donde se construyeron palacios lujosos al estilo árabe, neoclásico o gótico. El ideal masculino en la clase alta era una mezcla entre el gentleman inglés y el bon vivant francés. “Se admiraba lo intelectual, lo artístico, el título universitario o la profesión liberal, pero se admiraba más un tren de vida dispendioso. Mantener el ‘buen tono’ significaba llevar un estilo de vida liviano y frívolo” (Aylwin, Bascuñán, Correa, Serrano, & Tagle, 1990, pp. 56-57). Como coincidencia la ciencia hacía lo suyo impresionando a todos por la fuerza de sus descubrimientos y lo novedoso de sus avances, lo que generó un ambiente de sorpresa permanente gracias a la difusión de sus conquistas.
Las elites oligárquicas tenían el dominio del país, gozaban de sus privilegios y se jactaban de ellos públicamente, cimentando todavía más descontento en las clases populares. Ejemplo de esto son las declaraciones al diario El Pueblo del abogado y senador Eduardo Matte Pérez, miembro de una familia de banqueros, en 1899:
“Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio” (Matte en Reyes del Villar, 2004, p. 19)117
2.8 El cambio de siglo y la fiesta del Centenario: cuando se apagan las luces se enciende el nacionalismo118. ¿Somos realmente una nación iluminada?
Enrique Mac-Iver, político radical y Ex Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, en el Ateneo de Santiago en 1900, pronunció su famoso discurso titulado La crisis moral de la República119. Donde hacía una clara denuncia:
“Me parece que no somos felices; Se nota un malestar que no es de cierta clases de personas ni de ciertas rejiones del país, sino de todo el país i de la jeneralidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio i el porvenir aparece entre las sombras que producen” (Mac-Iver, 1900, pp. 4-5).
La distancia que mantenían las elites con los sectores medios –todavía muy incipientes– y las clases populares, principalmente trabajadora, era enorme. Ya lo señala Felipe Portales (2006)120: la posibilidad de realizar cambios sustanciales en favor de la clase media y del pueblo era casi imposible en esa época. La llamada “cuestión social”121 - entendida como la visualización pública de muchos de los problemas sociales, en el contexto capitalista, la incipiente industrialización del país y las penosas condiciones que afectaba al trabajador urbano- tuvo que esperar recién hasta la década de 1920 para que tener alguna respuesta oficial de parte del mundo político.
La celebración del Centenario estuvo marcada por la inauguración de varias obras insignes, las que buscaron reflejar el desarrollo económico del país y que se traducía en una serie de adelantos. Se multiplicaron las redes ferroviarias, los puentes, viaductos, los edificios céntricos con aires europeos y el puerto de Valparaíso fue tomando forma como centro neurálgico de los intercambios comerciales, gracias a la construcción de un molo de abrigo, reparado luego del terremoto de 1906. Hubo visitas de delegaciones de muchos países y se hicieron grandes fiestas para la ocasión122.
Lamentablemente la crisis que había en el ambiente se materializó en tragedia, cuando el presidente Pedro Montt murió poco antes de las celebraciones en agosto de 1910 en Alemania. Había viajado a Alemania en búsqueda de un tratamiento médico para la arritmia que lo aquejaba. Luego, curiosamente, su sucesor Elías Fernández Albano también falleció a los pocos días de haber asumido, generando un manto lúgubre ante las celebraciones. Fue el tercer sucesor Emiliano Figueroa quien encabezó las festividades.
Por otro lado, Chile era un país enfermo y muchas vidas eran presa de los males que los atacaban. En este sentido, comienzó una sensibilización del escenario público sobre el estado del país y especialmente de la incapacidad de los dirigentes locales de hacer frente a la situación. En estos años dominaron los sentimientos de pesar, frustración y un profundo revisionismo. El país ya había enfrentado a finales del milenio pasado dos momentos bélicos significativos: la Guerra del Pacífico –con los vecinos Perú y Bolivia– y la Guerra Civil de 1891. Estos eventos dejaron una impresión de pesar y crisis social en los habitantes. En esta época se encuentra el primer indicio de la llegada de las ideas de Freud a tierras nacionales. Años en los que se publicaron una serie de ensayos, que según Muñoz (1999)123, daban cuenta del estado de crisis en el que la sociedad chilena se encontraba en esa época. Por ejmplo, el Doctor Valdés Cange publicó en 1910 Sinceridad. Chile íntimo en 1910124 donde afirmaba: “Pero nosotros, los que vivimos entre los de abajo, vemos todas las miserias, todos los vicios, todas las angustias de este pueblo que se gloria de ser el más noble i viril de los nacidos en América!” (Valdés, 1910, p. 2). Tancredo Pinochet Le-Brun, por su parte, afirmaba en 1909125 “Nuestro país va a cumplir cien años de vida independiente, va a ser luego un adulto mayor de edad. Su existencia se ha deslizado hasta ahora como la de un muchacho varonil, inquieto, valiente i jeneroso. Todavía no ha tomado bien en serio la vida i no ha pensado casi nada para mañana” (Pinochet, 1909, p.6). Lo mismo, Luis Emilio Recabarren, insigne hombre de izquierda, fundador del Partido Obrero y luego del Partido Comunista, en plenas festividades declaró: “Hoy todo el mundo habla de grandezas y de progresos y les pondera y ensalza considerando todo esto como propiedad común disfrutable por todos. Yo quiero también hablar de esos progresos y de esas grandezas, pero me permitiréis, que los coloque en el sitio que corresponde y que saque a luz todas las miserias que están olvidadas u ocultas o que por ser ya demasiado comunes no nos preocupamos de ellas” (Recabarren, 1910, p. 166). Por último, en 1904 Nicolás Palacios publicó su trabajo más famoso, Raza Chilena, en el que señaló que el pueblo chileno era de una estirpe superior, combinación de los godos y los mapuches, sintetizados en la figura de el Roto. Esta obra es un ejemplo de los intentos de unificación de la población tras un imaginario común.
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