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NARRAR EL OFICIO
Todo museo comercia con el pasado y la memoria, y en esa conservación y reunión de objetos –siempre se ha dicho– descansa su ficción fundadora: uno al lado del otro y todos juntos, cada objeto cuenta de por sí una historia, pero asiste, a su vez, al significado colectivo de una historia mayor. La reunión de elementos heterogéneos se vuelve, en un museo, una representación –al tiempo que una explicación– de una cierta porción del mundo.
Los museos de las fuerzas de seguridad no escapan a tales características. Sus colecciones ponen de manifiesto una intencionalidad por reunir, conservar y exhibir ciertos objetos: banderas, cascos, medallas, bustos, uniformes, placas, armas… ¿Qué nos dicen estos objetos de la pretendida labor de las fuerzas de seguridad? ¿Qué narraciones habilitan acerca de las variadas facetas de su quehacer profesional?
El cuerpo descuartizado de Alcira Methyger, los órganos en formol del Museo de la Morgue, el blíndex del féretro de Perón, los trofeos de guerra de los museos antisubversivos, el heroísmo, la pertenencia, los caídos –y hasta los silencios institucionales– conforman así algunos de los casos y líneas narrativas que se rescatan en este libro.
Deambular por los pasillos de estos museos es deambular por las vivencias del oficio y descubrir las relaciones y los sentidos que transforman objetos y palabras en relatos institucionales. Sobre esto versan las contribuciones de este volumen. Sobre la potencialidad de mirar los museos de las fuerzas de seguridad y sus artefactos para descubrir en ellos las historias que buscan ser contadas.
MARIANA SIRIMARCO
Coordinadora
NARRAR EL OFICIO
Los museos de las fuerzas de seguridad como espacios de ficciones fundadoras
SABRINA CALANDRÓN
MARÍA EUGENIA CERUTTI
DEBORAH DAICH
DIEGO ESCOLAR
ELEA MAGLIA
MARIANO MELOTTO
PILAR PÉREZ
BRENDA WERTH

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Presentación. Museos y fuerzas de seguridad en la Argentina, por Mariana Sirimarco
1. Narrativas museísticas sobre el origen, funciones y heroísmo de la Gendarmería Nacional Argentina, por Mariano Melotto Recorriendo el Museo Histórico de Gendarmería Nacional Origen y antecedentes históricos Bautismo de fuego y “heroísmo” del gendarme “Centinelas de la patria” y “rol civilizador” del gendarme Consideraciones finales Bibliografía citada
2. Relatos policiales de Chubut: visita al Museo Comisario General Mariano H. Iralde, por Pilar Pérez El museo policial Croquis del Museo Narrativas hegemónicas y disrupciones Palabras finales Bibliografía citada
3. Ni militares, ni policías: registros de una identidad en pugna en el Museo Histórico de la Prefectura Naval Argentina, por Sabrina Calandrón Modelar una identidad Tareas prefecturianas Conclusiones Bibliografía citada
4. Los caídos en, a través y más allá del museo: el caso del Museo de la Policía Federal Argentina, por Elea Maglia El Museo La muerte como posibilidad: “el riesgo de perder la vida” Los caídos: sus rostros, objetos e historias Los caídos como merecedores de la honra institucional La otra cara de la moneda: los milagros Conclusiones Bibliografía citada Otras fuentes
5. El museo del olvido: apuntes sobre la reconstrucción de la imagen institucional de la Gendarmería Nacional Argentina, 2001-2017, Diego Escolar Rastros de una historia militar de la Gendarmería Centinelas: la omisión del pasado en el discurso público de la Gendarmería desde los 90 Enemigos íntimos: el Museo de la Gendarmería y sus fantasmas Conclusiones Bibliografía citada
6. La vida social de las cosas: tramas policiales y judiciales en la construcción de un objeto museable (el caso del blíndex de Perón), por Deborah Daich y Mariana Sirimarco I II III IV Bibliografía citada
7. Ritos íntimos y propuestas éticas en el Proyecto Museos de Vivi Tellas, por Brenda Werth Bibliografía citada
8. Con toda la muerte al aire, por María Eugenia Cerutti
9. Las huellas de lo borrado: muerte, guerra y restos corporales en los museos de la subversión, por Mariana Sirimarco Rumores e incredulidades: una introducción La muerte y la guerra: el Museo de la Policía de Tucumán El espanto posible: el Museo Histórico de Campo de Mayo La memoria invisible. Posdata Bibliografía citada
Autores y autoras
Créditos
PRESENTACIÓN
Museos y fuerzas de seguridad en la Argentina
Mariana Sirimarco
“¿Qué pensarían de estos cuadros las visitas a lo de Errázuriz? ¿Se detendría alguien, alguna vez, a mirar los Dreux? ¿O les serían tan invisibles como un empapelado beige?”. Mirando los cuadros desde el actual Museo de Arte Decorativo, la escritora y crítica de arte María Gainza1 los mira en realidad en el pasado, cuando las paredes que ocupaban esas escenas pertenecían todavía al comedor de una familia encumbrada. La imagen es potente: nos señala que hay cosas que vemos pero no miramos. En cierto sentido, es también perturbadora: visto lo suficiente, hasta un cuadro puede transformarse ante la vista en un pliego de papel anodino. Para los que nos dedicamos a la investigación académica de las fuerzas locales de seguridad, también sus museos han sido, de algún modo, espacios tan presentes e invisibles como un empapelado beige.
Y esto por partida doble.
En primer lugar, en el contexto de cierta franja de estudios museísticos, que ha llevado a la proliferación reciente de análisis sobre museos y/o lugares de la memoria y, consecuentemente, aunque en menor medida, a la consideración de acervos militares (Persino, 2008; Carnovale, 2007; Guglielmucci, 2009, 2011, 2015; Battiti, 2013; da Silva Catela, 2014). En este escenario, la invisibilidad de los museos de las fuerzas de seguridad resalta pero no asombra. En la revisión de lo sucedido durante la última dictadura cívico-militar, el manto de los estudios de memoria parece haberse posado, razonable pero privilegiadamente, sobre el accionar de las fuerzas armadas, desinteresándose mayormente del control y la represión ejercida por otras instituciones estatales. Aquí, la iluminación de algunos espacios museísticos y el eclipse de otros no deja de ser parte de un mismo movimiento.
Esta invisibilidad se juega, en segundo lugar, en el contexto de los propios estudios sobre estas fuerzas. El corpus de investigaciones locales ha fatigado escuelas, predios, oficinas, dependencias, bibliotecas y archivos de las fuerzas de seguridad, pero poco y nada se ha metido con sus museos.2 El hecho no deja de llamar la atención si consideramos que parece no haber fuerza nacional –armada o de seguridad– que no posea uno propio, y si consideramos, además, que se trata de espacios de gran envergadura y despliegue dentro de cada fuerza: cuentan con edificios propios y una cantidad de piezas inestimables (entre las exhibidas y las almacenadas). Y si consideramos, sobre todo, que se trata de espacios inigualables para dar cuenta de lógicas y relatos institucionales. Así y todo, su posición dentro de los análisis de estas agencias no ha logrado superar la cualidad de lo curioso o lo accesorio. Su papel como objeto de estudio en sí mismo se ha mantenido largo tiempo por debajo del radar de los cientistas sociales.
El presente volumen busca revertir este movimiento, y proponer a los museos de las fuerzas de seguridad como objeto específico de pesquisa académica: zonas no solo abordables sino potencialmente fructíferas para ampliar nuestro conocimiento de estas agencias estatales. Siempre se ha dicho que todo museo comercia con el pasado y la memoria. Es decir, con el ejercicio siempre complejo de su conmemoración, de su conservación y de su hechura. Se ha dicho también que museo y pasado guardan una relación de sinécdoque, en tanto el primero conserva artefactos que existían previamente y que son parte concreta y real del segundo. Y que en tanto preservador de ese fragmento históricamente real de pasado, el museo se erige como lugar por excelencia de memoria (Nora, 1989; Persino, 2008). En su mobiliario se conserva –pretendidamente– lo que fue real y verdadero.
En esta conservación y reunión de objetos –se ha dicho además– descansa su ficción fundadora: uno al lado del otro y todos juntos, cada elemento cuenta de por sí una historia, pero asiste, a su vez, al significado colectivo de una historia mayor. El museo tiene así la capacidad de hacer que una reunión de elementos heterogéneos se vuelva una representación –al tiempo que una explicación– de una cierta porción del mundo. Porque el museo, sabemos, depende de una epistemología arqueológica: requiere que los artefactos que exhibe sean, por un lado, originales, pero que expliquen colectivamente, por otro, el significado de una historia más amplia (Donato, 1979; Sherman, 1995).
Así, es a todas luces claro que todo museo brinda un relato: vuelve lo material en patrón cultural significativo. Esto es, recorta una porción de la historia y la erige en memoria. Pero en cuanto pone en escena tales discursos y valorizaciones, todo museo comercia también con el presente: condensa prácticas y sentidos cuyas significaciones y legitimidades se reactualizan. De este modo, a través de esta sumatoria de capas de objetos, fechas e intencionalidades, un museo tiene la capacidad de hacer que una reunión de elementos heterogéneos se vuelva una representación –y una explicación– de una cierta porción del mundo.
Los museos de las fuerzas de seguridad no escapan a tales características. Las colecciones en ellos exhibidas ponen de manifiesto una intencionalidad por reunir, conservar y exhibir ciertos objetos. Banderas, cascos, medallas, bustos, uniformes, placas, armas. ¿Qué nos dicen estos objetos de la pretendida labor de estas fuerzas? ¿Qué narraciones habilitan acerca de las variadas facetas de su quehacer profesional? Entre réplicas de sables, cuadros de personajes ilustres y reglamentos añejos, deambular por los pasillos de estos museos es deambular por las vivencias del oficio, y recorrer sus salas y anaqueles resulta un modo inmejorable de leer los mojones de sentido con que estas instituciones de seguridad se sienten –o se han sentido– representadas. Tal es el objetivo central de este libro: hacer de los museos de las fuerzas de seguridad una mirilla para asomarse a los modos en que se configuran, se alientan y se reproducen determinados relatos institucionales acerca de la profesión y la identidad institucional.
Abordarlos desde esta perspectiva implica asumir una premisa. Los museos de las fuerzas de seguridad resaltan, de sí mismos, su carácter de históricos. Sería sin embargo un error adscribir ciegamente a tal demanda. No porque técnicamente no lo sean, sino porque –como todo museo que se autoperciba como tal– ocultan otra cara bajo tal ropaje. Se ha señalado abundantemente que lo histórico es una de las formas clásicas que toma la ficción gobernadora de un museo, proponiendo una vinculación con la memoria que es estratégica y contingente antes que unidireccional. Un museo, antes que un espacio de exhibición del pasado, es un sitio de memoria disputada (Donato, 1979; Sherman, 1995; Buffington, 2012). Es decir, un dispositivo que elige, ordena y clasifica, pero no para representar el espectro histórico, sino para modelarlo. Lo histórico se vuelve así la pátina con que se recubre lo que en realidad es conmemorativo y celebratorio.
Es desde esta perspectiva que el abordaje analítico de los museos de las fuerzas de seguridad adquiere peso. No como modo de reconstruir, linealmente, el contexto de uso o la historia de los insumos allí exhibidos –objetos, técnicas, herramientas–, sino como modo de despejar las zonas narrativas –y políticas y sociales y morales– que estos insumos iluminan (tanto como las que dejan en sombras). O, para decirlo de otro modo, como modo de indagar las múltiples aristas con que estos espacios institucionales preconizan su métier.
Porque lo que importa a este libro es, justamente, la narración de estos tópicos institucionales específicos. No la aproximación a cualquier museo de cuerpos armados, sino el abordaje de algunos en concreto: aquellos que comercian con lo policial. Por supuesto, no hablamos aquí de lo policial en un sentido rígido o nominativo (como sinónimo de las diversas policías que existen en el país), sino en un sentido conceptual de largo alcance. Lo policial –sabemos– no es potestad exclusiva de algunas fuerzas sobre otras, sino aquello que caracteriza a todas las fuerzas de seguridad por igual: la facultad de actuación con vistas al mantenimiento y la consecución del orden público y la seguridad interna (Foucault, 1989, 1992, 2006; Benjamin, 1991; Taussig, 1996; Neocleus, 2010; L’Heuillet, 2011). Así definido, el poder de policía no es otra cosa que una técnica administrativa de gobierno para dirimir conflictos en el espacio público. Y, como tal, una capacidad transversal a diversas agencias estatales.
En términos formales, el escenario nacional reconoce dos niveles de fuerzas policiales: uno de jurisdicción federal y otro relativo a los territorios provinciales y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). En el primer nivel reviste la Gendarmería Nacional (fuerza con características militares en todo el territorio, especial y tradicionalmente en sus fronteras), la Prefectura Naval (policía de seguridad en mares, costas, ríos y lagunas del territorio nacional), la Policía de Seguridad Aeroportuaria (policía de seguridad en aeropuertos) y la Policía Federal Argentina (policía de seguridad y judicial en delitos federales en todo el territorio). En el segundo nivel revisten las fuerzas policiales de cada provincia, junto a la Policía de la Ciudad, que tiene actuación dentro del territorio de CABA.
Este volumen reúne, así, trabajos que, desde diversas disciplinas y tiempos históricos, y de la mano de especialistas en el área y las distintas fuerzas, indagan en estos espacios institucionales. No lo hace, sin embargo, ajustándose a una definición de manual acerca de lo policial, ni siguiendo a pies juntillas la ecuación una fuerza-un museo. En tanto el foco pretende posarse más sobre ejes analíticos que sobre la revisión obediente y exhaustiva de instituciones, se entenderá que algunas fuerzas de seguridad se encuentren sobre o subrepresentadas. Las variaciones aquí tienen que ver con condiciones que abarcan tanto lo institucional como lo académico, y que implican fuerzas de seguridad de profundas raíces históricas y amplio alcance territorial, fuerzas de seguridad que no poseen museos propios –la Policía de Seguridad Aeroportuaria o la Policía de la Ciudad, por ejemplo–3 o fuerzas de seguridad escasamente estudiadas. Por este motivo, se entenderá también que se abarque, en la mirada propuesta, el análisis directo o tangencial de otros espacios, como el Museo Forense de la Morgue Judicial o museos que caen (o cayeron) bajo la órbita de las fuerzas armadas. Las razones para ello son sencillas: se trata de espacios que permiten complementar la pregunta específica por lo policial.
El ejercicio que este libro propone no es otro, en definitiva, que el del mapa y el territorio que planteara Jorge Luis Borges. No el calco obsesivo de un sistema –aun si pudiéramos capturar toda esa información, ¿sería útil un conjunto de datos tan grande?–,4sino el alcance de un nivel de representación suficiente como para generar un nuevo conocimiento. En esta búsqueda, se comprenderá que no se trate tampoco de abarcar todas las líneas temáticas que proponen los museos de las fuerzas de seguridad. Las contribuciones reunidas exploran la vinculación entre objetos y nudos de sentido, adentrándose en los ejes con que se trama la identidad institucional y el quehacer profesional. Leídas en conjunto, ofrecen reflexiones acerca de un amplio espectro del trabajo y el sentir de estas fuerzas, que van de lo administrativo a lo represivo, de lo ordinario a lo excepcional. La pertenencia, el heroísmo, la masculinidad, la muerte, el delito, el crimen, la violencia conforman, así, algunas de las líneas narrativas que se rescatan en este volumen. No agotan, desde ya, todas las cuerdas del oficio. Ofrecen, en todo caso, un puntapié inicial para la invitación a un posible campo de interés.
¿Cómo presentan su historia estas fuerzas? ¿Cómo presentan la historia de las actividades que realizan? ¿Qué narración canónica nos cuentan? Pero, sobre todo, ¿cómo lo hacen? Calibrar estos aportes implica despejar, antes que nada, sus especificidades. Contrastados con otros espacios museísticos, los museos de las fuerzas de seguridad resultan instituciones singulares, y ello por varios motivos. Quien los recorra encontrará, en primer lugar, que se trata de sitios cuya curaduría no sigue parámetros necesariamente compartidos con otros museos nacionales. Su inventario ha crecido a través de la sutil combinación de la colección y el depósito, atesorando por igual objetos de valor histórico y curiosidades. Lo exhibido en las vitrinas sirve a múltiples propósitos, desde el solaz del visitante casual hasta la exposición orgullosa ante los propios. Una cierta función didáctica recorre las instalaciones. Pensado originalmente –en la mayoría de los casos– como espacio de instrucción de las propias filas, el museo de las fuerzas de seguridad ha conservado mucho de esa pretensión de enseñanza que lo ha lanzado en la ruta simultánea de la reunión y la salvaguarda de objetos.
No hay que olvidar, después de todo, que el museo policial –ahora sí en el sentido estricto del término– aparece a ambos lados del Atlántico, y de modo sincrónico, en las primeras décadas del siglo XX, justamente con este interés pedagógico. Se dice que la idea original –presuntamente surgida en el Sexto Congreso de Antropología Criminal de Turín en 1906– era alentar a los gobiernos hacia la colección de diversos elementos del oficio, no solo para conservarlos, sino para encarar, a partir de ellos, el estudio de lo policial (Chazkel, 2012; Bronfman, 2012; Caimari, 2012; Sirimarco, 2014; Valle, 2017).
Tal vez la asociación más extendida sea la del museo policial como salvaguarda de objetos delictivos: como espacio de rescate de elementos provenientes de la confiscación propia del oficio. Desde ya, no es la única ligazón posible. Otros museos policiales –el de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, sin ir más lejos– han nacido guiados por intereses emparentados, pero no idénticos:
El gran desafío se presentaba ante Vesiroglos, médico forense y profesor en ciencias criminales: ¿cómo plasmar todos los conceptos de criminalística de una manera didáctica, de modo tal que fuera comprensible para todos aquellos que lo visitaran, aun no siendo eruditos en la materia? ¿Cómo contar la historia institucional de una forma atrapante?
Por azar o designio, el Dr. Vesiroglos utilizaba en juicios, para mostrar las pruebas forenses, calcos de cera, apelando a lo didáctico y sumamente ilustrativo de los mismos. Este recurso de reproducir, en calcos de cera, diversas piezas anatómicas con la finalidad de exhibir y graficar los diferentes tipos de heridas que producen las armas al incidir y ocasionar lesiones en el cuerpo humano –ya sean armas de fuego o armas blancas, como también heridas causadas por quemaduras o lesiones provenientes de ácidos u otros químicos, siempre en contexto de investigaciones policiales y/o judiciales– sería el método pedagógico elegido como base de la didáctica educativa a implementar en el naciente museo.
En algunos casos, esos calcos eran tomados en la morgue judicial o policial directamente de los propios cadáveres, gracias a que el Dr. Vesiroglos se desempeñaba como perito ante la fiscalía en caso de ser solicitado. Es decir, esas reproducciones tomadas servían, en principio, para ilustrar a magistrados, fiscales e investigadores al momento de llevarse a cabo procesos judiciales, las cuales resultaban sumamente útiles y didácticas por la fidelidad que presentaban al ser tomadas de los mismos cuerpos que habían sido heridos. […]
Vesiroglos tuvo la oportunidad de realizar un viaje por el continente europeo, durante el cual pudo visitar y conocer la organización en materia criminal de otras policías, en especial la Sureté francesa y Scotland Yard en Gran Bretaña, tomando razón de que en tales países ya se utilizaba el método de reproducción de calcos como él lo hacía para sus clases. También allí visitó museos criminológicos donde se reproducían, en escenas completas y en tamaño natural, asesinatos y crímenes célebres […].
Esto entusiasmó de sobremanera al Dr. Vesiroglos, quien a su regreso, y ya en sus funciones en la policía, propulsó e instrumentó este recurso pedagógico en el creado Museo Criminológico (Museo Policial), incluyendo en su acervo los calcos y las escenas de crímenes célebres del ámbito nacional. Aquí el público destinatario ya no eran solo los miembros policiales sino las personas en general que quisieran conocer casos criminales y cómo la policía les hacía frente.
Los años pasaron, la sociedad fue cambiando y, junto con ella, adaptándose, lo hizo la policía y su museo. De a poco se fue dejando de lado la visión criminológica que representaban sus calcos y las escenas de crímenes, para tomar un rumbo distinto. Múltiples circunstancias hicieron que a fines de la década del 90 se decidiera contar, a través de sus muestras y exposiciones, la historia institucional, y ya no exclusivamente la historia criminal.
La escena del crimen dejaba paso a los uniformes, a las fotos, a las armas, a los documentos y otros objetos históricos que transportarían, y transportan, a los visitantes al mundo policial […] Aunque es deber mencionar que aún sigue arraigado en el recuerdo de los más viejos ciudadanos de La Plata el antiguo Museo Policial, que en la leyenda urbana se conoce como el Museo Policial de Cera.5
El desarrollo de la criminología, el interés popular por el crimen, los procesos de reforma y profesionalización policial, pero sobre todo la reivindicación pedagógica, han moldeado así el origen cuasi decimonónico de estos museos, trazando todavía hoy el curso de aquello que es seleccionado y exhibido.
Por supuesto, esto debe entenderse en un sentido flexible. Algunos de estos museos son, para la escena local, de reciente factura. El Museo Histórico de Gendarmería Nacional, por ejemplo, es creado en 1975. El Museo Histórico Central de la Prefectura Naval Argentina, en 1985. Estas cortas trayectorias no obstan, sin embargo, para que su diseño y su espíritu sigan modelos de museos policiales tradicionales y decididamente más añejos. Sin ir más lejos, el Museo Policial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires nace en 1923. Y el Museo de la Policía Federal Argentina todavía antes, en 1899. La fecha es motivo institucional de orgullo: se trata del primer museo policial en América Latina (el segundo a nivel internacional, luego del de Scotland Yard en Londres).
Los museos de las fuerzas de seguridad son singulares también en otro sentido. Se trata, para decirlo rápidamente, de espacios de algún modo híbridos. Formalmente abiertos al público general, por un lado. Como todo museo. Por otro, de apertura celosa, como toda fuerza de seguridad. Ingresar a ellos implica, en la amplia mayoría de los casos, ser convidados a cierta antesala, o ser amablemente escoltados a inscribirse –antes o después– en el libro de visitas. Caminarlos al propio aire está muchas veces vedado: el recorrido no puede prescindir del oficio de un guía, que opera además a título personalizado. Porque los museos de las fuerzas de seguridad –y este es un rasgo añadido– son sitios raramente visitados. Burbujas ajenas al ruido y a la muchedumbre, sus salas se cierran sobre sí mismas, obstinadamente vacías. No solo de público foráneo a estas fuerzas, sino también de personal propio. De hecho, no es raro el caso de quienes atraviesan su carrera profesional sin haberlos visitado nunca (también para ellos un comedor con empapelado beige).
Una tercera singularidad puede señalarse sobre estos museos. Tras sus vitrinas y sus anaqueles, tras aquello ofrecido a la vista, se esconde el acervo histórico. Si no en todos, al menos en la gran mayoría. La coexistencia no es paradójica: museo y archivo han sido tradicionalmente estructuras concomitantes, diferentes pero complementarias en su naturaleza. De un lado lo visible, los objetos ya dispuestos y seleccionados para encarnar narraciones oficiales, para servir de ejemplaridad pedagógica. Del otro, la maquinaria ciega, la masa de datos más o menos informe, la promesa de lo disponible bajo la fantasía de lo aún oculto (Carrillo, 2010).
Los museos de las fuerzas de seguridad albergan, tras bambalinas, los archivos institucionales. Por fuera de la vista queda el grueso del iceberg. No solo el largo acopio de elementos en depósito, esperando su turno para formar parte de lo visible; también esa marea de material informativo –revistas, libros, fotos, documentación administrativa, escritos originales– que fatigó, durante años, estanterías y ficheros de oficinas y dependencias. La convivencia de ambas instancias es, en estos casos, subrayable, en tanto refuerza la ilusión aséptica de lo histórico. El archivo tras el museo establece así la ficción de una continuidad sin rispideces. Lo que se exhibe en uno se presenta como síntesis digerida del otro, con todo el caudal de referencias que respaldan lo real del objeto. El archivo es una presencia invisible pero gravitante: está ahí para certificar la verdad institucional de cada elemento y cada dato. El museo se vuelve así su contracara confirmatoria, la puesta en escena de un pasado de una sola vía. Y el objeto –concebido como un resto directo de ese pasado, como su manifestación objetiva– se vuelve una instancia donde lo procesual y lo crítico aparece bloqueado (Rufer, 2018).
Pero los museos de las fuerzas de seguridad no son solo espacios de singularidades. Interrogar sus relatos supone desafíos comunes a todo museo. Entre ellos, el de trabajar con materialidades. Es decir, el de proponerse pensar a través de las cosas. La exhibición de objetos es un elemento central a toda definición de museo. Y aun cuando estos objetos se presenten como “elocuentes” –capaces de comunicar su propia significación visualmente, en cualquier marco contextual que el museo les asigne–, se trata en realidad de instancias elusivas (Sherman, 1995; Heumann Gurian, 2001).
¿Qué elementos se seleccionan, en los espacios que nos ocupan, para comportar un relato significativo? ¿Cómo se construye un objeto museístico? O, para precisar la pregunta: ¿qué características particulares adquiere esta construcción en el contexto de los museos de fuerzas de seguridad? Sabemos que toda operación museística es, en primer lugar, un ejercicio de construcción de lo real, donde lo exhibido se presenta como lo auténtico, lo original, lo genuino. Puede hacerlo desde ligazones más o menos acostumbradas; un mazo de naipes ajados de jugadores fulleros, por ejemplo. O desde apelaciones más creativas, que fuerzan al visitante a ejercicios distintos de confianza (el museo de Gendarmería exhibe, por ejemplo, una urna de madera con “tierra extraída de la Quebrada de la Horqueta”, donde falleció Güemes).
Desde ya, este tipo de construcción no se da sin contradicción. Mientras muchos de los objetos que se exponen son convincentemente presentados como “verdaderos”, otros clausuran, con su sola presencia, toda demanda de autenticidad. No hay ejemplo más patente de esto que los maniquíes. Ni más patente ni más extendido. No hay museo de seguridad que no los tenga. Uno portando el pantalón camuflado de la policía rural. Otro luciendo el traje sastre caqui de una antigua mujer de Prefectura. Un tercero vestido como guerrillero. Otro más con el saco azul y entramado de las Gendas (las Damas de Acción Social de la Gendarmería). Estos muñecos veristas atraviesan transversalmente cada uno de esos espacios, exaltando uniformes e investiduras. Se intenta que exhiban las variaciones de lo real, que ilustren lo que de épocas y zonas es representativo: el tejido particular de tal traje de verano, los colores inéditos que distinguieron tal período, los aditamentos diversos de los uniformes del mundo. Lo que logran, sin embargo, es exhibir la naturaleza construida de tal representatividad.
En ello reside su instrumentalidad: en permitir creer que enfatizan lo variado y distintivo, cuando lo que logran –a través de sus rasgos estandarizados y sus posturas corporales estáticas, que resisten la variación, la unicidad y la individualidad– es un ejercicio generalizador (Root, 1996; Varutti, 2011). Desde esta perspectiva, no es para nada casual que los maniquíes sean objetos museísticos tan preciados. Eugenio Donato (1979) ha dicho que un museo existe solo en cuanto puede borrar la heterogeneidad de los objetos que expone. Que lo que lo vuelve viable, en primer lugar, es la posibilidad de homogeneizar la diversidad de sus artefactos. Ticio Escobar (2010) lo ha dicho de otro modo: un museo es, por definición, un dispositivo paradójico, orientado a descontextualizar y recontextualizar los objetos. Es decir, un aparato que logra crear, a través de voces fracturadas, una narrativa común. Los maniquíes cumplen un papel clave en la construcción de esa abstracción generalizadora.
Y en ese movimiento de desplazamientos y reacomodos, la operación museística opera un segundo ejercicio: el de la oclusión del pasado del objeto. La bandera argentina con cinta aislante negra formando las letras del “Esc. Alacrán”. El traje de etiqueta de un comisario ultimado. Una placa de sereno, lustrosamente dorada. Detrás de los vidrios, lo expuesto aparece congelado en un instante en el tiempo. Estático en su forma y su significado. Sometido a la admiración en tanto presencia palpable –la valentía, la muerte, el sacrificio– de una significación ulterior. Lavado, por lo tanto, de todos los pasos que lo llevaron a ser lo que es. El procedimiento que lo logra es extremadamente sencillo: se trata de colocar un objeto y un cartelito sobre una base, tarima o vitrina iluminada. Y de esperar entonces que ese acto de llevar unas partículas insignificantes al grado de signo petrifique el objeto y su carga histórica.6 Así, la cosa exhibida se presenta sin fisuras; cuaja en símbolo. Se obtura su proceso de construcción.
La operación es, en todo museo, ilusoria. Nos lleva a asumir a todo insumo como un elemento detenido. Pero ningún objeto –ningún museo– es estático, sino una entidad dinámica y mutable, capaz tanto de añadirse como de descartarse, de ser preservado o de ser destruido (Alberti, 2005). Objetos y espacios se mueven y se reacomodan, al vaivén de necesidades edilicias o de nuevos ordenamientos temáticos. En los museos de las fuerzas de seguridad, sin embargo, esta operación ilusoria adquiere tintes particulares, cargados como están, sus objetos, de una cierta biografía. De un cierto pasado “delictual”.
No hay que olvidar, después de todo, que muchos de ellos fueron (son) evidencias o pruebas de delitos cometidos. Algunos no evitan la vinculación explícita con el crimen y la violencia. Las balas servidas recogidas en el lugar del enfrentamiento donde tal oficial perdió la vida. El orificio de entrada de bala en el esqueleto de Chonino, primer perro muerto en cumplimiento del deber. Pero cuando lo violento viene de la propia mano, cuando es índice de fuerza estatal, el rastro tiende a ocluirse. El objeto, por decirlo de algún modo, se sanitiza. Ahí están, por ejemplo, las esposas en vitrinas, cuya exposición prolija y numerada nos hace olvidar las prácticas concretas que las subyacen –detenciones, secuestros, procedimientos de diversa índole–. Y ahí están también las armas, convidadas por excelencia de estos museos. Presentadas como piezas tecnológicas. Custodiadas por cartelitos que especifican alcances, calibres y disparos por minuto. Ordenadas por tipologías o arregladas cronológicamente para dar noción de mejoras y evoluciones. Esterilizadas, en suma, de su carga de violencia, de su vinculación con la comisión o la represión de delitos (Jones, 1996; Scott, 2015). El éxito de esta operación sanitizante reposa en un mecanismo: el de hacer que el trabajo político de la memoria sobre el tiempo no opere rememorando sino re/des/conectando. No enmascarando al objeto –no suprimiendo las armas–, sino enmascarando su conexión con determinadas aristas de la experiencia (Rufer, 2018).
Un objeto –nos enseña el museo– no es por ende una cosa dada de antemano, algo que porta verdad de por sí, sino un espacio de relaciones sociales y sujeto, por lo tanto, a multiplicidad de ordenamientos e intervenciones. Un objeto, parafraseando a Olivia Maria Gomes da Cunha (2010), resulta un artefacto que fue hecho o rehecho innumerables veces. Esto es, que fue manipulado, cambiado, reubicado. Que fue hasta purificado. ¿Cómo llegó al museo un determinado elemento? ¿Quién decidió conservarlo y por qué? ¿Qué matices de su trayectoria se enfatizan o se silencian? Preguntarse en este volumen también por estos procesos materiales es una vía más para interrogar los modos en que los museos de las fuerzas de seguridad configuran, alientan y reproducen determinados relatos institucionales. La perspectiva entraña un desafío: el de ver a la cosa en sí. Ya no como soporte material que ilustra un argumento, sino en sí misma como significado (Henare, Holbraad y Wastell, 2007).
Este desafío se redobla en el caso del registro fotográfico. Las fotos constituyen, en los museos de las fuerzas de seguridad, técnicas de enunciación que desempeñan un papel tan fundamental como soslayado. Las hay de congresos internacionales, por ejemplo: un racimo de hombres de bigotes atusados y frac impecable. Las hay también de otra clase de hombres: más humildes, a caballo, nutriendo las filas de las patrullas terrestres. Montadas mayormente sin adornos ni marcos, navegando solitarias en paredes desnudas o agrupadas en miríadas sobre el yeso o la cartulina, las fotos se exhiben como meros rectángulos informativos de cartón. Como si se tratase de insignificantes pedazos de papel entre los objetos. Dispuestas de este modo, se vuelven gráficamente ingenuas, simples fotos “de” cosas, en cuyo estilo “sin estilo” se ha suprimido la mediación (Edwards, 2006).
Lo que emerge de este uso es la foto como prueba de verdad. Como documento capaz de dar cuenta fiel del mundo. Los expertos han señalado lo mecánico de su procedimiento como deudor de esta ilusión mimética: una naturaleza técnica capaz de crear la fantasía de una imagen aparecida de modo “automático”. Un procedimiento que, al contrario de la pintura creada por el artista, es capaz de realizarse sin la intervención de la mano humana. La fotografía, concebida de este modo, se vuelve un dispositivo idóneo para la conservación objetiva del pasado. Se muestra, en resumidas cuentas, como un auténtico auxiliar de la memoria. Como testimonio crudo de lo que efectivamente ha sucedido (Dubois, 1986; Alimonda y Ferguson, 2004; Barrios Cristaldo y Giordano, 2015).
Pero la fotografía no es un artefacto de plena visibilidad (como no lo es ningún objeto). No se rige solo por lo que muestra, sino a su vez por lo que ocluye. Se ha dicho también largamente: las fotos son relatos inacabados. O, si se quiere, relatos fragmentarios. Narrativas incompletas que no muestran todo lo que sucede. Susan Sontag (1993) lo ha resumido limpiamente: fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir. Y lo que se excluye –añadiría Philippe Dubois (1986)– es tan importante como lo que se exhibe. Ahí tenemos, sin ir más lejos, las fotos antiguas que empapelan la primera sala del Museo de Gendarmería. Un grupo de hombres con sombreros y bolsas al hombro atravesando un ramaje tupido. Nuevos hombres de sombrero ante una torre erigida entre pastizales. Primero planos de suelos. Sujetos vistos a lo lejos. Espacios agrestes y remotos. El desierto como desproporción. Las variaciones son mínimas de foto a foto. Y lo que se rubrica es claro: la tecnología llegando a los confines vacíos del país, el poder del estado fotografiándose a sí mismo mientras gana territorio. Pero lo que no se muestra también deja huella en lo que se ve: un espacio que nunca, ni siquiera por entonces, ha dejado de estar habitado, transitado y simbolizado por poblaciones indígenas. El resultado es bifronte: un espacio narrativamente vacío para ocultar su ocupación (Tell, 2001; Alimonda y Ferguson, 2004; Masotta, 2009).
Una foto es, así, una ventana que se pretende lineal hacia el mundo. Un artefacto de fuerte potencia simbólica para la construcción de discursos institucionales. Como todo objeto museístico, por lo demás. Puesta cierta atención, todo objeto (toda foto) revela marcas: del paso de la historia, de los movimientos institucionales. También un museo es, en sí mismo, un objeto revelador: de políticas institucionales, de diálogos con eventos políticos y sociales, de interacciones con otras agencias. ¿Cómo pensar los museos de las fuerzas de seguridad? ¿Cómo pensar lo que muestran? ¿Cómo pensar lo que niegan?
Este volumen gira en torno a estas preguntas mayores, desgranando interrogantes, oscilando entre miradas generales y puntuales, posando la atención sobre amplitudes o recortes específicos. Abordando el extenso compás de sus registros: desde piezas hasta formas de montaje, desde las capas que añade al relato la persona que nos guía hasta el recorrido en que vamos hilando los objetos. Abarcando lo político, pero también lo ético y lo estético de su exposición. Para no olvidar que todo museo es un objeto vivo y que el arte de su escenificación es una curiosa conversación entre el orden de lo ficticio y lo real.
Sobre esto versan las contribuciones de este libro. Sobre la potencialidad de recorrer pasillos y vitrinas para mostrar las relaciones y los sentidos que transforman objetos y palabras en relatos institucionales. Sobre la necesidad de mirar los museos de las fuerzas de seguridad y sus artefactos, para descubrir en ellos las historias que buscan ser contadas.
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Calcos de heridas varias. Museo Policial, Policía de la Provincia de Buenos Aires, s/d. Gentileza Museo Policial.

Museo Forense, s/d. Archivo General de la Nación. AGN-M.15386-c.10484s4-88794.
1. María Gainza, El nervio óptico, Buenos Aires, Mansalva, 2014, p. 15.
2. Para ciertas contribuciones tempranas en el ámbito local, ver Caimari 2012 y Sirimarco 2014.
3. La afirmación es formalmente cierta pero, aun así, no completamente exacta. La Policía de Seguridad Aeroportuaria fue creada en 2005, a partir de un decreto del Poder Ejecutivo Nacional que transfirió la entonces llamada Policía Aeronáutica Policial –institución militar dependiente de la Fuerza Aérea Argentina– del ámbito del Ministerio de Defensa a la órbita del Ministerio del Interior. El movimiento hizo que perdiera su nombre y su pertenencia castrense, así como su vinculación con el Museo Nacional de Aeronáutica, creado en 1960, que continúa bajo el mando de las fuerzas armadas. Similar vaivén guarda la Policía de la Ciudad, que comenzó a operar en CABA subsumiendo a parte de la Policía Federal Argentina y la Policía Metropolitana (en funciones desde 2010). Como se ve, no se trata entonces de fuerzas de seguridad sin museos, sino de fuerzas que han perdido la vinculación administrativa con la historia institucional mayor.
4. Tomás Saraceno, Cómo atrapar el universo en una telaraña, exposición en el Museo de Arte Moderno, Buenos Aires, 2017-2018.
5. Miriam Peña, “Museo Policial Inspector Mayor Constantivo Vesiroglos. Una breve historia”, Museo Policial, Policía de la Provincia de Buenos Aires, 2019, mimeo.
6. Pompeyo Audivert, “Museo ocultismo”, Pompeyo Audivert, 5 de julio de 2007, http://pompeyoaudivert.blogspot.com/2007/07/museo-ocultismo.html.
1. Narrativas museísticas sobre el origen, funciones y heroísmo de la Gendarmería Nacional Argentina
Mariano Melotto
Partiendo de la idea de que el sentido que las instituciones tienen sobre lo que son se construye por discursos y narrativas públicas, este trabajo indaga cómo en el Museo Histórico de Gendarmería Nacional se combinan elementos para exponer ciertos tópicos sobre lo que significa ser gendarme. Más precisamente, nos interesa mostrar dos aspectos centrales que mujeres y hombres gendarmes usan para contar quiénes son; nos referimos al origen de la institución e, íntimamente relacionado con ello, al trabajo de frontera que realizan, entendido como la función característica de la fuerza. Para ello, utilizaremos como principal insumo datos recogidos durante diferentes visitas al Museo.1 También recurriremos, en menor medida, a entrevistas realizadas como parte de nuestro trabajo de campo etnográfico realizado entre 2012 y 2014 en escuelas e institutos de Gendarmería Nacional, cuyos resultados se plasmaron en nuestra tesis de doctorado inédita, “Ingresando a la fuerza: un estudio antropológico sobre las escuelas de formación básica de la Gendarmería Nacional Argentina”, defendida y aprobada durante 2017.
Como se plantea en la introducción de este volumen, los museos recortan una parte de la historia como memoria instituida y la exponen a sus visitantes en la forma de un relato. Este es construido siempre desde y para el presente, por ello varía históricamente, ya que de no ser así pasarían a transformarse en sitios históricos o ruinas. Asimismo, es casi una verdad de Perogrullo que no hay semántica sin sintaxis (Magariños de Morentín, 1996). Así, la forma en que se combinan y ordenan los objetos que nos ofrecen los museos conforman sentido, ofrecen una explicación, en nuestro caso, sobre una institución de seguridad.
Refiriéndose al Museo Histórico de la Gendarmería Nacional, Diego Escolar explica que, al igual que la mayoría de los museos institucionales, este “es un museo del olvido. Recorta la historia y deja solo aquellos aspectos que proporcionan una imagen deseada. Está orientado a mostrar lo que se quiere ser, no lo que se es. Y esto es, básicamente, una Gendarmería muy profesionalizada y con una genealogía distinta que el Ejército” (2017: 130).2
Partiendo de estas nociones, nos proponemos entonces indagar la manera en que, a través de los relatos construidos de manera selectiva, la Gendarmería Nacional Argentina (GNA) le cuenta a quienes visitan su museo una ficción fundadora sobre su origen histórico y su labor como “centinelas de la patria”.
Recorriendo el Museo Histórico de Gendarmería Nacional
El Museo de la Gendarmería Nacional reposa a la sombra del edificio Centinela, en el barrio de Retiro, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. De acuerdo con la página web de prensa de la Gendarmería y el sitio oficial del Ministerio de Seguridad de la Nación,3 la inauguración del Museo Histórico de Gendarmería Nacional se realizó el 26 de julio de 1979. En estos sitios oficiales de internet se explica también que el Museo cuenta con una superficie de mil metros cuadrados dividida en cinco salas, cada una de las cuales lleva el nombre de antiguos integrantes de la fuerza, reconocidos por motivos disímiles, como referentes institucionales.
La primera vez que visitamos el Museo de Gendarmería Nacional fue en 2015, en el marco de un convenio de asistencia técnica entre la Universidad Nacional de Lanús y el Ministerio de Seguridad de la Nación. La visita fue circunstancial: en realidad, nos encontrábamos trabajando en el Archivo Histórico de Gendarmería Nacional que se encuentra en una oficina colindante al museo. En aquella ocasión, el comandante principal a cargo de ambas dependencias nos invitó a conocerlo, guiados por un joven oficial que llamaremos Javier4 y que es, además, historiador. Fue una visita de carácter recreativo antes que indagatorio, realizada en un descanso que nos tomamos entre revisiones de Órdenes del Día y otros documentos institucionales; a lo sumo podemos decir que fue exploratoria. Por ello, este trabajo se concentrará casi exclusivamente en los datos construidos en visitas posteriores y solo excepcionalmente haremos referencia a la del 2015, cuando lo consideremos necesario.
Tres años después, a lo largo del 2018, regresamos en dos ocasiones más al Museo Histórico de Gendarmería Nacional con el objetivo de recabar información para el trabajo que aquí presentamos. En la primera de estas dos visitas, nos recibió nuevamente Javier, que nos guió a lo largo de todo el recorrido. En la segunda realizamos un recorrido sin guía pero acompañados por un suboficial que llamaremos Franco. En esa ocasión nos recibió, además, el encargado del Museo y Archivo Histórico de la GNA, a quien nos referiremos como Gustavo. Si bien no es nuestro objetivo dar cuenta de las diferencias entre las visitas, es importante aclarar que del 2015 a la fecha se realizaron modificaciones, principalmente en la disposición de las vitrinas y de los objetos, aunque también se incorporaron nuevos temas y se quitaron otros (Escolar, 2017: 113-131).
En todas nuestras visitas iniciamos el recorrido por la sala I, que lleva el nombre de General de Brigada Don Manuel María Calderón, quien fue el primer director general de la institución al momento de su creación en 1938.5 La sala está conformada por diversos elementos organizados con el fin de representar el origen y los antecedentes históricos de Gendarmería como fuerza de frontera. Javier inicia la visita con un breve repaso por la historia de los primeros directores y nos cuenta que en los orígenes, y durante la mayor parte de la historia institucional, el director de Gendarmería debía provenir de las filas del Ejército Argentino. Continúa aclarando que esta condición fue revertida cuando el 29 de junio de 1984, por el decreto 2048 del Poder Ejecutivo Nacional, se designa como director nacional de Gendarmería al comandante general Arturo Lopetegui, un miembro que provenía de las propias filas de la institución. Así, a partir de dicho decreto del entonces presidente Raúl Alfonsín, se establece que el director de la GNA deberá provenir de las propias filas. Javier nos dice además que el 28 de julio de 2018 se cumplió el 80º aniversario de la creación de la Gendarmería.
El guía prosigue explicándonos que, en sus orígenes, la GNA era una fuerza dependiente del Ejército Argentino, por lo que se encontraba bajo la órbita del Ministerio de Defensa, y que luego en 1992 pasa a tener una doble dependencia sumando su filiación al Ministerio de Interior en lo referido a cuestiones de seguridad interior.6 Finalmente, desde 2010 y con la creación del Ministerio de Seguridad de la Nación, la GNA cambia su subordinación a este ministerio, dependencia que se mantiene hasta la actualidad.
El siguiente punto de nuestro itinerario se organiza en torno a un sector del Museo que hace referencia al Cuerpo de Blandengues. Una vitrina conserva un uniforme histórico de dicha milicia. En otra se observa una maqueta a escala del Fortín de Salto, donde se reproduce con gran detalle de dicha fortificación de madera, su empalizada o muro formado de troncos, el mangrullo, tres “ranchos”, una miniatura de un caballo “ensillado” y otras seis de blandengues distribuidos en diferentes partes de la maqueta. Otro objeto que se exhibe del Cuerpo de Blandengues es una lanza con un banderín perteneciente al fuerte El Zanjón de Chascomús, de 1770.
Una vez que nos detenemos frente a estas vitrinas, Javier retoma su relato explicando que el Cuerpo de Blandengues era una fuerza militar fronteriza de la época colonial, y sigue:
Sus inicios fueron en 1724 hasta 1810. Nosotros lo tomamos como orígenes al Cuerpo de Blandengues principalmente por las funciones que cumplía. Era la función de proteger la frontera de los aborígenes porque en ese entonces el español había dominado la parte del territorio argentino, pero no la Patagonia y tampoco lo que conocemos hoy como Chaco y Formosa. Eso estaba bajo el dominio de los aborígenes. El Cuerpo de Blandengues estaba distribuido en tres sectores: Buenos Aires, Santa Fe y la Banda Oriental. La Banda Oriental principalmente por los portugueses. Sobre todo el sur de la provincia de Buenos Aires, la frontera para evitar los malones aborígenes que atacaban a los pobladores. Eran los tres puntos estratégicos. Obviamente la mayoría de ellos eran criollos, conocedores del terreno. Al principio eran españoles y después los hijos de españoles empezaron a ocupar sus lugares. Incluso el mismo Ejército toma al Cuerpo de Blandengues como sus orígenes. Compartimos ese antecedente. Tenemos que remontarnos porque, bueno, uno trata de encontrar las funciones similares y buscamos los Blandengues como un antecedente.
El relato institucional presenta a esta milicia colonial como su primer antecedente histórico y funda dicha descendencia en la tarea de control o protección de las fronteras que, por otra parte, los gendarmes7 reconocen como la función que los caracteriza por encima de cualquier otra.
El recorrido continúa entre uniformes de la GNA; se puede ver el primero que fuera utilizado por la institución expuesto en esta primera sala, que era el mismo que usaba el Ejército y al que llaman “uniforme histórico”. El 25 de octubre de 1939, la Gendarmería cambia el verde oliva característico de sus uniformes para pasar a utilizar el bicolor con la incorporación del color arena en la camisa y el pantalón. Javier refiere que esto se hizo para diferenciarse del Ejército. Prestando atención a sus palabras, esta distinción también se construye alrededor de las funciones de cada una de estas fuerzas:
Siempre fue una fuerza policial, una policía militar. El Ejército estaba para otra cosa, no estaba para custodiar la frontera, el Ejército estaba para eventos más importantes como una guerra. Entonces necesitábamos una fuerza que protegiera las fronteras. Ya había proyectos de creación de una Gendarmería. De hecho en 1917 se creó la Gendarmería de Línea que estuvo en la provincia de Formosa. Siempre en los territorios nacionales que precisaban de una fuerza que defienda la frontera. La presencia de Gendarmería fue fundamental para la consolidación del país, fundamentalmente, y para dejar una impronta de la soberanía nacional. Esa misión la llevó a cabo la Gendarmería Nacional.
Como se aprecia en sus palabras, Javier reitera la mención a la defensa de la frontera como la función propia de la GNA, que justificó su creación. Asimismo, se cita el antecedente histórico de la Gendarmería de Línea, institución a la que podemos asignar un linaje común y, claramente, menos forzado que con el Cuerpo de Blandengues.
A medida que continuamos, el guion que ordena el recorrido insiste en describir la función de la GNA en la frontera. Luego de mostrarnos unas antiguas fotos de excavadoras, nos cuenta que parte de las actividades de Gendarmería era construir los caminos provinciales: “Una ruta provincial de Formosa está hecha por Gendarmería. Era la llegada del hombre civilizado a lugares totalmente vírgenes”. Aparece en esta frase el “rol civilizador” que la institución se autoadjudica.
Si bien volveremos más adelante sobre varias de las cuestiones que venimos mencionando, baste afirmar aquí que desde el punto de vista nativo se realiza una particular apropiación simbólica de los territorios de frontera, definiéndolos como salvajes e inhóspitos, un entorno siempre lejano de las comodidades de los centros urbanos. Dicha apropiación construye un “ambiente natural” del gendarme que trae aparejadas connotaciones distintivas y fundantes sobre lo que significa ser gendarme. Una de estas connotaciones es, como ya dijimos, su “rol civilizador”. Con dichas connotaciones nuestro guía nos explicó cómo se establecieron los escuadrones de GNA a lo largo de las fronteras nacionales:
Lo que hacía Gendarmería antes de instalarse era llevar a cabo las inspecciones territoriales. Eran tres bloques: norte, centro y sur. En aquellas provincias que estaban cerca de las fronteras iba una patrulla o un grupo para conocer el terreno y saber dónde tenían que instalarse. Después, una vez que ya estaba establecido el lugar, iba un escuadrón de treinta o cuarenta efectivos con nada, acampaban ahí en medio de la nada, imagínense con cero luz, cero personas, cero gas, y después el destacamento de perforaciones que se encargaba de buscar agua potable para abastecer a las unidades. Y las primeras unidades vivían en carpas…
Siguiendo el relato sobre el despliegue de la fuerza y su establecimiento en el terreno, vemos que se describe un territorio desconocido y sin ninguna comodidad ni adelanto tecnológico como electricidad, agua potable, o cualquier otro servicio. Asimismo, la frase “en medio de la nada” expresa lo lejano e inhóspito de dicho entorno.
Junto al sector referido al Cuerpo de Blandengues se aprecia otro dedicado al General Martín Miguel de Güemes (foto 1) y su División de Gauchos Infernales. En dicho espacio, un conjunto de significantes se ordenan en torno de un busto del prócer. Javier nos explica que en 1959 Güemes es adoptado como numen tutelar de la institución por su labor histórica durante la independencia nacional conteniendo las ofensivas realistas desde el Alto Perú. El discurso institucional traza una analogía entre dicha función y el rol de custodios de las fronteras de la GNA. Además, nos cuenta que a partir de dicho año la Escuela de Oficiales tomará también el nombre de Martín Miguel del Güemes. El ya citado trabajo de Escolar (2017: 131) da cuenta de esta referencia cuando afirma que “Güemes fue seleccionado hace muchos años por la institución como ancestro debido a su famosa lucha, durante la guerra de independencia, en las fronteras del territorio independizado de los españoles. Por su identificación con las fronteras, era el símbolo perfecto de una historia militar de la Gendarmería, una fuerza de fronteras, que se remontaría al nacimiento mismo de la nación”.
Entre las referencias a Güemes se exhiben una réplica de su sable, el típico “poncho de Güemes”, una caja de madera con tapa de vidrio que contiene tierra extraída de la Quebrada de la Orqueta, lugar donde falleciera el general, un retrato del prócer y una imitación de su uniforme. También hay un cuadro que representa una batalla librada por Güemes y sus Gauchos Infernales durante las invasiones inglesas y un dibujo de tema ecuestre de un soldado de este ejército.
Pasamos luego a la sala II, que se denomina Comandante Inspector Don Marcelo Barbieri, en conmemoración del director general de Gendarmería Nacional que fuera nombrado en agosto de 1955 en reemplazo de Manuel M. Calderón.8 En esta sala se destaca, por un lado, un sector dedicado a las actividades de montaña de la GNA y, en el otro extremo, un espacio formado por cuatro vitrinas dedicado a fallecidos en actos de servicio. Javier aclara que “actualmente tenemos 167 efectivos que murieron en estos ochenta años”. Agrega a continuación que las escuelas de suboficiales llevan el nombre de suboficiales de la fuerza que fallecieron en acto de servicio.9
Pasamos luego a la sala V, que se denomina Gendarme Miguel Ángel Tripepi, primer integrante de la fuerza caído en cumplimiento del deber el 7 de octubre de 1941 durante un enfrentamiento con contrabandistas en la provincia de Misiones. En el ingreso a la sala se destaca una vitrina dedicada a Tripepi; llama la atención la estética similar a la de un santuario. Así, al interior de dicha vitrina se encuentra una mesa cubierta hasta el piso por un paño rojo punzó o bordó, que simula un altar. Sobre ella se posa un busto de mármol de Tripepi junto a algunos objetos personales. La pared del fondo de la vitrina está cubierta por banderas argentinas y toda la escena está tenuemente iluminada.
En el resto de la sala se exponen diversos vehículos utilizados por GNA, entre ellos un auto antiguo, un camión Unimog, un vehículo para nieve, un helicóptero y carruajes de tiro que utilizaban para instalarse inicialmente en territorios en los que no había caminos, junto a una montura de cuero, entre otros. Asimismo, una de las paredes de la misma sala se encuentra cubierta por escudos pertenecientes a los diferentes destacamentos de la institución, algunos de los cuales ya se “desactivaron”. Es posible ver también un espacio destinado a la exposición de banderas de diferentes escuadrones.
Nuestro recorrido continúa por la sala III, que se denomina Comandante General Don Arturo Lopetegui, quien fuera el director general designado por el presidente Raúl Alfonsín a la vuelta de la democracia en 1983. Allí se exponen uniformes de distintas fuerzas de seguridad de Europa y de América Latina. Esto tiene que ver, nos explica el guía “con la participación de Gendarmería en misiones en el exterior. Esto comienza a principios de la década del 90. En 1991-1992 ya empiezan las primeras misiones en Angola, después en Haití. Estuvieron en Kosovo. Hoy en día hay gendarmes en la Embajada de Francia. Están uno, dos años, y después vuelven. Entonces la Gendarmería empezó a tener contacto con otras fuerzas y se aprovechaba la oportunidad para, además de conocerse, intercambiar objetos protocolares y de ahí los uniformes que tenemos en esta sala”.
Javier nos explica que estas tareas remiten al carácter de fuerza intermedia de la Gendarmería. Esta característica de ser una fuerza intermedia implica que mujeres y varones gendarmes están habilitados para realizar funciones tanto militares como policiales. En la misma línea, la página web institucional define a la GNA en los siguientes términos:
Una Fuerza de Seguridad, de naturaleza Militar con características de Fuerza Intermedia, que cumple su misión y sus funciones en el marco de la Seguridad Interior, Defensa Nacional y apoyo a la Política Exterior. Por fuerza intermedia entendemos una organización con estado militar con capacidades para disuadir y responder a amenazas, crisis, contingencias e incidentes en los ámbitos de la Seguridad Interior y de la Defensa Nacional, generando aptitudes para su empeño en operaciones de Apoyo a la Política Exterior de la Nación.10
Entre las misiones que nombra Javier se destacan las actividades en Misiones de Paz en el marco de las Naciones Unidas, en referencia a las cuales se exhibe también un uniforme de la GNA con los característicos brazalete, pañuelo y boina azules de las Fuerzas de Paz de Naciones Unidas (foto 2). Asimismo, las tareas netamente militares de la Gendarmería se describen en la última sala que visitamos en nuestro recorrido, la IV.
Además de esta colección de uniformes de otros países, la sala III también posee un espacio destinado a la exhibición de cámaras de cine, proyectores antiguos y diversos elementos de fotografía, relacionados con la especialidad de policía científica que también incumbe a la GNA. Se muestra asimismo una colección de armas antiguas, algunas de las cuales fueron utilizadas por la institución desde sus orígenes.
Por otra parte, hay una sección dedicada a las “gendarmes esposas” o familiares de los oficiales que hacen “ayuda social”. En este sector se muestra un uniforme de mujer con la insignia “Voluntarias Gendas” de la Asociación de Damas de Acción Social de Gendarmería.
Llegamos finalmente a la sala IV, que lleva el nombre de Sargento Ayudante Gumersindo Acosta en honor a uno de los siete gendarmes caídos en la guerra de Malvinas,11 muerto en combate el 10 de junio de 1982, en un enfrentamiento armado con las tropas británicas.
Este espacio está dedicado a la función militar de la GNA mediante la rememoración de su bautismo de fuego durante la guerra de Malvinas. Javier nos relata que “la guerra de Malvinas comenzó el 2 de abril y la Gendarmería empezó a participar a partir del 30 de mayo. Ese 30 de mayo en un vuelo, el helicóptero fue derribado y ahí fallecieron siete gendarmes, entre ellos Acosta”. Asimismo, se conserva en una vitrina la bandera original utilizada por el Escuadrón Alacrán en las islas (foto 3), rodeada de fotos de los ex combatientes y de diferentes momentos del conflicto bélico.
De todos los elementos que se exponen en el Museo, esta bandera es quizás el que más se asimila a una reliquia, un objeto que por su historia es digno de veneración para los actores institucionales. Javier nos contó dicha historia en la primera de nuestras visitas en 2015 y la reiteró luego, tres años más tarde. El Escuadrón Alacrán es el grupo de operaciones especiales de la Gendarmería Nacional Argentina que fue creado en 1982 con el fin de que combatiera en Malvinas, para lo cual se designaron 65 gendarmes que formaron parte de las tropas 601 y 602 del Ejército Argentino, institución a la que pertenecían por entonces. Nuestro guía nos cuenta que “el 27 y el 28 de mayo se encontraron en Comodoro Rivadavia, compraron ahí la bandera y como no se sintieron identificados con el nombre de la tropa 601 y 602, se bautizaron como Escuadrón Alacrán. Buscaban algo para diferenciarse del Ejército porque el uniforme era igual y además la única diferencia que había era lo que nosotros le decimos «la bananita» que ven acá, al costado del brazo [nos señala un uniforme]. No había algo que marcara la diferencia […] Entonces compraron esta bandera y con cinta aisladora negra pegaron y con un hilo negro lo cosieron [se refiere a la leyenda de la bandera: GENDARMERÍA NACIONAL / ESC. “ALACRÁN”]. Y el 29 de mayo parte el primer contingente en un avión Hércules, con el riesgo que eso llevaba, ¿no?, porque el control aéreo y por mar lo tenían los británicos”.
Javier también nos contó que cuando finalizó la guerra y los integrantes del Escuadrón Alacrán cayeron prisioneros a manos de tropas inglesas, uno de los gendarmes descosió su campera y ocultó la bandera en el espacio entre el forro interior y la tela externa, para que la insignia no fuera sustraída como botín de guerra por los ingleses. Así fue como la bandera pudo llegar a territorio argentino y hoy se encuentra atesorada en el Museo Histórico de Gendarmería Nacional. Este punto marca el final del recorrido que nos propone la GNA cuando visitamos su Museo.
Tomando nuestras diferentes visitas, hemos presentado hasta aquí una descripción general del recorrido que nos propone el Museo Histórico de Gendarmería Nacional. Es esta una descripción focalizada que, si bien respeta el guion que Javier nos relata, omite algunos aspectos que no son tan importantes a los objetivos de este trabajo. Pero, además de nuestros objetivos, es la propia narrativa del Museo Histórico la que destaca ciertas dimensiones, al tiempo que oculta otras. Al respecto, Diego Escolar afirma que esta narrativa museística resulta “una composición con el foco colocado en ciertos eventos o en ciertos objetos, pero de un modo discontinuo, es decir, no existía un claro hilo conductor histórico, y el silencio sobre algunos hechos era interrumpido por estridentes «ruidos» museográficos sobre otros” (2017: 127).
Nuestra descripción inicial da cuenta de la manera en que, a lo largo del recorrido, se ofrece a quienes visitan el Museo Histórico una imagen deseada de lo que se quiere ser (Escolar, 2017). Dicha imagen se ordena en torno a dos ejes principales: por un lado, aquel que da cuenta del origen y de ciertas milicias históricas que ellos señalan como sus antecedentes; por otro, el eje que se refiere a las diversas funciones que realizan, destacando entre ellas el control en las fronteras.
Origen y antecedentes históricos
La GNA fue creada por la ley 12.367 el 28 de julio de 1938, durante la presidencia de Roberto M. Ortiz, con el fin de afianzar y controlar los límites internacionales y brindar seguridad a determinados pobladores12 en regiones alejadas del poder político central con sede en Buenos Aires. Según el sitio web oficial de Gendarmería, el objetivo de su creación era “contribuir decididamente a mantener la identidad nacional en áreas limítrofes, a preservar el territorio nacional y la intangibilidad del límite internacional”. La creación de esta fuerza debe ser entendida en el contexto de un estado nacional consolidado que buscaba extender el ejercicio de su poder al resto de su territorio.
Como ya mencionamos, el Museo Histórico de Gendarmería Nacional expone una serie de referencias a milicias que ellos señalan como antecedentes históricos. Encontramos por un lado el Cuerpo de Blandengues de la Frontera y por otro la División Infernal de Gauchos de Línea comandados por el General Martín Miguel de Güemes, numen tutelar de la institución.
Para el primer caso, junto con los uniformes, la lanza y la maqueta del fortín de los Blandengues, el relato del guía apela a la protección de las fronteras como el atributo categorial en el que fundan dicha filiación. Asimismo, la línea de fortines que ocuparan estas milicias coloniales es usada para demarcar una alteridad: los aborígenes de Patagonia, Chaco y Formosa, considerados como una amenaza pues “atacaban a los pobladores” y no como un pueblo o nación que se defendía de quienes usurpaban su territorio. Por su parte, el relato del guía presenta un escenario agreste en el que se desempeñaban los Blandengues, ya que es descripto como un territorio en los límites del dominio español, al que llegaban los colonos que debían ser protegidos de los malones. Este punto es importante porque, como veremos en el siguiente apartado, los gendarmes no solamente consideran que su función más característica es el cuidado de las fronteras sino que además construyen un territorio salvaje e inhóspito al que definen como propio de su desempeño.
Por otra parte, la referencia al general Martín Miguel de Güemes y sus Gauchos Infernales se funda igualmente en el desempeño de control y vigilancia fronteriza pero ya no contra los pueblos originarios de entonces sino contra los ejércitos realistas del norte durante las luchas independentistas. Refiriéndose a las narrativas que se disputaban la construcción de la Argentina como estado nación moderno, Pablo Alabarces afirma que ante la llegada de inmigrantes anarquistas las clases dominantes van a proponer un “mito de unidad étnica; y un relato de origen que instituyó la fuerza del gaucho como modelo de argentinidad y figura épica” (2007: 40). El gaucho adquiere a partir de estos relatos un importante papel político en la guerra de la independencia contra España:
Aparecen como soldados de los ejércitos independentistas, aunque generalmente reclutados por la fuerza; para luego constituir la fuerza principal de los ejércitos formales e informales de los caudillos locales del interior de la Argentina, los federales, en su lucha contra las tropas de los sectores que intentan imponer una organización centralizada en Buenos Aires. (Alabarces, 2007: 41)
Encontramos puntos en común entre el mito de unidad étnica del que habla Alabarces y la imagen deseada sobre la GNA que nos ofrece el Museo Histórico. Resulta muy significativo que el numen tutelar de la GNA sea el caudillo salteño Martín Miguel de Güemes. Esta figura histórica sintetiza muchos de los atributos categoriales que hacen al sentido que los gendarmes tienen sobre quiénes son. Ya mencionamos su actuación militar en las fronteras del norte contra los avances realistas durante la guerra de la independencia; junto con esto, el origen provinciano del prócer y de sus tropas de Gauchos Infernales extraídas del mundo rural completan la pertinencia de la personalidad histórica escogida. La idea de la GNA como una fuerza cuyos miembros son de origen provinciano es un rasgo de la autocomprensión institucional que hemos registrado en reiteradas ocasiones a lo largo de nuestro trabajo de campo.
Durante 2012, en nuestro trabajo de campo en la Escuela de Oficiales Martín Miguel de Güemes entrevistamos a gendarmes mujeres y hombres que se desempeñaban en distintos roles: directivos, instructores, docentes, personal no docente, cadetes y otros. En varios de estos encuentros surgió la identificación de la GNA como una fuerza principalmente provinciana. Un ejemplo se dio durante una de las entrevistas realizadas al personal del gabinete psicopedagógico. Mientras conversábamos sobre las diferentes tareas que llevan adelante, una de las entrevistadas explicaba lo siguiente:
Y lo que hemos observado siempre, bueno, viste que la mayor afluencia acá en Gendarmería es de Misiones, Formosa, del interior, más que nada del interior donde se ve el accionar de la Gendarmería. Pero lo que hemos observado también es que estos últimos años es que ya vienen más de Buenos Aires también […] Tenés gente que viene y accede con toda la idiosincrasia de la Capital y lo que ves es que viene a una fuerza porque no tiene otro recurso para hacer nada… No todos. Pero tienen esa situación de “voy a entrar acá porque…”, y vienen con un montón de problemáticas y de historias difíciles. Distinto de los chicos del interior que vienen porque por ahí es por vocación, porque lo ve, porque le gusta…
Nuestra interlocutora destacaba así no solo una mayor afluencia de las provincias “del interior” sino además el carácter vocacional de estos jóvenes hombres y mujeres, en comparación con quienes provienen de Buenos Aires, que ingresarían por ser el único recurso con el que cuentan. De manera similar, un subalférez recién egresado a quien pudimos entrevistar se refirió a este punto de la siguiente manera:
No es lo mismo Gendarmería en Buenos Aires, que se empezó a conocer hace dos o tres años atrás, que Gendarmería en las fronteras del norte, y Gendarmería es una fuerza muy respetada allá en el norte. Y como yo veía que Gendarmería era una fuerza prestigiosa, dije: “Bueno, quiero ser gendarme”.
Del mismo modo, durante una de nuestras visitas al Museo Histórico, Javier se refería a este carácter provincial de la GNA al mostrarnos una serie de cuadros con los escudos de las provincias que fueran pintados y donados al Museo por una historiadora oriunda de la provincia de Salta:
Después, bueno, allá tenemos un sector dedicado que fue donado por… esos cuadros que usted ve son pintados a mano, aunque parezca mentira, son los escudos de las provincias que fue donado por la doctora en Historia, la señora Arancibia, oriunda de Salta. Una mujer grande que quería que su colección estuviese acá en el Museo, porque ella tiene un cariño muy grande con la institución. Gendarmería está mucho en la provincia, el gendarme está muy arraigado, [es] muy representativo de todas las provincias. Y la madre de esta señora tenía mucho contacto con los gendarmes, muchos de los gendarmes, algunos, no sabían escribir o no sabían leer, y la madre les enseñaba.
Debido a su función original de fuerza de frontera, las provincias constituyen el territorio histórico donde se ha desempeñado la Gendarmería desde sus orígenes. El primer escuadrón se instaló en 1939 en la localidad de Roque Sáenz Peña, provincia de Chaco.
Quisiéramos cerrar este apartado resumiendo el mito fundador sobre el origen de la institución que, a través de la combinación de objetos exhibidos y un guion que el guía relata a los visitantes, se narra en el Museo Histórico de Gendarmería Nacional. Como hemos visto, este relato afirma que la GNA toma como sus antecedentes milicias históricas como el Cuerpo de Blandengues y la División de Gauchos Infernales de Martín Miguel de Güemes. Tal parentesco se establece en la función de vigilancia fronteriza que cumplían estas huestes en territorios alejados del poder central. En continuidad con esto último se entiende a la GNA como una fuerza originariamente campestre y provinciana.
Bautismo de fuego y “heroísmo” del gendarme
En este apartado y el siguiente describiremos el segundo eje en torno al cual se construye, en el Museo Histórico de Gendarmería Nacional, la imagen deseada de la institución. Nos referimos a aquel que se refiere a las funciones y tareas que realiza.13 Lo primero que debemos decir al respecto es que la GNA, como nos han explicado Javier y otros gendarmes, es una “fuerza de seguridad de carácter intermedio”, lo que significa, como ya aclaramos, que tiene incumbencia tanto en la seguridad interior como en la defensa nacional.
El rol de la GNA en la defensa nacional sobresale en el relato museístico de la sala IV, Sargento Ayudante Gumersindo Acosta, dedicada exclusivamente a conmemorar el bautismo de fuego en la guerra de Malvinas. Este hecho histórico constituye un atributo categorial de enorme peso en la identificación de quienes revistan en la institución. Además de la bandera del Escuadrón Alacrán, que ya mencionamos, la sala IV presenta una vitrina dedicada al sargento Acosta donde se destaca, sobre el fondo de una bandera argentina, su retrato rodeado de objetos que le pertenecieron, como una boina, una gorra de plato, guantes, jinetas, su legajo, una carta que le escribiera a su hijo días antes de su muerte, entre otras.
Toda la sala es una evocación a los caídos en ese conflicto bélico, a quienes se honra como héroes de guerra. Se observa también un póster con la nómina de todo el personal de GNA convocado a la guerra de Malvinas; luego, los que llegaron a participar, y finalmente los caídos en combate. Sobre una de las paredes se ha construido un “cuadro de honor” rindiendo homenaje a los “Gendarmes caídos en Malvinas”, formado por las fotos de cada uno de los gendarmes fallecidos en la guerra. Se recupera así la participación de la Gendarmería Nacional en la guerra, evento bélico que, si bien generó duras críticas a los altos mandos militares y gubernamentales de entonces,14 goza, sin embargo, de reconocimiento por parte de amplios sectores de nuestra sociedad, principalmente para con los combatientes y con los caídos que han sido encumbrados como héroes de guerra.
Además de la sala dedicada a Malvinas el Museo presenta, a lo largo de todo su recorrido, reiteradas referencias a los caídos en actos de servicio. Recordemos que tres de las cinco salas tienen nombres de integrantes de la fuerza que murieron en estas circunstancias: Arturo Lopetegui (sala III) murió en 1986 en un accidente aéreo; Ramón Gumersindo Acosta (sala IV) murió en combate durante la guerra de Malvinas, y Miguel Ángel Tripepi fue el primer integrante de la fuerza fallecido en acto de servicio durante un enfrentamiento armado en 1941. Los tres tienen, además, vitrinas conmemorativas individuales.
También vimos que en la sala II hay un sector dedicado a los caídos en cumplimiento del deber formado por cuatro vitrinas. La más cercana al ingreso a la sala está dedicada a dos gendarmes: nuevamente al sargento ayudante Ramón Gumersindo Acosta y al sargento Alberto Escobar. Este último falleció el 2 de febrero de 1976 al arrojarse sobre una granada, activada accidentalmente, durante una clase de instrucción que impartía a otros suboficiales. En la vitrina hay un documento escrito que resume su trayectoria en la fuerza donde, al final, puede leerse: “El día 2 de febrero de 1976 ocurrió el trágico hecho en el que entregó su vida al prójimo, en un acto heroico y cumpliendo funciones como Subinstructor de los Suboficiales de la Fuerza que orgullosamente integró”.
Seguidamente se observa un atril con un póster donde, una vez más, se rinde homenaje a los fallecidos en Malvinas, se aprecia un mapa de las islas y, debajo, las fotos de los siete caídos.
La vitrina que sigue se dedica exclusivamente a los gendarmes fallecidos el 28 de agosto de 1975 durante el Operativo Independencia, cuando la agrupación guerrillera Montoneros derribó un avión Hércules del Grupo 1 de Transporte de la Brigada Aérea, mientras este despegaba del aeropuerto Teniente General Benjamín Matienzo. Los fallecidos fueron los gendarmes Raúl Remberto Cuello, Evaristo Gómez, Juan Argentino Luna y Marcelo Godoy, y los sargentos primeros Pedro Yanes y Juan Riveros. La vitrina está acompañada además por un cuadro del avión Hércules en el momento de la explosión y debajo las fotos de los fallecidos.
En el rincón contiguo se dispone la vitrina de mayor tamaño de la sala, en la que se rinde homenaje –a través de imágenes, notas de la prensa y carteles con los nombres de los fallecidos y las circunstancias de las muertes– a los siguientes gendarmes: el ya mencionado Tripepi, primer gendarme muerto en acto de servicio; el auxiliar Carlos Antonio Lafuente, primer oficial fallecido en 1951 en un tiroteo en el paraje Itacaruaré, provincia de Misiones; se honra nuevamente al director nacional Barbieri y a otros cuatro gendarmes (tres oficiales comandantes y un suboficial), que también fallecieron junto con él en el accidente aéreo de Gualeguaychú en 1986; el comandante Rubén Raúl Aguirre, asesinado en una Misión de Paz en Luanda (Angola) en mayo de 1995; a seis gendarmes que murieron en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) en marzo de 1999 por la caída de un helicóptero; al cabo primero Gustavo Ariel Gómez, quien falleció también en la Minustah que prestó auxilio durante el terremoto de 2010, y al cabo Roberto Omar Centeno, asesinado de un tiro en la cabeza en octubre del 2008 en el barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache), provincia de Buenos Aires.
La última vitrina que forma parte de este espacio dedicado a los fallecidos en actos de servicio rinde honores al cabo Juan Adolfo Romero, quien falleciera en un enfrentamiento armado contra el Ejército Guerrillero del Pueblo liderado por Jorge Ricardo Masetti, en abril de 1964, durante la denominada Operación Santa Rosa en la provincia de Salta.
Al considerar todas estas referencias a los caídos en actos de servicio, podemos pensar al Museo Histórico como alegoría de un mausoleo donde se rememora a los mártires de la institución. Diego Galeano, refiriéndose a la construcción del heroísmo policial, afirma que “el culto a los muertos no era solo una práctica interna para la reafirmación de los valores policiales. Apuntaba además a incitar sentimientos de compasión entre los vecinos de Buenos Aires” (2011: 216). Entendemos que también en nuestro caso el culto a los muertos desplegado a lo largo del recorrido persigue un efecto de compasión por parte de los visitantes. Pero, además de este efecto martirizante, la exhibición del sacrificio de la propia vida los exalta como héroes que murieron por la patria, fuera en la guerra o defendiendo sus fronteras, construyendo un rasgo sustancial de la imagen deseada (Escolar, 2017) que la institución ofrece a quienes recorren el Museo Histórico de Gendarmería Nacional.
“Centinelas de la patria” y “rol civilizador” del gendarme
Otra característica que podemos apreciar al visitar el Museo Histórico de Gendarmería es que refleja la multiplicidad y heterogeneidad de funciones que los gendarmes realizan. Además de la intervención en conflictos bélicos, podemos mencionar la participación de la GNA en Misiones de Paz. Si a esto sumamos las actividades netamente policiales en grandes conglomerados urbanos que la GNA ha venido realizando desde los últimos años,15 podemos dar cuenta de otro rasgo que los gendarmes reconocen como propio y que ellos denominan “plasticidad” o “adaptabilidad”. La heterogeneidad y multiplicidad de funciones es una de las características con las que ellos se identifican. Para dar cuenta de este punto recurriremos a un fragmento de una entrevista que mantuvimos con uno de los instructores de la Escuela de Oficiales Martín Miguel de Güemes durante 2012. Él explicaba este aspecto como una particularidad de la fuerza de la siguiente manera:
Básicamente nosotros como fuerza somos diferentes al resto de las fuerzas –por así decirlo– policiales, o de seguridad y militares. Si por ahí nos fijamos en el concepto de Gendarmería Nacional va a ver que es una fuerza de seguridad de naturaleza militar que cumple su función y misiones en el marco de la defensa nacional, la seguridad interior y el apoyo a la política exterior de la Nación, o cualquier otro requerimiento de la Justicia Federal. A raíz de esta definición de Gendarmería y por nuestros… Nosotros tenemos reglamentos, ¿no? Gendarmería está en capacidad de realizar tres tipos de operaciones: operaciones militares, operaciones policiales y de movimientos y descanso en tiempo de paz […] Dentro de las operaciones realizamos las operaciones policiales, y dentro de estas actividades están todas las actividades que en la actualidad está realizando en estos tipos de operativos, Cinturón Sur, Centinela, etc. Igualmente, usted fíjese que en tiempos de paz en Gendarmería nos regimos por la Ley de Seguridad Interior y, principalmente, ¿qué tipos de actividades realizamos? Operaciones policiales: control de rutas, allanamiento, patrullaje y diferentes tipos de investigaciones –por así decirlo– ordenados por la Justicia ¿no? Pero todo son operaciones policiales. Eso viene ya desde la ley de creación de nuestra fuerza.
Los gendarmes entienden que este amplio abanico de funciones ha devenido en el desarrollo de una gran capacidad de adaptación o “plasticidad del gendarme”, como ellos mismos la denominan. Podemos pensar que esta “plasticidad” que manifiestan es el resultado de las múltiples y diversas funciones y competencias que los distintos gobiernos han asignado a la institución a lo largo de su historia y del carácter de fuerza intermedia que ya explicamos.
Pero, sobre el trasfondo de esta multiplicidad, sobresale en el discurso nativo una función y una geografía distintivas y constitutivas de la autocomprensión de los gendarmes. Su identificación como centinelas de las fronteras16 en geografías remotas, apenas habitadas y rodeadas de un marco natural exuberante compone el ámbito y las funciones “naturales” del gendarme, según el relato institucional que también puede verse reflejado en el que ofrece el Museo Histórico.
Coinciden con esta idea las palabras de Javier cuando, al referirse a la manera en que la GNA se establecía en “el medio de la nada”, destacaba la falta de cualquier comodidad o adelanto tecnológico, como agua potable, rutas o cualquier otro servicio. Asimismo, nuestro anfitrión describía este despliegue como “la llegada del hombre civilizado a lugares totalmente vírgenes”. Junto a este libreto que narra el guía, el relato que destaca la labor en la frontera rodeados de un “ambiente salvaje”, como distintivo de la GNA, se completa con múltiples elementos que pasamos a describir.
Para comenzar, vale recordar brevemente los antecedentes históricos que ya analizamos. Baste reiterar aquí que en ambos casos se trata de milicias históricas que se desempeñaban en los límites fronterizos de entonces, en territorios agrestes alejados del poder político central.
Asimismo, es importante mencionar que en diferentes salas del museo se observan fotos y cuadros de gendarmes rodeados de montañas, selvas y otros paisajes alejados de áreas urbanas. En la sala I, General Manuel Calderón, se aprecian diferentes imágenes que reflejan este tipo de territorios. Vemos, por ejemplo, el dibujo de un gendarme parado delante de un árbol, portando un fusil y de fondo una plantación de algodón (foto 4). En la leyenda que acompaña la ilustración se lee: “Año 1939. Gendarme del Destacamento adelantado Sáenz Peña (Chaco)”. También se disponen fotos de gendarmes trabajando en un paisaje selvático; la imagen los retrata avanzando con machetes por el monte, vistiendo al estilo gauchesco.
En esta sala se exhiben referencias a una de las otredades radicales que configuran la identificación de los gendarmes; nos referimos a la figura del “delincuente”. Pero vale destacar que esta figura adquiere, en el relato institucional que nos ofrece el Museo, rasgos característicos que remiten nuevamente al ambiente campestre. La figura del “delincuente” adquiere contenido en los bandidos rurales, o “bandoleros”, como los nombraba nuestro acompañante en la última visita. Colgando de una pared encontramos una fotografía y un prontuario del afamado Segundo David Peralta, más conocido como Mate Cosido, llamado así por una cicatriz que tenía en su cabeza. Este “bandolero”, que por su reputación de benefactor de los humildes se ganó un lugar en el folclore popular,17 fue –según me dijo (exagerando) Gustavo, el oficial que hoy se encuentra a cargo del Museo Histórico– el motivo de que el primer escuadrón de GNA se emplazara en la provincia de Chaco. Javier también lo evocaba como el motivo de la llegada de GNA a esa provincia:
El primer destacamento móvil fue el destacamento Sáenz Peña, esto queda en la provincia del Chaco. Los pobladores de Roque Sáenz Peña mandaron una carta al presidente de la Nación, que era el presidente Castillo […] Ordenó al director general que por entonces era Calderón a enviar personal de seguridad a Roque Sáenz Peña por el tema de que los pobladores justamente estaban viviendo lo que estamos viviendo nosotros ahora, la inseguridad, es decir que la historia se sigue repitiendo. Los pobladores de Roque Sáenz Peña estaban cansados de que les robaran, los campesinos también, su ganado, porque había muchos cuatreros, muchos delincuentes en la zona, que vivían en el monte. Y a veces les robaban a los poderosos o a la gente común, al poblador. Entonces el presidente envía esta carta al director general y el director general ordena la formación de un grupo de cincuenta efectivos que fueron trasladados por vía férrea hasta Chaco y ahí se instalaron. Y al año siguiente, estaban buscando al ladrón más conocido de la zona, el Mate Cosido, Segundo David Peralta. Mate Cosido era un delincuente de la época que con su grupo de seguidores robaban ganado, robaban la producción de los campesinos, alteraban la seguridad de los ciudadanos; era como una zona, entre comillas, liberada, no había nadie que los protegiera. Entonces necesitaban una fuerza de seguridad que podía contener estos ataques continuos. Entonces qué mejor forma que la presencia de Gendarmería. Y tal fue el éxito que los pobladores de Roque Sáenz Peña al año siguiente les regalan una bandera nacional que la tenemos acá en exhibición.
Además de la descripción de Javier de los delincuentes como “cuatreros […] que vivían en el monte”, nos interesa destacar nuevamente la noción de la GNA como una institución que llega a los márgenes del territorio, lejos de los núcleos del poder central, portando los beneficios de la “civilización”, en este caso ya no con caminos o pozos de agua sino mediante la “seguridad” que contiene los ataques de los “bandoleros”.
Lindante a la referencia de Mate Cosido se observa la de Faustino Burgos, alias Negro Correa, atrapado por el suboficial de GNA Carlos Ocampo en los límites de las provincias de Chaco, Formosa y Salta, acusado junto con otros tres cómplices de un triple homicidio. Sin embargo, al no ser tan popular, no obtuvimos referencias sobre él por parte de nuestro guía; cuando preguntamos solamente nos dijo que también era un “bandolero”.
En la sala II se expone, como ya comentamos, un sector dedicado a las actividades de montaña de la Gendarmería, donde se aprecia un maniquí vestido con un equipo completo de esquí. También se exponen raquetas para nieve, piquetas de escalada, entre otros materiales de montañismo. En una vitrina, rodeando una bandera argentina doblada y guardada en una caja con tapa de vidrio, se observan siete fotografías de gendarmes realizando actividades de montaña, rodeados de un escenario donde dominan los picos pedregosos, la nieve y la inmensidad de la cordillera.
Otra referencia a los territorios remotos y “salvajes” que el discurso institucional reconoce como característico del desempeño de los gendarmes aparece en la sala V, donde a un costado de los vehículos para la nieve se levanta un atril con una foto de tres gendarmes con equipos de esquí transitando por un paisaje andino nevado con montes de araucarias.
En la misma sala se exhiben, como ya mostramos, carretones cuyanos, una carreta aguatera y una silla de montar que usaban para instalarse en territorios en los que aún no existían caminos por donde pudieran transitar vehículos de motor. Como dijimos, el relato que nos cuenta el Museo Histórico de Gendarmería asigna una función característica entre todas las que realiza la GNA, y esta es la vigilancia y control fronterizo. Es esperable que se destaque esta actividad, ya que es su labor original, la que justificó su creación.
Así, la GNA se nos presenta no solo como una fuerza cuya principal labor es el control y la vigilancia de los límites fronterizos nacionales, sino que además se destaca, en el relato institucional del Museo Histórico, como una institución que lleva los “beneficios de la civilización” a territorios que son descriptos como inhóspitos, lejanos, “salvajes” y hostiles. Este “rol civilizador” de la GNA también se produce a través de la estrategia de identificación selectiva, ya que, si bien se da cuenta de acciones como la construcción de caminos, las perforaciones en busca de agua potable o el combate a los “bandoleros”, nada se dice de otras acciones de carácter represivo y hasta genocida, como la masacre de Rincón Bomba contra el pueblo pilagá, en Formosa, durante el primer gobierno peronista en octubre de 1947. En este sentido, bien vale reiterar la cita de Diego Escolar con la que iniciamos este trabajo y que afirma que el Museo Histórico de la Gendarmería Nacional “es un museo del olvido. Recorta la historia y deja solo aquellos aspectos que proporcionan una imagen deseada. Está orientado a mostrar lo que se quiere ser” (2017: 130).
Para cerrar este apartado, nos interesa mencionar brevemente la similitud del “papel civilizatorio” que el relato museístico destaca como parte de la labor histórica institucional con el “rol urbanizador” sobre cadetes y aspirantes que hemos identificado durante nuestro trabajo de campo en las escuelas de formación básica de la GNA (Melotto, 2017). En 2012, por ejemplo, un instructor nos decía que “los alumnos del interior del país por ahí desconocen algunas de las reglas de urbanidad y cortesía” y que por ello les enseñaban “cómo sentarse, cómo doblar la servilleta, cómo usar los cubiertos”, en fin, cómo comportarse durante las comidas. O bien en otra ocasión, Jesús, uno de los instructores de la Escuela de Gendarmería Nacional Martín Miguel de Güemes, mencionaba esta situación al referirse a la forma de vestir:
Les hablamos por ejemplo de aspectos personales, corte de cabello, de la barba, uso de alhajas y cosméticos para las femeninas o del peinado, el uso del uniforme. Aunque usted no lo crea, acá hay cadetes que al momento de ingresar nunca han utilizado una camisa dentro de un pantalón y mucho menos un cinto en el pantalón, entonces llegan acá donde la imagen debe ser la mejor y la camisa bien planchadita, el pantalón bien ajustado.
Si comparamos el relato del Museo con lo dicho por los instructores en las escuelas, podemos apreciar que, así como la GNA se presenta como una institución que lleva la “civilización” del centro a la periferia del territorio nacional, el mismo efecto se produciría pero en dirección contraria, cuando jóvenes mujeres y varones llegan de provincias como Salta, Formosa, Misiones, entre otras –que son las que más personal aportan a la institución–, a las escuelas de la GNA.
Consideraciones finales
En este trabajo dimos cuenta de la imagen deseada que el Museo Histórico de Gendarmería Nacional ofrece a quienes se acercan a visitarlo. Así, luego de una descripción general y focalizada del recorrido guiado por sus cinco salas, nos hemos centrado en el análisis de tres dimensiones que el relato institucional destaca como fundamentales para contar quiénes son.
Abordamos primero la cuestión del origen institucional y el linaje que ellos construyen con algunas milicias históricas que reconocen como antecedentes. Pasamos luego a ocuparnos de cómo, mediante la exhibición de los caídos en actos de servicio, se construye una imagen heroica del gendarme. Finalmente nos dedicamos a dar cuenta de la manera en que se construye un relato de las funciones del gendarme en el cual –sobre un trasfondo de múltiples y heterogéneas tareas– sobresale su rol histórico como fuerza fronteriza.
Hemos descripto asimismo un proceso de identificación selectiva transversal a todas estas dimensiones. Esta selectividad se manifiesta en la construcción y visibilización de determinados rasgos, funciones y filiaciones históricas que se exhiben como propios, así como también en el ocultamiento o, al menos, la minimización de otros tantos que, o bien aparecen sin ser destacados o, más aun, están ausentes. Sobre esto último, Escolar destaca agudamente la representación fragmentaria sobre la cuestión de los derechos humanos, orquestado al silencio conjurador “del propio pasado represivo y dictatorial” (2017: 128). Y, como contrapunto de este ocultamiento, la visibilización de las misiones de paz en distintas partes del mundo. El autor también acierta al iluminar otra ausencia sobre las nuevas tareas de la GNA en seguridad urbana o el accionar represivo sobre manifestaciones de trabajadores u organizaciones políticas y sociales,18 así como también sobre pueblos originarios.19
Sobre las pocas referencias al trabajo en seguridad urbana –o sea, a las funciones que comparten con cuerpos policiales– que se ofrecen en el Museo, entendemos que en ello existe continuidad con un hecho que hemos percibido reiteradamente durante nuestro trabajo de campo y que plasmamos en nuestra tesis de doctorado (Melotto, 2017). Nos referimos a que mujeres y hombres gendarmes, aunque realizan funciones policiales, no solo no se identifican con las fuerzas policiales sino que buscan separarse de ellas manifiestamente. En sus discursos, la policía aparece como una alteridad signada por la corrupción y la falta de disciplina. Desde el punto de vista nativo, y más allá de la diferencia en las funciones que la ley asigna a cada institución, sería la ética profesional, fundada en una disciplina férrea, lo que marcaría la distancia entre unos y otros. De esta manera, los relatos institucionales buscan evitar la “contaminación” por la mala reputación que, ellos entienden, la sociedad asigna a las instituciones policiales. Esto tiene repercusiones sobre la forma en que el Museo busca mostrar la flexibilidad de la GNA, que se hace también de modo selectivo apelando a funciones como las misiones de paz, el trabajo de montaña, la guerra, el trabajo en las fronteras, pero sin decir casi nada sobre aquellas tareas que podrían emparentarlos con las instituciones policiales.
Además de “una Gendarmería muy profesionalizada y con una genealogía distintas que el ejército” (Escolar, 2017: 130), podemos afirmar que el relato que nos ofrece el Museo Histórico da cuenta de una imagen institucional deseada que se construye a través de la identificación selectiva de rasgos, tareas y eventos históricos legítimos a los ojos de los integrantes de la fuerza, pero también de quienes no lo son. Dicha imagen deseada da cuenta de una fuerza que señala como sus antecesores a dos milicias históricas, el Cuerpo de Blandengues y la División de Gauchos Infernales de Güemes, debido al desempeño de estos en las fronteras políticas de sus territorios respectivos. El Museo también ofrece, en diferentes puntos de su recorrido, la exhibición del sacrificio de la vida de sus miembros. Lo hace principal aunque no exclusivamente remitiendo a los caídos durante su bautismo de fuego en Malvinas. Aquí coincidimos con Diego Galeano cuando, al referirse al culto a los muertos en la policía, afirma que “aparece como un rito fundamental que galvaniza la figura del héroe” (2011: 15). Finalmente, el relato museístico da cuenta de una institución “flexible”, entendiendo por ello una gran capacidad de adaptación para realizar diferentes tareas. Pero al mismo tiempo destaca como característica su función de control y vigilancia de los límites nacionales fronterizos. Esta tarea se realizaría en territorios lejanos, inhóspitos y “salvajes”, a los cuales la GNA llevaría los beneficios y adelantos tecnológicos propios del “mundo civilizado” representados por la Nación y su poder central en Buenos Aires.
Bibliografía citada
ALABARCES, Pablo (2007), Fútbol y patria, Buenos Aires, Prometeo.
ANDERSON, Benedict (1993), Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica.
ESCOLAR, Diego (2017), Gendarmería. Los límites de la obediencia, Buenos Aires, SB.
GALEANO, Diego (2011), “«Caídos en cumplimiento del deber»: Notas sobre la construcción del heroísmo policial”, en Diego Galeano y Gregorio Kaminsky (comps.), Mirada (de) uniforme. Historia y crítica de la razón policial, Buenos Aires, Teseo, pp.185-220.
MAGARIÑOS DE MORENTÍN, Juan Ángel (1996), “Manual operativo para la utilización de la semiótica de enunciados”, mimeo.
MELOTTO, Mariano (2017), “Ingresando a la fuerza: un estudio antropológico sobre las escuelas de formación básica de la Gendarmería Nacional Argentina”, tesis doctoral en Antropología Social, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
NOVARO, Marcos y Vicente PALERMO (2006), La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática, Buenos Aires, Paidós.

Foto 1. Sector de la Sala I referido a Martín Miguel de Güemes y sus Gauchos Infernales. Foto del autor.

Foto 2. Uniformes de Gendarmería Nacional Argentina con detalles de las Fuerzas de Paz de Naciones Unidas. Foto del autor.

Foto 3. Bandera original del Escuadrón Alacrán. Foto del autor.

Foto 4. Gendarme del Destacamento Adelantado Saénz Peña (Chaco), primer escuadrón instalado en 1939. De fondo se observa un paisaje rural. Foto del autor.
1. La investigación de campo para este trabajo ha contado con la valiosa e indispensable colaboración de la doctora Mariana Galvani y de la licenciada Valeria Gramuglia. Agradezco a ellas su profesionalismo y amistad. Asimismo, agradezco a Valeria Gramuglia por sugerir parte de las ideas vertidas en este trabajo.
2. Ver también el texto de Diego Escolar en este mismo volumen.
3. http://prensagendarmeria.gob.ar/museo y www.argentina.gob.ar/museo-de-gendarmeria-nacional.
4. Todos los nombres han sido modificados con el fin de proteger la identidad de nuestros interlocutores.
5. La GNA fue creada por la ley 12.367 de 1938. Allí se especifica que es una fuerza policial militarizada por su estructuración orgánica, y que su personal se halla sujeto a leyes y reglamentaciones del Ejército. Asimismo, se define el objetivo de la Gendarmería Nacional de la siguiente manera: “Contribuir decididamente a mantener la identidad nacional en áreas limítrofes, a preservar el territorio nacional y la intangibilidad del límite internacional”.
6. La ley 23.554, promulgada en 1988, establecía la dependencia de la GNA del Ministerio de Defensa. Posteriormente, en 1992, con la promulgación de la ley 24.059, GNA mantendrá su dependencia a dicho ministerio en lo referido a la defensa nacional, pero se establece su dependencia del Ministerio del Interior en lo atinente a seguridad interior.
7. La palabra “gendarme” es usada de dos maneras diferentes dentro de la institución. Por un lado, se emplea para referirse de manera genérica a cualquier integrante de la fuerza independientemente de si pertenece al cuadro de oficiales o suboficiales; por ejemplo, cuando dicen: “Nosotros, los gendarmes”. Por otra parte, “Gendarme” es la primera jerarquía del escalafón subalterno. En este trabajo usaremos ambos sentidos del término, con minúscula cuando lo hagamos en el primer sentido (gendarmes), y con mayúscula (Gendarmes) para referirnos al segundo uso aquí mencionado.
8. Este nombramiento, previo al golpe de Estado popularmente conocido como “revolución fusiladora”, aparece en la Orden del Día Pública N° 3869 con fecha 8 de agosto, donde se comunica que por superior decreto 12.466 se designa como director general de Gendarmería Nacional al comandante inspector Marcelo Barbieri. Vale destacar que, si bien Barbieri provenía del Ejército, ingresó a la Gendarmería Nacional en 1938, momento en que fue nombrado jefe de la Sección de Comunicaciones por el entonces director nacional Manuel M. Calderón. Así, es importante destacar que al momento de ser nombrado director general de la fuerza ya hacía diecisiete años que desarrollaba su carrera dentro de la GNA.
9. El Instituto de Capacitación Cabo Juan Adolfo Romero, situado en la localidad de Mercedes (Buenos Aires), lleva el nombre de un suboficial fallecido en 1964 en un enfrentamiento con el Ejército Guerrillero del Pueblo durante el Operativo Santa Rosa (Orán, provincia de Salta). Asimismo, la Escuela de Suboficiales Raúl Remberto Cuello (Jesús María, Córdoba) toma su denominación de un suboficial de la GNA muerto en el derribo de un avión Hércules por parte de la agrupación Montoneros, al despegar el 28 de agosto de 1975 del aeropuerto Teniente General Benjamín Matienzo, provincia de Tucumán, durante el Operativo Independencia.
10. En la misma página se aclara que, por tener funciones tanto policiales como militares, la Gendarmería depende del Ministerio de Seguridad, integrando el Sistema de Seguridad Interior previsto en la ley 24.059, pero al mismo tiempo integra el Sistema de Defensa Nacional conforme a lo normado en la ley 23.554. Disponible en https://prensagendarmeria.gob.ar/quienes-somos.
11. Este conflicto bélico entre la Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña se inició con el desembarco de las tropas argentinas en las islas el 2 de abril de 1982 con el fin de recuperar la soberanía de las islas, que habían sido invadidas en 1833 y anexadas como territorio británico de ultramar. La guerra se extendió hasta el 14 de junio, día de la rendición de las fuerzas armadas locales. En la guerra de Malvinas murieron 649 argentinos, siete de los cuales pertenecían a la GNA.
12. Nos referimos a sectores de la sociedad, como estancieros y colonos, que formaban parte de la comunidad imaginada (Anderson, 1993) para la mirada de las elites que lideraron la construcción del estado nación argentino desde el último tercio del siglo XIX. Quedan fuera de esta categoría los pueblos originarios, los “vagos” y “malentretenidos”, los “malevos” y bandidos rurales, los inmigrantes anarquistas, entre otros grupos que no solo no eran considerados parte de la comunidad imaginada sino que además fueron etiquetados frecuentemente como “enemigos internos” a ser combatidos.
13. Vale destacar que estas funciones forman parte de los relatos construidos de manera selectiva sobre lo que es o, en este caso, hace la GNA; como afirma Diego Escolar, “el museo luce depurado de sus huellas represivas” (2017: 130).
14. En su libro La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática, Marcos Novaro y Vicente Palermo afirman que desde la derrota en Malvinas y la subsiguiente recuperación de la democracia en nuestro país “los militares de carrera terminaban su más larga experiencia en el ejercicio del poder repudiados y negados por casi todos los civiles” (2006: 462). Las denuncias sobre la desaparición forzada de personas por parte de organizaciones de Derechos Humanos como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, sumadas a eventos como el descubrimiento de fosas comunes en octubre de 1982 por parte del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), evidenciaron el terrorismo de Estado e iniciaron una serie de investigaciones que despertaron el horror por lo acontecido. Esto no solo puso en jaque la legitimidad de los militares en su rol de actores políticos, sino que además provocó un fuerte rechazo por parte de la opinión pública.
15. Nos referimos a operativos como el realizado en 2003 en el barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache), o los operativos Cinturón Sur y Centinela en 2011, entre otros menos divulgados mediáticamente, varios de los cuales ya han sido desarticulados.
16. El eslogan institucional reza “Centinelas de la Patria”.
17. Su vida fue convertida en canción por el cantautor rosarino Adrián Abonizio (“Historia de Mate Cosido”) y en chamamé por Nélida Argentina Zenón (“Mate Cosido”). León Gieco, por su parte, también lo nombra en la canción “Bandidos rurales”.
18. Entre las represiones a trabajadores y organizaciones sociales más conocidas en las que participó la GNA podemos mencionar la represión a los trabajadores del frigorífico Lisandro de la Torre en enero de 1959, la represión de organizaciones piqueteras durante los cortes de ruta en Plaza Huincul y Cutral-Co, provincia de Neuquén, en junio de 1996; el accionar represivo sobre estatales y docentes durante el corte del puente General Belgrano que une Corrientes con Chaco en diciembre de 1999, donde fueron asesinados dos manifestantes; la represión a los piquetes sobre la Panamericana, en la provincia de Buenos Aires, de trabajadores despedidos de la autopartista Lear en junio de 2014; la represión a los choferes de la línea 60 en julio de 2015, en la misma provincia; la represión a una murga de niños en la villa 1-11-14 del Bajo Flores, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en enero del 2016; la represión a trabajadores despedidos de la empresa Mascardi en junio de 2016 en la provincia de Buenos Aires; la represión a organizaciones políticas en Panamericana y ruta 197 por cortes en el marco del paro nacional general del 6 de abril del 2017; la participación en la represión a diferentes organizaciones sociales y políticas durante la manifestación contra la Ley de Reforma Previsional frente al Congreso de la Nación en diciembre de 2017; la represión a los trabajadores despedidos de la empresa Cresta Roja en la ruta 205 durante mayo de 2018.
19. Además de la ya mencionada masacre de Rincón Bomba en 1947, donde fueron asesinados entre 750 y 1000 integrantes de la comunidad pilagá, podemos nombrar la anterior represión de 1924 por parte del Regimiento de Gendarmería de Línea (más tarde Gendarmería Nacional) en conjunto con la policía del Territorio Nacional del Chaco a una protesta indígena en la reducción de Napalpí con el triste resultado de cientos de integrantes de las etnias qom y mocoví asesinados. Otro caso de violencia institucional contra pueblos originarios lo encontramos en la represión de la GNA al corte de la ruta nacional 86 realizado por la comunidad qom La Primavera, en reclamo de tierras ancestrales en noviembre de 2010. En esa oportunidad, luego de que la GNA despejara la ruta y que la policía de la provincia de Formosa desalojara reprimiendo y asesinando al qom Roberto López, la GNA ocupó el predio para su custodia. Por último, debemos incluir aquí la represión en el territorio mapuche del Pu Lof en Resistencia de Cushamen, provincia de Chubut, en agosto de 2017, con la consecuente desaparición y muerte de Santiago Maldonado.
2. Relatos policiales de Chubut: visita al Museo Comisario General Mariano H. Iralde
Pilar Pérez
En la Patagonia las policías fueron verdaderas organizadoras de un espacio social tardíamente incorporado a la matriz estado-nación-territorio argentino. Sus historias institucionales aparecen ligadas a la persecución del delito, pero también destacan el compromiso social de sus miembros como hacedores del proceso civilizatorio en su labor cotidiana. La policía –en particular en el interior de los territorios nacionales– fue prácticamente la única y principal autoridad. Esta impronta se encuentra en las vitrinas, imágenes y guiones del museo policial de Chubut. Está emplazado en la capital provincial de Rawson y nos permite indagar en las múltiples formas en que la institución se piensa y se hace a sí misma, en sus relaciones con el territorio y su población, y en su proyección a futuro en tanto espacio de construcción de un legado de personas, registros, objetos, técnicas y conocimientos. El propósito de este trabajo es analizar los modos en que la institución se narra a sí misma a partir de la disposición del Museo, así como indagar en sus interlocutores y circulaciones (deseadas y concretas) desde la conformación y el mantenimiento del Museo Comisario General Mariano H. Iralde.
El museo policial
Acercarse a las narrativas policiales suele ser una tarea compleja debido a los varios resguardos que la institución y sus sujetos despliegan muchas veces frente a la pregunta curiosa. Por esto, una visita al museo policial puede abrirnos las puertas y las reflexiones para adentrarnos en un mundo un tanto familiar y ajeno a la experiencia propia. Mi relación con el Museo empezó varios años atrás, producto de las preguntas que guiaban mi tesis de doctorado. En ese momento perseguía documentos, libros y expedientes que allí se conservan para reconstruir la relación entre estado y pueblos originarios –mapuche y tehuelche– después de la Conquista del Desierto. Si bien las policías de los territorios no eran en principio mi objeto de estudio, su injerencia en la territorialización, tanto de la población indígena como del propio estado, las fueron volviendo un articulador central de mi trabajo.1 En esta segunda entrada al Museo mis preguntas venían ligadas al Museo en sí, su historia, su conformación y los relatos que buscaba exponer y compartir. Aquí mi distancia con la institución a la cual no pertenezco me llenaba de incertidumbres y curiosidades y volvía evidente mi desconocimiento de muchos lugares comunes que allí se presentaban.
Por ser esta una primera aproximación al museo policial de Chubut, me interesó hacer un recorrido un poco ecléctico respecto de los diferentes enfoques posibles que nos proponen aquellos estudiosos de los objetos y los museos. Más que centrarnos en una investigación a partir de la biografía de los objetos que conforman las colecciones (Alberti, 2005), o como contracara al guion y emplazamiento del museo respecto de qué se recuerda y cómo (Persino, 2008), o tomarlos como lugares de la memoria (Nora, 2009), me interesa combinar estas diferentes opciones metodológicas para conocer las narrativas construidas en la experiencia del visitante. Para esto utilizaré un registro etnográfico del Museo que me permitió transitarlo reparando en sus relatos y también extrañarme frente a la duda respecto de objetos y narraciones vagamente comprensibles a simple vista. Es decir, me interesa combinar diferentes estrategias metodológicas, para poder acercarme al Museo –y a una serie de museos policiales, aun por explorar desde la academia–, sin sesgar definiciones de antemano (Heuman Gurian, 2001).
No por esto dejo de incluir este Museo en las reflexiones respecto de otros museos de la Patagonia,2 ya que estos comparten enfoques históricos recurrentes que retoman la construcción de un relato hegemónico y excluyente de otras voces subalternas (Nagy, 2012; Piantoni, 2015). La historia oficial de la Patagonia abre su período “civilizatorio” con un primer período: la Conquista del Desierto, evento que epitomiza la entrada de la modernidad y el progreso sobre un territorio construido discursivamente como un “desierto”. La Conquista del Desierto remite a las campañas de ocupación militar del norte la Patagonia (1878-1885), mediante la cual se garantizó la extensión de la soberanía argentina sobre un territorio largamente pretendido pero bajo control indígena, el fin de la amenaza indígena o bien de la “barbarie” y, finalmente, la anexión de millones de tierras que fueron de ahí en adelante administradas por el Poder Ejecutivo Nacional. Esta versión oficial de la Conquista, difundida las más de las veces por las fuerzas armadas,3 se reprodujo y celebró por más de un siglo ocultando el proceso genocida de sometimiento de los pueblos originarios (Delrio et al., 2018), con efectos sociales que perduran hasta el presente.
El siguiente período señalado en esta historia oficial, fortalecido desde la historiografía local y regional, está marcado por una sociedad “hecha a sí misma” a partir del esfuerzo individual y familiar de pioneros, colonos e inmigrantes. Este segundo relato, conocido y recordado –al igual que la Conquista– en museos, nombres de pueblos y calles, fechas, etc., también esconde las políticas de estado que viabilizaron esta construcción excluyente y racista, así como marginaron a la población no europea del relato de progreso de la Patagonia (Pérez, 2016).
Dentro de esta narrativa hegemónica, ¿qué rol cumple la institución policial? ¿Cómo se relata dicha narrativa para la sociedad en general y para la familia policial en particular? ¿Qué diálogos emergen entre civiles y policías?
Los museos policiales forman parte de ese conjunto de relatos y narraciones que buscan educar y legitimar trayectorias y prácticas policiales a partir de movilizar las emociones y los sentimientos de apego de miembros de la institución (Sirimarco, 2010). Por esto, nos interesa indagar no solo el rol que cumple el museo policial dentro de la sociedad, sino su aporte a la construcción institucional de la policía de Chubut.
El museo policial de Chubut fue creado por el comisario general Mariano H. Iralde por medio de una orden del día en diciembre de 1974. Recién el 4 de diciembre de 1995 abrió sus puertas al público, en un edificio policial de 1930. En 2013 el Museo pasó a manos de la Comisión de Amigos del Museo Policial. En declaraciones a la prensa con motivo de su reapertura, tras un breve período de refacciones, el comisario mayor retirado Alun L. Jones reflexionó:
Acá está resguardado el trabajo de generaciones de policías. Ese trabajo es el que hoy nos permite orientarnos para encontrar soluciones a los hechos que acosan a nuestra sociedad… [El museo es una] unidad operativa, la cual es conducida por retirados que no dejamos el compromiso policial para continuar con el servicio.4
¿Cuáles fueron los reveses que motivaron la dilación de la apertura del Museo? En el libro de memorias Para que la huella no se pierda, del comisario general –e impulsor– del Museo, Mariano Iralde (2017), las razones que se expresan son múltiples. En principio, una demanda planteada como generacional, en la que el autor dice buscar de forma “apasionada” los orígenes, las trayectorias y los antecedentes de la Policía de Chubut. Una pasión que sus colegas en funciones parecen desconocer o desdeñar. Iralde reclama por cierta desidia humana e institucional con relación a la historia policial. También argumenta en diferentes pasajes que hubo, a lo largo de su carrera (entre 1949 y 1984 en servicio y como director del Museo entre 2000 y 2013), reconocimientos y homenajes que se basaron en errores históricos, por desconocimiento de los hechos y las personas que conformaron las diferentes policías que operaron en el territorio chubutense. Finalmente, en el “Prólogo Institucional” se reconoce, desde la actual dirección del Museo, a la Comisión de Amigos, a las y los retiradas/os de la fuerza, a los familiares de policías y luego a las jerarquías policiales, por el trabajo realizado. En suma, la valorización de la historia no parece ser un piso común dentro de la institución, pero sí un objetivo que merece ser defendido por quienes quieren seguir construyendo institución, aun retirados, y quienes destacan prácticas olvidadas o postergadas de ejercer el mandato policial.
Indudablemente, este Museo plantea un diálogo con la sociedad chubutense, ya que, entre otras cosas, es parte del circuito turístico oficial propuesto por la provincia, y también, en especial, cumple una función para con las mujeres y los hombres policías. Tanto para con los Aspirantes –la escuela de personal subalterno se encuentra contigua al Museo y sus visitas son habituales– como con aquellos policías en funciones que visitan, sea en servicio o en su descanso, el Museo. Por último, es un espacio de encuentro entre quienes son jubilados de la fuerza.
Esto se vuelve evidente mirando el Libro de oro de visitas del Museo, donde se registran agradecimientos por parte de múltiples miembros de la fuerza, así como de familiares de ellos. Pero además el Museo mantiene, por lo menos desde su reapertura en el 2014, una política activa en las redes sociales a través de Facebook, por medio del cual trae al recuerdo –a través de fotos, recortes de diario o relatos breves– figuras relevantes (sea por su jerarquía o por alguna responsabilidad singularizante) trayectorias de agentes o personajes queridos, así como hechos de la historia policial que habilitan un intercambio entre los seguidores. En los comentarios o preguntas se reponen datos como nombres, fechas, trayectorias, imágenes y recortes de prensa para ampliar el “disparador” propuesto desde el Museo.
Las policías patagónicas tienen la particularidad de haberse conformado en 1887 solo después de la llamada “Conquista del Desierto”. Los territorios nacionales –tanto del sur como del norte– tuvieron la característica de carecer, a pesar de diferentes instancias de demanda, de derechos políticos y ciudadanos por más de setenta años. Las autoridades eran definidas por el Poder Ejecutivo Nacional a través del Ministerio del Interior. Recién en la década de 1950 se produce la provincialización de los territorios del sur (con la excepción de Tierra del Fuego). En 1957 se crea la ahora provincia de Chubut con una policía definida por la Constitución provincial.
A pesar de esta trayectoria común de las fuerzas de seguridad patagónicas, la policía de Chubut se destaca por su capacidad de construcción de una historia propia. Así, a lo largo del siglo XX ha tenido revistas policiales (en las décadas de 1930, 1960, 1980 y en el presente), se ha preocupado por financiar y publicar una Historia de la Policía del Chubut en dos tomos (Dumrauf, 1994) y por tener uno de los mejores y más completos museos policiales –a diferencia de Río Negro, por ejemplo, que carece de uno, y en sintonía quizás con Neuquén y sus dos museos policiales: el Tricao Malal en el norte de la provincia y el Archivo y Museo Policial en su actual capital–. A esto cabe agregar que, recientemente, en 2016, la provincia de Santa Cruz abrió las puertas de su Museo Histórico de la Policía en la ciudad de Río Gallegos.
Es llamativo quizás que, en un contexto de avance del neoliberalismo en los 90, la institución policial chubutense haya reforzado su historia dentro del contexto provincial. Tal vez visitar este Museo nos permita conocer algunas de las causas.
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