Читать книгу: «El círculo prohíbido»

Шрифт:

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

info@Letrame.com

© María Paz Ordinas Montojo

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Lámina de portada: Fusilamiento del general Lacy. De Antonio Béjar Novella.

ISBN: 9788418344312

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A María Ignacia Martínez de Hervás

.

¿Quién ha de negar que no hay prosperidad posible para el país en que esté amortizada toda la tierra?

Informe sobre la ley agraria,

Gaspar Melchor de Jovellanos

Distante, a la caída de la tarde, estando la bahía llena de un azul plateado, el mar se puebla de velas latinas que retornan de lejos.

Viaje a Mallorca.

José María Salaverría

.

PRIMERA PARTE

PROLEGÓMENOS

A veces la casualidad cambia de golpe nuestra existencia. Fue una mañana de invierno, paseaba por el centro histórico de Palma y descubrí el antiguo convento de las Jerónimas, entonces convertido en biblioteca. Entré dispuesta a revolver algunos libros antiguos, el archivero me dijo que estaba haciendo limpieza porque todo lo pensaban llevar a la biblioteca municipal. Tenía en la mano unas cartas y le pregunté si podía verlas, su respuesta fue que no tenía inconveniente siempre que no salieran de allí. Estaban atadas con cintas, las desaté. Los escritos parecían muy antiguos y el papel se veía amarillento y viejo. A medida que las iba desenvolviendo, crecía mi excitación. Siempre me ha gustado leer cartas, esas que se escriben durante la niñez o juventud, son recuerdos. Estas eran diferentes, estaban fechadas en 1828, perfectamente ordenadas y firmadas por Mariquita Martínez de Hervás.

Observé que se trataba de una señora que parecía muy desgraciada y que esas epístolas habían permanecido allí durante generaciones, que estaban olvidadas, como un objeto pasado de moda que se deja en el trastero porque ya no sirve. Le rogué si fuera posible hacer fotocopias, él accedió y yo me marché a casa con mi hallazgo, feliz porque poseía un tesoro. Pasé casi un mes descifrándolas, la letra era bastante imprecisa, con algunos borrones caídos de la tinta de una pluma de ave.

La vida, y las vidas, que fui descubriendo me engancharon. Eran personajes que vivieron en Palma (aunque las cartas están enviadas desde Madrid a su hermano Ramón). Investigué, repasé la Historia y los acontecimientos relevantes que se desarrollaron durante uno de los períodos más convulsos de España.

A través de mis indagaciones, he querido imaginar cómo era la sociedad de Palma en esa época, qué circunstancias influyeron en los cambios de costumbres, cómo se desarrollaron las relaciones de las familias y por qué se vieron obligadas a actuar como lo hicieron. La evolución del pensamiento al comenzar el 1800 fue un hecho, como lo fue la decadencia española debido a la política nefasta de Godoy y de los Reyes.

En todo este espíritu se enmarcan los personajes. Hay una parte real y otra de ficción. Mantengo los nombres y los apellidos que nombra Mariquita, no los del resto de las personas que intervienen, que son supuestos. Sus cartas son auténticas, copiadas tal como están escritas. Para mayor claridad, marco con tres asteriscos las que corresponden al puño y letra de Doña Concepción Martínez de Hervás o, si se quiere, Mariquita, que es el apodo con el que la llaman.

Así lo cuento.

FAMILIA MARTÍNEZ DE HERVÁS DE MOLINA Y DE MADRID


PERSONAJES REALES

FAMILIA MARTÍNEZ DE HERVÁS DE MOLINA Y DE MADRID

Pedro, casado con Catalina de Madrid y Campos, naturales de Ugíjar (Granada) en 1732.

Hijos: María Gabriela, casada con Juan de Menica; Teresa (casada con Guillem Roca Palou, primo de Margarita Frau Roca); María Concepción (casada con su primo Manuel Pérez Martínez de Hervás); María Josefa, casada con León Guerrero; Luis (casado con Margarita Frau Roca); José (primero casado con Lucía Rita Delgado y Ruiz de Soria, segundo con Louise Dèhat de Longuerie).

Luis o don Luis (hijo de Pedro), el padre de familia en la novela. Natural de Ugíjar, vive su juventud en Madrid. Destinado en Palma de Mallorca, se casa con Margarita Frau y Roca, mallorquina (en la novela, doña Margarita), en 1779.

Hijos: Pedro, Catalina María (casada con Juan Rosselló y Bassa), Ramón (casado con su prima hermana Catalina Frau Armendáriz) en 1816, Luis (casado con su prima, Ana Luisa Martínez de Hervás Dèhat de Longuerue), Margarita (casada con José María de Bruelos Beltrán) en 1814 y Mariquita (casada con Miguel Alemany y Hurtado de Mendoza) en 1813.

Teresa Roca Martínez de Hervás, sobrina que vive con los Martínez de Hervás, hija de Guillem Roca Palou y Teresa Martínez de Hervás.

José, marqués de Almenara (hijo de Pedro).

Hijos del primer matrimonio: José, María de las Nieves (casada con el Mariscal Duroc, duque de Frioul), en 1802; Pablo José (casado con Amelie de Villaminot).

Hijos de la segunda boda con Louise Dèhat de Longuerie: Ana Luisa (casada con su primo hermano Luis Martínez de Hervás Frau) y Carlos José Adolfo.

FAMILIA ALEMANY Y HURTADO DE MENDOZA

Pedro Jerónimo Alemany, padre de familia, casado con Magdalena Hurtado de Mendoza.

Hijos: Jerónimo, Magdalena, Miguel (casado con Mariquita Martínez de Hervás).

FAMILIA FRAU Y ARMENDÁRIZ

Bernardo Frau Roca, hermano de Margarita Frau Roca.

Anatolia Armendáriz Tarazona, mujer de Bernardo Frau.

Hijos: Vicente, Catalina (casada con su primo hermano Ramón Martínez de Hervás Frau) Bernardo.


PERSONAJES FICTICIOS

FAMILIA HURTADO DE MENDOZA

Miguel Hurtado de Mendoza, soltero, hermano de Magdalena Hurtado de Mendoza, padrino de Miguel Alemany Hurtado.

Bárbara Hurtado de Mendoza, hermana, casada con Andrés González de la Torre. Hijo: Pedro.

Catalina Hurtado de Mendoza, hermana, casada con Sebastián de Adrover. Hijo: Jerónimo

Madó María, ama de llaves de Martínez de Hervás

Francisco Berga, primo de Miguel Hurtado de Mendoza, viudo. Hijo: Juan. Secretario: Antoni. Ama de llaves: Madó Catalina.

Magdalena de Perellada, prima de Juan Berga, casa con él en 1779.

Madó Francina, ama de llaves de casa Alemany.

Amigas de Margarita Martínez de Hervás:

Antonia de Montcada (Tonina)

Isabel de Verger

Francisca de Alós

Luisa de Magraner

Amigos de Ramón Martínez de Hervás:

Ernesto Casarioga (servil)

Ignacio Puigmayor (negro)

Enrique Santandreu (negro)

Pablo Monteslar (servil)

Amigos de Miguel Alemany

Joaquín de Verger (servil)

Cristóbal Montolíu (negro)

Vicente de San Carlos (servil).

.


José Martínez de Hervás, retrato de Vicente López y Portaña

Se conserva en el Meadows Museum (Dallas, Texas)

1

*** Madrid, 17 de septiembre de 1830.

Para D. Ramón Martínez de Hervás.

Querido Ramón:

El día quince tuve la desgracia de perder a nuestro amado tío, mi padre y todo mi consuelo. Es una gran pérdida para nosotros, sobre todo para mí; es irreparable. Ya sabes que a su sombra me sentía segura porque era la única persona que me socorría. ¿Qué haré ahora para mantener a estos dos desgraciados hijos míos, pues no tengo más qué los cuatro reales que me da Luis, que solo bastan para pagar el cuarto? El trabajo de mis manos no me alcanza para subsistir ni en la mayor escasez. Qué desgraciada soy, querido hermano; créete que deseo acabar de existir, pues ya no puede haber desdichas superiores.

Te diré que mi tío ha muerto con setenta años de un ataque apopléjico que le dio a las dos de la noche y expiró a las once y media de la mañana siguiente sin dar lugar más que a recibir la extremaunción.

Recibí tu última del diez. Quedo enterada de lo que en ella me dices y haré por ver al señor Melgar el primer día que salga, porque he estado cinco días en cama, y te diré cuanto ocurra sobre el particular. Ya habrás recibido mi contestación a otras dos anteriores.

Abraza a tus hijos, saluda a tu mujer y recibe el cariño de tu desgraciada hermana.

María de la Concepción Hervás.

Palma, 1793

María de la Concepción Martínez de Hervás era la sexta hija de don Luis. A la hora en que nació, una fría madrugada de finales de enero de 1793, las campanas de Santa Eulalia comenzaron a tocar. Su toque pausado anunciaba una lúgubre presencia de muertos. Ese día los campanarios de todas las iglesias de todas las ciudades repiqueteaban a la vez.

Los portales de las casas se abrían y gentes de diferente condición social se echaban a las calles, algunos a medio vestir, en camisa, otros con los zapatos desabrochados. Enseguida los corrillos dieron pie a toda clase de chismes. Se decía que el mandato se debía al señor obispo por la epidemia de cólera, y también hubo quien aseguró que era porque había muerto de tisis hética doña Magdalena de Bordils. «¡Pero si doña Magdalena murió hace catorce años!».

—¡Silencio! —gritó una voz—. El párroco ha salido y está en la escalinata.

En la calle del Sol, la comadrona, Coloma Martorell, dejó un momento sola a la parturienta para ir a ver qué ocurría. Más de cincuenta personas se apretaron en la plaza de diez metros de largo esperando ver al señor cura para oír el comunicado. El pánico se notaba en los rostros de los oyentes, pero pronto se calmó después de estas palabras.

—¡Palmesanos! Un correo recién llegado de París nos acaba de dar la triste noticia: el rey de Francia, Luis XVI, ha sido guillotinado por su pueblo. Os exhorto a rezar una oración por su alma.

Muchos de los presentes respiraron tranquilos. Francia quedaba muy lejos y su rey no les importaba demasiado, por no decir nada. Ellos tenían a Carlos IV y a la reina María Luisa. Decían que el que mandaba en España era su amante, Godoy, un exguardia de corps que había ascendido como las pompas de jabón. A algunos les hubiera gustado que el guillotinado fuera el Secretario de Estado, el odiado Godoy, que manejaba a la reina para sus propios intereses.

—Carlos IV se pasa los días en Aranjuez cazando faisanes y la reina pariendo. Si en España fuéramos como los franceses, no estaría ese intrigante incordiando todavía y llenando la casa real de bastardos.

—Pronto cambiará todo.

La frase se había pronunciado a media voz, como si esa persona estuviera al tanto de los secretos de Estado y estuviera informando de una noticia nueva. Miguel Hurtado de Mendoza volvió la cabeza, pero solo vio una multitud que se dispersaba y se retiraba a sus casas respectivas. Miró la hora en el reloj de la iglesia, estaba a punto de dar las seis. Comenzó a caminar por las callejuelas laterales con pasos cortos, tal vez para que el recorrido se hiciera más largo.

Era alto y flaco, tenía la nariz afilada y se consideraba madrugador, más por instinto perfeccionista que por su carácter calmoso, aunque ambas cualidades formaban un todo integral en su manera de actuar. «Si me levanto tarde,», decía, «es imposible que algo me salga bien». Vivía frente a la iglesia, en una mansión que daba a dos plazas y dos calles. Era el pequeño de ocho hijos, tres varones y cinco hembras. Sus dos hermanos mayores murieron de tercianas con veinte y diecinueve años y dos niñas, al nacer. Ahora quedaban cuatro hermanos. Él acababa de cumplir cuarenta cuando el juez le declaró heredero universal. De esto hacía dos años y no sabía qué hacer con su hacienda.

No se había casado y constituía un problema añadido a los muchos que tenía. Si moría sin descendencia, todo pasaría a la hermana mayor, o mejor, a los sobrinos, y se perdería el apellido. Durante generaciones el apellido se había mantenido. No le importaba, lo prefería a tener que buscar una muchacha joven que le diera hijos. Era, por encima de todo, tranquilo, comodón y tímido. Su vida se colmaba con su entrega total a la Sociedad Patriótica Mallorquina de Amigos del País, también llamada Sociedad Balear, de la que era socio de honor y director, y sus visitas esporádicas a las mujeres de vida alegre.

Mientras caminaba por la plaza del Peix de la Paia, meditaba satisfecho por la difusión de la noticia. Floridablanca, antes de ser destituido, había prohibido la entrada de personas, libros, periódicos o noticias que fueran favorables a los avances de la Revolución Francesa. La caída del rey guillotinado en la Bastilla era un duro golpe para la monarquía. El acierto del anterior Secretario de Estado fue acogido con agrado por el valido de la reina María Luisa. Ahora, con el comunicado en las iglesias, Godoy podría tomar represalias contra los que lo habían infiltrado. Aunque todo quedaría en suposiciones y los culpables nunca serían detenidos. El poderoso duque de Alcudia, socio de la Sociedad Matritense de Amigos del País, nunca sospecharía que los autores de la desobediencia venían desde la misma sede de la Sociedad, ni que secretamente habían dado la orden de divulgar la mala nueva. Él lo había jurado, como los demás miembros. Llegaba el momento de desprestigiar el desorden de palacio y de echar a don Manuel.

Volvió sobre sus pasos y se acercó a la plaza de santa Eulalia. Los mercaderes acababan de montar los puestos del mercado. A continuación de las cajas de verduras se extendían varios tableros con jaulas de conejos, pollos y gallinas. Se detuvo ante la casquería. Varias mujeres observaban el precio de la sangre y el hígado de cordero y regateaban para obtener el mejor coste. No estaba permitido vender las entrañas separadas del animal, sin embargo, se hacía la vista gorda desde que el edil del ayuntamiento fuera un amante incondicional del frit,1 mallorquín.

—A ver si el frito me va a salir por un ojo de la cara. Ponme medio quilo de cada y date prisa, que los señores desayunan a las diez y a este paso no tendré tiempo de cocinarlo —quien expresaba esto era una payesa de cara redonda que servía como cocinera en casa de los Martínez de Hervás.

—No remuguis, te llevas un mondongo que ni para el rey ese que han matado. ¿Cómo han dicho que se llama?

—Luis no sé cuántos. Anda, que pronto lo han liquidado; esos franceses sí que tienen agallas, no como los de aquí, que parece que no tienen sangre.

—Como tú y como yo. ¿O es que no eres mallorquina? No digo que los forasteros no se anden con chiquitas, pero ¿a mí qué me da si le han rajado el cuello o se lo han cortado? No sé a qué ha venido tanta bulla.

—Para bulla la que hay en casa de mi señora. Acaba de tener una niña, es la sexta de los hijos, con esta son tres las hembras y para darles dote a todas se necesitan muchos reales.

—Digo yo que lo más importante será casarlas con gente de aquí. He oído que don Luis es forastero, de Madrid, y no le va a ser fácil.

—¡Qué sabrás tú! La mujer de don Luis, doña Margarita, es mallorquina de pura cepa y muy rica, y él, aunque sea de fuera, es noble por los cuatro costados. Bueno, me voy antes de que madó2 María me eche la bronca. Bon dia tenguis.

—Tenguis, mujer, y no te agobies, que no es para tanto.

A Miguel le encantaba escuchar las conversaciones de los menestrales y los criados, pensaba que de ellos se aprendía la baja política de barrio, tenían una filosofía de la vida llana y espontánea; no como los señoritos, que se les iban las ideas en disimulos y en buenas palabras. Se dirigió a la calle de Sans, donde un empleado de Can Joan de S’aigo abría las puertas de madera pintadas de verde. Sobre el marco se extendía una cenefa de azulejos blancos que mostraban el nombre del establecimiento escrito en azul añil bien visible. Debajo se leía: «Casa fundada a l’any 1700».

Entró en el salón comedor. Era el primer parroquiano de la mañana. Ocupó una de las mesas redondas de mármol, junto a la ventana, y aspiró complacido el olor a chocolate caliente. Un camarero que secaba las jícaras de cerámica se le acercó.

—Buenos días, don Miguel. Hoy ha madrugado vuecencia, ¿no será por el escándalo que han armado los campanarios de las iglesias? Demasiado ruido para una noticia que no nos importa. Si se hubieran cargado a don Manuel, pero ese es demasiado listo y la reina está encoñada con él.

—Tened cuidado con lo que decís, más vale que nadie os oiga.

—¿Quién me va a oír si estamos solos?

—No os fieis, hay espías donde menos os imagináis.

—Bueno, por lo menos no está mal que vean lo que le ha pasado al francés, que tengan miedo.

—Eso esperamos todos. ¿Me traéis lo de siempre? —cortó al ver entrar a don Francisco Berga.

—Ahora mismo, señor.

El recién llegado se sentó muy cerca de Miguel. Ambos se saludaron con una inclinación de cabeza, sin pronunciar palabra. El camarero apareció con el desayuno acostumbrado: chocolate a la taza, dos ensaimadas y un cuarto. El chocolate era la bebida de los ricos; en algunas casas se permitía a los criados probar un poco antes de servirlo, eso era un privilegio para ellos.

—El que haya sido no tiene vergüenza —Francisco Berga estaba indignado y parecía que hablaba solo.

Miguel lo miró condescendiente.

—Vamos, que no es para tanto. ¿Se imagina que va a cambiar algo? Todo seguirá igual, no hay motivos para preocuparse.

—¿Que no hay motivos? Mañana saldrá en el Diario Balear y lo peor es que cunda el pánico. ¿Y si al pueblo le da por amotinarse? Su cabeza caerá, igual que la mía, don Miguel, y la de todas las personas de bien.

—Haría mejor preocupándose por los asuntos de Godoy en lugar de pensar en nuestras cabezas. Créame, don Francisco, las cosas andan bastante mal en la Corte. Fíjese lo que le ha pasado a Cabarrús por culpa del conde de Lerena. Todavía sigue en la cárcel, ha sido una campaña infame contra él.

—Yo no le veo muy limpio, qué quiere que le diga. Los que le defienden son esos masones librepensadores. Por algo los condenó Benedicto XIV hace cuarenta años y hace poco León XIII. Me alegraría que cayeran en manos de la Inquisición.

—Don Francisco, en Mallorca no hay masonería. Supongo que se refiere a las sociedades secretas económicas y no veo qué daño pueden hacerle al pueblo.

—Ah, ¿no? Meterles ideas revolucionarias para derrocar a la monarquía, eso es lo que hacen.

Miguel no podía seguir escuchando. Se incorporó, hizo un saludo con el sombrero y salió a la calle.

Don Francisco Berga era un mallorquín clásico, conservador, adicto al Antiguo Régimen, católico de golpe en el pecho y de misa diaria, aunque esta conducta no estaba reñida con la visita a algún burdel una vez al mes. Odiaba a los ilustrados y sus ideales libertarios. Le echaba la culpa de los males del reino a la Sociedad Matritense, que extendía sus tentáculos a las provincias de España. Vestía a la antigua, con calzón, chupa y casaca. Vivía frente a la chocolatería y, desde que murió su sufrida esposa, doña Ana, se aficionó al desayuno del establecimiento, al que acudía cada mañana. A las dos hijas mayores las había casado bien, con mayorazgos de buena casa. El menor, el hereu, habitaba con él en la mansión familiar. Aún seguía soltero y eso le preocupaba. Conocía a varias jóvenes hijas de familias ricas que podían aportar una dote cuantiosa al patrimonio. Su hijo no acababa de decidirse, a todas les encontraba defectos. De una decía que iba encorvada de espalda, de otra que era demasiado alta y corpulenta y de la última que era bonita, pero solo hablaba con monosílabos.

—¿Para qué quieres que diga más? En el matrimonio lo importante es copular con la mujer para que traiga hijos al mundo.

Se desahogaba en la sacristía después de misa con don Emilio, el canónigo de la catedral.

—Dé una fiesta en su casa, invite a las señoritas que a usted más le agraden como futuras nueras. Siendo para una buena causa, no es pecado bailar. Dígale a don Juan que tiene obligación de elegir a una de ellas, demuéstrele que es condescendiente y que le da plena libertad; ya me entiende, una libertad condicionada.

Francisco Berga meditaba esas palabras camino de su casa. Llevaba media hora larga dándole vueltas al consejo de don Emilio. Desde que murió su mujer hacía tres años, los salones permanecían cerrados y los muebles se habían cubierto con sábanas blancas, los amortajaron igual que a la dueña. Nadie se ocupaba ya de recibir visitas y mucho menos de dar fiestas.

Llegó al portal, empujó la puerta de madera maciza que estaba entreabierta, subió sin descansar hasta el primer piso, tiró de la cuerda de la que colgaba la campanilla y la hizo sonar. Abrió madó Catalina, el ama de llaves.

—¿Cuánto tiempo hace que no entráis en el salón azul? —se lo dijo así, en cuanto la vio, sin más preámbulos.

—¿Por qué lo pregunta, señor? Vuecencia dio la orden de que no se acercara ninguno de nosotros después del entierro de doña Ana.

—Es cierto —dijo apoyándose en el sillón frailuno del recibidor.

—¿Se encuentra bien, señor?

—No me pasa nada, lo único que me ocurre es que tengo que tomar una decisión importante. ¿Se ha levantado ya don Juan?

—Sí, señor, hace rato que ha almorzado.

—Si pregunta por mí, decidle que estoy en mi despacho.

Bajó hasta el hermoso patio; tenía forma hexagonal con el suelo recubierto de canto rodado. Lo circundaban seis columnas góticas. Detrás de la escalinata se situaban las caballerizas; en el extremo derecho, a la entrada, dos escalones conducían a una puerta que comunicaba con su despacho. Enfrente, y de iguales proporciones, se ubicaba el de su único hijo varón.

El estudio estaba decorado con tapices del siglo XIV. La gran mesa de cerezo daba la espalda a la ventana de vidrios emplomados de colores. Acercó el sillón y se dispuso a revisar los documentos con los últimos censales. Abrió varios cartapacios en los que su secretario había anotado los detalles de los movimientos de las cosechas. Unos golpes en la puerta interrumpieron su tarea.

—Adelante —respondió reconociendo enseguida la forma de llamar—, pasa.

Don Juan era un joven alto y desgarbado, débil de salud y mente despierta. Tenía el pelo rojizo y rizado, los ojos y la boca grandes. El conjunto de facciones y la figura le daban un atractivo especial que gustaba a las damas.

—Siéntate —ordenó don Francisco.

Obedeció sin chistar, como tenía acostumbrado.

—Usted dirá, padre.

—Hijo, es hora de que tomes una mujer por esposa. Te he hablado otras veces de algunas doncellas que me parecen muy convenientes. Piensa que nuestro linaje y el apellido deben perpetuarse, por lo que has de entroncar con una casa rica —dijo esto sin atender a las muestras de interrupción de su interlocutor—. Pienso dar una fiesta e invitar a todas las fortunas casaderas de Palma. Entre ellas habrá alguna que sea de tu gusto.

Don Juan se puso pálido. No podía decirle que no sentía deseo por ninguna joven. Recordaba cómo se sonrojaba delante de Antonio, el secretario de su padre, y los escalofríos que le recorrieron el cuerpo el día en que al pasar junto a él le rozó la mano. Solo tenía tres años más que él y, cuando nadie se daba cuenta, se miraban intensamente.

—Quisiera esperar un poco más, no entiendo por qué tantas prisas.

—Me voy haciendo viejo y me gustaría ver correr a un pequeño heredero por las habitaciones. Si no te decides, lo haré yo. Tu prima Magdalena es guapa y conoce todas las obligaciones de la perfecta mujer de su casa. Ya sé que me vas a decir que se pasa el día en la iglesia, pero puedes resarcirte buscándote una querida. Eso no está reñido con el matrimonio.

Don Juan esperaba que se abriera una brecha en el suelo para hundirse lentamente y desaparecer, pero era pedir lo imposible. Sabía que tarde o temprano su padre le hablaría del asunto. Hasta aquel día pudo esquivar sus proposiciones, primero con la excusa del luto por la madre, luego por no sentirse preparado, y ahora le faltaban los argumentos. Asumió su destino con resignación. Le repugnaba el sexo con las mujeres y se veía obligado a aceptar. Se puso en pie y se despidió.

—Si no quiere usted nada más, me retiro. Tengo trabajo que hacer.

—Tenemos trabajo los dos. Voy a empezar a organizar el festejo. Le diré a madó Catalina que se ocupe de poner a punto los salones y el mobiliario. No hay mucho tiempo, tiene que celebrarse antes de la Cuaresma.

2

Miguel Hurtado conocía a Francisco Berga desde que tenía uso de razón. Era pariente por parte de madre y diez años mayor. De pequeño le llevaban a visitar a los tíos. Nunca soportó a esa familia, demasiado artificial, siempre pendiente del qué dirán, simulando modestia y honradez. Las mujeres pasaban la tarde rezando y los hombres en el casino, jugando o divirtiéndose con las coristas. Pocas veces había hablado con Xisco, el más rancio de todos. Últimamente se veían en Can Joan de S’Aigo y solo cambiaban algunas palabras. Estando en estos pensamientos, llegó a su vivienda de la calle Morey.

Entró en su despacho, acercó una butaquita al canterano con incrustaciones de nácar, tiró de uno de los cajoncitos y sacó un sobre lacrado. En el remite ponía «Melchor Gaspar de Jovellanos». Cogió el abrecartas, lo rasgó y leyó el papel dos o tres veces. Le pedía que no creyese ni una palabra de las consignas que últimamente le comunicaban de la Sociedad Matritense. Desde su retiro en Asturias, las notificaciones a provincias cambiaban continuamente por miedo a las represalias de su actual director, el valido de la reina. No era persona de fiar; se movía según sus aspiraciones y le aseguraba que lo que menos le importaba era que en España el pueblo se amotinara y le cortara la cabeza al rey. Su ambición traspasaba los límites de la moral y de la ética.

Dobló la carta por la mitad y volvió a meterla en el cajoncillo del secreter. Había conocido a Gaspar Melchor en Madrid, en 1782, cuando este puso en marcha el Banco de San Carlos. Asistió a la mayoría de sus discursos, vibró y fue uno más del grupo de jóvenes entusiasmados con sus ideas innovadoras. Deseaba que las Sociedades de Amigos del País se extendieran por toda España. En el tiempo que ocupó el cargo de director de la Matritense, en 1779, le propuso como director de la Sociedad Patriótica Mallorquina de Amigos del País. Recordaba ahora los últimos acontecimientos desde aquel dieciocho de noviembre de 1788 en que Cabarrús leyó en la Sociedad el Elogio de Carlos III pocos días antes de la muerte del rey. Fue una alabanza a una labor digna de un buen gobernante. Al día siguiente de la muerte del monarca, el príncipe de Asturias tomó la corona con el nombre de Carlos IV. Los nuevos reyes recibieron a sus ministros y se estableció que la reina María Luisa tuviera participación en el mando del Estado. Inmediatamente dio orden de que se hiciera cadete garzón de guardias a su protegido Godoy.

El 4 de julio de 1789 fue la proclamación oficial. El ayuntamiento de Palma puso en marcha los festejos con cajas y trompetas y se publicó un edicto para los días once, doce y trece, ordenando que se adornaran con colgaduras las paredes y las ventanas de las casas, que se tuvieran limpias las calles y que de noche las mantuvieran debidamente iluminadas. En el Borne se levantó un arco de triunfo con las efigies de Carlos IV y doña María Luisa de Parma; la nobleza, el clero, los gremios, todos participaron de las fiestas, asistieron a las representaciones teatrales y vibraron con los actos religiosos en la catedral. El colorido, las luces, la magnificencia de las carrozas y de las pinturas alegóricas duraron más de una semana. Se hizo como se había mandado y, mientras hacía el recorrido el marqués de Villafranca, el pueblo se apretujaba con gritos de «¡Viva el rey!».

El pueblo siempre reaccionaba a favor de la Corona. Miguel lo había comentado muchas veces con su amigo Gaspar Melchor. Con él mantenía una estrecha correspondencia. Su destierro en Asturias, a raíz del encarcelamiento de Cabarrús, no impidió que en sus cartas le pusieran al día de los desmanes de la Corte. Carlos IV constituía un engaño para los españoles. Era débil de carácter e inculto. Se dejaba manejar por el ambicioso Godoy y por los favorecidos de la reina, que hacían y deshacían a su antojo. Entre ellos, el conde de Lerena hizo caer a Floridablanca y después se ensañó con el banquero Cabarrús, al que odiaba profundamente. Lerena no soportaba su gran cultura, ni sus ideas progresistas en las que criticaba la labor del gobierno. Le acusó de prevaricación y enriquecimiento injustificado y lo encarcelaron.

Miguel repasó uno de los escritos de Jovellanos hablando del conde. Decía que era un hombre «iliterato, falto de toda especie de instrucción y conocimiento en todos los ramos y de toda incivilidad». Afortunadamente había muerto hacía un año y era muy probable que a Cabarrús lo indultaran y Jovellanos regresara a Madrid.

Era consciente de que comenzaba una etapa difícil. En Francia se habían perdido los ideales de la Revolución. Se mandaba a la guillotina a cualquier sospechoso, incluso a los que la promovieron. Se vivía con miedo, recelaban unos de otros, nadie se salvaba de caer en manos del odio del pueblo. Le habían llegado noticias de que en las cárceles no se cabía y, para hacer sitio, cada día se cortaban cabezas. Mientras tanto, en España la corrupción de la Corte iba en aumento, las colonias se abandonaban y la pobreza y la miseria cada vez eran mayores. Personas como su buen amigo Gaspar Melchor podían salvarla de la ruina. Esperaba que se reuniese la próxima junta de la Sociedad Patriótica de Amigos del País para leer el primer punto del orden del día. Era necesario aceptar los postulados del Plan de Instrucción Pública que acababa de leer, y proponer que se aprobara la libertad de opinar, de escribir y de imprimir. Podía ser una bomba si llegaba a oídos de los realistas del Antiguo Régimen.

Se incorporó y se acercó a la ventana. El sol había subido hasta la mitad de su cénit, debían ser cerca de las once. La calle Morey, situada en la parte alta de la ciudad, era medianamente estrecha. Pasaban algunos carros en retirada con las mercancías del mercado. En el suelo las aguas fecales se mezclaban con las boñigas de las bestias y formaban una pasta que los transeúntes esquivaban procurando andar por las orillas. Se preguntaba si no sería posible elaborar una ley de limpieza de los empedrados, como en Madrid ordenó Carlos III. Sabía que Jovellanos estaba mejorando su provincia asturiana con la aplicación de la Ley Agraria. Él también trabajaba para mejorar el País y su ciudad, era una misión que cumplir, la misión de los que pertenecían al Despotismo Ilustrado.

Esa mañana había descuidado sus obligaciones. Tiró de la campanilla y esperó a que apareciera el mayordomo.

—Tomeu, estaré en la biblioteca hasta el almuerzo. No recibiré ninguna visita, ni siquiera la de mi secretario.

—Descuide, señor, se hará como dice.

El criado se marchó y Miguel se dirigió a un salón con las paredes forradas de libros. Fue directamente a la estantería de la derecha y cogió un tomo encuadernado en piel. Luego se sentó en un sillón, junto a la chimenea, y comenzó a hojearlo. El título decía: MEMORIAS.

Estaba escrito por el marqués de Ureña, un ilustrado que describió en su viaje por Europa los diversos conciertos de las logias londinenses y su introducción en Cádiz a través de Gibraltar. Se sabía que estaban fundadas por extranjeros, eso exoneraba a los españoles que acudían a ellas de ser perseguidos por la Inquisición y, aunque el conde de Aranda fundó la Gran Logia de España en 1760, al depender esta de los grupos franceses, quedaba desvinculado a los ojos de la censura eclesiástica de atentar contra el dogma. Sin embargo, en 1780 fue su Gran Oriente. No tuvo esa suerte el padre José Augusto, el sacerdote católico que fue su representante en el Peñón allá por el año 1743 y fue detenido por la Inquisición en el puerto de Santa María.

Aún no existía ninguna logia en Palma y Miguel andaba en conversaciones con Aranda, con Alcalá Galiano y con Jovellanos para conectar con las de Cádiz. Estaba decidido a transformar la Sociedad en un Taller Supremo masónico. Solo bajo el máximo secreto podrían actuar los iniciados para combatir los excesos del clero, su corrupción, sus privilegios, su opulencia, la superstición, la milagrería y la falsa piedad. Era necesario difundir las nuevas ideas económicas y políticas y el conocimiento científico.

Dejó el libro en la estantería y se dispuso a escribir a Gaspar Melchor. Cuando terminó, lacró el sobre y llamó a Tomeu para que lo entregara al correo. Miró el reloj. Había quedado en ir a almorzar con su hermana Magdalena.

Salió de la casa y se encaminó hacia la calle Estudio General. Se detuvo al llegar ante un hermoso portal con capitel neoclásico. Atravesó el patio, subió la escalinata y dio dos golpes con la aldaba.

—Buenos días, madó Francina, la señora me espera para comer.

—Pase, don Miguel, se llevará una gran alegría al verle.

Miguel lo sabía; su hermana Magdalena, la mayor, había sido su segunda madre. Esta murió nada más nacer él. La joven condesa no soportó aquel octavo parto. Su marido la sobrevivió diez años y, al quedarse viudo, dedicó sus días al juego y a otras mujeres; a sus hijos los ignoró por completo.

Magdalena Hurtado se casó con el hereu de la poderosa familia de los Alemany. Disponían de una gran hacienda y vivían en un hermoso palacete gótico renacentista, en la calle Estudio General. Tenía dos varones y una hembra. Miguel se dirigió hacia el gabinete donde su hermana solía hacer labor. Nada más verle, se levantó de la butaca de costura y le abrazó.

—Por fin te dignas a venir a vernos, hermano. Desde que murió nuestro padre, casi no se te ve el pelo. Deberías visitarnos más a menudo. No es bueno que estés tan solo.

—No estoy tan solo como crees, trabajo mucho y hago bastante vida social, necesito relacionarme con otras personas.

Un niño de unos diez años entró corriendo al oír la voz de su tío.

—¡Tío Miguel! ¿Me traes algo?

—Claro, ¿cómo no voy a traer un regalo a mi ahijado, mi sobrino por antonomasia? Pero antes, dame un beso.

—Miguelito, no se pide nada. Primero se saluda.

—Déjale, Magdalena, lo más bonito de los niños es su sinceridad.

Miguelito era el tercero y adoraba a su tío. No entendía lo que significaba antonomasia, pero le gustaba que se lo dijera.

Miguel sacó del bolsillo una bolsa de cuero azul. Luego extrajo un pequeño envoltorio de papel de seda.

—¿Qué es?

—Ten paciencia. Lo abrirás después de comer.

El niño miró a su madre disgustado, estuvo a punto de echarse a llorar y se contuvo al ver su gesto autoritario. Miguel desaprobaba la educación rigurosa que daba su hermana a los hijos.

—No le hagas sufrir, Magdalena, le estás cortando la libertad de expresión, le obligas a contener las emociones.

—¿Y eso te parece malo?

—Sí, hay que dejar que los sentimientos fluyan de forma natural.

Magdalena lo miró asombrada. No entendía cómo le había salido tan liberal, al fin y al cabo, ella lo había educado.

—Está bien, ábrelo, Miguelito, pero solo por esta vez.

El niño miró a su tío con una sonrisa de oreja a oreja, cogió el paquete y rompió el pliego. Destapó la cajita de cartón: en el fondo descansaba un soldadito de plomo igual que los de verdad, como los que desfilaban por la plaza de Cort los días en que se celebraban los festejos. Entonces se quedaba quieto contemplando sus uniformes y los sables que brillaban al sol.

Cuando su padre estaba de buen humor, le dejaba acercarse a la vitrina para ver las miniaturas de plata del ejército que heredó de su abuelo. Se lo habían construido a principios del siglo, era una joya y no se podían tocar, aunque esto no impedía que se quedara extasiado mirando las figuras con las diferentes armas. Su padre le decía que en Italia había algún maestro que los hacía de plomo; era muy difícil conseguirlos y le parecía mejor esperar unos años más. Ahora su tío le regalaba el juguete que tanto deseaba Se abalanzó sobre él y le dio un beso.

—Gracias, tío, me gustan los soldados. De mayor seré uno de ellos.

—Bueno, bueno, es muy pronto para saber lo que serás de mayor. Ahora vamos a la mesa. Tus hermanos nos están esperando.

—Espera unos minutos, Magdalena, quiero explicarle al chico cómo es el uniforme. Un soldadito de plomo no es solo un juguete, hay que saber su significado y por qué lo lleva. Lo encargué en Barcelona al taller de un fabricante italiano. Este es un capitán del Regimiento de Infantería de Línea del Rey. Está pintado a mano con todos los detalles: lleva el sombrero negro de dos picos con galones de plata, la casaca granate con dos charreteras plateadas en los hombros, el calzón corto es también granate y las polainas blancas sobre las botas. La botonadura es de plata, los correajes blancos están cruzados y el sable colgado es recto.

El niño escuchaba atento las explicaciones, adoraba a su padrino, le consideraba casi un dios que no podía equivocarse; estaba radiante, no necesitó responder, le dio la mano y entró en el comedor.

—¿Y Pedro? ¿No come con nosotros?

—No llegará hasta la noche. Ha tenido que ir a Santany, ya sabes, parece que hay problemas con el personal.

Miguel saludó a los otros dos hijos de Magdalena que, al verle, se pusieron de pie. Jerónimo, el mayor, tenía catorce años. Se llamaba como su abuelo paterno según una costumbre transmitida de padres a hijos. Era el heredero del apellido y de la hacienda. Tenía el cuerpo delgado y esbelto, los ojos oscuros y vivos. Cumplía las normas de forma estricta y obedecía en todo, tal como se esperaba del que sería el cabeza de familia. Su carácter era muy serio, no se sabía si porque estaba predestinado a dar ejemplo de conducta recta y de no salirse del orden preestablecido o por ser un calco del padre, físicamente y de manera de ser.

María Magdalena, la segunda, de doce años, era bonita y alegre, con el pelo castaño claro y la piel sonrosada. Miguel y ella realizaban juntos mil travesuras en las que siempre salía malparada. Solía echarse la culpa para defender a su hermano. Su gran bondad hacía que todos la quisieran.

Miguel era el más parecido a su madre. Era inquieto y curioso; sus preguntas a los adultos no paraban, quería saber las causas de los actos de los que le rodeaban, y si le parecían injustas, se rebelaba. Contrariamente a su hermano, no podía obedecer a los mayores porque sí, sin conocer el motivo. Su tío Miguel cuando le visitaba, aprovechaba esos ratos para explicarle la historia de España como un cuento y a Miguelito se le salían los ojos de entusiasmo.

—De mayor seré soldado o capitán —repetía.

—A este chico le metes demasiadas ideas en la cabeza —decía su madre—. Es lo que le faltaba. Desde que conociste a don Gaspar has cambiado y pretendes que Miguelito piense como tú.

—Quiero que conozca la verdad y que sea libre. No tengo más heredero que él, es mi ahijado y, como sabes, he hecho testamento a su favor.

En el fondo a Magdalena le gustaba la afinidad entre tío y sobrino. También se alegraba de que la fortuna de los Hurtado de Mendoza pasara al pequeño de la familia.

Terminaron de comer y Miguel se despidió.

—A ver si vuelves pronto.

—Vendré siempre que mis obligaciones me lo permitan.

Le dio un beso a su hermana y a los niños y se fue directo a la sede de Los Amigos del País.

Ocupó una de las sillas vacías. Habían acudido alrededor de diez socios a pesar de que no había sesión. Don Pedro Pericás, como secretario, comentaba el Semanario Económico Instructivo y Comercial que acababa de sacar del archivo. Era forzoso propagar las medidas propuestas para mejorar el campo y la labor de los payeses. Tropezaban con una gran dificultad, decían otros, la mayoría de los agricultores no entendían los cambios y los gobernantes tampoco. Era necesario educar al pueblo y abrirles la mente.

—Hay que aumentar la cría del ganado favoreciendo los pastos naturales y artificiales —aseguraba don Antonio Pujal.

—No lo pongo en duda —decía don Antonio Montis, otro de los secretarios—, aunque no dejemos de lado la importancia del acopio de la seda o de la lana, sabemos que no es suficiente para la población.

Se hablaba de la extracción del aceite, de la roturación de las tierras, de la enseñanza de las primeras letras, de la producción de libros y del aumento de hospicios para albergar a los mendigos. Se mezclaba el arte con la alimentación o la vestimenta; todas las necesidades primordiales se exponían como en un mercado en el que se pudiera escoger lo que a cada cual le apeteciera. Eran los progresistas, los Amigos del Hombre, representados por aristócratas, canónigos, frailes, abogados, médicos y profesiones diversas.

En estas discusiones continuaron hasta la puesta del sol. Luego se despidieron, convencidos de que sus buenas intenciones se llevarían a cabo y el bienestar sería para todos; así tranquilizaban sus conciencias.

3

Don Luis Martínez de Hervás no había dormido en toda la noche. Su mujer se puso de parto a las tres de la madrugada. Era el octavo embarazo, los dos hijos anteriores se habían malogrado, el último quedó estrangulado en el momento del nacimiento por el cordón umbilical. Cuando le dijeron que la recién nacida estaba viva y que no presentaba ninguna enfermedad, respiró tranquilo. Madó Coloma le aseguró que no solo estaba sana, sino que era preciosa. Le costaba creerlo, él veía a todos los recién nacidos iguales, rojos y con los ojos hinchados.

Esperaba en la antesala del dormitorio mientras aspiraba un poco de rapé para relajarse. Cuando escuchó los lloros del bebé, se serenó, corrió a la habitación de su esposa y contempló un envoltorio blanco en los brazos de la comadrona.

—Ya puede acercarse, vea qué hermosa es.

Luis destapó una esquina de la toquilla y observó la carita redonda y los ojos rasgados de su hija. Por primera vez le pareció bonita una criatura tan pequeña. Tenía las facciones perfectamente dibujadas. La partera se acercó a la cama y se la entregó a doña Margarita.

—Quiero que se llame como tu abuela paterna, María de la Concepción.

Luis la besó en la frente y luego a la niña.

—¿Sabías que en Granada se las llama Mariquita?

—Pues será María de la Concepción Mariquita.

Un ruido continuo de repicar de campanas interrumpió la conversación; algo muy gordo debía pasar, el campaneo no presagiaba nada bueno. Todos los de la casa, incluida madó Coloma, reaccionaron sin pensar y, sin pedir permiso, asustados por lo que podía ocurrir, salieron corriendo hacia la iglesia de santa Eulalia.

Eran las seis de la mañana.

Margarita se revolvía en la cama con dolores de entuerto. De repente se puso pálida, miró a su marido, le cogió débilmente la mano y se desmayó.

Luis, que había permanecido al lado de su mujer, buscó al mayordomo, a madó Coloma, a los criados. No había nadie, solo se oían las voces de la gente en las calles. En su desesperación dejó a la niña en la cuna y fue en busca de don Francisco, el médico. La calle Cadena quedaba a dos manzanas; se hizo paso entre la muchedumbre hasta llegar a su domicilio. Le vio enseguida; estaba de pie en el portal, mirando asombrado a los que iban y venían. Una madona que regresaba de la plaza le explicaba a gritos, porque entre su sordera y su despiste no se enteraba de nada, que habían matado a alguien; el nombre solo logró entenderlo después de hacérselo repetir varias veces.

—¿Qué pasa? ¿Por qué todo el mundo ha salido? Mi mujer acaba de dar a luz, ha perdido el conocimiento y la partera que la atiende ha desaparecido.

—Vamos, don Luis, no se preocupe, pronto la reanimaremos; lo de la calle no es importante, han decapitado al rey de Francia.

—Dios le oiga —respondió sin ser consciente de lo que decía, ni si la noticia valía la pena para armar tanto alboroto y azuzar el malestar de los vecinos.

El médico cogió su maletín, disimuló su preocupación y juntos se dirigieron con paso rápido a la calle del Sol, número tres.

Eran las seis y media.

La casa volvía a llenarse con el servicio que se disponía a reanudar sus quehaceres. Madó Coloma llegó la primera; estaba preocupada, le remordía la conciencia por haber abandonado a la señora y ahora la encontraba sola, en una inmovilidad absoluta. La culpa la tenía ella, ¿a quién se le ocurre dejar a una parturienta sin los primeros cuidados? Suponía que el señor había salido en busca del médico. En la ciudad debían estar locos, el primero, el párroco, por llamarles a rebato, aunque seguramente le mandaban de arriba. ¿Qué sentido tenía anunciar en una ciudad tranquila, como Palma, un suceso de un país extranjero?

Apartó sus pensamientos y se dispuso a socorrerla con eficacia, como le era habitual; cogió el alcanfor y le aplicó unas compresas frías en la frente; luego llamó a la doncella para que calentara dos ollas de agua y se las trajera de inmediato. Cuando entró don Luis con el médico, Margarita empezaba a reaccionar.

—Quiero que me dejen solo con la paciente, la única que puede quedarse es la comadrona —así lo ordenó don Francisco.

Don Luis aguardaba, esta vez sereno, confiaba en el ojo clínico del doctor. Margarita era fuerte y lo superaría, había salido de partos peores. Al cabo de un cuarto de hora que le pareció eterno, se abrió la puerta y salió el facultativo con una amplia sonrisa.

—No se alarme, la señora está bien, pero me gustaría hablar con usted a solas.

—Será mejor que pasemos a mi gabinete, nadie nos molestará.

Se dirigieron a un despacho amueblado con un tresillo tapizado en terciopelo rojo; las dos butacas se situaban a cada lado de la chimenea, con el sofá enfrente. Pegada a la ventana había una mesa de roble y un sillón a juego. El médico tomó asiento, aspiró rapé de la cajita que le ofreció don Luis y esperó unos segundos a que su interlocutor le preguntara.

—Ya me dirá, no sé si me va a dar buenas o malas noticias.

—No son malas, no se preocupe, su mujer es joven, solo que tantos embarazos la han dejado muy débil, su aparato reproductor no soportaría uno más. Es aconsejable que no tenga más hijos.

Él le miró fijamente sin atreverse a decir lo que pensaba. Estaba de acuerdo en que Margarita descansara una temporada, la quería demasiado para perderla.

—Sé lo que siente, amigo mío. Usted puede amarla con todo su ímpetu, pero no puede mantener relaciones sexuales con ella nunca más, ¿me entiende? Cuando tenga una necesidad, hay otras opciones, hay mujeres que están para eso.

—Sería traicionarla, no se lo merece.

—Lo que no se merece es que se quede encinta otra vez, en ese caso, no respondo de su vida. Ahora dormirá un rato, es mejor que nadie la moleste.

El doctor se marchó y don Luis permaneció en un mar de confusiones. Se incorporó, se sentó en el sillón granate junto a la mesa y entornó los párpados. Esa noche no había pegado ojo, él también necesitaba descansar. Su mente inició el recorrido de lo que había sido su vida. Veía a Margarita cuando la conoció durante la recepción en casa de don Raimundo Frau. Tenía dieciocho años, tres menos que él y era la dama más hermosa de la ciudad.

Él había llegado a Lérida recién cumplidos los veinte con su título flamante de Oficial Primero de Correos dado por el rey, gracias a las influencias de su padre en la Corte. Margarita era hija de don Raimundo Frau, alcalde mayor de Lérida, un mallorquín al que acababan de nombrar Procurador de número de la Real Audiencia con destino en Palma. Habían coincidido en algunas ocasiones al despachar los contenciosos de los negocios en los que él solía estar presente.

El mes siguiente, don Raimundo organizó en su palacete una fiesta de despedida e invitó a todas las autoridades. Después de que el ujier le anunciara, avanzó por el gran salón rosa pálido decorado con flores blancas. Las velas de las lámparas de araña chisporroteaban en el centro. Una decena de jóvenes casaderas aguardaba junto a sus padres o tutores con su carné de baile en la mano. Pero él solo se fijó en la maravillosa muchacha de ojos claros y talle fino que se sentaba al lado de don Raimundo y doña Catalina Roca, los anfitriones.

A una señal del maestro de ceremonias, la orquestina comenzó a tocar, el dueño abrió el baile con Margarita. Luis supo en ese momento que se casaría con aquella mujer y, nada más terminar, se acercó a saludar a los señores de la casa. Don Raimundo le presentó a su hija y él le solicitó todos los bailes de la noche.

—¿No le parece que es demasiado presuntuoso? Acabo de conocerle.

—Tal vez tenga razón, soy algo precipitado, aunque no vanidoso. Sé lo que quiero y es estar con usted toda la vida.

Margarita no respondió, le ofreció el brazo y se dejó llevar hasta la pista. Marcó los pasos del minué; en cada vuelta él le apretaba los dedos y se los besaba con disimulo. Ella le sonreía.

—La amaré siempre.

—No diga tonterías, me olvidará en cuanto me marche.

—Le escribiré y no pararé hasta casarme con usted.

A los pocos días Margarita salió hacia Mallorca y él se quedó repasando sus palabras: «Me olvidará en cuanto me marche». «Eso jamás», le escribiría una carta. Mil cartas si fuera necesario hasta obtener su consentimiento y el permiso de sus padres. Entonces cayó en la cuenta de que no le había pedido la dirección. Tras muchas gestiones en la Real Audiencia de Regidores y Procuradores de Palma, consiguió conocer su domicilio. Habían pasado dos meses y transcurrieron dos meses más sin recibir contestación. Soportó este intervalo en constante angustia, le preocupaba que le hubiera olvidado, le urgía conseguir un traslado a la isla si quería casarse. Así se lo comunicó a su padre, don Pedro Martínez de Hervás.

Don Pedro era el heredero de la saga de los Martínez de Hervás. Los ascendientes provenían de Ugíjar, ciudad de partido de las Alpujarras, en Granada. Al morir su progenitor en 1772, el noble don Francisco Martínez de Hervás de Molina y de Amate dejó las tierras y la casa solariega a cargo de los caseros y se trasladó con la familia a Madrid en un penoso viaje a través de la serranía de Granada, cruzando los montes de Despeñaperros y los de Toledo. Fue un trayecto largo, en calesa, siempre escoltados por cuatro hombres armados de trabucos y puñales. Él mismo llevaba el mosquetón preparado; decían que los bandoleros Diego Corriente, el Generoso o el Ojitos, rondaban por los caminos asaltando a los viajeros. Lo más valioso y pesado, como las vajillas, los cuadros y los tapices lo dejaron en las carretas de un grupo de arrieros que caminaba tras ellos en caravana. Habían atravesado Begíjar, el Ventorrillo y el puente y el río de Arenas. Pasaron por Campotéjar, Barca del Guadalimar y Barca de los Santos antes de alcanzar Toledo. Atrás quedaban los valles de viñedos, los sauces y los naranjos. Rodeaban los torrentes y las cañadas y, solo al atardecer, paraban en las posadas que encontraban al paso. Muchas estaban desvencijadas, con los cristales de las ventanas rotas, aunque siempre había un buen hogar con leña para calentarse.

Luis y su hermano José, mientras todos descansaban, salían a escudriñar el terreno. Recordaba aquella noche de inmensa oscuridad, sin luna, cuando caminaban por el cerro de Puerta de Arenas. El hostal quedaba muy cerca de Campillo de Arenas. Lejos se oía aullar a los lobos. José dio un traspié y comenzó a resbalar monte abajo, al lado estaba el acantilado; justo cuando llegaba al borde de la horrible hendidura, él le arrastró con toda la fuerza de sus dieciséis años y le izó hasta la roca que le hacía de puntal. José solo tenía doce y era el pequeño de los diez hijos de don Pedro.

Este se instaló en la Corte, donde tenía muchas influencias y donde esperaba conseguir buenos empleos para sus numerosos hijos y matrimonios convenientes para las hijas.

Luis pensaba ahora en la vega y en los campos granadinos en los que se había criado. Cuántas veces había recorrido a caballo el valle fértil de los alrededores y se había detenido al pie de las simas viendo correr los riachuelos en cascadas por las quebraduras en la primavera, con la nieve derretida de Sierra Nevada. Él y sus hermanos hacían carreras atravesando el Lucainena, el Ugíjar o el Adra, hasta adentrarse en el interior de la Alpujarra. A veces se apostaban a ver quién llegaba primero al castillo del rey moro, junto al río Laroles. Ataban las caballerizas al portón de madera y se metían entre las ruinas hasta el torreón y desde allí divisaban su casa a lo lejos y las casas de los labriegos en la ladera, blancas de cal. En una ocasión llegaron hasta el Albaicín para contemplar los jardines de la Alhambra. No existía una belleza igual.

En Ugíjar aprendió las primeras letras con el preceptor don Salustiano, que acudía diariamente a la casa para enseñarles a él y a los hermanos las ciencias elementales de las Matemáticas y de la Naturaleza. Había nacido en 1756, llegó a la Villa y Corte con dieciséis años, y pronto ingresó en la universidad de Alcalá para estudiar Humanidades. A los veinte se presentó a las oposiciones para el cuerpo de Oficial de Correos después de demostrar su nobleza de sangre, requisito indispensable para ocupar cargos de funcionario.

Sabía que sus apellidos le habían abierto muchas puertas. Descendía de la noble casa de los Molina de Aragón que se repartieron por diferentes regiones de España, fundando mayorazgos y señoríos y adquiriendo títulos y órdenes de caballería. Su antecesor, Diego de Molina Martínez de Hervás, descendía de Pedro Ruiz de Molina, marqués de Corvera, del señorío de Murcia. Había llegado a Huécija, en Almería, en 1593 con una orden de ejecutoria de nobleza otorgada en la Chancillería de Granada para él y sus descendientes en línea recta, los Martínez de Hervás. Entroncó por matrimonio con la rama de los Amat, catalanes de alta alcurnia que se habían establecido allí transformando el apellido en Amate. Su abuela materna se llamaba María de la Concepción Martínez de Almenara de la Vega, y su abuelo paterno, Juan Francisco Martínez de Hervás de Molina de Amate.

Poco más de un siglo vivió su familia en Huécija. A principios del 1700 se trasladó a Ugíjar, donde se casó su abuelo Juan Francisco en 1713 con María de la Concepción Martínez de Almenara. En 1714 nació su padre, Pedro, que se casó en 1732 con Catalina de Madrid de Campos y de Cuevas.

Don Pedro era delegado de la Administración de Correos; le había nombrado el rey con un precepto de sucesión para sus herederos. Eso facilitó que los dos hijos varones hábiles accedieran sin dificultad al cuerpo. Las comunicaciones tomaron gran importancia durante el reinado de Carlos III. Se había ampliado la red por toda España, se había creado la administración de Correos de Ultramar con intercambio del comercio y navegación entre las Indias y la Península. Las sociedades de Amigos impulsaban su desarrollo. Al quedar vacante la plaza de Administrador de la Corte y Villa en 1772, pidió el traslado a Madrid. En 1776, con la instauración del Tribunal Superior de Correos y Postas, recibió el nombramiento de Administrador Real de la Suprema Junta de Correos.

Cuando llegó, faltaba ya parte de la familia. De los diez hijos, Pedro, el primogénito, murió a los pocos meses de nacer. El segundo, Juan, era presbítero en la iglesia colegial de Ugíjar. Nicolás y Ramón fallecieron antes de cumplir los dos años y Rosalía acababa de entrar en el convento de las clarisas.

Aún le quedaban cinco hijos por colocar. María Gabriela, que nació en 1750, Teresa en 1752 y María Concepción en 1754; solo esta se había prometido con su primo hermano, el abogado de los Reales Consejos Manuel Pérez de la Vega Martínez de Hervás. Era la más bonita; sin embargo, la tarea de buscar un buen marido para las otras dos todavía no había acabado.

Los varones eran los pequeños y no le preocupaban. Luis tenía cuatro años más que José y recibió el título de Oficial Primero de Correos con destino en Lérida por real orden. José, a pesar de ser muy joven, estaba destinado a ser el gran triunfador. Era apuesto, muy inteligente y ambicioso. Estudiaba leyes en Alcalá a la vez que se introducía en las altas esferas de la Corte. Su trato y su facilidad de palabra le abrían todas las puertas.

Don Pedro conoció a Godoy y a Jovellanos a través de Campomanes en la sede de la Sociedad Matritense. Era un ilustrado que creía firmemente en la ciencia y en el desarrollo político del pueblo a través de la cultura. Confiaba en transmitir sus ideas para liberalizar a los trabajadores de las cargas opresoras de los señores. Coincidía con Jovellanos en que era necesario difundir su ideario sobre la economía y el conocimiento. Debían estimular el pensamiento de los menestrales a la luz de la razón. Así se manifestaban los asistentes en los círculos, donde se discutía y se valoraba la oratoria de los disertadores.

Fue en una de estas reuniones cuando conoció a Vicente González de Castejón y de Villalonga, conde de Santa Coloma, sucesor de su abuelo Jorge de Villalonga. Este, cuando subió al trono Felipe V, se trasladó a la Villa, dejando en Palma su mansión, las fincas y las propiedades mallorquinas. Ahora el nieto buscaba a una persona de la nobleza a la que pudiera arrendar la casa y administrara el patrimonio.

Don Pedro aprovechó la ocasión y le habló de su hijo Luis, un joven instruido y preparado, aunque algo impetuoso, que acababa de regresar a Madrid precisamente para conseguir un traslado a Mallorca. Quería dejar su destino en Lérida como Oficial de Correos por haberse enamorado de una muchacha de la isla. En un principio no lo aprobaba, le disgustó ese acto, que consideraba producto de un impulso pasajero, pero al final, había claudicado. Comprendía a la juventud, él que defendía las mentalidades abiertas no podía mostrarse intolerante. Por otro lado, los informes sobre la familia de la joven y sus referencias eran excelentes. Pertenecía a una de las ramas de la nobleza rural y el padre era procurador de número de la Real Audiencia.

Al conde le pareció una oportunidad inmejorable, no le cabía duda del buen hacer de su hijo. Conocía a don Pedro y sus magníficas relaciones en Madrid; sabía que su nombramiento como funcionario de Correos se extendía a toda la descendencia y optó por hacer lo mismo. Le alquilaba su mansión de la calle del Sol, en Palma, y le otorgaba el cargo de administrador de sus bienes para todos los sucesores durante cien años.

Después del papeleo obligado, pasados unos meses y una vez conseguida la plaza de Oficial de Correos en Palma Luis partía hacia la Ciudad de Mallorca.

Habían transcurrido algo menos de tres lustros desde su boda con Margarita en abril de 1779. Continuaba repasando en su memoria estos hechos cuando unos golpes en la puerta le interrumpieron.

—Pase, Madó Coloma. ¿Cómo está la señora?

—Se ha quedado dormida. Cuando se despierte, podrá pasar.

La despidió con un gesto, se le habían quedado las palabras atascadas en la boca. Madó Coloma lo entendió. Había asistido a todos los partos, transitaba por la casa como una persona de la familia y conocía las reacciones de los señores en los mínimos detalles. Decía que el respeto no estaba reñido con el cumplimiento de las obligaciones y no permitía que discutieran su autoridad cuando se trataba de proteger y cuidar a la madre, sin su permiso nadie podía molestarla. Su mujer la adoraba y Luis lo sabía.

Margarita había parido cada dos años, el penúltimo, al año. Ahora se acabó. Ya no debía acercarse más a ella, era peligroso para su salud. En ese tiempo le había sido fiel a pesar de la insistencia de los de la Sociedad la tarde en que llegó la compañía de cómicos. Le aseguraron que la primera dama era una belleza. Casi todos los señores se citaron con la actriz principal, menos él. Tuvo otras muchas ocasiones de engañar a su mujer con prostitutas, todos lo hacían, pero a él le parecía faltar a la promesa de amor eterno que le hizo el día de su boda.

Acababa de cumplir treinta y siete. Se había asentado en la isla y estaba dispuesto a fundar la nueva generación de los Martínez de Hervás con todos los privilegios que le correspondían por línea directa. Gracias al conde de la Cueva, la sociedad mallorquina le aceptó como uno de los suyos. Al principio le miraban con cierta reserva a pesar de casarse con una Frau, apellido conocido descendiente de Alaró, con patrimonio y casal solariego. El rey Felipe V avaló a Bernardo Frau en Palma, a principios del 1700, por ser simpatizante de la causa borbónica contra sus compatriotas austracistas. Una de las hijas contrajo matrimonio con el Síndico Clavario perpetuo: Guillem Palou.

Cuando Margarita Frau y Roca, su nieta, entroncó con un forastero venido de la Villa y Corte los círculos aristocráticos llamados botifarras3, se negaron a admitirlo en sus círculos. Ninguno de las nueve casas conocía su ascendencia, hasta que don Jorge de Villalonga, II marqués de la Cueva, les confirmó que don Pedro Martínez de Hervás era noble, recibido en Palacio, y Godoy uno de sus más íntimos amigos.

En Madrid, su hermano José se había casado con Rita Delgado y Ruiz de Soria. Habían nacido ya sus tres hijos: José, María de las Nieves y Juan Pablo José. Después de ingresar en el cuerpo de Hacienda, se convirtió en la mano derecha de Godoy. La situación con la República francesa comenzaba a ser difícil y preocupante. A Godoy, duque de Alcudia, le interesaba recuperar el Rosellón y los territorios que Francia se había anexionado hacía cien años. Estaba a punto de firmar un tratado con Gran Bretaña para que le ayudara contra el país vecino y eligió a José como intermediario. Era un buen diplomático, Luis le conocía de sobra, sabía que llegaría muy lejos.

Le invadió una ligera nostalgia al pensar en su tierra, en Ugíjar. Ya no volvería ninguno de los hermanos. Los padres vivían en Madrid con María Gabriela y María Concepción. Las dos habían contraído matrimonio antes que él. Teresa era la única que tenía su residencia en Palma al casarse con un primo de su mujer, Guillem Roca.

Habían transcurrido dos horas, eran las once, se acordó de que no había almorzado. Se incorporó y se dirigió al comedor. La mesa estaba dispuesta con varios servicios, era costumbre de la familia que se pusiera más de un cubierto por si aparecían visitas. Si de algo podían presumir era de hospitalarios. Ese día solo esperaba en la antesala don Bartolomé, el cura de santa Eulalia, que se apuntaba puntualmente a los desayunos de la casa.

Luis hizo sonar la campanilla y entró el mayordomo.

—¿Aparte de don Bartolomé ha venido alguien más?

—No, señor, está solo.

—Hacedlo pasar, hoy necesito hablar con alguien.

El eclesiástico era un payés de Felanitx de cara de luna, rotunda y sonrosada, una persona sencilla y honesta, cuya única debilidad era la comida. Conocía la buena mesa del anfitrión y se apuntaba sin miramientos, seguro de ser bien recibido.

—Buenos días, don Luis, me han dicho que la señora acaba de alumbrar a una hermosa niña.

—Así es, pero siéntese y empiece, yo no tengo mucho apetito.

El mayordomo le escanció una copa de vino y le acercó el pan moreno, la sobrasada y el frito. A don Cristóbal se le iluminaron los ojos de placer. Sabía que la longaniza de matanzas era especial.

—¿Usted no come?

—Prefiero una taza de chocolate con cuartos, ya sé que es muy frugal. —Intentó cambiar de tema y preguntó—. ¿Qué se dice por ahí sobre la muerte del rey de Francia?

El clérigo engulló una lasca de pan untada con miel y sobrasada antes de contestar.

—Hay opiniones para todos los gustos. Unos se frotan las manos por haber acabado con la tiranía y la opresión al pueblo. Otros creen que estamos en peligro de que a nuestro rey Carlos IV le ocurra lo mismo y que se decapiten las cabezas de las clases más pudientes, ya sabe el refrán: «Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…». Por último, están los que s’en fot de tot, los que todo les da absolutamente igual.

—¿Y usted qué piensa?

—Yo qué quiere que le diga, don Luis, lo de Francia es como un sarampión, tiene que pasar bien o mal, pero pasará, y todo volverá a ser igual que antes.

A Luis le hacía gracia su filosofía popular e ingenua. No le cabía duda de que después de una revolución las cosas cambian, las ideas, la sociedad, los modos, las costumbres y, por supuesto, la manera de hacer política. Prefirió no contradecirle y seguirle la corriente. Cuando se marchó, llamó a la doncella de los niños y le pidió que, si la señora se había despertado ya, les condujera a su alcoba.

Los cinco hijos fueron desfilando delante de su madre, le dieron un beso y luego se asomaron a la cuna donde el bebé dormía plácidamente. Pedro, el mayor, había cumplido los trece y estaba destinado a ser el hereu de la familia. Se parecía a la madre, con los ojos claros y la piel muy blanca, decían que tenía el mismo carácter tranquilo y afable que su abuelo materno, don Raimundo. Catalina María, la segunda, era la más formal. Aún le quedaban unos meses para cumplir los once años y se comportaba como una mujercita. Seguían Ramón y Luis, de diez y de siete años. Los dos eran abiertos y divertidos, no paraban de hablar ni de idear frases ingeniosas. La quinta, Margarita, con cinco años, era todo lo contrario a su hermana Catalina, tenía un carácter rebelde y tozudo. «Esta niña le traerá problemas», le había dicho su preceptora a la madre y ella no sabía cómo hacerla dócil y obediente.

Doña Margarita desde la cama contempló orgullosa a sus seis hijos. Echó una mirada a su marido y sonrió feliz por su numerosa prole y porque estaban sanos y eran hermosos. Después de unos minutos la doncella salió con los chiquillos.

—Su madre puede cansarse, mañana volverán a verla.

Luis se sentó junto a la cama de su mujer, le cogió la mano y la besó.

—Margarita, cuando pasen unas semanas tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué? Dímelo ahora. ¿Pasa algo?

—No es nada importante ni pasa nada. Solo quiero que sepas que te quiero como siempre. Lo demás son pequeñeces.

4

Febrero.

La mansión de don Francisco Berga no parecía la misma. Madó Catalina se había afanado en el cumplimiento de las órdenes. Resplandecían los metales bruñidos y la plata parecía recién comprada en la calle de la Argentería. Los tres salones corridos daban la imagen de riqueza sin ostentación, de sencillez, de buen gusto y de señorío. El mobiliario estilo Luis XV alternaba la madera estucada en blanco y dorado con el de caoba. En la tapicería de seda predominaban los estampados florales en tonos azul pálido, rosa y blanco. Todo a la última moda de Francia.

Don Francisco había mandado afinar el piano de cola que Juan dejó de tocar desde la muerte de doña Ana. Esperaba que interpretara alguna de las sonatas de sus autores preferidos, Vivaldi y Mozart. Había contratado a un castrato para la velada. Era una sorpresa que le tenía preparada. No podría quejarse de que su comportamiento estuviera falto de atenciones por su parte. A cambio, esa noche debía elegir esposa.

A las siete de la tarde comenzaron a llegar los invitados. En el patio apenas cabían los carruajes. Fueron entrando los Trujillo, los Armadans, los de la Torre, Montenegro, Frau, Verger, Hurtado de Mendoza, Alemany y demás linajes de la ciudad. Juan y Francisco les recibían de pie mientras el criado los anunciaba. El baile lo inició la marquesa de Algaida sacando a bailar a Juan. Era una señora viuda todavía de buen ver, a pesar de sus recién cumplidos cuarenta años. Él, en cuanto pudo, se deshizo de su pareja y se retiró a un rincón de la sala desde donde evitar los ojos de su prima, que le dirigía miradas cómplices.

Era la única a la que podía aspirar, pero prefería dilatar el momento de acercarse procurando aplazar el mayor tiempo posible la elección. Las demás muchachas le desagradaban, sobre todo las amigas de Magdalena. Ninguna había adquirido ni siquiera un nivel cultural medio. Había oído decir que en los círculos de la Corte muchas mujeres abrían sus salones para hablar de política, de arte o de literatura. Su prima seguía siendo una incógnita. Jamás le escuchó más de tres palabras y se sonrojaba en cuanto intentaba entablar conversación. No le iría mal que Magdalena aprendiera de las damas forasteras y montara esas tertulias femeninas en Palma, así nadie sospecharía si la dejaba sola.

Él era un ilustrado, a diferencia de su padre. Lo mantenía oculto, lo mismo que su tendencia a la homosexualidad. Había luchado contra este mal y no podía erradicarlo. Le gustaban los hombres y le atraían. Con ellos se encontraba bien, los amaba y deseaba calmar su concupiscencia, que le quemaba cada día al levantarse y al acostarse. Debía tener un gran cuidado para que no se le notara. Una forma de disimular sus hábitos era conviviendo con una mujer. No le cabía duda, el matrimonio era su deber y su salvación.

Acabó el minueto, Juan fue hasta su prima para solicitarle el siguiente baile. La saludó con una inclinación de cabeza galante y ella, en respuesta, se levantó y salió corriendo hacia la terraza. Él fue detrás.

—¿Está decepcionado?

—No, esperaba esta reacción, desde que la trato siempre huye de mí.

—Yo bailo muy bien. Si quiere intentarlo, lo comprobará.

Mientras lo decía, Isabel de Verger, la amiga íntima de Magdalena que les había seguido, le tendió la mano. Juan hizo el gesto de besársela, luego le ofreció el brazo y se deslizaron hacia el centro del salón.

Bailó con ella a desgana, solo por cortesía. Después de varias danzas, la acompañó hasta donde se sentaba con sus amigas. Se inclinó amablemente y dio la vuelta buscando alguna tertulia interesante entre los petimetres, esquivando la mirada de su padre.

Cuando terminó la velada y su hubieron marchado los invitados, don Francisco llamó a su hijo, se le veía bastante alterado.

—No has estado con Magdalena en toda la noche, ¿se puede saber por qué? No me contestes, ¿es que prefieres a esa tonta de Isabelita? Tu prima te conviene más, es hacendosa y devota, le han enseñado las obligaciones de una mujer casada, conoce las letras y, además, es inmensamente rica.

—Sí, padre, pero usted sabe que acercarme a ella es muy difícil.

—Yo te lo pondré fácil. Mañana viene a merendar con sus padres. Estoy decidido a pedir su mano.

Juan se sentía un pelele a merced de su progenitor. Por otro lado, le parecía cómodo dejarse llevar, ya llegaría la ocasión de organizar su vida a su manera.

—Como guste, padre.

—Buenas noches, hijo.

—Bona nit tenga.4

Doña Leonor de Vallés y de Berga era prima hermana de don Francisco. Había recibido cuantiosas fincas como dote al casarse con el marqués de casa Andreu, don Fausto de Perellada. Magdalena era su única hija y por lo tanto la heredera universal de ambos.

Eran las cinco de la tarde cuando los tres hicieron su entrada en el saloncito ocre tras ser anunciados por el mayordomo. Doña Leonor iba vestida a la usanza mallorquina, con un traje de seda oscuro; el pelo le quedaba tapado por el rebosillo5, a juego con la falda. Le colgaba del cuello una gruesa cadena de cordoncillo de oro macizo. Magdalena estaba bonita con un traje muy sencillo, también de payesa, en color crema. El peinado era discreto, recogida atrás la trenza con un lazo.

A don Francisco le gustó que su prima y la sobrina aún usaran el tradicional tocado mallorquín. Esas modas cortesanas copiadas de París le parecían una modernidad excesiva. Se empezaba por quitarse una toca y se acababa como una ramera. A Juan le daba igual cómo vistiera su futura suegra, incluso cómo iba Magdalena, él ya tenía su plan trazado y nadie obstruiría su camino.

—He pensado que estaríamos mejor en mi gabinete, así dejamos solos a los jóvenes, que tendrán mucho que decirse.

Magdalena continuaba sentada en una esquina del sofá. Juan se le arrimó y le rozó un brazo. Ella se ruborizó ocultando la cara tras el abanico. A Juan empezó a parecerle ridícula la situación.

—Magdalena, si vamos a casarnos, es necesario que me hable y que me mire. No sé si le repugna el hecho de contraer matrimonio conmigo, dígamelo sin miedo. Sabe que no podemos oponernos. Nuestros padres están ultimando los trámites.

—No, primo, al revés, lo deseo. Lo que ocurre es que me da mucha vergüenza.

Juan estaba asombrado, nunca le había oído decir tantas palabras.

—¿Vergüenza de qué? Casarse es algo normal, a no ser que quiera entrar en un convento.

—¡No! Eso nunca.

—¿Entonces? Si lo que te asusta es que consumemos el matrimonio, te prometo que no te tocaré —empezó a tutearla para relajar tensiones.

—No sé, no creo que sea buena idea, pero tengo que acostumbrarme.

—Haremos un pacto que solo sabremos nosotros. Me acercaré a ti solo cuando me lo pidas.

Magdalena sonrió más tranquila y Juan entonces vio el cielo abierto. No se lo pediría nunca, la conocía bien.

La boda se celebró el miércoles anterior a la cuaresma. Acudieron todos los nobles de la ciudad y los señores de los pueblos donde tenían las posesiones. Dijeron que don Fausto tiró la casa por la ventana y que encargó el traje de novia a la modista real de la Villa. Se celebró en la capilla del palacio del padre de la novia, en Palma. Durante el banquete se sirvieron los platos típicos de la isla; en la terraza y en el jardín se bailaron variadas contradanzas. La fiesta duró toda la tarde y parte de la noche. El domingo siguiente dieron una fiesta en la casa solar de una de las fincas para los payeses de sus tierras.

—Te has quedado sin él, Isabel. Se lo ha llevado esa sosa que enmudece en cuanto ve a una persona del otro sexo.

—No estés tan segura, lo conseguiré utilizando mis propias armas.

—Me asustas. Ya está casado, poco puedes hacer.

—Eso lo veremos, dejemos correr un tiempo; sé manejar a los hombres mejor que tú.

—Mejor que yo no lo creo, aunque reconozco que algo has aprendido de mí. —Tonina siempre pensó que su amiga le aventajaba en la conquista de los hombres y disimulaba presumiendo de seductora.

Era más de media noche, la luna de finales de febrero extendía sus rayos opacos cubiertos por una ligera neblina. La humedad obligó a los asistentes a envolverse en sus chales y capas. Magdalena se acercaba para despedirse de sus amigas con un abrazo.

—Ahora, ya sabes —dijo maliciosa Isabel—, tendrás que comportarte como una buena amante.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, esta vez mintió.

—Conozco mis obligaciones a la perfección.

—Eso no lo dudo —respondió Tonina—. Solo te daré un consejo: no te las tomes al pie de la letra.

Los carruajes comenzaron a moverse uno tras otro, enfilando hacia los diferentes domicilios de la ciudad. Todos comentaban que había sido una fiesta muy señora y que, tanto don Fausto como don Francisco, sabían rivalizar con lo más elegante de los salones de Madrid.

Magdalena y Juan se dirigieron a sus habitaciones para estrenar el lecho nupcial. Ella iba temblando, no estaba segura si de vergüenza, de miedo o porque en realidad se había enamorado de su marido y deseaba tenerlo a su lado.

—Buenas noches, ya te dije que no voy a tocarte si no me lo pides.

—Buenas noches, Juan, hasta mañana —se atrevió a decir.

Él entró en la cámara contigua y cerró la puerta.

5

1794

Miguel Hurtado de Mendoza, como siempre, salió nada más comer y se encaminó hacia la sede de la Sociedad. Después del mal tiempo de los días anteriores, la lluvia había limpiado la atmósfera. Iba ensimismado pensando en la situación política, que le parecía preocupante. La guerra de la Convención contra Francia solo les perjudicaba. El general Ricardos, el héroe del Rosellón, había muerto en Madrid hacía un mes. Los republicanos se anexionaban cada vez más territorios españoles, las bajas eran numerosas y el hambre del pueblo aumentaba. Había pasado más de un año desde la muerte de Luis XVI. Godoy quiso hacer una advertencia a los franceses provocándoles la guerra. A pesar del pacto con Gran Bretaña, en realidad todos sabían que solo buscaba sus intereses y que en cualquier momento les daría la espalda. Saludó a algunos socios que hacían tertulia, se acercó al mueble buffet donde se amontonaban los noticieros y cogió el Semanario Económico Instructivo y Comercial.

Echó una ojeada a las páginas dedicadas a la orden aprobada hacía cinco años sobre la mejora de los caminos y la limpieza de las calles y plazas. Era cierto que algo se había hecho, aunque no suficiente. En los días de lluvia, los excrementos se mezclaban con el barro, formando una masa que hacía imposible transitar; casi nunca se limpiaba en el momento. Se mantenía la costumbre de salir lo menos posible esos días, había que esperar a que el suelo hubiera secado.

En la próxima junta hablaría de la necesidad del cumplimiento estricto de la orden. Quería proponer, además, que se fomentara la industria de la loza fina y del vidrio; en la isla contaban con una tradición de buenos artesanos, había que aprovechar la llegada masiva de franceses para dar salida a los productos autóctonos.

Un bedel entró con algunos ejemplares de la Gaceta de Madrid. Cogió uno de los semanarios y se lo guardó bajo el cinturón de la casaca. Deseaba leerlo con tranquilidad cuando llegara a su casa.

Ya en la puerta, una voz que sobresalía entre los tertulianos le hizo girar la cabeza. Un joven hablaba acaloradamente, mientras los demás le animaban burlones.

—Te ha costado decidirte por tu prima Magdalena. Es rica y virtuosa y apostaría lo que fuera a que está enamorada.

—Alegra la cara, posee todos los requisitos para hacerte feliz. Nunca te preguntará si entras o sales ni adónde vas. Eres un hombre libre, más que antes. Tu padre ya no tiene autoridad sobre ti.

Juan se iba irritando, si algo le molestaba era que metieran las narices en su vida privada, no estaba dispuesto a que removieran esas aguas turbias en las que él andaba. Iba a responder cuando vio que Miguel se acercaba al corro para salir en su defensa. Era un grupo de ilustrados que se jactaba de haberse liberado del pensamiento paterno partidario del Antiguo Régimen, al que consideraban anticuado y obsoleto.

—Señores: a ninguno le importa lo que haga o deje de hacer mi sobrino, eso es más propio de hablillas de mujeres. Es más importante que nos ocupemos de la situación del país. Godoy está en apuros con Francia, precisamente en la Gaceta escribe una carta que supongo más interesante que la vida matrimonial de Juan.

Este le agradeció su intervención con un apretón de manos, disimulado. A Miguel era el único que le caía bien de esta familia; sospechaba hacía tiempo sus inclinaciones y se vio obligado a echarle un cable. Los Amigos de la Sociedad no dijeron nada y ambos, tío y sobrino, salieron a la calle.

Caminaron un rato en silencio, el sol tibio no tardaría en desaparecer con los últimos minutos de radiación de la primavera. Al atardecer, la brisa del mar inundaba el aire de una humedad pegajosa.

—¿Es cierto, tío, que Godoy escribe en la Gaceta?

—¿Para qué crees que la he cogido? Mañana la devolveré. Estamos en unos momentos decisivos. Ahora nos aliamos con Inglaterra, pero no sabemos qué pasará si a Gran Bretaña se le tuercen los planes de anexionarse algún territorio de Nueva España, igual pacta en contra nuestra.

Juan no respondió, se mostraba inquieto, con un desasosiego inusual que a Miguel no se le escapó.

—¿Cómo te va con Magdalena?

—Ni bien ni mal. Usted es soltero y me comprenderá, sabe que me he casado a la fuerza.

—Pocos se casan con quien desean, por encima de todo están las conveniencias económicas. Yacer con una mujer joven y bonita, aunque no la quieras, no es ningún disgusto. Además, eres libre para elegir otras. —Miguel hizo el comentario a propósito, conocía la tendencia homosexual de su sobrino. ¿Sería capaz de confesárselo?

—Soy libre para elegir…, pero no me atrevo —dijo con voz sombría—, sabe que la sociedad no perdona. ¿Se ha fijado cómo pretendían burlarse de mí en la sede? Me estaban poniendo a prueba, lo mismo que usted.

—Juan, yo no te pongo a prueba, yo solo quiero ayudarte. Sé lo que sientes, soy un hombre liberal y progresista, nunca te dejaré en evidencia ni voy a denunciarte. Solo te hago una advertencia: se cauto y prudente, como dices, la sociedad es muy mala.

—Gracias, tío, seguiré sus consejos.

Habían llegado a la calle de Sans, Juan se despidió y Miguel continuó deambulando. Al hablar con su sobrino de sexo, aun en términos poco claros, se le había despertado el deseo. Conocía una taberna en una callejuela cerca de la puerta de San Antonio, el vino era pasable y las rameras jóvenes y limpias. Se dirigió hacia allá. Era noche cerrada, apenas se veía algún farol de aceite desperdigado.

Tanteando las paredes llegó a su destino.

6

Juan abrió el portal y entró de puntillas. A la izquierda, en su despacho, se veía una luz débil que proyectaba la sombra de una persona. Subió los dos escalones que le separaban de la entrada, empujó la puerta y la cerró tras él con la llave.

Antonio, el secretario, estaba sentado en una esquina de la mesa. Al ver al señor, se incorporó y permaneció de pie.

—Puede estar tranquilo, nadie me ha visto —le dijo abrazándolo—. Cuando he terminado el trabajo de su padre, le he dicho que me iba a la cama porque estaba cansado; después he bajado y llevo horas esperando algo nervioso, por si aparecía alguien de la casa.

—Antonio, sabes que quiero que me hables de tú, al menos, siempre que estemos solos, y no te preocupes, tenemos toda la noche para nosotros.

—¿Y su…, tu mujer?

—Por ahora no tiene intención de acostarse conmigo, ni yo con ella; no creo que la situación cambie, yo solo te quiero a ti.

Juan apagó la luz del candil y en la oscuridad los dos se besaron y se amaron, lejos de las miradas de los curiosos y rastreros. Allí, ningún chismoso podía hacerles daño, era su guarida y su secreto.

Al alba, Juan entró en el dormitorio. Le pareció que su mujer dormía y se acostó feliz. No sospechaba que Magdalena llevaba horas llorando; desde que se casaron, hacía un año, solo habían hablado tres veces. No quería sentirse culpable. Ella se lo puso muy fácil el primer día, su exagerada timidez le impedía expresarse; si alguna vez la había rozado, reaccionaba como si la pincharan, se apartaba bruscamente. Lo peor era que su padre empezaba a desconfiar de su relación. Últimamente le hacía comentarios alusivos a la descendencia. ¿Cómo todavía no se había quedado preñada? ¿No sería que regresaba cada noche tan tarde que no le quedaba tiempo para su esposa? Él procuraba tranquilizarle diciendo que todo marchaba bien y que tuviera paciencia, que ya llegaría el heredero que esperaba. Mientras tanto, el tiempo pasaba y él tendría que poner remedio al problema sucesorio.

Magdalena, después de las primeras semanas de su enlace, pensó que, aunque le costara, se acostumbraría poco a poco a intimar con su marido. Le gustaba su porte elegante, su desenvoltura, su delicadeza y su cultura. Era amable con todos, incluso con el personal del servicio. ¿Por qué, entonces, no le dirigía la palabra? Ella era su mujer y apenas la miraba. En algunas ocasiones recibía visitas solo de hombres. Se encerraban en su gabinete y no permitía que le molestaran. ¿Ella qué podía hacer? Le hubiera gustado consultar con alguien y recibir consejos. Con sus padres no podía hablar, no lo entenderían; si lo hacía con sus amigas Antonia y Francisca, y mucho menos con Isabel, tendría que admitir su incapacidad para ganarse al marido. La única que podría ayudarla era la dida, el ama que la había criado.

—Madre, echo de menos a Antonia, si no le importa mandarla un mes para que me haga compañía, le estaría muy agradecida.

Doña Leonor accedió. Le extrañó que su hija recién casada le solicitara al ama y tampoco tenía por qué negárselo. La dida, madó Antonia, era una payesa que rondaba la cincuentena. De su cara le colgaban dos mofletes rollizos, su cuerpo conservaba la robustez de su antigua juventud y poseía un carácter alegre. Había criado a Magdalena, la conocía mejor que sus progenitores y sabía que si la había mandado llamar, era porque la necesitaba.

—¿Qué te pasa, niña? —la trataba igual que cuando era pequeña—. Has adelgazado, me parece que no eres feliz.

—Dida, soy absolutamente desgraciada. Antes de casarme me sentía libre, solía pasear cada mañana por el Borne acompañada de la doncella o de mis amigas después de oír misa de doce en Santa Eulalia. Por las tardes iba de visita con mis padres a alguna casa o a la iglesia a rezar el rosario y, sobre todo, soñaba, soñaba con un hermoso caballero que me llevara al altar.

—De eso no puedes quejarte, don Juan es apuesto y de maneras amables.

—Mi marido me desprecia y me ignora.

—¿Me estás diciendo que no haces vida marital?

—No, dida, él no me ha tocado nunca. Es cierto que al principio yo se lo pedí, pero creía que solo me dejaría tranquila los primeros días. Le dije que tenía que hacerme a la idea, ¿cómo explicártelo? Me costaba.

—Hiciste mal, desde el mismo momento en que te han casado perteneces a tu marido, no puedes negarle nada ni ir con remilgos.

—No lo entiendes, parece que él estaba deseando que yo le rehusara. Es educado conmigo, solo eso; ahora se le ve tan feliz, como si hubiera otra persona.

Madó Antonia no contestó. Realmente el caso era bastante grave. Conocía a los hombres, ninguno estaba libre de amoríos fuera del matrimonio y, sin embargo, todos cumplían sus deberes con la esposa. No sabía qué aconsejarla, pronto comenzarían las murmuraciones y no era bueno, además, le apenaba que Magdalena sufriera. Después de pensarlo un rato, le dijo.

—Puede que tú tengas la culpa. ¿Le hablas?, ¿te interesas por su trabajo?, ¿te muestras cariñosa con él?

—La verdad es que apenas hemos hablado en un año.

—Ahí está tu error. A partir de ahora, cada día le preguntarás por sus asuntos y procura sacar un tema de conversación que le importe, algo relevante, sobre música, por ejemplo, tengo entendido que es un gran aficionado a ella, verás cómo todo cambia. Otra cosa: invita a tus amigas a merendar, no puedes permanecer encerrada como una monja.

—¿Y si me preguntan cómo me va? Ya sabes cómo son.

—Miente, disimula, hazles ver que estás contenta. No se me ocurren más consejos, estoy segura de que estos te darán resultado.

Después de varios meses, el ama se marchó. Magdalena intentó seguir paso a paso las recomendaciones de madó Antonia. Abordaba a Juan después del almuerzo o cuando trabajaba en su gabinete, haciéndole cualquier tipo de preguntas. Él se extrañaba y le contestaba respetuoso, con frases cortas, sin extenderse en explicaciones. Luego creyó que su actitud era para controlarle, tal vez intuía su inclinación, y comenzó a mostrarse seco y a evitarla cuanto podía.

Estaba llegando al límite, no le quedaban recursos y optó por llamar a Isabel y a Tonina. Sabía que la someterían a un examen riguroso y, aun así, eran su última salida. Les escribió una nota invitándolas a pasar la tarde con ella.

Desde su boda no habían vuelto a verse; acudieron encantadas, deseando fisgar y entrometerse en su vida a poco que ella se dejara.

—Estás guapísima, ¿no te lo dice tu marido?

—Claro que me lo dice y me regala flores casi cada día.

—¡Qué suerte! Dicen que los hombres, pasados unos meses, pierden el interés. Ya veo que no es tu caso. Lo raro es que aún no estés en cinta.

—Mira, Isabel, los hijos vienen cuando Dios quiere, ya llegarán.

En aquel momento, la doncella sacaba el chocolate con ensaimadas y lo servía en un servicio de china preparado en una mesita adjunta.

—¿Sabes que Francisca festeja? Hay que compadecerla, sus padres han acordado el noviazgo con el señor de Molins, que le dobla la edad, es viudo y tiene un hijo. Es un buen partido, dicen, yo no la envidio. Tener que cargar con el hijo de otra me parece suficiente motivo para renegar del matrimonio.

—A las mujeres nos toca obedecer y callar.

—Tú eres así, Magdalena, yo antes entro en un convento o me escapo –respondió Tonina.

Era una muchacha de ojos negros, grandes, de mirada viva y ardiente. Llevaba rato observando la vestimenta de su amiga, cuya modestia desaprobaba.

—Todavía sigues cubriéndote la cabeza con el rebocillo y usando la falda payesa. Fíjate cómo vamos, es la moda de la Corte. Sí, míranos bien: escote y encajes por todos lados. ¿Cómo quieres atraer a Juan si parece que escondes tus atractivos?

—Ya te he dicho que no me hace falta, él está loco por mí.

—Me alegro, solo era un consejo, tú verás.

Las dos amigas se despidieron y Magdalena aquella noche lloró más que nunca. Sin embargo, nada cambió. En la mesa apenas hablaba con Juan, que la rehuía cuando la veía en el gabinete de costura o cuando se arreglaba para salir a la calle.

—¿Te gusta este vestido? —le preguntó una mañana antes de la hora de la misa.

—Está bien —respondió mirando para otro lado.

—Es nuevo —insistió—. Me lo ha confeccionado la modista María Perelló.

Juan la contempló de arriba abajo. No sabía quién era esa Perelló, le daba igual que tuviera fama o no, el traje no se diferenciaba en nada de los de siempre: falda de tafetán, corpiño y rebosillo. No la consideraba capaz de romper la tradición, de saltarse alguna norma, de alternar con amigas. A lo mejor, si diera una fiesta o si tuviera una conversación entretenida, cambiaría su actitud. Él era un hombre ilustrado y moderno, no soportaba una persona mojigata ni ñoña.

—Dile a tu modista que se ha esmerado mucho —le respondió con sequedad. Hizo ademán de marcharse y ella intentó retenerle.

—¿Te vas ya?

—Me voy como cada mañana, ¿de qué te extrañas?

—Había pensado que me acompañaras a misa.

—Me esperan en la Sociedad. Otro día. —Dudó antes de darle un beso.

Magdalena esta vez no se retiró. Le mantuvo la mirada hasta que salió por la puerta.

7

1800

Fue después de seis años, durante la petición de mano de Francisca, cuando las tres volvieron a reunirse. A la fiesta acudieron todas las familias de la alta sociedad. Magdalena despidió a su modista habitual, María Perelló, y llamó a doña Adela, la más famosa costurera de Palma. Le daría una sorpresa a Juan, había decidido romper sus costumbres anticuadas, esta vez se vería forzado a gustarle.

Llevaba un traje de seda azul oscuro, con cintas y encajes de Richelieu en tono natural. Estaba bonita; su marido fingió no darse cuenta, tampoco le dirigió la palabra, se limitó a darle el brazo cuando entraron en el salón de baile.

Francisca de Alós, de pie, junto a sus padres, iba saludando con un pequeño asentimiento de cabeza. Sus facciones eran extremadamente duras, tenía los ojos pequeños, la boca imprecisa y una mandíbula demasiado pronunciada. Su padre no tenía esperanzas de casarla y creía haber tenido suerte cuando la solicitó el rico Molins, un burgués catalán afincado en la isla. Habían llegado al acuerdo de su dote, una décima parte de lo que le correspondía por su estatus. La hacienda iba menguando y el matrimonio de su hija sería una inyección para sacarla adelante. Para el viejo Molins suponía entroncar con la aristocracia.

María Antonia de Moncada, hija del marqués del mismo nombre, a la que llamaban Tonina, coqueteaba con los jóvenes que le solicitaban baile sin decidirse por ninguno, porque solo le interesaba Ramón Martínez de Hervás, un guapo mozo, dicharachero y divertido, que apenas se fijaba en su persona. Tenía cuatro años menos que ella, diecisiete, y se habían conocido de niños. Entonces jugaban en el jardín de su casa, junto con Isabel de Verger y Joaquín, el hermano de esta. Los dos prometieron ser novios y casarse de mayores y, aunque Ramón fuera el menor de todos, siempre demostró una madurez superior. Ahora, de repente, parecía como si nunca hubieran sido amigos; para su desesperación, solo miraba a otras muchachas.

A su lado, Isabel de Verger no se conformó con perder a Juan el día que se casó con Magdalena, esa beata que se pasaba las tardes en la iglesia. Él se merecía una mujer de verdad, que le hiciera sentir la pasión del amor. Le vio lejos de su mujer hablando en corro con varios petimetres; se acercó con paso firme y gesto desafiante.

—Es un placer contemplar esta belleza —dijo un galán del grupo—, ¿me concede el próximo baile?

—El primero lo bailaré con el caballero —respondió sin quitar la vista de Juan.

—Es un hombre casado. No desperdicie sus encantos, señorita.

—¿Es que los casados no pueden admirar a una mujer?

Juan, que había permanecido en silencio, la cogió del brazo y se dirigió a la pista.

—Isabel, ¿a qué está jugando? Le advertí hace años que me dejara en paz. Elegí a Magdalena y no permitiré que se entremezcle entre nosotros.

—No me dirá que se ha enamorado de esa mosquita muerta.

—No le diré nada, mi vida no le importa y ahora puede conquistar a quien le plazca, los tiene a todos a sus pies.

Al terminar la pieza la soltó y salió al jardín, se había puesto de mal humor. Encontró a su amigo Ramón, trece años más joven, al que consideraba con buen criterio para los asuntos políticos.

—Tú aún eras muy pequeño y no podías estar enterado del texto de la carta que escribió Godoy en agosto del noventa y cuatro en la Gaceta de Madrid para tranquilizar a los españoles. Decía que los franceses solo eran 30000 hombres, muy pocos, y serían vencidos. En julio habían guillotinado a Robespierre y a Saint Just. Fue durante la época del Terror. Godoy tenía miedo, la guerra de la Convención se complicaba y buscó alianzas y acuerdos para conseguir la paz.

—¿Por qué me cuentas esto? Aunque fuera un niño, conozco la Historia de sobra, la he estudiado y, además, en casa de mi padre se habla con orgullo de la Paz de Basilea.

—De eso quería hablarte. Tu tío José es íntimo de Godoy, se rumorea que fue él y no Godoy el que llevó a buen término las negociaciones de paz, y por eso le ha concedido el título de marqués de Almenara y la cruz de Carlos III.

—Mi tío José, el menor de los hermanos de mi padre, es un buen diplomático. Es cierto que el duque de Alcudia le ha encumbrado, pero ha sido por méritos propios. Pasa la mayoría del tiempo en París y mantiene relaciones excelentes con Napoleón.

Hacía calor, estaban a mediados de mayo y los ventanales se habían abierto para que corriera un aire inexistente. La calma absoluta dominaba la puesta de sol y la entrada de la noche. Apareció Miguel Hurtado de Mendoza huyendo de la conversación rancia de la mayoría de los señores de su generación. Se alegró de ver a Ramón y a Juan. Prefería estar con los jóvenes, tenían las ideas más claras y el espíritu innovador de las sociedades de Amigos del País.

—¿De qué se habla? ¿Me dejáis intervenir?

—Le decía a Ramón que su tío es amigo de Napoleón y, como embajador de España en París y banquero, puede conseguir relaciones beneficiosas con los franceses. Inglaterra se ha vuelto nuestra enemiga, necesitamos alianzas fuertes que nos ayuden a conservar nuestro territorio íntegro.

—Estoy de acuerdo, le conocí en Madrid hace años, en la Sociedad Matritense. Me admiró su inteligencia y su simpatía. Sabía que llegaría lejos.

—Mi tía, Lucía Rita, murió en el noventa al dar a luz a mi primo Pablo José. Se habla de que piensa casarse con una aristócrata francesa, Louise Dèhat de Longerue. Acaba de comprar en París el palacio del Infantado, ahora l’ Hôtel d’Hervás. Dicen que es de una magnificencia similar al de Napoleón. Me parece excesivo y no me extraña, Bonaparte se ha nombrado primer cónsul y cuanto le rodea es de un fasto contagioso.

—Esto es la consecuencia de la Revolución, los sans culottes y los burgueses quieren terminar con la monarquía, y llega un advenedizo que se adueña de Francia y gobierna con el mismo absolutismo que ellos.

El que así hablaba era un petimetre, uno de los señoritos del círculo, que a Miguel había terminado por resultarle insoportable y que se había añadido a la tertulia.

—Napoleón ha llevado por Europa los principios de la Revolución: el sufragio universal, el mercado único interior; ha secularizado los bienes de la iglesia y, lo que es más importante, deja igualdad de cultos y de religiones o la libertad de no adoptar ninguno. Ha abolido las leyes medievales que otorgaban privilegios por nacimiento. En Francia ha triunfado la burguesía, los privilegios son para los adinerados y los que producen, ¿es eso malo? Yo diría que no se parece en nada al gobierno de los reyes anteriores.

—Don Miguel, no me diga que es afrancesado o simpatizante. Godoy se está poniendo del lado del país vecino y es muy peligroso. Si entran en España las ideas revolucionarias, todo se hunde. Se expropiarán las tierras de la iglesia, se permitirá que cada uno crea o no en Dios, según le convenga; los judíos podrían oficiar sus ritos, y sabe que en Mallorca los chuetes lo están deseando, y los burgueses obtendrán los beneficios que nos corresponden a los aristócratas.

Aprovechando este discurso, Ramón y Juan dejaron a Hurtado de Mendoza que aguantara la soflama y volvieron al salón; Magdalena y Tonina bailaban una contradanza con dos viejos que apenas se aguantaban de pie. Juan sonrió.

—Ya han encontrado distracción. Don Pedro tiene más de sesenta, no me importa que dance con mi mujer.

—Vamos, no creo que sintieras celos ni siquiera de un joven apuesto.

—No soy celoso, lo sabes.

—Lo sé.

Ramón lo sabía, conocía sus tendencias desde que un día, hablando con él, se le escapó que le repugnaban las mujeres. Sin embargo, Juan era su amigo, no lo diría a nadie. Se dirigió hacia un rincón donde varias jóvenes charlaban, entre ellas se encontraba su prima huérfana, Teresa Roca. Se acercó primero a saludar al abuelo, Raimundo Frau, que había ido a la fiesta acompañado de la nieta. Teresa acababa de cumplir doce años y era una jovencita morena, de rostro agraciado, una niña todavía, que solo miraba a los mayores pensando que algún día sería ella a la que sacaran a bailar. El abuelo no había querido dejarla en casa. «Así se acostumbra a la vida de sociedad y se distrae un poco», decía.

—¿Cómo te va muchacho? ¿Te diviertes?

—Si se refiere, señor avi6, a si he bailado mucho, todavía no lo he hecho.

—Yo no esperaría tanto, a no ser que estés enamorado de alguna. Ten cuidado, no sea que te la quite otro.

—No estoy enamorado, señor avi. Cuando encuentre a la mujer perfecta, lo sabrá.

—Tendrás que esperar mucho, las mujeres perfectas no existen.

—Es cuestión de fe —respondió.

Se despidió con una sonrisa mientras se volvía hacia un grupo de damiselas que permanecían sentadas en el centro del salón.

Juan se situó junto a una de las columnas de estilo neoclásico que bordeaban la habitación; desde allí contemplaba a los invitados, hombres y mujeres inmersos en ese acto de la alta sociedad, práctica general que diferenciaba a los botifarras de la plebe. Ellos discutían normalmente sobre política; los más indocumentados presumían de saberlo todo; los defensores del Antiguo Régimen ensalzaban sus ideas como la única forma admisible de continuar disfrutando de sus bienes; y los petimetres galanteaban a las damiselas, que aprovechaban el vaivén de sus abanicos para seducirlos.

Ellas, las más audaces, las señoras empolvadas, con sus pelucas cargadas de lazos y flores, simulaban una juventud perdida y utilizaban sus encantos para gustar y ser admiradas; las que se consideraban decentes, vestidas a la vieja usanza payesa, hacían elogios de sus hijas casaderas ante el candidato que juzgaban buen partido.

Sentía deseos de salir de aquella fiesta que le aburría; sobre todo, quería huir de Magdalena y de Isabel, que charlaban con Francisca, la novia, ajenas a su presencia. Se alegraba de que no le vieran, así pasaría la velada sin tener que hacer esfuerzos para ser atento.

Don Pedro de Alós anunció que podían dirigirse a la sala de música para escuchar un aria de Scarlatti, que su invitada, doña Magdalena, la señora de Berga, interpretaría acompañada al piano por don Miguel Hurtado.

Juan respiró tranquilo. Todos conocían su perfeccionismo en el teclado, no se habría podido negar de habérselo pedido. Ahora podría marcharse con cualquier excusa, le diría a su tío Miguel que se llevara a Magdalena cuando terminaran.

Ramón tomó asiento junto a Teresa para evitar que Tonina se colocara a su lado. Su prima había perdido a sus padres hacía dos años durante la epidemia de cólera. Ahora residía en casa del señor avi. Era la hija única de sus tíos Guillem Roca y Teresa Martínez de Hervás, esta última, hermana de su padre. Percibía su tristeza, le parecía que, por mucho que la quisiera su abuelo, viviría en otro ambiente con ellos, rodeada de gente joven, precisamente en su casa la alegría no faltaba nunca.

—¿Lo estás pasando bien, Teresa? —dijo para animarla.

—Bueno, ni bien ni mal. Pienso constantemente en los míos, aunque intento distraerme, no lo consigo.

—Le diré al señor avi que te lleve mañana a vernos, seguro que mis hermanas te harán reír. O, mejor, podrías ir todos los días.

—No sé qué decir. Como quieras, Ramón.

Él le guiñó un ojo de complicidad, luego le dijo:

—El concierto va a comenzar.

8

Magdalena estaba acostumbrada a los desplantes de su marido. No le extrañó que le encomendara a otra persona con tal de librarse de ella, en esta ocasión a su tío. El público aplaudió su cantata, que había entonado con menor fluidez que en otras ocasiones. Tenía buena voz y desde los siete años recibía clases de modulación. Cuando cantaba, se abstraía de cualquier contratiempo que le amargara, su espíritu se transportaba y se elevaba en una plegaria. Era un rezo al Creador, en el que le daba gracias por todos los bienes recibidos, entre ellos su felicidad. Sin embargo, bien sabía que su felicidad no existía y menos esa noche que Juan la había puesto en evidencia abandonándola. Por eso, esa noche se había negado a sí misma ese recogimiento interior. Estaba harta de sus oraciones, de pedir a Dios que Juan le hiciera un mínimo caso. Sentía rabia y cantó con voz desabrida, sin sentimiento, con una corrección fingida para cumplir el compromiso. Después de la conversación con sus amigas, se acababa de despertar, rechazaba la sumisión que había practicado toda su vida, la que le habían enseñado. Jamás había experimentado el amor ni la pasión y se preguntaba cómo serían esas sensaciones.

Miguel Hurtado la había acompañado al piano haciendo sonar con más énfasis las notas en los momentos cruciales para que no se saliera de la partitura. Le extrañó su actitud fría en una persona que consideraba una virtuosa del canto. Mientras la conducía a su casa, se mostró especialmente atento, no le cabía duda de que le ocurría algo. Le ofreció su brazo al salir de la mansión y al subir al carruaje. A Magdalena ese apoyo le hacía sentirse bien, por primera vez un hombre era amable con ella. Hasta entonces solo había considerado a Miguel un pariente mayor al que obedecer y del que recibía consejos. Era alto, tenía las facciones varoniles, la mandíbula pronunciada y la nariz recta. Mientras entonaba las notas, había sentido sus miradas entusiastas y, ahora que subían la escalinata juntos, no deseaba que se marchara, no quería verse sola con la madrugada cayéndole encima. Le invitó a entrar hasta su saloncito privado. Preguntó al ama de llaves por Juan y le respondió que el señor no había llegado todavía. La chimenea continuaba encendida y atizó los leños, que comenzaron a chisporrotear.

—Don Miguel, acérquese al fuego, hay mucha humedad.

—Solo estaré un rato, el suficiente para calentarme. No está bien que a estas horas me quede aquí contigo.

—Usted es de la familia, no veo que eso sea malo —titubeó antes de continuar—. Además, Juan suele venir muchas veces al alba y mi suegro ocupa la otra ala de la casa, nunca se entera de quién entra o sale.

Miguel no respondió, se sentó en el sofá, pegado a ella. A la luz de la lumbre su rostro resplandecía con tonos rojizos y una aureola iluminaba su cabello; la miró fijamente: estaba hermosa, era una mujer malograda, cuyo vientre no daría fruto. Experimentó una mezcla de compasión y ternura. Apreciaba a Juan porque era inteligente y sensible, pero sabía que jamás se acercaría a su mujer. Si no se quedaba encinta, las malas lenguas hablarían y el primer sorprendido sería su primo Francisco. Si se dejara amar, tal vez le haría un favor. Se había casado siendo casi una niña, ahora había cumplido ya los veinticuatro. Le pasó un brazo por la cintura que ella no retiró. Permanecieron quietos, contemplando las llamas que se retorcían formando figuras. El fuego ejerce un poder mágico. Magdalena apoyó la cabeza sobre su pecho. Se sentía protegida con el calor del hombre que la apretaba fuerte.

—No se vaya, don Miguel, esta noche no me deje —se aventuró a decir sin comprender su atrevimiento.

—No te dejaré, niña.

Miguel la abrazó, la besó y ella correspondió a sus besos, consciente de su libertad. Era dueña de sí misma y nadie le objetaba lo que debía hacer. Estaba en los brazos de un hombre que la amaba, que le hacía experimentar impresiones nuevas y se dejaba hacer. Un ardor la inundaba, como si las llamaradas de los leños se desplazaran a su cuerpo y la envolvieran en una vorágine que la enloquecía y la introdujeran en el amor. Él la fue desnudando poco a poco y en el calor del hogar la hizo suya. Magdalena se abandonó por completo; cuando terminó, estaba llorando.

Miguel la visitaba casi todas las noches. Ella lo recibía en su saloncito y entonces se liberaban de todos los prejuicios y se entregaban el uno al otro, con una pasión que Magdalena apreciaba por primea vez. Nunca se imaginó que ese hombre mucho mayor que ella la hiciera sentir unos goces que desconocía y que seguramente en su vida hubiera conocido.

Después de varias semanas, en Magdalena se produjo un cambio. Estaba alegre y hablaba con todos. Su madre empezó a preocuparse, le pareció que se había vuelto descreída, no acudía a la iglesia por las tardes a rezar el rosario, se comportaba con una desenvoltura que no era habitual en su hija y lo achacó a las malas amistades. Tanto Tonina como Isabel iban a verla con frecuencia. Sus largas conversaciones no le gustaban, le estaban metiendo el demonio en el cuerpo. No sospechaba que lo que llevaba en su entraña era un nuevo ser. Al principio comenzó con náuseas, luego siguió algún desvanecimiento, hasta que comprobó el estado de Magdalena.

—Por fin le vas a dar un heredero a Juan. Creí que no os llevabais bien.

—Ya ve, madre, que está equivocada.

Juan no podía dar crédito a lo que se decía de Magdalena. Pasaba su tiempo sin mirarla y entonces se propuso observarla. Había engordado algo, su vientre se iba abultando y sus ojos brillaban. Nunca la había visto tan radiante.

Se consideró humillado y engañado. Se encerró varios días en su habitación. No sabía si abordarla, pegarla o enclaustrarla. Lo peor era que ante los demás no podía manifestar que el hijo no era suyo. Optó por salir a la calle y consultar a su tío Miguel.

—Déjalo correr, Juan. Tú practicas un amor prohibido. ¿Quieres un escándalo? ¿Deseas que se enteren de que no te gustan las mujeres? ¿Sabes que la Inquisición persigue a los homosexuales?

—Es que no lo entiendo. Una mujer decorosa que se pasa el día en la iglesia, ¿quién puede ser el que la ha seducido? Ella es una mala persona. A saber con cuántos se ha acostado.

—Seguramente solo con uno. No tiene una vida social tan intensa como para alternar con muchos más. No te permito que digas que es mala, piensa que es una pobre desgraciada. ¿Qué has hecho tú para evitarlo? ¿Le has dado algo de amor?

Juan se quedó pensativo, su tío tenía razón, aunque le quemaba que le hubieran robado el honor. Quería saber quién era y, desde luego, no la dejaría ir a fiestas ni salir sin su permiso.

—Es mejor que no indagues, tendrá un hijo. Tu padre estará feliz de perpetuar el apellido si es varón y, si es niña, déjala que lo intente de nuevo. Míralo de esta otra forma: lo ha hecho por ti.

Esta última frase le encendía la sangre.

—No lo creo, no sospecha nada.

—No son conjeturas, son certezas. ¿Has cohabitado con ella alguna vez?

Juan bajó la cabeza, tuvo que admitir que no la había rozado ni un pelo.

—No le pidas lo que has descuidado. Lo positivo es que tengas descendencia y te la va a dar.

Cuando Juan se hubo marchado, Miguel respiró con alivio. Había salido airoso de un apuro. Se alegró del hijo, todo quedaría en familia. Su primo no averiguaría nunca que el nieto y heredero de los Berga sería su propio hijo. Ahora debía tener cuidado. No volvería a verla, no se expondría a supuestos ni a murmuraciones, por ella y por él mismo. Se estaba metiendo en un terreno peligroso, cabía la posibilidad de que se enamorasen y eso le haría daño. Se alegraba de haberle dado una razón y una ilusión para vivir y, sobre todo, de haberla sacado de su pobreza de espíritu.

9

1802

Miguel acababa de visitar a Jovellanos en Valldemosa. La entrevista se la había facilitado el vicario parroquial, don Ignacio Bas, amigo de ambos. Le resultó emocionante el encuentro con el libre pensador, el ilustrado más insigne del País. La conversación fue larga y provechosa. Aunque se habían intercambiado correspondencia desde que le conoció en Madrid, en todos esos años no se habían visto. Estaba muy desmejorado, no solo la reclusión, sino la enfermedad, le habían dejado marcas en la fisonomía. Se comentaba que había sido envenenado con sales de plomo.

Le dijo que empezó a notar los primeros síntomas entre abril y mayo de 1798. Tenía calambres, vómitos y escalofríos. Averiguó que su lacayo fue sobornado con diez onzas de oro a cambio de administrarle las sales en dosis pequeñas. Lo echó de su casa sin denunciarle a la Justicia; pensó que no merecía la pena, ya que solo era la mano ejecutora, no la cabeza. Se propuso conocer quién se molestaba tanto para matarle lentamente. Intuía que había muchos que lo deseaban, eran los que se sentían incómodos con las críticas y las denuncias de sus mensajes. Como no ignoraba, hacía tiempo que atacaba la Inquisición revelando la corrupción del alto clero, que se perpetuaba anclado en sus privilegios. Sus escritos habían llegado hasta las esferas palatinas y no gustaban. Al llegar a este punto, se vio impotente para continuar defendiendo su postura. Los efectos del plomo persistían en la sangre y el miedo a que algún poder invisible rematara su faena le resultaba aterrador. Salió de Madrid hacia su tierra de Asturias. Los cólicos y las convulsiones seguían agotándole día a día. Bebía grandes cantidades de aceite de oliva por prescripción médica. Mejoró algo y, cuando le sacaron de la cama de madrugada, arrestado, con una orden del recién nombrado Generalísimo y Decano Supremo del Consejo de Estado, don Manuel Godoy, aceptó el destierro como mal menor en aquellas difíciles circunstancias, donde los conservadores defendían sus puestos exclusivos y la Inquisición mantenía su dominio. Le acusaron de descreído y de ser simpatizante con la masonería. No le dieron alternativas para defenderse. En la isla de Mallorca estaba dispuesto a alcanzar la paz y a reencontrarse consigo mismo.

Llegó confinado a la cartuja de Valldemosa en abril de 1801, llevaba con los monjes trece meses; ahora, acababa de recibir la orden de su traslado al castillo de Bellver. Creían que en la cartuja gozaba de demasiadas libertades. Estaban equivocados, su disfrute era mínimo, aunque para él suficiente al tener acceso a la biblioteca del monasterio y poder hablar con algunas gentes del pueblo. Querían torturarle más y no imaginaban que, en las conversaciones con su confesor, el vicario don Ignacio Bas, lograba ese sosiego que tanto le reconfortaba. Se alegró cuando le comunicó que tenía permiso para confesarle una vez al mes y que acudiría mensualmente al castillo. No le negó que la travesía desde la cartuja sería penosa por las dificultades del camino. Como sabía, era un recorrido que efectuaría con gusto y, aunque la excusa fuera salvaguardar su alma, la realidad era, según le dijo, que no deseaba renunciar a las interminables charlas con él a pesar de que únicamente le permitían tratar temas de conciencia, que sus ideas innovadoras le gratificaban y que las horas en su compañía se le pasaban sin sentir. Le consideraba una persona buena que había sido maltratado injustamente por no compartir las ideas tradicionales. El vicario lo escribía todo para que quedara constancia de las falsedades que le imputaban. Por mediación de él había podido recibirle a escondidas.

Empezaba a atardecer, el sol se había vuelto anaranjado y se escondía en la bahía tocando la línea del horizonte. Miguel subió al carruaje aturdido por las confidencias de su amigo. Enseguida el cochero espoleó a los caballos, que emprendieron la marcha hacia Palma. Comenzaron la bajada por el camino que rodeaba la montaña, junto al borde del cortado. Desde la ventanilla contemplaba las casitas al pie, pegadas unas a otras. Veía el campanario de la iglesia y se imaginaba a los monjes reunidos en la oración y a Melchor Gaspar arrodillado un poco más lejos. Al llegar al Estret, lugar donde el camino se estrechaba durante más de dos kilómetros, el paso de la caballería se hizo más lento. La bajada era muy pronunciada, con curvas serpenteantes. La noche había cerrado y los cascos repicaban a un ritmo pausado, como si temieran resbalar en la tierra húmeda cubierta de pequeños cantos.

Miguel pensaba en lo que le había dicho Jovellanos. Acababa de llegar una orden del capitán general, no tardarían en trasladarle al castillo de Bellver. No estaba seguro de si la reclusión mejoraría su ánimo, seguramente empeoraría. En Valldemosa, al menos, respiraba la quietud del monasterio, en Bellver se sentiría en una cárcel.

Llegó a su casa pasadas las nueve. Entró directamente en el gabinete y se dirigió a la mesa en busca de la prensa. Cogió la Sociedad Patriótica de Mallorca y se acercó a la chimenea que el mayordomo Antoni mantenía encendida, un servicio que le agradeció; estaban a finales de marzo y el ambiente aún era húmedo y se metía en los huesos.

No leyó nada que no supiera ya. Hablaban de Jovellanos en términos de alabanza, se comentaba su próximo traslado a Bellver, se especulaba sobre su misteriosa enfermedad y si su incipiente ceguera tenía que ver con los males que le aquejaban. Pasó las páginas políticas que le ponían de mal humor. Las relaciones con Francia no eran buenas y Godoy, como Generalísimo, seguía gestionando los destinos de España intentando ganarse a Napoleón. A la vez, escribía cartas a los Reyes, que no solo le consideraban su más querido amigo, sino que delegaban en él todos los asuntos de Estado.

Le interesaron más las noticias del apartado sociedad. El príncipe de Asturias, Fernando VII, se había casado por poderes hacía un año con su prima hermana María Antonia de Nápoles. Se la esperaba en Barcelona en el mes de septiembre, donde acudiría él junto con sus padres. Durante los festejos cuya duración prevista era de dos meses, habría bailes de Corte y bailes populares, mascaradas y cabalgatas, ascensión en globo por el famoso capitán don Vicente Lunardi y una representación alegórica ofrecida por los colegios y los gremios.

Cerró el semanario y se quedó contemplando las ascuas que se iban derritiendo en brasas. Pensó en Magdalena. Como determinó, no había vuelto a visitarla. La verdad era que no quería conocer al hijo. Tenía miedo de que al ver al niño sus sentimientos le delatasen. A lo ojos de todos, era el heredero e hijo legítimo de Juanito Berga. Nadie sospechaba nada, a no ser el ama de llaves que la señora Berga se había cuidado de pagar generosamente por su secreto.

Al principio la veía tres veces a la semana pasadas las diez de la noche. Se sentaban frente a la chimenea y, al calor de la lumbre, se entregaban con pasión. Sus visitas duraron hasta que su estado de gestación empezaba a ser molesto. No se despidió de ella, simplemente no volvió. Ahora se preguntaba si había cometido un acto de cobardía, si ese amor llegó a ser falso, si fue un fraude desde el primer momento. No lo sabía, no estaba seguro de nada. Lo tomó como un deber agradable. No quería hacerle daño, ¿se lo había hecho? ¿Ella lo había amado? ¿Lo amaba todavía? Hay situaciones en las que se confunden el amor y la pasión. ¿Dónde empieza una y acaba la otra? Una respuesta era cierta, su amor por Magdalena María se apagaba como el rescoldo que tenía delante. Le satisfacía saber que, al menos, se había realizado como mujer y como madre; más valía dejar que el tiempo borrara todo.

Hizo un repaso mental de los movimientos que debía dar al día siguiente: asistir a la junta de la Sociedad y luego comer en casa de su hermana Magdalena. Hacía un mes que había muerto Pedro Alemany, el marido, y los hijos le trataban como un padre, especialmente Miguel, su ahijado. Era un muchacho apuesto e impetuoso. Acababa de cumplir diecinueve años y había ingresado en el cuerpo del ejército como oficial. Estaba entusiasmado con los ideales políticos de los ilustrados, admiraba a Napoleón y era simpatizante de los revolucionarios franceses.

A Magdalena no le gustaban esas ideas; estaba convencida de que él era el responsable y que desde niño influyó en que eligiera la carrera militar. Ella era partidaria del Antiguo Régimen, que les proporcionaba una vida tranquila y ordenada. Miguel reconocía que sus suposiciones tenían un fundamento cómodo y que tenía razón solo en parte. En contra de lo que pensara Magdalena, no inició a Miguelito en la vocación por las armas, era una tendencia que siempre tuvo; lo único que hizo fue apoyarle porque el padre no se preocupaba de su futuro. El porvenir de los dos hijos menores lo había dejado en manos de la madre. A Pedro Alemany solo le importaba que su primogénito, el hereu, estudiase y se comportara como mandaban los cánones. Por eso Miguel se cuidaba especialmente de su ahijado y le introdujo en la Sociedad de Amigos del País sin que se enterase su hermana.

Jerónimo, el heredero de la fortuna de la casa de Alemany, con veintitrés años, había comenzado a estudiar Leyes, luego lo dejó para tomar la carrera militar en el cuerpo de artillería. Sabía que su misión era perpetuar las costumbres, tal como le habían enseñado. Ahora todo el peso del mayorazgo recaía sobre él: cuidar de su madre y de la hermana, buscarle un buen partido y adjudicarle la dote.

De Miguelito se encargaría él como padrino. Nada más quedarse huérfano, hizo testamento, le dejaba cuanto tenía, incluidas las casas y los predios. Con estos pensamientos se fue a la cama.

10

Mariquita Hervás entró como un torbellino en el gabinete de costura. Sus hermanas y la madre, doña Margarita, bordaban el punto mallorquín en un camino de mesa de lino blanco con hilos en diferentes tonos de azul. La mayor, Catalina María, y ella, realizaban el relleno de las flores. Luego, enlazaban con el ganchillo la cadeneta en un pequeño bastidor. El trazado consistía en ramos y guirnaldas intercalados alrededor del mantel. Lo había diseñado la prima Teresa Roca, que tenía un don para el dibujo.

Hacía tres meses que la habían reclamado al abuelo. Ramón convenció a sus padres, les contó lo triste que la había visto en la fiesta de Francisca de Alós. El señor avi procuraba distraerla, sin embargo, consideraba que debía rodearse de muchachas de su edad. Don Luis Martínez de Hervás no dudó en llevarla a su casa y hacer un trato con su suegro. Podría visitarla siempre que quisiera, incluso, pasar con ella algunos días.

Poco a poco, Teresa revivió con las primas Hervás. Todos se volcaron y la trataron como a una hermana, eran cariñosos, y enseguida se sintió como una más de la familia. Había aprendido a bordar, era una de las aficiones que más le distraía, eso, y jugar con Mariquita a veces, cuando no se dedicaba a hacer trastadas. Ahora acababa de irrumpir en la habitación buscando algo que había perdido.

—¿Alguien ha visto mi caja de cintas?

—Nadie ha visto nada, deberías ser más cuidadosa. Pronto podrás bordar con nosotras, ya te vas haciendo mayor —le indicó Margarita, la hermana.

—Me falta un año para cumplir los diez, aún puedo jugar con mis muñecas.

—Pues aprovecha, madre dice que pierdes el tiempo demasiado y que es hora de que empieces a ser una mujercita.

María Concepción iba a responder indignada, Margarita siempre se metía con ella y estaba harta. La madre intervino para evitar discusiones.

—Déjala, todavía es una niña. —Luego cambió de conversación—. Vuestro padre ha respondido a la invitación para asistir a los bailes de gala que se celebrarán en Barcelona, en el palacio real. Aún faltan más de cinco meses y debemos elegir los vestidos que vamos a llevar.

A las dos hermanas mayores se les iluminó la cara. Era un acontecimiento extraordinario. Tanto don Luis como doña Margarita sabían que esas ocasiones no debían desperdiciarse nunca cuando se tenían varias hijas casaderas.

—¿Yo también voy a ir al baile?

—No, Mariquita, no es un baile para ti. El día que cumplas quince años te prometo que te llevaremos a cuantos nos inviten; te quedarás con Teresa, que tampoco tiene la edad. No te preocupes, tus hermanas te lo contarán todo.

—¿Con detalles?

—Claro, con detalles.

—Bueno, esperaré —respondió resignada—. Si veis a algún muchacho guapo, le dais un beso de mi parte.

—¡Qué cosas dice esta niña! A los muchachos no se les besa, lo haría si no estuviera mal, no creas. De todas formas, si algún joven me gusta, le enviaré un beso de mentirijillas.

La madre sonrió, recordaba sus tiempos, cuando tenía los años de Margarita y conoció a Luis, ahora le tocaba a ella. Era la segunda de sus hijas y la quinta en el orden por nacimiento. Estaba a punto de cumplir los dieciséis. Su belleza comenzaba a sobresalir sobre las demás, aunque todos decían que la pequeña la aventajaría. Las chicas discutían y decidían quién encontraría novio primero, como si asistir a la próxima fiesta fuera definitiva en la elección de marido. Sus risas se esparcían por la sala contagiando esa alegría de la juventud que todavía no sabe qué destino le aguarda. Dejó la labor sobre la falda y cerró los ojos.

No estaba cansada, solo necesitaba un respiro para pensar en las mujeres de la familia. Catalina María había cumplido veintiuno y llevaba camino de la soltería por ser la menos agraciada. Sabía que su carácter adusto espantaba a los petimetres, aunque, ¿quién sabe?, pensaba, en Barcelona conocería a gente nueva y a lo mejor encontraría algún pretendiente. Tampoco le importaba mucho. Una mujer soltera sería su apoyo cuando le faltaran las fuerzas.

Teresa Roca Martínez de Hervás, la sobrina, tenía catorce años. Había vivido con su abuelo Raimundo Frau desde los once, desde que murieron sus padres de una epidemia de cólera en Madrid. La madre, Teresa Martínez de Hervás, era hermana de su marido y se había casado con Guillem Roca, su primo. Don Luis había decidido prohijarla. Era tranquila y soñadora, le gustaba leer y pintar. Con ella siempre había paz. Tenía una mirada dulce y afable, los que la conocían, la adoraban.

Margarita, la hija rebelde, no paraba hasta salirse con la suya, le preocupaba su carácter. En cambio, Concepción, la pequeña, era un terremoto, en un momento la llenaba de besos para luego salir corriendo detrás del gato y tropezar con todos los muebles que tenía al paso.

Don Luis interrumpió sus pensamientos al entrar precipitadamente.

—¿Cómo están mis mujercitas? —dijo besándolas.

—Hoy llegas antes, ¿ha habido algún problema?

—Nada importante, mejor dicho, nada que les importe a las niñas.

Ellas entendieron la indirecta y salieron de la habitación, no era la primera vez que los padres deseaban hablar en privado y conocían su deber a pesar de morirse de ganas de enterase. Doña Margarita lo miró con ansiedad.

—¿En serio no tiene importancia?

—No solo no la tiene, sino que es una buena noticia. Me han ascendido a Administrador de la Real Hacienda en Lérida. Me reclaman los documentos de Interventor de Correos para cotejarlos, ya sabes que oficialmente estoy destinado allí, y también la presentación de los papeles en los que consta mi nobleza de sangre.

»Tengo que marchar cuanto antes —prosiguió— y regresaré después de tomar posesión, una vez arreglado el papeleo. Supongo que en veinte días me incorporaré a mi nuevo destino. Mi sobrino Manuel que, como sabes, es abogado de los Reales Consejos, irá tramitando desde Madrid los mismos documentos para Ramón el próximo año, cuando solicite el título de funcionario de la Estafeta de Correos. Solo necesitará compulsarlos junto con el certificado de nobleza. Mientras, debe acabar los estudios en Alcalá.

—Sí, es una buena noticia. Lo que no entiendo es que cada vez que te promueven a un nuevo cargo tengas que demostrar tu nobleza de sangre. Lo saben de sobra y te obligan a pedir otra vez los papeles con todas las molestias que supone.

—Es cierto, Margarita, así son las cosas. —Luego, advirtiendo la amargura en su rostro, la animó—. No te preocupes, pienso pasar aquí el tiempo que me permita el trabajo. Te quedarás con Luis, nuestro hijo, que ha cumplido diecisiete años y ya es un hombre.

—Tendrás que coger un laúd que vaya a Barcelona y luego una diligencia hasta Lérida, es un trayecto pesado —disimuló su disgusto con evasivas, sin dar a entender lo que le molestaba. No se hacía a la idea de separarse de Luis, y más por un motivo que consideraba innecesario. Los despachos estaban llenos de incompetentes y prefería callar su opinión.

—Este viaje lo he hecho otras veces, sé lo que tengo que hacer.

—¿Cuándo te vas? —fue lo único que se permitió decir.

—Había pensado mañana, si no, en cuanto haya un patrón disponible.

—Diré que te preparen ropa de abrigo. Las primaveras allí son muy frías.

—Sí, y también algo para soportar el calor, ya que viviré en esa ciudad algunos meses. Lo mejor será que me lleve un baúl con todo lo que quepa.

—Siempre creí que podías ejercer el cargo desde aquí.

—No, Margarita, esta vez no. —Luego, la miró con ternura y continuó—. Los hijos son bastante mayores para que los dejes un tiempo de vez en cuando y vayas a hacerme compañía.

—Realmente, la buena noticia viene acompañada de otra mala —contestó.

Era la hora del almuerzo. La doncella había anunciado que la comida estaba en la mesa. Se dirigieron al comedor. Las niñas esperaban para sentarse. Mariquita estaba impaciente, quería averiguar de qué habían hablado los padres.

—¿Se puede saber ya por qué nos habéis hecho salir?

Margarita le dio una patada por debajo de la mesa a su hermana y Mariquita ahogó un grito. La madre advirtió la maniobra, miró con severidad a las hijas y, antes de que respondiera con una reprimenda, don Luis agregó.

—Sí, os lo voy a decir. Me dan un destino mejor y no tengo más remedio que marcharme a Lérida.

Mariquita sonrió a su padre. Era el que la defendía siempre que se metía en líos o se comportaba de manera imprudente.

—¿Se va a quedar a vivir allí, padre?

—Solo algunas temporadas, hija, iré y vendré. De momento, voy a recoger unos papeles.

—¡Qué bien! —lo dijo sin saber si era o no conveniente.

Nadie respondió. Doña Margarita rompió el silencio, desviando el tema.

—Creo que los festejos por la boda del Príncipe de Asturias en Barcelona van a ser sonados. Catalina y Margarita tienen mucha ilusión de asistir al baile de palacio. Irá toda la Corte y la nobleza; una ocasión así no se presenta todos los días.

—Sé de buena tinta que han aconsejado a la duquesa de Borbón y al conde de Conti que residen en Barcelona, que salgan antes de que lleguen los monarcas para no entristecerles al recordar la mala suerte de Luis XVI. A la duquesa de Orleáns se le permitirá que permanezca en Figueras —era la primera vez que el joven Luis abría la boca.

Todos le miraron extrañados por la noticia.

—¿De dónde has sacado la información? Que yo sepa ni en la Sociedad, ni los periódicos hablan de eso.

—Padre, sabe que me escribo con mi primo José y, aunque tiene tres años más que yo, somos amigos. El tío José vive en Francia. Es adicto a Napoleón y la mano derecha de Godoy que, además, le acaba de conceder el título de marqués de Almenara. Está enterado de todo lo que se cuece en la política, por decirlo de algún modo. De hecho, quiere convencerme para que entre en el ejército y colabore en la diplomacia entre Francia y España.

Don Luis no salía de su asombro ante la pretensión de su hijo. Sopesó sus palabras y le parecieron sensatas. Su hermano José se había colocado en la Real Hacienda, como él, y había logrado una carrera brillante al permanecer en Madrid. Su amistad con Godoy a través de la Sociedad de Amigos le había valido su ascenso. Eso y su diplomacia en las negociaciones para la Paz de Basilea. Conocía sus dotes, era inteligente y ambicioso además de buen conversador, buen orador y, sobre todo, buen diplomático. Su mujer, Rita, había muerto de parto en 1790. Se quedó viudo, con tres hijos. Sus continuos viajes a Francia le obligaban a dejarlos en manos de diferentes amas y nodrizas. Luego decidió establecerse en París en 1796, donde sus buenas relaciones con Napoleón le ayudarían a colocar bien a sus vástagos. El mayor, José, había heredado las dotes del padre. Tenía don de gentes, era despierto y hablador. Godoy no tardó en nombrarle oficial de embajada en París. La segunda, María de las Nieves, era una belleza morena que despertaba admiración en cuantos la veían. Su padre la había puesto interna en la Maison d’Éducation de Madame Campan. En Saint Germain se hizo íntima amiga de Hortense de Beauharneais, la hija de Josefina. A Pablo José, el tercero, le buscó otro internado en Lyon.

Don Luis meditaba que la decisión de su hijo era inmejorable por ser el segundo hijo varón y no verse en la obligación de perpetuar la rama, como le ocurría a Ramón, el mayor desde que murió Pedro en 1798. No le cabía duda de que al lado de su hermano José se le abrirían todas las puertas. Cuando llegó a París con el cargo de Comisionado del Banco de San Carlos y del Real Giro, no suponía que en poco tiempo le nombrarían Miembro de la Junta General de Comercio y Moneda y Consejero de Hacienda.

Hacía dos años que se había comprado el palacio del Infantado, en la calle Saint Florentin, que pasó a llamarse L’hôtel Hervás. Lo había decorado con un lujo principesco y como tal vivía. Allí mismo estableció su propia Banca española, a medias con el duque de Osuna. Era la primera fundada en París. Se acababa de casar con Louise Déhat de Longuerue, hermana del marqués de Longuerue y miembro del gabinete de Napoleón. Todo le sonreía y, para mayor suerte, el general Duroc, héroe reconocido en las batallas junto al primer cónsul, acababa de solicitar la mano de María de las Nieves. En una carta le había comunicado que la boda se celebraría en agosto y, aunque solo tuviera catorce años, era toda una mujer, inteligente y muy hermosa.

Recordaba los tiempos de su adolescencia en Ugíjar, los dos soñaban que algún día serían personas importantes. Lo había conseguido José con sus aptitudes, no le cabía duda. Él, en cambio, cuatro años mayor y el heredero, comenzó su carrera muy joven como Oficial Primero de Correos de Lérida y su partido de Albarracín. Prometía llegar alto y renunció por amor. En Madrid, el conde de la Cueva, amigo de su padre, le ofreció la administración de sus bienes en Mallorca y él aceptó para vivir con Margarita. Ahora regresaría a Lérida y aceptaría el título de Administrador de Correos presentando una vez más sus documentos de nobleza. Se alegraba de que su hijo Ramón fuera nombrado el próximo año Intendente y Contador Oficial de Correos, así perpetuaba la carrera que había elegido Pedro, su padre, para todos los hermanos y nietos.

Habían terminado de comer, don Luis sacó su reloj de bolsillo: eran las dos y media, la hora de la tertulia en la Sociedad. Los hijos habían pedido permiso para retirarse, solo quedaban él y su mujer. Se incorporó del asiento, le dio un beso y se dirigió hacia el vestíbulo.

—¿Llegarás muy tarde? Mañana tendrás que madrugar y me gustaría charlar un rato antes de acostarnos.

—No te preocupes, hoy vendré pronto.

Bajó los escalones de marés y admiró una vez más la balaustrada calada de estilo gótico. Le gustaba su casa con el patio bordeado por el claustro de tracería y el artesonado mudéjar de madera policromada del siglo XIV. Se sentía eufórico, volvían a solicitarle que ocupase su destino en Lérida con un ascenso importante. No le había querido decir a Margarita que no regresaría a Palma tan pronto como deseaba. Ahora iría a presentarse, luego, ya vería cómo se lo explicaba. No descartaba la idea de trasladarse allí con la familia. Era un asunto difícil, ella no estaría dispuesta a abandonar su vivienda ni su isla. Atravesó el patio y salió a la calle. En diez minutos llegó a la sede de la Sociedad de Amigos del País.

Saludó a Juan Berga, el hijo de Francisco. Este seguía aferrado al Antiguo Régimen, no sospechaba que Juan le había salido tan liberal. Junto a él, un grupo de jóvenes parecía que discutían algo exaltados. Más allá, entre los moderados, distinguió a Miguel Hurtado con su sobrino Miguel Alemany. Había otros corros que hablaban de la próxima llegada de una funámbula que haría furor. Decidió sentarse al lado de Miguel Hurtado. Le interesaban sus opiniones políticas, era una persona que siempre estaba enterada de los últimos acontecimientos.

—¿Qué se dice por Madrid?

—Sé casi lo mismo que usted. Antes me relacionaba con Jovellanos por carta y me ponía al día. Ahora está incomunicado y aquí prácticamente estamos aislados del mundo. Más o menos todo sigue igual, las relaciones con Francia son buenas si nos ponemos en contra de Inglaterra y, si nos asociamos a los ingleses, Francia nos hace la vida imposible.

—Según mi hermano José, Napoleón cuenta con nuestra alianza para luchar contra la tercera coalición formada por Rusia, Austria, Nápoles, Suecia y el Reino Unido y aspira a conquistar este último país.

—Me parece un disparate. La flota inglesa en este momento es muy poderosa, no podemos permitirnos más gastos en otra contienda, no es que quiera quitar el mérito a nuestros marinos que sabemos que están muy adiestrados, solo que no sería recomendable. Tenemos bloqueado el comercio con las Indias, no nos llega la plata, las casas comerciales y las de seguros de Cádiz han quebrado; Cataluña tiene reducidas sus manufacturas y el pueblo está muerto de hambre; las enfermedades se ensañan con las tropas, la viruela y la tisis están acabando con gran número de personas y ahora, por si fuera poco, la fiebre amarilla de Andalucía se añade a las penurias. Desde la última mala cosecha del noventa y siete no levantamos cabeza. Bonaparte quiere dominar el mundo; Godoy se muestra simpatizante con los ingleses, opino que Napoleón intentará impedírselo.

—Don Manuel es tan ambicioso o más que el cónsul francés. No creo que podamos evitar unirnos a Francia.

—Aunque lo juzguen un desatino, yo confío plenamente en Napoleón —Alemany, el sobrino de Miguel, intervino con apasionamiento—. Él tiene la llave para hacer saltar a Godoy y a los reyes. Debemos terminar con las corruptelas del Valido. Todos esperamos la abdicación de Carlos en Fernando, el Príncipe de Asturias. Como verán, arrimarnos al país vecino solo nos traerá beneficios.

Don Luis y don Miguel miraron sorprendidos a Miguelito Alemany. ¿De dónde habría sacado esas ideas? Cómo se notaba que no tenía experiencia y que su juventud le llenaba la cabeza de pensamientos extravagantes.

—¿A quién te refieres al decir todos?

—Tío, entre los círculos de mis compañeros de la Academia no se habla de otra cosa. Somos un grupo, tal vez exaltado, pero queremos lo mejor para España y Godoy, por muy Príncipe de la Paz que sea, solo ha conseguido aumentar la miseria. Nos engaña con falsas promesas cuando únicamente busca obtener más poder. —Dudó un momento antes de continuar—. En las logias se intenta dar un golpe, no sé cuál.

—¿Te refieres a las logias masónicas? He oído hablar de la de Cádiz, que depende de Francia. En España la Inquisición las persigue.

—A nuestro país llegarán, puede estar seguro, tío. Tenemos demasiadas cosas que reformar, una de ellas es reponer las Cortes Estamentales y otra abolir el Tribunal. Estamos en el XIX, ¿de qué ha servido el Siglo de las Luces si ni el gobierno ni los ilustrados han sido capaces de erradicarlo?

—Sabes que las sociedades patrióticas de Amigos del País lo están intentando.

—La solución llegará por medio de reuniones totalmente secretas. La masonería, a través de su hermandad, puede lograr cambios trascendentales.

Don Miguel no respondió. Se produjo un silencio incómodo, los tres contertulios no deseaban hablar. Cada uno internamente coincidía en lo mismo. En pocos años el mundo había dado un vuelco. Desde la Revolución francesa los estamentos se tambaleaban. La ilusión que pusieron en las sociedades de Amigos del País de las distintas capitales de provincia se desmoronaba por falta de incumplimiento de sus objetivos. ¿Sería en las logias masónicas donde se resolverían los destinos de un pueblo? Su sobrino le resultaba un alumno aventajado. Él le había alentado cuando era pequeño para que siguiera la carrera militar. Ahora la mayoría se sublevaba contra el poder establecido. Reconocía que el mundo era de los jóvenes, había que dejarles que expusieran sus ideales. Si les salían bien o mal, el tiempo lo diría. Para decepcionarse bastaba el paso de los años, ellos serían jueces y testigos de las consecuencias de sus propias acciones.

Don Luis valoraba la intuición de ese muchacho: le gustaba, era atrevido y despierto. Sería un buen partido para Margarita. Aunque no fuera el mayorazgo, heredaría del padrino su fortuna. Los festejos de Barcelona en el otoño prometían ser una ocasión para que se conocieran. Creyó conveniente dejar atados algunos cabos. Al fin y al cabo, era un padre de familia y su obligación era colocar debidamente a las hijas.

—Miguel, nos has dejado sin palabra. Conozco algo la misión de la masonería por las noticias que tengo de mi hermano y de su hijo José. Como dices, es una sociedad secretísima, solo los que pertenecen a ella están en posesión de las funciones de sus postulados. Me declaro simpatizante y no dudo de que el día que se consienta su institución en Mallorca, procuraré entrar. Permíteme ahora, ya que te conozco desde que eras niño, que cambie de tema y te pregunte si vas a ir al baile de palacio que organizan los reyes con motivo de las bodas del Príncipe de Asturias.

Miguelito Alemany soltó una carcajada.

—Vaya, don Luis, sí que le ha dado un giro de ciento ochenta grados a la conversación. Le respondo que hemos recibido la invitación y acudiré con mi madre y mis hermanos. —Luego lo miró con curiosidad y continuó—. ¿Le interesa especialmente saberlo?

—Te seré sincero. Tengo dos hijas hermosas y casaderas que van a asistir. Ambas dispondrán de una buena dote. Catalina es algo mayor para ti, pero Margarita tiene la edad adecuada.

—Lo tendré en cuenta cuando llegue el momento.

Don Luis sacó el reloj del bolsillo, se había hecho tarde. Se despidió y se dirigió con paso rápido a la calle del Sol.

Doña Margarita lo esperaba en el gabinete sentada frente a la chimenea.

—Te veo contento. ¿Hay buenas noticias de Madrid?

—De Madrid precisamente no, se trata de las niñas. He visto a Miguelito Alemany, ¿te acuerdas? Está hecho un hombre, alto y bien parecido. Ha ingresado en el ejército; me gusta su porte y sus ideas claras sobre la política. Le he hablado de Margarita. Espero que se vean en octubre en el baile de palacio.

—¿Y luego me dices a mí? Eres un casamentero.

—Hago lo que está en mi mano, solo he aprovechado la ocasión.

Doña Margarita le dio un beso por toda respuesta. Esperaba que sus hijas tuvieran la suerte que ella había tenido. Su marido era un hombre bueno y cariñoso. Le costaría estar un tiempo sin verle.

11

Don Luis Martínez de Hervás salió a las seis de la mañana hacia el puerto de Sóller. El suelo estaba acuoso por el rocío, y los cascos de la caballería del coche chirriaban al contacto con el firme. Al llegar al pie del Coll, se detuvieron delante de la parada de postas para avituallarse y refrescar a los caballos. Le sirvieron una copiosa comida en la que le trataron con todos los respetos por tratarse del Administrador de Correos. Firmó en el registro de entradas y, una vez que estuvieron enganchadas las mulas, el mayoral y los postillones se dispusieron a continuar. Subieron penosamente las sinuosas curvas del Coll, unas eses en zigzag que eran el temor de los viajeros. Había estado a punto de hacer el viaje a caballo, luego cambió de idea al decidir que la galera sería mucho más cómoda. Llegaron arriba y el mayoral pidió a los hombres que prosiguieran la bajada a pie por el peligro de que el carruaje en las curvas desequilibrara el peso y pudiera derrapar con riesgo de caer al precipicio. Únicamente se quedarían las mujeres y los niños. El miquelet7 que vigilaba los frenos iba atrás.

Con gran esfuerzo lograron superar la aterradora bajada del cuello de la Tramuntana. Una hora más tarde subieron los hombres de a pie. Aún les quedaba recorrer el pueblo y alcanzar el puerto. Los postillones blasfemaban y daban latigazos a las mulas, el tiempo corría y los pasajeros no podían perder el llaüt,8 que tenía prevista su salida para Barcelona a las cinco de la tarde.

El llaüt-correo esperaba con las velas desplegadas. Don Luis aspiró el aire marino que le inundaba los pulmones, no existía una sensación igual de bienestar y descanso como la de contemplar ese mar azul mediterráneo. El viento era favorable y navegaban a tres nudos por hora. Paseó por la cubierta mientras varios marineros cazaban la vela latina y atendían las órdenes del patrón, un hombre de rasgos duros y acartonados. Tenía la piel quemada por el sol del color de la mostaza. Era un navegante veterano que estaba acostumbrado a sortear las tormentas. Tenía mucho respeto al mar, cuando se enfurecía podía jugarles una mala pasada, pero en esa ocasión no debían temer. «Era una suerte», le había comentado a don Luis mientras se tumbaba en una hamaca fuera del camarote, contemplando el cielo estrellado. No le sobraba razón, además, aquella soledad le parecía perfecta para analizar sus pensamientos, que iban de la política a la familia.

Recordaba su primer viaje a Palma, cuando llegó para ocupar el puesto de administrador del conde de la Cueva. Añadido a este trabajo, recibía la correspondencia privada de Correos de Madrid que le informaba de los tejemanejes de la Corte. La situación se presentaba bastante mala mientras Godoy continuara manipulando los destinos de España. Un grupo considerable de ilustrados imitaba el estilo francés, ilusionado con las nuevas doctrinas. Todas las esperanzas las tenían puestas en Fernando, el príncipe de Asturias. El golpe de estado contra Carlos IV llegaría, tarde o temprano.

Después pensó en su hijo mayor, al que se lo llevaron unas fiebres en 1798, con dieciocho años. El sufrimiento fue terrible, Margarita no se había repuesto y desde entonces su salud se resentía. A veces le entraban unos dolores intestinales que le producían temblores y escalofríos. El médico lo achacaba a mal de insania, pero él sabía que era la desazón por la muerte del hijo, y con una tisana y un poco de reposo se le pasaba. Pedro, que debía sucederle en la administración de correos y en la del conde de la Cueva, un guapo mozo, alegre e inteligente, les dejó sin esperarlo, en solo unos días. Ahora el mayorazgo pasaba a Ramón. Lo habían destinado desde los nueve años a ejercer el sacerdocio para mantener la capellanía que había pertenecido a Guillem Roca, canónigo, hermano de su suegra Catalina Roca.

Una capellanía daba muy buenas rentas, por eso pensaron en que Ramón la heredara y, a esa edad, recibió el título de suficiencia de primera tonsura que le otorgó el obispo de Mallorca. El fallecimiento de Pedro, el hermano mayor, cambiaba todos los planes; aunque tenía quince años, el obispo Nadal le concedió la dispensa de continuar en las órdenes menores y, por tanto, de acudir al coro de la parroquia de Santa Eulalia. La capellanía se la pasarían a Vicente, el hijo de Bernardo Frau, su cuñado.

Ahora Ramón estaba a punto de terminar los estudios y le era imprescindible el certificado de nobleza de sangre para ingresar en el cuerpo de funcionarios de correos, una complicación más de la burocracia. Más adelante, le sucedería en los mismos cargos. Menos mal que su sobrino Manuel, que vivía en Madrid, podía agilizar los trámites.

Ya de madrugada se fue a dormir. La travesía había sido buena y, después de cuarenta y ocho horas, el llaüt hacía su entrada en el puerto de la ciudad. En el mismo muelle cogió una tartana que le condujo a la calle Ferrán, junto a la Plaza Real, donde vivía Bernardo Frau Roca. La casa, de estilo neoclásico, se encontraba cerca de la Audiencia Provincial, su lugar de trabajo como magistrado.

Le recibió su mujer, Anatolia Armendáriz. Era una dama corpulenta, de ojos claros y bella sonrisa.

—Ya sabes que esta es tu casa, Luis, puedes permanecer el tiempo que quieras.

—Agradezco tu hospitalidad y me voy a aprovechar de ella. En octubre se celebran las bodas del Príncipe de Asturias. La Casa Real nos ha invitado y, si no tienes inconveniente, nos hospedaríamos por unos días Margarita y mis hijos mayores, Ramón, Catalina y Margarita.

—Será una gran alegría conocer a tus hijos y que ellos conozcan a los míos. Os espero en septiembre y no permitiré que os marchéis hasta que no hayan acabado las fiestas.

Luis respondió abriendo los brazos, vencido por la generosidad de los parientes de su mujer.

Luego pasaron al comedor, Anatolia les presentó a los hijos: Bernardo, Vicente y Catalina. Era esta última una hermosa niña de ocho años que se parecía extraordinariamente a la madre.

—Todos los nombres son iguales.

—¿Cómo dices, Catalina?

—Que los nombres se repiten demasiado en la familia; cuando hablamos, no se sabe a quién nos referimos.

Los mayores soltaron la carcajada ante la ocurrencia. Fue Bernardo, su padre, el que contestó.

—Estas son las tradiciones, no podemos alterarlas. Los primeros, niño y niña, se deben llamar como los abuelos paternos y los segundos, como los maternos.

—Bueno, ya sabes que yo dispenso a mis futuros nietos de que les pongan mi nombre. Anatolia sería una mala faena.

—Se hará porque tú lo quieres, Natolia —dijo Bernardo, que suprimía la a siempre que se dirigía a ella.

—Ni siquiera admito los sobrenombres. Bueno, al tuyo ya me he acostumbrado.

La cena transcurrió en el mismo tono cordial. Al acabar, los hombres se reunieron en la biblioteca y Anatolia acompañó a la hija a su cuarto. Ambas compartían esos momentos antes de acostarse, era su espacio íntimo, y Catalina aprovechaba para contarle a su madre sus sueños y sus inquietudes.

—Madre, ¿el príncipe de Asturias es un príncipe azul?

—Bueno, seguramente lo es, pero no como el de las historias que lees.

—Yo también espero a mi príncipe azul, sé que me casaré con un príncipe.

Anatolia se reía.

—Los príncipes azules solo están en los cuentos de hadas.

—También puede ocurrir de verdad. Prométame, madre, que no me van a obligar a casarme, quiero elegir a mi esposo.

—No te preocupes, si de mí depende, la elección será únicamente tuya, pero aún es muy pronto para pensar en esas cosas. Lo importante es que encuentres un hombre bueno, que te quiera y te respete.

—No es suficiente, también tiene que ser guapo, por lo menos apuesto y joven, del que me enamore locamente y… si es príncipe, mejor.

—Pues no pides tú poco.

—Si no es así, no me casaré.

—Bueno, será así, ya lo verás, ahora es tarde y debes irte a la cama. Buenas noches.

—Buenas noches, madre.

Anatolia besó a su hija en la frente y salió de puntillas. Se quedó preocupada ante los sueños de Catalina, no sabía nada de la vida, ojalá tuviera suerte y se cumplieran sus deseos. Entró en su gabinete y cogió el libro que estaba leyendo de Alejandro Dumas.

Luis le comentaba a su cuñado lo de la capellanía. Era una lástima que no la aprovecharan. Como sabía, Pedro, el mayor y el hereu, había muerto hacía cuatro años. Ahora la primogenitura le correspondía a Ramón y Luis ya se había comprometido en la carrera militar. Bernardo entonces le aseguró que Vicente sería sacerdote y la heredaría.

Por la mañana, muy temprano, se despidió de sus anfitriones y se encaminó a la Rambla para proseguir su viaje a Lérida en la diligencia de postas que había alquilado junto con las caballerías. Le esperaba una etapa dura. El mayoral y el postillón iban armados de trabucos y cuchillos para amedrentar a los posibles salteadores. Tenían que recorrer alrededor de sesenta leguas por caminos malos y repostar en peores posadas. Calculaba que en dos jornadas podían llegar a la ciudad. Pensó en Margarita, en la primera parada le escribiría contándole la buena acogida de sus cuñados en Barcelona.

Como había supuesto, el carruaje hizo su entrada en Lérida dos días después, al borde de la media noche. Tenía el cuerpo dolorido, no solo por el traqueteo, sino por dormir mal en jergones sucios con olor a vómito. A pesar de las incomodidades, no se quejaba, los ladrones habían respetado su vehículo, tal vez por la vista de los alguaciles que se dispusieron a acompañarle al conocer que era un funcionario de correos.

La calesa paró delante de la posada donde otras veces se había hospedado. Era una casa limpia, con un gran hogar y comedor al fondo. Los amos le recibieron con saludos y demostraciones de cortesía. Subieron su equipaje al primer piso y lo depositaron sobre una silla. Luis rechazó la comida y bebida que le ofrecían, solo deseaba descansar. Se metió entre las sábanas blancas y durmió hasta casi mediodía. Al despertar, advirtió el humo que salía de una enorme tinaja de madera y aluminio en el centro de la habitación. Se relajó en el baño durante media hora, luego bajó a la cocina para reponer fuerzas con las viandas del almuerzo.

Entró en el ayuntamiento y solicitó que le recibiera el señor Sanmartín, notario público del mismo. Era un hombre de unos cincuenta años, vestía a la antigua usanza, con peluca y calzón corto. Después de las presentaciones, le hizo sentar frente a su mesa y comenzó a escuchar las razones que le habían llevado a realizar un viaje tan penoso desde la ciudad de Mallorca. Luis confesó que había aceptado el cargo de administrador de correos de Lérida, nombramiento que guardaba en el paquete que tenía delante. También le comentó que el hijo mayor se preparaba en Alcalá para ser funcionario de Correos y poder sucederle en el cargo. Pensaba que en un año habría terminado los estudios y que era el momento de que copiasen en los libros capitulares de dicho ayuntamiento, donde él tenía su destino, la acreditación de su nobleza de sangre, para que también constara a todos los efectos para su hijo Ramón.

A continuación, quitó el envoltorio de la caja y le entregó un memorial acompañado de su título de administrador, firmado por diferentes directores generales del ramo. El memorial incluía su fe de bautismo y el documento que certificaba su nobleza de sangre presentada en Huécija en el año 1590, cuando su antepasado, don Diego de Molina, descendiente de don Pedro Ruiz de Molina, marqués de Corvera, del señorío de Molina de Murcia, había llegado a dicha ciudad para repoblar las tierras. Estaba en posesión de documentación acreditada por la Chancillería de Granada al ganar la real ejecutoria para todos sus descendientes en línea recta. En ellos se acordaba que se les guardaran todos los privilegios y exenciones de los nobles. En los documentos se demostraba que su apellido era Martínez de Hervás y de Molina.

El señor Sanmartín llamó a su secretario, que procedió a compulsar todos los originales, guardó una copia sellada y autorizada con el sello de armas de la ciudad, le entregó otra a Luis y luego el escribano mayor los transcribió al pie de la letra en los libros capitulares.

Cuando hubo terminado, salió a la plaza y se encaminó a la taberna más próxima. Pidió un chocolate, aspiró de su cajita polvo de rapé y examinó a los clientes que discutían acaloradamente de política. No se arrepentía de haberse trasladado a la Ciudad de Palma. Los mallorquines eran menos exaltados, parecía que tuvieran la cualidad de detener el tiempo, todo lo asumían con calma, como si el mar tranquilo o la condición de isla de su territorio influyera en esa manera característica de tomarse las cosas, sin afectarles demasiado. Se había acostumbrado a eso y en Lérida se sentía agobiado. Volvía a darle vueltas a los trámites que le obligaban acreditar su nobleza de sangre para ejercer cualquier función que dependiera del Estado, no lo comprendía. Ya lo había hecho su padre para él, cuando era joven, y ahora tenía que repetirlo otra vez para sí mismo y para Ramón. Le devolvería los papeles a su sobrino Manuel Pérez Martínez de Hervás como estaba acordado. El año anterior fue el que se encargó de formalizarlos en el ayuntamiento de Ugíjar para compulsarlos y entregárselos a su hermano José, requisito que necesitaba al entrar en el consejo de Hacienda.

El notario Sanmartín le había dicho que tardarían un año en llegar a la Villa y Corte; primero tenía que requerirlos su abogado y después, una vez que se recibieran en el ayuntamiento, debía revisarlos el secretario, los corregidores y el escribano, antes de dárselos al solicitante. Tampoco corrían mucha prisa, Ramón todavía estaba estudiando. Lo importante era que se aplicara y consiguiera el título de oficial de Correos.

Regresó a la posada. Su intención era permanecer una semana para despachar la correspondencia que llegaba de Madrid. Repasó la prensa y los papeles acumulados. Las noticias le inquietaban, las relaciones con Inglaterra se estaban deteriorando. España había estado vinculada a Francia desde los Pactos de Familia y ahora Godoy, en nombre de Carlos IV, continuaba aportando dinero además de poner a disposición del cónsul francés la armada española. La ilusión de que los franceses les ayudaran a recuperar Gibraltar pesaba en los ánimos de los dirigentes del país. Él no lo creía y, a pesar de su simpatía por las ideas revolucionarias, no se fiaba de Napoleón, le parecía excesivamente ambicioso y cegado por la soberbia de dominar Europa.

12

El puerto de Barcelona lucía espléndido, adornado con farolillos de colores y banderolas. En los puestos de refrescos a lo largo del muelle se vendían azucarillos y limonadas. Las lecherías ambulantes ofrecían leche merengada y chocolate caliente y en los tenderetes se despachaban bollos y otras delicadezas. Se habían colocado mesas y sillas por toda la Rambla, destinadas a una clientela variada que se prometía ver con detalle el cortejo real. La tribuna estaba reservada para la aristocracia y la alta burguesía. Desde allí el espectáculo se observaba sin ningún impedimento que enturbiara la visibilidad.

Gran multitud de a pie se agolpaba hasta la fila de soldados que formaba barrera para proteger el posible asalto a las carrozas. En los palcos, damas, damiselas y caballeros no perdían de vista el horizonte, esperando que asomara la flota.

—¡Ya vienen! Por lo menos hay cinco barcos.

—Yo veo más, Margarita, creo que son diez.

—No os enteráis de nada, son dos escuadras distintas. En una llegan los príncipes sicilianos: la infanta María Antonia y su hermano don Francisco, heredero de Nápoles; y en la otra, la infanta doña Isabel y don Fernando, el príncipe de Asturias.

—Vaya, Ramón, desde que eres el mayor, te haces el sabelotodo.

Doña Margarita dirigió una mirada de reproche a su hija Margarita, más que de reproche era una mirada de infinita tristeza.

—He vuelto a meter la pata, lo siento, madre.

Para suavizar la tirantez, Ramón continuó la explicación, como si la frase de su hermana no tuviera que ver con él.

—La escuadra más cercana tiene cinco barcos, tres navíos y dos fragatas. La segunda, la que va más atrás, es la de los reyes y se compone de dos navíos y dos fragatas.

—Gracias, ya no se me olvida.

El grupo siciliano estaba atracando. Los príncipes de Nápoles, la reina doña María Carolina y su séquito fueron bajando y colocándose en las carrozas que partieron inmediatamente hacia palacio.

Media hora más tarde lo hicieron Carlos IV, la reina doña María Luisa, el príncipe don Fernando y el resto de la realeza. La muchedumbre comenzó a aclamarles con vítores. Cuando ya no quedó nadie, don Luis y su familia bajaron de los palcos y se encaminaron a casa de los Frau en la berlina que les había dispuesto don Bernardo.

Hacía un calor húmedo en aquella tarde de finales de septiembre. El otoño había comenzado, pero la sensación de bochorno se respiraba en el ambiente. La gente se dispersaba hacia los puestos de comida o bebida. Se oían comentarios sobre la familia real. «La reina de Etruria ha dado a luz durante la travesía, ha sido una infanta», «Un acontecimiento más para celebrar». Los enemigos de la monarquía decían: «Esta no es como su madre, que se pasa el día en la cama, pero no con el rey, ya se imaginan con quién».

Ni Bernardo ni Anatolia habían asistido al desembarco; a ella le agobiaban las aglomeraciones, tiempo tendría de acudir a otros eventos. Ahora el matrimonio debía hacer los honores a su hermana Margarita y a su cuñado Luis. Ramón estaba encantado con Catalina. Era una niña preciosa, lástima, pensaba, que fuera tan pequeña. Si tuviera siete años más, se enamoraría de ella.

—Primo Ramón, sé que te has inventado una poesía para mí porque el día dieciséis fue mi cumpleaños. ¿Cuándo me la vas a decir?

—¡Uy! No sé si me acuerdo, espera a los postres y lo intentaré.

Ramón recordaba perfectamente los versos. Le había comprado un regalo por la mañana, después se le ocurrió escribírselos. A pesar del gentío que poblaba las calles, encontró un establecimiento con juguetes. En una estantería llena de muñecas vio una que le recordaba a ella.

—Esta me la llevo.

—Tiene gusto, señor, es una de mis preferidas.

A la hora de la cena escondió el paquete debajo de su asiento y, cuando sirvieron los postres, se puso en pie y mirando a Catalina comenzó:

Como tu primo te estima,

y te contempla, y te mima,

aunque a cambio de su mimo

tenga que aguantar tu primo

el mal genio de su prima,

me levanté esta mañana,

y bajando a todo andar

por la calle de Ferrán,

hasta el mercado me fui

para buscarte algo que regalar.

Entré en una tienda y vi

en un estante, sentadas,

muchas muñecas variadas.

Pero yo no quería comprarte

una muñeca que fuera

todo su cuerpo de cera.

Rebusqué, y contemplé

junto a la ventana,

esta preciosa muñeca

de cara de porcelana,

con las facciones más finas,

que se parece a ti, Catalina.

Así, verás, prima,

que tu primo te estima,

y te contempla y te mima,

aunque a cambio de su mimo

tenga que aguantar tu primo

el mal genio de su prima.

Cogió el envoltorio del suelo y se lo entregó a Catalina. La niña había escuchado atentamente, sin mover ni un músculo de la cara. Nunca le habían escrito una poesía y esta le había gustado casi más que el regalo que tenía sobre la mesa. Desenvolvió los papeles de seda con mucho cuidado, luego miró a Ramón, después a la muñeca y otra vez a su primo. Todos esperaban alguna reacción y ella continuaba quieta, asombrada, sin saber qué decir.

—Si no la quieres, dímelo y enseguida te la cambio.

Entonces Catalina dio un salto y se abalanzó hacia su primo.

—¡Me encanta! Gracias, gracias, gracias. —Y comenzó a darle besos.

—Bueno, basta, que me vas a tirar al suelo.

—Tampoco es necesario tanto beso, con darle las gracias es suficiente.

—Es que es lo mejor que me podía regalar, madre.

Aquella noche, al acostarse, le dijo a su madre.

—Tengo el primo mejor del mundo, madre, así me gustaría que fuera mi príncipe azul.

Anatolia se reía.

—Tienes muchos sueños en la cabeza, mi niña. De momento, piensa solo en jugar con tu muñeca.

Cada día asistían a un festejo diferente. El cuatro de octubre se ratificaron las dos bodas que se habían celebrado por poderes el veinticinco de agosto en Nápoles. Por la noche había baile de gala en palacio. Margarita estrenaba un vestido de color rosa viejo, con encajes de guipur en tonos beige. Catalina María exhibía el traje en tonos azul pálido y doña Margarita había elegido el azul marino.

La colonia de mallorquines invitados se dispersaba por el gran salón de los espejos. Isabel de Verger había conseguido que Juan Berga se sentara a su lado. Nadie ignoraba que seguía enamorada del primogénito de Francisco Berga y, a pesar de su matrimonio, intentaba seducirle. De todos era sabido que jamás acompañaba a Magdalena, su mujer, y que apenas hacía caso al hijo que había tenido un año antes. Las malas lenguas decían que no era suyo. Magdalena se apartaba de las habladurías y mostraba al niño, el hereu, con orgullo. Había entrado sonriente, del brazo de Juan. Él no la soportaba y vio el cielo abierto cuando Isabel lo llamó.

—Disculpa, tu mejor amiga me hace señas para que me acerque.

—Como quieras, buscaré mejor compañía que la tuya.

Sin disimular, dirigió la vista hacia todos los ángulos. Deseaba ver a Miguel Hurtado de Mendoza. Desde que la dejó embarazada, no habían vuelto a hablarse. Quería decirle que volviera a visitarla como antes, le necesitaba más que nunca. Le descubrió charlando con un grupo de jóvenes entre los que se encontraba su sobrino, Miguel Alemany. Decidió acercarse a Francisca, ahora la señora de Molins. Después de dar a luz al segundo hijo, había engordado de forma considerable, la cara, redonda y mofletuda, empequeñecía aún más los ojos de ratón. La saludó gesticulando y abriendo los brazos.

—¡Cuánto tiempo, Magdalena! Si pareces una sílfide, estás escuálida. Yo en cambio, ya ves, la vida de casada me sienta bien.

—Ya lo veo, me alegro por ti —no sabía que otra cosa decirle y permaneció callada.

—Sigues igual, con las palabras justas. Quédate con nosotros, estamos en el mejor sitio para que nos vean y para verlo todo. Juan está muy entretenido con Isabel, ¿qué se habrá creído coqueteando con un hombre casado?

Magdalena hizo como si no hubiera escuchado la indirecta y tomó asiento junto a ella. Tenía razón, la situación era óptima para ser vistos. Era obligado pasar por delante, Miguel no tendría más remedio que saludarla.

La marcha real comenzó a sonar, el chambelán mayor dio tres golpes en el suelo con la maza y anunció la entrada de los reyes. Los invitados se pusieron en pie y fueron haciendo las reverencias protocolarias mientras las damas de Corte avanzaban hacia los asientos que tenían asignados. Detrás seguían los príncipes de Asturias, don Fernando y doña María Antonia de Nápoles. Todas las miradas se centraban en la joven princesa, unos meses menor que su esposo y primo hermano, ya que María Luisa de Parma y María Carolina eran hermanas. La nueva princesa de Asturias era pequeña, rubia, de ojos garzos, con el labio austríaco y la nariz borbónica. Tenía la sonrisa dulce y triste. Lucía un vestido de muselina blanco con ribetes dorados, a la última moda. El corte bajo el pecho resaltaba más sus senos exuberantes, que sobresalían de su gran escote.

A continuación, iba el resto de la familia real: las tres hijas de la reina María Luisa de Parma a las que se les había negociado ventajosos matrimonios con príncipes herederos. La princesa Carlota Joaquina, casada con el heredero de Portugal; María Luisa, esposa del rey de Etruria, que había dado a luz a una infanta durante la travesía; y la princesa Isabel que, con solo doce años, acababa de desposarse con el heredero de Nápoles, Francisco I de las Dos Sicilias. Doña Isabel era bajita, deforme, cabezuda, larga de talle y corta de piernas.

—Don Francisco I ha salido perdiendo, su prometida es más fea que un pecado; su hermana, en cambio, la princesa doña María Antonia, no está mal, aunque debería cuidar su atuendo. ¿Os habéis fijado cómo viste? Es un escándalo. Si va a ser nuestra próxima reina, la Corte se convertirá en un antro de inmoralidad.

Se lo decía doña Leonor de Vallés a doña Mariana de Tamarit, dama catalana, emparentada con los reyes.

—Un escote no nos hace mejores ni peores. Más indecente es el comportamiento de Godoy con los reyes. Él manda en España, estamos sujetos a sus antojos. A Carlos IV le viene muy bien que le quiten preocupaciones de Estado y le dejen tranquilo con su entretenimiento favorito. ¿Sabéis que en cuanto llegó a Barcelona mandó al armero mayor que le organizara la montería y apenas se le ha visto en los festejos? Se pasa el día cazando y solo por la noche despacha los asuntos. Así nos van las cosas, aunque según tengo oído no será por mucho tiempo. Algo se trama en los círculos de los afrancesados.

Doña Leonor iba a preguntar qué era lo que sabía y en aquel momento el rey dio orden de abrir el baile. Como siempre, comenzaba la orquesta tocando el minueto de Boccherini, autor por el que sentía devoción. Se había traído sus cuatro Stradivarius, con los que viajaba a todas partes. Esta vez bailó con la reina doña María Luisa. Le acompañaron las parejas reales y luego los invitados. Ella no bailaba, pero le gustaba ver los pasos de danza y los movimientos elegantes de los petimetres y las damiselas siempre que no fueran provocativos, entonces se santiguaba o miraba para otro lado.

En el fondo del salón divisó a Magdalena, no estaba con su marido, en realidad, casi nunca los veía juntos. Pensaba que tal vez tuviera ella la culpa de la frialdad de su hija, la había educado aislándola de la sociedad para preservarla de caer en el mal. Le parecía un milagro que hubiera engendrado al hijo. En eso, podía sentirse satisfecha, había cumplido con el deber matrimonial.

Miguel Alemany atraía las miradas de las damas jóvenes. Llevaba el uniforme de gala de oficial del ejército que le hacía más apuesto y atractivo. Charlaba animadamente con Ramón Martínez de Hervás; hacía una temporada que no se veían, ambos intercambiaban sus puntos de vista sobre los últimos acontecimientos políticos. Margarita se acercó a su hermano y, sin más, dijo.

—No me has presentado a tu amigo, estoy esperando.

—¿Te parece que es de buena educación interrumpirnos y aparecer así, de repente?

A Miguel le hizo gracia y respondió.

—Estaré encantado de saludar a una belleza como la suya. Me llamo Miguel, ¿y usted?

—Soy Margarita. Discúlpeme, mi hermano tiene razón, no debería haberme precipitado.

—Está disculpada. ¿Me permite este baile?

Margarita sonrió y se apoyó en el brazo que le ofrecía. Bailó con él toda la velada. Miguel estaba irresistible, sentía las miradas de las jóvenes fijos en ella. Nunca pensó que un galán tan atrayente le dedicase sus horas.

Miguel le decía frases que le halagaban y le prometió visitarla cuando estuvieran en Palma. Ya de madrugada, se despidió; al día siguiente debía partir para Madrid, ya sabía, el ejército necesitaba sus servicios. Allí se reuniría con su hermano Luis, que acababa de ingresar.

—Mi hermano es demasiado joven, mi padre no quería que fuera militar, pero mi primo José, que está en Francia a las órdenes de Napoleón, lo ha convencido.

—No se preocupe, Luis es un buen muchacho y muy inteligente, llegará lejos.

Miguel Hurtado de Mendoza pasó por delante de Magdalena, como había supuesto. La miró detenidamente después de saludarla. Estaba más pálida, pero seguía hermosa. Ella se ruborizó, quiso decir algo y las palabras no le salían. Miguel la sacó del apuro.

—Si me acompaña, la llevaré hasta su marido. Creo que la está esperando.

Magdalena se incorporó y le dio el brazo. Salieron al jardín, la luna llena formaba un camino de luz estrecho que llegaba a la balaustrada. En aquel momento no había nadie más y se animó a hablar.

—Sabes que tengo un hijo tuyo, ni siquiera te has dignado a ir a verle.

—No debo hacerlo, la gente sospecharía, sobre todo, Juan. Él sabe que no es suyo, y a pesar de eso lo mantiene y será su heredero. ¿Quieres un escándalo?

—No es que quiera, es que a veces me siento muy sola.

No podía decirle que le amaba, que había sido la única persona que le había hecho caso y que lo necesitaba.

—Haz vida social, Magdalena, eres una señora respetable, rodéate de amigas. Lo que pasó ya no puede volver, olvídalo. Suerte tienes de que tu marido no te repudie.

—No podría, se juega mucho.

—No creas. Si contaras lo que sospechas de él, nadie te haría caso. A mí sí me creerían, pero no le voy a denunciar, sería traicionar a mi familia, a mis convicciones y a un amigo. Dejemos las cosas como están, lo mejor es no volvernos a ver.

Miguel le dio un beso en la frente y la acompañó al salón, luego se marchó. Magdalena se dirigió hacia donde se encontraba Isabel.

—¿Y Juan no estaba contigo?

—Estaba, pero según ha dicho, le dolía la cabeza, me ha encargado que te acompañemos a tu casa.

Una punzada le apretaba el pecho, un dolor psíquico y hondo y ante su amiga debía disimular.

—Le duele muchas veces, gracias.

Isabel le respondió con una sonrisa burlona.

Las fiestas continuaron hasta primeros de noviembre. La familia real estaba eufórica. Después de celebrar las bodas de los príncipes de Asturias y de la infanta doña Isabel, se sucedieron varios bailes en palacio además de los bailes populares para otras celebraciones: los dieciocho años de don Fernando el veintinueve de septiembre; el bautizo de la infanta, hija de doña María Luisa, reina de Etruria; y el santo de don Carlos IV, el cuatro de noviembre.

Don Luis y doña Margarita no dejaron ni una sola función. Asistieron a las mascaradas, a los desfiles y a la representación alegórica que ofrecieron los colegios y los gremios a los reyes el día once. También presenciaron con sus hijos y con los primos de estos la ascensión en globo que realizó el capitán Vicente Lunardi.

—¿Cómo es posible que se pueda volar? Parece cosa del demonio —comentaba la mayoría de los asistentes.

—Pues yo creo que el hombre es capaz de inventar mucho más. Algún día se podrá viajar por el aire con alas, como lo hacen las aves. —Todos miraron a Margarita, que lo decía muy convencida.

—¡Qué disparate! Y también podrán navegar los barcos por el fondo del mar sin hundirse. Tú sí que tienes pájaros en la cabeza. Aunque hayas cumplido dieciséis años, todavía crees en los cuentos de hadas.

—¿Por qué no? A mí me parece que con el tiempo se pueden investigar muchas mejoras.

—Anda, vamos a casa, que la imaginación te hace decir tonterías.

Margarita se sentía mal, todos se burlaban de ella, guardaría sus pensamientos y no diría nada más. Estaba convencida de que la mente humana era capaz de idear cosas imprevisibles, aunque debía pasar el tiempo, seguramente mucho tiempo, y sus predicciones se cumplirían. Lo peor era ser mujer. A una mujer no se le tenían en cuenta las opiniones. Ella se rebelaba, no podía consentir no ser como los hombres. Ellos discutían de política, hablaban en público, elegían a sus parejas, entraban y salían solos. ¿Por qué en las mujeres lo mismo no era lícito? Había oído que, en los años de la Revolución de Francia, los hombres se igualaron a las mujeres y que había salones literarios que dirigían las damas. No sabía casi nada de aquella época, cuando preguntaba a los mayores le contestaban con subterfugios y se quedaba con las ganas de saber. Eso quería ella, saber.

Los días que permanecieron en Barcelona no dejó de pensar en Miguel. Deseaba regresar para tener noticias, se había enamorado locamente y estaba segura de que él le correspondía.


Calle de la Almudaina

Teresa Ordinas Montojo

13

Con el siglo habían cambiado los ideales de la juventud.

Miguel Alemany tenía una cita importante en Madrid. Había quedado con Luis Martínez de Hervás, que, aunque solo tuviera diecisiete años, estaba muy bien relacionado con su primo José y con otros afrancesados y constituiría un apoyo crucial en las reuniones que se celebraban a espaldas de Godoy. Acababa de ingresar en el ejército y deseaba formar parte del complot que se preparaba para conseguir la abdicación de Carlos IV, echar a su valido y nombrar al príncipe don Fernando, del que se esperaba que llevaría al país a la regeneración y la prosperidad. Había fundado el partido fernandino la princesa de Asturias en las cámaras reales, junto con altas personalidades de la Corte. Le prometió presentarle a los integrantes.

La hora convenida se había fijado a las nueve de la noche en la taberna del Ángel, en el pasaje de las Tabernillas. Las calles se hallaban apenas transitadas, la mala iluminación favorecía a los embozados para no ser reconocidos. Tras recorrer un trecho corto, divisó la puerta pintada de rojo y púrpura y entró. En un rincón, alrededor de varias mesas redondas de nogal, distinguió a varios de los conjurados: al duque del Infantado, al marqués de Ayerbe y al conde del Montijo sentados en un banco corrido. A otros no los había visto nunca, todos hablaban en voz baja. Saludó y tomó asiento en uno de los taburetes. Poco después, apareció Luis Martínez de Hervás con su flamante uniforme. Miguel hizo las presentaciones; todos le miraron desconfiados, era demasiado joven.

—No tengan miedo. A pesar de ser un muchacho, posee una gran madurez y, sobre todo, tiene fácil comunicarse con Napoleón.

Más tarde entró el canónigo Escóiquiz, uno de los cabecillas y persona muy allegada al príncipe, cubierto hasta las orejas. Hizo una señal como saludo, se quitó el sombrero y retiró levemente la capa. Montijo le ofreció un sitio en el centro mientras los demás guardaron silencio.

—Hemos redactado unos pliegos para enviárselos directamente a Napoleón —decía Infantado—. Tengo entendido que hay alguien aquí que puede entregarlos en mano.

Luis respondió.

—Yo mismo. Mi primo José está a punto de venir a Madrid, su hermana está casada con el general de brigada Duroc, mano derecha del cónsul.

Se volvieron hacia el joven y asintieron, convinieron en que ni Godoy ni sus partidarios sospecharían de él.

—Es necesario librarnos de don Manuel, de la reina y de don Carlos IV. El país no puede seguir costeando los privilegios del valido y el único que puede ayudarnos es Bonaparte —aseguró el conde.

Escóiquiz, que había estado callado hasta ese momento, saltó.

—Señores, lo que acabo de oír es una barbaridad. No podemos vendernos a Francia. Buscaremos otra manera de obligar a abdicar al rey. Propongo negociar con Inglaterra, ya saben que la princesa de Asturias, doña María Antonia, odia al cónsul y que es la principal impulsora de esta conspiración. Me parece que la persona más indicada sería el marqués de Ayerbe a través del embajador de Nápoles.

—Olvidáis que la corona tiene un pacto de amistad con Francia. —Hervás temía que se tambaleasen sus buenas relaciones con Beauharnais, el hijo de Josefina.

—Si estáis pensando en el nuevo embajador francés, no habrá que preocuparse. Ninguno de nosotros estará dispuesto a romper abiertamente con Napoleón. Mantengamos la doble diplomacia y saquemos en nuestro provecho lo que más nos convenga —sentenció Escóiquz.

Luego se incorporó y salió tan rápido como había llegado. El resto de los confabulados alargaron la velada hasta altas horas de la noche, concretaron algunos puntos y después se dispersaron mirando si alguien les seguía, ya que todas las precauciones eran pocas.

Miguel y Luis salieron juntos.

—¿Dónde te hospedas?

—En la posada del León de Oro, no lejos de aquí.

—Te invito a casa de mi primo Manuel, no tendrá inconveniente en recibir a un amigo mío.

—Como quieras. Iré si no es ninguna molestia.

—Te aseguro que no, donde haya un Martínez de Hervás siempre habrá cama y comida.

—Te lo agradezco. La posada es limpia, pero bastante incómoda.

Al día siguiente, don Manuel Pérez de la Vega Martínez de Hervás comunicó a su primo que había recibido una invitación de palacio para acudir al sarao que se celebraba con motivo de la victoria española contra Portugal en la Guerra de las Naranjas y, asimismo, por el nombramiento de Godoy como Generalísimo. Acudirían también Eugène de Beauharnais, el hijo adoptivo de Napoleón, y un grupo de oficiales de un escuadrón de húsares franceses.

Manuel era hijo de don Manuel Pérez de la Vega y de doña María Concepción Martínez de Hervás, una de las hermanas de don Luis. Tenía buenos contactos en la Corte y le dijo que hablaría con el jefe de protocolo y con el ministro don Luis de Urquijo, al que le unía una gran amistad, para que cursase dos invitaciones más para ellos.

Los salones del palacio real abrieron sus puertas a la sociedad más selecta de Madrid, a los cargos del Gobierno y a las autoridades. Al lado de los reyes, Godoy, los príncipes de Asturias, las infantas y los infantes presidían desde el trono. Los oficiales de los dragones de la reina, con su uniforme verde oscuro y rojo, competían en colorido y elegancia con los de Napoleón.

Con el vizconde de Beauharnais iba el joven José Martínez de Hervás, que había llegado como plenipotenciario entre los dos países. Luis se acercó a saludar a su primo. Luego le presentó a Miguel Alemany. Hablaron del buen entendimiento de España y Bonaparte y, después, de mujeres.

—¿Os habéis fijado en aquella damisela morena que conversa con el duque del Infantado? Ya me habían dicho que aquí las damas son muy hermosas.

Luis asintió, pero Miguel había puesto los ojos en una francesita rubia y pálida, de belleza deslumbrante, que le miraba con disimulo.

—Me vais a perdonar, acabo de ver a la dama que ocupará mis pensamientos de aquí en adelante y no desearía que otro más avispado que yo me la quitara.

Se dirigió hacia ella dejando a sus contertulios sin tiempo para responder. Iba vestido con el uniforme de gala de infantería, su distinción y elegancia llamaban la atención, él lo sabía. Utilizó sus mejores argumentos para convencerla.

—Mademoiselle, accorde-moi cette danse ?

—Je ne sais quoi dire. Vous vous appelez comment, monsieur… ?

—Miguel. Et vous?

—Madelaine.

Charlaron un rato en francés, idioma que Miguel dominaba. Luego bailaron toda la noche. Se había enamorado de la muchacha de ojos claros y cuello de cisne, al despedirse le preguntó dónde y cuándo podía volver a verla.

—Je vais demain à Paris, je serai de retour dans un mois.

—Pourrais je demander votre adresse ?

—Eugène de Beauharnais vous la donnera.

Solo le quedaba saber su dirección, preguntaría al vizconde, la escribiría. Desde aquel instante sus sentimientos serían únicamente para ella.

Después de la recepción, se puso en contacto con Beauharneais a través de José Hervás para conocer los datos de la damisela.

—Será mejor que la olvide, es una dama comprometida —le respondió.

José quiso mostrarse amable, debía regresar al día siguiente y le prometió que haría lo imposible para que le escribiera.

Miguel permaneció en Madrid un tiempo mientras esperaba su siguiente nombramiento. Con Luis iban por las tardes a las tertulias de la condesa de Jaruco, una criolla, sobrina del general O’Farril. Allí se conversaba sobre literatura y se comentaban los chismes de palacio.

—Dicen que la reina le hace la vida imposible a su nuera. A pesar de ser su sobrina, no le permite leer y tiene que esconder los libros para que no se los quite por pecaminosos —observó una damisela de dieciocho recién cumplidos.

—Para pecaminosa ella que se acuesta todos los días con Godoy. Siempre está embarazada. ¿De quién son los hijos sino del valido? —respondió otra de las invitadas.

—¿Conocéis lo último? —quien decía esto era una dama de Corte de doña María Luisa—. Lo sé de buena tinta. El rey ha hojeado uno de los libros, encuadernado en papel rústico azul. El título es Les folies de ces tems: An neuvième de la République, impreso en París. La reina lo ha mandado quemar, le parecía malo por una lámina que ha visto. Me lo han dicho las Dehier, las dos mozas de retrete que vinieron de Nápoles con la princesa. Creo que las mandan a Italia a pesar de los ruegos de doña María Antonia. Ahora está rodeada de enemigos, como dice ella.

Por las noches, Miguel y Luis iban a la taberna de Ángel y se reunían con los conspiradores. Alguien a escondidas traía recados de los príncipes de Asturias. Hablaban de fijar la fecha para coger por sorpresa a don Carlos y hacerle abdicar de la corona en favor de don Fernando. Lo harían en El Escorial aprovechando una de las estancias de los reyes. Debían tener todo dispuesto para que no hubiera fallos.

Miguel consiguió la dirección en París de Madelaine, supo que era hija de un general del cónsul de Francia. Le escribió una carta declarando su amor y escogiendo las palabras precisas; sin alabarla demasiado, la galanteaba como la mujer maravillosa que le rompía el corazón.

Tardó un mes en responder. Le avisó de su llegada a la villa la siguiente semana. Para entonces él había ocupado ya su puesto en el regimiento de Palma. En la postdata le decía que estaría encantada de volver a verle, aunque se había casado, la habían casado con un barón.

Miguel contestó dándole la enhorabuena. No volvió a Madrid, no quiso verla, aguantó su desengaño y para distraerse se dedicó a frecuentar a damas de alterne.

Lo que no supo nunca era que ella lloró desconsoladamente y se tragó las lágrimas el día de su boda.

Tenía destino en el regimiento de Infantería de Mallorca con el grado de subteniente. La mañana en que llegó a su casa, madó Francina, el ama, le saludó con respeto.

—Señorito, qué alegría verle, le echábamos de menos.

Miguel la cogió en volandas mientras ella gritaba.

—Por Dios, ¿está loco? ¿Qué va a decir la señora?

—Francina, la señora no va a decir nada —dijo soltándola—. Dame un abrazo y tutéame como siempre lo has hecho. Y ahora dime dónde están mi madre y mis hermanos.

—Como quieras, Miguel, pero solo te hablaré con esta confianza cuando estemos solos. Doña Magdalena está en misa de doce con tu hermana. El señorito Jerónimo ha salido.

—Bien, entonces les esperaré para el almuerzo.

La comida transcurrió guardando la etiqueta y la formalidad a la que les obligaba Pedro Jerónimo, el hermano mayor. Desde que había heredado la primogenitura, continuó con las costumbres austeras de su padre que los demás no compartían. Apenas le preguntó por sus correrías en Madrid, como él llamaba a los desplazamientos que hacía de tanto en tanto. Hablaron algo de su plaza en el regimiento y de las posibilidades de ascenso, después se retiró a la biblioteca. Doña Magdalena y los otros hijos se reunieron en su saloncito privado.

—Miguel, cuéntanos, ¿qué tal en la villa? ¿Has conocido a mucha gente?

—Sí, hermanita, he conocido a personas importantes y he acudido a un baile en palacio.

A Magdalena se le abrían los ojos hasta agrandarlos al límite. Tenía diecisiete años y no deseaba otra cosa que hacer vida social. Miguel les explicó con detalles la fiesta Real, sus salidas con amigos, las representaciones de teatro y lo que se murmuraba sobre la princesa de Asturias. Solo omitió los encuentros clandestinos y el complot que preparaban.

A media tarde se dirigió al domicilio de su tío Miguel. Antoni, el mayordomo, le hizo pasar a su despacho. Le encontró algo abatido, tapado con una manta frente a la chimenea.

—Qué contento estoy de verte. —Hizo ademán de incorporarse y Miguel se lo impidió.

—No se levante, tío, veo que no se encuentra muy bien.

—No es nada, son achaques de viejo. Estoy a punto de cumplir los cincuenta y mis huesos lo notan. Siéntate y cuéntame las nuevas de Madrid.

Miguel le puso al día sobre la conspiración y la doble diplomacia con Inglaterra y Francia.

—Estamos en unos momentos muy malos, hacen falta buenos dirigentes y mentes especialmente claras. Temo que no tengamos nada de eso. La ambición de unos pocos nos hace mucho daño. Confío en que los jóvenes saquéis al país del agujero en el que estamos metidos.

—Luchamos por lo que creemos, tío.

Charlaron hasta el anochecer. Miguel se despidió.

—Ven a verme de cuando en cuando, tu compañía es la mejor medicina.

El año terminaba. Miguel se veía en las tabernas con el hermano de Isabel, Joaquín de Verger, con Cristóbal Montoliu y con Vicente de San Carlos. Joaquín era militar como él, con ideas muy diferentes. Se aferraba a su doctrina conservadora fijada al Antiguo Régimen. Era difícil mantener una conversación sin acabar discutiendo acaloradamente.

El día veinticuatro de diciembre fue a la misa de Maitines en la catedral. A la salida se encontró con Ramón Martínez de Hervás y su familia. Margarita se sobresaltó. Hacía tres meses que se conocieron en Barcelona, que no se separaron durante aquel baile y no había tenido noticias de él.

—No sabía que estuviera por aquí. ¿Hace mucho que ha venido?

—Llevo un mes, disculpe si no la he avisado, mis obligaciones no me lo han permitido.

Margarita estaba turbada. Ella no había dejado de pensar en él y ahora que lo tenía tan cerca no lo dejaría escapar.

—Puede venir a visitarnos cuando quiera, estaremos encantados.

Catalina María le dio un pisotón, le parecía una insolencia invitar a un joven sin el consentimiento del padre.

Don Luis le echó un cable a su hija.

—Nuestra casa estará abierta siempre que lo desee.

—Gracias, tiene usted unas hijas preciosas, aunque la pequeña las va a ganar a todas.

—La pequeña se llama Mariquita, no me ha preguntado mi nombre y yo se lo digo.

Soltaron la carcajada todos, menos Margarita.

—Creo que has metido la pata.

—¿Por qué? ¿Por decir cómo me llamo?

—Eres encantadora. No cambies nunca, Mariquita.

Miguel se marchó divertido, le gustaba esa familia; lo que no entendía era la actitud de Margarita. Parecía que le reprochaba algo.

1803

Acababa de empezar el nuevo año. Margarita había ido a visitar a su amiga Isabel de Verger. Desde que vio a Miguel en Nochebuena apenas dormía. Su frialdad estaba a punto de volverla loca. Había esperado las cartas que nunca llegaron, ni siquiera había aparecido por su casa ni por cortesía. Siempre pensó que se había enamorado de ella cuando le dijo que no le olvidara y que se volverían a ver.

Intentó no desanimarse. Se consolaba diciéndose que estaría muy ocupado, cualquier día recibiría sus noticias. De momento Isabel era la persona que podía darle información a través de su hermano Joaquín.

—¡Qué bien, Margarita! Hacía tiempo que no nos veíamos. —Le dio un beso antes de ofrecerle asiento—. Tenemos mucho que hablar.

—¿Hablar de qué?

—De Madrid —lo dijo con sorna, observando la reacción de su amiga, que se había puesto roja.

—Madrid no me interesa, prefiero que me informes sobre las comidillas de aquí, y tú no te pierdes ni una.

—Joaquín llegó a Palma hace un mes con Miguel —comentó como si no la hubiera oído—. ¿No lo sabías? Estuvo en casa anteayer contándonos todas sus correrías por la Villa.

—Sí, lo sabía, lo vi en la misa del Gallo.

—Entonces te habrá dicho que iba detrás de una joven francesa que conoció en palacio, una belleza.

Margarita se mordió los labios, no dejaría que la humillara. Tenía un pronto ágil y respondió:

—A mí me da igual lo que haga o deje de hacer, a la que le importa es a ti. Vi cómo le mirabas el día del baile en Barcelona y sabes que jamás te hará caso.

—Lo de la francesa ha sido una nube pasajera. Tienes razón, a mí me importa y puedes estar segura de que lo voy a conquistar. Sé que no va a visitarte y si viene aquí es por mi hermano, pero yo sé que el roce y la rutina de vernos a menudo se convertirá en noviazgo.

Era más de lo que podía oír y, a pesar de su cinismo, disimuló. Se encogió de hombros y cambió el tema de la conversación. Isabel criticó a las jóvenes mallorquinas que imitaban a las forasteras en los escotes al uso de la Península.

—Es obsceno. Nos están metiendo sus modas pecaminosas y pretenden terminar con nuestras tradiciones. No lo digo por ti, solo tu padre es de fuera, tu madre y vosotros habéis nacido en la isla, gracias a Dios.

Margarita quería contestar y no le salían las palabras. Isabel continuó.

—El miércoles próximo tenemos visita en casa de Magdalena Berga. Iremos unas cuantas amigas, me encargó que te avisara.

—De acuerdo, creo que iré. Ahora tengo que marcharme. Cristóbal, el cochero, me espera en la puerta.

Isabel se incorporó.

—No faltes.

—Adiós.

El cochero la ayudó a subir y el carruaje trotó a paso lento por las calles empedradas. A Margarita se le deslizaban las lágrimas por el rostro.

Cuando llegaron a la calle del Sol, el coche entró en el patio. Cristóbal hizo parar a los dos caballos y se bajó del pescante para ayudarla.

—¿Qué le pasa, señorita? Ya sé que no debo inmiscuirme en sus asuntos. Si me lo permite, le aconsejo que no llore. Es demasiado hermosa para estar triste.

Por primera vez lo miró a la cara. Tenía los rasgos pronunciados y varoniles, los ojos grandes azul verdoso; era alto, proporcionado, todo su porte revelaba al de un señor. Se preguntaba de dónde venía. Sin duda era mallorquín, de algún pueblo, aunque su acento y su habla le parecían de ciudad.

—Gracias, se me pasará, no tiene importancia.

Habían transcurrido varios meses. No había vuelto a saber nada de Miguel, tampoco daba muestras de querer presentarse en su casa. No le bastaba que Ramón le viera a veces, lo que deseaba era que mostrara algo de interés por ella y, al no lograrlo, se iba desengañando poco a poco. Se distraía reuniéndose algunas tardes con Tonina o con Isabel, que no le parecía buena amiga porque era envidiosa y disfrutaba de hacer daño. Sin embargo, necesitaba hablar de lo que fuera y enterarse de si conquistaba a Miguel, como le había manifestado. Siempre había perseguido a Juan Berga y persistió después de su matrimonio; ahora su trofeo tenía que ser Alemany, justamente cuando a ella le gustaba.

En casa de Tonina se reunían a merendar algunas jóvenes amigas pertenecientes a la nobleza; solían ir acompañadas por solteronas que hacían de carabinas. Todas mantenían sus costumbres tradicionales tan profundas como si se las hubieran esculpido en el momento de nacer. Solo entendían la educación del qué dirán. Su comportamiento obedecía a una moral engañosa y criticaban a las mujeres modernas que se saltaban los códigos de esa sociedad suya provinciana, porque no eran capaces de ser como ellas ni de vencer los escrúpulos de conciencia que les ocasionaría intentarlo.

Eran isleñas del Antiguo Régimen que creían al pie de la letra lo que les enseñaban los padres y el confesor espiritual. Aseguraban que solo conseguirían la salvación eterna si vestían con la modestia del traje de payesa y compensaban la uniformidad de los vestidos adornándolos con alhajas que, al menos, indicaban la riqueza y el estatus social. Todas rivalizaban en los botones-joya del corpiño, el collar-cordoncillo de oro macizo, los rebocillos de seda labrada y los abanicos de encaje.

Margarita no era capaz de ser d’aquest estil9, que odiaba; vestía a la moda de París sin importarle sus sonrisas maliciosas que disimulaban bajo el abanico. Se sabía censurada por las damiselas que se pasaban las horas en la iglesia confesándose de sus pecados o, como pensaba, enumerando las conductas pecaminosas de las mujeres que consideraban impúdicas. No comprendían que, simplemente, se estaban incorporando a la llegada de los nuevos tiempos.

Cristóbal, el cochero, la acompañaba y la recogía al anochecer. Se había habituado a darle la mano para bajar del carruaje. Un día se la apretó con fuerza y ella sintió un escalofrío. Aquello no podía volver a ocurrir, aunque sentía placer al recordarlo.

Terminaba mayo. Doña Margarita se había retirado a su gabinete. Echaba de menos a su marido, que compaginaba su puesto en Lérida con la familia. Alternaba unos meses en cada ciudad. Temía que tanto viaje acabara con su salud. Los caminos eran peligrosos y las travesías por mar también. Su alegría era ver cómo los hijos se iban situando, no se podía quejar. Ramón acababa de recoger su nombramiento como oficial de Correos con destino en Palma y su sobrino Manuel ya le había arreglado los papeles de nobleza desde Madrid. Estaba en disposición de ejercer su flamante empleo. Su hijo Luis era alférez del regimiento de Infantería. Estaba protegido por su cuñado José Martínez de Hervás, recién nombrado cónsul en París y embajador interino. Las relaciones que mantenía con la familia real, igual que con Napoleón, eran inmejorables, dos frentes antagónicos que podían serle útiles.

Quedaban las hijas casaderas. Catalina María había iniciado relaciones con el capitán del ejército Juan Rosselló Basa. No le preocupaba; Margarita sí, era impulsiva y cabezota. Su rebeldía le podría traer malas consecuencias. La sobrina Teresa y Mariquita aún eran niñas. Se acercó al ventanal. Pronto comenzaría el mes de junio, el sol abrasaba por las calles, tenía que pensar en el veraneo en Valldemosa, donde se respiraba el aire fresco de la Tramuntana. Mandaría a las jóvenes con madó María y con Cristóbal para que prepararan la casa. Ella iría con el resto de los criados cuando llegara Luis.

Mientras tanto, Ramón se reunía por las mañanas en la plaza de Cort con algunos conocidos. Casi siempre estaban Ernesto Casarioga, Ignacio Puigmajor y Enrique Santandreu. Las conversaciones normalmente acababan en discusión. Tenían opiniones encontradas. El peor era Casarioga, criticaba la Sociedad de Amigos del País como una lacra que se inyectaba en España y que había que exterminar.

Aquel día, Ramón no pudo más y se despidió antes de que la sangre le llegara a la cabeza. Se apasionaba enseguida, prefería serenarse dando un paseo antes de la hora de la comida. Llegó hasta la puerta del Mar. Allí casi tropezó con Miguel Alemany.

—¿Tú también te apartas de la gente?

—Bueno, hago tiempo. De tanto en cuando no va mal meditar a solas. Pienso mucho en lo que me dice mi tío. Ha visitado a Jovellanos, le da una gran tristeza que un hombre de su inteligencia esté confinado en el Castillo. Sus ideas son innovadoras y ha hecho una labor encomiable por el país. ¿De qué se le acusa? De criticar al alto clero y a la nobleza. Siempre se anteponen los intereses y la política al bienestar del hombre. Se lo han llevado a Bellver escoltado por un regimiento de dragones, como si se fuera escapar. Le custodian dos centinelas día y noche sin darle siquiera papel y lápiz. Solo le permiten ver a su criado y hablar con su confesor únicamente de temas de conciencia. —Se quedó pensativo y continuó—. Tengo fe en las sociedades secretas. Desde ellas se puede luchar sin que te encarcelen. Las logias empiezan a proliferar. En Francia se ha fundado la de Josefina.

—He oído que le dejan tomar baños de mar acompañado por el gobernador de la fortaleza —Ramón volvía a incidir en Jovellanos.

—Parece que aquí se le tiene compasión. Está muy enfermo, no sé si resistirá el cautiverio.

—La única esperanza que nos queda es echar a los reyes y a su valido o hacerles abdicar.

—Por eso confío en las reuniones clandestinas, ahí está nuestro poder. Todo llegará.

Los dos amigos continuaron su charla un buen rato. Habían llegado ante la catedral casi al nivel de la muralla. El mar mimetizaba el azul del cielo, la vista era hermosísima. Permanecieron callados contemplando las aguas tranquilas, el sol ardía.

Cuando Miguel se marchó, a Ramón se le abrió el horizonte. Menos mal que había hombres que tenían las ideas claras.

14

El carruaje partió de madrugada hacia Valldemosa. Era importante salir con el fresco de la mañana para aliviar en lo posible las horas más calurosas del mediodía. A la una pararon y se acomodaron bajo una higuera frondosa. Madó María sacó la cesta con las viandas, extendió un mantel sobre el suelo y se dispusieron a comer pan moreno con sobrasada, queso mahonés, butifarrones, peras y nueces. Bebieron agua del pequeño cántaro y luego descansaron.

—Los higos aún están verdes. Si no, podríamos cogerlos.

—Ya madurarán, Mariquita. En el predio hay muchos.

—Lo sé, es que ahora me apetecían.

—Bueno, pues te conformas con lo que hay.

Madó María lanzó una mirada de reproche a Margarita, su contestación había sido bastante brusca. La conocía desde que nació, siempre había demostrado un carácter difícil. Al no estar ni su madre ni el señorito Ramón, ella era ahora la responsable de su comportamiento.

—De acuerdo, Dida, no era mi intención discutir con mi hermana, solo estoy algo nerviosa.

—Mejor será que nos pongamos en marcha otra vez —respondió.

Cristóbal había permanecido apartado todo el tiempo. A veces cruzaba miradas con Margarita, ella bajaba los ojos ruborizada.

Era noche cerrada cuando pasaban de largo el pueblo y alcanzaban la finca, a pocas leguas. Salieron a recibirles los amos, un matrimonio que se cuidaba de la posesión y de la casa solar. Las habitaciones estaban preparadas con dos camas. Las dos mayores dormían en la zona central y Teresa y Concepción en la izquierda. El ala derecha se destinaba a los padres.

Margarita abrió las persianas de madera recién pintadas de color verde; la fachada encalada tenía un aspecto nuevo, de estreno, y contrastaba con los olivos y los algarrobos que la rodeaban y le daban un aspecto antiguo. Lejos, las espigas doradas; cerca, el sendero que conducía hasta la verja de entrada con los macetones de hojas de albahaca y de geranios. «Era igual que estar dentro de un cuadro de Watteau», pensó. Suspiró de felicidad. El campo se veía inmenso. En el cielo la luna redonda mostraba su sonrisa llena.

—¡Qué maravilla, Catalina! Me encanta el olor de la tierra y de los árboles. Aquí nadie nos puede criticar, lejos de la ciudad. Podemos hacer lo que queramos.

—No, no se puede hacer lo que uno quiera solo porque la gente no lo ve. Hay ciertas normas que están por encima de los ojos de los demás.

—Bueno, serán las tuyas. Aquí me veo libre, tú estás atada a tu novio. Yo, en cambio, siento que el espacio y el tiempo son míos, soy la dueña de mis actos y de mis pensamientos y nadie me los va a cortar.

—Estás loca, siempre soñando. Anda, vamos a la cama.

Al día siguiente pasearon por el pueblecito de casas blancas y calles estrechas. En el convento de los cartujos seguían recordando la estancia de Jovellanos, decían que era un buen hombre, aunque por encima de esa circunstancia estaba el evento más importante, del que no paraban de hablar. Era la beatificación de Catalina Thomás, la monja canonesa del convento de Santa Magdalena de Palma que nació allí hacía dos siglos. Todos estaban orgullosos de que esa mujer extraordinaria fuera valldemosina; haber nacido en el mismo lugar les creaba un vínculo de identidad, como si sus milagros formaran parte de ellos mismos. Durante los festejos de 1798 habían acudido a la ciudad gentes de toda la isla y todavía se comentaba que jamás se habían visto tantos oficios religiosos, ni tantas luminarias por las calles, ni tal profusión de escenas de su vida pintadas colgadas de los balcones principales.

El mes de julio las hermanas disfrutaron de la paz que se respiraba en el campo. Recorrían los caminos, hablaban con los aparceros y les solían llevar la comida en unas marmitas. El sol hervía y caía a plomo a pesar de la brisa del mar y de la corriente fría de las montañas. Los peones lo agradecían y comentaban que las hijas de don Luis eran especiales y encantadoras.

Margarita solía caminar sola, tenía necesidad de libertad, de no depender de nadie. Cómo le hubiera gustado ser un hombre para no dar cuentas de su comportamiento. Algún día las mujeres serían iguales a ellos. Estas ideas rondaban y volvían a su cabeza desde que se sintió mujer, desde que presenció la subida del globo en Barcelona. Mientras nos gobernaran los reyes en España, nunca llegarían las premisas de la Revolución como ocurrió en Francia, y no se consideraría a las mujeres con los mismos derechos que los hombres. Era cierto que ahora habían dado un paso atrás y consideraba que eso todavía estaba por llegar. ¿Por qué si actuaban como ellos se las consideraba de mala vida y las censuraban? No le cabía ninguna explicación.

Una tarde se encontró con Cristóbal, el cochero, iba sin rumbo, y la vio por casualidad.

—¿Me permite acompañarla, señorita?

Era una pregunta insolente en un criado. Sin embargo, no le importaba, seguramente los que se creían superiores por su rango no hubieran permitido ese atrevimiento. Ella se sentía halagada.

—Podéis pasear conmigo, si es lo que deseáis.

—No crea que quiero faltarle al respeto, sino que la tarde es muy hermosa y a lo mejor le apetece charlar con alguien.

Seguía siendo inaudita la audacia del cochero. Decidió que ella lo sería más y respondió.

—Me hacéis un favor, compartir la belleza con alguien es un placer. Desde aquí la puesta de sol es una hoguera de líneas asimétricas que se mueven en el horizonte. No creo que en toda la isla se vea otra igual.

A partir de entonces las caminatas juntos se convirtieron en una práctica casi diaria. Hablaban principalmente de la naturaleza y del esplendor del paisaje. Un día Margarita le preguntó si sabía leer y escribir.

—Sí, señorita, me enseñó el cura del pueblo cuando era niño.

—¿De qué pueblo sois?

—Soy de Santa María, pero he vivido en Castellón. Mi madre murió cuando yo nací y mi padre trabajaba en la posesión del señor marqués de Binimuslín. El cura, don Cristóbal, me llevó con él a la Península y me educó en el conocimiento de las letras y de otras materias. Me enseñó dónde están los países del mundo y a conocer las estrellas, además me compraba libros.

Margarita no daba crédito, o sí. Empezaba a entender que se sintiera atraída por un criado con poses de señor.

—Si estabais en Castellón, ¿por qué habéis venido a Mallorca?

—Don Cristóbal falleció, entonces vine a ver a mi padre y apenas me hizo caso. Nunca sintió apego por mí. Ya ve, he acabado de cochero en su casa.

Así transcurrió todo el mes de julio. Cada día que pasaba, ella notaba una excitación inexplicable, no estaba segura de si hacía bien o mal dándole conversación y paseando con él; se estaba adentrando en un laberinto que le conducía hacia el abismo o, quién sabe, hacia la felicidad.

Fue Mariquita quien propuso la excursión.

—Dida, di que sí, podríamos acercarnos hasta Deyá.

—No sé, el trayecto es algo peligroso, solo hay un sendero que serpentea junto al precipicio.

—No importa, Cristóbal maneja muy bien los caballos.

—En todo caso, pediríamos unos burros. Sacar el coche es imposible, hay tramos casi inexpugnables hasta para una carreta.

—¡Bien!, gracias, Dida. ¿Vendrás con nosotras?

—¿Yo montada en un borrico? Ni hablar, no estoy para esos trotes. Iréis con el cochero y con un guía que conoce el terreno.

Organizaron la marcha para el lunes siguiente. Salieron muy temprano con el fin de aprovechar al máximo las horas de luz. Era mediados de julio y anochecía muy tarde. Uno de los asnos cargaba con las cestas de la comida y el agua. Los demás iban montados a horcajadas; según dijo el capataz sería más seguro, teniendo en cuenta que todo el camino era un pedregal, con curvas, subidas y bajadas.

Al mediodía llegaron a una explanada de encinas y decidieron quedarse hasta la hora del regreso. Dejaron atrás el Pla del Pouet, el Coll de son Gallard y el castillo del Moro, una de las muchas torres de vigía que se alzaban en los montículos estratégicos desde hacía varios siglos. El lugar constituía una exhibición natural de los elementos típicos del paisaje autóctono. Se habían aposentado en una altura desde donde divisaban la cala de Deyá al pie del acantilado y, a la derecha, la Foradada, un brazo rocoso, agujereado en un extremo, que se metía en el mar como si fuera un barco pirata destrozado por la erosión, un muelle natural para mirar a través la bravura de las olas.

—Ha sido cansado, aunque ha valido la pena. Nunca pensé que la vista fuera tan espectacular.

—Tú aún eres pequeña, yo vine una vez con padre.

—Bueno, Catalina, tuviste esa suerte, no creo que nos vuelva a acompañar; se marchó a Lérida y apenas lo vemos.

—No seas pesimista, seguramente vendrá pronto. El verano todavía es largo.

Después de comer se tumbaron bajo los árboles a descansar. Cristóbal no había dejado de mirar a Margarita. Se arrimó a su oído y le dijo.

—¿Vamos a curiosear por los alrededores?

Ella no dijo nada y obedeció. Se alejaron despacio comprobando que las hermanas se habían dormido. Él buscó un olivo corpulento de los que decían que eran milenarios, con las ramas casi tocando el suelo. Permanecieron de pie, uno frente a otro, el silencio les rodeaba, se tocaba. Sin darse cuenta sus cuerpos se juntaron; Cristóbal le pasó el brazo por el cuello y de forma espontánea comenzaron a besarse. Margarita cerró los ojos, estaba junto al hombre, hermoso, varonil y delicado. De repente, sintió que le amaba, no le cabía duda de que eso era el amor, la sensación de que en ese momento no le importaba nada más, sentirle, desearle y temblar a su lado.

—Échate conmigo, Cristóbal.

Se tumbaron, uno muy cerca del otro. Ella apoyó la cabeza en su pecho.

—Quisiera que el tiempo se parara y continuar indefinidamente en este sitio, así como estamos. Ámame, Cristóbal, me dan igual los prejuicios de la gente. Ya que no puedo aspirar a ser tu prometida, al menos, seré tu amante.

El cochero no respondió, comenzó a desnudarla y a abrazarla, luego ambos se enlazaron. Copularon enloquecidos hasta que Margarita tuvo miedo de que la vieran. Se vistieron sin decir nada y regresaron con pasos lentos para ralentizar y saborear los minutos antes de separarse. Cuando divisaron el encinar, él le dijo:

—Lo siento, señorita, mi intención no era forzarla.

—Sabes que te lo he pedido, lo único que deseo saber es si me quieres.

—Con toda el alma, aunque no sé si hago mal.

—No haces mal y, por favor, llámame Margarita.

—Sí, señorita, y a mí llámeme Tóbal.

—Primero tutéame, Tóbal.

—Lo haré, Margarita, pero solo cuando no haya nadie.

Continuaron caminando de la mano. Al llegar a donde estaban los demás, disimularon comentando que se habían asomado al escarpado, un poco más allá, para ver mejor la Foradada y lo hermosa que sería la vuelta.

Ninguna respondió, lo que les importaba en ese momento era no saber nada del guía; sin averiguar cómo, apareció salido de las sombras.

—Señoras, es hora de partir. No debemos dejar que nos sorprenda la oscuridad; por si acaso, voy preparado, llevo antorchas en las alforjas.

—Gracias, Damián —respondió Catalina—. Estáis en todo.

—Es mi obligación, señorita.

Entraban en la casa a las diez de la noche, cuando el último rayo del sol se escondía en el mar.

Empezaba agosto sin noticas de la madre. La vida continuaba apacible. Margarita y Cristóbal se veían en los paseos, aunque ahora se escondían bajo las espigas y allí se explayaban con la emoción del primer amor. A medida que pasaban los días, ella empezó a confiarse, nadie se daba cuenta de su relación.

Al cabo de una semana llegó un correo anunciando la llegada de don Luis y de doña Margarita. Las hermanas adornaron la entrada y la primera planta con los farolillos de colores que habían confeccionado en los ratos de menos calor. Querían festejar especialmente el regreso del padre. Ramón se quedó en Palma. Había estrenado su despacho de oficial de Correos; las noticias de Madrid eran continuas y contradictorias. Cuanto ocurría en el país, constituía motivos de preocupación y consideraba indispensable contrastarlas.

Los padres gozaron de un mes de tranquilidad y calma con las hijas y se marcharon a primeros de septiembre. Ellas alargaron el veraneo hasta comenzar octubre. Todo siguió igual hasta la vuelta a la ciudad.

Don Luis regresó a Lérida con su mujer. Quería asegurarse de que le atendían debidamente y de que estaba bien instalado. Nunca le acompañaba y, al fin, se había decidido, sabía que en la casa todo marchaba bien y que no era imprescindible su presencia.

Una vez en Palma, Margarita reaccionó de golpe, apresurada, como solían ser sus prontos. Lo suyo con Tóbal había sido una locura, debía cortar el trato con él antes de que se enteraran los demás. Ahora sería difícil verse y, por otro lado, ¡qué diría la gente! Solo tenía dieciséis años. Con estos pensamientos se revolvía en la cama, luchaban sus dos personalidades. La insensata le decía que estaba enamorada, que jamás le importó que murmurasen de ella. La sensata le ponía en guardia, no debía arriesgarse a buscar su desgracia. Decidió que hablaría con él.

Aprovechó una invitación de Isabel de Verger para pedirle que la llevara en el coche.

—Lo que te voy a decir es muy duro. No lo interpretes mal, Tóbal, sabes que te quiero y que he sido feliz contigo. —Hizo una pausa y continuó—. Es mejor que lo dejemos, soy demasiado joven, menor de edad, no puedo enfrentarme a los míos.

—Lo suponía, señorita, no debiéramos haber empezado, era concebir un imposible.

—No me llames señorita, así quedamos. Esperaremos unos años. Si aún seguimos queriéndonos, te prometo que no renunciaré al amor.

Después de esta conversación, el tratamiento volvió a ser el de señora y criado, aunque a veces no podían evitar las miradas cómplices y enamoradas.

15

1804

El año transcurría con la rutina de siempre. Los padres habían regresado en diciembre para pasar las navidades con los hijos. Al empezar enero, don Luis volvió a marcharse. Ramón, en su despacho, leía las noticias de Madrid. El bando de los afrancesados crecía con el desencanto de los manejos de Godoy y de la reina doña María Luisa. Hacía tres años que don Manuel había firmado con Napoleón el segundo Tratado de San Ildefonso en el que España declaraba la guerra a Portugal. Entonces, con la victoria, mandó a los reyes un ramo de naranjas. El pueblo le llamó la Guerra de las naranjas. Esto provocó que Inglaterra rompiera sus relaciones diplomáticas, ahora estaban en manos de Bonaparte.

Los ilustrados y los Amigos del País, aunque no se fiaban de él, simpatizaban con la constitución francesa, que restablecía el sufragio universal y, aunque recortado por la oligarquía termidoriana, había implantado la igualdad jurídica y el mercado único interior. Les gustaba la libertad de culto y de religión que recogía esa constitución. Debían elaborarla igual en España; la reforma agraria propuesta por Jovellanos y las mejoras sociales eran un primer paso.

En la sección de sociedad, se hablaba de la insoportable convivencia de la princesa de Asturias con su suegra, la reina. Era extraño que no se quedara encinta, los artículos comentaban que el príncipe no cohabitaba con ella, que era profundamente desgraciada, que era inculto, no leía y no hacía nada. Doña María Antonia se refugiaba en el palacio de Aranjuez. Había encontrado en la biblioteca algunos libros procedentes de Valençay que llevaron allí los ilustrados del siglo XVIII. La reina, con la excusa de que tenían estampas eróticas, se los había escondido. Se escribían muchos detalles sobre la vida de los príncipes, a Ramón no le interesaban demasiado las comidillas de palacio. Cerró el semanario y salió a la calle.

Era la hora de la tertulia en la plaza de Cort. Estaba formado el corrillo de siempre. El tema era la predicación del fiscal general del Santo Oficio, don Miguel de Victorica, diácono en el convento de los padres dominicos. Lo hizo con manteo y sotana, no con sobrepelliz, como otras veces. El escándalo fue grande, era una anomalía litúrgica y un motivo de discusión. Un abate que no dejaba de ir a la moda, ni a los cafés, ni a las casas principales, no estaba exento de cumplir las normas y las costumbres, tal como se debía. Luego los comentarios derivaron en el pleito que no se acababa nunca sobre el entierro de don Martín Boneo. Había dejado escrito en su testamento que le enterrasen en la basílica de san Francisco y, contraviniendo su voluntad, lo llevaron al convento de los agustinos por ser caballero de la Orden de Santiago. El pleito continuaba, unos estaban a favor y otros en contra.

A Ramón le parecían chismes propios de comadres y se marchó. Había miles de asuntos importantes sobre la política y se perdía el tiempo en murmuraciones locales.

Cuando llegó a su casa, el mayordomo le informó de que la señora había tenido que salir con urgencia.

Doña Margarita subió al carruaje y ordenó al cochero que la llevara a la calle de San Felio. Le pidió que no se moviera hasta que no saliera de la casa. Entró en el portal, atravesó el patio, al pie de la balaustrada se leía un letrero escrito sobre la piedra que decía: «Subir o morir». Recordaba la antigua leyenda de su familia. Luego subió por la escalinata pulida. Después de hacer sonar la campanilla, le abrió un criado que la hizo pasar. Entró en un saloncito con muebles tapizados en color azul. En un sillón, frente a la chimenea, estaba su prima Isabel Frau, tapada con una manta. Hacía años que no la veía, la última vez fue en el funeral de su marido, Gabriel Sureda. La encontró desmejorada, se acercó y le dio un beso.

—Mi querida Isabel, ¿cómo estás?

—Ya ves, Margarita, bastante mal. Acerca la butaca y siéntate a mi lado.

Al mirarla más cerca, le impresionó su aspecto. Eran de la misma edad, de niñas se habían tratado mucho. Luego, cuando se casó con Gabriel, dejaron de verse. Le había dado muy mala vida, era un bestia que le pegaba. Los primeros años parecía buena persona, después empezó a beber y a salir con mujeres. Ella siempre estuvo en su casa, sin ir a ninguna parte. No habían tenido hijos, él le echaba la culpa. Había muerto hacía dos años y fue al sepelio por obligación. En realidad, se alegraba de su muerte.

—Dime, qué te pasa.

—Escúchame bien —dijo con un hilo de voz—. Tengo tisis, estoy desahuciada. Quiero dejar parte de mi fortuna a tu hija María Concepción.

—No digas eso. Llamaré al médico, puedes curarte.

—No, sé que voy a morir. Gabriel me dejó dolor y también un patrimonio que, unido al mío, suman mucho. Concepción es mi ahijada, no tengo a nadie a quien dejar mis bienes. Una parte será para las monjas reparadoras que me están cuidando.

—Yo vendré cada día, Isabel.

—No es necesario, ya te digo que se ocupan de mí.

—Bueno, pues te haré compañía.

—Eso sí te lo agradeceré. En cuanto a Mariquita, será su dote cuando se case.

—Eres muy buena, gracias.

—Gracias a ti que has sido mi mejor amiga.

Doña Isabel Frau empezó a toser, Margarita llamó a la monja que esperaba en una habitación contigua. La tapó con otra manta y le aplicó en el pecho la cataplasma que tenía preparada. Con el calor, se le calmaron los espasmos.

—Aguantará un rato —le dijo a la visita—. Si se queda un poco más, le hará bien. —Y se sentó en una silla baja detrás de la enferma.

Estuvo aún media hora charlando con ella. Luego le dio un beso y se despidió.

La señora de Hervás cumplió su palabra, la visitaba cada tarde. Al llegar la primavera empeoró. Murió en el mes de mayo; la acompañó hasta el último momento. No se arrepentía, había estado muy sola últimamente y sabía que fue profundamente desgraciada. Sintió que la había descuidado, aunque Gabriel, el marido, le tenía prohibido recibir a la familia. La recordaba alegre y soñadora cuando la casaron con dieciséis años con un botifarra cargado de dinero, lascivo y mujeriego. Al no darle el heredero que deseaba, se dedicó a divertirse a la manera de los hombres, buscando el placer en los prostíbulos.

Al día siguiente se ocupó de organizar la ceremonia fúnebre, el entierro y las misas. No le contó a nadie las últimas voluntades de su prima. Luis no estaba y los hijos ya se enterarían.

Pasaba el verano y el otoño. Las hermanas Hervás se iban haciendo mayores, sus vidas transcurrían bastante monótonas, entre paseos, visitas a las amistades, lecturas o labores. Echaban de menos al padre, que aparecía cuando menos lo esperaban. Entonces se transformaban. Era una persona alegre y locuaz que revolucionaba la casa, lo contrario que la madre, que solía mostrarse reservada y de pocas palabras.

Ramón continuaba yendo cada mañana a su despacho de la calle de las Carassas, al final de San Felio. Abría la correspondencia local y de la Península. La noticia relevante de aquel mes de noviembre era el embarazo de doña María Antonia. Por fin el príncipe había sido marido, tendrían un heredero. Luego abrió el cajón de su mesa y ordenó los diarios y semanarios de aquel año por fechas. Habían ocurrido acontecimientos relevantes. En mayo, el Senado le ofreció a Napoleón su nombramiento como emperador. En diciembre se esperaba su coronación en Nôtre Dame y a la vez el papa Pío VII celebraría la boda religiosa con Josefina de Beauharneais.

Un empleado llamó a la puerta y le entregó un sobre. Era carta de su primo José Martínez de Hervás, hijo del marqués de Almenara. Vivía con su padre y su hermano Pablo José en el hôtel Hervás de la calle Saint Florentin. Su hermana María Nieves se había casado en 1802 con el General Duroc, mano derecha de Napoleón. El marqués ejercía sus funciones como embajador en la capital de Francia y estaba al corriente de cuanto ocurría en la corte española. Le comunicaba que la princesa de Asturias acababa de abortar en fecha de veintidós de noviembre y que de resultas del parto se había quedado muy delicada. Tenía, además, una depresión muy fuerte motivada por la expulsión de las dos mozas de retrete napolitanas que se había traído al casarse. Las malas lenguas le echaban la culpa a la reina doña María Luisa, que extremaba su crueldad para hacerle daño.

Guardó los pliegos junto con los otros, juzgó que era necesario hacer un viaje a Madrid y reunirse con los miembros del partido fernandino. Estaba seguro de que la conspiración contra Godoy y los reyes seguía adelante. No se quedaría de brazos cruzados viendo cómo el país se estrellaba por la mala gestión y el abuso de poder del valido.

Ya en su casa habló con la madre de su proyecto.

—Me parece bien, hijo, solo te pido que esperes a que pasen las navidades. Tu padre vendrá a mediados de mes, su mayor deseo es veros, ya lo sabes.

—Lo sé, madre. Yo también lo deseo, además, quisiera que me ponga al día de la administración de Correos, para cuando ascienda.

—Aún te falta mucho tiempo, aunque todo llegará.

Continuaron charlando hasta la hora del almuerzo. Le encantaba hablar con su hijo mayor, le recordaba a su marido. Ahora que Luis no estaba, para ella era un apoyo, le daba seguridad y alegría. Su ingenio y buen humor los había heredado de él.

16

1805

Febrero

La boda de Catalina María con el capitán del ejército Juan Rosselló Basa fue el día tres. A don Luis le dieron permiso una semana a finales de enero. Llegó con el tiempo justo para ayudar en los preparativos. En la casa todos iban de cabeza, había que organizar el banquete, las listas de invitados, el traje de la novia y los vestidos de las hermanas y de la madre. Catalina permanecía tranquila, con su carácter afable, sin inmutarse por nada, no demostraba ninguna emoción y, si la tenía, no se le notaba. Guardaba para ella sus sentimientos, a nadie le importaba su vida íntima, lo que sentía, percibía o pensaba, era de su absoluta reserva.

—Te vas a casar y ni siquiera te pones nerviosa.

—¿Qué quieres, Margarita? ¿Que esté dando saltos?

—No sé, parece que no tienes sangre en las venas.

—¿Qué más da? Me voy a casar igual.

Margarita se encogió de hombros y se marchó. No la entendía, era como si perteneciese a otra familia. Lo mejor de la boda fue la aparición de su hermano Luis. Llevaban casi un año sin verle. Estaba guapísimo con su uniforme. Hablaba francés perfectamente; había estado en París varias veces en casa del tío José.

—No podéis imaginaros el lujo en el que vive. El palacio del Infantado o el hotel Hervás, como queráis llamarlo, es como el de la realeza. Conmigo se han volcado tanto el marqués como el primo José.

Las hermanas lo rodeaban, le hacían contar los chismes de la corte de la emperatriz, le preguntaban cómo era la moda y cómo vestían las damas.

Para doña Margarita, disponer el ceremonial y las reglas de la etiqueta constituía demasiado trajín. La llegada de su marido la alivió.

—No te preocupes tanto, saldrá bien, ya lo verás —le dijo para tranquilizarla.

—Es la mayor, Luis. Estoy ilusionada y, por eso mismo, ningún detalle puede quedar al aire.

Él le dio un beso y respondió:

—Anda, demos un paseo y te despejas.

Se dejó llevar por su marido, realmente necesitaba alejarse del ajetreo. La mañana era fría, el cielo estaba nublado y anunciaba lluvia.

—Solo falta que pasado mañana llueva.

—No caerá ni una gota, se lo he pedido a San Blas —dijo riendo.

Así fue, San Blas, el patrono del mal de garganta, debió mediar, porque el cielo se estiró y espantó las nubes de los días anteriores.

La casó en la catedral el canónigo y tío de la novia, don Guillem Roca. La fiesta, los invitados, la parafernalia con la que doña Margarita se había esmerado, resultó como lo había previsto. Los novios se fueron a la finca de Valldemosa a pasar la luna de miel. Cuando se marcharon todos, ella y su marido aún continuaron sentados uno junto al otro.

—Se acabó, Luis.

—¿Estás contenta? La celebración en la iglesia ha sido muy emotiva y la recepción ha resultado perfecta.

—Ya lo sé. Sin embargo, me siento vacía. Será porque se nos ha ido una hija.

—Lo que te pasa es que, después del esfuerzo, ahora no sabes en qué ocuparte. Piensa que hemos casado a una y ha hecho una buena boda. Todavía nos quedan tres, ya sabes que Teresa es como una hija.

—Tienes razón solo en parte. Si no tuvieras que irte, no notaría este hueco en el alma.

—Pronto las habremos colocado a todas y podremos vivir los dos en Lérida. Mientras tanto, seguiré con mis viajes.

—Sí, con este ir y venir continuo. ¿No crees que es malo para la salud?

—Estoy bien, Margarita, aún me siento joven y lo resisto.

La charla derivaba la tristeza de la madre y la soledad cada vez que el marido se ausentaba. Manejar a las hijas, que se iban haciendo mayores, y darles libertad con limitaciones, no era fácil para una mujer sola.

Al día siguiente por la mañana, don Luis se despidió de la familia y partió hacia Barcelona.

Había pasado el invierno y la primavera le cedía el paso al verano. A finales de junio ella prepararía su viaje a Lérida. Pasaría el mes de julio con su marido y regresarían los dos en agosto, durante su permiso. Igual que el año anterior, las niñas esperarían en Valldemosa su llegada.

Ahora volvía a releer la carta. Luis le decía que no se inquietara, solo era un resfriado que le había atacado el pecho, que pronto se curaría. ¡Cómo no se iba a preocupar! Cuando en febrero inició su viaje, cayó una tormenta de nieve que lo mantuvo retenido tres días en la diligencia, en mitad del camino. Luego tuvo que hacer varias noches en posadas destartaladas, demorándose dos semanas más. Desde entonces se encontraba mal. Doña Margarita no se fiaba de los cuidados que pudieran darle los dueños de la pensión, se iría cuanto antes.

Enseguida arregló su equipaje, dio las órdenes a la Dida y a los criados para que el trabajo de la casa continuara como siempre; luego habló con Ramón.

—Ocúpate de tus hermanas. Irán al campo como el año pasado, los aires de la montaña son beneficiosos para la salud.

—Lo sé, madre. Aunque pienso quedarme aquí, no se preocupe, tanto madó María, como Cristóbal saben cuál es su deber.

Partieron a principios de julio de madrugada, como otras veces. Una vez en la finca, el cochero imaginó esperanzas de continuar el amor que habían dejado en suspenso. Seguía pensando en Margarita, a pesar de que ella había sido fiel a su palabra y solo se veían en presencia de la familia. Sabía que sus ilusiones eran absurdas, él no podía aspirar a la mano de la señorita. Si lo hiciera y ella aceptara, se murmuraría que buscaba obtener su posición y él la amaba de verdad. Por otro lado, no era justo que la privara de su estatus. Decididamente, debía olvidarla. Sin embargo, deseaba al menos, reanudar las conversaciones y verla.

La primera tarde salió al campo en su busca. Hacía mucho calor, la vio sentada sobre una piedra abanicándose con el sombrero de paja.

—Señorita, ¿le importa que la acompañe? —probó a repetir las palabras mágicas con las que inició su amistad.

—No, Tóbal, te dije que no podía ser. Lo que nos pasó fue un error, lo siento más que tú. Prefiero que no volvamos a hablar a solas.

Después de este incidente, Cristóbal se apartó de Margarita y los días continuaron monótonos y sin sobresaltos, exceptuando las cartas de la madre. Les decía que permanecería con el padre en Lérida los meses de agosto y de septiembre. Él aún no se había repuesto de la pulmonía. En cuanto su salud fuera normal, regresarían. Les pedía que volvieran a la ciudad por San Bartolomé, cuando llegaran las tormentas. En Palma estaba Ramón y le parecía conveniente que se quedaran con él.

Noviembre.

Ramón les daba vueltas a las últimas noticias sin entender cómo España se dejaba manejar por Napoleón. La catástrofe llevaba meses respirándose, inundando el ambiente, y el rey no se había dado cuenta. Ahora ya no tenía remedio. Después de su viaje a Madrid, los fernandinos empezaban a sentir la impotencia frente a los pactos de Godoy.

Continuaba leyendo los últimos papeles de la Corte. Los países europeos, Reino Unido, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia, habían firmado la Tercera Coalición para frenar al emperador. España se aliaba al lado de Francia. En un principio estaba obligada para mantener los Pactos de Familia. Después, tras la Revolución, intentaba mantenerse neutral. Sus relaciones con Inglaterra se habían roto cuando el cinco de octubre de 1804, apresó en el puerto de Santa María, a traición, a cuatro fragatas españolas que traían caudales y pasajeros de América.

Bonaparte tenía la intención de conquistar las islas británicas, necesitaba el paso libre en el Canal de la Mancha, la escuadra franco-española debía distraer a la inglesa alejándola hacia las Indias Occidentales. España, que se encontraba en esos momentos con una falta significativa de personal de marinería, ya que en Andalucía la fiebre amarilla diezmaba la población desde 1802, había firmado. No había suficiente dotación para los barcos y se tuvo que llamar a las fuerzas de tierra de infantería para que se alistaran en la marina.

El veintidós de julio habían llegado a Finisterre con ese objetivo. El plan resultó un fracaso al encontrar apostada a la Real Armada inglesa, al mando de Robert Calder. El almirante Pierre de Villeneuve no tuvo más remedio que enfrentarse en una batalla corta y decisiva, que tuvo como consecuencia impedir a la Grand Armée francesa escoltar a los suyos para invadir Inglaterra. Entonces, la flota combinada franco española, se dirigió a Cádiz arribando a puerto el dieciocho de octubre.

Napoleón había dado orden a Villeneuve de regresar a Nápoles y desbloquear a los ingleses del mediterráneo. Él desobedeció a sabiendas, pensando que le quería sustituir por el almirante François Étienne de Rosily- Mesros, y decidió poner rumbo a los Caños de la Meca. Llevaba veintisiete mil hombres y treinta y tres navíos, cantidad superior a los de Gran Bretaña, con solo dieciocho mil hombres, veintisiete navíos y cuatro fragatas bajas.

No contaba con que el almirante Nelson le esperaba a la entrada de la cala. El veintiuno, al mediodía, se habían organizado las embarcaciones según las órdenes del almirante Villeneuve, cuyo buque insignia era el Bicentaure. Se formó una línea con tres divisiones de siete navíos, más una reserva de doce que iban en cabeza al mando del vicealmirante Gravina, que navegaba en el buque insignia Príncipe de Asturias. El francés mandó desplazarlas, permitiendo solo una en vanguardia. Gravina solicitó el mando independiente de su división, veía que Villeneuve les conduciría con su mala estrategia a la derrota. No consiguió que se le hiciera caso. El comandante Churruca presagió el desastre, treinta y tres navíos en fila horizontal era una línea de combate muy larga. El Bucentaure se hallaba muy alejado de los extremos en línea, los barcos españoles estaban dispersos. Los buques insignia español y francés viraron en redondo hacia Cádiz buscando el sotavento, ciñendo el viento flojo que no les beneficiaba, combatiendo a la vez el fuerte oleaje. Villeneuve creía contrarrestar la mayor capacidad de maniobra de los ingleses, que tenían el viento a estribor. Aún no se había descargado ningún cañón, cuando advirtió que, después del viraje, los barcos quedaban en cola, con escasa movilidad. Algunos buques franceses, ante el horror que se avecinaba, huyeron.

La batalla comenzó al mediodía con un cañonazo de la retaguardia combinada contra el Royal Sovereing que mandaba Collingwood. El Bucentaure hizo señales repetidas para que la escuadra de vanguardia girase y entrara en combate. La mayoría obedeció, menos Dumanoir, que había huido con su barco el Formidable; otros tres más le habían seguido.

La flota franco-española, con los vientos en contra, el escaso personal de marinería mal pagado, los soldados de tierra que no conocían el manejo de las embarcaciones, la falta de víveres y los heridos sin atender en la cubierta, vivió la tragedia con valentía, esforzándose hasta el heroísmo. En contraposición, los ingleses, con barcos modernos, bien equipados y personal entrenado, disparaban carronadas de sesenta y ocho libras. En dos horas casi toda la escuadra aliada se había rendido. A las 18:30 p.m. el combate había finalizado.

Por la noche se desató una gran tormenta a la altura de Gibraltar. El Santísima Trinidad, el mayor barco del mundo, con cuatro puentes y ciento treinta y seis cañones, se hundió con todos sus heridos. Otros barcos pudieron llegar a Cádiz.

Ramón dobló la Gaceta de Gibraltar y la guardó en un cajón. Luego permaneció estático, sentado frente a su mesa. La alianza con Francia no les aportaba ningún provecho. ¿Qué les importaba a los españoles la conquista de Inglaterra? En el país la hambruna se hacía insoportable, lo que se recogía en las Indias apenas llegaba, los piratas se apropiaban de las mercancías. Si se había contado con buenos barcos y mejores marinos, ahora solo quedaban destrozos, heridos y muertos.

De repente se acordó de Miguel Alemany, le comentó a finales del verano que había solicitado formar parte como voluntario del ejército de tierra para ayudar a la marina en caso de conflicto. Hacía varios meses que no sabía nada de él. Se inquietó ante la idea de que hubiera participado en Trafalgar.

Salió a la calle. Su silencio le hacía sospechar malos presagios. Era un amigo de la familia y un buen amigo suyo, sentiría haberle perdido. Preguntaría en el regimiento de Infantería dónde estaba destinado. Consideraba probable que supieran algo.

Dejó atrás la muralla de Es Baluart, continuó por san Felio, torció hacia la calle de Apuntadores, entró en una taberna, pidió una copa de hierbas secas y, tras beberla de un trago, se dirigió al cuartel.

Había comenzado noviembre con un vientecillo húmedo que pronosticaba lluvia. El ayudante del general Vives le atendió con mucha amabilidad. No era costumbre confiar los datos personales de los oficiales, pero, debido a su condición de funcionario de Correos, se los daría. Después de buscar en varias de las hojas de expedientes, encontró el nombre del teniente, don Miguel de Alemany. Efectivamente, se había embarcado en la fragata San Juan Nepomuceno con dirección a Trafalgar. Lo último que sabía era que se hallaba desarbolado y maltrecho en las costas de Cádiz, que su comandante Churruca había muerto en combate y que había muchas bajas y heridos. De momento, no podía darle más señas.

—Si tenemos alguna novedad, se lo comunicaremos.

Ramón agradeció los informes antes de despedirse. Ya en la calle, cruzó el Borne, subió por San Nicolás hasta Santa Eulalia. Luego, desde la calle Morey, llegó a su casa de la calle del Sol.

Durante la comida se mantuvo serio, no quería alarmar a las jóvenes sobre la falta de noticias de Miguel. Además, la carta de la madre los dejó preocupados. Todavía no se había repuesto el padre. Intentarían llegar por Navidad, esperaban que mejorara para entonces. Deseaba que Ramón se hiciera cargo de las hermanas en su ausencia y de que todo funcionara correctamente.

—No sabemos si tiene una enfermedad grave, me parece raro que tarde tanto en curarse.

—Las pulmonías son peligrosas, Concepción, por eso madre hace bien en estar con él. De todas formas, dice que espera que mejore, eso es una buena señal.

—Dios te oiga, Ramón.

En aquel momento, un criado llamó a la puerta llevando una tarjeta.

—Es para la señorita Margarita.

—Gracias, podéis retiraros.

Después de leerla, comentó sin ganas:

—Isabel me invita esta tarde a merendar.

—Dile a Cristóbal que te acompañe en el coche —respondió Ramón—. Soy responsable vuestro y estaré más tranquilo si te deja en la puerta.

—Como quieras, suelo ir a pie con la Dida y nunca me pasa nada.

Él obvió el comentario. Mariquita y Teresa la miraron con envidia, aún eran pequeñas para salir con amigas.

Margarita fue con el cochero esta vez y muchas más. Sin preguntarse cómo, volvieron a mirarse repetidamente a los ojos, el amor que permanecía paralizado resucitó.

17

Los días siguientes a la batalla fueron los más caóticos. Buques ingleses y aliados navegaban desarbolados, movidos por la fuerza de los vientos y del oleaje. Muchos acababan hundiéndose frente al Puerto de Santa María o en la bahía de Cádiz. Una fragata francesa, con bandera de tregua, condujo al gobernador de Andalucía, Marqués de Solano, hasta el Royal Sovereing para rescatar a los heridos españoles y franceses capturados. A cambio, ofreció a los británicos los hospitales de Cádiz.

La población se volcó acogiendo en sus casas humildes a los lesionados. Daba igual de qué nacionalidad fueran. Los navíos que pudieron capear el temporal y con menores desperfectos, acudían a socorrer a los que desaparecían bajo las aguas. Salvaron mucha de la tripulación viva y, a pesar de los muertos, en los hospitales no cabían, faltaban medicamentos y lo más indispensable para las curas. Se decidió transportar por mar hasta Denia a los de menor gravedad. De allí los conducirían a sus respectivos lugares de origen. Los del Neptuno, mandados por el comandante Valdés, fueron llevados al Minotauro, navío que conservaba aún la arboladura.

El buque que transportaba a los heridos españoles había salido de Cádiz a mediados de noviembre. Los habían recogido del San Juan, del Príncipe de Asturias y del Santa Ana. Llevaban veinte días en las cámaras bajas, hacinados en jergones; a algunos les faltaba alguno de sus miembros o ambos y pasaban la noche aullando de dolor. Otros se quejaban de fuertes dolores de cabeza. Casi todos estaban afectados por la calentura, con los ojos ardientes y la boca seca.

Miguel Alemany había tenido suerte, aparte de las fiebres y la herida en la pierna derecha, no había perdido ninguna de sus extremidades. Sacó la petaca del bolsillo y bebió unas gotas de aguardiente. El hombre tumbado a su lado, medio moribundo, le miraba con angustia, sin atreverse a decir nada. Era un soldado de su regimiento, un pobre recluta obligado a alistarse.

—Me queda líquido para tres sorbos, podemos compartirlo —dijo Miguel acercándoselo a la boca.

Sorbió como se le había explicado, solo un poco. Al rozar los labios pareció sobrevivir.

—¿Cómo os llamáis?

—Lorenzo —respondió casi sin voz.

—Yo me llamo Miguel. Lo mejor para aguantar es intentar dormir, si es que podéis.

Lorenzo forzó una sonrisa de agradecimiento. Luego cerró los ojos.

El cerebro de Miguel recorría las atroces secuelas de la batalla, la visión de los cuerpos mutilados, los alaridos de uno y otro bando, la falta de higiene, el temporal, los barcos a la deriva, los ahogados cuando intentaban salvar la costa a nado o los quemados en los hundimientos. Todas estas escenas le golpeaban en la cabeza, en una mezcla de malestar y pesadumbre. El comandante Churruca había muerto en combate y la mayoría de los jefes y almirantes de los navíos, entre ellos, don Cayetano Valdés, del Neptuno. De la flota no se pudo salvar ni la mitad. Cogió una de las listas de su macuto donde tenía anotadas las cifras. De la flota franco-española, se contaban tres mil doscientos cuarenta muertos, setecientos prisioneros y mil trescientos ochenta y tres heridos. Comparado con las cuatrocientas bajas y los mil doscientos cuarenta y un heridos de los ingleses, constituía una gran tragedia. Si el almirante francés, Villeneuve, hubiera permitido a Churruca y a Gravina que actuaran de forma independiente, el resultado no hubiera sido desastroso. La escuadra española, de las mejores del mundo, ahora estaba en un estado lamentable.

Todavía tardaron veinte días más en atracar en Denia. Lorenzo, el soldado moribundo, vivía aún gracias a los cuidados de Miguel, que se preocupaba de buscarle bebida y alivio para los dolores. Él había superado las fiebres, aunque apenas se tenía en pie.

Varias carretas esperaban en el muelle para conducir a los viajeros a sus destinos. Antes subió al navío un grupo de personal del ejército con botiquines para realizar los vendajes y las curas y proporcionarles palos que les ayudaran a caminar.

Miguel ocupó un asiento en el carromato que se dirigía a Barcelona. Vio cómo se llevaban al soldado en unas angarillas hacia el hospital. No sabría si al final sobreviviría y, como él, muchos más.

Una vez en la Ciudad Condal, le trasladaron a un llaút que tenía previsto salir por la noche a Palma. El viaje resultó demasiado largo. Cuando atracó, bajó en el muelle con mucha dificultad y se instaló en uno de los coches de alquiler que esperaban la llegada de los barcos. Las mulas trotaban por el pavimento de las calles. Él apenas veía, tenía los ojos enrojecidos por el agotamiento, le parecía que su casa estaba lejísimos y que nunca llegaría. Pensó en su familia, ¿cómo la encontraría? Pedro Jerónimo estaba destinado en Segovia. La madre y la hermana vivían sin la protección del mayor y sin la suya. El coche paró antes de lo que creía.

En cuanto Madó Francina le vio entrar por la puerta, se puso a dar gritos.

—¡Señora!, ¡señora! Está aquí el señorito.

—Dame un abrazo, ama, y no des tantas voces que se van a asustar todos.

—Pero ¿qué le han hecho? —dijo mirándolo de arriba abajo—. Si no parece usted. Ahora mismo le traigo algo de comer.

Бесплатный фрагмент закончился.

359,76 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
665 стр. 10 иллюстраций
ISBN:
9788418344312
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги