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MARÍA LOPEZ
El Tigre del Subte
y otros cuentos del encierro

López, María
El Tigre del Subte : y otros cuentos del encierro / María López. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2142-2
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Tabla de Contenidos
1 EL TIGRE DEL SUBTE
2 DESIGUALES
3 UNA COPA
4 ZOLI
5 VOLVER
6 DECONSTRUIR
7 SUGESTIÓN
8 RECURRENTE
9 QUÉDATE EN CASA
10 LOS MUROS NO ESTÁN
11 LAS CARTAS DEL TREN
12 LA MANZANA
13 LATERALIDAD
14 FACUNDO
15 ENZOR, 54 HORAS
16 EVA
17 EN CUENTOS CERCANOS CON EL TERCER TIPO
18 EL ESPEJO
19 ARIEL
20 AL SALIR
21 EL VIAJE
22 EL TÍO GERARDO
23 EL CAFÉ DE LAS CINCO
24 EL COMIENZO
25 FIN
26 VOLÁTIL
27 JACINTO
28 DESTINO
29 CUIDADO CON LO QUE HACES
30 SOLITA SOLA
31 JACARANDÁ
32 LAS VACACIONES DE LOS FILLIPETTI
33 EL ENCIERRO
34 AURA Y LOS SIETE DEL BAJO FONDO
35 LA FLAUTA DE PAN
36 LA BELLEZA
37 TRAYECTO INTERRUMPIDO
38 DIÁLOGO Y EL OTRO
39 LA CASA EMBRUJADA
40 PARA HACER EL AMOR
41 EMAIL
42 EL INTENTO
43 LA CASA
44 UN GESTO
45 LA PIANISTA
46 CARTA PARA PATY
47 EROTISMO FRUGAL
48 EL PODER
49 EL REGALO
50 REGRESIÓN
51 ELLOS Y YO
A Mark por el amor,
A Santiago por la felicidad…
y viceversa.
A los amigos, mecenas maravillosos de sueños y realidades, gracias por participar en este proyecto apadrinando historias.
En el confinamiento me acompañaron los personajes imaginarios en complicidad con los recuerdos. Al salir, ustedes se unieron trenzando un camino sólido para llegar a este punto… justo acá.
Con amor,
M. T.
EL TIGRE DEL SUBTE

El tigre miraba con ferocidad, pero no era la fiereza de estar dispuesto a atacar, sino la violencia que se genera con el miedo, con el sentirse acorralado.
Se aferraba con fuerza al tubo de color naranja brillante que había en medio del vagón del subterráneo. Casi sin mover los ojos, observaba de reojo el bolso que llevaba una mujer, este estaba hecho con piel de serpiente. Al fondo, distraído con un celular en la mano, un hombre que vestía unos horribles zapatos puntiagudos hechos con piel de cocodrilo.
El tigre pensaba: “¿qué clase de selva insegura es esta?”.
Estaba rodeado de monstruos peligrosos, en una jungla horrible saturada de ruidos agresivos y molestos, atiborrada de fenómenos de todo tipo: grandes, pequeños, gordos, flacos, viejos… monstruos que, por más famélico que él estuviera, sería incapaz de comer. Verlos le generaba una especie de arcadas, un asco incontenible.
Sentía que sus patas temblaban y que no podría sostenerse por mucho tiempo más. Intentó recordar cómo llego allí, pero su mente estaba en blanco, era como si no hubiera pasado nada antes, como si no tuviera historia, como si su tiempo hubiese empezado justo en ese momento.
¿Algún horripilante ser de esos lo habría drogado? ¿Por qué estaba tan lejos de su amada jungla?
Entrecerró los ojos, queriendo recordar las sensaciones, los ruidos del viento, las ramas que se quebraban al pisar sigiloso. Esos maravillosos adornos sonoros que aportan los pájaros, los monos y los insectos. Caminar discretamente, mirar hacia arriba y sentir los rayos del sol que jugueteaban sobre su cara en esa danza del viento y el tejido espeso de las hojas de los árboles infinitos en altura.
¡De hecho ese es el cielo! El cielo para el tigre es un tejido móvil de hojas que danza y canturrea permanentemente con el viento y el sol.
¿Dónde se quedó ese, su paraíso?
Un grito metálico, hiriente y ensordecedor entró como una afilada flecha sonora y lo sacó de sus recuerdos.
El tren frenaba y el sonido de la fricción de las ruedas contra los rieles metálicos lastimó sus oídos. Al fondo un sonido nuevo, incomprensible, agresivo.
¿Cómo entender qué pasaba? Su corazón palpitaba casi a punto de salirse de su pecho, corría tanto como él cuando iba a cazar.
Descubrió que ese sonido aterrador era el de la voz humana, una grabación automática que indicaba a los pasajeros del subterráneo que habían llegado a determinada estación.
Él ya no tenía voluntad, sentía que iba a morir en cualquier momento, lo cual —pensaba— sería lo mejor que le podría pasar.
Sin embargo, y sin tener ningún control sobre sí mismo, se separó del tubo naranja brillante al cual estaba aferrado durante el recorrido del horror. No sabía, no entendía cómo se movía, cómo se separó.
Ahora se deslizaba entre los monstruos, los cuales, sorprendentemente, no parecían alterarse con su presencia. Era como si no lo pudieran ver.
¿Se habría vuelto invisible? Eran tantas las preguntas que martillaban su cabeza… Cerró los ojos intentando calmarse.
Se detuvo, pero ¿cómo? ¿Cómo se detuvo?
Abrió de nuevo sus ojos para saltar encima de la realidad que ahora tendría frente a sí.
Atónito quedó cuando descubrió su imagen frente a un espejo...
No era real, era un tigre estampado en la remera de una mujer.
A Joao Muñoz
DESIGUALES

El cuadrado era demasiado inflexible en sus apreciaciones. Los demás opinaban que era muy agudo, un poco cuadriculado. Sus pares no, ellos defendían la postura de él. Todos habían sido educados con el convencimiento de la superioridad que les daba su naturaleza. El cuadrado pensaba que sostener una postura inflexible era lo que más lo definía, le daba carácter, y se sentía orgulloso por ello.
No obstante, las confrontaciones y disputas siempre fueron inagotables cuando se encontraba con círculo. A él todo le generaba otra interpretación. Las cosas para él nunca eran rígidas, ni inamovibles. Sus argumentos siempre fueron fluidos, flexibles y continuos. Se respetaban, pero no se soportaban. Cuando estaban juntos había algo que no cuadraba; la energía no circulaba. Definitivamente eran diferentes.
Era incómodo encontrarse con ellos al mismo tiempo porque siempre surgía una discusión. Nunca iban a tener un punto de encaje. Sin embargo, un día, cansado ya de tantas discusiones, el triángulo, que era conciliador y muy filosófico, les animó a limar asperezas; les habló sobre la igualdad y lo absurdo de enfrascarse en discusiones interminables con posturas obstinadas.
Siendo fiel a su propia volición, tenía un propósito: romper la estructura inalterable de sus amigos. Leal a su convicción sobre la importancia de la igualdad para mantener el equilibrio, siempre predicó que la desigualdad genera vulnerabilidad.
Les invitó a realizar un experimento didáctico en el cual no se pondrían en riesgo. Él intentaría demostrar su hipótesis sobre la igualdad, no sin antes aclararles que cada individuo es único, que a cada quien le pertenecen sus pensamientos y características personales individuales, y que atesorarlos hace parte de la integridad. Pero, les aclaró, hay una esencia universal en la cual no se es mejor ni peor que nadie, se es igual en el fondo, una misma naturaleza es el origen. Eso les hacía idénticos.
Cuadrado, dado su carácter, estaba escéptico con este argumento. No le parecía apropiado que lo compararan con círculo porque sus diferencias eran irreconciliables y, si tuviera que volver a iniciarse, preferiría cualquier otra figura, menos ser un círculo.
Por su parte, a círculo le parecía divertido participar en el experimento, sobre todo porque pondrían en evidencia la errónea teoría de triángulo.
Es así como triángulo con mucho cariño, y sobre todo respeto, hizo una pequeña ruptura en las formas de cuadrado y de círculo. Los acomodó muy suavemente sobre un diván y los desplegó cuan largos eran.
Por unos instantes se quedaron expectantes. El silencio los asaltó. Para el asombro de todos, eran dos líneas idénticas. Luego de varios cruces de tensas miradas, volvieron a su forma habitual y enmudecidos, se marcharon. Nunca más volvieron a hablar sobre su apariencia.
A Dora Delfino
UNA COPA

Cerró plácidamente los ojos mientras recostó su cabeza en la ventana.
El paisaje se alejaba de forma continua y eso era lo que más le gustaba de viajar en tren. La monotonía del horizonte le producía un adormecimiento especial. Al cerrar los ojos el movimiento del tren la acunaba; su mente viajaba y volaba sin riendas.
Silvana imaginó cómo una pequeña esfera rodaba por el campo, acompañando al tren. Luego, cuando se percató ella, la esfera, que era observada por Silvana, se enterró en el paisaje vasto, y todo se inmovilizó frente a sus ojos, pero no se detuvo de forma normal. Ahora era una visión constante, rápida y borrosa. Es decir, todo lo que veía transcurría de forma acelerada, pero el tren seguía arrullándola suavemente.
De repente, la asaltó la imagen de la esfera enterrada transformándose en un tallo que surgía en el medio del paisaje. Una hoja nacía de él, luego otra y otra, y trepó enroscado en los chamizos que había en medio del campo; se volvió frondoso, y emergieron minúsculas flores blancas y luego vides.
Su creatividad le causó risa. Luego se acomodó para contemplar el horizonte por la ventana.
“Las uvas son un verdadero milagro”, pensó.
Y justo, ese extraordinario momento de fantasía y deleite fue interrumpido por una de las azafatas del tren, quien le ofrecía una copa de vino.
—Nada más apropiado y afortunado, señorita —contestó.
Inició ese viaje como descanso. Necesitaba combatir su depresión. Llevaba mucho tiempo lidiando con una separación y sus consecuencias: inseguridad y falta de amor propio.
Uno de sus objetivos con ese viaje era dejar los medicamentos. Estos le estaban generando dependencia y su psiquiatra le había intensificado la dosis. Siempre pensó que medicarse contra la depresión no era una buena idea, en verdad quería dejar de tomarlos y quizás una salida al campo la ayudaría con este propósito. Ese viaje era importante porque marcaba el inicio de su ruptura con la prescripción y con sus frustraciones. En ese escenario una copa de vino era el mejor de los comienzos.
Encantada la saboreó lentamente y entrecerró de nuevo los ojos. Se concentró en el latido de su corazón.
“¿Hace cuánto que no me deleito con una buena copa de vino? ¡Tanto que me gusta! ¿Por qué no he vuelto a tomar vino?”, se preguntó.
“¡Ah, por supuesto!”, exclamó suavemente, mientras recordó.
El médico le había advertido sobre las contraindicaciones con su tratamiento. Silvana lo había olvidado por completo.
Saboreando su copa, recostó de nuevo la cabeza en la ventana sin preocupación. Otra vez imaginó las vides que habían crecido en el paisaje. El movimiento del tren era acompañado por el ritmo de su corazón, al cual podía escuchar claramente como el aleteo de una mariposa en su oído. Y, mientras reía de nuevo con sus ocurrencias, advirtió cómo sus párpados perezosos sucumbieron al efecto del vino y el latido de su corazón se fue silenciando hasta que ya no lo escucho más.
ZOLI

—¡Continúa, dale! ¡Dale, Papusza!
Me decía el abuelo para darme ánimo, pero yo me cansaba fácilmente.
Caminar con los zapatos hundidos en el barro, mientras empujábamos los coches en los cuales iban nuestras vidas, era una tarea ya cotidiana, pero yo prefería cantar, antes que empujar.
Los caminos eran duros. Los charcos de agua en el barro ponían en peligro el equilibrio de los carruajes. Siempre temíamos que las ruedas con sus 12 astas, que parecían tan frágiles, se desprendieran y que perdiéramos muchas horas arreglándolas antes de encontrar el escondite perfecto en el campo. Ese sitio que nos resguardaría unas cuantas semanas de que nos descubrieran los payos e intentaran quemar nuestro asentamiento o, en el mejor de los casos, que nos enviaran a la policía la cual destrozaba todo, y que, de todas maneras, nos dejaba uno que otro muerto.
Casi siempre buscábamos un lugar oculto en el bosque, pero siempre, de ser posible, cerca del agua.
Lo más lindo era encontrarlo. Descubrir el lugar ideal después de todo ese largo camino andado con nuestras caravanas justificaba todo; era la recompensa.
Compartíamos el agua, y el fuego. Luego todas las familias alegres armábamos las tiendas. Luego la comida, el vino y las canciones. Los hombres sacaban violines, guitarras, arpa, acordeón y contrabajo. Los instrumentos eran celosamente cuidados para iniciar el festejo en el momento del asentamiento, y al fin llegaban las canciones. Ellos tocaban, todos bailaban alrededor del fuego, pero a mí me gustaba cantar.
Se sorprendían, y felicitaban al abuelo por mis composiciones. Yo me sentía orgullosa; las canciones que escribía me transformaban, me hacían ligera y me sentía etérea. Con ellas mi voz y mi cuerpo surcaban los matorrales y entonces el cielo, solo el cielo, me ponía límites.
Mis canciones eran un secreto compartido con el abuelo. Todos pensaban que yo tenía la habilidad de improvisar los poemas que cantaba, pero a escondidas de la comunidad, mi abuelo me enseñó a leer y a escribir. Entonces era prohibido para las mujeres y solo pocos hombres lo podían hacer. Yo fui privilegiada. A mi abuelo le gustaba leer y tenía algunos libros de poemas, los cuales yo devoraba noche tras noche, una y otra vez.
Así, a la luz de la vela y en un lugar donde solo mi abuelo me podía ver, escribí rodeada de luciérnagas. Ellos, los poemas clandestinos, eran liberados a través de las canciones que yo entonaba y que luego muchos repetían. Para mi pequeña vanidad era el acto más heroico jamás logrado por una mujer.
Un día después de celebrar nuestra llegada a cualquier asentamiento, mi abuelo me separó de la fiesta y me dijo que era hora de casarme. Yo tenía doce años. Me puse a llorar.
Corrí, me alejé cuanto pude del campamento, siempre mirando hacia atrás esperando que el abuelo me siguiera, pero no fue así.
Cuando me cansé de correr me tiré en el piso y lloré hasta que mi cuerpo se secó. Esperé un par de horas acostada boca arriba mirando las estrellas y ellas me dijeron… eres romaní.
Regresé pasada la medianoche, algunos seguían bebiendo, cantando y tomando vino. El abuelo estaba en la tienda, me vio llegar y no dijo nada. Yo saqué de debajo de mi almohada un cuaderno sucio y gastado que tenía para escribir. Escogí un poema para él:
*Oh, Señor, ¿adónde debo ir?
¿Qué puedo hacer?
¿Dónde puedo hallar
leyendas y canciones?
No voy hacia el bosque,
ya no encuentro ríos.
¡Oh, bosque, padre mío,
mi negro padre!
El tiempo de los gitanos errantes
pasó ya hace mucho. Pero yo les veo,
son alegres,
fuertes y claros como el agua.
La oyes
correr cuando quiere hablar.
Pero la pobre no tiene palabras...
... el agua no mira atrás.
Huye, corre, lejos, allá
donde ya nadie la verá
agua que se va.
Mi abuelo me observó en silencio. Sirvió un vaso de vino, aspiró una bocanada de humo del cigarrillo que acababa de hacer y, sin mirarme me dijo:
—Es Dionizy, el hermano de tu madre. El sábado será la ceremonia. —Y salió.
* “Oí”, de Papusza (Bronislawa Wajs), poeta gitana polaca, 1908-1987.
VOLVER

Nadia era una joven corriente. Tenía una inteligencia promedio y una vida sin ningún tipo de excentricidad o eventualidad especial que la hiciera sobresalir de los cientos, miles y millones de personas que habitan en el mundo. Por lo menos eso era lo que ella creía.
Un poco tímida, un tanto retraída y descuidada, pero nada que significara algo importante en su día a día.
Había empezado la facultad y para ir todos los días salía muy temprano a tomar el micro. Aunque se demoraba más en su recorrido que el subte, a ella le gustaba porque no se subía tanta gente en él. El micro le resultaba mucho más cómodo.
Una mañana, su reloj despertador se quedó sin batería y no sonó; es decir, se le hizo tarde.
Esa mañana Nadia tuvo que tomar el subte, para llegar temprano a la universidad. Renegando mentalmente y culpándose por su retraso, corrió tan rápido como pudo para llegar a tiempo a la estación. Odiaba el subte, ¿pero qué podía hacer?
Ese día era diferente, o eso pensó ella. Algo raro pasaba. No había mucha gente en la estación. Trató de hacer cuentas sobre el tiempo transcurrido sin que ella tomara ese medio de transporte...
“Más de seis meses. ¿Habrían cambiado los circuitos? ¿Los horarios? ¡Ay, no!”, pensó.
“¿Y si cambiaron los horarios y no pasa ahora? ¡No voy a llegar a clase!”.
Su corazón empezó a latir con rapidez. Aunque en ella no hubiese nada destacablemente extraordinario, era responsable y esa era una de sus cualidades.
La luz que se veía al fondo del túnel la distrajo de sus pensamientos.
“Llegó, ¡qué bueno! Nada ha cambiado entonces. Bueno, sí, la cantidad de gente en la estación”, pensó.
A medida que se fue acercando la formación, Nadia observó que había puestos disponibles, un ¡guauuu! salió instintivamente de su boca. Cómo se le había arreglado el día.
Entró al vagón y se sentó sola. Antes de que se cerraran las puertas entró corriendo un joven de edad similar a la de ella. Se acomodó justo en la fila de enfrente. Nadia lo observó despreocupadamente. Él llevaba una mochila y libros en las manos. Iba a guardar algo en su bolsillo y los libros se le cayeron. Cuando se agachó a recogerlos, su mochila cayó también.
A Nadia su torpeza le pareció muy graciosa y se tapó la boca para que él no notara que se estaba riendo.
Sin embargo fue inevitable, lo notó. Y mientras levantaba sus cosas del piso la miraba fijamente, con una seriedad increíble. Nadia se acobardó y miró para otro lado. En ese momento el joven empezó a reír a carcajadas. Ella lo miró de nuevo y su risa era tan contagiosa que no pudo resistirse a la tentación. Los dos reían, pero era una de esas risas que van en aumento, y como no había casi nadie en el vagón, dieron rienda suelta a su alocada complicidad hilarante.
Cuando se fueron calmando, él sacó una pequeña libreta de su bolsillo. Era una de esas libretitas que ofrecen los vendedores ambulantes. Anotó algo, y cuando el subte hizo su siguiente parada, se puso de pie apresuradamente. Le entregó la libreta a Nadia y se bajó.
Ella, entre sorprendida y encantada, revisó la nota de su compañero de risa. Allí le había dejado su nombre y número telefónico. Ella esbozó una gran sonrisa, y en una actitud cliché, llevó la agenda a su pecho y no paró de sonreír.
A Nadia le quedaban cuatro estaciones para llegar a su destino. Obnubilada por el primer suceso extraordinario de su vida, no se percató de que el vagón se había llenado.
Cuando el altavoz anunció su parada, sorprendida por el tumulto, se puso de pie para tratar de salir y allí perdió la libreta.
Nadia fue sacada a empujones del vagón y no pudo recuperarla.
Devastada, ese día no se pudo concentrar. Decidió que iba a recuperar la libreta. Cuando terminó sus clases fue a la estación cabecera donde está la oficina de objetos perdidos. Allí preguntó al guardia de turno sobre su libreta. El hombre le informó que hasta la noche no tendrían el reporte de los objetos extraviados.
Al día siguiente Nadia tomó el subte hacia la facultad, con la ilusión de encontrar de nuevo a Daniel, su inusual compañero de risas. Pero no fue así.
Al terminar las clases volvió a la central de objetos perdidos. El encargado de turno le dijo:
—Debe volver mañana...
Los trabajadores del subte murmuraron por mucho tiempo sobre las motivaciones de la chica. Ese tipo de rastreo no era muy común, en general los objetos más buscados por sus dueños suelen tener valor económico, pero una simple libretita representaba un misterio. Después, con el paso del tiempo, se fueron acostumbrando a las visitas de Nadia.
Ella terminó la facultad viajando todos los días en subte. Subiendo cada día a un vagón diferente. Y de forma reiterativa, durante tres años, al salir de clase, volvió a la central donde ya todos la saludaban cariñosamente. La misteriosa búsqueda ya no les generaba preguntas, la presencia de Nadia se volvió normal.
Ella padecía una extraña enfermedad: el síndrome de Moebius, un desorden que le paralizaba los nervios de la cara que controlan la sonrisa. Hasta ese encuentro, ella nunca en su vida había sonreído.
Nadia jamás encontró la libreta.
DECONSTRUIR

Recuerdo el día en el que todos se fueron. Madre lloraba. Padre con un gesto severo, el de siempre, apenas resoplaba mientras se movía de un lado a otro sacando cajas. Hermana estaba triste. Sus ojos no brillaban, y su mirada insistentemente se dirigía al piso.
Los tres salieron sin esperanzas. Nadie miró hacia atrás. Yo me quedé mirándolos por la ventana mientras el auto se alejaba. Después leí de nuevo el recorte del diario que madre tenía pegado con un alfiler en su placar.
Cuando ella lo puso ahí, todo empezó a cambiar.
La última vez que salí de casa fue hace cinco años. Madre me había dicho que no saliera, padre estaba molesto conmigo, hermana apenas levantó los hombros. Ella no se quería meter. Involucrarse en peleas de familia no era lo suyo.
Madre no aceptaba a mis amigos, decía que eran cáusticos. Yo, burlándome de ella, la corregía diciéndole que eran “caucásicos”, y salía.
Era relativo, todo era relativo. Ellos para mí eran impasibles, para madre eran cínicos. Para mí eran osados, para madre eran descarados. Para mí eran intrépidos, para madre eran imprudentes. Para mí eran entusiastas intelectuales, para madre eran peligrosamente alienantes. En fin, jamás nos pusimos de acuerdo. Y de todas maneras yo los frecuentaba.
Hace cinco años salí de casa para verme con ellos. Era una salida importante para nosotros. Iríamos al bosque a entrenar. Yo ya había comprado las botas Dr. Martens y los tirantes. En la salida me iban a rapar la cabeza. Yo estaba ansioso. Teníamos como punto de encuentro un claro que surgía al final del sendero, detrás de la montaña negra. Ese día caminamos hasta la cima, eso lo recuerdo nítidamente. Hablábamos, reíamos, y entonábamos canciones consecuentes con nuestra filosofía. De repente, al llegar a la cima, ellos se quedaron en silencio. Se apartaron de mí. Una silueta salió del bosque con una vehemencia sorprendente. Recuerdo un grito agudo, luego el paisaje daba vueltas. Los árboles estaban arriba, y el cielo abajo. Después nada.
Cuando desperté estaba solo. Quería volver a casa, pero estaba perdido. No había caminos, ni bosque. No había cielo, ni suelo. “Madre se va a enojar”, pensé.
Caminé en cualquier dirección, para donde fuera todo era igual. Entonces me senté, cerré los ojos para despertar después. Cuando no quieres ver la realidad, cierras los ojos, como si esta acción obrara una magia especial sobre el tiempo y el espacio. Nunca conocí a nadie a quien le haya dado resultado, pero siempre, instintivamente, lo hacemos. Cerré los ojos, luego los abrí y nada pasó.
Después de un rato, largo, intuyo, podía percibir algunas sombras. Específicamente, tres sombras pasaban por mi lado. Eran borrosas, sin embargo, no tenía miedo. Me sentía a gusto, confiado entre las sombras. No sé cuánto tiempo pasaría, un año creo, cuando ellas se fueron aclarando. Yo no sentía el tiempo, tampoco hambre, ni frío, ni calor. No tenía sueño, no sé si estaba despierto. Todo era extraño, pero confiable.
Las sombras se volvieron imágenes nítidas. Eran madre, padre y hermana. Encontrarlos me dio una alegría indescriptible. Grité de júbilo, pero no tenía sonido. Los abracé, pero mis brazos se evaporaban. Estaba de vuelta en casa. Ellos no eran los mismos, sus ojos se habían tornado lúgubres, tristes. Entonces encontré el recorte del placar; yo había sido asesinado un año atrás. Eso explicaba todo. Ahora comprendía lo que me pasaba y les pasaba a ellos.
Intenté comunicarme, dejarles saber que no me había ido, que estaba ahí. Quería que no se preocuparan, ni estuvieran tristes, pero en mi condición era muy difícil generar una conexión. Finalmente lo logré. Podía hacerles sentir una brisa tenue cuando estaba cerca de alguno de ellos. Al principio nadie habló sobre mi presencia. Luego de un tiempo, el tema se puso sobre la mesa. Madre llamó a un sacerdote para que “limpiara” la casa. Mal entendieron mis intenciones. Empezaron toda suerte de tretas y artilugios para deshacerse de mí. No sé muy bien si sabían que se trataba de mí, o pensaban que era otra cosa, o presencia que convivía con ellos. Hace cuatro años, los vi por última vez. Los vi salir abatidos, grises y afligidos. No me pude despedir.
Ahora convivo con la delicada redecilla brillante y transparente que teje cuidadosamente una araña en la puerta entrecerrada del placar. El bosque ha venido a hacerme compañía. Las paredes, que se habían puesto oscuras, ahora están finamente tapizadas por un manto verde de musgo. Como no puedo salir, el bosque vino a casa. Sin embargo, yo no me muevo de la ventana, porque todos los días los veo partir.
SUGESTIÓN

Sentía su muñeca tibia por la continuidad de la espesa sangre que salía de ella. El silencio del recinto era sombrío. De forma casi desesperante se escuchaba el lento y constante golpeteo de la sangre al caer al piso.
Cacho, le decían desde chico. Él no era como los otros niños. Era dulce, un poco enfermizo y siempre dispuesto a apoyar a los demás. Vestía con buenas intenciones, pero eso nunca impidió que fuera el blanco de las burlas de sus pares.
Es increíble la crueldad a la que pueden llegar los chicos.
Cacho tenía un defecto en los ojos; estos eran muy redondos y grandes, como si no tuvieran párpados. Este defecto le impedía un poco su visión clara, pero no era una enfermedad, solo era un detalle. Por lo demás todo estaba muy bien y, sobre todo, como ya se mencionó, el interior de este niño era cálido, amplio y transparente como un amanecer en el campo.
Sus compañeros lo aislaron constantemente, como si sus ojos, o su mirada, o lo que veía, fuese contagioso. Tuvo que lidiar con apodos muy agresivos y humillantes como: “Cara de lémur”, “Cara de sapo”, “El vampiro”, entre otros.
Su familia era humilde. Para ellos las demostraciones de amor eran tonterías y no tenían tiempo para esas cosas. Lo importante era salir a trabajar para llevar el pan a la mesa todos los días.
La depresión no existía en la casa de Cacho; existía la necesidad. Ese fue el marco de los días de infancia, adolescencia y juventud de este joven de grandes ojos.
Por sus condiciones de infancia, obviamente no tuvo la oportunidad de educarse. Ni siquiera terminó la secundaria porque ser el objeto de burlas permanentes había minado su espíritu altruista y emprendedor.
Cacho se volvió apartado, gris, triste. Un hombre apocado. Desde temprana edad se despidió del conocimiento, el bienestar y el amor. Cuando tenía 25 años trabajaba en un taller de soldadura. Era el trabajo ideal; debía usar una máscara que ocultaba sus extraños ojos. Esta lo protegía contra quemaduras, radiación, chispas y partículas de metal caliente. Además, tenía un rectángulo de vidrio oscuro, el cual ocultaba perfectamente su rareza de las burlas.
Pepa tenía 35 años. Era alegre, desfachatada, insolente y le sobraba seguridad. Asimismo la acompañaban la mala reputación y la ligereza. Era coqueta por naturaleza y muy conocidos sus amoríos del bajo fondo. Malandros y vagabundos hacían parte de sus entregas en los bares y callejones.
Cacho la veía pasar y solo le hacía un movimiento leve de cabeza para saludarla cuando tenía la máscara puesta. Si Pepa pasaba y él no tenía su protector, se escondía. Es decir, Pepa no conocía a Cacho.
A él su risa estridente le parecía cautivadora. Sabía sus recorridos y se ocultaba en las sombras para verla pasar y disfrutar de su personalidad escandalosa. No se sabe si estaba enamorado de ella, pero lo cierto es que le producía felicidad.
Antes de dormir dedicaba sus pensamientos a Pepa. Imaginaba cómo sería hablar con ella y reírse, cómo sería caminar a su lado o tomar un café, cómo sería si ella lo pudiera ver sin espanto o burla, o cómo sería una vida con otros ojos.
El 13 de mayo de 1962, cuando Cacho salía de su taller de soldadura a las 20 horas, no vio pasar a Pepa como era la costumbre. Esperó en la oscuridad una hora y media, luego siguió camino a su casa.
El 14 de mayo de 1962, a las 8 horas, cuando Cacho llegaba al taller, encontró cerca de la puerta una gran mancha de sangre en el asfalto y un zapato rojo con tacón de aguja. Cacho sabía que era de Pepa. Se arrodilló con el corazón en la mano y acarició con mucha suavidad el zapato. Sus ojos escasos de párpados no pudieron llorar, pero su corazón se desbordó de llanto y zozobra.
El 13 de septiembre de 1962, a las 16 horas, se leyó la sentencia. Cacho había sido incriminado por el crimen de Pepa, y aunque nunca encontraron el cadáver, todos hicieron conjeturas que se volvieron pruebas incriminatorias.
“El monstruoso hombre anormal, resentido, se enamoró de la prostituta y la mató”, dijeron. Ni siquiera una prostituta se habría podido fijar en él. Todo era contundente. Lo encontraron con el zapato en sus manos, de alguna hábil manera desapareció el cuerpo de Pepa y las únicas huellas en la escena del crimen eran las de Cacho. No tuvo abogado defensor; a nadie se le ocurriría defenderlo.
—¡Pena de muerte! —sentenció el juez.
Todos sintieron un gran alivio. Estarían a salvo cuando Cacho desapareciera.
El 14 de julio de 1963, nueve meses después del crimen, un prestigioso psiquiatra debía poner a prueba una importante teoría y para ello necesitaba un sentenciado a muerte. Obviamente tenía que ser Cacho, ¿por qué su suerte cambiaría?
Le detallaron al prisionero la forma como iba a morir: sin dolor, en silencio y con mucha tranquilidad. Cacho, que seguía siendo una persona dócil, amable y cálida, agradeció la cortesía con la cual era tratado. Por primera vez en su desdichada vida algo bondadoso le ocurría y justo era para morir.
“Pero mejor morir así y no como un animal”, pensó.
Llegó el momento. El 25 de agosto de 1963 a las 10 horas, Cacho sentía su muñeca tibia por la continuidad de la espesa sangre que salía de ella. “El silencio del recinto era sombrío. De forma casi desesperante se escuchaba el lento y constante golpeteo de la sangre al caer al piso”.
No le dolió el corte que le hicieron. Tampoco le sorprendió que le pusieran una capucha, estaba acostumbrado a que no quisieran verle la cara.
El 25 de agosto de 1963, a las 15 horas, el corazón de Cacho dejó de latir. Cumplieron la promesa. Fue una muerte tranquila, sin dolor y sin violencia.
Una hora después, un algarabío marcó para siempre los muros de la prisión. Pepa gritaba como loca. No podía creer que hubiesen ejecutado a un hombre por su muerte. Ella solo se había peleado a golpes con un amante. Como consecuencia tuvo fractura de nariz, la cual sangró mucho y huyó de la escena. Decidió no volver a ese pueblo de mierda, como ella le decía siempre. Pero, al enterarse por el diario de la terrible noticia, regresó tan pronto pudo para evitar la injusta ejecución.
Desencajada y enardecida gritaba.
—¡Él no cometió ningún crimen!
El psiquiatra le contestó:
—Nosotros tampoco. Le hicimos sentir a Cacho como si hubiésemos cortado sus venas, pero en realidad le pasé mi uña por su muñeca, simulando un corte. Con un gotero de forma continua dejamos caer agua tibia sobre su piel. Él sintió que era su sangre. Escuchó este goteo, y así lentamente falleció. Cacho murió por sugestión.
RECURRENTE

Llegaron al club de jazz. A ella le encantaba el lugar; era lindo. Estaba ubicado en un subsuelo. Al bajar la empinada escalera por la izquierda, antes de las cortinas bordó de terciopelo, había un pequeño mostrador atendido por un chico joven, muy simpático. Como ya los conocía, los saludaba con cierta familiaridad. Él cobraba las entradas.
Al pasar las cortinas se encontraban con un sofisticado salón de paredes rojas, en la mitad tenía un escalón que separaba el espacio en dos niveles. A la izquierda una larga barra con espejos y botellas de diversos licores, copas y vasos. Siempre había movimiento en la barra. Ellos tenían su propia mesa, y como eran asiduos, siempre estaba reservada en la segunda fila antes del escenario.
Las mesas eran chicas, redondas, vestidas de rojo hasta el piso. En cada una, una lamparita de velo negro y dorados cristales brillantes que colgaban de ella. El ambiente era tenue, romántico y elegante.
No bien se sentaron, el mozo, atento y muy familiar, los saludó de beso como era la costumbre. Luego se acercó con una botella de champán y dos copas muy frías. El halo blanco que las cubría ocultaba su transparencia.
Brindaron. Estaban felices; siempre en el club estaban felices.
Los dos disfrutaban del jazz como su música preferida. Aunque el cine, el teatro y la literatura fuesen otro punto de encuentro para ellos. Como eran melómanos, el jazz era su favorito.
Ese día escucharían una banda joven de músicos muy talentosos que interpretaría un vasto repertorio de Oscar Peterson. Ella siempre pensó que tener una pista de baile haría del club un lugar perfecto.
Mientras levantó su copa de champán para brindar, le dijo al oído que le encantaría bailar. Él sonrió amorosamente, y sin decir nada, brindó con ella. Se bajaron las luces; el concierto iba a empezar. El telón del escenario se abrió lentamente, luces rojas y azules ambientaban la escena. Del lado izquierdo del escenario un piano de cola, del lado derecho el contrabajo, en el centro, al fondo, la batería. Todos aplaudían. El lugar estaba lleno, como siempre.
El pianista entró al escenario. Se sentó al piano y dijo: —Laura.
Esta era una de las más hermosas piezas de Peterson, pero también era el nombre de ella. Tan pronto el pianista puso sus manos en las teclas, y las primeras notas salieron Laura se largó a llorar. En ese punto él siempre se despertaba y ella desaparecía. Laura, que era un sueño recurrente, tenía que esperar en la oscuridad, el silencio total y la inexistencia, hasta que él, su amor perfecto, soñara de nuevo con el club de jazz, para que ella volviera a existir.
A Gabriel Mañana
QUÉDATE EN CASA

Su mentora era vieja, muy vieja. Tal vez tenía la edad del mundo. Ella, la aprendiz, nunca se atrevió a preguntarle su edad porque la mentora tenía un carácter iracundo. No le gustaba hablar y vivía aislada, sin importar que compartían el mismo hogar.
Jamás se atrevió a preguntarle por qué estaban juntas. ¿Cómo la había escogido? Es más, no sabía si tenía nombre. Nunca había escuchado a su mentora mencionarlo. Las pocas veces que le habló, le ordenaba cosas…—Lleva esto, trae lo otro… —pero nunca la llamó por nombre alguno.
Ese día, como siempre, había salido sin decir nada, pero ella se dio cuenta por primera vez de que su mentora estaba muy encorvada, más de lo usual. Se preocupó un poco, pero sabía que no podía abrir su boca sin autorización, así que dejó en sus pensamientos lo que vio. Hizo lo que siempre tenía que hacer. Meditar era la orden, preparar su mente para que estuviera en blanco, y sobre todo olvidar.
Su principal tarea diaria era evitar recuerdos.
La mentora le había dicho:
—Un día me voy a ir y, cuando me reemplaces, ten presente que no puedes recordar nada de lo que hagas. El trabajo no puede venir a casa. Y cuando estés ya muy cansada de trabajar, después de muchos años, tendrás que ir por un aprendiz que te reemplace, para cuando tengas que irte.
Todo eso estaba claro en su cabeza. Ella obedecía, nada más. Sin embargo, ese día después de que su mentora salió, ella decidió hacer algo que tenía prohibido. Asomarse a la ventana era la prohibición más estricta que tenía.
—Si te asomas a la venta, lo vas a lamentar… —le dijo la mentora en una ocasión.
“¿Qué podría ser eso tan terrible que le podía pasar?”, pensó.
Finalmente, si ella no tenía clara la existencia del bien y del mal, ¿qué podría lamentar?
Después de una de sus meditaciones, se puso de pie muy decidida e inició el recorrido de su travesura hacia la ventana.
Su pálida mano tembló un poco antes de correr el cerrojo, y así lentamente la abrió. Aterrada, cerró los ojos. Era la primera vez que veía la luz. Se quedó un rato impávida. Luego, lentamente, los volvió a abrir, y poco a poco se fue acostumbrando a la luz.
Vio las nubes. El cielo era de un color que ella nunca había visto. No conocía el azul, porque no conocía los colores, vivía en blanco y negro.
Estaba fascinada. Sintió rabia con su mentora. ¡Otro nuevo descubrimiento: la rabia!, nunca había sentido algo así. Ese sentimiento se instaló en su cabeza y la incomodó. La mentora le quería quitar la emoción de la luz y del color.
“¿Por qué le habría prohibido tal belleza?”, se preguntó.
De repente por el frente de la ventana pasó un joven, hermoso como la luna. Ella no podía respirar. Su corazón partió en galope, era como si quisiera huir de ella. Tampoco podía parpadear. Era lo más bello que había visto en su existencia. El joven la vio y quedó hipnotizado; no podía dejar de verla. Ella se asustó. ¡Otro nuevo descubrimiento: el miedo!
Quiso cerrar la ventana para esconder su falta de obediencia, como si el tiempo se pudiera volver atrás. El joven, con una voz muy dulce, le dijo antes de perderla:
—Mañana vengo a verte...
Ella cerró rápidamente la ventana y se fue a meditar.
Cuando llegó su mentora, la observó en silencio por largo tiempo. Luego dijo:
—Tu corazón palpita… ¡Mañana... quédate en casa, no vayas a salir!
Ella sabía que la mentora había descubierto su falta de disciplina. Quería decirle que no había pasado nada. ¡Otro nuevo descubrimiento: la necesidad de mentir!
La mentora se retiró y ella se quedó sola con sus pensamientos. Ese hermoso joven bailaba por su memoria.
Al día siguiente, antes de irse, la mentora le dijo de nuevo:
—Quédate en casa, no vayas a salir.
Ella aguardó en silencio un largo rato y meditó. Su corazón de nuevo empezó a galopar y la curiosidad la llevó a la puerta. Cuando la abrió ahí estaba él, esperándola.
Ella sintió felicidad, ¡nueva adquisición! Sin decir nada se arrojó a los brazos del hermoso joven, y tan rápido como ella lo abrazó, él cayó a sus pies sin vida.
De la nada apareció su mentora, se acercó lentamente y sin inmutarse, le dijo:
— Es mi hora de partir, ahora me puedes reemplazar. Ya conoces el dolor.
Y la muerte, su mentora, más encorvada aún, se alejó tranquilamente. Su aprendiz estaba lista, y ella iba más ligera porque ya no cargaba el peso del dolor que le generaba su trabajo.
LOS MUROS NO ESTÁN

¿Cómo convivir con valentía cuando tienes un enemigo invisible afuera? Sabes que te está esperando. No solo a ti, a tus amigos, a tu familia, a tus vecinos, al chino del supermercado o al correntino de la verdulería.
¿Cómo saber que es cierto? Tantas teorías, tantos individuos con el convencimiento de la verdad. Por este tiempo la verdad tiene muchas facetas y todos esgrimen la bandera de su certeza, la cual es muy diferente de la del otro. Es decir, es como un carnaval de verdades.
Entonces, ¿a quién creer? ¿Elaborarás una verdad propia también? ¿Y con ella intentarás convencer a los que conoces... y a los que no?
Hay una realidad, ya sea por miedo, por prevención, por manipulación, o qué sé yo. Estamos encerrados.
Esa es una verdad. La mía y la de millones.
Tiempo de encierro, tiempo de inventar otras formas de comunicación. Otras formas para el amor, para el perdón.
Los abrazos están prohibidos; son peligrosos. Saludar de mano no se puede. Regalar un beso es como un atentado. El encierro nos hace vivir una verdad virtual, imaginaria, creada.
La salvación, mi salvación, está en los pensamientos. En las historias de personajes que sí pueden salir, que se besan, que aman como era antes, que se tocan y que, también, pueden volar.
Entonces reviso en los cajones donde se encuentra archivado el pasado y descubro esa agenda negra con un ojal, en el cual venía un lápiz aferrado. Yo tenía 11 años y mi papá me la regaló. Se la dieron en la ferretería cuando compró unos tornillos que necesitaba para reparar su viejo auto.
En esa época en Navidad los negocios les regalaban lo que ahora se llama merchandising a los clientes asiduos. Obviamente estaban impresos el nombre, la dirección y el teléfono de la ferretería con letras doradas.
Como siempre me obligaban a cumplir con las tareas escolares, porque no me gustaba hacerlas a la tarde, me encerraba en mi cuarto para que creyeran que yo era muy obediente y sí estaba estudiando.
Mi primer pase a la libertad, y a la ruptura de las normas me lo dio la libreta de la ferretería. Encerrada escapando de los deberes escolares, decidí que escribiría una novela de ciencia ficción, y empecé. No llegué muy lejos con la novela, pero en la vida sí.
A partir de ese momento de infancia, escribir me convirtió en un ser alado. Cada vez que quiero escapar, tomo lápiz y papel para elevarme entre lo real y lo imaginario, para descubrir que nunca hay límites.
Y ahora en este, mi encierro, tengo otras libertades. No sufro cuando estoy con mis historias. La casa da vueltas y los muros desaparecen. Este encierro me hizo libre.
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