Читать книгу: «Cuando la hipnosis cruzó los Andes»




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Santiago de Chile.
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MARÍA JOSÉ CORREA & MAURO VALLEJO
CUANDO LA HIPNOSIS CRUZÓ LOS ANDES: MAGNETIZADORES
Y TAUMATURGOS ENTRE BUENOS AIRES Y SANTIAGO
(1880-1920)
1ª EDICIÓN, SANTIAGO: PÓLVORA ED., 2019. 329 P.;
13,8 X 21,5CM.
COMITÉ CIENTÍFICO: MARIANO RUPERTHUZ |
MARCELO SÁNCHEZ | MIGUEL MORALES
ISBN IMPRESO: 978-956-9441-27-1
ISBN DIGITAL: 978-956-9441-61-5

© 2019, Pólvora Editorial
DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA: CAMILA GONZÁLEZ S.
(ILACAMI)
Diagramación digital: ebooks Patagonia
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CONTENIDOS
Introducción
Capítulo 1. Sonámbulas viajeras, patentes de invención y revistas de hipnosis. Alberto Díaz de la Quintana en Buenos Aires, 1889-1893
La tríada insuficiente
El currículum de un viajero
Gabinetes y revistas de hipnosis para la gran aldea
Una lombriz solitaria y los primeros altercados con las autoridades locales
Sonámbulas, sillones vibratorios y molinos de viento
Vengadores, plagiarios e inquilinos
Capítulo 2. Espiritismo, estafa y persecución internacional de un charlatán. El conde Baschieri, un Chevalier D’Industrie en Chile, 1907
El espiritismo se pone de moda
Un seductor peligroso frente a la alianza policial internacional
De espiritista a estafador: la latencia de un embaucador transnacional
Capítulo 3. De hidalgos embusteros, teósofos despechados y pioneros de la psicología. El conde de Das entre los porteños, 1892-1894
Paraná 45, entre Rivadavia y Piedad
Un conde en las pampas
Higienistas, comisarios desobedientes y católicos letrados
Confesiones despechadas y médicos a disposición
Nomadismo y teosofía
Capítulo 4. Institutos científicos, formación a distancia y fraude médico. Leovigildo Maurcica, un profesor de filosofía hipnótica en Santiago de Chile, 1913
La careta de profesor y el valor de la enseñanza
The New York Institute of Science y la ciencia del buen éxito
Universidades, institutos y las tensiones de la educación hipnótica
Ciencia y fraude
Capítulo 5. Un telépata en ambos márgenes de la cordillera. Enrique Onofroff, del temor al fraude, 1895-1913
Buenos Aires, 1905. José Ingenieros arrepentido e hipermnésico
Consumidores de telepatía
Lo profano y su buena salud
El veredicto moral o los límites de la erudición médica
El despertar del show hipnótico en Chile
Del hipnotismo científico al fraude recreativo
Epílogo (por Annette Mülberger)
INTRODUCCIÓN
Un individuo letrado de hoy en día no conoce de la hipnosis otra cosa que su figuración caricaturesca, moldeada a partir del recuerdo turbio de olvidables películas americanas, o de la rememoración vergonzante de algún show de ilusionismo entrevisto en la televisión o en algún teatro bullicioso. En esa imagen indeleble se destacan siempre algunos elementos prototípicos: el hipnotizador, generalmente una figura masculina de mediana edad, voz cavernosa, gestos decididos e intachable aplomo, adormece con sus poderes a una mujer joven. Muchas cosas pueden variar en esa escena simplificada. Por ejemplo, el ámbito donde transcurre: puede tratarse de un escenario con luces bajas y público expectante, de un consultorio sin testigos, o también de un anfiteatro médico lleno de hombres de guardapolvo. Igual de heterogéneos pueden ser los fines de ese acto: del mero entretenimiento a la búsqueda de una sanación, pasando por la exploración experimental de ilusiones o anestesias. Similar indeterminación puede afectar a los protagonistas: quien lleva las riendas del asunto no siempre es un médico abnegado, algo en sus gestos devela quizá que es un farsante sin escrúpulos, un feriante que ante el menor accidente ha de salir corriendo, o tal vez un criminal que usa sus poderes taumatúrgicos para convertir a la joven autómata en su arma homicida. El perfil de la hipnotizada reconoce, en esta imagen arquetípica, diferentes modulaciones: histérica analfabeta, burguesa curiosa o mujer de circo.
Dicha caricatura no carece de asideros ni de genealogías en que rastrear su formación. Aquella recupera la representación más clásica que ha quedado de la hipnosis tal y como se practicó, hasta su productivo hartazgo, en la segunda mitad del siglo XIX. Nos resulta casi imposible pensar en el hipnotismo decimonónico sin que de inmediato se agolpen en nuestra mente las imágenes que, por un motivo u otro, parecen tener la virtud de compendiar mágicamente los rasgos de aquel hecho cultural que aún sigue despertando el interés de los historiadores. No podemos evitar recuperar la elocuente pintura (Une leçon clinique à la Salpêtrière) con que André Brouillet inmortalizó, en 1887, la naturalidad y la seguridad con que Jean-Martin Charcot diserta sobre el cuerpo hipnotizado de Blanche Wittmann, la paciente que está a su lado.1 O una de las litografías que ilustran el tratado popular de medicina doméstica del “Dr. Younger”, en la cual el magnetizador mantiene sus manos a unos centímetros del cuerpo de su “paciente”, colocado en posición horizontal entre dos sillas, sirviendo su cuello y sus tobillos como únicos y dudosos puntos de apoyo.2
Estos últimos rastros icónicos y aquella mudable caricatura tienen un punto en común. Todas ellas insisten en el elemento que ha primado en nuestras representaciones más espontáneas del hipnotismo del siglo XIX, y que incluso ha contaminado los abordajes más informados y cuidadosos de dicho fenómeno histórico. Estamos habituados a equiparar hipnosis con inmovilidad o quietud. Cuando reflexionamos sobre este dispositivo que tan fecundo se mostró en el siglo XIX, pensamos casi por inercia en la rigidez de ese cuerpo hipnotizado. Sabemos que la inducción o la disolución de parálisis corporales fue apenas un capítulo minúsculo de un hipnotismo que podía ser empleado para muchos otros fines. Pero incluso cuando aceptamos tomar en consideración las escenas en que la inmovilidad era inexistente, ella continúa manteniendo su reinado como esquema explicativo. Incluso cuando damos su debida significación a los experimentos que se caracterizan más bien por la distancia o la acción —hipnotizaciones efectuadas desde una incierta lejanía, órdenes poshipnóticas merced a las cuales el sujeto se veía impelido a partir, asesinatos bajo hipnosis, entre otros— el análisis sigue acechando el instante en que la parálisis, el reposo o la quietud (de los cuerpos o de la voluntad) ordenaron los fenómenos a suceder.3
El objetivo de este volumen no es poner en entredicho la veracidad de esos modos de figurar el hipnotismo de los siglos XIX y XX, sino más bien documentar que ese dispositivo fue también, o incluso más, un enjambre de cuerpos y objetos en movimiento. La historia de la hipnosis debe ser narrada, en consecuencia, como la incesante secuela de viajes, desplazamientos y circulaciones. Y cabe señalar que ese carácter transeúnte afectó a todos los engranajes de la maquinaria sonambúlica: las ideas, los saberes, los objetos, las personas, los gestos y los públicos. El desarrollo y la propagación del hipnotismo a partir de mediados del siglo XIX respondió, en gran medida, a procesos de tráfico que han recibido la atención de los estudiosos en las últimas décadas: circulación de libros y folletos, que cruzaron fronteras gracias a iniciativas y azares, gracias a emprendimientos y descuidos de comerciantes, traductores, curiosos y sabios; irradiación de teorías o marcos comprensivos, que lograron cruzar los lindes de su territorio de nacimiento siguiendo trayectos asaz imprevisibles; difusión de los emplazamientos que hicieron posible la observación o el consumo de los hechos hipnóticos, en un momento de expansión rápida, por caso, de la idea de laboratorio de fisiología humana, en que procesos patológicos podían ser examinados in situ.4
Ahora bien, el presente libro hace foco en sólo una de las facetas de ese carácter trashumante del hipnotismo decimonónico. Los propios hipnotizadores, esos grandes artífices de inmovilidades legendarias, fueron viajeros pertinaces.5 Al hacer foco en la naturaleza itinerante de esos taumaturgos, este libro intenta echar luz en varios frentes. Primero, en la esencia fecunda de ese nomadismo. Más que indagar los motivos psicológicos o comerciales que motorizaron esos desplazamientos, nos interesa sopesar las consecuencias que produjeron, sobre todo aquellas que debían quedar fuera de los cálculos o previsiones de sus responsables.6 Recordar que la teosofía pudo echar raíces en Buenos Aires porque la sonámbula que acompañaba a un hipnotizador itinerante decidió sentar cabeza y separarse de su sospechoso acompañante, es quizá el modo más convincente de ilustrar ese aserto. Segundo, en los tejidos culturales que tornaban hacederos esos viajes o que, al menos, hacían factible la implantación pasajera de tal o cual hipnotizador inquieto en parajes lejanos y ajenos. En tal sentido, este libro no hace sino ensanchar los ejemplos de procesos que forman el canon en los estudios sobre migración. Amistades o afinidades construidas allende estas latitudes, fidelidades masónicas, empresarios teatrales que tenían ya aceitadas las estrategias de recepción y promoción de los artistas, o la existencia de un mercado internacional de títulos de experticia, se constituyeron como algunos de los factores que permitieron, en tal o cual caso, que un hipnotizador llegara a Santiago de Chile o a Buenos Aires, y encontrara allí un terreno más o menos propicio para hacer valer sus pericias. Tercero, en las dinámicas y actores sociales que —dicho con un término que reaprovecha nuestro sesgo de indagación— se movilizaron alrededor de las acciones de los visitantes no tan ilustres. Médicos, espiritistas, policías, jueces y consumidores de productos terapéuticos fueron algunos de los agentes sociales implicados en las historias que se desplegarán en estas páginas. Más aún, cabe anticipar que su participación en los episodios que aquí interesan debe ser descrita con un lenguaje que, una vez más, da la espalda al tópico de la permanencia o la inmovilidad: el examen de las aventuras sureñas de aquellos expertos en hipnosis ha de servir para iluminar costados dislocados o inestables de identidades que, por ese entonces, eran menos idén ticas de lo que solemos suponer. A modo de ejemplo, anticipemos que si los médicos tuvieron por derecho propio un lugar destacado en estos episodios, ello no se debió exclusivamente al hecho de que llevaron adelante campañas de persecución contra los hipnotizadores trashumantes que venían a cuestionar su monopolio o a poner en riesgo la salud pública; con tanto o mayor ahínco, esos mismos profesionales fueron los primeros en tomar clases de hipnosis con dichos maestros itinerantes, o fueron los encargados de ensalzar sus virtudes en la prensa o en los foros judiciales.
Este libro revisa las trayectorias de cinco hombres —Alberto Díaz de la Quintana, el conde Baschieri, el conde de Das, Leovigildo Maurcica y Enrique Onofroff— que pasaron por Santiago y Buenos Aires como parte de giras científicas, entusiasmos personales, escapes judiciales y necesidades comerciales, y explora con igual interés las respuestas que generaron en distintos vértices de la trama social. Estos cinco taumaturgos fueron sólo un fragmento de las decenas o centenas de hombres y mujeres que, hacia fines del siglo XIX e inicios del XX, cruzaron el Atlántico cautivando y provocando al público latinoamericano con habilidades que transitaban entre la magia y la ciencia. Magnetizadores, hipnotistas, galvanistas, ilusionistas y espiritistas fueron algunos de los apelativos usados para nombrar a estas figuras, que prometiendo leer la mente, controlar voluntades o contactarse con espíritus, alcanzaron proscenios y obtuvieron una visibilidad que interesa explorar. Si bien algunos permanecieron largos años en estas tierras y otros estuvieron sólo unos meses, su estadía en Chile y Argentina no pasó desapercibida. Su talento fue publicitado, alabado, seguido y también cuestionado tanto en Buenos Aires como en Santiago, por públicos diversos cuya recepción demostró la atracción que ejercía la hipnosis, su transversalidad dentro de la población y la versatilidad que alcanzaba su aplicación.
Cada uno de estos taumaturgos viajeros es el personaje central de alguno de los cinco capítulos que conforman este volumen. Dicho en otros términos, lo que el lector tiene en las manos es lo que, a primera vista, parece un compendio de estudios de caso. Este último rótulo vale siempre y cuando se tenga en mente lo que sigue. Si bien hemos hecho lo imposible por rastrear cada uno de los movimientos dados por estos hipnotizadores durante los meses o años de su permanencia en uno u otro margen de los Andes, nuestro interés no va dirigido a construir un retrato o identikit truncado de un sujeto en constante migración. La vigilancia metódica de sus gestos, o de las reacciones que ellos suscitaron, busca más bien hacer de estos visitantes los prismas transitorios con que aprehender dinamismos, tensiones y conflictos de aquellas sociedades en transformación, de forma tal de poder extraer conjeturas y diagnósticos sobre cosas que van más allá de las desventuras o ardides de esos expertos en hipnosis.
La huella dejada por ellos y por otros en estas trayectorias es lo que permite seguir sus pasos y reconstruir sus itinerancias. La prensa periódica, con sus diarios, revistas y magazines, los textos académicos surgidos de la mano de los médicos, los informes de las autoridades que intentaban comprender el alcance y las consecuencias del espectáculo hipnótico, los expedientes judiciales en los que se negoció el carácter criminal o ilegal de estos trashumantes, las varias imágenes —fotografías, grabados y caricaturas— que retrataron a los itinerantes y sus metáforas, las poesías y escritos literarios que describieron sus actos y recordaron sus pasos; he ahí el listado incompleto de los registros que dieron cuenta de la riqueza de ese nomadismo, de los tejidos culturales que gestaban y acompañaban los tránsitos, y de las dinámicas que se movilizaron con la llegada y el actuar de estos hipnotizadores.
Por motivos que resultan casi obvios, este libro se vincula constantemente con interrogantes y documentos relativos a la historia de la salud y sus múltiples agentes, y en tal sentido dialoga con, y complementa a, una historiografía que ha tendido a reconstruir las prácticas terapéuticas desde el foco de la medicina académica y, dentro de ésta, desde el registro clínico o de la salud pública.7 Huelga aclarar que en tales recuentos la hipnosis y sus cultores no son del todo visibles.8 Desaparecen bajo el protagonismo dado a aquellos hipnotizadores ungidos por el sello universitario, cuyos retratos, para colmo de males, tendieron a esconder o silenciar los posibles vínculos que los unieron a los itinerantes. No se trata de pasar por alto la creciente atención que la historia local ha prestado al accionar de los defensores de modos alternativos de sanación. Por fortuna, se multiplican las indagaciones sobre curanderos y sanadores que trabajaron durante el siglo XIX en ambos lados de la cordillera.9 Pero sucede como si la acumulación de esas narraciones no hiciera mella en la vieja hipótesis de la medicalización de las sociedades de fines de aquella centuria. En tal dirección, los capítulos recogidos en este volumen aspiran a fortalecer la pujante perspectiva que, junto con sopesar la alta significación que los competidores de los médicos tuvieron en el mercado de la salud y en los modos de concebir y actuar sobre los desarreglos corporales, invita a cuestionar seriamente la pertinencia de dicha hipótesis.10
El análisis de las peripecias de aquellos taumaturgos nómades obliga a reconocer, de un lado, que los médicos eran los abanderados de apenas una de las múltiples formas de representar los procesos patológicos; de otro lado, que incluso hablar de “médicos” supone un gesto algo aventurado, pues bajo este epíteto quedan englobados profesionales que entendían de modos disímiles la esencia o la causa de las enfermedades, la naturaleza de la acción sanadora o el lugar social de los diplomados.11 Por último —y más adelante volveremos sobre esto—, que la medicina se hallaba acosada en esos años por los mismos enigmas que afectaban a otras parcelas de la vida científica: ¿Cuáles eran los dispositivos más propicios para producir y comunicar ciencia? ¿Cuáles eran los emplazamientos ideales para llevar a cabo esa tarea? ¿Había que apostar por los hospitales universitarios y los laboratorios institucionales, o acaso el teatro, la tribuna periodística o la experimentación casera podían conducir a idénticos resultados? Esa indeterminación explica, en cierta forma, la seductora atracción que los taumaturgos ejercieron sobre algunos médicos, pues éstos veían en los primeros mucho más, o mucho menos, que diestros competidores: los hipnotizadores podían devolverles, cual espejos, la imagen a partir de la cual moldear su propia identidad.
Volvamos unos instantes la mirada hacia los materiales en que esta investigación hace pie. La prensa y los archivos judiciales, entre otros registros, ayudan a cambiar el foco permitiendo identificar nuevas tramas que modelaron la circulación y uso de la hipnosis. La prensa informa de los recorridos de los hipnotizadores, mapea sus pasos, trasluce contactos y también acusa los obstáculos que enfrentan. Ayuda a texturizar los momentos, los tiempos particulares que acompañan y definen la instalación de nuestros taumaturgos. Y, por sobre todo, recuerda que la hipnosis no sólo se expresó en los proscenios teatrales, sino también en las páginas de los periódicos, entendidos como uno de los principales medios de comunicación y de comercialización de su show. Esas páginas colaboraron en dejar testimonio de sus visitas y ayudaron a insertarlos en la naciente sociedad de consumo que agitaba las capitales latinoamericanas, como un elemento más de la densidad urbana, de los encuentros citadinos y de las interrogantes que proyectaba la ciencia. La búsqueda de estos itinerantes llevó a la revisión de periódicos y revistas de distinta relevancia en términos de circulación. El examen de esas fuentes no sólo allana el camino para la comprensión del florido espectro de representaciones que tal o cual actor letrado podía generar acerca de la hipnosis, sino que también sirve para captar con cuánta astucia y tino esos taumaturgos echaban mano de los recursos de la imprenta, ya fuese para dar publicidad a sus emprendimientos, ya para hacer oír su voz en las polémicas que despertaban.
Los expedientes judiciales, por su parte, acercan un haz de luz que no siempre coincide con las versiones de la prensa. Invitan a recorrer los patrones de lo permitido y lo prohibido en términos de los usos y abusos de la hipnosis, muestran las negociaciones que se construyen en tribunales respecto a las identidades que se defienden y se criminalizan, y, quizás lo más sugerente, permiten acceder a la voz mediada de nuestros protagonistas. La judicialización de hipnotizadores como Onofroff resulta muy atractiva, toda vez que se transforma en un patrón común y en una experiencia reiterada, por un lado, para quienes ofrecen salud desembarcados del contexto universitario y, por otro lado, para quienes enfrentan la etiqueta de ilegalidad en cada uno de los nuevos países en los que se presentan. Entonces, así como la visibilidad que los hipnotizadores alcanzaron en la prensa de Santiago y de Buenos Aires no fue para ellos un hecho sorpresivo —siendo que, incluso, dieron muestras de saber reaprovechar con presteza los rumores que sobre ellos circularon—, podemos pensar que la justicia tampoco los tomó desprevenidos, pues muchas veces supieron utilizar sus procedimientos a favor de sus propias estrategias e intereses. Esto explicaría, quizá, el atrevimiento de uno de nuestros hipnotizadores trashumantes, Leovigildo Maurcica, quien decidió dar el primer paso y exponerse ante la justicia con el fin de solicitar un permiso para ejercer como profesor de hipnosis, pese al riesgo que conllevaba (y conllevó) transformar un apercibimiento en una prohibición. Si bien no todos los itinerantes tuvieron que someterse a los tribunales, la mayoría enfrentó momentos de juzgamiento donde sus identidades fueron cuestionadas, puestas a prueba, revisadas, aprobadas o rechazadas, en función de su quehacer.
Organizado en cinco capítulos, cada uno dedicado a un itinerante, Cuando la hipnosis cruzó los Andes desanda las trayectorias de sujetos cuyos (presuntos) nombres no habían merecido un lugar de privilegio en narraciones previas sobre historia cultural de la ciencia o de la salud: Díaz de la Quintana, Baschieri, el conde de Das, Maurcica y Onofroff. A modo de recapitulación, señalemos que el interés —que por momentos debe luchar consigo mismo para no trocar en fascinación— por sus itinerarios nace de varios impulsos. En primer lugar, interesa aprovechar todo cuanto la hipnosis tiene de objeto histórico y de dispositivo de índole versátil. En otros términos, motoriza nuestra tarea el deseo de construir herramientas de análisis que hagan justicia al estatuto y la localización de la práctica cultural llamada hipnotismo. Esa práctica nació, se desarrolló y supo ganar fieles y detractores, habitando desde siempre zonas híbridas: entre la ciencia y el espectáculo, entre el saber y el mercado, entre lo académico y la charlatanería. En el reconocimiento de su status bifronte reside el secreto del potencial iluminador de la hipnosis desde el punto histórico. Una exégesis que tome a su cargo esa naturaleza incorregiblemente mestiza se transforma en el camino regio hacia interrogantes que resultan fundamentales a la hora de comprender las urdimbres científi-co-culturales de la etapa decimonónica y del cambio de siglo. Así, las más rigurosas investigaciones sobre el hipnotismo toman de modo indefectible la forma de ensayos que registran la porosidad constante entre saberes legos y conocimientos sofisticados, o que deben medir con precisión cuán reiterados y prolíficos fueron los mecanismos de retroalimentación entre el teatro y el laboratorio, entre la feria y la universidad, entre la ciencia y las tradiciones esotéricas.12 De esta manera, a las preguntas iniciales que despiertan las fuentes que habremos de revisar —¿cómo fueron recibidos estos itinerantes?, ¿quiénes se vincularon con ellos y de qué formas?, ¿qué discusiones favoreció su presencia en Buenos Aires y Santiago?, ¿qué recursos utilizaron y hacia qué audiencias apuntaron?— es menester quitar cualquier tenor anecdótico o circunstancial. Las respuestas a estas interrogantes no hacen sino mapear qué lógicas se ponían en juego en un contexto en que aún se estaban dirimiendo demarcaciones que ahora nos resultan espontáneas, relativas, en primera instancia, a quiénes y de qué forma debían estar a cargo de la producción y visibilización de los objetos científicos: ¿los académicos o los sabios amateurs?, ¿los sabedores de todo o los especialistas en un rincón particular de lo real? En segunda instancia, referentes al locus en que debía llevarse a cabo esa gesta modernizadora: ¿eran los tablados teatrales o las sociedades espiritistas, por definición, sitios legítimos para observar? En tercera instancia, a la urgencia de trazar contornos a lo verosímil o lo posible: si el fonógrafo y luego los rayos X eran realidades incuestionables, ¿por qué tildar de ridícula la probabilidad de la transmisión a distancia de los pensamientos?
En segundo lugar, y en diálogo con autores que han seguido otros circuitos de apropiación del saber científico e indagado en la potencialidad de nuevos escenarios para la transferencia del conocimiento, nos importa explorar aspectos de la conformación y legitimación de ciertos proyectos médicos, para revisar de qué manera los doctores de la región intentaron hacer valer sus prerrogativas y estudiar esos ensayos en su relación con otras fuerzas como el mercado y la recreación.13 Si bien este propósito se anuda a la pregunta sobre el desarrollo de la hipnosis, se distancia en cuanto conduce la reflexión hacia otras fuerzas que operaron en la conformación del aparataje y anclaje médico de la temprana modernidad. ¿Qué relación existió entre el mercado y la terapéutica?14 ¿Qué cruces se dieron entre las prácticas médicas y las de los hipnotizadores itinerantes?
En tercer lugar, creemos relevante poner en cuestión categorías como charlatán, curandero, médico y práctico, como respuesta a una interpretación binaria del proceso de conformación de lo médico sustentado en la academia y en el Estado. De esta forma, a través del estudio de las formas de recepción de los taumaturgos itinerantes por parte de la comunidad médica y de algunos órganos del Estado, como el judicial, interesa identificar y analizar los esfuerzos de las autoridades y de los propios médicos por dar contorno y definición a la medicina, estableciendo los límites de lo permitido. Este anhelo de purificar la medicina se implementó por medio de la identificación de algunos de sus elementos como ajenos, entre ellos, aquellas figuras que parecían extrañas al perfil profesional de los médicos titulados. ¿Qué normativas existieron y cómo se usaron para ordenar lo médico? ¿Dónde operaban esos resguardos y en qué direcciones? ¿Qué espacios de gestión se les permitió a los llamados charlatanes? Bajo este marco, pese a que los itinerantes quedaron subsumidos a la categoría de charlatanes, y su propuesta a la de charlatanería, sus historias dan cuenta de las dificultades para establecer estas divisiones y la influencia que la supuesta periferia médica seguía teniendo en legos y expertos. En este sentido, se reconoce que la especialización médica y el desarrollo terapéutico no surgió sólo desde la unión dentro de las comunidades científicas, sino también desde la diversidad y, en momentos, desde el caos y el conflicto.15
La evocación del tenor caótico y conflictivo de los procesos que marcaron el destino de la medicina práctica invita a rehuir de los reordenamientos asépticos que se desesperan por acuñar clasificaciones y catálogos de consistencia indeleble. La historia de la ciencia, o al menos la versión de ella que aún puede prometernos algo, ha sabido prescindir del ademán del botánico que todo lo encasilla: de un lado médicos y de otro quienes no lo son, en una esquina los científicos y en la otra el púbico lego, en un vértice lo que es ciencia y en el otro lo que no puede serlo. Sin afán militante ni aspavientos contestatarios, este volumen aspira a reconocer la naturaleza irreductible de quehaceres e identidades, y desconfía de toda lectura que intente armonizar o integrar experiencias disímiles. Ni los médicos que aparecen en estas páginas, ni menos aún los hipnotizadores no diplomados, caben en las etiquetas rudimentarias de médico, charlatán, curandero o farsante. Si éstas recorren el texto, ello es el resultado de un ejercicio narrativo y no de un uso que propone una definición única, ni una aproximación binaria. En este sentido, no sería sensato cuestionar la existencia de esos rótulos. Lo que está en juego, simplemente, es sopesar las ventajas de una forma de narrar el pasado que, sin diluir la disparidad esencial de las experiencias históricas, se siente más seducida por la figura del inventario que por la del clan.
El libro se inicia con la trayectoria de un médico viajero que cruza el Atlántico para llegar a Buenos Aires a mediados de 1889. Alberto Díaz de la Quintana es su nombre y prontamente se hace un espacio de ejercicio particular de la hipnosis, al inaugurar un gabinete hipnoterápico y promover proyectos editoriales relacionados a la sugestión. A sus andanzas se suma, en el segundo capítulo, un adivinador en fuga, el conde Baschieri, cuya seducción y malicia lo llevan de Buenos Aires a Santiago bajo el lente policial. El despliegue de su arte hipnótico y su vocación espiritista lo enfrentan a la justicia en 1907, dentro de una red de comunicación policial transnacional. El tercer capítulo se centra en el escurridizo conde de Das, hipnotizador ocultista que en 1892 llega a Buenos Aires desde Madrid, y que en los años venideros será un incansable difusor del esoterismo así como un obstinado prófugo en muchas ciudades del continente, incluyendo las de Chile; durante su estadía en Argentina, que se prolongará hasta 1894, estará al frente de muchas empresas: será el fundador de un pionero Instituto Psicológico Argentino y más tarde abrirá las puertas de la primera rama local de la teosofía. Acompañado por su esposa Antonia Martínez Royo, pondrá a prueba la paciencia de los higienistas y logrará construir alianzas con más de un médico porteño. El capítulo siguiente continúa con la figura de Leovigildo Maurcica, un antiguo homeópata presentado como profesor de filosofía hipnótica, cuya historia despliega las nuevas instituciones educativas que intentan dirigir la formación en el ámbito de la sugestión. Finalmente, el libro cierra con los itinerarios realizados por el hacendoso ilusionista Enrique Onofroff en Chile y Argentina, cuyas pausas y avances en el tiempo permiten seguir la trayectoria de la hipnosis en términos más amplios, ajustados a las dinámicas personales e institucionales que guiaron su aplicación y legitimación.
Este libro resulta de un proyecto realizado a cuatro manos. Si bien cada uno de nosotros estuvo a cargo de la búsqueda documental y del análisis inicial de los materiales relativos a cada región, el producto final revela el efecto de un abordaje mancomunado, hecho de repetidos intercambios y reescrituras. Tan intensa fue la colaboración entablada, que nos resulta imposible e improcedente deslindar qué fragmentos deberían llevar la firma de cada cual.
MARÍA JOSÉ CORREA16 Y MAURO VALLEJO
ENTRE SANTIAGO Y BUENOS AIRES
JULIO DE 2018
1 Sander Gilman, “The image of the hysteric”, en Sander Gilman, Helen King, Roy Porter, George Rousseau & Elaine Showalter, Hysteria beyond Freud (Berkeley: University of California Press, 1993), pp. 345-436.
2 D. Younger, The magnetic and botanic family physician, and domestic practice of natural medicine, with illustrations showing various phases of mesmeric treatment (London: E. W. Allen, 1887), p. 53.
3 La bibliografía histórica acerca de la hipnosis ha crecido de modo acelerado en los últimos años, y son cada vez más numerosas las monografías sobre su desarrollo en contextos y períodos bien recortados. Hay textos clásicos que siguen brindando un panorama general y razonado: Adam Crabtree, From Mesmer to Freud. Magnetic sleep and the roots of psychological healing (New Haven: Yale University Press, 1993); Alan Gauld, A history of hypnotism (Cambridge: Cambridge University Press, 1995); José María López Piñero, Del hipnotismo a Freud. Orígenes históricos de la psicoterapia (Madrid: Alianza Editorial, 2002); Luis Montiel & Ángel González de Pablo, En ningún lugar, en ninguna parte: estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo (Madrid: Frenia, 2003); Judith Pintar & Steven Jay Lynn, Hypnosis: A brief history (Chichester: Wiley-Blackwell, 2008); Alison Winter, Mesmerized: Powers of mind in Victorian Britain (Chicago: The University of Chicago Press, 1998). Entre las propuestas recientes está el dosier coordinado por Andreas-Holger Maehle & Heather Wolffram, “History of hypnotism in Europe and the significance of place”, The Royal Society Journal of the History of Science, 71(2), 2017.
4 Desde hace unas tres décadas, la propuesta de estudiar los procesos y agentes que hicieron posible la movilidad o el tránsito de la ciencia o del conocimiento ha significado una fecunda renovación en la agenda de trabajo, las hipótesis y las conclusiones de esa parcela de la labor historiográfica. Una reciente compilación de Carlos Sanhueza sirve de excelente muestrario de los alcances de dicho proyecto en lo que hace a la historia de la ciencia en nuestra región. Cf. Carlos Sanhueza (ed.), La movilidad del saber científico en América Latina. Objetos, prácticas e instituciones (siglos XVIII al XX) (Santiago: Editorial Universitaria, 2017).
5 En tal sentido, nuestro libro dialoga con las variadas investigaciones sobre “charlatanes” o “curanderos” que, amén de moverse a sus anchas en la región, fueron actores significativos en las tramas culturales o científicas que los alojaron. Cf. Jorge Márquez & Victoria Estrada, “Culebrero, tegua, farmaceuta y dentista. El Indio Rondín y la profesionalización médica en Colombia, 1912-1934”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 45(1), 2018, pp. 79-104; Steven Palmer, “La voluntad radiante del Profesor Carbell: medicina popular y populismo médico en Costa Rica en el decenio de 1930”, en Diego Armus (ed.), Entre médicos y curanderos. Cultura, historia y enfermedad en la América Latina moderna (Buenos Aires: Editorial Norma, 2002), pp. 259-292; Irina Podgorny, Charlatanería y cultura científica en el siglo XIX (Madrid: La Catarata, 2015); Ramón Velásquez, Joaquín Crespo. El último caudillo militar del liberalismo venezolano. Andanzas caraqueñas del curandero tachirense Telmo Romero (1884-1887) (Caracas: Ediciones Teura, 2011).
6 Oliver Hochadel, “The business of experimental physics: Instrument makers and itinerant lecturers in the German Enlightenment”, Science & Education, 16(6), 2007, pp. 525-537.
7 Pese a que la historiografía médica se ha expandido considerablemente en los últimos años en Chile, aún es reducida y acotada a ciertas problemáticas. Para una entrada al estado de esta producción, cf. María Soledad Zarate & Andrea del Campo, “Curar, prevenir y asistir: Medicina y salud en la historia chilena”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [Online], Debates, junio 2014.
8 Ricardo Cruz-Coke, Historia de la medicina chilena (Santiago: Editorial Andrés Bello, 1995). Cf. Ricardo González Leandri, Curar, persuadir, gobernar. La construcción histórica de la profesión médica en Buenos Aires, 1852-1886 (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1999).
9 Cf. Diego Armus (ed.), Entre médicos y curanderos, op. cit.; María Silvia Di Liscia, Saberes, terapias y prácticas médicas en Argentina (1750-1910) (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2003); José Allevi, Adrián Carbonetti & Paula Sedrán, “Médicos, administradores y curanderos. Tensiones y conflictos al interior del arte de curar diplomado en la Provincia de Santa Fe, Argentina (1861-1902)”, Anuario de Estudios Americanos, 75(1), 2018, pp. 295-322; Patricia Palma, “Sanadores inesperados: medicina china en la era de migración global (Lima y California, 1850-1930)”, História, Ciências, Saúde-Manguinhos, 25(1), 2018, pp. 13-31.
10 Quien probablemente ha avanzado con mayor acierto en esa dirección es Valeria Pita en su estudio de la heterogeneidad de actores sociales, representaciones e intereses que rodearon el tratamiento y la interpretación de la locura femenina en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX. Cf. Valeria Pita, La casa de las locas. Una historia social del Hospital de Mujeres Dementes, Buenos Aires, 1852-1890 (Rosario: Prohistoria, 2012).
11 Las fronteras y definiciones de la medicina y la charlatanería han sido revisadas y problematizadas desde fines de los años 80. Cf. Roy Porter, Quacks: Fakers and charlatans in English medicine (Stroud: Tempus, 2000); Waltraud Ernst (ed.), Plural medicine, tradition and modernity, 1800-2000 (Londres: Routledge, 2002); y Roger Cooter (ed.), Studies in the history of alternative medicine (Londres: Palgrave Macmillan, 1988).
12 Cf. Sofie Lachapelle, Conjuring science. A history of scientific entertainment and stage magic in modern France (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2015); Annette Mülberger (ed.), Los límites de la ciencia. Espiritismo, hipnotismo y el estudio de los fenómenos paranormales (1850-1930) (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2016); Heather Wolffram, The stepchildren of science: Psychical research and parapsychology in Germany, c.1870-1939 (Nueva York: Editions Rodopi, 2009). Respecto de la pregunta por el cruce entre los procedimientos e instancias de la ciencia y aquellos de lo teatral, cabe recomendar la lectura de un reciente volumen que recoge ensayos históricos sobre esa temática en la región: María José Correa, Andrea Kottow & Silvana Vetö (eds.), Ciencia y espectáculo. Circulación de saberes científicos en América Latina, siglos XIX y XX (Santiago: Ocho Libros, 2016).
13 La investigación de Diego Armus acerca de la tuberculosis en Buenos Aires continúa siendo el proyecto más ambicioso y esclarecedor en lo relativo a la localización de las empresas médicas en dinámicas culturales más extensas, incluyendo el mercado. Cf. Diego Armus, La ciudad impura. Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires, 1870-1950 (Buenos Aires: Edhasa, 2007).
14 A ese respecto, vale mencionar un volumen que compila ensayos históricos sobre la comercialización y difusión de medicamentos en la región, así como sobre los conflictos judiciales que ese proceso acarreó. Cf. Yuri Carvajal & María José Correa (eds.), Historia de los medicamentos. Apropiaciones e invenciones en Chile, Argentina y Perú (Santiago: Ocho Libros, 2016).
15 Alison Winter, “The construction of orthodoxies and heterodoxies in the Early Victorian life sciences”, en Bernard Lightman (ed.), Victorian science in context (Chicago: The University of Chicago Press, 1997), pp. 24-50.
16 Esta investigación se vincula con el proyecto Fondecyt 3130335, ejecutado entre 2013 y 2015, y con el Bakken Visiting Research Fellowship realizado durante el año 2014. Agradezco el apoyo prestado por Pablo Chávez y Nicolás Araya en el trabajo de fuentes.
CAPÍTULO 1
SONÁMBULAS VIAJERAS, PATENTES DE INVENCIÓN
Y REVISTAS DE HIPNOSIS. ALBERTO DÍAZ DE LA
QUINTANA EN BUENOS AIRES, 1889-1893
La tríada insuficiente
El último día del mes de octubre de 1892 se distribuye en la ciudad de Buenos Aires una nueva entrega del “semanario ilustrado, político y literario” La Caricatura. En su sección central, a doble página, hallamos una típica ilustración satírica de la época. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la cultura visual de aquel entonces, se utiliza la figura de una mujer para representar la desaliñada situación política. Ella puede hacer las veces de “La Patria”, “La República” o “La Nación”. Poco nos importa en esta ocasión deslindar su rol específico. Nos interesa más bien otro detalle del cuadro. La mujer, debilitada y casi moribunda, observa cómo desde su izquierda ingresa el líder político de turno, acompañado por una comitiva de hombres de la Iglesia, encabezados por Monseñor Aneiros, arzobispo de Buenos Aires. Sabiendo que vienen a darle la extremaunción, la mujer señala con su mano derecha hacia la puerta del otro extremo de la habitación. Por allí salen, algo presurosos, dos hombres elegantemente vestidos. Un pequeño texto indica el sentido del cuadro. La enferma dice:
Los médicos ya se fueron,
los curanderos se van,
y tu vienes con los curas,
¿cuándo me van a enterrar?
Este enunciado parece reflejar, de modo sucinto, el destino habitual de los cuerpos enfermos a fines de siglo. Quienes precisaban auxilios para sus dolores o malestares podían dirigir su reclamo a tres actores sociales distintos: a los médicos diplomados, a los curanderos o, en menor medida, a los sacerdotes, detentadores del consuelo espiritual. Ahora bien, aquella caricatura no hace justicia a un mercado de la salud habitado por personajes mucho más numerosos o, al menos, un mercado donde las identidades o las fronteras no siempre resultaban tan nítidas. Querer trazar una divisoria de aguas entre médicos y curanderos supone un gesto sobremanera cuestionable, pues aglutina en esas dos grandes categorías agentes muy distintos entre sí. En eso que se tildaba de “curanderismo” podían convivir individuos con rostros y trayectorias muy disímiles, desde sanadores iletrados hasta espiritistas eruditos, pasando por boticarios con buenos conocimientos de sus remedios. Lo mismo podría ser señalado respecto del bando contrario, pues la medicina de la segunda mitad del siglo XIX conformaba un muestrario no menos variopinto de retratos e idearios.

La Caricatura, año II, núm. 48, 31 de octubre de 1892
En este primer capítulo nos ocuparemos de uno de los tantos agentes de sanación que parece quedar fuera de esas clasificaciones rústicas. Reconstruiremos las tareas llevadas a cabo en Buenos Aires por un médico de origen español que, a resultas de su negativa a revalidar su título (y de su posterior fracaso en el intento), fue acusado repetidas veces de ejercicio ilegal de la medicina y expulsado a ese rincón compartido con otras clases de sanadores no diplomados. Si este español, llamado Alberto Díaz de la Quintana y Sánchez-Remón (1857-1911), recibió la atención de sus colegas porteños, ello se debió mayormente a la notoriedad y éxito de sus numerosas iniciativas, muchas de las cuales tuvieron que ver con el hipnotismo. En efecto, este médico extranjero sirve como ejemplo paradigmático de una primera categoría de hipnotizador trashumante. Ilustra de modo perfecto algunos de los circuitos y procesos que estuvieron detrás de la naturaleza itinerante del universo hipnótico, valiendo como ventana de acceso, por un lado, a los mecanismos a través de los cuales ese objeto novedoso desembarcó en estas playas; por otro lado, a los descalabros que esa llegada suscitó; y, por último, a las condiciones que aquí podían favorecer o entorpecer su recepción. En su caso cobran relieve algunos de los dinamismos y conflictos que acompañaron el flujo trashumante de la hipnosis en terreno latinoamericano. El estudio de las labores porteñas de Díaz de la Quintana aporta evidencias más que valiosas sobre las estrategias que algunos de esos hipnotizadores implementaron para ganar credibilidad ante los ojos de sus colegas y de sus clientes, así como sobre los conflictos que estos agentes podían tener con las autoridades sanitarias. Veremos que en su caso, al igual que en tantos otros referidos a acusaciones de curanderismo, las medidas represivas ensayadas por las oficinas gubernamentales resultaron poco eficaces, y es por ello que los representantes de la ortodoxia debieron librar su batalla en terrenos más efectivos, sobre todo el periodismo. La prensa periódica fue utilizada no solamente por estos últimos, sino también por las víctimas de las campañas contra el curanderismo, y Díaz de la Quintana aprovechó mejor que nadie la potencialidad de ese recurso. Durante los tres años de su permanencia en la capital argentina, nuestro personaje hizo mucho más: fundó revistas y periódicos, abrió gabinetes hipno-terápicos, escribió poemas, imprimió obras teatrales, patentó inventos y no se cansó de burlarse de los médicos locales. En algunas de esas aventuras no estuvo solo: algunos doctores porteños decidieron acompañarlo en sus gestas, y de tanto en tanto contó con la ayuda de una sonámbula que ya en Madrid había exhibido sus prodigios telepáticos.
El currículum de un viajero
Alberto Díaz de la Quintana llegó a Buenos Aires a mediados de 1889, y permaneció en la ciudad algo más de tres años. Poco después de su regreso a España, en 1893, presentó ante la Universidad Complutense de Madrid una tesis para obtener el grado de Doctor en Medicina. En la portada de la edición impresa de esa disertación figura un apretado sumario biográfico del autor. Al recorrer esas líneas, tenemos la impresión de estar ante la mixtura de un aventurero, un eterno prófugo y un diplomático. La aglomeración heteróclita de títulos y reconocimientos de los puntos más distantes del globo nos trae a la memoria el hábito de otro tipo de hipnotizadores trashumantes, los ilusionistas o los expertos en ciencias ocultas, que solían llevar en su pecho recónditas condecoraciones honoríficas, y acostumbraban también enorgullecerse de su pertenencia a ignotas Academias e Institutos. Según la tapa de la tesis de 1893, Díaz de la Quintana había estado detrás de una y mil iniciativas en Filipinas, Cuba, España y Argentina.
Licenciado en Medicina y Cirugía en 1882; [...] ex-presidente del Jurado de la primera Exposición Cubana de flores, frutos y aves; ex-presidente de la Sociedad protectora de Animales y de las plantas de la Isla de Cuba; [...] fundador y ex-presidente de la Sociedad de Higiene de la isla de Cuba; [...] corresponsal de honor, en Buenos Aires, de la Sociedad Magnética de Francia; [...] ex-director propietario y fundador de las revistas científicas Higiene, Medicina y Farmacia é Hipnotismo y Sugestión; ex-director propietario del diario de Higiene de Buenos Aires y del periódico El Extranjero; fundador y ex-presidente del Círculo Científico literario y Artístico de Manila; [...] privilegiado cinco veces por el Gobierno Argentino por inventos de electricidad médica é industrial.17
La manía itinerante parece superponerse en este caso con una extraña tendencia a hacer de todo: desde desempeñarse como jurado en un concurso de flores hasta presidir sociedades protectoras de animales, pasando por fundar revistas médicas o crear inventos de electricidad. Poeta, dramaturgo, clínico e inventor, Díaz de la Quintana ejerció casi todos los oficios humanos a lo largo de su vida. Pero, ante todo, fue un viajero incansable y un obstinado hipnotizador. Y es la confluencia de esas dos pasiones lo que interesa recuperar de su paso por Buenos Aires.
Catálogos de bibliotecas y archivos nos impiden poner en duda el abigarrado listado de oficios e identidades que este español decidió colocar en la primera página de su tesis de 1893. Esas fuentes y recursos ponen en evidencia que nuestro médico efectivamente hizo de todo durante su trayectoria nómade. Sabemos que hacia 1882-1883 estuvo en La Habana, y que allí puso en acto su versatilidad.18 Por otra parte, allí obtuvo, el 5 de julio de 1882, el título de Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de La Habana. Entre 1884 y 1886 trabajó en Madrid, llevando adelante una “Consulta especial de enfermedades de los niños” ubicada en la calle Divino Pastor.19 En 1886 lo encontramos en Manila, la capital de las Islas Filipinas, dirigiendo una revista titulada Medicina y Farmacia.20 A su regreso a la Península Ibérica publicó, bajo el seudónimo de Ximeno Ximénez, un volumen con sus impresiones sobre este último viaje.21
En aquellos días madrileños, entre 1887 y 1888, se inició en el arte del hipnotismo. Si bien no hemos podido dar con escritos sobre la materia salidos de su pluma, sí contamos con múltiples fuentes que detallan sus primeras incursiones en el universo del sonambulismo artificial. Díaz de la Quintana comenzó a utilizar esta herramienta curativa en el momento en que otros colegas y compatriotas por fin se adentraban con paso firme en esos terrenos. Ya desde 1882 los médicos españoles habían comenzado a traducir las obras más importantes de sus pares franceses, pero recién en 1886 el hipnotismo se convirtió para los doctores españoles en un asunto de verdadero interés.22 Entre 1886 y 1889 se multiplicaron las publicaciones y experiencias sobre la temática.23 Las principales revistas galénicas de ese entonces contienen artículos y reseñas sobre el tópico, y en esos 3 años vieron la luz numerosos tratados de tenor eminentemente práctico: El hipnotismo en la clínica, de Juan Giné y Partagás (1887-1888); Hipnotismo y sugestión, de Eduardo Bertrán Rubio (1888); El hipnotismo y la sugestión, de Abdón Sánchez Herrero (1888); entre otros.
Alberto Díaz de la Quintana fue, en tal sentido, uno de los tantos médicos españoles que a fines de la década de 1880 se sintieron atraídos por aquella novedad curativa. Sin embargo, el tipo de acercamiento que este hipnotizador viajero tuvo para con la novedad presentó características ciertamente peculiares. En efecto, lejos de contentarse con ensayar las bondades sanadoras de la hipnosis, Díaz de la Quintana se volcó de modo insistente hacia el atractivo espectacular de la herramienta. Junto con dictar algunas conferencias destinadas a sus pares médicos, ofreció en teatros y ante públicos profanos exhibiciones de los fenómenos más curiosos del hipnotismo. En Buenos Aires, tal y como veremos más tarde, repetiría ese tipo de prácticas.
Los primeros rastros sobre las pericias hipnóticas de Díaz de la Quintana se remontan a diciembre de 1887, y tienen que ver, precisamente, con este costado espectacular o casi teatral que era mirado con recelo por algunos médicos de aquel entonces, deseosos de reforzar la cientificidad de un tópico que se prestaba fácilmente a la asimilación con el espiritismo o el curanderismo. De hecho, el día 16 de aquel mes, nuestro personaje efectuó una demostración de hipnotismo en la redacción del periódico madrileño La Correspondencia de España, a la cual asistieron algunos médicos, colegas de otros diarios y público invitado. La velada tuvo una fuerte repercusión en otros órganos de prensa, sobre todo por los fenómenos prodigiosos que allí fueron exhibidos con el auxilio de una paciente llamada Carolina del Viso y Núñez. El nombre de dicha “histérica” habrá de retornar en estas páginas, pues ella figuró en muchas de las demostraciones públicas auspiciadas por Díaz de la Quintana en España. Más aún, por algún motivo que desconocemos, ella siguió al médico en su viaje hacia Buenos Aires, y en estas latitudes figuró junto a él en más de una ocasión: en la capital argentina también prestó su cuerpo hipnotizado para exhibiciones públicas, e incluso patentó un invento en simultáneo con Díaz de la Quintana, lo cual provocó la indignación de los médicos porteños.
Bajo estos buenos auspicios se inició la incursión de Díaz de la Quintana en territorio del hipnotismo. En su “gabinete”, ubicado en el número 5 de la Plaza de Bilbao, comenzó a remediar mediante hipnosis un conjunto heterogéneo de enfermedades: hemiplejia, reumatismo, histero-epilepsia, melancolía, incontinencia de orina, insomnio, locura, y un largo etcétera.24 Por esos meses, se encargó asimismo de repetir hasta la saciedad las demostraciones junto con su paciente predilecta, y dictó ante distintos públicos —profesionales y legos— algunas conferencias o disertaciones sobre aquella novedad curativa. En todas esas exhibiciones de Díaz de la Quintana lo que se repite no es solamente la presencia de Del Viso, sino también el afán de visualizar las facetas más maravillosas o “extrañas” del automatismo nervioso. Por ejemplo, el 24 de enero de 1888, en una velada en la casa del marqués del Busto, catedrático de la Facultad de Medicina, la pareja volvió a hacer de las suyas. La hipnotizó a diez metros de distancia, para luego inducirle los accidentes más vistosos, esos mismos que eran explotados por los ilusionistas y las sonámbulas de los teatros de entonces: la anestesia inmediata, la trasposición de sentidos o la catalepsia.25 Un detalle de esa velada respalda nuestra sugerencia de buscar un estrecho parentesco entre las iniciativas de Díaz de la Quintana y las de otros actores sociales que se movían muy cerca de los márgenes del mundo académico o científico. De hecho, en la casa del marqués se cruzaron, quizá por vez primera, dos de los personajes centrales del libro que el lector tiene en sus manos. Sus nombres volverían a converger en Madrid muy poco después, y lo mismo sucedería años más tarde del otro lado del Atlántico. Según la crónica que aquí revisamos, aquella noche de enero el galeno español improvisó una suerte de interconsulta con el polémico “conde de Das”, el ocultista y charlatán que por entonces se hacía pasar por médico en los círculos más refinados de la sociedad madrileña: “El Dr. italiano Sr. Daz, a quien presentó su enferma el Sr. Díaz de la Quintana, ha quedado admirado de las condiciones notabilísimas de la Sra. del Viso, no explicándose algunos de los fenómenos que en ella ha observado”.26
Cabe consignar que Díaz de la Quintana optó por dirigirse a auditorios ajenos a la medicina. Por ejemplo, a fines de enero de 1888 participó, siempre junto con Del Viso, de una sesión del Ateneo Antropológico, celebrada en el Colegio de San Carlos. Según las crónicas, la concurrencia fue tan numerosa que hubo necesidad de cambiar de salón. De todas las intervenciones realizadas por Díaz de la Quintana, la que más notoriedad alcanzó fue la conferencia que el 10 de febrero de 1888 dictó, junto con otros dos colegas, Amós Calderón y Ángel Pulido, en la Sociedad Española de Higiene, ante una “concurrencia extraordinaria y distinguida, en la que figuraban muchísimas bellas y aristocráticas damas y hombres eminentes en la política, las letras y las ciencias”.27 De acuerdo con las crónicas que se hicieron eco del evento, los tres oradores insistieron en la necesidad de desligar el hipnotismo de cualquier alarde teatral o afán de entretenimiento. Su meta era poner de relieve que la hipnosis era una cuestión de ciencia y no de esparcimiento. A todas luces, el cometido de los facultativos era dejar en claro que correspondía a la medicina española la explotación de ese recurso, y no a sujetos no diplomados o extranjeros, que lo utilizaban con el objetivo de ganar popularidad o prestigio ante el público más selecto. El destinatario de esas advertencias era evidente: en las semanas previas, el conde de Das se había convertido, a los ojos de muchos madrileños, en el gran especialista en hipnotismo. Había logrado ese reconocimiento sobre todo luego de realizar, el 13 de enero de ese año, una demostración ante la ex Reina Regente Isabel, que había sido ampliamente cubierta por la prensa periódica.28
Resulta evidente la contradicción entre las cautelas pregonadas por los tres conferenciantes y las acciones que uno de ellos, Díaz de la Quintana, venía realizando desde hacía varias semanas. Este último caía en todos los vicios denunciados por los dos colegas el 10 de febrero: utilizaba la hipnosis como atractivo teatral, se dirigía a la curiosidad de los legos y no a la mirada entrenada de los profesionales, se detenía sobre todo en los fenómenos más curiosos o extraordinarios del automatismo nervioso. Esas cautelas cientificistas no solamente reñían con los hábitos de nuestro hipnotizador, sino que resultaban incluso contradictorias con el modo mismo en que los tres médicos se comportaron aquella noche. Esa extraña paradoja fue señalada de manera punzante y precisa por el autor de la reseña más extensa que ha sobrevivido de aquella velada científica. Nos referimos al artículo publicado por Lorenzo Aycart en la Revista de Sanidad Militar unos días más tarde.29
Lo que denunciaba Aycart era, por supuesto, extensivo a otros profesionales de variadas latitudes. La historia del hipnotismo estuvo desde siempre marcada por la tensión entre los afanes de monopolio de la medicina, justificados muchas veces merced al argumento de la peligrosidad del uso teatral del hipnotismo, y una realidad porosa que no se amoldaba a esos sueños y prejuicios, y en la cual, por ejemplo, los magnetizadores de teatro eran muchas veces quienes enseñaban a los doctores los fenómenos hipnóticos, o quienes los introducían en el arte de provocar el sonambulismo artificial.30 Es imposible relatar la historia de la hipnosis sin atender a este costado teatral o de exhibición, pues si silenciáramos esta faceta no tendríamos forma de saber cómo o gracias a quién los médicos se aproximaron por vez primera a esos hechos, o cómo se convencieron de la objetividad de los mismos.31
Las objeciones lanzadas por Aycart no hicieron mella en nuestro hipnotizador, que continuó con sus exhibiciones ante públicos deseosos de ver los prodigios de la hipnosis. El 18 de febrero de 1888 actuó ante la Asociación de Escritores y Artistas, en compañía del doctor Calatraveño y auxiliado, por supuesto, por Carolina del Viso. Gracias a esas apariciones, Díaz de la Quintana adquirió en Madrid un gran prestigio como especialista en hipnosis. Es probable que su origen español haya sido de ayuda. En efecto, en los meses en que el conde de Das seducía a los miembros de la nobleza y lograba pasear por los salones más reputados, su condición de extranjero despertaba sospechas e incredulidad en algunos actores del mundo letrado. Díaz de la Quintana, por el contrario, era la demostración más clara de que la ciencia española no precisaba de forasteros engreídos. Nuestro personaje era capaz de efectuar los mismos prodigios que su contrincante, y es por ello que por esos meses muchas miradas aprobatorias se depositaron sobre él. Un síntoma de esto último lo encontramos en la entrevista que mantuvo el 24 de marzo de 1888 con el obispo de Madrid-Alcalá, Ciriaco María Sancha y Hervás (1833-1909), quien hacía muy pocos días había lanzado una carta pastoral que contenía una airada diatriba contra el hipnotismo.32
Las noticias recopiladas hasta aquí ofrecen un retrato tentativo y fragmentario de este hipnotizador poco escrupuloso, que no tenía ningún pudor en pulular por Madrid con su sonámbula favorita, ni en alternar auditorios médicos con públicos menos exigentes, ávidos de ver los fenómenos más truculentos de la novedad. Alejado de los debates eruditos emprendidos por sus colegas acerca de la verdadera naturaleza de la hipnosis, Díaz de la Quintana ganó su reputación de buen hipnotizador mediante sus curaciones o conferencias, y sobre todo mediante su frecuentación de escenarios y salones. Perteneció a esa estirpe que sólo recientemente comienza a recibir la atención de los especialistas en la historia de la hipnosis, desde siempre acostumbrada a atender a los redactores de manuales o los creadores de ortodoxias doctrinales. Díaz de la Quintana debe figurar entre esos practicantes que no dejaron tras de sí documentos o folletos sobre hipnosis pero que, sin embargo, desempeñaron un rol esencial en la difusión de esta herramienta entre públicos diplomados y legos. Más aún, nuestro personaje, tan proclive a vestir los trajes del ilusionista o a apropiarse de los hábitos de los magnetizadores de feria, no debe ser tomado como una excepción apenas curiosa. No fueron pocos los médicos que tuvieron recorridos similares al de Díaz de la Quintana; que explotaron las facetas más teatrales de sus remedios y poderes, que dieron fe de un generoso eclecticismo terminológico, y que se mostraron dispuestos a prestar credibilidad a los hechos más controvertidos (como la doble vista o la telepatía). Durante su estadía en Buenos Aires, este hipnotizador inquieto no cambiaría su estilo ni renunciaría a sus placeres. Aprovecharía lo aprendido en España, le sacaría mucho rédito a un producto que sabía retener la atención de los consumidores, pero pronto deberá pagar el precio de querer comerciar en un mercado habitado por competidores celosos.
Gabinetes y revistas de hipnosis para la gran aldea
Por algún motivo que desconocemos, a comienzos de julio de 1889 Alberto Díaz de la Quintana se instaló en Buenos Aires, primero en el Hotel de la Paix y, muy pronto, en su domicilio de Lima 1092. Según las primeras repercusiones de su llegada, su presencia en la ciudad se prolongaría apenas por unos meses. El periódico más importante de la comunidad española residente en Argentina informó, el 9 de julio, que el recién llegado emprendería a fines de ese año una “excursión científica” por varios países de América Latina, para regresar luego a la Península Ibérica.33 Ese pronóstico no se cumplió, pues el médico no efectuó ninguna gira investigativa, ni mostró deseos inmediatos de retornar a su patria. Por el contrario, se quedó en el Río de la Plata todo el tiempo que pudo, pues por estas latitudes encontró condiciones muy favorables para ejercer sus múltiples oficios: el de hipnotizador, polemista, showman, inventor, publicista, poeta y dramaturgo. También se topó aquí con enemigos encarnizados —o, más bien, supo creárselos— y con resistencias aguerridas, que de todas maneras no dificultaron en lo inmediato sus labores.
Díaz de la Quintana llegó a una ciudad que por esos años atravesaba un acelerado proceso de transformación. A resultas de las oleadas inmigratorias iniciadas unas dos décadas antes, Buenos Aires hacía lo que podía para albergar una población que crecía a un ritmo inusitado. Para 1887, la población de la ciudad ascendía a 430.000 habitantes, y más de la mitad eran de origen extranjero.34 En 1869, había sólo 170.000 almas; es decir, en 20 años la cantidad de personas se había casi triplicado. Este ritmo de expansión demográfica se mantendría y, para 1915, la capital argentina contaba ya con un millón y medio de habitantes. Estos números tenían una explicación muy sencilla: por ejemplo, en 1889 Díaz de la Quintana fue tan sólo uno de los 260.000 inmigrantes que llegaron a la ciudad puerto —en lo inmediato, y debido a la crisis económica del año siguiente, el volumen de individuos de ultramar sufrió un abrupto y pasajero descenso: en 1890 llegaron a Buenos Aires 132.000 extranjeros, mientras que en
1891 apenas 73.000—. Estas hordas de buscadores de sueños forzaron una metamorfosis vertiginosa en una ciudad aún en construcción, que cotidianamente mostraba sus carencias en las trágicas epidemias de fiebre amarilla, cólera y viruela, entre otras. Dichos brotes enfermizos eran moneda corriente en una urbe en la que, para 1890, sólo un tercio de las viviendas contaba con agua corriente.35 O en la que casi un quinto de su población se hacinaba en piezas de infinitos conventillos. En efecto, existían en la ciudad 2.249 de esas viviendas colectivas que, con sus 37.603 habitaciones, alojaban a 94.000 personas.36 Ahora bien, el cambio de fisonomía de Buenos Aires tenía también sus costados atractivos. Las políticas educativas y de alfabetización, sumadas a los incentivos a la inmigración, habían creado un notable dinamismo cultural, ilustrado por ejemplo en el auge de publicaciones periódicas. A partir del último tercio del siglo XIX proliferaron por todo el país los diarios de comunidades extranjeras, al tiempo que los matutinos locales lograban cifras de venta exorbitantes. Para hablar solamente de la ciudad de Buenos Aires, cabe recordar que en 1887, cuando la población local ascendía a 430.000 individuos, periódicos como La Nación o La Prensa ponían en circulación todos los días unos 18.000 ejemplares cada uno. Si se sumaban todos los diarios impresos en español, se llegaba a la cifra de 100.000, es decir, un periódico cada cuatro habitantes, lo cual colocaba a la capital argentina en la cima de los rankings mundiales en términos de cantidad de ejemplares por individuo.37 Ya veremos que Díaz de la Quintana se plegará a ese fervor local por la hoja impresa, fundando en la ciudad un par de revistas e incluso un periódico.
Cuando el español llegó a estas costas, la profesión médica se hallaba en un momento de transición. Los brotes epidémicos que asolaron la ciudad desde mediados de siglo habían puesto de manifiesto la urgencia de contar no sólo con una mejor infraestructura sanitaria, sino también con un cuerpo médico capaz de dar respuestas más efectivas. Este y otros factores incentivaron una serie de procesos que, en el transcurso de las últimas décadas de la centuria, modificaron sustancialmente la naturaleza y la posición social de la medicina porteña. La modernización de los planes de estudio de la Facultad, la apertura de nuevos hospitales e institutos (por ejemplo, del Instituto Bacteriológico, fundado en 1886), la puesta en marcha de planes de vacunación, la jerarquización de exigencias higiénicas (impulsadas y monitoreadas por el Departamento Nacional de Higiene, que en 1891 logró un ordenamiento más seguro), fueron algunos de los síntomas y condiciones de dicha transformación. Se ha querido ver allí los pilares de un proceso de medicalización, merced al cual los cuerpos, los hábitos y las formas de vida de los porteños quedaron constantemente a disposición de las indicaciones y las cautelas higienistas. La literatura histórica tal vez ha sobreestimado el alcance de esta presunta consolidación de la disciplina galénica. Las innovaciones resaltadas en verdad convivían con otros elementos que obligan a matizar o a revisar algunas de las interpretaciones más difundidas sobre dicho período.
Entre estos últimos cabría consignar, con cierto desorden, primero, las flaquezas de la formación académica que recibían los futuros doctores. Estos puntos débiles, denunciados de forma repetida por los propios profesionales, tenían que ver, por ejemplo, con la total falta de laboratorios, la poca aceptación que la teoría bacteriológica lograba en algunos profesores, o la resistencia que algunos colegas oponían contra los nuevos métodos de asepsia o antisepsia.38 Segundo, no podemos pasar por alto que para fines de siglo la batalla contra modos alternativos de sanación no había conocido todavía un desenlace claro. Volveremos a ese punto en estas páginas, y por el momento habremos de anticipar que, en no menor medida debido a la poca efectividad de sus propios medios terapéuticos, los diplomados debían competir todo el tiempo con otros sanadores que no habían pasado por las aulas de medicina. Tercero, es menester recordar que investigaciones recientes han documentado que en instancias vistas generalmente como territorio médico, como por ejemplo el tratamiento asilar de los locos, los profesionales eran apenas un actor social más en un escenario habitado por muchos otros perfiles y representaciones.39 Por último, uno de los síntomas de la endeblez del prestigio médico se reconoce en la pobreza de la literatura médica producida en el medio local. Junto con las alicaídas tesis de medicina, salieron de las plumas de los doctores unas pocas monografías capaces de lograr cierto reconocimiento internacional antes del cambio de siglo. Más aún, en comparación con otros contextos geográficos, la medicina porteña contó con muy escasas publicaciones periódicas. En términos estrictos, antes que iniciara el siglo XX los profesionales locales poseían apenas un par de medios de prensa propios: la Revista Médico-Quirúrgica (1864-1888), cuyas páginas estuvieron destinadas sobre todo a la defensa de intereses corporativos, y que durante varios períodos fue comandada por sujetos que no habían concluido sus estudios médicos;40 los Anales del Círculo Médico Argentino (1877-1908), tribuna privilegiada de la nueva generación de profesionales que batallaban por una modernización de los conocimientos; la fugaz, y casi inhallable, Revista Argentina de Ciencias Médicas (1883-1889, que en su primer período se llamó Revista Argentina de Oftalmología Práctica); y La Semana Médica (1894-).41
Carente de un prestigio social asegurado, acusada constantemente de ineficaz en lo referido a la terapéutica, la medicina porteña libró una batalla sin descanso a fin de alcanzar una posición social más cómoda. Entre las estrategias de legitimación empleadas por los doctores hay que listar la utilización constante de la prensa general (bajo la forma de artículos con firma, destinados a divulgar preceptos higiénicos o comunicar adelantos en la disciplina), la puesta en marcha de cierta inventiva en aras de competir en el mercado de remedios (inventiva encarnada en la creciente fundación de institutos de todo tipo, desde electroterapia hasta aeroterapia, pasando por la gimnasia mecánica) y, sobre todo, la prosecución de tácticas encaminadas a influir sobre los poderes públicos (con el fin de conseguir mayor financiación o reformas legislativas que sancionaran el monopolio médico del cuidado de la salud). Como trasfondo de estos gestos operó la conformación de un discurso que colocaba a la medicina como única y abnegada salvadora ante los peligros que asolaban a la raza argentina (la degeneración hereditaria, la multiplicación de los criminales incorregibles y un largo etcétera). Ahora bien, es necesario recordar, una vez más, que no es posible hablar de una tendencia uniforme o sin fisuras. No todos los médicos se plegaron a tales estrategias. Hubo muchos que no sentían ningún apuro por acabar con el ejercicio ilegal de la medicina, ni mostraban convencimiento sobre las medidas higiénicas auspiciadas por las oficinas de gobierno. Sin ir más lejos, uno de los factores que dificultaba la creación de consensos o aglutinamientos seguros entre los doctores estaba dado por la convivencia obligada entre médicos locales y extranjeros.
A partir de 1860, la llegada de doctores extranjeros era un motivo de preocupación para los galenos nacionales, que solían desconfiar de la autenticidad de los títulos de los recién llegados o de su verdadera pericia en la materia médica. Por tal motivo, desde los órganos de prensa gremiales, pero también a través de canales menos oficiales, solían pedir a las autoridades que hicieran efectiva la obligación para los doctores extranjeros de revalidar su título (ratificada por la ley de 1877 sobre ejercicio legal de la medicina). Lo cierto es que siempre existió, para lamento de los locales, bastante permisividad en este punto.42 En las últimas dos décadas del siglo, con la llegada de muchísimos diplomados extranjeros, el recelo hacia estos competidores cobró renovado vigor, e incluso se puso en cuestión la superficialidad del trámite de reválida.43 Esta suspicacia, teñida de nacionalismo, hallaba fundamento en ciertas cifras. Por ejemplo, en 1887 vivían en Buenos Aires 436 médicos, repartidos entre 277 argentinos y 159 del exterior.44 Por otro lado, había años en que la cantidad de profesionales extranjeros que aprobaban la reválida era igual o superior a la de recibidos en la facultad local: por caso, en 1890 figuraron 31 individuos en el primer grupo, frente a tan sólo 28 argentinos que completaron sus estudios de medicina.45
He allí, entonces, algunos contornos del escenario porteño en que Díaz de la Quintana comenzó a actuar a mediados de 1889. Apenas desarmadas las valijas, nuestro hipnotizador se volcó de lleno a sus especialidades. En primer lugar, el 19 de julio de aquel año comenzó una larga serie de colaboraciones para El Correo Español acerca de la “Higiene en los niños”. A través de unas 16 entregas aparecidas bajo dicho título hasta fines de octubre de ese año, abordó distintos aspectos de la puericultura, desde la lactancia a la vacunación, pasando por las estrategias para elegir una correcta nodriza. Poco después fundó en Buenos Aires una revista sobre higiene, de la cual ha sobrevivido un único ejemplar.46 No hay que pasar por alto la significación que esta participación en la tribuna periodística podía tener para los objetivos de nuestro hipnotizador. En efecto, él supo medir a la perfección cuán necesarios le eran los recursos de la prensa para llevar a cabo sus iniciativas.
Díaz de la Quintana aprovechó con mucha pericia los instrumentos de prensa para ganar prestigio y forjarse un nombre en una ciudad plagada de extranjeros tan inventivos como él. En los meses por venir no sólo publicó artículos de divulgación; usó las páginas de avisos publicitarios, pagó columnas para dar batalla contra sus contrincantes locales, fundó revistas, dirigió diarios, publicó piezas teatrales y poemas. Hábil clínico y hombre de acción, Díaz de la Quintana jamás descuidó el otro costado de sus intereses, y durante sus años en Buenos Aires fue sobre todo un trabajador de la tinta. Entendió, más bien, que no había dos costados contrapuestos, y que insertarse en el mercado de la sanación requería construir no sólo una reputación, sino también un público demandante.
Mientras los lectores de El Correo Español seguían con atención los consejos pediátricos de su compatriota, se enteraban además de que no sólo se especializaba en nodrizas y vacunas. Muy pronto tuvieron ante los ojos astutos avisos que advertían que el visitante era un maestro en la aplicación del hipnotismo, y que con ese remedio era capaz de sanar muy variadas enfermedades: la locura, la manía, el histerismo, la epilepsia, la sordera, el insomnio, los vértigos y un abultado etcétera. De hecho, tales milagros prometía Díaz de la Quintana mediante el primer aviso publicitario de su “Gabinete Hipnoterápico”, aparecido en el diario de su comunidad el 13 de agosto de 1889.

El Correo Español, 13 de agosto de 1889
Sabemos que el emprendimiento fue muy exitoso y la clientela del español abundante. No podía ser de otro modo, pues se trataba del primer consultorio de hipnosis abierto en la ciudad. Desde hacía unos años llegaban a Buenos Aires ecos de las controversias y pasiones despertadas por el hipnotismo en Europa, tanto en los círculos académicos como entre el público general. En estas tierras desembarcaban repetidas noticias de los maravillosos fenómenos asociados a un campo de estudio que llenaba en igual medida las páginas de las revistas galénicas, las ficciones literarias y las carteleras teatrales. Ya desde comienzos de la década, pero con mayor fuerza a partir de 1886, algunos pocos doctores porteños habían dirigido su atención a ese tópico. Sin embargo, los médicos locales no lograron apropiarse de modo seguro de esta herramienta terapéutica, ni en términos teóricos ni en cuanto a su costado práctico. En efecto, los profesionales de la ciudad escribieron muy poco sobre la materia: apenas un par de tesis y un puñado de artículos. Más aún, en la mayoría de dichas páginas quedaba en evidencia que sus autores no habían logrado un manejo adecuado del hipnotismo curativo.47 Para el momento en que Díaz de la Quintana llegó a Buenos Aires, los pocos doctores que se habían acercado al sonambulismo artificial lo habían hecho con fines experimentales o en contextos de pericias solicitadas por la justicia.
No es sencillo explicar la tenue acogida que la Buenos Aires galénica prestó al hipnotismo, que llegaba a la ciudad con todo el atractivo de un objeto a la moda. Para unos profesionales que seguían muy atentamente la literatura médica de París, regida por la figura de
Charcot —para quien el hipnotismo poseía una utilidad más experimental que terapéutica—, la carencia de una tradición local en fisiología de laboratorio pudo funcionar seguramente como un obstáculo en el intento o el deseo de replicar aquí las experiencias.48 Como segundo factor de peso, cabe conjeturar que al hipnotismo curativo le fue imposible abrirse paso en la clínica porteña debido al dominio del paradigma asilar. El manicomio, con su material humano (sobre todo enfermedades ligadas al alcoholismo, la parálisis general y el delirio), con su siempre denunciada sobrepoblación y, sobre todo, con los saberes que lo sostenían (referidos a la peligrosidad, la locura o el desenfreno pasional), difícilmente podía hacer las veces de lugar de implantación de una herramienta curativa dependiente de una relación íntima entre profesional y enfermo. Máxime cuando la existencia de esa herramienta estaba sostenida por un saber que abrevaba en registros muy distanciados al del peligro o del delirio. En efecto, dicho un poco esquemáticamente, el hipnotismo moderno resulta de un lenguaje sobre los automatismos, los mecanismos involuntarios o los reflejos, es decir, sobre objetos que nacieron fuera de las paredes asilares. Pues bien, la medicina porteña se demoró bastante en alojar tales tópicos novedosos. A pesar de que desde mediados de la década de 1880 se hizo lugar a un costado de las “enfermedades mentales” —que tenían una cátedra ligada a ellas que funcionaba como extensión del manicomio—, dicha medida no garantizó a las “enfermedades nerviosas”, en lo inmediato, una reapropiación de aquellas problemáticas. El nuevo territorio de “lo nervioso” quedó en manos de José María Ramos Mejía, quien, a partir de 1887, se hizo cargo de la recién creada cátedra de “Patologías Nerviosas”. Pues bien, la enseñanza de Ramos —complementada por su labor a la cabeza de la sala homónima en el Hospital San Roque— mostró ser un dominio poco propicio para alojar y difundir materias como la hipnosis.49 Preocupado desde siempre por la locura, hizo de ella el pivote invisible de una labor pedagógica que, de todas maneras, colaboró en la difusión local de categorías diagnósticas de neurología.
Siendo así las cosas, no ha de extrañar entonces que los pocos médicos de Buenos Aires que antes del cambio de siglo mostraron algún somero interés por la hipnosis hayan sido, en su mayoría, o bien alienistas preocupados por alertar sobre los perjuicios sociales de su difusión, o bien jóvenes profesionales que aún no habían elegido una especialización.50 Estos últimos hicieron del hipnotismo el asunto de sus tesis de grado, casi por mera curiosidad, pero prontamente abandonaron la temática. Algo muy distinto sucedía en el escenario de los no-diplomados. A partir de 1880, aparecieron en la ciudad magnetizadores e hipnotizadores carentes de título médico que ofrecían a la población sus poderes sanadores.51 No cabe pasar por alto, por otro lado, que estos competidores de los médicos se mostraron incluso más hacendosos en lo que se refiere a la teorización sobre el hipnotismo. Las obras y tratados sobre hipnosis más completos y ambiciosos desde el punto de vista conceptual fueron fruto de la pluma de estos no-diplomados: ilusionistas, diletantes, periodistas y espiritistas.52 A ese complejo terreno se sumó Díaz de la Quintana con sus iniciativas a partir de mediados de 1889. Si bien algunos sanadores y espiritistas lo habían precedido en la oferta de hipnotismo curativo, el suyo fue el primer consultorio o “gabinete” lanzado por un profesional que parecía respetar los hábitos y el lenguaje de sus colegas médicos.
Con el correr de los meses, la oferta de sus remedios adquiriría mayor complejidad. Ese primer aviso publicitario continuaría apareciendo en las páginas de los diarios porteños. Pero a él se agregarían otros distintos, que ponen de manifiesto que Díaz de la Quintana amplió poco después sus recursos terapéuticos. Además de hipnosis, comenzó a utilizar en su consultorio otros artilugios como la electricidad, la metaloterapia y los imanes. Así, en un aviso impreso en agosto de 1891 en El Correo Español, anunciaba su nueva “Instalación Hipno-electroterápica”, ubicada en la calle Artes 526 (hoy Carlos Pellegrini). En esa publicidad se presentaba a sí mismo como el “introductor en la República Argentina del tratamiento hipno y electro-estático en las enfermedades nerviosas y mentales”. Bajo los datos de su nuevo consultorio figuraba un pequeño texto conteniendo la declaración en primera persona de un ciudadano del barrio de Barracas que, después de los infructuosos intentos de varios doctores, había sido librado de una molesta parálisis de un nervio facial, que le provocaba la caída de uno de sus párpados, mediante la aplicación del “soplo electro-estático” de Díaz de la Quintana.

El Correo Español, 23 de agosto de 1891
Díaz de la Quintana no dedicó sus esfuerzos solamente al hipnotismo terapéutico —de cuyo ejercicio no se han conservado otros rastros, como historiales clínicos o informes médicos— y al marketing de su consultorio. Pocas semanas después de la apertura de sus instalaciones hipno-terápicas, fundó una revista enteramente dedicada a ese capítulo médico. La misma llevó por título Hipnotismo y sugestión, y fue la primera publicación de su estilo en el país —quizá también en
Latinoamérica—.53 El primer número apareció el 15 de septiembre de 1889.54 Sobrevivió al menos hasta marzo del año siguiente, contando hasta entonces con 9 números. Por extraño que ello resulte, no se ha conservado ningún ejemplar de esa revista.55 Tal como se verá, Díaz de la Quintana nunca logró ingresar a los círculos profesionales de la medicina porteña. Más aún, la relación que mantuvo con los galenos locales fue siempre dificultosa, al punto de ser acusado de ejercicio ilegal de la medicina. En ese sentido, no es extraño que ninguna de las revistas médicas que por entonces se imprimían en la ciudad haya incluido alguna reseña o comentario de la publicación del español.56
Las únicas noticias que tenemos de esa revista provienen de dos periódicos, Sud-América y El Correo Español, que publicaron los sumarios de algunos números a medida que éstos eran editados. En base a estos datos, es posible deducir algunos rasgos de este emprendimiento de Díaz de la Quintana. La revista publicaba artículos sobre el tratamiento hipnótico de las enfermedades nerviosas, y muchos de esos textos eran de autores franceses. Es muy probable que esas traducciones fueran extraídas de los volúmenes de la Revue de l’hypnotisme expérimental et thérapeutique, editada en Francia desde 1887 bajo la dirección de Edgar Bérillon. Junto a los trabajos de los autores europeos figuraban, de tanto en tanto, colaboraciones del director, que daban cuenta de curaciones hipnóticas obtenidas en su consultorio de Buenos Aires.
En rigor, al día de hoy conocemos solamente un breve fragmento de esa revista, reproducido en una columna de El Correo Español de comienzos de octubre de 1889. El pasaje reproducido contenía solamente una carta con la que Francisco Moreno Godino expresaba su agradecimiento al español por la bienhechora curación hipnótica aplicada sobre su familiar Francisca Román.57 Sería poco cauteloso extraer demasiadas deducciones de la revista Hipnotismo y sugestión en base a ese pequeño fragmento. De todas maneras, algunos aspectos de ese breve artículo merecen nuestra atención. Si estamos en lo cierto al suponer que el texto aparecido en El Correo Español era idéntico a, o era un extracto de, uno de los escritos del volumen segundo de la revista, vemos que Díaz de la Quintana apelaba al viejo recurso del paciente agradecido no sólo en sus publicidades sino también en sus intervenciones textuales más especializadas. De esa forma, contravenía ligeramente los hábitos de sus colegas locales. Los médicos porteños no tenían ningún reparo en prestar sus nombres para publicidades de los remedios más variados (tónicos energizantes, collares eléctricos contra la epilepsia, pastillas capaces de curar todo desarreglo nervioso, pócimas digestivas, etcétera).58 Ahora bien, según nuestro entender, no hacían uso de supuestas declaraciones de pacientes agradecidos en los avisos de sus consultorios y, menos aún, en sus publicaciones más eruditas. Podían echar mano a esa estrategia de marketing de modos más velados, por ejemplo, haciendo imprimir (o alentando para que así se hiciera) cartas de agradecimientos en secciones pagas de algunos diarios de la ciudad.59
Resulta evidente, entonces, que algunas de las acciones de Díaz de la Quintana no coincidían con los hábitos de los profesionales de la ciudad. Estos últimos no recurrían en sus avisos, y menos aún en sus publicaciones, al viejo truco de transcribir las esquelas de pacientes deseosos de anunciar a los cuatro vientos que un remedio les había salvado la vida. Y los médicos tampoco solían organizar demostraciones públicas de hipnotismo a las que se invitara a la prensa.60 También en ese punto Díaz de la Quintana parecía tomar el mal camino. De hecho, al menos en una ocasión, organizó una de esas veladas. El 9 de abril de 1890, el diario Sud-América anunciaba que “El doctor Díaz de la Quintana celebrará esta noche a las 9, en su casa de Lima 1092, una interesante sesión de hipnotismo y sugestión. Con este objeto ha invitado a numerosas personas, y entre ellas a todos los directores de diarios. Los invitados tendrán ocasión de presenciar notables fenómenos de hipnosis en la persona de Carolina del Viso”.61 El director de Hipnotismo y sugestión no solamente patrocinó estas sesiones en las que el sonambulismo era el atractivo ofrecido a los curiosos, sino que en dichas veladas porteñas estuvo acompañado por la misma paciente que había utilizado en Madrid con idéntico fin. Sabemos que la historia de la hipnosis en la medicina europea de fines de siglo está llena de anécdotas de este tenor: profesionales que estudiaban de cerca y durante largo tiempo a una misma enferma que, gracias a esa atención, cobraba igual o mayor celebridad que su científico; las efemérides de la hipnosis incluyen a más de una histérica que recorría las grandes ciudades del Viejo Continente gracias a la sed de conocimiento de los académicos. El gesto de Díaz de la Quintana, empero, no era tan habitual. Y allí, una vez más, pareció abrazar hábitos que eran más propios de los prestidigitadores que de los científicos de guardapolvo. La presencia de Carolina del Viso en aquella sesión de abril de 1890 abre interrogantes que no podemos responder con certeza. ¿La “sonámbula” vino a la Argentina acompañando al médico español?62 ¿Trabajaba con él en su gabinete?63
Una lombriz solitaria y los primeros altercados con las autoridades locales
Volvamos un segundo a Hipnotismo y sugestión. ¿Por qué se interrumpe su publicación en marzo de 1890? Esta interrupción parece más que sorprendente, máxime si tomamos en consideración que el consultorio hipnótico de su director tenía por aquel entonces un evidente éxito de público. La respuesta está en el primer escándalo público en que Díaz de la Quintana se vio envuelto durante su estadía en la ciudad, que fue ampliamente difundido por los periódicos locales, sobre todo por aquellos que comenzaban a mirar con recelo los hábitos heterodoxos del español. A fines de marzo de 1890, apenas unos días después de distribuido el noveno y último número de la revista, los diarios porteños se hicieron eco de una denuncia inquietante: Enrique Della Croce, un joven italiano y dueño del establecimiento tipográfico que se había hecho cargo de imprimir las dos revistas de Díaz de la Quintana, acusó al español de haberle obligado a firmar un pagaré de 20 mil pesos en estado de hipnosis.64 Patrocinado por el letrado Rafael Noailles, la victima presentó una denuncia por estafa y defraudación ante el juez Abella. En su escrito detallaba que desde hacía cierto tiempo venía sufriendo malestares estomacales, a raíz de lo cual había visitado a varios médicos, sin conseguir alivio. A mediados de diciembre de 1889, poco después de iniciar su colaboración con Díaz de la Quintana, éste se hizo cargo de su tratamiento médico y lo convenció de que la causa de su mal residía en una lombriz solitaria. Le prometió, asimismo, que mediante el hipnotismo lograría devolverle la salud. En esas circunstancias comenzaron las hipnotizaciones y, durante una de las sesiones, según el italiano, el médico le ordenó firmar el mentado pagaré.
He allí, en resumidas cuentas, la imputación realizada por Della Croce y difundida ampliamente por los periódicos a comienzos de abril de 1890.65 Ella implicaba una dura afrenta al prestigio de Díaz de la Quintana, no sólo porque ponía en entredicho la buena fe de su proceder hipnótico, sino porque la descripción que daba de su consultorio parecía más bien el de un taumaturgo u ocultista. El español, patrocinado por Carlos Malagarriga, emprendió su defensa, tanto en sede judicial como en la tribuna periodística, desmintiendo las alegaciones de su exsocio. No tenemos modo de saber si había algo de cierto en las acusaciones de Della Croce, y tampoco conocemos el destino ulterior del proceso judicial. Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que el juez hizo lugar a la denuncia, y que ordenó una pericia médica sobre el acusador. Los diplomados debían responder dos preguntas: primero, si Della Croce “estaba predispuesto a la hipnosis y la sugestión”; y, segundo, “si es posible, mediante la sugestión post-hipnótica, hacer suscribir documentos o efectuar otro acto análogo a un sujeto de las condiciones del mismo”. De hecho, el texto de la pericia constituye uno de esos escasos trabajos sobre hipnotismo que los médicos porteños produjeron a fines de siglo. Firmado por los dos alienistas más célebres de esos años (Domingo Cabred y Antonio Piñero) y por otros dos colegas de renombre (Julián Fernández y Samuel Gache), fue publicado en septiembre de 1890 en los Anales del Círculo Médico Argentino.66 De esas páginas podemos recortar por lo menos dos elementos. En primera instancia, que los profesionales pusieron en evidencia allí su escasa pericia en la práctica del hipnotismo; a pesar de haber sometido a Della Croce a siete sesiones de hipnotización, no fueron capaces de hacerlo entrar en franco sonambulismo ni de producir los fenómenos más valiosos (como inducción de alucinaciones o sugestión de órdenes post-hipnóticas). Dicho en otros términos, fracasaron estrepitosamente, a pesar de ser muchos, allí donde otro, en soledad, había alcanzado éxitos más reconocibles (obligar a firmar un pagaré, según el decir del examinado). En segunda instancia, es sintomática la caracterización que la pericia traza de ese “otro” (Díaz de la Quintana). El texto no solamente evita mencionar el nombre del médico español —cautela quizá esperable en una pericia solicitada por la justicia—, sino que ni siquiera se preocupa por dar alguna pista sobre su identidad. Se habla allí de un “hipnotizador” que, para colmo de males, habría abusado de la confianza de un paciente en apuros, y el lector parece invitado a creer que se trata de un curandero o un sanador sin escrúpulos.
Tanto a la luz del gesto inmediatamente anterior de los médicos porteños (que obviaron toda reseña o comentario sobre Hipnotismo y sugestión), como a la luz de la conducta que asumirían poco después en relación al profesional español, quizá sea legítimo interpretar ese extraño silencio de la pericia como un indicador más del descontento de los locales hacia el extranjero. La animadversión se fundamentaba no sólo en los hábitos irregulares de Díaz de la Quintana, sino sobre todo en el hecho de que nunca había revalidado su título en el país. En efecto, tal y como ya vimos, para ese entonces existía una normativa que obligaba a los médicos extranjeros a someterse a una prueba de reválida. Hasta que no aprobasen dicho examen, sus actos curativos eran considerados como ejercicios ilegales de la medicina. Tal exigencia no siempre era respetada, por varios motivos complementarios. De una parte, para el caso de médicos provenientes de países como Italia o Alemania, la dificultad con el idioma era un serio obstáculo para enfrentar el examen. Por otra parte, para inmigrantes recién llegados el costo del trámite podía resultar demasiado elevado, máxime cuando la aprobación no siempre significaba una mejora inmediata en sus ingresos.67 Por último, cabe tomar en consideración un aspecto legal que torna absolutamente comprensible la decisión de muchos de los acusados de ejercicio ilegal del arte de curar: en una inmensa cantidad de casos, los sospechados se limitaban a pagar la multa y proseguían con sus actividades sanatorias. De hecho, la infracción que nos interesa se convirtió en delito verdadero recién en 1921, tras la Reforma del Código Penal. Hasta ese entonces, y durante largas décadas, el “curanderismo” era una mera contravención, que podía ser saldada mediante un pago en dinero.68
Este escenario aparece claramente reflejado en los enfrentamientos que Díaz de la Quintana tuvo con las autoridades sanitarias. El primero de ellos tuvo lugar el 22 de septiembre de 1890, más de un año después de que el español hubiera inaugurado su consultorio de hipnosis y electroterapia. En aquella fecha fue citado al Departamento Nacional de Higiene (presidido entonces por Guillermo Udaondo) a fin de recibir un apercibimiento por ejercicio ilegal de la medicina.69 Tal y como ocurriría en cada ocasión en que recibiera alguna reprimenda, el español respondió de inmediato mediante los recursos a su alcance. Ese mismo día se presentó personalmente en los periódicos que habían difundido la medida de la oficina sanitaria (Sud-América y La Nación), con el objetivo de exhibir sus diplomas y de realizar un descargo. Por ejemplo, Sud-América dedicó largas columnas el día 24 para reseñar esa visita, detallando todas las credenciales desplegadas por el español, y reprodujo una extensa carta escrita por el acusado a modo de autodefensa.70 De ese escrito podemos destacar los siguientes puntos. Primero, su autor señalaba que al llegar a Buenos Aires carecía del dinero suficiente para iniciar el trámite de reválida, y que por ese motivo se dedicó a ejercer el hipnotismo, entendiendo que no había ninguna normativa que lo impidiera. Segundo, por vez primera desde su arribo a la ciudad, Díaz de la Quintana le declara abiertamente la guerra a los médicos porteños, burlándose de sus escasos conocimientos y de sus modales arribistas, al tiempo que se colocaba a sí mismo a la altura de las grandes luminarias de la medicina europea:
[…] un caso como el mío es singular y debe hacerse algo excepcional antes que dejar en duda que sé medicina, que no soy ageno a estos estudios, pero, ni se me examina, ni se me oye, ni se me atiende; el hipnotismo y la sugestión, han realizado curas, al parecer imposibles, y esto, que ha sido hecho por mí, es un delito, un delito imperdonable; parece ser necesario que yo salga de aquí, que mi procedimiento curativo no se abra paso, que la ciencia de los Charcot, Liebeault, Richer, Beaunis, Sánchez Herrero, Bernheim, Voizin, y tantos otros notables médicos, con cuyo nombre escudan su reputación infinidad de médicos argentinos por el mero hecho de haberles escuchado unas cuantas lecciones, quizá pronunciadas en idioma para ellos desconocido, parece ser, decía, que sólo es buena para [ser] leída en revistas y periódicos.71
Esa diatriba contra sus colegas locales no podía servirle de mucho para evitar futuras multas y, con el cometido de mantener en pie su instalación terapéutica, Díaz de la Quintana apeló a un recurso al que solían echar mano otros individuos acusados de curanderismo en Buenos Aires —como el conde de Das, tal y como documentaremos luego—. Se dirigió a un compatriota que sí había revalidado su diploma poco antes, Anselmo Ruiz Gutiérrez, nombrándolo “médico director” (a cambio de una remuneración mensual de 300 pesos). Su nuevo socio asumió dicho cargo el 10 de diciembre de 1890, y días más tarde su nombre y su rol fueron incluidos en las publicidades gráficas de los periódicos.72
Sin embargo, la artimaña no le sirvió de mucho, pues poco después, y siguiendo el procedimiento estipulado por la ley de 1877, el Departamento regido por Udaondo le aplicó una multa por ejercicio ilegal de la medicina.73 El español apeló, y el pleito llegó a sede judicial. Lamentablemente, no se ha conservado el expediente de ese proceso, pero sí ha llegado hasta nosotros el escrito mediante el cual Udaondo remitió al juez interviniente los antecedentes del caso.74 En la enumeración de las faenas previas de Díaz de la Quintana resulta evidente, de un lado, que los higienistas guardaban un celoso registro de cada uno de los movimientos del hipnotizador español, y, de otro, que lo miraban con tenaz desaprobación (desde su exhibición con
Del Viso, pasando por el escudarse detrás de un “médico director”). La iracunda nota de Udaondo concluía con la información de que el español, tras los repetidos apercibimientos, se había limitado a pagar las multas, “quedando de este modo la autoridad del Departamento completamente burlada”, pues el español continuaba anunciado sus servicios en los diarios.
Todas y cada una de las acciones que el español había realizado en Buenos Aires parecían merecer la reprobación de sus colegas porteños. Más aún, a todas las normas que él había infringido en los últimos meses cabía sumar una sancionada recientemente. Desde diciembre de 1890 estaba expresamente prohibido llevar a cabo sesiones teatrales o exhibiciones públicas de hipnotismo. En esa norma, lanzada por el mismo Departamento de Higiene, se agregaba que se prohibía “el empleo del hipnotismo á toda persona que no esté legalmente autorizada para ejercer la medicina”.75
Esas primeras evidencias de los conflictos que el español tuvo con las autoridades locales no nos enseñan sino lo que ya sabíamos. En Díaz de la Quintana encontramos un ejemplar más de los numerosos “curanderos” que, ante las persecuciones del Departamento de Higiene, optaban por la respuesta más sencilla y expeditiva: pagar las multas y seguir ofreciendo sus remedios. Ahora bien, en este caso en particular nos topamos con un escenario más complejo, que nos recuerda que los sanadores perseguidos podían dar batalla desde flancos distintos, poniendo en acto muchas otras estrategias, incluida la apelación. Más aún, los documentos relativos a Díaz de la Quintana ponen en evidencia que tales conflictos sobre higiene, delimitaciones profesionales e, incluso, sobre la cultura del cuidado corporal, se dirimieron en arenas que iban más allá de las normativas, las multas y las apelaciones judiciales. De un bando y de otro, se echó mano a otras armas y recursos tendientes tanto a enaltecer la propia posición como a deslegitimar al enemigo. Tal y como veremos, la prensa, en todas sus variantes, jugó allí un papel preponderante.
El siguiente episodio de esta historia tuvo lugar a comienzos de octubre de 1891. El día 9, una vez más, la oficina presidida por Udaondo citó a Díaz de la Quintana para informarle que sobre él recaía la imputación de ejercicio ilegal de la medicina.76 El español seguía publicitando su consultorio hipnótico, y nunca había rendido el examen de reválida, por lo cual las cosas no habían cambiado mucho. Los higienistas no podían leer sino como una provocación los avisos que el español hacía imprimir en los principales diarios de la ciudad, incluso después de todas las multas y actuaciones de las autoridades sanitarias. Por ejemplo, desde hacía unos días adornaba las páginas de El Correo Español una nueva publicidad, en la cual, además de informar que a la hipnosis y la electroterapia había sumado la metaloterapia y la magnetoterapia, se vanagloriaba de que su instalación había sido “privilegiada por el Gobierno Argentino con patente por diez años”.

El Correo Español, 5 de octubre de 1891
Con el documento del acta de la reunión del 9 de octubre de 1891 (durante la cual se produjo un poco amigable intercambio entre el español y quien regía la repartición) se abre el primer expediente judicial sobre nuestro personaje.77 En efecto, Díaz de la Quintana apeló nuevamente a la multa mediante una carta fechada el 31 de octubre, en la cual desplegó un argumento que difícilmente podía convencer a sus perseguidores:
En ninguno de mis avisos me anuncio como médico que haya revalidado su diploma en la Facultad de esta cuidad ni yo ejerzo aquí la profesión de médico a pesar de tener mi título como tal expedido por las facultades españolas, para mí tan respetables como la de Buenos Aires. […] Lo que yo hago en mis avisos es anunciar que tengo una instalación de baños eléctricos, y lo que hago es aplicar esos baños completamente inofensivos a todo el que me los va a solicitar.78
El juez que entendía en la causa (Carlos Pérez) estableció que una comisión debía encargarse de estudiar la apelación del acusado y dictaminar sobre la legitimidad de la multa apelada. Reunida el día 30 de noviembre, dicha comisión rechazó las alegaciones del español y ratificó la pena (de 200 pesos), que fue pagada por aquel el 14 de diciembre.
Hace instantes dijimos que las autoridades quizá tomaron como una provocación los siempre renovados avisos publicitarios que hacía imprimir el español díscolo. A esas provocaciones los higienistas respondieron con otra provocación. Para aquel 9 de octubre citaron a comparecer no solamente al español, sino también a Mariano Perdriel, el “manosanta”, un curandero que por esos días generó mucha polémica en Buenos Aires debido a sus poderes misteriosos. Díaz de la Quintana no podía tomar sino como un insulto la actitud de los médicos porteños, que de esa forma lo colocaban en pie de igualdad con un sanador que nada tenía que ver con la ciencia o con el saber médico. La reacción del extranjero fue inmediata y sagaz. Recurrió a las columnas del diario de su comunidad. Su contraataque consistió en la publicación de una serie de textos cuyo cometido era doble: de un lado, mostrar que él, en su calidad de médico, era capaz de utilizar su saber técnico para explicar el sistema sanatorio del vulgar curandero Perdriel y, de otro, que la historia le brindaba sobrados argumentos con que impugnar las acusaciones lanzadas en su contra por la oficina sanitaria.
La serie pergeñada por Díaz de la Quintana se tituló “Contribución al estudio del tratamiento de las enfermedades por la imposición de las manos sobre las regiones enfermas en el hombre”. Contó con dos entregas y quedó inacabada. La táctica del español puede ser traducida del siguiente modo. Dado que los médicos locales lo habían humillado doblemente —de un lado, acusándolo de ejercicio ilegal de la medicina, y de otro, equiparándolo a un curandero de barrio—, el director de Hipnotismo y sugestión quiso dejar en claro dos cosas: primero, que los médicos se excedían en sus atributos al perseguir con tal encono a otros trabajadores de la salud y, segundo, que él sabía tanta o más medicina que sus opositores.
De hecho, cada una de las facetas de su táctica quedó encarnada en los dos artículos que llegó a publicar. En el primero de ellos, Díaz de la Quintana presenta su argumento diferenciando dos épocas de la medicina. En el pasado, la medicina era un sacerdocio respetado y valorado por el conjunto de la sociedad. Tanto cuando la salud triunfaba sobre la enfermedad, como cuando la muerte era el cruel desenlace, el médico era bendecido, pues nadie cuestionaba que había hecho lo justo y necesario. Esa etapa gloriosa fue sucedida por otra, en la cual la medicina abandonó el latín como lengua materna, popularizó sus saberes y técnicas, y se democratizó al punto “que hoy no se sabe quién es el médico, si el periódico, el vulgo, hasta el enfermo mismo, ó el que después de tantas vigilias consigue su título de jefe en las filas del ejército contra las enfermedades de los pueblos”.79 De todas maneras, ese diagnóstico no conllevaba una diatriba contra los curanderos, puesto que “al empirismo se debe mucho de lo que es conocimiento médico y el curandero es un empírico que algo bueno deja tras de sí cuando observa y estudia lo que hace”. Más aún, el establecimiento de una lucha entre profesionales titulados y curanderos era una alta ofensa “contra la dignidad médica”. Este razonamiento era seguido de una denuncia en la que no es difícil leer las amargas acusaciones de Díaz de la Quintana hacia Udaondo y sus colaboradores:
Es lástima grande y causa ciertamente honda pena, considerar que, así como el pequeño coágulo suspende la actividad funcional del ser entero, un insignificante grupo de médicos, pueda enfermar toda una colectividad de ellos, desacreditando ante la opinión pública con sus actos, á los que viven del estudio, de la clientela, de sus propios esfuerzos, sin taparse con esas anchas y cómodas capas que los poderes públicos dan para abrigo de sus favoritos.80
Ahora bien, todos estos planteos debían ser meramente la antesala del contenido central de dicha “Contribución”, cuyo cometido era estudiar de cerca el asunto de la curación de enfermedades por la imposición de manos, el cuestionado método de Perdriel. Al parecer, el español dejó inconcluso su ensayo y alcanzó a publicar sólo una segunda parte. Esta última, por extraño que resulte, era una extensa descripción anatómica de la mano.81 De forma más bien torpe, esa segunda entrega fue quizá el modo en que Díaz de la Quintana eligió recordar a sus acusadores que él también sabía de medicina académica y descriptiva...
Todo indica que aquel descargo del español no sirvió de mucho. Seguramente debido a las presiones ejercidas —y en un contexto en que el cuestionamiento a los médicos extranjeros era cada día más fuerte—, nuestro hipnotizador aceptó someterse al polémico examen de reválida. Si bien no conocemos la fecha exacta en que la prueba tuvo lugar, sí estamos en condiciones de sostener que Díaz de la Quintana no dejó una buena impresión en sus evaluadores. De hecho, contamos con más de una crónica sobre el evento. Al igual que el español, también los médicos porteños optaron por la prensa a los fines de continuar la batalla. Y nada mejor que los detalles escabrosos del malogrado examen para herir el prestigio del pagador crónico de multas.
El artículo más detallado fue el incluido en El Diario del 31 de octubre de 1891, titulado “Reprobado por unanimidad”. Esa nota nos aporta, de un lado, una valiosa confirmación de la buena acogida que el consultorio de Díaz de la Quintana halló entre los porteños: “ha tenido su apogeo. Su casa se llenaba de crónicos y no le han faltado cartas de complacencia en que constaba que había devuelto la vista á los ciegos y movimiento á los paralíticos”.82 Por otro lado, el tramo central del artículo del diario de Manuel Láinez narraba, en tono burlesco, el rotundo fracaso de Díaz de la Quintana en la evaluación realizada por un jurado integrado por González Catán, Mallo, Basterrica, Hernández, Udaondo, Lagleyze y algunos colegas más. De hecho, el redactor de la nota reproducía algunos de los presuntos fragmentos del examen, en el cual quedó en evidencia la ignorancia en materia médica por parte del evaluado:
[Al Dr. Lagleyze] Le llegó el turno de preguntar sobre clínica oftalmológica.
Dígame, senor, tratamiento de la conjuntivitis catarral aguda (lo más sencillo).Pues, hombre, estoy malito, no recuerdo.
¿Qué le parece el nitrato de plata?
Hombre, no es malo, pero no se le usa sino muy poco.
Diga Vd. qué le parece.
Ya le diré a Vd. Lo mejor es ollín de cocina desleído en agua.
En este momento una estruendosa carcajada resonó en toda la sala y el examinando escapó despavorido en medio de la algazara de los muchachos que gozaban bajo la dirección del Dr. Lagleyze.83
Sud-América, por su parte, también se hizo eco del episodio. Luego de describir al español como “un señor extrangero que ostenta en su casa un gran chapón de metal con anuncios extrambóticos sobre grandes y maravillosos tratamientos por la electricidad”, el diario fundado por Carlos Pellegrini advertía que el examen de reválida había sido un fracaso tal que todos tuvieron la impresión de que el evaluado “no parecía haber abierto en su vida un texto de medicina ni nada que se le parezca”.84 El diario vio en ese hecho la ocasión ideal para retomar su tradicional diatriba contra los médicos extranjeros, y la nota concluía en estos términos: “El suceso hará época en la crónica profesional, pero al mismo tiempo quizá servirá de precedente para que la facultad de medicina se tome el trabajo de ser un poco más parca en sus liberalidades con los que vienen de otras tierras á revalidar sus diplomas”.85
Sonámbulas, sillones vibratorios y molinos de viento
A pesar de los apercibimientos, la reprobación en el examen de reválida y las campañas periodísticas en su contra, las instalaciones de Díaz de la Quintana siguieron en pie como si nada hubiese sucedido. Poco después del malogrado examen, el 9 de diciembre de 1891, el
Departamento Nacional de Higiene le aplicó una nueva multa (esta vez de 400 pesos) por ejercicio ilegal de la medicina, que nuevamente fue apelada por el infractor mediante una extensa e irreverente carta remitida a Udaondo tres días más tarde. A resultas de ello se inició un nuevo proceso judicial, que concluyó de idéntica manera que el anterior. La comisión designada por el juez para estudiar los antecedentes del caso y analizar el alegato del acusado, respaldó la determinación tomada por la oficina de higiene, y lo hizo a través de un escrito que contenía una áspera reprobación de las conductas adoptadas por el español.86
El clima de esa contienda recrudeció con el correr de los meses, y los gestos de hartazgo aparecieron en ambos mandos. Más aún, desde ambas veredas se dieron muestras del uso de nuevas tácticas y estratagemas. Por ejemplo, una situación muy embarazosa se generó en octubre de 1892 cuando Díaz de la Quintana, dando fe nuevamente de su habilidad para llevar a buen puerto sus iniciativas, consiguió que la Oficina de Patentes, dependiente del Ministerio del Interior de la Nación, le concediera un diploma de invención por un implemento de electroterapia diseñado por él. El otorgamiento de esa patente dio lugar a un fuego cruzado entre oficinas gubernamentales, y ya veremos qué consecuencias cabe extraer de esas rispideces. Díaz de la Quintana patentó su invención amparándose en la ley de patentes, sancionada en septiembre de 1864.87 Esa normativa, junto con establecer que una comisión de especialistas en cada ramo debía estudiar los pedidos y decidir si correspondía o no conceder la patente, tenía el cometido de decretar los derechos que recibían los dueños legítimos de los inventos, sobre todo la explotación exclusiva por un cierto lapso de tiempo, que iba desde los 5 hasta los 15 años, dependiendo del “mérito” de la innovación. Si bien durante los primeros años posteriores a la creación de la ley la Oficina de Patentes recibió escasas solicitudes referidas a implementos curativos, la situación se modificó en la década final del siglo. Con la proliferación de remedios y dispositivos diagnósticos que dependían de la técnica (la electroterapia, la aeroterapia, los rayos X), distintos agentes ligados o no al campo de la salud (médicos, ingenieros, inventores no diplomados, farmacéuticos) fueron los artífices de múltiples inventos. En tal sentido, Díaz de la Quintana debe figurar como uno de los pioneros de esa naciente zona del mercado sanitario argentino.
El episodio en cuestión convocó no sólo a varias oficinas gubernamentales, sino a varias mentes inventivas. En efecto, el otorgamiento de la patente a Díaz de la Quintana en verdad tuvo lugar unos pocos días después de que Carolina del Viso —aquella histérica sonámbula que cada tanto se mostraba, de ambos lados del Atlántico, junto a su médico hipnotizador— recibiera su propia patente. El 18 de octubre de 1892, La Prensa informaba que nuestra hipnotizada había recibido el “privilegio por cinco años […] por su sistema de sillas banquillos destinados a la aplicación de la electricidad como medio de curación”.88 En efecto, la patente de Del Viso figura bajo el número 1207 en la Nómina de patentes concedidas entre 1866 y 1900.89
Ahora bien, nadie puso el grito en el cielo por el invento de Carolina. El escándalo sobrevino cuando el propio Díaz de la Quintana siguió el mismo camino. El 22 de octubre de 1892 se difundió la noticia de que se había concedido al español una “precaucional” “por un aparato de vibraciones rápidas” que servía para “tratar las parálisis, neurastenias y varias enfermedades nerviosas”.90 El Diario agregaba que la innovación consistía en que “mientras en París, el aparato en uso —un sillón vibratorio— sólo permite la administración del tratamiento de una en una persona enferma, el de Díaz de la Quintana permite administrar ese medio terapéutico a catorce personas a la vez”.91 En rigor, no se trataba de la primera patente obtenida por el hipnotizador, pues ya el 30 de septiembre de 1891 la misma oficina le había otorgado un privilegio por 10 años por sus “mejoras en instalaciones médicas de electro-estática”.92 Sea como fuere, en aquellos días de octubre de 1892, en vísperas de recibir su segunda patente, el español hizo imprimir avisos en los que, repitiendo un ademán usado un año antes, subrayaba con especial cuidado sus dotes inventivas.93

El Correo Español, 12 de octubre de 1892
En el documento con la nómina de las patentes hallamos información apenas lacónica sobre el invento de 1892, titulado “Mejoras en instalaciones electro-estática destinadas a fines médicos”. Esa fuente nos advierte que la patente de Díaz de la Quintana fue la número 1219, y que le fue concedida por “8 años, 11 meses y 2 días”.94
El nuevo invento patentado en octubre de 1892 dio lugar a una curiosa controversia. El 23 de octubre, un día después del anuncio de la patente conseguida por nuestro personaje, El Correo Español reprodujo la extensa nota que José María Ramos Mejía, por entonces director del Departamento Nacional de Higiene, había enviado al Ministro del Interior de la Nación, bajo cuya órbita se encontraba la Oficina de Patentes y Marcas.95 Ramos Mejía le hacía saber su malestar por el hecho de que esta última dependencia gubernamental hubiera concedido “dos privilegios sobre modificaciones introducidas en máquinas eléctricas” sin antes haber consultado la opinión de la Oficina de Higiene. El higienista entendía que, tratándose de implementos ligados a la salud, la Oficina de Patentes debería haberse dirigido a la Oficina de Higiene, órgano encargado de asesorar al Gobierno en todo lo relativo a la sanidad. Ramos Mejía no perdía la oportunidad de recordar que poco antes, en el proceso que lo había condenado por ejercicio ilegal de la medicina, Díaz de la Quintana se había escudado en el hecho de poseer patentes para sus innovaciones eléctricas.
El inventor no se quedó de brazos cruzados. De inmediato contraatacó desde las páginas de La Prensa, más puntualmente desde la sección “Publicaciones varias”, en la que cualquiera podía usar las columnas del diario más vendido a cambio de pagar cierta cantidad de dinero.96 En su texto de defensa, publicado en dos partes, Díaz de la Quintana arremetía contra todos, en una actitud que con el correr de las semanas le costaría la amistad de los pocos aliados que le quedaban en Buenos Aires. En primer lugar, condenaba la posición del diario de la comunidad española, el único que había reproducido en toda su extensión la queja de Ramos Mejía. En vez de auxiliar a los compatriotas, aquel vespertino, según las palabras del hipnotizador, se esmeraba en “desunirnos y dejarnos en desamparo”. Mediante estas declaraciones, el director de Hipnotismo y sugestión le declaraba la guerra al órgano de prensa que otrora había sido su mejor defensor: El Correo Español había sabido darle la bienvenida a la ciudad, le había publicado sus numerosas contribuciones sobre la “Higiene de los niños”, había difundido los avisos publicitarios de su gabinete y se había encargado de reseñar todos y cada uno de los números de su revista de hipnotismo.97
En segundo lugar, objetaba el argumento de Ramos Mejía. Díaz de la Quintana replicaba que su pedido de patente, y la respuesta afirmativa de la Oficina correspondiente, se ajustaban a la ley que regía esos asuntos. Todavía más, al pedir inmiscuirse en el trámite de otorgamiento de patentes, el Departamento de Higiene hacía pública su desconfianza en la idoneidad de los ingenieros y demás profesionales de la Oficina de Patentes, empezando por el Dr. Arata, quien solía oficiar de informante.98 En sintonía con sus escritos de octubre de 1891 (aquellos referidos a Perdriel), el español interpretaba los reparos de la Oficina de Ramos Mejía como un ridículo conflicto de prestigios y alcurnias: los higienistas aceptaban sólo inventos sanitarios de médicos argentinos y, cuanto mayor estatus poseyeran los profesionales, mejor.
X. inventa un fusil: carga rápida, pólvora sin humo, mil tiros por minuto, cuatro metros de poder perforante, a una legua de distancia; mata un regimiento en un segundo; por combinación explosiva, no sólo mata sino que crema los cadáveres que produce; es una maravilla de la guerra y de la ‘higiene moderna’; pero X. no es militar y si lo es, no pertenece al ejército argentino; el fusil destructor —ya lo bauticé— no puede obtener patente mientras el inventor no se aliste en un cuerpo de línea, ascienda a algo y presente su estudio llevando en la cabeza el kepi reglamentario.99
Con miras a ridiculizar las cautelas de Ramos Mejía, Díaz de la Quintana advertía que los médicos porteños recibían con los brazos abiertos los descubrimientos de Koch y Pasteur, pero se comportarían de muy distinta manera si en vez de llegar los sueros y fluidos benefactores, llegasen sus inventores a estas costas. Siguiendo con el tono burlesco, el español cerraba su escrito apuntando a ese orgullo nacionalista que, según su entender, comandaba el traspié de los higienistas: dado que Bartolomé Mitre no era licenciado en letras, sino militar, ¿con qué derecho era considerado literato, con qué derecho podía concedérsele propiedad literaria a sus obras?
El gesto de Ramos Mejía no sólo dio lugar a la airada respuesta del principal implicado. Aquella nota también recibió su debida contestación de parte de la oficina gubernamental cuestionada. Hacia fines de noviembre de ese año, cobró estado público el escrito con que el director del Departamento de Obras Públicas contestó al documento salido de la Oficina de Higiene. Si bien era enunciado en términos y con argumentos distintos a los esgrimidos por Díaz de la Quintana, la respuesta significaba un respaldo a su postura, y por ende una derrota para el rey del higienismo vernáculo. El encargado de la Oficina de Patentes aclaraba que en los casos del español y de Del Viso se había seguido el procedimiento establecido por la ley. El punto principal de la réplica dejaba muy mal parado a Ramos Mejía. Una cosa era el “derecho que tiene todo inventor sobre su invento”, y otra muy distinta era el derecho de usarlo o explotarlo. La Oficina de Patentes se encargaba del primer elemento, no haciéndose responsable del último. Casi a manera de venganza disfrazada de lección, el autor de la respuesta le recordaba a Ramos Mejía algunos principios básicos:
Conviene pues, excelentísimo señor, dejar plenamente establecido, que el departamento no ha concedido ni hubiera podido conceder a las personas antedichas, privilegios para usar o servirse de sus aparatos con fines curativos, y las patentes que han obtenido les garante solamente el derecho de propiedad y explotación que les acuerda la ley. Al departamento de higiene es a quien incumbe aplicar las disposiciones vigentes que impiden ejercer la medicina por personas sin título; pero el hecho mismo de impedir ese ejercicio no destruiría el derecho que todo inventor tiene sobre su invento, acordado hasta por la constitución nacional.100
Con esa nota se cerraba este curioso episodio. No tenemos registro del modo en que Ramos Mejía leyó la incómoda réplica del Director del Departamento de Obras Públicas. Por esos días, otras cosas lo mantenían ocupado: a una crisis interna del Departamento de Higiene, referida en un comienzo al accionar de los inspectores de buque de esa repartición, se le sumó la llegada a la ciudad de otro hipnotizador extranjero deseoso de establecer una clínica, el conde de Das, de quien nos ocuparemos en el tercer capítulo. Sea como fuere, los altercados alrededor de los inventos eléctricos pueden servirnos para iluminar algunas facetas de la trama cultural —e industrial y económica— de fines de siglo.
En primer lugar, las fricciones y malentendidos entre las oficinas gubernamentales constituyen, quizá, el intersticio en que actores sociales acusados de falsedad podían recobrar su prestigio o escapar a la condena generalizada. Eso fue al menos lo que sucedió con el hipnotizador español. No es que la obtención de la patente le ayudara a evitar las acusaciones de ejercicio ilegal de la medicina, pero sí le aportaba créditos que le permitían reconstituir su renombre o amparar sus iniciativas, incluso a pesar de que esos supuestos inventos nunca se pusieran en funcionamiento o se mostraran luego inviables. El recibir la validación de la patente también le permitía posicionarse aún mejor en el territorio en que mejor sabía moverse: el mercado de consumo de productos sanitarios. Ya veremos que una desavenencia similar (esta vez entre la Oficina de Higiene y la policía) impediría unas semanas más tarde la aplicación de un castigo sobre el conde de Das. Si bien sólo son ejemplos aislados, probablemente sirvan como vía de entrada a una zona que sería menester explorar con mayor detalle. Cuando se analizan los motivos de los fracasos en la persecución del curanderismo a fines de siglo, tal vez es necesario agregar este factor, relativo a las múltiples fracturas y desniveles que hacen imposible hablar de un poder higienista unificado.
En segundo lugar, cabe recordar que las innovaciones de Del Viso y de Díaz de la Quintana eran en verdad una pequeña muestra de una cultura sanitaria en constante dinamismo. En efecto, por esas fechas proliferan las ofertas curativas basadas en implementos técnicos o en sustancias milagrosas. En tal sentido, la nómina de patentes de invención y los avisos publicitarios de los diarios son reservorios documentales que esperan una indagación detenida. Algún día habrá que escribir la historia de la salud en base a esas fuentes, y a resultas de esa labor se tendrá una noción más cabal de la complejidad de ese mercado de la salud y la enfermedad, habitado por actores sociales variados. Y tal variedad vale para ambas partes: tanto para los que ofrecían sus remedios (farmacéuticos, magnetizadores, curanderos, representantes de firmas internacionales, etcétera) como para los que los consumían, pues en ese proceso de consumo (de tónicos, aparatos eléctricos, masajes, servicios de clarividencia, aguas azoadas, dispositivos magnéticos) se daban a sí mismos las identidades prescritas (neurasténico, histérico, depresivo, etcétera). En tal sentido, podemos recuperar aquí los comentarios incluidos al comienzo de este capítulo, referidos a la insuficiencia de la tríada clásica de expendedores de alivios. Entre la infinita fauna de partícipes del universo de la sanación, es legítimo incluir a estos inventores que, independientemente de si tuvieron o no una participación en el terreno del curanderismo o de la medicina tradicional, de inmediato deseaban volcar al mercado los productos de su inventiva.
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