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Título original: Halfbreed

© Maria Campbell, 1977

Publicado mediante acuerdo con McClelland & Stewart (Penguin Random House Canada Limited) e International Editors’ Co.

© de la traducción, Magdalena Palmer, 2020

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2020

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE CUBIERTA: © Dan Gordon

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Ted Whitecalf

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-121980-6-5

eISBN: 978-84-123036-5-0

DEPÓSITO LEGAL: M-21712-2020

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MESTIZA

maria campbell


Contenido

Mestiza Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Títulos Publicados

Este libro está dedicado a los hijos de mi Cheechum. Gracias, Stan Daniels, por enojarme lo suficiente para que acabara escribiéndolo; Peggy Robbins, por tu comprensión y tus ánimos, pero sobre todo por creerme capaz de conseguirlo; a mi familia, por su paciencia; a Elaine Kay, Sheila, Sarah y Jean por comprender, escuchar, mecanografiar y hacer de niñeras; y un agradecimiento muy especial para mi amiga Dianne Woodman.

Mestiza
Introducción

La casa donde crecí es una ruina invadida por la maleza. El pino que veía desde la ventana oriental está seco y marchito. Lo único que no ha cambiado son los álamos y el cenagal de la parte posterior. También sigue allí una familia de castores, tan atareada y parlanchina como aquella mañana de hace diecisiete años en que me despedí de mi padre y me marché.

El cementerio al pie de la colina es una maraña de rosas silvestres, azucenas y cardos. Las cruces se han desmoronado y las taltuzas corretean entre las tumbas hundidas. La vieja iglesia católica necesita una buena mano de pintura, pero tendrá que esperar otro año debido a la pobreza de la congregación.

La herrería y la quesería del otro lado de la calle llevan mucho tiempo derruidas, y sólo una vieja máquina de vapor negra y unas herraduras olvidadas señalan su antigua ubicación. La tienda de comestibles sigue allí, vieja y solitaria como las tierras que la rodean, casi tan inexistente como su clientela. Sus dueños, unos franceses que emigraron de Quebec, han muerto, y sus familiares se han ido. Es como si nunca hubiesen estado allí.

La casa de la abuela Campbell ha desaparecido. Las familias mestizas que antes ocupaban tierras públicas se han trasladado a los pueblos cercanos, donde los subsidios y el alcohol son más accesibles, o bien se han internado en el bosque para evadirse de la realidad. Los ancianos que tanto influyeron en mi infancia han muerto.

Creí que al volver a casa después de tanto tiempo rencontraría la felicidad y la belleza que había conocido de niña. Pero a medida que me adentraba en el sendero sembrado de baches, curioseaba entre las casas en ruinas y rememoraba el pasado, comprendí que ya no las encontraría aquí. Como yo, la tierra había cambiado, mi pueblo se había ido y, si quería sentir algo de paz, tendría que buscarla en mi interior. Fue entonces cuando decidí escribir sobre mi vida. No soy muy vieja, por lo que quizá algún día, cuando también yo sea una anciana, me decida a continuar. Escribo esto para todos vosotros, para contaros qué supone ser una mestiza en Canadá. Quiero hablaros de las alegrías y las penas, de la angustiosa pobreza, de las frustraciones y los sueños.

Capítulo 1

En la década de 1860 Saskatchewan formaba parte de lo que entonces se denominaban Territorios del Noroeste, y era una tierra sin pueblos, cercados ni granjas. Aquí llegaría la población mestiza de Ontario y Manitoba para escapar de los prejuicios y el odio que siempre acompañan los inicios de una nueva tierra.

El temor de los mestizos a que el Gobierno canadiense no respetara sus derechos tras adquirir las tierras de la Compañía de la Bahía de Hudson y los prejuicios de los colonos blancos protestantes condujeron a la Rebelión del río Rojo de 1869. Louis Riel estableció un gobierno provisional en Fort Garry, Manitoba, pero en 1870, cuando el Gobierno envió tropas desde el este, tuvo que huir a Estados Unidos.

Tras perder a sus líderes y sus tierras, los mestizos huyeron al sur de Prince Albert, Saskatchewan, y fundaron los asentamientos de Duck Lake, Batoche, St. Louis y St. Laurent. En aquel entonces no había Gobierno ni orden público en la región, por lo que formaron el suyo propio, acorde con su forma de vida: el orden y la disciplina de las grandes cacerías de búfalos. Eligieron a Gabriel Dumont como su presidente, y con él a ocho concejales. Establecieron leyes para que la población viviese en paz, y sanciones si tales leyes se incumplían. Dejaron claro que no se oponían al Gobierno canadiense y que abandonarían sus cargos en cuanto los Territorios adquiriesen un verdadero Gobierno capaz de garantizar el orden público.

Y vivieron felices algunos años, pero en las décadas de 1870 y 1880 llegaron los colonos y el ferrocarril y, como había ocurrido en Ontario y Manitoba, su forma de vida se vio amenazada de nuevo. Ocupaban, sin ningún título de propiedad, la tierra donde vivían. Querían que Ottawa les garantizase su derecho a conservar la tierra antes de que los colonos blancos las usurparan usando las leyes que favorecían el establecimiento de granjas de producción agrícola. Los mestizos consideraban que tales leyes para la adquisición de tierras los discriminaban, pues establecían que tenían que vivir de forma permanente en la tierra y esperar tres años antes de solicitar su propiedad. Ellos llevaban años viviendo allí, desde mucho antes de la creación de tales leyes, y consideraban que no debían tratarlos como si fuesen recién llegados. Enviaron numerosas peticiones y resoluciones a Ottawa pero, una vez más, como ya había sucedido en Ontario y Manitoba, Ottawa no mostró el menor interés y siguió ignorando su existencia.

Finalmente, en 1884 decidieron acudir al único hombre que podía ayudarles. Gabriel Dumont y tres de sus concejales cabalgaron hasta Montana para reunirse con Louis Riel, que vivía en el exilio. Riel regresó con ellos a Saskatchewan, donde descubrió que no sólo los mestizos, sino también los colonos blancos y los indios tenían buenos motivos para quejarse. Debido a las insistentes exigencias del este del país, el gobierno conservador de Macdonald había cortado los fondos federales destinados a los Territorios del Noroeste, lo que dejaba a los indios sin las raciones y la ayuda agrícola que les habían prometido en los tratados. Los colonos blancos habían sufrido un desastre tras otro, entre ellos tres años de sequía, lo que unido a su insatisfacción por las leyes para la adquisición de tierras había agriado sus relaciones con el gobierno federal.

Esta vez las peticiones y las resoluciones que se enviaron a Ottawa procedían de los colonos blancos, los mestizos y los indios. Y, una vez más, Ottawa las desoyó. Los mestizos estaban enojados y dispuestos a alzarse en armas, pero ni Riel ni los colonos blancos deseaban una rebelión. Riel opinaba que tenía que haber una forma más pacífica de conseguir que Ottawa entendiese la urgencia de sus peticiones. Sin embargo, Dumont desconfiaba del gobierno federal y consideraba que sólo lograrían lo que pedían mediante una rebelión armada. Insistió a Riel para que tomara Fort Carlton y declarase un gobierno provisional como había hecho en Fort Garry, Manitoba. Finalmente Riel siguió el consejo de Dumont y estableció un gobierno provisional. Dio un ultimátum a la Policía Montada del Noroeste y al fuerte: a menos que se rindiesen, atacarían. Entretanto, Dumont había reunido a un grupo de mestizos e indios armados que se aproximaban al fuerte sin conocimiento de Riel. Crozier, el oficial de la Policía Montada a cargo del fuerte, había solicitado refuerzos a Regina cuando recibió el ultimátum de Riel. No obstante, al ver que Dumont y su grupo se acercaban, decidió insensatamente que sus inexpertas tropas atacaran a los excelentes tiradores de Dumont.

Esta fue la batalla de Duck Lake, una victoria para los mestizos que constituyó el inicio de la Rebelión de Riel. Los colonos blancos se oponían mayoritariamente a la violencia y retiraron su apoyo después de Duck Lake, pero los indios que habían firmado tratados con el Gobierno y que pasaban hambre debido a las promesas incumplidas de Ottawa apoyaron a Dumont y Riel. Los jefes tribales Gran Oso y Creador de Cercados, célebres guerreros respetados en todos los Territorios del Noroeste, llegaron con sus hombres para unir fuerzas con los mestizos.

Después de Duck Lake, Ottawa se apresuró a reunir una comisión para examinar las reivindicaciones de los mestizos y distribuir escrituras de propiedad que garantizaran sus derechos a la tierra. Pero se emitieron deliberadamente a unos pocos elegidos, lo que provocó la división entre la población mestiza. Si esta comisión se hubiese formado antes, la batalla de Duck Lake y la rebelión de Riel nunca habrían tenido lugar.

Entretanto, el Gobierno envió tropas a Saskatchewan bajo el mando del general Middleton. La red ferroviaria Canadian Pacific no se había completado, por lo que entre los puntos inacabados las tropas y los víveres tuvieron que transportarse en trineo. En cuestión de un mes, ocho mil soldados, quinientos miembros de la Policía Montada y voluntarios blancos procedentes de todos los Territorios del Noroeste, además de una ametralladora Gatling, llegaron para detener a Riel, Dumont y ciento cincuenta mestizos.

Los libros de historia dicen que los mestizos fueron derrotados en Batoche en 1884.

Louis Riel fue ahorcado en noviembre de 1885, acusado de alta traición.

Gabriel Dumont y un puñado de sus hombres escaparon a Montana.

Los jefes indios Creador de Cercados y Gran Oso fueron acusados de traición y condenados a tres años de cárcel.

Los otros mestizos escaparon a zonas despobladas del norte de Saskatchewan.

El gobierno federal invirtió un total de cinco millones de dólares en sofocar la rebelión.

Capítulo 2

Mis ancestros huyeron a Spring River1, que se encuentra a ochenta kilómetros al noroeste de Prince Albert. Familias mestizas con apellidos como Chartrand, Isbister, Campbell, Arcand y Vandal se trasladaron allí después de la rebelión de Riel, en la que habían participado activamente. Ahora Riel había muerto, y con él sus esperanzas. En esta nueva tierra abundaban los pequeños lagos, las colinas rocosas y los bosques espesos. Los mestizos que se trasladaron aquí eran tramperos y cazadores autosuficientes y, a diferencia de sus hermanos indios, no estaban dispuestos a asentarse para llevar una existencia de constante miseria, viviendo de lo poco que podían arrancar del cultivo de aquellas tierras. Les atrajo esta parte de Saskatchewan porque era una buena región para cazar y no había colonos.

A finales de la década de 1920 estas tierras se incluyeron en la Ley de asentamientos rurales, y con ello resurgió la amenaza de la inmigración de colonos. A la sazón los lagos se secaban y tanto la caza como las pieles estaban al borde de la extinción. Sin otro lugar adonde ir, prácticamente todas las familias decidieron acogerse a la Ley de asentamientos rurales para poder optar a la propiedad de la tierra. No fue fácil aceptar que los tiempos habían cambiado, pero para dar un futuro a sus hijos tendrían que olvidarse de su vida libre y nómada.

La tierra costaba diez dólares por un cuarto de sección (el equivalente a un cuarto de milla cuadrada o 64,7 hectáreas). Era obligatorio roturar cuatro hectáreas en tres años, además de otras mejoras, para que se concediera el título de propiedad; de lo contrario, las autoridades del distrito confiscaban las tierras. La depresión económica y la escasez de pieles dificultaron que los mestizos reunieran dinero para adquirir los aperos necesarios para roturar la tierra. Unas pocas familias consiguieron arañar algo de dinero y contrataron mano de obra, pero nadie se arriesgó a comprar un equipo muy costoso para trabajar una tierra cubierta de rocas y ciénagas. Algunos lo intentaron con caballos, pero fracasaron. Llegaron la frustración y el desánimo. Simplemente no estaban hechos para la agricultura.

Las autoridades fueron reclamando gradualmente los terrenos sometidos a la Ley de asentamientos rurales y se las ofrecieron a los inmigrantes. Los mestizos pasaron a ser ocupantes ilegales de sus propias tierras y finalmente fueron expulsados por los nuevos propietarios. Regresaron, uno tras otro, a las tierras marginales y los terrenos reservados por el Gobierno para la construcción de nuevas carreteras, donde levantaron sus cabañas y establos2.

Y así empezó una miserable vida de pobreza, sin esperanzas de futuro. Aquella fue una generación completamente derrotada. Durante la rebelión, sus padres no habían conseguido hacer realidad sus sueños; también habían fracasado como agricultores y ya no les quedaba nada. La que había sido su ancestral forma de vida formaba parte del pasado de Canadá y carecían de un lugar en el mundo, pues creían que no tenían nada que ofrecer. Sentían vergüenza, y con ella perdieron el orgullo y las fuerzas para seguir adelante. Me duele pensar en aquella generación. Cuando escribo estas líneas, todavía quedan algunos de ellos: las abuelas y abuelos tullidos y encorvados de los barrios marginales; los que se internan en el bosque para morir; los que cuidan de los nietos cuando los padres están borrachos. Y también aquellos que, aunque hayan pasado cien años, siguen luchando por la igualdad y la justicia de su pueblo. El camino que tienen por delante es interminable y lleno de frustraciones y sufrimiento.

Me duele porque en mi infancia vislumbré un pueblo orgulloso y feliz. Los oí reír, los vi bailar y sentí su amor.

Un buen amigo me dijo: «Maria, que sea un libro alegre. No pudo ser tan malo. Nos sabemos culpables, no seas demasiado dura con nosotros». No siento rencor, esa es una etapa que ya he superado. Lo único que quiero decir es: así fueron las cosas; así siguen siendo. Sé que la pobreza no es exclusivamente nuestra. Vuestro pueblo también la sufre, pero en aquellos primeros tiempos al menos teníais sueños y un mañana. Ni mis padres ni yo tuvimos nunca aspiraciones de futuro. Nunca vi a mi padre replicar a un hombre blanco, salvo cuando estaba borracho. Nunca vi que él, ni ninguno de los nuestros, mantuviese la cabeza alta ante los blancos. Cuando se emborrachaban se volvían agresivos y belicosos, y sólo entonces conseguían asustarlos brevemente. Pero hasta esos momentos eran infrecuentes, porque acababan bebiendo demasiado y se transformaban en hombres patéticos y enfermos, que lloraban por el pasado, peleaban entre sí o se iban a casa a pegar a sus atemorizadas esposas. Pero me estoy adelantando, por lo que retrocederé un poco para hablar de la familia de mi padre.

El bisabuelo Campbell llegó de Edimburgo, Escocia, acompañado de su hermano. Hombres duros y curtidos, discutieron en el barco que los llevaba a Canadá y dejaron de hablarse. Los dos se asentaron en la misma zona, se casaron con mujeres nativas y formaron una familia. Mi bisabuelo se casó con una mestiza, sobrina de Gabriel Dumont. Antes de la boda los dos hermanos habían cortejado a la misma mujer, y aunque mi bisabuelo venció, siempre estuvo convencido de que su único hijo era de su hermano, por lo que nunca reconoció al abuelo Campbell como propio ni volvió a hablar con su hermano en lo que le quedaba de vida.

Gestionaba una tienda de la compañía de la Bahía de Hudson situada a pocos kilómetros de Prince Albert y comerciaba con los mestizos e indios de los alrededores. En 1885, cuando estalló la Rebelión del Noroeste, se puso de parte de la Policía Montada del Noroeste y de los colonos blancos. No era del agrado ni de sus vecinos ni de sus clientes. Nuestros ancianos lo llamaban «Chee-pie-hoos», que significa «espíritu maligno que salta arriba y abajo». Se decía que era muy cruel y que golpeaba a su hijo, a su mujer y a su ganado con el mismo látigo e igual violencia.

En una ocasión, el abuelo Campbell huyó de casa cuando tenía diez años. Su padre lo encontró y lo ató junto a su caballo, luego subió al carro y durante todo el camino a casa fue dando latigazos tanto al caballo como a su hijo.

También era un hombre muy celoso y vivía convencido de que su esposa tenía aventuras con todos los mestizos de los alrededores. Por este motivo, cuando estalló la rebelión y debía asistir a reuniones lejos de su casa, siempre se llevaba a su mujer. Esta, a su vez, transmitía a los rebeldes toda la información que oía, y también robaba para ellos munición y provisiones de la tienda de su marido. Cuando él lo descubrió, se puso furioso y decidió que la mejor forma de castigarla era azotarla en público. De modo que le desnudó la espalda y la golpeó con tanta crueldad que le dejó cicatrices de por vida.

Mi bisabuelo murió poco después. Hay quien dice que su familia lo mató, pero no se sabe con certeza. Su mujer se fue a vivir con los parientes de su madre, que vivían en lo que ahora se conoce como Parque Nacional Prince Albert. Aunque eran indios nunca formaron parte de una reserva, pues no estaban presentes cuando se firmaron los tratados. Mi bisabuela construyó una cabaña junto al lago Maria y crio allí a su hijo. Años después, cuando la zona pasó a formar parte del parque, el Gobierno le pidió que se marchara. Ella se negó, y después de que fracasaran todos los métodos pacíficos para expulsarla, enviaron a la Policía Montada. Mi bisabuela cerró la puerta, cargó su rifle y cuando llegaron les disparó por encima de la cabeza, amenazándoles con tirar a dar si se acercaban. La policía se marchó y nunca volvieron a molestarla.

La recuerdo como una mujer menuda de cabello blanco pulcramente trenzado y recogido con una cinta negra. Vestía faldas negras, largas hasta los tobillos, y blusas negras de manga larga y cuello alto. Siempre se adornaba el cuello con cuatro o cinco collares de cuentas de colores y una cadena de hilo de cobre, y en las muñecas llevaba pulseras de cobre para protegerse de la artritis. Calzaba mocasines y polainas estrechas que resaltaban sus diminutos tobillos, decoradas con diseños geométricos de púas de puercoespín.

La bisabuela Campbell, a la que siempre llamé «Cheechum», era sobrina de Gabriel Dumont y toda su familia había luchado junto a Riel y Dumont durante la rebelión. Solía contarme historias de la rebelión y de los mestizos. Decía que los nuestros nunca quisieron luchar, que ese no era nuestro estilo. Tan sólo queríamos que nos dejaran en paz para seguir viviendo a nuestra manera. Cheechum jamás aceptó la derrota en Batoche y siempre decía: «Como mataron a Riel creen que también nos han matado a nosotros, pero algún día, mi niña, eso cambiará».

Cheechum no soportaba que los colonos se instalaran en lo que ella consideraba nuestras tierras. Los ignoraba y se negaba a saludarles, ni siquiera al cruzarse con ellos por la calle. No se convirtió al cristianismo porque afirmaba que se había casado con un cristiano y que, si el infierno existía, ella ya había estado allí; ¡nada después de la muerte podía ser peor! Se burlaba de las ayudas de la asistencia social y de las pensiones para la tercera edad. Mientras vivió sola se dedicó a cazar con trampas u otros medios y a cultivar su huerto; era completamente autosuficiente.

El abuelo Campbell, hijo de Cheechum, era un hombre discreto. Nadie lo recuerda demasiado, pues los ancianos que siguen con vida apenas los vieron, ni a él ni a su mujer. La abuela Campbell era una mujer menuda de cabello negro rizado y ojos azules. Se apellidaba Vandal y su familia también había participado en la rebelión. No la recuerdo hablando, ni tampoco la oí nunca reír a carcajadas. Después de casarse se trasladaron al interior del bosque, a kilómetros de distancia, y apenas trataron con nadie. El abuelo Campbell fue buen amigo de Búho Gris, un inglés que vino a nuestra tierra a vivir como un indio. Mi abuelo amaba la tierra y tomaba de ella sólo lo que necesitaba para alimentarse. Mi padre dice que era un hombre tranquilo y amable que pasaba mucho tiempo con sus hijos. Murió joven y dejó nueve hijos; mi padre, de once años, era el mayor.

Tras la muerte del abuelo, la abuela Campbell se trasladó a una comunidad de blancos, donde ella y mi padre trabajaron como desbrozadores a razón de setenta y cinco centavos la media hectárea. La abuela envolvía sus pies y los de su hijo en piel de conejo y periódicos viejos antes de calzarse los mocasines, se ponían abrigos raídos e iban a trabajar a caballo y en trineo. Mi padre dice que a veces hacía tanto frío que se echaba a llorar, y que entonces ella se sacaba las pieles de conejo de sus zapatos para abrigar a su hijo, antes de seguir trabajando.

En primavera, después de que los agricultores roturasen la tierra desbrozada, tenían que volver para recoger piedras y raíces y quemar la broza, pues de lo contrario no les pagaban los setenta y cinco céntimos por media hectárea.

En otoño trabajaban en la cosecha. Y eso hicieron hasta conseguir suficiente dinero para adquirir una porción de tierra sometida a la Ley de asentamientos rurales. Ella y papá construyeron una cabaña y durante tres años intentaron cultivar. Como sólo tenían una par de caballos y papá los usaba cuando trabajaba para terceros, muchas veces era la propia abuela quien tiraba del arado. Después de deslomarse durante tres años, no consiguieron cumplir las mejoras que les exigía la ley y perdieron la propiedad del terreno. Entonces se trasladaron a la tierra de nadie que el Estado reservaba para la construcción de carreteras y se unieron a los «habitantes de los márgenes».

Cuando mi padre y sus hermanos crecieron, se dedicaron a cazar con trampas y a vender las piezas y whisky casero a los granjeros blancos de los asentamientos cercanos. A medida que fueron casándose, construyeron sus propias cabañas cerca de la de la abuela.

La abuela Campbell ocupa un lugar especial en nuestro corazón. Mi padre la quería muchísimo y siempre la trató con una ternura especial. Fue una gran trabajadora; daba la impresión de estar siempre ocupada en algo. Cuando mi padre intentó que dejara de trabajar, pues él podía mantenerla, mi abuela se enfadó y le dijo que él ya tenía una familia a la que cuidar, y que lo que ella hiciese no era de su incumbencia. Desbrozaba las tierras de los colonos, retiraba las piedras de sus terrenos, asistía en los partos de sus hijos y los cuidaba cuando estaban enfermos. Su casa siempre estuvo abierta a cualquier miembro de la comunidad, pero en los cuarenta años que vivió allí ningún blanco pasó jamás a verla y sólo tres ancianos suecos asistieron a su entierro.

Mi padre se casó a los dieciocho años. Fue a unas jornadas deportivas de la reserva india de Sandy Lake y vio a mi madre, que entonces tenía quince años; le gustó y la conquistó. Era un hombre muy apuesto, de cabello negro rizado y ojos de color gris azulado, fuerte, bravucón y salvaje. Le encantaba bailar, y eso hacía cuando mi madre lo vio por primera vez: bailar un rápido jig del río Rojo. Mi padre la había visto cociendo bannocks en una hoguera, delante de la tienda de su familia. Daba la vuelta a las tortas de pan igual que mi abuela y, cuando aquella joven alzó la vista, le pareció tan bonita que casi se cayó de espaldas. Me contó que al preguntar por ella le dijeron que era la única hija de Pierre Dubuque, y que si no la dejaba en paz, su padre le dispararía. Papá me dijo que a mamá le sobraban los pretendientes, y que el más apasionado era un sueco de una comunidad cercana que tenía una granja enorme y montones de dinero. Pero mi padre estaba decidido a casarse con ella. Aquella noche vio que a mamá le gustaba bailar, y bailó con todas sus fuerzas esperando que se fijara en él. En cuanto lo vio, ella supo que era su hombre. Es así como recuerdo a mi padre cuando yo era niña: cálido, feliz, siempre riendo y cantando; pero lo vi cambiar con los años.

Mi madre era muy guapa, menuda, de ojos azules y cabello cobrizo; también discreta y amable, a diferencia de las mujeres extrovertidas y bulliciosas que nos rodeaban. Siempre estaba cocinando o cosiendo. Le gustaban los libros y la música, y se pasaba horas leyéndonos la colección de libros que le había dado su padre. Crecí con Shakespeare, Dickens, Walter Scott y Longfellow.

Las historias de aquellos libros despertaron mi imaginación. Cuando hacía buen tiempo, hermanos, hermanas y primos nos reuníamos detrás de casa y organizábamos obras de teatro. La cabaña de troncos era nuestro imperio romano, y los dos pinos las puertas de Roma. Yo interpretaba a Julio César envuelta en una sábana larga con una rama de sauce en la cabeza. Mi hermano Jamie era Marco Antonio y los gritos de «¡Ave, César!» resonaban por todo el poblado. Otras veces construíamos una balsa de troncos y la cubríamos con un dosel que en realidad era una colcha de patchwork adornada en sus cuatro extremos con coloridos pañuelos de mamá. Tendíamos una vieja alfombra de piel de oso en el suelo y Cleopatra —nuestra prima pelirroja de piel blanca— subía a bordo.

¡Ay, cuánto quería yo ser Cleopatra! Pero mi hermano Jamie me decía: «Maria, tienes la piel demasiado oscura y tu pelo es como el de un negro». Así que no me quedaba otra que ser César. Todos los esclavos de Cleopatra embarcaban con ella y empujábamos la balsa por la ciénaga, mientras César esperaba en la otra orilla para darle la bienvenida en Roma. A menudo la pobre Cleo y su séquito de esclavos acababan mal, porque la balsa se deshacía y terminaban todos en el agua. Luego los senadores (nuestras madres) los pescaban y teníamos que dedicarnos a otra cosa. Muchos de nuestros vecinos blancos nos preguntaban a qué jugábamos y se echaban a reír. Supongo que era divertido: César, Roma y Cleopatra entre mestizos en los remotos bosques del norte de Saskatchewan.

En aquellos primeros tiempos mi madre reía mucho, pero lo que más recuerdo es su aroma limpio y especiado cuando me abrazaba y me cantaba de noche. Tenía una voz suave y nos cantaba para ayudarnos a dormir.

La familia de mi madre era muy distinta de la de mi padre. La abuela Dubuque era una india registrada3, muy distinta de la abuela Campbell porque la criaron en un convento. El abuelo Dubuque era un francés grandullón y decidido oriundo de Dubuque, Iowa. Su abuelo había sido coureur de bois (comerciante de pieles) y la corona española le había otorgado el derecho de explotación de un terreno en Iowa. Allí la familia se dedicó a la extracción de minerales y a la industria maderera y fundó la ciudad de Dubuque. Mi abuelo vino a Canadá y organizó su matrimonio con mi abuela a través de las monjas del convento. Mi madre era su única hija, y cuando cumplió cinco años la enviaron a un convento para que recibiese educación.

Mi abuelo quería casarla con un caballero y que viviese como una dama. Casi se le parte el corazón cuando ella escapó con papá. Para mayor decepción, mi madre vivía en la ruta de los tramperos cuando yo nací a inicios de la primavera. Sin embargo, acabó dando su bendición al matrimonio seis meses después.

1En algunos casos se han modificado los nombres de personas y lugares.

2El Gobierno reservaba estas tierras públicas, denominadas «Road Allowance», para la construcción de carreteras y, por tanto, no formaban parte de los lotes que se asignaban a los colonos para dedicarlos a la explotación agrícola. Pero tampoco los mestizos podían obtener derecho alguno sobre ellas y el Gobierno podía expulsarlos en cualquier momento, lo que los dejaba en una situación sumamente precaria. A los mestizos tampoco les estaba permitido ocupar las tierras que, según los tratados firmados, se reservaban para los indios. (N. de la T.)

3Indios reconocidos oficialmente como parte firmante de los tratados suscritos entre 1871 y 1922 por varios pueblos nativos y el Gobierno. Como tales, tienen derechos y beneficios de los que están excluidos los mestizos. (N. de la T.)

Capítulo 3

Nací durante una ventisca de primavera, en abril de 1940. La abuela Campbell, que había venido a ayudar a mi madre, le dijo a mi padre que esperase fuera y él se dedicó a cortar leña hasta que le dolieron los brazos. Por fin llegué yo, una niña, para decepción de mi padre, aunque eso no truncó su deseo de criar al mejor trampero y cazador de Saskatchewan. Desde que tengo memoria papá me enseñó a poner trampas, disparar un rifle y pelear como un chico. Mi madre hizo cuanto pudo por convertirme en una señorita y me enseñó a cocinar, coser y tejer, mientras que Cheechum, mi mejor amiga y confidente, intentó transmitirme todo lo que sabía sobre la vida.

Antes de continuar, debo contaros cómo era nuestro hogar. Vivíamos en una casa de troncos de dos habitaciones que destacaba de las otras en que era demasiado grande para denominarse «cabaña». Una habitación servía de dormitorio, que todos los hijos compartíamos con nuestros padres. Tenía tres camas grandes hechas con postes entrelazados con cuero. Los colchones eran sacos de lona que rellenábamos de heno fresco dos veces al año. Encima de la cama de mis padres había una hamaca que siempre ocupaba un bebé. Una estufa de leña caldeaba la habitación en invierno. Nuestra ropa colgaba de ganchos o la doblábamos y guardábamos en una hilera de estantes. Una alfombra trenzada cubría el suelo y en un rincón había una estera especial que utilizaba Cheechum cuando venía de visita, pues se negaba a dormir en una cama o a comer en la mesa.

Me encantaba aquel rincón y siempre encontraba una excusa para dormir con ella. Despedía un olor especial que me reconfortaba cuando me sentía herida o asustada. También era un sitio estupendo para encontrar todas las cosas maravillosas que tenía Cheechum: bolsitas de piel, cajas y telas anudadas que guardaban retales de colores, cuentas, cuero, joyas, golosinas, raíces, hierbas y todo lo que podía desear el corazón de una niñita.

La cocina y la sala formaban una de las habitaciones más bonitas que recuerdo. Tenía una inmensa estufa negra de leña que usábamos para guisar y caldear la casa. De la pared colgaban ollas, sartenes y varias raíces y hierbas que se utilizaban tanto para guisar como para elaborar medicinas. Había una mesa grande, dos sillas y dos bancos construidos con planchas de madera que después de cada comida fregábamos con jabón de lejía casero. La vajilla buena se guardaba en estantes en la pared, y los platos y tazas de latón que usábamos a diario se almacenaban en la alacena, junto a la comida.

La zona de la sala consistía en un sofá de fabricación casera y una butaca de madera tallada y cuero trenzado, un par de mecedoras pintadas de rojo y un viejo baúl junto a la ventana que daba al este. Tenía un suelo de tablones anchos, tan restregados que se habían vuelto blancos. En invierno trenzábamos viejas telas para elaborar alfombras, aunque solía llevarnos un año entero reunir suficientes retales para completar una alfombra pequeña.

En el techo había vigas a la vista, y por debajo de estas, cuatro viguetas que abarcaban la longitud de la casa. En invierno, las viguetas servían de perchas para el secado de las pieles. En las frías noches invernales el aroma del guiso de alce se mezclaba con el olor salvaje de las pieles de visón, comadreja y ardilla puestas a secar, y con las hierbas especiadas y las raíces que colgaban de las paredes. Papá trabajaba en un rincón, cepillando las pieles hasta dejarlas relucientes, mientras mamá se desplazaba, atareada, por la cocina. Cheechum fumaba su pipa de arcilla sentada en el suelo; los niños rodaban y peleaban a su alrededor como cachorrillos. Puedo verlo tan claramente como si fuera ayer.

Nuestros padres, y también los otros padres del poblado, pasaban mucho tiempo con nosotros. Nos enseñaban a bailar y a tocar la guitarra y el violín. Jugaban a las cartas con nosotros y nos llevaban a dar largos paseos en que nos contaban las propiedades de diferentes hierbas, raíces y cortezas. Nos enseñaban a tejer cestas de sauce y entretanto nos contaban historias de nuestro pueblo: quiénes eran, de dónde venían y qué habían hecho. En muchos casos se trataba de leyendas que se transmitían de padres a hijos. Muchas tenían su moraleja, pero la mayoría eran historias simpáticas sobre gente divertida.

Mi Cheechum creía ciegamente en los hombrecitos. Decía que eran tan diminutos que sólo los descubrías si te fijabas muchísimo, aunque eso tampoco importaba, porque en general sólo los veías si ellos te dejaban.

Los hombrecitos viven cerca del agua y viajan en balsas de hojas. Son felices y también muy tímidos. Cheechum los vio una vez, cuando era joven. Un atardecer había ido a buscar agua al río y decidió sentarse para contemplar la puesta de sol. Todo estaba en silencio; hasta los pájaros callaban. De pronto oyó un ruido, como el de personas que ríen y hablan en una fiesta. Aquel rumor fue acercándose y entonces vio que una hoja enorme, seguida de otras, se aproximaba a la orilla. Encima de las hojas había hombrecitos vestidos con ropa de hermosos colores.

La saludaron y sonrieron cuando tocaron tierra. Le dijeron que pernoctarían allí y que a la mañana siguiente se marcharían temprano para seguir río abajo. Se quedaron con ella hasta que anocheció; luego se despidieron y desaparecieron en el bosque. Cheechum nunca volvió a verlos, pero durante toda su vida les dejó pedacitos de comida y tabaco en la ribera, que por la mañana ya no estaban. Mamá decía que sólo era un cuento, pero yo pasé muchas horas a orillas del río por si veía a los hombrecitos.

Cheechum tenía el don de la clarividencia, aunque siempre se negó a leerle el futuro a nadie. De vez en cuando, si alguien perdía algo, ella le indicaba dónde encontrarlo y siempre acertaba. Pero era un don sobre el que no tenía ningún control.

En una ocasión en que todos plantaban patatas y nosotras dos cortábamos las yemas, se detuvo a media frase y me dijo:

—Ve a ver a tu padre. Avísale de que tu tío ha muerto.

Corrí a buscar a papá y puedo recordar palabra por palabra lo que mi Cheechum le dijo.

—Malcolm se ha pegado un tiro. Está al final del sendero, detrás de la casa de tu madre. Prepararé a los demás. ¡Ve!

Malcolm era el cuñado de mi padre. Papá echó a correr y yo lo seguí. Cuando llegamos a la casa de la abuela Campbell no vimos a nadie. Mientras papá se dirigía a la puerta, yo corrí sendero abajo. Tal y como Cheechum había dicho, encontré el cadáver de mi tío en el suelo: parecía dormido.

En otra ocasión, ya bien entrada la noche, Cheechum se levantó y le dijo a papá que una tía nuestra estaba muy enferma y que debía ir a buscar enseguida a la abuela Campbell, pues no había tiempo que perder. Llegaron unos minutos antes de que nuestra tía muriese.

Solía tener estas visiones y les contaba a mis padres con días de antelación si alguien iba a morir. Yo también quería ver esas cosas, pero ella me decía que era triste saber que personas cercanas morirían o pasarían un mal trago sin poder hacer nada para evitarlo, porque ese era su destino. Estoy segura de que vio lo que me reservaba el futuro, pero como creía que la vida debía seguir su curso, lo único que pudo hacer fue procurar que tuviese la fortaleza suficiente para superar mis dificultades.

Qua Chich, la hermana mayor de la abuela Campbell y tía de papá, era una anciana viuda muy extraña. Se había casado con Big John cuando tenía dieciséis años y había venido a la zona de Sandy Lake antes de que la convirtieran en una reserva. Big John había aparecido un día con dos yuntas de bueyes, un hacha y una preciosa silla de montar. Se instaló junto al lago, construyó una gran cabaña y cultivó la tierra. Al cabo de un año tenía un hogar, una cosecha y un jardín, y la silla de montar tenía un potro. Cambió un buey por una vaca y un ternero y el potro por un caballo, y luego salió a buscar esposa.

Visitó todas las familias cercanas, echó un vistazo a sus hijas y finalmente se decidió por Qua Chich porque era joven y bonita, fuerte y sensata. Algunos años después, cuando se firmaron los tratados, incluyeron a Big John y dejaron de ser mestizos para convertirse en indios registrados de la reserva de Sandy Lake. Luego la gran epidemia de gripe asoló nuestra zona de Saskatchewan en 1918; murieron tantos de los nuestros que tuvieron que enterrarlos en fosas comunes. Big John cayó primero, y al cabo de una semana le siguieron sus dos hijos.

Qua Chich nunca volvió a casarse y medio siglo después seguía vistiendo ropa de viuda: largos vestidos negros, medias negras, zapatos planos y enagua negra. Hasta llevaba un monedero negro ceñido con elástico por encima de la rodilla, como descubrí un día en que me asomé bajo las telas de nuestra tienda. Una perrita negra, ciega de un ojo debido a la edad, la seguía a todas partes. Qua Chich la regañaba constantemente; la llamaba «zorra» en cree y la acusaba de correr desvergonzadamente detrás de los perros.

Para nosotros era rica, pues tenía muchas vacas y caballos, además de una casa de dos plantas llena de un fúnebre mobiliario negro. Era rácana con su dinero, y si alguien estaba lo bastante desesperado para pedirle ayuda, sacaba papeles formales y exigía una firma.

Qua Chich visitaba a sus parientes pobres, los mestizos, todos los años a principios de mayo y a finales de septiembre. Se desplazaba hasta nuestra casa en un automóvil sin motor ni puertas tirado por dos caballos Clydesdale de color negro, y acampaba en su propia tienda durante una semana. La primera tarde visitaba a mis padres. A sus ojos negros no se les escapaba nada, y cuando los clavaba en nosotros nos encogíamos. A veces la sorprendía mirándome con expresión pícara, pero rápidamente recuperaba su compostura habitual.

El segundo día de su visita hacía que mi padre y mis tíos se levantasen temprano y aprovecharan los caballos que había traído para arar y rastrillar los campos. En otoño los utilizaban para transportar nuestro cargamento de leña para el invierno. Una vez resueltos estos asuntos, mi tía dejaba que los caballos descansaran un día y luego iba a casa de otros parientes. Nuestro pueblo no tenía caballos fuertes y eran pocos los que contaban con buenos arados, por lo que esta era su forma de ayudar. Cuando un familiar se casaba, le regalaba una vaca y un ternero o un par de caballos de tiro; pero lo habitual era que sacrificasen el ternero en algún momento del primer año y la vaca solía sufrir el mismo destino. Los caballos acababan como los caballos mestizos: gordos hoy y flacos mañana.

Una vez al año íbamos todos a casa de Qua Chich, por lo general cuando las vacas empezaban a dar leche. Mi tía colocaba a los niños alrededor de una mesa y traía un pudin, recién salido del horno, elaborado con la leche del primer ordeñado. Rezaba una plegaria en cree antes de que nos comiésemos ese pudin asqueroso, y luego no nos dejaba hablar ni hacer ruido en todo el día, algo muy difícil para unos niños escandalosos como nosotros. Papá nos contó que cuando él era niño pasaba por lo mismo.

Una vez Qua Chich me dijo que nunca mirase a los animales ni a las personas cuando hacían bebés, o me quedaría ciega. Por supuesto, se trataba de algo que repetí con gran autoridad ante el resto de los niños. Una semana después, uno de mis primos miró a dos perros y gritó que se había quedado ciego. Cuando finalmente conseguimos ayudarlo a entrar en casa, ya estábamos todos histéricos. Finalmente Cheechum nos tranquilizó, descubrió lo sucedido y nos hizo callar, diciendo:

—Nadie se queda ciego por ver copular a dos animales. Es algo bonito. Ahora dejaos de tonterías y salid a jugar.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial enviaron a muchos de nuestros hombres al extranjero. Si la idea de viajar en Canadá ya era increíble, el mar era aterrador para quienes veían marchar a sus seres queridos. Muchos de nuestros hombres nunca regresaron, y los que lo hicieron nunca volvieron a ser los mismos. Después los oiría hablar de lugares lejanos que aparecían en los libros de mamá, pero nunca de la guerra.

Mi padre se alistó pero lo rechazaron, para su gran decepción y alivio de los demás, sobre todo de Cheechum. Ella se oponía violentamente a todo aquello y decía que irse a disparar a la gente, y para colmo en otro país, no nos concernía. La guerra era cosa de los blancos, no nuestra; una lucha entre personas ricas y codiciosas en busca de poder.

La guerra también nos proporcionó nuevos parientes: las novias de la guerra. Muchos de nuestros hombres volvieron con esposas escocesas e inglesas que, claro está, no acababan de encajar con nuestro pueblo. (Suelen casarse con miembros de su propia raza o con indios; asimismo, casarse con personas de raza blanca es más habitual entre indios que entre mestizos). Pero estas mujeres vinieron, y todos hicieron cuanto estaba en su mano para acogerlas y que se sintieran cómodas.

¡Qué impresión debió de causarles encontrarse en un poblado nativo aislado y miserable, en lugar de en los ranchos y granjas adonde creían ir!

Recuerdo muy bien a dos de esas esposas de la guerra. Una era una inglesa muy formal. Se había casado en Inglaterra con un apuesto soldado mestizo, creyendo que era francés. Él procedía de la familia más salvaje del norte de Saskatchewan y no tenía nada, ni siquiera la choza donde lo esperaban una mujer y dos hijos. En cuanto llegaron, la mujer dio una paliza a la dama inglesa y le dio cinco minutos para que se apartara de su vista, y le dijo al hombre que haría lo que los alemanes no habían conseguido (pegarle un tiro) si no entraba enseguida en casa. Mamá acogió a la mujer inglesa, y como esta no tenía dinero y sí demasiado orgullo para escribir a su casa y pedirlo, los vecinos hicieron una colecta para pagarle el trayecto hasta Regina, donde el Gobierno la ayudaría. Un año después, escribió a mamá desde Inglaterra y le dijo que estaba bien.

La otra novia era una rubia tonta. Se había casado con un hombre trabajador y sensato con quien no le faltaba nada, pero ella bebía, corría por ahí y era tan desvergonzada y vulgar que hasta escandalizaba a nuestras propias mujeres. Pese a todo, tenía buen corazón, era agradable y acabó sentando cabeza y formando una gran familia.

Me crie con algunas personas verdaderamente divertidas, maravillosas y fantásticas, que para mí siguen siendo tan reales ahora como lo fueron antaño. ¡Cuánto las quiero y cuánto las echo de menos! Había tres clanes principales en tres poblados. Los Arcand eran un amplio grupo de diez o doce hermanos con familias de entre seis y dieciséis hijos por barba. Eran medio franceses y medio cree, hombres muy grandes, de metro ochenta y cinco de estatura y noventa kilos de media. Músicos excelentes, tocaban violines y guitarras en todos los bailes. Cuando llegábamos a una fiesta, siempre sabíamos si estaba tocando un Arcand. Eran escandalosos, ruidosos y muy divertidos. Hablaban francés combinado con un poco de cree. Los St. Denys, Villeneuve, Morrisette y Cadieux procedían de otra zona; hombres tranquilos y callados que hablaban más francés que inglés o cree. También destilaban bebidas alcohólicas caseras que consumían en abundancia. Eran granjeros ak-ee-top (falsos) con muchos caballos y vacas miserables y flacos. Como llevaban muchísimos años casándose entre sí, parecían tan canijos como su ganado.

Los Isbister, Campbell y Vandal eran nuestra familia, una auténtica mezcla de escocés, francés, cree, inglés e irlandés. Hablábamos una lengua completamente distinta de la de los demás. Éramos una combinación de todo: cazadores, tramperos y granjeros ak-ee-top. Alardeaban de producir los mejores y más valientes guerreros… y las mujeres más guapas.

El viejo Cadieux siempre tenía visiones. En una ocasión vio a la Virgen María en una botella de su alambique; rezó durante una semana y tiró su producción alcohólica, para consternación de todos. El cura había dado a su hija una botella con la imagen de la Virgen para asustarlo y que dejara de destilar bebidas alcohólicas, que ella había depositado junto a las otras botellas vacías. ¡Pobre viejo Cadieux! Era muy religioso y nunca se perdía una misa, pero al cabo de una semana ya había vuelto a su alambique. Elaboraba lo que llamábamos shnet de uvas pasas, levadura, bannock viejo y azúcar. Lo guardaba en su sótano, donde una vez vimos flotando una rata hinchada. Él se limitó a pescarla y luego coló el brebaje. Tenía una esposa francesa que no hablaba inglés y que estaba tan gorda que apenas podía moverse. Su hija Mary era diminuta y tenía una de las caras más bonitas que he visto en mi vida; muy religiosa, quería ser monja.

Chi-Georges, el hijo del viejo Cadieux, era rechoncho y tenía unos brazos flacos y extralargos. Corto de vista y de pocas luces, siempre babeaba. No se fiaba de los caballos e iba andando a todas partes con un bannock bajo el brazo. Cuando se cansaba, subía a un árbol, se sentaba en una rama y se comía el bannock. Si alguien le preguntaba qué hacía ahí arriba, él respondía: «Estaba mirando por si veía un indio. ¡No te fíes de los indios!». Era de lo más normal ir a cualquier parte y encontrarse a Chi-Georges encaramado a un árbol.

Murió hace unos años, después de irse de juerga con su padre. Llevaba seis días desaparecido cuando Pierre Villeneuve, que había salido a poner trampas para conejos, llegó corriendo a la tienda de comestibles con ojos desorbitados, gritando en francés: «¡Se burla de mí!». Los hombres de la tienda lo siguieron y encontraron a Chi-Georges echado en un sendero, con la cabeza sobre un árbol caído y los ojos y la boca picoteados por los pájaros. Todo su cuerpo se movía, infestado de gusanos. El pobre Pierre, que era el cobarde local, rezó durante meses, y si tenía que ir a algún lado de noche siempre llevaba un rosario, un farol, una linterna y cerillas, para no quedarse sin luz. Tenía miedo de que se le apareciera Chi-Georges.

Y luego estaban nuestros parientes indios de las reservas cercanas. Los indios y los mestizos nunca se habían apreciado mucho, quizá por ser tan distintos: nosotros éramos ruidosos, ellos discretos y solemnes hasta en los bailes y las fiestas. Los indios eran muy pasivos —se enfadaban por lo que les hacían, pero no contratacaban—, mientras que los mestizos tenían el genio vivo: rápidos para pelear, pero también para perdonar y olvidar.

La religión de los indios era muy valiosa para ellos y para los mestizos, pero nosotros nunca nos la tomábamos tan en serio. Todos asistíamos a sus danzas del sol y a sus reuniones especiales, pero nunca acabábamos de encajar. Siempre éramos los parientes pobres, los awp-pee-tow-koosons4. Se burlaban de nosotros y nos despreciaban. Ellos tenían tierras y seguridad, nosotros no teníamos nada. Como decía mi padre: «Ni un tiesto donde mear ni una ventana por donde echarlo». Nos toleraban, salvo cuando bebían; entonces peleaban, pero les dábamos unas buenas palizas. Sin embargo, sus ancianos, los mushoms (abuelos) y kokums (abuelas), eran buenos. Tenían prejuicios, pero como éramos parientes venían a visitarnos y nuestro pueblo los trataba con respeto.

El hermano de la abuela Dubuque era el jefe de su reserva y como me querían mucho pasaba temporadas con ellos. Mi mushom me malcriaba y mi kokum me enseñaba a ensartar cuentas, a curtir pieles y, en general, a ser una buena mujer india. En el futuro planeaban casarme con el hijo del jefe de una reserva vecina; pero ese niño me tenía miedo y yo no lo soportaba.

Me llevaban a powwows5, danzas del sol y conmemoraciones del Día del Tratado, y gracias a ellos aprendí el significado de estas celebraciones especiales. Mi mushom también me llevaba a las reuniones del consejo, que siempre eran iguales: el agente indio ponía orden en la reunión, sólo hablaba él, concluía y se iba. Recuerdo que yo le decía a mi mushom: «Tú eres el jefe, ¿por qué no hablas?». Cuando expresaba mi opinión sobre estos asuntos, kokum miraba a mi mushom y decía: «Es su parte blanca». Las mujeres indias no expresan sus opiniones; las mestizas, sí. Aunque me gustaba visitarlos, siempre me alegraba volver al bullicio y el desorden de mi pueblo.

4Awp-pee-tow-koosons: medias personas.

5Powwow: encuentro social y festivo-ceremonial entre varios pueblos nativos. (N. de la T.)

Capítulo 4

Los inmigrantes que colonizaron las tierras eran sobre todo alemanes y suecos. Criaban cerdos, gallinas, unas pocas vacas y cultivaban algo de grano en pequeñas granjas. Los recuerdo muy bien porque me parecían los más ricos y hermosos de la tierra. Podían comprar telas bonitas para hacerse ropa, comían manzanas y naranjas, y poseían cepillos con los que lavarse los dientes a diario. También me asustaban. Tenían un aspecto frío y aterrador y casi nunca reían, a diferencia de mi pueblo que reía, gritaba, bailaba, peleaba y lo compartía todo. Estas personas casi nunca alzaban la voz y jamás compartían nada: pedían prestado o compraban. No nos entendían; se limitaban a darnos por imposibles y agradecer a Dios que los hubiera hecho distintos.

En Navidad pasaban por todas las casas de los mestizos y dejaban cajas delante de cada portal. Mi padre salía, cogía la caja y la quemaba. Yo lloraba porque sabía que contenía pasteles y exquisiteces para comer, y también la ropa que antes habían llevado sus hijos. Aquel era siempre un mal día para papá porque se ponía furioso, y mamá me decía que estuviera callada y no hiciese preguntas. Todos nuestros vecinos se ponían esas galas desechadas, pero al crecer y empezar en la escuela me alegré de que papá hubiese quemado la ropa, porque las niñas blancas se burlaban cuando mis amigas llevaban sus viejos vestidos: «Mamá me dijo que era mi deber cristiano meterlos en la caja», decían. Para cuando cumplí diez años, mi actitud hacia los cristianos era la misma que la de Cheechum, e incluso ahora sigo asociándolos con la ropa vieja.

Nuestro pueblo era católico, pero en aquella época no teníamos cura ni iglesia. Mi madre se alegró cuando los alemanes construyeron la suya. Eran adventistas del séptimo día y celebraban la misa en sábado. Eso no le gustaba a mi madre, pero lo pasó por alto; seguro que Dios lo entendería y le perdonaría que asistiera. Lo importante era ir a misa.

Pese a los ruegos de mi padre y la desaprobación y la ira de Cheechum, subí al carro con mi madre, vestida de punta en blanco. Mamá me había hablado tanto de Dios y de las iglesias que yo saltaba de la emoción pese a mis zapatos demasiado apretados. Llegamos tarde. En cuanto entramos, el sacerdote dejó de hablar y todos se volvieron para mirarnos. Sólo quedaba sitio en el primer banco, donde mi madre se arrodilló y empezó a rezar el rosario. Una señora se inclinó para decirle algo a mi madre, que me tomó de la mano y nos fuimos. Nunca regresamos, y nunca se habló de aquello en casa.

Los hombres sí hablaban de la única vez que un pastor evangelista vino a nuestra zona del país para intentar civilizarnos. Era un Saint-Denys. Los evangelistas lo habían salvado de una vida de pecado y ahora regresaba para hacer lo mismo por su pueblo.

En la comunidad vivía un hombre viejísimo llamado Ha-shoo, que significa «cuervo». Era un hechicero cree. A Ha-shoo le encantaba cantar y tocar el tambor. Cuando Saint-Denys llegó, pidió a algunos jóvenes que recorrieran nuestro poblado y le hablaran a la gente del oficio religioso. El mensajero pasó por casa de Ha-shoo, y el anciano le preguntó:

—¿Y qué hacen?

—Hablan y cantan, abuelo —respondió el chico.

—Entonces iré con mi tambor —dijo el anciano.

Y fue al oficio. El pastor pronunció el sermón en cree, con muchos gritos y aspavientos. Por fin dijo: «Y ahora vamos a cantar». El viejo Ha-shoo, que estaba sentado en el suelo, cogió su tambor y empezó a cantar. El pastor le gritó:

—¡Ha-shoo, cabrón! ¡Lárgate de aquí!

El anciano se levantó y se fue, y lo mismo hizo el resto de la congregación.

Cuando yo aún era muy joven, venía un sacerdote a dar misa en diferentes casas. ¡Cuánto despreciaba a aquel hombre! Tendría unos cuarenta y cinco años, era gordo y glotón. Siempre aparecía a la hora del almuerzo y todos teníamos que esperar y dejarle comer primero. El cura engullía sin parar mientras yo lo observaba con odio. Él debía de notarlo, porque en cuanto terminaba toda la buena comida, me sonreía, se acariciaba la panza y le decía a mi madre que era una cocinera estupenda. Cuando se iba, nosotros teníamos que conformarnos con los restos. Si protestábamos, mamá nos decía que Dios lo había elegido y que era nuestro deber alimentarlo. Recuerdo preguntarle por qué Dios no elegía a papá. Aquel cura y yo fuimos enemigos durante toda mi infancia.

Finalmente nuestro pueblo pudo construir una iglesia y dos monjas vinieron a cuidar de la casa del cura. Nos bautizaron a todos y tuve que ir a catequesis. Era un aburrimiento. Las monjas nunca contestaban nuestras preguntas y lo único que hacíamos era rezar y rezar hasta que nos dolían las rodillas. El patio de la iglesia, que también servía de cementerio, estaba ladera abajo de nuestra casa y tenía las fresas más deliciosas del territorio, pero no se nos permitía cogerlas. El cura decía que las fresas pertenecían a la iglesia, y que si las cogíamos robábamos a Dios. Eso nos enfadaba muchísimo. Muchas veces habíamos visto que el cura se agenciaba cosas del poste de la danza del sol, ofrendas que pertenecían al Gran Espíritu de los indios. Así que, un día, mi hermano Robbie y yo decidimos castigarle. Cogimos el alambre para cazar conejos de papá y lo atamos entre dos arbolitos del sendero, dejándolo tenso como la cuerda de un violín.

Atamos más cable un metro más adelante y luego nos escondimos entre los arbustos. Anochecía. Pronto llegó el cura andando por el sendero; tropezó con el primer alambre y cayó al suelo, gimoteando. Volvió a levantarse, sólo para tropezar con el segundo y volver a caer de bruces. Siguió el silencio, y luego el padre empezó a maldecir. A aquellas alturas, Robbie y yo estábamos doblados, intentando contener la risa. Pero cuando alzamos los ojos y vimos que el cura se dirigía a nuestro escondite, nos morimos de miedo. Sabíamos que nos azotaría y corrimos de vuelta a casa a toda velocidad. Al entrar vimos a nuestros padres sentados a la mesa, tomando té. Hicimos como si nada y nos acostamos sin pelearnos como era habitual. Poco después llegó el cura. Nos acercamos a hurtadillas hasta la puerta y oímos que mamá le invitaba a entrar para tomar un té, pero él se negó. Fue difícil oír lo que seguía, hasta que el cura levantó la voz:

—Lo siento por vosotros. Supongo que lo único que podemos hacer es rezar.

—Ni mi mujer ni mis hijos necesitan sus malditas plegarias —gritó papá—. ¡Y ahora fuera de aquí!

Volvimos a acostarnos rápidamente y nos hicimos los dormidos, pero papá nos levantó por el pescuezo y nos sacó de la cama. Exigió saber qué habíamos hecho. Olvidando nuestra teórica inocencia, le contamos toda la historia sobre las fresas y que el padre robaba del poste de la danza del sol. Papá escuchó con expresión divertida mientras mamá se atareaba en los fogones. Nos mandó de vuelta a la cama, pero a la mañana siguiente nos pegó con la correa de suavizar navajas y nos dijo que independientemente de lo que el cura hubiese hecho, castigarlo no era asunto nuestro. Años después mi padre nos contaría que mamá se había pasado una semana rezando de tanto que se había reído. El padre nunca volvió a pasar por casa para zamparse nuestra comida de los domingos y nosotros le dejamos las fresas a Dios.

En nuestra zona del país había varias iglesias además de las católicas: la luterana que los suecos construyeron y después abandonaron, la iglesia anglicana, los adventistas del séptimo día y los pentecostales. Los edificios católicos y anglicanos eran de madera con chapiteles y campanas, encalados por dentro y por fuera. Los nativos de la comunidad mantenían limpios y bien cortados los terrenos de la iglesia, pues creían que de lo contrario arderían en el infierno. Las iglesias católicas eran preciosas, con bancos y suelos de madera encerados, muchas estatuas altas y pinturas del viacrucis. Las iglesias protestantes eran estructuras alargadas de madera, de una sola estancia, polvorientas y de un gris envejecido, con terrenos invadidos por zarzas y hierbajos y pequeñas congregaciones de blancos.

En general los mestizos eran buenos católicos y las misas siempre contaban con una asistencia considerable, independientemente del tiempo o de las circunstancias, porque perderse la misa era un pecado mortal. Sin embargo, podíamos incumplir todos los mandamientos a lo largo de la semana, convencidos de que lo peor que nos aguardaba era rezar unos cuantos avemarías cuando nos fuésemos a confesar.

La misa se celebraba en latín y francés, a veces en cree. Los coloristas rituales eran lo único que la hacía soportable. Me fascinaban los púrpuras y escarlatas, e incluso las monjas, que no me gustaban como personas, resultaban místicas y evocadoras con sus hábitos negros y sus cruces colgantes; me recordaban a la dama de Shalott flotando río abajo. Durante la misa se desbordaba mi imaginación, y mientras fingía rezar con los ojos cerrados soñaba con lugares lejanos. La pompa y el boato me llevaban a Egipto, o a Inglaterra y sus caballeros de la Mesa Redonda. Luego mamá me daba un codazo y yo regresaba con un respingo, y allí, ante mí, sólo veía al viejo sacerdote y el pequeño monaguillo.

Nuestro pueblo criticaba al Gobierno, a nuestros vecinos blancos y también entre sí, pero nunca a la Iglesia ni al cura, por muy malos que fueran. Es decir, nadie salvo Cheechum, que los odiaba a muerte. Yo me preguntaba por qué mi madre ni siquiera se mostraba crítica, porque si una niñita podía ver cómo era el cura en realidad, sin duda también ella podía. Pero mi madre lo aceptaba como aceptaba tantas otras cosas, porque era sagrado y de Dios. Y no un dios cualquiera, sino un dios católico. Cheechum solía decir, para burlarse, que este Dios nos sacaba más dinero que la Compañía de la Bahía de Hudson.

Las reservas indias cercanas eran todas católicas salvo la de Sandy Lake, que era un bastión anglicano. Los Ahenikew, los Starblanket y los Bird, familias acomodadas y cultas, eran sus miembros más poderosos y siempre ejercían de jefes y consejeros. Un par de Ahenikew fueron ordenados pastores y algunas de las mujeres se casaron con pastores anglicanos.

La iglesia de la reserva se alzaba junto al lago y tenía un interior precioso, aunque no tan ornamentado como el de la iglesia católica de nuestro asentamiento. Cuando visitaba a mushom y kokum iba a misa con ellos. Mi imaginación se inspiraba aún más allí porque las monjas católicas siempre nos contaban que aquella iglesia anglicana la habían fundado fornicadores y adúlteros. En respuesta a mis preguntas, mi madre me contó que se referían a Enrique VIII, un rey malvado que había tenido que fundar una nueva religión para poder divorciarse de sus esposas y casarse con otras. Aunque supuestamente debía imaginármelo como un hombre malévolo y pecador, me gustaba porque me parecía una figura apasionante, aunque me decepcionara que perteneciese al pueblo indio y no al mestizo.

Aunque a los cuatro años ya tenía dos hermanos, seguía siendo la favorita de papá porque Jamie era tranquilo y dócil, y Robbie demasiado joven para hacerme la competencia. Sin embargo, cuando Jamie tenía seis años y Robbie cuatro, empezaron a ocupar mi sitio. A partir de los siete años tuve que quedarme en casa con mamá y las otras señoras, mientras mis hermanos acompañaban a mi padre a la tienda y a casa de sus amigos. Muerta de envidia y celos, hice todo lo posible para llamar la atención.

Hay una ocasión que recuerdo muy bien. Las tardes del domingo eran un momento muy especial por el partido de béisbol. Íbamos a la iglesia, comíamos y después papá me montaba detrás de la silla y nos marchábamos. Aquel domingo en concreto corría a cambiarme después de comer, como era habitual, cuando Robbie apareció vestido de gala con un traje de marinero de cuello blanco.

—Maria, hoy le toca a Robbie, el domingo que viene a Jamie y luego volverá a tocarte a ti —me dijo mi padre.

Me quedé tan sorprendida que ni pude pensar; pero no hubo lágrimas, pues papá siempre me decía: «Los Campbell nunca lloran». Estaba sentada fuera, malhumorada, cuando mi madre me pidió que acompañara a Robbie a la letrina. Era mayo y el retrete estaba anegado por el agua del deshielo. En cuanto abrí la puerta de la letrina, supe cómo podría irme al partido y hacer que él se quedara en casa. Había allí dos agujeros, uno para adultos y otro para niños. Lo llevé al de adultos, le di un buen empujón y se cayó con un ruidoso chapoteo. Entonces recobré la razón y comprendí lo que había hecho. Robbie gritaba con todas sus fuerzas; yo no podía sacarlo, así que fue papá quien lo pescó.

Mientras mamá lo lavaba en la fuente, mi padre me miró y preguntó:

—¿Lo has empujado?

Mi padre tiene unos ojos azules que se vuelven de hielo cuando se enfada. Era imposible mentirle, por lo que respondí: «Sí». Cogió una larga vara de sauce verde, la peló y me azotó en las piernas. Cuando se rompió, cogió otra, y así hasta que usó cuatro y yo acabé con las piernas hinchadas. Me mandaron a la cama, lavaron a Robbie y mi padre se lo llevó al partido.

Después de aquello nunca más les hice nada a mis hermanos, al menos físicamente. En lugar de eso, me fijaba en lo que papá les enseñaba y lo practicaba hasta perfeccionarlo. La recompensa llegaba cuando papá decía:

—¡Maldita sea, niños! ¡Maria puede y es una chica! ¿No podéis hacerlo al menos la mitad de bien? Porque en tal caso os enviaré con las señoras y haré que ella me ayude.

El verano siempre era una estación estupenda porque durante esos meses mi padre dejaba las trampas, volvía a casa y pasaba mucho tiempo con nosotros. A principios de junio mamá preparaba y empaquetaba comida mientras él engrasaba las ruedas del carro y ponía los arreos. Luego salíamos temprano y nos íbamos al bosque a recoger raíz de senega y frutos rojos. Nuestros padres se sentaban en el asiento delantero del carro; Cheechum, la abuela Campbell y los más pequeños en el centro, y Jamie, Robbie y yo encima de la caja donde guardaban los cacharros de cocina, o encima de la tienda, o en la parte de atrás. Nos seguían nuestros cuatro o cinco perros y un par de cabras.

A la hora de cenar ya se nos habían unido varios carros de mestizos y todos hablábamos, gritábamos y bromeábamos, animados por el encuentro y por lo que nos aguardaba. Cuando levantábamos nuestras tiendas para pasar la noche, ya había diez familias o más en una larga caravana. ¡Menudo espectáculo seríamos, cada familia con un par de abuelas o abuelos, de seis a quince hijos, cuatro o cinco perros y caballos adornados con cascabeles!

Los atardeceres eran maravillosos. Las mujeres guisaban mientras los hombres montaban las tiendas y los niños correteaban por todas partes, gritando y peleando, tropezando con los perros que ladraban y corrían a nuestro alrededor. Los padres se saludaban y repartían bofetones entre su prole, pero con indulgencia porque ellos también se lo estaban pasando bien. Todos nos sentábamos fuera para comer juntos carne de alce, pato o lo que los hombres hubiesen cazado ese día, bannock al carbón con manteca, té y todos los frutos rojos hervidos que quisiéramos.

Después ayudábamos a limpiar y durante las horas de luz que quedaban los hombres ensayaban diferentes modalidades de lucha, practicaban puntería o jugaban a las cartas. Siempre había alguien con un violín o una guitarra, y los acampados bailaban, cantaban y se hacían visitas. Los niños jugábamos a osos y witecoos (un monstruo blanco que de noche se come a los niños) hasta que se hacía oscuro y nos llamaban para que nos acostásemos. Dentro de la tienda estaban nuestras mantas, extendidas sobre fragantes ramas de picea recién cortadas. Una lámpara de aceite colocada sobre la caja de los víveres daba algo de luz. Cuando los niños ya nos habíamos acostado, los adultos se reunían fuera y un anciano o una anciana contaba una historia mientras alguien encendía una hoguera. Pronto todos contaban historias por turnos y, uno a uno, nosotros salíamos de la cama sigilosamente y nos sentábamos detrás para escuchar.

Los mestizos son muy supersticiosos. Creen en fantasmas, espíritus y todo tipo de espectros. Alex Vandal era el hombre más loco y salvaje de nuestra zona y creía de todo corazón en el diablo. Solía contarnos lo que le ocurrió esa vez que volvió a casa después de pasar tres noches seguidas jugando al póquer. Sus diez hijos y su mujer dormían en la cabaña, que estaba a oscuras. La máquina de coser de su mujer se encontraba junto a la cama y, cuando Alex entró, el cajoncito inferior de la máquina se abrió, salió un diablo del tamaño de su mano y saltó al suelo. Alex se quedó paralizado de miedo. En cuanto aterrizó, el diablo fue creciendo hasta hacerse más alto que él. Tenía los ojos rojos como ascuas y la cola se le movía como un látigo. Sonrió y le dijo a Alex: «Espero que hayas ganado a las cartas, Alex; ahora vengo a por tu alma». Alex recuperó la capacidad de reacción, sacó el rosario y lo blandió ante el diablo, que desapareció.

Y así seguía una historia tras otra. Las lechuzas ululaban y nos acercábamos cada vez más a nuestros padres y abuelas, que acababan abrazándonos. Alguien volvía a reavivar el fuego hasta que por fin todos nos acostábamos muertos de miedo. Tras pasar un rato tumbados en silencio, siempre nos entraban ganas de ir al baño. Papá y mamá nunca nos acompañaban fuera, eso lo hacían nuestras abuelas. Recuerdo estar tan asustada que me aguantaba cuanto podía las ganas de orinar, y casi me desmayaba si un perro aullaba y las ramas de los árboles se mecían al viento. Pronto el campamento quedaba en un silencio que sólo rompía una madre que arrullaba a su bebé, a quien quizá había despertado el aullido de un coyote o un lobo.

Algunas noches eran muy emocionantes, ¡como la vez que un oso se coló en la tienda de John McAdams y pisó a su mujer! Ella se puso a chillar, sus hijos se echaron a llorar y despertaron a todo el campamento. El oso, asustado, se levantó sobre las patas traseras y derribó el poste de la tienda, que se hundió. Los hombres intentaban levantarla mientras salían McAdams por todas direcciones y el pobre oso, atrapado, gruñía de rabia. Los perros enloquecieron y todos gritaban y hablaban a la vez. Huelga decir que se restableció el orden y que al día siguiente comimos «hamburguesa» de oso. «Hamburguesa» es la descripción adecuada, porque despedazaron al oso con hachas, las armas que los hombres tenían más a mano.

Durante el día trabajábamos como castores. Los adultos competían para ver qué familia recogía más raíces o frutos del bosque y los padres trataban a sus hijos como esclavos, gritándoles sin parar. A la hora de cenar nos reuníamos y los ancianos lo pesaban todo, para ver quién había recogido más.

Esos viajes también tenían sus malos momentos, pues por mucho que nos gustase ir al pueblo, sabíamos que nuestros padres se emborracharían. Cuando llegaba el día en que ya habíamos reunido suficientes raíces y frutos rojos para vender, nos bañábamos, cargábamos los carros y allá íbamos. Los habitantes del pueblo se congregaban en las aceras y nos insultaban. «Han llegado los mestizos, esconded vuestros objetos de valor», decían algunos. Si entrábamos en las tiendas, las mujeres blancas y sus hijos se iban, y las esposas y los hijos del tendero nos vigilaban para que no robásemos nada. Yo notaba un cambio de actitud en mis padres y los otros adultos. Eran personas felices y orgullosas hasta que llegaban al pueblo, y entonces todos se quedaban callados y parecían distintos. Los hombres andaban delante, con la vista fija en el frente; sus esposas iban detrás y —nunca lo olvidaré— mantenían la cabeza gacha y jamás alzaban la vista. Nosotros, los niños, íbamos los últimos con nuestras abuelas, siguiendo más o menos la misma pauta.

Cuando lo noté por primera vez, le pregunté a mi madre por qué teníamos que andar como si hubiésemos hecho algo malo, y ella me respondió: «No importa, ya lo entenderás cuando seas mayor». Pero yo decidí, allí mismo, que nunca andaría como ellos; caminaría bien erguida, y les dije a mis hermanos y hermanas que hiciesen lo mismo. Cheechum me oyó, y posando una mano en mi cabeza, dijo:

—Nunca lo olvides, mi niña. Camina siempre con la cabeza bien alta y, si alguien dice algo, levanta la barbilla.

Aquellos días en el pueblo eran divertidos y una pesadilla al mismo tiempo. Las noches eran desagradables, aunque a veces también tenían su gracia. Cuando las raíces y los frutos del bosque ya se habían vendido, papá le daba algo de dinero a mi madre y a nuestras abuelas y veinticinco céntimos a cada uno de nosotros, y nos íbamos de compras. Mamá y las abuelas siempre compraban harina, manteca y té, y luego buscaban telas de satén y seda para blusas, hilo de bordar de todos los colores y pañuelos. Los niños comprábamos tebeos y pipas de regaliz negro. Los hombres se iban a beber cerveza, y prometían que estarían de vuelta al cabo de media hora.

Después de hacer nuestras compras, volvíamos a los carros. Esperábamos y esperábamos hasta que finalmente mamá y algunas de las mujeres más valientes conducían los carros a las afueras del pueblo, plantaban las tiendas y hacían la cena. Eran momentos silenciosos en que apenas reíamos o hablábamos. La hora de acostarnos siempre se acompañaba de la advertencia de que si mamá nos llamaba, teníamos que salir corriendo y escondernos.

Y, en efecto, los hombres volvían gritando y cantando a la una o las dos de la madrugada. A veces no iban muy borrachos, pero solían traer vino para seguir bebiendo fuera de las tiendas. Entonces mamá nos llamaba y nosotros salíamos furtivamente de la tienda, nos escondíamos entre los arbustos y los observábamos hasta que todos se quedaban dormidos. Al principio los nuestros cogían una borrachera alegre, pero a medida que la noche avanzaba se acercaban hombres blancos. Aunque al principio todos bailaban y cantaban juntos, muy pronto los blancos empezaban a molestar a las mujeres. Nuestros hombres se enfadaban, pero en lugar de pelearse con los blancos, se ponían a pegar a sus mujeres. Les arrancaban la ropa, las golpeaban con los puños o con látigos, las derribaban y las molían a patadas hasta dejarlas sin sentido.

Cuando terminaban, empezaban a pegarse entre sí. Los blancos, entretanto, se quedaban allí juntos, riendo y bebiendo, a veces llevándose a alguna mujer a rastras. ¡Cuánto los odiaba! Nunca estaban cuando salía el sol. Nuestros hombres despertaban sintiéndose mal, con resaca y malhumorados, y las madres llenas de cardenales y magulladuras. Los hombres se iban a beber cerveza a la taberna todos los días hasta que se les acababa el dinero, y todas las noches las peleas se iniciaban de nuevo. Al cabo de unos días nos marchábamos, casi siempre a petición de la policía.

Un día nos visitó una comisión de vecinos indignados, entre ellos un indio trajeado, que nos dijo que nos marcháramos, pero como estábamos esperando a los hombres, nos quedamos. Aunque nuestras mujeres intentaron tranquilizarnos, los niños teníamos miedo. Incendiaron un carro antes de dejarnos en paz. Nuestros hombres llegaron poco después y, por una vez, al ver aquella destrucción recobraron la sobriedad. Engancharon los caballos y nos fuimos antes de que amaneciera. Recuerdo que me sentí culpable por los problemas que habíamos causado, y también me enfadé por sentirme culpable.

Y así pasamos todos los veranos hasta que cumplí trece años y esos viajes al pueblo se hicieron más insoportables, porque poco a poco las mujeres también empezaron a beber.

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0+
Дата выхода на Литрес:
07 августа 2024
Объем:
231 стр. 19 иллюстраций
ISBN:
9788412303650
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Bookwire
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