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ORIÓN Autor: MARCELO ALVARENGA MACIEL Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: febrero de 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-10079

ISBN: Nº 9789563385175

eISBN: Nº9789563385182

Para Margarita, Juan Carlos, Sheida y Arandú.

Índice

  Primera parte

  Segunda parte

Primera parte

1

Arturo Contreras no se inquietó cuando el mesero le enseñó, por segunda vez, que el aparato había rechazado su tarjeta de débito. Ahí estaba el momento tan temido. Los ahorros se habían acabado. Solo suspiró, hundió los dedos en los bolsillos del pantalón creyendo recordar que tenía un billete en algún lado. Encontró uno de cinco mil pesos, pagó la cerveza y se fue.

La parte de la frustración y la angustia paralizantes había pasado ya, pero estas continuaban ahí, agazapadas a la espera, listas para dar el salto ante cada nueva decepción.

Era mediados de enero. Las calles, llenas en cualquier otra época del año, estaban casi vacías, como siempre en vacaciones. Miles y miles de santiaguinos y sus familias dejaban atrás la metrópoli y se iban a la costa o a las regiones, y los que se quedaban podían disfrutar de una relativa tranquilidad. Muchos posponían adrede sus vacaciones para cuando regresara la horda que salía en verano, de esa forma se aseguraban que los lugares de veraneo estuvieran menos atestados de santiaguinos. La idea era siempre librarse de los habitantes de Santiago.

Desde la avenida Simón Bolívar tomó Manuel de Salas y, simplemente, caminó sin un destino específico en mente. El calor de la tarde, la cerveza y el cansancio lo iban sumiendo en una modorra que lo hacía avanzar en piloto automático. Llegó hasta la pequeña plaza Melvin Jones y vio la placa que había en el muro de la antigua casa de la esquina, frente a la cual esperó para cruzar la calle. “Sede Nacional Bahá’í” decía la sencilla placa y recordó las miles de veces que había pasado por aquel sitio preguntándose qué sería ese lugar.

–Algún día voy a entrar –se decía siempre.

Avanzó sin rumbo varias cuadras más y terminó sentado en uno de los pocos bancos libres que había bajo la sombra de los árboles en la plaza Ñuñoa. El lugar estaba repleto a esa hora. Tenía las piernas cansadas y el cuello tenso; se aflojó un poco la corbata y se secó el sudor con un pañuelo de papel. Se echó una mirada a sí mismo y sonrió con amargura. ¡Qué ridículos son los trajes!, pensó, pero era una especie de impuesto que no había podido evadir. Por milésima vez abrió la carpeta que llevaba en la mano –la última del montón que había repartido– y vio al hombre de la foto que lo miraba con los ojos hundidos y el incipiente pelo cano. Me veo como la mierda, suspiró.

Dos semanas antes había decidido tomarse un día entero por semana para salir a repartir currículos, con la determinación de no parar hasta que alguna empresa de seguridad lo volviera a contratar. Aunque era el primer mes del año, por lo general pobre en ofertas laborales, se dijo que lo haría igual. El capataz de la obra se mostró comprensivo ante su situación, porque era un hecho que el edificio en el que trabajaba ya estaba casi terminado y los muchachos empezaban a pensar en otros lugares donde necesitaran mano de obra.

Pero estaba difícil la cosa, desde el estallido social del año anterior en que muchos proyectos de edificación pararon y hordas de trabajadores fueron despedidos. Arturo y sus compañeros fueron de los afortunados, porque todos los departamentos del edificio ya estaban vendidos y la empresa tenía una buena liquidez para terminar la obra.

Cinco años trabajando en la construcción habían pasado en un parpadeo, y él estaba igual o peor que antes. De no haber sido por la insubordinación de los estúpidos cadetes que estaban a su cargo en la academia y su mal carácter, tal vez todavía seguiría en el ejército. O si la empresa de seguridad en la que trabajó después no hubiera cometido esas irregularidades como para ser demandada y terminar en la quiebra, no habría sido despedido después de diez largos años.

O si…

Ahí estaba otra vez su ego, culpándolos a todos, menos a sí mismo. Era un defecto del que era consciente, pero a esas alturas las apariencias ya no importaban; sabía muy bien que si su vida se estaba asomando a un abismo, el único responsable era él, y sus malas decisiones. Ya no tenía sentido fingir, ni era necesario engañar a nadie.

Teniente del ejército, guardia de seguridad, peón de la construcción, futuro desempleado…

Su cabeza giraba una y otra vez alrededor de esa escalera descendente que era su vida, y se enredaba con mil y un pensamientos que pasaban de la rabia a la resignación, volviendo después a una ingenua –tal vez– esperanza de que el próximo lugar al que fuera terminaría por contratarlo.

No pudo decir si fue el humo de la marihuana de los adolescentes que estaban tirados en el pasto detrás de él el que le estaba haciendo efecto, o el sofocante calor veraniego, porque empezó a sentir una somnolencia fatal. Se sacudió la cabeza y se dio pequeñas cachetadas para desperezarse. Miró la hora en su muñeca; cinco y media de la tarde.

El sol estaba todavía alto y le quedaba una última carpeta por entregar, pero ya no sabía a dónde ir, ni le quedaban ganas de hacerlo. Los lo vamos a llamar habían inundado la tarde, y se sentía como un esparrin en un cuadrilátero en el que cada lo vamos a llamar era un golpe tras otro. Y, tras cada rechazo, aparecía en su cabeza una palabra en mayúsculas acompañada de una imagen: el rostro de su mujer. Y la palabra cáncer.

Diecisiete años de matrimonio, tres hijos, altibajos que siempre pudieron superar. Pero a veces la vida parecía ensañarse y lo enviaba todo de una vez: desempleo, ahorros escasos, deudas y cáncer. Y lo peor, un tipo de cáncer que no cubrían ni Fonasa ni las Isapres. ¿Para qué existían los seguros médicos si al final no servían para nada?

Claudia se había hecho la quimioterapia tres veces, las mismas con las que se les fue casi toda la plata, y ahora ya no quedaba nada. No había forma de continuar con el tratamiento. Ella siempre había sido fuerte y soportó con firmeza cada prueba que le había tocado vivir a su lado, pero ahora no paraba de llorar y a él le destrozaba verla así. Estaba seguro que lloraba por los niños y no por sí misma, porque al fin y al cabo eran los que más sufrirían con su ausencia.

Él no era un tipo sentimental, pero estaba muy enamorado de Claudia, y trataba de hacer todo lo que estaba a su alcance para que se sintiera cómoda y tranquila en la medida de lo posible. Por eso, aunque eran las cinco y media de la tarde y podía dar por terminado el trabajo, prefirió continuar fuera de casa un rato más. Necesitaba sentirse bien para poder ayudarla y cuidarla de la mejor manera, porque ¿cómo consolar a alguien estando uno mismo desconsolado?

La familia y los amigos, aunque con buena voluntad, eran incapaces de ayudar del modo en que se necesitaba, ¿qué podían hacer? Todas eran personas trabajadoras que llegaban con lo justo a fin de mes, y aquí todo giraba en torno al dinero. Hasta los padres de Arturo les ofrecieron sus pocos ahorros, pero con la miserable pensión que recibían, si aceptaban la ayuda serían ellos los que se quedarían sin comer. Los dos juntos sumaban sesenta años de experiencia laboral en docencia, pero la jubilación de ambos no alcanzaba siquiera los quinientos mil pesos al mes. Puto sistema injusto.

Ni siquiera podía recurrir a sus antiguos camaradas, ¿qué les iba a decir?, ¿con qué cara se acercaría a hablarles después de haber sido dado de baja con deshonra? Los tipos, encima, estaban ya en la cúspide de sus carreras, y llegar a hablarles era más difícil que ir al Palacio de La Moneda y llamar a la puerta para hablar con el presidente.

Como militar había aprendido a disciplinar y entrenar su cuerpo, y aunque lo hubieran echado, continuó yendo siempre al gimnasio de manera regular y era un hábito que se había acentuado en la actual situación. La única manera que tenía para descargar sus frustraciones era con la bolsa de arena, las máquinas y las pesas. Por más de veinte años había sido cliente del mismo gimnasio del barrio y cuando llegaron al punto crítico de recortar gastos en la familia, los muchachos del gimnasio se hicieron los tontos con la administración y le permitieron continuar entrenando sin pagar un peso. Lo conocían de años y sintieron que no podían privarle de la única cosa que posiblemente lo mantenía cuerdo.

Aun así, aquella tarde no tenía ni remotas ganas de ir a entrenar.

En un par de semanas más si no conseguían algo de dinero les cortarían el gas, la luz, y el agua, y ese fatídico pensamiento lo hacía mirar una y otra vez el teléfono, asegurándose de no tenerlo silenciado. No podía perder ninguna oportunidad de trabajo, por mala que fuera, por el estúpido hecho de tener el celular en silencio.

El recuerdo de que pronto podrían quedar sin casa le dio el empujón que necesitaba para levantarse del banco y caminar hacia cualquier parte, con el único objetivo de no estar ahí sentado sin hacer nada. Creía haber escuchado o leído alguna vez que con solo hacer el esfuerzo la vida te empezaba a ayudar, pero no recordaba haber recibido ayuda esos últimos meses a pesar de todo el esfuerzo que estaba haciendo. Sin embargo, el miedo a fracasar por no haberlo intentado todo era más fuerte, así que, aunque fuera caminar sin rumbo, se mantendría en movimiento.

Entonces sonó el celular.

2

–Señor Contreras, tengo un negocio que proponerle.

El hombre sentado frente a él era idéntico a como lo había imaginado por la voz, lo cual le sorprendió al propio Arturo, porque eso casi nunca sucedía. El tipo tenía acento de España.

Le calculó unos cuarenta años. Alto, delgado, la cara bien afeitada, con anteojos y vestido de traje, como él mismo. Cualquiera de los clientes de la cafetería que tenían alrededor pensaría que eran dos hombres de negocios. Le causó gracia la idea.

–¿Dónde me dijo que trabaja? –preguntó Arturo, cauteloso.

–Usted dejó varias carpetas en empresas consultoras que trabajan para nosotros –dijo el hombre, sin responder a la pregunta–, y una de ellas nos proporcionó sus datos. Mi nombre es Antonio Padua.

¿Como el santo?, se preguntó Arturo. No, ese es Antonio de Padua.

–Trabajo en una organización privada que ofrece entretenimientos exclusivos de alta gama. Se llama ORIÓN.

El hombre le extendió una tarjeta de color negro y plata, y Arturo vio los dedos largos, finos, las uñas bien cuidadas y la piel flexible y de aspecto suave. Este no ha tocado una herramienta en su vida, pensó. En la tarjeta que le acababa de entregar se leía solo el nombre y el logo de la empresa: un arquero con las estrellas de la constelación del mismo nombre bordeándolo y las letras en relieve a modo leyenda en la parte inferior. Era todo, sin dirección ni número de teléfono.

Arturo la examinó y buscó en su mente. Nunca había escuchado de una empresa llamada así y se preguntó si acaso era española, aunque se saltó ese detalle.

–¿Y necesitan un guardia de seguridad? –preguntó, yendo directamente a lo que le interesaba. A esas alturas ya no le importaba nada, siempre le había costado tener tacto y ser quisquilloso no era un lujo que podía darse. Necesitaba trabajar a toda costa, en lo que fuera. Siempre que fuera legal.

El hombre sonrió, se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz antes de responder:

–No exactamente. Nuestros servicios son muy exclusivos, no cualquiera es capaz de contratarnos y no contratamos a cualquiera. Nuestros precios son muy elevados porque lo que ofrecemos no lo ofrece nadie más en el mundo. Queremos proponerle un trato que lo sacará de todos sus apuros económicos y le dará tranquilidad a su familia.

Se encendieron las primeras alarmas. ¿Qué sabía aquel hombre sobre su situación financiera? Su instinto lo alertó y le hizo adoptar una postura desafiante.

–Dígame ahora mismo qué es lo que sabe usted de mis asuntos, y más vale que sea verdad –dijo Arturo, con una mirada severa, y apretando los puños sobre la mesa. Antonio Padua no se inquietó; daba la impresión de que estaba familiarizado con ese tipo de reacciones, y hasta parecía haber estado esperándolo.

–Usted está a punto de quedar sin trabajo –empezó a decir con total calma, entrelazando los dedos sobre la mesa y clavando sus oscuros ojos en los de Arturo–. Su esposa Claudia tiene cáncer y vuestros ahorros ya se han acabado. Estáis atrasados con los pagos de todos los servicios básicos y si no pagáis este mes, el dueño del departamento tiene pensado rescindir el contrato de arriendo, aunque aún no os lo haya notificado. Vuestros hijos tuvieron muchos problemas en la escuela el año pasado por todo esto. Su hijo mayor, Lorenzo, fue suspendido varias veces por pelearse con sus compañeros. Valentina se la pasa encerrada en su cuarto y en la escuela no participaba nunca en clase, viviendo en su propio mundo. Y el pequeño Agustín ha vuelto a mojar la cama desde que le diagnosticaron la enfermedad a su mujer. Usted ha empezado a beber más de lo habitual tratando de calmar los sentimientos de ansiedad e impotencia –acaba de salir de un bar hace menos de una hora–. Incluso sus padres se han ofrecido para ayudaros con el dinero de su pensión, pero usted no lo ha aceptado. También estuvo en el ejército, pero lo dieron de baja por dejar inconscientes a unos reclutas en unos ejercicios disciplinarios brutales. Y puedo seguir –terminó el hombre, sin expresión definible en el rostro–, pero creo que ha entendido la idea.

Arturo quedó mudo. ¡¿Cómo sabe todo eso?!

–Lo sabemos todo de usted –confirmó el hombre–, tanto su pasado como su presente, por eso le estamos ofreciendo esto. No contactamos con nadie que no tenga algo importante que darle a nuestra organización. Y usted tiene mucho que ofrecer, por eso ha despertado nuestro interés.

–Pero, ¿de qué trata todo esto? –preguntó, desesperado de pronto por tanto misterio.

Padua corrió a un costado las tazas de ambos, el azucarero y las cucharas; abrió el maletín que tenía al lado, sacó una carpeta y la puso sobre la mesa. Miró a la cara a Arturo y dijo sin pestañear:

–Le ofrecemos cien millones de pesos. Si acepta, recibirá la mitad ahora mismo y el resto después del trabajo.

–No me joda… –exclamó Arturo, con los ojos desorbitados. Lo estaba embromando. Ahora sí que se sentía furioso. ¿Quién se creía aquel pelele para jugar con las esperanzas de alguien al borde de la miseria? Pero el hombre movió las manos para tranquilizarlo; abrió la carpeta y sacó los papeles que contenía. Los puso frente a él.

–Este es un documento legal que establece los puntos del trato que le ofrecemos. Ahí lo dice claramente –señaló con un dedo–: “cincuenta por ciento se le asigna al firmante del contrato de manera inmediata y el restante cincuenta por ciento al finalizar el trabajo”.

Arturo miró las palabras sin verlas realmente. Eran por lo menos cuatro páginas enteras, escritas por ambos lados. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Estaría soñando y no se había dado cuenta? Esa plata alcanzaría para tratar a su esposa las veces que hiciera falta hasta curarla, ¡y aún después les sobraría un montón! Sintió que las manos le temblaban y el corazón le golpeaba contra el pecho.

Miró al hombre que permanecía en completa calma y le daba por primera vez un sorbo al té helado, y formuló la pregunta:

–¿Es esto en serio?

–Totalmente.

–Y si firmo, ¿qué tengo que hacer después?

El español dejó a un lado su té y respondió:

–Simple. Ser cazado.

3

Arturo regresó al departamento alrededor de las ocho de la tarde. Se sentía mareado y le dolía la cabeza; tal vez fuera el hambre, haber recorrido media ciudad a pie con aquel calor o la reunión con el hombre. O una mezcla de todo.

Lorenzo había hecho la cena con ayuda de Valentina, mientras que su hermanito pequeño le hacía compañía a su mami. Habían cenado todos juntos en la pieza de los papás para que la mamá no se levantara y ahora los tres hermanos estaban en la sala viendo la tele. Arturo los saludó a cada uno con un beso en la frente y se fue a la pieza. Claudia ya estaba dormida cuando entró; la última quimio la había debilitado tanto que andaba fatigada todo el día y se dormía muy temprano por las noches.

Estaba de espaldas a la puerta cuando él entró en silencio y se quedó un rato ahí, solo mirándola. La vio tan pequeña y frágil. Se había rapado la cabeza prematuramente porque no soportaba ver cómo iba perdiendo el cabello; lo consideraba un signo fatídico y elocuente de la existencia de aquello que la iba devorando por dentro. Los huesos le sobresalían más de lo normal, tenía el perfil anguloso y las mejillas hundidas. Había perdido ya mucho peso, estaba demacrada y cualquier tarea la cansaba mucho. Arturo insistía en que él y los niños se ocuparían de todo en la casa, pero ella no podía simplemente estarse quieta, porque ella no era así. Ya le había dolido mucho haber tenido que dejar de trabajar. Siempre estaba tan llena de energía y entusiasmo, pero ahora ni siquiera podía salir al parque a caminar un rato y tomar el aire.

Ahí estaban otra vez el punzazo al corazón y el nudo en la garganta, eso que le sucedía ahora todo el tiempo, cada vez que la veía así. Alemania, pensó. Allá tenían los mejores tratamientos para su enfermedad. Él prefería la palabra enfermedad, porque no le gustaba pronunciar el nombre de la misma. Si tan solo hubieran tenido la plata para ir a tratarla allá. La gente pituca lo hacía todo afuera, mandaban a sus hijos a universidades del extranjero, seguían tratamientos médicos afuera… ¿Pero acá? el que no tenía plata se moría y listo.

Se inclinó sobre ella y le dio un beso, luego entró a bañarse. Eran casi las nueve cuando salió de la ducha, luego de estar largo rato bajo el chorro de agua fría.

Lorenzo tenía permiso para estar despierto hasta más tarde porque ya tenía quince, pero Valentina y Agustín ya debían irse a la cama. Acompañó a la niña a su pieza y le dio las buenas noches, aunque sabía que continuaría despierta hasta medianoche como mínimo escuchando música en su celular con los audífonos puestos. Tenía doce años y, aunque no era problemática, tampoco dejaba que nadie se acercara demasiado; solo su mamá de vez en cuando lograba hacerle sentir con la suficiente confianza para abrirse y expresar sus emociones, pero a él le costaba un poco más. Arturo sabía que todo lo que estaba sucediendo era tan difícil para ella como para toda la familia y entendía que esa era su manera de lidiar con la situación.

Luego llevó al pequeño Agustín en brazos a la pieza que compartía con su hermano, lo ayudó a ponerse el pijama, esperó pacientemente a que terminara de cepillarse los dientes y lo metió a la cama. Le leyó su cuento favorito en un libro de cuentos de Topo Gigio, uno en el que el ratoncito italiano tenía que organizar una fiesta para sus amigos ratones, pero no tenía suficiente queso para la ocasión y recorría toda la ciudad buscando la rueda de queso perfecta. Al terminar le dio un beso en la frente, apagó las luces, pero dejó encendida una pequeña lámpara de noche porque el niño tenía miedo a la oscuridad. Después de todo, solo tenía seis años.

Luego fue a la cocina, se sirvió algo de comida y cenó solo, escuchando de fondo el ruido del televisor, frente al que su hijo mayor seguía sentado.

Me tenía que haber largado de ahí desde un principio, se dijo. Pero el sentimiento luchaba con la casi incontenible emoción que le provocó revisar en el celular su estado de cuenta y ver que le acababan de depositar cincuenta millones de pesos. Se había quedado de piedra. Mientras comía, volvió a mirar los números, y todavía no lo podía creer. No era ninguna broma, la plata estaba ahí.

Durante dos horas Antonio Padua le reveló la cosa más descabellada y desquiciada que podía imaginar jamás y cuando este se marchó y lo dejó solo, necesitó aún media hora más sentado en el café, intentando digerir lo que le acababa de contar. El español le aclaró punto por punto lo que le interesaba saber y en qué consistía el trato con exactitud. Luchó en silencio contra la rabia y la impotencia que lo inundaron en un momento dado, al saber que aquel hombre y la organización a la que representaba se aprovechaban de gente como él, personas con vidas al borde de la tragedia, para desarrollar aquel negocio enfermizo.

Se sintió desdichado y decepcionado de sí mismo una vez más.

Pero, por otra parte, en medio de la creciente desesperanza había llegado esto, una retorcida oportunidad de ayudar a su familia a salir de ese pozo en que estaban cayendo de manera irremediable. Era un destello de esperanza para ellos, que él debía pagar con su vida… literalmente.

–Aquí encontrará las instrucciones necesarias –le había dicho el hombre, señalando la última página que iba pegada al contrato–. La fecha y el lugar donde lo recogerán.

Y le había entregado una copia de la carpeta y los papeles firmados.

–Pero hay un último asunto importante –había agregado, y su actitud se volvió seria, casi amenazante–. Nuestra organización ha permanecido anónima desde el principio y así debe continuar.

Arturo ya sabía lo que vendría después de eso. Una de esas líneas que se escuchaban en las películas.

–Si usted no es capaz de guardar esos papeles en algún lugar seguro al que tenga acceso solo usted y nadie más –dijo el español–, le sugiero que se memorice las instrucciones y luego los destruya. Nadie debe conocer su existencia. Apréndase también los datos del único abogado del mundo que maneja los asuntos de nuestra compañía; solo él es capaz de hacer cumplir lo estipulado en esto, y es solo si usted necesita tener la seguridad de que se le pagará. Le aseguro que nunca hemos incumplido un contrato.

Sentado en la mesa de la cocina se estrujó el cerebro pensando en algún lugar donde esconder esos papeles. No tenía intención de destruirlos. De algo le podrían servir.

El precio para salvar a mi familia es que yo me convierta en una presa, caviló recostado contra el marco de la puerta de la cocina después de terminar de cenar. Observaba a su hijo mayor que todavía estaba mirando la tele.

Que así sea.

4

Claudia y Arturo se conocieron a principios del año dos mil cuando ella estaba por terminar su práctica con el kinesiólogo que él fue a ver. Se casaron dos años y medio después. Llevaban casi dos décadas juntos y en todo ese tiempo no había sentido la necesidad de mentirle, hasta ahora. Aunque no estaba seguro si ocultar algo para protegerla era lo mismo que mentir.

Ese día él se levantó muy temprano. Claudia y los niños aún dormían. Se metió en la cocina y empezó a preparar el desayuno mientras su cabeza no paraba de pensar. Todo su ser se sentía atenazado por un miedo nuevo y desconocido y por una ira tan intensa que no sabía que era capaz de sentir. ¿De verdad estaba a punto de hacer aquello? ¿Cuán bajo podía caer alguien para verse empujado a tomar una salida tan desesperada como esa? Meneó la cabeza con tristeza.

Cuando tuvo listo el desayuno, lo depositó en una bandeja y se lo llevó a su esposa. La despertó con ternura luego de contemplarla un corto rato, asegurándose de poder recordar sus rasgos con detalle en cualquier lugar. Tal vez fuese la última vez que la vería dormir.

Ella le sonrió con ese gesto encantador que lo había enamorado.

–Mi chef favorito, ¡gracias! –dijo mientras se incorporaba en la cama y se desperezaba.

Ni siquiera la enfermedad había sido capaz de opacar el brillo natural de su hermosa alma, pero de pronto este se fue apagando de manera gradual cuando empezó a recordar y darse cuenta de qué día era aquel. Ella lo sabía.

Comieron casi en completo silencio, pero de a poco las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos hasta que rompió en llanto y se tiró a los brazos de su esposo. Él la consoló como pudo, porque también estaba destrozado. No quería alejarse de su familia y menos estando ella en ese estado.

A pesar de las indicaciones del español, no fue capaz de engañar a Claudia por completo. Le contó lo del dinero que le habían depositado y que a cambio de eso tenía que hacer algo desagradable, por el bien de la familia. Decidió no revelarle la existencia de algo tan infame como ORIÓN y le aseguró que él no le haría daño a nadie, pero el resto lo dejó a su imaginación.

Miró la hora en el reloj de pared, entonces se levantó y empezó a prepararse.

–Te amo. ¿Confías en mí? –dijo, cuando se acercaba la hora de marcharse.

Los ojos de ella, rojos por el llanto y ojerosos por la enfermedad, no se separaron ni un segundo de él, mientras apretaba con fuerza contra su pecho el sobre que le acababa de entregar. Asintió ante la pregunta.

Se le desgarraba el alma verla así y, peor aún, no poder decirle más de lo que ya le había dicho.

–Si no regreso en dos semanas, ábrelo –dijo él, con el acuciante dolor que le producía no tener ni idea de lo que pasaría con su familia si él no volvía.

–Te amo con todo mi ser –dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó largo rato antes de que él tuviera el valor de desprenderse y salir, aunque su corazón deseaba quedarse aferrado a su mujer para siempre. Los niños seguían dormidos cuando él salió.

Al día siguiente de firmar el contrato, Arturo pagó todas las deudas y durante las siguientes cuatro semanas salió temprano de la casa como siempre, vestido como para la construcción, pero iba a otra parte. Había pensado en cuáles eran sus opciones, y releyendo el contrato de punta a punta llegó a la conclusión de que ahí no había nada que prohibiera lo que tenía en mente.

Al final del mes le dijo a Claudia que tenía que irse, pero no podía darle demasiadas explicaciones, todo estaba en la carta. Ella había aprendido a confiar en él; cuando era más joven habría hecho un escándalo por algo así, pero la vida al lado de ese hombre le había enseñado que si él se callaba algo, era por una muy buena razón, y ella se enteraría a su debido tiempo. Siempre era por el bien de ella y de los niños, y en casi veinte años nunca les había fallado –aunque él pensara lo contrario al haber sido expulsado del ejército y quedar sin trabajo.

Fue el mes más difícil de su vida, pero el día señalado había llegado.

Salió del edificio y, aunque todavía era temprano, llamó un taxi y pidió que lo llevara al aeropuerto. Sabía que si se quedaba por más tiempo ahí podía ceder a la tentación de volver a la casa, pero no tomar ese vuelo les traería horribles consecuencias, de eso estaba seguro.

Una semana antes, el español –lo había empezado a llamar así en su cabeza– se había contactado con él como había prometido, le dijo que fuera al mismo café donde se habían reunido y que un sobre lo estaría esperando. Arturo así lo hizo y se encontró con un ticket de avión; la fecha era para una semana exacta después de ese día y el destino era el que le había adelantado Padua el día que se conocieron.

Aysén.

–Nuestros clientes han encontrado en Chile los lugares ideales para practicar su pasatiempo –le explicó con toda naturalidad, como si matar gente fuera la cosa más normal del mundo–. Y Aysén ofrece el entorno adecuado para ello.

La región de Aysén, ubicada en la Patagonia chilena, era la menos poblada del país, sin embargo, poseía el mayor porcentaje de reservas naturales, lo que la convertía en el sitio perfecto para las actividades de ORIÓN. Su fina clientela acostumbraba a “divertirse” en bosques y lugares alejados de la civilización, le había explicado el hombre. A Arturo se le revolvió el estómago al pensar que existía ese tipo de gente, y más aún, que una empresa les organizaba esas cosas.

Se tragó su enfado como pudo y preguntó en qué lugar específico ocurriría, dada la amplitud de la región, pero Padua rio y le dijo que era un secreto, lo sabría a su debido tiempo. No insistió, aunque tampoco se resignó.

Volvió a pensar en estas cosas mientras esperaba sentado frente a la puerta de embarque. Como se trataba de un vuelo nacional, el proceso de abordaje fue corto y rápido. A las diez de la mañana despegó el avión y tres horas y media después aterrizaba en el Aeródromo Balmaceda, de Coyhaique.

No era la primera vez que estaba en el sur. De hecho, había liderado unos juegos de guerra muchos años atrás en la región de los fiordos en pleno invierno, para probar la capacidad de adaptación de los hombres a su cargo. Aquello fue un cuello de botella para muchos, que al final terminaron abandonando la milicia.

–¿Y al llegar allá qué tengo que hacer? –había preguntado Arturo.

–No se preocupe, nosotros lo recogeremos. Solo asegúrese de llevar una buena parka. Es verano, pero eso no significa nada allí.

Solo llevaba una mochila con dos o tres mudas de ropa, así que no tuvo que perder el tiempo esperando ninguna maleta y salió directo al vestíbulo principal del aeropuerto. De inmediato vio un cartel con su nombre y caminó hacia la persona que lo sostenía. Era un hombre un poco mayor que él –acababa de cumplir cuarenta y cinco el diciembre pasado–, tenía una cara redonda y cuerpo rechoncho, barba espesa, gorra de lana, parka y botas. Se saludaron y el hombre se presentó como el piloto que lo llevaría cerca de las termas.

Termas, ¿eh?

Antes de partir, Arturo compró un par de empanadas de almuerzo y después siguió al hombre. Salieron de la terminal al despejado y ventoso día, pero no subieron a ningún vehículo; rodearon el edificio a pie en una caminata de unos diez minutos, durante la cual el hombre no paró de hablar de Aysén y de los atractivos turísticos que ofrecía. Arturo comprendió que lo consideraba un turista más, y eso significaba que el piloto no estaba involucrado en el asunto.

Dejaron atrás los grandes aviones que despegaban y aterrizaban de manera intermitente y llegaron a un alejado hangar, frente al que esperaba un Cessna 206. La pista que se extendía delante de la avioneta era de tierra apisonada, sin pavimentar. Subieron a bordo y el piloto le dio las instrucciones de seguridad. Todavía las recuerdo, se dijo él. Pensó en su familia mientras comenzaban a acelerar y el aparato alzaba el vuelo. Trató de recordar las distancias que se había aprendido de memoria, y preguntó:

–¿Dónde aterrizaremos? Unos amigos prepararon este viaje, así que estoy un poco nervioso porque esos huevones son capaces de cualquier cosa.

Fingió reír, entre divertido y nervioso.

–No se preocupe, está en buenas manos –lo tranquilizó el hombre. No era la primera vez que escuchaba aquello, así que entendía el temor de su pasajero–. Vamos a aterrizar en Puyuhuapi, las termas están a solo dieciséis kilómetros de ahí.

Coyhaique y Puyuhuapi. En medio estaba el Parque Nacional Queulat, y creía saber qué eran las termas que mencionaba el hombre. Bien, ya tenía cierta referencia e información útil.

5

La pista en la que aterrizaron era similar a aquella de la que habían despegado en Coyhaique, pero, a diferencia de la anterior, rodeada por el aeropuerto y con mucha actividad humana, esta estaba en un enorme claro en medio de la nada. A medida que la avioneta frenaba hasta detenerse, pudieron ver el coche negro estacionado frente al enorme galpón que hacía las veces de hangar, el único que se veía por ahí.

–Espero que disfrute su estancia en Puyuhuapi –dijo el piloto con entusiasmo cuando se apeó su pasajero. Y, después de despedirse, partió de nuevo al sur.

Puyuhuapi no se consideraba siquiera un pueblo, era más bien un villorrio ubicado en la comuna de Cisnes, fundado por alemanes hacia el año 1935. El lugar que pisaba Arturo en ese momento tampoco podía clasificarse como un aeródromo, ya que bien podía tratarse de una pista clandestina y nadie sabría decir la diferencia.

Inseguro, caminó hacia el solitario vehículo echando una rápida ojeada a los alrededores. Estaba desierto. Se abrió la puerta del conductor y bajó un hombre alto, corpulento, con el pelo cortado a cepillo y los músculos que resaltaban incluso bajo las abrigadas capas de ropa. Tenía los ojos de un azul intenso y una gran cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, trazando una curva desde el borde exterior de la ceja hasta el cuadrado y recio mentón. La similitud con Iván Drago, el legendario oponente soviético de Rocky Balboa, era alucinante.

Otro milico, conjeturó Arturo a medida que se acercaba. Pero no era chileno, de eso estaba seguro; sería ruso, alemán o de alguna parte de Europa del Este.

–¿Arturo Contreras? –preguntó en un español con fuerte acento, marcando en exceso las erres de las palabras. Él asintió. Se estrecharon la mano y le indicó que subiera al auto; Arturo obedeció sin preguntar nada.

Unos cuantos kilómetros al norte de donde estaban, la Carretera Austral se dividía en dos brazos; el brazo principal recorría la margen derecha del valle y luego atravesaba Puyuhuapi por el centro mismo. El otro se extendía por la margen izquierda y rodeaba al pueblo sin pasar por él. Ambos brazos volvían a unirse a la salida del pueblo y continuaba sin interrupciones a orillas de un enorme fiordo.

Cuando dejaron atrás la pista de aterrizaje avanzaron por un sinuoso y accidentado camino rural y luego salieron al brazo secundario de la carretera. El viaje transcurrió en total silencio. El hombre ni siquiera se había presentado, pero tampoco parecía importarle caerle bien a su pasajero. Arturo aprovechó el mutismo del chofer para estudiar el paisaje.

La carretera corría solitaria. A la izquierda se levantaban montes, cerros y de vez en cuando paredones de piedra verticales, que daban la sensación que de un momento a otro se precipitarían sobre el camino. Y a la derecha, las aguas cristalinas del fiordo. Más allá, en la orilla opuesta, continuaban los montes, cerros y laderas, perdiéndose luego entre frías y lejanas brumas.

Arturo vio un cartel al costado del camino, un letrero verde con bordes dorados que decía CARRETERA AUSTRAL, y debajo:

Coyhaique 220. Puerto Aysén 202. Puerto Cisnes 84.

Se preguntó de pronto si tendría suficiente tiempo para observar las cosas que le interesaban, antes de ser asesinado por alguno de los clientes de Padua.

–No somos animales –había dicho este, en un intento de maquillar la naturaleza enfermiza de sus negocios–. Somos caballeros, antes que nada, y tenemos códigos. Como los antiguos gladiadores romanos, usted y los demás tendréis la oportunidad de conocer a sus anfitriones un par de días antes.

Anfitriones, arrugó la nariz al recordar. Bonita forma de llamar a gente que asesinaba por puro aburrimiento. Padua no lo había dicho de manera explícita, pero él ya lo había deducido: eran gente enferma con mucho dinero y demasiado tiempo libre.

La carretera se extendía de norte a sur; ellos viajaban hacia el sur. Luego de pasar por un estrecho puente de concreto, el conductor disminuyó la velocidad y dobló a la derecha, deteniéndose frente a un embarcadero que llevaba por nombre Muelle Austral. Bajaron del coche y caminaron hacia el muelle; a medida que avanzaban vieron la lancha amarrada y dentro varias personas con rostros serios y graves. Arturo reconoció de inmediato el lugar que se encontraba en la orilla opuesta. Se llamaba Bahía Dorita, un tramo paradisíaco en medio de uno de los tantos fiordos australes.

Al llegar junto a la embarcación sus ocupantes voltearon a verlos, con ojos curiosos. Arturo contó a cuatro hombres; uno de ellos se apresuró a ponerse de pie y subió al muelle de un salto, saludándolos. El exmilitar se limitó a decir el nombre de Arturo y se marchó sin despedirse; el hombre se presentó como José Millaray, el conductor de la lancha. Le pidió que lo siguiera y subieron al bote.

Arturo saludó a los otros tres hombres, pero estos apenas respondieron aunque lo miraban con mucho interés. La postura de sus cuerpos y las miradas distantes y esquivas proclamaban con claridad el miedo que sentían. No hacía falta ser demasiado inteligente para deducir que también habían sido reclutados por ORIÓN.

–Estamos listos para partir –dijo José Millaray–. Por favor sujétense bien.

Y encendió el motor.

A lo lejos, en la otra orilla, se veía una construcción larga al pie de un verde y exuberante bosque nativo de lengas y coihues, que sin duda era a donde se dirigían. Arturo lo identificó como el lugar del que había hablado el piloto de la avioneta. Él lo había llamado las Termas, pero el nombre oficial era Puyuhuapi Lodge & Spa.

No tenía idea de lo que le esperaría allá, pero de algo estaba seguro: necesitaba aprovechar cualquier pequeña oportunidad para conocer mejor el terreno. Calculó que solo tendría tiempo de formular unas pocas preguntas. Se acercó a la parte delantera de la lancha, se colocó al lado del señor Millaray y le empezó a conversar.

–¿Usted es de por aquí, don José? –dijo, y le sonrió al hombre.

La velocidad de la lancha no era excesiva ni el motor demasiado ruidoso, era más bien un viaje apacible y sin prisas, así que podían escucharse bien entre ellos, a pesar del viento que les daba de frente.

–Sí, señor, de Puyuhuapi toda la vida –respondió, con evidente orgullo.

–¿Y hace cuánto que trabaja para el hotel?

–Unos diez años. En esta época manejo la lancha y después, cuando cierra en otoño ayudo con las reparaciones que haya que hacer y lo dejamos listo para la siguiente temporada. Pero también soy pescador, leñador, guía; en realidad hago de todo –dijo el hombre, complacido de tener a alguien que mostraba interés por escucharlo.

–Qué interesante –dijo Arturo, con sinceridad. Señaló el espeso bosque que los rodeaba por todas partes y preguntó–: Y dígame, ¿qué animales grandes se pueden cazar por acá? Me gusta mucho la cacería –agregó en tono ingenuo. El hombre pareció alarmarse.

–Oh no, por acá no puede cazar, al menos no de ese lado –dijo, señalando hacia atrás–. Es un parque nacional protegido. Hay muchos animales, pero está prohibidísimo. ¡Si lo agarran se puede ir preso! –exclamó, casi con preocupación.

–Ah, no sabía. Nada de cazar, entonces –aseguró.

La otra orilla ya estaba peligrosamente cerca, entonces formuló la última pregunta:

–Leí que el invierno es muy duro por acá, pero ¿cómo son las noches durante el verano? ¿Igual hace mucho frío? ¿Se puede dar un paseo por el bosque de noche?

El señor Millaray era una persona sencilla pero respetuosa, por eso su reacción educada fue la de sonreír con indulgencia. Estos turistas no saben nada.

–No, señor, las noches son igual de frías, al menos para los que no son de aquí. Nosotros estamos acostumbrados. Los días en verano son así, lindo solcito, pero a la noche la temperatura baja mucho. No le recomiendo para nada ir al bosque de noche, a menos que le guste y disfrute del frío.

–Gracias por su consejo –dijo educadamente el pasajero, cuando don José comenzó a disminuir la velocidad y se detuvo frente a la pasarela de madera del muelle.

De pie sobre este, a muy poca distancia, Antonio Padua los esperaba con una gran sonrisa y vestido con un traje impecable.

6

El Puyuhuapi Lodge & Spa no era lo que Arturo había imaginado como su destino final, pero dentro de todo se sintió un poco aliviado. Había oído y leído sobre el lugar, pero jamás pensó que llegaría a poner un pie ahí. Era el tipo de sitios que la gente podrida en plata elegía para irse de vacaciones, para los que buscaban desconectarse del mundo exterior y disfrutar de un paraíso natural escondido en el corazón de aquella lejana región.

El aspecto de la desconexión era literal porque, aparte de un teléfono para emergencias, y una red WiFi de uso interno del hotel, los huéspedes no tenían acceso a internet, las habitaciones no contaban con televisores y la señal de los teléfonos celulares era nula.

El lugar perfecto para ser asesinado.

Antonio Padua les dio la bienvenida con efusividad, como si se conocieran de toda la vida.

–¿Habéis tenido un viaje tranquilo? –interrogó, alegre.

Arturo notó que los tres hombres que llegaron con él temblaban, pero no de frío; se les veía el terror en los ojos. Él, en cambio, sintió unas ganas terribles de partirle la cara a Padua de un puñetazo. Comenzaba a entender que su labor era la del lacayo que organizaba el evento para los anfitriones.

–Disfrutaréis de todos los servicios del hotel durante dos días completos, antes del gran día –dijo el hombre–. El hotel está cerrado para los clientes habituales y está disponible solo para vosotros.

A Arturo se le hizo palpable y real en ese momento el carácter exclusivo de la clientela de ORIÓN, porque reservar un hotel completo –sobre todo ese hotel– debía costar millones.

Padua les abrió la puerta de entrada e ingresaron al amplio vestíbulo. Era el lugar más rústico, acogedor y, a la vez, lujoso, que los cuatro hombres habían visto nunca. Arturo tuvo la impresión de que había algo de Chiloé en la arquitectura, con toda esa madera, piedras y azulejos. Chiloé era la tierra natal de su padre y había llegado a visitarla un par de veces. El español impartió unas primeras instrucciones rápidas, un par de empleados jóvenes del hotel acompañaron a los recién llegados a sus habitaciones para dejar sus cosas y luego regresaron al vestíbulo. Padua aún tenía cosas que decirles.

–Los anfitriones terminarán de llegar esta tarde, así que, mis amigos, estáis libres hasta la hora de la cena.

Hablaba con tono jovial y animado, pero era difícil decir si era una alegría auténtica o formaba solo parte del trabajo y del espectáculo que debía montar.

–Podéis hacer lo que queráis –agregó–. Si deseáis un masaje, nadar en la piscina, entrar a la sauna, relajaros en las termas o salir a pasear a caballo, lo podéis hacer. Habéis sido los últimos en llegar, vuestros compañeros ya están disfrutando de las instalaciones. Id y divertiros.

Arturo ignoraba lo que querían hacer los otros tres hombres, pero él se fue a su habitación. Ya tendría tiempo para conocer a los demás “compañeros”, como se había referido Padua al resto de gente que había sido traída hasta ese lugar para morir.

Se sentó en el borde de la amplia y maciza cama de madera ubicaba frente al ventanal. La fachada del edificio miraba hacia el borde costero y se había percatado que las habitaciones estaban orientadas hacia la misma dirección, como en un esfuerzo para que ningún huésped se viera privado del majestuoso paisaje.

Luego paseó la mirada por la habitación. Le había dado muchas vueltas al asunto recordando una y otra vez la conversación con Antonio Padua en Santiago, analizando sus palabras hasta el cansancio.

–Entonces es ir allá y dejarse matar –le había dicho al hombre, esperando que lo corrigiera.

–Nuestros clientes pagan por la emoción de la cacería en sí –había respondido el otro–. Si lo único que les interesara fuese matar, irían a cualquier barrio pobre del mundo a balear a indigentes. No, no se trata de eso. Usted y los demás seréis parte de un espectáculo; tenéis que dar todo de vosotros en el juego. La idea no es que solo se paren ahí para que les disparen.

–Entonces hay que fingir que huimos, pero al final moriremos igual.

–Sí, aunque, técnicamente, podéis salvaros.

Escuchar aquello le había hecho tensar los músculos del cuerpo.

–¿Cómo?

–El área de cacería, por cuestiones estratégicas y lógicas, tiene límites, así como la duración de la cacería misma, que rara vez dura más de veinticuatro horas. En el caso hipotético de que uno de los participantes alcanza alguno de los límites establecidos, se da por terminado el juego y ese hombre se salva.

Los ojos de Arturo brillaron con excitación.

–¿Y alguna vez alguien se ha salvado?

Padua respondió sin pestañear:

–No.

–Pero la probabilidad existe, ¿cierto? –insistió.

–Le seré franco –se apresuró a decir el hombre. Después se quitó las gafas y limpió los cristales con parsimonia–. Tengo que decirle estas cosas porque así lo establece el contrato y porque nuestros clientes insisten en que las personas reclutadas no sean engañadas, que todo sea lo más transparente posible. Pero lo cierto es que la mayoría de ellos son profesionales, sus capacidades han llegado a tal punto que el mundo cotidiano los aburre y solo son capaces de sentir emociones y sensaciones verdaderas con lo que les ofrece nuestra empresa. ¿Cree usted que no intentarán a toda costa hacer valer su dinero y permitirán que alguien escape con vida? Hasta ahora nunca ha pasado.

Nunca ha pasado. Esa frase retumbaba en la cabeza de Arturo desde aquel día.

7

Se puso de pie. Miró alrededor, estudiando la habitación y vio lo que buscaba en un rincón, un basurero de metal con una bolsa de plástico nueva. Sacó la bolsa y la examinó; sospechó que el grosor sería el adecuado para lo que se había propuesto. La dobló tantas veces como pudo hasta formar un cuadradito denso, levantó el colchón de la cama y lo escondió de tal modo que si la persona de la limpieza movía el colchón no le sería tan fácil verlo.

Se empezó a desvestir y dejó a un lado la ropa con la que viajó; se había tenido que poner la parka al llegar al aeropuerto de Coyhaique, pero, a pesar del viento helado, en el trayecto hasta el hotel sudó igualmente. Se puso ropa más cómoda, una polera, un pantalón buzo y se cambió los zapatos por unas zapatillas deportivas. Padua quizá lo había pasado por alto sin querer, o quizá no, pero había olvidado mencionar que el lodge contaba también con un gimnasio; de camino a su habitación había visto un cartel que así lo indicaba.

Recordó con desdén las palabras de Padua. ¿Cómo se suponía que iban a poder relajarse en las aguas medicinales o a recibir un masaje cuando en menos de dos días estarían corriendo por sus vidas? Ese tipo de comentarios no hacía más que aumentar su antipatía.

Guardó sus cosas en el clóset y salió. Le preguntó a una muchacha del hotel dónde estaba el gimnasio y esta se ofreció a acompañarlo hasta allí. El lugar estaba muy bien equipado, una grata sorpresa. Encontró solo a dos personas entrenando, dos hombres de más o menos su edad y que se ayudaban con las repeticiones en las pesas. Uno era alto y delgado y el otro de estatura más baja, pero lo compensaba con un físico en muy buena forma.

Lo miraron de soslayo al entrar y continuaron con lo suyo. Arturo se preguntó si serían huéspedes comunes, pero al instante dio con la respuesta al recordar las palabras de Padua; el hotel lo ocupaban solamente ellos. Aquellos, por tanto, serían también participantes de los “juegos”, al igual que los otros tres que llegaron con él en la lancha, pero dudó si acercarse a entablar conversación.

Decidió empezar a calentar en la caminadora durante quince minutos, luego otros quince en la bicicleta estática, para después ir a las pesas una vez activado su metabolismo. Estaba absorto pedaleando, llevaba alrededor de diez minutos cuando el hombre alto y delgado, que trabajaba los pectorales acostado en la banca, empezó a tener problemas. Su compañero estaba de espaldas en otra máquina y nada pudo hacer cuando la barra de la pesa le cayó de lleno sobre el pecho y empezó a aplastar peligrosamente su caja torácica. Lanzó un grito de dolor y Arturo, que lo tenía enfrente suyo, saltó del aparato y llegó junto a él en un segundo, asió con fuerza la barra con ambas manos y la levantó lo suficiente para que el hombre se deslizara por abajo y luego cayera al piso, resollando. Arturo bajó con suavidad la pesa sobre la banca.

Su compañero soltó con gran estrépito el aparato que estaba usando, llegó junto a su amigo y lo ayudó a levantarse.

–¡Carajo! ¡Te dije que no cargaras tanto! –le regañó, mientras lo recostaba contra la pared. Hablaba con un acento sureño inconfundible, pero Arturo no supo decir de qué parte específicamente. De Chiloé no era, de eso estaba seguro.

–Fue… un calambre –dijo el otro con dificultad– en el brazo… izquierdo.

Aquel también tenía acento del sur.

–Ni calambre ni mierda –le espetó su amigo, mirando las pesas con el entrecejo arrugado–. Eso es demasiado pesado.

Entonces se dirigió a Arturo:

–Gracias por ayudarlo.

Arturo respondió con un gruñido y le preguntó al otro si estaba bien, este dijo que sí, aunque el susto le había hecho palidecer. Lo ayudaron a ponerse de pie y Arturo preguntó si podía examinarlo para ver si no tenía nada roto.

–¿Es usted doctor? –le preguntó el compañero del herido, observando cómo le palpaba el esternón y las costillas, que de milagro estaban bien.

–No, pero algo sé –respondió–. No se rompió nada –dijo–, pero le quedará un gran moretón.

El hombre se sobó el pecho, no había pasado nada grave pero el dolor era muy fuerte.

–Muchas gracias. Soy Rubén.

–Arturo –respondió él, y le estrechó la mano tendida.

El amigo se llamaba Jorge. Intercambiaron algunas palabras de cortesía y Arturo se disponía a volver a la bicicleta cuando Jorge intentó confirmar sus sospechas:

–A usted también lo reclutaron, ¿cierto? ¿Para… la cacería?

De manera que ellos también lo habían pensado. No tenía sentido mentir.

–Sí.

Observó con detenimiento a ambos hombres. Desde luego que guiarse por las apariencias era, por lo general, un error, ya que no los conocía de nada, pero tanto Rubén como Jorge se parecían mucho a los obreros que trabajaban con él en la construcción y, por un momento, sintió un poco de lástima por ellos. Podían ser muy buenas personas, pero no parecían tener lo necesario para lo que se les venía encima.

Arturo se consolaba con la idea de que, a pesar de haber sido dado de baja hacía ya quince años y que eso lo había oxidado, por lo menos tenía entrenamiento militar y lo recordaba todo muy bien. Su mente y su cuerpo habían sido preparados para situaciones extremas que el hombre común no es capaz de soportar. No se daba aires de superioridad con eso, pero era la verdad. Podía dar pelea llegado el momento, pero incluso con sus antecedentes, tenía serias dudas sobre sus posibilidades de regresar vivo a casa.

Pero los hombres que tenía en frente no parecían estar preparados para nada de eso; eran simples tipos con mala suerte que cayeron en manos de la organización de Padua. Tal vez habrían cometido algún error grave y Padua les ofreció un trato tentador; tal vez un robo o un asesinato que no les dejó demasiadas opciones, y se vieron obligados a aceptar.

Si Padua decía la verdad respecto a que todos los anfitriones eran profesionales y tenían experiencia cazando seres humanos, Jorge y Rubén no tenían muchas posibilidades de sobrevivir. Pero, bueno, como había comprobado muchas veces en la academia, la gente podía llegar a sorprenderlo a uno. En más de una ocasión se había precipitado al juzgar a un recluta que al final terminó deslumbrando a sus superiores. Decidió que no sería tan arrogante.

–Vengo de Santiago.

Se dijo que si iba a morir en las siguientes cuarenta y ocho horas por lo menos sería amable con aquellos que iban a enfrentar su mismo destino.

–Soy de Punta Arenas –respondió Rubén, que continuaba sobándose el pecho.

–Yo, de Puerto Montt –dijo Jorge.

En ese momento, no sentían la necesidad de hablar de lo que les esperaba en ese remoto paraje ni las circunstancias que los llevaron hasta allí, ya hablarían de eso después.

–¿Les gustaría que entrenemos juntos? –ofreció Arturo–. Así nos ayudamos con lo que haga falta.

–¿Por qué no? –dijo Jorge–. Tal vez a él sí le hagas caso –le reprochó a Rubén al tiempo que le daba un pequeño golpe en el hombro. Los tres sonrieron y continuaron trabajando por otra hora.

8

Después de entrenar, regresó a la habitación, se duchó, y, viendo que aún era temprano, se echó a dormir una siesta. El gimnasio y el viaje desde Santiago lo habían noqueado.

Durmió profundamente, sin soñar.

Jorge y Rubén resultaron ser unos tipos muy agradables y buena gente. Aunque, por otro lado, lo sorprendente hubiera sido que fueran unos hijos de puta, había pensado Arturo.

No obstante, según se había enterado por medio de ellos, al parecer había gente de todo tipo entre los reclutados por ORIÓN. Rubén, como contando una confidencia en voz baja, les dijo que había escuchado hablar a uno de los hombres que llegaron con él en la lancha y que este le confesaba a otro que había estado a punto de ir a la cárcel, pero el trato con Padua lo salvó. Jorge, que era el más hablador, relató anécdotas similares que percibió de los cuchicheos de otros y compartió su propia opinión, mientras Arturo les enseñaba a usar una complicada máquina de pesas. Pero ellos no eran de esos, o al menos según lo que había llegado a averiguar hasta el momento.

Era la primera vez que los tres hombres estaban juntos y el ambiente no era el propicio para las confidencias, aun así, Arturo supo que Rubén estaba allí porque necesitaba el dinero para una intervención médica muy delicada, aunque no especificó para quién. Jorge, sin embargo, solo había mascullado algo sobre unas deudas familiares y Arturo pensó, por un momento, que su propia situación era una combinación de las de los otros dos hombres: estaba allí por su esposa enferma y para saldar las incontables deudas que tenían. Tuvo la impresión, sin embargo, de que Jorge ocultaba algo, pero sintió que no era correcto insistir.

Lo despertaron unos golpes en la puerta. En el último tramo del sueño empezó a escuchar algo semejante a unas explosiones que venían de no sabía dónde, en medio de una opresiva oscuridad, pero al incorporarse en la cama, desorientado, se dio cuenta que eran unos golpes suaves. Tomó su reloj de la mesita de noche y comprobó la hora: las siete y diez de la tarde.

Abrió la puerta y encontró a uno de los muchachos del hotel; este se disculpó por despertarlo, pero le explicó que el señor Padua lo mandaba a llamar a recepción; luego, dio media vuelta y se fue. Todavía algo mareado de sueño fue al baño a lavarse la cara, se mesó el cabello para acomodárselo y fue a ver qué quería el infeliz ese.

Lo encontró rodeado de gente. Rubén, Jorge, los tres hombres que llegaron con él y unos tres o cuatro más que no conocía. Padua estaba en medio de ellos de pie, alegre como siempre. ¿Era su impresión o se había cambiado de traje?

–El anuncio será breve –dijo el español frotándose las manos–. Los anfitriones ya están aquí, y esta noche tendremos una cena en la que podréis conocerlos y ellos os conocerán a vosotros. Así que os pido que regreséis a las habitaciones y os arregléis para la ocasión.

Qué lindo, tengo que arreglarme para mi asesino.

–Encontraréis un bonito traje para cada uno, y nos reuniremos de nuevo aquí a las ocho en punto. El resto de vuestros compañeros ya están avisados –dijo, y los despidió de nuevo.

Volvieron sobre sus pasos y Arturo se preguntó si era necesario hacerlos ir hasta allí para ese tonto anuncio, pero comprendió que no era sino otra forma sutil de mostrar el poder que tenían sobre ellos. Encontró un elegante traje extendido sobre la cama, con camisa, corbata, zapatos y calcetines incluidos, y entendió también que el dramatismo era parte esencial del trabajo de Padua.

Se volvió a duchar, pero esta vez con agua fría para despertar por completo y estar alerta. Se afeitó la incipiente barba cortada hacía solo un par de días, luego se vistió y se miró al espejo por largo rato. El traje parecía hecho a medida. Aún conservaba el porte y la elegancia de su juventud, y fuera de las arrugas y las incipientes canas, pensó que no había diferencia con la fotografía del día de su boda. En contra de la tradición, había decidido casarse de traje y corbata, y no con el uniforme militar.

A las ocho en punto se plantó de nuevo en medio del lobby. Los demás hombres lucían igual de bien que él. Se le ocurrió que parecían un grupo de colegas que estaban a punto de salir a cenar a un restaurante caro para celebrar el ascenso de alguno de ellos en la compañía, idea absurda vendida en alguna mala película yanqui. Pero luego cambió de parecer y pensó que solo les faltaban los anteojos de sol para ser los personajes de Reservoir Dogs.

Padua apareció con un traje distinto que resaltaba en medio de la monotonía cromática de los demás; bien peinado y perfumado, sin duda, la ocasión era especial para él. Aquella sería la forma en que presentaría a sus clientes las presas que había conseguido para ellos, como si se trataran de trofeos o piezas de exhibición.

Afuera ya estaba oscuro, pero dentro del hotel las luces cálidas y la calefacción impedían recordar que estaban en aquel rincón frío y húmedo del sur. Padua los condujo hasta la parte alta del hotel, donde se encontraba el salón de eventos. A medida que subían las escaleras y se acercaban a las puertas cerradas, fueron percibiendo una música tenue y agradable, y el suave rumor de gente hablando.

–¿Cuántos somos en total? –preguntó Jorge, mientras iban subiendo. El hombre que los guiaba estaba de buen humor y no dio ningún rodeo.

–Vosotros y vuestros compañeros sois en total treinta. Y los anfitriones, seis.

Jorge, Rubén y Arturo intercambiaron miradas, se preguntaban lo mismo. ¿Cinco víctimas por anfitrión? ¿Cuál sería el mecanismo?

Se detuvieron frente a las macizas puertas de madera labrada y con un gesto casi dramático, Padua abrió y entraron.

9

Aquello no parecía el preludio de una carnicería, sino una fiesta elegante, civilizada, hasta fastuosa. O, al menos, era lo que sugería la impresión inicial. La música, el gran banquete servido a lo largo del salón en una extensa mesa de blancos manteles y sillas forradas, y las risas de los asistentes acentuaban dicha imagen. Los empleados del hotel, vestidos de un blanco inmaculado, revoloteaban alrededor de la mesa con bandejas en alto, brillante cubertería y vajilla que a los ojos de cualquier profano pasaban perfectamente por fina porcelana. Ultimaban detalles, al tiempo que trataban de pasar desapercibidos entre los asistentes.

Arturo quedó intrigado por la cantidad de personas que vio. Hizo un cálculo rápido y contó más de cincuenta, entre anfitriones, las futuras presas y un montón de otra gente que no tenía idea de quiénes podrían ser. Tenía la sensación de que varios de ellos serían también empleados de ORIÓN, porque era poco probable que Padua fuera el único representante de la organización. Más tarde comprobaría que estaba en lo correcto y que los demás eran simples invitados y acompañantes de los anfitriones.

Con un atento análisis del entorno, empezó a identificar a los anfitriones y a los “compañeros”, por asignarles algún nombre. Los primeros reían y conversaban animados, con bebidas en las manos y rodeados de bellas mujeres con sugerentes y ajustados vestidos de noche, el cliché máximo de ese tipo de eventos. Completamente opuestos a los segundos, que lucían rostros ceñudos, serios y preocupados. El miedo gritaba por encima de la música de la fiesta.

Padua, exultante, saludó a todo el mundo, no sin antes indicarles a Arturo y a los demás que disfrutaran de la velada; en unos minutos más la cena estaría lista.

Jorge se acercó a Arturo y comentó:

–Quieren cebarnos, ¿eh?

Arturo asintió. Le estaba empezando a caer bien Jorge.

–Lo que quieren es ablandarnos y que nos confiemos–confirmó él.

Jorge comprendió.

–Como a los chivos –respondió, meneando la cabeza y dando un giro conceptual, con el pensamiento práctico y certero típico de la persona de a pie. Arturo entendió a lo que se refería. El conocimiento popular decía que no había que asustar a un chivo antes de sacrificarlo, porque el miedo hacía que su carne se volviera amarga y se echaba a perder el animal entero.

Eso es lo que somos, chivos en un matadero que tratan de amansar.

No lejos de ahí, Padua intercambiaba instrucciones con un colega de ORIÓN.

–Cinco minutos más y anuncias la cena.

Le dio una palmadita en el brazo y se alejó en dirección de algunos de los anfitriones. Estos lo saludaron con efusividad, contentos con lo que estaban viendo.

Los anfitriones de aquella edición lo conformaban un chino excéntrico, dos japoneses multimillonarios –nuevos ricos, emprendedores tecnológicos–, un inglés de rancio abolengo y un petrolero saudí rodeado de tres muchachas que no entendían nada de lo que les decía, pero que le celebraban las gracias de igual modo.

El inglés y los japoneses eran clientes habituales de las cacerías de ORIÓN, en tanto que el chino y el árabe estaban entre nerviosos y fascinados por ser su primera vez. ¿Qué decir de la elocuencia aduladora de Padua? Cada palabra que les dirigía era gasolina rociada sobre las llamas de una fogata. Los anfitriones nuevos no cabían en sí de emoción y excitación.

Al sexto anfitrión, sin embargo, lo encontró solo después de alejarse de los otros y buscarlo a conciencia… y luego de tomar bocanadas de aire para serenarse antes de tratar con él. Era un hombre problemático, y no le gustaba ese tipo de gente. Lo conocía bien, estaba seguro de encontrarlo en el rincón más alejado del salón, y así fue. Apartado del bullicio estaba en una esquina, tecleando en su celular con cara de aburrido. Balanceaba una copa del más fino vino chileno en la otra mano, aunque no había probado ni siquiera un sorbo. Se trataba de un veterano de guerra francés. La calva y el parche de cuero en el ojo izquierdo le daban un aire siniestro, aunque por sí sola la mueca de asco que exhibía hubiera bastado para alejar a cualquiera.

Padua le habló en francés:

–¿Todo en orden, monsieur Dubois?

–Aparte de la estupidez de no tener internet aquí y de esta parodia de fiesta… –se encogió hombros.

Padua solo esbozó una sonrisa indulgente. Había aprendido mucho tiempo atrás que su trabajo consistía, en realidad, en aguantar el comportamiento infantil de sus clientes –por alguna razón, tener mucho dinero les generaba algo parecido a una regresión mental y se comportaban como chiquillos–, consentirles sus caprichos y nunca llevarles la contraria. Pero si había alguien a quien de verdad no debía llevarle la contraria era a aquel hombre.

–En Singapur, le advertí que esta era la última oportunidad que le daba para mejorar sus servicios, pero por lo que veo esta vez también será una decepción.

–Oh, monsieur, no se apresure. Puede llevarse un par de buenas sorpresas –comentó el empleado, sin perder el ánimo–. Tenemos aquí a exmilitares, asesinos, violadores y cuanto pillo se imagine que harán lo que sea por sobrevivir. Tal vez le espere incluso una buena pelea cuerpo a cuerpo –sonrió, conciliador.

El anfitrión gruñó, escéptico.

–Como sea. Esta es su última oportunidad. Espero que esté en lo correcto o retiraré mi patrocinio.

Se fue y dejó plantado a Padua esperando, ciertamente, que estuviera en lo correcto esta vez.

10

La abundante y animada cena estuvo rebosante de mariscos frescos, delicias locales y una exquisita selección de quesos y vinos. Arturo conoció un poco más a los demás desgraciados que correrían su misma suerte y estudió de cerca a sus posibles asesinos. Cuando terminó de comer, se excusó para salir al balcón a la fría noche a fumar. Encendió el cigarrillo que alguien le había regalado y dejó que se consumiera entre sus dedos. Sintió raro el gesto porque, en realidad, él no fumaba.

El clima sureño tenía fama de impredecible, hacía mucho frío ahí afuera, pero sintió verdadera gratitud al ver que el cielo estaba despejado; frente a él se extendía un espectacular manto de estrellas. En Santiago era imposible ver algo así por la contaminación atmosférica y lumínica, pero bastaba con salir al campo para contemplar aquel espectáculo.

Es fácil si sabes dónde mirar, recordó las palabras que alguien le había dicho poco antes de partir. Solo necesitaba encontrar esas dos constelaciones y la luna, esas serían sus guías. La gente está tan idiotizada por la tecnología y con cada porquería que se les ofrece, que si no tienen internet son como pollos sin cabeza, no saben qué hacer, había sentenciado la misma persona.

Escrutó el cielo y localizó con facilidad la cruz y el cazador, y solo entonces cayó en cuenta de la coincidencia o amarga ironía de que la organización de Padua se llamara ORIÓN. Porque por culpa de aquella podría acabar muerto, pero la constelación del mismo nombre le podía indicar el camino para salir vivo de allí. La luna estaba empezando a asomar por el horizonte.

Por allá debe estar el ventisquero y por allá el nevado, repasó mentalmente. Trató de recordar las características de la región, pero estaba seguro que el campo de juego en sí sería mucho más acotado, y esperaba que llegase pronto el momento en que les diesen más pistas al respecto. ¿La cacería sería en la reserva nacional que tenía enfrente o en el bosque lluvioso detrás del lodge?, ¿de noche o de día?, ¿cuál sería la mecánica de la misma? Un torrente de preguntas similares le inundaba la cabeza, pero sabía que tendría que ser paciente y actuar con cautela. Imaginó que si deseaban que la cacería fuera todo un éxito, se asegurarían que las presas conocieran bien el mecanismo del evento, y él lo aprovecharía. No tenía una idea clara de cómo lo haría, pero lo sabría cuando llegara el momento.

Pensó en su familia, ¿qué estarían haciendo? Pronto serían las diez de la noche, Valentina y Agustín ya deberían de estar acostados, Lorenzo estaría viendo una película o algo por el estilo, y Claudia… ah, Claudia. Lo embargó una gran tristeza y un afán de salir a correr hacia cualquier parte. Era la primera vez en más de una década que dormiría lejos de ellos y el sentimiento le atenazó el corazón. Y de pronto la pregunta que tanto había tratado de reprimir se le apareció en primer plano en su mente: ¿los volvería a ver?

La voz de alguien le llamó la atención. Miró sobre el hombro izquierdo y vio a través del cristal de la ventana a un hombre que empezaba a probar el micrófono y solicitaba la atención de los presentes. Aplastó la colilla con el zapato y entró.

No fue Padua el que dio el discurso esa noche, sino otro miembro de la organización. Sus palabras estaban cargadas de imágenes motivadoras y animadas.

–Damas y caballeros. En nombre de ORIÓN, el club de juegos de cacería más exclusivo del mundo, les doy la más cordial bienvenida en esta espléndida y maravillosa noche.

Este hombre sí que hablaba con acento chileno. Su discurso fue en español, pero Arturo vio que al lado de cada anfitrión había alguien que les hacía de intérprete.

–A muchos les cuesta entender nuestras motivaciones, pero eso se debe a la simpleza y elegancia de las mismas, y esto los empuja a tildarnos de lunáticos que promueven el asesinato y la crueldad. Nada más lejos de la realidad. O lo harían si supiesen de nuestra existencia –bromeó, y los anfitriones y demás miembros del equipo rieron–. ORIÓN nació porque había una necesidad –continuó–. Una necesidad que nadie se había animado a satisfacer hasta ese momento. Esa necesidad era la de reivindicar y rescatar las grandes y nobles prácticas deportivas de antaño, olvidadas, en algunos casos, o directamente desterradas y prohibidas en otros. En pocas palabras, estas prácticas se pueden definir como el enfrentamiento del hombre contra el hombre por medio del noble deporte de la cacería; la criatura suprema de la naturaleza en contra de uno que es su igual y semejante. ¿Acaso pensamos que los antiguos romanos estaban locos por disfrutar y promover el espectáculo de los poderosos gladiadores que dejaban sus vidas en la arena del circo? ¿Acaso algo que nos empuja hasta nuestros límites, para sacar lo mejor de nosotros en el momento cumbre que significa enfrentar nuestra propia muerte, puede considerarse locura? ¡En absoluto! En el hombre están presentes dos poderosas fuerzas en constante batalla, una pulsión de vida y otra de muerte. Pero vivimos en una sociedad débil y errática, que piensa que tan solo anestesiando esa pulsión de muerte se puede desarrollar todo nuestro potencial, y tendremos vidas más plenas y seremos seres socialmente útiles. ¡Mentiras! ¿Acaso un obstáculo frente a un río que tapona su curso natural puede traer equilibrio al entorno? El río tarde o temprano se desborda y la destrucción que deja a su paso es peor. Las fuerzas de la naturaleza no pueden ser sometidas, y la pulsión de muerte es una fuerza natural importante. Y cuando dejamos que fluya en la manera en la que fue concebida, el equilibrio se restaura en nuestro ser, y nos convertimos en los seres refinados y útiles que debemos.

’En lugar de eso, intentan vendernos entretenimiento barato y vulgar, deportes insípidos como el boxeo, las artes marciales, lucha libre, etcétera, limitados todos por reglas arbitrarias y absurdas que terminan impidiendo la canalización de nuestro verdadero poder. Aquí nadie es un animal, somos caballeros que hemos hecho un contrato entre nosotros, un pacto. Somos los gladiadores de esta época y les rendiremos homenaje a nuestros legendarios ancestros. Y como tales, cuando regresen esta noche a sus cuartos, les estará esperando una agradable sorpresa a cada uno de ustedes, para relajarse y disfrutar antes del gran día –al decir esto guiñó un ojo y sonrió, luego levantó la copa que tenía en la mano y agregó:

’¡Que continúe la fiesta hasta el amanecer para los guerreros! –y la mayoría, sino todos, para sorpresa y perplejidad de Arturo, aplaudió al hombre y festejó el discurso. Quedó sin palabras.

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9789563385182
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