Читать книгу: «Amor sobre ruedas»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Mara Oliver
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor sobre ruedas, n.º 276 - agosto 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-702-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Si te ha gustado este libro…
Para Alejandro y Susana,
gracias por devolverme las ganas de escribir
y hasta las de creer en el AMOR, así con mayúsculas.
Capítulo 1
Don Kiwi y la Srta. Albaricoque
«Voyage, voyage, bayas, bayas. Me gusta viajar, la música y todo lo que resulta ser más de lo que parece, como los kiwis. Los kiwis son bayas marrones y peludas por fuera e increíblemente verdes y deliciosas por dentro. Vaya, vaya. La vida te da sorpresas, algunas más agradables que otras.
Tengo un todoterreno, por fuera no parece gran cosa y por dentro es una sorpresa de las buenas. Lo importante es el interior. Me gusta viajar y conocer gente nueva, no importa que no seas fan de los kiwis, pero yo no vivo sin música. Echa un vistazo a mis próximas rutas y playlists y, si te cuadran, me encantaría compartir destino, canciones y coche contigo. ¿Viajamos juntos?».
Era un perfil extraño para una web de carpooling, y aún más extraña era la foto que lo acompañaba.
Haciendo honor a su nick, Don Kiwi, se había puesto la mitad de un kiwi en cada ojo, como si fuesen unas gafas psicodélicas, redondas y verdes. Su sonrisa traviesa estaba enmarcada por una barba espesa y una melena leonina, que le llegaba a los hombros y se mezclaba enmarañada con la barba. De la piel solo le quedaba a la luz una franja de frente, los pómulos, algo de nariz y un atisbo de labios carnosos; el resto era pelo.
Alba Cruz llevaba un buen rato estudiando la cara de aquel desconocido, le resultaba familiar y lo miraba ensimismada. Sentía que le conocía de antes, pero no sabía de qué. Él no había enlazado su perfil a ninguna red social con la que pudiese contrastar su identidad y había aparecido sin más en su bandeja de ofertas, ofreciéndole un trayecto que se ajustaba perfectamente a sus necesidades.
Llevaba media hora sentada en el sofá del comedor, mirando aquellos ojos de kiwi y decidiendo si aceptar su propuesta de viaje.
A su lado, su hermana no le quitaba ojo al televisor. Habían empezado juntas una serie nueva, pero Alba ya no era capaz de seguir la trama de lo que ocurría en otra pantalla que no fuese la de su móvil, aquel perfil había robado toda su atención.
—Oye, Lidia, ¿a ti te suena este tío? —le preguntó a su hermana, mostrándole la foto de perfil ampliada.
Lidia quitó la vista de la televisión dos segundos, se los dedicó a la foto y siguió viendo la serie y comiendo palomitas, aunque añadió entre risas:
—Se parece a ti por las mañanas. Te levantas con los mismos pelos de loca.
Alba asintió, sin sonreír.
Eso era exactamente lo que le preocupaba: la pinta de loco.
—Es el único que me ha respondido a la propuesta de viaje que puse en Carropool —le explicó—. No sé si aceptarlo porque me parece demasiado barato. Dice que me lleva a Santejo por veinticinco euros, pero, si es un loco de los peligrosos, lo mismo no llego nunca.
Su hermana dejó el bol en el suelo, despacio, aunque siguió mirando el episodio de la tele.
—Sí que es demasiado barato —convino, echó otro vistazo rápido a la foto y agregó—: Y él se da un aire al mendigo caníbal del documental que vimos la semana pasada. Qué mal rollo.
Alba refunfuñó.
—No creo que me suene su cara por eso. No se parecen. —Volvió a centrarse en la foto—. Y no me da mal rollo, al revés. No sé, es que lo miro y es como si ya le conociese.
—Lo mismo es del barrio. Dame, que lo miro bien. —Lidia se incorporó, pausó el capítulo y cogió el teléfono. Se lo acercó a un palmo de los ojos y entrecerró las pestañas como si añadir más pelo a la foto pudiese despejar la duda—. A mí también me suena de algo. Veamos qué tiene puesto en su perfil.
—Ya lo he mirado —repuso Alba, con un suspiro cansado—. Tiene la marca de confianza de la web y lleva más de sesenta trayectos, con cinco estrellas en casi todos los comentarios.
—Perfecto, entonces es de fiar.
—Pero solo tiene un viaje programado, que es justo el que yo necesito y lo ha puesto hoy.
Esa vez la que suspiró fue Lidia.
—No seas tiquismiquis. Llevas toda la semana esperando a que salga alguien que te lleve y ahí está, ¡has tenido suerte! No le des más vueltas.
Alba se abrazó a uno de los cojines del sofá y lo apretó con fuerza, asomando los ojos justo por encima.
—Es que me parece muy raro que este Don Kiwi salga para Santejo justo desde aquí al lado y el día que mejor me viene. Va de una ciudad pequeña a un pueblo que está a mil kilómetros y ni siquiera…
Su hermana le quitó el parapeto del cojín y le interrumpió:
—A lo mejor Ojos de Kiwi no sale desde aquí, sino que hace parada para recogerte a ti porque ha visto tu petición de trayecto y le cuadra, y por eso te ha contactado. O a lo mejor él también va a la boda y ahora está pensando lo mismo: que menuda suerte más rara. Pregúntaselo y sales de dudas.
Alba carraspeó.
—¿Quieres que le pregunte si va a la boda de Alejandro y Susana? Si le pregunto eso, la loca soy yo.
—¡Es que la loca eres tú! —Lidia se encogió de hombros, desternillándose. Su hermana le pegó con el cojín, justo antes de volver a abrazarlo, y ella prosiguió—: Alba, ¿de verdad estás pensando que un desconocido ha creado un viaje de doce horas solo para coincidir contigo, como si estuvieseis en una app de citas o algo por el estilo?
—Suena a locura cuando lo dices así.
—A mí me suena a negocio. Deberíamos patentarlo y hacer una web. Podríamos llamarlo… —Lidia se metió un puñado de palomitas en la boca y las masticó despacio mientras argüía una posible marca para su idea—: Muamuacar, Amor sobre ruedas, La sex-ta marcha, Desembrágame… Las posibilidades son infinitas.
Alba dejó de escuchar y abrió su propio perfil para mostrárselo.
—Mira. —Le puso la pantalla a tres centímetros de la cara—. Yo soy la Señorita Albaricoque. Me pareció gracioso ponerme ese nombre con un fondo de albaricoques.
—A los dos os gustan las frutas y los chistes malos —convino Lidia, poco convencida—. ¿Y qué?
—Ya sabes lo que dice James Bond de eso: la primera es casualidad, la segunda coincidencia… —Las dos hermanas asintieron entre risas y dijeron a la vez—: ¡Y la tercera es un ataque enemigo!
Lidia le quitó el móvil de nuevo, releyó el perfil de su hermana y empezó a trastear, abriendo enlaces mientras hilaba pensamientos en voz alta.
—La frase que ha puesto en su perfil es un poco rara, en eso también coincidís porque tú eres tela de rarita. Y habéis puesto la misma canción como favorita, Caída libre de Óscar Navas. Eso es muy sospechoso, pero… Bah, tiene mogollón de valoraciones positivas de muchos usuarios. Vamos a echarles un vistazo.
Capítulo 2
Interfaz de Carropool
(Opiniones sobre el usuario Don Kiwi)
★★★★★ Calidad alta y precio bajo. Lo pasamos genial en plan karaoke la mitad del viaje y después escuchamos buena música, tranquilos y cómodos. Es un conductor muy top. (Danny & Almu)
★★★★✩ El coche lo tiene perfecto y el conductor es de diez, pero nos pasaron cosas muy raras. Se nos coló por la ventanilla un loro. Insultaba en italiano cada vez que intentábamos echarlo del coche y al final viajó con nosotros casi todo el trayecto. Se fue volando cuando en una gasolinera apareció un gato y lo asustó. (Paola C. y Sara A. Fdz)
★★★★★ Muy recomendable. Otro pasajero hizo un comentario machista, le hicimos frente y él le dijo que al siguiente lo echaba del coche. El resto del viaje fue perfecto. (Makena e InmaGB)
★★★★★ Mi hija tiene autismo, a veces grita y no puede parar. Avisé al conductor de que eso podía pasar durante el viaje y, cuando pasó, mantuvo la calma y siguió conduciendo como si nada. Mi niña tiene muy buenos pulmones y se tiró como dos horas gritando, él fue amable y cariñoso. Lo recomiendo sin dudar. (Rocío Hurtado Temprano)
★★★★★ Íbamos con nuestros niños y el conductor se inventaba la letra de las canciones para hacerles reír. Un viaje genial. (Vanesa Alonso y Mara Gaelsa)
★★★★★ Todo estaba muy limpio y tuvimos una conversación muy interesante. El trayecto era largo y se hizo ameno hablando de todo un poco. Repetiría sin dudar. (Marcela S.P.)
★★★★✩ Tuvo que cancelar y no pudimos viajar juntos, pero fue superamable y nos buscó un viaje alternativo. Le ponemos cuatro estrellas ahora y ¡las cinco a la próxima, cuando nos veamos! (Beka y Arwen)
★★★★★ Eficiente y atento. Paramos varias veces y pude estirar las piernas. Mi espalda lo agradece y mis gatos también opinan que fue 100% recomendable. (Alienor Cyberdark)
★★★★★ Un as del volante, esquivó cuatro vacas enfurecidas que se habían escapado de un prado y atacaban a los coches. Nunca habíamos visto algo así, pero él dijo que estaba acostumbrado a que le pasasen cosas raras y mantuvo la calma. Nos salvó, fue increíble. (Meg F., Jessica L. y C. Sark)
★★★★★ Me llevó a la presentación del libro de mi hija, Marisa Sicilia, se quedó a la firma y hasta compró el libro. Un encanto de hombre. (Feli)
★★★★★ ¡Fue como ir en limusina! Todo un caballero y tuvo el detalle de que los perros pudiesen viajar con nosotras, cómodos y seguros. (Marina y M. J. Tirado)
★★★★✩ ¡Larga vida al rock&roll! Un viaje corto, pero memorable. (rubencito_rocks)
★★★★★ Bueno, bonito y barato. Un placer viajar con este conductor. (Las 3 Martas y Ulie)
★★★★★ El coche era nuevo. Él, un bombón. ¡Y el viaje, un chollo! (Ascen N. y V. Lago)
★★★✩✩ Durante un rato olía fatal y tuve que bajar la ventanilla. El conductor lo negó, pero creo que se le escapó un pedo. Lo pasamos bien y conduce guay, pero eso no me gustó. (Mar G.)
★★★★★ Rápido y seguro. Buena música: Bowie, Carole King, Harry Styles… Se nos pasó el tiempo volando. Además, perdí mis gafas de sol en una gasolinera y me encontré unas preciosas al bajar del coche. Fue el destino, un viaje para recordar. (C. Velasco)
★★★★✩ El conductor es un poco desastre, iba desaliñado y es verdad que es gafe: pinchamos rueda y mientras lo arreglábamos, un repartidor de pizzas también pinchó una rueda a diez metros de nuestro coche. ¡Si no lo veo, no lo creo! Comimos pizza gratis. Fue divertido, pero llegamos a tiempo por los pelos. (M. Santamaría y H. Selene)
★★★★✩ Se sabe todas las canciones del mundo, menos la de «Para ser conductor de primera, acelera». Corría poco, pero nos reímos mucho. Fue el principio de una bonita amistad. (Tefita y el padre Karras)
★★★★★ Resulta que su prima fue con nosotras a la universidad y aún nos vemos para comer todos los años, nos dimos cuenta hablando de cierta actriz muy famosa que es familia de ellos. ¡Qué pequeño es el mundo! Un viaje perfecto, agradable y barato. (Asenet, Ana y Chus)
★★★★✩ Me puso dos canciones de Claudia del Moral y otras dos de Óscar Navas, por eso no le doy cinco estrellas ni aun siendo el mejor conductor del mundo, que lo es. (Jorge y Alicia, archiduques de la Alta Anoia)
Capítulo 3
Dale al play
—Ya he leído suficiente. Muchos dicen que el tipo es gafe, hay hasta una historia rara con un loro italiano que no me la creo, Alba. Me parece que algunos le dan cuatro estrellas en vez de cinco precisamente para que la gente no sospeche, pero seguro que son amigos y han escrito esas cosas de cachondeo… De todos modos, me da igual, no pueden ser falsos el cerro de comentarios buenos que tiene y, gafe o no, es obvio que el tipo conduce bien y que el coche está perfecto. Y mira las playlists que ha subido, la música es muy de tu estilo y va a ser un viaje muy largo, eso es bueno. Todas estas coincidencias no son ataques del enemigo, hermanita, son la manera más fácil de hacer amigos. Y a ti no te viene mal hacer unos cuantos nuevos. —Lidia le devolvió el móvil, dando el tema por zanjado—. Este perfil da confianza, acepta el viaje y da gracias por la suerte que has tenido.
Alba se recostó en el sillón, apoyó la cabeza en el hombro de su hermana y se resignó:
—Lo voy a aceptar, pero, si Ojos de Kiwi me mata y me come, vuelvo como fantasma y te amargo la vida.
—¡O sea que no te vas de mi casa ni muerta! —Lidia estalló en carcajadas y recibió como respuesta un puñado de palomitas en la cara.
—¿Esta es tu manera retorcida de decirme que no coja un viaje de vuelta? —le increpó Alba, dolida, medio en broma, medio en serio.
Lidia se desdijo enseguida:
—Nooo, me encanta tenerte aquí. Todo está relimpio y, cuando subo con un chico guapo, tú siempre encuentras algo que hacer fuera de casa, ¡eres la compi de piso perfecta! —se excusó mientras le pasaba un brazo por encima del hombro y la atraía hacía sí, protectora—. Mi hermanita del alma, te puedes quedar todo el tiempo que quieras. ¿Vale?
—Vale… Gracias por aguantarme.
—No digas eso, yo no te aguanto, te disfruto. El inaguantable era el Cerdosupremo, no sé cómo pudiste estar tantos años con él… —Lidia se calló a tiempo y no terminó la frase.
Quería que su hermana entendiese que ya estaba bien de dar las gracias y disculparse por todo, pero por mucho que se lo dijese no parecía que ella se diese cuenta de cómo actuaba.
Llevaban meses sin tocar el tema de su ex y, aunque había pasado mucho tiempo desde la separación, Lidia notó cómo su hermana temblaba entre sus brazos al recordarlo. Era difícil de olvidar, habían empezado a salir muy pronto, siendo prácticamente unos niños, y la herida era profunda. Por lo que Lidia cambió de tema, rápidamente:
—¿Dónde hemos dejado el mando?
Alba buscó entre las palomitas desperdigadas, los cojines descolocados y los restos de su autoestima y no tardó en dar con el control remoto de la televisión. Reanudó la reproducción del episodio, pero sus pensamientos se atascaron en la conversación que habían evitado.
Llevaba casi dos años viviendo con su hermana, no encontraba trabajo estable y no parecía que la situación fuese a cambiar. Al menos lo había intentado, se había preparado para ser profesora de Música y había aprobado la oposición a la primera, quedándose a décimas de la plaza por carecer de puntos de experiencia.
Desde entonces, le habían llamado para cubrir una excedencia por maternidad durante siete meses y algunas bajas de dos o tres semanas, pero para poder independizarse necesitaba sacarse la plaza.
Cuando empezaba el segundo capítulo de la serie y su hermana iba a darle al botón de «omitir resumen del capítulo anterior», ella le frenó:
—No lo quites, la verdad es que no me he enterado de mucho porque se me ha pirado la cabeza pensando en el viaje y en que ojalá me llamasen ya de algún instituto para este curso, pero por aquí parece que los profes de Música no se ponen malos. A este paso no voy a poder irme de tu casa nunca.
—Ya te saldrá algo —le consoló Lidia—, tú sigue estudiando y preparándote la oposición. No hay prisa, ya te he dicho que me encanta que estés aquí.
Alba recuperó la sonrisa, dejó vagar la vista por el salón y con la esperanza en los labios le dio voz a su deseo:
—Si me llamasen mañana para empezar a currar, aunque fuese en un pueblo a cien kilómetros de aquí, lo cogería sin pensarlo.
—¿Sin pensarlo? Lo dudo, tú lo piensas todo demasiado —le recriminó Lidia, clavándole el dedo índice en el muslo repetidamente—, aunque ahora que te has quedado sin coche, igual tendrías que pensártelo un poco, sí.
A Alba se le escapó todo el aire de los pulmones solo con recordar el accidente. Había salvado la vida por poco y su coche había quedado siniestro total, pudo vender por piezas la mitad que se salvó del choque y, al peso, la otra mitad.
—Lo que estoy pensando es que no debería ir a la boda —se dijo, más para autoconvencerse que para informar a su hermana—, lo del coche es una señal. Y hay más señales: el tren está completo este fin de semana e ir en autobús supone hacer muchos cambios de línea, llegaría destrozada y me costaría un día y medio.
—Acepta el viaje de Carropool y deja de buscar excusas para no ir —le regañó Lidia y esa vez fue ella quien le tiró palomitas a la cara.
Alba abrió la boca intentando atraparlas, pero los únicos que acertaron fueron algunos granos de sal, que le entraron en los ojos. Fue al aseo a lavarse la cara y quitarse el escozor, entre maldiciones.
—¿Ves? ¡Otra señal —gritó desde el baño—, casi me dejas tuerta y así no puedo ir a la boda!
Era un piso muy pequeño y se oía todo. Se podía hablar de una punta a otra sin necesidad de elevar mucho la voz, que era la razón por la que Alba se iba de casa cada vez que su hermana subía con un ligue.
Lidia le gritó de vuelta por pura desesperación:
—¡Vas a subirte al carro de Don Kiwi y vas a ir a ese fiestón porque allí están tus amigos de toda la vida y estoy harta de oírte decir lo mucho que los echas de menos!
—También son los amigos del Cerdosupremo —apuntilló Alba, con un hilo de voz, mientras regresaba. Se quedó de pie junto al sofá, recogió las palomitas que habían esparcido alrededor y se comió una con cada palabra que añadía—: ¿ADIVINAS-QUIÉN-MÁS-ESTARÁ-EN-LA-BODA? EL CERDOSUPREMO EN PERSONA, con toda su porcina personalidad.
—Lo tienes superado, créeme. Ha pasado mucho tiempo.
—¡A lo mejor necesito unos años más! —Alba señaló el bol y se explicó—: Es como con estas palomitas, que en el microondas todas han recibido el mismo calor, pero cada una ha estallado cuando le tocaba hacerlo y no antes.
—¡Tú estallaste hace años, Alba! Le mandaste a la mierda y te fuiste a mil kilómetros de él, no sigas pensando en ese asqueroso porque lo que diga o haga no importa. ¡No tiene ningún control sobre tu vida, no se lo des! Deja de darle vueltas y avanza. —Lidia reanudó la reproducción en el televisor con el mando en una mano y con la otra apuntó a su hermana y fue tajante—: Es así de fácil. Le das al play, vas a la boda y te centras en la boda, no te pones a pensar en otras cosas. Lo disfrutas, te lo pasas genial y al Cerdosupremo ni le mires. Hazlo por ti, que te lo mereces.
Alba se dejó caer a su lado en el sillón, cogió el móvil y abrió la app.
—Está bien. Voy a decirle que sí al loco de los kiwis.
Capítulo 4
Interfaz de Carropool
(Don Kiwi ha iniciado una conversación)
Don Kiwi
Me sobra una plaza si aún te interesa ir a Santejo el viernes.
Son veinticinco euros y te dejo donde tú quieras.
Te paso el enlace del viaje.
(Don Kiwi ha enviado una propuesta de ruta)
Srta. Albaricoque
Me interesa. Gracias.
Y puedo estar en la plaza del Ángel a las 9h, sin problema.
Don Kiwi
Si no estás muy lejos, podemos recogerte en tu casa.
Ya puestos, me da lo mismo.
¿Llevas muchas maletas?
Srta. Albaricoque
Una pequeña de fin de semana, casi no abulta,
pero llevo un violín en su funda y un vestido largo,
que espero que no se arrugue mucho.
Don Kiwi
No te preocupes, hay espacio de sobra en el maletero
y tendremos cuidado con tus cosas.
¿Tienes que dar un concierto o eres asesina a sueldo?
¿Llevas una pistola en la funda del violín?
Srta. Albaricoque
He visto en tu perfil que te gustan las sorpresas,
no debería decirte lo que llevo en la funda del violín…
pero es un violín. Siento desilusionarte.
Y preferiría no tener sorpresas respecto al precio:
¿seguro que son solo veinticinco euros?
Porque son más de mil kilómetros, es MUY barato.
Don Kiwi
Prefiero tener muchos viajeros a buen precio,
así consigo más dinero.
Es como en los problemas de matemáticas:
en la primera parada se suben dos, en la segunda baja uno y suben tres…
¿Sabes cuánto sacó al final?
Pues, saco muuucha pasta.
Te sorprenderías de lo que voy a ganar con este viaje.
Srta. Albaricoque
Vale, entonces te envío la solicitud del prepago.
(Srta. Albaricoque ha mandado una solicitud de prepago)
(El conductor ha aceptado la solicitud de prepago)
Don Kiwi
Mándame también tu ubicación y miro a ver cómo te recojo.
Srta. Albaricoque
Muchas gracias.
(Srta. Albaricoque ha mandado su ubicación)
Don Kiwi
De nada, Srta. Albaricoque.
No es molestia. Nos vemos el viernes a las 9h.
Srta. Albaricoque
Hasta el viernes.
Capítulo 5
Un disfraz de diez
Pepe Durán, cuñado y mánager de Óscar Navas, estaba corriendo sus cuatro kilómetros nocturnos cuando recibió una llamada.
Llevaba el móvil en el bolsillo y contestó directamente sin mirar la pantalla, presionando el botón para descolgar en los auriculares inalámbricos.
—¿Diga?
—El pollo está en el horno —le contestó una voz ronca y oscura, desconocida.
—¿Quién es? —preguntó Pepe, creyendo que había escuchado mal.
—Repito: el pollo está en el horno.
Pepe apenas aminoró el ritmo, abrió la cremallera del bolsillo, sacó su teléfono y comprobó que era un número oculto, así que colgó sin más.
Quince segundos después, su teléfono volvió a sonar y esa vez contestó, molesto:
—Te has equivocado de número y de persona, como vuelvas a…
—Señor Durán, sé muy bien con quién estoy hablando. ¿Lo sabe, usted?
Pepe dejó de correr, no de caminar. Siguió avanzando cautelosamente mirando a un lado y a otro del parque, sospechando de cada sombra como si esperase que alguien pudiese atacarle en cualquier momento.
—No sabe quién soy —continuó el extraño—, pero ¿sabe con quién estoy?
—No dejes que me haga daño, por favor —rogó una nueva voz al teléfono, masculina y aguda, algo sobreactuada.
Pepe se quedó lívido y frenó en seco al instante.
—¿Ca… carlos? —titubeó—. ¿Estás bien?
El reloj de pulsaciones que llevaba en la muñeca enloqueció y sintió que su corazón cobraba vida propia, lo sentía subir por su garganta como si pudiera vomitarlo, cortándole la respiración.
—Su marido está bien —volvió a decir la primera voz— y seguirá estando bien si vuelve a casa con una bolsa de nachos y una tarrina de guacamole. —El extraño empezó a reírse a carcajadas y culminó sin impostar la voz—: Y tráeme cerveza sin alcohol, que no os queda ninguna en la nevera y esa no es forma de tratar a tu cuñado favorito.
—¿Óscar? —inquirió Pepe, pasando de la angustia al alivio y del alivio al enfado tras escuchar las risas de su marido y de su cuñado—. ¿Sois gilipollas? Casi me matáis de un infarto.
—Lo siento, ha sido idea de mi hermano —se disculpó Óscar, sin dejar de reírse—. Esta mañana he tenido la última sesión con la vocal trainer y me apetecía contaros en persona cómo va lo de la cámara oculta, y cenar con vosotros de paso. Quería ver si la voz que voy a usar en el reality es reconocible y mi hermano me ha dicho: «Llama a Pepe y, si le engañas a él, colará con cualquiera».
Pepe suspiró, cansado.
—No me parece buena idea que fuerces la voz. Si la rasgas en exceso, te puede pasar factura… Además, no te van a reconocer si no cantas, hay muchas personas con voces graves y rasgadas como la tuya. Habla normal y que te maquillen bien.
—El maquillaje es de diez, te lo aseguro. Y tienes razón, les diré a los del programa que por recomendación de mi mánager no voy a forzar la voz.
—Estupendo, voy para allá y me lo cuentas, pero no pienso llevar ni cerveza, ni nachos, ni nada —gruñó—. He salido a correr, no he cogido el coche y solo llevo encima un par de monedas. Si quieres comprar algo, díselo al de servicio. Esta semana ha entrado uno nuevo en el turno de noche. Creo que se llama…
—Luis —completó Óscar. Era parte de su encanto, recordaba los nombres con facilidad. No era petulante ni mostraba la frialdad distante de otras superestrellas, a pesar de que había sido famoso desde la cuna. Tenía los pies en el suelo, era cercano y hacía sentir a todo el mundo especial, sobre todo al servicio—. Luis no va a poder ir porque se está encargando del pollo, el personal de cocina ya se ha ido, pero a él no le ha importado ponerse con ello. Te he dicho que el pollo estaba en el horno de manera literal y también en plan código secreto, porque el perfil con comentarios falsos ha sido un buen gancho. ¡La mujer que elegí en primer lugar para mi episodio con cámara oculta me acaba de decir que sí!
—¿La de los albaricoques?
—Esa misma, ya ha hecho efectivo el pago. —Óscar usó un tono misterioso y macabro y susurró—: Tenemos víctima inocente.
—No lo digas así, no es un sacrificio ritual.
Óscar no pudo sofocar una carcajada.
—Ella no, pero, ahora que lo dices, los guionistas querían meter uno como parte del viaje y no sé si al final lo hicieron. Un momento, ¿tú no te habías leído el guion?
Pepe giró fuera de la pista y trotó un poco entre los árboles, buscando el camino más corto para regresar a su casa.
—No me ha llegado el guion definitivo al correo hasta esta mañana, pensaba leerlo después de cenar. Podríamos leerlo juntos.
—Perfecto, ¿vas a tardar mucho?
—Unos diez minutos —supuso Pepe y colgó. Saltó los setos y entró en una avenida, justo cuando pasaba uno de los coches del equipo de seguridad de la urbanización.
El coche aminoró alertado por el movimiento sospechoso. Le había visto aparecer de repente desde la arboleda y le dio las luces largas.
Pepe saludó, el conductor lo reconoció y bajó la ventanilla para darle las buenas noches educadamente, como de costumbre.
Pepe sopesó la posibilidad de pedirle que le acercase y, finalmente, no lo hizo. Decidió que aprovecharía para correr los últimos metros que le separaban de su casa y se arrepintió apenas unos minutos después, cuando vio una figura extraña agazapada junto a la valla de entrada a su mansión.
Las pulsaciones volvieron a subir en su reloj de muñeca e inquirió, autoritario:
—¿Quién anda ahí?
El extraño se puso de pie y Pepe lo inspeccionó a conciencia. Era alto, espigado pero fuerte, y con la pinta que llevaba era imposible que hubiese pasado el control de entrada de la urbanización.
La ropa parecía nueva y estaba limpia; sin embargo, la barba y la melena que lucía se veían muy desaliñadas, y lo más sospechoso era que llevase puestas unas gafas de sol siendo de noche.
El extraño sonreía bajo la luna como el gato de Cheshire y tenía unos dientes grandes, muy grandes, blancos y resplandecientes.
Pepe cerró una mano alrededor de su móvil, preparado para apretar tres veces el botón de inicio y mandar una señal de emergencia a su marido, cuando cayó en la cuenta.
—Óscar, eres tú, ¿verdad? —preguntó, aún desconfiado.
—Si lo tienes que preguntar es porque no lo sabes seguro y sí que es un disfraz de diez.
Pepe se aproximó.
—Ni siquiera a un metro me pareces tú, te veo algo que sí, pero no. ¡Y menudos dientes te han puesto! ¿Puedo…? —Pepe alargó una mano y tocó las carillas falsas. Los dos incisivos centrales se veían muy anchos, ya que cubrían parte de los incisivos laterales. Pepe los golpeó levemente con un dedo y exclamó—: ¡Es un disfraz del carajo, estás horrible!
Óscar se llevó una mano a la nuca y, con alivio por haber pasado la prueba de fuego, frotó el inicio de la peluca, que estaba bien disimulado y sujeto a su propio pelo.
—La peluca puede aguantar días. ¡Me han tenido que enseñar cómo quitármelo todo!
Pepe no dudó en golpear su ego con un comentario en apariencia casual:
—Si te viesen ahora los de Vanity Fair, no volverían a decir que eres el hombre más guapo del mundo.
Óscar asintió, apretando los labios.
—Debería renunciar a la corona, pero ya se la han dado a otro este año. ¿No te lo he contado?
Habían hablado muchas veces del nuevo ganador del concurso de belleza de la revista americana porque este había hecho algunos comentarios públicos menospreciando a Óscar, que no había entrado en la polémica.
Se abrazaron entre risas y la verja se abrió desde dentro para dejarles pasar.
Capítulo 6
Bodorrio de Alejandro y Susana, la tropa contraataca
(Grupo de chat-27 participantes)
(Ayer)
Belén, la aboná
Amiguitos míos, al final no voy.
Me han mandado reposo absoluto,
así que no puedo moverme de la cama.
Haced muchas fotos, por favor, y contádmelo todo.
Si Gago se desnuda, no quiero saberlo, mucho menos verlo.
Y casi que, si se lo impedís, MEJOR.
Alba Cruz
Vaya, te vamos a echar mucho de menos.
Cuídate y tómatelo con calma.
El striptease de Gago es tradición obligatoria,
no podemos impedirlo y seguramente
nosotros mismos se lo recordaremos después de la conga.
Gago, el abonao
Lo siento, Belén, mi amor.
Ya ves, se lo debo a mi público
y lo haré porque es mi deber de amigo.
Tengo que desearle suerte a la pareja
porque todos los que han visto mi culo calvo en su boda
siguen casados, incluso nosotros.
DOY SUERTE.
Jana
Lo de Gago es un fenómeno inexplicable,
pero es cierto.
Yo me casé en Viena,
sin la tropa y sin el culo de Gago en las fotos,
así me fue y aquí me tenéis: recién divorciada.
Gago, el abonao
Toma, Jana, mi culo en todo su esplendor mañanero
para que te dé suerte en esta nueva etapa de tu vida.
(Gago, el abonao ha subido una imagen)
+34 6** ** 97 13
Hola, soy Silvia, la mejor amiga de Susana.
Creía que era la única que no había visto el culo del que habláis,
pero acabo de verlo
y como estaba con el portátil en la cafetería del hospital
también lo han visto todos mis compañeros.
Alba Cruz
Gago es así de generoso,
su calvo reparte suerte como el de la lotería de Navidad.
+34 6** ** 97 13
Je, je, je. Ok, compraré un décimo.
Ahora en serio, pensaba que este grupo
solo era para subir los vídeos de felicitación
de los invitados del novio.
Alba Cruz.
Perdona, Silvia, esa era la idea,
pero es que los de la tropa somos así,
nos conocemos de toda la vida y, como ya no nos vemos,
a la que nos juntamos, nos despendolamos hasta por escrito.
El vídeo ya está editado y lo tienes en archivos compartidos.
Espera que lo resubo por si acaso y te meto en la agenda.
Y, por cierto, hemos preparado una coreografía
para cantarles una canción sorpresa. Ese tema lo llevo yo.
Si te quieres apuntar, dímelo y te digo cómo.
(Alba Cruz ha compartido un archivo de vídeo)
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
¡Qué idea más bonita!
Me encanta, cuenta conmigo. ¿Qué vais a cantar?
Alba Cruz
All You Need Is Love de Los Beatles.
¿Sabes tocar algún instrumento?
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
No sé tocar ningún instrumento, pero no canto mal,
puedo hacer los coros o dar palmas o lo que sea.
Alba Cruz
Nos vienen bien más voces.
Te llamo cuando salgas de trabajar,
avísame y vemos cómo lo hacemos.
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
Estaré en el hospital hasta la noche,
luego te aviso.
Cerdosupremo
Yo también me guardo la foto del culo de Gago,
que me va a hacer falta muy pronto.
Siempre he dicho que no me casaría,
pero he encontrado a la mujer perfecta
y os la presentaré en la boda,
me refiero a la boda de Alejandro.
Yo, cuando me casé, no creo que invite a nadie
porque no será aquí, nos casaremos en su país, con su familia.
Os mando una foto que nos hicieron ayer.
(Cerdosupremo ha compartido una imagen)
(Hoy)
Jana
Me alegro por ti, colega.
Te mando una vieja foto
que encontré con la mudanza del divorcio.
Son tres culos, ¡el triple de suerte para ti!
(Jana ha compartido una imagen)
Gago, el abonao
No me suena ninguno de los tres.
Y mi culo se ofende, siempre le dejáis solo
y luego os reunís a escondidas.
Alba Cruz
Reconozco que me reconozco.
El de en medio es el mío,
pero no pienso delatar a mis compinches
y ya que los tres culos de la foto irán a la boda
podríamos hacernos otra igual para demostrar que,
aunque haya pasado mucho tiempo,
¡seguimos tan estupén, tan locas
y tan felices de la vida como antes o incluso más!
Jana
¡Cuenta con mi culo de nuevo!
Upps, creo que me he delatado.
Belén, la aboná
Aceptaré que me mandéis más fotos de culos,
pero solo de buen ver
y porque el de mi marido ya lo tengo muy visto.
¡Os voy a echar mucho de menos, se ve que
vais a pasarlo genial, mamones!
Capítulo 7
El suave y lo normal
Alba se despertó a las cinco de la madrugada del jueves, después de una pesadilla angustiosa. Hacía más de un año que no soñaba con su expareja, pero en la última semana, por la proximidad de la boda, se había convertido en un tema recurrente que le despertaba angustiada en mitad de la noche.
Recuperó el aliento, aliviada al verse sola en su cama. No había vuelto con él, solo había sido un mal sueño. No tenía que volver a huir.
Estaba a salvo.
Habría cogido el móvil para ponerse algo de música y relajarse, pero si lo encendía, vería los mensajes de chat y no quería hacerlo. Le había afectado más de lo que podía controlar la aparición estelar de su ex en el grupo de la boda.
No podía dejar de pensar que él se había decidido por fin a participar, cosa que no había hecho antes, únicamente para dejar claro que tenía novia y que era perfecta y que con ella sí que se iba a casar.
En los meses que la tropa había estado chateando, su ex no había saludado ni respondido a ninguna pregunta, ni subido vídeo de felicitación alguno y tampoco se iba a molestar en cantar con ellos para Alejandro y Susana. No había contestado ni siquiera cuando otro de los amigos le había pedido directamente que se llevase el teclado electrónico para tocar la melodía.
—Al Cerdosupremo lo único que le interesa tocar es la moral —masculló Alba para sí—, tocarme las narices y tocarse los cojones mientras los demás hacemos todo el trabajo. No va a cambiar.
Se levantó de la cama y sacó de debajo de esta una pequeña maleta amarilla. Había dejado para el final lo de hacer el equipaje y, aunque quedaban horas hasta el amanecer, prefería ponerse con ello. Preparar lo que fuera que se fuese a llevar a la boda era mejor que estar mirando el techo y pensando en su ex. Dormir no era una opción, estaba demasiado nerviosa.
No quería despertar a su hermana, que estaba en el cuarto de al lado y madrugaría para ir a trabajar al día siguiente, por lo que trató de no hacer ruido. Cogió unos vaqueros del armario, un par de camisetas y no puso mucha atención al elegir la ropa interior, salió al azar al meter la mano en el cajón. A la boda iba a ir con un vestido verde de seda, sin transparencias, que tenía la espalda al descubierto. La parte delantera no tenía escote, se ataba al cuello con un lazo y parecían tres tiras distintas de tela plisada, pero era una única pieza con sujetador incorporado. No hacía falta que llevase más que el puesto y daba igual de qué color fuese, no hacía falta que casase con las bragas, nadie se las iba a ver. Echó un vistazo a las que había cogido, dos negras de algodón, unas de girasoles y unas blancas tan cómodas como feas, que se pondría para el viaje.
Suficiente.
Como mucho tendría que hacerse una foto con el culo al aire con Gago y las bragas no se verían. Se rio sola y al momento su cabeza volvió a entrar en bucle de manera obsesiva.
Se sentía débil y estúpida por dejar que el mensaje de su ex le afectase así, que era justo lo que él había tratado de conseguir. Estaba segura de que él había subido aquella foto con su nueva novia para que ella los viese. Una foto en la que la chica sonreía a la cámara y él la sonreía a ella, con los ojos cerrados como si sintiese un amor tan inmenso que se le fuesen a salir de las cuencas si no los recogía con los párpados. Era pura pose exagerada, la misma cara de idiota que ponía con Alba en muchas otras fotos que ella misma había borrado. Era solo una máscara, una puesta en escena de cara a la galería, y en su galería de fotos sobraba.
Cuantísimo odiaba su sonrisa falsa.
«Me voy a tatuar un Joker triste», recordó que le había dicho su ex a un amigo común el mismo día en que Alba se mudó con su hermana.
Ella estuvo a punto de escribirle solo para decir que le parecía un tatuaje perfecto para su hipocresía. No creía que él estuviese triste, sino enfadado porque había perdido el control sobre ella.
Finalmente, fue ella quien terminó por hacerse un tatuaje para no olvidar lo que había vivido y sobre todo para no repetirlo. Por eso llevaba una frase de su canción favorita de Óscar Navas en el tobillo izquierdo.
Se rascó el tatuaje subconscientemente. Había cogido de las redes sociales del cantante aquella estrofa manuscrita al verla en una foto, era una frase que sonaba sin música en un susurro y para ella era lo más importante.
Le gustaba el mensaje y le gustaba pensar que llevaba su letra en la piel, aunque Óscar Navas ni siquiera supiese que ella existía. No hacía falta, su música le había marcado y salvado, el tatuaje era la cicatriz visible de su alma y a veces le picaba, como todas las cicatrices.
Las letras de tinta azul rodeaban su tobillo como un grillete, pero la primera palabra no se juntaba con la última, una se torcía hacía arriba y la otra hacia abajo. Era un grillete roto que decía: «La esperanza es la palanca universal».
La canción hablaba de la sonrisa de Sísifo, que cumplía un castigo eterno en el inframundo y tenía que empujar una piedra colina arriba para verla caer colina abajo y empezar de nuevo.
La letra a Alba le daba fuerzas, para ella simbolizaba que no renunciaría jamás a la esperanza de la felicidad ni en el infierno, que se pondría siempre en pie para seguir subiendo y bajando la montaña, con o sin piedra, pero sin perder la sonrisa a pesar del absurdo.
Su ex quería borrarle la sonrisa al Joker y ella se aferraba con uñas y dientes a la suya, a la posibilidad de imaginar un Sísifo feliz, como decía la canción de Óscar Navas y como defendía el libro de Albert Camus que había inspirado la canción.
Pensó lo fácil que le resultaba a su ex borrarle a ella la sonrisa cada vez que le decía: «Si me dejas, me mato».
Pensó si a la mujer de la foto le diría lo mismo, si la convertiría en un pulmón artificial a juego con su corazón artificial y sus emociones fingidas.
Se repitió que eso no era de su incumbencia y que tenía que dejar de pensar, pensar y pensar en ello. Aquella noche, al menos, había una novedad a la que darle vueltas. De tanto girar sobre sí misma con el tema, se convenció de que su ex había puesto ese mensaje, tan solo dos días antes de la boda, para ver si conseguía que ella se echase atrás y no fuese, pero Alejandro era uno de los mejores amigos de Alba y se merecía que toda la tropa fuese a su boda. Incluso Gago iba a ir, estando su mujer como estaba sin poder salir de casa.
Iban todos los que habían formado parte de la tropa original, los mismos que habían ido juntos al colegio y al instituto, a los hospitales y a los entierros, a las bodas y a los primeros nacimientos.
Alba también iría, aunque no tuviese coche, ni trabajo, ni pareja y no fuese «perfecta». Iría con la cabeza muy alta y el culo y las bragas muy limpios, por si acaso. No iba a dejar que la mierda de otro le amargase ese día especial.
Además, allí no estaría sola. Jana había salido en su defensa, hilando fino y dejándole claro a su ex que, si se casaba, a Alba, a Marisa y a ella, sus mejores amigas y las dueñas de los otros culos que salían en la foto, les importaba exactamente eso: tres culos.
Jana había sido sutil, incisiva y más que suficiente.
Marisa no había dicho nada todavía, pero Alba sabía que era muy despistada y no prestaba mucha atención a los chats. Seguramente ni lo habría leído y, cuando lo leyese, siendo tan comedida y tímida como ella era, no iba a decir que el tercer culo era el suyo en el grupo general, por evidente que fuese, pero llamaría a Alba y se reirían un rato.
Solían hablar casi todos los domingos por la mañana, recogían la casa y planchaban la ropa mientras se planchaban la oreja con lo que había pasado durante la semana o las dos semanas que, como mucho, llevasen sin hablar.
Alba y Jana hablaban por teléfono entre semana, algunos días a la hora de comer, y Alba estaba segura de que, en cuanto pudiese, su amiga le iba a decir:
—¿Qué te ha parecido la «Janada»?
No iba a hacer falta decir mucho más, tenían su propio lenguaje y así era como les llamaban a los momentos en los que Jana era brutalmente sincera y ponía a la gente en su sitio, con mucha educación.
La sinceridad era una cualidad que las tres compartían y cuya carencia le había hecho ganarse el sobrenombre de Cerdosupremo al ex de Alba, apodo con el que lo había bautizado Marisa un domingo cualquiera mientras hacían la colada. Alba recordó con alivio que ya no tenía que lavar los calzoncillos de su ex a mano y con un cepillo de cerdas duras, porque él dejaba manchas de heces a menudo. Ni siquiera se molestaba en meterlos en la lavadora y donde se los quitaba se quedaban, hasta que ella los recogía. De ahí, el apodo.
Las charlas con sus amigas habían sido de gran ayuda para Alba, Jana además era psicóloga y, aunque a menudo bromeaba sobre ejercer de terapeuta gratuitamente con ella, al final la había convencido para que fuese a la Seguridad Social y pidiese cita en su nueva ciudad.
Alba había acudido a terapia con una psicóloga dos veces al mes durante casi un año. Su terapeuta era quien la había aconsejado mantener contacto cero con su ex y propuesto cierta rutina para vencer la distancia y conservar las relaciones de amistad con sus amigas. Con Jana y Marisa lo había conseguido y era como si nada hubiese cambiado. Quizá porque en realidad tampoco se veían mucho cuando vivían cerca.
Vivir con su hermana, que se pasaba casi todo el día fuera de casa, en una ciudad en la que no conocía a nadie y con un trabajo esporádico e intermitente por distintas localidades, hacía que las redes sociales y el móvil fuesen la única manera que tenía Alba de estar con sus amigos.
Entre pensamiento circular y vuelta con vuelta al tema, la maleta estaba hecha y llevaba un rato sentada enfrente, mirándola.
Cogió el móvil, lo encendió y decidió que para su salud mental lo mejor sería silenciar el chat de la tropa. Lo hizo rápido, como se habría quitado una banda de cera de la piel. No le apetecía leer la avalancha de felicitaciones que le iba a caer a su ex por lo de su posible boda y tampoco quería leer más intervenciones de él, en el caso de que las hubiese.
El vídeo estaba terminado y enviado, ya había cerrado el tema de la canción con Silvia, la mejor amiga de la novia, y si alguien quería hablar con ella podía escribirle un privado o llamarla.
Era hora de dejar de pensar en su ex, tenía que intentarlo al menos.
Se puso los auriculares y, por curiosidad, por la necesidad de distraerse con cualquier otra cosa, empezó a escuchar las listas de reproducción de los enlaces que Don Kiwi había subido a Carropool.
Las primeras canciones consiguieron su objetivo, eran de sus favoritas, tanto que podría haber sospechado que él las hubiese copiado de su perfil, pero Alba no había compartido nunca sus playlists. Era pura suerte, una coincidencia real y positiva, de esas que crean lazos y provocan sonrisas.
Y se sorprendió sonriendo al pensar en Ojos de Kiwi y el viaje que tenían por delante, con ilusión e intriga.
Canturreó muy bajito mientras limpiaba el polvo de su cuarto y se imaginó que estaba en un concurso de la televisión, adivinando los títulos de los temas solo con los primeros acordes.
Cuando no hubo polvo que limpiar, pasó al salón, repasó la estantería y sacó a bailar a la escoba y al recogedor. Había conseguido elevar su humor y se sentía muy bien, hasta que una melodía comenzó de improviso y reavivó el dolor y la ira que sentía.
Era una de las canciones favoritas de su ex, una que habían escuchado juntos muchas veces.
Paró la música, pero ya era tarde. Terminó de barrer con rabia, no quería hacer ruido y al mismo tiempo sentía que ya estaba bien de pasar desapercibida. Le sobrevino aquel sentimiento contradictorio de que por una parte necesitaba olvidarlo todo y, por otra, quería que todo el mundo supiese su historia.
Quería quitarle la careta al Joker y que todo el mundo pudiese ver lo que en verdad había debajo: un enfermo manipulador y desalmado, un psicópata de manual.
Solo le había contado a sus mejores amigas y a su hermana lo que había pasado en realidad entre ellos durante los años que habían estado juntos. Lo contó cuando consiguió dejarle, nunca antes. Nunca mientras pasaba porque ella no era capaz de poner en voz alta las palabras que la psicóloga no había tardado en pronunciar: que era un maltratador psicológico.
Ver aquella foto de su nueva novia le había afectado, pero no del modo en que él habría esperado. No eran celos lo que Alba sentía, era miedo y culpabilidad. Sabía que no era lógico, pero no podía evitar sentirse responsable de haber consentido que él le hiciese todo lo que le hizo… Y otra mujer iba a sufrir su misma suerte.
Hubiese querido poder hablar con la prometida de su ex y contárselo, sacarlo todo fuera y avisarle de lo que le podría pasar, para que no aguantase lo que ella había aguantado.
Sin embargo, sabía que esa mujer no la creería porque él ya se habría encargado de decirle que estaba loca. Acercándose, Alba solo parecería una ex vengativa.
No le diría nunca nada, ni aunque les sentasen en la misma mesa en la boda, cosa que no iba a suceder porque Alejandro les había situado en lados opuestos del salón y ya se lo había confirmado. Alba nunca le diría nada a esa mujer porque había sido ella y sabía que ya estaba perdida, puede que incluso ya se hubiese dado cuenta y por eso le sonriese a la cámara en la foto y no a él, sonriendo para los que miraban, para que nadie supiese la verdad, para que nadie preguntase.
Alba sabía que sentirse culpable no era sano y se dijo lo que con seguridad le dirían sus amigas, su hermana y hasta su psicóloga:
—Si él le hace daño, la culpa es de él. Ni de ella, ni tuya, de él.
Lo repitió varias veces, susurrando, como un mantra.
No cambiaría nada que ella intentase avisar a esa mujer, que estaría embelesada y ciega como Alba misma lo había estado. Su ex sabía cómo ser encantador, el mejor, cuando quería. Si no llevaban más de un año, de seguro estarían en la fase de conquista y él sabía cómo hacerlo, era hombre de pocas palabras y grandes gestos, sobre todo al principio.
Le haría sentir el centro de su universo y en verdad le convertiría en su razón de existir, se presentaría vulnerable y le contaría cómo no tenía suerte en el amor, ni siquiera con sus padres, que lo trataban con desdén y se preocupaban solo de su hermana.
Alba recordó con dolor aquellos tiempos en los que ella había confiado en su ex ciegamente. Le había querido tanto, le había elegido por encima de todo y de todos hasta convertirse en su defensora acérrima, con sus amigos, con su familia, hasta en su trabajo le escribía algunos correos electrónicos cuando le surgía un conflicto porque él decía que no sabía expresarse ni defenderse.
Poco a poco, ella se había ido quedando tan sola como él y lo había aceptado, porque él siempre tenía razón, porque la había convencido de que como él no la iba a querer nadie, ¡quién la iba a querer siendo como era, sobre todo con su enfermedad crónica! Menos mal que a él eso no le importaba, aunque se lo recordase constantemente, para que ella no olvidase nunca el gran favor que le hacía.
La enfermedad de Alba no interfería en su vida desde que era muy pequeña, se había estancado en un estadio que le permitía hacer vida normal y a veces incluso a ella se le olvidaba. Entonces, ahí estaba su ex para recordarle que no era como los demás y convencerla de que si él le decía todo lo que hacía mal y le apuntaba todo lo que había malo en ella, era para que intentase mejorar, era por su bien. Decía que lo hacía todo por amor y ella también se convenció de que lo tenía que aguantar todo… por amor.
Y como a su alrededor los demás solo veían la piel del kiwi y no sabían que por dentro su vida era de un color muy diferente, cuando le decían la suerte que tenía de tener a su lado a un hombre tan guapo y tan buena persona, ella se lo creía y sonreía.
Él nunca discutía con nadie y no era capaz de enfrentarse a nadie, le hiciesen lo que le hiciesen, se bloqueaba y no reaccionaba, pero después lo pagaba con ella. Se desahogaba en casa de todo lo que pasaba fuera y salía a la calle, muy tranquilo, a seguir siendo «el Suave», que era como le llamaban los demás en la tropa. Suave porque no levantaba la voz, porque rehuía todos los enfrentamientos, porque bajaba la cabeza cuando le pisaban y ni rechistaba.
Sin embargo, él solo era suave por fuera, su interior era áspero y lo sacaba a la luz con ella.
Eso era y había sido siempre lo normal entre ellos hasta que Alba se fue a más de mil kilómetros y poco a poco fue entendiendo que nada de lo que había vivido con él era «lo normal».
Recordó que la psicóloga le había hecho escribir todo lo que sentía en un cuaderno y que hacerlo le había ayudado bastante a desahogarse y ordenar su vida.
Se sentó en el sofá, reinició la música y uso la misma canción que le había hecho estallar como inspiración para escribir. Cogió algo de papel y empezó a soltar todo lo que le quería decir a la mujer de la foto.
Capítulo 8
Una carta para no entregar
No es normal que hagas todas las tareas domésticas y además tengas media jornada laboral, pero no puedas disponer del «dinero de la casa», en el que metes tu sueldo íntegro porque no es tuyo y no puedes comprar algo que sea solo para ti, porque no trabajas tanto como él, no sabes lo que cuesta ganarlo y eres una «gastona».
Da igual que compres la ropa más barata por Internet, que ni te tomes un café con las amigas por no gastar y que hayas dejado de ir a conciertos que no sean gratuitos. Poco a poco, él te habrá ido convenciendo de que todo eso son lujos y de que solo le necesitas a él. Y mientras tanto, él necesitará otras cosas y se gastará lo que haga falta, que para eso el dinero es suyo, porque él sí se lo gana y sabe cómo gastarlo.
No es normal que te diga «si me dejas, me mato», que te lo escriba con un rotulador indeleble en todas las pinzas de la ropa y lo llame ser romántico, que te lo repita cada vez que te ve suficientemente fuerte como para irte.
No es normal que te deje notas «románticas» diciéndote que te quiere más que a su vida y que si necesitas que te lleve a comprar en coche al día siguiente, primero tienes que despertarle con todo tu amor, bien con un beso o con una mamada, preferiblemente lo segundo si de verdad quieres compensar el esfuerzo. No es normal que no sea broma, que espere que lo hagas de verdad, que cuente las mamadas que le debes y te las cobre cuando le apetezca como una renta de carne.
No es normal que si tú no quieres follar, porque hacer el amor es otra cosa, él te diga que te des la vuelta porque «va a ser rápido y a ti qué más te da», que, si le quieres, que se lo demuestres.
La primera vez que pase, llorarás, y él te pedirá perdón; llorarás más veces, pero él seguirá haciéndolo porque, si a ti no te apetece, es porque no le quieres y a él le apetece porque te quiere de verdad, ¿acaso lo dudas?
Cuantas más veces pase, más fácilmente lo aceptarás y será porque no podrás hacer otra cosa. Indefensión aprendida, lo llaman. El abuso se convierte en lo normal y pasarán los años y serás tú la que te des la vuelta y le dirás que no te importa.
No es normal que uno de sus «juegos» favoritos sea inmovilizarte, de pie contra una pared y cogiéndote por las muñecas o sobre la cama bajo su peso para decirte cosas como «tienes que ser más fuerte, esto te lo puede hacer cualquiera». Le pedirás que te suelte, él no lo hará y tú gritarás y temblarás y cuando por fin te suelte será para llamarte loca por ponerte tan nerviosa, por tomarte el juego en serio. Te dirá que no quería hacerte daño, que tenía que enseñarte que debes ser más fuerte y, al final, te tendrás que disculpar por reaccionar de manera exagerada.
Le pedirás perdón y le rogarás que no lo haga más, pero él no dejará de hacerlo porque lo hace por amor.
¿Y sabes qué? No habrá una última vez hasta que tú hagas que sea la última.
Te voy a contar una de mis últimas veces, o puede que incluso la última de verdad, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que estábamos de pie, él me tenía contra el armario del dormitorio y estaba descalzo, pero yo no lo estaba. Le pisé con ganas y me soltó. Luego tuve que pedirle perdón, pero me soltó al momento.
Así aprendí que me tenía que defender. Cuando te pase a ti, si te pasa, si te obliga a jugar a ese «juego» u a otro que tú no quieras, defiéndete.
Y date cuenta de que, si te tienes que defender de tu pareja, es porque te tienes que salvar a ti misma.
Nadie más puede hacerlo.
Sálvate a ti misma.
Yo lo hice y me fui, me fui a mil kilómetros y vino detrás, vino a mi puerta y me dijo que todo tenía solución y que me esperaría siempre, pero yo ya era libre.
Mi maldición ahora es tuya, como en las películas de terror, como en la barca del infierno que te libras de remar cuando otro coge el remo. Es tu decisión aceptarlo. Si piensas que contigo será distinto, al principio conmigo también lo era.
Y ahora he vuelto a ese principio antes de él. He perdido muchos años, pero los que me queden son míos para vivirlos como quiera.
Ahora soy libre.
Soy libre.
Subrayó la última palabra y se sintió mejor, se había sacado el dolor y la rabia fuera del organismo y había terminado con una idea positiva, tal y como la psicóloga le había enseñado a hacer.
Entretanto se había hecho de día y su hermana no tardaría en levantarse. Se duchó deprisa, preparó un buen desayuno para las dos y se prometió que, si tenía más pesadillas porque no podía dominar lo que pensaba estando dormida, al menos no volvería a revivirlas al despertar porque eso sí que podía controlarlo.
Si iba a soñar despierta, serían solo cosas buenas.
Buscó la canción adecuada para empezar el día, le dio al play y disfrutó del primer sorbo de su té con canela con la voz de Óscar Navas. Le animaba a sonreír, aunque fuese en caída libre.
Capítulo 9
Caída libre, letra y música de Óscar Navas
Sísifo empuja la esfera de piedra cuesta arriba
para llegar a la cima
y verla rodar cuesta abajo
otra vez
por el otro lado de la montaña
en caída libre.
Sísifo sonríe mientras baja a por su piedra,
sonríe, aunque tenga que empujarla
por este lado de la montaña
hasta lo más alto
y verla caer una y otra vez
caer otra vez
caer…
Él también baja detrás de la piedra
en caída libre.
Es libre.
Libre.
Libre hasta que llega abajo
y sus manos tocan la piedra
y tiene que empujarla de nuevo
hasta la cima de la montaña.
Este es mi cielo y mi infierno,
soy la sonrisa de Sísifo
mientras baja en caída libre.
Y me toman por loco porque sonrío
cuando lo he perdido todo
y me toca volver a empezar.
Aún me queda la esperanza,
me ayuda a empujar.
La esperanza es la palanca universal…
Capítulo 10
Cenicienta de barrio
El GPS indicó que había llegado a la ubicación que Alba había compartido y Óscar Navas dejó el coche en doble fila.
Era la calle correcta, aunque no sabía exactamente en qué portal vivía ella.
Llovía tanto que a través de las ventanillas del coche no se distinguía el exterior. Los cristales tenían una cortina de agua en continuo movimiento, como los pies y las manos de Óscar, que no paraba de moverse en su asiento.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó a la actriz que haría de primera pasajera y que estaba en el asiento de atrás, repasando su guion.
Ella levantó levemente la vista y respondió:
—No tanto como tú, ¿no tienes ningún ritual para tranquilizarte antes de los conciertos?
Óscar se encogió de hombros.
—Suelo encender una vela para que nos dé suerte y todo salga bien, pero no se me ha ocurrido traerla.
Ella chascó la lengua, pensando deprisa, dejó su móvil junto al freno de mano y puso un vídeo de Internet en el que se veía una llama oscilar en la oscuridad.
—A veces es bueno improvisar —le dijo, comprensiva—. Mira el vídeo e intenta relajarte un poco.
—Gracias.
—Es un barrio humilde —agregó la actriz—. Eso va a funcionar muy bien, es como con la lotería: cuando cae en un bar de curritos o en una ferretería, todo el mundo se alegra. Piensa en eso, piensa que le vas a cambiar la vida a esa chica. Es una Cenicienta.
—Una Cenicienta de barrio —arguyó Óscar.
—¿La elegiste por eso? Porque te ofrecieron unos cincuenta perfiles, ¿no?
Óscar giró la cabeza y le increpó, guasón:
—¿Tú qué eres, una periodista infiltrada?
Ella se rio, coqueta.
—No soy periodista, soy curiosa y, no sé, algo tuvo que llamarte la atención para elegirla a ella, ¿o lo hiciste sin pensar?
—No fue sin pensar, me gustó su perfil y la canción que puso como favorita, Caída libre.
Ella tardó un poco en reaccionar, pero continuó con el interrogatorio:
—Por lo que me han dicho, todos tenían una canción tuya como favorita y esa la tenían varios, así que no fue en eso en lo que te fijaste, ¿fue por la foto?
Óscar le siguió el juego, convencido de que era parte de un guion que a él no le habían pasado.
—Me fijé en los ojos, la sonrisa y la… personalidad, que es lo mismo en lo que me fijo cuando conozco a alguien —confesó, esperando que fuese suficiente información—. Elegí otras dos personas más como posibles candidatas y mandamos tres ofertas con los trayectos que pedían. Ella fue la primera que dijo que sí… Y su perfil era el más ingenioso, así que me alegré, espero que tenga una gran personalidad, que haga el viaje muy divertido.
—¿Gran personalidad quiere decir «grandes tetas»?
Los dos dedos índices de Óscar dieron forma a un cuadrado invisible en el aire.
—Eres muy cuadriculada. Piensa fuera de la caja, por favor. Yo pienso en almas, no en cuerpos.
La actriz tardó un poco en contestar y, como si le estuviesen dictando las palabras, porque así era, contrarrestó:
—Eso no suena a pensar fuera de la caja, suena a pensar fuera del armario.
El comentario malicioso no molestó a Óscar, estaba acostumbrado a que cuestionasen su sexualidad en las entrevistas, precisamente porque nunca se había pronunciado al respecto y jugaba cómodamente con la ambigüedad.
Aquella mujer y el mundo entero podían pensar lo que quisiesen, a él no le importaba.
—El día que me metan en una caja o en un armario, llámalo como quieras, será para incinerarme. —Señaló el fuego de la imagen en el teléfono y propuso—: Vamos a centrarnos en esa llama y a relajarnos un ratito, ¿te parece?
Óscar se concentró en la vela virtual y se sobresaltó al escuchar una risa ajena por el pinganillo, lo llevaba en la oreja izquierda como en los conciertos y estaba tan acostumbrado a él que ni lo notaba.
—Cuñao, no se te ve nada relajao —bromeó Pepe.
Óscar se llevó instintivamente la mano a la oreja del pinganillo y masculló:
—Lo estaba consiguiendo hasta que me has gritado en el oído.
La actriz lo miró confusa y él le dijo por señas que estaba hablando con el equipo de realización, como si no fuese consciente de que posiblemente los guionistas le habían estado dictando a ella lo que tenía que decir, todo el tiempo.
La productora, Supravision, tenía fama de disfrutar de las polémicas. No habían empezado el viaje y ya estaban buscando carnaza.
Óscar chascó la lengua y se dijo que, de seguir en ese plan, no iban a llegar ni a la primera gasolinera con él dentro del coche.
—Queda media hora para que conozcas a tu víctima inocente —continuó Pepe—, tenemos tiempo de sobra para dar los últimos retoques y, por ejemplo, borrar esa arruguita que te acaba de salir entre las cejas. Madre mía, esperemos que se te quite la cara de mala leche pronto, con esos pelos das miedo.
—No sé, a lo mejor no ha sido una buena idea participar en el programa.
—Mascarada lo va a petar en la parrilla de programación, he estado viendo las bromas que ya han grabado y hay gente muy famosa metida en el ajo. —Pepe tenía guardado un as en la manga para tenerlo de nuevo a bordo del plan al cien por cien si le entraban dudas de última hora. La manera más fácil era despertar su curiosidad y elevar sus expectativas, primero con el programa y después con la víctima—. Y he estado investigando sobre tu Cenicienta. Es profesora de Música, está soltera y, aunque sus redes sociales son privadas, unos alumnos la grabaron cantando y lo subieron a sus cuentas en abierto, etiquetándola. Tiene una voz bonita, muy armoniosa. ¿Quieres verlo?
Él asintió, Pepe le mandó el enlace del vídeo al móvil y lo abrió al momento.
La Srta. Albaricoque salía de lejos sobre el escenario del que posiblemente sería el salón de actos de un instituto. La imagen era borrosa y no se escuchaba bien porque los alumnos gritaban y jaleaban, animándola. Estaba tocando una versión de una canción de Pink Floyd con un ukelele y cantaba de un modo muy dulce.
El vídeo no duraba más de treinta segundos, pero fue suficiente para hacer que desapareciese la arruga de la frente de Óscar.
—Ahora dame un buen plano —le instó Pepe. Óscar levantó el pulgar hacia el espejo retrovisor del parabrisas—. Perfecto. Atiende, una docena de cámaras vigila cada uno de tus movimientos y, a la que te acabas de dirigir, es la principal. Es la que mejor plano te da, úsala bien. Las otras son más para captar planos detalle… Y te aviso desde ya, como tengas una erección no va a ser un detalle que aquí les pase por alto.
Óscar se puso la mano derecha sobre la bragueta del pantalón y apretó como si fuese una bocina, justo antes de mostrarle el dedo corazón con la izquierda.
—¿Esto lo ves bien, cuñao? —le provocó.
Los dos se rieron.
—Córtate un poco. Sé tú mismo, pero no demasiado.
Óscar se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos y rogó:
—Échame un cable y recuérdame por qué estamos aquí.
Pepe respiró hondo y soltó de corrido las principales razones por las que habían aceptado la propuesta de la productora:
—Te has metido en este embolao porque vamos a sacar un disco nuevo y esta publicidad es impagable, porque nos van a dar mucha pasta para unas cuantas ONG que se lo merecen mucho y porque va a ser divertido y una experiencia inolvidable.
—Muy divertido. —Óscar lo repitió para convencerse—: Una experiencia única e inolvidable.
—¡Sobre todo si a tu fan le da un infarto cuando te quites la máscara y vea que eres tú el que ha estado a su lado todo el tiempo! A lo mejor se mea encima de la emoción, como esa pobre que te pidió un autógrafo en el aeropuer…
—¡No me estás ayudando! —se quejó Óscar.
—Ok, perdona. Piensa en lo que tú vas a ayudar a esa pobre profesora de Música que no tiene ni para comprarse una guitarra de verdad y va por la vida con un triste ukelele. ¡Le van a pagar muy bien y la vas a hacer muy feliz! Por mal que se lo hagamos pasar primero.
—Y si lo pasa demasiado mal, corto y se acabó. —Óscar miró a la cámara principal para que les quedase claro a todos los que le observaban—. No estamos en directo y en mi contrato se especifica que puedo poner fin al «espectáculo» en cualquier momento, si considero que se daña mi imagen pública o la de ella. Esa salvedad es un salvavidas. Tengo que dar el visto bueno a las dos horas del montaje final y no voy a dejar que nadie se ría de la Srta. Albaricoque, eso os lo aseguro. —Usó el plural para que no cupiese duda alguna de con quién estaba hablando en realidad y, no obstante, recalcó—: ¿Oído, cocina?
Pepe carraspeó y no contestó, hizo un gesto en la sala de control y una mujer contestó en su lugar:
—Hola, Óscar. Soy Lupe, la directora del programa. Te estoy escuchando y lo seguiré haciendo todo el tiempo, pero no voy a volver a intervenir, a no ser que sea necesario. En otros realities similares hemos visto que funciona mejor que el enlace con el equipo sea alguien con quien el gancho, o sea tú, tenga una relación cercana. Te hablo ahora porque quiero que estés tranquilo y sepas que todo va a ir bien. Hay un gran equipo trabajando contigo.
—Eso no lo dudo.
—Bien. También me gustaría que entendieses que esa mujer, al aceptar los términos de uso de la aplicación, nos dio permiso para utilizar su imagen y su voz en cualquier evento publicitario relacionado con Carropool. Es decir, este reality. No obstante, no cometeremos ninguna irregularidad y tú sigues teniendo la última palabra en cuanto a lo que se vaya a emitir.
—Muy bien, eso era lo que necesitaba escuchar, supongo —afirmó Óscar, más calmado.
—Disfruta de la experiencia, nos vemos en plató —se despidió Lupe y Óscar le dijo adiós a la cámara.
Pepe retomó la conversación, aunque no del modo más acertado:
—¿Ves? Si se nos va de las manos, ella fue quien lo aceptó y tú no te sientas mal.
—¡No me jodas, Pepe! —gruñó Óscar—. No creo que nadie se haya leído nunca las tres páginas de letra enana que salen al aceptar la instalación y el uso de la app. Y si ella lo hizo, seguramente pensaría que se referían solo a la foto de perfil y como mucho a los mensajes de audio que haya cruzado con los usuarios.
—Hecha la ley, hecha la trampa —lo interrumpió su cuñado—. Los de la productora Supravision se las saben todas. Y me da igual que nosotros hayamos puesto en el contrato que tienes que aprobar la edición final, imagínate que alguien filtra otras imágenes ilegalmente de algún modo. Te lo digo para que no hagas nada que pienses que vas a poder borrar luego, ya me entiendes.
—Ya, ya. Sé lo que me vas a decir porque ya me lo has dicho: no te fías y crees que ella puede ser otra actriz y que intentará seducirme y…
—No, no. Eso ya no lo creo porque la he investigado y no es un agente doble. En cuanto a lo de que te seduzca, dudo que la seduzcas tú a ella. —Pepe mitigó una carcajada—. Con esa pinta que llevas y esos pelos que te han puesto, yo no te tocaría ni con un palo.
—No lo harías porque somos familia y eres mi mánager, pero si la víctima inocente fueses tú…
—Ni de coña, te han caracterizado demasiado bien. Parece que llevas un año sin ducharte y, si yo fuese ella, pensaría que llevando así lo que se te ve, ¡mejor no imaginar cómo estará el resto que no se ve!
—Está perfectamente afeitado y pulcro, ¿quieres un plano detalle? —Óscar volvió a echarse mano a la entrepierna, pero fue solo un amago.
—A eso exactamente me refiero. Si no quieres que tu polla se haga famosa, guárdatela en el pantalón.
Los dos se rieron y Óscar se descubrió mucho más relajado. Pepe tenía ese efecto en él, le infundía ánimo y confianza, aunque a veces lo llevase al límite de maneras poco ortodoxas.
—Oye, estoy mucho más tranquilo. Gracias, cuñao… Solo que, ahora que me has dicho que dudas de que pueda seducirla con estas pintas, pues me dan ganas de intentarlo.
Pepe se enserió de golpe.
—No jodas.
—Es que nunca he estado con nadie que no supiese quién era yo. No sé, tiene su morbo, ¿no?
Su cuñado fue tajante:
—No te puedes enrollar con ella y punto. No puedes ni echar un kiki rápido en los baños de una gasolinera.
—Mmm, en una gasolinera… Eso tampoco lo he hecho nunca, no sé para qué me das ideas.
Óscar se reía, pero a Pepe le hacían poca gracia esas bromas.
—Escucha, Óscar, el programa controla la ruta y todos los posibles desvíos. Te van a ordenar dónde y cuándo parar. Puede que incluso lleves encima alguna cámara extra, además de las que llevas en las gafas y en el pelo.
Óscar se tocó la peluca.
—Lo de las gafas ya lo sé, pero lo del pelo… es broma, ¿no?
—Esa cosa que te han puesto debe de tener hasta vida propia, yo no me fiaría. ¿Seguro que no ladra?
Capítulo 11
El arcoíris
Óscar tenía que esperar dentro del coche porque la visibilidad de las cámaras que llevaba encima no era óptima, aunque no llovía tan intensamente como lo había hecho en las últimas horas.
No tenía que moverse del coche y, sin embargo, lo olvidó en cuanto vio salir el arcoíris de uno de los portales cercanos. Era un paraguas multicolor, inclinado como un escudo, y él deseó que detrás estuviese ella.
Óscar hacía ondear en todos sus conciertos la bandera arcoíris, símbolo del orgullo gay y paraguas figurado bajo el cual se acogía la diversidad de la identidad de género y las orientaciones sexuales. Era símbolo de libertad para ser y desear, sin discriminación alguna. Era un icono de lucha y esperanza.
Quería que fuese ella.
Tenía que ser ella.
Corrió hacia el portal justo a tiempo de ver cómo la dueña del paraguas lo ponía en vertical y se guarecía debajo, con todo su equipaje.
Alba llevaba el paraguas con la mano izquierda, con el brazo derecho apretaba contra su cuerpo la funda del violín y con esa mano sujetaba la maleta. Con los dientes, mordía el gancho de la percha del vestido, protegido por una bolsa de basura.
Era la mujer orquesta del portaequipaje, por lo demás no destacaba bajo la lluvia, vestía vaqueros oscuros y una sudadera negra con capucha.
A Óscar le habían vestido del mismo modo y había sido pura coincidencia, aunque sus vaqueros eran negros. Para caracterizarlo, habían escogido la ropa más barata de unos grandes almacenes y, al parecer, ella también.
No es que él esperase verla vestida de Versace para meterse en un coche doce horas, pero no se había planteado cómo de humilde sería su compañera de viaje hasta ese momento, cuando comprendió que lo de ser una Cenicienta de barrio le iba en verdad como anillo al dedo y el dinero le vendría de perlas, aún mejor. Se sintió muy bien por haberla elegido, incluso se atrevió a bromear:
—¡Señorita Albaricoque, su carroza le espera! —le gritó.
Ella levantó la vista y prácticamente le vio ya a su lado, con el pelo apelmazado atrapando las gotas de lluvia. La peluca las retenía en lugar de absorberlas, como si le hubiesen prendido en la cabeza un centenar de alfileres brillantes.
—Dame, que te ayudo con eso —dijo él y le arrebató el violín, galantemente.
Se agazaparon bajo el paraguas y se repartieron el equipaje.
—Gracias —logró decir Alba, una vez su boca estuvo libre de la percha. Se miró en el reflejo de las gafas de aviador de él y se vio sonreír, algo azorada.
Caminaron deprisa hasta el maletero, que iba prácticamente vacío excepto por dos maletas.
La actriz abrió una de las puertas de atrás para ella y Alba pudo entrar, quitándose la capucha y sacudiendo la cabeza como un perro mojado.
Se sentó y saludó sonriente.
—Hola, soy Alba.
—Hola, yo soy Claudia. —Llevaba un vestido negro con rayas blancas horizontales, que recalcaban todavía más su ya exagerado embarazo. Acariciándose su enorme barriga, la actriz añadió—: Y estos son Jaimito y Jorgito.
Alba se quedó un poco sorprendida al ver el avanzado estado de gestación de su compañera de asiento, pero replicó, educada:
—Encantada y enhorabuena.
—Gracias, linda. Espero que tengamos buen viaje.
Alba se obligó a dejar de mirarle aquel inmenso bombo y se centró en la alfombrilla, celeste como el resto de la tapicería, que al absorber el agua de lluvia de sus zapatos se había tornado añil.
El techo del coche también era azul grisáceo y estaba impoluto. Todo olía a nuevo y a frutas, a kiwi concretamente, por el frasquito de aceite esencial que colgaba del retrovisor y oscilaba como un péndulo.
Óscar entró en el coche en ese momento, se sentó en el asiento del conductor y giró la cabeza hacia la recién llegada, sentada justo detrás de él.
—Señorita Albaricoque, ¿no serás por casualidad doctora? —preguntó, con sorna—. Nos vendría bien alguien que sepa qué hacer si cogemos un bache gordo y Claudia se nos pone de parto.
—So… soy profesora —respondió ella por inercia, con el miedo asomado a los ojos. Tragó saliva y, dirigiéndose a la mujer, preguntó—: ¿Cuánto… cuánto te falta para dar a luz?
—Unos dos meses —calculó la actriz—, pero al ser gemelos parece que estoy de más, ¿verdad?
Óscar introdujo una dirección en el GPS y la voz mecánica del dispositivo les informó de que les quedaban ochenta kilómetros para llegar a su próximo destino y de que el tiempo estimado de la ruta eran unos cincuenta minutos.
—Si sigue lloviendo así —les avisó Óscar, arrancando el motor—, es posible que tardemos más.
—Tardaremos más —corroboró Claudia. Tomó una bocanada de aire, esperó y se agitó en su asiento como si tuviese contracciones—. Conozco bien el camino y la última carretera que tenemos que tomar está llena de curvas… Uff, son de esas que no se pueden tomar a más de treinta por hora. Vamos a tardar mucho en llegar.
—Por mí no hay problema —le tranquilizó Alba, resuelta y optimista, abrochándose el cinturón de seguridad.
En verdad no le importaba tardar más porque no quería llegar a Santejo. El momento de volver a ver a su ex en la boda era algo que no tenía prisa por ver y el viaje le daría tiempo a prepararse para hacerlo.
Empezaba a enfrentarse a sus miedos con pasos pequeños, como subirse de nuevo a un coche después del accidente.
No pudo evitar pensar en ello mientras se abrochaba el cinturón. También había llovido mucho ese día y su coche había hecho aquaplaning, hasta estrellarse contra un árbol.
Los agentes de la Guardia Civil le dijeron que, de no haber llevado el cinturón puesto, no habría sobrevivido. Acarició el que se acababa de abrochar y se lo agradeció en silencio como si fuese el mismo.
La actriz la sacó de sus pensamientos al empezar a jadear a su lado.
—Chicos, siento… Siento como si… —Claudia puso otra vez el tono de estoy a punto de traer gemelos al mundo y se tocó la barriga postiza—. Siento una presión aquí que, buf, voy a necesitar ir al baño en un rato. Mi vejiga está comprimida y no es mucho más grande que esto. —Les enseñó un tetrabrik de zumo de sandía y sacando otro del bolso se lo ofreció a Alba—: ¿Quieres?
—No, gracias. Acabo de desayunar.
Alba se sentía observada y fijó la vista en el retrovisor del parabrisas, pero solo pudo ver las gafas verdes y esmeriladas del conductor. Bien podían esconder dos kiwis debajo y ella habría sido incapaz de verlos. Sin embargo, notaba una mirada constante que le erizaba los pelos de la nuca.
—Claudia, no me extraña que te duela la vejiga —terció Óscar—, te has tomado seis zumos en lo que llevamos de viaje.
—Lo del zumo es un antojo y me estoy quedando sin reservas.
—En la próxima gasolinera paro, vas al baño y compramos lo que necesites. —Volviendo su atención a Alba, Óscar inquirió—: ¿Y tú de qué eres profesora?
—De secundaria —respondió ella, sin entrar en detalles—, trabajo con adolescentes.
—Oh —replicó Óscar, grandilocuente—, eso sí que es una profesión de riesgo.
—No creas, soy profe de Música, que amansa a las fieras.
Seguían mirándose en ojeadas por el espejo retrovisor. Óscar sonrió seductor, aunque la barba escondía sus hoyuelos, que eran gran parte de su atractivo, por lo que tuvo que suplirlo con un cumplido:
—¡La música siempre fue mi asignatura favorita! Espero que no seas una de esas profesoras que solo enseñan a tocar Frère Jacques con la flauta.
Alba sonrió, comprendiendo a qué se refería exactamente. Había tenido algún profesor así e intentaba alejarse de ese modo de dar clase todo lo que podía.
—Me gusta pensar que ayudo a que mis alumnos amen la música —le dijo—, o al menos lo intento, y eso no se consigue obligando a nadie a tocar la flauta. Los chavales tienen que querer aprender y a unos se les dan mejor unos instrumentos y a otros, otros.
—¿Y cómo lo haces? —preguntó Óscar, realmente intrigado—. ¿Cómo les motivas?
—Les dejo que elijan qué instrumento quieren aprender a tocar, dentro de unos límites, claro. No pueden elegir el violín para empezar de cero, porque requiere mucho tiempo y al principio suena como si destripasen un animalito, pero hay otros instrumentos mucho más agradecidos… Como el ukulele, hoy en día es fácil encontrar uno por lo que cuesta ir al cine. Esa es otra norma, ellos tienen que traer su instrumento una vez a la semana para la clase práctica y en los institutos públicos no suele haber mucho material, ni presupuesto para los profes de música, ¡y tenemos solo dos horas semanales! Es como si las artes no importasen.
—El arte es fundamental —convino Óscar—, pero ¿cómo lo evalúas? ¿Les suspendes por no tocar bien la guitarra?
Alba negó despacio.
—Intento tenerlo todo en cuenta y sé, porque veo cómo les tiemblan las manos, que en los exámenes los nervios se la juegan. Pero no importa solo la parte práctica, también hay una parte teórica que es más fácil de evaluar. Un año les enseño lo que son los acordes y mucho más adelante les explico su importancia en el Barroco… A ellos les suele gustar más la parte práctica. Elijo una canción y preparo los arreglos según el alumnado, cada grupo respira de una manera y tengo que adecuar el nivel. Y no sé… Tengo como un ojo clínico para saber lo que les va a gustar y descubrirles música nueva y cómo la música les puede salvar de muchas cosas… Me encanta mi trabajo, a pesar de los recortes y de toda la burocracia, que cada año tenemos más carga. —Alba frenó antes de despotricar contra el sistema educativo en defensa de su asignatura. Era una luchadora apasionada en esas lides y no quería aburrirles, ellos posiblemente solo querrían hablar de temas triviales como el tiempo. Miró por la ventanilla y apostilló, antes de guardar silencio—: Cómo llueve, ¿eh?
Óscar no le dejó cambiar de tema.
—Sí, cae con ganas. Pero cuéntanos más, yo toco un poco la guitarra y no me vendría mal una profesora, ¿das clases particulares?
—Me lo podría plantear —balbució Alba. Se miraron y se sonrieron, durante unos segundos fue como si viajasen solos en el coche. Intrigada, ella le preguntó a su vez—: ¿Y tú a qué te dedicas?
—Ahora mismo me pagan por conducir —resolvió Óscar, sacándole la lengua y le dio la coartada que habían planeado, que además era en parte cierta—: Podría decir que vivo de la música. Hace años, mi madre me legó en vida varios inmuebles: bares y locales de ensayo. Algunos de los músicos a los que tengo de inquilinos son además buenos amigos y a veces me paso y me dejan tocar con ellos.
—¡Yo no sé tocar ni la pandereta! —terció Claudia y tamborileó los dedos de ambas manos sobre su barriga, pero como era falsa, sonó a hueco y tuvo que toser para evitar que Alba se percatase de ello.
Óscar recuperó su atención, deprisa:
—¿Tú tocas algo más aparte del violín?
Alba asintió.
—El violín y el piano, también toco otros instrumentos como la guitarra y, bueno, uno de mis alumnos me regaló un clarinete el año pasado. Me pareció una de las cosas más bonitas que me han pasado nunca y ahora estoy aprendiendo a tocar el clarinete. Los profes de Música no dejamos de aprender, la música está viva.
Óscar paró la reproducción de la radio, una canción suave que había estado sonando tan bajo que no se imponía al batir de los retrovisores sobre el parabrisas.
—Me pregunto qué escucha una profesora de música cuando no está de servicio. —Óscar le mostró una sonrisa traviesa e insistió—: Puedes conectarte a la radio del coche y hacer de DJ en lugar de las playlists que he preparado, que a lo mejor no te gustan.
Alba no le dijo que había escuchado muchas de sus playlists y que sí que le gustaban, simplemente accedió:
—Está bien, ¿qué os apetece escuchar? Tengo un poco de todo.
Óscar se encogió de hombros.
—Pon algo que creas que me podría gustar, usa ese ojo clínico que has dicho que tienes.
Capítulo 12
Mojabragas
Alba sincronizó su lista de reproducción con la radio del coche y buscó su canción favorita, la que compartían en los perfiles.
—Voy a ir a lo seguro, porque lo he visto en tu perfil —repuso, con una sonrisa tímida—. Compartimos la misma canción como favorita. Espero que a Claudia también le guste.
En cuanto sonaron los primeros acordes, Claudia soltó un bufido muy sonoro y protestó:
—¡Pues menudo ojo clínico! No, por favor, ¡una del Navas, no! Lo siento, pero no puedo con el mojabragas ese.
Óscar sabía lo que la actriz iba a decir porque estaba en el guion, aunque en un principio habían acordado que sería él quien pusiese uno de sus propios temas. Se rio y esperó a que Alba lo defendiese.
Ella se limitó a poner la siguiente canción de la lista, una de los Beatles.
Claudia aplaudió la decisión.
—Oh, sí, esta es mucho mejor. Espero no haberte ofendido —se disculpó, mirando a Óscar de pasada, pero centrándose en Alba para recriminarle, indiferente—: A lo mejor eres una superfán del Navas o algo así.
—Algo así —replicó Alba, distante, sin dejar de mirar por la ventanilla—, pero no me ofendes. Y es verdad que es un mojabragas.
Óscar se quedó lívido, la actriz disfrutó de su reacción y recalcó:
—Ah, ¿sí?
Alba sonó resuelta y decidida:
—Sí, a mí se me mojan las bragas siempre que lo escucho. Pero ahora me preocupan más tus bragas, mientras sigan secas y los gemelos en su sitio, por mí bien, te pongo todas las canciones que tú quieras.
Óscar echó el cuerpo hacia delante, como si Alba le hubiese dado una patada en el respaldo, después se rio al ver cómo ella también se reía.
Los gestos de Óscar a menudo eran un poco exagerados, aunque espontáneos. No podía evitarlo, desde pequeño había crecido bajo los focos, solía gesticular mucho y sabía cómo hacerlo para marcar sus rasgos más favorecedores, pero esa vez sus ojos, sus hoyuelos y su mandíbula no quedaban a la vista, todos sus encantos más característicos estaban mitigados por el disfraz.
Claudia siguió con el guion:
—No quería ofenderte, de verdad, pero es que el Navas es para adolescentes.
—Yo no diría exactamente eso. —Alba sonó cansada, como si hubiese explicado lo mismo muchas veces—. En la adolescencia, el fenómeno fan se vive como el primer amor. Es una reacción química interesante. La música provoca en el cerebro una respuesta química muy placentera, liberando grandes dosis de dopamina. Podría decirse que los fans están enamorados, en cierto modo.
—Tú has dicho que eras superfán —le interrumpió Claudia, diciendo palabra por palabra lo que le ordenaban por su pinganillo—. ¿Quieres decir que estás enamorada del Navas?
Óscar contuvo el aliento, esperando la respuesta.
—Yo no soy adolescente —contestó Alba, sin darle más importancia—, pero te digo lo mismo que antes: algo así.
Claudia asintió, aunque su gesto no indicaba que entendiese a lo que Alba se refería, sino que estaba preparada para declamar lo que le acababan de dictar y lo repitió:
—Es que de verdad no quiero molestarte, pero me sorprende que una mujer como tú, profesora de Música y todo, tenga como su canción favorita una de ese tío. Me ha sorprendido mucho… Que te gusten los Beatles es lo normal.
Alba tenía espíritu conciliador y le daba igual que aquella mujer pretendiese ofenderla o no, pero la alusión a lo que debía de ser «lo normal» le hizo revolverse en su asiento y le afiló la lengua. Estuvo a punto de contestarle, pero se la mordió y se contuvo.
Claudia, por el contrario, continuó:
—Los Beatles son música de verdad, de la buena, auténtica, y no esos cantantes que hacen gritar a las niñas como locas. Por mucha química que me digas que produce su cerebro, no sé. No lo entiendo.
—No puedes juzgar a nadie por la reacción que provoca en los demás cuando le ven —respondió Alba, cerrándole la boca con una sonrisa—. Además, la mayoría de las fans de Elvis y de los Beatles eran chicas jóvenes que gritaban como locas.
Claudia se quedó callada y los guionistas también, pero Óscar preguntó, avispado:
—¿Y tú cómo reaccionarías si de pronto te encontrases con el Navas por la calle?
Alba se lo pensó un instante. Era algo que había imaginado muchas veces, de muchas maneras distintas en una miríada de fantasías diferentes, pero no se había parado a pensar qué haría en el mundo real.
—Haría como que no lo conozco —decidió—. Él seguiría andando, me dejaría atrás y yo le miraría el culo de cerca, que tampoco es un mal plan.
Volvieron a sonreírse a través del espejo retrovisor, a Óscar se le erizó la piel y Alba sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Y si él te hablase? —insistió Claudia.
Alba contestó rápido:
—¿Por qué iba Óscar Navas a hablarme a mí?
Claudia resopló con hastío, como si fuese evidente:
—Ay, chica, pues no sé. Ponte en situación, imagina que sales a comprar el pan y el Navas, con el cochazo que debe de tener, va y frena a tu lado a lo Pretty Woman, para preguntarte por una dirección, como si tú fueses Julia Roberts. Eso puede pasar, es raro, pero puede pasar… ¿Qué harías?
Alba no se lo pensó mucho.
—Le daría la información y haría como que no tengo ni puñetera idea de quién es, como la protagonista de Cantando bajo la lluvia. Para él tiene que ser un alivio que no todo el mundo se desmaye a su paso.
Óscar disfrutó la referencia porque era otra de sus películas favoritas, otro punto más a su favor; en contra, la reacción que ella había elegido. ¿Y si le había reconocido y estaba fingiendo?
Claudia bufó:
—¡Pues vaya, no eres tan superfán como pensaba! ¿Le dejarías marchar y te perderías la oportunidad de conocerle?
Óscar las observaba con la sombra de la duda empañando sus gafas de aviador, pensó que podía ser el cazador cazado, valorando la posibilidad de que todo el maquillaje no hubiese servido para engañar a su víctima inocente y fuese ella la que estuviese jugando con él, por lo que elevó la apuesta:
—¿Y si se te acerca y te invita a tomar algo? El típico ligoteo, vamos.
Alba se rio, descreída.
—¡No veo al Navas ligando con alguien como yo!
—¿Por qué no? —Óscar sonó un poco más ofendido de lo que pretendía.
—Porque él solo sale con modelos… —empezó a explicar Alba.
—¡Eso no es cierto! —gruñó Óscar. Le costaba cada vez más mirar solo la carretera, la miraba a ella por el retrovisor y por eso mismo su cuñado no dejaba de regañarle por el pinganillo, ya que desde una de las cámaras del techo podían notarlo.
A Óscar le costaba no mirarla y se dijo que era por la posibilidad de que le hubiese reconocido desde el principio, que le provocaba en exceso.
—No sé si será cierto o no. —La voz de Alba se tiñó de desencanto—. Es lo que he visto en las revistas. Él no confirma ninguna de las relaciones cuando le pillan y les hacen fotos, pero todas son con modelos, cantantes, actores o actrices que quitan el hipo. No lo imagino con alguien como yo.
Desde la sala de producción, Pepe observó la pantalla que mostraba la cámara principal. Era un primer plano de Óscar apretando los labios.
Estaba dolido, que le llamasen superficial era algo que odiaba profundamente. Iba a defenderse y no debía hacerlo, por lo que su cuñado le avisó por el pinganillo de nuevo:
—Cuidado con lo que dices, Óscar. No te descubras.
Él tomó aire y lo soltó con todas sus ganas y las palabras precisas:
—Esto es algo que no entiendo. A veces las personas que son atractivas por fuera, también lo son por dentro, y pensar que solo pueden atraer por su físico es tan superficial como decir que alguien que no tiene un buen físico tiene que tener un buen corazón. No tiene por qué ser así… Y yo de verdad creo que el amor es ciego. —Buscó la mirada de Alba en el retrovisor y fue implacable—: Y lo de que no imaginas al Navas contigo, eso es tu reacción, ¿no? Es lo que has dicho antes, no le puedes culpar por cómo tú reaccionas.
Óscar volvió a centrarse en la carretera, Alba no le contestó y Claudia recibió órdenes y sacó a colación otra frase de cine:
—¿Tengo que recordaros esa otra película de Julia Roberts? ¿La de Notting Hill? Me encanta cuando ella, que hace de archifamosa, le dice al prota que no la vea como una estrella de Hollywood porque solo es una chica pidiéndole a un chico que la quiera.
Alba le dedicó una sonrisa triste y adujo:
—Son películas, en la vida real no pasan esas cosas.
Óscar le corrigió:
—Sí que pasan, el arte imita la vida y la vida imita al arte.
Claudia recondujo la conversación:
—Yo también quiero creer que pasan estas cosas en la vida real y por eso sigo comprando lotería porque ¡un día me va a tocar a mí! Y quizá no es buena idea, quizá me daría un infarto si me tocasen veinte millones de repente… Hay reacciones que no se pueden predecir hasta que te pasan y una no sabe lo que va a hacer hasta que le dan la oportunidad de hacerlo. ¿Me explico? Si nos encontrásemos con el Navas ahora, haciendo autostop, pues lo mismo nos mearíamos todos encima de la ilusión, como aquella pobre chica que grabaron en el aeropuerto pidiéndole un autógrafo.
Las dos mujeres se rieron y Óscar frunció el ceño. Para ellas, era una anécdota más, un vídeo que se había hecho viral; para él, un recuerdo amargo.
Claudia terció con cierto deje de triunfo:
—¿Veis como es un mojabragas? En todos los sentidos. Y por tanto hablar del Navas ahora tengo que hacer pis.
Volvieron a reírse, esa vez los tres, aunque Óscar lo hizo sin ganas.
—Pararemos en la próxima gasolinera, aguanta —aseveró—. Ya no queda mucho.
Alba abandonó la conversación del coche y abrió la que le esperaba con Marisa, en la app de chat de su móvil.
Бесплатный фрагмент закончился.
