Читать книгу: «El ático»
Índice de contenido
Capítulo 1: Mario
Capítulo 2: Marilia
Capítulo 3: Mario
Capítulo 4: Marilia
Capítulo 5: Rebeca
Capítulo 6: Elena
Capítulo 7: Lucía
Capítulo 8: Mario
Capítulo 9: Marilia
Capítulo 10: Rebeca
Capítulo 11: Elena
Capítulo 12: Lucía
Capítulo 13: Mario
Capítulo 14: Marilia
Capítulo 15: Rebeca
Capítulo 16: Elena
Capítulo 17: Lucía
Capítulo 18: Mario
Capítulo 19: Marilia
Capítulo 20: Martín
Título original: El ático
© 2021 Mar Izkue
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Corrección: Xavier Beltrán
Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
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1.ª edición: septiembre 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
A mi madre, siempre;
a mi padre, también,
aunque ya no esté.
«Si no dices la verdad sobre ti mismo, no puedes decir la verdad sobre los demás».
Virginia Woolf
«No vemos las cosas como son realmente, sino que más bien las vemos como somos nosotros».
Anaïs Nin
«Ya no soy capaz de detener esta historia, como no puedo detener el transcurso del tiempo. No soy suficientemente romántica como para imaginar que la historia misma es quien desea ser contada, pero sí lo suficientemente honesta como para saber que quiero contarla yo».
Kate Morton
Capítulo 1: Mario
Desde lejos me pareció que vestía la misma ropa que yo. Aceleré el paso para ver que llevaba una camisa gris a rayas, idéntica a la mía. Estaba tumbado boca abajo. Contuve mis deseos de agacharme a su lado, tirarle del hombro para que se volviera y comprobar así que no era mi rostro el que se aplastaba contra la acera en medio de un charco escarlata.
Me quedé quieto junto al cuerpo, con cuidado de no pisar los ríos de sangre que corrían por las hendiduras de las baldosas. Entre mis pensamientos se colaron las palabras de Luis, el forense:
—Escúchame, Mario, te decía que tendré preparado el informe de la autopsia lo antes posible.
La víctima había sido identificada, Martín Sanabria, también el lugar por el que se había precipitado, la terraza de un ático. Eché un vistazo al escenario mientras los curiosos, que formaban un nutrido grupo, señalaban con disimulo al cadáver y luego a mí. Por fin cubrieron el cuerpo. Me dirigí entonces a la vivienda, en un tercer piso de un edificio antiguo, como todos los de aquella zona del centro de Madrid. Allí saludé a un par de peritos y a una agente sentada con una mujer que lloraba desconsolada. La agente se levantó al verme.
—Buenos días, inspector —me saludó—. Se llama Marilia Aranda. Tiene treinta y nueve años, como el fallecido. Es amiga suya y propietaria del piso. Estaba arrodillada junto al cadáver cuando nosotros llegamos. Al parecer, la víctima había venido a visitarla hacia las diez de esta mañana, aunque luego ella salió y él se quedó solo en el piso.
Terminó de leer sus notas y añadió:
—Es lo único que hemos conseguido que nos diga, está muy afectada. Tal vez tenga usted más suerte.
La mujer seguía sentada con la cabeza inclinada hacia delante, le cubría el rostro una larga melena de ondas morenas que caía acariciando sus rodillas. Tras la cortina de pelo, se oían pequeños hipidos y sollozos. Llevaba sandalias de tacón doradas y una minifalda color crema a juego con una blusa de seda. No se parecía mucho a la ropa que usaba mi ex los sábados por la mañana, y no solo porque estuviera manchada de sangre.
Preferí esperar a que se calmara y me acerqué a los peritos, que estaban inspeccionando el punto desde el que había caído la víctima: una barandilla de forja que recorría la terraza de punta a punta. En su base había un poyete de obra de unos treinta centímetros pintado de añil, como el resto de la terraza. Teniendo en cuenta la altura del fallecido, si este había apoyado los pies en el poyete, no le debería haber sido difícil dejarse caer al otro lado. La terraza daba a una vía más bien estrecha y poco concurrida que hacía esquina con el comienzo de la calle en la que se encontraba el portal, Santa Isabel, donde confluyen Lavapiés y el Barrio de las Letras.
Volví al interior del piso, que sin duda había sido reformado recientemente y con gusto. Todo mostraba un perfecto orden: sofás de piel oscura inundados de cojines multicolores, fotografías en gran formato de lugares exóticos, alfombras que invitaban a caminar descalzo. Tras años casado con alguien obsesionado con coleccionar revistas de decoración, podía llamar por su nombre de pila a la mayoría de aquellos muebles: librería Ptolomeo, sofá Chester, silla Barcelona…
Oí un desagradable chirrido y fui a la cocina, de donde provenía. Al abrir la puerta percibí un suave olor a rosas. Media docena de estas flores lucían en un jarrón de cristal apoyado en el centro de una mesa. Eran la nota de color en una moderna cocina de un blanco inmaculado. Junto al jarrón, una caja de tranquilizantes. Confié en que la propietaria del piso no hubiera tomado de golpe todos los comprimidos que faltaban. Tres tacitas de porcelana azul se secaban en el fregadero. En una esquina del suelo, un hámster corría veloz en la rueda de su jaula.
Regresé al salón y me senté junto a la testigo en un amplio sofá frente a la terraza. Al notar mi presencia, ella levantó despacio la cabeza y me dirigió una mirada bañada en lágrimas y chorretones de rímel, en la que nadaban inseguros un par de hermosos ojos verdes. ¡Ojalá supiera qué pensó de mí aquella primera vez que me vio! Yo procuré devolverle la mirada sin pestañear, mientras comprendía, en ese preciso instante, que ella era una de esas mujeres que tanto alababa mi amigo el forense. Luis sabía mucho, al menos de la muerte. Aseguraba que, más que sitios que visitar o libros que leer, lo que hay en este mundo son mujeres que conocer antes de morir. Marilia era sin duda una de ellas.
Comencé a hacerle algunas preguntas de rigor con la vista fija en mi pequeño cuaderno de espiral, para evitar distracciones. Ella no respondía. En algún momento dejó de llorar. Sentí que sus ojos se clavaban en mi pecho. Levanté los míos con cuidado y vi que miraba absorta mi camisa. Volvió a estallar en llanto.
Permanecí un buen rato junto a ella, esperaba que se tranquilizase un poco. Hubiera querido consolarla, pero no era esa mi labor. Al final tuve que asumir que la agente tenía razón: era imposible tomarle declaración en ese estado. Ya lo intentaría de nuevo al día siguiente. Me despedí y bajé las viejas escaleras de madera de dos en dos, maldiciendo mi trabajo. Detestaba que consistiera en husmear la muerte bajo sus peores formas y hostigar a cualquier implicado, sobre todo si se trataba de personas a las que hubiera deseado conocer de otro modo.
De vuelta a comisaría, hice un hueco entre los papeles que llenaban mi mesa para colocar la cafetera de cápsulas que había comprado hacía poco y que, desde entonces, guardaba bajo llave en el cajón archivador de mi escritorio. El agradable olor del café recién hecho mejoró mi estado de ánimo. Comencé a estudiar la escasa información de que disponíamos hasta el momento. A simple vista parecía un caso claro de suicidio, pero había un par de detalles que me inquietaban. El primero era que la víctima hubiese decidido ir a una casa ajena para lanzarse al vacío. El segundo y principal era que ni en la vivienda ni en el cadáver habíamos encontrado una nota de suicidio.
Averigüé el nombre del médico de cabecera del fallecido. Resultó ser una mujer, la llamé por teléfono. Tuve suerte; aunque era sábado, se encontraba en el centro de salud en servicio de urgencias. La médica tenía una voz cálida y agradable, que se quebró un tanto al saber que Martín Sanabria había muerto.
—Solía venir a menudo a mi consulta, tenía una salud delicada. —Hablaba muy bajo; la experiencia me ha enseñado que las personas tienden a bajar la voz cuando recuerdan a una persona fallecida, sobre todo si es con afecto—. Pero sus problemas eran principalmente psicológicos —continuó—. Sufría tendencia a la depresión.
La médica me indicó el nombre del psicólogo que lo atendía.
—¿Usted diría que era una persona con tendencias suicidas? —le pregunté.
—Eso debe responderlo su psicólogo —contestó.
A los pocos segundos, cuando me disponía ya a colgar, añadió:
—De todos modos, si quiere saber mi opinión, yo diría que no. Siempre creí que tras tanta fragilidad había un punto de valentía.
Escuchaba a la médica y al mismo tiempo me afanaba por buscar en mi ordenador la foto del DNI de la víctima. Por fin la encontré y la observé con atención en la pantalla: flaco, aspecto enfermizo, ojos pequeños de color indeterminado. No veía ese punto por ninguna parte.
Esa misma tarde fueron llegando a mi mesa varios informes. Las declaraciones de los testigos que habían hallado el cadáver no aportaban apenas datos, más allá de confirmar la hora de la caída: en torno a las once. Nadie había visto precipitarse el cuerpo. Si alguien en su piso oyó el ruido, no le sorprendió tanto como para salir a la ventana y llamar a la policía. Lo descubrieron unos viandantes, cuando podían haber transcurrido quizá varios minutos desde la caída. Uno de los testigos había indicado incluso que al principio creyó que se trataba de un borracho tendido en el suelo. Marilia no era uno de esos primeros testigos, había llegado al lugar de los hechos con posterioridad.
Por otra parte, el informe de la vivienda no mostraba signos que probaran la presencia de otra persona en el momento de lo sucedido. Tan solo un detalle llamó mi atención en ese informe: habían encontrado las huellas del fallecido en la manilla interior de la puerta de entrada. ¿Quería eso decir que le abrió la puerta a alguien?
A última hora de la tarde llamé a Luis. La autopsia había concluido y podía avanzarme que la causa de la muerte era compatible con un suicidio por salto al vacío; sin embargo, no descartaba que hubiera sido empujado. El cuerpo no presentaba marcas aparentes de violencia o de que la víctima se hubiera defendido. De todos modos, el juez compartía mi opinión de que convenía investigar el caso, aunque fuera de un modo breve, antes de cerrarlo precipitadamente.
Di por terminada la jornada en comisaría. Cogí el coche para volver a casa y puse un poco de música, algo de Blur. El tráfico era horrible; se notaba que las clases habían comenzado en los colegios y que la mayoría de la gente había vuelto de las vacaciones de verano.
Los atascos eran una de esas cosas de Madrid a las que aún me costaba acostumbrarme. Había venido del norte por amor hacía ya diez años. No llevo bien las relaciones a distancia, así que pedí un traslado para vivir con quien poco después se convertiría en mi mujer. Por supuesto, desconocía entonces que las cosas entre nosotros acabarían mal.
Me zambullí en el mar de coches varados. Mientras sonaba Parklife, aproveché ese tiempo, perdido de todos modos, para intentar recordar una vez más por qué me había metido a policía. No tuve que hacer un gran esfuerzo de memoria. Sabía muy bien que me había presentado a aquellas oposiciones, como pude haberlo hecho a otras, para conseguir un trabajo estable ante el pésimo panorama laboral que tenía ante mí al acabar la universidad. Esperaba que, una vez en el cuerpo, los estudios me ayudaran a conseguir un buen puesto. La decisión sorprendió a familia y amigos. Nadie recordaba que hubiera sido uno de esos niños que se pasan el día jugando a polis y cacos.
El día siguiente comenzó de un modo casi más desagradable, y eso que es difícil competir con el cadáver de un suicida. Mi primera cita era con los padres de la víctima. Acudí a hablar con ellos a su casa, cerca del Congreso de los Diputados. Vivían en un piso interior elegante y señorial, en el que apenas penetraban los rayos del sol y donde, al menos aquel día, tampoco se había preocupado nadie de encender alguna luz.
La madre parecía ausente. Imaginé que estaba bajo los efectos de los tranquilizantes. Nada extraño, teniendo en cuenta que acababa de perder a su único hijo. Era muy delgada, como él. El padre, destrozado, declaró que no habían sido conscientes de ningún cambio en la actitud de Martín en los últimos tiempos, ni de que tuviera problemas. Confirmó su carácter depresivo, alegando que era algo que venía de familia. Por una furtiva mirada a su mujer, comprendí que se refería a la familia materna. Cuando ya nos despedíamos, la señora cogió mi mano derecha entre las suyas, llenas de manchas marrones y un tanto deformadas por la artrosis.
—Mi hijo nunca se quitaría la vida así —me dijo—, yo lo hubiera sabido antes.
Murmuré palabras amables e intenté liberar la mano, sin ser capaz de enfrentar su mirada perdida.
Quería entrevistar a la viuda, pero no era posible todavía. Había sufrido un ataque de ansiedad al enterarse de la muerte de su marido y aún se encontraba muy alterada. Decidí volver a la vivienda donde se había producido el suceso.
El viejo portal estaba abierto, subí al piso. Llamé y Marilia me abrió la puerta de su casa. Llevaba un precioso vestido con profundo escote en uve de terciopelo negro, aunque sin duda hacía demasiado calor para aquella ropa. Sus ojos verdes me miraron con desconfianza, tuve que asumir que no me recordaba. Volví a presentarme.
Cuando por fin me dejó pasar, la seguí hasta el interior.
—La verdad, no tengo mucho tiempo —dijo mientras indicaba que me sentara a su lado en el sofá del salón—. Dentro de unos quince minutos debería salir para ir al funeral.
—Son solo unas pocas preguntas sobre la víctima, entiendo que la conocía bien —repliqué.
—Sí, nos conocemos desde la adolescencia —contestó sin mirarme, con la vista puesta en las plantas de la terraza enfrente de nosotros, al otro lado de la cristalera que la separaba del salón y del dormitorio—. Y, bueno, está casado con Lucía, una de mis mejores amigas de toda la vida.
Consideré que era inoportuno corregirla por hablar en presente.
—¿Podría aclararme por qué se encontraba él en su vivienda?
—Vino a verme. —Su voz sonaba insegura, parecía a punto de llorar—. Ya se lo he dicho, somos amigos.
Di pequeños golpes con la punta del bolígrafo en mi cuaderno y aguardé unos segundos a ver si desarrollaba más su respuesta. No lo hizo, y preferí no insistir por el momento.
—Después lo dejó solo —continué.
—Tuve que salir, tenemos suficiente confianza como para que esperara en mi piso hasta que volviera. En la calle me encontré con mis amigas y me entretuve un poco charlando en la terraza de una cafetería, aquí al lado. También estaba la mujer de Martín. Yo pensaba comer luego con ellas.
Se cubrió los ojos con las manos, le costaba continuar.
—Justo me estaba despidiendo, porque tenía que volver a casa, cuando oímos a gente que bajaba la calle contando cómo un hombre se había matado arrojándose de una terraza.
Marilia respiró profundamente.
—Por cómo describieron a la persona, pero sobre todo por lo que dijeron de dónde había pasado, la terraza de un ático de color añil, enseguida supe que solo podía ser Martín —dijo con un hilo de voz—. Por eso corrí a su lado.
Esperé a que se serenara y luego anoté los nombres de esas amigas y de la cafetería.
—¿Sabe si últimamente estaba angustiado por algo? —pregunté a continuación.
—No, no que yo sepa. Martín y Lucía tienen un bebé, una niñita preciosa. Se notaba que él estaba muy ilusionado con su hija —dijo, sin darse cuenta de que comenzaba a hablar en pasado.
Su semblante se relajó un poco. Quise pensar que me agradecía que no le hiciera más preguntas sobre el momento de la muerte de su amigo.
—También es verdad que la paternidad era algo que lo agobiaba —prosiguió—. Era una persona un tanto inestable, que no llevaba bien la responsabilidad. No sé si usted me entiende.
Justo entonces me miró a los ojos, como si así pudiera transmitir mejor lo que quería decir. En cuanto bajó la mirada, me eché hacia atrás el flequillo con la mano y me arreglé el cuello de la camisa. Ella reparó en mi gesto.
—Es curioso. Ayer llevaba la misma camisa que Martín, ¿verdad?
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Sentí rabia porque el que me recordara, al fin, solo servía para hacerla llorar.
—Decía que era alguien inestable —continué.
—Sí. —Marilia se repuso—. Era profesor y sé que había estado varias veces de baja por depresión.
Mientras hablábamos, yo procuraba mantener una actitud lo más profesional posible, pero ella no me lo ponía fácil. Se inclinaba hacia delante al hablar y las curvas que marcaban el inicio de su pecho asomaban por su escote.
—¿Alguien con quien tuviera alguna disputa, que le tuviera rencor? —pregunté.
—No, no creo —contestó sin detenerse a pensar, mientras con discreción tiraba hacia arriba de la tela para cubrirse el escote—. Claro que no.
Aún no me había recuperado de la vergüenza por que hubiera cazado mis miradas cuando oí un ruido en la cerradura y, de pronto, una anciana irrumpió en el piso. Por la sorpresa me levanté de golpe, Marilia también.
Era una señora de más de setenta años, con el pelo blanco y los mismos ojos que ella, aunque rodeados de infinitas arrugas.
—¡Mamá! Te he dicho mil veces que llames a la puerta antes de abrir —protestó Marilia.
—Perdona, lo he hecho sin darme cuenta. Se me ha ocurrido que podíamos ir juntas al funeral —respondió la madre mirándome de arriba abajo—. De todos modos, no creía que estuvieras acompañada.
Estaba a punto de presentarme cuando su hija se adelantó:
—Es solo un policía, mamá —le aclaró incómoda.
No puedo decir que sus palabras fueran de mi agrado.
—Ha venido para hacerme unas preguntas por la muerte de Martín —añadió.
La madre alargó la mano para que pudiera estrecharla y apretó la mía con más fuerza de la que le suponía a su edad. Luego se quedó mirándome con una mueca de curiosidad.
—¡Vaya! —exclamó la anciana—. ¿Desde cuándo le interesan a la policía los suicidios?
Sin esperar mi respuesta, se volvió hacia su hija.
—Deberíamos salir en breve —le suplicó—. Habrá mucha gente conocida a quien saludar. Sabes que me cuesta andar y no me gustaría llegar tarde.
Murmuré que tenía alguna pregunta más por hacer. Pero ya había perdido la atención de madre e hija.
—No se preocupen por mí —dije—. Me pasaré de nuevo mañana para concluir.
Permanecí un momento inmóvil junto a la puerta, sin saber qué hacer. De algún modo esperaba que Marilia viniera a despedirse de mí con dos besos, como si nos hubiésemos conocido por casualidad en un bar. Era absurdo, y lo peor es que lo sabía.
Después de la visita a Marilia, me marché a casa con el ánimo un tanto decaído. Nada más entrar fui a la cocina y abrí la puerta del frigorífico dispuesto a prepararme la cena. No tardé mucho en revisar el interior: había algunos botes de salsas, un litro de leche y unos huevos, caducados hacía una semana. Patético. Cuando comenzaba a sonar el pitido para anunciar que la puerta llevaba demasiado tiempo abierta, me pareció ver algo marrón abajo, en el cajón de la fruta. Era un paquete de salchichas. Comprobé que aún no se había pasado la fecha de caducidad y cerré la puerta con el codo, sosteniendo en una mano la caja de leche y en la otra el paquete de salchichas.
De pronto, me sentí satisfecho conmigo mismo. No me gustaba nada vivir solo, pero parecía que estaba aprendiendo a hacerlo, ¡a mis casi cuarenta años! Una sonrisa irónica se dibujó en mi cara.
A la mañana siguiente me dirigí al piso de Lucía Gallardo, la viuda, situado en una callejuela entre la casa de Lope de Vega y el Paseo del Prado. No estaba sola. Cuando me abrió la puerta, un bebé, vestido de blanco y con dos coletitas en la cabeza, se acercó a gatas por el parqué de madera para agarrarse a sus pantorrillas y conseguir así incorporarse. Desde allí abajo, rodeando con sus brazos la pierna de su madre, me miró sonriente mientras yo me presentaba.
En seguida apareció otra mujer. Cogió con cariño al bebé en brazos y propuso irse a otra habitación para que Lucía y yo pudiéramos hablar con tranquilidad. La dueña del piso extendió las manos hacia ella. Por un momento, tuve la sensación de que quería arrebatarle el bebé. Al final accedió a que se fueran. Luego me guio al salón dispuesta a responder a mis preguntas.
—Lamento mucho la pérdida de su marido —dije antes de sentarme—. Será solo un momento.
Lucía asintió. Tenía los ojos rojos e hinchados, pero parecía serena. Era muy alta. Inclinaba ligeramente la cabeza, coronada por un cortísimo cabello pelirrojo; debía de ser por la costumbre de mirar el mundo desde arriba.
Le pregunté si había apreciado algún cambio en su marido.
—Nuestra hija —contestó, mientras hacía un gesto con la mano para invitarme a que me sentara a su lado.
—¿Perdón?
—El mayor cambio en nuestras vidas ha sido nuestra hija —dijo, y luego pasó el dedo índice por la mesita de cristal y acero que tenía enfrente, como si limpiara un polvo que yo no podía ver.
—Martín adoraba a su princesa —continuó en voz baja—, aunque estaba agobiado. Ser padre no es fácil, ya sabe. —No quise contradecirla, aunque no lo sabía. A mí me hubiera gustado, pero mi exmujer tenía otros intereses.
Lucía se encogió en el sofá con los brazos cruzados, abrazándose a sí misma. Al cabo de unos instantes se llevó la mano al pelo para acariciárselo y añadió:
—No me entienda mal. La quería mucho.
Rompió a llorar. Su hija la oyó y se contagió al instante: su agudo llanto taladró la pared. La mujer se secó de un manotazo las lágrimas y fue corriendo a calmarla. De pronto me quedé solo en un salón lleno a rebosar de fotos del bebé. En muchas se veía a los padres sosteniéndolo sonrientes. Algunas de esas imágenes eran muy recientes, a juzgar por la edad de la niña. Y en ellas, al menos en el instante justo que la cámara había detenido para siempre, la víctima parecía feliz. Aparté asqueado mi mirada de policía de las fotografías al sentirme como un intruso hurgando en la herida.
—Acabamos en seguida —me apresuré a decirle a la viuda cuando volvió con la niña en brazos, seguida por su amiga.
Le pregunté cuándo había visto a su marido por última vez y si recordaba algún gesto o palabra que le hubiera llamado la atención.
—El viernes acostamos a la niña —contestó mientras se sentaba de nuevo y acunaba al bebé—, luego le dimos su beso de buenas noches. Creo recordar que Martín le dijo una vez más que la quería. Vimos un poco la tele y nos fuimos a la cama. No pasó nada especial.
Tomó aire, miró a su hija e insistió:
—Fue la última vez que vimos a papá. A la mañana siguiente aún dormíamos cuando él salió.
—¿No le sorprendió que su marido se fuera de casa sin avisarla?
—Supuse que no había querido despertarnos —contestó en voz más baja, pues la niña se estaba quedando dormida.
La amiga cogió al bebé de los brazos de la viuda y volvió a salir. Ella las miró alejarse con gesto triste.
—Él quería hacer unos recados y yo debía llevar a la niña con mis suegros. Estábamos invitados a comer con ellos. Pero hacía ya un par de días que yo les había explicado que no iba a ir a la comida —dijo mientras daba vueltas a su desgastado anillo de casada—, que estaba agotada por el trabajo y quería aprovechar que ellos se encargaban de cuidar a la niña para descansar. Así que dejé a mi hija con los padres de Martín y regresé a casa.
—¿Se encontraba entonces en su domicilio cuando ocurrió el suceso? —pregunté.
—No, volví a salir.
Hizo una pequeña pausa, se acarició de nuevo el pelo y retomó la palabra con la vista fija en su alianza.
—La verdad es que quería librarme de esa comida con mis suegros para disfrutar por fin con mis amigas de un día de chicas. Era la primera vez que salía sin la niña desde que nació —intentó justificarse.
—¿Dónde estaba entonces?
Lucía hincó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre las manos, se frotó luego la frente como si quisiera borrar un mal recuerdo y habló mirando al suelo.
—En una cafetería, con mis amigas.
El nombre de las amigas y la cafetería coincidía con la versión de Marilia. Le pedí si podía completar la lista final de los amigos más íntimos de Martín y me despedí. Era consciente de que en mi cuaderno quedaba sin tachar una pregunta importante: qué hacía su marido en casa de Marilia. En ese momento no me pareció adecuado importunarla más y confiaba en averiguar la respuesta por otros medios.
Antes de salir me detuve frente a una fotografía, mucho más antigua que el resto, apoyada sobre la balda superior de una librería de madera. En ella, cuatro colegialas miraban sonrientes al fotógrafo. Entrecerré los ojos para distinguir mejor la imagen y al final acabé por coger la fotografía y acercármela. En primer plano se veía a una jovencita alta con una llamativa melena pelirroja, debía de ser la viuda. Tampoco me costó reconocer a una atractiva morena de ojos claros que se agarraba sonriente a su cintura. Junto a ellas, pero en segundo plano, había otras dos chicas, sin duda una más bonita que la otra, también en esa borrosa franja de edad que va de niña a mujer. De todos modos, lo que llamó mi atención fue un detalle vulgar: yo conocía ese uniforme.
—Ahí estoy yo con mis amigas, hace mucho tiempo —dijo Lucía acercándose a mí—. ¿Pasa algo?
—No, en absoluto —contesté, y volví a colocar la foto en su sitio—. Solo que creo que he visto alguna fotografía de mi exmujer, Rosa Gómez Pulido, en la que llevaba ese mismo uniforme, con esa falda de cuadros en tonos grises y azulados.
—¡Ah, sí! ¡Qué curioso! —exclamó Lucía con aire melancólico, mientras movía la fotografía de modo que quedara perfectamente alineada con el resto—. Rosa fue con nosotras a clase cuando éramos pequeñas. Le teníamos mucho cariño. Dele recuerdos, si la ve.
Por la tarde fui a la consulta del psicólogo del fallecido. Me recibió bastante más tarde de la hora que habíamos acordado, estaba muy solicitado. Menos mal que desde hacía mucho tenía la costumbre de llevar un libro conmigo a todas partes, para aprovechar los tiempos muertos. Por aquella época paseaba una novela de John Williams cuya lectura me había atrapado. Enfrascado en mi libro en la salita de espera, junto a los pacientes, tuve que admitir que probablemente no había mucha diferencia entre ellos y yo. Rosa me repetía a menudo que necesitaba ayuda psicológica para abrirme más, para confiar en la gente y dejar de tratar a todo el mundo como si fuera un sospechoso.
El psicólogo me recibió por fin en un anticuado despacho con las paredes a rebosar de diplomas. Ambos estábamos incómodos, por razones diversas. Por su parte, se mostraba reacio a dar detalles sobre un paciente, aunque estuviera muerto. Por la mía, me ponen nervioso los psicólogos. Temo que vean en mí algo que no quiero desvelar.
Para acabar pronto e intentar acortar aquella situación poco agradable, le pregunté sin rodeos si el suicidio de Martín era algo previsible según su juicio profesional.
—La muerte nunca es previsible, es un fracaso —contestó—. Uno siempre acaba creyendo que pudo haber hecho algo más.
—¿Cuándo fue su última visita?
Antes de responder, se dedicó a observarme por encima de los sucios cristales de sus gafas de pasta. Yo sentía que me estaba analizando.
—Hará un par de meses de su última consulta. Entonces no aprecié en absoluto un riesgo inminente de suicidio, pero en verdad no puedo decir que su suicidio me haya sorprendido ni todo lo contrario. Martín era un paciente que arrastraba problemas desde hacía tiempo.
—¿Y no le extraña a usted que se suicidara en una casa ajena, la casa de una amiga?
—Cada vez me sorprenden menos cosas —confesó con aire cansado—. Puede que quisiera evitar hacerlo en su casa para ahorrar ese recuerdo a su mujer y a su hija. Tal vez el suicidio le venía rondando la cabeza y entonces vio la ocasión, quizáS encontró más tranquilidad que en su propio hogar, o bien sucedió algo en el último momento que precipitó el desenlace. Con sinceridad, pueden pasar muchas cosas por la mente de una persona que no se encuentra bien. Si usted llevara tanto tiempo como yo en esta consulta, comprendería lo que le digo.
Estaba claro que aquel hombre me había dicho todo lo que tenía que contarme acerca de Martín. Sin embargo, yo tenía una pregunta más íntima que hubiese querido plantear al psicólogo. Me dio miedo.
La pregunta que no me atreví a formular era por qué, en su opinión, yo había corrido al ver a lo lejos el cuerpo de Martín, por qué luego había sentido tanta necesidad de analizar su foto para asegurarme de que su cara era muy diferente a la mía, por qué me alteraba descubrir cualquier pequeña coincidencia entre nuestras vidas, como la edad o que su mujer y mi ex hubiesen ido juntas al colegio. Aunque hiciera todo lo posible para no pensar en ello, sabía que aquel caso era más personal que cualquier otro que hubiera investigado antes. Y es que no podía borrar mi primera impresión, cuando vi el cadáver estrellado en la acera, de que el muerto era yo. Ayudaba la maldita casualidad de llevar la misma camisa. En realidad, tampoco podía decirse que fuera muy extraño, aquella camisa la vendían a miles por toda España en unos grandes almacenes.
Tal vez no hiciese falta preguntar al psicólogo, yo mismo intuía la respuesta. Después de que me hubieran abandonado, se me había pasado por la cabeza la idea de que la existencia que me había labrado, ya al borde de los cuarenta, no merecía la pena ser vivida. Solo, sin mujer ni hijos, era un desastre en lo sentimental, y lo profesional me aportaba pocas alegrías. Cuando vi el cuerpo de Martín, aplastado en la acera, creí ver un reflejo de mí mismo. Me pareció que era a mí a quien quería mandar un mensaje directo. Si él se había suicidado, el mensaje se leía con claridad: me decía que yo tenía razón, que esta vida no merecía la pena. Por eso me costaba tanto asumir que el suicidio era la solución del caso.
Capítulo 2: Marilia
Un mes antes
Me desperté pensando que no me gustaban los funerales, y menos si eran de una amiga. Eran bonitos, aunque de algún modo dolían siempre. Tenía la sensación de haber ido a demasiados. A veces creía que solo quedaba yo, pensaba resistirme. Por fortuna en ese último funeral había conseguido relajarme y disfrutar; además, mi amiga Rebeca, la novia, parecía feliz.
Sonreí ante mi costumbre de llamar funerales a las bodas de mis amigas, como si fuera una despedida de su vida anterior, en libertad. Con eso quería demostrar que yo adoraba mi vida independiente, mi casa perfecta para mí sola y mis viajes por el mundo.
Solo me arrepentía de dos cosas de la noche anterior. Una era haber buscado refugio en la barra libre ante la música pachanguera. La otra hacía un par de horas que había abandonado mi cama.
Me levanté, subí la persiana y salí desnuda a la terraza. La primera luz del día me hizo cerrar los ojos al tiempo que balanceaba el cuerpo, apoyada en la barandilla. Olía a la hierbabuena que poblaba mis macetas. Ya me lamentaría después, en aquel momento sentía que aún había tiempo para dejar que el sol de la mañana calentara con dulzura mi cuerpo, mientras yo pensaba en otras caricias dulces y calientes también. Con la puerta de la terraza abierta de par en par, me tumbé de nuevo en el colchón y me recreé en los recuerdos recientes que me traía esa cama. Estaba dispuesta a suplir las lagunas fruto del alcohol con una imaginación más hábil, quizás, que la del dueño de la huella olvidada en la otra almohada.
Cuando desperté por segunda vez, bajé a la calle. Adoro Madrid en agosto, tan vacío, y las mañanas de domingo, vacías también de obligaciones pero llenas de promesas, promesas de huir de la ciudad o de esconderme holgazaneando bajo las sábanas. Paré en el quiosco de Antón Martín a comprar el periódico y una revista de decoración. Luego caminé hasta la plaza de Santa Ana y me acomodé en una terraza. Revisé los mensajes del móvil, el grupo de amigas echaba humo con decenas de fotos de la boda. También había un mensaje de él: «¿Has descansado bien, preciosa?».
Un calor interno encendió mis mejillas y un frío cosquilleo recorrió mi espalda. Tuve la sensación de que una fila de hormigas la atravesaba de arriba abajo. Para serenarme, me zambullí en el azul verdoso de las piscinas infinitas que inundaban mi revista. Mirar aquellas revistas era tan refrescante como un catálogo de viajes. Invitaba a imaginar cómo sería mi vida en un decorado perfecto. Mientras, buscaba ideas para el mobiliario de la terraza, algo que combinara con el suelo de teca y las paredes de color añil. Aún no había dado con la pieza perfecta que completara el ático que acababa de comprar. Recordé cuánto le había impresionado a mi visita de la noche anterior mi nuevo piso.
Me maldije a mí misma por permitir que él se colara de nuevo en mis pensamientos. Cerré los ojos para escapar un rato y sonreí pensando que de niña hacía lo mismo, aunque entonces creía a pies juntillas que podía esconderme de todos con solo taparme los ojos.
El sonido del móvil desgarró la calma que buscaba. Vi que en la pantalla ponía Elena, dudé si atender la llamada. Sabía lo que iba a decirme.
—¿Cómo has podido, Marilia? ¿Cómo has podido? —chilló.
—Escucha, fue un error, todos bebimos demasiado.
—¡Pero no todas nos liamos con el marido de una amiga!
—Lo sé, me siento fatal.
Al otro lado del teléfono solo se oía el silencio. Nos conocíamos demasiado bien. Hace años ella me hubiera gritado que sabía cómo me sentía de verdad. En ese momento prefirió quedarse callada. Puede que con su silencio quisiera obligarme a pensar por qué me había liado con Martín. Le hice caso.
Martín era del grupo de chicos con el que Lucía, Rebeca, Elena y yo empezamos a salir a los dieciséis. Me enamoré de él en cuanto lo vi tan sensible y necesitado de protección. Él, en cambio, solo tenía ojos para Lucía. Se casaron enseguida. Luego pasaron los años, muchos. Llevaban toda la vida casados. Ella había estado a punto de dejarlo no hacía mucho. Entonces llegó por fin el bebé que tanto deseaba. Para cuidar a ese bebé, Lucía se había retirado pronto tras el banquete en la boda de Rebeca. Solo un rato después de que ella se fuera, Martín me confesó entre copas que se sentía avasallado por su mujer. Ella ganaba más dinero, tenía un puesto de más responsabilidad como ejecutiva en una multinacional y, desde que tuvieron a la niña, él sentía que ya no lo necesitaba. Además, Martín adoraba a su hija, aunque al mismo tiempo no acertaba a comunicarse con ella. Se veía inútil.
Sonará pueril, pero la verdad es que me embargó un enorme deseo de consolarlo.
—Bueno, sabes que Lucía quiere dejarlo de todos modos —intenté excusarme.
—¡No me vengas con eso! —gritó Elena—. Ni lo sé yo ni creo que lo sepa ella tampoco. Marilia, por favor, ¡somos amigas!
Nos quedamos calladas de nuevo. Descrucé las piernas y me estiré la falda, era muy molesto sentir el metal ardiente de la silla en mi piel. El sol pegaba ya demasiado. Tanta luz hacía que me picaran los ojos. Quería regresar a casa. Sin embargo, allí estaba mi cama aún sin hacer, su huella en la otra almohada, su olor. Me estiré la falda con más fuerza.
—¿Le vas a contar a Lucía que nos viste salir juntos?
—Claro que no, mujer.
Apenas hablamos más. Colgué. Me dolía la cabeza, cerré los párpados, intenté dejarme adormecer por los rayos de sol. Un pitido me anunció un nuevo mensaje: «¿Qué pasa, preciosa? ¿Ya te has olvidado de mí?».
El odiado lunes llegó y fui a mi trabajo como técnica de gestión en el ayuntamiento. Gracias a Dios solo por un par de días, luego tenía previsto coger vacaciones. Mi puesto era aburrido, aunque poco estresante. Eso sí, la carga de trabajo había aumentado en los últimos tiempos porque la mayoría de mis compañeras estaban de baja maternal, excedencia o reducción de jornada. Cada vez que alguna de las pocas que quedaban solteras tenía la genial idea de invitarme a su boda, yo maldecía en arameo. Significaba gastar un dineral y cubrir su baja, mientras ella disfrutaba de su luna de miel en Bali, encargando el niño que haría que mi carga de trabajo aumentara también. Estaba harta, inconfesablemente harta.
Sabía que ellas estaban en su perfecto derecho, que el problema venía de no cubrir bien las bajas. Pero ante Elena bromeaba con adoptar a mi hámster y plantarme en recursos humanos, a ver si me caía al menos una cesta de bienvenida al bebé.
La solución parecía ser casarse con el primero que se mostrara dispuesto y lanzarse a por la triple be: boda, Bali, bebé. En mi opinión algo así era lo que había hecho Rebeca, la amiga que acababa de casarse. Aunque para ello hubiera tenido que cambiar su trabajo por uno peor y seguir a su marido hasta Toledo, a una hora en coche de su vida anterior. Jamás haría eso. Era demasiado ridículo abandonarlo todo por un hombre. En definitiva, mi vida me gustaba tal como era; cierto es que a veces tenía que repetírmelo mil veces para convencerme.
Mientras Rebeca estaba en Bali, yo hice uno de mis grandes viajes en solitario que tanto me gustaban. Mi destino fue Uzbekistán. Siempre recordaré los azulejos y mosaicos que cubrían los edificios con los colores de la ruta de la seda: azur, lapislázuli, índigo y oro. Ese recuerdo irá unido, también para siempre, al de los mensajes con los que Martín me despertaba todos los días. Y eso que yo, por fin, había hecho lo que tenía que hacer. «No quiero saber más de ti, lo siento, sé que lo entenderás», le escribí.
Intenté convencerme de que era absurdo sentir pena por él. Era yo la que estaba sola. Él, en cambio, tenía a su lado una mujer inteligente y una niña adorable. Parecía que Martín no lo entendía así, porque al instante respondió: «Me queda el consuelo de que al menos te veré en el bautizo, aunque habrá que disimular». A continuación venían tres emoticonos de esos que guiñan un ojo y sacan la lengua.
Miré incrédula la pantalla. Yo había repasado mil veces cada coma que había tecleado, sufría por no hacerle daño, ¿y él me mandaba ese mensajito? ¿De verdad era tan imbécil el tipo por el que llevaba suspirando casi desde niña? Toda la vida idealizando a Martín y, ahora que por fin lo tenía donde había deseado, yo ya no sabía lo que quería. Aún seguía mirando absorta el móvil cuando llegó otro mensaje con emoticonos que lanzaban besos. Aparté el teléfono.
Al volver del viaje, fui al bautizo de la hija de Lucía y Martín. Él y yo nos saludamos con dos besos, como siempre. Intenté aprovechar el momento para mirarlo a los ojos y leer alguna señal. Esquivó mi mirada.
Elena no se apartaba de mí. En cuanto comenzó la ceremonia, me pidió que la acompañara fuera a fumar. Salimos. Yo me senté en las escaleras de la iglesia, para descansar de los tacones. Ella se quedó de pie a mi lado.
—Parecemos dos adolescentes que se escapan de clase para fumar y cuchichear —dije.
—Tú desde luego.
—¿Por qué lo dices?
—Miras a Martín como si volvieras a tener dieciséis años.
—No pensaba que se me notara tanto.
Suspiré y me concentré en hacer anillos de humo, que flotaban apenas un instante y desaparecían antes de que consiguiera meter mi dedo en ellos.
Capítulo 3: Mario
Dediqué el martes a entrevistar en comisaría a los amigos de la víctima. Mi primera cita fue con Elena Cánovas. Vestía pantalones negros holgados, zapatillas y un jersey, negro también, dos tallas por encima de la suya. Un corte de pelo horroroso enmarcaba una cara de aspecto aniñado, sin rastro de maquillaje, en la que destacaba una nariz tan griega como su nombre. Parecía una de esas mujeres que se esfuerzan en demostrar su nulo interés por atraer a los hombres; nunca entenderé el motivo. Sin embargo, si hubiera sonreído tan solo una vez, me habría resultado atractiva. Estaba claro que andaba falto de cariño.
—¿Esperamos un poco a su marido? —pregunté; intentaba ser amable—. Tengo entendido que venía acompañada por él.
—No hay nadie a quien esperar —me contestó. Acababa de meter la pata. Resultó que era la otra amiga la que había anunciado que acudiría con su marido—. No necesito a ningún hombre al lado para contestar a sus preguntas —añadió.
La pose de fiereza que adoptó al dirigirse a mí no hacía más que incrementar la sensación de ternura que despertaba su cara de niña.
—Muy bien —zanjé el tema, ni siquiera intenté aclararle el malentendido—. Quisiera preguntarle si sabía si su amigo tenía algún problema o si había notado cambios en su estado de ánimo.
—No sé si tenía problemas, no lo creo. Yo solo sé que lamento mucho su pérdida y que era una persona sensible, delicada, un buen amigo. Eso es, sin duda, un gran amigo.
Por la forma en que recitó esas palabras, deprisa y sin tiempo apenas para pensarlas, me dio la impresión de que traía la respuesta ensayada de casa. Decidí callarme, quería comprobar si estaba tan preparada para soportar mi silencio como al parecer lo estaba para mis preguntas.
Al cabo de unos minutos se removió en su silla y preguntó impaciente:
—¿No desea saber dónde me encontraba esa mañana?
Tuve que ahogar una sonrisa. No esperó siquiera a mi respuesta, soltó del tirón:
—Había ido a recoger a mi amiga Rebeca a la estación de Atocha, después se unió Lucía, la mujer de Martín. Teníamos intención de dar una vuelta por la zona del museo Reina Sofía para hacer tiempo hasta la comida. Con Marilia nos encontramos junto a la cafetería Alces, que está cerca de su casa, a unos trescientos metros calle abajo. Nos sentamos en la terraza, aunque ella ya nos avisó de que no podía quedarse mucho. Luego habíamos reservado para comer las cuatro juntas en la calle Atocha.
Tomó aire, tragó saliva y continuó un relato que coincidía con las declaraciones de Marilia y de la viuda.
—Y cuando conocieron la triste noticia —intervine—, ¿no le extrañó a usted saber que el marido de una de sus amigas estaba en casa de su otra amiga?
No contestó inmediatamente. Diría que se detuvo a estudiarme.
—Eso era menos importante que el hecho de que pudiera estar muerto, ¿no le parece?
Preferí no responder, era yo quien hacía las preguntas.
—Entonces quizás no, pero seguro que luego habrá pensado en ello —insistí.
—Martín también era amigo de Marilia, no me sorprendió que fuera a su casa —contestó por fin.
Elena metió las manos en las amplias mangas de su jersey, un tanto deshilachadas, cruzó los brazos y arrugó su nariz griega. No sabría decir si la situación la incomodaba más de lo que quería aparentar o si era solo yo quien no le gustaba.
—Lo que sí es curioso —proseguí— es que, cuando se enteraron de la desgracia, fue Marilia quien corrió hacia el cuerpo de Martín y no su esposa.
—¿Usted hubiera permitido que un amigo viera así a su pareja? Tal vez tengamos un concepto distinto de la amistad —sentenció—. Marilia dijo que iba a su piso a comprobar si era o no Martín. No dejamos que fuera Lucía. Rebeca y yo la llevamos a su casa. Estaba muy mal, muy afectada. Lo estábamos todas, sobre todo cuando se confirmó que se trataba de Martín. Tuvimos que llamar a un médico para que atendiera a Lucía.
No tenía más preguntas que hacer. La acompañé a la puerta. Entonces, ¡oh, milagro!, sonrió. Su sonrisa no me buscaba a mí, sino a un tiarrón rubio que esperaba en el pasillo para ser entrevistado a continuación. Él estaba distraído y ella fue directa hacia él. Se puso de puntillas para abrazarlo y plantarle dos besos en las mejillas, de esos en los que los labios tocan la piel y no solo el aire alrededor.
Félix Schuld se presentó a sí mismo como el mejor amigo de Martín desde la infancia. En el momento de lo sucedido se encontraba en Alemania. Había venido a Madrid para el funeral.
—¿Es usted alemán? —pregunté.
—Nací en Alemania, pero me he criado en Madrid. Mis padres se separaron al poco de nacer yo y mi madre se volvió a España conmigo. Parece ser que mi nombre era lo único en lo que conseguían ponerse de acuerdo: Félix, un nombre común aquí y en Alemania, ya sabe.
Ni idea. Era divertido que la gente pensara que sabía más cosas de las que en realidad conocía.
A mi pregunta de si había advertido que Martín se sintiera preocupado o deprimido, contestó:
—Hablábamos con cierta frecuencia para contarnos cómo nos iba la vida, no tanto cómo nos sentíamos. Usted me entiende, inspector.
Me miró buscando complicidad masculina. Yo no respondí, aunque esta vez sí comprendía lo que me quería decir.
—¿Tenía problemas?
—Se quejaba del matrimonio, el trabajo, la niña —calló un instante—, pero no, no, no puedo creérmelo.
Subrayó su negativa moviendo con energía la cabeza de un lado a otro, y alborotó aún más la melena que le llegaba hasta los hombros.
—Me cuesta demasiado creer que decidiera suicidarse, nos conocíamos desde niños.
Se le notaba muy afligido y también nervioso, como si tuviera ansiedad por hacer algo para calmar su pesar, cualquier cosa, y se diera cuenta al mismo tiempo de que ya era demasiado tarde.
—Quiero creer que, si mi amigo hubiese estado tan mal, me habría dado alguna pista, no sé, algo para que pudiera ayudarlo. —Me miró directamente a los ojos, que no podían mostrarle la comprensión que me suplicaba—. Tal vez lo hizo y no lo supe ver.
El resto de las entrevistas deberían esperar hasta la tarde. Salí a comer con Luis. Desde que me separé era algo que hacía a menudo. Me resultaba entretenido charlar con él y escuchar sus opiniones sobre la vida. En los últimos tiempos sonaban más positivas que las mías, o al menos diferentes, y eso me gustaba.
Por encima de todo, me divertía oírle relatar sus hazañas amorosas. Yo escuchaba en silencio, igual que un discípulo escucha a su maestro. No obstante, hasta la fecha no me había animado a seguir sus consejos: salir con él por ahí y buscar alguien que me ayudara a olvidar a Rosa.
Para variar, pensé que esta vez podía ser yo quien le contase algo, algo sobre Marilia. La verdad es que había muy poco que comentar, más allá de confesarle que no había dejado de pensar en ella ni un instante desde la primera vez que la vi. Descarté esa idea. No me gustaba hablar de temas personales con compañeros de trabajo. Temía que eso pudiera afectar a la imagen más bien fría y distante que, en mi opinión, debía mostrar un inspector de policía.
Así que dedicamos la hora de la comida a que Luis me describiera con todo lujo de detalles sus conquistas del fin de semana. Me maravillaba su éxito entre las mujeres. Era un hombre pequeño y rechoncho que rozaba los cincuenta, con una cara vulgar sin mayor atractivo, a mi juicio, que una mirada despierta y una sonrisa casi perenne.
—Mario, un tipo alto, moreno y en forma como tú debería salir más por ahí, ¡estás desperdiciando la vida! —me insistió de nuevo aquel día—. ¡Lo que haría yo si tuviera tu físico!
Exageraba y, además, los dos sabíamos que no era una cuestión de físico. El éxito de Luis debía de radicar en sus inmensas ganas de vivir, alentadas, imagino, por su trato cotidiano con la muerte.
Después de la comida llegó el turno de Rebeca Millán. En cuanto la vi, reconocí a la mujer que había visto en casa de Lucía, la viuda. Vino, ella sí, acompañada de su marido. A modo de saludo, él se quejó de haber tenido que venir un día laborable a una comisaría de Madrid. Vivían en Toledo, donde el marido tenía una fábrica.
—Solo he citado a su mujer —le aclaré—. No había necesidad de que viniera usted.
Él se volvió hacia ella con fastidio.
—Cariño, para mí sí es necesario que estés aquí conmigo —le aclaró ella, mientras le acariciaba las solapas de la americana.
Aquella mujer, Rebeca, era el negativo de su amiga Elena. Parecía querer suplir con maquillaje, peluquería y vestuario lo que no le había regalado la naturaleza. Es justo reconocer que en parte lo conseguía.
—¿Podría decirme de qué conocía a la víctima? —pregunté por enésima vez.
—Bueno, a su mujer la conozco de siempre y a Martín desde que éramos adolescentes —contestó Rebeca, retocó su media melena de color cobrizo y dio la vuelta a su alianza para que pudiera verse el brillante—. De hecho, ellos fueron los padrinos de nuestra boda. Nos casamos hace apenas un mes —añadió mirando sonriente a su marido—. Luego nosotros fuimos los padrinos en el bautizo de su hija.
Pasó luego de tocarse el anillo a juguetear con su pulsera. Antes incluso de que me diera tiempo a hacer una nueva pregunta, se puso en pie, se colocó bien su vestido verde con falda plisada y dijo:
—Espero por favor que me disculpe, debo ir un instante al baño.
Le indiqué dónde estaba el servicio. El marido hizo un nuevo gesto de disgusto.
—Son los nervios —dijo en cuanto su mujer abandonó la sala.
Luego apartó la silla de la mesa para recostarse hacia atrás y poder sentarse con las piernas bien abiertas.
—Es mejor que las mujeres sean así, ¿no cree? —me preguntó—. Esa pizca de inseguridad hace que no olviden cuánto nos necesitan.
Yo tenía mi opinión al respecto y ni la menor intención de compartirla con él. Decepcionado ante mi silencio, puso sobre la mesa el último modelo iPhone del mercado. Su pantalla impoluta brillaba aún más que el anillo de su mujer. Preguntó si podía usarlo.
—Si se aburre y quiere jugar —le advertí—, tendrá que esperar un poco.
—Yo no pierdo el tiempo con jueguecitos. Me acaban de avisar de que se ha estropeado una máquina. Debo hacer una llamada para ver cómo la arreglamos.
—Tendrá que esperar —insistí.
Me dio la sensación de que era uno de esos tipos convencidos de ser mejores que el resto porque tienen dinero y a los que, además, se les da bien arreglarlo todo: lo mismo una máquina que un grifo. Desde luego, yo no soy uno de esos.
Fuese o no por la llamada, el caso es que el hombre se estaba impacientando.
—No sé qué hago yo aquí —protestó de nuevo—. El muerto era amigo de mi mujer, pero yo apenas habré hablado con él a solas un par de veces, aunque… —comenzó a acariciarse la barbilla y estiró aún más las piernas.
—¿Sí?
—La última vez que nos vimos, en el bautizo de su hija, lo que me dijo fue justo eso, que él y yo teníamos que hablar. Es curioso.
—¿Le comentó de qué tenían que hablar? —intenté indagar.
—No, no le di más importancia. Para serle sincero, no lo había vuelto a pensar hasta ahora. Puede que quisiera pedirme ayuda, tal vez un préstamo. No creo que los profesores ganen mucho.
Esperamos todavía varios minutos a que volviera Rebeca. Nada más entrar en la sala, soltó:
—Como le decía, Lucía, Marilia, Elena y yo somos las mejores amigas, desde niñas. Estábamos juntas cuando…, bueno —vaciló—, cuando pasó lo de Martín.
Hizo una descripción de lo sucedido muy similar a lo que habían declarado sus amigas.
—Y usted, ¿podría decirme dónde se encontraba en el momento de lo sucedido? —pregunté al marido.
Él me miró directamente, parecía divertido.
—¿Cómo dice, oficial?
—Inspector, inspector Elizondo, si no le importa. Le repito la pregunta: ¿dónde se encontraba en el momento de la muerte de Martín Sanabria?
—En un avión, volviendo de Barcelona. Supongo que sabrán cómo comprobarlo.
—Supongo que no hará falta. ¿O me equivoco?
Me giré hacia su mujer y le pregunté si había apreciado cambios en la actitud de Martín.
—No, siempre fue una persona débil —contestó sin titubear—, incapaz de apreciar la suerte que tenía con su mujer y su hija.
Sonrió nerviosa al sentir nuestras miradas sobre ella. Por la expresión del marido, incluso a él le sorprendió que Rebeca juzgase tan duramente a un amigo que acababa de fallecer.
A continuación, tomé declaración a Pedro y Pablo Garmendia, hermanos gemelos. Pocas veces he visto a dos personas adultas tan parecidas. Además de rasgos faciales muy semejantes, ambos paseaban sin complejos unas incipientes barrigas e idénticas sonrisas francas, en parte cubiertas por unas barbas abundantes. Esas sonrisas desaparecieron en cuanto comenzaron a hablar de su amigo.
Dijeron sentir mucho su muerte. Lo conocían desde niños, al igual que a Félix. Los cuatro habían sido compañeros de colegio.
—Dado que eran amigos desde hace tanto tiempo, ¿les sorprendió algún cambio en la víctima en las últimas semanas?
—Yo diría que era el mismo de siempre —dijo Pablo en voz baja.
—Sí, el de siempre —confirmó Pedro en el mismo tono de voz.
—Además, puede que él no fuera consciente de ello, pero tenía razones de sobra para estar orgulloso —continuó Pablo—, por dedicarse a enseñar y, sobre todo, por haber formado una bonita familia. A diferencia de nosotros —suspiró con la vista fija en el suelo—, que solo vivimos para el trabajo.
—Es verdad, muy orgulloso.
—Lo que no tenía era motivos para querer morir, inspector —dijo Pablo sin alzar la voz.
—Ningún motivo.
—Y es que, sabe usted, a Martín… —Pablo se interrumpió, levantó la vista y miró a su hermano. Parecía esperar una señal.
Pedro cabeceó afirmativamente. Ambos tragaron saliva, luego Pablo susurró:
—A Martín lo matamos nosotros.
Casi se me cae el cuaderno al suelo. Los miré a los ojos, primero a uno y después al otro, con la curiosa sensación de creer estar observando a la misma persona dos veces. Sostuvieron mi mirada.
—Nosotros lo matamos —repitió Pedro.
—Fue cosa nuestra —sentenció Pablo con voz más firme.
—Así fue, inspector —confirmó su hermano.
Se quedaron en silencio y comenzaron a acariciarse la barba en perfecta sincronía. De nuevo tragaron saliva, esta vez yo también lo hice. Al cabo de un minuto eterno, Pablo confesó:
—Con nuestra desatención y nuestra falta de apoyo, no le dimos opción.
Tosí y estiré el cuello para aflojar los nervios.
—A Martín le costaba conocer gente nueva y no tenía muchos amigos —añadió Pedro—. Félix ya no vive en Madrid, solo nos tenía a nosotros.
—Y a su mujer, claro —apuntó Pablo.
—Pero no es igual.
—No, no es lo mismo —subrayó Pablo—. Martín siempre necesitó el hombro de un amigo en donde apoyarse, y nosotros le fallamos.
—Tenemos un negocio familiar —explicó su hermano—. Debemos dedicarle todo nuestro tiempo.
—Este mismo sábado, en vez de haber montado un plan con los colegas, con él, estábamos en realidad muy cerca de donde pasó la desgracia —dijo Pablo—, aunque trabajando.
—Teníamos que atender un evento que organizaba nuestra empresa, Pedro y Pablo Garmendia Instalaciones —concluyó Pedro—, en el hotel Paseo del Arte de la calle Atocha.
Fue una entrevista muy sencilla, apenas tuve que abrir la boca. Les agradecí que hubieran venido y los acompañé a la puerta, mientras ellos seguían culpándose por lo sucedido.
Con los gemelos se completaba la toma de declaraciones al círculo más íntimo de la víctima. No obstante, quedaba todavía alguna cuestión sin respuesta, sobre todo una pregunta que había querido plantear a Marilia antes del funeral y que finalmente no pude formular.
Dudé si pedirle que viniera a comisaría, como habían hecho el resto de los amigos de Martín. Pero la verdad es que prefería estar con ella fuera de aquellas paredes. No se me escapaba que el interés que sentía era, cuando menos, un tanto inapropiado. Por desgracia, tampoco albergaba esperanzas de que Marilia pudiera verme como alguien diferente a un policía. Sin embargo, en el momento en que cogí el teléfono para llamarla, se apoderó de mi estómago una mezcla de nervios y cierta ilusión. Quedamos en que me pasaría de nuevo por su casa cuando ella saliera del trabajo.
Esta vez me recibió con un traje azul marino bastante formal, supuse que era su ropa de oficina. Nos sentamos en su mullido sofá Chester. Me pareció que estaba algo más tranquila. Al menos yo sentía que ya no le molestaba tanto mi presencia. Comencé a repasar su declaración.
—En realidad, quiero que me aclare si aquella mañana usted esperaba a alguien más aparte de a Martín —dije al cabo de unos minutos.
Ella abrió aún más sus ojos, ya de por sí grandes.
—Una persona que pudo llegar una vez que usted salió del piso —continué.
—No, no esperaba a nadie más. Para ser sincera —dijo con voz suave—, tampoco sé por qué me lo pregunta.
—Hemos encontrado una huella de Martín en la manilla interior de la puerta de entrada a su vivienda —expliqué—. Puede ser señal de que abrió la puerta a alguien.
Se quedó en silencio, fijando su mirada en mí. Pronto reaccionó:
—¡Ah, eso! —exclamó—. Martín me acompañó a la puerta cuando salí. Fue él quien cerró después. Imagino que así se explica la huella.
Debía asumir que las cosas son siempre mucho más sencillas de lo que parecen a primera vista.
—Bueno, no quiero molestarla más —dije con una sonrisa y me levanté para irme—. Tal vez tenga que regresar de nuevo para aclarar alguna otra cuestión.
Ella no dijo nada, me pareció ver que también sonreía tímidamente.
Volví a comisaría caminando despacio por aquellas calles de fachadas antiguas y aceras estrechas. Quería despejarme un poco y reflexionar sobre el caso. Todavía me faltaban algunas pesquisas por realizar, pero hasta la fecha no había descubierto ni pruebas que descartaran el suicidio ni, sobre todo, que alguno de los implicados tuviese un motivo para desear la muerte de Martín. Sabía por experiencia que, si encontraba un motivo, tirar de ese hilo me conduciría no solo a la hipótesis del asesinato, sino al propio asesino o asesina.
Revisé las declaraciones en mi mente, una y otra vez. No había en ellas nada sospechoso. De todos modos, siempre he pensado que, si algo tienen en común las personas, es que todas mienten. Solo se diferencian en las distintas razones por las que lo hacen. Ojalá pudiera colarme en las cabezas de los implicados para destapar esas mentiras.
Capítulo 4: Marilia
Llevaba días sintiéndome rara, pero no tanto como en ese momento en el que, sentada en el borde de mi bañera de hidromasaje, miraba absorta las rayitas de la prueba de embarazo. No sabía si tenía ganas de chillar o solo de llorar. Sobre todo, me sentía sola. Llamé a Elena.
—Necesito que vengas a mi casa.
—Son las diez de la noche, sabes que mañana madrugo. ¿Qué te pasa?
—Ven, por favor. Si no fuera importante, no te hubiera llamado.
Elena intentó que se lo contara por teléfono. Al final cedió, el miedo que destilaba mi voz debió de convencerla.
Así que ahí estábamos las dos al cabo de un rato, sentadas una junto a la otra en el borde de la bañera. Yo sentía más bien que estaba sentada al borde de un precipicio.
—¿Qué vas a hacer?
—No sé ¿tú qué harías?
—No me preguntes eso, mujer, ya me doy bastantes malos consejos a mí misma —protestó Elena—. Es de Martín, ¿verdad?
—Claro, ¿qué te crees? ¿Que estoy cada noche con uno distinto? Si hubiera conocido a alguien, tú lo habrías sabido.
—Bueno, eres mucho más «abierta» que yo —dijo—. No te cuesta colgarte del brazo de cualquier tipo que, según tú, necesite consuelo.
—Pues a ti parece que te den miedo los hombres —repliqué de inmediato.
No me contestó. Nos dedicamos a admirar en silencio los brillos del gresite plateado que cubría el suelo.
—Lo siento, no es momento para golpes bajos —se disculpó. En cualquier discusión ella era la primera en pedir perdón.
—Perdóname a mí también, estoy muy nerviosa —resoplé; intentaba sacar fuera, con el aire, un poco de la ansiedad que se estaba apoderando de mí—. Ya sé que fui una tonta por no tomar precauciones, pero ninguno de los dos lo tenía previsto. Pensé que por una vez no pasaba nada, menos a nuestra edad.
—Ya, lo entiendo —murmuró Elena sin levantar la vista del suelo.
Ella siempre intentaba ayudar, verla tan preocupada hacía que fuera aún más consciente de lo comprometido de mi situación. De pronto dirigió hacia mí su enorme nariz con un atisbo de sonrisa, se le había ocurrido algo:
—Bueno, mujer, si lo tienes al menos deberán darte una cesta de bienvenida. No te va a hacer falta el hámster —dijo—, me lo puedo quedar yo.
La miré con gesto triste. Cogió mi mano, que había comenzado a temblar. Elena tenía tendencia a hacer comentarios irónicos en cualquier situación. Esta vez ninguna nos reímos. Pasados unos minutos en silencio, ella volvió a hablar y mencionó a la persona en quien ambas estábamos pensando.
—¿Y Lucía?
Suspiré.
—Hasta que decida si seguir adelante con el embarazo o no, me parece mejor no decirle nada.
—Eso no me gusta, Marilia. —Me miró moviendo la cabeza de un lado a otro, luego la dejó caer de nuevo—. De todos modos —añadió—, supongo que hay mentiras que cuidan más la amistad que la verdad desnuda.
Desconocía de dónde habían salido, pero en los siguientes días las calles se llenaron de una invasión de barrigas pequeñas, grandes, enormes; algunas recatadas con inmensos vestidos floreados tipo mesa camilla, otras descaradas mostrando la piel a punto de estallar bajo diminutas camisetas. De repente sentía un orgullo secreto por tener algo en común con esas mujeres. Comencé a detenerme en las puertas de los colegios y en los parques con columpios. Asomaba la cabeza dentro de los cochecitos infantiles que pasaban a mi lado por la calle. Me descubría haciendo monerías a cualquier niño pequeño que apareciera a mi alrededor. Casi sin darme cuenta asumí, sorprendida y aterrada a la vez, que quería tener aquel bebé.
Era irreal que me estuviera pasando eso a mí. La maternidad no había entrado en mis planes porque creía carecer de la estabilidad necesaria para traer un hijo al mundo. Pensaba que necesitaba un padre para cuidar al niño; y, muy en el fondo, también para cuidar de mí, lo confieso. El tiempo pasaba y mis posibles candidatos ni siquiera sabían cuidarse a sí mismos. A punto de cumplir los cuarenta, esta podía ser mi última oportunidad de tener un hijo.
Si lo hubiera planeado, ese bebé jamás habría llegado a mi vida. Ahora que estaba allí, por muy complicada que fuese la situación, él era lo único que ocupaba mis pensamientos. Ni siquiera había sitio ya para Martín.
Cuando conseguí reunir el suficiente valor, lo llamé para decirle que teníamos que hablar. No nos habíamos vuelto a ver desde el bautizo de su hija. Yo tampoco había respondido a ninguno de los mensajes con fotografías de flores que seguía mandándome por WhatsApp. De un tiempo a esta parte, eran fotos de flores secas.
Vino a mi casa una mañana de sábado, uno de esos días preciosos que nos suele regalar el inicio de septiembre. Al verlo entrar, sentí que una mano me apretaba el corazón. Era algo que llevaba sintiendo toda la vida, podía superarlo. Intentó besarme, yo lo aparté.
—Tengo algo que decirte —dijo con voz entrecortada. Parecía muy nervioso. Me siguió a la cocina, donde fui a dejar las flores que me trajo; ya les buscaría luego un lugar mejor.
—Eso puede esperar —lo interrumpí—. Te he llamado porque yo sí tengo que contarte algo importante que nos implica a los dos.
Nos quedamos quietos frente a frente en medio de la cocina, sin decir nada. Martín me miraba entreabriendo apenas los ojos, como si volviera a ser aquel chico tímido de dieciséis años que no se cortaba el flequillo para que le tapase un poco la cara. Sentí que la mano apretaba aún más fuerte mi corazón.
—No creo que te lo esperes —continué a duras penas—, para mí también ha sido una sorpresa.
Él seguía mirándome absorto, con su eterna media sonrisa de adolescente que ante la vida adulta no sabe aún si optar por la ilusión o el desencanto. Parecía tan frágil, lo tenía tan cerca y a solas… Tuve que apartar la mirada para refrenar mi deseo de abrazarlo. Martín rompió el silencio:
—¿Estás embarazada?
Moví apenas los ojos para indicarle que sí.
—Es mío, ¿verdad?
Asentí de nuevo un tanto aliviada. Estaba siendo más fácil de lo que había previsto. Entonces él se volvió, abandonó la cocina, atravesó el salón y salió a la terraza. Fui tras él.
Martín se inclinó sobre la barandilla dándome la espalda, encendió un cigarrillo y dijo:
—¿Qué piensas hacer?
El humo de su cigarro derrumbó como un castillo de naipes toda la fortaleza de argumentos que había preparado.
—Bueno, yo quería tenerlo.
Me maldije a mí misma por hablar en pasado, por oír tanta inseguridad en mi voz. Estaba decidida a tener ese niño. Había empezado incluso a quererlo.
—Al final todas queréis tener hijos. Yo ni siquiera sé si es buena idea traer más niños a este mundo. —Dejó caer la cabeza hacia delante, vencido por el peso de sus pensamientos—. Tú sabes que es muy mal momento. Acabamos de tener este bebé que no me deja dormir, que me vuelve loco.
Yo estaba justo detrás de Martín. Él ni siquiera se daba la vuelta para mirarme, sus palabras las traía y se las llevaba el humo. La mezcla de ese humo con el olor a la hierbabuena de las macetas comenzaba a marearme.
—Sería un escándalo en el colegio, lo sabes bien. —Era profesor en un colegio religioso, el mismo en el que había estudiado yo—. Sin contar con lo que cuestan los niños.
Yo quería ver su cara mientras me decía todas esas cosas, pero ni siquiera me atrevía a tocarlo para que se volviera.
—Destrozarías a Lucía, ¿es que no te importa?
Entonces se giró hacia mí. Apoyó los pies en el poyete y se sentó en la barandilla de forja.
—No era así como nos imaginábamos ser de mayores, ¿verdad? —dijo.
Me miró con sus ojos tristes y su sonrisa traviesa. Años atrás me hubiera arrojado dentro de esa sonrisa para ahogarme y desaparecer. Pero mi cuerpo en el vértice de la náusea me estaba gritando que huyera.
—Tengo que dar una vuelta y pensar —murmuré—. Quédate aquí, ahora vuelvo.
Martín no dijo nada, tampoco se movió siquiera cuando yo me dirigí deprisa hacia la puerta. Siguió fumando sentado en la barandilla de la terraza, mientras yo abandonaba sola el piso. Nada más salir del portal vomité en la acera, junto a un árbol. Inclinada hacia delante, me sujeté con ambas manos al tronco. Cogí aire. Luego eché a andar. En seguida me di cuenta de que, por culpa de los nervios, había salido de casa sin bolso. Pensé en regresar al menos a por las llaves, pero no quería ver a Martín, tenía que pensar. Comencé a acariciarme la barriga, al principio para que mi estómago se calmara y después porque descubrí que me hacía sentir bien. No, no era así como me imaginaba de mayor. Tuve que aguantar las ganas de gritar que no, no era así en absoluto.
Algo comenzó a crecer dentro de mí. Algo más grande que mi bebé y que crecía mucho más rápido que él: rabia. Puede que en el pasado hubiera soñado con que Martín fuera el padre de mis hijos, pero no el Martín atormentado que aguardaba en mi piso. Lo había esperado demasiado como para que ahora se mostrara tan egoísta y, sobre todo, tan cobarde. No solo aniquilaba al hombre que yo había idealizado, sino que al mismo tiempo me pedía, sin atreverse siquiera a decirlo, que yo matara a mi pequeño. Luego me he sentido mil veces culpable por albergar esa furia. Pero en ese momento me vinieron a la cabeza todos los años de espiar, desde tan dolorosamente cerca, el amor entre Martín y Lucía; años de adoración secreta, de esperanzas vanas.
Y entonces, al doblar una esquina, la vi a ella, a Lucía, a mis amigas. No me sorprendió encontrármelas, sabía que tenían que estar por la zona. Lo que no entendí al principio fue por qué Lucía estaba también furiosa con Martín… y conmigo. Me lo explicó a gritos: para hacerle daño, él le había contado lo nuestro. Eso era lo que Martín quería decirme cuando llegó a mi casa. De repente tuve claro que se había liado conmigo solo para castigarla.
Toda mi vida había sabido que él no me quería y, sin embargo, nunca me había dolido tanto.
—¿Por qué?, ¿por qué me has hecho esto? —me repetía Lucía—. ¡Somos amigas desde pequeñas!
Me dijo otras cosas horribles. Reconozco que yo también a ella. Salieron a flote viejas rencillas que nunca habíamos solucionado. No sabría ya decir cuáles fueron nuestras palabras exactas. Me he jurado no recordar lo que pasó entonces. Duele demasiado. Intento borrar las imágenes, pero no consigo anular el eco del dolor que sentía en el estómago, la rabia arañando mis tripas, mordiéndome por dentro.
Nada de esa furia tenía sentido cuando me vi a mí misma corriendo hacia el cuerpo de Martín. Me arrodillé a su lado en medio de toda la sangre y le vi los ojos. Jamás los había visto así. Los ojos de Martín siempre habían sido pequeños, hermosos, permitían que la luz del sol jugara con ellos a cambiarlos de color.
No habría ya luz que pudiera despertar aquellos ojos. Eran enormes, como si saliéndose de sus órbitas intentaran escapar del terror que los empujaba desde dentro. Quise abrazarlo y mis manos se llenaron de sangre viscosa. No sabía qué hacer y me abracé a mí misma rodeándome la barriga con mis manos rojas.
Hasta bastante después no pude pensar con claridad. La primera imagen que me llega con cierta nitidez es la del inspector de policía sentado a mi lado en mi casa. Sin embargo, no es su rostro lo que me viene a la mente, sino cómo me sentí reflejada en su mirada cuando nuestros ojos se cruzaron. Por la mueca de asombro con la que me miró, supe que yo debía de estar horrorosa, aunque no era algo que me importara en absoluto. Cuando agitada por el llanto rozaba su cuerpo sin querer, lo notaba gélido, inmune a mi angustia. No sé si dijo algo, solo sé que llevaba la misma camisa que Martín y que yo no podía parar de llorar.
Por fin se fue. Luego desaparecieron también el resto de los policías. Bajé las persianas. Me metí en la cama que había compartido con Martín.
Al atardecer vino mi madre. Se sentó a mi lado en una esquina del colchón. Cuando creyó que ya había oído suficientes sollozos, dijo:
—Te repondrás. Las mujeres siempre salimos adelante.
Comenzó a secar mis lágrimas con los dedos.
—Vamos, hija, deja de llorar —me pidió con suavidad—. No creo que tanto llanto le haga bien a tu bebé.
Esas eran justo las palabras que necesitaba.
El inspector volvió al día siguiente, cuando estaba a punto de salir hacia la iglesia. Al principio no lo reconocí. Cuando por fin lo hice, fingí que seguía sin saber quién era. Me costó dejarle franquear la puerta para contestar a sus preguntas. Más me costó oír cómo mi propia voz explicaba los detalles de la muerte de Martín. Era horrible tener que relatar delante de un policía todo lo que yo quería olvidar.
Al menos pude tranquilizarme un poco al comprobar que él me prestaba más atención a mí que a mis respuestas. Tras un rato me di cuenta de que había dejado de anotar lo que yo me afanaba por responder. Lo miré extrañada y vi que tenía la vista fija en algún punto por debajo de mi cuello. Yo llevaba un vestido anodino que sacaba del armario solo para los funerales. Pero mi pecho, que me ha acomplejado toda mi vida por su escasez, había adquirido con el embarazo un volumen sorprendente. Lo pillé mirándome el escote y él reaccionó como un niño sorprendido en una travesura. No acertaba a ocultar su vergüenza.
Justo entonces llegó mi madre.
—Mamá, es Mario Elizondo, el inspector de policía que investiga la muerte de Martín —los presenté formalmente.
Parecía que él había perdido su aplomo. Ya no abrió apenas la boca mientras mi madre me metía prisa para salir hacia el funeral. Quería llegar con tiempo suficiente y estar con la madre de Martín antes de la misa.
—¡Qué dolor que un hijo muera así, pobre mujer! Aunque, la verdad, a mal vivir mal morir —murmuró en voz baja.
—Ahora te has vuelto refranera —dije.
—Sí, como tu padre.
El inspector ya no estaba pendiente de nuestras palabras. Se había quedado de pie junto a la puerta, esperando no sé qué. Se fue casi sin despedirse. Desde mi piso podía oír cómo bajaba a saltos las escaleras.
Poco después, en el funeral, comprobé que ya no tenía más lágrimas por Martín. El calor en la iglesia era sofocante. Ni siquiera lo aliviaban los papeles de los cánticos que usábamos de abanicos. Yo procuraba no pensar y concentrarme en las palabras del sacerdote, pero estas eran acalladas por el llorar entrecortado de Lucía. A ella sí le quedaban lágrimas por Martín.
Tardé en comprender que el sermón no era más que el ruido de fondo, hacía tiempo que solo oía su llanto. Dejé de mirar al párroco para clavar los ojos en mi amiga, me sentía culpable. Vi que Rebeca, a su lado, intentaba consolarla rodeando la espalda de Lucía con el brazo. Me sorprendió que ella la apartara.
Capítulo 5: Rebeca
Soy de esas personas que buscan respuestas en Google y en las tiendas de chinos todo lo demás. Tecleé en el ordenador: «Qué hacer con un vestido de novia». Google me invitó a seguir la última moda: trash the dress. Venía a ser hacerte un book fotográfico manchando y destrozando el vestido. Sonaba mejor en inglés, pero no me convenció. Las otras opciones eran guardar, vender, regalar o reutilizar. No podía pedirle a una máquina que fuera muy original.
Pensé que la idea de reutilizarlo podría haberme servido, quizás, la última vez que nos juntamos todos: en el funeral de Martín. Mi amiga Marilia llamó funeral a mi boda por aquello de morir a una vida de libertad o qué sé yo. Así que podría haber dicho que llevaba un vestido de funeral. ¡Qué idea más absurda! Yo misma me sorprendía de lo superficial e insensible que podía parecer a veces.
Supuse que me había puesto a pensar en el vestido por evitar pensar en la muerte de Martín. Dolía hacerlo. Lo conocía desde los dieciséis. Entonces nos miraba a las chicas con la cabeza baja para que el flequillo ocultara sus ojos, unos ojos pequeños cuyo color cambiaba según la luz del sol.
Era mejor pensar en cosas más alegres como, por ejemplo, mi nuevo amigo. Hacía poco más de un mes que me había trasladado a Toledo después de casarme. Salvo a los del trabajo, no conocía a mucha gente. Una mañana salí de casa para ir a la oficina y llamé al ascensor. Cuando ya iba a pulsar el botón para bajar, entró atropelladamente un niño de unos diez años. Las puertas se cerraron y el ascensor se llenó del olor a las galletas de chocolate que estaba comiendo. Llevaba uniforme de pantalón gris con jersey azul marino y una maletilla con ruedas. Me sorprendía que algunos niños fueran solos al colegio. Era una ciudad pequeña, imaginé que los padres pensaban que los peligros eran del tamaño de la ciudad.
—Hola, tú debes de ser nueva —me dijo.
Por su sonrisa se diría que para él eso era algo bueno, divertido. Le expliqué que me llamaba Rebeca, en qué piso vivía y quién era mi marido.
—¡Qué bien! Yo vivo justo en el piso de enfrente con mi madre y con Negro.
Intenté adivinar quién podía ser Negro, tal vez un novio de su madre.
—Negro es… ¿un amigo? —susurré apenas. No se me dan bien las conversaciones de ascensor, tampoco hablar con niños y menos de familias desestructuradas.
Levantó la cabeza para mirarme a los ojos, me llegaba a la altura del pecho. Parecía estar analizando si yo era más bien borde o solo tonta. Con buen criterio se decidió por lo segundo.
—Negro es mi gato. Ya te lo presentaré.
Fuimos caminando juntos hasta que llegamos a la puerta de su colegio, a medio camino de mi trabajo. En cuanto vio a sus compañeros, quiso correr para reunirse con ellos. Yo lo retuve un momento para colocarle bien el pelo y el uniforme. Vi a otras mujeres que estaban haciendo lo mismo y creí que era lo que había que hacer.
Me acordé entonces de la hija de Lucía y Martín. Dentro de unos años su madre la acompañaría al colegio, como había hecho yo con mi vecino. Pronto esa niña tendría sus ocupaciones, sus rutinas, y mi amiga se quedaría sola, por primera vez en su vida. Pobre, estaba destrozada. Todo era muy desagradable. Además estaba aquel inspector entrometido haciendo tantas preguntas. No me gustaba nada, cuando lo vi en comisaría me dio la impresión de que era uno de esos tipos con aire moderno a los que les gusta hacer ver que leen. Del bolsillo de su chaqueta, colgada en la silla de la salita donde nos recibió a Gustavo y a mí, asomaban las páginas manoseadas de un libro. Justo ahí, en comisaría, consiguió ponerme tan nerviosa que tuve que inventar una excusa, salir y llamar a Elena desde el baño para serenarme.
Ya en la oficina, procuré concentrarme en mi trabajo y no pensar. Luego, de regreso a casa, me sorprendió que la llave no estuviera echada. Cuando ya le estaba echando la culpa a mi marido, me vino encima una enorme bola de pelo.
—¡Negro! —oí decir a una voz aniñada—, ¡ven aquí!
Seguí la voz y el inconfundible olor a galletas de chocolate. Mi vecino estaba jugando a la consola mientras llenaba de migas la alfombra persa del salón.
—¡Hola! ¿Te he asustado?
Hubiera sido inútil negarlo, ni lo intenté.
—¿No te han contado que vengo aquí algunas tardes?
Anoté en mi cabeza sustituir el reproche a mi marido respecto a no haber cerrado la puerta por el de no haberme informado sobre la vespertina invasión infantil y gatuna. El niño también parecía un pelín asustado. En seguida se repuso:
—Claro, como eres nueva no lo sabes. —Me dedicó una sonrisa confiada—. Yo llevo mucho tiempo viniendo.
Aparté un poco a la bola de pelo y me senté en el sofá. Mi vecino me explicó que en su casa no había PlayStation. Por eso Gustavo y su madre habían acordado que algunos días podía pedirle al portero que le abriera la puerta de mi piso, para venir a jugar hasta que su madre volviera del trabajo.
—Dime, ¿tú crees que hay alguna otra cosa que no me han contado y que quizás debería saber? —pregunté.
Me quité los zapatos para poner mis pies junto a los suyos sobre la preciosa mesita baja de madera, recuerdo de nuestro viaje de novios a Bali. El niño no siguió mi ejemplo de quitarse los zapatos.
—Bueno, ¿sabes dónde está el armario de las galletas?
—Sí —contesté orgullosa—. De hecho, soy yo quien compra ahora las galletas.
—Me lo imaginaba. Ahora solo hay de esas integrales. He tenido que comerme las mías, ¿quieres?
Se chupó los dedos para limpiárselos de chocolate y me ofreció una galleta. Coloqué un par de cojines, para ponerme cómoda en la esquinita que me dejaban el niño y la bola de pelo. Insistí:
—Yo me refería a si cuando venías aquí a jugar a la consola te encontrabas con alguna amiga de mi marido, por ejemplo.
—Eres la primera. —Saboreé la galleta de chocolate—. Por lo menos desde que él tiene la consola y yo vengo por aquí. Justo antes creo que había una Sofía. ¡No!, era Irene. Sofía era la que vivía aquí antes de Irene. Y antes de Sofía había una chica que siempre me regalaba chuches, no me acuerdo del nombre, yo era muy pequeño.
Me acomodé los cojines. Era un sofá de piel natural muy elegante, aunque también francamente incómodo.
—Eso es, desde que tiene la consola eres la primera. Por las tardes eres la primera. Por las mañanas, cuando cogía el ascensor para ir al cole, a veces había chicas muy simpáticas. Pero no, no volvían por las tardes.
Mientras me hablaba, yo miraba sus ojos azules para intentar adivinar si decía la verdad o me estaba tomando el pelo. Tenía unos ojos preciosos, con unas pestañas enormes. Pronto pude comprobar de quién había heredado esos ojos, ya que al poco llamó su madre a la puerta para recoger a su hijo. Nos presentamos. Tuvo que agachar la cabeza para darme dos besos. Con aquellos taconazos de aguja, que le hacían unas piernas interminables, debía de medir más de un metro ochenta.
Por fin llegó Gustavo. Me dio un beso de película, de película para todos los públicos, o sea, casto, fugaz. Murmuró que ni podía imaginarme lo cansado que estaba y se dejó caer en el sofá. Yo comprendía muy bien que ser el dueño de una empresa era agotador. Acudí solícita a soltarle la corbata y ayudarle a quitarse la americana.
—¡Qué asco! —se me escapó.
—¿Pasa algo?
—Nada, cariño, se te han quedado pegados unos pelos del gato del vecino. —Le retiré un par de pelos de la manga.
—¿Ha venido hoy por aquí? —Se tumbó todo lo largo que era—. Imagino que habrá vuelto de pasar el verano con los abuelos. Vive con su madre, que está separada, y el pobre crío se aburre solo hasta que ella viene de trabajar. Como yo casi nunca estoy en casa, le dejo que use mi consola.
—¿Y cómo es que yo no me había enterado?
—Pues porque antes solo venías por aquí los fines de semana, puentes o algún día en vacaciones. De todos modos, creía que ya te lo había comentado. No te importa, ¿verdad?
Gustavo abrió los brazos para invitarme a que me tumbara junto a él. Su pecho olía al perfume que yo le había regalado, un intenso aroma a madera, musgo e incienso. Con mi cabeza apoyada en su amplio torso y rodeada por sus brazos, el sofá volvía a ser cómodo y protector. Refugiada en su abrazo cálido y firme, no entendía cómo había podido caer en aquellos otros brazos tan flacuchos, los de Martín.
Fue hace años. Lucía se había ido a estudiar al extranjero y Martín se sentía solo, yo también. Éramos muy jóvenes, salíamos por ahí, bebíamos y una noche pasó lo que pasó. Me arrepiento enormemente. No soy el tipo de mujer que se lía con la pareja de su mejor amiga. Cuando Martín se lo contó, Lucía se enfadó muchísimo, estuvo semanas sin hablarme. Pero al final nos perdonó. Sabía que lo que hubo entre nosotros fue un error de juventud.
Lo más inconfesable es que hace un año y poco más, cuando Lucía estaba embarazada, Martín volvió a la carga. Ni siquiera se lo he contado a Elena, me avergüenzo, yo misma no acierto a entender cómo sucedió. Apenas fueron un par de besos furtivos, alguna tarde que él me acompañó a casa en coche, después de ir a visitarlos. Solo eso, y juro que yo no quería que llegara a más. Aunque, para ser sincera, no sé qué hubiera pasado de no haber conocido entonces a Gustavo.
En cualquier caso, Lucía no tenía ni idea de esto último y aquella aventura de juventud, cuando ella estaba de Erasmus, era un asunto olvidado. La muerte de Martín, más la traición de Marilia, ha debido de revolverlo todo en su cabeza; de ahí su reacción en el funeral. Ese día mi marido se quedó a las puertas de la iglesia, quejándose del calor horroroso que hacía dentro. Yo me senté con mis amigos, al lado de Lucía, que me apartaba cada vez que intentaba consolarla.
Al día siguiente fui a su casa, pero Lucía no quería ni hablar conmigo ni que me acercara a su hija. ¡Con lo que quiero a esa niña! Justo entonces llegó el inspector, tan inoportuno. Yo solo pretendía explicarle a mi amiga que aquella aventura no fue nada.
¡Nada!, eso era, lo mío con Martín no significó nada. Aunque a él no se le ocurrió otra cosa que decirme, justo el día de mi boda, que debíamos contárselo a Gustavo. Me negué, ¿cómo iba a permitirle que por algo sin importancia pusiera en peligro la vida que tanto me había costado construir? Sabía cómo era mi marido, habría entrado en una espiral interminable, preguntándose qué habría pasado realmente o si podría volver a pasar en cualquier momento. Quise convencerme de que era solo el efecto de unas cuantas copas de más, pero el día del bautizo de su hija, Martín insistió. Me temo, además, que no solo quería contarle nuestra antigua aventura, sino también nuestro absurdo tonteo, demasiado reciente. Su idea era aclararlo entre hombres y, ya más tarde, si era necesario, contárselo a Lucía. En el fondo el pobre era un cobarde. El pobre, digo, por lo que le pasó después.
Llevaba días en que no paraba de darle vueltas a todo aquello. Estaba intranquila. La imagen de Martín se colaba a cada segundo en mi cabeza. Lo curioso es que no era su rostro serio y amargado de adulto el que me acosaba, sino el del chico tímido que conocimos cuando éramos casi niñas, aquel adolescente que refugiaba su mirada tras un flequillo de pelo negro y brillante como la piel de los insectos. Su flequillo sucumbió ante una prematura calvicie, aunque temo que nunca aprendió a mirar la vida de frente.
—¿A que es divertido nuestro vecino? —Mi marido vino a sacarme de mis ensoñaciones—. Me gustan mucho los niños cuando ya son mayores, de pequeños son una lata.
—No digas eso, cariño. —Levanté la cabeza para que pudiera ver mi rictus de enfado y comencé a desatar un par de botones de su camisa—. Seguro que te encantará tener tu bebé.
—Con un bebé lloriqueando —insistió—, no podríamos estar así de bien.
Acaricié la piel de su pecho, Gustavo se incorporó un poco y añadió:
—Si te sientes sola por las tardes, siempre puedes entretenerte con nuestro vecino y su gato.
No pude menos que pellizcarlo por decir eso. Fingió divertido una mueca de dolor. Le desaté un par de botones más dispuesta a hacerle cambiar de opinión.
Apenas tardé una semana en coincidir de nuevo con mi vecino. Apareció por la puerta de enfrente en el mismo momento en que yo salía de mi piso para ir al trabajo. Tal vez me estaba esperando. Iba seguido por su gato.
—Hola —lo saludé—, ¿te llevas el gato al cole?
—Haces unas preguntas muy raras —contestó—, pero me caes bien. El gato se queda aquí. Le gusta encaramarse a esa ventana.
Como si entendiera a su dueño, el gato dio un brinco y subió al ventanuco del pasillo. Por allí pude ver que en el piso del vecino había una ventana abierta a la que podía saltar. Me tranquilizó pensar que las ventanas de mi piso quedaban al otro lado del patio, fuera de su alcance.
—¿Desayunas y meriendas eso todos los días? —quise saber.
Mordisqueaba las mismas galletas de la semana pasada. El ascensor volvió a llenarse del cálido olor del chocolate. El niño obvió el tono reprobatorio de mi pregunta y contratacó con otra:
—¿A qué videojuegos sabes jugar?
—Diría que a ninguno —respondí sin tener que pensarlo demasiado.
—¡Ah!, es que yo estoy mucho tiempo solo, con los videojuegos no me aburro nunca.
—Pues yo he vivido muchos años sola y no me aburría.
—Sí que eres rara —replicó—. Tendrás que aprender a jugar, a tu marido le encanta.
Se quedó mirándome con aire compasivo.
—No te preocupes —dijo—, te enseño esta tarde.
Cuando volví del trabajo, me encontré de nuevo a mi vecino y a su bola de pelo repanchigados en mi sofá. Resignada, me senté junto a ellos.
El niño resultó ser un experto, aunque a mí tampoco es que los juegos me resultaran difíciles. La mayoría consistía en matar cuanto apareciera por la pantalla. Estuvimos jugando cuatro interminables horas. Hacia el final de la tarde oí, a través de las ventanas que daban al patio, las risas de mi marido y de la madre del vecino. Luego nos contaron que habían coincidido en el portal.
—¡Hola, mamá! —El niño corrió a abrazar a su madre.
—Veo que os lo estabais pasando muy bien —dijo Gustavo.
—¡Rebeca es superbuena con los videojuegos! —anunció con entusiasmo.
—Pobre. —Ella me miró con cara de lástima—. ¿Se ha puesto muy cansino mi hijo?
—No te preocupes. —Antes de que yo pudiera decir nada, mi marido le puso la mano en el hombro para tranquilizarla—. Rebeca adora los niños y como nosotros aún no tenemos…
La madre acarició su mano y le dedicó una sonrisa perfecta, enmarcada por unos labios rojos pintados con esmero.
Al día siguiente regresé pronto del trabajo. No me encontraba bien, había vuelto a dormir fatal. Estaba intentando descansar un poco, cuando me despertaron unos gritos desde el descansillo. El vecino debía de haber regresado del colegio. No podía pretender más que no lo oía, salí a ver qué pasaba. Estaba asomado de puntillas por el ventanuco, unos chorretones de lágrimas bañaban sus mejillas. Seguí la dirección de su mirada: sobre el suelo del patio el sol sacaba destellos escarlatas a una enorme mancha que rodeaba una bola aplastada de pelo negro.
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