Читать книгу: «La frontera interior»

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Obra ganadora del Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes 2021

© del prólogo: Sergio del Molino, 2022.

© Manuel Moyano Ortega, 2022.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones., S.L.U., 2022.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2022.

REF.: ODBO016

ISBN: 978-84-1132-009-2

EL TALLER DEL LLIBRE • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

Cartografía: Gradualmap

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El Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, convocado por el Grupo Hotusa con la colaboración de la Universidad de Barcelona y RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., tiene por objetivo fomentar la creación y divulgación de obras literarias de viajes escritas en español. Manuel Moyano Ortega, autor de este libro, fue el ganador del Premio Eurostars Hotels 2021. El jurado estuvo compuesto por los escritores Carme Riera, miembro de la Real Academia Española; Alfredo Conde, Premio Nadal y Premio Nacional de Narrativa; Ana Sanjurjo, directora general de proyectos hoteleros del Grupo Hotusa; el Dr. Adolfo Sotelo, catedrático de Filología Hispánica de la Universitat de Barcelona; y Luisa Gutiérrez, directora editorial de RBA Libros. Toda la información sobre el premio en www.premioeurostarsnarrativa.com.

A MI PADRE, IN MEMORIAM

Vivos y muertos componen un país.

FEDERICO GARCÍA LORCA

PRÓLOGO

EL VIAJE DE CERCANÍAS

por

SERGIO DEL MOLINO

Los teóricos de la literatura han pensado mucho sobre el concepto de narrador fiable, y los escritores juegan a menudo a ganarse la confianza del lector o a hacerle dudar de sus intenciones mediante sutilezas muy variadas, pero a un narrador se le percibe fiable por instinto. Se le siente fiable, más allá de las estrategias retóricas que despliegue y de las señales que disemine por el texto. El Manuel Moyano de La frontera interior es fiable como un amigo de la infancia o como un reloj suizo, y los lectores lo sentimos así desde la primera vez que lo vemos sentarse a la mesa.

En su viaje por Sierra Morena, Moyano come con apetito, incluso con gula. No son pocas las noches en que el hambre le vence y pide de más en las fondas o en las casas de los poetas que lo acogen, y no escatima el vino mientras su interlocutor le cuenta anécdotas y comparte saberes sobre tal ermita, tal valle o tal villa. Alimenta el espíritu y el cuerpo a la vez, sin contradicciones. Para mí, estas escenas inspiran más confianza que mil juramentos: alguien que disfruta tanto de un guiso tradicional y no reniega de otra copa de vino es sin duda un tipo de fiar. Yo no recorrería tantos kilómetros de monte junto a un melindroso, un asceta o un abstemio.

Me gustan mucho los escritores viajeros que tienen la deferencia de contarnos qué desayunaron y qué cenaron. Transmiten así la inmersión en la experiencia del viaje, que es un poco lisérgica. El viajero siente desapego de la realidad y se compromete con un aquí y un ahora que excluye una vida abandonada en suspenso. La escritura de viajes sucede entre paréntesis, por eso necesita del detalle, de la demora y de la anécdota mínima, y Moyano domina todos esos registros de tal modo que viajamos con él, vívidamente, apoltronados en el asiento de copiloto de un coche que no sirve para pistas ni senderos y debe zigzaguear por carreteras comarcales.

Moyano cultiva una forma de viaje exótica, pero con mucha tradición ibérica: el viaje de cercanías. Si el explorador de largas distancias escribe con telescopio, el de cercanías tira de microscopio. No cita Moyano a Sebald, aunque he sentido su sombra andariega por todo el libro, que contiene esa magia, tan discreta como infrecuente, que consiste en transformar lo familiar en insólito. El autor se reclama viajero romántico, pero es a los caminantes de trote corto a quien se parece, al Camilo José Cela de la Alcarria, al Azorín de los pasos del Quijote, al Josep Maria Espinàs de los Pirineos, al Ramón Carnicer de Las Hurdes y, cómo no, al Miguel Delibes de las madrugadas castellanas. Es una estirpe muy noble, la del trote corto y las cercanías, formada por hidalgos de la literatura, mucho más amable y cálida que la aristocracia desdeñosa de los que se creen exploradores.

Seguramente, muchos lectores españoles creen que conocen Sierra Morena. Incluso algún que otro impertinente se asomará al libro con ánimo de desmentirlo y de subrayar gazapos, pero la magia de Moyano consiste en deshacer esa creencia, enseñando un paisaje completamente nuevo. Yo he recorrido algunos de los pueblos que se narran en este libro e incluso he escrito sobre algunos personajes históricos que aparecen, como el misterioso y pícaro Johann Kaspar von Thürriegel, pero en la prosa de Manuel todo se me revela como si fuera la primera vez que tropiezo en esos nombres. Podría achacarlo, como hace el director del museo de la batalla de las Navas de Tolosa en uno de los primeros capítulos, al desinterés proverbial de los españoles hacia su historia y su cultura, pero eso sería quitarle méritos al libro, que conservaría todo su valor aunque viviéramos en un país chovinista donde todo el mundo conociese a fondo cada uno de sus rincones.

La sensibilidad delicada del autor se revela en la elección misma del itinerario: Sierra Morena, como bien subraya el título, es una frontera, y como tal se concibió para ser cruzada. Las fronteras no están hechas para recorrerse longitudinalmente, sobre todo las montañosas, por eso el viajero se ve obligado a diseñar su propio itinerario, en zigzag y tortuoso, a la contra de las rutas naturales y del mapa de carreteras. Al hacerlo, descubre la primera verdad de las fronteras: no son sólo líneas, sino territorios en suspenso entre los dos mundos que separan. Sierra Morena no es ni mora ni cristiana, ni andaluza ni mesetaria.

Para entender cómo funciona ese limbo Moyano recurre a tres poetas que jalonan el viaje: Alejandro López Andrada, el vate que ha alcanzado una dicción universal sin salir de su comarca; Manuel Moya, traductor de Pessoa, de Miguel Torga y de todos los escritores portugueses que importan, y Miguel Hernández, que fue preso en el extremo occidental de la sierra. Dos vivos y un muerto. El primero le enseña el silencio profundísimo que dejan los pájaros al callar y le hace dudar sobre las leyendas de fantasmas y apariciones. El segundo le regala un saber enciclopédico sobre toponimia y dialectos del norte que sobreviven en el sur. El tercero, pobrecillo, le recuerda que siempre caminamos en compañía de los muertos.

De fondo suena la tristeza del vacío, que es más honda cuanto más familiar es la región. Sierra Morena es un tópico hecho de bandoleros, monterías, batallas y ensoñaciones desde la ventanilla de un tren que sube o baja por Despeñaperros. De tanto verla y de tanto nombrarla, se nos oculta, entre misteriosa y resignada. No es fácil recorrerla con ojos nuevos y mucho menos escribirla con palabras nuevas. Manuel Moyano logra ambas cosas.

He cerrado con pena La frontera interior, que deja el regusto de los mejores libros de trote corto ibérico y merece pasar a su canon. Como lector, sólo tengo agradecimiento hacia Moyano, por haber añadido un hermoso libro más a esta tradición y sumarse a la estirpe de los descubridores de lo que todos dan por descubierto. Tienen suerte ustedes, que aún no se han subido a su coche y no han visitado la terrible Venta de la Inés, ni se han asomado a la finca de Conquista, ni han pedido una segunda botella de vino una noche larga en la sierra de Aracena. Están a punto de hacerlo: déjense llevar y no pongan remilgos a las migas ni a los salmorejos, ni rechacen que Moyano les sirva otra copa. Disfruten.

SERGIO DEL MOLINO

Zaragoza, diciembre de 2021

LA FRONTERA INTERIOR

NOTA DEL AUTOR

Siendo joven, cuando examinaba los mapas del país, siempre atraían mi atención aquellas regiones en las que el entramado de carreteras y poblaciones parecía mucho menos denso que en el resto. Sugerían lo poco habitado, lo desolado, lo salvaje, lo apenas explorado. Una de tales regiones era Sierra Morena, y yo había nacido precisamente al pie de sus montañas.

Desde el punto de vista geográfico, Sierra Morena representa un escalón longitudinal de casi quinientos kilómetros de largo entre la altiplanicie central y el sur de la península Ibérica. Históricamente, y en cuanto que tierra de nadie, ha desempeñado un secular papel de frontera, de paréntesis territorial. Los geólogos, por su parte, la han catalogado como horst: un macizo tectónico limitado por dos fallas. Finalmente, desde una perspectiva poética, cabría imaginar que la Meseta Central fuese un vasto mar derramándose por uno de sus flancos sobre el valle del Guadalquivir; Sierra Morena sería, entonces, el conjunto de cascadas a través de las cuales sucede tal derrame.

Hace tiempo que concebí la idea de emprender un viaje que surcase esta cadena de suaves montañas en toda su longitud, un viaje que, hasta donde sabía, nadie había escrito antes. Por más que abarcase varias regiones —Andalucía, sobre todo, pero también Castilla-La Mancha, Extremadura y el Alentejo portugués— necesariamente debían existir a lo largo del recorrido unos rasgos comunes, genuinos, determinados por la vegetación, la fauna, la orografía y la historia; rasgos que, de algún modo, constituirían la argamasa del viaje.

A primeros de 2019 confluyeron por fin las circunstancias adecuadas para llevarlo a cabo. Días atrás me cité con varias personas a las que ni siquiera conocía, pero de quienes esperaba que constituyesen importantes hitos a lo largo del camino. Partí de casa cierto día de invierno, solo, al volante de un humilde utilitario e imbuido por la idea de que lo asombroso y la aventura pueden aguardarnos en cualquier parte. Trataba de imaginar que era un viajero anglosajón poniendo proa a la pampa patagónica o a las cordilleras del Asia central. Con ese espíritu inicié mi periplo y este libro.

1

Llegué a Aldeaquemada en un frío amanecer de febrero, después de haber atravesado un solitario paisaje de encinares. El sol, que asomaba entre las montañas, iluminó débilmente la hondonada donde se enclavaba aquel pequeño pueblo andaluz. Dejé el coche junto a su plaza mayor y, envuelto en mi propio vaho, di un paseo por anchas calles en las que no se veía un alma. El aire olía a leña y a aceite. Por un instante, el estilo colonial de la vieja iglesia de piedra me trasladó a la remota América. Todo parecía guardar una escrupulosa simetría, como si, lejos de crecer espontáneamente, el pueblo hubiera sido trazado con escuadra y cartabón por antiguos delineantes. Di por fin con un vecino, al que pregunté si era cierto que allí tenían antepasados suizos y alemanes.

—Eso cuentan —respondió encogiéndose de hombros para, a continuación, darme sus apellidos, que eran de raíz hispánica y muy comunes.

Mi pregunta no carecía de fundamento. Había iniciado aquella travesía por el extremo oriental de Sierra Morena, una región que en 1212, tras la batalla de las Navas de Tolosa, quedó prácticamente desierta durante medio millar de años, ajena a la ley y convertida en refugio de malhechores y forajidos. Tal situación cambió a partir del siglo XVIII, cuando el rey ilustrado Carlos III decidió trazar por allí una vía de comunicación que uniese el centro y el sur del país y, con el fin de civilizar la comarca, mandó levantar decenas de nuevos pueblos. Encomendó la gigantesca operación a Pablo de Olavide, quien hubiese preferido practicar el paso por Aldeaquemada y no por Despeñaperros, como finalmente se hizo. El contingente inicial de colonos fue traído desde Centroeuropa. Aunque mi primer intento de dar con sus descendientes había sido infructuoso, no descansaría hasta encontrar a alguno de ellos.

En la calle Concordia había una churrería abierta, a cuya puerta permanecía estoicamente amarrado un podenco gris. Una pequeña estufa caldeaba agradablemente el interior. Los parroquianos, que me miraron con sucinta curiosidad, llevaban ropa de camuflaje, gruesas botas y gorra verde, como si el de cazador fuese su uniforme oficial. Mientras desayunaba café con leche y churros escuché unas conversaciones que giraban, invariablemente, en torno a la caza. Hablaban sobre los inconvenientes de llevar visor en la escopeta, o de cierta zorra herida que huyó escondiéndose en un chaparro. El más joven del grupo, de cincuenta y tantos, contó con acento más castellano que andaluz cómo lo había atacado un jabalí; después de acertarle en el muslo y el lomo, el animal seguía viniendo a por él.

—Los perros no conseguían matarlo, y yo no me atrevía a dispararle otra vez, por miedo a cargármelos...

No pude saber cómo terminaba su relato, ya que un tipo que acababa de entrar lo interrumpió para decir:

—Hay perreros con oficio y otros que no.

El recién llegado se llamaba Fide, y la camarera le preguntó qué quería para desayunar.

—No lo sé —respondió él.

—Pues nolosés no me quedan.

Entablé conversación con la camarera, cuyo peculiar deje me hizo suponer que fuera extranjera, aunque resultó llamarse Nuria y proceder de La Mancha, unos pocos kilómetros más al norte. Mi intención era visitar el cementerio, dando por supuesto que, si no quedaban descendientes de los colonos centroeuropeos entre los vivos, al menos los habría entre los muertos. Sin preguntarme el motivo de tan extraño deseo, me explicó que el cementerio estaba cerrado y que las llaves las custodiaba un tal Alejandro, conocido por los lugareños como Harry. «Es raro que no esté por aquí». Lo telefoneó, pero Harry no lo cogía. Como le dije que quería ver la cascada de la Cimbarra, me aconsejó hacerlo mientras ella trataba de localizar al guardián.

La pista de tierra que llevaba a la Cimbarra discurría junto a un arroyo cubierto por láminas de hielo. La hierba, los cardos, las zarzamoras, las copas de las encinas, todo estaba sembrado de escarcha y velado por una difusa neblina. Parecía el escenario de un cuento medieval. Nada más dejar el coche, oí a lo lejos un poderoso fragor, como si al final del camino me aguardase un dragón furioso. No tardé en llegar a una plataforma rocosa desde donde contemplé la profunda garganta que socavaba el paisaje. El lugar era de una belleza poco común. Un sendero zigzagueante permitía descender hasta un recóndito lago rodeado de fresnos, alisos y rocas musgosas sobre el que vertía agua sin cesar una catarata de cuarenta metros de altura. Me pareció que aquel fastuoso salto constituía el lugar idóneo para iniciar mi viaje, ya que —de algún modo— simbolizaba el gran escalón de Sierra Morena, el abrupto tránsito de la Meseta Central al valle del Guadalquivir.

Cuando regresé a la churrería, Nuria me contó que había conseguido hablar con Harry y que no tardaría en aparecer. Lo esperé en la puerta, donde el pobre podenco seguía atado con infinita paciencia. Pronto divisé al fondo de la calle, acercándose al trote, a un singular personaje ataviado con el uniforme del lugar: anorak y pantalón verdes. De rasgos distorsionados, bajo la gorra le asomaba un cráneo lampiño cosido a cicatrices. Nada más saludarnos me contó que lo habían operado de un tumor cerebral en Jaén.

—Me daban casi por muerto, pero yo aguanté.

La pérdida de masa encefálica le había dejado algunas secuelas locomotoras y en el habla, aunque conservaba cierto sentido del humor. Le pedí que me dijera sus apellidos y los anotó de su puño y letra en mi cuaderno: Alejandro Mas Lebrancón. Mas es de origen catalán, y entre los colonos de las Nuevas Poblaciones habían llegado también gentes de Cataluña; tampoco me hallaba tan lejos de mi objetivo. Mientras nos dirigíamos en coche al cementerio, le pregunté a Harry a qué se dedicaba antes de caer enfermo.

—A lo que salía... —me contestó—. En los pinos.

—Y —quise saber— ¿qué hacías en los pinos?

—Lo que me mandaban los jefes.

La conversación, parca ya de por sí, había entrado en bucle. Cuando detuve el coche junto a la verja del camposanto, sacó ostentosamente su gran llavero del bolsillo. Me pregunté por qué las autoridades le habrían encomendado ese papel de maestro de llaves; quizá para darle alguna ocupación toda vez que no podía trabajar ya «en los pinos». Recorrimos el cementerio. Muchas tumbas consistían en simples montículos cuyos ocupantes habían sido inhumados directamente en la tierra, sin intercesión de ataúd, al estilo mahometano. Algunas no tenían nombre; en otras figuraban epitafios que empezaban así: «Después de afanes prolijos, tu cuerpo sencierra aquí». Me pareció que «afanes prolijos» era una buena forma de describir nuestro paso por este mundo. No tardé en encontrar apellidos catalanes, italianos y alemanes: Masdemont, Font, Risoto, Chic, Feter.

Alejandro me condujo hasta el nicho de su padre, Anselmo Mas Wiznez. Nacido en 1931 y fallecido en 1992, una fotografía oval en blanco y negro mostraba a un hombre de cabeza ancha, orejas grandes, cejas pobladas y ojos tristes. Me habló con respeto y nostalgia de él: se notaba que lo había querido. En cualquier caso, el apellido Wiznez venía a confirmar que Harry tenía sangre de latitudes lejanas, aunque tampoco era algo que pareciese importarle un ardite. Pensé en el primer Wiznez que, siglos atrás, había llegado desde Alemania: ¿cómo pudo imaginar que uno de sus tataranietos andaría zascandileando ahora por allí, con un juego de llaves en la mano y el cráneo trepanado? Nadie puede saber hacia dónde crecerán las ramas de su árbol genealógico.

Le pregunté a Harry (o Alejandro) cómo mataba el tiempo, a qué se dedicaba. Imaginé que saldría de caza, igual que todos sus vecinos.

—No, la caza no me ha gustado nunca —respondió escuetamente—. Me han invitado muchas veces, pero no he querido ir.

Por su forma de decirlo comprendí que sentía piedad por los animales salvajes, que le parecía injustificable matarlos como mero pasatiempo. Mientras regresábamos en coche por una ladera tapizada de encinas, y Aldeaquemada se divisaba en el fondo de la hondonada rodeada por montes y más montes, le pregunté si no se aburrían allí.

—Aquí no nos falta de ná —respondió con orgullo—. Estamos tranquilos. Estamos vigilados. Tenemos Guardia Civil y dos ambulancias.

Para Harry, que parecía carecer de ambiciones —lo que probablemente hacía de él un hombre feliz—, aquello resultaba suficiente. Me reveló que en el pueblo existía un centro de interpretación donde podía averiguarse el origen de los distintos apellidos tecleándolos en un ordenador. Quise visitarlo para saber de qué región alemana provenía Wiznez. Mientras dejaba a Harry junto a la churrería, dudé si ofrecerle algún dinero por haberme acompañado, pero sospeché que la sola idea lo hubiera ofendido. Tampoco quiso que le invitara a café ni a ninguna otra cosa.

—Para eso estamos —concluyó.

El centro de interpretación llevaba el nombre del ubicuo Pablo de Olavide, superintendente de Carlos III. Un folio pegado en la puerta indicaba que se abría a las once de la mañana. Acababan de dar esa hora. Di una vuelta por los alrededores sin perder de vista la entrada mientras, poco a poco, el cielo iba poblándose de nubes grisáceas. Cerca de allí se levantaba la gran tolva oxidada de una almazara. A las once y cuarto golpeé la puerta, pero nadie respondió. Cinco minutos después descubrí que venía hacia mí de nuevo, con su extraño galope, el hijo de Mas Wiznez. Cuando llegó a mi altura, tomó aliento para decir:

—La chica de la oficina está de boda. Hoy se casa su hermana.

Y así fue como me despedí por segunda vez de Harry, enfadado no ya con aquella chica —a quien nunca tendría ocasión de conocer—, sino tal vez con toda Aldeaquemada, puesto que nadie se había molestado en indicar a los posibles visitantes que el centro permanecería cerrado esa mañana.

La carretera que conducía a Santa Elena circulaba entre altos y frondosos pinos. Un tipo que caminaba por la cuneta se volvió para comprobar si yo era vecino del pueblo; sus facciones me parecieron netamente germánicas, aunque tal vez fuese simple sugestión. A mitad de trayecto dejé el coche al pie de un cerro —el del Castillo— y rodeé éste por un camino sembrado de bellotas y endrinas que me permitió obtener una visión panorámica del gran paso de Despeñaperros: el ciclópeo viaducto, el conjunto de estratos de cuarcita verticales conocido como Los Órganos, los tejados de barro cocido de Santa Elena. Docenas de buitres leonados volaban tan bajo que podía distinguir sus inexpresivos ojos negros escrutando el terreno en busca de carroña.

Las rocas del cerro formaban un laberinto que había dado refugio tanto a bandoleros como a los remotos pobladores íberos. Llegué a la Cueva de los Muñecos, un santuario de época prerromana cuyo nombre procedía de los cientos de exvotos de bronce que —desde tiempo inmemorial— los lugareños habían venido fundiendo sin miramientos para fabricar con ellos herramientas y aperos. Los primitivos moradores del cerro dibujaron bajo aquel abrigo rocoso chamanes, guerreros, mujeres y ciervos, pero la tizne de infinitas hogueras encendidas a lo largo de milenios impedía discernirlos a quien no fuese un experto.

Mi intención era alojarme esa noche en otra de las poblaciones de nueva planta, Santa Elena, próxima a Despeñaperros y mayor que Aldeaquemada por hallarse en una vía principal de comunicación. Sin embargo, todos sus hoteles estaban completos debido a una gran montería que se celebraba ese fin de semana en la finca Los Cuellos. Me atiborré de migas serranas en uno de esos hoteles y salí a dar un paseo por el pueblo. El casco antiguo conservaba su disposición originaria en cuadrícula, pero no así las partes más recientes. En la plaza mayor se erguía una estatua en bronce de Carlos III, con su gran nariz borbónica y su rostro enjuto y afable. A su alrededor ondeaban banderas deshilachadas de Alemania, Italia, Suiza y Francia, las naciones de origen de los colonos.

Era mediodía y cada vez arreciaba más el frío, circunstancia con la que tal vez no contaron quienes llegaban cargados de esperanzas desde tierras septentrionales. En las calles, presididas por grandes y despojados plátanos, sólo se oía el gorjeo musical de los estorninos. Una fuente conmemoraba los doscientos cincuenta años de la promulgación del Fuero de las Nuevas Poblaciones, diez de las cuales estaban enclavadas en Sierra Morena. Al día siguiente me había citado en La Carolina con Francisco Pérez-Schmid, cronista de varios de esos pueblos, para que me iluminara sobre aquel atrayente fragmento de historia.

Sin embargo, si la Historia reverberaba en las calles de Santa Elena era principalmente por la gran batalla librada en 1212 en las cercanas Navas de Tolosa, un hecho que marcó el principio del fin para la colonización musulmana de la Península iniciada en el 711. El victorioso rey de Castilla, Alfonso VIII, hizo construir una ermita «en memoria de la milagrosa batalla» de la que aún sobrevivía una erosionada cruz de piedra y frente a la cual seguía rindiéndose homenaje cada 16 de julio —día de los hechos— a los guerreros caídos.

El museo de las Navas de Tolosa se levantaba al otro lado de una autovía, sobre el mismo lugar donde se había librado la histórica contienda. El acceso era algo enrevesado y quizá por eso no encontré a ningún otro visitante. En el vestíbulo había un hombre joven con chaleco acolchado, bufanda y gafas de pasta. Le pregunté si eran muchos los turistas que pasaban por allí al cabo del año.

—Unos veinte mil —contestó acariciándose la incipiente barba—. Pocos para la importancia del lugar.

Mientras me cobraba el ínfimo precio de la entrada, añadió con gesto de resignación:

—En otro país esto sería un lugar de peregrinaje, como Normandía en Francia, o Teutoburg en Alemania...

En Teutoburg —aclaró ante mi gesto de ignorancia— una alianza de tribus germanas había derrotado a tres legiones del emperador Tiberio. Mencionó asimismo Hastings, en Inglaterra, y Stirling, en Escocia. Por mi parte, cité campos de batalla que había visitado, como el de Culloden, también en Escocia, o el de Waterloo, en Bélgica. Aunque —añadí— no recordaba haber visto ningún museo en Poitiers, donde se frenó definitivamente la expansión musulmana hacia el norte de Europa. Mi interlocutor supuso que yo entendía algo de historia y eso lo animó a seguir hablando.

Pronto descubrí que Pablo Lozano (así se llamaba) no era un conserje ni un guía, sino el propio director, quien se hallaba cubriendo una baja. A su entender, existía cierta reticencia entre los poderes públicos a promocionar aquel museo por sus connotaciones políticas: de un lado, suponía echar más leña al conflicto entre cristianos y musulmanes que, bien entrado el siglo XXI, seguía en plena combustión; de otro, la historiografía franquista había hecho un uso tan patriotero de la batalla de las Navas de Tolosa que, en la imaginación popular, aparecía ahora asociada a aquel régimen. Si no lo dijo exactamente con esas palabras, sí fue lo que vino a decir.

Se ofreció a explicarme in situ los movimientos de los ejércitos. Salimos. Ráfagas de viento invernal azotaban un paisaje grandioso sobre el que descollaba el oleaje mudo e inmóvil de las montañas. Desde allí podían verse, como elementos de un fantástico decorado, Los Órganos y el puerto de Despeñaperros. Lozano me habló del imperio almohade, un movimiento integrista surgido en el Atlas marroquí que, tras arrebatar Al-Ándalus a los musulmanes más tolerantes allí establecidos, deseaba expandirse hacia el norte. En Alarcos, cerca de Ciudad Real, los almohades derrotaron sin paliativos a Alfonso VIII de Castilla. Por si ello no fuera bastante contrariedad para este monarca, los reyes vecinos de Navarra y León aprovecharon que luchaba contra el infiel para incursionar en sus territorios.

—Por eso —siguió Lozano—, cuando Alfonso decidió hacer frente de nuevo a los almohades, se preocupó primero de forjar una alianza con los demás reinos peninsulares y de recabar el amparo papal. Esto último suponía que quien atacase a otros cristianos sería excomulgado.

Fue la primera cruzada que no tenía lugar en Tierra Santa, sino en el interior de Europa. Acudieron caballeros ultramontanos y de todas las órdenes militares —la teutónica, la del Temple, la de Santiago—, quienes se congregaron en Toledo y partieron de allí para terminar acampando al norte de Despeñaperros. Los almohades, por su parte, se instalaron al sur del paso, en lo que ahora es Santa Elena. El califa Al-Nasir (que las crónicas de la época llaman Miramamolín) había traído desde Marrakech un vasto ejército formado por guerreros procedentes de todos los rincones de su imperio, entre ellos jinetes kurdos. Eran veinticinco mil musulmanes frente a doce mil cristianos. Los primeros llevaban tropas ligeras para luchar en terreno accidentado, pero los cristianos, que usaban caballería pesada, necesitaban la batalla a campo abierto.

—Por Despeñaperros —dijo Lozano señalando el desfiladero— no podían pasar más de dos caballos a la vez, por lo que los cristianos sufrían una emboscada tras otra. Cuando ya lo daban todo por perdido, apareció en su campamento un pastor andalusí llamado Martín Halaja. Al igual que ellos, odiaba a los invasores almohades y les mostró un paso entre las montañas que seguía una antigua calzada romana. Al caer la noche, las tropas cruzaron a este lado y se instalaron en ese cerro achatado, la Mesa del Rey.

Me indicó la meseta poblada de pinos a la que se refería, hablando con tal entusiasmo que parecía haber presenciado —o incluso vivido— los hechos que narraba. Todo aquello me recordó inevitablemente la batalla de las Termópilas: el paso estrecho, el lugareño que muestra un camino alternativo, la superioridad numérica del bando oriental. Un suave manto de aguanieve se cernió sobre nosotros, obligándonos a entrar de nuevo en el museo. Frente a una pantalla táctil, Lozano me relató nuevos pormenores: la inexistencia de uniformes y la inmensa polvareda levantada en aquel caluroso día de julio hacían imposible saber qué ocurría en el campo de batalla. Ni el califa ni los tres reyes aliados —Alfonso de Castilla, Pedro de Aragón y Sancho de Navarra— podían ver nada, tan sólo oír gritos.

—En medio de aquel caos —siguió Lozano—, los cristianos creyeron que alguien había ordenado retirada y empezaron a retroceder. El califa dio por supuesto que ya había vencido, pero se equivocaba. Alfonso VIII no podía permitirse una segunda derrota tras la de Alarcos y convenció a los otros dos reyes para que mandasen avanzar a su caballería.

Cuando los musulmanes vieron aproximarse a aquellos cuadrúpedos acorazados, de los que creían haberse librado, huyeron en desbandada. En ese instante, la batalla dio un vuelco. El propio califa se vio obligado a escapar de su palenque y fue Sancho VII el Fuerte —un gigante casi irreal de 2,20 m de estatura— el primero en romper las cadenas que lo rodeaban, presentes desde entonces en el escudo de Navarra. Sancho y Pedro se lanzaron a saquear Vilches y otros pueblos con ansia de rapiña, pero Alfonso se había impuesto aniquilar a los almohades y los persiguió hasta Úbeda (o Ubadat) secundado por los templarios. A raíz de la muerte de su gran maestre, éstos lanzaron un despiadado asedio sobre la ciudad, que en dos semanas sucumbió a sangre y fuego.

—Para los cristianos —concluyó Lozano—, las Navas se convirtió en un lugar de peregrinación. Hasta bien entrado el siglo XIX la gente todavía venía aquí a curarse, y en Santa Elena aseguraban que de noche podían oírse alaridos y relinchos.

Apareció un automóvil con nuevos visitantes y Lozano se despidió para dirigirse a la recepción. Había tenido suerte al disponer de él para mí solo, pensé; no era lo mismo escuchar a un guía recitar frases aprendidas de memoria que a un verdadero apasionado de la historia. Mientras me alejaba de allí, el sol se abrió paso a través de un manto de nubes oscuras. Al contrario que en el día de la batalla, hacía muchísimo frío. Lejos del influjo de la voz de Lozano, el paisaje volvía a parecer un pacífico y sosegado bosque de pinos; resultaba difícil imaginar que antaño hubiesen corrido por él la sangre, el dolor y el pánico.

Dejé atrás Santa Elena mientras el cielo vespertino se teñía de un suave color rosado. Ni en La Carolina ni en otras poblaciones quedaban habitaciones libres a causa de la multitudinaria montería, de modo que terminé llegando, como los reyes Sancho y Pedro, a la población de Vilches, sólo que con una intención harto más pacífica: buscar dónde dormir. Pronto hallé un hostal llamado Casa Marchena que esa noche no acogía más viajeros. La lección de historia, empero, no había concluido para mí ese día, pues el posadero pronto demostró tener interiorizados acontecimientos ocurridos ocho siglos atrás.

—Vilches —me explicó mientras anotaba mi nombre y número de identidad— fue el primer pueblo tomado por los cristianos tras la batalla de las Navas. El primer caballero que entró en el castillo adoptó el nombre de Vilches, y todos lo que hoy lo llevan en España son descendientes suyos.

Me reveló con orgullo que en la iglesia de San Miguel se conservaba la bandera del califa derrotado. Aunque ya era de noche y pretendía retirarme a descansar, ahora que contaba con ese nuevo dato no podía dejar de visitar el templo para poner broche final al episodio de las Navas de Tolosa. Unos empinados escalones me condujeron hasta la plaza mayor. No había nadie por la calle y pronto comprendí la razón: todo el mundo se hallaba congregado en la iglesia, vestido de tiros largos, para celebrar la festividad de la Candelaria. Sobre el portón de madera, un cartel rezaba: «Ven a pasar a tus hijos por el manto protector de la Virgen». El pensamiento mágico seguía vivo entre nosotros.

A la entrada del templo se vendían rollos dulces típicos de ese día. Junto al altar, envuelta en una túnica azul y coronada por un aro de estrellas plateadas, descollaba la estatua de la Virgen. Reparé en una vitrina situada en el lateral de la nave; en ella se custodiaba, entre otros supuestos trofeos de la gloriosa batalla, el descolorido estandarte de Miramamolín. Sin embargo, una cartela desmentía tal origen: cierto estudio había detectado que su tejido fue coloreado con cochinilla, un tinte empleado tras el descubrimiento de América, por lo que —probablemente— perteneció a los tercios de Flandes.

Rematé aquel largo día ascendiendo por la larga cuesta empedrada y sin farolas que llevaba al castillo asaltado por los cristianos. Mi propia sombra, proyectada de golpe contra un muro encalado, me provocó un sobresalto. Me hallaba en las estribaciones de Sierra Morena y desde allí podía ver grandes fábricas de aceite fuertemente iluminadas y oscuros campos de olivos que se perdían en todas direcciones. Seis o siete gatos se apretujaban bajo un banco de piedra, dispuestos a afrontar el helor de la noche. La Osa Mayor y Orión brillaban en el cielo ahora despejado con intensidad, y sobre la llanura resplandecían numerosas poblaciones, como islas de luz en la negrura. Una de ellas debía ser Úbeda, la antigua Ubadat de los musulmanes.

2

Abandoné Vilches a las seis y media de la mañana, cuando todavía era noche cerrada y en el pueblo reinaba el silencio más absoluto. Los días de febrero eran breves y debía sacarles el máximo partido posible si quería hacer de aquella escapada impulsiva un verdadero viaje. Una costra de hielo cubría por completo el parabrisas, que limpié como pude con la manga del anorak. Aun así, y mientras el hielo no terminaba de derretirse, tuve que circular varios kilómetros sacando la cabeza por la ventanilla para discernir la solitaria carretera. Un viento gélido me azotaba la cara sin compasión. Las grandes fábricas de aceite seguían resplandeciendo como monstruosas luciérnagas en la oscuridad.

Para encontrar un lugar donde desayunar a esa hora tuve que pasar de nuevo por Santa Elena y llegar a la Venta de Cárdenas, ya en Despeñaperros. Di allí con varios restaurantes abiertos, pues era un paso frecuentado por camioneros. Inanes cabezas de ciervos y muflones me vigilaban desde las paredes mientras tomaba un café con leche acompañado de tarta de hojaldre con matalahúva. Los termómetros marcaban 6 ºC bajo cero. Con el estómago ya lleno y el cuerpo caldeado, descendí de nuevo por la falda de Sierra Morena hacia La Carolina, capital de las Nuevas Poblaciones y la más grande de todas ellas.

Sierra Morena no representaba una fractura del territorio tan sólo en sentido geológico: también lo había sido en un sentido político. Tras la Reconquista quedó convertida —ya se ha dicho— en una gran comarca despoblada, una inhóspita terra nullius que separaba el centro del sur de España, y en la que sólo se levantaban algunas ventas cuyos dueños se veían obligados a confraternizar con los abundantes salteadores. La llegada de riquezas procedentes de América por los puertos de Cádiz y Sevilla obligó a establecer una vía de comunicación rápida y segura con la capital, Madrid. De este modo, Carlos III decretó en 1761 la construcción de la carretera que atravesaría Despeñaperros. El paso siguiente consistió en repoblar la zona como medio de combatir el bandidaje, lo que dio origen a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.

No fue ése, sin embargo, el único motivo de su fundación. En pleno Siglo de las Luces, los ministros de Carlos III vieron la oportunidad —acaso utópica— de empezar a implantar allí una reforma social, económica y agraria que pudiera servir de modelo para el resto del país y las tierras de ultramar. De este modo, en 1767 se aprobó el plan colonizador, a cuyo frente se nombró como superintendente al jurista Pablo de Olavide, nacido en Lima, quien ya había llevado a cabo exitosos proyectos reformistas en la ciudad de Sevilla. Un mes después fue publicado el Fuero de las Nuevas Poblaciones que, entre otros aspectos, adjudicaba a los futuros colonos lotes de tierra (o suertes), vivienda, bestias y utensilios, amén de eximirlos temporalmente de impuestos.

Una de las pocas construcciones que existían hasta entonces en la comarca era el monasterio de La Peñuela, donde se había alojado el poeta místico san Juan de la Cruz antes de caer enfermo y viajar en mula hasta Úbeda para —en diciembre de 1591— entregar su espíritu. Por su carga simbólica se decidió tomar ese monasterio como punto de partida de todo el plan colonizador, trazando a su alrededor un casco urbano en forma de retícula que daría lugar a la población de La Peñuela. En 1770, los ministros quisieron halagar la vanidad del monarca y la rebautizaron con su nombre, llamándola La Carolina.

Amanecía un luminoso domingo de febrero cuando llegué a La Carolina, cuyas avenidas amplias y rectilíneas recordaban al Oeste norteamericano; de hecho, Pablo Lozano me había comparado el proceso de colonización con «una película del Oeste». A la entrada, junto al instituto Martín Halaja, se levantaba un monumento conmemorativo de la batalla de las Navas de Tolosa. La obsesión por la simetría de los urbanistas del XVIII se reflejaba en la forma geométrica de las plazas: rectangular la del ayuntamiento, octogonal la de Los Jardinillos, circular la de la Aduana. La ciudad aparecía proclamada en los folletos de turismo como «joya urbanística de Andalucía», aunque a mí, particularmente, aquella disposición en cuadrícula no me resultaba menos aburrida que, por ejemplo, la del Ensanche de Barcelona.

Había quedado con el cronista Francisco Pérez-Schmid a las once y aún tenía tiempo para dar un largo paseo. Dejé el coche cerca del ayuntamiento y recorrí una calle flanqueada por casas señoriales invadidas de maleza hasta llegar al epicentro de la colonización, el antiguo monasterio de La Peñuela —luego convento— sobre cuyos cimientos Olavide había mandado levantar un ostentoso palacio de estilo neoclásico. Entré en el museo contiguo. Imponentes vasijas ibéricas y objetos romanos de plomo daban testimonio de épocas más pretéritas, pero lo que despertó mi interés fue la amplia sala dedicada a las Nuevas Poblaciones. En ella se exhibían planos originales y maquetas de cada uno de aquellos pueblos tal como fueron concebidos originariamente, lo que daba una idea de la magnitud del proyecto: construir un nuevo mundo a partir de la nada.

Entre los protagonistas de aquella historia se encontraba un caballero dieciochesco cuyo rostro, vagamente amenazador, acechaba al visitante desde el cuadro que lo representaba. Se trataba de Johann Kaspar von Thürriegel, nacido en 1722 en Gossersdorf, Baviera, sobre quien no había leído hasta el momento nada demasiado digno de elogio. Desterrado de Austria por motivos oscuros, se introdujo en la corte española haciéndose pasar por aristócrata, consiguió que lo nombraran coronel del ejército español y convenció al rey —a través de su ministro Campomanes— para llevar a cabo aquella repoblación mediante colonos extranjeros. La Corona se comprometió a pagarle por cada uno de ellos 326 reales de vellón.

Thürriegel desplegó una gran campaña publicitaria por toda Europa, dibujando Sierra Morena como un paraíso o tierra prometida, y consiguió así reclutar a unas seis mil personas procedentes de Alemania, Suiza, Austria, los Países Bajos, Francia e Italia. Todos ellos debían ser católicos y —al menos teóricamente— labradores o artesanos. La selección no fue, sin embargo, demasiado rigurosa. Según algunos historiadores (otros defienden lo contrario) Thürriegel no tuvo escrúpulos a la hora de incluir en el lote que cobraría a la Corona personas que jamás habían trabajado en el campo, amén de ancianos, vagabundos y algún que otro maleante. En consecuencia, cuando llegaron a Sierra Morena por distintos medios (la mayoría desembarcó en el puerto de Almería), muchos no sabían siquiera qué hacer con las tierras que les iban entregando. Unos murieron, otros desertaron. La picaresca de Thürriegel fue una de las grietas por las que empezó a resquebrajarse el grandioso proyecto de las Nuevas Poblaciones.

Francisco Pérez-Schmid me llamó por teléfono para disculparse, ya que le había surgido un asunto urgente y se demoraría una hora. Le dije que perdiera cuidado. La visita al museo había conseguido despertarme el apetito y me senté a almorzar en un bar llamado Martín, cerca del ayuntamiento. Pedí un flamenquín, cuya receta variaba respecto a la cordobesa en que también incluía pimiento. Cuando, tras dar cuenta de él, me dispuse a limpiarme los labios, advertí que las servilletas del bar llevaban impresa esta leyenda: «Nuestro apellido Teclemayer estuvo en el inicio azaroso de la vida de los colonos en estas tierras. Como ayer y hoy, estamos con la tradición y el reconocimiento a una tierra que acogió un nuevo comienzo».

Me fijé mejor en el hombre que acababa de servirme: su cabello canoso tenía aspecto de haber sido antes rubio; sus ojos eran claros y el rostro, sanguíneo, estaba surcado de venillas; en general, sus rasgos faciales parecían más finos que los españoles. No podía caber duda de su ascendencia germánica. Le pregunté al respecto mientras me servía un cortado. Se llamaba, en efecto, Juan Teclemayer, y con un suave acento andaluz se declaró muy orgulloso de su pasado alemán. Contó que era nativo de Carboneros —otra de las Nuevas Poblaciones, a seis kilómetros de La Carolina— y que allí se celebraba una fiesta muy arraigada llamada pintahuevos, de origen centroeuropeo, consistente en decorar huevos con colores.

—Siendo niño —añadió—, un ingeniero de minas alemán que pasaba por Carboneros me vio pintar uno de aquellos huevos y se le saltaron las lágrimas. Me dijo que le sorprendía mucho encontrar eso aquí, que era lo mismo que se hacía en su tierra...

Mirando al horizonte agregó:

—Todo esto debería dar ejemplo al resto de Europa, con tantos nacionalismos y conflictos.

Yo sorbía mi café mientras él permanecía de pie, la bandeja todavía en la mano. Se nos acercó un tipo desaliñado con aspecto de sufrir alguna clase de retraso mental. Teclemayer lo echó sin contemplaciones a la voz de «largo» y me dijo de él que le gustaba coger cualquier cosa que hubiera sobre la mesa, en especial los móviles. Guardé el mío en el bolsillo por si volvía a aparecer. Teclemayer continuó. Dijo que su apellido era originario de Baviera, la región católica de Alemania, y observó que, en realidad, sólo habían pasado doscientos y pico años desde la colonización: sus antepasados no estaban tan lejos de él, casi podía tocarlos.

—Mi nieta tiene los ojos muy azules —siguió—. Si me pongo unos pantalones cortos y salimos a la calle, todo el mundo nos toma por guiris.

Lamenté que, hasta donde yo sabía, no existiera ningún libro que compendiase toda la historia de aquella colonización, sin duda fascinante. En el museo acababan de asegurarme que sólo se habían publicado estudios parciales por parte de los respectivos cronistas locales de cada pueblo. Teclemayer me aseguró que sí tenía constancia de una antigua novela, Por trescientos reales, de un tal Rudolf Caltofen. Antes de despedirnos se mostró muy agradecido de que alguien se interesase por todo aquello.

Me senté en un banco de la plaza del ayuntamiento hojeando el periódico local Vivir. En él se mencionaba una mesa redonda en torno al lobo, así como cierta fiesta celebrada por nietos de mineros en el paraje La Aquisgrana. Entre los muchos apellidos citados sólo encontré dos de origen alemán: Filter y Mure. Tampoco era de extrañar. En 1768, una epidemia de paludismo diezmó a los colonos extranjeros que no habían desertado, con lo cual Olavide se vio obligado a reinterpretar el Fuero y admitir a nacionales para que no agonizase el proyecto. Procedían de Cataluña, Valencia y Galicia, y se les concedió el estatus de «medio colono». Una década después de fundarse las Nuevas Poblaciones, las familias extranjeras representaban un porcentaje muy pequeño. Dado que, además, se fomentaba una política de matrimonios mixtos, sus genes fueron diluyéndose hasta casi desaparecer.

Acababan de dar las doce cuando llegó Francisco Pérez-Schmid, cronista de Aldeaquemada, Santa Elena, Navas de Tolosa y Montizón. La idea que yo tenía formada de un cronista era la de un señor mayor y serio con chaqueta y corbata, y me costó adivinar en aquel joven con cazadora de cuero y gafas de sol al interlocutor que estaba esperando. Tenía además un cabello negro desde la raíz que alejaba cualquier idea de ascendencia alemana. Nos estrechamos la mano. Lo primero que me dijo fue que Alejandro, alias Harry, el hijo de Mas Wiznez, le había telefoneado el día anterior para relatarle nuestra visita al cementerio. También me explicó que el nombre que figuraba en su carné de identidad era en realidad Francisco José Pérez Fernández; había recuperado el apellido de su abuelo, Schmid, para evitar que se perdiese en el olvido como tantos otros. Entusiasta del pasado, una larga prospección en los archivos parroquiales le había permitido reconstruir su árbol genealógico hasta el inicio de la colonización, siete u ocho generaciones atrás.

—Mi rama del apellido Schmid procede de la ciudad de Weilburg —me explicó—, en la región de Hessen. Mis tatarabuelos eran Felipe Schmid y Ana María Urditz. Vinieron con su primogénito y se asentaron en Santa Elena; luego, ése y los siguientes hijos bajaron a La Carolina.

Seguíamos aún de pie, en el mismo punto de la plaza donde acabábamos de presentarnos, cuando añadió:

—También he descubierto hace poco otra rama alemana, un Berger, Franz Josef Berger, quien se casó con una viuda llamada Catalina Schaffenberger. Posteriormente, una de sus descendientes contrajo matrimonio con un tal Pérez, de Vilches, hijo de arrieros, y éste terminó formando el tronco principal de la familia. Todavía conservo un cortijo que es parte de la suerte original que les entregaron a mis antepasados. Muchos en La Carolina ni siquiera saben que sus terrenos proceden de aquel reparto.

Recordé, mientras caminábamos en dirección al palacio de Olavide, que alguien había propuesto llamar Olavidia a todo el territorio de las Nuevas Poblaciones. El cielo era de un azul impoluto y la temperatura espléndida. Le pregunté a Pérez-Schmid por uno de los personajes más singulares de aquella historia, el bávaro Johann Kaspar von Thürriegel. ¿Era realmente un buscavidas?

—Sin duda —contestó—, pero se ha exagerado mucho el mal estado en que trajo a los colonos. Te pondré de ejemplo a mis propios tatarabuelos. En realidad, eran emigrantes que estaban esperando en Saint-Jean-d’Angély para embarcar hacia las colonias francesas en América. Pero las autoridades los retenían allí durante mucho tiempo, tres años en su caso, hacinados en condiciones terribles. Por eso, cuando algunos decidieron venir a España atraídos por la campaña de Thürriegel, ya estaban enfermos y sumidos en la desesperanza. Tampoco era gente tan poco preparada como se ha dicho. Podían firmar, por ejemplo, cuando aquí casi nadie sabía hacerlo.

Pronto empecé a darme cuenta de que a Pérez-Schmid, como buen historiador, le desagradaban las tergiversaciones e imprecisiones sobre el pasado. Volví a comprobarlo cuando le pregunté acerca de José María el Tempranillo, figura icónica del bandolero con faja, manta al hombro, trabuco y sombrero calañés.

—Hay mucha leyenda sobre los bandoleros —repuso—. En realidad, el Tempranillo se movía por la sierra de Ronda y seguramente nunca llegó a esta zona. Los salteadores se concentraban en el Camino Real de Córdoba a Toledo, que pasaba por el valle de Alcudia.

En aquel momento no era consciente de que ese antiguo camino, nexo entre el sur y el centro de la Península durante siglos o incluso milenios, tendría gran peso en el argumento de este libro.

—Si bien es cierto —continuó Pérez-Schmid— que hubo un resurgir del bandolerismo en la zona, fue ya en el siglo XIX, relacionado en parte con el carlismo y gracias al nuevo paso por Despeñaperros. Probablemente, muchas de las historias que se cuentan por aquí sobre el Tempranillo se refieren a otro José María, que era de Santa Elena.

Regresamos a la plaza del ayuntamiento y entramos en un bar para tomar una cerveza. Por primera vez vi los ojos del cronista despojados de sus gafas de sol: en ellos sí que había algo vagamente centroeuropeo; los Schmid, los Urditz y los Berger parecían anidar en el fondo de su mirada. Tras dar un trago a mi jarra, me arriesgué a recibir de él por tercera vez un solapado reproche cuando dije:

—He leído que los nazis vinieron aquí buscando pruebas de la superioridad de la raza aria. ¿Eso tampoco es cierto?

—Sí y no —respondió, dejando por un momento sus palabras suspendidas en el aire.

Bebió de su jarra y remodeló el tiempo verbal de su discurso:

—A principios del siglo XX —empezó— viene a La Carolina un alemán llamado Weiss (o sea, Blanco) para investigar la historia de Thürriegel y termina publicando en 1907 un libro sobre los descendientes de alemanes en Sierra Morena. Hacia 1930, otro alemán que ha leído ese libro viene a hacer un estudio. Está especialmente interesado en las pequeñas aldeas de las Nuevas Poblaciones, donde presupone que ha habido menos mezcla. Va haciendo fotos aquí y allá, buscando rasgos alemanes. Quizá no sea un encargo específico de los nazis; simplemente, el interés por la raza aria es algo que está en ese momento en el ambiente... Mucho después, en 1959, vienen otros alemanes que analizan el grupo sanguíneo de los habitantes y les hacen mediciones para ver qué queda en ellos de su origen germánico. Creo que se confunden esas dos visitas. También entra en juego la leyenda de Montizón sobre la Piedra del Letrero o del Temple, a la que se atribuyen propiedades mágicas, y que Eslava Galán ha usado en sus novelas. Alguien la ha relacionado con la Ahnenerbe, la sociedad nazi que buscaba reliquias sagradas. Todo eso se ha mezclado hasta formar un batiburrillo.

Al contrario que a mí, que tendía fatalmente a la fabulación, a Pérez-Schmid le interesaban menos las leyendas que los hechos. Ése era su oficio, al fin y al cabo. Recorrimos las calles de La Carolina mientras enumeraba decretos y fechas, me mostraba los lugares donde habían existido pósitos, aduanas o posadas, me hablaba del latifundismo y la reforma agraria, de las tensiones políticas de la época. Los nombres se confundían en mi cabeza y mis pensamientos empezaban a viajar hacia otro lugar: yo no quería escribir un tratado sobre la historia de las Nuevas Poblaciones, ni siquiera me sentía capacitado para ello. Recordé mi encuentro con Juan Teclemayer y le pregunté, para cambiar de asunto, si habían sobrevivido palabras o costumbres de origen alemán en la comarca.

—Muy pocas —contestó—. En Aldeaquemada hay un juego que consiste en chocar huevos entre sí, y quien tenga el huevo que no se raje se los queda todos. Lo llaman cuca. En Santa Elena juegan al rulahuevos: se echan a rodar huevos por una ladera y gana el que llega antes sin romperse. En ambos casos, los huevos se pintan después de cocerlos. Son tradiciones procedentes de Alsacia... En cuanto a palabras, dicen que en San Sebastián de los Ballesteros utilizan «con, con» para llamar a las gallinas en vez de «pitas, pitas». Komm es una expresión alemana. También he oído decir que el saludo en La Carlota es Got in, pero no estoy seguro de ello.

Cruzamos la plaza octogonal de Jardinillos, que ocasionalmente había servido de plaza de toros. Olavide y el ministro Aranda eran favorables a la celebración de corridas, ya que —empeñados en hacer crecer las colonias— opinaban que las fiestas eran buenas para forjar matrimonios. Campomanes, discípulo de Feijoo, se oponía por el contrario a ellas: decía que con las fiestas la gente se emborrachaba y, entre una cosa y otra, se perdían dos semanas de trabajo. Eso me contó Pérez-Schmid al pie de las llamadas Torres de la Fundación, dos pilares de piedra decorados con bajorrelieves cuyo fin había sido ofrecer una imagen bucólica —publicitaria— de las Nuevas Poblaciones. En ellos se veía a gente desbrozando bosques sin quitarse el tricornio ni la casaca, niños y mujeres felices en torno a pozos de agua rodeados de árboles frutales.

El despertar definitivo de aquel sueño empezó con la caída en desgracia de Pablo de Olavide, el hombre que había puesto todo su empeño en sacarlo adelante y que proyectaba crear en aquellos pueblos fábricas textiles «superiores a las de Cataluña». La Iglesia nunca le perdonó la cláusula contenida en el Fuero —sugerida tal vez por él— de prohibir levantar conventos o monasterios en las Nuevas Poblaciones; tampoco que ordenase construir su palacio sobre los cimientos de La Peñuela. El Santo Oficio lo condenó en 1776 a ocho años de reclusión por 126 proposiciones heréticas, entre ellas leer libros prohibidos, defender el sistema de Copérnico y cuestionar la existencia del infierno. Algunos historiadores acusan a Carlos III de no haber hecho nada por salvarle el pellejo.

—Olavide cayó simplemente porque era el eslabón más débil —aclaró Pérez-Schmid—, un intendente, un funcionario. No pertenecía a ninguna familia patricia.

Pero Olavide consiguió huir durante un permiso, so pretexto de tomar unos baños, y se refugió en Francia, donde lo acogieron sus amigos Voltaire y Diderot y pudo vivir años de gloria. Durante el Terror que siguió a la Revolución francesa huyó a España. Se hizo perdonar por la Inquisición escribiendo El Evangelio en triunfo y acabó convirtiéndose en un famoso novelista, traducido en toda Europa, hasta que murió tranquilamente en su retiro de Baeza en 1803.

Menos afortunado fue el destino del otro protagonista de esta historia, Johann Kaspar von Thürriegel. Acusado de contrabando, en 1787 fue encarcelado en la fortaleza de Pamplona. Huyó de su encierro al igual que Olavide, pero, en vez de refugiarse en Francia, se dirigió a la corte de Aranjuez para suplicar clemencia e indulto al rey. Su capacidad de seducción resultó no ser tan eficaz como él creía: el rey ordenó su inmediato reingreso en prisión, donde acabaría muriendo en 1800.

Continuábamos al pie de las Torres de la Fundación. Me fijé en que tenían también esculpido el sempiterno rostro, como de abubilla o de pájaro carpintero, de Carlos III.

—Y aquí no lo han sacado muy feo —bromeó el cronista.

Con la muerte de Carlos III en 1788 y la consiguiente retirada de ayudas, las Nuevas Poblaciones continuaron su imparable declive. Acontecimientos históricos como la guerra de la Independencia, la promulgación de la Constitución de las Cortes de Cádiz o el trienio liberal las hicieron hundirse en el olvido, siéndoles retirado definitivamente su fuero especial en 1835. «El negocio más glorioso», como se llegó a llamar al proyecto de colonización, había nacido en la mente de hombres ilustrados que pretendían evitar el latifundismo y otros males de la vieja sociedad, creando una nueva sociedad campesina donde no fuese posible la acumulación de tierras en pocas manos y los agricultores recibieran formación. De haber triunfado, el modelo se hubiera exportado a todo el país. Sobre el papel, parecía casi una utopía comunista.

—Es exagerado hablar de utopía —me aclaró Pérez-Schmid, siempre tendente a la desmitificación—. Todo fue un plan práctico.

—Sin embargo —insistí—, la idea que queda al final de todo aquello es que el proyecto fracasó.

—Es posible, pero aquí estamos todavía —repuso señalando las calles de La Carolina, muy animadas en esa hora dominical del aperitivo—. O sea, que no fracasó del todo.

Asentada sobre un alto cerro y con Sierra Morena de telón de fondo, escoltada por el castillo almenado de Bury Al Hammam, Baños de la Encina surgía en el horizonte como una ciudad legendaria. Me adentré por sus pulcras calles y no tardé en encontrar alojamiento en Palacio Guzmanes, una casona de piedra del siglo XVII que, según me explicó la tímida y simpática conserje —una chica llamada también Nuria—, había sido convento de clausura, escuela, hospital y, finalmente, casa del notario que le diera su apellido. Las habitaciones no estaban indicadas con números, sino con nombres: Labrador, Segadores, Abadesas, Obispo, Bordadoras... Me halagó que Nuria me otorgase la habitación Poeta. Desde su balcón pude contemplar el valle del Guadalquivir y la poderosa mole blanquecina de Sierra Nevada.

Me dirigí a visitar la que se decía gran atracción de Baños de la Encina, el camarín de la ermita del Cristo del Llano, pero el joven que atendía en la oficina de turismo me dijo que sólo podía visitarse en grupos de al menos cuatro personas. Caía ya la tarde de domingo invernal y con toda seguridad no había ningún otro turista en todo el pueblo. Me revelé ante aquella estúpida e inflexible norma. Empleando un tono inesperadamente autoritario (puede que impertinente), le dije que estaba escribiendo un libro sobre la zona y que, si no podía visitar el camarín, no lo incluiría en él. Tal argumento —que con el tiempo se revelaría infalible— pareció poner nervioso al joven, llamado José María Rodríguez, quien acabó citándome media hora después en la puerta de la ermita.

Por el camino bebí el agua helada de una fuente. Una señora bajó de su coche para llamar a la puerta de una casa encalada y le dijo a la dueña: «Te traigo zorzales y una torcaz; mi marido se ha hartado ya de pelar pájaros, pero, si los guisas, avísanos» (o sea, pensé, que el regalo no era del todo desinteresado). Subí la larga cuesta que llevaba a la ermita del Cristo del Llano. Levantada sobre un altiplano que fuese descansadero en tiempos de la Mesta, una columna de piedra indicaba su antiguo carácter de cruce de caminos. Desde allí se dominaban el valle del Guadalquivir y Sierra Morena. José María Rodríguez no tardó en aparecer con las llaves del templo en la mano y cierta expresión de fastidio en la cara.

Entramos en la ermita, sobre cuyo altar se atisbaba una cueva de abigarradas paredes: el famoso camarín, al que se accedía por unas escaleras traseras. No creía que fuese a impresionarme, pero lo hizo. Su autor, un cordobés llamado Pedro de Mena, había llevado el estilo barroco hasta el paroxismo, moldeando cada milímetro cuadrado de estuco con angelotes, querubines, santos, vírgenes, mascarones, aves exóticas, estípites, guirnaldas y motivos florales, todo ello profusamente policromado y lleno de espejos. Rodríguez afirmó que nadie sabía el número exacto de figuras, pero que sin duda superaba el millar. Aunque había entrado allí cientos de veces, cada vez descubría nuevas simetrías. «Todo está bien pensado y medido». Cuando salimos, le di las gracias por haberme permitido contemplar el espectáculo; ahora se le veía contento.

Regresé al hotel y pagué a Nuria mi estancia por anticipado, ya que al día siguiente saldría muy temprano. Me mostró un croquis con los caminos que conducían al siguiente hito en mi viaje, la Virgen de la Cabeza. En otoño, numerosos visitantes alquilaban todoterrenos para llegar por tales caminos a las escondidas vaguadas donde podía observarse la berrea del ciervo. Subí a la habitación Poeta y contemplé desde su balcón cómo la noche cubría los silenciosos campos. Antes de dormirme dediqué un par de horas a transcribir las apresuradas notas tomadas en los dos últimos días, pues, de dejar pasar más tiempo, terminarían siendo ilegibles incluso para mí mismo.

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Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
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161 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788411320092
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Bookwire
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