Читать книгу: «Tres mil viajes al sur»
MANUEL MACHUCA
Tres mil viajes al sur

Somos editorial y productores de cultura
Catálogo completo en www.anantescultural.net

Primera edición digital: Julio de 2020
© Manuel Machuca
© Anantes Gestoría Cultural
www.anantescultural.net
Diseño y maqueta: Anantes Gestoría Cultural
ISBN: 978-84-120602-9-4
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático o de venta por internet, ni compartirlo con fines lucrativos en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
A Anabel Caride, por su talento y su generosidad.
A Marina Machuca, por toda una vida juntos.
Al Polígono Sur, la verdadera Sevilla eterna.
Aurea mediocritas
El barrio que me habita sabe hablar en dialecto
como haría Berceo,
conoce cómo suena sin dudarlo la voz del tapicero,
no teme a que se manchen sus dedos
de albero enfanguecido,
aprendió cómo huele diciembre
en la nariz de un niño…
Vuelve cada dos lustros a acortarme la falda
cuando me salen granos,
no pide que dedique un poemario
a sus bancos sin pipas.
Cuando el mundo se torna árido rascacielos,
tribuna del pedante
vuelvo a sus plazoletas a esperar cómo el tiempo
se alarga a voluntad;
las líneas de mi mano adivinaron
que siempre se regresa torpemente
al lugar del delito.
Anabel caride
JOSEFA Veo un tren y se me cambia la cara
A Francisco José Torres Gutiérrez
Correspondencias
Las ciudades son trenes que cruzan sin mirarse,
transeúntes que ignoran
dónde irá el autobús de la acera de enfrente,
cuerpos desconocidos que olvidaron llamar
al otro por su nombre.
Las miras a los labios y descubres penínsulas
que escapan a los ojos del censo,
túneles sin retorno que acarician ausencias
en sus bancos vacíos.
Su fracaso es el nuestro al subir la persiana
y no hallar un motivo que el café nos endulce.
Caminan siempre a tientas
entre la dignidad y los achaques
como los desahuciados.
Sus adarves son almas
que olvidaron quién fue su maestro;
ya no saben saltar en los charcos
por miedo a constiparse.
Anabel caride
I
Me gusta mucho salir por la mañana a la terraza a ver pasar los primeros trenes. No importa que haga frío como hoy, para eso me pongo el abrigo sobre el pijama. Como cuando era pequeña y los veía desde el balcón de mi cuarto, en aquel lugar en el que vivíamos y que ha cambiado tanto. También allí me cegaban los primeros rayos de sol, y escuchaba los pitidos de ferrobuses, convoyes y otros trenes que no sabía cómo se llamaban, pero que era capaz de distinguir por los colores y los horarios.
Yo era feliz, igual que otras niñas que vivían en aquella casa grande de habitaciones pequeñas, que tenía un patio la mar de ruidoso por la cantidad de jaulas de canarios que colgaban de sus paredes. Entonces no nos imaginábamos las fatiguitas que pasaron nuestros padres para criarnos, aunque no creo que ninguna de nosotras echara en falta nada, ya se encargaban nuestras madres de que no nos diéramos cuenta. Sí, éramos felices y vivíamos como una gran familia. Las madres de aquellas niñas eran también mis madres y la mía la de ellas. Si una tenía que salir a trabajar, otras se hacían cargo de cuidar a sus hijos. Y si tardaba más de la cuenta, siempre había quien se quedara con ellos hasta que la madre regresara. Todas colaborábamos. Fue una suerte tener tantas madres, aunque ahora sólo me queda una, que está muy vieja y casi no se entera de nada. También he tenido muchas hermanas y hermanos. Algunos ya no están y de otros no sé qué ha sido. No fue hasta que tuve uso de razón, poco antes de que nos obligasen a marcharnos, cuando empezamos a saber que en realidad, salvo de cariño, carecíamos casi de todo.
Hoy aquella casa no existe, ya no quedan corrales de vecinos y apenas aguanta en tenguerengue, sostenida por puntales, alguna vivienda de las de entonces. Resulta difícil reconocer mi antiguo barrio. Han hecho muchas casas nuevas, aunque han mantenido algunas fachadas. La vieja fábrica no la han tirado, resiste con sus ventanas tapiadas. Sus antiguas chimeneas son hoy nidos de cigüeñas. Los adoquines de la calle que la rodea sí que no han cambiado. Más de una vez me desollé las rodillas al tropezar con ellos mientras jugaba con mis amigas. Pero no hay mucho más de aquella época, ni siquiera los naranjos que crecían alrededor de la iglesia. Hoy son otros, más jóvenes y de troncos menos retorcidos.
Tampoco vive allí nadie de los antiguos. Los que quedamos solemos juntarnos una vez al año, el día que sale el Cristo. Entonces sí que veo a algunos de los niños que jugábamos en los patios o en la calle a lo que se terciara. De los mayores, han muerto casi todos, salvo mis padres y pocos más, pero ninguno puede ir ya. De un año para otro siempre hacemos lo mismo, no hace falta que digamos nada. Nos reunimos para ver salir la procesión en la esquina de la calle donde vivía el Pisa-Pisa con su hermana, en un hueco donde antes había un jazmín enorme que talaron. Cómo olía aquel jazmín, era especial. Mi barrio olía a ese jazmín, al azahar de los naranjos en primavera y a dama de noche en verano. Ahora no huele a nada.
Desde donde estaba el jazmín podemos ver algo más tranquilos la salida del Cristo, aunque sea de lejos. Ese día es muy emocionante. Nos damos besos y abrazos cuando nos encontramos, se nos saltan las lágrimas, intentamos que no se nos vean los dientes que nos faltan; preguntamos por los que no han venido y nos llevamos algún que otro disgusto al enterarnos de los que han muerto. Y cuando todo termina, nos volvemos a abrazar antes de que cada cual coja camino para la barriada a donde nos mandaron hace tantos años, para no volver a estar juntos nunca más salvo en esta fecha tan señalada.
Nos despedimos con un hasta el año que viene, sabiendo que para algunos de nosotros éste será el último día que nos veamos. Para el próximo seré yo quien falte, no sé si alguien más caerá también, puede que mis padres. Pero me queda el consuelo de que seguro que me recordarán y rezarán al Cristo por mí.
El año pasado me enteré de que el Pisa-Pisa había muerto en un asilo. Qué disgusto más grande me dio saberlo, a pesar del pánico que sentía cuando era chica si me cruzaba con él por la calle. A aquel hombre de pies inmensos le encantaba privar. Los niños sabíamos cuándo iba calentito. Lo reconocíamos porque caminaba de lado con esos zapatos enormes. Si alguno lo veía entrar en el bar de la Peña, corría a avisarnos a los demás y lo esperábamos con paciencia. Y cuando salía dando camballadas, los más valientes se acercaban por la espalda para meterse con él.
Pisa-Pisa, ¿dónde vas con tanta prisa?
Pisa-Pisa no bebas más
que te piso y no me cogerás.
Yo siempre me quedaba atrás. Me daba mucha jindama, y no era la única. Alguna vez el pobre llevaba una papa tan grande que se trompicaba, y sólo las paredes lo salvaban de pegarse un buen jardazo. Cuando nos oía, siempre hacía lo mismo: se volvía hacia nosotros y levantaba la vista con los ojos entreabiertos. Parecía que le pesaban. Luego, sin decir nada, apenas un mugido, nos invitaba con las manos a que nos acercáramos a pisarle los zapatos. En ese momento todos nos callábamos, cagados de miedo. Los más gallitos se arrimaban despacio sin dejar de mirarle, con los ojos y la boca bien abiertos; incapaces de pestañear, dispuestos a gritar nada más que el Pisa-Pisa se moviera. Nos colocábamos uno detrás de otro; yo siempre al final. Y cuando el primero se atrevía a darle un pisotón, todos salíamos corriendo, chillando como puercos en matanza. Al principio era terror, pero luego, cuando pasaba el tiempo necesario para estar seguros de que ya no nos cogería, volvían las risas. Casi nunca pillaba a nadie, pero el día que lo hacía, le daba fuerte al que caía entre sus manazas, como la tunda que se llevó aquel muchacho que murió hace unos años al caerse de un andamio. Recuerdo cuando lo trincó por los pelos y le calentó el culo. Estuvo todo el día sin poder sentarse.
Al Pisa-Pisa ya no lo vi más. Alguien contó que le habían dado una vivienda en otro barrio, pero más adelante supimos que lo habían recogido en un pueblo, en la casa de unas monjas, con la cabeza perdida de tanto beber. En cambio, al que le zurró, raro era el día que no me lo encontraba, ya que se vino a vivir dos plazoletas más abajo de mi casa. Su viuda está como yo, que no levanta cabeza.
Asomarme a la terraza me trae recuerdos de aquellos tiempos en el corral de vecinos. Para mí, era la mejor casa del mundo, porque adoraba ver pasar los trenes, lo mismo que hago ahora entre tiritones. No sé si los echaré de menos cuando me vaya, no sé si en la otra vida se echan de menos las cosas. A mí me encantaría no dejar de verlos. Ojalá.
Salir de aquella casa fue para mí un disgusto enorme. No se me olvida lo mal que lo pasé el día en que mi padre me dijo que nos teníamos que mudar, que habían venido los del Ayuntamiento y que nos iban a desalojar porque la casa se estaba cayendo. Lo que yo lloraba. Y más cuando unos soldados nos llevaron a las antiguas cocheras de los tranvías. Aquellas naves enormes y desangeladas, con vías pero sin trenes. Había familias de todos lados, sólo nos separaban unos trapos colgados del techo. Me acuerdo perfectamente de aquello, de lo mal que olía, de la humedad, de cómo resonaban las voces. Parece que lo estuviera viviendo otra vez. Luego nos enviaron a un descampado muy triste, lleno de chozas todas iguales. Dentro de ellas no había nada, tan sólo un espacio vacío para vivir. Las letrinas quedaban muy a trasmano, a veces me meaba tanto que para no hacérmelo encima, orinaba detrás de mi casa. Pero mucho más se tardaba en llegar a la fuente a la que había que ir a por agua. Estábamos aislados, lejos de todo y no había trenes por ninguna parte. Ni siquiera se escuchaban.
Se me caían dos lagrimones cada vez que me levantaba en aquel lugar y no veía la estación. Tenía miedo de que fuera así para siempre, pero tuve suerte. No sé si fue casualidad o que mi padre insistió mucho ante el oficial que daba los pisos, pero cuando entré en el que nos tocó y salí a la terraza, se me quitaron las penas por haberme ido de aquella casa húmeda que se caía a pedazos. Allí estaban las vías del tren de nuevo, aunque no hubiera ninguna estación.
En mi casa antigua me entretenía mirando a la gente que subía y que bajaba de los vagones, o a los que entraban en la cantina. Escuchaba los pitidos del jefe de estación cuando un tren iba a salir, cómo movía arriba y abajo la vara, la porra o lo que fuera que llevara en la mano. Me encantaba el uniforme de aquel hombre. Yo creo que por eso me gustan tanto los uniformes. Lo que hubiera dado por que alguno de mis hijos hubiera salido ferroviario o policía. Hasta bombero, como los que había cerca, pero no habrá querido Dios que ninguno lo sea. Maldita droga.
Ahora la estación no la tengo frente a mi balcón. Para verla tengo que asomarme, pero la veo. Es más pequeña, un apeadero, y no tiene jefe de estación que yo sepa. O por lo menos no lleva uniforme. Allí se bajan sobre todo las personas que van al hospital que hay cerca. Un poco más adelante, las vías se meten por un túnel que atraviesa la ciudad por debajo. A partir de ahí ya no se ven más. Por mi casa antigua tampoco. Sentirse sé que se sienten porque vibra el suelo, que eso ya lo noté yo una vez que estuve allí, pero desde luego no se ven. Por eso me gusta vivir aquí, porque desde la terraza puedo verlos llegar. Y para mí es lo único que vale. Me da igual que lo que vea al otro lado sean casas que ya no son de mi barrio; no pasa nada porque el muro que tenemos delante de las vías esté hecho una porquería, y se junte allí mala gente a pincharse o a fumar porros. Veo un tren y se me cambia la cara.
Y me da mucha pena que no vaya a volver a verlos. Hoy será la última vez que me acerque. Voy a entrar por el agujero que hay en el muro y bajaré con cuidado entre los matorrales. Como cuando era pequeña en mi antiguo barrio, aunque en aquel tiempo tuviera que evitar alguna mierda del Pisa-Pisa, que le encantaba ir a cagar entre los jaramagos, y ahora el peligro sea que me pinche con las jeringuillas que dejan por ahí, o me corte con una botella de cerveza rota. Quiero sentir de cerca los pitidos del tren, tan diferentes a cuando se escuchan desde la terraza. Quiero taparme los oídos por última vez y sentir cómo se rompe el silencio al lado de las vías cuando llega. Voy a ir después de que deje a mis padres limpios y desayunados. Y cuando oiga el primer pitido, el que se escucha a lo lejos avisando de que llega el tren, llamaré a la del taller de la parroquia para despedirme. Todavía tengo saldo.
II
En cuanto acabe las cosas que tengo que hacer, llamo a Josefa. La semana pasada la encontré muy triste en la clase de manualidades. La veía en otro mundo y eso me preocupa. Le reñí de nuevo, le dije que no podía estar así y ella bajó otra vez la mirada. Siempre hace lo mismo con tal de no discutir. Me dio la razón, pero yo sabía que lo que no quería era hablar. Le pregunté por su hijo pequeño y me respondió que había vuelto a ir al colegio, pero sé que no es verdad, que sólo lo dijo porque era lo que yo quería escuchar.
Ya no la entretienen los trabajos, ni siquiera me dice que a ver cuándo hacemos un tren en la clase, como si eso fuera tan fácil. Estoy preocupada y no puedo esperar a la semana que viene para volver a saber de ella. No sé si estará tramando algo, si habrá dejado de tomar las pastillas de la depresión, como hizo cuando intentó cortarse las venas. Estoy hecha un lío, no sé qué más puedo hacer, qué es lo mejor. Me arrepiento de haberle reñido pero es que si no, no reacciona. Sé que no es bueno regañarla, pero es lo que me sale, porque cuando la veo así se me cruzan los cables. Aunque a veces ella no lo entienda, tiene que saber que lo hago por su bien; por el cariño que le tengo.
Voy a llamarla, no quiero que se me pase. Primero le daré instrucciones a la muchacha sobre lo que tiene que hacerme hoy en la casa. No quiero despistarme porque, como dicen mis amigas, o se está encima del servicio o hacen lo que les da la gana. Y como no me espabile, cambia las sábanas otra vez, y estoy de plancha hasta arriba. Mi marido, además, no tiene una camisa limpia para ir al bufete. Ayer por la noche tuve que ponerme a planchar si no quería que usara la misma de nuevo. Y acabé con la espalda hecha cisco. Así me encuentro hoy, que no me puedo ni mover.
La despensa está casi vacía y nadie en esta casa me dice nada. Esto no puede ser. No hay leche, no hay pizzas para un desavío, he abierto el último paquete de café. Además, encima se ha acabado el chocolate. No quiero ni pensar que Paco vuelva a casa y se encuentre con que no tiene su oncita para después del postre, con lo que le gusta. Voy a tener que bajar al supermercado a hacer una buena compra y que me la traigan a casa, porque la espalda la tengo hecha una porquería, y eso que anoche sólo planché un par de camisas. Será también por el frío que hace. No quiero cargar peso, pero voy a ir sola. Porque como me acompañe esta mujer, perdemos el día y la casa está que embiste. Vamos a dejar el pescado para mañana. Hoy tendré que hacer yo de comer para que la muchacha se meta a fondo con la plancha y con los cuartos de los niños, que parecen más una pocilga que otra cosa. No sé cómo pueden vivir entre tanto desorden.
Me parece que voy a hacer un cocido para salir del paso. Tres cuartos de hora en la olla y a hacer puñetas. Y si los niños se quejan, pues que se quejen, que nada más que comen a capricho. O que se compren una pizza y la hagan en el horno, que eso sí que lo saben hacer. Qué desastres son, con la edad que tienen. Van a lo cómodo, a que su madre les ponga todo por delante, y se quedan tan panchos. Y luego dice la tele que esta generación sigue en casa de sus padres hasta los treinta años por lo menos, porque no encuentran trabajo. Y porque las madres les ponemos todo por delante y viven como rajás.
No lo digo más, voy a bajar ahora mismo. A donde no iré será a la frutería. Total, para hacer un cocido, compraré en el supermercado las patatas, la calabaza y lo que se me ocurra echarle, aunque las verduras y las frutas sean allí tan caras y tan malas. Pero para un cocido no se va a notar. Paco nunca me ha dicho nada al menos. Con lo único que pone pegas es con la marca del chocolate. Un día la muchacha trajo uno de marca blanca y casi estalla de furia. Pero con lo demás, no. La carne y el chorizo también me los voy a traer de allí. Esto y el chocolate de Paco es lo que voy a subir; del resto, que se encargue el niño de los recados. Y en cuanto ponga la olla llamo a Josefa, antes de que el agua se ponga a hervir.
En el fondo entiendo a la pobre, cómo no la voy a entender con la vida que ha llevado. Es que se te ponen los pelos de punta nada más de recordarlo. Paco dice que no sabe para qué me meto, que lo de esta mujer no tiene solución, que ni la lotería lo arregla. Y no tengo más remedio que admitir que es verdad, aunque delante de él no lo haga. Porque como un día le toquen los cupones puede ser peor aún. Le pasaría como a aquella que venía antes al taller de manualidades. Con el dinero se compró un coche y ayudó a uno de sus hijos con la entrada de un piso. Luego le dio un regalito a los hermanos de éste para que no se encelaran y arregló un poco los cuartos de baño con lo que le quedó. Y al final, ¿qué? El que compró la vivienda se quedó parado y la casa se la quitó el banco. Ahora lo tiene de nuevo metido en la suya pero solo, porque su nuera se hartó de él y se largó. Para colmo, se llevó a la nieta y ahora no le deja ni verla. Y encima, han tenido que malvender el coche. La última vez que apareció por el taller me dijo que estaba limpiando la escalera de su bloque para pagar los gastos de comunidad que debía. Un desastre. Y esa familia era medio qué, de trabajadores, nada que ver con el desastre de la de Josefa.
Ella se siente más desgraciada que nadie, y aunque trate de dulcificarle la situación, cómo voy a decirle que no es verdad. Ni eso, ni que algo habrá hecho mal, porque desde luego que su familia no es muy normal que digamos. Tiene a los dos varones en la cárcel, pero lo de las niñas no sé si es peor. La mayor es puta, y a la pequeña, cuando consiguió un trabajo, lo primero que se le ocurrió hacer fue ponerse unas tetas y pagarlas a plazos. Después, cuando se quedó parada, dejó de pagar y ahora está pendiente de juicio. La niña encima vive en un pueblo y no tiene ni para pagar el billete de autobús que la lleve al Juzgado. Tendrá que acudir además con las tetas puestas. Como dice Paco, no va a poder esconder el cuerpo del delito.
Josefa no tiene ni idea de cuándo se va a celebrar la vista, mi marido dice que eso tarda. Pero de lo que sí estoy segura es de a quién le va a tocar pagar el autobús de la niña, como más de una vez le he pagado a su madre uno de los taxis ilegales que van a la cárcel, para que pueda ir a visitar a sus hijos. A quién se le ocurrirá hacer las cárceles tan lejos.
Paco dice que esto no tiene arreglo. Ya no le puedo contar nada de lo que pasa en ese barrio porque me quita las ganas de seguir yendo. Y lo peor es que tiene razón.
III
Qué frío hacía ahí afuera. Vaya con el invierno que llevamos este año. Me he quedado arrecía en la terraza, pero como se me va la olla cuando veo un tren, nada más que me doy cuenta cuando vuelvo a entrar a la casa pegando tiritones. He abierto la puerta de la habitación del niño y el hijo de la gran puta sigue durmiendo. Hoy no lo voy a despertar, no me voy a pelear con él, ya no tengo fuerzas. No me importa que la profesora me haya amenazado con dar parte a los servicios sociales para que me quiten la custodia. Después de lo de hoy seguro que se lo llevan, ya no merece la pena. No sé qué es lo que harán con él, pero por lo menos tendrá a alguien que trate de ponerlo derecho. Que lo consigan o no, con quince años que tiene, no se sabe. Pero yo desde luego ya no puedo.
A ver cómo reacciona. Lo mejor es que me quite de en medio. Si falto, puede que se estropee del todo o que se arregle, pero conmigo va a seguir haciendo lo mismo. Porque a mí me puede, a mí me tiene cogida la medida. No he sabido hacerlo con él. Ni con él ni con sus hermanos. Por eso me voy, porque me moriría del disgusto de ver que me lo quitan, y eso va a ser lo que pase cualquier día de éstos, que la asistenta social ya me lo tiene dicho. Así que prefiero no estar para entonces y que Dios haga con él lo que quiera.
Porque ya no puedo más, el niño me tiene alobada del todo y no quiero más problemas. Éste se va a quedar acostado hasta que le salga de los cojones levantarse. Con lo ilusionada que me tenía con sus estudios hace unos años, con lo bien que iba, con lo que lo querían sus profesoras. Siempre decían que él y el hijo de un chatarrero eran los mejores de la clase, los más listos. Se me caía la baba cuando le escuchaba decir que quería ser policía. Y al final ahí lo tengo, tirado en la cama sin hacer nada, hecho un golfo. Porque si no lo es ya, poco le falta.
Otro que ha salido como sus hermanos. Cómo me lo han estropeado sus amistades, esa partida de rateros con los que se junta. Al menos, desde que me echaron de la empresa de limpieza, ya no suben a casa porque estoy yo. En algo he salido ganando, porque ya no sabía dónde esconder el dinero. El niño siempre me cogía las vueltas y acababa faltándome.
Hay que ver lo que me cambia el ánimo cuando me meto para dentro y cierro la terraza, pero es que el niño me pone de los nervios, me saca de quicio. Y encima ayer me salió con que quería un móvil nuevo, que éste iba muy lento o yo qué sé qué coño le pasaba al móvil. Que se lo compre la asistenta social.
Desde luego ha salido a su padre, a ese hijo de la grandísima puta que se esté quemando en el infierno. Las hostias que me dio. Y yo que creía que había aprendido del padre de los otros cuatro, y que había jurado que ningún hombre me iba a poner otra vez la mano encima. Cómo caí, cómo volví a caer. Maldito sea el día en que me metí con él en aquel coche abandonado y dejé que me besara. Le dije que ya estaba, pero cuando me volvió a besar y me tocó, dejé que me tocara. Y luego le volví a decir que ya estaba. Por qué lo permití, por qué se me fue la cabeza. Fue cuando la sentí, la sentí ardiendo, dura, rozándose contra mi pierna mientras me mordía los pezones. Y ya no dije nada. Ya no hablé ni pensé. Me dejé ir, yo misma la busqué, la acaricié. Primero con la mano abierta, de abajo arriba, y después la apreté entre los dedos. No sé cómo pudimos hacerlo con tanta estrechura, en esos asientos medio rotos con el escay por fuera. Yo misma le bajé los pantalones y en un momento ya estaba dentro de mí. Empujaba, cada vez más fuerte, cada vez más rápido. Recuerdo cómo le bailaba la cadena con aquella Virgen en el cuello. O sería de otras veces, porque nunca se la quitó ni quiso venderla; ni en los peores momentos. Y lo que más me duele es que yo me corrí primero y él se dio cuenta. La de veces que me echó en cara lo caliente que estaba, lo puta que era, recordándome lo de aquel día. Ahora lo pienso y no me explico cómo fui tan idiota, cómo lo seguí, cómo después de la mala vida que me había dado el padre de los otros cuatro me pude enajenar tanto con este tío como para irme con él. Por qué me escapé del barrio para estar dando tumbos de un lado para otro, pidiendo por las calles, robando si se podía. Maldita sea la hora en la que me dejé preñar por él. No sé cómo se me ocurrió dejar mi casa, cómo le permití hacer todo lo que quiso sin saber ni quién era. Porque no me enteré de su verdadero nombre hasta que se estaba muriendo en el hospital y vino la Policía. Entonces supe que se llamaba de otra forma y que estaba en busca y captura. Hijo de la gran puta. Antes de que muriera le quité aquella medalla que nunca soltaba y la vendí. No quise esperar a que estuviera muerto. Era mi venganza por lo mal que me lo hizo pasar. No sé si llegó a darse cuenta, pero juro que no me importó que me dieran mucho menos de lo que pensaba.
Los recuerdos aparecen como les da la gana, soy incapaz de controlarlos. El último del que me hubiera gustado acordarme un día como éste es de esa mala persona, y se me ha venido a la cabeza. No sé por qué Dios me mandó ese castigo, qué le habré hecho yo para sufrir tantas desgracias. No quiero pensar en ese tío, ni en las cosas malas que me han pasado, pero parece que es lo único que me importa. En estos momentos me gustaría recordar mi niñez, la época más feliz de mi vida, cuando jugábamos en el patio mientras mi madre y otras señoras cosían para la calle o nos remendaban la ropa. De lo que tengo ganas es de acordarme de mis amigas, de aquella casa que ya no existe. Y de los trenes.
No hace mucho, antes de Navidad, estuve en mi antiguo barrio por última vez. Aproveché que fuimos a una iglesia que queda cerca a vender las manualidades que hacemos en el taller. A esa misa va gente de dinero y los curas nos dejan poner un tenderete en la puerta. Esta vez llevábamos adornos para los portales y los árboles de Navidad. Yo había hecho unas campanitas de colores que me encantaban. El dinero de la venta era para los negritos de un país de por ahí lejos. Me parece que se iba a dar para un colegio que atendían monjas como las que van por la iglesia. Ellas dicen que son más desgraciados que nosotros, que no tienen de nada, y que los chiquillos se mueren de hambre y que por eso vienen en las pateras. Yo no me lo imagino, pero si dicen que es así será así. Lo que sí sé es que en mi familia hay muchas bocas que alimentar y a mí no me llega para lo que necesitan.
Aquel día aproveché para pasarme por mi antiguo barrio con una vecina y su marido, que nos acercó en el coche. Donde estaba mi casa, hay ahora un bloque muy bonito y con mucho lujo. Las demás viviendas que daban a las vías del tren también las tiraron, todas menos el colegio antiguo, que ahora está lleno de tíos con crestas y de una gente tan rara que daba miedo acercarse. Las casas nuevas son bloques parecidos al que han hecho donde yo vivía. La estación la han convertido en un mercado feísimo y donde estaban las vías, ahora hay una avenida. El tren pasa ahora por abajo y se siente. Por lo menos yo escuché el traqueteo cuando cruzaba por allí. Otra vez con lo de que se siente el tren en esa calle, no sé por qué me repito tanto.
Por dentro del barrio las calles son las mismas de antes, pero todo está muy cambiado. Las casas no tienen nada que ver con las que había cuando yo era chica, aunque alguna engañe por fuera. Las hay con patios, pero la mayoría están vacíos y no se ven niños, todo lo más algunas macetas en el suelo. Tampoco hay jaulas de canarios colgadas en las paredes. El silencio de esos patios me daba como frío. Lo que sí que vi en uno de los portales fue que prohibían ir en bicicleta y llevar perros sueltos. Cuando era chica no teníamos bicicletas. Algún padre sí que usaba alguna para ir a trabajar. En cambio, perros sí que había unos cuantos, todos canijos y muertos de hambre, con más mataduras que pelo, y llenos de pulgas y piojos como nosotros.
Como era domingo, no había un alma por la calle. Olía a invierno. Parecía un cementerio con casas muy bonitas. La luna se veía en el mismo sitio que yo la recordaba. Entramos un momentito en la parroquia a ver al Cristo y a la Virgen. Como había misa, no nos paramos mucho tiempo. A mí me gustan más las imágenes en sus pasos, pero el Miércoles Santo hay tanto jaleo que no se pueden ver con tranquilidad, ni rezarle a gusto ni nada. Además, ese día no es para eso, es para volvernos a ver.
Después callejeamos las dos por detrás de la antigua fábrica para buscar la iglesia donde las demás ya habrían montado el puesto. Hacía un frío que pelaba. Mi antiguo barrio es más húmedo que el de ahora y sus calles son mucho más oscuras por la estrechez. Los adoquines estaban igual que antes, así que tuvimos que ir con cuidado de no caernos, que ya no tenemos los huesos como cuando éramos unas chiquillas y correteábamos por allí. En ese callejón al que me refiero vivía el Pisa-Pisa con su hermana. No estoy segura, pero me parece que me he vuelto a repetir. De lo que sí estoy segura es de que me acordé de sus sobrinos, que siempre andaban en pelotas cuando llegaba el verano. Me pareció verlos otra vez, agachados, agarrados a los barrotes de la terraza. Casi no cabían de estrujados que estaban, siempre pendientes del que pasara. La casa tenía ahora unos puntales sosteniendo el techo, las paredes de lo que era la salita estaban que daba penita verlas, con un papel pintado totalmente hecho jirones.
Todavía me acuerdo de cuando venía el padre de aquellos niños con un cochazo que casi no cabía por la calle. Subía a la casa y el primero que bajaba era el Pisa-Pisa, que se iba a la Peña con el dinerito que le daba el hombre. Ese día invitaba a la primera ronda al que pillara por allí. Había quien se iba al bar nada más que veía entrar el coche en el barrio, para así beber de gorra. Un rato después bajaban los niños, vestidos de domingo y repeinados, con un montón de chucherías, y dejaban a aquel hombre con su madre. Nadie regresaba a la casa hasta que el coche no se fuera. A mí me daban mucha envidia los sobrinos del Pisa-Pisa. Un día me dio por decirle a mi madre que quería que un hombre así viniera a verla y me arreó un guantazo del que todavía me acuerdo. Ya nunca más volví a decírselo, aunque sí que lo pensé. Y como yo muchas de mis amigas, aunque al verme la cara roja con la mano señalada de mi madre, no quisieran decirle nada parecido a las suyas.
Mis recuerdos felices son de entonces. En aquella casa los vecinos nos llevábamos bien. Había sus cosas, no digo que no, pero no podíamos llevarnos mal porque nos necesitábamos. Cuando alguien estaba pasando una mala racha, siempre había quien podía arrimar un plato de puchero. Las Navidades las pasábamos juntos. Encendíamos una hoguera en el patio y todos nos reuníamos allí a cenar. Cada uno llevaba lo que podía. No sé cómo lo hacían las madres y las abuelas, pero nunca faltaba. Sobre todo para nosotros los niños. Eso se ha perdido en nuestro barrio de ahora, hace tiempo que dejamos de reunirnos en la plazoleta. Es más, a muchos vecinos ya ni los conozco.
Al principio, los primeros que llegamos nos juntábamos por alguna fiesta señalada. Celebrábamos las cruces de mayo o nos reuníamos para Reyes Magos. El día de Reyes era tela de divertido. Cada año le tocaba a un vecino disfrazarse de rey Baltasar, y los mayores se hartaban de reír quemando corcho para tiznarlo y que pareciera negro. Ahora no, ahora los que tienen niños celebran el día de los muertos con disfraces de caninas, de brujas, o de lo que se les ocurra, pero con mucha sangre. Hacen concursos y se lo pasan muy bien, hasta dan un premio al mejor disfraz. Pero a mí ni se me pasa por la cabeza bajar, aunque algunos niños suben y dicen algo sobre un truco o un trato y me piden caramelos. Como si yo tuviera.
Ahora los negros auténticos los tenemos de vecinos. En el piso de arriba no sé cuántos hay viviendo en una casa como la mía. Entran y salen con sus bolsas grandes de ropa, con las cajas de pañuelos o con lo que vendan. Yo no conozco a ninguno, a mí me parecen todos iguales, salvo una negrita que tiene dos niñas y es muy buena gente. Los dientes son blanquísimos, y además los tiene todos, no como yo. Casi siempre que me la cruzo se para a hablar conmigo y me llama por mi nombre de una forma muy graciosa. Yo no me he quedado con el suyo porque es muy raro. Por lo menos no es de aquí. La muchacha un día me regaló un rosario de los que vende. Lo tengo puesto en la mesita, pero no rezo ni nada. Todo lo que tenía que rezar ya lo recé. Y total, para el caso que Dios me ha hecho…
El barrio no tiene nada que ver con el de los primeros años. Ahora hay mucha falsedad, la gente va a su avío y cuchichea mucho a las puertas de su casa. Ya no se ve tanta droga por la calle, o puede que sea que no esté tan pendiente porque mis dos hijos mayores están en la cárcel. Pero de vez en cuando se sigue escuchando por ahí que han apuñalado a alguien, aunque casi siempre son ajustes de cuentas de los traficantes con alguno que no les pague. Eso mismo estuvo a punto de ocurrirle a mi mayor. No me quiero ni acordar de lo que pasé para juntar el dinero que debía y que no me lo mataran. Y para lo poco que ha servido. Por lo menos está vivo.
IV
Josefa lleva ya dos semanas sin venir a las clases. Como siga así se le va a olvidar leer y escribir, porque lo que ha aprendido lo tiene cogido con alfileres. Sé que fue al de manualidades hace unos días, me lo dijeron las otras mujeres, pero por mi taller no aparece. El último día que vino me dijo que el niño la tenía muy agobiada, que no sacaba partido de él. Me ofrecí a ir a su casa a hablar con el muchacho. Lo conozco desde que era chico, desde que su padre murió y Josefa empezó a ir por la parroquia.
Antes, ese niño me hacía caso y creo que todavía me respeta. Al menos algo más que a su madre, aunque la última vez que lo vi me dio una impresión malísima. No sé si era por el estirón que había pegado durante el verano, por el cambio de voz o por la mirada. Reconozco que me asustaron esos ojos abiertos y vacíos. Parecían de cristal, sin expresión ninguna. Me llevé un buen rato charlando con él y para mí que al menos me escuchó. Supe que volvió al colegio, pero Josefa me dijo que aquello duró como mucho una semana y que había vuelto a las andadas. Sé que la trae por la calle de la amargura y lo peor es que nadie, ni los maestros siquiera, saben qué hacer por el chiquillo, a todos les tiene comida la moral. Porque es un chiquillo, nada más que tiene quince años. Josefa dice que una maestra le tiene manía a su hijo. Yo creo que eso es lo que él le cuenta a su madre, vete tú a saber si es cierto. Algo habrá, no digo que no, pero a ver quién es capaz de encarruchar a ese niño, de meterlo en vereda, con ese cuerpo de hombre que tiene que da miedo. Porque yo me lo encuentro en un callejón oscuro y salgo corriendo.
No sé si preguntarle primero a la del taller de manualidades. Con ella también hace buenas migas, aunque para mí que esa, con el genio que tiene, le riñe más de la cuenta. Más que yo incluso. Cuando estoy tranquila en casa y pienso en el barrio, llego a la conclusión de que las broncas son inútiles, de que no sirven para nada, de que llevamos un montón de años tratando de hacer algo por esa gente y todavía no nos hemos enterado de qué va la cosa. La de manualidades dice que lo tiene muy claro, que nosotras sabemos cómo se hacen las cosas, que las mujeres son incultas y que lo que tenemos que hacer es enseñarles lo que es el respeto, porque entre los maridos y los hijos las tienen esclavizadas. Pero yo no lo tengo claro, a mí lo que me parece es en vez de ayudar, lo estropeamos más, que no vamos por ellas sino por sentirnos bien nosotras, porque en el fondo estamos tan solas como ellas. Porque vaya el Paquito ese, el marido de la de las manualidades, vaya tío estirado. Cualquiera lo aguanta. Esa va para allá porque no lo puede soportar.
Yo lo que sé es que el día que nos toca ir, lo que nos sale es reñir, a la del Paco ese y a mí también. Pero es que aquello es de locos, la historia de esta pobre mujer desde luego que es de locos. Porque no sé cómo se puede tener tanta mala suerte.
Desde que Josefa perdió el empleo la he visto caer otra vez en picado. Las que la conocen desde hace tiempo dicen que antes estuvo mucho peor. Por lo visto, hubo una época en la que un día sí y otro no se acercaba a las vías del tren, con intención de arrojarse delante del primero que pasara. Pero nunca se atrevió, y yo confío en que no lo vuelva a hacer. Tiene que seguir luchando. Ese niño necesita a su madre. Y también sus hijas la necesitan, por muy golfas y flojas que sean.
Como madre, yo la entiendo cuando se deja que las niñas le saquen lo que no tiene. Claro que se deja, cómo no se va a dejar. A mí me ha pasado igual con las mías, que ya tienen una edad. Con el dineral que nos costaron sus casamientos, todavía hay que pagarles más cosas. Y ahora es mucho peor. El marido de mi hija mayor perdió su trabajo y ahora que está en el paro le ha dado por escribir. Joaquín está que trina con nuestro yerno, se indigna porque se pasa todo el santo día delante del ordenador y no mete un euro en su casa. Y cada vez que mi hija llama para decir que van a venir a comer, se pone negro. Cuando suena el portero electrónico, Joaquín siempre sale con la misma cantinela: «Ea, ya está aquí tu yerno el poeta, seguro que viene muerto de hambre». Y me tengo que pelear con él para advertirle de que no se le ocurra hacer ningún comentario de esos mientras comemos.
Mi hija está luchando por salir adelante, matándose a trabajar, y yo la ayudo en lo que puedo. Eso es lo que hace también Josefa. Si no, para qué estamos las madres. Porque ahora le vienen tiempos todavía más duros si cabe, en el caso de que su hija pequeña, la que se puso las tetas, se quede embarazada. Cuando me contó que se había apuntado para que le hagan la fecundación in vitro, no daba crédito. No me podía creer lo que estaba escuchando.
Que en su casa no entre nada de dinero no importa, lo que importa es que la niña quiere ser mamá. Todavía no puedo entender cómo la han admitido, porque encima la han admitido en la Seguridad Social. ¡Si no tiene dónde caerse muerta! ¿A quién le van a sacar luego los pañales, la leche, los cereales, de dónde va a salir el dinero, con lo que cuesta traer niños al mundo, madre del amor hermoso? ¿Y qué educación le van a dar? Josefa me decía que la pobre se moría de ganas por tener un niño, y que le habían dicho que el esperma de su pareja era de baja calidad. Sin dinero, sin trabajo, sin oficio. Y encima, con esperma de baja calidad. Yo le dije que su hija era una inconsciente, que me parecía una locura. Pero Josefa no me respondió, sólo agachó la cabeza. Al menos, la niña va por el seguro y no tiene que pagar la pasta que le costaría hacérsela en una clínica de pago. Y más debiendo las tetas.
Para Josefa, lo más importante ahora sería encontrar otro trabajo. Todavía es joven, y tiene que cotizar o va a seguir con una miseria de paga, porque este gobierno ha decidido cortar por lo sano en lo de las jubilaciones. Menos mal que Joaquín se hizo un fondo de pensiones para nuestra vejez. Ahora que se ha jubilado lo vamos cobrando poco a poco y nos viene de perlas, porque con eso echamos una mano a nuestras hijas. Con eso y con la paga que me arreglaron por el tiempo que trabajé antes de casarme, que no sabía que con los dos o tres años que estuve asegurada me iba a quedar algo. Pues esos dos piquitos nos sirven para que de vez en cuando les llenemos el frigorífico o compremos ropita para los nietos.
Mi paga la manejo yo, esa no la toca Joaquín. Y con ella me doy el gusto de comprarles a los niños lo que me dé la gana. Diga lo que diga mi marido, que ya me encargo de que no se entere. Porque, como sepa que algún domingo me acerco al mercadillo del barrio a comprarle camisetas de fútbol a los nietos, me mete la bronca. Si es que la ropa no les dura nada, con lo que están creciendo. Y de paso ayudo a gente de allí.
Pero Josefa está sola, no tiene a nadie. Ya es mala suerte que la echaran cuando se incorporó después de la fractura del brazo. La pobre se cayó cuando volvía a su casa de limpiar una de las oficinas. Ella nunca supo lo que le pasó. Le dio un mareo, quizás una bajada de azúcar, y se rompió el cúbito y el radio. Además, se hizo una brecha en la cabeza. Pero el cabrón del jefe, encima de que la tenía asegurada por mucho menos tiempo del que trabajaba, fue reincorporarse y ponerla de patitas en la calle.
Me dijo que cotizaba por cuatro horas a la semana y trabajaba por lo menos veinte. Lo poco que ganaba le servía para ayudar a sus hijas, porque con lo que le quedó de paga de viudedad, era imposible llegar a final de mes. Trabajar de limpiadora le venía muy bien, las cosas como son. Es como lo del fondo de pensiones de Joaquín, un complemento.
Cuando me dijo que la habían echado, casi me da algo del disgusto. Además, la indemnización fue una miseria. Es lo que decía Joaquín, que a ver qué esperaba que le fueran a dar por las cuatro horas a la semana que rezaban en el contrato. Para mí que en el fondo también le venía bien que la aseguraran por menos horas. Le habían dicho que si le ponían las horas reales le iban a pegar un bocado importante a su paga, y ella lo que quería era ganar más. Pero es que de esta forma no vamos a ninguna parte. No me explico cómo hay gente que pueda seguir haciendo las cosas así en este país y que no pase nada.
Quiero hablar con ella para que vuelva a las clases. Ya sé que hay alguna del taller a la que no puede ni ver, que ha tenido peleas y discusiones por tonterías. Pero ella tiene que reconocer que en el fondo, las únicas amigas que tiene están allí, que pasa un buen rato y que le viene muy bien para su ánimo. Además, cuando está un tiempo sin aparecer, se atrasa una barbaridad, parece que se le olvidara todo. En especial, con las cuentas.
Si esta semana no viene, la llamo. Me pasaría por su casa para convencerla, pero me da miedo. Y más ahora en invierno, que anochece muy pronto. No quiero meterme a esa hora junto al muro del tren, para que me salga cualquier chorizo de esos, el hijo de Josefa mismo, y me dé un buen susto. No me hace falta otra cosa, con el coñazo que me da Joaquín desde que se ha jubilado para que deje de ir por allí. Ahora está emperrado con que vayamos al cine todas las semanas.
Al cine. A la vejez, al cine. Hay que ver lo pesado que se pone últimamente con eso, si además nunca hemos ido en todos los años que llevamos de casados. Yo lo que quiero es seguir yendo al barrio a ayudar. Me siento útil, sé que las mujeres me quieren y me piden consejos. Me encanta estar allí. Ayudarlas a leer, corregirles la ortografía, las cuentas. Disfruto tomándome un cafelito con ellas, me halaga que me cuenten sus penas. Y también me río mucho. Porque no hay día que no nos hartemos de reír con alguna loca de esas, que no todo son penas.
Las penas. A mí también me gustaría contarles las mías, pero no me atrevo. Sé que estoy allí para ayudarlas en lo que buenamente pueda, para que no metan la pata más de lo que la meten por su incultura. Pero a mí también me encantaría que alguna me entendiera, tener a quien poder confiarle que me he dado cuenta de que no soporto a mi marido. Sí, lo detesto, no lo aguanto ahora que lo tengo en casa todo el día repanchingado en el sillón. Pero no me atrevo a dejarlo. Querría que supieran que con ellas me siento feliz, y que gracias al taller he descubierto mi vocación de maestra ahora que ya no tengo edad. Esto no se lo puedo contar a ninguna de mis amigas, no me atrevería, porque seguro que irían con el chisme a sus maridos y en un plis-plas estaría en boca de todos. Seguro que llegaba a oídos de Joaquín y para qué quiero más.
Ojalá que alguna de las mujeres del taller me ayudara a verlo claro, que me empujara a hacer lo que sé que debería hacer. Pero son muy brutas. Aunque las hay más listas que el hambre, y si hubieran tenido posibilidades, otro gallo les hubiera cantado en la vida. Igual que a mí. Si hubiera puesto firme a Joaquín en su día, si hubiera hecho lo que me pedía el cuerpo. Si lo hubiera mandado a tomar por culo hace tiempo.
Y ahora que se ha jubilado, lo que quiere es que sea su perrita faldera. Eso, y meterse con mi yerno cada vez que le salga de los huevos. Mi yerno el poeta. El poeta que no es poeta, porque lo que está escribiendo es una novela histórica sobre un rey moro que sí que lo era. Pero Joaquín, ni se entera ni se quiere enterar. Cada vez que me dice algo me hago la loca. Porque yo desde luego no me voy del barrio ni dejo mis clases. Se ponga como se ponga.
Como Josefa no aparezca el próximo día, se va a enterar. Y si tengo que ir a su casa a sacarla por las orejas, la saco. Diga mi marido lo que diga, que me tiene hasta el coño.
V
Voy a dejar la casa recogida, limpia. Por lo menos, con mi cama hecha. También la cocina y el salón. No quiero que, si va a entrar gente aquí cuando ya no esté, digan que era una guarra y se me quede la fama. La habitación del niño me da igual, si quiere que la arregle él, aunque seguro que no lo hace. Si no lo ha hecho cuando he estado detrás, no lo va a hacer a partir de ahora. Ya que haga lo que quiera, para lo que va a durar aquí. Mejor bajo a casa de mis padres y termino cuanto antes.
Qué mal he hecho las cosas en mi vida. Todo se estropeó muy pronto, el día en que conocí al que iba a ser mi marido, al único con el que me casé, porque con el padre de este niño lo que hice fue arrejuntarme. A ese cabrón me lo encontraba en la parada del autobús cuando iba a trabajar. Allí empezó a hablarme. Muchas veces se bajaba en el mismo sitio que yo y me acompañaba hasta la farmacia en la que comenzaba mi turno de limpieza, incluso se ofrecía a ayudarme si iba cargada. Al principio era todo dulzura. Yo también era muy jovencita, demasiado inocente. Nos hicimos novios y, aunque tenía sus cosillas, no era malo conmigo. Era muy celoso y no quería que me pintara. Aunque le dijera que lo hacía para él, el día que me ponía coloretes me obligaba a subir a casa a quitarme el maquillaje. Pero aparte de eso, nada, aunque fue casarse y todo cambió. En especial cuando empezó a trapichear con la droga.
No sé qué fue primero, si quedarse sin trabajo y tener que meterse en líos para sacarnos adelante —eso era lo que decía, que lo hacía por nosotros—, o dejar los albañiles porque con la droga lo ganaba mejor. Ya qué más da. En aquella época la construcción estaba muy mal pagada y había muchos accidentes en los andamios. En el barrio murieron más de uno y más de dos, y también hubo quien se quedó en una sillita de ruedas. A mí me daba miedo, porque bebía mucho y casi siempre llegaba a casa borracho. Temía que cualquier día me avisaran de la obra para decirme que había perdido pie y se había desnucado.
El caso es que un día dejó el trabajo y se colocó con un gitano de dinero que vendía en un mercadillo. A mí lo que me decía era que le ayudaba en su negocio, que compraban género en los almacenes y lo vendían por las casas los días que no montaba el tenderete, pero luego resultó que traficaba. Y yo sin enterarme.
Ajena todavía a lo que pasaba, nos mudamos a un piso que nos buscó ese hombre al final del barrio, pegado a la carretera. Allí vivimos un buen puñado de años. No nos cobraba nada, decía que era parte del sueldo de mi marido. Eso más o menos era verdad, porque cuando la Policía lo cogió y lo metieron en prisión, el gitano vino a echarnos. La excusa fue que tenía que meter a otra familia para que le ayudara en lo suyo. En el barrio se decía que la casa no era de él sino de un hombre de billetes que vivía al otro lado del río, en un sitio de mucho lujo. Yo no supe nunca quién era, pero por lo que una vez me contó una vecina, que en realidad no sé si también me estaría mintiendo, aquel ricachón era un pez gordo de verdad, y tenía varios pisos puestos a nombre del gitano, aunque en realidad eran de él. Allí metía a familias como la nuestra, que no teníamos dónde caernos muertos, para que trapicheáramos con la droga. Que aquello que me dijo esa señora fuera verdad o fuera mentira yo no lo sé, lo que sí sé es que el gitano nos echó después de que a mi marido se lo llevaran preso. Y que él llevaba ya mucho tiempo enganchado. Y que también había enganchado a los niños.
Me hizo cuatro barrigas. Con él tuve a todos menos al pequeño. Dos varones y dos hembras, uno detrás de otro. Mis vecinas decían que era una coneja. A los machos los envició con la droga, el hijo de la gran puta. No tenía corazón, si fue capaz de hacerle eso a sus hijos, ¿qué no habría sido capaz de hacer?
La primera vez que le dije que dejara a los niños en paz, me pegó hasta que se hartó. Por aquella época empecé ya a tomar pastillas para la depresión. En vista de que no mejoraba, mi médico me mandó a salud mental y allí me volvieron a dar más pastillas, sobre todo desde que una vez intenté abrirme las venas. Me salvé porque, después de cortarme con el cuchillo, me acordé de mis hijos y me asusté. Yo misma salí corriendo al ambulatorio. Cuando mi marido se enteró de lo que había hecho, me volvió a pegar. Un día, con el cabreo, sacó todas mis pastillas de las cajas, hizo un puñado y me las dio. Me dijo que me las tomara si tenía lo que había que tener. Y como no lo hice, me gritó que no era capaz porque sólo era una pedazo de puta. Lo peor de todo era que los niños estaban de parte del padre. Como estaban enganchados, hacían lo que él quería. Le comían en la mano.
El día en que la Policía se lo llevó me harté de llorar. La gente creía que era de pena por él. Pero yo lo que sentí fue alivio. Sólo por una parte, porque en realidad no sabía lo que iba a hacer. Y más cuando el gitano vino a echarnos de la casa. No le valió ni que el mayor se ofreciera a sustituir a mi marido. Ese hombre ya tenía otros planes, en el fondo pienso que fue él quien lo delató. Seguro que estaba tan harto como yo.
Nos pusieron en la calle y nos tuvimos que meter en la casa de mis padres. Qué buenos han sido ellos siempre conmigo. Nos abrieron las puertas sin preguntar nada. Quizás fue porque lo sabían todo, por no hacerme pasar otro mal rato teniendo que dar explicaciones. Me da mucha pena dejarlos ahora, pero por lo menos no se van a dar cuenta. No sería capaz de hacerlo si ellos no hubieran perdido ya la cabeza. Espero que mientras duren les den cariño y los tengan limpios.
Los niños no se vinieron. Y menos mal, porque no sé qué hubiera pasado. Bueno, sí lo sé, les hubieran robado a los abuelos todo lo que pudieran con tal de conseguir para droga. En la casa de mis padres volví a salir a la terraza a ver pasar los trenes, aunque más de un día pensé en tirarme por el balcón. Pero no me atreví.
Me vine aquí con las dos niñas, pero poco después se fue también la mayor, que ya había empezado a hacer la carretera. Debía de llevar tiempo, porque yo en el fondo me lo imaginaba. No quería ni pensarlo, no me cabían más desgracias en la cabeza, ya no podía con más cosas, pero en los últimos meses la noté muy rara. Había cambiado de forma de vestir, mucho más provocativa, y no sabía de dónde estaba sacando el dinero para esa ropa. Pero no le dije nada, me conformé con saber que por lo menos tendría para vivir.
Mi marido cogió el sida en prisión y murió. Sé que lo cogió allí porque me avisaron para hacerme las pruebas y dieron negativas. Cuando me enteré de que había fallecido y de que no lo iba a volver a ver más, me quedé descansando. Aunque para evitar habladurías me pusiera de luto un año.
Por aquel entonces empecé una buena racha, hasta que en mala hora se me cruzó el padre del pequeño. Encontré trabajo de limpiadora en una residencia de ancianos y el piso de arriba de mis padres se quedó libre. Lo solicité al Ayuntamiento y me lo concedieron. Quise creer que Dios ya no me mandaría más desgracias y que la vida me iba a ir mejor. Me vine sola al piso porque la chica se acababa de ir a vivir con uno, el mismo con el que está ahora. Después de los años que llevan juntos siguen sin tener niños. Están buscando, pero ella no consigue quedarse. Su médica la mandó al hospital para ver por qué no se quedaba. Ahora la están preparando para que se quede. Lo que no sé es de dónde van a sacar para alimentar a ese niño, con el dineral que deben. A mí ya no me pueden exprimir más. Además, no lo voy a conocer. Quizás si ve que falto se espabile, se arrepienta y se olvide de eso de quedarse embarazada. Porque es una locura, mis profesoras no paran de decírmelo. Y me riñen como si fuera yo la que estuviera buscando.
La fregona de mi madre está hecha un desastre. Más que limpiar, creo que ensucia. De todas formas, esta casa da poco trabajo, son ellos dos nada más. Mi padre no sale de la cama y mi madre está todo el día sentada en el sillón de su cuarto, con la cabeza medio ida. Voy a buscar qué les hago de comer y lo dejo preparado. Lentejas. Y un poquito de papas. A mi padre se las pasaré para que no se atragante.
Si mi hijo mayor estuviera aquí, me diría que las lentejas me las comiera yo. Aunque imagino que en la cárcel habrá tenido que tomar más de un potaje. Y los de allí seguro que no serán como los que hace una madre. Espero que se haya acostumbrado, porque él y su hermano tienen para largo. El abogado me dijo que al mayor le quedan por lo menos seis años pero que, como todavía tiene cuentas pendientes, casi seguro que serán unos cuantos más. Y una puede ser gorda, porque no se le ocurrió otra cosa que pegarle a un policía.
Al chico le cayeron quince años poco antes del verano, por entrar en una casa a robar. El día que se celebró el juicio no pude estar, por mucha prisa que me di. Quería verlo entrar y salir, como otras veces. Pero tenía que trabajar, no podía faltar. Mi jefe andaba detrás de mí desde hacía bastante. Yo sabía que, nada más que le diera una excusa, me pondría de patitas en la calle como ha hecho, y por eso no podía escaparme antes de la hora. Por mucho que corrí, no me dio tiempo. Cuando llegué al Juzgado ya se lo habían llevado para atrás. Ese fue el motivo de la última bronca que tuvimos, y desde entonces no me habla ni me deja que vaya a visitarlo, aunque a sus hermanas les dice que le mande dinero. Eso es lo único que quiere de mí.
Mi madre se ha vuelto a quedar cuajada en el sillón. Luego dice que no duerme de noche. ¿Cómo va dormir, si tiene el sueño cambiado? La dejaré así. Le voy a dar un beso con cuidado, no vaya a despertarse y me note algo en la cara. Tampoco ellos pueden seguir de esta forma. Que los recojan, es lo que más les conviene. Los van a cuidar mucho mejor que yo. Porque ya no queda nadie en la familia que pueda hacerlo, y a mí cada día me cuesta más trabajo levantarlos. Si mis hijas fueran de otra forma, todavía. Pero no se van a hacer cargo, ni aunque se queden con sus pagas.
Además, la mayor no podría atenderlos porque tiene los anticuerpos. Seguro que se los pegó algún tío de esos con los que ha andado. También se infectó de hepatitis y ha estado muy mala, a punto de morirse. Una vez creía que se me iba. Yo pensaba que se había puesto más buenecita. Sin embargo, ahora está peor y ha vuelto a la carretera, pero ya no es lo mismo. Dice que las negras le están quitando los clientes. Las negras y los años, digo yo. Vive en un piso al final del barrio, cerca de nuestra antigua casa, pero no sé con quién. Sola no creo. Cuando tiene una buena racha se viene aquí a que le dé de comer y me promete que va a mejorar, pero luego se junta con mala gente y vuelve a las andadas.
La última vez que hablé con ella no paraba de decirme que nos fuéramos del barrio, que teníamos que irnos a un sitio en el que no conociera a nadie. Y yo le pregunté que a dónde nos íbamos a ir. Que para eso hace falta dinero y no tenemos.
El hígado lo tiene fatal. Me puse negra cuando me enteré de que la llamaron de un hospital que hay en un pueblo de por aquí cerca. Querían experimentar con ella un medicamento nuevo muy caro que le podía curar la hepatitis, pero que no servía para todo el mundo. Perdió su turno porque no tenía dinero para el autobús que lleva al hospital. Decía que me llamó unas pocas de veces, pero que no le cogía el móvil. No sé si eso será verdad o no, porque el teléfono no lo entiendo bien. No sé escuchar los mensajes ni nada, pero es lo que le dije, que si veía que no me enteraba por qué no vino a mi casa.
Siempre que vuelve me pide dinero, pero yo no tengo. Para el autobús siempre voy a tener, y si no se habla con quien sea, hasta con los negritos de arriba si hace falta. Pero es que me ha quedado muy poco de paro. Y entre los gastos del pequeño, lo que tengo que mandarle a su hermana, la luz, los muertos, el agua, recargar el móvil, el tabaco para los de la cárcel… Que no, que no tengo, que la pensión y el paro no se pueden estirar más. Ya no me da ni para ir a ver a los niños. Aunque ahora ninguno de los dos quieren que aparezca, sólo que les mande dinero.
Al mayor lo puse de patitas en la calle con la novia que me había metido en casa. Eso fue cuando cumplió la última condena, antes de que le saliera la de ahora. Se plantó aquí con una gachí que tenía muy mala pinta, sin pedirme permiso ni nada. Un día que llegué a casa vi que habían echado al niño de su cuarto. El pobre se tuvo que ir a dormir al sofá del salón. La tía parecía que tenía una lombriz en el estómago. Se lo comía todo, me cogía ropa sin pedirme permiso, y si yo le decía algo a mi hijo, se encaraba conmigo. Hasta que me harté y les amenacé con que o se iban o llamaba a la Policía. No tengo ni idea de a dónde se fueron, pero lo cierto es que fue entrar otra vez mi hijo en prisión y la mujer ponerle los cuernos. Si es que se veía venir.
Ahora van a tener que aprender, y si no, van dados. El mayor, o se acostumbra a comer lo que le pongan en la cárcel o no sé qué va a hacer. En el fondo, lo he protegido mucho. Ya me lo decían las de la parroquia: «Josefa, es que lo tienes muy mimado. Déjalo que pase hambre y verás cómo se acostumbra». Y con lo de comprarles tabaco a los dos, lo mismo. Que dejen de fumar. Lo que más pena me da es saber que mis hijos van a estar mejor sin mí. Fui una mala madre para ellos cuando eran chicos y ahora también estoy de sobra.
VI
Hay que ver la cola que me encontré en la caja del supermercado. Tenía que haber puesto los garbanzos en remojo ayer antes de acostarme. Así es como salen de verdad buenos, pero no era lo que había previsto hacer de comida. Cualquiera sabe lo que hubieran dicho los niños si los ven echados en agua. La que me habrían montado. Y no, no tenía cuerpo para protestas, ni de escuchar la cantinela esa de otra vez garbanzos, si hace por lo menos un mes que no los pongo. Además, en invierno lo que se apetece es un buen guiso. Pero a ellos no los saques de la pasta.
Estoy harta de que siempre salgan con esas. Incluso Paco, que si puede malmete con la comida, aunque después se pone hasta arriba de pringá, que vaya barriga que se le está poniendo. Luego protesta porque la pastilla del colesterol no le hace nada. ¿Cómo le va a hacer? Otras veces dice que su colesterol es genético. ¡Genético! Genético de su madre, porque eso es a lo que ella le acostumbró, a comer cosas de pringue, que era lo que gustaba en el pueblo: los choricitos, la rodajita de salchichón, el queso, las mollejas, las criadillas. No sé la de porquerías que son capaces de comerse esa familia, y encima quiere que haya una pastilla que le baje el colesterol. Eso sí, el café se lo toma con sacarina.
Lo peor que llevo en el supermercado, es lo de las personas mayores que se ponen en la cola para comprar dos tonterías y tardan una eternidad en sacar la cartera. Señor, para una cebolla y dos limones que lleva usted, tenga el dinero preparado. Y no saque el billete de cincuenta euros para pagar una cuenta de dos, con el monedero como lo lleva, que le va a reventar en el bolso. Así luego no tienen cambio las cajeras. Cómo van a tener las criaturas. Es que me ponen de los nervios. Y encima de que he tardado una eternidad, no me traen el pedido hasta la una, más tarde que nunca. Qué oportunos, cuando más trabajo tienes en la cocina, llega el recadero y te llena de bolsas la entrada de la casa y te deja todo empantanado. Lo único que falta es que las chupe el perro, que no he visto bicho más hambrón que el nuestro. En eso se parece a Paco. Creo que al final voy a tener que cambiar de supermercado, porque éste se ha puesto carísimo y el servicio es cada día peor. Además, no hay cómo coger confianza con ninguna cajera, porque las cambian cada dos por tres. Yo no sé si es que en éste ponen a las que están aprendiendo, o que hacen contratos de dos o tres meses y las echan a la calle sin que les dé tiempo ni de enterarse, pero el caso es que se equivocan cada día más. Hace una semana, sin ir más lejos, me trajeron confundido el pedido de una casa que no era ni de mi calle.
Pero vamos, lo peor ha sido llegar arriba y que la muchacha me dijera que se había acabado la sal, y que da mala suerte que en una casa no haya. ¡Ah!, y que tampoco había puesto la lavadora porque no quedaba suavizante. ¿Por qué no me lo dijo antes? Después me tocará subir a la azotea a mí, con la espalda como la tengo. Pues hoy se lava sin suavizante, y al que le pique que se rasque. No sé de cuántas cosas tengo que estar pendiente, y luego para que los demás lleguen a mesa y mantel, exigiendo porque tienen prisa. El primero, Paco, pero los niños son igualitos al padre. Uno en la Universidad y el otro a punto de entrar. El mayor, que si los exámenes y el otro, que si no va a sacar nota suficiente para entrar en la doble titulación bilingüe que quiere hacer. Es que no hay manera, y mira que al chico le digo que si no entra, lo mandamos a una privada y ya está. Pero nada, ninguno hace ni su cama, lo dejan todo por medio, hasta los calzoncillos del día anterior aparecen tirados por el suelo. Ni siquiera se les ocurre echarlos al bombo de la ropa sucia.
Vivo en una leonera. Entre ellos tres y el perro, la casa está que da asco. Porque el perro es otro. Va dejando pelos por toda la casa, y como es tan delicado, no puede comer un pienso cualquiera, no; tiene que ser el más caro. Hipoalergénico sin gluten. Para colmo, mi hijo mayor me acaba de mandar un whatsapp cuando estaba en el supermercado, y me dice que se le olvidó avisarme de que esta mañana hay que llevarlo al veterinario, porque le toca no sé qué pastilla para unas lombrices que atacan el corazón o algo así. Pues tendré que ir yo, a ver quién si no. Así aprovecho para sacarlo a mear y que venga conmigo. También se han acabado sus chuches y no le pueden faltar, porque si no es otro que me da el coñazo con la patita cada vez que volvemos a casa. Y hasta que no le damos una no deja de saltar alrededor. A mí me marea. Los niños lo han acostumbrado a las chuches y a ver quién es capaz de no darle al señorito de cuatro patas.
El perro es un sinvivir desde que amanece. Por la mañana, no se nos puede olvidar darle una barrita mentolada que parece un churro. Es la que previene la caries y le quita el mal aliento. De esa quedan dos, así que también hay que comprar, para que no nos coja el fin de semana de por medio. Al mediodía, la de la artrosis, porque esta raza padece mucho de los huesos. A ver, un perro que tiene año y medio, ¿ya va a sufrir de los huesos? Pues nada, hay que darle una. Y para las otras veces que baja, unas chiquititas con forma de hueso que a veces me las deja tiradas por ahí, como los calcetines de los niños, porque se harta de ellas. Sabrán a garbanzos, digo yo. Además, la veterinaria dice que tiene que ir a la clínica cuando le compremos estas cosas, y no sólo los días que hay que vacunarlo, porque si no, cuando va se pone nervioso. La verdad es que cada vez que entra allí cree que le van a pinchar y se le sale el corazón por la boca. ¡Jesús!, lo mismo este perro necesita un psicólogo también.
Voy a aprovechar para que le dé la pastillita la misma veterinaria, porque a mí me la escupe. Es que este perro es listo como el hambre, a mí parece que se lo huele cuando voy a darle alguna medicina. Como la última vez, que se la disimulé en un quesito y el animal se comió el quesito y dejó la pastilla. Para que luego digan, si es que hay humanos que no tienen la inteligencia de este perro.
Me parece que hoy no me va a dar tiempo de llamar a Josefa. Entre la casa, el cocido y el perro, no voy a tener la tranquilidad necesaria para hablar con esta mujer. Y para eso necesito calma, mucha calma, porque tengo que saber cómo decirle las cosas para que me escuche. Además, no creo que sea para tanto lo que le pasa, seguro que son imaginaciones mías. Lo más probable es que mañana la vea en la parroquia. Si aparece, le voy a decir que se deje de tonterías, que lo que tiene que hacer es luchar, que en la vida hay rachas muy malas, como la que yo pasé con la enfermedad de mi madre hasta que se murió, pero que luego esas rachas pasan. Con lo que ha sufrido en la vida, no puede venirse abajo ahora. Porque el niño es un niño, por muy grande que esté. Y si quiere que la acompañe a hablar con sus profesores, o para que la aconseje la trabajadora social del ambulatorio, yo la acompaño. Yo sé que ella se achica con esas cosas, que le cuesta un mundo relacionarse con personas que no son del barrio. Pero verá cómo, si voy con ella, la trabajadora y yo le hacemos ver las cosas de otra forma.
No lo digo más. Voy a acercarme con el perro a la veterinaria y luego compro la sal en el chino. No quiero entrar en el supermercado otra vez para un paquete de sal, que acabaré por parecerme a las viejas esas que tanto coraje me dan. Entro un momentito en el chino y que uno de los niños del dueño me aguante el perro fuera. Y de paso, a ver si hay jarras como la que se me partió. La verdad es que no son tan feas y siempre vienen bien. Es que son muy prácticas.
VII
Hace frío en el portal. La cara se me ha puesto helada, por mucho que me haya subido el cuello de la pelliza, y eso que calienta bastante. No me atrevía a salir, pero no he tenido más remedio porque no escuchaba bien a mi hija, que me ha llamado por teléfono para darme la noticia de que está en el hospital y que le pueden poner la medicina esa que cura la hepatitis. Estaba contentísima y a mí se me han saltado las lágrimas. Dice que tiene que volver la semana que viene para empezar el tratamiento. También que está arrepentida y que quiere enmendarse, que parece que Dios le ha dado otra oportunidad. Que va a buscar trabajo y va a comenzar una nueva vida.
Cuántas veces no le habré escuchado eso mismo. Ojalá sea ahora, ojalá sea verdad, porque una mujer hace mucha falta en la familia para que los varones no se descantillen. Aunque no sé para qué he servido yo si a mí todos me tomaron por sopas.
El almendro de la plazoleta está echando las primeras flores. Tan poquita cosa que es y ya están todas las ramas rosas, qué lindo. Después vendrá el azahar de los naranjos y pronto saldrá el Cristo. Pero el primero es el almendro. A mí me da mucha alegría verlo así, ya pronto se irán los fríos. Pero hoy no, a pesar de los rayos de sol, estoy heladita.
El chaquetón que llevo es el que me regaló la profesora que me enseña a leer bien. Espero que no se enfade por que me lo haya puesto un día como éste, pero es que no tengo otro. De todas formas, cuando llegue el momento me lo quitaré. No quiero que se ofenda y le deje yo un mal sabor de boca, que no se lo merece.
Me ha dado mucha pena no despedirme de mi hija. No sé si se le ha ido la cobertura o es que se ha quedado sin saldo, el caso es que se ha cortado. Para mí que ha sido el saldo porque hablaba muy deprisa, sabiendo que no tenía tiempo. Yo tampoco lo tengo y por eso no voy a llamarla, no vaya a ser que sospeche.
No hay nadie por los escalones que suben al muro. Sólo veo botellas rotas y mucha mierda por todos lados. Hay que ver la de pintadas que tiene. Ya casi no queda sitio para otra. Más de una lo que pide es que lo tiren. Pues a ver dónde van a pintar si lo tiran.
A mí no me gustaría que lo quitaran, porque eso significaría que iban a enterrar el tren, como ocurrió en el barrio en el que vivía de chica. No podría ver ninguno desde la terraza de mi casa, pero pensándolo bien, a estas alturas ya no me importa. A mí también me van a enterrar.
Me he girado a mirar la terraza de mi bloque. Allí he dejado a mis padres y a mi hijo, todos dormidos. Espero que se hagan cargo de los tres, porque mi madre no puede cuidar a mi padre. Me ha costado mucho cambiarle los pañales. Estaba de meados hasta arriba pero caca no había hecho. Con tanto medicamento y sin moverse, está estreñido, eso es lo que dice la enfermera cada vez que lo ve. Mañana viene y le va a tener que poner un enema. A ver qué dice de la piel, porque la tiene cada vez más fina, por muchas pomadas que le pongamos.
Espero que cuando se entere de todo, haga lo posible por llevarse a mis padres a algún sitio. Ella lleva muchos años en el barrio y todos la queremos, porque se preocupa por todo el mundo. Confío en que se haga cargo, y más sabiendo como sabe lo de mi niño. La de veces que lo ha pillado en casa jugando a la play en horas de colegio. Y la de broncas que me ha echado delante de él, diciendo que iba a dar parte a la asistenta social. A la gente que tiene estudios les encanta reñir y asustar, pero mañana el parte lo va a tener que dar, ya no le queda más remedio.
Acabo de pisar una mierda. Me parece que es de perro, pero aquí cualquiera sabe. Dicen que da buena suerte, aunque a mí lo que me da es mucho asco. Voy a restregar el zapato en el bordillo del árbol. Con cuidado, porque también hay unas pocas de mierdas. Aunque estén más secas, lo único que me hace falta es pisar otra. Van a matar al árbol con tanto abono.
Tengo la boca seca como una alpargata. Necesito beber y no me he traído la botellita de agua. Y ahora que me doy cuenta, otra vez han tapado el boquete del muro. Ha debido de ser hace pocos días, porque el cemento está fresco y el trozo nuevo no tiene pintada ninguna. Me ha entrado miedo y más sed. Ahora tendré que seguir andando hasta el apeadero y bajar con cuidado de que no me vean.
No sé si darme la vuelta a por la botella de agua, y de paso levanto al niño a ver si va al colegio, aunque sea después del recreo. Tampoco sé si llamar a mi hija otra vez, con lo contenta que estaba. Lo mismo se presenta ahora a comer sin decir nada, no sería la primera vez ni la segunda, y allí no he dejado nada hecho. Como no sea que baje a casa de la abuela y se aparte unas lentejas. Yo creo que hay de sobra. No sé qué hacer, estoy hecha un lío.
Ahora está pasando un tren. Lo escucho, todavía va deprisa. Qué frío. Qué sed. ¿Me vuelvo?
VIII
Joaquín acaba de llamar para decirme que no viene a comer hoy y se ha cortado. Me he quedado sin batería en el teléfono, así que lo he tenido que poner a cargar. Me imagino la bronca que me va a echar cuando llegue esta noche. No sé la manía que tiene este hombre de llamarme al móvil en lugar de al fijo de toda la vida, con el dinero que cuestan las llamadas, por mucho que diga que son gratis. Está como un niño chico con el teléfono nuevo que le han regalado en el banco por poner un dinero a plazo fijo. Ahora está aprendiendo a poner whatsapps, me tiene frita con los mensajitos, y también se ha abierto una cuenta de Facebook. Para eso sí quiere al poeta, al muerto de hambre, para que le enseñe ese tipo de cosas. Le falta tiempo para plantarse en su casa y preguntarle cualquier chorrada que se le ocurra. Y cuando le digo que no lo moleste, que estará escribiendo, va y se cabrea encima. Dice que eso no es trabajo, y siempre pone la excusa de que las veces que ha ido se lo ha encontrado limpiando el polvo o cocinando, y que si al poeta se le queman las lentejas no es culpa suya, que lo que pasa es que es muy malo cocinando y por eso vienen a casa a comer cada dos por tres. No, si al final también voy a acabar llamándole poeta. Lo peor es que a mí seguro que se me escapa delante de él o de mi hija, con la cabeza como la tengo.
Dice Joaquín que gracias al Facebook, ha encontrado a no sé cuántos compañeros de colegio, y que están organizando una comida para antes de verano. A mí ya me importa un bledo que esté todo el día con el teléfono. Por lo menos, ya no manda tantas cosas por correo electrónico. A mi hija la tenía metida en su grupo, yo creo que por equivocación, y le enviaba de todo. Decía que era insufrible, que lo mismo mandaba chistes verdes o fotos de tías en pelotas, que diapositivas sobre el martirio de Jesucristo. El último, que yo me haya enterado, fue uno sobre la financiación secreta, por el estado islámico y traficantes de cocaína, del partido político del de la coleta.
Joaquín está de los nervios desde que ese tío ha aparecido en política. Está obsesionado. Le ha propuesto a sus hermanos vender la finca que les dejaron sus padres e invertir lo que les den fuera del país, porque no para de decir que como gobierne el de la coleta nos va a dejar sin nada. Cada vez que hablo del veraneo, me dice que ese tío nos va a expropiar el piso de la playa. Si supiera que el poeta tiene simpatía por él, le da algo. Aunque, si a mí me garantizaran que por contarle eso le daba un chungo, no me importaría ser yo misma la que se lo dijera. Pero, ¿y si se queda gagado? Lo único que me faltaba, tener que limpiarle el culo.
Desde que tiene el teléfono nuevo, ya no hay más correos verdes ni cristianos, y ahora le ha dado la ventolera del Facebook. Un día de estos me voy a abrir yo una cuenta y le voy a poner un mensaje diciéndole que se vaya a hacer puñetas. Voy a hacer como un amigo de mi hija, que dejó a su mujer por whatsapp. Pues yo, por Facebook.
Tengo que bajar a la papelería a hacer fotocopias para la clase de mañana en la parroquia. Vamos a practicar con la letra «ll» y la «y», a ver si son capaces de enterarse de la diferencia. Ojalá venga Josefa. La iba a llamar, pero si la voy a ver mañana, no merece la pena. Tengo tantas ganas de verla que no se lo puede ni imaginar. Si aparece, mejor no le digo nada para que no se agobie. Le prestaré un poco más de atención que a las demás, porque sé que se va a hacer un lío nada más empezar, y luego desconecta. Más tarde la tanteo, y si veo que tiene ganas de hablar, le doy conversación. A ver si entra al trapo y después la llevo a su casa en el coche y que me cuente. Aunque ahora que lo pienso, la niña y el poeta nos han pedido el coche para ir a hacer la compra al hipermercado. Voy a tener que ir a la parroquia en autobús. Entonces no acompaño a Josefa a su casa, que la parada está lejos y no quiero que me pase algo. Mejor le digo a Joaquín que vaya a recogerme mañana con el coche pequeño, la verdad es que aquello cuando anochece, es la boca del lobo.
No sé cuánto tiempo tardará este móvil en cargarse. Lo peor es que ni me acuerdo del pin. Cualquiera llama ahora a mi hija para que me lo diga, como está ella en el trabajo. Su jefe dice que la cosa está muy mala y que quieren cerrar la sede de aquí, que da pérdidas. Es lo que le faltaba a la pobre. Ella y sus compañeros no dejan de echar horas extra para evitar el cierre, y eso que ni se las pagan ni nada. Todos saben que quien salga de la oficina a la hora establecida está muerto, así que allí se quedan trabajando gratis hasta las tantas. Pero como tenga que vivir de lo que escribe el poeta, no sé lo que va a hacer. Y la de años que les quedan para terminar de pagar la hipoteca. Paco estará que trina con el de la coleta, pero de los que hay ahora, ¿qué dice? Nada.
IX
He subido a por el agua y el niño ya no estaba. No sé a dónde habrá ido, pero en mi cuarto no ha entrado. Todo estaba igual que cuando lo dejé, mis cosas en su sitio, la mesita ordenada. No ha movido ni el San Pancracio, que me gusta siempre que esté mirando a la cama, para que yo lo vea cuando me despierte. Ojalá haya ido al colegio. Ojalá se diera cuenta de que con esos amigos no va a ninguna parte. Si yo supiera que eso iba a ser así, me daría la vuelta otra vez.
No hay un alma por la calle. Mucho mejor, porque no me apetece encontrarme con nadie. He llamado a mi hija, pero el móvil está apagado. Va a ser cosa de batería. Estoy muy contenta por ella de que se vaya a curar de la hepatitis. Con los adelantos que hay, capaz que el día menos pensado también le curen el sida. No hace mucho salió en la tele que iban a sacar una medicina muy buena y muy cara, que estaba dando unos resultados estupendos en los monos. Ojalá le sirviera a ella como a los monos.
Mi niña, con lo linda que es cuando está bien. Si era una muñeca. Con que se pusiera los dientes sería otra cosa, con el buen tipo que ha tenido siempre. Y nada más que tiene treinta y dos para treinta y tres años. Tiene mucha vida por delante para no meter la pata como la he metido yo.
El descampado que hay al lado de la estación está lleno de coches y de negros cobrando el aparcamiento. Esa gente les han quitado el trabajo a los nuestros, pero cualquiera se mete con ellos. Dicen que como te encares con alguno, se plantan todos a defenderlo. A mí me dan miedo, aunque ninguno me haya hecho nada, ni se haya metido nunca conmigo. Qué sé yo, a lo mejor es porque no los entiendo, porque lo mismo no son tan mala gente. Mi vecina es cariñosa, y la verdad es que los demás que viven en la casa no dan la lata. Yo nunca he escuchado nada, van a lo suyo y no se meten con nadie. Alguna vez pensé que cuando mi niño cumpliera dieciséis y no tuviera obligación de ir al colegio, podría ayudarles a vender, porque yo creo que vale para eso.
Me he fijado en que por el lado del apeadero, el muro no tiene pintadas. Lo único que pone es que están prohibidas, y por lo que se ve la gente de este barrio obedece. Para que luego diga mi profesora que no sé leer.
Acabo de cruzarme con mi vecina la negra. Está en la puerta del bar de la estación, pero creo que no me ha visto. No se habrá dado cuenta, porque estaba muy pendiente de venderle un disco a uno. El tío debe de estar regateando, aunque se la comía con la mirada. Voy a hacerme la longuis, no quiero que se ponga a saludarme y a preguntarme cosas, o a tocarme el pelo, con lo pesada que se pone muchas veces.
Hay mucha gente, tiene que estar a punto de pasar un tren. Me podría tirar aquí mismo, pero no me atrevo. No quiero darle un mal rato a nadie. Además, paren o no paren, por aquí pasan muy despacio, y lo mismo ni me mata ni nada. Lo único que me haría falta sería que me dejara coja o manca, o para acostarme en una cama para los restos. No, o me mato o no me mato.
Me voy a ir para una esquina. Cuando el tren llegue la gente estará pendiente nada más que de subirse, así me podré bajar a la vía sin que nadie se dé cuenta. Quiero andar un ratito y que me dé el fresco en la cara.
Acaba de llamarme el niño en el momento en que ha llegado el tren. No me estaba enterando muy bien y se ha cabreado. Me ha dicho que va a quedarse en casa de uno de sus amigos a comer, que en la nuestra no hay de nada. Con la bulla y los altavoces anunciando la salida del tren era imposible escucharle. Le he dicho que bueno, pero antes de despedirse ha vuelto con el tema del móvil. Su amigo le vende uno que se ha encontrado por cien euros. Dice que es buenísimo, pero le he contestado que de dónde quiere que saque el dinero, si debemos un mes de pan y este mes viene la factura de la luz y del agua. Ya sé por qué se ha levantado, y no era para ir al colegio.
He bajado a la vía y me he puesto a caminar deprisa, para que nadie me diga nada. Por esta parte hay un montón de ortigas, y hay que tener cuidado con los cristales. Creo que por aquí también hay mucha mierda. Tengo que andar a saltos, para que los pinchos de las ortigas no me rompan las medias, que éstas no tienen ninguna carrera. La humedad me está poniendo chorreando los zapatos.
El pan. ¿Quién va a pagar lo que debo en la panadería? Alguien tiene que hacerlo, no quiero dejarle una roncha a la panadera. Tengo que dejar una nota. Me voy a sentar en esa piedra junto a la pared. En el bolso creo que llevo el bolígrafo de la clase. Algo en lo que escribir encontraré. Sí, aquí está. Y también hay un tiquet del supermercado de no sé cuándo. Voy a dejarlo escrito y lo firmo, para que alguien se haga cargo cuando me llegue la paga. Que si no, el niño coge el dinero para el móvil y la panadera se queda sin cobrar. Yo creo que me harán caso, es mi última voluntad.
Debo un mes de pan.
Por favor, pagarlo.
Josefa
Me parece que se lee bien, a pesar del temblique de la mano.
No me había dado cuenta, pero aquí al lado hay una muñeca tirada. Está un poco estropeada, debe de llevar unos pocos de días entre los matojos. Seguro que se le ha caído a alguna niña que iba en el tren. Es bonita, la dueña se ha debido de pegar un buen hartón de llorar. Me la imagino pegada al cristal, sin consuelo, mirando a la muñeca, pidiéndole a su madre que avisara al maquinista. Pobrecita.
¿Cómo será eso de viajar en tren? Me hubiera encantado subirme a alguno, pero nunca lo he hecho. Yo sólo me he montado en autobús. La playa la conozco de las excursiones de verano en la parroquia, pero ya tenía los cinco niños en el mundo cuando vi el mar por primera vez. Qué susto me dio bañarme en la playa. Y eso que nunca me pasó el agua de las rodillas.
No he podido evitar darme la vuelta y fijarme en el túnel que lleva a mi antiguo barrio. También había pensado en meterme por allí, sería todo más fácil, pero me da mucho miedo. Y a mí no me gustan los trenes a oscuras, quiero verlos al aire libre. Me da igual que llueva o que haga sol. Bueno, si hace sol mucho mejor, pero que pueda ver el cielo. ¿Qué es lo que habrá allí arriba?
Acabo de pasar frente a mi casa. No hay nadie asomado en todo el bloque. ¿Quién va a haber si a nadie más que a mí le gusta salir a la terraza? Un poco más adelante viene la curva, desde allí he visto venir el tren otras veces. Está muy bien ese sitio, porque te da tiempo a verlo llegar, tan bonito, y a irte al otro lado sin que el maquinista se dé cuenta.
Me encanta mirar cómo se pierden las vías a lo lejos. Me quedaría aquí horas y horas, aunque me dan miedo las ratas. ¡Y mucho asco! Ya he escuchado moverse la hierba más de una vez, qué dentera. Seguro que hay alguna por aquí cerca rondando.
Suena como un pitido a lo lejos. ¡Sí, lo escucho! ¡Ahí viene otro tren! Voy a llamar por teléfono.
Бесплатный фрагмент закончился.
