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MIS MEMORIAS
Manuel Castillo
MIS MEMORIAS
PATRONAT SUD-NORD. SOLIDARITAT I CULTURA - F.G.U.V.
PUBLICACIONS DE LA UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
© Los autores, 2018
© De esta edición: Patronat Sud-Nord. Solidaritat i Cultura de la Fundació General de la Universitat de València i Publicacions de la Universitat de València, 20187
Diseño del interior: Inmaculada Mesa
Maquetación: Letras y Píxeles, S. L.
Diseño original de la cubierta: Pere Fuster (Borràs i Talens Assessors, S. L.)
ISBN: 978-84-9134-331-8
Índice
Presentació, Esteban Morcillo y Guillermo Palao
Prólogo, José María García Álvarez-Coque
Estudio introductorio: Post Fata Resurgo. Sobre el relato autobiográfico de Manuel Castillo Quijada, Nuria Tabanera García
Mis memorias
Dedicatoria
Mi madre
Duro correctivo
En el colegio
Mi bachillerato
En la facultad
Mi estudiantado
En la universidad
Veleidades de un catedrático
Calvario escurialense
Momento difícil
Mi licenciatura
Se inicia mi emancipación
La explosión
En Salamanca
Mi iniciación política
Frente a los jesuitas
La muerte de mi madre
Mi debut en un mitin
La Cantina Escolar
El obispo de Coria
Cosa de gallegos
Conflicto entre autoridades
La Gran Cruz de la Orden Civil de la Beneficencia
La Revista de Extremadura
El Noticiero
Mi política
Un triunfo jurídico
El puente sobre el Tajo
La Junta Provincial de Instrucción Pública
En la Junta Provincial de Beneficencia
Los Boy Scouts
Locales escuelas
«Los pequeños virtuosos»
Glorias del instituto
Oposiciones a escuelas
Mi labor en Cáceres
Mi salida de Extremadura
La despedida
Hacia Valencia
Llegada a Valencia
Incautación del Colegio de San José
La vida claustral del instituto
Un chanchullo que no pasó
La República
Nuestra desdichada guerra a pesar de nuestro heroísmo
La Junta Provincial de Protección de Menores
Ídolos falsos
Una canallada
Las andanzas de Brustenga
Mi labor docente
«Me caso»
La Voz Valenciana
Los teléfonos
Un inmoral negocio
Conjura y dimisión
Delegado regio de Primera Enseñanza
En la Escuela Industrial
La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia
Defensa contra un gánster
Nuestro exilio
La muerte de Llorca
En Toulouse
Empezamos a trabajar
Siluetas familiares
Nuestra familia
Mi recomendación post mortem
Índice onomástico
Anexo fotográfico
Presentació
La Universitat de València és actualment una institució de referència en cooperació al desenvolupament a Espanya. Aquesta destacada posició és el resultat d’un compromís universitari que es va iniciar fa més d’un quart de segle, quan es va constituir el Patronat Sud-Nord.
Els inicis organitzats d’aquesta activitat de solidaritat i cooperació, que ha crescut qualitativament i quantitativament fins esdevenir un valor nuclear de la Universitat de València, es troben en bona mesura en el llegat que el senyor Manuel Castillo Quijada va deixar a la Universitat de València per tal de complir fins solidaris.
Siguen, per tant, aquestes primeres paraules per reconèixer i honorar la generositat i memòria d’aquest benefactor universitari que va experimentar les vicissituds històriques del complex temps que va viure. Una llarga experiència vital que va recollir en un text autobiogràfic que ha estat objecte d’una excel·lent anàlisi per part de la professora Nuria Tabanera.
La Universitat de València publica aquest llibre de memòries autobiogràfiques del senyor Manuel Castillo com a mostra de sincer reconeixement i de preservació dels seus ideals solidaris, que es varen iniciar amb la creació dels premis Manuel Castillo, la producció del documental Manuel Castillo i el Patronat Sud-Nord i, anteriorment, amb l’edició (i posterior reedició) de l’obra del seu primer marmessor i amic, Arturo García Igual, amb el títol Entre aquella España nuestra... y la peregrina. Guerra, exilio y desexilio, que contribueix a la recuperació de la nostra memòria històrica.
Aquesta obra que tenen a les seues mans és el resultat del treball acurat de la professora Nuria Tabanera i la col·laboració de l’actual marmessor del llegat Manuel Castillo, el professor José María (Chema) Álvarez Coque, el delegat del rector per a Cooperació, professor José Miguel Soriano i el treball de l’equip de la Fundació General de la Universitat de València.
Al llarg de les següents pàgines podran recórrer part de la història espanyola en primera persona, amb les vivències d’un home compromès amb unes idees i valors que el van conduir a l’exili junt amb la seua família. I també amb la visió d’una persona que confiava en la superació personal i el compromís social.
La Universitat de València estableix en els seus Estatuts el seu compromís «al servei del desenvolupament intel·lectual i material dels pobles, del progrés del coneixement, de la pau, de la igualtat entre les dones i els homes, i de la defensa ecològica del medi ambient».
Executant aquest compromís i valors universitaris, honorant la memòria del senyor Manuel Castillo, confiem que conèixer amb profunditat la vida d’aquest benefactor universitari contribuirà a estendre un compromís social i institucional que es troba a la base de l’esperit universalista de tota persona universitària.
Esteban Morcillo
RECTOR
Guillermo Palao
VICERECTOR D’INTERNACIONALITZACIÓ I COOPERACIÓ
Prólogo
Ha pasado más de medio siglo desde la redacción de esta autobiografía de Manuel Castillo Quijada, nacido en Madrid en 1869 y fallecido en Ciudad de México en 1965. Este «modesto trabajo», como Manuel lo denominó, se dirigía principalmente a sus hijos: «escrito solo para vosotros» y «alejado de una inútil publicidad». Tras más de treinta y cinco años del fallecimiento del último vivo de su familia, Diego Castillo Iglesias, nos hemos decidido a la edición del manuscrito. Tiene un interés general, no solo histórico, pues ayuda a recuperar una parte esencial del pensamiento republicano. La publicación del texto ha dejado intactas las palabras de Manuel Castillo, incluso con algunas erratas que se han aclarado en notas a pie de página. No hay nada de vergonzoso en la vida de Manuel Castillo. Su relato, más bien, engrandece al hombre y proporciona ejemplos válidos para las nuevas generaciones.
Para que este trabajo llegara a publicarse tuvieron que ocurrir varias cosas. La primera condición es que don Manuel viviera lo suficiente como para poder escribirlo. Su pasión periodística y su espíritu crítico, a veces ácido, se desbordan en unos textos que sirven de crónica de una España quizás no tan distinta en muchos aspectos de la que habitamos actualmente. Hay que ver cómo se repiten algunos de los vicios nacionales y seguimos arrastrando males endémicos en la convivencia política, en la enseñanza y en las relaciones interpersonales. Pero la sinceridad del texto también es compatible con su elogio a personas que Manuel conoció de cerca, como Nicolás Salmerón, Miguel de Unamuno y tantos otros personajes del mundo político, intelectual y del periodismo del primer tercio del siglo XX.
Manuel Castillo dejó en sus memorias una semilla para el tiempo presente. Así, indica a sus hijos que, en ausencia de herederos, «el último que quede que disponga en su testamento que el albacea de verdadera confianza y de completa garantía moral, para que se cumpla su voluntad, emplee todo lo que dejéis […] a una obra social de cultura que perpetúe nuestro nombre», en forma de premios que estimulasen a «estudiantes de modesta posición económica» y «para estímulo de los demás, y, así, aunque los favorecidos no nos conozcan, por lo menos al recibir ese beneficio, sabiendo que su origen procede de una familia laboriosa y modesta, dentro de la profesión docente».
Los hijos de Manuel, Agustina, Diego, Luis y Purita, guardaron, durante los años del exilio en México, las indicaciones del testamento «como un bien común» que se tradujo en la última voluntad de Diego a favor de premios y acciones culturales en la Universidad de Cáceres y en la Universitat de València, reinterpretando el deseo de su padre, lo que se tradujo en el fomento de los estudios universitarios sobre la paz. Su albacea de confianza fue Arturo García Igual, mi padre, quien mantuvo en México una gran amistad con los hijos de Castillo, reforzado por el hecho de haber sido compañeros oficiales del Ejército Popular de la República. Tras el retorno del exilio y el fallecimiento de Diego en Valencia, Arturo gestionó de manera eficaz y con amplitud de miras la cesión del legado que permitió impulsar el Patronat Sud-Nord de la Universitat, entidad facilitadora de la solidaridad, primeramente con un sistema de becas y posteriormente con un premio a trabajos de difusión periodística e investigación académica en el área de cooperación internacional.
Al final de esta cadena histórica a los presentes solo nos queda honrar la memoria y aprender de nuestros antecesores. A este respecto, la labor de la Fundación General de la Universitat de València es meritoria, con el apoyo de todos los rectores desde su creación y, en particular, de Esteban Morcillo Sánchez, quien ha impulsado la presente publicación.
La obra no ha sido sencilla de editar pues todo surgió de un manuscrito que encontré en la documentación que dejó mi padre, Arturo García, al fallecer, en 2010. Eran muchas páginas mecanografiadas por el propio Manuel que estaban esperando el momento de ser releídas. Tenía que haber un interés histórico en el personaje, que lo tenía, y alguien con capacidad de explorarlo. Aquí es donde intervino la profesora Nuria Tabanera, verdadera productora de este proyecto. Nuria me ha hecho apreciar la historia y el trabajo de sus profesionales, que la explican e interpretan con humildad y rigor, para que el resto de la humanidad se beneficie de ello. Y para respaldar esta empresa, contamos con el apoyo de otras muchas personas como Guillermo Palao, José Miguel Soriano y Ximo Revert, que no cejan en emprender iniciativas universitarias para el bien común.
Confiamos en que los premios Manuel Castillo, que se otorgan desde hace ocho años, estén a la altura de la crónica y los hechos del personaje que ahora salen a la luz. Los premios en sus distintas modalidades siguen pretendiendo «estimular la investigación académica y periodística en el ámbito de la cooperación y el desarrollo humano. También pretende reconocer y difundir los resultados de más interés para la sociedad española, y especialmente la valenciana, sobre la cooperación internacional, la paz y su contribución al desarrollo humano y sostenible de los pueblos en el mundo».
Por tanto, estas convocatorias mantienen vigentes las aspiraciones de Manuel, adaptadas al tiempo actual. Con la presente autobiografía se conoce algo más de la familia Castillo y de lo que representó la Guerra Civil y el exilio en la cotidianidad de nuestros padres y abuelos. Pero, sobre todo, aprendemos un poco más sobre los deseos de aquellos que vieron la República como un proceso de transformación social y cultural. Más que una ideología o sistema político, lo que nos enseña Manuel Castillo son los valores republicanos de libertad, igualdad y fraternidad. A pesar de su fuerte personalidad, Manuel defendió la libertad de expresión hasta sus últimos límites y llegó a decir, en ciertos momentos críticos, cuando pidió la jubilación voluntaria de catedrático de instituto en 1938, «que tengan en cuenta que, además de catedrático soy periodista viejo, en cuya profesión no me jubilo, conservando la pluma muy suelta cuando se pone, como siempre se ha puesto, al servicio de la razón». Era una pluma que dejaría asombrados a los más brillantes columnistas de la España actual. Efectivamente, puedo imaginarme a Castillo trabajando en los medios actuales, y no solo en los escritos. En realidad, Castillo nunca se retiró de su vida periodística o como promotor cultural, y colaboró con el Ateneo Español o como presidente honorario de la Casa Regional Valenciana en México. Todo un orgullo y ejemplo para la presente generación.
José María García Álvarez-Coque
LEGADO MANUEL CASTILLO
Post fata resurgo 1 Sobre el relato autobiográfico de Manuel Castillo Quijada
Nuria TABANERA GARCÍA
Universitat de València
Cada hombre es importante para el mundo, cada vida y cada muerte; el testimonio que cada uno da de sí mismo enriquece el patrimonio común de la cultura.
Georges GUSDORF (1991)
Al cumplirse dos siglos de la redacción en 1765 por Jean-Jacques Rousseau de sus Confessions, consideradas como el ejemplo inaugural de la escritura autobiográfica,2 Manuel Castillo Quijada había terminado de mecanografiar en México un largo relato a partir de sus recuerdos, destinado inicialmente a sus cuatro hijos, Agustina, Pura, Diego y Luis. Su autor, voluntariamente, trataba de evitar la difusión más allá del ámbito familiar de un texto que, por ello, se convertía en un perfecto ejemplo de la llamada literatura gris, al elaborarse sin la intención de ser publicada. Pero, como ha ocurrido con otros ejemplos de ese tipo de documentos, mucho tiempo después de su creación y sin que su publicación pueda afectar a los protagonistas, el texto titulado por Manuel Castillo como Mis Memorias sale a la luz.
Son varias las razones que han animado a los que, desde la Universitat de València, se han empeñado en difundir las palabras de Manuel Castillo, escritas muy al final de una larga vida y cuidadosamente preservadas entre los papeles de la familia Castillo, primero por Arturo García Igual, albacea de Diego Castillo, fallecido en Valencia en 1981, y desde 2010 por José María García Álvarez-Coque, tras la muerte de su padre. La primera, y más importante, surgió del deseo de los miembros del Pleno del extinto Patronat Sud-Nord, presidido por el rector Esteban Morcillo, de honrar con esta publicación la memoria del patriarca de la familia que hizo posible su creación en 1991, convirtiéndose así en la primera instancia de cooperación de la Universitat.3 A esta razón se unirán aquellas que tienen que ver con el extraordinario interés histórico que conserva un relato autobiográfico como el de Manuel Castillo, en el que se reconstruye la trayectoria vital de un hombre que presenció la evolución de España prácticamente durante un siglo, entre 1869 y 1965.
En efecto, nos encontramos ante un relato que puede definirse más ajustadamente como una autobiografía, y no como unas memorias, a pesar de su título. Mientras que en unas memorias, habitualmente, el autor presta más atención a los acontecimientos relevantes de la historia vivida, convirtiéndose en relator y no en protagonista, una autobiografía, siguiendo a Philippe Lejeune, es «un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo énfasis en su vida individual, y, en particular en la historia de su personalidad».4 Y, como puede comprobarse, el protagonista del relato de Manuel Castillo es el propio Manuel Castillo, centrado, al final de su vida, en explicar el proceso de construcción de su personalidad y en justificar sus acciones ante sus descendientes directos. A través de un recorrido selectivo por sus recuerdos, el autor ilumina con suma profusión de detalles los hechos que protagoniza, apareciendo ante ellos como un justiciero, de honorabilidad y ética intachables, sirviéndose tanto de la ocultación u olvido de escenas que podían alejar su figura de este modelo, como de la ácida crítica a los oponentes políticos o personales.
La ejemplaridad de la personalidad que presenta de sí mismo Manuel Castillo surge de una ordenación de las experiencias, especialmente de la infancia y de la juventud, que redunda en la reconstrucción de una trayectoria de vida que debía mantener una lógica inmutable, a través del tiempo y del espacio: la búsqueda honorable de la independencia personal, de la libertad de acción y de la justicia. Y en esa lógica se integraba a la perfección el ideal que marcó su vida, el republicanismo.
Cuando nuestro protagonista formaba su carácter, en la segunda mitad del siglo XIX, el republicanismo español aparecía, según Ángel Duarte, como un horizonte de esperanza, alrededor del cual se delineaba un espacio de posibilidades enmarcado en la ilusión de un futuro de redención. Ese horizonte de esperanza surgía de la acción de muchos que, dando forma a una cultura política derrotada tras el fracaso de la Primera República en 1874, completaron un «aprendizaje de la libertad»5 que los animaba a proponer una alternativa más igualitaria, más justa y más virtuosa a la opresión política y social que muchos padecerían, antes y después de la primera experiencia republicana.
Para un sinnúmero de republicanos comprometidos con el proceso en el que se completaba ese «aprendizaje de la libertad» fue determinante la reacción a la experiencia personal de humillaciones y vejaciones sociales, ejercidas desde las muy diversas esferas de represión y control propios de una sociedad, como la española de aquel siglo XIX, profundamente marcada por los convencionalismos, las divisiones de clases y el elevado grado de influencia de la Iglesia católica. Manuel Castillo, por lo que nos cuenta en su relato, respondía perfectamente a este modelo de republicano forjado frente a la adversidad y en constante resistencia ante la injusticia.
Nieto de un veterinario rural salmantino, nuestro protagonista nació en Madrid hijo de madre soltera. Aunque los contactos familiares con el cacique local de Aldeadávila de la Ribera, masón y liberal, encaminaron a Agustina Castillo Quijada a encontrar trabajo en la capital en la casa de un general liberal, los primeros y muy felices recuerdos de Manuel Castillo tienen como escenario el Madrid popular del barrio del Rastro, en la misma calle donde hubo un Centro Republicano y un Centro de Instrucción de Obreros de relevante actividad. Pero la felicidad de la vida familiar terminó abruptamente para Manuel Castillo con apenas 6 años, cuando en junio de 1876 comenzara su vida en el internado del Colegio Protestante «La Esperanza».
La modernidad y exigencia de los métodos de enseñanza de esta peculiar institución dieron a Manuel Castillo una sólida base sobre la que obtener, no sin esfuerzo, el bachiller y la licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, ya en 1887. Sin embargo, el dolor por la ausencia de su madre y la superación de duras pruebas en el internado, vividas como grandes injusticias por Manuel Castillo, contribuirían a forjar su carácter. Su personalidad, marcada por la experiencia de las privaciones materiales, de la soledad y del extrañamiento, vendría definida desde esa juventud por el distanciamiento de la religión y el anticlericalismo, por la determinación en lograr primero la libertad individual, añorada durante once años de triste internado, y, después, el reconocimiento personal y profesional. La añoranza de la presencia materna y de un ambiente familiar ordenado, que le hubieran ayudado a sobrellevar en su infancia y adolescencia las duras pruebas de la vida, está presente a lo largo del relato. Ese énfasis puesto en la importancia de la familia añorada puede contribuir a entender el estricto control que siempre ejerció Manuel Castillo sobre la familia que formó con María Iglesias desde 1892. Ninguno de sus hijos tuvo su propia familia, manteniéndose en la unidad patriarcal hasta el final de sus días. Quizás por ese empeño de Manuel Castillo de proteger a su familia de cualquier contrariedad, encontramos entre sus recuerdos más destacados algunos que le sitúan a él como protagonista victorioso en alguna lucha particular en defensa de sus hijos.
No obstante, el que el relato fuera escrito para ellos explica que algunos de los episodios, que respondían a este esquema y que eran más próximos al tiempo de su redacción, no quedaran reseñados, como aquellos cuando los contactos de Manuel Castillo con masones franceses y con responsables republicanos del auxilio a los refugiados fueron eficaces, primero, para que su hijo Luis pudiera liberarse del campo de internamiento de Saint-Cyprien, de donde salió antes del mes de mayo de 1939 para instalarse con su familia en Toulouse, y más tarde, en 1942, para que su hijo Diego se librara de su detención en el cuartel B (para presos políticos) del campo de Vernet d’Ariège para poder embarcarse a México.6
Toda la familia Castillo, como relata nuestro autor, se enfrentó al drama del exilio desde 1939 por definirse como republicana y haber defendido la legitimidad de la Segunda República española durante la guerra, de muy diversa manera cada uno de ellos, incluso con la participación en el ejército de los dos hijos varones. El republicanismo de Manuel Castillo, como el de tantos otros identificados con esta cultura política desde finales del siglo XIX, se expresaba como una fe con profundas conexiones en el ámbito familiar, como espacio necesario para mantener la continuidad del compromiso adquirido con el proyecto republicano, definido como emancipador, interclasista, laicista, de fuerte patriotismo cosmopolita y preocupado por la cuestión social, por la libertad individual y por la promoción de la virtud cívica de progreso.
A través del relato de Manuel Castillo comprobamos, de primera mano, cómo arraigaba y se fortalecía la cultura política republicana en un joven madrileño de pocos recursos y, en muchos aspectos, marginal a la norma social establecida (por ser hijo natural, o por su educación protestante, por ejemplo), a través de su presencia en diversos espacios de sociabilidad, más o menos alternativos, en donde se adquiría y confirmaba la fe republicana y se fortalecía el sentimiento de pertenencia.7 La familia, como primer círculo de formación y adoctrinamiento, la escuela y la universidad, el periódico, las tertulias o los banquetes, aparecen en las memorias de Manuel Castillo con gran viveza cumpliendo esa función de socialización e identificación republicana. En menor medida se perfilan entre sus recuerdos los círculos políticos o la logia masónica, a pesar de que su ingreso en la masonería en Valencia el año 1926 le dio acceso a uno de los ámbitos tradicionales del «aprendizaje de la libertad» entre los republicanos, que fue compartido también con sus hijos, y que resultó extraordinariamente útil para superar las penurias de la guerra durante su estancia en Barcelona y, especialmente, durante su exilio francés.8
No obstante, la selección de recuerdos que realiza Manuel Castillo, entre los que hemos encontrado los más determinantes para comprender su compromiso republicano y anticlerical, también nos ayuda a responder a las preguntas esenciales que se hace todo autor ante la redacción de su autobiografía: ¿quién soy?, ¿qué he hecho en la vida?9
En primer lugar, fue un hombre de su tiempo, con las contradicciones propias de su condición, cuyo firme carácter y sus creencias regeneracionistas le llevaban a condenar insistentemente el caciquismo y el clientelismo, tanto en Salamanca y Cáceres, como en Valencia, aunque se sirvió cuanto pudo de sus amigos políticos cuando fue necesario. Un republicano centrista, poco dado todavía a comprender la naturaleza y la fortaleza de los nacionalismos alternativos al español, como el que ya se manifestaba en Valencia en las primeras décadas del siglo XX, y muy apegado tanto al modelo burgués de familia, que se proyecta desde los años centrales del siglo XIX, como al ideal de domesticidad liberal, caracterizado por el dominio masculino, el amor como cimiento del matrimonio, la expresión de la mujermadre moralizadora de las costumbres, la concepción de lo privado como espacio de sentimientos reparadores y la identificación de la familia con el espacio básico de construcción de las identidades de género.10
Junto a todo ello, y muy especialmente, Manuel Castillo se presenta como un hombre comprometido con sus principios republicanos, hasta el punto de emprender el exilio con 70 años, e innovador en sus empresas profesionales, ya como bibliotecario, ya como periodista. Así, desde su primer destino en la Biblioteca Universitaria y Provincial de Salamanca, se convirtió en el introductor en España de la clasificación bibliográfica decimal, al publicar en 1897 su primera traducción del francés, y descubrió una nueva copia del manuscrito de D. Álvaro de Luna Libro de las claras e virtuosas mugeres, que transcribió y publicó en edición crítica en 1908. Paralelamente, iniciaba una larga carrera periodística, ligada primero al periódico dirigido por Enrique Soms y Castelín, La Libertad, rebautizado desde 1872 como La Democracia, órganos de expresión del reducido, pero activo, grupo de intelectuales liberal-krausistas salmantinos, en los que se encargó de la columna crítica «Plumazos y Borrones».
Tras su traslado a Cáceres en 1897, la vocación periodística se mantendría viva, fundando El Noticiero, primer diario publicado en Cáceres, y dirigiéndolo desde abril de 1903 hasta que dejara Extremadura para instalarse en Valencia en 1919. En este diario, que se presentaba como «independiente de toda política de partido y dedicado exclusivamente a la información, en el más amplio sentido de la palabra»,11 Manuel Castillo trasladó su talante liberal, inclinándose, por ejemplo, por los aliados durante la Primera Guerra Mundial o criticando las posiciones intransigentes de la Iglesia católica. También su participación en la fundación de la Revista de Extremadura en 1899, junto al historiador mallorquín Gabriel Llabrés y a su primer director, Publio Hurtado, entre otros intelectuales cacereños, fue interpretada por Manuel Castillo como una valiosa contribución al «despertar de un pueblo, como el de Cáceres, yacido, secularmente, en la abulia y la ignorancia y el abandono, entregado a una vida sedentaria y monótona».
La creencia en que la información formaba parte de la educación del pueblo le mantuvo activo como periodista con posterioridad a estas experiencias, tanto en Valencia, donde participó en La Voz Valenciana, un periódico católico que tras cambiar de manos se convertiría por un tiempo en el vocero liberal de Santiago Alba, y en El Mercantil Valenciano, principal diario republicano de la capital, como durante su exilio, donde siguió colaborando en órganos republicanos, siendo reconocida su labor en marzo de 1955 con su nombramiento como presidente honorario de la Agrupación de Periodistas y Escritores Españoles en México.12
Su labor periodística se combinó perfectamente con su vocación docente, a la que siempre asignó un papel preponderante, como correspondía a su ideal republicano, comprometiéndose, por ejemplo, en la extensión de las modernas escuelas graduadas frente a los sectores docentes decimonónicos más conservadores. Como recuerda en su relato, si algo puede definir su existencia fue su estrecha relación con la enseñanza, a la que dedicó como profesor de secundaria más de cuarenta años de su vida. En consonancia con su visión social de la enseñanza, la capacitación y la instrucción del pueblo por la élite ilustrada aparecía como una necesidad para lograr un progreso social armónico y democrático, que debía complementarse con un trabajo filantrópico, como al que Manuel Castillo también se dedicó durante toda su vida. Así, al tiempo que desarrollaba su labor como profesor y director del Instituto General y Técnico de Cáceres, se empeñó en mantener una cantina escolar que alimentaba a los niños pobres de las escuelas públicas de la ciudad, tarea que fue reconocida con la concesión de la Gran Cruz de Beneficencia con distintivo blanco. Su implicación en la tarea de mejorar la situación de los niños y obreros sin recursos le llevaría también a ser secretario en la Ponencia Regional Extremeña, creada en enero de 1918, para la preparación y consulta previa a la aprobación de la Ley de Retiro Obrero Obligatorio de 1919.13 En Valencia, a donde se trasladó ese año como profesor de francés del instituto, mantuvo también una gran actividad en defensa de los más desfavorecidos, como miembro de la Junta Provincial de Protección de la Infancia y del Patronato de la Asociación Valenciana de la Caridad.
Si la proclamación de la Segunda República significó inicialmente el cumplimiento de los ideales arraigados en Manuel Castillo desde su juventud, también supuso para él la posibilidad de aumentar su presencia pública, al ser nombrado consejero perpetuo de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia y vicepresidente del Centro de Cultura Valenciana. No obstante, la guerra y la radicalización que se extendió durante los primeros meses de la resistencia popular republicana desencantaron profundamente a un republicano centrista como él, opuesto como «republicano honrado y persona decente» a la violencia desatada aquellos duros días. La fractura personal que pudo suponer la trágica derrota de la segunda experiencia republicana que vivió Manuel Castillo no puso fin a su compromiso político, mantenido en su exilio mexicano, frente a la desilusión respecto al futuro de una España republicana que mostraron sus hijos.14
En México, Manuel Castillo fue vocal de Unión Republicana, agregado cultural de la Embajada Española en México, miembro de la Asociación de Periodistas y Escritores españoles en México, vicepresidente del Ateneo Español y presidente honorario de la Casa Regional Valenciana. En reconocimiento a su larga labor, sería condecorado con la Orden de Liberación por el presidente del gobierno republicano en el exilio Félix Gordón Ordás, en julio de 1955. Hasta entonces, Manuel Castillo mantuvo una intensa actividad, que afectaba a su precaria salud, y que llevaba a sus más próximos a aconsejarle que «se despreocupase de todas las cuestiones políticas y masónicas de un modo activo y que inicie una vida tranquila y reposada».15 Tras recuperarse de un infarto, encontraría en la redacción de su relato autobiográfico una forma de recuperar el mando de su propia existencia, no para confesarse, sino para mantener más allá de ella misma la pretendida ejemplaridad de su vida.
Su plácida muerte el 26 de enero de 1965 pondría fin a una vida intensa, aunque no a su huella en la sociedad española. Como indica al final de su autobiografía, Manuel Castillo dispuso que el fruto del trabajo de toda la familia, en el caso de no quedar descendientes, se revirtiera en España, en beneficio de los jóvenes sin recursos, a través de «una obra social de cultura» que perpetuara el nombre de los miembros de la familia Castillo. Merced al testamento del último de ellos, Diego, se preservó la esencia del deseo de su padre, asignando tanto a la Universidad de Extremadura como a la de Valencia un 25 % de la herencia, para dotar «premios, becas, investigación y finalidades similares [...] dando al premio, beca, etc., el nombre de Manuel Castillo, padre del testador, en cuya memoria y para honrarle establece los legados».16
La Universitat de València ha seguido honrando la memoria de Manuel Castillo con la convocatoria de unas becas de investigación con su nombre, destinadas a estudiantes de la Universitat de València que presentaran proyectos de investigación relacionados con la solidaridad y la cooperación. Desde 2003 esa recuperación de su memoria se trasladaría a la convocatoria de un premio que, a partir de 2009, adquirió carácter nacional y se orientó al reconocimiento de trabajos sobre la paz y la divulgación de la cooperación para el desarrollo humano.
¿Qué debe quedar, pues, de Manuel Castillo en la España democrática del siglo XXI? No solo el premio que lleva su nombre y no solo su relato autobiográfico, gracias al que podemos acercarnos a detalles e interioridades de algunos acontecimientos, más o menos, relevantes de la historia de la España entre 1869 y 1965. Debe primar, entre todo ello, la fuerza de su fe inquebrantable en la posibilidad de una España libre de dictaduras. Desde esa confianza nunca perdida se desvelará mejor la relevancia de la huella dejada por una generación, la que murió en el exilio, que no pudo visualizar sus horizontes de libertad entre los escenarios familiares de su patria y que ahora puede ser recuperada, también a través de sus propias palabras, para que su experiencia y su trayectoria sea percibida como propia por las nuevas generaciones.
Mis memorias
A mis hijos Agustina, Pura, Diego y Luis
DEDICATORIA
La obligada y drástica pausa en mis diversas y dinámicas actividades, la mayor parte de ellas inspiradas en románticas esperanzas recuperadoras para nuestra España, liberal y democrática, bajo un régimen republicano; mi peligrosa enfermedad, en 1955, que puso en peligro mi vida, y durante cuyo curso os portasteis conmigo con la mayor culminación de vuestro amor filial, y mi avanzada edad, han sido las causas impulsadoras de escribir estas ligeras Memorias, referentes a mi larga lucha por la vida, de duro trabajo, en la que mi tenacidad y mi fuerza de voluntad, estimuladas, unas veces, por la necesidad, y otras, por mi temperamento, me abrieron el camino, iniciado desde mi humildísimo origen que me impuso un prematuro calvario, dominador de mi niñez, tanto en el sentido material, como en el moral, que me inspiró la firmeza de mis esfuerzos, muchas veces impropios de mi edad, sobre todo durante el periodo de mi adolescencia, ante las rudas primeras dificultades que hube de vencer, por pura intuición, sin otras armas que mi fe en mí mismo y la confianza sostenida, que nunca me abandonó, en lograr una ansiada independencia, ser dueño de mi destino y libre en mis actos, que puse, siempre, al servicio de buenas causas, con un criterio sano y una honradez de conducta y de acción acrisoladas, tanto en mi, entonces, agitada vida pública, como en la privada, iniciando esta sufriendo y la primera, luchando.17
Estas sucintas notas entiendo no deben ser estimadas como si se tratara de una vida sobresaliente y destacada, propósito y torpe ilusión que, en mí, no cabe, bien lo sabéis vosotros, dada la poca importancia que todos hemos dado a la diaria convivencia colectiva y crítica que nos ha tocado vivir, y, menos, pueden ser consideradas, haciéndome justicia, como una debilidad senil de presentarme como ejemplo, ni para vosotros, que ya os lo di en mi modesta vida, ni para nadie. Solamente las apunto para daros la satisfacción de que, cuando desaparezca, como, por desgracia, desapareció vuestra santa madre, la tengáis también vosotros, muy íntima, de haber sido mis hijos y de aquella, para todos inolvidable. Aunque, en realidad, vuestra conducta, vuestro amor al trabajo, amor heroico a mamá y a mí, con vuestro ánimo, siempre sostenido con probada honestidad y entereza serena, ante las adversidades por las que hemos pasado, constituyen mi mayor orgullo, puesto que habéis logrado un bien ganado prestigio, para mí inestimable, que ha elevado vuestro nombre a un nivel que constituye, para todos nosotros, una ejecutoria a favor de nuestra reducida familia, reconocida, por tirios y troyanos, como modelo de unión y de decencia.
Como veréis en esta sucinta relación de mi larga vida, he procurado cumplir durante toda ella las tres condiciones señaladas por la tradición árabe para que todo hombre justifique su paso por el mundo, como son, el tener hijos, para educarlos en la virtud, plantar un árbol y escribir un libro. Pero, de las tres, la que más me envanece es la de que vosotros sois símbolo de gratitud y de amor filial para con mamá, que conmigo compartió las amarguras y las alegrías de vuestra vida que, siempre, se orientó en nuestra callada y eficaz labor dentro de nuestro hogar, que aquella tiene tan merecido hasta lo infinito y en que sois vosotros quienes constituyen el colmo de las aspiraciones de toda mi vida, con vuestra educación, inspirada por nuestra labor, en ser útiles y humanos en favor de los demás, como lo tengo bien probado.
Conste, pues, hijos de mi alma, que este modesto trabajo no tiene otro objeto que el de que conozcáis detalles de mi vida, muchos de los cuales desconocéis, y que, por lo menos, patentizan mi temperamento y mis actos y, por lo tanto, escrito solo para vosotros, sin necesidad de que transcienda fuera de vuestra intimidad familiar y, desde luego, alejado de una inútil publicidad que ni merece, ni a nadie interesa.
Vuestro padre
1 MI MADRE
Fue mi madre18 durante muchos años, casi, la única familia que conocí, que concentró en mí todo su cariño y todas sus ilusiones, que, luego, fueron colmadas, a fuerza de toda clase de sacrificios, por su parte, llegando hasta los trabajos más humildes y duros, a los que nunca había estado acostumbrada, tanto por su educación, como por su carácter y su valer, para la defensa heroica de su sostenimiento y, sobre todo, del mío.
Hija del profesor veterinario de Aldeadávila de la Ribera, pueblo de la provincia de Salamanca sentado sobre las orillas del río Duero y en la misma frontera con Portugal. Por la posición de su padre, hombre de gran prestigio personal y de positiva influencia política, y a quien se tenía muy en cuenta, tanto en el distrito como en la provincia, su hija mayor pudo recibir estudios, y gracias a sus dotes intelectuales cursó con todo éxito la carrera de maestra en la Escuela Normal de Maestras de Salamanca, hospedándose en el familiar hogar de un político a quien, muchos años después, llegué yo a conocer, ya muy viejo y recluido en su casa, aunque conservando su influencia y el respeto que también había conquistado durante su larga y activa época, don Mariano Cáceres,19 exdiputado en varias legislaturas por el distrito de Vitigudino, en el que estaba enclavado el pueblo de mi madre, y en el que mi abuelo era verdadero patriarca, con quien le unía antigua y leal amistad y en cuya casa solariega se hospedaba, cuando venía a la capital, y, recíprocamente, aquel cuando visitaba en Aldeadávila a sus amigos y electores, con los cuales nunca perdió el contacto.
Como jefe de una de las familias más distinguidas de Salamanca, mi madre, desde que se instaló en su casa, encontró abiertas todas las puertas de la sociedad selecta de entonces, captándose el general aprecio, reforzado por su belleza personal, por sus condiciones especiales de inteligencia, agudo ingenio y carácter llano y jovial, llegando a ser una figura destacada entre las muchachas que diariamente daban realce al tradicional paseo de la plaza bajo los soportales, obligado especialmente por la noche.
Tenía fama, además, de ser una verdadera maestra en toda clase de labores, llamadas, en aquella época, «de primor», sobre todo en bordados y en encajes, entonces muy en boga y estimados, siendo su mejor vocero su magnífico traje de charra, bordado en oro sobre terciopelo azul por ella, que se distinguía entre los muchos y valiosos que se exhibían en los paseos, desfiles y en bailes y otros actos diversos organizados en los casinos y en las casas particulares.
Cuando muy niño fui por primera vez a Salamanca con motivo de una feria de septiembre y, más tarde, cuando fui a hacerme cargo de mi puesto en la Biblioteca de la Universidad en 1909, tuve ocasión de conocer aún a algunas de sus antiguas amigas, que la recordaban con admiración, lo mismo que en aquellos años en que mi madre vivió, como estudiante, en la mencionada capital.
Terminada su carrera volvió al pueblo, en contra del parecer de la familia Cáceres y a pesar de no amoldarse a su carácter la vida pueblerina, pero apegada a los suyos y admiradora de su padre, al que adoraba, se sometió, apaciblemente, a la monótona y diaria vida familiar, permaneciendo indiferente a las muchas proposiciones que se le presentaron. Pero, muerto mi abuelo, continuó en la casa al lado de su madre y de su hermana, mi tía, Manuela, madre de vuestros tíos Fidel y Diego, dotada de una gran simpatía, pero de carácter distinto al de mi madre, puesto que el de esta era enérgico y decidido, mientras que el de mi tía era apacible, tímido y sufrido.
Su hermana se casó, en contra del parecer de mi madre, con un viudo que vivía bien, pues era un buen trabajador en su taller de carpintería, pero que de todo el pueblo era conocido su mal comportamiento con su primera mujer, víctima de su carácter violento.
Se consumó por fin el matrimonio que, como era de esperar, fue el inicio de una vida de martirio para mi pobre tía por querer él dirigir y, sobre todo, manejar y disponer de los intereses familiares que dejó el abuelo, encontrándose con la actitud resuelta y enérgica de mi madre, que, lo mismo que mi abuelo, ignoraban durante algún tiempo el maltrato que su marido seguía contra ella, pero, al enterarse mi madre de lo que ocurría, se presentó en su casa, manifestando a su cuñado, con la mayor entereza, que el día que volviera a maltratarla, de palabra o de obra, se entendería con ella, motivando aquella actitud varonil y decidida una escena violenta entre ambos, en la que mi madre contestó a una pretendida agresión por parte de mi tío con una pequeña hacha que encontró a mano, que le lanzó, y que pudo haberle herido, si este no hubiera esquivado el golpe.
Aquello motivó que mi madre decidiera ausentarse del pueblo ante la perspectiva de una posible y segura tragedia, no sin antes ceder, legalmente, a su madre cuanto le correspondía de los bienes del abuelo, marchándose a la Corte, con eficaces recomendaciones de la familia Cáceres, que le facilitaron la entrada en la casa de un general muy nombrado, que figuraba en un lugar preeminente dentro de la política liberal de entonces, donde entró como institutriz de sus hijas, captándose, al poco tiempo, la confianza de la señora y el cariño de sus educandas, lo mismo que del resto de la familia, que la consideraba como una de tantos, a cuyas distinciones supo corresponder mi madre con su conducta y su trabajo, durante los años que permaneció en aquella morada, cuya recuerdo conservó toda su vida.
Un lapso de tiempo transcurrió, que yo ignoro, hasta que me di cuenta de que yo existía,20 a mis tres o cuatro años, en que vivimos en la popular calle de la Ruda, en el piso entresuelo de la casa número 16, calle transversal a la de Toledo, en la que yo naciera y que terminaba en la plaza del Rastro, como entonces se llamaba y que lleva hoy el nombre del héroe de Cascorro, que en la guerra de África supo hacer honor a su pueblo, Madrid.
En aquel pisito inolvidable, y del que, a pesar de mi corta edad, guardo eterna memoria, vivíamos en compañía de una señora honorable, doña Josefa Pané, viuda de un célebre bordador en oro que al morir le dejó, además de sus ahorros, una pensión vitalicia del Montepío Civil al que pertenecía, y que le permitía sostener su viudedad en un plan modesto, pero digno e independiente, siendo yo el niño mimado de la casa, tanto de «la Pepa», como yo familiarmente la llamaba, faltándola cariñosamente al respeto que la profesaban cuantos la conocían y trataban, y que ella disculpaba por mi corta edad y la filial confianza que le dedicaba, como de mi madre, con la que compartía aquel cariño sin límite, al que yo correspondía muy deficientemente, por lo mimado que estaba con mis caprichos infantiles, que solo mi madre contempla con aquella entereza y aquel talento que le eran propios para dominar mi carácter.
Entre los recuerdos de aquella época, un tanto confusos, de mis primeros años, figura el referente al año 1873, en que se proclamó la Primera República en España, cuando desde nuestros balcones veía a los republicanos, tocados todos con el simbólico gorro frigio que con tanto brío y orgullo llevaban hombres del pueblo, encargados de guardar el orden, situados en la calle de Toledo, frente a lo que es hoy la plaza de la Cebada; cómo calentaban mi sobrio almuerzo, consistente en un chorizo, que calentaban, pendiente de una bayoneta, en la llama de una hoguera para comérselo envuelto por un panecillo, de aquellos inolvidables que dieron tanta fama a las tahonas madrileñas.
También viven en mi memoria las rabietas con las que amenizaba las curas que el célebre oftalmólogo Dr. La Rosa me hacía en su consultorio a mis ojos, muy afectados a consecuencia de un peligroso sarampión que puso en trance muy apurado mi vida incipiente, al extremo de que el médico que me asistía se despidió un día de casa diciendo a la señora Pepa que en la suya dejaría ya extendido el certificado de mi defunción, que creía inminente. Pero no contaba con mi providencia, «la Pepa», que tanto me quería, sobre todo en aquellos momentos de desesperación, y que propuso a mi madre, que como ella no se separaba de mi cuna, darme una medicina que se llamaba «Le Roi», preparada en Francia y tenida, merced a su profusa propaganda por todo el mundo, como una panacea, y que ella tomó varias veces con gran fe, administrándomela mi madre, haciéndome reaccionar, atribuyendo mi curación a aquel específico de «la Pepa», considerado por esta como milagroso. Un día que nos encontramos al médico en la calle, al enterarse, asombrado, de mi curación, pasó a llamarme «el muerto resucitado».
Otro suceso realmente trágico ocurrió en aquella casa, en el que madre dio alta nota de su valor personal y de su serenidad, de lo que, al día siguiente del hecho, toda la prensa madrileña informó con la mayor admiración y encomio y cuyo recuerdo quedó grabado en mi memoria, toda mi vida.
Mi madre, como de costumbre, se quedaba velando por la noche, lo menos hasta las once, hora que en aquellos tiempos se considera como muy avanzada, mientras yo dormía a pierna suelta en mi cunita, y una de aquellas noches apareció en nuestra alcoba, levantándome precipitadamente e interrumpiendo mi sueño, diciéndome ante mis gemidos de protesta: «No llores, hijito, es que tenemos fuego en la casa». Y envolviéndome en mis sabanitas y en mis mantas salió al balcón para ponerme a salvo, descolgándome con el mayor cuidado a la calle, para ponerme en manos de un señor, encaramado a una escala de mano, en medio de los aplausos y gritos de alegría del público expectante allí reunido, cuando mi salvador me entregaba a otro señor que me llevó en sus brazos, el propio gobernador de Madrid, que había acudido al incendio casi en los primeros momentos, depositándome en una casa frente a la nuestra, donde me quedé dormido, rendido por los desesperados gritos, llamando a mi mamá repetidamente, sin consuelo. Y cuando por la mañana me desperté, reanudando mis reclamaciones por mi mamá, me llevaron a mi casa, entregándome a mi madre, que no se cansaba de estrecharme contra su pecho y cubrirme de besos, sin poder contener sus lágrimas.
Lo ocurrido estuvo a punto de tener un desenlace trágico, como he dicho, que hubiera dejado triste memoria en la ciudad, si mi madre, al irse a acostar, cuando iba por el pasillo que conducía al fondo del piso, no nota el fuego al ver entrar las llamas de la escalera, que ardía toda, por debajo de la puerta de entrada, dando entonces la voz de alarma que despertó a todos los vecinos, entregados al descanso, para que se pusieran a salvo, lo que lograron, no sin gran exposición, pasando a las casas vecinas, laterales, pasando de un balcón a otro, quedando así evacuada toda la casa. Incluso doña Josefa, ayudada por mi madre, salvándose aquella por una escalera de mano que arrimaron a uno de nuestros balcones en el piso entresuelo que habitábamos; mi madre permaneció durante toda la noche en el balcón, hasta que se dominó el incendio a altas horas de la madrugada, a pesar de las excitaciones del público y de las autoridades para que se pusiera también a salvo, preguntando solo si yo estaba en sitio seguro. Y cuando por la mañana, al siguiente día, me llevaron a casa, allí estaba mi heroica madre en nuestro piso, del que no salió, ennegrecido por el humo y las llamas. Lo cierto es, como reconoció todo el mundo, que si mi madre no da la voz de alarma tan a tiempo y con tanta oportunidad, aquel incendio hubiera dejado trágica memoria entre los madrileños por el número de víctimas que hubiera causado, pues es muy cierto que el incremento del fuego originado por un descuido del portero, que tomó, desde un principio, un cuarto de hora después de la alarma, hubiera sido imposible la salvación de todos los vecinos.
Recuerdo aquella trágica noche, con todos estos detalles, como si hubiera pasado en el mismo momento en que la describo.
2 DURO CORRECTIVO
Como la calle de la Ruda y sus adyacentes (Toledo, Santa Ana, plaza del Rastro y de San Millán, donde estuvo la iglesia en que me bautizaron, calle de las Maldonadas y principio de la de Embajadores), todas ellas de tiempo inmemorial, fueron centro de un mercado matutino de legumbres, frutas, pescado, carne, etc., que se conservó, por tradición sin interrupción, a pesar de la apertura de la plaza de la Cebada, inaugurada por el rey Alfonso XII, cuyo acto presencié yo desde un balcón de enfrente, siendo aquella la primera vez que vi al monarca, joven, aún soltero,21 todas las mañanas, después de mi desayuno, me asomaba a un balcón atraído por el barullo continuo sostenido por comerciantes y compradores al aire libre, flotando los vocablos más soeces del léxico propio de aquellos sitios, en todas partes, palabrotas que yo di en repetir, aprendidas directamente, de origen, sin comprender, naturalmente, su significado. Mi madre agotó todos los medios posibles de cariño, de energía y de amenazas, sin escatimar algún cachete que otro, pero, dado mi carácter, aquellos procedimientos me estimulaban más y me complacía en hacer gala de ello, sobre todo cuando había visita en casa, lo que obligó a mi madre a echar mano de una medida que logró imponerme algún respeto y que no fue otra que la de frotarme la lengua con una guindilla, cuyos «picantes» efectos provocaban, inmediatamente a su aplicación, un desconsolador lloriqueo que duraba más de dos horas, hasta que el horrible escozor amenguaba y desaparecía. La provisión de guindillas, dedicadas a corregir mis palabrotas, se extendía con frecuencia y cuando mi madre regresaba de la compra y desocupaba la cesta de las provisiones del día adquiridas en el mercado, al enseñarme las frutas y alguna que otra golosina, acababa por sacar las guindillas, provocando, algunas veces, dramáticas rabietas de airada protesta por mi parte, contra aquella inmediata acción coercitiva. Claro es que el tesón de mi madre, y el tiempo, me fueron corrigiendo.
Todo ocurrió cuando yo tenía los primeros cuatro años de mi vida, en los que ya iniciaba mi precocidad; pero, después del incendio de la casa que obligó al dueño a reconstruirla casi por completo, pues solo quedaron en pie las cuatro paredes maestras, todos los antiguos vecinos hubimos de trasladarnos a otro sitio. Doña Pepa se fue a vivir con su hermana, doña Isabel, y con sus sobrinos, y mi madre hubo de alquilar un reducido piso en el número 12 de la calle de la Pasión, pero suficiente para ella y para mí, y como tenía que salir a trabajar y no podía dejarme solo, logró encontrar una familia de confianza con la que hice las mejores migas, a cuyos cuidados me entregaba durante el día, fuera de las horas de la escuela, hasta el regreso de su trabajo en que iba a recogerme. Componían aquella familia una señora viuda, ya de edad, y dos hijas jóvenes, aún puras madrileñas, que me tomaron tal cariño que a la simpática vieja la llamaba, yo, «madre Ángela», a quien no he olvidado nunca, siempre he recordado cómo se le ensanchaba el corazón cuando, aún de mayor, siendo estudiante, las visitaba, de verdadera expansión de cariño, siguiendo llamándola «madre Ángela».
Vivían en la calle de la Arganzuela, en un pisito principal con dos balcones a la calle, casa antigua, y en ella me pasaba las horas desde que salía de la escuela de párvulos a la que iba a buscarme una de sus hijas, Angelita o Pepa, la primera que llegaba de su trabajo, porque desde las ocho de la mañana en que mi mamá me dejaba, todo limpio, en la mencionada escuela, sita en la calle de San Cayetano, acompañado de mi merienda que ella me condimentaba la noche anterior con tanto cariño, para comerla a mediodía, me dejaba bajo el solícito cuidado de aquella gran maestra, joven, animosa, activa y cariñosa con sus diminutos discípulos, un nutrido grupo de chiquillos y chiquillas confiados a su vigilancia, quien, a la hora de cerrarse la escuela, nos iba entregando a las madres o a las personas por ellas autorizadas. No se ha borrado nunca de mi memoria aquella señorita, como ninguno de mis maestros y catedráticos, ni su figura como mi primera maestra, tan activa e incansable. Su nombre, señorita Isabel, continúa en mi recuerdo, figurando preferentemente en la lista de mis maestros, a quienes dediqué y dedico, al cabo de mis años en su recuerdo, mi profunda gratitud y mi mayor respeto.
De aquella inolvidable escuela, en la que terminé de iniciar mi primera educación, hubo de inscribirme mi madre en una municipal de primera enseñanza instalada en la Ribera de Curtidores, cerca de mi casa, en pleno Rastro, cuyo maestro se llamaba don Galo, hombre enérgico al que todos los alumnos, un verdadero enjambre, guardábamos el mayor respeto y hasta justificado temor, sobre todo cuando veíamos en sus manos la terrible palmeta, sin que ello impidiera que, a sus espaldas, los más «valientes» le llamásemos «Don Galo, patas de palo».
En aquella escuela empecé a adquirir los primeros elementales conocimientos, ganando puestos y secciones, en que estábamos clasificados, entre los demás alumnos, la mayor parte, si no todos, mayores que yo. Y recuerdo que una vez, por la cuaresma, el maestro iba seleccionando a los más adelantados para llevarlos en colectividad a la iglesia de San Cayetano a cumplir el precepto pascual, no incluyéndome a mí, porque contaba poco más de los cinco años; y creyéndome postergado, sin tener la menor idea de mi edad, me acerqué con timidez a don Galo, pidiéndole me incluyera en aquella lista, en la que iban compañeros míos de sección, a lo que accedió, sonriéndose significativamente; y en efecto, los «escogidos» fuimos una tarde a la mencionada parroquia de San Cayetano, en la calle de Embajadores, colocándonos el maestro alrededor de un confesonario, dejándonos bajo la jurisdicción del confesor, un cura de no muy buenas pulgas, permaneciendo todos, de rodillas, hasta las siete de la tarde, sin que se nos llamase, porque veíamos que los chicos de otros colegios particulares, o sea de pago, llegados después que nosotros, se nos adelantaban, porque se les daba injustamente prioridad, seguramente obedeciendo a alguna gratificación o regalo al sacerdote, atropellado el derecho que nos asistía a los de las escuelas municipales que allí estábamos, indefensos y hartos de esperar, desde las tres de la tarde y de rodillas. Yo fui el primero que me interpuse entre dos de los alumnos preferidos para acercarme al confesionario, pero, al oponerse ellos, mayores que yo, se entabló la natural disputa madrileña en la que, no teniendo en cuenta ninguno el sitio en que estábamos, las palabras proferidas en alta voz acompañaron unos cachetes por ambas partes, a lo que puso fin el cura asomándose al confesionario para amenazarnos con salir y empezar a «capones» con todos, aunque, realmente, se dirigía a mí y a mis compañeros. Entonces, yo, más prudente, por temor a la amenaza del confesor y por «si las moscas» enteraban a don Galo de lo sucedido, temiendo las consecuencias personificadas en la inquieta y temida palmeta, decidí abandonar el templo en donde fui tan injustamente atropellado y no volví jamás a cumplir ese obligado cumplimiento con la iglesia para todo católico, apostólico y romano, entre los que, entonces, parece me contaba con infantil devoción.
A este propósito me viene a la memoria un hecho muy significativo, revelador de mi manera de ser. Todos los domingos y fiestas de guardar se me ocurrió, al llegar a la mencionada iglesia, imponerme como obligación, que cumplía exactamente al recibir los dos cuartos que me daba mi mamá para que me los gastase en lo que quisiera, moneda de entonces porque aún no se había establecido el sistema decimal, y en vez de gastármelos en caramelos, chufas, altramuces, majuelas, etc., se los llevaba al cepillo de un niño Jesús al que había tomado gran cariño, colocado en un altar de la nave izquierda de la iglesia, rezándole todos los domingos como si fuera a un amiguito mío al que quisiera mucho y, para demostrarle mi cariño, prescindía de las golosinas, gran sacrificio para un chico madrileño; muy satisfecho, depositaba mis dos cuartos en el cepillo colocado a sus pies.
Pero, uno de tantos domingos, se me ocurrió al entrar en la iglesia discurrir por la nave derecha del amplio templo y, en uno de los altares, «tropecé» con otro Niño de la Bola, parecido a mi amiguito a quien semanalmente llevaba mi óbolo de amistad y devoción, aunque las falditas eran de otro color. Me quedé algún tanto perplejo y pensativo y creyendo que le hubieran trasladado y mudado de ropaje al mío, al que aún no había visitado, me dirigí a su altar de siempre donde nos habíamos conocido, gozando de mis simpatías, encontrándole en su mismo sitio donde le visitaba y le entregaba mi dinerito… y, ante la duda de cuál de los dos era el verdadero, haciendo honor a mi calidad de madrileño cien por cien detuve, prudentemente, la moneda en el bolsillo hasta encontrar la solución al «hondo» conflicto que, inopinadamente, se me había planteado.
Confuso y preocupado me encaminé a casa y cuando vi a mi mamá, mi gran consultora, a la que muchas veces ponía en un brete con mis preguntas, dudas y curiosidades, a la que encontré en la cocina, terminando el condimento del almuerzo, dándole un beso y preguntándole a continuación:
–Mamá: ¿Cuántos niños Jesús hay?
–Uno solo, hijo mío –me dijo mi madre, extrañada por la pregunta.
–No, mamá, porque acabo de ver dos en la iglesia.
Mi madre se echó a reír, explicándome lo que significaba la reproducción de las imágenes, pero es muy cierto que tales explicaciones, a pesar de provenir de mi madre, no me cupieron en la cabeza, y tan no me convencieron que no volví a ocuparme del asunto, suspendiendo definitivamente mis visitas dominicales a la iglesia y como intuición madrileña suspendí también el devoto empleo de mi dos cuartos semanales.
Por entonces, entró como huésped en casa un estudiante de Medicina, ya talludito, recomendado a mi madre con gran interés por su familia, llamado don Tomás Vera y Rincón, confiándolo a su autoridad y cuidado como último recurso, dándole todos los derechos y poderes para sujetarle y hacerle estudiar a fin de lograr, si podía ser, que terminase la carrera, cosa que su padre, ya viudo, lo mismo que el resto de la familia, creían poco más que imposible después del tiempo que había perdido. Mi madre accedió, porque suponía su pensión una ayuda para nuestro sostenimiento y, sin embargo, posible fue enderezarle gracias a la entereza, los consejos y constante vigilancia de mi madre, hasta lograr el éxito del cometido que se le había confiado, porque don Tomás acabó la carrera con mucho lucimiento y con sorpresa de su padre y de toda la familia, estableciéndose enseguida como médico titular en un pueblo de la provincia de Madrid, llamado El Vellón, situado en la carretera de Francia, entre los pueblos El Millar y Torrelaguna, donde don Tomás había nacido y donde radicaba y residía toda su familia.
Quedamos, por lo tanto, mi madre y yo otra vez solos, contando yo entonces escasos seis años, y ya alternaba con los chicos de mi calle, tomando parte en las peleas del barrio contra los de otro, en las que intervenían combatientes todos mayores que yo. Iba con ellos a cazar pajaritos en el campo, robar melones, encargándome del papel de «chivato», porque por mi corta edad no era útil para otra cosa, y por la noche, antes de cenar, quitábamos los pies de madera de los puestos del Rastro para utilizarlos como combustible en nuestras cotidianas «fogaratas».
Todas aquellas correrías en las que yo tomaba mínima parte, aprovechando la ausencia de mi madre, que estaba en su trabajo, excitaban mis nervios que, por la noche, me hacían soñar fuerte, momentos que mi madre aprovechaba para entablar conmigo un diálogo, haciéndome preguntas a las que yo, dormido, contestaba inocentemente, y por la mañana, mientras me lavaba y vestía, me contaba mis «hazañas» del día anterior, con todos sus pelos y señales como si las hubiera presenciado gracias a «un pajarito» que se las había contado, dejándome tan impresionado que me hizo pensar si el supuesto «pajarito» pudiera ser algún compañero «chivato» cuando lo era yo mismo, sin darme cuenta de ello.
Unido esto a que mi madre se enteró de que, por aquellas correrías, iba menudeando los «novillos» faltando a la escuela, decidió tomar conmigo una determinación drástica, para ella heroica, aunque para los dos necesaria, para apartarme de raíz de la calle, que comprendía que para mí constituía un verdadero peligro, porque sabido es que muchos muchachos de Madrid se perdían por causa de la calle, en la que abundaban las malas compañías, de lo que yo no podría escapar si seguía por aquel mal camino, matando mi porvenir y haciéndonos desgraciados a los dos, por lo que puso manos a la obra sin perder un momento.
Había en nuestra vecindad un señor muy respetable que se llamaba don José Viñerta, que vivía con su único hijo, compañero mío de la vecindad y de la calle, aunque bastante mayor que yo, al que, como ocurre con la mayor parte de los militares, como lo era don José, aunque retirado, no podía controlar, porque su rigor inalterable en lo referente al cumplimiento del deber y de la ordenanza, sobre todo en el cuartel, se convertía en su caso en verdadera debilidad con los hijos y mucho más en su situación de soledad, puesto que era viudo y no tenía otra compañía que su único hijo, mi amiguito. Supimos que su papá, harto ya de los disgustos cada día mayores que le daba, le había internado en un colegio para sujetarle y mi madre, que lo sabía como todos los vecinos, se apresuró a informarse de él, de las condiciones y requisitos que se requerían para poder ser admitido en el colegio, decidiéndose a internarme también y mucho más estando allí, Pepe, mi amigo, que me echaría una mano en mis momentos de tristeza, que por cierto no habrían de ser pocos.
3 EN EL COLEGIO
Y, efectivamente, después de llenar las diligencias hechas por mi madre cerca del director del «Colegio de la Esperanza»,22 que así se llamaba, sito en la calle de Calatrava número 27, un día del mes de junio de 1876, se presentó conmigo en el establecimiento para internarme, lo que para ella significaba un sacrificio económico y moral, al mismo tiempo que una prueba a su temperamento y a su cariño, y, para mí, la iniciación de una nueva vida llena de privaciones y de contrariedades, de amarguras y desengaños de toda índole, no por infantiles menos sentidas, sino todo lo contrario, cuando me veía privado de los cuidados y mimos de madre, colmados de atenciones, y, repentinamente, trocados en tan diferente vida, sometido a un rígido reglamento de orden interior desconocido para mí e impropio para nuestra edad, que señalaba, hora por hora, nuestras diarias actividades, iniciadas a las cinco de la mañana y terminadas a las ocho de la noche, en que nos acostábamos, también reglamentariamente, quedando los dormitorios de seis camas cada uno, en el más profundo silencio que tan severamente se nos imponía.
La figura que, seguramente, quedó grabada en nuestra memoria fue la de Don José Ríos, hombre de escasísima cultura, de menguada educación, de conciencia bastante desahogada en provecho propio y en su bolsillo familiar a costa de los infantiles estómagos de los internos de los que estaba encargado, sus verdaderas víctimas, a pesar de los soporíferos sermones «teologales» que nos largaba como postre a nuestro desayuno y a nuestra cena, frugalísima como las demás comidas, que denunciaban de su parte un ininterrumpido caso de inhumanidad, porque, el tal individuo, autor de nuestro reglamento, al que estábamos mal de nuestra cuenta sometidos, estaba basado en la legendaria Ordenanza de la Marina de Guerra de mediados del siglo XIX, en la que había servido muchos años siempre embarcado, la más dura del Ejército por la severidad y la crueldad con que se corregía la menor falta y que iba de la mano, porque no conocía otra cosa, de la arbitrariedad con que nos trataba, aplicándola a nosotros sin tener la menor cuenta de nuestra edad, cual si quisiera desquitarse de lo sufrido por él durante su servicio militar.
Como decía, a las cinco de la mañana, lo mismo en invierno que en verano, don José recorría todos los dormitorios pronunciando la frase protocolaria, que repetía con el mismo tono 365 veces al año de «Buenos días, niños», que significaba, para nosotros, un inmediato salto de la cama para primero ir a saludarle en camisón de dormir y por turno, porque el que se quedaba rezagado un segundo, cosa muy rara, se encontraba con la brusca sensación, más intensa si era invierno y a esa hora, de verse destapado repentinamente, en medio de las risas de los compañeros.
Inmediatamente, nos poníamos solo los pantalones y nos calzábamos para proceder a nuestro aseo en la galería encristalada por la cubierta pero, lateralmente, al aire libre, que, en invierno, suponía una constante invitación peligrosa a una pulmonía, en donde, con un jarro de cinc, los primeros que llegaban a llenar de agua las palanganas muchas veces tenían que romper el hielo que cubría las tinajas, llenas de agua, destinada para ese servicio y para los generales de la limpieza de toda la casa que los internos teníamos que realizar, todos los días y por turno, desde subir el agua en una cuba, pendiente de un grueso palo que transportábamos entre dos, desde el primer patio de los dos de la finca hasta el segundo piso, al que daba acceso una empinada escalera, cruel e inhumano trabajo para criaturas de nuestra edad.
En cuanto nos lavábamos y nos peinábamos, porque teníamos todos el pelo cortado a rape, siendo nuestro diligente peluquero el propio don José, cada cual procedía a hacer su cama, midiendo la reglamentaria anchura del embozo que había de coincidir con la de todas las demás, consideradas y supervisadas por don José, como también la revista de los zapatos que, ante él, exhibíamos puestos en fila, cuya escrutadora mirada aplicaba las sanciones, siempre severas, cuando a su juicio no estaban lo suficientemente limpios, sin derecho a la menor reclamación ni disculpa, que consistían, generalmente después de una segunda limpieza por el interesado, en la supresión del desayuno, consistente en una jícara de chocolate, baratito, y tres rebanadas de pan, lo que no era otra cosa que una bien calculada e inhumana economía, un verdadero delito, en provecho suyo, para aquel encargado de nosotros, cuya dureza de carácter, brutalidad de procedimientos y falta de educación se extendía, además, a nuestros familiares que acudían los domingos a una hora exacta y «reglamentaria», las tres de la tarde, señalada por él para vernos en su presencia, lo que nos cohibía para formular ante ellos nuestras penas, ante el justificado horror a posteriores represalias.
A las siete de la mañana, tomábamos el chocolate después de una hora de estudio, con la apostilla de la lectura de un versículo, por riguroso turno, de un capítulo de la Biblia, seguida de un pesadísimo sermón de don José que se sentía gran orador, ante su infantil y sumiso auditorio, que había que demostrarse atento, ante los muchos dislates de aquel pobre hombre que se sentía teólogo y definidor de la fe, porque había sido colportor, es decir, vendedor propagandista ambulante de biblias, evangelios, nuevos testamentos, tratados, etc., editados por la Sociedad Bíblica de Londres, motivando en sus correrías, según nos contaba, muchos y verdaderos conflictos de orden público, provocados por los curas rurales que excitaban el fanatismo de los aldeanos en su contra.
A las ocho en punto salíamos, en fila reglamentaria, de su férula, bajando a la escuela graduada, sistema entonces desconocido en España, para entrar bajo la jurisdicción de nuestros respectivos maestros, ocupando cada uno su puesto, en la clase, según el grado en que estaba inscrito, confundidos con los compañeros externos, a los que mirábamos con admiración y envidia, porque venían de la calle y a ella volvían al acabar las clases. Nuestras aulas estaban, siempre, repletas de alumnos y de alumnas del barrio de la Paloma, por la justificada fama de que gozaba el colegio a pesar de ser protestante, lograda y difundida por aquellos contornos, aunque dominase el apelativo «protestante» que, en aquellos tiempos, olía a azufre infernal.23
A las once terminaban las clases de la mañana y subíamos, en la misma forma en que habíamos bajado, a nuestro piso del internado, comíamos nuestro clásico cocido para reanudar nuestras clases vespertinas de las dos a las cuatro de la tarde, tras las que, después de media hora de recreo, en la misma sala de estudio nos poníamos a estudiar las lecciones del día siguiente, generalmente, haciendo que estudiábamos, aunque sin levantar la vista del libro porque, seguramente, nos encontrábamos con la terrible de don José desde su sitio de observación al que teníamos más miedo que respeto, sobre todo a la «lagartija», como llamábamos a una correa redonda, que llevaba siempre en el bolsillo derecho y que desapareció, por la valentía de un compañero, aunque la sustituyó en seguida con otra de repuesto y que tenía siempre a mano para emplearla, sobre la marcha y sin piedad sobre nuestras espaldas indefensas y víctimas de su vesania, suponiendo cada correazo un verdugón seguro, cuyo dolor duraba algunos días.
La primera lección que yo sufrí de don José, recién internado, fue en una comida de mediodía, en la que observé, según se repartía el cocido, que la verdura era de nabos, cuyo olor me levantaba el estómago e, inocentemente, la inocencia de seis años, rogué al que lo repartía, uno de nosotros mismos, que me suprimieran los nabos porque no me gustaban, y cuando trajo mi plato apareció a mi vista con muy pocos garbanzos, cubiertos abundantemente de nabos, excitando mi semblante de contrariedad la hilaridad de todos los compañeros, mientras don José, entusiasmado con su «éxito», me decía con la mayor satisfacción:
–Cómelos, hijo, que están muy buenos.
Dado mi temperamento, que durante muchos años de mi vida no me ha abandonado, proporcionándome no muy pocos disgustos, aunque contaba pocos años, no dejaba de ser muy «tieso» y preferí no comer el cocido que era casi la única comida nutritiva, relativamente, que consumíamos durante todo aquel día, y al disponerme a comer mi ración de carne y de tocino, don José, que no me quitaba ojo, me advirtió ya en serio que tenía que comer previamente el cocido con los nabos, pero yo sin poder contener la rabieta preferí no comer más que la sopa, voluntariamente, anterior plato al incidente.
Llegó la hora de la cena, frugal como siempre, consistente en un tazón de café con leche, o cosa parecida, con pan migado, y me encontré con el tazón detrás del plato que contenía los nabos y de la carne, fríos desde luego, ante las risas de mis compañeros, pendientes del torneo mudo, entre don José y yo, muy desigual en armas a esgrimir y en edad y resistencia, en el que yo fatalmente habría de resultar vencido. Pero yo seguí, sin embargo, en mis trece, yéndome a la cama, sin cenar, pasándome toda la noche llorando bajo las sábanas, acordándome de mi madre, a la que no me atreví a decir nada referente a mis cuitas durante sus visitas dominicales por la vigilante presencia de don José; y durante el desayuno del siguiente día me encontré enfilados sobre la mesa, ante la expectación y las risas de todos, en primer lugar, los nabos, y detrás, la carne, el tocino, el tazón de la cena y el chocolate del desayuno, que estaba el más distante y al que había que llegar pasando por los otros que había de consumir, previamente, y hube de claudicar y de proceder, llorando, a engullirlos hasta poder llegar al chocolate caliente y algo dulce y consolador, pero a la fuerza de vasos de agua para tragar, cual medicina, los nabos, guardándome en lo sucesivo decir la menor palabra de disgusto, cuando se repartía esa verdura por temor a que don José me cargara el plato de ella, aunque, con el tiempo, me reconcilié con los nabos, como cosa preferida.
Gozaba yo en el Colegio fama de dócil, obediente, cumplidor riguroso del célebre reglamento de don José, mucho más de estimar en mí, acostumbrado, como estaba, a los solícitos cuidados y mimos de mi madre; pero también, la tenía de ser muy propenso a la protesta y hasta a la rebeldía, cuando se me hacía víctima, por quien fuera, de alguna injusticia o atropello, tanto en la clase por cualquier profesor, como en la cotidiana vida en el internado. Y en ese orden se produjeron episodios, algunas veces de verdadera gravedad, ante mi resuelta e indómita entereza en sostener mi razón y mi derecho, sin admitir el menor convencimiento de lo contrario, actitud que se acentuaba en cuanto se intentaba cohibirme por la fuerza, en que ya no respetaba a nadie, jugándome el todo por el todo, a pesar de mi convencimiento de que no habría de salir vencido y maltrecho, por ser una criatura que contestaba ya insensatamente, haciendo frente a mis profesores en plena clase motivando, más de una vez, ser el tema obligado en las hebdomadarias juntas de profesores que se celebraban todos los sábados en la casa del director, sita en la calle de la Almudena, antiguo palacio de la duquesa de Éboli que tanto brilló por su hermosura y su coquetería en la corte de Felipe II, y, entonces, propiedad del duque de Sexto, confidente del rey Alfonso XII en las aventuras nocturnas y correrías amorosas de aquel monarca por los Madriles, tan comentadas en las casas de vecindad y festivas críticas en los palacios aristocráticos.
Como demostración de aquel carácter indomable mío en tales casos, únicamente recuerdo lo que en cierta ocasión me ocurrió en la clase de latín, a cuyo cargo estaba el profesor don José Aguilera y Montoya, un buen orador que sabía hacerse oír en los debates del Ateneo de Madrid, instalado entonces en la calle de la Montera, pero empedernido jugador que se pasaba las noches enteras sobre el tapete verde, tirando de la oreja a Jorge, dilapidando tontamente el patrimonio de su mujer, hija de una acomodada y linajuda familia asturiana, agraciada y respetable señora, digna de mejor suerte; y muchas veces notábamos en clase las consecuencias de su agitada noche anterior, adversa desde luego, el que el sueño y las preocupaciones le dificultaban dar la clase con la serenidad y la paciencia necesarias, todo lo contrario, porque, sin darse cuenta, descargaba su mal humor sobre nosotros, pobres muchachos salidos por unas horas de la férula de su tocayo, el Sr. Ríos, no fijándose en si tenía, o no, razón.
Una vez, tuve yo la desgracia de que me tocara enfrentarme al mal humor suyo, cuando me preguntaba la lección de Latín que sabía perfectamente, con insospechada e inmotivada violencia, fundándose en que no la decía a pie de la letra, cosa a la que fui siempre renuente por sistema, por entenderlo hasta denigrante, por lo mecánico. Sí noté, como todos mis compañeros de clase, que no prestaba atención a lo que yo decía, sin duda, al sueño y a la desastrosa noche pasada, cuando de repente me dijo que no sabía la lección, mandándome sentar, secamente, entablándose entonces una discusión entre los dos, ajetreo que se hizo cada vez más violento, por pretender él imponerme su criterio, complemente contrario al mío al sostener que sabía la lección y que la había dicho bien, criterio que, conmigo, compartían todos mis compañeros, resultando de mi tozuda actitud unos cuantos cachetes y un encierro en la clase hasta las cuatro de la tarde, o mejor, hasta las cuatro y media, lo que para mí suponía, según el reglamento de don José, la privación de la comida y de la cena, como ocurría al que subía de la clase cinco minutos después de los demás.
Al día siguiente, pues el incidente se suscitó un lunes por la mañana, el Sr. Aguilera empezó la clase preguntándome la lección que motivó el injusto castigo.
–No la sé –respondí con la mayor tranquilidad.
–Pues, ¿qué has estado haciendo aquí durante tantas horas en que estuviste encerrado?
–Pues, nada, paseándome por la clase o durmiendo.
–¿Sí? –me contestó indignado–. Hoy el mismo castigo que ayer, hasta que te la sepas.
Y este diálogo, tan corto como para mí transcendental, se repitió, lo mismo que su dura sanción, exactamente toda la semana, durante la que me sostuve con el frugal chocolate, ya descrito, al que no alcanzaban las consecuencias del castigo reglamentario según don José.
El viernes, una maestra de la sección de niñas llamada Trinidad llamó a la puerta de mi encierro por la tarde y me introdujo un paquete con pan y queso por debajo de la puerta, que agradecí emocionado, al mismo tiempo que empujé hacia fuera, no accediendo a sus suplicas para que lo tomase, respondiéndola yo que lo sentía mucho y que no lo tomase a desprecio, pero que estaba dispuesto a dejarme morir de hambre, aun sabiendo perfectamente la lección desde que me la preguntaron por primera vez.
Esta actitud mía, tan decidida como invencible, llego a oídos del director del Colegio, y fue planteada en la junta de profesores del día siguiente en su casa, en la que supe mucho después que la mayoría de los concurrentes consideraba excesivo, y hasta cruel, el castigo al que estaba sometido y que, de seguir, podría acarrear responsabilidades y hasta escándalo en la prensa, con graves consecuencias para el Colegio, acordándose que el director, Sr. Fliedner, me llamase aquella misma tarde a su casa para lograr de mí por las buenas convencerme para deponer mi actitud; y, a las seis de la tarde, hora en que salía de mi diario encierro, me ordenó don José Ríos que me presentase en casa del director acompañado de mis libros de Latín, cosa que obedecí sobre la marcha, sin preocuparme el verme en libertad y en la calle, presentándome en su despacho, quien con todo cariño me preguntó por qué no había querido dar la lección durante todos los días de la semana que estuve encerrado, por orden del profesor.
–Porque la sabía el lunes, la dije bien cuando me la preguntó por primera vez, y, sin embargo, me castigó injustamente diciéndome que no la sabía.
–Y, si la sabías ¿por qué no la diste al día siguiente?
–Porque no la podía saber mejor que el lunes, y, por eso, no volví a abrir el libro en toda la semana –respondí indignado y llorando.
–Vamos, no llores; ¿y te la sabes aún?
–Sí, señor, y puede usted tomármela, a pesar de no haberla repasado desde el primer día.
–Pues, si la sabías, debiste habérsela dado a don José Aguilera, que sabes te quiere tanto y te hubieras ahorrado el castigo de toda la semana. Anda, vuelve al Colegio y lleva este papel a don José Ríos, en el que le pido te den de cenar.
Al lunes siguiente, antes de empezar la primera clase, que era, precisamente, la de Latín, me llamó aparte el profesor Aguilera, preguntándome cariñosamente por qué me portaba así con él, sabiendo lo mucho que me quería, contestándole yo que porque me castigó sin merecerlo, porque me sabía la lección.
–Bueno –me dijo–, no hablemos de eso, ni más sobre este asunto. Dame un abrazo y a ser buen muchacho. En adelante quedamos tan amigos, como siempre. ¿No te parece?
Y así sucedió, volviendo yo a ser la fierecilla amansada, dócil, obediente, como siempre y, también, razonable… cuando no se me atropellaba.
Tuve la suerte en el Colegio de que mis profesores y mis compañeros reconociesen condiciones intelectuales que sustituía y compensaba, con mucho, mi poca diligencia en el estudio, puesto que tenía la costumbre de preparar mis lecciones con la mayor rapidez, menos las matemáticas, cuyo libro no abría durante todo el curso y, sin embargo, con gran admiración del profesor, don Manuel Rodríguez Navas, autor de muchos libros de enseñanza publicados en su mayoría por la célebre editorial Calleja24 y que me tenía como el primero en las clases de Aritmética, Álgebra, Geometría y Trigonometría, dándose el caso, muchas veces, de salir al encerado para hacer la demostración de un teorema, por ejemplo, de Álgebra, fuera o no difícil, cuyo enunciado oía de su boca por primera vez, para que al cabo de unos minutos me daba cuenta de él en rápida concentración y emprender la demostración, llenando de letras y cifras el tablero, acompañando a las deducciones orales que al mismo tiempo iba emitiendo, hasta llegar a la conclusión con una claridad y una exactitud a la que no daba la menor importancia, inocencia infantil, creyendo que había cumplido, satisfaciéndome la aprobación del profesor que en seguida me preguntaba:
–¿Dónde has estudiado esa demostración?
Contestándole, yo, tímidamente:
–En el libro. –Subiéndome el pavo, al hacer esta afirmación.
–Búscamela, a ver si la encuentras.
Y resultaba, en efecto, que la demostración del teorema que contenía el libro era muy otra, tan exacta como la mía, pero planteada en distinta forma, demostrándose que la mía era original e improvisada, lo que daba margen a que mi maestro y tocayo me largase una filípica contra mi falta de aplicación, a pesar de ser, como me llamaba, el gallito de la clase y declarar al final del curso haber sido, yo, sin darme cuenta de ello, quien, realmente, había explicado las clases de Geometría del Espacio y Trigonometría, a lo que obedecía el hecho de sacarme, todos los días, al encerado, para que resolviera, ante la clase, todos los problemas que exigía el programa.
Me acuerdo que cuando apenas tenía diez años, siendo aún alumno de enseñanza primaria, escribí en la sala de estudio, en vez de estudiar mis lecciones, una Aritmética Elemental, como propia de mi edad, sencillísima y muy original en las demostraciones y tan sumamente claras, que un niño, más pequeño que yo, las hubiera comprendido sin el menor esfuerzo.
Pero las crisis provocadas por mi carácter, que, sin ser díscolo a veces lo parecía, puso al director en el caso de llamar a mi madre, para decirla que se hiciera cargo de mí, porque era imposible dominarme, puesto que después de cada una de sus visitas cada domingo parecía que cobraba nuevos bríos, cosa que realmente no era exacta, porque mi mamá cuando me quejaba jamás me dio la razón, sino, todo lo contrario, aunque mucha veces supiera que la tenía.
Al oír al director, mi pobre madre, a la que le planteaba el más serio problema de su vida, suplicó llorando que volvería de su acuerdo estando dispuesta, ella, a toda clase de sacrificios para que continuase en el Colegio y, entonces, don Federico, algo conmovido, accedió, pero a condición de que no volviera a visitarme, ni a verme los domingos durante una larga temporada, como vía de prueba porque tenía la seguridad de que su ausencia modificaría mi carácter, ante mi convencimiento de que me faltaba el apoyo materno.
Y aquí sobrevino el caso más heroico que pudo rendirme mi madre, mucho mayor que en el incendio de la calle de la Ruda, que tanto encomió la prensa madrileña, que era el de aceptar tan dura prueba como la que exigía el director para ella, tan transcendental en mi porvenir, como la de no aparecer por el Colegio, como lo prometió y lo hizo, aunque no podía privarse de verme los miércoles y los sábados por la tarde, cuando en fila íbamos de paseo pasando por la calle de la Paloma o la de Toledo, escoltados por nuestro cancerbero don José Ríos, escondida en un portal, frente a la acera sin que yo lo notase, ni desde luego me apercibiera lo mismo que nuestro don José.
Como la prueba era verdaderamente dura para mi madre y transcendente para mí, convencida de que no tendría fuerzas para someterse a ella por mucho tiempo, tomó la resolución, como ya he dicho heroica en verdad, y acordándose de las reiteradas llamadas de la familia de don Tomás, tanto de su padre, pero especialmente de su hermana doña Daría, casada con el notario de Torrelaguna y que gozaba de una gran posición, decidió ausentarse de Madrid y un día se presentó en la casa del director del colegio a despedirse, diciéndole que como no podía resistir más tiempo no verme, estando en Madrid y privarse, además, de abrazarme, mirando por mi bien y sosteniendo su palabra empeñada, había resuelto ausentarse de Madrid, poniendo tierra por medio.
Y, así lo hizo. Sin despedirse de mí y con el corazón partido marchó a Torrelaguna, presentándose en casa de doña Daría y haciendo su debut constituyéndose como enfermera única de su hijo Juanito, que tendría mi edad, atacado de viruela negra, no entrando nadie en la alcoba del enfermo, entregada en absoluto a sus cuidados, no separándose de su cama mientras duró la enfermedad, a pesar del peligro que corría de contagiarse, conviniendo los médicos que le asistían, lo mismo que toda la familia de don Tomás, cuando la enfermedad hizo crisis, que el enfermo debía la vida a los cuidados y a la maternal solicitud de Agustina, a la que tanto debían, a mi madre, que, providencialmente, se presentó con tanta oportunidad y en situación tan crítica, siendo considerada desde entonces por parte de toda la familia y, especialmente, por Juanito, su enfermito, y sus padres, pues aquel guardó siempre a mi madre y a mí verdadero cariño, llorando conmigo, ya hombres, la misma amargura el fatal día de su muerte.
Como don Tomás continuaba en El Vellón ejerciendo su cargo, solterón y medianamente atendido en casa de un vecino del pueblo labrador, la familia le aconsejó que pusiera casa y que mi madre que fue siempre el paño de lágrimas, en el sentido afectivo de aquella agradecida familia, se hiciera cargo de la casa y le tuviera a su cuidado, como así ocurrió durante muchos años, hasta su fallecimiento, cuando todos los que formaban la familia Vera-Sanz consideraron irreparable la desgracia para todos y especialmente, para el médico, que, muy pronto empezó a sentir los perjuicios en sus intereses, al extremo de decidir, por consejo de la familia, casarse con una prima que en su juventud fue novia suya, persona bien educada pero que cometió el error de aislarse de toda la gente del pueblo, pasándose, además, largas temporadas en su pueblo, Torrelaguna, con su familia, dejando solo a su marido, provocando, todo ello, serios disgustos matrimoniales, extravíos del cónyuge que finalizaron en una avenida y conveniente separación, sobre todo para él, que con el casamiento no había resuelto, nada, sino todo lo contrario. Porque en vida de mi madre, que trataba con todo el mundo, la casa de don Tomás estaba muy concurrida por la atracción de las simpatías a mi madre, donde todo el mundo gozaba de la mejor acogida y donde no se desdeñaba a nadie si se le podía favorecer en algo, mientras que, desde el desdichado casamiento, cambió del todo la decoración, echando todo el pueblo de menos a doña Agustina, tan popular, por ser la madrina de muchos de sus hijos.
Pero, retrotrayendo los hechos a mi historia de colegial, diré que, desde la partida de mi madre cuando se ausentó de Madrid, estuve seis meses sin saber nada de ella, menos lo que me quería decir de paso el director del Colegio, de acuerdo con mis profesores, que se había ausentado, sin decir a dónde, provocándome la noticia tal situación de ánimo que llegó a preocupar a todos, incluso a don José Ríos. Y un buen día don Federico, en una de sus visitas al Colegio, me llamó muy cariñoso y me entregó de un golpe… cinco cartas de mi madre que intencionadamente me había retenido y que gracias, según supe después, a una enérgica carta que le dirigió mi madre en la que le decía que ella, haciendo el mayor sacrificio de su vida, había cumplido exactamente su compromiso, pero que considerase que, en lo convenido, no figuraba el no saber de él nada en absoluto, de su hijo, al que escribía una carta cada mes y le mandaba un sello para la contestación, que no recibía desde que se marchó, haciendo pasar tanto tiempo, lo que suponía un duro e injusto castigo, para mí y también para ella, que no merecíamos, lo que la obligaría a trasladarse a Madrid para verme.
Leí, con la ansiedad que es de suponer, aquellas tan esperadas cartas de mi madre, acariciándolas, besándolas y cubriéndolas de lágrimas de ternura, no dejando de consolarme algunos obsequios que me enviaba de chorizos, farinatos, etc., preparados por ella, como dulces y pastas, también obra suya, como excelentísima cocinera y repostera que era, notándose mi cambio de conducta y mi retorno a la docilidad y aplicación y, lo que era más importante en aquella dura prueba, a acostumbrarme a toda clase de contrariedades que tanto habían de aumentar en adelante.
4 MI BACHILLERATO
Entre mis compañeros del internado había dos que conservábamos una verdadera y fraternal amistad que ha durado toda nuestra vida, larga para los dos, y para otro que no estaba en el colegio, pero que ambos conocimos en la universidad, y que solo ha podido interrumpir y romper la muerte. Dos ingresaron también en la facultad, mayor que yo uno procedente de Valladolid y huérfano de padre y madre, llamado Federico Larrañaga, y el otro, al que escasamente llevaba yo dos o tres meses, venido con sus padres, don José Marcial y doña María Dorado de Marcial, y sus cuatro hermanitas, que se llamaba Pepe Marcial Dorado, familia que me dedicó hasta la muerte su mayor cariño, realmente familiar, que siempre se sostuvo ininterrumpido y a la misma altura, a través de tantos años.
Por acuerdo del Patronato del Colegio que residía en Berlín y con objeto de dar mayor expansión a la labor docente que se desarrollaba en el colegio, hasta entonces reducida solo a la primaria graduada, se iniciaron los estudios de la segunda, ingresando nuevos profesores y eligiendo para los nuevos estudios a los alumnos más adelantados del grado superior, estudiando, en conjunto, todas las asignaturas que figuraban en el plan de estudios del bachillerato de entonces, para examinarnos por enseñanza libre en el Instituto del Cardenal Cisneros, figurando dos compañeros mayores en la primera tanda, saliendo airoso Federico Larrañaga y fracasado y desistiendo de continuar el otro, Manolo Fernández Morillo, hijo de una pobre viuda que para sostenerse tenía que trabajar todo el día, teniendo puestos los ojos en él, como última esperanza, pero que tuvo que salir del colegio… por esa causa para martirio de su pobre madre y para su propia perdición, como tiempo antes le había sucedido a nuestro compañero y mi vecino, Pepe Viñerta.
Federico, cuando terminó el bachillerato, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Central, por cuenta del colegio, instalándose en el domicilio del director, por resultar incompatible la vida reglamentaria del internado bajo la férula de don José Ríos con los nuevos deberes académicos que tenían que sujetarse a la vida universitaria, con no poca emulación por parte de los que seguíamos en el colegio con nuestra reglamentaria y monótona vida de recluidos.
Dos años después se seleccionó una nueva tanda, más numerosa, de aspirantes a bachilleres, con cuatro alumnos, entre los que yo figuraba, que habríamos de luchar primero con la reforma durísima y sin precedente, publicada en la Gaceta, siendo ministro de Fomento el marqués de Pidal,25 perteneciente a la más extrema derecha del Partido Conservador, y entregado en cuerpo y alma a las órdenes religiosas que explotaban con decidido apoyo de él, la enseñanza colegiada, modificación radical en el sistema de pruebas examinadoras, que, descaradamente, tendía a hacer a su parecer la enseñanza libre, haciéndola imposible, por verdadera asfixia esa clase de enseñanza propia de la gente humilde que no contaba con los medios económicos para llevar a sus hijos al instituto o a los colegios particulares incorporados a él.
Consistía la nueva forma de exámenes, solo en esta clase de enseñanza, en hacerlos por escrito, con aislamiento absoluto, por reglamento, siendo rigurosamente vigilados. Los examinandos, mientras hacían los ejercicios que habían de juzgar siete jueces, catedráticos del instituto en su mayoría, figurando además en el tribunal un académico y una persona ajena a la enseñanza, designada por el ministro, quienes, con una rigidez inusitada y sin precedente y con manifiesta arbitrariedad, pues sabían el papel que se les había adjudicado, cumplían y culminaban el objetivo del nuevo sistema, con el apoyo del director del instituto, don Francisco Commelerán, siempre al servicio interesado de los autores de aquel desaguisado que no dejó de ser comentado por la prensa liberal; tanto es así que a los dos años, al caer del poder el Partido Conservador y sustituirle el Liberal, con Sagasta se anuló inmediatamente de un plumazo, borrando aquel escandaloso atentado clerical contra la enseñanza libre, porque era una conquista liberal de la que no podía excluirse de ese derecho a los alumnos de clases humildes, tan ciudadanos como los demás y entre los que había verdaderos valores que se perderían por la falta de medios económicos para asistir a las clases del instituto, y, menos, a los colegios particulares, reservados a los pudientes y cuya mayor parte estaban bajo la jugosa especulación de las órdenes religiosas.
Recuerdo que después de nuestro examen de ingreso, nos examinamos del primer año de Latín unos veinticinco alumnos, siendo catedrático de dicha asignatura el mencionado director del instituto, el señor Commelerán, y un catalán retrógrado, cuya carrera profesional cuando tomó tierra en Madrid, hasta ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua, lo debía, como de todos era reconocido, a medios muy distintos a los justificados, moral y legalmente, de los que hemos pasado los demás mortales.26 Aquel día entró este sujeto, solo, para juzgar nuestros ejercicios de aquella asignatura, tal vez delegado como ponente por sus compañeros del tribunal y, a pesar de ser escritos, al cabo de breves minutos de haber entrado en el salón donde se celebraban los exámenes y donde estaban depositados en sobres cerrados y firmados por cada examinador, se nos llamó de la secretaría a todos nosotros para que entrásemos, uno a uno, en la oficina donde el primer oficial, con los ojos bajos y verdaderamente avergonzado, nos entregaba la papeleta de examen, todas ellas con la nota de «Suspenso», menos una, la correspondiente a uno de nosotros, un circunstancial sobrino de un cura, que rompiendo el aislamiento reglamentario habíamos visto entrar y salir en el salón donde trabajábamos, sin que ningún vocal del tribunal con el que departía muy familiarmente, dejándole, por el contrario, acercarse a su pariente, haciéndole observaciones con el mayor cinismo mientras escribía su ejercicio.
Como es natural, salimos todos decepcionados y escandalizados, ante el manifiesto atropello de que habíamos sido víctimas, recordando que al entrar el director Commeleran en el salón un bedel, al ver la cara que traía, nos vaticinó que nos preparásemos para sufrir un verdadero «escabeche» general en las calificaciones. Y no se equivocó.
Pero aquel indigno catedrático no salió muy airoso de su «hazaña», porque uno de los examinandos, hombre de unos treinta años que había estudiado varios años en un seminario y que dominaba el latín, desesperado por el daño que le causaba el atropello tan burdamente cometido al calificar los veinticinco ejercicios él solo, sin tiempo material siquiera para abrir los sobres que los contenían y cuyo perjuicio personal era irreparable para él, y para su porvenir, porque le impedía examinarse de la carrera corta de notario, que aún existía para hacerse cargo de la notaría en que prestaba sus servicios como primer oficial, esperó al arbitrario profesor, y, al aparecer este en el claustro, para salir a la calle, se acercó a él y sin pedirle explicación alguna le aplicó una serie de bofetadas, como introductorio a la paliza que le hubiera dado y que no logró consumar por las voces de auxilio del agredido y por la inmediata aparición de los bedeles que acudieron a su defensa, más por deber que por voluntad.
Nosotros, los cuatro fracasados del colegio, nos presentamos a nuestro director, ante el que demostramos la injusticia cometida, relatándole con todo detalle lo ocurrido, pues no cabía en cabeza humana que veinticinco escritos se pudieran leer y juzgar por un solo juez y, sobre todo, sin la presencia de los otros seis jueces del tribunal, en escasos cinco minutos, mereciendo todos la calificación de suspenso, menos el del sobrino del cura, la única escandalosa excepción.
Yo afirmé al director que en los exámenes de septiembre repetiría el examen, sin repasar siquiera la asignatura, respondiendo de su aprobación; pero mis tres compañeros a una, decepcionados y acobardados ante el desastroso resultado de nuestro debut, manifestaron que desistían de proseguir los estudios, a pesar de los ánimos que nos daba el director, el sr. Fliedner, poniéndoles a mí como ejemplo para seguir la lucha e insistir en mi decisión, constituyendo aquel momento el punto crucial y decisivo de mi vida y de mi porvenir providencial, porque en la convocatoria de septiembre aprobé con el otro catedrático de Latín del instituto, don Emeterio Suaña y Castellet, que suplía en el tribunal a su compañero, Commelerán, tal vez por lo ocurrido en el mes de mayo que, como digo, transcendió fuera del instituto, conociéndose y comentándose en todas partes; aprobé no solo el primero de Latín, sino también el segundo curso de dicha asignatura y con notas ventajosas.
¿Obedeció aquella sustitución al temor, por parte de Commelerán, a las consecuencias que «sintió» por su arbitraria conducta, o porque las altas esferas, conocedoras del insólito hecho, se lo corrigiesen de una manera «diplomática»? El hecho fue que yo cumplí mi propósito de no abrir, durante todo el verano, el libro de primero de Latín, aprobándolo en septiembre y continuando mis exámenes de las demás asignaturas, estudiadas en el colegio, logrando hacerme bachiller en tres convocatorias, dos años escasos, cuando apenas iba a cumplir mis quince años, es decir, que legalicé mis estudios del bachillerato en ese espacio de tiempo, salvando las dificultades que el nuevo sistema de exámenes oponía a los alumnos libres, exclusivamente, sistema que me cogió de lleno y de punta a cabo, puesto que se suprimió, precisamente, cuando yo ingresaba en la facultad.
Por cierto, que aquel nefasto año 1885 significó trágica época en toda Europa, víctima de la terrible epidemia de cólera morbo asiático, que también se cebó con España, más que en parte alguna, cabiendo a un médico valenciano que ejercía sus servicios en Alcira, de cuyo pueblo era titular, la gloria de haber descubierto el microbio de aquella enfermedad, lo mismo que la vacuna en su contra, el célebre Dr. Ferrer, cuyo nombre cobró fama mundial, resonando en todos los centros médicos y conservado en la historia de la Medicina.27
Entonces se contaban en Madrid, Barcelona y Valencia, principalmente, las defunciones diarias de centenares de personas, por cuya causa las familias de mis compañeros de internado reclamaron a sus hijos, pues, incluso la del director se había ausentado de Madrid, trasladándose al Escorial, donde el colegio en el que quedamos, yo solo de los alumnos, con don José Ríos, pareciendo aquello un cementerio, pues yo no quise interrumpir mi preparación de las asignaturas que me faltaban, para examinarme en septiembre y terminar mi bachillerato, como así ocurrió, felizmente. Aunque nuestro «terrible» cancerbero, don José, cayó atacado de la enfermedad en boga, y, en vano, quisieron ocultármelo, sin que me produjera la menor impresión, ni alterara mis horas de estudio, y eso que don José, enfermo, estaba pared por medio de mi dormitorio, lo mismo, por el otro lado, con la sala de estudio y tuvo la suerte de salvarse, como yo la de lograr hacerme bachiller y ponerme en condiciones de poder ingresar en la universidad, como Federico Larrañaga, haciendo el último ejercicio de reválida el día 25 de noviembre de aquel año, el mismo, también, en que falleció el rey Alfonso XII, porque, a consecuencia de la epidemia, no se celebraron los exámenes extraordinarios de septiembre hasta el mes de noviembre, terminada la cuarentena desde el último caso que hubo en toda la península.
Al salir aquel día del Instituto del Cardenal Cisneros por la puerta que da salida a la calle de los Reyes, triunfante y loco de contento con mi nota en la mano del último ejercicio, creyéndome ya un hombrecito, y hasta un personaje distinto a los demás mortales, una multitud de «golfos» voceadores de periódicos, me refiero a los circunstanciales, atronaban la calle anunciando con todos los detalles el fallecimiento del rey, en el Pardo, hecho que se guardó con el mayor misterio y del que yo tenía conocimiento desde por la mañana, en que me confiase el «secreto» la mujer de un empleado en las Reales Caballerizas, natural de El Vellón, y de repente vi que uno de los voceadores de «los sucesos» se acercaba a mí, un tipo desarrapado, sucio y casi descalzo.
–Hola, Manolo. ¿No te acuerdas de mí?
–Pepe –le dije, sorprendido–. ¿No te he de recordar, después de tantos años, sin saber de ti? ¿Qué es de tu vida? ¿Dónde vives?
–Pues ya ves, ganándomela como puedo. Mi papá murió hace ya mucho tiempo, llevándose la llave de la despensa… y desde entonces yo no sé, siquiera, dónde y cómo vivo.
–Pues yo acabo en este momento de hacerme bachiller –le contesté muy impresionado, enseñándole mi última papeleta de examen, fresca aún la tinta de la calificación y de la firma del secretario del tribunal.
Hubo un momento de cariñoso silencio, tal vez pensando, los dos, lo mismo, cuando el antiguo amigo mío y compañero del colegio, Pepe Viñerta, cortó el diálogo diciendo:
–Adiós, Manolo. Que te vaya bien –me deseó alejándose, presuroso, voceando su mercancía, gritando «los sucesos».
Y aquel fue su último adiós, porque ya no le volví a ver más; pero enseguida pensé que aquel inesperado encuentro dibujaba dos vidas muy distintas: una, la suya, oscura, agobiante y, tal vez, fatal, la de mi amigo de la infancia y compañero del colegio, del que se escapó dos veces para volver a sus correrías del barrio, de las que mi madre logró separarme, cuyo desenlace no podía ser más desastroso, el de un irredento «golfo» madrileño que, agobiado por las privaciones de toda clase, sin el calor ni el consejo de nadie, sin cobijo, ni apoyo de ninguna especie, se iba extinguiendo, poco a poco, para terminar su corta existencia en la cama de un hospital y tras las rejas de una cárcel; y la mía, que aún insegura, señalaba una senda seguramente, en aquel momento, indecisa y empedrada de dificultades y de sacrificios que yo estaba dispuesto a afrontar, aunque nunca pude imaginar las que me esperaban, pero que podrían abrirme paso a un porvenir sostenido y bien ganado, por mi constancia, y, desde luego, menos penoso y triste que el de mi amigo.
Estas reflexiones me las quedé, impresionado, como digo, por el inesperado encuentro en que le vi, confundiéndose entre sus competidores de venta extraordinaria, y yo apretando mi papeleta de examen, releyendo la calificación de mi último examen del bachillerato, mientras veía alejarse al pobre Pepe, desdichado amigo mío, voceando su periódico.
Porque mi bachillerato conseguido suponía un cambio de vida al trasladarme a la casa de don Federico, el director del colegio, y vivir, familiarmente, con los suyos y con Federico Larrañaga, que terminaba el segundo año de la facultad, redimiéndome de la vida del colegio, que había sufrido hasta entonces durante nueve años, relevándome de barrer y fregar suelos, subir el agua, ir a la Estación del Norte con otros compañeros para recibir y traer a cuestas los sacos de pan que hacía, en nuestro horno de El Escorial, el bueno de Gustavo Melzer, un muchachote alemán que era una verdadera enciclopedia, labrador, hortelano, herrero, carpintero, mecánico, albañil, etc., oficios que, diariamente, ejercía según se presentaba el caso, con una habilidad y una perfección y un esmero que a todos los muchachos que íbamos a pasar unos días en aquella finca nos impresionaban, lo mismo que su temperamento de trabajador incansable y que su envidiable carácter, siempre jovial. Era entonces y siempre lo fue, hasta su muerte, nuestro mejor amigo, logrando ser considerado una institución cuando fue trasladado a Madrid, con las mismas funciones, al nuevo Colegio del Porvenir,28 edificado en Cuatro Caminos, transformando todo el terreno baldío que ocupaba en un verdadero vergel, lo mismo que había hecho en la finca de El Escorial.
Gustavo Melzer creó una familia, casándose con la cocinera de la casa del director, la buena Aurea, una muchacha de origen burgalés que a su competencia y atractivos unía un carácter siempre alegre y una honestidad por todos reconocida. Y aquel obrero ejemplar en el colegio murió, ya viejo, dejando huella imperecedera de su labor y de su honradez. Le dedico este recuerdo, inspirado por la justicia y la amistad.
5 EN LA FACULTAD
Como consecuencia del cólera se hubieron de retrasar los exámenes y la apertura del curso académico hasta diciembre y hube de matricularme en el primer año de Filosofía y Letras, con toda libertad para escoger mi carrera.
Mis intenciones fueron las de matricularme en la Facultad de Ciencias Exactas, que eran mi fuerte y respecto a las cuales tenía una extraordinaria disposición, pero mi compañero Federico y el suyo, entonces, y aún fraternal amigo mío y viejo como yo, Pedro Mora, me convencieron para matricularme, con ellos, en Filosofía, por ser más fácil y, sobre todo, más corta, cosa muy de tener en cuenta, por la posible inestabilidad económica del colegio, siempre una incógnita, y me hice estudiante de la mencionada Facultad en la Universidad Central, ganando en categoría escolar y trabando amistades con los nuevos compañeros de estudios, todos de mejor situación económica que yo, pero que trabaron conmigo un compañerismo que jamás quise explotar y que solamente la muerte de la mayor parte de ellos ha ido extinguiendo, sin que el tiempo haya podido hacerle mella.
Cuando, en el curso de la vida y a través de los años, nos hemos tropezado, nos tratamos con la misma camaradería y fraternidad y el mismo cariño que cuando discurríamos por los claustros de nuestra inolvidable universidad, en los que pasamos los días más felices de nuestra juventud, sobre todo yo, que no había salido de las ternuras propias de la infancia, desde la separación de mi madre.
6 MI ESTUDIANTADO
A los pocos días de la terminación de mi bachillerato y ante la premiosa inauguración del curso, el director, señor Fliedner, me reclamó a su casa, instalándome en la habitación que ya ocupaba Federico, cuyo mobiliario era extremadamente sencillo: dos camas, bastante deficientes, una mesita de trabajo, dos mesillas de noche, unas perchas y dos sillas. La habitación era espaciosa, con una gran ventana que daba a un patio interior.
La nueva vida para mí se caracterizaba por el isocronismo y la exactitud de las horas en que nos reuníamos en el comedor. A las siete de la mañana, lo mismo en invierno que en verano, consumíamos nuestro frugal desayuno, consistente en dos tazas de café con leche, que nos servía a todos doña Juana, la esposa del director, y unas rebanadas de pan, a las que, furtivamente, atrevidamente, untábamos ligeramente de la mantequilla o de melaza, cuya compra nos encargaban.
A las doce, la comida, que para los comensales españoles no era de mucho agrado, por ser de la cocina alemana, a la que no estábamos acostumbrados, con platos exóticos, y a las cinco de la tarde se servía el té, solo para la familia de la casa, y a las siete se consumía la cena, casi siempre de fiambres, más una taza de té.
Nuestra vida estudiantil no nos eximía de muchos, nuevos, pesados y, a veces, depresivos trabajos. Éramos otros tantos criados, sobre todo yo, que no contaba con la experiencia de mi compañero Federico, ni con sus argucias para esquivarlos, lo que motivaba que recayeran continuamente sobre mí. Lo mismo íbamos a entregar varias cartas que nos hacían recorrer medio Madrid, a veces ya de noche, por barrios entonces peligrosos, para ahorrar los sellos del franqueo interior, que llevábamos pruebas a la imprenta, muchas veces también después de corregirlas nosotros mismos, o bajábamos, sobre nuestros hombros, a la Estación del Norte pesadas maletas cuando don Federico salía de viaje, cosa que ocurría muy a menudo. ¡Cuántas veces he atravesado, con la maleta al hombro, el Campo del Moro para acortar el camino, expuesto a un atraco, por evitar tropezarme en la calle con algún compañero de la universidad!
Sin embargo, todo ello no me era más enojoso y difícil que otros encargos que considerábamos más ridículos.
Vinieron a vivir con la familia unas sobrinas del director, dos alemanas tan feas y mal fachadas que solo podrían soportarse dentro de casa, donde podían ocultarse de la vista del público. Una de ellas era alta, por lo menos de dos metros, a lo que contribuía un largo y encorvado cuello, sobre el que culminaba una cabeza pequeña, con un semblante que excitaba la risa, y unos ojos pequeños y saltones, tras unas gafas extraordinariamente gruesas; parecía, realmente, una jirafa. La otra no era tan alta, un poco más gruesa, pero de una fealdad en fraternal competencia, hasta en lo grueso de los lentes, que tanto la acentuaba, completando su ridículo aspecto una indumentaria rarísima, tanto de factura como en los colores de las telas, llamando la atención del más despreocupado en aquellas calles madrileñas, en las que, pronto, constituyeron el hazmerreír de cuantos tropezaban con ellas.
Y ese fue mi martirio durante el tiempo que duró mi carrera, porque siempre que salían de casa requerían la compañía de uno de nosotros, o, mejor, la mía, puesto que para esos menesteres nunca aparecía Federico, quien, en cambio, se dio maña para fumar a costa de ellas, muy agradecidas al tropezar con un hombre que las entretenía con sus chistes; eso sí, dentro de casa.
Nadie puede apreciar mi sufrimiento cuando tenía que acompañarlas por la calle, donde todo el mundo nos miraba con verdadero espanto y hacían comentarios graciosísimos que, felizmente, ellas no entendían, procurando yo, sin que ellas se dieran cuenta, acompañarlas pero nunca yendo a su lado, sino delante o detrás.
Recuerdo que, una vez, íbamos por la calle Ancha de San Bernardo, donde está la universidad,29 cuya fachada entera habíamos de recorrer fatalmente. Dándome cuenta de lo que fatalmente también iba a suceder las dejé, con el mayor disimulo, que siguieran adelante, hasta que yo las alcanzara, pretextando que se me había desatado una correa del zapato, pudiendo observar desde respetable distancia su paso por la puerta de la universidad, llena de estudiantes que, ante su presencia, como era natural, armaron un alboroto de padre y muy señor mío. Unos se abrían de capa ante ellas, como si se tratara de dos vacas bravías, simulando, otros, la suerte de banderillas, con una de gritos y risotadas que terminaron cuando hubieron traspuesto la calle de los Reyes, en donde me incorporé a ellas, haciéndome de nuevas ante sus justificadas censuras sobre lo ocurrido. Pero yo evité ante mis compañeros el ridículo de mi acompañamiento forzado, y para mí siempre trágico, por mi calidad de hombre, que me ponía en una situación violenta, pues, al fin y al cabo, iba acompañando a unas señoritas.
Estando, otra vez, de temporada veraniega en El Escorial, un día de San Lorenzo, patrono del pueblo, ambas hermanas decidieron ir a los alrededores del célebre monasterio, ocupados por una gran multitud de romeros casi en su totalidad madrileños. Como siempre, la víctima de su compañía había de ser yo, bajo mandato, naturalmente, misión que cumplí desde el pueblo, durante el kilómetro y medio que le separa hasta el monasterio. Llevaban unos vestidos llamativos, por lo raros y mal confeccionados. Pero aquel día se les ocurrió comprarse unos sombreros de paja ordinaria de alas anchísimas, que solo usan los segadores para defenderse del sol. Los «adornaron» con un amplia banda de tul blanco colgando por detrás en un gran lazo, cuyas puntas caían sobre sus espaldas. Iban, las pobres, matadoras y bien ajenas a lo que les iba a ocurrir. En cuanto nos metimos entre la multitud, ellas delante y yo detrás, a respetable distancia, se armó una verdadera revolución, sobre todo por la inestabilidad de los célebres sombreros, hasta el extremo de costarles verdadero trabajo salir de aquel atolladero y emprender la huida, retornando al pueblo, a paso acelerado, sin que yo pudiera entender sus coléricas censuras, porque las proferían en alemán.
No olvidaré nunca la pesada losa que gravitaba sobre mí, de aquellas desgraciadas que, después de no tener que agradecer nada a la naturaleza, recargaban su fealdad con sus ridículas rarezas, que, además, irradiaban sobre los que, obligatoriamente, habíamos de acompañarlas.
7 EN LA UNIVERSIDAD
Realmente, la vida universitaria representa para el estudiante del bachillerato que ha cursado en el instituto, año tras año, esta etapa de la enseñanza, a pesar de su entrenamiento preuniversitario, una verdadera novedad, y mucho más para mí y para los que jamás habíamos respirado el ambiente de libertad personal, respetada por profesores y bedeles, sino, por el contrario, cuando la vida anterior, como la mía, había tenido el carácter de reclusión y aislamientos, vigilados y duros.
Yo era casi un niño, el verdadero benjamín de mi curso, y, hasta de la universidad, destaque conservado en mí tanto en mi profesión de bibliotecario como al ingresar en el escalafón de catedráticos, pues fui el más joven en ambos escalafones. Los primeros días de clase quedaba deslumbrado ante la alegre algarada de mis nuevos compañeros de estudios, procedentes de todas las regiones de España que, con los madrileños, desde los primeros días en los que espontáneamente hacíamos nuestras mutuas presentaciones, formamos una compacta y fraternal piña, tanto de apoyo como de caballeroso y leal compañerismo, de tal suerte que cuando surgía algún incidente lo vetábamos en un ambiente de convicción, reforzado por una actitud resuelta por parte de todos.
Esa confraternidad creó entre nosotros estrechos lazos de integridad cuya fuerza ha resistido los años, las ausencias y los azares de la vida, tratándonos como iguales en el orden social, a pesar de estar representadas entre nosotros todas las categorías, desde la del opulento aristócrata, hasta el modesto estudiante que, con su diario trabajo, sostenía su carrera y su vida, ayudado por sus familiares, o de los pobres como yo, humildemente vestidos y agobiados de privaciones.
Todos, como digo, éramos iguales en nuestro diario trato, aunque, tácitamente, reconocíamos la superioridad de los mejor dotados o de mayor aplicación. Más de una vez algún compañero, título de Castilla, como el conde de Cerrajería, al salir de clase nos invitaba a llevarnos a casa en su magnífico landeau, tirado por dos magníficos caballos y servido por un cochero y un lacayo uniformados con tal diferencia que, al lado de nuestra modesta indumentaria, parecían potentados señores. Sin embargo, nos abrían la puerta del carruaje, chistera en mano, cuando entrábamos o salíamos de él.
De aquella generación académica salieron hombres destacadísimos, literatos, poetas, historiadores, políticos, críticos, filósofos, escritores, periodistas, investigadores, etc., que han honrado y honran a España y que han dejado esplendorosa estela en la historia de su cultura. Francisco Navarro Ledesma, Ramón Menéndez Pidal, Manuel Fernández Navamuel, José Rogerio Sánchez, Rufino Blanco, José Verdes Montenegro, Andrés Ovejero Bustamante, Adolfo Valdés, que atravesando el mar debía de ser creador de la Industria Mexicana, Marcelino Fernández y Fernández, su paisano, y tantos otros que honraron la patria y a su inolvidable universidad.
Nuestra facultad contaba con un claustro de catedráticos envidiable, todos casi en su totalidad de edad más que madura, llegados a la cúspide del profesorado después de pasar muchos años haciendo méritos en otras universidades unos, y otros por méritos propios, como don Marcelino Menéndez y Pelayo, [Manuel] Sánchez de Castro, [Nicolás] Salmerón, [Manuel] Pedrayo, Amador de los Ríos, etc. Figuraban, entre los primeros, el gran humanista y sacerdote que cambió sus hábitos por la toga, don Lázaro Bardón, catedrático de Lengua Griega, que fue rector de la Universidad durante la Primera República, y su compañero don Alfredo Adolfo Camús, a quien sus ya incontables años no habían aminorado, en nada, sus vastos conocimientos en su disciplina de Literatura Griega y Latina, que nos explicaba «cuando le dejábamos», de tal forma que se llenaba la cátedra, muchas veces, de compañeros de otras facultades para gozar en sus explicaciones. Fue compañero de armas y fatigas en su juventud de Espronceda, Quintana, Nicasio Gallego, Jovellanos, Larra y Zorrilla, de quienes nos hablaba con emocionada fruición, intercalando algunas aventuras juveniles corridas con ellos. Completaban el cuadro de tan excelentes maestros Morayta, Fernández y González, Longué, Sánchez Moguel, Valle, Ortí Lara, etc.
Como siempre, la rápida observación y el fino ingenio del alumnado formaban un discreto y atinado criterio del valer de nuestros mentores pero, sin embargo, todos ellos eran objeto del mayor respeto dentro y fuera de la cátedra por parte de todos, sin la menor excepción. Cuando nos cruzábamos con ellos, donde fuera, nos descubríamos respetuosamente, sin jamás atrevernos a dirigirles la palabra, y si se daba ese caso, iniciado por ellos, generalmente nos acercábamos en grupo, a guisa de comisión, permaneciendo descubiertos durante toda la entrevista.
Inicié mi vida universitaria con un incidente ruidoso de carácter colectivo que se produjo en los primeros días del curso, producido por el discurso de apertura leído en el acto de inauguración del curso académico por el catedrático de Historia de España don Miguel Morayta, en el que haciendo un estudio del reinado de los Reyes Católicos se metió con la Inquisición, con el fanatismo religioso y censuró la expulsión de los judíos, considerándola como un error político. Debe hacerse constar que el excelso catedrático era liberal, republicano y masón de alta categoría.
Los elementos reaccionarios empezaron a moverse, como siempre, en la sombra, encontrando a los estudiantes de su cuerda como materia maleable para emprender una campaña de protesta contra el maestro, y un día nos sorprendió la visita de una comisión, formada en la Facultad de Derecho30 […] [Hoja desaparecida en el original].
[…] interesado en ponerse al lado de Matilde, en el primer banco donde ella se sentaba, que dio motivo a alegres comentarios en la Universidad durante unos días. Había publicado un pequeño libro de poesías, muy medianas, dedicadas a un su tío que debía de ser su protector, y un estudiante del Preparatorio de Derecho, listo y nervioso –que más tarde llegó a ser un gran orador de mitin, republicano, de verdadera fama, cuya carrera política cortó la muerte, aún muy joven–, hizo una graciosa y dura crítica de aquel engendro poético de nuestro compañero, que se leyó profusamente en todos los corrillos estudiantiles de la facultad, en los que surgían estruendosas carcajadas.
Súpolo Ovejero, y una mañana, antes de entrar en las clases, recriminó a su espontaneo crítico en forma airada, terminando la discusión cambiándose algunos mamporros, no pasando a mayores gracias a la intervención de los espectadores de la bronca, pero no impidió que surgiera un lance de caballeros, vulgo desafío, nombrando cada uno de los contendientes a sus respectivos padrinos.
Uno de estos era Paco Navarro Ledesma, que luego fuera el gran biógrafo de Cervantes, y que pertenecía a los del crítico de los versos, que se encargó de dirigir las discusiones para el encuentro de los contendientes, que acordaron, por unanimidad, que el duelo se verificase en los terrenos que había ocupado el antiguo Saladero, ocupados hoy por la amplia calle de Sagasta, escogiendo como las armas más adecuadas los puños de los dos rivales.
Y, en efecto, los cuatro padrinos con sus representados se reunieron en la puerta de la Universidad a la temprana hora convenida, marchado con un solemne silencio por la calle Ancha hacia la Puerta de San Bernardo, pero al pasar por la fuente adosada a la fachada de un convento de monjas, llamada de «los once caños», atendiendo al número de estos, que lanzaban continuamente abundante agua en el largo pilón de piedra, los padrinos mandaron hacer alto llamando a sus representados, tomando la palabra Navarro, que, con voz solemne, les dijo: «Señores, los padrinos han acordado, por ambas partes, que los dos caballeros que van a ventilar su querella en el terreno del honor, que antes de seguir adelante hacia el lugar señalado para el duelo, ha de beber, cada uno, en nuestra presencia, un trago de agua de cada caño de esta fuente».
Ovejero y su contrincante no pudieron disimular su sorpresa ante la seriedad de sus padrinos al dar a conocer tan rara condición, pero dándose cuenta de la guasa de que eran objeto quisieron arremeter contra estos, que ya no pudieron contener la risa, terminando así el famoso duelo… antes de principiar.
Sin embargo, Andrés Ovejero, más tarde, en su carrera de arribista «se arrimó» a Navarro Ledesma, cuando el conde de Romanones fue ministro de Instrucción Pública, y encargó a este la confección de las reformas al plan de Segunda Enseñanza, que llevan su nombre, evidentemente, el más sensato y pedagógico de cuantos se hicieron por su profundo conocimiento del problema. De esta manera, Ovejero aprovechó aquella circunstancia para cultivar la amistad con el ministro, logrando que este le ingresara en el escalafón de institutos, sin oposición, pasando por encima de la ley, nombrándole para el Instituto de Segunda Enseñanza de San Juan de Puerto Rico, entonces aún colonia de España, tomando posesión de su cátedra en Madrid, sin jamás ocuparla y aprovechándose de la catástrofe colonial y del derecho preferente que se concedió a los catedráticos de ultramar de ocupar cátedras de la misma categoría en la península, fue nombrado titular del Instituto de Cádiz, en el que tampoco puso los pies, logrando que se creara una cátedra de Historia del Arte en el Doctorado de la Facultad de Filosofía y Letras, para que un tribunal, escogido ad hoc, le diera la mencionada cátedra de nueva creación, en cuya oposición no tuvo contrincante. Más tarde, en su camaleónica carrera política, ingresó en el Partido Socialista, para ser elegido diputado provincial de este por Madrid, que siempre fue el campo de sus especulaciones, quedando en la Corte, sin que el triunfante falangismo le molestara en lo más mínimo.
8 VELEIDADES DE UN CATEDRÁTICO
Entre los del primer curso de la facultad descollaba, por su competencia y por su vocación y entusiasmo, el profesor de Literatura General, Dr. don Antonio Sánchez Moguel,31 solterón empedernido, dotado de muchas rarezas, que vivía con su anciana madre y cuyas rarezas de carácter soportaban unos y otros no, autoritario y atrabiliario, lo que motivó más de una vez censuras en el Ateneo y enemigos personales que transcendieron a la prensa, como ocurrió con su compañero, el catedrático de Oviedo Dr. Leopoldo Alas (Clarín) y con otros, y no pocos disgustos que sufrió, dentro de la Universidad, y violentos muchos de ellos entre compañeros a los que quería imponer su voluntad y más de una agresión por parte de estudiantes atropellados por él tras su inmunidad docente.
Al iniciarse los exámenes de fin de curso, formaba tribunal con don Nicolás Salmerón y don Manuel María del Valle, a quien la cátedra no le interesó nunca, especulando más en la política, y al despedirse, don Antonio, con la mayor tranquilidad, nos dijo que como se iniciaban los exámenes con el de Literatura tuviéramos en cuenta que la nota que sacásemos, en esta su asignatura, sería la misma que, posteriormente, obtendríamos en las otras dos materias.
Y así sucedió, sin saber nosotros de qué mañas se valdría, dada su habilidad y su audacia para imponer su voluntad, cosa que a mí me perjudicó mucho, sirviéndome de lección para el futuro. Yo me había hecho una ilusión, con fundamento para ello, la de sacar sobresalientes en las tres asignaturas, pero como los exámenes empezaban el día primero de junio y la última cátedra y lección explicada se efectuaban el día treinta y uno de mayo, el tiempo me faltó para preparar bien las tres últimas lecciones del programa, que se componía de 67 lecciones, y no pude más que mirar por encima los apuntes, confiándome en lo que recordaba de las explicaciones habidas en clase. Y así marché, alegre y confiado, a los exámenes en que, por lo menos, dos lecciones sacaría, entre las 60 anteriores, pero ¡cuál fue mi espanto al sacar de la bolsa las bolas correspondientes a las lecciones 65, 66 y 67!
No perdí la serenidad que, en casos como aquel, nunca me faltó y a la que debo gran parte de los éxitos de mi carrera. Comprendí que había perdido la partida, derrumbándose mis ilusiones, defendiéndome heroicamente y como pude, con lo que recordaba de las últimas explicaciones, no logrando sacar otra nota que la de aprobado, no muy justa, por la actitud del catedrático, pero que no dejó de satisfacerme, ante el panorama catastrófico anunciado por este. Me examiné, días después, de Historia Universal y de Metafísica, que, para todos los alumnos, era el verdadero «coco»; hice muy buenos ejercicios, esperando las mejores notas… pero, cumpliéndose los pronósticos de don Antonio, secretario del tribunal, no saqué más que dos aprobados, suscritos con su firma, cumpliéndose así sus vaticinios con todos sus alumnos.
De todos modos, saqué a flote todo el curso, quedando libre para las vacaciones veraniegas, que pasaría en la finca que el colegio poseía en El Escorial.32
9 CALVARIO ESCURIALENSE
Pero ¡qué equivocado estaba! Al poner los pies en aquel lugar que mientras estuve en el colegio fue motivo de infantil esparcimiento, inicié tres meses de inhumano calvario, colmados de sufrimientos, materiales y morales, que cambiaron en lo sucesivo mi carácter, de jovial y voluntarioso al cumplimiento de la menor orden, en retraído y desconfiado.
Al salir de Madrid, el director, señor Fliedner, me leyó una carta escrita por un catedrático de la Universidad alemana de Erfurt, en la que le interesaba obtener la copia de un manuscrito griego que existía en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, original de un filósofo de aquel clásico país, llamado Numenius,33 que trata sobre la naturaleza de las cosas.
Como acababa de examinarme del primer curso de Lengua Griega, leía perfectamente la escritura de este idioma, y, desde luego, acepté la invitación del director a copiarlo, sin saber a lo que me comprometía, considerándome como un hombrecito. Y, efectivamente, al día siguiente de llegar a El Escorial me encaminé al monasterio célebre provisto de la signatura del manuscrito remitida por el profesor alemán, entrando en la sala de manuscritos, conocida entre los bibliófilos con el nombre de «Juanelo», de la que estaban encargados los frailes agustinos, que lo están, además, de todo el monasterio.
Pregunté al fraile que estaba al frente de la Sección de Manuscritos si estaba allí el que me interesaba, enseñándole su signatura. Consultados los índices, me contestó afirmativamente, volviéndome a casa después de anunciarle que al día siguiente volvería, para comenzar su copia.
Mi debut no pudo ser más desastroso, por las intemperancias del fraile, muy parecidas a las de Sánchez Moguel, y después ante el manuscrito, que a cualquiera, en mi caso, hubiera acobardado.
Me presenté al fraile de marras provisto de cuartillas y pluma, demandándole el manuscrito para empezar mi trabajo y provocando aquel una escena por demás violenta, y que puso a prueba mi temperamento y mi prudencia, dominándome ante la actitud inconveniente, por demás, y muy frailuna, poco adaptada, como es natural, a las recomendaciones evangélicas de continencia y amor al prójimo.
Al escuchar mi solicitud me miró de arriba abajo, consideró mi modesto atuendo y mi aspecto, casi de chiquillo, pues aún no había cumplido los 16 años, y me contestó, a las primeras de cambio: «Ya te estás “largando” de aquí, si no quieres que te dé un puntapié en el…», refiriéndose, gráficamente, a mi parte prepóstera.
El efecto que me produjo aquella inesperada agresión, de sabido, inmotivada, no es para describirlo. Miré al fraile, un hombrón verdaderamente hercúleo y, a pesar de acordarme de mis arrebatos en el colegio en casos parecidos, consideré que saldría yo perdiendo si le contestaba con la merecida violencia, a la vez que no me perdonaría un desafío procedente de un fraile católico, apostólico, romano, siendo educado por mi parte en un credo protestante, y, además, reflexioné que me encontraba en corral ajeno y que si yo armaba el consiguiente escándalo, además de llevar la peor parte, me inhabilitaba para poder copiar el manuscrito y sufriría la filípica consiguiente por parte del director.
Todas estas razones me convencieron y me contuvieron, pero continué sin retirarme y ante mi actitud firme el fraile me dijo, tuteándome, que era lo que más me irritaba: «Márchate, desde luego, porque yo no te entregaré el manuscrito, que tú no podrás copiar, y, además, ¿quién me responde de cómo lo tratarás, y si me dejas caer un borrón en él?».
Entonces, con gran sorpresa mía, oí una voz que me pareció providencial, que, como respuesta inmediata a la pregunta incorrecta del fraile, procedente de dos señores que estaban trabajando con manuscritos y en los que no reparé al entrar, levantándose, ambos, y enfrentándose con el fraile, le dieron la respuesta con tono entre autoritario y airado:
–¡Yo, yo! ¡Traiga el manuscrito!
Y dirigiéndose a mí me dijeron:
–Venga aquí, joven. –Al mismo tiempo que me brindaban un sitio, entre los dos.
El fraile bajó la cabeza, desprovisto, como por encanto, de su soberbia y de sus tufos, llamó a un lego con un timbre, ayudante suyo, y a los pocos momentos portaba y me entregaba el manuscrito tan discutido. Eran, nada menos, que el doctor […], célebre director de la Biblioteca Imperial de Viena y catedrático de Literatura Española en aquella universidad, y el doctor Rieguel, que lo era de la de San Petersburgo, ambos presionados por sus respectivos gobiernos para recorrer las bibliotecas y archivos europeos, en trabajos de investigación de carácter histórico y literario, bien provistos de recomendaciones de sus embajadas que se tradujeron en órdenes de la Regente34 al prior del monasterio.
Al abrir el manuscrito mi decepción no tuvo límites, porque, efectivamente, yo leía el griego, pero en caracteres impresos y palabras completamente escritas, y el manuscrito me lo mostraba con letra cursiva y escrita por un amanuense y lleno de abreviaturas que ya en los españoles deben conocerse por los copistas, y que yo ignoraba.
Intenté, no obstante, empezar, pero las dificultades con que tropezaba eran para mis fuerzas insuperables; más, mis nuevos e ilustres amigos y protectores contra el fraile se sonreían y me animaban, asegurándome que muy pronto, y con su ayuda para resolverme las dificultades que encontrase, me familiarizaría con el manuscrito y lograría su copia. Y así ocurrió, puesto que a los tres o cuatro días empecé a descifrar el texto y a copiarlo, notando en ambos señores una expresión admirativa, ante la facilidad con que iba dominando mis progresos paleográficos.
Por la tarde, cuando salíamos de nuestro trabajo, nos dábamos un paseo por los alrededores del pueblo, pero, ante mi temor de que en casa me regañasen por mi tardanza, me acompañaron para decir que iban conmigo y pedir permiso para que me permitieran dar con ellos el paseo vespertino, bien ganado y necesario después del pesado trabajo del día.
Desde el colegio hasta el monasterio había más de dos kilómetros, cuesta arriba, que hacía más penosa la ruta por el violento calor del sol que abrasaba. La sala Juanelo se abría desde las nueve hasta las doce, con rigurosa puntualidad, y de dos a cuatro de la tarde, y yo salía de casa a las ocho de la mañana para llegar al monasterio puntualmente, de tal modo que cuando abrían la puerta siempre me encontraba el fraile esperando.
Los primeros días, las dos horas, entre doce y dos, las aprovechaba para ir a comer a casa y volver a mi trabajo, hecho agotador, que me obligó a pedir que me preparasen una merienda que me serviría de comida, para evitarme el molesto viaje en aquellas horas de verdadera asfixia. Y en efecto, la señora del director ordenó, tras mis súplicas, que me preparasen un poco de queso entre dos rebanadas de pan, único alimento, para un muchacho de dieciséis años, que sustituía a la comida de mediodía; y con tan suculenta comida al dar las doce me encaminaba al bosque adjunto al monasterio, llamado La Herrería, y sentándome bajo la confortable sombra de un árbol, consumía en un santiamén mi frugal «comida», y luego me acercaba a la fuente de los Frailes, cuya fresquísima agua me confortaba extraordinariamente, tumbándome después sobre el césped, contando las campanadas del reloj de la antigua torre, cuarto, tras cuarto, hasta las dos menos diez minutos, en que me encaminaba a reanudar la tarea, que una vez terminada entregué a la señora del director, que la remitió a su marido, en Alemania, donde estaba de viaje de propaganda y de recaudación de fondos, no volviendo a saber ni a ocuparme del asunto, aunque, tiempo después, supe que el director percibió por aquel trabajo 1.500 marcos que el catedrático de Erfurt remitió para mí, y de los cuales no vi ni un céntimo, y que un folleto, que sobre el manuscrito y su texto publicó dicho señor, ponía por las nubes al estudiante español Manuel Castillo, por su cuidada copia.
Realmente, aquel fue un desengaño más de los ya muchos sufridos en el colegio, a los que estaba tan acostumbrado que no me produjo el menor efecto, convencido de que la protección que se me dispensaba, dándome la carrera, era, desgraciadamente, una especulación de la que yo era, a la vez, pretexto y víctima. Posteriormente, los hechos que se sucedieron, en crescendo, lo confirmaron. Era la señora, doña Juana Brown de Fliedner,35 esposa del director, escocesa de origen e hija de un famoso botánico por sus obras publicadas y por sus descubrimientos, conocidos mundialmente, producto de sus estudios sobre muchas especies de plantas tropicales, descubiertas, descritas y catalogadas por él durante varios años que pasó en el sur de África, pensionado por el Gobierno inglés, percatándome yo del nombre del que gozaba entre los hombres de ciencia, porque venido a ver a su hija y a sus nietos pasó con estos y con nosotros varias semanas en El Escorial, donde un día fue visitado por el Claustro de Profesores de la Escuela de Ingenieros de Montes, instalada en el vulgarmente llamado Escorial de Arriba, para saludarle e invitarle a honrar con su visita dicho centro, pues estimaban su visita como un hecho relevante en la historia de la escuela. El respeto y la admiración con que le hablaban demostraban plenamente la justa fama de que gozaba aquel hombre de ciencia, un viejecito muy simpático, con el que yo, diariamente, daba algún corto paseo por el bosque de La Herrería.
Doña Juana parecía, por su tipo, más bien española que inglesa. Menudita, morena y dotada de verdadera belleza, era una enamorada de las costumbres españolas. Jamás la vimos tocarse con sombrero, cosa muy rara entre las extranjeras, y siempre usó la clásica mantilla de nuestras mujeres, y, como tenía el pelo negro, pasaba a primera vista como española.
La simpatía que inspiraba y sus actividades en la obra de propaganda que representaba su marido, director del colegio, movían al respeto a cuantos la trataban, del que no participábamos los que convivimos con ella, porque tan buena señora padecía un histerismo del que todos éramos víctimas, empezando por su esposo y por sus hijos. Se pasaba, a veces, hasta un mes sin salir de su cuarto y sin que las criadas la vieran, descargando sus iras cuando salía, principalmente, sobre los españoles que vivíamos en la casa, que habíamos de revestirnos de paciencia, muy puesta a prueba, imitando a sus deudos, sufriendo sus órdenes excéntricas, sus arbitrariedades y sus frases molestas.
Recuerdo que más de una vez, para salir de su cuarto y aparecer en el comedor, exigía a su marido que los españoles que convivíamos con la familia no nos sentáramos a la mesa, ni comiéramos al mismo tiempo que ella, y don Federico, para resolver el conflicto, nos daba una peseta con cincuenta céntimos a cada uno para que comiéramos y cenásemos fuera de casa, con gran alegría por nuestra parte, porque a mediodía comíamos en una de las muchas casas de comidas derramadas en Madrid, en la que dábamos cuenta de un sabroso cocido madrileño, que nos sabía mucho mejor y nos nutría mucho más que las exóticas comidas alemanas que nos servían en casa. El cocido y un magnífico panecillo con parte del cual migábamos la sopa nos costaban cincuenta céntimos, y por la noche nos metíamos en una taberna «decente» donde por otros dos reales consumíamos un gran plato de habichuelas estofadas, con su pan correspondiente, acompañándolas algunos de una copita de vino. De modo que, durante la temporada que duraba aquella situación, comíamos mejor, desde luego, con más alegría y libertad, y ahorrábamos dinero, con el que yo me permitía adquirir algún libro de lance, lamentando todos volver a comer en casa, una vez aplacados los nervios de doña Juana, cuyo encuentro procurábamos esquivar, sin ponernos de acuerdo, para evitar inmotivadas reprimendas de su parte, a las que no contestábamos nunca.
Pero a mí, por desgracia, me tocó el papel de ser su preferida víctima, tal vez por mi menguada edad, y el pararrayos de sus arrebatos de histerismo que suscitaban y ponían a presión mi temperamento, presto a la rebeldía. Claro es que procuraba evitar cruzarme con ella, pero, a veces, se presentaba en mi cuarto para darse el gusto de lanzarme algunos de sus sermones, que yo oía indiferente, sin escucharlos ni responderle lo más mínimo, hasta que se cansaba y se marchaba, tras un formidable pateo sobre el suelo, con una fuerza impropia de una mujer tan femenina y menuda como era, pero sostenida por sus nervios y arrebatos. Y esta situación me duró, como verdadera prueba, todo el tiempo que duró mi carrera.
El verano que pasé en El Escorial, cuando copié el manuscrito, hube de sufrir las consecuencias de su enfermedad, pues a las horas de comer, en las que no tenía más remedio que verla en la mesa, no hubo desayuno o comida en la que no fuera yo el objeto de sus iras injustificadas y sin pretexto alguno, que yo esquivaba, algún tanto, suprimiendo la comida de medio día, cambiándola por una rebanada de pan y un pedazo de queso, que no daba la sensación de un banquete cuando lo consumía, con tanta tranquilidad, al pie de la fuente de los Frailes del Monasterio, durante las dos horas que mediaban entre las sesiones, matutina y vespertina, en la sala de Juanelo. Hasta ya la figura del fraile bibliotecario me parecía, desde luego, más placentera que la airada, siempre, de doña Juana, que aquellos tres inolvidables meses de martirio pusieron a prueba a un pobre muchacho de dieciséis años que se veía obligado a sufrir aquel suplicio con la esperanza de terminar mi carrera.
Como marchaba al monasterio a las ocho de la mañana, después del desayuno y de su correspondiente y matutina reprimenda, y no volvía hasta las cinco de la tarde, al retorno me esperaba un martirio, aún más agudo, que llegó a poner en peligro mi vida y estuvo a punto de agotar mis ya débiles y juveniles fuerzas.
El pozo de la huerta no daba ya abasto al riego necesario, a pesar de estar funcionando la bomba durante todo el día, manejado a brazo por todos los muchachos del colegio que allí estábamos. Ello motivó una reforma en el interior del pozo iniciada por el simpático y laborioso Gustavo, que consistía en profundizar cuatro metros más y luego construir una galería de diez metros de largo y metro y medio de alto, por uno de ancho. Para ello se buscó a un obrero especializado… y nada más para completar la mano de obra, siendo sus ayudantes todos nosotros, que habíamos de encargarnos de la extracción de la tierra y del agua que manaba del manantial, cada día con mayor abundancia, por las nuevas vetas que aparecían en la galería según iba avanzando el pico del pocero, que exigía para proseguir su trabajo verse libre del agua y de los escombros.
Aquel trabajo, impropio de nuestra edad, que doña Juana miraba con la mayor impasibilidad frente a la oposición de Gustavo, que supuso, al proponer la reforma, que los trabajos se llevarían a cabo por obreros y no por nosotros, lo mismo que la del pocero, que, con más piedad, nos incitó indignado más de una vez a que nos negáramos al trabajo, que terminaba a las siete de la tarde, cuando este se marchaba, dejándonos su continuación durante toda la noche en la extracción del agua, para que al día siguiente pudiera reanudar el trabajo de la galería en seco.
Ese trabajo se nos confió a los dos mayores, a un criado de la casa llamado Emilio y a mí, que durante toda la noche habíamos de sacar el agua, durante dos horas, descansando una, en la forma siguiente: como el tubo ya no debía llegar al fondo del pozo, por los cuatro metros ya socavados, se puso a la altura debida una caldera como depósito supletorio en el que se sumiera la alcachofa de succión y, un metro más bajo que este, un tablón sobre el que uno de nosotros dos había de elevar, a brazo, el agua a la caldera, mientras el otro, arriba, daba a la palanca de la bomba, cambiándonos, de cuando en cuando, en tan rudo esfuerzo y cesando cuando se reanudaba por la mañana el trabajo por el pocero y nuestros compañeros, retirándonos los dos obligados noctámbulos, extenuados, para dormir y descansar, escasas dos horas, en que después del desayuno «amenizado» por el indispensable sermón de doña Juanita, emprendía yo mi caminata al monasterio, con mi frugal comida en el bolsillo, envuelta en un papel. Y así pasé aquel agotador martirio, físico y moral, hasta que se acabaron las obras del pozo con una galería revestida de ladrillos y con todo nuestro excesivo esfuerzo que ahorró jornales sin cuento.
Gustavo, que observaba con indignación y piedad, al mismo tiempo, nuestra situación, y, en espacial, la de Emilio y la mía, dejaba la llave puesta del horno del pan que él hacía, un día sí y otro no, para que repusiéramos nuestras fuerzas, durante alguno de los cortos descansos nocturnos, consumiendo el pan que quisiéramos, naturalmente sin percatarse de ello doña Juana.
Pero una noche, estando yo sobre el tablón en aquel duro trabajo dentro del pozo, observé abrirse una grieta en la antigua bóveda que le cubría y, dándome cuenta del peligro que corría, abandoné el cubo con que echaba el agua en la caldera y gatee por la escalera, con la mayor premura y espanto, surgiendo a la superficie con gran sorpresa de Emilio que manejaba arriba la bomba, dándole cuenta de lo que ocurría, debido al enorme peso que gravitaba sobre la bóveda, de las toneladas de la tierra extraída durante tantos días en que se iniciaron las obras.
Inmediatamente y para evitar un hundimiento del pozo, cogimos cada uno una pala y empezamos a aligerar de tierra la superficie que cubría la bóveda, sosteniendo nuestro esfuerzo con verdadero vértigo para evitarnos responsabilidades, hasta eso de las tres de la mañana, en que agotados de cansancio tiramos las palas y nos echamos al suelo, buscando un poco de descanso. Al cabo de una media hora, rompimos nuestro silencio observado por los dos durante la labor que acabábamos de ejecutar y que según el pocero evitó una catástrofe; nos acordamos del horno del pan, pero lo encontramos cerrado y sin la llave puesta.
Desesperados por el hambre y el cansancio que nos dominaban, nos encaminamos al comedor, registrando las alacenas, encontrando, al fin, un trozo sobrante de un pastel bizcocho, hecho en casa, con que se celebró el cumpleaños de Teodoro, el hijo mayor del matrimonio Fliedner. Al verlo y sabiendo a lo que nos exponíamos, dominados por el hambre, comimos una pequeña parte de aquel pedazo de bollo, que no era más que un pan dulce, bastante ordinario.
Al día siguiente, doña Juana se enteró de lo sucedido por la noche y también de nuestro atrevimiento con el pastel y armó el gran alboroto, sobre todo al suponer que Emilio y yo habíamos consumado aquel «robo», así lo calificaba, confirmado por nosotros, que en realidad habíamos trabajado toda la noche heroicamente mientras todos dormían, esperando una felicitación. Desde entonces, se me conceptuó como el ladrón de la casa, de cuyo calificativo, injusto e indignante, participó don Federico al retornar de su viaje y a quien su cara mitad dio cuenta de tan horrendo «crimen», cometido por nosotros.
De ello me di cuenta cuando, estando ya en Madrid, al empezar las clases del curso siguiente, noté que cuando no se encontraba una cosa, que luego aparecía, se me preguntaba a mí, con irritante insistencia, si la había visto, sin que lo falso de la sospecha se demostrase siempre.
Esto me produjo una situación de indignación íntima que me hizo pensar, seriamente, en la necesidad de marcharme, con la protesta propia a la injusta infamia que conmigo se cometía, pero, dominándome, pensando en mi porvenir, que me requería resistir aquel nuevo sufrimiento y muchos más colmándome de paciencia, hasta terminar mi carrera y emanciparme, seguidamente, por la incompatibilidad creada con tanta injusticia.
Eso sí, desde entonces cambió mi carácter en el trato con los de la casa, diametralmente opuesto a mi manera de ser. Obedecía todo lo que se me mandaba, cumplía todos los trabajos y mandados que se me encargaban sin pronunciar la menor palabra y contestando con monosílabos a cuanto se me preguntaba, eludiendo con mi mutismo y con la seriedad de mi semblante todo intento de diálogo.
Días antes de terminar las obras del pozo hube de arrojar sangre por la boca sin exhalar la menor queja; pero, por lo visto, Gustavo dio conocimiento de lo sucedido a doña Juana, que me llamó para preguntarme, demostrando sorpresa, qué me había pasado, indicándome entonces que suspendiera mi trabajo… terminado hacía dos o tres días. Mi respuesta fue echarme a llorar, dejándola plantada. La noche del día en que se terminaron los trabajos, Gustavo y Áurea me convidaron a cenar un sabroso guisado de patatas y pimientos, condimentados por ella, magnífica cocinera, que, poco después, había de contraer matrimonio con él. Los ingredientes del agasajo procedían del huerto, jurándonos la conveniencia de guardar el secreto para que doña Juana no lo supiera y evitar que el bueno de Gustavo, el explotado Gustavo que creó el huerto sobre una tierra estéril y abandonada, dejando sobre ella su sudor y su vida, fuera afrentado por la señora, como yo, cuando el trozo del pastel que comimos Emilio y yo aquella memorable noche en la que expusimos nuestras vidas y salvamos el pozo.
Total, que aquel verano que para cualquiera otro estudiante que había salido airoso de los exámenes debía ser de descanso y solaz, para mí fue de trabajo en la copia del manuscrito primero, que valió al director 1.500 marcos, y, después, el duro e impropio trabajo en el pozo, con el inagotable tormento del histerismo de doña Juana y las consecuencias que me crearon un injusto y denigrante concepto; todo lo cual motivó mi decisión, para el futuro, que no fue otra que la de sufrir con dignidad hasta las mayores humillaciones hasta que llegase el ansiado día de mi emancipación, decisión guardada en secreto, pues ni a mi misma madre, ignorante de cuanto me sucedía, se lo comuniqué, por saber muy bien que ella no hubiera tolerado la infamia que sobre mí pesaba sin su más enérgica protesta, con perjuicio de mis bien pensados y decididos planes cuyas lógicas consecuencias yo presumía.
Retorné, como dije, a Madrid, reanudando mi vida académica del segundo año de mi carrera, que era la iniciación de una compensadora aunque limitada libertad, durante las horas que permanecía en la universidad con queridos y fraternales compañeros, ignorantes de mi tragedia económica y moral, distinguiéndome siempre con su afecto, correspondido a mi carácter jovial, propio de mis pocos años, puesto que, como he dicho, era el benjamín de la facultad, y tendiendo a mi segundo apellido, Quijada, Navarrito propuso en un rato de buen humor, y así ocurrió, el que se me pusiera el remoquete de «Quijote», honrándome con mi homónimo, el héroe de la inmortal obra de Cervantes, aunque a tan gloriosa figura no se acomodase la mía; entre nosotros, quien merecía más ese sobrenombre era el compañero Virgilio Corchero, cuyo tipo y paisanaje, pues era manchego, se identificaba con el ingenioso Hidalgo.
La lección que recibí en los últimos exámenes por mi mala y aleccionadora suerte en la insaculación de las bolas en el de Literatura, con los consabidos y cumplidos vaticinios del profesor Sánchez Moguel sobre las calificaciones en las demás asignaturas, y el afán y la fe en el cumplimiento y logro de mi plan, que constituyó mi obsesión, hizo que llevase mis estudios con mayor entusiasmo, notándolo mis catedráticos, y, especialmente, mis compañeros, a pesar de las dificultades que tanto a mí como a algunos otros nos crease un compañero, alicantino por más señas, que para ganarse el éxito a fin de curso cultivaba a los profesores, con sus visitas que aprovechaba para indisponerlos con los que, principalmente, hacíamos sombra a la cortedad de sus facultades intelectuales.
Ese mal conceptuado sistema fue confirmado por los hechos, que demostraron, al mismo tiempo, el espíritu de compañerismo que nunca olvidaré en un sonado y grave incidente, que pudo haberme costado muy caro.
Suplía la cátedra de Historia Universal, regentada por el titular don Manuel María del Valle, por haber sido nombrado director de Loterías, un auxiliar llamado don José Ayuso,36 precedido de gran fama de filólogo, por los estudios que desde muy joven había cursado en un convento austriaco. Hombre corpulento y concentrado, cuyas miradas furtivas, voz afeminada y glacial frialdad de carácter denunciaban al fraile desconfiado y taimado, se nos hizo repulsivo a todos aunque guardándole el respeto debido, que, de día en día, fue transformándose en temeroso distanciamiento, porque en lugar de Historia Universal nos explicaba durante el curso Historia de la Iglesia, materia que, como fraile de levita, dominaba, sirviéndose de la cátedra para desahogo de su fanatismo religioso.
Un día, me preguntó en clase sobre uno de los padres de la Iglesia, me parece que San Ambrosio, contestando yo correctamente y con arreglo a sus explicaciones. Enumeré muchos de los himnos sagrados atribuidos a la inspiración del santo que aún se conservan en determinados actos religiosos, notando todos el desagrado que le producía mi explicación, al final de la cual, me dijo: «Muy bien, pero ha olvidado usted un himno, tal vez el más importante que la Iglesia canta en las grandes solemnidades, lo cual no me extraña, porque usted no es de los que pueden caerse dentro de ellas».
Quedé en silencio y aturdido, porque sus últimas palabras suponían, por su tono y por su gesto, mi pérdida de curso, pero viendo el efecto que había producido su inmotivado desplante en la clase, a guisa de justificación, me dijo:
–Me refiero al Te Deum.
–Dispénseme, señor Ayuso –le repliqué–, lo he mencionado entre los demás himnos.
Esta afirmación mía fue confirmada por todos mis compañeros, que puestos en pie dijeron que, efectivamente, lo había mencionado, llevando su enérgica actitud la confusión al jesuita que ocupaba la cátedra, que replicó bajando la cabeza:
–Yo no lo había oído.
–Pues lo ha dicho –contestaron todos, menos el alicantino, a quien he hecho referencia, lo que no pasó desapercibido para ninguno.
El origen de lo ocurrido fue que me veían los compañeros leer El Motín,37 semanario republicano y anticlerical en alto grado, dirigido por el gran periodista José Nakens, y sin duda, aquel mal compañero, para conquistarse simpatías del profesor le fue diciendo que yo era suscriptor del periódico en el que, además, colaboraba.
Al salir de clase, a la una, nos fijamos en el mal compañero, que asustado nos decía que él no había dicho nada, teniendo yo que intervenir para evitarle una paliza. Por algo me llamaban Don Quijote.
Sin embargo, el incidente sirvió para que el fraile de levita se «destapase» significando una sentencia en mi contra, lo cual me puso en guardia, para evitarlo a toda costa a fuerza de estudio, haciendo mi examen presenciado por todos mis compañeros, en que pude superar las «pegas» que me oponía, en una verdadera y desigual lucha. Hice un examen merecedor de la nota de sobresaliente, que me rebajó a la de «bueno», pero pude evitar el suspenso al que estaba sentenciado por el fanático fraile, a quien sus compañeros del tribunal, según supimos luego, no le permitieron cumplir tan buena y piadosa obra.
Terminé aquel curso con halagadoras notas, pasando las vacaciones en Madrid, esquivando ir a El Escorial, no discutiéndoseme por la actitud de mi mutismo, que había adoptado, que contenía cualquier diálogo o discusión conmigo.
Pasado el verano me matriculé en el último año de la carrera con grandes ánimos, ante la consideración de la proximidad del cumplimiento de mis planes y el logro de mis aspiraciones, guardando, dentro de casa, la misma actitud y sometiéndome sin la menor protesta a cuantos servicios me sometían, por duros y humillantes que fueran.
Federico Larrañaga, mi compañero de colegio y de habitación después en casa del director, terminados los estudios que emprendió en mi facultad dos años antes que yo, marchó a Alemania, por cuenta del Comité de Berlín, a iniciarse en los de Teología, para, a su retorno a España, ser utilizado en la obra evangélica, como pastor y al mismo tiempo como profesor del colegio en la segunda enseñanza, puesto que en el colegio había alcanzado ya tan renombre, a pesar de la inútil competencia que le oponían sistemáticamente otros centros instalados cerca de él, regidos por órdenes religiosas y por asociaciones católicas de damas catequistas, por la superioridad de los métodos de enseñanza que se empleaban, conforme a la pedagogía alemana de entonces, la primera del mundo, que tanto aventajaba a la anticuada y anacrónica que se empleaba en España por tradición.
Me quedé, pues, solo en nuestro cuarto de estudiante, contando ya los diecisiete años, sintiéndome ya un hombre de experiencia, porque, realmente, puede decirse que no había tenido infancia y porque los desengaños y sufrimientos me hicieran pensar, serenamente, en mi porvenir.
Estudiaba con Larrañaga un compañero, Pedro Mora, inteligente y estudiante ejemplar, hijo de un maestro carpintero establecido en la Cuesta de Santo Domingo, que aparentando excesiva seriedad, rayana en mal interpracenio (sic), que, en vano, pretendía ocultar el corazón de oro y la bondad que encerraba su pecho. Era un obrero muy conocido en Madrid, que con su hermano don Francisco Mora,38 que luego fue hasta su muerte secretario general de la UGT, al lado de Pablo Iglesias, figuró, don Ángel, representando a España en la Segunda Internacional Socialista, gozando durante su larga vida de envidiable prestigio entre la clase proletaria, que jamás explotaron para no abandonar su trabajo sobre el que pesaba el sostenimiento de sus respectivas familias, don Ángel en su carpintería donde se le encontraba, a toda hora, sobre su banco de trabajo, y don Paco, como artista muy destacado en la Compañía de Zarzuela de la Soler di Franco. Aquellos honrados y austeros socialistas de entonces, empezando por su figura cumbre, Pablo Iglesias, trabajaron desinteresadamente por el ideal, viviendo de su oficio, que no abandonaron nunca, dedicándole después de terminada la tarea del día algunas horas que robaban al descanso.
La ausencia de Federico Larrañaga motivó mayor intimidad entre Pedro Mora y yo, pues la coincidencia de nuestros caracteres atrajo hacia mí un paternal y consolador cariño por parte de su padre y del resto de su familia, abriéndome, como se verá, más adelante, el camino de mi providencial emancipación.
Las asignaturas que integraban mi último curso eran Literatura Española, con nuestro temido catedrático Sánchez Moguel, Literatura Griega y Latín, que, desde la fundación de la Universidad Central, regentaba el mencionado humanista don Alfredo Adolfo Camús,39 venerable anciano, aunque de espíritu juvenil, universitario de cuerpo entero, cuyas clases eran un ejemplo de erudición, cuando se las dejábamos dar, o un motivo de solaz pasatiempo provocado por nosotros, salpicado de curiosas anécdotas y hasta de graciosos cuentos, muchas veces de subido color expuestos por el simpático maestro, empleando el más limpio y selecto castellano.
De la cátedra de Lengua Hebrea estaba encargado el Dr. don Mariano Viscasillas, hombre lleno de entusiasmo por dicha disciplina, que explicaba con la mayor bondad, pero que para los alumnos suponía un verdadero tormento que duraba todo el curso, cual era llevar a cuestas durante toda la mañana y los intervalos de las clases la voluminosa Biblia en hebreo, que muchos portábamos, por comodidad relativa, con ayuda de un portafolios a guisa de maletín.
De la cuarta asignatura, Historia Crítica de España, suplía el catedrático titular, como auxiliar, el gran epigrafista, especializado en investigaciones históricas de la época árabe, don Rodrigo Amador de los Ríos, hijo del historiador y catedrático de Literatura, don José.
Los grandes ánimos con que empecé el curso se sostuvieron durante toda su duración, logrando destacar entre los más estudiosos.
Fue un año de ímprobo trabajo que hizo subir mi papel, sobre todo, en la clase de Literatura Española, en la que, con Ramón Menéndez Pidal, ocupé uno de los dos primeros lugares preferentes, no solo por el criterio del voluble profesor, sino por reconocimiento de todos los compañeros. Tras reducidas clases de previa preparación, con lecciones generales de Literatura Española, dedicamos el resto del curso a estudiar el Poema del Cid desde el punto de vista literario, histórico y, preferentemente, filológico. Pero antes encargó Sánchez Moguel a cada uno de los alumnos un trabajo crítico y sobre todo bibliográfico de una obra de nuestra literatura clásica, señalándome a mí el del Libro de Patronio o El Conde Lucanor, del Infante Don Juan Manuel, señalándonos una fecha prudencial para entregárselos.
Me casi instalé en la Biblioteca Nacional, estudié la obra, pedí y tomé nota de los manuscritos de la misma que se conservaban, en sección correspondiente, de los que hice una minuciosa descripción, especialmente paleográfica, como asimismo de las diversas ediciones sucesivas de la obra, de las que hice un cuidadoso estudio bibliográfico, entregando mi trabajo, como todos, en la fecha señalada. Transcurrieron bastantes días de clase sin que don Antonio nos expusiera su juicio, aunque sí nos dijo que estaba estudiando con el detenimiento que pudiera merecer cada uno de los trabajos, hasta que un día dedicó toda la hora de clase a discurrir sobre ellos, empezando por decir, con gran sorpresa mía, que los dos únicos trabajos que llenaban todos los requisitos de un verdadero trabajo de investigación bibliográfica eran los de Menéndez Pidal, sobre el Poema del Cid, y el de Manuel Castillo sobre el Libro de Patronio o El Conde Lucanor, del Infante Don Juan Manuel, considerando todos los demás muy inferiores, y en su mayor parte insignificantes. Ello me satisfizo interiormente, exteriorizado por el rubor, pues me subió el pavo extraordinariamente por el manifiesto cambio de opinión sobre mí que denunciaba la declaración y felicitación del profesor, llegando a los exámenes con tal seguridad que, como el de Menéndez Pidal, nos fue fácil lograr un esperado e indiscutible sobresaliente.
Ramón y yo firmamos las oposiciones al premio de la asignatura y yo tuve la suerte de que nos saliese un tema bibliográfico, materia en la que, entonces, le había superado, así como en lingüística me consideré siempre inferior. Las armas de ambos opositores, por esa causa, eran desiguales, con perjuicio de mi contrincante, y ante sus dudas respecto a ediciones y sus fechas y editores, le ayudé cuanto pude a resolverlas, por considerar que, por su labor muy meritoria durante el curso, merecía el premio más que yo, reconociendo en justicia su superioridad sobre todos los compañeros.
Leíamos ante el tribunal nuestros trabajos, resultando el mío superior, y mientras esperábamos en el claustro el fallo del tribunal los dos sufríamos ante su tardanza. Él, por el temor natural de que no le otorgaran el premio, y yo por verle sufrir a él, deseando que se lo otorgasen, como se lo manifesté con mi característica franqueza. El fallo fue muy discutido a juzgar por las voces que, a veces, se percibían desde fuera, motivando, según supimos luego, palabras violentas y actitudes más violentas aún entre don Miguel Morayta y Sánchez Moguel; el primero, que sin conocerme defendía mi ejercicio, y el segundo, el de mi contrincante, logrando que le otorgasen el premio, porque podía aprovecharlo en el curso siguiente con la matrícula de honor, no teniendo efecto para mí, puesto que me graduaba como licenciado algunos días después, pero haciéndose constar en el acta, como transacción, que mi trabajo también merecía premio igual, que no se me adjudicaba por no contarse más que con uno.
He de decir, honradamente, que la resolución del tribunal me satisfizo y que lo deseaba antes de conocerla ante la nerviosidad que mi fraternal compañero no podía disimular durante nuestra espera, porque lo consideraba justo por su valía que, con el tiempo, le ha elevado con justicia al elevado cargo de presidente de la Real Academia de la Lengua, ganado con sus trabajos literarios e históricos, consiguiendo además para honra de España una fama y una autoridad universales.
Aquel episodio de nuestra convivencia académica hizo más fuerte nuestro fraternal cariño, que a través de los muchos años que contamos no ha podido aminorarse.40 Sánchez Moguel salió al claustro algo sofocado y no menos nervioso, pero satisfecho, cogiéndonos de un brazo a cada uno y llevándonos en triunfo por las calles madrileñas, hasta que al llegar a la Cibeles me despedí de ellos, para ir a enterarme del número que había sacado en el sorteo para el servicio militar al cuartel de San Francisco, donde se había celebrado y donde se exhibían las listas, número que, aunque era dudoso, tuve la suerte de que me tocase fuera de cupo.
El catedrático de Hebreo era un buen señor, don Mariano Viscasillas, que estaba entusiasmado con su asignatura, que, a nosotros, por el contrario, nos parecía exótica y de la que en todo el curso pudimos lograr a aprender su lectura y las conjugaciones, siendo, para mí, más fácil la traducción que a los demás compañeros por mi conocimiento de los textos bíblicos adquirido, por su diaria lectura, en el colegio y en casa del director, sabiendo muchos trozos de memoria. Lo que sí evité que supiera aquel profesor fue mi procedencia escolar, porque, dado su fanatismo, el resultado del curso, de saberlo, hubiera sido, para mí, un rotundo fracaso.
Como he dicho antes, la cátedra de Literatura Griega y Latina, por las condiciones de su titular, el Dr. Camús, constituía para sus discípulos una hora de solaz y de esparcimiento del que, el eximio maestro, también participaba. Tanto sus inocentes manías, propias de su edad, como las que pudimos observar, al ver, por ejemplo, que los únicos que lograban la nota de sobresaliente daba la casualidad que gastaban barba y que, para los barbilampiños, sabíamos que ese campo nos era vedado.
Nuestra cátedra de Historia Crítica de España, que regentó, durante muchos años, el gran tribuno don Emilio Castelar, tuvo al principio de curso algún movimiento de expectación, por haberse presentado el primer día su titular, don Manuel Pedrayo, al que nadie conocíamos después de tantos años, que por enfermedad no la desempeñaba.41
Realmente, para todos nosotros la presencia del señor Pedrayo era una verdadera incógnita, puesto que no teníamos de él otro antecedente que el de haber ganado, tras brillantísimas oposiciones, la cátedra vacante por renuncia de su ilustre propietario, Castelar.
Sí notamos en él algo raro, pero, al mismo tiempo, en las contadas lecciones que nos explicó, pudimos darnos cuenta de su alta valía y su gran elocuencia, que justificaban su brillante triunfo en sus oposiciones, que le hizo merecedor de ocupar dignamente el sitio de su antecesor.
Hombre atildado, tanto en su persona como en su atuendo, llegaba a la facultad unos diez minutos antes de la hora de clase, que empleaba en pasear solo, dando vueltas por el claustro, pero sin entrar en la sala de profesores, como lo hacían sus demás compañeros, habiéndonos dicho nuestro bedel, el simpático e inolvidable Jorge, que desde que llegó procedente de Galicia y se presentó al decano esquivó el contacto con sus compañeros.
Pasaba lista todos los días y nos explicaba la lección con toda serie de detalles, en la relación de los hechos y el juicio crítico de los mismos, con una facilidad de palabra que cautivaba y confirmaba las vagas noticias que, sobre él, teníamos.
Pero un día dentro del mes de octubre se nos presentó en clase diciéndonos:
Señores, ya no paso lista, ni tampoco pienso volver a esa cátedra, privándome de la conjunción con ustedes, mientras no se me den públicas y explícitas explicaciones que me satisfagan. Han de saber ustedes, señores, que se ha dicho en la sala de profesores que yo me tiño el bigote y la barba. Y Manuel Pedrayo jamás se tiñó la barba, prohibiéndome tal calumnia el gozar de la autoridad moral para ocupar, dignamente, este sitial, que abandono definitivamente para no volver más.
Su forma de expresarse y la actitud violenta adoptada por el maestro y, además, la falta de confianza que con él teníamos nos privaron de pronunciar la menor palabra, y aunque hubiéramos querido hacerlo, no nos dio tiempo a ello, puesto que, al terminar sus últimas palabras, se levantó, cogió su sombrero y salió de la cátedra, ausentándose de la Universidad, después de un par de sus cotidianas vueltas por el claustro y, naturalmente, sin poner los pies en la sala de profesores.
No le volvimos a ver, y bastante tiempo después supimos que estaba recluido en una casa de salud, en su pueblo, Santiago de Compostela, donde diariamente daba su cátedra, a la que acudían estudiantes y profesores de su universidad.
A los pocos, muy pocos días, se hizo cargo de esa disciplina el auxiliar don Rodrigo Amador de los Ríos,42 hombre modesto, a pesar de lo mucho que valía y del prestigio con que contaba en las alturas culturales, pero, como sordo que era, harto desconfiado, defecto del que estuve a punto de ser víctima porque un día, estando en clase, me sorprendió conteniéndome la risa por una jugarreta que un compañero había hecho, al entrar en clase, al popular bedel Joaquinillo, harto conocido de los estudiantes de varias generaciones en la Universidad.
Don Rodrigo se encaró conmigo asegurando, indignado, que me había reído de él… y que ya lo sentiría a final de curso. Claro es que mis compañeros, ante la injusticia que encerraba la amenaza, estaban apercibidos para mi defensa cuando llegase la ocasión, y en vano fue que, al terminar la clase, me acercase a dar explicaciones al airado profesor, manifestándole su equivocación, por ser yo incapaz durante toda mi vida de faltar al respeto y al cariño debido a mis maestros. Me despidió con cajas destempladas, ratificando la amenaza proferida en clase, lo que suponía fatal sentencia que podía dar al traste con mi carrera. Me apercibí para la lucha, con esperanzas de obtener la victoria, como felizmente alcancé en caso parecido al del jesuita Ayuso, y me dediqué a estudiar, preferentemente, la asignatura para demostrarle, tanto en clase como en el examen, mi verdadera situación académica, pero en la primera no me preguntó más, aún rencoroso.
Pero un incidente providencial dio motivo a que iniciara mi difícil lucha, desde que se rompieron las hostilidades, aunque con diferentes armas, como fue aprovechar unos días de ausencia de él durante la que fue sustituido por otro auxiliar, don Luis Montalvo,43 verdadera calamidad en todos los sentidos, que le obligaba a resignarse a que solo asistieran a sus clases dos o tres alumnos, que nos turnábamos, para que la clase no se interrumpiera, pero sin darle la menor importancia.
Aproveché, como digo, aquella oportunidad para presentarme en el aula y pedir a Montalvo que me preguntase en clase, llenándole de satisfacción y encargándome para el siguiente día una conferencia sobre los íberos. Todos los compañeros aprobaron mi estratagema, muy legítima, en la lucha entablada, y hasta alguno de ellos, precisamente el autor de la broma a Joaquinillo que provocó mi conflicto, un muchacho navarro de jovial carácter y de gran desenfado y gracia, Juan Tulié, muy aficionado a los toros, que se apostó, conmigo a que no era capaz de afirmar en clase que los íberos eran ya aficionados al toreo, apuesta que acepté en medio de la hilaridad de todos.
Fue ello incentivo para que acudieran a mi conferencia todos dando la sensación de verdadera solemnidad, con gran satisfacción del maestro que, naturalmente, desconocía el verdadero motivo de tan insospechada concurrencia, empezando yo a dar la lección, con toda clase de detalles que motivaban continuos movimientos de afirmación de Montalvo, y al referirme a las costumbres de aquel pueblo, llegó el esperado momento culminante de la apuesta, en el que, con la mayor seriedad, afirmé que unas monedas encontradas de aquella época representaban la figura de un hombre en actitud de torear, lo que indujo a algunos escritores a deducir y defender la teoría de que los íberos fueran, ya, aficionados al arte de torear. El movimiento de continua aprobación del profesor, que «tragó la píldora», me hizo ganar la apuesta, que era de cinco pesetas, y al salir de la clase, en medio de las risas y felicitaciones de todos los compañeros, reclamé a Tulié el importe de la apuesta… pero no pude cobrarla; sin embargo, y esto era lo más interesante, el profesor me plantó en la lista un sobresaliente como una casa.
Al reincorporarse Amador de los Ríos a la cátedra y recorrer la lista se fijó en la nota, tan fácilmente ganada por mí, y me dirigió las siguientes palabras: «¡Caramba!, señor Castillo, ¡un sobresaliente…! Mañana dará usted la lección, a ver si es verdad que nos resulta usted un castillo histórico».
La injusta agresividad de sordo desconfiado y rencoroso proseguía en contra mía, pero sin lograr abatirme, sino todo lo contrario, me estimulaba, y al salir de clase me encaminé a la Biblioteca Nacional, refugio de los estudiantes pobres como yo, y me puse a estudiar y a tomar notas, con el mayor entusiasmo, para aquella enrevesada lección de nuestra historia de la época árabe, de la obra de Víctor Duruy, la mejor entonces de las publicadas sobre la materia. Continué mi trabajo toda la mañana siguiente faltando a las clases, puesto que me jugaba el todo por el todo, y, como era de esperar, por la tarde di mi lección contestando, además, cumplidamente a todas las objeciones y preguntas que me dirigió el maestro, muchas de ellas conceptuadas por todos como verdaderas pegas. Pero salí airoso, muy a pesar suyo, de aquel empeñado duelo, desarrollado en forma desigual, y al final del cual y al dar la hora el bedel me llamó aparte para decirme que, a pesar de todo, continuábamos, ambos, en la misma posición.
Ello, no obstante, no me desanimó, porque lo ya ganado por mí dejó huella en mi favor, logrando que me preguntase varias veces durante el resto del curso, no logrando cogerme descuidado, lo que debilitaba sus armas y reforzaba las mías, hasta que llegamos a mi examen, que fue espectacular, logrando yo hacer un ejercicio de sobresaliente que, al expedir las notas, se convirtió en un injusto «bueno», como me ocurrió con Ayuso, que, sin embargo, consideré como una verdadera victoria sobre una injusticia sostenida por una mala pasión.
A los dos días me crucé con él en el descansillo de la gran escalera de la universidad, quitándome el sombrero como saludo respetuoso, cuando oí su llamada que me hizo detener.
–¿Qué tal de satisfecho quedó usted de su examen?
–Eso lo dejo al aprecio de usted, que lo juzgó –le respondí con la mayor seriedad.
–Pues entiendo que debió usted salir muy satisfecho, porque en lugar de un suspenso que, decididamente, le tenía reservado, aún le di nota.
–Y yo, muy agradecido, don Rodrigo, aunque insisto en negar la ofensiva afirmación de usted de una burla y una falta de respeto que, en mí, es imposible.
–¡Bueno! La cosa ha pasado ya; no me guarde usted rencor y cuénteme en adelante como un buen amigo suyo.
–Muchas gracias –le contesté, despidiéndome de él con un saludo respetuoso, no dejando de estimar el manifiesto arrepentimiento de aquel hombre, cuya conducta obedeció, realmente, a una causa psicológica propia de su defecto físico.
10 MOMENTO DIFÍCIL
Ocurrió un hecho, durante el tercer curso de mi carrera, de carácter distinto al anterior, que pudo haber cambiado el curso de mi vida, puesto que me brindaba un horizonte de fácil e inmediata prosperidad económica, al que me negué, demostrando en mi rotunda negativa una experiencia y una madurez reflexiva impropias de mi edad, hijas de mis adversidades, volviendo la espalda a sus atractivos y guardando fidelidad a mis propósitos de terminar mi carrera, por encima de todo.
Se presentó en Madrid un personaje inglés que, en pocos días, se hizo el hombre más popular en la Corte, dando motivo a gran preocupación por parte de los intelectuales, sobre todo de los psiquiatras, que le dedicaban, diariamente, extensos artículos periodísticos en revistas y rotativos, pretendiendo investigar y explicar las causas de la novedad que traía, aquel individuo, en su maleta. Porque Mr. Cumberland,44 que así se llamaba el recién venido, «adivinaba» realmente el pensamiento y lo demostraba todas las noches con quien «quisiera comprobarlo» por sí mismo, entre el numeroso público que todas las noches llenaba el Teatro de la Comedia, con una ansiosa curiosidad sin precedente nuestro, ya que cuantas personas se prestaban al experimento, con manifiesta desconfianza, o por lo menos con gran prevención, salían asombrados del fenómeno y se convertían en sus verdaderos y espontáneos voceros.
La mayor parte de sus experimentos consistían en que, ausentándose del salón el adivino, custodiado por personas serias elegidas entre el público, se ocultaba un objeto, que este encontraba rápidamente y con los ojos vendados, con un simple contacto en su mano de la del que tomaba parte en el experimento, llamando sobre todo la atención de los espectadores la rapidez y la seguridad con que lo hacía.
Durante varias semanas, el inglés fue el hombre del día y su nombre se repetía todos los días en todas partes, en la prensa y hasta en romances que contaban los ciegos por las calles. La propia reina Regente, la nefasta «Doña Virtudes», como la llamaba el pueblo, con el permiso previo de su confesor organizó en palacio una sesión, invitando a todo el Gobierno y a altos funcionarios, lo mismo que a los más encopetados aristócratas.
Mr. Cumberland hizo sus experimentos y obtuvo un triunfo completo en el que se registraron escenas de verdadera comicidad, como la del marqués de Pidal, ministro de Cánovas, de lo más reaccionario y fanático de su partido, quien, invitado por el inglés al hacer alarde de su incredulidad para que se convenciera, personalmente animado por los presentes, se prestó al fin a ello, dando una sensación de miedo, porque, como el clero y la prensa católica, aunque no negaban la veracidad del hecho, lo atribuían a brujería en combinación con el mismo demonio, tenía la prevención de que Cumberland era una transformación del ángel rebelde. El experimento salió, como era de esperar, a las mil maravillas y el bueno de don Pedro Pidal, asustado y confuso, hubo de confirmarlo, pero con el propósito de ir, seguramente de madrugada, a visitar a su confesor, para que le descargara por si era pecado de la responsabilidad moral de su intervención.
Una mañana, poco más tarde de las siete y media, me presenté en la facultad como todos los días para entrar en clase de Literatura Española, a las ocho en punto, cuando entrábamos todos en pos del catedrático, Sánchez Moguel, que tenía prohibida la entrada después de cerrar la puerta del aula, por lo que, para nosotros, un solo minuto de retraso suponía un falta a clase, cuyas consecuencias eran desde luego graves, razón por la cual todos llegábamos con anticipada puntualidad.
Al llegar me acerqué a un compacto grupo de compañeros que escuchaban a uno de ellos que la noche anterior había estado en el Teatro de la Comedia, en la calle del Príncipe, a ver a Cumberland, relatando, asombrado aún, cuanto había visto, describiendo la forma sencillísima que caracterizaba a sus experimentos que tanto asombro producían, puesto que solo consistía en un simple contacto con la mano del que le servía de medio, relatando de camino algunos de los experimentos que transformaban la expectación que demostraba el público al iniciarse, en un verdadero asombro que reflejaban todos los semblantes al terminar.
Por la tarde, le conté a Federico en casa lo que había oído en la universidad sobre lo que constituía, en Madrid, el suceso del día, y me propuso hacer una prueba, amoldándonos a la descripción que yo le relaté, a lo que me presté gustoso. Me salí de nuestro cuarto y cuando Federico me llamó, después de haber escondido un tintero debajo de su cama, entré con los ojos vendados, puse su mano sobre la mía tan tenuemente que casi no la tocaba, arrancándome repentinamente y dirigiéndome hacia el sitio donde se encontraba el tintero. Aunque Federico me aseguraba, un poco o un mucho asombrado, que el experimento había resultado perfecto, yo no le quería creer y convinimos en repetirlo con otro, para confirmarlo, previo juramento de obrar ambos con la mayor buena fe.
Salí nuevamente del cuarto y cuando Federico me llamó entré, nuevamente, con los ojos vendados en la misma forma que antes, me fui hacia mi mesilla de noche y detrás de ella cogí una plumilla, que era lo que mi compañero de habitación había escondido. Los dos no sabíamos qué decir, y salió corriendo Federico hacia la sala, donde estaba doña Juana, diciendo a voces: «Castillo adivina el pensamiento, como Cumberland».
Yo permanecía en el cuarto, preso de la mayor preocupación, cuando me vinieron a llamar a la sala de parte de doña Juana.
–Manuel –me dijo–, Federico me dice que adivinas el pensamiento.
–No lo sé, señora –balbuceé, pues aún estaba bajo la impresión producida por lo que acababa de ocurrir–, pero parece que sí.
–Pues vamos a hacer un experimento que me convenza. Sal ahí fuera y vete al extremo de la casa, que allí te iremos a buscar.
Efectivamente, me marché a la cocina, que estaba en el extremo de un largo pasillo, adonde fueron a buscarme, entre ellos la hija más pequeña del director, Frida, que apenas tendría cuatro años. Aparecí en la sala con los ojos vendados, puse en imperceptible contacto mi mano con la de doña Juana y, sin titubear, me dirigí rápidamente al piano, detrás de cual me hice con su dedal, que allí había colocado esta.
El alboroto que se armó en la casa no es para describirlo. Aquella tarde se repitieron los experimentos, con todos, incluso con las criadas, siendo uno de ellos tocar en el piano unas teclas correspondientes a unas notas previamente pensadas y convenidas durante mi ausencia del salón, sin conocer yo tal instrumento más que de vista.
Aquella noche, casi no pude dormir y al siguiente día hice el mismo experimento, que leí en el periódico, que la noche anterior había hecho Cumberland en el Palacio Real, que causó el mayor asombro en toda la concurrencia, que consistía en escribir sobre un encerado un número pensado de tres o cuatro cifras, caso que logró mi incógnito competidor, aunque demostrando alguna agitación. Yo no solamente escribí cantidades, sin contar el número de cifras, sino que escribía palabras y frases, tanto en español, como en francés y alemán.
Federico contó el suceso ante mis compañeros de la facultad, con los que me presté a hacer algunos experimentos, sin cansarme, y sin demostrar agitación alguna, pero suplicando a todos que el hecho no transcendiese al conocimiento de los catedráticos, porque, como el de Hebreo, don Mariano Viscasillas, pudieran creer que estaba en combinación con el diablo y me pusieran la aprobación de la asignatura en el alero del tejado. He de manifestar que todos, que yo sepa, cumplieron el compromiso. Sin embargo, como no se puede poner puertas al campo, el hecho trascendió a las demás facultades instaladas en la universidad, pero tuve la suerte de que, aun sabiéndose que había un estudiante que hacía más que Cumberland, como no me conocían personalmente, aunque yo era popular ya, me veía libre de ellos, gracias al secreto que guardaban mis compañeros para evitarme complicaciones.
Mientras tanto, los rotativos proseguían discurriendo sobre los éxitos del adivinador inglés, sobre todo cuando, por una apuesta, hizo uno en extremo espectacular, cual fue encontrar, por todo Madrid, un objeto escondido con todas las formalidades.
Y, en efecto, Mr. Cumberland salió de un café en la Puerta del Sol, punto de partida, a las diez de la mañana, acompañado del que había apostado y de una porción de guardias que le iban abriendo el camino a través de la multitud que cubría la extensa plaza, y, ante la expectación del público, vendados los ojos y casi corriendo, se dirigió a la calle Mayor, parándose unos momentos ante un almacén de paños instalado cerca de Platerías, donde entró pasando después detrás del mostrador y dirigiéndose a la estantería, con el incrédulo que le acompañaba; se-ñaló una de las piezas de paño en ella colocada, entre otras muchas, que pusieron sobre el mostrador, la fue desarrollando, y cuando casi llegaba al final apareció clavado en el paño un alfiler de corbata, que era precisamente el objeto escondido.
Comentando el relato en casa, ninguno dio la menor importancia al hecho, que no tenía nada de particular, en comparación con lo que yo hacía. Federico no dejaba de animarme para que visitásemos la redacción de El Liberal, instalada al lado de nuestra casa, en la calle Almudena, y que me diera a conocer, haciendo ante los redactores algunos experimentos que armarían un alboroto en la capital. Pero yo me negué rotundamente, a pesar de comprender el efecto que haría en toda España el saber que un estudiante español, de poco más de dieciséis años, epataba, con mucho, al inglés, que no hubiera sido para contarlo.
Mi negativa obedecía, simplemente, al inmediato alboroto que se produciría y el número de empresarios que se me ofrecerían para explotar el jugoso y seguro negocio de exhibiciones, que me obligarían a viajar, si lo aceptaba, por toda España y por el extranjero, e incluso por América, con la seguridad de lograr, en poco tiempo, un buen capital.
Todo esto lo pensé sin perder la serenidad, porque vi, muy claramente, que me alejaba de mi firme propósito de terminar mi carrera, considerando, además, lo poco airoso en que quedaba al abandonar mis estudios. Por eso me negué en absoluto a lanzarme a tan atrayente y aventurado lance, de lo cual nunca me arrepentí.
11 MI LICENCIATURA
Me faltaba, aún, salvar el paso más difícil, más comprometido y más transcendental, cual eran los ejercicios de reválida que daban el espaldarazo definitivo a los nuevos licenciados.
Se formaron a esos efectos, por el Decanato, tres tribunales que, por disposición del mismo, habrían de examinar a los graduandos, por riguroso turno, según el orden en que presentaban sus solicitudes, disposición en la que todos confiábamos, por ser garantía de imparcialidad oficial y por aquello de que, como dice el refrán: «A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga».
Pero, a espaldas del decano, suplantaba el poder divino el oficial de la secretaría del mismo, quien por cinco duros adscribía al interesado al tribunal que por sus componentes más le placía, salvándole del más riguroso y temido, constituido por don Nicolás Salmerón, don Marcelino Menéndez y Pelayo y por el auxiliar don Luis Montalvo, el del truco de los íberos que por una apuesta le «administré» en la clase de Historia Crítica de España.
Ese tribunal, que había suspendido al primer graduando que se presentó a examen, no me correspondía con arreglo a la orden del Decanato, por lo que, para evitar mi protesta, tuvieron el cuidado de ocultarme el tribunal que había de juzgarme, no sabiéndolo hasta el momento de insacular las bolas correspondientes a los temas de ejercicio oral, en que me en […] [Hoja desaparecida en el original].
[…] con la peor intención, la situación me obligaba a ello, y para patentizar la ignorancia de aquel pobre hombre, más peligroso en un examen que cualquier juez, bien preparado comencé diciendo que antes de empezar la representación de la comedia salía a escena uno de los cómicos que, dirigiéndose al público, hacía, para prepararle, un pequeño esbozo de la obra que se iba a representar.
–A este personaje –añadí– se le llamaba «corifeo» –tragándose la píldora el bueno de Montalvo, con signos de aprobación. Pero don Marcelino, como esperaba, me salió al paso.
–¿Cómo ha dicho que se llamaba ese personaje?
–El prólogos –respondí.
–Es que me pareció que había dicho que era el corifeo.
–Perdone si cometí ese lapsus, pero quise decir el prólogos.
Excuso decir que el auxiliar, que acababa de tragarse el paquete, ya no quiso interrogarme más.
Salí de la Sala de Grados, cansado y sudoroso, porque el caso no era para menos y me encontré con varios compañeros, recibiendo de ellos las felicitaciones y los abrazos de todos ellos que detrás de la puerta habían escuchado el examen, pues acostumbrábamos a no entrar ninguno en los exámenes de reválida, esperando todos con la mayor expectación el fallo de aquel tribunal, conceptuado como el del terror, cuando sonó el timbre, entrando Jorge a buscar la papeleta, saliendo seguidamente con ella en la mano, arremolinándose todos a su alrededor, menos yo, para leerla.
¡SOBRESALIENTE!, dijeron a una, dedicándome una ovación en la que se distinguió con excesivas alabanzas […] el oficial de la secretaría que me había escogido como víctima de su «negocio»: «Este sobresaliente debería escribirse en un cartel por su gran importancia y pasearlo tú –me decía– por toda la calle de San Bernardo».
Comprendí, reaccionando a la enorme emoción que me había producido la benévola e inesperada nota con que culminaba mi carrera, que lo que el adulador buscaba era una propina, pero mi contestación envolvió, además de mi natural modestia, algo que traslucía que me había dado cuenta de su maniobra para conmigo, claro es que sin propina, sencillamente porque aunque la hubiera querido dar no hubiera podido quien en los tres años de carrera no dispuso de un céntimo, caso único entre todos mis compañeros, ignorantes, por supuesto, de mi verdadera situación económica y social, la del pobre «Cumberland» que renunció a hacer una buena fortuna.
Con mi nota en el bolsillo retorné a casa, dominado por tantas emociones, comunicando la buena noticia a mis amigos españoles en casa de don Federico, ausente entonces y durante la cena, que recuerdo consistió en un plato de lentejas. Doña Juana me preguntó, seguramente, porque ya sabía algo:
–¿Te examinaste ya de la reválida, Manuel?
–Sí, señora, esta tarde –respondí secamente, como ya era mi costumbre, sin abandonar mi actitud poco comunicativa.
–¿Y qué nota te han dado?
–Sobresaliente, firmado por Salmerón, Menéndez Pelayo…
–Que sea enhorabuena, Manuel –me contestó sin dar mucha importancia al hecho.
–Muchas gracias –le contesté con la misma frialdad.
En cuanto cené, salí acompañado de algunos comensales a la Asociación Evangélica de Jóvenes a dar una conferencia, ya anunciada, sobre un tema literario, recibiendo allí entusiastas y cordiales parabienes de mis consocios y del resto del auditorio al terminar mi trabajo.
Aquel día fue el más impresionante de mi vida, que culminó con el brillante final de mi carrera, por la que a tanto aspiraba y a cuya consecución sometí todos mis sufrimientos y todas mis humillaciones, porque me abría las puertas a una ansiada y bien merecida liberación, aunque la terminase con una tan frugal cena, sin darse a mi victoria en la casa la menor importancia, pero sintiéndome licenciado, y haciendo honor a mi nuevo rango académico dando una conferencia para coronar tan fausto día.
Al día siguiente envié, por correo, tan buena noticia a mi buena madre y a don Tomás, que me contestaron, a vuelta de correo, indicándome este la conveniencia de emprender la carrera de Derecho, eso sí, sin pensar de dónde habían de salir los medios económicos para cursarla (seis años), que él no me ofreció nunca, porque en mi casa ignoraban la forma en que había conseguido culminar la de Letras.
Aquel verano lo pasé también en Madrid, al servicio personal de don Federico, que, como siempre, me utilizaba para todo, desde la corrección de las pruebas de Revista Cristiana y de El Amigo de la Infancia,45 hasta llevarle las maletas, o ir al correo y llevar cartas a domicilio.
Por cierto, que al iniciarse el invierno de aquel año cayó enferma la cocinera, Sabina, una asturiana cerril y muy trabajadora con viruelas negras. Todos los de la casa se pusieron a salvo, marchando a El Escorial, y dejándonos solo a otra criada, a don Federico y a mí.
Una madrugada con un frío glacial, tocó don Federico a la puerta de mi cuarto, ordenándome que me vistiera inmediatamente y saliera en busca de Sabina, que, impulsada por la calentura y aprovechando que la otra criada dormía, se había lanzado a la calle descalza, en camisa y cubierta a medias con una manta de su cama.
Don Federico y yo nos echamos a la calle en su búsqueda, con distintos rumbos; él, por la calle Mayor, y yo por la de Bailén, el Viaducto, cuesta de la Vega y plaza de Oriente. Pero ni él ni yo dimos con ella, yéndose el director a dar cuenta a la policía, lográndose saber que unos guardias habían detenido, aún de noche, a Sabina, creyendo que era una mendiga, llevándola a la Casa de Socorro y, desde allí, trasladándola a una sala de variolosos del Hospital General, adonde fue don Federico para identificarla, pues no sabían quién era, y responder por ella.
La noche de aquel día, la criada y yo bajábamos el jergón de la cama de la enferma a la calle, y sin la menor precaución, para quemar la paja de maíz de que estaba lleno, reproduciéndose el caso del ataque del cólera a don José Ríos en el colegio y no parar mientes en el peligro que yo corría, único que en la casa estaba, no dando la menor importancia a un posible contagio que me pudiera haber costado la vida. Felizmente, en uno y otro caso, salí indemne, providencialmente.
12 SE INICIA MI EMANCIPACIÓN
Ausente hacía más de un año mi compañero Federico Larrañaga, enviado a Alemania a estudiar, o mejor, creo yo, a pasarse una vida también de emancipación de la casa del director pero por procedimientos más prácticos que los míos, en los que era maestro, pero que nunca se acomodaron a su manera de ser, según pude deducir de sus cartas, y que los hechos posteriores me confirmaron, cuando retornó, sin haber terminado la carrera de Teología, teniendo que adscribir toda su vida a los servicios y humillaciones del colegio, que procuraba conjurar y soslayar, primero como encargado del internado y después como profesor de segunda enseñanza. Su ausencia estrechó más mi amistad con Pedro Mora, que acababa, después de brillantes oposiciones, de ingresar en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, destinado a la Biblioteca Universitaria de Barcelona, y con su padre, especialmente, con el resto de su familia.
Vino aquel verano a Madrid Pedro Mora a pasar un mes de vacaciones al lado de su familia y excuso decir que siempre estábamos juntos y que casi, a diario, hablábamos de mi situación, ante mi decidido propósito de salir, desde luego, por la puerta grande de la férula del colegio, a luchar con mi destino, negándome desde luego a ir a Alemania, cuando se me propusiera. Y así se lo escribí hacía tiempo a Federico, cuando me escribía que, merced a las noticias que publicaba don Federico en Alemania sobre su labor en España, ya era esperado allí.
Mi falta aún de plan y de orientación motivó que Pedro Mora me sugiriera la idea de prepararme para las oposiciones, como las suyas, en las que los opositores, que debían ser licenciados en facultad, no tenían límite de edad para ser admitidos como ocurría con las de cátedras, aprovechando la ocasión de que estaban muy próximas otras oposiciones para cubrir nuevas plazas vacantes que iban a ser anunciadas. Para ello me ofreció su absoluta ayuda, especialmente dándome las indicaciones que necesitase y fuentes de conocimiento para contestar al cuestionario que sería el mismo.
Vi en aquella fraternal sugerencia mi tabla de salvación y, percatado de las muchas dificultades y del ímprobo trabajo que suponía la preparación, me dispuse a poner con el mayor entusiasmo manos a la obra, iniciando un planteamiento metódico del trabajo que suponía la sólida preparación para esta nueva lucha, acuciado por los ánimos que me infundió Pedro, lo mismo que su familia, sobre todo su padre, conocedores de mi crítica situación, dándome entusiastas alientos que no me abandonaron durante los cinco meses en los que puse a presión toda mi tenacidad, hasta que se anunciaron las oposiciones en la Gaceta, sosteniendo una continua correspondencia con Pedro, que estaba en Barcelona, que me facilitó muchos datos.
El trabajo consistía en tomar datos que conseguía consultando distintas obras, para poder contestar a cada pregunta de los temas, pasando muchas horas en la biblioteca en mis investigaciones y todo con el mayor cuidado de que, en casa, no se dieran cuenta de nada, por la seguridad que tenía de que de enterarse don Federico desharía fácilmente mis planes, con su habilidad y su influencia.
Firmé las oposiciones, a pesar de la oposición de mi madre y de don Tomás, que seguían en la obsesión de este de que emprendiera la carrera de Derecho, pero sin garantizarme los medios económicos para ello, sometiéndose al fin a mis razonamientos y a las advertencias de la señora Pepa, que tanto me quería y admiraba, puesto que conocía perfectamente lo que yo había pasado y pasaba, por ser mi paño de lágrimas en los momentos difíciles y desesperados en los que me consolaba y me daba prudentes y maternales consejos.
En un viaje que hizo mi madre a Madrid, le dijo: «Agustina, deje a mi Manolito, que sabe de estas cosas más que nosotros y que ha demostrado, hasta la saciedad, que sabe lograr lo que se propone».
Y, mientras tanto, dedicaba ocho horas cada día rebuscando bibliográficamente materia que respondiese, cumplidamente, a cada uno de los temas del cuestionario de las oposiciones, cuyas materias, muchas veces nuevas en España, no estaban incluidas en libros especializados porque no existían en español. A esas ocho horas de investigación había que añadir más de cuatro en mi cuarto de estudiante, y robándolas al descanso, dedicaba cuatro horas, por lo menos, a ordenar mis notas del día y ponerlas en limpio, incluso las que me enviaba Pedro a las consultas que le hacía y que me satisfacía inmediatamente.
Pero, conociendo el terreno que pisaba, de proseguir mis trabajo con el disimulo que me puse desde un principio, sin que en la casa nadie sospechase lo más mínimo, sosteniendo esa difícil situación cuidadosamente, asistiendo, con la mayor puntualidad, a las horas de comer y cumpliendo todos los encargos que se me daban, encerrándome en mi cuarto por la noche y tapando con ropa la ranura por debajo de la puerta, para que, si alguien pasaba por el corredor, no notase el resplandor de la luz y me sorprendiese en mi trabajo.
Y así continué durante todo aquel lapso de tiempo preparatorio, pero, cuando empezaron las oposiciones, mi caso transcendió a casi todo el personal dependiente de la casa, alto y bajo, especialmente de los que fueron mis maestros, que conocían de cerca la vida injusta que llevaba y conocedores de la brillante terminación de mi carrera, se interesaron por mí y por cada uno de mis ejercicios; ni uno solo dijo la menor palabra sobre el particular al director, ni a su familia, conocedores de las funestas consecuencias a que me exponía de un seguro fracaso, dados los medios de que don Federico disponía para provocarlo.
Por fin, apareció en la Gaceta la lista de los siete jueces del tribunal de las oposiciones, cuyo presidente renunció al cargo a las veinticuatro horas, produciéndome esto la mayor contrariedad, muy pronto mitigada al ver nombrado para sustituirle en el cargo a don Marcelino Menéndez y Pelayo.
Al día siguiente fui a la Universidad a la hora de su cátedra, saliéndole al encuentro, diciéndole, después de saludarle cariñosamente:
–Dispénseme, don Marcelino. He visto, hoy, en la Gaceta, su nombramiento de presidente del tribunal de oposiciones para el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, y quisiera saber cuándo nos va usted a convocar, pues las tengo firmadas.
–Efectivamente –me contestó–, he recibido el nombramiento y no sé cuándo podré convocar, porque estoy presidiendo tres tribunales a cátedras de modo que ha de pasar bastante tiempo aún.
Puse una cara de contrariedad que no pasó desapercibida para él, y añadió:
–¿Tiene usted mucho interés en que empiecen enseguida? Porque entonces renunciaré, para que nombren a otro presidente que me sustituya, pues sé la necesidad de que se cubran esas vacantes.
–Pues yo se lo agradecería en el alma, don Marcelino, porque mi situación reclama que empiece cuanto antes esas oposiciones, en las que tengo la mayor esperanza de mi salvación.
Así le contesté, con la mayor ingenuidad. Don Marcelino me sonrió, diciéndome, con el mayor cariño:
–Pues, entonces, ahora mismo, antes de empezar la clase, voy a redactar y a enviar la renuncia.
Y emocionado le respondí:
–Muchas gracias, maestro.
Y en efecto, a los dos días apareció en la Gaceta su renuncia, a la par que el nombramiento del tercer presidente, un senador y consejero de Instrucción Pública, llamado don Feliciano Herreros de Tejada,46 persona, para mí, completamente desconocida, quien inmediatamente publicó la convocatoria para empezar los ejercicios pasada la quincena reglamentaria.
Y llegó el día, o mejor, la noche en que empezaron los ejercicios y me presenté a la hora señalada en la Escuela de Diplomática, sitio al que éramos convocados los opositores, y me encontré con una serie de futuros contrincantes, hombres todos hechos y derechos, algunos de ellos con chistera y gabán de pieles, que me impresionaron hondamente, pues, a su lado, yo, por mi edad, más infantil que juvenil, y por mi atuendo más que modesto, pobre, me obligaría a luchar con las desventajas, impresionantes, en un plano inferior.
Pero muy pronto reaccioné, impulsado por mi fe y por mi entusiasmo, recobrando mi serenidad y mi decidida disposición a jugarme el todo por el todo, empezando las noticias e infundios, propios de las oposiciones, e impropios de personas que deben luchar con armas limpias. Alguno de aquellos señorones, compañeros en la lid, hizo correr la especie de que de las veintidós vacantes ya estaban dadas dieciocho.
La noticia, como novato en esas lides, me impresionó, pero me conforté, diciéndome a mí mismo: «Sobran cuatro, de las que muy bien pueda yo ganar una».
Cuando en la lectura de la lista de los opositores presentes se me nombró, al responder yo, se me encaró el presidente, haciendo poco honor a la altura de su cargo, diciéndome:
–Pero usted, tan chico, ¿va a hacer estas oposiciones?
–Sí, señor –contesté con firmeza.
Cuando terminó la lista y se metieron en el bombo los nombres de los opositores presentes, el presidente manifestó que iban a insacularse para establecer el número de orden que había de guardarse en los ejercicios para cada uno, añadiendo:
Vamos a nombrar a uno de ustedes para sacar las papeletas en que están escritos los nombres y yo propongo que, con la garantía de su natural inocencia, suba al estrado el opositor señor Castillo, en el que todos ustedes y el tribunal depositaremos nuestra absoluta confianza.
Y, en medio de estridentes y, para mí, molestas risas, que nada me favorecían en ningún sentido, ascendí al estrado, sacando una papeleta tras otra, empezando el primer ejercicio que cubrieron, en aquella sesión, los dos primeros opositores.
El salón donde se celebraban los ejercicios era una reducida cátedra de la mencionada Escuela Superior de Diplomática, muy conocida por mí, porque en ella estudié Paleografía con el gran paleógrafo don Jesús Muñoz y Rivero, instalada en los bajos de la universidad, cabiendo en ella escasamente los opositores, teniendo que permanecer el público de pie, incluso en el espacio que había entre los primeros asientos y el estrado, precisamente donde estaba colocada la mesa del opositor, con sus dos tradicionales vasos de agua cubiertos con sus azucarillos correspondientes y sus candelabros, iluminados con velas.
Yo procuraba entrar de los primeros para ganar uno de los asientos de la primera fila y, aun así, apenas podía percibir la espalda del opositor actuante, a causa de que el público de pie casi estaba encima de él, siguiendo en esa forma todos los ejercicios de los que me precedieron y de los que me siguieron, formando severo juicio de causa uno de ellos, comparándolos a mis anteriores con mis conocimientos, y a los posteriores con mi ejercicio en todos las materias tratadas.
La noche que hube de actuar en mi primer ejercicio tuve la desventaja de que el que me precedió, pues yo actuaba en segundo lugar, era, nada menos, que Manuel Fernández Sanz, que, con el tiempo, escalaría una cátedra en la Universidad Central, a la que dio gloria, dejando en ella una estela de publicaciones y modulosos trabajos de investigación que honrarán, siempre, su nombre.
Hizo, seguramente, el mejor ejercicio, haciendo alarde de sus profundos conocimientos y facilidad de su palabra, dejando en el tribunal y en el público el más agradable y justo efecto; y en esas condiciones subí al estrado, a sacar del bombo mis diez papeletas.
Me convencí interiormente de que no se me concedía la menor importancia a causa de la actitud del presidente a mi modesta persona, al tomarme a broma, y mi mala suerte se acentuó cuando al introducir la mano en el bombo me encontré con que no podía sacar ninguna papeleta… porque las diez de mi antecesor eran las últimas que en él quedaban, puesto que las demás estaban fuera para no ser repetidas.
–¿Qué le pasa a usted –me preguntó el presidente– que no saca las papeletas?
–Pues que no encuentro ninguna.
Las carcajadas, inmotivadas, que produjo mi respuesta no tuvieron límite, empeorando mi situación pero sin perturbar mi serenidad. Tal era la confianza que tenía en mí mismo y el drama de mi situación, que yo solo sentía. El presidente cogió el bombo y confirmó mi afirmación, añadiendo:
–Verá usted qué pronto las hay.
Y empezó a doblar papeletas y a introducirlas en el bombo, prosiguiendo aún aquella estúpida hilaridad, y cuando hubo introducido poco más de veinte me mandó insacular diez, lo que dio motivo a que uno de los vocales del tribunal, el académico de Historia, el señor Pujol y Camps, plantease la cuestión de que, reglamentariamente, una vez agotadas las papeletas, debían volver todas al bombo y no unas cuantas, puesto que se perjudicaba al opositor, que podría formular una justa protesta.
Aquello acalló las risas, surgiendo un significativo y espectacular silencio, pero yo, que era el presunto perjudicado, solucioné el incidente evitando el conflicto con la ingenuidad que me era propia, diciendo: «No merece la pena: yo no reclamaré, porque lo mismo me dan estas diez papeletas que voy a sacar que otras diez cualesquiera».
Mi franca afirmación produjo tal efecto que las risas y el barullo se convirtieron en un profundo silencio, en medio del cual saqué las diez papeletas, dirigiéndome seguidamente a mi mesa, dándome perfecta cuenta de la expectación que había producido mi intervención que solucionó el incidente.
Me senté tranquilamente, introduje en uno de los vasos su azucarillo y mientras este se disolvía, revisé las papeletas, entreverando las más difíciles con las de mayor defensa, considerando a las primeras por la poca y seca materia que contenían y cuya reducida y escueta contestación no mermara tiempo, durante la hora reglamentaria que había de consumir con el ejercicio. En aquella combinación, dejé en el último lugar la referente al teatro de Terencio y de Plauto, cuyas comedias conocía perfectamente y que me daba espacio para rellenar, con exceso, el tiempo reglamentario, empezando mi ejercicio con el mayor método, muy dueño de mí mismo y moviendo con la cucharilla el agua del vaso, para acelerar la disolución del azucarillo.
El orden en que coloqué las papeletas me dio el gran resultado en su conjunto, pues la mayor parte de ellas eran verdaderos huesos, que como tales tanto el tribunal como los opositores conocían, apreciando todos cómo los «roí» cumplidamente, finalizando el ejercicio al discurrir sobre el teatro romano, enumerando las obras de los dos autores antes citados y exponiendo y enjuiciando los argumentos de cada una, salvando con el mayor cuidado sus escabrosas escenas, exponiéndolas sin desvirtuarlas en un léxico adecuado y no falto de ingenio, para evitar caer en grosería, motivando risas, muy distintas de las anteriores, en el auditorio, lo mismo que en el tribunal, inspiradas por la gracia de la obra y por la general aprobación a mi trabajo. «Como se ve –añadía yo– tenían mucha gracia las obras de estos dos grandes autores, que lograron deleitar con su ingenio al pueblo que entonces dominaba a un gran Imperio».
La impresión que produjo mi ejercicio me rehabilitó en el plan injustamente desnivelado en que se me había colocado, de tal modo que, con seguridad, hubieran seguido gozando todos de mi exposición inagotable de las obras de Plauto y de Terencio si el presidente no me hubiera interrumpido diciendo: «Ha pasado, con exceso, el mínimo del tiempo reglamentario que nos obliga a cortar la relación de los argumentos que, con tanto gusto, hemos oído al actuante y se levanta la sesión».
Salí del local y de la Universidad corriendo, para que en casa no se notara mi ausencia, y seguí preparando mi segundo ejercicio, ya técnico, que consistía en redactar un trabajo bibliográfico y en una transcripción de un documento paleográfico.
Ambas cosas para mí no eran difíciles, pues dominaba la paleografía estudiada, como he dicho, con Muñoz y Revero, y pude dominar el ejercicio, interpretando el auténtico documento que me señalaron del siglo XV, resolviendo todas sus abreviaturas, completando el ejercicio con la descripción bibliográfica de un incunable.
Por cierto, que al día siguiente a mi primer ejercicio, acudí como espectador antes de la hora de la sesión, introduciéndome entre los diversos grupos de opositores donde se comentaba el curso de las oposiciones, oyendo en uno de ellos cómo se apreciaba el mío, llevando la palabra un señor opositor de edad ya madura y de elegante porte, no dándose cuenta de que yo estaba entre los oyentes, sencillamente porque las condiciones del local donde se celebraban los ejercicios, la aglomeración del público, no permitían ver al opositor sino solo oírle.
–Hay que ver qué ejercicio hizo anoche ese muchacho y con qué dominio se desenvolvió, incluso en el incidente de las papeletas que tomamos a chacota todos menos él, que lo resolvió comprendiendo lo serio que se ponía.
–¿Y qué iba yo a hacer? –interrumpí–, cualquiera de los compañeros hubiera hecho lo mismo.
Todos quedaron parados ante mi interrupción, rompiendo el silencio el que peroraba, quien dirigiéndose a mí me preguntó:
–Pero ¿es usted el que ejercitó ayer?
–Sí, señor, fui yo el que provocó, sin querer, la hilaridad producida por el incidente.
–Pues, compañero, le felicito, porque yo en la guerra carlista torné, alguna vez, a los liberales cañones a navaja; pero confieso, honradamente, que anoche admiré su valor ante las circunstancias que le rodeaban.
Siguieron los ejercicios prácticos y al fin terminaron las oposiciones con uno de traducción directa del francés y del latín vulgar de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, convocándonos el tribunal para darnos cuenta de su fallo al día siguiente, acudiendo todos los opositores con la mayor ansiedad, aunque seguramente ninguna comparable con la mía, puesto que se trataba de mi liberación y me abría un campo extenso para mi porvenir.
Acudí puntualmente, dominado por una gran fe que se iba amenguando según se iban leyendo los nombres de los elegidos, hasta que, después del décimo o undécimo, no lo recuerdo bien, oí pronunciar el mío saltándoseme las lágrimas provocadas por la más grande emoción. Al fin mi fe y mi trabajo intenso me dieron el triunfo. Ya era bibliotecario y empezaba para mí una etapa que me ha seguido hasta la muerte, en la que mi trabajo sería respetado y remunerado, abriéndome las puertas de una consideración legítimamente ganada, gozando de una libertad personal de la que hasta entonces carecí.
En cuanto oí mi nombre me levanté, inopinadamente, salí del salón y eché a correr por los claustros de la Universidad, hasta ganar la puerta, siguiendo mi carrera por la calle de la Luna, y atravesando las calles de Fuencarral y Hortaleza, llegué a la de San Miguel, donde vivía doña Pepa con su hermana y sus sobrinos, entrando, dando voces: «Mamá Pepa –dije, balbuceando, dejándome caer sobre una silla–, ¡ya soy bibliotecario!».
El alboroto que se armó no es para describirlo. Todos me abrazaban y me besaban, llenos de emoción y de alegría, que en doña Pepa se exteriorizaba bañándome con sus lágrimas y diciéndome:
–Escribe a casa, hijo, y di a tu madre si tenía yo razón cuando la dije que tú sabías, mejor que todos, lo que hacías.
–Así lo haré –dije con la mayor seriedad–, pero como ya soy funcionario del Estado, con sueldo, les pido cuarenta reales prestados para comprarme enseguida unos zapatos, porque estoy pisando hace días con los calcetines, y llevo los pies empapados de agua.
Y enseñé mis deteriorados zapatos, levantando los pies, y mostrando el sitio que cubrieron las suelas, añadiendo: «En estas condiciones me he preparado y hecho las oposiciones».
Las diez pesetas que me dieron me empujaron a la calle, enderezando mis pasos a la primera zapatería que tropecé, donde me compré unas botas. Nunca disfruté de mejor confort al ver mis pies abrigados y libres de la humedad de la calle, pues estaba lloviendo y así me presenté en casa, con mi habitual cara seria, conteniendo heroicamente la alegría interior que retozaba por todo mi cuerpo, de la que participaron todos mis maestros del colegio y demás personal, que aún guardaba el secreto en casa, esperando los acontecimientos cuando el hecho se descubriese.
13 LA EXPLOSIÓN
En mi correspondencia con Federico Larrañaga, que seguía en Alemania, en la que siempre le contaba mis cuitas, le había dicho que «de ninguna manera iría a Alemania», donde, según él, ya se me esperaba, guardándome muy mucho de decirle la menor palabra que pudiera relacionarse con mis planes ante la seguridad de que, a vuelta de correo, se encargase él dado su carácter de escribírselo a don Federico, y menos, tras decantarse mis oposiciones.
A los pocos días después de estos acontecimientos, retornó don Federico de uno de sus múltiples viajes y, llamándome a su despacho, me dijo:
–Prepárate, porque pasado mañana nos iremos a Alemania.
–Lo lamento, don Federico, pero yo no voy a Alemania.
–¿Cómo que no vienes?
–Sencillamente, porque acabo de ganar, por oposición, una plaza de bibliotecario con la que aseguro mi porvenir.
–Pero ¿tú sabes lo que dices?
–Claro que lo sé. Abrigué esta decisión desde que, por haber comido, acosado por el hambre y la fatiga en El Escorial, una noche trágica un pedazo de bollo sobrante se me tachó de ladrón, aceptando todos ustedes este falso e injusto concepto, lanzando este estigma sobre mí, que me convenció de mi incompatibilidad con personas tan honorables y tan cristianas como lo son ustedes. Además, ¿a usted le parece natural de que se disponga de mí como de un borrego, sin voluntad y sin sentimientos, no acordándose de que tengo una madre, de la que, por mi desgracia, estoy separado tantos años y de la que no se ha intentado siquiera recabar su asentimiento y su permiso, dándome un plazo de cuarenta y ocho horas, sin dejarme tiempo para darle un abrazo, tal vez el último, de despedida?
–¿Pero no es una ingratitud al colegio lo que haces y por cuanto hemos hecho por ti?
–Yo lo he pensado bien, don Federico, pero, poniendo en un platillo de la balanza los favores que me ha hecho el Comité de Berlín, y que nunca agradeceré bastante, y menos olvidaré, y los muchos trabajos de toda clase que se me han impuesto, muchos de ellos humillantes y que he cumplido plenamente, con los múltiples abandonos de que he sido objeto, colocado, todo ello, en el otro platillo, me he convencido de que el fiel se inclina, con exceso, a mi favor, no mereciendo, por lo tanto, que se me juzgue como ingrato.
–Sin embargo, esto supone, para mí, un tiro a boca de jarro.
–Lo siento mucho, don Federico, pero para mí representa una emancipación, al mismo tiempo que una merecida satisfacción a mi dignidad. Yo, en mi vida, he sido un ladrón.
Al día siguiente, me volvió a llamar a su despacho, consumiendo en vano toda clase de argumentos para hacerme deponer mi actitud, echando mano hasta de fervorosas oraciones, pidiendo a Dios que me iluminase para cambiar de parecer, llegando en sus argumentos a pretender, cariñosamente, convencerme de que podrían conservarme la plaza hasta que volviera de Alemania, a lo que le respondí:
No se canse usted, don Federico. No me convencerá usted, y no olvide el refrán que dice que más vale el pájaro en mano, como este, que he cazado en buena ley, que el hipotético buitre que vuela sobre Alemania y que no deseo. Si hubiera fracasado en las oposiciones, puedo asegurarle que mi actitud hubiera sido la misma. Desde aquel verano de El Escorial, en que, además de mi trabajo, se me amargó tanto la vida sin la menor piedad, me consideré desprendido de la obra de ustedes, porque, aún tan joven, tenía claro concepto de mi dignidad y de mi honradez, tan inhumanamente herida. En ese sentido, escribí más de una vez a Federico mi resolución y no se lo he ocultado a mis maestros y amigos.
Las sesiones se multiplicaron y, convencidos de su inutilidad, una mañana muy temprano doña Juana se presentó en mi cuarto para decirme que como me había separado de la obra no podía continuar en la casa, demostrándole yo mi aprobación al recoger seguidamente mi escasa ropa y saliendo a la calle, en busca de un provisional refugio, hasta trasladarme al pueblo de El Vellón para descansar, al lado de mi madre, y reponer mi salud, harto quebrantada por el largo e ímprobo trabajo de las oposiciones al que me había sometido. Ese refugio lo encontré inmediatamente en la acogedora morada de don José Marcial y de doña María Dorado, su esposa, padres de mi compañero de colegio, Pepe Marcial, y de su excelsa hermana Carola,47 ilustre profesora más tarde de la Universidad de Columbia, en la que dejó grata memoria, y heroica propagandista de españolismo en América, donde, con admirable valor, exaltó a España, precisamente, a raíz de la pérdida de nuestras colonias, arrebatadas por los Estados Unidos con el pretexto del hundimiento, en el puerto de La Habana, del barco de guerra Maine, que después de una tardía investigación pericial, con expertos norteamericanos, se puso de relieve nuestra falta de responsabilidad en aquella catástrofe.
La familia Marcial fue para mí una prolongación maternal de la mía, cuya intimidad y verdadero cariño solo ha podido interrumpir la muerte.
A los dos días salí en la diligencia de Torrelaguna para mi casa, en la que tuve que someterme a un cuidadoso tratamiento de laringitis aguda, adquirida por los enfriamientos sufridos durante tantas noches dedicadas al estudio. Me sometieron a pulverizaciones de azufre en la garganta, sin que la mejoría se presentase franca.
A los pocos días recibí una comunicación del Ministerio, para que, inmediatamente, me presentase en el Negociado para elegir la vacante de provincias que más me interesase, y dejar, a los que me seguían en la propuesta del tribunal, que, respectivamente, eligiesen la suya.
Al día siguiente por la mañana, esperaba la llegada de la diligencia, cuyas plazas venían totalmente ocupadas, teniendo que hacer el viaje, pesado de suyo, en la baca del coche, teniendo que resistir un sol abrasador hasta la llegada a Madrid.
Me presenté en el Negociado y elegí la vacante que había en la Biblioteca Universitaria de Salamanca. Pude haberme quedado a prestar mis servicios en Madrid, con poco esfuerzo, porque, durante mi estancia en el pueblo, dejé el campo libre a los demás, por cuyo motivo no podían escoger los demás plaza ninguna en provincias, hasta que yo eligiera la mía.
Madrid me pesaba demasiado y deseaba vivir y trabajar en otra parte, escogiendo Salamanca por ser la tierra de mi mamá, Aldeadávila, de aquella provincia.
Surgió una dificultad para mi toma de posesión en la Biblioteca Nacional, donde nos posesionábamos todos ante el jefe superior del Cuerpo, el eximio poeta don Manuel Tamayo y Baus, que era la presentación previa de la licencia militar, que yo no tenía todavía, por estar recientemente sorteado, y porque empezaban a extender esa documentación en la zona a los que estábamos excedentes de cupo.
Me presenté al día siguiente en las oficinas de esa dependencia instaladas en el Cuartel de San Francisco, en la calle del Rosario, preguntando a un sargento si podía ver al señor coronel, jefe de la zona. El militar burócrata, con la deficiente educación de su grado, empezó tuteándome, poniéndome dificultades, entablándose entre él y yo un diálogo, que corté diciéndole:
–Pásele esta tarjeta al señor coronel, y pregúntele si me puede recibir.
La tarjeta decía simplemente «Manuel Castillo, Licenciado en Filosofía y Letras».
Al minuto salió el sargento del despacho, y, dejándome franca la puerta, me dijo:
–Haga usted el favor de pasar. –Haciéndolo yo así, cuadrándome delante del coronel, diciendo las palabras reglamentarias de «A la orden de usted, mi coronel».
–¿Qué desea usted? –me preguntó.
–Pedirle un favor que me interesa mucho. Acabo de ganar unas oposiciones para bibliotecario y, para poder tomar posesión de mi cargo, necesito presentar la licencia. Como quiera que estoy fuera de cupo, yo me atrevo a rogarle ordenase se me extendiera lo más pronto posible, para evitarme complicaciones y perjuicios.
–Pero usted, tan joven, ¿ya es licenciado y bibliotecario?
–Sí, señor, mi coronel, para servirle a usted –le respondí, con incontenida satisfacción.
–Pues le felicito, y mañana, a estas horas, venga a recocer su licencia, que ya estará lista, pues mi satisfacción en cumplir con usted este servicio es la que usted se merece por su aprovechamiento.
–Muchas gracias, mi coronel –contesté–. A la orden de usted.
Y, efectivamente, al día siguiente, al presentarme en la oficina, el sargento se levantó, me franqueó la puerta del despacho, diciéndome: «Pase “usted”».
Entré seguidamente y, al verme, el coronel se levantó de su asiento, dándome la mano y un abrazo al entregarme personalmente el documento despachado, diciéndome, al darle las gracias, con cierta confusión: «Nada de gracias, joven, siga usted por ese canino que tanto le honra. Que tenga usted mucha suerte y ya sabe que, aquí, deja un amigo que le felicita y a su disposición, si puedo servirle en algo».
Conmovido, salí del despacho casi sin poder contener mis lágrimas, al verme ya considerado y respetado humanamente, dirigiéndome, a paso ligero, a la Biblioteca Nacional, para tomar posesión de mi cargo, que me había de dar personalmente aquella gloria de nuestra literatura, como director del Cuerpo Facultativo, al que entraba a pertenecer, cuando el secretario del mismo, don José Paz y Mélia, me dijo con amable compañerismo:
–He de advertirle, compañero, que puede lograr ahora un ascenso, a dos mil pesetas de sueldo, si se dispone a prestar sus servicios en un archivo de Hacienda.
–No, señor: quiero ir a una biblioteca.
Cambiaron una mirada, muy significativa, director y secretario, y moviendo aquel la cabeza, y significativamente, cruzando los dedos, pulgar e índice de su mano derecha, como si contase dinero, me dijo, con una sonrisa no exenta de picardía:
–¿Estamos todos bien en casa?
–Todo lo contrario, señor director, porque esta plaza es mi único porvenir. Pero yo no he estudiado mi carrera para dedicarme en un archivo de Hacienda, a ordenar legajos de documentación contributiva y de cuentas municipales. Mejor serviré a mis aficiones, a mis estudios y al Estado en una biblioteca.
Volvieron ambos funcionarios a mirarse, en forma bien clara de que apreciaban mi quijotismo y romántico rasgo, expendiéndose en nuestra presencia sobre mi título administrativo el acta de toma de posesión.
Y al día siguiente, por la noche, salía para Salamanca con una maletilla como único equipaje, un cúmulo de ilusiones y un frasco de Goudron de Gullot, específico francés que me regaló mi amigo, el farmacéutico don Juan Bonald, muy afamado en Madrid por sus célebres pastillas para la tos, al despedirme de él en su farmacia de la calle de la Gorguera, que empecé a tomar al llegar a Salamanca en la forma que él me indicara, y que, a los pocos días, me curó completamente de mi afección, reliquia de mis oposiciones, despidiéndome de mi Madrid, con lágrimas, mezcladas de amargura y de alegría. Iniciaba mi libre lucha, en el mundo.
14 EN SALAMANCA
En toda la noche no pude pegar ojo, resistiendo a las dos de la madrugada la espera desesperante en Medina del Campo, hasta la salida del tren a Salamanca, a cuya estación llegamos a las cinco, conduciéndome un mozo de hotel al Parador de los Toros, situado en la preciosa plaza Mayor, donde, tradicionalmente, se hospedan los toreros cuando venían a actuar en sus célebres corridas de feria, como Mazantini, el Guerra, Lagartijo, Frascuelo, Reverte, los Bombitas, etc.
Todos ellos se hospedaban en el histórico parador y a su puerta se agolpaban los curiosos, para verlos salir y tomar sus coches ataviados con sus espléndidos trajes de luces.
Me llevaron a una habitación, sin lujo, pero muy limpia. Me aseé un poco y me metí en la cama, descansando un poco y haciendo tiempo hasta la hora en que la biblioteca se abriera.
Me encaminé hacia la histórica universidad, subiendo la amplia y artística escalera que sube al segundo piso, donde está instalada la biblioteca. El porteromozo, Isaac, me recibió muy amable y respetuosamente, pasándome al despacho del jefe, que aún no había llegado, pero que no tardó mucho en hacerlo.
Enterado de quién era don Agustín Bullón,48 quien, además de regir la biblioteca, era una de las más destacadas figuras en la política provincial, me dio la bienvenida con ese franco cariño castellano, llamándome «compañero», interesándose por mi hospedaje y ofreciéndose para cuanto necesitase, incluso dinero, enseñándome las dependencias y salones de la biblioteca, célebre por su riqueza bibliográfica, de la vetusta universidad, señalándome mi mesa de trabajo, empezando seguidamente a prestar mis servicios como si llevase en ella largo tiempo, de tal forma que, a los pocos días, don Agustín descansaba sobre mí en el régimen del salón de lectura, por el que desfilaron gran número de catedráticos para conocer al nuevo bibliotecario, un muchacho muy joven, cuyo semblante rebosaba de entusiasmo, por hacer honor a su cargo, al tribunal que le había propuesto y al cuerpo facultativo del que ya formaba parte.
Mi trato con aquellos venerables profesores, encanecidos en el estudio de sus respectivas disciplinas para la enseñanza a sus alumnos, me inició en un mundo nuevo, un ambiente de vida exenta de los diarios vejámenes a los que estaba acostumbrado, lo mismo que de glaciales e injustas indiferencias, sino, por el contrario, con ofrecimientos y consideraciones sinceros, por personas de verdadera solvencia moral, empezando por e1 rector, don Mamés Esperabé,49 completados, además, por el cariñoso respeto que me mostró el cuerpo de bedeles y mozos, encabezados por el popular conserje Domingo Pascual.
Entonces me propuse estudiar por enseñanza libre la carrera de Derecho, principalmente para satisfacer los deseos reiterados de mi madre y de don Tomás, pero surgió un hecho en la apacible vida universitaria cuyas derivaciones dieron al traste con mis nuevos y nobles propósitos.
Yo había entablado amistad con la personalidad de mayor relieve entre el profesorado universitario, el vicerrector de la Universidad, a quien tanto le debía, don Mariano Arés y Sanz,50 no solo por las simpatías que atraían mi juventud y la cumplida correspondencia a mi responsabilidad profesional que, en el servicio al público, cumplía con una seriedad impropia de mis pocos años, pero, al mismo tiempo, con una afabilidad y el mejor deseo de servir y complacer a los lectores, que, al marcharse del salón, demostraban siempre su satisfacción y contento, porque realmente en mí no veían al mecánico alcanza-libros, sino a un bibliotecario que los daba orientaciones bibliográficas sobre las materias de sus estudios, facilitándoles obras por ellos desconocidas con que la biblioteca contaba, a pesar de estar tan abandonada económicamente, sin que dejase de ser una de las más importantes de España.
La coincidencia de ideas entre don Mariano y yo, pues era un republicano modelo, del Partido Centralista que dirigía nuestro inolvidable maestro y amigo de ambos don Nicolás Salmerón, había estrechado nuestra amistad, rebosante de mi respeto y admiración a su persona, mucho mayor desde que supe que había dedicado muchos años en revolver archivos para crear una nueva y próspera vida económica, descubriendo numerosas fundaciones en favor de la Universidad salamantina, hundidas en el olvido, y merced a cuyas afanosas investigaciones y al reconocimiento de esos derechos, por parte de la Dirección General de la Deuda Pública, surgieron más de trescientas becas para estudiantes de la clase humilde, de entre los cuales han salido hombres tan eminentes como Pedro Dorado Montero, hijo del guardador de los cerdos de su pueblo.
Pero don Mariano cayó enfermo, figurando yo entre los asiduos a verle y a acompañarle, satisfacción reducida a los íntimos amigos que supimos, con gran dolor, que el enfermo iba perdiendo fuerzas y que se acercaba a un fin fatal.
Hombre serio y consecuente con su ideología, gozaba de gran predicamento en toda Salamanca, que, aunque levítica por tradición, y a pesar de estar manejada por los jesuitas y dominicos, le rendía gran respeto y simpatía, pero sabíamos que en el Obispado se llevaba al minuto el curso de su enfermedad y se urdía, con toda solicitud y tacto, la manera de lograr de él un arrepentimiento de sus ideas racionalistas, aunque fuera ficticio, buscando su logro, que constituiría un éxito cotizable de la Iglesia, por presión en la familia. El caso era evitar que se verificase el primer entierro civil que, con escándalo de las beatas, se sabía había de ser muy concurrido, por lo que significaba la personalidad del ilustre maestro. Y un día, casi un mes antes de su fallecimiento, nos encontramos hospedado en su casa a un cura forastero, al que don Mariano tuteaba y trataba con el mayor cariño y fraterna familiaridad. Era de su propio pueblo y se habían criado juntos, yendo a la escuela al mismo tiempo, y que, según decía, había venido desde su curato, que no pertenecía ni mucho menos a la diócesis de Salamanca, a pasar unos días con él y acompañarle, recordando sus tiempos juveniles, pero que, en verdad, pudimos apreciar que fue buscado, como elemento valioso, para el logro del objetivo que se perseguía. Y, en verdad, el fracaso se hizo notar enseguida, porque a las primeras de cambio quiso iniciar su verdadera misión aprovechando la intimidad y la confianza de que se gozaba en aquella familia. Don Mariano, con aquella firmeza con que acompañaba a sus palabras, le paró los pies, como vulgarmente se dice, en esta forma:
Mira, siempre nos hemos querido como hermanos y tú no sabes la alegría que me has proporcionado al venir a verme y tenerte en mi casa; pero, en nombre de ese cariño y del respeto que merezco, y el que se debe, también, a mi casa, te ruego no me vuelvas a hablar, a menor palabra, en ese sentido, porque además de la inutilidad de tu intento, jamás te lo consentiré.
El pobre cura, impresionado por tan rotunda respuesta, acompañada de actitud tan resuelta, dio de ello cuenta a sus superiores, pero como había venido a las órdenes del Obispado, resolvió este que continuara en la casa del enfermo hasta el final, para aprovechar la menor ocasión de consumar la farsa deseada. Y, en verdad, que lo hubieran logrado de no estar sus íntimos alrededor de su lecho cuando se inició su agonía. Entre nosotros apareció como empujado violentamente el cura huésped, que estaba en otra habitación acompañando a la viuda, con algunas de sus amigas y, abriéndose paso, se colocó a la cabecera del enfermo, diciéndole, a grandes voces: «Mariano, ¡mírame!», y don Mariano, ya moribundo, abrió los ojos por última vez, lanzando sobre su amigo una mirada de reconvención mezclada con desprecio, cerrándolos, para siempre.
Al convencernos todos de que nuestro gran amigo estaba ya muerto, el cura le rezó la absolución in extremis que nadie le había solicitado, que adolecía de la condición previa que no se había cumplido, diciendo: «Si bene contritus es, ego te absolvo», y acto se guido, salió del salón, dirigiéndose a Palacio, como un cohete, para llevar la noticia de lo sucedido.
Todos los amigos abandonaron la alcoba, cumpliendo su último deber, para acompañar a la viuda en tales momentos, y únicamente quedamos al lado del muerto la criada, Eleuterio Población, antiguo becario y paisano de don Mariano y del cura, y yo, amortajando seguidamente el cadáver, que fue colocado sobre la alfombra de su despacho, convertido en capilla ardiente, incorporándonos a los íntimos que allí estaban, cuando, inopinadamente, próximamente a la una de la madrugada, aparecieron dos conocidos canónigos de la camarilla del obispo, que llamando a don José Onís y López, mi compañero, archivero de la Universidad, tenido, como el más íntimo amigo del finado, retirándose con él a un rincón del salón y sosteniendo una conversación, en voz baja, que subió un poco de tono por parte de don José, al decirles: «Señores, yo soy católico pero no hasta el extremo de faltar a la verdad, ante el cadáver de mi amigo. Yo no me presto, ni me prestaré jamás, a una comedia»; añadiendo: «Comedias, no».
Mis dieciocho años no pudieron contener un «¡Muy bien!», y si no, aquí estamos todos, testigos presenciales, indiscutibles.
Marcharonse los canónigos, e, inmediatamente, las redacciones de toda la prensa reaccionaria se pusieron en vertiginoso movimiento para cometer la mayor iniquidad, iniciando una campaña, la más violenta, contra el ilustre muerto, que había consagrado toda su vida a hacer el bien con su obra constructiva, aplicándole toda clase de insultos, aunque la mayor parte de sus injuriadores debían favores a su indefensa víctima, y a quien, servilmente, siempre habían adulado, hasta la víspera de su muerte. Los más furibundos figuraban entre los estudiantes becarios, como Jesús Sánchez y Sánchez, y José García Revillo,51 que así iniciaban su sistema ventajista, para lograr, más adelante, ser figuras políticas en la provincia.
¿He dicho indefensa víctima? Nada de eso. Don Mariano, tanto dentro del Claustro universitario como fuera de él, contaba con defensores decididos a sostener la verdad de los hechos, en aras además de su ilustre amigo. La virulenta campaña clerical caracterizada, como es natural, por su procacidad y grosería, que hacen olvidar hasta las más elementales y humanas máximas del cristianismo, no logró más que dos cosas: la enorme manifestación de duelo en el entierro, que acompañó al cadáver hasta el cementerio, pues pasaríamos de trece mil los que figurábamos en el cortejo, teniendo en cuenta que, entonces, la población de Salamanca no pasaba de veintidós mil habitantes, y, como secuela, una profunda disidencia en el Claustro de la Universidad, que no hubo medio para borrar durante muchos años.
Yo llevé en aquella manifestación de duelo una de las cintas pendientes del féretro, representando a la Juventud Republicana, hablando también al lado de la sepultura, después de los amigos de don Mariano, manifestando que aquel acto suponía, para mí, la profunda impresión de un alto ejemplo de consecuencia ideológica, que no había de olvidar durante toda mi vida.
La ruda campaña suscitada se desbordó, derivando contra los catedráticos, compañeros y amigos del difunto que compartían ideas liberales, que poniéndose al lado de su causa no dudaron en hacer honor a sus sentimientos de compañerismo y a su profesión.52 Al lado de estos estaba yo, que, aunque no era catedrático, algo representaba en la Universidad, como ocurría con Onís.
Unos cuantos de estos catedráticos contestaban correctamente en El Adelanto, único diario que nos prestó hospitalidad al principio, a las agresiones que, a diario, se les dirigían por la prensa reaccionaria, que no nos perdonaba lo ocurrido, contestaciones que, por su contundencia y serenidad, producían la mejor impresión en la ciudad, de lo que se percataron en el Obispado, que coaccionó a la empresa del periódico bajo amenaza de excomunión para que el director, que estaba en Madrid, se reintegrara a su cargo y nos cerrara la puerta de sus columnas.
Ello motivó consecuencias funestas para el clericalismo irritado, dominador hasta entonces de toda la vida salmantina, porque, a los pocos días, un diario muy bien editado con el título de La Libertad salió a la palestra, para hacer frente a nuestros intransigentes enemigos, y que, haciendo honor a su título, contestaba libremente no dejando títere con cabeza, arremetiendo con ingeniosas y celebradas censuras, desde el obispo P. Cámara hasta el último acólito, y desde el Boletín Eclesiástico hasta la más ínfima hoja parroquial. Al publicar, a la cabeza del periódico, la lista de los que componíamos la redacción, toda la prensa madrileña y la más destacada de provincias nos felicitó, en artículos encomiásticos, porque todos los redactores eran catedráticos, menos Onís y yo, el benjamín de aquella, y por lo tanto el más desconocido en el periodismo… por poco tiempo.
Dirigía el periódico el Dr. don Enrique Soms y Castelín,53 catedrático de Lengua y Literatura Griegas, la más alta autoridad en España en lenguas clásicas y orientales, figurando en la redacción hombres como el Dr. don Jerónimo Vida, catedrático de Derecho Penal y uno de los periodistas más conocidos y consagrados de la prensa madrileña, siempre en periódicos republicanos, en quien Ruiz Zorrilla tenía su más omnímoda confianza, Pedro García Dorado Montero, que acababa de ganar la cátedra de Derecho Penal de Granada, que luego permutó con Vida, por ser granadino de nacimiento, el Dr. don Lorenzo de Benito Endara, catedrático de Derecho Mercantil, el licenciado don José María de Onís y López, archivero de la Universidad, y yo, como he dicho, también licenciado y bibliotecario de la Universidad, pero que no portaba otro lastre que el de mi entusiasmo republicano y mi fuerza de voluntad, sostenidos con mis diecinueve años. Luego se adhirió Unamuno, cuya llegada a Salamanca coincidió, casi, con los acontecimientos que acabo de relatar, y que, en la división profunda provocada en el Claustro de la Universidad, no dudó en alistarse en nuestras filas.54
Cada día en que, a primera hora de la tarde, nos reuníamos en la redacción, leía su artículo de fondo para el día siguiente el redactor de turno, que se sancionaba con risas y aplausos, sobre todo cuando el veterano periodista Jerónimo Vida leía el suyo, lleno de gracia andaluza. A mí me encomendaron la sección titulada «Plumazos y borrones», en la que, algunas veces, colaboraba Onís, de verdadera y encarnizada lucha diaria contra los lebreles y gozquecillos clericales que dominaban la prensa capitalina. Mi columna llegó a ser tan popular que mucha gente esperaba la salida del periódico para saborear mis lanzadas contra los diarios y personajes agresores que figuraban en el campo de enfrente, como los catedráticos de la Facultad de Derecho, los señores don Enrique Gil Robles, padre del «jefazo» de la CEDA, don Nicasio Sánchez, pariente lejano mío, a quien mi abuelo protegió familiarmente, y el decano de Filosofía y Letras, don Santiago Sebastián Martínez, hombres todos de la más intransigente derechista.
Mis «Plumazos», de los que Unamuno era gran entusiasta, sobre todo cuando dirigiéndome al obispo argumentaba mis razonamientos con oportunísimos textos bíblicos, llevaban, como principal táctica, la de dividir al enemigo, o mejor, ahondar la división enconada y salvaje que, a la sazón, invadía el partido católico español, el de los interistas, respaldados por la Compañía de Jesús y dirigidos por el batallador diputado don Ramón Nocedal,55 representante de la más cínica intransigencia ultramontana, cuyo órgano en Madrid era El siglo futuro, y el de los llamados «Mestizos» o de La Unión Católica, cuyos supremos jefes eran los Pidales, tan fanáticos como sus correligionarios, enemigos, pero un poco más transigentes con los políticos de la situación, puesto que figuraban en la extrema derecha del Partido Conservador, cuyo órgano era la Unión Católica.56 Ambos órganos, que se disputaban ser la verdadera Tía Javiera del catolicismo, se emulaban en la defensa del dogma en todas sus facetas, disputándose el derecho de expedir patentes de catolicidad y recabar la dirección de los fieles, estando en continua greña en la diaria lucha, en la que la violencia hacía olvidar no solo la humildad y fraternidad cristiana, sino que también, con su especial léxico tomado del de pescadoras y verduleras, dejaba a un lado las consideraciones de un periódico debidas a sus lectores y en las que ellos, más que otros, debían dar el ejemplo.
Como he dicho antes, estos periódicos, con manifiesta insensatez, ahondaban, cada día más, la división entre los católicos españoles, con gran escándalo de las personas sensatas y, sobre todo, en su alto clero, puesto que figuraban en ambos bandos obispos, arzobispos, canónigos y párrocos en propiedad, como, entre otros, los obispos de Barcelona y Plasencia, integristas acérrimos, a quienes el propio Vaticano hubo de sujetar por reclamación diplomática del Gobierno, y otros, como el de Salamanca, gran figura entre los «mestizos».
En Salamanca, la división era más enconada porque los integristas, movidos por los jesuitas, que tenían a su cargo el Seminario Conciliar, del que se surtían todos los curatos de la diócesis, y que tenían su periódico de verdadera batalla, dirigido por Manuel Sánchez Asensio, traído a esos efectos de la redacción de El siglo futuro y que contaba, además, con la anónima cooperación de dicha compañía, titulado La Región, con vida económica segura y desahogada, garantizada por dos de las familias charras más ricas y fanáticas: la del millonario [Manuel] Sánchez Tabernero, marqués de Llen, que terminó profesando como lego en la Compañía de Jesús, y su mujer, como monja en un convento, con la autorización que debió de ser muy bien remunerada del Vaticano, a juzgar por lo que ambos hechos significaban, estando casados, cuando el papa se sirvió regalarle un solideo bendecido, exprofeso para él, para el día de su consagración, y la familia de [José María] Lamamié de Clairac, cuya ruina puede, como causas, dividirse entre los toros de su ganadería y su ineptitud y sus espléndidos y fáciles desprendimientos, cuando la «santa causa» los demandaba.
El obispo hubo de instalar una imprenta muy bien dotada en el edificio del antiguo Colegio de Calatrava y fundar un periódico con el título de El Lábaro,57 más tarde cambiado por el de El Criterio, que desplegó su bandera en defensa del diocesano y de su corifeo, contra los lancetazos que le lanzaban, todos los días desde La Región, sus intransigentes enemigos de la Compañía de Jesús.
Mis «Plumazos y borrones» cultivaron esa lucha enconada entre ambos bandos, aprovechando las mal embozadas censuras dirigidas contra el prelado, al comentar sus actos y escritos en las cartas pastorales, y nuestro periódico los aludía con todo desenfado y franqueza, lo que se dice «a las claras», excitando al integrista a que las rectificase, si era capaz, contestando a La Región con el silencio que, en aquellos casos, era una aprobación de lo que decíamos al interpretar sus censuras, lo que motivaba el natural baculazo episcopal, que remataba en la suspensión del mencionado periódico católico, a la que «humildemente» había de someterse, pero continuando la publicación, apareciendo con otro título, sosteniendo la misma irreverente campaña, repitiéndose esta escena por siete veces, que luego contestaba Asensio diciendo que le había suspendido tres toros con un sobrero. En una de las últimas cartas pastorales dio el golpe de gracia a las sangrientas burlas del periodismo integrista local, publicando en el Boletín Eclesiástico la condenación, no solo al periódico, sino a cuanto escribieran don Enrique Gil y Robles y don Manuel Sánchez Asensio, aun sin firmarlo, por creerlo perjudicial para las almas católicas.
Y esa fue la victoria de La Libertad, que después hubo de cambiar tan noble título por el de La Democracia, cuando pusimos imprenta propia, lo que siempre consideré como un error, aunque mi parecer no tuvo éxito, por aquello de que era tan joven, aunque después los hechos me dieron la razón.
Claro es que en aquella lucha fui objeto de toda clase de persecuciones, como fueron las dos o tres veces que el obispo salamantino, P. Cámara, fue a Madrid siendo senador por la archidiócesis, y haciendo uso de su representación parlamentaria, a pedir a Cánovas mi traslado a otra biblioteca fuera de su diócesis, pretensión que nunca fue atendida, porque teniendo yo mi cargo en propiedad me hacía inmune al menor correctivo, como no fuera por faltas en el servicio y eso mediante expediente que tenía que fallar el Ministerio. La tercera vez que el prelado gestionó este cobarde sistema, se le preguntó si mi conducta pública o privada me hiciera incompatible con mi cargo, como hombre inmoral tuvo que contestar que en ese terreno tenía que reconocer tanto mi honradez como mi buena conducta, pero que ya no podía soportar mi diaria labor periodística, que, a la par que molesta, le producía, entre infieles de su diócesis, graves trastornos.
Como digo, la tercera vez que regresó de Madrid defraudado en sus pretensiones, llamó al jefe de la Biblioteca, don Agustín, a la Secretaría de Cámara, cuyo titular le manifestó que, siendo ya insoportable mi conducta periodística, era imprescindible mi traslado, a lo que, a petición del prelado, estaba dispuesto el Ministerio si la Jefatura de la Biblioteca se decidía a formular una simple denuncia que, sin afectar a mi honorabilidad, pudiera dar margen a esa sanción, aun mejorando de población, como, por ejemplo, Barcelona; por ejemplo, debido a un pequeño retraso en llegar a la oficina a ejercer mi cargo o cosa parecida: «Solo con eso será seguramente trasladado a Barcelona o a Madrid, porque sabemos que es un gran muchacho, aunque nos resulta peligroso por sus escritos».
Entre paréntesis, he de advertir que sin conocer la iniciativa, aunque me la suponía, hacía tiempo que se me había ofrecido desde Barcelona ese traslado, con verdadero interés, que me hizo vacilar, pero que renuncié ante el infundado temor a que, si me marchaba, pudiera olvidar a la que era vuestra madre, entonces mi novia.
Mi jefe resistió escuchar aquella proposición indigna del secretario de Cámara, un corpulento canónigo que se llamaba Repila, y soltando como preludio una significativa carcajada, le dijo:
¿A usted le parece digno y justo el que yo denuncie a un compañero que, impecablemente, cumple con su deber, con toda puntualidad y competencia, que se haya retrasado cinco minutos, cuando ni es verdad, y cuando soy, o el que a diario voy tarde a la biblioteca y, a veces, no voy, por la confianza toda que en él deposito, sabiendo que el servicio se cubre perfectamente? Eso sería hacerme cómplice de una indignidad y de una canallada, que soy incapaz de cometer con un compañero y cuya propuesta hiere mi caballerosidad. Yo creía que tenían ustedes mejor concepto de mí.
Lo que sí puedo hacer, en atención al señor obispo, es llamarle la atención seriamente, dándole cuenta del peligro que corre, para que se aplaque en lo que escribe, pero canalladas, como esta, no me pidan nunca, porque soy incapaz de cometerlas. Soy un caballero y un compañero.
Y cogió su sombrero, saliendo del despacho, viniendo a la biblioteca para contarme la escena y aconsejarme ser más suave y comedido, para aplacar el furor clerical, porque la Iglesia no deja de ser, siempre, un peligroso enemigo.
Pues eso me estimula más, y, desde ahora, demostraré al obispo que me tienen sin cuidado sus amenazas, rindiéndole el favor de no hacer públicas sus caritativas andanzas, porque yo no soy como los integristas. Toreo, como dijo Frascuelo, todo lo que salga del toril.
Y ya lo notaron en el Palacio Episcopal, que, a su vez, me declaró una guerra sorda y efectiva, verdaderamente sin cuartel y acuciada por el odio clerical, como se verá más adelante.
15 MI INICIACIÓN POLÍTICA
Yo salí de Madrid con la más profunda convicción republicana, pues ya había actuado siendo estudiante en las juventudes de ese partido, revestido, además, de un anticlericalismo que he sostenido toda mi vida, no como un sectario vulgar, sino como un convencido de que, además de ser un explotador del pueblo, representó, siempre, un poder reaccionario en la evolución de la cultura y de la moral, al mismo tiempo que desvirtuó, pro domo sua, las doctrinas de Jesucristo, usándolas a su manera en favor de sus intereses materiales o saltándoselas a la torera cuando no se adaptan a ellos.
Pero, a pesar de estar inscrito en las Juventudes con fe y entusiasmo, no me había encartado en ninguno de los partidos republicanos, en aras de mi independencia y de mi inclinación, que jamás decayó, de unionista y que he sostenido, y sostengo, aún, en mis 86 años y en el exilio, sin otro interés que laborar por el bien y la libertad de mi España, aherrojada hoy por el crimen y el terror oficiales, para vergüenza de la Humanidad.
En Salamanca, como en el resto de las capitales provincianas, no reaccionaban los sentimientos políticos más que en vísperas de elecciones. Como yo llegué en la primera quincena de julio y no conocía a nadie, me instalé al llegar en casa de unas paisanas y antiguas amigas de mi madre, una viuda, llamada Mónica Rivero, que, con su madre, una señora de bastante edad, se repartía los trabajos domésticos para atender a tres estudiantes de Medicina y a mí, resolviendo, de esa manera muy general en Salamanca, el problema de su vida y de su hijo y nieto, respectivamente, al que educaron y sostuvieron, hasta que se hizo médico.
Al salir a las dos de la tarde de mi trabajo en la Biblioteca, me encaminaba a casa, algo cansado por el servicio de libros al público, y después de almorzar marchaba al café, donde entonces solo hacía mi consumición, fumándome un modesto puro. Luego, me daba un paseo generalmente largo por los alrededores de la ciudad, volviendo a casa, donde, para matar mi aburrimiento, compré un acordeón que en unas cuantas semanas dominaba como casi un virtuoso, corriendo mi fama en su manejo entre los aficionados, lo que fue motivo del acto más transcendental de mi vida.
Yo quería trabajar por la República, claro es que románticamente, pero ignoraba la vida republicana en Salamanca, ciudad eminentemente levítica. Mi compañero y jefe, don Agustín, antiguo diputado republicano en las Constituyentes, figuraba entonces en el Partido Liberal, en el sector de Gamazo, y ello me retrajo a pedirle orientación en el terreno político, resignándome a una forzada inactividad, hasta que se me presentó la primera ocasión para actuar, con la conmemoración del día 11 de febrero, aniversario de la proclamación de la Primera República, que los republicanos celebraban en toda España.
Vi anunciada en la prensa una reunión de los republicanos en un gran salón de baile de la calle de Espoz y Mina, en el que hacía la citación para la celebración de dicha fiesta, y en la que por solo cincuenta céntimos se tenía derecho a tomar café, media copa de licor y un modesto puro. Me encaminé hacia el susodicho local a la hora señalada y me senté entre los asistentes, muchos en verdad, que llenaban las mesas a todo lo largo. Hablando con los más cercanos a mí, me di a conocer a ellos y a los pocos momentos, merced a la campechanía y franqueza castellana, llegamos hasta a tutearnos como si fuéramos viejos amigos de toda la vida, solicitando a voces que yo hablara cuando se iniciaron los discursos conmemorativos. Me hicieron subir en una silla para que todos pudieran verme y oírme mejor hasta los extremos del gran salón, y «lancé» un discurso lleno de exaltación republicana que arrancó entusiastas aplausos, despertando ello la general curiosidad, corriendo la voz entre todos los asistentes de que yo era un joven republicano madrileño, recién venido de Madrid, a hacerme cargo de bibliotecario en la Universidad, que había ganado por oposición.
Ello fue motivo de felicitaciones de tantos correligionarios, a ninguno de los cuales conocía, entre los que figuraban los jefes locales de todos los sectores del republicanismo, que muy pronto habrían de contar con la cooperación del recién llegado, que acababa de ganarse el espaldarazo, colocándose en primera fila, claro es que de los románticos, puesto que jamás pretendí otro puesto que el de luchar como simple soldado.
Tanto el periódico La Libertad como La Democracia, con mis «Plumazos y borrones», me habían conquistado entre los republicanos una gran influencia entre las fuerzas populares salmantinas. Todos, como era frecuente en Salamanca, me tuteaban considerando mi corta edad, tanto los altos, como los bajos, porque Castillo, amigo de todos, había conquistado en poco tiempo unas relaciones en la capital, cual nunca pudo soñar, llegando a hacer concejales a republicanos valiosos y modestos que honraron, con sus honestas y prudentes intervenciones, al Ayuntamiento.
Dos personalidades dirigían entonces los dos partidos republicanos imperantes por su historia, en Salamanca, ambos abogados de nota; uno, don Pedro Martín Benitas, que era un prestigio dentro del Partido Federal, presidente que fue del Gobierno Cantonal, al que con gran habilidad, honradez y talento dirigió, en forma de que no se registrase el menor desafuero por parte de los exaltados, logrando que no se registrase la menor filtración en la administración de los fondos de Hacienda en el pago de sueldos a los funcionarios. Hombre respetado por todo el mundo y cuyo bufete era un verdadero modelo de honestidad y competencia, al que confiaban sus intereses las más destacadas familias charras, pasando por encima de las divergencias ideológicas.
El otro, don Celso Romano Zugarrondo, hijo de la directora de la Escuela Normal de Maestras, doña Petra Zugarrondo, que ya lo era cuando mi madre estudiaba la carrera por 1860 y a la que yo conocí, pudiendo confirmar el mal genio y violento carácter de que gozaba la señora en toda Salamanca.
Su hijo, don Celso, procedía de la carrera judicial, de la que salió, según era público, mediante un expediente, estableciéndose en la ciudad con bufete de su profesión y demostrando su gran competencia bien probada, pero más con habilidad que con el espíritu austero del anteriormente mencionado.
Tenía Zugarrondo como lugarteniente a un tipo exótico, procedente de Galicia, un hombre de procedencia misteriosa, sin oficio ni beneficio, hijo de un militar retirado, amigo y compañero del que más tarde había de ser mi suegro.
Aquel tipo me hizo la impresión de que era un aventurero de la política, se llamaba [Joaquín] Martínez Veira y cayó en Salamanca como un aerolito, dándose aires de líder, y publicaba un periódico semanal titulado La Concordia, que su simple lectura denunciaba no ser nada más que un arma de especulación y de chantaje, esgrimida con gran habilidad gallega, para ponerse a disposición del mejor postor sin el menor escrúpulo, de que llamándose republicano se escudaba, tras ese mote, para sus poco limpios manejos.
Tenía sus adeptos personales de su mismo concepto de la moral entre los que figuraba un hermano suyo que utilizaba como enlace en sus maquinaciones con políticos y caciques monárquicos y con las fuerzas reaccionarias, incluso con el Palacio Episcopal.
En mis actividades periodísticas tuve varias ocasiones de convencerme de ello y en verdad que una de ellas pudo haberme costado la vida; pero otra constituyó para mí un triunfo profesional en el campo de la prensa, así como un servicio al pueblo salmantino, aunque él no se diera cuenta.
Estando yo una noche en el teatro de El Liceo, donde actuaba una compañía de ópera, observé, durante los entreactos, unos misteriosos conciliábulos entre el alcalde, representante del Obispo en el Ayuntamiento, y Zugarrondo y Martínez Veira, ambos concejales republicanos.
Mi intuición periodística me hizo sospechar que entre los tres se discutía algún negocio de importancia en el que los tres estuvieran interesados, convirtiéndome, desde aquel momento, en observador continuo, comunicándoselo solamente a un amigo, abogado del estado, cuando una vez terminada la función tomábamos un ponche caliente antes de irnos a la cama.
–Tengo la sospecha –le dije– de que esos cabildeos deben estar relacionados con la subasta de la recaudación de Consumos, que se va a acordar en la sesión del Ayuntamiento que se va a celebrar mañana, y el hijo de mi mamá no se acuesta esta noche sin saberlo, por lo que, ahora mismo, nos vamos a la plaza, donde seguramente pasean continuando sus conversaciones.
Y, efectivamente, a los cinco minutos, bajo una espesísima niebla y embozados en nuestras pañosas hasta los ojos, enfocamos en los soportales de la plaza Mayor, dando una vuelta por «el lado de las mujeres» y, como yo esperaba, nos cruzamos con los tres ediles que venían por el de los hombres, a los que se había incorporado un nuevo individuo cuya presencia me dio la clave del misterio.
Se trataba de Juan Meca, un individuo que en tiempo de los conservadores era jefe de la Policía y en el de los liberales jefe de Consumos, que entraba, indudablemente, en el negocio como asesor.
Mi compañero se retiró a poco más de la una de la madrugada, pero yo seguí de cerca, protegido por la niebla hasta eso de las dos y media, en que se fueron retirando, haciéndolo yo también a mi casa de huéspedes, sentándome a la mesa, una camilla confortable, y redactando una hábil gacetilla en la que reseñaba lo observado y relacionándolo como rumor público con el negocio de los Consumos, dando así la voz de alarma.
Se trataba, sencillamente, de lograr se aprobase el remate de ese servicio en una cantidad mínima, que diese margen a que aquellos concejales, con el alcalde y el Meca, pudieran repartirse un jugoso negocio, que suponía en los tres años del contrato una respetable cantidad de miles de duros.
Salí de casa sin mirar lo avanzado de la hora para depositar mi gacetilla en el buzón que el periódico tenía instalado en la plaza Mayor, acompañada de una información confidencial, para el director, Soms y Castelin.
El suelto salió, motivando los naturales comentarios en todas partes, abriendo los ojos a los concejales, acobardándose los «negociantes» ante el público que llenaba el salón de sesiones y dispuesto a intervenir, él, si se intentaba acometer el asunto, ahogándose el chanchullo gracias a un periódico verdaderamente republicano, honrado y amante de Salamanca, y a uno de sus redactores, que tanto honor supo hacer a la profesión.
No fue solo en ese caso cuando pude evitar negocios sucios en mi larga carrera periodística. En la misma Salamanca evité también, con una lacónica y sustancial gacetilla, que se consumase un timo preparado contra la Diputación Provincial de 4.000.000 de pesetas por una Sociedad portuguesa de «vivos» con el pretexto de la fundación de los «Doks de Oporto», prometiendo estos, a cambio, facilitar los transportes y venta de cereales de la provincia. En aquel asunto o negocio siempre creí que entre los que lo defendieron en la Diputación, todos de derechas, no había dolo, sino engaño, pero el fracaso motivado por mi toque de alarma motivó una discusión de prensa entre el diario episcopal y La Democracia, o mejor, entre los diputados provinciales, entre ellos, mi lejano pariente, el catedrático Nicasio Sánchez Mata, y yo, que me hizo estudiar con detenimiento la cuestión y, en efecto, a poco más de un año, la Sociedad de los Doks de Oporto quebró, con perjuicio de los incautos que cayeron en la red, librándose la Diputación Provincial salamantina gracias a mi trompetazo de alarma, cosa que oportunamente al saberse la noticia hube de hacer frente a mis antiguos contendientes.
Por motivos de orden económico hubo de morir nuestro periódico de tan brillante historia, con general contrariedad del público, dejando en la historia periodística una estela de honestidad en sus juicios y haber sabido sostener una campaña de higiene moral, iniciada con la muerte de Mariano Arés, que, como ya he dicho, había producido una verdadera revolución en la monótona vida salmantina, sencilla, estática y falsa, sometida, más que dirigida, a la tiranía espiritual y especulativa de un clero fanático, especialmente por los jesuitas y dominicos, que se repartían el predominio, en la que un cura era tenido por un superhombre y que nosotros hubimos de convencer y lo logramos de que el hábito no hace al hombre, y que estaban dotados, todos los que lo vestían, de los mismos defectos y debilidades que los demás mortales, demostrándolo diariamente al enfrentarnos con ellos, empezando por el propio obispo, que nos llevó más de una vez al banquillo de los acusados en la Audiencia, saliendo felizmente ilesos de su persecución, con todos los pronunciamientos favorables. Por cierto, que ninguno de los procesados era el autor de los artículos que motivaron los procesos, porque Unamuno hubo de responder, en el juicio, de un artículo escrito por un empleado de los Ferrocarriles para evitarle las responsabilidades, y sobre todo, los graves perjuicios que le sobrevendrían, entre ellos, la pérdida segura de su empleo, y Enrique Soms, a su vez, por un artículo de Unamuno. De los dos procesos salieron inmunes gracias a la defensa encomendada al entonces auxiliar de la Facultad de Derecho, mi inolvidable amigo, don Luis Maldonado Ocampo. No obstante pertenecer al Partido Conservador y ser de indiscutible catolicismo, pero un ejemplo de amistad y compañerismo, que estaba por encima de todas las pasiones, en estos casos, malas pasiones sostenidas por el prelado y por su representante, mi mencionado pariente el catedrático Sánchez Mata.
Para dar una idea de la mala fe que informaba, entonces, la vida política en Salamanca, voy a recordar un hecho que me pudo costar la vida y que prueba esa afirmación elocuentemente.
Habiendo sido anulada la elección de diputado a Cortes en Ciudad Rodrigo, hubo de repetirse esta tras una preparación enconadísima de ambos candidatos; uno radicado en el distrito al que había representado hacía años don Luis Sánchez Arjona, liberal, el otro, un aventurero espadachín que dirigía, apoderándose del periódico con malas artes, La Correspondencia Militar, a la que dio un matiz de ridícula bajeza, cinismo y escándalo.58 El tal tipo se llamaba Diego Fernández Arias, expulsado del Ejército, y, después, retirado del palenque, merced a una paliza que le propinaron los hermanos Esbrí, hijos del despojado y verdaderos dueños del periódico, y con los que se metió el matón Arias. Su vástago, el célebre libelista que en la prensa se firmaba con el pseudónimo de El duende de la Colegiata, que por su audacia en ese despreciable sistema, después de tullido en un desafío con un yerno del conde de Romanones, hubo de expatriarse a Turquía, huyendo de la justicia, donde permaneció como unos veinte años. Fernández Arias, en aquella elección anulada, recorrió el distrito en tono de bravucón, buscando ataque personal con su contrario y amigos, sin otra arma que la del insulto y el escándalo, y era protegido por el general Pando, muy amigo de mi jefe, don Agustín Bullón. El citado general era eterno enemigo de Sánchez Arjona y buscaba su derrota a todo trance, apareciendo en Ciudad Rodrigo la víspera de la elección acompañado de unos sesenta serranos del distrito de Sequeros, de fama en España en lo referente a la criminalidad. Los partidarios de Sánchez Arjona oponían a aquella provocación una serenidad a toda prueba, merced a la confianza bien fundada que tenían en su triunfo y porque sabían que desde Gobernación se estaba haciendo un doble juego, respecto a su contrario, que luchaba como candidato ministerial. Ocupaba entonces ese Ministerio hombre tan probo como lo era don Francisco Silvela, hombre de envidiable solvencia moral.
La expectación que había despertado la lucha, por los incidentes y el cariz que estos tomaban, motivó que La Libertad acordase enviar un corresponsal de su seno y hube de encargarme, yo, por ser el más joven, de aquella poco agradable misión, cuyos peligros eran evidentes dado como estaban los ánimos.
En el tren me encontré con un compañero, Eustasio García Laserna, redactor de El Adelanto, que llevaba la misma misión que yo, pero durante el viaje, cuando el revisor vino a controlarnos los billetes, le pregunté si podría, al día siguiente a su retorno a Salamanca en el tren de la madrugada, llevar una carta mía a la redacción de La Libertad, ofreciéndoseme para ello, y para demostrarme su fidelidad con que hacia esos encargos nos dijo:
–Ya ven ustedes, hace ocho días, llevé ocho mil pesetas a Martínez Veira, de parte de don Luis Sánchez Arjona, la última vez que le llevé dinero.
Laserna y yo nos intercambiamos una mirada muy significativa, porque La Concordia hacía en Salamanca la campaña electoral a favor del generoso candidato, sin tener en cuenta el color pasado republicano de su foliculario.
Llegamos por la noche a Ciudad Rodrigo, tomamos habitaciones en el hotel y, sin cenar, nos lanzamos a la calle en busca de información, recorriendo los centros electorales de ambos bandos, hablando con los dos candidatos. Sí observé que en el Centro Conservador, donde saludamos al general Pando, Laserna tuvo con él un breve aparte al que no di gran importancia, pero cuyas consecuencias se notaron al día siguiente. Durante la elección supimos que el general había salido de madrugada con rumbo a la Sierra, acompañado de varios de los serranos que habían llegado con él aquella mañana, dejando de muestra a los restantes, pero con órdenes de guardar, simplemente, una expectación de presencia en los alrededores de los colegios.
Mi compañero, don Agustín, gran amigo, como he dicho, del general, y que ignoraba mi repentino viaje, encargó a Laserna le dijese que el Gobierno Civil tenía órdenes de apoyar, bajo mano, la candidatura de Sánchez Arjona, y que las violentas medidas sobre las que Fernández Arias basaba su triunfo habían sido anuladas, por lo que le aconsejaba de retirase para evitarle una situación violenta.
Al retirarnos a las dos de la madrugada, verdaderamente rendidos, en vez de acostarme y sin reparar en la jornada que me esperaba me puse a escribir una larga correspondencia informativa para mi periódico, con toda clase de detalles interesantes, como complemento a los muchos telegramas que envié durante la noche. A las cuatro menos cuarto de la madrugada terminaba mi trabajo y salía hacia la estación, para entregar mi misiva al servicial revisor del tren que tan galantemente se me ofreció, y que cumplió su cometido con la mayor rapidez, logrando que La Libertad lograse un verdadero éxito aquel día.
Transcurrió felizmente aquel día la elección, logrando una gran mayoría el candidato liberal sobre el conservador, y, por cierto que, cuando aparecimos en busca de datos en el Círculo Conservador, Fernández Arias, que estaba desquiciado ante su evidente y vergonzoso fracaso, se enfrentó con Laserna y conmigo, echándonos en cara nuestra falta de compañerismo, como si fuéramos nosotros la causa de su derrota, contestándole yo tranquilamente que habíamos ido a Ciudad Rodrigo a una simple misión informativa que reclamaba la curiosidad de nuestros lectores, y no otra cosa a los de mi periódico republicano, muy ajeno a los intereses de la lucha, y no a ponerme al servicio de ninguno de los contendientes, respondiendo además de la veracidad de mis informaciones, que nadie honradamente podría rectificar y, menos, desmentir. Acto seguido, ante los presentes nos retiramos, sin despedirnos ni darle la mano.
Algún tiempo después y en una enconada polémica de La Libertad y La Concordia, dolorida por el fracaso del negocio de Consumos, en el que su director estaba tan interesado, le solté lo de las 8.000 pesetas llevadas por el revisor del Ferrocarril, lo que produjo sobre todo entre los republicanos el natural efecto, y, por la noche de aquel día, cuando después de cenar me encaminaba a casa de mi novia, después, mi esposa, al atravesar la solitaria y oscura plaza de La Libertad, al revolver una esquina en la que estaban parapetados, me encontré asaltado por Martínez Veira, su hermano y cuatro amigotes de su laya, que, cobardemente y aprovechando mi descuido, me dieron un garrotazo por la espalda, en la nuca, que me hizo caer al suelo, en el que reaccioné en seguida, levantándome, lo que motivó la huida de los agresores, tras de los cual me lancé, alcanzando al gallego a la entrada de la plaza Mayor, quién empezó a pedir auxilio a grandes voces, reclamando como concejal la ayuda de los guardias, que acudieron inmediatamente para salvarle de las iras del público, que, al enterarse de lo ocurrido, pretendió lincharle. A mí, me llevaron a mi hospedaje, en la plaza del Corrillo, cuya proximidad a la plaza me permitió oír desde mi cama las protestas, a voces, de la gente que discurría por el paseo, bajo los soportales.
El agresor, Martínez Veira, huyó protegido por los guardias a su casa, de la que no se atrevió a salir durante mucho tiempo, y sus cómplices, en el tren de la madrugada, creyendo que me habían matado, para Portugal, pero al cambiar de tren en la estación de Fuentes de San Esteban fueron reconocidos por algunos viajeros, y lo hubieran pasado muy mal si no les hubiera protegido la escolta de la Guardia Civil, aunque no pudieron librarse de una monumental silba, mezclada con airadas protestas.
La de la opinión pública fue muy expresiva y unánime, a juzgar por la prensa en general y, muy especialmente, por la de Madrid, condenando el cobarde atentado y, por el gran número de cartas, hasta de muchas personas por mí desconocidas, figurando, entre ellas, una de Unamuno que estaba de vacaciones en Bilbao, calificando a los asaltantes de cuadrilla de bandoleros, y de muchas personalidades y amigos que visitaban mi hospedaje para interesarse por mi salud, pues habían corrido noticias alarmantes por el temor de que, a consecuencia del golpe sobre la nuca, pudiera sobrevenir una complicación cerebral.
Un poeta, Tomás Rodríguez, empleado en la Diputación, envió al día siguiente de la agresión un soneto que publicó La Libertad, del que recuerdo algunos versos, dedicado a Martínez Veira, como estos:
Alto, grandón, y tuerto del derecho,
Concejal, periodista, advenedizo,
El lunes, por la noche, se deshizo,
En demostrar que es hombre de provecho.
No tiene, por sus máculas, desecho;
Es un republicano a lo postizo,
Y lo mismo pudiera ser «mestizo»,
Que el tipo tiene, para todo, pecho, etc.
Me visitaban dos veces al día mi médico, el catedrático don Antonio Diez, y el de Medicina Legal, amigo mío también, don Indalecio Cuesta, nombrado por el Juzgado, en el que noté desde un principio una extraña reserva, impropia de su expansivo carácter cual si estuviera cohibido por instrucciones terminantes del Juzgado, como luego demostraron los hechos. Desde luego, se desbordaron las gestiones a favor de Martínez Veira, sobre todo las poderosas influencias del Palacio Episcopal, que abrieron los ojos a muchos republicano de buena fe y a la opinión, en general, logrando que un verdadero delito, con agravantes de premeditación, alevosía y otros más, se convirtiera en una simple falta que el Juzgado Municipal había de estimar. El caso lo resolvió el juez instructor, don Manuel Torres Requena, de triste memoria, de cuyas otras fechorías había salido indemne merced a la decidida protección del Palacio Episcopal, como su célebre sentencia que dejó solicitando una licencia para que la firmara el juez municipal, que le sustituía en el célebre e inmoral pleito de la Caja de Crespo Rascón, que legó sus bienes a favor de los campesinos salamantinos, fundando una Caja de Préstamos a un bajo interés para librarles de la usura. Todo el mundo sabía que aquella sentencia estaba bien convenida, por los litigantes parientes del finado. La anulación de tan vergonzosa sentencia corrió a cargo de la Audiencia y, más tarde, por la definitiva resolución del Supremo. Pero a Torres Requena no le pasó nada y siguió en su Juzgado, para mengua de la Justicia.
Claro es que cuando se celebró el juicio de faltas, yo no acudí, alegando que no me prestaba a la comedia, y tampoco el agresor, acusado por el miedo que le dominaba y que, como he dicho, le impedía salir a la calle.
A propósito de la conducta del juez de instrucción, voy a reportar el hecho a que antes me refería, cuyo escándalo de todos conocido motivó gran revuelo en la judicatura, por el manifiesto caso de dolo cometido por el citado funcionario.
Salamanca, provincia esencialmente agrícola y ganadera, era víctima también del latifundio, con sus funestas consecuencias producidas por el absentismo de los propietarios y por el cacicato feudal de sus administradores, de una parte, y, por otra, de la usura, ejercida con cruel libertinaje sobre los agricultores, sometidos todos a la arbitrariedad y el abuso de los prestamistas, con gran perjuicio de la producción.
Tan doloroso cuadro impresionó a un gran patricio, aristócrata, que observaba en Salamanca, donde residía con una vida retraída, aunque no inactiva o parasitaria.
Aquel prócer, el conde de Crespo Rascón, con una absoluta reserva legó su fortuna a la fundación, después de su muerte, de un banco agrícola59 que llevaría su nombre, dedicado a hacer préstamos a los pequeños labradores a un interés mínimo y llevadero, con un espíritu de humanismo ejemplar, puesto que en una de las cláusulas de la fundación se disponía que en casos determinados el préstamo se pudiese conceder sin interés alguno.
Tamaña obra social se hizo con tal secreto que de ella no se tuvo el menor conocimiento, ni de sus más íntimos, hasta que no se abrió el testamento a su muerte, con gran sorpresa de todo el mundo, sobre todo de sus parientes, más o menos allegados, que esperaban su deceso, como agua en mayo, para repartirse su jugosa herencia que creían segura.
De ello surgió un pleito que duró varios años y en el que se emplearon toda clase de argucias y habilidades judiciales por parte de los parientes, que pretendían inhabilitar al testador, pero enfrente estaba la opinión que defendía el derecho de los labradores y la libre disposición de su benefactor, figurando, en este sentido, varias entidades, entre ellas el Patronato nombrado por el fundador de la Dirección General de Beneficencia, con varias entidades agrícolas, entre ellas la Provincia, y figurando, como principal líder, mi compañero y jefe, don Agustín Bullón de la Torre, que en aquel asunto derrochó entusiasmo y tesón, vigilando y deshaciendo las mil intrigas de los parientes, provocando otros tantos fracasos de las argucias de la parte contraria.
La principal que esgrimían estos era la de retardar el proceso del pleito, que dormía en el Juzgado salamantino meses y meses, en su periodo de Primera Instancia, con la manifiesta complicidad del juez ya mencionado, pleito que contaba ya por las incidencias por miles el número de folios.
Pero un buen día, el titular del Juzgado, Sr. Torres Requena, pidió, como ya he dicho, una licencia, siendo sustituido por el juez municipal, quien el mismo día en que se hizo cargo del Juzgado dictó y firmó sentencia en dicho pleito, claro es, que a favor de los que se llamaban herederos.
El escándalo que se produjo, no es para describirlo. Lo burdo y descarado del hecho motivó la general protesta, que produjo la inmediata destitución del juez municipal y anulada la licencia concedida al de instrucción. No menos reclamaba la indignidad que suponía el que, en unas horas, un juez municipal que veía el pleito por primera vez, desconociendo, por lo tanto, para él con sus complicaciones numerosas y sus miles de folios, pudiera en tan contadísimas horas estudiarlo y dictar sentencia, para cuya sola redacción no podía justificarse tiempo material.
La coartada era clarísima hasta para el más negado, saturada de cinismo, puesto que se veía, meridianamente, que el juez propietario y venal dejó redactada la sentencia, en combinación con el municipal, para que este la firmase bajo su responsabilidad siempre, menor a la de aquel, su verdadero autor. Naturalmente que la Audiencia Territorial de Valladolid y, después, el Tribunal Supremo, fallaron a favor de la legalidad del testamento y desde entonces funciona con todos sus beneficios a [….]
[Dos hojas desaparecidas en el original]
[…]
–Las mil pesetas –le dije– están apostadas porque tengo la seguridad de ganárselas. Vamos a hacer el experimento que usted crea, más difícil, o con la condición de jugar limpio, por ambas partes; yo respondo de mi buena fe y espero que usted corresponderá en la misma forma; pero cónstele a usted que no tengo el menor interés en convencerle.
–Pues yo sí –me dijo–, y ahora mismo vamos a verlo.
Y sus dos amigos me acompañaron a los billares, que estaban en el fondo del edificio que daba a la calle paralela, mientras preparaban el experimento en el salón del café. Una vez preparados nos dieron una voz y, conducido por sus amigos, mis vigilantes, aparecí con los ojos vendados en el salón. Llamé al descreído, coloqué los dedos de su mano izquierda sobre el dorso de mi derecha, recomendándole que no hiciera la menor presión y que se limitase a pensar lo que debía hacer, dejándose llevar por mí.
Seguidamente y a toda prisa me encaminé hacia uno de los divanes del café, levantándose los que lo ocupaban y, detrás del respaldo, metí la mano y saqué una cartera que había sido colocada precisamente por el «interfecto», que se quedó pasmado, y sin decir una palabra, la abrió para darme las mil pesetas.
–Nada de eso, amigo –le respondí, retirándole la mano–. Yo le dije que tenía la seguridad de ganárselas, y yo no timo a nadie, dado que, en otra forma, yo jugaría con ventaja y ese no es juego limpio; solo me queda la satisfacción de haberle convencido. Soy un caballero que vive de su profesión y no un mago que especula con esto, que, sin serlo, puede usted apreciarlo, como una habilidad, aunque es cosa más seria de lo que puede usted creer.
Por aquella época, hubo en la Mancha una verdadera catástrofe, motivada por una inundación que arruinó y causó gran número de víctimas, especialmente en un pueblo llamado Consuegra, en la provincia de Toledo.60 Aquella desgracia conmovió a toda España, y Salamanca no había de ser menos que otras capitales en buscar los medios posibles para allegar recursos, en la suscripción nacional que abrió en favor de los damnificados, y los periodistas nos apercibimos para iniciar y organizar actos de atracción, esencialmente prácticos, para que el público contribuyese lo más posible a la suscripción que entre todos los sectores, espontáneamente, se inició, y que nuestra ciudad quedase, entre todas las de España, en una situación airosa en el patriótico y altruista movimiento tan humano, como era el que en toda España se buscaba.
No dejaba de ser un problema el de unificar criterios y reunir a los redactores de periódicos de tan opuestas ideas y de psicologías tan distintas que habían creado odios profundos, hasta en el terreno personal, cuya violencia no había desaparecido hasta el extremo de que, además de negarnos el saludo, nos lanzábamos, sin excepción, miradas patibularias.
Sin embargo, la parte liberal fue la primera que tuvo la iniciativa después de algunas reuniones, invitando a la contraria en tal forma que respondió inmediatamente a la llamada, conviniendo en reunirnos por una causa que no solo a nosotros interesaba, sino a todo el pueblo salamantino.
Convinimos día y hora para reunirnos en la redacción de un periódico de la cuerda contraria, pero antes convinimos en reuniones previas en la conducta de avenencia que habíamos de seguir, para no dar el menor motivo para que se nos tildase de intransigentes, una vez que la importancia del objetivo que perseguíamos debía alejar todo aquello que nos había dividido, como todo el mundo conocía, sin que ningún bando pudiera evitar el profundo abismo que nos separaba.
Realmente, esa preocupación era necesaria una vez que Salamanca entera, a la que habíamos ganado, miraba atenta el desarrollo de los acontecimientos, que exigían una unanimidad en la acción, una beneficiosa competencia entre ambos bandos, para llegar al éxito deseado. Sin embargo, surgió un incidente que gracias a la obligada prudencia, por parte de todos, pudo haber dado al traste con la necesaria armonía, provocado por una propuesta al iniciarse las conversaciones del canónigo don Nicolás Pereyra, director de la Semana Católica, de celebrar una misa en la Catedral en sufragio de las víctimas de la catástrofe y hacer una colecta a la salida entre los fieles, como se hace en Semana Santa por las Ánimas del Purgatorio.
Yo expuse que, según mi criterio, aquello desde el punto económico no reportaría gran resultado, suscitándose un diálogo un tanto violento entre el proponente y yo, que felizmente cortaron los compañeros a tiempo para evitar que la reunión terminase, al comenzar, como el rosario de la aurora. Se aprobó al fin la proposición del canónigo, como asimismo la mía, de organizar un espectáculo en el teatro del Liceo, con varios números de variedades y de música clásica, recabando para mí uno de los números del programa, que consideraba de gran atracción, consistente en varios experimentos de adivinación del pensamiento.
El mismo día de la función, como demostración de la curiosidad general que reinaba en toda la ciudad, me encontré con un gran amigo mío, joven como yo, Gaspar Alba, hijo del senador don Claudio, del mismo apellido y hombre mayor prestigioso, que al verme en la plaza Mayor me preguntó si era verdad lo que yo hacía, y que si se convencía, a la noche de ello, me convidaba a un almuerzo.
–Pues veslo preparando, con un buen menú –le dije–, y para ver que me lo gano, prepara una cosa, la más difícil que se te ocurra, porque lo voy a hacer contigo mismo. Y así quedamos.
Y en efecto, al poco de haberse abierto la taquilla, durante todo el día, se vendió todo el billetaje, no solamente por el humanitario objetivo que se perseguía, sino por la curiosidad que mi número había despertado, por haber corrido por toda la ciudad la noticia de mis experimentos, llamando sobre todo la atención la velocidad y la perfección con las que los realizaba, invitándose como médiums a personas de reconocida respetabilidad y a los que se presentaban como escépticos, entre ellos Gaspar Alba, elegidos con anuencia del público mismo que llenaba el teatro, ocupando los palcos las más distinguidas familias salmantinas.
Las ovaciones que se me dedicaron fueron a la terminación de cada experimento.
Excuso decir que la recaudación obtenida representó la más importante partida que figuró entre los ingresos de la suscripción, y muy superior a la de la Catedral.
No exagero al afirmar, que, al día siguiente, no hubo casa ni sitio de reunión donde no se comentaran mis experimentos de adivinación del pensamiento, que contribuyeron a ampliar mi popularidad.
16 FRENTE A LOS JESUITAS
Desde luego que, por mi preparación ideológica, sostenida con el ardor de mis juveniles años, hube de ponerme, frente a frente, ante todas las representaciones clericales, sin pensar ni tomar en cuenta la influencia medieval que ejercían tradicionalmente en Salamanca, ni las fatales consecuencias que pudieran sobrevenirme, simplemente por estar convencido de que su hegemonía en la vida local y nacional constituía un gran peligro para España, como luego confirmaron los hechos, al derrumbarse la Segunda República, apoyándose en la traición y en el perjurio de unos militares indignos, capitaneados por uno de ellos, ambicioso y cretino, para apoderarse de la vida económica, principalmente, de la nación y de la conciencia de sus juventudes, a costa de la ruina de España y de millones de muertos, de sus hijos, tanto en la guerra fratricida como en los asesinatos vesánicos, inducidos y aprobados por el clero, con los propios de las represalias, después de terminar la guerra, que sobrepasaron el medio millón, cebándose principalmente en los intelectuales, maestros, catedráticos, periodistas, ingenieros, literatos, etc., para quedar como absolutos dueños de la vida nacional, compartiendo el botín y la rapiña, sin mirar sus responsabilidades, en el partido de bandoleros que representa la Falange y el Ejército sin honor. Culminando todo en el indigno Concordato,61 cuya firma, por parte de Roma, no he llegado a explicarme por considerarla como un resbalón, con honores de suicidio, por parte de la Iglesia en España, por la segura y real reacción que producirá en todas las regiones españolas en cuanto vuelva la normalidad, porque tan vergonzoso documento, por lo que tiene además de torpe, ni siquiera merece ser denunciado diplomáticamente, sino abolido violentamente por parte del pueblo y del primer Gobierno que lo represente, sin que al clero español le quede el menor recurso de defensa ante la justificada ira popular.
La influencia clerical especulativa en Salamanca se la repartían, en seráfica y sorda lucha, en su totalidad la camarilla episcopal, la orden dominicana y la Compañía de Jesús, esta con mayor intensidad que las otras dos juntas, debido a su magnífica y maquiavélica organización de espionaje, encargada a mujeres de modesta condición y de ampulosa religiosidad, cuyas vidas desde el punto de vista económico eran un verdadero misterio, y de hombres, en la misma forma, todos ellos de hábil intromisión en los hogares familiares. Unas y otros se daban maña para introducirse y relacionarse en las casas indicadas por los RR. PP. de la compañía, instalados en la iglesia de la Clerecía, para lograr averiguaciones convenientes a los tenebrosos intereses de aquella. Y era de ver a las puertas de la mencionada iglesia, a las cuatro de la madrugada, hora en que se abría el templo, el numeroso grupo de esos agentes acompañados cada cual de su farolito, desparramándose por sus naves, arrodillándose en turno ante los diversos confesionarios, fingiéndose penitentes, para dar cuenta al jesuita que lo ocupaba de las gestiones del día anterior, cuyas informaciones pasaban, luego, al informe y a los ficheros, recibiendo nuevos encargos para el día.
Creía al principio que lo más eficaz era preparar los medios más apropiados para quebrantar la influencia jesuítica, habiendo pasado bien las dificultades de la lucha, mucho más conociendo los medios y sistemas que dicha orden emplea sin tener en cuenta su calidad moral, por injustos que sean. Había leído El judío errante de Eugenio Sué y otros libros aparecidos entonces, uno de P. Fita, S. J., cuya lectura llegó a hacerse muy difícil desde que apareció, porque la Compañía se adelantó a comprar la edición casi entera, lo mismo que hizo, poco después, con el de Pérez de Ayala, titulado Los jesuitas de puertas adentro, o un barrido hacia afuera en la Compañía de Jesús.62
Los jesuitas, al parecer, no daban señales de vida respecto a mí, pero yo estaba convencido de que planeaban algún golpe que para mí hubiera sido muy doloroso si lo hubieran podido consumar.
Pero, antes de continuar, voy a daros cuenta de cómo conocí a la que luego había de ser vuestra madre y fiel compañera mía.
A principio de mi estancia en Salamanca, en el terreno particular tenía muy pocos amigos, siguiendo los consejos de mi madre, de que amigos pocos y buenos, si es posible, uno solo. Los que tenía eran jóvenes, de mi edad poco más o menos, asiduos en su mayoría a la biblioteca donde yo prestaba mis servicios. Un buen día se atrevió a saludarme un joven alto y muy rubio, cuya fisionomía desde la primera vez que me pidió un libro en el salón de lectura no me era desconocida, quien al devolverme el libro me dijo:
–¿No se acuerda usted de mí?
–Sí, le recuerdo –le contesté–, y creo haberle visto, alguna vez, en la Universidad de Madrid.
–Justamente. Usted me conoció vestido de uniforme del Regimiento Montado de Artillería, y algunas veces, bastantes, iba a la Universidad a reunirme con el cabo Pedro Sánchez Barquero, compañero de estudios de usted, y en más de una ocasión usted salió con nosotros al acabar las clases.
–Exacto –contesté–. ¿Y qué hace usted por aquí?
–Pues, ahora, nada. Estoy con mi familia, pues hace poco cumplí el servicio. Por eso vengo a la biblioteca con tanta asiduidad, a leer, por pasar el tiempo.
Total, que «pegamos la hebra» un buen rato, haciéndonos desde aquel momento buenos amigos, y, por medio de él, entablé más adelante amistad con otros, que lo eran suyos, entre los que recuerdo a uno, llamado Luis de San Segundo, que vivía con su mamá y con una hermana, afamada bordadora, a la que ayudaba su hermano con magníficos dibujos, reveladores de sus extraordinarias condiciones en esa especialidad artística.
Un día mi amigo Ángel Iglesias, que así se llamaba el compañero de Sánchez Barquero, me invitó a una fiesta familiar que se celebraba en su casa con motivo de ser la onomástica de una de sus hermanas, adonde acudirían otros amigos con sus hermanas, y pasaríamos la tarde con un poco de baile, rogándome, además, que llevase el acordeón. Ya he dicho anteriormente que, a la sazón, me había convertido en un «virtuoso» en el dominio de tal instrumento, de lo que eran testigos muchas señoritas a quienes, a media noche, íbamos a dar serenata algunos estudiantes de mi edad, de los que nos reuníamos en la peña del café, que tocaban guitarras y bandurrias, acompañándome en los valses, polcas, mazurcas y pasodobles que salían de mi «fuelle», deleitando a tantas chicas que se levantaban de la cama a altas horas para asomarse, púdicamente, a través de los visillos del balcón, y a cuya casi totalidad de ellas yo no conocía.
Me presenté a la hora convenida en casa de mi amigo Ángel, muy concurrida ya de jóvenes de ambos sexos, con una colección de lindezas que no podían disimular su curiosidad a mi llegada y la buena impresión que les generó mi presencia. Yo me encontraba un poquito azorado porque era la primera vez en mi vida que asistía a una reunión de esa clase. Después de que Ángel les hizo mi presentación, empezando por sus hermanas, María y Micaela, empezó la fiesta, organizándose un animado baile, sostenido por las incansables teclas de mi acordeón, que duró horas y horas que se deslizaban sin darnos cuenta, pero del que yo no podía participar más que de «Visu», contemplando cada una de las parejas que desfilaban, ante mí, atado a mi instrumento. Hubo sus juegos de prendas, inocente diversión, entonces muy en boga, endulzados en todos sus intervalos con exquisitos dulces y pastas, denunciadores de las habilidades reposteras de las bellas y simpáticas anfitrionas, de las que una de ellas era morena, de grandes ojos, atractivos, y de dulce mirada, muy bien hecha, un tipo verdaderamente atractivo, tanto por sus modales como por su conversación sencilla y franca, que me infundieron cierta impresión que ya no me abandonó desde entonces, sino que, por el contrario, se acrecentaba cada día.
Una tarde me atreví a preguntar a Ángel si su hermana María tenía novio, diciéndome que la hacía carantoñas un muchacho gallego, llamado Alfredo, perteneciente a una familia recién llegada de Galicia y cuyo padre, militar retirado era amigo y compañero del suyo, don Julián, a quien yo no conocía aún, porque el día de la fiesta no le vimos en la casa; pero me añadió que su hermana se negaba a las relaciones que le pedía, porque además de no ser su tipo era un niño bien, sin oficio ni beneficio, cuyo porvenir no ofrecía la menor garantía de seriedad en unas relaciones formales.
Entonces me lancé con una carta muy lacónica, aunque no falta de algo de romanticismo de principiante en esas lides, pidiéndole una cita, si admitía la probabilidad de mis formales pretensiones.
Y, a los dos días, recibía la esperada respuesta en la que me señalaba, después de darme las gracias, día y hora para la primera entrevista, en la que tanto ella como yo hicimos un verdadero alarde de exacta puntualidad, pues en cuanto llegué frente a su casa, aparándome ante su balcón con objeto de iniciar mi incipiente papel de «cadete», se abrió uno de los balcones apareciendo ella.
Después de los mutuos saludos a los que obligaba la cortesía y no exentos de emoción por ambas partes, habló ella, la primera, para decirme que correspondía gustosa a mi petición y que agradecería, sin que ello supusiera otra cosa, sobre esas relaciones cuya formalidad dependería de nuestro mutuo conocimiento.
Eso de la formalidad y de la seriedad de que usted me habla la garantizará mi caballerosidad y mi palabra, dependiendo por lo tanto de su manera de apreciarla. Yo vengo tras unas relaciones formales, con el objeto de que culminen, de ser posible, en casarme con usted.
Así terminamos nuestra primera entrevista, tan corta como enjundiosa, citándonos para el día siguiente a la misma hora, interrumpiendo esa tarde nuestro plácido diálogo callejero, yo desde la calle y mi novia desde el balcón, el referido galleguito, quien se limitó a pasar por mi lado, saludando a María de una manera significativa, demostrando cierta disimulada nerviosidad, siguiendo su camino no sin lanzar una mirada a ambos, singularmente a la que ya era mi novia.
Cuando terminamos de «pelar la pava», después de enterarme María de quién era el sujeto, al retirarme y llegar a una esquina próxima, me salió al paso el tal Alfredito, fracasado pretendiente, con ánimo de pedirme explicaciones por pretender a una señorita a la que él había pretendido antes que yo.
Yo le contesté con una risotada, concretándome a contestarle que su extraña reclamación a mí no me afectaba y que, por lo tanto, la ventilase con ella, siguiendo mi camino, dejándole plantado, pero no sin advertirle de que, en lo sucesivo, tuviera en cuenta que aquella señorita a la que pretendió, por su libre voluntad, era mi novia formal.
Al día siguiente, comentando con María lo ocurrido, me corroboró lo que me había referido su hermano, sobre el absoluto rechazo a sus pretensiones por parte de ella, lo mismo que a otros pretendientes que yo ya sabía eran muchos por sus condiciones físicas y morales. Lo que hacía que, entre la gente joven, gozara de generales simpatías y se le considerara lo que se llama «una perita en dulce», y eso que eran muy pocos los que supieran de su ejemplar vida casera y familiar.
Estos hechos dieron motivo a una serie de incidentes en los que el ridículo galleguito me dio ocasiones de tomarle el pelo, gracias a su torpeza y petulancia, que, para su desgracia, transcendió a un sector de la sociedad salamantina con manifiesta hilaridad a su costa.
Mi vida continuaba discurriendo con mi diario trabajo en la biblioteca, que cumplí siempre con la mayor lealtad y entusiasmo, y según creencia general, sobre todo entre los claustrales de la universidad, con no menos competencia y honradez, trascendiendo hasta el extranjero en un artículo publicado en Le Temps de París, por el ya afamado hispanófilo que llegó a gozar de una indiscutible autoridad en la historia de nuestra lengua y en las investigaciones en el estudio de la literatura española, Mr. Raymond Foulché-Delbosc, fundador de la célebre Revue Hispanique, quien relatando sus impresiones durante su reciente viaje por España en la temporada que estuvo en la Universidad de Salamanca, donde tanto él como otro compañero, hablaba del joven bibliotecario de esta, don Manuel Castillo, quien, dentro y fuera de la biblioteca, les había prodigado toda clase de atenciones, facilitándoles su trabajo de investigación, incluso concediéndoles horas extraordinarias para acelerarlo, y acompañándolos, además, por la histórica ciudad para que pudieran admirar, detenidamente, los tesoros artísticos de que está dotada, sobre todo en arquitectura plateresca, de la que sus numerosos monumentos constituyen un verdadero museo.
La característica que ha informado todas mis actividades ha sido la metodicidad a que me acostumbraron en el colegio y que he procurado conservar durante toda mi vida. Después de almorzar iba al café Suizo, generalmente con un compañero de hospedaje, un bilbaíno, solterón de tipo y carácter inglés, con su a veces inagotable spleen, y que residía en Salamanca con motivo de haber heredado una fábrica de jabón de un tío suyo, al frente de la cual hubo de ponerse, pero a la que poco caso hacía, pues escasamente iba a dar una vuelta cada día, dejándola en manos de los obreros que al cabo de unos cuantos años ayudaron al nuevo amo a liquidarla. Después de tomar café nos íbamos a dar un paseo hasta que llegaba la hora de acudir a casa de mi novia, a la hora convenida con ella y con su papá, cuyo permiso había solicitado por no poder resistir el papelito de «cadete». Allí me pasaba una hora de tertulias, que reanudaba después de la cena, hasta las diez, en que se daba por terminada la velada, y volvía al café, o iba al teatro, adonde llegaba siempre cuando había terminado el primer acto, y, tras un par de las clásicas vueltas a la plaza, me retiraba a mi casa de huéspedes hasta el siguiente día para pasar toda la mañana cumpliendo mi misión en la biblioteca.
Los domingos por la tarde mi novia quebrantaba su manía casera, que no abandonó nunca, y salíamos a dar un paseo con su hermana y sus amigas.
Pues bien, los jesuitas, que por su bien organizada policía conocían perfectamente mis pasos, sabían lo «colado» que yo estaba por mi novia y consideraron mi coladura como punto vulnerable, no sé si para tomar represalias o con la esperanza de lograr un cambio en mi actitud, intentando esto por dos veces, aunque sin fortuna.
Una tarde, al llegar a casa de mi novia me vi dolorosamente sorprendido por una inesperada repulsa, verdaderamente airada, de esta, reforzada por su hermana, anunciándome la primera la ruptura de nuestras relaciones, manifestándome como causa que mi madre había hablado mal de ellas diciendo que cosían para afuera. Aguanté aquel primer chaparrón, desmintiendo desde un principio la farsa, pues mi madre no conocía a mi novia más que por un retrato que yo le había enseñado en unas vacaciones navideñas, en El Vellón, no teniendo otros motivos para juzgarlas que las noticias que yo le daba, propias de su hijo, enamorado hasta las cachas, y me redije a preguntarles, después de tranquilizarlas un poco, quién era la persona que les había ido con tan disparatado cuento, negándose ambas a decírmelo, coligiendo yo, de ello, el origen y la trama de la intriga, que olía a confesionario que transcendía, apresurándome, en mente, a la lucha y a iniciar mi plan.
Bien –les dije–, el no quererme decir el nombre del autor de este chisme, urdido donde me sospecho, lo considero como un pretexto para dar terminadas nuestras relaciones quedando a salvo, en primer lugar, mi seriedad, una vez que yo soy quien ha mantenido su palabra, y en segundo, porque no puedo tolerar que a mi madre se le achaquen cosas que es incapaz de hacer. Como soy un caballero, no puedo marcharme hasta que venga el papá, a quien pedí permiso para entrar en esta casa como novio tuyo, de la que no puedo salir sin darle una explicación de lo ocurrido, saliendo entonces cual me corresponde, o sea, de la misma manera en que entré.
En esto, sentimos los pasos de su padre que regresaba a casa, y al ver, ellas, que me disponía a cumplir delante de ellas mi propósito, mi novia me dijo por lo bajo: «No digas nada a papá, porque yo te diré quién es».
Y, al marcharme, me dijo que había ido a visitarlas aquella tarde el ama de llaves de un amigo y compañero de su papá, familiar retirado, y sin familia. Aquella individua figuraba entre las beatas que en la primera misa de la Clerecía iban a tomar de los padres jesuitas el santo y seña de su respectivo confesor. «Pues yo te aseguro –le dije al despedirme– que esta misma noche no me acuesto hasta no desenredar este lío».
Salí a la calle. Y me dirigí a la casa de una íntima amiga de la beata, que había sido patrona mía, la cual hubo de cantar de plano al achacarle yo a ella ser la autora de la intriga en que se había puesto en tan mal lugar a mi madre, que vivía a tantas leguas de Salamanca.
Total, cuando volví después de la hora de la cena aproveché unos momentos para dar cuenta, a mi novia y a su hermana, de mis gestiones y de su resultado, añadiéndoles que, por mi antigua patrona, había yo mandado un recado a la interfecta que le daría al día siguiente: que en el momento en que yo supiera que se volvía a meter o a ocupar de mí, o que intentara poner los pies en casa de mi novia, la retorcería el pescuezo, y dirigiéndome a mi novia le dije:
Ahora que está todo aclarado, puedes decidir si continuamos o no nuestras relaciones. Por mi parte, sostengo la palabra que te di desde un principio, pero con la condición de que no recibirás jamás a esa demandadera de los jesuitas, a la que ya he mandado la receta, si pretende venir aquí, porque, en el momento en que la recibáis o habléis con ella, seré yo quien romperá nuestras relaciones definitivamente, aunque me duela mucho por entender incompatible con ellas ese trato que no nos dejará tranquilos.
Mi medida fue radical. La individua, después de mucho tiempo, fue un día a casa de mi novia, a la que le dio acceso la criada; pero a poco de llegar, según supe después, llamaron a la puerta, y creyendo que pudiera ser yo corrió, llena de pánico, a esconderse. Luego resultó que quien llamaba era el cartero, pero en cuanto se enteró se marchó inmediatamente y no volvió más.
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