Читать книгу: «El hombre del balcón»
Título original: Mannen på balkongen
© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1967.
© de la traducción: Martin Lexell y Manuel Abella, 2008.
© de esta edición digital: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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CODI SAP: OEBO264
ISBN: 9788490067154
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Índice
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El sol salió a las tres menos cuarto.
Hora y media antes, el tráfico se había ido reduciendo hasta cesar por completo. Simultáneamente, se fue acallando el rumor de los últimos clientes de los restaurantes, en su camino de vuelta a casa. Los camiones de la limpieza habían pasado barriendo las calles, dejando tras de sí oscuras manchas de humedad en el asfalto. Una ambulancia atravesó aullando la larga calle recta. En silencio, pasó despacio un coche negro con los guardabarros blancos, una antena en el techo y la palabra POLICÍA cruzada sobre las puertas laterales, en mayúsculas. Cinco minutos más tarde pudo oírse un frágil tintineo mientras alguien rompía el cristal de un escaparate con la mano enguantada; poco después, un ruido de pasos correteando y un motor que arrancaba en una calle lateral.
El hombre del balcón había observado todo esto. El balcón era de tipo ordinario, con barandillas tubulares de hierro y piezas laterales de chapa corrugada. De pie, con los brazos apoyados en la barandilla, la brasa de su cigarrillo se vislumbraba como un pequeño punto rojizo en la oscuridad. A intervalos regulares, apagaba su cigarrillo, con cuidado sacaba de la boquilla de madera una colilla de apenas un centímetro de largo y la colocaba junto a las demás. Ya había diez colillas pulcramente alineadas a lo largo del borde del platillo, sobre la pequeña mesa de jardín.
Ahora reinaba el silencio, si cabe hablar de silencio en una noche tibia de comienzos de verano en una ciudad relativamente grande. Faltaba todavía un par de horas para que aparecieran los vendedores de periódicos, arrastrando sus cochecitos infantiles remodelados, y la primera mujer de la limpieza, camino del trabajo.
La media luz fría y gris del amanecer se dispersaba despacio; los primeros resplandores del sol, todavía vacilantes, iban escalando los bloques de cinco o seis plantas, reflejándose en las antenas de televisión y las cilíndricas chimeneas sobre los tejados del otro lado de la calle. Luego, el campo de luz cayó sobre los propios tejados de chapa y se desplazó rápidamente hacia abajo, deslizándose por los canalones y a lo largo de las paredes de ladrillo enlucido, cubiertas con hileras de ventanas cerradas, la mayoría de ellas, con estores bajados o persianas venecianas.
El hombre del balcón se inclinó hacia delante para observar a lo largo de la calle. Esta se extendía de norte a sur, larga y recta, lo que le permitía abarcar con la mirada una extensión de más de dos mil metros. En el momento de su construcción había sido una de las calles más elegantes, orgullo y gala de la ciudad, pero de esto hacía ya cuarenta años. La calle tenía más o menos la misma edad que el hombre del balcón.
Aguzando la vista, pudo divisar una sola figura, muy a lo lejos. Quizás, un agente de policía. Por primera vez en muchas horas entró en el piso, cruzó la única estancia y pasó a la cocina. Había tanta claridad que no hacía falta encender la luz eléctrica. A decir verdad, no la usaba mucho, tampoco durante el invierno. Abrió el armario de la cocina, sacó una cafetera esmaltada, midió una taza y media de agua y dos cucharadas de café poco molido. Puso la cafetera en el fogón, prendió fuego a una cerilla y encendió la llama de gas. Tocó la punta de la cerilla con las yemas de los dedos para asegurarse de que se había enfriado, luego abrió el armario del cubo de la basura y echó la cerilla quemada a la bolsa. Permaneció junto a la cocina hasta que hirvió el café, luego apagó el gas y se fue al baño a orinar, mientras esperaba a que bajaran los posos del café. No tiró de la cadena para no despertar a los vecinos. Volvió a la cocina, vertió cuidadosamente el café en la taza, cogió un terrón de azúcar del paquete medio vacío que había en el fregadero y una cuchara del cajón. Luego se llevó la taza al balcón, la dejó sobre la mesa de madera barnizada y se sentó en la silla plegable. El sol estaba ya bastante alto e iluminaba las fachadas del otro lado de la calle, hasta las plantas más bajas. Sacó del bolsillo una cajita niquelada de rapé, desmenuzó las colillas una tras otra, dejando que las pavesas de tabaco se filtraran entre sus dedos hasta la cajita redonda, estrujó las papelinas en pelotitas del tamaño de un guisante y las puso en el platillo de porcelana desconchado. Removió el café y lo sorbió muy despacio. Una vez más, se oyeron las sirenas a lo lejos. Se levantó y siguió la ambulancia con la mirada, mientras el aullido crecía y luego volvía a debilitarse. Transcurrido un minuto, la ambulancia era ya solo un pequeño rectángulo blanco, que giró a la izquierda en el extremo norte de la calle, desapareciendo de su campo visual. Volvió a sentarse en la silla plegable y se puso a remover distraídamente el café, que se había enfriado. Permaneció quieto, escuchando cómo despertaba la ciudad a su alrededor, en un primer momento, de manera indecisa y desganada.
El hombre del balcón era de estatura mediana y constitución normal. Tenía un rostro corriente y vestía una camisa blanca sin corbata, pantalones de gabardina marrones sin planchar, calcetines grises y zapatos negros. El pelo ralo, peinado hacia atrás; la nariz, prominente y los ojos, azul grisáceos.
Eran las cinco y media de la mañana del 2 de junio de 1967. En la ciudad de Estocolmo.
El hombre del balcón no tenía la sospecha de estar siendo observado. A decir verdad, no tenía impresión alguna. Pensó que más tarde se prepararía unas gachas de avena.
La calle empezaba a llenarse de vida. El tráfico se intensificaba y la fila de coches que esperaba ante el semáforo en rojo se iba haciendo cada vez más larga. La furgoneta de una panadería pitó con crispación a un ciclista que, sin hacer caso, había irrumpido en el centro de la calzada. Dos coches que venían detrás tuvieron que frenar en seco.
El hombre se levantó, apoyó los brazos en la barandilla y bajó la mirada a la calle. El ciclista reculaba nervioso hacia el borde de la acera, fingiendo no oír los insultos que le dirigía el repartidor del pan.
Por las aceras, los escasos transeúntes caminaban apresurados. Bajo el balcón, un par de mujeres con vestidos claros de verano charlaba al lado de la gasolinera. Junto a un árbol situado un poco más allá había un hombre paseando a un perro. Tiraba de la correa con impaciencia, pero el perro salchicha continuaba olisqueando en torno al árbol, haciendo caso omiso.
El hombre del balcón se incorporó, se pasó la mano por el pelo ralo y metió las manos en los bolsillos. Eran ahora las ocho menos veinte y el sol ya estaba en lo alto. Alzó la vista al cielo, donde un avión trazaba una estría de lana blanca, formando un arco por encima de los tejados. Luego volvió a fijarla en la calle, mientras observaba a una señora mayor de pelo blanco, vestida con un abrigo azul claro, que estaba ante la panadería de la casa de enfrente. Rebuscó en su bolso durante un buen rato, hasta que consiguió encontrar la llave que abría la puerta. Vio cómo la mujer la extraía, volvía a introducirla en la cerradura, esta vez por el lado de dentro del local, y cerraba la puerta tras de sí. Un estor blanco permanecía bajado tras el cristal de la puerta, con el texto de CERRADO.
Al mismo tiempo que la puerta se cerraba, se abrió el portal contiguo a la panadería y salió al sol una niña pequeña. El hombre del balcón dio un paso hacia atrás, sacó las manos de los bolsillos y se quedó completamente quieto, con la mirada clavada en la niña que se encontraba abajo, en la calle.
Aparentaba tener unos ocho o nueve años y llevaba una cartera roja a cuadros. Vestía una falda corta de igual color, jersey a rayas y una rebeca también roja, de mangas demasiado cortas. Calzaba zuecos negros, que hacían que sus largas y delgadas piernas parecieran aún más largas y delgadas. Al salir a la acera, torció a la izquierda y echó a andar lentamente, con la cabeza gacha.
El hombre del balcón la siguió con la mirada. Tras recorrer unos veinte metros la niña se detuvo, levantó la mano contra el pecho y permaneció un rato en esa posición. Luego abrió la cartera y empezó a rebuscar en ella; dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Acto seguido echó a correr y entró apresurada en el portal, sin cerrar la cartera.
El hombre del balcón se quedó inmóvil viendo cómo el portal se cerraba tras la niña. Pasaron varios minutos hasta que nuevamente volvió a abrirse y la chiquilla salió. Ahora llevaba la cartera cerrada y caminaba con pasos más apresurados. Su pelo rubio estaba recogido en una coleta, que oscilaba contra su espalda. Al llegar al final de la manzana, dobló la esquina y desapareció.
Eran las ocho menos tres minutos. El hombre se dio la vuelta, entró en el piso y pasó a la cocina. Bebió un vaso de agua, limpió el vaso, lo puso en el escurreplatos y regresó al balcón.
Se sentó en la silla plegable y apoyó el brazo izquierdo sobre la barandilla. Encendió un cigarrillo y, mientras fumaba, dirigió la mirada a la calle.
2
El reloj de pared eléctrico marcaba las once menos cinco. Según el calendario que había en la mesa de Gunvald Larsson, era viernes, 2 de junio de 1967.
Martin Beck estaba en el despacho por casualidad. Acababa de entrar y dejó su maleta en el suelo, al lado de la puerta. Luego saludó, puso el sombrero junto a la garrafa, encima del archivador, tomó un vaso de la bandeja y, tras llenarlo de agua, apoyó el codo en el archivador mientras se disponía a beber. El hombre sentado al otro lado de la mesa lo miraba descontento y le dijo:
—¿También ellos te han enviado aquí? ¿Qué hemos hecho mal esta vez?
Martin Beck tomó un trago de agua. Luego dijo:
—Supongo que nada. No te preocupes, solo he subido a ver a Melander. Le he pedido un favor. ¿Dónde está?
—En el váter, como siempre.
Esta peculiar capacidad de Melander de hallarse constantemente en el retrete era una vieja broma que solían gastarle. Pese a todo, y aunque quizá contuviera un punto de verdad, Martin Beck, por alguna razón, se sentía molesto.
Sin embargo, como solía hacer la mayoría de las veces, se guardó la irritación para sí. Contempló tranquilamente al hombre de la mesa con mirada inquisitiva y luego le preguntó:
—¿Qué te ocurre?
—¿Tú qué crees? ¡Los robos, qué va a ser! Anoche hubo otro en Vanadislunden.
—Ya me he enterado.
—Un jubilado que paseaba al perro. Fue golpeado por detrás. Llevaba en la cartera ciento cuarenta coronas. Sufre una conmoción cerebral. Sigue ingresado en el hospital de Sabbatsberg. No vio ni oyó nada.
Martin Beck no hizo comentario alguno.
—Es la octava vez en quince días. Ese tipo acabará matando a alguien.
Martin Beck apuró el vaso y lo dejó.
—Si alguien no lo coge pronto —añadió Gunvald Larsson.
—¿Qué quieres decir con «alguien»?
—Joder, la policía. Nosotros. Quien sea. Una patrulla civil de la Sección de Protección del noveno distrito estuvo por allí diez minutos antes.
—¿Y dónde se encontraban cuando sucedió?
—Tomando café en la comisaría. Siempre la misma historia. Si ponemos un policía detrás de cada seto en Vanadislunden, actúa en Vasaparken; y si los ponemos detrás de todos los arbustos de Vanadislunden y Vasaparken, entonces aparece en Ugglevikskällan.
—¿Y si hubiera un policía detrás de cada mata allí también...?
—Entonces, los manifestantes destrozarían el US Trade Center y prenderían fuego a la embajada norteamericana. No tiene gracia, ¿sabes? —dijo Gunvald Larsson con acritud.
Martin Beck lo miró fijamente y contestó:
—No pretendía ser gracioso. Preguntaba solo por curiosidad.
—Ese hombre sabe lo que hace. Es como si tuviera un radar. Nunca hay un policía cerca cuando actúa.
Martin Beck se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.
—Envía...
El otro lo interrumpió enseguida.
—¿Enviar? ¿A quién? ¿A qué? ¿El furgón de los perros? ¿Para que los malditos chuchos maten a mordiscos a la patrulla civil? Por cierto, el viejo de anoche tenía un perro. ¿De qué le sirvió?
—¿Qué tipo de perro?
—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? ¿Acaso debo interrogar al perro? ¿O prefieres que lo traiga hasta aquí para luego mandarlo al retrete, a que lo interrogue Melander?
Gunvald Larsson dijo todo esto en un tono muy serio. Golpeó la mesa con la palma de la mano y añadió con énfasis:
—¡Tenemos a un loco suelto por los parques, asaltando a la gente a golpes, y tú vienes aquí a hablar de perros!
—La verdad es que no fui yo quien...
Gunvald Larsson lo interrumpió enseguida.
—Además, insisto en que ese tipo sabe lo que se trae entre manos. Solo ataca a la gente que no puede defenderse, viejos y viejas... Y siempre por detrás. ¿Cómo dijo uno la semana pasada...? ¡Ah, sí!, que salió de entre las matas como una pantera.
—Solo hay una manera —le señaló Martin Beck suavemente.
—¿De qué se trata?
—Tendrás que salir tú mismo. Disfrazado de persona indefensa.
El hombre de la mesa volvió la cabeza y clavó la mirada en él.
Gunvald Larsson medía un metro con noventa y dos centímetros, y pesaba noventa y ocho kilos. Tenía hombros de boxeador profesional y unas manos enormes, densamente cubiertas por un vello claro. Era rubio, con el pelo peinado hacia atrás, y sus ojos, de un azul celeste, manifestaban descontento. Kollberg solía completar la descripción añadiendo que tenía la misma expresión de un motero.
En este momento, su mirada celeste permanecía fija en Martin Beck como muestra de un descontento mayor de lo habitual.
Martin Beck se encogió de hombros y dijo:
—Hablando en serio...
Gunvald Larsson lo interrumpió enseguida.
—Hablando en serio, no le veo la gracia a todo esto. Estoy metido en uno de los peores casos de robo de mi vida y tú te pones a soltar un montón de comentarios graciosos sobre perros y no sé qué más.
Martin Beck advirtió que el otro, seguramente de forma involuntaria, estaba a punto de lograr algo que muy pocas personas conseguían: irritarlo hasta hacerle perder los estribos. Y aunque era consciente de la situación, no pudo evitar levantar el brazo que tenía apoyado en el archivador y decir:
—¡Ya está bien!
Por fortuna, en ese preciso instante Melander entró por la puerta lateral que daba al despacho contiguo. Iba en mangas de camisa, con la pipa en la boca y una guía telefónica abierta entre las manos.
—Hola —saludó.
—Hola —contestó Martin Beck.
—Recordé el nombre nada más colgar —continuó Melander—. Arvid Larsson. También lo he encontrado en la guía telefónica. Pero no merece la pena llamar. Murió en abril. Por un derrame cerebral. Siguió en el mismo oficio hasta el final. Regentaba un almacén de trastos viejos al sur de la ciudad. Ahora está cerrado.
Martin Beck cogió el listín, echó un vistazo y asintió con la cabeza. Melander sacó una caja de cerillas del bolsillo del pantalón y se puso a encender la pipa con gran ceremonia. Martin Beck avanzó unos pasos y dejó la guía telefónica sobre la mesa. Luego volvió al archivador.
—¿Qué os traéis entre manos? —preguntó Gunvald Larsson con suspicacia.
—Nada especial —respondió Melander—. A Martin se le había olvidado el nombre de un perista al que intentamos atrapar hace doce años.
—¿Lo cogisteis?
—No.
—¿Pero te acordabas?
—Sí.
Gunvald Larsson se acercó el listín. Tras hojearlo, dijo:
—Me pregunto cómo diablos se puede recordar durante doce años el nombre de alguien llamado Larsson.
—Es fácil —replicó Melander seriamente.
Sonó el teléfono.
—Sección primera, oficial de guardia.
—Perdón, ¿qué dice usted, señora?
—¿Cómo?
—¿Que si soy detective? Al habla el oficial de guardia de la primera sección, el subinspector Larsson, de la policía criminal.
—Disculpe, ¿cómo se llama usted?
Gunvald Larsson cogió el bolígrafo del bolsillo de la camisa y anotó una palabra. Luego se sentó con el bolígrafo aún en el aire.
—¿Y de qué se trata?
—Perdón, no la he entendido bien...
—¿Cómo? ¿Un qué?
—¿Un lirón?
—¿Dice usted que hay un lirón en el balcón...?
—¡Ah, un mirón!
—Entonces ¿hay un mirón en su balcón?
Gunvald Larsson apartó la guía telefónica y echó mano del cuaderno. Acercó el bolígrafo al papel. Apuntó unas palabras.
—Sí, entiendo. ¿Qué aspecto dice que tiene?
—Sí, la estoy escuchando. Pelo ralo peinado hacia atrás. Nariz prominente. Vale. Camisa blanca. Estatura mediana, de acuerdo. Pantalones marrones. Sin abotonar. ¿Qué? Ah, sí, la camisa, claro. Ojos azules grisáceos.
—Un momento, señora. Vamos a ver si aclaramos esto. ¿O sea, dice usted que está en su balcón?
Gunvald Larsson miró a Melander y luego a Martin Beck y se encogió de hombros. Mientras seguía escuchando, se hurgaba la oreja con el bolígrafo.
—Perdóneme, señora. Si la he entendido bien, este hombre está en su balcón, el de usted. ¿La ha molestado?
—Ah, no. ¿Qué? ¿Al otro lado de la calle, enfrente? ¿En su balcón, el de él?
—Entonces ¿cómo puede saber que tiene los ojos azules? ¡Muy estrecha ha de ser la calle!
—¿Qué? ¿Usted hace qué?
—Bueno, un momento, señora. Lo único que ha hecho este hombre es estar en su propio balcón. ¿Qué más hace?
—¿Mira a la calle? ¿Y qué pasa en la calle?
—¿Nada? ¿Qué dice? ¿Coches? ¿Niños que juegan?
—¿Por la noche también? ¿Los niños juegan por la noche también?
—Ah, no. ¿Pero está por la noche también? ¿Y qué quiere que hagamos? ¿Enviar a los perros?
—Mire, señora, no hay ninguna ley que prohíba a la gente estar en su balcón.
—¿Informar de un suceso, dice? Dios mío, señora, si todo el mundo informara acerca de esa clase de hechos, necesitaríamos a tres policías por cada ciudadano.
—¿Darle las gracias? ¡Que deberíamos darle las gracias!
—¿Maleducado? ¿Yo he sido maleducado? No, escúcheme, señora...
Gunvald Larsson guardó silencio y se quedó sentado con el teléfono a unos diez centímetros del oído.
—¡Me ha colgado! —exclamó, asombrado.
Al cabo de tres segundos colgó de golpe.
—¡Vete a la mierda, maldita bruja!
Arrancó el papel de los apuntes y limpió cuidadosamente el cerumen del bolígrafo.
—¡La gente está loca! —dijo—. No me extraña que no nos dé tiempo de hacer nada. ¿Por qué no filtran este tipo de llamadas en la centralita? Deberíamos tener línea directa con el manicomio.
—Tendrás que irte acostumbrando —comentó Melander.
Impasible, cogió su listín telefónico, lo cerró y se lo llevó al despacho contiguo.
Acabada la limpieza del bolígrafo, Gunvald Larsson estrujó el papel y lo tiró a la papelera. Echó una mirada malhumorada a la maleta que había junto a la puerta y preguntó:
—¿Te vas de viaje?
—Solo a Motala, un par de días —respondió Martin Beck—. Tengo una cosa que ver por allí.
—¿Ah, sí?
—Como mucho, pasaré fuera una semana. Pero Kollberg regresa hoy. A partir de mañana estará de servicio. Así que no tienes por qué preocuparte.
—No me preocupo.
—En cuanto a los robos...
—¿Sí?
—No, nada.
—Si vuelve a hacerlo dos veces más, le cogeremos —intervino Melander desde el otro despacho.
—Eso es —asintió Martin Beck—. Hasta luego.
—Hasta luego —dijo Gunvald Larsson.
3
Martin Beck llegó a la estación central diecinueve minutos antes de que saliese el tren, así que decidió emplear el tiempo de espera en realizar dos llamadas.
Primero a casa.
—¿No te has ido todavía? —dijo su mujer.
Ignoró la pregunta retórica y se contentó con decir:
—Me alojaré en un hotel que se llama Palace. Creí que debías saberlo.
—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?
—Una semana.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Una buena pregunta. «Por lo menos, no era tonta», pensó Martin Beck.
—Besa a los niños de mi parte.
Meditó un momento y añadió:
—Y cuídate.
—Gracias —contestó ella fríamente.
Colgó y buscó otra moneda en el bolsillo. Había cola delante de las cabinas, y cuando introdujo la moneda en la ranura y marcó el número de la jefatura sur de policía, los primeros de la fila lo miraron de reojo, con fastidio y desconfianza. Pasó algún minuto antes de que se pusiera Kollberg.
—Hola. Solo quería asegurarme de que habías vuelto.
—Muy considerado —dijo Kollberg—. ¿Aún no te has ido?
—¿Cómo está Gun?
—Bien. Bueno, claro, ¡hecha una cabina telefónica!
Gun era la mujer de Kollberg y esperaba dar a luz hacia finales de agosto o principios de septiembre.
—Volveré dentro de una semana.
—Ya me lo han dicho. Por cierto, entonces ya no estaré de servicio por aquí.
Se produjo un silencio. Luego Kollberg añadió:
—¿Y qué se te ha perdido a ti en Motala?
—Ese viejo...
—¿Qué viejo?
—Un chatarrero que se abrasó ayer. ¿No has...?
—Lo he visto en los periódicos. ¿Y qué?
—Pues voy a echar un vistazo.
—¿Es que no pueden resolver solos un simple caso de incendio?
—La verdad es que han pedido...
—Un momento —dijo Kollberg—. Puede que tu mujer se lo trague, pero a mí no me engañas. Además, sé muy bien qué es lo que han pedido y quién lo ha hecho. Vamos a ver, ¿quién es el jefe de la sección de investigación en Motala?
—Ahlberg, pero...
—Exacto. Y también sé que has cogido cinco días de vacaciones la próxima semana. Así que vas a Motala para tomarte unas copas en el Stadshotellet con Ahlberg. ¿A que sí?
—Bueno, pero...
—Buena suerte —concluyó Kollberg cordialmente—. Cuídate.
—Gracias.
Martin Beck colgó. El primero de la cola pasó junto a él sin ningún miramiento, abriéndose paso a codazos. Martin Beck se encogió de hombros y se dirigió a la sala de la estación.
Kollberg tenía razón en parte. El hecho en sí no importaba, pero a pesar de ello le resultaba fastidioso que descubrieran sus intenciones con tanta facilidad. Kollberg y él habían conocido a Ahlberg tres veranos atrás, mientras investigaban un asesinato. La pesquisa fue larga y difícil, y durante ese tiempo llegaron a hacerse buenos amigos. De no haber sido así, con toda seguridad ni Ahlberg habría pedido asistencia a la Dirección General de Policía, ni él mismo hubiese dedicado una sola mañana al caso.
Según el reloj de la estación, las dos llamadas le habían llevado exactamente cuatro minutos, así que aún quedaban quince para la salida del tren. Como siempre, la estación era un hervidero de gente de todo tipo.
Se quedó parado maleta en mano, con una sensación de malestar general. Era un hombre alto, de rostro enjuto, frente ancha y mandíbula fuerte. La mayor parte de quienes lo vieran sin duda lo tomarían por un provinciano atribulado, recién llegado al hormiguero de la gran urbe.
—Oye, tío —le susurró alguien con voz ronca.
Se dio la vuelta y contempló a la persona que acababa de dirigirse a él. Una chica de unos catorce años, con el pelo rubio lacio y un vestido corto de tela estampada al estilo batik. Iba descalza y bastante desaseada. Era algo más joven que su hija y estaba más o menos igual de desarrollada. En su mano derecha, ahuecada, sostenía una tira con cuatro fotografías, que le permitió entrever.
Era fácil averiguar la procedencia de las fotos. La chica había entrado en uno de los fotomatones en la planta de arriba del metro y, tras ponerse de rodillas en el taburete con el vestido subido hasta las axilas, se puso a echar monedas por la ranura.
La orden de cortar las cortinas de los fotomatones a la altura de las rodillas, cursada hacía ya tiempo, no parecía haber resuelto el problema. Miró las fotos y pensó que ahora las crías se desarrollaban antes. Además, pasaban olímpicamente de llevar ropa interior. No obstante, el resultado no estaba muy logrado desde el punto de vista técnico.
—Veinticinco pavos —dijo la niña esperanzada.
Martin Beck miró irritado en torno y descubrió a dos agentes uniformados al otro lado del vestíbulo. Se acercó a ellos. Uno lo reconoció y lo saludó marcialmente.
—¿No podéis controlar a los críos de por aquí? —se quejó Martin Beck enfadado.
—Hacemos lo que podemos, señor comisario.
El policía que contestó era el mismo que lo había saludado, un hombre muy joven de ojos azules y barba rubia, muy cuidada.
Sin responder, Martin Beck se dirigió hacia las puertas acristaladas que daban acceso a los andenes. La chica del vestido de batik se había retirado al otro extremo del vestíbulo y miraba las fotos a hurtadillas, como si sospechara que algo en su aspecto no estaba del todo bien.
Sin duda, no pasaría mucho tiempo antes de que algún idiota le comprara las fotos.
Luego ella se iría a Humlegården o Mariatorget, a gastarse el dinero en pastillas o marihuana. Tal vez, LSD.
El policía que lo había reconocido llevaba barba. Veinticuatro años atrás, cuando Martin Beck ingresó en el cuerpo, los agentes no llevaban barba.
Por cierto, el otro agente, el que iba sin barba, ¿por qué no lo había saludado? ¿Acaso no lo reconocía?
Veinticuatro años atrás, los policías saludaban a la gente que se les acercaba, fueran o no comisarios. ¿No era cierto? Por aquel entonces, las chicas de catorce años no se hacían fotos desnudas en fotomatones para luego vendérselas a comisarios de policía y conseguir un dinero extra para comprar droga.
Por lo demás, estaba descontento con su nuevo título, recibido a principios de año, como también con su nuevo despacho en la jefatura sur, en la ruidosa zona industrial de Västberga. También le disgustaba la desconfianza de su mujer, y el hecho de que alguien como Gunvald Larsson pudiera llegar a ser subinspector primero de la policía criminal.
Martin Beck estaba sentado junto a la ventana, en su compartimento de primera clase, meditando sobre todo ello.
Antes de tomar el túnel en dirección al sur, el tren pasó por el Ayuntamiento y pudo ver el barco de vapor Mariefred, uno de los últimos que aún recorrían Gripsholm, y el edificio de la editorial Norstedt. De vuelta a la luz, contempló el agradable verdor de Tantolunden, un parque que pronto le iba a provocar pesadillas, y escuchó el eco de las ruedas mientras cruzaba el puente.
Cuando el tren se detuvo en Södertälje, Martin Beck se encontraba de mejor humor. Compró una botella de agua mineral y un sándwich de queso, algo pasado, en el cajón de hojalata sobre ruedas que, en la mayoría de los trenes, hacía ahora las veces de vagón restaurante.
4
—En fin —dijo Ahlberg—. Esto fue lo que ocurrió: por las noches hacía algo de frío. El tipo tenía una de esas viejas estufas eléctricas... y la puso junto a la cama. Luego, dormido, se sacudió la manta de encima, que cayó sobre el radiador y empezó a arder...
Martin Beck asintió.
—Parece bastante convincente —prosiguió Ahlberg—. El informe forense nos ha llegado hoy. Intenté llamarte, pero ya te habías ido.
Se encontraban en el lugar del incendio, en Borenshult. Entre los árboles se vislumbraba el lago y la esclusa donde, tres años atrás, había aparecido el cadáver de una mujer. De la casa quemada no quedaba más que los cimientos y la chimenea. Sin embargo, los bomberos habían logrado salvar un pequeño cobertizo.
—Allí dentro hemos descubierto algún que otro objeto robado —dijo Ahlberg—. El viejo Larsson era perista. Pero tenía antecedentes, así que tampoco nos ha sorprendido mucho. Vamos a mandar una lista de las cosas.
Martin Beck volvió a asentir. Al cabo de un rato dijo:
—Comprobé lo del hermano de Estocolmo. Murió esta primavera. De apoplejía. También perista.
—Quizá sea genético —comentó Ahlberg.
—Al hermano nunca lo pillaron, pero Melander se acordaba de él.
—¡Ah, sí!, Melander —repitió Ahlberg—. El de la memoria de elefante. Ya no trabajáis juntos, ¿verdad?
—Solo de vez en cuando. Ahora está en Kungsholmsgatan. Kollberg también, a partir de hoy. ¡Maldita sea, no paran de trasladarnos de un lado para otro!
Dieron la espalda al lugar del incendio y volvieron al coche en silencio.
Un cuarto de hora más tarde, Ahlberg se detuvo delante de la comisaría, un edificio de ladrillo amarillento situado en la esquina de Prästgatan y Kungsgatan, cerca de la plaza mayor y de la estatua de Baltzar von Platen. Miró de reojo a Martin Beck y dijo:
—Ya que estás aquí y encima tienes vacaciones, ¿por qué no te quedas unos días?
Martin Beck asintió.
—Podemos dar una vuelta con la lancha motora —añadió Ahlberg.
Por la noche cenaron una exquisita trucha del lago Vättern en el Stadshotellet. Además, se tomaron unas copas.
El sábado salieron con la lancha motora. El domingo también. El lunes Martin Beck la tomó prestada. El martes también. El miércoles se fue a Vadstena, a ver el castillo.
El hotel en el que se alojaba en Motala era moderno y cómodo. Estaba a gusto con Ahlberg. Leyó una novela de Kurt Salomonsson, titulada El hombre de afuera. Se sentía bien.
Se lo merecía. Había sido un invierno duro y una primavera terrible. Todavía guardaba la esperanza de que el verano resultara tranquilo.
5
Al atracador no le importaba el tiempo.
Por la tarde había empezado a llover. Primero fue una lluvia intensa, luego una llovizna que se filtraba lentamente; por último, hacia las siete, cesó por completo. Pero las nubes continuaban a baja altura y el cielo seguía encapotado, así que resultaba obvio que pronto volvería a llover. Eran las nueve y el crepúsculo se extendía despacio, bajo la bóveda de los árboles. Aún faltaba un rato para que encendieran las farolas.
El atracador se desprendió del chubasquero fino y lo puso a su lado, en el banco del parque. Calzaba zapatillas de deporte, vestía pantalones caqui y un elegante jersey de nailon gris con una insignia en el bolsillo del pecho. Alrededor del cuello, atado de modo suelto, llevaba un pañuelo rojo grande. Hacía más de dos horas que estaba dando vueltas por el parque y sus inmediaciones. Durante este tiempo había visto a una decena de personas, a las que observó detenidamente, calibrándolas. En dos ocasiones estudió a los viandantes con un interés especial. Se trataba en ambos casos no de una persona, sino de dos. La primera pareja estaba formada por un hombre y una mujer, más jóvenes que él. La mujer llevaba sandalias y un corto vestido de verano con un dibujo en blanco y negro; el chico, un elegante blazer azul y pantalones grises. Se habían internado por senderos sombríos en la zona más apartada del parque. Allí permanecieron, abrazándose. La chica se quedó de pie, de espaldas contra un árbol. Pasados unos segundos, el joven metió la mano derecha bajo la falda, dentro del elástico de las bragas y comenzó a palpar por entre las piernas de la chica. Enseguida, ella separó los pies, diciendo: «¿Y si viene alguien?». Por lo visto, se trataba de una pregunta retórica, pues acto seguido cerró los ojos y empezó a mecerse rítmicamente, contoneándose, mientras clavaba las uñas de la mano izquierda en la nuca del chico, cuidadosamente rasurada al cepillo. No pudo ver qué hacía con la otra mano, pese a estar tan cerca de ellos que incluso podía entrever las bragas de malla, blancas.
Los había seguido caminando por la hierba, a pasos silenciosos, y se quedó agazapado tras los arbustos, a menos de diez metros de distancia. Sopesó detenidamente los pros y contras. Una incursión agradaba a su sentido del humor, pero la chica no llevaba bolso. Además, iba a ser difícil impedir que chillara, cosa que complicaría el ejercicio de su profesión. Por último, el chico le parecía ahora más grande y de hombros más anchos que en un primer momento. Y tampoco estaba claro que llevara dinero en la cartera. Los argumentos en contra de una intervención resultaron contundentes, así que se retiró tan sigilosamente como había llegado. Mirón no era, tenía cosas más importantes que hacer. Además, seguramente no quedara ya mucho que ver. Un rato después, vio a los jóvenes abandonar el parque, ahora a considerable distancia el uno del otro. Cruzaron la calle y entraron en un edificio residencial, cuya fachada denotaba su pertenencia a una burguesía instalada y de buenas costumbres. En el portal, la chica se ajustó las bragas y el sujetador y se pasó por las cejas la punta de un dedo mojado. El joven se peinaba.
A las ocho y media, llamó su atención una segunda pareja. Un Volvo rojo se detuvo delante de la ferretería de la esquina. En los asientos delanteros viajaban dos hombres. Uno de ellos descendió y entró en el parque. Iba con la cabeza descubierta y llevaba una gabardina beis. Al cabo de unos minutos, el otro también se bajó y entró en el parque por otro camino. Este llevaba gorra y un blazer de tweed, pero no abrigo. Pasado un cuarto de hora, regresaron al coche, desde diferentes direcciones, con algún minuto de intervalo. Él estaba de espaldas, con la mirada dirigida al escaparate de la ferretería, y pudo oír perfectamente lo que se decían.
—¿Y bien?
—¡Nada!
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Vamos al bosque de Lill-Jan?
—¿Con este tiempo?
—Bueno...
—Venga, vale. Pero luego nos tomamos un café.
—De acuerdo.
Cerraron de golpe las puertas del coche y desaparecieron.
Ahora eran casi las nueve y él estaba en el banco, esperando.
La descubrió nada más entrar en el parque y enseguida adivinó el camino que tomaría. Era una mujer rolliza de mediana edad, con abrigo, paraguas y un bolso grande. Prometedor. Tal vez la dueña de un quiosco. Se levantó y se puso el chubasquero, cruzó el césped en diagonal y se agazapó tras los arbustos. La mujer se iba acercando cada vez más, andando por la senda del parque, ahora casi la tenía enfrente... y dentro de cinco segundos, quizá diez... Con la mano izquierda se caló el pañuelo hasta el puente de la nariz a la vez que doblaba los dedos de la mano derecha para formar un puño americano. La distancia era ya de menos de cuatro metros. Avanzaba con rapidez y sus pasos por el césped húmedo resultaban prácticamente inaudibles.
Pero no del todo. Estaba todavía a un metro por detrás de la mujer cuando esta se volvió y, al verle, abrió la boca para gritar. Sin pensárselo, la golpeó en la boca con todas sus fuerzas. Se oyó un crujido: la mujer dejó caer el paraguas y cayó de rodillas, agarrando el bolso con ambas manos, como si protegiera a un bebé.
Volvió a golpearla y su nariz crujió de nuevo bajo el puño americano. La mujer cayó hacia atrás, con las piernas dobladas por debajo del cuerpo. No emitió sonido alguno. Sangraba profusamente y apenas parecía consciente. Aun así, él cogió un puñado de arena del suelo y se lo echó a los ojos. Justo en el instante en que él reventaba el bolso de un tirón, la cabeza de la mujer cayó de lado, su mandíbula se abrió y empezó a vomitar.
Cartera, portamonedas, reloj de pulsera. No estaba mal.
El atracador ya estaba saliendo del parque. «Como si protegiera a un bebé», pensó. «Podría haber sido tan bonito y pulcro. Limpio. Maldita bruja».
Un cuarto de hora más tarde ya estaba en casa. Eran las nueve y media de la noche del 9 de junio de 1967, un viernes. Veinte minutos más tarde se puso a llover.
6
Llovió durante toda la noche, pero el sábado por la mañana volvió a lucir el sol, oculto solo a ratos entre blancas nubes algodonosas, en fuga por el cielo azul. Era el 10 de junio y las vacaciones de verano habían empezado; la tarde del viernes largas caravanas de coches habían salido serpenteando de la ciudad, camino de residencias veraniegas, embarcaderos y cámpines. Pese a todo, la ciudad continuaba llena de gente, y durante el fin de semana, que prometía buen tiempo, los que todavía permanecían en ella tendrían que contentarse con el sucedáneo de vida campestre que proporcionaban los parques y piscinas al aire libre.
Eran las nueve y cuarto y ya se había formado una cola ante las taquillas de las piscinas Vanadis. Por la cuesta que sube desde Sveavägen, los ciudadanos de Estocolmo acudían a raudales, ansiosos de sol y por darse un chapuzón.
Dos personajes de aspecto bastante desastrado cruzaron Frejgatan, saltándose el semáforo. Uno llevaba vaqueros y jersey; el otro, pantalones negros y una americana marrón, sospechosamente abultada bajo el pecho izquierdo. Caminaban despacio, entornando los ojos enrojecidos contra el brillo del sol. El hombre que llevaba un objeto abultado en su bolsillo interior dio un paso en falso y a punto estuvo de chocar con un ciclista. Este, un señor ágil de unos sesenta años con traje de verano gris claro y un bañador mojado en el portaequipajes, se tambaleó y tuvo que poner un pie en el suelo.
—¡Gamberros! —gritó, para luego continuar pedaleando de manera aparatosa.
—Maldito viejo —le espetó el tipo de la americana—. ¡Pijo de mierda! Casi me atropella. Podría haberme caído y haber roto la botella.
Se detuvo en la acera indignado, y advirtiendo de lo cerca que había estado de la catástrofe, se estremeció, llevándose la mano al bolsillo interior.
—¿Crees que habría pagado la botella? —siguió—. Te digo yo que no, tío. Seguro que vive en un pisazo de Norr Mälarstrand, con la casa llena de champán... pero ni se le pasaría por la cabeza pagarle a un pobre diablo una cochina botella rota. ¡Cerdo capitalista!
—Bueno, el caso es que no la ha roto —repuso tranquilamente su acompañante.
Este, que era considerablemente más joven, cogió del brazo a su airado amigo y tiró de él, arrastrándolo hasta el parque. Subieron la cuesta, pero en lugar de dirigirse a las piscinas, como los demás, continuaron a lo largo de la verja. Luego giraron, tomando el camino estrecho que conduce desde la iglesia Stefan hasta la cima de la colina. Ascendían por la empinada cuesta entre jadeos, haciendo un gran esfuerzo. Hacia la mitad, el más joven dijo:
—A veces se puede encontrar dinero entre la hierba, detrás del depósito. Si es que han estado por allí anoche, jugando al póquer. Si pudiéramos juntar pasta para otra botella antes de que cierren Systembolaget...
Era sábado y las tiendas de vinos y licores cerraban a la una.
—¡Olvídalo! Ayer llovía.
—Es verdad —suspiró el joven.
El camino corría paralelo al enrejado de las piscinas. Dentro pululaban los bañistas, algunos bronceados como negros, otros negros de verdad, pero la mayoría pálidos, tras un largo invierno en el que ni siquiera habían tenido ocasión de disfrutar de una semana en las islas Canarias.
—Oye, ¡para! —dijo el más joven—. ¿Nos quedamos un rato a mirar a las tías?
El de más edad siguió caminando, mientras le soltaba por encima del hombro:
—Que no, joder. Anda, vamos, tengo más sed que un camello.
Continuaron su marcha hasta alcanzar el depósito de agua situado en la cima del parque. Tras rodear el sombrío edificio vieron, para su alivio, que podían disponer a sus anchas de la zona que había detrás de la torre. El más viejo se sentó en el césped, sacó la botella y empezó a desenroscar el tapón. El joven continuó un poco más, hasta una pendiente que terminaba en una valla de madera roja, y llamó al otro a voces:
—¡Eh, Jocke! ¡Venga, nos sentamos aquí abajo! Es mejor, por si viene alguien.
Jocke se levantó resoplando con la botella en la mano y se fue detrás del otro, que ya bajaba por la pendiente.
—Aquí se está bien —dijo el joven—, al lado de estos arbust...
Se detuvo y se inclinó hacia delante.
—¡Joder! —susurró con voz ronca—. ¡La hostia!
Jocke se asomó por detrás de él, descubrió a la niña tendida en el suelo, se dobló a un lado y vomitó.
Tenía la mitad del torso oculto bajo un arbusto, las piernas abiertas y extendidas sobre la arena mojada. El rostro, ladeado, presentaba un color azulenco, con la boca abierta. La mano derecha estaba doblada por encima de la cabeza y la izquierda yacía junto a la cadera, con la palma hacia arriba.
El cabello rubio, medio largo, había caído hacia delante, sobre la mejilla. Estaba descalza y llevaba falda y un jersey de algodón a rayas transversales, que se le había subido, dejando al descubierto el estómago.
Tendría unos nueve años.
No cabía duda de que estaba muerta.
A las diez menos cinco, Jocke y su compañero llegaban a la comisaría del noveno distrito en Surbrunnsgatan. Ofrecieron un relato nervioso y deshilvanado de lo que habían visto en Vanadislunden a un policía de guardia llamado Granlund. Diez minutos más tarde, Granlund y otros cuatro agentes se personaban en el lugar.
Apenas doce horas antes, dos de estos agentes habían acudido a una zona cercana del mismo parque, donde se había producido un nuevo atraco dentro de una larga serie. Como entre el robo y la denuncia pasó casi una hora, todos dieron por descontado que el atracador debía de hallarse ya lejos. Por ello, no se procedió entonces al examen minucioso de la zona. Nadie, pues, estaba en condiciones de precisar si el cuerpo de la niña se encontraba allí a esa hora.
Los cinco policías constataron que la niña estaba muerta, posiblemente por estrangulamiento —hasta donde ellos alcanzaban, no siendo expertos— y esto significaba que, con toda probabilidad, había sido asesinada. De momento, poco más podía hacerse.
Mientras esperaban a los oficiales de la policía criminal y a los técnicos forenses, su principal misión consistía en impedir el acceso a los curiosos.
Observando el lugar del crimen, Granlund pensó que sus colegas de la policía no lo iban a tener especialmente fácil. Desde que el cuerpo estaba allí había llovido de forma intensa. Por lo demás, creía saber quién era la niña, circunstancia que no le resultaba particularmente grata.
La última noche, a las once, una madre angustiada se había presentado en la comisaría pidiendo que buscaran a su hija, de ocho años y medio. Había salido a jugar a eso de las siete y no habían vuelto a saber nada de ella. Desde el noveno distrito dieron la alarma a la policía criminal y se envió la descripción de la chiquilla a todas las unidades. Además, se pusieron en contacto con los servicios de urgencias de los hospitales.
Desgraciadamente, la descripción parecía encajar.
Granlund no tenía constancia de que hubieran encontrado a la niña. Además, vivía en Sveavägen, cerca de Vanadislunden, así que la cosa no dejaba lugar a dudas.
Pensó en los padres de la niña, que estarían en casa viviendo una espera angustiosa, y rogó para sus adentros no tener que ser él el agente encargado de comunicarles la verdad.
Cuando finalmente llegó la policía, Granlund se sentía como si llevara una eternidad allí, al sol, a escasos metros de la niña muerta.
Se marchó en cuanto los expertos iniciaron su trabajo. Regresó a la comisaría del noveno distrito a pie, con la imagen de la niña muerta grabada en su mente.
7
Cuando Kollberg y Rönn llegaron al lugar del crimen, en Vanadislunden, la zona que había detrás del depósito de agua estaba bien acordonada. El fotógrafo había concluido su trabajo y el médico realizaba un primer examen rutinario del cadáver.
El suelo seguía húmedo; las únicas huellas visibles en torno al cuerpo parecían frescas y, con toda probabilidad, fueran de los hombres que habían descubierto el cadáver. Los zuecos de la niña yacían un poco más abajo, junto a la valla de madera roja.
Cuando el médico hubo terminado, Kollberg se acercó y le preguntó:
—Entonces ¿qué?
—Estrangulada —dijo el médico—. Algún tipo de violación. Quizás.
Se encogió de hombros.
—¿Cuándo?
—En algún momento de la pasada noche. Averigua cuándo cenó y qué.
—Sí, ya sé. ¿Crees que el crimen se produjo aquí?
—No veo nada que indique lo contrario —respondió el médico.
—Pues no —asintió Kollberg—. ¡Hay que joderse! ¡Con lo que ha llovido!
—Sí —dijo el médico y continuó hacia su coche.
Kollberg se quedó media hora más, luego se fue con una patrulla del noveno distrito hasta la comisaría de Surbrunnsgatan.
Cuando Kollberg entró en el despacho del comisario, este estaba sentado ante su escritorio, leyendo un informe. Saludó y dejó a un lado el escrito. Señaló una silla. Kollberg tomó asiento y dijo:
—Una historia espantosa.
—Sí —dijo el comisario—. ¿Habéis encontrado algo?
—Que yo sepa, no. Supongo que la lluvia lo ha echado casi todo a perder.
—¿Cuándo crees que ocurrió? Tuvimos un atraco allí anoche, como sabes. Precisamente estaba leyendo el informe ahora mismo.
—Pues no sé —contestó Kollberg—. Ya veremos cuando podamos moverla.
—¿Crees que podría tratarse del mismo tipo? ¿Que ella lo viera o algo así...?
—Si la han violado, dudo que sea el mismo tipo. Un atracador que, encima, resulta un violador... mira, me parece demasiado —dijo Kollberg.
—¿Violada? ¿Lo ha dicho el médico?
—No excluyó la posibilidad.
Kollberg suspiró y se frotó la barbilla.
—Los chicos que me trajeron aquí decían que sabéis quién es la niña —añadió.
—Sí —admitió el comisario—. Parece que sí. Granlund acaba de identificarla gracias a una foto que la madre nos dejó anoche.
El comisario abrió una carpeta, sacó una foto de aficionado y se la dio a Kollberg. En la fotografía, la niña que ahora yacía muerta en Vanadislunden aparecía apoyada contra un árbol, riendo de cara al sol. Kollberg asintió con la cabeza y devolvió la foto.
—¿Los padres saben que...?
—No —contestó el comisario.
Arrancó una hoja del cuaderno que tenía delante y se la entregó a Kollberg.
—Señora Karin Carlsson, Sveavägen, 83 —leyó Kollberg en voz alta.
—La niña se llamaba Eva —dijo el comisario—. Será mejor que alguien... que tú vayas allí. Ahora. Antes de que se enteren de alguna otra forma más desagradable.
—¿No crees que así ya es lo bastante desagradable? —suspiró Kollberg.
El comisario lo miró seriamente, pero no dijo nada.
—Por cierto, pensaba que este distrito era tuyo —protestó Kollberg.
Pero luego se levantó y dijo:
—Vale, vale, ya voy. Alguien tiene que hacerlo.
Una vez en la puerta, se volvió y añadió:
—No me extraña que falte gente en el cuerpo, para meterse a madero hay que estar chiflado.
Como había dejado el coche junto a la iglesia de Stefan, decidió caminar hasta Sveavägen. Además, necesitaba tomarse un poco más de tiempo antes de enfrentarse a los padres de la niña.
Hacía sol y todos los rastros de la lluvia de la noche anterior se habían secado ya. Kollberg experimentó un ligero mareo al pensar en la tarea que tenía por delante: incómoda, por decirlo de algún modo. Ya se había visto obligado a desempeñar misiones parecidas, pero esta vez se trataba de una niña y sufría más que nunca. «Ojalá estuviera Martin», se dijo, «estas cosas se le dan mucho mejor que a mí». Pero luego recordó lo deprimido que Martin Beck solía ponerse en situaciones semejantes y retomó el hilo de su pensamiento: «¡Bah, esto resulta igual de difícil para cualquiera que se vea obligado a hacerlo!».
La niña muerta residía en un edificio situado frente a Vanadislunden, en la manzana que había entre Surbrunnsgatan y Frejgatan. El ascensor no funcionaba y tuvo que subir andando los cinco tramos de escalera. Antes de llamar al timbre, se detuvo un momento para recuperar el aliento.
La mujer abrió casi al momento. Llevaba una bata marrón y sandalias. Sus cabellos rubios aparecían despeinados y en desorden, como si hubiera estado pasándose los dedos por el pelo una y otra vez. Cuando miró a Kollberg, su expresión oscilaba entre la decepción, la esperanza y el desasosiego.
Kollberg mostró su identificación, y ella le observó con mirada inquisitiva y desesperada.
—¿Puedo pasar?
La mujer abrió la puerta y se hizo a un lado.
—¿No la habéis encontrado? —preguntó.
Kollberg, sin responder, se limitó a entrar en el piso, que parecía constar de dos habitaciones. En la exterior había una cama, estanterías, un escritorio, un televisor, una cómoda y dos sillones a cada lado de una mesa baja de teca. La cama estaba hecha, seguramente porque nadie había dormido allí la noche anterior. Sobre la colcha azul había una maleta abierta; al lado, montones de ropa pulcramente doblada. Por encima de la tapa de la maleta colgaba un par de vestidos de algodón recién planchados. La puerta de la habitación interior estaba abierta y dejaba entrever una estantería pintada de azul con libros, juguetes y, encima, un oso de peluche blanco.
—¿Podemos sentarnos? —le sugirió Kollberg, tomando asiento en uno de los sillones.
La mujer permaneció de pie y dijo:
—¿Qué ha pasado? ¿La habéis encontrado?
Kollberg vio la angustia y el pánico en su mirada; intentó mantenerse completamente tranquilo.
—Sí —respondió—. Siéntese, por favor, señora Carlsson. ¿Dónde está su marido?
Ella se sentó en el sillón situado frente a Kollberg y dijo:
—No tengo marido. Nos hemos divorciado. ¿Dónde está Eva? ¿Qué ha pasado?
—Señora Carlsson —respondió Kollberg—, siento mucho tener que decirle esto. Su hija ha muerto.
La mujer lo miró fijamente.
—No —dijo—. No.
Kollberg se levantó y se acercó a ella.
—¿No hay nadie que pueda acompañarla? ¿Tal vez sus padres?
La mujer negó con la cabeza.
—No es verdad—insistió.
Kollberg puso la mano sobre su hombro.
—Lo siento mucho, señora Carlsson —dijo débilmente.
—Pero... ¿cómo...? ¡Íbamos a ir al campo...!
—Todavía no lo sabemos —señaló Kollberg—. Creemos que... cayó en manos de alguien.
—¿La han matado? ¿Asesinado?
Kollberg asintió.
La mujer cerró los ojos y permaneció perfectamente quieta. Luego volvió a abrirlos, mientras movía la cabeza en señal de negación.
—Eva, no —reiteró—. No es Eva. No han... se han equivocado.
—No —dijo Kollberg—. Lo lamento mucho, señora Carlsson. ¿No hay nadie a quien podamos llamar? ¿Alguien a quien pedirle que venga? ¿Sus padres o algún familiar?
—No, no, a ellos, no. No quiero que venga nadie.
—¿Su exmarido, quizás?
—Vive en Malmö, según creo.
Tenía el rostro lívido y su mirada parecía vacía. Kollberg comprendió que la mujer aún no lograba asimilar lo sucedido, que había construido dentro de sí una barrera para impedir que la verdad la alcanzase. Conocía este tipo de reacción y sabía que, cuando ya no pudiese resistir más, se derrumbaría.
—¿A qué médico suele acudir, señora Carlsson? —preguntó Kollberg.
—El doctor Ström. Estuvimos el miércoles. Eva llevaba varios días con dolor de estómago y, como nos íbamos al campo, me pareció que lo mejor sería...
Se interrumpió y miró hacia la otra habitación.
—Eva no suele ponerse nunca enferma. Y luego se le pasó. El doctor pensaba que se trataba de alguna infección estomacal sin importancia. Una gastroenteritis.
Permaneció callada un rato. Luego murmuró, en voz tan baja que Kollberg apenas pudo percibir las palabras:
—Ahora ya está bien.
Kollberg la miró. Se sentía impotente y absurdo. No sabía qué decir ni qué hacer. Ella seguía mirando hacia la puerta abierta de la otra habitación. Kollberg buscó desesperadamente algo que decir. De repente, la mujer se levantó y gritó el nombre de la hija en voz alta y estridente. Luego se fue corriendo a la otra habitación. Kollberg la siguió.
La habitación era luminosa y estaba amueblada con encanto. En un rincón había una caja pintada de rojo, llena de juguetes. Al pie de la estrecha cama se veía una antigua casa de muñecas. Sobre la mesa, una pila de libros de texto.
La mujer se había sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y se cubría la cara con las manos. Mecía el cuerpo adelante y atrás. Kollberg no pudo oír si lloraba.
Se quedó mirándola un momento y luego volvió al recibidor, donde había visto el teléfono. Junto a él había una agenda telefónica, en la que efectivamente halló anotado el número del doctor Ström.
El médico escuchó las explicaciones de Kollberg y prometió estar allí al cabo de cinco minutos.
Kollberg volvió junto a la mujer, que permanecía en la misma posición. Seguía encerrada en su mutismo. Kollberg se sentó a su lado a esperar. Al principio, no se decidía a tocarla, pero al cabo de un rato le pasó el brazo por la espalda con cuidado. Ella no parecía advertir su presencia.
Así permanecieron hasta que el médico rompió el silencio llamando al timbre de la puerta.
8
Mientras regresaba a pie por Vanadislunden, Kollberg sudaba con profusión. Y no debido a la cuesta, ni al calor húmedo, ni tampoco a su relativa obesidad. O mejor dicho, no solo por eso.
Como casi todos los que habrían de ocuparse del caso, se sentía abrumado por él ya desde el primer momento. Pensaba en lo abominable del propio crimen y en la gente que se había visto afectada por su ciega sinrazón. Ya con anterioridad había pasado por todo ello. Tantas veces que ni siquiera recordaba cuántas. Y sabía perfectamente lo espantoso que podía llegar a ser. Y lo difícil.
También pensaba en la criminalización creciente de la sociedad, esa comunidad que, a fin de cuentas, no era sino producto de él mismo y de las demás personas que vivían y participaban en ella. Durante el último año, la policía se había dotado de nuevos recursos técnicos y humanos, pero el crimen parecía llevarles siempre la delantera. Pensaba en las nuevas técnicas de investigación y en los ordenadores que quizá lograran arrestar al criminal en apenas unas horas, pero también en el escaso consuelo que tan extraordinarios logros tecnológicos podían ofrecer, por ejemplo, a la mujer de la que acababa de despedirse. O a él mismo. O a los hombres que, con gesto serio, se congregaban en esos momentos en torno al pequeño cuerpo tendido bajo los arbustos, entre la colina y la valla de madera roja.
Solo había visto el cadáver durante unos instantes, de lejos, y si hubiese alguna manera de evitarlo, prefería no volver a verlo jamás. Pero ya sabía que esto sería imposible. El recuerdo de la niña con la falda roja y el jersey a rayas se había grabado en su mente para siempre, junto a todos los demás, de los que era imposible librarse. Pensaba en los zuecos, en la cuesta y en su propio hijo, que aún no había nacido. En el aspecto que tendría dentro de nueve años. En el horror y la repugnancia que suscitaría este crimen. En la portada de los periódicos vespertinos.
Ya estaba acordonada toda el área en torno al sombrío depósito de agua, semejante a una fortificación, y también la empinada cuesta posterior, hacia las escaleras de Ingemarsgatan. Kollberg pasó por delante de los coches, se detuvo junto al cordón policial y recorrió con la mirada el parque infantil vacío, con sus cajones de arena, columpios y torres para trepar.
La certeza de que todo esto había sucedido ya y de que, con toda seguridad, volvería a suceder, resultaba una carga casi insoportable. Desde la última vez, habían recibido más ordenadores, más agentes y más coches. La iluminación de los parques había mejorado, los matorrales se habían ido desbrozando. La próxima habría incluso más coches y ordenadores, menos matorrales. Kollberg pensaba en todo esto mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo ya empapado.
Reporteros y fotógrafos habían tomado posiciones, pero por suerte aún no se habían dejado caer muchos curiosos. Por raro que pudiera parecer, los periodistas y fotógrafos iban mejorando con el paso del tiempo, en parte gracias a la policía. Los curiosos, en cambio, nunca lo harían.
Pese al gran número de personas presentes en la zona, en torno al depósito de agua reinaba un extraño silencio. De lejos, tal vez desde la piscina municipal, o desde el parque infantil de Sveavägen, llegaban gritos alegres y risas infantiles.
Kollberg se quedó junto al cordón policial, sin decir nada y sin que nadie se dirigiera a él.
Era consciente de que habían llamado a la Brigada Nacional de Homicidios y a la brigada antiviolencia. Sabía también que la situación estaba en proceso de estabilizarse, por decirlo de alguna manera: los técnicos forenses se habían puesto manos a la obra y, asimismo, intervenía la brigada antivicio, se estaba organizando un teléfono centralizado para recoger información ciudadana, habían montado una operación puerta a puerta por todo el vecindario, el médico forense se hallaba preparado y todos los coches radiopatrulla habían sido alertados; nadie iba a escatimar recursos, incluido él mismo.
Aun así, quiso concederse un momento de reflexión. Era verano. La gente se bañaba. Los turistas vagaban por las calles, plano en mano. Y en medio de todo, entre los arbustos del matorral, entre la colina y la valla roja de madera, yacía una niña muerta. Era repulsivo. Y lo más grave: podía llegar a ser peor.
Un nuevo coche patrulla, tal vez el noveno o el décimo, ascendía la cuesta desde la iglesia de Stefan. Se detuvo. Sin apenas volver la cabeza, vio a Gunvald Larsson bajar del coche y acercarse hacia él.
—Hola. ¿Cómo va?
—No sé.
—La lluvia. Llovió a cántaros toda la noche. Probablemente... —dijo Gunvald Larsson y, por una vez, se interrumpió. Pasado un rato, añadió—: Si encuentran huellas, serán mías. Estuve aquí anoche. A eso de las diez y pico.
—¿Ah, sí?
—El atracador. Asaltó a golpes a una vieja. A menos de cincuenta metros de aquí.
—Ya me he enterado.
—Acababa de cerrar su frutería y volvía a casa. Llevaba toda la caja encima.
—No me digas.
—Toda la caja. La gente está loca —dijo Gunvald Larsson.
Guardó silencio otro instante más, luego señaló con un movimiento de cabeza la colina, los arbustos y la valla de madera roja y añadió:
—Para entonces, la niña debía de estar ya ahí, ¿no?
—Eso parece.
—Cuando llegamos, había empezado a llover. Además, la patrulla civil del noveno distrito pasó por aquí tres cuartos de hora antes del atraco. Tampoco vio nada. La niña debía de estar también entonces.
—¿Buscaban al atracador? —preguntó Kollberg.
—Así es. Y cuando se presentó, estaban en el bosque de Lill-Jan. Es la novena vez que ocurre.
—¿Qué pasó con la mujer?
—Una ambulancia la llevó directamente al hospital. Estado de shock, fractura de mandíbula, cuatro dientes menos y el hueso de la nariz roto. Solo vio que se trataba de un hombre que se cubría la cara con un pañuelo rojo. ¡Vaya una descripción de mierda!
Gunvald Larsson volvió a callarse, luego añadió:
—Si hubiera tenido los perros...
—¿Qué?
—Cuando lo vi la semana pasada, tu maravilloso amigo Beck me sugirió que debíamos enviar a los perros. Un perro tal vez habría descubierto...
Volvió a mover la cabeza señalando la colina, como si tuviera reparos en enunciar con palabras lo que quería decir.
Kollberg no sentía mucha simpatía por Gunvald Larsson, pero esta vez lo entendía.
—Sí, es posible —dijo Kollberg.
Gunvald Larsson hizo una pregunta, en un tono muy dubitativo:
—¿Es sexual?
—Probablemente.
—En tal caso, no creo que haya relación.
—No, seguramente no.
Rönn se acercó a ellos, junto al cordón. Gunvald Larsson le preguntó inmediatamente:
—¿El móvil es sexual?
—Sí —respondió Rönn—. Eso parece. Casi seguro.
—Entonces no hay relación.
—¿Con qué?
—Con el atracador.
—¿Cómo lo ves? —preguntó Kollberg.
—Mal —dijo Rönn—. La lluvia debió borrarlo todo. La niña está empapada, como una gata ahogada.
—¡Joder! —exclamó Gunvald Larsson—. ¡Joder, qué asco! ¡Dos locos sueltos al mismo tiempo en el mismo sitio; el uno, malo y el otro, peor!
Viró en redondo y regresó al coche. Lo último que le oyeron decir fue:
—¡Qué mierda de oficio!
Rönn siguió con la mirada a Gunvald Larsson. Luego le dijo a Kollberg, con voz apagada:
—¿Me haces el favor de venir un momento?
Kollberg suspiró pesadamente y pasó por encima del acordonamiento de una sola zancada.
Martin Beck no regresó a Estocolmo hasta el sábado por la tarde, el día previo a su vuelta al trabajo. Ahlberg lo acompañó a la estación.
Hizo transbordo en Hallsberg y compró los periódicos vespertinos en el quiosco de la estación. Los metió doblados en el bolsillo de la gabardina y no los abrió hasta después de haberse acomodado en su asiento, en el expreso procedente de Gotemburgo.
Echó un vistazo a los titulares de la primera página y se estremeció. La pesadilla había empezado.
Para él, unas horas más tarde que para los demás. Pero solo eso.
9
Hay momentos y situaciones que uno quisiera evitar a toda costa, pero que no admiten demora. Probablemente sea verdad que los policías se ven envueltos en esta clase de situaciones más a menudo que otras personas. Y no cabe la menor duda de que a algunos de ellos, se les presentan incluso en mayor medida.
Tomar declaración a una mujer llamada Karin Carlsson, que menos de veinticuatro horas antes ha sido informada de que su hija de ocho años ha muerto estrangulada por un pervertido sexual, es claramente una situación de este tipo. Una mujer sola que no ha logrado sobreponerse al shock, a pesar de las inyecciones y pastillas, y cuya apatía se manifiesta en el hecho de que siga vistiendo la misma bata marrón de algodón y las mismas sandalias que llevaba cuando, veinticuatro horas antes, llamó a su puerta un policía gordo al que nunca había visto ni jamás volvería a ver. He aquí el momento inmediatamente anterior al inicio de un interrogatorio de dichas características.
Uno es comisario de la Brigada Nacional de Homicidios y sabe que esta conversación no puede aplazarse, ni menos aún evitarse, porque aparte de esta testigo, no hay una sola línea de investigación viable, ni una sola pista. Porque el informe de la autopsia aún no está terminado. Y, además, porque uno ya sabe, a grandes rasgos, lo que contendrá ese informe.
Veinticuatro horas antes, Martin Beck se hallaba sentado en la popa de una barca, recogiendo redes de pesca que él y Ahlberg habían colocado por la mañana temprano. Ahora estaba de pie en mitad de un despacho, en el centro de operaciones de Kungsholmsgatan, con el codo derecho apoyado en un archivador, y se sentía tan mal que no tenía ganas ni de sentarse.
Les había parecido oportuno que la declaración la tomara una mujer, una subinspectora primera adscrita a la brigada antivicio. Tenía cuarenta y cinco años y se llamaba Sylvia Granberg. De alguna manera, la elección resultó muy afortunada. Sentada a la mesa, frente a la mujer de la bata marrón de algodón, parecía igual de impasible que el magnetófono que acababa de poner en funcionamiento.
Cuarenta minutos más tarde, en el momento de apagar el aparato, no había experimentado ningún cambio notable, ni había vacilado en ningún momento a la hora de formular sus preguntas. Martin Beck reparó en ello un poco más tarde, cuando escuchó la grabación en compañía de Kollberg y un par de personas más.
GRANBERG: Sé que esto le resulta difícil, señora Carlsson, pero desgraciadamente nos vemos en la obligación de hacerle algunas preguntas.
TESTIGO: Sí.
G.: Usted se llama, pues, Karin Elisabet Carlsson.
T.: Sí.
G.: ¿Cuándo nació?
T.: El sie... mil novecien...
G.: Por favor, al responder, ¿le importaría dirigir la cabeza al magnetófono?
T.: El 7 de abril de 1937.
G.: ¿Y su estado civil?
T.: Qué... yo...
G.: Me refiero a si es soltera, está casada o divorciada.
T.: Divorciada.
G.: ¿Desde cuándo?
T.: Desde hace seis... casi siete años.
G.: ¿Y cómo se llama su exmarido?
T.: Sigvard Erik Bertil Carlsson.
G.: ¿Dónde vive?
T.: En Malmö... es decir, está empadronado allí... creo.
G.: ¿Lo cree? ¿No lo sabe?
MARTIN BECK: Es marinero. Aún no hemos podido localizarle.
G.: ¿No tenía su exmarido la obligación de pagar la manutención de la niña?
M. B.: Sí, por supuesto, pero parece que llevaba años sin hacerlo.
T.: Él, en realidad... Nunca se preocupaba mucho por Eva.
G.: ¿Y su hija se llamaba Eva Carlsson? ¿No tiene más nombres?
T.: No.
G.: ¿Y nació el 5 de febrero de 1959?
T.: Sí.
G.: ¿Quiere hacer el favor de contar con toda la exactitud de que sea capaz lo sucedido el viernes por la tarde?
T.: ¿Lo sucedido?... No sucedió nada. Eva... salió.
G.: ¿A qué hora?
T.: Sobre las siete. Estuvo viendo la tele, luego cenamos y...
G.: ¿A qué hora cenaron?
T.: A las seis. Siempre cenábamos a las seis, cuando yo llegaba a casa. Trabajo en una fábrica que hace pantallas para lámparas. De vuelta a casa, paso a recoger a Eva por el centro infantil. Va allí sola, después del colegio... Luego hacemos la compra juntas por el camino.
G.: ¿Qué cenó?
T.: Albóndigas... ¿Me puede dar un poco de agua?
G.: Claro. Tenga.
T.: Gracias. Albóndigas y puré de patata. Y de postre, tomamos helado.
G.: ¿Y qué bebió?
T.: Leche.
G.: ¿Qué hicieron después?
T.: Vimos un poco la tele... ponían un programa infantil.
G.: Y a las siete, por tanto, o un poco después, ¿salió?
T.: Sí, para entonces había dejado de llover. Y empezaron las noticias en la tele. No le interesan mucho.
G.: Salió sola...
T.: Sí. Todavía había mucha luz y las vacaciones acababan de empezar. Yo la dejaba estar fuera, jugando, hasta las ocho. ¿Le parece un... descuido por mi parte?
G.: Claro que no. En absoluto. Luego, ¿no la volvió a ver?
T.: No... No hasta... no, no puedo...
G.: ¿La identificación? No hablemos de eso. ¿A qué hora empezó a preocuparse?
T.: No lo sé. Estaba preocupada todo el tiempo. Siempre me preocupo si no está en casa. Ella es todo cuanto...
G: ¿Pero a qué hora empezó a buscarla?
T.: No antes de las ocho y media. A veces, se distrae. Se queda con alguna amiga y se le olvida mirar el reloj. Ya sabe, los niños, cuando juegan...
G.: Sí, claro. Entiendo. ¿Cuándo empezó a buscarla?
T.: Sobre las nueve menos cuarto. Conozco a dos amigas de la misma edad con las que solía estar. Llamé a casa de los padres de una de ellas, pero nadie cogió el teléfono.
M. B.: Están de viaje. Se han ido a pasar el fin de semana a su casa de campo.
T.: No lo sabía. Eva tampoco, no creo.
G.: ¿Y qué hizo luego?
T.: Los padres de la otra niña no tienen teléfono, así que fui a su casa.
G.: ¿A qué hora?
T.: Debió de ser pasadas las nueve, porque el portal estaba cerrado con llave y tuve que esperar un rato hasta que vino alguien. Me dijeron que Eva había estado allí poco después de las siete, pero que no dejaron a su hija salir a jugar con ella. El padre dijo que no eran horas para que las niñas pequeñas estuviesen en la calle. (Pausa.) ¡Dios mío! ¡Si yo también hubiera...! Pero había tanta luz y gente por todas partes. Si solo...
G.: ¿Su hija salió de esa casa enseguida?
T.: Sí, dijo que se iba al parque infantil.
G.: ¿A qué parque infantil cree usted que se refería?
T.: Al de Vanadislunden, al lado de Sveavägen. Siempre iba allí.
G.: ¿No puede haberse referido al otro, al de arriba, junto al depósito de agua?
T.: No creo. Allí no iba nunca. Y, desde luego, no sola.
G.: ¿Pudo haberse encontrado con otros amigos?
T.: No conozco a nadie más. Siempre solía jugar con esas dos niñas.
G.: Cuando no la encontró en casa de la segunda amiga, ¿qué hizo?
T.: Me... me fui al parque infantil de Sveavägen. No había nadie.
G.: ¿Y luego?
T.: No sabía qué hacer. Volví a casa a esperar. Me puse en la ventana, a ver si la veía.
G.: ¿Cuándo llamó a la policía?
T.: Más tarde. A las diez y cinco, o a y diez, vi un coche patrulla, que paró delante del parque. Luego, llegó una ambulancia. Para entonces, ya se había puesto a llover otra vez. Me puse el abrigo y me acerqué corriendo. Yo... hablé con un policía que estaba allí, pero me dijo que se trataba de una mujer mayor.
G.: Luego, ¿regresó a casa?
T.: Sí... y entonces vi que había luz. ¡Me alegré tanto! ¡Pensé que había vuelto! Pero fui yo misma, que me la había dejado encendida.
G.: ¿A qué hora llamó a la policía?
T.: A las diez y media ya no aguantaba más. Llamé a una amiga, una compañera de trabajo. Vive en Hökarängen. Me dijo que llamara a la policía enseguida.
G.: Según la información de que disponemos, usted llamó a las once menos diez.
T.: Sí. Y luego me fui a la comisaría. La que hay en Surbrunnsgatan. Todos fueron muy amables conmigo. Les conté el aspecto que tiene... que tenía Eva y la ropa que llevaba. Y les enseñé una foto para que vieran cómo era. Fueron muy amables. El policía que redactó el informe me dijo que muchos niños se pierden o se quedan más tiempo en casa de algún amigo, pero que todos suelen aparecer pasadas unas horas. Y...
G.: ¿Sí?
T.: Y me dijo que, de haber ocurrido algún accidente, o lo que fuera, ellos ya lo habrían sabido.
G.: ¿A qué hora volvió a casa?
T.: Pasadas las doce. Estuve levantada esperando... toda la noche. Confiaba en que me llamara alguien. La policía. Tenían mi número de teléfono, pero nadie llamó. De todos modos, yo les volví a llamar. Pero el que se puso dijo que tenía apuntado mi número y me aseguró que telefonearía enseguida si... (Pausa.) Pero no lo hizo nadie. Nadie. Por la mañana, tampoco. Y luego, llegó un policía de paisano y... dijo... dijo que...
G.: No creo que haga falta que sigamos con esto.
T.: ¿No? Vale.
M. B.: Su hija había sido acosada en alguna otra ocasión por individuos, digámoslo así, poco recomendables, ¿no?
T.: Sí, el otoño pasado. Dos veces. Ella creía saber quién era. Uno que vive en la misma casa que Eivor, la amiga que no tiene teléfono.
M. B.: ¿La que vive en Hagagatan?
T.: Sí. Lo denuncié a la policía. Estuvimos aquí arriba, en este edificio, y Eva se lo contó a una señora. Además, estuvo mirando fotografías en un montón de álbumes.
G.: Está fichado. Ya hemos sacado el expediente.
M. B.: Ya lo sé. Pero lo que quería preguntar es si Eva volvió a ser acosada por aquel individuo en algún otro momento, tras la denuncia.
T.: No. Que yo sepa, no. No me ha dicho nada... y siempre suele contármelo todo...
G.: Bueno, señora Carlsson, eso es todo.
T.: ¿Sí? Vale.
G.: Perdone que le pregunte, pero ¿adónde piensa ir ahora?
T.: No lo sé. A casa, no...
G.: La acompaño a la salida, así podemos hablar de ello por el camino. Ya se nos ocurrirá algo.
T.: Gracias. Es muy amable.
Kollberg apagó el magnetófono, clavó una mirada sombría a Martin Beck y dijo:
—Ese cabrón que la molestó el otoño pasado...
—¿Sí?
—Rönn se está ocupando de él abajo. Fuimos a buscarlo enseguida. Ayer, al mediodía.
—¿Y bien?
—De momento, se trata solo de un triunfo de la técnica informática. El tío no hace más que lloriquear, insistiendo en que no ha sido él.
—Y eso, ¿qué prueba?
—Nada, claro. Tampoco tiene coartada. Dice que estaba en casa durmiendo, en su apartamento de Hagagatan. No se acuerda muy bien, dice.
—¿No se acuerda?
—Está totalmente alcoholizado —siguió Kollberg—. Lo que sí sabemos es que estuvo en Röda Berget empinando el codo hasta que lo echaron, a eso de las seis. El asunto no se le presenta demasiado favorable.
—¿Qué hizo la última vez?
—Según tengo entendido, es un exhibicionista normal y corriente. Tengo la cinta de la declaración que hizo aquí la niña. Otro triunfo de la tecnología.
Se abrió la puerta y entró Rönn.
—¿Qué hay? —preguntó Kollberg.
—Nada, de momento. Hay que dejarle descansar un poco. Parece completamente agotado.
—Tú, también —dijo Kollberg.
Estaba en lo cierto, pues Rönn tenía la frente y las mejillas muy pálidas, los ojos hinchados y los bordes de los párpados rojos.
—¿Qué impresión te da? —preguntó Martin Beck.
—Ninguna —replicó Rönn—. No sé. Oye, creo que he debido de pillar algo.
—Luego —dijo Kollberg—. Ahora no. ¿Escuchamos la cinta?
Martin Beck asintió con la cabeza. La bobina del magnetófono volvió a dar vueltas. Se oyó una voz agradable de mujer:
—Interrogatorio con Eva Carlsson, nacida el 5 de febrero de 1959. Interrogadora: la subinspectora Sonja Hansson.
Tanto Martin Beck como Kollberg fruncieron el ceño y perdieron el hilo de las primeras palabras.
Reconocieron de sobra tanto el nombre como la voz. A Sonja Hansson habían estado a punto de matarla dos años y medio atrás, mientras ellos la empleaban como cebo en una trampa policial.
—Es un milagro que se haya quedado en el cuerpo —dijo Kollberg.
—Sí —asintió Martin Beck.
—Calla, no oigo nada —se quejó Rönn.
Rönn no había participado en aquella investigación.
—¿... y entonces ese señor se acercó a ti?
—Sí, Eivor y yo estábamos en la parada del autobús.
—¿Y qué hizo?
—Olía mal y andaba raro, y luego dijo... una cosa muy extraña.
—¿Te acuerdas de lo que dijo?
—Sí, dijo: «¡Hola, chavalas! ¿Me hacéis una pajita por un billete de cinco?».
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