Читать книгу: «El asesino de policías»
Título original: Polismördaren
© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1974.
© de la traducción: Elda García-Posada, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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CODI SAP: OEBO263
ISBN: 9788490067147
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Índice
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Notas
1
Llegó a la parada con tiempo de sobra. El autobús no saldría hasta pasada media hora: treinta minutos no constituyen demasiado tiempo en la vida de una persona, y además, ella estaba acostumbrada a esperar y a llegar siempre con tiempo a los sitios. Se puso a pensar, como era su costumbre, en qué prepararía para cenar, así como también, un poco, en el aspecto que tenía.
Pero cuando el autobús llegara, todos sus pensamientos se esfumarían. Le quedaban veintisiete minutos de vida.
Hacía buen tiempo y el día estaba despejado, soplaba un poco de viento que traía ya el frío del otoño, pero su cabello estaba demasiado arreglado como para que le afectaran las condiciones meteorológicas.
¿Qué aspecto tenía?
Allí, junto al arcén, aparentaba unos cuarenta años; era una mujer bastante alta y de constitución recia, de piernas rectas y anchas caderas con algo de grasa escondida que temía se acabara viendo. Su forma de vestir estaba condicionada por la moda, a menudo a expensas de la comodidad, y ese ventoso día de otoño llevaba un abrigo color verde brillante estilo años treinta, medias de nailon y finas botas marrones de charol con plataforma. De su hombro izquierdo colgaba un bolso pequeño y cuadrado, con una gran hebilla de bronce, también marrón, al igual que los guantes de napa. Se había rociado el rubio cabello con abundante laca e iba maquillada con esmero.
No reparó en el coche hasta que este se detuvo. El hombre del asiento delantero se inclinó hacia delante y abrió la puerta.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó.
—Sí —respondió algo confundida—. Claro. No me esperaba...
—¿Qué es lo que no te esperabas?
—No esperaba que me llevaran. Pensaba coger el autobús.
—Yo sabía dónde estabas —replicó él—. Y da la casualidad de que me pilla de paso. Date prisa.
Date prisa. ¿Cuántos segundos tardó en subirse al coche y sentarse junto al conductor? Date prisa. Él conducía a toda velocidad y pronto salieron de la ciudad.
Ella llevaba el bolso en el regazo, se la veía un poco tensa, quizá sorprendida o algo extrañada. Era imposible determinar si su sorpresa era agradable o no: ni ella misma lo sabía.
Lo miró de reojo, pero la atención del hombre parecía totalmente enfocada en la conducción.
Torció a la derecha, abandonando la carretera principal, pero volvió a torcer casi de inmediato. Repitió la misma acción. El estado de la carretera empeoraba por momentos. De hecho, era dudoso que siguiese siendo una carretera.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con una risita un tanto asustada.
—Un recado.
—¿Dónde?
—Aquí —respondió, al tiempo que se detenía.
Ante él veía las huellas de sus propios neumáticos en el musgo. Había pasado por ese lugar hacía pocas horas.
—Por ahí —dijo, haciendo una señal con la cabeza—. Detrás de la pila de leña. Ahí nos vale.
—¿Estás bromeando?
—Nunca bromeo con estas cosas.
Parecía como si la pregunta le hubiera molestado u ofendido.
—Pero mi abrigo... —balbuceó ella.
—Déjalo en el coche.
—Pero...
—Hay mantas.
El hombre se bajó, dio la vuelta alrededor del coche y le abrió la puerta.
Ella se apoyó en él y se quitó el abrigo. Lo colocó cuidadosamente doblado en el asiento, junto a su bolso.
—Muy bien.
Parecía tranquilo y seguro, pero no la cogió de la mano, sino que caminó lentamente hacia la pila de leña. Ella le siguió.
Allí detrás hacía calor y lucía el sol: el lugar estaba al abrigo del viento. El aire venía cargado del zumbido de las moscas y el fresco aroma del follaje. Todavía era casi verano y ese verano había sido el más cálido en la historia de los servicios meteorológicos.
En realidad no era una pila de leña, sino un montón de troncos de haya aserrados, de unos dos metros de altura.
—Quítate la blusa.
—Sí —dijo ella con timidez.
Él esperó pacientemente mientras ella se desabrochaba los botones.
Entonces él la ayudó a quitarse la blusa, con cuidado, sin tocar su cuerpo.
Ella se quedó ahí con la prenda en las manos, sin saber qué hacer con ella.
Él tomó la blusa de su mano y la colocó suavemente sobre el borde de la pila de troncos. Una tijereta se puso a correr en zigzag sobre la tela.
Ella estaba ante él, con la falda aún puesta y los pechos en su sostén color carne, con los ojos en el suelo y de espaldas a la superficie lisa de la madera.
El momento de actuar había llegado y él lo hizo tan rápido y tan por sorpresa que ella no tuvo tiempo para comprender lo que estaba sucediendo. Sus reacciones nunca habían sido particularmente rápidas.
Agarró con ambas manos el interior de la cinturilla a la altura del ombligo y rasgó violentamente tanto la falda como las medias de un solo gesto. Era fuerte y el tejido se rompió inmediatamente con un sonido áspero, como cuando se desgarra un toldo viejo. La falda cayó a sus tobillos y él le bajó las medias y las bragas hasta las rodillas, para a continuación levantarle la copa izquierda del sujetador, de modo que su pecho se desplomó, blando y pesado.
Solo entonces ella levantó los ojos para mirarle frente a frente. Los ojos de él estaban llenos de asco, de odio y de salvaje deseo.
La idea de gritar no llegó a pasársele por la cabeza. Por otra parte, habría sido inútil. El sitio había sido elegido con cuidado.
El hombre alzó los brazos hacia arriba, cerró con fuerza los curtidos dedos en torno al cuello de ella y la estranguló.
Mientras su nuca se aplastaba contra los troncos, ella pensó: «Mi pelo».
Ese fue su último pensamiento.
Él le siguió apretando el cuello durante más tiempo de lo necesario.
Luego soltó la mano derecha y mientras con la izquierda aún la sostenía en posición vertical le dio un puñetazo en el bajo vientre, tan fuerte como pudo.
Ella cayó al suelo, donde yació, prácticamente desnuda, entre asperillas de los bosques y hojas caídas el año anterior.
Su garganta emitió un estertor. Él sabía que eso era normal y que ya estaba muerta.
La muerte nunca es bonita; además, ella no había sido guapa en vida, ni siquiera de joven.
Allí tumbada en medio de la maleza del bosque, tenía un aspecto de lo más patético.
Esperó unos minutos, mientras su respiración se calmaba y el corazón le dejaba de latir a cien por hora.
Al cabo de un rato volvió a su estado habitual, racional y tranquilo.
Más allá de los troncos apilados había un inaccesible árbol arrancado de cuajo por la fuerte tormenta otoñal del 68, y tras él, un denso bosque de abetos de apenas la altura de un hombre.
La levantó por debajo de los brazos para sentir en las palmas de las manos la molesta sensación del incipiente vello axilar, pegajoso y húmedo de sudor.
Le llevó su tiempo arrastrarla a través del impracticable terreno de cepas desparramadas y raíces rotas, pero no tenía prisa. A unos pocos metros se veía una hondonada cenagosa, llena de agua arcillosa y amarillenta. La empujó hasta allí y pisoteó su cuerpo flácido para ocultarlo en el barro. Antes se detuvo un momento a contemplarla, fijándose en que aún tenía la piel bronceada del cálido verano, pero el pecho izquierdo estaba blanco, salpicado de pecas color marrón claro. Con palidez de cadáver, se podría decir.
Volvió al coche y cogió el abrigo verde. Reflexionó un momento sobre qué hacer con el bolso. Entonces recogió la blusa de la pila de madera, y la metió en este, para luego llevarlo todo al charco de lodo. El color del abrigo era bastante llamativo, de modo que agarró una rama de buen tamaño y lo hundió junto con la blusa y el bolso, a tanta profundidad como le fue posible.
Los quince minutos siguientes se dedicó a recoger ramas de abeto y montones de musgo. Con ellos cubrió el charco tan bien que nadie que acertara a pasar por allí se daría cuenta de que en ese lugar había un pozo negro.
Estudió los resultados durante unos minutos e hizo unos cuantos ajustes antes de darse por satisfecho.
Se encogió de hombros y regresó al coche. Sacó un trapo del maletero y se limpió las botas de goma. Cuando terminó, tiró el trapo al suelo. Allí se quedó, húmedo, fangoso y claramente visible. No importaba. Un trapo no hace falta recogerlo. No prueba nada y no puede ser relacionado con ningún hecho especial.
Luego subió al coche y se marchó.
En el camino pensó que todo había salido bien y que le había dado a la mujer su merecido.
2
A la puerta de un edificio de apartamentos en Råsundavägen, en Solna, había un coche aparcado. Se trataba de un Chrysler negro con guardabarros blancos y la palabra POLICÍA en grandes y blancas letras mayúsculas en las puertas, capó y tapa del maletero. Alguien había descrito con aún mayor precisión la identidad del vehículo, pegando cinta blanca sobre el círculo bajo de la B, en la combinación de letras BIG de la placa de matrícula trasera.
Los faros y las luces interiores estaban apagados, pero la luz de las farolas se reflejaba ligeramente en los brillantes botones de los uniformes y en las blancas correas que había en los asientos delanteros del coche.
Aunque solo eran las ocho y media y la noche de octubre se presentaba hermosa, estrellada, y no muy fría, la larga calle estaba a ratos completamente desierta. Las ventanas de los pisos a ambos lados de la calle estaban iluminadas y en algunas de ellas se veía el frío resplandor azul de la pantalla de un televisor.
Uno o dos transeúntes nocturnos miraban con curiosidad el coche de policía, pero de inmediato perdían el interés, ya que su presencia no parecía estar asociada a ninguna actividad apreciable. Todo lo que se podía ver eran dos policías corrientes sentados en su interior, sin hacer nada.
Los hombres del coche tampoco habrían tenido nada en contra de un poco de actividad. Llevaban más de una hora allí aparcados, con la atención puesta todo el rato en un portal al otro lado de la calle y en una ventana iluminada en la planta baja, a la derecha del portal. Pero podían esperar. Estaban muy acostumbrados a hacerlo.
Si se les miraba de cerca, se podía llegar a la conclusión de que, a la hora de la verdad, no tenían el aspecto de agentes de policía normales. No es que le pasara nada a su atuendo, que estaba de acuerdo con el reglamento, y no les faltaba ni la correa, ni la porra ni la pistola en su funda. El fallo residía en que tanto el conductor —un hombre corpulento de aspecto jovial y ojos despiertos— como su compañero —que era más delgado y se encorvaba un poco ahí sentado con el hombro apoyado en la ventana lateral— aparentaban tener unos cincuenta años. Los agentes de policía son por lo general hombres jóvenes en buena forma física, y cuando nos encontramos con la excepción que confirma la regla, ocurre a menudo que el policía mayor se complementa con un colega más joven.
Un equipo de patrulla cuyos componentes superan en edad los cien años debe ser considerado un fenómeno único. Había, sin embargo, una explicación.
Los hombres del Chrysler blanco y negro simplemente se habían disfrazado de oficiales de patrulla, y detrás del astuto disfraz se ocultaban nada menos que el jefe de la Brigada Nacional de Homicidios, Martin Beck, y su más cercano colaborador, Lennart Kollberg.
La idea de disfrazarse había partido de Kollberg y se basaba en el conocimiento que tenían del hombre al que habían venido a intentar detener.
El hombre se llamaba Lindberg, lo llamaban «el Limpa»,1 y era ladrón. Su especialidad era el robo con allanamiento de morada, pero también había cometido un par de atracos y había intentado realizar alguna que otra estafa con peores resultados. Había pasado muchos años de su vida entre rejas, pero por ahora se hallaba en libertad tras cumplir una condena. Esa libertad tendría una corta duración si Martin Beck y Kollberg lograban realizar su cometido. Tres semanas antes, el Limpa había entrado en una joyería del centro de Uppsala y a punta de pistola había obligado al propietario a entregarle joyas, relojes y dinero en efectivo por un valor total de casi doscientas mil coronas. Hasta ahí todo había ido bastante bien y el Limpa podría haber desaparecido con su botín de no ser porque una encargada surgió de repente del interior de la tienda, de modo que al Limpa le sobrecogió el pánico y efectuó un disparo que golpeó a la empleada en la frente y la mató en el acto. El Limpa había logrado escapar de la escena, y cuando dos horas más tarde la policía de Estocolmo fue a buscarlo a la casa de su novia, en Midsommarkransen, lo encontró en la cama. La novia afirmó que estaba resfriado y que no había salido de casa en las últimas veinticuatro horas, y en el registro domiciliario no aparecieron joyas, relojes ni dinero. El Limpa fue sometido a un interrogatorio donde se encaró con el dueño de la tienda, quien tenía dudas a la hora de identificar al atracador, ya que este llevaba máscara. La policía, sin embargo, no albergaba duda alguna: por un lado, era de suponer que el Limpa estaba sin blanca después de la larga temporada en prisión, y además, un chivato había comunicado que el Limpa planeaba un golpe «en otra ciudad»; y por otro lado, un testigo había visto al Limpa pasearse por la calle donde estaba la joyería dos días antes del robo, probablemente en visita de reconocimiento. El Limpa negó haber estado en Uppsala, y, finalmente, tuvo que ser puesto en libertad por falta de pruebas.
Durante tres semanas habían vigilado al Limpa con la convicción de que más tarde o más temprano tendría que acudir al escondite donde guardaba el botín. Sin embargo, el Limpa parecía estar al tanto de que lo vigilaban; en alguna ocasión incluso saludó a los policías de paisano que seguían sus movimientos, y su único objetivo parecía ser el de mantenerlos ocupados. Aparentemente no tenía dinero, o en cualquier caso, no gastaba nada porque su novia tenía un trabajo y lo mantenía, proporcionándole comida y alojamiento, que se sumaban a la prestación que cada semana recibía rutinariamente de la oficina de servicios sociales.
Al final, Martin Beck decidió tomar cartas en el asunto, y Kollberg tuvo la brillante idea de que se disfrazaran de agentes de radiopatrulla. Como el Limpa era capaz de reconocer de lejos a un policía por muy de paisano que fuera, pero desde antiguo tenía una actitud negligente y despectiva hacia el personal uniformado, en ese caso, el uniforme era el mejor disfraz. Ese era el razonamiento de Kollberg, y Martin Beck estaba de acuerdo con él, aunque con dudas.
Ninguno de ellos esperaba un resultado rápido de la nueva táctica, de modo que se sorprendieron gratamente cuando el Limpa, tan pronto como no se sintió vigilado, se metió en un taxi en dirección a Råsundavägen. El medio de transporte elegido parecía indicar una cierta resolución, lo cual les hizo convencerse de que algo iba a pasar. Si pudieran detenerlo con el botín y tal vez también con el arma del crimen, ello le vincularía definitivamente al delito, y el caso quedaría cerrado para ellos.
Ahora el Limpa llevaba una hora y media en la casa de enfrente: lo habían vislumbrado en la ventana que estaba a la derecha del portal hacía una hora, pero desde entonces no había pasado nada.
Kollberg empezaba a tener hambre. A menudo se sentía hambriento y hablaba de adelgazar. De vez en cuando empezaba una nueva dieta, pero no tardaba en darse por vencido y abandonarla. Le sobraban, al menos, veinte kilos, pero estaba bien entrenado y en buena forma física, y, cuando lo requería la ocasión, era sorprendentemente rápido y ágil para su constitución y sus casi cincuenta años.
—Joder, hace mucho que no me meto nada entre pecho y espalda —dijo Kollberg.
Martin Beck no respondió. No tenía hambre, pero de repente le apetecía un cigarrillo. Había dejado de fumar hacía dos años, después de una grave herida en el pecho provocada por un disparo.
—Un hombre con mi masa corporal necesita algo más que un huevo duro al día —continuó Kollberg.
«Si no comieras tanto no tendrías esa masa corporal, y entonces no necesitarías comer tanto», pensó Martin Beck, pero no dijo nada. Kollberg era su mejor amigo y ese era un capítulo sensible. No quería hacerle daño y sabía que Kollberg se ponía de mal humor cuando tenía hambre. También sabía que Kollberg había instado a su esposa a mantenerlo con una dieta adelgazante que consistía solo en huevos duros. Sin embargo, no seguía la dieta a rajatabla, porque el desayuno era a menudo la única comida que hacía en casa; las otras las hacía fuera o en la cantina de la jefatura de policía y entonces no comía huevos duros, como Martin Beck podía ratificar.
Kollberg hizo un gesto con la cabeza hacia una pastelería iluminada que estaba a veinte metros del coche.
—No querrías...
Martin Beck abrió la puerta y puso un pie en la acera.
—Claro. ¿Qué quieres? ¿Una ensaimada?
—Sí, y un pastel mazarin —respondió Kollberg.
Martin Beck volvió con la bolsa de los pasteles y ambos permanecieron sentados en silencio mientras contemplaban la casa donde se encontraba el Limpa, al tiempo que Kollberg comía y derramaba migas sobre el uniforme. Cuando terminó de comer, echó el asiento hacia atrás un poco más y se aflojó la correa.
—¿Qué llevas en la funda sobaquera? —preguntó Martin Beck.
Kollberg se desabrochó la funda y le entregó el arma: una pistola de juguete de marca italiana, sólida y bien hecha, casi tan pesada como la Walther de Martin Beck, pero incapaz de disparar nada que no fueran fulminantes.
—Qué chula —observó Martin Beck—. Me habría gustado tener una así.
Era de dominio público dentro de la profesión que Lennart Kollberg rehusaba portar armas. La mayoría creía que su negativa se debía a una especie de pacifismo y a que quería dar buen ejemplo, ya que, de todo el cuerpo de policía, él era el que de modo más ardiente se oponía al uso de armas durante el normal ejercicio de funciones.
Esto era cierto, pero solo la mitad de la historia.
Martin Beck era uno de los pocos que sabían cuál era la causa última de la objeción de conciencia de Kollberg.
Una vez, Lennart Kollberg había matado a un hombre de un disparo. Habían pasado más de veinte años, pero no lo había olvidado, y ya llevaba muchos años sin llevar armas incluso durante misiones críticas y peligrosas.
El incidente se produjo en agosto de 1952, cuando Kollberg prestaba servicio en la segunda comisaría de Söder, en Estocolmo. Entrada la noche, se había recibido un aviso de la prisión de Långholmen, donde tres hombres armados habían intentado liberar a un preso y habían herido de bala a un agente. Cuando el vehículo de emergencia con Kollberg llegó a la prisión, los hombres habían estrellado su coche contra una baranda del puente de Västerbro mientras trataban de huir de la escena, y uno de ellos había sido detenido. Los otros dos habían logrado escapar corriendo por el parque de Långholmen, al otro lado del estribo del puente. Se creía que ambos iban armados y, dado que Kollberg estaba considerado un buen tirador, fue con el grupo de policías que habían sido enviados al parque para tratar de acorralar a aquellos individuos.
Pistola en mano, subió hasta cerca del agua y luego siguió la orilla alejándose de las farolas del puente, mientras escuchaba y miraba en la oscuridad. Al cabo de un rato se paró junto a una roca plana que se adentraba en la bahía y allí se agachó y sumergió la mano en la suave y tibia agua. Cuando se levantó sonó un disparo: notó cómo la bala le rozaba la manga del abrigo antes de caer al agua a unos pocos metros detrás de él. El hombre que disparó estaba escondido en la oscuridad, en algún lugar entre los arbustos de la ladera por encima de él. Kollberg inmediatamente se arrojó al suelo boca abajo y reptó entre la protectora vegetación. Luego comenzó a arrastrarse hasta un peñasco situado en diagonal sobre el lugar donde pensaba que se hallaba el tirador. Cuando llegó a la gran piedra vio con claridad la silueta del hombre recortada contra la espaciosa e iluminada bahía. Estaba a solo veinte metros de distancia, girado a medias hacia Kollberg con el arma lista en la mano levantada, y movía la cabeza lentamente de lado a lado. Tras él se hallaba la empinada cuesta que conducía a Riddarfjärden.
Kollberg apuntó cuidadosamente a la mano derecha del hombre. Justo cuando su dedo apretaba el gatillo, detrás del hombre apareció de repente alguien, que se abalanzó sobre su brazo y sobre la bala de Kollberg y desapareció igual de repentinamente por la pendiente.
Kollberg no comprendió de inmediato lo que había sucedido. El hombre empezó a correr, Kollberg disparó de nuevo y esta vez le dio en la corva de una pierna. Luego se acercó y miró hacia abajo de la pendiente.
Allí, en la orilla, yacía el hombre que había matado. Un joven policía del mismo distrito que él. A menudo habían estado de guardia los dos juntos y se llevaban excepcionalmente bien.
El incidente había sido silenciado y el nombre de Kollberg no se mencionó en absoluto en relación con el caso. Oficialmente, el joven agente había muerto de un disparo accidental, de una bala perdida procedente de no se sabe dónde durante la persecución de un peligroso forajido. El jefe de Kollberg le había dado un pequeño discurso, advirtiéndole que no debía darle vueltas ni reprocharse nada, para acabar diciéndole que el propio Carlos XII una vez, por error y descuido, disparó y mató a su escudero y buen amigo: un accidente que por lo tanto le podía suceder a cualquiera, incluso al mejor tipo. Y así el asunto debía ser olvidado. Pero Kollberg nunca se recuperó del todo del shock, y por eso desde hacía muchos años no llevaba sino una pistola de juguete en las ocasiones en las que debía parecer que iba armado.
Ni Kollberg ni Martin Beck pensaban en esto mientras estaban sentados en el coche patrulla esperando a que el Limpa hiciera acto de presencia.
Kollberg bostezó y se enroscó. Estaba incómodo detrás del volante y el uniforme le quedaba demasiado apretado. No recordaba cuándo había sido la última vez que llevó uniforme; fue sin duda hacía mucho tiempo. El que llevaba puesto en esa ocasión se lo habían prestado; aunque era demasiado pequeño, en todo caso no lo era tanto como su propio y viejo uniforme, que colgaba de una percha en su armario.
Observó a Martin Beck, que se había hundido más profundamente en su asiento y miraba fijamente a través del parabrisas.
Ninguno decía nada: se conocían desde hacía mucho, llevaban muchos años trabajando juntos y también quedando en su tiempo libre, de modo que no tenían necesidad de hablar por hablar. Eran incontables las veces en que habían estado de tal guisa, sentados en un vehículo aparcado de noche en cualquier calle, a la espera.
Lo cierto es que, desde que a Martin Beck lo nombraron jefe de la Brigada Nacional de Homicidios, ya no tenía por qué ocuparse tanto de tareas como vigilar a alguien y seguirle la pista, pues tenía a cargo personal para desempeñarlas. Pero con frecuencia seguía realizándolas, incluso si ese tipo de misiones eran, por regla general, mortalmente aburridas. No quería perder el contacto con esa parte de su trabajo solo porque lo hubieran hecho jefe, y cada vez le llevaba más tiempo encargarse de las molestas y crecientes tareas burocráticas. Incluso si, por desgracia, una cosa no quitaba la otra, prefería estar sentado en un coche bostezando junto a Kollberg que estar sentado en una reunión con el jefe nacional de policía tratando de no bostezar.
A Martin Beck no le gustaban ni la burocracia, ni las reuniones ni el jefe nacional de policía. En cambio, apreciaba mucho a Kollberg y le era difícil imaginarse trabajando sin él. Kollberg llevaba ya un tiempo expresando de vez en cuando su deseo de abandonar el trabajo de policía, pero en los últimos meses parecía cada vez más determinado a llevarlo a cabo. Martin Beck no quería ni animarle a hacerlo ni disuadirle de ello: sabía que Kollberg tenía un sentido de la solidaridad con el cuerpo prácticamente inexistente y que cada vez eran más sus conflictos de conciencia. Sabía que podía resultarle muy difícil encontrar un empleo satisfactorio y medianamente equivalente. En un momento de grave desempleo, en que los universitarios y los profesionales altamente cualificados de todas las categorías posibles, y especialmente los jóvenes, estaban en paro, las perspectivas no eran muy halagüeñas para un expolicía cincuentón. Por razones completamente egoístas, Martin Beck quería, por supuesto, que Kollberg permaneciera en su puesto, pero no era ningún resuelto egoísta y le era completamente ajena la idea de tratar de influir en Kollberg.
Kollberg volvió a bostezar.
—Falta oxígeno —dijo mientras bajaba la ventanilla.
Era una suerte estar de guardia en los días en que los policías seguían usando los pies para caminar y no solo para patear a la gente.
—Te entra claustrofobia de estar aquí —añadió.
Martin Beck asintió con la cabeza. Tampoco a él le gustaba sentirse encerrado.
Tanto Martin Beck como Kollberg habían comenzado su carrera de policías en Estocolmo a mediados de los años cuarenta. Martin Beck llevaba las calles de Norrmalm, y Kollberg trotaba por los callejones del casco antiguo. En aquellos días no se conocían, pero sus experiencias de esa época eran básicamente las mismas.
Eran las nueve y media. La pastelería cerró y cada vez se apagaban más luces en las ventanas de la calle. El piso en el que el Limpa se encontraba seguía iluminado.
De repente, se abrió la puerta del portal de enfrente y el Limpa salió a la acera. Tenía las manos metidas dentro de los bolsillos y un cigarrillo en la boca.
Kollberg puso las manos en el volante y Martin Beck se enderezó.
El Limpa permaneció ante el portal mientras fumaba su cigarrillo con calma.
—No lleva ninguna bolsa —observó Kollberg.
—Puede que lo lleve en los bolsillos —señaló Martin Beck—. O que lo haya vendido. Vamos a averiguar en casa de quién estaba.
Transcurrieron unos minutos. No pasó nada. El Limpa miraba hacia el cielo estrellado y parecía disfrutar del aire nocturno.
—Está esperando un taxi —dijo Martin Beck.
—Pues parece que tarda una barbaridad —replicó Kollberg.
El Limpa le dio una última calada a su cigarrillo y tiró la colilla a la calle. Luego se subió el cuello del abrigo, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar oblicuamente en dirección al coche de policía.
—Viene para acá —exclamó Martin Beck—. Joder. ¿Qué hacemos? ¿Lo detenemos?
—Sí —respondió Kollberg.
El Limpa se dirigió lentamente hacia el coche, se agachó, miró a Kollberg a través de la ventanilla lateral y se echó a reír. Luego dio la vuelta a la parte trasera del vehículo y subió de nuevo a la acera. Abrió la puerta del asiento delantero, donde Martin Beck estaba sentado, se inclinó hacia delante y soltó otra carcajada.
Martin Beck y Kollberg permanecieron sentados en silencio dejando que se desahogara del todo, simplemente porque no sabían muy bien qué hacer.
Al cabo de un rato, el Limpa se recuperó un poco de su ataque de risa y preguntó:
—¿Por fin os han degradado? ¿O es algún tipo de mascarada?
Martin Beck suspiró y salió del coche. A continuación abrió la puerta de atrás.
—Entra, Lindberg —ordenó—. Te llevamos a Västberga.
—Me viene bien —contestó el Limpa de buen humor—. Así me quedo más cerca de casa.
De camino a la jefatura sur de policía, el Limpa refirió que había ido a visitar a su hermano en Råsunda, lo cual enseguida pudo ser corroborado por un coche patrulla que enviaron al lugar. En el piso no había armas, dinero ni bienes robados. Por su parte, el Limpa llevaba veintisiete coronas encima.
A las doce menos cuarto, se había hecho la hora de soltar al Limpa, y Martin Beck y Kollberg pudieron empezar a pensar en volver a casa.
Antes de irse, el Limpa dijo:
—Nunca me habría imaginado que tuvierais tanto sentido del humor. Primero, la idea esa de disfrazarse: qué divertido. Pero lo mejor ha sido que pusierais PIG en el coche, casi como si lo hubiera hecho yo.
A ellos mismos la situación se les hacía moderadamente divertida, pero oyeron sus escandalosas carcajadas al bajar las escaleras. Sonaba casi como «El policía que ríe».
En realidad, no importaba mucho. El Limpa pronto sería arrestado. Era de la clase de delincuentes a los que siempre se pilla.
Y además, muy pronto tendrían problemas totalmente diferentes de los que ocuparse.
3
El aeropuerto era un desastre nacional que no desmentía su fama. Bien es verdad que el viaje desde Arlanda, el aeropuerto de Estocolmo, solo había durado cincuenta minutos, pero ahora el avión llevaba hora y media sobrevolando en círculos la parte más meridional del país.
Niebla, esa era la lacónica explicación.
Y eso era exactamente lo que cabía esperar. El aeropuerto había sido construido —después de que la población de la zona hubiera sido desplazada— en uno de los lugares más brumosos de Suecia. Y por si eso fuera poco, en medio de una conocida ruta migratoria de aves y a una distancia extremadamente incómoda de la ciudad.
Además se había destruido un espacio natural que debería haber estado protegido por la ley. El daño, extenso e irreparable, constituía un delito grave contra el medio ambiente, típico del cinismo antihumanitario que cada vez más caracterizaba la llamada «sociedad más humana». Esta expresión, a su vez, era de una desfachatez tan infinita que al hombre común le resultaba difícil entender.
Al final el piloto se cansó y decidió aterrizar, con niebla o sin ella. Unos cuantos pasajeros pálidos y sudorosos desfilaron dispersos hacia la terminal.
En el interior era como si la combinación de colores, gris y amarillo azafrán, subrayase el tufo a engaño y corrupción.
Alguien había sido capaz de esconder unos cuantos millones en sus cuentas bancarias suizas. Alguien que ocupaba un cargo público tan alto que hacía que todo ciudadano se avergonzara de su escasa y totalmente formal participación en la pseudodemocracia sueca y en su bancarrota, que pronto sería total.
Martin Beck dejaba atrás unas cuantas horas desagradables. Siempre había odiado volar y la nueva mecánica no mejoraba la situación. El avión era del tipo Douglas DC-9, que había comenzado por subir, en un abrupto contrapicado, a una altura a todas luces excesiva para el hombre ordinario atado a la tierra. A continuación, había sobrevolado el país con una velocidad abstracta y vertiginosa, para terminar con un monótono movimiento circular. El líquido servido en vasos de papel, que se suponía era café, de inmediato provocaba náuseas. El aire en la cabina estaba viciado y hacía sudar, y sus compañeros de viaje eran apurados tecnócratas y hombres de negocios que no paraban de mirar el reloj y de hurgar nerviosamente en sus maletines portadocumentos.
El vestíbulo de llegadas no podía siquiera calificarse de desagradable. Más bien era monstruoso, un desastre ambiental al lado del cual una polvorienta estación de autobuses situada en el quinto pino resultaba, en comparación, animada y humana. Había un puesto de perritos calientes que vendía una incomible parodia de alimentos sin ningún valor nutritivo, un quiosco de prensa que exhibía un expositor de preservativos y revistas guarras, unas cintas transportadoras de equipaje vacías y unas cuantas sillas que podrían haber sido fabricadas durante el apogeo de la Inquisición. A ello se añadían una docena de soñolientos y aburridísimos policías y funcionarios de aduanas, que sin duda habían sido destinados allí a la fuerza, y un solo taxi, cuyo conductor dormitaba sobre el último número de una revista pornográfica abierta sobre el volante.
Martin Beck, tras esperar durante un rato absurdamente largo a que llegase su pequeña maleta, la agarró y salió a la niebla otoñal.
Un pasajero subió al taxi y con él arrancó.
Dentro del vestíbulo nadie había dicho nada ni hecho ningún ademán de reconocerlo. La gente que había allí tenía aspecto apático, casi como si hubieran perdido su capacidad de hablar o por lo menos todo interés en expresarse.
El jefe de la Brigada Nacional de Homicidios había llegado, pero nadie parecía apreciar la importancia de este acontecimiento. Ni los más novatos periodistas se molestaban en acudir al lugar a enriquecer su vida con juegos de cartas, salchichas recalentadas y refrescos petroquímicos. Además, allí nunca venía ninguno de los llamados famosos.
Dos autobuses de color rojo anaranjado estaban aparcados frente al edificio de la terminal. Carteles de plástico indicaban sus destinos: LUND y MALMÖ. Sus conductores fumaban en silencio.
La noche era cálida y el aire húmedo. Halos brumosos circundaban las farolas eléctricas.
Los autobuses arrancaron: uno, vacío; el otro, con un pasajero. Otros viajeros corrían hacia el aparcamiento.
Martin Beck tenía aún las palmas de las manos sudorosas: volvió a entrar y buscó el servicio. No funcionaba la cadena. En el urinario había tirados un perrito caliente a medio comer y una botella de aguardiente vacía. En el lavabo se veían pelos pegados en la gruesa capa de suciedad. El dispensador de toallas de papel estaba vacío.
Este era Sturup, el aeropuerto de Malmö. Tan nuevo que aún no estaba del todo terminado.
Martin Beck dudaba de que tuviera sentido terminarlo. En cierto modo podía ser considerado perfecto. En cuanto manifestación de un gran fiasco.
Se limpió las manos con su pañuelo. Salió de nuevo a la noche y en ella experimentó por un momento una sensación de soledad.
No es que esperara que lo recibiera la orquesta de la policía o el jefe montado a caballo, pero lo que no esperaba es que no lo recibiese nadie en absoluto.
Introdujo la mano en el bolsillo en busca de suelto y consideró la posibilidad de localizar una cabina de teléfono público que no tuviera el cable cortado o la ranura de las monedas taponada con chicle.
La luz cortaba la niebla. Un coche patrulla blanco y negro se acercó en dirección al edificio amarillo azafrán.
Marchaba despacio, y al llegar a la altura del solitario viajero se detuvo por completo. La ventanilla bajó y un hombre pelirrojo de patillas poco pobladas lo miró con frialdad.
Martin Beck no dijo nada.
Al cabo de un minuto, el hombre levantó la mano y le hizo un gesto con el dedo índice. Martin Beck se acercó al coche.
—¿Qué haces aquí?
—Espero un coche.
—¿Que esperas un coche? ¡No me digas!
—Tal vez usted me pueda ayudar.
El policía le miró confundido.
—¿Ayudar? ¿Qué significa eso?
—Llego tarde y usted podría ponerse en contacto por radio.
—¿Estás loco?
Sin apartar los ojos de Martin Beck, masculló unas cuantas palabras.
—Lo has oído, ¿eh? Dice que podríamos ponernos en contacto por radio. Cree que somos una puta agencia de chulos, eh. ¿Lo has oído?
—Lo he oído —contestó el otro policía sin interés.
—¿Puedes identificarte? —preguntó el primero.
Martin Beck se llevó la mano al bolsillo trasero, pero cambió de opinión y dejó caer el brazo.
—Sí, puedo —respondió—. Pero no quiero.
Le dio la espalda y volvió a coger la maleta.
—¿Has oído, eh? —exclamó el policía—. Dice que no quiere. Se cree que es un tipo duro. ¿Tú crees que es un tipo duro?
La ironía era tan fuerte que las palabras caían al suelo como ladrillos.
—¡Oh, no te preocupes por él! —dijo el que conducía—. No más bronca por esta noche, eh.
El pelirrojo se quedó mirando a Martin Beck de hito en hito, durante un buen rato. Luego siguió una conversación entre dientes y el coche arrancó. A los veinte metros se detuvo de nuevo, de modo que los policías podían observarle en el espejo retrovisor.
Martin Beck miró hacia otro lado. Suspiró profundamente.
Mientras esperaba allí, casi se le podría tomar por cualquier cosa.
Durante el año último año había conseguido quitarse un buen número de sus antiguas maneras policiales. Por ejemplo, ya no cruzaba las manos a la espalda cada dos por tres y ahora podía estar quieto de pie durante un rato sin balancearse hacia delante y hacia atrás sobre las plantas de los pies.
A pesar de haber echado algo de carnes, todavía era, a sus cincuenta y un años, un hombre alto y fornido, vigoroso, aunque un poco encorvado. Vestía también de forma más relajada que antes, si bien en la elección de la ropa no intentaba aparentar una juventud ganada a pulso: sandalias, tejanos, polo y una cazadora deportiva azul. En cambio, podría decirse que era un atuendo poco convencional para un comisario.
Y al parecer, a los dos policías del coche patrulla se les había indigestado. Aún seguían ponderando la situación cuando un Opel Ascona color rojo tomate giró ante el edificio de la terminal y aminoró la marcha. Un hombre salió, dio la vuelta al coche y dijo:
—¿Nöjd?2
—Beck.
—Todo el mundo suele partirse cuando digo Nöjd.
—¿Partirse?
—Sí, descojonarse, vamos.
—Ya.
Él no tenía tanta facilidad para reírse.
—También hay que reconocer que es un nombre absurdo para un policía. Señor Satisfecho. Por eso suelo presentarme así, con tono de interrogación. ¿Nöjd? A la gente digamos que le desconcierta.
El hombre metió la maleta en el portaequipajes.
—Llego tarde —dijo—. Nadie sabía dónde iba a aterrizar el avión. Yo apostaba a que sería en Copenhague, como de costumbre. Así que ya estaba en Limhamn cuando me dijeron que había aterrizado aquí. Sorry.
Le miró con los ojos entornados, vacilante, como tratando de explorar si el alto invitado estaba de mal humor.
Martin Beck se encogió de hombros.
—No importa —respondió—. No tengo prisa.
Nöjd echó un vistazo al coche patrulla, que todavía estaba detenido con el motor al ralentí.
—Este no es mi distrito —comentó sonriendo socarronamente—. Ese coche es de Malmö. Lo mejor es que nos larguemos antes de que nos arresten.
A todas luces tenía risa fácil. Además se reía de forma suave y contagiosa.
Sin embargo, Martin Beck no sonreía. Primero, porque no había mucho de lo que reírse, y segundo, porque estaba intentando formarse una opinión del otro. Esbozar una especie de descripción preliminar.
Nöjd era un hombre pequeño y patizambo: es decir, pequeño para pertenecer al cuerpo. Con sus botas verdes de goma atadas con cordones, su traje de sarga marrón grisáceo y su sombrero de safari descolorido en el cuello, tenía el aspecto de un agricultor, o por lo menos del dueño de unos dominios. Su rostro era moreno y curtido, con vivaces ojos marrones y arrugas alrededor de los ojos causadas por la risa. Sin embargo, era un tipo representativo de una particular categoría de policía provinciano. Un tipo que no se ajustaba al uniforme nuevo estilo, y que por ello estaba a punto de desaparecer, pero que aún no se hallaba del todo extinguido.
Era probablemente mayor que Martin Beck, pero tenía la ventaja de operar en un ambiente algo más sano y tranquilo, lo cual de ninguna manera quiere decir que fuera sano y tranquilo.
—Llevo aquí casi veinticinco años. Pero esto es nuevo para mí. La Brigada Nacional de Homicidios. De Estocolmo. Vaya historia.
Nöjd negó con la cabeza.
—Todo irá bien, seguramente —afirmó Martin Beck—. O...
El resto de la frase lo dijo para sus adentros: «O no irá en absoluto».
—Exactamente —corroboró Nöjd—. Entienden de qué va la cosa.
Martin Beck se preguntó si simplemente hablaba en plural o si era una fórmula de cortesía que usaba por inseguridad o vieja costumbre. Lennart Kollberg vendría desde Estocolmo en coche y se podía esperar que llegara al día siguiente. Desde hacía muchos años, era el colaborador más cercano a Martin Beck.
—Esta historia va a filtrarse en breve —apuntó Nöjd—. Hoy he visto a un par de tipos por el centro. Periodistas, creo.
De nuevo negó con la cabeza.
—No estamos acostumbrados a estas cosas. A que se nos preste tanta atención.
—Una persona ha desaparecido —replicó Martin Beck—. No es nada inusual.
—No, pero no es ahí donde radica el problema. No, para nada. ¿Hablamos de ello ya?
—En realidad no, si no te importa.
—No me importa. No es mi estilo que me importe.
Se rio de nuevo, pero hizo una pausa y añadió con seriedad:
—Pero yo no soy quien dirige la investigación.
—La persona en cuestión tal vez acabará apareciendo. Así suele pasar.
Nöjd negó con la cabeza por tercera vez.
—No lo creo —dijo—. Si mi opinión cuenta para algo. En cualquier caso, todo está listo. Lo dicen todos. Probablemente tienen razón. Todo este jaleo, bueno, perdón, esto de llamar a la Brigada Nacional de Homicidios y todo eso, es debido a las circunstancias extraordinarias.
—¿Quién lo dice?
—El de arriba. El jefe.
—¿El jefe de la policía de Trelleborg?
—El mismo. Pero, de acuerdo, lo dejamos por ahora. Esta es la nueva carretera al aeropuerto. Y aquí salimos a la carretera principal entre Malmö e Ystad. También es nueva. ¿Ves esas luces allá a la derecha?
—Sí.
—Es Svedala. Sigue perteneciendo al distrito de Malmö. Un distrito enorme.
Acababan de salir del cinturón de niebla, que al parecer se circunscribía al aeropuerto. El cielo estaba estrellado. Martin Beck había bajado la ventanilla y aspiraba los aromas que llegaban de fuera. Olor a gasolina y a gasoil, pero también a una rica mezcla de abono y estiércol. El aire parecía cargado y saturado. Nutritivo. Nöjd condujo solo unos pocos cientos de metros por la autopista. Luego giró a la derecha y el aire del campo se hizo más intenso. Había un olor particular.
—Hojas y pulpa de remolacha —informó Nöjd—. Me recuerda a cuando era un crío.
En la autopista rugían los turismos y los camiones en una densa corriente, pero allí parecían estar solos. La noche se cernía, oscura y aterciopelada, sobre las onduladas llanuras.
Era obvio que Nöjd había recorrido ese trecho cientos de veces y se conocía al dedillo cada curva. Mantenía un ritmo uniforme en la conducción y casi no necesitaba ni mirar la carretera.
Encendió un cigarrillo y le alargó el paquete a Martin Beck.
—No, gracias —dijo este.
Apenas había fumado unos cinco cigarros en los dos últimos años.
—Si he entendido bien, quieres alojarte en la posada —apuntó Nöjd.
—Sí, estaría bien.
—He reservado una habitación allí, en todo caso.
—Muy bien.
Las luces de una localidad más grande aparecieron ante ellos.
—Pues digamos que hemos llegado. Esto es Anderslöv.
Las calles estaban vacías, pero bien iluminadas.
—No hay vida nocturna aquí —comentó Nöjd—. Es un sitio tranquilo y silencioso. Bonito. He vivido aquí toda mi vida y nunca he tenido ninguna queja. Hasta ahora.
El lugar parecía condenadamente muerto, pensó Martin Beck. Pero quizás era así como tenía que ser.
Nöjd aminoró la marcha, señaló un bajo edificio de ladrillo amarillo y dijo:
—La comisaría. Ahora está cerrada, claro. Puedo abrir si quieres.
—No hace falta.
—La posada está a la vuelta de la esquina. El jardín ante el que acabamos de pasar forma parte de ella. Pero el restaurante no está abierto a esta hora. Si quieres, podemos ir a mi casa a tomar una cerveza y un sándwich.
Martin Beck no tenía hambre. El vuelo le había quitado todo el apetito. Rehusó cortésmente. Luego preguntó:
—¿Está lejos la playa?
La pregunta no pareció sorprender a su interlocutor. Nöjd quizá no solía sorprenderse.
—No —respondió—. No muy lejos, que digamos.
—¿Cuánto tiempo se tarda en llegar allí?
—Quince minutos más o menos. Como mucho.
—¿Te importaría llevarme?
—No, en absoluto.
Nöjd torció, entrando en lo que parecía ser la calle principal.
—Esta es la mayor atracción del pueblo —dijo—. La Carretera. La Carretera con C mayúscula. El viejo camino principal entre Malmö e Ystad. Cuando giremos hacia la derecha nos encontraremos al sur de la Carretera. Entonces estarás de verdad en Escania.
La carretera secundaria era sinuosa, pero Nöjd conducía por ella con la misma evidente facilidad. Pasaron por delante de granjas y blancas iglesias.
Al cabo de diez minutos empezó a oler a mar. Un poco más tarde se encontraban en la playa.
—¿Quieres que pare?
—Sí, por favor.
—Si quieres meterte en el agua tengo un par de botas de goma en el maletero —dijo Nöjd mientras soltaba una risita.
—Gracias, con mucho gusto.
Martin Beck se puso las botas. Le quedaban un poco pequeñas, pero no pensaba ir muy lejos.
—¿Exactamente dónde estamos ahora?
—En Böste. Las luces de la derecha son Trelleborg. El faro de la izquierda es Smygehuk. No se puede ir más allá.
Smygehuk era el extremo sur del país.
A juzgar por las luces y su reflejo en el cielo, Trelleborg debía de ser una gran ciudad. De camino al puerto había un gran barco de pasajeros iluminado, probablemente el transbordador de trenes que venía desde Sassnitz, en Alemania Oriental.
El Báltico golpeaba indolentemente la orilla. El agua era absorbida con un ligero silbido por la fina arena.
Martin Beck pisó el terraplén de algas oscilantes. Avanzó unos pasos dentro del agua. Sentía una agradable sensación de frescor a través de las botas.
Se inclinó hacia delante, y cogió agua haciendo un cuenco con las manos. Se enjuagó la cara y aspiró el agua fría por la nariz. Era agua salobre, con un fresco sabor salado.
El aire era húmedo. Olía a algas marinas, peces y alquitrán.
A unos metros de él veía redes que colgaban, así como los contornos de un barco de pesca.
¿Qué era lo que Kollberg solía decir?
Lo mejor de la Brigada Nacional de Homicidios es que de vez en cuando te das un garbeo.
Martin Beck levantó la cabeza y escuchó. Lo único que se oía era el mar.
Al cabo de un rato regresó al coche. Nöjd estaba apoyado en el guardabarros delantero, fumando. Martin Beck asintió con la cabeza.
Mañana estudiaría el caso.
No tenía grandes expectativas. Por lo general, todo se reducía a rutina y a tediosas repeticiones. En su mayoría trágicas y deprimentes.
La brisa marina era leve y fresca.
Un carguero pasó arando el mar a lo largo del oscuro horizonte. En dirección oeste. Vio el verde farol de estribor y algunas luces en el centro del barco.
Anhelaba subir a bordo.
4
Martin Beck se despertó por completo desde el preciso instante en que abrió los ojos. La habitación era espartana, pero cómoda. Tenía dos camas y una ventana orientada al norte. Las camas se hallaban paralelas, a un metro de distancia entre ellas: en una reposaba su maleta y en la otra, él mismo; en el suelo yacía el libro del que había leído la mitad de una página y dos pies de foto antes de quedarse dormido. Era un libro exclusivo perteneciente a la serie «Famous Passenger Liners of the Past»: The French Line Quadruple-Screw Turbo-Electric Liner Normandie.
Miró el reloj. Las siete y media. De fuera llegaban ruidos dispersos, motores de automóviles y voces. En algún lugar de la casa alguien tiraba de la cadena de un inodoro. Había algo que era distinto a lo habitual. Enseguida se dio cuenta de qué: había dormido en pijama, lo que por entonces solo hacía cuando estaba de viaje.
Martin Beck se levantó, fue hasta la ventana y miró a través de ella. Parecía hacer buen tiempo: el sol brillaba sobre el césped del parque que había detrás de la posada.
Se aseó rápidamente, se vistió y bajó a la planta baja. Por un momento consideró la posibilidad de desayunar, pero desechó la idea. Nunca había sido aficionado a comer por la mañana, sobre todo no lo había sido de niño, cuando su madre le obligaba a tomar la leche chocolateada y tres tostadas antes de ir a la escuela. A menudo vomitaba en el camino.
En su lugar, buscó en el bolsillo una corona y la metió en la ranura de la máquina recreativa que estaba a la izquierda de la entrada. Bajó la palanca, salieron dos cerezas y canjeó los beneficios. Luego abandonó la casa, caminó en diagonal a través de la plaza adoquinada, pasó la tienda de la licorería estatal que aún no estaba abierta, giró dos esquinas y se encontró en la comisaría de policía. El edificio de al lado albergaba a todas luces el cuerpo voluntario de bomberos, pues un camión con escalera estaba aparcado frente a la comisaría. Se vio obligado a meterse prácticamente debajo de la escalera de incendios para llegar a la entrada. Un tipo vestido con un mono grasiento estaba arreglando algo en el coche de bomberos.
—Hola —saludó alegremente.
Martin Beck se sobresaltó. Era claramente un pueblo poco convencional.
—Hola —respondió.
La puerta de la comisaría estaba cerrada con llave y en la ventana había pegado con celo un papel en el que alguien había escrito con bolígrafo:
Horario de oficina
Laborables 08:30-12:00 y 13:00-14:30
Jueves tb. 18:00-19:00
Sábados cerrado
No se especificaba nada acerca de los domingos. Es de suponer que tales días se paraba la criminalidad, que tal vez estaba incluso prohibida.
Martin Beck miró pensativamente el papel. Viniendo de Estocolmo, le era a uno difícil imaginarse algo así.
Así que tal vez debería desayunar después de todo.
—El comisario vendrá enseguida —informó el hombre del mono—. Ha salido con el perro hace diez minutos.
Martin Beck asintió con la cabeza.
—¿Es usted el famoso detective?
Era una pregunta espinosa, a la que no respondió de inmediato.
El hombre siguió trajinando en el coche de bomberos. Sin girar la cabeza, dijo:
—Sin ánimo de ofender. Es que he oído que un famoso madero iba a alojarse en la posada. Y como no le conocía a usted...
—Sí, debo de ser yo —contestó vacilante Martin Beck.
—Así que a Folke lo van a meter en el trullo, entonces.
—¿Por qué lo cree usted?
—Oh, todo el mundo lo sabe.
—¿En serio?
—Es una lástima. Su arenque ahumado era muy bueno.
La conversación terminó cuando el hombre se deslizó debajo del coche y desapareció.
Si esta era la opinión generalizada, entonces Nöjd no había exagerado.
Martin Beck se quedó pensativo, frotándose el nacimiento del pelo.
Al cabo de unos minutos el señor comisario Nöjd emergió desde el otro lado del camión de bomberos. Llevaba al cuello el mismo sombrero de cazador de leones y vestía una camisa de franela a cuadros, pantalones de uniforme y ligeros zapatos de ante. Un gran perro color gris y blanco tiraba de la correa. Se deslizaron bajo la escalera del camión y el perro se levantó sobre las patas traseras, puso las delanteras en el pecho de Martin Beck y empezó a lamerle la cara.
—Quieto, Timmy —le ordenó Nöjd—. Quieto, te he dicho. Vaya con el perro.
El perro pesaba mucho, de modo que Martin Beck retrocedió dos pasos.
—Quieto, Timmy —repitió Nöjd.
El perro dio tres vueltas y luego se sentó de mala gana, miró a su amo y aguzó el oído.
—Posiblemente, el peor perro policía del mundo. Pero tiene excusa. No se le ha entrenado. Por eso no obedece. Pero como resulta que yo soy policía, él se ha convertido en perro policía. En cierto modo.
Nöjd se echó a reír. Sin mucha justificación, pensó Martin Beck.
—Cuando los HIF vinieron aquí a jugar, me lo llevé al partido.
—¿Los HIF?
—El equipo de fútbol de Helsingborg. No sabes nada de fútbol, ¿eh?
—Muy poco.
—Bueno, pues se soltó, claro, y corrió hacia el campo. Cogió el balón de uno de los jugadores de Anderslöv. El jaleo que se armó. El árbitro me echó la bronca. Es la cosa más dramática que ha sucedido aquí en los últimos años. Hasta ahora, por supuesto. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Detener al árbitro? Legalmente, no sé qué estatus tiene un árbitro de fútbol.
Se rio de nuevo.
—Así que salgo al campo y cojo al árbitro por banda. Le digo: ¿Nöjd? Inspector de policía. ¿Sería usted tan amable de acompañarme? Desacato a la autoridad. No cuela. Así que allí me quedé con cara de tonto.
Nöjd se echó a reír y Martin Beck se vio obligado a preguntar:
—¿De qué te ríes?
—Bueno, me preguntaba si Timmy hubiera metido un gol, ¿qué habría pasado entonces?
Martin Beck estaba visiblemente perplejo.
—Hola, por cierto —saludó Nöjd.
—Buenas, señor comisario —contestó una voz sepulcral desde debajo del camión de bomberos.
—Oye, Jöns, ¿tienes que aparcar ese matraco frente a la policía?
—Aún no has abierto —replicó Jöns.
Su voz sonaba apagada.
—Pero voy a hacerlo ahora.
Nöjd sacudió las llaves y el perro se puso a corretear.
Nöjd abrió la puerta, lanzó una rápida mirada oscura a Martin Beck y dijo:
—Bienvenido a la comisaría local de Anderslöv, en el distrito de Trelleborg. Este es el edificio del ayuntamiento. Alberga la oficina de la Seguridad Social, la comisaría de policía y la biblioteca. Yo vivo en la parte superior. Todo nuevo y como los chorros del oro, como se suele decir. Un calabozo genial. Lo usamos dos veces el año pasado. Este es mi despacho. Pasa.
Era un despacho agradable con un escritorio y dos sillones para las visitas. Los grandes ventanales daban a una especie de patio. El perro se tumbó bajo el escritorio.
Detrás de este había estantes con muchos libros. Sobre todo códigos legislativos, pero también un buen número de otros volúmenes.
—Ya han llamado desde Trelleborg —comentó Nöjd—; el comisario de la policía criminal y el jefe de la policía también. Parecen decepcionados de que te alojes aquí.
Se sentó frente al escritorio y sacó un cigarrillo.
Martin Beck se sentó en uno de los sillones para las visitas.
Nöjd cruzó las piernas y toqueteó el sombrero, que había puesto sobre la mesa.
—Seguramente vendrán hoy. Por lo menos el comisario. A no ser que nosotros nos dejemos caer por Trelleborg.
—Yo prefiero quedarme aquí.
—Muy bien.
Rebuscó entre los papeles de la mesa.
—Aquí están los documentos. ¿Quieres echarles un vistazo?
Martin Beck reflexionó un momento y preguntó:
—¿Podrías contármelo verbalmente?
—Con mucho gusto.
Martin Beck se sentía relajado. Le gustaba Nöjd. Probablemente todo iría bien.
—¿Cuántas personas trabajan aquí contigo?
—Cinco. Una secretaria, una chica maja. Tres subinspectores cuando no hay vacantes. Un coche patrulla. ¿Has desayunado, por cierto?
—No.
—¿Te apetece?
—Sí.
La verdad es que empezaba a sentir un poco de hambre.
—Bueno —dijo Nöjd—. ¿Cómo lo hacemos? Podemos subir a mi casa. Britta vendrá a abrir a las ocho y media. Si hace falta me llamará. Arriba tengo café, té, pan, queso, mermelada y huevos. No lo sé exactamente. ¿Quieres un café?
—Prefiero té.
—Yo también soy de té. Me llevo los papeles conmigo y subimos al piso de arriba. ¿De acuerdo?
El piso de arriba era cálido y personal, muy ordenado, pero no apto para la vida familiar. Se veía enseguida que su ocupante llevaba soltero muchos años, tal vez toda la vida, y que era de costumbres inveteradas. De la pared colgaban dos rifles de caza y un viejo sable de policía. El arma reglamentaria de Nöjd, una Walther 7,65, reposaba descompuesta sobre un trozo de hule que cubría lo que probablemente era la mesa del comedor.
Al parecer, las armas eran uno de sus hobbies.
—Me gusta disparar —dijo.
Luego se echó a reír y añadió:
—Pero no a la gente. Nunca lo he hecho. Ni siquiera he llegado a apuntar a alguien. Además, no la llevo nunca conmigo. Tengo también un revólver, un modelo de competición. Pero lo tengo bajo llave, en la cámara acorazada de abajo.
—¿Se te da bien?
—Bueno. A veces gano. Más bien muy de vez en cuando. Tengo la medalla, claro.
Eso solo podía significar una cosa. La medalla de oro. La que solo ganan los tiradores de élite.
En cambio, Martin Beck era pésimo disparando. Nada de medallas de oro. Ni de otro tipo. Sin embargo, había apuntado a personas y les había disparado. Aunque nunca mató a nadie. Ese era el aspecto positivo.
—Puedo despejar la mesa —comentó Nöjd sin mucho entusiasmo—. Yo por lo general como en la cocina, claro.
—Yo también —dijo Martin Beck.
—¿También eres soltero?
—Más o menos.
—Ah, vaya.
Nöjd parecía indiferente.
Martin Beck se había divorciado y tenía dos hijos adultos, una hija de veintidós años y un hijo de dieciocho.
Más o menos quería decir que desde hacía un año una mujer acudía a su casa con bastante regularidad. Su nombre era Rhea Nielsen y probablemente la amaba. Esto había cambiado su hogar: para mejor, le parecía a él.
Pero esto no le incumbía a Nöjd, que por otro lado no parecía tener ningún interés en cómo el jefe de la Brigada Nacional de Homicidios organizaba su vida privada.
La cocina estaba decorada de forma práctica y contaba con todos los elementos modernos. Nöjd puso un cazo sobre la placa caliente, sacó cuatro huevos de la nevera y preparó el té en la cafetera, es decir, calentó el agua y luego colocó las bolsitas de té en las tazas. Un método eficaz, aunque no muy satisfactorio para los entendidos.
Sintiendo que debía hacer algo útil, Martin Beck introdujo dos rebanadas de pan ya cortadas en la tostadora eléctrica.
—Aquí hay sitios donde hacen un pan muy bueno —comentó Nöjd—. Pero la mayoría de las veces lo compro en Konsum. Konsum me gusta.
A Martin Beck no le gustaba el supermercado Konsum, pero no dijo nada.
—Está tan cerca —prosiguió Nöjd—. Todo está cerca aquí. Creo que Anderslöv tiene la mayor concentración comercial de Suecia. O por lo menos casi.
Comieron, fregaron los platos y regresaron a la sala.
Nöjd sacó los papeles doblados de su bolsillo y dijo:
—Papeles. Estoy cansado de ellos. Esto se ha convertido en un trabajo burocrático: nada más que solicitudes y permisos y copias y toda esa mierda. Antes era peligrosísimo ser policía aquí. Dos veces al año, durante las campañas de la remolacha, venía todo tipo de gente. Algunos bebían y se pegaban como no te imaginas. Algunas veces era necesario intervenir. Y tenías que ser más rápido si querías salvar el pellejo. Era jodido, pero también divertido en cierto modo. Ahora es diferente. Todo automatizado y mecánico.
Hizo una pausa.
—Pero no era de esto de lo que iba a hablar. Además, no necesito papeles. Los hechos son jodidamente simples. La dama en cuestión se llama Sigbrit Mård. Tiene treinta y ocho años y trabaja en una pastelería de Trelleborg. Divorciada, sin hijos, y vive sola en una pequeña casa de Domme, que está de camino a Malmö.
Nöjd miró a Martin Beck. Su expresión era severa, pero aun así llena de humor.
Repitió:
—De camino a Malmö. Esto es, en dirección oeste, en la 101.
—No confías demasiado en mi sentido de la orientación —dijo Martin Beck.
—No serías el primero en perderse por las llanuras de Escania —observó Nöjd—. Por cierto...
—¿Sí?
—La última vez que estuve en Estocolmo (y por Dios que espero que sea la última) me fui a la redacción del Ny Dag en lugar de a la Dirección General de Policía. Me encontré con el jefe del partido comunista, C.-H. Hermansson, en las escaleras, y me pregunté qué coño hacía en la Dirección General de Policía. Pero fue muy majo. Me condujo a donde yo quería, llevando la bicicleta todo el camino.
Martin Beck se echó a reír.
Nöjd aprovechó la oportunidad para unirse.
—Pero eso no es todo. Al día siguiente, pensé en subir a decirle hola al jefe de policía. El viejo, el que estuvo antes en Malmö. Al nuevo, gracias a Dios, no lo conozco. Entré en el ayuntamiento, donde una especie de guardia intentó mostrarme el Salón Azul. Cuando se dio cuenta de lo que yo quería, me mandó a Scheelegatan y entré en el Tribunal de Primera Instancia. El guardia le preguntó en qué sala era mi juicio y por qué me procesaban. Cuando finalmente llegué a la comisaría de policía en Agnegatan, Lüning ya se había ido a casa. Así que ese día no le pude decir hola. Entonces tomé el tren nocturno de regreso. Me lo pasé genial en el camino de vuelta, viniendo hacia el sur, cien kilómetros, vaya diferencia.
Miró pensativo.
—Estocolmo —dijo—. Qué asco de ciudad. Pero a ti te gusta, por supuesto.
—He vivido allí toda mi vida —contestó Martin Beck.
—Malmö es mejor —afirmó Nöjd—. Aunque no mucho mejor. No me gustaría trabajar allí, salvo si me hicieran jefe, claro. Pero Estocolmo, ni hablar.
Se echó a reír a carcajadas.
—Sigbrit Mård —dijo Martin Beck.
—Sigbrit libraba en el trabajo ese día. Había dejado el coche en el taller, así que cogió el autobús a Anderslöv. Tenía que hacer un par de recados. Fue al banco y a correos. Luego desapareció. No cogió el autobús. El conductor la conoce y sabe que ese día no subió. Nadie la ha visto desde entonces. Era el 17 de octubre. Era sobre la una cuando salió de correos. El coche, un Escarabajo, sigue en el taller. Allí no hay nada. Yo mismo lo examiné. Después se tomaron muestras que fueron enviadas a Helsingborg. Todo negativo. No hay pistas, por así decirlo.
—¿La conoces? ¿Personalmente?
—Claro. Hasta que empezó esta moda verde, yo conocía a todas y cada una de las personas que vivían en el distrito. Ahora la cosa no es tan fácil. La gente se ha ido a vivir a viejas casas abandonadas y granjas en estado de ruina. No se empadronan, y cuando vas a sus casas, a menudo ya se han mudado. Otra persona se ha trasladado a la casa. Lo único que queda es una cabra y una huerta macrobiótica.
—Pero ¿Sigbrit Mård no es de esos?
—Qué va. Es normal. Lleva aquí más de veinte años. Es de Trelleborg. Parece alguien estable. Siempre ha sido diligente con su trabajo y todo eso. Muy normal. Tal vez un poco frustrada.
Encendió un cigarrillo después de haberlo mirado pensativo.
Luego agregó:
—Pero eso es también normal en este país. Yo, por ejemplo, fumo demasiado. Es probable que sea por frustración.
—Entonces, ¿podría simplemente haberse largado?
Nöjd se inclinó y rascó al perro detrás de las orejas.
—Sí —declaró finalmente—. Es una posibilidad. Pero no lo creo. De aquí no se va uno así sin más, pasando totalmente desapercibido. No se deja, por ejemplo, la casa intacta. Registré su casa junto con inspectores de Trelleborg. Todo estaba allí, todos los papeles y pertenencias personales, no se había llevado nada. Joyería y esas cosas. La cafetera y la taza seguían sobre la mesa. Todo tenía el aspecto de que ella hubiera salido un rato y pensara volver pronto.
—¿Tu qué crees entonces?
Esta vez Nöjd tardó aún más en responder. Sostenía el cigarrillo en la mano izquierda, mientras el perro le mordía juguetonamente la derecha. Todo rastro de risa había desaparecido de su rostro.
—Creo que ha muerto —dijo.
Después no habló más del tema.
De la carretera llegaba el ruido de un intenso tráfico.
Nöjd prestó atención:
—La mayoría de los camiones siguen recorriendo esa carretera entre Malmö e Ystad. A pesar de que la nueva 11 es mucho más rápida. Los conductores son animales de costumbres.
—Y la historia esa de Bengtsson —apuntó Martin Beck.
—Debes de saber más acerca de él que yo.
—Tal vez sí, tal vez no. Lo detuvimos por un delito sexual hace casi diez años. Después de muchas dudas. Era un tipo extraño. No sé qué pasó con él después.
—Yo sí lo sé —replicó Nöjd—. Todo el mundo en el pueblo lo sabe. Se le declaró consciente de sus actos y fue condenado a siete años y medio de prisión. Cuando salió se vino para acá y se compró una casita. Al parecer, tenía algo de dinero, porque se compró también un barco y un viejo camión. Se empezó a ganar la vida ahumando pescado, que a veces pescaba él mismo y a veces adquiría de gente que se dedicaba a pescar un poco por su cuenta. Algo que a los pescadores profesionales no les gusta, pero que tampoco es exactamente ilegal. Por lo menos, no desde mi punto de vista. Luego se puso a ir por ahí con el camión vendiendo arenque ahumado y huevos frescos, mayormente a unos pocos clientes habituales. A Folke se le aceptó como a una buena persona que nunca había hecho nada a nadie, que no hablaba mucho y que era muy reservado. Un tipo introvertido. Las veces que me lo encontré, daba la sensación como de estar pidiendo perdón por existir. Pero...
—¿Sí?
—Pero todo el mundo sabía que era un asesino. Se le examinó con lupa y se le condenó. Además, al parecer, fue un asesinato bastante desagradable, la víctima era una pobre extranjera.
—Se llamaba Roseanna McGraw. Y en verdad fue repugnante. Deleznable. Pero a él le había provocado sexualmente. Eso fue lo que dijo. Tuvimos también que provocarlo para cogerlo. La verdad es que no entiendo que pasase el examen psiquiátrico.
—¡Ah, bueno! —exclamó Nöjd mientras las arrugas causadas por la risa se extendían como telarañas alrededor de sus ojos—. También he estado en Estocolmo. Formación rápida de los psiquiatras forenses. En el cincuenta por ciento de los casos, los médicos están más locos que los pacientes.
—A mi modo de ver, Folke Bengtsson estaba claramente trastornado. Una mezcla de sadismo, moralismo y misoginia. ¿Conoce él a Sigbrit Mård?
—La conoce —respondió Nöjd—. La casa de él está a menos de doscientos metros de la de ella. Son vecinos cercanos. Ella es una de sus clientes regulares. Pero para él las cosas están muy feas.
—¿En serio?
—El caso es que estaba en correos a la misma hora que ella. Hay testigos que los vieron hablando. Él tenía su coche aparcado en la plaza. Estaba detrás de ella en la cola y se fue de allí unos cinco minutos después que ella.
Hubo un breve silencio.
—Tú conoces a Folke Bengtsson —dijo Nöjd.
—Sí.
—¿Y es posible...?
—Sí —contestó Martin Beck.
5
Nöjd dijo:
—Si he de ser sincero, y yo siempre lo soy, mi opinión es que Sigbrit está muerta y que las cosas están muy feas para Folke. Yo no creo en las coincidencias.
—¿Has dicho algo sobre su marido?
—Sí. Efectivamente. Es capitán de marina, pero empina el codo demasiado. Hace seis años tuvo no sé qué misteriosa enfermedad del hígado y fue enviado a su casa desde Ecuador. No le despidieron, pero como no le dieron ningún certificado de buena salud no se pudo enrolar de nuevo. Así que se vino aquí a vivir, y siguió bebiendo, de modo que no pasó mucho tiempo hasta que se separaron. Ahora vive en Malmö.
—¿No tienes contacto con él?
—Sí. Por desgracia. Digamos que un contacto muy palpable. Por decirlo de un modo suave. Lo que ocurre es que era ella la que quería el divorcio. Él estaba en contra. En contra del todo. Pero ella se salió con la suya. Llevaban casados mucho tiempo, pero él estaba casi siempre en el mar. Volvía a casa una vez al año o así, y entonces, al parecer, las cosas iban bien. Luego, cuando les tocó vivir juntos todo el tiempo, fue un completo desastre.
—¿Y ahora?
—Ahora lo que pasa es que cada vez que él se coge una cogorza viene acá para hablar de ello. Pero no hay nada de que hablar y por lo general termina felpeándola.
—¿Felpeándola?
Nöjd se echó a reír.
—Dialecto de Escania —aclaró—. ¿Qué decís en Estocolmo? Canear, ¿no? Violencia doméstica, en lenguaje policial. Qué puñetera expresión, por cierto. Violencia doméstica. En cualquier caso, me ha tocado ir para allá un par de veces. La primera vez logré hacerle entrar en razón hablándole. Pero la siguiente vez fue peor. Tuve que darle un puñetazo y meterlo en nuestro maravilloso calabozo. Sigbrit estaba hecha un puto asco. Ojos amoratados y unas marcas muy feas en el cuello.
Nöjd se puso a toquetear su sombrero de cazador de leones.
—Conozco a Bertil Mård. Se corre juergas, pero creo que no es tan malo como parece. Y está enamorado de Sigbrit. Y es celoso. Aunque no creo que tenga motivo. No sé nada sobre la vida sexual de ella, si la tiene. Si la tuviera, yo debería saberlo. Aquí en buena medida sabemos todo sobre todos. Sobre todo yo.
—¿Qué dice el propio Mård?
—Le interrogaron en Malmö. Tiene una especie de coartada para el 17 de octubre. Estaba en Copenhague ese día, dice. Cogió el transbordador Malmöhus, pero...
—¿Sabes quién lo interrogó?
—Sí. Un detective llamado Månsson.
Martin Beck conocía a Månsson desde hacía tiempo y tenía gran confianza en él. Se aclaró la garganta y dijo:
—Con otras palabras: que las cosas para Mård tampoco pintan bien.
Nöjd se quedó pensativo. Rascó al perro un rato y luego declaró:
—No. Pero pintan muchísimo mejor que para Folke Bengtsson.
—Si es que a Sigbrit le ha pasado algo.
—Ha desaparecido. Para mí es suficiente. Nadie de los que la conocen puede encontrar una explicación razonable.
—¿Qué aspecto tiene ella, por cierto?
—Qué aspecto tendrá ahora mismo, prefiero no pensarlo —respondió Nöjd.
—Es una idea preconcebida.
—Claro. Solo digo lo que yo creo. Por lo demás, ella es así.
Se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó dos fotografías, una foto de pasaporte y una ampliación doblada en color.
Echó un vistazo a las imágenes antes de alargárselas a Martin Beck.
Luego comentó:
—Las dos son buenas. Yo diría que su aspecto es normal. Como la mayoría de la gente. Bastante guapa, claro.
Martin Beck las examinó un largo rato. Dudaba de que Nöjd fuera capaz de verlas con los mismos ojos que él, lo cual, por supuesto, era por otro lado técnicamente imposible.
Sigbrit Mård no era bastante guapa. Más bien era una mujer bastante fea y desgarbada. Sin embargo, era evidente que se esforzaba al máximo en tener buen aspecto, lo cual en la mayoría de los casos conduce a un pobre resultado. Su rostro era irregular y afilado, y su expresión, irremediablemente amargada. Pero la foto de pasaporte no era, como la mayoría entonces, de fotomatón o de cámara Polaroid, sino una típica fotografía de estudio. Se había esmerado con el maquillaje y el peinado, y a buen seguro el fotógrafo le había dado varias muestras a elegir. La segunda imagen era una fotografía de aficionado, pero la copia no estaba hecha a máquina, sino revelada y retocada a mano. La mostraba de cuerpo entero, de pie en un muelle, y en el fondo se veía un barco de pasajeros con dos chimeneas. Miraba hacia el sol con afectación y posaba de una manera que a todas luces creía que le favorecía. Vestía una fina blusa sin mangas verde y una falda plisada de color azul, llevaba las piernas desnudas y de su hombro derecho colgaba una gran bolsa de verano amarilla y naranja. Calzaba unas sandalias con suela de plataforma. Adelantaba ligeramente el pie derecho, con el talón levantado del suelo.
—Esta es reciente —dijo Nöjd—. Fue tomada el verano pasado.
—¿Quién se la hizo?
—Una amiga suya. Hicieron una excursión.
—A Rügen, parece. Lo que se ve es el ferry Sassnitz, ¿no?
Nöjd parecía muy sorprendido.
—¿Cómo diantres lo sabes? —preguntó—. A pesar de que he prestado servicios en el control de pasaportes cuando ha habido escasez de oficiales, no puedo distinguir esos barcos. Pero tienes razón. Es el Sassnitz, e hicieron una excursión a Rügen. Allí puedes contemplar los acantilados y ver a los comunistas y todo eso. Tienen un aspecto muy normal. Para muchos es decepcionante. Un crucero de un día cuesta solo unas treinta o cuarenta coronas.
—¿De dónde sacaste esta foto?
—La encontré en su casa cuando hicimos el registro. Estaba pegada con celo a la pared. Seguramente le parecía una buena foto.
Inclinó la cabeza a un lado y miró de reojo la imagen.
—Ya lo creo que es buena. Ella es así, tal cual. Una tía muy mona.
—¿Nunca has estado casado? —preguntó Martin Beck de repente.
Nöjd se animó de inmediato.
—¿Vas a ponerte a interrogarme? —preguntó riendo—. Eso es lo que yo llamo empezar de cero.
—Lo siento —dijo Martin Beck—. Ha sido una tontería. Una pregunta impertinente.
Esto no era cierto. No se trataba de una pregunta no pertinente.
—Pero no me importa responderla, en todo caso. Una vez estuve viviendo con una chica de Abbekås. Estábamos prometidos. Y, por todos los demonios, era una puñetera planta carnívora. Al cabo de tres meses yo ya había tenido suficiente y al cabo de seis, a ella aún no le bastaba. Después de eso me he limitado a vivir con perros. Te lo dice alguien que sabe lo que hace. Se está muy bien sin mujer. Una vez que te acostumbras, el alivio es enorme. Lo siento al despertar cada mañana. Ella le ha hecho la vida imposible a tres tipos. A pesar de que, por supuesto, ya tiene varios nietos.
Se quedó un rato callado. Luego agregó:
—Lo que da un poco de congoja es no tener hijos. De vez en cuando. Pero muchas veces piensas lo contrario. Aunque aquí las cosas vayan bastante bien, hay algo chungo en la sociedad en su conjunto. Yo no hubiera querido criar niños aquí. La cuestión es si es posible hacerlo.
Martin Beck permaneció en silencio. Su propia contribución como educador había consistido fundamentalmente en callar y dejar que sus hijos se desarrollaran de la forma que le parecía natural. Había sido un éxito a medias nada más. Su hija, que se había convertido en una persona buena e independiente que a todas luces le apreciaba. Por otro lado, con su hijo nunca se había entendido. Para ser sinceros, no le caía bien, y el niño nunca le había mostrado sino desconfianza, falsedad y, en los últimos años, un abierto desprecio.
El muchacho se llamaba Rolf. La mayor parte de sus intentos de entablar conversación con él terminaban con la frase: «Mira, viejo, no tiene sentido que hablemos porque no vas a coscarte de lo que quiero decir». O bien: «Si yo tuviera cincuenta tacos, quizás habría una posibilidad; ya no estamos en el siglo diecinueve». O esta otra: «¡Si por lo menos no fueras madero!».
Nöjd estaba haciéndole carantoñas al perro. Ahora se interrumpió y dijo con una media sonrisa:
—¿Puedo contraatacar con otra pregunta?
—Claro.
—¿Por qué me preguntaste si había estado casado?
—Ha sido una tontería.
Por primera vez desde que se conocían, Nöjd puso un gesto serio. Un poco ofendido, además.
—No es verdad. Sé que no es verdad. Y creo que entiendo por qué me lo has preguntado.
—¿Por qué?
—Lo que has querido insinuar es que no sé nada de mujeres.
Martin Beck dejó las fotografías. Le era mucho más fácil sincerarse con las personas desde que había conocido a Rhea.
—Está bien —admitió—. Tienes razón.
—Bien —replicó Nöjd mientras encendía otro cigarrillo con gesto ausente—. Muy bien. Gracias. Es posible que estés en lo cierto. Soy un hombre que ha vivido sin mujeres su vida privada. Aparte de mi vieja y de la pescadora de Abbekås. Siempre he considerado a las mujeres personas normales, básicamente iguales a mí y a los hombres en general. Pero si existen diferencias sutiles, es posible que se me escapen. Como sé que soy un ignorante, he leído algunos libros y artículos y otras cosas en relación con la cuestión femenina, pero la mayor parte no vale nada. O dicen chorradas o, si no, cosas tan evidentes que incluso un hotentote lo entendería. La igualdad salarial y la discriminación sexual, por ejemplo.
—¿Por qué un hotentote?
La carcajada de Nöjd fue tan grande que el perro se levantó y comenzó a lamerle la cara.
—Hubo un concejal que dijo que los hotentotes eran el único pueblo antiguo que en dos mil años ni siquiera habían logrado inventar la rueda. Chorradas, por supuesto. No hace falta que te diga de qué partido era el sujeto en cuestión.
Martin Beck no quería saberlo. Tampoco tenía intención de preguntarle a Nöjd acerca de sus preferencias políticas. Cuando la gente se ponía a hablar de política, él se quedaba mudo como una pared.
Y mudo como una pared seguía cuando el teléfono sonó treinta segundos más tarde.
Nöjd levantó el auricular y dijo:
—¿Nöjd?
El interlocutor pareció hacer una broma.
—Sí, soy yo, digamos.
Luego añadió con cierta vacilación:
—Sí, aquí está.
Martin Beck levantó el teléfono:
—Beck al habla.
—Hola, soy Ragnarsson. Hemos hecho unas cien llamadas intentando localizarte. ¿Qué pasa?
Una de las desventajas de ser jefe de la Brigada Nacional de Homicidios era que los periódicos de mayor tirada tenían personal que se dedicaba a vigilar adónde viajaba uno y por qué. Para poder hacer esto, tenía que haber chivatos pagados en la administración de policía, lo cual era algo molesto, pero respecto a lo cual no se podía hacer nada. Al que más le molestaba era al jefe nacional de policía, que al mismo tiempo estaba aterrorizado de que aquello saliera de allí. Nada podía salir de allí.
Ragnarsson era periodista, uno de los mejores y más honestos, lo cual en absoluto significaba que su periódico fuera uno de los mejores y más honestos.
—¿Por qué no contestas? —preguntó Ragnarsson.
—Una persona ha desaparecido —respondió Martin Beck.
—¿Que ha desaparecido? Todos los días desaparece gente sin que tú te vayas a ningún lado. Por cierto, me enteré de que Kollberg también va para allá. Así que aquí hay gato encerrado.
—Tal vez. Tal vez no.
—Vamos a enviar allí a un par de personas. Para que lo sepas. Era todo lo que te quería decir. No voy a actuar a vuestras espaldas, ya lo sabes. Puedes confiar en mí. Hasta luego.
—Hasta luego.
Martin Beck se frotó el nacimiento del pelo. Confiaba en Ragnarsson, pero no en sus reporteros, y mucho menos en su periódico.
Nöjd se quedó pensativo.
—¿Un folletista?
—Sí.
—¿De Estocolmo?
—Sí.
—Entonces va a salir todo a la luz.
—Sin duda.
—Aquí también tenemos corresponsales locales. Se lo saben todo. Sin embargo, son inofensivos. Una especie de lealtad. El Trelleborgs Allehanda no está mal. Pero luego vienen los periódicos de Malmö. El Kvällsposten es el peor. Y además están el Aftonbladet y el Expressen.
—Por desgracia, seguramente pasará eso.
—Qué jodienda.
«Qué jodienda» era una expresión leve y habitual en Escania.
Más al norte sonaba mal.
Nöjd quizá no lo sabía. O tal vez le daba igual.
A Martin Beck le caía bien Nöjd.
Una especie de amistad evidente. Probablemente todo iría bien.
—¿Qué hacemos ahora?
—Lo que tú digas —contestó Martin Beck—. Tú eres el experto.
—En el distrito de Anderslöv. Sí, supongo que lo soy. ¿Te doy una vuelta para que te orientes? En coche. Pero no en el coche patrulla. Es mejor que vayamos en el mío.
—¿El de color rojo tomate?
—Ese. Todo el mundo lo reconoce, por supuesto. Pero se va mejor en él. ¿Nos vamos?
—Como quieras.
Se habló de tres cosas en el coche.
La primera era algo que Nöjd por alguna razón no había mencionado antes.
—Esta es la oficina de correos y ahora vamos a pasar por la parada de autobús. Cuando Sigbrit fue vista por última vez se encontraba más o menos aquí.
Disminuyó la velocidad y se detuvo.
—Una testigo también vio algo más.
—¿El qué?
—A Folke Bengtsson. Venía conduciendo su camioneta y justo cuando pasó delante de Sigbrit aminoró la marcha y se paró. Todo parecía natural. Había recogido el vehículo y conducía de camino a casa. Ellos se conocían y eran vecinos. Él sabía que ella esperaba el autobús y se ofreció a llevarla.
—¿Quién es la testigo?
Nöjd tamborileó los dedos en el volante.
—Una anciana del pueblo. Su nombre es Signe Persson. Cuando se enteró de que Sigbrit había desaparecido, vino a vernos y nos contó que ella ese día iba caminando por la otra acera. Había visto a Sigbrit y justo entonces llegó Bengtsson en la dirección contraria. Frenó y se detuvo. Pero ocurrió que cuando ella vino a vernos, solo Britta se hallaba en la comisaría. Así que dijo que le parecía mejor volver más tarde para hablar conmigo. Al día siguiente volvió, en efecto, y hablé con ella. Básicamente, me contó lo mismo. Que había visto a Sigbrit y que Folke se había detenido. Entonces le pregunté si realmente había visto cómo el vehículo se paraba y cómo Sigbrit se subía.
—¿Y qué contestó?
—Que no había querido darse la vuelta y mirar para no parecer curiosa. Fue una respuesta absurda, porque esta viejecita es probablemente la más cotilla de todo el distrito. Sonsacándola un poco, logré que me dijera que había vuelto la cabeza un momento después, y que entonces ya no se veía ni la camioneta ni a Sigbrit. Charlamos un poco más y al cabo de un rato me reconoció que no estaba segura. Y agregó que no quería poner a parir a la gente. Pero al día siguiente se encontró con uno de mis chicos en el supermercado y entonces afirmó taxativamente que había visto a Bengtsson detenerse y a Sigbrit subir al vehículo. Si sigue manteniendo eso, entonces Folke Bengtsson está objetivamente vinculado a la desaparición.
—¿Qué dice el propio Bengtsson?
—No lo sé. No he hablado con él. Dos criminalistas de Trelleborg fueron a verle, pero no estaba en casa. Después se decidió que os llamaríamos y más o menos recibí órdenes de no hacer nada. Digamos que no querían que me anticipase. Debía cruzarme de brazos y esperar a los expertos. Ni siquiera he redactado un acta de interrogatorio propiamente dicha de la conversación con Signe Persson. ¿Te parece una negligencia?
Martin Beck no respondió.
—A mí me parece una negligencia del copón —dijo Nöjd soltando una risita—. Pero me da un poco de miedo por Signe Persson. Estuvo implicada en el caso más difícil que he tenido. Eso fue hace unos cinco años. Dijo que la vecina había envenenado a su gato. Puso una denuncia formal, así que tuvimos que investigar. Entonces la otra viejecita denunció a Signe Persson diciendo que el gato había matado a su periquito. Desenterramos el cadáver del gato y lo enviamos a Helsingborg. No encontraron veneno. Entonces Signe nos refirió que la otra había comprado dos cigarros en el estanco y los había puesto a cocer. Había leído en una revista que si se hierven cigarros durante un tiempo suficiente se forman cristales de nicotina que son un veneno mortal que no deja rastros. La viejecita vecina había en efecto comprado dos cigarros, pero afirmaba que eran para los invitados y que su hermano se los había fumado. Le pregunté cómo el gato había podido matar al periquito si este siempre estaba dentro de la jaula. Ella contestó que Signe le había azuzado al gato de las narices contra el periquito hasta matarlo de miedo, ya que el pájaro sabía hablar y había dicho terribles verdades. Signe dijo que era muy cierto que el periquito la había llamado «puta» en al menos cinco ocasiones. Justo por entonces yo tenía aquí a un policía en prácticas que era la caña. Examinó la teoría esa de los cigarros y concluyó que era teóricamente posible y que si la víctima era consumidora habitual de nicotina, entonces el envenenamiento no se podía demostrar. Así que cuando Signe Persson vino por décima o duodécima vez, le pregunté si el gato solía fumar puros. Luego me retiró el saludo durante varios años. El caso fue desestimado y el policía en prácticas se quedó en casa hirviendo cigarros hasta que fue despedido. Entonces se estableció en Eslöv y se hizo inventor.
—¿Inventó algo?
—Lo único que sé es que trató de patentar una olla con borde luminoso y un detector de nicotina que maullaba si se metía en sopa de repollo envenenada. Como no le salió bien, intentó reconstruirlo en forma de un gato mecánico que funcionaba con carburo.
Nöjd miró el reloj y añadió:
—Esta ha sido la atracción turística número uno. La parada de autobús. Y además tenemos la historia de la testigo Signe Persson y del tipo que vio su vida arruinada por un gato fumador. Debo decir que no me hace la menor gracia un caso donde Signe figura como testigo clave. Ahora será mejor que nos movamos. El autobús llegará enseguida.
Puso el coche en marcha y miró el espejo retrovisor.
—Nos sigue un vehículo —observó—. Un Fiat color verde con dos chicos. Llevan ahí sentados desde que nos hemos detenido. ¿Les llevamos a dar una vuelta?
—Me parece bien.
—Es interesante esto de que te vigilen —comentó Nöjd—. Es una nueva experiencia para mí.
Iba a menos de treinta kilómetros por hora, pero el otro coche no hizo ningún intento de adelantarlo.
—Las casas de allá arriba a la derecha son el Domme. Allí viven Sigbrit Mård y Folke Bengtsson. ¿Quieres ir allí?
—Ahora mismo no. ¿Se ha hecho un estudio forense completo?
—¿En casa de Sigbrit? No, digamos que no. Estuvimos allí echando un vistazo y me llevé esa foto que tenía pegada en la pared del cabecero de la cama. Así que dejamos alguna que otra huella dactilar.
—Si estuviera muerta...
Martin Beck se interrumpió. La pregunta era bastante torpe.
—Y si yo la hubiera matado, ¿qué haría yo con el cuerpo? Ya lo he pensado. Pero hay demasiadas posibilidades. Un montón de hoyas de marga y de viejas chabolas ruinosas. Casetas y chozas. Casitas de veraneo vacías a lo largo de la costa del Báltico. Bosques y árboles caídos y arbustos y zanjas y todas esas cosas.
—¿Bosques?
—Sí, al norte, alrededor del lago Börringe. La policía solía hacer prácticas de tiro todos los años en un claro en la orilla oriental. Después de la tormenta del 68 se quedó en tal estado que no se puede pasar ni con un tanque. Llevará siglos retirar los árboles caídos. Además... Por cierto, hay un mapa en la guantera.
Martin Beck sacó el mapa y lo desdobló.
—Ahora estamos en Alstad, en la 101, en dirección a Malmö. A partir de aquí, te puedes orientar tú mismo.
—¿Vas a seguir así de lento?
—No, por supuesto, joder. Pura distracción. Solo quería asegurarme de que los tipos esos nos siguen.
Nöjd giró a la izquierda. El coche verde hizo lo mismo.
—Acabamos de dejar el distrito de Anderslöv —informó—. Pero volveremos enseguida.
—¿Qué ibas a decir antes? ¿Además...?
—Sí, además todo el mundo piensa que a Sigbrit Mård la llevó alguien en coche. E incluso tenemos un testigo que lo afirma. Si te fijas en el mapa verás que hay tres grandes carreteras que cruzan el distrito. La antigua carretera que acabamos de abandonar, la número 10 que bordea la costa desde Trelleborg hasta Ystad y luego continúa hasta Simrishamn, y también un trozo de la nueva carretera europea 14 que conecta con el ferry que llega de Polonia a Ystad y que conduce a Malmö y después a Dios sabe dónde. Además, tenemos una red de pequeñas carreteras, probablemente, sin parangón en todo el país.
—Ya lo veo —dijo Martin Beck.
Como de costumbre, empezaba a marearse en el coche.
Eso, sin embargo, no le impidió estudiar el paisaje que atravesaban. Nunca había estado antes en esa parte del país y no sabía mucho más de ella de lo que recordaba de las viejas películas de Edvard Persson. Las llanuras de Escania poseen una belleza ondulada y suave, son algo más que un paraíso rural densamente poblado, un peculiar trozo de tierra con una especie de armonía inherente.
De pronto pensó en un par de frases inconexas de la quejumbrosa cantinela general acerca de las cada vez peores condiciones que reinaban en el país. Suecia es un país espantoso, pero sin duda es espantosamente hermoso. Alguien lo había dicho o escrito, pero no recordaba quién.
Nöjd siguió hablando.
—La zona de Anderslöv es un poco especial. Cuando no estamos con papeleos, estamos conduciendo. Por ejemplo, recorremos ochenta mil kilómetros al año con los coches patrulla. En el pueblo viven cerca de un millar de personas y como mucho diez mil en toda el área. Pero tenemos casi veinticinco kilómetros de costa y en verano la población aumenta a más de treinta mil. Así que te puedes imaginar cuántas casas están vacías en esta época del año. Yo te hablo de personas que conozco y que en gran medida puedo localizar. Pero, haciendo un cálculo aproximado, hay aquí entre cinco y seis mil personas sobre las que no tenemos ningún control, los que viven en casas viejas o en caravanas y que constantemente se van para que otros ocupen su lugar.
Martin Beck contempló la encalada iglesia de excepcional belleza. Nöjd siguió su mirada y dijo:
—Dalköpinge. Si te interesan las iglesias bonitas, te puedo llevar a unas treinta. En todo el distrito, se entiende.
Llegaron a la carretera de la costa y la siguieron en dirección este. El mar estaba tranquilo y de color gris azulado; en el horizonte se divisaban varios barcos de carga.
—Lo que quiero decir es que si Sigbrit está muerta, hay cientos de lugares en los que pudiera encontrarse su cuerpo. Y si alguien la llevó en coche, Folke o cualquier otro, hay una probabilidad muy grande de que no se encuentre en el distrito. En ese caso, hay miles de sitios en los que podría estar.
Miró el paisaje costero y comentó:
—Espléndido, ¿verdad?
Era obvio que estaba orgulloso de su patria chica.
«Y no sin razón», pensó Martin Beck.
Pasaron el pueblo de Smygehuk.
El Fiat verde les seguía fielmente.
—El puerto de Smygehamn —señaló Nöjd—. En mi época se llamaba Östra Torp.
Los pueblos estaban cerca unos de otros. La playa de Beddinge. Skateholm. Aldeas de pescadores, en parte transformadas en centros turísticos de playa, pero bonitas. Sin edificios altos u hoteles de lujo.
—Skateholm —apuntó Nöjd—. Aquí termina mi área de competencia. Vamos a entrar en el distrito de Ystad. Te llevo hasta Abbekås. Esto es Dybeck. Pantanoso y horrible. El peor trozo de playa. Tal vez ella esté ahí en el barro. Bueno, ya estamos en Abbekås.
Nöjd cruzó el pueblo con lentitud.
—Sí, aquí vivía la tía aquella —declaró—. La que condicionó mi relación con las mujeres. Querrás ver el puerto, ¿no?
Martin Beck no se molestó en responder.
Un pequeño puerto pesquero con bancos de madera y algunos viejos con gorra marinera. Tres barcos de pesca. Cajas de arenques apiladas y redes tendidas para que se secasen.
Salieron y se sentaron cada uno en un bolardo. Las gaviotas graznaban sobre el rompeolas.
El Fiat verde se había detenido a veinte metros de distancia.
Los hombres permanecían sentados en el asiento delantero.
—¿Los conoces? —preguntó Martin Beck.
—No —respondió Nöjd—. No son más que unos chavales. Si quieren algo, podrían venir a charlar con nosotros. Debe de ser un coñazo estar ahí sentados mirando.
Martin Beck no dijo nada. Él era cada vez más mayor mientras los periodistas eran cada vez más jóvenes. El vínculo parecía deteriorarse año tras otro. Además, la policía ya no tenía buena fama, si es que alguna vez la había tenido. Martin Beck, personalmente, no consideraba que debiera avergonzarse por su trabajo, pero conocía a muchos que sí se avergonzaban y a todavía más que deberían avergonzarse.
—¿Qué ocurre con mi desconocimiento de las mujeres? —saltó Nöjd.
—Se me antoja que sabemos muy poco acerca de Sigbrit Mård. Sabemos qué aspecto tenía, y en qué trabajaba y que nunca armaba jaleo. Sabemos que está divorciada y sin hijos. Nada más. ¿Has pensado en que está en una edad en que muchas mujeres se sienten frustradas, sobre todo si no tienen hijos, familia o inquietudes especiales? Cuando entran en la perimenopausia y comienzan a sentirse viejas. Se consideran fracasadas en general y especialmente en lo sexual, y a menudo cometen errores. Se sienten atraídas por hombres más jóvenes, se meten en relaciones insensatas. Con frecuencia las timan, económica o emocionalmente.
—Gracias por la conferencia —dijo Nöjd.
Tomó un pedazo de madera del suelo y lo arrojó al agua. El perro se lanzó enseguida a cogerlo.
—Estupendo —agregó Nöjd—. Ahora pondrá el asiento trasero aún más perdido. Y con eso quieres decir que Sigbrit tenía una vida sexual secreta o algo así.
—Creo que no es descabellado pensarlo. Debemos indagar sobre su vida privada. En la medida de lo posible. Puede, después de todo, que exista la posibilidad de que ella simplemente se haya escapado con un chico siete u ocho años más joven. Que lo haya dejado todo para ser feliz durante un tiempo. Aunque solo sea por quince días o un par de meses.
—Para que le echen un buen polvo —señaló Nöjd.
—O para tener la oportunidad de hablar con alguien con quien creyera tener contacto.
Nöjd ladeó la cabeza y sonrió socarronamente.
—Es una teoría —dijo—. Pero yo no creo en ella.
—Porque no encaja en el patrón.
—Así es. No encaja en el patrón ni de coña. ¿Tienes algún plan? ¿O es una pregunta presuntuosa?
—Creo que voy a esperar a que llegue Kollberg. Luego estaría bien tener una charla informal con Folke Bengtsson y también con Bertil Mård.
—Me gustaría estar presente.
—Sí. Creo que sí.
Nöjd se echó a reír. Entonces se levantó, caminó hacia el coche verde y golpeó la ventanilla delantera. El conductor, un hombre joven de barba roja, la bajó y lo miró interrogante.
—Nos volvemos a Anderslöv ahora —informó Nöjd—. Pero voy a pasar por Källstorp para que mi hermano me dé huevos. Será más barato para el periódico que toméis el camino de Skivarp.
El Fiat les siguió y presenció la entrega de los huevos.
—Está claro que no confían en la policía —observó Nöjd.
Aparte de esto, no ocurrió nada especial ese día, viernes 2 de noviembre.
Martin Beck hizo la visita obligada a Trelleborg, donde conoció al jefe local de policía y al comisario que dirigía la sección de policía criminal. Envidiaba el despacho del jefe de policía, con vistas al puerto.
Nadie tenía nada que decir sobre el asunto.
Sigbrit Mård llevaba desaparecida diecisiete días, y, aparte de los chismes que circulaban por Anderslöv, no sabían mucho más.
Por otro lado, los chismes suelen tener una base.
No hay humo sin fuego.
Clichés.
Por la tarde recibió una llamada de Kollberg, quien dijo que odiaba conducir y que tenía la intención de pasar la noche en Växjö. Después le preguntó:
—¿Qué tal en Anderstorp?
—Se llama Anderslöv.
—Ah.
—Se está bastante bien aquí, pero los periodistas ya nos siguen la pista.
—Ponte el uniforme para infundir más respeto.
—Cállate —replicó Martin Beck.
Luego llamó a Rhea, pero esta no contestó.
Lo intentó de nuevo una hora más tarde y otra vez más justo antes de irse a la cama.
Por entonces ella ya estaba en casa.
—He estado intentando hablar contigo toda la noche —dijo.
—Vaya.
—¿Qué has estado haciendo?
—No es asunto tuyo —respondió alegremente—. ¿Cómo estás?
—No lo sé muy bien. Se trata de una persona que ha desaparecido.
—La gente no puede desaparecer. Como policía, deberías saberlo.
—Creo que te quiero.
—Ya lo sé —dijo animada—. Por cierto, he ido al cine y luego a cenar a Butler.
—Buenas noches.
—¿No quieres decirme nada más?
—Sí, pero no ahora mismo.
—Que duermas bien, cariño —dijo, y colgó.
Martin Beck tarareaba mientras se cepillaba los dientes. Si alguien lo hubiera oído le habría sonado muy extraño.
El día siguiente era festivo. Día de Todos los Santos. Siempre se le podía arruinar el día a alguien. Por ejemplo, a Månsson, el de Malmö.
6
—He conocido a muchos tíos bestias en mi vida —dijo Per Månsson—. Pero Bertil Mård es uno de los peores.
Estaban sentados en la terraza de Månsson que daba a Regementsgatan, con una sensación muy agradable.
Martin Beck había tomado el autobús a Malmö, más que nada por moverse un poco y para al menos poder decir que había recorrido el trayecto que Sigbrit Mård a todas luces no había hecho.
También había tratado de interrogar al conductor del autobús, con pobres resultados, ya que el hombre era un sustituto y no había conducido el autobús ese día.
Månsson era un hombre grande, tranquilo, que se tomaba las cosas con calma y que raramente exageraba. Pero ahora declaró:
—Ese tipo parecía un matón.
—Muchos capitanes de barco son algo peculiares —advirtió Martin Beck—. Muy a menudo son personas muy solitarias y si tienen una cierta predisposición al carácter tiránico se vuelven duros y autocráticos. Matones. Socializan solo con el jefe.
—¿El jefe?
—El maquinista naval primero.
—Ah.
—Muchos beben y se comportan de forma tiránica con la tripulación. A veces hacen como si esta ni existiese. Ni siquiera tienen trato con los segundos de a bordo.
—Sabes mucho de barcos.
—Sí, es mi hobby. Una vez tuve un caso en un barco. Asesinato. En el océano Índico. En un buque de carga. Uno de los más interesantes que he tenido.
—Bueno, yo conozco al capitán del Malmöhus. Es un tipo muy majo.
—Las cosas suelen ser distintas en los barcos de pasajeros. En ellos las compañías navieras colocan a otra clase de oficiales porque los capitanes deben pasar el rato con los pasajeros. En los barcos grandes tienen la captains table y todo eso.
—¿Captains table?
—Sí, tienen su propia mesa en el comedor. Para entretener a ilustres pasajeros de primera clase.
—Vaya.
—Pero Mård navegaba en barcos de carga. Y eso es bastante distinto.
—Sí, era un jodido chulo —dijo Månsson—. Nos ponía a parir, a mí y a su parienta. Un cabronazo. Se creía alguien superior. Descarado y arrogante. Suelo tomarme las cosas con calma, pero esta vez casi me puse de mala leche. Era demasiado.
—¿Qué hace ahora?
—Tiene una taberna en Limhamn. Conoces la historia, ¿verdad? Se destrozó el hígado a fuerza de beber en Ecuador o Venezuela. Estuvo en el hospital por allí un tiempo. Luego la compañía lo puso en un avión de vuelta a casa. No obtuvo certificado de buena salud, así que no se pudo enrolar de nuevo. Regresó a Anderslöv y las cosas no le fueron nada bien. Empinaba el codo y felpeaba a su esposa. Ella quiso divorciarse. Él no quería. Pero ella obtuvo el divorcio. Fue pan comido.
—Nöjd dice que tiene una coartada para el día 17.
—Sí, más o menos. Cogió el ferry a Copenhague para irse de juerga. Pero es una coartada de mierda. En mi opinión. Dijo que iba sentado en el salón de proa. El ferry ahora sale a las doce menos cuarto, antes lo hacía a las doce. Dijo que iba solo en el salón y que el camarero tenía una resaca de mil demonios. Un miembro de la tripulación estaba allí jugando a la máquina tragaperras. Yo mismo suelo hacer ese recorrido. El camarero, Sture se llama, está siempre resacoso y tiene bolsas bajo los ojos. Y el mismo miembro de la tripulación suele estar siempre jugando en la máquina tragaperras.
Månsson sorbió de su copa. Siempre tomaba lo mismo, un combinado con grapetonic. Es una especialidad sueco-finesa que se denomina Gripenberger en honor de un dudoso oficial noble.
Hacía buen tiempo en Malmö, de modo que la ciudad parecía casi habitable.
—Creo que deberías hablar con Bertil Mård tú mismo —sugirió Månsson.
Martin Beck asintió con la cabeza.
—Los testigos lo identificaron —añadió Månsson—. Tiene un aspecto un poco especial. El problema es que lo mismo sucede todos los días. El ferry sale desde aquí a la misma hora y por lo general con los mismos pasajeros. No se puede esperar que el personal de a bordo sea capaz de reconocer a alguien unas pocas semanas más tarde y estar seguros de no haberse equivocado de día. Habla con él y verás.
—¿Tú ya lo has interrogado?
—Sí, y no me quedé muy convencido.
—¿Tiene coche?
—Sí. Vive en la zona oeste, a un tiro de piedra de aquí, si lanzas la piedra lejos de la hostia. Mäster Johansgatan 23. Tarda media hora en llegar en coche a Anderslöv. Aproximadamente.
—¿Por qué subrayas eso en particular?
—Bueno, parece haber hecho el viaje alguna que otra vez.
Martin Beck no hizo más preguntas sobre la cuestión.
Era 3 de noviembre, sábado, y casi todavía verano. A pesar de que era festivo, Martin Beck tenía la intención de perturbar la paz del capitán Mård. Era de suponer que él tampoco era religioso.
Kollberg no había llamado. Tal vez le había fascinado Växjö y había decidido quedarse más de un día. En ese caso, ¿cuál era la causa de tal fascinación? Tal vez alguien le había tentado con cangrejos pescados ilegalmente. Si bien es cierto que por entonces se podían comprar congelados, Kollberg no era de los que se dejan engañar fácilmente. Menos aún cuando se trataba de cangrejos de río.
Rhea le había llamado por la mañana. Le puso muy contento. Como siempre. En un año ella había cambiado su vida y le había proporcionado mayor satisfacción de la que le habían dado veinte años de matrimonio con una persona que en su momento había querido y que le había dado dos hijos y muchos momentos felices. Si se ponía a contarlos. «Le había dado hijos»: qué puñetera expresión, por cierto. ¿No tienen los dos progenitores algo que ver en el asunto? Él nunca había tenido esa sensación, en todo caso.
Con Rhea Nielsen todo era diferente: era desde luego una relación abierta, quizás un poco demasiado abierta. Eso pensaba alguna que otra vez. Pero, sobre todo, tenían un compañerismo que se extendía mucho más allá de su amor por esta mujer peculiarmente perfecta. Junto a ella había socializado con otras personas de una manera que nunca antes había sido posible. El inmueble en Estocolmo del que ella era propietaria constituía algo muy diferente de un común edificio de apartamentos de alquiler. Casi se le podía llamar una gran familia, una comuna, mas sin ninguna de las connotaciones negativas —muchas veces justificadas, pero a menudo imaginarias— de esa desacreditada palabra. Los miembros de las comunas fuman marihuana y se aparean unos con otros como conejos. Entre una y otra cosa, hablan de chorradas y comen comida macrobiótica, no trabajan, y viven a costa de los servicios sociales. Los miembros se consideran a sí mismos como víctimas de un sistema social fracasado. A menudo toman LSD y creen que pueden volar o darle una puñalada en el vientre a su mejor amigo solo para vivir una experiencia enriquecedora, o incluso se suicidan. No hace mucho, él pensaba lo mismo, al menos en parte y de vez en cuando. Y, ciertamente, había un grano de verdad en ello, o más bien, un campo de maíz entero.
Su posición le proporcionaba el dudoso placer de participar en investigaciones secretas. La mayoría eran de tipo político, de modo que él las arrojaba de inmediato a la cesta de papeles secretos para que fueran reenviadas al siguiente burócrata que había prestado juramento de secreto. Por el contrario, solía leer aquellas que podía considerarse que afectaban a su propio trabajo. El suicidio era, por ejemplo, un tema que había empezado a interesarle cada vez más. Mensajes secretos sobre esta cuestión también llegaban con mayor frecuencia. La situación de partida era siempre la misma: Suecia iba en cabeza de la liga mundial con un amplio margen, que parecía aumentar de un informe a otro, pero, al igual que con otros asuntos, el jefe nacional de policía había decretado que nada podía salir de allí. Por otro lado, las explicaciones eran diversas. Otros países hacían trampa en las estadísticas. Durante largo tiempo había sido popular poner en la picota a los países católicos, pero luego el arzobispo y algunos peces gordos religiosos de la policía empezaron a quejarse. Los estados con una forma socialista de gobierno sirvieron como reemplazo, pero la policía de seguridad se había puesto a dar coces de inmediato debido a que ya no podía usar a sacerdotes como espías. Como la actividad secreta de la policía de seguridad pertenecía a la clase de cosas que siempre, ineludiblemente, salían a la luz, en la Dirección General de Policía todo el mundo dio un suspiro de alivio, y cuentan las malas lenguas que el propio jefe nacional de policía expresó sus dudas sobre la idea de que los sacerdotes suecos, algunos de los cuales eran pura y simplemente rojos organizados, pudieran espiar a los comunistas suecos o tener la capacidad de hacer caer a un adversario tan formidable como la Unión Soviética.
Pero todo esto, como de costumbre, eran rumores sin fundamento. «Nada de allí podía salir», se decía a veces en broma. O al menos para variar la formulación. Pero los ortodoxos no toleraban casi nada. Había que decir: esto no sale de aquí.
Y punto.
El servicio secreto no toleraba bromas. Quizás uno se hacía de tal pasta en una profesión de la que constantemente todo el mundo se reía. Unas semanas más tarde, aquel contraatacó. Los agentes detuvieron a dos escritores muy incómodos para el régimen e hicieron una redada en la redacción de un periódico. Las acciones se llevaron a cabo al estilo de las mejores películas de gánsteres, por policías secretos disfrazados de policías secretos y sin poderes. Probablemente les habían quitado las marcas de tintorería a las gabardinas, para el caso de que todo fuera como solía ser, es decir, una locura. Por si acaso arrestaron también a uno de sus propios agentes secretos y el fiscal jefe se emocionó tanto por esta repentina actividad que probablemente se habría arrestado a sí mismo de no haber sido por la obligatoria pena de prisión que sigue a una prueba confidencial.
Incluso el primer ministro parecía haberse quedado mudo, lo cual era tan sensacional como un concierto de gala.
Poco antes, había utilizado un atraco bancario que por una vez había fracasado, así como la defunción de Su Majestad el Rey para sostener un discurso electoral, si bien disfrazado con diversos ropajes y expresiones faciales.
El uso de la lengua también era un poco curioso.
Una persona transportada por la policía desde la prisión a las instalaciones del banco se hacía acreedora del apelativo de «monstruo» o «inhumano» en las retransmisiones televisivas en directo.
Con el tiempo, sería condenado a seis años de prisión sin haber participado en el atraco ni ser culpable de cualquier otro delito.
Pero nada de dolor innecesario para el líder político del país.
En todo caso, la palabra deshonestidad no salía de su boca. Y, después de todo, puede considerarse deshonesto intentar atracar un banco, incluso si la propiedad es del Estado, dentro del fingido socialismo de economía mixta.
El jefe nacional de policía tenía un mal día. No había tenido la oportunidad de pronunciar su discurso, y además había estado sentado en un mal lugar durante la conferencia de prensa, de manera que en gran parte fue eclipsado por periodistas ansiosos.
El aspecto del ministro de Justicia había sido triste.
Tenía fama de ser un hombre honesto y sosegado y, dentro de ciertos círculos de la policía, su cuota de mercado era muy baja.
Tal vez pensaba en el último informe secreto sobre suicidios.
La esencia del mismo era la siguiente: como la mayoría de la gente no se pega un tiro ni se tira desde el puente de Västerbron, sino que primero se emborrachan y luego se meten un tarro entero de somníferos, esta última categoría puede descartarse, en cuanto constituye un envenenamiento accidental, o eliminarse completamente de las estadísticas, que así de repente son notablemente favorables.
El propio Martin Beck pensaba con frecuencia sobre este tema.
Por ejemplo, en ese momento.
Månsson vertió más grapetonic en su Gripenberger.
Llevaba un largo rato sin decir nada, y a juzgar por su vestimenta tampoco tenía intención de salir.
Vestía una camiseta de rejilla, pantalones de franela y zapatillas de felpa, además de una bata que parecía concordar con todo lo demás.
—La parienta llegará en un ratito —anunció—. Suele aparecer cerca de las tres.
Al parecer, Månsson continuaba con su vida de soltero entresemana, en la medida de que pasaba cinco días de la semana solo y los fines de semana con su esposa.
Vivían en pisos separados.
—Es un buen sistema —comentó—. Claro que he tenido una novia en Copenhague durante un año o así. Ella estaba bien, pero acabó siendo muy pesado a largo plazo. Ya no soy un jovencito.
Martin Beck reflexionó un momento sobre lo que su interlocutor acababa de decir.
Månsson ciertamente era algo mayor que él, pero la diferencia no podía ser superior a un par de años.
—Pero estuvo muy bien mientras duró. Se llamaba Nadja. No sé si la llegaste a conocer.
—No —respondió Martin Beck.
De repente, quería dejar el tema.
—¿Cómo está Benny Skacke, por cierto?
—No está mal. Ahora es inspector de policía criminal y se ha casado con su fisioterapeuta. Tuvieron una niña la primavera pasada. Nació un domingo, algo más pronto de lo que esperaban, y él estaba en Minnesberg jugando al fútbol cuando sucedió. Dice que las cosas más importantes de su vida le ocurren cuando juega al fútbol. A saber lo que quiere decir con eso.
Martin Beck sabía muy bien a qué se refería Skacke, pero no dijo nada.
—En cualquier caso, es un buen policía —añadió Månsson—. De los que empiezan a escasear. Por desgracia, tengo la sensación de que echa de menos esto. Es como si no pudiera acostumbrarse a esta ciudad. Aunque lleva aquí casi cinco años, todavía echa de menos Estocolmo.
Antes de apurar su copa, agregó en tono filosófico:
—¿Cómo demonios puede echarlo de menos?
Luego miró fijamente el reloj.
—Quizás es mejor que me vaya ya —observó Martin Beck.
—Sí —asintió Månsson—. Iba a decirte que es mejor que te reúnas con Mård mientras esté sobrio. Pero la verdadera razón es diferente.
—¿Cuál?
—Si te quedas quince minutos más, te encontrarás con mi esposa. Y si es así, debo vestirme. Ella es un poco convencional y nunca va a aceptar que trate con altos mandos de la policía con este atuendo. ¿Te pido un taxi?
—La verdad es que prefiero caminar.
Había estado en Malmö varias veces y se orientaba bien, al menos por el centro.
Por otra parte, hacía buen tiempo y quería aclararse las ideas antes de conocer a Bertil Mård.
Era consciente de que Månsson le había proporcionado una idea preconcebida.
Estaba claro que este sería un caso en el que ese tipo de ideas iban a jugar un papel muy importante.
Las ideas preconcebidas nunca son buenas. El riesgo de ser influido por ellas es igual al riesgo de no tenerlas en cuenta. Uno siempre debe ser consciente de que una idea puede ser correcta incluso si es preconcebida.
Martin Beck estaba ansioso por formarse su propia opinión acerca de Mård. Sabía que pronto se conocerían.
La taberna estaba cerrada por ser día festivo y Månsson se había tomado la molestia de destacar un policía en prácticas para que vigilase la casa de Mäster Johansgatan, con instrucciones de avisar si Mård salía de la misma.
7
El policía en prácticas habría tenido mucho éxito en el teatro o en la televisión representando la parodia de un hombre intentando disimular que está mirando una casa. La casa era además muy pequeña y los edificios a ambos lados habían sido demolidos. El sujeto en cuestión estaba en la acera de enfrente, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada dirigida al vacío mientras continuamente, sin embargo, echaba una ojeada de soslayo hacia la puerta detrás de la cual debía de encontrarse la víctima de su atención.
Martin Beck se detuvo a cierta distancia, observando. Al cabo de algunos minutos, el policía en prácticas cruzó la calle con paso lento e inspeccionó la apertura de la puerta. Primero palpó la placa con el nombre y luego regresó a su posición original con una estudiada lentitud, para a continuación volverse a la velocidad del rayo por si acaso hubiera ocurrido algo indebido a sus espaldas. Al igual que tantos otros policías con una misión secreta o al menos delicada, vestía zapatos negros, calcetines azul marino, pantalones de uniforme, camisa azul claro y una corbata azul marino. Además llevaba una gorra de color amarillo, chaqueta clara de cuero con grandes y relucientes botones y ribetes rojos y amarillos en las mangas, y alrededor del cuello una bufanda con los colores que incluso Martin Beck sabía que correspondían al equipo de fútbol de Malmö: blanco y azul cielo. En el lado derecho de la chaqueta sobresalía un bulto, como si portara una pinta de cerveza en el bolsillo.
Cuando Martin Beck se acercó a él, saltó como mordido por una serpiente, y de inmediato se llevó la mano a la inexistente visera de la gorra e informó de la situación:
—Nadie ha salido de la casa, comisario.
Martin Beck permaneció en silencio un momento, mudo de asombro al ser reconocido. Luego agarró una esquina de la bufanda y le preguntó:
—¿Te la ha tejido tu madre?
—No —dijo el joven ruborizándose—. En realidad, no. Fue el compi de mi hermana pequeña. Se llama Enok Jansson y se le da fenomenal hacer punto, a pesar de que en realidad trabaja en la oficina de correos y todo eso. Pero es incluso capaz de hacer punto mientras ve la televisión.
—¿Y si Mård ha salido por la puerta trasera?
El policía en prácticas se sonrojó aún más.
—¿Cómo? —exclamó—. Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Yo no puedo estar delante y detrás de la casa al mismo tiempo, no es posible. Comisario, usted... ¿no me va a denunciar por esto?
Martin Beck negó con la cabeza y al cruzar la calle se preguntó de dónde sacaba la policía a todos esos extraños jovenzuelos.
—En todo caso, esta es la casa —dijo el muchacho mientras lo seguía. He mirado la placa tres veces y pone Mård.
—¿Y no ha cambiado?
—No. ¿Entro con usted? Quiero decir, llevo pistola y todo eso, si fuese necesario. Y la radio me la he metido dentro de la camisa, para que no se vea.
—Adiós —dijo Martin Beck mientras tocaba el timbre.
Bertil Mård abrió la puerta casi antes de que el timbre sonase. Vestía también un pantalón negro de uniforme y, además, una camiseta y zuecos de madera. El hedor de la resaca lo rodeaba como un muro, si bien mezclado con el aroma de la loción de después del afeitado, y en una de sus enormes manos sostenía una botella de agua de Florida y una navaja plegable, con la que señaló a su vigilante al tiempo que gritaba:
—¿Quién es ese puto payaso que lleva dos horas contemplando mi casa?
—Eso es desacato —exclamó el policía en prácticas con bravuconería.
—Si te vuelvo a ver otra vez, cabroncete disfrazado, te corto las orejas —vociferó Mård.
—Eso es atentado contra la autoridad...
—En absoluto —dijo Martin Beck cerrando la puerta tras sí—. En absoluto.
—¡Cómo que en absoluto! —profirió Mård—. ¿De qué coño se trata?
—Relájese un poco.
—¡No me quiero relajar! ¡Quiero que me dejen en paz! Y no quiero que me espíe ningún gamberro con disfraz de carnaval. Además, estoy acostumbrado a que hagan lo que quiero. ¿Y quién cojones es usted? ¿El madero jefe?
—Exactamente —respondió Martin Beck.
Dio unos cuantos pasos dejando atrás a Mård y miró a su alrededor. Olía como si allí hubieran dormido cincuenta elementos, ninguno de ellos humano. De las ventanas colgaban unos viejos edredones acolchados con manchas grandes de grasa y el relleno roto, y dejaban entrar muy poca luz. Sin embargo, se podía doblar una esquina y mirar fuera. Junto a una pared había una cama que a todas luces no había sido hecha en semanas, tal vez en meses. El resto del mobiliario lo conformaban cuatro sillas, una mesa y un gran armario ropero. Sobre la mesa había un vaso y dos botellas de vodka ruso de sesenta grados, traídas de contrabando y con etiqueta azul: una de ellas estaba vacía, y la otra, medio llena. En un rincón había una enorme pila de ropa sucia y a través de la puerta trasera se podía ver la cocina, donde el caos era indescriptible, y más allá un aseo, en el cual estaba encendida una lámpara eléctrica incandescente y donde Mård sin duda acababa de arreglarse.
—He estado en ciento ocho países —declaró Mård—. Y nunca me ha pasado algo tan puñetero como esto. Que los maderos me sigan. Que la Seguridad Social me siga. O el recaudador de impuestos o el comité antialcohol o los servicios sociales o como coño se llamen. O la compañía eléctrica o la aduana o el censo de población o la Consejería de Sanidad. Hasta la oficina de correos, aunque no quiero recibir nada.
Martin Beck examinó a Mård un poco más de cerca. Era un hombre imponente, sin duda medía uno noventa y pesaba ciento veinticinco kilos. Tenía el pelo negro y unos ojos animales color castaño oscuro.
—¿Cómo sabes que son exactamente ciento ocho países? —preguntó Martin Beck.
—No me tutee. No quiero que cualquier tipejo me tutee. Dígame por lo menos señor, o señor Mård. ¿Que cómo lo sé? Pues porque llevo la cuenta, joder. El país ciento octavo en el que he estado ha sido Alto Volta. Volé allí desde Casablanca. El ciento séptimo fue Yemen del Sur. Y juro que este es el más jodido de todos. He estado en el hospital en Corea del Norte y en Honduras y en Macao y en la República Dominicana y en Pakistán y en Ecuador. Pero nunca he visto nada peor que Malmö el verano pasado. Me metieron en una sala que debía de haber sido construida en 1890. Éramos veintinueve tíos y diecisiete estaban recién operados. Luego vienen los asistentes sociales y preguntan por qué vociferamos y nos mandan cerrar el pico, ya que es gratis. Gratis. Y Hacienda pegándosete al culo como una lapa. ¿Puede usted explicarme cómo coño el gobierno sigue ahí? En muchos sitios en los que he estado te cuelgan por cosas como esas.
Mård miró a su alrededor.
—No he hecho limpieza —advirtió—. No se me da bien limpiar. No sé cómo se hace.
Cogió la botella de vodka vacía y se la llevó a la cocina.
—Así —dijo—. Así está mejor. Ahora me gustaría preguntarle algo. ¿De qué cojones va todo esto? ¿Por qué hay un idiota arañando la puerta de mi casa mientras me afeito? Yo me afeito siempre dos veces al día, a las seis de la mañana y a las tres de la tarde. Me afeito yo mismo. Y a ser posible con navaja. Es mejor.
Martin Beck no dijo nada.
—Le he preguntado una cosa —exclamó Mård—. Y no me ha contestado. ¿Quién es usted, por ejemplo? ¿Y qué coño hace en mi casa?
—Me llamo Martin Beck y soy policía. Para ser más exactos, comisario de policía criminal, y jefe de algo que se llama la Brigada Nacional de Homicidios.
—¿Cuál es su fecha de nacimiento?
—25 de septiembre de 1922.
—Bueno. Es la hostia de divertido ser por una vez el que hace las preguntas. ¿Qué quiere usted?
—Su esposa lleva desaparecida desde el 17 de octubre.
—¿Y?
—Nos preguntamos dónde ha ido, así de simple.
—Ya. Pero, por todos los demonios, ya he dicho que no lo sé. Y el 17 de octubre cogí el ferry Malmöhus y bebí un poco. Vale, empiné el codo. Es el único barco decente que hay en esta ciudad. En este país no hay quien aguante, así que yo me monto en los barcos a Copenhague para empinar el codo.
—Usted regenta una especie de restaurante, ¿no es así?
—Sí. Y tengo dos tías que lo llevan. Y, me cago en la mar, está limpio y relimpio, pues de lo contrario las pongo de patitas en la calle. Hago la ronda de vez en cuando. Nunca saben cuándo voy a ir.
—Entiendo.
—Ha dicho usted algo así como «homicidio».
—Sí, es una posibilidad. Alguien parece haberla raptado. Y su coartada es mala.
—Mi coartada es buena de la hostia. Cogí el Malmöhus. Pero ella tiene un vecino que es un maníaco sexual. Si le ha hecho algo a Sigbrit, la estrangulo con mis propias manos.
Martin Beck le miró las manos. Eran unas manos tremendas. A buen seguro, con ellas podía estrangular a un oso.
—Ha dicho «la». «La» estrangulo.
—Ha sido un lapsus. Yo quiero a Sigbrit.
Martin Beck comprendió de repente muchas cosas. Bertil Mård era un hombre peligroso de humor impredecible. Desde hacía muchos años estaba acostumbrado a dar órdenes y a hacer muy pocas cosas por sí mismo. Es de suponer que era un buen marino, al que le costaba adaptarse a vivir en tierra firme. De él se podía esperar cualquier cosa, probablemente lo peor.
—La desgracia de mi vida es haber nacido en este puto pueblo de Trelleborg —declaró Mård—. Tener una nacionalidad que yo nunca he querido tener. Vivir en un país donde nunca he podido aguantar más de un mes seguido, dos a lo sumo. Sin embargo, todo fue bien hasta que enfermé. Yo quería a Sigbrit y volvía a casa con ella casi todos los años. Nos iba bien. Luego me hacía a la mar de nuevo. Y luego vino este infierno. El hígado petó y no me dieron certificado de buena salud.
Guardó silencio un momento.
—Váyase —exclamó de pronto—. Si no quiere que me cabree y le meta una hostia.
—De acuerdo —contestó Martin Beck—. Si vuelvo será seguramente para detenerle.
—Váyase a la mierda —profirió Mård.
—¿Cómo es su esposa? ¿Qué tipo de persona?
—No es asunto suyo. Fuera.
Martin Beck dio un paso hacia la puerta.
—Adiós, capitán Mård —se despidió.
—Espere —dijo Mård de pronto.
Dejó el agua de Florida y plegó su navaja de afeitar.
—He cambiado de opinión. No sé por qué.
Se sentó y se sirvió un vaso de vodka.
—¿Bebe usted?
—Sí —respondió Martin Beck—. Pero no ahora, y desde luego no vodka tibio a palo seco.
—Yo por mí tampoco lo haría —replicó Mård—. No, si tuviera un ayuda de cámara o un criado que viniera corriendo con lima y hielo picado con solo toserle. A veces me pregunto si no debería vender la taberna y largarme de aquí, a Panamá o Liberia.
Martin Beck se sentó a la mesa.
—El problema es que yo nunca podría tener a alguien a mis órdenes. Como mucho podría ser compañero de alguien del mismo grado que yo. Y yo eso no lo aguantaría. Estrangularía al hijo de puta.
Martin Beck permaneció en silencio.
—Pero podría al menos matarme bebiendo en mar abierto. Amo a Sigbrit y amo los barcos. Y ahora no tengo a ninguno de los dos. Y aquí no puedo cogerme una cogorza mortal sin que todo Cristo meta las narices.
Miró a su alrededor y dijo:
—¿Cree usted que es así como quiero vivir? ¿Cree que quiero esta mierda?
Aporreó la mesa con la mano de modo que el vaso estuvo a punto de volcar.
—No, yo sé lo que usted piensa —gritó—. Piensa que yo le he hecho algo a Sigbrit. Pero no le he hecho nada. ¿No puede entender eso? Malditos maderos, sois todos iguales, aquí y en todas partes. Los policías sois ratas de cloaca y para lo único que servís es para subir a bordo a pillar alcohol y cigarrillos a cambio de dejarnos en paz. Recuerdo a un hijo de puta de Millwall, cuando hacíamos esa ruta. Un bobby de esos. Estaba ahí de pie como una estatua cada vez que atracábamos, y hacía el saludo militar y decía: «Sí, señor» y «Me alegro de verle, capitán», y cuando se marchaba iba tan jodidamente cargado de tabaco y botellas que apenas podía andar por la pasarela. Y aquí ocurre lo mismo.
—No vengo a que me dé alcohol o tabaco.
—¿Qué coño quiere entonces?
—Quiero saber qué le ha pasado a su exmujer. Por eso le pregunto cómo es ella. Qué tipo de persona.
—Buena. Es una buena persona. ¿Qué quiere que le diga? Yo la quiero. Pero va usted a por mí. El polizonte ese de Anderslöv le ha dicho que yo la felpeaba. ¿Sabe usted que ese tío me dio un puñetazo una vez? Nunca pensé que tuviera cojones. A mí, que solo me han arreado una vez en mi vida y porque eran cuatro contra mí. Fue en Amberes. Pero él tenía razón y yo estaba equivocado y lo entendí.
Martin Beck miró a Mård pensativamente.
Era de suponer que estaba tratando de mostrar una imagen algo más halagüeña de sí mismo.
—Estuvieron mucho tiempo casados —observó Martin Beck.
—Sí. Sigbrit solo tenía dieciocho años cuando nos casamos. Dos meses después me marché. Y me tiré todo el tiempo en el mar, salvo un mes o dos al año, en que volvía a casa y todo nos iba bien.
—¿Sexualmente hablando?
—Sí. Yo le gustaba. Solía decir que era como ser atropellada por un tren.
—¿Y el resto del año?
—Ella decía que me era fiel y nunca he tenido prueba de lo contrario. Pero a mí siempre me pareció un poco extraño que estuviera tan cachonda durante un mes y luego pudiera pasarse sin nada durante once. Pero ella decía que no tenía ningún truco. Solo no pensar en ello.
—¿Y usted, por su parte?
—Por supuesto me iba de putas siempre que llegábamos a un puerto.
—¿En ciento ocho países?
—No, nunca he contado en cuántas casas de putas he puesto el pie, pero supongo que en muchas. Le puedo dar las señas si quiere. Sin embargo, en algunos países no hay putas. Me acuerdo de uno en particular. Rumanía. Estuve en Constanza tres meses, a bordo de un cascarón. No había una sola pilingui en la ciudad. Cogí el tren a Bucarest. Allí tampoco había. Nunca he visto cosa igual.
—¿Qué hizo entonces?
—Me fui a El Pireo. Allí había miles. Empiné el codo y follé y no me levanté de la cama en dos semanas. Sí, joder.
Mård se quedó mirando el vaso, pero sin beber nada.
—Ahora pensará usted que los marineros no hacemos otra cosa que irnos de putas en cada puerto, lo cual es muy significativo.
—¿De qué?
—De que usted no sabe nada de la gente del mar. Yo navegué a las órdenes del mismo jefe durante siete años. Se casó en Bergkvara. Y puedo jurar que ni rozó a otra tía en esos siete años. Me parece cojonudo. Así se debe ser. Y conozco a muchos otros.
—¿Y en casa qué contaba?
—¿A Sigbrit? Por supuesto le decía que le había sido jodidamente fiel y que no había hecho más que esperar a que llegaran las vacaciones. Lo único que tenía que hacer era asegurarme de no llegar a casa con ladillas, gonorrea o chupetones por todo el cuerpo. Por suerte existía la penicilina. Pero yo a ella le juraba que no había mirado a ninguna otra chica. Y tampoco lo reconocería ahora, si no fuera porque es demasiado tarde. No tiene ya importancia.
—¿Porque Sigbrit está muerta, quiere decir?
Si Martin Beck esperaba que su interlocutor reaccionara con un ataque, se equivocaba. Mård tomó un sorbo de su copa con pulso muy firme.
—Trata usted de hacerme caer en una especie de trampa —dijo con calma—. Pero no le va a servir de nada. En primer lugar, ese día yo cogí el ferry, y en segundo lugar, no creo que Sigbrit esté muerta.
—¿Qué cree usted entonces?
—No lo sé. Pero sé algunas cosas en las que usted ni ha pensado.
—¿Por ejemplo?
—A Sigbrit le gustaba darse pisto. Pensaba que era guay ser la mujer de un capitán y tener una casa tan bonita. Nos iba bien con su propio sueldo y con el mío. Además yo tenía ya algo de dinero de antes. Luego nos separamos y todo fue bien, pero en mi opinión ella no se merecía recibir ningún dinero después de haberme largado, así que no le pasé ninguna pensión ni nada por el estilo. Así que después de la separación debieron de venirle las vacas flacas.
—¿Por qué se separaron?
—Yo no podía soportar estar ahí en ese puto pueblo de catetos sin hacer nada. Así que lo único que hacía era soplar y gritarle que me limpiara los zapatos y aseara la casa, y la felpeaba y ella no aguantó. No es de extrañar, por cierto. Me he arrepentido un huevo después. Y ahora no puedo hacer sino estar aquí sentado arrepintiéndome. Me arrepiento también de haberme trincado dos botellas al día durante quince años. ¡Salud!
Mård apuró su copa. Eran unos treinta centilitros de alcohol de sesenta grados. Se lo bebió como si fuera agua, sin siquiera un suspiro.
—Tengo una pregunta —dijo Martin Beck.
—¿Cuál?
—¿Ha tenido relaciones sexuales con ella después de la separación?
—Oh, sí. Me he dejado caer por allí para tirármela unas cuantas veces. Pero hace tiempo de la última vez. Un año y medio, por lo menos.
—¿Ella qué decía al respecto?
—Todavía le daba la sensación de que era como ser atropellada por una locomotora exprés. Guay. Con los años el coño se le ha hecho cada vez más grande y más húmedo. Entonces yo todavía tenía la esperanza de poder arreglar las cosas, pero ahora es demasiado tarde.
—¿Por qué?
—Por una serie de razones. Entre otras, porque estoy enfermo. Pero también porque en realidad no hay nada que arreglar. Una relación construida en gran medida en torno a mentiras e intrigas: ¿qué valor tiene? Incluso si era solo yo el que mentía. Aun así, lo cierto es que quiero a Sigbrit.
Martin Beck reflexionó un momento.
Luego dijo:
—Capitán Mård, por lo que usted mismo ha dicho, parece tener mucha experiencia con las mujeres.
—Bueno, podría decirse. Las buenas putas saben mucho. Saben follar. ¿Y eso qué?
—¿Era, o es, su mujer buena en la cama?
—Sí, y que lo jure. Si no, no me habría quedado en Anderslöv al menos un mes al año.
Martin Beck vacilaba. Cuanto más se alargaba la conversación, menos sabía qué pensar. Ni siquiera estaba ya realmente seguro de que Mård le cayera mal.
—Eso de los ciento ocho países es impresionante —dijo—. Que de verdad sea capaz de recordar...
Mård se metió la mano en su bolsillo trasero y sacó una cosa. Era un pequeño bloc de notas encuadernado en cuero, casi tan grueso como un misal.
—Llevo la cuenta de las cosas, joder, ya lo he dicho. Mire aquí.
Hojeó el libro, que parecía estar medio lleno de anotaciones. Las páginas tenían líneas negras, con muy poco espacio entre ellas.
—Aquí —señaló Mård—. Aquí está la lista completa. Empieza con Suecia, Finlandia, Polonia, Dinamarca y termina con Ras al-Jaima, Malta, Yemen del Sur y Alto Volta. En Malta había estado mucho tiempo antes, pero no lo escribí en la lista hasta que se convirtió en un país independiente. Este cuaderno es la hostia. Lo compré en Singapur hace más de veinte años y nunca he vuelto a encontrar otro igual de bueno.
Volvió a metérselo en el bolsillo y declaró:
—Esto es como un diario de mi vida. Para reflejar una vida humana no hace falta más que un librito así. Para la mayoría se necesita mucho menos.
Martin Beck se puso de pie.
Mård hizo lo mismo.
Se puso de pie a la velocidad del rayo, extendiendo sus grandes patas.
—Pero si alguien le ha hecho algo a Sigbrit, yo me encargo de él. Por cierto, nadie puede ni tocarla. Ella es mía.
Sus ojos negros brillaban.
—Lo haré pedazos —añadió—. Estas manos han hecho pedazos a otros antes.
Martin Beck le miró las manos.
—Tal vez debería pensar un poco en lo que hizo el día 17, capitán Mård. Esa coartada no parece tener mucho peso.
—Coartada —repitió Mård con desprecio—. ¿Coartada de qué?
Dio algunos grandes pasos y abrió la puerta principal.
—Váyase a la mierda —exclamó—. Y pronto, antes de que me cabree en serio.
—Adiós, capitán Mård —replicó Martin Beck cortésmente.
Cuando vio el rostro del hombre a la luz, se dio cuenta de que el blanco de sus ojos era muy amarillento.
—Rata de cloaca —gritó Mård.
Y cerró de un portazo.
Martin Beck caminó unos cien metros en dirección al centro.
Luego dio media vuelta y se dirigió hacia el puerto. Cuando llegó al hotel Savoy entró en el bar y se sentó.
—Buenos días —saludó el camarero.
Martin Beck asintió con la cabeza y dijo:
—Whisky.
—¿Con hielo, como de costumbre?
Martin Beck volvió a asentir.
Habían pasado más de cuatro años desde la última vez que visitó ese bar. Sin duda, algunas personas tenían buena memoria.
Permaneció sentado largo rato con su vaso, reflexionando.
No sabía qué pensar. A veces le daba la sensación de que Mård le había engañado de alguna manera, pero no acertaba a decir cómo.
O bien había sido despiadadamente honesto o bien había desplegado una sutil astucia. En cualquier caso, había hablado demasiado acerca de matar.
Después de un rato empezó a pensar en otras cosas. Tenía unos cuantos recuerdos de ese hotel, y al menos uno de ellos era agradable.
Se tomó otro whisky.
Cuando terminó, pagó y se marchó, cruzó el canal y continuó hasta la parada de taxis enfrente de la estación. Subió al primero de ellos y dijo:
—A Anderslöv.
El viaje duró tan solo veintinueve minutos.
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