Читать книгу: «El abominable hombre de Säffle»

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Título original: Den vedervärdige mannen från Säffle

© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1971.

© de la traducción: Elda García-Posada y Martin Lexell, 2011.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CODI SAP: OEBO262

ISBN: 9788490067130

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Poco después de medianoche, dejó de pensar.

Antes había estado escribiendo algo, pero ahora el bolígrafo azul yacía sobre la revista que tenía ante sí, bordeando con precisión la columna derecha del crucigrama. Se hallaba en el cuartucho del desván, sentado en una desgastada silla de madera, frente a una mesa baja, con la espalda recta y completamente inmóvil. Sobre su cabeza colgaba una pantalla redonda de color amarillento con largos flecos. La tela se había descolorido por el paso de los años, y la luz de la débil bombilla era vacilante y difusa.

En la casa reinaba el silencio. Pero se trataba de un silencio relativo, pues en el interior se oía la respiración de tres personas y de fuera llegaba un rumor inaprensible, una especie de latido apenas apreciable, como el del tráfico de una autopista distante o del mar que bate en la lejanía. El ruido causado por un millón de personas. Por una gran ciudad en angustiosa calma.

El hombre del desván llevaba una zamarra de color beige, un pantalón gris, un jersey negro de cuello vuelto y botas marrones. Tenía un bigote largo aunque bien arreglado, de un tono más claro que su liso cabello, peinado con raya a un lado y hacia atrás. Su rostro era delgado, de perfil nítido y facciones finamente cinceladas, y tras esta pétrea máscara —insatisfecha, acusadora y de inquebrantable obstinación—, se ocultaban unos rasgos casi infantiles, tiernos, desconcertados y suplicantes, si bien un tanto calculadores.

La mirada de aquellos ojos azul claro era firme, pero vacía.

Parecía un niño pequeño que de repente se hubiera hecho muy viejo.

El hombre permaneció sin moverse durante casi una hora, con las palmas de las manos descansando sobre los muslos y la mirada perdida en un punto fijo del desvaído estampado de flores del papel pintado.

Luego se levantó, cruzó la habitación, abrió el armario, alargó el brazo izquierdo y cogió algo del estante para los sombreros. Un objeto largo y delgado, envuelto en un paño de cocina blanco con ribetes rojos.

Era la bayoneta de una carabina.

La sacó y limpió con esmero la grasa amarilla que recubría el arma antes de encajar la hoja en la vaina color azul acerado.

A pesar de que era alto y bastante fornido, sus movimientos eran rápidos, ágiles y eficaces, y sus manos, tan firmes como la mirada.

Se desabrochó el cinturón y lo insertó en la trabilla de cuero de la bayoneta. A continuación se cerró la cremallera de la zamarra, se puso unos guantes y una gorra de tweed a cuadros y salió.

La escalera de madera crujió bajo su peso, pero los pasos en sí resultaban inaudibles.

La casa, pequeña y vieja, se erigía sobre un cerro al lado de la carretera. La noche era fresca y estrellada.

El hombre de la gorra de tweed dio la vuelta a la esquina y se dirigió con la determinación de un sonámbulo a la parte posterior de la casa, donde estaba aparcado su Volkswagen negro.

Abrió la puerta delantera izquierda del coche, se sentó al volante y se ajustó la bayoneta, que descansaba contra su cadera derecha.

Tras poner en marcha el motor y encender las luces, dio marcha atrás para salir a la carretera y dirigirse hacia la zona norte de la ciudad.

La noche impulsaba el pequeño coche negro, inexorablemente y con precisión, como si fuese un vehículo ingrávido que se abriera camino a través del espacio.

A medida que avanzaba, proliferaban los edificios: la ciudad iba creciendo bajo su cúpula de luz, grande, fría y desolada, despojada de todo excepto de desnudas y duras superficies de metal, vidrio y hormigón.

No había ni un alma en la calle a esas horas, ni siquiera en el centro de la ciudad; con la excepción de algún que otro taxi, de dos ambulancias y un furgón de policía, estaba todo muerto. El vehículo de policía era negro con los guardabarros blancos y pasaba a toda velocidad dejando una estela de ruido de sirenas tras de sí.

Los semáforos cambiaban de rojo a amarillo y a verde, y de nuevo a amarillo y a rojo, con una absurda monotonía mecánica.

El Volkswagen negro se desplazaba ajustándose estrictamente a las normas de tráfico, sin exceder nunca los límites de velocidad; aminoraba la marcha en los cruces y se detenía en cada semáforo en rojo.

Ahora recorría Vasagatan, pasando por delante del recién construido hotel Sheraton y la estación central. Al llegar a Norra Bantorget, giró a la izquierda para seguir subiendo por Torsgatan.

En la plaza había un árbol iluminado y el autobús 591 estaba detenido en la parada. La luna creciente se cernía sobre Sankt Eriksplan, donde el reloj de la torre Bonnier, con sus manecillas de neón azules, indicaba la hora: las dos menos veinte.

En ese momento, el hombre del coche tenía exactamente treinta y seis años.

Luego enfiló Odengatan en dirección este y pasó por delante del desierto Vasaparken. Las blancas y frías farolas del parque proyectaban las espesas y venosas sombras de miles de ramas desnudas.

El coche negro giró de nuevo a la derecha, siguió por Dalagatan ciento veinticinco metros en dirección sur, frenó y se detuvo.

El hombre de la zamarra y la gorra de tweed aparcó con estudiado descuido, dejando dos ruedas en la acera, enfrente de las escaleras del instituto Eastman.

Cerrando la puerta del vehículo tras de sí, salió a la noche.

Era sábado, 3 de abril de 1971.

Solo había pasado una hora y cuarenta minutos desde que comenzara el día, sin que aún hubiera ocurrido nada de particular.

2

A las dos menos cuarto la morfina dejó de hacer efecto.

Había recibido la última inyección justo antes de las diez, de modo que la anestesia no había durado ni cuatro horas.

El dolor volvía de forma selectiva, primero en el lado izquierdo del estómago y, unos minutos más tarde, también en el derecho. A continuación, irradiaba hacia la espalda y se extendía a sacudidas por todo el cuerpo, tan cruel y punzante como si unos buitres hambrientos le estuvieran desgarrando las entrañas.

Estaba tendido de espaldas en la alta y estrecha cama de metal, con la mirada fija en el techo encalado, donde el tenue resplandor de la lámpara de noche y los reflejos que provenían de fuera dibujaban un entramado de sombras angulosas y estáticas, imposible de descifrar, y que resultaba tan frío y repulsivo como toda la habitación en su conjunto.

El techo —que no era plano, sino curvo, con dos arcos poco pronunciados— le daba una sensación de lejanía. Tenía una altura de casi cuatro metros y un aspecto anticuado, como todo en aquel edificio. La cama se alzaba en el centro de la habitación embaldosada, en la que solo había otros dos muebles: la mesilla de noche y una silla de madera de respaldo recto.

Las cortinas no estaban completamente echadas y la ventana se hallaba entreabierta. Por la fina abertura de no más de cinco centímetros se colaba el frío aire de la noche de primavera temprana, pero a pesar de la sensación de frescura, le molestaba hasta la náusea el putrefacto hedor que desprendían tanto las flores que había en la mesa como su propio cuerpo devastado.

No había dormido, sino que había permanecido despierto, quieto, pensando precisamente en que el efecto de la anestesia pronto se pasaría.

Hacía tal vez una hora que había oído a la enfermera de noche atravesar con sus zuecos las puertas dobles del pasillo. Después, el único ruido que pudo percibir fue el silbido de su propia respiración y tal vez el rumor de la sangre que, con pesados latidos y a un ritmo irregular, circulaba por su organismo. Pero no se trataba de sonidos bien definidos, sino más bien de productos de su imaginación: acompañantes oportunos para ese temor a la agonía que pronto iba a asaltarle y para el pávido horror hacia la muerte.

El paciente había sido siempre un tipo duro, alguien poco dado a tolerar errores o debilidades en los demás, y nunca había querido admitir que él mismo podía fallar, ya fuera física o mentalmente.

Ahora sufría y tenía miedo; se sentía traicionado, sobrecogido. Durante aquellas semanas en el hospital todos sus sentidos se habían aguzado, y se había vuelto en extremo sensible a cualquier forma de dolor físico: incluso le horrorizaban las agujas de las inyecciones y el pinchazo diario en el pliegue del codo, cuando las enfermeras le sacaban una muestra de sangre. Además, le asustaba la oscuridad, no soportaba estar solo y, para más inri, había empezado a percibir sonidos que nunca antes había notado.

Los reconocimientos, o «las investigaciones», como de forma paródica las llamaban los médicos, le agotaban y le hacían sentirse peor. Y cuanto más enfermo se sentía, más se intensificaba el terror a la muerte, hasta que invadía todos sus pensamientos y lo dejaba absolutamente expuesto, en un estado de desnudez mental y de egoísmo casi obsceno.

Se oyó un crujido procedente de la ventana. Un animal, sin duda, que se movía sigilosamente por el parterre de rosas marchitas. Un ratón de campo o un erizo; tal vez un gato. Pero ¿los erizos no hibernaban?

«Tiene que ser un animal», concluyó, mientras, incapaz de controlar sus movimientos, levantaba la mano izquierda hacia el timbre eléctrico que cómodamente colgaba a su alcance, con el cable enrollado una vuelta en torno al barrote de la cama.

Pero cuando sus dedos rozaron el frío metal, un estremecimiento le recorrió la mano, una contracción involuntaria, de modo que el cable se desenroscó y el interruptor cayó al suelo produciendo un pequeño pero estridente ruido.

La disonancia le hizo volver en sí.

Si hubiera logrado agarrar el timbre y apretar el botón blanco, una luz roja se habría encendido en el pasillo, encima de su puerta, y la enfermera de noche habría acudido al trote, con sus ruidosos zuecos, desde su cuarto.

Dado que no solo tenía miedo, sino también una gran vanidad, pensó que casi era bueno que no hubiera llegado a llamar.

La enfermera de noche habría entrado en la habitación, encendido la luz del techo y le habría lanzado una mirada inquisitiva mientras él yacía en la miseria y la desgracia.

Se quedó quieto un momento y sintió cómo el dolor se alejaba y se acercaba de nuevo en sacudidas instantáneas, como si se tratara de un tren desbocado en manos de un maquinista demente.

A continuación una nueva necesidad hizo acto de presencia. Tenía que orinar.

Había una botella a su alcance, dentro de la papelera amarilla de plástico situada detrás de la mesita de noche. Pero no quería usarla. Le estaba permitido levantarse si quería. Uno de los médicos le había dicho incluso que era bueno que se moviera un poco.

Así que decidió salir de la cama, abrir las puertas dobles e ir al baño que estaba justo enfrente, en el pasillo. Eso lo distraería: una tarea práctica que por un momento podría canalizar sus pensamientos por otros derroteros.

Apartó la manta y la sábana, se incorporó y se quedó sentado unos segundos al borde de la cama, con las piernas colgando. Al estirar del camisón blanco para cubrirse mejor, oyó cómo el protector de plástico crujía sobre el colchón.

Luego se deslizó hacia abajo con suavidad hasta que sintió las frías baldosas en las húmedas plantas de los pies. Trató de enderezarse y, en efecto, lo consiguió, a pesar de las anchas vendas que le apretaban la entrepierna y los muslos. Aún conservaba el vendaje compresivo de espuma en la ingle tras la aortografía del día anterior.

Las zapatillas estaban debajo de la mesa: introdujo los pies en ellas y se fue con cuidado y a tientas hacia la salida. Abrió la primera puerta hacia dentro y la segunda hacia fuera, para, acto seguido, cruzar el oscuro pasillo y entrar en el cuarto de baño. De regreso, tras orinar y enjuagarse las manos con agua fría, se detuvo en el pasillo y se quedó escuchando. El sonido amortiguado de la radio de la enfermera de noche se oía muy a lo lejos. El dolor había vuelto y comenzaba a asustarse, por lo que se le ocurrió que podía ir a pedirle a la enfermera un par de analgésicos. No le harían nada del otro mundo, pero en cualquier caso esta se vería obligada a abrir el botiquín, sacar el frasco de las pastillas y darle algo de beber: por lo menos de esa manera alguien se ocuparía de él durante un rato.

Había unos veinte metros de distancia hasta la salita de guardia, y se lo tomó con calma. Fue arrastrando los pies, con el camisón sudado enredándosele en las pantorrillas.

La luz en la salita estaba encendida, pero no había nadie. Lo único que había era el aparato de radio, que sonaba solo entre dos tazas de café medio vacías.

Al parecer, la enfermera de noche y la auxiliar estaban ocupadas en algún otro lugar de la planta.

De pronto se le nubló la vista y tuvo que apoyarse en el quicio de la puerta. Al cabo de unos minutos se sintió un poco mejor y con paso lento regresó, por el oscuro pasillo, hasta su habitación.

Las puertas estaban como él las había dejado, entreabiertas. Tras cerrarlas bien, avanzó los pocos pasos que le separaban de la cama. Una vez allí se quitó las zapatillas, se echó boca arriba y, con un escalofrío, tiró de la manta para cubrirse hasta el mentón. Permaneció quieto con los ojos muy abiertos, mientras notaba cómo el tren desbocado le recorría el cuerpo.

Había algo raro. El entramado de sombras del techo se había desplazado un poco.

De eso se dio cuenta casi al instante.

Pero ¿qué era lo que había hecho que las sombras y los reflejos cambiaran de lugar?

Recorrió con la vista las paredes desnudas, giró la cabeza a la derecha y miró hacia la ventana.

Al salir de la habitación, la ventana se había quedado abierta; de eso estaba seguro.

Ahora alguien la había cerrado.

El miedo le sobrecogió de inmediato y levantó la mano buscando el timbre. Pero ya no se hallaba en su sitio. Se había olvidado de recoger el cable y el interruptor del suelo.

Mantuvo los dedos aferrados al barrote de hierro de donde el timbre debería haber pendido, al tiempo que clavaba la vista en la ventana.

La abertura que había entre las espesas cortinas seguía siendo de unos cinco centímetros, pero estas ya no colgaban exactamente del mismo modo que antes, y la ventana estaba cerrada.

¿Podría haber entrado en la habitación alguien de la clínica?

Le parecía poco probable.

El sudor le brotaba de los poros y sintió cómo el frío camisón se le pegaba a la sensible piel.

Desamparado, abandonado a sus temores y sin poder apartar los ojos de la ventana, comenzó a incorporarse.

Las cortinas no se movían lo más mínimo, y sin embargo estaba convencido de que había alguien detrás.

«¿Quién?», pensó.

«¿Quién?».

Y, luego, con un último resquicio de sentido común: «Debe de ser una alucinación».

Ahora el paciente se hallaba al lado de la cama, de pie, en el frío suelo embaldosado, temblando. Dio dos pasos vacilantes hacia la ventana, para acto seguido detenerse, encogido y con los labios trémulos.

El hombre de la ventana apartó las cortinas con la mano derecha mientras con la izquierda empuñaba una bayoneta.

La hoja de metal, larga y ancha, brillaba a la luz de la habitación.

El hombre de la zamarra y de la gorra de tweed a cuadros dio dos pasos rápidos hacia delante y se plantó, alto y erguido, frente al enfermo, con el arma levantada.

El paciente lo reconoció de inmediato y empezó a abrir la boca para dar un alarido.

Cuando el pesado mango de la bayoneta lo golpeó, notó cómo se le partían los labios y la dentadura postiza se le rompía.

Eso fue lo último que sintió.

Todo lo demás ocurrió demasiado rápido. El tiempo se le fue de las manos.

La primera cuchillada le hirió en el lado derecho del diafragma, justo debajo de las costillas, donde la bayoneta se hundió hasta la empuñadura.

El enfermo todavía estaba de pie, con la cabeza echada hacia atrás, cuando el hombre de la zamarra levantó el arma por tercera vez y le cortó el cuello, de la oreja izquierda a la derecha.

De la tráquea abierta salió un débil silbido burbujeante.

Nada más.

3

Era viernes por la noche y los bares de Estocolmo deberían haber estado llenos de gente alegre que salía a divertirse después de una semana de duro trabajo. Sin embargo, no era así, y no resultaba difícil entender por qué. Durante los últimos cinco años, los precios en los restaurantes prácticamente se habían duplicado y no había muchos trabajadores que pudieran permitirse el lujo de salir, ni siquiera una sola vez al mes. Los hosteleros se quejaban y hablaban de crisis, pero los que no habían convertido sus locales en pubs o discotecas para atraer a los jóvenes adinerados se mantenían a flote gracias al creciente número de ejecutivos poseedores de tarjetas de crédito para sus gastos, que preferían atender sus negocios compartiendo mesa y mantel.

Situado en el casco antiguo, Den Gyldene Freden no constituía una excepción. Es cierto que era ya tarde y el viernes se había convertido en sábado, pero el comedor de arriba solo había estado ocupado en la última hora por dos comensales: un hombre y una mujer. Tras cenar un steak tartar, estaban tomando café y una copita de punsch mientras hablaban en voz baja.

Dos camareras, sentadas a una mesa pequeña enfrente de la puerta principal, doblaban unas servilletas. La más joven, que era pelirroja y parecía cansada, se levantó y lanzó una mirada al reloj que había encima del bar. Bostezó, cogió una servilleta y se dirigió hacia los clientes.

—¿Desean pedir algo más antes de que el bar cierre? —preguntó, mientras con la servilleta barría algunas briznas de tabaco que habían caído al mantel—. Señor comisario, ¿un poco más de café?

Para su asombro, Martin Beck se dio cuenta de que se sentía halagado al ser reconocido por la camarera. Normalmente solía irritarle que se le recordara que, como jefe de la Brigada Nacional de Homicidios, se había convertido en una figura más o menos pública, pero ya hacía mucho tiempo desde la última vez que había salido en la televisión o que su fotografía había aparecido en los periódicos, y se tomó el hecho de que la camarera lo hubiera reconocido más bien como una señal de que se le consideraba un cliente habitual de Den Gyldene Freden. Y, por cierto, con razón: desde hacía dos años vivía bastante cerca y las veces que salía a cenar, acudía allí con más frecuencia que a ningún otro sitio. En cambio, que tuviera compañía, como ocurría esa noche, era inusual.

La chica que se sentaba frente a él era su hija. Se llamaba Ingrid, tenía diecinueve años y, si se pasaba por alto el contraste entre su rubio cabello y el pelo oscuro de Martin Beck, ambos guardaban un notorio parecido.

—¿Quieres más café? —preguntó Martin Beck.

Ingrid negó con la cabeza y la camarera se retiró a preparar la cuenta. Martin Beck sacó la pequeña botella de punsch del cubo de hielo y sirvió lo que quedaba en las dos copitas. Ingrid bebió un sorbo.

—Deberíamos hacer esto más a menudo —dijo ella.

—¿Beber punsch?

—Mmm, no estaría mal. No, me refiero a que quedemos. La próxima vez te invitaré yo a cenar. Pero en mi casa, en Klostervägen; aún no la conoces.

Ingrid se había ido de casa tres meses antes de que sus padres se separaran. A veces Martin Beck se preguntaba si habría sido capaz de poner fin a su estancado matrimonio con Inga si su hija no le hubiera animado a hacerlo. Ella misma no se sentía a gusto en casa y se había ido a vivir con una amiga incluso antes de terminar el instituto. Ahora que estaba estudiando sociología en la universidad acababa de mudarse a un estudio en Stocksund. De momento lo subarrendaba, aunque albergaba esperanzas de que le traspasaran la titularidad del contrato en un futuro no muy lejano.

—Mamá y Rolf estuvieron anteayer —comentó—. Quería invitarte a ti también, pero no pude localizarte.

—No, estuve en Örebro un par de días. ¿Qué tal están?

—Bien. Mamá trajo una maleta llena de cosas. Toallas y servilletas y el juego de café de porcelana azul y no sé qué más. Por cierto, hablamos sobre el cumpleaños de Rolf. Mamá quiere que salgamos a cenar todos juntos. Si tú puedes.

Rolf tenía tres años menos que Ingrid. Eran todo lo diferentes que pueden ser dos hermanos, pero siempre se habían llevado bien.

La pelirroja se acercó con la cuenta. Martin Beck pagó y apuró su copita. Miró el reloj. Faltaban dos minutos para la una.

—¿Nos vamos? —dijo Ingrid antes de tomarse el último trago de punsch.

Pasearon tranquilamente por Österlånggatan en dirección norte. El cielo estaba estrellado y hacía bastante fresco. Un par de jóvenes borrachos salieron del callejón de Draken, dando voces que resonaban entre las vetustas fachadas.

Ingrid se asió del brazo de su padre y acompasó sus pasos a los de él. Tenía las piernas largas y era esbelta, casi demasiado delgada, opinaba Martin Beck, pero ella siempre decía que debía ponerse a dieta.

—¿Subes conmigo? —le preguntó él mientras iban por la cuesta hacia la plaza de Köpmantorget.

—Sí, pero solo para pedir un taxi. Es tarde y tienes que dormir.

Martin Beck bostezó.

—La verdad es que estoy muy cansado —dijo.

En el pedestal de la estatua de San Jorge y el dragón había un hombre acurrucado: tenía la frente apoyada en las rodillas y parecía estar dormido.

Cuando Ingrid y Martin Beck pasaron por delante, levantó la cabeza y balbuceó en alto algunos sonidos incomprensibles. Acto seguido estiró las piernas y se quedó dormido de nuevo con el mentón en el pecho.

—¿No debería irse a dormir la mona al albergue de Sankt Nikolai? —observó Ingrid—. Debe de estar pasando frío aquí fuera.

—Tarde o temprano acabará allí —repuso Martin Beck—. Si tienen sitio. En cualquier caso, hace tiempo que los borrachos no son asunto mío.

Prosiguieron en silencio por Köpmangatan.

Martin Beck evocó aquel verano, veintidós años atrás, cuando patrullaba el distrito de Nikolai. Estocolmo había cambiado mucho desde entonces. El casco antiguo era idílico, un auténtico pueblo. Naturalmente, con más borrachos, pobreza y miseria, porque aquello fue antes de que se pusieran a rehabilitar y restaurar los edificios, al tiempo que subieron tanto los alquileres que los viejos inquilinos ya no pudieron seguir viviendo allí por falta de medios. Gamla Stan se había convertido en un barrio fino, y ahora él mismo se contaba entre el selecto grupo de privilegiados residentes.

Subieron a la última planta en el ascensor, instalado durante la reforma, y que seguía siendo uno de los pocos que había en el casco antiguo. El piso estaba completamente renovado: se componía de un vestíbulo, una pequeña cocina, un cuarto de baño y dos habitaciones contiguas cuyas ventanas daban a un gran patio abierto orientado al este. Las habitaciones eran acogedoras y asimétricas, con hondos vanos de ventana y techos bajos. La primera de ellas, amueblada con cómodos sillones y mesas bajas, contaba con una chimenea. En la segunda había una amplia cama enmarcada por estanterías de obra y armarios empotrados y, junto a la ventana, un gran escritorio con cajones.

Ingrid entró y, sin quitarse el abrigo, se sentó al escritorio, levantó el auricular y marcó el número para pedir un taxi.

—¿No te quedas un ratito? —le preguntó Martin Beck desde la cocina.

—No, tengo que irme a casa y dormir. Estoy muerta de cansancio. Y tú también, por cierto.

Martin Beck no protestó. De repente no tenía nada de sueño, aunque se había pasado toda la noche bostezando, y en el cine, donde habían visto Los cuatrocientos golpes, de Truffaut, había estado a punto de quedarse dormido varias veces.

Ingrid consiguió finalmente un taxi, fue hacia la cocina y le dio un beso en la mejilla a su padre.

—Gracias por la velada. Nos vemos en el cumpleaños de Rolf, si no antes. Que descanses.

Martin Beck la acompañó hasta el ascensor y le susurró un buenas noches. Cerró entonces la puerta y entró de nuevo en casa.

Se sirvió la cerveza que acababa de sacar de la nevera en un vaso grande, que colocó sobre el escritorio. Luego se dirigió al gramófono situado junto a la chimenea, buscó entre sus vinilos y puso el de los Conciertos de Brandenburgo, de Bach, en el plato giradiscos. La casa estaba bien insonorizada, por lo que podía poner la música bastante alta sin molestar a los vecinos. Se sentó a la mesa y se bebió la fría y refrescante cerveza para quitarse el empalagoso sabor del punsch. Tras presionar la boquilla de un cigarro Florida, se lo puso entre los dientes y encendió un fósforo. Luego apoyó el mentón en las manos y miró por la ventana.

El cielo primaveral formaba una bóveda estrellada color azul profundo sobre el tejado que se veía iluminado por la luna al otro lado del patio. Mientras escuchaba la música, Martin Beck dejó que sus pensamientos vagaran a su antojo. Se sentía a gusto, totalmente relajado.

Tras cambiar de cara el disco, fue hasta la estantería que había encima de la cama y cogió una maqueta a medio terminar del clíper Flying Cloud. Durante casi una hora estuvo montando los mástiles y las vergas, y después colocó de nuevo la maqueta en el estante.

Mientras se desvestía observó, con orgullo, las maquetas terminadas del Cutty Sark y del buque escuela Danmark. Dentro de poco lo único que le faltaría por montar del Flying Cloud serían las jarcias, el trabajo más difícil y el que más paciencia requería.

Se dirigió desnudo a la cocina para dejar el cenicero y el vaso de cerveza en el fregadero. Luego apagó todas las luces, salvo la de la lámpara de encima de la cama, entreabrió la ventana del dormitorio y se acostó. Dio cuerda al reloj, que marcaba las dos y veinticinco, y comprobó que la alarma estaba desactivada. Tenía, o al menos eso esperaba, un día libre por delante y podría dormir todo el tiempo que quisiera.

Sobre la mesilla de noche había un ejemplar de Los barcos al archipiélago, de Kurt Bergengren; lo hojeó al azar, miró las imágenes que en repetidas ocasiones había estudiado con tanto detenimiento y leyó algún que otro párrafo con un fuerte sentimiento de nostalgia. El libro era grande y pesado, no muy adecuado como lectura para la cama, de manera que enseguida se cansó de sostenerlo. Lo dejó a un lado y alargó el brazo para apagar la lámpara de noche.

Entonces sonó el teléfono.

4

Einar Rönn estaba muerto de cansancio. Llevaba más de diecisiete horas trabajando de un tirón. Ahora se hallaba en la sala de guardia de la policía criminal, en la sede central de la policía en Kungsholmsgatan, viendo cómo lloraba un hombre que le había puesto la mano encima a un prójimo.

Por cierto, eso de «hombre» tal vez resultara exagerado, pues el detenido era en buena medida solo un niño. Un muchacho de dieciocho años con una melena rubia hasta los hombros, vaqueros de color rojo vivo y una cazadora de ante marrón con flecos que llevaba la palabra LOVE en la espalda. Las letras estaban rodeadas de flores en rosa, violeta y azul claro, a modo de primorosos arabescos. En las cañas de sus botas también se entremezclaban flores y caracteres, que en concreto formaban las palabras: PEACE y MAGGAN. Unos largos mechones de pelo humano, suave y ondulado, estaban ingeniosamente cosidos a las mangas.

Era como para preguntarse si le habría arrancado a alguien el cuero cabelludo.

También Rönn tenía ganas de llorar. En parte por el agotamiento, pero sobre todo porque sentía más pena por el criminal que por la víctima, y esto era algo que le ocurría cada vez más a menudo.

El joven de la hermosa cabellera había intentado matar a un camello. El intento no le había salido muy bien, pero lo llevó lo suficientemente lejos como para que se le pudiera acusar, y con fundamento, de tentativa de homicidio.

Rönn había estado persiguiéndole desde las cinco de la tarde, cosa que le obligó a localizar y registrar no menos que dieciocho antros de drogadictos, a cada cual más sucio y repugnante, en diferentes partes de su bella ciudad.

Y todo porque a un canalla que vendía hachís mezclado con opio a escolares en Mariatorget le habían hecho un chichón en la cabeza. Bien era cierto que la agresión se realizó con una barra de hierro y que obedeció a que su autor estaba sin blanca. Pero aun así, tampoco era para tanto, pensaba Rönn.

Y además había hecho nueve horas extras, que serían diez antes de que llegara a su piso en el barrio de Vällingby, a las afueras de la ciudad. Pero no hay mal que por bien no venga. El bien, en este caso, lo constituía el salario.

Rönn era de Laponia, oriundo de Arjeplog, y estaba casado con una mujer sami. Vällingby no le entusiasmaba demasiado, pero sí le gustaba que la calle donde vivía, Vittangigatan, llevara el nombre de un pueblo de su tierra.

Contempló cómo uno de sus jóvenes compañeros, que estaba de guardia en el turno de noche, redactaba a máquina un recibo para la transferencia del prisionero y entregaba a aquel fetichista del cabello a dos agentes, que a su vez lo empujaron al ascensor para su remisión a la horrible sección de arrestos, tres pisos más arriba.

Un recibo de transferencia es un papel no vinculante con el nombre de la persona arrestada. En el reverso, el jefe de guardia suele anotar las observaciones pertinentes. Por ejemplo: «Muy salvaje, se ha arrojado repetidamente contra las paredes, lastimándose». O bien: «Indomable, se ha abalanzado contra una puerta, lastimándose». O tal vez simplemente: «Se ha dado un golpe al desplomarse».

Etcétera, etcétera.

La puerta del patio se abrió y dos agentes del coche radiopatrulla entraron llevando a rastras a un anciano de espesa barba gris. Justo al traspasar el umbral, uno de los policías propinó al detenido un puñetazo en el bajo vientre. El hombre se dobló y profirió un grito ahogado, parecido al aullido de un perro. Los dos oficiales de guardia siguieron ocupados con sus papeles, impertérritos.

Rönn lanzó una mirada cansada al agente, pero no dijo nada.

Luego bostezó y miró el reloj.

Las dos y diecisiete.

El teléfono sonó. Uno de los oficiales respondió.

—Es la policía criminal, sí. Gustavsson al habla.

Rönn se puso el gorro de piel y se dirigió hacia la puerta. Ya tenía los dedos en el pomo cuando el hombre llamado Gustavsson dijo:

—¿Qué? Espera un momento. ¡Oye, Rönn!

—¿Sí?

—Hay una cosa para ti.

—¿El qué?

—Algo en el hospital de Sabbatsberg. Le han pegado un tiro a alguien o algo por el estilo. El chico que llama parece muy confuso.

Rönn suspiró y dio media vuelta. Gustavsson quitó la mano que tapaba el auricular y continuó:

—Uno de los colegas de la brigada antiviolencia está aquí. Uno de los sabuesos, un tío que es la bomba. ¿Cómo?

Y poco después:

—Sí, sí, te oigo. Es espantoso, sí. ¿Dónde te encuentras, exactamente?

Gustavsson era un tipo flaco de unos treinta años, caracterizado por una expresión dura e indiferente. Escuchó, volvió a tapar el auricular con la mano y dijo:

—Está en la entrada principal del pabellón central de Sabbatsberg. Es evidente que necesita ayuda. ¿Vas tú para allá?

—Pues sí —dijo Rönn—. Supongo que sí.

—¿Quieres que te lleven? Este coche radiopatrulla parece que está disponible.

Rönn miró desalentado a los dos agentes y negó con la cabeza. Eran grandes y fuertes e iban armados con pistolas y porras de funda blanca. El detenido se había desplomado como un saco de patatas y yacía gimoteante a sus pies. Ellos a su vez lanzaron embobadas miradas de envidia a Rönn con sus superficiales ojos azules llenos de esperanzas de ascender.

—No, cogeré mi propio coche —dijo, y se marchó.

Einar Rönn no era en absoluto la bomba, pero en estos momentos ni siquiera llegaba a sentirse como un mísero petardo. Algunas personas pensaban que era muy buen policía, mientras que otros le consideraban mediocre. En cualquier caso, tras permanecer mucho tiempo fiel al servicio, había llegado a ser subinspector primero en la brigada antiviolencia. Un cazador de asesinos, en los términos de la prensa sensacionalista. En lo que todo el mundo sí estaba de acuerdo era en que se trataba de un tipo apacible y de mediana edad, de nariz amoratada y un tanto corpulento a causa de su excesivo sedentarismo.

Tardó cuatro minutos y doce segundos en llegar a la dirección indicada.

El hospital de Sabbatsberg se extiende sobre un terreno accidentado y casi triangular, con la base del triángulo orientada al norte, donde limita con Vasaparken, mientras que al este limita con Dalagatan y al oeste con Torsgatan; su vértice está abruptamente cortado por la vía de acceso a la nueva carretera sobre el canal de Barnhusviken. Un gran edificio de ladrillo perteneciente a la fábrica de gas sobresale desde Torsgatan, mellando el borde del triángulo.

El hospital adoptó el nombre del mesonero Vallentin Sabbath, que a principios del siglo XVIII era el dueño de las tabernas Rostock y Lejonet en el casco antiguo. Sabbath compró aquí tierras, se dedicó a la piscifactoría de carpas en estanques que ahora se han secado o han sido taponados, y todavía tuvo tiempo de regentar una fonda en la propiedad durante tres años, antes de fallecer en 1720.

Una década más tarde se abrió un balneario, o unas «termas», como también se las llamaba. El hotel del balneario, de doscientos años de antigüedad y que con el curso de los años no solo ha desempeñado la función de hospital, sino también de hospicio, se halla ahora agazapado a la sombra de una residencia geriátrica de ocho plantas.

El primer hospital fue construido hace algo más de cien años sobre los peñascos que bordean Dalagatan y estaba integrado por varios pabellones conectados por largos pasajes cubiertos. Algunos de los viejos pabellones están todavía en uso, pero otros acaban de demolerse para ser reemplazados por otros nuevos, y los pasajes son ahora subterráneos.

En el extremo más alejado del parque, algunos edificios antiguos albergan la residencia de ancianos. Hay allí una pequeña capilla, y en un jardín con césped, setos y senderos de grava, se erige un cenador amarillo con travesaños en blanco y un techo circular coronado por una aguja. Un paseo va desde la capilla hasta una antigua garita a pie de calle. Detrás de la capilla el terreno se hace cada vez más elevado, para terminar abruptamente encima de Torsgatan, calle que describe una curva entre la pared rocosa y la torre Bonnier. Esta es la parte más tranquila y menos transitada del recinto. Al igual que hace cien años, la entrada principal se halla en Dalagatan, donde también se levanta el nuevo pabellón central.

5

Rönn tenía una sensación casi fantasmal en medio de los haces de luz rotatorios que proyectaba el techo del coche patrulla. Pero las cosas todavía iban a empeorar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—No lo tengo muy claro. Pero algo terrible...

El agente de policía parecía muy joven. Tenía un aspecto abierto y simpático, pero su mirada vagaba de un sitio a otro y le resultaba difícil estarse quieto. Agarraba la puerta del coche con la mano izquierda mientras los dedos de la derecha jugueteaban vacilantes con la culata de la pistola. Diez segundos antes, había emitido un sonido semejante a un suspiro de alivio.

«El chaval tiene miedo», pensó Rönn. Y le dijo con voz tranquilizadora:

—Bueno, pues, ya veremos. ¿Dónde ha ocurrido?

—Es un poco complicado llegar hasta allá. Podemos ir con los coches, y yo voy guiando.

Rönn asintió y volvió a su vehículo. Tras arrancar, siguió los flashes de luz azul por una amplia curva que rodeaba el pabellón central y se adentraba en el recinto hospitalario. En cuestión de medio minuto, el coche patrulla giró tres veces a la derecha y dos a la izquierda, para a continuación frenar y detenerse frente a un edificio bajo y alargado, con una fachada revocada en amarillo y un tejado negro abuhardillado. La casa parecía muy antigua. Por encima de las agrietadas puertas de madera marrones, una sola bombilla parpadeante, protegida por una pantalla anticuada de vidrio lechoso, libraba una desigual batalla contra la oscuridad. El agente se bajó y se quedó en la misma posición de antes, con una mano en la pistola y la otra agarrando la puerta del automóvil, como si se tratara de una especie de escudo protector frente a la noche y lo que esta pudiera ocultar.

—Ahí dentro —dijo, mirando de soslayo hacia la puerta.

Rönn ahogó un bostezo y asintió con la cabeza.

—¿Debería pedir refuerzos?

—Bueno, pues, ya veremos —repitió Rönn apaciblemente.

Ya había subido los escalones de la entrada y empujó la hoja derecha de la puerta, cuyas bisagras sin engrasar chirriaron lastimosamente. Dos pasos más, otra puerta, y de pronto se halló en un pasillo poco iluminado: era ancho, de techos altos y recorría a lo largo toda la casa.

A un lado se hallaban las habitaciones para los enfermos y las salas; el otro lado estaba, a todas luces, reservado a los lavabos, los cuartos para la ropa de cama y las salas de consultas. Había también un viejo teléfono negro de pared, de esos que solo precisan ser alimentados con una moneda de diez céntimos. Rönn se quedó mirando una placa oval de esmalte con la lacónica inscripción «ENEMA», tras lo cual procedió a examinar a las cuatro personas que tenía delante.

Dos de ellas eran agentes de policía uniformados. Uno era rechoncho y recio; tenía las piernas separadas, los brazos le colgaban a los lados y miraba al frente. Con la mano izquierda sostenía un cuaderno de tapas negras abierto. Su colega estaba apoyado en la pared, con la cabeza gacha, y dirigía la mirada a un lavabo de hierro fundido, lacado en blanco y con un viejo grifo de latón. De todos los jóvenes que Rönn había tratado durante sus nueve horas extras, este parecía ser el de menos edad: daba una sensación paródica, con su cazadora de cuero, su correa y su aparentemente indispensable arma. Una mujer mayor de pelo gris con gafas se hallaba desplomada en un sillón de mimbre, contemplando con apatía sus zuecos blancos. Vestía una bata blanca y sus pálidas pantorrillas mostraban unas antiestéticas varices. El cuarteto se completaba con un hombre de alrededor de treinta años, de pelo negro rizado, que se mordía los nudillos con irritación. También llevaba bata blanca y zuecos.

El pasillo olía mal: a detergente, vómito o medicamentos; o tal vez a una mezcla de todo eso. Rönn estornudó, repentina e involuntariamente, y se tapó la nariz con el pulgar y el índice, si bien ya un poco tarde.

El único que reaccionó fue el policía del cuaderno. Sin decir nada, señaló una puerta alta de color amarillo pálido, con la pintura desconchada, en la cual había una tarjeta blanca en un marco de metal con algo escrito a máquina. La puerta no estaba cerrada del todo. Rönn la empujó sin tocar el pomo. Detrás había otra puerta, también entornada, pero hacia dentro.

Rönn la abrió con el pie, echó un vistazo a la habitación y dio un respingo. Retirando las manos de su roja nariz, miró de nuevo, esta vez de forma más sistemática.

—Madre mía —se dijo para sus adentros.

Luego dio un paso atrás, dejando que la puerta exterior volviera a su posición original, se puso las gafas y examinó la etiqueta con el nombre.

—Dios... —exclamó.

El mayor de los dos agentes había guardado el cuaderno negro y en su lugar había sacado su placa, que estaba manoseando como si fuera un rosario o un amuleto. Dentro de poco iban a suprimir las placas, pensó Rönn de modo un tanto absurdo. Con ello había concluido la larga batalla sobre si el distintivo policial debía llevarse en el pecho, a modo de honesta identificación, o escondido en algún bolsillo. Un final tan decepcionante como sorprendente, pues simplemente las placas se eliminarían y se reemplazarían con un carné estándar, de manera que los policías podrían continuar ocultándose con toda tranquilidad detrás del anonimato del uniforme.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Andersson.

—¿A qué hora has llegado?

El agente miró su reloj de pulsera.

—A las dos y dieciséis. Hace nueve minutos. Estábamos aquí al lado. En Odenplan.

Rönn se quitó las gafas mientras miraba de reojo al joven chaval uniformado que, con la cara pálida, verdosa, estaba vomitando, desamparado, en el lavabo.

El agente captó su mirada y con voz sorda informó:

—Es novato. Es la primera vez que sale.

—Será mejor que lo cuidemos —dijo Rönn—. Y llama a unos cinco o seis hombres del quinto distrito.

—La furgoneta del quinto, entendido —contestó Andersson, con tal aire que parecía que fuera a hacer un saludo militar, a cuadrarse o cualquier otra estupidez.

—Un momento —añadió Rönn—. ¿Habéis advertido algo sospechoso?

La pregunta quizá no era muy afortunada, y el agente miró desconcertado a la puerta de la habitación del enfermo.

—Bueno, es que... —respondió vacilante.

—¿Sabes quién es el de dentro?

—El comisario Nyman, ¿no?

—Eso es.

—Aunque no se puede ver muy bien...

—No —asintió Rönn—. Es difícil.

Andersson se marchó.

Rönn se enjugó el sudor de la frente y reflexionó acerca de lo que debía hacer. Esto le llevó diez segundos. Luego se dirigió al teléfono de la pared y marcó el número de casa de Martin Beck.

Beck respondió inmediatamente:

—Hola, soy Rönn. Estoy en Sabbatsberg. Vente hacia aquí.

—De acuerdo —respondió Martin Beck.

—Y deprisa.

—Vale.

Rönn colgó y volvió con los demás. Esperó. Alargó su pañuelo al novato, quien avergonzado se limpió la boca y dijo:

—Lo siento.

—Puede pasarle a cualquiera.

—No puedo remediarlo. ¿Es siempre así?

—No —contestó Rönn—, no que digamos. Llevo veintiún años de policía y, a decir verdad, nunca había visto nada igual.

A continuación se volvió hacia el hombre de los rizos negros y le preguntó:

—¿Hay alguna clínica psiquiátrica por aquí?

—Nix verstehen —respondió el médico.

Rönn se puso las gafas y examinó la etiqueta de plástico que este llevaba prendida a la bata blanca.

Efectivamente, ahí ponía su nombre: Dr. Üzküköçötüpze.

—Vale, pues... —se dijo a sí mismo. Se quitó las gafas y siguió esperando.

6

La habitación medía cinco metros de largo, tres y medio de ancho y casi cuatro de alto. El colorido daba una gran sensación de monotonía: el techo estaba pintado de un blanco roto y las paredes revocadas de un desvaído amarillo ceniciento. El suelo se hallaba revestido de baldosas de mármol color blanco grisáceo. Los marcos de las ventanas eran gris claro, el mismo color de las puertas. De la ventana colgaban gruesos cortinajes de damasco en tono crema, que envolvían unos finos visillos blancos de algodón. La cama de forja era blanca, al igual que el edredón y la almohada; la mesilla de noche, gris, y la silla de madera, marrón claro. Los muebles estaban medio despintados, y la pintura de las rugosas paredes, agrietada por el paso del tiempo. El revoque del techo se había desconchado y en algunos lugares se veían manchas ocres de humedad. Todo era viejo, pero estaba muy limpio. Sobre la mesilla reposaba un jarrón de alpaca con siete rosas de un rojo apagado. Había, además, un par de gafas con su funda, una cajita de plástico transparente con dos pequeñas pastillas blancas, un pequeño aparato blanco de radio, una manzana mordisqueada y un vaso de vidrio medio lleno de líquido amarillo. En el estante de abajo había un montón de revistas, cuatro cartas, un bloc de notas con papel rayado, una reluciente estilográfica de la marca Waterman con cartuchos en cuatro colores diferentes y algo de dinero suelto o, para ser más exactos, ocho monedas de diez céntimos, dos de veinticinco y seis de una corona. La mesilla tenía dos cajones. En el de arriba había tres pañuelos usados, un jabón en una caja de plástico azul, pasta y cepillo de dientes, una pequeña botella de loción para después del afeitado, una caja de pastillas para la garganta y una funda de piel con cortaúñas, lima y tijeras. El cajón de abajo contenía una cartera, una máquina de afeitar eléctrica, una tira de sellos de correos, dos pipas de fumar, una petaca de tabaco y una postal en blanco con la foto de Rådhuset, el Tribunal de Primera Instancia de Estocolmo. Del respaldo de la silla colgaban varias prendas de vestir: un abrigo de paño gris, pantalones de la misma tela y color, y una camisola blanca hasta la rodilla. En el asiento de la silla se amontonaban unos cuantos calzoncillos y calcetines, y debajo de la cama había un par de zapatillas. De la percha de la puerta pendía una bata beige.

Solo había un color disonante en la habitación. Un sobrecogedor rojo intenso.

El muerto yacía, medio tendido sobre la espalda, entre la cama y la ventana. Le habían cortado el cuello con tanta virulencia que la cabeza le colgaba hacia atrás en un ángulo de casi noventa grados, con la mejilla izquierda apoyada en el suelo. La lengua se había deslizado a través de la amplia incisión y la dentadura postiza le sobresalía, rota, por entre los destrozados labios.

Al tiempo que se había caído hacia atrás, un espeso chorro de sangre le había brotado de la arteria carótida, cosa que explicaba la ancha franja color púrpura que atravesaba la cama y las salpicaduras de sangre en el florero y la mesilla de noche.

Asimismo, el camisón estaba completamente empapado, pero eso se debía a la herida en el diafragma, la cual era también la causa del enorme charco de sangre alrededor del cadáver. Una somera inspección de dicha herida indicaba que alguien le había rebanado de un solo tajo el hígado, las vías biliares, el estómago, el bazo y el páncreas. Además de la aorta.

El cuerpo había perdido prácticamente toda la sangre en unos pocos segundos. La piel mostraba un color blanco azulado y parecía casi transparente, al menos en las partes en que se podía ver algo de ella: por ejemplo, en la frente y en algunos puntos de las espinillas y de los pies.

La herida del diafragma medía alrededor de veinticinco centímetros de largo y estaba abierta de par en par. Los órganos lacerados habían sido empujados hacia arriba, entre los bordes del peritoneo hendido.

El hombre estaba prácticamente cortado por la mitad.

Incluso para las personas que por su profesión a veces tenían que acudir a escenas de crímenes macabros y sangrientos, esto rayaba el límite de lo soportable.

Sin embargo, desde que había entrado en la habitación, a Martin Beck no se le había demudado el gesto. A los ojos de un observador externo, podría parecer que todo aquello formaba parte de su rutina. Salir a cenar con su hija, comer, beber, desvestirse, entretenerse un rato con la maqueta de un barco, irse a la cama con un libro y, a continuación, acudir de pronto corriendo para inspeccionar la masacre cometida con un comisario de policía. Lo peor era que él mismo tenía esa sensación. Nunca se dejaba impresionar, excepto por su aparente insensibilidad.

Eran las tres menos diez de la madrugada y se hallaba en cuclillas junto a la cama examinando el cadáver, mientras evaluaba fríamente los hechos.

—Sí, es Nyman —constató.

—Pues sí. Es él.

Rönn estaba de pie toqueteando los objetos que había sobre la mesa. De repente bostezó y se llevó la mano a la boca con aire de culpabilidad.

Martin Beck le lanzó una rápida mirada y le preguntó:

—¿Has hecho algún tipo de reconstrucción cronológica?

—Claro —respondió Rönn.

Sacó un bloc de notas, donde había garabateado algo en letra pequeña y apretujada. Se puso las gafas para leer y recitó con voz monótona:

—Una auxiliar abrió las puertas a las dos y diez. No había visto ni oído nada raro. Estaba haciendo su ronda habitual para atender a los pacientes. Nyman ya había muerto entonces. Llamó al 90000 a las dos y once. Los agentes del coche patrulla recibieron el aviso a las dos y doce. Estaban en Odenplan y llegaron aquí en tres o cuatro minutos. Informaron a la policía criminal a las dos y diecisiete. Yo llegué a las dos y veintidós. Te llamé a ti a y veintinueve. Tú llegaste a las dos y cuarenta y cuatro.

Rönn miró su reloj de pulsera.

—Ahora son las dos y cincuenta y dos. Cuando yo llegué, llevaba como mucho media hora muerto.

—¿Fue eso lo que dijo el médico?

—No, lo digo yo. Es mi conclusión, por así decirlo. Por el calor corporal y eso. La coagulación...

Se quedó callado, como si fuera demasiado arrogante exponer sus propias reflexiones.

Martin Beck se frotó pensativo el puente de la nariz con el pulgar y el índice de la mano derecha.

—Por tanto, todo ha sido extremadamente rápido —observó.

Rönn no respondió. Parecía pensar en otra cosa y al cabo de un rato dijo:

—Bueno, ya comprenderás por qué te llamé. No porque...

Se interrumpió. Se le veía algo distraído.

—No porque... ¿qué?

—No porque Nyman fuera comisario de policía, sino porque..., bueno, por esto.

Rönn hizo un gesto vago hacia el cadáver y añadió:

—Es que es una carnicería.

Hizo una breve pausa y llegó a una nueva conclusión:

—Lo que quiero decir es que quien haya hecho esto debe de estar loco de atar.

Martin Beck asintió con la cabeza.

—Sí —afirmó—. Eso parece.

7

Martin Beck comenzaba a sentirse incómodo. La sensación era vaga y difícil de precisar, algo así como la insidiosa fatiga que le invade a uno cuando está quedándose dormido con un libro en las manos del que lee el mismo párrafo una y otra vez sin pasar página.

Tenía que hacer un esfuerzo para serenarse y controlar las escurridizas visiones que le asaltaban.

Estrechamente relacionada con esa acechante impotencia tenía otra sensación de la que no era capaz de librarse.

Una sensación de peligro.

De que algo estaba a punto de pasar. Algo que a toda costa debía evitarse. Pero no sabía qué, y mucho menos cómo.

Ya había experimentado eso en anteriores ocasiones, aunque con muy poca frecuencia. Sus colegas solían mofarse del fenómeno, al que llamaban intuición.

El trabajo del policía se basa en el realismo, en la práctica, la tenacidad y la sistematización. Es verdad que muchos casos difíciles acaban esclareciéndose de modo casual, pero no es menos cierto que la casualidad es un concepto elástico que no debe confundirse con la suerte o el golpe de fortuna. En una investigación criminal se procura que la red de coincidencias resulte tan densa como sea posible, y en esta tarea la experiencia y el tesón desempeñan un papel más importante que las intuiciones geniales. La buena memoria y el sentido común son unas cualidades más valiosas que la brillantez intelectual.

La intuición no tiene cabida en el trabajo de la policía.

La intuición no es ni siquiera una cualidad, del mismo modo que la astrología o la frenología no se pueden considerar ciencias.

Y sin embargo existía, por muy reacio que Martin Beck fuera a admitirlo, y había vivido momentos en los que parecía que le había llevado por el buen camino.

Aunque su ambivalencia mental también podía deberse a factores más sencillos, tangibles e inmediatos.

Por ejemplo, a Rönn.

Martin Beck exigía mucho a las personas con las que trabajaba. La culpa de ello la tenía Lennart Kollberg, su mano derecha desde hacía muchos años, primero como subinspector de la policía de Estocolmo y luego en la vieja policía criminal nacional en Västberga. Kollberg siempre había sido su complemento más fiable: el que le lanzaba los mejores pases y el que formulaba las preguntas más incisivas, las cuales les permitían avanzar en los casos al ofrecer un ángulo nuevo cuando alguna investigación se había estancado; además, se trataba del interlocutor que mejor le secundaba en los diálogos.

Pero Kollberg no se hallaba disponible. Era de suponer que estaba en su casa durmiendo y no había ninguna excusa aceptable para despertarlo. Iría contra las normas, aparte de que constituiría un insulto hacia Rönn.

Martin Beck esperaba que Rönn hiciera o por lo menos dijera algo que indicase que él también estaba al tanto del peligro. Que aportara alguna afirmación o hipótesis que Martin Beck pudiera refutar o bien continuar desarrollando.

Pero Rönn no decía nada.

En su lugar, realizaba su trabajo con calma y profesionalidad. De momento, le habían asignado a él la investigación, y estaba haciendo todo lo que razonablemente cabía esperar.

La zona circundante a la ventana ya se hallaba acordonada con cinta y caballetes, y rodeada por coches y focos encendidos. La luz barría todo el terreno, y en el suelo, procedentes de las linternas de los agentes de policía, parpadeaban ovaladas manchas blancas, moviéndose nerviosamente como cangrejos asustados, en caótica huida por la playa, ante la invasión de unos intrusos.

Rönn había pasado revista a todo lo que había sobre la mesilla de noche y dentro de ella, sin encontrar nada más que efectos personales corrientes y algunas cartas de contenido trivial: de esas misivas entre indiferentes y campechanas que las personas sanas suelen escribir a los que se supone gravemente enfermos. Además, el personal civil del quinto distrito había inspeccionado las habitaciones y salas adyacentes sin encontrar nada digno de mención.

Si Martin Beck quería saber algo en particular, tendría que preguntarlo, y además expresarse con claridad, en términos que no pudieran ser mal interpretados.

La verdad era, simplemente, que no trabajaban bien juntos. Ambos lo sabían desde hacía tiempo, y por tanto solían evitar aquellas situaciones en las que se veían obligados a tratar el uno con el otro sin que hubiera nadie más presente.

Martin Beck no tenía una opinión muy elevada de Rönn, algo de lo que este último era plenamente consciente y que le producía complejo de inferioridad. Martin Beck, por su parte, percibía esta dificultad de entablar contacto como síntoma de un problema suyo, por lo que esta situación le cohibía.

Rönn sacó el viejo kit de homicidios y, tras tomar algunas huellas dactilares, cubrió con un plástico varias pruebas que había en el suelo de la habitación y en el terreno exterior asegurándose así de que ciertos detalles que podrían resultar útiles más adelante no fueran borrados por causas naturales o destruidos por un descuido. Se trataba sobre todo de huellas de pisadas.

Martin Beck estaba resfriado, como tan a menudo le ocurría en esta época del año. Sorbía, se sonaba la nariz y tosía mucho y de manera muy escandalosa, pero Rönn no se inmutaba. De hecho, ante sus estornudos no le decía ni salud. Al parecer esa cortesía no formaba parte de su educación, ni la palabra de su vocabulario. Y si pensaba alguna cosa, se la guardaba para sí mismo.

Entre ellos no había ningún tipo de comunicación tácita, así que en una ocasión Martin Beck se vio obligado a preguntar:

—¿No te parece toda esta planta un poco anticuada?

—Pues, sí —contestó Rönn—. La van a desocupar pasado mañana para reformarla o rehabilitarla para otro uso. Van a trasladar a los pacientes a las nuevas dependencias del pabellón central.

Los pensamientos de Martin Beck tomaban con rapidez nuevos rumbos, y al cabo de un rato dijo, sobre todo para sus adentros:

—Me pregunto qué utilizó, tal vez un machete o una espada de samurái.

—Ninguno de los dos —respondió Rönn, que acababa de volver a la habitación—. Hemos encontrado el arma homicida. Está ahí fuera, a cuatro metros de la ventana.

Salieron a mirar.

La fría luz lechosa de un foco alumbraba un arma blanca de hoja ancha.

—Una bayoneta —observó Martin Beck.

—Sí. Eso es. Para una carabina Mauser.

La carabina de seis milímetros era una típica arma militar, que en el pasado se había empleado principalmente en artillería y caballería. Ahora, sin duda, ya no se fabricaba y la habían eliminado de la intendencia del ejército.

La hoja estaba cubierta de sangre coagulada.

—¿Es posible obtener huellas digitales de un mango estriado como este?

Rönn se encogió de hombros.

Había que sacarle las palabras si no a la fuerza, en todo caso presionándole verbalmente.

—¿La vas a dejar ahí hasta que haya luz?

—Pues, sí —dijo Rönn—. Será lo mejor.

—Me gustaría hablar con la familia de Nyman tan pronto como sea posible. ¿Crees que se puede ir a ver a su mujer a estas horas?

—Bueno, pues, sí... supongo —contestó Rönn sin convicción.

—Por algún lado tenemos que empezar. ¿Vienes conmigo?

Rönn murmuró algo.

—¿Qué has dicho? —inquirió Martin Beck mientras se sonaba la nariz.

—Tengo que llamar a un fotógrafo —dijo Rönn—. Pues, eso...

Se le veía exhausto y desganado.

8

Rönn salió primero, se dirigió hacia el coche y se sentó en el asiento del conductor mientras esperaba a Martin Beck, que había asumido la desagradable tarea de llamar a la viuda.

—¿Qué le has contado? —le preguntó cuando Martin Beck llegó y se sentó junto a él.

—Solo que se ha muerto. Estaba a todas luces gravemente enfermo, así que quizá no le ha resultado del todo inesperado, pero lo que no entiende, claro, es qué tenemos nosotros que ver con ese asunto.

—¿Cómo te ha sonado su voz? ¿Parecía conmocionada?

—Sí, por supuesto. Quería coger un taxi y venir al hospital enseguida. Un médico está hablando con ella ahora. Espero que consiga convencerla de que espere en casa.

—Ya. Si le llegara a ver, eso sí que le causaría una conmoción. Bastante difícil será tener que contarle cómo ha ocurrido.

Rönn conducía por Dalagatan rumbo al norte, hacia Odengatan. Delante del instituto Eastman había un Volkswagen negro. Rönn señaló con la cabeza y observó:

—No le basta con aparcar en zona prohibida; también tiene que invadir media acera. Por suerte para él, no somos de tráfico.

—Además, seguro que estaba borracho, porque para aparcar así... —replicó Martin Beck.

—O borracha —repuso Rönn—. Apuesto a que es una tía. Las mujeres y los coches...

—El típico prejuicio —dijo Martin Beck—. Si mi hija te oyera, te soltaría un buen sermón.

Enfilaron Odengatan y pasaron por delante de la iglesia de Gustav Vasa y de Odenplan. En la parada de taxis había dos coches con la señal de libre encendida, y en el semáforo, junto a la Biblioteca Central, esperando a que se pusiera en verde, había un camión amarillo del servicio de limpieza, con sus luces naranjas parpadeando en el techo.

Martin Beck y Rönn prosiguieron el camino en silencio. En Sveavägen dejaron atrás al camión del servicio de limpieza, que con su zumbido dobló renqueante por una esquina. A la altura de la Escuela Superior de Economía se desviaron a la izquierda para coger Kungstensgatan.

—Joder... —exclamó Martin Beck de pronto, enfáticamente.

—Pues sí —replicó Rönn.

Después se hizo de nuevo el silencio en el coche. Tras cruzar Birger Jarlsgatan, Rönn aminoró la marcha y comenzó a buscar el número. Frente a Borgarskolan se abrió la puerta de un portal: un joven asomó la cabeza mirando en dirección a ellos y, mientras sostenía la puerta, esperó a que aparcaran y cruzaran la calle.

Al acercarse, se dieron cuenta de que el chaval era más joven de lo que parecía de lejos. Se le veía casi de la misma altura que Martin Beck, pero no aparentaba más de quince años.

—Soy Stefan —se presentó—. Mi madre les está esperando arriba.

Lo siguieron por la escalera hasta el segundo piso, donde había una puerta entreabierta. El chico los condujo a través del recibidor y por un pasillo que llevaba a la sala de estar.

—Voy a buscar a mamá —murmuró, mientras desaparecía por el pasillo.

Martin Beck y Rönn permanecieron de pie contemplando la habitación. Tenía un aspecto muy cuidado. Una parte estaba ocupada por un conjunto de muebles que parecían de los años cuarenta: un sofá, tres sillones a juego de madera barnizada en color claro y tapicería floreada de cretona, y una mesa ovalada con el mismo tono de madera. Sobre la mesa había un tapete de puntilla blanco y en el centro reposaba un gran jarrón de cristal con tulipanes rojos. Las dos ventanas de la estancia daban a la calle y detrás de las cortinas de encaje blanco se alineaban varias macetas con plantas bien cuidadas. Una de las paredes estaba ocupada por una reluciente librería de caoba, llena a medias de libros encuadernados en cuero y a medias de recuerdos y pequeños adornos. En las paredes se apoyaba alguna que otra mesita de superficie reluciente, decorada con pequeños objetos de plata y cristal. Un piano negro, con la tapa cerrada sobre el teclado, y encima del cual se disponían enmarcados retratos de familia, completaba el mobiliario. De las paredes colgaban algunos bodegones y cuadros de paisajes en grandes e historiados marcos de oro. En el techo lucía una araña de cristal y bajo sus pies se extendía una alfombra oriental color burdeos.

Martin Beck observaba todos esos detalles mientras oía unos pasos por el pasillo que se aproximaban. Rönn se había acercado hasta la librería para contemplar con incredulidad un cencerro de latón para renos, que en un lado llevaba pintado en alegres colores el dibujo de un abedul, un reno y un lapón, con el nombre «Arjeplog» en barrocas letras rojas.

La señora Nyman entró en la habitación acompañada de su hijo. Llevaba un vestido de lana negro, medias y zapatos del mismo color, y en la mano estrujaba un pañuelo blanco. Había estado llorando.

Martin Beck y Rönn se presentaron. La viuda no pareció reconocerlos.

—Siéntense, por favor —dijo, mientras ella misma tomaba asiento en uno de los sillones floreados.

Cuando los dos policías se hubieron sentado, la viuda los miró con ojos llenos de desesperación.

—¿Qué es lo que ha ocurrido en realidad? —inquirió con una voz demasiado chillona.

Rönn sacó su pañuelo y empezó a frotarse la roja nariz lenta y minuciosamente. Martin Beck tampoco esperaba ninguna ayuda por su parte.

—Señora Nyman, si tiene en casa algo que la pueda calmar, algunas pastillas quiero decir, creo que sería buena idea que se tomase un par de ellas —le aconsejó.

El muchacho, que se había sentado en el taburete del piano, se puso de pie y dijo:

—Papá tiene... Hay un frasco de Restenil en el botiquín del baño. ¿Lo traigo?

Martin Beck asintió con la cabeza y el chico fue al cuarto de baño y regresó con las pastillas y un vaso de agua. Martin Beck miró la etiqueta, echó dos pastillas en la tapa del frasco y la señora Nyman las cogió sin rechistar y se las tragó con un sorbo.

—Gracias —dijo—. Y ahora, ¿serían tan amables de decirme qué es lo que desean? Stig está muerto, y ni ustedes ni yo podemos hacer nada al respecto.

Apretó el pañuelo contra la boca y exclamó con voz ahogada:

—¿Por qué no me dejaron ir a verle? Es mi marido. ¿Qué han hecho con él en el hospital? El médico ese... tenía una voz tan rara...

El hijo se acercó, se sentó en el reposabrazos del sillón de su madre y le rodeó la espalda con el brazo.

Martin Beck cambió de posición en su silla para quedar frente a ella, le lanzó una mirada a Rönn, que estaba sentado en el sofá sin decir nada, y refirió:

—Señora Nyman, su marido no ha muerto a causa de su enfermedad. Alguien se ha colado en la habitación y lo ha matado.

La mujer lo miró fijamente: en sus ojos pudo ver que tardaba unos cuantos segundos en asimilar el significado de lo que le acababa de decir. Bajó el puño cerrado con el pañuelo y lo apretó contra su pecho. Estaba muy pálida.

—¿Matado? ¿Que alguien lo ha matado? No entiendo nada...

El hijo se había puesto lívido y agarraba fuertemente el hombro de su madre.

—¿Quién? —preguntó.

—No lo sabemos. Una auxiliar lo encontró tirado en el suelo poco después de las dos. Alguien entró por la ventana y lo mató con una bayoneta. Debió de suceder en apenas unos segundos, no creo ni que le diera tiempo a darse cuenta de qué estaba pasando.

Así habló Martin Beck. El dador de consuelo.

—Todo apunta a que le pilló por sorpresa —añadió Rönn—. Si hubiera tenido tiempo de reaccionar, habría intentado defenderse o cubrirse, pero no existe ningún indicio de que haya sido así.

La mujer clavó la mirada en Rönn.

—Pero ¿por qué? —preguntó.

—No lo sabemos —contestó Rönn.

Y no dijo nada más.

—Quizás usted pueda ayudarnos a averiguarlo —siguió Martin Beck—. No queremos molestarla innecesariamente, pero hay un par de cosas que debemos preguntarle. En primer lugar, ¿tiene idea de quién podría haberlo hecho?

La mujer sacudió la cabeza con aire de impotencia.

—¿Sabe usted si su esposo ha recibido amenazas? ¿O si había alguien que creía tener motivos para querer verlo muerto? ¿Ha habido alguien que lo intimidara?

La señora Nyman siguió negando con la cabeza.

—No —respondió—. ¿Por qué iban a amenazarle?

—¿No había nadie que lo odiase?

—¿Por qué iban a odiarlo?

—Piense en ello —dijo Martin Beck—. Si recuerda a alguien que se sintiera maltratado por su marido. Era policía y entre los gajes del oficio está tener enemigos. ¿Nunca le comentó si alguien quería perjudicarle o le amenazaba?

La viuda lanzó una mirada confundida primero a su hijo, luego a Rönn y por último a Martin Beck.

—No, que yo recuerde. Y está claro que me acordaría si me hubiera dicho algo así.

—Papá no hablaba mucho de su trabajo en casa —intervino Stefan—. Es mejor que pregunte en la comisaría.

—Eso haremos, también —asintió Martin Beck—. ¿Cuánto tiempo llevaba enfermo?

—Mucho tiempo, no recuerdo exactamente —contestó el muchacho mirando a su madre.

—Desde junio del año pasado —continuó ella—. Enfermó poco antes de San Juan. Tenía un dolor de estómago horrible y fue al médico enseguida, después de las fiestas. El médico pensó que era una úlcera y le dio la baja. Ha estado de baja desde entonces; ha ido a varios médicos y todos le han diagnosticado cosas diferentes y le han recetado distintas medicinas. Luego, hace tres semanas ingresó en Sabbatsberg, donde no han parado de realizarle todo tipo de pruebas y análisis, sin dar con lo que tenía.

Hablar parecía distraer sus pensamientos y le ayudaba a paliar la conmoción.

—Mi padre creía que tenía cáncer —dijo el chico—. Los médicos decían que no. Pero siempre se encontraba fatal.

—¿Qué ha estado haciendo durante este tiempo? ¿No ha trabajado nada desde el verano pasado?

—No —dijo la señora Nyman—. Se sentía muy mal. Le daban ataques de dolor que duraban días, y entonces no podía moverse de la cama. Tomaba un montón de pastillas, que no le hacían gran cosa. Durante el otoño pasó alguna vez por la comisaría para ver qué tal iba todo, como decía él, pero no tenía fuerzas para trabajar.

—¿Y no recuerda nada que él dijera o hiciera que pueda guardar alguna relación con lo que ha ocurrido? —preguntó Martin Beck.

Ella sacudió la cabeza y empezó a sollozar sin lágrimas. Su mirada abandonó a Martin Beck y se perdió en el vacío.

—¿Tienes algún hermano? —preguntó Rönn al chico.

—Sí, una hermana, pero está casada y vive en Malmö.

Rönn miró inquisitivamente a Martin Beck, que con aire pensativo hacía girar un cigarrillo entre los dedos mientras observaba a la pareja que tenía delante.

—Debemos irnos —le dijo al muchacho—. Aunque estoy seguro de que puedes cuidar bien de tu madre, sería mejor que viniera un médico y le diera algo para dormir. ¿Hay alguno al que puedas llamar a estas horas?

El muchacho se puso de pie y asintió con la cabeza.

—El doctor Blomberg —respondió—. Suele venir cuando alguien en la familia está enfermo.

Salió al pasillo y le oyeron marcar un número: al poco rato obtuvo respuesta. Tras una breve conversación, regresó y se puso junto a su madre. Parecía más adulto ahora que cuando lo habían visto abajo en el portal.

—Viene de camino —informó el muchacho—. No hace falta que esperen. No tardará mucho.

Se levantaron. Rönn se acercó a la mujer y le puso la mano en el hombro. Ella no se movió ni contestó cuando se despidieron.

El chico los acompañó hasta la puerta principal.

—Puede que tengamos que volver —dijo Martin Beck—. Llamaremos antes para ver cómo está la señora Nyman.

Una vez en la calle, preguntó:

—¿Tú conocías a Nyman?

—No muy bien —respondió Rönn de forma evasiva.

9

El resplandor blanco azulado de un flash iluminó por un instante la fachada color amarillo sucio del pabellón del hospital justo cuando Martin Beck y Rönn regresaban al lugar del crimen. Había acudido otro par de coches, que con las luces puestas estaban aparcados en el área restringida.

—Parece que nuestro fotógrafo ha llegado —apuntó Rönn.

Nada más salir del coche, el fotógrafo se dirigió hacia ellos. No llevaba ninguna bolsa, sino que sostenía la cámara y el flash en la mano y tenía los bolsillos de la chaqueta atestados de rollos de película, flashes y objetivos. Martin Beck lo conocía de anteriores casos.

—No —le dijo a Rönn—, parece que la prensa ha llegado primero.

El fotógrafo, que trabajaba para uno de los diarios vespertinos, les saludó y les hizo una foto mientras caminaban hacia la puerta principal. Al pie de la escalinata, un periodista del mismo diario intentaba entrevistar a un agente de policía. Cuando vio a Martin Beck exclamó:

—Buenos días, señor comisario, ¿puedo entrar con ustedes?

Martin Beck negó con la cabeza y subió la escalinata con Rönn a remolque.

—Podrían al menos concederme una breve entrevista —rogó el reportero.

—Más tarde —atajó Martin Beck, al tiempo que abría la puerta a Rönn y a continuación la cerraba en las mismas narices del periodista, que mostró su decepción con una pequeña mueca.

El fotógrafo de la policía, que también había acudido, se hallaba apostado en la puerta de la habitación del muerto con su bolsa fotográfica. Al fondo del pasillo estaban el médico del nombre raro y un policía de paisano del quinto distrito. Rönn entró en la habitación con el fotógrafo a fin de ponerlo a trabajar. Martin Beck se dirigió hacia los otros dos hombres.

—¿Cómo va todo? —inquirió.

La pregunta de siempre.

El policía de paisano, que se llamaba Hansson, se rascó el cuello y contestó:

—Hemos hablado con la mayoría de los pacientes de este pasillo y nadie ha visto ni oído nada. Estaba intentando preguntar al doctor... bueno, al señor doctor, que cuándo podríamos tomarles declaración a los demás.

—¿Habéis interrogado a los de las habitaciones contiguas? —preguntó Martin Beck.

—Sí —contestó Hansson—. Y hemos estado en todas las salas. Nadie notó nada, pero, claro, en un edificio tan antiguo como este, las paredes son muy gruesas.

—Podemos posponer el encuentro con los demás hasta el desayuno —indicó Martin Beck.

El médico permanecía callado; al parecer no entendía el sueco. Al poco rato señaló hacia la salita de guardia y dijo:

—Have to go.

Hansson asintió con la cabeza y el sujeto del pelo negro se marchó apresurado con sus ruidosos zuecos.

—¿Conocías a Nyman? —preguntó Martin Beck.

—No, no que digamos. Nunca he trabajado en su distrito, aunque por supuesto hemos coincidido un montón de veces. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo en el cuerpo; ya era comisario cuando yo empecé, hace doce años.

—¿Sabes de alguien que lo conociera bien?

—Puedes ir a ver a los del distrito de Klara —sugirió Hansson—. Es ahí donde trabajaba antes de enfermar.

Martin Beck asintió con la cabeza y miró el reloj de pared eléctrico que colgaba encima de la puerta del baño. Eran las cinco menos cuarto.

—Creo que me voy a pasar por allí un ratito —anunció—. De momento aquí no puedo hacer gran cosa.

—Sí, vete —replicó Hansson—. Ya le diré a Rönn dónde estás.

Martin Beck respiró hondo cuando salió fuera. El aire frío de la noche traía una sensación de limpieza y frescor. Ya no se veía por ninguna parte al periodista ni al fotógrafo, pero el agente de policía aún estaba al pie de la escalera.

Martin Beck le saludó con la cabeza y se encaminó hacia la salida.

Durante la última década, el centro de Estocolmo había sido objeto de una transformación radical e implacable: barrios enteros fueron arrasados para construirse otros nuevos; se había alterado la estructura urbana y la red de tráfico se extendía cada vez más, pero la nueva actividad inmobiliaria no estaba impulsada por el deseo de crear un hábitat con condiciones humanas, sino más bien por la ambición de los propietarios de explotar al máximo los valiosos terrenos. En el mismo corazón de la ciudad no se habían limitado a demoler el noventa por ciento de los edificios y a borrar el trazado original de las calles; también habían violentado la topografía natural.

Los habitantes de Estocolmo miraban con tristeza y resentimiento cómo se habían derribado antiguos bloques de viviendas, perfectamente útiles e insustituibles, para dar paso a estériles edificios de oficinas. Impotentes ante ello, se dejaban deportar a lejanas ciudades dormitorio mientras los barrios acogedores y animados donde habían vivido y trabajado quedaban reducidos a ruinas. El centro se convirtió en una ensordecedora e impracticable obra de construcción en la que, sin prisa pero sin pausa, el nuevo núcleo urbano se iba erigiendo: anchas y ruidosas vías; relucientes fachadas de vidrio y metal ligero; superficies muertas de hormigón liso; frío y desolación.

Las comisarías de policía parecían haber sido completamente ignoradas por esa furia reformadora: las del distrito del centro no solo estaban viejas y anticuadas, sino también, debido a la apresurada ampliación de plantilla de los últimos años, se habían quedado pequeñas. En el cuarto distrito, adonde Martin Beck se dirigía en esos momentos, la falta de espacio, precisamente, constituía uno de los problemas principales.

Cuando se apeó del taxi en Regeringsgatan, frente a la puerta de la comisaría de Klara, ya se estaba haciendo de día. Pronto saldría el sol; el cielo seguía despejado y prometía ser un día bonito, aunque bastante frío.

Subió los escalones de piedra y abrió la puerta. A la derecha había una centralita, en ese momento desatendida, y un mostrador tras el cual se hallaba un agente canoso, bastante entrado en años. Frente a él tenía un periódico abierto de par en par y apoyaba los codos en el mostrador mientras leía. Cuando Martin Beck entró, se enderezó y se quitó las gafas.

—Vaya, comisario Beck, ¿ya en marcha a estas horas? —dijo—. Estaba mirando si los periódicos de la mañana traían algo sobre lo del comisario Nyman. Parece una historia espeluznante.

Se puso las gafas de nuevo y se chupó el dedo para pasar la página.

—No han debido de tener tiempo de sacar nada todavía —continuó.

—No —respondió Martin Beck—. No creo que les haya dado tiempo.

En aquellos días, los diarios matutinos de Estocolmo entraban en imprenta muy pronto, así que lo más probable era que ya estuvieran listos a la hora en que Nyman había sido asesinado.

Martin Beck dejó atrás el mostrador y se dirigió a la oficina de guardia. No había nadie. En una mesa estaban los diarios matutinos, un par de ceniceros llenos hasta los topes y unas cuantas tazas de café. A través de la ventanilla que daba a una de las salas de interrogatorios, vio cómo el subinspector de guardia estaba hablando con una joven de pelo rubio y largo. Cuando este reparó en Martin Beck, se levantó, le dijo algo a la mujer y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

—Hola —dijo—. ¿Es a mí a quien buscas?

Martin Beck se sentó a un extremo de la mesa, se acercó un cenicero y encendió un cigarrillo.

—No estoy buscando a nadie en particular —contestó—. Pero ¿tienes un momento?

—¿Puedes esperar un segundo? —replicó el otro—. Me encargaré de que alguien lleve a esta señorita a la policía criminal.

Desapareció y regresó al cabo de unos minutos con un agente de radiopatrulla, al que dio un sobre que había encima de la mesa. La mujer se levantó, se colgó el bolso al hombro y con pasos rápidos se dirigió hacia la puerta que daba al patio.

Sin volverse, exclamó:

—Venga, grandullón, vamos para allá.

El agente miró al subinspector, que, divertido, se encogió de hombros. Luego se encasquetó su gorra de marinerito y salió tras la joven.

—Parecía estar en su elemento —observó Martin Beck.

—Ya, claro, no es la primera vez. Y seguro que no será la última.

Se sentó a la mesa y comenzó a vaciar la pipa en el cenicero.

—Es horroroso lo de Nyman —dijo—. ¿Cómo ha sido?

Martin Beck le resumió en pocas palabras lo acontecido.

—Uf —exclamó—. El que lo ha hecho debe de estar como un cencerro. Pero ¿por qué Nyman?

—Bueno, tú conocías a Nyman, ¿no? —replicó Martin Beck.

—No, no muy bien. No era de esas personas a las que se puede llegar a conocer bien.

—Estuvo destinado en este distrito, en misión especial, ¿no? ¿Cuándo fue eso?

—Le asignaron un despacho aquí hace tres años. En febrero de 1968.

—¿Qué clase de persona era? —preguntó Martin Beck.

El subinspector de guardia había terminado de cargar la pipa y antes de responder la encendió.

—La verdad es que no sé cómo describirlo. Tú también lo conocías, ¿no? Supongo que se le podría definir como una persona ambiciosa, terca, sin mucho sentido del humor. Bastante conservador en sus puntos de vista. A los chicos más jóvenes de la comisaría les daba miedo, a pesar de que él no mandaba sobre ellos. Podía ser muy brusco. Pero como he dicho, yo lo conocía muy poco.

—¿Tenía algún amigo íntimo en el cuerpo?

—Aquí no, en todo caso. Creo que no se llevaba demasiado bien con nuestro comisario. En otros sitios, no lo sé.

El hombre reflexionó un momento y miró a Martin Beck de forma un tanto extraña, con ojos suplicantes a la vez que marcados por una complicidad secreta.

—Bueno, pero... —comenzó.

—¿Qué?

—Pero todavía tenía amigos en Kungsholmen, ¿no?

Martin Beck no respondió. En su lugar, le hizo otra pregunta:

—¿Y enemigos?

—No lo sé. Probablemente sí, pero aquí no, eso está claro, y no hasta el punto de...

—¿Sabes si había recibido amenazas de alguien? —preguntó Martin Beck.

—No, no tenía mucha confianza conmigo, que digamos. Además...

—Además, ¿qué?

—Que no veo a Nyman como alguien que se dejara amenazar.

Dentro de la sala de interrogatorios sonó el teléfono y el subinspector de guardia entró para responder. Martin Beck se levantó y fue hacia la ventana con las manos en los bolsillos. Todo estaba tranquilo en las dependencias. Lo único que se oía era la voz del hombre al teléfono y la tos seca del anciano policía en la centralita. Seguro que no había tanta tranquilidad en los calabozos de la planta baja.

De pronto Martin Beck se dio cuenta de lo cansado que estaba. Los ojos le escocían por la falta de sueño y la garganta de fumar tanto.

La conversación telefónica parecía que iba a ser larga. Martin Beck bostezó y hojeó el periódico del día: echó un vistazo a los titulares y a algún pie de foto, pero sin pensar en lo que leía. Al final, cerró el periódico y se acercó a la sala de interrogatorios para golpear el cristal con los nudillos e indicarle al subinspector de guardia su intención de marcharse; este último, sin dejar de hablar por teléfono, alzó la vista y se despidió de Martin Beck con la mano.

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14 ноября 2024
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9788490067130
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