Читать книгу: «El plan del jeque»

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28001 Madrid
© 2020 Lynne Graham
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El plan del jeque, n.º 2829 - enero 2021
Título original: Cinderella’s Royal Secret
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-198-6
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
RAFIQ Al Rahman, príncipe heredero de Zenara, entró en las estancias privadas de su tío con una sonrisa. Incluso al inclinar la cabeza en aquella respetuosa reverencia era más alto que su antecesor, que se puso de pie ignorando el protocolo para saludar a su sobrino.
–Rafiq –dijo el regente dándole una calurosa acogida.
–Siéntate antes de que los guardias se pongan nerviosos –le urgió Rafiq incómodo.
–Has sido mi rey desde que tenías doce años y siempre lo serás –replicó Jalil–. En poco más de año y medio ocuparás el puesto que te corresponde y yo dejaré la regencia.
Aquel recordatorio era innecesario para Rafiq quien, a sus veintiocho años, se enfrentaba a las restricciones impuestas por el consejo ejecutivo del gobierno cuando el príncipe Jalil había sido encargado de ocupar la regencia y criar a su sobrino huérfano hasta que alcanzara la madurez. Aunque se había decidido que a los treinta años subiera al trono de sus antepasados, Rafiq hacía tiempo que estaba preparado para asumir el desafío. Aun así le abrumaba la responsabilidad porque su tío había sido un excelente gobernante y un magnífico tutor, un hombre, en definitiva, infinitamente más capacitado para ocupar el trono de lo que había demostrado ser Azhar, el difunto padre de Rafiq. Su conducta libertina y sus prácticas corruptas habían hecho que la monarquía cayera en descrédito.
No había ninguna duda de que el pasado de sus padres era la razón por la que Rafiq y su hermano menor, Zayn, hubieran soportado una educación rígida, tradicional y anticuada en el que cada movimiento había estado plagado de prohibiciones. Todo el mundo temía que Rafiq o Zayn mostraran el mismo comportamiento que su padre, posibilidad que Rafiq consideraba remota. Al fin y al cabo, estaba convencido de que su padre había cometido sus peores excesos bajo la influencia de las drogas.
–Dijiste que querías verme enseguida –le recordó Rafiq al anciano–. ¿Qué ha pasado?
Estaba contento de haber vuelto a aquel ala del palacio y poder disfrutar así de un poco de tranquilidad antes de presentar al consejo ejecutivo un informe oficial sobre las inversiones financieras de Zenara.
Jalil inspiró profundamente y atravesó la estancia hasta detenerse bajo el arco que daba al balcón. Una bocanada de aire sopló, refrescando el calor del mediodía.
–Quiero que hables con tu hermano sobre su matrimonio. Está demostrando ser demasiado… cabezota.
Al oír aquello, Rafiq se puso rígido y palideció.
–Conoces mi opinión. Zayn tiene diecisiete años, es demasiado joven.
El regente suspiró.
–Supongo que eso me deja muy claro lo que opinas por haberte tenido que casar con dieciséis años.
–No pretendía ser irrespetuoso –se apresuró a afirmar Rafiq, antes de que un sentimiento de culpa se apoderara de él.
Aun así, ¿cómo podría soportar que fuera su hermano pequeño el que pagara el precio por su negativa a volver a casarse? Hacía tan solo dos años que su esposa Fadith había muerto y en cuestión de semanas el consejo le había pedido a Rafiq que considerase casarse por segunda vez. Por desgracia, no habían tenido hijos y los médicos, que no habían encontrada nada en ninguno de ellos, habían concluido recurriendo a la expresión genérica de «infertilidad por causas desconocidas». Rafiq no estaba preparado para celebrar una segunda unión y volver a pasar de nuevo por un proceso tan doloroso. No se sentía con ánimo de disculparse por querer seguir disfrutando de la libertad que durante tanto tiempo le había sido negada.
Claro que tampoco era la excusa que su tío quería oír. Jalil se había casado joven y seguía siendo muy feliz en su matrimonio y, al igual que el consejo, estaba convencido de que la libertad sexual había llevado a la perdición al fallecido Azhar y a sus múltiples escándalos. Se había divertido con el personal femenino y con las esposas de sus oficiales y amigos. Ninguna mujer atractiva había estado a salvo cerca de él. A diferencia de su padre, Rafiq no era adicto al sexo ni tampoco un drogadicto en busca de un subidón.
–Zayn debe casarse –sentenció Jalil con gravedad–. Debe darte un heredero.
–En ese caso, estoy dispuesto a volver a casarme –replicó Rafiq asumiendo que no le quedaba otra opción.
Había soportado la presión a favor de volver a casarse durante todo el tiempo que había podido para evitar que su hermano se viera obligado a formalizar una unión y asumir una responsabilidad para las que era demasiado joven. Aunque daba por sentado que de un nuevo matrimonio no nacería el tan deseado heredero, al menos ganaría tiempo para que su hermano siguiera disfrutando de su libertad.
–Me volveré a casar –repitió–. Pero solo con la condición de que mi hermano no tenga que tomar esposa hasta dentro de unos años.
–Ni el consejo ni yo queremos que te sientas obligado a casarte contra tu propia voluntad –protestó el anciano consternado.
–No me sentiré obligado –mintió Rafiq, decidido a hacer lo que fuera con tal de proteger a su hermano pequeño y que no se viera forzado a madurar tan pronto–. Al fin y al cabo, es mi obligación tomar esposa. Un rey tiene que tener su reina.
–Si estás seguro… –musitó el regente–. El consejo recibirá de buen grado la noticia de tu cambio de opinión y ¿quién sabe? Tal vez en un segundo matrimonio se conciba un hijo.
–No nos hagamos ilusiones. Lo más realista es suponer que no habrá hijos. Sea quien sea la candidata, tiene que saberlo desde el principio.
–¿Hay alguna mujer por la que tengas preferencia? –preguntó su tío esperanzado.
–Lamentablemente no, pero a la vuelta de mi viaje escucharé sugerencias –murmuró Rafiq y esbozó una sonrisa forzada–. No creo que sea un buen partido para ninguna mujer.
–¿Un futuro rey multimillonario al que las redes sociales consideran el príncipe más apuesto del Oriente Medio? –dijo el anciano exaltado–. ¡Hay mucha insolencia en las redes sociales!
–No podemos hacer nada para contener esos estúpidos comentarios –replicó Rafiq y se encogió de hombros.
Durante mucho tiempo, ni él ni su hermano habían tenido acceso a esas plataformas de opinión pública, al haber sido apartados en muchos aspectos de los jóvenes de su generación. Además, aquel físico de estrella de cine que había heredado de su difunta madre, una atractiva dama de la alta sociedad italiana, no le hacía más que pasar vergüenza.
Gracias a su fuerza de voluntad, Rafiq había obtenido el título en Administración de Empresas y Finanzas en contra del consejo ejecutivo que no veía ningún beneficio en que su monarca tuviera formación universitaria. A pesar de las duras restricciones que habían regido su vida, Rafiq había tenido una educación relativamente normal, si bien nada en su vida podía considerarse normal. Siempre estaba rodeado de guardaespaldas y estaba condenado a viajar con un cocinero y un catador de comida puesto que su padre había muerto envenenado.
Rafiq se inclinaba a pensar que esa tragedia no tenía nada que ver con un delito de sedición, sino más bien parecía obra de un marido furioso o de una mujer vengativa. Incluso podía ser consecuencia de algún acuerdo injusto impuesto en alguna de las muchas disputas entre tribus en las que su padre hubiera intervenido a favor de sus compinches o en la que hubiera exigido un soborno. Era lógico imaginar que su difunto padre había tenido muchos enemigos. A pesar de las investigaciones, nadie había encontrado explicación al asesinato de su padre. Muchos habían sospechado que había motivos escandalosos para explicar la muerte de su padre, pero no se habían encontrado suficientes pruebas para culpar a nadie. Por desgracia, su muerte había sido para el consejo de gobierno un alivio más que un motivo de pesar.
A diferencia de su padre, Rafiq además de honesto y honrado, también era muy competente como diplomático. Esa cualidad no le había servido para nada como marido, así que no le entusiasmaba la idea de volver a casarse. No tenía ningún interés en buscar otra esposa y menos aún en sentirse atrapado de nuevo. Había detestado estar casado y sabía que la suya era una reacción visceral a lo que había tenido que soportar. Tampoco le agradaba que lo veneraran como a un ídolo y no quería verse condenado por segunda vez a estar con una mujer que deseara un hijo más que a él. Aun así, había sido fiel durante su matrimonio.
Solo después de que su esposa falleciera había conocido otro tipo de experiencias sexuales, encuentros esporádicos que podían llegar a ser divertidos e incluso excitantes, donde cada uno seguía su camino sin echar la vista atrás. Nada de ataduras ni de remordimientos ni siquiera un intercambio de números de teléfono. Eso era lo que más le gustaba aunque dada la adicción de su padre al sexo, se esforzaba por controlar su impulso sexual y rara vez se dejaba llevar por sus necesidades físicas. Cuando se casara otra vez, nunca volvería a disfrutar de aquel placer sexual despreocupado. La próxima vez que viajara al Reino Unido buscaría a una mujer con la que pasar horas en la cama. Sería su último pecado, se dijo mientras se despedía de su tío, antes de que su vida y su intimidad le fueran arrebatadas de nuevo.
Izzy dejó escapar una exclamación al ver la hora. Llegaba tarde, tan tarde, que si la empresa de limpiezas para la que trabajaba se enteraba de que le había fallado a uno de sus clientes habituales, la despedirían sin más contemplaciones. No podía permitírselo teniendo en cuenta que todavía le quedaban por devolver varios miles de libras de su crédito estudiantil y que sus padres no podían ayudarla económicamente.
Lo cierto era que su hermana gemela Maya era la única que le echaba una mano. Ella no había tenido que ponerse a limpiar para ganar dinero. Maya era todo un cerebrito en el campo de las matemáticas. Su inteligencia era fuera de serie y había empezado la universidad a la edad de dieciséis. Maya había disfrutado de becas y había obtenido varias distinciones durante sus estudios. Cada vez que había querido ganar un dinero extra, siempre había encontrado algún proyecto especial en el que participar para hacer malabares con los números y desarrollar su magia. Por desgracia, Izzy no poseía ninguna de aquellas ventajas y había tenido que recurrir a trabajos mal pagados para ayudar a su familia a mantenerse a flote.
Aun así, a Izzy no le importaba porque adoraba a su familia, en especial a su hermano pequeño Matt que era discapacitado y estaba en silla de ruedas. Su padre, Rory Campbell, era un escocés pelirrojo jovial y optimista, obsesionado con hacerse millonario rápidamente y dado a pedir dinero prestado cada vez que las cosas no le iban bien, algo que ocurría con bastante frecuencia. Su madre, Lucia, era italiana y provenía de una familia muy rica que la había repudiado después de que se enamorase de Rory, se quedara embarazada y huyera con él, renunciando así a un matrimonio más ventajoso y socialmente más aceptable con otro italiano pudiente.
En realidad, Izzy no recordaba ningún momento en que el dinero y las deudas no hubieran sido una cuestión recurrente en su familia. De no haber sido por la insistencia de sus padres en que Maya y ella completaran su educación, ambas se habrían puesto a trabajar nada más acabar el instituto. Pero gracias a esa insistencia, las gemelas se habían esforzado en formarse para asegurarse conseguir buenos trabajos. Después de todo, el principal motivo por el que sus padres pasaban estrecheces económicas era que ninguno de los dos había recibido la educación necesaria para tener empleos estables.
Y aunque no había ninguna duda de que aquel ambicioso plan para las gemelas había sido perfecto para Maya, Izzy se había tenido que esforzar mucho más para alcanzar sus objetivos. Maya había conseguido entrar en la universidad de Oxford mientras que Izzy había completado sus estudios en una escuela de formación profesional de la misma ciudad, lo que les había permitido a las hermanas compartir alojamiento. No era tan lista como su hermana y le costaba estudiar. Además, los exámenes le daban pánico y no era capaz de dar lo mejor de sí en ese estado. Aquella mañana había tenido el primero de sus exámenes finales y esa había sido la razón por la que se le había hecho tarde para ir a limpiar el ático. Como consecuencia, tenía el corazón en un puño. Si perdía aquel trabajo, todo se complicaría.
Al entrar en el elegante edificio de apartamentos, el vigilante de seguridad se sorprendió al verla.
–¿Qué estás haciendo aquí a esta hora? Es casi la hora de comer.
–He tenido un examen esta mañana y se me ha hecho tarde.
–Acabo de empezar mi turno –replicó el vigilante sonriéndole, no solo porque fuera una chica guapa sino porque era una de las pocas a las que superaba en altura–. Voy a comprobar si los huéspedes han llegado ya. No se supone que deje la llave después de las once para hacer la limpieza.
–Por favor, dame la llave –le rogó Izzy, desesperada–. Si los clientes llegan y el apartamento no está limpio, tendré serios problemas.
–Solo por esta vez –le concedió y le dejó la llave encima del mostrador–. ¿Qué tal una copa esta noche? –añadió tomándola de la mano.
–Lo siento, estoy saliendo con alguien –mintió.
No quería rechazarlo abiertamente después de que le estuviera haciendo un favor al darle la llave.
–Avísame cuando estés libre –dijo guiñándole un ojo mientras ella se dirigía al ascensor de servicio.
En el ascensor, Izzy sacó su uniforme del bolso y se lo puso. Después, se pasó la mano por los rizos de su melena pelirroja y suspiró. No recordaba la última vez que había tenido una cita. Entre los estudios, su trabajo limpiando y las visitas a su familia los fines de semana, apenas le quedaba tiempo libre. De hecho, una tarde libre era todo un lujo que dedicaba a leer o a ver una película con Maya, con la que compartía un diminuto apartamento. Su padre siempre decía que los años más divertidos de la vida eran los de la juventud. Apartó aquel pensamiento de la cabeza, deseando que al menos le gustara el vigilante de seguridad. Todavía no había conocido a ningún hombre que despertara su interés.
Maya era la belleza de la familia con su melena rubia lisa, sus largas piernas y su piel impecable. Izzy era pelirroja, apenas medía metro y medio y tenía más curvas de lo que le habría gustado. Por la calle, los hombres se volvían para mirar a Maya y rara vez reparaban en que Izzy iba a su lado. Aunque las hermanas fueran gemelas, apenas se parecían.
Insertó la llave magnética en la ranura de la puerta de servicio, entró en el apartamento y sacó los productos de limpieza y un juego de sábanas limpio del armario de almacenaje. Luego, pasó por la cocina sin apenas detenerse más que para echar un vistazo. Aunque la limpiaría antes de irse, los turistas y los ejecutivos que se quedaban en el apartamento rara vez la usaban porque solían cenar fuera. Como norma, solía dedicar la mayor parte del tiempo a los cuartos de baño hasta dejarlos inmaculados y, con ese objetivo en mente, se dirigió directamente al baño del dormitorio principal para empezar por ahí.
Rafiq había pasado una mañana muy dura. Como consecuencia de un accidente a la salida del aeropuerto dos terceras partes de los miembros de su equipo de seguridad y su cocinera estaban en el hospital. Por suerte, ninguno estaba grave, pero Rafiq había pasado horas en el hospital y estaba cansado y hambriento. No estaba de humor después de haber tenido que soportar la aprensión de su tío ante la idea de que su sobrino estuviera en el extranjero con tan solo dos hombres velando por él. El regente había insistido en que se contratara a una empresa de seguridad externa como medida de precaución, a pesar de que Rafiq volvería al día siguiente en avión. Había ido a Oxford solo para inaugurar el centro de investigaciones de la universidad que había financiado.
Una mujer entró en el baño justo cuando salía de la ducha y soltó una palabrota en su idioma antes de preguntarle quién era y cómo había entrado en el apartamento.
Rápidamente tomó una toalla, se cubrió por la cintura y se quedó callado. Parecía una niña más que una mujer y su cuerpo menudo se había quedado rígido del sobresalto. Su rostro evidenciaba el desasosiego que le producía la situación.
Izzy se detuvo en seco al percatarse de que el baño estaba ocupado. Un hombre corpulento y bronceado acababa de salir de la ducha y se cubría con una pequeña toalla blanca. Incapaz de salir de su asombro, se quedó mirándolo y sintió que el estómago le daba un vuelco. No podía apartar la vista porque era el hombre más guapo que había visto jamás. Su pelo negro y alborotado contrastaba con sus extraordinarios ojos color ámbar. Tenía largas pestañas, pómulos marcados y una sombra de barba acentuaba su mentón y sus labios sensuales. Era imponente. Nada más formarse aquel pensamiento en su cabeza, unas manos fuertes la tomaron desde detrás por los hombros y la apartaron. Le ardía el rostro de la vergüenza.
–¡Lo siento! –se disculpó–. Pensé que el apartamento estaba vacío.
–¿Quién es usted? –le interpeló Rafiq impaciente.
–Soy del servicio de limpieza –contestó Izzy, mirando a ambos lados para tratar de ver a los hombres que la sujetaban con fuerza–. Tranquilos, no voy a atacar a nadie.
–¿Cómo ha entrado? –preguntó Rafiq, a la vez que hacía una seña a sus guardianes para que la soltaran.
Aquella mujer parecía una muñeca, con su piel de porcelana, sus brillantes ojos azules y su extraño color de pelo cobrizo cayéndole en rizos alrededor de su rostro en forma de corazón. Enseguida reparó en que no era tan joven como le había parecido en un primer momento. Su mirada se detuvo en las curvas de sus pechos y sus caderas con una ansiedad que tuvo que esforzarse en contener; hacía mucho tiempo que no tenía compañía femenina en su cama.
–Con la llave magnética –contestó.
Hubo un tenso intercambio de miradas entre los hombres.
–Si hubiera entrado por la puerta principal alguien la habría visto –replicó Rafiq con suspicacia.
–No me está permitido usar la entrada principal. He entrado por la puerta de servicio de la cocina.
Se produjo otro silencioso cruce de miradas.
–No sabíamos que el apartamento tuviera otro acceso –admitió Rafiq, e hizo un gesto autoritario con la mano para que la apartaran de su presencia.
–Escuche, siento mucho el malentendido. No debería haber venido tan tarde. Si me denuncia, perderé mi trabajo –dijo Izzy.
–¿Y por qué tendría que importarme? –preguntó Rafiq y se dirigió al dormitorio moviéndose con la misma agilidad que una pantera merodeando por la jungla.
–¡Porque llevo un día terrible! He hecho un examen final que no he podido terminar porque me he quedado sin tiempo, así que es posible que no lo apruebe –contestó Izzy con absoluta franqueza.
–¿Es estudiante? –preguntó y al ver que asentía con la cabeza, continuó–. Espere en la otra habitación mientras me cambio –le ordenó–. Ahora hablaremos.
Izzy suspiró, dejó las sábanas limpias al pie de la cama y salió del dormitorio, con aquellos dos gorilas pegados a sus talones.
–¿Sabe cocinar? –le preguntó de repente el tipo cubierto con la toalla.
Izzy parpadeó sorprendida y volvió la cabeza.
–Sí, pero… ¿por qué?
–Eso luego.
La puerta del dormitorio se cerró a sus espaldas mientras la dirigían al amplio vestíbulo.
–Siéntese ahí –le indicó uno de los guardaespaldas.
–Seguiré con mis quehaceres –replicó Izzy sin dudarlo.
Tomó el cesto con los bártulos de limpieza y se dirigió al otro cuarto de baño para hacer su trabajo.
¿Por qué demonios le había preguntado si sabía cocinar? Por supuesto que sabía cocinar. Había tenido que aprender por necesidad puesto que su madre no era capaz ni de hacer una tostada sin quemarla. Tanto Maya como ella se habían preparado la comida desde niñas. Incluso su padre se apañaba mejor en la cocina que su madre, aunque no tenían nada que reprocharla. Lucia Campbell siempre se había esmerado en dar cariño y seguridad a sus hijas.
Cuando terminara de limpiar el baño, se iría a la cocina y seguramente ya estaría libre el dormitorio para poder cambiar las sábanas. No quería pensar en lo que había ocurrido. Aquel tipo increíblemente atractivo… Izzy parpadeó, incapaz de quitarse de la cabeza aquella imagen. Como cualquier otra mujer, se fijaba en hombres atractivos, pero no de la manera que lo había hecho con el hombre del baño, cuyos hombros anchos, fina cintura y largas piernas parecían haber dejado una imagen imborrable en su mente.
De hecho, hasta ese momento nunca había pensado que un hombre medio desnudo, en todo su esplendor, pudiera atraerla físicamente de aquella manera. Lo cierto era que pensaba que en esos asuntos era algo fría puesto que ningún hombre le había provocado nunca aquella cálida sensación que sacudía todo su cuerpo y que monopolizaba su atención como si no existiera en el mundo nada más que él. En mitad de aquel momento tan embarazoso, se había sentido cautivada por sus ojos y sus duras facciones, por no mencionar su torso bronceado y su cuerpo musculoso. Inspiró, apartó aquellos pensamientos de la cabeza y siguió limpiando mientras se reprendía por comportarse como una colegiala que estuviera viendo por primera vez en su vida a un hombre de verdad.
Ahí estaba, una feminista incondicional siendo sexista de la manera más mortificante, pensó apurada. Estaba cosificando al hombre del baño de la misma forma en que las mujeres se quejaban de que lo hacían los hombres, sin considerarlo persona. La lujuria había clavado sus garras en su cuerpo, endureciendo sus pezones. Era una atracción que nunca antes había sentido y que se extendía con una sensación cálida desde sus más profundas entrañas. Era alucinante a la vez que aterrador sentir aquella fuerza. Nunca antes había imaginado que la atracción sexual pudiera ser tan intensa e instantánea, tan difícil de controlar.
Siempre había sido muy racional con los asuntos de aquella naturaleza, no como Maya, que, a pesar de ser un cerebrito, seguía siendo una romántica empedernida. No, Izzy era una mujer realista y sabía que un hombre tan guapo nunca la miraría a ella con el mismo deseo. Además, probablemente estaría casado o tendría novia. Era demasiado espectacular para estar soltero. Si aquel hombre le perteneciera, Izzy apenas se apartaría de él unos metros y mucho menos lo dejaría salir casi desnudo de la ducha ante cualquier desconocida.
Rafiq salió del dormitorio en busca de su presa y le preguntó a uno de sus guardaespaldas dónde estaba.
–No atiende a órdenes.
Rafiq sonrió al verla doblada sobre la bañera, con el trasero en pompa mientras frotaba. Nunca le habían gustado las mujeres muy delgadas. Le gustaban las curvas, la delicadeza y la femineidad. Aquella visión enseguida le provocó una erección. Miró la hora y se apoyó en el marco de la puerta.
–Entonces, ¿puede hacerme una tortilla?
Izzy se sobresaltó y se volvió. Nerviosa, echó hacia atrás los hombros y deseó por enésima vez en su vida ser más alta y que así la tomaran en serio como la mujer de veintiún años que era en vez de considerarla una adolescente.
–Sí, pero ¿por qué me pide eso? –preguntó impaciente.
Se volvió y sus ojos se encontraron con aquella intensa mirada oscura y aterciopelada.
La boca se le quedó seca. Estaba apoyado en el marco de la puerta, desplegando toda su masculinidad.
–Quiero que cocine para mí. Tiene una hora antes de que tenga que salir para mi cita.
–¿Y por qué no pide que le traigan algo de comer?
–No me gusta la comida basura, prefiero la comida casera recién hecha. Además, me gusta comer en privado –le dijo Rafiq.
Estaba disfrutando de la novedosa experiencia de ser tratado como una persona más. Era evidente que desconocía su verdadera identidad.
–Solo he venido a limpiar y a cambiar las sábanas –aclaró Izzy, desconcertada por la petición.
–Podría echarla de aquí y quejarme de su intromisión si quisiera, y usted perdería su trabajo –le recordó Rafiq–. A cambio de pasar por alto esa ofensa, prepáreme la comida y todos tan contentos.
–¿Ah, sí? –preguntó Izzy, molesta con la facilidad con la que la estaba chantajeando.
–Y si la comida está buena, también me preparará la cena esta noche. Le pagaré generosamente por sus servicios –añadió Rafiq.
–¿Cuánto de generoso? –se interesó Izzy.
Rafiq a punto estuvo de soltar una carcajada ante aquel repentino interés.
–Soy muy generoso cuando estoy lejos de casa y quiero estar cómodo.
Izzy asintió lentamente.
–Muy bien, le prepararé la comida.
–Creía que iba a negarse.
Izzy puso en blanco sus brillantes ojos azules.
–De ninguna manera si está dispuesto a pagarme y no va a contarle a nadie que he llegado tarde. No me agrada tener que admitir que soy tan pobre como un ratón de iglesia. Cuando hay dinero de por medio, estoy dispuesta a escuchar.
Rafiq admiró su franqueza, aunque no pudo evitar sentirse un tanto decepcionado. Estaba acostumbrado a mujeres cazafortunas muy hábiles ocultando sus verdaderas intenciones, esas que iban tras los diamantes, la ropa de marca y otros caprichos caros con los que buscaban verse recompensadas después de pasar por su cama. En cuanto sus pensamientos tomaron esa dirección, se enfadó consigo mismo. Aquella mujer en cuestión era una persona normal que se ganaba la vida como podía muy diferente a todas esas modelos y celebridades con las que solía tratar. En otras palabras, para ella el dinero era una necesidad básica para pagarse algo tan necesario como la ropa, la comida o la casa.
–¿Ha dicho que tengo una hora? –preguntó Izzy y se quitó el delantal por la cabeza–. No hay comida aquí, pero enfrente hay un supermercado. Antes tiene que decirme lo que le gusta y lo que no.
A regañadientes, apartó la mirada de aquellos pechos generosos que se adivinaban bajo la camiseta. Sintió una tensión casi dolorosa en la entrepierna y en ese instante tomó una decisión. Si todo iba como debía, se la llevaría a la cama y pasaría la noche con ella. Salir de discotecas para buscar con quien pasar un rato no era lo que más le gustaba. Las mujeres bebidas no le excitaban. Sus guardaespaldas tenían que estar atentos e impedir que le hicieran fotos. Su máxima era mantener la discreción.
Consciente de que aquellos intensos ojos azules estaban clavados en él, Rafiq dejó de dar vueltas a aquellas ideas y contestó a su pregunta.
Izzy miró la hora.
–Muy bien, iré a hacer la compra –le dijo.
–Uno de mis guardaespaldas la acompañará.
–No es necesario.
Su mirada se tornó fría.
–Yo soy el que decide qué es necesario.
–Vaya.
Izzy no pudo evitar esbozar una sonrisa, como si el innato poder de mando de aquel hombre le resultara divertido.
–¿Quiere que lo llame «señor»?
Rafiq lo consideró. Después de todo, era a eso a lo que estaba acostumbrado. Aun así, había algo en la irreverencia de aquella mujer que le resultaba atrayente. Le divertía y estimulaba su sentido del humor. No le cabía ninguna duda de que no dejaría de llamarlo «señor» si se enteraba de que era un príncipe heredero.
–No, prefiero que me tutees. Llámame Rafiq.
–¿Vives en el Reino Unido?
–No, vivo en Zenara.
–Nunca he oído hablar de ese sitio –replicó Izzy en tono de disculpa.
Estaba de espaldas a él, recogiendo los bártulos de limpieza.
–Está en Oriente Medio –explicó Rafiq–. Supongo que el examen no era de Geografía.
–No, de inglés. Es mi último curso y estoy haciendo los exámenes finales –contestó y, al pasar a su lado, sus caderas chocaron–. Lo siento, pero será mejor que me dé prisa y vaya a comprar algunas cosas.
Y así de aquella manera tan sencilla, una mujer había robado la atención de Rafiq. Una mezcla de fastidio, sorpresa y algo parecido al placer lo invadió solo porque ninguna mujer lo había dejado plantado. Siempre coqueteaban, charlaban, batían las pestañas y, en definitiva, hacían cualquier cosa para captar como fuera su interés. Estaba seguro de que no se lo pondría fácil, pensó satisfecho ante la idea de afrontar un reto.
En cuanto cruzó la calle con un guardaespaldas a su lado, Izzy sacó el teléfono móvil y llamó a su hermana Maya.
–Bueno, bueno –comenzó en un tono divertido y misterioso–. Tengo una historia que contarte.
Capítulo 2
RARA vez me dices que un hombre está bueno –dijo Maya, preocupada–. ¿Estás segura de que no corres peligro con él en ese apartamento? ¿No será un tipo sórdido?
–Desde luego que no. Creo que ni siquiera se ha dado cuenta de que soy una mujer –replicó atropelladamente Izzy, con el teléfono sujeto contra el hombro mientras metía mantequilla y huevos en el carrito que empujaba el guardaespaldas–. Creo que estaba en el lugar y el momento adecuados cuando se ha dado cuenta de que necesitaba una cocinera, y ya sabes que me hace falta dinero.
–El dinero hace falta siempre, ¿no? –dijo Maya y suspiró–. Escucha, voy a volver a casa un par de días. Mamá tiene una infección y necesita ayuda con Matt. No es nada serio, pero ya sabes que le cuesta respirar y enseguida se cansa.
Izzy asintió mientras elegía una variedad de vegetales para hacer una ensalada.
–Dales un beso de mi parte –se despidió.
Luego se fue a buscar leche y café, además de azúcar y algunos otros condimentos al acordarse de que la cocina estaba completamente vacía. También se preguntó si debía comprar algo para la cena, pero decidió que no. Si era muy quisquilloso, y seguro que lo era, sería mejor que antes le dijera qué quería. ¿Quién no encargaba comida a domicilio? Nadie que ella conociera.
Por otro lado, tampoco conocía a nadie que tuviera guardaespaldas. ¿A qué venía tanta seguridad? Tal vez fuera comerciante de diamantes, un peligroso delincuente con muchos enemigos o un asesino a sueldo en una misión para un gobierno. Izzy se entretuvo con aquella idea mientras terminaba las compras, pendiente continuamente de la hora. El tiempo límite que Rafiq le había dado se acercaba a toda velocidad.
Sintió alivio al ver que el guardaespaldas que la acompañaba sacaba una tarjeta para pagar y al instante se dio cuenta de por qué la había mandado con ella. Izzy se sonrojó, avergonzada ante la idea de que no habría podido afrontar los gastos de esa semana porque había recortado sus turnos para hacer los exámenes finales. Una vez más, Maya se estaba haciendo cargo. Sus ingresos eran superiores y casi había acabado el doctorado. Aun así, a Izzy solo le quedaba un año más con su presupuesto de estudiante, aunque eso solo dependía de que consiguiera el título con una media aceptable.
No había ni rastro de Rafiq cuando volvió al apartamento. Enseguida descubrió las deficiencias de un espacio de cocina al que nadie esperaba que se le diera uso. Una vez superadas las dificultades, cuando le puso el plato con la tortilla y un poco de ensalada frente a él, se sintió orgullosa de lo que había conseguido, aunque le pareció una cena escasa para un hombre de más de un metro ochenta de estatura.
–Deberías haber pedido una cena más contundente. Podía haber comprado patatas o arroz. Claro que a lo mejor vigilas tu alimentación para no ganar peso o limitas la ingesta de carbohidratos.
Mientras concluía sus especulaciones, sus ojos se encontraron e Izzy sintió como si un tridente la atravesara. De repente el pecho se le cerró. No podía respirar y la boca se le había quedado seca. El corazón le latía desbocado.
–¿Hay muchos hombres que controlen la ingesta de carbohidratos? –preguntó Rafiq interesado.
Hizo caso omiso del guardaespaldas que debía probar la comida antes que él y confió en que captara la indirecta de que pensaba saltarse aquella regla.
–Sí, los culturistas. ¡Pero si conozco hombres que usan más maquillaje que yo!
Rafiq estaba muy entretenido con aquella conversación. Estaba acostumbrado a que la gente que se relacionaba con él hablara de temas más conservadores y aburridos con el propósito de no ofenderlo.
–Siéntate y charla conmigo mientras como –le dijo y sonrió.
Sorprendida por la sugerencia y llevada por aquella sonrisa que había iluminado su rostro, Izzy se sentía flotar.
–Bueno… Iba a prepararte café y no tienes mucho tiempo.
–Olvídate del café. No me importa beber agua y la tortilla está muy buena –afirmó Rafiq, inclinándose hacia atrás para apartar la silla de su derecha–. Siéntate –volvió a decirle–. ¿Te das cuenta de que todavía no sé tu nombre?
–Izzy Campbell. Izzy es la abreviatura de Isabel, pero me han llamado Izzy desde siempre.
Indecisa, Izzy vaciló antes de sentarse a su lado. Estaba tan cerca de él que podía percibir su olor, una mezcla de madera de sándalo, jabón y esencia masculina. Por un segundo sintió la tentación de hundir la nariz en él y no pudo evitar sonrojarse. Le afectaba de una manera extraña, reconoció con angustia.
–Háblame de esos hombres que usan maquillaje –la animó.
Rafiq se daba cuenta de que estaba tan desconcertada como hechizada por la fuerte atracción sexual que había entre ellos.
Izzy reparó en que sus pestañas eran tan largas y tupidas como flecos de terciopelo mientras le hablaba de un conocido que, para impresionar a una chica, se aplicó maquillaje en el cuerpo para hacer resaltar sus músculos. Luego mencionó a un buen amigo que usaba delineador de ojos para resaltar sus ojos azules.
Rafiq suspiró con desgana y miró la hora en su teléfono, antes de apartar su plato vacío.
–Tengo que irme ya.
–No me has dicho a dónde vas –se atrevió a decir Izzy.
–Tengo una reunión de negocios –mintió Rafiq.
Si le contaba que iba a inaugurar un centro de investigaciones en la universidad en la que había estudiado, su secreto quedaría al descubierto. En cuanto supiera que era miembro de la familia real de Zenara, su forma de comportarse podría cambiar y no quería que eso ocurriera. Se levantó de su asiento y su mirada se detuvo en sus labios generosos. La imaginación se le disparó. Se aferró con fuerza al respaldo de la silla en la que se había sentado para contener el impulso de atraerla entre sus brazos. Era demasiado pronto para eso, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera había empezado a flirtear con él. ¿Qué pasaría si no lo hacía? Estaba demasiado habituado a ir sobre seguro y era la primera vez que estaba probando algo diferente. Aquello le ponía un poco nervioso ya que su experiencia con mujeres fuera del matrimonio apenas era de año y medio y un puñado de revolcones.
–Esta noche prepararás la cena y luego la tomaremos juntos.
Ella frunció el ceño.
–¿Estás seguro?
–Sí, quiero disfrutar de tu compañía –contestó Rafiq sin dudar.
Rafiq se marchó con sus guardaespaldas e Izzy se apresuró a recoger la cocina para acabar con las tareas de limpieza que todavía tenía pendientes. Cambió la cama, limpió el cuarto de baño del dormitorio y pasó la aspiradora sin dejar de dar vueltas a la invitación de Rafiq. No se trataba de una cita sino de hacerle compañía. Aun así, tenía que estar interesado en ella de alguna manera. Se miró los vaqueros desgastados y la camiseta. ¿Quería comer con él con aquel aspecto? Tampoco era cuestión de ponerse de tiros largos y maquillarse, pero no había nada malo en arreglarse un poco.
Izzy volvió caminando al apartamento que compartía con Maya y buscó en su armario antes de hacerlo en el de su hermana. Alguna de su ropa le valía, a pesar de que era más alta y delgada. Al final eligió un vestido de Maya. Después de darse una ducha rápida, se lo puso. Era verde, elástico y resaltaba sus curvas, aunque era un poco largo. Pero era la mejor elección que tenía. Al menos no era llamativo ni demasiado corto, lo que le daría el aspecto de estar tratando de impresionarlo.
Aunque lo pretendiera, sabía muy bien cómo impresionar, le dijo una voz en su cabeza. Se maquilló un poco y se puso unos zapatos de su hermana. Para cenar con un hombre tan atractivo era lógico hacer un pequeño esfuerzo, se dijo a modo de excusa.
De vuelta al apartamento, se detuvo a hacer la compra para la cena. Se arrepintió de no haber comprado antes los ingredientes porque su cuenta bancaria andaba un poco escasa, lo que le limitaba los platos que podía cocinar. Se decidió por comida tailandesa y, después de abrir la puerta del apartamento con la llave magnética, se dirigió a la cocina.
Apenas llevaba cinco minutos cuando apareció Rafiq con una botella de vino en la mano como si la hubiera estado esperando.
–¿Qué tal tu tarde?
Por suerte, no sabía que había pasado la mayor parte del tiempo limpiando el apartamento. Izzy sonrió, consciente de que su nivel de vida era completamente diferente al suyo.
–Nada especial –contestó tranquilamente, decidida a no ponerle en un apuro con una respuesta sincera.
–Esperemos que la noche sea diferente –murmuró y dejó el vino cerca de donde Izzy estaba cortando la verdura–. ¿Dónde están las copas?
Era evidente que Rafiq no estaba acostumbrado a que una mujer cocinara para él y mucho menos a moverse en una cocina mientras se preparaba la comida. Abrió el armario de los vasos y sacó unas copas de vino. Trató de no fijarse en él puesto que se había cambiado de ropa. Se había quitado el traje de chaqueta y llevaba unos vaqueros y una camisa negra con el botón del cuello desabrochado. Seguía estando muy guapo.
Mientras servía aquel líquido dorado en las copas, Izzy se fijó en la etiqueta y no pudo evitar arquear las cejas. Champán. ¡Y del mejor!
Se sentía fuera de lugar observándolo por el rabillo del ojo apoyado en la encimera mientras ella cocinaba. A punto estuvo de soltar un gruñido consciente de que estaba con un hombre que no parecía haber estado en su vida en una cocina en funcionamiento. Le resultaba tierno ver cómo se esforzaba en parecer tranquilo y relajado a pesar de que su postura denotaba tensión, y se compadeció de él.
–¿Por qué no vas y te sientas en la otra habitación mientras termino aquí? –sugirió Izzy antes de tomar su copa y dar un trago.
–Si eso es lo que quieres… Pero no me parece bien dejarte aquí sola.
–No pasa nada. Será cuestión de unos minutos.
–Estás muy guapa con ese vestido –dijo Rafiq y recorrió las curvas de su cuerpo con una ansiedad que Izzy percibió.
Por un instante aquella mirada la contrarió, pero enseguida se evaporó aquella sensación. Hacía tan solo unas semanas que había estado comentando con su hermana lo exigentes que eran con los hombres. Les resultaba incómodo ser las únicas vírgenes que conocían. Se habían empeñado en aferrarse a algo que el resto de la gente de su edad ya había superado. De adolescentes estaban convencidas de que el hombre perfecto aparecería, pero ya no eran tan ingenuas. Los hombres que conocían no valoraban esa inocencia sexual y habían llegado a la conclusión de que reprimirse carecía de sentido.
Después de todo, incluso su madre no había esperado a casarse. Lucia había sido muy franca al contar a sus hijas que había conservado hasta los veinticinco años lo que sus tradicionales padres le habían aconsejado que conservara. Pero se había cansado de seguir la creencia popular de que tenía que mantenerse pura. Los hombres con los que se había relacionado habían estado lejos de ser respetuosos y, locamente enamorada de su padre, nunca se había arrepentido de aquella decisión, a pesar del rechazo de su familia.
Así que, cuando Rafiq la devoró con la mirada, Izzy se sonrojó, a la vez que se daba cuenta de que podía tenerlo. Se sintió traviesa, atrevida y desvergonzada, pero no pudo contener el calor que brotaba de su cuerpo. El deseo que a él no le importaba mostrar, estaba invadiéndola a ella también. ¿Por qué disimular? Había despertado algo en su cuerpo y la estaba haciendo desear lo que nunca había deseado. A saber cuándo volvería a conocer a un hombre que le produjera un efecto así.
Izzy trató de mostrarse indiferente mientras intentaba controlar el torbellino de emociones que la invadían. Llevó el primer plato a la mesa y se sentaron a comer.
–¿Qué tal tu reunión? –preguntó como si tal cosa.
–Lo habitual. Preferiría hablar de otra cosa. Háblame de ti.
En pocas palabras describió a su familia. Rafiq le preguntó por su hermano Matt.
–¿Lo suyo es de nacimiento?
–No, se cayó de una escalera siendo muy pequeño y se rompió la columna. Se quedó paralítico de cintura para abajo. Ahora tiene once años y lleva tanto tiempo en silla de ruedas que ya está acostumbrado –respondió Izzy orgullosa–. Pero cuidar de él es duro así que Maya y yo ayudamos en todo lo que podemos. Cuando por fin tenga un trabajo a jornada completa, podré hacer más.
–¿Y eso será pronto?
–Bueno, no. Si todo va según lo previsto y consigo una buena nota, el año que viene haré un curso de formación –explicó Izzy–. Quiero ser maestra de primaria. Maya seguramente conseguirá un buen trabajo. Se le dan muy bien los números.
No estaba dispuesta a contarle la vergonzosa realidad de que sus padres se ahogaban con las deudas que habían acumulado durante años. Corrían el riesgo de perder su casa, especialmente adaptada a las necesidades de su hermano. Todas sus opciones se reducían al dinero, lo cual era angustioso, pero si por alguien sentía más pena era por su hermana. Maya no tenía ningún interés en trabajar en la bolsa, pero dado que era un trabajo muy bien pagado, no le quedaba otro remedio que hacerlo. Al menos Izzy, siendo a la que peor se le daban los estudios, iba a tener la oportunidad de dedicarse a lo que quisiera.
–¿Dónde están tus guardaespaldas? –preguntó con curiosidad deseando cambiar de tema.
Una casi imperceptible mancha de color se extendió por las mejillas de Rafiq. Los cuatro guardaespaldas contratados ante la insistencia de su tío habían desaparecido del apartamento mientras que los otros dos que llevaban tiempo al servicio de Rafiq disfrutaban de una noche de descanso. Le dolía en su orgullo que, a pesar de ser un hombre hecho y derecho, tuviera que recurrir a esas tretas para huir de la falta de intimidad que suponía tener aquella seguridad.
–Les de dado la noche libre porque no voy a salir.
–Háblame de Zenara –le pidió Izzy.
–¿Aunque no hayas oído hablar de mi país jamás?
Izzy se sonrojó y alzó la barbilla.
–Te has sentido ofendido, ¿verdad?
–Claro que no –replicó Rafiq, reparando en su mirada azul zafiro y en sus mejillas sonrosadas.
–Sí, creo que sí. Bueno, lo siento, pero todos somos ignorantes en algo –dijo justificándose–. Espero que se me ocurra algún tema que no domines para dejarte en evidencia.
–No será en geografía.
Izzy apretó los labios y se encogió de hombros.
–Apuesto a que te hubiera ido mucho mejor que a mí en el examen de ciencias que hice esta mañana. No se me dan bien las ciencias ni poseo grandes conocimientos en cultura general.
Rafiq frunció el ceño.
–Pensé que estabas estudiando Filología Inglesa.
–Para completar mis estudios, este año he tenido que tomar dos asignaturas diferentes y todo el mundo decía que la asignatura de ciencias básicas era muy fácil –dijo Izzy y sonrió al recordarlo–. Bueno, Maya seguramente la habría aprobado sin dificultad con cinco años, pero yo no he sabido contestar alguna de las preguntas.
–Con un poco de suerte, habrás contestado las suficientes como para aprobar –la animó Rafiq–. Por lo que cuentas, llevas toda la vida sintiéndote eclipsada por una hermana muy inteligente. Ha tenido que ser muy difícil.
–En absoluto –protestó Izzy levantándose para traer el plato principal–. Nunca he tenido envidia de Maya. Siempre me ha ayudado en todo lo que ha podido.
Rafiq se dio cuenta de que había tocado un tema espinoso.
–Será mejor que hablemos de Zenara –dijo desconcertándola por aquel brusco cambio de tema.
–No, tienes razón en lo que dices, aunque nunca he sentido envidia de ella –admitió Izzy volviendo de la cocina–. En ocasiones resultaba duro ser la hermana gemela de Maya porque la gente hacía comparaciones y ponía el listón muy alto. Pero la quiero y nunca se lo contaría. Al fin y al cabo, no era culpa suya.
–Claro que no era culpa suya. Tengo un hermano adolescente y también soy muy protector con él –le confió.
Izzy le sonrió, relajada, reconociendo su perspicacia y su inteligencia. Al ver el brillo de aquellos ojos oscuros sintió un aleteo de mariposas en el estómago. Era una sensación casi de embriaguez, a pesar de que apenas se había tomado una copa y media de champán.
–Nada hay más importante que la familia –subrayó.
Sin apartar la vista de su rostro animado y de la sonrisa que iluminaba su piel de porcelana, Rafiq apretó los dientes. Seguía sin coquetear con él y no acababa de entender cómo la conversación se había vuelto tan seria, como si estuvieran en una cita o algo así. ¿Cómo saber qué se sentía si nunca en su vida había tenido una cita? Pero cuando la miró y se fijó en sus grandes ojos azules y en aquellos generosos labios llenos de promesas, ardió en deseos como nunca lo había hecho por otra mujer. La tensión de su entrepierna casi le resultaba dolorosa. Estaba deseando hundir los dedos en aquellos rizos del color del atardecer en el desierto.
–Me ibas a hablar de tu país –le recordó Izzy.
Rafiq empujó el plato cuando acabó de comer.
–Cielo santo, tanto hablar y se me había olvidado el postre –exclamó Izzy, dirigiéndose presurosa a la cocina.
Rafiq no quería postre. Se preguntó qué pasaría si iba a la cocina, la tomaba entre sus brazos y la llevaba al dormitorio. Podía rechazarlo, darle una bofetada y decirle que no. En aquel instante prefería una reacción negativa que quedarse de brazos caídos. Lo habían educado para gobernar y cerrar negociaciones. ¿Y no era el sexo una forma de negociación, un intercambio en el que ambas partes sabían a lo que se exponían? No era posible que hubiera ido al apartamento con la única intención de cenar a solas con él, pero ¿cómo demonios saberlo?
Sintiéndose frustrado, Rafiq se quedó mirándola y advirtió un brillo especial en sus ojos. Echó hacia atrás su silla y se levantó. Izzy salió de la cocina con unos cuencos de fruta y, mientras los dejaba sobre la mesa, Rafiq la atrajo entre sus brazos.
Sin salir de su asombro, Izzy parpadeó y dejó escapar un jadeo. Había pasado de tener los pies en el suelo a sentirse flotar entre sus brazos mientras la besaba.
–Ahora mismo, solo tengo hambre de ti –susurró Rafiq.
Izzy se estremeció entre sus brazos, sus grandes ojos azules fijos en él con un brillo que ya no daba lugar a ninguna malinterpretación.
Después de aquel beso explosivo, el corazón de Izzy latía con tanta fuerza que no le llegaba el aire a los pulmones y aunque no esperaba que saltara sobre ella como una pantera y la levantara del suelo, tenía que reconocer que le gustaba sentir la ansiedad de sus ojos y labios. Era muy excitante, la cosa más excitante que nunca le había pasado. ¿No era triste para una persona de su edad? ¿Tan hambriento estaba Rafiq de ella? Era muy emocionante para una mujer que nunca había despertado una pasión tan intensa en un hombre respetuoso.
Y no solo era respetuoso, sino increíblemente apuesto.
Capítulo 3
RAFIQ llevó a Izzy al dormitorio y la depositó delicadamente sobre la cama.
–¿Tú también quieres esto, verdad? –preguntó para asegurarse.
Izzy se recostó en el cabecero de piel, sin salir de su asombro por lo rápido que habían llegado a una situación tan íntima. Rafiq estaba siendo muy directo y entendía muy bien por qué tenía que ser así. Ningún hombre se arriesgaría a llegar tan lejos por un malentendido. Aun así, su rostro se sonrojó porque la decisión que había tomado un rato antes en la cocina seguía siendo algo novedoso para ella. Se acostaría con él y por fin descubriría de qué iba eso del sexo, aunque lo cierto era que no esperaba que sucediera algo entre ellos tan rápido.
–Sí, eh… es lo que quiero –susurró.
Había superado todas sus inseguridades con una determinación feroz. Estaba convencida de que estar con alguien como Rafiq era una oportunidad única en la vida y no estaba dispuesta a desaprovecharla.
–Pero soy un poco tímida, no tengo mucha experiencia –añadió cautelosa a modo de advertencia.
Temía que se estuviera haciendo ilusiones con una experiencia erótica que ella no podría darle.
De repente Rafiq sintió que volvía a respirar. La idea de que se fuera, le diera la espalda y lo rechazara le había tenido en vilo porque había algo en ella que lo excitaba mucho. No sabía si eran sus enormes ojos azules, sus labios rosados o aquello rizos cobrizos que enmarcaban su rostro triangular. O incluso el hecho de que se mostrara recatada, algo que por su expresión parecía incomodarla. Lo cierto era que le excitaba más todavía porque suponía que nada de lo que hiciera lo sorprendería.
–No me importa –admitió.
Luego apretó los interruptores para que las persianas se cerraran y la iluminación se atenuara. Habría preferido ponerla bajo un potente foco de luz, pero quería que se sintiera cómoda y se relajara con él. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, a su lado. Al ver que se sobresaltaba, le dedicó una de sus sonrisas de seductor antes de tomarle el rostro entre las manos y saborear su boca otra vez con la urgente necesidad que tanto le constaba contener.
Izzy pasó de un estado de nervios a sentirse en el paraíso en donde todo parecía tan perfecto como aquel beso. Nadie la había besado jamás como Rafiq. Era como si una chispa hubiera saltado en su interior, haciendo que una cálida sensación se extendiera por su pelvis. Sintió que los muslos se le ponían rígidos. Todo su cuerpo se derritió y sus pechos se hincharon bajo el sujetador, comprimiendo sus pezones erectos contra el encaje.
Sus manos fueron recorriéndola lentamente acariciándola y moldeándola, e Izzy no pudo evitar estremecerse mientras una sensación ardiente la recorría. Luego fue ella la que se dedicó a explorar sus anchos hombros antes de recorrer su espalda y el calor que desprendía su camisa de seda.
–Quítamela –le ordenó.
Izzy buscó los botones, no queriendo romper el beso para mirar. Pero sus movimientos debieron resultar muy torpes porque con un gemido, Rafiq se apartó de ella y se quitó la camisa de un tirón, haciendo saltar los botones por los aires.
–Supongo que no valoras demasiado tu ropa.
–No cuando se interponen con lo que quiero, que ahora mismo es que me acaricies.
Rafiq aprovechó el momento para tirar del vestido y quitárselo por la cabeza.
Desconcertada al verse en bragas y sujetador, Izzy se puso rígida. No se sentía lo suficientemente cómoda con su cuerpo para sentirse a gusto bajo su penetrante mirada dorada.
–Eres preciosa –jadeó Rafiq.
Ella lo miró incrédula y no fue hasta que vio la intensidad con la que la miraba que lo creyó.
No se sentía con la seguridad suficiente como para echarse y tumbarse como Cleopatra, pero al menos le sirvió para ganar cierta confianza.
Envalentonada por el comentario de Rafiq, Izzy se inclinó para seguir saboreando su boca sensual y él reaccionó con entusiasmo, oprimiéndola contra las almohadas y besándola hasta quedarse sin aliento. Sus dedos habilidosos le desabrocharon el sujetador y enseguida sintió sus grandes manos sobre la curva de sus pechos generosos, acariciando y pellizcando sus pezones y provocando oleadas de placer en su entrepierna.
Rafiq deslizó un muslo entre sus piernas y rozó su rincón más sensible. Todo su cuerpo se estremeció a la vez que un gemido escapaba de su garganta. Recorrió con la boca la curva de su cuello, dejando un rastro de besos hasta sus pezones erectos. Allí jugueteó lamiéndolos y mordisqueándolos, antes de deshacer el camino para volver a tomar su boca y encontrarse con su lengua en una danza desesperada.
–Me deseas –afirmó satisfecho.
–No estaría aquí si no fuera así –dijo ella con voz entrecortada.
Se sentía perdida en aquella mirada oscura, sorprendida de que sintiera la necesidad de decir con palabras lo evidente, porque… ¿quién no lo desearía?
Tenía unos ojos preciosos, todo él era precioso, pensó mientras lo veía apartar las caderas de ella para desabrocharse los vaqueros y quitárselos. El prominente bulto de sus calzoncillos llamó poderosamente su atención y se quedó mirándolo unos segundos más de la cuenta. Era más grande de lo que esperaba, pero enseguida se tranquilizó pensando que la Madre Naturaleza era sabia y había hecho a hombres y mujeres para que encajaran.
Sus labios sensuales volvieron a buscarla mientras le quitaba las bragas. Luego, la atrajo hacia sus muslos y apartó la colcha para tumbarse sobre las sábanas. La miró aliviado. Se la veía tan excitada como él, sin ninguna intención de impresionarlo ni de tomar una foto para luego irlo contando. La recorrió con sus manos. Esa criatura que lo miraba con sus enormes ojos azules en contraste con su piel pálida era perfecta. Enredó sus largos dedos en aquellos rizos pelirrojos antes de echarse en la cama y devorarle la boca una vez más.
Sus manos recorrieron las curvas de su trasero y la atrajo hacia él mientras disfrutaba de su receptividad. Después, se deslizó cama abajo para separarle los muslos y asegurarse de que recibiera tanto placer en aquel encuentro como el que esperaba darle. Sorprendida por su avance y sintiéndose avergonzada, Izzy echó la cabeza hacia atrás sobre la almohada y cerró los ojos. Si no veía lo que estaba haciendo sería más soportable, más fácil de asumir que la estaba mirando… allí.
Aquella primera caricia con la lengua en su rincón más femenino le provocó una sensación muy cálida, haciendo despertar cada una de sus terminaciones nerviosas. Nunca antes había sentido nada tan placentero, tan ansiado que si Rafiq se hubiera detenido habría gritado llevada por la frustración.
De manera instintiva, una de sus manos se aferró a su pelo negro y fue como sentir seda entre los dedos. Aquella mirada con la que se encontró al abrir los ojos le resultó lo más sexy del mundo. Poco a poco su timidez fue desvaneciéndose. Era consciente de que lo deseaba por encima de todo y no había nada malo en lo que sentía. Por fin se relajó, aunque seguramente esa no era la palabra que mejor describía aquella sensación que la tenía algo aturdida y fuera de control.
Su cuerpo se movía por voluntad propia y sus caderas se agitaban a un ritmo que era completamente nuevo para ella. Una oleada de estremecimientos la sacudieron, creando una tensión en su vientre que pensó que la haría enloquecer. El deseo que la invadía era insoportable. De su garganta escapaban jadeos entrecortados y llegó un momento en que sintió que se estaba consumiendo de placer, con aquellas sacudidas que la debilitaban y que no parecían de este planeta. Toda aquella experiencia era infinitamente más extraordinaria de lo que había imaginado.
Enseguida se dio cuenta de que había sido una suerte porque tan pronto como Rafiq se colocó sobre ella, después de ponerse protección, lo que siguió no fue tan agradable. Pasó de estar relajada a ponerse tensa al sentir que empujaba y la penetraba. Mientras dejaba escapar un gruñido de satisfacción por lo estrecha que dijo que era, Izzy se concentró en aquellas sensaciones novedosas. Entonces, la hizo arquear las caderas y al empujar, sintió dolor. No esperaba sentir daño, tan solo algo parecido a escozor o incomodidad, y no pudo evitar gritar.
Todo se detuvo. Ambos se quedaron paralizados.
–Es mi primera vez –se oyó balbucear–. Tal vez debería habértelo mencionado antes, pero ya está hecho, así que terminemos.
–No estoy de acuerdo –protestó Rafiq aturdido ante la inesperada noticia de que se había llevado a la cama a una virgen.
Eso significaba que se había aprovechado de alguien vulnerable, inocente, de una mujer a la que nunca debería haber tocado.
Inesperadamente, Izzy se encontró con que en un abrir y cerrar de ojos Rafiq había pasado de ser un amante apasionado a un hombre contenido, de mirada furiosa y labios apretados.
–Ha sido elección mía, no la tuya, pero ya es un poco tarde para aguar la fiesta –afirmó decidida, negándose a sentirse avergonzada después de lo que habían compartido.
–Izzy…
Rafiq se sintió desconcertado al ver aquel brillo en sus ojos.
Izzy volvió a arquear las caderas y lo rodeó con sus piernas. No tenía unas piernas largas por lo que no le fue fácil aprisionarlo y decirle con aquel gesto lo que no podía decirle con palabras. Además, tampoco lograba entender lo que ella misma sentía en aquel momento. No estaba dispuesta a dejar que se fuera hasta que terminara.
–A ver si te puedes soltar –dijo entre risas.
Rafiq enseguida recuperó el sentido de humor ante aquella sugerencia ridícula teniendo en cuenta lo menuda que era ella y lo corpulento que era él. No pudo evitar sonreír.
–Eso está mejor –murmuró Izzy y le acarició los labios–. No es culpa tuya que me haya dolido ni que estés superdotado.
De nuevo, Rafiq rio.
–¿Y cómo sabes que es así?
–Porque supongo que por eso me ha dolido y no porque no hayas sido cuidadoso.
Aquel tono de voz, o quizá la súplica que veía en su brillante mirada azul, hizo que todos los demás pensamientos se borraran de su mente. Ladeó la cabeza y se las arregló con bastante dificultad para besarla debido a la diferencia de altura y a que sus cuerpos seguían entrelazados. La tensión había desaparecido de su cuerpo como si nunca hubiera estado ahí.
Nunca había deseado nada tanto como la había deseado a ella. Parecía un castigo cruelmente proporcionado a su conciencia después de haberse encaprichado de una virgen, su último pecado. Desechó ese pensamiento y empujó sus caderas, buscándola. La tensión de su entrepierna aumentaba con cada movimiento. En su interior ardía un fuego alimentado por el deseo y la necesidad, y no podía contenerse. Al menos, eso era lo que no dejaba de repetirse: era una tentación a la que ningún hombre normal podría resistirse. Claro que él no era un hombre normal. Él se suponía que era alguien fuerte, firme e implacable, un hombre educado para hacer siempre lo correcto.
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