Читать книгу: «Tú y sólo tú - Esposa de verdad»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 426 - noviembre 2020

© 2008 Lynda Sandoval

Tú y solo tú

Título original: You, and No Other

© 2008 Susan Bova Crosby

Esposa de verdad

Título original: The Millionaire’s Christmas Wife

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-946-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Tú y solo tú

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Esposa de verdad

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Si te ha gustado este libro…


Prólogo

Doce años atrás…

CAGNEY Bishop dio un respingo cuando oyó que llegaba un coche. Conocía bien a su padre, el jefe de policía, sabía que tenía un carácter explosivo e impredecible, pero ella se las había apañado para saber de qué humor llegaba a casa dependiendo por cómo abría y cerraba la puerta del coche.

Cagney oyó que su padre apagaba el motor, abría la puerta y…

¡Bum!

Cagney hizo una mueca de disgusto, se apresuró a esconder su cuaderno de dibujo debajo del edredón, sacó un libro de texto y un cuaderno de espiral, descansó el lápiz entre dos páginas y se quedó escuchando.

Pasos fuertes.

Llave en la cerradura.

La puerta se abre.

¡Bum!

Cagney notó cómo se le hundían los hombros. Lo mismo de siempre. Lo mismo de todos los días. Debería estar acostumbrada. Llevaba así más de diecisiete años. ¿Acaso creía que iba a cambiar de repente?

Cagney se arrellanó contra el cabecero de la cama, deseando hacerse pequeña. Sin duda, primero discutiría con su madre, pero, al final, como siempre, le echaría a ella una bronca por cualquier tontería que se le ocurriera.

La única manera que había encontrado de escapar a aquella vida familiar tan espantosa era ponerse objetivos para las semanas, los meses y los años venideros. El baile de fin de curso, la graduación y, luego, por fin, gracias a Dios, la universidad.

Por fin, podría escapar de aquel represivo régimen del jefe de policía.

Todavía le quedaban unas cuantas semanas más, una eternidad…

De repente, la puerta de su dormitorio se abrió con tanta fuerza que se estrelló contra la pared, pero Cagney no reaccionó. Era un mecanismo que llevaba años perfeccionando.

No dejar bajo ningún concepto que su padre se diera cuenta de que estaba sudando.

La última vez que el sargento había abierto la puerta con tanta rabia, el pomo se había clavado en la pared y la había desconchado. En aquella ocasión, Cagney había decidido colocar un pequeño cojín en el agujero para que amortiguara el golpe la próxima vez.

Porque, por supuesto, sabía que habría una próxima vez. A su padre le encantaba dar portazos.

Por supuesto, le hubiera encantado gritarle «ten un poco más de respeto y no entres sin llamar» o «vete ahora mismo de aquí», pero, por supuesto, no se atrevió a decirle nada parecido.

Con sólo mirar a su padre a la cara, Cagney supo que iba a haber bronca. Su padre tenía el rostro rojo y parecía iracundo. Todavía iba vestido de uniforme. A pesar de que jamás ninguna de ellas había sufrido maltrato físico, Cagney se preguntó si un puñetazo dolería menos que sus palabras crueles y cortantes.

Cagney lo miró a los ojos con expresión neutra y esperó. Era mejor esperar cuando una no sabía a lo que se enfrentaba. Al ver que su padre no decía nada, sintió que el corazón le daba un vuelco.

¿Se habría enterado de lo que quería hacer la noche del baile de fin de curso? Cagney sintió que el miedo se apoderaba de ella. Aquel hombre se enteraba siempre de todo. Tenía a su servicio a unos cuantos agentes de policía y no dudaba en utilizarlos como espías para fines personales.

—¿Qué demonios estás haciendo? —le preguntó su padre por fin, apretando los dientes.

Cagney decidió hacerse la ingenua, así que miró los libros que tenía sobre el regazo.

—Los deberes, sargento —contestó.

Era patético, pero siempre lo llamaba así, jamás lo llamaba papá. El hombre al que una vez había querido había muerto hacía mucho tiempo. ¿Cómo lo iba a llamar papá o papi? No tenía sentido.

—No te hagas la tonta —le espetó—. Sabes perfectamente a lo que me refiero.

Cagney tragó saliva. Era evidente que su padre se había enterado de lo del baile de fin de curso, que era al día siguiente. Aun así, Cagney prefirió seguir haciéndose la tonta.

—No tengo ni idea de lo que es…

—El baile, Cagney —la interrumpió su padre paseándose por la habitación como un loco—. Me has mentido, Cagney —añadió abriendo y cerrando los puños continuamente—. Te estoy hablando del asqueroso de Eberhardt, Cagney —concluyó—. ¿Acaso creías que no me iba a enterar?

—Sólo es un baile —se defendió Cagney intentando mantener la calma—. Somos amigos del colegio. Nada más. Deberías darle una oportunidad a Jonas…

—¿Estás loca o qué ? —la interrumpió el jefe de policía acercándose a su cama en dos zancadas—. Te prohíbo que salgas con ese delincuente, ¿lo entiendes?

—Pero…

—¡Nada de peros! —insistió el jefe de policía—. Te he dado todo lo que has querido, me sacrifico por ti todos los días y me lo pagas así. Un comportamiento así no me hubiera sorprendido viniendo de tu hermana Terri, que es un desastre, pero yo creía que tú ibas a seguir los pasos de Deirdre.

Deirdre, la hija buena, la hija que trabajaba para el FBI y de la que su padre se sentía tan orgulloso. Cagney tuvo que hacer un gran esfuerzo para ocultar su sorpresa al oír a su padre mencionar el nombre de su hija mala, Terri, que lo había desafiado hacía dos años y se había escapado a Nueva York. Desde entonces, nadie en aquella casa tenía permiso para hablar de ella en su presencia.

—Yo no sigo los pasos de nadie. Yo tengo mi propio camino. Yo soy yo.

El jefe de policía se rió con crueldad.

—Escúchame bien porque te voy a decir un par de cosas. Te voy a dar la oportunidad de hacer las cosas bien.

¿De verdad? Sería la primera vez en la vida.

—Te escucho —contestó Cagney.

—Quiero que vayas al baile. De hecho, tienes que ir al baile.

—¿Cómo?

—Sí, vas a ir al baile, pero no con Jonas Eberhardt. Irás con otro chico, un chico que a mí me guste.

—Yo quiero ir con Jonas —insistió Cagney.

Su padre sonrió, pero no era una sonrisa de verdad.

—Estupendo, así que quieres ir con ese vagabundo —recapacitó—. Muy bien. Pues prepárate porque, si vas con él, no te pago la universidad.

—¡Sargento!

—Ya sabes, ésas son mis condiciones. Soy un buen hombre, así que te doy la oportunidad de elegir a otro chico. Así, no tendrás que renunciar a tu sueño de ir a la universidad.

Cagney sintió ganas de vomitar. ¿Cómo iba a elegir entre Jonas o la universidad?

Lo cierto era que necesitaba el dinero de su padre para ir a la universidad y necesitaba ir a la universidad para ser libre y no volverse loca. Ya era tarde para pedir una beca o un crédito. Perdería el primer año y no podría soportar un año más en aquella casa.

También necesitaba a Jonas para no perder la cabeza. La idea de ir al baile de fin de curso sin él hacía que le doliera el corazón. Era cierto que vivía en una caravana a la salida del pueblo con su madre, una mujer que frecuentaba demasiado los bares, pero ¿y qué? ¿Había que castigarlo por ello?

Jonas era la mejor persona que conocía. Era un chico cuidadoso, observador, en el que se podía confiar y que nunca juzgaba a nadie, una persona capaz de ver el vaso siempre medio lleno, de soñar y de tener objetivos y el entusiasmo y la fuerza para llevarlos a cabo.

Jonas quería escribir y, de hecho, ya tenía varios poemas sinceros, fuertes y punzantes, unos poemas que Cagney tenía escondidos en una caja al fondo del armario. Aparte de la señora DeLuca, la profesora de Arte del colegio y madre de su amiga Erin, Jonas era la única persona en el mundo que creía que Cagney podría ganarse la vida como artista y podría utilizar su talento para ayudar a otros.

Jonas la inspiraba.

Jonas la quería.

Jonas sabía más de ella, de su vida y de lo que sucedía en su casa que muchas de sus mejores amigas, a las que no les contaba muchas cosas porque le daba vergüenza. Sin embargo, a él se lo contaba absolutamente todo.

Sin embargo, se habían visto obligados a esconderse durante años porque el padre de Cagney no podía ni ver al chaval, al que consideraba un inútil.

El jefe de policía creía que Jonas y su hija se conocían desde hacía dos años cuando, en realidad, para entonces ya estaban completamente enamorados.

Habían conseguido engañarle porque eran unos artistas escondiéndose. Cagney era toda una rebelde, pero pasiva.

Jonas y ella habían decidido que la noche del baile de fin de curso iban a hacer frente común, todo el pueblo se iba a enterar de que estaban juntos y al diablo con su padre. Lo tenían todo planeado. Habían decidido plantar cara al jefe de policía, explicarle lo que les pasaba y no aceptar un no por respuesta. Estaban seguros de que, al final, cedería. ¿Qué otra cosa podría hacer cuando su hija estaba punto de cumplir dieciocho años?

Iba a ser una noche mágica.

Por fin juntos.

Pero había subestimado a su padre. Aquel hombre estaba dispuesto a negarle una educación universitaria si no le obedecía. Prefería dejarla sin ir a la universidad que verla feliz con un chico que a él no le gustaba.

—¿Y bien? —la instó.

Cagney se mordió el labio inferior.

Jonas era capaz de ver y de pensar con perspectiva, así que Cagney pensó que por una noche y por un baile daría igual porque tenían toda la vida por delante. Le explicaría la situación y él la entendería porque sabía cómo era su padre.

Lo más importante era conseguir ir a la universidad en la que los habían aceptado a los dos. Una vez allí, podrían pasarse todo el día juntos.

Seguro que la entendería.

Cagney se relajó.

—Está bien —accedió—. Le voy a llamar para…

—No.

—¿Cómo? —se indignó Cagney.

—Hace años que te prohibí que hablaras con ese perdido y, aunque nunca me has obedecido, esa prohibición sigue en pie.

—Pero he quedado con él y sería de muy mala educación por mi parte dejarlo plantado sin darle una explicación —insistió Cagney.

Su padre se acercó a ella tanto que Cagney percibió el café de su aliento.

—Me parece que no lo entiendes. Me importa un bledo ese chico y sus sentimientos, si es que los tiene. Vas a ir al baile con otro chico y no le vas a decir nada a tus amigas ni a él. Si no me obedeces, olvídate de la universidad. No te creas que estoy de broma.

—¡Jefe! —exclamó Cagney golpeando el colchón con los puños—. Eso no es justo.

Su padre la agarró de la muñeca y se la apretó.

—La vida no es justa y ya va siendo hora de que te enteres.

¡Como si no lo supiera! Cagney dejó que la rabia se apoderara de ella.

—¿Por qué eres tan cruel? —murmuró.

Una avalancha de emociones atravesó el rostro de su padre, que consiguió volver a recuperar el control al cabo de unos segundos.

—Contéstame. Sí o no, Cagney. Contesta inmediatamente porque tengo cosas mejores que hacer que estar aquí perdiendo el tiempo contigo.

Cagney sintió que el mentón le temblaba de la rabia a pesar de que estaba intentando controlarse. Echó los hombros hacia atrás. Aunque fuera en el último momento, podría hablar con Jonas al día siguiente en el colegio.

—Y mañana no vas a ir al colegio, por cierto —le dijo su padre como si le hubiera leído el pensamiento—. Ya he llamado para advertirlo.

Cagney sintió que el corazón le daba un vuelco y que las lágrimas le asomaban a los ojos.

—¿Cómo? ¿Tan seguro estabas de cuál iba a ser mi contestación?

¿Y cómo iba a ser de otra manera? Su padre era una persona manipuladora y calculadora. Claro que lo que acababa de hacer era lo peor que le había hecho en su vida. ¿Para qué lo hacía? ¿Para hacerles daño a Jonas y a ella? Sabía que su padre era una mala persona, pero aquello era demasiado.

—¿Qué contestas? —la urgió el jefe de policía mirándola con aire triunfante—. ¿Qué prefieres? ¿Ir al baile de fin de curso con un chico que no es digno de ti y nunca lo será o ir a la universidad? Tú eliges.

Cagney sintió un intenso frío por dentro. No podía reaccionar adecuadamente. No sentía nada. Sabía que debería estar llorando y gritando, como habría hecho Terri en su lugar, pero ella se sentía confusa, atrapada y torturada.

—Elijo ir a la universidad, por supuesto. ¿Te crees que soy idiota?

—A veces, teniendo en cuenta el tipo de amigos que eliges, lo pareces —le espetó su padre soltándole la muñeca y yendo hacia su bolso, abriéndolo y quitándole el teléfono móvil—. Me lo llevo —añadió desconectando también el fijo—. Tengo muy claro que no puedo confiar en ti. Por cierto, tampoco intentes utilizar el ordenador porque le he quitado el módem.

Cagney sintió que la furia se apoderaba de ella.

«Debería luchar», pensó.

—No tienes escapatoria, así que ni te molestes. Mañana me voy a quedar en casa para vigilarte y estaré aquí cuando tu cita pase a buscarte para ir al baile.

—No soy tu prisionera —se defendió Cagney aunque, a veces, se sentía exactamente así.

—No, eres mi hija, vives en mi casa y acatas mis normas. ¿Con quién vas a ir al baile?

Cagney no contestó.

—¿No contestas? Supongo que eso querrá decir que no vas a ir. Mejor —le espetó su padre yendo hacia la puerta.

—No, espera —le dijo Cagney tomando aire—. Iré con mis amigas, en pandilla.

La idea de quedarse en casa mientras sus amigas estaban en el baile se le hacía insoportable. Se moría por ir con Jonas, pero se sentía acorralada. Podría llamarlo desde el baile para verse allí. Ya era algo.

—No. Sólo las pringadas y las frescas van en pandilla —contestó el jefe de policía.

—¡Eso no es cierto!

—Si no vas con un chico, te quedas en casa.

Cagney suspiró con frustración.

—Tad Rivers —murmuró—. Me lo pidió y no creo que tenga ninguna cita porque, según he oído, iba a ir en pandilla —añadió—. ¿Lo consideras un pringado por ello o es apto? Su padre es el fiscal de la ciudad.

—Voy a llamar a Will Rivers ahora mismo.

—Quiero ir en grupo, con mis amigas. Mick, Erin y Lexy van a ir todas juntas con sus citas —sugirió Cagney—. Si me dejas llamar a Lexy… —añadió con la esperanza de poder ponerse en contacto con Jonas a través de su amiga.

—Ahora la llamo también.

—Vaya, gracias. ¿Y qué le vas a decir?

—No te hagas la lista —le advirtió su padre señalándola con el dedo índice—. Te estoy haciendo un gran favor. Deberías darme las gracias.

Cagney apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas de las manos y se hizo sangre. Si no podía ir al baile con Jonas, estaba decidida a emborracharse por lo menos. Era lo mínimo que se merecía su padre.

—Tu madre ha dicho que la cena estará en veinte minutos.

—No tengo hambre —murmuró.

—Me da igual que tengas hambre o no. Tu madre ha preparado la cena, que es mucho más de lo que la inútil de Ava Eberhardt habrá hecho, así que quiero que estés en la mesa en veinte minutos. ¿Te ha quedado claro?

Cagney se quedó en silencio, contemplando la posibilidad de defender a la madre de Jonas, contemplando la posibilidad de decirle a su padre que se fuera al infierno. Luego, recordó que debía ir a la universidad si quería escapar de él y que, para ello, dependía de su dinero. Su padre no le había permitido trabajar mientras había estado en el colegio, así que no tenía absolutamente nada ahorrado. Otra manera de tenerla completamente acorralada.

—Sí, señor —contestó.

—Me alegro de ver que a veces todavía eres capaz de ser razonable. Sólo a veces. Sin embargo, no pienso olvidar que me has desafiado.

Cagney lo miró a los ojos.

—Me das mucha pena, sargento.

—Ahórrate esas cosas conmigo —le espetó su padre abandonando la habitación.

Una vez a solas, Cagney no fue capaz de llorar. Su padre había matado tantas cosas en su interior que apenas era capaz de sentir, pero había sido la única manera de sobrevivir. Lo malo era que ya no podía fiarse de sí misma, ya no sabía cuándo sentía de verdad. ¿Cuando algo le dolía era de verdad? A veces, creía sentir miedo, pero no estaba segura.

¿Cómo iba a estarlo? El caos reinaba en su interior.

Cagney dejó caer la cabeza entre las manos y tomó aire profundamente. Cualquier otra chica en su situación habría buscado consuelo en su madre, pero Cagney sabía por experiencia que, en su caso, era inútil.

Su madre era la personificación de la pasividad. Jamás había desafiado a su marido, ni siquiera para defender a sus hijas.

Cagney suspiró.

Seguro que Jonas y ella podrían sobreponerse a aquella situación.

Seguro que Jonas la entendería porque la quería. Se verían en el baile y harían lo que tenían planeado. No era lo que tenían pensado para aquella noche, pero de alguna manera, Cagney encontraría la forma de explicarle todo lo que había sucedido y, como de costumbre, Jonas la entendería.

Jonas estaba anonadado de lo que costaba alquilar un incómodo traje para una sola noche.

Sin embargo, merecía la pena.

Por Cagney.

Una mezcla de nervios y miedo se apoderó de él mientras aparcaba el decrépito coche de su madre frente a la impecable casa de Cagney. A lo mejor su padre salía a recibirlo pistola en mano, pero, de todas formas, apagó el motor y esperó.

No sucedió nada.

Jonas se quedó mirando la inmaculada fachada de piedra de aquella casa, intentando no compararla con la desastrosa caravana en la que vivían su madre y él. Aunque aquella casa era grande e impresionante desde fuera, sabía por Cagney que dentro había poco amor. Prefería a su madre, una mujer con problemas pero muy cariñosa, y su caravana alquilada.

Para su sorpresa, la luz del porche se encendió. Jonas no sabía si tomarse aquello como una señal de bienvenida o de advertencia, pero lo que estaba claro era que había llegado el momento de salir del coche, así que tomó aire, agarró la orquídea que había comprado para Cagney y se bajó del vehículo. Una vez fuera, se abrochó la chaqueta, se pasó la mano por el pelo y se dirigió al porche.

Ahora o nunca.

La puerta se abrió antes de que le diera tiempo de llamar al timbre y salió el jefe de policía Bishop con el ceño fruncido, como de costumbre. Lo cierto era que Jonas no tenía ni idea de lo que había hecho para que aquel hombre lo despreciara tanto.

—Buenas noches, señor —le dijo echando los hombros hacia atrás.

—No me llames señor —le espetó el padre de Cagney—. ¿Qué demonios haces entrando en mi propiedad?

Por un instante, ante la dureza de la pregunta, Jonas no fue capaz de formular una respuesta. Cagney no había ido al colegio aquel día ni había contestado a sus llamadas telefónicas ni a sus correos electrónicos, pero Jonas estaba seguro de que, siendo la hora que era, su padre sabría con quién iba a ir al baile de fin de curso.

Jonas sintió que la boca se le secaba y se mojó los labios para contestar.

—He venido a buscar a Cagney para ir al baile de fin de curso.

La risa del jefe de policía fue como una bofetada.

—Pues siento mucho decirte que Cagney se ha ido hace media hora con su cita, Tad Rivers —le espetó cruzándose de brazos y sacando pecho—. Así que ya te puedes ir. Fuera de aquí.

Jonas parpadeó varias veces. No se podía creer lo que acababa de oír.

—Eso es imposible. Cagney es mi novia —recapacitó en voz alta sin pensar lo que decía—. Habíamos quedado para ir juntos.

—Tu novia, ¿eh? —le dijo el jefe de policía—. Mira, cuando quieras echarte novia, te buscas una chica como tú porque mi hija es demasiado buena para ti, siempre lo ha sido y siempre lo será.

Jonas sintió la crueldad de aquellas palabras, pero consiguió mantener el mentón elevado. El jefe de policía Bishop no tenía ni idea de quién era su hija ni de lo que quería en la vida.

—Cagney me quiere y yo la quiero a ella.

—¿La quieres? —se burló el sargento—. Si tanto la quieres, lo mejor te puedes hacer es dejarla en paz. A lo mejor hay alguna chica donde vives acampado con la que puedas salir. No sé lo que estarás buscando en mi hija, pero seguro que las chicas de tu clase te lo darían encantadas.

A pesar del gran esfuerzo que estaba haciendo, Jonas sintió que la furia se apoderaba de él. Jamás había tenido intención de acostarse con Cagney ni de aprovecharse de ella. Se estaba enfadando tanto que estaba empezando a sudar.

—No sabe lo que dice. Respeto profundamente a Cagney, la respeto mucho más que usted. Sé que está en casa y quiero verla —añadió intentando esquivar a su padre, pero el jefe de policía se lo impidió—. ¡Cagney! —gritó entonces.

La mano que el padre de Cagney le había colocado en el pecho se convirtió en un puño, arrugándole la camisa.

—Eso, intenta entrar en mi casa, pequeño vagabundo. Sería genial —le espetó apretando los dientes—. Nada me haría disfrutar más que detenerte.

Jonas no tenía tanta fuerza como aquel hombre y se vio siendo lanzado contra la barandilla del porche. Intentando mantener la dignidad, intentó en vano alisarse el frente de la camisa.

—¿Cómo puede usted vivir con tanto odio en su interior? —le preguntó con voz trémula.

El padre de Cagney ignoró su pregunta.

—Antes de irse con Tad, Cagney te ha dejado una carta. Es un buen chico ese Tad Rivers y procede de una buena familia —comentó dejando que el terrible comentario atravesara a Jonas como un cuchillo bien afilado—. Supongo que tienes derecho a leerla porque la ha escrito para ti. Aunque también quiero que sepas que lo ha hecho en contra de mi voluntad porque yo creo que mi hija no te debe ningún tipo de explicación.

¿Explicación de qué? Jonas sintió que el miedo se apoderaba de él. Mirando al padre de Cagney con cautela, se acercó y tomó el sobre que éste le tendía, lo abrió y rezó para que aquello le diera alguna pista de lo que estaba sucediendo porque Cagney parecía haber olvidado su idea de hacer frente común. ¿Por qué no habría respondido a sus llamadas? ¿Por qué no habría encontrado la manera de advertirle que había sucedido algo? Jonas no lo entendía. Siempre se habían protegido mutuamente.

Jonas hojeó la carta y reconoció la letra de Cagney. También reconoció el papel en el que estaba escrito. Se trataba de una hoja claramente arrancada de su cuaderno favorito, el de líneas moradas que olía a uvas cuando se pasaba el dedo por encima.

Jonas tomó aire y leyó.

Querido Jonas:

Me hubiera gustado decírtelo antes, pero no he encontrado el momento. Eres un chico maravilloso y hemos sido buenos amigos, pero Tad y yo comenzamos a hablar hace dos meses y me he enamorado de él. Simplemente… ha sucedido. Con él es más fácil porque cuento con la aprobación del sargento. Espero que lo entiendas…

No podía soportar seguir leyendo aquello delante del sargento Bishop. Era evidente que el policía estaba disfrutando. Jonas sentía que el corazón se le estaba rompiendo, así que arrugó la carta y desvió la mirada. Al cabo de unos segundos, volvió a girar la cabeza hacia el hombre que tenía ante sí.

—Esto lo ha escrito usted —lo acusó.

—No digas tonterías, chaval. Yo no he tenido nada que ver con eso de la carta. Cagney ha elegido —contestó el policía—. Es lo mejor para todos.

—¿Desde cuándo sabe usted lo que es mejor para Cagney o para el resto de sus hijas? —le espetó Jonas sintiendo unas terribles ganas de llorar—. Ninguna de ellas le puede soportar. Todos lo sabemos.

El jefe de policía enrojeció como la grana.

—Vete ahora mismo de aquí con tu carta. No quiero volver a verte jamás.

—No se preocupe por eso —contestó Jonas mientras se giraba y bajaba los escalones de dos en dos, sintiendo que el mundo se le caía a los pies. Aquélla era la gota que colmaba el vaso.

«Con él es más fácil porque cuento con la aprobación del sargento».

«La aprobación del sargento».

Aprobación.

Jonas llevaba toda la vida intentando ganarse la aprobación de los demás, pero nunca lo había conseguido. Había que aceptar la realidad. Nunca nadie los había querido en aquel lugar. Aquella ciudad había sido hostil con él y con su madre desde el mismo momento en el que habían cometido el error de establecerse en ella.

Aquel mismo día, el propietario de uno de los bares a los que su madre iba a menudo la había echado porque le faltaban dos dólares.

Dos asquerosos dólares.

Literalmente.

Aquel hombre había humillado a su madre, la había dejado llorando en la calle, con todo el dinero que le había dado a ganar durante aquellos años. Jonas no aprobaba el comportamiento de su madre, pero era una mujer amable y vulnerable.

Y ahora a él le ocurría aquello.

Su madre y él sólo se tenían mutuamente.

Le había quedado muy claro.

Estaba harto de aquel pueblo. Aunque era pobre, era ingenioso y rápido y se sentía motivado, a diferencia de muchos de sus compañeros de clase. Había elegido tantos créditos aquel último año que se había graduado en diciembre, pero, aun así, había esperado a la ceremonia de primavera por Cagney.

Jonas sintió un profundo dolor en la boca del estómago.

Ya le mandaría el colegio su diploma a donde estuviera. No quería volver a ver a nadie de por allí. Y eso incluía a Cagney. Lo único bueno que le había ocurrido en Troublesome Gulch era ella y ahora resultaba que su relación también era mentira.

Un dolor indescriptible se apoderó de él. Jamás había sentido nada así. Necesitaba escapar de aquel entorno cuanto antes. Si por él era, él y su madre abandonarían aquel lugar aquella misma noche. Tenían que encontrar un lugar en el que la gente no los juzgara por su cuenta bancaria, sino por su corazón. Jonas estaba dispuesto a trabajar y estudiar a la vez para demostrar a la gente de Troublesome Gulch lo confundidos que estaban con él.

Algún día lo conseguiría.

Con la ayuda de Dios.

Jonas tiró la orquídea por la ventana y salió de la propiedad Bishop quemando rueda. Le daba igual lo que el sargento pudiera pensar ya de él. Todo daba igual.

En aquel momento, sonó su teléfono móvil, el teléfono que tanto le había costado comprar, y Jonas sintió que una pequeña esperanza se abría camino en su corazón.

A lo mejor era ella.

Tad Rivers.

Jonas sintió el gusto amargo de la traición y decidió ignorar la llamada, así que dejó que el teléfono siguiera sonando hasta que saltó el contestador. A continuación, llamó al buzón de voz para oír el mensaje.

Era Cagney.

Desde el teléfono de Tad.

Así que era cierto. Cagney había ido con Tad al baile y no le había dicho nada. Había dejado que se gastara el dinero en alquilar un esmoquin y en comprar flores y lo había humillado delante de su padre.

¿Cómo le había podido hacer algo así?

«Jonas, por favor, por favor, contesta. Quiero hablar contigo. Tengo que explicarte lo que ha sucedido. Te llamo luego. Por favor, contesta cuando te llame».

Así que le iba a volver a llamar, ¿eh? Claro, desde el teléfono de Tad Rivers.

Con la sangre agolpada en las sienes, Jonas miró la carta que le había roto el corazón. Apenas veía las palabras, pues las lágrimas se lo impedían.

Todo había terminado.

Todo estaba muy claro. Lo que Cagney Bishop le había escrito le dejaba todo claro. No necesitaba ninguna otra explicación.

Su madre siempre decía que no se podía confiar en el amor y tenía razón.

Capítulo 1

Hoy en día

CAGNEY miró a su alrededor. Estaba en el aparcamiento del centro médico High Country y había un montón de coches y de peatones. No se podía creer el interés que había despertado una estúpida conferencia de prensa.

Claro que estaban en Troublesome Gulch, Colorado, centro de la curiosidad. ¿Dónde si no iba un sencillo acontecimiento mediático a necesitar tanta presencia policial?

Cagney se ajustó el cinturón en el que descansaba su pistola, saludó a un compañero al que le habían asignado también aquella operación y miró la hora que era. Apenas las nueve de la mañana y ya estaba aburrida a más no poder.

Un día más en la apasionante vida de la agente Cagney Bishop. Hacer controles de visitantes le gustaba tanto como dirigir el tráfico. Nada. En realidad, no le gustaba ninguna de las cosas que hacía en el trabajo. Lo único que la hacía sentirse viva era tratar con niños problemáticos o cuando tenía la oportunidad de ayudar de verdad a la gente y eso, para ser sinceros, no sucedía muy a menudo.

¿Cuántos años le quedaban para jubilarse? Para pasar el tiempo, comenzó a hacer cálculos mentales. En aquel momento, como presintiendo que necesitaba un descanso de toda aquella monotonía que le imponía su trabajo, sonó su teléfono móvil.

Cagney miró la pantalla y, al ver de quién se trataba, sonrió y atendió la llamada.

—Hola, Faith, ¿cómo está tu niña?

Faith Montesantos Austin, pedagoga en el instituto de Troublesome Gulch, había dado a luz a su primera hija hacía tres meses y estaba de baja por maternidad. Habían llamado Mickie a su hija en recuerdo de su hermana, que había muerto en el accidente de coche que se había producido la noche del baile de fin de curso junto con Tad, Kevin y Randy.

—Está fenomenal, como de costumbre. Me ha despertado tres veces esta noche, así que ahora tiene la tripita llena y está encantada mientras que yo estoy pálida, cansada y de mal humor.

—Vaya.

—Sí, es lo que tiene querer tener bebés muy guapos.

—Te recuerdo que con los cachorros te pasa lo mismo.

—Es cierto. Eso va por ti, Hope —sonrió Faith acariciando al perro que su marido, Brody, le había regalado cuando le había pedido que se casara con él—. ¿Qué haces? ¿Te vas a pasar por casa?

Siempre que el trabajo se lo permitía, Cagney se pasaba por casa de su amiga para tomarse un café con ella.

—Necesito tener contacto con adultos, Cag —le recordó Faith—. Necesito que alguien me asegure que estoy adelgazando. Por cierto, ¿has visto a Erin? —añadió refiriéndose a otra amiga que tenían en común, Erin DeLuca, del cuerpo de bomberos de Troublesome Gulch—. Es cierto que ha tenido a Nate Jr. unos meses antes que yo, pero a las tres semanas de haber dado a luz ya estaba completamente recuperada. No es justo.

—Es cierto, pero recuerda que sólo engordó diecinueve libras durante el embarazo y es muy deportista.

—Casey Laine Bishop, ¿me estás llamando vaga?

Cagney se rió. Ya nadie la llamaba Casey.

—Claro que no. Lo que ocurre es que Erin es de otra pasta. Debemos aceptarlo y seguir con nuestras vidas.

—Qué suerte tiene. Menos mal que es mi amiga y la quiero mucho. De lo contrario, la pondría de vuelta y media.

—No hay razón para algo así por el mero hecho de que sea biónica —bromeó Cagney.

—La verdad es que me arrepiento de todas las patatas fritas que me he comido durante el embarazo. No me he controlado en absoluto —suspiró su amiga—. Bueno, ahora que ya sabes que estoy deprimida y gorda, ¿vas a venir?

—Lo siento, pero no puedo. El sargento me ha asignado el control de visitantes del hospital. ¡Apasionante! —contestó Cagney poniendo los ojos en blanco.

—Ah, me había olvidado de que eso era hoy —contestó su amiga—. ¿Por qué tanto revuelo porque se vaya a construir un ala nueva? ¿Tienes información confidencial?

—No y, aunque la tuviera, no te la daría —contestó Cagney haciéndole una señal con la cabeza al compañero que estaba dirigiendo el tráfico, que le estaba indicando que dejara pasar a una limusina negra.

Mientras lo hacía, Cagney pensó que, evidentemente, era el misterioso invitado de honor. ¿Quién más se iba a pasear por Troublesome Gulch en una limusina negra? Cuando el vehículo pasó a su lado intentó vislumbrar por las ventanas tintadas de quién se trataba, pero no pudo ver nada. Por supuesto, el sombrero de ala ancha y las gafas de sol tampoco la ayudaron en absoluto.

—Como te iba diciendo, aunque tuviera información privilegiada, no te la daría. Lo único que sé es que la nueva ala la va a financiar un benefactor sorpresa. Por lo visto, quieren que, gracias a esto, Troublesome Gulch comience a ser conocido.

—Ya, lo de siempre. ¿Cuándo se van a dar cuenta de que este pueblo es conocido única y exclusivamente por lo que pasó la noche del baile de fin de curso? Perdón por el recordatorio desagradable, pero es que todo esto de que nuestro municipio se haga famoso me parece absurdo.

—Estoy completamente de acuerdo contigo, pero ya conoces a Walt. Le encanta la publicidad —contestó Cagney refiriéndose al adjunto del alcalde.

—Y no sé a qué viene tanto secreto —se lamentó Faith—. Vivimos en un pueblo pequeño y todos nos conocemos. Todos sabemos lo que hacen los demás. Es lo que suele pasar al vivir en un sitio pequeño.

—Sí, pero, por lo visto, la persona que dona el dinero quería mantener el anonimato.

—¿Por qué?

—No lo sé. Ya sabes que la gente rica es un poco rara y, cuando uno dona un ala hospitalaria entera, puede pedir lo que quiera. Estamos hablando de millones.

—¿De cuántos exactamente?

—Ni idea, pero seguro que de más de lo que nos podamos imaginar —contestó Cagney observando cómo la limusina se perdía en el garaje subterráneo que había sido cerrado al público—. La verdad es que esto es lo más excitante que ha ocurrido en Troublesome Gulch desde hace un tiempo.

—En eso tienes razón —suspiró su amiga—. Bueno, llámame en cuanto sepas algo interesante. Yo lo único que tengo que hacer hoy es lavar ropa y más ropa. No tenía ni idea de que un bebé pudiera ensuciar tanta.

—Siento decirte que será peor cuando sea adolescente.

—Cállate de una vez—protestó Faith—. La verdad es que no me importa. Siempre será mi preciosa niñita.

Cagney sintió una punzada de envidia.

—Ya sabes que te cambiaría el sitio sin pensarlo.

—Muy bien, ya te llamaré a las tres de la madrugada para recordártelo —bromeó su amiga.

—No he dicho nada —se despidió Cagney chasqueando la lengua—. Te tengo que dejar. Dale un beso a la pequeña de mi parte —añadió al escuchar por radio que el espectáculo estaba a punto de comenzar.

Jonas Eberhardt escuchaba aburrido desde detrás de la cortina lo que el adjunto del alcalde estaba diciendo sobre él. Desde luego, el hombre no estaba escatimando palabras bonitas para presentarlo.

Jonas sacudió la cabeza disgustado.

Olvidándose del empalagoso discurso, intentó concentrarse en aquel momento con el que había estado soñando durante más de diez años. Había pensado en ello constantemente, pero se le estaba quedando corto.

Había comenzado a orquestar su venganza casi desde el mismo momento en el que había abandonado la casa de Cagney Bishop con el corazón roto. Ese deseo de venganza había sido su motor.

En innumerables ocasiones se había imaginado humillando a los habitantes de Troublesome Gulch por lo mal que se habían portado con él y con su madre.

Sin embargo, las cosas no estaban saliendo como él había creído.

De momento, todo el mundo se estaba comportando de maravilla con él. Parecía que eran sinceros. Claro que también podía ser porque ahora tenía dinero. En cualquier caso, debería sentirse feliz por la bienvenida que le habían dispensado.

Pero lo cierto era que no era así.

Con o sin dinero, no se sentía a gusto allí.

Mientras se ajustaba las mangas de la chaqueta, por debajo de las cuales asomaban unos gemelos de platino y diamantes, Jonas percibió la zozobra interior que sentía en aquellos momentos. Aunque había soñado muchas veces con aquel momento, jamás se había parado a pensar en lo raro que se sentiría al estar de vuelta en aquel pueblo que odiaba.

Era difícil de describir.

Después de todo lo que había conseguido en el mundo de la informática, no había contado con sentirse como un intruso, como aquel chico avergonzado que había intentado con todas sus fuerzas mezclarse con los demás.

Evidentemente, después de la cantidad de dinero que le había entregado al consejo del hospital, tendrían que darle la llave de la ciudad y ponerle su nombre a la calle principal. Aun así, algo en su interior sentía que no merecía todo aquello.

No era cierto, pero aquel lugar hacía que la confianza que tenía en sí mismo se tambaleara.

El traje a medida que llevaba le había costado más de lo que solía pagar su madre por un año entero de alquiler de la desvencijada caravana en la que había pasado sus años adolescentes. Entonces, ¿por qué seguía sintiéndose como aquel adolescente solitario al que nadie quería y que llevaba vaqueros de segunda mano porque no había dinero para más?

«Ya basta», se dijo a sí mismo.

Aquellos sentimientos amenazaban con dar al traste con todo. Jonas apretó las mandíbulas e intentó apartarlos de su mente. El hecho era que había triunfado en la vida a pesar de que no lo había tenido fácil y que no iba a permitir que nada ni nadie diera al traste con eso.

Ni siquiera Troublesome Gulch.

El pueblo de Cagney.

Cagney.

Jonas sintió una punzada de dolor seguida de un gran enfado, que le llevó a cerrar los ojos.

Sí, para ser sincero consigo mismo, debía admitir que el problema era ella.

Había amado a aquella chiquilla más que a nada en el mundo, se había abierto a ella como no había hecho antes en la vida y como no lo había vuelto a hacer, y ella se lo había pagado rompiéndole el corazón.

Jonas estaba decidido a no volver a sentir aquel dolor jamás.

Esperaba que Cagney siguiera viviendo allí. Aunque no fuera así se enteraría del espectáculo de todas manera. Cuando todo terminara, esperaba que sintiera un intenso dolor.

Sabía que el canalla de su padre seguía al mando de la policía del pueblo y sabía que lo que iba a suceder lo iba a enfurecer, lo que le daba una gran satisfacción, pero su principal objetivo era Cagney.

Aun así, sentía algo… algo que lo molestaba… ¿Remordimiento? ¿Duda? Fuera lo que fuese, Cagney se merecía lo que iba a suceder.

Estar de vuelta en Troublesome Gulch hacía que volviera a sentirse como aquel adolescente al que aquella chica había traicionado la noche del baile de fin de curso. Aquella traición había matado su inocencia, le había roto el corazón y le habían endurecido el alma.

Aquella noche se había jurado a sí mismo que algún día les demostraría que no podían apartar a Jonas Eberhardt de sus vidas como si fuera basura.

Todas las decisiones que había tomado en su vida adulta lo habían conducido hacia aquel día, aquel lugar, aquella oportunidad de poner ciertas personas en su lugar. Había vivido para aquello, así que más le valía apartar las dudas que estaban surgiendo en su interior y disfrutar de la gloria del momento.

Jonas se metió la mano en el bolsillo y tocó el talismán que siempre llevaba con él, aquel talismán que siempre le había dado fuerza en los momentos difíciles.

Ojo por ojo.

Estaba decidido a dejar las cosas claras.

Sobre todo, quería que le quedaran claras a Cagney.

Y, luego, se iría de Troublesome Gulch y jamás miraría atrás.

Entonces, estarían iguales.

Empate.

Aquel pueblo le había dejado muy claro doce años atrás lo que pensaba de él y, aunque ahora era inmensamente rico, seguro que seguirían pensando lo mismo. Le iba a costar mucho dinero, pero, por fin, la última palabra la iba a decir él.

Cagney escuchaba distraída a Walt Hennessy, maestro de la verborrea, que estaba dando un discurso ridículo.

Sobre la mesa que tenía delante de él había un tablero cubierto por una tela roja y todos los ojos estaban pendientes de aquello. Sin duda, era la maqueta de la nueva ala del hospital, aquella ala supersecreta de la que todo el mundo había oído hablar.

Tras unos cuantos minutos más de discurso insufrible, el concejal le hizo una señal a las cuatro personas que tenían que levantar la tela roja.

—Y, sin más preámbulos, me gustaría presentarles a la persona que va a hacer posible todo esto y que es uno de los nuestros, un paisano.

¿La persona que iba a pagar la nueva ala del hospital era de Troublesome Gulch? Aquello nadie se lo esperaba y Cagney sintió curiosidad. ¿Quién sería y cómo habría conseguido pasar inadvertido? Era imposible en un lugar como Troublesome Gulch.

—Antes de que esta persona salga a saludarlos, me gustaría enseñarles la joya de la corona del hospital —concluyó Hennessy levantando los brazos—: el ala de terapia artística Ava Eberhardt —anunció de manera dramática.

Entonces, sus cuatro ayudantes retiraron la tela y todos los allí reunidos se pusieron aplaudir y a gritar emocionados. Los periodistas dispararon sus cámaras y las personas se acercaron a la maqueta.

Cagney se había quedado anonadada.

¿Ava Eberhardt?

¿Un ala de terapia artística?

La madre de Jonas nunca había sido un referente en la sociedad de aquel lugar. Más bien, todo lo contrario. Entonces, ¿quién podía ser el donante más que…?

—Y el hombre que va hacer todo esto posible, el hijo pródigo de Troublesome Gulch, el señor Jonas Eberhardt.

Cagney ahogó un grito y sintió que la vista se le nublaba hasta tal punto que temió desmayarse.

En aquel momento, el telón que había en la parte trasera del escenario se abrió, dando paso al chico con el que soñaba todas las noches, un chico que se había convertido en un hombre increíblemente guapo y, aparentemente, increíblemente rico también, un chico que la había escuchado y la había animado a hacer realidad su sueño de crear arte y ayudar a los demás, de combinar las dos cosas y ganarse la vida con ello, pero que la había abandonado en el hospital después de aquel accidente de coche la noche del baile de fin de curso, aquel chico que no la había llamado ni la había ido a ver, aquel chico que le había roto el corazón y al que, a pesar de todo, jamás había dejado de amar.

Jonas había vuelto.

Cagney sintió que las rodillas le temblaban y tuvo que apoyarse en el vehículo más cercano y tomar aire varias veces para lidiar con la miríada de emociones que sentía en su interior.

Emoción.

Miedo.

Curiosidad.

Rencor.

Enfado.

¿Por qué habría vuelto después de tantos años? ¿Por qué y cómo iba a financiar un ala hospitalaria de terapia artística cuando ése era su sueño y no el de Jonas? Y, sobre todo, ¿por qué no se lo había dicho?

La parte de ella que siempre lo había amado quería creer que aquel gesto estaba dirigido a ella, lo que la consolaba. Sin embargo, Cagney se daba cuenta de que aquello no tenía sentido. Lo más lógico era pensar que Jonas le había robado su sueño intencionadamente y que le estaba pasando por las narices su gran fracaso en la vida. Lo que estaba haciendo era recordarle que no había sido capaz de cumplir sus sueños, que había preferido un trabajo cómodo y estable.

¿Pero por qué habría de hacer algo así? Hacía doce años que no se veían y Jonas no tenía por qué saber nada de ella.

Doce larguísimos y vacíos años.

De repente, Cagney sintió que todo lo que no le gustaba de su vida se le caía encima y tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder ponerse en pie. Quería correr, esconderse, gritar y llorar, quería quitarse aquel estúpido uniforme y exigir que se le devolvieran los años perdidos.

Necesitaba hablar con Jonas en privado, aclarar las cosas y no dejar que su loca imaginación se disparara.

Sobre todo, quería mantener con él la conversación que habrían tenido que tener hacía más de diez años.

Capítulo 2

JONAS se dirigió al público en mucho menos tiempo del que había empleado Hennessy en presentarlo o, al menos, ésa fue la sensación que él tuvo. Fingiendo una sonrisa, aguantó toda la ceremonia, posó para los fotógrafos y habló con el arquitecto que había diseñado la nueva ala.

En total, no tardó más de una hora, pero, al cabo de aquel tiempo, estaba emocionalmente destrozado y quería irse a su hotel, situado en Crested Butte, el pueblo de al lado.

Aquel día estaba resultando muy raro, no estaba teniendo nada que ver con lo que él había esperado, la satisfacción que había pensado que se produciría no había llegado.

Confuso y sumamente perdido, se despidió todo lo rápido que pudo y se dirigió a la rampa que lo llevaría al garaje, donde lo estaba esperando la limusina.

Sus zapatos de piel italianos retumbaban contra el asfalto. Mientras caminaba por el aparcamiento desierto, se desabrochó la corbata y se la quitó, tomó aire profundamente, lo dejó salir, se pasó los dedos por el pelo y entonces… la vio.

Cagney.

Estaba junto a su limusina.

Jonas se paró en seco y, para su sorpresa, lo invadió una oleada de incertidumbre.

Su Cagney.

Era ella y estaba más guapa que nunca. Llevaba el pelo recogido hacia atrás, pero se le habían soltado unos cuantos cabellos. Al verlo, se puso a juguetear con los dedos y, finalmente, se cruzó de brazos, como solía hacer cuando estaba nerviosa. ¿Estaba nerviosa? Al ver que avanzaba hacia ella, lo sonrió con valentía. ¿Estaría contenta de verlo?

Jonas sintió que el corazón le daba un vuelco. Se suponía que debía odiarla.

Seguía teniendo los mismos labios. ¿Seguirían teniendo la misma textura? Y su pelo rubio y voluminoso… ¿seguiría siendo tan suave?

—Hola —lo saludó.

Jonas sintió que toda su compostura se iba al garete. En aquellos momentos, lo único que quería era estar con ella. De repente, todos sus planes de venganza se le antojaron ridículos, lo único que quería era abrazarla y asegurarle que todo estaba bien. Ahora eran adultos y el sargento Bishop no tenía nada que decir sobre su relación. Ese asqueroso canalla ni siquiera tenía por qué formar parte de sus vidas si no querían.

Jonas se dejó llevar por el impulso y por su romanticismo y dio dos pasos hacia ella, pero entonces se dio cuenta de cómo iba vestida, se dio cuenta de que llevaba el uniforme de la policía de Troublesome Gulch.

Aquello lo sorprendió sobremanera.

¿De verdad que el sargento Bishop no iba a tener cabida en sus vidas? ¿Qué vida? Si ellos nunca habían tenido una vida juntos y jamás la tendrían.

La realidad con toda su crudeza se apoderó de él y lo paralizó como una armadura, lo que le vino muy bien para sobrevivir al repentino encuentro.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó tras carraspear y recubrirse el corazón de una dura tapa de cemento.

—Vivo aquí —contestó Cagney con tranquilidad.

—Pues lo siento mucho por ti —se burló Jonas enarcando una ceja.

Aquello hizo que a Cagney se le borrara la sonrisa del rostro. A continuación, ladeó la cabeza y se quedó mirándolo con sus inmensos ojos azules, aquellos ojos que siempre habían visto a través de su alma. Menos mal que Jonas había ido recubriéndola durante los años con una coraza emocional impenetrable.

—¿Qué? —le preguntó con la respiración entrecortada.

—Muy bonito el discurso que has dado —contestó Cagney.

—¿Qué quieres, Cagney?

—Una respuesta sencilla a una pregunta sencilla.

—Pues dispara porque tengo cosas que hacer —mintió Jonas.

—Muy bien —accedió Cagney esperando que Jonas la mirara a los ojos—. Si tanto odias Troublesome Gulch, ¿por qué has decidido donar tu dinero a nuestro hospital? Y, sobre todo, crear un ala de terapia artística. Me resulta bastante sorprendente.

Qué bien lo conocía.

Jonas decidió que no tenía por qué contestar a sus preguntas, así que pasó a su lado y abrió la puerta trasera de la limusina.

—¿No tienes un conductor para que se ocupe de esas cosas? —se burló Cagney.

Jonas tiró la corbata sobre el asiento trasero, se quitó la cazadora y la dejó caer también sobre el cuero. A continuación, se giró hacia Cagney. Lo desconcertó lo cerca que la tenía. Percibió el aroma de su piel, aquel olor a pino y a flores silvestres.

—No soy partidario de que nadie me abra la puerta. No es necesario. Soy perfectamente capaz de abrirla yo solo.

—Ya… ¿y entonces de qué te sirve la limusina? Se supone que todo va incluido en el mismo paquete, ¿no?

Buena pregunta.

Maldición.

—Me pareció apropiado dadas las circunstancias —contestó Jonas.

—Ah, las circunstancias —suspiró Cagney—. Eso me lleva a la pregunta que te he hecho y que no has contestado. ¿Por qué has donado todo ese dinero a este pueblo?

«Por venganza».

Ésa habría sido la verdadera respuesta.

Lo había hecho para hacerla sufrir porque ella lo había hecho sufrir, pero, por supuesto, no se atrevía a decírselo, así que apartó la mirada.

—Tal vez, lo he hecho creyendo que habrías seguido tu sueño, pero, por cómo vas vestida, veo que me he equivocado —contestó mirándola de arriba abajo.

Cagney se sonrojó de pies a cabeza, como si la hubiera abofeteado. Al instante, Jonas se sintió mal. ¿Y por qué habría de sentirse mal? Aquella mujer le había destrozado la vida, así que tenía derecho a mostrarse cruel con ella.

—Me lo podrías haber preguntado primero —le dijo encogiéndose de hombros—. Nunca me he movido de aquí y mi número está en el listín telefónico.

—A lo mejor lo he hecho por ti, Cagney. ¿Se te había ocurrido esa posibilidad? Ya veo que ha sido un error porque parece que tú has tomado otro camino en la vida.

—Estás intentando ofenderme con tus palabras, pero no creo lo que me estás diciendo —contestó Cagney.

Jonas frunció el ceño.

—¿Qué es lo que no crees?

—No creo que fueras capaz de hacer algo como esto… —contestó Cagney señalando el hospital— este ala de terapia artística… por mí.

—¿Por qué no? ¿Al final terminaste odiándome, tal y como quería tu padre?

—Es evidente que uno de los dos ha aprendido a odiar, pero has sido tú —contestó Cagney.

Jonas sabía que era cierto, así que no se molestó en negarlo en voz alta.

—No me creo que hayas querido hacer algo tan increíble por mí porque no volviste a hablarme, jamás me dejaste que te explicara lo que sucedió —insistió Cagney.

—Eso fue lo que tú elegiste.

—No —contestó Cagney poniéndose nerviosa—. Te cambiaste de universidad, Jonas. Después de lo que nos había costado conseguir ir a la misma, renunciaste a la beca que te habían concedido y desapareciste. No le dijiste a nadie dónde estabas. Perdóname que te diga, pero es evidente que el que elegiste fuiste tú.

Jonas sintió que la rabia se apoderaba de él. ¿Ahora resultaba que el culpable era él?

—¿Para qué iba a llamarte después de lo que sucedió? ¿Por qué iba a seguir adelante con nuestros planes cuando era evidente que tú no sentías nada por mí?

—¿Cómo que no? —se defendió Cagney—. Nunca me diste la oportunidad de hablar de mis sentimientos. Te fuiste. Huiste y no volví a saber de ti. En cuanto las cosas se pusieron feas, te fuiste sin decirme nada.

—Eso no es verdad.

—¿Ah, no?

Jonas se quedó en silencio

—Me tengo que ir —anunció.

Estaba muy enfadado.

—¿Huyendo de nuevo? —lo increpó Cagney.

—No te pases —le advirtió Jonas.

Cagney se acercó a él y lo agarró del antebrazo. Era evidente que no estaba en absoluto intimidada por su enfado.

—No he terminado.

—Pues vete haciéndolo —contestó Jonas zafándose de su mano.

—No fuiste a verme al hospital después del accidente que tuvimos la noche del baile de fin de curso —le recordó Cagney—. ¿Por qué?

Jonas no desvió la mirada, pero le costó mantenerla. Lo cierto era que no se había enterado del accidente hasta dos años después de que se hubiera producido. Cuando había leído la noticia en un resumen sobre muertes adolescentes al volante, no había respirando hasta que no había leído que Cagney había sobrevivido y, entonces, se había echado a llorar y se había odiado por ello.

—Está bien, no hace falta que me contestes —dijo Cagney con lágrimas en los ojos—. Ya no importa. Lo cierto es que te fuiste cuando más te necesitaba. Evidentemente, nuestro amor no era de verdad.

—Mira quién fue a hablar.

Cagney se quedó de piedra ante aquella contestación, pero consiguió recuperarse rápidamente.

—¿Lo ves? ¿Cómo voy a creer que vas a aparecer de repente para hacer realidad un sueño que yo abandoné hace más de diez años?

¿Hacía más de diez años que no pintaba? Jonas suponía que aquello le tendría que haber dado una gran satisfacción, pero, por alguna extraña motivo, no fue así. Así que Cagney había abandonado aquel don divino que tenía y había dejado de crear. Una lástima, una verdadera lástima, pero Jonas se dijo que aquella mujer no merecía su compasión.

—Aquella noche me quedó todo muy claro.

—¿Ah, sí? ¿Después de haber hablado con el sargento? ¿Por qué demonios te creíste lo que él te dijo? ¿Por qué no hablaste conmigo?

Jonas dudó y se cuestionó por primera vez en su vida los motivos del padre de Cagney.

—No, me quedó claro por lo que hiciste —contestó, aunque lo cierto era que lo que le había dicho el padre de Cagney le había afectado mucho.

—¿Y ya está? ¿Te fuiste por lo que te había dicho mi padre y por lo que creías que yo había hecho? —se lamentó Cagney—. ¿Te fuiste sin hablar conmigo? Jonas, me dijiste que me querrías siempre.

—Yo…

Jonas sintió que se le revolvía el estómago. Lo cierto era que la rabia no le había permitido nunca ver lo sucedido desde la perspectiva de Cagney. Era cierto que la había querido, más que a su vida, pero eso ya no importaba y no iba a permitir que Cagney lo manipulara y lo hiciera quedar como el malo de la película.

—Hablar contigo no me habría servido de nada, habría sido una pérdida de tiempo —le dijo fijándose en su uniforme de nuevo—. Déjalo. Todo eso es agua pasada, Cagney. Entre nosotros ya no hay nada.

—Claro que no hay nada, pero yo creo que deberíamos cerrar lo que no cerramos hace muchos años.

—No hace falta —contestó Jonas sacudiendo la cabeza disgustado, metiéndose en la limusina e intentando cerrar la puerta.

Pero Cagney se lo impidió.

—Huye si es lo que necesitas hacer, pero quiero que sepas que estás equivocado. Estás equivocado sobre mí y sobre lo que sucedió aquella noche y sobre muchas otras cosas, y todo esto me pone… triste.

Aquello tomó a Jonas por sorpresa. ¿Así que ahora resultaba que él estaba equivocado y que ella se entristecía? ¿Y qué pasaba con su dolor? ¿Qué pasaba con su corazón roto? Jonas sintió que el cuerpo se le revolvía y se apresuró a recurrir a aquella amargura ciega que lo había guiado durante tantos años.

—¿Y qué tal te lo pasaste en la fiesta con Tad? —le espetó.

Aquella pregunta hizo que Cagney hiciera una mueca de dolor y lo mirara como si ya no lo conociera.

—Por Dios, Jonas, Tad está muerto y con él murieron tres de mis mejores amigos. No me puedo creer lo que me acabas de decir.

Jonas apretó los puños y se maldijo a sí mismo en silencio. Por supuesto, sabía que los cuatro habían muerto y se dio cuenta de que jamás debería haber hecho referencia a ello. Debería pedirle perdón inmediatamente, pero no fue capaz de hacerlo.

—Mira, creía que íbamos a poder hablar sobre lo que ocurrió, pero es evidente que no quieres escucharme, así que no merece la pena hablar sobre el pasado. Sin embargo, me gustaría que te quedara clara una cosa sobre el futuro —le dijo Cagney—. Si has donado ese dinero al hospital en un intento inexplicable de hacerme daño, has tirado el dinero —añadió sonriendo con tristeza—. Bueno, ahora que lo pienso, no es cierto. Hay un montón de chicos a los que les va venir muy bien poder hacer terapia artística, hay mucha gente que se va a beneficiar de lo que has hecho. Siento mucho que ésa no fuera tu intención.

Jonas sintió que perdía pie. ¿Cómo demonios se le había dado la vuelta su plan de venganza?

—No tienes ni idea de cuál era mi intención y te recuerdo que yo fui uno de esos chicos necesitados, que este pueblo y tu padre me destrozaron la vida, pero creo que es mejor que no hable mal de ese canalla ahora que juegas en su equipo.

Cagney lo miró avergonzada, pero se recuperó rápidamente.

—Está bien, soy policía y no te gusta. Peor para ti. Además, no eres el único —admitió—. ¿Y qué tal vas con tus poesías, Jonas? —lo desafió.

Aquella pregunta lo hirió de lleno. Lo cierto era que no había vuelto a escribir. Llevaba doce años sin escribir.

—¿Cuánto tardaste en traicionarte a ti misma, Cagney? —se defendió Jonas a la desesperada—. ¿Cuánto tiempo tardó tu padre en hacerte claudicar, en conseguir que renunciaras a tus sueños y te colgaras una pistola del cinturón?

—Ya basta —le advirtió Cagney mirándolo con frialdad.

Pero Jonas la ignoró.

—Claro que, a lo mejor, todo lo que hablamos y lo que soñamos era también mentira y puede que incluso nunca quisieras ser artista. A lo mejor, nuestra relación era mentira desde el principio y siempre fuiste la hija de tu padre. A lo mejor es que lo único que buscabas estando conmigo era un poco de emoción y una razón para desafiar a tu padre.

Cagney se apartó de la puerta como si le hubiera dado una descarga eléctrica y lo miró asustada, con lágrimas en los ojos.

—Oh, Dios mío. Ahora entiendo. No me lo puedo creer.

—¿Qué es lo que no te puedes creer? —le espetó Jonas cada vez más enfadado porque lo cierto era que no podía soportar verla llorar.

—Me odias —murmuró Cagney con voz trémula—. Jamás me lo hubiera imaginado, pero es eso. Me odias.

La angustia que percibió en su voz lo destrozó. Aquello no podía estar sucediendo. Se suponía que las cosas tendrían que haber salido de otra manera. Jonas intentó recordar los doce años que había pasado preparando aquel momento, intentando buscar algo a lo que aferrarse.

El rencor, el rencor siempre le había ido bien.

—Dilo —insistió Cagney—. Ten el valor de decirlo. Me odias, ¿verdad?

Odiar implicaba pasión y la pasión estaba demasiado cerca del amor. Jonas no quería plantearse todas aquellas cosas y, menos, delante de Cagney, así que hizo lo único que podía hacer en aquellos momentos, retirarse.

—No —contestó—. Es mucho peor que eso, agente Bishop. Simplemente, no me importas lo más mínimo —mintió.

Y, dicho aquello, cerró la puerta. Desesperado por escapar de allí, le indicó a su conductor, Leon, que pusiera el vehículo en marcha.

—Eres igual que él —escuchó que Cagney le decía desde fuera—. Y lo peor es que no te das cuenta. Dios mío, Jonas, le has dejado ganar.

Jonas sintió un escalofrío por todo el cuerpo mientras todo aquello en lo que había basado su vida de adulto se desintegraba ante sus ojos. Quería escapar de aquel desastre, necesitaba alejarse de Cagney.

¿Acaso se habría equivocado con ella y con lo que había sucedido? No, claro que no. No debía ni planteárselo.

El conductor puso el motor en marcha y Cagney se quedó allí de pie, mirando la limusina. Jonas sabía que no podía verlo porque los cristales estaban ahumados, pero aun así, Cagney no dejó de mirar hacia la ventana.

Desde dentro, Jonas vio cómo una lágrima le resbalaba por la mejilla. Sin embargo, Cagney permaneció en silencio, estoica, sin molestarse en limpiarse el rostro.

«Yo no soy como ese canalla», pensó Jonas apretando los dientes.

No obstante, sabía que se había convertido en una mala persona y aquello lo destrozó. Aturdido, apoyó la palma de la mano en el cristal de la ventara y dejó que lo invadiera la pena por todo lo que habían perdido.

Doce años atrás se había metido en una trampa de culpa y rabia en la que había estado encerrado todo aquel tiempo. Ahora, se daba cuenta de que ya no quedaba nada bueno en su interior y de que, además, había perdido a Cagney.

El sargento Bishop estaría encantado.

—No te odio —murmuró Jonas mientras la única mujer a la que había amado en su vida se perdía en la distancia—, pero ya no hay nada que hacer.

Capítulo 3

TRAS una reunión de emergencia con Lexy, Erin y Faith en la que se tomaron dos pizzas familiares, una caja de bombones Godiva y tres botellas de vino, Cagney consiguió sobreponerse y dos días después del encuentro con Jonas había vuelto a ser ella misma y a pensar con claridad.

Si Jonas creía que se iba a esconder para lamerse sus heridas después del enfrentamiento en la conferencia de prensa, estaba muy equivocado. Era evidente que la vida lo había vuelto un hombre duro, pero ella también se había endurecido lo suficiente como para saber que una gran parte de la armadura de Jonas se la había colocado para protegerse.

Lo conocía bien y sabía que, bajo la fachada fría que mostraba, había un hombre vulnerable por mucho que él se empeñara en fingir que aquella persona ya no existía.

Cagney había investigado y había averiguado que había ganado su fortuna trabajando con ordenadores y que iba a quedarse en Troublesome Gulch hasta que estuviera construida el ala de terapia artística del hospital, o sea, meses.

Perfecto.

Aunque no volvieran a ser pareja nunca, para cuando se fuera, habrían vuelto a ser amigos. Cagney no sabía cómo iba a hacer exactamente para abrirse camino y conseguir romper su armadura, pero lo iba a conseguir.

Le costara lo que le costase.

Cagney había terminado su turno de patrulla y había parado en el ayuntamiento para dejar unos papeles cuando, al pasar por un despacho, oyó la voz de su padre, que gritaba iracundo. Aquello la hizo pararse y escuchar.

—Una cosa es el ala del hospital…

—No es cualquier cosa —intervino Hennessy.

—Ya, sí, muy bien, pero no necesitamos un estúpido centro juvenil —insistió su padre—. Si hay adolescentes problemáticos en este pueblo, lo que tenemos que hacer es echarlos de aquí y no recompensar su mal comportamiento poniéndoles un sitio donde ir a pasárselo bien.

—Siento decirle que no estoy en absoluto de acuerdo con usted, sargento Bishop —intervino nada más y nada menos que Jonas—. Según las estadísticas, los pueblos que tienen centros juveniles con actividades extraescolares para los chicos menos privilegiados económicamente tienen mucho menos delincuencia.

¿El sargento y Jonas en la misma habitación? Cagney decidió que no se podía perder aquello.

—Muchas gracias por tu opinión sobre la delincuencia, Eberhardt. Estoy seguro de que lo que dices lo sabes de primera mano —se burló el padre de Cagney con desprecio.

—Efectivamente. Por eso me interesa tanto este tema —le confirmó Jonas.

—Mira, yo tengo mucha más experiencia que tú en cómo hacer para que se cumpla la ley.

—Esto no tiene nada que ver con hacer cumplir la ley —intervino el alcalde Ron Blackman—. Se trata de satisfacer las necesidades de nuestra comunidad y Jonas ha tenido una idea excelente.

Cagney sonrió. El hecho de que el alcalde y los concejales de la ciudad llamaran a Jonas por su nombre de pila y estuvieran de acuerdo con él debía de estar matando al sargento.

Aquello no tenía precio.

—Lo que tenemos que hacer es darles a los chicos algo que hacer. Así, no se meterán en problemas —continuó Blackman.

—Para eso están los padres —ladró el jefe de policía.

—Bill —le dijo Walt Hennessy—, me sorprende tu actitud. Eres uno de los miembros de la comunidad que más involucrados están en su bienestar. No entiendo por qué te pones en contra de una mejora como ésta. Tú más que nadie deberías saber que no todos los niños de este pueblo tienen la suerte de contar con unos padres tan buenos como tú.

A Cagney le entraron ganas de reírse a carcajadas. ¿Cómo habría conseguido su padre engañar a todos durante tanto tiempo?

—Los padres que descuiden a sus hijos deberían ser castigados —insistió el sargento—. ¿Por qué nos tenemos que hacer cargo nosotros de sus hijos?

—Porque sus hijos son ciudadanos de Troublesome Gulch —le recordó el alcalde indignado—. Y Troublesome Gulch no es una cárcel. Tampoco es un club de campo. Es un lugar en el que vivimos personas de diferentes estratos socioeconómicos y ninguno de los que estamos aquí somos quiénes para juzgar a nadie.

—Tenemos el deber de ofrecer servicios de calidad a nuestros ciudadanos, a todos nuestros ciudadanos —intervino una concejala—. Muchos de esos padres que, según tú, descuidan a sus hijos no pueden estar con ellos porque se ven obligados a tener varios trabajos para llegar a fin de mes.

Cagney tuvo que taparse la boca para no echarse a reír. Lo que más odiaba su padre en el mundo era que una mujer le llevara la contraria.

—En cualquier caso, no tenemos espacio suficiente para construir un lugar así —insistió el jefe de policía con satisfacción—. Además, no creo que el presupuesto anual nos dé para una tontería así, ¿no, Walt?

—Por el dinero no hay problema, de eso me encargo yo —intervino Jonas.

En aquel momento, Cagney tuvo una idea y, sin pensárselo dos veces, llamó a la puerta. Jonas, su padre, Hennessy, el alcalde y el pleno del ayuntamiento al completo la miraron.

Ella se limitó a sonreír.

—Siento mucho interrumpir, pero pasaba por delante de la puerta y he oído una parte del debate. Es que se oye todo desde fuera, ¿saben? —se disculpó—. Bueno, he entrado para decirles que creo que tengo la solución perfecta.

—Agente Bishop, ¿qué hace usted aquí? Seguro que tiene otras cosas de las que ocuparse —le contestó su padre con frialdad.

—No, no tengo ningún asunto del que ocuparme —contestó Cagney—. Acabo de terminar mi turno. No estoy de servicio.

—Pasa, pasa —la saludó el alcalde poniéndose en pie—. Supongo que todos conoceréis a Cagney, la hija pequeña de nuestro jefe de policía y una de nuestras mejores agentes.

Todos asintieron y la saludaron.

—Por favor, siéntate —le indicó Blackman—. ¿Qué se te ha ocurrido, querida? Nosotros estamos bloqueados y nos vendrá bien una nueva perspectiva.

Cagney se sentó y vio que su padre estaba rojo de ira y que Jonas parecía confundido e intrigado. Una vez sentada, puso las manos sobre la mesa y miró al grupo mientras hablaba.

—Supongo que todos saben que hace dos años compré y reformé la fábrica de sillas de montar.

—Sí, te quedó precioso ese lugar —contestó Hennessy.

—Gracias —sonrió Cagney—. Lo que no sé si sabrán es que los inspectores me dieron permiso para utilizar el lugar como propiedad residencial cuando lo hubiera terminado, pero tiene doble escrituración y también se puede utilizar para actividades comerciales. El edificio es inmenso, ya se pueden imaginar. Antes fue una fábrica. Tiene tres plantas. En total más de quince mil pies cuadrados. Yo vivo en la segunda y en la tercera planta, pero la primera, la que da a la calle, está vacía y sin reformar todavía. Tiene más de cinco mil pies cuadrados diáfanos.

—¿A qué viene todo esto, Cagney? —le espetó su padre—. Por si no te has dado cuenta, estábamos reunidos.

—Por favor, Bill —lo reprendió Hennessy frunciendo el ceño—. Déjala que hable. No es una niña pequeña.

—Es mi empleada.

—En estos momentos, es una ciudadana de Troublesome Gulch —le espetó el alcalde—. Habla, Cagney.

—Lo que quería decirles es que me encantaría ceder la planta baja de mi propiedad para que pusieran allí el centro juvenil del que estaban hablando. Al igual que Jonas, yo llevo muchos años pensando que este pueblo necesita un lugar así.

Los allí congregados se emocionaron.

—Qué idea tan ridícula —opinó su padre—. No querrás que todos los desarrapados e indeseables del pueblo se te metan en casa. Vas a necesitar presencia policial constantemente.

Su padre estaba cayendo en la trampa fácilmente.

—No hay problema por eso. Soy policía —le recordó—. Además, me llevo bien con los adolescentes problemáticos y no los considero ni desarrapados ni indeseables. Les propongo otra cosa. Estoy dispuesta a dejar de patrullar para encargarme a jornada completa de ese centro juvenil. He estado destinada en el instituto como policía y conozco a muchos de esos chicos.

—¿Estás segura, Cagney? —le preguntó Blackman—. Eres una agente de policía muy buena.

—Estoy completamente segura —contestó Cagney—. La inmensa mayoría de las poblaciones de Colorado tienen proyectos comunitarios en los que participa la policía. Nosotros no tenemos ninguno y es una vergüenza. El cumplimiento de la ley no tiene por qué conseguirse siempre a través del castigo.

—Es cierto —murmuró Hennessy.

—En cuanto al tema económico…

—Por eso no hay problema —intervino Jonas—. Yo pagaré el centro.

Cagney inclinó la cabeza.

—Muy bien, entonces lo único que nos falta es involucrar a la comunidad en el proyecto. Estoy dispuesta a hablar con los dueños de las tiendas y de las empresas para que nos donen el material necesario para la reforma. Así, el ayuntamiento y nuestro benefactor se ahorrarán algo —discurrió Cagney—. Aunque no sea necesario —añadió mirando a Jonas—. Tengo experiencia en reformas y creo que es muy importante involucrar a los habitantes de Troublesome Gulch todo lo posible.

—Un momento —ladró su padre acallando los murmullos de excitación de los demás—. Agente Bishop, esto es una insubordinación por su parte. No tendría que haber interrumpido nuestra reunión, a la que no estaba invitada, y no puede usted cambiar el lugar al que está asignada como agente de policía así como así.

—Por favor, deja de comportarte como un negrero —lo increpó el alcalde—. Todos sabemos que es tu hija y tu empleada, pero tiene treinta años, ¿no, Cagney?

—Sí.

—Además, la oferta que nos está haciendo es realmente generosa. Está dispuesta a hacer un sacrificio profesional muy grande. No hay razón para acusarla de insubordinación. Tu hija lo único que está haciendo es hacer gala de un espíritu comunitario digno de admiración. Deberías estar orgulloso de ella.

—Le deberíamos dar una medalla —añadió Hennessy.

—Además, el presupuesto de la policía se aumentó a principios de año para que pudieras contratar a otros cinco agentes, así que seguro que podrás prescindir de una de ellos por esta causa tan maravillosa —le dijo uno de los concejales más respetados de la ciudad—. ¿Por qué no tenemos ningún proyecto comunitario en el que participa la policía, Bill? —quiso saber.

Todos los presentes permanecieron en silencio.

El jefe de policía ni se molestó en contestar a la pregunta.

—Está bien, adelante con el centro juvenil, pero yo me encargo de decidir quién será el agente que lo vigile —accedió haciendo un gran esfuerzo por ocultar la rabia que sentía.

—No, eso es inaceptable —le dijo Cagney.

—¿Cómo? —se indignó su padre.

—Si voy a ceder una parte de mi propiedad para este proyecto, quiero ser yo la agente de policía asignada al centro. Estoy seguro de que lo comprenden.

—Lo comprendemos perfectamente. Me parece una idea maravillosa y apruebo la propuesta —contestó el alcalde.

—Cuenta también con mi aprobación —añadió Hennessy mirando al jefe de policía con una ceja enarcada.

Cagney tuvo que hacer un gran esfuerzo para no estallar en carcajadas y comenzar a pegar brincos de alegría. El alcalde, los concejales y todo el pleno del ayuntamiento estaban de su parte. Ver a su padre acorralado le producía un gran placer.

El sargento no podía oponerse a su solución, que era casi perfecta, sin poner de manifiesto que era un hombre dictatorial e irracional y, como tenía que seguir manteniendo las apariencias delante de los demás, iba a tener que ceder.

¡Qué gran momento!

—Está bien —accedió por fin—. Apruebo la propuesta, aunque no me parece adecuada.

—Gracias —contestó Cagney mirando a Jonas—. ¿Qué me dice, señor Eberhardt?

—Por favor, llámame Jonas —contestó el aludido en tono serio.

—Jonas, ¿crees que el espacio que yo tengo servirá para el centro que quieres construir?

Jonas se debía de estar preguntando por qué demonios Cagney se había metido en todo aquello, pero también tenía que mantener las apariencias.

—Yo creo que, si el ayuntamiento nos ha dado su permiso, deberíamos seguir adelante con el proyecto. Gracias.

—¿Te encargas tú de los permisos necesarios o quieres que lo haga yo? —le preguntó haciéndose la inocente y dejándole la parte administrativa, que la aburría sobremanera.

—Ya me encargo yo —contestó Jonas.

—No se preocupen, las licencias y los permisos de este proyecto tienen prioridad absoluta —les aseguró el alcalde.

—Gracias —contestó Cagney—. Se me acaba de ocurrir otra idea maravillosa. ¿Por qué no me ayudas con las obras de reforma, Jonas? —le propuso regalándole una maravillosa sonrisa—. Al fin y al cabo, es tu proyecto.

—Sí, pero es tu casa.

—Insisto. Me gustaría que todo estuviera exactamente como tú quieras. Me pongo a tus órdenes.

—No me parece buena idea —intervino el jefe de policía.

—¿Por que no? —le preguntó Hennessy.

Jonas se giró hacia él y Cagney se dio cuenta de que acababa de cambiar de opinión.

—¿Por qué no? Yo voy a poner el dinero que falte después de las donaciones de los demás, así que, ¿por qué no es buena idea?

¡Atrapado de nuevo!

Cagney se dio cuenta de que, enfrentando a aquellos dos hombres, la que ganaba era ella.

—¿Eso significa que puedo contar contigo? —le preguntó a Jonas.

Jonas la miró comprendiendo lo que acababa de hacer y asintió.

—Sí, cuenta conmigo. Me tengo que quedar por aquí hasta que esté terminada el ala del hospital, así que tengo tiempo de sobra.

—Entonces, todo arreglado —sonrió el alcalde—. A los del periódico les va a encantar esta historia —añadió pensativo—. Por cierto, ¿vosotros dos no ibais al mismo colegio?

—Sí —contestó Cagney—. Nos graduamos el mismo año y, de hecho, éramos amigos, ¿verdad, Jonas?

—Sí —contestó Jonas con prudencia.

—Lo que pasa es que hemos perdido el contacto con los años —añadió Cagney.

—Genial —sonrió el alcalde—. Voy a hacer un comunicado de prensa ahora mismo. Esta historia es realmente conmovedora, es fantástica, espléndida —se emocionó mientras los demás miembros del pleno asentían igualmente emocionados—. Cuánto me alegro, Cagney, de que hayas entrado en la reunión.

—Yo también —contestó Cagney sinceramente—. Bueno —añadió mirando a Jonas—, si tienes tiempo, nos tomamos un café en el Pinecone y vamos hablando del tema. Cuanto antes comencemos, mejor, ¿no te parece?

Capítulo 4

JONAS llegó al Pinecone antes que ella, se sentó en una mesa del fondo, pidió café para los dos y esperó.

Aquel lugar no había cambiado absolutamente nada en doce años, lo que le gustaba. Seguía oliendo a café, a tortitas y a pechuga de pollo a la parrilla.

No se podía creer que hubiera aceptado trabajar tan cerca de Cagney durante meses. Le podría haber entregado el proyecto del centro juvenil, haber contratado una cuadrilla para la reforma pagándola él y punto, pero no, no había podido dejar pasar la oportunidad de hacer enfurecer a su padre.

Qué idiotez.

Claro que había sido una delicia ver cómo Cagney se enfrentaba a él con elegancia y firmeza. Jamás le había visto hacerlo cuando eran adolescentes. Entonces, su guerra era una guerra de guerrillas destinada a pasar desapercibida.

Sí, admiraba su valor, pero no tendría que haberse dejado arrastrar. Ahora se encontraba atrapado y lo cierto era que se sentía muy vulnerable cuando estaba con ella. Trabajar codo con codo con Cagney iba resultar doloroso y peligroso.

Demasiado tarde.

En aquel momento, Cagney entró en la cafetería. Jonas se quedó mirándola mientras saludaba a unas personas. Llevaba pantalones color caqui y una camiseta verde militar que realzaba su pelo rubio y dejaba al descubierto su abdomen bronceado. Era una mujer fuerte y sensual.

Por supuesto, a él no le importaba, pero era un hombre y tenía ojos en la cara.

Cuando Cagney llegó hasta su mesa lo hizo hablando sin parar. Una de dos, o estaba ansiosa por el proyecto o estaba tan nerviosa como él.

—Vaya, gracias por pedirme un café. Mira, mientras venía para acá, venía pensando en un montón de cosas. Para empezar, no creo que vayamos a tener problemas con los permisos para el centro porque después de la reforma que hice…

—Más despacio, más despacio —la interrumpió Jonas—. Reconozco que me ha causado mucha admiración el golpe de Estado que has hecho en el pleno el ayuntamiento, pero tenemos que hablar y aclarar unas cuantas cosas antes de ponernos manos a la obra.

Cagney se quedó mirándolo y se sentó lentamente.

—Está bien. Pongamos las normas. Como tú quieras. La pelota está en tu campo, Jonas, así que adelante.

—Sé por qué has hecho lo que has hecho.

—¿Ah, sí? —contestó Cagney llevándose el café a los labios.

—Para sacar a tu padre de sus casillas.

—En parte, sí —sonrió Cagney—. Resulta de lo más satisfactorio.

—¿Cuáles son los otros motivos?

—Me gustan los adolescentes y se me da bien trabajar con ellos —añadió encogiéndose de hombros.

—Ya —contestó Jonas sin convencimiento.

—No me insultes dando a entender que estoy utilizando la excusa de los adolescentes porque tengo otros motivos ocultos.

—¿Y no es así?

—Tú mejor que nadie sabes que crecí en una familia disfuncional. Los Bishop parecíamos una familia feliz y maravillosa, pero no era cierto. Llevo toda la vida sintiéndome una impostora y estoy segura de que habrá adolescentes a los que les pasará lo mismo.

—No te digo que no, pero no tiene nada que ver con vivir en una caravana y comer comida de lata todas las noches.

—Mira, esto no es una competición para ver quién lo pasó peor, ¿de acuerdo? Tengo trato con adolescentes constantemente y me llevo bien con ellos, los conozco y los respeto y ellos lo saben.

Jonas se arrellanó en la silla. Cagney tenía razón, pero no era eso lo que quería hablar con ella.

—Mira, quiero que sepas que no me ha gustado lo que has hecho para involucrarme en la reforma.

—Pues échate atrás —contestó Cagney como si no le importara lo más mínimo—. Contrataré a otra persona para que te reemplace. A mí lo que me importa es que el proyecto salga adelante.

—¿Lo dices en serio?

—No te estoy intentando engañar en absoluto. Ese centro para adolescentes me interesa mucho —le aseguró quedándose pensativa—. No me es fácil explicarlo, pero me siento viva por primera vez desde hace mucho tiempo. Gracias a tu idea, Jonas. Pero la verdad es que había creído que, aparte de financiar el proyecto, tu interés era más personal también.

—Claro que me interesa personalmente el proyecto, pero…

—No quieres trabajar conmigo —concluyó Cagney—. No pasa nada. Puedes decirlo. Ya me quedó claro el otro día lo que sientes hacia mí.

—Es complicado —suspiró Jonas.

—¿Por qué?

—No te hagas la tonta. Hay muchas cosas entre nosotros, Cagney. No había contado con esta dificultad. Estoy tan interesado en el centro juvenil como tú, pero la situación es… rara.

—Está bien —accedió Cagney—. Entonces, vamos a hacer un trato. El centro juvenil no tiene nada que ver con nosotros, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Así que, todo lo que tenga que ver con el proyecto, lo trataremos de manera única y exclusivamente profesional. Nuestro sórdido pasado quedará al margen.

«Como si fuera tan fácil», pensó Jonas.

Apenas podía mirarla sin sentir nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue. También sentía un deseo que parecía imposible de desafiar.

—¿Tú podrías hacerlo… eso de tratarme de manera única y exclusivamente profesional? —le preguntó.

—No es lo que prefiero hacer, pero, si no me queda más remedio, lo haré.

Jonas apreciaba su sinceridad.

—Mira, Jonas, sabes perfectamente que en mi familia nadie habla de nada importante. Por eso, precisamente, a mí me gusta hablar las cosas de manera muy clara. Siempre —le recordó—. Es cierto que te has visto metido en todo esto apresuradamente y que, tal vez, necesitas poner distancia profesional entre nosotros para que el proyecto salga adelante…

—¿Por qué te hiciste policía? —le preguntó Jonas de repente.

Cagney se quedó en silencio unos segundos.

—Es una historia muy larga. Ya te la contaré otro día. Bueno, mejor dicho, si quieres que las cosas entre nosotros sean única y exclusivamente profesionales, es mejor que no te la cuente nunca.

—Cuéntamela ahora mismo.

Cagney se quedó pensativa.

—Para resumirlo, diré que me había quedado sin opciones, que estaba bloqueada. Después de que murieran mis amigos y de que tú…

Jonas bajó la mirada hacia la mesa y Cagney tomó aire.

—No fui a la universidad.

—¿Cómo? —se extrañó Jonas volviendo a mirarla.

—¿No fuiste a CSU?

Cagney negó con la cabeza.

—Me derrumbé y me pasé un año deprimida. Lo único que hacía era sentir lástima por mí misma y una terrible culpa por haber sobrevivido al accidente. Echaba mucho de menos a mis amigos y lo único que hacía era ver la televisión —le explicó desviando la mirada como si escondiera algo—. Entonces, un día, el puesto de policía apareció en mi vida y yo tenía que hacer algo, no tenía experiencia laboral, pero tenía que empezar a ganar dinero para poder irme de casa, así que acepté el trabajo. ¿Satisfecho con la respuesta?

Jonas se quedó mirándola, intentando ignorar la punzada de compasión que sentía por ella. De momento, iba a tener que conformarse con aquella respuesta aunque sabía que había más.

—¿Te gusta?

—Es un trabajo y puedo pagar las facturas.

—No parece que sea la pasión de tu vida.

—No todo el mundo tiene la suerte de trabajar en lo que verdaderamente le apasiona —contestó Cagney—. Ahora me toca a mí preguntarte. ¿Por qué no te dedicaste a escribir, que era lo que tú querías hacer?

—¿Cómo sabes que no escribo?

—Porque te conozco muy bien. Aunque te moleste, te conozco perfectamente y, a menos que seas Stephen King, escribir no da para financiar un ala entera de un hospital.

Jonas no se molestó en negarlo.

—Mi madre se puso enferma y yo me tuve que poner a trabajar para ganar dinero porque el tratamiento era muy caro. Menos mal que lo que había estudiado tenía salidas profesionales bien pagadas.

Cagney tragó saliva.

—¿Así que tú sí que fuiste a la universidad? —le preguntó.

—Sí.

Cagney asintió lentamente y a Jonas le pareció ver envidia en sus ojos.

—¿Dónde?

—En Seattle —contestó Jonas dándole un trago al café para ganar tiempo—. Le detectaron el cáncer cuando yo estaba en el último año de carrera.

—Lo siento mucho, Jonas. Tu madre era una mujer maravillosa.

—Yo también lo siento —admitió Jonas.

Lo cierto era que necesitaba desahogarse con Cagney, tal y como siempre había hecho, necesitaba contarle todos aquellos años de tratamientos, todas aquellas esperanzas que se habían desvanecido cuando el cáncer había vuelto a parecer, todos aquellos años prometiéndose a sí mismo que tenía que ser más fuerte emocionalmente que su madre.

Todos aquellos años en los que no había tenido a nadie con quien hablar.

Jonas se recordó que Cagney Bishop no era su confidente.

—¿Cuándo murió?

—Hace tres meses —contestó Jonas sintiendo un nudo en la garganta.

—Vaya, hace muy poco tiempo.

—Sí, fue una lucha muy larga.

—Supongo que puedes estar tranquilo. La ayudaste todo lo que pudiste.

—No, eso no es cierto —contestó Jonas apretando los puños—. Apenas estaba con ella, tenía mucho trabajo, tenía que ganar dinero, pero me di cuenta de que el dinero no lo es todo, Cagney.

—Tranquilo, Jonas, no te pongas a la defensiva. Estaba haciéndote un cumplido. Estoy segura de que tu madre sentía que la estabas apoyando. Tan necesario sería estar con ella en el hospital como estar ganando dinero para pagar el tratamiento médico. Sé perfectamente que el dinero no lo es todo.

—Ya, pero te has comprado un edificio histórico de quince mil pies cuadrados —se burló Jonas.

—Sí, lo compré cuando estaba abandonado y el ayuntamiento estaba pensando en derribarlo. Lo compré para salvarlo. Ya sé que no me lo has preguntado, pero lo hice con el dinero que me dio el seguro después del accidente y, para que lo sepas también, tengo una hipoteca tremenda, así que no te atrevas a acusarme de materialista.

A continuación, se hizo un incómodo silencio entre ellos.

Jonas recordó las cosas tan feas que le había dicho unos días atrás. Sabía que había almacenado mucha rabia contra ella durante los años, pero él no era así.

—Quiero decirte una cosa —declaró tras carraspear—. Quiero pedirte perdón por lo que te dije el otro día en el aparcamiento. Por lo que te dije sobre Tad y tus amigos. No suelo ser así de cruel.

—¿Te crees que no lo sé, Jonas?

—Siento mucho lo que les sucedió a Mick y a los otros, siento mucho que murieran. Eso era lo que te quería decir en realidad

—Disculpas aceptadas. Gracias —contestó Cagney—. ¿Te parece que hagamos un alto el fuego? Por lo menos mientras tengamos que trabajar juntos. Tenemos que sacar este proyecto adelante y, si no nos llevamos bien, el que saldrá ganando será el sargento. Otra vez —añadió haciendo una pausa para que las palabras hicieran impacto en Jonas.

—Me parece bien —contestó Jonas—. Por cierto, tu entrada en el pleno del ayuntamiento ha sido increíble. Le has dado una buena lección al sargento.

—Ese hombre no piensa más que en sus venganzas personales, jamás le ha importado el bien de la comunidad. Yo creo que los concejales y el alcalde se habrán dado cuenta. La resistencia que mostraba al proyecto era por ti.

—Me sigue odiando, entonces.

—Odia a todo el mundo, como de costumbre —contestó Cagney poniendo los ojos en blanco—. ¿Por qué te crees que ninguna de sus tres hijas nos hemos casado? No queremos que un hombre así nos lleve hasta el altar.

—¿Deirdre sigue en el FBI?

—Sí, está en Los Ángeles.

—¿Y Terri?

—No lo sé —contestó Cagney con tristeza—. No he vuelto a saber nada de ella desde que se fue de casa hace años.

Jonas alargó el brazo y, para sorpresa de Cagney, le apretó la mano.

—Lo siento…

—Venga, hablemos de cosas más alegres —propuso Cagney haciendo un esfuerzo por sonreír—. ¿Qué tienes pensado para el centro?

Por primera vez en más de diez años, Jonas sintió esperanzas. Si tenía cuidado, podría sobrevivir. Era cierto que Cagney era policía, pero era una buena mujer que no tenía nada que ver con su padre. Era más fuerte tanto física como emocionalmente que la última vez que la había visto, pero seguía siendo cien por cien ella. Ahora tenía una razón para verla constantemente sin arriesgar el corazón. No era mala idea.

—Me gustaría que fuera algo muy sencillo —contestó echándose hacia atrás en la silla—. Colores vivos, muebles grandes y cómodos. Hay unas cosas que parecen vainas de judías gigantes que son increíblemente chulas. Se llaman…

—Pufs.

—¿Los conoces?

—Tengo uno, y es verdad que es lo más cómodo del mundo.

—Además, aguantan mucho. Podemos encargar un material que aguante y que se pueda limpiar bien. Me parecen perfectos.

—Estoy de acuerdo.

—También me gustaría poner ordenadores con Wifi —continuó Jonas.

—Buena idea, no había pensado en ello —sonrió Cagney—. Eso les gustará a los chicos.

—Es muy necesario porque hay muchos chicos a los que sus padres no les pueden comprar un ordenador y los profesores siempre te piden que entregues las cosas a ordenador. Los chicos de las familias que tienen menos dinero juegan con desventaja. ¿Qué más se me ocurre?

—Piensa en cosas divertidas.

—Muy bien. Una televisión gigante para poner películas por las noches, mesas para jugar a diferentes cosas y un karaoke —añadió Jonas—. Tiene que ser un lugar en el que se sientan valorados y queridos, un lugar en el que puedan escapar del peso de… bueno, qué te voy a contar a ti, ya lo sabes.

—Sí, lo sé muy bien —contestó Cagney mirándolo con sus penetrantes ojos azules.

—¿Qué pasa? —preguntó Jonas poniéndose nervioso.

—Eres un buen hombre y no puedes ocultarlo.

—¿Quién te dice que estaba intentando ocultarlo? —bromeó Jonas—. ¿No habíamos dicho que íbamos a mantener nuestra relación en el terreno profesional? Además, si mal no recuerdo, ha sido idea tuya.

—Sí, por supuesto, los cumplidos están completamente prohibidos aunque sean merecidos. ¿Cómo se me ha podido olvidar? Deberías despedirme —bromeó Cagney.

De repente, Jonas se sintió inmensamente cansado, pero decidió hacer un esfuerzo porque, si se ponía a bromear también, lo único que conseguiría sería desearla todavía más y por ese camino no iban a ninguna parte.

—No es que los cumplidos estén prohibidos, Cagney, pero creo que sería mucho mejor para los dos si nos los ahorráramos.

Cagney asintió.

—Tienes razón —accedió tomando aire—. Voy a consultar la base de datos de la policía para hacer una lista de adolescentes de riesgo y así tendremos por dónde empezar. Faith nos puede echar una mano también.

—¿Quién es Faith?

—La hermana pequeña de Mick Montesantos.

—¿Pero qué edad tiene?

—Te recuerdo que el tiempo pasa para todos. Ahora es pedagoga en el instituto y trata con muchos adolescentes problemáticos.

—Vaya —suspiró Jonas dándose cuenta de la cantidad de años que había estado fuera.

En aquel momento, Cagney le hizo una señal a la camarera para que les llevara otros dos cafés.

—¿Te has casado, Jonas? —le preguntó a bocajarro cuando la camarera se hubo ido.

La pregunta lo tomó completamente por sorpresa y tardó un momento en encontrar un tono de voz neutro con el que fingir.

—No, y te estás poniendo personal otra vez.

Cagney inclinó la cabeza y se quedó en silencio.

—¿Y tú? —le preguntó Jonas sin poder controlar la curiosidad y aguantando el aliento.

—No.

Jonas intentó ignorar el increíble alivio que había sentido al oír la respuesta.

—¿Por qué no?

—Quiero que quede constancia por escrito de que tú también te estás poniendo personal…

—Olvida la pregunta.

—No, a mí no me importa contestar a las preguntas personales. De hecho, me gusta que hablemos de nosotros, así que te voy a contestar —le explicó haciendo una pausa—. Yo soñaba con un matrimonio perfecto, con encontrar a mi alma gemela, con tener una vida perfecta y una familia perfecta muy diferente a la mía, una familia en la que se pudiera hablar y soñar y en la que todo el mundo se respetara, pero para hacer realidad esa fantasía tenía que encontrar a un compañero de vida perfecto.

—Y nunca lo encontraste, claro.

—Claro que lo encontré —contestó Cagney mirándolo fijamente—. Pero se fue.

Capítulo 5

TAL y como les había prometido Walt Hennessy, obtuvieron los permisos rápidamente y su relación personal quedó relegada a un segundo plano.

En las siguientes dos semanas, no tuvieron tiempo apenas ni de respirar, pues se las pasaron limpiando para obtener el visto bueno de los inspectores, que, finalmente, les dieron la aprobación de la instalación eléctrica y de la fontanería. A continuación, se instalaron nuevos servicios de chicos y de chicas y una pequeña cocina.

En cinco semanas, todo lo básico estuvo terminado.

Excepto su «relación».

Cagney creía que, al trabajar codo con codo, conseguiría acercarse a él, pero Jonas seguía tratándola como si fueran solamente compañeros de trabajo. Aparecía, hablaba con ella de trabajo, pagaba facturas y no compartía nada de sí mismo.

Aquella manera de tratarla, tan distante, no le gustaba en absoluto y estaba empezando a obsesionarse. Tal vez, tendría que asumir que su momento había quedado atrás, tal vez tendría que crecer y dejar de beber los vientos por un hombre que no existía en realidad, por un hombre que había dejado muy claro que no quería absolutamente nada con ella.

Pero no podía hacerlo.

No podía parar de preguntarse por qué habría vuelto Jonas en realidad a Troublesome Gulch.

Por otro lado, milagrosamente, el sargento no había dado señales de vida. Parecía que los estaba dejando en paz. Sin embargo, Cagney temía que, tarde o temprano, apareciera por algún lado.

Aun así, el lunes se despertó muy contenta. Aquel día tocaba decorar. Jonas le había dejado aquel apartado a ella. Aunque a Cagney le hubiera encantado compartir la elección de colores con él, tuvo que conformarse con recurrir a Faith.

Su amiga estaba encantada y muy involucrada con el proyecto. Muchos de sus estudiantes, por no hablar del hijo en acogida que tenía con su marido, lo iban a utilizar si todo iba bien.

Cagney estaba segura de que con lo que a ella le gustaban los colores y lo que a su amiga le gustaban las revistas de decoración, el centro juvenil iba a quedar precioso.

Así que las dos se dirigieron a la ferretería y eligieron colores y texturas, disfrutando del proceso. Aquel lugar olía a madera. Era un lugar que a Cagney le encantaba porque le recordaba la reforma que había hecho en su casa cuando había comenzado su vida adulta.

Ambas estuvieron de acuerdo en poner planchas de maíz en el suelo porque eran fáciles de limpiar y respetuosas con el medio ambiente y también porque quedaban más bonitas que el linóleo industrial.

—¿Qué te parece este color mandarina? —le preguntó Faith enseñándole una muestra cuando decidieron pasar a elegir el color de las paredes.

Cagney arrugó la nariz. Le encantaba aquel color para su casa, pero no estaba muy segura de si era el más apropiado para un centro juvenil.

—¿No nos limitaría a la hora de decorar?

—¿Pero qué dices? —se horrorizó Faith—. El naranja es el nuevo negro. No seas paleta, por favor. ¿Has visto las aulas últimamente?

—No.

—No, bueno, pues las pintan todas de blanco brillante, como si fuera un hospital, y los chicos salen del colegio sin haber tenido contacto con ningún color y locos por entrar en acción. Lo que necesitan es algo que vibre, algo salvaje y divertido, y eso es lo que debería darles el centro juvenil.

Cagney se rió.

—Está bien, tú eres la experta. Pon la muestra en el montón de «quizás» y ya lo pensaremos.

—Tienes que arriesgarte —insistió su amiga—. Deberíamos elegir colores brillantes, una mezcla funky. Te lo digo en serio. Las paredes son de ladrillo visto y las tuberías también van a quedar a la vista. Así que, si accedieras a poner paredes de colores vivos, el centro parecería un loft y a los chicos les encantaría. Confía en mí.

Cagney se quedó pensativa.

—Está bien —accedió.

A continuación, tras haber dejado fuera todas las combinaciones de blancos y de beis habidas y por haber, pues les parecían que eran las eternas elecciones de los que querían no arriesgarse, hicieron un montón con todos los colores que habían elegido.

—¿Y Jonas no quiere opinar sobre esto? —le preguntó Faith.

—¿Es tu manera nada sutil de preguntarme cómo van las cosas entre nosotros?

—Más o menos —suspiró su amiga—. ¿Qué tal os va?

—Desgraciadamente, no hay mucho que contar. Nuestro trato es cordial y profesional. Algunos días, dependiendo de si se ha despertado con el pie izquierdo o no, ni siquiera es cordial, pero siempre muy profesional. Demasiado profesional. Me estoy volviendo loca. Lleva aquí mes y medio y no he conseguido que se abra. Ni siquiera sé lo que estudió en la universidad. Me dijo que algo relacionado con los ordenadores, pero nada más. En cuanto intento sacar algún tema personal, me corta en seco —se lamentó Cagney—. Estuvimos enamorados, yo creo que tendríamos que ser capaces de por lo menos hablar de cosas como la universidad y el trabajo.

—Preciosa, aunque ahora sea millonario, te aseguro que sigue siendo tu Jonas de siempre. Lo veo en sus ojos cuando te mira.

—A ti lo que te pasa es que eres una romántica empedernida —contestó Cagney poniendo los ojos en blanco—. Esta situación no tiene nada de romántica, Faith. Haga lo que haga, no está dispuesto a hablar de qué ha hecho en la vida en estos doce años y tampoco quiere hablar de nosotros ni de nuestro pasado aunque yo estoy convencida de que una sencilla conversación aclararía lo que ocurrió y haría que nos mostráramos mucho más naturales.

—Oblígalo a hablar.

—Me temo que, si lo agobio demasiado, se irá.

—Entonces, dale tiempo.

—¿Otros doce años? —se burló Cagney—. Estoy cansada de esperar para poder empezar una nueva vida.

—Cagney, tienes una vida maravillosa y amigos que te quieren.

—Ya lo sé, no me refería a eso —contestó Cagney encogiéndose de hombros—. Olvídalo. La verdad es que no quiero seguir hablando de esto. Es una causa perdida.

—Ninguna causa está perdida si de verdad quieres luchar por ella.

—Ya —suspiró Cagney dejando las muestras de pintura sobre la mesa, echándose hacia atrás y cruzándose de brazos—. Mira, al principio, quería que retomáramos nuestra relación donde la habíamos dejado, quería que volviéramos a ser novios, pero ahora me conformaría con que volviéramos a ser amigos porque, antes de empezar a salir, fuimos amigos y lo echo mucho de menos. Si consiguiera que Jonas quisiera ser mi amigo de nuevo, me quedaría contenta.

—Ya —contestó Faith sin convencimiento—. Si quieres volver a ser su amiga, proponle hacer las cosas que hacen los amigos. Podríais quedar para algo que no fuera trabajar y que no tuviera nada que ver con el centro juvenil.

—No puedo. Hicimos un pacto y lo peor es que fue idea mía —se lamentó Cagney.

—Bueno, pues cambias el pacto y ya está.

—No sé si Jonas está preparado.

—¿Lo estás tú?

—Tampoco lo sé. Hay días en los que creo que sí y otros en los que estoy convencida de que no —confesó—. Cuando lo perdí, pasé por uno de los peores momentos de mi vida y no quiero revivir aquello, no quiero volver a perderlo…

—¿Y si no lo vuelves a perder?

—Sé realista. Me ha dejado muy claro que lo que hubo entre nosotros ya no significa nada para él. Odia mi trabajo…

—Como tú.

—Odia a mi padre…

—Como tú.

—No, yo no odio al sargento —contestó Cagney—. Yo sólo… simplemente no me cae bien. Nada bien.

Aquello hizo que ambas se rieran.

—Cagney, lo único que importa es lo que tú quieres —le dijo su amiga agarrándola de la mano y mirándola a los ojos

Cagney no tuvo que pensarlo ni un segundo. Siempre había tenido muy claro lo que quería.

—Jonas. Lo único que quiero es recuperar al Jonas del que estaba enamorada. Ni siquiera sé si sigue existiendo, pero quiero abrir una brecha en el muro que ha erigido a su alrededor aunque me tenga que romper la cabeza.

—Si quieres estar con él, no te queda más remedio que ser tú la que lleves las riendas —le confirmó Faith.

—¿Y cómo lo hago sin que se asuste y se vaya?

—No lo sé. Yo creía que os iba a resultar fácil en cuanto empezarais a pasar tiempo juntos… seguro que encontrarás la manera. Tú siempre has sido muy fuerte.

—¿Yo?

—Sí, tú —insistió Faith.

—Pero si soy la debilidad personificada. Si hubiera sido fuerte, habría mandado al sargento a freír espárragos hace mucho y sería artista y no policía.

—Eso no es cierto. Tu padre te puso entre la espada y la pared cuando estabas fatal y no tenías elección. Te recuerdo que te dijo que te tenías que ir de casa o meterte en la academia de policía. ¿Qué ibas a hacer? Acabadas de cumplir veinte años y estabas deprimida.

—Sí, y así sigo varios años después.

—Aunque no te guste tu trabajo, eres una buena policía.

—¿Y a quién le importa eso? Me dejé dominar y ahora estoy en un callejón sin salida.

—Si de verdad lo quieres, puedes cambiar de trabajo. Tienes toda la vida por delante. Bueno, en realidad, ya estás cambiando. Ahora vas a trabajar la jornada completa en el centro juvenil. Por algo se empieza.

—Sí.

—Cagney, puedes hacerlo. Eres una superviviente. Mira cómo conseguiste que Jonas accediera a trabajar contigo enfrentándolo a tu padre. Eres un genio.

—Gracias, pero no quiero que esté conmigo por la misma razón. Si no quiere estar conmigo, de verdad, prefiero quedarme con mis recuerdos que seguir adelante.

—¿Y si no fuera así?

—Todo indica que no quiere nada conmigo.

—No estoy de acuerdo —le dijo Faith jugando con unas muestras de pintura—. Sé que lo negará siempre, pero todos sabemos que la verdadera razón de que Jonas Eberhardt haya vuelto a Troublesome Gulch es para vengarse de ti. Cree que tú le hiciste daño adrede. Tú y yo sabemos que se equivoca completamente, pero eso es lo que él cree. ¿Entiendes por dónde voy? Nadie quiere vengarse de una persona si esa persona no supone absolutamente nada en su vida.

—Pero me dijo que yo no significaba absolutamente nada para él, Faith. Me lo dijo muy claro.

—Claro. ¿Y qué te iba a decir? ¿Querías que te dijera: «No he podido parar de pensar en ti durante estos doce años»?

—Bueno, no, pero…

—El hombre tiene su orgullo.

—El orgullo no sirve para nada.

—No, pero existe. Ya te perdió una vez y debió de sufrir mucho, así que no creo que esté dispuesto a volver a arriesgar el corazón frente a su primer amor.

—No sé si fui un amor de verdad para él.

—Sabes perfectamente que te quería.

Cagney se quedó pensativa.

—Sí, de acuerdo, me quiso, pero eso fue hace muchos años.

—Y ahora vuelve a Troublesome Gulch y decide quedarse unos meses. Podría haberse ido después de la conferencia de prensa, pero no lo ha hecho. Se ha quedado y está trabajando contigo —insistió Faith mirando a su amiga sonriente—. Creo que eso deja claro que hay algo más aparte del deseo de vengarse de tu padre.

Cagney sabía que su amiga tenía razón, pero no quería hablar con Jonas de aquello, prefería quedarse con la curiosidad que asustarlo.

—Ya veremos lo que ocurre —concluyó eligiendo la muestra de pintura de color mandarina—. La verdad es que me gusta ésta y también me gusta tu idea de darle una apariencia de loft urbano al centro —añadió eligiendo unos cuantos colores más—. Mira, con el ciruela, y estos dos verdes, el pistacho y el jade queda fenomenal, ¿no te parece? No tiene nada que ver con el blanco hospital, ¿eh?

—No, ni tampoco con lo que estábamos hablando. Menudo cambio de conversación.

Cagney sonrió y siguió adelante con el proyecto del centro.

—Quería pedirte una cosa. ¿Qué te parece si les propusiéramos a unos cuantos grafiteros que pintaran la pared de detrás del karaoke? Yo creo que quedaría genial.

—Es una idea estupenda. Tengo unos cuantos chicos en el colegio que son unos verdaderos artistas.

—Estupendo. Quiero a los mejores. Diles que, por supuesto, se les pagará.

—Si hemos terminado de elegir los colores, te dejo porque cierta señorita que yo me sé se va a poner a berrear de un momento a otro —se despidió Faith poniéndose en pie.

—Faith, te he escuchado —le dijo Cagney poniéndole la mano en el brazo antes de que se fuera—. Quiero decirte que te he escuchado con respecto a Jonas y que gracias por escucharme tú a mí.

—De nada. Yo lo único que quiero es verte feliz —se despidió Faith—. Por cierto, a ver si la próxima vez me cuentas tú las cosas y no te las tengo que estar sacando con cuchara.

—Entendido —se rió Cagney.

Una vez a solas, disfrutó del olor a madera recién cortada y se dio cuenta de que, por primera vez en varias semanas, se sentía esperanzada.

Capítulo 6

SIN embargo, la animosidad entre Jonas y ella el día que quedaron para pintar quedó patente desde el principio.

—¿Estás segura de que a los chicos les van a gustar estos colores? —le preguntó Jonas por enésima vez en cuatro horas.

Estaban haciendo rayas horizontales de tres pies a lo largo de toda la estancia. Los preparativos habían sido monumentales y aburridos y a Cagney no le estaba haciendo ninguna gracia que Jonas cuestionara continuamente su gusto artístico.

Antes jamás ponía en tela de juicio sus elecciones artísticas.

«Recuerda que ya no eres una artista», se dijo.

—Si querías elegir tú los colores de la pintura, haber venido a la tienda a dar tu opinión en lugar de poner cualquier excusa —le espetó Cagney mojando el rodillo en el verde jade.

—No estoy poniendo en duda tu elección, pero…

—Eso es exactamente lo que estás haciendo —lo interrumpió Cagney girándose hacia él—. ¡Me has hecho la misma pregunta mil veces!

—Vaya, parece que te has levantado con el pie izquierdo.

—Mira quién fue a hablar —le espetó Cagney furiosa—. Claro que, ¿qué sabrás tú con qué pie me he levantado si ni siquiera has querido subir a mi casa?

—¿Perdón?

—Trabajamos todos los días justo debajo y no has mostrado ningún interés en ver el lugar que tardé dos años en reformar con sangre, sudor y lágrimas. Bonita amistad la nuestra. Menuda broma —se indignó.

—Pero…

—No, si no hace falta que te expliques. Lo comprendo todo perfectamente —le espetó—. No hace falta que hablemos de ello una y otra vez hasta que me explote la cabeza. Entiendo perfectamente que está prohibido que hablemos de nuestras vidas privadas y personales. Sólo podemos hablar del centro, ¿verdad? Muy bien, pues fenomenal. Hablemos del centro. Me dijiste que eligiera los colores de pintura y eso fue lo que hice. Si no te gustan, te aguantas. Preferiblemente, en silencio, por favor —concluyó girándose de nuevo hacia la pared, dispuesta a volver a pintar.

—Cag…

—¡Déjame en paz!

Jonas se quedó mirándola con la boca abierta.

—Voy a por un café —anunció Cagney—. Estoy hasta las narices de todos los hombres de mi vida. Os creéis que podéis imponerme vuestras normas —añadió yendo hacia la puerta.

Jonas se acercó a ella y la tomó del brazo.

—Espera un momento. Lo siento. Es cierto que hoy no hemos empezado muy bien. A mí también me cuesta —le explicó.

—Porque tú quieres —le dijo Cagney más calmada—. No tendría por qué ser así, ¿no lo entiendes?

Jonas dudó.

—No podemos fingir que nunca estuvimos juntos y que nunca nos quisimos. Es una idiotez. Estoy harta de hablar de cosas superficiales todos los días. Quiero hablar contigo de verdad, quiero hablar de la vida y de cosas importantes, como solíamos hacer —añadió poniéndole la palma de la mano en el pecho y sintiendo la imperiosa necesidad de apoyar la cabeza en su hombro—. Si no puede ser, prefiero que no hablemos. Tú tienes tus condiciones y yo las mías.

Jonas se quedó en silencio y la sorprendió retirándole un mechón de pelo de la cara. Era la primera vez que la tocaba desde que había vuelto y Cagney se quedó sin respiración. La atracción que siempre había habido entre ellos seguía allí.

—Mira, los dos tenemos mucho trabajo y muchas presiones, así que te propongo que nos tomemos un café y descansemos un rato. Así, podremos hablar.

—¿Hablar de verdad?

—Claro que sí. No tenemos mucho tiempo, pero vamos a hablar. Ya voy yo a por los cafés.

Cagney sonrió encantada.

—Fenomenal. A mí me gusta…

—Sé cómo te gusta el café, Cagney —le aseguró Jonas.

A continuación, salió por la puerta y Cagney se quedó sola, sonriendo como una tonta.

Así que Jonas sabía cómo le gustaba tomar el café.

Así que iban a hablar.

Borracha de felicidad, se puso a bailar hasta que, cansada, se dejó caer en el suelo y se quedó mirando el techo. No había reformado aquel espacio porque siempre había soñado con montar allí su estudio de pintura, pero lo que estaba haciendo era todavía mejor porque lo estaba haciendo con Jonas. Estaban construyendo algo juntos.

A lo mejor, podría dar clases de dibujo a los niños. Se suponía que aquel centro juvenil iba a trabajar estrechamente con el ala de terapia artística del hospital.

Cagney sintió una profunda emoción. Tal vez, después de todo, hubiera posibilidades de llevarse bien con Jonas e incluso de que pudiera surgir algo romántico de nuevo entre ellos.

Cagney cerró los ojos y se imaginó haciendo el amor con él en aquel preciso lugar. Lo había deseado durante tanto tiempo que no pudo evitarlo. Se vio a sí misma desnuda, tumbada sobre el suelo de planchas de maíz, dejando que años y años de deseo se apoderaran de ella, acariciando la piel desnuda de Jonas.

¿Y por qué no? Tal vez pudiera convencerlo. Eran adultos y podían hacer lo que quisieran. Además, las ventanas del edificio estaban tapadas con papel marrón porque estaban pintando, así que no los vería nadie.

En cualquier caso, el riesgo de que alguien pudiera sorprenderlos la excitaría todavía más. Cagney sentía todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo bailando de deseo cuando oyó que se abría la puerta.

—Qué rapidez —dijo abriendo los ojos e incorporándose sobre los codos.

Inmediatamente, la fantasía quedó congelada y Cagney se puso en pie rápidamente.

—Sargento —saludó sintiendo que el corazón le latía aceleradamente, como si su padre la hubiera sorprendido haciendo lo que estaba imaginando—. No sabía que ibas a pasar por aquí hoy.

Su padre, de mal humor como de costumbre, se apoyó en el marco de la puerta y se quedó mirando a su alrededor como si fuera un burdel.

—¿Para esto te paga el departamento de policía, para estar tumbada en el suelo en lugar de trabajando?

Ni siquiera le había dado los buenos días. Como de costumbre.

—Para que lo sepas, llevamos trabajando desde las seis de la mañana —contestó Cagney cruzándose de brazos—. Y, por las noches, yo me suelo quedar hasta tarde. En cualquier caso, no tienes derecho a juzgar mi trabajo.

—Juzgo lo que me da la gana porque trabajas para mí, así que contesta a mi pregunta. ¿Se puede saber qué hacías tumbada en el suelo?

—Hemos hecho un descanso para tomar un café.

—Pues yo no veo café por ninguna parte —se burló su padre con sarcasmo.

—Jonas ha ido a comprarlo —le explicó Cagney.

—Oh, qué bonito, Jonas ha ido a por café —se burló el sargento entrando y paseándose, mirando las paredes—. ¿Y estos colores tan horribles?

Cagney sintió que la furia se apoderaba de ella y decidió que no la iba a reprimir. Desde que había comenzado con aquel proyecto se sentía más fuerte que nunca.

—Estos colores los hemos elegido para que les gusten a los chicos. Esto es un centro juvenil, no una cárcel, y la decoración la elijo yo. ¿Qué quieres, sargento?

—¿Cómo que qué quiero? Este edificio está en mi jurisdicción y puedo entrar aquí cuando me dé la gana.

—No, te recuerdo que estás en mi casa —contestó Cagney levantando el mentón en actitud desafiante.

—Ahora es del ayuntamiento, desde que se te ocurrió entrar en el pleno a humillarme y a ofenderme como hija y como empleada.

Así que era eso.

—No te humillé en ningún momento. Te humillaste tú solito. Te equivocaste aunque no lo quieras admitir.

—No me hables así.

—Te hablo como me da la gana —le espetó Cagney—. Tú te atreves a entrar aquí sin avisar y a criticar mi trabajo, así que yo te digo lo que pienso.

Su padre se quedó en silencio, mirándola estupefacto.

—Claro, desde que has vuelto a ver a ese chico, de repente, vuelves a ser poco respetuosa y quieres hacer lo que te dé la gana.

—No sé si te habrás dado cuenta, pero tengo treinta años y Jonas, también, así que ya no somos unos chicos. Aquí el único que no muestra respeto por los demás eres tú.

—El respeto hay que ganárselo, Cagney —le dijo su padre para herirla.

—Qué irónico viniendo de ti —le espetó Cagney irritada—. Por cierto, si recuerdas bien mis años adolescentes, te darás cuenta de que nunca te falté al respeto. De hecho, me arrepiento de haber sido tan sumisa, de no haberme parecido más a Terri. Claro que ya no soy una niña. Pero nada de esto tiene nada que ver con Jonas. Soy yo y sólo yo —le aclaró con las mismas palabras que había empleado muchos años atrás.

—No tendría que haberte permitido que compraras este lugar —le dijo su padre mirándola de arriba abajo como si no valiera nada—. Te crees que puedes hacer lo que te dé la gana.

—Por supuesto que puedo hacer lo que me dé la gana porque es mi vida —contestó Cagney—. En cualquier caso, no podrías haber hecho nada para impedir que comprara este edificio porque el dinero era mío y me lo gasté en lo que me dio la gana —añadió elevando el tono de voz—. No soy de tu propiedad y nunca te he pedido nada.

—Olvidas que ese dinero llegó a ti porque me desafiaste —contestó el sargento riéndose con crueldad.

—¿Cómo dices? —le preguntó Cagney confusa.

—Si no me hubieras desafiado, jamás te habrías montado en ese coche con tus amigos y las botellas de alcohol que habías robado de casa.

Cagney no se podía creer que su padre siguiera recordando aquello después de tantos años. Después de lo que había ocurrido, los padres de los demás habían mejorado la relación con sus hijos. Él, no.

—Exacto. Habría estado con Jonas. A salvo.

—Sí, con el vestido por la cintura y las bragas en las rodillas, que es lo que quieren los chicos como él.

—Me das náuseas —le espetó Cagney—. No tienes ni idea de cómo era mi relación con Jonas.

—Di lo que quieras, pero yo sé que hice lo que debía. La culpable de todo lo que pasó eres tú. Tú mataste al pobre Tad Rivers por egoísmo y tendrás que vivir con ello.

Cagney sintió que el dolor y la rabia se apoderaban de ella. Le temblaban las manos y el corazón le latía desbocado.

—¡Yo no he matado nunca a nadie! —gritó iracunda—. Tú me obligaste a salir con él.

—¿Y también te obligué a conducir borracha?

—Sé perfectamente que hubieras preferido que me matara en el accidente —lo acusó—. ¡Vete ahora mismo de mi casa! ¡Y no vuelvas!

—¡Ten cuidado con lo que dices! —le gritó el sargento acercándose a ella hasta que sus rostros quedaron a pocos milímetros de distancia.

En aquella ocasión, su padre se había pasado de la raya. Si creía que la iba a acobardar, estaba muy equivocado.

—¡Vete al infierno! Fuera de aquí. ¿Qué pasa? ¿Por qué no te vas? ¿Acaso me quieres pegar? Venga, adelante. Me encantaría que montaras un escándalo así.

—Ya estoy harto de ti.

—Pues lárgate —insistió Cagney gritando mientras le temblaba todo el cuerpo—. Estaba trabajando y me has interrumpido. ¡Vete ahora mismo! ¡Fuera!

Jonas oyó los gritos desde la calle y comenzó a correr dispuesto a tirar la bandeja con los cafés y los bollos.

Al llegar a la puerta, se paró en seco y miró a Cagney y a la persona con la que estaba discutiendo, que no era otra que su padre.

—¿Qué ocurre? Se os oye desde fuera.

—Vaya, mira quién está aquí —se burló el sargento.

—¿Estás bien? —le preguntó Jonas a Cagney ignorando a su padre.

Cagney negó con la cabeza.

—No te atrevas a insinuar que le he hecho daño a mi hija.

—No lo estoy insinuando. Lo estoy afirmando —contestó Jonas en absoluto intimidado—. Sé perfectamente que le has hecho daño en incontables ocasiones y que eso no te ha impedido dormir como un angelito porque eres un bastardo que lo único que quiere es…

—Jonas, no le hagas ni caso —le dijo Cagney—. El sargento ya se iba.

—Yo no he dicho en ningún momento que me fuera a ir —la contradijo su padre.

Jonas miró a Cagney y se dio cuenta de que su padre tenía que haber dicho algo horrible porque estaba pálida y llorosa.

—Ya has oído a la señorita. Vete ahora mismo, Bill. Tenemos que trabajar —le dijo abriéndole la puerta.

—¿Y si no quiero irme, a quién vas a llamar? ¿A la policía? —se burló a pesar de que era obvio que le había molestado que Jonas lo llamara por su nombre de pila.

—Un hombre que de verdad tiene poder no necesita amenazar a los demás.

—Yo creo que un hombre de verdad no vuelve a un pueblo en el que nunca lo quisieron —le contestó el jefe de policía, que no estaba acostumbrado a que nadie lo retara y que estaba rojo de indignación.

—¡Ya basta! —gritó Cagney—. Jonas, no le hagas caso.

—Fuera de aquí, canalla asqueroso —le dijo Jonas—. Tus palabras no me hacen daño y, en cuanto a tu hija, creo que ya la has torturado bastante.

El jefe de policía se acercó a la puerta y se giró hacia su hija.

—No te olvides de lo que te he dicho —le dijo desde allí antes de irse.

Jonas cerró la puerta con llave en cuanto el jefe de policía hubo salido y, a continuación, dejó la bandeja en el suelo, se acercó a Cagney a toda velocidad y la miró a los ojos.

—¿Qué te ha dicho? ¿Estás bien?

No, no estaba bien. Estaba pálida y tenía la mirada perdida. Aunque iba en contra de las normas establecidas, Jonas la tomó entre sus brazos y le acarició la espalda. Cagney estalló en lágrimas. Mientras la consolaba, Jonas intentó no darle importancia a que su pelo oliera a pera y a vainilla, intentó no percatarse de cómo sus curvas se acoplaban perfectamente a sus ángulos.

Qué maravilloso era volver a tener a Cagney entre sus brazos.

Pero era imposible.

—Me ha acusado de haber matado a Tad por egoísmo. Como si yo no me sintiera suficientemente culpable ya.

Jonas cerró los ojos y siguió acariciándole la espalda y el pelo.

—Tranquila, todo eso fue hace mucho tiempo. Olvídalo, Cagney, y olvídate también de tu padre. Se ha ido.

—Pero volverá. Siempre vuelve —se lamentó Cagney—. Mi vida es un desastre por su culpa. Ya sé que es ridículo. Tengo treinta años, pero me tiene paralizada.

—¿Por qué dejas que sea así?

—No tengo elección. Yo solita me metí en la trampa. Supongo que estará encantado. Es mi jefe y tengo una hipoteca y unas responsabilidades. La única relación que tengo con él es profesional. Corté mi relación personal con él hace mucho tiempo. Por eso, no veo a mi madre todo lo que quiero. Es el precio que tuve que pagar —le explicó con tristeza.

—Pues a mí me parece que te controla la vida mucho más allá de lo meramente profesional —recapacitó Jonas.

—Sí, bueno, ya le conoces. Intenta, efectivamente, meterse en otros aspectos de mi vida. Siempre ha intentado controlarme.

—¿Has considerado la posibilidad de irte de Troublesome Gulch? A mí me fue muy bien.

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