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Comenzaron a verse por las mañanas mientras sus hijos se encontraban en la escuela y su marido trabajando. Tomaban café y conversaban sobre temas triviales. Estar cerca ya les valía por una bitácora de recuerdos truncos. Eventualmente y como era de esperarse, las cosas se fueron complicando, sobre todo al reencontrarse con aquellos labios en los que encastró a la perfección, siendo ellos dos las únicas piezas de una historia que jamás debieron de haberse perdido en algún ático inaccesible.


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A Gabriel, mi cartógrafo, y a Juana, mi sismógrafo.

Porque no podría ser de otra manera.

Lo terrenal, aquello que nos enraíza a lo habitado, no está exento de un repentino cimbronazo.

Cuando esta percepción se convierte en realidad, se la denomina sismo, terremoto.

Deriva del latín terraemōtus, a partir de terra, “tierra”, y motus, “movimiento”.

Movimientos rápidos y violentos de la superficie terrestre, provocados por perturbaciones en el interior de la Tierra.

Accionar desencadenado.

Sería sencillo, y hasta apetecible, creer que una vez sucedido, todo acabó.

Pero más tarde asoman las réplicas, temblores consecuentes encargados de readecuar la corteza terrestre, en torno a la falla en que se dio el sismo principal.

Consecuencias del accionar desencadenado.

Aquel era el único sitio en el que el olor a pasto se percibía distinto.

No había manera de que alguien allí pudiera disfrutar de la frondosa y prometedora naturaleza que asomaba tímidamente para dar inicio a la incipiente temporada estival.

Los pasados meses habían resultado devastadores y, a pesar de todo, allí parecía comenzar a renacer la vida.

Menuda ironía, aunque tendría sus motivos para ser considerado suelo sagrado.

Cada noche el guardia hacía sus rondas poco antes de la hora de cierre y no había vez en que no se topara con aquella silueta debajo del roble europeo, inmóvil, observando un punto fijo en la insípida lápida de suelo.

La intriga finalmente llegó a su clímax entrada la madrugada. Con una pequeña linterna reflejó el cemento gris. Era de las comunes y corrientes, sin bordes esculpidos ni flores talladas. Como cada vez que deducía que se había tratado de una muerte joven, con un gran pesar, se hizo la señal de la cruz.

Siempre había sido creyente, pero mucho más desde que trabajaba allí.

Giró, decidido a regresar a su puesto, imaginando qué sería de la vida de aquella jovencita cuya vida le había sido arrebatada. Pocos segundos lo separaron de recordar su caso. Después de todo, no había canal de noticias o periódico en el que no hubiera aparecido.

Juliet Atwood, a quien cada noche la visitaba una sombra.


RÉPLICAS, POR LA DOCTORA AUDREY JORDAN
Stowe, Vermont, a once años del caso Juliet Atwood

Todos somos culpables.

Construí esta hipótesis luego de trabajar durante diez años con el cuerpo policíaco. Si bien nunca llegué a unirme a ellos bajo el ala de una insignia, mi carrera viró hacia un camino alternativo aunque complementario.

Existe una inmensidad tal vez más oscura que la previsible; en ocasiones cobra presencia con el único objetivo de atormentarnos. Esto se acentúa cuando la noche aciaga impide alcanzar la claridad necesaria para decidir qué clase de persona somos, o querríamos ser.

Los recuerdos del pasado, como fogonazos sin previo aviso, aparecen con el único e indudable cometido de torturarnos, a medida que la esperanza de cualquier tipo de futuro se licúa rápidamente, dando lugar a agua estanca, densa y plagada de microorganismos.

Dicen que venimos a este mundo para cumplir cierto karma; otros, los menos creyentes, lo ven desde el punto de vista más orgánico posible. Llegamos, respiramos si tuvimos suerte, vivimos, morimos, también en algunos casos, si tuvimos suerte.

Pero también hay un grupo que le busca el sentido a las cosas, los divergentes que afirman que nuestras acciones fabrican, indefectiblemente, consecuencias. Hoy o mañana, tal vez incluso dentro de años. Finalmente, me incluyo en este.

Son pequeñas o grandes réplicas a posteriori de un temblor. Basta un cimbronazo que remueve nuestras placas internas y, en algunos casos, hasta podría hacerlas caer. Todo depende de cuán sólida se halle construida la base.

Pero aquel no se trata del único momento en el que nuestra realidad se modifica. Por el contrario, se transforma en el instante en que un nuevo mecanismo activa la rueda cuesta abajo y no hace más que ganar velocidad, hasta estrellarse. Réplicas.

Y estas no dan tregua. Un buen día de nuestro pasado, sin haber podido preverlo, provocamos el sismo que la activará más adelante.

Con el correr de los años llegué a dudar de mí misma. De mi profesión. Esa que asevera que la maldad no existe, que todos los seres humanos venimos cuerdos y sanos, y que son las historias pasadas las que nos erosionan al punto de llegar a convertirnos en monstruos.

Hoy debo decir que ya no lo creo de ese modo. Las acciones son las que nosotros llevamos a cabo, las réplicas modifican.

Puedo asegurar que la maldad existe, yo la vi directo a los ojos y logré finalmente desviar la mirada. Pero no todos lo logran, no es tarea fácil evitar caer en la tentación.

Veamos el caso de Bobby Church Morgan, alias Alex Jacksonville.

Él no se trató de una mala semilla, más bien se encontraba absolutamente corroído por su historia y a causa de otras personas que habían sembrado lo que él, desde luego, había cosechado. Una clara réplica.

Ahora pasemos a Ben Atwood.

Al día de la fecha, todavía no pude encontrar el acontecimiento que desencadenó su accionar. Mi hipótesis se encuentra inconclusa. Hasta tanto no encuentre tal evidencia, no podré confirmar si se trató de otra réplica, o en este caso, del mismísimo sismo.

Mi madre decía que las acciones siempre generan consecuencias.

Cada uno de nosotros probablemente sea culpable de algo a lo largo de toda su vida, directa o indirectamente. Cuando ese sismo ocurre, la acción en sí, tal vez ni siquiera lo notemos. La problemática se da cuando las réplicas comienzan a hacerse presentes más tarde, debajo de nuestro suelo.

Y diez años atrás, las réplicas de Gibraltar Lake aparecieron para cobrarse una por una, las acciones del pasado.

“BIENVENIDOS A
GIBRALTAR LAKE”



GIBRALTAR LAKE

AUDREY JORDAN
Lunes 13 de mayo, 19 h

<La necesitamos aquí de inmediato>.

<Es chiste, puede ser dentro de quince o veinte minutos>.

...

<¿Jordie, te encuentras bien?>.

<La cena está lista, los niños te están esperando>.

...

...

<Audrey, comienzo a preocuparme>.

Mi nuevo presente azotó la placentera velada en soledad. Una vez más, Leanne y sus miedos irracionales se entremezclaban con el croar de criaturas que sabía que estaban allí aunque prefería no ver, o peor aún, pisar.

¿Qué terrible acontecimiento podía pasarle a una en Gibraltar Lake? El tono que decidí otorgarle a su escrito, intrigante y rayando en lo dramático, me dio risa.

<Lo siento, Percott, estaba pasando el rato en el lago y perdí la noción del tiempo, ahora mismo voy en camino>.

Pocas cosas evocaban en mí tal vértigo como el agua del lago al caer la noche. Escalofríos sin fundamento. Esto me ocurría desde niña, solo que recién ahora mismo podía ponerlo en palabras. Aquel reflejo azabache antinatural sobre lo puramente cristalino me transformaba en una persona incapaz de concebir la naturaleza con total optimismo.

Aun así se las arreglaba para mantenerme cautiva, de tal forma que ni siquiera escuchase el intenso resonar de los mensajes entrando.

El excesivo cuidado de Leanne no daba tregua desde mi vuelta, me tenía de aquí para allá. Mi amiga se volvía una real apasionada cuando se trataba de hacerme sentir cómoda…, tanto, que terminaba logrando el efecto contrario. Todavía no me había permitido tomar una habitación en el Pine Lake y cuando parecía estar a punto de disfrutar de un rato libre a solas, se aparecía en el marco de la puerta con dos copas de vino.

Por momentos me hacía pensar que no solo se estaba haciendo su agosto del tiempo perdido, sino que me utilizaba como herramienta evasora de cualquier posible interacción con Todd, su marido. Normalmente él se acostaba alrededor de las diez y ella subía después de las once.

No decía nada, pero yo bien sabía que estaba asegurándose de que ya se encontrara dormido.

Cerré mis ojos forzando la conexión natural con el ecosistema que sentía y olía, y un pájaro en su vuelo nocturno me trasladó hasta la isla nuevamente, con su sirena tan típica. ¿Sería que ya no pertenecía aquí? Tampoco a Manhattan.

Juré que el quiebre de alguna rama a mis espaldas fue lo que activó el flujo de mi sangre algo recalentada, haciéndome girar de golpe. El escenario del lago y el momento de la noche creaban la fórmula perfecta para que alguna pareja de veinteañeros se escurriera sigilosa a hacer de las suyas. Yo misma había estado allí. Souvenirs mentales.

Claro que ahora mismo el protagonista de mi reminiscencia se encontraba felizmente comprometido. Beatrice ostentaba su anillo de medio pelo por todo el pueblo. Por mi parte, me había convertido en algo parecido a un ninja suburbano desde mi último arribo. Y era de los buenos, puesto que todavía me encontraba ilesa de todo cruce con él.

Una vez más, el crujido aparentemente fundado en mi psiquis. Nadie. Ni antes ni ahora. El viento buscaría correrme de allí, pero era más fuerte el poder que ejercía la quietud del lago. “Wendy, estoy en casa”.

Que se sentía así no cabían dudas, con sus remolinos viscerales marcando el tiempo, la baja aunque conectada calidad de mis pensamientos. Más bien una de esas casas de las cuales toda una vida se soñaba con escapar. Familiar aunque incómodo, más que una astilla imperceptible clavada en la planta del pie.

Toda esta escena frente a mis ojos colmados de pasado se alimentaba de la sátira de mi vida. Cuántas imágenes había allí. Entre algunos sauces que buscaban agua, las pequeñas piedras que se entremezclaban con otras más medianas, provocaban que el paso a medida que nos acercábamos a la orilla fuera para algunos pocos valientes. Y el aroma. Eso sí que era otra historia. Por mucha fuerza que hiciera para sentir el olor a tierra mojada, se anteponían los mentolados frutos caídos, la humedad del musgo y el frío vapor que parecía tener identidad propia.

Tomé una fotografía y se la envié a Cole. Me respondió enseguida. Lo único que teníamos de forma palpable en común Craighton y yo era la conexión con Gibraltar Lake y el cariño por su gato. Enseguida le pregunté por él. Hacía un mes que no lo veía, ya comenzaría a extrañarme.

<¿Qué hace mi amigo peludo Rourke?>.

<Tackery Binx está muy bien, Jordan. ¿Cuándo vuelves? En la estación preguntan por ti a menudo> y aquí vamos. Su última declaración trepanó mi esternón de lado a lado.

Durante todo el año transcurrido, Cole no había descansado hasta dar con algunas partes de la historia, un auténtico rompecabezas. Su romance había sido breve, pero el afecto, profundo, y el amor, eterno. Luego de algunos estudios logramos confirmar lo más temido y sospechado: que Juliet en verdad era hija de Ben Atwood, aunque no mi hermana, puesto que era yo, en tal caso, la que no correspondía al linaje.

El resultado trajo más calma que incertidumbre a mi vida. Por primera vez el no pertenecer no me debilitaba y, por el contrario, me engrandecía.

Ahora el interrogante orientaba su reflector hacia el seno materno. No había pista alguna de quién había llevado en el vientre a Juliet, como tampoco ningún testigo.

El último eslabón terminaba, naturalmente, en Gibraltar Lake, donde todo había comenzado. Al menos para las dos.

Dudé tanto que alcancé a rozar mis raíces, pero no, no había sido mi madre la suya, ya que por supuesto no titubeé en chequearlo. Si iba a estrellarme contra la verdad lo haría de una vez y por todas. La practicidad de lamer heridas era absoluta primacía.

Así fue como mis viajes allí se volvieron cada vez más cotidianos.

Comenzó pocas semanas después de la resolución del caso Bobby Church Morgan, Alex, Nicholas, para los íntimos. Luego de viajar para Año Nuevo y no llegar a obtener información de mi padre. Del real. Desde aquel entonces en Manhattan no lograba funcionar con normalidad. La ansiedad se apoderaba de mí a menudo, esa necesidad de comprender un poco más, de martillar los escalones de mi ADN con el único objetivo de fortalecer mi identidad.

Así que luego del episodio de Rowena Hardy decidí comprar un único boleto de ida. Por ahora lo mejor era que él lidiase a solas con sus asuntos, estar en el medio le jugaría en contra durante el juicio. Rowena había decidido ir por todo en su vida y el hecho de que entre nosotros pareciera comenzar a nacer algo incierto, aunque estridente, no ayudaría. Las cosas eran mejor así. Audrey Jordan en Gibraltar Lake y Don Hardy en la isla. La distancia como un proyectil, mapa mediante.

Me subí a la SUV Mercedes GLC de alquiler que estos días usaba por allí y encendí el motor. Leanne me había alertado acerca de reservar coche antes de viajar, pero mi necedad le ganó al orden y así terminé, con un vehículo más propio de Kanye West que de Audrey Jordan.

Y así, mientras me perdía por la ruta interna, comenzaba a desencadenarse uno de los contrafácticos que no podré probar jamás, ya que de ninguna forma podría haber previsto la atrocidad que comenzaría pasada la medianoche a pocos metros de mi postal.

Manejé hasta casa de Leanne y al estacionar en la explanada exterior, el reflejo de Todd a través de la ventana me obligó a respirar hondo.


LA CHICA DAY
Lunes 13 de mayo, 19 h
(Réplica #1)

Deseaba creer que su ruptura no había sido por esa otra. Que lo que habían tenido había sido real y no una simple revancha o, peor aún, las sobras del banquete de sus mejores años.

Lo persiguió hasta allí y a pesar de lo que profesaba en sus libros, entrevistas en programas de televisión y hasta en algunos artículos del Times, comenzó a seguirle los pasos. Prefería saber la verdad de una buena vez y no quedarse con el entripado de un quizás, de esos que solo apretaban mas nunca ahorcaban. Para el caso, lo mejor sería saberlo todo y dejar ir aquella historia a fin de regresar a California en un pedazo. Rota, pero pegada y de pie.

Si había algo que jamás dejaría que se viera al echarle una rápida ojeada, eso sería a una Lesley hecha añicos. La coraza era tan gruesa que se había convertido en una a prueba de balas, cosa que definitivamente había sido aquello, todo un tiroteo, y ella inflando su pecho en el frente de batalla sin chaleco.

Debió saberlo, si ellos siempre habían sido el uno para el otro.

Bastaba con mencionarla al pasar, aunque de manera intencional, para que el semblante de su hombre se encendiera casi instantáneamente. La hacía perder los estribos, sobre todo el hecho de que ni siquiera intentara disimularlo. Repetía sus días inmersa en la firma de un acuerdo implícito en el que estarían juntos, sí, aunque no completos. Al menos no él, que en cuerpo aparentaba sólido mas su alma parecía evaporarse en el éter. Conformismo. Y para el caso, por momentos habría preferido que no la quisiera, que un buen día soltara que se iría de allí en busca de su verdadero amor.

Hoy comprobaba que efectivamente todo ese tiempo la pieza que le había faltado a su hombre radicaba en el maldito Gibraltar Lake.

La noche en que lo encontró no sucedió demasiado. Mientras que por la ventana se lo observaba leyendo un manual del máster, ahora a distancia, ese que había comenzado presencial en California, la jovencita Darcy Andrews pasaba por la cuadra y al verla escondida entre los arbustos agitó su mano burlona.

Pequeña idiota, pensó. Solo se la conocía en el pueblo por ser la hija mayor del alguacil y la primera familia inclusiva en toda el área.

Luego se encargaría de ella y así se ahorraría formar parte de habladurías innecesarias. Aunque, pensándolo mejor, no creía que una joven como ella fuera de las que salían corriendo a tuitear algo así. Más bien todo lo contrario. Se la veía oscura y retraída. Probablemente no tendría demasiados amigos y los que sí le dirigían la palabra ni siquiera sabrían lo que significaba Lesley Day.

Finalmente, pasada la medianoche, Liam apagó la luz, se fue a acostar y eventualmente ella, luego de luchar cuerpo a cuerpo con su ego destruido, arrastró sus pies hasta la habitación del Pine Lake.

Al mediodía siguiente supo que se encontraría en Maverick’s, el bar & grill que solían frecuentar todos cuando estudiaban, época en la que ellos dos todavía se encontraban a años luz de tener algo, aunque su esperanza brillara reluciente, tal como los ojos de una niña.

Un alerta en su teléfono activó el nuevo recorrido que haría ese día. Tenía el entripado de que su ex no solo había vuelto al lago por trabajo. Y muy a su pesar, esa misma tarde terminó por confirmarlo.

El ocre de un firmamento que solía disfrutar en la costa oeste de vez en cuando, al mirar por la ventana, ahora se convertía en el ominoso mural de fondo contra el que chocaría. La verdad como un fogonazo encandilador. Esa que siempre había sabido esconder, pero que al mismo tiempo nunca se había atrevido a destapar, como si se tratara del cajón del desorden: todos tenemos uno, pero no por ello es grato abrirlo para contemplar el desastre.

Liam se encontró con Leanne en algún punto perdido del bosque que unía el pueblo con el lago. Ambos apagaron las luces de sus respectivos coches y luego ella bajó para caminar sigilosa hasta la camioneta de su hombre, porque así todavía lo sentía, suyo. Le hirvió la sangre y acto seguido, caliente y oxidada, chorreó desde una herida que jamás había terminado de cicatrizar.

Respiró, contó hasta diez, luego hasta veinte. Irrumpir en aquella escena solo la habría hecho quedar como una lunática buscando venganza. Y si había algo en lo que ella jamás caería, y mucho menos por un hombre, era en la locura. Lo de la venganza estaba por verse. Nadie rompía a Lesley Day más de lo que ella misma había hecho todos estos años.


AUDREY JORDAN
Martes 14 de mayo, 20.30 h

La carretera recién asfaltada luego de absorber el calor del día provocaba que al entrar en contacto contra las llantas del auto, estas se sintieran como quien camina con zapatos de goma sobre un área en donde se acaba de derramar un refresco con azúcar.

Mientras que en la radio sonaba “Runaway”, si cerraba mis ojos todavía podía sentir en diferido el ardor que recorría cada uno de mis músculos y acto seguido escuchar el irritante “Jordan, se queda atrás” del sargento Michael Cantabric. Habían pasado seis meses, pero el hecho de haber fracasado en la Academia de Policía me torturaba hasta la médula.

Si bien había gozado de un pasado deportivo bastante activo, esta era otra historia. Actividades de riesgo, cuerpo al fango, saltar por sobre unas cuantas llantas de camión. Definitivamente demasiado para Jordan, sobre todo para una de treinta y cuatro. Pero Hardy me había dejado en claro que de no completar mi entrenamiento no podría entrar a trabajar con ellos, y en eso se mantenía firme, sobre todo porque de otra manera jamás podría portar un arma.

Ciertamente, todavía no terminaba de entender si aspiraba a ello. Tenía mis reservas respecto al tema armamentista y sus resoluciones, pero para participar activamente de su escuadrón no me quedaba otra opción que esa. Y así yací, durante meses, suspendida en el aire, colgando de una soga a metros de un suelo de materia dudosa.

Retorné a casa aquel viernes de noviembre, con los músculos entumecidos y luego descansaría dos semanas hasta volver a ingresar. No regresé nunca más.

La última vez que había hablado por teléfono con Cole se lo podía escuchar algo cansado y esto bien podría atribuírsele a su duelo por Juliet, aún. Craighton siempre sería Craighton, aunque ahora se encontraba levemente reblandecido por Jordan. Había pasado casi un año desde aquella locura de haberme hecho pasar por la doctora Esther Morgan, de la muerte de la muchacha Atwood y de haber comprobado por mis propios medios que efectivamente podía dormir con el enemigo sin haberlo siquiera notado.

De todas formas, aquellos acontecimientos me habían traído hasta aquí y no renegaba de ellos, no así como de Cantabric y su forma tan peculiar de rugir mi apellido, algo de lo que podría haber prescindido.

Comencé a viajar a Gibraltar Lake a menudo. Y no me llevó demasiado tiempo darme cuenta de que dar con el paradero de mi verdadero padre no resultaría una tarea sencilla.

Esta última vez me había costado un poco más. Imagino que se debió a tener que marchar justo cuando parecía que lo mío con Don podía llegar a anudar amarras en algún puerto recóndito.

Volvíamos de la fiesta de retiro de Perkins, mi viejo héroe urbano. Se fatigaba a menudo y los doctores lo alertaron acerca de una arritmia, así que en pos de gozar de la buena vida había decidido mudarse con su esposa a la Florida. “Ya basta de cemento, bocinas y locura”, decía algo agitado cuando alguien le preguntaba si estaba seguro de tan rotundo cambio.

Y sí que tenía razón, yo también me habría ido a la Florida sin dudarlo. Claro que esas cosas nunca se me daban. Audrey Jordan parecía estar circunscripta a Manhattan, específicamente al West Side, y por más que ahora disfrutara de estos recreos mentales, espirituales y casi físicos con Hardy, debía escurrirme cada tanto en dirección a Gibraltar Lake, algo parecido al limbo.

Tal como acostumbraba, caballeroso se ofreció a llevarme a casa. Dijo que era demasiado tarde para que anduviera sola. La tensión venía en creciente desde el acontecimiento de los Winstor. Resulta que había habido un triple homicidio en una escuela elitista ubicada en el costado este del Central Park, y, si bien todavía no podía ser parte de su equipo, me sumaron en calidad de psicoanalista forense.

La realidad era que, fuera Esther o Audrey, el trabajo en el pasado lo había hecho yo misma, y algo de mí les habrá gustado, aunque en el fondo buscaba creer que todo eso se trataba de una excelente excusa que el jefe Hardy había articulado para mantenerme cerca. Así que poco a poco me rendí a esta idea y como consecuencia, nos fuimos acercando.

Los Winstor eran unas de las familias más adineradas de la isla, y su hijo, el principal sospechoso. A través de nuestros interrogatorios llegamos a resolver el caso. Para sorpresa nuestra, de la prensa y hasta de su propia madre, el asesino no se había tratado del hijo, sino del padre.

Parece ser que el señor Winstor disfrutaba de corretear a las compañeras del colegio del joven Bryant hasta terminar por dejar embarazada a una de ellas. Sus amigas comenzaron una serie de chantajes que enfurecieron tanto a Richard Winstor que hicieron que terminara enviando a eliminar todos los cabos sueltos.

Y así seguían sumándose víctimas, casualmente mujeres, inmersas en cierto dominio masculino, hijos del poder, sin escapatoria.

En la academia compartía habitación con una tal Jane Doe. La muchacha era de tan pocas palabras que recién supe su verdadero nombre al irme. De todas formas, poco a poco fui confirmando que algún problema personal tendría, ya que era a mí sola a la que había decidido ignorar sin razón.

Jane Doe era de rasgos orientales, pero hablaba con la fluidez de un nativo. En varias oportunidades la había visto interactuar de manera entusiasta con algunos jóvenes cadetes, así que ese no era un problema para nuestro vínculo, de haber considerado un posible choque cultural idiomático.

Imaginé que su malestar radicaría en la diferencia etaria. Mientras que ellos eran jóvenes y activos, yo parecía su madre... Bueno, no es que fuera para tanto, si les podía llevar entre doce y diez años con suerte. Quizás una de esas tías errantes.

–Qué gusto verte hoy, espero que tengas un buen día. –Jane me miró como si acabase de volverme loca–. Gracias, tú también, Audrey –seguí respondiendo sola–. Oh, eres una dulzura, Jane. –Y salí con el pequeño nécessaire entre mis manos hacia los vestuarios, dejándola petrificada.

Si ella tenía el total impudor de no dirigirme la palabra, al menos me divertiría a sus costillas.

Al estacionar en la entrada de la casa de Leanne, sonó mi teléfono. Era Don.

Mientras observaba el pequeño ícono verde, mi mente se ancló en nuestro último encuentro antes de partir. Es que así como por momentos parecía ser un lord creado a la imagen y semejanza de una obra de Kate Morton, por otros tenía el poder de hacerme sentir por fuera de los parámetros delicadamente estipulados.

Había pasado por la comisaría con el objetivo de dejar el papeleo correspondiente de mi nuevo rol externo y luego de informarle que me ausentaría por unas pocas semanas, me pidió conversar al terminar la jornada.

Como era de esperarse, aplacé mi permanencia allí hasta tanto él terminara de trabajar. Cuando finalmente lo vi venir, Rowena apareció.

Una vez más, la desgracia del pasado se hacía presente para derrumbar cualquier propósito que albergase la idea de un futuro.


SEÑORA FISHER
Martes 14 de mayo, 20.45 h
(Réplica #2)

Inmersa en la penumbra violácea del anochecer, aquel breve paréntesis entre la despedida de los últimos atisbos del día y que la noche se cobrara su merecido y esperado protagónico, Greta Fisher se encontraba sentada a la mesa.

La madera lustrada y perfectamente labrada por ebanistas en los comienzos de 1900 databa de una época en la que sus bisabuelos solían hacer gala de pertenecer a una de las familias más acaudaladas del lugar.

Claro que más tarde sus padres se gastarían casi toda la fortuna para dejarla a ella, madre soltera, con aquellos muebles como únicos bienes tangibles.

Cierta perversa culpa la atormentaba cuando fantaseaba con deshacerse de ellos con el único fin de llevar comida a la mesa. Probablemente se trataría de una nueva cosecha de la siembra que regó el discurso materno, ese mismo que la martirizó cuando apareció embarazada de cinco meses después de haberse ido en busca de su destino, exactas palabras que empleó antes de cerrar aquella puerta de un golpe, provocando un vibrato en la tripa de sus progenitores. De su madre más que de su padre. O eso parecía. El señor Fisher se había vuelto experto en ocultar emociones; en toda su vida, Greta jamás había logrado sacarle algo que no fuera un cumplido formal o una mirada de desaprobación cuando, según él, la merecía, siendo esto último lo que más prevalecía.

No tuvo más remedio que parir y criar a su niña en la vieja casa Fisher, siendo el precio de que a esta no le faltase nada, el mismo que pagaría en carne propia hasta la muerte de su padre y más tarde de su madre.

Remordimientos los había de sobra, ya que en el fondo encontrarse sola con la pequeña Erin supuso un gran alivio en sus vidas, aunque el cargo de conciencia se plantara suculento. Eventualmente se las arregló para salir adelante, educarla de la mejor manera posible y hasta llegar a conseguir esa beca que sentó el precedente sobre el camino bifurcado en la suerte de los Fisher hasta aquel entonces.

Lo que no vio venir, desde las frescas épocas de incondicional entrega, valor y paciencia, era que Erin nunca llegaría a cumplir aquellas metas que por momentos parecían ser más deseadas por ella que por su hija.

La joven desapareció la noche de un incierto septiembre, diez años antes.

No hubo rastro alguno que alegase un posible secuestro, menos aún evidencia de lo que podría haber sido un homicidio, así que dieron por cerrado el caso luego de convenir que la joven había huido. De todas formas, en la estación podrían dormir tranquilos por la noche, mas Greta nunca lo creyó así.

Erin podía ser una adolescente rebelde, a veces hasta un poco más de lo que había sido ella misma, pero su vínculo era genuino. Ni en uno ni en mil años podría haber querido escapar. Ni siquiera se trataba de querer creerlo, sino de una intuición que partía desde sus vísceras hasta terminar en un clásico cosquilleo en las coyunturas de sus dedos. La había cargado en su panza por poco más de nueve meses, conocía cada uno de sus rincones sin necesidad de espiar sigilosa. Recorría junto a ella cada viraje y hasta podría haber anticipado sus cambios de ruta.

Y en eso Erin había sido consecuente. No buscaba un cambio lejos de su madre. A la niña se la habían arrebatado.

Greta se sentaba a la mesa cada anochecer mientras en silencio recorría mentalmente el caso. Quien la observara desde afuera a través de uno de esos coloridos vitreaux jamás podría haber decodificado la calma solapada que creía aparentar. Su inteligencia se encontraba subestimada por un nivel y tipo de vida que nunca llegaban a estar a la altura de su real perspicacia.

Una gran tempestad azotaba su interior; siempre se la percibía inquieta, aun encontrándose inmóvil. Incluso en el pueblo hacía tiempo que un grupo de malintencionados había comenzado a tildarla de ermitaña e insana.

Pero Greta estaba más cuerda que nunca y si de algo estaba segura, era de que eventualmente lograría dar con el o los responsables de lo sucedido.

Golpearon a la puerta, pero no titubeó en tomarse su tiempo para pararse y caminar con lentitud hasta el hall de entrada, echar un vistazo al retrato del recibidor en donde aparecía la foto escolar de Erin a sus doce años, con sus paletas todavía separadas y algo de incipiente acné. Enganchó con su dedo el único llavero que colgaba de la pared y recién ahí dio al cerrojo.

El instinto, quizá, parecía haberla refrenado y posteriormente susurrado al oído que se demorara cuanto le fuese posible, pues a partir de ese momento todo cambiaría para convertir su realidad en un eterno purgatorio, con justa razón.

El alguacil Andrews, preparado para lo que vendría, se había colocado el sombrero a la altura del esternón. El muchacho que lo acompañaba era la primera vez que lo hacía. Se encontraba nervioso y miraba hacia el suelo con los ojos más saltones que de costumbre, aunque nadie terminaría percatándose de él.

Era vasta la historia entre la señora Fisher y Andrews como para sumar nuevas caras, y por cierto tampoco es que hiciera falta.

Greta clavó sus ojos en los de Robert. Este, que hacía algún tiempo que no la veía, se impresionó al ver que el paso del tiempo en ella había hecho estragos. O tal vez debía adjudicarse a sí mismo el hecho de que una señora de cincuenta y unos pocos se encontrara derrotada.

No hubo necesidad de declaraciones. A esta altura y luego de un cumplido período de incertidumbre, la noticia se absorbía por los poros.

Así se mantuvieron en silencio por unos instantes y para cuando el cielo se encontró absolutamente teñido de negro, dejó escapar un grito desesperado, permitiendo que sus rodillas se quebraran en ese mismo zaguán en el que había esperado, durante diez años, a que Erin regresase.

Porque ahora el cierre era definitivo, ya no habría lugar para la esperanza, para el “qué tal si”, incluso para un temido secuestro que intentaba no mencionar en voz alta, pero que aun así albergaba la ilusión de su hija con vida.

Erin no regresaría jamás. Y todo ese tiempo que muchos creerían que borraría todo y alentaría la resignación, no hacía más que agigantar su dolor.

Tomó una decisión. Ahora mismo una única cosa la ayudaría a levantarse. La misma inercia que nace desde el motor interno y que se alimenta únicamente de la sed de venganza.


AUDREY JORDAN
Miércoles 15 de mayo, 00.15 h

Una acalorada discusión entre Leanne y Todd la noche anterior puso el punto final a mi tolerancia en aquella casa, alentándome a tomar coraje y salir de allí.

Llamé al Pine Lake y enseguida reuní mis cosas para escabullirme durante aquella marejada ajena, pero que podría salpicarme de un momento a otro. Aparentemente, Leanne había olvidado que esa semana tendrían la cena de la empresa de él, dejándole el terreno liso y llano, listo para despotricar contra lo poco que le interesaban sus cuestiones formales.

Manejé despacio por entre algunos bancos de neblina característicos de aquella época del año. El árbol de Eugene seguía intacto, firme y robusto, tal como lo recordaba. Sonreí al rememorar mis andanzas cuando escapaba de casa para treparme a él junto a Jayden y Grace; y enseguida volví a posar la mirada en el camino.

Hacía tiempo que no me dirigía hacia aquel lado del pueblo, más bien años. Solíamos escaparnos con Ezra alguna noche para cambiar de escenario y, en efecto, varias fueron las ocasiones en las que fantaseamos con comprar el pequeño establecimiento y asentarnos allí.

De tan solo imaginarme llevando toallas calientes a la habitación número siete me recorrió un escalofrío, o tal vez exprimiendo naranjas al alba para que ningún huésped nos sorprendiera en ascuas. Permítanme morir aquí, entre música funcional y karma.

Al ingresar, el cencerro que colgaba de la puerta de madera rústica sonó. Un joven detrás del mostrador levantó su mirada y enseguida le pregunté por la dueña.

–Me temo que la señora Günther falleció el pasado septiembre.

Noté la incomodidad de tener que recitar un obituario en el muchacho pálido y esmirriado, aunque inofensivo. De otra forma hubiera salido corriendo de allí sin mirar atrás. Demasiada vida real superando la ficción había minado mi confianza en el mundo y, si bien lo trabajaba a menudo en terapia, todavía me costaba creer en la bondad de los desconocidos.

Caminé en línea recta con la llave de la habitación cuatro en mano. Todo se encontraba igual a como lo habíamos dejado. Los marcos rectos albergando láminas falsas de Matisse, el papel verde estampado de la pared que asombrosamente se mantenía en perfecto estado y hasta la mancha oscura en la madera del suelo justo delante de la puerta tres. Los recuerdos arreciaron y yo estaba allí para recibirlos, con nada más excepto mi alma, cual náufrago cuya balsa se acababa de romper sin tierra firme a la vista.

Giré sabiendo la respuesta de antemano, aunque a la expectativa de que una daga voladora se clavara en nuestra historia.

–Disculpa… –leí su nombre bordado en la camisa–, Jerry. –El muchacho sonrió incrédulo–. ¿Quiénes son los nuevos dueños?

–El nuevo dueño. Es uno solo. Al dejarnos Ottilia Günther, el señor Ezra Portland ha comprado el lugar.

Sonreí de costado y esta vez no volví a mirar atrás.

A la mañana siguiente, me sorprendieron los insistentes golpes de un puño no tan fuerte, aunque impaciente. Luego de recapitular la última noche y terminar de situarme en el tiempo y espacio del Pine Lake, caminé hasta la puerta.

Greta Fisher se encontraba parada del otro lado, con su cabeza gacha, la espalda algo curvada y al mirarme, noté también sus ojos extremadamente hinchados.

En las buenas épocas, Greta supo ser amiga de mi madre. Recuerdo que se reunían en noches de semana a beber algunos tragos cuando eso suponía un acto revolucionario. Erin era más pequeña que yo y en aquel entonces unos pocos años parecían dividir territorios entre las jovencitas. Así que yo solía quedarme en mi habitación, mientras la niña jugaba alrededor de nuestras madres.

–Pasa, Greta, por favor. ¿Acaso ha ocurrido algo?– La acompañé con mi brazo.

–Audrey, te necesito.

–Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Es Erin?

De la antigua señora Fisher quedaban migajas. De esa cuya valentía inspiradora había contagiado a mi madre, incluso hasta terminar por tomar la decisión de mudarse a Manhattan. Es que, sin previo aviso, su vida había oscurecido de golpe como quien se muda a Noruega en noviembre.

Su hija Erin había desaparecido hacía diez años de la noche a la mañana. Se esfumó sin dejar rastro y esto, como era de esperarse, despertó una serie de interrogantes en Gibraltar Lake. El caso fue cerrado prontamente, catalogado como huida. Parece que no tardaron en encontrar testigos que aseveraran que la muchacha Fisher no veía la hora de echar polvo por la 34, país arriba.

En aquel entonces ya me encontraba en la universidad, así que si bien el caso nos tocó de cerca, no lo suficiente como para ser interrogados. Se había tratado del fin de semana de escapada a la cabaña de los tíos de Ezra, ese en el que Frederick había terminado por apodarse “Go Go” y Leanne había intercambiado miradas tan prometedoras como infinitas con Liam.

La mujer parecía llorar con toda su alma, era ese tipo de tristeza que no da tregua alguna. Recién luego de algunos minutos, pudo explicarme todo lo sucedido la noche anterior.

–Inservibles. Eso son. Un puñado de buenos para nada. Nadie hizo nada. Mi pequeña estuvo todos estos años colgando de...

Sus palabras parecían buscar su sitio a fuerza de codazos. La abracé. Cuando logró recomponerse nuevamente agregó:

–Audrey, querida, conocí a tu madre y sé lo mucho que te amaba. Ella ha sido de las pocas que creyó en mí. Ahora te pido que tú también lo hagas. Ayúdame a resolver quién fue. Sé que eres policía ahora.

–No lo soy. Solo suelo trabajar con ellos.

–Bueno, pues, esta vieja conocida necesita que trabajes con ellos aquí, en Gibraltar Lake. ¿Lo harás?

Mierda. Lo haría, claro que lo haría.

–Iré a ver a Andrews. Él siempre ha sido como de la familia, seguramente pueda compartirme el expediente. –Y ahí hice lo único que no debía, desde ningún punto de vista...–. Llegaremos al fondo de esto, Greta. –Promover falsas expectativas.


LEANNE PERCOTT
Miércoles 15 de mayo, 9.30 h
(Réplica #3)

A esa altura, ya había preparado dos lancheras y despedido a los niños rumbo al colegio. Como era de esperarse, aquella mañana Todd le dio vuelta la cara cuando siquiera intentó decirle algo.

Los días de su matrimonio se encontraban contados. Ella lo sabía. Él también. No por ello se la haría más fácil. Ella lo había digerido. Él ni siquiera comenzaba a saborear el amargor. Nunca había dejado de ser aquel muchacho con los mismos impedimentos emocionales, el que había conocido aquel otoño en el que, luego de que Liam se puso a salir con otra chica, abandonó cualquier esperanza de ser correspondida. Claro que más tarde habían tenido su oportunidad, diez años antes, aquel septiembre de 2009. Pero eso también duraría poco, ya que de manera abrupta su vida terminaría por tomar el rumbo definitivo, cuesta abajo.

Ignoraba si lo que más rabia le causaba era el hecho de haberse conformado o de haberse casado por culpa. Nadie sabía su secreto, ni siquiera Audrey, que era quien más la conocía. Por dicho motivo la reiterada sensación de vértigo a sus espaldas la trasladaba a los segundos previos de un aterrizaje forzoso.

Las mujeres poseen la enorme capacidad de delimitar un continente de memorias pura y exclusivamente para sí mismas, y eso hizo. Así como disfrutan de ir acompañadas por sus amigas hasta el cuarto de baño, esto no se trataba de una noticia que se habría compartido batido de cerezas mediante.

Audrey podría haberla comprendido, pero conociéndola, más tarde la habría presionado para hacer lo correcto. Y ella, por más que siguiera cargando aquel yunque sobre sus hombros, no habría podido de otra forma. Prefería hipotecar su vida junto al enorme chalet de dos plantas, cálido hogar para un gélido matrimonio.

Cosa que hizo durante muchos años, lo correcto. Por los niños y para corresponderle a Todd. Pero todo había cambiado hacía algunas semanas, luego del retorno de Liam a Gibraltar Lake. Las cosas se habían puesto patas para arriba o tal vez se encontraban más derechas que nunca.

Comenzaron a verse por las mañanas, mientras sus hijos se encontraban en la escuela y su marido, trabajando. Tomaban café y conversaban sobre temas triviales. Estar cerca ya les valía por una bitácora de recuerdos truncos.

Eventualmente y como era de esperarse, las cosas se fueron complicando, sobre todo al reencontrarse con aquellos labios en los que encastró a la perfección, siendo ellos dos las únicas piezas de una historia que jamás debieron de haberse perdido en algún ático inaccesible.

De todas formas, no fue tarea sencilla. Sus encuentros se encontraban empapados de deshonra, debiendo incluso viajar al pueblo contiguo para que no los vieran. Nadie más lo sabía, pero hacía poco Leanne se había llegado a escapar de su casa en mitad de la noche. Y no estaba orgullosa de haber besado antes a sus hijos.

Pero siempre volvía. Jamás podría no haberlo hecho. Imaginaba, o mejor dicho, se aferraba al deseo de que las cosas tarde o temprano se resolvieran, esperaba que de la mejor manera y, a esta altura, creía que ya había cumplido una condena completa sin posibilidad de apelación, por lo sucedido diez años antes.

Apagó la televisión y cerró los ojos por un momento para respirar hondo y sentido.

Hacía quince horas que había hablado por última vez con él y ahora su teléfono se encontraba apagado. La noche anterior no habían podido verse y eso la tenía intranquila. Lo desconcertante era que Liam nunca se desconectaba, más aún en épocas en las que alguno de sus proyectos de construcción se encontraba a medias. Abrió los ojos y le echó un vistazo al calendario familiar. Tenía hasta las dos para dar con él, luego debía buscar a los niños, pasar por el mercado, llamar a Audrey para disculparse por lo de la noche anterior y concertar con Darcy Andrews el cuidado de sus hijos para la noche del viernes, cuando tendrían la cena de la empresa de Todd. Por otro lado, aquel día Todd llegaría temprano a casa, una razón más para contactarse con Liam mientras la claridad del día apañara su mejor coartada.

Bebió el último sorbo de café, dejó la taza en la cocina y subió a bañarse, esperando que una vez más el agua barriera toda la carga invisible que parecía haberse hecho carne de su persona.


AUDREY JORDAN
Miércoles 15 de mayo, 10 h

Para cuando llegué a la comisaría, el pueblo se encontraba en el punto más álgido de actividad. Había olvidado que las cosas en Gibraltar Lake eran tan distintas de las de la isla. Mientras que aquí las personas cortaban sus rutinas para descansar por la tarde, Manhattan ni siquiera lo hacía de noche, cuando se suponía que la naturaleza indicaba en rigor que, de una vez por todas, ya era hora de cerrar los ojos.

Al poner un pie en el suelo, percibí esa familiaridad en el aire que antecede al nudo en el estómago. Enseguida escuché un chistido y cuando giré, lo vi venir caminando hacia mí: Ezra, suelto de palabras y realizando movimientos que se percibían mucho más ágiles y livianos que antaño. Abrió sus brazos y la satírica imagen me capturó. Si lo que ese joven buscaba era un abrazo, esquivaría su cuerpo en un acto heroico de dignidad.

–Audrey, nuevamente entre nosotros.

Nosotros. Esperaba que no se refiriera a él y Beatrice, ya que resultaría bastante indecoroso.

Mantuvo la distancia, perturbando la ensoñación de mis promesas. Pueblo chico, infierno grande, pero mayor sería el escándalo de su prometida si las malas lenguas le hacían llegar la realidad distorsionada de nuestro breve y desinteresado encuentro.

–Así es, pareciera que el lago siempre vuelve a arrastrarme. Ni que tuviera un afluente.

Reí sola puesto que, como era de esperarse, Ezra no terminó de entender el chiste, y junto al golpe de la puerta del auto que se cerraba, levanté mi mano para enseguida ingresar a la comisaría.

Una parte de mí habrá subestimado el férreo acto de ayudar a Greta, puesto que aquel lugar no era más que un arsenal de tormento en mi pasado. El mismo banco de madera ahora brillante y que, a pesar de su reciente barniz, se trataba del mismo que me había alojado por largas horas mientras mi madre declaraba aquella fatídica noche en la que nuestra vida dio un vuelco de esos que tienen el poder de revertir todo lo conocido hasta el momento.

En aquella época todavía vivíamos en el pueblo contiguo, pero como Andrews había tomado el caso por ser un buen conocido de mi madre desde siempre, fue en Gibraltar Lake que se dio el desenlace.

De hecho, la última vez que había visto a Ben Atwood era allí mismo, cuando la caravana de policías y agentes vino a buscarlo. Pasó caminando frente a mí, esposado y con el semblante endurecido. Esa fue la única ocasión en la que llegué a conocer la verdad de su alma, luego de la bruta salpicadura de realidad que acababa de empaparme.

Tomé aire, recordé todo lo trabajado este último tiempo en terapia.

Audrey, eres adulta y tu vínculo con Ben Atwood consta del simple y ficticio recuerdo de lo que podría haber sido. Tu padre biológico es quien realmente importa. Enfócate. Basta. Eres mucho más que tu historia. Patrañas...

Divisé a Andrews detrás de un escritorio y enseguida me acerqué. Al levantar la vista y encontrarme, percibí su alegría.

–Luces igual a tu madre –fue lo primero que dijo.

–Menos mal –reí forzadamente hasta culminar en un sonido parecido al de un puerco.

–Lamento mucho lo que sucedió con Mary Ann, lo supe al poco tiempo por Leanne.

Bajé la cabeza. Todavía me hacía ruido hablar de mi madre con el mismo cariño que le había tenido toda mi vida. Aún no sabía realmente qué conclusión sacar de ella, su historia y, sobre todo, sus mentiras.

–Sí, una verdadera tragedia.

Andrews me rozó el brazo y de golpe esa familiaridad intangible se hizo presente. Su calidez conmovía. El mundo contaba con algunas personas que no tenían un ápice de maldad y este hombre era una de ellas. Intenté salir de la tensión emocional.

–¿Cómo están los niños?

–Más desvergonzados que nunca. Isaac comenzó la escuela este año y Darcy es la niñera de Leanne...

–Lo supe. Me alegra que sea ella quien cuide de los niños.

–Bueno –bufó–, no sabría decir con certeza quién cuida de quién… –Sonreímos al mismo tiempo–. En fin, imagino que no solo viniste a saludarme.

–Imaginas bien. Por mucho que anhelaba verte, estoy aquí en calidad profesional. –Andrews automáticamente se paró bien erguido y prestó atención–: Greta Fisher.

Bajó la mirada al suelo, percibí su incomodidad. No era de esas personas cuyo trabajo y vida personal pasasen por carriles ajenos.

–Vino a verme esta mañana –continué–. Me pidió que leyera el expediente y ayudara en lo que pudiera.

–Mira, Audrey, querida, el caso ya fue tomado por los federales, no hay mucho que podamos hacer.

–No importa –lo interrumpí suavemente–; se lo prometí, cualquier dato será valorado por ella, lo sé.

Andrews suspiró y luego hizo un ademán para que lo acompañara a la sala de reuniones.

–Oficial Spike, por favor, ¿sería tan amable de traernos el expediente del caso Fisher?

Revisé minuciosamente hoja por hoja. La autopsia se encontraba en curso, pero hasta ahora sabíamos que la joven había pasado por un infierno antes de morir. Había conocido a Erin poco pero lo suficiente como para que sus fotografías me erizaran la piel. No todos los días una acostumbraba a ver los restos de alguien con quien alguna que otra vez había cruzado una palabra, una sonrisa o simplemente la emoción viva de tan solo una mirada.

–La encontraron unos jóvenes que intentaban filmar un video para volverse famosos o algo así. –Egos de niños heridos con pocos problemas como para ocuparse de ellos–. Parece que a mitad de camino de un rapel improvisado, dieron con el hallazgo.

Todos esos años, Erin Fisher había quedado sujeta a dos cuerpos rocosos, producto de una falla en el acantilado. El carnaval que se armó fuera de la comisaría, sumado a los federales pisándoles los talones, no les dejó más opción que analizar en pocas horas lo sucedido.

No obstante, al tratarse de un cadáver con diez años de descomposición, el cuerpo forense podría trabajar con un ojo abierto y otro tuerto a juzgar por el estado y las causas posibles de muerte.

Poseía golpes letales que bien podrían deberse a la caída. Lo que al momento no se sabía con seguridad era si había caído por accidente o bien había sido empujada.

Finalmente, pudieron confirmar que el deceso se había producido estando inmovilizada allí abajo, en el medio de la nada, la misma noche de septiembre en la que yo me encontraba junto a Ezra cubiertos por una manta rancia que hasta el día de hoy la recuerdo y pica. Esa noche, una joven moría. Una más y contando.

La recordaba como una jovencita atractiva. Los genes Fisher traían consigo cierta gracia, una que estos días Greta había terminado de vapulear por completo. Pero aún así, avejentada, mucho más de lo que su edad real transparentaba y en pleno duelo, seguía siendo una mujer que llamaba la atención. Tampoco es que fuera tan mayor, de seguro que era más joven que mi madre.

Una puntada en la sien me sorprendió. Revivir el crimen de Juliet ahora de mano de la familia Fisher definitivamente no sería bueno, pero debía cumplir con mi promesa.

Mi teléfono vibró y aproveché a atender rompiendo el silencio de aquella pequeña sala.

–¿Cómo estás?

–Ocupada, pero dime, ¿cómo está todo allí?

–¿Estás bien?

–Supongo…

–¿Qué pasa, Jordan?

–Sabes que no me gusta que me llames por mi apellido.

–Perdóname, quise acompañar la solemnidad de tu voz.

Rio y su afonía natural me recordó lo mucho que lo extrañaba.

–Necesito tu ayuda –dije sabiendo que a continuación lograría ubicarlo una vez más en la perfecta tensión que solía odiar.

Escuché su respiración honda y finalmente habló:

–Dime.

A los pocos minutos llegó la noticia a la estación de Gibraltar Lake, en la cual Don Hardy firmaba mi permiso de participar del caso Fisher para lo que pudiera ser útil.

<No te vayas a quedar allí, Betty>.

<Que no te quepa la menor duda, no bien pueda salir de Gibraltar Lake, lo haré>.

Decidí no preguntarle por Rowena y el juicio. Además, sabía de primera mano que tampoco le gustaba hablar de ello.

Un joven oficial se acercó y me ofreció un café –negro, por favor–. Seguí leyendo el expediente hasta dar con un detalle que capturó mi atención. Siempre observa los detalles, Audrey. Podía escuchar el eco de Craighton.

Erin llevaba consigo un bolso que cruzaba su abdomen y que todavía se conservaba en gran medida a pesar de los años a la intemperie. Era el único objeto en mejor estado que sus restos, desde luego.

Aquel bolso marrón de cuero gastado contenía su teléfono, algo de dinero, un pasaje de autobús con California como destino y dos mudas de ropa, lo suficiente como para vivir algunos días fuera de casa hasta tal vez establecerse.

Aparentemente, Erin se iría de allí y su madre no conocía esta decisión, ya que, de haberlo sabido, lo habría mencionado cuando el caso todavía se encontraba fresco. Por el contrario, Greta continuaba jurando y perjurando que su hija jamás se habría fugado, sino que se la habían quitado.

Le solicité al oficial que trajera las cajas de evidencia, pero como era de esperarse, se encontraban en manos de los federales, que trabajaban en el hotel de la ciudad de Tucson, no muy lejos de allí.

Decidí ir a echar un vistazo a sus pertenencias y, en efecto, probar si mi suerte de principiante se mantenía intacta.

Saliendo de la comisaría me topé con Leanne y nos miramos con extrañeza.

–¿Qué haces aquí? –dijimos casi al mismo tiempo y luego eché a reír, pero esta vez ella no me acompañó.

–Vengo a hacer una denuncia. –Bajó la voz y me apartó del corredor de entrada–. Es Liam. No aparece por ningún lado.

–¿Y tú crees que es una buena idea involucrarte en esto? ¿Qué demonios, Leanne?

–Audrey, por favor, solo te pido que no me juzgues.

–No lo hago, te cuido de Todd.


DARCY
Miércoles 15 de mayo, 18.30 h
(Réplica #4)

-Continúa, querida, suena estupendo. Pero siéntate más erguida.

Darcy cesó el bailoteo certero de sus dedos sobre las teclas de marfil, sintiendo una vez más el bochorno que le cargaba su madre. Hacía tiempo que el simple hecho de escuchar su voz la paralizaba, y si a eso se le sumaba el gesto de placer fingido, como si flotara por algún jardín secreto rodeada de querubines, el rechazo cobraba protagonismo. “El piano es mi amigo, un confidente que calma mi rabia”, se repetía a menudo y sobre todo, bajo aquel techo.

Ser hija de Queeny Andrews era realmente sofocante y valía por dos vidas y dos muertes elevándose al cielo sin objeciones.

–Hacía mucho tiempo que no tocabas.

Robert fue la campana que salvó la situación. Se asomó segundos después de que su esposa e hija hubieran escuchado su entrada. El arma ya se encontraba descargada y guardada bajo llave, costumbre que había adoptado desde que los niños habían nacido. No fuera cosa que por culpa de la inocente tentación infantil sucediera una tragedia inigualable. Ya en la sala se quitó el cinturón y la placa, que dejó en la pequeña mesita de apoyo de siempre.

–Enseguida cenaremos –anunció Queeny y se marchó hacia la cocina al son de sus medianos tacos cuadrados. Darcy no entendía por qué motivo su madre vestía como una condenada madama si vivían en un suburbio de Colorado y pertenecían a la clase social “familia del alguacil”.

Queeny Andrews adoraba competir por dar de qué hablar: por la delicadeza en cada mesa al invitar a alguien a cenar, por su tipo correcto de dirigirse a cualquier persona haciéndola sentir inferior, sin haberla disminuido.

A lo largo de los años había articulado para ella y su familia una realidad que no habrían podido alcanzar de otra forma más que en su imaginario. Pero claro, cuando las cosas aprietan, por algún lado algo se escurre, así que Darcy, en este caso, era la grieta que no solo provocaba filtración, sino que la ponía en jaque constantemente, desafiando y exponiendo su vida de utilería. Adornos de porcelana de segunda, portarretratos cuyos marcos vistos de lejos habrían pasado por plata y tapizados cosidos a mano por ella, con las mejores telas obtenidas en una liquidación por cierre hacía años.

–Sigue tocando, dale una alegría a tu viejo padre.

–No estás viejo, estás gordo –bromeó la muchacha cuando su madre ya no estaba presente para reprenderla, o agregar algo que arruinara el momento.

Darcy no comprendía cómo su padre, un hombre tan común y corriente, pero sobre todo sencillo y buena madera, había terminado casado con su madre. Claro que seguramente habría sido el típico caso en el que el bonachón e inexperto muchacho de golpe se da cuenta de que una de las bellezas del pueblo se interesaba en él.

Y así fue: Queeny lo quería, más bien lo adoraba. Si bien sus formas de demostrarlo solían ser nulas a los ojos de sus hijos, que bien podrían haberla confundido con una niña novia de Kirguistán, lo hacía. A pesar de causarle gracia la comparación, no se permitió esbozar una sonrisa. Desde que había firmado aquel formulario de amnistía y junto a ello, descubierto la terrorífica realidad que esas pobres mujercitas vivían a diario, supo que algún día llegaría a ser alguien lo suficientemente influyente como para hacer algo.

La cena estuvo lista en pocos minutos, Isaac bajó haciendo chirriar la vieja escalera y, como siempre, recibiendo una mirada de desaprobación de parte de su madre. De todas formas, esto pareció no importarle. Darcy cerró la tapa del piano de cola que había heredado de su abuela paterna y sus pensamientos de revolución se fueron diluyendo como sucedía siempre que permanecía cerca de su madre durante más de quince minutos.

–Hoy pasó Audrey Jordan por la comisaría –comentó Robert en la mesa. Su esposa levantó la mirada inmediatamente y Darcy sonrió de costado, mirando el plato. Isaac por supuesto que ni se dio por aludido–. Va a participar del caso Fisher. –Queeny bufó y enseguida Robert agregó–: Greta fue a verla, estaba desesperada.

–Y no es para menos –sumó Darcy.

–Tú, niña, calla.

Una mirada cargada de repulsión fue envuelta y entregada a su madre, que terminaba crucificada en su imaginación.

Robert se dirigió a Darcy:

–¿Hay algo que quieras saber del caso, cariño?

–No, papá, gracias por preguntar.

Volvió a mirar a Queeny, pero esta vez no fue correspondida. Grafismo ilustrado de toda una vida creciendo en aquel hogar partido exactamente por la mitad.

–Bueno, era de esperarse que las cosas terminaran así para la joven Erin, ¿no? –continuó hablando sola cuando vio que ni su esposo, ni sus dos hijos le seguían la corriente–. A las niñas malas eventualmente les termina sucediendo algo, no siempre tan...

–Oh, Queeny, por favor, ¡ya basta!

Darcy trató de esconder la altanería que en ese instante cubría todo su rostro. Eran pocas las veces que Robert ponía a su esposa en su lugar, pero cuando lo hacía, contaba con absoluta razón.


AUDREY JORDAN
Miércoles 15 de mayo, 20 h

Manejé hasta Tucson con el afán de lograr revisar la evidencia encontrada junto a los restos de Erin Fisher. Para cuando llegué, me dijeron que el equipo se había ido detrás de una pista y ninguno se encontraba en el hotel, así que emprendí mi vuelta, no sin antes dejarles mi tarjeta de contacto y un mensaje dirigido al jefe del operativo.

Leanne vendría al hotel para explicarme la parte que claramente me estaba perdiendo de toda esa historia. Al menos había logrado que aquella mañana no hiciera una denuncia, que, de seguro, tarde o temprano le traería consecuencias en casa.

Una de mis aristas, esa que izaba todas las mañanas la bandera de la libertad, se alegraba de que finalmente se hubieran animado a estar juntos, aunque segundos más tarde y conociendo su real presente, algo me decía que aquello no traería más que un ciclón tropical en el firmamento.

El joven de la recepción me abrió la puerta con una sonrisa.

–¿Ahora cierran, eh? –Me mordí el labio inferior a sabiendas de que para un pueblo tan pequeño como ese, que hallaran un cuerpo era casi lo mismo que el terrorismo para las grandes ciudades.

–Por su seguridad –respondió “Fido Dido” ensayando un discurso fresco.

–Probablemente en breve llegue...

Me interrumpió antes de que pudiera completar la frase:

–Su amiga Leanne Percott ya se ha anunciado, la espera en la sala de estar, señora Jordan.

–Gracias. –Di algunos pasos, pero no pude contenerme. Giré y le dije–: Y, niño... –sus ojos redondos gritaron por clemencia–, soy señorita.

“Humanizar al adulto”, se denomina en la jerga. Una de las tareas más complejas es hacerlo con nuestros propios padres, claro que en caso de saber quiénes son ellos. Cuando humanizamos a un adulto, lo dotamos de sus luces, pero también de sus sombras, lo vemos con todo lo que es y así lo aceptamos, o no.

En el momento en que vi a Leanne sentada de lado, en aquel amplio aunque algo gastado sillón de cuero oscuro, supe que debería trabajar arduamente en humanizar a mi mejor amiga.

–Percott –busqué la familiaridad.

–Jordan –replicó con voz queda.

Me senté junto a ella y pude divisar que llevaba un pañuelo de papel hecho un bollo entre sus manos, aunque a esa altura no hacía falta sumar aquel dato para darme cuenta de que había estado llorando gran parte de la tarde.

–Aquí estoy.

Leanne me contó todo. Desde la vuelta de Liam hasta su desaparición reciente. La escuché con atención, primero como su mejor amiga, luego como un sabueso. Finalmente, hizo una pausa y sacándome de eje, sus palabras me echaron hacia atrás:

–Temo que Todd le haya hecho daño.

Tomé sus manos, ya que mis palabras en aquel momento no bastaban o ni siquiera servirían de mucho, menuda ironía que sabía de ubicarse en tiempo y espacio. Cuando la emoción se apaciguó, me atreví a preguntar:

–¿Cómo están las cosas en casa?

Su teléfono vibró haciendo que sus manos volaran a mayor velocidad que la razón, pero enseguida volvió a apagar su rostro.

–Es Todd, pregunta qué cenaremos hoy.

Se paró y comenzó a abrigarse cuando la tomé del brazo.

–Tranquila, estamos juntas en esto.

–¿Y entonces, dime por qué siento miedo de volver a casa?


ROBERT ANDREWS
Jueves 16 de mayo, 7 h

Todas las mañanas con la excepción de los domingos, su despertador sonaba a la misma hora, se levantaba y pasaba al cuarto de baño a alistarse con el innegociable fin de salir a trotar. Para cuando regresaba, Queeny ya se encontraba en la cocina preparando el desayuno. Su blusa, impecable, sin importar qué tarea llevara a cabo; el justo nivel de tirantez en el rodete coronaba una cabellera tupida, de rubio claro artificial. Sostenía la espátula de acero inoxidable accionando el giro de cada panqué en tiempo récord. Otra escena inalterable que más que rutina se había convertido en memorando presidencial con el correr de los años.

Pese a que alguna de aquellas mañanas lo habría maravillado encontrarla descalza vistiendo sus pijamas, con el cabello revuelto o bien todavía en la cama, no renegaba de su suerte. Queeny siempre había sido una excelente esposa y que tuviera sus rarezas no la ubicaba en posición de desmedro, sino todo lo contrario.

Alguna vez alguien le había dicho que era común que en toda pareja hubiera un alfa. Por así decirlo, el menos amoroso de los dos. Y durante muchos años, más bien los primeros, quedó expuesto a la claridad del día que se trataba de ella. Robert había caído rendido a sus pies aquel verano en el que compartieron el grupo social en la piscina comunitaria. Dueña de una belleza que él siempre había concebido inalcanzable, sencilla aunque elegante y sobre todo delicada, no dudó en convertirla en su esposa a poco de contar con el visto bueno de su suegro.

Queeny no sería su primer amor, pero lo rozaba de cerca y esa última media milla que siempre le había faltado se había encargado de completarla día tras día con su perfecto accionar.

Si bien habían tenido sus altibajos, la vida los premió con dos anhelados niños, que durante muchos años creyeron que jamás tendrían, confirmando que se encontraban en el camino correcto.

Hoy, algo más viejo y cansado, se dedicaba a saborear el día, a observar la gran fotografía a través del lente de la gratitud, uno que si bien siempre había liderado, hoy prevalecía por encima de todo lo demás, en especial desde el hallazgo de la joven Fisher.

Llegó a la comisaría a las ocho, como acostumbraba, luego de dejar a Isaac en la escuela y quedarse unos minutos a la espera de ver a Darcy aparecer caminando por la misma calle del establecimiento. Le daba su espacio desde que esta le había pedido permiso para ir sola. Queeny creía que él los seguía llevando a ambos, pero la niña se bajaba un poco antes y seguía su camino, con la independencia y confianza que su padre le confería.

Robert pasó su día sin más preocupaciones que la atención que le demandaban los federales. Y así le habría gustado que fuera el resto de su semana. Sobre todo cuando por la tarde una capa tan oscura como trágica comenzó a cubrir el lago de Gibraltar Lake, volviéndolo, el espejo negro en el que nadie gustaba de verse reflejado.


AUDREY JORDAN
Jueves 16 de mayo, 11 h

Decidí volver a Tucson y esta vez no me iría hasta que alguien hablase conmigo. Después de todo, contaba con los permisos necesarios, o mejor dicho, eso les haría creer, de manera que nadie pudiera decirme que no. Sorprendentemente me topé con uno de los agentes en la puerta del hotel, lo reconocí por su ropa y enseguida me presenté. El agente especial Sheridan, de cabello crespo oscuro y ojos verdes como la esmeralda, me escoltó hacia el hall y allí nos unimos al resto de su equipo.

–Ella es Audrey Jordan. –Sus compañeros lo miraron vacilantes–. Trabaja en la jefatura de Manhattan, sección Central Park.

Uno de ellos relajó su frente quebrada y se dirigió a mí:

–¿Qué es de mi buen amigo Hardy? –Y se acomodó el saco a fin de darme la mano.

–Está muy bien, de hecho fue él quien me autorizó a trabajar en el caso Fisher.

–Oh, ya veo.

–Me gustaría conocer de primera mano la evidencia.

Esta nueva Audrey iría al hueso, ya no más rodeos ni inseguridades. Además, si no me mostraba entera, esos tiburones blancos me comerían en un santiamén.

Palpé la incomodidad de todos y al momento en que el “buen amigo de Hardy” tocó su bolsillo, le ofrecí mi teléfono:

–Puede comprobarlo usted mismo.

La caja de pertenencias no era grande, tal como su edad. Después de todo, ¿qué tipo de bienes podría haber llevado una jovencita en plan de escape? ¿Acaso estaba realmente yéndose lejos? Su ticket de bus tenía fecha y hora para dos días después, así que a no ser que decidiera pasarlo en la calle, quizá no estaba marchándose sin decir adiós. Tal vez este sencillo dato haría que Greta consiguiera algo de paz en su corazón…, aunque, poniéndome en su lugar, solo hallar al responsable lo haría.

Su teléfono se encontraba en perfecto estado, pero todavía estaban intentando dar con un cargador que encajase con aquel modelo tan antiguo, me informó uno de los agentes al mostrarme la evidencia.

–En breve esta caja se irá a la Oficina Federal –dijo Sheridan al verme observar el teléfono.

–¿Hay registro de llamadas?

–Sí. Aquí está.

–¿Se pusieron en contacto con todos?

El más corpulento me dirigió una mirada cargada de arrogancia.

–Claro, así como ya hemos interrogado a casi todos también, ¿alguna duda más?

–Sí, ¿quiénes son?

Me marché lo más pronto posible. No quería que alguien hiciera un llamado revelador que me convirtiera en, efectivamente, una reincidente del delito.

Durante todo el viaje de vuelta observé la fotocopia de soslayo. Próxima parada, la casa Fisher.

Greta abrió la puerta y por un instante su mirada se encendió al verme, para luego volver al hueco transparente y frío azulado de sus ojos que no tantos años atrás habían sido su mayor virtud física.

Pasamos al salón comedor y enseguida apareció por la puerta que daba a la cocina con una jarra cortando el recreo en que me encontraba, descansando la vista sobre la vitrina de vidrio que escondía pequeños juegos de té de porcelana.

–Conseguí el registro de llamadas de Erin y además –frené para buscar las palabras correctas. Greta tomó mi mano– llevaba consigo un boleto de ida a California y algo de ropa.

Me soltó y fue alejándose con lentitud.

–¿Sabes qué fue lo peor de todo? Que el instinto o como demonios quieran llamarle me dictaba que Erin estaba aquí mismo. Conozco de primera mano cada cedro, tipo de pino y hasta sé qué rocas podían hacer que me patinase al apoyar el pie. Fuimos el bosque y yo durante los últimos diez años. Y a metros, mi niña.

–¿Se estaban llevando bien? ¿Había algún motivo por el cual se quisiera ir así, sin más?

Elevó la quijada dejando al descubierto el corrugado de su cuello y volvió a repetir las mismas palabras de la mañana anterior:

–A Erin me la arrebataron.

Antes de irme le solicité pasar al cuarto de baño y mientras caminaba por el corredor, a mi derecha apareció una habitación cuya puerta se encontraba entreabierta. La curiosidad me tironeó y antes que pudiera siquiera decidirlo me encontré allí dentro, en el cuarto de Erin Fisher, entre sus cosas, impecablemente ordenadas, como si el tiempo se hubiera detenido entre esas cuatro paredes y un ventanal que daba al abeto del jardín delantero.

Decorada en tonos violetas y verdes, en la cabecera de la cama había una planchuela de corcho repleta de fotos. En una aparecía con el traje de porrista, algo que me llamó la atención, puesto que no la imaginaba así. En otra se acercaba más a mi recuerdo, con su madre en el jardín de la casa. No faltaban las clásicas con amigos y, finalmente, di con la punta de un posible ovillo. Erin se encontraba sentada a orillas del lago. Alguien la fotografiaba de espaldas en un intento artístico amateur. Una pequeña manta se encontraba doblada a su lado y, a pocos metros, el mismo bolso con el que había sido hallada: marrón, de cuero gastado, pero con un detalle, mínimo aunque inmenso. En la caja de evidencia, ese mismo morral se encontraba manchado de pintura roja, pero en la imagen estaba en perfecto estado. Greta apareció detrás de mí, provocando que diera un respingo.

–Disculpa, iba hacia el baño y...

–Está bien, no me avergüenza, lo dejé así por si volvía –reconoció y dirigió la mirada vidriosa hacia el suelo.

–Greta –tomé su antebrazo provocando cierto estado de alerta–, necesito que recuerdes y me respondas si Erin había manchado su bolso. –Noté su confusión, así que señalé la imagen–. Este bolso, estimo que se trataba del que llevaba consigo a todas partes y en este momento se encuentra en una caja de evidencia en Tucson, con una mancha de pintura roja.

La señora Fisher me aseguró que la última vez que había visto a Erin, su hija llevaba su bolso impecable y que de haberse encontrado de otra forma, no le habría pasado inadvertido.

Para cuando nos estábamos despidiendo, un silencio incómodo previo al saludo final provocó que me batiera a duelo con mis próximos pasos.

–Sabes, en sus primeros años fui un tanto descuidada. Era muy joven y la maternidad me pasó por encima como una topadora, pero conforme fuimos creciendo juntas, me convertí en una buena versión. Era buena –ladeó su cabeza– y recordaría su bolso manchado, estoy segura.

Le creí, por supuesto. Greta se encontraba absolutamente entregada a resolver el caso, tanto que comenzaba a dudar sobre qué sería de ella una vez que lo lográramos.


LEANNE PERCOTT
Jueves 16 de mayo, 17 h

Se detuvo en la palma izquierda de su mano, cuando colocaba la alianza perfectamente pulida de un matrimonio absolutamente rugoso, con pliegues que habían terminado por formar surcos. Profundidades, de esas bastante familiares, aunque había caído en ellas más de una vez.

Rabia mordaz, vulnerabilidad y una llana sensación de saberse inútil frente a alguien que había convertido en habituales sus malos tratos, como si el castigo de exponerse a una vida entera a su lado no hubiera sido suficiente, ahora, además, era una víctima de violencia. La sola palabra le provocaba repulsión. Ella había sido fuerte, se sabía sólida, erguida sobre valores que su familia bien le había inculcado y que había decidido continuar propagando.

Esa misma furia que ahora ardía en su mano izquierda y que ni siquiera había sido un recuerdo de Todd, sino de sus propias uñas clavándose en sí misma, junto al constante rechinar de dientes, ese que la salvaba de desplomarse delante de sus niños cuando bien podría haber roto en llanto.

Algo en las pequeñas lunas esta vez pareció sermonearla, tal como se le llama la atención a un pequeño que rapiña dulces a medianoche. El “ya basta” se sumaba a la desaparición de Liam e indudablemente hacía que el foco de un futuro interrogatorio se posase sobre Todd. Era cuestión de días si no de horas para que todo se supiera. Algún testigo que los hubiera visto inmiscuirse en las penumbras. ¿Por qué le había ofrecido luciérnagas cuando ellos dos merecían que el sol en todo su esplendor les bañara la frente?

Desde el momento en que abriera la boca, la verdad se destaparía y, antes que eso sucediera, debía contener a los niños. Las habladurías de Gibraltar Lake nunca habían permitido salir ilesos a los protagonistas. Cuando Todd se viera burlado, debería estar fuera de esa casa o quizá podría ser la última vez que su frente fuera bañada por la luz del día.

En alguna ocasión había intentado hablarlo con Audrey, pero no era un tema que se pudiera comentar por videollamada o en medio del caos en el que su amiga vivía inmersa.

Además, creía que si no lo decía en voz alta, no sería tan grave, que podría aguantar un poco más hasta que las cosas se resolvieran solas. Los grupos de apoyo no eran una opción, ni en su pueblo ni a dos de distancia. El anonimato era un lujo de las grandes ciudades.

Claro que lo de Liam la había eyectado de sus planes de la noche a la mañana, haciéndola replantearse su felicidad futura y, por sobre todas las cosas, su seguridad.

Los niños poco sabían de esto. Si algo tenía Todd era la discreción que se requería para ejercer su violencia sobre ella.

O bien esperaba a que se durmieran o, en algunas ocasiones, había llegado a torcerle la muñeca debajo de la mesa, mientras una media mueca simulaba el perfecto matrimonio de cara a dos pequeños inocentes que jamás se habrían imaginado el calvario al que su madre se veía expuesta en cada odioso amanecer.

Por eso tampoco había hecho algo antes. Los niños eran felices con su padre y la culpa de quitárselo, sumada a lo sucedido diez años antes, se volvía insostenible para su ahora nueva fragilidad.

No obstante, las últimas semanas había sido devuelta a la vida, provocando que sus ganas de seguir adelante crecieran, así como parte de la alegría que sabía perdida hacía tiempo. La otra mitad era conservada a la fuerza por sus hijos, dado que jamás se habría permitido que vivieran a expensas de una madre indispuesta, con los ojos depositados en el afuera.

Marcó una última vez el teléfono de Liam y visto y considerando que efectivamente la situación ya había superado lo alarmante, decidió llamar a Audrey y pedirle que la acompañara a la estación de manera inmediata. Ya no se trataba de buscar a Liam, sino de su marido que, posiblemente, había asesinado a su amante.

Robert Andrews se sorprendió al ver a Audrey Jordan y a Leanne Percott sentadas en las dos butacas que enfrentaban a su sillón en el despacho abierto que había pedido específicamente cuando asumió su rol de sheriff.

–Nada de cuatro paredes, quiero verme con mis compañeros.

Esa era una de las tantas razones por las que el pueblo entero lo adoraba como a una deidad de carne y hueso, algo más corpulento de esculpir, pero con la bondad indiscutible que habían celebrado a la hora de nombrarlo a cargo.

–Robert, te necesitamos.

–Nunca te vi tanto en tan pocos días –bromeó, y Audrey sonrió con decoro.

–Leanne necesita contarte algo, los dejo solos.

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540,55 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
27 марта 2025
Объем:
226 стр. 11 иллюстраций
ISBN:
9789500211413
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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