Читать книгу: «Mujercitas»

Шрифт:

Índice de contenido

Mujercitas

Prólogo, por Gloria Méndez

PRIMERA PARTE

1. El juego de los peregrinos

2. Feliz Navidad

3. El joven Laurence

4. Cargas

5. Una buena vecina

6. Beth encuentra el Palacio Hermoso

7. El valle de la humillación de Amy

8. Jo conoce a Apollyón

9. Meg visita la Feria de las Vanidades

10. El Club Pickwick y el buzón de correos

11. El experimento

12. El campamento Laurence

13. Castillos en el aire

14. Secretos

15. Un telegrama

16. Cartas

17. Una niña abnegada

18. Días negros

19. El testamento de Amy

20. Confidencial

21. Laurie comete una travesura y Jo pone paz

22. Agradables praderas

23. La tía March zanja la cuestión

SEGUNDA PARTE

24. Algunos datos sobre los March

25. La primera boda

26. Intentos artísticos

27. Lecciones de literatura

28. Experiencias domésticas

29. Visitas

30. Consecuencias

31. Nuestro corresponsal en el extranjero

32. Tiernas inquietudes

33. El diario de Jo

34. El amigo

35. Mal de amores

36. El secreto de Beth

37. Una nueva impresión

38. Salirse del mundo

39. Laurie el perezoso

40. Un valle de sombras

41. Aprendiendo a olvidar

42. Sola

43. Sorpresas

44. Señor y señora

45. Daisy y Demi

46. Bajo el paraguas

47. La cosecha


«Cuando me encargaron la traducción de Mujercitas me hice la pregunta que ahora, supongo, se harán muchos lectores: ¿por qué otra traducción de un texto tan conocido? Al poco de empezar el trabajo, comprendí que la respuesta era más interesante que la pregunta: porque no es cierto que conozcamos de verdad esta novela».

Así arranca el prólogo de Gloria Méndez a esta nueva traducción de la famosa obra de Louisa May Alcott; basada en el texto íntegro de la primera edición de 1808, con el añadido de muchos párrafos que se suprimieron en las versiones posteriores. El volumen incluye también la segunda parte de la historia, que la autora publicó en 1869 para dar respuesta a las muchas cartas de los lectores, interesados en saber cuál sería el destino futuro de las hermanas March, cuatro jovencitas que vivían en un pueblo de Nueva Inglaterra mientras la guerra civil hacía estragos en toda América.

Han pasado casi ciento cincuenta años desde aquel lejano 1868, pero la complicidad de Meg, Beth, Amy y Jo con las demás mujeres no ha muerto. Es más, autoras de la talla de Simone de Beauvoir y Joyce Carol Oates han sido admiradoras entusiastas de esas Mujercitas que en sus gestos y palabras resumen el espíritu de una época y aún hoy pueden regalarnos unas hermosas horas de lectura.

«Hay un libro en el que creí ver reflejado mi futuro: Mujercitas, de Louisa May Alcott… Yo quería a toda costa ser Jo, la intelectual. Compartía con ella el rechazo a las tareas domésticas y el amor por los libros. Jo escribía, y para imitarla empecé mis primeros cuentos cortos».

Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal


Louisa May Alcott

Mujercitas

Mujercitas - 1

PRÓLOGO


Cuando me encargaron la traducción de Mujercitas me hice la pregunta que ahora, supongo, se harán muchos lectores; ¿por qué otra traducción de un texto tan conocido? Al poco de empezar el trabajo, comprendí que la respuesta era más interesante que la pregunta: «Porque no es cierto que conozcamos de verdad esta novela». Se diría que ése es el peaje que pagan los clásicos: en el momento en que pasan a formar parte de nuestra memoria social, hablamos más de ellos de lo que los leemos.

Pocos serán los lectores que se acerquen a esta nueva traducción de Mujercitas sin una idea preconcebida sobre la obra o sin que esta despierte, antes de su lectura, emociones ajenas a la literatura. La mayoría se asoma al libro deslumbrado por sus recuerdos de infancia. Es posible que haya leído una de las adaptaciones acarameladas y censuradas del texto que circularon durante años como única opción de lectura, o tal vez haya conocido a las hermanas March a través de alguna de las versiones cinematográficas de Hollywood. Sea como fuere, la conclusión es clara: si es usted un lector español, lo más probable es que no conozca la novela que Louisa May Alcott escribió, por la sencilla razón de que no le ha sido presentada íntegramente o, dicho de otro modo, porque la primera versión del texto, la publicada en Estados Unidos entre 1868 y 1869, en general no se utilizó para la traducción a otros idiomas y se prefirió tomar como referencia la edición revisada que apareció en 1880.

Ésa es una de las razones de esta nueva traducción: restituir el texto original y ponerlo en manos del lector para que este pueda disfrutar leyendo sin recortes la historia de las cuatro hermanas March. Al hacerlo, descubrirá que esta primera versión es mucho más contundente y mordaz que la más popular, recortada por los propios editores de Alcott poco antes de su muerte, en 1880, para ajustarla al gusto del público femenino de entonces. En 1880 se suprimieron capítulos y se dulcificaron términos considerados excesivamente vulgares, de este modo fueron eliminadas gran parte de las reflexiones de la autora para concentrarse en la historia amorosa de las muchachas, quienes, si bien podrían verse como paradigmas de lo femenino, son en realidad un reflejo bastante fiel de las hermanas de Alcott. El personaje de Jo, la rebelde escritora que prefiere ser una solterona a casarse por dinero, está directamente inspirado en la vida de la autora. Porque Louisa May Alcott es una gran desconocida: la fama que le procuró Mujercitas nos hace olvidar con frecuencia que se trata de una pluma prolífica, con más de trescientas obras de distintos géneros. Empezó escribiendo cuentos muy joven, a los dieciséis años, pero no fue hasta los treinta y cinco cuando, gracias a Mujercitas, alcanzó el bienestar económico que tanto ansiaba y que le servía de acicate a la hora de escribir. La segunda de cuatro hermanas, Louisa creció con la doble dificultad de no tener prácticamente dinero y sí la obligación de ser una muchacha decente. Su padre, Bronson Alcott, era un filósofo y reformador educativo de ideas progresistas sobre la mujer y la esclavitud pero, hombre nada práctico, era incapaz de mantener a su familia. Angustiada por ese hecho, Louisa, al igual que luego lo hará Jo en su novela, se propone hacerse rica para salvar a su familia y lograrlo escribiendo: el éxito rotundo e inmediato de Mujercitas hizo de estos sueños una realidad.

En esta nueva traducción, el lector encontrará, por supuesto, a las cuatro hermanas, sus penurias, su visión optimista y bondadosa de la vida, la emoción de los primeros amores y todo lo que ya conoce, pero descubrirá también a una autora preocupada por denunciar el mundo que la rodea, un mundo que escondía sus miserias bajo los esplendores de las amplias faldas de señoras y señoritas en edad de merecer. Han pasado casi ciento cincuenta años desde la fecha de la primera edición de Mujercitas; nuestras faldas han tenido tiempo y ocasión de acortarse para luego volver al tobillo de sus dueñas unas cuantas veces, pero la complicidad de las cuatro hermanas con las demás mujeres no ha muerto. Sigue ahí, en esas charlas de media tarde delante de un buen café, en esas llamadas telefónicas largas como un día sin pan, en esas ganas de ver el mundo de cierta manera y luego contarlo con palabras muy nuestras.

Por eso quizá no me duelen las muchas horas dedicadas a este libro; traducir Mujercitas ha sido para mí como trabar amistad con cuatro mujeres de las que había oído hablar infinidad de veces, pero que solo conocía de vista. El esfuerzo ha merecido la pena, y espero que la merezca también para todos sus nuevos y viejos lectores.

GLORIA MÉNDEZ

julio, 2004

PRIMERA PARTE


1
EL JUEGO DE LOS PEREGRINOS


—Sin regalos, la Navidad no será lo mismo —refunfuñó Jo, tendida sobre la alfombra.

—¡Ser pobre es horrible! —suspiró Meg contemplando su viejo vestido.

—No me parece justo que unas niñas tengan muchas cosas bonitas mientras que otras no tenemos nada —añadió la pequeña Amy con aire ofendido.

—Tenemos a papá y a mamá, y además nos tenemos las unas a las otras —apuntó Beth tratando de animarlas desde su rincón.

Al oír aquellas palabras de aliento, los rostros de las cuatro jóvenes, reunidas en torno a la chimenea, se iluminaron un instante, pero se ensombrecieron de inmediato cuando Jo dijo apesadumbrada:

—Papá no está con nosotras y eso no va a cambiar por una buena temporada. —No se atrevió a decir que tal vez no volviesen a verle nunca más, pero todas lo pensaron, al recordar a su padre, que estaba tan lejos, en el campo de batalla.

Guardaron silencio y, al cabo de unos minutos, Meg añadió visiblemente emocionada:

—Ya sabéis que mamá propuso no comprar regalos estas Navidades porque este invierno será duro para todos y porque cree que no deberíamos gastar dinero en caprichos cuando los soldados están sufriendo en la guerra. No podemos hacer mucho por ayudar, solo un pequeño sacrificio, y deberíamos hacerlo de buen grado, pero me temo que yo no puedo. —Meg meneó la cabeza pensando en todas las cosas hermosas que le apetecía tener.

—Yo no creo que lo poco que podemos gastar sirviera de mucho. Solo tenemos un dólar cada una, y en poco ayudaríamos al ejército si se lo entregáramos. Me parece bien que no nos hagamos regalos las unas a las otras, pero me niego a renunciar a mi ejemplar de Undine y Sintram. Hace mucho que deseo conseguirlo… —dijo Jo, que era un verdadero ratón de biblioteca.

—Yo pensaba comprar algo de música —apuntó Beth, y dejó escapar un suspiro tan discreto que ni las paredes lo oyeron.

—Yo quiero una buena caja de lápices de colores Faber. Los necesito de veras —anunció Amy con decisión.

—Mamá no ha dicho nada de nuestro dinero. No creo que pretenda que renunciemos a todo. Que cada una se compre lo que más le apetezca y disfrutemos un poco. Al fin y al cabo, hemos luchado mucho por ganarlo —propuso Jo mirándose los tacones de las botas como suelen hacerlo los caballeros.

—Desde luego, yo sí; en lugar de estar en casa, tranquila, me paso el día dando clases a niños horribles —se quejó Meg.

—Lo mío es mucho peor —aseguró Jo—. ¿Qué te parecería estar encerrada durante horas con una anciana histérica y tiquismiquis, que no te deja descansar ni un minuto, que nunca está contenta y que te da tanto la lata que al final te entran ganas de abofetearla o de escapar por la ventana?

—Sé que no está bien quejarse, pero no hay peor trabajo que fregar los platos y limpiar la casa. Me desespera y, además, las manos se me quedan tan rígidas que luego no puedo tocar el piano. —Beth miró sus manos ásperas y lanzó un suspiro que esta vez todas oyeron.

—Dudo mucho que ninguna sufra más que yo —sentenció Amy—, que tengo que ir a una escuela de niñas impertinentes que me chinchan cuando no me sé la lección, se ríen de mis vestidos, se mofan de mi nariz y acreditan a papá por no ser rico.

—Querrás decir «desacreditan» —la corrigió Jo entre risas—. «Acreditar» significa justo lo contrario…

—Bueno, yo sé lo que quiero decir. No es necesario que te pongas sarjástica. Trato de usar palabras nuevas para aumentar mi vocabilario —añadió Amy con aire digno.

—Dejad de pelear. ¿No te gustaría tener ahora el dinero que papá perdió cuando éramos pequeñas, Jo? Madre mía, qué felices y buenas seríamos si no tuviéramos preocupaciones —dijo Meg, que por su edad recordaba tiempos mejores.

—El otro día dijiste que estabas segura de que éramos más felices que los hijos de los King porque ellos se pelean y se enfadan todo el tiempo a pesar del dinero que tienen.

—Tienes razón, Beth. Aunque tengamos que trabajar, nos divertimos y, como diría Jo, somos una troupe de lo más alegre.

—Jo dice muchas palabras vulgares —observó Amy lanzando una mirada reprobatoria a la joven, que seguía tendida sobre la alfombra. Jo se incorporó de inmediato, metió las manos en los bolsillos y empezó a silbar—. ¡No hagas eso, Jo! ¡Pareces un chico!

—Precisamente por eso lo hago.

—¡No soporto a las jovencitas maleducadas y poco femeninas!

—Pues a mí me sacan de quicio las niñas cursis y resabidas.

—Que reine la paz en el hogar —cantó Beth, siempre apaciguadora, con una cara tan graciosa que ambas jóvenes dejaron de discutir para echarse a reír.

—La verdad, chicas, es que hay motivos para censuraros a las dos —apuntó Meg dando inicio a un sermón de hermana mayor—. Josephine, ya va siendo hora de que dejes de imitar a los chicos y te comportes mejor. Cuando eras pequeña no tenía importancia, pero ahora has crecido, llevas el cabello recogido y debes actuar como una dama.

—No lo soy, y si recogerme el cabello me obliga a ser una dama usaré trenzas hasta los veinte años —protestó Jo mientras soltaba su abundante melena castaña—. Detesto tener que crecer, convertirme en la señorita March, vestir de largo y ser una remilgada. Ya me parece bastante malo ser una chica cuando lo que me gusta son los juegos, los trabajos y la forma de comportarse de los muchachos. Me parece una pena no haber nacido hombre, sobre todo en momentos como éste, en el que preferiría acompañar a papá y luchar a su lado en lugar de quedarme en casa tejiendo como una vieja. —Jo agitó en el aire el calcetín azul marino que estaba tricotando, hasta que las agujas chocaron entre sí como castañuelas y la madeja de lana fue a parar al otro extremo de la sala.

—Pobre Jo, ¡qué mala suerte! Pero la cosa no tiene remedio, de modo que tendrás que conformarte con acortar tu nombre para que suene más masculino y actuar como si fueses nuestro hermano en lugar de nuestra hermana —comentó Beth acariciando la cabeza de Jo con una mano a la que el jabón y las tareas domésticas no habían arrebatado la suavidad.

—En lo que a ti respecta, Amy —prosiguió Meg—, eres demasiado quisquillosa y remilgada. Los aires que te das hacen gracia ahora, pero si no cambias de mayor serás tan estirada como un pavo real. Me parece bien que tengas buenos modales y trates de hablar con propiedad, cuando no intentas dártelas de elegante, pero usar términos absurdos no es mejor que emplear palabras vulgares como hace Jo.

—Si Jo es demasiado masculina y Amy una niña cursi, ¿podrías decirme qué soy yo, por favor? —preguntó Beth, dispuesta a pasar el mismo examen.

—Tú eres un encanto, querida, ni más ni menos —contestó Meg con cariño y nadie la contradijo, porque todos adoraban a la pequeña Beth, el ratoncito, la mascota de la familia.

Dado que a los jóvenes lectores les gusta saber cómo son los personajes, haremos un inciso para describir a las cuatro hermanas, que tejen en la penumbra de una tarde de diciembre, mientras fuera la nieve cae mansa y en el interior crepita alegremente el fuego del hogar. La sala de estar era acogedora, a pesar de la alfombra de colores desvaídos y el sencillo mobiliario, pues las paredes estaban decoradas con unos cuantos cuadros de calidad, los estantes rebosaban de libros, en las ventanas asomaban crisantemos y eléboros y se respiraba un ambiente de paz hogareña.

Margaret, la mayor de las cuatro, contaba dieciséis años, era una joven muy hermosa, rolliza, de piel clara y ojos grandes, con una larga cabellera castaña, sonrisa dulce y manos blanquísimas de las que estaba muy orgullosa. A sus quince años, Jo era muy alta, delgada y morena, y tenía un aspecto desgarbado que recordaba al de un potrillo, como si no supiese qué hacer con sus largos brazos y piernas. Su boca reflejaba un carácter decidido, su nariz resultaba cómica y sus ojos grises, perspicaces, no se perdían un solo detalle y lanzaban miradas unas veces fieras, otras divertidas y, en ocasiones, meditabundas. Su cabello, largo y abundante, era su principal atractivo, pero solía llevarlo recogido con una redecilla para que no le molestase. De hombros redondeados y manos y pies grandes, Jo acostumbraba a llevar ropas holgadas y tenía el aspecto de una jovencita que se volvía mujer a su pesar y no se sentía cómoda en su nuevo papel. Elizabeth —o Beth, como todos la llamaban—, era una muchachita de trece años, de mejillas sonrosadas, cabello suave y ojos vivos, carácter tímido, voz tenue y semblante sereno, que casi nunca perdía la compostura. Su padre la había apodado «señorita Tranquilidad» con justa razón. Se diría que Beth vivía en un mundo propio, feliz, del que solo se aventuraba a salir para comunicarse con las pocas personas a las que quería y en quienes confiaba. Amy, a pesar de ser la menor, era uno de los miembros más importantes de la familia, o al menos eso pensaba ella. Era una niña de tez clara, ojos azules y cabello rubio que caía en tirabuzones sobre sus hombros. Pálida y delgada, se comportaba siempre como una damita atenta a sus modales. En cuanto al carácter de las cuatro hermanas, dejaremos que el lector lo vaya descubriendo por sí mismo.

El reloj dio las seis y, tras barrer el hogar, Beth acercó a él un par de zapatillas viejas para que se calentaran. Aquello tuvo un efecto tranquilizador en las muchachas, pues sabían que significaba que su madre no tardaría en volver. Se prepararon para recibirla. Meg dejó de sermonear a sus hermanas y encendió la lamparita, Amy se levantó de la butaca sin que se lo pidieran y Jo se olvidó de lo cansada que estaba y se incorporó para sostener las zapatillas cerca de las llamas.


—Ya están muy gastadas, mamá necesita unas nuevas.

—Pensaba comprarle unas con mi dólar —comentó Beth.

—¡No, yo lo haré! —exclamó Amy.

—Como hermana mayor que soy… —comenzó Meg, pero Jo la interrumpió para decir, muy decidida:

—Ahora que papá no está, yo soy el hombre de la casa, y seré yo quien le compre las zapatillas, porque papá me encargó encarecidamente que, en su ausencia, cuidase de mamá.

—Ya sé qué podemos hacer —medió Beth—. En lugar de que cada una se compre algo para sí, ¿por qué no invertimos el dinero en regalos de Navidad para mamá?

—Es una idea excelente y muy propia de ti —exclamó Jo—. ¿Qué podemos regalarle?

Meditaron unos minutos, muy serias.

—Yo le compraré unos guantes —anunció Meg mirándose las manos, muy bonitas, como si éstas le hubiesen inspirado—. Le regalaré un hermoso par de guantes.

—Y yo unas buenas zapatillas, las mejores que haya —apuntó Jo.

—Y yo unos pañuelos bordados —dijo Beth.

—Yo le regalaré un frasquito de colonia; le gusta y no resulta demasiado caro. Con lo que sobre me compraré algo para mí —terció Amy.

—¿Cómo le daremos los regalos? —preguntó Meg.

—Podemos dejarlos sobre la mesa, irla a buscar y ver cómo los abre, como solíamos hacer el día de nuestro cumpleaños, ¿recordáis? —contestó Jo.


—Claro, Cuando me llegaba el turno de sentarme en la butaca, con la corona puesta, y os veía entrar en fila para darme los regalos y un beso, estaba asustada. Me encantaba la parte de los regalos y los besos, pero no soportaba veros ahí sentadas mirándome mientras abría los paquetes —comentó Beth, que estaba tostando pan para la cena y, de paso, se tostaba también el rostro.

—Dejaremos que Marmee piense que vamos a comprarnos algo para nosotras y así le daremos una buena sorpresa. Tendremos que hacer las compras mañana por la tarde, Meg; todavía hay mucho que preparar para la representación de Nochebuena —dijo Jo mientras caminaba de un extremo a otro de la sala con las manos en la espalda, mirando hacia el techo.

—Este será el último año que actúe con vosotras, ya soy demasiado mayor para estas cosas —observó Meg, que seguía tan entusiasmada como siempre ante la idea de disfrazarse.

—Mientras puedas lucir un traje largo blanco, llevar la melena suelta y joyas de papel dorado, no lo dejarás. Te conozco. Eres la mejor actriz que tenemos, y si te retiras de los escenarios será el fin de todo esto —concluyó Jo—. Esta noche tenemos que ensayar. Amy, acércate. Repasemos la escena del desmayo porque no la haces con naturalidad, estás más rígida que un palo.

—No lo puedo evitar; nunca he visto a nadie desmayarse de verdad. No quiero tirarme de golpe al suelo como haces tú y acabar llena de moretones. Si puedo caer con suavidad, lo haré; si no, me desplomaré elegantemente sobre una silla, por mucho que Hugo me esté apuntando con una pistola —explicó Amy, a la que no habían elegido por sus dotes de actriz, sino porque era lo bastante menuda para que el villano de la obra la pudiese llevar en brazos.


—Mira, hazlo así. Junta las manos y corre por la habitación gritando frenéticamente: «¡Rodrigo, sálvame, sálvame!» —dijo Jo, quien, acto seguido, representó la escena y lanzó un grito auténticamente estremecedor.

Amy trató de seguir sus indicaciones, pero agitó las manos ante sí con un movimiento rígido y empezó a andar a trompicones, como si la accionara una máquina. En cuanto al grito, más que el de una persona presa del pánico y la angustia, parecía el de alguien que se acaba de pinchar con una aguja. Jo gruñó con desesperación, Meg rió sin disimulo y a Beth se le quemó el pan porque se entretuvo mirando la cómica escena.

—¡Es inútil! Cuando llegue el momento, hazlo lo mejor que puedas, pero si el público te abuchea no me eches a mí la culpa. Ven acá, Meg.

A partir de ese momento, el ensayo fue sobre ruedas. Don Pedro desafió al mundo en un monólogo de dos páginas sin una sola interrupción, la bruja Hagar pronunció un terrible conjuro, encorvada sobre un caldero en el que hervían sapos, en una escena sobrecogedora, Rodrigo se liberó de las cadenas con brío viril y Hugo murió envenenado con arsénico y atormentado por los remordimientos lanzando un salvaje «Ah, ah».

—Ésta es la vez que nos ha quedado mejor —dijo Meg en cuanto el villano muerto se incorporó y se frotó los codos.

—No entiendo cómo puedes escribir y actuar tan bien, Jo. ¡Estás hecha un Shakespeare! —exclamó Beth, que consideraba que sus hermanas tenían un don especial para todo.

—No llego a tanto —repuso Jo con modestia—. La maldición de la bruja, una tragedia operística está bien, pero preferiría representar Macbeth; el problema es que no tenemos trampilla para Banquo. Siempre he querido hacer la escena del asesinato. «Eso que veo ante mí, ¿es acaso una daga?» —masculló Jo poniendo los ojos en blanco y asiendo el aire como había visto hacer a un famoso actor de teatro.

—No, es la horquilla de tostar el pan con las zapatillas de mamá colgadas de ella. ¡Una aportación de Beth a la escena! —apuntó Meg. Todas rieron y dieron por terminado el ensayo.

—Me alegro de veros tan contentas, hijas mías —dijo una voz risueña desde la puerta, y actrices y público corrieron a recibir a una señora robusta y maternal; todo en ella parecía decir: «¿Puedo ayudarle en algo?», lo que le daba un aspecto encantador. No era especialmente bella, pero los hijos siempre consideran agraciadas a sus madres y, para aquellas jóvenes, la mujer con el gorro pasado de moda y el abrigo gris era la más espléndida del mundo—. Queridas, contadme qué tal os ha ido el día. No pude venir a comer con vosotras porque tenía que dejar listas las cajas para mañana, entre otras muchas cosas. ¿Ha venido alguien, Beth? ¿Qué tal el constipado, Meg? Jo, pareces muerta de cansancio. Ven a darme un beso, querida.

Mientras formulaba aquellas preguntas maternales, la señora March se quitó las prendas mojadas, se puso las zapatillas calientes, se acomodó en la butaca, con Amy sentada en sus rodillas, y se dispuso a disfrutar del mejor momento de su ajetreado día. Las jóvenes, por su parte, se afanaron para que su madre pudiese descansar un rato. Meg puso la mesa para la cena; Jo trajo leña y colocó las sillas en su sitio, sin dejar de tirar y volcar primero todo lo que pasaba por sus manos; Beth iba y venía de la cocina a la sala, muy seria y hacendosa, y Amy daba instrucciones a todas, sentada y cruzada de brazos.

Una vez reunidas en torno a la mesa, la señora March anunció con particular alegría:

—Tengo una sorpresa para vosotras, después de la cena.

Una sonrisa iluminó el rostro de las jóvenes como un repentino rayo de sol. Beth aplaudió sin recordar que tenía una galleta caliente en la mano y Jo agitó en el aire la servilleta al tiempo que exclamaba: «¡Carta! ¡Carta! ¡Tres hurras por papá!».

—Sí, una carta muy larga. Está bien y confía en pasar el invierno mejor de lo que temíamos. Nos envía toda clase de parabienes para la Navidad y un mensaje especial para vosotras, chicas —añadió la señora March dando unos golpecitos a su bolsillo como si guardase un gran tesoro en él.

—Pues démonos prisa, acabemos de cenar. Amy, haz el favor de no perder tiempo levantando el meñique para sostener con más elegancia la taza —espetó Jo, que casi se atraganta con el té y, en su prisa por terminar, dejó caer un trozo de pan con mantequilla sobre la alfombra.

Beth ya no comió más y se fue a sentar en su rincón para pensar en la alegría que vendría a continuación mientras aguardaba a que las demás estuviesen listas.

—Me parece extraordinario que papá decidiera ir a la guerra como capellán cuando era demasiado mayor para alistarse y no demasiado fuerte para ser soldado —comentó emocionada Meg.

—¡Cómo me hubiera gustado ir como tamborilero, vivan… ¿cómo se dice?, o como enfermera! Así, hubiese podido estar cerca de él y ayudarle —exclamó Jo.

—Debe de ser muy desagradable dormir en una tienda, comer cosas repugnantes y beber agua en un cazo de hojalata —dijo Amy con un suspiro.

—Mamá, ¿cuándo va a volver a casa? —preguntó Beth con un leve temblor en la voz.

—Si no enferma, pasará aún varios meses fuera, querida. Se quedará y cumplirá lealmente con su deber, y no le pediremos que vuelva ni un minuto antes. Venid, escuchad lo que dice la carta.

Se reunieron en torno a la chimenea. La madre se sentó en la butaca, Beth se colocó a sus pies, Meg y Amy, a los lados, y Jo, detrás, para que nadie pudiese ver la emoción en su rostro si la carta le conmovía. Y en una época tan dura como aquélla, rara era la carta que no emocionaba, sobre todo cuando la enviaba un padre a los suyos. La misiva apenas hablaba de las penalidades, los peligros afrontados o la añoranza que había que vencer. Era una carta alegre, llena de esperanza, con unas descripciones de la vida en el campamento, las marchas y las noticias militares, y solo al final el corazón de su autor se henchía de amor paterno y del deseo de volver a estar con sus hijas en el hogar.


«Dales muchos besos y diles que las quiero. Pienso en ellas todo el día, rezo por ellas por la noche y encuentro el mayor consuelo en su cariño en todo momento. Un año parece un plazo muy largo de espera antes de verlas, pero recuérdales que mientras tanto hemos de trabajar duro para que este tiempo no pase en balde. Sé que no habrán olvidado lo que les dije antes de marchar, que se mostrarán cariñosas contigo, cumplirán con su deber, combatirán a sus propios demonios y saldrán adelante, de modo que cuando vuelva estaré más orgulloso que nunca de mis mujercitas».

Llegados a ese punto, ninguna pudo contener el llanto. A Jo ya no le daba vergüenza que vieran el grueso lagrimón que tenía en la punta de la nariz, y Amy ocultó el rostro en el hombro de su madre, sin importarle que se le estropeara el peinado, y dijo entre sollozos:

—¡Soy una egoísta! Pero me voy a esforzar por mejorar para que papá no se sienta defraudado cuando vuelva.

—Todas lo haremos —exclamó Meg—. Yo me preocupo demasiado por mi aspecto y no me gusta trabajar, pero voy a cambiar.

—Yo intentaré ser lo que él llama una «mujercita», y procuraré no ser tan tosca e indomable y cumpliré con mis obligaciones en casa en lugar de querer estar siempre en otra parte —explicó Jo, convencida de que dominar su temperamento era una misión mucho más ardua que la de mantener a raya a unos cuantos rebeldes sureños.

Beth no dijo nada. Se enjugó las lágrimas con el calcetín azul marino que estaba haciendo y empezó a tejer con ahínco; poniendo manos a la obra se afanó en la tarea que tenía más cerca, mientras prometía para sí que sería todo aquello que su padre esperaba encontrar cuando, al cabo de un año, llegase el momento feliz de su regreso.

La señora March rompió el silencio que había seguido a las palabras de Jo diciendo con su habitual tono alegre:

—¿Recordáis que de pequeñas solíais jugar al Progreso del peregrino? Nada os gustaba tanto como que os atara hatillos a la espalda, os diera sombreros, bastones y rollos de papel y os dejara recorrer la casa desde la bodega, que era la Ciudad de Destrucción, hasta la buhardilla, donde creabais vuestra Ciudad Celestial con todo lo que habíais recogido.

—¡Sí, era muy divertido! Sobre todo cuando luchábamos contra los leones, nos enfrentábamos a Apollyón y atravesábamos el valle donde vivían los duendes —recordó Jo.

—A mí me gustaba el momento en el que se nos caían los fardos y rodaban escaleras abajo —apuntó Meg.

—Para mí, lo mejor era cuando llegábamos a la azotea, donde estaban las flores, el cenador y todas aquellas cosas hermosas, y cantábamos llenas de alegría a pleno sol —recordó Beth con una sonrisa, como si reviviera el momento.

—Yo no recuerdo mucho, pero sí que la bodega y la entrada oscura me daban miedo, y me encantaban el pastel y el vaso de leche que nos tomábamos al llegar arriba. Me animaría a volver a jugar si no fuese porque ya soy muy mayor para eso —dijo Amy, que empezaba a hablar de renunciar a las cosas infantiles a la madura edad de doce años.

—Nunca se es demasiado mayor para algo así, querida, porque se trata de un juego en el que, de un modo u otro, estamos inmersos siempre. Todos llevamos cargas, tenemos un camino por recorrer y nuestro anhelo de hacer el bien y alcanzar la felicidad nos guía para superar los contratiempos y los errores que nos separan de la paz que impera en la Ciudad Celestial. Ahora, mis pequeñas peregrinas, imaginad que el proceso ha vuelto a empezar, no como juego sino de verdad, y veamos hasta dónde sois capaces de progresar en el tiempo que vuestro padre pasará fuera de casa.

—¿Hablas en serio, mamá? ¿Cuáles son nuestras cargas? —preguntó Amy, que se lo tomaba todo en sentido muy literal.

—Acabáis de nombrarlas vosotras mismas hace unos instantes, excepción hecha de Beth. Creo que ella no tiene ninguna —explicó la madre.

—Claro que tengo; la mía es limpiar el polvo, lavar los platos, envidiar a las jóvenes que tienen un piano y tener miedo de la gente.

La carga de Beth les pareció a todas tan graciosa que tenían ganas de reír, pero no lo hicieron por no herir sus sentimientos.

—Hagámoslo —propuso Meg, pensativa—. A fin de cuentas, de lo que se trata es de intentar ser buenas y el juego puede ayudarnos porque, aunque todas queremos serlo, no siempre resulta fácil, y a veces se nos olvida y no nos esforzamos lo suficiente.

—Esta tarde estábamos en el Pantano del Desaliento y mamá nos sacó como el personaje de Auxilio lo hace en la obra. Deberíamos tener una guía, como Cristiano. ¿Qué podemos hacer al respecto? —preguntó Jo, entusiasmada con la idea de añadir un poco de ficción a su monótona vida cotidiana.

—Mañana, al levantarte, mira bajo tu almohada y encontrarás la guía que pides —contestó la señora March.

Mientras la vieja Hannah recogía la mesa, comentaron el plan. Luego, las cuatro se sentaron junto a sus costureros y cosieron sábanas para la tía March. Era un trabajo que les solía parecer tedioso, pero en esa ocasión nadie protestó. Siguiendo la propuesta de Jo, dividieron en cuatro partes las largas costuras y les asignaron nombres como Europa, Asia, África y América, y de ese modo lo pasaron muy bien, sobre todo cuando hablaban de los países por los que las llevaban sus puntadas.


A las nueve, dejaron la labor y, como tenían por costumbre, cantaron un poco antes de acostarse. Solo Beth era capaz de lograr que el viejo piano sonara bien. Ella sabía cómo acariciar las teclas amarillentas y crear un acompañamiento agradable para las sencillas canciones que entonaban. La voz de Meg sonaba como una dulce flauta y, junto con su madre, se encargaba de dirigir el coro. Amy desafinaba como un grillo y Jo se perdía en ensoñaciones y estropeaba las melodías intercalando una corchea o un silencio donde no debía. Cantaban antes de acostarse desde que aprendieron a balbucear la canción infantil «Brilla, brilla estrellita», y se había convertido en una costumbre familiar. La señora March tenía muy buena voz. Lo primero que oían al despertar era a su madre cantar por toda la casa, como una alondra, y el último sonido de la noche era su cálida voz entonando la misma canción, pues para ella, sus hijas nunca serían lo bastante mayores para dejar de disfrutar de esa entrañable canción de cuna.


2
FELIZ NAVIDAD


Aquella gris mañana de Navidad, Jo fue la primera en despertar. No había calcetines colgados en la chimenea y por un instante sintió la misma decepción que la había invadido tiempo atrás, cuando su calcetín se descolgó por el peso de los muchos regalos que contenía. Enseguida recordó la promesa de su madre, metió la mano bajo la almohada y extrajo un librito con tapas de color carmesí. Lo conocía bien, era una vieja y querida historia que narraba la vida más bella del mundo, y Jo se dijo que no había guía mejor para un peregrino embarcado en el largo viaje de la existencia. Despertó a Meg con un «Feliz Navidad» y le mandó que mirase debajo de su almohada. Apareció un libro con tapas verdes pero con la misma ilustración en la cubierta, y en el interior una dedicatoria de su madre que hacía el regalo mucho más valioso a sus ojos. Beth y Amy se despertaron poco después, rebuscaron y encontraron sus respectivos libros, uno de color gris rosado, el otro, azul, y todas se reunieron a mirar y comentar los regalos mientras el alba teñía de rosa el cielo.

A pesar de ser un tanto vanidosa, Margaret tenía un carácter dulce y piadoso que inconscientemente influía en sus hermanas, sobre todo en Jo, que la adoraba tiernamente y seguía siempre sus consejos por la dulzura con que los daba.

—Chicas —dijo Meg dirigiéndose tanto a Jo, que estaba tumbada junto a ella, como a sus otras dos hermanas, aún en pijama y en su habitación—, mamá espera que leamos estos libros y los cuidemos con esmero; sugiero que empecemos enseguida. Antes éramos fieles lectoras, pero desde la partida de papá, con todo el desconcierto que provoca la guerra, hemos desatendido demasiadas cosas. Vosotras haced lo que queráis, pero yo pienso dejar el libro en la mesilla y leer un poco cada mañana, nada más despertarme, porque sé que me hará bien y me ayudará a lo largo del día.

Dicho esto, abrió el libro y empezó la lectura. Jo le rodeó los hombros con un brazo, acercó la mejilla a la suya y leyó con ella, con una expresión serena poco habitual en un rostro inquieto como el suyo.

—¡Qué buena es Meg! Ven, Amy, hagamos como ellas. Si no conoces alguna palabra o no entiendes alguna idea, yo te lo explicaré —susurró Beth, muy impresionada por la belleza de los libros y por la ejemplar actitud de sus hermanas.

—Me alegro de que el mío sea azul —apuntó Amy, y en ambas habitaciones se impuso una calma apenas rota por un discreto pasar de hojas, mientras la luz del sol invernal entraba poco a poco y acariciaba las melenas brillantes y los rostros serios como si quisiese felicitar la Navidad a las muchachas.

—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, que junto a Jo corría escaleras abajo para agradecerle los regalos, aunque con media hora de retraso.

—¡Dios sabrá! Vino una pobre criatura a pedir limosna y vuestra madre salió de inmediato a ver qué necesitaba. No he conocido a nadie más dispuesto a dar alimentos y agua, ropa y calor —contestó Hannah, que vivía con la familia desde que nació Meg y era más una amiga que una criada.

—No creo que tarde; será mejor que prepares los pasteles y procuremos tenerlo todo listo —propuso Meg lanzando una mirada al cesto con los regalos que estaba escondido bajo el sofá, a punto para sacarlo en el momento oportuno—. ¿Dónde está el frasco de colonia de Amy? —preguntó al no encontrarlo.

—Lo cogió hace apenas un minuto y salió corriendo para ponerle un lazo o algo así —explicó Jo, que bailaba por la habitación con las zapatillas puestas para quitarles la rigidez propia del calzado nuevo.

—¿No os parece que mis pañuelos son preciosos? Hannah me ha hecho el favor de lavarlos y plancharlos y yo misma los he bordado —comentó Beth contemplando orgullosa las letras desiguales que tanto trabajo le habían dado.

—Bendita niña, has puesto «mamá» en lugar de «M. March». ¡Qué gracia! —exclamó Jo cogiendo uno.

—¿Acaso no está bien? Me pareció que era mejor así porque las iniciales de Meg son «M. M.» y no quiero que nadie use los pañuelos de Marmee —explicó Beth, turbada.

—Está bien, querida, es una buena idea, y muy sensata, porque así nadie se podrá equivocar. Le va a encantar, estoy segura —intervino Meg frunciéndole el entrecejo a Jo y sonriendo a Beth.

—Ahí viene mamá, ¡corre, esconde el cesto! —exclamó Jo cuando se abrió la puerta de la entrada y se oyeron unos pasos en el vestíbulo.

Amy irrumpió apresuradamente y se avergonzó al observar que sus hermanas la estaban esperando.

—¿Dónde estabas y qué ocultas ahí detrás? —preguntó Meg, perpleja al ver, por el abrigo y el gorro, que su perezosa hermana menor había salido a la calle tan temprano.

—No te rías de mí, Jo. No quería que nadie lo supiese antes de tiempo. He ido a cambiar el frasco de colonia por otro mayor. Me he gastado todo mi dinero porque trato de dejar de ser egoísta.

Al decir esto, Amy mostró el hermoso frasco que sustituía el anterior, más barato. Su esfuerzo por ser humilde y olvidarse de sí misma enterneció a Meg, que se acercó a darle un abrazo; Jo dijo estar impresionada y Beth corrió hacia la ventana y cogió una de sus mejores rosas para adornar el imponente frasco.

—Veréis, esta mañana, después de leer y comentar que debíamos ser buenas, me avergoncé de mi regalo, de modo que decidí correr a la tienda y cambiarlo de inmediato. Y estoy encantada, porque ahora mi regalo es el mejor de todos.

Un segundo portazo mandó de nuevo el cesto bajo el sofá y las muchachas se sentaron a la mesa, ansiosas por desayunar.

—¡Feliz Navidad, Marmee! Gracias por los libros, hemos empezado a leerlos y les dedicaremos un rato cada día —exclamaron al unísono.

—¡Feliz Navidad, queridas hijas! Me alegra que hayáis iniciado la lectura y confío en que seréis perseverantes. Pero antes de sentarme a la mesa os quiero contar algo. Cerca de aquí hay una pobre mujer con un recién nacido. Sus seis hijos duermen acurrucados en una cama para no morir congelados, porque no tienen leña con la que calentarse. No tienen nada que llevarse a la boca y el hijo mayor vino a contarme que se mueren de hambre y de frío. Niñas, ¿os importaría darles vuestro desayuno como regalo de Navidad?

Todas tenían mucha hambre porque llevaban más de una hora esperando el desayuno, y al principio ninguna dijo nada. Pero, al cabo de un minuto, Jo exclamó impetuosamente:

—¡Me alegro de que hayas llegado antes de que empezásemos a comer!

—¿Puedo ir contigo a darles las cosas a los niños pobres? —inquirió Beth con entusiasmo.

—Yo llevaré los panecillos y la mantequilla —añadió Amy, que ofrecía heroicamente sus alimentos favoritos.

Meg ya estaba cubriendo el pastel y colocando los bollos en una bandeja.

—Estaba segura de que lo haríais —exclamó la señora March sonriendo satisfecha—. Acompañadme todas y, cuando volvamos, comeremos pan con leche. Prometo compensaros a la hora de la cena.

Enseguida lo tuvieron todo listo y salieron en procesión. Por fortuna, era temprano y fueron por calles secundarias, por lo que pocas personas las vieron, y nadie se rió del divertido espectáculo que daban.


Encontraron una habitación pobre, vacía y miserable, con los cristales de las ventanas rotos, sin fuego en la chimenea. Una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un grupo de niños pálidos y hambrientos que buscaban cobijo bajo unas sábanas andrajosas y una colcha vieja, en un intento de protegerse del frío. Al ver entrar a las jóvenes, abrieron de par en par sus grandes ojos y esbozaron una sonrisa con sus labios amoratados.

—¡Oh, mein Gott! ¡Dios nos ha enviado a sus ángeles! —exclamó la pobre mujer llorando de alegría.

—Menudos ángeles, ¡con gorros y mitones! —apuntó Jo, y todos se echaron a reír.

Transcurridos unos minutos, daba realmente la sensación de que los buenos espíritus se habían puesto a trabajar. Hannah, que había llevado leña, encendió la lumbre y tapó los huecos de los cristales con unos sombreros viejos y su propio chal. La señora March sirvió a la madre té con gachas y la consoló y le prometió ayuda mientras cambiaba al bebé con tanta ternura como si fuese suyo. Las chicas, entretanto, pusieron la mesa, colocaron a los niños junto al fuego y les dieron de comer como a pajarillos hambrientos, riendo, charlando y tratando de entender su divertido chapurreo.

—Das ist gute! Der angel-kinder! —exclamaban las pobres criaturitas al tiempo que comían y acercaban sus manos púrpuras de frío al calor del hogar. Las muchachas no estaban acostumbradas a que las llamaran «ángeles», y les pareció muy agradable, especialmente a Jo, a la que todos consideraban un verdadero «Sancho» desde que nació. Aquél fue un feliz desayuno, aunque ellas no probaran bocado, y cuando se marcharon, después de dar consuelo a la pobre familia, no creo que hubiera en la ciudad unas muchachas más dichosas que las cuatro hambrientas jovencitas que habían regalado su desayuno y se conformaron con el pan con leche que comieron al volver a casa, aquella mañana de Navidad.

—Esto es amar al prójimo más que a uno mismo y me ha encantado —afirmó Meg mientras preparaban los regalos para su madre, que estaba en el piso de arriba, buscando ropa para los pobres Hummel.

Los regalos no eran muy lujosos, pero los habían adquirido con mucho amor y estaban dispuestos en pequeños grupos sobre la mesa, alrededor de un elegante jarrón con rosas rojas, crisantemos blancos y hojas de vid.

—¡Ya viene! Beth, ¡empieza a tocar! Amy, ¡abre la puerta! ¡Tres hurras por Marmee! —exclamó Jo dando saltos por toda la habitación mientras Meg salía para acompañar a su madre hasta el sitio de honor.

Beth tocó una alegre marcha, Amy abrió la puerta de par en par y Meg actuó de escolta con gran dignidad. La señora March estaba emocionada y sorprendida; sonrió satisfecha mientras repasaba con la mirada los regalos y leía las pequeñas notas que los acompañaban. Las zapatillas le entraron a la primera, se guardó un pañuelo en el bolsillo, se perfumó con la colonia de Amy, se colocó la rosa en el pecho y aseguró que los guantes le quedaban perfectos.

Rieron, se besaron y charlaron con la sencillez y calidez que hacen que los encuentros familiares sean tan gratos en su momento y se recuerden con cariño mucho tiempo después. Luego volvieron a ponerse manos a la obra.

Transcurrida la mañana entre obras de caridad y ceremonias de entrega de regalos, dedicaron el resto del día a preparar la función de la noche. Debido a su juventud, no habían acudido demasiado al teatro y, además, no disponían de medios económicos para hacerse con accesorios caros para sus representaciones, pero la necesidad es la madre de la invención e improvisaban cuanto era preciso para sus funciones. Algunas de sus creaciones eran especialmente ingeniosas, como una guitarra de cartón, unas lámparas de estilo antiguo fabricadas con viejos recipientes de mantequilla cubiertos con papel de aluminio, majestuosos ropajes confeccionados con telas viejas, lentejuelas y restos de metal procedentes de una fábrica de conservas y una armadura fabricada con los restos de las planchas de metal de los que se cortaban las tapas de las latas. Los muebles ya estaban acostumbrados a que los pusieran patas arriba y la gran sala ya había sido escenario de varias de sus inocentes representaciones.

Como no podían intervenir hombres, Jo representaba encantada los papeles masculinos y se calzaba con inmensa satisfacción un par de botas de cuero rojo que le había regalado un amigo que conocía a una dama que conocía a un actor. Las botas eran, junto a un florete antiguo y un jubón acuchillado que una vez un artista usó para una foto, los tesoros de Jo y salían a escena en todas las ocasiones. El escaso número de integrantes de la compañía obligaba a las dos actrices principales a representar varios papeles, y era digno de admirar el esfuerzo que suponía aprender diálogos de tres o cuatro personajes distintos y el trajín de entrar y salir para cambiarse de ropa sin desatender la escena. Era un ejercicio excelente para su memoria y una diversión inofensiva, en la que invertían muchas horas que, de otro modo, hubiesen podido ser tediosas, solitarias o emplearse en una vida social menos provechosa.

Aquella Nochebuena, una docena de jovencitas se apiñó primero sobre la cama, convertida en palco, y se sentaron después frente a unas cortinas de cretona azul y amarilla que hacían las veces de telón, entusiasmadas y expectantes. Tras las cortinas había mucho movimiento por los preparativos de última hora, del escenario salían cuchicheos, asomaba un resto de humo de una lámpara y se oía alguna que otra risita de Amy, que siempre se ponía histérica por la emoción del momento. Sonó una campanilla, el telón se abrió y la Tragedia operística dio comienzo.

El «bosque tenebroso», según se describía en las acotaciones de la obra, estaba representado por unas pocas macetas con plantas, una tela verde en el suelo y una cueva improvisada al fondo. En el interior de la cueva, que tenía un tendedero plegable por techo y un par de burós por paredes, había un pequeño fuego encendido con una marmita negra sobre la que se inclinaba una vieja bruja, El escenario estaba a oscuras y el resplandor de la hoguera producía un efecto muy realista, reforzado por el hecho de que, al destapar la bruja la olla, saliese vapor de verdad. Esperaron unos segundos para que el público se calmase y, acto seguido, Hugo, el villano, apareció en el escenario con una brillante espada en un costado, un sombrero flexible, una barba oscura, una capa misteriosa y las citadas botas. Tras pasearse de arriba abajo, visiblemente inquieto, se golpeó la frente y entonó un desgarrado canto en el que proclamaba su odio hacia Rodrigo y su amor por Zara, y anunciaba su firme decisión de matar al primero para conseguir a la segunda. La voz ronca de Hugo, junto con algún que otro grito cuando la emoción se tornaba excesiva, resultaba conmovedora y el público aplaudió en cuanto hizo una pausa para tomar aliento. Hugo se inclinó como si estuviera acostumbrado al éxito y, después, avanzó con paso firme hacia la cueva y ordenó a Hagar que saliera con un imperativo: «¡Bruja, sal, te necesito!».


Entonces hizo su aparición Meg, con unas greñas grises de crines de caballo sobre el rostro, un vestido negro y rojo, un bordón y una capa con símbolos cabalísticos. Hugo pidió una poción para conseguir que Zara le adorase y otra para destruir a Rodrigo. Hagar prometió prepararlas ambas, e invocó al espíritu encargado de los filtros amorosos cantando en tono dulce y dramático:


Acércate, acércate desde tu morada,
oh, etéreo espíritu, responde a mi llamada.
Nacido de rosas, con rocío alimentado,
tú, que sabes destilar pócimas y crear encantamientos,
hazme llegar sin demora
el aromático filtro que requiero.
Haz que sea dulce, rápido y poderoso.
Espíritu, ¡responde ahora a mi petición!


Sonaron unos acordes dulces y del fondo de la cueva surgió una pequeña figura vestida de blanco, etérea, con alas brillantes, cabellos dorados y una corona de rosas ceñida a la cabeza. Agitó una varita y entonó el siguiente canto:


Aquí me tienes,
he venido de mi etéreo hogar,
en la lejana luna plateada,
para traerte este filtro mágico.
Úsalo bien
o perderá, enseguida, su poder.

Dicho esto, dejó caer un frasco dorado a los pies de la bruja y se desvaneció. Con otro canto, Hagar hizo aparecer un segundo espíritu, nada hermoso esta vez, un diablillo feo y negro que surgió en medio de un estruendo, gruñó una respuesta incomprensible, arrojó un frasco oscuro a los pies de Hugo y se esfumó con una carcajada burlona. Cuando Hugo hubo cantado su agradecimiento, guardado las pociones en sus botas y abandonado el escenario, Hagar informó al público de que le había maldecido por haber matado a algunas de sus amigas en el pasado y que tenía previsto desbaratar sus planes para vengarse de él. El telón cayó y los asistentes descansaron y comieron dulces mientras comentaban los méritos de la obra.

Antes de que el telón se alzara de nuevo, sonaron martillazos durante un buen rato, pero, cuando el público comprobó que habían preparado una obra de arte, a nadie se le ocurrió quejarse del tiempo de espera. ¡Era una verdadera maravilla! Una torre se elevaba hasta el techo y, a media altura, había una ventana con una lamparilla encendida y una cortina blanca, tras la que surgió Zara, que, ataviada con un precioso vestido azul y plateado, esperaba a Rodrigo. Éste se acercó, magnífico con un sombrero de plumas, una capa roja, unos mechones castaños, una guitarra y, por supuesto, las famosas botas. Se arrodilló al pie de la torre y cantó una serenata enternecedora. Zara respondió y, tras un diálogo musical, convino en huir con él. Entonces llegó uno de los mejores momentos de la obra. Rodrigo sacó una escala con cinco peldaños, se la lanzó a Zara y la invitó a bajar. La joven descendió tímidamente desde la ventana con celosía, apoyó su mano en el hombro de Rodrigo y se dispuso a dar un último salto grácil pero, desgraciadamente —«¡Pobre, pobre Zara!»—, no tuvo en cuenta el largo de su cola y ésta se enganchó en la ventana haciendo caer la torre, que se desplomó con estruendo y enterró en sus ruinas a los infelices amantes.

Un grito general recorrió la sala, las botas rojas se agitaban como si saludasen desde los cascotes y una cabecita rubia emergió exclamando: «¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí!». Con gran presencia de ánimo, Don Pedro, el padre despiadado, apareció presuroso, sacó a su hija de los escombros y le dijo en un aparte: «No te rías, haz como si no hubiese pasado nada». Luego ordenó a Rodrigo que se levantase y le desterró del reino con enojo y desprecio. A pesar de lo conmocionado que estaba tras haber recibido el peso de la torre sobre él, Rodrigo desafió al anciano caballero y se negó a partir. Su valeroso ejemplo inspiró a Zara, que también plantó cara a su padre, el cual ordenó que ambos fuesen encerrados en las mazmorras del castillo. Entró en escena un sirviente pequeño y fuerte, los encadenó y se los llevó. Parecía más asustado de lo debido y era evidente que había olvidado su parlamento.

El tercer acto tenía lugar en el salón del castillo. Hagar hace su aparición, dispuesta a liberar a los amantes y destruir a Hugo. Le oye acercarse y se oculta; desde su escondite, ve cómo sirve las pociones en dos copas de vino y ordena al siempre tímido criado: «Llévaselas a los cautivos a sus celdas y diles que iré pronto». El criado toma a Hugo del brazo, lo aleja para contarle algo y Hagar aprovecha la ocasión para cambiar las copas por otras sin filtro. Fernando, el criado, las lleva como le han ordenado, y Hagar deja a la vista la copa con el veneno destinado a Rodrigo. Hugo, tras un largo canto de venganza, siente sed, bebe de la copa y pierde el conocimiento. Ya en el suelo, muere, no sin antes convulsionarse y retorcerse mientras Hagar le explica lo que ha hecho con una canción melodiosa y llena de fuerza.

La escena era de una gran tensión dramática, aunque algunos de los asistentes consideraron que la súbita aparición de una larga cabellera restaba espectacularidad a la muerte del villano. Los aplausos del público le hicieron salir a saludar y apareció de la mano de Hagar, cuyo canto alabaron todos como lo mejor de la representación.

En el cuarto acto, Rodrigo está desesperado hasta el punto de querer suicidarse clavándose su puñal en el pecho porque le han dicho que Zara le ha abandonado. En el instante en que se dispone a hacerlo, oye una dulce canción bajo su ventana en la que se le informa de que Zara le es fiel pero se encuentra en peligro y que él puede salvarla si quiere. Le lanzan una llave con la que abre la puerta de su mazmorra, y en un arrebato de emoción se libera de sus cadenas y corre al rescate de su amada.

El quinto acto arranca con una tormentosa discusión entre Zara y Don Pedro. Él pretende encerrarla en un convento; ella se niega a cumplir el deseo de su padre y, tras unas conmovedoras palabras de súplica, parece a punto de perder el conocimiento, pero en ese momento llega Rodrigo a pedir su mano. Don Pedro alega que no es rico y no se la concede. Ambos gritan y hacen grandes aspavientos, no consiguen llegar a un acuerdo, y cuando Rodrigo se dispone a llevarse a la exhausta Zara, el criado tímido entra para entregarle una carta y un saco de parte de Hagar, que ha desaparecido misteriosamente. En la misiva, la bruja explica que lega a la pareja su inmensa fortuna y advierte a Don Pedro que, si se opone a su felicidad, le espera un destino atroz. Abren el saco y cae sobre el escenario una lluvia de monedas doradas que llenan de resplandor el suelo. La visión del oro ablanda al «severo padre», que finalmente da su consentimiento. Todos cantan a coro, los amantes se arrodillan para recibir la bendición de Don Pedro y, en medio de esa escena romántica llena de gracia, cae el telón.


Los entusiastas aplausos se vieron truncados al poco de empezar cuando la cama plegable que hacía de palco se cerró de improviso y se tragó a parte del apasionado público. Rodrigo y Don Pedro corrieron en su auxilio y todas las muchachas fueron rescatadas ilesas aunque algunas se reían tanto que no podían hablar. El entusiasmo no había disminuido cuando Hannah se acercó y anunció:

—La señora March me manda a felicitarlas y les ruega que bajen a merendar.

Las actrices se llevaron una gran sorpresa. Cuando vieron la mesa puesta, se miraron estupefactas. Esperaban que Marmee hubiera preparado algo especial, pero no imaginaban que verían algo así en aquellos tiempos de escasez. Ante ellas había dos bandejas de helados —uno rosa y otro blanco—, pasteles, fruta, unos tentadores bombones franceses y ¡cuatro ramos de flores de invernadero!

Las jóvenes se quedaron sin aliento y miraban incrédulas hacia la mesa y, luego, a su madre, quien parecía disfrutar de lo lindo la escena.

—¿Lo han hecho unas hadas? —preguntó Amy.

—Ha sido Papá Noel —apuntó Beth.

—Es cosa de mamá —explicó Meg con su más dulce sonrisa, a pesar de llevar todavía la barba cana y las cejas blancas.

—¡La tía March ha tenido un arranque de bondad y nos ha mandado comida! —exclamó Jo, a quien acababa de ocurrírsele la idea.

—Os equivocáis todas —intervino la señora March—. Todo esto lo ha enviado el señor Laurence.

—¡El abuelo del joven Laurence! ¿Cómo se le habrá ocurrido algo así? Ni siquiera le conocemos —exclamó Meg.

—Hannah comentó a su criada lo que había sucedido esta mañana, con el desayuno. Es un anciano de buen corazón y la historia le conmovió. Conoció a mi padre años atrás y esta tarde me ha enviado una nota muy educada en la que me pedía que le permitiese mostrar su aprecio por vosotras haciéndonos llegar unas golosinas en razón del día. No podía negarme, y aquí tenéis este festín que os compensará por el pan con leche de esta mañana.

—Esto es cosa del joven, ¡seguro que la idea fue suya! Es un muchacho extraordinario y me encantaría conocerle mejor. Parece que quiere que nos acerquemos a él, pero es muy tímido y Meg, que es una remilgada, no me deja saludarle cuando nos cruzamos con él —expuso Jo mientras el helado, que empezaba a derretirse en las bandejas, pasaba de mano en mano y era recibido con exclamaciones de satisfacción.

—Os referís a los vecinos de la casa grande, ¿verdad? —preguntó una de las jóvenes—. Mi madre conoce al viejo señor Laurence y dice que es muy orgulloso y que no le gusta relacionarse con sus vecinos. Mantiene a su nieto alejado del mundo y solo le deja salir para montar a caballo o dar un paseo con su tutor. El pobre no para de estudiar. Le invitamos a una fiesta, pero no fue. Mi madre dice que es un joven muy agradable pero que nunca le ha visto hablar con ninguna chica.

—En una ocasión, nuestra gata se escapó y él vino a devolverla. Nos pusimos a charlar junto a la valla, nos lo estábamos pasando muy bien hablando sobre críquet, hasta que vio llegar a Meg y desapareció. Quiero ser su amiga, porque necesita divertirse, estoy segura —afirmó Jo con resolución.


—Me gustan sus modales y parece un joven de bien, así que no tengo inconveniente en que le conozcáis mejor si surge la ocasión. Las flores las trajo él en persona y, de no ser por el lío que teníais organizado arriba, le habría pedido que nos acompañara. Parecía triste cuando se marchó, como si oír vuestro alboroto y vuestras risas le hiciese recordar la excesiva seriedad de su vida.

—Me alegro de que no le invitases en esta ocasión, mamá —exclamó Jo mirándose las botas—. Pero organizaremos otra representación a la que sí podrá venir. Tal vez incluso quiera actuar; eso sería fantástico, ¿no os parece?

—Es la primera vez que alguien me regala flores, ¡qué hermosas son! —exclamó Meg observando el ramo con gran interés.

—Sí, son preciosas pero para mí no hay nada como las rosas de Beth —afirmó la señora March mientras olía la flor medio marchita que llevaba puesta desde la mañana.

Beth abrazó a su madre y murmuró tiernamente:

—¡Ojalá pudiera enviarle un ramo a papá! Me temo que él no estará pasando una Navidad tan feliz como nosotras.


3
EL JOVEN LAURENCE


—¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás? —gritó Meg al pie de la escalera que conducía al desván.

—¡Aquí estoy! —contestó una voz ronca desde lo alto.

Meg subió corriendo y encontró a su hermana comiendo manzanas mientras leía The Heir of Redcliffe con lágrimas en los ojos, envuelta en una bufanda de lana y acurrucada en un viejo sillón de tres patas junto a una ventana por la que entraba el sol. Era el refugio preferido de Jo; el lugar al que acudía con media docena de manzanas rojas y un buen libro para disfrutar de un rato de tranquilidad en compañía de un ratoncito que vivía allí y no se asustaba al verla. Al aparecer Meg, Scrabble, el ratoncito, corrió a esconderse en su agujero. Jo se secó las lágrimas con la mano y miró a su hermana dispuesta a escuchar lo que tuviese que decirle.

—¡Mira! ¡Qué emoción! ¡Una invitación de la señora Gardiner para la fiesta de mañana por la noche! —exclamó Meg, quien blandió la preciada nota y luego procedió a leerla en voz alta con alegría infantil—. «La señora Gardiner se complace en invitar a las señoritas Margaret y Josephine March al baile que ofrecerá en la noche de Fin de Año». A Marmee le parece estupendo que vayamos. Pero ¿qué nos pondremos?

—¿A qué viene la pregunta cuando sabes que llevaremos un vestido de popelina porque no tenemos otro? —contestó Jo con la boca llena.

—¡Ojalá tuviese uno de seda! —Meg suspiró—. Mamá dice que tal vez cuando cumpla los dieciocho años pueda tener uno; pero dos años de espera me parecen una eternidad.

—Nuestros vestidos de popelina no tienen nada que envidiar a los de seda, no necesitamos más. Aunque, ahora que recuerdo, el tuyo está como nuevo, pero el mío tiene un zurcido y una quemadura. No sé cómo arreglarlo. La quemadura se nota mucho y no tengo ningún traje más.

—Permanece sentada siempre que puedas, así no se verá la parte trasera de la falda; por delante el vestido está bien. Yo estrenaré una cinta para el pelo y llevaré un broche de perlas de Marmee; tengo míos zapatos nuevos estupendos y unos guantes que, aunque no son tan bonitos como quisiera, no quedarán mal.

—Los míos están manchados de limonada y no tengo dinero para comprar unos nuevos, así que iré sin ellos —explicó Jo, a la que el atuendo no le preocupaba demasiado.

—Tienes que llevar guantes, de lo contrario, no iré a la fiesta —sentenció Meg—. Los guantes son fundamentales, no debes bailar sin ellos y, si tú no bailas, yo pasaré el rato mortificada.

—Entonces me quedaré sentada. Los bailes de sociedad no me interesan demasiado; no le veo la gracia a dar vueltas por una sala, prefiero correr y hacer cabriolas.

—No le puedes pedir a mamá unos guantes nuevos; son muy caros y tú, demasiado descuidada. Recuerdo que cuando estropeaste los anteriores te advirtió de que no te compraría ningún par más este invierno. ¿Estás segura de que no puedes arreglarlos? —inquirió Meg ansiosa.

—Podría llevarlos en la mano, sin ponérmelos, así nadie notará que están sucios; no veo otra solución. ¡Espera! Se me ocurre algo; ¿por qué no compartimos los tuyos? Podemos llevar puesto el guante en buen estado y sujetar el estropeado. ¿Qué te parece?

—Tienes las manos más grandes que yo y, si te presto uno, lo darás de sí —respondió Meg, para quien los guantes eran un asunto muy delicado.

—Entonces, iré sin ellos. Me da igual lo que opinen los demás —afirmó Jo, que volvió a coger el libro.

—¡Está bien! ¡Te lo prestaré! Pero no lo manches y compórtate como una señorita; no escondas las manos en la espalda, no mires fijamente a nadie ni digas «¡Por Cristóbal Colón!», ¿de acuerdo?

—No te preocupes por mí; estaré más tiesa que un palo y procuraré no meterme en líos. Bien, ahora ve a contestar la invitación y déjame acabar de leer esta espléndida historia.

Meg se retiró para «aceptar muy agradecida» la invitación, revisar su vestido y canturrear alegremente mientras planchaba el cuello de encaje. Entretanto, Jo terminó de leer el libro, comió las cuatro manzanas que le quedaban y correteó varias veces detrás de Scrabble.

En la noche de Fin de Año, el salón de la casa estaba desierto, pues las dos hermanas menores se divertían fingiendo ser ayudas de cámara y las dos mayores estaban enfrascadas en la importante misión de prepararse para la fiesta. Aunque los arreglos eran sencillos, hubo idas y venidas, risas y conversaciones. En un momento dado, un fuerte olor a cabello chamuscado se extendió por la casa. Meg quería que algunos rizos le cayeran sobre la cara y Jo se prestó a aplicar las tenacillas calientes sobre los mechones previamente envueltos en papel.


—¿Es normal que salga tanto humo? —preguntó Beth, encaramada en lo alto de la cama.

—Eso ocurre porque el cabello está húmedo y con el calor se seca muy rápido —contestó Jo.

—¡Qué olor tan desagradable! ¡Huele a plumas quemadas! —observó Amy, que se acariciaba los hermosos rizos con aire de superioridad.

—Ya está. Ahora retiraré los papeles y aparecerá una nube de hermosos bucles —dijo Jo dejando las tenacillas.

Retiró los papeles pero, en lugar de los anunciados bucles, encontraron cabello quemado adherido al papel; la horrorizada peluquera dejó los restos chamuscados sobre el tocador frente a la víctima.

—¡Oh! ¿Qué has hecho? ¡Qué desastre! ¡Ya no podré ir al baile! ¡Mi cabello, mi cabello! —gimió Meg mirando desesperada los rizos desiguales que le caían sobre la frente.

—¡Qué mala suerte! No tendrías que haberme pedido que lo hiciera, siempre lo estropeo todo. Perdóname, las tenacillas estaban demasiado calientes y por eso me ha quedado fatal —lamentó Jo mirando los restos quemados con lágrimas de arrepentimiento.

—Tiene arreglo; rízalo un poco más y ponte el lazo de modo que las puntas caigan un poco sobre la frente. Irás a la última moda. He visto a muchas chicas peinadas así —dijo Amy para animarlas.

—Me está bien empleado por querer arreglarme demasiado. ¡Por qué no habré dejado mi melena en paz! —gritó Meg malhumorada.

—Estoy de acuerdo, tenías un cabello liso precioso. Pero pronto volverá a crecer —dijo Beth, que se acercó a la oveja esquilada para darle un beso y confortarla.

Tras una serie de contratiempos menores, Meg terminó de arreglarse y Jo se peinó y vistió con ayuda de todas. Aunque los trajes eran sencillos, ambas tenían muy buen aspecto. Meg vestía de color gris plata, con un cintillo de terciopelo azul, cuello de encaje y el broche de perlas; Jo iba de granate, con un cuello de lino almidonado de estilo masculino y un par de crisantemos blancos por todo adorno. Se pusieron el guante limpio y sostuvieron en la mano el otro; a todas les pareció una solución sencilla y adecuada. A Meg, los zapatos de tacón le quedaban pequeños y le hacían daño, pero era incapaz de reconocerlo, y Jo sentía que las diecinueve horquillas de su recogido se le clavaban en la cabeza, lo que, lógicamente, no resultaba nada cómodo; pero, ya se sabe, para estar elegante hay que sufrir.

—Pasadlo bien, queridas —dijo la señora March mientras sus hijas recorrían con paso elegante el camino hacia la calle—. No comáis demasiado y volved a las once, cuando envíe a Hannah a buscaros. Al cerrarse la puerta, una voz exclamó desde una ventana:

—¡Chicas, chicas! ¿Lleváis unos pañuelos bonitos?

—Sí, sí los llevamos, y el de Meg está perfumado —contestó Jo a gritos, sin detenerse. A continuación añadió entre risas—: Creo que Marmee nos preguntaría eso mismo aunque estuviésemos escapando de un terremoto.

—Es propio de sus modales aristocráticos. A mí me parece muy bien, porque a una verdadera dama se la reconoce por su calzado, siempre limpio, los guantes y el pañuelo —afirmó Meg, que compartía con su madre muchos de esos «modales aristocráticos».

—Bueno, Jo, no olvides ocultar la quemadura de tu falda. ¿Llevo bien puesto el cinturón? Y el cabello, ¿tiene muy mal aspecto? —preguntó Meg, que dio la espalda al espejo del tocador de la señora Gardiner después de un largo rato de retoques.

—Mucho me temo que se me olvidará. Si ves que hago algo inconveniente, hazme un guiño, ¿de acuerdo? —respondió Jo mientras se colocaba bien el cuello del vestido y daba un retoque rápido a su peinado.

—No, una dama no debe guiñar el ojo; si haces algo mal, arquearé las cejas y, si lo haces bien, asentiré con un gesto. Ahora, endereza la espalda, camina con pasos cortos y si te presentan a alguien no le estreches la mano, no resulta nada apropiado.

—¿Cómo sabes tanto sobre lo que es o no es apropiado? Yo no tengo ni idea. ¡Qué música tan alegre!


Se dirigieron a la sala un tanto intimidadas, porque no solían acudir a fiestas y, por informal que fuese aquella reunión, para ellas era todo un acontecimiento. La señora Gardiner, una anciana muy elegante, las saludó afectuosamente y las dejó en compañía de la mayor de sus seis hijas. Meg ya conocía a Sallie y se sintió a gusto enseguida; pero Jo, a la que no le interesaban demasiado las chicas ni los cotillees, permaneció quieta, con la espalda pegada a la pared, sintiéndose tan fuera de lugar como un potro en un jardín con flores. En otra parte de la sala, media docena de muchachos joviales charlaban sobre patines, y a ella le hubiese encantado sumarse a la conversación porque el patinaje era una de sus pasiones. Cuando comunicó a Meg su deseo, ésta arqueó las cejas con tal vehemencia que la joven no osó moverse. Nadie iba a hablar con Jo, y las jóvenes que estaban a su lado se alejaron de ella poco a poco, hasta que se quedó totalmente sola. Como no podía ir a dar una vuelta por la sala para entretenerse sin que la quemadura de su vestido quedase al descubierto, se conformó con contemplar a los asistentes con cierta melancolía hasta que el baile dio comienzo. A Meg la invitaron a bailar enseguida; se movía con tal gracia a pesar de lo ajustado de sus zapatos que nadie hubiese sospechado el dolor que ocultaba su sonrisa. Jo vio que un joven alto y pelirrojo se acercaba a ella y, temerosa de que le pidiese un baile, se ocultó tras unas cortinas con la intención de observar la fiesta desde su escondite, a solas y en paz. Por desgracia, alguien igualmente tímido había escogido el mismo refugio antes, por lo que, al descorrer la cortina, se dio de bruces con el joven Laurence.


—¡Dios mío, no sabía que hubiese alguien aquí! —exclamó Jo, dispuesta a salir tan rápido como había entrado.

Aunque su sorpresa era evidente, el joven sonrió y dijo en tono afable:

—No se preocupe por mí; puede quedarse si lo desea.

—¿No le molestaré?

—En absoluto. Me he escondido porque no conozco a casi nadie y no me siento cómodo entre desconocidos.

—A mí me ocurre lo mismo. Por favor, si no pensaba irse, no lo haga por mí.

El joven volvió a sentarse y bajó la mirada al suelo, hasta que Jo, en un intento de mostrarse amable y educada, reanudó la conversación:

—Creo que he tenido el placer de verle antes, vive cerca de nuestra casa, ¿verdad?

—Somos vecinos. —El joven levantó los ojos y rió abiertamente al ver el aire remilgado que Jo había adoptado, pues recordaba la vez que habían hablado sobre críquet cuando él le llevó el gato perdido a casa.

Su reacción tranquilizó a Jo, que se echó a reír también y dijo con todo el corazón:

—Pasamos una tarde estupenda gracias a su regalo de Navidad.

—Fue mi abuelo quien lo envió.

—Pero seguro que usted se lo propuso, ¿no es así?

—¿Qué tal está su gato, señorita March? —preguntó el joven tratando de ponerse serio, mientras el brillo de sus ojos negros delataba lo bien que lo estaba pasando.

—Muy bien, señor Laurence, gracias. Pero le ruego que no me llame señorita March, soy Jo —dijo la joven.

—Y yo no soy el señor Laurence, soy simplemente Laurie.

—Laurie Laurence, vaya nombre más raro.

—Me llamo Theodore, pero, como mis compañeros me llamaban Dora y no me gustaba, decidí usar Laurie.

—Yo también detesto mi nombre, es muy romanticón. Me encantaría que todos me llamasen Jo en lugar de Josephine. ¿Cómo convenció a los muchachos de que dejasen de llamarle Dora?

—Dándoles una paliza.

—No puedo dar una paliza a mi tía March, así que supongo que tendré que aguantarme —dijo Jo, resignada, con un suspiro.

—¿No le gusta bailar, señorita Jo? —preguntó Laurie, que pensaba que el nombre iba perfectamente con ella.

—Me gusta cuando hay espacio de sobra y la gente está animada. En un lugar como éste, seguro que chocaría con algo, le pisaría el pie a alguien o haría algo terrible, así que para evitar un mal mayor, dejo que Meg se luzca. ¿Usted no baila?

—A veces. Verá, he vivido en el extranjero bastantes años y todavía no estoy muy hecho a las costumbres de aquí.

—¡En el extranjero! —exclamó Jo—. ¡Por favor, cuénteme! Me encanta oír relatos de viajes.

Laurie no parecía saber por dónde empezar, pero las ávidas preguntas de Jo le pusieron de inmediato sobre la pista. Así, el joven le contó que había estudiado en una escuela de Vevey en la que los niños no usaban sombrero, que contaba con una flota de barcos atracados en el lago y que, en vacaciones, organizaban excursiones por Suiza con sus profesores.

—¡Cómo me hubiese gustado estar ahí! —exclamó Jo—. ¿Conoce París?

—Estuve allí el invierno pasado.

—¿Habla francés?

—En Vevey no se puede hablar otra cosa.

—Dígame algo en francés. Yo lo entiendo si lo veo escrito, pero mi pronunciación es muy mala.

—Quel nom a la jeune demoiselle en jolies pantoufles? —dijo Laurie de buen grado.

—¡Qué bien suena! Déjeme pensar… Ha dicho «¿Cómo se llama la joven de los zapatos bonitos?», ¿verdad?

—Oui, mademoiselle.

—Es mi hermana Margaret, pero ¡eso ya lo sabía! ¿Le parece guapa?

—Sí, me recuerda a las jóvenes alemanas. Su aspecto es juvenil y sereno, y baila como una dama.

Jo resplandecía de felicidad al oír a un joven alabar de ese modo a su hermana y trató de memorizar cada palabra para transmitírselas a Meg. Desde su escondite, contemplaron la fiesta, hicieron comentarios y críticas y charlaron como dos viejos amigos. Laurie no tardó en superar su timidez, porque la actitud masculina de Jo le divertía y le hacía sentirse cómodo, y ella volvía a ser la alegre criatura de siempre ahora que se había olvidado de su vestido y nadie le arqueaba las cejas. El joven Laurence le caía cada vez mejor. Lo estudió bien para poder describírselo a sus hermanas; como no tenían ningún hermano, y muy pocos primos, los muchachos eran criaturas prácticamente desconocidas para ellas.

Cabello negro y rizado, piel canela, ojos grandes y negros, nariz larga, buena dentadura, manos y pies pequeños, tan alto como yo; muy amable para ser un chico y realmente divertido. ¿Qué edad tendrá?

Jo tenía la pregunta en la punta de la lengua, pero se contuvo a tiempo y con un tacto poco habitual en ella optó por buscar la respuesta de forma indirecta.

—Supongo que no tardará en ir a la universidad. Ya le veo empollando los libros… Quiero decir estudiando mucho. —Jo se ruborizó por el vulgar «empollar» que se le había escapado.

Laurie sonrió, no pareció escandalizado, y respondió encogiéndose de hombros:

—Todavía faltan dos o tres años; en cualquier caso, no iré antes de cumplir los diecisiete.

—¿No tiene más que quince años? —inquirió Jo mirando al joven alto, al que echaba unos diecisiete.

—Cumpliré dieciséis el mes que viene.

—¡Cómo me gustaría ir a la universidad! En cambio a usted no parece que le haga mucha ilusión.

—¡Detesto la idea! En la universidad todo son burlas y travesuras, y no me gusta cómo los jóvenes de este país hacen estas cosas.

—¿Qué le gustaría?

—Vivir en Italia y pasarlo bien a mi manera.

Jo sintió el deseo de preguntarle qué manera era ésa, pero al observar que el joven fruncía el entrecejo, decidió cambiar de tema y, siguiendo el compás con el pie, comentó:

—Esta polca es espléndida. ¿Por qué no va a bailar?

—Si me acompaña, lo haré —contestó él haciendo una pequeña reverencia al estilo francés.

—Imposible; he prometido a Meg que no me movería porque… —Se interrumpió de pronto sin saber si contárselo o reír.

—¿Porque qué? —siguió Laurie con curiosidad.

—¿No lo imagina?

—No tengo ni idea.

—Bueno, tengo la mala costumbre de ponerme muy cerca de la chimenea, por lo que suelo acabar con la falda chamuscada, y este vestido no es una excepción. Aunque está bien remendado, se nota, y Meg me dijo que no me moviera para que nadie se diese cuenta. Puede reírse si quiere, sé que es gracioso.

Sin embargo, Laurie no se rió; bajó la vista un minuto y después, con una expresión en el rostro que desconcertó a Jo, dijo con suma amabilidad:

—No se preocupe, tengo una idea; ahí fuera hay un gran vestíbulo en el que podremos bailar de maravilla sin que nadie nos vea. Por favor, venga conmigo.

Jo le dio las gracias y le siguió encantada pero, al apreciar la pulcritud de los guantes color perla de su acompañante, deseó que los que ella llevaba estuviesen a la altura. En el vestíbulo no había nadie y bailaron una magnífica polca, porque Laurie resultó ser un excelente bailarín, y le enseñó un paso alemán con el quejo disfrutó porque había que girar y saltar. Cuando la pieza terminó, se sentaron en la escalera para recuperar el aliento. Laurie estaba hablando de una fiesta de estudiantes en Heidelberg cuando Meg apareció en busca de su hermana. Le hizo una seña y Jo la siguió a regañadientes hasta una sala contigua. Meg se dejó caer en un sofá y se llevó la mano al pie, pálida.


—Me he torcido el tobillo. El estúpido tacón se dobló y he notado un fuerte tirón. Me duele tanto que apenas puedo estar de pie. No sé cómo voy a regresar a casa —explicó la joven meciéndose de dolor.

—Sabía que esos estúpidos zapatos te harían daño. Lo siento, pero no se me ocurre qué hacer, salvo pedir un carruaje o pasar aquí la noche —dijo Jo mientras le frotaba dulcemente el tobillo.

—Un carruaje saldría demasiado caro, y mucho me temo que además sería imposible conseguir uno, ya que la mayoría de los asistentes han venido por sus propios medios; la caballeriza queda muy lejos y no tenemos a quién mandar a buscar un coche.

—Iré yo.

—Ni hablar; son más de las diez y está muy oscuro fuera. Tampoco me puedo quedar aquí porque no hay sitio; Sallie tiene invitadas. Descansaré hasta que Hannah venga a buscarnos y, entonces, haré un esfuerzo.

—Le pediré a Laurie que vaya —propuso Jo, que sintió un alivio inmediato ante esa idea.

—¡Por favor, no lo hagas! No pidas ayuda ni a él ni a nadie. Tráeme mis botas y guarda los zapatos con nuestras cosas. Ya no puedo seguir bailando. Ve a cenar y, cuando termines, espera a que llegue Hannah y ven a avisarme enseguida.

—La cena va a empezar ahora. Prefiero quedarme aquí, contigo.

—No, querida; ve y tráeme un café. Estoy tan cansada que no puedo ni moverme.

Meg se recostó, cuidando de que las botas permaneciesen ocultas, y dando tumbos Jo se dirigió al comedor, al que llegó después de haberse metido, por error, en el cuarto donde guardaban la vajilla y haber abierto la puerta de la sala en la que el anciano señor Gardiner tomaba un refrigerio en privado. Una vez en el comedor se abalanzó sobre la mesa y se hizo con un café que, en cuestión de segundos, derramó sobre su vestido, con lo que el delantero de la falda quedó tan poco presentable como la parte de atrás.

—¡Dios mío! ¡Qué desmañada soy! —exclamó Jo al tiempo que ensuciaba el guante de Meg, pues trataba de limpiar con él la mancha del vestido.

—¿Necesita ayuda? —preguntó una voz amiga. Laurie se había acercado con una taza de café en una mano y un plato con helado en la otra.

—Me disponía a llevarle algo a Meg, que está muy cansada, pero alguien me ha dado un empujón y ahora estoy hecha un desastre —dijo Jo, que miraba desesperada la mancha del vestido y el borrón de café del guante.

—¡Qué mala suerte! Buscaba a alguien a quien ofrecer este café. ¿Le parece bien si se lo acerco a su hermana?

—¡Oh, gracias! Le indicaré dónde se encuentra. No me ofrezco a llevarlo yo misma porque a buen seguro cometería otro estropicio.

Jo le indicó el camino, y Laurie, dando muestras de saber cómo tratar a una dama, acercó una mesita, trajo una segunda taza de café y más helado para Jo y se mostró tan solícito que hasta la quisquillosa Meg hubo de reconocer que parecía un «buen muchacho». Lo pasaron de maravilla comiendo bombones y contando chistes, y estaban jugando tranquilamente a los disparates con dos o tres jóvenes que también se habían escabullido de la fiesta cuando Hannah llegó. Meg, que se había olvidado de su tobillo, se levantó de golpe y tuvo que apoyarse en Jo al tiempo que soltaba un grito de dolor.

—No hables —rogó en un susurro y luego, en voz alta, añadió—: No es nada, una pequeña torcedura de tobillo. —Y subió la escalera cojeando para recoger sus cosas.

Hannah la regañó, Meg se echó a llorar y Jo no sabía qué hacer, hasta que decidió buscar una solución por su cuenta. Corrió escalera abajo y pidió a un criado que le consiguiese un carruaje. Por desgracia, el criado había sido contratado solo para la fiesta y no conocía el barrio. Jo seguía buscando ayuda cuando Laurie, que había oído su petición, se acercó y puso a su disposición el carruaje de su abuelo, que, según explicó, acababa de ir a buscarle.

—Es demasiado temprano, no puedo creer que se quiera ir ya… —repuso Jo, que se sentía aliviada pero no sabía si debía aceptar el ofrecimiento.

—Yo siempre me retiro pronto. De veras. Por favor, permítame que las acompañe a su casa; como sabe, me pilla de camino y, además, creo que está lloviendo.

Ese argumento terminó de convencer a la joven. Jo dijo que Meg no se encontraba bien, agradeció la ayuda y corrió a buscar a su hermana y a Hannah. Esta última detestaba la lluvia tanto como los gatos, de modo que no puso ninguna pega, y las tres abandonaron la fiesta en un lujoso carruaje, felices y sintiéndose importantes. Como Laurie se había instalado en el pescante, Meg puso el pie en alto y las jóvenes comentaron cómo les había ido en la fiesta con total libertad.

—Yo lo he pasado de maravilla, ¿y tú? —preguntó Jo, mientras se deshacía el peinado y se ponía cómoda.

—Yo también, hasta que me torcí el tobillo. Le he caído muy bien a Annie Moffat, la amiga de Sallie, y me ha pedido que vaya con Sallie a pasar una semana a su casa, en primavera, cuando empiece la temporada de ópera. Sería estupendo que mamá me dejase ir —contó Meg, entusiasmada ante la idea.

—Te he visto bailar con el joven pelirrojo del que yo había huido, ¿es agradable?

—¡Oh, mucho! Y tiene el cabello castaño cobrizo, no rojo; es un joven muy educado y he bailado una magnífica redowa con él.

—Pues parecía un saltamontes histérico cuando daba esos pasos, Laurie y yo no parábamos de reír; ¿se nos oía?

—No, pero me parece muy desconsiderado. Además, ¿qué hacíais tanto rato escondidos?

Jo contó sus aventuras y, cuando acabó, ya habían llegado a casa. Se despidieron de Laurie tras darle varias veces las gracias y entraron sigilosas para no despertar a nadie; pero, en cuanto abrieron la puerta de su habitación, asomaron dos cabecillas con gorro de dormir y dos vocecillas, adormiladas pero impacientes, exclamaron:

—¡Habladnos de la fiesta! ¡Queremos saberlo todo!

Con lo que Meg había calificado de «una falta absoluta de modales», Jo había guardado unos bombones para sus hermanas pequeñas, que dieron cuenta de ellos mientras oían el relato de los acontecimientos más emocionantes de la velada.

—Ahora sé lo que siente una joven de clase alta que vuelve a casa en carruaje y espera sentada en su tocador a que su criada la sirva —dijo Meg mientras Jo le daba unas friegas de árnica en el tobillo y le cepillaba el cabello.

—No creo que las jóvenes de la alta sociedad lo pasen mejor que nosotras, a pesar del cabello chamuscado, los vestidos viejos, los guantes desparejados y los zapatos pequeños que hacen que las que son tan tontas como para ponérselos se tuerzan el tobillo.

Y a mí me parece que Jo tenía toda la razón.


4
CARGAS


—¡Oh, querida! ¡Qué duro resulta retomar nuestras obligaciones y seguir adelante! —dijo Meg con un suspiro, la mañana siguiente de la fiesta. Las vacaciones habían acabado y aquella semana de felicidad no le había aportado energía suficiente para ocuparse de tareas que no eran de su agrado.

—Ojalá todos los días fuesen Navidad o Año Nuevo. ¡Sería estupendo! —comentó Jo en tono melancólico y entre bostezos.

—Entonces no disfrutaríamos de esos días especiales ni la mitad que ahora. De todos modos, debe de ser maravilloso que te inviten a cenar y te regalen ramos de flores, ir a fiestas, volver a casa en carruaje y, al llegar, leer un rato y descansar, sin tener que pensar en trabajar. Algunas jóvenes llevan esa vida, y yo las envidio. ¡El lujo me atrae tanto! —comentó Meg mientras trataba de decidir cuál de los dos vestidos desgastados que tenía ante sí lo estaba menos.

—Bueno, eso no está a nuestro alcance, así que, en lugar de lamentarnos, arrimemos el hombro y cumplamos con nuestras obligaciones con alegría, como hace Marmee. Para mí, la tía March es como el viejo de Simbad el Marino, pero imagino que cuando aprenda a soportarla sin protestar me quitaré esa carga de encima o me resultará tan ligera que ni pensaré en ella.

La idea puso de buen humor a Jo, pero no alegró a Meg, porque su carga, cuatro niños malcriados, le parecía más pesada que nunca. No tenía ánimo para ponerse guapa como solía hacer, con un lazo azul en el cuello y un peinado favorecedor.

—¿Qué sentido tiene arreglarse cuando los únicos que me van a ver son unos mocosos malhumorados y a nadie le importa si estoy guapa o no? —musitó cerrando de golpe el cajón de la cómoda—. Me pasaré la vida trabajando y penando, divirtiéndome solo en contadas ocasiones, y me convertiré en una vieja fea y amargada; todo porque soy pobre y no me puedo permitir disfrutar de la vida como hacen las demás. ¡Qué desgracia!

Meg bajó con aire compungido y se mantuvo en ese estado de ánimo durante todo el desayuno. De hecho, todas estaban de mal humor y quejumbrosas. A Beth le dolía la cabeza y se había tumbado en el sofá con la gata y los tres gatitos en busca de consuelo; Amy estaba muy preocupada porque no se sabía bien la lección y no encontraba sus útiles. Jo no dejaba de silbar y de armar ruido mientras se preparaba para salir; la señora March intentaba terminar de escribir una carta que tenía que enviar de inmediato, y Hannah estaba muy gruñona porque no le sentaba bien acostarse tarde.

—¡No creo que haya una familia de peor humor! —exclamó Jo, que perdió los estribos después de volcar un tintero, romper los cordones de sus zapatos y aplastar su sombrero sentándose encima de él.

—¡Pues tú eres la más cascarrabias de la familia! —replicó Amy, cuyas lágrimas cayeron sobre su pizarra y borraron la suma, llena de errores, que acababa de hacer.

—Beth, si no bajas estos horribles gatos a la bodega, acabaré ahogándolos —exclamó Meg, muy enfadada, mientras trataba de librarse de uno de los gatitos, que se había encaramado a su espalda y se mantenía clavado a ella, como si de un erizo se tratara, fuera de su alcance.

Jo reía, Meg protestaba, Beth imploraba y Amy se lamentaba porque no recordaba cuánto era nueve por doce.

—¡Niñas! ¡Niñas! Callad un minuto, Debo enviar esta carta con el correo de la mañana y, con tantas quejas, no me puedo concentrar —exclamó la señora March al tachar por tercera vez una frase de la carta.

Se produjo un momento de calma que tocó a su fin después de que Hannah entrara con dos empanadas recién hechas, las dejara sobre la mesa y se marchara. Aquellas empanadas eran toda una institución; las jóvenes las llamaban «manguitos» porque, a falta de éstos, resultaba muy agradable sentir en las manos el calor de la pasta recién horneada en las mañanas frías. Hannah nunca dejaba de prepararlas, por muy ocupada o malhumorada que estuviera, porque sabía que la jornada sería larga y dura; las pobres criaturas no comían nada más hasta volver a casa, y rara vez regresaban antes de las tres.

—Beth, acurrúcate con tus gatos; espero que se te pase el dolor de cabeza. Marmee, adiós; esta mañana nos hemos portado como una banda de granujas, pero volveremos a casa hechas unos auténticos angelitos. Meg, vamos. —Y Jo echó a andar pensando que los peregrinos no estaban haciéndolo todo lo bien que debían.

Siempre volvían la cabeza antes de doblar la esquina, pues sabían que su madre estaría en la ventana para hacerles un gesto, sonreír y decirles adiós con la mano. En cierto modo, eso parecía darles fuerzas para hacer frente al día porque, estuvieran del humor que estuviesen, esa última imagen del rostro de su madre tenía sobre ellas el efecto de un rayo de sol.

—Si Marmee nos amenazara con el puño en lugar de mandarnos besos con la mano nos estaría bien empleado, porque nos hemos comportado como unas brujas —comentó Jo, que, en su arrepentimiento, consideraba que el lodo del camino y el fuerte viento eran una merecida penitencia.

—No uses expresiones vulgares —se quejó Meg, oculta tras el chal con que se había cubierto como una monja harta del mundo.

—No veo nada malo en emplear palabras fuertes cuando su significado es el adecuado —repuso Jo sujetándose el sombrero cuando dio un salto sobre su cabeza, dispuesto a salir volando.

—Puedes dedicarte todos los insultos que quieras, pero yo no soy ni una granuja ni una bruja.

—Está claro que hoy no tienes un buen día y, además, estás frustrada por no poder vivir rodeada de lujos. ¡Pobrecita! Espera a que yo me haga rica; entonces, podrás disfrutar de todos los carruajes, helados, zapatos de tacón y ramilletes que quieras y bailarás con todos los jóvenes pelirrojos que te apetezca.

—¡No seas ridícula, Jo! —exclamó Meg, que no obstante se rió de la ocurrencia y se sintió mejor a su pesar.

—Da gracias de que lo sea. Si adoptase ese aire abatido y me dejase vencer por el desaliento como tú, estaríamos apañadas. Afortunadamente, siempre encuentro algo divertido para animarme. Deja de quejarte y haz el favor de volver a casa de buen humor.

Cuando llegó el momento de separarse, Jo dio una palmada de ánimo a su hermana y cada una siguió su camino, con la empanada caliente en las manos, intentando poner buena cara al mal tiempo, al trabajo duro y al hecho de no poder satisfacer sus sueños adolescentes de bienestar.

Cuando el señor March perdió su fortuna en un intento de ayudar a un amigo caído en desgracia, las dos hijas mayores rogaron que se les permitiese colaborar en el sustento familiar. Sus padres, convencidos de que nunca era demasiado pronto para conocer el valor del esfuerzo, el trabajo y la independencia, accedieron y ambas se pusieron a trabajar henchidas de amor y buena voluntad, seguras de que, a pesar de los obstáculos, saldrían adelante.

Margaret encontró un puesto como institutriz y se sintió rica con su pequeño sueldo. Como ella misma reconocía, «le encantaba el lujo», y su principal preocupación era la pobreza en que vivían. A ella le resultaba más difícil de sobrellevar que a las demás porque recordaba la época en la que gozaban de un hogar hermoso y confortable en el que no faltaba nada. Trataba de no dejarse vencer por la envidia ni el descontento, pero era natural que una joven anhelase tener cosas bonitas, divertirse con sus amigos y llevar una vida feliz sin frustraciones. En casa de los King veía a diario todo aquello que deseaba, porque las hermanas de los niños que cuidaba salían con asiduidad y Meg las veía pasar con frecuencia con espectaculares vestidos de fiesta y ramilletes de flores, las oía comentar con entusiasmo obras de teatro, conciertos, fiestas y celebraciones de toda índole, y las veía gastar en fruslerías un dinero que a ella la hubiese sacado de un apuro. La pobre Meg no solía quejarse, pero en ocasiones se sentía amargada por aquella injusticia, y es que todavía no había aprendido a apreciar lo rica que era en la clase de bendiciones que, en verdad, garantizan una vida feliz.

En cuanto a Jo, resultó ser la ayuda perfecta para la tía March, que estaba inválida y necesitaba a alguien que la cuidase. La anciana, que no tenía hijos, se ofreció a adoptar a una de las jóvenes cuando la familia perdió su fortuna y se sintió muy ofendida cuando los padres rehusaron su oferta. Los amigos advirtieron a los March que con aquella decisión habían perdido toda posibilidad de figurar en el testamento de la rica anciana, a lo que el matrimonio, nada materialista, contestaba; «Ni una fortuna doce veces mayor podría compensar el perder a una de nuestras hijas. Ricos o pobres, permaneceremos unidos y felices».

La anciana les retiró la palabra durante un tiempo, hasta que un día, en casa de una amiga, conoció a Jo, que la cautivó con sus dotes cómicas y su franqueza, hasta el punto de que le ofreció trabajo como dama de compañía. A Jo no le entusiasmó la propuesta pero, en vista de que no surgía nada mejor, aceptó el puesto y, para sorpresa de muchos, se ganó el favor de su irascible parienta. Tenían sus más y sus menos, y en una ocasión Jo se había marchado a casa espetando que no aguantaba ni un segundo más, pero la tía March, a quien enseguida se le pasaban los enfados, la reclamó con tal urgencia que la joven no tuvo corazón para negarse, y es que en el fondo había cogido cariño a aquella vieja cascarrabias.

Yo sospecho que lo que en verdad le gustaba de aquel trabajo era la enorme y bien surtida biblioteca, que era pasto del polvo y las arañas desde la muerte del tío March. Jo recordaba bien al anciano y amable señor que le prestaba sus grandes diccionarios para que construyese puentes y raíles de ferrocarril, le contaba historias sobre curiosas ilustraciones de libros escritos en latín y le compraba panecillos de jengibre cuando coincidía con ella en la calle. La estancia, oscura y llena de polvo, con bustos que miraban fijamente desde las altas estanterías, cómodas butacas, globos terráqueos y, lo mejor de todo, una selva de libros en que perderse a su gusto, resultaba para la joven un paraíso terrenal. En cuanto la tía March dormía la siesta o atendía una visita, Jo corría a aquel tranquilo refugio para, acurrucada en una butaca, devorar poesía, novelas de amor, de historia o de aventuras, o contemplar ilustraciones, como un auténtico ratón de biblioteca. Pero, como suele ocurrir, la felicidad no dura eternamente y, así, cuando estaba en lo mejor de una historia, en el verso más dulce de un poema o en el punto álgido de un relato de aventuras, una voz chillona la reclamaba, «Josephine, Josephine», y se veía forzada a abandonar su paraíso para devanar un ovillo de hilo, bañar al perro o leer en voz alta ensayos de Belsham durante horas.


Jo sentía que estaba llamada a realizar algo portentoso y, aunque no sabía en qué podía consistir, confiaba en que lo descubriría con el tiempo. Mientras tanto, su principal frustración era no poder leer, correr y montar a caballo tanto como quisiera. Su carácter fuerte, su lengua afilada y su espíritu incansable la llevaban a meterse en líos una y mil veces, con lo que su vida era una sucesión de altibajos que podían resultar tanto cómicos como patéticos. El aprendizaje que recibía en casa de la tía March era justo lo que necesitaba, y la idea de colaborar a su propio sustento la hacía feliz, a pesar del constante «Josephine».

Beth era demasiado tímida para ir a la escuela. Lo habían intentado, pero la pobre lo pasaba tan mal que habían optado por que estudiase en casa, con su padre. Cuando él marchó al frente y la madre se vio impelida a volcar su energía y su tiempo en tareas de ayuda a los soldados, Beth siguió estudiando por su cuenta y se esforzó al máximo. Como era una joven muy hogareña, disfrutaba ayudando a Hannah a mantener la casa limpia y a punto para cuando las demás volviesen del trabajo, y no anhelaba más reconocimiento que el amor de sus seres queridos. Aun en las jornadas más largas y tranquilas, nunca se sentía sola ni permanecía ociosa, puesto que su mundo interior estaba poblado de amigos imaginarios y era, por naturaleza, laboriosa como una abeja. Por las mañanas, se divertía jugando con seis muñecas a las que despertaba y vestía con amor, pues todavía era una niña. No había ni una sola que estuviese entera y ninguna era bonita; habían permanecido en un rincón hasta que ella las rescató del olvido. Cuando sus hermanas fueron demasiado mayores para jugar con ellas, Beth las tomó a su cargo, pues Amy no consentía tener nada viejo o feo. Precisamente por eso, Beth se había entregado a su tierno cuidado y hasta había puesto en pie un hospital para muñecas enfermas. Nunca clavaba alfileres en sus cuerpos de algodón, no les gritaba ni las golpeaba, y no desatendía a ninguna por repulsiva que fuera. Las alimentaba, vestía, cuidaba y acariciaba a todas con idéntico afecto y devoción. Incluso había rescatado a una muñeca desmembrada que había pertenecido a Jo y que, tras una vida tempestuosa, había ido a pasar al saco de los trapos. Como tenía la cabeza descosida, le puso un bonito gorro, y para disimular la falta de brazos y piernas, la envolvió en una manta y le consagró la mejor cama de su hospital, como enferma crónica que era. No creo que nadie, viendo el amor que Beth prodigaba a aquella muñeca, pudiese dejar de emocionarse, por mucho que tal entrega le provocase risa. Le llevaba flores, le leía cuentos, la sacaba a que le diese el aire, oculta en su abrigo, le cantaba nanas y no se acostaba sin besar su sucia carita y susurrarle con dulzura: «Que pases una buena noche, querida».

Como el resto, Beth también tenía sus penas y, puesto que no era un ángel sino una niña muy humana, también ella «dejaba escapar unas lagrimitas», decía Jo, por no poder tomar lecciones de música y no contar con un buen piano. Amaba tanto la música, se esforzaba tanto por aprender y practicaba tan pacientemente en el viejo y desafinado instrumento de la familia, que parecía obligado que alguien (por no decir la tía March) acudiese en su ayuda. Nadie lo hizo, sin embargo, y nadie la vio nunca secar las lágrimas que caían sobre las teclas amarillentas y desafinadas cuando ensayaba sola. Mientras trabajaba cantaba como una pequeña alondra, nunca estaba cansada si se trataba de tocar para Marmee y sus hermanas. Todos los días se decía esperanzada: «Algún día, si soy buena, conseguiré tocar mi música».

El mundo está lleno de mujeres como Beth, tímidas y tranquilas, que aguardan sentadas en un rincón hasta que alguien las necesita, que se entregan a los demás con tanta alegría que nadie ve su sacrificio hasta que el pequeño grillo del hogar cesa de chirriar y la dulce y soleada presencia desaparece para dejar tras de sí silencio y oscuridad.

Si alguien hubiese preguntado a Amy cuál era su principal quebradero de cabeza, ella hubiese contestado sin dudar: «Mi nariz». Cuando era pequeña, Jo la había dejado caer accidentalmente en un capacho de carbón y Amy sostenía que eso había afeado su nariz sin remedio. No era grande ni estaba siempre roja como la de la pobre Pétrea; era más bien chata y, por mucho que la levantase, nunca le daría el aire aristocrático que anhelaba. A nadie le preocupaba el asunto salvo a ella y, de hecho, su nariz seguía creciendo, pero Amy deseaba tanto un perfil griego que, para consolarse, llenaba hojas enteras con dibujos de narices perfectas.

«El pequeño Rafael», como la llamaban sus hermanas, poseía un notable talento para el dibujo y era sumamente feliz copiando flores, pintando hadas o ilustrando cuentos con curiosas muestras de arte. Sus profesores se quejaban de que, en lugar de hacer las sumas, llenaba su pizarra de dibujos de animales; aprovechaba las páginas en blanco del atlas para copiar mapas y sus libros estaban llenos de caricaturas cómicas que aparecían en los momentos más inoportunos. Se aplicaba al estudio lo mejor que podía y su comportamiento modélico la había salvado de más de una reprimenda. Era muy querida entre sus compañeras por su buen carácter y poseía el don de granjearse el cariño de todos sin esfuerzo. Su afectación y sus modales exquisitos despertaban admiración, al igual que sus numerosas aptitudes, y es que, además de dibujar, era capaz de tocar doce melodías, hacer ganchillo y leer en francés sin pronunciar mal más de dos tercios de las palabras. El tono quejumbroso, con el que acostumbraba a explicar: «Cuando papá era rico, hacíamos tal o cual cosa», resultaba conmovedor y su tendencia a usar palabras complicadas era considerada «muy elegante» por las demás.

Amy iba camino de convertirse en una niña malcriada. Todo el mundo la consentía y su vanidad y su egoísmo iban en aumento. Sin embargo, había algo que mantenía a raya su vanidad; verse obligada a usar los vestidos de su prima. La madre de Florence no destacaba, precisamente, por su buen gusto y, para Amy, llevar un sombrero rojo en lugar de uno azul, vestidos poco favorecedores y delantales chillones que no eran de su talla le parecía un suplicio. La ropa era de calidad, tenía buena hechura y estaba casi nueva, pero hería el gusto estético de Amy, sobre todo en aquel invierno, en el que tenía que ir a la escuela con un vestido de un morado apagado, con topos amarillos y sin nada que lo adornara.

«Mi único consuelo —le había contado a Meg, con lágrimas en los ojos— es que mamá no me mete el dobladillo de la falda cada vez que hago una travesura, como hace la madre de Maria Parks. Es un verdadero horror; a veces, se porta tan mal que el vestido apenas le cubre las rodillas y no puede ir al colegio. Cuando pienso en la degradadación que sufre, el hecho de tener la nariz chata y un vestido morado con topos amarillos me parece una nimiedad».

Meg era la confidente y guía de Amy y, curiosamente, Jo lo era de Beth, tal vez porque los opuestos se atraen. La tímida muchachita solo se abría con su atolondrada hermana mayor, sobre la que, sin darse cuenta, ejercía más influencia que ningún otro miembro de la familia. Las dos hermanas mayores se llevaban muy bien, pero cada una de ellas había tomado a su cargo a una de las menores y las protegían a su manera. Era su peculiar manera de jugar a «mamás», poniendo a sus hermanas en lugar de las muñecas que ya habían desechado, y lo hacían con el instinto maternal propio de unas mujercitas.

—¿Alguien tiene algo interesante que contar? Ha sido un día tan deprimente que necesito algo de entretenimiento —comentó Meg cuando se sentaron a coser juntas aquella tarde.

—Hoy me ha ocurrido una cosa curiosa en casa de la tía y, puesto que todo ha salido bien, os la contaré —empezó Jo, a la que le encantaba contar historias—. Estaba leyendo en voz alta ese interminable libro de Belsham, con el tono monocorde de siempre, para que la tía se quede dormida lo antes posible y yo pueda disfrutar de un buen libro hasta que se despierte. Esta vez lo que conseguí fue que me entrara sueño y, antes de que ella empezara a cabecear, se me escapó un bostezo enorme. La tía me preguntó si abría tanto la boca para devorar el libro de golpe. “¡Ojalá pudiese hacerlo y terminar de una vez!”, respondí sin pretender ser impertinente.


»Entonces, me echó un largo responso sobre mis pecados, me pidió que me sentara y reflexionara sobre lo que habíamos hablado mientras ella “daba una cabezadita”. Como sé que la “cabezadita” suele durar bastante, en cuanto cerró los ojos saqué del bolsillo El vicario de Wakefield y me puse a leer con un ojo mientras que con el otro vigilaba a la tía. Cuando llegué al punto en el que todos se caen al agua, me olvidé de dónde estaba y solté una carcajada. La tía se despertó, descansada y de buen humor, y me pidió que leyera en voz alta un poco de ese libro frívolo que prefería al edificante y serio Belsham. Me esforcé al máximo y le gustó, aunque se limitó a comentar: “No comprendo bien de qué trata; léelo desde el principio, querida”.

»Así lo hice, procurando que los Primrose resultasen más entretenidos que nunca. En un momento dado, cuando el texto estaba en un punto emocionante, tuve la picardía de interrumpir la lectura y le pregunté mansamente: “Tía, me temo que la estoy aburriendo. ¿Quiere que lo deje aquí?”.

»Retomó la calceta que había dejado caer, me lanzó una mirada airada desde detrás de sus gafas y contestó tajante: “Jovencita, acaba de leer el capítulo y no seas impertinente”.

—¿Reconoció que le estaba gustando? —preguntó Meg.

—¡Por Dios, no! Pero dejó al viejo Belsham a un lado, y por la tarde, cuando volví a buscar los guantes que había dejado olvidados, la sorprendí tan embebida en la lectura de El vicario que ni me oyó reír y bailar de alegría en el vestíbulo, por los buenos tiempos que vendrían. Qué agradable podría ser su vida si eligiese ser feliz. A pesar de lo rica que es, no la envidio. Al fin y al cabo, imagino que los ricos tienen tantas preocupaciones como los pobres —añadió Jo.

—Eso me recuerda —dijo Meg— que yo también tengo algo que contar. No es tan divertido como la anécdota de Jo, pero he estado dándole muchas vueltas mientras venía de camino. Hoy, en casa de los King, todo el mundo estaba muy inquieto y uno de los niños me contó que su hermano mayor había hecho algo horrible y que su padre lo había echado de casa. Oí llorar a la señora King y gritar al señor King, y Grace y Ellen volvieron la cabeza cuando pasé junto a ellas para que no viese que tenían los ojos enrojecidos. Por supuesto, no pregunté nada a nadie; pero sentí lástima por ellos y me alegré de no tener ningún hermano rebelde que pudiera deshonrar a la familia.

—Yo creo que recibir un castigo en la escuela es mucho peorible que tener un hermano rebelde —intervino Amy meneando la cabeza, como si tuviera una honda experiencia de la vicia—. Hoy Susie Perkins ha venido al colegio con una sortija de cornalina roja preciosa. Me gustó tanto que deseé con toda el alma ser como ella. Bueno, el caso es que dibujó una caricatura del señor Davis con una nariz monstruosa y una joroba, y escribió las palabras «¡Señoritas, no les quito ojo!» saliendo de su boca. Nos estuvimos riendo del dibujo, hasta que descubrimos que, en efecto, el señor Davis no nos quitaba ojo, y ordenó a Susie que le mostrase su pizarra. Ella se quedó patrificada del susto, pero se la enseñó y… ¿qué creéis que hizo él? La cogió por la oreja. ¡Por la oreja! ¡Figuraos qué horror! La obligó a subir al estrado y la tuvo allí plantada, una hora y media, sujetando la pizarra para que todas la viéramos.


—¿Y las demás no se rieron al ver la caricatura? —preguntó Jo, a la que le encantaba aquel lío.

—¿Reírse? En absoluto, estuvimos todas bien quietas y Susie lloró a mares. Eso fue lo que pasó. Yo ya no sentí envidia de ella, porque me dije que ni un millón de sortijas de cornalina me hubiesen hecho feliz después de algo así. Yo nunca me hubiese repuesto de semejante humillación. —Y dicho esto, Amy retomó su labor, orgullosa de su virtud y de haber pronunciado dos palabras largas sin que se le trabara la lengua.

—Esta mañana vi algo que me gustó y que pensaba contar a la hora de la cena, pero se me olvidó —explicó Beth al tiempo que ordenaba el enmarañado cesto de labores de Jo—. Salí a comprar unas ostras por encargo de Hannah y encontré al señor Laurence en la pescadería, aunque no me vio porque me escondí detrás de un barril y él estaba hablando con el señor Cutter, el pescadero. En eso, entró una mujer pobre con un cubo y una fregona y se ofreció a limpiar el local a cambio de un poco de pescado porque no tenía nada que darles de cenar a sus hijos y le habían escatimado un jornal. El señor Cutter, que estaba algo atareado, le contestó que no sin pensarlo, bastante molesto. La mujer, que parecía muerta de hambre, se dio la vuelta para salir con aire afligido, y entonces el señor Laurence pinchó un pescado grande con la punta de su bastón y se lo ofreció. Ella lo cogió sorprendida pero encantada y le dio las gracias varias veces. Él le dijo: «Vaya y guíselo», y ella se marchó a toda prisa la mar de contenta. Qué detalle tan enternecedor, ¿no os parece? ¡Era tan gracioso verla abrazada a aquel pescado enorme y diciéndole al señor Laurence que esperaba que Dios le guardase una cama cómoda en el cielo!


Todas rieron, y luego pidieron a su madre que les contase también algo. La mujer guardó silencio unos instantes y, después, dijo muy seria:

—Hoy, mientras cortaba tela para unas chaquetas de franela azul, me acordé de vuestro padre y pensé en lo sola y desamparada que me sentiría si le ocurriese algo. Sé que no debería pensar en ello, pero no pude evitarlo, hasta que un hombre mayor entró para hacer un pedido. Se sentó cerca de mí y me puse a hablar con él, porque parecía pobre, cansado y nervioso. «¿Tiene hijos en el ejército?», le pregunté al ver que traía una nota que no era para mí. «Sí, señora; tenía cuatro, pero dos han muerto; uno está prisionero y voy a visitar al otro, que está hospitalizado en Washington, muy enfermo», contestó en voz baja.

»“Ha hecho usted mucho por su país, señor”, le dije sintiendo respeto en lugar de la piedad inicial. “Todo lo que está en mi mano, señora. De haber servido yo, hubiese ido en persona, pero, como no es así, he entregado a mis hijos de corazón”.

»Hablaba tan animosamente, se mostraba tan sincero y parecía tan complacido de entregar cuanto tenía que me sentí avergonzada. Yo había ofrecido a un marido y me parecía un precio excesivo, mientras que él había dejado marchar a cuatro hijos sin quejarse; yo tenía a mis niñas para animarme al volver a casa, y a él solo le quedaba un hijo, que le esperaba a kilómetros de distancia, tal vez para darle un último adiós. Me sentí tan rica, tan afortunada y tan llena de bendiciones que le preparé un buen paquete, le di algo de dinero y le agradecí de corazón la lección que me había enseñado.

—Mamá, cuéntanos otra historia, otra con moraleja, como ésta. Cuando son cosas que han pasado de verdad y no suenan a sermón, me dan mucho que pensar —dijo Jo, tras un minuto de silencio.

La señora March sonrió y empezó enseguida. Llevaba muchos años contando historias a aquel pequeño público y sabía muy bien cómo complacerlas.

—Había una vez cuatro niñas que tenían lo bastante para comer, beber y vestir; bastantes comodidades y caprichos, buenos amigos y unos padres que las querían mucho, y sin embargo no estaban satisfechas. —En este punto, las jóvenes se miraron de reojo y empezaron a coser diligentemente—. Esas muchachas ansiaban ser buenas y se hacían magníficos propósitos que, por una razón u otra, nunca mantenían, y no dejaban de decir: «Si tuviéramos tal cosa», o «Si pudiéramos hacer esto o aquello», olvidando lo mucho que en realidad tenían y las numerosas cosas agradables que estaban a su alcance. Así pues, preguntaron a una anciana a qué hechizo podían recurrir para ser felices y ella les contestó: «Cuando os sintáis descontentas, pensad en las bendiciones que habéis recibido y dad gracias por ellas». —Al oír esto, Jo levantó la vista un segundo, como si fuese a decir algo, pero cambió de idea al entender que el cuento no había terminado.

»Como eran unas jovencitas muy inteligentes, decidieron seguir el consejo y pronto se sorprendieron al comprobar lo afortunadas que eran. Una descubrió que el dinero no podía evitar que la vergüenza y la pena entrasen en una casa, por rica que ésta fuese; otra, que se creía pobre, entendió que gracias a su juventud, su buen humor y su salud era más feliz que cierta anciana cascarrabias que no sabía gozar de su posición; una tercera comprendió que, por desagradable que resultase tener que preparar la cena, era mucho peor tener que mendigar para poder cocinarla, y la cuarta comprobó que ser buena valía más que tener una sortija de cornalina. Así pues, convinieron en no volver a quejarse, disfrutar de las bendiciones que habían recibido y procurar ser merecedoras de ellas pues, en lugar de crecer, podrían muy bien desaparecer. Y creo que nunca se arrepintieron ni se sintieron decepcionadas por seguir el consejo de la anciana.

—Marmee, qué ingeniosa. Has dado la vuelta a nuestras historias y las has aprovechado para darnos un sermón —exclamó Meg.

—Me gusta esta clase de sermones. Me recuerda los que nos solía dar papá —observó Beth, pensativa, mientras enderezaba las agujas en el acerico de Jo.

—Yo no me suelo quejar tanto como las demás pero, después de ver lo que le ha ocurrido a Susie, lo haré mucho menos —afirmó Amy, muy seria.

—Necesitábamos esta lección y no la olvidaremos. Si lo hacemos, solo tienes que repetirnos lo que la vieja Cloe le decía al tío Tom: «Pensad en vuestras bendisiones, niñas, pensad en vuestras bendisiones» —intervino Jo, que no podía resistirse a sacarle punta al sermón, aunque el mensaje le había llegado tan hondo como a las demás.


5
UNA BUENA VECINA


—Y ahora, ¿qué estás tramando, Jo? —preguntó Meg, en una tarde de nieve, al ver a su hermana cruzar el vestíbulo con botas de lluvia, un abrigo viejo con capucha y una escoba en una mano y una pala en la otra.

—Voy a salir a hacer ejercicio —contestó Jo, con un brillo pícaro en la mirada.

—¿Acaso no te basta con los dos largos paseos que has dado esta mañana? Fuera hace frío y está nublado. Te aconsejo que te quedes en casa, junto al fuego, caliente y seca, como pienso hacer yo —repuso Meg, que sintió un escalofrío.

—Ya sabes que no suelo seguir consejos de nadie; no puedo pasar un día entero sin hacer nada y no me gusta dormitar junto a la chimenea. Tengo ganas de aventura y voy a salir en busca de alguna.

Meg volvió al comedor para calentarse los pies y leer Ivanhoe y Jo se dedicó a despejar la nieve del camino con mucha energía. La nieve era muy ligera y la joven no tardó en abrir paso alrededor del jardín para que Beth pudiese salir a dar un paseo, cuando el sol asomase; sus muñecas impedidas necesitaban tomar el aire. El jardín lindaba con la propiedad del señor Laurence; las casas estaban situadas en un barrio de las afueras que recordaba mucho el campo, con alamedas y espacios con césped, amplios jardines y calles tranquilas. Un seto bajo servía de límite entre ambas propiedades. A un lado se alzaba una casa vieja de color marrón oscuro, que tenía un aspecto algo abandonado, desprovista de la parra que la embellecía en verano y de las flores que solían rodearla. Al otro lado había la casa señorial de piedra, que mostraba claramente lo holgado de la posición de sus habitantes, pues contaban con toda clase de comodidades, desde una gran cochera hasta unos paseos bien cuidados que conducían hasta el invernadero, sin olvidar un sinfín de cosas hermosas que se atisbaban entre los pesados cortinajes de las ventanas. Sin embargo, la casa parecía solitaria y sin vida; no había niños jugando en el césped, ni se veía el rostro de una madre saludar desde sus ventanas, y no entraba ni salía nadie salvo el anciano y su nieto.

Jo imaginaba la casa como una especie de castillo encantado, repleto de maravillas y comodidades de las que nadie disfrutaba. Hacía tiempo que deseaba descubrir aquellas maravillas ocultas y saludar al joven Laurence, que parecía deseoso de darse a conocer, aunque no supiera por dónde empezar. Desde el baile, el interés de la joven por su vecino no había hecho sino aumentar, y había imaginado varias estrategias para entablar conversación con él. Pero hacía mucho que nadie le veía y Jo empezó a temer que se hubiese marchado, hasta que un día vio, en una de las ventanas de la planta superior, un rostro que miraba con curiosidad hacia el jardín de su casa, donde Beth y Amy habían organizado una guerra de bolas de nieve.

Este joven necesita compañía y diversión, se dijo. Su abuelo no sabe lo que le conviene y lo mantiene encerrado, aislado del mundo. Necesita jugar con muchachos alegres o estar con una persona joven y animada. Me dan ganas de ir y decírselo al anciano señor.

La idea le pareció divertida. Le encantaba hacer cosas osadas y siempre escandalizaba a Meg con sus salidas de tono. Jo no olvidó su plan de ir a la casa y aquella tarde de nieve decidió intentar llevarlo a cabo. Cuando vio salir al señor Laurence, empezó a abrir un camino en la nieve en dirección al seto, donde se detuvo para estudiar la situación. Todo estaba en calma. En las ventanas de la planta baja, las cortinas estaban corridas. No había ningún criado a la vista y la única forma humana que se distinguía era la de una cabeza de cabello oscuro y rizado apoyada sobre una mano en una ventana de la planta alta.

Ahí está, pensó Jo. ¡Pobre muchacho! ¡Solo y enfermo en un día tan sombrío! ¡Qué pena! Le arrojaré una bola de nieve a la ventana para que me mire y, entonces, le diré algo amable.

Dicho y hecho. Jo lanzó una bola de nieve y la cabeza que se veía por la ventana se volvió de inmediato. El rostro perdió su expresión lánguida al instante, los ojos se iluminaron y los labios esbozaron una sonrisa. Jo asintió, se echó a reír y, blandiendo la escoba, preguntó:

—¿Qué tal se encuentra? ¿Está enfermo?

Laurie abrió la ventana y su voz sonó ronca como el graznido de un cuervo cuando respondió:

—Estoy mucho mejor, gracias. He tenido un fuerte catarro y no he podido salir en toda la semana.

—Lo lamento. ¿Con qué se distrae usted?

—Con nada. Esto es tan aburrido como una tumba.

—¿No lee?

—Casi nada, no me lo permiten.

—¿Y no puede alguien leerle en voz alta?

—Mi abuelo lo hace a veces, pero mis libros no le interesan, y no me gusta tener que pedirle siempre a Brooke que me lea.

—Entonces, invite a alguien para que le haga compañía.

—No me apetece ver a nadie. Los muchachos alborotan demasiado y a mí me duele la cabeza.

—¿No conoce a ninguna muchacha amable dispuesta a leer en voz alta y conversar un rato? Las mujeres somos más tranquilas y, por lo general, nos gusta hacer de enfermeras.

—No conozco a ninguna.

—¿Qué hay de mí? —Jo se echó a reír, pero paró de inmediato.

—¡Claro, es cierto! ¿Me haría el favor de venir a hacerme compañía? —preguntó Laurie.

—No me considero un ejemplo de muchacha tranquila y amable pero, si mi madre lo aprueba, iré a visitarle. Voy a pedirle permiso. Ahora, pórtese bien, cierre la ventana y espere a que vuelva.

Dicho esto, Jo se colocó la escoba sobre el hombro y entró en su casa preguntándose qué dirían todas. Laurie, emocionado ante la perspectiva de recibir una visita, corrió a arreglarse, En palabras de la señora March, él era un «joven caballero», y qué menos que ponerse un cuello limpio, peinarse y recoger un poco la habitación que, a pesar de la media docena de criados a su servicio, no estaba demasiado presentable. Al poco tiempo, oyó el timbre de la entrada, luego una voz decidida que preguntaba por el «señor Laurie», y una sorprendida criada acudió a anunciarle la visita de una jovencita.

—Está bien, hágala pasar. Es la señorita Jo —explicó Laurie al tiempo que se dirigía a una salita para recibir a Jo, quien tenía un aspecto saludable y sereno y parecía sentirse a sus anchas. La joven llevaba un plato tapado en una mano y los tres gatitos de Beth en la otra.

—Aquí estoy, con todo el equipaje —dijo sin pensar—. Mi madre le manda saludos y está encantada de que podamos hacer algo por usted, Meg me ha pedido que le traiga un poco de su pudin blanco, que es estupendo, y Beth ha pensado que los tres gatitos le animarían. Sé que más que nada serán una molestia, pero la pobre tenía tantas ganas de colaborar que no me he podido negar.

Lo cierto es que el divertido préstamo de Beth fue de lo más acertado, porque los gatitos hicieron reír a Laurie, que olvidó su timidez y se mostró más comunicativo de lo habitual.

—Esto es demasiado bonito para comerlo —exclamó con una sonrisa cuando Jo destapó el plato en el que estaba el pudin blanco, rodeado por una guirlanda de hojas verdes y flores rojas del geranio preferido de Amy.

—No es gran cosa, pero todas le estamos muy agradecidas y ésta es nuestra forma de mostrárselo. Pídale a la criada que se lo guarde para la hora del té. Es un plato muy sencillo, lo puede comer sin problemas. Es muy suave y no le dolerá la garganta al tragarlo. ¡Qué habitación más agradable!

—Lo sería si estuviese más ordenada, pero las criadas son perezosas y no sé qué hacer para que muestren un poco más de interés. A decir verdad, el asunto me tiene algo preocupado.

—Quedará estupenda en un par de minutos. Solo hay que limpiar un poco el hogar de la chimenea, así… Ordenar los adornos de la repisa, así… Dejar los libros aquí y las botellas allá, orientar el sofá hacia la luz y ahuecar un poco los cojines. Bueno, ya está listo.

Y, en efecto, lo estaba. Mientras reía y hablaba, Jo había ido colocando cada cosa en su sitio y había dado un aire nuevo a la habitación. Laurie la había contemplado en silencio, con respeto, y, cuando la joven le indicó que se sentara en el sofá, dejó escapar un suspiro de satisfacción y dijo, muy agradecido:

—¡Qué amable es usted! Es cierto, esto era lo que necesitaba. Ahora, siéntese en esta butaca y deje que entretenga a mi visita.

—No, yo he venido para entretenerle a usted. ¿Le apetece que le lea algo? —Jo miraba con interés un grupo de libros que le parecieron especialmente atractivos.

—Gracias, pero ya los he leído todos. Si no le importa, preferiría conversar —respondió Laurie.

—No me importa. Pero, si no me frena, soy capaz de hablar todo el día. Beth dice que no sé cuándo parar.

—¿Beth es la joven de tez sonrosada que pasa mucho tiempo en casa y sale de vez en cuando con una cestita? —preguntó Laurie con interés.

—Sí, ésa es Beth; es mi hermana favorita, y muy buena.

—La joven guapa se llama Meg y la del cabello rizado es Amy, ¿verdad?

—¿Cómo sabe todo eso?

Laurie se puso colorado pero contestó con franqueza:

—Bueno, verá, a menudo las oigo llamarse las unas a las otras y cuando estoy aquí, solo, no puedo evitar mirar hacia su casa. Parece que siempre se lo pasan en grande. Le ruego que disculpe mi mala educación, pero a veces olvidan correr las cortinas de la ventana en la que están las flores y, cuando encienden las luces y veo el fuego de la chimenea y a todas sentadas alrededor de la mesa, me parece estar contemplando un cuadro. Su madre queda justo enfrente y tiene un aspecto tan dulce con las flores de fondo que no puedo evitar mirarla. Yo no tengo madre, sabe usted. —Laurie atizó el fuego para ocultar el temblor de sus labios, que no podía controlar.

A Jo, la soledad y la tristeza que reflejaban los ojos del muchacho le llegaron al alma. La joven había recibido una educación tan sana que no tenía prejuicio alguno y, a pesar de sus quince años, era tan inocente y sincera como una niña. Laurie estaba enfermo y se sentía solo y, consciente de ser rica en afecto y felicidad, se propuso compartirlos con él. Así pues, con una expresión amable en su rostro moreno y una dulzura desacostumbrada en la voz, dijo:

—Entonces, no correremos nunca la cortina para que pueda mirar cuanto quiera. Sin embargo, en vez de limitarse a mirarnos desde lejos, ¿por qué no viene a visitarnos? Mi madre es muy amable y le acogerá encantada, y Beth cantará para usted si yo se lo pido, y Amy bailará algo. Meg y yo le haremos reír contándole anécdotas de nuestras representaciones teatrales y lo pasaremos bien. ¿Cree que su abuelo le dejará?

—Creo que lo haría si su madre se lo pidiera. Aunque no lo parezca, es un hombre muy amable y me deja hacer cuanto quiero. Lo que no quiere es que sea una molestia para unos desconocidos —explicó Laurie, cada vez más animado.

—Nosotras no somos «unos desconocidos», somos sus vecinas, y está claro que usted no será ninguna molestia. Queremos conocerle mejor y hace mucho que trato de entablar amistad con usted. No llevamos mucho tiempo viviendo en este barrio, pero tenemos una buena relación con todos los vecinos, a excepción de ustedes.

—Verá, mi abuelo vive entregado a sus libros y no le preocupa lo que ocurra en el mundo. Mi tutor, el señor Brooke, no vive con nosotros y, como no tengo con quién salir, me quedo en casa y me las arreglo como puedo.

—Eso no está bien. Debe usted animarse y salir, aceptar todas las invitaciones que le llagan. Así tendrá muchos amigos y lugares agradables a los que ir. No se preocupe si al principio se siente tímido, con el tiempo lo superará.

Laurie se puso rojo, pero no le molestó que la joven mencionara su timidez, porque Jo tenía tan buena voluntad que era imposible no tomarse bien sus francas palabras.

—¿Le gusta su colegio? —preguntó el joven después de una breve pausa en que él estuvo contemplando el fuego del hogar y Jo se felicitó por su intervención.

—No voy al colegio; soy un trabajador, quiero decir, una trabajadora. Cuido a mi tía, que es una vieja gruñona —contestó Jo.

Laurie parecía dispuesto a hacer otra pregunta, pero recordó que no estaba bien curiosear en las vidas ajenas y se retuvo, visiblemente turbado. Jo apreció su delicadeza pero, como no le importaba burlarse de la tía March, le ofreció una divertida descripción de la anciana impaciente, el perro obeso, el loro parlanchín y la biblioteca que hacía sus delicias. Laurie la escuchaba embelesado, y cuando le contó cómo un caballero viejo y presumido había ido a hacer la corte a la tía y el loro le había arrancado la peluca en plena declaración, rió hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas y una criada se asomó para ver qué pasaba.


—Esto me sienta muy bien, por favor, siga —pidió, separando el rostro del cojín, rojo y resplandeciente de alegría.

Satisfecha por la buena aceptación, Jo siguió hablando de sus representaciones y sus proyectos, del miedo y la esperanza con que vivían la ausencia de su padre, y de los acontecimientos más interesantes del pequeño mundo que compartía con sus hermanas. Después charlaron de libros y Jo descubrió complacida que a Laurie le entusiasmaban también y que había leído incluso más obras que ella.

—Puesto que le gustan tanto los libros, venga conmigo abajo y eche un vistazo a nuestra biblioteca. Mi abuelo ha salido, así que no tiene nada que temer —propuso Laurie, levantándose.

—A mí no me asusta nada —repuso Jo meneando la cabeza.

—¡La creo! —afirmó el joven mirándola con admiración, aunque para sus adentros se decía que había motivos para temer al anciano, sobre todo cuando estaba de mal humor.

En la casa había un ambiente estival. Laurie la condujo por varias habitaciones deteniéndose para que la joven observase aquello que le llamaba la atención, hasta que al fin llegaron a la biblioteca, donde Jo aplaudió encantada y dio unos saltitos, como solía hacer siempre que algo la entusiasmaba. Estaba repleta de libros, había cuadros, esculturas y unos armarios llenos de monedas y curiosidades; butacas, mesitas curiosas y figuras de bronce, pero lo mejor de todo era la chimenea, con el hogar abierto, rodeado de hermosos azulejos.

—¡Qué riqueza! —Jo se dejó caer con un suspiro en una gran butaca tapizada de terciopelo y miró maravillada alrededor—. Theodore Laurence, debería sentirse el joven más afortunado del mundo —añadió muy impresionada.

—Un hombre no vive solo de libros —repuso Laurie, meneando la cabeza, mientras se sentaba en una mesa frente a ella.

Antes de que pudiese agregar algo más, sonó el timbre. Jo se levantó asustada y exclamó:

—¡Dios mío, debe de ser su abuelo!

—¿Y qué si lo es? Usted no teme nada, ¿no lo recuerda? —repuso el joven con aire pícaro.

—Me asusta un poco su abuelo, aunque no sé por qué. Marmee me dio permiso para venir y no creo que mi visita haya empeorado su estado —dijo Jo tratando de recuperar la compostura, pero sin dejar de mirar hacia la puerta.

—Al contrarío, me encuentro mucho mejor y le doy las gracias por ello; pero temo que se haya cansado demasiado hablando conmigo. La conversación ha sido tan agradable que no quería que acabara —afirmó Laurie, muy agradecido.

—Es el médico, señor; quiere verle —explicó una criada haciendo una seña.

—¿Le importaría que la dejase sola un minuto? Supongo que debo verle —dijo Laurie.

—No se preocupe por mí. Aquí estaré feliz como una perdiz —contestó Jo.

Laurie salió y su visita se entretuvo a su manera. Jo estaba mirando un retrato del dueño de la casa cuando oyó que la puerta de la habitación se abría y, sin volverse, anunció:

—Ahora estoy convencida de que no debo temerle. Tiene ojos de buena persona, aunque su gesto es bastante severo y parece la clase de persona que siempre se sale con la suya. No es tan guapo como mi abuelo, pero me cae bien.

—Gracias, señorita —dijo una voz ronca a sus espaldas—. Para consternación de Jo, allí estaba el anciano señor Laurence.

La pobre Jo se ruborizó y el corazón le empezó a latir demasiado rápido mientras recordaba qué había dicho. Por unos segundos, sintió un irrefrenable deseo de salir corriendo. Pero eso hubiese sido cobardía y sus hermanas se hubiesen mofado de ella, por lo que decidió quedarse y salir del aprieto de la mejor manera posible. Al mirar de nuevo al anciano observó que sus ojos, bajo unas cejas pobladas, brillaban y parecían aún más benévolos que los del retrato y tenían una expresión pícara que hizo que gran parte de su miedo se esfumara. La voz del caballero sonó más ronca que nunca cuando preguntó de pronto, tras el terrible silencio:

—Así pues, dice que no me tiene miedo, ¿verdad?

—Así es, señor.

—Y no me encuentra tan guapo como a su abuelo.

—En efecto, señor.

—Y parece que siempre me salgo con la mía.

—Era una opinión, señor.

—Y, a pesar de todo eso, le caigo bien.

—Sí, señor, así es.

Las respuestas de Jo fueron del agrado del anciano caballero, que se echó a reír, le estrechó la mano, y la tomó de la barbilla para levantarle el rostro, lo observó con expresión seria y, tras retirar la mano, meneó la cabeza.

—Tiene usted el carácter de su abuelo, aunque no se parece físicamente a él. Era un buen hombre, querida, pero, por encima de todo, era valiente y honrado. Me enorgullezco de haber sido amigo suyo.


—Gracias, señor —repuso Jo, que ahora se sentía a gusto después de oír un comentario tan agradable.

—¿Qué le ha hecho a mi nieto? —preguntó a continuación el anciano con tono severo.

—Solo intentaba ser una buena vecina, señor —respondió Jo, y le explicó el propósito de su visita.

—¿Cree que necesita distraerse un poco?

—Sí, señor, parece algo solitario y tal vez la compañía de otros jóvenes le haría bien. En casa somos todas mujeres, pero estaríamos encantadas de ayudar, si está en nuestra mano. Nunca olvidaremos el magnífico regalo de Navidad que nos hizo llegar —dijo Jo emocionada.

—Eso fue cosa de mi nieto. ¿Cómo está aquella pobre mujer?

—Está mejor, señor —contestó Jo, que a continuación, hablando muy rápido, le explicó todo cuanto sabía sobre los Hummel, a los que, por mediación de su madre, ahora ayudaban unos amigos más ricos que ellas.

—Así era como hacía el bien su abuelo, señorita. Pasaré a visitar a su madre un día de éstos. Coménteselo. El sonido de esa campanilla anuncia la hora del té; lo tomamos temprano por el muchacho. Baje conmigo y siga comportándose como una buena vecina.

—Si así lo quiere, señor —repuso Jo.

—De no ser así, no se lo pediría. —Y el señor Laurence le ofreció el brazo, a la antigua usanza.

¿Qué diría Meg si me viera?, pensó Jo, mientras caminaba del brazo del señor Laurence y los ojos le bailaban de alegría al imaginarse contándoselo a sus hermanas.

—¡Eh!, ¿qué demonios le pasa a este joven? —exclamó el anciano al ver que Laurie bajaba corriendo por las escaleras y se paraba perplejo al encontrar a Jo del brazo de su temible abuelo.

—No sabía que ya estaba en casa, señor —dijo Laurie mientras Jo le lanzaba una mirada de triunfo.

—Eso está claro por el estruendo que has armado al bajar por las escaleras. Ven a tomar el té y compórtate como un caballero. —Y tras dar un cariñoso tirón de pelo a su nieto, el anciano caballero continuó caminando, mientras, a sus espaldas, Laurie le hacía mofa con unos gestos tan cómicos que a Jo le costó contener la risa.

El anciano bebió cuatro tazas de té sin apenas pronunciar palabra. Se dedicó a observar a los dos jóvenes, que no tardaron en charlar con la confianza de dos viejos amigos, y no pudo por menos de reparar en el cambio que había experimentado su nieto. Su rostro tenía color, luz y vida, sus gestos eran más vivaces y su risa reflejaba una alegría sincera.

Tiene razón, el muchacho se siente solo. Veré qué pueden hacer estas jovencitas por él, pensó el señor Laurence mientras escuchaba y observaba a la pareja. Jo le había caído en gracia, le gustaba su carácter, extravagante y directo, y parecía entender a su nieto tan bien como sí ella misma fuese un muchacho.

Si los Laurence hubieran sido lo que Jo llamaba «tiesos y remilgados», no habría simpatizado con ellos, porque esa clase de personas la hacían sentirse inhibida e incómoda. Pero, como eran sencillos y naturales, se comportó tal cual era y causó una buena impresión. Al levantarse de la mesa, Jo anunció que se marchaba, pero Laurie dijo que tenía algo más que mostrarle y la llevó al invernadero, que estaba iluminado en su honor. A Jo le pareció estar en el país de las hadas mientras recorría los caminos bordeados de flores, en aquella luz suave, el ambiente húmedo y dulce, entre magníficos árboles y enredaderas, Su nuevo amigo cortó flores hasta que ya no le cupieron en las manos. Luego las ató en un ramillete y dijo con ese semblante alegre que tanto gustaba a Jo:

—Por favor, déselas a su madre y dígale que me ha gustado mucho la medicina que me ha enviado.


Encontraron al señor Laurence de pie junto al fuego, en el salón grande, pero lo que llamó la atención de Jo fue un magnífico piano de cola abierto.

—¿Toca usted el piano? —preguntó volviéndose hacía Laurie con una expresión respetuosa en el rostro.

—En ocasiones —contestó él con modestia.

—Por favor, toque algo. Me gustaría oírle para poder contárselo a Beth.

—¿No prefiere tocar usted primero?

—Yo no sé tocar; soy demasiado torpe para aprender, pero me encanta la música.

Laurie tocó para ella y Jo escuchó, embriagada por el olor de los heliotropos y las rosas. Su respeto y aprecio por el joven Laurence aumentaron al ver que tocaba bien y sin presunción. Deseó que Beth pudiese oírle, pero no lo dijo; elogió su arte hasta que el chico se ruborizó y el abuelo acudió en su rescate.

—Es suficiente, suficiente, señorita; no le conviene recibir tantos cumplidos. No toca mal, pero confío en que pueda hacer cosas más importantes. ¿Se va ya? Muchas gracias por su visita. Vuelva pronto y salude a su madre de mi parte. Buenas noches, doctora Jo.

El anciano le estrechó la mano cordialmente, pero parecía contrariado. Cuando se dirigían al vestíbulo, Jo preguntó a Laurie si había dicho algo inconveniente. El joven negó con la cabeza.

—No, ha sido por mí. No le gusta verme tocar.

—¿Por qué?

—Se lo contaré en otra ocasión. Como yo no puedo acompañarla a casa, John irá con usted.

—No es necesario. No soy una niña y, además, vivo a un paso. Cuídese mucho, ¿de acuerdo?

—Lo haré, pero espero que vuelva pronto. ¿Lo hará?

—Si promete devolvernos la visita en cuanto esté recuperado.

—Así lo haré.

—Buenas noches, Laurie.

—Buenas noches, Jo, buenas noches.

Cuando Jo terminó de relatar las aventuras de la tarde, todos los miembros de la familia sintieron ganas de visitar al muchacho. Aquella casa tenía un atractivo distinto para cada una. La señora March quería hablar de su padre con el anciano señor que todavía le recordaba, Meg soñaba con pasear por el invernadero, Beth suspiraba por el gran piano y Amy estaba ansiosa por ver las esculturas y los cuadros.

—Mamá, ¿por qué crees que al señor Laurence le molestó oír tocar a su nieto? —preguntó Jo, que sentía mucha curiosidad.

—No estoy segura, pero creo que tiene que ver con su hijo, el padre de Laurie. Se casó con una joven italiana, músico, que no era del agrado del padre, que es un hombre muy orgulloso. La joven era buena y agradable, pero a él no le gustaba y, por eso, no volvió a ver a su hijo después de la boda. Los padres de Laurie murieron cuando él era un niño y su abuelo lo acogió en su casa. Creo que el niño, que nació en Italia, es algo enclenque y el anciano teme perderle a él también; por eso lo cuida tanto. El amor de Laurie por la música le viene de su madre, a la que se parece mucho. Supongo que su abuelo teme que quiera ser músico. En cualquier caso, su talento le recuerda a la mujer a la que no aceptó, y supongo que por eso se puso «mohíno», como dice Jo.

—¡Qué historia tan romántica! —exclamó Meg.

—Qué disparate —protestó Jo—. Debería dejarle ser músico si es eso lo que quiere el chico, en lugar de obligarle a ir a la universidad, cuando no le apetece en absoluto.

—Eso explica que tenga tan buenos modales y unos ojos negros tan bonitos. Los italianos son encantadores —afirmó Meg, que era algo sentimental.

—¿Qué sabes tú de sus ojos y de sus modales? Apenas has hablado con él —espetó Jo, que no era nada sentimental.

—Le vi en la fiesta y lo que has contado demuestra que sabe cómo comportarse. Es muy bonito lo que dijo sobre la medicina que mamá le mandó.

—Supongo que se refería al pudin.

—Qué tonta eres, niña. Se refería a ti, claro está.

—¿En serio? —Jo abrió los ojos como platos, pues tal idea no le había pasado por la cabeza.

—¡Nunca he conocido a una chica como tú! Te hacen un cumplido y ni siquiera te das cuenta —dijo Meg, con aire de una dama experta en la materia.

—Todo esto no son más que tonterías y te agradecería que no aguases la fiesta con tus estupideces. Laurie es un buen chico, me cae bien, y entre nosotros no caben ni cumplidos ni estupideces por el estilo. Todas nos portaremos bien con él porque no tiene madre y podrá venir a vernos siempre que quiera. ¿No es cierto, mamá?

—Claro, Jo, tu amigo siempre será bienvenido y espero que Meg no olvide que las niñas no deben tener prisa por crecer.

—Yo no me considero una niña y aún no soy adolescente —comentó Amy—. ¿Qué opinas tú, Beth?

—Estaba pensando en El progreso del peregrino —respondió Beth, que no había escuchado ni una sola palabra—. Salimos del Pantano del Desaliento y cruzamos la Puerta Angosta cuando decidimos ser buenas, y emprendemos el ascenso por la empinada colina sin dejar de intentarlo. Tal vez la casa que encontremos en lo alto, llena de sorpresas maravillosas, será nuestro Palacio Hermoso.

—Pero antes tenemos que pasar junto a los leones —comentó Jo, como si la idea le resultase atractiva.


6
BETH ENCUENTRA EL PALACIO HERMOSO

La casa grande resultó ser el Palacio Hermoso, aunque tardaron algún tiempo en entrar en él y a Beth le costó mucho pasar junto a los leones. El anciano señor Laurence era el león más temido. Sin embargo, una vez que las hubo visitado, hecho comentarios divertidos o amables a cada una de ellas y charlado sobre los viejos tiempos con la madre, casi ninguna le tenía miedo, salvo la tímida Beth. Otro de los leones era el hecho de que ellas fueran pobres y Laurie, rico, porque las avergonzaba aceptar regalos a los que no podían corresponder. Sin embargo, transcurrido un tiempo, comprendieron que Laurie las consideraba sus benefactoras y que todo le parecía poco para mostrar su gratitud a la señora March por acogerle como una madre y a las niñas por permitirle disfrutar de su compañía y por hacerle pasar tan buenos ratos en su humilde hogar. Así pues, no tardaron en olvidar su orgullo y aceptaron el intercambio de atenciones sin medir cuál era mayor.

En aquella época, ocurrieron muchas cosas agradables mientras la nueva amistad crecía como la hierba en primavera. Todas apreciaban a Laurie y él, por su parte, confesó a su tutor, en privado, que «las hermanas March eran unas chicas estupendas». Con su entusiasmo juvenil, consiguieron que el muchacho solitario se sintiese uno más de la familia y disfrutase del encantador e inocente compañerismo de aquellas sencillas muchachas de corazón puro. Como no tenía ni madre ni hermanas, enseguida notó la influencia que ejercían sobre él. Al verlas trabajar llenas de vida, se avergonzó de llevar una existencia indolente. Los libros dejaron de interesarle y empezó a considerar más interesantes las personas, lo que le valió varios informes negativos de su tutor, el señor Brooke, ya que Laurie hacía novillos y se escapaba a casa de las hermanas March.

«No se preocupe, deje que se tome unas vacaciones, ya lo recuperará más adelante —había dicho el anciano señor—. Mi buena vecina cree que mi nieto estudia demasiado y necesita la compañía de otros jóvenes, diversión y ejercicio. Sospecho que está en lo cierto y que he criado al muchacho entre algodones como lo hubiese hecho su abuela. Dejemos que haga lo que le apetezca con tal de que sea feliz; no podrá hacer ninguna diablura en ese pequeño convento y la señora March está haciendo por él más que nosotros».

Lo cierto es que lo pasaban en grande. Organizaban representaciones teatrales, carreras de trineos, concursos de patinaje. Veladas maravillosas en la vieja sala y, de vez en cuando, fiestas en la casa grande. Meg podía ir al invernadero siempre que quisiera y disfrutar haciendo ramos de flores; Jo devoraba libros de la estupenda biblioteca y el anciano se desternillaba con sus comentarios; Amy copiaba cuadros y gozaba de tanta belleza, y Laurie actuaba como el señor de la casa haciendo gala de sus exquisitos modales.

En cambio Beth, a pesar de lo mucho que anhelaba tocar el gran piano, no conseguía reunir el valor suficiente para acudir a la «casa de las bendiciones», como la había bautizado Meg. En una ocasión fue en compañía de Jo, pero el anciano, ignorante de su timidez, la había mirado fijamente, con las pobladas cejas fruncidas, y había lanzado un «ah» tan fuerte que a la joven le entró un tembleque que «hizo vibrar el suelo bajo sus pies», según comentó a su madre; salió corriendo, muerta de miedo, y prometió que no volvería allí, ni siquiera por el preciado piano. No había forma de convencerla de que intentase superar su temor, hasta que el asunto llegó a oídos del señor Laurence, de manera algo misteriosa, y éste decidió resolver el problema. En una de sus breves visitas, dirigió hábilmente la conversación hacia la música. Habló de los cantantes famosos a los que había visto actuar, los órganos maravillosos que había oído tocar y compartió anécdotas tan interesantes que a Beth no le quedó más remedio que abandonar su rincón y acercarse a él, fascinada por su relato. Plantada detrás del anciano, escuchó muy atenta, con sus grandes ojos abiertos como platos y las mejillas rojas de emoción. El señor Laurence no reaccionó ante su presencia, como si fuese una simple mosca, y siguió hablando de las clases y los maestros de Laurie hasta que, de pronto, como si acabase de ocurrírsele una idea, dijo a la señora March:

—Ahora el chico está descuidando sus clases de música y me alegro, porque estaba demasiado volcado en ellas. Pero el piano se resiente si nadie lo toca; ¿podría ir alguna de sus hijas a tocar de vez en cuando para mantenerlo afinado?

Beth dio un paso al frente y juntó las manos para no aplaudir. La tentación era irresistible, y solo de pensar en poder tocar aquel magnífico instrumento se quedó sin aliento. Antes de que la señora March pudiese decir algo, el señor Laurence hizo un extraño gesto de asentimiento y siguió hablando:

—No tienen por qué ver o hablar con nadie, pueden entrar en cualquier momento, porque yo estoy siempre encerrado en mi estudio, en la otra punta de la casa. Laurie pasa mucho tiempo fuera y las criadas nunca se acercan al salón pasadas las nueve. —Dicho esto, se levantó como si fuese a despedirse y Beth se decidió a hablar, puesto que este último comentario había vencido sus últimas resistencias—. Por favor, dígaselo a sus hijas y, sí no les interesa venir, no se preocupe.

En ese momento, una manita se deslizó en la suya y Beth le miró llena de gratitud mientras decía con su habitual timidez y dulzura:

—Sí, señor, ¡les interesa muchísimo!


—¿Es usted la jovencita a la que le gusta la música? —preguntó él, sin sobresaltarla esta vez con un «ah», al tiempo que la miraba con ternura.

—Soy Beth: me encantaría ir a su casa, siempre y cuando me garantice que nadie me oirá ni me interrumpirá —añadió ella, temerosa de resultar descortés y asombrada de su propio atrevimiento.

—No habrá ni un alma, querida; la casa está vacía la mayor parte del día, así que puedes venir y hacer todo el ruido que quieras. Estaré en deuda contigo.

—¡Qué amable es usted, señor!

Beth se ruborizó bajo la amable mirada del anciano, pero ya no tenía miedo y le estrechó la mano para darle las gracias, incapaz de agradecerle con palabras la preciada oportunidad que le brindaba. El anciano caballero le retiró con dulzura el pelo de la frente, se inclinó hacia ella, le dio un beso y dijo en un tono poco habitual en él:

—Yo tuve una vez una niña que tenía unos ojos como los tuyos; Dios te bendiga, querida. Buenos días, señora. —Y se fue precipitadamente.

Beth abrazó a su madre y luego corrió a dar la magnífica noticia a su familia de muñecas inválidas, ya que sus hermanas todavía no habían vuelto a casa. ¡Con qué alegría cantó aquella tarde y cómo se rieron todas cuando, en mitad de la noche, despertó a Amy moviendo en sueños los dedos sobre su rostro como si fuera un piano! Al día siguiente, después de ver salir al abuelo y al nieto de la casa, y tras dos o tres intentos fallidos, Beth se deslizó por la puerta lateral y se encaminó tan sigilosa como un ratón hacía el salón donde se encontraba su idolatrado instrumento. Por casualidad, claro está, había algunas partituras de piezas fáciles de tocar sobre el piano. Con dedos temblorosos y frecuentes pausas para comprobar que nadie la miraba ni oía, Beth logró por fin tocar el estupendo piano. Enseguida se olvidó del miedo, de sí misma y de todo lo que la rodeaba y se perdió en el indescriptible embrujo de la música, que era, para ella, como la voz de una queridísima amiga.

Permaneció allí hasta que Hannah la fue avisar de que era hora de cenar. Sin embargo, Beth no tenía apetito y se limitó a acompañar a sus hermanas, sonriendo con aire embelesado.


A partir de entonces, una pequeña capucha marrón cruzaba el seto cada día y un espíritu melodioso, que entraba y salía sin que nadie lo viera, se adueñaba del gran salón. Beth no sabía que a menudo el anciano señor Laurence abría la puerta de su estudio para escuchar complacido aquellas tonadas antiguas que tanto le gustaban. No vio nunca a Laurie apostado en el vestíbulo para impedir que las criadas se acercasen al salón. Tampoco sospechó nunca que los libros de ejercicios y las partituras sencillas que aparecían sobre el piano tenían por único fin ayudarla en su aprendizaje, y cuando Laurie hablaba con ella de música, se decía que el joven era muy amable al explicarle cosas que tan útiles le resultaban. Beth se sentía feliz al ver que su sueño se hacía realidad, algo que no siempre sucede. Tal vez por sentirse tan agradecida por el regalo recibido, recibió otro mayor; de todas formas, la jovencita merecía ambos.

—Mamá, le voy a hacer unas zapatillas al señor Laurence. Es muy bueno conmigo y quiero darle las gracias. No se me ocurre mejor manera que ésta. ¿Te parece bien? —preguntó Beth, semanas después de la famosa visita del anciano a la casa.

—Claro, querida. Seguro que le gusta mucho y me parece una buena manera de agradecerle su ayuda. Tus hermanas te ayudarán y yo pagaré el material —contestó la señora March, encantada de poder complacer a Beth, porque esta rara vez pedía nada para sí.

Tras numerosas y serias deliberaciones con Meg y Jo, eligieron un diseño, compraron el material y empezaron a confeccionar las zapatillas. Decidieron bordar unos pequeños y discretos ramilletes de pensamientos sobre un fondo púrpura intenso, y Beth se entregó a la tarea, día y noche, con alguna que otra ayuda en las partes más difíciles. Como estaba dotada para la costura, las zapatillas estuvieron listas antes de que nadie se pudiera aburrir de la labor. A continuación escribió una nota breve y sencilla, y Laurie se encargó de dejar las zapatillas en el estudio de su abuelo, bajo la mesa, antes de que éste se despertara.

Superada la primera emoción, la niña esperó con impaciencia la reacción del anciano. Al ver que pasaba todo un día y parte de otro sin noticias, empezó a temer que el regalo no hubiese sido del agrado de su quisquilloso amigo. En la tarde del segundo día, salió a dar una vuelta para que Joanna, la pobre muñeca inválida, hiciese sus ejercicios diarios. Al volver a casa vio desde la calle tres, no, cuatro cabezas que aparecían y desaparecían en la ventana de la sala. En cuanto estuvo más cerca, oyó voces alegres que la llamaban y manos que se agitaban.

—Ha llegado una carta del señor Laurence. ¡Date prisa y léela!

—Oh, Beth, te ha enviado… —comenzó Amy, que gesticulaba con una energía poco habitual en ella, pero no pudo decir más porque Jo cerró la ventana.

Beth apretó el paso, nerviosa por el suspenso; sus hermanas salieron a recibirla a la puerta y, en procesión triunfal, la escoltaron hasta la sala repitiendo al unísono: «¡Mira, mira!». Beth miró y palideció de alegría y de sorpresa. Tenía ante sí un piano vertical con una carta sobre su brillante tapa en la que se leía, como si se tratase de un cartel: «Señorita Elizabeth March».

—¿Es para mí? —preguntó Beth, que se apoyó en Jo porque temía desmayarse, tan grande era la emoción.

—¡Claro que es para ti, preciosa! ¿No te parece un gesto espléndido? Creo que es el anciano más bondadoso del mundo. En la carta está la llave; no la hemos abierto, pero nos morimos de ganas de saber qué dice —exclamó Jo, que abrazó a su hermana y le tendió la carta.

—Léela tú, yo no puedo, estoy demasiado nerviosa. ¡Oh, es maravilloso! —Beth escondió el rostro en el delantal de Jo, conmovida por el regalo.

Jo abrió el sobre y rió al ver el encabezamiento:

Señorita March:

Distinguida señorita,

—¡Qué bien suena! Me encantaría que algún día alguien me mandase algo así —comentó Amy, que encontraba aquel arranque anticuado muy elegante.

… he tenido muchos pares de zapatillas en mi vida, pero ninguno me ha quedado tan bien como éste. Las flores que ha bordado son mis favoritas y, al verlas, siempre recordaré a la dulce persona que me las ha regalado. Me gusta pagar mis deudas, por lo que confío en que permita que este anciano caballero le haga llegar algo que en otro momento perteneció a una nietecita que perdió. Reciba mi más sincero agradecimiento y mis mejores deseos.

Su amigo y humilde servidor,

JAMES LAURENCE

—Beth, ¡es un gran honor del que debes estar orgullosa! Laurie me ha contado lo mucho que el señor Laurence quería a la nieta que perdió y con qué celo conserva todas sus cosas. Y fíjate, ¡te ha regalado su piano! Todo por tener los ojos azules y ser aficionada a la música —dijo Jo tratando de calmar a Beth, que temblaba y estaba más nerviosa que nunca.

—Mira qué candelabros tan bonitos, y la seda verde, con una rosa dorada en el centro, es preciosa, y qué hermoso es el taburete. No le falta de nada —intervino Meg, que abrió el instrumento para mostrar su belleza.

—«Su amigo y humilde servidor, James Laurence», y te lo ha escrito a ti. Cuando se lo cuente a mis amigas, no me van a creer —apuntó Amy, que seguía impresionada por la carta.

—¡Pruébalo, querida! Veamos cómo suena el piano de mi niñita —rogó Hannah, que compartía con la familia penas y alegrías.

Beth tocó y todas convinieron en que nunca habían oído un piano que sonase mejor. Era evidente que lo acababan de afinar y restaurar pero, por perfecto que fuera, el encanto de la escena estaba en los rostros radiantes de felicidad que rodeaban a Beth mientras ésta tocaba las hermosas teclas blancas y negras y accionaba los brillantes pedales.

—Tienes que ir a darle las gracias —dijo Jo en broma, porque no creía que su hermana pequeña fuese capaz de hacerlo.

—Sí, ya lo había pensado. Supongo que será mejor ir ahora, antes de que tenga tiempo de pensar y me entre el miedo. —Y para asombro de toda la familia, Beth salió al jardín, cruzó el seto y llamó a la puerta del señor Laurence.

—¡Que me muera ahora mismo si esto no es lo más increíble que he visto en mi vida! El piano la ha trastornado. En su sano juicio, nunca se hubiese atrevido —exclamó Hannah, sin quitar ojo a la niña, mientras las demás parecían haber enmudecido de asombro ante semejante milagro.

De haber visto lo que Beth hizo a continuación, se hubiesen sorprendido aún más. Lo creáis o no, fue hasta el estudio y llamó a la puerta sin darse tiempo para pensar. Cuando una voz ronca dijo «Adelante», entró y se acercó al señor Laurence, que parecía tan perplejo como la propia familia de Beth. La niña le tendió la mano y dijo con voz trémula:

—He venido a darle las gracias, señor, por… —No pudo terminar la frase porque la mirada del anciano le resultó tan entrañable que olvidó el discurso que había preparado; lo único que podía recordar era que el caballero había perdido a una nieta muy querida, por lo que se abrazó a su cuello y le dio un beso.


Si el tejado de la casa hubiese salido volando en ese instante, el anciano no habría sentido un asombro mayor. Pero le gustaba. ¡Oh, sí! ¡Le gustaba muchísimo! Aquel beso, dado con toda confianza, le enterneció tanto que, por unos instantes, olvidó su carácter arisco; sentó a la pequeña sobre sus rodillas y juntó su rugosa mejilla a la de ella, rosada, y sintió que volvía a estar con su nieta. Desde ese día, Beth no volvió a tener miedo del anciano y solía sentarse a charlar con él, con total confianza, como si le conociese de toda la vida. El amor expulsa al miedo y la gratitud doblega al orgullo. El anciano la acompañó hasta la puerta de su casa, le estrechó la mano cordialmente y se tocó el sombrero antes de regresar a la suya, muy erguido y con paso majestuoso, como el caballero elegante y de porte marcial que era.

Al ver la escena, Jo bailó y brincó como muestra de satisfacción; Amy casi se cae de la ventana de puro asombro, y Meg se llevó las manos a la cabeza y exclamó:

—¡Parece que el mundo se ha vuelto loco!

7
EL VALLE DE LA HUMILLACIÓN DE AMY


—Este muchacho es un auténtico cíclope, ¿no? —dijo Amy, un día, al ver a Laurie a lomos de un caballo. El joven agitó el látigo a modo de saludo al pasar.

—¿Cómo te atreves a decir eso cuando tiene dos ojos? Y bien bonitos, por cierto —protestó Jo, que saltaba en cuanto se hacía un comentario negativo de su amigo.

—No he dicho nada de sus ojos, y no veo por qué tienes que alterarte cuando simplemente alababa su forma de montar.

—¡Ay, Dios! Qué tonta eres. Le has llamado cíclope queriendo decir centauro —dijo Jo soltando una sonora carcajada.

—Bueno, no es necesario que seas tan desagradable. Como dice el señor Davis, ha sido un lapsus lingui —explicó Amy acabando de matar de risa a Jo con su latín—. Me gustaría tener algo del dinero que Laurie gasta en su caballo —añadió, como si hablara para sí, pero con la esperanza de que sus hermanas la oyeran.

—¿Por qué? —preguntó Meg con tono amable al ver que Jo seguía riéndose de la segunda metedura de pata de Amy.

—¡Me hace mucha falta! Tengo un montón de deudas y hasta dentro de un mes no recibiré mi asignación.

—¿A qué deudas te refieres, Amy? —preguntó Meg, muy seria.

—Debo por lo menos una docena de limas confitadas y no podré pagarlas hasta que tenga dinero, y mamá me ha prohibido comprar nada a cuenta en la tienda.

—Explícame eso. ¿Ahora se han puesto de moda las limas? Antes nos peleábamos por conseguir trozos de goma para fabricar pelotas. —Meg intentaba mantener la compostura, porque Amy había adoptado una actitud muy solemne y sería.

—Bueno, todas las niñas las compran y, si no quieres que te tomen por tacaña, tienes que hacer lo mismo. Es como si no hubiese nada más, todas las niñas las chupan en sus pupitres y las cambian a la hora del patio por lápices, sortijas de vidrio, muñecas de papel o cualquier otra cosa. Si una niña te cae bien, le regalas una lima; si estás enfadada con ella, te comes una delante de sus narices y no le ofreces probarla. Nos invitamos unas a otras. Yo he recibido muchas invitaciones pero no he podido corresponder y debo hacerlo porque son deudas de honor, ¿sabéis?

—¿Cuánto necesitas para pagar tus deudas y recuperar tu buen nombre? —preguntó Meg sacando su monedero.

—Con un cuarto de dólar tendría suficiente y aún me quedarían unos centavos para invitaros a vosotras. ¿Os gustan las limas?

—No demasiado; puedes quedarte con mi parte. Toma el dinero y aprovéchalo bien porque no nos sobra, ya lo sabes.

—¡Oh, gracias! Debe de ser maravilloso tener dinero para gastos. Me daré un festín porque llevo toda la semana sin probar una sola lima. Me daba vergüenza pedir que me invitaran porque no podía devolver el favor, y ahora me muero por comer una.

Al día siguiente, Amy llegó bastante tarde a la escuela, a pesar de lo cual no pudo resistir la tentación de mostrar, con disculpable orgullo, el paquete de papel marrón húmedo que llevaba antes de guardarlo en el fondo del pupitre. En los siguientes minutos, corrió el rumor de que Amy March tenía veinticuatro limas deliciosas (ya había comido una por el camino) e iba a compartirlas; sus amigas respondieron colmándola de atenciones exageradas. Katy Brown la invitó allí mismo a su próxima fiesta; Mary Kingsley insistió en prestarle su reloj hasta la hora del patio, y Jenny Snow, la sarcástica jovencita que tanto se había mofado de Amy por su falta de limas, enterró el hacha de guerra y se ofreció a ayudarla a hacer algunas sumas especialmente complicadas. Pero Amy tenía muy presentes los mordaces comentarios de la señorita Snow sobre «ciertas personas que, a pesar de tener la nariz chata, huelen las limas ajenas y, a pesar de ser engreídas, olvidan su orgullo para pedirlas» y destruyó su esperanza con un mensaje telegráfico desalentador: «No te esfuerces en ser amable, no te voy a dar ninguna».

Coincidió que aquella mañana el colegio recibió la visita de un personaje distinguido que alabó los mapas de Amy, por lo bien dibujados que estaban. La señorita Snow se enfureció al ver que su enemiga recibía tal honor, y la señorita March se mostró más ufana que un joven pavo real. Pero, por desgracia, tras el orgullo viene la caída, y la vengativa señorita Snow consiguió volver las tornas y dar pie al desastre. En cuanto la visita se hubo despedido, tras los acostumbrados elogios, Jenny, con la excusa de querer hacer una pregunta, comunicó al profesor, el señor Davis, que Amy March tenía limas confitadas en su pupitre.

El señor Davis había declarado ilegales las limas y había anunciado que utilizaría públicamente la férula con la primera persona que descubriera contraviniendo la ley. Hombre tenaz, había logrado, tras una encarnizada guerra, desterrar la goma de mascar, había hecho una hoguera con las novelas y los periódicos confiscados a las alumnas, había desarticulado un servicio de correos privado, había prohibido las muecas, los motes y las caricaturas y había hecho todo lo que estaba en su mano por mantener a cincuenta niñas rebeldes a raya. Es cierto que los niños ponen a prueba la paciencia de los adultos, pero las niñas son infinitamente más difíciles, sobre todo para un hombre nervioso, de carácter tiránico y con menos dotes pedagógicas que el doctor Blimber. El señor Davis tenía amplios conocimientos de latín, griego, álgebra y demás ciencias, por lo que se le consideraba un buen profesor; los modales, la moralidad, los sentimientos y el ejemplo no se consideraban relevantes. Aquél era un pésimo momento para denunciar a Amy y Jenny lo sabía. Estaba claro que el señor Davis había tomado un café demasiado cargado aquella mañana, soplaba un viento de levante que empeoraba su habitual dolor de cabeza y sus alumnas no le habían dejado en tan buen lugar como esperaba. En resumen, se podría decir, con más claridad que elegancia, que el señor Davis estaba de un humor de perros. El término «limas» fue la chispa que encendió la mecha. Se puso rojo de ira y golpeó la mesa con tal saña que Jenny volvió a su asiento con una rapidez inusitada.

—Jovencitas, presten atención, por favor.

El tono severo de la orden hizo que los murmullos cesaran y cincuenta pares de ojos azules, negros, grises y marrones miraron obedientes a aquel rostro terrible.

—Señorita March, acérquese a mi mesa.

Amy se levantó con aparente calma, pero secretamente aterrada, con el peso de las limas sobre su conciencia.

—Traiga las limas que guarda en su pupitre —añadió el profesor. La orden la pilló tan desprevenida que se detuvo en seco.

—No se las lleves todas —susurró su compañera, una jovencita con gran presencia de ánimo.

Amy dejó seis limas en el pupitre y llevó las restantes a la mesa del señor Davis, convencida de que si aquel hombre tenía alma no podría resistirse a su dulce aroma. Por desgracia, el señor Davis no soportaba el olor de la fruta confitada, por lo que la repugnancia se sumó a la ira.

—¿Es esto todo?

—No exactamente —balbució Amy.

—Traiga el resto de inmediato.

La niña lanzó una mirada de impotencia a sus compañeras y obedeció.

—¿Seguro que no quedan más?

—Yo nunca miento, señor.

—Ya veo. Ahora coja estos dulces asquerosos, de dos en dos, y tírelos por la ventana.

Todas las alumnas suspiraron, con lo que se creó una especie de suave brisa en el aula, al ver volar sus esperanzas de saborear un manjar que habían imaginado en sus labios. Roja de vergüenza y rabia, Amy repitió doce veces aquel gesto terrible, y cada vez que un jugoso y apetecible par de limas caía de sus manos, se oían gritos de júbilo en la calle, lo que no hacía sino empeorar la angustia de las muchachas, que sabían que los niños irlandeses, sus enemigos declarados, disfrutarían de aquel festín. Aquello era demasiado; las alumnas miraban indignadas y deprimidas al inexorable Davis e incluso una, especialmente aficionada a las limas, se echó a llorar.

Cuando Amy hubo arrojado el último par, el señor Davis se aclaró la garganta y dijo en tono solemne:

—Señoritas, recuerden lo que dije la semana pasada. Lamento este incidente, pero no tolero que nadie infrinja mis normas y jamás falto a mi palabra. Señorita March, extienda la mano.

Amy abrió los ojos sobresaltada y, tras esconder las manos en la espalda, lanzó una mirada de súplica a su profesor, mucho más elocuente que cualquier discurso. El «viejo Davis», como le llamaban, la apreciaba mucho, y sospecho que hubiese roto su palabra encantado de no haber sido porque otra alumna, indignada, no pudo reprimir un silbido de protesta. El silbido, aunque discreto, irritó al irascible caballero y sentenció a la culpable.

—¡La mano, señorita March! —dijo en respuesta a su muda petición de clemencia.

Como era demasiado orgullosa para llorar o implorar perdón, Amy apretó los dientes, echó hacia atrás la cabeza con aire desafiante y soportó estoicamente los golpes en la palma de la mano. No fueron muchos ni demasiado fuertes, pero eso carecía de importancia. Nadie le había pegado nunca hasta entonces y, a sus ojos, la humillación era tan grave como si la hubiesen arrojado al suelo de un manotazo.


—Permanecerá de pie en el estrado hasta la hora del recreo —añadió el señor Davis, resuelto a seguir hasta el final lo que había iniciado.

Aquello era espantoso; volver a su pupitre y ver la cara de pena de sus amigas, y la expresión satisfecha de sus pocas enemigas, hubiese sido suficiente castigo; pero quedar expuesta a los ojos de toda el aula, marcada por la vergüenza, era tremendo. Por un segundo pensó en dejarse caer allí mismo y llorar a lágrima viva, pero la amarga sensación de que eso no estaría bien y el recuerdo de Jenny Snow la ayudaron a mantener la compostura. Se situó en el lugar de ignominia, con la mirada fija en la estufa, por encima de lo que parecía un mar de caras, y permaneció tan inmóvil y pálida que a sus compañeras les resultó muy difícil estudiar en presencia de aquella pequeña figura conmovedora.

En los quince minutos que siguieron, la orgullosa y sensible niña sintió una vergüenza y una pena que nunca olvidaría. Tal vez otras hubiesen considerado irrisorio e intrascendente el episodio pero para ella era un duro trance. En sus doce años de vida solo había conocido amor y mimos, nunca había recibido un golpe semejante. Sin embargo, olvidó la quemazón que sentía en la mano y el dolor de su corazón cuando la aguijoneó un pensamiento. Tendré que contarlo todo en casa y les daré un gran disgusto, se dijo.

Los quince minutos se le antojaron una hora, pero por fin terminaron. Nunca se había alegrado tanto de oír anunciar el recreo.

El profesor tardaría en olvidar la mirada acusadora que Amy le lanzó cuando salió de la clase en dirección al vestíbulo para recoger sus pertenencias, sin dirigir la palabra a nadie y prometiéndose que jamás volvería a pisar ese lugar. Llegó a casa triste y cuando, más tarde, llegaron las demás, tuvo lugar una reunión donde se dio rienda suelta a la indignación. La señora March apenas habló pero dio muestras de consternación y consoló a su hija pequeña con la mayor ternura. Meg vertió glicerina y lágrimas sobre la mano injuriada; Beth se dijo que ni siquiera sus gatitos podrían aplacar tanto dolor; Jo, colérica, propuso denunciar al señor Davis de inmediato, y Hannah amenazó con el puño cerrado al «villano» y, al preparar el puré de patatas para la cena, imaginó que a quien aplastaba era al profesor.

Nadie se dio cuenta de la ausencia de Amy, salvo sus compañeras más cercanas, pero las sagaces señoritas observaron que, por la tarde, el señor Davis se mostraba más benigno y parecía nervioso, algo poco habitual en él. Jo apareció en la escuela poco antes de que acabaran las clases. Se dirigió hacia la mesa del profesor con expresión severa y le entregó una carta de parte de su madre. Después recogió los útiles de Amy y se marchó, no sin antes limpiarse el barro de las botas en la estera de la entrada, como si quisiera sacudirse el polvo del lugar.

—Sí, puedes estar un tiempo sin ir a la escuela, pero quiero que cada día estudies un rato con Beth —dijo la señora March aquella noche—. No apruebo los castigos corporales, y menos aún cuando se trata de niñas. Me desagradan los métodos de enseñanza del señor Davis y no creo que las jovencitas con las que te has estado relacionando hayan sido una buena influencia, así que, antes de enviarte a otro lugar, pediré consejo a tu padre.

—¡Qué bien! ¡Ojalá todas las alumnas le dejaran plantado y su vieja escuela cerrara! Cuando me acuerdo de aquellas deliciosas limas, creo enloquecer. —Amy lanzó un suspiro con aire de mártir.

—No me parece mal que te las quitara, infringiste una norma y merecías un castigo por tu desobediencia.

Amy, que no esperaba más que comprensión, se sintió decepcionada por el severo comentario.

—¿Quieres decir que te alegras de que me hayan humillado ante toda la clase? —gritó Amy.

—Yo no hubiera escogido ese sistema para enmendar tu falta —contestó la madre—, pero no sé hasta qué punto un método más suave hubiese tenido el mismo efecto. Te estás volviendo demasiado presumida y pretenciosa, y ya va siendo hora de que intentes corregirte. Posees talento y muchas virtudes, pero no hay necesidad de que los exhibas. La vanidad echa a perder las mejores cualidades. El talento y la bondad nunca pasan inadvertidos y, aunque así fuera, la conciencia de tenerlos y hacer buen uso de ellos debería bastar. Las virtudes quedan ensalzadas por la modestia.

—Así es —intervino Laurie, que jugaba una partida de ajedrez con Jo en un rincón—. Una vez conocí a una niña que tenía un gran don para la música pero no lo sabía. No sospechaba cuan maravillosas eran las composiciones que creaba cuando estaba sola y, de habérselo dicho alguien, no lo hubiera creído.

—Me hubiese encantado conocer a esa niña, tal vez ella podría ayudarme. Yo soy demasiado torpe —comentó Beth, que estaba a su lado y había escuchado con interés sus palabras.

—La conoces y te ayuda más de lo que crees —repuso Laurie, cuyos risueños ojos negros la miraron con tal intención que la joven se ruborizó y ocultó su rostro con un cojín del sofá, abrumada por aquel inesperado descubrimiento.


Jo dejó que Laurie ganara la partida para agradecerle el elogio que había hecho de su Beth, que, después de aquel piropo, no se atrevió a tocar para ellos, por mucho que insistieron. De modo que Laurie se esforzó y cantó, y lo hizo muy bien. Estaba de excelente humor, ya que en compañía de las hermanas March rara vez mostraba la parte más melancólica de su carácter. Una vez que se hubo marchado, Amy, que había estado pensativa toda la velada, preguntó de repente, como si acabase de tener una idea luminosa:

—¿Laurie es un chico culto?

—Sí, ha recibido una excelente educación y tiene mucho talento. Será un hombre de provecho si no le malcrían con tantos mimos y atenciones —contestó su madre.

—Y no es engreído, ¿verdad? —continuó Amy.

—En absoluto, por eso resulta tan entrañable y le queremos tanto.

—Comprendo. Tener talento y ser elegante es bueno, lo que está mal es darse importancia o vanagloriarse de ello —apuntó Amy, pensativa.

—Esas cosas se traslucen en los modales y en la forma de hablar si la persona actúa con humildad; no es necesario hacer gala de ellas —afirmó la señora March.

—Pasa lo mismo que con la ropa. Una no se pone todos los vestidos, sombreros y lazos a la vez para que los demás vean que los tienes —añadió Jo, y la reunión terminó entre risas.

8
JO CONOCE A APOLLYÓN


—Chicas, ¿adónde vais? —preguntó Amy, tras entrar en el dormitorio de sus hermanas mayores una tarde de sábado y encontrarlas arregladas y en una actitud misteriosa que avivó su curiosidad.

—No es asunto tuyo; las niñas pequeñas no deben hacer esa clase de preguntas —respondió Jo, cortante.

Si algo mortifica a una niña es que le recuerden que lo es, y que la despidan con un «vete, querida» resulta aún peor, Ofendida por lo que consideró un insulto, Amy se dijo que descubriría su secreto, aunque tuviese que importunarlas durante una hora, Se volvió hacía Meg, que no era capaz de negarle nada durante demasiado tiempo, y dijo en tono mimoso:

—¡Cuéntamelo! Además, deberíais llevarme con vosotras, porque Beth está entretenida con sus muñecas y yo no tengo nada que hacer. Me siento muy sola.

—No podemos, querida, porque no te han invitado —empezó Meg.

Jo la interrumpió, impaciente:

—Meg, no digas nada o lo echarás todo a perder. Amy, no puedes venir; no te comportes como una niña ni empieces a quejarte.

—Vais a alguna parte con Laurie, estoy segura. Ayer por la noche estuvisteis cuchicheando y riendo en el sofá, y en cuanto me acerqué guardasteis silencio. Vais con él, ¿verdad?

—Sí, así es. Ahora estate calladita y deja de dar la lata.

Amy dejó descansar la lengua, pero no los ojos, y observó que Meg se guardaba un abanico en el bolsillo.

—¡Ya lo tengo! ¡Lo sé! ¡Vais al teatro a ver Los siete castillos! —exclamó, y añadió con resolución—: Iré con vosotras, porque mamá dijo que no podía perdérmela. Tengo dinero ahorrado. Teníais que haberme avisado con tiempo.

—Escucha un momento y compórtate —dijo Meg con tono tranquilizador—. Mamá prefiere que no vayas esta semana porque aún tienes irritados los ojos y la iluminación de la obra te podría molestar. Irás con Beth y Hannah la semana que viene y lo pasaréis muy bien.

—Me apetece mucho más ir con vosotras y con Laurie. Por favor, dejadme ir. Llevo demasiado tiempo con este resfriado, encerrada en casa; me muero por un poco de diversión. Meg, ¡por favor! Me portaré mejor que nunca —rogó Amy con el semblante más lastimero que pudo adoptar.

—Podríamos llevarla. No creo que a mamá le importe si va bien abrigada —comentó Meg.

—Si ella va, yo me quedo, y si yo no voy, Laurie no querrá ir. Además, después de que nos haya invitado a las dos, sería de muy mala educación aparecer con Amy. Pensaba que no le gustaba meterse donde no la llaman —apuntó Jo, irritada ante la perspectiva de tener que vigilar a una niña inquieta cuando lo que quería era pasar un buen rato.

El tono y las maneras de Jo enfurecieron a Amy, que empezó a ponerse las botas e insistió con su actitud más impertinente:

—¡Pienso ir! Meg ha dicho que puedo acompañaros. Si pago mi entrada, Laurie no tendrá ningún inconveniente.

—No podrás sentarte con nosotros porque ya hemos reservado nuestras butacas, de modo que Laurie, por no dejarte sola, te cederá su asiento, con lo que nos aguarás la fiesta. O tendrá que conseguir otra butaca para ti, lo que no me parece adecuado puesto que no te ha invitado. No seas desobediente y quédate en casa —espetó Jo, más enfadada que nunca porque, con las prisas, se había pinchado en un dedo.

Sentada en el suelo, con una bota puesta, Amy empezó a llorar. Meg intentaba hacerla entrar en razón cuando Laurie llamó a la puerta, y las dos jóvenes bajaron corriendo, mientras su hermana menor seguía gimoteando, porque de vez en cuando olvidaba su actitud de persona mayor y actuaba como una niña caprichosa, Cuando el grupo se disponía a salir, Amy se acercó a la escalera y gritó en tono amenazador:

—¡Te arrepentirás de esto, Jo March!

—¡Tonterías! —replicó Jo antes de dar un portazo.

Disfrutaron de la función, porque Los siete castillos y el lago Diamante era una obra tan brillante y maravillosa como habían imaginado. No obstante, a pesar de los cómicos diablillos rojos, los luminosos duendes y los magníficos príncipes y princesas, algo ensombrecía la felicidad de Jo. El cabello rizado y rubio de la reina de las hadas le hacía pensar en Amy, en los entreactos, se entretenía imaginando qué podría hacer su hermana para que se «arrepintiera». Amy y ella se habían enzarzado en más de una trifulca en el curso de sus vidas porque ambas tenían un carácter fuerte y perdían los estribos con facilidad. Amy pinchaba a Jo, ésta molestaba a su hermana menor y, de vez en cuando, los ánimos se encendían, de lo que ambas se avergonzaban después. A pesar de ser la mayor, Jo tenía menos control de sí misma y sufría tratando de poner freno a su temperamento, que tantos sinsabores le ocasionaba; los enfados no le duraban demasiado y, después de confesar humildemente su falta, su arrepentimiento era sincero e intentaba superar sus fallos. Sus hermanas solían decir que les encantaba enfurecerla porque, una vez calmada, se convertía en un auténtico ángel. La pobre Jo se esforzaba muchísimo por ser buena, pero su enemigo íntimo estaba siempre dispuesto a aflorar y derrotarla, y ella llevaba años de paciente lucha tratando de someterlo.

Al llegar a casa, encontraron a Amy leyendo en la sala. Cuando entraron, la pequeña adoptó un aire ofendido y no levantó la vista del libro ni hizo pregunta alguna. Es posible que la curiosidad hubiese superado al rencor de no haber sido por Beth, que sí acudió a pedir información sobre la obra y recibió una detallada descripción. Al subir a guardar el que era su mejor sombrero, Jo echó un vistazo a su cómoda; en su última pelea, Amy había desahogado su frustración volcando el contenido del primer cajón en el suelo. Sin embargo, todo parecía en su lugar; tras una rápida inspección a sus armarios, bolsas y cajas, Jo supuso que Amy había olvidado y perdonado lo ocurrido.

Jo no estaba en lo cierto, y al día siguiente descubrió algo que desató una verdadera tormenta. Era media tarde y Meg, Beth y Amy estaban sentadas en la sala cuando Jo irrumpió, visiblemente inquieta, y preguntó, sin aliento:

—¿Alguien ha cogido el libro que estoy escribiendo?

—No —contestaron Meg y Beth al unísono, con expresión sorprendida.

Amy atizó el fuego sin pronunciar palabra. Jo se puso colorada y se abalanzó sobre ella de inmediato.

—Amy, ¡lo tienes tú!

—No, yo no lo tengo.

—¡Entonces, sabes dónde está!

—No, no lo sé.

—¡Es mentira! —exclamó Jo sujetándola por los hombros y clavándole una mirada capaz de asustar a una niña mucho más valiente que Amy.

—No lo es. No lo tengo, no sé dónde está y, además, me trae sin cuidado.

—Sí lo sabes, y será mejor que empieces a hablar antes de que te obligue —replicó Jo zarandeándola suavemente.

—Por mucho que grites, no volverás a ver tu viejo y estúpido libro —exclamó Amy, que empezaba a alterarse.

—¿Por qué?

—Lo he quemado.


—¿Cómo? ¿Has quemado el libro del que tan orgullosa estaba, en el que tanto había trabajado para que estuviese terminado a la vuelta de papá? ¿De verdad lo has quemado? —preguntó Jo, que seguía agarrando con fuerza a Amy, nerviosa, con el semblante pálido y los ojos encendidos de rabia.

—¡Sí, lo he hecho! Ayer te advertí que pagarías por haber sido tan desagradable conmigo, y me he encargado de que así sea…

Amy no pudo seguir porque Jo, presa de su temperamento iracundo, la zarandeó hasta que a la pequeña le castañetearon los dientes, y en un arranque de pena y rabia dijo entre sollozos:

—¡Eres mala, mala! He perdido mis escritos. ¡No te perdonaré mientras viva!

Meg acudió a rescatar a Amy y Beth trató de calmar a Jo, pero ésta estaba fuera de sí; propinó una bofetada de despedida a su hermana y salió de la sala, para buscar refugio y consuelo en la butaca del desván.

En la planta de abajo, la tormenta amainó con la llegada de la señora March. Una vez informada de lo ocurrido, hizo comprender a Amy la gravedad del daño causado. El libro de Jo no solo tenía valor para ella, toda la familia lo veía como un proyecto literario prometedor. Contenía apenas media docena de cuentos, pero Jo había trabajado con dedicación y paciencia en ellos y había puesto el alma en cada uno, con la esperanza de que algún día llegasen a publicarse. Los había copiado con sumo cuidado y había destruido los borradores, por lo que, con el fuego, Amy había destruido años de entregada labor. A los demás podía parecerles una pérdida menor, pero para Jo era una auténtica calamidad que no creía posible reparar. Beth estaba tan apenada como si hubiera muerto uno de sus gatitos, y Meg no salió en defensa de su protegida. La señora March se mostraba seria y abatida, y Amy se dijo que nadie la volvería a querer hasta que hubiese pedido perdón a su hermana por aquella acción, que ahora le pesaba más que a nadie.

Cuando sonó la campanilla que anunciaba la hora del té, Jo apareció con una expresión tan severa y distante que Amy tuvo que hacer acopio de valor para decir con tono sumiso:

—Por favor, Jo, discúlpame. Lo lamento muchísimo.

—No te perdonaré jamás —replicó con dureza Jo, que a partir de ese momento hizo caso omiso de Amy.

Nadie comentó nada sobre el incidente —ni siquiera la señora March— porque sabían por experiencia que, cuando Jo no estaba de humor, las palabras sobraban y lo más inteligente era esperar a que algún suceso casual, o su propia naturaleza bondadosa, suavizase su resentimiento y curase la herida. No fue una velada feliz; porque aunque cosieron como tenían por costumbre mientras la madre leía en voz alta obras de Bremer, Scott y Edgeworth, todas tenían la impresión de que faltaba algo y la paz del hogar se había visto turbada. Este sentimiento se intensificó aún más cuando llegó la hora de cantar; Beth solo pudo tocar, Jo estuvo callada como una tumba y Amy se echó a llorar, de modo que las únicas que cantaron fueron Meg y su madre. Pero, a pesar de sus esfuerzos por emular a las alegres alondras, sus aflautadas voces no concertaban y desafinaban un poco.

Cuando se acercó a dar el beso de buenas noches a Jo, la señora March le susurró al oído, con dulzura:

—Querida, no te vayas a dormir enfadada; perdonaos la una a la otra, ayudaos y, mañana, volved a empezar.

Jo sintió el impulso de descansar la cabeza en el regazo de su madre y llorar toda la rabia y la pena; pero el llanto era una debilidad impropia de un carácter masculino como el suyo y, además, se sentía demasiado herida para perdonar tan pronto. Así pues, parpadeó para contener las lágrimas, meneó la cabeza y dijo en un tono hosco dedicado a Amy, que sabía estaría escuchando:

—Ha sido una acción abominable y no merece mi perdón.

Dicho esto, subió a acostarse y aquella noche no hubo ni charlas entretenidas ni confidencias.

Amy, ofendida al ver rechazado su intento de hacer las paces, deseó no haberse humillado y, sintiéndose más dolida que nunca, adoptó un aire de superioridad exasperante. Al día siguiente, Jo seguía con su expresión sombría y todo le salió mal. La mañana fue especialmente gélida y se le cayó la empanada caliente en un desagüe. La tía March se mostró muy quisquillosa, Meg estuvo pensativa y, al volver a casa, hasta Beth parecía ofendida y triste, mientras Amy no cesaba de hacer comentarios sobre las personas que siempre hablaban de su deseo de ser buenas y ni siquiera se molestaban en intentarlo, cuando tenían delante a otras que eran un ejemplo de virtud.

Están todas insoportables. Propondré a Laurie ir a patinar. Él es amable y está siempre de buen humor. Su compañía me animará, estoy segura, se dijo Jo, y a los pocos minutos se marchó.

Amy oyó el ruido de los patines, miró hacia fuera y exclamó irritada:

—¡Vaya! Había prometido llevarme con ella la próxima vez que saliese a patinar porque podría ser la última ocasión en este invierno. Pero cualquiera le recuerda su promesa a esa gruñona.

—No hables así; lo que hiciste estuvo muy mal y le costará perdonar la pérdida de su preciado libro, pero tal vez hoy lo haga, si buscas un buen momento —apuntó Meg—. Ve tras ellos, no digas nada hasta que veas que la compañía de Laurie ha puesto a Jo de mejor humor. Entonces acércate a ella y dale un beso o ten algún gesto de cariño por el estilo. Estoy segura de que se reconciliará contigo y lo hará de corazón.

—Lo intentaré —dijo Amy, a la que el consejo le venía de perlas. Se preparó a toda prisa y siguió los pasos de los dos amigos, que habían llegado a lo alto de la colina y acababan de desaparecer de la vista.

El río no estaba lejos, pero cuando Amy llegó la pareja ya estaba preparada para patinar. Jo la vio acercarse y le dio la espalda; Laurie no la vio porque estaba patinando, prudentemente, por la orilla, probando la solidez del hielo porque antes de la helada había habido unos días de calor.

—Antes de que empecemos la carrera, iré hasta la primera curva para asegurarme de que todo esté bien —le oyó Amy anunciar al tiempo que se alejaba. Parecía un joven ruso, con su gorro de piel y su chaqueta forrada.

Jo oyó que Amy jadeaba después de haber corrido para darles alcance, pateaba el suelo para que los pies le entraran en calor y se soplaba los dedos mientras intentaba ponerse los patines. Sin embargo, no se volvió y se deslizó zigzagueando por el río, embargada por la agridulce satisfacción que le producía saber que su hermana estaba en apuros. Había alimentado su rabia y ésta había seguido creciendo, como hacen todos los pensamientos y sentimientos negativos si no se eliminan de inmediato. Laurie se dio la vuelta al llegar a la curva y gritó:

—Mantente cerca de la orilla, el centro no es seguro.

Jo lo oyó, pero no Amy, que tenía toda su atención puesta en sus pies. Jo volvió la cabeza hacia ella y el diablillo que habitaba en su interior le susurró al oído: «No importa si lo ha oído o no, deja que cuide de sí misma».

Laurie había desaparecido tras el recodo y Jo se disponía a doblarlo cuando Amy, que iba muy por detrás de ellos, se desvió hacia el centro del río, donde la capa de hielo era más fina. Jo se detuvo un instante, con un extraño sentimiento en el corazón; luego decidió seguir, pero algo la retuvo y la obligó a volverse, justo a tiempo de ver cómo su hermana levantaba las manos y caía cuando la capa de hielo se quebró bajo sus pies. El ruido del agua y el grito le helaron el corazón y la llenaron de miedo. Quiso avisar a Laurie, pero la voz le fallaba; intentó correr hacia su hermana, pero sus pies no se movían; se quedó inmóvil un instante, aterrorizada, con la mirada fija en el gorrito azul que flotaba en las oscuras aguas. Algo pasó a toda prisa a su lado y oyó a Laurie gritar:

—¡Arranca una tabla de la valla! ¡Rápido, rápido!

Sin saber cómo, se encontró luchando con la valla, como poseída, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Laurie, que mantenía la calma. El joven se tendió boca abajo sobre el hielo y Amy se sujetó a su brazo y su palo de hockey, hasta que Jo se acercó con la tabla de la valla y, entre ambos, rescataron a la niña, que estaba más asustada que herida.


—Tenemos que llevarla a casa lo antes posible. Cúbrela con nuestros abrigos mientras le quito los malditos patines —dijo Laurie, y tras tapar a Amy con su abrigo empezó a desatar los cordones, tarea que nunca le había resultado tan difícil.

Amy llegó a casa empapada, tiritando y llorando a lágrima viva; y tras tantas emociones, enseguida cayó rendida, envuelta en mantas, delante de la chimenea encendida. Jo apenas habló mientras atendían a su hermana, pero no dejó de correr de un sitio a otro, pálida y agitada, con el vestido desgarrado y las manos llenas de cortes y arañazos, fruto de su lucha con el hielo, la valla y las obstinadas hebillas de sus patines. Una vez que Amy se hubo dormido y la casa estuvo en calma, la señora March se sentó en la cama y llamó a Jo para vendarle las heridas.

—¿Estás segura de que está bien? —murmuró Jo mientras miraba con remordimientos la cabecita de cabellos dorados, que podía haberse perdido para siempre bajo aquel hielo traicionero.

—Está bien, querida, no está herida y no creo que se resfríe siquiera porque tuvisteis la feliz idea de taparla bien y traerla a casa enseguida —contestó la madre para animarla.

—Fue cosa de Laurie. Yo la dejé sola. Madre, si le pasase algo, sería por mi culpa. —Jo se dejó caer junto a la cama y, con lágrimas de arrepentimiento relató a su madre lo ocurrido, censuró la dureza de su corazón y, entre sollozos, expresó su gratitud por no tener que lamentar un mal mayor—. ¡Todo es culpa de mi mal carácter! Intento superarlo pero, cuando creo que lo he logrado, reaparece con más fuerza que nunca. ¡Oh, mamá! ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? —se lamentaba la pobre Jo, desesperada.

—Contrólate y reza, querida. Vuelve a intentarlo sin descanso. No pienses nunca que tienes un defecto incurable —explicó la señora March, que acercó a su hombro la alborotada cabeza y besó con tal ternura sus mejillas empapadas quejo lloró aún con más fuerza.

—Tú no sabes lo que es, ¡no imaginas lo difícil que resulta! Cuando monto en cólera, soy incapaz de dominarme. Estoy tan fuera de mí que podría hacer daño a cualquiera y disfrutar con ello. Me asusta que algún día pueda cometer un acto terrible que destroce mi vida y haga que todo el mundo me odie. ¡Oh, mamá, por favor, ayúdame!

—Lo haré, hija mía, lo haré. En lugar de llorar, recuerda lo ocurrido en el día de hoy y hazte el propósito de no permitir que algo así vuelva a suceder. Jo, querida, todos tenemos tentaciones, algunas más fuertes que nosotros, y a menudo hace falta toda una vida para lograr superarlas. Piensas que tu carácter es el peor del mundo, pero yo tenía el mismo pronto que tú.

—¿Tú, mamá? ¡Pero si nunca te enfadas! —Jo se quedó tan sorprendida que olvidó por unos instantes su remordimiento.

—Llevo cuarenta años tratando de curar mi mal carácter y solo he logrado controlarlo. No pasa un día sin que me enfade, Jo, pero he aprendido a no mostrar mi mal humor y no pierdo la esperanza de llegar a no sentirlo, aunque tal vez tarde otros cuarenta años en conseguirlo.

La paciencia y la humildad que reflejaba el rostro amado eran la lección que Jo necesitaba, más eficaz que el sermón más sabio o la reprimenda más dura. Encontró consuelo en la confidencia que le había hecho su madre y en su comprensión. Saber que su madre tenía un defecto similar al suyo y se esforzaba por corregirlo hacía más soportable su dolor y la animaba a tratar de curarse, aunque, para una joven de quince años, cuarenta años de rezos y propósitos de enmienda le parecía un plazo demasiado largo.

—Mamá, cuando aprietas los labios y sales de la habitación porque la tía March se queja o alguien te molesta, ¿es que estás enfadada? —preguntó Jo, que se sentía más próxima a su madre que nunca.

—Sí. He aprendido a reprimirlas palabras desagradables que acuden a mis labios y, cuando la tentación es demasiado fuerte, me alejo unos segundos para recordarme que no debo ser tan débil y cruel —contestó la señora March con una sonrisa y un suspiro mientras alisaba y peinaba con los dedos el revuelto cabello de Jo.

—¿Cómo aprendiste a guardar la calma? Es lo que más me cuesta. Las palabras hirientes escapan de mi boca antes de que me dé cuenta y, cuanto más digo, más me altero, hasta el punto de que me satisface decir cosas horribles y herir los sentimientos de los demás. Querida mamá, dime cómo lo haces.

—Mi madre solía ayudarme…

—Tanto como tú a nosotras —la interrumpió Jo, y le dio un beso.

—Pero la perdí cuando era poco mayor que tú y, durante años, hube de luchar sola porque era demasiado orgullosa para confesar mi debilidad a nadie más. Lo pasé muy mal, Jo, y derramé muchas lágrimas por mis fracasos; porque, a pesar de mi voluntad, parecía que nunca lo conseguiría. Entonces, conocí a tu padre y me sentí tan feliz que ser buena me resultó muy sencillo. Sin embargo, con el tiempo, cuando me vi con cuatro niñas a mi cargo, y pobre, el viejo fantasma resurgió. No soy paciente por naturaleza y no poder dar a mis hijas lo que necesitaban me hacía sufrir.

—¡Pobre mamá! ¿Qué te ayudó entonces?

—Tu padre, Jo. Él jamás pierde los nervios, nunca duda ni se queja, siempre se muestra esperanzado y trabaja de firme, de modo que me daba vergüenza no estar a su altura. Me ayudaba y me daba ánimos y me mostraba lo importante que es ser un ejemplo de virtud si queremos que nuestros hijos nos imiten. Para mí, era más fácil esforzarme pensando en vuestro bien que en el mío. Una mirada de asombro de una de vosotras al verme responder con dureza me ayudaba a recapacitar más que cualquier sermón. Y vuestro amor, respeto y confianza eran la mejor recompensa a mis esfuerzos por ser la clase de mujer capaz de servir de ejemplo.

—¡Mamá, ojalá algún día lograra ser la mitad de buena que tú! Me bastaría con eso —declaró Jo conmovida.

—Espero que logres ser mucho mejor, querida, pero debes vigilar al enemigo que anida en tu pecho, como papá le llama. De lo contrario, te llenará de congoja e incluso podría echar a perder tu vida. Lo de hoy ha sido un aviso. Tenlo presente y esfuérzate de corazón por controlar tu mal genio para que no tengas que sentir un dolor y un remordimiento mayores que los de hoy.

—Lo intentaré, mamá, de veras, pero no dejes de ayudarme y llamarme al orden antes de que salte. Recuerdo que, a veces, papá se llevaba el dedo a los labios y te miraba con mucha dulzura, y tú apretabas los labios o te ibas. ¿Era esa su forma de ayudarte?

—Sí, yo le pedí que lo hiciera y él nunca lo olvidaba. Con ese gesto discreto y una mirada amable impedía que dijera cosas desagradables.

Jo vio que las lágrimas asomaban a los ojos de su madre y que sus labios temblaban al hablar. Temiendo haber ido demasiado lejos, preguntó angustiada:

—Mamá, ¿te parece mal que os observara o que haya sacado el tema ahora? No quería ser irrespetuosa. Es que me siento tan feliz y a gusto hablando contigo de todo lo que me preocupa.

—Mi querida Jo, soy tu madre y puedes decirme lo que sea. Que mis hijas confíen en mí y sepan lo mucho que las quiero me llena de felicidad y de orgullo.

—Temía haberte entristecido.

—No, querida, pero al hablar de tu padre he recordado cuánto le echo de menos, lo mucho que le debo y cuánto me he de esmerar para que sus pequeñas estén a salvo y bien para cuando él vuelva.

—Sin embargo, no le pediste que no fuera a la guerra ni lloraste cuando se marchó. Y nunca te he oído quejarte, como si no necesitases nada —apuntó Jo, maravillada.

—Entregué a mi país, al que amo, lo mejor de mi vida y contuve el llanto hasta que él se marchó. ¿Por qué habría de quejarme cuando no hacíamos más que cumplir con nuestro deber y, al fin, eso nos haría más felices? Si doy la impresión de no necesitar ayuda es porque cuento con el apoyo de alguien más importante que vuestro padre que me alienta y me ayuda. Hija mía, tus problemas y tentaciones no han hecho más que empezar y pueden ser muchos, pero lograrás superarlos y vencerlos si aprendes a sentir la fuerza y el amor de tu Padre Celestial como sientes los de tu padre terrenal. Cuanto más le ames y confíes en Él, más unida te sentirás a Él y menos dependerás del poder y la sabiduría humanos. Él nunca se cansa de amarnos y cuidarnos, nada le aleja de nosotros y nos proporciona la paz, la felicidad y la fuerza que necesitamos en nuestra vida. Has de creer en esto y confiar a Dios todas tus cuitas y esperanzas, tus errores y penas, del mismo modo que los compartes con tu madre.

Por toda respuesta, Jo la abrazó y, en el silencio que siguió, elevó desde su corazón la plegaria más sincera de su vida. Y es que, en esa hora triste y al mismo tiempo feliz, había conocido no solo el amargo sabor del arrepentimiento y la desesperación, sino también la dulzura de la abnegación y del dominio de sí misma. Y, de la mano de su madre, se había acercado al Amigo que brinda a los niños un amor más fuerte que el de cualquier padre, más tierno que el de cualquier madre.

Amy se removió y suspiró en sueños. Ávida de enmendar lo antes posible su error, Jo la miró con una expresión desconocida en el rostro.

—Cuando el sol se puso, estaba enfadada y pensaba que no la perdonaría jamás; hoy, de no haber sido por Laurie, ¡hubiese sido demasiado tarde! ¿Cómo he podido ser tan ruin? —dijo Jo a media voz, inclinada hacia su hermana para acariciarle el cabello, desparramado sobre la almohada y aún húmedo.

Como si la hubiese oído, Amy abrió los ojos y tendió los brazos con una sonrisa que a Jo le llegó al alma. Sin pronunciar palabra, se abrazaron por encima de las mantas y todo quedó perdonado y olvidado con un beso sincero.

9
MEG VISITA LA FERIA DE LAS VANIDADES


—Qué suerte que los niños hayan contraído el sarampión justo ahora —exclamó Meg un día de abril. Estaba en su dormitorio, preparando el baúl de viaje, rodeada de sus hermanas.

—Y qué bien que Annie Moffat no haya olvidado su promesa. Qué delicia contar con quince días de diversión —apuntó Jo, que parecía un molino de viento cada vez que doblaba una falda con sus largos brazos.

—¡Y hace muy buen tiempo! ¡Qué alegría! —añadió Beth, que separaba los lazos para el cuello de las cintas del pelo y los guardaba en su mejor estuche, que había prestado a su hermana mayor para la ocasión.

—Me encantaría ir contigo para divertirme y ponerme esta ropa tan bonita —dijo Amy, que tenía entre los labios un buen número de alfileres que iba clavando artísticamente en el acerico de su hermana.

—Me gustaría que fuésemos todas pero, como no es posible, prometo contároslo todo a mi vuelta. Es lo menos que puedo hacer después de que hayáis tenido la amabilidad de prestarme cosas y ayudarme a prepararme —dijo Meg echando una mirada a su equipaje, sencillo pero, a sus ojos, casi perfecto.

—¿Qué te dio mamá de la caja de los tesoros? —preguntó Amy, que no había estado presente cuando la señora March abrió el baúl de cedro, lleno de reliquias de un pasado lleno de esplendor, al que recurría cuando deseaba obsequiar algo especial a sus hijas.

—Un par de medias de seda, este precioso abanico tallado y una faja azul muy bonita. Yo quería usar el vestido violeta pero, como no daba tiempo a arreglarlo, llevaré mi viejo vestido de tarlatana.

—Estarás muy bien con mi falda de muselina nueva y la faja le dará el toque final. ¡Ojalá no se me hubiese roto la pulsera de coral! Te la hubiese dejado —dijo Jo, que adoraba dar y prestar sus cosas, aunque, dado que las cuidaba tan mal, éstas eran prácticamente inservibles.

—En la caja de los tesoros hay un collar de perlas antiguo, pero mamá opina que las flores frescas son el adorno idóneo para una joven y Laurie ha prometido enviarme cuantas quiera —explicó Meg—. Bien, veamos, aquí está el vestido gris nuevo. Beth, ¿podrías peinar la pluma de mi sombrero? También llevo el traje de popelina para los domingos y las fiestas informales… aunque abriga demasiado para la primavera, ¿no? ¡Qué bien me hubiera venido el vestido de seda violeta! En fin…

—No te preocupes, tienes el de tarlatana para las fiestas formales y, vestida de blanco, pareces un ángel —afirmó Amy, a la que estar rodeada de tanta ropa de gala le alegraba el corazón.

—Sí, pero no es escotado ni tiene suficiente vuelo. En fin, tendrá que servir. Al vestido azul le hemos subido el dobladillo y ha quedado como nuevo. Mi chaqueta de seda no es de las que están de moda ahora y el sombrero no tiene ni punto de comparación con los de Sallie, y qué decir de la sombrilla, ¡menudo chasco! Le pedí a mamá que me comprara una negra con mango blanco, pero se olvidó y me trajo ésta, verde y con un horrendo mango amarillo. No está mal, es fuerte y pulcra, pero Annie tiene una preciosa, de seda, con la punta de oro, y me va a dar mucha vergüenza abrir la mía a su lado. —Meg suspiró mirando con disgusto la pequeña sombrilla.

—Cámbiala —aconsejó Jo.

—Sería una estupidez y podría herir los sentimientos de mamá, que se ha esforzado tanto en conseguir todo esto. Prefiero no darle más importancia de la que tiene, no es más que una apreciación personal. Me consuelo pensando en las medias de seda y en los magníficos dos pares de guantes que llevo. ¡Qué detalle por tu parte haberme dejado los tuyos, Jo! Me siento tan rica y elegante con un par nuevo, y el viejo, limpio. —Para animarse, Meg miró de nuevo el estuche de los guantes—. Annie Moffat adorna con lazos rosas o azules sus sombreros de noche. ¿Me puedes coser uno en el mío? —preguntó a Beth, que llegaba con una pila de blancas muselinas recién lavadas que Hannah acababa de entregarle.

—No lo hagas. Un sombrero de noche demasiado engalanado no quedará bien con un vestido sencillo y sin encaje como el tuyo. Las muchachas pobres no deben adornarse demasiado —apuntó Jo con convicción.

—Me pregunto si alguna vez tendré la suerte de lucir un vestido con encaje y un sombrero con cintas —comentó Meg con impaciencia.

—El otro día dijiste que estarías contenta si simplemente pudieras ir a casa de Annie Moffat —le recordó Beth con su habitual calma.

—¡Tienes razón! Está bien, estoy contenta y no me quejaré más. Parece que cuanto más nos dan, más queremos, ¿no? Bueno, ya está todo listo y guardado, salvo el vestido de fiesta, que lo reservo para mamá —observó Meg, que, más animada, miró el baúl medio vacío y el vestido de tarlatana blanco, infinitas veces planchado y cosido, al que se refería como «vestido de fiesta» con aire importante.

Al día siguiente hizo buen tiempo y Meg partió, radiante, a vivir dos semanas de novedades y placeres. La señora March había dudado si dejarla ir, porque temía que Margaret volviese a casa todavía más inconforme con la suerte de la familia. Sin embargo, la joven había insistido mucho y Sallie se había comprometido a cuidar bien de ella. Además, después de trabajar todo el invierno, era justo que disfrutase un poco. Así pues, la madre cedió y Meg se dispuso a conocer de primera mano el sabor de una vida acomodada.

Los Moffat eran una familia muy acomodada y, de entrada, la humilde Meg se sintió algo intimidada por el esplendor de la casa y la elegancia de sus ocupantes. Pero eran muy amables, a pesar de llevar una vida muy frívola, y sabían cómo lograr que sus huéspedes se sintiesen a gusto. A Meg no le parecieron ni excesivamente cultos ni demasiado inteligentes y, sin saber bien por qué, se dijo que, a pesar del brillo de su fortuna, no podían disimular que estaban hechos de una materia bastante corriente. Por supuesto, era un placer disfrutar del lujo, desplazarse en un carruaje elegante, vestir sus mejores trajes a diario y no hacer nada salvo divertirse, Era lo que había soñado. No tardó en imitar los modales y la forma de hablar de sus anfitriones, adoptar un aire pomposo, intercalar frases en francés, rizarse el cabello, ceñirse la cintura y hablar de moda a todas horas. Cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y más suspiraba por ser rica. Su casa le parecía un lugar desnudo y triste, su trabajo, más duro que nunca, y se sentía como una joven indigente, muy desgraciada, a pesar de sus guantes nuevos y sus medias de seda.

Sin embargo, no disponía de mucho tiempo para compadecerse de sí misma, puesto que las tres amigas se dedicaban en cuerpo y alma a divertirse. Salían de compras, paseaban, montaban a caballo y hacían visitas durante todo el día; iban al teatro y a la ópera y ofrecían fiestas en casa, ya que Annie contaba con muchos amigos a los que le gustaba recibir y entretener. Sus hermanas mayores eran unas damiselas muy elegantes y una de ellas estaba comprometida, lo que a Meg le parecía muy romántico e interesante. El señor Moffat era un anciano caballero regordete y alegre, que conocía al padre de Meg, y su esposa, una señora igualmente regordeta y alegre, que se encariñó con Meg tanto como lo había hecho su hija. Todo el mundo la cuidaba tanto que «Daisy», como habían dado en llamarla, estaba a un paso de perder la cabeza.

La noche de la fiesta informal, Meg descubrió que su traje de popelina era del todo inapropiado porque las demás jóvenes lucían ropa más ligera e iban muy arregladas. Así pues, rescató el traje de tarlatana, que parecía más viejo, soso y gastado que nunca al lado del flamante vestido de Sallie. Meg notó que las demás observaban su atuendo y, luego, se miraban entre sí, y se ruborizó; y es que, a pesar de su carácter dulce, ella era muy orgullosa. Nadie comentó nada al respecto, pero Sallie se ofreció a peinarla, Annie, a anudar su faja y Belle, la hermana prometida, alabó la blancura de sus brazos. Sin embargo, Meg sintió que le dispensaban tales atenciones porque se apiadaban de ella por ser pobre. Se quedó aparte, viendo con tristeza cómo las demás reían y charlaban, se acicalaban y revoloteaban como vaporosas mariposas. Su malestar y su amargura rozaban la cota más alta cuando uno de los sirvientes les llevó una caja de flores. Annie la abrió antes de que nadie pudiera decir nada y se oyeron exclamaciones de admiración por la belleza de las rosas, el brezo y los helechos que contenía.

—Deben de ser para Belle. George siempre le envía flores, pero éstas son francamente preciosas —afirmó Annie con un suspiro.

—Son para la señorita March —aclaró el sirviente—. Venían con esta nota —añadió tendiendo la tarjeta a Meg.

—¡Qué gracia! ¿De quién pueden ser? No sabíamos que tuvieses un enamorado —exclamaron las muchachas revoloteando alrededor de Meg, sorprendidas y muertas de curiosidad.

—La tarjeta es de mi madre y las flores las envía Laurie —se limitó a explicar Meg, feliz al ver que su vecino se había acordado de ella.

—¡Vaya! —exclamó Annie con una expresión divertida, mientras Meg se guardaba la nota en el bolsillo, como un talismán contra la envidia, la vanidad y el falso orgullo; las escasas pero cariñosas palabras que su madre le había hecho llegar la habían animado mucho, y la belleza de las flores le había devuelto el buen humor.

Nuevamente feliz, o casi, separó unos helechos y unas rosas y, con el resto, preparó delicados ramilletes y se los ofreció a sus amigas para que se adornasen el escote, el cabello o la falda. Clara, la hermana mayor de Annie, dijo que era «la joven más dulce que había visto nunca», y todas se mostraron encantadas con su pequeña atención. De algún modo, aquella muestra de amabilidad marcó el final de su abatimiento, y cuando las demás fueron a que la señora Moffat les diese el visto bueno, Meg vio unos ojos brillantes y risueños en el espejo mientras se adornaba el cabello rizado con helechos y prendía rosas en su vestido, que ya no le parecía tan gastado.

Aquella noche, se divirtió mucho porque bailó cuanto quiso; todos fueron muy amables con ella y recibió tres cumplidos. Annie la obligó a cantar y alguien comentó que tenía una voz prodigiosa; el mayor Lincoln preguntó quién era «aquella muchacha lozana de ojos bellos», y el señor Moffat insistió en bailar con ella porque, como comentó divertido, «se movía con gracia, como si tuviese un muelle». Así pues, lo pasó muy bien, hasta que llegó a sus oídos parte de una conversación que la perturbó sobremanera. Estaba sentada en el invernadero, aguardando a su pareja de baile, que había ido a buscarle un helado, cuando oyó una voz al otro lado del seto de flores preguntar:

—¿Cuántos años tiene?

—Yo diría que dieciséis o diecisiete —contestó otra voz.

—Qué magnífico partido para una de esas chicas, ¿no te parece? Según Sallie, se han hecho muy amigos y el viejo las adora.

—Supongo que la señora March tendrá planes al respecto y sabrá jugar sus cartas, aunque aún es pronto. Es evidente que la muchacha ni siquiera ha pensado en eso —afirmó la señora Moffat.

—Mintió sobre la nota de su madre, como si se diera cuenta de lo que pasaba, y se ruborizó al ver las flores. ¡Pobrecilla! Si vistiese con más elegancia sería preciosa. ¿Crees que se ofendería si le prestásemos un vestido para el jueves? —preguntó una tercera voz.

—Es orgullosa, pero no creo que le importe porque ese anticuado vestido de tarlatana es todo lo que tiene. Puede que esta noche se le rasgue un poco. De ser así, tendríamos la excusa perfecta para ofrecerle otro más adecuado.

—Veremos qué ocurre. Invitaré al tal Laurence, en atención a ella, y así podremos divertirnos un poco.


En ese momento apareció la pareja de Meg, que la encontró colorada y bastante inquieta. La joven se valió de su orgullo para ocultar la vergüenza, la rabia y el disgusto que la conversación había despertado en ella; y es que, por inocente y confiada que fuese, había entendido perfectamente el sentido de los cotilleos de sus amigas. Intentó olvidar el incidente, pero no fue capaz, ya que las frases «supongo que la señora March tendrá planes al respecto», «mintió sobre la nota de su madre» y «anticuado vestido de tarlatana» le venían constantemente a la memoria, hasta el punto de que sintió el impulso de llorar y volver corriendo a casa para contar su problema y pedir consejo. Puesto que eso no era posible, optó por simular una falsa alegría y, como estaba muy alterada, lo hizo tan bien que nadie sospechó lo mucho que se esforzaba. Se alegró de que la fiesta terminara y de poder, al fin, meterse en la cama para pensar hasta que le doliese la cabeza, hacerse preguntas, enfadarse y refrescar con lágrimas sus ardientes mejillas. Aquellas palabras, disparatadas pero bienintencionadas, le habían descubierto un mundo nuevo y habían roto la paz que reinaba en el anterior, en el que, hasta ese momento, había vivido feliz como una niña. Su inocente amistad con Laurie se veía manchada por las necias teorías que había oído sin querer; su fe en su madre flaqueaba un poco por culpa de los planes que le había atribuido la señora Moffat, que pensaba que todo el mundo era como ella, y su sensata decisión de contentarse con el sencillo vestuario que podía permitirse la hija de un hombre pobre había perdido fuerza por la innecesaria piedad de unas jóvenes que pensaban que un vestido anticuado era la mayor calamidad que podía sufrir alguien.

Aquella noche, la pobre Meg no descansó nada y, cuando se levantó, muy triste y con los ojos hinchados, se sentía irritada con sus amigas y avergonzada por no haber hablado con franqueza y aclarado las cosas. Todo el mundo estaba adormilado aquella mañana y, hasta las doce, las muchachas no tuvieron fuerzas para sacar sus labores de aguja. Meg notó enseguida algo que le extrañó; sus amigas la trataban con más respeto, pensó, se interesaban por lo que decía y la miraban de una forma que dejaba traslucir su curiosidad. Su actitud la sorprendió y halagó, pero no entendió a qué se debía hasta que la señorita Belle, que estaba escribiendo, levantó la vista del papel y dijo con tono sentimental:

—Daisy, querida, le hemos enviado una invitación a tu amigo, el señor Laurence, para la fiesta del jueves. Queríamos conocerle y tener un detalle contigo.

Meg se sonrojó pero, movida por el deseo malicioso de burlarse de aquellas muchachas, dijo con timidez:

—Sois muy amables, pero no creo que venga.

—¿Por qué no, chérie? —preguntó Belle.

—Es demasiado viejo.

—Querida niña, ¿qué quieres decir? ¿Cuántos años tiene? —inquinó la señorita Clara.

—Cerca de setenta, creo —contestó Meg, con la mirada clavada en las puntadas que daba para ocultar su regocijo.

—¡Qué picara eres! Nos referimos al joven señor Laurence, claro está —exclamó la señorita Belle entre risas.

—No hay tal. Que yo sepa, en la casa solo está Laurie, que es un niño. —Meg se echó a reír también al ver las miradas de extrañeza que intercambiaron las hermanas cuando describió a su supuesto amante.

—Debe de tener tu edad —dijo Nan.

—Más bien la de mi hermana Jo. Yo cumpliré diecisiete en agosto —afirmó Meg meneando la cabeza.

—¡Qué amable por su parte mandarte flores! ¿No te parece? —apuntó Annie haciéndose la entendida.

—Sí, suele enviarnos flores a todas; su jardín está siempre lleno y sabe que nos gustan mucho. Mi madre y el viejo señor Laurence son amigos, así que es bastante natural que nosotros, siendo niños, juguemos juntos. —Meg esperaba que no añadieran nada más.

—Es evidente que Daisy no está por la labor todavía —comentó la señorita Clara a Belle con un gesto.

—Tiene una visión bucólica e inocente de la situación —repuso Belle encogiéndose de hombros.

—Voy a salir a hacer algunas compras para las niñas; ¿necesitáis algo, jovencitas? —preguntó la señora Moffat, que entró en la sala caminando pesadamente, como un elefante, envuelta en seda y encajes.

—No, gracias, señora —respondió Sallie—. He traído un vestido de seda rosa nuevo para la fiesta del jueves y no me hace falta nada.

—A mí tampoco… —Meg se interrumpió de pronto porque había varias cosas que necesitaba y no podía permitirse comprar.

—¿Qué te pondrás el jueves? —preguntó Sallie.

—Mi viejo vestido blanco, si puedo remendarlo para que quede presentable; por desgracia, la otra noche se me rasgó —dijo Meg, que trató de resultar natural aunque se sentía muy incómoda.

—¿Por qué no le pides a tu madre que te envíe otro? —propuso Sallie, que no era una joven muy observadora.

—No tengo más. —A Meg le costó un gran esfuerzo decirlo, pero Sallie no se dio ni cuenta y exclamó, sorprendida pero con tono amable:

—¿Solo tienes ése? Qué raro…

No terminó la frase, porque Belle la miró meneando la cabeza y observó con dulzura:

—Yo no lo veo raro; ¿por qué iba a tener muchos vestidos si apenas sale? Aunque tuvieras media docena más, Daisy, no habría necesidad de pedir que te los trajeran. Yo tengo uno de seda azul que me queda pequeño y me encantaría que te lo pusieras. ¿Me harás ese favor, querida?

—Eres muy amable, pero no me importa usar un vestido viejo, si a ti no te importa; creo que es suficiente para una niña como yo —dijo Meg.

—No, por favor, me apetece mucho verte elegante. Te ayudaré encantada y, con unos pequeños retoques aquí y allá, estarás espectacular. No dejaré que te vea nadie hasta que hayamos terminado y, entonces, entraremos en el baile como Cenicienta y su hada madrina —propuso Belle en un tono muy persuasivo.

Meg no podía rechazar una oferta tan bondadosa. El deseo de ver si en verdad podía convertirse en una joven atractiva la decidió a aceptar, y olvidó su antiguo malestar con los Moffat.

La tarde del jueves, Belle y su criada se encerraron junto con Meg para convertir a ésta en toda una dama. Le rizaron el cabello, le pusieron talco perfumado en el cuello y los brazos, le aplicaron en los labios pomada de coralina, para que quedasen más rojos, y Hortense hubiese añadido un «soupçon de carmín» pero Meg se negó en redondo. La embutieron en un vestido azul cielo tan ceñido que apenas podía respirar y con un escote tan bajo que se ruborizó al verse en el espejo. Le prestaron también un juego de pulsera, collar, broche y pendientes de plata, que Hortense ató con un hilo de seda rosa prácticamente invisible. Adornaron su pecho con un ramillete de capullos de rosas, un ruche hizo que la idea de lucir sus blancos y hermosos hombros fuera más llevadera para Meg, y un par de botas de tacón de seda azul le parecieron un sueño hecho realidad. Un pañuelo de encaje, un abanico de plumas y un ramillete con un soporte de plata completaron el atuendo. Belle la contempló con la misma satisfacción que experimenta una niña cuando acaba de vestir a su muñeca.

—Mademoiselle está charmante, très jolie, ¿verdad? —exclamó Hortense aplaudiendo con una irrefrenable emoción.

—Vayamos a que te vean las demás —propuso Belle, y la condujo hasta la sala en la que esperaban sus amigas.

Cuando Meg salió tras ella, arrastrando su larga falda, con los pendientes tintineando, los bucles ondeando y el corazón acelerado, se dijo que, al fin, le había llegado el momento de pasar un buen rato. Al verse en el espejo, había observado que, en efecto, parecía una hermosa damita. Sus amigas repitieron esa misma expresión con entusiasmo y, por un instante, como la grajilla de la fábula, disfrutó de las plumas prestadas mientras las demás cotorreaban como urracas.

—Nan, mientras me visto, explícale cómo moverse con la falda y los tacones para que no tropiece. Clara, prende tu mariposa de plata en esa cinta blanca para el cuello y esconde ese tirabuzón que asoma por la izquierda, pero con cuidado de no estropear mi hermosa obra —indicó Belle antes de marcharse a toda prisa, muy complacida con el éxito obtenido.

—No me atrevo a bajar. Me siento muy extraña y tiesa, medio desnuda —confesó Meg a Sallie cuando sonó la campanilla que indicaba el inicio del baile y la señora Moffat las mandó llamar.

—No pareces tú, pero estás preciosa. A tu lado, ni se me ve. Belle tiene un gusto exquisito y te ha vestido a la última, pareces una auténtica francesa, te lo garantizo. Deja el ramillete un poco más suelto, no estés tan pendiente de las flores y procura no tropezar —dijo Sallie, esforzándose por no sentirse mal porque Meg estuviese más guapa que ella.


Margaret bajó con cuidado por las escaleras, recordando en todo momento la advertencia de su amiga, y entró en la sala de estar, en la que la familia Moffat estaba reunida con los primeros invitados. No tardó en descubrir que la ropa elegante ayuda a atraer a cierta clase de personas y granjea respeto. Varias jovencitas que no le habían hecho el menor caso antes se mostraron súbitamente interesadas por su persona; algunos jóvenes que, en la otra fiesta, se habían contentado con mirarla de reojo pidieron que se la presentaran y no cesaron de piropearla, y varias damas mayores que, sentadas en los sofás, se dedicaban a criticar a los demás preguntaron quién era con cierto interés. Oyó que la señora Moffat contestaba a una de ellas:

—Es Daisy March, su padre es coronel del ejército. Una muy buena familia, aunque han sufrido un revés de la fortuna, ya sabe. Son grandes amigos de los Laurence. Es una gran muchacha, se lo aseguro. Mi hijo Ned la adora.

—¡Caramba! —exclamó otra dama poniéndose las gafas para estudiar mejor a Meg, que trataba de actuar con naturalidad, como si no hubiese oído nada, a pesar de lo que le habían impresionado las mentirijillas de la señora Moffat.

En ningún momento dejó de sentirse rara, pero se dijo que estaba representando el papel de dama en una obra y salió airosa del trance, a pesar de que el vestido le apretaba demasiado y hacía que tuviera flato, la cola de la falda se le enredaba en los pies y temía perder o romper uno de aquellos pendientes que parecían siempre a punto de caerse. Estaba abanicándose y celebrando los chistes malos de un joven que pretendía mostrarse ocurrente cuando de repente dejó de reír, desconcertada, al ver frente a ella a Laurie. Éste la miraba con evidente sorpresa y aire de desaprobación, o eso le pareció. Aunque el joven hizo una reverencia y sonrió, había algo en su franca mirada que la hizo sentirse incómoda y deseó llevar puesto su viejo vestido. Su perplejidad fue aún mayor cuando vio que Belle hacía señas a Annie y ambas se los quedaban mirando. Aunque se alegró mucho de ver a Laurie, éste le pareció más tímido e infantil que nunca.

¡Qué tontas son! ¡Y qué estupideces pretenden meterme en la cabeza! No les haré caso ni permitiré que me cambien en absoluto, pensó Meg al tiempo que cruzaba la sala para estrechar la mano de su amigo.

—Me alegra que hayas venido, temía que no te presentaras —dijo tratando de conducirse como una adulta.

—Jo me pidió que viniese para contarle qué aspecto tenías y aquí estoy —dijo Laurie sin mirarla, aunque su tono maternal le hizo sonreír.

—¿Y qué le vas a contar? —preguntó Meg, curiosa por conocer su opinión, a pesar de que, por primera vez, se sentía incómoda hablando con él.

—Le diré que no te conocí, que me pareciste tan mayor y distinta que me diste miedo —explicó Laurie jugueteando con su guante.

—¡No seas tonto! Las chicas me han vestido así para divertirse, y a mí me gusta bastante. ¿No crees que Jo no me quitaría ojo si estuviese aquí? —preguntó Meg, que quería averiguar si la encontraba favorecida.

—Sí, eso creo —contestó Laurie en tono grave.

—¿No te gusta? —preguntó Meg.

—No —dijo el muchacho abiertamente.

—¿Por qué no? —inquirió ella con un deje de angustia.

El joven observó su cabello rizado, sus hombros al descubierto y el estupendo vestido con una expresión que la dejó más abatida aún que la respuesta, en la que la habitual cortesía de Laurie brillaba por su ausencia.

—Me desagradan tantos adornos y plumas.

Aquello era demasiado en boca de un jovencito mucho menor que ella, de modo que Meg se retiró diciendo malhumorada:

—Eres el chico más descortés que he visto nunca.

Muy molesta, se acercó a una ventana, para que el aire le refrescase las mejillas, que le ardían por culpa de lo apretado de su vestido. El mayor Lincoln pasó a su lado y, segundos después, Meg oyó que le decía a su madre:

—Se están burlando de aquella muchachita. Quería presentártela, pero la han echado a perder. Esta noche, parece una muñeca.

¡Dios mío!, se dijo Meg con un suspiro. Ojalá hubiese tenido suficiente sentido común para usar mi ropa. Así no habría incomodado a nadie ni me sentiría tan rara y avergonzada.

Apoyó la frente sobre el frío cristal y permaneció allí, medio oculta tras la cortina, sin importarle que estuviese sonando su vals favorito, hasta que notó que alguien se acercaba. Se trataba de Laurie, que parecía arrepentido. Hizo una reverencia completa y le tendió la mano al tiempo que ofrecía una disculpa:

—Perdona mi rudeza. ¿Me concedes este baile?

—Temo resultar excesivamente desagradable para ti —contestó Meg intentando mostrarse ofendida, pero sin conseguirlo.

—Al contrario, lo estoy deseando, Ven, lo pasaremos bien. No me gusta tu vestido, pero creo que tú… ¡estás espléndida! —E hizo un gesto como si las palabras no le pareciesen suficientemente elocuentes para mostrar su admiración.

Meg sonrió, se ablandó y murmuró mientras se preparaban para bailar:

—Ten cuidado de no tropezar con mi falda; es un auténtico fastidio, ponérmela ha sido la peor idea que he tenido en años.

—Échatela al cuello, y así servirá para algo —propuso Laurie mirando las botas azules, que, a todas luces, eran de su agrado.

Comenzaron a bailar con ligereza y elegancia, porque habían practicado mucho en casa y estaban muy compenetrados. Daba gusto ver cómo giraban felices, sintiéndose más amigos que nunca tras su pequeña trifulca.

—Laurie, ¿me harías un favor? —preguntó Meg mientras su compañero la abanicaba porque se había quedado sin aliento enseguida, aunque no entendía el porqué.

—¡Claro! —exclamó Laurie con entusiasmo.

—Por favor, no le hables a nadie de mi vestido en casa. Mis hermanas no lo entenderían y mi madre podría preocuparse.

«Entonces, ¿por qué te has vestido así?», pareció decir Laurie con la mirada, con tal claridad que Meg se apresuró a añadir:

—Se lo contaré todo y le explicaré a mamá lo tonta que he sido. Prefiero hacerlo yo misma; por eso te pido que no digas nada. ¿Lo harás?

—No diré nada, tienes mi palabra. Pero ¿qué he de contestar cuando me pregunten por ti?

—Di que estaba guapa y me lo pasaba muy bien.

—Lo primero, lo diré de corazón, pero ¿qué hay de lo demás? No parece que te estés divirtiendo, ¿me equivoco?

La forma en que Laurie la miró hizo que Meg respondiera, en un susurro:

—No, en estos momentos no. No pienses que soy mala; solo quería divertirme un poco, pero ahora entiendo que todo esto no merecía la pena y estoy algo aburrida.

—Mira, Ned Moffat viene hacia aquí. ¿Qué querrá? —preguntó Laurie juntando sus oscuras cejas, como si el joven no fuese de su agrado.

—Le he prometido tres bailes y supongo que viene a reclamarlos. ¡Menudo fastidio! —dijo Meg con un aire lánguido que hizo mucha gracia a Laurie.

No volvió a hablar con ella hasta la hora de la cena, cuando la encontró bebiendo champán con Ned y su amigo Fisher, que se comportaban «como un par de idiotas», según pensó Laurie, que se creía en el deber fraternal de defender a las March y acudir en su rescate siempre que lo necesitasen.


—Si bebes demasiado, mañana te dolerá la cabeza. No bebas más, Meg, sabes que a tu madre no le gustaría —murmuró inclinándose hacia la silla en la que estaba Meg, aprovechando un momento en el que Ned se alejó para ir a buscar otra copa y Fisher se agachó para recoger su abanico.

—Esta noche, no soy Meg, sino una muñeca que se comporta como una idiota. Mañana, me despediré de los adornos y las plumas y volveré a ser desesperadamente buena —repuso ella con una risita afectada.

—Ojalá ya fuese mañana —musitó Laurie, y se alejó muy disgustado por el cambio de actitud de la joven.

Meg bailó, coqueteó, charló y rió como el resto de las chicas; después de la cena, al tratar de bailar una pieza de estilo alemán, estuvo muy torpe, se enredó con su larga falda y casi hizo caer a su pareja, para después brincar hasta el punto de escandalizar a Laurie, que no perdía detalle y se decía que la joven merecía una reprimenda. Sin embargo, no tuvo oportunidad de reprenderla porque Meg se mantuvo a distancia hasta la hora de despedirse.

—¡Recuerda tu promesa! —dijo ella intentando sonreír a pesar del dolor de cabeza que empezaba a sentir.

—Silence jusqu’à la mort —repuso Laurie haciendo un gesto melodramático.

Ese breve diálogo avivó la curiosidad de Annie, pero Meg estaba demasiado cansada para cotillees y se fue a la cama con la impresión de haber participado en un baile de disfraces y no haberse divertido tanto como esperaba. Al día siguiente se sintió enferma y el sábado regresó a casa, agotada tras quince días de diversión y con la sensación de que había tenido suficiente lujo por una temporada.

—¡Qué agradable resulta poder estar tranquila y no tener que estar cuidando siempre los modales! Nuestro hogar es estupendo, aunque sea sencillo —comentó Meg mientras contemplaba la estancia con aire plácido, sentada con su madre y Jo la tarde del domingo.

—Me alegro de oírte decir eso porque temía que la casa te pareciese demasiado triste y pobre después de ver tanta grandeza —dijo la madre, que había observado a su hija con inquietud todo el día; y es que una madre nota antes que nadie los cambios que puedan sufrir sus hijos.

Meg había relatado animadamente sus aventuras y no paraba de decir que lo había pasado en grande. Sin embargo, algo parecía empañar su ánimo y, cuando las pequeñas se fueron a dormir, se sentó junto a la chimenea, con la mirada perdida en el fuego, pensativa y sin decir palabra, como si estuviese preocupada por algo. Cuando dieron las nueve y Jo propuso que se fueran a acostar, Meg se levantó de la silla, se sentó en el taburete de Beth, apoyó los codos en las rodillas de su madre y dijo, decidida:

—Mamá, quiero confesar algo.

—Lo suponía. ¿De qué se trata, querida?

—¿Quieres que me vaya? —preguntó Jo por ser discreta.

—No, claro que no; ¿acaso no te cuento siempre todo? No quería decir nada delante de las niñas, pero necesito contaros las cosas horribles que he hecho en casa de los Moffat.

—Te escuchamos —dijo la señora March con una sonrisa, pero algo preocupada.

—Os he contado que me vistieron a su gusto, pero no os he dicho que me empolvaron, me pusieron un corsé apretado, me rizaron el cabello y me dejaron hecha un figurín. A Laurie no le pareció bien, lo sé, pero no dijo nada y un hombre me llamó «muñeca». Yo sabía que aquello no estaba bien, pero todos me dedicaban elogios, me decían que estaba muy guapa y otras tonterías que no vienen a cuento. Así que dejé que me pusieran en ridículo.

—¿Eso es todo? —preguntó Jo, mientras la señora March miraba en silencio el rostro abatido de su preciosa hija sin verse con ánimos de reñirla por su insensatez.

—No. También bebí champán, salté, estuve coqueteando y me comporté fatal —añadió Meg en tono acusador.

—Sospecho que hay algo más —dijo la señora March acariciándole la mejilla.

Meg se sonrojó y dijo enseguida:

—Sí, lo hay. Es una tontería, pero quiero contártelo porque detesto que la gente diga o piense cosas así sobre Laude y nosotras.

A continuación, relató los cotilleos oídos en casa de los Moffat. Jo observó que su madre apretaba los labios al escucharla, como si le molestase sobremanera que alguien pusiese en la mente de su inocente hija tales ideas.

—Bueno, ¡en la vida he oído mayor insensatez! —exclamó Jo, indignada—. ¿Por qué no saltaste y se lo dijiste en el acto?

—No podía, me resultaba demasiado embarazoso. Al principio, no pude evitar oírlas y, luego, estaba tan furiosa y avergonzada que no pensé en alejarme.

—Espera a que vea a Annie Moffat. Te enseñaré cómo poner fin a chismes ridículos. ¿De modo que piensan que tenemos un plan y somos amables con Laurie porque es rico y podría casarse con una de nosotras? ¡Lo que se va a reír en cuanto le explique lo que esas tontas dicen de nosotros! —Jo se echó a reír como si, bien mirado, todo aquello fuese un chiste de lo más ocurrente.

—¡Si se lo cuentas a Laurie, no te perdonaré jamás! Mamá, ¿verdad que no debe hacerlo bajo ningún concepto? —dijo Meg visiblemente alterada.

—Claro que no. No repitáis nunca ese necio comentario y olvidad el asunto lo antes posible —declaró la señora March, muy seria—. No fue muy inteligente por mi parte dejarte ir a casa de personas que conozco tan poco. Seguro que son amables pero, por lo que veo, son afectadas, maleducadas y tienen toda suerte de ideas vulgares acerca de la juventud. No sé cómo expresar lo mucho que lamento el daño que te haya podido provocar esta visita, Meg.

—No lo lamentes, mamá, no dejaré que esto me afecte. Olvidaré lo malo y recordaré lo bueno. De hecho, pasé muy buenos ratos y te agradezco que me dejaras ir. No me pondré melancólica ni me mostraré insatisfecha, mamá. Sé que soy una jovencita boba y me quedaré a tu lado hasta que sea capaz de cuidar de mí misma. Sin embargo, es muy agradable que te dediquen elogios y te admiren. Mentiría si dijera lo contrario —afirmó Meg, que se sintió algo avergonzada por sus palabras.

—Eso es natural y totalmente inofensivo, siempre y cuando no permitas que tu inclinación se convierta en necesidad y cometas estupideces y actos impropios de una dama. Aprende a reconocer y valorar los elogios que mereces y busca la admiración de personas que valgan la pena siendo modesta además de bonita, Meg.

Margaret se quedó pensativa, mientras Jo, de pie y con las manos en la espalda, la observaba con interés y cierta perplejidad. Era toda una novedad ver a Meg ruborizarse y hablar con pasión sobre pretendientes y asuntos de ese tipo. Jo tenía la impresión de que, en aquellos quince días, su hermana se había hecho mayor y se había distanciado de su mundo para adentrarse en otro al que no la podía acompañar.

—Mamá, ¿tienes algún plan para nosotras, como dice la señora Moffat? —inquirió Meg con timidez.

—Sí, querida, tengo muchos, como todas las madres, pero me temo que no son los que cree la señora Moffat. Te desvelaré algunos porque creo que va siendo hora de poner un poquito de sensatez en esa romántica cabecita tuya y en tu corazón. Aún eres joven, Meg, pero no tanto como para no entender lo que tengo que decirte. Creo que ésta es la clase de conversación que una joven debe tener con su madre. A ti te llegará el turno pronto, Jo, así que escuchad «mis planes» y, si os parecen adecuados, ayudadme a lograrlos.

Jo se sentó en el brazo de la butaca y adoptó el aire de quien ha sido invitado a participar en un acto solemne. La señora March dio una mano a cada una y contempló pensativa sus jóvenes rostros antes de empezar a hablar, a un tiempo seria y animada:


—Quiero que mis hijas sean hermosas, buenas y educadas, que las admiren, aprecien y respeten. Que tengan una juventud dichosa, que se casen con un buen hombre, que lleven una existencia útil y feliz y que Dios les ahorre penas y preocupaciones. Lo mejor que le puede ocurrir a una mujer es encontrar a un buen hombre que la ame y la elija, y confío en que mis hijas conozcan esa dicha. Meg, es normal que pienses en ello; tienes derecho a albergar esperanzas y a desearlo, pero debes prepararte para que, cuando ese momento afortunado llegue, sepas cumplir con tus obligaciones y disfrutes de la experiencia. Queridas niñas, tengo planes ambiciosos para vosotras, pero no tienen que ver con que lleguéis a tener un puesto importante u os caséis con un hombre rico por el mero hecho de serlo o porque tenga una casa estupenda, sobre todo si en esa casa falta el amor y no es un verdadero hogar. El dinero es un bien necesario y valioso y, si se hace buen uso de él, se convierte en algo noble, pero no quiero que creáis que es lo más importante o aquello a lo que debéis aspirar. Prefiero veros convertidas en esposas de hombres pobres pero felices, amadas y satisfechas, a que seáis reinas en su trono, carentes de respeto y de paz.

—Belle dijo que las muchachas pobres no tienen posibilidad de encontrar un buen marido si no hacen por llamar la atención —dijo Meg con un suspiro.

—Entonces, nos quedaremos solteras —sentenció Jo.

—Muy bien, Jo. Más vale ser una solterona feliz que una esposa desgraciada o una jovencita desvergonzada ávida por encontrar marido —dijo la señora March con decisión—. Meg, no te preocupes; la pobreza rara vez aleja al verdadero amor. Algunas de las damas más distinguidas que conozco fueron muchachas pobres pero tan merecedoras de amor que la vida no permitió que se quedasen solteras. Da tiempo al tiempo. Esforzaos para que este sea un hogar feliz; de ese modo estaréis preparadas para formar el vuestro cuando llegue el momento y, si no llega, os sentiréis a gusto en esta casa. Recordad, hijas mías, que vuestra madre está siempre dispuesta a escuchar vuestras confidencias; que vuestro padre es vuestro mejor amigo, y que ambos confiamos y esperamos que nuestras hijas, casadas o solteras, nos hagan sentir orgullosos.

—¡Lo haremos, Marmee, lo haremos! —exclamaron ambas con todo el corazón antes de que su madre les diera las buenas noches.

10
EL CLUB PICKWICK Y EL BUZÓN DE CORREOS

Con la primavera llegaron nuevas formas de diversión y, al prolongarse las horas de luz, las muchachas contaban con tardes más largas para trabajar o entretenerse con toda clase de juegos. El jardín necesitaba un repaso, y cada hermana disponía de un cuarto del pequeño terreno para arreglarlo a su gusto. Hannah solía decir: «Podría decir quién se encarga de cada parcela aunque viera el jardín desde China». Y a buen seguro podría, puesto que el gusto de las hermanas difería tanto como sus caracteres. Meg solía plantar rosas y heliotropos, mirto y un pequeño naranjo. La parcela de Jo nunca estaba igual dos temporadas seguidas porque no dejaba de hacer experimentos; ese año tenía previsto plantar girasoles con idea de que las semillas alimentasen a la Tía Cockle-top y a sus polluelos. A Beth le gustaban las flores fragantes: guisante de olor y reseda, espuela de caballero, clavelinas, pensamientos y artemisa, junto con alpiste para el pájaro y hierba gatera para los mininos. Amy tenía un emparrado —bastante pequeño y desigual, pero muy bonito—, del que colgaban madreselvas e ipomeas de colores, además de azucenas, elegantes helechos y varias plantas brillantes y pintorescas que se adaptaban a las condiciones del jardín.

Dedicaban los días de buen tiempo a cuidar el jardín, pasear, remar en el río y recoger flores silvestres, y los días lluviosos recurrían a entretenimientos caseros más o menos originales. El CP era uno de sus favoritos. Como en esa época las sociedades secretas estaban muy de moda, las muchachas decidieron crear una y, puesto que todas admiraban la obra de Dickens, la llamaron el Club Pickwick, Las sesiones duraban ya un año, aunque había habido varios períodos de abandono, y tenían lugar el sábado por la tarde, en el desván, siguiendo un protocolo bastante rígido. Colocaban tres sillas ante una mesa sobre la que había una lámpara, cuatro distintivos con las siglas CP escritas en diferentes colores y una publicación semanal llamada The Pickwick Portfolio, en cuya confección colaboraban todas y de la que Jo, a la que le gustaban las plumas y la tinta, era editora. A las siete en punto, los cuatro miembros subían a la sala de reuniones, se colocaban los distintivos y tomaban asiento con aire solemne. Como Meg era la mayor, hacía las veces de Samuel Pickwick; por su afición literaria, Jo era Augustus Snodgrass; Beth era Tracy Tupman por su aspecto, y Amy era Nathaniel Winkle porque siempre trataba de hacer lo que no estaba en su mano. El presidente, el señor Pickwick, leía el periódico, en el que aparecían cuentos, poesías y noticias locales, anuncios divertidos y consejos que eran simpáticos recordatorios de faltas que debían superar.


En aquella ocasión, el señor Pickwick se colocó unos anteojos sin cristales, golpeó la mesa, carraspeó y, después de lanzar una mirada severa al señor Snodgrass, que estaba repantigado en su silla y se colocó bien de inmediato, empezó la lectura.

The Pickwick Portfolio

20 de mayo de 18—

El rincón del poeta

ODA DE ANIVERSARIO

Una vez más, nos reunimos para celebrar,

con este rito, solemne y solidario,

en una sede que no podemos más que alabar,

nuestro quincuagésimo segundo aniversario.

Nadie nuestro pequeño club ha abandonado,

volvemos a vernos felices las caras;

hallándonos todas en perfecto estado,

nos estrechamos las manos entusiasmadas.

A nuestro querido Pickwick, siempre atento,

le damos la bienvenida con sumo respeto.

Él se pone las gafas y ocupa su puesto

y lee nuestro boletín con contento.

Aunque está resfriado y estornuda,

somos felices al escuchar tan sabia lectura.

La tos intenta volver su voz muda,

pero él siempre está a la altura.

El bueno de Snodgrass, alto y desgarbado,

con gracia elefantina en la sala

saluda a su equipo, tan entregado,

con una alegría que en el alma cala.

El fuego poético ilumina su mirada

y, aunque lucha por resistir,

lleva la ambición en la frente marcada

¡Y en su nariz, una mancha nos va a divertir!

Entra el tranquilo Tupman a continuación,

tan sonrosado, gordete y almibarado.

De risas llena la habitación

y de la silla cae al suelo azorado.

El remilgado de Winkle también acude a la reunión

Es un modelo de buena educación

y acude bien peinado y listo para la actuación

aunque lavarse la cara cada día le parece un tostón.

Ha pasado un año y seguimos funcionando,

y mientras recorremos el camino literario,

que gloria aporta a quienes lo van caminando,

reímos, leemos y compartimos escenario.

Larga vida tenga nuestro club amado,

que nada enturbie su existencia plácida

y que los años por venir sean un dechado

de bienaventuranzas y alegría compartida.

A. SNODGRASS

EL MATRIMONIO ENMASCARADO

UN CUENTO VENECIANO

Las góndolas iban llegando, una tras otra, a la escalinata de mármol, y sus elegantes pasajeros se sumaban a la brillante multitud congregada en los suntuosos salones de la residencia del conde de Adelon. Caballeros y damas, elfos y pajes, monjes y jovencitas, todos se mezclaban alegremente en el baile. Dulces voces y armoniosas melodías flotaban en el ambiente y, entre los mirtos y la música, el baile de máscaras continuaba.

—¿Ha visto Su Excelencia a lady Viola esta noche? —preguntó un galante trovador a la reina de las hadas, que atravesaba el salón cogida de su brazo.

—Sí. Está preciosa aunque parece triste. Ha elegido muy bien su vestido. Dentro de una semana, se casará con el conde Antonio, al que detesta con toda su alma.

—¡Por Dios, cómo envidio a ese hombre! Aquí viene, vestido de novio y con una máscara negra. Cuando se la quite, podremos ver cómo mira a la elegante dama cuyo corazón no puede conquistar, aunque su estricto padre le haya concedido la mano —comentó el trovador.

—Se rumorea que ella ama a un joven artista inglés que también la pretende y al que el viejo conde desprecia —apuntó la dama cuando se unieron al baile.

La fiesta estaba en su máximo apogeo cuando llegó un cura que, tras conducir a la pareja a un nicho cubierto de terciopelo púrpura, les pidió que se arrodillaran. La animada multitud guardó silencio de inmediato. No se oía nada, excepto el rumor de las fuentes y el ronquido de los recolectores de nade Adelon habló de este modo:

—Queridas damas y caballeros, disculpen que les haya convocado por medio de un engaño para celebrar la boda de mi hija. Padre, puede empezar con el servicio.

Todas las miradas se dirigieron a la pareja de novios y un murmullo de sorpresa se elevó de los invitados al observar que ni el novio ni la novia se quitaban las máscaras. La curiosidad se apoderó de todos, pero nadie dijo nada por respeto hasta que el rito sagrado hubo terminado. Entonces, algunos de los presentes más curiosos se reunieron en torno al conde y le pidieron una explicación.

—Os la daría con gusto, si pudiera; pero solo sé que éste es el deseo de mi querida y tímida hija Viola, al que me he plegado. Ahora, queridos míos, quitaos las máscaras para recibir mi bendición.

Sin embargo, la pareja no se arrodilló. El novio se quitó la mascara para dejar al descubierto el noble rostro de Ferdinand Devereux, el amante artista, contra cuyo pecho, en el que ahora resplandecía la estrella de un conde inglés, se apoyaba la adorable Viola, bellísima y radiante de felicidad. El joven habló en un tono que dejó perpleja a la concurrencia:

—Mi señor, me negó la mano de su hija aun cuando podía jactarme de poseer tan buen nombre y una fortuna tan vasta como el conde Antonio. Aún puedo hacer más, Estoy seguro de que su ambicioso corazón no podrá rechazar la oferta del conde de Devereux y De Veré, que está dispuesto a renunciar a SU antiguo nombre y a su inmensa riqueza a cambio de la mano de su amada, ahora convertida en su esposa.

El conde se quedó de una pieza. Ferdinand se volvió hacia los asistentes, que estaban pasmados, y añadió:

—En cuanto a ustedes, mis galantes amigos, deseo que vuestros compromisos matrimoniales prosperen como el mío y que conquistéis una novia tan hermosa como la que yo he conseguido en este baile de máscaras.

S. PICKWICK

¿Por qué el Club Pickwick parece la torre de Babel? Está lleno de miembros rebeldes.

HISTORIA DE UNA CALABAZA

Había una vez un granjero que plantó una pequeña semilla en su jardín. Al cabo de un tiempo, creció y dio muchas calabazas, Un día de octubre, cuando ya estaban maduras, escogió una y la llevó al mercado. Un comerciante la adquirió y la puso a la venta en su tienda de comestibles. Aquella misma mañana, una niñita vestida de azul, con sombrero marrón, rostro redondo y nariz respingona, fue a la tienda y compró la calabaza para su madre.

La llevó a casa, la cortó en trocitos y la puso a hervir en una olla grande. Luego majó una parte y la aderezó con un poco de mantequilla y sal, para la cena; y añadió al resto medio tazón de leche, dos huevos, cuatro cucharadas de azúcar, nuez moscada y algunas galletas saladas. Puso la masa en una fuente y la horneó hasta que estuvo bien dorada, y al día siguiente una familia llamada March se lo comió.

T. TUPMAN

SEÑOR PICKWICK

Señor:

Me dirijo a usted en referencia a un pecado, el pecador es un hombre llamado Winkle que causa problemas en su club porque se burla y a veces no escribe los artículos, en un papel adecuado bueno confío en que le perdonará sus maldades y le permitirá enviar una fábula francesa porque no es capaz de inventar nada ya que tiene que estudiar mucho y no dispone de suficiente inteligencia para ello pero en un futuro me encargaré de que coja el toro por los cuernos y envíe una contribución comme il fo que para quien no lo sepa significa «como es debido» en francés he de despedirme porque es casi la hora de ir al colegio.

Atentamente,

N. WINKLE

[Lo que precede es un valiente y hermoso reconocimiento de errores pasados. Pero sería de agradecer que nuestra joven amiga repasase las normas de puntuación.]

UN TRISTE ACCIDENTE

El viernes pasado, un estruendo seguido de gritos de angustia procedentes del sótano nos sorprendió a todos. Acudimos a la carrera y encontramos a nuestro querido presidente postrado en el suelo, tras haber resbalado y caído mientras recogía leña para la casa. La escena que presenciaron nuestros ojos era terrible, puesto que en su caída, el señor Pickwick había metido la cabeza y los hombros en una tina de agua, se había derramado un paquete de jabón por encima y tenía varios desgarrones en su indumentaria. Una vez rescatado de tan peligrosa situación, comprobamos que no había sufrido daños de importancia, aunque sí algunos rasguños, y nos alegramos de añadir que ahora se encuentra bien.

LA EDITORA

ANUNCIO DE DUELO

Es nuestro doloroso deber informar de la repentina y misteriosa desaparición de nuestra querida amiga la señorita Snowball PatPaw, La adorable y amada gata contaba con un amplio y entregado círculo de amigos; su belleza atraía todas las miradas, sus gracias y virtudes cautivaban todos los corazones y el barrio entero lamenta profundamente su pérdida.

La última vez que la vieron estaba sentada junto a la verja, observando el carro del carnicero, y se teme que algún malvado, tentado por sus encantos, haya tenido la vileza de robarla. Han transcurrido varias semanas sin que tengamos noticias de ella, por lo que, perdida ya toda esperanza, hemos atado un lazo negro en su canasto, guardado su plato y llorado por ella como si nos hubiera dejado para siempre.

Un admirador ha enviado la siguiente joya:

EN MEMORIA

de S. B. PAT PAW

Lloramos la desaparición de nuestra gatita, a la que un amargo destino impide volver a descansar ante la chimenea o jugar en el jardín, junto a la vieja verja verde.

La pequeña tumba en la que reposan sus crías se encuentra junto al castaño. Pero no podemos llorar sobre su tumba porque no sabemos dónde puede estar.

Ya no verá nunca más su lecho, ahora vacío, ni su pelota. No oiremos más su amoroso ronroneo ni dará golpes en la puerta del salón para que la dejemos entrar.

Ahora, otra gata persigue al que era su ratón. Una gata con la cara sucia que ni caza con la gracia con la que lo hacía nuestra querida mascota ni juega con la misma agilidad.

Sus sigilosas patas dejan marcado el suelo donde Snowball acostumbraba a jugar y, cuando ve un perro, le bufa en lugar de retirarse con elegancia como hacía nuestra mascota.

Es una gata útil y buena, que se esfuerza por mejorar, pero no podernos cederle el lugar que la anterior ocupaba en nuestros corazones ni adorarla como a aquélla.

A. S.

ANUNCIOS

LA SEÑORITA ORANTHY BLUGGAGE, la inteligente y reconocida conferenciante, ofrecerá su célebre charla «LAS MUJERES Y SU POSICIÓN» en la sala Pickwick, el próximo sábado por la tarde, después de las representaciones habituales.

LA COCINA DEL PALACIO organiza unas sesiones semanales de cocina para muchachas. Dirige el curso Hannah Brown. Estáis todas invitadas.

LA SOCIEDAD ANTISUCIEDAD se reunirá el próximo miércoles y organizará un desfile en la planta alta de la sede del club. Los miembros deben acudir vestidos con el uniforme y con la escoba al hombro. La cita es a las nueve en punto.

LA SEÑORA BETH BOUNCER abrirá una nueva sombrerería para muñecas la semana que viene con lo último en moda parisina. Se aceptan encargos.

EL TEATRO BARNVILLE pondrá en escena, dentro de un par de semanas, una nueva obra que superará todo lo visto hasta ahora en los escenarios norteamericanos. El título de la emocionante obra es El esclavo griego o Constantino el vengador.

COMENTARIOS

Si S. P. no pasase tanto rato enjabonándose las manos, no llegaría siempre tarde al desayuno. Rogamos a A. S. que no silbe en la calle. T. T., por favor, no olvides la servilleta de Amy. N. W. no debería sentirse incómoda porque su vestido no lleve nueve pinzas.

INFORME SEMANAL

Meg: bien.

Jo: mal.

Beth: muy bien.

Amy: regular.

Al terminar la lectura (doy fe de que el ejemplar recogido en estas páginas es una copia fiel de uno que las muchachas escribieron en su momento), el presidente recibió una ovación, tras lo cual el señor Snodgrass se levantó para hacer una propuesta:

—Señor presidente, caballeros —comenzó adoptando el tono y la actitud de un parlamento ario—, deseo proponer la admisión de un nuevo miembro, alguien que merece tan alto honor, lo agradecería con toda el alma, aumentaría el interés de nuestro club, mejoraría la calidad literaria del periódico y aportaría alegría y buenos modales. Propongo que el señor Theodore Laurence sea miembro honorario del C. P. Venga, ¡admitámosle!

El repentino cambio de tono de Jo hizo reír a las muchachas, pero todas se mostraron nerviosas y nadie se atrevió a comentar nada mientras Snodgrass volvía a tomar asiento.

—Lo someteremos a votación —anunció el presidente—. Quienes estén a favor que digan «sí».

Snodgrass pronunció un sonoro «sí», al que siguió, para sorpresa de todas, otro más tímido de Beth.

—Los que estén en contra que digan «no».

Meg y Amy estaban en contra, y el señor Winkle se levantó y dijo con suma elegancia:

—No queremos muchachos; solo saben burlarse y molestar. Éste es un club de damas y queremos que siga siéndolo.

—Mucho me temo que se reiría de nuestro periódico y se burlaría de nosotras —apuntó Pickwick estirando el bucle que le caía sobre la frente como hacía siempre que se sentía indecisa.

Snodgrass se puso en pie y afirmó con vehemencia:

—Señor presidente, le doy mi palabra de honor de que Laurie no hará tal cosa. Le gusta escribir y mejorará la calidad de nuestra publicación, además de ayudarnos a no ser tan sentimentales. ¿No lo veis? Él hace tanto por nosotras, y nosotras, tan poco por él, que creo que al menos podemos ofrecerle un lugar en nuestro club y darle la bienvenida si acepta.

La mención a la ayuda recibida convenció a Tupman, que se levantó y dijo:

—Es verdad, se lo debemos, aunque nos asuste. Yo digo que Laurie puede venir y, si quiere, también su abuelo.

El repentino arranque de generosidad de Beth dejó a las demás boquiabiertas y Jo se levantó para aplaudir.

—Está bien, votemos de nuevo. Recordad que se trata de nuestro Laurie. Decid «sí» bien alto —invitó Snodgrass muy animado.

Sonaron tres síes al unísono.

—¡Estupendo! ¡Dios os bendiga! Ahora, sin más dilación o, como dice Winkle, «cogiendo el toro por los cuernos», dejad que os presente a nuestro nuevo miembro. —Y para asombro de los demás miembros del club, Jo abrió la puerta del armario, donde apareció Laurie, sentado sobre un saco de trapos, colorado y tratando de contener la risa.


—¡Tramposa! ¡Traidora! ¡Jo! ¿Cómo has podido? —gritaron las tres muchachas mientras Snodgrass conducía triunfalmente a su amigo hacia el centro de la estancia; acercó una silla y le dio un distintivo que le hacía miembro de pleno derecho.

—Vuestra osadía no tiene parangón, par de granujas —dijo el señor Pickwick, que intentaba adoptar una expresión ceñuda y solo consiguió esbozar una amigable sonrisa de reprobación.

El nuevo miembro, que supo estar a la altura de las circunstancias, se levantó, saludó graciosamente al presidente y dijo con su tono más encantador:

—Señor presidente, queridas damas, perdón, caballeros… Permítanme que me presente. Soy Sam Weller, su humilde servidor.

—¡Bien, bien! —exclamó Jo golpeando la mesa con el mango de un viejo calentador de camas en el que se apoyaba.

—Mi fiel amigo y noble patrocinador —prosiguió Laurie tras hacer un gesto con la mano—, cuya presentación me halaga, no merece reprobación alguna por la estrategia utilizada esta noche. Yo la ideé y ella solo accedió después de mucho rogarle.

—Venga, no te eches toda la culpa ahora; sabes que fui yo quien propuso lo del armario —le interrumpió Snodgrass, que había disfrutado mucho con la broma.

—No le hagan caso, yo soy el impresentable, señor —dijo el nuevo miembro al tiempo que inclinaba la cabeza ante el presidente en un gesto acorde con su papel—. No obstante, juro por mi honor no volver a cometer una acción semejante y, a partir de ahora, prometo trabajar por el bien de este club inmortal.

—¡Eso! ¡Eso! —vitoreó Jo mientras hacía sonar la tapa del calentador como si fuera un platillo.

—Prosiga —pidieron Winkle y Tupman, y el presidente asintió con la cabeza.

—Solo quiero decir que, como muestra de mi gratitud por el honor concedido, y con vistas a mejorar las relaciones con las naciones vecinas, he instalado un buzón de correos en el extremo inferior del jardín. Se trata de un espacio amplio y agradable, con candados en las puertas, totalmente acondicionado para el particular. Se trata de una antigua pajarera. He abierto el techo para que quepan toda clase de objetos y nos permita ahorrar nuestro valioso tiempo. Se pueden dejar cartas, manuscritos, libros y paquetes y, puesto que cada nación tendrá una llave, creo que nos será muy útil, o eso espero. Ésta es la llave del club. Ahora tomaré asiento, no sin antes agradecerles una vez más el honor que me conceden.

Se oyó un fuerte aplauso cuando el señor Weller dejó la llave sobre la mesa, el calentador sonó varias veces desconsoladamente y hubo de pasar un buen rato hasta que al fin se restableció el orden. Siguió después una larga conversación en la que todos participaron con sumo interés. La reunión resultó más animada que de costumbre y terminó bastante tarde, tras tres fuertes vítores en honor del nuevo miembro.

Nadie se arrepintió de haber aceptado a Sam Weller, que resultó ser un miembro educado y jovial. Sin duda, su presencia animó las reuniones, y mejoró la calidad del periódico porque tenía el don de elaborar frases impactantes y redactar textos interesantes sobre temas patrióticos, clásicos, cómicos o dramáticos, pero nunca sentimentales. Jo lo consideraba una especie de Bacon, Milton o Shakespeare, y se sintió impulsada a mejorar sus propios escritos, con buenos resultados, o eso pensaba.

El buzón de correos se convirtió en una pequeña institución que funcionó a las mil maravillas, ya que recibía tantas cosas como una verdadera estafeta de correos. Tragedias y corbatas, poesías y fruta confitada, semillas para el jardín y largas cartas, música y pan de jengibre, gomas, invitaciones, reprimendas y cachorros. El viejo señor Laurence celebró la idea y se divertía enviando paquetes raros, mensajes misteriosos y telegramas graciosos. Y el jardinero, que estaba enamorado de Hannah, le mandó una auténtica carta de amor por mediación de Jo. ¡Cómo se rieron todas cuando se descubrió el secreto, sin sospechar las muchas cartas de amor que aquel buzón estaba destinado a recibir en años venideros!

Бесплатный фрагмент закончился.

89,34 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
07 октября 2025
Объем:
821 стр. 203 иллюстрации
ISBN:
9782378077488
Издатель:
Переводчик:
María Sepúlveda
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги