Читать книгу: «Asesinato en el Reina Sofía»

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ISBN: 978-84-1114-813-9

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A María, mi compañera, y a Carlos, mi hermano.

1. Villalba. La mujer muerta

Se habían mudado de residencia huyendo de la ciudad para buscar el remanso de paz de un pueblo de la sierra de Madrid. No lo habían hecho exclusivamente por razones naturalistas o ecológicas, sino porque la vivienda en los pueblos cercanos era bastante más asequible. Recién casados fueron inquilinos de un piso por la zona de Vallecas, pero, al pasar un año y encontrarse con un dinero ahorrado, decidieron, sobre todo ella, comprar una casa unifamiliar e ir pagándola en plazos asequibles, cuyo importe no superaba en demasía a las mensualidades que abonaban al casero. Escaleras, como lo llamaban los compañeros de academia, confiaba en su esposa para el desempeño de las funciones domésticas, sin embargo, cada vez dudaba más del acierto de comprar la casa. Sí, era espaciosa, estaba bien rematada y no compartía el ascensor con ningún vecino, pero cada vez se le hacían más cuesta arriba los madrugones y el montón de caras somnolientas y de mal humor que se tragaba a diario en el tren de Cercanías para llegar a la comisaría.

El paisaje serrano era maravilloso, pero no lo disfrutaba en su plenitud porque nunca le había gustado la vida campestre, pero las necesidades lo habían llevado a entrar en contacto con la naturaleza. Así surgió en él una preocupación ecológica que lo impulsó a extinguir su hábito de fumar, a no tirar lo inservible en las cunetas y a no usar espráis con aerosoles.

Cada mañana miraba esa mole oscura que rompía el frío viento del norte y se consolaba pensando en que ese espectáculo no lo podían contemplar sus compañeros, pero lo que más le atraía era la caprichosa distribución morfológica de los montes, parecida a la postura yacente de una mujer.

Cuando se desplazaba en coche, se introducía en la inmensa urbe de Madrid con volantazos, acelerones, frenazos, insultos, ademanes procaces y palabras malsonantes, buscando un hueco vacío de una hilera de coches que no avanzaba. Un día se le ocurrió que sería un magnífico invento convertir las carreteras en una gran escalera mecánica, como las que existen en las estaciones de metro. Habría unas paradas a los lados de las pistas y unas cabinas en las que la gente se subiría y marcaría el destino; se acoplarían a la carretera movediza y trasladarían a los viajeros hasta las direcciones seleccionadas. Para detenerse —igual que las cabinas se incorporaron y aceleraron su desplazamiento—, el proceso sería al contrario: se situarían en una especie de carril de desaceleración hasta detenerse en el destino solicitado. Obviamente, este funcionamiento debería ser controlado por un sistema informático. Mientras el proyecto no se convirtiera en una realidad, Escaleras disponía de dos opciones: el coche, con los inconvenientes de los enfados matutinos, el estrés y los elevados costes de la gasolina, o el tren de Cercanías, con sus aglomeraciones, olores a sudor y gestos ceñudos.

Ambrosio Escaleras Arriba era inspector de policía. Un joven inexperto dentro del Cuerpo, como frecuentemente le recordaba el comisario cuando lo veía ejercer su oficio con una energía desmesurada, justificándolo, pero vaticinándole a la vez la mella del desdén y del desengaño en cuanto pasara un poco de tiempo.

Ese día de la recién estrenada primavera se decidió por el transporte público. Lo habían llamado a las seis de la mañana de la comisaría para que se presentara ipso facto en su puesto. Le sentó como un tiro. Pensó que, si ya se levantaba de mal humor, cuando se montara en el coche ese cabreo se multiplicaría, así que, prudentemente, eligió el tren.

—Ten cuidado con el tráfico —le espetó su esposa a modo de salutación.

—Cariño, me voy a ir en el Cercanías.

—Pues mira a ver si no eres tan calzonazos y te sabes defender, que parece que siempre te toca a ti la gorda. Te tienen como al pito del sereno; que hacen falta refuerzos, al que llaman primero es a Escaleras; que alguien está de baja, no hay problemas, se telefonea a Escaleras y asunto concluido.

—No te enfades, cariño. Cuando me llaman de comisaría es porque mi presencia es necesaria. ¡Algo habrá pasado!

—Sí, eso es lo que siempre dices y luego resulta que lo urgente es que hagas el turno del Pacense porque de la borrachera que se ha pillado la noche anterior no se tiene de pie.

—¡Qué exagerada eres!

Ambrosio era consciente de que su esposa estaba más cargada de razón que un santo; sabía que, a fuerza de ser bueno, los demás se aprovechaban de su generosidad mas, por el momento, no podía tomar ninguna resolución. Solo aguantar y soportar la acusación de su mujer, cuyo carácter se agriaba a medida que la fecha de la boda se alejaba.

Como acto de rebeldía contra su jefe, resolvió no apresurarse e ir caminando hasta la estación de Villalba. Si se retrasaba, allá penas. No se podía salir de servicio a las diez de la noche y entrar a las ocho de la mañana. «¡No sé para qué coños están los sindicatos si no pueden conseguir que respeten nuestros turnos!», pensó. En un quiosco compró el periódico para que los tres cuartos de hora que duraba el trayecto se le hicieran más amenos. Antes leía más prensa, pero de un tiempo acá se había cansado de ella; le aburría y, además, era cara. Oyó el pitido de la máquina que se acercaba e involuntariamente se dio prisa para alcanzarlo. Mala suerte. Al buscar el bono de transportes comprobó que lo había olvidado en casa y, mientras sacaba un billete sencillo en taquilla, el convoy partió sin él y sin otros viajeros que, a pesar de un acelerón supino, no habían podido alcanzar el tren.

Buscó un asiento donde hojear cómodamente el periódico, pero todos estaban ocupados y la mayoría de los viajeros esperaban de pie.

En poco más de cinco minutos que tardó en llegar el nuevo tren, los andenes se cubrieron con los zapatos de hombres y mujeres que se disponían velozmente a subir para conseguir un asiento vacío y no viajar colgados de una barra. Era una de esas formaciones de coches nuevos diseñados pensando en los trabajadores y empleados de la gran ciudad: asientos y revestimientos acrílicos, cristales ahumados, aire acondicionado, música clásica para amainar los malos humores de la mañana y letreros luminosos que alternativamente anunciaban la hora, la temperatura y el nombre de la estación próxima.

Rara vez se dormía cuando viajaba, pero esa mañana, viendo a algunas personas roncar y percibiendo la fatiga que la noche y la cama no habían mitigado, pensó que si hubiera podido sentarse habría echado una cabezada. Desplegó el diario con ánimo de leer aunque solo fueran los titulares, si bien no pudo. Siempre le habían llamado la atención los viajeros que estando de pie eran capaces de escudriñar los artículos y, más todavía, los que conducían con el periódico desplegado sobre el volante. Él era incapaz: las letras le bailaban y su cuerpo se tambaleaba a la menor sacudida. Los vagones estaban repletos y en cada parada subía más y más gente: oficinistas trajeados, funcionarios pulcros, secretarias elegantes junto a albañiles y peones malolientes y fumadores, empleados municipales con olor a anís, estudiantes madrugadores…, todos formando una amalgama incoherente, inarmónica de colores y aromas.

Al llegar a la estación de Chamartín, el coche de Escaleras se quedó medio vacío. Él continuaba hasta Atocha, para allí coger el metro. El suburbano también estaba repleto. Las mismas personas, las mismas caras, los mismos oficios, los mismos olores que en el tren, pero mucho más acentuados porque el aire estaba más viciado allí, en la oscuridad de las galerías subterráneas. Ambrosio se admiraba de la obra de ingeniería que suponía la excavación de tan ingentes masas de tierras y rocas y de la apertura certera de túneles. Si se paraba a reflexionar detenidamente en la envergadura de las obras del metro, se desazonaba, pues el paso siguiente era considerar los grandes inventos y conquistas de la humanidad en el siglo xx: las expediciones al espacio, los desplazamientos en avión, la capacidad de flote y navegación de los mastodónticos buques, el mismo automóvil; los progresos técnicos, como la televisión, la radio, el teléfono, la luz; los avances científicos en medicina, en robótica, en mecanización… Se volvía loco de pensar en lo que el hombre había logrado en tiempo tan breve, pero se entristecía de inmediato al darse cuenta de que comprendía muy pocos de esos adelantos. Seguía reflexionando y se acongojaba, procurando no dar libre cauce al raudal de descalificaciones que se hacía al recapacitar que, si hipotéticamente el mundo sufriera una hecatombe, tal como una guerra nuclear masiva, y solo quedaran él y unos cuantos más, difícilmente sería capaz de reconstruir ninguna de las mejoras que había utilizado, volviendo casi de seguro a una etapa próxima a la Edad de Piedra. «¡Qué inutilidad! ¡Vaya formación! ¡No sé nada!», se reprochaba sin clemencia.

Los pasillos que comunicaban unas paradas con otras eran un hervidero de transeúntes que se desplazaban ordenadamente en sentido contrario. Iban deprisa, con soltura, mirando el cogote del que marchaba delante. No les hacía falta consultar los carteles donde se marcaban las direcciones; se sabían el camino, los pasos que debían dar, las escaleras que subían o que bajaban, los giros a la izquierda o derecha. Sin embargo, realizaban esas maniobras inconscientemente; bastaba con seguir a quien los precedía, ya que todos desembocaban en el mismo punto.

Ambrosio se consoló al pensar en la barbarie de la masa de hombres y mujeres que se apresuraban para no perder el transbordo y no tener que esperar cinco minutos cruciales para el objetivo de ser puntuales y fichar a las ocho en punto: no antes, causa de descontento, ni más tarde, motivo de sanción. ¿Cuántas de esas personas eran diferentes a él?, continuaba cavilando. Quizá eran tan ignorantes o más. ¡Vaya humanidad! «Menos mal que de este grupo de borregos sale de vez en cuando un prodigio o un genio que con su sabiduría logra desarrollar inventos y técnicas novedosas de las que nos aprovechamos todos. Pero incluso esos sabios son especialistas en algo muy concreto, en su parcela, y unos negados para otras, con lo cual son un poco más listos, pero, en comparación con el conjunto de conocimientos que el ser humano ha creado, no dejan de estar tan limitados como nosotros, los pobres. Aunque, claro, podrían responder que ellos, al fin y al cabo, ya han logrado algo transcendente», pensaba el joven inspector. Llevaban razón; sin embargo, él, como policía, como guardián del orden, colaboraba a que otros, los científicos, desarrollaran su labor sin ser perturbados por maleantes, ladrones y gente de mal vivir y peor querer.

Cuando salió a la calle, una luz limpia inundaba la plaza. Las tiendas aún permanecían cerradas y las aceras, medio vacías. De las puertas de los bares emergía un vocerío apagado y opaco del que se distinguía el enérgico y alegre «¡marchando!» del camarero. Contraviniendo sus normas habituales, se permitió el lujo de entrar en una cafetería y degustar un café con leche caliente y ver de cerca el trajín del camarero. El agradable regusto del café lo acompañó hasta los aledaños de la comisaría. Al cruzar el umbral, se percató de que todavía llegaba unos minutos adelantado, cuando expresamente se había propuesto llegar tarde.

2. El Reina Sofía

No sería la única vez que ese día Ambrosio Escaleras descendería a los túneles del metro. Esa misma mañana tuvo que hacer de nuevo el trayecto y volver a tomar el suburbano en dirección a Atocha, ahora a la estación vieja. Cuando subió a la superficie, los tímidos rayos de hacía un rato se habían convertido en una imponente luminosidad cegadora cuando escasamente eran las nueve y media de la mañana.

Al salir de la boca del metro, preguntó dónde se encontraba el museo Reina Sofía; nunca había pisado ese lugar.

—Ahí mismo, torciendo a la derecha —le indicaron dos jubilados que paseaban ya a esas horas de la mañana.

Al girar, se encontró de sopetón con una cola ingente que se prolongaba más allá de los cien metros. Le dio la impresión de que esas personas esperaban para entrar en el centro de arte. Se acercó y preguntó a la última, una mujer madura y elegantemente vestida que miraba con impaciencia a la cabeza de la fila con el fin de comprobar si avanzaba. Ambrosio se quedó perplejo ante la avalancha de personas que visitaban exposiciones. No se lo podía creer. Así, incrédulo y molesto por tener que esperar, volvió a preguntar a la dama. Esta, desengañada quizá por sus juicios precipitados sobre el desconocido, al que había juzgado como un amante del arte, al percatarse de que este se tomaba a mal la demora, le replicó:

—Sí, todos esperamos a que abran; hasta las diez no lo hacen. Hoy, no crea usted, la cola no es muy larga. Los primeros días había gente que llegaba antes de amanecer.

Escaleras dudó si usar sus prerrogativas profesionales. Le hubiera bastado acercarse al portero y enseñarle su identificación policial, pero, armado de paciencia y resignación, esperó como el resto de los parroquianos. La cola era variopinta: jóvenes estudiantes de Bellas Artes, profesores, visitantes provincianos, turistas extranjeros, jubilados… En general, gente madura con ansias inconmensurables de arte y cultura, personas que aceptaban con alegría y gusto la espera. Unos leían el periódico, otros hojeaban catálogos; los de más allá comentaban la originalidad de las torres que albergaban los ascensores, aquellos intercambiaban impresiones generales sobre las posibilidades turísticas que ofrecía la capital. Los jubilados manoseaban y se jactaban de su tarjeta dorada, que los acreditaba como pensionistas y de su derecho al acceso gratuito al museo; algunas esposas habían dejado a los maridos guardando el puesto mientras ellas aprovechaban para mirar los escaparates de las tiendas próximas…

El inspector se arrepintió de haberse vestido formalmente con ese traje horripilante que su esposa le hacía poner porque le favorecía mucho y porque estaba de moda, una indumentaria horrenda formada por una chaqueta azul con unos pantalones verdes. Sonrió al acordarse de cuando aún eran novios y una tarde, hablando del color preferido de la mirada, salió en la conversación «la niña de los ojos» y ella no lo entendió. Creía que describía a alguna mujer a la que su prometido quería encarecidamente. Se puso farruca y se le arrugó el entrecejo y él le preguntó qué le sucedía. Ella no decía nada, pero su semblante reflejaba enfado. «Lo de la niña de tus ojos», confesó al final. Él se quedó perplejo. «Por favor, explícate, no comprendo lo que me dices». Hasta que por fin se enteró de que ese cambio de humor se debía a que había interpretado la expresión de forma literal. Se echó a reír con ganas, a carcajada plena, y entonces sí que ella se enfadó de verdad ante la actitud lacerante y la risa de él, y más cuando le explicó que esa frase se refería a las pupilas…

Lamentó haberla obedecido y no haberse puesto unos vaqueros para sentarse en los peldaños de piedra para leer relajadamente la prensa. Comenzaba a estar un poco harto de las formalidades de la profesión: la discreta elegancia, el pelo arreglado, las composturas… En cambio, el vocabulario procaz que utilizaba la tropa no llamaba la atención de los mandos. Seguramente, si algún compañero lo viera sentado, lo miraría malencarado y más si descubriera que leía un periódico político tildado de izquierdas y no se recreaba con las crónicas deportivas de los diarios As y Marca, manuales informativos que sustentaban las conversaciones de sus colegas de profesión entre pasillos y en la cafetería.

Nunca había visitado ese museo, que había abierto al público hacía poco. Un domingo fue al Prado con su esposa, pero no les había gustado. «¡Demasiado cansancio!». Era la expresión que a modo de conclusión emitían cuando surgía la oportunidad de comentar la excursión cultural de aquella mañana dominical innominada.

El edificio no era nuevo y alguien aseguró que antes había sido un hospital. Casi todos los grupos o corrillos comentaban la oportunidad excepcional de poder contemplar una muestra única de un pintor llamado Antonio López, que representaba a un movimiento denominado realismo. Ahora comprendía la expectación levantada y por qué la gente aguantaba tan larga cola.

Sintió curiosidad por visitar la exposición y poder contar algún día que él había admirado la colección de cuadros del máximo exponente de la escuela realista española… En ese momento, se acordó de que, cuando aún era un mozalbete, también había guardado fila para contemplar los restos mortales de Carrero Blanco y, si surgía alguna conversación acerca de aquellos años de la Transición, al menor resquicio metía baza para soltar que él había visto la caja de Carrero Blanco, sintiéndose un testigo significativo de la historia reciente de España… Una sensación parecida percibió en esos momentos al esperar a que los minutos se desgranaran y franquear la entrada al blanco templo de las galerías de arte. Se le enturbió el don de la clarividencia al ponderar la construcción mental que acababa de realizar. Sentía admiración por las gentes cultas o por las personas listas. Cuando veía a algún científico o médico o abogado perorando en un programa de televisión se le caía la baba. «¡Pero, hijo, si parece que estás en Babia!», le decía su mujer cuando se dirigía a él y no se percataba de que le estaba hablando. Tenía ambición de superarse intelectualmente, porque su cota de sapiencia se elevaba muy pocos metros del mar de los conocimientos. En los momentos de relax, sentado en el sofá, con la luz a su espalda, bien de la lámpara de pie, bien, si era de día, a través de la luz tamizada de las cortinas color hueso que entraba por los grandes ventanales del salón, consultaba la enciclopedia, la Espasa-Calpe, adquisición realizada motu proprio, sin contar con su mujer. Escogía el tomo a cierra ojos, lo abría al buen tuntún y devoraba con avidez el pliego. Lo mismo le daba que fuera un personaje, que un árbol, que un pueblo, que un adverbio. Rara vez retenía algo de lo que leía a trompicones, por eso se consideraba un ignorante. Siempre le habían dicho que no era listo, que no servía para el servicio de las letras. «Lo tuyo es ser un buen policía, o un guardia civil, o un funcionario de prisiones, como lo es tu padre», le aconsejaban. No obstante, aunque respetó la voluntad paterna y seguía creyendo que era del pelotón de los torpes, no cejaba de hacer guiños a los libros, a los periódicos y a los programas de debate y documentales de la segunda cadena de televisión, no por afán de aprender, sino de admirar a los listos. Únicamente un programa le sacaba de quicio: El tiempo es oro, que presentaba un calvo con un pico también de oro. No le gustaba porque le recordaba a los acertijos que le planteaban los mayores para reírse de él. «A ver, chaval, qué tal os enseña el maestro en la escuela, a ver si sabes qué no pudo hacer Dios en la creación del universo». Eran preguntas o problemas prácticos que creía poder resolver, pero la respuesta nunca llegaba más allá de la punta de la lengua. Y, en ocasiones, de lo que se lamentaba era de su mala cabeza, porque se los habían planteado mil veces, pero siempre olvidaba las respuestas. «So burro, pues una cuesta arriba sin una cuesta abajo». Se tiraba de los pelos, pero si era evidente y, por supuesto, no era la primera vez que lo ponían a prueba con ese enigma.

Lo que no sabía hasta aquella mañana delante del Reina Sofía era que la pintura también era una manifestación cultural que entraba dentro de la extensa parcela del saber. Quien admiraba un cuadro y se recreaba extasiándose con la belleza que desprendían los colores era una persona culta. Con este nuevo afán decidió, antes de cumplir con su cometido profesional, visitar la magna exposición de ese manchego universal y se cabreó seriamente consigo mismo porque ya no lograba recordar ni el nombre. Antonio López. Alguien lo pronunció por enésima vez y como apuntándolo a él. «Por cierto —se espabiló el joven inspector—, no debo despistarme de mis obligaciones y desempeñar mi misión como me ha sido encomendada».

La tarea que le habían encargado con urgencia no era otra que inspeccionar in situ el lugar de un asesinato cometido la mañana del día anterior en una de las salas del museo. Una visión ocular que no tenía demasiado sentido porque, además, tampoco sabía muchos datos sobre el fallecido ni las circunstancias del fatal desenlace. «Como ahora se trabaja en equipo…», se decía el policía consolándose. Alguien superior, el comisario jefe, era el que manejaba los hilos de todas las investigaciones sin moverse del «despacho ovalado», dependencia de la que rara vez salía, si no era para visitar las instalaciones recreativas de la comisaría, es decir, el bar. A uno lo mandaba a por los resultados de la autopsia; a otro, que interrogara a los conocidos; a otro, que indagara qué chorizos lilis se dedicaban a tal especialidad… Así, hasta atar cabos y, si al final veía con cierta base que las pesquisas eran certeras, se detenía al sospechoso. Aunque, a veces, hacía lo de las averiguaciones más por pura formalidad y por tener entretenidos a «los chicos» que por necesidad, pues sabía quiénes eran los responsables de casi cualquier delito que se cometiera en su circunscripción. En esto, Escaleras se había sentido decepcionado con su profesión. Cuando anhelaba entrar en el mitificado cuerpo armado, se había hecho a la idea de que el policía era un ser solitario que realizaba sus labores desde el principio hasta el arresto final del criminal, cuando se lo esposaba.

De sopetón la cola se puso en movimiento. «Bueno, menos mal que no nos han hecho esperar mucho». No sabía si habría de pagar entrada, aunque ese detalle lo tenía claro, ¡faltaría más! Si le cobraban, sacaría su carné de funcionario del Estado. Quería pasar desapercibido y que no supieran que era policía o «un madero», como despectivamente eran conocidos entre los maleantes. En su mente no cabía la posibilidad de que la gente, en general, los considerara mal; empero, a medida que fueron corriendo los primeros meses de su ejercicio, comprobó con estupefacción que muchas personas los evitaban cuando se enteraban de que eran agentes policiales.

Con la presentación del DNI le franquearon la entrada. Tomó unos folletines de los distintos pintores que exponían y se dirigió a la exposición estrella.

3. Los cuadros blancos

Le sonaba el nombre y no sabía de qué, pero en el momento en que vio un póster de una escultura en barro de un individuo muy feo y desnudo se pegó una palmada en la frente y se dijo entre dientes: «¡Claro, hombre! Este es el que salió hace poco en el periódico, en algún suplemento dominical». Estuvo a punto de darse media vuelta e ir a cumplir el cometido encargado. «¡Vaya tío más memo! ¡A quién se le ocurre representar a un tío en pelotas y encima feo y tristón!». Sin embargo, Escaleras era de aquellos que rara vez cambiaban de idea cuando se había propuesto algo y, sobre todo, si era de jaez intelectual. Si, por ejemplo, abría la Espasa-Calpe y sus ojos topaban con alguna palabra que no le decía nada y se le ocurría cerrar el volumen, luego le entraban una desazón y un remordimiento que le impedían continuar buscando ninguna otra hasta que encontraba el vocablo abandonado. Entonces lo leía con fruición, como si de su lectura dependiera la felicidad y el placer que pudiera encontrar en esta vida. Así, aunque de mala gana, se encaminó a la sala de exposiciones siguiendo los carteles indicadores de la muestra.

Buscó unas escaleras para llegar a la tercera planta, donde se encontraba la colección. Todo el personal subía en los ascensores, pero a él le daban miedo; no sabía si era aprehensión o si tenía vértigo. No le quedó más remedio que ascender en el artilugio que se elevaba en un tubo acristalado. Entró el último e inmediatamente se volvió hacia la puerta, pues no deseaba mirar al exterior. Cuando arrancó, las tripas se le subieron al cuello y se enervó. Al pararse en el tercer piso, aventuró un vistazo rápido a los edificios colindantes y comprobó que la altura era considerable.

Antes de iniciar la visita examinó la distribución de la exposición. Ocupaba por completo la planta tercera. La colocación de los cuadros en las distintas salas seguía un orden cronológico. Antonio López comenzó a pintar en los años cincuenta y las pinturas de esa época representaban motivos de su pueblo manchego, Tomelloso. Había retratos de personas que tenían toda la pinta de ser paisanos; también familiares del pintor y personajes diversos, como una pareja de novios. Esos óleos mostraban una técnica variopinta, propia de los tanteos iniciales de un joven. Las pinturas eran dramáticas, sólidas, quietas y graves; hasta se podría decir que poseían un carácter hierático y frío, igual que si fueran momias.

En la década siguiente, los motivos más importantes eran banales y cotidianos: objetos familiares, bodegones, cuartos de baño, cocinas, neveras…, a los que había añadido unos bajorrelieves con escenas en un lenguaje simbólico. En su etapa de madurez, es decir, en ese momento, estaba en plena época creativa y los modelos se repetían. Era una obsesión apasionante, fruto de la reflexión y de la relación del artista con los motivos que pintaba. La otra faceta del autor era la escultura, a la que se dedicaba con apasionado ímpetu, obsesionado por la problemática de acercarse a la realidad desde todos sus ángulos.

El policía se quedó anonadado ante su trabajo. No le gustaban lo más mínimo los motivos, ni los colores, ni la tristeza sombría que emanaban las telas, no obstante, reconocía el arte y, sobre todo, la técnica. ¡Muchos de sus cuadros parecían más fotografías que pinturas! Admiraba la paciencia que suponía la labor de años y años para dar por concluida la obra. Antonio López era conocido por su tenacidad y aguante para rematar los lienzos. Escaleras sacó la conclusión de que incluso el hombre, hasta orgulloso, se vanagloriaba de sus cualidades. Algunos cuadros de la exposición se encontraban sin acabar, otros únicamente esbozados, con el expreso deseo del protagonista de que el público pudiera comprobar todas las facetas de la composición; se convenció aún más al contemplar que varias pinturas eran bocetos. Pero Ambrosio desconocía que eso era algo frecuente.

Con lo que no comulgó fue con las esculturas. Casi le daban miedo al asemejarse a cadáveres fríos o, quizá, a figuras de cera, impresión que aumentaba porque los cuerpos estaban desnudos, como si estuvieran esperando la entrada de un forense para practicar los cortes de una autopsia. Además, muchos tenían ojos de cristal, con lo que aún conseguían intimidar más. No le cabía en la cabeza que el artista malgastara su valioso tiempo en aquellas estatuas horripilantes. «Si es que son feas con ganas. Si por lo menos fueran de gente joven y bien proporcionada, como las Venus y los Apolos de los clásicos… Pero este no, modelos chaparros, mediocres y con cara de pocos amigos».

Salió de la muestra con más preocupaciones estéticas que detectivescas. Era una impresión desdibujada, insustancial y casi sin peso, pero agobiante por ser inabarcable en los límites necesarios para dilucidar si le había gustado o no. Escaleras se paró de repente. «Si alguien me preguntara lo que me ha parecido la exposición, ¿qué le contestaría?». Avanzó unos pasos y se detuvo de nuevo, con los ojos perdidos en las altas bóvedas del claustro del antiguo hospital. «No sé. Había un montón de gente viéndola. No te imaginas la cola para entrar. Y expone un mogollón de cuadros. Están muy bien dibujados. Algunos casi se asemejan a fotografías. Hay esculturas que se parecen a las figuras de los museos de cera. Me quedé anonadado con lo que es capaz de dibujar. Pero muy triste. No me ha gustado. Demasiada frialdad y oscuridad y tristeza. Mira que ir a pintar retretes y lavabos sucios y guarrindongos. Eso no se le ocurre a nadie en su sano juicio. Algo pirado sí que debe de estar este tío». Reinició la marcha. No. No le gustaba esa respuesta. Él no era un entendido en arte y su formación cultural era autodidacta pero muy exigua para el nivel medio de la población en general; sin embargo, era consciente de la vulgaridad y simpleza que emanaban de una valoración tan sincera. Sintió malestar consigo mismo. Era un desgraciado que no tenía derecho ni al aire que respiraba. ¡Cómo era posible que existiera alguien más burro que él! Ni siquiera en esa ocasión podría lanzar a ralentí su argumento preferido y último de que él, como policía, contribuía a crear una calma, una paz social que era el caldo de cultivo de intelectuales, científicos, escritores y artistas. Todo el mundo salía extasiado de los pabellones, con cara de una satisfacción mayor que si les hubieran dado hostias benditas y él, palurdo, que muy bien debería andar a cuatro patas, pensaba que los cuadros eran tristes. ¡Qué tendría que ver la tristeza con la expresión artística!

No iba a mejorar su autoestima con la visita a la siguiente exposición de un pintor americano llamado Robert Ryman, que era, precisamente, donde hallaron el cadáver.

El público seguía dirigiéndose a la exposición de Antonio López, mientras que a la de Ryman solo iban los que se encaminaban a los retretes, situados al lado de esa sala. No esperaba Escaleras encontrar la desolación apabullante del recinto abovedado, jalbegado, aséptico y frío del lugar, que no podía negar su pasado hospitalario. Tanto es así que, cuando los dos vigilantes encargados de la seguridad lo vieron hollar los umbrales de su intimidad, dejaron su animada charla y se separaron volviendo cada uno a custodiar su parcela. Lo miraron directamente y sin titubeos, como si valoraran a través de su apariencia el comportamiento que iba a tener durante la visita. A Ambrosio no le gustó en lo más mínimo ese descaro. No sabían ellos a quién tenían delante. Desde hacía unos años habían proliferado igual que setas esos guardias de seguridad que, armados hasta los dientes, se comportaban como si estuvieran en una película del Oeste y ellos fueran los sheriffs del poblado. Jóvenes, altos, atléticos y hasta guapos, y con un uniforme más elegante que el que ellos llevaban: eran orgullosos, chulos y provocativos hasta pasarse de la raya. No le caían bien, aunque reconocía que habían quitado mucho trabajo desagradable a la policía, que quedaba en muchas ocasiones como una institución supervisora de la seguridad privada. ¡Ya se encargaría él de ellos!

Echó una ojeada rápida al recinto. Por un momento pensó que se había equivocado y que allí no había ninguna exposición. No se distinguían los cuadros de las paredes blancas. En ese momento, comprendió por qué el público no visitaba esa sala. No cupo en sí de sorpresa al reparar en los primeros cuadros; se acercó casi hasta rozar con la nariz la tela porque le parecía inverosímil lo que sus ojos estaban contemplando. ¡Eran cuadros absolutamente pintados de blanco! ¡Todo de blanco! Como mucho alguna leve mota desperdigada en la superficie nívea.

Retrocedió hasta el vestíbulo para coger un prospecto informativo del mostrador. Mientras lo leía alguien había entrado e inmediatamente se había dado media vuelta. Cuando leyó la breve reseña biográfica del pintor se le aclararon bastantes dudas. Ese tal Robert Ryman había sido un vivales que supo aprovechar la ocasión y fijarse en la tontuna en la que había caído el arte pictórico. Si otros realizaban verdaderas barrabasadas y las exponían y se las compraban, él no iba a ser menos. Había sido medio músico de jazz, pero un día, al entrar en unos almacenes, se encaprichó de material de pintura y se compró pinceles y telas. Decía que incluso se matriculó en una escuela de dibujo, pero que enseguida se aburrió. Seguro que se dijo para sus adentros que a su edad no iba a aprovechar unas clases que le enseñarían poco. Ryman, atraído por el mundo del arte y deseando estar en contacto el máximo tiempo posible con ese ambiente, se buscó un trabajo de conserje en el Museum of Modern Art. «Como estos dos palurdos», pensó Escaleras. Esa, decía el folleto, fue su verdadera escuela artística. El trabajo rutinario de vigilante le había permitido una contemplación exhaustiva de los pintores modernos. «No como estos dos catetos que seguramente no echan un vistazo a las obras situadas a sus espaldas. Ese sí que fue un tío listo. No tendría mucha idea de arte, pero se dio cuenta de que la pintura que se exponía en su museo no parecía tan difícil de pintar y que los precios que alcanzaban los cuadros en las galerías eran elevadísimos. ¿Por qué no lo iba a intentar él?», siguió cavilando Escaleras. Ryman debió de observar con más detenimiento la técnica y los materiales empleados de los cuadros que se colgaban de las paredes y se puso a la faena. Y fue original en sus creaciones. Optó por un camino inédito y sorprendente. Pintar y teorizar sobre el blanco: lograr infinitas variaciones con un color restringido. Afirmaba que la utilización de ese color era meramente instrumental y que, por lo tanto, debía despejar a su pintura de cualquier tipo de interpretación transcendental, metafísica o metafórica. Solo la luz, como la capacidad del color, era lo interesante. Seguía diciendo —seguro que por no haber asistido a las clases de dibujo— que él no usaba la imagen o la representación, porque estas eran ilusorias. Otras dos notas terminaban de caracterizar su «pintura realista»: la utilización del cuadrado en todas sus pinturas como símbolo del equilibrio y la simetría máximos y la inclusión de su firma y la fecha como parte activa del cuadro. «¡A ver! Si no sabe pintar otra cosa, algo novedoso tuvo que inventarse para que la colección no resultara tan monótona», concluyó.

Después de recorrer ambas exposiciones, Escaleras pudo dar un mayor margen de confianza a Antonio López y distinguir la categoría de los dos artistas. «Este —pensó, refiriéndose a Ryman— es un vivales, uno que echó jeta a la vida y se dijo “pa delante”. Al otro, por lo menos, se le ve hombre de escuela, de academia, de haber pintado mucho. Y eso hay que sabérselo reconocer. A cada uno lo suyo».

4. La reconversión ganadera

Ambrosio Escaleras miró directamente a los dos guardias jurados. Ellos aún lo observaban de hito en hito, aunque sin la intensidad ni la curiosidad profesional propia de quienes ejercen el oficio de la vigilancia. Enseguida se percató de que su comportamiento en la sala obedecía más a los dictámenes de un turista que a los de un policía encargado de aclarar y tomar notas del lugar donde se había cometido un espantoso asesinato. Cambió el registro y su rostro adoptó un gesto adusto, rígido, con unas leves muecas de enfado. Antes de acercarse a ellos se dio otra vueltecita —ya sí con afán detectivesco—, pero sin mucha convicción porque no quedaban señales que indujeran a pensar que allí se hubiera derramado una gota de sangre. El ambiente todavía guardaba una atmósfera aséptica, con minúsculas efervescencias a cloroformo que las sucesivas fumigaciones y capas de pintura no habían logrado borrar.

—¡Buenos días! Soy un inspector de la comisaría Centro —se identificó enseñando su placa policial, que mostró detenidamente para que ambos la pudieran contemplar a fondo. Él no era como otros compañeros que cuando se identificaban hacían ademán de sacar la placa sin llegar a mostrarla. En sus pesquisas, a él le gustaba que el ciudadano supiera que estaba siendo interrogado por un verdadero policía. Albergaba el temor de que la gente pudiera tomarlo como un estafador, algo que le hacía sentirse inseguro y tímido ante la persona a la que interrogaba, que, por nerviosismo o por falta de interés, no se fijaba escrupulosamente en su placa.

La pareja estaba compuesta por un hombre y una mujer. Si no podía ver a esos colegas espurios, menos soportaba la presencia de mujeres en aquel oficio difícil y comprometido. Escaleras aún pensaba que el elemento de la fuerza física era esencial e intrínseco al desempeño del ejercicio policial. Solo la prestancia y porte de unas buenas espaldas, unas gruesas piernas y un cabezón eran suficientes en el noventa por ciento de las ocasiones para evitar cualquier conflicto. Y si en un momento dado había que dar un sopapo a alguien bastaba levantar la mano para persuadir a cualquier osado. Sin embargo, Ambrosio no era de esos que continuamente se estaban metiendo con el sexo femenino por quitar puestos de trabajo a los hombres. Simplemente no le cuajaba ver, como a esa señorita, a una mujer enfundada en un traje oscuro portando porra, esposas y pistola.

Quien sí cumplía con los requisitos ideales del buen guardián del orden era el chico. Se lo veía jovencillo, no pasaría de los veinticinco años. Era robusto, aunque la mirada carecía de malicia. Escaleras tuvo la intuición de que, incluso, era un pedazo de pan: su rostro mostraba una expresión ruda, elemental; su piel era cetrina, tenía los labios agrietados y las manos desmesuradamente hinchadas, como si hubieran estado hasta hacía poco manejando herramientas agrícolas. Su aspecto confirmó sus acertadas deducciones. Cuando Escaleras comenzó un tímido interrogatorio, el otro se vino abajo y sollozando confesó que él era un pobre hombre sin experiencia en los menesteres de la seguridad. Llevaba menos de tres meses y todavía no se acostumbraba al ajetreo de la capital. Toda la vida había sido vaquero, pero las cosas se habían puesto tan mal que lo que le pagaban por la leche de sus vacas no le llegaba ni para cubrir la manutención del establo. «Desde que hemos entrado en la Comunidad Económica Europea, el campo está muerto; el Ministerio de Agricultura me compró mi cuota lechera y me dieron una compensación, pero me dejaron sin mis animales y de algo tengo que vivir».

No le gustaba a Ambrosio que los detenidos o los interrogados se echaran a llorar. A veces se ponía malo, porque a su vez le entraban ganas de gimotear y eso le producía una congoja que no era la más adecuada para llevar el interrogatorio a buen puerto. Con Timoteo, que era como se llamaba el guardia jurado, el malestar se repitió y se acrecentó por la presencia de una mujer que esperaba tranquilamente su turno en el interrogatorio y que lo miraba con ojos saltones y vivos.

—Bueno, chaval, no te preocupes y no te pongas así. Estas cosas pasan. A ti te ha tocado de novato, ¿qué se va a hacer?

Estas entrecortadas palabras de Ambrosio no sirvieron de consuelo, más bien fueron el detonante para que el otro estallara violentamente en una tormenta de sollozos y lágrimas.

—Jope, tío, vaya rollo que te ha entrado. ¡Como si hubieras sido tú el que se ha cargado al pibe ese! —espetó la compañera, haciendo notar a su colega que se pasaba de la raya—. ¡Venga, hombre, que no es para tanto! Que ni tú ni yo tenemos la culpa.

Con tal de que el muchachote terminara el llanto, Escaleras confirmó la sentencia de la joven, aunque no le gustaran ni sus ojos, ni su expresión, ni su lenguaje —que aún pegaba menos con lo que representaba su vestimenta—, ni con que estuviera allí mismo. No pudo reprimir devolverle una mirada desafiante que la otra ni captó.

—Si es que ni nos enteramos —farfulló el guardia jurado ya más calmado, como si llorar le hubiera relajado y aclarado sus ideas—. Bueno, ya ve usted el público que hay en la sala; pues ayer por la mañana, hasta menos. Para nosotros fenomenal. Estuvimos aquí charlando tranquilamente, casi sin movernos, sentados en estos taburetes. —La otra lo fulminó con la mirada para que se limitara a lo esencial y no contara menudencias que al policía no le importaban. Se percató del mensaje de la compañera y le echó una mirada con ojos de degollado, como si a partir de ese momento sus palabras fueran examinadas no por el inspector, sino por ella—. El caso es que hubo muy poco público; desde las diez hasta las doce, unas quince personas. Todas ellas gente normal, bien vestida. Cuando descubrimos el cadáver, serían cerca las doce pasadas. El primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que estaba desmayado, pero, cuando avisé a Flora y nos acercamos, vimos la sangre derramada por el suelo. El hombre estaba muerto o, por lo menos, muy malherido.

No le gustaba lo más mínimo a Escaleras que los interrogados cantaran de corrido y de sopetón. Prefería ir entresacando las respuestas, atando hilos a medida que planteaba las preguntas, pasar de un aspecto a otro. Ante la confesión atropellada y desordenada del guardia no supo reaccionar; hubiera querido cortarlo, haberle ido preguntado, pero le resultó imposible meter baza.

—Bueno, muy bien. Con más calma, ¿eh?, no tenemos prisas —lo animó y tranquilizó.

Miró a la jovencita con afán de involucrarla también en el requerimiento, mas, por el gesto adusto, comprendió que ella difícilmente se iba a prestar a colaborar con él.

—Como ya le he dicho antes, señor comisario…

—Solamente inspector —rectificó el policía.

—… yo, hasta hace poco, cuidaba vacas en el campo. Me pasaba toda la jornada con ellas; me llevaba la comida, sobre todo cuando los días eran cortos. A mí me gusta mucho el ganado…, pero, de pronto se oyeron rumores de que Sanidad iba a realizar inspecciones en los establos y las vacas que no estuvieran buenas las tendrían que sacrificar. A mí me salieron todas malas. Tenían brucolosis o brucilitis o algo parecido.

—¿Brucelosis?

El inspector por fin pudo meter baza cuando creía que de nuevo se le escapaba de las manos el interrogado. Pero se equivocó porque el exganadero continuó.

—Eso es. —Y se alegró de que el señor comisario tuviera algún conocimiento en la materia—. Pues el caso es que me dieron de plazo un mes para que las quitara. Y yo las quité, pero me quedé sin vacas. Hubo gente que compró otras que traían de Europa, Inglaterra o Francia o Alemania o de algún sitio de por ahí, pero valían tres veces más que las suizas, que son las que de siempre han estado por la provincia de Ávila, que es de donde yo procedo. No sabía qué hacer. La mayoría de la gente del pueblo las quitó y no volvió a comprar. Es lo que hice yo. Porque ya no solo era conseguir las vacas, sino que nos decían que las cuadras estaban infectadas y que las reses que metiéramos se contagiarían. Así que yo me eché mis cuentas y no me atreví a echar más ganado, porque en la ciudad…

—Bueno, ya está bien. ¡A mí qué coño me importa eso!

Antes de terminar esa exclamación Ambrosio se arrepintió de haberla emitido, ya que en el fondo le daba pena el chaval y, además, porque su enfado tenía como origen él mismo, incapaz de cumplir con su cometido profesional dentro de los cánones estrictos de la misión que debía llevar a cabo.

El otro amenazó de nuevo con comenzar a gimotear y la compañera, hasta entonces al margen del diálogo, le recriminó su actitud incomprensiva.

—Pero, bueno, ¿usted quién se cree para tratar así a la gente? ¿No ve que el muchacho le estaba contando su versión de lo sucedido?

—Eso es lo que debéis hacer, cojones.

A Ambrosio no le gustaba la retahíla de expresiones soeces que sus colegas tenían siempre colgadas de la lengua. Rara vez se le escapaba alguna; sin embargo, debía reconocer que a veces con ellas se conseguían efectos fulminantes. Por lo menos, a Timoteo le cortó en seco el iniciado llanto, aunque a Flora la hundió por completo en un ensimismado silencio, con un gesto de asco.

—Bueno, vamos a ver si nos aclaramos —retomó la iniciativa más que nada para echar tierra sobre el incidente del taco—, entonces me decís que esa mañana la sala estuvo casi vacía, que muy poca gente entró a visitar la exposición. Decís que, como apenas había trabajo, estuvisteis relajados y no prestasteis mucha atención a las pocas personas que entraron aquí. ¿No es así?

—…

—… y que, por lo tanto, no observasteis ninguna cosa rara: ni personas sospechosas, ni ruidos, ni golpes, ni voces, ni nada de nada. ¿No es cierto?

—Sí, señor —contestó Timoteo, que seguía muy atento a la recapitulación del policía, alegrándose de que lo hubiera comprendido porque eso quería decir que se había explicado con claridad.

—Y nada más. ¿Eso es todo lo que me podéis ayudar?

—…

5. La jaula de pájaros

A través del cristal sucio del automotor observaba cómo la imagen de El Escorial aparecía y desaparecía de su vista. No sabía si era un monumento palatino o un monasterio. Por una parte, lo asociaba a Felipe II y pensaba que tenía que ser un palacio. Sin embargo, no comprendía por qué lo relacionaba con monjes y, por tanto, con un convento. Determinó que el siguiente fin de semana que librara convencería a su esposa para visitar el monumento. «Si es que parece mentira la vaguería que nos domina; lo tenemos aquí mismo, al lado, y no somos capaces de visitarlo. Igual que la Cruz del Valle de los Caídos. Es una verdadera vergüenza. A cualquiera que se lo cuentes se harta de llamarte vago e inculto». Esas decisiones repentinas de Ambrosio no se llevaban casi nunca a cabo o, por lo menos, no de forma inmediata. Prefería no pensarlas ni comentarlas con nadie. Había una coletilla que odiaba con desesperación: «A ver si… A ver si cualquier día nos damos una vuelta por El Escorial, a ver si quedamos un día y… A ver si llevo el coche a que me miren… A ver si hago intención y compro… A ver si llamo por teléfono a… A ver si… Siempre igual: a ver si…».

Nunca había realizado ese trayecto. Cuando el convoy se detuviera, esperaba divisar una vez más las cúpulas y las torres, pero no fue así. La estación era una calcografía de la de Villalba. Sin embargo, al emprender la marcha, una nueva panorámica del monumento se vislumbraba entre la frondosidad de los árboles.

Hacía muchísimo tiempo que no viajaba en tren y saboreaba con deleite aquella sensación olvidada: el traqueteo, la incomodidad de los asientos, las conversaciones banales con los compañeros de al lado, las miradas melancólicas al paisaje y a los viajeros que los vagones recogían o dejaban en los andenes, la zozobra de no saber si se habría perdido el billete cuando lo solicitara el bigotudo revisor de mal talante y pocas palabras, el nerviosismo de la salida y la llegada a destino… Sensaciones cercanas que se juntaban a otras nociones transcendentales mucho más alejadas en el tiempo, pero que también acudieron en tropel a su mente: la idea de que la vida era un incesante viaje, que siempre se encontraba en el tren, que el tiempo solo se paralizaba y se hacía presente en el duermevela del cabezazo que se da en el transcurso del trayecto… Era una obsesión repetida cada vez que subía al tren. «La vida es un viaje constante». Esta sentencia le había servido de niño tanto para cuando después de las vacaciones regresaba al colegio de los hermanos maristas e iba deprimido ante la inmensidad del túnel trimestral que estaba delante y que impedía vislumbrar las próximas vacaciones como cuando regresaba eufórico al pueblo ante la perspectiva de unas largas vacaciones que parecía que nunca iban a terminar. Entonces, cuando estaba pletórico, se sosegaba y pensaba que esta vida es un continuo viaje y que, como un soplo, pronto se volvería a encontrar dentro del compartimento de regreso al colegio. Esa obsesión agobiante y no muy propia de un niño, esa filosofía perduraba aún: en ese instante iba camino de Salamanca, pero, cuando quisiera darse cuenta, enseguida volvería a estar en ese mismo tren de vuelta a Madrid. La sentencia le daba seguridad y una aproximación bastante realista de las posibilidades de todo en esta vida y también la suficiente entereza para apreciar cada momento como un don que había que aprovechar y agradecer, no importaba a quién.

Llevaba poco tiempo en el Cuerpo de Policía y hasta entonces no se le había encomendado ninguna misión que implicara viajar a otra población. Lo mandaban a Salamanca, donde vivía el hombre asesinado. No era muy habitual proceder de esa manera, pero en el «caso del diputado», como lo llamaban los periódicos, el comisario jefe estaba más despistado que una chiva en un garaje. Las comunicaciones y colaboraciones entre distintas comisarías de diferentes ciudades eran habituales y necesarias para el esclarecimiento de muchos casos; sin embargo, no era muy usual que un inspector fuera a meter las narices en una comisaría que no era la suya. Eso lo sabía y no esperaba mucha colaboración de los colegas charros. Su superior se lo había advertido:

—Escaleras, tú a lo tuyo; cuanto menos pises por las dependencias de Salamanca mejor para conseguir los objetivos de la misión.

No le gustaba la orden ni mucho menos el caso en el que estaba trabajando. Le daba mala espina. Cuando el comisario serpenteaba en las diligencias y picoteaba en distintos lados era porque no tenía puñetera idea de nada y, entonces, lo que hacía era delegar subrepticiamente en sus subordinados las investigaciones, convencido de la inutilidad de las pesquisas por la inmunidad de los trasgresores o el asesino, como en este caso. Se lavaba las manos y entregaba los legajos del expediente a la jauría de inspectores, deseosos de labrarse un prestigio profesional que en la mayoría de los casos quedaba eclipsado ante la clarividencia astuta del gran comisario. Como de costumbre, Ambrosio pensaba que, en ese reparto, a él le había tocado la peor parte. Su esposa se lo había echado en cara cada vez que le dirigió la palabra desde que le comunicaron el traslado urgente a Salamanca hasta que salió, no directamente hacia la ciudad del Tormes, sino a Madrid, donde debía recibir las consignas de última hora.

—Papanatas, eso es lo que eres. Y encima te hacen dar un rodeo hasta Madrid… Seguro que es para reírse de ti una última vez.

Por eso, cuando tomó el tren en Norte y pasó de nuevo por Villalba, camino de Salamanca, se acordó de otro viaje tonto cuando cumplía el servicio militar. Realizaba unas maniobras con su compañía por la zona de Sigüenza; habían permanecido durante toda la semana y regresaban el viernes por la tarde a última hora al cuartel. Él estaba muy nervioso porque no sabía si le iba a dar tiempo a coger el tren para disfrutar del rebaje de fin de semana. Sin embargo, lo que más rabia le daba era que, siendo de cerca de Sigüenza y encontrándose a pocos kilómetros de casa, lo obligaban a realizar un recorrido de más doscientos kilómetros para dejar el armamento y volver al sitio de partida… Algo parecido sintió esa mañana cuando se levantó a las seis para ir a tomar un tren que pasaría a las diez por donde residía.

La locomotora se adentraba en los límites de las provincias de Madrid y Ávila. La jara, el matorro y el follaje bajo fue transformándose en vastas extensiones de pinares que se repartían entre roquedales y pronunciadas y sucintas hondonadas que vertían torrentes de agua saltarina formando azudas en su curso. La vía daba vueltas siguiendo las laderas de las lomas más suaves, pero de pronto el convoy era devorado por mortuorios túneles que regurgitaban al poco el indigesto reptil de metal. A medida que se acercaban a la capital amurallada, el paisaje se vistió de luto a consecuencia del fuego y el frío perpetuos, que anulaban cualquier vestigio de vegetación que no fuera el espartano piorno.

Ambrosio disfrutaba del paisaje que se movía por su ventana: las vacas pastando, el conejo que se apartaba asustado del ruido infernal de la máquina, el aguilucho con sus vuelos concéntricos, el balanceo de las redondas copas de los pinos, las casetas de los desaparecidos guardagujas, los postes de teléfono… Se sentía perdido en un goce inconsciente del que le costó salir. Esos desplazamientos eran tan distintos a los que realizaba en los trenes de Cercanías que casi había olvidado el placer de viajar cómodamente en ferrocarril. Solo cuando pasaron la capital abulense, los encinares y las sensuales piedras y llegaron a la monotonía de las tierras trigueras, primero de la Moraña y después de los campos de Peñaranda, pudo espabilarse de la dulce modorra en la que había viajado y ordenar mentalmente la información recabada del asesinato del diputado. Hasta entonces, su cerebro había sido un hervidero a consecuencia de la incomprensión y el desorden de los datos sabidos del caso, que le habían llegado como si su cabeza fuera una papelera y sus compañeros y jefes se hubieran entretenido lanzando con la intención de encestar.

Escaleras no sabía que el fiambre del Reina Sofía era un personaje tan famoso. Cuando examinó las fotografías del cadáver, se hizo a la idea de que podía ser hasta un extranjero. Solo un poco antes de comunicarle la misión que debía cumplir en Salamanca, se enteró de que el asesinado era un congresista del PSOE. En ese momento le pusieron al corriente de los datos que eran seguros del caso y de ese personaje. No le entregaron ningún documento que resumiera la información del difunto. El diputado había sido elegido por la provincia charra desde las primeras elecciones democráticas. Además de su cargo electoral, se dedicaba a la docencia en la Facultad de Bellas Artes. Era catedrático de Teoría del Dibujo.

Aparte de esa pequeña reseña biográfica transmitida oralmente y de unas breves recomendaciones, el comisario jefe le había entregado una fotografía de medio cuerpo del diputado. Era un retrato de hacía unos años, pero le aseguraron que esa imagen no desmerecía de la del presente. Escaleras sacó el retrato como si fuera la foto de una novia y lo observó con ánimo de captar el temperamento del finado, pero, bien por vergüenza a que alguien lo sorprendiera examinando la figura de un hombre, bien porque no encontraba la concentración necesaria para tal examen, la colocó de nuevo entre el calendario de bolsillo de 1993.

Muy pronto el tren dejó los campos de cereal de la tierra de Peñaranda y siguió el curso del río Tormes a partir de la estación de Babilafuente. Se quedó con este topónimo debido a que le sonaba como a acertijo o palabra propia de un trabalenguas y porque, en el pequeño jardín situado al lado de la parada, había un espacio acotado con un extenso alambrado, a modo de una gran jaula, en el que se revolvía y revoloteaba un enjambre de aves de muy diversos colores. Pensó Ambrosio que, de no haber sido policía, quizá le hubiera gustado el oficio de jefe de estación. Se imaginaba con su traje azul y su gorra de plato levantado el enhiesto palo con trapo rojo, que se parecía a un rodillo de amasar, y silbando y tocando la campanilla para dar salida a los trenes. Le hubiera encantado que lo destinaran a un lugar como ese de Babilafuente, pequeño y con escaso tráfico de convoyes y viajeros, rodeado de una vegetación exuberante, con grandes árboles y situado en una colina desde la que se vislumbraba a lo lejos la población. Pasaría el tiempo leyendo y viendo llover a través de los grandes ventanales y, cuando escuchara el ulular del viento, arrimaría las manos a la estufa para calentarlas. A ratos, saldría a observar y a hablar con sus pájaros y se adentraría en la jaula, y los canarios y jilgueros se posarían en su palma…

El trazado de la vía hasta llegar a Salamanca transcurría paralelo al cauce del río. No se imaginaba que el Tormes poseyera un caudal tan considerable. Pronto aparecieron las huertas fértiles de la vega donde trabajaban grupos dispersos de hortelanos. Casi sin darse cuenta, los murmullos de los viajeros se transformaron en exclamaciones de alivio por la llegada a destino, y, antes de que la locomotora frenara, los hombres bajaron los bultos de los maleteros. Para Ambrosio el viaje había pasado como una estrella fugaz y no conseguía desperezarse del dulce ensueño que lo había acompañado a lo largo de todo el trayecto. No deseaba salir de ese apacible limbo o, por lo menos, no de un modo tan brusco. El tren paró con una sacudida.

6. La ducha con Hortensia

Le habían reservado una habitación en el hotel Río Tormes. Nada más apearse buscó un taxi que lo condujera allí. Llevaba únicamente un pequeño bolso de equipaje, que el taxista no colocó en el maletero.

—Lo puede meter con usted en los asientos.

Cuando le dijo la dirección, el conductor, un hombre gordinflón y parsimonioso, de una edad indeterminada pero rayana con la jubilación, lo miró con cara de incredulidad.

—¿De negocios o viene a la Universidad?

—¿Cómo dice? —le replicó perplejo Ambrosio.

—Le pregunto que cuál es el motivo de la visita a la ciudad, ¿o viene de turista?

—Sí, eso, de turista; por conocerla.

El gordito lo miró sin preocuparse del tráfico, como calculando la solvencia del cliente cuando Ambrosio repitió por dos veces el destino. Tenía la impresión de que en la cabeza del conductor no cabía su imagen como usuario de un hotel de lujo.

—Se hospeda en lo mejorcito de Salamanca —le había dicho el comisario cuando escuetamente lo informó de los pormenores de la misión.

Nada más comunicarle esta deferencia, se avergonzó y enterneció pensando que sus jefes lo consideraban en su justa valía; es más, se alegró de que la Dirección de la Policía tratase a cuerpo de rey a sus funcionarios. No obstante, tanta zalamería y atenciones lo aturdieron y se le puso la mosca detrás de la oreja. ¿Cuál sería el motivo de tanta ostentación?

—Pues porque usted dice que viene en plan negocios, pero yo le juraría a cualquiera que tiene pinta de policía. ¡Claro, que es una bobada!

—…

—Bueno, usted no se moleste, porque a mí se me ocurre cada cosa que para qué.

Le habían proporcionado cierto dinero en efectivo como dietas. Al ver la cantidad que marcaba el taxímetro, lo buscó para abonar el importe justo, pero no logró reunir la moneda fraccionaria exacta, por lo cual le entregó un billete de mil.

—¿No tiene suelto? —se encaró otra vez con el policía.

Ambrosio se disculpó con palabras sumisas, como si el taxista estuviera a punto de soltarle un soplamocos por ir por la vida sin calderilla. Con tal de salir del coche y perder de vista al malhumorado hombre, Ambrosio le perdonó cien pesetas que no lograba reunir para completar el cambio, aunque exploró repetidamente en la guantera, en una caja de puros donde tenía los billetes a modo de cofre, en el monedero y en los múltiples bolsillos que se repartían tanto en dirección norte y sur como este y oeste de todas las prendas que lo cubrían.

Las habitaciones de los hoteles aún conservaban para Ambrosio cierta atracción, como símbolo de la vida de ostentación y disipación que llevaban los ricos. No sabía que los centros hoteleros no eran frecuentados por estos, sino por asistentes a los múltiples congresos que sobre las más heterogéneas actividades se convocaban a lo largo del país y por algunos turistas japoneses que de vez en cuando se dejaban caer por esos lares. Ambrosio solo se había hospedado en una ocasión en un hotel de lujo. Fue en Canarias, durante su viaje de novios. Había sido un obsequio del restaurante donde festejaron el enlace matrimonial. Los recuerdos de esa estancia hotelera estaban relacionados con actos multitudinarios en la piscina, con concursos de mises y místeres, con bailes en los jardines y con comilonas en los salones. Sin embargo, apenas conseguía rememorar los recuerdos de la intimidad del tálamo nupcial, no siendo los reproches de su mujer por descansar unos instantes mientras se quitaban los bañadores y se duchaban ante el jolgorio general y los primeros acordes de la orquesta que amenizaba la velada en los jardines que circundaban la macropiscina donde habían pasado la jornada, olvidando por completo la inmensidad de la playa que lamía los mismos setos del hotel. Ambrosio aguantaba estoicamente y sufría con discreción los sinsabores de las insolaciones, el asco al cloro de la piscina, el ridículo por no saber bailar sambas y la vergüenza por lucir una blancura nívea, pues no osaba traspasar los escuetos límites del círculo de sombra que proporcionaba la sombrilla. Pero se consolaba pensando que cuando llegara el momento de retirarse a sus habitaciones, como había visto en las películas de la televisión, podría gozar de la presencia de su joven esposa; sin embargo, cuando llegaba ese momento, era tal la fatiga acumulada en la dura jornada y tan mala la digestión por la pesadez de la cena que las fuerzas que les quedaban apenas llegaban para desnudarse y asearse antes de meterse en la cama. Su mujer se abrazaba a él tiernamente y no pasaban cinco minutos cuando ya dormían como angelitos. Él, que había anhelado la noche de bodas y los días de la luna de miel con desesperación mucho antes de que supiera la fecha del enlace; él, que había envidiado la convivencia solitaria de los matrimonios; él, que lo único que deseaba en esos momentos era estar a solas con su mujer, se veía envuelto en una red de amistades con otras parejas también recién casadas, cuyas conversaciones giraban alrededor de la celebración matrimonial y con las que se había creado una trama de compromisos, citas y encuentros que, al final, en la agenda de cada día, no había hueco para ellos mismos.

—Hay que aprovechar estos días, qué sé yo cuándo volveremos a vernos en otra igual —decía ella.

El hotel se ubicaba en el mismo centro de la ciudad, al lado de la plaza Mayor. El edificio mostraba por fuera un rostro vetusto pero elegante, con ese aire de soberbia que adquieren las construcciones con el paso de los años. La gran escalera con balaustrada que conducía a la puerta principal reafirmaba la grandiosidad del edificio.

Ambrosio se dirigió a recepción para solicitar la llave de la habitación reservada a su nombre. Lo atendió una joven vestida con un traje azul, como si fuera la azafata de una compañía de aviación, tan solo le faltaba el gorro. El mostrador se asemejaba a la barra de un pub. Dentro había varias recepcionistas que se ocupaban de diversos clientes como si fueran camareras. Tendió la mano esperando que le entregaran una llave dorada, pero en su lugar recibió una tarjeta magnética, parecida a la del banco que llevaba en la cartera. Ambrosio debió de mirar con cara de compasión a la recepcionista, de la que esperaba un trato individual y cariñoso, interrogándola con los ojos sobre la utilidad de tal artilugio. Probablemente, para evitar poner en evidencia su ignorancia, Hortensia, según rezaba la insignia de su chaqueta azul, ordenó a un mozo que lo condujera a su habitación.

—Fermín, ¿puede acompañar al señor a la 302?

El tal Fermín sí que encajaba dentro de la imagen que era de esperar de un botones, aunque fuera mayor. Era un hombre con una edad incalculable. Lo mismo podía tener cuarenta y cinco años como sobrepasar los sesenta. Era muy delgado y su cara era totalmente inexpresiva, como la de alguien que ha visto y experimentado todo lo que la vida le puede mostrar y proporcionar, actitud vital que únicamente se encuentra en los ancianos y en los trabajadores de la hostelería. Daba la sensación de extrema higiene con su pelo corto y bien recortado y un cutis que era afeitado dos veces al día.

El camarero introdujo la tarjeta magnética por una ranura situada a la altura de la cerradura y empujó la puerta. Ambrosio se quedó boquiabierto. Buscó una moneda de cien pesetas y se la entregó a Fermín. Ni cuando le dio las gracias cambió el rictus amorfo de su cara.

Las persianas estaban bajadas y Ambrosio fue a elevarlas. Corrió las cortinas y advirtió que podía salir a una pequeña terraza. Desde allí oteaba la algarabía de la plaza Mayor. Regresó a la habitación e intentó apagar las luces, pero había tantas llaves que le resultó difícil desconectar todas. En su manipulación tocó el timbre del servicio e inmediatamente sonó el teléfono. Del otro lado del auricular creyó oír la voz de Hortensia y Ambrosio no encontró las palabras adecuadas para disculparse por su torpeza. En lo sucesivo se cuidó mucho de toquetear las llaves de la luz. Descubrió con júbilo el manejo de una especie de perilla que encendía y apagaba una lámpara de mesilla, con la que se apañó mientras se alojó allí.

Le estuvo dando vueltas y vueltas, pero no conseguía que del grifo del lavabo emergiera ni una gota de agua caliente. Nunca había visto uno con una palanca. No se preguntó cómo se utilizaría porque era un manejo obvio. Lo movió de abajo arriba y manó un chorro que le salpicó. Sin embargo, era incapaz de conseguir que saliera agua caliente. Llegó a plantearse que no hubiera en las habitaciones, pero le parecía impensable que un establecimiento de esa categoría no incluyera ese servicio. No se atrevió a preguntar por teléfono en recepción, ante la eventualidad de que le contestara Hortensia. Mientras curioseaba por la habitación comprobando el estado de los armarios, los distintos tipos de perchas, el escritorio con cuartillas y sobres con el membrete del hotel, no dejaba de darle vueltas al asunto del agua. Volvió al lavabo y no cejó en su intento hasta que averiguó para su sorpresa que la palanca no solo se movía de arriba abajo, sino también en sentido horizontal, de tal manera que si la giraba a la derecha surgía agua fría, pero si la deslizaba a la izquierda, era caliente. ¡Eureka! ¡Qué contento se puso! «Es que, con estas modernidades, hasta que se acostumbra uno pasa tiempo», se dijo a sí mismo.

A partir de entonces tuvo mucho cuidado en la manipulación de interruptores, botones y cofres de seguridad; casi no se atrevía ni a cambiar de canal de la televisión, cuando, jugando con el mando, presionó uno y aparecieron en la pantalla puntos parpadeantes, lo que le llevó a pensar que el dominio de todos los servicios que ofrecía el hotel le resultarían inalcanzables por su torpeza.

Se introdujo en la bañera y desenroscó la llave del agua caliente. Dejó que corriera, sin mirar si derrochaba o no. Otra cuestión habría sido si se hubiera duchado en su casa. Allí, con un sentido irreprochable del ahorro, hubiera sopesado y calculado en qué momento podía abrir el grifo para que coincidiera la salida del agua con el fin de la operación de desnudarse. Sin embargo, en el hotel no le cobrarían más porque tardara en ducharse veinte minutos. Casi estuvo a punto de animarse para darse un baño, pero esta idea no sobrepasó el análisis ético-ahorrador de Ambrosio. El chorro le golpeaba directamente sobre la cabeza. Cerró los ojos y permaneció inmóvil mientras el agua fluía rápidamente por los valles y altozanos de su cuerpo. Caía con fuerza sobre la bañera y el chapoteo lo relajaba. Se echó hacia atrás el flequillo para que la corriente del líquido elemento corriera por su pelo como si fluyera por minúsculos surcos. Tomó un pequeño sobre hermético de gel de baño y lo repartió por la cabeza y por sus partes. Frotó y al punto una espuma blanca y suave le empapó el pelo del pubis. Acariciándose los testículos, el pene se puso erecto. Vertió más gel para lubrificar. No le fue necesario fantasear con Hortensia, porque solo con unos cuantos vaivenes de su mano hubiera provocado un borbotón de semen, no obstante, procuró sosegarse y recrearse en la sensación tibia de los muslos y el ardor de la vulva de Hortensia. No llegó a palpar los pechos, ni a recorrer la suave espalda, ni a saborear el dulzor de sus labios, ni la sal de su piel, porque su mano sacudió imperceptiblemente el capullo y se perdió en la humedad del placer.

7. La facultad

Se despertó bastante tarde, casi a las diez. No había dormido bien; únicamente concilió el sueño de madrugada. Se hallaba muy a gusto en el calor de las sábanas y poner los pies en el suelo para incorporarse le supuso un enorme esfuerzo. Se había metido temprano en la cama. Cenó en una pizzería que encontró al lado del hotel y regresó inmediatamente a su habitación con la intención de acostarse lo antes posible para al día siguiente emprender su misión investigadora, con el ánimo resuelto de esclarecer el caso con diligencia y regresar a su hogar. Sin embargo, cuando se puso el pijama, no resistió la tentación de tomar el mando a distancia de la tele y encenderla. Nunca había visto la televisión desde la cama. Realizó un repaso veloz de las distintas cadenas. No sabía qué buscaba. No le apetecía ver una película, ni un programa de variedades, ni noticiarios, pero cambiaba de canal con desesperación. Hasta que se percató de que, en parte, esa excitación era consecuencia de la circunstancia insólita de encontrarse él solo viendo la televisión sin tener pegada a su mujer. Y lo que rebuscaba en la pantalla era la imagen de mujeres sugerentes y atractivas; trataba de descubrir los desnudos femeninos en escenas de películas, las piernas más esculturales de las vedetes, o los culos más prominentes y los pechos más turgentes o inflados en las azafatas de concursos insulsos. Cuando las protagonistas desaparecían, realizaba un barrido por todos los canales hasta tropezar con otra chica que le gustara. No tuvo suerte en esa ansiosa búsqueda. ¡Tantas veces como salían en otras ocasiones y ahora, que se hallaba solo para excitarse sin miramientos, no aparecía ninguna mujer que mereciera la pena! ¡Vaya mala suerte! Con esa fogosidad se entretuvo demasiado tiempo y, cuando se decidió a apagar el televisor y dormirse, se encontraba en un estado de tal nerviosismo que no le fue posible conciliar el sueño.

Al salir del hotel, miró hasta la recepción para cerciorarse de la presencia de Hortensia. Desilusionado, comprobó que, en su lugar, atendiendo a los huéspedes, había un chico alto, trajeado y con una enorme sonrisa en los labios.

Entre los planes previstos por Escaleras para dar luz al caso y descubrir al criminal, el primero era visitar la universidad en la que el catedrático había impartido sus clases. A pesar de que la mañana se hallaba en su apogeo, el sol se ocultaba tras una capa nubosa alta y fina que le impedía mostrar sus rayos de luz. El día era opaco y triste, y hasta el bullicio y la algarabía del mercado de abastos y del tráfico agobiante de las estrechas calles terminaba deglutido por la solidez de la opacidad. Más por llevar algo entre las manos que por deseo de leer compró el periódico. Se decidió por La Gaceta, deseoso de minusvalorar la prensa provincial. Preguntó al hombre que despachaba los diarios en qué dirección se localizaba la Facultad de Bellas Artes. Dudó antes de responder.

—No me haga mucho caso, pero creo que esa se encuentra por Pizarrales. ¡Hay tantas!

Subió las escaleras que conducían hasta la plaza Mayor. A esas horas, la gente que paseaba lo hacía por dentro, bajo los soportales. Casi todos eran jubilados y algún que otro extranjero joven, seguramente estudiante de español. En la parte descubierta y en los bancos más próximos a las terrazas de los cafés, discutían en amena charla grupos de gitanos que no parecían resentirse de las inclemencias climatológicas, aunque de vez en cuando miraban en dirección donde se suponía debía de andar el sol y se frotaban las manos y echaban el aliento para calentárselas. Compró un cupón de la ONCE a uno de los innumerables vendedores que estratégicamente se situaban en cada una de las puertas de acceso y que le señaló con el brazo el arco al que dirigirse para llegar a Pizarrales.

El trajín cotidiano de los salmantinos se extendía mucho más allá de las inmediaciones de la plaza Mayor. Con la señalización deíctica del ciego se orientó hacia calles comerciales que conducían hacia la parte alta de la urbe. Ambrosio marchaba despacio, deleitándose con el jolgorio de los transeúntes, fijándose especialmente en los numerosos estudiantes que se cruzaban en su camino con sus carpetas y bolsos. Sintió envidia de ellos. ¡Cómo le hubiera gustado haber estudiado! Enseguida aprendió a distinguir a los bachilleres, que seguramente hacían novillos, de los universitarios, por su vestimenta estrafalaria a veces, otras desenfadada y hasta hippie, con complementos como pañuelos, fulares, gorros y sombreros. Se situaba detrás de grupos de estudiantes, mejor de chicas y, a la vez que regocijaba la vista con sus contorneadas figuras, procuraba captar el enigma de las conversaciones. Cuando alguien lo miraba a la cara, se sonrojaba como si lo hubieran sorprendido espiando la más secreta intimidad.

Así, casi sin querer, caminó, pasó semáforos, cruzó calles y avenidas y se internó por jardines hasta llegar un momento, una vez alcanzada la estación de autobuses, en que la ciudad desapareció. Al distinguir los primeros descampados, el inspector comprendió que por allí difícilmente hallaría ninguna facultad y preguntó de nuevo por la de Bellas Artes. No le aclararon con seguridad su ubicación, aunque sí le aseguraron que por aquellos barrios no existía ningún centro escolar, no siendo el instituto de enseñanza media. Desalentado, Escaleras tornó sobre sus pasos y, al encontrar la parada de taxis de la estación de autobuses, se subió al primero de la ociosa fila de coches que se alargaba al lado de la acera.

—¡Pues sí que lo han orientado bien! ¡Si se halla a la otra punta! De todas formas, no se extrañe usted, ya que las facultades se encuentran desperdigadas por la ciudad y es normal que la gente corriente no sepa dónde están. Las más antiguas, como la de Filosofía y Letras o Medicina o Derecho, esas sí las conoce todo el mundo, pero esta, además de no ser muy antigua, es muy rara. Queda a las afueras, en la carretera de Toro, más arriba de la plaza de toros. De todas maneras, aquí, en estas ciudades pequeñas, se llega enseguida. Eso sí, si no hay mucho tráfico, porque hay días que es imposible. Ahora, con la moda de llevar a los niños al cole en coche las mañanas que hay niebla o llueve, la circulación se convierte en un caos… Mire, esa es la plaza de toros. ¿Le gusta la lidia? Aquí, en Salamanca, hay una afición de miedo. De siempre. En ferias, si te descuidas un poco, te quedas sin entrada a la mínima. ¡Un mes antes las ponen a la venta!

Ambrosio seguía con curiosidad las divagaciones del taxista, que no paró de hablar en los diez minutos que tardó en realizar el recorrido, informándole de que gracias a la universidad Salamanca sobrevivía. «Si fuera por la industria, apaga y vámonos. Sobre todo, para nosotros, el sector del taxi, los estudiantes son el alma del negocio».

Y así llegaron a lo que parecía un gran seminario o colegio de frailes, donde se ubicaba la facultad. El taxista lo dejó al pie de las escaleras que llevaban hasta la portada con gigantescas columnas del edificio, que se asemejaba a la fachada de un templo dórico.

Ambrosio se ruborizó al ver que una multitud de chicas sentadas en los peldaños miraban cómo descendía del taxi. El policía fue consciente de que llamaba la atención y no sabía bien por qué, aunque inmediatamente descartó una: no curioseaban por su atractivo físico. Quizá por el hecho insólito de su llegada a la facultad en taxi o tal vez porque no llevaba ni carpeta, ni cuaderno, ni libro que significara su condición estudiantil.

Dentro del vestíbulo había dos dependencias acristaladas que supuso eran la conserjería. Allí se apiñaba un montón de estudiantes, como si estuvieran esperando turno para conseguir algo. Se quedó inmóvil sin saber qué hacer. De la misma forma que un poco antes se había sentido el centro de atención de la multitud, en ese momento se percató de que pasaba desapercibido. Iba a presentarse en portería, pero le parecía de lo más ridículo esperar una cola para comunicar su presencia a un conserje.

El vestíbulo poseía tres accesos por los que no dejaban de entrar y salir universitarios: una escalera central y dos puertas giratorias enfrentadas. Ambrosio se escurrió por la de la derecha y llegó a una especie de claustro acristalado con un patio en medio a cielo abierto. En él había setos, arriates y árboles cuya altura sobrepasaba la del edificio; también, un pequeño estanque en el que flotaban unos patos.

Desde el pasillo que circundaba el patio se accedía a las aulas. Los jóvenes se encontraban en su inmensa mayoría sentados en los banquillos esparcidos a lo largo de la pared. Unos fumaban, otros charlaban u hojeaban apuntes. Poco a poco, sin que hubiera una señal de aviso, los estudiantes se fueron perdiendo dentro de la maraña de asientos de las clases; las puertas de las aulas se cerraron y los bancos se quedaron vacíos. Alrededor de los ceniceros había cigarrillos que humeaban, así como envoltorios diversos que no habían sido encestados en el aro de la papelera. Los murmullos procedentes de las clases se fueron apagando y el silencio reinó en la paz del convento. De vez en cuando se dejaba escuchar alguna voz estentórea y amenazante de algún profesor que amonestaba a sus alumnos.

Ambrosio fue avanzando a lo largo del pasillo, acercándose a los tablones de anuncios y leyendo la información de numerosos y amalgamados papeles con ofertas de habitaciones de alquiler en pisos de estudiantes, venta de libros, compra de apuntes, convocatorias de actos culturales y conferencias, proyección de películas, fechas de múltiples fiestas, bailes y marchas discotequeras, mecanografiado de tesinas y apuntes, panfletos de agrupaciones políticas y de universitarios católicos… Aquellos escaparates eran los más entretenidos. Había otros, protegidos por cristal, en los que la información era meramente académica y oficial y resultaban más prosaicos y anodinos: horarios, relación de asignaturas y profesores, listas de notas, avisos de cobro de matrículas, requisitos de becarios, convocatorias de exámenes… Ambrosio hasta se interesó por la oferta de libros que se exponían en una vitrina y que habían sido escritos por los insignes doctores de la misma facultad. Para su asombro descubrió que ninguno era de bellas artes, sino referidos a psicología. «Bueno, será posible que no acierte con la dichosa facultad. Solo me faltaría que me hubiera equivocado de nuevo. ¡Estamos bien! Me voy a tirar toda una santa mañana para saber dónde se encuentra la puñetera universidad».

Avanzando con la intención de regresar al vestíbulo, descubrió la cafetería, que estaba de bote en bote. Le apeteció tomar un café y no se cortó en entrar, aunque no pudo disipar el temor a que le formularan la tan temible pregunta de si era él un estudiante para andar merodeando a su libre albedrío por el centro. Sin embargo, nadie se metió con él.

Al camarero que tan diligente y raudamente le sirvió le preguntó en qué facultad se encontraba, y le confirmó que, efectivamente, era la de Psicología, pero la cafetería era de las dos, de Psicología y de Bellas Artes.

—Fíjate en los lienzos que cuelgan de la pared. Bellas Artes se encuentra nada más atravesar la puerta que te vas a encontrar al salir al pasillo. O, si vuelves a la entrada, el ala de la izquierda es Bellas Artes —le respondió el camarero gordito cuyo cometido era la de tirar cafés en la máquina.

8. Bellas Artes: Brochaloca

Andar de una facultad a otra fue igual que pasar de la populosa urbe a un crudo desierto. En la de Psicología había multitudes y mucho bullicio; en la de Bellas Artes, silencio y desocupación. En cambio, una luz reverberaba por los pasillos y escaleras. El policía avanzó por ellos de nuevo con temor; en la masa se podía camuflar, pero en el silencio, el vacío y la luz su figura denotaba intrusismo. Buscó alguna dependencia en la que alguien lo atendiera, mas era harto difícil ubicar las aulas o estudios donde se encontraban los alumnos y los profesores. Pronto se cruzó con algún estudiante zarrapastroso, enfundado en un mono de tela de mahón o en alguna bata salpicada de pintura de amalgamados colores, como si fueran churretones impregnados artísticamente sobre el tejido níveo. Andaban en alpargatas o en chancletas. Las manos portaban grandes lienzos, carpetas, caballetes o algún botellín de cerveza. Cuando se aproximó a lo que parecía el confín de los dominios del primer piso, oyó una música atronadora que, a pesar de los tabiques, le zumbaba en los oídos como si la fuente del sonido se situara a escasos centímetros de su oreja. A través de un pequeño resquicio de la puerta vislumbró un grupo de alumnos pintando afanosamente sobre el mismo lienzo con espray. Una botella de güisqui peleón pasaba de mano en mano mientras pintaban. En una repisa, situada entre dos lavabos, se veía el casete gigantesco que creaba la atmósfera inspiradora de la obra de arte. Desde dentro alguien lo vio y con un gesto amistoso levantaron la botella en señal de invitación. Ambrosio ladeó torpemente la cabeza para negar.

Mientras descendía por la escalera vio a un señor mayor y bien vestido e, imaginando que podría tratarse de un docente, lo abordó.

—Disculpe que lo interrumpa. Ando buscando a algún profesor o alguien que me pueda informar…

—¿Qué pasa, colegui? No hace falta que me trate de don ni de usted… Además, tronco, yo no soy profesor. Soy uno más. De todas maneras, si andas perdido, te digo dónde tienes la secretaría, que allí hay unas pibas guais que te ponen al día de lo que quieras. No hay problema… Me llamo Bonifacio, pero, para los colegas, Boni o Brochaloca.

Ambrosio, mientras se encaminaban hacia la secretaría, no sabía qué decir de lo perplejo que se había quedado ante la metedura de pata. Pero Boni o Brochaloca, a pesar de su atuendo tan formal —compuesto de traje de lino verde semáforo, conjuntado con una corbata beis estampada con pequeños triángulos que enmarcaban pubis de todas formas, colores y razas—, se comportaba como si ya se conocieran.

Cuando llegaron a la secretaría, Boni le abrió la puerta y lo dejó pasar primero. Ambrosio no aceptó tal galantería; sin embargo, al persistir en su ofrecimiento, aunque avergonzado, no le quedó más remedio que adentrarse en los umbrales de una sala soleada y ruidosa donde se afanaban tres jóvenes secretarias.

—¡Buenas! Aquí os traigo a este colega, que se llama…

—Ambrosio —salió en su ayuda, pues no sabía si había olvidado el nombre o no se lo había llegado a preguntar.

—… Ambrosio, o Brosi, para los coleguis. ¡Tratádmelo bien! Hasta otro ratito.

Y, dándole una palmadita en el hombro, desapareció Brochaloca. Ambrosio hubiera deseado llegar de otro modo y no acompañado de ese jovial alumno, pero ya no tenía remedio. Él era policía y al que no le gustara era su problema. Él debía cumplir su misión.

Una de las jóvenes que, por su desenvoltura, parecía ser la jefa del negociado, le preguntó qué se le ofrecía. No sabía cómo desembarazarse y desligarse de la presentación que le habían hecho.

—Ejem… —Trató de aclarar la voz, asustado e inseguro, y, sin decir ni siquiera buenos días, alargó su carné.

La secretaria tomó el documento casi arrebatándoselo con la intención de sacarlo del atolladero, del mismo modo que si se tratara de un atolondrado alumno incapaz de expresar claramente una consulta y la trajera apuntada en una chuleta e, incluso así, no acertara a formularla explícitamente. De todas formas, al comprobar que se trataba de un inspector del Cuerpo Superior de Policía, no varió su semblante y lo miró directamente a los ojos con la urgencia rebosando en ellos para transmitirle la idea de que su tiempo era un don divino y no podía estar contemplando las musarañas.

No fue nueva esa sensación para Escaleras Arriba; en dos días había sufrido idéntica intimidación por parte de dos almas femeninas.

—Bueno. En fin, si no es usted…

—No me trate de usted.

—Perdón. Me gustaría, cómo diría yo, entrevistarme con algún colega o compañero —rectificó raudamente porque enseguida se le vino a la mente la imagen de Brochaloca al pronunciar la palabra «colega»— que pudiera proporcionarme alguna información sobre este compañero muerto en Madrid.

—Sí. Muy bien. Ahora mismo te pongo en contacto con Severino. Según sales, sigues a la derecha y de frente tienes el despacho del decano. Ya lo aviso de que vas para allá.

Y, sin despedirse, se quitó de encima a Escaleras con un gesto conminatorio, como si detrás de él hubiera una inmensa cola de gente que aguardara turno para ser atendida. El tal Severino salió a recibirlo a la puerta por si no era capaz de llegar solo. El inspector esperaba encontrarse delante de un hombre venerable y con la dignidad propia de un anciano, en cambio, se topó con un desgarbado joven que no aparentaba mucha más edad que la suya y que vestía unos ajados pantalones vaqueros y calzaba zapatos deportivos. Era sumamente alto y delgado, delgadez que se acentuaba por un perfil afilado junto a una monumental y puntiaguda nariz que caía por su propio peso. Si ya con su peculiar rostro llamaba la atención, quizá, por si algún despistado no se percataba de su incisiva presencia, perfilaba sus delgados labios un sobrio bigote color rubio pajizo. Nada más abrir sus escuálidos belfos ratoniles, Escaleras se fijó en la separación de los dos dientes centrales, porque un latigazo de salivilla amarilla se fue a estrellar contra su cara.

—Así que vienes de parte de la Policía. Quiero decir que eres un policía. Ya han estado aquí varios de ellos indagando y preguntando por el compañero.

«Bueno, bueno, bueno, lo que faltaba para el duro —se dijo para sus adentros Escaleras—. Además de memo, el menda habla para la solapa de su chaqueta, si la llevara. ¡La que me ha caído!».

No era de extrañar que el buenazo de Ambrosio se echara las manos a la cabeza. No se le entendía de la misa la mitad a pesar de que —no se sabía si porque el rector era consciente de su bajo tono de voz o porque, por su altura, parecía una espiga de centeno— metía su nariz en la oreja del policía, sin apenas mirar a otra parte que no fuera su pabellón auditivo.

—Verá. Seguramente los que han venido eran de la comisaría de Salamanca. Yo soy de la Brigada Central de Madrid —le contestó Escaleras no sin cierto retintín y silabeando para que se percatara de que debía subir el volumen de su apagada voz.

—No, si ya me lo habían advertido los que vinieron, que era muy probable que algún pez gordo llegara de Madrid.

Ambrosio no sabía cómo entrarle. Por mucho que supiera de la vida y milagros del finado, difícilmente se iba a enterar por su forma de hablar. Para su desgracia, porque le iba a hacer perder tiempo y salud, Severino —mejor Seve, lo corrigió en el momento de juntarse— no daba la impresión de estar cargado de trabajo, por lo que lo invitó a un café con leche en la cafetería.

—Ah, ya has estado. ¡Fenomenal! La compartimos con los psicólogos. Podíamos haber montado otra nosotros, pero la verdad es que nadie mostró mucho interés en el proyecto, pues tanto los alumnos como los profesores preferimos ir a Psicología porque allí hay muchas chicas guapas.

No le parecieron estos comentarios muy dignos de un rector y menos escupidos a un desconocido que, además, representaba cierta autoridad. Pero, por otro lado, Escaleras agradeció que le dieran esas muestras de confianza y se sintió obligado con Seve.

Cuando llegaron al bar, este se encontraba a rebosar. Habían coincidido con un descanso entre clase y clase. Al bajar las escaleras, no se podía dar un paso. Seve abría camino y, de vez en cuando, miraba hacia atrás para comprobar si lo seguía el agente. Al mismo tiempo le hacía guiños de complicidad y le lanzaba mensajes sobreentendidos de ánimo como diciéndole que ya faltaba menos. Llegó a la mitad de la barra y esperó la fatigosa incorporación del funcionario policial. Lo miró a los ojos y, sin abrir la boca, el inspector supo que le preguntaba qué tomaba.

—Un café con leche.

Aunque antes de ellos había un grupo numeroso de chicas, el espigado Seve, mirando al ágil camarero que se movía como loco, le indicó con la mano un dos y pronunció «cafés». Algo de salivilla se le tuvo que escapar al abrir la boca, porque tres de las chicas se volvieron a la vez para mirar qué era eso húmedo que se había posado en sus perfiles y se llevaron la mano a orejas y cuellos para limpiarse. El rector les sonrió y ellas forzaron una sonrisa, aunque inmediatamente les dejaron un hueco en el mostrador no como muestra de amabilidad, sino por temor a los aguaceros que pudieran llegar.

Escaleras sintió vergüenza ajena, pero se dijo que, si para Seve no era un problema, no lo iba a ser para él. El docente no quitaba ojo del grupo de chicas. Ellas aún lo miraban disimuladamente, temerosas de no encontrarse bien cobijadas. Hasta que no se dio la vuelta no se sintieron seguras. Seve, acodado en la barra, oteaba desde su estratégica atalaya todo movimiento femenino digno de su interés. No se cortaba nada en ese minucioso rastreo. Ambrosio se percató de que, cuando el rector surgió para recibirlo a la puerta, lo que le preocupaba no era que no atinara con el despacho, sino salir inmediatamente camino del bar para no perderse el festín visual que se estaba dando.

Poco a poco la cafetería se fue vaciando. Los chicos regresaban presurosos a sus aulas para continuar la actividad docente. Por la extensa barra solo quedaban grupos de profesores ociosos y, sentados por las mesas, alumnos que ordenaban hojas, revisaban apuntes, leían libros o periódicos deportivos o, simplemente, mataban el rato jugando al mus.

Cuando se iban a marchar coincidieron en la retirada con otros dos profesores del mismo departamento del finado. El rector se lo presentó a los dos docentes y los cuatro se dirigieron al despacho de Severino. En el corto trayecto no encontraron una conversación que aglutinara el interés del grupo, posiblemente porque el policía rompía la afinidad de los miembros.

Un sol radiante inundaba el pasillo. El inspector esperaba escuchar el ligero bisbiseo de las letanías de los enseñantes, pero en su lugar una retumbante música dispersaba en miríadas las partículas levemente visibles que flotaban entre los rayos solares.

9. El alto, el bajo y el gordo

Eran las doce pasadas. Entraron en el despacho del decano y en ese momento sonó el teléfono. Severino se sentó en un sillón frailuno y los otros en sillas de madera noble, un tanto incómodas, en opinión de Ambrosio, como si las hubieran dispuesto delante de la mesa del mandatario con el ánimo de que los visitantes abreviaran sus exposiciones y demandas.

La estancia era bastante oscura, teniendo en cuanta la luminosidad de los pasillos. Las únicas ventanas por las que entraba la luz se situaban casi al borde del techo y su presencia no lograba iluminar las apagadas paredes en las que colgaban sombríos cuadros que Ambrosio consideró decimonónicos; sin embargo, al acostumbrarse sus ojos a las tinieblas, comprobó que sus motivos eran abstractos. La mesa del despacho se asemejaba, por sus dimensiones, a la de un billar. Pese a su amplitud, a Severino le parecía faltar sitio donde ubicar todo el material. La pared frontal estaba ocupada por una gran biblioteca, cuyos anaqueles, cajones, vidrieras y estantes se expandían por toda la superficie.

—… si puede llamar en otro momento, discutiremos el asunto de una forma más sosegada porque ahora no puedo extenderme en la conversación al encontrarme reunido —acabó por atajar el decano la charla al cabo de unos minutos al no poder cortar al anónimo interlocutor—. Perdonad el ínterin —continuó dirigiéndose a los tres—. Aquí nos tienes a tu disposición para lo que gustes, aunque, como te he comentado antes, hemos hablamos con los de Salamanca y ellos te pueden informar de sus pesquisas en la facultad. Arturo y Celestino son profesores que comparten departamento y son compañeros desde hace algún tiempo…

En el silencio claustral, la voz de Seve llegaba con nitidez, si bien no lograba borrar la opacidad de su timbre. Hasta se puso más formal y erguido. Resguardado detrás de la mesa, apoyados los brazos en el borde labrado y con la mirada repartida por cada uno de sus interlocutores, aunque se detenía especialmente en Escaleras, se parapetaba tras la formalidad para defenderse del interrogatorio del inspector. Sabía muy bien distinguir los dos momentos o los dos papeles que interpretaba en su profesión: el de los actos institucionales y el del trato amistoso con el resto de los compañeros y, por qué no, hasta con los alumnos. Y no dijo nada a partir de ese instante.

«Por fin —pensó Escaleras— puedo iniciar mi trabajo».

—Bueno, la verdad es que siento mucho volver a interrogarlos porque comprendo que no debe de ser un plato de gusto para ustedes y me imagino que no andarán sobrados de tiempo, como todo el mundo, pero resulta que los que llevamos la investigación somos nosotros, la Brigada Central de Madrid, que es el lugar donde se cometió el crimen y, por tanto, los trámites judiciales, exactamente igual que las investigaciones correspondientes, debemos llevarlas nosotros. Así que si quieren comenzamos y cuanto antes acabemos mejor.

Nadie contestó, dando a entender que todos estaban dispuestos a colaborar y terminar con el asunto cuanto antes.

—¿Se llamaba Eustaquio? —preguntó por iniciar por cualquier punto las averiguaciones.

—Sí —respondieron al unísono—. Gil de P… —se cortó Celestino, que se situaba en el medio de los tres e impartía la asignatura de Historia del Arte—. Eustaquio Gil de P… No me acuerdo del segundo apellido.

—Es igual —intervino Escaleras.

—Si a mí no me resulta raro…; es Gil de Peñala… —salió en ayuda el que ocupaba la tercera silla, Arturo Arriero de las Heras, profesor de Dibujo.

—No os preocupéis —atajó inmediatamente Severino—, ahora mismo busco su expediente personal y salimos de dudas.

—… de Peñalba —dijo el inspector para salvar las vacilaciones, viendo que iban a convertir en asunto primordial del interrogatorio dilucidar cuál era el segundo apellido.

—Sí, es verdad. Eso es, Eustaquio Gil de Peñalba.

El rector se levantó y de un fichero extrajo una cartulina color caramelo y leyó: «Eustaquio Gil de Peñalba, hijo de Sergio Gil Hidalgo y de Joaquina de Peñalba Sarnosa, con documento nacional de identidad 15987384 Ñ, nacido en Verín, provincia de Orense, el día 16 de enero de 1940».

—Muy bien —dijo Escaleras—. Aquí, en esta facultad, ¿cuántos años llevaba dando clase?

—Yo, cuando llegué, ya estaba. Probablemente desde que se abriera o inmediatamente después; es decir, la facultad se inauguró en el curso 81/82…, diez a once años, como mínimo.

—Lo puedo comprobar en un instante en sus hojas de servicio —anunció Seve.

—No es necesario; no tiene mucha importancia ese dato. Ya me hago la idea de que llevaba aquí varios años. ¡Muy bien! ¿Y siempre enseñó la misma materia?

—Desde que lo conozco ha impartido Teoría y me da la sensación de que, más o menos, entré cuando él.

—Me parece que sí —corroboró Arturo.

Escaleras Arriba no sabía por dónde comenzar a preguntar sin ser indiscreto. Los profesores se fueron relajando, excepto el decano que, aunque había encendido un cigarrillo, seguía al acecho, como si temiera una encerrona y lo pudieran pillar fuera de juego. En cambio, los otros dos, observó el policía, comenzaron a desperezarse y a rebullir en las frailunas sillas. El más pequeñín, Celestino, una vez que chascó la lengua, mostró unas ansias indomables de meter baza. El otro, más gordo pero igual de nervioso, esperaba pacientemente para intervenir moviendo una media melena en la que las canas eran visibles, mas, cuando tomaba la palabra, entre sonreír y repetir lo que decía muchas veces, no finalizaba nunca.

Intentó una estrategia aproximativa intermedia con el deseo de no entrar de sopetón en los temas clave y de acabar de ganarse la confianza de los profesores.

—¿Cómo de simpático era Eustaquio? ¿Trataba con todo el mundo o, por el contrario, no era muy bien visto?

Celestino y Arturo se miraron y se sonrieron. El rector permanecía tan inmutable como al principio, pero puso cara de asco ante tal pregunta, aunque enseguida hizo una mueca y se encogió de hombros adentrándose en los desfiladeros larguísimos de su cuerpo, que lo condujeron a la abstracción.

—¡Hombre! ¿Qué quieres que te diga? Aquí, en la facultad, seremos unos cien profesores…

Rescatado con garabatos de las profundidades sinuosas en las que se hallaba inmerso el rector por alguna palabra mágica que había resonado en el despacho, se despertó y, apretando fuertemente los labios, corrigió la cifra aportada por el anterior, como si de esa rectificación dependiera el dominio de la verdad.

—… ciento uno.

Sin tomar en cuenta la aclaración de su superior, Celestino retomó lo que parecía iba a ser un discurso de cierta envergadura.

—… No hay centro de trabajo, con un colectivo tan numeroso, en el que todos se lleven bien. Sería algo excepcional que yo hasta este momento, en mi largo deambular por la enseñanza, no he encontrado. Sin embargo, el caso de Eustaquio era una sorpresa, porque era un hombre sin enemigos. Con unos tienes más trato que con otros; y siempre, por mil razones que no es cuestión de abordar en esta conversación, hay personas que no se hablan. Para mí es absolutamente normal y no por eso vamos a imaginar que esas pequeñas insidias sean la causa de males graves. Simplemente no se hablan o se critican mutuamente, pero sin llegar a enfrentamientos mayores. De Eustaquio podríamos casi asegurar que escaparía de estos conflictos internos: hablaba con todo el claustro de profesores.

Arturo, que no paraba de mirar atentamente a Celestino, aunque no lo escuchara con detenimiento, no dejaba de espiar el más breve silencio perdido por el pequeño y vivaz profesor en la perorata para introducir él la suya. Sonriendo con todo, limpiándose gotas de sudor de la frente y ajustándose continuamente las gafas en la pequeña nariz, al fin encontró el hueco que andaba buscando.

—Bueno, Eustaquio no tenía problemas con nadie. Se enrollaba con todo el mundo. Con todos se paraba y charlaba. Se interesaba por cualquier asunto que se le comentara. Tanto que a veces yo me preguntaba de dónde sacaba el tiempo para estar con la gente con la multitud de ocupaciones que cargaba en las espaldas. Y, si con alguien se llevaba mal, jamás se le oía comentar y menos criticar a su contrincante. La verdad es que tampoco mostraba mucho apego a la facultad. Con los numerosos asuntos más interesantes que traía entre manos, no se sabe cómo no la dejaba. De dinero le rebosaban los bolsillos, no era ese el aliciente.

—No digas eso, porque nadie puede jactarse de que no le hace falta dinero —intervino cortante y de forma vehemente Celestino, como si la opinión de Arturo fuera un sentir arbitrario.

Se alteró y se levantó de la silla de la misma manera que si lo hubieran azuzado con un punzón en su pequeño trasero. Arturo ni se inmutó mientras Celestino le soltaba la regañina; se sonreía y, cuando el otro dejaba de mirarlo porque hacía ademán de retirarse, aunque se sentaba de inmediato, miraba al policía y con una socarrona sonrisa le señalaba al compañero, alegrándose de haberlo sacado de sus casillas y disfrutando de verlo enojado. En un momento, Celestino se sosegó y se sentó, aun cuando no renunciara a los aspavientos.

Sonriendo y como si la tormenta pasada no hubiera dejado ni charcos, Arturo continuó sin parar de reír mientras hablaba:

—Está claro que lo de la facultad no lo hacía por dinero. Si con lo que le pagaban de diputado y sus negocios de anticuario ganaba un montón de pasta. Tenías que comprobar qué colecciones y qué antigüedades poseía… Él mismo reconocía que andaba bien de caudales. ¿Y los libros que había publicado? Los derechos de autor le proporcionaban unas rentas anuales considerables.

Hablando de antigüedades, a Arturo los ojos le hacían chiribitas de envidia porque, como el finado, era también coleccionista y amante de ellas. Los otros se dieron cuenta de ello y Celestino no pudo por menos que soltar:

—Si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos habría. Si los dos erais iguales en este aspecto.

—No le hagas caso —contestó Arturo mirando al policía sin dejar de sonreír, pareciendo estar de guasa.

Eran cerca de las dos de la tarde y la facultad estaba a punto de cerrar. Intervino el silencioso decano para recordar que debían ir concluyendo. A Escaleras le parecían muy interesantes las aportaciones que revelaban los dos profesores casi sin formular preguntas y sintió mucho que finalizara esa reunión. No obstante, tanto Celestino como Arturo le propusieron que se fuera a comer con ellos y al inspector se le presentó una oportunidad que no pudo rechazar para indagar sobre la vida del catedrático. Severino se disculpó por no poder acompañarlos.

10. La procesión

Mientras esperaba la llegada de los dos profesores en el vestíbulo, Ambrosio no sabía qué pensar de la mañana. No había conseguido datos importantes, pero se consolaba creyendo que se hallaba en el buen camino. «Estos dos cantarán lo que saben y, por lo menos, obtendré información fidedigna de una de sus facetas u ocupaciones».

Comenzó a desfilar una masa incalculable de jóvenes que salían hambrientos de sus clases, casi sin aliento, para llegar a sus alojamientos y reponer las fuerzas desgastadas en su carrera por despejar las tinieblas de la ignorancia. De pie y bien recto al lado de la máquina expendedora de refrescos, como un centinela en alerta, trataba de fijar la mirada en los rostros y en los cuerpos que, unos detrás de otros, se alejaban desordenadamente. Los más se apresuraban en salir, pero algunos más parsimoniosos charlaban o intercambiaban apuntes u ordenaban fotocopias hechas en el último instante. Escaleras se regocijaba con el espectáculo de la juventud, de la belleza y de la vida. ¡Cómo los envidiaba!

Al poco tiempo, y mezclados con los alumnos, desfilaron también grupos de profesores que con sus carteras o maletines seguían el mismo camino. También charlaban entre ellos, aunque su cara denotaba fatiga y hastío o quizá satisfacción por la lección bien enseñada. Eso difícilmente lo podría adivinar el policía por muy buen detective que fuera. Los sentimientos de gozo o de sufrimiento a veces son caras de la misma moneda. Probablemente, aquellos dos profesores le podrían sacar de dudas si les planteaba la cuestión.

Se dio cuenta de que la afluencia de personas disminuía y ellos no daban señales de vida. Pensó que la investigación no se desarrollaría siguiendo los cauces habituales. No era frecuente que sus testigos se ofrecieran a acompañarlo a comer. No hubiera sido muy cómodo ni para ellos ni para él, que siempre anhelaba acabar el servicio y olvidarse del trabajo. Sin embargo, cuando se lo propusieron con toda la naturalidad del mundo, aceptó como si mantuviera cierta amistad con ellos.

Estar parado delante de la máquina de Coca-Cola empezó a resultar extraño a los bedeles, que lo miraban de vez en cuando con curiosidad, por eso, casi sin querer, comenzó a pasearse avanzando en pequeños pasos, midiendo cada uno de ellos y sumando las baldosas que pisaba, dando a entender a los conserjes que su actitud era la de quien aguarda impaciente la llegada de alguien. No hubo lugar para la desesperación porque inmediatamente oyó las carcajadas de Arturo y las broncas de Celestino, que fue quien primero asomó por las escaleras. Antes de iniciar la bajada de los peldaños, se detuvo en el borde como si temiera que el otro desapareciera al perderlo de vista. Y en algo hubo de entretenerse Arturo porque Celestino volvió para regresar con él y agarrarlo del brazo.

—¡Vaya rollo que tienes! ¡Te entretienes con las musarañas! ¿No ves que nos van a cerrar las puertas? —Y dirigiéndose al policía, a manera de disculpa—: ¡Este es más pesado que…!

Arturo continuaba con su sonrisa, ahora desequilibrada hacia medio lado, sin prestar oído a lo que de él decía su compañero y con la sensación de ser el hombre más feliz de la Tierra. Cargaba un abultado maletín, que aparentaba más edad que la suya. El policía se enteraría después de que dicho maletín era famoso, pues en él se podían encontrar sapos y culebras anidadas desde épocas inmemorables acompañando a exámenes de alumnos, hojas informativas, prospectos, actas de su comunidad de vecinos, facturas, entradas de museos, libros perdidos por él mismo hacía décadas… Enfundado en un viejo gabán que no lograba abrochar al no abarcar el perímetro de la barriga, su corpulencia se multiplicaba. Mostraba gran aprecio por ese maletín y no lo hubiera cambiado por otra cartera de más calidad, aunque se la hubieran regalado, algo que jamás osaron los colegas ante la desagradable experiencia que sufrieron cuando unas Navidades decidieron obsequiarle un nuevo maletín. Con la mejor intención del mundo, las compañeras dedicaron una tarde de su tiempo libre a comprar un portafolio sobrio, aunque dentro de una línea actual y moderna. Con ilusión, adquirieron uno que fue de su agrado y del resto de profesores. Pero no se lo entregaron directamente, sino que, aprovechando una ausencia, se introdujeron en su habitáculo y traspasaron el montón de documentos y objetos al nuevo y lo dejaron allí, retirando el jubilado. Arturo tornó de impartir su clase. Se había establecido un sistema de aviso para que, en el momento que llegara, los demás estuvieran preparados para observar cómo reaccionaba ante la sorpresa. Salió del aula, pero, antes de dirigirse al despacho, se entretuvo una hora hablando con los compañeros. Cuando por fin entró, anduvo dando vueltas a la mesa, corrigiendo ejercicios, pero sin reparar en el regalo. Solo cuando ya se iba a marchar, echó mano de él y se percató de que no estaba. Dio mil vueltas por la mesa, por la habitación, detrás de la puerta, en el perchero, en las estanterías… Al comprobar que no lo hallaba, fue a preguntar y a mirar en el resto de los despachos. Todos le respondían que no lo habían visto. Volvió de nuevo al suyo y observó la presencia de un maletín extraño. Regresó agarrando la nueva valija con dos dedos, levantándola y separándola lo más posible de su cuerpo, como si le diera asco. «Y esto, ¿de quién es?», preguntaba y preguntaba. Después de múltiples insinuaciones, lo convencieron de que lo abriera a ver si dentro se encontraban sus posesiones. Los allí reunidos desaparecieron por arte de birlibirloque ante la cara de disgusto que puso Arturo al percatarse del trasvase de sus pertenencias al maletín regalado. Ese fue el único enfado que se le conoció en la facultad al simpático profesor.

—¿Tienes hambre? —preguntó con una medio risa Arturo al mismo tiempo que apretaba los dientes.

Se montaron en su Renault 6. Se trataba de un vehículo caduco y con solera; para el profesor era como un baúl, también de los recuerdos, no solo por los kilómetros recorridos y por haber pasado con él mil aventuras en la mayoría de los países comunitarios, sino porque su maletero era un arca en el que se hallaban, junto a la rueda de repuesto, montones de folios, libros, revistas, lapiceros, botellas, cuerdas, paños, prendas de abrigo, jerséis, bolsas de plástico, un termo…

Escaleras cedió el asiento delantero a Celestino y él, retirando más carpetas, libros y hojas diversas, se aposentó en el hueco que consiguió despejar. La impaciencia y nerviosismo del pequeño profesor iba en aumento al comprobar la parsimonia con que se manejaba el conductor. Cualquier comentario trivial le impedía avanzar en los preparativos del arranque del motor: si se estaba abrochando el cinturón, se detenía a la altura de la barriga y no acababa de abrocharlo hasta dejar zanjado el asunto; si Escaleras abría la boca, Arturo miraba atrás y expectante lo escuchaba…

—¡Puñetas! —exclamó Celestino, que ya no se pudo contener un instante más—. ¡Que es para hoy! ¡Eres más tranquilo que el Bombas!

—¿Quién era el Bombas? ¿Y por qué se decía que era tranquilo? —le inquirió Arturo con una sonrisa picarona para colmar la impaciencia de Celestino.

—¡Y yo qué coños voy a saber quién era el Bombas y por qué era tranquilo! Me imagino que… el nombre de Bombas era un apodo de alguien de profesión dinamitero, barrenero o artillero. Y a lo mejor era demasiado calmoso a la hora de montar las cargas que se disponía a explosionar. Quizá las prendía y en vez de apresurarse en la retirada, buscaba refugio tranquilamente y la gente se admiraba de la serenidad de ese buen hombre. ¡Yo qué sé! ¡Si es que tienes unas ocurrencias…!

—¡Muy bien! ¡Muy aguda tu explicación!

Quizá sorprendido por su misma disquisición, Celestino se había sosegado un poco, olvidando por momentos la rabieta que estaba presto a iniciar.

—¿Qué tal si nos acercamos a un comedor universitario, que hace mucho que no voy por allí? ¿Quizá le pueda resultar interesante? —sugirió Arturo mirando primero al colega para acabar fijando los ojos en el policía.

A Escaleras no le pareció buena idea, pero no se atrevió a formular ningún reparo. Lo que lo inhibía era que pasaría mucha vergüenza comiendo con los estudiantes y, además, rodeado de dos profesores.

—¡Venga! ¡Vamos a allá! —remató Celestino con el entusiasmo y alborozo propios de escolares que suben al autobús al iniciar un día de excursión—. ¿Cuál elegimos? ¿El de las Salesas o el del barrio chino?

—Si quieres vamos al del barrio chino, que hace un siglo que no voy por aquellos parajes.

Cuando salieron de la finca a la carretera de Toro, no quedaba casi nadie en la facultad. Una procesión de estudiantes presurosos descendía por ambos lados de la calzada. El viejo vehículo avanzaba despacio para que los dos profesores pudieran avistar el contoneo de las alumnas de Psicología. El mismo Escaleras contemplaba furtivamente y con temor a que lo descubrieran en una de las miradas hacia atrás que echaba el conductor. Siempre le había gustado contemplar a las mujeres por la espalda. A veces caminaba por las calles y se entretenía con un juego apasionante. Observando la constitución del cuerpo de las chicas, el perfil de su talle, su estatura, la redondez de su trasero, la esbeltez de sus pantorrillas y, sobre todo, el color y corte de su pelo, trataba de aventurar, sin mirarlas de frente, si serían guapas y si le gustarían. En muchos casos se llevaba unas desilusiones formidables. Quizá veía a una joven que de espaldas se asemejaba a una cariátide, con unos sensuales andares; observaba su culo con los ojos desorbitados y se imaginaba el tibio contacto de su mano sobre sus piernas desnudas: la boca se le hacía agua. Después de la meticulosa observación, decidía apretar el paso para adelantarla y comprobar cómo era de frente. ¡Cuántas pésimas sorpresas se había llevado! Se encontraba con rostros feos, o con gafas, o con expresión estúpida, o con aparatos correctores en la dentadura, o con unos labios insípidos, o con otros mil detalles que convertían la imagen tan sensual de la espalda en una impresión amorfa y poco sugerente. También se había encontrado casos contrarios. Espaldas demasiado escuálidas u hombrunas, o culos invisibles o enormes, o piernas gruesas o consumidas que no le resultaban atractivas; luego, al verlas por delante, esas mujeres mejoraban notablemente: caras simpáticas, amables, con sonrisas frescas y joviales, miradas luminosas, expresión serena, con un pecho con personalidad y unas caderas voluptuosas… Todo eso y la experiencia habían hecho a Escaleras muy prudente a la hora de emitir un juicio sobre la belleza. Sobre todo, era precavido con las primeras impresiones. El paso del tiempo le había enseñado que las hembras de gran belleza que habían despertado inicialmente sus sentidos, en el transcurso de unos pocos días conviviendo con ellas en distintas circunstancias, habían ido socavando la poderosa y erótica imagen de la primera vez.

11. El barrio chino

El inspector se sorprendió de los problemas de circulación de la ciudad. Jamás se habría imaginado que una población tan exigua pudiera llegar a estar tan colapsada. Pensaba que ese problema era solo patrimonio de las grandes urbes, como Madrid.

Arturo conducía el coche de una manera un tanto irregular y anárquica: volvía la vista hacia Escaleras constantemente; agarraba el volante con una mano o simplemente no lo sujetaba —¡sin manos!, como se decía cuando de pequeño se quería demostrar la pericia en el arte de montar en bicicleta—; aceleraba y frenaba bruscamente sin alterar su calma, no así la del policía ni la de Celestino, que, aunque no hizo ningún comentario, no dejaba de supervisar las maniobras del conductor. A todo eso, había que añadir la poca confianza que proporcionaba el vehículo, no por sus muchos años o por su nulo pedigrí, sino porque le hacía falta una buena puesta a punto: la suciedad de todos los cristales impedía casi adivinar lo que se situaba enfrente, el espejo retrovisor era minúsculo y, para aminorar aún más la visibilidad del cristal trasero, colgaban muñecos que se balanceaban al compás de los acelerones y frenazos.

No le gustaba a Ambrosio viajar en los coches de nadie y, cuando lo hacía porque no disponía de otro medio, muy pocas personas lograban infundirle la confianza suficiente como para despreocuparse de los aconteceres de la conducción. Pero el mayor temor e inseguridad se lo provocaba el montarse en los asientos traseros; desde allí no controlaba las maniobras del conductor y se sentía perdido. En aquella ocasión, a esas sensaciones había que añadir la claustrofobia y el hallarse desorientado debido al desconocimiento de la ciudad y de las calles por las que circulaban.

—¿Conoces Salamanca o es la primera vez que vienes?

—Vengo por primera vez. Me habían dicho que era muy bonita y también que había mucha marcha por la noche con los estudiantes.

—Y a todas las horas. En esta ciudad, a cualquier hora del día te encuentras a gente de juerga. Lo mismo da un lunes que un martes. ¿No ves que los alumnos no tienen ningún control de los padres? Pues hacen lo que les viene en gana. Cuando llegan a casa no hay ni madre ni padre que les pida responsabilidad —comentó Celestino, no sin un deje de amargura, posiblemente originado en cierta envidia infantil por verse él privado de tales libertades.

Abandonaron la avenida de Alemania, una gran calle con doble carril de circulación, una de esas arterias con edificios altos, sin personalidad, tan del gusto del régimen franquista, empeñado en proporcionar en los años sesenta un aire de modernidad a las capitales de provincia, y se adentraron en las callejuelas de la ciudad antigua. En las aceras, el trasiego de las gentes era denso y los transeúntes invadían el asfalto, por lo cual se debía circular con mucha precaución. No lo entendía así Arturo, que no aminoró en absoluto la velocidad. Incluso, no se sabe bien si por mostrar su habilidad o por gastar alguna broma, le dio por asustar a peatones que atravesaban la calzada o que paseaban invadiendo el arcén. Si veía a alguno no muy atento a las vicisitudes del tráfico, se lanzaba acelerando hasta él y en el último metro frenaba en seco. El pobre peatón dirigía una mirada de cordero degollado hacia el conductor, mostrándole agradecimiento por sus reflejos y pidiendo disculpas. El piloto, para aumentar la gracia, se llevaba las manos a la cabeza y gesticulaba con cara de horror ante la desgracia que podía haber causado. Esas chiquillerías le hacían gracia a su colega, no al policía, aunque pretendía aparentar normalidad exhibiendo una sonrisa de compromiso.

—Bueno, llegamos al famoso barrio chino.

En realidad, ese célebre conjunto urbanístico, centro del comercio carnal y nido de delincuentes y gitanos, ya no existía. Todavía se veían pequeños bares con las puertas abiertas para que se secaran los pisos recién fregados. Desde la calle solo se vislumbraba en ellos alguna bombilla de color rojo dentro de un panorama general de penumbra, que parecía mucho más densa contemplada a la luz del mediodía; incluso se podía dudar de la decencia y pureza de algunas mujeres que merodeaban cerca de portales con escaleras tortuosas y empinadas, pero lo que quedaba no era más que un pequeño retazo de lo que fue en épocas pasadas. El barrio, casi sin darse cuenta una población —que antiguamente deseaba con fruición que pasara el tiempo de Cuaresma para, atravesando el Tormes, ir a buscar a las meretrices a la otra orilla— había ido perdiendo su personalidad. Como muestra de distrito marginal que fue en otros tiempos, aún perduraba en una de las lomas una serie heteróclita de casetas y chabolas.

Si bien las construcciones modernas habían borrado el aire paupérrimo de esa zona centro de la ciudad, no se había conseguido apartar a individuos malencarados que merodeaban por los alrededores. Dos mundos diferentes se entremezclaban por sus despejadas calles: vecinos decentemente vestidos y otros con harapos, o mujeres con faldas de colores chillones o de riguroso negro, y con boina oscura los hombres. En la misma acera se podía observar caminando a una universitaria con fular al cuello y a una mujer con una pañoleta sujetando el pelo, sacudiendo el polvo de un trapo después de haberlo quitado de los muebles; o a un gitano con sombrero de ala al lado de un joven con un pañuelo rojo cubriendo su cabeza a semejanza de ciertos piratas peliculeros… Sin embargo, lo que más abundaba eran los niños, como si el índice de natalidad fuera superior en ese barrio que en el resto de la ciudad. Jugaban a pillarse alrededor de una fogata que habían prendido en los solares pelados de lo que fueron quizá viviendas de amigos o primos…

Aunque el coche no merecía tantos miramientos, Arturo se cercioró repetidamente de que lo aparcaba bien y sobre todo de que no dejaba ninguna puerta sin cerrar con llave. Y, antes de separarse de él, miró en las cercanías por si había algún mocoso merodeando.

Eran casi las tres de la tarde y a esas horas la afluencia de público era muy escasa. Celestino se acercó a una ventanilla estrecha situada a una altura bastante considerable para el enano profesor, el cual hubo de alzar las manos para depositar las monedas. Arturo se sacó un monedero del bolsillo con ademán de pagar su comida. Lo mismo pretendía realizar el policía, que desconocía el sistema de acceso a esos locales universitarios.

—¡Venga ya! —dijo Celestino, despreciando el ofrecimiento de los otros—. Otra vez será al revés.

El policía, con todo, cuando le entregó un cartón a modo de entrada, le dio unas agradecidas y sinceras gracias por su amabilidad y generosidad.

Como si fuera un self-service, los tres pasaron delante de pilas y enormes bandejas y de ellas les fueron sirviendo las viandas que ofrecía el menú del día. Escaleras se situó el último con el deseo de observar cómo era el funcionamiento de la repartición. Cuando estuvieron listos, decidieron en qué parte del comedor se iban a aposentar. Mientras se dirigían cuidadosamente hacia los grandes ventanales para no verter la comida, el policía se percató de que algunos alumnos reconocían a los profesores y cuchicheaban al mismo tiempo que se reían.

Se acomodaron los dos docentes uno al lado del otro, dejando el sitio de enfrente para el invitado, que, por un momento, se perdió los dichos y las ocurrencias que no cesaban de proferir sus dos amigos, mientras contemplaba el panorama que se le ofrecía a través del inmenso cristal. A esas horas un tibio sol proyectaba de lleno sus rayos luminosos sobre los cristales y la temperatura ascendía rápidamente como si a su lado hubiera una invisible hoguera. En lontananza, destacaba un apéndice urbanístico, feo y vulgar, erigido en una colina. En medio, el Tormes, con lento avance, se extendía en un cauce tan ancho que sorprendió al inspector, que nunca había imaginado que ese río poseyera tal caudal. En la ribera, se levantaban filas de majestuosos árboles que, a trechos, ocultaban el agua; una iglesia o ermita cobijaba un embarcadero con las barquichuelas amarradas a un destartalado muelle. Desde allí, sentado plácidamente, vislumbraba el ocioso vivir de la ciudad universitaria: en unos campos de arena se disputaba un partido de fútbol o de rugby; siguiendo la corriente, dos piragüistas competían por alcanzar una meta imaginaria y los coches circulaban con pereza por las carreteras de circunvalación. Junto a la alameda se distinguían las figuras de dos burros que pastaban sin levantar sus belfos de la hierba.

Los profesores se percataron de que el invitado se hallaba abstraído contemplando la panorámica del río. Se echaron una mirada de complicidad sin que el inspector los viera. Les costaba admitirlo, pero el policía les caía bien; era simpático con ese aire desgarbado a pesar de su robustez corporal y del gran cabezón que sostenían los anchos hombros.

Era cierto. La bondad —o la, según otros, estupidez— de Ambrosio era proverbial. El inspector era alto y robusto, pero para nada daba la sensación de rigidez o envaramiento. La cabeza era una gran masa redondeada, sin embargo, esa esférica mole pelirroja proporcionaba placidez a la expresión que se desprendía de su persona. No era agraciado en las líneas faciales: la nariz judía, idéntica a la de un mochuelo; los ojos anodinos, de color verde, como los de los gatos, mas la mirada limpia y transparente. La frente, al igual que un páramo, surcado por dos profundas cuencas; los labios rosados y frescos eran la puerta de una boca coronada con dientes separados y mellados. No era fácil para Ambrosio, con ese semblante, con esa fisonomía, con la amenaza de ese cuerpo, dar confianza a los demás. Aun así, bastaba una breve conversación para que todos los reparos y miedos iniciales desaparecieran de inmediato. Era afable y cortés; educado sin llegar a ser remilgado. A veces, con una cara demasiado seria cuando escuchaba; ahora bien, al instante se suavizaban las estrías de su rostro y un espíritu risueño iluminaba la mirada sincera y tranquila de sus ojos de búho.

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9788411148139
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