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Foucault y el liberalismo

Foucault y el liberalismo

Luis Diego Fernández

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción. ¿Un Foucault liberal?

Primera parte. Las peripecias del liberalismo Capítulo 1. Un gobierno liberal para la izquierda

Fobia al Estado y gubernamentalidad

El socialismo no tiene una racionalidad de gobierno autónoma

Capítulo 2. Del liberalismo clásico a los neoliberalismos del siglo XX

¿Cómo no gobernar demasiado?

El mercado como juego de verdad

La libertad se fabrica y cuesta seguridad

Capítulo 3. Los cuatro neoliberalismos según Foucault

El ordoliberalismo alemán

La Escuela Austríaca de economía

Los neoliberales franceses

La Escuela de Chicago

Segunda parte: homo oeconomicus, drogas y anticomunismo Capítulo 1. Atómicos, ciegos y ateos

Manos invisibles y sujetos interesados

La sociedad civil como tecnología de gobierno liberal

Capítulo 2. Gary S. Becker, el amigo de Chicago

Vigilar y no castigar

El mercado de las drogas y otras prácticas minoritarias

Capítulo 3. El Foucault que incomoda a la izquierda

Del homo oeconomicus a la estética de la existencia

Una solución liberal a la crisis de la izquierda

Tercera parte: un liberalismo foucaultiano Capítulo 1. California, la utopía liberal

Entre el LSD en el Death Valley y la valoración del derecho

Lo libertario, lo normativo y lo no disciplinario

Capítulo 2. Ethopolítica y pluralidad de estilos de vida

Un sadomasoquista en la interna liberal

Pastorados no estatales del deseo

Capítulo 3. François Ewald, el discípulo liberal de Foucault

El nacimiento de la biopolítica afirmativa

¿Foucault profeta de la “Tercera vía”?

Consideraciones finales. Un uso liberal de foucault

Otra lectura para el “Foucault argentino”

Ni apología ni demonización

Agradecimientos

Bibliografía


Fernández, Luis DiegoFoucault y el liberalismo / Luis Diego Fernández. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2020.Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-556-788-11. Filosofía Moderna. 2. Ensayo Filosófico. I. Título.CDD 199.82

Diseño de tapa: B de vaca [diseño]

Diagramación de interior: B de vaca [diseño]

© 2020, Luis Diego Fernández

© 2020, Queleer S.A.

Lambaré 893, Buenos Aires, Argentina.

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Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-556-788-1

A Edgardo Castro

En efecto, creo haber sido localizado una tras otra, y a veces simultáneamente, en la mayoría de las casillas del tablero político: anarquista, izquierdista, marxista ruidoso u oculto, nihilista, antimarxista explícito o escondido, tecnócrata al servicio del « gaullismo», neoliberal. Un profesor americano se lamentaba que se invitara a los Estados Unidos a un criptomarxista como yo, y fui denunciado en la prensa de los países del Este como un cómplice de la disidencia. Ninguna de estas caracterizaciones es por sí misma importante; su conjunto, por el contrario, tiene sentido. Y debo reconocer que esta significación no me viene demasiado mal.

Michel Foucault, 1984 (1).

1- (Foucault, 2010c: 993).

INTRODUCCIÓN
¿Un Foucault liberal?

Hay dos caminos enfrentados estos últimos veinte años para leer la filosofía de Michel Foucault: en primer lugar, una lectura crítica que lo juzga con severidad en sus equívocos políticos como el caso Irán entre 1978 y 1979 en el cual el filósofo elogió el “abrir en la política una dimensión espiritual” por parte de la revolución islámica del Ayatollah Khomeini (2). Esta lectura que marca un Foucault inmoralista ve claros límites en su nietzscheísmo ausente de normas para comprender que no hay democracia posible sin universalidad normativa. Es una mirada condenatoria que sindica cierta fibra anarquista del pensador pero que no visualiza la sutileza del Nietzsche que rescata Foucault (que no es el de la voluntad de poder sino el genealógico) y que no reconoce las transformaciones políticas que hizo el filósofo en vida.

La segunda lectura, a la cual adscribimos en este libro, es la que lo salva. Lectura que podemos llamar liberal. Dice la filósofa francesa Judith Revel: “la lectura neoliberal de Foucault no está falta de argumentos”. (Revel, 2014: 244). Precisamente, este libro procura dejar en evidencia esos argumentos a los que Revel señala como existentes pero aún no manifestados o exhibidos con contundencia. Efectivamente, esta lectura de Foucault es la que se destaca en sus últimos temas: el análisis de los biopoderes y la biopolítica, la producción de subjetivaciones y la ética como estética de la existencia. Aproximación a través de la cual es posible pensar el liberalismo a partir de la reapropiación de la individualidad desde una normatividad diferenciada de la normalización disciplinaria.

Como primer eje este libro tiene la vocación de abrir y desarrollar un diálogo entre Michel Foucault y la tradición liberal. Para ser más precisos nuestro interrogante es el siguiente: ¿es viable la interpretación liberal de ciertos textos de Foucault? ¿Estos cuáles serían? Nos referimos sobre todo a Nacimiento de la biopolítica, curso del Collège de France de 1978-1979 –publicado en 2004 y traducido al castellano en 2007–, así como a una selección de artículos y entrevistas presentes en la antología Dits et écrits del período 1976-1984 (3). También sumamos otras fuentes previas (a modo de rastreo) en las que aparece el término “liberalismo” en la obra foucaultiana o bien contextualizaciones en el marco de la problemática del gobierno y la gubernamentalidad.

En este sentido es muy relevante mencionar la apertura del archivo Foucault en la Biblioteca Nacional de Francia. Se trata de fondos adquiridos por la institución en 1994 y 2013. En particular en la segunda adquisición se revelan textos que al momento del fallecimiento del filósofo se encontraban en propiedad de Daniel Defert –su pareja- y que fueron mantenidos en una bóveda bancaria por largos años luego de la muerte del filósofo el 25 de junio de 1984. En estos papeles clasificados y numerados en cajas hay una serie de notas de lectura dentro de la caja la N°19 titulada: “Économie, liberalisme de Smith a Hayek”. Si bien se estima que son escritos preparatorios del curso Nacimiento de la biopolítica, no es menos cierto que por algunas referencias de quienes tuvieron acceso a los mismos (4) se detallan ciertos intereses del filósofo que no están expuestos en otros textos publicados; en otras palabras, lo que Foucault tiene para decir sobre el liberalismo recién comienza a ser descubierto.

La publicación en 2004 del mencionado curso será un momento decisivo en las lecturas que hasta al momento se hacían de la filosofía del pensador francés. En estas clases Foucault da cuenta de lo que llama una “nueva razón gubernamental” a la que estudia como el marco general de la biopolítica, es decir, la población que el gobierno desde el siglo XVIII tiende a administrar y regular en sus aspectos biológicos. Sin embargo, la interrogación que Foucault hace del liberalismo está lejos de una lectura jurídica o económica, es decir, las aproximaciones tradicionales. Coherente con su proyecto, el filósofo no razona a partir de universales sino desde prácticas o experiencias. Por ello, no piensa el liberalismo como teoría ni ideología sino como “modo de actuar”: como gobierno de sí y de los otros. Partiendo del principio expresado en el axioma “siempre se gobierna demasiado” Foucault iniciará un análisis de la relación de tensión entre la libertad y la seguridad.

En Nacimiento de la biopolítica Foucault realiza una revisión del liberalismo clásico del siglo XVIII y disecciona en detalle las grandes escuelas del neoliberalismo del siglo XX: la Escuela de Friburgo, la Escuela Austríaca de economía y la Escuela de Chicago. Luego de una breve reflexión sobre el neoliberalismo francés en la gestión presidencial de Valéry Giscard d’Estaing – Raymond Barre de 1974-1981, Foucault problematiza nociones clásicas de la tradición liberal como la “mano invisible” de Adam Smith y la sociedad civil en Adam Ferguson.

Es un dato no menor aclarar que el análisis del neoliberalismo se trata de una de las pocas incursiones integrales que Michel Foucault hace a una corriente de pensamiento del siglo XX en toda su obra. Este interés requiere para el filósofo el moverse en dirección hacia el concepto de “gubernamentalidad”. Foucault despliega las razones por parte de los pensadores neoliberales de la fobia hacia el Estado y las diferencias entre el neoliberalismo alemán y el estadounidense. En este aspecto, la clave será la generalización de la forma empresa en los Estados Unidos que allí encontrará un agente principal: el homo oeconomicus, esto es, el individuo que es empresa de sí mismo, que opera sobre su propia vida una gestión de riesgos, costos y beneficios.

Como lo atestiguan los abundantes trabajos editados los recientes diez años, el “Foucault maduro” (1977-1984) pareciera permitir una lectura que da cuenta de la inadecuación de la noción de “resistencia” al poder (que vertebró su etapa anterior de 1970-1976, bajo cierto influjo del nietzscheísmo); por el contrario, el filósofo da un paso más allá para pensar en términos de no interferencia, lo cual permite visualizar la norma desde su necesidad táctica como condición de posibilidad de creación de prácticas de libertad. Por otra parte, la reflexión en torno al liberalismo y neoliberalismo no es algo aislado sino solo un escalón más en el análisis de una serie de regímenes de verdad que Foucault suma junto a otras tradiciones filosóficas (cristianismo, estoicismo, epicureísmo, cinismo). La mentada vuelta al sujeto en el Foucault del ocaso tal vez no haya sido un verdadero regreso sino una toma de conciencia programática de quién pensó la subjetividad (sea desde las estructuras del saber o las mallas del poder) y que al final de su vida señala la posibilidad de la libertad a partir del concepto de gobierno.

Este libro tiene como antecedente central la investigación de François Ewald, asistente de Foucault en el Collège de France en el período 1976-1984. Su obra en cierto modo puede verse como la continuidad de la filosofía foucaultiana en clave liberal, en especial su trabajo más importante, L’État providence (1986), así como dos diálogos fechados el 9 de mayo de 2012 y el 15 de mayo de 2013 que Ewald mantuvo con el economista Gary S. Becker y el filósofo Bernard Harcourt en la Universidad de Chicago; en ellos se debatió en torno a los ánalisis de Foucault sobre las nociones beckerianas de “capital humano” y economía del castigo. En ese marco el propio Becker reconoce numerosos acuerdos con la lectura que Foucault hizo de su obra. El filósofo italiano Antonio Negri, que disiente con la lectura de Ewald, al mismo tiempo no deja de reconocer la viabilidad de la misma:

Una corriente, que se presenta primero con François Ewald y más tarde con Roberto Esposito, analiza el territorio de la biopolítica principalmente desde el punto de vista de la gestión normativa de las poblaciones. Ésta equivale a una administración actuarial de la vida que por regla general exige concebir a los individuos desde un punto de vista estadístico, clasificándolos en grandes conjuntos normativos, que se tornan más coherentes a medida que los microcosmos que los componen son desubjetivados y homogeneizados. Aunque esta interpretación tiene el mérito de la fidelidad filológica (aunque con una perspectiva bastante estrecha sobre el opus foucaultiano), no nos entrega más que una imagen “liberal” de Foucault y de la biopolítica, en la medida en que no postula contra este poder amenazador y omniabarcante sobre la vida ningún poder alternativo o resistencia efectiva. (Negri y Hardt, 2011: 72).

El legado foucaultiano habilita con claridad otro acercamiento que Ewald permite visibilizar, y Revel y Negri reconocen desde la disidencia; incluso, como vemos, el propio Negri lo señala como la interpretación que mayor “fidelidad filológica” tiene. De igual modo, el filósofo argentino Tomás Abraham, alumno de Foucault en la Universidad de Vincennes, señala esta tensión sobre la herencia intelectual del pensador francés durante el Coloquio Michel Foucault realizado en París en junio de 2000 entre la izquierda radical y el liberalismo representadas por Didier Eribon y François Ewald respectivamente (5). Vale decir, esta disputa interpretativa al interior de la obra foucaultiana se tornó muy marcada en los últimos veinte años, sin embargo en Argentina en particular y América Latina en general la aproximación liberal a Foucault aún no ha sido sostenida con claridad.

Este libro transita la lectura liberal de un momento del proyecto foucaultiano a fin de interrogarla, analizar sus límites, ejes, horizontes actuales y contradicciones. En ese sentido, otros investigadores han realizado aportes significativos trabajando el vínculo de Foucault y el liberalismo, los más relevantes a nuestro juicio son: Serge Audier, Michael C. Behrent, Maria Bonnafous-Boucher, Edgardo Castro, Michael Scott Christofferson, Mitchell Dean, Marco Díaz Marsá, Andrew Dilts, Stuart Elden, Colin Gordon, Geoffroy de Lagasnerie, Thomas Lemke, José Luis Moreno Pestaña, Richard Rorty, Daniel Zamora y Adelino Zanini.

En los próximos capítulos examinaremos la cuestión liberal en Foucault desarrollando una argumentación ceñida a lo conceptual e histórico, es decir, al interior del programa intelectual foucaultiano y al exterior de las posiciones políticas del filósofo en su contexto histórico. Una aclaración fundamental: a lo largo del libro emplearemos los términos “neoliberalismo” y “neoliberal” sin ninguna resonancia peyorativa ni negativa sino descriptiva de los atributos de esta noción de acuerdo a los parámetros de Focuault.

2- (Foucault, 1978b: 694).

3- Ver los textos referidos en los artículos de Michel Foucault en la bibliografía. Para las citas hemos trabajado con las traducciones disponibles en castellano, previa revisión del original y eventual corrección. En el caso de los textos de Foucault y de los autores de la bibliografía complementaria de los cuáles no existe ninguna traducción disponible o bien accedimos a una versión que consideramos deficitaria, la hemos realizado nosotros del francés o inglés al castellano.

4- La referencia es a François Ewald que refiere el acercamiento de Foucault al ordoliberalismo y a la figura de F.A. Hayek. Al parecer, según Ewald, el filósofo veía con mucho interés el proceso de salida del nazismo en Alemania y lo analogaba a una crítica hacia la Unión Soviética y las implantaciones comunistas. (Ewald, 2015).

5- (Abraham 2003: 128).

PRIMERA PARTE LAS PERIPECIAS DEL LIBERALISMO

CAPÍTULO 1
Un gobierno liberal para la izquierda
Fobia al Estado y gubernamentalidad

Michel Foucault comienza su análisis del liberalismo en Nacimiento de la biopolítica a partir de la noción de “fobia al Estado”. (Foucault, 2008: 94). El filósofo planteará la crisis de la gubernamentalidad desde el siglo XVI como la condición necesaria para el nacimiento de una nueva racionalidad de gobierno propia de los economistas, tema que ya había tocado en el curso anterior titulado Seguridad, territorio, población (1977-1978) (6). En ese sentido, para Foucault el Estado no será más que una modalidad instrumental del concepto de gobierno:

¿Y si el Estado no fuera más que una manera de gobernar? ¿Si no fuera otra cosa que un tipo de gubernamentalidad? (…) La cuestión sería demostrar que una sociedad civil, o, más simplemente, una sociedad gubernamentalizada, introdujo a partir del siglo XVI algo, ese algo a la vez frágil y obsesionante que se llama Estado. Pero el Estado sólo es una peripecia del gobierno y éste no es un instrumento de aquél. O, en todo caso, el Estado es una peripecia de la gubernamentalidad. (Foucault, 2006b: 291).

Plantear la cuestión del Estado como “peripecia” de la gubernamentalidad implica una ubicación conceptual de la noción de Estado que Foucault explicita no delimitará en el curso:

Y está claro ustedes van a preguntarme, van a objetarme: entonces, usted se ahorra una vez más una teoría del Estado. Pues bien, les responderé: sí, me ahorro, quiero y debo ahorrarme una teoría del Estado, como podemos y debemos ahorrarnos una comida indigesta. Quiero decir lo siguiente: ¿qué significa ahorrarse una teoría del Estado? Si me dicen “en realidad, en los análisis que hace, usted borra la presencia y el efecto de los mecanismos estatales”, entonces respondo: error, se equivocan o quieren equivocarse, pues a decir verdad no he hecho otra cosa que lo opuesto a esa borradura. Y ya se trate de la locura, de la constitución de esa categoría, de ese cuasi objeto natural que es la enfermedad mental, se trate asimismo de la organización de una medicina clínica, se trate de la integración de los mecanismos y las tecnologías disciplinarias dentro del sistema penal, de todas maneras eso siempre ha sido referencia de la estatización progresiva, fragmentada, por supuesto, pero continua, de una serie de prácticas, maneras de obrar y, si se quiere, gubernamentalidades. El problema de la estatización está en el centro mismo de las preguntas que he procurado plantear. (Foucault, 2008: 95).

Foucault expone con claridad el eje a problematizar que nos servirá como punto de partida para la interrogación en torno a la cuestión del liberalismo y neoliberalismo: “el problema de la estatización está en el centro mismo de las preguntas que he procurado plantear”. Por lo tanto, debemos en primera instancia pensar al Estado como mera modalidad o “peripecia” de la gubernamentalidad, es decir, como una forma específica del gobierno, para luego comprender la fobia que este produce operando como disparador de una racionalidad anti-estatista que configurará al liberalismo. Sin embargo, pensar el Estado en el marco de los procesos que lo hacen visible (locura, enfermedad, medicina, penalidad) a través de sus impresiones en conductas y subjetividades no impide una tentativa de definición que nuestro filósofo enuncia:

El Estado no tiene esencia. El Estado no es un universal, no es en sí mismo una fuente autónoma de poder. El Estado no es otra cosa que el efecto, el perfil, el recorte móvil de una perpetua estatización o de perpetuas estatizaciones, de transacciones incesantes que modifican, desplazan, trastornan, hacen deslizar de manera insidiosa, poco importa, las fuentes de financiamiento, las modalidades de inversión, los centros de decisión, las formas y los tipos de control, las relaciones entre poderes locales, autoridad central, etc. En síntesis, el Estado no tiene entrañas (…) El Estado no es nada más que el efecto móvil de un régimen de gubernamentalidades múltiples. Por eso propongo analizar o, mejor, retomar y someter a prueba esa angustia por el Estado, esa fobia al Estado que me parece uno de los rasgos característicos de temáticas habituales de nuestra época. (Foucault, 2008: 96).

Tenemos, por lo tanto, una serie de condiciones que Foucault expone en el inicio del análisis de esta racionalidad gubernamental: en primer lugar, el Estado como una serie de estatizaciones, como un efecto múltiple de ellas en tanto procesos o dinámicas más que como un aparato estable. En segundo lugar, podemos decir que la visión foucaultiana deslinda la apropiación del Estado como espacio privilegiado del poder para pensarlo como relación. Esa definición del poder por fuera de la exclusividad estatista es la que nos revela la carencia de esencia o universalidad de ese “órgano sin entrañas” que solo se evidencia en sus prácticas: transacciones y movimientos. Por último, un detalle no menor a tener en cuenta es que Foucault subraya la fobia al Estado como uno de los “rasgos característicos de temáticas habituales de nuestra época”, es decir, al momento en que impartió las lecciones sobre el liberalismo en 1979. Con esto queremos llamar la atención sobre la importancia de la actualidad en la reflexión del filósofo sobre la cuestión liberal, no por azar las décadas del setenta y ochenta serán los momentos de ascenso de las teorías críticas del estatismo.

Ahora bien, si el Estado es, como definió el propio autor, “una peripecia de la gubernamentalidad”, la cuestión indispensable será delimitar que es lo que el filósofo entiende por “gubernamentalidad”. Esta será definida desde tres ámbitos: las instituciones y procedimientos que tienen por blanco la población, por ende, la economía política y la seguridad como instrumentos técnicos para tal fin; en segundo lugar, el poder entendido como “gobierno” por sobre otras formas de poder como disciplina o soberanía y los dispositivos gubernamentales que esta modalidad de gobierno dispone; finalmente, el proceso histórico en el cual el Estado medieval se “gubernamentalizó” a partir de los siglos XV y XVI, es decir, la progresiva conversión de una racionalidad de gobierno a otra que será la liberal. Sin embargo, en 1982 Foucault dará otra definición de “gubernamentalidad” que complementa la anterior:

Mientras que la teoría del poder político como institución se refiere por lo común a una concepción jurídica del sujeto de derecho, me parece que el análisis de la gubernamentalidad –es decir: el análisis del sujeto de poder como conjunto de relaciones siempre reversibles- debe referirse a una ética del sujeto definido por la relación de sí consigo. Lo cual quiere decir, simplemente, que, en el tipo de análisis que trato de proponerles desde hace cierto tiempo, podrán ver que: relaciones de poder-gubernamentalidad-gobierno de sí y de los otros-relación de sí consigo, constituyen una cadena, una trama, y que es ahí, en torno a estas nociones, que debemos poder articular, creo, la cuestión de la política y la cuestión de la ética. (Foucault, 2002: 247).

Lo que define nuestro filósofo entre 1977 y 1982 es un cuadro programático que hace eje en la gubernamentalidad en la primera definición desligando al Estado (solo una “peripecia” de la gubernamentalidad) de la hegemonía analítica pero sin embargo dando cuenta de esta “peripecia” en su plano institucional que tiene como blanco a la población a través de la economía y la seguridad; en la segunda definición este mirada se amplía también a la relación del sujeto consigo mismo; vale decir, es necesario pensar la gubernamentalidad al mismo tiempo como un movimiento político y ético: el gobierno de los otros y el gobierno de sí, la conducción de conductas y el autodominio.

Aclarado el marco conceptual de Foucault la propuesta del filósofo será realizar un análisis de la gubernamentalidad liberal en los siglos XVIII y XX. No se tratará de una historia del liberalismo sino una serie de problematizaciones que toman como eje esta fobia anti-estatista restringida a la racionalidad liberal emergente. Foucault se formula la siguiente pregunta: “¿Cómo se presenta la programación liberal o, como suele decirse, neoliberal en nuestra época?”. (Foucault, 2008: 97). Allí se sitúan ciertos puntos que resultarán claves históricas: por un lado, el anclaje en la República de Weimar, la crisis de 1929, el desarrollo del nazismo, su caída y la reconstrucción de posguerra; por otro lado, la situación estadounidense que refiere la política del New Deal, la administración de Roosevelt, el cuestionamiento del intervencionismo federal así como los programas de asistencia particular de Truman, Kennedy y Johnson.

Ese recorte que realiza Foucault (nazismo y New Deal) es en gran medida el articulador de los elementos fundantes para una genealogía del neoliberalismo que realizará de manera consecutiva en las lecciones del curso. La dinámica de la intervención a partir de esas políticas nacionalsocialistas y bienestaristas situan también un adversario teórico como John Maynard Keynes al interior del corpus que se tomará en consideración.

El socialismo no tiene una racionalidad de gobierno autónoma

Partiendo del caso alemán Foucault focaliza en el año 1948 como el punto de inicio a fin de comprender el liberalismo en su presente de fines de la década del setenta. La reconstrucción por medio de la economía que debía llevar a la pacificación luego de la Segunda Guerra Mundial estuvo motorizada por el CNR (Consejo Nacional de la Resistencia) que se había formado para unificar los movimientos enemigos al eje. Foucault cita el discurso que el futuro Canciller de Alemania Federal Ludwig Erhard realizará el 21 de abril de 1948 ante la Asamblea de Fráncfort como la génesis del llamado “milagro alemán”. En esta intervención el político alemán articula los principios de la liberación de precios en particular y la liberalización de la economía de restricciones estatales en general. Esto implica una crítica al intervencionismo como principio no solo en Alemania sino válido para toda la Europa de posguerra y, a la vez, un cuestionamiento de la anarquía.

Foucault se vale como principales referencias bibliográficas de tres textos para pensar el caso alemán con los cuáles realizará contrapuntos y menciones a largo de todo el curso: La pensée économique libérale dans l’Allemagne contemporaine de François Bilger (1964), L’Experience néolibérale allemande dans le contexte international des idées de Pierre-André Kunz (1962) y La Politique économique de l’Allemagne occidentale de Jean François-Poncet (1970).

La hipótesis de Foucault será que el discurso de Erhard opera como una piedra fundacional en la historia de la racionalidad de gobierno neoliberal. Se tratará de delimitar esta refundación del Estado alemán a partir de una nueva programación o bien “gubernamentalidad” que tiene como motor el principio de la libertad de los precios en un marco mayor: un Estado fundado en la libertad económica. En la lección cuarta de Nacimiento de la biopolítica sostiene Foucault:

De hecho, cuando Ludwig Erhard dice que sólo un Estado que reconoce la libertad económica y, por consiguiente, da cabida a la libertad y las responsabilidades de los individuos puede hablar en nombre del pueblo, también quiere decir, me parece, lo siguiente. En el fondo, señala Erhard, en el estado actual de las cosas –esto es, en 1948, antes de la reconstrucción del Estado alemán, de la constitución de los Estados alemanes- no es posible, desde luego, reivindicar una Alemania que no está reconstruida y un Estado alemán que es preciso reconstruir, derechos históricos que la historia misma ha declarado caducos. No es posible reivindicar una legitimidad jurídica, en la medida en que no hay aparato, no hay consenso, no hay voluntad colectiva. (Foucault, 2008: 104).

Por lo tanto, el neoliberalismo de acuerdo a la mirada foucaultiana, emerge a partir de la imposibilidad de reivindicar un Estado luego del nazismo. Más adelante señala Foucault: “La institución de la libertad económica podrá funcionar de alguna manera como un propulsor, como un incentivo para la formación de una soberanía política”. (Foucault, 2008: 105). No hay soberanía sin libertad económica. Esa premisa será también uno de los puntos de diferencia de la gubernamentalidad del siglo XVIII con respecto a lo planteado por los neoliberales alemanes en el siglo XX. No es menor, señala Foucault, el origen disímil de ambas racionalidades, la liberal y la neoliberal:

Y si es verdad que nos mantenemos en una gubernamentalidad de tipo liberal, advertirán qué desplazamiento se produjo con respecto a lo que era el liberalismo programado por los fisiócratas, por Turgot, por los economistas del siglo XVIII, cuyo problema era exactamente opuesto, porque en ese siglo debían resolver la siguiente tarea: sea un Estado que existe, un Estado legítimo, un Estado que funciona ya en el estilo de plenitud, de la completitud administrativa bajo la forma de Estado de policía. El problema era: dado este Estado, ¿cómo vamos a poder limitarlo y, sobre todo, a dejar lugar a la necesaria libertad económica dentro de ese Estado existente? Pues bien, los alemanes tenían que resolver el problema exactamente opuesto. Dado un Estado inexistente, ¿cómo hacerlo existir a partir del espacio no estatal que es el de una libertad económica? (Foucault, 2008: 109).

Vale decir, el principio gubernamental sobre el que se edificó la racionalidad liberal del siglo XVIII fue un Estado despótico proveniente del feudalismo que había que limitar o restringir, esto es, un fuerte estatismo previo. En el caso del neoliberalismo del siglo XX, en particular del alemán, el comienzo por el contrario fue la ausencia de un Estado legítimo (este se encontraba subordinado a un partido y a un líder), y por lo tanto se procuraba su reconstrucción desde una esfera de libertad económica ya que la sospecha o la fobia estatista luego del nazismo era predominante.

Consecuentemente, Foucault esgrime que la gubernamentalidad neoliberal fue definida por Ludwig Erhard y ella es la que rige Alemania Federal desde 1948 hasta 1979 (fecha del curso). Lo que sostiene nuestro filósofo es que al situarse a la libertad económica como eje fundacional los derechos se derivan de este principio y los partidos políticos se ven obligados a certificar su adhesión para poder participar del juego electoral, así lo fue con la democracia cristiana (Adenauer y Erhard), pero también con el Partido Socialdemócrata que en 1959 en el Congreso de Bad Godesberg renuncia a la socialización de los medios de producción, la lucha de clases, acepta la legitimidad de la propiedad privada y su derecho de protección. Algo que Foucault deja explícitamente planteado al referenciar un discurso de Karl Schiller en Essen, quién fuera convocado como senador económico de Willy Brandt (1963) cuando este era alcalde de Berlín Oeste. Schiller allí expresa la incorporación de manera sistemática a la economía de mercado y el rechazo de toda planificación. De ahí en adelante la identidad del socialismo alemán quedará definida a partir de su adhesión al programa neoliberal.

En este sentido, Foucault se pregunta: “¿Por qué esa adhesión de la socialdemocracia alemana, una adhesión, en definitiva, aunque un poco tardía, bastante desenvuelta a las tesis, las prácticas y los programas del neoliberalismo?”. (Foucault, 2008: 114). El filósofo señala dos razones: en primer lugar, adscribir a la gubernamentalidad neoliberal que refunda el Estado alemán luego de la posguerra era necesario para ser legitimado y jugar con las mismas reglas de juego de la economía libre; ello implicaba necesariamente romper no solo con el marxismo como lo hace el SPD en 1959 sino con el keynesianismo, lo que hace en 1963, distanciándose del viejo welfarismo de la tradición laborista inglesa; en segundo lugar, la adhesión también daba cuenta, por default, de la ausencia de una gubernamentalidad socialista autónoma. En este sentido, la socialdemocracia entra al juego a tal punto que en 1969 su candidato Willy Brandt será elegido Canciller de Alemania Federal sosteniendo banderas de la economía social de mercado. Foucault es explícito en su hipótesis:

Por mi parte, diré que lo que falta en el socialismo no es tanto una teoría del Estado sino una razón gubernamental, la definición de medida razonable y calculable de la extensión de las modalidades y los objetivos de la acción gubernamental. El socialismo se da o propone, en todo caso, una racionalidad histórica. Los neoliberales de quienes les hablé, como Von Mises, Hayek, etc., negaron en esos años, en particular Von Mises, que hubiera racionalidad económica del socialismo. Digamos que el problema de la racionalidad económica del socialismo es una cuestión sobre la que se puede discutir. Sea como fuera, el socialismo se propone una racionalidad económica así como propone una racionalidad histórica (…) Pero creo que no hay gubernamentalidad socialista autónoma. No hay racionalidad gubernamental del socialismo. De hecho, el socialismo –y la historia lo ha demostrado- sólo puede llevarse a la práctica si se lo conecta con diversos tipos de gubernamentalidad (…) Pero, en todo caso, no creo que haya por el momento gubernamentalidad autónoma del socialismo. (Foucault, 2008: 117-118).

Podemos decir con Foucault que en el liberalismo hay una teoría del gobierno, algo ausente en el marxismo. El socialismo carece de la pregunta por la racionalidad de gobierno y en su lugar antepone el interrogante por la racionalidad histórica, por ello debe adoptar otros principios para gobernar, por ejemplo, los liberales. Esa carencia de gubernamentalidad autónoma socialista será un eje central que retomaremos en los capítulos posteriores. La pregunta que señala Foucault por la autenticidad o falsedad de un gobierno socialista emerge del conflicto producto de esta falta de gobierno específico.

Lo que Foucault define con precisión es que la gubernamentalidad neoliberal en el caso alemán no es tanto una ideología como un tipo de programación nueva, un arte de gobierno y una conducción que refunda el Estado luego del nazismo, por lo tanto, la izquierda se ve en la obligación de modificar sus posiciones para jugar este nuevo juego de verdad. La pregunta por una política de izquierda posible es lo que desnuda la interrogación de Foucault:

Si les parece, tomemos las cosas una vez más desde otro punto de vista y digamos lo siguiente: cuando se cruza la frontera que separa las dos Alemanias, la de Helmut Schmidt y la de [Erich Honecker], cuando se atraviesa esa frontera, la cuestión que todo buen intelectual occidental se plantea es, desde luego, la siguiente: ¿dónde está el verdadero socialismo? ¿En el lugar de dónde vengo o en el lugar a dónde voy? ¿A la derecha o la izquierda? ¿De este lado, del otro lado? ¿Dónde está el verdadero socialismo? Pero, ¿acaso tiene sentido preguntarse dónde está el verdadero socialismo? ¿No habría que decir, en el fondo, que el socialismo no es más verdadero aquí que allá, sencillamente porque no tiene que serlo? En fin, lo que quiero decir es esto: de una manera u otra, el socialismo está conectado con una gubernamentalidad. Aquí está conectado con tal gubernamentalidad, allá esta conectado con tal otra; aquí y allá da frutos muy disímiles y, al azar, claro, de una rama más o menos normal o aberrante, los mismos frutos venenosos. (Foucault, 2008: 118-119).

Lo que detecta Foucault es, en primer lugar, la diferencia de juegos de verdad en marcos políticos disímiles (uno liberal, otro marxista) y en segundo lugar, como dijimos, la ausencia de una racionalidad de gobierno autónoma por parte del socialismo. En este aspecto queda claro que para Foucault no hay simbiosis posible entre liberalismo y socialismo, por ende, la adhesión a la gubernamentalidad neoliberal implica la reinvención de una posición de izquierda a partir de estas nuevas reglas del juego. El grave déficit del socialismo lo conduce necesariamente a adoptar una gubernamentalidad liberal como en Alemania Federal o una gubernamentalidad de partido como en Alemania Democrática. Las características de una izquierda que suscribe la racionalidad de gobierno liberal en el siglo XX será lo que exploraremos con Foucault.

6- (Foucault, 2006b). Lecciones del 1 y el 8 de febrero y el 5 de abril de 1978.

CAPÍTULO 2
Del liberalismo clásico a los neoliberalismos del siglo XX
¿Cómo no gobernar demasiado?

En la lección primera de Nacimiento de la biopolítica Foucault expone la expresión “arte de gobernar” con la finalidad de determinar el dominio de la práctica del gobierno, sus diferentes objetos y reglas generales. Así lo expresa: “En suma, es el estudio de la racionalización de la práctica gubernamental en el ejercicio de la soberanía política”. (Foucault, 2008: 17). La clave estará allí en la noción de “racionalización” o “racionalidad” de la práctica. Foucault es explícito en la metodología a emplear al igual que en sus trabajos anteriores: “No interrogar los universales utilizando la historia como método crítico, sino partir de la decisión de la inexistencia de los universales para preguntar que historia puede hacerse”. (Foucault, 2008: 19).

Por ende, la aproximación foucaultiana a la problemática del arte de gobernar no partirá de la universalización abstracta sino de la ratio gubernamental a partir de prácticas administrativas concretas. Para ello Foucault retoma los tópicos tratados en el curso Seguridad, territorio, población (1977-1978) en particular la cuestión del viraje del dispositivo disciplinario al dispositivo de seguridad. Allí postulará el filósofo que “la libertad no es otra cosa que el correlato de la introducción de los dispositivos de seguridad”. (Foucault, 2006b: 71). Subsiguientemente, la pregunta por la racionalidad de la gubernamentalidad liberal requiere el desarrollo de una secuencia previa: en primer lugar, la emergencia de una racionalidad que Foucault llama “razón de Estado” en el siglo XVI y que exige que el propio Estado se recorte como una realidad específica y autónoma. El Estado existirá para sí mismo y en plural reconvirtiendo el patrón divino de gobierno legado del Medioevo. Este Estado se encarna a partir de nuevas maneras precisas de gobernar: el mercantilismo en el plano económico y el Estado de policía. Mercantilismo y policía constituyen entonces este nuevo arte de gobernar que se ajusta al principio racional. Para lograr esta articulación entre población, Estado y mercado serán un factor clave los dispositivos securitarios.

La segunda observación que realiza nuestro filósofo es sobre el funcionamiento de la razón de Estado durante el siglo XVII y principios del siglo XVIII: el objeto sobre el cual se ejercerá esta razón de Estado es ilimitado. Sin embargo, habrá mecanismos de compensación para sopesar esa fuerza ilimitada. El derecho aparece como la forma y limitación del accionar estatal. La teoría de los derechos naturales opera, señala Foucault, como una regla imprescriptible que ningún soberano puede transgredir ni vulnerar.

Foucault describe el pasaje de la razón de Estado hacia lo que denomina razón gubernamental moderna. Es ese proceso de transformación el marco a través del cual podremos llegar a la noción de “liberalismo”. El problema entonces será el de la limitación interna de la racionalidad de gobierno. De acuerdo a Foucault tenemos que dar cuenta de cinco características de este tipo de limitación. La primera de ellas será una limitación de hecho, no de derecho, fáctica, vale decir, el gobierno será torpe en su accionar ilegítimo si se extiende excesivamente; la segunda es una limitación intrínseca del arte de gobernar, esto es, el gobierno se impone a sí mismo esta limitación para ser efectivo; la tercera es una limitación que debe saber en que generalidad interna se apoya el gobierno para lograr los objetivos buscados; la cuarta es la limitación de hecho que se plantea una división entre lo que es preciso hacer y lo que no, la división que se traza entre las cosas que deben hacerse y las cosas que no deben hacerse; en quinto y último lugar, encontramos una limitación que no divide a los sujetos sino a la cosas por hacer y no hacer. En este sentido, surge el concepto de “agenda” y “non agenda” que Foucault toma de los textos de Bentham en relación a los límites de ejercicio del gobierno. Las definiciones benthamianas son claras: la agenda de la racionalidad de gobierno liberal no debe obstruir la búsqueda del interés y la felicidad personal que repercutirá en la riqueza de toda la comunidad (al contrario, debe propiciarla), en ese aspecto, el gobierno tiene que permanecer tranquilo. Lo fuera de agenda, por el contrario, será toda coerción gubernamental que es definida como un mal en sí.

El principio de derecho que es la fuente de limitación externa al poder del soberano puede ser definido de modo histórico o teológico, sin embargo, gradualmente la obstrucción ya no será externa sino interna, autoimpuesta por el propio gobierno. Foucault lo expresa:

Y advertirán que esta razón gubernamental crítica o esta crítica interna de la razón gubernamental ya no va a girar en torno al cuestión del derecho, de la cuestión de la usurpación y la legitimidad del soberano. Ya no va a tener esa especie de apariencia penal que aún tenía el derecho público en los siglos XVI y XVII cuando decía: si el soberano infringe esta ley, será preciso castigarlo con una sanción de ilegitimidad. Toda esa cuestión de la razón gubernamental crítica va a girar alrededor del “cómo no gobernar demasiado”. Las objeciones ya no recaerán en el abuso de la soberanía sino en el exceso de gobierno. Y la racionalidad de la práctica gubernamental podrá medirse en relación con ese exceso. (Foucault, 2008: 29).

La transformación que aparece de la razón de Estado hacia la nueva racionalidad gubernamental, es decir, de los siglos XVI y XVII al siglo XVIII, será, en rigor, el pasar al problema de la nueva racionalidad que tendrá como objetivo capital precisamente la autolimitación de ese exceso de gobierno. La pregunta será entonces: “¿cómo no gobernar demasiado?”. Ahora bien, ¿qué será y como definir el “demasiado”? ¿Cuándo se sobrepasa la medida en términos de gobierno? El instrumento empleado para conseguir ese fin será la economía política. Pasar del límite inflingido en términos de derecho (que siempre es externo a la propia razón de Estado) al limitante interno en términos de nueva racionalidad de gobierno. La economía política no tiene como objeto los derechos anteriores, señala Foucault, sino reflexiona sobre las propias prácticas gubernamentales, su examen se centra en ellas:

Con la economía política ingresamos entonces a una época cuyo principio podría ser el siguiente: un gobierno nunca sabe con suficiente certeza que siempre corre el riesgo de gobernar demasiado, o incluso: un gobierno nunca sabe demasiado bien cómo gobernar lo suficiente y nada más. El principio del máximo y el mínimo en el arte de gobernar sustituye la noción de equilibrio equitativo de la “justicia equitativa” que ordenaba antaño la sabiduría del príncipe. Pues bien, en esta cuestión de la autolimitación por el principio de la verdad, ésa es, creo, la cuña formidable que la economía política introdujo en la presunción indefinida del Estado de policía. (Foucault, 2008: 35).

Aquí Foucault marca el momento fundante en que la economía política se constituye como la herramienta clave del proceso de transformación de la razón de Estado. Esta descripción de la economía política ya estaba presente en Las palabras y las cosas (1966) precisamente como dimensión específica de la episteme de la modernidad junto a la filología y la biología. En este sentido, la frase que nuestro filósofo cita de Robert Walpole que afirma “quieta non movere” (“no hay que tocar lo que está tranquilo”) se enlaza con lo que Foucault menciona a su vez de un artículo en el Journal économique escrito por el marqués de Argenson, que grafica la respuesta de un comerciante: “Dejadnos hacer”. La pregunta entonces será: “¿Qué es ese nuevo tipo de racionalidad del arte de gobernar, ese nuevo tipo de cálculo consistente en decir y hacer decir al gobierno: acepto todo eso, lo quiero, lo proyecto, calculo que no hay que tocarlo? Y bien, creo que, a grandes rasgos, es lo que llamamos ‘liberalismo’”. (Foucault, 2008: 39).

Una primera definición que Foucault nos otorga de liberalismo será: “no tocar, dejar hacer”. De todos modos, el término “liberalismo” aparece ya en la obra de Foucault previamente en Historia de la locura en la época clásica (1961) en relación con la cuestión del libertinaje y luego en El nacimiento de la clínica (1963) a propósito del control médico. Más adelante ampliaremos esta relación entre liberalismo y libertinaje.

En las notas a pie de página de Nacimiento de la biopolítica la palabra “liberalismo” aparece entre comillas en los apuntes del filósofo. Allí se amplían ciertas características del arte liberal de gobernar: en primer lugar, se debe aceptar una limitación del gobierno intrínseca que no sea solo una limitación externa (producto del derecho); en segundo lugar, se debe comprender al liberalismo eminentemente como una práctica; en tercer lugar, es necesario pensar al liberalismo como máxima limitación posible de las formas y ámbitos de la acción del gobierno; en cuarto y último lugar, hay que dar cuenta del liberalismo como organización de métodos de transacción aptos para limitar las prácticas del gobierno (constitución, parlamento, prensa, opinión, comisiones, etc.).

Otorgada la primera definición de “liberalismo” como no intervención, dejar hacer, no tocar y autolimitación de las prácticas del gobierno, Foucault es explícito en el objetivo de su análisis: “Estudiar el liberalismo como marco general de la biopolítica”. (Foucault, 2008: 40). Por ende, para el análisis foucaultiano el liberalismo es en primera instancia un marco previo que debe ser examinado para luego dar cuenta de la categoría de biopolítica. Liberalismo de este modo como nueva racionalidad gubernamental: “Una vez que se sepa qué es ese régimen gubernamental denominado liberalismo, se podrá, me parece, captar qué es la biopolítica”. (Foucault, 2008: 41). Sin embargo, Foucault no cumplió con lo dicho: su análisis sobre el liberalismo y neoliberalismo se expandió durante todas las lecciones del curso de 1978-1979 y nunca arribó a la categoría de biopolítica.

De todas maneras ya en La voluntad de saber (1976), primer tomo de Historia de la sexualidad, Foucault había introducido la noción de biopolítica en conjunto a la de anatomopolítica como los dos polos del poder sobre la vida. Es importante remarcar la palabra “sobre” (sur la vie) siendo fieles al texto foucaultiano. Foucault lo expresa con claridad al decir que “las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población constituyen los dos polos alrededor de los cuales se desarrolló la organización del poder sobre la vida”. (Foucault, 1995: 168-169). Esta organización del poder “sobre” la vida constituye para nuestro filósofo la característica central que permite pensar al liberalismo como “marco” general de la biopolítica. Pensar ese “marco” contenedor de los dos polos señalados (disciplina y biopolítica) como articulador de la racionalidad gubernamental liberal. Ergo, la reflexión sobre la cuestión liberal en Foucault necesariamente requiere de la descripción de estas dos técnicas de poder: la disciplina, encabalgada en instituciones normalizadoras, aplicada sobre el cuerpo singular de los individuos, de allí la dinámica de la “ortopedia social” y el enderezamiento de las almas; y la biopolítica, constituida desde instituciones reguladoras, aplicada sobre el cuerpo-especie de la población con la finalidad de su administración y gestión. En la segunda técnica es que el liberalismo en tanto “marco” será un elemento no menor, como señala Foucault: “ese bio-poder fue, a no dudarlo, un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo”. (Foucault, 1995: 170).

Subsiguientemente, la reflexión del liberalismo desde el prisma foucaultiano nace anclada con el biopoder. Por consiguiente, las preguntas en ese sentido serán: ¿hasta qué punto regular, intervenir y controlar las vidas de la población? ¿No regular determinadas prácticas y variables biológicas, qué riesgos implica? Siendo fieles a la definición de Foucault no tenemos aquí, como señala Judith Revel (7), una noción del poder investido en la vida o a la vida misma como potencia (proveniente de la lectura vitalista deleuziana) (8); esto implicaría comprender la biopolítica como “economía general de la vida” y por lo tanto nos haría localizar allí una potencialidad en términos de emancipación (una hipótesis de la que Foucault siempre sospechó). Si bien el Foucault “moral” (1980-1984) en el marco de su “giro ético” puede definir esta “resistencia” vinculada con cuestiones como la parresía (el hablar con franqueza aún a riesgo de perder la vida) en el eje subjetividad-verdad, lo cierto es que la categoría de biopolítica se ajusta a la definición mencionada previamente (poder sobre la vida) y no a la idea de una vida que resiste al poder, más bien las vidas son efectos de las relaciones de poder. Ahora bien, este poder sobre la vida no tiene que ser por necesidad despótico o autoritario, esta es una inferencia que no se sigue de lo planteado por Foucault.

El problema del liberalismo en Foucault reposará entonces en dos ejes: regulación y veridicción. Vale decir: ¿qué política de la verdad se produce a través del mercado? Este liberalismo, comprendido como “marco” de la biopolítica, no será estrictamente disciplinario (la anatomopolítica sí lo es al interior de las instituciones que Foucault analiza: la prisión, como ejemplo), sino regulador, vale decir, la biopolítica como tecnología de poder (y el liberalismo como su marco general) no pertenece a una dinámica disciplinaria –aunque de todos modos la incluye-, como señala el filósofo en este pasaje de la clase del 17 de marzo de 1976 de Defender la sociedad:

Ahora bien, me parece que durante la segunda mitad del siglo XVIII vemos aparecer algo nuevo, que es otra tecnología de poder, esta vez no disciplinaria. Una tecnología de poder que no excluye la primera, que no excluye la técnica disciplinaria sino que la engloba, la integra, la modifica parcialmente y, sobre todo, que la utilizará implantándose en cierto modo en ella, incrustándose, efectivamente, gracias a esta técnica disciplinaria, simplemente porque es de otro nivel, de otra escala, tiene otra superficie de sustentación y se vale de instrumentos complemente distintos.

A diferencia de la disciplina, que se dirige al cuerpo, esta nueva técnica de poder no disciplinario se aplica a la vida de los hombres, e incluso, se destina, por así decirlo, no al hombre/cuerpo sino al hombre vivo, al hombre ser viviente; en el límite, si lo prefieren, al hombre/especie. (Foucault, 2000: 219-220).

Más adelante Foucault amplía la definición en relación a sus mecanismos de funcionamiento no disciplinarios:

A partir de ahí –tercer aspecto que me parece importante–, esta tecnología de poder, esta biopolítica, va introducir mecanismos que tienen una serie de funciones muy diferentes de las correspondientes a los mecanismos disciplinarios. En los mecanismos introducidos por la política, el interés estará en principio, desde luego, en las previsiones, las estimaciones estadísticas, las mediciones globales; se tratará igualmente, no de modificar tal o cual fenómeno en particular, no a tal o cual individuo en tanto que lo es, sino, en esencia, de intervenir en el nivel de las determinaciones de esos fenómenos generales, esos fenómenos en lo que tienen de global. (Foucault, 2000: 222-223).

Por lo tanto, el carácter no disciplinario de la biopolítica, tal como lo señala Foucault, no implicará una modificación de los individuos en particular (una “ortopedia” generalizada) sino tratará de dar cuenta de la gestión ambiental de las condiciones de vida; en ese sentido, el liberalismo es un “marco” no disciplinario. A pesar de ello, la cuestión no es tan sencilla ya que el coste o la contraprestación a la fabricación de las libertades del liberalismo será la seguridad. El liberalismo, según la óptica foucaultiana no será tanto disciplinario como securitario. El problema a pensar, de este modo, será la administración del riesgo en las condiciones de vida de la población. Pensar la libertad del liberalismo necesariamente nos conducirá a problematizar el riesgo (su socialización) y las técnicas de seguridad.

No nos ocuparemos aquí de la biopolítica como emergente de la nueva razón gubernamental del siglo XVIII. La cuestión será examinar, como dice el propio Foucault: “¿De qué se trata todo este problema de la libertad, del liberalismo?”. (Foucault, 2008: 41). Foucault alude al carácter contemporáneo de este problema, como mencionamos antes, en relación a los principios económicos de Helmut Schmidt, Canciller alemán (1974-1982) por el Partido Socialdemócrata que suscribió políticas ordoliberales en su programa de gobierno.

Del análisis del liberalismo clásico Foucault avanza hacia el liberalismo del siglo XX que también llama “neoliberalismo”. Comprendemos entonces que la problematización del liberalismo no es algo cuyo interés sea meramente histórico sino un lazo con la actualidad inmediata del propio filósofo que no se debe perder de vista, esto es, de Europa en particular y de Occidente en general.

El mercado como juego de verdad

Foucault continua su análisis respecto del nuevo arte de gobernar que comenzó a surgir hacia mediados del siglo XVIII calificando a esta gubernamentalidad como motorizada por la lógica de un “gobierno frugal”. En ese sentido “la cuestión de la frugalidad del gobierno es la cuestión del liberalismo”. (Foucault, 2008: 45). De la lógica de la reducción del gobierno, o mejor, de su autolimitación, es que recalamos en la economía política (a diferencia del derecho que limita externamente) como validación de un régimen de verdad que veremos en detalle:

Y es ese lugar mismo, y no la teoría económica, el que, a partir del siglo XVIII, llegaría a ser un ámbito y un mecanismo de formación de verdad. Y, en vez de seguir saturando ese lugar de formación de verdad de una gubernamentalidad reglamentaria indefinida, va a reconocerse –y es aquí donde suceden las cosas– la necesidad de dejarlo actuar con la menor cantidad posible de intervenciones para que, justamente, pueda formular su verdad y proponerla como regla y norma a la práctica gubernamental. Ese lugar de verdad no es, claro está, la cabeza de los economistas, sino el mercado. (Foucault, 2008: 46).

Por lo tanto, el mercado será el régimen de veridicción de esta nueva razón gubernamental que surge en el siglo XVIII y a la cual Foucault llama “liberalismo”. La menor intervención posible, el “dejar hacer”, va de suyo con la permisividad precisamente en la legitimidad que tiene el mercado como centralidad, como “limite” del gobierno y determine su frugalidad. Ahora bien, esa funcionalidad del mercado “tenía entonces por meta, por un lado, la distribución más justa posible de mercancías, y además la ausencia de robos, la ausencia de delitos”. (Foucault, 2008: 47). La reglamentación, el precio justo, la sanción de los fraudes, hacía del mercado el lugar de justicia, aquel que aparecía para garantizar la calidad de los productos. El mercado ocupa de esta manera el espacio de la jurisdicción:

En otras palabras, el mecanismo natural del mercado y la formación de un precio natural van a permitir –cuando, a partir de ellos, se observa lo que hace el gobierno, las medidas que toma, las reglas que impone– falsear y verificar la práctica gubernamental. El mercado, en la medida en que a través del intercambio permite vincular la producción, la necesidad, la oferta, la demanda, el valor, el precio, etc., constituye un lugar de veridicción, y con ello quiero decir un lugar de verificación y falseamiento de la práctica gubernamental. Sería el mercado, por consiguiente, el que haga que un buen gobierno ya no sea simplemente un gobierno que actúa en la justicia. El mercado hará que el buen gobierno ya no se limite a ser un gobierno justo. Ahora, por el mercado, el gobierno, para poder ser un buen gobierno, deberá actuar en la verdad. (Foucault, 2008: 49-50).

De este modo, la nueva razón gubernamental liberal parte de la centralidad del mercado como agente de veridicción; es precisamente por el mercado que el gobierno puede predicar justicia de sus acciones, es decir, actuar con la verdad. El eje de la constitución de los regímenes de verdad en la filosofía foucaultiana es un pilar teórico, por ello ampliaremos este punto para comprender la aproximación que tiene nuestro filósofo sobre el liberalismo.

El problema de la verdad en Foucault debe ser comprendido en tanto “política de la verdad”, vale decir, la verdad no es entendida desde la génesis o un origen puro sino desde una “historia exterior de la verdad”, es decir, como una sucesión de racionalidades históricas a partir de la conformación de una discursividad reglada que se muestra a través de diferentes disciplinas de saber, objetos de conocimiento y subjetividades. En el caso del liberalismo, será la economía política como disciplina, el mercado como instancia de legitimidad y el homo oeconomicus como metodología de racionalización de la subjetividad.

Foucault en su aproximación a la historia de la verdad revela una pátina nietzscheana en el sentido que la verdad será algo a diagnosticar y no una verdad intemporal o una adecuación entre condiciones y objeto de la experiencia. Esto es, la verdad y en consecuencia el conocimiento será una interpretación impuesta producto de una “batalla” ganada. Subsiguientemente, toda sociedad determinada históricamente posee su propia política de la verdad. Esta economía política de la verdad tiene, según Foucault, las siguientes características: está centrada en el discurso científico e institucional, es una incitación continua política y económica, es producida y distribuida bajo el control de aparatos políticos, es objeto de consumo y difusión, por último, es puesta en juego en el debate político y las luchas sociales. Ergo, la verdad es constituida por las relaciones de poder.

Esta relación poder-verdad a su vez también dispone ciertos atributos que son necesarios desglosar para tener una lectura más acabada: en primer lugar, la verdad es un conjunto de procedimientos reglados por la producción, la ley, la distribución y el funcionamiento de los enunciados; en segundo lugar, la verdad está ligada a los sistemas de poder que la producen; luego, el régimen de verdad es condición de formación de todo dispositivo político y económico, por lo tanto, la función de los intelectuales no implica criticar la ideología imperante sino saber si es posible una nueva política de la verdad. En consecuencia, no se trata de “liberar” la verdad de todo sistema de poder (algo naive e imposible para la lógica foucaultiana) sino de dar cuenta que toda verdad en sí misma es poder, es decir, que este forma parte de su constitución. En todo caso, la posibilidad de las prácticas de libertad implicará el separar el poder de la verdad de las formas hegemónicas, dejar al descubierto esa relación.

La noción de “régimen de veridicción” es algo ya visible en el pensamiento de Foucault desde Historia de la locura en la época clásica (1961), esto es, en qué condiciones y bajo cuáles efectos se ejerce una política de la verdad. Estas figuras del decir verdadero que encarnan la veridicción son analizadas por Foucault y descritas en cuatro variantes: el profeta, el sabio, el técnico y el parresiasta (aquel que habla con franqueza poniendo en riesgo su vida). Cada una de ellas responderá a una especificidad discursiva pero todas comparten la búsqueda común del decir veraz. Por tanto, así como las instituciones de encierro “producen” la locura, las instituciones penales “producen” el criminal”, el mercado “producirá” la gubernamentalidad liberal.

En este aspecto, la analítica del liberalismo y neoliberalismo habrá que circunscribirla al viraje del proyecto filosófico foucaultiano hacia fines de los setentas que deja en un segundo plano la noción del poder como lucha (saber-poder) y avanza hacia la problemática de la gubernamentalidad y la verdad. De este cierre de ciclo en sus investigaciones el filósofo es explícito en la clase del Collège de France del 7 de enero de 1976 donde habla de “hartazgo” (9). A Foucault le interesará de aquí en más la problemática del poder como conducción de las conductas de los hombres, tal como lo expresa con claridad en 1979:

El rasgo distintivo del poder es que ciertos hombres pueden determinar más o menos enteramente la conducta de otros hombres, pero nunca de manera de exhaustiva o coercitiva. Un hombre encadenado y apaleado está sometido a la fuerza que sobre él se ejerce. No al poder. Pero si se lo induce a hablar, cuando su último recurso hubiese sido cerrar la boca prefiriendo la muerte, entonces se lo ha empujado a comportarse de una cierta manera. Su libertad ha quedado sujeta al poder. El mismo ha quedado sometido al gobierno. Si un individuo puede permanecer libre, por limitada que sea su libertad, el poder puede sujetarlo al gobierno. No hay poder sin rechazo o rebelión en potencia (…) El gobierno de los hombres –ya sea que formen grupos modestos e importantes, que se trate del poder de los hombres sobre las mujeres, de los adultos sobre los niños, de una clase sobre otra o de una burocracia sobre una población- supone una cierta forma de racionalidad, y no una violencia instrumental. (…) La cuestión es esta: ¿de qué modo son racionalizadas las relaciones de poder? (Foucault, 2014a: 181).

Por ende, la pregunta foucaultiana focalizará en la racionalidad del poder (desde el autogobierno al gobierno de la población). En ese sentido, es importante comprender al liberalismo y neoliberalismo ceñidos a racionaliades inscriptas en un régimen de verdad que permite esas condiciones del decir veraz.

La apuesta de Foucault será leer al liberalismo como el marco general de la biopolítica, como una nueva razón gubernamental y en tanto régimen de veridicción que se instauró en el siglo XVIII. Esa limitación de la razón de Estado por parte del mercado no estará sino dejando en evidencia precisamente la cuestión de la instancia de veridicción del liberalismo. Ese límite constituido en torno a la “frugalidad del gobierno” también tiene el problema de las libertades individuales como vector que puede articularse en torno a dos concepciones heterogéneas de la libertad, la revolucionaria y la radical, esto es: “una concebida a partir de los derechos del hombre y otra percibida sobre la base de la independencia de los gobernados”. (Foucault, 2008: 61).

Estas dos concepciones de la libertad son la nota que caracteriza al liberalismo europeo del siglo XIX e incluso al neoliberalismo del siglo XX. La conflictividad del concepto de libertad liberal vendrá precisamente de esta tensión originaria entre, por un lado, una libertad entendida en términos de derechos del hombre (procedente de la Revolución Francesa) y, por otro, una libertad comprendida en el sentido de independencia de los gobernados para “hacer” en determinado marco económico sin obstrucciones por parte del gobierno. Por lo tanto, una libertad jurídica y una libertad económica, la primera regida por la teoría de los derechos naturales y la segunda comandada por la persecución de los intereses personales. De acuerdo a Foucault la noción de “propiedad” se mantendrá solo en la línea radical (empirista y utilitaria), es decir, la segunda, que persigue la utilidad individual y social, mientras que la libertad en términos revolucionarios posteriormente pasará a cuestionar el propietarismo a partir del marxismo.

Subsiguientemente, en este marco de nueva razón gubernamental emplazada sobre la veridicción del mercado, aparece la lógica del interés (individual y colectivo) y la ganancia económica. Por lo tanto, serán los intereses los elementos a observar. El liberalismo fue la nueva gubernamentalidad que planteó la pregunta de “¿cuál es el valor de utilidad del gobierno y de todas sus acciones en una sociedad donde lo que determina el verdadero valor de las cosas es el intercambio?”. (Foucault, 2008: 67). Del mismo modo, si el gobierno se ejercerá sobre la dinámica de los interés individuales, en el mismo sentido, se modificará a partir del siglo XVIII la penalidad, algo que Foucault remarca a partir del pensamiento de Beccaria, quien expresa que el propósito del castigo será la prevención de daños al interior de la comunidad y no el dolor en el cuerpo individual; por ello la moderación de las penas y el principio de suavidad donde se tiende a castigar el juego de intereses para luego reinsertar a los delincuentes socialmente. De ahí que no se buscará el tormento del cuerpo sino el enderezamiento del alma.

Retomando, para Foucault la cuestión del liberalismo tiene dos pilares: el mercado como régimen de veridicción y el interés como motivante de las acciones. Esa veridiccionalidad del mercado no es más que un juego de oferta y demanda donde el intercambio precisamente es el procedimiento que determina la fijación del precio, el valor y, en definitiva, la justicia. En este sentido, el mercado será el “test” para identificar los excesos de gobierno, tal como señala Foucault a propósito de El capitalismo utópico (1979) de Pierre Rosanvallon:

Pero, como ha confirmado el importante libro de P. Rosanvallon, el liberalismo no es ni su consecuencia ni su desarrollo. Más bien el mercado ha desempeñado el papel de “test”, de un lugar de experiencia privilegiada donde se pueden identificar los excesos de gubernamentalidad e incluso medirlos: el análisis de los mecanismos de la “escasez” o, con mayor amplitud, del comercio de grano, en la mitad del siglo XVIII, tenía como fin mostrar a partir de qué punto gobernar es gobernar demasiado. (Foucault, 2010b: 867).

De este modo, la pregunta central del liberalismo será, según Foucault, por el valor y el sentido de un gobierno que se ejercerá “sobre lo que podríamos llamar república fenoménica de los intereses”. (Foucault, 2008: 66-67). Es decir: ¿cuándo “dejar hacer” y cuándo intervenir? Por otra parte, Foucault deja en evidencia el desafío que las formas políticas y económicas opositoras al liberalismo deben enfrentar: ¿qué racionalidad gubernamental proponen como alternativa? En otras palabras: ¿qué racionalidad de gobierno autónoma desarrolló el socialismo? De acuerdo a Foucault, ninguna. Esta es la pregunta que recorre de modo explícito todo el curso. Vale decir, mientras que el socialismo desarrolló una racionalidad histórica (un historicismo) descuidó el problema del gobierno: ¿luego de la Revolución, cómo se gobierna? Allí se encuentra el germen de sus dificultades.

La libertad se fabrica y cuesta seguridad

Una vez establecidas las características fundantes del arte liberal de gobernar, Foucault expande su interrogación en la lección del 24 de enero de 1979 en torno al surgimiento de los Estados en la Europa de los siglos XVII y XVIII y el tratado de Westfalia. La constitución del liberalismo se asienta en la veridicción del mercado, la limitación gubernamental y la posición de Europa como región de desarrollo. Foucault se apoya en la referencia de Kant para marcar las carácterísticas salientes del surgimiento de la nueva racionalidad gubernamental liberal. En ese sentido, Kant, señala el filósofo francés, da cuenta de la Naturaleza como la mediación que garantiza la paz perpetua a nivel planetario. Incluso es la misma Naturaleza la que potencia las relaciones comerciales entre los Estados y la que determina que el espíritu comercial no puede coexistir con la guerra. Tal como señala Kant: “el poder del dinero es, en realidad, el más fiel de todos los poderes (medios) subordinados al poder del Estado, los Estados se ven obligados a fomentar la paz”. (Kant, 1998: 41). Lo que Foucault quiere deja en evidencia es que la forma en que la nueva racionalidad de gobierno puede garantizar la paz y evitar la guerra entre los Estados es a través del comercio que en última instancia es obra de la Naturaleza, por ello hay que “dejar hacer”. Por tanto, el liberalismo clásico se asienta sobre bases naturalistas.

La pregunta en torno a la libertad liberal será clave para luego establecer la diferencia con el neoliberalismo del siglo XX. La libertad que se aludía en el liberalismo clásico remitía a cierto espontaneismo producto de la mecánica del intercambio de los procesos económicos. Ese laissez-faire gubernamental es lo que demarca un gobierno que se autolimita intrínsecamente y no por una norma externa. El liberalismo del siglo XVIII es, como dijimos, un naturalismo.

La pregunta, por consiguiente, pivotea por la especificidad de la libertad liberal:

La libertad no es una superficie en blanco que tenga aquí y allá y de tanto en tanto casillas negras más o menos numerosas. La libertad nunca es otra cosa –pero ya es mucho- que una relación actual entre gobernantes y gobernados, una relación en que la medida de la “demasiado poca” libertad existente es dada por la “aún más” libertad que se demanda. De manera que, cuando digo “liberal”, no apunto entonces a una forma de gubernamentalidad que deje más casilleros en blanco a la libertad. Quiero decir otra cosa.

Si empleo el término “liberal” es ante todo porque esta práctica gubernamental que comienza a establecerse no se conforma con respetar tal o cual libertad, garantizar tal o cual libertad. Más profundamente, es consumidora de libertad. Y lo es en la medida en que sólo puede funcionar si hay efectivamente una serie de libertades: libertad de mercado, libertad del vendedor y el comprador, libre ejercicio del derecho de propiedad, libertad de discusión, eventualmente libertad de expresión, etc. Por lo tanto, la nueva razón gubernamental tiene necesidad de libertad, el nuevo arte gubernamental consume libertad. Consume libertad: es decir que está obligado a producirla. (Foucault, 2008: 83-84).

Aquí llegamos a un eje central en la argumentación foucaultiana en torno a la libertad liberal: esta no será aquella que se explica con la fórmula “sé libre” sino la que se articula en el marco de la relación entre gobernantes y gobernados. No hay en la libertad liberal para Foucault una garantía sino una producción y por lo tanto un consumo de libertades (económicas y civiles). Esta nueva razón gubernamental fundada en torno a un régimen de verdicción (el mercado) requiere de la producción de libertades y el consumo de las mismas a partir de una lógica contradictoria. En ello Foucault es explícito:

El liberalismo, tal como yo lo entiendo, ese liberalismo que puede caracterizarse como el nuevo arte de gobernar conformado en el siglo XVIII, implica en su esencia una relación de producción/destrucción con la libertad. Es preciso por un lado producir la libertad, pero ese mismo gesto implica que, por otro, se establezcan limitaciones, controles, coerciones, obligaciones. (Foucault, 2008: 84).

Por tanto, asistimos a una paradoja: la producción de libertad y su consumo al mismo tiempo que su destrucción en términos de control y coerción. El liberalismo clásico nos lleva a una tensión irreductible entre libertad y seguridad: “El liberalismo no es lo que acepta la libertad, es lo que se propone fabricarla a cada momento, suscitarla y producirla con, desde luego, todo el conjunto de coacciones, problemas de costo que plantea esa fabricación”. (Foucault, 2008: 85). Si la libertad liberal implica una fabricación, ese producto, como efecto de cualquier dinámica productiva, tiene un costo. La seguridad será la contraprestación necesaria para poder fabricar las libertades liberales: “La libertad y la seguridad, el juego entre una y otra, es eso el corazón mismo de esta nueva razón gubernamental”. (Foucault, 2008: 86). La constitución de este nuevo arte de gobernar que Foucault denomina “liberalismo”, incita al “vivir peligrosamente”. (Foucault, 2008: 86). Lógicamente, la cultura del peligro suscitada por la fabricación de libertades va de suyo con la extensión de las técnicas securitarias. La inserción del riesgo y la aparición de los peligros cotidianos conlleva a toda una serie de novedades desde fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX testimoniados en la aparición de la literatura policial, el periodismo del crimen, las campañas sobre higiene social y sexualidad, así como el miedo a la degeneración. Este estado de cosas nos llevará a la cuestión del peligro y la administración, cálculo y evaluación de riesgos.

Según François Ewald, “seguridad” es un término equívoco que puede ser definido como tecnología del riesgo. La filosofía del riesgo que implica el despliegue de las técnicas securitarias como coste de la fabricación de libertades nos lleva, según Ewald, a caracterizar esta racionalidad: en primer lugar el riesgo es calculable, es decir, es mensurable y probabilístico; luego, el riesgo es colectivo, vale decir, afecta a toda la población y no solo solo a individuos aislados (hay grupos de riesgo); finalmente, el riesgo es un capital en relación con el coste previsto de eventuales acontecimientos dañinos.

Según Ewald, el riesgo es el valor de un posible daño en un tiempo determinado y la seguridad es la compensación por tales efectos. La seguridad, en este aspecto, implicará tres cuestiones: la distribución de una carga colectiva en relación con el control, una tecnología moral, en el sentido que apela a determinar la conducción de conductas de la población; por último, una técnica de reparación e indemnización de posibles daños. Si el problema del liberalismo según Foucault es la incitación al “vivir peligrosamente”, es decir, riesgosamente, la seguridad como contraprestación tendrá que liberar al hombre del miedo a ese vivir riesgoso estableciendo ciertos contrapesos.

Ahora bien, la diferencia entre lo disciplinario (que no deja hacer y fija un modelo a seguir) y lo securitario (que deja hacer con la condición de la observación) quizá sea el atributo diferencial al que apela Foucault en relación a su lectura del liberalismo. Si bien el panoptismo emerge como figura en el siglo XVIII, este lo era en el marco de lo disciplinario (individualizante y productor de conductas en el marco de la ortopedia que adiestra), inserto en la lógica particular de una institución (la prisión). En el caso de la producción de las libertades del liberalismo estas van de la mano con la introducción de los dispositivos de seguridad que guardan una diferencia con la noción de disciplina. Dice Foucault: “Un dispositivo de seguridad sólo puede funcionar bien con la condición de que se dé algo que es justamente la libertad, en el sentido moderno que esta palabra adopta en el siglo XVIII”. (Foucault, 2006b: 71).

En ese sentido, las tres primeras lecciones del curso Seguridad, territorio, población son dedicadas integralmente a realizar un análisis exhaustivo por parte de Foucault de lo que llama los “dispositivos de seguridad”. Específicamente, en la clase del 18 de enero de 1978, Foucault plantea las diferencias conceptuales entre disciplina y seguridad, a saber: la disciplina es centrípeta, vale decir, concentra, encierra y segmenta; la seguridad es centrífuga, integra, permite circuitos y abre; la disciplina es reglamentadora, esto es, ninguna de las variables quedan libradas al azar y se controla todo el detalle; la seguridad “deja hacer”, es permisiva (por ejemplo: deja subir los precios y no penaliza ciertas prácticas morales); la disciplina codifica todo, se inscribe en una dinámica de la legalidad (lo permitido y prohibido); la seguridad no codifica, capta la realidad tal como es, vale decir, no es contrafáctica como la disciplina; la disciplina es un complemento de la realidad, por ende, por su codificación y reglamentarismo, es normalizadora; la seguridad funciona si y solo si se acepta la realidad tal como es, es decir, regula a partir de mecanismos que aceptan la realidad en su complejidad fáctica.

El liberalismo, según Foucault, da cuenta de la noción de libertad como correlato necesario de los dispositivos de seguridad a partir del siglo XVIII: dejar hacer a los individuos en lo económico e individual mientras la seguridad ejerce una vigilancia ambiental pero no normalizadora. Esto no quiere decir, como mencionamos previamente, que la disciplina desaparezca sino queda restringida a arquitecturas puntuales de instituciones determinadas (como la prisión) que no cesan de proliferar. En este aspecto, la racionalidad de gobierno neoliberal del siglo XX será claramente diferenciada por Foucault del arte liberal clásico de gobernar, del laissez-faire del siglo XVIII, cuya producción de libertad tendrá necesariamente como coste la expansión de procedimientos de coacción, en palabras del filósofo francés podemos decir que “liberalismo en el sentido que acabo de decir y técnicas disciplinarias; también aquí las dos cosas están perfectamente ligadas”. (Foucault, 2008: 88). En este sentido, la única observación crítica que uno puede encontrar por parte de Foucault en Nacimiento de la biopolítica será al liberalismo clásico precisamente por este alto coste que implica la producción de libertad a través el despliegue del panoptismo. Por el contrario, el neoliberalismo del siglo XX, como veremos más adelante, lo seducirá y se solapará con sus intereses filosóficos por su metodología anti-disciplinaria y anti-psicologista.

Ahora bien, los dispositivos de seguridad de los cuáles Foucault da cuenta serán la diplomacia y la policía. Tal como señala: “La disciplina trabaja en un espacio vacío, artificial, que va a construirse por entero. La seguridad, por su parte, se apoyará en una serie de datos materiales”. (Foucault, 2006b: 38-39). Más adelante amplía: “Hay un trabajo sobre el elemento mismo de esa realidad (…) y al intervenir en ella pero sin tratar de impedirla por anticipado, se introducirá un dispositivo de seguridad y ya no un sistema jurídico disciplinario”. (Foucault, 2006b: 57).

De este modo, Foucault está señalando que la gubernamentalidad liberal no posee una dinámica de gobierno del orden de la disciplina. Si la disciplina normaliza y por ende hace a la taxonomización de individuos como “normales” y “anormales”, la seguridad vigila y deja hacer. En el marco del liberalismo, entonces, la cuestión será: ¿hasta dónde podemos hacer? ¿Cuál es el límite de ese dejar hacer por parte del gobierno a la población? De otro modo: el único que puede poner un freno al deseo de los individuos es el poder soberano, es el único que puede decir “no” y por lo tanto “sí” al deseo como motor de las acciones. El liberalismo tendrá que resolver ese problema sobre el límite del “dejar hacer” a los individuos.

Esta relación entre deseo y libertad liberal ya había sido tocada por Foucault en Historia de la locura en la época clásica (1961). Liberalismo, libertinaje y locura están entrelazados:

La libertad comercial aparece así como un elemento dentro del cual la opinión no puede llegar jamás a la verdad, donde lo inmediato necesariamente está sujeto a la contradicción, donde el tiempo escapa del dominio y la certidumbre de las estaciones, donde el hombre es despojado de sus deseos por las leyes del interés. En resumen, la libertad, lejos de poner al hombre en posesión de sí mismo, lo aparta aún más de su esencia y de su mundo; lo enajena por la exterioridad absoluta de los otros y del dinero, en la irreversible interioridad de la pasión y el deseo insatisfecho. Entre el hombre y la felicidad de un mundo donde él se reconocería, entre el hombre y una naturaleza donde encontraría su verdad, la libertad del “estado mercantil” es “medio”, y es en esta misma medida, como se constituye como elemento determinante de la locura. En el momento en que Spurzheim escribe –en plena época de la Santa Alianza, en el preciso momento de la restauración de las monarquías hereditarias –se achacan fácilmente al liberalismo todos los pecados de la locura del mundo. (Foucault, 2006a, tomo II: 44-45).

La cuestión será como fijar ese límite a la libertad, a partir de qué criterios y quién tendrá la potestad de obturarla. Foucault amplía este problema:

No por ello deja de ser verdad que, según los primeros teóricos de la población del siglo XVIII, hay al menos un invariante por el cual, tomada en su conjunto, ella tiene y sólo puede tener un único motor de acción. Ese motor de acción es el deseo. El deseo –vieja noción que había hecho su entrada y se utilizaba en la dirección de la conciencia (eventualmente podríamos volver al tema)- reaparece ahora en las técnicas de poder y gobierno. El deseo es el elemento que va a impulsar la acción de todos los individuos. Y contra él no se puede hacer nada. Como dice Quesnay: no se puede impedir que la gente viva donde a su juicio puede obtener mayores ganancias y donde desea vivir, justamente porque ambiciona esa ganancia. No traten de cambiarla, la cosa no cambiará. (Foucault, 2006b: 96).

Por lo tanto, el liberalismo como máquina gubernamental se asentará sobre la base de una mecánica tripartita: el deseo en cuanto motor en la búsqueda del interés personal, la libertad como “dejar hacer” y “producto” fabricado a partir de la persecución de ese interés en el marco del mercado como instancia de veridicción, por último, la seguridad en tanto coste de la fabricación de esas libertades motorizadas por el deseo. Los mecanismos de seguridad no serán del orden de la disciplina y la normalización sino de la vigilancia ambiental y el límite. Por lo tanto, la gubernamentalidad liberal a los ojos foucaultianos no será disciplinaria ni normalizadora, aunque implique, paradójicamente, el despliegue de instituciones disciplinarias como correlato; la cuestión residirá en gestionar grados de normalidades (y por ende anormalidades) y en la administración de ilegalismos, algo que veremos más adelante en relación con el mercado del crimen y las drogas.

Posteriormente, en el siglo XX asistimos, señala Foucault, a una reconversión de la gubernamentalidad liberal que tiene en ciertas administraciones a sus epígonos; en especial, las políticas de Roosevelt en Estados Unidos que propiciaban mayor intervencionismo del Estado (New Deal) con el fin de mantener las libertades políticas. El comunismo y el nacionalsocialismo se instituyen como amenazas y es por ello que el mayor intervencionismo se ve como una salida posible para evitar caer en los totalitarismos dirigistas, es decir, a modo de concesión para evitar lo peor. Los neoliberalismos del siglo XX serán la respuesta al auge de los regímenes fascistas en alza a la vez que a la concesión welfarista:

En eso consiste precisamente la crisis actual del liberalismo, es decir que el conjunto de los mecanismos que desde los años 1925,1930, intentaron proponer fórmulas económicas y políticas que dieran garantias a los Estados contra el comunismo, el socialismo, el nacionalsocialismo, el fascismo, esos mecanismos, garantías de libertad, establecidos para producir ese plus de libertad o, en todo caso, para reaccionar ante las amenazas que pesaban sobre ella, fueron en su totalidad del orden de la intervencion económica, es decir, de la obstrucción o, de un modo u otro, de la intervención coercitiva en el domino de la práctica económica. Si se trata de los liberales alemanes de la Escuela de Friburgo a partir de 1927-1930 o de los liberales norteamericanos actuales llamados libertarios, tanto en un caso como en otro, el elemento a partir del cual hicieron su análisis, lo que sirvió como punto de anclaje de su problema, es el siguiente: para evitar esa menor libertad que entrañaría el pasaje al socialismo, al fascismo, al nacionalsocialismo, se establecieron mecanismos de intervención económica. Ahora bien, esos mecanismos de intervención económica, ¿no introducen precisamente, de manera subrepticia, tipos de intervención?, ¿no introducen modos de acción que son en sí mismos al menos tan comprometedores para la libertad como esas fórmulas políticas visibles manifiestas que se quieren evitar? (Foucault, 2008: 91).

La pregunta foucaultiana deja abierta la duda de si la cura no propiciará la enfermedad que se quiere evitar. Vale decir, si el despliegue de ciertos programas intervencionistas que se generan para evitar caer en el dirigismo integral no abre la puerta precisamente al totalitarismo. Allí el debate con el keynesianismo por parte de los neoliberalismos será un elemento clave. Tanto la Escuela de Friburgo, es decir, los ordoliberales alemanes, como la Escuela de Chicago, los libertarios estadounidenses, establecerán una polémica alrededor del intervencionismo económico desde 1930 a 1960. Precisamente, aquí tenemos el nudo de la crisis de la gubernamentalidad nacida en el siglo XVIII. El análisis de los neoliberalismos del siglo XX por parte de Michel Foucault dará cuenta de la transformación de muchos postulados clásicos en aras de salvar la racionalidad liberal en el siglo XX.

7- “La noción de biopolítica suscita dos problemas. El primero está ligado a una contradicción que se encuentra en el propio Foucault: en los primeros textos donde aparece el término parece estar ligado a lo que los alemanes llamaron en el siglo XVIII la Polizeiwissenchaft, es decir, el mantenimiento del orden y de la disciplina a través del crecimiento del Estado. Pero luego, por el contrario, la biopolítica parece señalar el momento de superación de la tradicional dicotomía Estado/sociedad, en provecho de una economía política de la vida en general. Es de esta segunda formulación de donde nace el otro problema: ¿se trata de pensar la biopolítica como un conjunto de biopoderes o bien, en la medida en que decir que el poder invistió la vida significa también que la vida es un poder, puede localizarse en la vida misma –es decir, por supuesto, en el trabajo y en el lenguaje, pero también en los cuerpos, en los afectos, en los deseos y en la sexualidad– el lugar de emergencia de un contrapoder, el lugar de una producción de subjetividad que se daría como momento de liberación [désassujetissement]? En este caso, el tema de la biopolítica sería fundamental para la reformulación ética de la relación con lo político que caracteriza los últimos análisis de Foucault; más aún: la biopolítica respresentaría exactamente el pasaje de lo político a lo ético”. (Revel, 2008: 26-27).

8- Deleuze, 1998).

9- “Bien, ¿qué quería decir este año? Que estoy un poco harto: vale decir que querría tratar de cerrar, de poner, hasta cierto punto, fin a una serie de investigaciones –bueno, investigación es una palabra que se emplea así como así, ¿pero qué quiere decir exactamente?- a las que me dedico desde hace cuatro o cinco años, prácticamente desde que estoy aquí, y con respecto a las cuales me me doy cuenta de que se acumularon los inconvenientes, tanto para ustedes como para mí (…) Todo esto se atasca, no avanza; se repite y no tiene conexión. En el fondo, no deja de decir lo mismo y, sin embargo, tal vez no diga nada; se entrecruza en un embrollo poco descifrable, apenas organizado; en síntesis, como suele decirse, no termina en nada”. (Foucault, 2000: 17).

CAPÍTULO 3
Los cuatro neoliberalismos según Foucault
El ordoliberalismo alemán

Michel Foucault inicia su genealogía de los neoliberalismos del siglo XX luego de la Segunda Guerra Mundial a partir de la siguiente pregunta: “¿Cómo legitimar, por adelantado, en cierta forma ese Estado futuro? ¿Cómo hacerlo aceptable a partir de una libertad económica que asegure su limitación y a la vez le permita existir?”. (Foucault, 2008: 124).

Ese tejido social y político que se dio en Alemania a partir 1948 tiene una figura central en quién será el futuro Canciller Ludwig Erhard entre 1963 y 1966. Foucault repasa la convocatoria de Erhard a una comisión con la finalidad de reconstruir el país y a la cual asisten intelectuales como Walter Eucken y Alfred Weber (hermano de Max Weber). Esa convocatoria se generó en torno a la Escuela de Friburgo que tenía influencia de la fenomenología husserliana. La fuente central que tomará Foucault en Nacimiento de la biopolítica para describir el ordoliberalismo alemán será el libro de François Bilger que mencionamos anteriormente.

Uno de los intelectuales más relevantes en este sentido será Eucken quien durante el nazismo se mantuvo en silencio y en 1936 fundó la revista Ordo que generó una corriente de pensamiento llamada “ordoliberalismo” al mismo tiempo que fue partícipe central de grupos liberales como la “Sociedad de Mont Pèlerin” (nombre tomado de un pueblo cerca de Ginebra, Suiza) que se reunió por primera vez el 1° de abril de 1947 (10).

Además del propio Eucken fueron parte de la comisión Franz Böhm, Alfred Müller-Armack y, si bien no participó, Wilhelm Röpke fue un economista central que influyó en sus ideas. Foucault menciona también a Alexander Rüstow y luego a Friedrich A. von Hayek por vez primera como un representante clave de la Escuela Austríaca de economía quién luego emigra a Inglaterra y Estados Unidos e impacta fuertemente en el neoliberalismo norteamericano. Es importante aclarar que Foucault usa tres términos diferentes para referirse al neoliberalismo estadounidense: “libertariano” (libertarien) en sentido estricto, aunque “libertario” suele ser la traducción más usual de este término (Foucault, 2008: 91); también “anarco-capitalismo” (anarcho-capitalisme) y en tercer lugar “anarco-liberalismo” (anarcho-lilberalisme). Las tres expresiones las empleará de modo indistinto.

El filósofo francés hace foco en el vínculo de la Escuela de Friburgo, usina del ordoliberalismo, con la Escuela de Fráncfort; en ese sentido, habla de “curiosa contigüidad”, “vecindad” y “paralelismos”. (Foucault, 2008: 133). La misma experiencia política –el nazismo- desprende, sin embargo, respuestas disímiles:

Y puede decirse en términos generales que tanto la Escuela de Fráncfort como la Escuela de Friburgo, tanto Horkheimer como Eucken, retomaron ese problema simplemente en dos sentidos diferentes, dos direcciones diferentes, porque -en forma esquemática, otra vez– el problema de la Escuela de Fráncfort era determinar cuál podría ser la nueva racionalidad social capaz de definirse y formarse con el objeto de anular la irracionalidad económica. En cambio, el desciframiento de esa racionalidad irracional del capitalismo, que era también el problema de la Escuela de Friburgo, gente como Eucken, Röpke, etc., va a intentar resolverlo de otro modo. No se tratará de encontrar, inventar, definir la nueva forma de racionalidad social, sino de definir o redefinir o recuperar la racionalidad económica que permita anular la irracionalidad social de capitalismo. Entonces, dos caminos, si se quiere, inversos para resolver el mismo problema. (Foucault, 2008: 134).

Desde el análisis foucaultiano llegamos a la figura de Max Weber quien señala el problema del “factor irracional” del “capitalismo aventurero” que da rienda suelta a la especulación. Weber deja en evidencia este germen contradictorio del capitalismo articulado a partir de la tensión ascetismo/hedonismo. En las palabras weberianas: “el ‘racionalismo’ es una idea histórica, que incluye un sinfín de contradicciones, y nos es necesario investigar que espíritu engendró aquella forma concreta del pensamiento”. (Weber, 1991: 43). El desafío para el ordoliberalismo alemán será definir una nueva racionalidad económica que obture esta irracionalidad social inmanente.

Ahora bien, la sospecha hacia el pensamiento liberal en Alemania viene no solo del nazismo o el frankfurtismo, Foucault plantea cuatro causas posibles: en primer lugar, la idea de que el liberalismo no es la forma de una política económica universal sino particularmente de la política inglesa de dominación; en segundo lugar, la visión de que Alemania por sus características necesitaría una política proteccionista, no liberal, que es propiciada por una nación marítima y portuaria como Inglaterra; en tercer lugar, la fuerza del socialismo de Estado bismarckiano que apuntala la integración, unidad estatal y unidad nacional es ineludible en Alemania; por último, una economía planificada que Alemania se vio obligada a adoptar durante el conflicto bélico y la influencia del dirigismo de tipo keynesiano no pueden ser elementos ignorados.

La lectura que hacen los ordoliberales, de acuerdo a la mirada de Foucault, es que el nazismo, esa “monstruosidad e incoherencia económica” (Foucault, 2008: 140), fue producto de la relación de esos cuatro elementos y el obstáculo central para el desarrollo del liberalismo. Vale decir, el nazismo fue efecto del cruce del proteccionismo, bismarckismo, dirigismo y keynesianismo. Posteriormente, los ordoliberales harán propia la crítica en relación con el New Deal de Roosevelt, así como contra el programa Beveridge (11) que se ejecutó en Inglaterra durante la Guerra:

De tal modo, Röpke, en 1943 o 1944, ya no me acuerdo, publicó, en una actitud que no carecía de audacia ni frescura, un análisis del Plan Beveridge que, entonces, se había implementado en Inglaterra durante la guerra, y dijo a los ingleses: pero lo que están preparando con su plan Beveridge es ni más ni menos que el nazismo. Por un lado combaten en el plano militar contra los alemanes, pero desde un punto de vista económico, y por lo tanto político, no hacen sino repetir exactamente sus lecciones. El laborismo inglés los conducirá al nazismo de tipo alemán. El plan Beveridge los llevará al plan Göring, el plan cuatrienal de 1936. Y por consiguiente, intentaron señalar una suerte de invariante económico política que podría identificarse en regímenes políticos tan diferentes como el nazismo y la Inglaterra parlamentaria, la Unión Soviética y la Norteamérica del New Deal; procuraron señalar esa invariante relacional en esos distintos regímenes, en diferentes situaciones políticas, y plantearon el principio de que la diferencia esencial no se daba entre socialismo y capitalismo y no era tampoco entre tal o cual estructura constitucional y tal otra. El verdadero problema era el que existía entre una política liberal y cualquier otra forma de intervencionismo económico, ya adoptara la forma relativamente moderada del keynesianismo o la forma drástica de un plan autárquico como el de Alemania. (Foucault, 2008: 141-142).

Los ordoliberales argumentaban que las intervenciones “más leves” (el keynesianismo) así como las más drásticas (totalitarias) eran ambas parte del mismo problema:

¿Qué es el nazismo?, se preguntaron. En esencia, y ante todo, es el crecimiento indefinido de un poder estatal. A decir verdad, esto –que hoy puede parecer un lugar común– era un tanto paradójico y también representaba cierto golpe de fuerza teórico o analítico, pues creo que cuando se observa el funcionamiento de la Alemania nacionalsocialista lo mínimo que puede decirse en una primera aproximación, por lo menos, es que fue la tentativa más sistemática de debilitar al Estado. El nazismo es la decadencia del Estado por una serie de razones. Esta característica se deja ver, primero, en la estructura jurídica misma de la Alemania nacionalsocialista, porque, como sabían, en ella el Estado había perdido su jerarquía de persona jurídica en la medida en que, desde un punto de vista legal, sólo podía definirse como el instrumento de otra cosa que, por su parte, era el verdadero fundamento del derecho, a saber, el pueblo, el Volk. El Volk en su organización de comunidad, el pueblo como Gemeinschaft: esto es a la vez el principio del derecho y el objetivo último de toda organización, de toda institución jurídica, incluido el Estado. (Foucault, 2008: 142).

Esa caracterización del pueblo (Volk) como instancia final respecto del Estado que subsume al mismo y lo hace perder su jerarquía jurídica puede ser vista desde un doble nivel: en tanto crecimiento (como Hayek) o bien debilitamiento estatal (como Foucault). Asimismo, el principio de gobierno de ese pueblo, de esa comunidad, de ese Estado, se da bajo el principio de la conducción del líder (Führertum). El Estado se subordina al pueblo, al partido y al conductor, por ende, Foucault plantea que en rigor en el nazismo lejos de haber un crecimiento de la estatalización presenciamos lo opuesto, su desaparición. En este aspecto, una crítica que el nazismo haría al liberalismo es hacia la uniformidad y normalización que produciría la economía capitalista, sin embargo, Foucault recurre a Werner Sombart (12) para plantear que, al revés, fue el nazismo el que se montó sobre una sociedad de masas a fin de acentuar el proceso de normalización y unidimensionalidad del hombre. Foucault concluye que los ordoliberales detectaron una “invariante histórica” en la gestión estatal de la economía:

En líneas generales, todo lo que se opone al liberalismo, todo lo que se propone una gestión estatal de economía, constituye por lo tanto una invariante, cuya historia puede verse a través del completo desarrollo de las sociedades europeas desde fines del siglo XIX y, para ser más precisos, principios del siglo XX, o sea, desde el momento en que el arte liberal de gobernar se intimidó, por decirlo de algún modo, frente a sus propias consecuencias, y trató de limitar las consecuencias que él mismo habría sabido sacar de su desarrollo. (Foucault, 2008: 146).

La cuestión será entonces la toma de conciencia por parte de los ordoliberales de que el arte liberal de gobierno del siglo XVIII produjo ciertas consecuencias indeseables hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y por otra parte, las “soluciones” intervencionistas graduales llevaron a los totalitarismos europeos del siglo pasado. Vale decir, el “carácter defectuoso” de la economía de mercado implicó una progresiva estatización que arribó a incoherencias:

Eso no basta, dicen los ordoliberales. Como está comprobado que de todas formas el Estado es portador de vicios intrínsecos y nada prueba que la economía de mercado también los tenga, pidámosle a esta última que sea en sí misma, no el principio de limitación del Estado, sino su principio de regulación interna de punta a punta de su existencia y acción. En otras palabras, en lugar de aceptar una libertad de mercado definida por el Estado y mantenida de algún modo bajo vigilancia estatal –lo cual era, en cierta forma, la fórmula inicial del liberalismo: establezcamos un espacio de libertad económica, circunscribámoslo y dejémoslo circunscribir por un Estado que ha de vigilarlo–, pues bien, dicen los ordoliberales, es necesario invertir por completo la fórmula y proponerse la libertad de mercado como principio organizador y regulador del Estado. Para decirlo de otra manera, un Estado bajo la vigilancia del mercado más que un mercado bajo la vigilancia del Estado. (Foucault, 2008: 149).

Por lo tanto, para los ordoliberales la solución a los defectos y problemas del liberalismo clásico no pasará por un intervencionismo moderado sino, al contrario, por la radicalización del principio, vale decir, la inversión: el mercado como vector, articulador y organizador del Estado. La cuestión será dejar en evidencia el viraje sustancial del neoliberalismo del siglo XX –en particular, del ordoliberalismo alemán- respecto del liberalismo clásico, vale decir, ir del intercambio a la competencia como precepto. Por lo tanto, de ahora en más, “lo esencial del mercado estará en la competencia. En esto, por lo demás, los neoliberales no hacen sino seguir toda una evolución del pensamiento, de la doctrina y de las teorías liberales en el transcurso del siglo XIX”. (Foucault, 2008: 151).

Indudablemente, una de las claves de la novedad del liberalismo del siglo XX a los ojos de Foucault será que está centrado en el problema de la competencia y no del intercambio a diferencia de la razón liberal del siglo XVIII. Al postular el principio de competencia el neoliberalismo rompe con la ingenuidad naturalista del mercado en términos de laissez-faire de la racionalidad clásica:

Pues, en los hechos, ¿qué es la competencia? No es de ningún modo un dato de la naturaleza. La competencia, en su juego, sus mecanismos y sus efectos positivos que podemos notar y valorar, no es en absoluto un fenómeno natural, no es el resultado del juego natural de los apetitos, los instintos, los comportamientos, etc. En realidad la competencia sólo debe sus efectos a la esencia que posee, que la caracteriza y la constituye. No debe sus efectos benéficos a una anterioridad natural, un dato natural que lleve en su seno. Los debe a un privilegio formal. La competencia es una esencia. La competencia es un eidos. Es un principio de formalización. (Foucault, 2008: 153).

Ese principio estructural competitivo es un rasgo, el primero que vemos, del neoliberalismo del siglo XX. Como vemos, aquí ya cede el naturalismo de la racionalidad liberal clásica, asentada en el intercambio de propietarios, para que pasemos a una lógica de competencia artificial. Un juego formal entre desigualdades. Es esta economía de la competencia la que debería vertebrar el proceso para no caer en las intervenciones, sean estas leves o drásticas. Ahora bien, la teoría de la competencia para los ordoliberales más que ser positiva es una teoría normativa, un ideal regulativo al cual es necesario esforzarse para alcanzar. El Estado, subsiguientemente, debe acompañar ese proceso salvando los obstáculos que obturen la competitividad propiciada, en este, aspecto, los monopolios serán una falla irracional en el proceso que será preciso corregir. Por lo tanto, para los ordoliberales será “preciso gobernar para el mercado y no gobernar a causa del mercado”. (Foucault, 2008: 154).

En la lección del 14 de febrero Foucault es explícito al dejar en claro que “no es” el neoliberalismo: la reactivación de viejas teorías económicas desgastadas (Smith), la instauración de relaciones mercantiles en la sociedad (Marx) o la cobertura para una intervención generalizada del Estado (Solzhenitsyn). Según nuestro filósofo cualquiera de estas tres respuestas solo minimizan o plantean un neoliberalismo nada novedoso que lo reduce a mera repetición de la fórmula clásica, mercantilismo social o coacción oculta. Por el contrario, la intención de Foucault es explícita: “mostrar que el neoliberalismo es, justamente, otra cosa. Gran cosa o no, no sé, pero sin duda es algo. Y lo que querría aprenhender es ese algo en su singularidad”. (Foucault, 2008: 157). No es menor esta “singularidad” (singularité) del neoliberalismo. Para ello el filósofo francés necesita mostrar como los neoliberales del siglo XX sometieron y transformaron (en algunos casos de modo radical) los principios fundantes del arte liberal de gobernar del siglo XVIII. En ese sentido, la primera gran transformación habrá sido eliminar el principio político del laissez-faire por el principio de la teoría de la competencia pura.

Lo nuevo del liberalismo del siglo XX será leer el mercado ya no como un proceso espontáneo sino, por el contrario, como un marco artificial en el cual el Estado debe intervenir para fijar las reglas del juego competitivo (no en la competencia en sí misma). De modo que de la economía naturalista del laissez-faire clásico se pasa a una economía artificial y constructivista; es decir, de una economía de la pasividad a una de la afirmación, de un orden natural a un orden legal. La crítica al laissez-faire también será una crítica a la degradación del proceso económico y a la formación de monopolios, la oposición a todo tipo de colectivismo, concentración y centralización. Si la gubernamentalidad liberal clásica estaba apoyada en el orden espontáneo, la gubernamentalidad neoliberal del siglo XX está asentada en un orden normativo con la finalidad de asegurar la libre competencia.

Por lo tanto, según Foucault: “el neoliberalismo, entonces, no va a situarse bajo el signo del laissez-faire sino, por el contrario, bajo el signo de una vigilancia, una actividad, una intervención permanente”. (Foucault, 2008: 158). La cuestión será determinar el tipo de intervención al que alude el filósofo que permita pasar de un principio naturalista (laissez-faire) a un principio formalista (competencia).

En este marco Foucault señala la importancia del llamado Coloquio Walter Lippmann, hito central en la génesis del liberalismo del siglo XX, realizado en París del 26 al 30 de agosto de 1938 (13), al cual acudieron los siguientes intelectuales liberales: R.Aron, R. Aubin, M. Bourgeois, J. Castillejo, J.B. Condliffe, A. Detoeuf, F.A. Hayek, M.A. Heilperin, B. Hopper, B. Lavergne, W. Lippmann, E. Mantoux, R. Marjorlin, L. Marlio, E. Mercier, L. von Mises, A. Piatier. M. Polanyi, St. Possony, W. Röpke, L. Rougier, J. Rueff, A. Rüstow, Dr. Schultz, Marcel van Zeeland. Lippmann fue un periodista e intelectual, fundador de New Republic, medio progresista estadounidense afín a las ideas del New Deal, y en sus años de formación adscripto a las tesis keynesianas. Es por lo menos paradójico que quién da nombre a un hito fundacional neoliberal haya sido un joven “líberal” (liberal-progresista) rooseveltiano y formado por Keynes. En cualquier caso, el Coloquio operó como un espacio donde se revisaron diversas opciones para reinventar el liberalismo en el siglo XX y una de ellas fue la visión más intervencionista esbozada por Lippmann.

En este encuentro se debatirán los nuevos principios liberales, analizarán las causas endógenas y exógenas del declive liberal, se pensarán soluciones liberales para problemáticas sociales (que el socialismo había cooptado con éxito) y se planteará una agenda de acción futura a fin de renovar las tesis centrales del liberalismo clásico, del cual emergerá el core del llamado “neoliberalismo” en el siglo XX.

En este debate el filósofo francés Louis Rougier marca la necesidad de la ruptura con los principios manchesterianos tradicionales del liberalismo (laissez-faire, laissez-passer), es decir, con las nociones de orden natural, espontaneismo y naturalismo. Lo que Rougier propicia es un tipo de intervencionismo, un orden artificial que fija la regla de la competencia para evitar irracionalidades como la formación de monopolios y satisfacer las demandas sociales de las masas a través de la financiación de mínimos vitales y políticas de seguridad social.

A grandes rasgos podemos decir que habrá al interior del Coloquio dos líneas: una encabezada por Lippmann, Rougier y algunos alemanes que postulará un liberalismo social, cercano a la socialdemocracia, en tanto sostendrán la necesidad de reformular el abstencionismo estatal naturalista y, por otro lado, una línea formada por Mises y Hayek, que a la inversa, creerá que la decadencia liberal se debió precisamente al alejamiento de los fundamentos clásicos y por tanto se debe retornar a ellos. Esta segunda línea a la postre será la que consolidará la “identidad neoliberal” en el imaginario del presente sobre todo a partir de la conformación de la Sociedad Mont Pèlerin en 1947 por parte de Hayek y la incorporación de la Escuela de Chicago al diálogo, ausente del encuentro de París.

Es en el Coloquio Lippmann donde se procura la definición de un liberalismo que se denomina “positivo” contra la libertad negativa tradicional defendida por los clásicos, o bien de un “liberalismo social”, o finalmente de un “nuevo o neoliberalismo”, concepto que postula Alexander Rüstow para caracterizar un liberalismo renovado que rompa con los principios del liberalismo tradicional manchesteriano (14). En relación con el término “neoliberalismo”, este comienza a circular a partir de 1930 en Alemania y Francia en el marco de un clima de revisión doctrinario del liberalismo clásico laissez- faire. Lo mismo que sucederá con otras doctrinas (como el neo-marxismo), el liberalismo busca redefinirse en el siglo XX y apela al prefijo “neo” que da cuenta de un liberalismo “constructivo”, artificial y no naturalista.

Lo que los integrantes del Coloquio pretenden es corregir el error epistemológico y metodológico del liberalismo clásico abstencionista con la finalidad de quebrar este dogma y plantear un intervencionismo liberal novedoso que evite simultáneamente el laissez-faire clásico al mismo tiempo que el socialismo. Esto será lo nuevo del liberalismo del siglo XX: su reinvención desde un intervencionismo específico, algo que Foucault retoma en su análisis de la lectura de Bilger, quien plantea que para los ordoliberales la libertad de mercado necesita de una política activa y vigilante.

Ahora bien, la gran problemática del liberalismo clásico, señala Foucault, “era discernir entre las acciones que había que emprender y las que no había que emprender, entre los ámbitos donde se podía intervenir y los ámbitos donde no se podía intervenir”. (Foucault, 2008: 163). En ese sentido, el primer problema será la cuestión de los monopolios, al cual someten los ordoliberales a un estricto análisis:

Ésa es la paradoja del monopolio para una economía liberal que plantea el problema de la competencia y acepta, a la vez, la idea de que este monopolio forma efectivamente parte de la lógica de ésta. Como imaginarán, la posición de los neoliberales va a ser por supuesto muy diferente, y su problema pasará por demostrar que, de hecho, el monopolio, la tendencia monopólica, no forma parte de la lógica económica e histórica de la competencia. En la Gesellchaftskrisis Röpke dice que el monopolio es “un cuerpo extraño en el proceso económico” y que no se forma de manera espontánea. (Foucault, 2008: 164).

Una explicación posible de las tendencias monopólicas será el crecimimiento del poder centralizado desde el Medioevo y la lógica feudal que provoca la creación de estructuras privilegiadas como fenómeno arcaico de intervencion estatal. Vale decir, el monopolio para los neoliberales surge por presencia del Estado y no por su ausencia. Este “cuerpo extraño” al proceso económico es lo que falsea a la economía de mercado, según Röpke, al constituir un privilegio al mismo tiempo que una violación al principio de la alta rentabilidad que puede ser lograda solo en condiciones de competencia equivalente.

Foucault citará la posición de Mises (15) sobre la cuestión monopólica:

Por útimo –y sigue siendo Von Mises quien razona así–, en el fondo, ¿qué es lo importante o, mejor, lo perturbador en el fenómeno monopólico con respecto a la economía? ¿El hecho de que haya un solo productor? En absoluto. ¿El hecho de que haya una sola empresa con derecho a la venta? En absoluto. En verdad, si el monopolio puede tener un efecto perturbador es porque actúa sobre los precios, es decir, sobre el mecanismo regulador de la economía. (Foucault, 2008: 167).

Efectivamente, para Mises, tal como Foucault lo demarca, la cuestión problemática de la monopolización residirá en la variable del precio más que en la existencia de un solo proveedor. Algo propio de la Escuela Austríaca de la que forma parte Mises será la determinación del monopolio como consecuencia de la política proteccionista:

El intervencionismo económico –el proteccionismo, por citar un ejemplo– es el gran generador de precios monopólicos. Cuando los propietarios de m, por unas u otras razones, no se aprovechan de las circunstancias del mercado que les permitan implantar un precio de monopolio, los gobiernos no suelen dudar en intervenir con miras a implantar lo que los americanos denominan “restringir el comercio”. Los órganos administrativos obligan a los propietarios de m –dueños, por lo general, de terrenos, minas o pesqueras- a limitar su producción. (Mises, 2011:435).

La solución de los ordoliberales que indica Foucault será no intervenir en el proceso competitivo, este es el principio formal y regulador, el eidos, vale decir, evitar el proteccionismo. Esa no intervención permite que el “potencial monopolio” (que sería protegido estatalmente), si quiere resultar competitivo, tenga que bajar su precio para estar en el nivel de otros competidores en inferioridad de condiciones. Es decir, debería actuar “como si” (Als-ob) existiese la competencia en igualdad de condiciones. Esta política del “como si” es teorizada por Leonhard Miksch, uno de los discípulos de Walter Eucken, quién define la competencia como deber o ideal de perfección.

El análisis foucaultiano sigue la línea de Röpke (16) al dar cuenta que si hay una intervención plausible la misma debe ser en las condiciones y no en el mecanismo competitivo del mercado. En ese sentido, el gobierno liberal debe mantener la vigilancia y actividad permanente mediante acciones reguladoras y ordenadoras, ambas intervenciones de tipo jurídico, no en los precios:

Es preciso, entonces, señala (Röpke), no intervenir sobre los mecanismos de la economía de mercado, sino sobre la condiciones de este último. La intervención sobre las condiciones del mercado quiere decir, según el rigor del mismo de la idea kantiana de regulación, señalar, admitir y dejar actuar –pero para favorecerlas y, de algún modo, llevarlas al límite y a la plenitud de su realidad- a las tres tendencias que son características y fundamentales en ese mercado, a saber: tendencia a la reducción de los costos, tendencia a la reducción de la ganancia de la empresa y, por último, tendencia provisoria, puntual, al aumento de la ganancia, ya sea por una reducción decisiva y masiva de los precios o por una mejora de la producción. La regulación del mercado, la acción reguladora, debe tomar en cuenta esas tres tendencias. (Foucault, 2008: 170).

La clave, según la lectura de Foucault, es la intervención gubernamental en “las condiciones de existencia del mercado, es decir, lo que los ordoliberales llaman ‘el marco (cadre)’”. (Foucault, 2008: 172). Una expresión que referencia Bilger como el ámbito propio del Estado y del dominio público a fin de que este ejerza su función ordenadora. El Estado si debe gobernar algo será precisamente este “marco”. Esto será, como veremos más adelante, una clave para pensar la racionalidad de gobierno neoliberal como no disciplinaria, ya que el control es “ambiental”, es decir, dentro de ese marco se deja libertad de acción en la búsqueda del interés de los agentes. La acción sobre el marco regula a la población y las problemáticas asociadas como la migración, la demografía o el suelo.

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Дата выхода на Литрес:
18 июня 2025
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290 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9789505567881
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Bookwire
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