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LUIS A. PELLANDA

EL RÍO DE LA SANGRE


Pellanda, Luis A.

El río de la sangre / Luis A. Pellanda. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1752-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Imagen de portada: María Gudiño Gil

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Para Claudia,

que supo iluminar mis días oscuros

haciendo más claro el camino a seguir.

«Bienaventurados los que tienen

hambre y sed de justicia,

porque ellos serán saciados»

—

MATEO 5:6

El río fluía a través de la verde llanura. Bajaba caudaloso desde lo alto de las montañas y luego de varios kilómetros aquietaba sus aguas frente a la casona ubicada en la colina. Más allá, seguía su sinuoso derrotero hasta desembocar en el mar, lejano, volcando en él todo lo que había arrastrado en su largo trayecto.

Era verano. El calor levantaba del suelo una tenue calina que velaba los reverdecidos prados llenos de dientes de león. Una suave brisa bajaba desde las zonas altas y hacía que los pequeños «panaderos» se elevaran livianos y ligeros dando vueltas en el cálido aire de la mañana.

Las dos niñas corrían atravesando con rapidez la suave pendiente desde la casa hasta la orilla. Las faldas de sus blancos vestidos de algodón subidas por encima de sus rodillas mostraban sus pequeños pies descalzos aplastando los húmedos tréboles que crecían tapizando de verde las márgenes del río.

La casita construida en el viejo árbol quedaba cerca. Al llegar a ella, subieron con destreza por la escalera de soga hasta la pequeña plataforma de madera y se sentaron una al lado de la otra con sus piernas colgando, vacilantes, sobre el agua cristalina.

—¿Qué quieres ser cuando seas grande? —preguntó una.

—Bueno, yo creo que lo que más me gustaría sería casarme con el mejor hombre del mundo, tener un hermoso hijo y ser una excelente mamá. ¿Y tú? —quiso saber la otra.

—No sé. Pero lo que más deseo es ser libre. Poder ir donde me plazca, sin pedir permiso a nadie y llegar a ser una mujer importante y hacer mucho bien a las personas –respondió, mientras tiraba ramitas al río.

—Cualquier cosa que hagamos o lleguemos a ser algún día, lo que si estoy segura es que siempre te querré tener cerca —exclamó la niña que había hablado primero.

—Oh, por supuesto, querida hermana, siempre voy a cuidarte. Aunque tengamos que separarnos algún día, en cualquier momento estaré de nuevo contigo, eso te lo puedo asegurar -agregó la pequeña que imaginaba que, sobre los trocitos de madera que se llevaba la corriente, iba ella viajando a lugares desconocidos.

Ambas se miraron a los ojos. Brilló el amor en ellos y entrelazando sus respectivos dedos meñiques sonrieron y pronunciaron su secreta promesa.

El río fue el mudo testigo de ese juramento mientras el sol brillaba entre las hojas.

Julia y Patricia se abrazaron y como siempre jugaron a preparar el té para sus dos queridas muñecas que esperaban ser atendidas sentadas en la mesita de juguete.

La luz estridente del mediodía se posó sobre el viejo tronco de la casita del árbol e iluminó la inscripción tallada en la corteza dos veranos atrás: “J y P para siempre”.

En unos cuantos meses más el torrente se volvería blanco. El intenso frío convertiría sus aguas en una superficie dura y resbalosa y los tempranos atardeceres la teñirían de rojo.

Entonces se parecería a un río de sangre, pero eso por ahora a las dos hermanas no les importaba. Para las dos pequeñas todavía no existía el paso de las horas porque ellas mismas eran el tiempo.


CAPÍTULO 1
El reloj de bolsillo

A Lucio Estrella le gustaba creer en el azar a pesar de que la suerte a veces le era un poco esquiva. Tal vez por esa razón presentía que las cosas comenzarían a irle un poco mejor después del encuentro que había pautado para la madrugada. Mientras esperaba, sentía como si una corriente eléctrica atravesara sus venas poniéndolo en estado de alerta.

Le gustaba mucho el juego y se la pasaba todo el tiempo levantando apuestas y timbeando en cuanta mesa de póker pudiera. A veces le iba bien, a veces mal. Pero cuando levantaba mucha guita le gustaba comprarse buena pilcha y darse todos los lujos. Solo se vive una vez, era su lema. Pero se había enamorado y ahora sentía que era posible dejar su antigua vida atrás. Quería cambiar. Al fin pudo conocer a la mujer de sus sueños y lo que más anhelaba ahora era poder estar con ella para siempre.

Pero ya se sabe que a veces las cosas no salen como uno quiere y que en las cuestiones del amor el destino puede llegar a jugarnos una mala pasada.

Estaba en la oficina que Pedro Fonté tenía arriba del bar La Carta Marcada. Encendió un cigarrillo y apoyó las piernas sobre el escritorio.

«Tal vez, el encuentro que tuve con la misteriosa gitana no fue casualidad», pensó.

Desde chico, le asustaban esas mujeres. Las veía raras y le chocaba su forma de hablar. No le gustaban sus polleras hasta los tobillos, sus maquillajes desopilantes y sus desfachatadas sonrisas. Cuando se aproximaban sentía escalofríos, a tal punto que de inmediato trataba de esquivarlas pensando que le echarían una terrible maldición.

Recordó, mientras esperaba a su amigo, que dos meses atrás una hermosa cíngara se le acercó. Él estaba dentro de su coche estacionado frente al bar.

—Oye guapo, ¿cómo estás? A que te adivino la suerte buen mozo, ¡trae acá esa mano! –le había dicho cuando se inclinó para verlo mejor.

Todavía resonaban en su mente sus enigmáticas palabras: todos tus proyectos se cumplirán, pero debes saber que hay mucha envidia a tú alrededor y eso no es bueno. Ten cuidado de las flores y del tiempo cuando parezcan que se deslizan lentos en la noche.

Lucio, asombrado, sintió su magnetismo cuando miró sus intensos ojos color esmeralda. Revivió la sorpresa que experimentó cuando la escuchó decir aquello y vio el hermoso reloj que colgaba, atado con una fina cinta roja, de su cuello.

—¿Qué tienes ahí? –le había preguntado saliendo de su estupor inicial.

— ¿Esto? Es un reloj muy valioso pero no anda. ¿Lo quieres ver mejor? Te lo vendo si te gusta ¡guarro!

Fue como si en la habitación vacía resonara el recuerdo de aquella voz sensual y de la urgencia que transmitía.

— ¡Vamos, dame algo de plata y esta hermosa joya será tuya! ¡Te aseguro que te traerá suerte, majo! ¡Abre tu mano!

Acto seguido la mujer le había dado un pequeño paquete color marrón que él dejó en el asiento del acompañante. Fue en ese momento, sintiendo algo de temor y apuro por sacársela de encima, que le dio dos mil pesos. Ella los tomó con rapidez y sin darle las gracias se perdió entre la gente que pasaba.

Una sonrisa asomó en sus labios. Volviendo el tiempo atrás lo embargó la misma desazón que tuvo cuando abrió aquel envoltorio. Descubrió en su interior un grueso diente de ajo y un pedazo de papel que decía: ten siempre cerca este reloj y la suerte te acompañará. En la tapa tenía grabado Skopje– Joyería La Bell.

Mientras observaba las volutas del humo del cigarrillo elevarse hacia el techo volvió a pensar que a lo mejor no había sido tan casual aquel encuentro.

A veces le gustaba creer que por algo pasaban las cosas. Después de todo gracias a ese reloj fue que conoció al amor de su vida.

Miró la hora y bajó las piernas, dio una última pitada y apagó la colilla en un cenicero de cristal.

La intempestiva llegada de Pedro lo terminó de sacar de sus recuerdos.

—¡Ah, aquí estas! –exclamó su amigo entrando con paso enérgico.

Él era un ex policía y parecía que al caminar arrasaba todo a su paso como si fuera un furioso huracán. Se movía rápido, como buscando espacio para su humanidad. Con su metro noventa y dos de estatura y sus ciento diez kilos de peso imponía una poderosa presencia.

Se arrojó sobre el sillón de su escritorio estilo Luis XVI comprado en la última subasta del mercado de pulgas de San Telmo.

—¿Qué hay de nuevo? Hace bastante que no te veo.

Lucio se arregló su corbata amarilla de seda y se sacudió como con desdén las cenizas que se habían depositado sobre las solapas de su saco sport de Yves Saint Laurent color azul marino.

—Si es cierto, pasó un poco de tiempo. Es que estuve bastante ocupado. Pero lo nuevo, amigo mío, es que quiero que sepas que me siento distinto. Como que creo que la suerte al fin está de mi lado, eso es todo. Y mi sensación tiene que ver con haberme topado, hace tiempo atrás, con Ruby, la gitana que siempre anda por acá.

Ella se me acercó y me dijo que mis proyectos pronto se harían realidad –le confió entusiasmado Lucio esbozando una sonrisa que iluminó su cara como si fuera un niño a punto de recibir un hermoso regalo de cumpleaños.

Pedro lo miró frunciendo el ceño.

—Se te nota contento, pero espero que no le creas mucho.

—Está bien, está bien, a mí tampoco me gustan, nada de nada, eso ya vos lo sabes. Pero el caso es que no pude evitar que se me acercara aquella tarde. Me dijo algo muy interesante y además le compré en esa oportunidad este bello reloj de bolsillo. ¡Mira como brilla, es finísimo!

—Sí, tienes razón es hermoso. Pero vamos al grano que tengo cosas que hacer, ¿por qué querías verme?

El jugador se acomodó inquieto contra el respaldo del sillón y cruzó las piernas.

—Bueno, lo cierto es que necesito un poco de dinero.

—¿Dinero? ¿De nuevo? Te recuerdo que todavía no me has devuelto lo que te presté la última vez.

—¡Ya lo sé, ya lo sé! Escuchame. Te aseguro que te lo voy a devolver. No puedo adelantarte nada ahora pero necesito que confíes en mí. Tengo la impresión de que voy a tener suerte esta noche.

Pedro encendió un cigarro cubano que sacó de una caja de madera lustrada.

—Te parece –en su tono había duda.

Espero que así sea. El negocio con el bar está yendo un poco mejor desde que toco los viernes y los sábados para ganar algo más de plata. ¡Lo sabes! pero no es que tengas que abusar de ello. ¿Por qué no vendes ese hermoso reloj? Debe valer bastante, ¿no?

—No, No, no quiero venderlo. Siento que cosas buenas me van a pasar si lo llevo conmigo, eso me dijo la joven. La verdad es que necesito ese dinero lo más pronto posible. Te juro que ya no volveré a pedirte plata.

Lucio lo miró y esbozó una sonrisa enorme que dejó al descubierto una hilera de perfectos dientes blancos. Esa actitud era contagiosa, lo sabía, era quizás su mejor arma para convencer e incluso seducir a cualquiera para lograr lo que deseaba. No le iba a decir toda la verdad. No quería.

Lo cierto es que no sentía ningún remordimiento por no ser sincero. Prefería dejarlo con la duda que ponerlo al tanto de sus planes. Cuanto menos supiera Pedro de sus negocios mejor para él.

Saliendo de su momentánea ensoñación, las palabras de su amigo lo volvieron a la realidad.

—Eso espero. ¿Cuánto necesitas esta vez?

Lucio se levantó del sillón y acercándose a la mesita de las bebidas se sirvió un vaso de whisky y otro para su compañero.

—Bueno solamente te pido un poco. El resto, lo pongo yo.

—¿De verdad no me vas a decir en qué andas?

—No. Confía en mí, en serio.

—Está bien, ahora te lo doy.

—Bueno. Gracias. Como ya te conté, Ruby, la gitana, me dijo que tendría suerte en mis proyectos. Quién sabe, yo no les creo mucho, pero te digo que hoy me siento con fortuna. Prestame esa guita y te prometo que apenas pueda te la devuelvo.

Pedro dejó su vaso sobre el escritorio y levantándose se dirigió a la caja fuerte que se encontraba en un costado de la habitación empotrada en la pared detrás de una copia del famoso cartel “La Goulue” de Toulouse–Lautrec. Marcando una serie de seis números abrió la puerta de la caja de seguridad y de su interior extrajo un fajo de billetes.

—Tomá, acá tenés. Lo único que te pido es que tengas cuidado. Sé que no siempre andas con gente, digamos, con las manos limpias, ¿cierto?, así que cuídate, no la vayas a cagar, te lo pido por favor.

—¡Ah, Pedro!, muchas gracias. Lo que sí puedo contarte es que estoy enamorado. De verdad, al fin encontré mi media naranja.

—¿Enamorado? Realmente no lo creo.

Lucio sonrió.

—De verdad, viejo.

—¿Y quién es si se puede saber?

—Lo único que te voy a decir por ahora es que es muy bella. Ya te voy a contar todo con lujo de detalles un día de estos.

Se levantó y guardó el dinero que le dio su amigo en uno de los bolsillos del saco y le estrechó la mano. Apuró el último resto de whisky que le quedaba y salió de la oficina rumbo al bar. Mientras bajaba las escaleras, se asombró una vez más de no sentir culpa por estar ocultándole el verdadero motivo por el cual necesitaba el dinero.

A veces las más oscuras pasiones nublaban el entendimiento de Lucio y por lograr alcanzar a toda costa el objetivo de sus más secretos desvelos era capaz de cualquier acción extrema. En realidad sentía que se había convertido en un hombre sin escrúpulos. Lo importante para él era que se notaba distinto esa noche y creía que pronto su sueño se haría realidad.

El bar La Carta Marcada era atendido por una mujer madura a quién todos llamaban Mimí. En esos momentos se encontraba ordenando las botellas en las vitrinas y limpiando enérgicamente la larga barra de madera lustrada. Ya entrada la noche del viernes el local empezaba a llenarse con los clientes habituales.

—¡Hola, Mimí!, ¿Cómo estás? —la saludó Lucio apoyándose sobre el mostrador mientras sacaba su reloj de bolsillo.

Todavía faltaba un rato largo para el encuentro que tenía planeado.

—¡Hola, Lu! ¡Qué hermoso lo que tienes ahí! –dijo Mimí. Es demasiado para este sitio. Algún día eso te podría traer problemas, amigo. Tú eres mucho para este lugar buen mozo. Con sus labios pintados de rojo y con la sombra de ojos oscura, su cara parecía una grotesca máscara de carnaval.

Lucio guardó el reloj pensando que todavía era temprano y aún tenía tiempo de tomarse otro trago.

—¡Ah que va Mimí! ¡Tienes razón, hoy te roban y te matan hasta por un par de zapatillas! A propósito, ¿te conté alguna vez la historia de la pobre madre alemana a quien le robaron sus anillos de oro y que perdió a su hijo en Venezuela mientras este estaba de vacaciones?

—No, Lucio, no me la contaste. Pero ahora no tengo tiempo de escucharla, debo atender los pedidos de las mesas. Hoy estoy sola. No ha venido a trabajar Rosa y esto en un rato más será un desastre de gente. Hoy toca Pedro con los muchachos.

—Bueno, como quieras. Por favor servime un J&B con dos hielos, ¡hermosa!

Lucio sintió de pronto, a través de la fina tela de su traje, el suave avance del segundero del reloj. Por un momento lo invadió la extraña sensación de percibir el movimiento de las agujas como si fuera el tenue latido de un pequeño animal atrapado entre sus ropas, expectante y al acecho. Su boca se llenó de un sabor amargo y hubo en su estómago un escozor, como si esmerilados cantos rodados, duros y helados, se movieran en su interior.

Sacudió los hombros mientras el tiempo marcaba el definitivo derrotero hacia lo que todavía no sabía que sería su terrible final.

Apuró de un trago el alcohol y se sintió un poco mejor, no mucho, pero lo suficiente como para infundirse más coraje para enfrentar el encuentro que tendría esa madrugada.

Rouge Vival había logrado al fin tener dinero y poder. No fue fácil, no, claro que no. Tuvo una infancia terrible. Con un padre golpeador y una madre alcohólica no hizo falta mucho tiempo para que un jovencito rubio, de facciones agradables y complexión atlética, acabara en malas compañías y se convirtiera en un punga.

Cuando no aguantó más escapó de su casa con tan solo doce años. Pasó por varios reformatorios hasta que al fin comprendió que no tendría mejor destino que empezar a ganar plata en las carreras de caballos del Hipódromo de Buenos Aires que manejaba El Rayo Rizo. Y allí acabó. Llevando las apuestas en un principio hasta ir ganado poco a poco la confianza del viejo Rayo y pasar a ser su mano derecha en el manejo de los negocios durante diez años.

Al morir Rizo, fue natural que Rouge quedara a cargo de todo. Con las ganancias que vinieron de las apuestas, las máquinas tragamonedas y del casino del hipódromo pudo generar el capital suficiente para empezar a invertir en más casas de juegos. Esto le dio la posibilidad de aumentar aún más su capital. Pasó entonces a la compra y venta de propiedades en los mejores barrios residenciales y en la zona del micro centro, es decir entrar de lleno en el lucrativo negocio inmobiliario.

Fue así que en los ocho años siguientes se hizo millonario. Aquel niño rubio que corría llevando los boletos y los talones con el nombre del caballo ganador de un lado a otro del hipódromo hoy se había convertido en un hombre con una mirada de un azul glacial y con muy pocos escrúpulos.

Con el tiempo Rouge supo ganarse la amistad de los políticos de turno sabiendo de antemano que lo férreo de sus maneras lo llevarían pronto a poder manipularlos para lograr sus objetivos. No en vano lo apodaban El Duro.

Hoy, después de muchos años de trabajo ganándose el apoyo de personas influyentes y corruptas que lo ayudaron a eliminar la indeseable competencia, contaba con bastante poder y riqueza lo que le permitía tener a su alrededor perros seguidores. Serviles y fieles, siempre y cuando, les tirara algo de las sobras de su avaricia.

Convencía a la gente, de una u otra manera, por las buenas o por las malas, de que era necesario dejarle a él el manejo de los asuntos más importantes, o sea del dinero.

Era de madrugada y Rouge El Duro estaba en el amplio despacho de su inmobiliaria. Con un grito llamó a sus dos hombres de confianza, El Chucho Anís y Juan El Demoledor, que se encontraban jugando a las cartas en la oficina contigua.

—¡Escuchen, muchachos! –ordenó.

—Debemos ir cuanto antes a ver a un tal Lucio Estrella en un bar del puerto. Me llamó por teléfono y me citó allí. Dijo que está en condiciones de pagar lo que me deben los dueños de la joyería de la Recoleta. No sé quién es, así que estén muy atentos, ¿me entienden?

—Entendido jefe –respondieron los dos hombres al unísono como un par de monos de circo que se cuelgan de un trapecio al silbido de su entrenador.

Los tres se levantaron de inmediato y salieron del edificio donde estaban las oficinas de la Inmobiliaria y Negocios Comerciales Rouge Vival SA, subieron a su coche y condujeron en silencio.

Lucio dejó sobre la mesa su último vaso de J&B y miró una vez más la hora, sonriendo pensó que ya era el momento de encarar la reunión con Rouge Vival mientras prendía un nuevo cigarrillo. Pedro y los muchachos ya habían terminado de tocar y después de un rápido saludo se retiraron del lugar.

El bar se encontraba casi vacío a esa alta hora de la madrugada y Mimí hacía rato que se había ido a dormir a su casa dejándole encargado que cerrara bien cuando se fuera.

—Después de todo eres el mejor amigo del dueño –le dijo Mimí al entregarles las llaves y saludarlo con un beso lleno de lápiz de labio.

Rouge Vival, seguido de sus hombres, entró a paso firme apenas dieron las cuatro de la mañana. Buscó con la mirada y divisó a Estrella sentado en la barra. Este al verlo, les indico con un movimiento de cabeza que lo siguieran hacia el fondo del pasillo en donde se encontraba el reservado.

—Bueno, bueno. Aquí estamos, pajarillo de feria. ¿Qué es lo que tenés para nosotros?

Chucho lo miró con una sonrisa socarrona y acarició el costado izquierdo de su chaqueta de cuero negro.

—Bueno, no voy a hablar con ustedes dos, pericos de parque de diversiones, sino solo con su amo –se envalentonó Lucio tirando su pitillo al piso y aplastándolo con la punta de uno de sus mocasines de cuero fino.

—¿Por qué no nos sentamos? –invitó Rouge entrando al reservado mientras con un gesto de su mano le indicaba a sus matones que salieran.

—Escuchame pibe. No te conozco. No sé quién sos. Me llamaste ayer a la noche para encontrarnos aquí diciéndome que tenías la plata que me deben.

—No sé porque te has metido en esto, pero la verdad es que eso a mí no me importa. Así que no perdamos tiempo y entrégame la guita ahora y a otra cosa mariposa, ¿te parece?

—Sí, sí, por supuesto, yo tengo tu plata Rouge –respondió Estrella, acomodándose en el sillón del reservado detrás de la mesa de madera. En realidad tengo parte del dinero, no todo. Esa es la cuestión que quería comentarte en persona. Tal vez puedas darme más tiempo para conseguir el resto ¿eh?

Al ver la fría mirada de Vival, sintió que estaba sobre arenas movedizas y que pudiera ser que no tuviera las mejores cartas con las que ganar aquel juego, pero la ambición es como una piedra atada al cuello de un hombre que camina haciendo equilibrio por un delgado alambre tendido sobre un abismo. Su propio peso lo hará caer.

—Mira, escuchame idiota, creo que has entendido mal, pero muy mal la situación. Yo quiero ahora todo el dinero de lo contrario no la pasarás bien –sonrió Vival mirando al que no creía en la suerte.

Tienen una deuda conmigo y las deudas se pagan, es lo justo, así que vos me vas a pagar ahora o creo que la cosa se te puede poner muy fea, ¿me captas?

—Escucha, Rouge, yo lo único que quiero es que me des un poco más de tiempo –exclamó mientras tocaba su costado derecho.

—¿Pero vos sos o te haces?, ¡Imbécil! –le gritó El Duro agarrándolo de las solapas.

El Demoledor se asomó por la puerta mascando un chicle y observó sin pestañar a Lucio secándose con el dorso de la mano un resto de saliva de la comisura de sus labios.

—¿Está todo bien, jefe?

—Tranquilos, muchachos, tranquilos, creo que nuestro amigo nos entregará ya mismo la plata y esto acá se termina –exclamó despacio Vival incorporándose y plantándose con sus manos puestas en los bolsillos de su pantalón.

—¡Dame la plata ya mismo, muchacho! Se me está acabando la paciencia y seguís haciéndote el boludo.

—Bueno, bueno no tan de prisa viejo, te la voy a dar.

El amigo de Fonté retrocedió unos pasos y vio que Rouge le hacía un gesto a sus guardaespaldas con la cabeza y, sacando las manos de sus bolsillos, salía del lugar.

—O nos das todo ahora pequeño renacuajo o pronto solo serás un gato muerto más en el callejón, ¿entendés? –arremetió El Demoledor agarrándolo del cuello.

—No es necesaria la violencia, amigo mío –exclamó agitado el muchacho.

Trató de aflojar el apretón pensando que la cosa se había puesto difícil. Deseó salir de allí cuanto antes.

—Justo aquí, en mi bolsillo tengo el dinero –señaló– y con un rápido movimiento extrajo del interior del saco su revólver y empujando al matón le disparó a quemarropa.

De inmediato un humo azul y un intenso olor a pólvora invadió el pequeño reservado del bar.

El Demoledor con un gesto de dolor se llevó la mano a su hombro derecho y trastabilló hacia atrás golpeando la espalda contra la pared mientras sacaba su pistola y le descerrajaba un tiro a Lucio que erró por un milímetro su cabeza y fue a pegar contra el marco de la puerta.

El Chucho Anís alertado por el ruido entró en la habitación. Un destello plateado surcó el aire enrarecido y su brazo describió un arco mortal mientras la navaja que empuñaba se hundía repetidas veces en el pecho de Lucio a la vez que con su otra mano desviaba hacia abajo el revólver que este sostenía.

El Chucho realizó entonces un rápido giro y con el impulso lo tiró al piso. Se agachó sobre el cuerpo del joven herido y sacó de un rápido manotazo el fajo de billetes que este llevaba en uno de sus bolsillos. Al incorporarse tomó el revólver caído no muy lejos y se lo guardó por detrás quedando ajustado a la cintura por el cinturón del pantalón.

Agarrando el brazo sano de su compañero lo empujó hacia la puerta y ambos matones abandonaron el reservado y, junto con su jefe que los esperaba en el callejón, subieron al coche y salieron a toda velocidad del lugar.

Sintiendo un dolor muy intenso en su costado izquierdo, cerca del corazón, Estrella salió tambaleándose. Se palpó la herida y sintió un calor líquido. Se dio cuenta que el fajo de dinero que llevaba ya no estaba.

—Maldición –dijo mientras de su boca salía un borbotón de sangre que le dejó un intenso sabor metálico.

Se limpió con la mano y a tropezones avanzó hacia la calle por el callejón aún a oscuras. Llevándose por delante un pequeño puesto de flores que ocupaba un rincón de la vereda se percató que un grupo de claveles blancos manchados de rojo caían al suelo. Con la vista enturbiada por el dolor los observó precipitarse, sangrientos, como en cámara lenta.

Apretando los dientes recordó las palabras de la gitana Ruby: … ten cuidado de las flores y del tiempo cuando parezca que se deslizan lentos en la noche. «Mierda, al final la maldición se ha cumplido y aquí estoy ahora, muriéndome», pensó.

Tratando de sacar de su mente ese pensamiento llegó hasta su auto estacionado en el lugar de siempre. Abrió con manos temblorosas la puerta del vehículo y se arrojó sobre el asiento, casi sin aliento.

Bajo la ventanilla, necesitaba un poco del aire fresco de la noche. Sintió que se iba cayendo, resbalando.

Cerró sus ojos y se vio a sí mismo sumergido en agua de un color carmesí hundiéndose en la rojiza profundidad apenas iluminada por unos delgados rayos de una intensa luz blanca.

Pudo, con el último soplo de vida, entrever en esa luminosidad la maravillosa silueta de su amada. Extendió sus manos hacia aquella figura acuosa pero vio que se alejaba con su rostro muy pálido.

Abriendo su boca de par en par, escupió y una gran mancha cubrió parte del parabrisas. Era un grito definitivo que ya no era nada. La suerte a veces llega, a veces no. En cualquier momento se nos puede acabar y la suya al parecer ya se había terminado.

¡Mierda! –alcanzó a murmurar en un último ramalazo de lucidez y tomando con su mano ensangrentada el reloj de oro que le había comprado a la gitana, extendió el brazo para mirarlo por última vez. Abrió muy grandes los ojos y volvió a ver a la mujer de sus sueños, pero esta vez su cara era la cara de la muerte que lo besaba en silencio.

A veces es verdad que se puede morir por amor.

El sábado, Rosa llegó puntual, a las ocho de la mañana. Había faltado sin aviso la noche anterior y no quería seguir enturbiando más las aguas con Mimí llegando tarde. Los sábados el bar se ponía bien caliente. Pedro tocaba el saxofón acompañado en el piano por Fredy. «Arman un buen dúo esos dos. Ojalá que algún día llegue a ser un excelente saxofonista», pensó.

Apuró sus pasos hacia la entrada del bar y advirtió el auto estacionado con la ventanilla abierta del lado del conductor. Preguntándose qué haría tan temprano allí, se acercó. Apretó la cartera de cuero contra su cuerpo y le pareció que de pronto la mañana se volvía más fría a pesar de estar comenzando el mes de enero. Teniendo una fea sensación, se animó a mirar dentro del coche.

Ahogando un grito, vio a Lucio en el asiento del conductor con los ojos abiertos y en su cara una rígida sonrisa. Su saco abierto dejaba ver la camisa blanca con una enorme mancha de color rojo oscuro.

Llevándose una de sus manos a la boca, dio media vuelta, entró corriendo en el bar y con su celular llamó al 911.

La policía estuvo en La Carta Marcada muy rápido, o así le pareció a ella. Un coche patrulla se detuvo, ya entrada la mañana, frente al bar. Dos policías, El Ruso Stanngen y Yolanda Bianca, alias Yoli, fueron los encargados de registrar el sitio.

Para El Ruso, curtido hombre de la ley, apenas vio el auto con un tipo tumbado dentro, el asunto no tenía muchas vueltas.

Mientras miraba el rostro sonriente del cadáver pensó, como siempre, que era muy triste terminar la vida de esa manera. Así, sin pena ni gloria, en un callejón oscuro de la gran ciudad que él amaba proteger.

Esa mañana había salido rápidamente de su casa, era su día franco, pero sus dos compañeros de guardia, Miguel Zapata y Roberto Antunes, habían acudido a un caso de pelea domiciliaria. Una mujer joven y su anciana vecina discutieron por los ladridos del perro de esta última. Parece que la primera salió con una escopeta y empezó a los tiros contra la casa de la vieja con tal mala suerte que una bala atravesó la ventana de la cocina y le pegó en la cara matándola en el acto.

Era un desastre toda la escena, terrible, y lo peor que el perro seguía ladrando a través de las rejas del patio y la chica más joven gritaba como loca en medio de la calle en un ataque de histeria hasta que llegaron los paramédicos y calmándola la condujeron al interior de su casa.

Así que Zapata lo llamó por el radio de la patrulla a su celular, le contó lo sucedido y le encomendó la tarea de asistir al lugar con Yoli.

—Escucha, Ruso. Es así, el tipo tiene una profunda herida de arma blanca que le atravesó el corazón y de esto hace muy poco tiempo. Todavía hay sangre fresca en sus labios y en casi todo el parabrisas del auto, ¿lo ves?

—¡Chocolate por la noticia! –exclamó El Ruso observando con atención.

—Pero, ¿qué mierda sostiene en su mano derecha? ¡Fijate! Es un reloj y entre los dedos asoma un pedazo de papel.

Yoli, colocándose unos guantes de látex reglamentarios, tomó con delicadeza ambos objetos. Cuando iba a intentar desplegar el papel con las pinzas de metal que saco de un maletín que había depositado en el piso, sintió un grito a sus espaldas, girando divisó, dirigiéndose hacia ella, a la teniente de homicidios que se acercaba a paso raudo.

—¡Eh! ¿Qué hacés? ¡Poné eso de inmediato en la bolsa Ziploc!

Lucía Morales. Muy eficiente. Meticulosa. Organizativa. Detallista al extremo. Si no le hacían caso sus superiores en su manera de llevar una investigación, seguía adelante, así nomás. Muchos la tildaban de individualista y de no saber, o no querer trabajar en equipo. Sin embargo, era la mejor investigadora del Departamento de Policía que se había conocido en muchos años.

—¡Está bien, está bien, jefa! ya está –dijo Yoli, mientras introducía con cuidado el reloj y el trozo de papel marrón dentro de la bolsa de plástico para evidencias.

—¿Qué tenemos? —preguntó Lucía.

—Hola, jefa. Un tipo apuñalado. No fue su día suerte, eso seguro –rio El Ruso con sarcasmo.

—Bien, ¿hay testigos?

—Bueno, la camarera del bar fue la que llamó a la seccional temprano esta mañana. Ella fue la que encontró el cadáver. Su nombre es Rosa González.

Nos dijo que conoce al muerto y que su nombre es Lucio Estrella. Ahí está ella, esperando que alguien le diga qué hacer –le respondió Yoli señalando con un movimiento de cabeza hacia la mujer parada en la puerta.

—Bien, hablen con ella. Quiero hacer esto rápido –exclamó Lucía, mientras pensaba dónde podría conseguir una taza de café.

—Que acordonen el lugar y que no pase nadie –ordenó.

Para la Teniente de Homicidios el fin de semana no empezaba bien.

CAPÍTULO 2
No todo lo que reluce es oro

Rosa González entró al bar después de hablar con la policía y se puso a llorar, desconsolada. Se sentó en una de las sillas cercanas a la barra y con la cabeza baja se quedó un largo rato ahogando su llanto en silencio.

Así la vio Pedro. Llevaba en una de sus manos el estuche donde guardaba su saxofón. Lo dejó sobre una de las mesas. La mujer levantó su rostro marcado con dos finos surcos de rímel, pegó un salto y lo abrazó quedando en puntas de pie.

—Lucio está muerto. ¡Es terrible! La policía ya estuvo acá. Yo, yo no sé qué decir, ¡pobre, pobre!

—Sí, ya lo sé. Acabo de llegar de la casa de Ricky y me he encontrado con la horrible noticia.

Pedro la apartó con suavidad y le pidió que le contara todo lo que sabía.

—No sé mucho. Él estaba afuera, en el auto, hermoso como siempre, pero inmóvil. Hoy vine temprano para dejar todo listo para esta noche. ¡Esto es horroroso! De no creer.

Rosa se llevó ambas manos a la cara y empezó a llorar otra vez.

—Bueno. Calma. Ve a la cocina a ver si está todo en orden. Yo necesito estar solo para pensar un poco en lo que pasó.

Sus pensamientos hervían esa mañana. Agarró una botella de Jack Daniel´s de la estantería y se sirvió una medida doble. Necesitaba algo fuerte para poder encarar el día. Apenas había pegado un ojo la noche anterior.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! –exclamó en voz baja, mientras apuraba un trago.

—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué mataron a Lucio y quién fue?

—A ver, tranquilo, tranquilo, ordena los pensamientos y pone a funcionar tu instinto de policía, se dijo a sí mismo.

Su cerebro comenzó a trabajar como en los viejos tiempos. Tratando de poner cada hecho en su lugar como si fueran las piezas de un gran rompecabezas que de a poco y con mucha paciencia irían dando forma a la figura final que le daría sentido al todo. Empezó a hablar en voz alta.

—Él vino a verme ayer a la noche. Estaba un poco excitado. Me siento con suerte, amigo, me dijo.

—Sí, sí, lo recuerdo bien. Estaba vestido muy elegante, como para una importante ocasión y estaba muy resuelto. Por eso logró que le prestara un poco de plata.

—¡Maldición! Siempre confié en él. Desde chicos, cuando jugábamos a las cartas debajo del pupitre, a escondidas, durante las clases de catequesis de la hermana Consuelo y él me decía, tranquilo gallina, que yo te aviso si veo que viene la hermanita. Siempre sonriendo y jugando al peligro, mi querido Lucio.

¿Quién ha sido el responsable de su muerte? ¿En qué andaba metido?

Los pensamientos de Pedro iban muy rápidos. Debía encajar bien todas las piezas, una a una. Esta madrugada Lucio se iba a encontrar con alguien en el bar. ¿Con quién? ¿Qué había pasado?

¿Acaso la afinación de su saxofón en casa de Ricardo Berstein, su amigo músico y lutier, no hubiera podido esperar a más tarde?

«Si me quedaba un rato más, después de tocar, tal vez Lucio ahora estaría vivo», pensó con culpa Pedro.

Tantas preguntas rondaban en su cabeza, cuestiones de y si… y podría… y si hubiera… que por ahora no tenían respuestas.

No tenía sentido ponerse a cavilar de esa manera. Había pasado lo peor y él no pudo hacer nada para evitar el triste final de su amigo, ¿o sí?

La tremenda realidad era que estaba muerto y su cuerpo ya estaría a esas horas a oscuras y helado dentro de algún gabinete de metal en la morgue de la ciudad.

De repente, vino a su recuerdo aquel día en que Lucio se enojó con su amiga y compañera de curso María Carpentier y le había hecho aquello tan horrible. Los dos fueron a estudiar en su casa para el examen trimestral de Química pero en realidad ni abrieron los libros. María era un bocho y ellos dos siempre esperaban que ella les pasara las respuestas en los exámenes de casi todas las materias. A cambio la llevaban a bailar o a dar vueltas los fines de semana.

El caso fue que el día del examen María no apareció en la escuela y los dos muchachos lo desaprobaron.

Enojado, Lucio le pidió que lo acompañara hasta la casa de su amiga. Sus padres tenían una panadería a unas pocas cuadras del colegio sobre una de las avenidas principales del barrio.

Cuando encontraron a María en la cocina de la casa y le preguntaron por qué no había ido al examen aquel día ella les contó que su cobayo Coby, regalo de su padre, se había puesto muy enfermo esa mañana. Como su cuerpo temblaba todo el tiempo se quedó a cuidarlo y por eso faltó a la prueba.

Les mostró el animal que estaba en su jaula tiritando de tal manera que parecía que se moría.

Lucio, viendo aquello no tuvo mejor idea que decirle que esa noche cuando su padre apagara el horno de la panadería pusiera al cobayo detrás para que el calor que quedaba lo calentara un poco.

Seguro que a la mañana siguiente estará mucho mejor le dijo el muy hijo de su madre, guiñándole un ojo a su amigo.

Pedro, ante el recuerdo se emocionó y volvió a servirse otro vaso de whisky.

Lo cierto es, que al día siguiente, María tampoco fue al colegio. Ambos amigos, al término de las clases, fueron hasta su casa para averiguar qué le había pasado.

Grande fue la sorpresa de Pedro cuando María les contó, con lágrimas en los ojos, que hizo con Coby lo que Lucio le propuso. Al terminar la última horneada, envolvió el animal en una mantita de franela y con delicadeza lo puso entre la pared y el horno, en un huequito.

Después se fue a descansar, pero con tanta mala suerte que al día siguiente se quedó dormida y no pudo sacar al cobayo de detrás del horno a tiempo, antes de que su padre lo encendiera para hacer el primer pan. El resultado fue que el animalito terminó rostizado, quemado vivo. Ese había sido el motivo de por qué ella no asistió al colegio.

Pedro recordó que después de contarles el triste final, María lloraba y Lucio sonreía. El muy hijo de puta disfrutaba de la desgracia ajena.

Así era él. Tan de cagarse en los sentimientos de los demás. Pedro no sabía porque carajos lo quería tanto, pero se sentía como su hermano mayor y siempre lo sacaba de los problemas e intentaba que siguiera el buen camino.

Nunca tuve demasiado éxito, esa es la verdad. Al fin y al cabo hacía lo que quería porque como le gustaba decir «hoy me siento con suerte, amigo».

—Y ahora está muerto. ¿Qué fue lo que pasó en la madrugada? –Se preguntó en voz alta.

Ofuscado, golpeó con los puños la mesa de la barra haciendo tintinear las copas apoyadas en un costado.

—¡Epa! ¡Epa! ¡Cuidado hombre! Un golpe más como ese y tiras abajo toda la cristalería —dijo la oficial Lucía Morales que entraba justo en ese momento.

Sobresaltado, Pedro se dio vuelta y vio que se acercaba una mujer alta que vestía una chaqueta y una pollera oscura. Era delgada, con un fino rostro moreno enmarcado por una cabellera color negro azabache que le caía, abundante, sobre los hombros. De su cuello colgaba una identificación dorada de la Policía Federal.

—¡Lucía! ¡Es un placer volver a verte! –exclamó Pedro mientras acudía a su memoria el recuerdo de su trabajo juntos.

Fueron compañeros durante casi cinco años en la División de Homicidios. Hacían muy buena pareja y por un tiempo fueron amantes. Había química entre ellos como se dice, pero la verdad era que ambos se enfrentaban casi todos los días a situaciones tan tremendas que sus sentimientos muchas veces quedaban como anestesiados. Era muy estresante intentar resolver casos que siempre eran pura mierda de tal manera que casi no les quedaba tiempo para dedicarse a ellos mismos.

Sin embargo todo iba relativamente bien así hasta que Pedro tuvo que enfrentar una delicada situación. Se lo acusó de haber actuado con exceso de autoridad al tratar de defender a una víctima de asalto. Disparó sin aviso al atacante provocando que este muriera en forma instantánea.

Si bien Lucia estuvo con él en el lugar de los hechos, declaró durante la audiencia que ordenó el juez a cargo del sumario interno, que no había visto nada. Ella se había quedado atendiendo a la víctima, un hombre de mediana edad, extranjero, que había recibido tres puñaladas. Se encontraba agonizando tendido en la vereda. Así que dejó claro que su compañero estaba solo cuando persiguió al delincuente unas cuantas calles. Fue el mismo Pedro quien le dijo que había tenido que disparar en defensa propia matándolo de un balazo en la cabeza.

La víctima del asalto, de nacionalidad norteamericana, al final se salvó después de casi seis meses de recuperación hospitalaria. A él le hicieron un sumario y le dieron la opción de seguir en la fuerza si aceptaba ser reten de guardia en alguno de los bancos de la ciudad.

Esa fue como la estocada final. La gota que derramó el vaso. Cuando terminó toda la investigación presentó el pedido de baja y dejó de pertenecer a la policía.

—Hola, ¿cómo estás? Ha pasado un poco de tiempo, ¿no? Encontramos a este tipo muerto justo enfrente del bar. La camarera nos ha dicho que su nombre es Lucio Estrella y que era muy habitué de tu local y que anoche estuvo aquí tomando unas copas hasta tarde. Nos comentó también que ustedes eran buenos amigos. ¿Sabes algo que pueda explicar su muerte?

—No sé por qué lo mataron, si a eso te refieres. Sí, era mi mejor amigo. No sé quién le pudo haber hecho algo así, te lo juro. ¡Esto es terrible!, Lucía.

—Tranquilo, hombre. ¿Sabes si anoche estuvo con alguien sospechoso o en qué andaba metido? Debió ser algo gordo para que terminara así, asesinado de varias puñaladas en medio de la madrugada. Ya lo averiguaremos, seguro. Tarde o temprano casi todo se sabe ¿no?

—Decime, ¿dónde estabas ayer a la noche? –le preguntó Lucía mientras se sentaba en el alto butacón y cruzaba sus hermosas piernas enfundadas en unas medias color obispo.

—Estuve acá, tocando con los muchachos como hasta las doce, una de la mañana. La hora exacta te la puede confirmar Mimí. Después me fui a lo de Ricardo Berstein, él me ayuda de vez en cuando a afinar mi saxofón. Es un viejo amigo. A veces me quedo a dormir en su casa después de tocar algo juntos o beber y charlar hasta muy avanzada la madrugada. Eso hice.

—Bien. Hablaremos con él más tarde para comprobar tu historia. Es lo que se debe hacer, ¿lo entiendes no es así?

—Por supuesto. He dejado de ser policía, pero no me he olvidado de los métodos que deben seguirse. Está todo bien, en serio. Además este es tu trabajo, aunque ahora con la placa de teniente como veo, ¿verdad?

—Claro. La mierda sigue siendo mierda, pero tengo más responsabilidad que antes para tratar de sacarla de las calles. Sabes muy bien que siempre intento actuar bajo la ley y las reglas. Es importante para mí respetarlas y hacerlas cumplir, es como que así este desquiciado mundo se ordena al menos un poco.

—Lo sé. Siempre serás la honesta y correcta mujer policía, ¿no es cierto? En fin, te extraño algo, igual. Eso es verdad.

Lucía lo miro y sintió que tal vez aún quisiera a ese hombre, pero ese sentimiento no le duró mucho. Sabía que ya nada podía volver a ser como antes entre ellos. De alguna forma se había generado un espacio, una grieta, que separaba la vida de ambos.

Era como si cada uno estuviera frente a frente, separados por un precipicio. Se podían ver, se podían escuchar y hasta percibir en la distancia, pero nunca podrían volver a estar juntos de la misma manera como cuando fueron compañeros y enfrentaron la cruda realidad de los crímenes.

—Así es la vida, Pedro –dijo de pronto Lucía acomodándose en la butaca y aceptando la taza de café que le ofrecía Rosa.

—Otra cosa, ¿Por qué crees que querrían matar a tu amigo?

Pedro la miró durante un instante, los ojos verdes de la mujer eran muy intensos, su mirada era hipnótica y después de unos segundos tuvo que apartar la vista.

—No tengo la menor idea. Lucio estaba bien cuando lo encontré el viernes a la noche en mi oficina —respondió Pedro nervioso mientras se tragaba otro poco de licor— Hasta me confió que se había enamorado.

—¿Enamorado? ¿Sabes de quién? –inquirió Lucía tomando un sorbo de café.

—No lo sé, de verdad. No me dijo el nombre. Pero me contó que era una mujer hermosa y no agregó nada más haciéndose el misterioso como era su costumbre. Nunca pensé que iba a terminar muerto.

—La señora que se encarga de la barra, Mimí, nos comentó que tú amigo se quedó después de que ella se fue, a eso de la una de la mañana. Le dejó las llaves para que cerrara. Estrella le dijo que se iba a encontrar con alguien en el reservado, ¿sabes con quién?

—No sabía eso. Recién llego, no tuve tiempo de hablar con ella.

—Aja. ¿Dónde queda el reservado?

—Por ese pasillo al fondo. ¿Quieres ir a ver?

—Por supuesto.

Ambos se dirigieron entonces hacia el fondo del bar y se detuvieron frente a un importante reguero rojizo que salía desde la entrada al reservado y se extendía a lo largo del pasillo hasta llegar a la puerta de emergencia que daba al callejón. Pedro abrió despacio y de inmediato vieron el suelo con manchas de sangre.

—¡No toques nada! Este lugar también lo debemos considerar como parte de la escena del crimen.

Lucía tomó su celular y marcando el número de la central se puso en comunicación con Mike La Monde, quien le aseguró que ya salían rumbo al bar con el equipo de criminalística. Cerró la llamada.

—¡Deténgase!, ¡No dé un paso más, por favor! –le grito de repente a Rosa al ver que esta caminaba como hipnotizada por el pasillo hacia la puerta trasera.

—¡Salgamos todos de acá, ya! –indicó Lucia, mientras se volvía sin percatarse de que Pedro se agachaba y tomaba algo del piso y luego de darle un vistazo lo guardaba dentro del bolsillo de su pantalón.

Los tres volvieron sobre sus pasos y se quedaron parados mirando hacia el lugar en donde Lucio Estrella había encontrado la muerte.

—Bien Pedro, debo volver a la oficina, por favor quédate por acá ¿sí?, usted también Rosa, pronto llegará el equipo forense y querrá hablar con los dos.

—No toquen nada por favor –dijo la hermosa investigadora.

—Lucía, yo que vos averiguaría con quién se encontró Lucio.

Lucía se detuvo un segundo y luego siguió caminando hacia la salida mientras alzaba su mano derecha con el dedo pulgar alzado en dirección a Pedro.

—Gracias. Lo tendré presente.

Ya afuera se dio cuenta de que la mañana había avanzado llegando casi al mediodía y el fuerte sol de enero presagiaba un cálido día. La embargaba una sensación extraña. El encuentro con Pedro le había traído viejos recuerdos. Mientras se dirigía hacia su coche sintió un déjá vu, fue como si la música de una olvidada canción ya conocida comenzara a sonar insistente dentro de su cabeza.

Pensó que el pasado a veces vuelve de manera tan intensa que puede llegar a nublar el presente y hacerle sentir que todo había sido mejor a pesar de que sabía que ese tiempo ya era un tiempo muerto.

Puso en marcha el auto. Se aferró al volante con ambas manos. Dejó que su vista vagara por un instante en el fluido tránsito que recorría la calle y salió rumbo a la Central de Policía.

La agente Bianca temía interrumpir a su jefa. No quería que la investigadora la sacara carpiendo creyendo que lo que tenía que decirle carecía de importancia.

Lo cierto es que esa misma mañana había recogido un hermoso reloj de bolsillo que sostenía la mano del muerto hallado en el puerto, antes de hablar con la camarera.

Era muy brillante, parecía ser de oro, con una llamativa cadena engarzada en eslabones muy finos.

«Sin dudas no se trataba de un asesinato por robo. Ese reloj debía valer mucho dinero», pensó.

Entonces ¿por qué nadie se lo llevó? ¿Cuál era el motivo del asesinato del joven?

A pesar de sus resquemores se animó y golpeó la puerta de vidrio de la oficina de la teniente Morales mordiéndose los labios.

—Sí, adelante.

—Permiso… soy yo jefa.

—Ah, ¿Qué es lo que querés? –dijo Lucía, levantando la vista de unos papeles que estaba leyendo.

—Le traigo este reloj que encontré en la escena del crimen —Yoli levantó la bolsa de plástico.

—¿Por qué no lo dejaste en el laboratorio para su análisis?

—Es que me pareció importante que supiera antes que nadie que lo encontré. No creo que el móvil del asesinato del tipo del bar haya sido un robo. ¡Mire lo que es este reloj!, debe valer bastante.

—¿Dejame ver?

La jefa de homicidios se puso un par de guantes de látex color azul que sacó del cajón del escritorio, abrió el precinto plástico, con cuidado extrajo el llamativo reloj y su cadena y los puso sobre la mesa. Los observó con atención. Reparó que en la tapa estaba escrito: Skopje– Joyería La Bell.

—Pero, espera un momento. Acompáñame —dijo.

Ya en el laboratorio, colocó con cuidado parte de la cadena con uno de sus eslabones en la platina del microscopio que estaba sobre la mesa de trabajo y lo enfocó con ayuda del gran ocular.

En medio del campo del microscopio apareció con claridad una filigrana sobre el eslabón con la forma del símbolo del infinito.

Lucía alzo la vista hacia su ayudante.

—Esto es importante. Busca en la base de datos el nombre La Bell, por favor.

La agente salió como una bala hacia su escritorio mientras Lucía miraba el reloj de Lucio Estrella. Un muerto que tal vez tenía que decir mucho más ahora, desde el más allá, que lo que había podido en toda su puta existencia.

—«En definitiva el cuerpo de un cadáver siempre habla», pensó.

—¿Cuál habrá sido el motivo para asesinar a este pobre tipo? –se preguntó.

—Okey, jefa –dijo Yoli interrumpiendo sus pensamientos.

—Acá está. El reloj pertenece a una de las mejores joyerías de la ciudad. Es muy exclusiva. El nombre de su dueño es Hadar La Bell. Es un inmigrante judío que llegó a nuestro país, procedente de Los Balcanes, huyendo de los nazis. Aquí tengo toda la información –dijo y agitó unas hojas impresas.

Lucía se incorporó de golpe de su escritorio, y sin querer, se volcó encima un poco del café negro y sin azúcar que se acababa de servir de la máquina eléctrica ubicada sobre una pequeña mesita.

—«Mierda, tengo que dejar de tomar tanto de esta porquería o me quedaré, primero sin ropa y, después sin hígado. Pero soy adicta al café negro y fuerte, que le voy a hacer», pensó.

Mientras se secaba la camisa blanca con una servilleta de papel que sacó de uno de los cajones de escritorio percibió la interrogación en su agente.

—¿Eh? –Yoli la miró desconcertada.

—Nada, nada, guardá esos datos en el archivo y dame la dirección de esa joyería. El lunes voy a hacerle una visita. Nunca se sabe que nos puede traer la marea. ¿No es cierto? –agregó mientras tiraba los guantes de látex en el papelero.

La joyería de los La Bell efectivamente estaba en una de las partes más exclusivas de la ciudad. Era el lunes por la mañana y Lucía Morales se dirigía en su auto hacia el lugar para indagar acerca del reloj de bolsillo.

Estacionó su automóvil en la calle Junín cerca de la Avenida Alvear en el Barrio de la Recoleta donde se ubicaban las joyerías más caras y las tiendas de importantes casas de ropa que se extendían hasta cerca del Centro Artesanal de Plaza Francia sobre la Avenida del Libertador.

La tienda que buscaba se encontraba justo al lado de la famosa casa italiana Bulgari. Al abrir la puerta del negocio se escuchó un alegre tintineo de campanillas. Lucía entró en el amplio salón lleno de vitrinas de cristal empotradas en las paredes y con un gran mostrador de vidrio, en el medio, en donde se exhibían joyas de todo tipo muy bellas.

Contra una de las paredes, se encontraba un sillón de tres cuerpos de Ratán y enfrente de él una mesita baja con tapa transparente con sus cuatro patas en madera negra labrada semejando las garras de algún tipo de felino. Una mullida alfombra roja con bordes dorados cubría todo el piso de la habitación.

Una mujer de espaldas, subida en una pequeña escalera, se encontraba acomodando unos brazaletes y anillos en una de las estanterías.

—Un momento, ya estoy con usted.

Bajó de la escalera, la plegó y la colocó en un costado, detrás de las cortinas que daban al depósito de mercaderías.

—Buenos días ¿En qué puedo servirla?

—Buenos días. ¡Qué joyas más hermosas!

—Sí, tratamos de tener lo mejor de lo mejor. Nuestra clientela es muy exclusiva.

La mujer escrutó a la persona que tenía enfrente. Se percató que no vestía como las ricachonas que visitaban su tienda. Se la veía elegante y formal llevando un pantalón color gris, una chaqueta del mismo color y una camisa blanca abierta en el cuello. Sin un solo anillo, brazalete, o cadenita como bijouterie.

—Claro, por supuesto –dijo Lucía– admirando la belleza de la joven que le sonreía. Llevaba su cabello pelirrojo recogido en un rodete que dejaba al descubierto su rostro de líneas definidas y muy delicadas. Sus ojos, de un azul profundo, tenían una mirada astuta.

—¿En qué puedo ayudarla? ¿O desea tomarse un tiempo para elegir algo de nuestra colección? Tenemos anillos, pulseras, gargantillas, relojes. Para usted o para cualquier tipo de ocasión, como un regalo, por ejemplo. ¿Necesita algo en particular para alguien especial? ¿Un regalo de compromiso? ¿Algo para usted, quizá?

La mujer movía sus delicadas y blancas manos señalando hacia cada uno de los lugares del negocio en donde se guardaban las lujosas joyas que había ido mencionado.

—No, no. Más bien quiero mostrarle este objeto –señaló Lucía, sacando del bolsillo derecho de su chaqueta una bolsa de plástico que depositó con suavidad sobre el cristal del mostrador.

La joyera vio que contenía un reloj y una cadena.

—Tenemos varios de este tipo en venta, ¿desea usted cambiar la que tiene? ¿O quizá no ande bien el mecanismo y necesite una reparación? Si ese es el caso mi abuelo podrá verlo, pero no hoy, él ha tenido que salir temprano hasta el banco para realizar algunos trámites.

Lucía, prestó mucha atención a la reacción de la joven cuando le mostró el objeto que había pertenecido a la víctima. Sin embargo no pudo percibir ninguna señal de alarma en ella.

—Muy bien. Vea señorita…

—Puede llamarme Jazmín.

—Sucede que este reloj tiene grabado en forma muy delicada las palabras Skopje, Joyería La Bell.

La joyera la miró sin pestañar. Luego volvió a bajar la vista al envoltorio.

—Bueno, si tiene ese grabado es indudable que pertenece a nuestra casa. ¿Qué necesita?

—Vea usted, este reloj se encontró en la escena de un crimen ocurrido en el puerto el fin de semana.

—Permítame presentarme, mi nombre es Lucía Morales, soy teniente de homicidios –dijo mostrándole la credencial del Departamento de Policía.

Jazmín pudo ver una foto de la mujer que tenía delante de sí con su nombre escrito en letras negras, bajo el cual se leía Teniente División de Homicidios, Policía Federal.

—¡Pero, qué espanto! Igual sigo sin comprender ¿qué es lo que usted desea de mí?

—¿Reconoce entonces el reloj?

—Bueno, no sé, debería verlo mejor, claro, pero si en él están grabadas las palabras Skopje, Joyería La Bell como dice, sí seguro que lo reconozco, lo fabricamos nosotros.

—¿Es posible que alguien lo comprara en otra joyería que no sea esta? –preguntó Lucía sin dejar de observar con atención a la muchacha.

—Eh, no, eso es imposible. Los únicos que vendemos estos relojes en Buenos Aires, es más, en toda la Argentina, somos nosotros. Su manufactura es muy especial y proviene de una tradición artesanal muy ancestral de nuestro pueblo.

—Muy bien. ¿Tiene registradas las últimas ventas?

—Bueno, sí, seguro. Archivamos todo en la computadora. Creo recordar que hará más de un mes agregamos, a un reloj muy parecido a este que usted me muestra, una cadena de oro puro con eslabones que yo misma engarcé con filigrana en plata con el símbolo del infinito en cada uno de ellos.

Fue para un hombre elegante que se presentó aquí diciendo llamarse Lucio Estrella. Habló conmigo y con mi abuelo y dejó encargado el trabajo para retirarlo al día siguiente. Ahora lo recuerdo.

—Bueno, que bien que lo recuerde porque ese es el hombre que asesinaron.

—¡Oh qué horror! Parecía un hombre tan lleno de vida esa tarde en la que estuvo aquí en nuestro negocio.

—Bueno, sí, a veces así sucede ¿no?, un día estamos acá y al otro día estamos unos metros bajo tierra. Así es la vida de este tipo de personas. Por lo que hemos podido averiguar se trataba de un jugador de cartas que siempre andaba dándose aires de gran millonario.

—¿Es posible que ese hombre haya adquirido el reloj en algún otro sitio?

—Como ya le dije, solo nosotros lo vendemos.

—Entonces, ¿podría existir la posibilidad de que sea una copia?

—En realidad, si fuera así, la misma debería ser muy buena. Es muy difícil adulterar nuestros originales, todos llevan una marca personal casi imposible de repetir.

—Muy bien, entiendo. Seguro que voy a necesitar más información así que si llegara a encontrar el comprobante de la venta le pediría que nos lo haga saber, por favor.

—Bueno, esa es una información confidencial. Como usted comprenderá no puedo dársela oficial a menos que traiga una orden.

—Por supuesto.

—Bueno, creo que si no tiene más preguntas volveré a mi trabajo.

—No por ahora señorita La Bell, claro que podría necesitar contactarla y, quizá también a su abuelo, por si aparece algún otro dato que deba corroborar con ustedes.

—No hay problema, cuando guste. Siempre me encontrará aquí durante el horario comercial. Pero si debe ver a mi abuelo sería mejor que nos llame primero. Él suele salir a menudo a realizar algún que otro trámite o trabajo particular. Tome, aquí tiene nuestra dirección con los números telefónicos en ella –dijo Jazmín, y le ofreció una tarjeta de color blanco con bordes dorados.

—Muchas gracias.

Lucía agarró la tarjeta que le entregaba y la guardó en uno de los bolsillos de su pantalón.

—De todas maneras ya tenemos su dirección en nuestros registros —agregó.

—Tome, aquí tiene mis números, por si recuerda algo más. Todo es importante para nosotros. Me puede llamar a cualquier hora. ¡Ah, otra cosa! Quizá le parezca atrevida mi pregunta, pero ¿tiene usted novio?

—Creo que esa es una pregunta muy personal, ¿no le parece? ¿Por qué razón quiere saberlo, teniente?

—Bueno, es usted hermosa, debo decirlo, muy atractiva. No sé, imagino que debe estar cansada de que algunos de sus clientes masculinos se le tiren lances ¿no? –dijo Lucía, observando atentamente su reacción.

—Bueno, no es tan así. Le agradezco el cumplido, pero no, nuestra clientela es muy respetuosa y ubicada. Que tenga un buen día.

Muchas gracias.

Lucía se dirigió hacia la salida. Abrió la puerta y volvió a escuchar el sonido cantarín de las campanitas pensando que no todo lo que reluce es oro.

CAPÍTULO 3
La hormona de Greg

Pedro Fonté dejó escapar de su saxofón la nota final de «Still got the blues» de Gary Moore que se perdió nostálgica entre la nutrida concurrencia que llenaba La Carta Marcada.

El ex policía, devenido ahora en músico, dejó su instrumento sobre el piano. El apretado aplauso de la gente lo volvió a la realidad.

—¡Gracias, amigos, muchas gracias!, espero que les haya gustado.

Bajo del pequeño escenario de madera y se dirigió a la barra para tomar algo.

—Estuvo bueno –le dijo Mimí– muy lindo, cada vez tocas mejor, ¡Ja! ¡Ja! –rio la mujer con su sonrisa franca y contagiosa, como la de un payaso.

—¿Te parece? –respondió, dubitativo.

—¡Pero claro que sí, hombre! ¿Qué es lo que te pasa?

—No sé, debe ser que estoy triste, extraño a Lucio ¿sabes?

—Dame un whisky doble por favor, ¿sí?

Era otro sábado más, como decía el tango, pero no para él. Le parecía mentira que ya había pasado una semana desde que Rosa encontrara el cuerpo sin vida de su amigo. No podía volver el tiempo atrás. «Ya nunca volveremos a reírnos contándonos chistes malos, tomar tragos juntos o realizar algún que otro negocio, no del todo limpio, claro, es verdad, pero me hacía sentir que estábamos más unidos», pensó con tristeza.

Al final la sangre siempre pesa y es más densa que el agua, como expresa el viejo dicho.

Sintió de pronto que debía hacer algo. No podía quedarse con los brazos cruzados. Volvió a ver el rostro sin vida con su rígida sonrisa en esa mueca macabra. Recordó cuando tuvo que ir, por pedido de la policía, a la morgue a reconocer el cuerpo.

Allí parado, llorando, prometió averiguar por qué y quién había asesinado a su querido amigo. Vengaría su muerte. Quizás la tarjeta de presentación que encontró por casualidad tirada en el piso del reservado y que ocultó, pudiera llevarlo a encontrar las respuestas que tanto ansiaba y así poder cumplir su promesa.

Tenía muchas preguntas y esperaba contestarlas muy pronto. Metió el dedo índice dentro del vaso y jugó con los dos hielos que reflejaban su desolada mirada.

—¡Hey! ¡Hola, hombre! ¡Vamos! ¡Pareces una piltrafa humana y un bobo metiendo el dedo dentro de ese vaso! –dijo Rosa, mientras depositaba sobre el mostrador una bandeja vacía.

—Hola. ¿Qué tal? ¿Qué movimiento, eh? –respondió Pedro levantando la mirada.

—Bah, nada, el de siempre en una noche de sábado.

La camarera le apretó con una mano el brazo y lo miró con ternura.

Él sostuvo un momento su vista y exclamó: ¿Sabes?, extraño al muy caradura. No creía que lo quería tanto.

—Bueno, claro es natural, ¡si ustedes eran casi inseparables! Pero tenés que seguir adelante, él ya no está más con nosotros, físicamente, digo. Ahora debes ser valiente y enfrentar el dolor. Lo mejor es que aceptes que ya no está.

—Sí, tenés razón, debo aceptarlo, querida. ¿Sabes una cosa?, voy a encontrar al mal nacido que le hizo esto, te lo aseguro. Te lo prometo.

La mujer lo miró, emocionada. De pronto sintió un cariño inmenso por ese hombre solitario, y siguiendo el impulso, lo estrecho entre sus brazos y le estampó un sonoro beso en los labios.

El sonido del piano inundó el espacio de intimidad que se había formado entre ellos. Fredy se iba a lucir como siempre con su versión de «The folks who live on the hill» de Oscar Hammerstein.

El bar pareció iluminarse con tonos verdes y azulados. El aire se hizo más fino, como cuando se siente en la piel ese frío cortante que anuncia que pronto va a nevar. Cuchilladas de lacerantes nostalgias atravesaron a ambos amigos. Entrelazados, escucharon la hermosa canción.

Pedro estalló en silenciosos sollozos y apoyó su cabeza entre los senos de Rosa. El conjuro, que su promesa había desatado, lo llenó y pareció querer quedarse para siempre dentro de su mente y de su cuerpo como si fuera una espina de hielo clavada en su corazón.

A veces parece que no podemos desembarazarnos de nuestros muertos. Es como que siguen a nuestro lado como febriles fantasmas, deambulando molestos, hasta que podamos echarlos y mandarlos al olvido. Mientras no lo hagamos, seguirán recordándonos que debemos saldar sus cuentas pendientes. Entonces, quizá, nos dejen tranquilos aunque un poco más vacíos que antes.

El domingo, Vival despertó sin haber dormido bien. Se incorporó y se apoyó en el respaldo de su ancha cama, con el dedo pulgar e índice de su mano derecha se masajeó ambos ojos y un poco más despierto apartó las sábanas negras de seda y se levantó de un salto. Calzándose sus pantuflas, que siempre dejaba al pie de la cama, se dirigió al baño. Le encantaba ducharse con agua bien caliente primero, para abrir los poros de la piel y luego de un rato con un chorro bien frío que dejaba correr varios minutos por todo su cuerpo. Sentía que esto lo vivificaba aunque no sabía que en realidad sus células epidérmicas morían cada vez que realizaba ese ritual.

Petu, su chica negra del momento, se acercó despacio llevando una bandeja con el desayuno que le gustaba apetecer a diario. Una taza de café negro y sin azúcar. Unas tostadas de pan integral. Puré de paltas frescas y jugo de naranja.

La mujer dejó todo sobre la mesita ratona y se desperezó haciendo alarde de su hermoso cuerpo, solo cubierto con una tanga negra.

Rouge fue hasta ella, dándola vuelta, la abrazó por detrás, le acarició uno de sus hermosos y turgentes pechos, le dio un beso en el cuello y luego la despidió con una palmada en sus importantes nalgas. Tenía otras cosas en qué pensar ahora.

—Gracias encanto, después nos vemos —la chica se retiró sonriendo.

Estaba molesto. Su encuentro con Lucio Estrella no había salido bien. El tipo solo tenía una parte del dinero que le debían y eso no le gustaba. Su deuda todavía no estaba del todo saldada y la situación irresuelta lo ponía nervioso.

Para colmo, la llamada que recibió esa misma madrugada, lo había puesto más quisquilloso –como solía decir su esposa, que por fortuna para todos y sobre todo para él, se encontraba de viaje, disfrutando de un crucero por las Islas Griegas en compañía de su hija, Carolina.

Recordó, mientras tomaba un trago de su café y mordía la tostada de pan integral aquella misteriosa llamada.

La voz al teléfono se escuchaba como si saliera de dentro de una lata. Las palabras sonaron amenazadoras: Hola, Rouge. Vas a pagar por lo que hiciste. Estoy detrás de ti y te aseguro que no te saldrás con la tuya. Te voy a matar mal nacido y un click anunció el fin de la comunicación.

«¿Quién lo amenazaba?», pensó El Duro.

Masticó otra tostada, untada con el puré de palta. La voz era irreconocible, era obvio que habían usado algún tipo de dispositivo que distorsionaba la voz.

No importa. Ya está. A otra cosa mariposa. Quién haya sido seguro que quiere joderme con alguna clase de broma pesada como las que tantas veces he recibido –caviló Rouge tratando de restarle importancia al hecho.

Recuperó un poco de humor mientras bebía el jugo, pero no pudo sacar de su mente, siempre preparada para lo imprevisto, una sensación de inquietud.

¿Quién habrá sido el hijo de puta?

El lunes Gregorio Buresteinn llegó temprano a su trabajo. La puerta del laboratorio se abrió de inmediato con un pequeño chasquido metálico. Guardó la tarjeta magnética en el bolsillo de su camisa e ingresó a la sala luego de exponerse por unos segundos a la luz ultravioleta para lograr una perfecta esterilización de su ropa. A continuación, se puso una bata blanca que sacó de su armario y sentándose en una silla se cubrió los zapatos con dos botas de fieltro.

Desde la ventana con doble vidrio de aislamiento pudo observar todo el lugar y se sintió satisfecho. Al final, luego de una larga lucha con los idiotas burócratas de la Administración del Centro de Investigaciones e Innovación en Biotecnología Animal, el CIBA, como todos lo conocían en el país, pudo conseguir el presupuesto necesario para poder llevar adelante su proyecto de investigación.

En la mesa ya estaban trabajando con las últimas muestras, su joven ayudante Esteban Cortez y la bióloga molecular Patricia Gómez–Ruiz. Siempre que veía a Patricia, Gregorio sentía el mismo revoleteo en su estómago, como si miles de mariposas danzaran dentro de él con un frenético batir de alas.

No le gustaba mucho esta sensación, afectaba a su seguridad habitual y lo predisponía a cometer algún tipo de error que después podría llegar a lamentar. Sin embargo admiró por un momento las suaves curvas de la mujer que se insinuaban a través de su guardapolvo, mientras inclinada sacaba de la heladera una gradilla con tubos de ensayo.

Pasando la segunda puerta de seguridad, el doctor entró a su Sancta Sanctorum, y se sintió una vez más en la gloria.

—Buenos días, Patricia. ¿Cómo vas?

—Ah, doctor, bien. Estoy con las muestras P–151 y P–152 de las cepas mutantes de levadura Pichia pastoris, Met 1 y Met 2. Las han traído esta mañana y están listas para usar. Ya fueron probadas con éxito en la síntesis de la somatotropina recombinante.

Ya tengo 2.000 dosis de 500 mg con el agregado de 1,8 mg de acetato de tocoferol y los 2 ml de c.b.p. en las jeringas. Son 80 cajas en total que están listas para enviar al departamento de comercialización. También he guardado en la heladera algunas cajas con los cultivos que necesitemos probar más adelante.

Espero tener listas más dosis más tarde o tal vez mañana. Todo depende de la cantidad de sustancia que podamos extraer del conjunto V–5000 que se encuentra a disposición desde ayer en la tarde, pero que todavía tienen que entrar en proceso fermentativo.

Patricia alzó la mirada hacia Buresteinn y colocó los tubos de ensayo en sus gradillas sobre la mesa impecable. Sintió nuevamente la admiración y orgullo que la embargaba desde que la Dirección del Centro la había aceptado para trabajar con el eminente científico. Era el mejor genetista del país, reconocido internacionalmente por sus trabajos con la somatotropina bovina recombinante o como a él le gustaba llamarla, la Hormona de Greg.

Era un simple chiste entre los dos que ella festejaba con el fin de parecer más cómplice en el importante proyecto que estaban realizando y a su vez disimular la verdadera razón de su presencia en el laboratorio.

La joven científica, nacida en Cataluña, después de terminar su doctorado en la Universidad de Barcelona, pudo conseguir una importante beca de intercambio en el CIBA.

Ninguno de sus colegas lo sabía, pero ese fue el primer paso para poder llegar a cumplir la promesa que hizo un triste día, casi un año atrás. Se trataba en realidad de un juramento de sangre que en definitiva era la verdadera causa de porque había abandonado su tierra natal para trabajar en la Argentina.

—Muy bien, te ayudo así hacemos más rápido –dijo Gregorio.

Tomó con suma cautela las muestras de extractos de pituitaria del lote de las vacas transgénicas y las colocó con cuidado en la centrífuga.

—¡Esteban! ¡Baja un poco el volumen, no puedo concentrarme si eso suena tan fuerte, por favor!

Cerró con fuerza la tapa del aparato y, presionado el teclado digital, seleccionó cuarenta revoluciones por minuto. Eso permitía separar el suero de lo que en realidad necesitaban, el extracto de pituitaria.

El técnico ayudante enseguida bajó el volumen del estéreo. Le gustaba escuchar música fuerte mientras, sentado frente al microscopio electrónico, miraba, una y otra vez, los preparados celulares de las ubres de las vacas. Un trabajo bastante monótono.

—Escuche, jefe, ¡es «Susie Q» de los Creedence! ¡Fantásticos los tipos, unos genios, eh! ¡Qué banda por Dios! Y eso que yo ni había nacido cuando los Fogerty ya recorrían todo Estados Unidos tocando.

—Sí, sí, es cierto, pero ahora debemos concentrarnos en obtener la mayor cantidad de hormona –ordenó el genetista.

—De acuerdo. Aquí tengo los preparados histológicos de las ubres del lote V–2000 que aparentan estar en buenas condiciones. No manifiestan señales necrósicas que podrían indicar una posible mastitis.

—Excelente. Patricia va a procesar las muestras. Mañana, si no surge ningún contratiempo, tendremos las otras dos mil dosis que necesitamos para comenzar a inyectar el lote completo de los animales de experimentación –dijo Buresteinn, mientras extraía del bolsillo izquierdo de su bata un hermoso reloj con cadena. Miró la hora.

—Se me hace tarde, terminen ustedes con los preparativos para tener lista la sustancia lo más pronto posible –agregó.

Se dio vuelta y se dirigió hacia la salida para poner rumbo a su oficina.

—Escucha Esteban, aquí dejo las cajas con las dosis listas. Cuando tenga las que faltan, completamos todo el lote y lo enviamos al departamento de marketing

—Bueno, no hay problema, ¿ya te vas, Patricia?

—Sí, hoy salgo un poco antes, tengo cosas que hacer, pero mañana vengo temprano y termino de preparar los inyectables que necesitamos para iniciar las pruebas en las vacas.

—Bueno, yo me quedaré un rato más estudiando estos tejidos.

Cortez saludó a su compañera que atravesó la puerta de bioseguridad y abandonó el lugar.

A las diez de la noche todo el personal del CIBA ya se retiraba y las instalaciones quedaban desiertas. El guardia nocturno, Alfredo Padilla, cerraba las puertas automáticas del frente con su llave digital. Era muy meticuloso cuando tomaba su turno. Revisaba con cuidado cada laboratorio asegurándose que ya se habían retirado todos los «bata blanca», como le gustaba decirles a los científicos del Instituto, y verificaba que las puertas de acceso a cada uno de ellos estuvieran con sus trabas magnéticas activadas.

Después de su recorrida, que le llevaba unos treinta minutos, regresaba a su escritorio. Se sentaba en su silla preferida de respaldo reclinable y encendía el pequeño plasma para mirar el resumen de los resultados de los partidos de la liga de fútbol. Un pitido de alerta sonaría si alguna de las cámaras detectaba movimiento en cualquiera de los pasillos. Estaba prohibido el uso de cámaras en los laboratorios. Esto para él era un error, pero nada podía hacer al respecto.

El hombre que había permanecido oculto escuchó los pasos de Alfredo que se alejaban. Salió con cuidado de debajo de la mesa de trabajo donde se había escondido, y en puntas de pie se asomó al ventanal de vidrio y vio que el guardia de seguridad daba la vuelta en la esquina del pasillo del área de investigación en biotecnología animal.

Apoyó sobre la mesa una gran mochila y se dirigió en silencio hacia el lugar en donde estaba la solución de la hormona terminada. Se movía como si conociera el lugar.

Sacó de la heladera las cajas de Petri que contenían las levaduras recombinantes y las guardó junto con la hormona dentro de la mochila de montañista asegurándose que las correas de la tapa superior quedaran bien amarradas.

Esperó un minuto de pie hasta que se calmara su agitada respiración y los latidos de su corazón.

Después de unos segundos abrió la puerta apoyando la tarjeta magnética sobre el cuadrado plástico ubicado encima del picaporte. Se colocó la mochila en su espalda asegurando el cinturón elástico a su cintura, y antes de salir se cubrió la cabeza con un pasa montaña negro.

Apenas dio los primeros pasos escuchó que comenzaba a sonar, estridente, la alarma. Se ocultó detrás de uno de los armarios de metal que había en el corredor.

Alfredo tardó menos de cinco minutos en llegar desde el lobby hasta el primer piso, enseguida se dio cuenta de que la puerta del laboratorio del doctor Buresteinn estaba abierta. Con precaución preguntó si había alguien. Silencio. Se asomó con cautela al interior en penumbras empuñando su pistola.

—¡Hey!¡Salga y déjese ver! ¡Estoy armado en este momento! ¡Salga quien quiera que sea con las manos en alto!

Avanzó unos pocos pasos y de pronto sintió un pinchazo en el cuello. Se dio vuelta con rapidez llevándose la mano desarmada hasta el sitio del dolor apretando y palpando mientras tenía la sensación de que sus ojos se hinchaban cada vez más y que su boca se empezaba a llenar de un sabor amargo.

Cayó de bruces sobre el piso y todo su cuerpo comenzó a temblar mientras su lengua, hinchada, empezaba a ser triturada por el movimiento incontrolable de sus dientes. Una bocanada de sangre tibia se mezcló con el líquido blanco que salía de su boca y que al deslizarse por su mejilla comenzó a formar en el suelo un gran charco de un intenso color rosa.

Abriendo de par en par sus ojos ya protuberantes y a punto de estallar alcanzó a percibir entre la nebulosa llena de estrellas brillantes que comenzaron a aparecer en su visión una sombra que se alejaba y desaparecía.

«Qué raro, me hace acordar a aquella marioneta de un ángel negro que vi una vez en el teatro del barrio, que movida por unos hilos invisibles desaparecía de la vista del espectador simulando que se iba al cielo», pensó Alfredo.

Este fue su último y agónico pensamiento. Con una falsa sonrisa llena de baba y sangre dejó de respirar.

La oscura forma humana observó por un momento el cuerpo inmóvil y luego agachándose y dándole vuelta tomó de uno de los bolsillos de su camisa la llave digital que permitía abrir las puertas que daban al exterior. Los ojos de Alfredo colgaban de sus órbitas y en sus retinas solo se reflejaba la cabeza encapuchada de la muerte.

El ladrón y asesino bajó corriendo los escalones de la salida de emergencia, llegó al lobby, abrió con la llave la puerta automática vidriada y enfrentó la calidez nocturna. Subió a una motocicleta que se hallaba oculta entre los arbustos más alejados de la entrada del edificio y acelerando se perdió a toda velocidad en la noche con su valiosa carga sobre la espalda.

A primera hora de la mañana, Esteban condujo su Yamaha 350 en dirección a El Establo.

Atravesaba los campos iluminados por las primeras luces del amanecer. Sin el casco y el pasamontañas puestos, dejó que el viento le aclarara la mente y lo vivificara esperando que los altos niveles de adrenalina en su torrente sanguíneo volvieran a la normalidad y pudiera recobrar la calma.

La claridad del nuevo día ya asomaba en el horizonte. Las tierras llanas, aradas y verdes que se extendían a ambos lados de la carretera, permanecían aún envueltas en una bruma gris que pronto iba a adquirir un ribeteado tono dorado al ser iluminada por los primeros rayos de sol.

Luego de andar un rato por la autopista casi desierta, disminuyó la velocidad y se detuvo en la banquina de tierra. Puso las luces intermitentes. Se acomodó la voluminosa mochila y sacando del bolsillo de su campera su celular marcó un número. Esperó de pie apoyado contra el asiento de la motocicleta a que contestaran del otro lado de la línea.

—Hola, Esteban. ¿Las tenés?–preguntó una voz femenina.

—Sí.

—¿Todas? ¿Las cuatro mil dosis y las levaduras iniciadoras?

—Solo las que estaban listas. Son 2.000 dosis más las placas. Aún falta elaborar otras tantas, pero por ahora tendrás que conformarte con lo que traigo.

—No importa. Serán suficientes. El cargamento tiene que salir cuanto antes para España. No es necesario, me parece, que te recuerde que con el dinero que obtendrás por colaborar con nosotros podrás resolver el tratamiento de tu madre, ¿verdad?

A Esteban esas palabras le resultaron duras, pero eran ciertas. Lo habían empujado, casi obligado, a robar la hormona convenciéndolo de que así podría acabar con el sufrimiento que estaba padeciendo la pobre mujer.

—¡Ah, qué hija de puta!, me apuraron con la enfermedad de la vieja, ¡desgraciada! ¿No era que teníamos tiempo?, unos quince días me dijiste cuando hablamos la semana pasada y me convencieron, vos y el doctor, de entrar en el negocio. De todas maneras ya tengo en mi poder parte de lo que querían. Ah, te aviso que maté al guardia nocturno del CIBA.

—¿Lo mataste?

—Sí, No quería que me reconociera, no me quise arriesgar, así que lo liquidé.

—No era lo que esperaba, pero lo hecho está hecho. Necesitamos volver a sacar la hormona y rápido pero ahora tenemos que tener mucho más cuidado que antes. La cosa se ha puesto brava. La Policía Nacional está controlando los puertos y aeropuertos, sobre todo el de Barcelona, así que nos puede llegar a costar un poco más de trabajo meter por allí este segundo cargamento –explicó en forma enérgica la mujer.

—Bueno, está bien. En todo caso tendrás las dosis sin las pruebas sanitarias. Es el riesgo que correremos. ¿Te encuentro en El Establo para entregártelas como habíamos quedado? Estoy yendo para allí ahora mismo. En veinte llego. ¿Sabes la dirección?

—Dámela. Tengo GPS. Ahí nos vemos –dijo la voz femenina, sin decirle que ya lo estaba esperando en el galpón de las vacas, y cortó la llamada.

Esteban guardó el celular en el bolsillo. Salió al camino y puso rumbo a la granja.

Sabía lo que se había jugado esa noche. Todo. Toda su vida estaba en juego ahora. Tuvo que tomar una decisión difícil en poco tiempo ya que lo habían apurado sin darle mucho margen para pensarlo mejor. Lo tentaron con plata. Mucha plata. Sería suficiente para poder pagarle el mejor tratamiento a su madre que, enferma de cáncer de pulmón desde hacía un año yacía postrada en una habitación del Instituto de Oncología Ángel H. Roffo en el centro de la ciudad.

Ella languidecía y apenas sobrevivía llevando a cuestas un tubo de oxígeno y tomando un montón de drogas de mierda que no la estaban haciendo mejorar. Había dejado de lado sus sueños para poder pagarle a él, haciendo miles de trabajos a toda hora, sus estudios en una de las mejores universidades de la ciudad después de que su padre, un comerciante próspero en el rubro de la construcción, los abandonara para irse a vivir con su secretaria.

Este doloroso recuerdo, hizo que apretara aún más el acelerador de la moto y casi derrapara en una de las curvas del camino de tierra que conducía hacia la granja bordeado a ambos lados con hileras de pinos muy altos cuyas siluetas se recortaban sobre el fondo del cielo que ya empezaba a clarear.

Un intenso escalofrío recorrió de pronto todo su cuerpo. Comprendió que tenía que serenarse y pensar claramente lo que debía hacer. Aceleró y fijó sus ojos en el fin del camino sabiendo que a sus espaldas llevaba, eso esperaba, el milagro para su amada madre convaleciente y la posibilidad de una nueva vida.

Ingresó a la granja por un camino lateral, solo abierto a los proveedores habituales y que por ello contaba a esa hora con escasa vigilancia.

Dejó su motocicleta entre los árboles que rodeaban el galpón principal del complejo y atravesando en silencio el patio se acercó a la puerta de entrada del establo en donde se guardaban las vacas que serían sometidas a las pruebas de laboratorio.

Abrió la puerta y entró en el amplio recinto que olía a estiércol, orines y heno recién cortado. Esperó un momento escuchando solo el mugir lastimero de los animales. «Eso estaba bien», pensó, mientras se aseguraba que el contenido de su mochila permanecía en su sitio.

De pronto, sintió un pequeño ruido que provenía de un costado. Justo en dónde se encontraba el primer corral con una de las vacas que lo miraba con sus grandes ojos bobalicones mientras chasqueaba su enorme lengua y una baba blanca y espesa caía desde su boca llena de pasto, hasta el suelo humedecido.

—¿Quién está allí?¿Eres tú?

—Claro, idiota. Soy yo, ¿a quién esperabas en este chiquero, a Shrek?

La mujer salió de detrás del corral. Iba vestida con una campera ajustada y calzas negras, embutidos sus pies en unas botas, también negras, que le llegaban hasta las rodillas, llevando sobre su cabeza un gorro de lana encasquetado hasta las orejas. En su rostro pálido, sus intensos ojos azules parecían brillar en la tenue luz del establo lo que parecía acentuar más su apariencia fantasmal. Se acercó a Esteban.

—¿Lo tienes? ¿Tienes las dosis?

—Sí, claro, ya te lo dije, las traigo aquí en la mochila –aclaro Esteban, mientras se la sacaba de su espalda, la ponía en el piso y abriendo el cierre extraía con precaución algunas de las cajas conteniendo las jeringas con la solución inyectable de la hormona y se las mostraba.

—¡Bien!, ¡dámelas! —ordenó la voz femenina.

—Bien, pero espera. Dame el dinero ahora y luego te llevas todo –exigió Esteban, mirando rápidamente en todas direcciones.

Ella acercó su esbelto cuerpo al del joven.

—Como te dije por teléfono sólo había dos mil, el resto están aún sin procesar. ¡Es todo lo que te pude conseguir por ahora! ¡Y para ello tuve que matar a Alfredo, el guardia nocturno!

—¡Mierda! ¡Esperaba unas cuatro mil! Pero no importa, algo voy a obtener por ellas igual –le susurró al oído la mujer mientras sus labios le rozaban la oreja provocándole cosquillas.

—¿Las quieres o no? –inquirió nervioso Esteban, sintiendo que se le aceleraba el pulso por la proximidad de ese cuerpo atractivo y curvilíneo.

—¡Claro que sí bobo! ¡Dámelas!

El ayudante del doctor Buresteinn le entrego la mochila.

—Muy Bien. Ya las tienes, ¡ahora dame el dinero que me prometiste!

—Oye, porqué tanto apuro ahora ¿eh? –y apretó felinamente su cuerpo contra el de él. Podríamos pasar un lindo momento, juntos, aquí en este chiquero, ¿no? Sería divertido, nunca lo hice en un establo –ronroneó la mujer con voz seductora introduciendo acto seguido la punta de su lengua dentro de la oreja del muchacho.

—¡No!, ¡No!–exclamó el hombre, apartándola con un empujón de su mano– ¡Dame el dinero y salgamos de acá!

—Bueno, bueno. Aquí lo tienes. Tú te lo pierdes –se resignó la mujer enviándole una mirada encendida y metiendo su mano derecha en el interior de la campera sacó con un veloz movimiento una daga de hoja muy fina. Sin miramientos se la clavo profundamente en un costado de la garganta y girando diestramente la muñeca hizo un perfecto corte horizontal a lo largo del cuello del joven.

De pronto Esteban vio aparecer una luz extremadamente brillante ante sus ojos. Se llevó las manos a su garganta desgarrada por la afilada hoja de metal. La mujer retrocedió unos metros. Tambaleándose, casi ciego de dolor, intentó acercarse a su asesina pero sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Sus manos apretaban su cuello tratando de contener la sangre que salía a borbotones. Supo instantáneamente que ya nunca podría devolverle a su querida madre los años de sacrificios que ella había tenido que pasar por él.

Se apoyó por un momento en el borde de madera del corral cercano. Se desangraba y moría lentamente cayendo de rodillas en el suelo mojado. Bajó la vista y se derrumbó hacia adelante definitivamente vencido. Su ojo izquierdo se clavó en una de las afiladas púas del rastrillo para acomodar el heno que alguien había dejado tirado boca arriba.

La hermosa mujer se puso a la espalda el cargamento y salió con sigilo del galpón. Corrió hasta su auto estacionado detrás de una cerca de madera. Al llegar al vehículo, se sacó la mochila y abriendo una de las puertas traseras la acomodó con cuidado sobre el asiento.

Una vez sentada al volante, tomo un poco de aire y luego le dio arranque. Con las luces apagadas enfiló hacia la carretera iluminada por el sol.

La sensación de euforia que sentía era tal que al poco rato de andar encendió la radio y comenzó a sonar «Traveling band» de Creedence Clearwater Revival. Abriendo la ventanilla, dejó que el viento le alborotara su hermosa cabellera rojo fuego y estalló en una sonora carcajada.

El martes, muy temprano, Lucía estaba en su casa, desayunando, cuando sonó su móvil.

—¡Hola! ¿Yoli? ¿Qué pasa?

—Buenos días jefa, acaban de informarnos que encontraron un cadáver en el CIBA. El Ruso y yo ya vamos para ahí.

—Enterada Yoli, ya salgo. Se puso la campera y agarrando las llaves del auto salió apresurada de su departamento.

Condujo con velocidad por la autopista haciendo sonar la sirena policíaca manual adherida en el techo de su vehículo. Al llegar al centro de investigación estacionó en la acera de enfrente, bajó y se dirigió presurosa hacia la entrada principal.

Ya habían acordonado la zona con la clásica cinta blanca y roja del Departamento de Policía y varios agentes se encontraban custodiando el sector y retirando del lugar a los curiosos. Pasó por debajo de la cinta.

—¡Eh! ¡Alto ahí!

—Muy bien, Muy bien, muchacho, soy la teniente Morales del Departamento de Homicidios ¿ves? –exclamó mostrando su identificación.

—Oh, perdone usted oficial, adelante –dijo el joven rascándose la cabeza en un gesto incómodo.

Lucía subió las escaleras y entró al Centro de Investigaciones. Junto al mostrador de la recepción del edificio divisó de inmediato a sus dos compañeros.

Junto a ellos estaba un hombre alto, de mediana edad, entrecano, ataviado con una bata blanca desabrochada, pantalones grises y una camisa azul con una hermosa corbata de color bordó.

—¡Hola, jefa!, exclamó Yoli al verla aproximarse a ellos.

—¡Buen día, Lucía! dijo El Ruso, a la vez que le alcanzaba un vaso de poliestireno que tenía sobre el mostrador de la recepción lleno de café negro sin azúcar como a ella le gustaba.

—Buenos días, muchachos, ¡ah qué bendición!, gracias —exclamó tomando el vaso y bebiendo un sorbo apresurado.

—Veamos, ¿Qué tenemos aquí? —preguntó mientras se pasaba la punta de la lengua por sus labios para secar los restos de humedad que le había dejado el trago de café.

—Él es el doctor Gregorio Buresteinn, está a cargo del laboratorio de biotecnología animal —dijo El Ruso.

—Buen día, doctor, soy Lucía Morales, teniente de homicidios del Departamento de Policía.

—Encantado.

—¿Sabe usted lo que pasó?

—El personal de limpieza del instituto encontró esta mañana, temprano, mientras terminaban de asear el primer piso, el cadáver del guardia de seguridad. Estaba tirado en el pasillo, a la entrada del laboratorio. Su nombre es Alfredo Padilla y trabajaba aquí desde hacía tres años. Tomaba el turno de la noche –sintetizó Yoli.

—¡Pobre Alfredo! –exclamó de pronto Gregorio– era una excelente persona y muy responsable, oficial, hacía su trabajo muy bien, no entiendo quién podría haberle hecho algo así.

—Claro –dijo Lucía, mientras arrojaba su vaso de café vacío al papelero cilíndrico de color gris que se encontraba contra la pared.

—Bien, ya veremos, doctor. ¡Vamos a echar un vistazo al primer piso!

Usted no se retire, es necesario tomarle declaración. Aguarde aquí un momento por favor, pidió Lucía, mientras se dirigían hacia la línea de ascensores que se encontraban enfrente de la recepción.

Ya en su interior, Yoli la miró.

—¿Qué te pasa?

—No, nada, nada jefa, atractivo el doctorcito ¿eh? Eso.

—¡Qué va! ¡Tiene pinta de maricón! –y ambas se rieron por lo bajo.

La puerta del ascensor se abrió sin un sonido en el primer piso del complejo. Un largo pasillo de linóleo blanco con las paredes de un color beige pálido iluminado por los reflectores de luz ultravioleta.

Dos personas del equipo forense, vestidos con sus clásicos mamelucos con capucha de color blanco, se movían despacio alrededor de un cuerpo que yacía boca arriba con su cabeza de costado sobre el piso manchado de sangre.

—¡Buenos días, Lucía! –saludó Mike La Monde.

—Buenos días. Es un gusto volver a verte, ¡Ja! Nuestros encuentros son siempre tan románticos ¿no? –le dijo la oficial Morales, mientras estrechaba la mano varonil y segura que este le tendía.

—Sí. Es cierto. Deberíamos tener un rato para los dos y salir a tomar algo alguna vez, ¿digo?, hablar tranquilos, sin tanta mierda a nuestro alrededor, ¿no te parece?

—Puede ser –respondió la mujer policía mirando sus ojos azules e inteligentes.

—Bien, ¿Qué tenemos?

—Bueno. Dejame ver. Se trata de un masculino de mediana edad, caucásico, sin señas de golpes en su cuerpo. Una pistola 9 milímetros a su lado. El cuerpo fue encontrado a las siete cuarenta y cinco por la ordenanza de limpieza, uh… su nombre es Olga Pintos, mexicana –leyó Mike en voz alta de una pequeña libreta abierta que llevaba consigo.

Lucía, de pie frente al cadáver del guardia nocturno, se agachó y observó sus ojos colgando de las órbitas, su boca abierta y restos de lo que parecía una espuma blanca rosácea pegada a las comisuras de sus labios.

—Uhh, ¿Cuánto hace que murió? –pregunto llevándose la mano a su nariz.

—Unas doce horas, aproximadamente.

—¿Qué es esto? –volvió a preguntar señalando la baba ya seca en el mentón del muerto, a la vez que miraba desde abajo al hombre parado a su lado.

—¿Y qué carajos le paso a su lengua?

—No lo sé. —Mike inclinó su cabeza.

—Al parecer se la cortó en pedazos con sus propios dientes. No hay señales de que haya recibido un disparo o un golpe. No hay tampoco heridas de puñal. Quizá debas hablar con Myriam Martínez, la patóloga forense.

—La pistola, ¿ha sido disparada? –interrogó Lucía mientras se incorporaba.

—No. Se ve que la tenía en su mano cuando cayó y entonces se le resbaló hacia un lado.

—Myriam ya ha tomado las muestras y se fue a su laboratorio para tener los resultados lo más rápido posible.

—Perfecto, hablaré con ella después.

—Una cosa, Mike –lo tomó del brazo– ¿Por qué han llegado tan rápido?

El director del CIBA ha llamado al Comisario General y él nos ha dado la orden para que vengamos inmediatamente.

—¿Al Rafa?

—Así es. Si quieres saber más al respecto deberías hablar con él ¿te parece? Creo que esto es algo gordo.

—Claro. Gracias.

—Nos vemos –Mike le guiñó un ojo y se fue.

—¿Yoli? –llamó Lucía.

—¿Jefa? –dijo Yoli saliendo de inmediato del laboratorio.

—¿Qué pasó ahí adentro?

—Bueno, la puerta estaba abierta, según me han dicho los de criminalística, cuando la ordenanza vio el cadáver y llamó desde la recepción al 911 después de avisar al encargado de mantenimiento.

—¿Falta algo?

—Bueno, no se sabe aún. Hay que hablar con el jefe del laboratorio, el doctor Gregorio Buresteinn para que nos diga si le falta algo o no.

—Bien, dejemos a los muchachos de policía científica terminar su trabajo y vayamos a hablar con el doctor.

Ambas mujeres caminaron hacia el ascensor por el pasillo que de pronto pareció que se volvía un poco más oscuro mientras los ojos de Alfredo, abiertos y sin vida, miraban sin ver el rítmico movimiento de las caderas de las dos policías.

El Ruso estaba con Gregorio Buresteinn en una de las oficinas de la planta baja, en el área de administración.

Cuando Lucía y Yoli salieron del ascensor, un agente se acercó y les informó dónde quedaba.

—Muy bien. ¿Eh, muchacho? ¿Me conseguís un café negro y sin azúcar?, por favor –pidió Lucía.

—Desde luego, ahora se lo alcanzo oficial.

La oficina no era muy espaciosa pero parecía cómoda. Un escritorio medio ministro en el centro y estanterías repletas de biblioratos y carpetas de archivos cubriendo dos paredes.

Una computadora sobre el escritorio y al lado, una pequeña mesa con lo que parecía ser una impresora de última generación.

Un poco más allá un sillón de cuero negro de dos cuerpos y dos sillas tapizadas en color rojo completaba todo el mobiliario de la oficina.

El agente Stangenn se encontraba de pie, apoyado sobre un archivero de metal de un metro y medio de altura. Sobre el mueble, una maceta con un malvón resplandeciente y recién regado exhibía sus verdes y grandes hojas. La luz del sol entraba de lleno a través de un ventanal desde donde se podía apreciar un hermoso parque. El césped parecía recién cortado. Una hilera de pinos con sus copas en forma de cono se perdía en la distancia.

Buresteinn estaba sentado en el sillón de cuero negro, con sus piernas cruzadas. Prestaba atención a una copia de la pintura «La mujer con sombrero» de Matisse que colgaba en la pared. La dama lo miraba desde su mundo de colores vívidos, sonriendo, misteriosa. Una mueca que parecía una eterna pregunta al mejor estilo Fauve.

—¡Ah, buen día de nuevo, doctor! –saludó Lucía entrando junto con Bianca y cerrando a continuación la puerta.

—Hola otra vez –dijo el doctor, mientras se acomodaba la corbata con una de sus manos blanca e inmaculada.

—Le he pedido prestada la oficina a Mónica, nuestra jefa de administración, por un momento, para esperarla a usted como me pidió, oficial, ya que no se me ha permitido volver, ni a mis colegas, a mi lugar de trabajo desde que la policía cerró el acceso al primer piso.

—Muy bien, se lo agradezco.

—¿Cuántas personas tiene en su laboratorio? –preguntó Lucía, tomando asiento en una de las sillas rojas mientras le dirigía una mirada intensa e inquisidora. Yoli se paró detrás de ella apoyada contra la puerta.

—Bueno. Mi colega Patricia Gómez–Ruiz, y mi ayudante Esteban Cortez.

—¿Solo dos personas?

—Sí, pues sí, No hace falta mucho más cuando uno cuenta con personal muy capacitado ¿no?– respondió con cierto tono soberbio, mientras miraba de reojo a El Ruso y a Yoli.

—Sí, claro –afirmó Lucía, cruzando sus piernas.

—¿Dónde están ahora?

—Patricia no ha llegado todavía y Esteban creo que estará en la granja de animales, en las afueras de la ciudad, debía tomar durante el día de hoy algunas muestras de las vacas para las próximas pruebas que empezaríamos esta tarde.

—¿Vacas? –pregunto de pronto Yoli.

—Bueno, sí. Experimentamos con ellas hace ya unos años. Aislamos extractos de pituitaria y luego los purificamos. Mediante técnicas de ingeniería genética sintetizamos una hormona de alta pureza –explicó Gregorio, adoptando un tono doctoral.

—!Fuiii! !Fuiii! –silbó Yoli y luego exclamó– ¡vaya, vaya!, parece algo realmente complicado.

—Bueno, no lo es tanto si uno sabe lo que debe hacer, ¿no le parece?

—Dígame doctor. ¿Notó que faltaba algo de su laboratorio? ¿Alguna cosa fuera de su lugar? ¿Un estado poco normal? –quiso saber Lucía.

—Sí. Néstor, el encargado de mantenimiento, me informó que una de las mujeres de limpieza había descubierto el cuerpo, tirado en el piso, del guardia nocturno. Le pedí que llamara de inmediato al 911.

Después, ya en mi laboratorio, hice una detenida inspección. No había al parecer nada revuelto, salvo que encontré la puerta de la heladera abierta. La usamos para la conservación en frío de muestras y cultivos. Además, noté que faltaban todas las cajas que tenían la solución hormonal. El lunes ya estaban listas.

Se trata de las primeras 2.000 dosis, unas ochenta cajas conteniendo 25 pequeñas jeringas cada una. Además, faltaban todas las placas con los cultivos de las levaduras recombinantes. Alarmado, bajé a la recepción y allí me encontré con los dos agentes aquí presentes que por cierto llegaron muy rápido.

—Bien. Entonces podemos suponer que el móvil ha sido el robo.

—¿Por qué alguien querría hacer eso, doctor?

—Oficial, la somatotropina bovina recombinante es una proteína sintética con un alto valor de mercado. Inoculada en las vacas lecheras mejora su producción en casi un 30%. Solo dos laboratorios en Argentina están intentando producirla a escala comercial, nosotros y BioTech, nuestra competencia.

—Comprendo.

—¿Cómo se abren las puertas de los laboratorios?

—Con llaves magnéticas, por supuesto. El acceso es restringido a cada una de las áreas y laboratorios del complejo. Sólo podemos ingresar nosotros –respondió Gregorio, observando como la luz del sol se detenía sobre el hermoso cabello de la oficial haciendo resaltar aún más su color de ébano dándole un matiz de un azul oscuro intenso, como las alas de un cuervo.

—Entonces, ¿existe la posibilidad de que alguno de sus colegas haya tomado esas cajas, este… digamos sin permiso? –interrogó Lucía.

—No en absoluto. Eso es imposible.

La teniente lo miró detenidamente.

—¡Hey! ¡Epa! –Yoli que estaba apoyada contra la puerta se apartó y dejó que entrara el joven agente del pasillo que traía en una de sus manos un vaso de cartón.

—Este, ¡perdón!, aquí tiene su café, tal como lo ha pedido, negro y sin azúcar.

—Aja, muy bien, se lo agradezco.

Lucía lo agarró y le dio un prolongado sorbo. Luego lo dejo sobre el escritorio. Se levantó y volvió a mirar al doctor Buresteinn.

La agente de policía cerró despacio.

—Entonces, debemos suponer que alguien tuvo acceso a la llave, ¿no es cierto?, no hay señales de violencia en el laboratorio.

—Bueno, este, sí, pudo existir esa posibilidad. Pero no tengo ni idea de cómo podría haber sucedido eso –dijo el doctor.

Nervioso descruzó las piernas y palpó con la mano derecha el bolsillo de su bata.

—¿Cada empleado de los laboratorios lleva consigo las llaves electrónicas? –preguntó la oficial de policía volviendo a tomar el vaso de café.

—Sí, por supuesto, las llevan todo el tiempo consigo. Sin embargo, mensualmente, se cambian las combinaciones de acceso y entonces recibimos nuevas tarjetas. Los controles son muy estrictos.

—Ya veo. ¿Sospecha de alguien? Cree que es posible que, digamos la competencia, sea la responsable del robo y de la muerte del guardia nocturno.

—No lo creo. Conozco al Doctor Otto Graus, el director de BioTech y sé que es una persona honesta y confiable con una alta ética profesional. Estoy seguro de que jamás permitiría que algo así ocurriera. En realidad tenemos una sana rivalidad, si entiende lo que quiero decir.

—Por otra parte, no sospecho de mi personal ni de nadie del equipo científico —dijo el doctor Buresteinn— sacando del bolsillo de su chaleco un hermoso reloj, que parecía ser de oro, sujeto por una cadenilla con delicados eslabones dorados.

Yoli, al verlo, casi se abalanza sobre el hombre. Lucía, atenta, se lo impidió con firmeza.

—¡Qué hermoso! –exclamó, y se acercó un poco más al científico.

—Ah, sí, se trata de un reloj de bolsillo La Bell, legítimo. Es una joya de mucho valor para mí, no solo monetario sino sentimental.

—¿Conoce la marca? –preguntó en forma despectiva Buresteinn, balanceándolo frente a los ojos de Lucía para luego volver a guardarlo.

—Bueno, sé que es exclusivo de una joyería de la Recoleta.

—¿Usted conoce el lugar? –inquirió Lucía.

—Solo de nombre, nunca fui si es a lo que se refiere.

—Bueno, oficial, si ya no tiene más preguntas me retiro, hay asuntos que debo atender, dijo el doctor dirigiéndose hacia la puerta.

—No por ahora. Puede irse, pero seguro volveremos a molestarlo en algún otro momento. Estoy a cargo de este caso y será necesario hablar con usted de nuevo y con sus colegas por si recuerdan o aparecen más detalles, ¿Entendido?

—Desde ya, cuando guste, aquí estaremos. Permiso —pidió el doctor dirigiéndose a Yoli, que apartándose dejó que saliera.

—¡Jefa! –dijo El Ruso, separándose del archivo metálico– Ese reloj es del mismo tipo del que tenía el muerto del puerto ¿No es demasiada casualidad?

—Sí, eso parece —sentenció Lucía.

Se aproximó al ventanal que daba al parque. Detuvo su vista en la hermosa arboleda que bordeaba un camino de grava. Desde esa perspectiva parecía que terminaba en un amplio estanque rodeado de ángeles de piedra de tamaño natural.

Alzó la vista y vio pequeñas nubes algodonosas. Se movían y cambiaban de formas en el cielo azul del mediodía. Eso le hizo pensar que a veces las apariencias engañan. El hecho de que hubiera dos relojes similares relacionados con muertes violentas podría ser un hecho fortuito. El asunto era que ella no creía en las coincidencias.

Dos asesinatos ocurridos en muy poco tiempo que aparentaban no tener que ver uno con el otro, pero que parecían vincularse a través de ese par de objetos provenientes, además, de la misma joyería. No era mucha casualidad, ¿o sí?

Lucía intuyó que muy pronto volvería a ver a la joyera de Recoleta.

Dejó sus pensamientos y ordenó a los dos agentes que localizaran a los doctores Patricia Gómez–Ruiz y Esteban Cortez lo más rápido posible. Quería hablar con ellos cuanto antes.

Acto seguido, abandonaron los tres la oficina de administración y a paso firme salieron del edificio. Se detuvieron un momento al ver que, por una puerta lateral, dos hombres sacaban una camilla con lo que supusieron que era el cadáver del guardia nocturno dentro de una bolsa de plástico negro. Los camilleros lo metieron en la ambulancia del Departamento de Homicidios, subieron en la parte trasera y cerraron las puertas.

El vehículo arrancó y se perdió en el tráfico rumbo a la morgue judicial haciendo sonar su estridente sirena.

CAPÍTULO 4
Trágicos acontecimientos

Lucía despidió a sus dos oficiales en la calle, subió a su coche y siguió a la ambulancia.

Tenía que hablar con Myriam Martínez. Calculaba que las muestras de laboratorio ya deberían estar listas. Su mente trabajaba las veinticuatro horas del día. No tenía vida social ni familia. Sus padres habían muerto hacía diez años en un trágico accidente de auto mientras iban desde Rosario, en donde vivían, a Buenos Aires, para asistir a su acto de graduación en la Escuela de Cadetes de la Policía Federal Comisario General Juan A. Pirker como Oficial en Seguridad Pública y Ciudadana con orientación en Investigación Criminal.

Siendo hija única, la pérdida fue un golpe terrible como si un tren a doscientos kilómetros por hora la hubiera atropellado de lleno. Resultado: dos años de terapia y asistencia psiquiátrica para superar la culpa, pero no hubo caso. Siempre se sentiría culpable. No lo podía evitar.

Sonó la bocina para que una camioneta descomunal, conducida por una mujer rubia, que estaba parada en medio de la calle, se moviera.

Al fin el vehículo avanzó dejando espacio para que ella pudiera rebasarla. Al pasar a su lado vio cómo la conductora sacaba el brazo por la ventanilla y le levantaba el dedo mayor de su mano izquierda.

—¡Andá a cagar! –masculló y giró por la calle Cerrito que estaba un poco más libre de tránsito lo que le permitió ir más rápido. Acercándose ya a su destino recordó la invitación que Mike La Monde le hiciera en el CIBA.

«No estaría mal ¡eh! Es un tipo lindo, parece una buena persona, un tipo sincero y sin vueltas. Creo que voy a salir con él alguna de estas noches» –se dijo a sí misma.

Ya en el edificio estacionó en el espacio reservado a la autoridad policial.

Luego de mostrar su credencial al guardia tomó el primer ascensor que abrió sus puertas de acero gris dejando salir a un puñado de personas apuradas. Entró y marcó en el tablero digital el número indicado como –2. Se encendió una luz en el pequeño monitor y una voz impersonal anunció segundo subsuelo al tiempo que, saliendo de un altavoz invisible, comenzaron a sonar los Bee Gees cantando «How deep is your love».

—¡Qué bueno, esto es lo que me faltaba!

Al cabo de unos minutos el ascensor se detuvo. Salió a un pasillo iluminado con tubos fluorescentes protegidos por una malla metálica. Después de recorrer unos pocos metros llegó hasta un par de puertas batientes que mostraban escrito en letras rojas en ambos vidrios esmerilados MORGUE.

Entró deseando un enorme vaso de café negro y sin azúcar.

Sintió el olor característico antiséptico y a formol que inundó sus vías respiratorias. Instintivamente se llevó la mano a la nariz. Vio a la patóloga parada junto a una larga mesa de metal. Su boca estaba cubierta con un barbijo blanco que solo dejaba ver un par de hermosos ojos negros.

—¡Ah, hola, Lucía! ¡Adelante!

Myriam le hizo un gesto con su mano derecha enfundada en un guante de látex azul sosteniendo un bisturí manchado de sangre.

La teniente avanzó unos pasos y pudo ver, iluminado por la luz del reflector, el cuerpo de un hombre desnudo con el tórax abierto con un corte en forma de Y desde la garganta hasta la ingle.

—Hola doctora.

Tomó un barbijo de encima de una repisa y se lo puso y se acercó un poco más.

No pudo evitar mirar uno de los pies del cadáver de cuyo dedo gordo colgaba un trozo de cartón sostenido por un cordón con un nombre escrito en letras negras.

—¿Alfredo Padilla, el fiambre del CIBA?

—Sí –respondió la patóloga, mientras profundizaba con su bisturí un corte sobre el esternón del muerto.

—¡Ah, lindo!

—¿Qué me puedes decir de él? —quiso saber Lucía apartando la vista.

—La forense, se detuvo, dejó el bisturí sobre la mesa y se desató una de las tiras del barbijo liberando la nariz y la boca.

—Bueno, sabemos que el tipo murió el viernes a la noche o probablemente durante la madrugada del sábado. No hay señales de entrada de bala ni de heridas que sugieran apuñalamiento o estrangulación. Tampoco de golpes.

—¿La causa de la muerte, entonces?

—Bien. Es interesante. Aquí, sobre el lado derecho, en la base del cuello, hay un pinchazo que es compatible con el ingreso de una aguja hipodérmica.

—¿Quieres acercarte y verlo por ti misma?

—No, no, gracias, confío en vos.

—Como quieras. Mandé a hematología una muestra de la sangre del cadáver para hacerle, en carácter de urgente, un análisis completo. Los resultados mostraron la presencia de restos de Ivermectina B1a y B1b.

—Que traducido significa…

—Se trata de un medicamento. Ya sé que suena raro el nombre. Te explico. Es una proteína. En realidad es un antiparasitario subcutáneo para uso veterinario en el ganado, sobre todo en el bovino.

En las dosis usadas en animales, su inyección resulta letal en los seres humanos. Causa reducción de las funciones nerviosas y un bloqueo general de los mecanismos de estímulos en el sistema nervioso central. A los pocos minutos de entrar en el torrente circulatorio provoca ataxia, es decir movimientos discontinuos, temblores y dilatación de las pupilas. La persona muere por un paro cardio-respiratorio.

La investigadora miró por un momento el rostro de Alfredo que se veía muy blanco. Alguien había tenido la decencia de taparle con unas gasas las órbitas vacías, pero aún mantenía el rictus de sorpresa que ella había observado en el pasillo del CIBA.

—¡Mierda! ¿No es, digamos, una sustancia que uno puede comprar en cualquier farmacia, no?

—¡No!, por supuesto que no. Es de estricto uso médico y con recetario. Además, en esa cantidad, se usa solo en animales domésticos, gatos, perros, caballos y vacas. Es uno de los mejores tratamientos para parásitos.

—Lucía, la persona que mató a este individuo sabía lo que le estaba haciendo al inyectarle esta sustancia.

—Bien. Gracias, seguí con la fiesta, te agradezco el dato. Buenas tardes.

La teniente de homicidios se dio vuelta y dejó sobre la mesa el barbijo. Empujando las puertas batientes abandonó la sala.

Mientras caminaba hacia el ascensor, el sonido de la sierra mecánica llegó a sus oídos. Sintió un frío que le corrió por la espalda al recordar la falsa sonrisa que tenía el muerto.

Después del mediodía, ese mismo martes, el camión con el forraje para los animales llegó despacio hasta la entrada de El Establo. Como siempre se detuvo en el lugar reservado para los proveedores, muy cerca del galpón principal, en donde se guardaban los animales.

El chofer bajó del vehículo con su planilla de entrega lista para ser firmada por el empleado de recepción y caminó hasta la casilla de control.

Se sorprendió al ver a través de la ventanilla que no había nadie en su interior para recibir la nueva carga de pasto. Se sacó la gorra visera y se rascó la nuca. Intrigado, enfiló sus pasos hasta la enorme puerta corrediza que estaba abierta de par en par.

—¿Hola?, buenos días, ¿hay alguien?

—Soy Miguel, de Forrajes Guzmán, traigo la entrega del día.

Se acercó un poco más y apenas pudo evitar que lo llevaran por delante y terminara en el piso.

—¡Eh!, ¡cuidado! ¿Qué es lo que crees que estás haciendo, amigo? ¡Qué te pasa! –gritó, mientras que sujetaba de los hombros al tipo que estuvo a punto de voltearlo.

—¡Hay un muerto, allí hay un muerto!

—¿Un muerto? ¿Pero de qué demonios estás hablando?

—Ahí, detrás de uno de los corrales, tirado en el piso hay un hombre boca abajo. Creo que se tropezó con uno de los rastrillos. Se ensartó una de las puntas en un ojo. Es horrible, terrible.

Miguel se acercó adonde le indicaba y pudo ver un cuerpo caído y el largo mango de madera, un poco levantado, sobresaliendo de su cabeza.

—¡Me cago!

—¡Oiga!, llame inmediatamente a la policía. No se quede ahí parado con la boca abierta. ¡Rápido! Hágalo ¡ya! –ordenó al hombre que lo miraba desde la entrada.

—¿Hola? Sí, mi nombre es Juan Galimberti. Por favor vengan rápido. Hay una persona muerta.

—¿Hola?, ¿dice que hay una persona muerta, señor? ¿Dónde está usted, por favor? Que domicilio, ¿puede decirme?

—Sí, Sí, es en la granja del Centro de Investigaciones en Biotecnología Animal.

En las afueras de la ciudad. La dirección es calle 3 de septiembre número 5456 de la localidad de El Pilar —indicó Juan.

—Muy bien señor. ¿Está usted solo ahí?

—No, no, estoy con el chofer de la empresa que entrega el alimento para los animales.

—Muy bien. En seguida sale un móvil. Por favor no toquen nada y permanezcan en el lugar.

Beatriz Jiménez, la operadora del Departamento de Policía, colgó el teléfono. Se dirigió a paso vivo hacia la oficina de Lucía para avisarle del llamado.

Golpeó la puerta, esta se abrió de golpe y se vio cara a cara con el rostro varonil del agente Stangenn.

—Beatriz, ¿Qué pasa?

—Ruso, ¿está la jefa?

—No, Bea, acaba de salir.

—¿Qué necesitas?

—Hay un 911 desde la granja del CIBA. Un tipo dice que hay un muerto en los corrales. Le informé que ya iba un patrullero para allá.

—Bien, voy yo, no te preocupes.

—De acuerdo –dijo Beatriz, mientras le daba la dirección.

En ese mismo momento, Ruby se encontraba en la cocina de su casa en el barrio gitano. Volvía otra vez a sentirse taciturna y melancólica. Vacía. Seguía en las calles adivinando la suerte de desprevenidos y asustadizos tontos y acostándose con algún que otro hombre por dinero, pero eso no le bastaba. Necesitaba llenar sus días con algo más que las cosas de la rutina.

Quería tener un niño junto a ella que la entretuviera y a quién pudiera darle todo su amor.

Se sentía sola y sabía que no podía contar con que su amada estuviera más tiempo con ella ahora que estaba tan ocupada organizando un nuevo negocio.

Pensó en hablar con su contacto en el Ministerio de Menores para ver qué pasaba por ahí y si había alguna familia que quisiera una entrega. Tal vez le dijera que sí y entonces podría irse a la costa e intentar secuestrar un niño desprevenido.

Sí, pensó mientras calentaba en la sartén unas castañas que había comprado temprano en el mercado. Eso es lo que haré, viajaré a la costa y esperaré a que aparezca mi niño, tiene que ser hermoso.

Se deleitó con la imagen que evocaba su mente mientras le agregaba un poco de azúcar negro a los frutos secos que ya crepitaban y desprendían su sabroso aroma.

Se sentía mucho mejor al haber tomado una decisión.

A pocos kilómetros de allí, Rouge Vival estaba inquieto. Todavía no había logrado acallar esa vocecita interior que le repetía una y otra vez ¿quién habría sido el que lo llamara para amenazarlo de esa manera?

No podía apartarla de su mente a pesar de la seguridad y temple que había sabido conseguir en su duro camino a la cima.

Girando su sillón reclinable hacia el ventanal de detrás de su escritorio, apuró de una pitada su habano, mientras se detenía a pensar en ese asunto, admirando el verde de la arboleda de Plaza Francia, veinte pisos más abajo.

Extendió su mano y presionando el intercomunicador le pidió a su secretaria que llamara al Chucho Anís y a Juan El Demoledor. Los necesitaba de inmediato.

Volutas de color azul rodearon su cabeza cuando dejo salir el humo apuntando su boca hacia el techo, aspirando de inmediato otra intensa bocanada, mientras tamborileaba con sus dedos sobre la mesa.

—Permiso jefe, dijo el Chucho, entrando en su amplio despacho. Lo siguió El Demoledor con su cabeza enorme cabizbaja. Llevaba uno de sus brazos en cabestrillo. Todavía le dolía la herida del hombro provocada por la bala del tipo que alcanzó a dispararle antes de que El Chucho lo acuchillara en aquel bar del puerto.

—¿Nos mandó llamar?

—Sí, mis queridos muchachos, acérquense. Tomen asiento. –Rouge les señaló los dos sillones de cuero que se encontraban frente a su escritorio.

Los dos hombres se sentaron y prestaron atención.

—Escuchen —dijo El Duro con voz suave inclinándose hacia adelante.

—Necesito que me hagan un trabajito.

—¡Por supuesto jefe! –exclamó El Demoledor que estaba punto de estornudar por el humo y el olor pestilente del habano.

—¡Presten mucha atención! –alzó la voz Rouge, mientras los apuntaba con su dedo índice y su fría mirada los congelaba en el asiento.

—Hay algo que me está molestando. No es mucha cosa, pero necesito sacarla de mi mente lo más pronto posible. Quiero que entren en la casa de los La Bell esta misma noche ¿correcto?

—Delo por hecho –exclamó el Chucho.

—¿Qué tenemos que hacer? –preguntó El Demoledor.

—Quiero que consigan la plata que me debe. Lucio Estrella solo tenía una parte. Faltan doscientos mil pesos. Así que rebuscan por todos lados y me traen la guita.

Después quiero que también revisen la casa para ver si encuentran por casualidad uno de esos aparatos que se acoplan a los teléfonos que hace que tu voz salga como la de Darth Vader en Star Wars, ¿saben?

—¡Si, claro! –dijo emocionado Juan que ya estaba lagrimeando.

—¡Yo me vi todos los capítulos, jefe!, mi preferido es ese cuando…

—¡Basta! ¡Imbécil! No me interesan tus comentarios. Solamente hagan lo que les digo.

—¿Qué pasa si hay alguien en la casa? –quiso saber El Chucho.

—Lo reducen. Tiene que ser un trabajo silencioso y sin violencia muchachos. ¡Háganlo bien! y no dejen ningún rastro.

—Sí, sí, listo —se apresuró a responder Anís.

—Bien –exclamó Rouge, mientras les hacía un gesto con la mano.

—Ahora largo de aquí.

Los dos matones se retiraron del despacho, cerraron despacio la puerta y dejaron solo a Vival que se quedó rumiando sus pensamientos.

De pronto se escuchó un fuerte estornudo y un ruido de pasos que se alejaban corriendo.

—Estoy casi seguro que esa llamada misteriosa la hizo Jazmín o alguien que haya contratado para amenazarme y así meterme miedo. La muy zorra no quiere largar la guita. Pero a mí no me va a clavar. Voy a recuperar mi dinero de una forma u otra. Ya esperé suficiente. Se les terminó el tiempo –se dijo a sí mismo.

—Pero, ¿no fue un riesgo al fin deshacerme del Rayo Rizzo para quedarme con todo el negocio hace unos cuantos años atrás? Claro que sí, claro que lo fue...

Se levantó de su cómodo sillón y con una carcajada apagó en un cenicero de ónix enorme el resto de lo que quedaba de su habano cubano.

Mientras aún resonaba su risa en todo el despacho el atardecer fue cayendo sobre el parque y una tenue neblina empezó a asomarse por entre los árboles.

El cielo de Buenos Aires se fue tiñendo de un intenso color rojo sangre y su silueta, de pie cerca del gran ventanal, se dibujó en la pared del fondo, enorme y amenazadora, mientras el último resplandor de un sol ya moribundo se apagaba sobre la inmensa ciudad.

Un tenue brillo iluminó por un instante el rostro que se ocultaba detrás de las columnas de la galería semioscura de la entrada al edificio donde Rouge Vival tenía sus oficinas. Con una última pitada al cigarrillo que sostenía en una de sus manos enguantadas, el hombre, que cubría su cabeza con la capucha de su buzo, se movió despacio mientras la punta de su gruesa bota aplastaba la colilla en el piso. A su lado se amontonaban unas cuantas más. La espera había sido larga.

Observó a los dos tipos, uno muy delgado y el otro más corpulento con un brazo en cabestrillo, salir muy apurados por una de las puertas principales.

La casi invisible presencia alcanzó a escuchar lo que los dos hombres decían:

—Vamos Juan, apúrate viejo, a Rouge no le gusta esperar demasiado, ¡ya lo sabes!, ¡mové el culo, grandulón!

—Sí, sí, ya voy Chucho, ya voy, ahí está el auto estacionado, maneja vos que yo con este hombro herido no puedo, dale, vamos, cuanto más rápido hagamos el trabajo, mejor.

Apenas el auto de los dos matones arrancó y dobló por la esquina, la sombra salió de su precario escondite, cruzó la calle y subiendo a un auto decidió seguir, con solo las luces de posición encendidas, a los dos esbirros.

Dejaría para más tarde el encuentro personal con el hombre cuyo nombre figuraba en la tarjeta. Esperaba que la llamada encubierta que le había realizado la madrugada pasada lo hubiera puesto un poco nervioso. Tenía que hablar con él, era importante, pero todavía no. Cada cosa en su momento.

Por ahora quería saber que se traía entre manos y dónde iban sus perros falderos, necesitaba averiguar si habían tenido algo que ver, como su instinto se lo decía, con la muerte de su amigo.

«Conocer a tu enemigo es la mitad de la batalla ganada» –pensó, recordando el viejo proverbio chino.

Al verse en el espejo retrovisor, aún con la capucha puesta, sus ojos le devolvieron una mirada sin brillo. Cerró fuerte las manos sobre el volante y la fría determinación de llegar hasta las últimas consecuencias le hizo apretar un poco más el acelerador.

No quería que esos tipos se dieran cuenta de que él los seguía. Soltó una de sus manos del volante y tocando el bulto sobre su costado izquierdo sintió tranquilidad.

Tenía en su mente muchas preguntas, esperaba pronto obtener las respuestas.

Los dos esbirros entraron en la casa del Barrio de la Recoleta. No se dieron cuenta de que alguien los seguía a pocos metros.

Desde el living divisaron al viejo en el estudio. Estaba sentado detrás de un amplio escritorio de madera lustrada. El joyero no tuvo tiempo de reaccionar. Los matones arremetieron contra él con violencia. El Chucho lo agarró del cuello, lo obligó a levantarse y lo empujó contra la pared.

—¡Donde tenés la guita! –le gritó, presionando su garganta con una filosa navaja.

—No, no me hagan daño, por favor.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? —quiso saber Hadar La Bell.

—Nos manda Rouge Vival. Quiere el dinero que le debes así que decinos en dónde lo tenés guardado, ¡ahora! –le gritó el bravucón apretando un poco más el puñal.

Un hilo de sangre brotó del cuello del anciano allí donde la punta afilada se había hundido en la carne.

—¡Detrás de esa pintura está la caja de seguridad, pero no me lastimen! Les digo que no tengo dinero en casa, nada, –alcanzó a decir el abuelo cuando sintió que se aflojaba un poco la presión sobre su pescuezo.

—Mirá donde dice, rápido, –ordenó El Chucho y colocándose detrás de Hadar le apretó con su antebrazo izquierdo la garganta y hundió un poco la punta del arma entre sus costillas.

El Demoledor, corrió el cuadro.

—¡Danos la clave, ya, o te quebramos los dedos! –gritó, salpicando con gotas de su saliva la cara enrojecida del dueño de casa.

—070361 —soltó La Bell sintiendo que se desmayaba y que su corazón amenazaba con estallar dentro de su pecho.

Juan marcó los seis dígitos, apretó la tecla Enter y la luz de seguridad roja cambio a verde y con un suave pitido se abrió la puerta. Dentro había dos pasaportes, lo que parecía una carpeta con varias hojas escritas y algunas monedas envueltas en papel de celofán, pero nada de dinero. Todo terminó en el piso.

—¡Acá no hay una mierda!

—¡Cómo! –exclamó Anis.

—Mira carcamán, hablá de una vez porque si no te dejo seco acá nomás, ¿me entendés? y empujó aún más la navaja.

—No, no tengo dinero aquí, todo está en el banco, nada aquí en mi casa, se los juro.

—¡Pero la puta madre! –exclamó Juan acercándose más al anciano.

Ninguno de los tres advirtió a tiempo al hombre corpulento que se abalanzó como una locomotora contra el cuerpo de El Chucho. El malandra sintió que el brazo que sostenía el arma se doblaba en un ángulo imposible y un sonido, parecido al de una rama seca al quebrarse. Luego un terrible dolor que hizo que soltara también la mano que apretaba el cuello de Hadar mientras su nuca estallaba. Perdiendo el conocimiento resbaló como un muñeco de trapo por la pared hasta el piso.

El agresor empujó a un costado el cuerpo del viejo con tal fuerza que golpeó su cabeza contra el borde de la mesa del escritorio y cayó, inconsciente.

El Demoledor con su mano sana intento sacar su pistola, pero el desconocido fue más rápido. Lo agarró del brazo y logró que el disparo saliera en dirección al techo. Hizo fuerza para separarse un poco y, con un busto de bronce que se hallaba sobre un estante, le asestó un terrible golpe en la sien que le abrió una profunda herida.

Atontado, el grandulón volcó una vitrina que se hallaba sobre un costado del estudio y salió al living dando vueltas como un veloz molinete que hubiera sido despedido de su eje. Un balazo en plena frente detuvo su alocada marcha. Restos de huesos y sesos saltaron por todas partes y cayo exánime sobre una mesa ratona con tapa de vidrio.

Esquirlas afiladas volaron por doquier cayendo varias sobre el matón que quedó con medio cuerpo dentro del marco de la mesa destruida y el resto en el piso. Sus piernas se sacudieron con el último estertor.

El atacante se recostó un momento contra la pared. Esperó que su agitada respiración se calmara. Miró la escena. Era dantesca. Volviendo al estudio le descerrajó otro balazo en la frente al Chucho Anís que aturdido empezaba a querer levantarse.

Se acercó al desvanecido La Bell. Se arrodilló y le examinó la cabeza. Comprobó que solo tenía un golpe menor. No era mucho. Todavía respiraba aunque seguía desmayado. No iba a morir, no en ese momento al menos.

Con cuidado alzó su frágil cuerpo y lo dejó sobre uno de los grandes sillones del living. Volvió a asegurarse que se encontraba bien y justo en el momento en que se disponía a marcharse de allí escucho el ruido de unas llaves y la puerta de entrada que se abría.

Corrió por el pasillo hacia el interior de la casa. Encontró la cocina y abriendo despacio la puerta salió al patio. Ya era noche cerrada. Cruzó el césped y atravesó los arbustos que servían de medianera.

Se detuvo un momento y vio a través del gran ventanal del living, ahora iluminado, a una hermosa pelirroja que ahogaba un grito mientras se arrodillaba al lado de Hadar La Bell.

Se cubrió la cabeza con la capucha y dio media vuelta. Agachándose un poco caminó entre las grandes plantas del jardín, salió a la calle húmeda y subiendo a su coche estacionado no lejos de allí abandonó el lugar.

Mientras conducía, el hombre observó que sus manos estaban manchadas de sangre. Se miró en el espejo. Su rostro era una máscara rígida que le devolvía la imagen de un desconocido. El pasado y la muerte volvían sin miramientos. Sintió que su destino parecía marcado. Con gran esfuerzo trato de convencerse de que en esta oportunidad lo había hecho por una causa noble. Vengar la muerte de su amigo.

Había escuchado que los dos matones buscaban un dinero que pertenecía a Rouge Vival.

Ahora estaba seguro de que tenía que enfrentarse a él y obligarlo a decir la verdad. Si comprobaba que era culpable lo iba a matar. Así de simple.

«Ojo por ojo, diente por diente», pensó.

Igual, todo era una mierda. Sin embargo el camino estaba ahí y como el conejo blanco que guio a Alicia, su sed de venganza terminaría por hacerlo caer por el agujero.

La noche se avecinaba cálida y pegajosa. Ruby apoyó los codos sobre la baranda de madera que separaba la calle principal de la playa Las Toscas de Mar del Plata, a cuatro horas de viaje de la gran ciudad. Una brisa comenzó a soplar desde el mar alborotando sus cabellos. Moviendo la cabeza seguía el compás de la canción que venía del Gran Parque Infantil que estaba cruzando la calle, en el sector de diversiones del Wall Mark.

Hacía dos noches había decido viajar hasta allí y quedarse unos días esperando que surgiera alguna oportunidad.

Se dejó llevar por el aire marino y por la música contagiosa. En la costa quedaba todavía un poco de gente disfrutando de los últimos rayos de sol que sacaban brillos de diamantes del agua a medida que las olas dejaban su carga salada en la arena y volvían a retirarse formando remolinos de espuma. Pequeños caracoles quedaban en el lecho húmedo y varias gaviotas se abalanzaban hambrientas sobre los caparazones de unos pocos cangrejos varados.

El sonido de risas y gritos divertidos que llegaba desde enfrente la transportó de pronto hacia sus años de infancia, ya lejanos, allá, en la distante Macedonia, cuando junto a Evlia escuchaban a la fanfarria del pueblo tocar la hermosa composición que representaba a su etnia gitana.

Sintió, como viniendo desde los lejanos Balcanes, esa melodía rítmica que invitaba al baile. Era la de Manea Cu Voca, una de las primeras canciones que aprendió a cantar junto con su querido hermano.

De improviso, un fuerte chillido la sacó de sus recuerdos. Girando la cabeza miró hacia el parque y alcanzó a divisar a un niño que corría. Parecía que se alejaba de un hombre que lo llamaba alarmado para que parara antes de llegar al borde de la calle.

—¡Tomy, Tomy, quédate ahí, no te muevas, no corras, ya te voy a agarrar, pequeño travieso!

El individuo pronto estuvo junto al pequeño. Lo agarró de la mano y lo zamarreó.

—¡No corras más!¡Vamos hijo, vamos que mamá nos espera para entrar a la pista de los autos chocadores! Si te portas bien tendrás tu recompensa.

Ruby apartó la vista del mar y dejó sus recuerdos. Cruzó la avenida rumbo a las atracciones infantiles. El suave viento revoloteó la larga falda de su vestido color añil.

—«Ya era tiempo», pensó la hermosa cíngara.

Una fila bastante importante de gente con niños de la mano se encontraba en la entrada de los autos chocadores. Las luces y la música era estridente y las personas allí reunidas parecía que no paraban de hablar y de hablar, riéndose y haciendo gestos en todas direcciones mientras que sujetaban con una mano a sus hijos y con la otra a los tickets para poder entrar a la pista.

Se quedó un tanto alejada, observando al niño llamado Tomás qué estaba a punto de ingresar al juego de diversiones junto con sus dos padres. Observó que los tres atravesaron el molinete de hierro y una joven ataviada con un uniforme de pantalón azul, camisa amarrilla y una gorra con la inscripción Speed well hell en su visera, tomaba las entradas y las guardaba en una bolsa de tela que colgaba de su cintura.

—Muy bien –dijo la joven– cuando yo les diga, escojan el auto que más les guste y ¡a disfrutar! Recuerden papás que todos deben ir atados con sus respectivos cinturones de seguridad, ¿entendido?

Tomás salió a la carrera y eligió el primer auto que tuvo a su alcance, era uno de color rojo con las gomas lustradas y brillosas. Su madre, corriendo, lo alcanzó a tomar por las axilas y lo coloco dentro del carro y le ajusto el cinturón de seguridad y luego se sentó a su lado. En otro coche ya se encontraba su esposo sentado haciéndole frenéticas señas con una sonrisa de oreja a oreja.

Sonó una fuerte sirena y comenzó a escucharse amplificada la voz de Shakira con su tema La La La a la vez que se ponían en funcionamiento los veinte coches chocadores.

Ruby entonces caminó entre la gente hacia el puesto de algodones de azúcar ubicado a la salida de la pista. Se apoyó sobre una de sus paredes laterales y esperó mientras en el cielo de Las Toscas comenzaban a brillar las primeras estrellas.

Cuando terminó el turno de la diversión, los niños abandonaron sus respectivos autos corriendo hacia la salida perseguidos por los adultos.

Todo era destellos brillantes y una envolvente melodía animosa. El sonido, como de miles de papeles desgarrándose a la misma vez, que provocaba la rueda gigantesca del Súper Volante llevando colgados de sus sillas color amarillo a un montón de niños le hizo pensar en la estupidez humana. Los que estaban ahí arriba parecían disfrutar de estar suspendidos y girar sin sentido mientras sus estómagos amagaban con echar afuera lo que habían comido en la última hora.

El pequeño, abandonó la pista escapando de sus padres y corrió hacia el puesto de golosinas. La gitana sabía que desearía como nunca poder hincar sus dientes y saborear ese sabroso dulzor.

Parándose frente al mostrador del escaparate, con la mesa apenas llegándole a la altura de los ojos, comenzó a gritar que le dieran su dulce sin mostrar temor ante la enorme cara de cartón del payaso bailarín Pennywise que coronaba la parte superior del carrito de dulces.

Ruby se acercó con rapidez y le dijo al dependiente que le diera aquel algodón, el más grande de la vidriera. Una vez en su poder, se lo ofreció al niñito.

—Toma, este el mejor. Es para vos, ¿Qué te parece, eh? ¡Vamos, agárralo! Acompáñame que tus padres ya te están esperando, me dijeron que te venga a buscar y que te compre este rico algodón de azúcar.

De un tirón lo arrastró y lo sacó del parque de diversiones mezclándose entre la gente. El niño, que esperaba ver aparecer a sus progenitores en cualquier momento, se dejó llevar.

Ruby se dirigió hacia el estacionamiento en busca de su vieja furgoneta mientras el algodón rosado caía en el suelo sin haber sido ni siquiera tocado.

Tomy comenzó a forcejear mientras empezaba a llorar gritando que lo soltara. Pero la mujer era más fuerte y pudo llevarlo sin problemas hasta la camioneta, le pegó de pronto un bofetón, diciéndole que se callara y abrió de un tirón la puerta corrediza del vehículo y lo empujó adentro.

Atenazando el brazo del pequeño extrajo de entre su vestido una hipodérmica y la clavó en su cuello. La cabeza del chico cayó hacia un costado y entonces lo acomodó despacio sobre el asiento de la camioneta y lo tapo con una manta.

Subió a la cabina, la puso en marcha y salió rumbo a Buenos Aires. Tenía cuatro horas hasta que el chico comenzara a despertar del anestésico que le había inyectado, así que midiendo la velocidad para no sobrepasar el límite permitido en la autopista se dirigió hacia su casa.

«Al fin tengo un hijo a quien cuidar», pensó.

Aceleró. Sonrió. Sus ojos esmeraldas brillaron un poco más. Se apartó un mechón de cabello rubio que le caía sobre un costado de la frente y comenzó a tararear Manea Cu Voca siguiendo el ritmo con sus dedos sobre el volante.

Muy pronto estaría junto a su amada de pelo rojo.

La casa de estilo francés ubicada en la calle Austria del Barrio de la Recoleta se encontraba silenciosa y a oscuras. Jazmín subió la escalera de entrada y abrió la puerta palpitando que algo inusual había ocurrido. Las luces apagadas en el living le hicieron sospechar.

Ya en el pequeño zaguán dejó las llaves dentro de un antiguo cuenco de porcelana sin tapa que estaba sobre un estante y apoyó en el piso la mochila. Un intenso olor a pólvora hirió sus fosas nasales. Llamó a su abuelo.

—¿Gjysh?, ¿hola?, ¿He llegado?

Accionó el interruptor.

Ahogando un grito, vio el cuerpo de un hombre caído sobre un montón de vidrios de lo que antes fuera una hermosa mesa baja. Todo estaba patas para arriba. Las vitrinas volcadas en el piso de madera y su contenido desparramado. Los sillones corridos de su sitio y las cortinas blancas del amplio ventanal que daba a la calle principal desgarradas de sus barrales y la lámpara de pie con la imagen de la diosa Kotys, la reina madre de la mitología Dacia de los Balcanes, caída en el suelo.

En el amplio sillón blanco se encontraba recostado Hadar.

—¡Abuelo!, ¡Abuelo! –gritó y saltando el cadáver del desconocido, se abalanzó hacia el cuerpo del viejo, que al sentir en el rostro las tiernas caricias de su nieta, abrió sus ojos azules mientras que de su boca salía un gemido lastimero.

—¿Jazmín?, ¿querida?, ¿eres tú?

—¡Sí!, ¡sí! Soy yo, pero ¿qué ha pasado aquí? ¿Se encuentra bien?

Hadar se incorporó sobre sus codos y llevando las manos a su cabeza se masajeó la frente.

—¡Oh!, creo que tengo un golpe importante aquí —dijo el anciano, frotándose el lugar con un gesto de dolor.

—¿A ver?, ¡Déjeme ver! –se acercó para revisar la parte que él le señalaba– ¡Oh!, ¡Sí, parece que tiene un fuerte chichón acá! –exclamó compungida.

—¿Pero qué es lo que pasó? –volvió a preguntar preocupada, mientras iba hasta la cocina a buscar un vaso de agua.

—No sé, hija –respondió el anciano después de tomar un sorbo.

—Me quedé en casa todo el día. Me recosté un poco después de almorzar y cuando me levanté estuve de acá para allá hasta que me fui al estudio a revisar las cuentas del negocio y algunos papeles. ¿Fuiste a la joyería hoy?

—Sí. Llegue allí como a las diez de la mañana. Estuve atendiendo y recibí las cajas de madera que trajo el hijo del carpintero amigo suyo para los relojes que enviaremos a Europa a nuestro comprador checo. Luego fui a almorzar al restaurante de enfrente, después seguí atendiendo hasta las nueve, nueve y media. Terminé de ordenar algunas cosas y al fin salí para acá y al llegar encuentro este desastre, ¡Dios! Esto es muy extraño –dijo Jazmín mientras se sentaba a su lado.

—¡Allí hay un tipo que parece muerto! ¡La casa está toda revuelta! ¡Entraron ladrones, entonces!

El joyero observó con los ojos muy abiertos el cuerpo de Juan El Demoledor despatarrado en el piso y sangre por todos lados.

—¡Drek! —maldijo en su idioma— ¿Qué es esto? ¿Quién es este tipo? —gritó, asustado.

—Bueno, espera un momento, comienzo a recordar algo –exclamó, apretando con fuerza una de las manos de su nieta–. Yo estaba sentado en mi escritorio revisando papeles cuando un tipo se abalanzó sobre mí, traté de forcejear para soltarme y de pronto sentí que una mano me agarró del cuello y algo filoso, un cuchillo o una navaja supongo, me pinchó entre las costillas.

—Ahora no recuerdo bien si fue primero en las costillas y luego en mi cuello o al revés, la verdad es que quedé paralizado en ese momento.

—De repente entró otro tipo grandote que me separó del que me aprisionaba y me empujó a un costado.

—Ahí creo que me di un fuerte golpe en la frente contra el borde de la mesa y caí al piso. Después de eso no recuerdo nada más.

—Ni siquiera sé cómo llegue desde el escritorio hasta el sillón, querida.

—Abuelo, voy a revisar si es que falta algo y voy a llamar a la policía, ¿sí?

—Está bien, está bien, fíjate sobre todo en la caja fuerte de mi escritorio, no hay mucho, pero tengo valores sentimentales ahí, a ver si han sacado algo.

Jazmín se levantó del sillón y fue hasta el escritorio. Apenas atravesó la puerta quedó atónita al ver el cuerpo de otro hombre caído detrás de la mesa con la cabeza destrozada y una gran mancha de sangre sobre la alfombra.

Todo estaba ahí también revuelto, los cajones de la mesa tirados en el suelo y los papeles y documentos desparramados por doquier. Los adornos que tenía su padre sobre un estante detrás del escritorio, se hallaban rotos y esparcidos por el piso. La caja de seguridad empotrada en la pared estaba abierta.

Acercándose miró con detenimiento en su interior. Allí no faltaba nada. Su abuelo apenas guardaba dinero en la caja de seguridad. Prefería siempre depositarlo en su cuenta bancaria.

Ahí estaba, gracias a Dios, bien en el fondo, bajo el tapete verde, en un hueco profundo, el hermoso brazalete de oro y rubíes que había pertenecido primero a su abuela y luego a su madre. Con delicados dibujos de pequeñas rosas en filigrana de plata a lo largo de toda la pulsera.

La visión del brazalete, el sentir a su abuelo toser y quejarse en la sala y los dos cadáveres tirados en el piso de su casa le hizo tomar conciencia del intenso olor a muerte que lo invadía todo. El recuerdo, aún fresco en su mente, del cuerpo de Esteban Cortez clavado en el rastrillo del establo de las vacas fue la gota que rebalsó el vaso.

Apoyada en la pared resbaló hasta sentarse en el suelo. Abrazó sus rodillas y rompió a llorar. Todo su cuerpo tembló.

Transcurridos unos minutos, se levantó. Se secó con el dorso de la mano las lágrimas. Agarró el brazalete que había pertenecido a su querida madre y admiró una vez más el símbolo fino y delicado del infinito grabado por su bisabuelo hacía ya mucho tiempo atrás y lo volvió a dejar dentro de la caja de seguridad. Era más que una simple joya. Representaba el orgullo, la fuerza y el recuerdo de la sangre derramada por sus antepasados en su lucha por ser libres.

Regreso más recompuesta hasta donde estaba su abuelo y arrodillándose junto a él lo miró con amor y lo beso en la frente.

—¿Cómo está todo allí, hija? –le pregunto abriendo los ojos al suave contacto de sus labios.

—Está todo revuelto. Y hay otro muerto en el escritorio. Es horrible. Sin embargo no han tocado nada de valor al parecer, el brazalete de mamá estaba en su lugar, por suerte. No lo han visto al estar oculto en el espacio secreto de la caja de seguridad.

—Creo que debemos llamar a la policía cuanto antes. En este mismo momento, esto ha sido un acto criminal, te golpearon muy feo en la cabeza y aún no sé en realidad si se han llevado algo de valor. Además ¿Quién mato a estos dos tipos?

—Aquí hubo una tercera persona, eso queda claro. Es la que mató a estos dos, dejándolos el muy hijo de puta aquí, tirados –afirmó Jazmín, mirándolo con preocupación, pero mostrando en sus ojos fortaleza.

—Claro, claro, por supuesto, querida, llámalos ya desde el teléfono del estudio, creo que en la agenda de cuero que está sobre la mesa tengo el número de la comisaría más cercana.

—No hace falta, aquí tengo la tarjeta de una policía que estuvo en la joyería la otra tarde. Creo que la llamaré. Tal vez pueda venir y ayudarnos con este desastre.

Se levantó y tomando el teléfono marco el número.

—¿Hola?, por favor, me comunica con la teniente Lucía Morales. Espero, gracias.

—¿Sí? ¿Quién habla?

—Hola, si, buenas noches, soy Jazmín La Bell, usted estuvo la semana pasada en mi joyería, ¿me recuerda oficial Morales?

—Claro que si señorita La Bell. Cómo está usted. ¿Recordó algo importante en relación con el occiso Lucio Estrella y su reloj, acaso? –preguntó Lucía.

—Bueno, la verdad es que ha pasado algo terrible, pero no se trata en realidad de nada relacionado con ese tema. O tal vez sí, no lo sé –agregó nerviosamente Jazmín.

—Dígame, ¿está usted bien?, la noto un poco agitada –manifestó Lucía mientras apuraba un sorbo del café que estaba tomando antes del llamado.

—Claro que estoy agitada. Hoy en la noche desconocidos entraron en casa. Revolvieron y rompieron varias cosas y golpearon a mi pobre abuelo. Necesito que la policía venga a ver qué es lo que ha pasado. Tengo dos cadáveres tirados en mi living, teniente, ¡esto es un horror!

—Por favor, la llamo a usted para ver si puede venir hasta aquí lo más rápido posible, ¿me entiende oficial?

—Bueno, bueno, cálmese, ¿dice que hay dos cadáveres en su casa? ¿Su abuelo se encuentra bien?

—Sí, ahora sí. Está recuperándose del golpe en su cabeza. Tiene 90 años, ¿sabe?, no lo han matado de casualidad, esa es la verdad, ¿puede usted venir o no?

—¿Dice que han entrado a su casa?, ¿estaba la puerta forzada?, ¿ha ocurrido un robo, nota que le falta algo de valor?

—No, no, la puerta de entrada estaba bien. Es que al llegar del negocio encontré a mi abuelo casi inconsciente, la sala y el estudio un desastre, dos tipos muertos, sangre por todos lados, nada más que eso, ¿qué le parece?

—Sí, he revisado si nos falta algo de valor, pero al parecer no. Estoy esperando que mi abuelo se recomponga un poco más para pedirle que él busque en su estudio, por si falta algo que yo no he notado, oficial.

—Bien, no toque nada más. Deje todo como está. Saldré para su casa lo más rápido que pueda con uno de mis ayudantes. Desde ya le aviso que también acudirá el personal policial de escena del crimen. Le repito, es muy importante que no toquen nada. ¿Me entiende señorita La Bell? Deme la dirección de su casa, por favor.

—Dejaremos todo como esta, pero por favor vengan lo más rápido que puedan. La dirección es calle Austria 1555. Desde ya muchas gracias, la espero entonces.

Volvió al living donde se encontraba su abuelo, le informó que ya había llamado a la policía y que pronto estarían allí, así que le dijo que no se preocupara, que estuviera tranquilo y que se fuera a descansar a su habitación, ella se encargaría de todo aquel maldito asunto.

Mientras Hadar se iba a recostar un rato, Jazmín agarró la mochila que había dejado en el zaguán al entrar y fue hasta el garaje. No la dejó en la joyería. Era mucho más seguro esconderla por un tiempo allí. Prendió la luz.

Se subió a una pequeña escalera de metal y sacó varios paneles del cielo raso que con suavidad fue dejando en el piso. Acomodó en un hueco la mochila con su preciado contenido y volvió a poner los paneles en su lugar, bajó de la escalera, pegó una rápida mirada. Todo estaba bien. Apago la luz y despacio cerró la puerta.

Ya en la cocina, agarró la botella de vodka que guardaba en una de las alacenas. Tomó un vaso, le puso cuatro cubitos de hielo y echó sobre ellos un generoso chorro.

Se sentó en una de las sillas frente a la mesa de la cocina. Se acomodó el cabello y mirado hacia el techo pensó que debía ser muy astuta cuando la oficial de homicidios llegara a su casa.

Esa misma mañana había asesinado a un hombre y ahora se sumaban dos muertos más. Si permanecía calmada y se mostraba acongojada y preocupada por lo que había pasado esa noche tal vez podría evitar levantar sospecha. No es que la poli fuera a creer que ella había matado a esos tipos, claro que no. Solo estaba pensando. No podía dejar que la paranoia la invadiera.

Esperaba que aún no hubieran encontrado el cuerpo de Esteban. De todas maneras no había nada que la vinculara con esa muerte, por supuesto, se dijo a sí misma. Fue muy cuidadosa con todo.

Se levantó y se paró frente a la ventana, paladeó el seco y fuerte sabor del vodka. Desde allí se veía parte de la calle iluminada por las luces de las farolas. A contraluz observó las gotas de una suave llovizna que comenzaba a caer.

«Parece que enero viene muy lluvioso», pensó.

En ese preciso momento vio a su vecina, Berta, cruzando la calle tirando de la correa de su Caniche Toy que lucía un perfecto corte de pelo y agitaba su cola blanca en pompón.

—¡Vamos, vamos, Tabitta que se largó a llover, vamos, vamos rápido a casa antes de que nos empapemos los dos! –escuchó que decía la mujer.

De pronto la llovizna se convirtió en una lluvia gruesa y cerrada, un relámpago iluminó el cielo nocturno. Las gotas comenzaron a pegar fuerte contra el vidrio de la ventana rodando raudas hacia abajo en su azaroso deslizar líquido.

Jazmín apoyó la mano libre en el vidrio que comenzaba a empañarse y vio el reflejo de sus ojos que le devolvían una mirada de segura determinación.

El sonido apagado de un trueno lejano no evito que escuchara el ruido del motor de un coche poniéndose en marcha en algún lugar cercano.

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Дата выхода на Литрес:
02 октября 2024
Объем:
391 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789878717524
Правообладатель:
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