Читать книгу: «La naturaleza»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 316


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISO PEJENATURE RUBIO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.

www.editorialgredos.com

Este trabajo se incluye en el Proyecto de Investigación «Liber» (BFF2000-0366) de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

REF. GEBO397

ISBN 9788424936938.

INTRODUCCIÓN
1. El tiempo de Lucrecio

Nacido en el primer decenio del s. I a. C. y muerto hacia mediados de la centuria 1 , el poeta Tito Lucrecio Caro vive en unos tiempos de violenta inestabilidad y fuertes disensiones civiles 2 que habrían de cambiar la faz de Roma y el Mediterráneo. Nos han llegado pocos datos e inseguros sobre su vida, que parece llevada según aquella regla de su maestro Epicuro (Samos 341-Atenas 270 a. C.) que aconsejaba vivir a escondidas 3 .

Desconocemos el lugar de su nacimiento 4 . Algunos lo han querido situar en la Campania, territorio por donde deambulan simpatizantes del epicureísmo 5 , otros en la Galia Cisalpina, patria de Catulo y Virgilio 6 , pero lo único probable es que residiera largos años en Roma según dejan ver muchos detalles de su poema 7 : los entrenamientos militares en el Campo de Marte, las procesiones orgiásticas de Cibeles, los espectáculos teatrales y escenografías palaciegas 8 .

Sobre la clase social a la que perteneció sólo es posible hacer conjeturas. Hay quien ha defendido que era de familia noble, pues los Lucretii aparecen en los Fastos como detentadores de magistraturas 9 . Pero, aunque la gens Lucretia era ilustre y antigua, tenía también ramas plebeyas. Otros reparan en cambio en su cognomen Caro (Carus) , que, acaso de estirpe celta, era frecuente en esclavos, y suponen por ahí que fue un liberto 10 . Un apoyo para encuadrarlo en la clase de los clientes modestos parece prestarlo la dedicatoria del poema a un rico y poderoso Memio (I 26). Pero el tono que usa Lucrecio en sus palabras es más bien de amistad juvenil, e incluso parece hablar con cierta autoridad de preceptor y ofrecer a su discípulo algo más valioso que lo que podría obtener de él 11 .

Es del todo inseguro que hiciera un viaje de formación por tierras helénicas, a pesar de que «su cognomen , Caro, reaparece en medio de un grupo de epicúreos asentados en la isla de Rodas, de los que hace mención una carta anónima adjuntada por vía epigráfica entre los textos fragmentarios de Diógenes de Enoanda» 12 . Este Diógenes fue un apóstol tan entusiasta del epicureísmo que grabó en un muro de su ciudad, en tierras de Anatolia, pasajes de tratados, cartas y aforismos de la secta , que se han ido rescatando desde el año 1884 13 .

Que en unos versos del poema Lucrecio aparezca como quien está familiarizado con peleas matrimoniales y prácticas favorables a la fecundidad de «nuestras esposas», como dice literalmente (IV 1277), no es ninguna prueba de que estuviera casado.

Y al referirnos a su muerte topamos con una historia que rueda por los siglos como leyenda infamante desde que San Jerónimo, en escueta nota, afirmara que el poeta se había intoxicado con un filtro amoroso y había enloquecido, si bien pudo escribir su poema (que luego corregiría Cicerón) en intervalos de lucidez antes de acabar suicidándose 14 . Todo esto acaso no sea más que una fábula tipificadora como tantas que se han adherido a las biografías de los antiguos filósofos (las vidas de Sócrates o Diógenes el Cínico están hechas de ellas y casi de nada más), o el resultado de una serie de vagas alusiones que cuajan en un persistente malentendido 15 . El caso es que el cuento prende y forma parte ya de la memoria de los siglos. Sobrevuela o impregna cualquier juicio que se haga sobre el poeta. Los editores renacentistas, que con una suerte de horror al vacío aprovechan todo para confeccionar sus «Vidas» de Lucrecio, lo recogen y amplifican 16 . Los estudiosos modernos oscilan entre una aceptación llena de suspicacia 17 y el rechazo o menosprecio más decidido de la noticia 18 . Unos la consideran perjudicial pero operante 19 , otros la despejan como niebla que impide ver al verdadero poeta 20 , alguno 21 ni siquiera la toma en cuenta (pues la calumnia, ya se sabe, medra con su refutación). Hay en toda la historieta, es evidente, una intención de desacreditar a Lucrecio. La pretendida locura anularía cada verso del poema (pues el autor no sabe lo que dice), mientras que el acto final, el suicidio, refuta por vía práctica el mensaje de una doctrina que se proclama gozosa pero que no sabe mantener al que la enseña en la felicidad mínima de seguir vivo 22 .

2. Título, fecha y dedicatoria

De rerum natura (‘Sobre la naturaleza’) es sin duda un calco del título griego Perì phýseōs. Ya ahí se le planteó a Lucrecio un problema de adaptación por culpa de la exigüidad del vocabulario filosófico latino, que él llama «pobreza de la lengua» (I 832). Y no hay equivalencia exacta: mientras el término griego phýsis habla de ‘producción’ o ‘brote’, el latino suena más de la cuenta a ‘nacimiento’ 23 .

Sólo podemos dar una fecha aproximada de la publicación del poema. La única noticia datable que contiene es muy imprecisa: dice el poeta que tanto a él como a su lector y destinatario Memio les es difícil trabajar y concentrarse en tiempos de zozobra para la patria (I 41). Se detecta en la expresión una indudable ansiedad que puede corresponder a muchos momentos de la agitada vida de Roma 24 . Pero tenemos de otra parte una referencia contenida en una carta de Cicerón a su hermano Quinto (II 9, 3) fechada en febrero del 54. La nota es preciosa y no podemos pasar sin ocuparnos de sus detalles. Cicerón habla del poema lucreciano dando a entender que tanto él como Quinto lo han leído: «Los poemas de Lucrecio, tal como escribes, así son: con muchos deslumbres de talento y sin embargo de mucho artificio. Pero ya veremos cuando vengas …» 25 . La mayoría de los estudiosos se inclina a pensar que cuando la carta se expide no sólo la ejecución de la obra había concluido, sino que además el poeta había muerto 26 .

El poema, ya lo hemos señalado, tiene un destinatario al que se interpela en varios pasajes como Memio o Memíada, esto es, alguien perteneciente a la familia nobilísima de los Memmii que, según la Eneida 27 , remontaba su origen al héroe troyano Menesteo. El aludido suele identificarse con Gayo Memio, un inquieto y ambicioso aristócrata casado con Fausta, hija del dictador Sila. Su biografía está más llena de noticias que la de Lucrecio. Memio había combatido a las órdenes de Pompeyo en Hispania (77 a. C.). Como tribuno en el año 66, logró el aplazamiento del desfile triunfal de L. Luculo y, como pretor en el 58, se enfrentó a propuestas legales de César y tuvo mando sobre tropas 28 . Ejerció como gobernador de Bitinia en Asia Menor el año 57. En su viaje a la provincia llevó con él a los poetas Helvio Cinna y Catulo 29 (que, con camaradería tabernaria, lo moteja de cicatero con los amigos y perdulario) 30 . Es casi seguro que los patrocinaba 31 . Por culpa de ciertas ilegalidades confesadas no logró el consulado del año 54 para el que gozaba del apoyo de Julio César. Dos años más tarde, acusado de ambitu (irregularidades electorales), marcha desterrado a Atenas. Allí lo vemos metido en un asunto que lo pone en relación, aunque sea de modo externo y material, con la secta de los epicúreos. En efecto, Cicerón le aconseja por carta 32 , obrando según dice a instancias de su amigo el epicúreo Ático 33 , renunciar al derecho, validado por el Areópago, de construir sobre el solar y las ruinas de la casa y el jardín de Epicuro situados en los suburbios de Atenas. Aparte de este lance, poco parece que debió de interesarse el ambicioso Memio en una doctrina como la epicúrea, que predicaba la renuncia de las glorias políticas y militares 34 . Pero, eso sí, tuvo barruntos de orador y poeta, y fue sin duda hombre de buen gusto y aficionado a las letras. Ovidio 35 nos informa de que escribió poesía amatoria con desparpajo. Memio, pues, habría estado más interesado en la literatura como ornato que en la filosofía como forma de vida. Su muerte ocurre probablemente antes del 46. Lucrecio no alaba ni directa ni indirectamente (como imponen los usos) a su dedicatario. Acaso Memio no merecía alabanzas y Lucrecio lo escogió como interlocutor precisamente por eso, por sustentar como ninguno una mentalidad que obstaculiza y desafía al maestro y consejero 36 . Y como paradigma de una clase dirigente tan descarriada como refractaria a cualquier remedio moral, Memio metía de rondón el poema en su desapacible contexto histórico 37 . Es un cuadro social de guerras civiles, aspiraciones encontradas, acumulación de riquezas, luchas de clase, corrupción sin freno 38 . Las ideas de decadencia lleva en último término a la sensación de acabamiento y derrumbe del mundo 39 . El poema es espejo de la penuria moral de su época, a la que diagnostica, juzga y a su modo propone remedio. Es como si en un trasfondo de violencia y locura valiera la excepción que puso Epicuro a su consejo de abstenerse de intervenir en los negocios públicos 40 .

3. Enseñanza a través de la poesía

Una larga tradición de poesía didáctica prepara y dispone la obra de Lucrecio. Estaban los ejemplos venerables de Hesíodo y los filósofos anteriores a Sócrates que expusieron sus doctrinas en verso. Pero a lo largo de su desarrollo histórico, sobre todo en la edad llamada alejandrina, la poesía didáctica osciló entre temas elevados 41 y triviales 42 . Surge igualmente en esta edad, saturada de libros y literatura, el metaphrastḗs , versificador profesional que se limita a retocar el vocabulario o remover el orden de la prosa de un tratado cualquiera para sacar un mediocre producto poético. Pero el De rerum natura va en serio, no es ni trivial en su contenido ni pedestre en su lenguaje. Pretende ser el receptáculo de un mensaje que provoque en el ciudadano un profundo cambio de mentalidad y conducta. No se corresponde, que sepamos, con ningún tratado epicúreo que le sirva de pauta; nada de eso, sino que el propio autor de algún modo reanuda con sus lectores la tarea entusiasta de iluminación y liberación que en su momento desempeñó con él el Maestro. No oculta su pedagogía sino que desvela el truco supremo de endulzar con versos la amarga prosa. Su intención declarada es quitarle así al razonamiento la aspereza que sin poderlo remediar le acompaña: rationem … dulci contingere melle 43 .

Sin embargo, en lo hondo de su actividad poética, Lucrecio no concibe la poesía como mero excipiente del medicamento filosófico; no faltan en él alusiones más o menos secularizadas a las raíces misteriosas o sagradas de la inspiración 44 . Tampoco es que compusiera, como a veces se dice con anacrónica admiración, una epopeya de la ciencia (entendida al menos según nuestra moderna concepción servil o tecnológica) sino que se limitó, como él mismo expone, a dar brillo en versos latinos a los ocultos hallazgos de los griegos (I 136-137) y a publicar un canto luminoso sobre un tema descolorido, poniendo en todo un toque de gracia inspirada (IV 8-9). Será docto como piden las convenciones de su tiempo, pero huirá de todo culteranismo caprichoso o exhibicionista, pues sólo los estúpidos admiran lo que se encubre con expresiones torcidas (I 642). «Huye, bendito, de todo tipo de cultura al iniciar la singladura de tu bajel» 45 , había ordenado Epicuro. Lucrecio procuró por ello resolver la paradoja que suponía el que la doctrina de su Maestro se transmitiera en un poema tachonado de inevitables referencias cultas 46 . Porque es que los filósofos, y Platón el primero 47 , habían recelado siempre de los poetas. Epicuro vio en la poesía una actividad inútil y un daño para la verdad, que se desfigura con el uso traslaticio y ambiguo del lenguaje; la consideró un peligro para el alma, toda vez que suscita en ella pasiones y fantasmas 48 . El sabio, según él, estará capacitado para opinar sobre poesía pero «en la práctica, no compondrá poemas» 49 . Lucrecio desobedece al Maestro 50 . Y no fue el primero en hacerlo. Tenemos el caso del contemporáneo Filodemo de Gádara (110-35 a. C.), epicúreo asentado en Italia, abierto y erudito, que compuso refinados epigramas 51 . Comoquiera que sea, Lucrecio se consideró venturosamente libre y dispensado del duro veto de Epicuro.

4. Modelos y fuentes

Ante todo, hay que establecer las relaciones del De rerum natura con los textos epicúreos. El autor deja claro desde los primeros versos que él es un propagandista fiel de Epicuro. Su entusiasmo por el Maestro es evidente, pero resulta muy difícil sin embargo medir el grado de fidelidad con que trasmitió sus doctrinas. Más todavía si tenemos en cuenta que ninguna obra importante de Epicuro nos ha llegado completa. Diógenes Laercio, un erudito tardío, incluyó en su biografía de Epicuro (X 139-154) unas breves «Opiniones principales» (Kýriai dóxai) y tres importantes cartas pedagógicas: una dirigida a Heródoto (X 35-83) sobre tema físico (que se corresponde con los libros I, II y V de Lucrecio); otra dirigida a Pitocles (X 84-116) sobre tema meteorológico (como el libro VI); una tercera dirigida a Meneceo (X 122-134) sobre ética (materia que se halla disuelta en el poema latino). Aparte, el llamado Gnomologio Vaticano , descubierto en 1888, recupera unas ochenta y una sentencias (algunas de las cuales coinciden con las «Opiniones principales». El Perì phýseōs , un prolijo tratado en treinta y siete libros, de los que calcinados papiros nos restituyen extensos fragmentos, aporta el título y la ordenación general del De rerum natura 52 . La adaptación lucreciana no se atiene, pues, a ninguna obra conocida de Epicuro. Porque Lucrecio, según él mismo reconoce, quiso libar como abeja en los escritos de Epicuro para condensar y rehacer lo mejor de sus palabras (omnia nos itidem depascimur aurea dicta , III 12). El poema es así un conjunto orgánico y original de doctrinas epicúreas con un sesgo o punto de vista peculiar. Tiene presente ante todo la realidad física donde está encerrado el hombre y en la que, como una parte suya, despliega su conocimiento y sensaciones, sus posibilidades y garantías de felicidad.

No poca importancia tiene que Lucrecio siguiera el ejemplo de los poetas filósofos que precedieron a Sócrates y se ocuparon ante todo del tema de la naturaleza. En hexámetros expusieron su doctrina Jenófanes, Parménides y Empédocles. El atomismo, punto central de la física epicúrea, al depender casi por completo de los venerables Leucipo y Demócrito, facilitó a Lucrecio la tarea de fundir epicureísmo y tradición presocrática. Pero su mentor ideal fue sin duda Empédocles. Empédocles (493-433 a. C.) compuso un poema Sobre la naturaleza del que se conservan trescientos cincuenta versos, lo suficiente para colegir que pretendía explicar el mundo a partir de unos pocos principios básicos cuyo comportamiento aclara su estado presente y sobre todo la complejidad de los seres vivos. Un Salustio, que acaso es el mismo que el historiador, compuso unas Empedoclea , endebles a decir de Cicerón, pero que pudieron despertar la admiración de Lucrecio por el filósofo poeta. Lo cierto es que en su poema Empédocles se muestra seguro de sí mismo hasta la fanfarronería (Lucrecio en sus prólogos aparece lleno de confianza y entusiasmo); en el prólogo habla de la brevedad de la vida, las limitaciones del conocimiento humano y los riesgos de la presunción (Lucrecio advierte constantemente sobre los límites y dificultades del conocimiento); invoca a la Musa de blancos brazos pidiéndole «tal conocimiento como es lícito oír a criaturas de un día» 53 (también Lucrecio alude a las Musas). Hay en el poema griego un destinatario llamado Pausanias y una alabanza de Pitágoras (Memio y Epicuro hacen el mismo papel en el De rerum natura). El filósofo griego exalta la felicidad del sabio 54 (como hace el latino una y otra vez). Incluso la adaptación alegorizante de la estampa homérica de los amores entre Venus y Marte puede que la intentara Empédocles antes que Lucrecio 55 .

Para que el poema didáctico de Lucrecio no fuera un monumento aislado no faltaban tampoco ejemplos ambiciosos dentro de la propia literatura latina. Ya hemos mencionado los Empedoclea de Salustio. Poco sabemos del carmen Pythagoreum de Apio Claudio (censor en el 312 a. C.), si tenía una temática (la amistad) o simplemente se trataba de un acopio de aforismos. Ennio (239-169 a. C.), el padre de la literatura latina, publicó un Epicharmus , traducción de un poema sentencioso sobre la naturaleza falsamente atribuido a Epicarmo de Sicilia. Macrobio (VI 5, 12) menciona a un tal Egnacio como autor de un De rerum natura y trasmite dos hexámetros que suenan dentro de los modos refinados de los poetae noui pero también con visos lucrecianos: roscida noctiuagis astris labentibu’ Phoebe (frag. 2 Morel). Plutarco, en la vida de Pompeyo (cap. X) habla de un Quinto Valerio Sorano (muerto el 82 de C.), poeta de intereses filosóficos, que había compuesto un poema místico-filosófico inspirado en el panteísmo estoico 56 y que empezaba con una invocación a Júpiter muy similar al arranque del De rerum natura: Iuppiter omnipotens regum rerumque deumque / progenitor genetrixque (frag. 4 Morel).

Lucrecio no fue un ingenio lego. En su poema se refleja una vasta cultura literaria que no es exclusivamente filosófica. En el contexto del poema la entonación didáctica, fría y objetiva, se ve interrumpida, a veces muy bruscamente con otras de carácter épico, trágico o satírico. Revela por ahí el poeta doctus que conocía a Homero, Hesíodo, Eurípides (sacrificio de Ifigenia) y Tucídides (peste de Atenas), a los líricos arcaicos (síntomas corporales de la pasión) 57 , a Calímaco y a algunos autores de epigramas y poetas helenísticos. No sorprende entonces que presente a Epicuro levantándose como un sol que borra con su luz la de los otros astros (III 1044), tal como el epigramista Leónidas de Tarento había presentado a Homero (Antol. Palat. IX 24).

Lucrecio se asoma desde su escuela a otras: «Algunos de los cuadros más celebrados de Lucrecio», observa A. Dalzell, «derivan de la tradición filosófica: los átomos en el rayo de sol se remontan por lo menos a Demócrito (Aristóteles, De anima 404a 1-6); la carrera de antorchas y la famosa imagen de la miel en el borde de la copa están anticipadas por Platón en las Leyes (776b y 659e); el ejemplo del anillo 58 fue usado por Meliso de Samos (DK 1, 274; B8, 3), y la importante comparación de los átomos con las letras del alfabeto aparece en dos pasajes de Aristóteles, que tratan de la teoría de los átomos de Leucipo y Demócrito (Metaf. 985b 15-19 y Sobre la generación y la corrupción 315b 9-15)» 59 .

Se atribuye al cínico y populachero Bión de Borístenes (s. III a. C.) el ejercicio de la prédica filosófica que utiliza módulos expresivos familiares y formas dialogadas (patentes en el comienzo del libro II y los finales de los libros III y IV de Lucrecio). Pero los epicúreos, y Lucrecio con ellos, eran más serios y formales y se acercan más a los tonos fríos y especulativos.

El De rerum natura encierra sus propias complicaciones, pero en cuanto a temas y procedimientos está firmemente enraizado en el medio intelectual y artístico de la tardía República. La influencia de la literatura es más notoria, claro es, en los proemios, digresiones y finales 60 . Hay en Lucrecio idéntico regusto arcaico en el léxico, afán moralizador y pesimismo en sus propuestas que en el historiador Salustio. Muestra una hipersensibilidad erótica tan acusada como la de Catulo (aunque el amor es pasión que el poeta filosófico denuncia y reprueba, mientras el poeta lírico sin más documenta). La tensión entre arcaísmo clasicista (bajo el patronazgo de Ennio) y helenismo culterano (traído por el movimiento innovador de los poetae noui) se resuelve en cierto predominio de la primera tendencia. No se adhiere a la escuela de poetas filohelénicos, pero algunas de sus maneras son parecidas: la rica doctrina, el uso de la mitología, la precisión en el vocabulario 61 .

5. Epicuro en Roma

El epicureísmo tuvo una temprana pero pasajera presencia en Roma. Ateneo (XII 547a) y Eliano (Hist. varia IX 12) refieren la expulsión de los epicúreos de nación griega Alcio y Filisco en el s. II a. C. (no se sabe si el año 154 o el 174) y atestiguan que un senadoconsulto les impidió la fundación de una escuela en Roma. El siglo I a. C. ve asentarse en Roma movimientos innovadores: el aticismo en oratoria, el neoterismo en poesía y el epicureísmo en filosofía. Estos tres movimientos se enlazan en una trama que se revela «en el hecho de que Licinio Calvo fuera a un tiempo orador aticista y poeta nouus , el hecho de que Torcuato, el interlocutor epicúreo de Del supremo bien y del supremo mal , fuera quizá aquel al que Catulo dedicó el poema 61, el hecho de que el destinatario del De rerum natura fuera quizá aquel mismo Memio de cuya cohors en Bitinia formó parte Catulo, el hecho de que, en su biografía de Ático, Cornelio Nepote citara juntos a Lucrecio y Catulo 62 como los dos mayores poetas de su época, el hecho de que César profesara el epicureísmo y estuviera próximo a la oratoria aticista, y, finalmente, el hecho de que Cicerón, el representante cualificado del tradicionalismo político, ético, ideológico y cultural, no ahorrara sus andanadas ni contra los epicúreos en sus obras filosóficas, ni contra los aticistas en las retóricas (y sobre todo en El orador) , ni contra los neṓteroi (así definidos por él irónicamente) en sus cartas» 63 .

La filosofía epicúrea no era sólo un conjunto de escritos sino que se mantenía viva y pujante 64 , con sus prédicas y diatribas orales en la Italia de la época, particularmente en la región de Campania. Porque el epicureísmo tenía vocación expansiva y en cierto modo fue la única filosofía misionera y proselitista que hubo en Grecia. En su impulso moral se encerraba una profunda simpatía hacia el hombre extraviado y doliente. Hacía proclama doctrinaria de un esquema salvador 65 y produjo cierta conmoción social 66 . Cicerón llegó a exclamar: «Los epicúreos han invadido Italia» 67 . Según él, muchos se acogían al epicureísmo «bien porque era fácil de entender, bien por la seducción del placer y sus atractivos, bien porque, no habiendo otra cosa mejor, se tomaba lo que estaba más a la mano» 68 . Atestigua 69 que en Roma y su entorno, la única actividad editorial filosófica fue durante un tiempo epicúrea. Calpurnio Pisón, el cónsul del 58 y gran rival de Cicerón, fue protector de Filodemo de Gádara 70 . Así que, como se ve, no eran pocos entonces los simpatizantes y seguidores de Epicuro, gente de toda condición y laya.

6. Lucrecio y el epicureísmo

Veamos cómo ciertos usos y maneras del epicureísmo se reflejan en Lucrecio. En primer lugar la estima de la escritura. Epicuro estableció vínculos de amistad con sus discípulos tal como Sócrates, pero no desdeñó como él la escritura (al contrario, fue un escritor prolífico) ni los conocimientos sobre la naturaleza (que el Sócrates platónico considera innecesarios). Lucrecio emprende la ardua tarea de trasmitir por escrito ideas y conceptos de una filosofía nacida dentro de una larga tradición de textos y aquilatada en el discurso y la polémica. Como fiel y modesto emisario, si de algo se enorgullece es de su labor de poeta y traductor. Atrevimiento fue componer en latín, pues en esto «se aparta de los maestros de la escuela, para quienes sólo los que hablaban griego llegaban a ser realmente sabios» 71 .

Viene luego el talante coloquial. En Epicuro no se ha perdido la raíz dialogada del saber filosófico, que requiere una actitud abierta en los interlocutores, frente al dogmatismo irracional y cerrado de las creencias. «En una disputa entre personas amantes del razonamiento» —aseguraba— «gana más el que pierde, debido a que aprende más que ninguno» 72 . Todo el poema de Lucrecio está impregnado de intención persuasiva, quiere convencer más que exponer o teorizar en el ámbito de la razón pura.

El epicureísmo era una doctrina salvadora y que ponía la salvación «en la celosa clausura sobre sí misma del alma individual para tutelar la propia imperturbabilidad en medio de las tempestades de la vida humana, gracias al poder iluminador de algunos principios» 73 . Lucrecio es decididamente apostólico, quiere convertir a su oyente. Algunas manifestaciones patrióticas (sinceras a pesar de todo) salen al paso de las censuras y recelos que podía suscitar su doctrina. Por este afán regenerador, que fija la mirada en las viejas constumbres perdidas, la doctrina adquiere una cierta pátina romana. Lo que Lucrecio añade al epicureísmo es el creer casi sin decirlo que las enfermedades sociales de Roma podrían remediarse con la aceptación de las doctrinas de Epicuro.

En la antigüedad los filósofos se sienten parte de una comunidad que los abarca a todos. No es tanta la rivalidad entre las sectae como la fuerte oposición que establecen todas frente a los más, al vulgo de los que no filosofan. «Jamás pretendí agradar al vulgo», decía Epicuro, «pues lo que a él le agradaba no lo aprendí yo y, por contra, lo que sabía yo estaba lejos de su comprensión» 74 . A la expansión de la filosofía ponía restricciones temperamentales y étnicas (si es suyo el texto trasmitido): «Pero, está a disposición de cualquier complexión corporal ni de cualquier raza llegar a ser sabio» 75 . Es verdad que Lucrecio, en sintonía con su Maestro, no espera que todos acojan su mensaje pero su mensaje es para que todos lo acojan. Es la cara elitista de la escuela.

Y muy cerca de ella está su cara heterodoxa. El epicureísmo mostraba cierta radical oposición a las otras filosofías, al proponer el placer como piedra de toque para cada acto moral o suprimir la intervención divina en el universo y la historia 76 . Si Lucrecio tiene una «gran esperanza de gloria» (laudis spes magna , I 923) no es tanto por sus invenciones poéticas sino por su destrucción de los miedos religiosos (I 932) a través del desvelamiento de los enigmas de la física (I 933).

También es cierto que la escuela epicúrea fue poco flexible y se mantuvo igual a sí misma entre las otras sectae , más acomodaticias y cambiantes. Jamás un epicúreo se atrevería a retocar la doctrina del Maestro aunque fuera en el punto más insignificante. Prueba de ello es el respeto rayano en la adoración que se le profesaba al fundador y sus dogmas. No es de extrañar por tanto que Lucrecio glorifique a Epicuro con lenguaje de tono religioso. Lo ensalza sucesivamente como vencedor sobre la religión (I 75), como pater y rerum inuentor (III 9), como dios civilizador (V 19) y héroe cultural ateniense (VI 2). Pero a la postre damos con una paradoja: de un exclusivista cenáculo helénico que veneraba la prosa del Maestro Fundador y aceptaba gustoso una cierta tiranía intelectual, el vocero más conspicuo ha resultado ser un discípulo de última hora, un poeta que ni siquiera escribe en griego. El destino incierto de los escritos lo quiso así 77 .

7. La organización del poema

Ya nadie cree en la composición descuidada o imperfecta del De rerum natura. Su estructura está hecha de partes grandiosas, bien definidas y trabadas. La materia no abarca la conocida distribución ternaria del sistema epicúreo —teoría del mundo, de la conducta humana, del conocimiento— sino que se limita a exponer la parte física e incluir en ella algunos esbozos de las otras dos. De esta manera, el poema se ocupa ante todo del mundo como realidad objetiva y funciona, pues, como un simulacrum de la rerum natura 78 . Este trasunto verbal de la naturaleza se reparte y constituye en tres pares de libros: I y II versan sobre los átomos y el universo como objeto total y único; III y IV explican la naturaleza del alma y la mente con sus operaciones; V y VI describen el mecanismo de los movimientos celestes, narran la historia del mundo y la humanidad, dan razón de los fenómenos meteorológicos y las epidemias. Cada par de libros acaba con una visión pesimista o cuadro de disolución (fin del mundo, desvaríos de la pasión amorosa, peste de Atenas).

Aunque la obra no desarrolle, como hemos dicho, una doctrina moral sistemática y ni siquiera se detenga en el concepto cardinal del placer (hēdonḗ) , disuelve estos temas a lo largo de su trama: hay invitaciones al buen vivir en los proemios, surgen aplicaciones morales extraídas de tal o cual aspecto de la cosmología, están ahí las peroratas contra el miedo a la muerte y la pasión amorosa. Tampoco hay una doctrina sobre el ser de los dioses porque ella es algo así como una silueta que se perfila después de haber dibujado el marco de la realidad: sabiendo cómo está constituido el mundo se sabe cómo lo habitan los dioses y qué son. Así la ética y la teología se desprenden de la mera mostración de los principios físicos y cosmológicos.

Una importancia decisiva tienen en la economía de la obra los proemios. Las convenciones del género didáctico piden una invocación que ponga al poeta en contacto con las fuentes divinas del saber y una dedicatoria que traiga un interlocutor cercano y explícito. En los comienzos de cada parte es conveniente hacer una recapitulación de lo dicho y proponer lo que sigue. Pero los proemios lucrecianos no se limitan a eso y adquieren un particular color y patetismo e inducen un clima en el espíritu del lector 79 . La distribución tripartita de la materia hace que cobren singular importancia los exordios de los libros I, III y V. El más largo y elaborado es el del libro I que comienza con una invocación a Venus (1-49) a la que sigue una propuesta temática (50-61) 80 , la alabanza de Epicuro (62-79), unas consideraciones sobre los males de la religión (80-101), las penas del infierno (102-135) y las dificultades técnicas de poner en versos latinos las enseñanzas del sabio griego (136-148). En los otros proemios reaparecen los elogios de Epicuro, héroe de la verdad (III 1-30, V 1-53 y VI 1-42) y otros temas centrales como la felicidad sencilla y asequible del sabio (II 1-61), el temor a la muerte (III 42-93) o la dulzura de la poesía (IV 1-25). En ninguno de los libros falta la recapitulación de lo ya enseñado y la propuesta de lo que se va a enseñar (II 62-66, III 31-40, IV 26-53, V 54-90 y VI 43-91). Algo descolocado queda una suerte de proemio interno para conjurar el miedo a lo nuevo (II 1023-1047). Al final hay una breve llamada a la musa Calíope (VI 92-95) que se corresponde lejanamente con la inicial advocación a Venus.

Al ocuparnos de la estructura compositiva topamos con la cuestión tan debatida de si está completo y acabado el poema 81 . Entre los indicios de que no lo está entraría el pequeño detalle de que no aparezca en ningún lugar de la obra la consabida sphragís , sello o firma de autor que no falta en los poemas didácticos de Virgilio y Ovidio. Pero esto puede ser un rasgo epicúreo: el discípulo calla su nombre y engarza en un verso, por una vez tan sólo, el nombre del Maestro (ipse Epicurus obit , III 1042). Otra señal de imperfección serían los pasajes repetidos, pero siempre podemos achacarlos a intenciones estilísticas del autor o a percances de la transmisión manuscrita. Una base más firme para asentar la suposición de un De rerum natura inacabado se ha creído extraer de un verso que promete aclarar extensamente la naturaleza y sede de los dioses (quae tibi posterius largo sermone probabo , V 155). Pero deducir de ahí que la vida de los dioses habría sido el tema de un irrealizado libro VII no es legítimo, desde el punto y hora que en lo que sigue el poeta aclara la verdadera naturaleza del cielo, pretendida morada de los dioses, y llega a afirmar taxativamente en el libro VI (92-95) que ése será el último de todos. Así pues, «resta como mera hipótesis la opinión de que al final del actual libro VI, por ley de isonomía, habría de seguir el tratado sobre la naturaleza de los dioses prometido anteriormente (V 153 ss.), símbolo de la felicidad perfecta y prueba en la naturaleza de los motus auctifici , para compensar el efecto de la espantosa peste de Atenas, que de modo impresionante muestra al hombre sometido a los motus exitiales » 82 .

Y es que cuanto más se le lee y medita, más deja sentir el poema su honda armonía y el equilibrio de sus partes. Una serie de nexos, anticipaciones, transiciones y llamadas internas revelan que no sólo el todo sino cada libro está completo. Por ello hoy día los estudiosos, provistos de un mejor conocimiento de la literatura arcaica y despojados de prejuicios clasicistas, se inclinan casi todos a pensar que el poema se sostiene tal como está y que si algo le falta es tan sólo una última mano (un caso no muy diferente del de la Eneida de Virgilio) 83 .

8. La trama de la realidad

Ya hemos establecido la tema de contenidos: a uno y otro lado el mundo de lo pequeño y lo grande, y en el centro el hombre como el escudriñador de ambos. La exposición doctrinal empieza, pues, con lo que los antiguos llamaban una ‘fisiología’, discurso sobre la naturaleza íntima y total de las cosas, el átomo y el universo (libros I y II).

Nada viene de la nada y nada se vuelve nada (I 151-264). La materia está compuesta de cuerpos, simientes o primordios invisibles instalados en el espacio vacío: son los átomos (I 265-417). Cada cosa es una combinación de átomos y vacío, y lo demás (incluido el tiempo) es sólo un accidente o propiedad de ellos (I 418-502). Los átomos son macizos, perdurables, sin partes y mínimos (I 503-634). El universo es infinito y nada hay fuera de él; infinitos son el espacio, la materia y el número de los átomos (I 951-1113).

El movimiento de los átomos produce el mundo con los hombres, no para los hombre por causa divina (II 62-183). Tal movimiento nunca es hacia arriba, sino que cae produciendo peso, si bien una leve desviación garantiza los choques y la potestad de los seres vivos sobre sus movimientos (II 184-293). Las figuras de los átomos son diferentes en unos y otros, lo que explica las cualidades heterogéneas que se dan en una misma cosa (II 294-477). Es limitado en cambio el número de las clases de átomos diferentes en figura, aunque sean infinitos los átomos de cada clase (II 478-729). Los átomos carecen de cualidades secundarias como color, olor, sabor, temperatura (II 730-864). Lo viviente sensible está hecho de átomos insensibles, pues vida y sentido depende tan sólo de la ordenación de átomos en un conjunto, y todo en suma proviene de átomos y en ellos se resuelve (II 865-1022). Hay un infinito número de mundos que se forman y destruyen (II 1023-1174).

Hasta aquí la doctrina del primer par de libros. Se trata, como se ve, de una explicación del universo en términos únicamente de redistribución de la materia en movimiento. Vida y mente son propiedades que emergen, una vez que cierta ordenación de átomos lo consiente. Pese a ello se advierte en el sistema de Lucrecio una acusada propensión al uso de símiles y metáforas vitalistas. Hay que tener en cuenta que la más llamativa construcción de la naturaleza es el ser vivo. No es de extrañar por tanto que el atomismo derive en primera instancia de la experiencia que se tiene con el nacimiento, sustento y muerte de los organismos. El intercambio y reordenación de materia viva que se hace en el nacer y morir, comer y defecar. Los cadáveres se hacen polvo y en el polvo brota el grano: todo se arma y se desarma en el almacén y taller incansable de la naturaleza. El atomismo lucreciano, revestido de lenguaje poético, recibe de ahí una fuerte impronta vitalista. Los primeros ejemplos de seres que los agregados de átomos producen son en el De rerum natura los vivientes: hombres, peces, aves, reses, árboles (I 161-5). Los átomos se denominan, por eso, ‘semillas de seres’ (I 59), ‘cuerpos engendradores’ (I 132).

Reparemos también en la radical rebeldía contra las trampas del antropocentrismo 84 . Una concepción naturalista auténtica supone un gran esfuerzo de imaginación: saltar por encima del hombre y sus ilusiones, verlo como parte del todo, someterlo a la ley universal. Requiere además una inmensa modestia: es como si el sabemos de la misma substancia del mundo nos volviera a los hombres insubstanciales. De ahí que siempre se haya tenido al atomismo como una concepción hiriente para el narcisismo de la especie humana. No es un bálsamo sino un cauterio doloroso para las heridas de un ser aislado y consciente; por eso «es instructivo que el materialismo haya sido adoptado en aquella coyuntura por los mismos ajenos motivos morales en nombre de los cuales ha sido usualmente rechazado» 85 .

Otros conceptos que lleva aparejado el atomismo son los de azar y ley, presentes en una sentencia del fundador Demócrito («Todo lo pueden espontaneidad y necesidad» 86 ) y aliados por la matemática y física modernas en las leyes llamadas ‘leyes de azar’. En Lucrecio el acaso y la necesidad conviven armónicamente como las dos caras de la moneda: el vocabulario carga las tintas sobre lo obligatorio y forzoso en la naturaleza 87 , pero cierra cualquier rendija por donde pueda colarse el finalismo 88 . Por eso la tradición filosófica deísta no dejó nunca de percibir con razón que él y los atomistas habían puesto la casualidad en el trono de la providencia 89 .

Frente al átomo se alza el infinito. Los antiguos recelaban del espacio sin fin y el tiempo perdurable (las penas eternas de los malvados suelen presentarlas como tareas cíclicas: sube y baja de Sísifo con la piedra, idas y venidas de las Danaides con los cántaros cascados); veían el mar y el cielo como una ausencia, un vacío, el abismo; no los inscriben en su poesía como imagen de soledad y grandeza porque más bien son objetos que les repelen. Epicuro asume fervorosamente el principio de lo infinito, en contraste abierto con la teoría aristotélica de la finitud del mundo. En ciertos pasajes de Lucrecio, incluso, se percibe una suerte de ebriedad de infinito 90 . Sólo por imperativos de la filosofía, pues, un poeta se atreve a inscribir el infinito en sus versos a través de la fantástica imagen del arquero que se acerca a las murallas del mundo y lo prolonga disparando siempre más allá.

9. Mente y vida perecedera

En el centro de la obra aparece una psicología, discurso sobre el alma, las sensaciones y el conocimiento. Alma (anima) y mente (animus, mens) son componentes unitarios del hombre y están hechas de átomos lisos y redondeados que les otorgan fluidez (III 94-417).

El alma es mortal y hay pruebas abundantes de tal cosa: su propia naturaleza atómica, la clara dependencia del cuerpo en el nacimiento y desarrollo del ser humano, la íntima trabazón de alma y cuerpo, la incapacidad de los sentidos para actuar por sí solos (III 418-669). Se niega una existencia del alma anterior al nacimiento (III 670-805). El alma no cumple ninguna de las condiciones de la inmortalidad (III 806-829).

¿Cómo funciona la mente? ¿Qué le permite sentir y conocer? La respuesta está en los simulacros, unos efluvios desprendidos de las cosas, que atraviesan el aire por todas partes, dando lugar durante la vigilia y el sueño a visiones, olores y sonidos (IV 26-268).

Los simulacros de la vista son como membranas o cáscaras atómicas velocísimas que sin parar se desprenden de la superficie de los objetos y, viajando en línea recta, permiten explicar la visión directa y las imágenes de los espejos, así como varios fenómenos e ilusiones ópticas (IV 324-521). El oído percibe igualmente unos simulacros de sonidos que, a diferencia de los de la luz, son capaces de cruzar por conductos torcidos (IV 522-614). Los efectos del gusto vienen provocados por los átomos de diversa textura al penetrar en los poros del paladar (IV 615-672). El olor no alcanza tanto como la visión o el oído porque los átomos que forman su simulacro son más gruesos y proceden del interior del cuerpo oloroso (IV 673-705). Las alucinaciones y ensueños están formadas por simulacros que vagan por el aire y se mezclan (IV 722-822).

Hambre y sed son movimientos compensatorios de la pérdida de átomos (IV 858-876). Los mismos animales, inducidos primero y movidos luego por simulacros, son capaces de echar a andar en un acto de volición real (IV 877-906). El sueño se produce por escapatoria de partes del alma (IV 907-961). Los ensueños afectan a hombres y animales, y les provocan reacciones y cambios, como la polución nocturna del adolescente (IV 962-1057). A partir de ahí se explica la pasión amorosa (IV 1058-1287).

Se echa de ver en todo ello que la teoría del conocimiento (teoría que los epicúreos llamaron ‘canónica’) estriba en la sensación, roca firme y único asidero que impide naufragar en el mar del escepticismo (IV 502-512). Y todas las sensaciones, además, se reducen al tacto. Mientras la mano toca los objetos, los otros sentidos han de valerse de un contacto mediatizado por los simulacros, fantasmas atómicos de corporeidad sutil pero tan real como la de los objetos duros y firmes.

Hay no obstante cierto punto de exageración en este sensualismo radical. Con afectado tono desaprensivo se afirma sin más que el sol y la luna son del tamaño que se ven (V 564-578), o se enuncia alegremente un movimiento más rápido que el de la luz (II 162).

Algunos motivos conductores del poema son, diríase, de carácter metodológico: la confianza en la razón, el propósito de argumentar sobre la base firme de las sensaciones, las analogías que operan mediante el paso de lo chico a lo grande y de lo visible a lo invisible, la dificultad no invencible de penetrar en las causas. Cuando se da con un hecho especialmente problemático, entonces hay que atenerse al principio de las causas múltiples. A veces, en efecto, un fenómeno puede explicarse de muchos modos y no es bueno limitarse a una sola razón entre varias (IV 500-506; V 526-533; VI 703-711), porque lo importante no es tanto dar con la verdadera como no dejar el suceso disponible para una atribución a los dioses. Por eso, entre todas estas maravillas de los sentidos (pues lo más extraño del mundo es que haya seres que puedan conocer el mundo) Lucrecio no quiere que olvidemos que los objetos artificiales están hechos con un fin, pero no así los seres naturales ni sus partes y miembros, que surgen antes de promover su utilidad (IV 823-857).

10. Astros y meteoros

Para los antiguos la cosmología explica el mundo en su totalidad y grandeza, mientras que la que llaman ‘meteorología’ versa sobre los objetos de lo alto: astros y fenómenos atmosféricos. Cosmología y meteorología ocupan los libros V y VI, y toda su doctrina descansa sobre la firme base de la materia atómica estudiada en la física. El dogma epicúreo pretende establecer la mortalidad del mundo y aclarar el origen de los cuerpos celestes y la tierra, para que el hombre pueda contemplarlos serenamente sin recaer en miedos religiosos (V 55-90).

Cielo y tierra no son divinos ni eternos, ni están hechos para uso y bien de los hombres (V 91-323). El mundo es mortal, pues si fuera eterno, guardaría memoria de civilizaciones incontables, tendría una solidez absoluta, no tendría un espacio exterior desde donde recibir golpes y no mostraria conflictos entre sus partes y elementos que presagian su fin (V 324-415).

El mundo se ha formado por conglomerados azarosos de átomos que, a causa del peso, se van disponiendo en elementos de tierra, mar, aire y éter (V 416-508).

Una o varia explicación puede darse sobre los cuerpos celestes, el sostenimiento de la tierra en el espacio, los tamaños del sol y la luna, su luz y calor, el día y la noche, las fases lunares y los eclipses (V 509-770).

Lo mismo cabe decir de la tierra y su historia. De la tierra nacieron plantas y monstruos entre los que perduraron las formas más capaces y armónicas (V 771-924). De la tierra salió igualmente la raza humana que se organizó en las primeras comunidades, a la vez que en ellas por evolución de los gritos animales fue articulándose el lenguaje y se halló el uso del fuego, surgió la religión, la metalurgia y la guerra, el vestido, la agricultura, la música y el canto, dentro de una felicidad sencilla, pronto rota por los desarrollos de la civilización (V 925-1457).

Tampoco los meteoros, sucesos más cercanos a los hombres que los astros pero igualmente sobrecogedores, son obra de dioses (VI 42-95). Se aportan explicaciones para los fenómenos atmosféricos: truenos y rayos, corrientes violentas de agua, nubes y lluvia (VI 96-534); y para los terrestres: terremotos, mares que lluvias y ríos no hacen rebosar, volcanes, crecidas de ríos como el Nilo, aguas que emanan gases, pozos y manantiales que se enfrían y calientan, el magnetismo y las epidemias (VI 535-1286).

¿Para qué podía servir el aporte de todos estos datos de la ciencia natural expuestos con abigarramiento de enciclopedia? Ya había advertido Epicuro que el estudio y conocimiento de la naturaleza no es para el sabio un fin en sí mismo, sino que tiene como meta el proporcionar sólidos fundamentos a la vida dichosa. El programa lo había diseñado con exactitud: «No es preciso indagar en la ciencia de la naturaleza según vanos axiomas y leyes arbitrarias, sino como exigen los hechos visibles. Porque nuestra vida no tiene necesidad ni de un sistema particular (idiologías) ni de opiniones vanas, sino de transcurrir en paz» 91 .

Así pues, no cabe pensar que los epicúreos fueran unos campeones de las ciencias positivas. Como casi todos los filósofos desde Sócrates, las despreciaron más o menos. Epicuro jamás aconseja a los suyos que participen activamente en el desarrollo de unas ciencias, que en cierto modo considera acabadas y cuya utilidad es ante todo moral. Es algo parecido a la actitud predominante en la Edad Media cristiana, que admite que la ciencia revela la labor de Dios creador sobre un mundo hecho «con número, peso y medida» 92 , pero no deja de considerar a esa misma ciencia como tarea mundana y secundaria.

Para Lucrecio la naturaleza no es obra perfecta de dioses sino una improvisadora incansable que únicamente conforma islas de orden cuando el azar le ofrece un resquicio para hacerlo: es la famosa ineptitud de la naturaleza (atechnía tês phýseōs). Para el hombre la naturaleza puede resultar malvada 93 . Una amarga invectiva contra ella (V 195-234) la convierte en territorio donde el hombre pisa «como náufrago arrojado por las olas fieras» 94 . No es, pues, la naturaleza la que nos acoge al nacer con manos maternales, sino que nosotros a nosotros nos salvamos mediante la conciencia de la realidad. Sólo ese saber nos consuela y salva en la zozobra.

La historia de la humanidad, que es el paso de la horda al Estado 95 , se presenta de modo ambiguo. Primero el hombre aprende de la necesidad exterior y luego de su propia reflexión e inventiva. Pero el verdadero y único progreso no consiste en las innovaciones del ingenio humano (perjudiciales las más de las veces) sino en el control de los tumultos interiores que permite alcanzar una suerte de calma (ataraxía) a la que sigue luego como un don la vida moderada. Epicuro, por tanto, no teme enfrentarse con desprecio a los especialistas de un saber cuando en un momento dado dice que respecto a los astros hay que forjarse una opinión acorde con las apariencias, «sin asustarse de chocar con los artificios (techniteías) serviles de los astrónomos» 96 . Porque, como se ve, los epicúreos ponen la ciencia, tomada como conocimiento puro de las realidades físicas, al servicio de un ideal ético y social. No se ocupan lo más mínimo de aquel otro aspecto liberador de la ciencia aplicada que nos hace sospechar a quienes vivimos bajo el manto protector de máquinas y farmacología que si los antiguos hubieran podido vivir con pararrayos y antibióticos habrían dejado de pensar en Júpiter y epidemias enviadas por la ira divina todavía mejor que con la lectura de los libros V y VI del De rerum natura. Pero también a los hombres de hoy les suena muy moderno el recelo lucreciano hacia la tecnología —las pocas máquinas que aparecen en el poema son instrumentos de muerte— o hacia una economía que mira a la obtención de bienes superfluos, actividades que a la postre vienen a parar en destrucción e infelicidad. El progreso según Lucrecio exaspera los deseos, construye ámbitos artificiales para proyectos inducidos que a la larga traen desdichas 97 . Los sufrimientos que nos impone la naturaleza son pocos y pequeños si los comparamos con los que derivan de la civilización o, sobre todo, con la imagen falsa y exagerada del dolor y la muerte que nos fabrica nuestra ignorancia: «Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita», decía Epicuro 98 . Porque la compasión solidaria con el hombre sufriente era uno de los pilares de la doctrina de Epicuro 99 . Sus seguidores romanos, con Lucrecio a la cabeza, se mostraban como guerrilleros de la felicidad individual que se alzan contra los disciplinados y severos soldados de la uirtus. La rueda fatal de guerra, ley y negocio produce en las almas dolor y miedo y unas ansias insaciables que a su vez alimentan los conflictos y reanudan el ciclo. Para parar esta rueda fatal Lucrecio propone la autentificación o naturalización de los deseos, conjura toda forma de miedo y busca extender la paz desde el ámbito pequeño y asequible de la amistad (philía/amicitia).

Lucrecio poetiza la perplejidad que experimenta la mente humana cuando asiste al plan extraño y fecundo de la naturaleza y proclama que debajo de todo ese orden aparente no hay ningún propósito. Como sentenció el biólogo Jacques Monod en un famoso libro puesto bajo la advocación de Demócrito, «todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el insaciable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia» 100 . El hombre, fabricando dioses e ideas endiosadas para enaltecerse, no cesa de gritar inútilmente: no somos cualquier cosa, ¡somos nosotros! Epicuro y Lucrecio, sin tonos de tragedia, enseñan que la eventualidad de la raza humana la debe hacer mansa, solidaria y dichosa.

11. La religión, hija y madre del miedo

En el De rerum natura conviven varias ideas de lo divino. Si por un lado los dioses son ficciones de los relatos legendarios, oscuros símbolos de las grandes fuerzas psíquicas y naturales, meros nombres de sentido traslaticio, por otro están presentes de verdad en los intersticios del universo como felices y duraderas conjunciones de átomos.

Pese a todo esto, la divinidad irrumpe en el mismo proemio de la obra, que es nada menos que una invocación solemnísima a la diosa Venus. El poeta parece tomar fuerzas cuando arranca en estilo elevado, sometiéndose a una tensión extrema que sólo el curso lento de muchos versos habrá de liberar. A su vez les hace comprender a sus oyentes que ingresan en una estancia digna de sus puertas: algo grave y trascendente aguarda allí dentro. De todos modos, no deja de ser llamativa esta cohabitación, aunque sea preambular y poética, de materialismo y misticismo. ¿Adónde va a parar esta oración que el descreído Lucrecio dirige a la diosa Venus? Si los dioses son impasibles, como quería Epicuro, ¿para qué invocarlos? De ahí que este proemio haya sido uno de los pasajes más discutidos. Lucrecio usa en él un lenguaje litúrgico 101 , obrando un poco como el deísmo abstracto de los masones, hurta y remeda la simbología y los gestos del ritual católico. Venus es palabra cargada de acepciones, un signo a la vez político y filosófico: trae la concordia ordinum y representa asimismo la uoluptas que impulsa la carrera de los animales en celo (I 12-23), trasunto de la corriente interior de la naturaleza, el río imparable de las generaciones en el momento de enlazar una con otra. No cabe, pues, estrechar el sentido del mito, el mito siempre es polisémico. No basta decir: «Venus es para Lucrecio una simple metonimia poética como él mismo explica (II 655 ss.), al referirse a nombres de dioses como Neptunus, Ceres, Mater deorum y otros» 102 . La Venus lucreciana es un nudo de significados. Ella, como madre legendaria del pueblo y patrona de la familia de Memio, el amigo del poeta 103 , encuadra el poema en la vida civil romana. Pero, más allá de la historia, la diosa es, como hemos dicho, la fuerza que pone en movimiento la producción de seres vivos en la naturaleza (y por ahí puede representar la uoluptas epicúrea), es fuerza amansadora que acompasa la paz del sabio con la paz exterior, cumple, en fin, funciones propias de la Musa otorgando gracia y facilidad de estilo a la poesía, es la belleza que se manifiesta a la vez en la palabra y la naturaleza. Los antiguos son capaces de creer con la imaginación (porque sus dioses son ante todo eídōla). Lucrecio introduce además una viñeta mitológica (I 32-40) en la que Venus seduce y apacigua a Marte 104 . Se ha querido ver a la divina pareja como un reflejo de las fuerzas de Amor y Discordia que Empédocles puso en la base de la realidad 105 . Pero Marte no se presenta como símbolo inexorable de destrucción, sino como un ser sensual, con los rasgos dulces y casi serviles del amante elegíaco, que a partir de ahí sale para siempre de un poema que tantas veces habla de conflicto y muerte.

En la invocación a Venus no hay que ver ninguna trágica antinomia. Para evitar cualquier malentendido, en un salto brusco desde la región poética a la filosófica, Lucrecio —él y no ningún lector frustra curiosus — coloca junto a la invocación de Venus, el principio básico de la indiferencia y extrañeza de unos dioses a los que «ni acciones virtuosas / ni el enojo y la cólera los mueven» 106 . Cada dios es un perfecto fainéant y en el juego de la vida humana queda apartado en un terreno neutral. Quedan así claras las cosas.

Además de Venus y Marte hay otras figuras míticas montadas en escenarios mitológico: Ifigenia (I 80), Faetonte (V 369), los pobladores del infierno (III 978-1023), Hércules (V 22) y la Gran Madre (II 600). Pero, al igual que en el proemio, el epicúreo pone en guardia sobre el carácter simbólico de todo esto (II 652-659/680). De este modo el poeta se sintió libre de traer seres divinos a sus versos, pues muchas veces un dios no es más que una mera translatio uerbi como la que en el pasaje se autoriza:

concedamos también llamar a la tierra

con el nombre de Madre de los Dioses ,

aunque tal madre fabulosa sea (II 658-660).

El rechazo de Epicuro hacia la religión anda emparejado con aquellos recelos suyos hacia la poesía que antes mencionamos. Los antiguos eran conscientes de que sus dioses, pues toman forma a partir de historias trasmitidas en relatos poéticos, tenían por así decirlo carne de versos 107 . Epicuro considera la poesía como un «mortífero sustento de mitos» 108 y pone los datos del conocimiento natural como fundamento irrenunciable de la desmitificación. Sólo la liberación del miedo a los dioses puede dar la felicidad entendida como calma interior alejada de toda ebriedad intelectual o mística.

Epicuro no niega decididamente a los dioses. Y obra así porque en la cuestión de los contenidos mentales es lo que la filosofía clásica llama un realista craso. Para él todo pensamiento deriva de una imagen y toda imagen de un cuerpo; si de forma clara nos llegan en sueños y apariciones simulacros de los dioses, es que de ellos, de sus cuerpos verdaderos y materiales, se han desprendido. De este modo, obligado por su propia gnoseología a admitir la presencia de los dioses, su ateísmo se limita a empujar a los dioses a tierra de nadie: los entremundos (metakósmia) donde llevan una vida indiferente a las súplicas y pecados de la humanidad 109 . Ya en la mitología los dioses son hermanos mayores de los hombres, envueltos e incluidos en el mundo. Epicuro no los niega ni los saca del mundo, sólo los aparta y arrincona 110 . El dios epicúreo es también una proyección del ideal de sí mismo que se traza el sabio, invulnerable a deseos y temores 111 .

Contra el sacrificio, que es el centro de la religión antigua (y casi el único acto religioso universal que ha detectado la etnografía) se manifiesta en dos ocasiones: I 80-101 (muerte de Ifigenia) y II 352-366 (lamento de la vaca por su temerillo). Para Lucrecio el sacrificio quebranta una ley natural de conservación de la vida y supone la irrupción de una ley primitiva y bárbara en el mundo civilizado (I 101). Su carácter utilitario o preventivo carece de fundamento, toda vez que los dioses están desterrados y aislados en sus entremundos (II 646-651), desde donde llegan a las mentes de los hombres sólo efluvios de serenidad y alegría (VI 75-78).

La creencia en los castigos de ultratumba es sometida por el poeta-filósofo a un proceso de racionalización que introduce el infierno en el corazón de los desprevenidos: la propia vida de los necios se vuelve infierno 112 y cada pecado es un desgarro íntimo que no necesita castigo en el más allá 113 .

Recordemos aquí que la concepción del saber como contrapeso de la superstición y sus miedos no es exclusiva del epicureísmo, sino que recorre toda la filosofía griega desde los sofistas 114 . También Cicerón es un ilustrado a su manera cuando escribe: «Pero con el conocimiento de la naturaleza de la realidad entera nos aliviamos de la superstición (leuamur superstitione) , nos libramos del miedo a la muerte, no nos dejamos perturbar por la ignorancia de la realidad» 115 . En cambio Lucrecio no hace distinción entre religio y superstitio. Los estudiosos cristianos quieren rescatar al poeta ateo de su infierno y pretenden que Lucrecio distinga entre la verdadera piedad y la falsa opinión sobre los dioses. No hay nada de eso si se lee bien el poema 116 . Como afirmó Epicuro: «De verdad hay dioses y evidente es su conocimiento. Pero tal como la mayoría los cree, no son. Y es que no los ponen a salvo pensándolos así. El impío es no quien elimina los dioses de la mayoría, sino quien aplica a los dioses las opiniones de la mayoría» 117 . Este reproche es una ironía habilidosa (heredada y repetida por los librepensadores sucesivos), no la propuesta de una religiosidad depurada (que jamás que se sepa defendieron los epicúreos). Y Lucrecio no lanza sus ataques contra las formas de la religiosidad popular 118 , sino sobre todo contra la visión teológica del mundo.

12. Aceptación de la mortalidad

Difícil es perder uno el miedo a la muerte, casi imposible hacer que los demás lo pierdan. «Contra cualquier otro peligro» —decía Epicuro— «se puede hallar fácilmente resguardo, pero frente a la muerte vivimos como en una ciudad sin murallas» 119 . Conjurar ese miedo, mediante la aceptación plena de la mortalidad, es la intención de todo el poema, pero su enunciado se concentra en la última parte del libro III 120 . Como cualquier dolor de la muerte propia se pone en alguna zona imaginaria de pervivencia, hay que empezar por convencerse de que con el cuerpo acaba toda sensación (III 830-869) y que son figuraciones vanas las que la gente se hace sobre los padecimientos del cadáver: su soledad de familia e hijos, la ausencia de placeres, la podredumbre y opresión del sepulcro. Porque todo en la muerte es como estar dormidos (III 870-930). Aceptar el común destino y salir de un error que causa miedo nos dispone para la felicidad (III 1024-1075). Todas las angustias del hombre vienen de no aceptar plenamente el acabamiento definitivo del yo. En uno de esos pasajes llenos de patetismo que tachonan el poema sale a escena la Naturaleza que como madre riñe a unos hijos glotones de experiencia y los invita a ceder el puesto en el banquete de la vida a nuevos comensales (III 931-977). El filósofo, pródigo de su existencia, la consuma con un gesto de chulería: «…nos iremos de la vida tras echar un enorme escupitajo contra la vida y contra los que neciamente se apegan a ella…» 121 . Lucrecio, además, tiene una explicación sobre el continuo afanarse de los hombres en procura de riqueza y honores: codicia, ambición y envidia no son más que expedientes para hurtarle en vano sus derechos a la muerte (III 59-86).

13. Alegría y placer

«Es preciso reír y al mismo tiempo filosofar» 122 , decía Epicuro. Lucrecio fabricó una doctrina de la felicidad basándose en el reconocimiento de la desgracia. El desvelamiento de la verdad se hace exasperando una conciencia de la fragilidad humana, que obliga a atenerse a lo esencial e imprescindible. Y estos mínimos lucrecianos vienen a ser el átomo en el mundo físico, el tacto en el tema del conocimiento y el placer en el ámbito de la moral. Ya algunos de los primeros discípulos de Sócrates habían propuesto el placer como principio básico de la moral, pero frente a ellos que buscan el placer activo, Epicuro proclamó la superioridad del estático. Por eso, como veremos, no le gusta la pasión amorosa, fuente de alteraciones y motor de acciones perjudiciales para el individuo. Hay en Epicuro cierta pasividad desprendida y un gusto por la renuncia. Pero toda su doctrina converge hacia la felicidad. Ser feliz es fabricarse buenos recuerdos, y por eso dice: «Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día» 123 . Hay que llegar a la muerte cargado de alegría. La felicidad humana, ya se ha visto, es incompatible con la creencia en dioses y con el miedo a la muerte. Aunque el ideal sea la calma interior (ataraxía) , la dicha puede convivir con las pulsiones humanas. Lucrecio afirma paladinamente que hay recintos del carácter que la razón no puede y acaso no debe asaltar (III 288-322). El método para alcanzar la felicidad no impone la destrucción del temperamento, sólo requiere su control 124 .

14. Artificios y desarreglos de la pasión amorosa

La furibunda (y celebrada) perorata que contra la pasión amorosa lanza Lucrecio al final del libro IV encaja dentro de esta concepción de la felicidad como calma controlada. El amor es un hecho físico explicable por la carga y descarga de átomos en el cuerpo del hombre, no una pasión inspirada por los dioses. El prudente se libera de los embelecos culturales y literarios del amor por el procedimiento de echar su simiente en un cuerpo cualquiera sin dedicarle una atención exclusiva (IV 1058-1076), porque el amor, incluso el feliz y correspondido es siempre irrealizable cuando no desgarrador (IV 1077-1140). Los inconvenientes del amor contrariado no hace falta nombrarlos (IV 1141-1145). Pero, aunque lo mejor sea no enamorarse, el sabio, si no hay más remedio, condesciende al amor rutinario y benévolo del matrimonio (IV 1278-1287).

«Si se prescinde de la contemplación, de la conversación y trato con la persona querida se desvanece toda pasión erótica», enseñaba Epicuro 125 . Este remedio de amor está conectado con la teoría de los simulacros, pero se acoge también a la prudencia popular y a la tradición literaria. La teoría de los simulacros lucreciana, justo en su capítulo de los ensueños y las ilusiones, deriva de modo natural hacia el magisterio amoroso 126 . Todo este pasaje del libro IV revela un enorme recelo hacia la sexualidad y sus alteraciones. Sabemos que Epicuro compuso un Perì érōtos 127 , y suyas son estas palabras: «Pues la coyunda jamás sienta bien, y sería algo desable si no dañara» 128 . Su discípulo Lucrecio ataca al adversario —el amor artificioso, enrarecido y exasperado por la literatura— con armas robadas de su propio arsenal 129 , pero pone tanto énfasis en su ataque, que parece un terapeuta fascinado por los síntomas de la enfermedad amorosa.

15. ¿Lucrecio contra Lucrecio?

Se ha visto una cierta contradicción en el hecho de que Lucrecio arranque con entusiasmo alegre, anunciando que escribe el poema para curar a la humanidad del miedo y prometiendo serenidad a raudales, pero acabe dejando en el lector una impresión de angustia y derrota con sus minuciosas descripciones de las zozobras amorosas, de la muerte y corrupción del cuerpo, de las refinadas crueldades de la guerra, de las miserias comunales de una epidemia 130 . Es suyo el terrible cuadro del hombre, que arriba, sí, a las claras orillas de la luz (I 22), pero como náufrago desamparado y lloroso (V 222). Lucrecio, como Epicuro, tuvo la voluntad de no hacerse ilusiones sobre el hombre y su madre (o madrastra) la Naturaleza. Se mete para registrar en la tramoya de la vida (uitae postcaenia , IV 1186) porque nada de ella le es ajeno. El examen del mal, exhaustivo y sin miramientos, crea una tensión liberadora y constituye una suerte de exorcismo intelectual 131 . El poeta revela sin cesar el agudo contraste entre luz (conocimiento) y oscuridad (superstición e ignorancia), entre vida (de raíz gozosa y venérea) y destrucción (simbolizada en la epidemia ateniense). Pero esta visión trágica no lo paraliza, no piensa que nada puede hacerse sino que pone a sus lectores en acción. Se ha exagerado el pesimismo de Lucrecio por varias razones, entre las que no tienen poco peso la leyenda edificante de la locura suicida o la inquietud que la doctrina del naturalismo materialista produce en los adictos al opio de las ilusiones místicas y en los habituados a confortables visiones antropocéntricas. Ese trasfondo contrario a todo engaño consolador ha hecho que muchos lectores se le enfrenten con su desdén, y ha obrado más en contra del libro que no la aridez del tema o lo intrincado de algunos puntos. El propio poeta era tan consciente del riesgo que corría, que no pasa sin mostrar desconfianza en un lector que por pereza mental quedará pasmado ante la novedad de la doctrina expuesta (nouitate exterritus , II 1040) y, adrede, seguirá sometido a las sentencias terroríficas de los iluminados (uatum terriloquia dicta , I 102).

No hay un Lucrecio que sin querer combata contra sí mismo. Si pone mucha pasión en convencer, ello no da derecho a decir que de verdad lo que pretende es convencerse.

16. Estilo y versificación

Lucrecio, hay que reconocerlo, es claro en lo que dice pero no es cómodo de leer (¡cuántos lectores y traductores se han quedado en sus prólogos!). Para comprenderlo y disfrutarlo hace falta, aparte de saber mucho latín, estar familiarizado con las convenciones de la poesía antigua y pasar largos ratos luchando con pasajes estragados por los accidentes de la transmisión. Pero eso es ahora. En sus tiempos Lucrecio buscaba en Roma un público de lectores dispuestos a adentrarse en los vastos espacios de un poema que habría de poner ante ellos una visión completa de la realidad donde enmarcar una vida dichosa. Si el lector explícito era el noble Memio 132 , el lenguaje no podía ser otro que el de la clase rica y ociosa, abierta a los refinamientos de la literatura. Pero, como por encima de las convenciones del género el poeta se dirige a cualquier inteligencia dispuesta a liberarse, procuró no perder una suerte de cercanía coloquial y dotar a su obra de un aura de sinceridad y energía. No quiere sólo exponer la verdad sino ganarse al lector con argumentos coherentes y poderosos 133 . Hay por eso un desafiante maximalismo doctrinal y una controlada furia razonadora. Recorre el poema un rumor sordo de oscuro estupor; la admiración, que es motor de la filosofía, pero que en los filósofos profesionales y prosaicos se acalla del todo con las voces claras de la razón, vibra aquí entre los versos.

Es el suyo un estilo solemne y austero. La sintaxis es difícil a veces, pero más por la longitud excesiva de los razonamientos y exposiciones (con algunas derivaciones y paréntesis que distraen la atención 134 ) que por las inversiones o disyunciones contrarias al orden habitual de las palabras. Con el uso del hipérbaton Lucrecio no enrarece el lenguaje más que un Virgilio o un Horacio.

El largo y comprometido poema de Lucrecio poco tiene que ver con la temática y las predilecciones estilísticas de la escuela de los poetae noui 135 . Pero a pesar de todo esto, Lucrecio lleva razón cuando en la convencional propaganda de sus proemios, dice que es un pionero, que pisa un camino limpio de huellas, que no tiene precursores (I 924-933). En ese propósito innovador se encuentra con los neotéricos.

Al tema le cuadraba mejor cierto empaque tradicional y arcaizante. De ahí que en cuestión de estilo el poema ocupe un lugar central entre Virgilio y Ovidio. La organización de sus partes es muy clara, pero no se alude a ella ni tan escasamente como en las Geórgicas ni de modo tan palmario y continuo como en el Arte de amar. Las inserciones narrativas están sustituidas por las rarezas naturales o las descripciones; los preceptos dejan paso a explicaciones retóricamente eficaces y lógicamente bien trabadas, ya que, como el mismo poeta se encarga de decimos (I 401) son los argumentos (argumenta) los que arañan credibilidad (fides) en favor de las palabras (dicta).

Sobrevuela por todo él el fantasma de Ennio, evocado al principio. De Ennio se toma cantidad de vocabulario, el uso de palabras compuestas, la aliteración efectista, principios rítmicos y métricos. El metro y la lengua de Lucrecio se perciben a veces como una estación de paso entre Ennio y Virgilio. Esto es un abuso del historicismo progresista. Lucrecio es en sí y para sí. Es poeta de su tiempo que a su manera participa de la solemnidad comprometida y civil de Cicerón. También es falso el contraste que a menudo se establece entre las partes poéticas y las prosaicas del De rerum natura. Es verdad que la poesía didáctica no deja nunca de padecer una íntima tensión entre forma y contenido, entre lo poético y lo expositivo, pero no es legítimo leer con ánimo diverso partes de un poema que se escribieron con el mismo.

La adaptación y traducción del vocabulario de sus fuentes doctrinales griegas supuso un primer desafío para Lucrecio. Ya el satírico Lucilio antes que él había latinizado los eídōla y las átomoi (frag. 753 Marx). Pero en el De rerum natura hay nada menos que tres quejas sobre las carencias del latín, la patrii sermonis egestas (I 136-139 y 831-832; III 260). Pese a ello, Lucrecio adopta muy pocas palabras griegas por mera transcripción 136 y en general prefiere evitar los helenismos. Así, el final del libro VI, que describe la peste de Atenas durante la Guerra del Peloponeso, es un trasunto del relato que de la misma hizo el historiador Tucídides (II 49), pero mientras el autor griego utiliza más de medio centenar de términos técnicos tomados en préstamo de autores médicos, el latino se ciñe al vocabulario tradicional —enniano— de la poesía épica.

La aliteración era un recurso rítmico de la poesía arcaica, de la que se toma también un cuantioso número de vocablos y algunas desinencias en trance ya de perderse (-ai, -ier, -um, -os). Se confía más en sustantivos y verbos que en adjetivos ornamentales («los adjetivos más comunes… son palabras cuantitativas sin color como magnus y paruus » 137 ). Usa dobletes del tipo noua miraque y acumulaciones efectistas (pocula crebra, unguenta, coronae, serta parantur , IV 1132). Le coloca a veces más de un adjetivo a un substantivo, fórmula evitada por los poetas posteriores (que emparejarán monótonamente dos adjetivos y dos nombres en diversos ordenamientos y quiasmos).

Palabras y nexos prosaicos marcan las divisiones mayores: in primis, incipit, nunc age, nunc locus est, illud in his rebus, quod superest. No falta aquí el bucle metafrástico, ‘digo y repito’ (etiam atque etiam). Recalca invariable y cuidadosamente el orden en que las pruebas se suceden: principio, praeterea, porro, huc accedit, denique, postremo. Aduce analogías en apoyo de sus puntos de vista, interpela a la audiencia y le plantea preguntas, remata con una sentencia los períodos, propone y recapitula, deja para el final el argumento más poderoso 138 .

Muchas repeticiones de versos y pasajes son estilísticas y conscientes 139 , pero a veces van más allá de lo puramente formulario 140 , como por ejemplo la reproducción, tal cual, del pasaje programático interno del libro I (926-950) al principio del IV (1-25), que bien puede deberse a un accidente editorial 141 .

Nadie compite con Lucrecio en el uso de las imágenes y símiles 142 . Para la actividad de los átomos fragua las metáforas del tejido 143 , del río 144 , de la reproducción animal 145 , del acuerdo y el conflicto 146 . Sus descripciones tienen gran fuerza visual 147 unida a un manejo del lenguaje lleno de escrupulosa exactitud. La tmesis 148 arcaica es del todo artificiosa pues se ejerce en prefijos que en ningún estadio de la lengua tuvieron autonomía 149 . Se entrega a juegos etimológicos del tipo: en la leña (lignis) está escondido el fuego (ignis) 150 ; amor (amorem) no es más que expulsión de humor (umorem ) 151 .

Menudean las sentencias 152 , acaso porque los epicúreos propendían a la divulgación de sus doctrinas en resúmenes claros y simplificadores 153 . El propio Epicuro daba importancia a los resúmenes y máximas memorables 154 y compuso repertorios de ellas (las llamadas Kýriai dóxai).

Lucrecio, si hubiera atendido más al sesgo práctico de la filosofía epicúrea y le hubiera querido quitar grandeza y altura al tema, podría haber escogido como metro el dístico elegíaco, tal como hicieron los poetas griegos Solón y Tirteo para propagar sus enseñanzas morales y políticas, o haría luego Ovidio para sus alegres consejos de amor. Un buen vehículo para su doctrina hubiera podido ser también el género de la sátira, que sin dificultad adquiere un aire cercano a la diatriba del filósofo callejero y popular 155 . Pero su elección fue la tirada de hexámetros propia de Hesíodo y de los filósofos-poetas anteriores a Sócrates. Si entramos en los detalles técnicos de la métrica lucreciana se observa una predilección por el dáctilo en el primer pie y el uso del espondeo para subrayar lo solemne. No se evitan palabras polisílabas para completar los dos últimos pies del verso (frugiferentis, exorerentur, pervolitantes). Ocasionalmente la -s final no hace posición, tal como era norma en los poetas anteriores pero dejará de ocurrir a partir justamente de Virgilio. Aunque métricamente Lucrecio no supera todas las asperezas formales de la poesía arcaica, supone un avance hacia la forma clásica o consagrada 156 .

17. Pervivencia

Por más que su nombre se calle muchas veces, las huellas de Lucrecio en la literatura posterior no son pocas ni borrosas 157 . Ya hemos hablado de Cicerón como lector y acaso editor de unos versos que, enigmáticamente, dejan de resonar en sus obras filosóficas: quien compuso poemas y tenía un oído sensibilísimo y una memoria tenaz nunca citó un solo verso de Lucrecio 158 . Cicerón reconoce en el De rerum natura originalidad (lumina ingenii) y técnica (ars) 159 y sin duda lo consideró un instrumento precioso para la tarea que él mismo se había asignado: verter en moldes latinos la filosofía griega.

No hay que descontar que Virgilio y Horacio, con el grupo de jóvenes que por los años 50 y 40 a. C. se acogieron a la compañía de los dos maestros epicúreos Sirón y Filodemo en los alrededores de Nápoles, trabaran relación con Lucrecio 160 . Sin embargo ni Virgilio ni Horacio, que fueron epicúreos moderados, lo nombran nunca, aunque lo imitan con devoción visible. El primero fue sin duda su más hondo e impresionable lector, si es que consideramos la presencia de Lucrecio en las Geórgicas , donde se revelan vocablos y concepciones que son suyas; ante todo la célebre exaltación ilustrada: «Dichoso quien puede saber la razón de las cosas, / y todos los miedos y el destino implacable / arroja bajo sus pies, y el estruendo de Aqueronte avaricioso» 161 . Un pastor de las Bucólicas (VI 31-40), ¿quién lo esperaría?, esboza una visión cósmica de tonos lucrecianos, donde los átomos o «semillas se agrupan a través del inmenso vacío» (magnum per inane coacta semina , w. 31-2). Toda la obra virgiliana sostiene un diálogo con la de su precursor. ¿Es exagerado afirmar que el arranque Aeneadum genetrix (I 1) encierra como en germen el título y materia de la Eneida?

Las sátiras y cartas de Horacio, que mencionan a otros poetas de menor valía, callan sospechosamente 162 , porque «incluso los grandes espíritus de la edad augústea, nutridos de Lucrecio hasta el meollo, y que a través de él supieron conservar el influjo más vital del epicureísmo sobre la sociedad romana, no osaron dar su nombre» 163 .

Por contra Ovidio, más libre de prejuicios que ninguno, no se recata a la hora de enaltecerlo: «Los versos del sublime Lucrecio» —dice— «habrán de perecer tan sólo en ese día que entregue el mundo a su destrucción» 164 . Y en otra ocasión lo pone entre Ennio y Catulo, haciendo referencia a su profecía del fin del mundo 165 , tema que parece fascinarle. Cualquier lector percibe el aliento de Lucrecio en el discurso que Pitágoras 166 entona al final de las Metamorfosis (XV 75-478).

Manilio, cuya vida alcanza el reinado de Tiberio, vino a ser en sus Astronomica el poeta de la cosmología estoica, tal como Lucrecio lo había sido de la epicúrea. Pero no polemiza con las doctrinas rivales sino que se limita a encerrar las enseñanzas de su secta en sentencias que invierten el sentido de las lucrecianas: los dioses voltean el firmamento (mundum diuino numine uerti , I 484) y son el mundo (ipsum [mudum ] esse deum , I 485), no hay azar sino un orden providencial (non casus opus est, magni sed numinis ordo , I 531). En el orden pedagógico rechaza las dulzuras que buscó Lucrecio (nec dulcía carmina quaeras , III 38): es difícil imaginar que al expresarse así Manilio no tuviera en cuanta a su precursor.

Vitrubio, en su tratado de arquitectura (IX 17), pone a Lucrecio junto a los grandes pedagogos de Roma, junto a Varrón y Cicerón, y recuerda la sensación de viveza e inmediatez que causa su lenguaje: «A muchos que habrán de nacer después de nuestro tiempo les parecerá estar discutiendo con Lucrecio sobre la naturaleza de la realidad como si delante de él estuvieran (velut coram)».

Séneca lo cita muchas veces 167 y comparte con él la idea de que la filosofía saca al hombre de su estrecha vivienda mortal (contubernium mortale 168 ).

Quintiliano en su Enseñanza de la oratoria (X 1, 87) lo juzga elegante (elegans) pero a la vez dificultoso (difficilis); lo considera, como harán tantos críticos, un hito para llegar al perfecto Virgilio (XII 11, 27).

El poeta Estacio (Silv. II 7, 76) habla del «elevado entusiasmo del sabio Lucrecio» (docti furor arduus Lucreti) , ponderando, como Cicerón en su célebre carta, la mucha inspiración y doctrina del poeta.

En el ambiente erudito y helenizante de la Segunda Sofística (s. II ) no faltan alusiones. Ya en tiempos de Tácito (según el Diálogo de los oradores XXIII) algunos ponían a Lucrecio por delante de Virgilio. Frontón, corresponsal y preceptor de emperadores, lo vuelve a motejar de «elevado» (sublimis , en Ad Verum I 1, 2, pág. 113 Nab.). En las Noches áticas (I 21, 5) de Aulo Gelio, Favorino de Arelate, amigo de Frontón, elogia también a Lucrecio 169 .

Macrobio en el libro VI de sus Saturnales reseña una larga lista de latrocinios virgilianos perpetrados en la obra de Lucrecio. Estas alusiones habrían de excitar la curiosidad de los primeros humanistas, admiradores ya ganados por Virgilio.

Era de esperar que Lucrecio provocara los ataques de la apología cristiana. Pero hay poco de tal cosa. Exhibía el epicureísmo cierto espíritu de austeridad y renuncia que atrajo a los ascetas cristianos. Por eso pudo testimoniar San Jerónimo: «Epicuro, el campeón del placer ha llenado todos sus libros de hortalizas y frutas, y dice que hay que comer barato» 170 . Se da una paradójica comunidad de sentimientos. Incluso en Lucrecio buscan los escritores cristianos argumentos para desacreditar los cultos paganos. Es un desguace de ideas con fines apologéticos. Amobio simpatiza con aspectos doctrinales del epicureísmo ausentes del cristianismo ortodoxo posterior: imperturbabilidad de Dios, mortalidad del alma (lo que no se opone a la doctrina de la resurrección), inexistencia de castigos crueles en la otra vida, vanidad de los ritos: «era, pues, mucho más sensible a los paralelo con Lucrecio que a las diferencias» 171 .

Lactancio, discípulo de Amobio, menosprecia a Lucrecio y Epicuro 172 , pero no tiene empacho en incluir al final de sus Instituciones versos del poeta (VI 24-28) o en servirse de su elogio de Epicuro para elaborar el elogio de Cristo salvador 173 .

Tertuliano concibe el alma como hecha de una materia sutil (De anim. V 6) y lo confirma con cita de Lucrecio (I 304).

Pero estos contactos leves no deben hacer olvidar que epicureísmo y cristianismo son antitéticos. ¡Cómo protestarían los epicúreos si se les quisiera hacer pasar por anticipadores de una doctrina tan extraña y enemiga de sus principios, supuestamente insuflada en las mentes y en la historia del modo que una y otra vez Lucrecio niega que en el mundo ocurra nada: diuinitus! El epicureísmo era precisamente la única doctrina combativa que habría podido impedir la caída de Europa occidental bajo las supersticiones orientales que a la postre la anegaron. Y hasta tal punto a Epicuro se le sentía (con razón) como el enemigo más irreconciliable de la fe, que en las polémicas entre cristianos se hará costumbre llamar epicúreo sin más a cualquier disidente.

Cuando el cristianismo gana la batalla y se establece en todas partes, remite el fervor polémico antipagano y Lucrecio se queda en el limbo de los tratadistas de retórica, los gramáticos y lexicógrafos, que llevan a cabo un troceo del De rerum natura con fines eruditos y escolares.

En la Edad Media no hay propiamente una conjura de silencio contra Lucrecio. Se le abandona más que se le ataca. La victoria total del cristianismo volvió inocua la obra de Lucrecio, que, eso parecía, atacaba únicamente a los dioses paganos y no representaba ya ningún riesgo para el dios cristiano concebido dentro de otra dimensión cultural. Ningún autor de los que lo citan (aunque sea por vía indirecta) denigra su vida o su doctrina. No hay que olvidar que debemos la conservación del texto a la labor de copia de los scriptoria medievales y que las manos sucesivas que glosaron los dos principales códices del De rerum natura denotan interés por el poeta 174 .

Todavía Isidoro de Sevilla (ca. 560-636), para refrendar sus noticias naturalistas, recuerda a Lucrecio, aunque es poco probable que lo haga desde una lectura directa 175 . El prestigioso título De rerum natura lo llevará una obra suya y otra de Beda el Venerable (673-735).

El pasaje del polvillo que flota en un rayo de sol, símil de los átomos 176 , leído en Lactancio o en algún liber manualis , impresionó a Dante, que lo imita: «le minuzie de’ corpi, lunghe e corte, / moversi per lo raggio» (Divina Comedia, Paraíso , XIV 114-5). De haberlos conocido en su plenitud 177 , ¡qué no hubiera hecho el fabricante de tormentos infernales con los versos bravos de Lucrecio, destructor de Avernos!

Sólo cuando la religión cristiana dejó de llenar todo el espacio mental y cultural de Europa el texto del De rerum natura recobró sus capacidades iluminadoras (o su virulencia antirreligiosa visto desde el otro lado). Renace Lucrecio como maestro de libertad.

Los humanistas de la primera hora conocieron a Lucrecio gracias a un antiguo manuscrito que Poggio Bracciolini (1380-1450) descubrió en Alemania y envió a su amigo Niccolò Niccoli en 1417, pronto multiplicado en numerosas copias manuscritas (e impresas 178 ) y hoy perdido. Puede decirse que Lucrecio, como Tácito o Petronio, es un autor dado a conocer por los humanistas.

En la aurora de la imprenta un editor tras otro advierte en prefacios y comentarios sobre las finuras poéticas de Lucrecio y los deliramenta de su filosofía. La editio princeps la perpetra en Brescia (ca. 1473) un entusiasta incompetente 179 y la segunda se elabora en un taller sólido pero también incapaz de Verona (1486). A fines del s. XV , bajo la influencia de Giovanni Pontano (1429-1503) y otros estudiosos, comienza la tarea crítica sobre un texto muy corrompido. Fue el brillante exiliado griego Michele Marullo Tarcaniota (1453-1500), soldado de fortuna y erudito, el primero que se aplica a la edición del texto con entusiasmo y competencia 180 . Algunos pasan de las tareas editoriales a la imitación. Tal es el caso del mismo Marullo, que intentó una síntesis del panteísmo y el naturalismo materialista en sus Hymni naturales (1497), o de Pontano, que compuso una pieza didáctica titulada Urania sive de stellis.

La impresión en Basilea (1523) de las Vidas de filósofos de Diógenes Laercio, cuyo libro X está dedicado íntegramente a Epicuro y recoge sentencias suyas y textos originales, da a conocer mejor las bases doctrinales de la escuela y ayuda enormemente a la comprensión de Lucrecio. Sin embargo, lo entiende todavía muy a la manera escolástica el averroísta Agostino Nifo (1473-1536 ó 1545), que en su tratado De pulchro et de amore dedicó dos interesantes epígrafes a la opinión de Lucrecio sobre el amor. En uno la resume 181 y en otro la discute y rechaza: «El amor sería un deseo de montar a la hembra por ver de engendrar el enamorado en ella y de ella un semejante. Pero tal amor más se acomoda a las bestia que a los hombres» 182 . Más adelante cuando trata los síntomas del mal de amores no deja de mencionar la melancolía lucreciana:

… seguidamente, el enamorado se vuelve melancólico, pues de la sangre seca, densa y oscura se forma la bilis negra que llena con sus emanaciones la cabeza, reseca el cerebro y no cesa de angustiar al alma día y noche con siniestras y horrendas figuraciones. Es lo que leemos que por amor le ocurrió al filósofo epicúreo Lucrecio, que entre los tormentos del amor y la locura acabó por suicidarse 183 .

La atención que los pensadores del renacimiento dedican al poema de Lucrecio lo convierte a la vez en una base prestigiosa para la interpretación naturalista del mundo y para la revalorización de la idea de infinito, aunque no siempre dentro de un estricto antiespiritualismo, como veremos. El napolitano Scipione Capece (1485-1551) compuso una imitación de Lucrecio en sus De principiis rerum libri duo 184 , poema rico en digresiones felices y notas autobiográficas, donde se entrega a una discusión sobre los cuatro elementos 185 . La obra de Capece habría de influir en el florentino Bernardino Telesio (1508-1588) que publicó su De rerum natura en 1565. Este autor personaliza a la Naturaleza más allá del pagano: «Omnípara Naturaleza, hacedora de hombres y cosas, / complicada y sencilla, semejante a ti misma y desemejante, / por nadie engendrada, incansable, feraz, más hermosa que tú misma / y la única que contigo compite, a ti hasta después de vencida vuelves a vencer» 186 .

Tanto Capece como Telesio, y luego Polignac en el s. XVIII , confiesan su admiración por Lucrecio, pero son defensores sinceros del dogma cristiano. El revuelo que armó el libro de Pietro Pomponazzi (1462-1524) De immortalitate animae (1516) pone en primer plano los argumentos contra la pervivencia del alma que se agolpan en el libro III del De rerum natura. En esta atmósfera, el sínodo episcopal de Florencia de 1517 decretó la prohibición de leer en las escuelas «poemas lascivos y descreídos, como es el poema de Lucrecio, donde con todas sus fuerzas se empeña en demostrar la mortalidad del alma» 187 . Pero se siguió leyendo a Lucrecio. Aonio Paleario (1503-1570), que habría de ser ejecutado por hereje en Roma, publicó un poema De animorum immortalitate (Lión, 1536) 188 de inspiración platónica y que resulta lucrecianamente antilucreciano, pues al comienzo del canto II hace un panegírico de Aristocles (que no es otro que Platón, al que llama así con el nombre propio luego suplantado por el apodo): se trata, claro es, de una imitación de los elogios de Epicuro 189 .

Giordano Bruno (1548-1600) retoma las ideas lucrecianas sobre la pluralidad de mundos y homogeneidad de la materia terrestre y celestial (I 951-1113). Cita a nuestro poeta con frecuencia cuando se refiere a estas cuestiones, tanto en el De l’infinito e mondi como en otras de sus obras 190 .

España no fue del todo ajena a estos intereses naturalistas. Alfonso de Fuentes (nacido el año 1515), en una Summa de Philosophia natural (Sevilla, 1545) 191 , expone en versos sueltos, según un esquema séxtuple, la astronomía, la física de los fenómenos terrestres, y la fisiología del cuerpo humano (atendiendo mucho a la reproducción). La obra es un diálogo entre Etrusco, un toscano que se encuentra en Sevilla, y Vandalio, un caballero andaluz. Vandalio hace una referencia a Epicuro: «Esta opinión de epicúreos / (ser fecho el mundo de áthomos) / muy grandes misterios tiene, / sin sentir lo que dixeron, / porque dixeron que aquestos / áthomos son sin comienço […]: / es falso y muy fabuloso, / porque no ay cosa ninguna / sino sólo nuestro dios / que pueda ser sin principio» (f. xvi). Etrusco le contesta, haciendo una puntual referencia a Lucrecio: «De lo qual se sigue que es muy falsa / la opinión de Lucrecio, el qual dize / que ninguno no crea que la cosa / que puede ver el hombre nasce aquesta / de cosa que no es vista, y es visible» (f. xvii).

Lucrecio pasa muy pronto de estos tratados a la fantasía literaria. Famianus Strada, en sus Prolusiones academicae (1617), urde un extraño drama entre los poetas de la corte de León X. Los vates se dividen en virgilianos, estacianos y lucrecianos. Se proponen disfrazarse como sus literarios héroes pero sólo sale el intérprete de Lucrecio, que será el mismísimo Pietro Bembo y entrará en escena con el solemne auia Pieridum peragro loca I 926).

Las imitaciones parciales aparecen acá y allá. En España el poeta Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) en la «Epístola a don Diego Lasso de Castilla» (vv. 97-108) hace traslación casi literal de II 1-6:

Dulce ver es de tierra un bravo viento

que levanta la mar alta e hinchada […]

Ver sin peligro nuestro menearse

y caminar con fiero continente

dos bravos escuadrones a afrontarse ,

no porque el mal ajeno te contente ,

mas porque, en la verdad, es dulce cosa

carecer del dolor que el otro siente 192 .

Quevedo, lector de Lucrecio, recordó sin duda las imágenes oníricas del amor (IV 1011-1036), en el soneto «A fugitivas sombras doy abrazos». Salta la sangre y el semen hacia la figura amada en el poema latino (IV 1045-1050); el castellano sublima todo y dice «como de abrazarla tengo gana, / hago correr tras ella el llanto en río».

En Francia, antes ya de la edición de Lambinus (1563), que hizo época, Du Bellay había traducido y publicado (1558) el himno a Venus 193 . Montaigne (1533-1592), epicúreo confeso, cita a Lucrecio casi ciento cincuenta veces. El filósofo Pierre Gassendi (1592-1655), que descubre a Lucrecio a través de la experiencia ética e intelectual del librepensador Saint-Évremond (1613-1703) 194 , lo prosifica y comenta 195 en su compendio (Syntagma) de doctrinas epicúreas, leído y secundado por Isaac Newton (1642-1727) 196 y Robert Boyle (1627-1691), padres de la física y la química modernas.

Se cree que Molière había comenzado una traducción de Lucrecio. Parafrasea en el Misanthrope (acto II, esc. 5, vv. 711-730) la andanada lucreciana contra los enamorados que disimulan los defectos de la amada con eufemismos (IV 1153-1169). M. de Marolles, el primer traductor francés del poema en 1650, frecuenta los círculos epicúreos y en el prólogo a las ediciones de 1659 y 1677 de su traducción afirma que Molière se había servido de ella 197 .

Por este mismo tiempo Bossuet (1627-1704) traduce el De rerum natura y se hace una edición ad usum Delphini (1680), aunque el editor, Michael Fay, se excusa por presentar al heredero de la corona una filosofía «reputada de irreverente y atea» 198 .

El inglés Johannes Audoenus (John Owen, 1564-1622) convirtió en epigrama un juego de palabras lucreciano: est amor in nobis in lignis ut latet ignis (cf. I 891-892). John Dryden (1631-1700) tradujo los mejores pasajes del De rerum natura en vigorosas estrofas. En el prefacio a sus Sylvae de 1685 trazó un espléndido retrato intelectual de Lucrecio, donde habla de su noble orgullo, su capacidad de afirmar, su indignación ante la culpa, la fuerza masculina de sus versos, su riqueza argumental y calor poético. Pero al parecer no se puede ser buen poeta y ateo a tiempo completo: In short, he was so much an atheist, that he forgot sometimes to be a poet 199 .

Cuando resurge el atomismo y la Ilustración arrecia con sus ataques a las religiones, Lucrecio adquiere importancia como maestro liberador. Empieza a apreciarse no sólo la fuerza de su poesía sino también el valor de su pensamiento. El anónimo que compuso el lúcido y elegante tratado Theophrastus redivivus (1659), que recoge el que quizá sea el primer sistema moderno libre y enfrentado a la tradición cristiana, ha leído con asiduidad a Lucrecio al que cita con frecuencia y en extenso. La obra circuló manuscrita y el nombre de Lucrecio aparece en el frontispicio junto al de Epicuro 200 .

El Traité de l’infini créé , de fines del XVII y falsamente atribuido a Malebranche, defiende la infinitud del mundo con un argumento prestado de Lucrecio (V 998-1001) 201 .

En la erotodidaxis de la novela libertina L’Ecole des filles (1655), para evitar la concepción haciendo que el esperma ne tombe pas justement au lieu où il devrait , se proponen los mismos meneos de la hembra que aconseja Lucrecio en IV 1268-1273 202 .

Bonaventure de Fourcroy, homme de belles lettres , lo cita bastantes veces en sus Doutes sur la religion proposés à MM. les Docteurs de Sorbonne , un tratado subversivo confiscado por la policía real en 1698. Como el anónimo autor del Theophrastus , Fourcroy se interesa «por los argumentos que Lucrecio desarrolla para negar la providencia divina o afirmar la materialidad del alma […] A menudo, la influencia de Lucrecio se deja adivinar, aunque no se le nombre a las claras» 203 . Sin embargo, los materialistas de las Luces descartan en general el craso mecanicismo epicúreo en favor de concepciones como el alma del mundo o la materia animada 204 .

En el tolerante siglo XVIII , Lucrecio se imprime menos veces de lo que se podía esperar 205 , pero circula en repertorios manuscritos dentro de los ambientes de la llamada literatura clandestina 206 . Es curioso que cuando en Italia ya se habían publicado más de media docena de Lucrecios latinos desde la introducción de la imprenta hasta 1515, hubiera que esperar hasta 1717 para ver una traducción impresa 207 .

Cuando Voltaire quiso dar a conocer sus opiniones deístas y heterodoxas, las publicó en forma de Lettres de Memmius à Cicéron (1771) «encontradas por el almirante Sheremetof en la biblioteca del Vaticano» 208 . Allí el librepensador, tras la máscara de Memio, debate sobre la muerte de Lucrecio y ensalza sus ataques contra la superstición.

El cardenal Melchior de Polignac (1661-1741) dedicó a la refutación del epicureísmo, un largo y detallado poema en nueve libros titulado Anti-Lucretius sive de Deo et Natura 209 , compuesto a fines del s. XVII y publicado por partes hasta la edición completa de 1747 210 . A lo largo de sus 13.000 versos Polignac desempeña a la perfección el papel de simia Lucreti , remedando su forma, estilo y versificación, pero a la vez trastornando todos sus contenidos y haciendo una ardua defensa de la providencia divina, la inmortalidad del alma y demás. Pero donde más brilla es en los símiles e ingeniosidades. Así, los tormentos del amor, que andaban por el libro IV de Lucrecio, se resumen en un epigrama galante:

tormenti genus omnis amor: si fervidus optes

emoreris, vel si tepidus nil carpis amoeni 211 .

En Alemania no le faltaron lectores curiosos o desatentos. G. E. Lessing (1729-1781) se preocupó de las relaciones entre poesía y pensamiento, que en Lucrecio confluyen y pugnan como en ningún otro. Su veredicto es terminante: «Lucrecio y quienes se le parecen son fabricantes de versos, pero no poetas» 212 . Al lado de este juicio tan severo hay señales de la popularidad del poeta. El reproche de la Naturaleza al Hombre rebelde contra su propia mortalidad, —«Y tú titubearás y protestarás de morir?» 213 —. le sonaba a Goethe como aquel otro de «Federico el Grande, que durante la batalla de Collin gritó a sus granaderos: ‘Vosotros, perros, ¿es que queréis vivir para siempre?’» 214 . El filósofo Kant, que sin la ayuda de telescopios poderosos fue capaz de ver en las nebulosas unos agolpamientos de estrellas similares a la Vía Láctea a los que llamó ‘universos-islas’, confiesa haberse inspirado en la pluralidad de mundos que entrevió Lucrecio 215 .

Son interesantes las imitaciones pedagógicas de Lucrecio que hacen los profesores de la Compañía de Jesús. El Padre José Pons Massana (1730-1815) compuso dos curiosos poemas didácticos latinos de materia científica, titulado el uno Philocentrica sive de corporum gravitate libri duo , que tiene como tema la fuerza centrípeta o gravitatoria, y el otro Ignis (Barcelona, apud Franciscum Suriá, 1760). Los también jesuitas 216 , naturalizados en la católica Italia pero oriundos de los Balcanes, Ruggero Giuseppe Boscovich (1711-1787) y Benedetto Stay (1714-1801) escribieron sendos poemas con pretensiones de vulgarizar las novedades de la ciencia. Boscovich era un genio imaginativo que anticipó descubrimientos posteriores de modo asombroso. Utiliza hexámetros lucrecianos en su De solis ac lunae defectibus (Londres, 1760). Su paisano Stay escribió dos largos poemas destinados a sustituir al de Lucrecio: el primero (1744) 217 encierra el sistema de Descartes y el segundo (1755 y 1760) 218 recoge las doctrinas de Newton.

Otro tanto se hace en las lenguas vivas. El malogrado poeta André Chénier (1762-1794) «durante diez años estuvo rumiando un poema didáctico, el Hermès , que expondría las doctrinas de la Enciclopedia en el estilo de Lucrecio» 219 . Allí Lucrecio se codea con naturalistas y físicos:

Souvent mon vol, armé des ailes de Buffon ,

franchit avec Lucrèce, au flambeau de Newton ,

la ceinture d’azur sur le globe étendue 220 .

En el periodo romántico pasan a primer plano las visiones grandiosas y los tonos oscuros de Lucrecio. En un epitafio adéspoto del pintor Goya se engasta la frase lucreciana decurso lumine uitae (III 1042) 221 . Otras veces el intercambio se hace en el territorio de los sentimientos más que en el de las doctrinas. El poeta italiano Giacomo Leopardi (1798-1837) tuvo en nuestro poeta al autor clásico con quien estableció los vínculos más fuertes. Lucrecio es para él «la prima voce» de la edad latina. «Como Lucrecio, Leopardi […] contempla los entusiasmos y los esfuerzos humanos con asombrada lástima, como quien mira un hormiguero aplastado por una manzana» 222 .

Los poetas ingleses rinden tributo a Lucrecio. Frente a muchos, Lord Byron opinaba que lo que arruina la poesía de Lucrecio no es su física sino su ética. Las enseñanzas del Don Juan no dejan de prevenir a los espíritus débiles contra Lucrecio: Lucretius’ irreligion is too strong / for early stomachs, to prove wholesome food… (I 43). Se dice que Shelley, estudiante en Eton, se hizo ateo leyendo la doctrina de Plinio sobre los dioses y el poema de Lucrecio 223 . Algernon Swinburne en su poema For the Feast of Giordano Bruno, philosopher and martyr termina colocando a Lucrecio en el paraíso de los ateos, donde aguarda la llegada de Bruno y Shelley 224 . El poema de Tennyson The Two Voices es lo más parecido que hay a Lucrecio en la literatura inglesa. «Pero el espléndido y franco Lucretius de Tennyson —una fantasía físico-erótica— muestra que va mucho más allá de la ciencia y la antirreligión en su aprecio del poeta» 225 . El largo poema pertenece al subgénero de la lírica historicista. En él aparece la esposa apócrifa que le asignaron los biógrafos humanistas 226 : Lucilla, wedded to Lucretius, found / his master cold… Tras clavarse el cuchillo, las últimas palabras del poeta suicida son para descargar de responsabilidad a la angustiada mujer: Care not thou! / Thy duty? What is duty? Fare thee well!

Victor Hugo se lanzó a la lectura de Lucrecio por rebeldía juvenil, porque «mis profesores de retórica» —cuenta— «me habían hablado muy mal de él y esto avivó mi interés». Siendo casi un niño topó con el pasaje que proclama que la religión buena no consiste en ceremonias sino en dirigir al mundo una mirada tranquila (placata posse omnia mente tueri V 2003). «Detúveme a meditan), prosigue, «y continué la lectura. Algunos instantes después ya no vi ni oí nada a mi alrededor; hallábame sumergido en el poeta» 227 . Hugo llamará en sus versos al De rerum natura ‘monstruo sonoro’:

Lucrèce, pour franchir les âges ,

crée un poème dont l’oeil luit ,

et donne à ce monstre sonore

toutes les ailes de l’aurore ,

toute les griffes de la nuit

(Les contemplations XXXIII , «Les mages»).

Charles Baudelaire (1821-1867), el poeta del hastío urbano, sacó de Lucrecio la fórmula semper eadem 228 como título para una pieza de Les fleurs du mal (XL).

El parnasiano Sully Prudhomme (1838-1907), que juntó la perfección formal de su escuela con intereses filosóficos 229 , pergeñó una reelaboración poética del libro I de Lucrecio (1878/9), tarea que le ayudó en la búsqueda de un lenguaje a la vez elegante y preciso 230 .

Marcel Schwob (1867-1905), refinado maestro de la prosa simbolista, incluyó en sus Vies imaginaires , —recreación biográfica de veinte personajes de los que se sabe poco— un retrato de Lucrecio, que, si se le borra el amor de una altiva africana y el consabido suicidio, se atiene a la letra del De rerum natura. Así cuando relata que Lucrecio, «tal cual las ensangrentadas facciones de Roma, con sus turbas de litigantes armados e injuriados, contempló el torbellino de las manadas de átomos, tintos en una misma sangre, disputándose una oscura supremacía» (símil presente en De rerum natura II 569-580). O bien: «…ya instruido merced al rollo de papiro en el que las palabras griegas aparecían, como los átomos del mundo, tejidas unas con otras…» (tal como dice Lucrecio de sus propios versos en II 688-695) Y esto otro: «Sabía que no queda de nosotros ningún doble aspecto para verter lágrimas sobre su propio cadáver tendido a sus pies» (según III 881-883).

Gustave Flaubert (1821-1880), en carta a Mme. Roger de Genettes, no se priva de juzgar al poeta inevitable 231 :

La melancolía antigua me parece más profunda que la de los modernos, que sobrentienden todos más o menos la inmortalidad […] En ninguna parte encuentro esta grandeza, pero lo que hace a Lucrecio intolerable es su física, que da como positiva. Si es débil, es por no haber dudado bastante, ha querido explicar, ¡concluir!».

En pleno siglo positivista Emygdius Capelli (muerto en 1868) creyó conveniente ocuparse de temas epicúreos con versos lucrecianos y publicó De mundi origine vetus Epicuri sententia Latinis versibus refutata 232 .

El joven Karl Marx dedicó la tesis de licenciatura a la Diferencia entre la filosofía natural de Demócrito y Epicuro (1841), con especial atención al tema de la libertad y la desviación (clinamen) de los átomos.

En la segunda mitad del XIX Lucrecio se convierte de verdad en un autor estudiado en las escuelas, pero siempre en antologías. Una de ellas es la que con el subtítulo de «El genio de Lucrecio» preparó el filósofo francés Henri Bergson. Bergson, como hará luego Santayana, reivindica la originalidad de Lucrecio, no lo quiere considerar tan sólo el mensajero de Demócrito y Epicuro.

La figura de Lucrecio está detrás de todos los evolucionistas de la primera hora (el biólogo Jean Baptiste Lamark o el filósofo Herbert Spencer). A Darwin no faltó quien le recordara que algo de su teoría estaba ya en Lucrecio 233 , y el genial y laborioso científico negó haberlo leído, sin que tengamos razón para no creerle.

Dentro del movimiento positivista se libra una sorda batalla entre ciencia y sentimiento. Con su célebre tesis, M. Patin 234 (1793-1876) acredita ante muchos la idea de que Lucrecio es un nudo de contradicciones: doctrinario y poeta, un enamorado que habla contra el amor, un amargado y miedoso de la muerte, alguien que busca la independencia liberadora pero añora una fe y entrega su mente a Epicuro. El Lucrecio que se refuta a sí mismo se pone de moda 235 .

Hay quien abraza a Lucrecio, como el hereje de todas las herejías. Tal Friedrich Nietzsche (1844-1900), que hace de él (en El Anticristo) su propio precursor: «…léase a Lucrecio para comprender lo que Epicuro combatió: no el paganismo, sino el ‘cristianismo’, es decir, la perdición del alma a partir de los conceptos de culpa, castigo e inmortalidad».

Miguel de Unamuno (1864-1936) adaptó a sus particulares agonías las supuestas contradicciones lucrecianas y habla de «aquel terrible poeta latino, Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia epicúrea tanta desesperación se cela» 236 . Ya avisamos antes que este sentimiento trágico es más propio de algunos lectores de Lucrecio que del poeta mismo. El conflicto de razón y sentimiento es muy de época. Perdura y se agrava en Unamuno, pero tiene a su vez manifestaciones estrafalarias o paródicas 237 .

En cambio a otros, como al poeta peruano Manuel González Prada (1844-1918), el rebelde descreído les proporciona una alegría orgullosa. Así apostrofa a Lucrecio: «En el reino inviolado de la muerte / eres, oh gran pagano, / manjar de libres, demasiado fuerte / para el servil cerebro de un cristiano» 238 .

El filósofo español de expresión inglesa George Santayana (1863-1952) en un libro muy leído (Tres poetas filósofos. Lucrecio, Dante, Goethe) lo caracteriza con admiración: «Extraordinariamente vívido, inexorable, inequívoco en todos sus detalles, es sobremanera grandioso y severo en su agrupación de los hechos» 239 . Santayana, enamorado de su autor, afirma que Epicuro fue sólo un suministrador de ideas a medio cocer; habría sido Lucrecio el verdadero constructor del sistema materialista epicúreo.

En el terreno puramente literario es severísimo el juicio de Theodor Mommsen (1817-1903), lastrado ciertamente por ese lugar común de la filología y el historicismo germánicos que proclama que en arte y filosofía Grecia es el sol y Roma una luna de luz mortecina y refleja:

… quien lea con los ojos del filósofo el poema didáctico de Lucrecio, echará de ver que en él no se tocan los puntos más importantes del sistema […]; y aquellos que sólo busquen en él la poesía, se fatigarán pronto de aquellas disertaciones matemáticas, sujetas a la medida del verso, que hacen verdaderamente ilegible una buena parte del libro 240 .

Con más requilorios, viene a decir lo mismo que, como vimos, había dicho Lessing cien años antes. Pero otros lo apreciarán siempre. André Gide (1869-1951), en su Journal (8 de febrero de 1944) se sorprende de entenderlo mejor de lo que esperaba y se anima a estudiar de nuevo el latín, al tiempo que exclama: Quelle mâle énergie chez Lucrèce; quelle austère noblesse dans son impieté, dans sa libre pensée impavide!.

A mediados del s. XX el único país que en la angustiada posguerra europea celebró el bimilenario de la muerte de Lucrecio fue la Rusia soviética, que hizo al poeta el mejor homenaje con la edición y traducción de su obra por Teodoro Petrovski (Leningrado, 1945, reeditada en 1946-47 con comentarios e ilustraciones) 241 . El poeta y dramaturgo marxista Bertold Brecht (1898-1956) naufragó un tanto en su proyecto de adaptar el Manifiesto comunista a las formas de la poesía didáctica lucreciana 242 .

Incluso en las vanguardias le brotan a nuestro poeta retoños inesperados. Raymond Quenau (1903-1976), el juguetón y genial fundador del Ouvrier de Littérature Potentielle (OULIPO) que se propone liberar la escritura sometiéndola a reglas imaginativas y fecundantes, compuso una Petite Cosmogonie Portative , poema didascálico que tiene detrás como referencia constante el texto de Lucrecio, del que toma ante todo ese fondo de continuo pasmo ante las cosas, y también algunas expresiones deformadas à la oulipienne. Así a la hora de celebrar la más extraña de las maquinaciones naturales, la reproducción por sexos, introduce una invocación a Venus con triple remedo de Lucrecio (I 1):

Aimable banditrix 243 des hommes volupté

qui donnes à l’être un trou pour éjaculer […]

Aimable banditrix des hommes volupté

toi qui créas le foutre et la féminité […]

Aimable banditrix des hommes volupté

prends-moi par la main (disons) et montre moi comme

au delà des coraux aux ambitions atolles

ils vont faire l’amour les mignons nématodes

(IV 110-155).

La historia de la humanidad no emerge más que al final resumida en dos versos que cierran en anillo la cosmogonía atómica y otean un horizonte de desastre nuclear:

Le singe sans effort le singe devint l’homme

lequel un peu plus tard désagrégea l’atome.

18. Lucrecio, profeta de la ciencia

Hay en Lucrecio vislumbres de la ciencia moderna. No podemos menos de asombramos ante la concepción atomista (I-II), el enunciado diáfano de la ley de conservación de la materia (I 150-224), la crítica de cierta idea ingenua de progreso y finalismo (II 167-183), los esbozos de una teoría de la selección natural de las especies (V 837-924). Admiramos su audacia de quitarle un centro al universo (I 1052-1113) y poblarlo de mundos (II 1048-1089). Sutil y recóndita es la doctrina del carácter no-objetivo de algunas sensaciones y el color (II 730-864). Afirmaciones suyas, tenidas mucho tiempo por extravagantes, como atribuir ensueños a los animales superiores (IV 962-1029) o deleite a las hembras en el coito (IV 1192-1207), hoy son moneda corriente.

A veces las profecías son detallistas. No sé si alguna vez se ha indicado que Lucrecio enuncia como sin querer el fundamento sensitivo y óptico del cinematógrafo, cuando dice hablando de la movilidad de las imágenes oníricas: «No es de extrañar que las representaciones se muevan y regularmente agiten brazos y otras extremidades (pues ocurre que en sueños las imágenes parecen hacer tales cosas), comoquiera que, cuando la primera acaba y luego en otra posición nace otra, la primera entonces parece cambiar de ademán» (IV 768-772). ¡Tiene mérito afirmar, antes de que las apariencias más palmarias de lo contrario fueran desmentidas por vía experimental y con ayuda de aparatos, que las sensaciones derivan de un flujo discontinuo de imágenes!

En este punto de las anticipaciones no falta sin embargo quien extreme las cosas y saque a la palestra nada menos que el principio de indeterminación formulado por el físico Werner Heisenberg para conectarlo al clinamen lucreciano (II 216-250): «La idea de una declinación ‘inmotivada’ (‘voluntaria’), largo tiempo burlada como anticientífica, ha encontrado ahora una confirmación en el sentido de que en ámbito atómico ciertos fenómenos no pueden explicarse causalmente, sino sólo previstos estadísticamente» 244 . Pero todo esto, claro es, hay que entenderlo dentro de la distancia enorme que separa el atomismo antiguo del moderno. El átomo de la ciencia física actual sólo muy vagamente se identifica con el de los antiguos. Se diría que uno y otro son realidades heterogéneas e incompatibles. Aunque Lucrecio, como por adivinación, adelante muchos de los principios del atomismo clásico 245 , el atomismo de hoy, a la vez ondulatorio y corpuscular, sin lugar para el vacío, se le parece menos; sólo algo así como los quarks , piezas últimas de unos átomos desmontables, podrían asimilarse a los átomos epicúreos.

Hay que mirar más allá de la fortuna que en este terreno hayan tenido sus aciertos y desaciertos, porque es su espíritu de amor a la realidad como verdad lo que importa. Resulta instructivo seguir a nuestro poeta al tiempo que renuncia, por ejemplo, a cualquier ilusión antropocéntrica (lo que con grandes dificultades y tropiezos intenta la ciencia moderna). Y así, cuando vemos que en la actualidad los paleontólogos evolucionistas desentierran vestigios de antiquísimos animales aviformes y luego dan por sentado que el vuelo viene a ser una consecuencia inesperada del nacimiento de plumas (y no al revés), uno piensa al punto que están haciendo suyo el aforismo lucreciano: quod natumst, id procreat usum (IV 835). Porque es que hay modos de razonar, o de ejemplificar lo razonado, que sin saberse ya de donde vienen, saliendo de Lucrecio y otros antiguos, llegan al presente. Los físicos y biólogos actuales, cuando hablan de los modos de operar del azar, no dejan de recurrir a la fabulilla del mono que sin propósito teclea en una máquina de escribir hasta componer Hamlet. La escena estaba ya en el tratado Sobre la naturaleza de los dioses (II 93-94) de Cicerón, donde un hombre tira al suelo caracteres de las veintiuna letras, hechos de oro u otro material, y salen compuestos los Anales de Ennio 246 . En pos de precursores griegos (Demócrito sobre todo), Lucrecio gustaba de comparar los átomos con las letras del alfabeto 247 .

19. La transmisión del texto

El texto del De rerum natura es un caso perfecto de tradición cerrada. Hubo un momento en que la corriente de copias, que nunca debió ser caudalosa, quedó reducida a delgado hilillo: un manuscrito en letra capital del siglo IV o V , que tal vez fue transcrito en minúscula alrededor del año 800. De él derivan, sin contaminación de otras fuentes, todas las copias posteriores conservadas. Entre ellas destacan como principales dos códices, uno y otro denominado indistintamente Leidensis (por la biblioteca que los guardó) o Vossianus (por su antiguo propietario). Sólo la forma de sus hojas les otorga el apellido que las distingue: Oblongus (O) y Quadratus (Q). Fueron copiados en Francia en algún momento del s. IX . El primero es algo más antiguo y fiable que el segundo, pues al parecer se transcribió sin intermediario y con mayor cuidado 248 . De la misma fuente que el Quadratus procede una serie de hojas sueltas (schedae) conocidas como Gottorpienses y Vindobonenses , igualmente de época carolingia. Todos estos códices y fragmentos comparten numerosos errores que estaban ya en el arquetipo, atribuibles a la casi total incomprensión del sentido por parte de unos copistas que jamás yerran a sabiendas o con intención de arreglar un pasaje (la forma de error más insidiosa para la tarea del filólogo).

A. García Calvo 249 ha propuesto un nuevo stemma cuyo tronco arranca de la supuesta edición ciceroniana a través de otra del s. II d. C. (ω), muy cuidadosa con la ortografía recomendada por el gramático Probo 250 e ilustrada con títulos semigriegos, de moda en el helenismo de la época de Adriano, y con variantes textuales. Viene luego el cambio de soporte, del rollo al libro o códice (principios del s. IV ) y dos momentos editoriales que dejan su huella en la trasmisión (arquetipos Ψ y χ, este último copiado en Irlanda); sigue el paso de la letra uncial a la llamada carolina (en tomo al año 800), en la que se compone el arquetipo (φ) del que depende toda nuestra tradición, bien directamente en el caso de O, bien a través de un intermediario (x) en el caso de Q y las schedae; a partir de ahí se pasaría de la ‘copia a ciegas’ a la comprensión creciente del texto, con los diversos correctores de O y Q.

Fuera ya de cualquier hipótesis novedosa es seguro que del Oblongus (o de un coetáneo equivalente guardado en la abadía de Murbach), mediante la copia efectuada por el humanista Poggio Bracciolini (1380-1450) y enviada a su amigo Niccolò Niccoli, deriva un conjunto de manuscritos del quinientos fabricados en Italia (codices Itali) a partir de 1418 251 .

Fuera de esta tradición hay muy poco. Son del todo inseguras las trazas de Lucrecio que se han querido ver en papiros calcinados de Herculano 252 . El interés que por el poeta-filósofo mostraron gramáticos y profesores como Nonio o Prisciano, eruditos como Servio o Macrobio, y autores cristianos como Lactancio o Isidoro de Sevilla, permite que se perfilen algunos versos y vocablos gracias a sus citas, las cuales difieren muy poco entre sí y todas parecen venir de una misma edición.

Desde los albores de la imprenta se suceden las ediciones en las que la crítica humanística se ejerce en la lenta mejora de un texto muy estragado. La editio princeps , harto deficiente, se debe a T. Fer(r)andus (Brescia, ca. 1473), y destacan entre otras las de H. Avancius (Venecia 1500, primera Aldina), J. B. Pius (Bolonia, 1511), P. Candidus (Florencia, 1512-13, edición Juntina), A. Naugerius (Venecia, 1515, segunda Aldina), O. Gifanius (Amberes, 1565-66), D. Lambinus (París, 1563-64, cuya reedición de 1570 incluye ya un índice de conjeturas). Muchos de estos humanistas encabezan el De rerum natura con vidas de Lucrecio donde se entreveran datos bien documentados y fantasías librescas 253 .

En los siglos XVII y XVIII destacan las ediciones de T. Le Févre (Saumur, 1662), T. Creech (Oxford, 1695), G. Wakefield (Londres, 1796-97), todas ellas provistas de anotaciones y comentarios (algunos de Bentley en la de Wakefield).

En el siglo XIX la edición de C. Lachmann sobrepasa el ámbito del texto lucreciano para erigirse en modelo del método moderno de crítica textual. Los comentarios de Lachmann a su edición hicieron época cuando aparecieron por vez primera en 1850. Posteriormente la doble edición de H. A. J. Munro (minor , Cambridge, 1860; maior , Nueva York, 1860-1896) afianzó las bases para explicaciones objetivas. De gran interés es la ingente edición comentada de C. Giussani (Turín, 1896-1898).

En el siglo xx la labor de H. Diels, con su edición crítica y traducción alemana (Berlín, 1923-4), hizo avanzar la comprensión del poema. Muy consultadas han sido y serán las ediciones de A. Emout (París, 1920; luego ampliada con la colaboración de L. Robin, París, 1925) y C. Bailey (Oxford, 1947).

El estudioso de Lucrecio dispone actualmente de ediciones y comentarios minuciosos de cada libro del De rerum natura por separado 254 .

La edición de A. García Calvo, que es la que, a sabiendas de su heterodoxia 255 , aquí adoptamos como texto básico para nuestra traducción, restituye la ortografía e intenta acercarse a lo que conocemos de la escritura republicana (con la presentación de formas como saluos, equos, uolua, quom, quor, quoi, quoique, quoicumque, fluont). Donde los manuscritos presentan mutilaciones y carencias graves García Calvo rehace el texto en perfectos hexámetros para regalarle al lector la comodidad de una lectura continuada. Con esta misma finalidad recogemos estas restituciones en nuestra versión (responsabilidad del lector será no tomar, y mucho menos citar, estas recreaciones como palabras propias de Lucrecio).

20. Traducciones hispánicas

En España, como fuera de ella, el destino de Lucrecio ha sido verse troceado y antologizado. Ningún traductor se atrevió con él entero hasta los umbrales mismos de la Edad Contemporánea.

Gabriel de Ciscar y Ciscar (1760-1829) en unos Ensayos poéticos 256 , tradujo cuatro fragmentos de Lucrecio (I 1-58; I 63-102; I 251-305 y II 1-60) no sin encabezarlos con la habitual excusa sobre unos versos «en los cuales nada hay contra la religión ni contra la moral». No podía faltar el himno a Venus:

Oh de la estirpe ínclita de Eneas

alma progenitora que recreas

a los hombres y dioses inmortales ,

y bajo de los signos celestiales

que velozmente giran, Venus bella ,

las tierras en mil frutos abundosas

y las surcadas mares espaciosas

colmas de regocijo

(=I 1-4)

Ciscar fue asimismo autor de un Poema físico-astronómico en siete cantos, lleno de reminiscencias lucrecianas 257 .

El peruano Pedro Paz Soldán y Unanue (1839-1895), que usó el pseudónimo de Juan de Arona, tradujo algunos trozos en una antología de poesía latina 258 . Suena así su verso:

Venus la reunión favorecía

de los amantes en la selva umbría ,

cuando los arrastraba a tal efecto

o recíproco afecto ,

o del ciego varón la fuerza bruta ,

o sus regalos de bellota o fruta

(= V 962-965)

El colombiano Antonio José Restrepo (1855-1933) 259 , bajo el título de «Los Dioses», hace una recreación muy liberal de V 1160-1239:

Digamos ya qué error ignominioso

impuso de los Dioses la existencia

a los débiles hombres, qué prestigio

levantó esos piadosos monumentos ,

transmitió a las naciones esos cantos

misteriosos y extraños, esas pompas ,

ese grande espectáculo en que el vulgo ,

al través del incienso vaporoso ,

sueña ver su destino de ultratumba…

En la noche del tiempo y los errores

investiguemos con paciencia y calma

cómo el hombre infeliz se hizo vasallo

de la misma obra que abortó su mente

(= V 1161-1168)

Don Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) tradujo en un castellano trufado de latinismos el proemio (I 1-101) 260 , donde destaca la escena del sacrificio de Ifigenia:

Por varoniles manos arrastrada

trémula al ara fue, no cual debiera

en la sagrada pompa de Himeneo ,

sino doncella, en el feliz instante

en que iba Amor a desatar su zona

fue por su padre víctima inmolada

para a las naves dar viento propicio.

¡Tanta maldad la religión persuade!

(=I 95-101)

El mismo Menéndez Pelayo cita un epigrama de Andrés Bello (1781-1865), que es traducción del famoso amari aliquid 261 lucreciano (IV 1134):

De en medio de la fuente del deleite

un no sé qué de amargo se levanta ,

que entre el halago de las flores punza.

Alberto Lista (1775-1848) tradujo el canto a Venus (I 1-23) «con fidelidad y gallardamente», según Menéndez Pelayo 262 , que lamenta que el poeta sevillano no hubiera dedicado sus ocios a la versión del poema entero. Pero el breve fragmento presenta a un poeta que corre despreocupado por el verso filosófico y mezcla elementos pastoriles de Virgilio. Véase:

Tú el blando amor esparces, ya en los campos ,

que pinta el ledo abril, ya en las montañas ,

ya en los senos del piélago rugiente.

De amor llenas la selva: ‘amor’ resuenan

las frondosas mansiones de las aves;

y así de ser la llama fugitiva

por tu dulce influjo se propaga.

Inspira tú mi acento, tú, que el mundo

y la natura mandas; nada amable ,

nada alegre es sin ti; nada del día

goza sin ti la refulgente lumbre.

(26-36 = 1 17-24) 263

Javier de Burgos (1778-1848), afrancesado, vio perderse su versión de Lucrecio en la requisa de libros y papeles que sufrió tras la derrota napoleónica 264 . La primera versión completa conocida es por tanto la del Abate Marchena (1768-1821) 265 . Está compuesta en endecasílabos blancos. Si para Menéndez Pelayo, como para tantos, es ambigua la valoración de Lucrecio, ambigua será también la del romanceador: «Cuando Lucrecio decae, su traductor lo hace lastimosamente; cuando el poeta latino se levanta en alas de su genio, el intérprete castellano se enciende en el sacro fuego de su modelo, y llega a producir acentos de noble y verdadera poesía» 266 . Un pasaje bien logrado es el del hombre náufrago:

Y el niño semejante al marinero ,

que a la playa lanzó borrasca fiera ,

tendido está en la tierra, sin abrigo ,

sin habla, en la indigencia y desprovisto

de todos los socorros de la vida ,

desde el momento en que naturaleza

a la luz le arrancó con grande esfuerzo

del vientre de su madre; y llena el sitio

de lúgubre gemido, como debe

quien tiene que pasar trabajos tantos ,

(V 313-322 = V 222-227)

El poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo (1782-1847) veneró a Lucrecio 267 y en su «Canto de Junín» aplicó al Sol los conceptos que el latino aplicó a Venus:

Tu vivífico ardor todos los seres

anima y reproduce: por ti viven

y acción, salud, placer, beldad reciben 268 .

No detallaré aquí las prosificaciones recientes 269 (a la que se sumará la presente). Un trabajo notable es la versión rítmica del poeta mejicano R. Bonifaz Nuño 270 , que suena así:

La primera, a los tristes mortales los granos frugíparos

distribuyó en otro tiempo Atenas, la de nombre preclaro ,

e instauró de nuevo la vida y propuso las leyes ,

y la primera dio a la vida los dulces solaces ,

cuando engendró al varón con corazón tal hallando ,

que en otro tiempo lo vertió todo con boca verídica.

(= VI 1-6)

Una riqueza literaria fiera y extravagante (aunque hablen un idiolecto tan esquivo a veces como el latín del original) tienen los hexámetros acentuales de la versión que acompaña el texto de A. García Calvo:

A esto se añade que no sin las lluvias ciertas que vengan

al año podrá ofrecer su gozosa cría la tierra ,

ni falta asimismo de pasto podrá la harnaz de las bestias

ni propagar su linaje y la vida ni mantenerla ,

de modo que a muchas cosas comunes muchos entiendas

que hay elementos, como a las palabras vemos las letras ,

más bien que haber cosa alguna sin sus principios que pueda.

(= I 192-198)

Las primeras traducciones completas al portugués datan de mediados del siglo XIX 271 . Al catalán se traduce en los años veinte del siglo pasado 272 . Hace poco ha aparecido una traducción completa al vascuence, que debe de ser la primera 273 .


1 Sólo un escritor tan tardío como San Jerónimo da la fecha de nacimiento (94 a. C.); establece además que el poeta murió a la edad de 44 años (Chron. ad annum 1223 = 94 a. Chr ., ed. R. HELM , Eusebius Werke VII. Die Chronik des Hieronymus , Berlín, 1956, pág. 149; aunque en el códice de esta crónica conocido como Amandinus , la fecha de nacimiento se adelanta al 96 a. C.). De otra parte, el gramático ELIO DONATO , asegura que, el mismo día (15 de octubre del 55 a. C.) en que Virgilio, a los diecisiete años, tomaba la toga viril, falleció Lucrecio (Vita Verg ., 6).

2 La guerra entre Mario y Sila con sus implacables matanzas y proscripciones debieron causar en Lucrecio una honda impresión y tal vez por eso habla con horror de los que amasan riquezas con sangre de ciudadanos: sanguine ciuili rem conflant divitiasque / conduplicant (III 70-71).

3 Frag. 551 USENER . Hay una reformulación de HORACIO : «No se da mala vida quien de nacimiento a muerte pasa desapercibido» (nec vixit male qui natus moriensque fefellit [Epist . I 17, 10]); y otra de OVIDIO : «Quien bien se esconde, bien se da» (bene qui latuit, bene vixit [Trist . III 4, 25]).

4 W. J. WATTS , «The birthplace of latin writers», Greece & Rome 18 (1971), pág. 95.

5 Puso a Lucrecio en Campania y lo relacionó con Filodemo F. DELLA VALLE , Tito Lucrezio Caro e l’epicureismo campano , Nápoles, 1935; rebate en parte sus tesis A. TRAGLIA , Sulla formazione sprirituale di Lucrezio , Roma 1948, págs. 11-12.

6 En un análisis poco conclusivo, basado sobre indicios lingüísticos, afirma tal cosa L. A. HOLLAND , Lucretius and the Transpadanes , Princeton, 1976.

7 Véase Ε. PARATORE , «La problematica sull’epicureismo a Roma», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt I 4 (1973), 116-204.

8 Los grandes toldos de colores (mencionados en IV 75) se habían estrenado por vez primera en los ludi Apollinares del 60 a. C. para dar sombra a teatros hasta entonces descubiertos (según A. ROSTAGNI , Letteratura Latina , Turín, 1964, vol. I, pág. 542).

9 Las órdenes suaves pero firmes que imparte al lector para que aprenda, la elegante maestría del estilo, el trato de igual a igual que tiene con Memio refuerzan la idea de que fue noble. Eso creyeron C. MARTHA y J. BAYET ; vid . F. L. LISI , «Lucrecio», en C. CODOÑER (ed.), Historia de la Literatura Latina , Madrid, 1997, pág. 91.

10 J. MEWALDT , s.v . ‘T. Lucretius Carus’ en Real-Encyclopädie der Altertumwissenschaft , XIII, 2, 1927, cols. 1659-1683. La tesis es muy insegura; véase Β. Κ. GOLD , Literary Patronage in Greece and Rome , Chapel Hill, Londres, 1987, pág. 51, n. 49.

11 Lucrecio apenas dice nada de Memio en la docena de pasajes donde lo nombra. La expresión más llamativa es la de I 141-142: sed tua me virtus tamen et sperata voluptas / suavis amicitiae , que, como señala B. K. GOLD (Literary Patronage … pág. 53), no sabemos si se refiere a una relación política o social formalizada, o si hay que entender todo dentro de la camaradería epicúrea.

12 A. ROSTAGNI , Letteratura …, vol. I, pág. 507.

13 Según E. ÉVRARD , «Diogène d’Oenoanda et Lucrèce», en R. POIGNAULT (ed.), Présence de Lucrèce: actes du colloque tenu à Tours (3-5 déc. 1998) , Tours, 1999, págs. 53-54, es aventurado asegurar que el Káros de la inscripción (51 II 8 CHILTON ) sea Lucrecio. La inscripción es más de dos siglos posterior al poeta; véase C. W. CHILTON , Diogenes of Oenoanda. The Fragments , Londres, Nueva York, Toronto, 1971, pág. 106.

14 T. Lucretius poeta nascitur. qui postea amatorio poculo in furorem versus cum aliquot libros per intervalla insaniae conscripsisset, quos postea Cicero emendavit, propria se manu interfecit anno aetatis XLIIII (Chron. ad annum 1223 = 94 a. Chr ., ed. HELM , pág. 149).

15 Pasajes del propio LUCRECIO como III 828 (adde furorem animi proprium atque obliuia rerum) y la descripción de la locura amorosa en el final del libro IV, expresiones ambiguas del poeta ESTACIO (docti furor arduus Lucretii , en Silvas II 7, 75-6) y del apologista cristiano LACTANCIO (delirat Lucretius , en De opif. Dei VI 1), la conexión entre afrodisíacos y demencia que establece OVIDIO (Arte de amar II 106).

16 Una «Vida», contrahecha por Girolamo Borgia en 1502 sobre fuentes de diverso valor, suministra tres datos nuevos sobre la locura y la muerte: Lucrecio recibe el filtro de una mala mujer (el lector piensa inmediatamente que sea una hechicera o la amante del poeta), se suicida ahorcándose o echándose sobre una espada, nació de madre largo tiempo estéril. Véase un análisis crítico de la Vita Borgiana en G. SOLARO , Lucrezio. Biografie umanistiche , Bari, 2000, págs. 5-10.

17 A. K. MICHELS , «Death and two poets», Transactions and Proc. of the Amer. Philol. Assoc . 86 (1955), pág. 171, da crédito a la historia del suicidio. Lucrecio, al perder la exaltación vital y poética, habría decidido regresar, por el atajo de una muerte voluntaria, al mundo eterno.

18 Véase el análisis demoledor de K. ZIEGLER , «Der Tod des Lucretius», Hermes 71 (1936), 421-440.

19 «La fascinación de la locura habría podido impedir la lectura total y comprensiva, pero pronto se ve que la nota — o todos los pensamientos equivalentes sobre melancolía, pesimismo, etc.— ha servido para rechazar un texto inaceptable» (traduzco de M. BOLLACK , La raison de Lucrèce , París, 1978, pág. 80).

20 Para P. H. SCHRIJVERS la idea de la personalidad de Lucrecio como angustiada y en desequilibrio ha continuado, por decirlo al modo del poeta, «mostrándose en lo alto de las regiones celestes y amenazando a los filólogos con su aspecto horrible» (Horror ac divina voluptas. Études sur la poétique et la poésie de Lucrèce , Amsterdam, 1970, pág. 6).

21 Como A. GARCÍA CALVO en el prefacio de su edición (Zamora, 2000).

22 Los epicúreos defienden la eutanasia como escapatoria de la necesidad («La necesidad es un mal, pero ninguna necesidad hay de vivir en la necesidad», Sent. Vat . 9), pero no enaltecen al suicida («Insignificante, de todas todas, es aquél que tiene muchos motivos razonables para abandonar la vida», ibid . 38).

23 Así en I 21 y V 331. I. FISHER , «Le sens du titre De Rerum Natura» , en Mélanges linguistiques , Bucarest, 1957, págs. 17-21, defiende un distanciamiento lucreciano de la equivalencia exacta entre el término latino y el griego. A. PELLICER , Nature: Étude sémantique et histoire du mot latin , París, 1966, págs. 42-45, señala que el valor de natura por ‘nacimiento’ es raro en latín arcaico. Pero en algún modo coexisten los dos sentidos, sobre todo en el prefacio de la obra (véase D. CLAY , Lucretius and Epicurus , Ithaca, Londres, 1983, pág. 339, n. 12).

24 Ε. PARATORE , art. cit ., págs. 181-184, recoge un catálogo de fechas propuestas.

25 Lucreti poemata, ut scribis, ita sunt: multis luminibus ingeni, multae tamen artis; sed cum ueneris .

26 Después de escribir esto, el profesor JUAN GIL ha tenido la amabilidad de darme a conocer un trabajo inédito («Lucrecio y los leones», de próxima aparición en la revista Habis) que pone en entredicho esta cronología. El artículo relaciona un texto de PLUTARCO (Vida de Bruto 8, 6-7), que da cuenta del empleo bélico de unos leones por parte de los habitantes de la ciudad griega de Mégara el año 48 a. C., con un problemático (hasta ahora) pasaje de Lucrecio sobre el uso militar de animales (V 1308 ss.).

27 «Menesteo, nombre del que procwede el linaje de Memio» (Mnestheus, genus a quo nomine Memmi [(V 117]).

28 De ahí acaso la expresión tuas legiones (II 40).

29 D. E. W. WORMELL , «Lucretius: the personality of the poet», Greece & Rome 7 (1960), pág. 59, se pregunta si no acompañó también Lucrecio a todos ellos y vio en Asia las corrientes del Ponto descritas en V 507.

30 X y XXVIII.

31 Véase TH . J. CADOUX , «Memmius», The Oxford Class. Dict ., 19702 , pág. 618; y E. PARATORE , art. cit ., págs. 167-170.

32 A los famil ., XIII 1.

33 A. GERLO , «Pseudo-Lucretius», L’Antiquité Class . 25 (1956), págs. 41-72, propuso que ‘Lucrecio’ no fuera más que un pseudónimo de Ático, que al final vino a suicidarse por el sistema de ayunar.

34 EPICURO , Sent. Vat . 58.

35 Trist . II 433.

36 D. W. ROLLER , «Gaius Memmius, patron of Lucretius», Classical Philology 65 (1970), págs. 246-248.

37 Vid . R. KEEN , «Lucretius and his reader», Apeiron 19 (1985), págs. 1-10.

38 Vid . III 59-89 y V 1136-1160.

39 Vid . II 1150-1174.

40 Epicuro había dicho: «El sabio no se acercará a la política, a no ser que se interponga alguna circunstancia» (SÉNECA , Sobre el ocio III 2 = frag. 2 USENER ).

41 Así ARATO DE SOLOS (315-240) en los Fenómenos poetizó un tratado del astrónomo Eudoxo de Cnido (390-337). Comienza con un himno a Zeus (tal como el De rerum natura con otro a Venus).

42 Cf . OVIDIO , Trist ., II 471-490, donde se mencionan tratados poéticos sobre juegos de azar (tabas, dados) y de mesa (ajedrez, tres en raya), sobre los tipos de pelota y su manejo, sobre natación, uso del aro, cosmética, protocolo de los banquetes y visitas, alfarería y envasado de vinos.

43 I 936-950 = IV 11-25. El símil aparece por vez primera en PLATÓN , Leyes 659e. HORACIO acuñó su fórmula más conocida: miscere utile dulci .

44 «Lucrecio», apunta acertadamente M. VON ALBRECHT , «se mueve en un territorio poético inexplorado. Oscila entre la idea inspiradora indirectamente orientada sobre imágenes báquicas, pero secularizada a través del pensamiento de la gloria poética, y la concepción de un papel del poeta semejante al del médico» (Historia de la Literatura Romana , Barcelona, 1999, t. I, pág. 278).

45 DIÓGENES LAERCIO , X 6 = frag. 163 USENER . Cf . QUINTILIANO , XII 2, 24: «Antes que nadie Epicuro nos echa de su lado, pues ordena huir a vela y remo de todo sistema de enseñanza (omnem disciplinam)» .

46 Véase P. BOYANCÉ , Lucrèce et l’épicureisme , París, 1963. pág. 1.

47 Repúbl . X 600b.

48 «[Epicuro] rechaza en bloque toda la poesía considerándola mortífero sustento de mitos» (frag. 229 USENER ).

49 DIÓGENES LAERCIO , X 120. Sobre las relaciones entre poesía y epicureísmo véase E. PARATORE , art. cit ., págs. 173-179.

50 La única cita de un poeta que aparece en sus escritos se halla en la Carta a Meneceo 126; se trata de la famosa divisa del pesimismo acuñada por el elegíaco Teognis que proclama que lo mejor es no nacer o, de haber nacido, morir pronto (425-428).

51 El elogio algo irónico que le dedica Cicerón (Contra Pisón XXVIII 68) muestra que era bien conocido el año 55 a. C. Un repertorio de trabajos en torno a su figura recoge D. OBBINK (ed.), Philodemus and Poetry. Poetic Theory and Practice in Lucretius, Philodemus, and Horace , Nueva York, Oxford, 1995.

52 Véase sobre ello el excelente artículo de D. SEDLEY , «How Lucretius composed the De rerum nature» , en K. ALGRA , M. H. KOENEN , P. H. SCHRIJVERS , Lucretius and his intellectual Background , Amsterdam, Nueva York, 1997, págs. 1-19 (esp. el esquema de pág. 3).

53 DK 31B 3, 5; 31B 131.

54 DK 31B 132.

55 Véase D. J. FURLEY , «Variations on themes by Empedocles in Lucretius’ proem», Bull. Inst. Class. Stud. of London 17 (1970), 55-64.

56 Manifiesto sobre todo en el himno a Zeus de Cleantes.

57 SAFO I 2, 7-15, traducida por CATULO en su poema LI, inspira Sobre la nat . III 154-160.

58 Se refiere al pasaje lucreciano de I 312-314, vagamente inspirado en al fragmento de MELISO , DK 30 B8; cf . OVIDIO , Arte de amar I 473. Otros fragmentos de Meliso hablan de la eternidad (30 A5) y la infinitud de las cosas (30 B2).

59 A. DALZELL , «Lucrecio», en E. J. KENNEY , W. V. CLAUSEN (eds.), Historia de la Literatura Clásica. Vol. 2. Literatura latina , Madrid, Gredos, 1989, pág. 255.

60 Véase R. D. BROWN , Lucretius on Love and Sex , Leiden, Nueva York, Copenhague, Colonia, 1987, pág. 128.

61 En I 926-928 (= IV 1-3) reivindica su originalidad con imágenes características de la poesía alejandrina: caminos nunca hollados, manantiales intactos, flores frescas.

62 En este orden, lo que supone acaso que Lucrecio muere antes que Catulo (véase J. CASCAJERO GARCÉS , «Aproximación a la biografía de Lucrecio», Gerión 2 [1984], pág. 103, n. 11).

63 Traduzco de E. PARATORE , art. cit ., págs. 133-134.

64 Lucrecio incorpora desarrollos doctrinales de la escuela posteriores a Epicuro; algunos de ellos los analiza P. H. LACY , «Lucretius and the history of epicureanism», Transactions and Proc. of the Amer. Philol. Assoc . 79 (1948), págs. 12-23.

65 En tiempos mesiánicos, que son de zozobra, surgen sin falta los salvadores. Como lo expresa C. BAILEY : «For Lucretius it was for the ills of the soul that he needed a saviour and that saviour was Epicurus who to him was god: deus ille fuit, deus (V 8)» (»The mind of Lucretius», The Amer. Journal of Philol . 61 [1940], pág. 291).

66 Cicerón es claro al señalar que con el epicureísmo «Grecia e Italia … y todas las tierras exteriores (barbaria) están conmocionadas» (Del supremo bien y del supremo mal II 49).

67 Tusc . IV 3, 7.

68 Tusc . IV 3, 6.

69 Tusc . IV 3, 6-7.

70 En el epigrama de Antol. Palat ., XI 44, se ligan los nombres de Epicuro, Pisón y Filodemo.

71 F. L. LISI , «Lucrecio»…, pág. 94, que remite su aserto a EPICURO , frag. 226 USENER , y FILODEMO , De la vida de los dioses , col. III 14.

72 Sent. Vat . 74.

73 E. PARATORE , art. cit ., pág., 131.

74 SÉNECA , Cartas a Lucilio , XXIX 10 = frag. 187 USENER .

75 DIÓGENES LAERCIO X 117.

76 Véase G. CAMBIANO , «Lucrezio e la poesia filosofica», en G. CAVALLO , P. FIDELI , A. GIARDINA , Lo spazio letterario di Roma antica , Roma, 1989-1991, t. I, pág. 246.

77 «Mais en somme le hasard a bien fait les choses», reconoce después de señalar todo esto P. BOYANCÉ (Lucrèce …, pág. 1).

78 En un sentido literal o técnico para E. M. THURY , «Lucretius’ poem as a simulacrum of the rerun natura» …, pág. 271.

79 De los 7.416 versos que tiene la obra se emplean 545 en los prólogos (un 7,34% del total).

80 Sobre el aparente desarreglo de anunciar aquí (50-61) el tema del libro I antes del tema general (62-145), según el recurso típicamente lucreciano de la suspensión del pensamiento, véase J. CASCAJERO GARCÉS , art. cit ., pág. 109.

81 Véase discusión y bibliografía en E. PARATORE , art. cit ., págs. 162-167.

82 Traduzco de A. BARIGAZZI , «Lucrezio», en F. DELLA CORTE (dir.), Dizionario dei Scrittori Greci e Latini , Milán, 1990, vol. II, págs. 1284-5.

83 Así E. MC LEOD , «Lucretius’ carmen dignum», The Classical Journal 58 (1963), 145-156.

84 Léase II 167-183.

85 G. SANTAYANA , Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe , Buenos Aires, 1943, pág. 30.

86 DK 68 A 69.

87 Un estudio de las expresiones de Lucrecio para estos conceptos en E. OTÓN SOBRINO , «Del azar y de la necesidad en Lucrecio», Cuadernos de Filol. Ital ., núm. extraord., (2000), vol.1, págs. 45-50, que concluye: «En Lucrecio, no existe un gran campo de maniobra para el azar o la fortuna. En cambio la necesitdad es proponderante» (pág. 50).

88 Como hace en IV 823-857 y V 146-234.

89 Así el aserto de Dante: Democrito che il mondo a caso pone (Inf ., IV 136). Con este verso arranca el libro de V. CIOFFARI , Fortuna and Fate from Democritus to St. Thomas Aquinas , Nueva York, 1935, págs. 1-15.

90 La expresión la tomo de E. PARATORE , art. cit ., pág. 128.

91 Carta a Pitocles 86-87.

92 La formulación es frecuentísima en los astrónomos y naturalistas medievales. Procede del bíblico Libro de la Sabiduría: «Todas las cosas las arreglaste según medida y número y peso» (omnia mensura et numero et pondere disposuisti [XI 21]).

93 Tanta statpraedita culpa (V 199).

94 Ut saeuis proiectus ab undis nauita (V 222-223).

95 Como señala A. DALZELL («Lucrecio» …, pág. 240), las disquisiciones sobre el origen y evolución del estado (V 1105-60), sorprendentemente radicales y especulativas, prescinden de la rica información que tenía disponibles un romano culto acerca de la constitución e historia de su propia respublica . Pero Lucrecio, con los epicúreos, quiere ir más atrás y aplicar el concepto de evolución natural a la cultura humana.

96 Carta a Pitocles 93.

97 La cuestión del progreso en Epicuro y Lucrecio puede aclararse en E. PARATORE , art. cit ., pág. 120, n. 5 (con bibliografía).

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