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Sobre este libro

La rica personalidad de Lucio V. Mansilla se manifiesta en toda su potencia en este libro singular, Una excursión a los indios ranqueles, una de las obras más fascinantes y mejor escritas de la literatura argentina.

Índice

Sobre este libro

Una excursión a los indios ranqueles

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Epílogo

Sobre el autor


Mansilla, Lucio V.Una excursión a los indios ranqueles / Lucio V. Mansilla.–1a ed.–Gualeguaychú : Tolemia, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-3776-23-61. Crónica de Viajes. I. Título.CDD 910.4

Fecha de catalogación: Mayo de 2021

© 2021 by Ediciones Tolemia

ISBN 978-987-3776-23-6

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina. Printed in Argentina

Reservados todos los derechos, incluso el de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.

Una excursión a los indios ranqueles
Lucio V. Mansilla
Dedicatoria

Querido Orion:

Todos los escritores tienen una palabra favorita que los traiciona. Esa palabra es como el metro para ciertos poetas.

En cuanto escribes, hay siempre, como piedras preciosas, incrustadas en el rico mosaico de tus producciones, palabras como estas: “Aspiraciones nobles y generosas, amor purísimo, amistad constante, fraternidad universal”.

Qué quiere decir esto.

Qué tú, si hubieras sido poeta, habrías cantado como Miguel de los Santos Álvarez:

“Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!” Que tú sabes amar y estimar a los que aman.

Pues bien, a ti, querido ORION, mi amigo de tantos años, contra viento y marea, es a quien yo dedico mis cartas a Santiago Arcos, ya que te has empeñado en que haga de ellas un libro.

Decididamente alcanzamos unos tiempos raros, –realizamos todo menos lo que queremos.

Es un aviso a los caminantes que podría glosarse así:

En esta tierra los hombres son lo que quieren las circunstancias. Les damos un consejo:

Lo mejor es vivir con el día.

¡Yo haciendo un libro, después de haber secado mi pluma hace dos años, con la firme resolución de no volver a las andadas; cuando prefiero galopar diez leguas a escribir una cuartilla de papel!

¿Por dónde saldrá el sol mañana, ORION?

Tú no lo sabes, ni yo tampoco, y es posible que si lo supiéramos y lo dijéramos nos creyeran engualichados.

A pesar de todo, de nuestro aire riente, de nuestras exterioridades frívolas, nosotros sabemos varias cosas, –”que con el mal tiempo desaparecen los falsos amigos y las moscas”; que si el presente es de los egoístas y de los apáticos, el porvenir es de los hombres de pensamiento y de labor.

Si lo primero es una triste experiencia, adquirida a fuerza de dejar en el espinoso camino de la vida, la mejor lana del vellón, –lo segundo es una esperanza y un consuelo.

Un grito de desaliento puede salir del pecho mejor templado. Pero hay energías recónditas que sostienen hasta el fin al más humilde de los mortales.

Como Béranger a su frac, termino ORION diciéndote: Ne nous séparons pas!

L. V. M.

A Lucio V. Mansilla.

Amado hermano y cofrade:

Me dices que me has dedicado tu precioso libro, en el que como flores cogidas, al acaso, del ameno pensil de la República, para formar con ellas un ramo esmaltado, lleno de encanto y perfume, has coleccionado las cartas en que, peregrino fantástico de las soledades y el silencio, narras tu pintoresca excursión a los Indios Ranqueles.

Gracias por mí, querido Lucio, y gracias por la naciente, pero rica literatura Argentina.

Por mí, porque en esa espontánea dedicatoria hecha a un hombre sin títulos, sin posición, sin tener en los labios una de esas sonrisas, que los cortesanos toman por una promesa, o una esperanza, creo escuchar cómo el murmullo suave y cadencioso de una voz misteriosa, que me regala blandamente el oído, diciéndome: “el autor de este libro es un amigo que te quiere y que te abraza en el cielo del pensamiento, como te abrazó siempre en el santuario de la más pura amistad.”

Por la literatura argentina, porque me siento feliz de que tus cartas, publicadas día a día en esa hoja deleznable de papel llamada La Tribuna, no tengan la pobre e ignorada suerte de las producciones que sólo ven la luz en un diario, y en donde, como dice Castelar, “están condenadas a vivir lo que vive una rosa: una mañana”.

La primera lectura de tus cartas ha encantado al pueblo argentino. En un libro los va a saborear.

Fraternalmente colocadas bajo los auspicios de mi pobre nombre –rico para ti porque eres mi mejor amigo– yo estaba en el deber de emitir un juicio sobre esos trozos de literatura descriptiva, en que has hecho cruzar por el cielo de las letras argentinas, en brillante y turbulenta procesión, la majestad imponente de nuestras pampas y las costumbres primitivas de nuestros pobladores salvajes, enlazadas con las pompas brillantes del poeta, y las reflexiones severas del filósofo profundo.

Pero prefiero no hacerlo. Al amor lo pintan ciego.

A la amistad, un diario de caricaturas la pintaba, hace ocho días, agitando en sus manos el incensario.

Si yo dijese que este es uno de los más preciosos libros hasta ahora concebidos por el pensamiento argentino, escrito en un estilo florido y galano, útil y provechoso por los datos curiosos que en la armonía de su conjunto contiene, a la vez que seductor y poético por el lenguaje impregnado de luz en que está escrito, ¿se creería que emitía un juicio imparcial?

En una época en que los gobiernos pagan los servicios de sus leales amigos, destituyéndose brutalmente de los puestos en que supieron conquistarse fama y simpatía, ni todas las intenciones se aprecian, ni todos los sentimientos se comprenden.

Hoy hay una manía a cambiarlo y a modificarlo todo.

Una cosa, empero, tengo la certeza de que no ha de cambiar jamás: es la amistad pura y sincera que nos liga, y en cuyas corrientes, a manera de un puente levantado por invisible mano en mitad del camino de la Patria argentina, pasará modesto y silencioso este libro, en suyas páginas de oro se confunden misteriosamente los nombres de dos amigos que se quieren y que creen, con de Maistre, “que la amistad es el puerto sereno a que llega el alma fatigada, en sus días de infortunio.”

Orion

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Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le seguirán, si Dios me da vida y salud.

Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer contigo, a la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, o entre las pajas al borde de una laguna, o en la costa de un arroyo, un churrasco de guanaco, o de gama, o de yegua, o de gato montés, o una picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más sabrosa.

A propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní en el Paraguay; de haber comido mazamorra en el Río de la Plata, charquicán en Chile, ostras en Nueva York, macarroni en Nápoles, trufas en el Périgord, chipá en la Asunción, recuerdo que una de las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos de aquella ave pampeana en Nagüel Mapo, que quiere decir “Lugar del Tigre”.

Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo; o sea el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y el microcosmo, o sea el hombre individual, pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.

A los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y sacrificaron su estómago en aras del buen tono!

A los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado a marchitar la tez y a blanquear los cabellos, las necesidades crecen, y por un bote de cold cream, o por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?

Más tarde, todo es lo mismo; con guantes o sin guantes, con retoques o sin ellos “la mona aunque se vista de seda mona se queda”.

Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor: nada de picantes, nada de trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no se indigesta, que no irrita.

En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente a los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.

Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he ganado de mano.

Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un sentimiento de envidia.

Ten presente que una vez me dijiste, censurando a tu padre, con quien estabas peleado:

–¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia de que yo haya estado en el Paraguay, y él no.

Es el caso que mi estrella militar me ha deparado el mando de las fronteras de Córdoba, que eran las más asoladas por los ranqueles.

Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la cordillera de los Andes a la oriental, y pasado los ríos Negro y Colorado, han venido a establecerse entre el Río Quinto y el Río Colorado, al naciente del Río Chalileo.

Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.

Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.

¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?

Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades relativas a su ejecución inmediata.

Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación a las correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese mundo que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres, sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, e inspeccionar yo mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las fuerzas que están bajo mis órdenes –he ahí lo que me decidió no ha mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores de los indios, a penetrar hasta sus tolderías, y a comer primero que tú en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.

Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos e imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades imitativas: –¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo: –Santiago, después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique Baigorrita.

Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y del odio; las satisfacciones de la oscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones de la indiferencia; las satisfacciones de ser cualquier cosa?

Yo comprendo que haya quien diga: “Me gustaría ser Leonardo Pereira, potentado del dinero”.

Pero que haya quien diga: “Me gustaría ser el almacenero de enfrente, D. Juan o D. Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido notorio”, eso no.

Y comprendo que haya quien diga: “Yo quisiera ser limpiabotas o vendedor de billetes de lotería”.

Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de Silvia por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.

Pero no comprendo esos sentimientos qué no responden a nada enérgico, ni fuerte, a nada terrible o tierno.

Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga: “Yo quisiera ser Mitre”, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, o sacristán de San Juan.

Pero que haya quien diga: “Yo quisiera ser el coronel Mansilla”, eso no lo entiendo, porque al fin, ese mozo ¿quién es?

Al general Arredondo, mi jefe inmediato entonces, le debo, querido Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más. Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la delantera,

Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden conformarse con que otro muera estérilmente... y en la oscuridad.

La nueva línea de fronteras de la provincia de Córdoba no está ya donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro:

–¡Yo no deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel, sino por ver ese Septentrión, ¡ese Septentrión!

Está la nueva línea sobre el Río Quinto, es decir, que ha avanzado veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río Cuarto a Achiras sin hacer testamento y confesarse.

Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.

¡Qué hermosos campos para cría de ganados son los que se hallan encerrados entre el Río Cuarto y Río Quinto!

La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato, arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho, lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.

Tengo en borrador el croquis topográfico, levantado por mí, de ese territorio inmenso, desierto, que convida a la labor, y no tardaré en publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria a la industria rural.

Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y estudiarlo.

No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baquiano, comprendiendo que el primer deber de un soldado es conocer palmo a palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.

¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad, librado a un pobre paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá pensamiento estratégico alguno?

La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en el meridiano que pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de la sierra, y costeando el Río Quinto se prolonga hasta la Ramada Nueva, llamada así por mí, y por los ranqueles Trapalcó, que quiere decir agua de Totora. Trapal es Totora y co, agua.

La Ramada Nueva son los desagües del Río Quinto, vulgarmente denominados la Amarga.

De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera sur de Santa Fe, sigue la línea por la Laguna Nº 7, llamada así por los cristianos, y por los ranqueles Potálauquen, es decir, laguna grande: potá es grande y lauquen, laguna.

Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera colocando los fuertes principales en la banda sur del Río Quinto.

En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues los obstáculos deben siempre dejarse a vanguardia para que el enemigo sea quien los supere primero.

Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto: lo que hay que aumentarle a este enemigo no son los obstáculos para entrar, sino los obstáculos para salir.

El punto fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río Quinto se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por Laguna del Cuero, famosa para los cristianos, conduce a Leubucó, centro de las tolderías ranquelinas.

De allí emprendí mi marcha. Mañana continuaré.

Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no carecerían de interés.

Si al público a quien le estoy mostrando mi carta le sucediese lo mismo, me podría acostar a dormir tranquilo y contento como un colegial que ha estudiado bien su lección y la sabe.

¿Cómo saberlo?

Tantas veces creemos hacer reír con un chiste y el auditorio no hace ni un gesto.

Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del templo de Delfos.

2

Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Hacía ya mucho tiempo que yo rumiaba él pensamiento de ir a Tierra Adentro.

El trato con los indios que iban y venían al Río Cuarto, con motivo de las negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad.

Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de ciertos hombres; para comprender que una misión a los ranqueles puede llegar a ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría en la embajada de París.

El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo curso quisiéramos precipitar, anticipándonos a los sucesos para que éstos nos devoren o nos hundan, me había hecho contraer ya varias relaciones, que puedo llamar íntimas.

La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta, adscrita a una comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se hizo en el Río Cuarto con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia, a causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y reales arrojé a la manchancha esa noche inolvidable, al son de los infalibles gritos: ¡padrino pelado!

Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste mortal sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre pase a la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de oro de la historia.

¡Ah!, tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.

Carmen no fue agregada sin objeto a la comisión o embajada ranquelina en calidad de lenguaraz, que vale tanto como secretario de un ministro plenipotenciario.

Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no es un muchacho; conoce a fondo las inclinaciones y gustos de los cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el hombre, siquiera esté ésta reducida a una triste condición.

Carmen fue despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no me apercibiese, a pesar de mi natural candor, de lo complicado de su misión, que a haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar a ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi gobierno fronterizo.

Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la evidencia todas las seducciones a que está expuesta la diplomacia de un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de su experiencia a Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los secretos de su misión.

El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que a sus buenos informes del compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando hice mi entrada triunfal en Leubucó.

Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.

El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su hermano menor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.

Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años, alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es pedigüeño.

Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades, pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden una ración de sal, que un poncho fino o un par de espuelas de plata.

Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de frontera, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas en escucharles.

Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar fundamentalmente la naturaleza humana.

En algunos parlamentos de los celebrados en el Río Cuarto, más de una vez derroté a mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era: “Para tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano”.

No sé si tenéis idea de lo que es un parlamento en tierra de cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios el ritual es diferente.

Un parlamento es una conferencia diplomática.

La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz. Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.

Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se sientan, con bastante aplomo, en las sillas o sofás que se les ofrecen.

El lenguaraz, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha del que hace cabeza.

Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se altera la regla.

Mientras se parlamenta hay que obsequiar a la comisión con licores y cigarros.

Los indios no rehúsan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen sobre tablas, reciben mientras les den.

Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.

Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones, y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más preámbulos que el de sus preocupaciones.

Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que adoran sin tributarle culto exterior. Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de la cosa que deben tragar o beber y en arrojarla a un lado, elevando la vista al cielo y exclamando: ¡Para Dios!

Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, Gualicho, está en todas partes, y que dándole lo primero a Dios, que puede más que aquél, se hace el exorcismo.

El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y preguntas, como verbigracia:

–¿Cómo está usted? ¿Cómo están sus jefes, oficiales y soldados? ¿Cómo le ha ido a usted desde la última vez que nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han perdido algunos caballos?

Después siguen los mensajes, como por ejemplo:

–Mi hermano, o mi padre, o mi primo, me ha encargado le diga a usted que se alegrará que esté usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que tiene un excelente corazón.

A veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.

El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de privilegio y muchísima calma y paciencia.

¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez o veinte veces lo mismo!

Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra a ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.

Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que hace cabeza, después que cada uno de los que le acompañan ha sacado su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y, no pudiendo retirarse, comienza a bostezar y acaba por dormirse, hasta que el plenipotenciario, apercibiéndose del ridículo, pide permiso para terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas cosas más que decir aún.

Linconao fue atacado fuertemente de las viruelas, al mismo tiempo que otros indios.

Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en gracia, fuime en el acto a verle.

Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado, sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río Cuarto.

En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el campestre tapete.

Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del paisaje.

Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo con la desesperación de la fiebre; sus compañeros permanecían a la distancia, en un grupo, sin ser osados a acercarse a los virulentos y mucho menos a tocarles.

Detrás de mí iba una carretilla ex profeso.

Acerqueme primero a Linconao y después a los otros enfermos; hableles a todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran a subirlo al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba.

Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.

Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza cuando acometemos un peligro cualquiera. Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una lima envenenada.

Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fue alzado a la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.

Aquel fue un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo sobre la idolatría.

Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre.

Ellos tienen un verdadero terror pánico a la viruela, que sea por circunstancia cutáneas o por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.

Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado a otro, huyendo las familias despavoridas a largas distancias de los lugares infestados.

El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas a su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.

Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus pecados.

He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, a pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el doctor Michaut, cirujano de mi División.

Linconao fue asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente conseguimos.

El cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por los cuidados tributados a su hermano, y éste dice que después de Dios, su padre soy yo, porque a mí me debe la vida.

Todas estas circunstancias, pues, agregadas a las consideraciones mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.

Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella. Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó. Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.

Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido a ser cierto el dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.

Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, entre ellas, la reserva y la lealtad.

Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.

3

Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos.

Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba.

Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi secreto.

Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al Tres de Febrero, otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera sobre el Río Quinto.

Este sacerdote, que a sus virtudes evangélicas reúne un carácter dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su palabra a las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se confesaba.

Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras ningún celaje, y de vez en cuando al acercarnos a las barrancas del Río Quinto, que corre tortuoso costeándolo el camino, la veíamos retratarse radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de la sierra de la Carolina, y que, corriendo en una curva de poniente a naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del Segundo de Córdoba, los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las impasables cañadas de la Amarga.

Llegábamos al paso del Lechuzo, famoso por ser uno de los más frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus depredaciones.

Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá como una media milla de ancho y que de noche el fantástico caminante se apresura a cruzar por un instinto racional que nos inclina a acortar el peligro.

El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías hechas allí por los indios.

Lo cruzamos al trote, azotando las ramas caballos y jinetes; al salir de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole a Fray Marcos –Oiga, padre–, me puse al galope seguido por el buen franciscano, que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.

El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oír de nuestra conversación.

El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir a los indios por su gusto o vivir cautivos entre ellos.

Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe púnica de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benévolas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: “Bien, coronel: pero cuando usted se vaya, no me deje a mí, usted sabe que soy misionero”.

Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.

Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde a la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.

Ya calcularás que los preparativos debían reducirse a muy poca cosa. En las correrías por la pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, o peludos, o mulitas, o piches o matacos que cazar.

Eso es tener todo andando por los campos: tener que comer.

A pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, yerba y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.

Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que a nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.

Cuando yo me dispongo a una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.

De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.

Por supuesto, que un par de buenos chifles no han de faltarle a ninguno que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados a cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!

Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.

Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables a nuestro genio y a nuestra índole.

Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho desde la época en que con tanto furor discutíamos, a tres mil leguas, la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.

Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba a la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.

Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables o lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.

Terminados los aprestos, recién anuncié a los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el sur, por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos a sujetar el pingo en Leubucó.

Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.

Manifestose muy sorprendido de mi resolución, preguntome si la había transmitido de antemano a Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban a nadie.

Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba a dar.

Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era este: probarles a los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más audaces que ellos, y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.

Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos desconfiando de ellos y engañándolos.

Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de los motivos que le expuse.

Entonces, me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor especial me pidió que del Cuero adelantara un chasqui avisando mi ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me recibieran como era debido.

Le pedí para el efecto un indio, y me dio uno llamado Angelito, sin tener nada de tal.

Positivamente los nombres no son el hombre.

Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese a conversar con el padre Marcos y su compañero fray Moisés Álvarez, joven franciscano natural de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y quiero por su buen corazón.

Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro o no me dejaban salir.

Híceles decir, porque quedaban en rehenes, que no tuvieran cuidado, que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco a su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me parece, y los que íbamos a internarnos diecinueve.

Y les pedí encarecidamente a los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas eran justas y morales.

Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no habiéndolos engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal cual Dios me ha hecho: bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una confianza plena en mi palabra.

¡Cuántas veces no llegaron a mis oídos en el Río Cuarto estas palabras proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería! : “Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, no engañando nunca pobre indio”.

Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, sans adieu!, y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto exageran el peligro que corren o deben correr las personas que no nos son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que deben suceder.

Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyose un toque de corneta inusitado a esa hora: llamada redoblada.

En el acto cundió la voz: ¡los indios!

Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes. Los soldados corrían con sus armas a las cuadras.

Poco tardó en oírse el toque de tropa, y poco también en estar todas las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos caballos, con el de tiro correspondiente.

Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse al club “El Progreso en la Pampa”, que estaban edificando los jefes y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras comodidades. A los indios se les ordenó no se movieran del rancho en que estaban alojados y a los vivanderos que sirvieran de custodia de unos y otras.

Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comederos habituales y reconcentrado.

Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una invasión que venía o una que iba.

Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con las fuerzas, de marchar una legua rumbo al sur y se pasó allí una revista general.

Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la guarnición, fingiendo una alarma y reírme un poco de los indios, que tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba, ni qué creer. Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte Sarmiento en aquel entonces.

¡Que Dios ayude mientras estoy lejos a mis compañeros de armas, esos hermanos del peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo te ayude a ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor placentero, y un estómago como los desea Brillat- Savarin!

4

Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

A las cinco de la tarde estaba todo listo, y mi gente recibió orden de entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos revólvers y una escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme a hacerlo completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la vida, y era menester ir preparado a venderla cara. Hay una idea a la que el hombre no se resigna sino cuando es santo, y es a morir sacrificado con la mansedumbre de un cordero.

Entregadas las armas, hice arrimar las tropillas y las mulas; formé cuatro pelotones de la gente, dile a cada uno una tropilla, dejando otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y a la media hora, cuando el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano horizonte, puse pie en el estribo.

Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta distancia.

Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas y las sonrisas amables y expresivas de los soldados, dejando a todos inquietos, particularmente a Achauentrú, que, al subir a caballo, vino a darme un abrazo, a hacerme su retahíla de recomendaciones, y a repetirme por la milésima vez, que no dejara de adelantar un chasqui anunciando mi ida.

El camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.

Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es sudeste, o lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos sudabajo.

Ellos tienen un modo peculiar de denominar ciertas cosas y sólo en la práctica se comprende la ventaja de la sustitución.

Al oeste le llaman arriba. Al este, abajo. Estos dos vocablos sustituidos a los vientos cardinales, permiten expresarse con más facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras este y oeste y de su composición vocal.

Un ejemplo lo demostrará.

Si queriendo ir del punto A al punto B o, para ser más claro, de la Villa del Río Cuartó al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese a un baquiano por las señas, las darían así:

Miraría al sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se sale en estas dereceras, sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero muy poco abajo.

Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va derecho como un huso a su destino.

Si queriendo ir de la Villa del Río Cuarto a las Achiras, en el mes de noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al sur, se preguntasen las señas, la contestación sería:

–Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.

Con esas señas cualquiera va derecho.

De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al poniente, viene la denominación de provincias de arriba y de abajo; la de arribeños y abajeños.

A las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reúne una circunstancia que responde a un hecho geográfico.

Ir de Córdoba para el poniente o para el naciente es, en efecto, ir para arriba o para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado que el del mar a medida que se camina del Litoral de nuestra patria para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el que va sube y el que viene baja.

He dicho que el camino del Cuero consiste en una gran rastrillada, y voy a explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la tierra.

Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar e ignora muchas otras que debiera saber. –¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?

Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja o de Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.

Preguntadle dónde queda el Río Chalileo o el cerro Nevado, y ya veréis qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad.

Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la electricidad y de la pesca de la ballena?

Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?

Una rastrillada, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos.

Estos surcos, parecidos a la huella que hace una carreta la primera vez que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido.

En plena pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, salirse de la senda, es muchas veces un peligro real; porque no es difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada, haya un guadal en el que se entierren caballo y jinete enteros.

Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse.

Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana, aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, que viene del árabe y significa agua o río.

La pampa está llena de estos obstáculos.

¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de la carrera!

¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!

¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!

Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los campos se pierden a veces en ellas.

El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.

Corre por los campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste a esa fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y acostumbrado a ello.

El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, o simplemente arenoso.

Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para indios y cristianos.

Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados, sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan a acobardarse tanto, que a veces no hay poder que los haga dar un paso adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor precipicio.

¡Cuán diferente de la mula! Jamás pierde ella su sangre fría.

Ora vaya por los caminos pampeanos o por las laderas vertiginosas de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; a nada obedece, ni a la rienda, ni al rebenque, ni a la espuela. Sólo su instinto de conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por haberse equivocado.

Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir rectamente la dirección de la rastrillada; porque reblandecida la tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente a cada paso.

Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. A una media legua de allí el terreno tiene un doblez y se cae a una cañada muy guadalosa; así fue que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me acompañaban, y después de algunas prevenciones generales a los que me seguían, tomé la dirección llevando el baquiano a mi izquierda, yendo él por una huella, por otra yo.

¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de manos, quisieran disimularlo.

¡Ah!, sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir a los amigos al peligro en que se cae o se muere, y quedarnos... ¡ Y sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos e ilesos, a los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día!

Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás explicarlos.

Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada pueda describir.

La noche nos sorprendió sin haber alcanzado a cruzar la cañada.

La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos desviábamos de las rastrilladas pisábamos el borde del guadal.

Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían a cada paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el jesús en la boca, esperando el momento en que gritaran: “Cayó la mula de los padrecitos”, que así llaman los paisanos cordobeses a los frailes.

Fue menester ponerles a todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.

Perdiose tiempo en esta operación, así fue que era tarde cuando llegamos a la Laguna Alegre.

Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más o menos de marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolvía hacer una parada esperando que se despeje el cielo o saliera la luna.

Campamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda, en torno de él, de todos los que me acompañaban.

Entre mate y mate cada cual contó una historia más o menos soporífera. En todo pensábamos, menos en los indios.

Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del Paraguay fue el asunto de mi cuento.

Tiene algo de fantástico y maravilloso.

Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y no te urge llegar a Leubucó, te la contaré.

5

El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Cómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

El fogón es la delicia del pobre soldado, después de la fatiga. Alrededor de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes superiores y oficiales subalternos conversan fraternalmente y ríen a sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la charla general, apoyando o contradiciendo a sus jefes y oficiales, diciendo alguna agudeza o alguna patochada.

Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete suelas, capaz de hacer reír a carcajadas a un inglés, pidiéronme mis circunstantes mi cuentito.

Yo estaba de buen humor, así fue que después de dirigirle algunas bromas a Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomé a mi turno la palabra.

Y este cuento me permitirás que se lo dedique a un mi amigo que ha hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia Nacional.

Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.

Voy a mi cuento.

El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la primera invasión de Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de Rosas.

Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y columpiábase con cierta gracia al caminar; su tez era entre blanca y amarilla, tenía ese tinte peculiar a las razas tropicales; hablaba con la tonada guaranítica, mezclando, como es costumbre entre los correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.

Marchó Gómez a la guerra del Paraguay, en el Primer Batallón del Primer Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del Comandante Cobo, si mal no recuerdo, y perteneció a la compañía de granaderos.

El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.

Un día leíase en la Orden general del 2º Cuerpo de Ejército del Paraguay, al que yo pertenecía: “Destínase por insubordinación, por el término de cuatro años, a un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel Gómez”.

Más tarde presentase un oficial en el reducto que yo mandaba, que lo guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con esta orden: “Vengo a entregar a usted una alta personal”.

Llamé a un ayudante y la alta personal fue recibida y conducida a la Guardia de Prevención.

Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer a mi presencia al nuevo destinado para conocerle e interrogarle sobre su falta, amonestarle, cartabonearle y ver a qué compañía había de ir.

Era Gómez, y por su talla esbelta fue a la compañía de granaderos.

José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta, aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de vez en cuando a las personas que más estima, unos tipos que no tardan en mostrar sus malas mañas.

¡Cosas de Maximio Alcorta!

La misma tarde que destinaron a Gómez, Garmendia comió conmigo.

Durante la charla de la mesa –ya que en campaña a un tronco de yatay se llama así– me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía: que era un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era efecto de una borrachera.

Me añadió que cuando Gómez se embriagaba, perdía la cabeza, hasta el extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con el mejor éxito.

En una palabra. Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le tratan con intimidad le quieren.

La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.

A mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.

El tiempo corrió...

Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones, circunspecto y callado, con nadie se metía, a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.

En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.

Me parece que lo estoy viendo a Gómez, en las filas, cuadrado a plomo, inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su correaje lustroso, con todo su equipo tan aseado que daba gusto,

Gómez no tardó en volver a ser cabo. Habrían pasado cinco meses.

Un día, paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa carreta.

Esto era en el célebre campamento de Tuyutí, allá por el mes de agosto.

¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.

Di media vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, a derecha e izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.

Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás. En el acto conocí que estaba ebrio.

Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.

Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así:

–¿Qué quiere, amigo?

–Aquí te vengo a ver, ché comandante, pa que me des licencia usted.

–¿Y para qué quieres licencia?

–Para ir a Itapirú a visitar a una hermanita que se vino de la Esquina.

–Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.

–No, ché comandante, no tengo nada.

–Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?

– Sí, sí.

Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.

Pasó ese día, o mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.

Contele que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.

Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos a averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.

Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia: que Gómez había tomado para atreverse a llegar hasta mí.

Empezando por el sargento primero de su compañía y acabando por el capitán, a todos los que debía les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.

Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza.

Iba a llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.

Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.

Su contestación fue callarse y ponerse rojo de vergüenza.

–¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo?

–Por dos días, mi comandante.

–Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está usted aquí.

–Está bien, mi comandante.

Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para Itapirú, y a los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar a su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.

Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba su hermana, a quien no conocía.

¡En el mundo no, hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado! El tiempo siguió corriendo.

Marchamos de los campos de Tuyutí a los de Curuzú para dar el famoso asalto de Curupaití.

Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de avanzar sobre las trincheras.

Se cumplió con lo ordenado.

Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el que sobrevivía a sus compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.

A los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya serias: muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre, intrépidamente derramada por la bandera de la patria.

Recorriendo de un extremo a otro hallé al cabo Gómez, herido en una rodilla, pero haciendo fuego hincado.

–Retírese, cabo –le dije.

–No, mi Comandante –me contestó–, todavía estoy bueno –y siguió cargando su fusil y yo mi camino.

Al regresar de la extrema derecha del batallón a la izquierda, volví a pasar por donde estaba Gómez.

Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de recibir otro balazo en la otra pierna.

–Pero, cabo, retírese, hombre, se lo ordeno –le dije.

–Cuando usted se retire, mi comandante, me retiraré –repuso, y echando un voto, agregó: –¡paraguayos, ahora verán!

Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la rapidez del rayo, como si estuviese ileso.

Aquel hombre era bravo y sereno como un león.

Ordené a algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la izquierda.

El asalto se prolongaba...

Yendo yo con una orden, recibí un casco de, metralla en un hombro, y no volví al fuego de la trinchera.

Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero cubierto de gloria.

Para pasar el parte, fue menester averiguar la suerte que le había cabido a cada uno de los compañeros.

Esta ceremonia militar es una de las más tristes.

Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos por los heridos.

¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante ese acto solemne?

–¡Juan Paredes!

–¡ Presente!...

–¡Pedro Torres!

–¡Herido!...

–¡Luis Corro!

–¡Muerto!...

¡Ah! ese “¡muerto!” hace un efecto que es necesario sentirlo para comprender toda su amargura.

Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente primero D. Juan Pencienati que fue el oficial más caracterizado que regresó sano y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se tomaron, conforme a la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto y por muerto se le dio.

En la visita que se mandó pasar a los hospitales de sangre no se halló al cabo Gómez.

Para mí no cabía duda de que Gómez, si no había muerto, había caído prisionero herido.

Los soldados decían:

–No, señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros le hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la bandera.

Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación eterna de objetos queridos.

Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el cabo Gómez.

La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa en mí con indelebles caracteres.

Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.

Y por hoy termino aquí, y mañana proseguiré mi cuento.

Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo. Mañana te contaré la vida de un muerto.

Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará. A los del fogón que me escucharon les sucedió así.

6

Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

El ejército volvió a ocupar sus posiciones de Tuyutí: mi batallón su antiguo reducto.

Durante algún tiempo fue pan de cada día conversar del asalto de Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron mortalmente heridos aquel día de luto.

La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros, iban haciendo olvidar las nobles víctimas.

Sólo persistía en el espíritu el recuerdo de los predilectos; de esos predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.

De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.

La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta, verdaderos milagros.

¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron a los pocos días a empuñar con mano vigorosa el acero vengador!

Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza a revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos o heridos respectivos y socorrerles en cuanto cabía.

Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día a día esperaba algunas altas.

Pensaba en esto quizá, cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de Yataytí–Corá, cuando un ayudante vino a anunciarme:

–Señor, una alta del hospital.

Su fisonomía traicionaba una sorpresa.

–¿Y quién, hombre?

–Un muerto.

–¿Cuál de ellos?

–El cabo Gómez.

Al oírle salté impaciente y alegre del parapeto a la explanada, corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.

La noticia de la aparición del cabo Gómez, ya había cundido por las cuadras. Cuando llegué a la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.

Me abrieron paso y entré.

El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.

Realmente, parecía un resucitado.

Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.

El batallón era un barullo. Todos querían ver a un tiempo al cabo; los unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban sobre el mojinete de los ranchos; nadie se atrevía a dirigirle la palabra interrumpiéndome a mí.

–¿Y cómo te ha ido, hombre?

–Bien, mi Comandante.

–¿Dónde está la alta? –pregunté al oficial encargado de la Mayoría. Diómela, y notando que era de un hospital brasilero, me dirigí al cabo.

–¿Qué, has estado en un hospital brasilero?

–Sí, mi comandante.

–¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.

–Mi comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me recogía, porque no me oían o no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas pajas a ver si en la noche me podía escapar.

–¿Y cómo te escapaste?

–Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron a desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo; pero muy mal herido, y como vi que mataban a algunos que estaban penando, me acabé de hacer el muerto a ver si me dejaban. No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Luego que la noche se puso obscura, hice fuerzas para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi comandante.

Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración, para no perder una palabra de las del cabo.

–¿Y por dónde saliste?

–Esa noche no pude salir, porque no era baquiano, y me perdí varias veces, y me costaba mucho caminar, porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la diana de los brasileros. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí a Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; a mí me embarcaron con ellos y me llevaron a Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.

–¡Viva el cabo Gómez, muchachos! –grité yo.

–¡Viva! –contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja la libertad de retozar.

Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.

Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescriptibles.

Garmendia vino esa tarde a compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de los asistentes que el cabo Gómez había resucitado.

Garmendia tiene fibra de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así fue que la primera cosa que me dijo al verme, fue:

–Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro! ¿Y dónde está, llámelo, vamos a preguntarle cómo se escapó?

Contele entonces todo lo que acababa de referirme el cabo, pero como se empeñase en verle la cara, le hice venir.

Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.

Contonos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado y diciéndole:

–¡Eh!, haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.

Que él no había estado asustado ese día, que cuando el alférez le pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que recién se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones desnudando y matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dio miedo que lo ultimaran sin poder hacerles cara.

Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de ese corazón de acero.

Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.

Confieso que le amaba.

Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones.

Expliconos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.

Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.

La curiosidad aumentaba el interés de este tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en nuestro país.

Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado a los compromisos contraídos o a la fe jurada.

Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él aborrecía mucho, que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero que él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y que, a un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y viendo recién que estaban los dos solos y que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.

Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia, porque esa noche, después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.

Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencia y no lo hice nunca.

A no ser mi excursión a Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el archivo de mis recuerdos.

Creerán algunos que a medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.

Y sin embargo todo es cierto.

Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos. La visión puede convertirse en una amable o en una espantosa realidad.

Las ideas son precursoras de hechos.

Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea que seguridad de que un acontecimiento cualquiera se repita.

Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.

El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no. Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos. Gómez nos hizo pasar una noche amena.

Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto a la conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.

Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.

¡Qué persistencia de personalidad!

Una mañana, regresando a caballo a mi reducto, pasé como de costumbre por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.

Jamás lo hacía sin recibir o dar alguna broma.

Este viejo en prospecto, para que no enfade, si desconoce su actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con intimidad.

Iba a decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.

–¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?

–¡No embrome, viejo!

–¿Que no embrome? Vaya y verá.

Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento a mi reducto,

No tuve necesidad de interrogar a nadie. Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.

–¡Desaten ese hombre! –grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza Y en el acto el hombre fue desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:

–Quiero hablar con mi comandante.

Vino el comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.

–¡Han asesinado a un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!

–¿Quién?

–El cabo Gómez.

–¿Y quién lo ha visto?

–Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes: “Había jurado matarlo, ¡un botefón a mí!...”

¡Me quedé aterrado!

Pasé el parte sin mentar a Gómez. Y aquí termino hoy.

Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar a picar la curiosidad del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la relación.

El cabo Gómez queda preso.

7

Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Un hombre había sido asesinado en pleno día, durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos, con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto, y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testimonio inequívoco de sus sentidos: el asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo fuera.

¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del hecho y a pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando a las fronteras de la Patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas, ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí!, ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas, de su madre y de su prometida que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante mí, e interrogándole con esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.

El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para contestar con precisión a todas mis preguntas.

–Gómez –le dije afectuosamente–, quiero salvarte, pero para conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.

El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de esos que dicen: Dejadme meditar y recordar.

Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:

–Vamos, hijo, dime la verdad.

–Mi comandante –repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad–, yo no he muerto ese hombre.

–Cabo –agregué, fingiendo enojo–, ¿por qué me engañas?, ¿a mí me mientes?

–No, mi comandante.

–Júralo, por Dios.

–Lo juro, mi comandante,

Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.

No se me ocurrió nada.

Le ordené al cabo que se retirara.

Hizo la venia, dio media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.

A pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que lo volvieron a la guardia de prevención.

Yo llamé un ayudante y dicté una orden, para que el alférez D. Juan Álvarez Río procediese sin dilación a levantar la sumaria debida.

Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir o probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados a creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios o maravillosos.

A pesar del juramento del cabo yo tenía mis dudas, y estaba resuelto a salvarle aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.

Volví, pues, a tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.

Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.

Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron las primeras formalidades, vino a mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que doce libras esterlinas, y consultarme qué haría con ellas.

Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué:

–¿No le decía a usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría robado el dinero.

Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me contestó:

–Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.

Más tarde volvió a decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez o no; que después lo sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el asesino no podía ser él.

Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase que el cabo tenía el suyo.

Otro cabo, Irrazábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente mucho tiempo, fue de quien me valí para saber si Gómez tenía o no su cuchillo.

Irrazábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad. Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.

Quedeme perplejo al saberlo.

Voy a pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca acabar.

Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más a medida que tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su latín, fue la declaración de Gómez, que negó rotundamente haber asesinado a nadie.

Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.

Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con un pelotón de su compañía que salió de fajina.

Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.

No obstante, la conciencia del batallón –sin que nadie hubiese afirmado terminantemente cosa alguna contra Gómez– seguía siendo la conciencia del primer momento: “Gómez es el asesino”.

Al fin, acabó por haber dos partidos: uno de los oficiales y de los soldados más letrados; otro de los menos avisados, que era el partido de la gran mayoría.

La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó a susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le debía mucho dinero.

Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en todas las emergencias que sobrevenían a la causa de Gómez.

Los oficiales más diablos le tenían aterrado zumbándole al oído que sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si sin pruebas ponía una vista contra Gómez.

El pobre alférez iba y venía en busca de mi inspiración y salía siempre cabizbajo con esta reflexión mía:

–¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!

Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término es limitadísimo para estos procedimientos.

Fue elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado en Consejo de Guerra ordinario.

El auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado a la antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente, contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular amigo; yo le había colocado al lado del general Emilio Mitre cuando dejé de ser su secretario militar.

Por él supe lo que contenía la causa de Gómez, que Álvarez, a pesar de su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas de que Gómez era el verdadero autor del crimen.

Nombrado el consejo y prevenido yo por Mariño procuré con el mayor empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo a los vocales, conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones le tenía.

Reuniose el consejo el día y hora indicado, y Gómez fue llevado ante él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.

La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el general en jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que yo haría constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el consejo le sentenciara a muerte.

Yo era el único que no tenía opinión fija.

Parecíame a veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.

A fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas viendo que el ánimo de algunos era contrario a mi ahijado, me disgusté sobremanera y me volví a mi campo sumamente contrariado.

Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el consejo se encontró atado.

En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía a fallar condenando o absolviendo.

Entonces, guiado el consejo por un sentimiento de rectitud y de justicia, hizo una cosa indebida.

Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra verbal, teniendo el acusado que contestar a una porción de preguntas sugestivas, cuyo resultado fue la condenación del cabo.

Los que presenciaron el interrogatorio, me dijeron que el valiente de Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que a todas las preguntas contestó con aplomo.

Antes de que el cabo estuviera de regreso del consejo, ya sabía yo cuál había sido su suerte en él.

Púseme en movimiento, pero fue en vano. Nada conseguí. El superior confirmó la sentencia del consejo, y al día siguiente en la Orden General del Ejército salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de estilo.

No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos momentos de aquel valiente infortunado.

¡La clemencia es caprichosa!

Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar al confesor. Todos habían acusado a Gómez y todos sentían su muerte.

El cabo oyó leer su sentencia, sin pestañear, cayendo después en una especie de letargo. Yo me acerqué varias veces a la carpa en que se le había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que levantara la cabeza.

El confesor llegó; era el padre Lima.

Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora que en la hora angustiosa de la muerte da valor.

El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba encantado de la grandeza de aquel humilde soldado.

Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, que sin duda conoció mi intención y me dijo:

–Queda preparándose.

Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable; no podíamos dormir.

Quería y no quería hablar por última vez con el cabo. Me decidí a hacerlo.

¡Pobre Gómez! Cuando me vio entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.

–No te muevas, hijo –le dije.

Permaneció inmóvil.

–Mi comandante –murmuró.

Al oír aquel mi comandante, me pareció escuchar este reproche amargo:

–Usted me deja fusilar.

–He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.

–Ya lo sé, mi comandante –repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos también, abrazándonos.

Dominando mi emoción le pregunté:

–¿Cómo hiciste eso?

–Borracho, mi comandante.

–¿Y cómo me lo negaste el primer día?

–Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez Guevara.

–¿Esa fue tu intención?

–Sí, mi comandante; me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití, sin razón alguna.

–¿Y qué has confesado en el Consejo?

–Mi comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el alférez. Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.

Salí de allí...

Hablé con el padre y le rogué le preguntara a Gómez qué quería. Contestó que nada.

Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.

Contestó, que cuando viniese el comisario, le recogiese sus sueldos: que le pagase un peso que le debía al sargento primero de su compañía y que el resto se lo mandara a su hermana, que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.

Pasó la noche tristemente y con lentitud.

El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.

Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho. Era la hora funesta y fatal.

La orden, que yo presidiera la ejecución.

No lo hice, porque no podía hacerlo. Estaba enfermo. Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.

Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente. Yo me tapé los oídos con entrambas manos.

No quería oír la fatídica detonación. Después me refirieron cómo murió Gómez.

Desfiló marcialmente por delante del batallón repitiendo el rezo del sacerdote.

Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza. Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío a sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:

–¡Compañeros: así paga la Patria a los que saben morir por ella! Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán. Quisieron vendarle los ojos y no quiso.

Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyose un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.

El batallón volvió a sus cuadras y los demás piquetes del ejército a las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos al cabo Gómez.

A los pocos días yo tuve una aparición. Decididamente hay vidas inmortales.

8

El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del general Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

A inmediaciones de mi reducto estaba el palmar de Yataití, donde tantos y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.

Allí fue enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca cruz de pino con esta inscripción:

“Manuel Gómez, cabo del 12 de línea”.

Durante algunas horas, su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos soldados. Y, poco a poco, el olvido, el dulce olvido fue borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió a ser mentado, no fue ya a impulsos del dolor sufrido.

Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa, felizmente, en una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas o desagradables, profundas y superficiales. Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría absorben por completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.

La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo. Yo me dispuse a cumplir sus últimas voluntades.

Llamé al sargento primero de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.

Confieso que después de hacerlo, sentía un consuelo inefable.

¡Cuesta tanto a veces cumplir las pequeñeces!

Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.

En el cumplimiento de las últimas, está interesado generalmente el honor o el crédito, el amor propio o el orgullo, el egoísmo o la ambición.

En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del alma humana, sino la conciencia.

Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida de los haberes devengados de Gómez a la Esquina.

Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría yo vivo, ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el campo de batalla, por él mismo, o por la libertad de la Patria, o por su honor ultrajado?

¿No es esa la consecuencia del odioso e imperfecto sistema administrativo militar que tenemos?

Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si recogía sus sueldos de Guardia Nacional, resolví mandarle a su hermana los seis u ocho que se le debían como soldado de línea.

Simbad, el corresponsal del Standard, a la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.

Debo a él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del Cosmos, ese monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.

De Simbad iba a velarme para remitir a su destino la pequeña herencia.

Habrían pasado cincuenta y dos horas desde el instante en que el cabo Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible de los deberes.

Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del jefe de Estado Mayor.

Tenía éste dos puertas. Una que daba al naciente y otra al poniente. La última estaba abierta. El general Gelly escribía con una pausa metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.

¿En qué pensaba?

Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su estancia.

–Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que dominaba una vasta campiña, pensando... pensando...

Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica: –En qué... en qué...

Y el pobre hombre contestaba: –En nada... en nada...

El general era distraído de su escritura a cada paso, por oficiales que se presentaban con distintas solicitudes, dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.

Yo seguía pensando...

En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del otro mundo, con tonada correntina, resonó en mis oídos.

–Aquí te vengo a ver, V. E., para que...

Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta, ¡imposible!

–Estoy ocupado –murmuró el general, y el ruido del rasguear de su pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un moribundo.

–Háceme, ché, V. E., el favor...

–Estoy ocupado –repitió el general.

Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.

Debía estar pálido, como la cera más blanca.

El general Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción misteriosa de que era presa, preguntome con inquietud:

–¿Qué tiene usted?

No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.

El general estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.

–¡Mansilla! –dijo.

–General –repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré a la puerta.

Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.

Mis labios callaron, pero como suspendido por un resorte y a la manera de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando poco a poco de la silla y como queriendo retroceder.

–Ché, V. E., hacé vos el favor –volvió a oírse.

El general Gelly se puso de pie, y dirigiéndose a la voz que venía de la puerta, contestó:

–¿Qué quieres?

Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano a ella y como queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos o hacerlos converger a un solo foco, miré al general y exclamé con pavor:

–¡El cabo Gómez!

Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del general, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.

Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro.

Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad. El general Gelly volvió a repetir:

–Vamos, ¿qué quieres? –Y dirigiéndose a mí–: ¿Está usted enfermo?

La aparición contestó:

–Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.

–¿La crucecita de tu hermano? –repuso el general, con aire de no entender bien.

–Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...

Y esto diciendo, echó a llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del pañuelo negro que cubría sus hombros.

Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.

–¿Y dónde está la crucecita de tu hermano? –dijo el general.

–En el cementerio de la Legión Paraguaya.

Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, le dije:

–No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.

–Yo sé –murmuró.

Queriendo convencerla, le dije:

–Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.

–Yo sé –murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.

–Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti, ven a mi batallón, que está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde está su cruz.

–Yo sé –murmuró.

Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera a mi reducto para darle los sueldos de su hermano e indicarle el sitio de su sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: Yo sé.

El general Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al parecer, la hizo varias preguntas:

–¿De dónde vienes?

–De la Esquina.

–¿Cuándo saliste de allí?

–Antes de ayer.

–¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?

–En ninguna parte.

–¡Cómo en ninguna parte!

–En ninguna parte, pues.

–¿Te la han dado en Itapirú, o aquí en el campamento?

–En ninguna parte.

–¿Y entonces, cómo la has sabido?

La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto a su hermano que lo llevaban a fusilar; que como sus sueños siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquel, y que tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido a velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que era fija en ella.

A las interpelaciones del general Gelly siguieron las mías.

El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar, precisamente en el momento en que éste estaba en capilla, recibiendo los auxilios espirituales.

Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.

Y como ha dicho un gran poeta inglés: Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que ha soñado la filosofía.

Empeñeme con la mujer cuanto pude, a fin de que fuera a mi reducto, intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.

¡Fue en vano!

El general la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.

Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, a mis solas me volví a mi campo.

Mandé llamar a Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido. Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.

Halláronla, pero fue inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella decía.

Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón prevenidos por mí.

Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba a mí su muerte, y, asimismo, que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dio Dios en sueños.

Al día siguiente del velorio la Mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera darme de ella razón.

El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser cierto. No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.

¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo? A los del fogón les pasaron distintas cosas.

Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte) dormían.

Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna claridad.

–¡A caballo, cordobeses! –grité–, ¡se acabaron los cuentos!

Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos en dirección a un oasis denominado Monte de la Vieja.

¡Buenas noches!, por no decir buenos días, o salud, lector paciente.

9

La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

La Alegre es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran una excelente leña, y de abundante pasto.

Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les indigestó. ¡Ojalá que a ti y al lector les sucediera lo mismo con el cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso de suprimir otros que deben venir a su tiempo.

Nos pusimos en marcha.

El rumbo, sur recto, o reuto, como dicen los paisanos.

El camino, o mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno de chañarcitos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad los objetos, a cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse, espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos durmiéramos profundamente.

Todos los que viajan ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado su atención, o tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no a todos se les conoce.

¿Dirás que no es cierto?

En lo que suelen estar divididas las opiniones de los tourist, y desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es sobre el capítulo: placer de los viajes.

Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el mismo resultado.

Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire chic, comer y beber bien. Se viaja por lucir la mujer propia, y a veces la ajena.

Se viaja por instruirse.

Se viaja por hacerse notable. Se viaja por economía.

Se viaja por huir de los acreedores. Se viaja por olvidar.

Se viaja por no saber qué hacer.

Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos por qué se viaja; como sería inacabable decir para qué se viaja.

No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas, gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa o fin: pero para responde más que por a la idea de afecto.

Por ejemplo:

¿No es común ir a Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha aprendido en la tierra?

¿No suele suceder hacer un viaje por curarse para morir en el camino? Ir por lana para salir trasquilado.

Madame de Stäel dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer tristísimo.

Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos, en noche clara u obscura, es un placer dormir.

Por mi parte, al tranco, al trote o al galope, yo duermo perfectamente. Y no sólo duermo sino que sueño.

¡Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Avila, no sorprendió mis sueños, y yendo a la par mía, no me alzó el rebenque!

Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir a gusto por el inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido.

Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal no nos amenazaba a cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban acá y acullá como antes de llegar a la Alegre.

Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la Vieja. Amanecía muy tarde, así fue que resolví pasar allí otro rato.

¡Desensillar y a la leña!, fue el grito de orden.

El fogón volvió a arder con una rapidez maravillosa.

Uno de los talentos del gaucho argentino consiste en la prontitud con que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.

Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua

Y a propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el algarrobo alpataco?

Es un arbustito, muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, echando raíces gruesísimas, que aunque estén verdes, tienen tanta resina que arden como sebo.

Tú conoces el chañar. Pues así es el alpataco.

En los campos al sur de Río Cuarto, particularmente en los de Sampacho, y en algunos al sur del Río Quinto, abunda este arbustito, que más bien parece un algarrobo común naciente.

El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.

¡Se puso un asado!

Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate y se daban sendas cabeceadas.

En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes para en cuanto amaneciera.

Cominos, dormimos, y cuando... iba a decir gorjeaban las avecillas del monte...

¡Pero qué, si en la pampa no hay avecillas! –por casualidad se ven pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la inmediación de los poblados.

Y luego, el Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden guarecerse unas cuantas personas.

La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, alférez de Guardia Nacional del Río Cuarto, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.

Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, dirigiéndonos a otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.

El rumbo era sur arriba, o sur con algunos grados de inclinación al oeste.

La noche había estado templada, así fue que la mañana no presentó ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la pampa, cuando después de un rocío abundante o de una fuerte helada sale el sol caliente.

Marchábamos.

El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones, que se van encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo o retoñando allí; salitrales que engañan a la distancia, con su superficie plateada como la del agua.

El objetivo a que me dirigía era el Zorro Colgado.

Por qué se llamaba así este lugar, es echarse a nadar buscando un objeto perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un zorro colgado por los indios en algún árbol.

Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de camino; contemplando las cabalgaduras, como es debido en las correrías lejanas, un poco más.

Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.

El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos o aves, como le llaman los paisanos a los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.

El zorro colgado no estaba, por supuesto.

Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos, más altos que corpulentos.

Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es lluvioso.

Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien seguimos caminando en el mismo rumbo, hasta llegar a Pollo-helo, que quiere decir, en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe hacerse nasal o gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese escrita así y debieran sonar todas las letras: Pollonguelo.

Aquí variamos de rumbo un poco buscando el sur recto, y así seguimos como legua y media por un campo muy guadaloso y pesado, en el que caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga, hasta llegar a Us-helo, donde hay otro grupo de árboles, una aguada semejante a la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no habiendo seca.

Las cabalgaduras se habían aplastado algo con la legua y media de guadal.

Aplastarse es un término del país, que vale más que fatigarse y menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.

Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, se tomó mate, se durmió y a las cansadas llegaron las mulas de carga, que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres franciscanos.

Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección a Coli-Mula, que de la etapa anterior queda en rumbo sur.

Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos crecidos.

En un inmenso pajonal sembrado de grandes árboles diseminados, pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no estaba alzado aún.

Cuando llegamos a Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos andado tres leguas.

No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.

Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos hombres.

El cielo comenzaba a fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el horizonte hacia el lado del poniente, el sol brillaba poco.

Íbamos a tener viento o agua.

Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché, después de asegurarme de que habían entendido bien.

Llevaban encargo especial de llegar a las tolderías del cacique Ramón, que son las primeras, y de decirle que pasaría de largo por ellas, no sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero a uno de sus subalternos, y que al regreso lo haría.

Partieron los chasquis.

Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.

Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de viento comenzaron a augurar la inevitable proximidad de la tormenta.

El cielo se puso negro.

La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.

El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron a caer, la noche avanzaba, o mejor dicho, se anticipaba con rapidez.

Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.

Llovía a cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo a distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.

Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.

Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible.

No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía a torrentes, ahogaba las palabras que salían de abajo de los ponchos o capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.

Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua a plomo.

Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado a mi lado.

En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:

–Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso es preciso que el general Arredondo lo sepa sin demora. Prevén a los muchachos –eran éstos cinco hombres especiales–, mis baquianos de confianza.

Será señal de que ando mal, que no tenga en el cuello este pañuelo.

Era un pañuelo de seda de la India colorado, que siempre uso en el campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.

Puede, sin embargo, suceder que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será que me vean con la pera trenzada.

No comuniques esto más que a los muchachos. Y cuando lleguemos a las tolderías no te acerques a hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.

Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro; contestó sólo:

–Está bien, señor.

Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún mosquetero llegará a Londres y hablará con Buckingham.

Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te prevengo que estoy hablando de la barba).

Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta mañana.

10

No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

El hombre propone y Dios dispone.

Fue imposible seguir la marcha a las nueve.

La lluvia cesó a las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, amenazando volver a desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.

Pensé en que la gente masticara. –¡Arriba!, grité, ¡vamos, pronto, hagan un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!

Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después chisporroteaba el verde y resinoso chañar.

El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo cálculos sobre si volvería a llover o no.

El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban grandes y relumbrosas llamaradas.

Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica de mirarse.

Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué a él.

Me dieron un mate.

Los buenos franciscanos intentaban dormir, rendidos por la fatiga del día y de la noche anterior –que quien no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas.

Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué a levantarse y a que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.

Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar. Mientras estuvo, nos secamos.

Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las pilchas muy mojadas, y nos acostamos a dormir.

Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está fatigado!

Si los que esa noche se revolvían en elástico y mullido lecho agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!

Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.

La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varías cosas.

En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto de muchas personas como presidente, ministros, congresales, y en que se gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy malos y todos muy caros.

Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el Rosario, que intenté dormir, para ser más verídico.

Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas reflexiones tan vulgares.

¡Ah! En aquellas camas había de cuanto Dios creó, el quinto día, que si mal no recuerdo, fueron: los animales domésticos, según su especie y los reptiles de la tierra, según su especie.

Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vio que era bueno, aunque es cosa que no me entra a mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, a fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:

¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en el que tenemos cosas tan buenas como las de Orión?.

¿Qué hacen los gobiernos, entonces?

¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el pueblo?

¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos a mejorar la condición del pueblo?

¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?

¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?

¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?

¿No se albergan en ellos el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios creó el quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia a la desagradecida humanidad?

¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?

Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá, sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.

No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden impetrantes.

Cualquier remuneración que se ofreciese bastaría.

Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben tributarle a la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.

Esta gran conquista es debida a la educación oficial dada por los buenos gobiernos que hemos tenido a la Guardia Nacional.

Ella ha hecho todo: guerras interiores, guerras de frontera, guerras exteriores.

Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, una de las más útiles al bienestar y a los progresos del hombre.

Empero, mientras los gobiernos no pongan remedio a ciertos males, yo continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle o en la pampa que en algunos hoteles.

Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir a caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:

Y en el oriente nubloso

la luz apenas rayando,

iba el campo tapizando

del claroscuro verdor

Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y a la derecha con lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.

Me proponía llegar al Cuero temprano.

Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.

El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas profundas y guadalosas, nos obligaba a marchar despacio.

Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.

Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque a cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en enderezarlas.

Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es Ralicó, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.

Los campos comienzan a cambiar de fisonomía y la vista no se cansa tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario, triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.

Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.

Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral.

Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, Santiago amigo, voy a decirte lo que solía hacer, cansado de contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa: las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?

Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al revés.

Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te fastidies, o te canses de la igualdad de la vida, en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría Teófilo Gautier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para reemplazar el sol.

La América, o mejor dicho, los americanos (del norte), la van a dejar atrás si se descuida.

Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más difíciles – degollándonos– y las teorías y las cifras de Malthus sobre el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.

Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.

Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos a pie juntillas, y demostrándolos prematuramente a su vez por A. B.

Te asombrarías, si volvieses a estas tierras lejanas y vieras lo que hemos adelantado.

Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han arrasado todo.

El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.

Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo hemos mandado a López a la difuntería.

¿No te parece que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?

Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó de despacharlo a Urquiza.

Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.

De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.

La letra con sangre entra.

Es el principio del dolor fecundo.

Te hablo y te cuento estas cosas porque vienen a pelo. Y no tan a humo de paja, pues más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más de lo que parece, con los indios.

¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos, en vez de cristianizarlos y utilizar sus brazos para la industria, el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos amenazados por el exceso de inmigración espontánea?

Sigamos caminando...

Pasando los médanos de Ralicó, se llega a la aguada de Tremencó. Son dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen secarse.

De Tremencó se pasa al Médano del Cuero. De allí al Cuero mismo hay dos leguas.

Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, y durante las mayores secas allí pueden abrevar su sed muchísimos animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del sur.

En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, azote de las fronteras de Córdoba y San Luis, terror de los caminantes, de los arrieros y troperos.

Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.

Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer a muchos que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un gobernador también por amor a la libertad, después de haber sostenido con su brazo viril la tiranía.

Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río Quinto y el Cuero son diferentes. Ricos pastos, abundantes y variados; gramilla, porotillo, trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.

Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años. Pero del Cuero a Río Quinto hay treinta leguas.

Que le pongan cascabel al gato. De allí a los primeros toldos permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre boleando por el Cuero.

Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.

No vayas a creer que los indios ignoran este pensamiento. También ellos reciben y leen La Tribuna.

¿Te ríes, Santiago? Tiempo al tiempo.

11

¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El general Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Debo a la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.

En Ralicó hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por allí a esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?

Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito, los chasquis, que yo adelanté acto continuo de llegar a Coli-Mula.

Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya a veces en lo maravilloso, empezaron a decir con la mayor naturalidad, cómo nosotros cuando yendo con otros reconocemos a la distancia ciertos amigos: ché ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.

Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.

En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fue rastreador del general Arredondo durante la guerra del Chacho, tan hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que la ha dejado es gordo o flaco, sino si es tuerto o no.

Era indudable que la tormenta había impedido que los chasquis continuaran su camino, que habían dormido en Ralicó, y que sólo me llevaban un par de horas de ventaja.

Si no se apuraban, o si por apurarse demasiado fatigaban los caballos íbamos a llegar a las tolderías del Rincón, que así se llaman las primeras: casi al mismo tiempo.

A cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió sobremanera.

O les daba tiempo a los chasquis para que su comisión surtiera efecto, deteniéndome un día en el camino, o seguía mi viajé sin curarme de ellos, corriendo el riesgo de llegar primero.

Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.

Uno va por Lonco-uaca –lonco quiere decir cabeza y uaca vaca–, y otro por Bayo-manco, que al ocuparme de la lengua ranquelina se verá lo que quiere decir.

Estos dos caminos se reúnen en Utatriquin, y de allí la rastrillada sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.

El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el de Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en el otro no se halla sino cuando el año no está de seca.

Por cuál de los dos caminos habían tomado los chasquis, esa era la cuestión, Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.

Disimulando mi contrariedad y pensando en lo que haría si mis conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro a los heraldos, llegué al Cuero.

Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.

Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta, para poder seguir viaje y llegar hoy siquiera a Laquinhan, que es donde me propongo dormir.

Estamos a orillas del Cuero, del famoso Cuero, a donde no pudo llegar el general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, costándole esto el desastre sufrido. Y sin embargo, llegó a Chamalcó, y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al norte.

Es verdad que el general buscaba también la Amarga en su marcha de retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que no es sino un inmenso cañadón.

Son los desagües del Río Quinto, ya sabes, y lo más parecido que puedo indicarte son los desagües del Río Cuarto, o sean los cañadones de Lobay.

Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se interesan en ella, que más se han preocupado de sus grandes problemas, estudiando la cuestión fronteras e indios con una constancia envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal del general Mitre.

El general llegó a Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.

Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de ahí vino la denominación, que entonces le dieron, de médano de la alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.

No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este punto.

Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda en la derecera sur de la Carlota.

El Cuero queda de Witalobo al poniente con una inclinación al sur, de pocos grados. En Witalobo hay una encrucijada de caminos –uno de travesía que va al Cuero, raramente frecuentado por los indios– y otro conocido por camino de las Tres Lagunas, que va a las tolderías de Trenel.

En lugar de tomar este último camino que rumbea al sur, el general tomó otro, y abandonado a un mal baquiano y sin nociones gráficas ni ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.

En Chamalcó se notan aún los rastros, y vestigios dejados por la columna expedicionaria.

La Laguna del Cuero está situada en un gran bajo. A pocas cuadras de allí el terreno se dobla ex abrupto, y sobre médanos elevados comienzan los grandes bosques del desierto, o lo que propiamente hablando se llama Tierra Adentro.

Los que han hecho la pintura de la pampa, suponiéndola en toda su inmensidad una vasta llanura, ¡en qué errores descriptivos han incurrido!

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de la pampa.

¿Qué ombúes hay en la pampa, qué cardales hay en la pampa?

¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, o una población que fue; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fue sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después?

Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de norte a sur y de naciente a poniente; llegan al río Chalileo, lo cruzan, y con estas interrupciones van a dar hasta el pie de la cordillera de los Andes.

A la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que los indios llaman un indio gaucho. Es decir, un indio sin ley ni sujeción a nadie, a ningún cacique mayor, ni menos a ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda a monte, que otras se arrima a la toldería de un cacique: que unas anda por los campos maloqueando, invadiendo, meses enteros seguidos; otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.

Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San Luis, y tan baquiano de ellas como de las demás, se componía en la época a que voy a referirme, de unos ocho o diez, compañeros de averías.

Con ellos invadía generalmente, agregándose algunas veces a los grandes malones.

Como en aquel entonces los campos al sur del Río Quinto y el Río Cuarto eran una misma cosa –dominio de los indios–, las invasiones se sucedían semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.

El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.

El camino del Río Cuarto a Achiras fue cien veces campo de sus robos y crueldades.

A mi llegada al Río Cuarto era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿a dónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones?

¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto o cautivo? El tal indio tenía un prestigio terrible.

Yo era, de consiguiente, su rival.

Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.

Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los inconvenientes de sus ventajas.

Busqué un contrafuego acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.

Le escribí a mi amigo D. Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del Río Cuarto, hombre tan penetrante como laborioso y constante, que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza a la audacia, en una palabra, ladrones.

Hernández no se hizo esperar. A los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado El Cautivo.

Los fariseos que crucificaron a Cristo no podían tener una fachas de forajidos más completas.

Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo; necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse a tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba.

Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla. Agacharon todos la cabeza.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como: –¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?

Y luego que la confianza se estableció, proseguí:

–Conque, ¿quieren ustedes conchabarse?

–Cómo úsia quiéra (contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa que consiste en un pequeño secreto –como lo puede ver el curioso lector o lectora–: en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal o primera sílaba).

En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.

–Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.

–Cómo nó, séñor.

–¿Entienden de todo trabajo?

–De cuánto quiéra.

–¿Y cuánto ganan?

–A sígun úsia.

–¿Ganan más de ocho pesos mensuales?

–No, séñor.

–Pues yo les voy a pagar diez; les voy a dar comida, ropa y caballos.

–Como úsia guste.

–Sí, pero es que yo los conchabo para robar.

–Y cómo há de ser, pues.

–Iremos ánde nos mánde (dijeron varios a una).

–¡Hum! ¿Y se animarán?

–Y cómo nó, séñor úsia.

–Bueno; es para robarles a los indios.

¡Nadie contestó!

Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.

El coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos a todo, a derramar su sangre, a jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.

Obedecían a una predisposición, a una educación, a las seducciones del caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: Este sí que es un coronel, ¡y lindo!

Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.

¿Era miedo? ¿Qué era?

No, no era miedo.

Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho a veces.

Yo he visto a uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlo a fusilar.

Era un sargento: el sacerdote le instaba a confesarse, no quería hacerlo.

–¿Qué, no temes a la muerte?

–Padre –contestó con marcada expresión–, la muerte es un salto que uno da a oscuras sin saber dónde va a caer.

Fue esto en Chascomús.

¿Y qué detenía entonces a los Voluntarios de la Pampa, que así se llamaron al fin; qué los arredraba?

¡Ah! Es triste decirlo. ¡Pero es verdad, y hay que decirlo, para enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir, las que nos salvarán a nosotros, aspirantes de la intolerancia y del odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, héroes del siglo de oro!

Era la ausencia completa del sentimiento del deber, el horror de toda disciplina.

Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo a robarle a cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.

Yendo a robarles a los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que ir como soldados. Llegaron tal vez a imaginarse que era una jugada mía para reclutarlos.

Lo comprendí así.

Estuve dispuesto a despacharlos. Pero ya estaban allí.

Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse o no; que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.

Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgo que el de la vida, y se arregló todo.

Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados y una lata de caballería para llevar entre las caronas.

Y partieron...

Mis órdenes eran robarle al indio Blanco. El Cautivo era baquiano del Cuero.

Lo que trabajasen sería para ellos.

Volvieron con algo. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, discurren los menos calculadores.

Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco se alejó. El no podía calcular, detrás de los Voluntarios de la Pampa, cuántos más iban.

Confieso que al mandar aquellos diablos a una carrería tan azarosa, me hice esta reflexión: si los pescan o los matan poco se pierde.

Fue una de las causas que me hizo no recurrir a los pobres soldados. Los Voluntarios de la Pampa acabaron por hacerme a mí un robo. Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos a Hernández:

–¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones. No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.

Han llegado las mulas.

Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería. Llegaremos mañana.

12

Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.

Contra mis cálculos, tomamos el rastro de los chasquis. Habían seguido el camino de Lonco-uaca.

Mi lenguaraz, mestizo, chileno, hijo de cristiano y de india araucana, hombre muy baquiano, de cuyas confidencias soy depositario no por él sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.

Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que los chasquis se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo a mi turno mis recomendaciones.

Ibamos a entrar ya en los montes; a tener que marchar en dispersión, sin vernos unos a los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis o más caminos, conduciendo todas a la espesura.

Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.

Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta a los indios o cristianos que pasean por esas tierras, alegando ser suyas y tener derecho a exigir se le pague el piso y el agua.

No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir a sacar contribución alguna cuando los caminantes son más numerosos que los de su toldo o van mejor armados.

Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un pretexto para vivir a costillas del prójimo.

Estos derechos inter territoriales se cobran en la forma más política y cumplida, suplicando casi y demostrándoles a los contribuyentes ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el trabajo.

Si los expedientes pacíficos surten efecto, no hay novedad; si los transeúntes no se enternecen, se recurre a las amenazas, y si éstas son inútiles, a la violencia.

Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de la civilización moderna.

Recomendé a mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente que bajo pretexto de componer la montura se quedará alguien atrás, advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos, por si alguien llegaba a ella extraviado; y a los franciscanos les supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo a darme el mal rato de que se perdieran.

Finalmente hice notar que, hallándome ya en donde podía haber peligro cuando menos lo esperábamos, quería, puesto que no estábamos bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación y astucia, con sangre fría sobre todo, que como ha dicho muy bien Pelletan, es el valor que juzga.

Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían falta, se volviesen al Río Quinto, caminando despacio.

Escribí con lápiz, cuatro palabras para el general Arredondo y algunos subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con felicidad al Cuero, y entramos en los montes.

Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra inaccesible a los rayos del sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de los de Corrientes, del Chaco o Paraguay.

Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría: la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los naranjeros, que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas, que se columpian graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la atmósfera, cual pebeteros de la riente natura; las aves pintadas de mil colores, cantando alegres a todas horas; los abigarrados reptiles serpenteando en todas direcciones: los millones de insectos que murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí?, me preguntaba yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos.

Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas a la cría de ganados y a la agricultura.

Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se quiera sin gran trabajo, como que inagotables corrientes artesianas surcan las Pampas convidando a la labor.

Cada médano es una gran esponja absorbente: cavando un poco en sus valles, el agua mana con facilidad.

La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, a mi juicio, citando en su anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico, quieren llevar el ferrocarril por el Río Quinto.

La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen durmientes para los rieles, cuantos se quieran; combustible para las voraces hornallas de la impetuosa locomotora.

Son iguales a los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo la empresa del Gran Central Argentino.

Estos campos son mejores que aquéllos.

Y si un ferrocarril, a más de las ventajas del terreno, de la línea recta, de las necesidades del presente y del porvenir, debe consultar la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor calculado para conquistar el desierto que el que indico?

La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores; el estudio paciente hará que no caigamos en la equivocación.

No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo la carta de la República en la imaginación y me falta el teodolito y el compás.

Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales. Oportunamente podría ocuparme de este tópico. Por el momento me atreveré a avanzar que yo con cien hombres armados y organizados de cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los trabajadores.

Incito a meditar sobre este gran problema del comercio y de la civilización.

No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero.

Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y tierra; he ahí el espectáculo.

Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas. Chamalcó estaba cerca.

Llegamos.

El peligro estrecha, vincula, confunde, la unión es un instinto del hombre en las horas solemnes de la vida.

Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baquiano, Chamalcó tenía agua. Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.

Se reposaron y bebieron.

Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico de robustez y frondosidad.

Cambiamos caballos y seguimos, saliendo a un gran descampado. Respiré con expansión.

El europeo ama la montaña, el argentino la llanura. Esto caracteriza dos tendencias.

Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales.

Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los picos de la Tierra.

Ved la Suiza.

A poco andar volvimos a entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos galopar y era menester hacerlo para llegar con luz a Utatriquin –otra aguada–, porque la noche sería sin luna, salía recién a la madrugada.

Me apuré, cuando la arboleda lo permitía, y llegamos a la etapa apetecida.

Era la tarde, y la hora

en que el sol la cresta dora

de los Andes...

Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las bestias.

En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.

Había marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba; no tenía por qué apurarme ya.

Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien a los caballos y a mis queridos franciscanos.

Mandé desensillar.

El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios!, que si en estos berenjenales me mete también me ayuda.

Había un corral abandonado; cerca de él campamos.

Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé a los asistentes, con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.

Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.

Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.

El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón especial.

Estábamos tomando mate de café, de postre; la noche había extendido hacía rato su negro sudario.

Una voz murmuró, como para que yo oyera:

–Si contara algún cuento el coronel.

Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis anteriores; buen muchacho; ocurrente y de esos que no hay más que darle el pie para que se tomen la mano.

–¡Sí, sí! –dijeron los franciscanos al oírle, los oficiales y demás adláteres–, ¡qué cuente un cuento al coronel!

Me hice rogar y cedí.

Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.

¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté? Uno de los tuyos.

El del arriero.

Vamos, ¡a qué te has olvidado! Voy a contártelo a tres mil leguas.

El respetable público que asiste a este coloquio me dispensará.

–Fíjense bien –dije antes de empezar–, que este cuento es bueno tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.

Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras orejas, empiece usted, pues.

Tomé la palabra y hablé así:

–Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y a quien perseguía la justicia.

Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de cuatro. Quisieron prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo a viva fuerza, y se defendió. Mató a uno, hirió a otro, e hizo disparar a tres.

En esos momentos se avistó otra partida: prevenida ésta por los derrotados, apuraron el paso. El arriero huyó y se internó en un monte.

Montaba una mula zaina, medio bellaca. Corría por entre el monte, cuando se le fue la cincha a las verijas.

Írsele y agacharse la bestia a corcovear, fue todo uno. El arriero era gaucho y jinete.

Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato, hasta que en una de ésas, como tenía las mechas del pelo muy largas y porrudas se enganchó en el gajo de un algarrobo.

La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él quedose colgado.

Permaneció así como un judas, largo rato, esperando que alguien le ayudase a salir del aprieto; pero en vano.

Llegó la noche.

Los que le seguían, aciertan a pasar por allí.

El arriero, con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema.

Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando al resplandor de la luna vinieron a verle, dijo con voz cavernosa:

¡Viva Quiroga!

La partida, al oír hablar un muerto, huyó, poseída de terror pánico, sujetando los pingos quién sabe dónde.

El arriero se salvó así.

Pero aquella actitud no podía prolongarse demasiado.

Era incómoda.

Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula lo había perdido.

Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos, y como eran muy largos, no alcanzaba con la mano a desasirlos del gajo en que estaban enredados.

Un hombre como él, acostumbrado a todas las fatigas, podía resistir el peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de hereje.

Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente, tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.

Agua era lo de menos para un arriero. Se comió el pedazo de queso.

Sacó después su chuspa y armó un cigarro, luego sacó fuego y fumó.

Nadie pasaba por allí, a pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida, despertando la curiosidad popular.

El arriero fumaba, fumaba, y en lugar de otras cosas cuando tenía necesidad echaba humo y humo.

Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una indigestión.

Y entré por un caminito y salí por otro.

No sé si al público le gustará este cuento: en el fogón fui aplaudido. Yo soy porteño, del barrio San Juan y nadie es profeta en su tierra.

Por eso Sarmiento, siendo de San Juan, es Presidente, habiéndose cumplido con él una de mis profecías del Paraguay.

Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho.

Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló en un abrir y cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa noche sucedieron cosas raras...

Basta de cuentos.

13

Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzième. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Ayer fue martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar solicitudes, pedir dinero a réditos y suicidarse.

A más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número trece, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico, profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.

Las cosas que son trece salen siempre malas. Entre trece suceden siempre desgracias. Cuando trece comen juntos; a la corta o a la larga alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente, lo más común es que entre trece haya siempre un traidor.

Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa cena aquella en que Judas le dio el pérfido beso a Jesús.

Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, que no tardará en introducirse en Buenos Aires, donde todas las plagas de la civilización nos invaden día a día con aterrante rapidez. El cólera, la fiebre amarilla y la epizootia le quitan ya a la antigua y noble ciudad, el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género y auras purísimas; es una incongruencia.

Debiera quitarse nombre y apellido, como hacen los brasileros, en cuyos diarios suelen leerse avisos así:

“De hoy en adelante, Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa, se llamará Miguel da Silva, da Fonseca e Toro. Tome buena nota el respetable público”

Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. Porque mediante ella, los pillos hacen sus evoluciones sociales con más celeridad. En un país semejante, Luengo no tendría más que poner un aviso para ser Moreira, persona muy decente.

La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen, llamados le quatorzième (decimocuarto).

Le quatorzième, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día.

Cuando alguien ha convidado a varios amigos a comer en su casa, en el restaurant o en el hotel, y resulta que por falta de uno o más no hay reunidos sino trece y que se ha pasado el cuarto de hora de gracia concedido a los inexactos, se recurre al quatorzième.

¡Cómo han de comer trece, exponiéndose a que bajo la influencia de malos presentimientos, la digestión se haga con dificultad!

Se envía, pues, un lacayo en el acto, por el quatorzième. En todos los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.

Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada desdeñosamente, y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor, o no se abre, porque los convidados pueden estar en él o por cualquier otra razón, y se oye: monsieur est servi!

Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han comenzado a sonar los platos, a chocarse las copas. De repente óyese un grito del anfitrión:

–¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no vendrán ya.

Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas a todos y protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.

Mientras tanto, le quatorzième ha visto una seña del dueño de la casa, que en todas partes del mundo quiere decir: retírese usted, y sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá a probar la sopa, cuando Mr. de la Tomassière se presentó.

Al llegar a la puerta de la calle de donde vive, se halla con un necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia. Han buscado varios quatorzième, no hay ninguno. Esa noche dan muchas comidas, hay muchos inexactos o un exceso de previsión y la demanda de quatorzième es grande desde temprano.

El quatorzième marcha; llega, igual escena a la anterior. Tiene que desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa alguna.

Al volver a llegar a la puerta de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.

Hay noches en que las idas y venidas del pobre quatorzième exceden toda ponderación.

Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de Tántalo.

La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los mayores defectos sociales es hacer esperar,

Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba a su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:

Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente a la hora fija de almorzar y comer.

Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que él que no ha esperado jamás gente a comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado a comerlas, no sabe lo que es esperar a un huésped o a un convidado.

Indudablemente, debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente de la impaciencia de esperar gente a comer.

La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla a la nomenclatura patológica.

Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta decimotercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fue martes y porque su número es fatal.

Cuando me moví de Utatriquin,

The bright sun was extinguish’d and the stars Did wander darkling, in the eternal space.

La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete. Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De vez en cuando una rama de algarrobo o de chañar azotaba la faz del caminante y le sacaba de su sopor.

La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en tanta dispersión como otras ocasiones.

Yo iba mustio y callado, como la misma noche.

Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde o más temprano en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido a lo desconocido, de la triste realidad a un quién sabe más triste aún; a un estado inconsciente, al vacío, a la nada; pensaba en lo que serían mis días hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las fuerzas de mi espíritu y decirme a mí mismo: ¡Me muero!

Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones, y cuando la duda horrible y desgarradora me asaltó, recordé a Hamlet:

... To die, – to sleep...

To sleep! perchance to dream.

Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había espacio...

Un latigazo aplicado a mi rostro por el gaje de un espinillo, en cuyas espinas quedó enganchado mi sombrero, obligándome a detenerme, me sacó del fantástico fantaseo en que me sumía la somnolencia producida por la monotonía de la marcha.

Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención se fijó en el grupo, decía así:

–Pues, amigo, a mí me echaron a las tropas de línea sin razón.

– ¡Cuándo no! –le dije–, ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay razón para castigarlos a ustedes.

–Sí, mi coronel –repuso–, créame.

–¿Cómo fue eso?

–Yo tenía un amigo muy diablo a quien quería mucho, y a quien le contaba todo lo que me pasaba.

Se llamaba Antonio.

Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería bastante, cuyo padre era rico y se oponía a que la visitara.

Mi intención era buena.

Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.

Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, si es pobre. Tanto y tanto nos apuraba el amor, que al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos allí y volver cuando Dios quisiera.

En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porqué siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con Antonio, de quien era muy enemigo, siempre lo amenazaba con que lo había de hacer veterano.

Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de fugar. Yo debía sacar a la Petrona de su casa en la noche.

Antonio me acompañaría para cuidar la ventana, que era por donde había de entrar.

No podíamos descuidarnos con el juez.

La ventana caía al cuarto del padre de Petrona, que era jugador, muy jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran ganancia. A Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba con ganas.

Petrona dejó apretada la ventana. Una tía la acompañaba y dormía junto con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el puesto.

Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de tertulia.

Tempranito estuvo Antonio en ella y vino a avisarme que el hombre ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el golpe.

Aunque la hora convenida con Petrona era cuando le diesen las cabritas, me resolví a ir un poco más temprano.

Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo tenía algunos reales.

Salimos de casa con Antonio, llegamos a la ventana de Petrona, la empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido, dejándola abierta. Cuando estuve en el cuarto, oí roncar. Era el padre de Petrona, que según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes de la hora acostumbrada.

Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: Vámonos, ché; hoy no se puede. No quise obedecerle, y por toda contestación le dije: –¡Chit!

El cuarto estaba oscuro; tenía que caminar en puntas de pie, con mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme a la cama de Petrona.

Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.

Me acercaba a la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había entrado Antonio.

Le había ya tomado la mano y ella iba a levantarse, cuando oímos ruido de plata y un grito:

–¡Ah, pícaro!

Era la voz del padre de Petrona.

Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del poncho.

Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la cama era peligroso.

El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: –¡Ladrones! ¡Ladrones!

La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude: delante de mí salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.

Luché con él un rato inútilmente. La hermana le ayudaba.

Petrona estaba medio muerta. El padre, furioso, porque ella también no venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. La amenazó con matarla si no lo hacía. Tuvo que hacerlo.

Para esto, Antonio se había ido con la plata.

Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.

A los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de allí, y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había robado.

Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y contesté que no.

–¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?

–¿Y cómo lo había de descubrir a mi amigo? ¿Y cómo la había de perder a Petrona cuando la quería tantísimo? Yo prefería pagar por ladrón a ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado a todo eso.

Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran a las tropas de línea, que Petrona decía, para salvarse del castigo de su padre, que algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado a ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que había hecho.

Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin, atormentado por el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra de Córdoba, y ¡cuándo lo pescaban siendo, como era, un muchacho tan diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.

–¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?

–¡Ay!, mi coronel, si las mujeres cuanto más malas son, más tardamos en olvidarlas.

–¿Y nunca hubo nada con ella?

–Mi coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno menos piensa...

–La ocasión hace al ladrón –dijo Juan Díaz, uno de mis baquianos, muy ocurrente.

En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.

Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes a la espuela, y dirigiéndome a los franciscanos, que no se separaban de mí, les consulté si tenían ganas de descansar un rato.

–Con mucho gusto –contestaron. Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.

El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría sino bien a los animales.

Pasé la voz de que descansaríamos una hora.

Se manearon las madrinas de las tropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.

Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado a guisa de almohada, y me dormí profundamente.

Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, a manera de guirnalda o de aureola luminosa:

Tutto ei provó; la gloria Maggior dopo il periglio, La fuga, e la vittoria,

la reggia, e il triste esiglio. Due volte nella polvere, Due volte sugli altar.

Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.

De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara; hice fuerzas con la cabeza, endureciendo el pescuezo; la tierra se movía; yo no estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía escapándoseme, creí que soñaba, fui a darme vuelta y un objeto con cuatro patas, negro y peludo, corrió... Había hecho cabecera de una mulita.

Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de cada capítulo, el terrible, lasciate ogni speranza.

Dejemos dormir a mi gente un rato, mientras yo compongo mi cabecera.

14

Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Después que arreglé mi nueva cabecera, me volví a quedar dormido, hasta que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó a mí, y diciéndome al oído: –Mi coronel–, me despertó.

Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del pintado caleidoscopio.

Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el aire. Yo era yo, y a la vez el soldado, el paisano ése, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía, discurriendo como él: –¡Qué ingrata y qué mala fue Petrona! –y discurriendo como yo mismo–: Byron, tan calumniado, tiene razón; en todo clima, el corazón de la mujer es tierra fértil en afectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida, saben, como la Samaritana, prodigar el óleo y el vino–. De repente, yo era Antonio, el ladrón del padre de Petrona, ora el juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del delirio, llegaban al colmo. Había vuelto a tomar el hilo del sueño anterior –no sé si al lector le suele suceder esto–, y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme gliptodonte, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la visión de la gloria, cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios, murmurando:

Dall’Alpi alle Piramide Dall’Mansanare al Reno,

........................................

Dall’uno all’altro mare.

Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.

La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del sur y hacía un poco de frío. Medio entumecido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues en cuanto salimos del descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron a azotarnos sin piedad las ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada a cada momento por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fue que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro nos creíamos.

¿No sucede en el sendero de la vida –de la política, de la milicia, del comercio, del amor–, lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?

Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos a la primera mirada compasiva.

¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza a ver más allá de su nariz!

Llamé, para no dormirme, a Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué a asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías.

Díjome que poco antes de llegar a donde íbamos a parar se apartaban varios caminos, que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baquiano, pero que podía perderse, haciendo mucho tiempo que no había andado por allí:

–Pues entonces no conversemos; no vayas a distraerte con la conversación y nos extraviemos –le contesté.

Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé a que toda la comitiva estuviese junta, y previne que de un momento a otro íbamos a llegar a donde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero notara otros caminos o toldos, avisara.

Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho, de los caballos, y constantemente el cencerro de las madrinas.

De repente oyose una carcajada.

Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles a los compañeros una mentira de a folio.

–¿Qué hay? –pregunté.

–Nada, mi coronel –contestó Juan Díaz–; es Calixto, que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho –así dijo él–, con dos cabezas.

Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba que el muchacho –por no decir los muchachos tenía los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

–Eres un gran embustero –le dije.

–Mi coronel –contestó–, embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

–¿Y en qué gaceta has leído eso?

–En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me vendió D. Pedro en el fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de acordar.

Y Carmen, otro de mis asistentes, dio testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.

A lo cual Calixto observó:

–Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero lo más es verdad, es verdad.

–¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?

De eso no me acuerdo bien.

–Padre Marcos, cuando lleguemos a Leubucó, confiéseme ese mentiroso.

–Con mucho gusto –contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.

Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:

–¡Acá va el camino!

Me detuve, y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.

–Debemos estar por llegar –dijo Mora–; voy a ver, mi coronel. Esperé un rato.

Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.

En efecto, un nubarrón pardusco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedían su vacilante luz por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.

Habíamos llegado a otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la obscuridad.

Ordené que cortaran paja.

Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.

En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.

Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.

–Han pasado no hace mucho rato –afirmaron los rastreadores– y van con los caballos aplastados y sólo con el montado.

–Angelito va en el picazo –dijo uno.

–Che, y el cabo Guzmán –agregó otro– en el moro clinudo. Tomamos el camino.

Debíamos estar a una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la noche.

Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Campamos... Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté, no exclamando como el poeta:

Whithout a hope in life.

Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con felicidad.

Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.

La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día. Durmamos...

¡Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la ropa, o pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban de hacernos o se proponen hacernos!

Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor ni más tranquilamente que en las arenas de la pampa, sobre mi recado.

Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora, comparado con aquél, un lecho de Procusto.

Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más fácil pasar de la civilización a la barbarie que de la barbarie a la civilización.

Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de Orión o de Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá o de Mariano Rosas un Orión o un Carlos Keen.

¿Hay quien lo ponga en duda?

Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá. La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.

Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.

Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que sin duda, ocurrirían. El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.

Divisábamos algo colorado.

Los soldados, con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor anteojo, decían si eran indios o chinas, los contaban y se reían a carcajadas.

Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:

–De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.

En efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose a cien metros de nuestro volante campamento.

Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.

Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.

Me acerqué a ellas.

Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.

Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.

Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, yerba, tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo quedado los cargueros atrás.

Les pregunté por sus maridos: y contestaron que hacía días andaban boleando.

Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía poco acababan de saber por Angelito que iba llegando a su tierra un cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además mujeres.

¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras!, y mientras tanto, ¡en dónde no corren riesgo!

No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas cosas, por supuesto).

Era indudable que ya nos habían sentido los indios.

Mandé ensillar, para llegar a la Verde y esperar un rato allí, donde hallaríamos buen pasto y excelente agua.

Mi lenguaraz se fue con las chinas al toldo, se cercioró de que no había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.

Es un entretenimiento muy agradable ir a caballo masticando chupando esa fruta. Así fue que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.

Ya no íbamos por entre montes, quedando éstos al naciente, al Poniente y al frente en lejanía.

Habíamos llegado a un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje a las soledades del desierto de Arabia.

La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con dificultad.

La mañana estaba lindísima.

Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno. Y era lo que más deseaban todos.

–Ver indios, indios, eso es lo que quisiera –decían los franciscanos; y yo les replicaba: –Tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.

De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos a la Verde.

Serían las diez de la mañana.

Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, adornada de árboles y escondida en la hoya de un médano que tendrá setenta pies de elevación.

Mandé desensillar y mudar caballos.

Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me desnudé y echéme al agua.

Quería inspirar confianza a los que me seguían, y más que a éstos, a los indios si me descubrían en aquel lugar.

Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no ganaron para sustos.

15

La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las cabalgaduras en las profundas aguas de La Verde, mandé ensillar, y continuó la marcha.

Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se hiciera ver ningún indio.

Angelito y el cabo Guzmán debían estar a esas horas descansando en el toldo de cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegada de un momento a otro.

Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la sucesión de médanos que forman el gran médano de La Verde, divisamos, viniendo al galope, a un indio armado de lanza.

Mi lenguaraz se alarmó...; lo conocí en cierta expresión de sorpresa que vagó por su cara.

–¿Qué hay –le dije– que te llama así la atención?

–Señor –repuso–, los indios no tienen costumbre de andar armados en Tierra Adentro.

–¿Y qué será?

Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:

–Deben estar asustados.

–Pero, ¿asustados de qué, cuando le he escrito a Mariano, y tú mismo le has traducido y explicado bien a Angelito mi mensaje para Ramón, para él y Baigorrita?

–¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.

El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.

Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si venía a reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome a que por no dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.

Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran capitán ha dicho que una batalla son dos ejércitos que se encuentran y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por el número de los que huyen o pierden toda iniciativa, aterrorizados por el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los heridos y de los cadáveres.

El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso, de pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.

Venía del sur. Ese era mi rumbo. Seguía avanzando, aunque acortando algo el paso. El indio continuó inmóvil.

Estaríamos como a tiro de fusil de él, cuando cayendo a plomo sobre el lomo de su caballo, partió a toda rienda en mi dirección, pero visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.

Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.

Nuestros paisanos tienen a este respecto inspiraciones que pasman.

A mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!

Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir a mí.

Como ni el indio ni yo nos detuviésemos, llegamos a encontrarnos a la misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.

Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y volvió diciéndome que quería reconocerme.

Piqué mi caballo, y ordenándole a mi gente que nadie me siguiese, partí a media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo recogido y la lanza enristrada. A los veinte pasos de él, sujeté, diciéndole: “¡Buenos días, amigo!”. “¡Buenos días!”, contestó. Cambiamos algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas a tranquilizarlo, y él dio vuelta rumbeando al sur a todo escape, y yo, reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso a paso.

Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.

Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar a Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Garrilobo, que pasa por los toldos del cacique Ramón, o por el de la derecha, que pasa por la lagunita de Calcumulculeu que debíamos encontrar por momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.

No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de hablar. Le consulté a Mora.

Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:

–Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado. Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.

Como el anterior, venían armados. No tardamos en estar muy cerca.

Estos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.

–¡Vienen a toparnos! –decía Mora– ¡vienen a toparnos! Y vienen en buenos pingos.

–Pues vamos a toparlos, vamos a toparlos –agregaba yo, y esto diciendo, castigué con fuerza el caballo y ordenándole a mi gente que no apuraran el paso, me lancé a escape.

Con la rapidez del relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no hubiéramos sujetado a unos cincuenta pasos, avanzando después poco a poco, hasta quedar casi a tiro de lanzada.

–Buenos días, amigos, ¿cómo les va? –les dije.

–Buenos días, ché amigo –contestaron ellos.

Y como estuvieran con las lanzas enristradas le observé a mi lenguaraz se los hiciera notar, diciéndoles quién era yo, que iba de paces, y que no traía más gente que la se veía allí cerca.

Los indios recogieron las lanzas a la primera indicación de Mora, y cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de darme la mano.

No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué a ellos y nos dimos la mano con verdadera cordialidad.

Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente, en busca de un chifle de aguardiente.

Mientras fue y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia, porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme entender en lengua araucana.

Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal, Mariano Rosas, con otros caciques y muchos capitanejos, estaban entregados a Baco; el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran cargamento de bebidas.

Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino, que era la dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío.

Mora seguía cabizbajo, a pesar del aire franco de los dos indios. No las tenía todas consigo “¡Quién sabe qué va a suceder!”, decía a cada paso, y luego murmuraba: “¡son tan desconfiados estos indios!”

De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa nube de polvo.

Mora decía: “Los indios van a creer que somos muchos”.

Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había peligro.

Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe nacer del alma.

El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos, algarrobos y chañares.

Nos aproximábamos a una ceja de monte.

Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte, procurando descubrir algo.

Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo a la cumbre de los médanos, descendiendo a sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron: “¡Indios! ¡Indios!”

Con efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.

–Parémonos, señor –me dijo Mora.

–No, sigamos –repuse–, pueden creer que tenemos miedo, o desconfiar. Adelantémonos, más bien.

Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.

Tendiendo la vista en ese momento a mi alrededor, vi que me hallaba circulado de enemigos o de curiosos. Poco iba a tardar en saber lo que eran.

Vinieron a decirme que estábamos rodeados.

–Que avancen al tranco –contesté, y seguí al galope.

Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron encima de mí. Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.

Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes los más caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con un pañuelo limpio o sucio. Estos, vinchas de tejido pampa, aquéllos, ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada de colorado, los pómulos y el labio inferior, todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra: ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del mundo.

Yo fingía no entender nada.

–¡Buen día, amigo!

–Buen día, hermano –era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.

Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían: “¡Ese coronel Mansilla, ese coronel Mansilla!”

–Sí, sí –contestaba yo, y repartía cigarros a diestro y siniestro, y hacía circular el chifle de aguardiente.

Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije a Mora, habló éste, y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, a incorporarnos a mi gente.

Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos a un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.

Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios; dábanles Cigarros, yerba y tragos de aguardiente.

–Achúcar –pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.

Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.

Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga a la que dejo descrita, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios, y la mala voluntad de los cristianos cautivos o refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando esa subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, a mi vez, y así conseguí imponerles respeto a aquellos desgraciados o pillos, a quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.

Llegamos a Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie a tierra y mandé mudar caballos.

Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose a mí y sofrenando de golpe el caballo, me dijo:

–Yo soy Bustos.

–Me alegro de saberlo –le contesté con disimulada arrogancia.

–Soy cuñado del cacique Ramón –añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo de su caballo.

–Soy el coronel Mansilla –repuse, imitando su postura, y añadiendo: –¿Cómo está el cacique Ramón?

Contestome que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y a saber por qué razón habiendo llegado a sus tierras, pasaba de largo por ellas.

Le dije agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.

Me dijo que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos habían dicho que antes de llegar a las tolderías del cacique Mariano, yo pasaría por las de Ramón.

Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mistificación ex profeso del mensaje que recibiera.

Ni el indio Angelito ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula, de que me habían entendido perfectamente bien.

Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no hubiera tenido tiempo de prevenirlo.

Mi diálogo con el caballero Bustos, se prolongó bastante, porque él hablaba castellano lo mismo que yo.

Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería mudar el mío.

Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole a Bustos un cigarro, eché pie a tierra, y convidándole a hacer lo mismo, le dije que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas.

Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo un árbol, y sentados en él nos pusimos a platicar como dos viejos conocidos.

Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo despidiéndome de Bustos, a quien conocí le había caído en gracia, llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios.

El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.

El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como se verá después.

El otro, un indio cualquiera.

Mariano mandaba saludarme; Ramón a decirme que ya salía a encontrarme. Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse a esperar a Ramón.

Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de llegar enancadas de a tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí gritaban: ¡winca! ¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!

Eché una mirada a mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta a todo, y con disimulada irritación, le dije a Bustos:

–¿Pensarán éstos hacer alguna barbaridad?

Los bárbaros estaban ya encima. Habloles Bustos y mi lenguaraz en su lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas se las arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el incidente no pasó de ahí.

Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder.

Volvió el embajador del cacique Ramón.

¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.

16

El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Regresó el embajador de Ramón.

En lugar de dirigirse a mí, se dirigió a Bustos.

¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente libertad para hablar conmigo, porque, a más de pertenecer a las tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, a mi lado, rodeábanos muy de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.

Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y perceptible descontento.

Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.

No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había pasado.

El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala espina el que a cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenía en el camino:

–No tenga miedo, amigo.

–No, no hay cuidado –contestaba yo.

Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé a engendrar sospechas, inclinándome a creer que había andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.

Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fue india y su padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fue comandante de Guardia Nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, yerba, fósforos, pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era menos indispensable. De repente, sintiose un tropel, y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso más me hubieran pisoteado.

Bustos no pudo prescindir de gritarles: “¡Eeeeeh!”

Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:

–¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo a señalarse a sí propio) ¡Ese indio guapo!

Seguí mirándolo con torvo ceño.

Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras groseras, de calibre grueso.

Bustos me dijo:

–Montemos a caballo.

Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del suelo y monté. Mora me dijo, al hacerlo:

–Caniupán quiere hablar con usted, señor.

–Pues que hable lo que guste, dile.

Díjome por medio del lenguaraz: Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía; que al día siguiente me recibiría; que tuviese a bien acampar donde me encontraba.

Contestele con la mayor política, resignándome a pasar la noche en Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.

Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara.

Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas amabilidades, que llegaron a alarmarme seriamente, cuando vi que un indio lo atropelló al padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio de un grito estentóreo; cariño que el reverendo franciscano recibió con evangélica mansedumbre, a pesar de haber andado por las gavias, lo mismo que su compañero, el padre Moisés, que simultáneamente era objeto de otra demostración por el estilo.

El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte. Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió a decirme:

–No tenga miedo, amigo.

Le contesté, con tono áspero y fuerte:

–Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo –y echando un voto cambrónico, agregué–: Dígame eso cuando me vea pálido.

Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron a una: “¡Ese coronel Mansilla, ese cristiano toro!”

Caniupán me dijo con aire imperioso:

–Dame un caballo gordo para comer.

–¿Conque habías entendido la lengua? –le dije.

–Poquito –repuso el indio–, ¿dando caballo?

–Sí... en eso estoy pensando.

El capitanejo iba a contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó por tercera vez.

Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban, porque lo hacía con aire misterioso.

Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente sí y no.

Dirigiéndose a los circunstantes, me dijo:

–Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el coronel vendrá atrás con la demás gente.

Lo llamé a Mora y le dije:

–Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que mande algún indio de los que han estado en el Río Cuarto a reconocerme y quédate en rehenes.

Mora contestó:

–Le voy a decir que si lo engaño, me degüelle.

Y dirigiéndose a Bustos, al separarse de mi lado, añadió:

–Amigo, sepáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno.

La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos.

A uno de mis soldados se le fue la mano y le plantificó un bofetón al más atrevido de ellos, diciéndole:

–¡Toma, chachino pícaro!

El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le ayudaron, y menos los indios.

El soldado era un diablo. Echó el bofetón a la risa, y esgrimiendo un chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más capaces de una avería: Bebiendo, peñi (peñi quiere decir hermano).

Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para recibirme.

Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me dijo éste:

–Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.

Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.

Cumplidas éstas, le dije a Bustos:

–Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.

–Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.

Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, Mari purrá wentrú, palabras que comprendí y que querían decir dieciocho hombres.

Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con los caballos montados.

Bustos despachó de regreso al propio.

Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no había otro remedio; segundo... Aquí se me viene a las mientes un cuento de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una cosa, dijo:

“No lo hice, primero, porque no me dio la gana, segundo...”. Al oír esta razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: “Después de haber oído lo primero, es excusado lo demás”.

Iba a decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos frailes.

Anduvimos como unos mil metros, en dirección al monte donde se hallaba el cacique Ramón.

Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de partida. Esta evolución se repitió dos veces más.

Como se hiciera fastidiosa, le dije a Bustos, sin disimular mi mal humor.

–Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta farsa mando al diablo a todos y me vuelvo a mi tierra.

–Tenga paciencia –me dijo–, son las costumbres. Ramón es buen hombre, ahora lo va a conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.

Oyéronse toques de corneta.

Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta indios.

A unos mil metros de donde yo estaba formado en ala, el grupo hizo alto; tocaron llamada, y se replegaron a él todos los otros que habían quedado a mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como cubriéndome la retaguardia.

Tocaron marcha, y formaron en batalla.

Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas que tocaban a degüello recorría la línea de un extremo a otro en un soberbio caballo picazo, proclamándola.

Era el cacique Ramón.

Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos, haciendo que los franciscanos me siguieran como a ocho pasos, se puso a mi izquierda, diciéndome:

–Vamos. Marchamos.

Llegamos a unos cien metros del centro de la línea de los indios, al frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa a cada lado, otro a retaguardia.

Caniupán me seguía como a doscientos metros. Reinaba un profundo silencio.

Hicimos alto.

Oyose un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y convergiendo las dos alas de la línea que teníamos al frente, formando rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de pintados penachos, como cuando amenazan una carga a fondo.

Mi sangre se heló...

Estos bárbaros van a sacrificarnos, me dije...

Reaccioné de mi primera impresión, y mirando a los míos: Que nos maten matando –les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.

Aquel instante fue solemnísimo.

Otro grito prolongado volvió a hacer retemblar la tierra. Las cornetas tocaron a degüello...

No hubo nada.

Lo miré a Bustos como diciéndole:

–¿De qué se trata?

–Un momento –contestó.

Tocaron marcha. Bustos me dijo:

–Salude a los indios primero, amigo, después saludará al cacique.

Y haciendo de cicerone, empezó la ceremonia por el primer indio del ala izquierda que había cerrado el círculo.

Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una especie de hurra dado por cada uno de los indios que iba saludando, en medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.

Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva hacían lo mismo. Aquello era una batahola infernal.

¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber dado unos doscientos cincuenta apretones de mano!

Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un apretón de manos y un abrazo, que recibió con visible desconfianza de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo, se echó sobre el anca del caballo.

El abrazo fue saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla. Yo contesté:

–¡Viva el Cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan los indios argentinos!

Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban, haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos a los otros, cayendo aquí, levantándose allá, ostentando los más diestros su habilidad, rayando los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les corría el sudor como espuma.

Los gritos de regocijo se perdían por los aires.

El cacique Ramón y yo rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de Aillancó. Llegamos...

Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos a parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.

Hube de echar las entrañas por la boca.

No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel. Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.

Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena.

El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la Carlota. Predomina en él el tipo de nuestra raza.

Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y habla muy ligero.

Es en extremo aseado. Viste como un paisano rico.

Quiere bien a los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios a su alrededor. Tendrá cuarenta años.

Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se sorprende a veces como un resplandor de fiereza.

Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes acopios para el invierno, y sus indios le imitan.

Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu. Charlamos duro y parejo.

Me agradeció con marcada expresión de sentimiento todo cuanto había hecho en el Río Cuarto por su hermano Linconao, a quien con mis cuidados salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces si siempre vivía en mi casa, que cuándo volvería a su tierra.

Contestele que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.

Me instó encarecidamente a visitarle en su toldería, ofreciéndome presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos ofreciéndome visita para el día siguiente.

Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de aguardiente. Le di la última que quedaba.

Mora se quedó a mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto cuanto le necesitara.

Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.

El pedido tenía todo el aire de una imposición. Me negué redondamente.

Insistió chocándome, y le contesté que dónde había visto que un hombre gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme a mi tierra, que si creía que me iba a quedar toda la vida en la suya.

Me dijo algo picante. Lo mandé al diablo.

Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.

Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una transacción, ordené con muy mal modo que le dieran una yegua.

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9789873776236
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