Читать книгу: «Obras II»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 113

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LIDIA INCHAUSTI GALLARZAGOITIA.
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO226
ISBN 9788424931551.
26
CARONTE O LOS CONTEMPLADORES *
Un personaje que forma parte del mundo subterráneo de los griegos, el barquero Caronte, pide permiso y, de la mano de Hermes, se da una vuelta por la Tierra. La curiosidad de nuestro personaje responde a una estudiada intención de nuestro autor. En este primer diálogo del presente volumen, Luciano realiza una crítica a los ricos de un modo particular y a toda la sociedad en general. La idea de que la muerte iguala a todos y de que todos viven sin pensar en ella está en el centro del diálogo y, a modo de recordatorio, se plasma en la frase final. Obviamente, cuanto más se atesora, más necio le resulta a Luciano el comportamiento de los seres humanos. Esta idea que aquí queda ya expuesta la retomará el autor, para profundizar en ella y cargar las tintas de su crítica, en obras como Acerca de los sacrificios y, especialmente, Sobre el luto.
No deja de ser curioso que sea el mundo griego clásico, y no el mundo contemporáneo de Luciano, el que se trae a colación en este diálogo. Para ello se vale el autor de un procedimiento ingenioso: inserta un diálogo —Solón y Creso— en otro diálogo —Caronte y Hermes—, con lo que la lectura resulta más ágil y se consigue un efecto de acercamiento muy positivo.
[1] HERMES. — ¿De qué te ríes, Caronte? ¿Por qué, dejando a un lado la travesía, has subido a nuestra región sin estar totalmente acostumbrado a ver cómo van las cosas por aquí arriba?
CARONTE. — Mira, Hermes; es que me entraron unas ganas enormes de ver cuáles son las cosas que hay en la vida; qué es lo que hacen en ella los hombres, y de qué se ven privados todos ellos, que gimen a voz en grito cuando bajan para acá. Es que no hay ni uno que haya hecho la travesía sin llorar. Así que, tras pedirle a Hades permiso yo también, como aquel jovencito tesalio 1, para abandonar mi barca por un solo día, he subido a la luz y me parece muy oportuno haberme topado contigo. Vas a hacerme de guía muy requetebién, y estoy convencido de que me vas a acompañar en mi camino de retorno y de que vas a enseñarme cada cosa con detalle, como buen conocedor que eres de todas ellas.
HERMES. — No tengo tiempo, barquero. Voy de camino dispuesto a atender a Zeus de arriba, dios de los humanos. Tiene un carácter agrio y temo que, si me retraso un poco, me deje ser todo vuestro entregándome a las tinieblas o, como precisamente le hizo un día a Hefesto, me precipite a mí también agarrándome del pie desde una mansión divina para que, cojeando, sea motivo de burla al tiempo que escancio vino.
CARONTE. — Entonces, ¿vas a estar ahí tan tranquilo viéndome dar vueltas por la tierra, tú, amigo, copiloto y compañero de fatigas? No estaría de más, hijo de Maya, que por lo menos recordaras que yo nunca jamás te mandé achicar el agua de la barca ni ser remero. Bien que roncas sobre el puente de mando, aislándote, cuando acompañas a hombres crueles o poderosos, y, en cambio, si te encuentras un muerto parlanchín, no paras de hablar con él durante todo el tiempo que dura la travesía. Y yo, que soy un anciano, tengo que manejar, solo, los dos remos. Por tu padre, Hermesito de mi vida, no me dejes, dame una vuelta a ver todo lo que hay en la vida, para que, tras haberlo visto, pueda volv"r arriba; porque, si tú no me guías, en nada voy a diferenciarme de los ciegos. Pues, exactamente igual que aquellos se caen tropezando en la oscuridad, a mí también, aunque al revés que a ti, se me nubla la vista cerca de la luz. Venga, Cilenio 2, dime que sí, y recordaré de por vida este favor.
[2] HERMES. — Ese asunto me va a traer complicaciones 3. Por lo menos ya estoy viendo que el pago que voy a obtener por el recorrido no va a estar exento de pegas por todas partes. Sin embargo, no hay más cáscaras que hacerlo. ¿Qué no tiene uno que aguantar cuando un amigo poco menos que le fuerza? Barquero, es de todo punto imposible que puedas ver todo con detalle; haría falta un montón de años. Pero fíjate; habrá que anunciar a los cuatro vientos que yo, como si dijéramos, voy a escaparme de Zeus, y que tú vas a interferir las tareas de la Muerte y a menoscabar la autoridad de Plutón no acompañando a los muertos durante mucho tiempo. Y, entonces, el aduanero, digámoslo así, Éaco se va a afligir, pues no va a sacar en limpio ni un óbolo. En fin, para que puedas ir viendo lo más importante de cuanto sucede, hay que empezar a observar ya.
CARONTE. — ¡Excelente idea!, Hermes. Yo no sé nada de lo que hay sobre la tierra; soy un extranjero.
HERMES. — Ante todo, Caronte, nos conviene un lugar elevado para que desde él puedas ver todo; si fuera posible subir al cielo, no tendríamos problemas; desde una panorámica general podrías ver absolutamente todo al detalle. Pero, como no se permite a los fantasmas acceder a los dominios regios de Zeus, es hora ya que echemos un vistazo a ver si encontramos un monte alto.
[3] CARONTE. — ¿Sabes, Hermes, lo que solía deciros yo, una vez que acabábamos la travesía? Cuando el viento, soplando como un huracán, caiga sobre las velas por el costado y se levante una ola alta, entonces, vosotros, por desconocimiento, intentáis arriar la vela o meter un poquito el pie o escapar del viento, y yo, en cambio, os exhorto a mantener la calma. Yo sé, en efecto, qué es lo mejor. De igual modo, haz tú ahora lo que piensas que es lo mejor; tú eres ahora el piloto; yo, como está mandado a los pasajeros, me voy a sentar sin decir ni pío, dispuesto a hacerte caso en todo lo que mandes.
HERMES. — Llevas razón. Voy a ver lo que hay que hacer y voy a encontrar el promontorio que tenga una vista lo suficientemente completa. Bueno, ¿puede valer el Cáucaso o el Parnaso o el Olimpo, que está ahí y que es más alto que ambos? Desde luego no es una bagatela el recuerdo que vas a tener si miras al Olimpo. Pero tienes que compartir conmigo las fatigas y las tareas.
CARONTE. — ¡A tus órdenes! Estoy dispuesto a trabajar todo lo que pueda.
HERMES. — Homero, el poeta, dice que los hijos de Aloeo 4, que también eran dos, cuando aún eran niños quisieron, en cierta ocasión, arrancando el Osa desde sus cimientos, coronar el Olimpo y, luego, el Pelión sobre él, creyendo que tendrían una perspectiva suficiente y acceso para mirar sobre el cielo. Aquellos dos muchachos, temerarios ambos, no hay duda, pagaron su osadía. Nosotros dos —nuestras deliberaciones no pretenden hacer daño a los dioses—, ¿por qué no nos ponemos a hacer obras también nosotros, haciendo rodar piedras, unas tras otras, por los montes, a fin de tener una panorámica al detalle desde el punto más alto?
[4] CARONTE. — ¿Y crees, Hermes, que podremos, siendo dos tan sólo, levantar el Pelión o el Osa?
HERMES. — ¿Por qué no, Caronte? ¿Te iba a parecer que tenemos nosotros menos categoría que los dos mozalbetes aquellos, máxime, estando unas divinidades de nuestro lado?
CARONTE. — No, pero la empresa me parece a mí que encierra un trabajo de una envergadura increíble.
HERMES. — Evidentemente. Claro, Caronte; eres un hombre rudo y estás muy poco acostumbrado a hacer cosas. El noble Homero, en un par de versos, nos hizo en un instante el cielo accesible 5, juntando los montes con facilidad. Y me pregunto si te parece un prodigio, a ti, que, sin duda, conoces la historia. Atlante, él, uno solo, lleva y soporta el globo terráqueo con todos nosotros. Quizás oyes contar, respecto de mi hermano Heracles, que relevaría a aquel Atlante y, al cabo de poco tiempo, pondría fin a su dolor, llevando él sobre su cabeza la carga 6.
CARONTE. — Lo tengo oído. Pero si es verdad, tú y los poetas lo podéis saber.
HERMES. — Es verdad de todas todas, o ¿a cuento de qué iban a mentir unos hombres cultos? Así que vamos a levantar con una palanca el Osa, primero, como nos indican el poema y el poeta Homero, y sobre el Osa el Pelión frondoso.
¿Ves con qué facilidad y con qué ambiente tan… poético hemos realizado nuestro trabajo? ¡Hala, pues!, sube y mira a ver si todavía hay que hacer algún trabajo más [5] de albañilería sobre su cumbre. ¡Ay, Ay! Estamos abajo todavía, en un paraje al pie del cielo. Desde las zonas orientales escasamente se distinguen Jonia y Libia, y desde las occidentales poco más que Italia y Sicilia; desde las del Norte sólo las que están pegadas al Istro 7, y desde allí no se distingue Creta con total claridad. No tenemos más remedio, barquero, que mover el Etna primero y después el Parnaso, según parece, por encima de todos los demás.
CARONTE. — Hagámoslo así. Sólo mira a ver no sea que vayamos a trabajar más de la cuenta, extendiéndonos más de los conveniente y luego probemos en nuestros cocos, precipitados desde las alturas, la amarga obra de albañilería de Homero.
HERMES. — ¡Ánimo; está todo bien seguro! Llévate más allá el Etna. Hagamos rodar ahora los dos juntos el Parnaso.
CARONTE. — ¡Vamos allá!
HERMES. — Voy a subir de nuevo. Perfecto. Lo veo todo. Vamos, sube ya tú también.
CARONTE. — Dame la mano, que me estás haciendo subir sobre una atalaya 8 no insignificante.
HERMES. — Así es, si quieres verlo todo, Caronte. No es posible que los dos estemos seguros y veamos bien. Cógete a mi diestra y ten cuidado no vayas a pisar por la parte que resbala. Muy bien. Ya has llegado aquí arriba tú también. Fíjate: el Parnaso tiene dos cumbres, cada uno de nosotros desde nuestro asiento limita nuestra visión a una sola cima. No importa; tú, echando la vista en derredor, fíjateme en todo lo que veas.
[6] CARONTE. — Estoy viendo mucha tierra y una laguna enorme que fluye a su alrededor y montes y ríos mayores que el Cocito y el Piriflegetonte y hombres muy pequeñitos y algunas de sus madrigueras.
HERMES. — Las que tú crees sus guaridas, son ciudades.
CARONTE. — ¿Sabes, Hermes, que no hemos hecho nada sino que hemos trasladado en vano el Parnaso, con su fuente Castalia, y el Etna y los demás montes?
HERMES. — ¿Y eso por qué?
CARONTE. — Porque desde esta altura no veo nada con detalle. Necesitaría ver ciudades y montes, pero no sólo como en los mapas, sino ver a las personas, lo que hacen y lo que dicen. Como cuando, al toparte conmigo por vez primera, me viste riendo y me preguntaste de qué me reía; es que oí contar una cosa que me hizo partime de risa.
HERMES. — ¿Y de qué se trataba?
CARONTE. — Alguien fue invitado a cenar por un amigo, al día siguiente. «Descuida que iré», dijo. Y, mientras así hablaba, le cayó del tejado una teja encima, y no sé cómo se movió que lo mató. Así que me eché a reír porque no pudo cumplir su promesa. Ahora también me parece que gustoso bajaría para poder ver y oír mejor.
[7] HERMES. — ¡Poco a poco! Y yo te voy a atender y en un instante te mostraré, de parte de Homero, a alguien de mirada muy penetrante, tomando además un conjuro; después que recite los versos, recuerda, ya no se te nublará la vista, sino que verás todo con claridad.
CARONTE. — Sólo limítate a hablar.
HERMES.
De tus ojos he levantado un velo, antes sobre ellos,
a fin de que puedas a un dios de un mortal distinguir9.
¿Qué pasa?, ¿ves ya?
CARONTE. — Divinamente. Ciego estaba el Linceo aquél; como si lo tuviera cerca de mí. Asi que vete enseñándome lo que hay sobre él y respóndeme cuando te pregunte. ¿Quieres que yo también te pregunte, siguiendo a Homero, para que aprendas que no se me han olvidado los versos?
HERMES. — Y de dónde diablos has sacado tiempo para aprenderlos tú, que estás siempre navegando y remando?
CARONTE. — ¿Ves? Eso es ofensivo para mi arte. Pero yo, cuando transportaba a Homero en mi barco al morir, como le oía cantar versos, aún me acuerdo de algunos. Entonces una tempestad bastante considerable nos envolvía a ambos. Efectivamente, una vez que empezó a cantar un canto no totalmente favorable para quienes estaban realizando la travesía, como Posidón amontonó las nubes, y agitó el ponto lanzando una especie de rayo del tridente, y levantó toda clase de tempestades y muchas otras inclemencias, revolviendo el mar por efecto de sus versos, cayendo sobre nosotros de golpe y porrazo una borrasca y una densa nube, poco faltó para que nos volcara la nave, especialmente cuando aquél, al marearse, vomitó la mayor parte de los versos dedicados a la mismísima Escila y a Caribdis y al Cíclope. Así, pues, no era difícil preservar por los menos de entre tan gran vómito unos pocos versos. Anda, dime. [8]
¿Quién es el más grueso, valeroso y grande
que destaca entre los hombres por su cabeza y anchas espaldas? 10.
HERMES. — Ése es Milón, el atleta de Crotona. Los griegos lo aplaudieron, porque, levantando el toro, va y lo pasea por todo el medio del estadio.
CARONTE. — Pues, Hermes, ¿no deberían elogiarme a mí, con mucha más justicia, que, cogiéndote al mismísimo Milón, al cabo de poco tiempo, lo voy a meter en la barquichuela en cuanto venga a nuestros dominios noqueado, literalmente, por el más invencible de los rivales, la Muerte, sin saber cómo le pone la zancadilla? Y, después, nos vendrá con lamentos y gemidos al acordarse de las coronas y las ovaciones.
Ahora está engreído y es admirado porque ha llevado al toro. Y bueno, ¿qué? ¿Hemos de pensar, por ello, que él esperaba que tendría que estar muerto alguna vez?
HERMES. — ¿Y a santo de qué traería él a colación la muerte ahora que está en pleno apogeo?
CARONTE. — Deja, que ése nos va a hacer reír cuando navegue y no pueda levantar ni un mosquito, ni un toro. Venga dime aquello de…
[9] ¿Quién es ese otro varón venerable
no griego, al parecer, por su vestimenta?
HERMES. — Ciro, Caronte, el hijo de Cambises, el artífice del poderío que antes tenían los medos y ahora los persas. Él, hasta hace poco, tuvo dominio sobre los asirios y se estableció cerca de Babilonia, y ahora ha dejado paso a quien estaba avanzando sobre Lidia, en la idea de que si destruía a Creso, sería dueño absoluto de todos.
CARONTE. — ¿Y el tal Creso, dónde está también?
HERMES. — Dirige tu vista hacia allí, hacia la gran ciudadela, la de triple muralla. Aquélla es Sardes y ya estás viendo a Creso en persona recostado en su diván de oro, charlando con el ateniense Solón 11. ¿Quieres que escuchemos lo que están diciendo?
CARONTE. — ¡Claro que sí!
CRESO. — Extranjero ateniense. Ya viste mi riqueza y [10] mis tesoros; has visto las enormes cantidades de oro sin acuñar que tenemos y demás boato. Dime, ¿quién piensas tú que es el más feliz de todos los hombres?
CARONTE. — Oye, ¿qué va a decir Solón?
HERMES. — Tranquilo, Caronte, que no ha de ser ninguna tontería.
SOLÓN. — Creso; los felices son unos pocos. Yo, al menos, de los que conozco, pienso que los más felices son Cléobis y Bitón, los hijos de la sacerdotisa.
HERMES. — Ése alude a unos de Argos que murieron a la vez hace poco. Después de sacar en triunfo a su madre la llevaron sobre un carro ellos mismos, hasta las inmediaciones del templo.
CRESO. — Bueno, que tengan ellos el primer puesto en el escalafón de la felicidad. ¿Quién ocuparía el segundo?
SOLÓN. — Telo, el ateniense, que llevó una vida ordenada y murió por su patria.
CRESO. — Y yo, maldito, ¿es que no te parece que soy feliz?
SOLÓN. — Aún no lo sé, Creso, hasta que no llegues al término de tu vida. La muerte es la prueba definitiva de esos hombres, así como el llevar una existencia feliz prácticamente hasta el fin de la vida.
CARONTE. — Bravo, Solón; no te has olvidado de nosotros; antes bien te parecería estupendo que tal juicio respecto de estos temas tuviera lugar el arrimo de la barca. Pero, ¿quiénes son aquellos a quienes está haciendo subir [11] en comitiva Creso, o qué es lo que llevan sobre los hombros?
HERMES. — Ofrecen a la Pitia unos trípodes de oro como pago por los oráculos por acción de los cuales va a perecer él un poco después. Absurdo comportamiento el del hombre aficionado a los adivinos.
CARONTE. — ¿Aquello es el oro, lo reluciente que da destellos desde allí, lo de color amarillo pálido con un tono rojizo? Vaya; por fin lo veo ahora, que no paro de oír hablar de él.
HERMES. — Ésa es, Caronte, la famosa palabra, por la que tantas peleas se producen.
CARONTE. — Pues, la verdad, es que no le veo yo las ventajas por ninguna parte, como no sea lo que les pesa a los que lo transportan.
HERMES. — No sabes, por causa de él, cuántas guerras e intrigas y actos de pillaje y perjurios y odios y ataduras y negocios y situaciones de dependencia se producen.
CARONTE. — Por eso, Hermes, no se diferencia mucho del bronce. Yo conozco muy bien el bronce, el óbolo, según sabes, porque lo recojo de cada uno de los pasajeros que realizan la travesía en mi barca 12.
HERMES. — Sí, pero el bronce es muy abundante, de manera que no hay que afanarse para obtenerlo. En cambio, los mineros de una mina enormemente profunda extraen tan sólo esa pequeña cantidad de oro. Por lo demás, de la tierra sale, al igual que el plomo y los demás metales.
CARONTE. — Por lo que me estás diciendo, es asombrosa la estupidez de los humanos, que le tienen tanto amor a un producto pesado y paliducho.
HERMES. — Sin embargo, Caronte, Solón, que esta allí, no parece compartir ese amor por él, ya que, según puedes ver, se está burlando de Creso y de su bárbara arrogancia; pero me parece que quiere decirle algo. Peguemos el oído, pues.
SOLÓN. — Dime, Creso, ¿crees que a la Pitia le hacen [12] alguna falta esos ladrillos?
CRESO. — Sí, por Zeus. No hay ofrenda de una categoría semejante en Delfos.
SOLÓN. — ¿Crees, entonces, hacer ver sin tapujos que el dios se sentiría eternamente feliz, si junto con las otras ofrendas tuviera, además, ladrillos de oro?
CRESO. — ¿Y cómo no?
SOLÓN. — Por lo que me estás diciendo, Creso, mucha pobreza debe de haber en el cielo, si cuando les apetece hay que llevarles a los dioses el oro desde Lidia.
CRESO. — ¿Pues dónde podría encontrarse tanto oro como en nuestra tierra?
SOLÓN. — Dime, ¿se produce hierro en Lidia?
CRESO. — En absoluto.
SOLÓN. — Pues, entonces, os falta lo mejor.
CRESO. — ¿Cómo va a ser mejor el hierro que el oro?
SOLÓN. — Si juzgaras sin apasionamiento, lo sabrías al instante.
CRESO. — Pregunta, Solón.
SOLÓN. — ¿Quiénes son mejores, los que salvan a alguien o los que se salvan a su lado?
CRESO. — Está clarísimo que los que salvan a alguien.
SOLÓN. — Entonces, si, como dicen algunos propagadores de bulos, Ciro atacara a los lidios, ¿tú fabricarías para el ejército espadas de oro, o entonces el hierro te resultaría imprescindible?
CRESO. — Es evidente que el hierro.
SOLÓN. — Y, si no pudieras tenerlo dispuesto, el oro se te iría, prisionero, a manos de los persas.
CRESO. — Pero, ¡calla, hombre!
SOLÓN. — ¡Ojalá, no fuesen así las cosas! Al menos, se ve ya que reconoces que el hierro es mejor que el oro.
CRESO. — Así, pues, ¿me estás exhortando a ofrecerle al dios ladrillos de hierro, y llamar para que vuelvan aquí y traigan el oro?
SOLÓN. — El dios no necesitará para nada el oro; pero, caso que le ofrezcas bronce u oro, para unos su ofrecimiento constituiría un tesoro y un hallazgo inesperado, tal los focenses o beocios o los propios habitantes de Delfos, o algún dictador o algún bandido, pero te aseguro que al dios le importarán poco tus fabricaciones en oro.
CRESO. — En relación con el tema de la riqueza no dejas de zaherirme y despreciarme.
[13] HERMES. — El lidio, Caronte, no lleva la claridad y la verdad de los argumentos, porque el asunto le parece ajeno, pues no tiene que mendigar como un hombre pobre; habla a su aire.
No mucho después se acordará de Solón, cuando él, hecho prisionero, sea puesto sobre la pira por Ciro. Hace poco lo escuché de boca de Cloto, que estaba leyendo los hilos a cada uno, en los que estaba escrito eso, que Creso fue capturado por Ciro y que el propio Ciro murió por acción de aquélla, la hija de Massagetis. ¿Ves a la escitia, la que cabalga sobre el caballo blanco?
CARONTE. — Sí, por Zeus.
HERMES. — Aquélla es Tómuris, y ella en persona, tras cortar la cabeza de Ciro, va y la arroja a un saco lleno de sangre. ¿Ves también a su hijo menor? Aquél es Cambises. Ése sucederá en el trono a su padre y, tras innumerables fracasos en Libia y Etiopía, morirá, por fin, preso de un ataque de furia, tras matar a Apis.
CARONTE. — ¡Para que rías! Pero, ahora, ¿quién podría mirarlos a la cara a ellos que de forma altanera desprecian a los demás? ¿Quién podría confiar en ellos, que al cabo de poco tiempo serán prisionero el uno, y el otro tendrá la cabeza en un saco bañado de sangre? Y… ¿quién [14] es aquél, Hermes, el que va embutido en ese manto tan bien abrochado con hebillas, el que lleva la tiara, a quien el cocinero tras abrir el pez ha devuelto el anillo? 13.
En una isla bañada por el mar 14
se jacta de ser un rey.
HERMES. — Muy a colación estás trayendo los versos. Estás viendo a Polícrates, el dictador de los jonios, que cree ser plenamente feliz. Pero, él también, traicionado por Meandro, el servidor del sátrapa Oreto, que está a su lado, será crucificado, pobre de él, siendo desprovisto de su felicidad en un breve lapso de tiempo. También eso lo escuché de boca de Cloto.
CARONTE. — Me cae bien la noble Cloto. Quémalos tú, la mejor de las mujeres, corta sus cabezas y crucifícalos para que sepan que son humanos. Tan alto han subido que desde la cima más alta mucho peor será la caída. Bien me voy a reír yo entonces, al irles reconociendo a cada uno desnudo en la barquichuela, sin el vestido de púrpura, sin la tiara o sin el trono dorado.
HERMES. — Pues ése será su sino. ¿Estás viendo a la [15] masa, Caronte, a los que navegan, a los que juzgan, a los campesinos, a los prestamistas, a los que piden dinero?
CARONTE. — Veo que es muy variopinta la forma de emplear el tiempo; que su vida está llena de problemas; que sus ciudades se asemejan a las colmenas en las que todo bicho tiene su propio aguijón y azuza al vecino, y tan sólo unos pocos como abejas traen y llevan lo necesario para vivir. ¿Y la multitud invisible que revolotea en torno a ellos, quiénes son?
HERMES. — Esperanzas, Caronte, temores, ignorancias, alegrías, codicias, cóleras, odios y demás circunstancias semejantes. De ellas, la ignorancia, que acarrea errores, se confunde ahí abajo con ellos y los acompaña a la hora de gobernarse; y, por Zeus, también odio y cólera y envidia e ignorancia e indigencia y avaricia; el miedo y las esperanzas revolotean por aquí arriba. El miedo, cuando cae sobre alguien, en ocasiones, lo asusta y le hace temblar; las esperanzas, por su parte, balanceándose sobre sus cabezas, justo cuando alguien cree que va a capturarlas, se alejan volando dejándolos boquiabiertos; exactamente como le sucede ahí abajo a Tántalo, pero, en vez de con [16] las esperanzas, con el agua 15. Y, si miras con atención, verás claramente a las Moiras que a cada uno le zurcen en la rueca el huso; de ello ha resultado que todos están pendientes de delgados hilos. ¿No ves una especie como de arañas que desde los husos se deslizan cuesta abajo sobre cada hombre?
CARONTE. — A cada uno le veo un hilo muy fino, enrollado en muchos pliegues, éste para aquél, aquél para el otro.
HERMES. — Naturalmente, barquero. El destino ha dispuesto a éste ser asesinado por aquél, a aquél, por el de más allá; a éste ser nombrado heredero por aquél, tal vez por el que tiene el hilo más delgado, y aquél por éste. Tal es el sentido del entrelazado. Así, pues, ya estás viendo que todos penden de algo fino. Y al uno resulta que lo encumbran y está en las alturas, y al poco tiempo, cayendo de golpe, al romperse el hilo, dado que ya no resiste el peso, producirá un fuerte estrépito. El otro, levantado en volandas sólo un palmo de la tierra, si es que cae, lo hará sin ruido, que ni siquiera sus vecinos oirán la caída.
CARONTE. — Eso es para partirse de risa, Hermes.
HERMES. — No podrías decir con justicia que esas cosas [17] son para partirse de risa, Caronte, en especial los desmedidos afanes de ellos y el viajar en medio de las esperanzas raptados por una muerte excelente. Hay muchos mensajeros y siervos de ella, según estás viendo; calenturas, fiebres, agotamientos, pulmonías y muertes violentas y robos y venenos, jueces y dictadores. Y nada de ello les llega por regla general; entonces es cuando les va bien; pero, cuando caen, los lamentos son infinitos. Si desde un principio se les metiera en la cabeza que son mortales y que, tras darse una pequeña vuelta por la vida, se marcharán como quien despierta de un sueño, soltando todo lo que encontraron sobre la faz de la tierra, vivirían de un modo más sensato y se afligirían bastante menos al morir. Pero, ahora, con la esperanza de disfrutar para siempre de lo que está en sus manos, cuando el siervo de la muerte, a su vera, los llama y los lleva a la fuerza con unas fiebres o un lento fallecer, se afligen ante el hecho del viaje sin que les parezca nunca un buen momento para que los arrebaten. Pues, ¿qué haría aquél, el que está construyendo con afán la casa y metiendo prisa a los trabajadores, si supiera que la casa estará terminada para él, pero que él, que hacía un momento había puesto el pie en el suelo, partirá dejando que sea su heredero quien disfrute de ella? Y aquel otro, que se alegra porque su mujer le ha dado un hijo varón y por ello da un banquete a los amigos para festejar el nombre del padre, si supiera que su hijo va a morir a los 7 años, ¿te parece que se alegraría ante esa circunstancia? La culpa la tiene él porque ve al que tiene suerte con su hijo, al padre del atleta que ha triunfado en los Juegos Olímpicos, y, en cambio, al vecino que lleva a enterrar al hijo, no lo ve, ni sabe de qué clase de tela pendía. Ves cuántos son los que pasan la vida haciendo proyectos y los que amontonan riquezas, y antes de disfrutar de ellas, son llamados por los que yo decía que son mensajeros y servidores de la Muerte.
[18] CARONTE. — Ya veo, ya, todo eso, y me estoy haciendo una idea clara de lo que les resulta agradable en la vida y qué es aquello que los aflige cuando se ven privados de ello. Al menos, si alguien viera a sus reyes, los que precisamente parecen ser felices, al margen de lo inseguro y ambiguo del azar, descubriría que las desgracias están más cerca de ellos que los goces; temores, jaleos, conspiraciones, iras y adulaciones; en compañía de ellas viven todos. Paso por alto que, llantos, enfermedades y sufrimientos los gobiernen por igual.
[19] Al menos yo, Hermes, quiero decirte a qué se me han parecido asemejarse los hombres y su vida. ¿Has visto alguna vez las burbujas que se producen en el agua cuando uno llena el caldero a cierta altura bajo el chorro de la fuente? Esas pequeñas pompas, quiero decir, de las que se forma la espuma. Algunas de ellas son pequeñas y en cuanto se revientan se desvanecen; otras, en cambio, duran más. Cuando se les acercan otras, infladas, van creciendo hasta formar una gran bola, y, sin embargo, después, también ellas se estallan. No es posible que suceda de otro modo; así es también la vida del hombre: todos se hinchan por acción del aire, los mayores, los menores; y unos mantienen el soplo de aire por un breve espacio de tiempo y un destino rápido; otros dejan de existir al instante mismo de su constitución; pero a todos no les queda más remedio que romperse.
HERMES. — Caronte; has hecho otra comparación que no tiene nada que envidiar a Homero, que dice que su linaje, el de los hombres, es semejante a las hojas 16.
CARONTE. — De esa índole son, Hermes, y ya ves lo [20] que hacen, cómo rivalizan y se pelean entre sí por cargos públicos, distinciones y posesiones, asuntos, todos, que tendrán que abandonar cuando vengan a nuestros dominios con un triste óbolo. ¿Quieres, puesto que estamos muy en lo alto, que les demos una buena voz para exhortarlos a apartarse de los quehaceres vanos y a vivir siempre con los ojos puestos en la muerte, diciéndoles: «¡Ay, necios!, ¿por qué os afanáis por esas cosas? ¡Dejad de preocuparos!, no viviréis eternamente. Ninguna de las cosas que veneráis aquí es eterna, ni nadie puede llevarse ninguna de ellas consigo tras morir.» Por el contrario, de un modo inexorable el uno viajará sin nada y la casa del otro y el campo y su hacienda irán siendo de unos y luego de otros y sus dueños cambian. Si yo les lanzara un grito en esos términos desde donde pudieran oírme, ¿no crees que la vida les reportaría gran provecho y se comportarían de un modo mucho más sensato?
HERMES. — ¡Ay, buen hombre! No sabes cómo los han [21] trastornado la ignorancia y la perfidia, que no hay forma de trepanarles los oídos con la virtud; los tienen embotados con tanta cera cuanta debió de ordenarles Odiseo a sus compañeros que le pusieran para evitar escuchar a las Sirenas. Entonces, ¿desde dónde podrían oírnos aquéllos si tú te partes el pecho a gritos? Lo que, entre vosotros puede el Olvido 17, ésa es la función que desempeña entre nosotros la ignorancia. No obstante, hay un número escaso de ellos que no se ajustan al ejemplo de la cera en los oídos, proclives a la verdad, que han clavado sus ojos profunda y detalladamente en todos los asuntos de la vida y saben muy bien cómo son.
CARONTE. — Demos, cuando menos, una voz a aquéllos.
HERMES. — Es inútil también esto; decirles algo que ya saben. Ya ves cómo, aunque se alejan de la mayoría de los hombres, se burlan de cuanto está sucediendo y no se dan nunca jamás por satisfechos, sino que es evidente que están buscando a ver junto a vosotros una escapatoria de la vida. Y encima se enfadan cuando se les hace ver a ellos su ignorancia.
