Читать книгу: «Una cartografía extraña»



Registro de la Propiedad Intelectual
Nº 2021-A-4967
ISBN edición impresa
978-956-6048-56-5
ISBN edición digital
978-956-6048-57-2
© ediciones / metales pesados
© Lucía Egaña Rojas, Paulina E. Varas
Diseño editorial: Camila González S.
Corrección: Edison Pérez
Email: ediciones@metalespesados.cl
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, julio de 2021
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
“Proyecto financiado por el Fondo Nacional
de Desarrollo Cultural y las Artes, convocatoria 2018”.


Índice
Una cartografía extraña
Cecilia Barriga
Producir relatos desordenados
Carla Bobadilla
Qué puede hacer este cuerpo de color en la institución
Ángeles Donoso
Escribir más a mano
Ingrid Wildi Merino
Yo con mi alemán de migrante tratando de descifrar a Kant
Constanza Piña
Decidí perder el viaje de vuelta
Claudia Del Fierro
En el fondo Chile es el único país que existe
en el planeta cuando una vive en Chile
Paula Cobo Guevara
Hacer pueblo en otro país
Alejandra Pérez
La posibilidad de migrar dentro de una
Katia Sepúlveda
Vivo un autoexilio
Fernanda Carvajal
Pertenecer desde afuera
Valentina Montero
Un lugar de excepción
Marisa Cornejo
Me siento como una reliquia, como alguien que tuvo que aparecer en un diario para poder volver
Julia Antivilo
Quemar naves
Francisca Benítez
Yo soy de aquí y soy de allá
Camila Marambio
Tramposilla infalible

Hola,
Te escribimos, luego de un tiempo en que hemos estado realizando entrevistas y transcripciones donde no te hemos dado muchas noticias. Agradecemos y nos disculpamos por si la espera fuera por mucho tiempo. Ahora luego de haber realizado la primera transcripción de nuestra conversación, te la adjuntamos.
Para nosotras está siendo un proceso fuerte esta investigación porque nos encontramos con muchas vivencias y experiencias que nosotras también hemos tenido. Por eso leer los relatos puede significar una experiencia intensa.
Queríamos recordarte que —siguiendo la metodología de producciones narrativas— este texto puede ser modificado de tu parte, agregando cosas que te parezca pueden faltar o sacando algunas que no deseas que aparezcan allí pero que nosotras sí registramos, puedes cambiar el relato por ejemplo diciendo que algo que te sucedió a ti le sucedió a “una amiga”, puedes cambiar el singular por el plural o al revés, etc. La idea es que el texto sea de tu agrado, que te veas identificada pero sobre todo que sientas que puede socializarse, es decir, ser editado y publicado en un libro. Puedes incluso decidir que sea anónimo, inventarte un nombre…
Te queríamos pedir también si puedes agregar nombres de chilenas en la diáspora que se te vengan a la cabeza mientras lees o narras tu experiencia migrante. Como la cantidad de entrevistas que estamos haciendo en este proyecto son apenas quince, quisiéramos poder agregar una cartografía de nombres de las que no hemos podido entrevistar, pero que de alguna forma sí se han trenzado y relacionado con los relatos que estamos recogiendo.
Quedamos atentas a tus comentarios y dudas,
Un fuerte abrazo,
Lucía y Paulina.
Es probable que quienes son expulsados de la tribu por ser diferentes se vuelvan más sensibles (cuando no se les maltrata hasta que dejan de sentir). Quienes no se sienten seguros física o psicológicamente en el mundo tienen una mayor propensión para desarrollar este sentido. Las personas a quienes más se ataca son quienes lo poseen en mayor medida —las mujeres, los homosexuales de todas las razas, las personas de piel oscura, los excluidos, los perseguidos, los marginados, los forasteros—.
Gloria Anzaldúa
Hay que pensar de qué manera esas cosas que nos vinculan a la chilenidad quizá también podrían tener que ver con la clase. Juntarse a comer empanadas, a tomar vino y a mirar un partido de fútbol parecen ser cuestiones baratas que reproducen cierta clase. Viajar a Chile una vez al año, leer libros de teoría crítica chilena o realizar una investigación sobre un tema relacionado con Chile pueden ser formas más elegantes de vincularse.
(Frase anónima surgida en una de las conversaciones de esta investigación)
Una cartografía extraña
1.
Hay tantísimas fronteras
que dividen a la gente,
pero por cada frontera
existe también un puente.
Gina Valdés
Este proyecto surge de los sucesivos movimientos de entrada y salida a Chile en el periodo posdictatorial. Del cierre y apertura de ciclos y de revisar los propios deseos e impulsos al moverse. Surge también de la incomodidad ante las lecturas estereotipadas y simplistas en torno a lo que significa desplazarse y vivir fuera, como si salir de Chile fuese un evento siempre marcado por el binomio triunfo-fracaso. Este proyecto ha querido proponer una visión poliédrica de la experiencia migratoria, específicamente en el entorno cultural y artístico, y por tanto compleja, disímil, fragmentaria y heterogénea.
Nos encontramos en febrero de 2016 en Barcelona, defendiendo nuestra tesis doctoral con apenas un día de diferencia. No coincidimos viviendo en la ciudad en la misma época, por lo que cada una tenía una experiencia diferente en cuanto a la vida social y cultural de Barcelona. Nuestras experiencias eran diferentes pero hermanadas por las gestiones necesarias para tener papeles, vivienda, trabajo o amistad. Una de nosotras se inscribió en el doctorado en el momento que caducaba su visado; para algunas los estudios eran una posibilidad de vivir legalmente, un privilegio lleno de burocracia y papeleos institucionales que a veces parecían interminables. Cada una demoró diez años en terminar su programa de estudios. Las razones por las cuales nos demoramos tanto son múltiples: la precariedad, el tener que hacer otras cosas urgentes, tener hijes1, no contar con una beca, no tener redes, etcétera. Para las dos terminar ese proceso fue un importante cierre de ciclo. Y nos encontramos ahí, tratando de pensar en lo desconocido. Entre la alegría de finalizar y la incertidumbre de seguir, imaginamos un futuro juntas y con otras donde poder pensar en los procesos de salida (y entrada) que habíamos vivido durante los últimos quince años.
Si bien organizamos la investigación a partir de los relatos de artistas, curadoras y creadoras chilenas residentes, o que habían residido, en el extranjero, las narrativas desbordan la práctica artística porque la experiencia migratoria no es algo que se pueda circunscribir al sistema del arte. Las conversaciones con estas mujeres desplegaron una serie de eventos anecdóticos, reflexivos, políticos y subjetivos que nos han permitido repensar la relación con Chile desde otros lugares. De alguna forma estas narrativas le devuelven a Chile una imagen histórica y situada desde sus márgenes y afueras, donde la condición de extranjería no es un punto de llegada sino una procesualidad variable con muchas capas de sentido cultural, social y subjetivo que se mueven pendularmente. Apreciamos que el marco referencial del arte también se ve supeditado o entroncado como un elemento más de la existencia y sus posibilidades, como un hilo conductor que forma parte del tejido parcial de las vidas que aquí se narran, y a su vez de un tejido mayor que se configura con estas extranjerías puntuales y disímiles.
Decidimos hacer este libro y esta investigación, no centrada en el trabajo ni en la obra pública de cada una de las participantes, sino a partir de materiales autoetnográficos, memorias y eventos biográficos, sin excluir con ello la práctica artística o cultural, pero sí indagando en un tipo de materialidad sensible y social a la vez, que no tiene por fin el análisis de la producción cultural sino las elaboraciones emocionales de la historia y de la política (Ahmed 2015, 31-38). Y esto último desde la singularidad que tiene toda posición histórica de una persona, aunque sea local y situada en un contexto que resulta ajeno a los límites territoriales físicos del Estado-nación llamado Chile.
Muchas de las participantes de esta investigación han podido revisar durante este proceso los motivos y circunstancias que facilitaron la partida, el abandono y a veces la renuncia a permanecer en Chile, y también las razones de volver que ha tenido cada una, por periodos largos o cortos. Si bien hay pocos casos en los que las participantes perciben su partida como un exilio (o un sexilio), en la gran mayoría se trata de salidas que se dieron en un momento específico de la historia de Chile: la “transición” a la democracia y su proceso fracasado. Un momento en el que los pactos institucionales profundizaron la privatización neoliberal del territorio, de la vejez, de los recursos, de la salud, de la educación y en definitiva, de la vida, mientras que se inauguraban las políticas culturales concertacionistas2, que con su triunfalismo ahogaban la subsistencia de algunas. Mirar a Chile desde afuera podía considerarse una forma de “tomar aire”. Salir también permitía desaparecer de alguna forma, o más precisamente, una forma de “devenir imperceptible”, no ser visible para los demás mientras algo sucede bajo los puntos de mira, estar siendo en otro lugar. Esta condición que podríamos ir adquiriendo las personas que participamos de esta investigación nos ha permitido conectar con lo menor o con lo que Perlongher llamó “devenires minoritarios”, lo cual permite posicionarse desde un lugar que pese a no corresponder a una subjetividad directamente visible o audible en ese contexto, incluso así coexiste con sus diferencias y alteridades. Hoy más que nunca, tras una revuelta social, una pandemia mundial y un proceso constituyente, este devenir imperceptible que se tiene desde afuera se hace más explícito que nunca.
***
Durante esta investigación nos acompañó un título provisional para ella: “Diaspóricas”3. Este nombre para nosotras se ha ido convirtiendo en una figuración que carga una contradicción en su interior. Una figura permite una aproximación distinta a la literal porque amplía sus dimensiones, permite la emancipación del realismo, de la verdad. “Lo que las figuras señalan son trayectorias de efectos, a modo de una tecnología narrativa, teórico-metodológica” (Aguirre 2011, 126), una tecnología narrativa que elabora versiones alternativas abriendo los relatos o llevándolos hacia otros lugares (Aguirre 2012, 12). Para Braidotti “Una figuración es una versión políticamente sustentada de una subjetividad alternativa” (Braidotti 2000, 26) que no está contenida por el orden logocéntrico y heteropatriarcal. Las figuraciones son “imágenes de base política que retratan la interacción compleja de diversos niveles de subjetividad” (Braidotti 2000, 30) y podrían llegar a ser más efectivas que los sistemas teóricos o puramente científicos positivistas. En este sentido la “diaspórica”, o más bien su propia nomenclatura, aparece como una ocurrencia pasajera, algo irónico y sintético que como nombre se fue fijando a los títulos de los emails, los archivos digitales, las carpetas y los documentos, y aunque siempre pensamos que era algo provisional, su adherencia fue persistente, como algo o alguien a quien una no invita pero se instala ahí. Esta figura, la diaspórica, no siempre responde a la definición de diáspora, caracterizada por condiciones de desplazamiento forzado de las “tierras nativas” (¿existe acaso esa noción en un contexto como el que se denomina “chileno” marcado por el despojo y la privatización y concretamente para un grupo de personas que son blancas y/o mestizas cuya condición nativa está atravesada por múltiples complejidades?) dado por “la esclavitud, el colonialismo, el imperialismo y la migración” (Jabardo 2012, 112), y esta falta de correspondencia para nosotras es importante de evidenciar para no evadir su especificidad política en las formas de control de los cuerpos en las fronteras y más allá. También es parte de lo que la constituye como una figuración contradictoria pero que nos permite a la vez poner en tensión esta situación al interior del libro. Figuramos a la diaspórica como una persona depositaria del privilegio de la movilidad, incluyendo el deseo inconsciente colonizado4 de estar en el centro, o en alguno de los “centros” del mundo5, buscando un lugar donde vivir cosas que aparentemente en Chile no se pueden vivir. Esa sensación de imposibilidad, de frustración a veces, y de estar desencajada son parte de los motores de la diaspórica que se entrelaza a una tradición figuracional como pueden ser de Gloria Anzaldúa la nepantlera (2009) y la nueva mestiza (2016) o la deslenguada como escribe val flores6. La diaspórica tendría una condición dividida, fragmentada y a la vez la posibilidad de desviarse de las narrativas y trayectorias pre-escritas por la propia historia individual y social. Esta figuración es algo que ha aparecido y se ha ido “pegando”7 a esta investigación durante el proceso. Su condición provisional nos llevó a intentar borrarla como palabra durante el desarrollo debido a su falta de correspondencia exacta y a veces a su carácter contradictorio. Sin embargo de alguna manera así se fue constituyendo como figura: “pegándose” al proceso de esta investigación.
Este libro es entonces una cartografía extraña que registra la experiencia del desplazamiento físico incluyendo miradas descentradas y deslocalizadas en torno a Chile. A través del movimiento de lejanía y cercanía las narrativas fueron aportando no solo imaginarios sociales y subjetivos, sino también los rastros de un Chile que existe fuera de Chile, a veces menos visible. Se trata de una deslocalización difícil de registrar a través de una sola experiencia, y por esta razón las diferentes voces aquí registradas conforman una posibilidad colectiva de problematizar estas representaciones cartográficas unitarias. Cada singularidad aporta un tono en esta cartografía extraña, y es en esta reunión donde pueden percibirse las diferentes maneras de componer un relato sensible por estos territorios en transformación. La investigación se planteaba poder pensar en un Chile desterritorializado en su sentido menos dramático, conectando con la potencia implícita en esa posibilidad. Un Chile que se reterritorializa, que vuelve a componerse de otras maneras en lugares diferentes, con otras capas de sentido, con fragmentos de las memorias, violencias, exclusiones, suavidades e intensidades que operan como tráfico emancipado de las lógicas de lo importado/exportado. No se trata de un programa estable de circulación a un solo tipo de lugar, sino que implica un vaivén de posibilidades oscilantes, guiado por la necesidad de construir nuevos relatos frente a un agotamiento de referencias de localización y afectos activos por un lugar.
Esta investigación no ha buscado construir una verdad o una mirada objetiva en torno a un fenómeno, sino por el contrario, hemos querido acercarnos desde la palabra balbuceante, desde las zonas desenfocadas de la propia memoria para poder repensar juntas lo que puede contener el hecho de moverse y permanecer, por más o menos tiempo, fuera. Es una reflexión que evoca el movimiento pendular de nuestras experiencias, un ir y venir de diferentes territorios físicos y existenciales que permea los lugares por donde pasa.
2.
Tengo que creer que soy capaz de comunicar con palabras y con imágenes y que puedo hacerlo bien. Una falta de fe en mi ser creativo es una falta de fe en mi ser total y viceversa —no puedo separar mi escritura de ninguna parte de mi vida—. Todo es uno.
Gloria Anzaldúa
Usamos como esqueleto metodológico las Producciones Narrativas (Balasch y Montenegro 2003; García y Montenegro 2014). Se trata de un esqueleto que nos permitía operar con la oralidad y la escritura, pero siempre desde una resistencia a la “distancia crítica”, tan habitual en la investigación científica. En cada conversación la distancia se iba horadando, un poquito más, como una elongación grupal que ejercitaba su elasticidad dinamizada por su propia rigidez.
Las Producciones Narrativas vienen de las ciencias sociales, de una genealogía anclada en las metodologías feministas que plantean un cuestionamiento a la legitimidad científica (Harding 1996; Haraway 1997) a través de diversas estrategias. Al amigarnos con una metodología de las ciencias sociales desde una práctica crítica y creativa más vinculada a las artes, seguramente la deformamos y recreamos.
Fuimos aprendiendo la herramienta durante su uso. Se trataba de una forma de escritura colectiva a partir de la experiencia. Al principio nosotras dos hablábamos mucho durante los encuentros que rudimentariamente llamamos “entrevistas”. Contábamos con unas dos páginas de preguntas que intentábamos seguir, aunque se iban respondiendo espontáneamente sin necesidad de mencionarlas. Las preguntas empezaban a funcionar como un corsé de la palabra que nos ponía en la posición de sentir la necesidad de explicarlas a partir de nuestras propias vivencias. De alguna forma, estos primeros encuentros nos expusieron (ante nosotras mismas) nuestra propia ansiedad por elaborar el tema que estábamos abordando. Progresivamente fuimos entendiendo que nos teníamos que quedar calladas y solo presentar en un inicio el proyecto que proponíamos y las posibilidades de abordar temas muy variados relativos al vivir fuera de Chile. En las últimas entrevistas no hicimos ninguna pregunta. Planteamos el tema general y nuestra interlocutora hablaba durante una hora. La metodología misma facilitó constatar que en esa primera fase no éramos necesarias como parlantes, sino que nuestra labor se potenciaba en la escucha. La metodología abrió una fisura que fue nuestra necesidad de situarnos en el proyecto también como sujetas del estudio, permeando la relación con el foco de nuestra investigación desde una necesidad imperiosa de revisar las propias vivencias como parte de una cultura común. Si bien la metodología es de por sí abierta a la contaminación cruzada de la narración, hubo un espacio inicial para nosotras en que necesitamos procesar algunas cosas en conjunto antes de solo escuchar. Hacer cuerpo presente para devenir escucha atenta y sensible.
Tuvimos más de diecisiete encuentros, presenciales, vía videollamada o alguna de nosotras estaba presencialmente y la otra a través de internet. Tuvimos encuentros físicos en Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Punta Arenas, Buenos Aires, Madrid y Barcelona. A través de videollamada nos conectamos con Ciudad de México, Nueva York, Viena y Ginebra. Tras los encuentros comenzamos un proceso de transcripción libre, realizando la textualización de las conversaciones a partir de sus grabaciones de audio8. Los textos pasaron varias veces por la revisión de cada una de nosotras dos, llegando a sumar en algunos casos un total de diez revisiones. Ese borrador resultante era enviado a las personas con las que habíamos conversado. De esta forma es que todas las narrativas de este libro han sido revisadas, corregidas y modificadas por tres personas en repetidas ocasiones. Los textos han sido corregidos y revisados hasta el punto de no reconocer a veces las palabras dichas, no recordar el orden, desconocer la propia voz. Cada texto ha tenido un proceso de escritura de un poco más de un año9, algunos de ellos finalizaron en octubre del 2020, por lo que en ellos son mencionados ciertos eventos recientes del clima socio-político chileno. Esta temporalidad extraña que fomentaba la metodología y que fuimos moldeando a medida que la empleábamos, implicó que algunas narrativas fueron leídas mucho tiempo después de la conversación y surgieron preguntas como “¿yo dije eso?, ¿qué pregunta pudo suscitar una respuesta o una reflexión como esta?”. Así aparecía un territorio menos definido, menos cercano a la fidelidad de un registro absoluto y más sinuoso con el pasar de los meses, las escuchas, los ajustes de estilo, las escrituras claras y las palabras precisas. El tiempo que tomó la construcción y edición de las narrativas fue un desafío de paciencia, cuidado y confianza tanto entre nosotras como con las participantes.
Algunas conversaciones las tuvimos con gente que una de las dos no conocía previamente, e incluso así las conversaciones fueron muy íntimas. Hubo algo entre nosotras que hizo que se construyera un espacio cálido donde iban emergiendo las ideas y los recuerdos. Ese algo era una potencia secreta, donde parecía que se esperaba que en algún momento iba a surgir la posibilidad de “decirse públicamente eso que se pregunta”, una espera que implica poder compartir algo que está atravesado por experiencias complejas pero que puede hacerse público10. En el proceso de escritura conjunta buscamos el consenso, privilegiando el deseo de las participantes sobre el nuestro. La negociación en torno a las formas de representación de sí misma tuvo como centro el buscar la conformidad de la participante. En ciertos casos esto fue problemático porque para algunas era importante que diéramos a conocer las preguntas o temáticas que habíamos planteado para facilitar la oralidad. Optamos por omitirlas puesto que nuestra intención era obtener una serie de narraciones en primera persona que eludieran la estructura de la entrevista convencional y sus marcos de normatividad investigativa.
Una de nosotras (Lucía) participa del grupo Fractalitats en Investigació Critica (fic) del Departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona. Se trata de un espacio crítico en el que hace más de veinte años fue desarrollada la metodología de las Producciones Narrativas. Esto nos permitió poder plantear algunas dudas metodológicas dentro del fic11. En nuestro caso sucedieron cuestiones que no sabíamos si eran habituales, como por ejemplo que algunas participantes nos solicitaran la grabación de la conversación. Esto hizo emerger la sospecha de que quizá las peticiones estaban cuestionando la textualización que habíamos hecho, sin considerar la potencia de poder cambiar cualquiera de sus partes, sino más bien demandando una cierta correspondencia con las palabras que se habían dicho en el momento de la conversación. Quizá esto sucedió porque no fuimos suficientemente explícitas en relación a la metodología y el estilo de narración textual al que esta apela, o quizá porque el formato de la entrevista corresponde más al común de las prácticas documentativas alineadas con los mandatos autorales del campo del arte. Esta metodología no implica que las investigadoras tengan necesariamente que realizar la textualización, se trata de una cuestión más bien práctica, para evitar darle más trabajo a la participante. En la metodología de Producciones Narrativas es habitual que las personas no se encuentren cómodas con la primera textualización, lo que no es tan habitual es que ese alguien demande una exacta correspondencia entre la textualización y la grabación de audio. En ese sentido, el hecho de que algunas participantes quisieran consultar la grabación de la conversación era factible e incluso un aporte; lo que en cambio nos llamó la atención fue una especie de deseo de fidelidad en relación a la palabra dicha.
La metodología de Producciones Narrativas tiene como uno de sus planteamientos el explicitar la agencia de todas las participantes en un proceso de investigación, de ahí que todas tengamos posibilidad de participar, intervenir y modificar la escritura de la narrativa final. Como ya hemos dicho, no se trata de una metodología que busque la verdad, la fidelidad o la veracidad de los hechos. Es bastante conocido el profundo cuestionamiento que desde las metodologías y epistemologías feministas se ha hecho al concepto de “verdad” y lo “verdadero”, y su consiguiente formalización en el terreno de la investigación.
Las epistemologías feministas han indagado en cómo algunas formas de justificar el conocimiento han puesto en desventaja a ciertos grupos sociales, como puntualmente puede ser el de las mujeres, el de las personas de color12, o de cualquier otra minoría, porque se les niega su propia autoridad epistémica y se denigran sus modos y formas de producir conocimiento. Por esto las epistemologías feministas se han centrado en “la crítica a los marcos de interpretación de la observación; la descripción e influencia de roles y valores sociales y políticos en la investigación; la crítica a los ideales de objetividad, racionalidad, neutralidad y universalidad, así como las propuestas de reformulación de las estructuras de autoridad epistémica” (Blazquez Graf, Flores Palacios, y Ríos Everardo 2012, 22-23).
Si bien las epistemologías y metodologías feministas han insistido en la necesidad de cuestionar la posición, estilo y modo científico y enunciativo del sujeto varón, heterosexual y blanco como el garante de la producción del conocimiento en la cultura occidental, no ha sido un cuestionamiento que haya necesariamente emergido del feminismo blanco sino de sus intersecciones con otras luchas y subjetividades. En ese sentido las epistemologías indígenas han dado relevancia y autoridad al poder de la narración y de la oralidad. Nuestro trabajo con Producciones Narrativas responde también a esa voluntad, sabiendo que el contar historias es una “manera útil y culturalmente apropiada de representar la ‘diversidad de la verdad’ dentro de la cual el narrador, y no el investigador, retiene el control” (Bishop en Tuhiwai Smith 2017, 260). Estas prácticas responden y se sostienen en las culturas orales, que tienen como característica el “centrarse en el diálogo y las conversaciones [...donde el] contar historias también incluye el humor, los chismes y la creatividad” (Tuhiwai Smith 2017, 261). Decidimos reconocer estas prácticas y formas de producir conocimiento tradicionalmente denostadas por la mirada eurocéntrica y masculinizada porque traen consigo saberes ancestrales y porque nos acompañan a reconocer aquello que no ha sido nombrado en demasía, aquello que a pesar de su persistencia y existencia, cuelga en los bordes del afuera.
Esta investigación ha sido financiada por un fondo que requiere en sus bases la total descripción de cada una de sus colaboradoras, lo que no deja de llamar la atención. En ese sentido, la misma constitución y requerimiento del fondo (el espacio de posibilidad material para la investigación), nos obligaba a desplegar una serie de nombres y biografías relevantes para el campo del arte chileno, impidiéndonos planear un proceso abierto y plástico en relación a las colaboraciones y contribuciones finales. La posibilidad de desarrollar esta investigación con financiamiento institucional, estuvo condicionada a unos parámetros de la legitimidad cultural en que debíamos exponer el “éxito” de las trayectorias artísticas de las colaboradoras como estrategia para llevar a cabo el proyecto mismo. En algunos casos las mismas participantes plantearon la posibilidad de pensar en la cantidad y el tipo de proyectos rechazados por el fondo. ¿Cuáles son?, ¿qué queda fuera? Es paradójico que las posibilidades de reflexión sensible que este proyecto aporta o en las que busca indagar estén mediadas por este tráfico de materiales simbólicos y cognitivos, donde son nuestras propias vidas y experiencias las que forman parte de estos sistemas de importación y exportación con que se rige el mercado cultural y el cognitariado.
3.
El comienzo de la migración es solo una larva
Que avanza a velocidad luz entre los cuerpos
Los peces a contraaguas, veloces van
Angosta es la calle, el paso, la frontera, la muralla
Quietos observan otros seres territoriales acechando
Muchos quedarán detenidos en el trayecto para siempre en la noche de los tiempos
Avanzan furiosos a buscar otros nidos, otras casas, otras cuevas, otras corrientes
Gran viaje se alza entre los aires
El vuelo debe romper surcos
Ni continentes, ni mares les detienen,
Avanzan hombres, mujeres, pájaros, pájaras animales, animalas
Faumelisa Manquepillán
Tuve la sensación que después de cada conversación se me quedaban las palabras pegadas como por una semana, me volvían a lo largo de los días como algo que se había dicho o que podría haber sido dicho, o seguía las conversaciones imaginariamente. A veces se me confundían los relatos, no recordaba quién había dicho qué, o entremezclaba partes de una y de otra, incluso parece que con mis propios recuerdos. A veces de tanto escucharlas, soñaba con ellas, tenía pesadillas.
Recuerdo llegar a la casa de una de las colaboradoras sin que hubiésemos conversado nunca antes, y salir con la sensación de habernos conocido hace años. Las conversaciones en general llegaban a grados de intensidad muy altos, y esto iba creando un ambiente de confianza, donde muchos recuerdos se iban activando de acuerdo a las diferentes experiencias singulares de cada una. Había algo coral, pero como un coro desafinado, tratando de seguir un ritmo que encontraba ecos y resonancias en las voces de las otras.
Durante las transcripciones, era como estar escuchando en cámara lenta. Mi percepción cambiaba muchísimo en esa segunda escucha. Era como volver a conocer a las que ya conocía y empezar a tener contacto con las que no conocía mucho en unos grados de altísima intimidad. Algo importante se fue dando en relación a las formas de construir vínculos porque el haber vivido experiencias de desarraigo con Chile fue una manera de encontrarnos en esos lugares donde hemos experimentado formas de salirnos de un marco territorial y cultural determinado. Surgieron algunas preguntas colectivas: ¿Cómo ha sido salir de Chile? ¿Se puede salir? ¿En qué sentidos se puede salir incluso estando dentro del territorio? ¿Cómo permearnos de otras formas?, ¿Cómo contaminar nuestras prácticas cotidianas con otros referentes?
Con los relatos me fui conectando con varias cosas que tenía dormidas, olvidadas, sepultadas y otras debajo de la alfombra (como el polvo). Memorias confinadas, sin la posibilidad de salir, de procesarse, cosas guardadas por temor a que dolieran. Sobre todo mi experiencia no tan “exitosa” de la vida cotidiana cuando vivía fuera de Chile; lo difícil de encontrar trabajo para una joven menor de treinta años que solo accedía a los empleos precarios que explotan a las mujeres con sueldos bajos y casi siempre sin contrato (cuidados, limpieza, etc.); sentirme bastante mal al darme cuenta de que no tenía muchas posibilidades de quedarme y sobrevivir con esos trabajos precarios. El cansancio me daba mucha angustia, no tenía muy claro cómo poder defenderme de violencias que no alcanzaba aún a nombrar así. Esos miedos y angustias se sienten de distinta forma en los diferentes cuerpos porque hay “una relación con el espacio y la movilidad en juego en la organización diferencial del miedo mismo” (Ahmed 2015, 114), Sara Ahmed interroga la idea de que los sujetos más asustados sean los vulnerables; esto implica pensar por qué algunos cuerpos temen más que otros y cómo es que se conforman esos sentimientos.
Recuerdo también que era muy difícil hacer el proceso de papeles para vivir legalmente, y había un miedo constante de que se vencieran y quedar ilegal. Esa vivencia se tensiona con la lectura que muchas veces desde el interior de Chile aparece al momento de evaluar si “te ha ido bien”, donde vivir fuera (y sobre todo en un lugar más central o metropolitano que Chile) pareciera un éxito en sí mismo, obviando la experiencia concreta, y a la vez invitando a tergiversarla en pos de las narrativas optimistas del éxito (Ahmed 2019). El proyecto de construir una “buena vida” en un “lugar mejor” es un deseo recursivo que se proyecta sin demasiados cuestionamientos, por eso Lauren Berlant se pregunta “¿Por qué las personas mantienen su apego a determinadas fantasías convencionales de la buena vida —por ejemplo, de reciprocidad duradera en las parejas, en las familias, en los sistemas políticos, en las instituciones, en los mercados y en el trabajo— habiendo sobradas pruebas de su inestabilidad, su fragilidad y sus costos?” (Berlant 2020, 21) Hay una constante, al menos en el grupo que recoge este texto, que es la de migrar a un lugar “más grande que Chile”, aquellos lugares que permiten acercarse a lo que aparentemente en Chile no existe. Este movimiento, que en general es hacia el norte, también implica convertirse en otra persona puesto que somos según el contexto en el que estamos.
En las migraciones que hemos vivido hay un proceso de encuentro con un tipo de alteridad, el encuentro con otrxs y el reconocimiento de una misma como otra, y esto va sucediendo a la par y con bastante profundidad. Luego con los años he podido procesar toda esa experiencia, sobre todo con la ayuda de lecturas feministas, antirracistas y decoloniales, y desde las vivencias de otras compañeras pude comprender cómo me sentía con ese miedo y angustia a pesar que de todas formas sentía una fuerza interna que me movía “pese a todo”, probablemente la conciencia en un tipo de vulnerabilidad de clase y género que activa fuerzas de sobrevivencia. Es como si se desnaturalizara el racismo tardíamente, desde el momento en el que una se va de Chile y cambia su posición, generalmente privilegiada, o sea la que sea, que vive en su país de origen.
Muchos de esos sentimientos (frustración, rabia, desencanto) iban apareciendo mientras escuchaba las grabaciones de las entrevistas, pero sobre todo mientras leía las transcripciones. Se trataba de esos sentimientos intensos que a veces se ocultan para seguir operando, cosa que no funciona todo el tiempo, y a veces me tiende a bloquear. La lectura de todo el material a la vez me daba una sensación de fuerza, de estar presenciando una gran potencia colectiva de mujeres, sus luchas, sociales y cotidianas, era como estar presenciando un cúmulo de movimientos subjetivos sucediendo a la vez.
Los impulsos de salida son múltiples, se formalizan como becas de estudio, como estudios sin beca, como exilios13 y sexilios14, como relaciones de amor o como ahogos diversos. Cuando una se va hay cosas que se pierden, y también aparece la posibilidad de ser otra, el poder desprenderse de cosas. Es posible pensar el proceso migratorio vinculado a lo mucho o poco que una tiene que perder en el lugar de origen (prestigio, una carrera, una situación familiar, etc.). O a lo mucho o poco que una puede cambiar: cómo cambian los acentos viviendo fuera (me acuerdo que al volver a Chile me decían que hablaba “como Zamorano”, el futbolista chileno que vivió un tiempo en España, y yo sin darme cuenta pensaba en las formas camaleónicas15 que debemos adquirir para sentirnos que somos aceptadas). Se llega a un lugar donde una no es nadie, ha perdido legitimidad, y a la vez puede dejar de ser (en Chile la clase es muy determinante). Esto posibilita liberarse de muchas etiquetas que en Chile son muy pesadas. Ese proceso es paralelo al que en muchos países del norte global se espera de parte del “buen migrante”; esto significa integrarse y participar de todos los protocolos ciudadanos y culturales del nuevo territorio que una habita. Esta noción de integración focaliza la responsabilidad en la persona que migra, condicionando muchas veces su correcta participación como una que debe abandonar de forma total o parcial su habla, sus prácticas y su entramado cultural de origen. Si bien los países del norte “premian” la integración de la persona migrante, buscan fundamentalmente que esta borre sus orígenes a través de la adaptación y asimilación. Estos dos movimientos que basculan entre la integración y la desintegración marcan muchas de las experiencias migratorias que recoge esta investigación y son parte de la sensación de estar siendo siempre fiscalizada y puesta a disposición de un sistema clasificatorio.
Los encasillamientos suceden en todas partes, pero cuando sales de Chile y llegas a un lugar donde nadie te conoce, estás como menos afectada por los parámetros que marcaban tu vivencia anterior, puedes inventar algo, o puedes ser impostora más fácilmente. En Chile está la sensación de que conocen todo de ti, que todo se etiqueta más fácilmente, y entonces empiezas a formar parte de una realidad unívoca, sin la posibilidad de habitar lugares más polisémicos. En el lugar de origen hay cosas que no se pueden decir, no se le puede decir a cualquier persona que una está saturada de Chile porque queda mal, es cerrar el diálogo, convertirse inmediatamente en una pesada, en una aguafiestas16. Como que si una en Chile denuncia el neoliberalismo salvaje que hay, se está siendo deprimente y extremadamente negativa porque una está hablando de una realidad que al final no vive todos los días, que no se padece, y de alguna forma como que una no tendría derecho a venir de afuera a opinar. Está esa idea de que si te fuiste, dejaste de estar autorizada para dar tu opinión, como en la canción de Los Prisioneros, donde una persona que desea lo metropolitano y odia lo local es invitada a irse del país.
Por otra parte, revisar las narrativas también nos permitió encontrarnos con un gran relato sobre el proceso social, político y económico que hemos vivido con tanta incomodidad desde fines de los años ochenta y noventa. Los relatos me removieron la transición democrática. ¿Y qué pasó con las niñas? En muchas de las narrativas aparece algo reactivo en términos de afectos en relación a Chile. Las emociones “fuertes”, el rechazo, el resentimiento y las ganas de no volver. De alguna forma al pensar las décadas de los ochenta y noventa las conversaciones que tuvimos se fueron enlazando a ese proyecto social chileno vinculado a la transición a la democracia que bajo la implantación del sistema neoliberal fue activando un tipo de “Optimismo cruel”. Para Lauren Berlant esto remite a “aquella condición en la que se sostiene el apego a un objeto significativamente problemático”, una relación de apego “cuya concreción resulta imposible, pura fantasía, o bien demasiado posible, tóxica” (Berlant 2020, 58). En este periodo de extranjería o, a pesar de este periodo, de alguna forma nos pudimos ir sosteniendo. Las redes de apoyo, de colaboración, de apoyo mutuo que surgieron fuera del territorio nos ayudaron a resistir esa transición pactada.
Algunas narrativas hablan de una suerte de exilio elegido, o de una forma de escapar de ese contexto de pactos y privatización que se iba afianzando con tanta fuerza en el periodo de la transición. Un ejemplo de estas políticas de la desigualdad que se implementaron en Chile, tiene que ver con los efectos de la privatización de la educación escolar y universitaria sobre una generación de estudiantes que debieron endeudarse para poder estudiar, cosa que es nuestro caso así como el de algunas de las participantes. Trayectorias atravesadas por el endeudamiento en forma de créditos fiscales, letras de pago, pagarés y becas que operaban como préstamo y fuente de más endeudamiento17. Este endeudamiento fáctico y monetario se replica también a nivel simbólico y afectivo en muchas de las experiencias que recogemos en este libro. Una sensación de deberle algo o tener un pendiente con Chile por el hecho de haberse ido, por el hecho de no estar. Se trata de un tipo de relato que también emergió durante la dictadura respecto a las personas exiliadas ya que de alguna forma “no estaban sufriendo” los embates dictatoriales dentro del territorio. Esta sensación improductiva de endeudamiento atraviesa algunas de las experiencias que abordamos, alimentando relaciones complejas con Chile y aumentando las contradicciones que se viven desde afuera.
Queremos agradecer profundamente la confianza, el cariño, la alta exposición personal y subjetiva, el salto al vacío de las experiencias contadas en este libro. Las participantes y colaboradoras han confiado en el proceso de la investigación y sus resultados, sumergiéndose en un trabajo metodológico que ha puesto la autorreflexión en el centro como forma para producir relaciones personales y sociales. Este aspecto, muy vinculado con las metodologías feministas, se ha ido desarrollando de formas singulares y únicas. Las preguntas que fueron surgiendo, como “¿a quién le va a interesar esto?” o “¿por qué alguien lo va a querer leer?”, dan cuenta de la condición inestable a la que nos pueden someter algunos ejercicios de exposición, y que incluso en la incomodidad que produce el desconocer con certeza su sentido, ofrecen oportunidades para la transformación individual y colectiva al contribuir a la construcción de archivos para las “culturas públicas” (Cvetkovich, 2018).
Apostamos por que estas narrativas conformen una cartografía extraña. Tradicionalmente los mapas y las cartografías son instrumentos del poder, determinan los límites y dejan de lado aquello que no conforma el territorio oficial. Esta otra cartografía que pensamos se dibuja imaginariamente con las narrativas, está llena de complejidades transversales a aquellas formas del poder; igualmente se entrelazan con el orden oficial pero lo exceden y desbordan, lo interpelan y trazan incluso líneas de fuga a otros territorios impensados. Esta extrañeza implica que los territorios físicos y los sensibles se entrecruzan sin jerarquías, se sustraen las formas de poder y así se pueden atravesar fronteras territoriales, existenciales, subjetivas, sociales y políticas. Algo así como un mapa del tesoro infinito, donde el trayecto para llegar a un punto fijo es mucho más importante que la llegada en sí, porque no encontrar el cofre implica otras múltiples posibilidades de seguir buscando.
Textos referenciados
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Cecilia y Lucía en la casa okupa La Enredadera en Madrid. Paulina por internet en Viña del Mar.
28 de febrero de 2019
¿Qué quieren saber de mí que yo no sepa? Con cuarenta años de migración para hablar de eso necesito como cuatro días, mínimo un día por década. Al ser tanto tiempo una tiene como cuarenta carreteras a partir de las cuales ir narrando la propia experiencia. Pero voy a imaginar una ruta a seguir.
Llevo cuarenta años buscando un cambio, de geografías externas e internas. Y la primera geografía que abordo es mi “exilio autónomo”, que empecé a los diecisiete años y que pude ejecutar a los diecinueve, cuando definitivamente salí de Chile. Mirando retrospectivamente, me doy cuenta de que en cada momento he tenido distintas razones para huir e irme de los lugares donde he estado para tratar de encontrar otros. Me definiría como alguien en constante movimiento, así es mi vida, y eso tiene que ver con el cine, que es movimiento. Tiene que ver con estar constantemente persiguiendo cosas que son un instante. Desde que nací quise caminar y moverme hacia distintos lugares, partiendo de mi primera infancia en Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo como se decía reiteradamente en las radios magallánicas. Ese fue un lugar, una geografía clave para tener presente los movimientos en el mundo. Mirando barcos que salían y entraban del puerto de la ciudad. Esa fue la primera gran panorámica de observación: de poder desde pequeña ver el mundo como algo que está más allá de tu calle. Cuando naces o vives tu primera infancia en lugares de frontera hay una vitamina natural que te inyecta el deseo de la búsqueda, la aventura, el viaje.
Mi primera diáspora fue el viaje a España, que tenía que ver con escapar del horror y del color gris militar que había, y también de la dureza social. En 1977 tenía que entrar a estudiar y yo no tenía nada que estudiar allí, donde no había sino represión. No era científica ni ingeniera. Hacer cine era imposible. Mis padres me comprendieron y apoyaron. Y con el argumento de estudiar cine, metí en la maleta todo el resto de huidas de ese país: el escape de lo social, de lo político, del clasismo chileno. No era capaz de darle un nombre técnico a las cosas, era un tiempo en el que ni siquiera las disidencias sexuales se podían nombrar con claridad. Podías tener la intuición de que a ti te gustaban las mujeres, pero el concepto de lesbianismo no lo sabías entender: era una categoría que venía de afuera sin que tú tuvieras ese concepto introyectado. Para mí no existía en ese momento ninguna palabra que pudiera definirme de una forma permanente, para toda la vida, como casándote con ser algo. ¿Soy hetero? No. ¿Soy lesbiana, para toda la vida? No. En esos años setenta el binarismo existía en todo orden de cosas. Creo que al irme de Chile también huía de estos casorios: casarte con ser chilena, casarte con una geografía de la que era muy difícil escapar, casarte con ser algo. En términos de sexualidad sabía ya en ese momento que no me iba a querer casar de la forma en la que se entendía el matrimonio, ese formato no era el mío, lo supe desde muy niña.
En Santiago solo hice el sexto básico, y nada más en cuanto a educación en esa ciudad. Por lo tanto siempre he llevado conmigo una cierta resistencia o subversión conceptual en defensa de lo provinciano. No me gusta la prepotencia que se construye en las capitales, así que en muchas de las que he vivido, siempre encuentro esa resistencia provinciana que constantemente tienen las grandes ciudades, son los barrios y gentes de migraciones de provincia, los que más me gustan. Santiago era de barrios: dependía del barrio donde estuvieras, cómo vivías la ciudad. En la adolescencia viví una etapa en Talca, que era quizá la ciudad más rancia del país, pero eso no fue lo único que determinó la complejidad de esa etapa de mi vida, con tantas contradicciones emocionales propias de una adolescente. Lo peor fue el recuerdo de los prolegómenos del golpe militar observando de cerca la reacción y el cómo se armaba, hasta que se culminó. Contrariamente a ese ambiente tan conservador mi colegio en Talca, que se llamaba Colegio Integrado, era una suerte de extraño experimento moderno en ese entorno, donde se mezclaban ricos y pobres dentro de un modelo educativo más de la onda Paulo Freire. Esto permitía la confluencia de amigos y amigas de un amplio espectro social e ideológico. Cuando sucedió el golpe pude ver a jóvenes llenos de dolor, llorar de pena y desaparecer, y otras y otros celebrar la muerte de Allende y la caída de la Unidad Popular con gritos y expresiones al mejor estilo del fascismo siempre extremo y miserable.
Siempre tuve la sensación de que quedarse en Chile (con todos los respetos por quienes se quedaron), significaba quedarse en un frame, en un encuadre muy cerrado. Necesitaba tener la sensación de que iba a dejar de ser pobre, no quería depender de mis padres, y quedarme en Chile me daba la sensación de que no iba a poder nunca atravesar las clases sociales. Tuve cierta lucidez respecto a la realidad que me tocaría vivir si me quedaba. Solo quería salir del país, pero no pertenecía a ninguna militancia que me facilitara un exilio más protegido. En esa época eran muy pocas las chicas que con dieciocho años se iban a Europa literalmente solo con su maleta. Pensé que viajando iba a encontrar rápidamente un trabajo y que iba a poder mandar dinero a mi familia. Cosas de ser migrante, que se complementan con mi ser exiliada y con mi ser estudiante.
Los primeros trabajos que encontré en España me permitían mandar dinerito a Chile, incluso trabajando de camarera. Así que por un tiempo sostuve el mandato familiar chileno que dice que “siempre tendrás a alguien a quien ayudar”, alguien a quien pagarle la cuenta de la luz, o comprarle zapatos.
Me quise ir para tener más libertad, más autonomía. Y me encontré con un país que estaba efervescente, con muchas cosas que me facilitaban mi estar. Madrid salía de la dictadura, había gran libertad sexual y el movimiento gay y de lesbianas empezaban a cobrar visibilidad ganando la calle e interpelando el espacio político de la izquierda ortodoxa. Pero curiosamente comparando la generación de mis padres con los padres de mis amigas y amigos españoles me demostraba que mis padres chilenos, a su manera, eran veinte veces más modernos y de forma muy clara me espantó como las mujeres comunes y corrientes españolas de la generación de mi madre parecían de otro siglo con una moralidad muy tradicional y reprimida.
En los setenta también de Chile veníamos bastante más despiertos de lo que estaba la gente que vivía aquí en España, donde en mi curso de universidad la mayoría eran vírgenes. Y yo sin haber tenido tanta experiencia ya me había encargado de quitarme la virginidad de encima, no quería tener ese “carnet de identidad”. Así que en España se valoraba lo distinta que yo era, como ser latinoamericana, que en ese momento me hacía una persona más atrevida, atractiva y seductora, sensual, y esos eran instrumentos de poder. Es cierto que yo de alguna forma me podía situar como migrante “blanca”, no tenía muchos rasgos visibles de los pueblos indígenas y esa “facilidad” dada por el color también me permitió acceder al hábitat académico, a la universidad y al mundo del feminismo, cuya práctica viví por primera vez en ese momento. Creo que rápidamente me españolicé, o más bien, me madrileñicé, cuando Madrid empezaba en esa ruptura maravillosa con lo viejo, reprimido y católico. Esa etapa concluye cuando termino la universidad, en la facultad de Imagen. La universidad era malísima en esa época. Cuando terminé la carrera logré legalizar mi situación consiguiendo la nacionalidad española. Y apenas tuve la ciudadanía lo primero que quise hacer fue irme y poder moverme con ese pasaporte a otras partes de Europa y el mundo. Volver a Chile y revisitarlo a finales de los ochenta. El país ya había cambiado y explotaba la gran resistencia a la dictadura y al dictador. Salir de Madrid se me hacía urgente.
Si tuviera que hacer un sumario forense de la época que pasé en Madrid diría: llegué en 1977 a Madrid, en octubre. El año 78 se produce el atentado de Atocha, que es de los últimos atentados de la época de Franco. Iba a las fiestas del Partido Comunista que en ese momento era un espacio muy interesante en el que las personas chilenas éramos recibidas prácticamente con fuegos artificiales. La gente estaba muy interesada en lo que una pudiera contar, sobre todo les interesaba lo que fuera resistencia chilena aunque yo no fuera militante del PC. Los españoles (demócratas y de izquierdas) habían seguido todo el proceso político de Chile y la muerte de Allende y el golpe con una tristeza tremenda. Estremecidos por su paralelismo con el golpe militar de Franco en su Segunda República. ¿Cómo podía yo explicar todo ello?
(Después de hacer esta pregunta, de pronto el teléfono de Cecilia hace un ruido y es Siri, que le dice “lamentablemente no te puedo ayudar”).
En Madrid también me di cuenta de muchas cosas gracias a la Filmoteca y otros espacios de difusión cultural y política de solidaridad con Chile. Yo sabía que en Chile la cagada era bastante gorda, pero no sabía hasta qué nivel. Por ejemplo, pude ver la película de Mattelart, La Espiral (Armand Mattelart, Valérie Mayoux, Jacqueline Meppiel, 1976) a través de la cual tuve acceso a un montón de cosas que en Chile no sabía, fue como meterme dentro de una ola que me dio entera vuelta. La batalla de Chile (Patricio Guzmán, 1975-1979) que pude ver entera, porque se estrenó fuera de Chile. Te dabas cuenta de todo lo que no habías visto o de lo que no habías vivido en primera persona, pero que había sucedido a dos metros de ti, o lo que le pasó a tus amigos de izquierda que habían desaparecido. Cuando vi La Batalla de Chile pensé en tanta gente de mi entorno. Los que fueron derrotados y los que vencieron a costa de la muerte… También me pasaron cosas en otros sentidos, que abrían los ojos y la necesidad de otras libertades. Vi El último tango en París, que fue un evento histórico en España. Colas de gente en la Gran Vía para verla, después de haber levantado su prohibición. Al mismo tiempo empezaba a aparecer el feminismo como debate social públicamente en la prensa. También cobraba fuerza la movida gay en lugares de Madrid y Barcelona sobre todo. Coincidió con que para pagar la universidad trabajaba en un Vips, que era un local nocturno del centro de Madrid, en la calle Fuencarral y ahí llegaba parte de la llamada “movida madrileña” a cerrar la noche. Yo lo observaba en primera línea pero no participaba porque no era fácil entrar si no te drogabas y estabas en una onda relajada que te permitiera perderte de la responsabilidad del trabajo y la sobrevivencia. Para mí no era fácil consumir droga y luego no responder en el trabajo que me daba de comer. No tenía una familia que me protegiera. Tenía una responsabilidad de “movida obrera” que creo que fue otra y quizá más interesante en otros sentidos. La movida sirvió a personas que se convirtieron en personajes del estilo y universo de Almodóvar. Mucho más despolitizados.
Tuve conciencia de que yo no pertenecía aquí, de que mi espacio y mi identidad social no era la de esa clase media burguesa española que podía permitirse tomar drogas y meterse todo tipo de cosas en el cuerpo. Si a mí me pasaba algo, estaba totalmente sola. No me podía meter un pinchazo de heroína y quedarme tirada en una cuneta como los hijos de burgueses para que alguien de mi círculo me rescatara. Tenía un compromiso con mi familia que me había ayudado a venir, no podía meterme caballo (heroína) y tirarlo todo por la borda. La movida madrileña en ese sentido perteneció a una burguesía muy concreta y los que no eran burgueses, la mayoría se morían. En ese momento, tal como entró la apertura sexual, entraron las drogas. Y el sida, que también me lo podría haber cogido, porque había un despertar sexual en el que no teníamos ningún tipo de precaución. Tengo muchos amigos que murieron y yo tuve en ese sentido mucha suerte. También tuve un aborto, cuando aquí en Madrid estaba prohibido, y me fui a Londres como hacían todas las españolas.
En España en esos años era muy difícil hacer cine sin tener dinero. Todos los chilenos que conocí y que pasaron por acá, trabajaban temas relacionados con el exilio y eran apoyados por instituciones europeas, especialmente en Francia, Littin, Patricio Guzmán, Raúl Ruiz… Una de las razones por las que yo cuando jovencita quería estudiar cine era porque fantaseaba con ser la primera mujer en Chile que fuera cineasta. Pero desconocía las pocas mujeres mayores que yo que ya estaban dando sus primeros pasos. En Finlandia estaba Angelina Vázquez a quien después conocí cuando se vino a vivir a Madrid; en Francia conocí a Valeria Sarmiento; en Chile un par de veces estuve con Tatiana Gaviola, que era como de mi misma edad y hacía temas más de video arte; con Gloria Camiruaga coincidí en Madrid cuando con otras amigas organizamos el primer encuentro de mujeres cineastas y videoartistas. Queríamos encontrarnos para pensarnos en una dimensión propia y de ámbito iberoamericano. Años después, ya en los noventa, las muestras de cines de mujeres empezaron a proliferar por todas partes del mundo. Al final para mí si no se subrayaban otros aspectos de carácter más feministas o transidentitarios me dejaban de interesar. Y empecé a frecuentar muestras de cine o creación audiovisual en las que se abría el ámbito experimental, video arte, queer o disidencias y fronteras.
Cuando tuve la nacionalidad española quise irme. Tenía pendiente el cine, que había sido mi principal motivo para migrar. Habían pasado diecisiete años, entre el 77 y el 93, en los que yo había sido una sobreviviente, trabajaba y estudiaba, lo cual dificultaba o ralentizaba mi proceso de “profesionalización”. Hasta que no tuve papeles no pude dar pasos severos. Cuando conseguí un trabajo estable, con buen salario, e incluso vacaciones pagadas, pude contratar un abogado y sacar mis papeles, sacarme ese problema de encima, y el año 93 ya teniendo la nacionalidad me fui a Nueva York por tres meses.
Recuerdo haber grabado una manifestación del orgullo gay, el Gay Pride, en la Quinta Avenida donde se hizo un minuto de silencio por los enfermos del sida, fue algo brutal y enormemente emocionante. Recuerdo ver pasar unos buses turísticos por el desfile, donde en la parte de arriba iban todos los enfermos de sida que sabían que iban a morir. Fue algo espeluznante, y fue el primer orgullo que grabé (luego perdí la cinta, usé una cámara prestada además). Esta experiencia me produjo un click. Ahí se me produjo toda la conciencia en relación a la crisis del sida, la movida queer, en un escenario muy real, no en los libros y teorías que después vinieron. La gente habla hoy de lo queer como quien hablaba de marxismo. Pero yo aterricé en lo queer en ese momento en Nueva York, no sé bien cómo conocí a una chica puertorriqueña que me alojó en su casa del centro del Village por un mes y medio, y con ella fui a esa manifestación del orgullo. Me enseñó muchas cosas del activismo. Ella formaba parte del centro Lambda, que se dedicaba al estudio y la asistencia a personas lesbianas y gays (en esa época no eran visibles tantas identidades como ahora, habían menos personas trans fuera del armario, sobre todo trans masculinas). Ese viaje a Nueva York fue una especie de iniciación para mí. Tomé conciencia de lo queer a través de las voces latinas, había un grupo de lesbianas latinas llamado “Las Buenas Amigas”, y seguían a las autoras chicanas. Para ellas yo era muy española, repelente, y me ponían en cuestión mi forma de hablar, reivindicaban mi chilenidad, el que yo fuera latina. Eso a mí me puso patas pa’ arriba. Ellas se reían de la Judith Butler, para ellas era una profesora blanca y gringa, y se burlaban de mí por seguirla. Eran puertorriqueñas, mexicanas, chicanas, todas súper potentes. Conocían todo de Gloria Anzaldúa, Audre Lorde, bell hooks y a Angela Davis la seguían donde fuera. Era la época en la que en México estaba la “Cocina de mujeres” que eran un grupo de cineastas de los ochenta. Ahí me di cuenta de lo cateto (que es como en España le llaman a la gente inculta, momia y conservadora) que era Madrid y España, porque estas feministas del tercer mundo gringas, estaban súper adelantadas para mí. Entonces quise irme a vivir allí, así que cuando volví empecé a organizar todo para irme. Me inventé una película que quería rodar en Nueva York, cosa que finalmente hice años después, ya que me costó un tiempo, y así entré a este espacio político latino. Estuve primero en San Francisco y luego me fui a Nueva York. Ahí también me vinculé con el feminismo más “institucional y más blanco”, articulado en 1995 en torno al encuentro mundial de mujeres de Beijing.
Antes de irme a radicar en Nueva York pasé por la escuela de cine para estudiar documental, en la Escuela de cine de San Antonio de los Baños en Cuba. Fui a hacer un seminario de verano por tres meses, porque si bien yo había venido a Madrid a estudiar cine, en realidad entré a una facultad de comunicación decadente, mezclada con periodismo. Elegí entonces ir a Cuba para tener una formación más específica en documental y allí realicé un trabajo sobre ese país que me sirvió mucho en Nueva York para conseguir trabajo.
Estuve en Nueva York siete años, de 1993 al 2000, entrando y saliendo. Me fui a Beijing, luego a América Latina, seguía viniendo a España para cobrar el paro, que es el seguro de desempleo, y conseguí rodar la película en Nueva York, pero me vine a montarla a Madrid porque me era más fácil conseguir financiamiento. En Nueva York ya tenía que empezar a regularizar mi situación legal y coincidió con el momento en el que la ciudad se estaba gentrificando y todo se planteaba difícil y caro. La película que hice el 2000 fue con un presupuesto mínimo, es la historia de una psicoanalista que trabaja en la ciudad y pasa su consulta arriba de una auto caravana, una consulta móvil. Algo muy visionario para ese momento. En la película aparecían las Torres Gemelas porque uno de sus pacientes trabajaba por ahí y la psicoanalista lo va a visitar en la calle de su oficina. Él, que era adicto a la cnn y las noticias, termina suicidándose. El estreno en Nueva York estaba organizado para el día 13 de septiembre del 2001, por supuesto que no pudimos hacerlo. Cuando la estrené en Chile fue el momento en el que conocí a todos los cineastas chilenos de ese momento. Estrené Time’s up en San Sebastián y coincidimos con Silvio Caiozzi y con el director del El Chacotero sentimental, y luego también me crucé en Madrid con Andrés Wood, toda esa época de principios del siglo veintiuno, primeros años del nuevo milenio donde las mujeres cineastas chilenas aún no explosionaban como felizmente sucedió después.
Antes de salir de Chile en 1977 hice unos talleres de cine en la Universidad de Chile, los impartían personas muy raras que nos mostraban cosas clandestinamente, eran clases muy informativas. De hecho, en mi equipaje con el que me vine desde Chile (esos equipajes de los que ya no te queda nada, quizá cuatro cartas y un casete que eran como los antiguos podcast), traje tres libros y una revista sobre cine de la que tenía tres números. Me acuerdo que un curador de video arte que pasó por Madrid me dijo que eso era una joya.
Siempre tuve la sensación de que había conocido Chile estando fuera, todo lo hice fuera, excepto el capítulo de Tres instantes y un grito que rodé en 2011 sobre el movimiento estudiantil. Ahí hice una catarsis porque en ese capítulo aparecen chicas que tienen casi la misma edad que tenía yo cuando me fui. Ellas tienen una clarividencia y una madurez emocional y política que impresiona mucho a quienes ven la película. Chicas valientes, tienen capacidad de jugar. Cosas que a veces veo en el feminismo joven, gente que tiene las cosas muy claras y van adelante sin hacerse tantas preguntas. ¡Bendita juventud, siento, hago y luego pienso!

Tengo un relato pendiente con Chile. A veces me digo, “dite la verdad”. Hice lo de los estudiantes, y una pieza del proceso chileno del NO con mis sobrinos hablando de la democracia, sin poder decir esa palabra, decían “cracracia”, eran pequeños y alguno no sabía hablar todavía pero ya intentaba repetir una palabra; democracia, que en 1988 oía a sus padres repetir todo el tiempo. Siempre me pareció muy duro el cine, muy clasista y castrador, como que te exige entrar en la industria, por eso me acerqué más a las artes visuales o al video. Esto le pasa a la gente que tiene la necesidad de hacer cosas que hay que producirlas en un momento muy concreto, cuando no tienes tiempo para hacer una película durante seis años, ni para lidiar con actores narcisistas. Y a veces una quiere contar y crear, por eso sí me siento más ligada a las artes visuales, y ahora hay una serie de herramientas de bolsillo que te permiten ir haciendo en pequeño formato, los teléfonos, etcétera. Cosas que tienen que ver con lo que hacíamos hace unos años con el video arte. Esto sin tener que depender de grandes productoras en manos de usureros.
Mi orfandad artística cinematográfica ha sido total
Creo que perdí el pudor y ya no me importa salir en los encuadres de otra gente. Creo que tengo una pulsión con documentar y grabar la realidad. Estoy grabando siempre todo, y tengo mucha curiosidad. Es como oler los pinos. Grabar y colaborar también es una forma de sentir amor por la gente, como a quien le gusta cocinar e invita a comer, yo voy grabando. Y creo que, si hubiese tenido esta conciencia desde temprana edad, si me hubiese encontrado con una escuela buena y sana con gente que me hubiera apoyado, seguramente me hubiese transformado en un estilo de Chris Marker, alguien que iba experimentando con la realidad. Pero el problema es que mi orfandad artística cinematográfica ha sido entera, además de que el documental por muchos años fue un cine considerado menor que suscitaba menos interés, al menos acá en España y en mi época. En Chile era otra cosa, se hizo siempre mucho documental, más intenso y evolucionado. Ahora todo el mundo hace documentales y causa más interés. Para haber tenido una mejor experiencia formativa me tendría que haber quedado en Cuba, o irme a Suiza, a Bélgica, donde lo apoyan mucho más.
Yo hablo más de un cine de urgencia porque es la parte que a mí me ha interesado. Otros cineastas se fijan en la belleza de la imagen, yo hablo más de la urgencia de la realidad. Así como mi hermano tiene talento para la cocina, yo creo que tengo un talento natural con la escucha, no me cuesta ser casi invisible, de hecho, aunque no sea invisible porque muchas veces para documentar me tengo que meter en el centro de la imagen general, pero hay un momento en el que la gente ya no me ve. Y eso te permite recuperar cosas que la gente ya no ve o de las que se olvidan. Y como yo me comprometo con las causas que filmo, nunca voy a sacar cosas o personas que pongan o se pongan en riesgo.
Creo que en el mundo contemporáneo la gente se escucha cada vez menos, los grandes debates o encuentros se tratan cada vez más de que cada uno vaya a soltar su rollo ombliguista, y eso cada vez me interesa menos, lo de seguir a gente que no sabe escuchar. También es verdad que en mi trabajo me interesa escuchar a aquellos que no son escuchados; los que no son escuchados por el sabio, por el narcisista, por el político… Que esa gente cuya voz no es escuchada pueda expresarse, me interesa un montón, la gente del afuera, en el sentido del centro del poder, del significado, del foco… Me interesan esos momentos vírgenes de la palabra, cuando la gente toma por primera vez un micrófono y titubea como nunca más va a volver a titubear cuando se haga conferenciante. Es un aburrimiento seguir escuchando a las mismas personas de siempre. Creo que hay que gestionar nuevas formas de expresión o de gestión de la palabra, para que los mismos de siempre dejen de ocupar todos los espacios, porque son repetitivos y aburren.
En los espacios de activismo antirracista se hará también necesario desarrollar unos lugares que rompan con el formato blanco de autoritarismo, elitista, donde habla el que más sabe o el que lo hace de forma más articulada. Eso hay que irlo trabajando con otras herramientas. Y esto también ha pasado en el feminismo, que al final está ocupado siempre por las mismas voces hegemónicas que repiten lo mismo, por ahí hay que desordenar los temas. Al menos artísticamente habría que hacerlo.
Para cerrar, creo que esto permite producciones espontáneas con formatos rápidos. Cuando estás en la escucha de la urgencia, vas pillando cosas que están pasando, la compones y la devuelves. Y ya no tienes necesidad de construir un relato desde unos propósitos preconcebidos. Creo que esta manera de trabajar también se traducirá formalmente en creaciones distintas, producciones y relatos desordenados. No soy capaz de imaginarme por dónde voy a seguir, pero sí mantengo mi deuda personal con mi primera patria, ese sur de Chile, lleno de verde y agua, que ya se está amarilleando y secando. Con ese Chile que tiene que derrocar algún día esa minoría miserable e inmoral que se quedó con toda la riqueza del país y que la vendió y expolió con los intereses de ese capitalismo global al que nunca le interesa poner en el centro la vida de la gente. Hay un Chile secuestrado por la violencia patriarcal y machista de una minoría de sicópatas. Espero llegar a ver la victoria de la inteligencia colectiva y que por fin tengamos el país que merecemos desde hace más de dos siglos. ¡¡¡Y nazcan les chilenes libres, con sus razas y colores!!! Todo esto mientras estemos en este planeta.
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Carla en su casa en Klosterneuburg. Lucía y Paulina en Viña del Mar en la casa de Paulina.
21 de agosto de 2018
Terminé la universidad en Chile el año 2000, fue un año bastante movido en el que dejé de vivir en la casa de mis padres. Me fui a una casa en un sector periférico de Valparaíso, es un lugar central pero un barrio bien pobre y complejo en ciertos aspectos. Me tocó allí una situación de vida bastante extrema, convivir con la pobreza de forma tan cercana fue duro pero al mismo tiempo interesante porque empezamos a trabajar con unos amigos y colegas de la universidad en una oficina de diseño. En ese momento buscábamos ejercer resistencia a través de proyectos de arte y diseño que tenían mucho que ver con el desarrollo de la ciudad.
Hay una razón muy importante de por qué me fui de Chile y es que mi hermano mayor, a fines de los años ochenta, dejó el país por razones políticas. Estudiaba en la Universidad Católica de Valparaíso y era parte de un movimiento de izquierda; de hecho, el año que mi hermano se fue de Chile estuvo muchas veces preso por su constante participación en las marchas y protestas. En el año 1987 mis padres deciden sacarlo del país, porque además del peligro latente de una desaparición, la situación económica en Valparaíso estaba muy mal, no había perspectivas laborales para los jóvenes. En ese momento uno de los países que tenían un acuerdo para recibir a refugiados políticos era Suecia, y mi hermano se fue para allá. Cuando salí del colegio e ingresé a estudiar artes visuales en la Universidad de Playa Ancha, después del primer año y en medio de confusiones típicas de la edad, decidí ir a Europa por seis meses y visitar a mi hermano. Yo llegué a Escandinavia, no a Europa central. Este viaje fue fundamental, fue un cambio radical en mi vida. Mi hermano vivía en un pueblo pequeño, y yo pasaba muchas horas leyendo en la biblioteca y observando la realidad de la vida cotidiana de las personas en Escandinavia. Luego tuve la posibilidad de bajar a Europa central, visitando museos y viendo en vivo y en directo todo lo que había estudiado en las clases de historia del arte en la universidad. Con todas estas grandes experiencias volví a Chile y terminé la universidad. Sobrevivir en ese tiempo, y ser mujer en un estudio universitario donde la mayoría eran hombres, no fue algo fácil.
En el año 2001 una amiga muy cercana se fue a vivir a Roma y eso gatilló en mí el deseo de volver a vivir en Europa. En medio de esas ganas de salir del país, apareció Matthias. Él llevaba muchos años trabajando en el medio cultural en Viena pero en ese momento vivía en Valparaíso. Nos enamoramos, nos fuimos a vivir juntos a Playa Ancha y nos casamos, y un mes después, en abril del 2002 nos vinimos a vivir a Viena. Tuve la suerte de que él vivía en la capital y no en el campo. Creo que yo no hubiera resistido en ese momento la vida en una ciudad pequeña, por el clima, el frío, la falta de panorama cultural, etcétera. Llevo dieciséis años en Austria y hace siete años que vivo en las afueras de Viena.
En mi caso me vine casada a Europa, así que nunca tuve problemas para recibir el permiso de residencia. Fue fácil llegar a una cierta base social establecida: amigos de Matthias, un departamento amoblado, una familia cercana. Este gran “flotador” también se transformó en la gran barrera que me impidió relacionarme con el mundo vienés como lo hubiese hecho si es que no hubiera tenido toda esta red de apoyo familiar. De alguna forma todo eso también me frenó un poco: por un lado me dio una base de seguridad económica y legal, pero al mismo tiempo me quitó todo lo que significaba pasar por la experiencia de ser una mujer inmigrante sin ese respaldo y tener que valerse de las fuerzas propias para salir adelante. Siempre supe claramente cuáles eran los privilegios de tener la libertad de trabajar desde esa posición; entonces traté de usar ese lugar para tematizar la situación de otras mujeres inmigrantes, con sus propios temas.
En Chile trabajé siempre como artista, pero cuando llegué acá los primeros seis meses estuve cuidando niños y aprendiendo alemán; tras esos meses me di el valor para hacer contactos con galerías o centros de arte y con otros artistas. La primera exposición la tuve en mayo del 2003 y mi primer trabajo pagado como artista fue en el verano de ese mismo año. Tuve suerte, no sé si me habría quedado en Viena si no hubiera tenido ese reconocimiento a nivel económico y en mi currículum. Entre 2003 y 2007 tuve un promedio de ocho exposiciones anuales, lo que era bastante para esos primeros años. Fue un camino en que pude ver el reconocimiento de parte de la institucionalidad austriaca, fueron años en que me gané becas, premios, y con una de esas becas de residencia me fui a vivir a París. Esta residencia me hizo pensar por primera vez en la posibilidad de ser madre. Mathilde, mi primera hija, nació en el 2008. Su nacimiento fue un quiebre bastante importante en mi vida, fue el primer paso para tomar decisiones que me llevaron al lugar donde estoy ahora, digamos, profesionalmente, ya que vivir solamente de proyectos artísticos siendo madre es muy sacrificado.
El año 2004 ingresé al programa de doctorado de la Universität für angewandte Kunst (Universidad de Artes Aplicadas) en Viena, pero antes de entrar allí ya conocía a gente que estudiaba y me daba cuenta que las escuelas de arte acá no tenían el nivel teórico que nosotras teníamos en Valparaíso. Yo les hablaba de libros y teorías que muchas veces los otros alumnos y colegas no conocían. Como nunca pasé por Santiago no llegué a tener una vida profesional allí, me vine de Valparaíso directamente a Viena. A pesar de eso, nunca me sentí periférica, ni a nivel de producción plástica, ni a nivel teórico. Hasta ahora esto me parece súper interesante, siempre fui bien segura del valor de mi trabajo y esto me ayudó a luchar los primeros años. La formación académica que tuvimos en Chile estaba, al contrario de lo que siempre pensamos, muy por sobre el nivel de mis colegas vieneses.
Cuando recién llegué acá, a diferencia de la situación ahora, Viena era un desierto a nivel de coyuntura artística, no había otros colegas latinoamericanos con quienes generar discusiones a nivel teórico-político-activista, armar proyectos colectivos, crear redes de intercambio. Ninguno de nuestros proyectos tenía repercusión institucional y a ratos eso era muy desalentador. Por otro lado me dio mucha fuerza entender que tenía la responsabilidad y el deber de crear y reclamar mis propios espacios. Tuve que aprender a negociar con instituciones y eso me dio la posibilidad de hacer proyectos interesantes como los que he hecho hasta ahora y sigo haciendo.
Matthias, mi compañero, me ayudó con el idioma y traduciendo mis primeros textos, pero llegó un momento, sobre todo luego del nacimiento de nuestras hijas, Mathilde y Charlotte, en que ya no hubo tiempo para eso. En ese momento todo el apoyo que yo tenía desde la casa y desde él ya no me funcionó más y esto me obligó a ampliar mis redes de trabajo, lo cual tuvo un efecto muy positivo. La inconformidad es un motor que te permite buscar nuevos caminos, buscar soluciones cuando no las hay. Cuando la gente te dice que no hay presupuesto, una sigue buscando, y cuando no hay nadie que te ayude de repente tocas otra puerta y “logras lo imposible”.
Vengo de una familia sencilla. En mi casa no hubo libros y el televisor estaba encendido muchas horas al día. Estos son los límites de clase con los que he tenido que luchar. Yo no hablaba inglés, recién ahora lo aprendí y estoy moviéndome en algunos círculos académicos que lo hablan. Los primeros años en Austria tuve que trabajar para vivir, y no podía cuidar niños sin hablar alemán. Hoy no podría enseñar en la universidad si mi alemán no fuera suficiente. Actualmente los colegas que llegan a estudiar a la universidad vienen con un inglés perfecto y se niegan a aprender el alemán. Yo creo que los subalternos, los migrantes, las primeras, segundas y terceras generaciones debieran poder defenderse en alemán, pues si no desde dónde resistes ¿desde el inglés? Y ¿para quién es ese discurso, para la academia? Para quienes llegamos acá con el deseo de quedarnos a vivir hablar el idioma es primordial, desde mi punto de vista es una de las formas posibles de cambiar la sociedad en la que vives.
Me puse a estudiar inglés hace dos años y eso me ha abierto otras puertas a otro mundo discursivo. Para mí ahora el mundo alemán pasa por lo doméstico, por hacer las compras, mi vida como mamá, acompañar y apoyar con las tareas del colegio, por el permiso para conducir. Y pasa por enseñar, ya que trabajo en el departamento de pedagogía en arte donde las clases son en alemán, no como en artes visuales donde se ocupa más el inglés. Mi inglés lo uso para escribir, investigar y leer.
Siento que con Chile tengo una relación en deuda, primero con mi familia, pero también con el país. Austria ha sacado provecho tanto de mí como persona, con mis experiencias y vivencias… Las temáticas de mis exposiciones hasta hace cinco años atrás tenían que ver con mis vivencias, con experiencias personales acumuladas desde mi infancia viviendo cerca de la feria de la Avda. Argentina en Valparaíso. Siento que Austria se ha alimentado de mí culturalmente estos últimos años teniéndome como puente. Me gustaría devolver esto de alguna forma, pero ahora no puedo porque mis hijas son chicas y debo acompañarlas. Quiero volver a hacer algo en Chile, a hacer algo que pueda aportar para cambiar cosas. Quizá tantos años de vida en Europa y la distancia ganada ayuden con este fin.
Mis últimas visitas a Chile han sido para ver a la familia, pero anteriormente yo iba a buscar material, iba con cámaras de foto y video, documentaba y me devolvía a hacer mis trabajos de arte.
Viviendo en Austria siento la diferencia respecto de vivir en Italia o España porque aquí hay de partida una discriminación por tu color de piel, ya no solo por el hecho de ser pequeña de tamaño o hablar otro idioma. Yo nunca me sentí como una persona de color hasta que pisé Austria. En Chile crecimos pensando que éramos parte del mundo occidental y llegando acá me di cuenta que nosotros definitivamente no éramos Occidente, sino parte del “Sur global” no europeo y esa discriminación la aprecié en todo. Ahora lo percibo en otros niveles, pero al llegar lo sentía directamente en el cuerpo. Desde subir al metro y percibir que cuando la gente te ve se da vuelta y agarra su cartera o, cuando cuidaba a una niña, sus padres me pedían hablarle en español, pero al mismo tiempo en el transporte público la gente me paraba y me pedía que le hablara a la niña en alemán, ese tipo de discriminación. Cuando comencé a trabajar en mi profesión me di cuenta que todo ese racismo que al principio sentía en el cuerpo, lo podía percibir ahora a nivel institucional. Cuando interactúas, cuando realmente comienzas a formar parte de la sociedad en la que vives, es donde el racismo más dolor causa.
Estuve trabajando hasta el verano del año pasado en la Universidad de Artes Aplicadas, allí daba clases. Perdí mi trabajo por un tema de discriminación, cosa que hasta ahora no he querido reclamar. No quise decir que había sido un tema discriminatorio porque había otras colegas involucradas a las que no quería dañar. Así que me fui del lugar con la cola entre las piernas, y con la esperanza de que aparecería otra oportunidad.
Por suerte ahora me avisaron que voy a empezar a dar clases en la Academia de Viena, que para mí es el mejor lugar donde podría enseñar, es una universidad de renombre a nivel internacional. Me dieron un puesto de senior lecturer (profesora adjunta), así que ahí voy a intentar mover cosas desde dentro de la institución, ver qué se puede cambiar, ver qué puede hacer este cuerpo de color en la institución. Si hace diez años se prefería dar puestos de trabajos a mujeres y gente queer en las instituciones, ahora en las universidades están queriendo tener gente de color y en ese sentido, sé que cumplo una función, pero por qué no aprovechar esta oportunidad. Poder incorporar otros discursos y hacer un puente entre los movimientos de la gente de color e inmigrantes fuera de la academia. Trabajo en el departamento de educación, donde nos interesamos en aspectos políticos de la discriminación, en cómo por ejemplo el racismo institucionalizado se aprende ya en la escuela. Silvia Rivera Cusicanqui plantea que nuestra situación nos hace definirnos; no es que yo sea de color, sino que me han vuelto de color. De hecho yo no llegue acá siendo de color, fue cuando llegué que me di cuenta de que había definiciones culturales y políticas que me ponían en un lugar determinado.
Me formé en estudios culturales en la universidad y establecimos grupos de estudio con otros latinos. Nunca me encontré con artistas chilenos porque en ese momento había muy pocos viviendo en Viena. Un amigo peruano fue una de las primeras personas de color que tuvo un puesto en una universidad de arte austriaca, y ahora trabajo con él en el mismo instituto.

En el 2010, me invitaron a un proyecto expositivo en que se trataban las problemáticas de ser inmigrante y mujer. En ese momento nuestra postura de resistencia fue no hacer una exposición sino que crear una plataforma discursiva que terminó siendo un libro titulado Migrationskizzen, que significa Bosquejos migratorios18. Fue uno de los primeros libros hechos por mujeres inmigrantes editado en alemán.
Cuando tuve a mi primera hija empezaron las primeras experiencias discriminatorias en el parque, en la plaza de juegos. Con mi segunda hija tuve una matrona externa que me aconsejaba y una de sus advertencias fue que cuando me vieran llegando al hospital público siendo una mujer latina pequeña casada con un alemán grande las matronas pensarían para sí: “Puf, aquí se viene un parto complicado”, una clara muestra del racismo aplicado a los cuerpos.
Algunas de las experiencias que he tenido como mujer y como madre migrante terminan siendo parte de mi trabajo artístico y una de estas experiencias fue cuando fui con mi hija Mathilde a visitar un lugar llamado “La casa de las mariposas”, que es un gran invernadero ubicado en la zona imperial de la ciudad, donde hay palmeras falsas y cientos de mariposas volando alrededor. La primera vez que fui a este sitio fui con una niña a la que yo cuidaba y que era hija de una familia rica; ellos me pidieron ofrecerle algunas experiencias culturales durante las tardes que pasaríamos juntas. La segunda vez que visité el lugar fue con mi hija Mathilde y vi unas esculturas que estaban detrás de las palmeras que en ese momento no supe lo que representaban. El año pasado me invitaron para una exposición donde fotografié estas esculturas que iban acompañadas de una pregunta: ¿Quién saca provecho de esto? (en alemán es “Wer hat was davon”). Las esculturas fueron hechas por un artista peruano-sueco, y evocan a una familia de indígenas del Amazonas en el Perú. Yo pienso que no habría podido verlas si no hubiese visitado ese lugar en el rol de madre y niñera, traspasando una herencia cultural, traspasando historias a mi hija o a la niña que entonces cuidaba. La metáfora de estas esculturas se repite en el cotidiano vienés. Son historias de grupos que están siendo silenciados y que su rol en la sociedad es de adornar con su presencia exótica. Aún sigo investigando sobre este tema y pienso continuar escribiendo y produciendo obra a partir de esto.
Mi compañero no se involucra tanto en estas reflexiones pero sí las escucha y tratamos de pensar juntos lo que significa criar a niñas en la diáspora. Ellas no solo hablan dos idiomas sino que también tratamos de mantener algunas costumbres chilenas en la vida cotidiana, son niñas transculturales. En algún momento toman conciencia de estas diferencias y la pregunta no se deja esperar: ¿Mamá porque tienes la piel de color y nosotras somos tan blancas?
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