Читать книгу: «Farsalia»
Asesores para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIGORRA (†).
JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por VÍCTOR -JOSÉ HERRERO .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1984.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1984.
REF. GEBO193
ISBN 9788424930912.
INTRODUCCIÓN
1. Vida de Lucano
La vida de Marco Anneo Lucano tuvo las mismas características de un fuego fatuo: brevedad y fulgor. Aparte de las biografías de época humanística (las de Pomponio Leto, Sulpicio Verulano, Filipo Beroaldo, etc.), tres son las Vitae Lucani antiguas y autorizadas: la de Suetonio, mutilada y tal vez abreviada, la atribuida a Vacca y la que, sin atribución a autor alguno ni en la Antigüedad ni en los tiempos modernos, aparece en el cod. Vossianus Latinus, fol 63; las llamaremos, respectivamente, Vida I, II y III 1 . Las Vidas I y III (ésta procede claramente de aquélla) son, en general, hostiles al poeta, mientras que la II le es favorable, tal vez porque Vacca fuera, como piensa Rostagni, de origen español y estuviese ligado de alguna forma a la familia de los Anneos 2 . Asimismo, nos ofrecen noticias sobre Lucano los poetas de la generación siguiente Marcial 3 y Estacio 4 y, sobre su muerte, el historiador Tácito 5 . Con los datos de estas fuentes enhebraremos una síntesis biográfica del poeta.
Nació Lucano el día 3 de noviembre del año 39 d. C. en Córdoba (su lugar de nacimiento impulsó a Estacio a cantar a la Bética como «felix heu nimis et beata tellus» 6 ), en el seno de una familia de brillante trayectoria política y cultural. Su abuelo paterno fue el famoso Séneca el Rétor; sus tíos paternos, Séneca el Filósofo y Lucio Anneo Novato, llamado, tras su adopción por el rétor Junio Galión, Lucio Junio Anneo Galión 7 , al que su hermano el Filósofo dedicó sus tratados De ira y De uita beata. El padre del poeta fue Marco Anneo Mela, el tercero y más joven de los hermanos, «caballero romano, ilustre entre los suyos…, relevante ciudadano que brilló con todo tipo de méritos y se distinguió por su inclinación a la vida tranquila; seguidor de ese tipo de vida, mientras más se apartaba de la multitud, menos conseguía permanecer en el anonimato» (Vida II) 8 , Su madre, Acilia, igualmente de Córdoba, pertenecía a otra familia ilustre, la de los Acilios 9 ; era hija de Acilio Lucano, orador de talento, uir clarissimus y bien relacionado con los altos funcionarios romanos de la Bética (Vida II); de él tomó nuestro poeta su cognomen. Creció, pues, Lucano en un ambiente familiar óptimo para el desarrollo de sus potencialidades artísticas.
A los ocho meses de su nacimiento fue llevado a Roma, donde debió vivir sus dos primeros años en estrecho contacto familiar con su tío Séneca, ya que éste, desterrado a Córcega en el año 41, escribe a su madre Helvia aconsejándole que busque lenitivo a su dolor en el cariño de sus nietos, y se refiere a Lucano con estas palabras ternísimas: «Vuelve los ojos a tus nietos, a Marco, niño cariñoso en extremo, ante cuya presencia ninguna tristeza puede ser duradera; no hay aflicción tan grave ni tan reciente en cualquier pecho, que él no pueda dulcificar con sus abrazos. ¿Qué lágrimas no seca su alegría? ¿Qué corazón atenazado por la angustia no se relajaría con sus gracias vivaces? ¿A quién no invitará al buen humor su espíritu juguetón? ¿A quién, abrumado por preocupaciones, no seducirá y distraerá su parloteo, que uno no se cansa de escuchar? 10 .
Se educó con los maestros más eminentes («a praeceptoribus tunc eminentissimis est eruditus», Vida II), entre ellos el noble filósofo estoico Anneo Cornuto, en cuya escuela tuvo por condiscípulo a Persio, al que admiraba como poeta 11 . Pero su principal maestro y, a la vez, su modelo de vida fue, sin duda, su tío Séneca, vuelto del destierro en el año 49, cuando el poeta contaba 10 años de edad, y con el que vivió estrechamente unido unos 15 años, hasta la muerte de ambos. Cuando Séneca se hizo cargo de la educación del joven Nerón (dos años mayor que Lucano), debió volcar todo su interés y sabiduría en la formación cultural y moral del Príncipe y, a la vez, de su sobrino. Y hasta es posible que pensara ya, para el futuro, en situar a Lucano, que daba muestras de talento precoz y relevantes prendas, cerca de Nerón como amigo, consejero y hombre de influencia en la orientación política y moral del Emperador, soñando con un bello triunfo del estoicismo y del «anneísmo» 12 .
Como era habitual en la época, Lucano marchó a Grecia a completar su formación. Cuando Nerón subió al poder (año 54 d. C.), el talento de Lucano, de sólo 15 años, debía haber llegado ya a sus oídos. Como quiera que sea, sin duda por insinuación de su maestro Séneca, el Emperador hizo venir a Lucano de Atenas y lo incorporó a su «cohors amicorum» (Vidas I y II). La estrella de Lucano empieza a fulgurar con luz propia en el «cenáculo» de poetas y artistas de que se había rodeado el Emperador y que nos ha descrito bien Tácito 13 . En esas tertulias poéticas rivalizaron más de una vez, noblemente, Nerón y Lucano 14 . Allí debió de leer nuestro poeta sus primeras composiciones, todavía adolescente, en las que ya revelaba unas dotes nada comunes. Pero su consagración «oficial» como poeta tuvo lugar en el año 60, año en que Nerón instituyó los Juegos «Quinquenales», denominados «Neronianos» (Neronia ) 15 . Constaban de un triple concurso: ecuestre, gimnástico y musical; bajo el término musical (musicum), un tanto vago, hay que sobreentender, además de las actuaciones musicales propiamente dichas, la elocuencia y la poesía 16 . Entre los concursantes se encontraba el propio Emperador, que, naturalmente, fue declarado vencedor por aclamación. Pero los verdaderos vencedores no se fueron de vacío, y Lucano fue coronado en el teatro de Pompeyo por la recitación de sus Laudes Neronis (Vida II), su primera actuación oficial como poeta («prima ingenii experimenta in Neronis laudibus dedit quinquennali certamine», Vida I). En seguida recibe un nuevo premio del Emperador: es nombrado cuestor, antes de la edad legal (que eran los 25 años) y, poco después, augur (Vidas I y II). Es el momento cenital del astro de Lucano en la corte de Nerón: con 21 o 22 años pertenece al círculo de los amigos más íntimos del Emperador, es poeta reconocido y consagrado oficialmente, cuestor, augur, en plena efervescencia literaria y con un porvenir esplendoroso.
Pero esta brillante posición le va a durar muy poco. Pronto van a llegar los enfrentamientos entre el Emperador degenerado y el joven y orgulloso poeta, de intachable vida privada, que carecía del espíritu servil propio del cortesano logrero y que nunca compartió con el Emperador otra cosa que las aficiones artísticas. El año 62 muere el otro consejero de Nerón, Burro, «no se sabe si de enfermedad o por envenenamiento» 17 , y empieza a declinar la estrella de Séneca, que ese mismo año pide a su discípulo, sin conseguirlo, que le permita retirarse a la vida privada. Las relaciones entre maestro y discípulo están ya irremediablemente deterioradas y Lucano, estrechamente vinculado a su tío, seguirá voluntariamente la suerte de éste.
Un elemento importante que atizará el fuego de la discordia y desembocará en la ruptura entre Nerón y Lucano será la envidia de aquél hacia los éxitos y el renombre poético de éste, que ya había compuesto parte de la Farsalia. La Vida II nos dice que éste fue el motivo de la inquina del Emperador hacia el poeta. También Tácito, que no se distingue precisamente por sus simpatías hacia Lucano, reconoce que Nerón «procuraba acallar su reputación poética y le había prohibido dar a conocer su obra, lleno de vana envidia» 18 . Pero Lucano, haciendo gala de una libertad e independencia que rayaba en lo temerario, a mil leguas del servilismo dominante, pasa a la ofensiva, componiendo poemas contra el Emperador y sus poderosos amigos y llegando al sarcasmo más hiriente: en cierta ocasión, tras un desaire que Nerón le había hecho 19 , Lucano, al desahogar ruidosamente su vientre en las letrinas públicas, recitó, en plan de burla, un hemistiquio de un verso del Emperador: «sub terris tonuisse putes», acto de temeridad que puso en fuga, despavoridos, a los que estaban cerca de él (Vida I).
La muerte de Lucano irá ligada, como lo estuvo la mayor parte de su vida, a la de su tío Séneca. Ambos morirán acusados de intervenir en la conjuración de Pisón del año 65, acusación, sin duda, de acuerdo con la verdad, aunque es más difícil creer que Lucano se convirtiera «por así decir, en abanderado de la conjuración pisoniana, abundando en públicos elogios de los tiranicidas, lleno de amenazas, hasta el punto de arrojar ya a los pies de sus más allegados la cabeza del César» (Vida I). Por mucha que fuera la fogosidad del joven poeta, no es fácil imaginárselo cayendo en tamaña ceguera.
Como tampoco es fácil creer que, en fuerte contraste con su supuesta actitud anterior, denunciara, al verse perdido, a su propia madre Acilia, inocente, «con la esperanza de que su impiedad le fuera de provecho ante un príncipe matricida» (Vida I). También Tácito se hace eco de esta noticia, dándola por segura 20 , aunque le ofrece la disculpa (?) de que lo hizo «al prometérsele la impunidad». Es un tema espinoso y debatido 21 . Hay quienes piensan que se trata de una calumnia, puesta en circulación por Nerón para desprestigiar al poeta. Y parecen probar la inocencia de Lucano las propias palabras de Tácito de que la madre del poeta «no fue ni absuelta ni condenada; no se hizo mención de ella» 22 , siendo así que Nerón no era de los que dejaba en paz a un acusado, fuera o no culpable. Además, es significativa la actitud de Estacio: pinta a Lucano en el Elíseo, escoltado por Pompeyo y Catón y viendo cómo en el Tártaro se halla Nerón, pálido de miedo ante la figura de su madre. Esta alusión al matricidio de Nerón, al cual se le opone expresamente la figura intachable de Lucano en los Campos Elíseos, parece impensable, por inoportuna, si hubiera estado vivo el rumor de la culpabilidad de Lucano para con su madre, calumnia a la que probablemente hubiera aludido Estacio para refutarla. Pero también parece deducirse de Estacio la inocencia de Nerón respecto a propalar esta calumnia, al no referirse a ello para nada.
La muerte de Lucano la describe plásticamente Tácito: «Seguidamente ordena (Nerón) la muerte de Lucano. Éste, mientras fluía su sangre, al darse cuenta de que su pies y sus manos se iban enfriando y de que la vida se escapaba poco a poco de sus extremidades, con el corazón aún caliente y en posesión de sus facultades, recordó un pasaje poético por él compuesto, en el que había descrito el final de un soldado herido, con imágenes evocadoras de una muerte similar; recitó aquellos versos, y tales fueron sus últimas palabras» 23 . Los versos recitados por Lucano son objeto de controversia 24 , aunque la opinión más común es que se trata de Farsalia III 635-646, donde se describe la muerte de Lícida.
El poeta se abrió las venas el 30 de abril del año 65. Tenía, pues, al morir, 25 años de edad. Poco antes de su muerte se había casado con Pola Argentaria, que mantuvo vivo durante muchos años su recuerdo, celebrando el aniversario de su nacimiento y consiguiendo que dedicaran versos a su memoria poetas como Marcial y Estacio.
2. Obra de Lucano
Aparte de la Farsalia, la única obra que del poeta nos ha llegado, tenemos noticias, fundamentalmente por la Vida II y el Genethliacon de Estacio, de 14 producciones de Lucano, de mayor o menor extensión, en verso y en prosa:
1) Iliacon, poema épico sobre Troya, que, según Estacio, trataba de la muerte de Héctor y el rescate de su cuerpo por parte de Príamo.
2) Catachthonion, poema sobre un descenso a los infiernos («et sedes reserabis inferorum», en frase de Estacio).
3) Laudes Neronis, poema en elogio del Emperador, que le valió un premio y supuso, como hemos dicho, su consagración pública como poeta 25 .
4) Saturnalia, probables poemas dedicados a sus amigos en las fiestas Saturnales.
5) Orpheus, que, como Catachthonion, trataba de un tema de ultratumba, tan del gusto del poeta. Tal vez le movió la osadía juvenil de rivalizar con Virgilio, que había dedicado al tema un bellísimo epilio (episodio de Aristeo en el libro IV de las Geórgicas); o quizá pretendió halagar a Nerón, aficionado a la cítara.
6) Medea, tragedia inacabada, tal vez imitación de la de su tío.
7) Siluae, 10 libros, probablemente poemas ocasionales, de contenido variado, como la obra de igual título de Estacio.
8) Salticae fabulae, 14 libros, argumentos o libretos para representaciones de pantomimas.
9) Epigrammata. A ellos debe pertenecer el verso licencioso que nos ha conservado Marcial en uno de sus epigramas dedicados a Pola y evocadores de la memoria de Lucano 26 .
10) Adlocutio ad Pollam, probablemente una exhortación en verso a su esposa con algún motivo determinado. Estacio, a quien debemos la noticia, la imitó tal vez en uno de sus poemas a su esposa 27 . No es imposible que esta Adlocutio de Lucano formara parte de sus citadas Siluae.
11) De incendio Urbis, declamación en prosa contra el incendio de Roma por Nerón en el año 64.
12) Oratio in Octauium Sagittam et pro eo, discurso que parece claramente un ejercicio escolar, una controuersia de las que tan buenos ejemplos nos ha dejado el abuelo paterno del poeta, Séneca el Rétor. Lucano diserta en contra y a favor de Octavio Sagita, tribuno de la plebe condenado por adulterio y asesinato 28 .
13) Epistolae, colección de cartas desde Campania, ignoramos si en prosa o en verso.
14) Carmen, un poema infamante (famosum ) contra Nerón y sus poderosos y degenerados amigos, del que nos da noticia la Vida I.
3. La «Farsalia»: algunos problemas y puntos de interés
La Farsalia es la única obra de Lucano que se nos ha conservado. Este largo poema épico sobre la guerra civil entre César y Pompeyo plantea algunos problemas y presenta algunos puntos en los que se ha detenido de forma específica la atención de los estudiosos. Aludiremos brevemente a los principales.
3.1. TÍTULO . — La Vida I habla de «ciuile bellum… recitauit»; la Vida II, de «belli ciuilis libri». El título Bellum ciuile es el de la tradición manuscrita y de los escolios 29 ; y es el que siguen prefiriendo, en nominativo, modernamente muchos editores totales o parciales del poema, como Bourgery-Ponchont, Cazzaniga, Duff, Grisset y Wuilleumier-Le Bonniec. Otros se inclinan por la variante De bello ciuili; entre ellos, Getty, Hosius, Lejay y Postgate-Dilke. Y otros recogen el título de la Vida II: Belli ciuilis libri; así, Badali, Gagliardi y Housman. Pero todos coinciden en denominar al poema Guerra civil. También se inclina por el posible título De bello ciuili Brisset 30 , título que ya había defendido Rossbach en el siglo pasado 31 .
Frente a dicho título, otros prefieren el de Pharsalia (Herrero, Mariner, etc.), vigente durante siglos y avalado por Estacio («Pharsalica bella detonabis», Geneth. 66) y por el propio Lucano, en el famoso pasaje de IX 980-986, donde se refiere a la gloria de los poetas y afirma dirigiéndose a César: «uenturi me teque legent; Pharsalia nostra/uiuet, et a nullo tenebris damnabimur aeuo» (985-986). Es un pasaje muy discutido 32 . No creemos, como muchos, que «me teque» signifique «mis versos y tu historia», identificando historia con los Comentarios cesarianos de la guerra civil, ya que Lucano está proclamando la gloria de los «poetas»; significaría, más bien, «mis versos y tus hazañas (incluidas en ellos)». Asimismo, «Pharsalia nostra» se referiría a «la batalla ganada por ti y cantada por mí», y «damnabimur» sería un plural normal, referido a César y a Lucano. En este sentido la gloria del primero en la posteridad se debería al poema del segundo, como la de Aquiles a Homero, lo que no desdeciría de la actitud general anticesariana del poeta. Pero de esta interpretación no puede deducirse que el título dado a su poema por el autor fuera el de Farsalia, para lo cual sería necesario, por de pronto, interpretar «nostra» y «damnabimur» como plurales de autor, lo que parece difícil dentro del contexto 33 .
De todos modos, aunque Farsalia no corresponda al contenido estricto del poema, es evidente que la descripción de la batalla en el libro VII constituye el núcleo esencial de la obra, su «climax», su Höhepunkt, y ello en el doble aspecto del contenido y de la forma. En esto convienen prácticamente todos los estudiosos del poema 34 . Farsalia es la batalla en la que se juega, a juicio del poeta, la libertad del pueblo romano. Es el episodio de la libertad perdida, el punto que divide la historia de Roma en un «antes» y un «después». Es, por tanto, un título posible, con suficiente entidad. Pero no sabemos si fue el que le puso el poeta. La cuestión, para los no dogmáticos, sigue forzosamente con el rótulo de non liquet.
3.2. CONTENIDO Y ESTRUCTURA . — El poema, pese a sus numerosas digresiones, sigue cronológicamente las vicisitudes de la guerra civil, desde la exposición de sus causas y el paso del Rubicón hasta la guerra de Alejandría, terminando bruscamente, cuando César, acorralado y en extremo peligro, divisa entre sus filas a Esceva, el héroe ensalzado en el libro VI. La terminación brusca, en un episodio sin «cerrar», unida al hecho de que el libro X sólo contiene 546 versos frente a los 695 del libro I, el más corto de los restantes (los demás pasan todos de 700), son argumentos que inclinan a pensar que la obra quedó incompleta por la muerte temprana del autor. A este problema va unido, en los estudios recientes, el problema de la estructura, la composición, la unidad del poema.
Entre los pocos estudiosos de Lucano que creen que el poema nos ha llegado completo destaca M. Haffter 35 , par? quien el poeta ha pretendido dar una réplica de ios Commentarii belli ciuilis de César y, por ello, la Farsalia abarca prácticamente los mismos sucesos que dichos Commentarii, hasta los preliminares de la guerra de Alejandría 36 , alargándose sólo unos versos más para aludir a la muerte de Aquilas (X 522-523) y evocar la futura muerte de César (X 528), ambas cosas necesarias para dar satisfacción a los Manes de Pompeyo. Los últimos 13 versos, con los apuros de César y la referencia a Esceva, completan la imagen del caudillo, que una vez más será favorecido por la fortuna. La aparición de César al principio y al final de la obra indica, para Haffter, un ciclo cerrado: se canta la guerra civil entre César y Pompeyo, con la derrota y muerte de éste; se describe, como expiación, la muerte de sus matadores (Potino y Aquilas), y César, vencedor, sigue con vida, aunque se evoque su muerte futura. Todo está completo. Para Haffter, por último, el poema está dividido en dos «péntadas», que intentan reproducir, en escala un poco menor, las dos héxadas de la Eneida. La tesis de M. Haffter fue pronto contestada, y desmontados su argumentos, por Pfligersdorffer y Buchheit 37 y, posteriormente, en un largo trabajo, por Vögler 38 , Por su parte, Haffter recibe el apoyo de J. Brisset 39 , que intenta desvirtuar, infructuosamente a nuestro juicio, las objeciones bien fundadas de los dos primeros autores citados.
El polo opuesto a Haffter lo constituye R. T. Bruère 40 , que defiende un inmenso poema extendido hasta el fin de las guerras civiles, concretamente hasta el año 29, abarcando dos décadas (49-29).
La tesis más extendida y aceptada es la que supone que Lucano concibió su poema en 12 libros, por emulación con la Eneida, y que debía terminar con la muerte de Catón. Así, ya a principios de siglo, R. Pichon 41 . Pero el que ha desarrollado más brillantemente esta hipótesis ha sido W. Rutz 42 , que defiende una Farsalia estructurada en tres «tétradas», cada una de ellas terminada con una muerte: la de Curión (libro IV), la de Pompeyo (libro VIII) y la de Catón (supuesto libro XII) 43 . Las muertes irían en gradación ascendente, y la de Catón constituiría un «climax» adecuado, que correspondería, además, al telos anunciado al principio del poema: el «iusque datum sceleri» tendría su cumplimiento en la muerte de Catón.
Por último, B. M. Marti 44 , de acuerdo también con la división en tétradas y con la terminación de cada una de ellas por una muerte, ha añadido una tétrada más, que terminaría con la muerte de César 45 . Se basa, para ello, en dos argumentos principales, uno interno y otro externo o formal. El primero es la estrecha relación que, para ella, existe entre el tratamiento de la guerra civil en la Farsalia y en la Historia de T. Livio, según lo transmitido por las Periochae y por el Epítome de Floro. La clara correspondencia entre la repartición de los sucesos en el poeta y en el historiador provoca en la autora la fundada sospecha de que aquél pensó acabar su poema con la muerte de César. En cuanto al argumento formal o artístico, asegura la autora que así como «la sección del libro II dominada por Catón anticipa sin ninguna duda la tétrada-Catón, que comienza en el libro IX» y que terminaría, con su suicidio, en el XII, del mismo modo la caracterización de Bruto en el propio libro II, unida a las alusiones (sobre todo en VII 586-595) al destino que se le reserva como vengador de la república esclavizada, anticipan una tétrada-Bruto vengador (y, por tanto, asesinato de César), ya que «Lucano no pone jamás tanto cuidado en caracterizar a un personaje, si no es con la intención de hacerle jugar un papel importante» 46 .
Creemos que ponerse a imaginar, si se considera la Farsalia incompleta, de cuántos libros se compondría, es un ejercicio tan vano como inútil. En primer lugar, supone estar convencido de que Lucano tenía ya, desde el principio, un plan preconcebido y rigurosamente organizado, lo que es mucho suponer. Y aun admitiéndolo, ¿quién puede asegurar que sobre la marcha no hubiera cambiado dicho plan de acuerdo con los elementos ofrecidos a su inspiración? Un gran poeta nunca se deja maniatar por las matemáticas en el número de versos ni de libros. Y ¿por qué la obsesión del número «canónico» (12 libros, como la Eneida)? Lucano, que tanto innovó en la épica, no tenía por qué plegarse al número de libros virgiliano. ¿Es que un devoto de Virgilio como Silio Itálico no compuso su poema épico con un número de libros tan poco «canónico» como 17? Y, si la descripción de la batalla de Farsalia se considera la almendra del poema, ¿por qué no podría defenderse (argumentos habría para ello) que el poema abarcaría 13 libros, único modo de que el libro farsálico, el VII, quedara exactamente en el centro? Muchas más preguntas podrían hacerse y todas colgarían sobre el vacío, pero con igual derecho que las hipótesis formuladas. El intento de establecer el número de libros que «podría haber tenido» la Farsalia entra dentro del campo de la adivinación y de la magia y hubiera encantado al poeta; es casi un problema a resolver por la maga Ericto. Supone querer introducirse en la mente del autor, saber más que el propio Lucano, que tal vez murió ignorante de cuántos libros iba a constar su poema.
3.3. LOS SIETE PRIMEROS VERSOS . — La Vida III afirma que el poema de Lucano comenzaba con el actual verso 8: «Quis furor…», pero que su tío Séneca, al que se lo había entregado para que lo enmendara, le añadió los vv. 1-7, para que no comenzara ex abrupto. También los Commenta Bernensia 47 , en el comentario al v. 1, afirman, aunque sin asegurarlo tajantemente, que «se dice» que los siete primeros versos los añadió Séneca, «según unos, el tío de Lucano; según otros, su hermano» (no consta que Lucano tuviera ningún hermano llamado Séneca ni de ningún otro modo). Por su parte, la Vida I asegura que Lucano, antes de morir, encargó a su padre que corrigiera algunos de sus versos.
Todas estas noticias, en buena parte contradictorias, han contribuido a crear una gran confusión. Ya en el siglo pasado, C. F. Weber 48 defendió que el poeta habría escrito, al final de su vida, los vv. 1-7 y los habría enviado a su padre para que éste hiciera sustituir el anterior proemio (8-66), que contenía el elogio de Nerón, por este nuevo proemio, sin referencia al Emperador; pero que, en la transmisión del texto de la Farsalia, en lugar de realizarse la sustitución, se habrían yuxtapuesto ambos proemios.
En este siglo se han dedicado a este problema varios trabajos específicos 49 . Parece claro que la no autoría lucánea de los versos 1-7 es noticia surgida muy tarde, entre los siglos VIII y X , pues toda la tradición anterior, desde Frontón hasta Beda, éste ya a principios del siglo VIII , cita el comienzo del poema como «Bella per Emathios…» 50 . No obstante, entre los citados estudiosos hay quienes niegan la autoría del poeta y su inserción posterior a la muerte de Lucano: así Levi y Grisset, que coinciden en defender el antivirgilianismo del poeta. Para el primero, estos versos son redundantes, pues no hacen sino anticipar conceptos repetidos en 8-66; para el segundo, debió de componerlos e insertarlos Anneo Cornuto, a quien luego la tradición confundió con el Anneo por excelencia, Séneca.
Weber defendía, como hemos visto, la autoría lucánea, aunque pensara en una redacción al final de su vida. No dudan de dicha autoría ni Ussani ni Lejay ni, en general, los estudiosos y editores modernos de la Farsalia. También Herrmann atribuye estos versos a Lucano, aunque en su teoría, ya expuesta en parte, el orden del comienzo del libro I debería haber sido originariameute: I 8-66, IX 980-986, I 1-7, I 67 ss. Por su parte, Malcovati y Conte coinciden en defender la autoría lucánea con argumentos formales, de estilo. La primera, defensora a ultranza de la influencia virgiliana en la Farsalia, compara este proemio de Lucano con el de la Eneida y descubre en ambos perfectas afinidades en los estratos métrico, rítmico, léxico y sintáctico. Además, es para la autora tan evidente la consonancia de estos versos con el estilo de Lucano, que llega a la conclusión de que, si nos hubieran llegado sin nombre de autor, habría sido necesario reivindicarlos para nuestro poeta; la tradición que los atribuye a Séneca no sería más que fruto de la fantasía de los escoliastas. Por su parte, Conte estudia estos versos desde el punto de vista de la tradición del género épico y ve en ellos una propositio, seguida de una amplificatio, para luego, en el v. 8, seguir la interrogatio, exactamente igual, y hasta en el mismo verso, que en la Ilíada. Así pues, Lucano habría seguido las huellas de Homero y de Virgilio, pero desde una postura de aemulatio, intentando una nueva y personal expresión artística.
Yo, a mi vez, enfocando el problema también desde el plano formal, pero desde el ángulo de la frontera de verso 51 , no tengo duda alguna sobre la autoría lucánea de este proemio, que, como sucede siempre en el autor, contiene en los lugares de relieve del verso los términos clave de la enunciación del tema (en este caso, el tema de la obra entera) y los términos expresivos de la «expansión patética» de dicho tema, expansión que, aparte del gusto del autor por la amplificación retórica, puede deberse a un deseo de claridad, como ya notó Sanford 52 .
3.4. EL ELOGIO DE NERÓN . — Al comienzo de la Farsalia (I 33-66), el poeta ha dedicado al Emperador un elogio, a todas luces hiperbólico, que constituye un nuevo punto de fricción entre los estudiosos. Ya los antiguos comentaristas 53 , para explicar la contradicción entre dicho elogio y la postura antineroniana del resto de la obra, consideraban estos versos cargados de ironía y alusivos (sobre todo, 53-59) a diversos defectos físicos de Nerón: estrabismo, obesidad, hernia, calvicie, etc. Esta interpretación irónica ha llegado hasta tiempos modernos, en que siguen defendiéndola, con diversos matices, algunos estudiosos del poeta, como Marti, Schönberger o Griset 54 . Este último opina que Lucano no fustiga los defectos físicos del Emperador, sino sus lacras morales: su histrionismo, sus manías incendiarias, sus ridículas pretensiones artísticas.
Esta hipótesis del elogio irónico se presta a graves objeciones, por lo que no es extraño que la hayan descartado la mayoría de los estudiosos modernos 55 . En aguda observación de Brisset, ¿cómo podía esperar Lucano que su ironía sería captada por los enemigos del Emperador y por la posteridad, pero no, en cambio, por el propio Nerón y sus amigos, lo que habría tenido para él inmediatas consecuencias fatales? Claro que Griset, coherente con su teoría, defiende que el Emperador percibió, en efecto, este tono irónico y que fue esto precisamente lo que provocó la ruptura entre ambos, cosa difícil de aceptar (sin una prueba clara, que Griset no ofrece), pues dicho elogio debió de ser escrito, como el libro I de la Farsalia, en fecha temprana, muy poco después de recitar el poeta en público sus Laudes Neronis (año 60), y no existe motivo serio para dudar de que las relaciones entre el poeta y el Emperador siguieron siendo excelentes hasta el 62 o el 63.
Levi es el que ha dado de este elogio una interpretación más positiva y favorable (que Brisset considera «enteramente satisfactoria»), pero que es, a nuestro juicio, más sugestiva que convincente: el elogio encierra un verdadero «programa político», consistente en una invitación a «no apartarse de la tradición romana ni alejarse de la posición central ejercida por Roma entre las partes de la ecumene», es decir, el poeta manifiesta «una clara hostilidad a las formas helenísticas de regnum, que él opone a la tradición política romana», con una crítica implícita a la política de los antecesores Calígula y Claudio 56 .
Grimal, por su parte, descartando explícitamente cualquier contenido irónico, observa que se trata de un «pasaje astrológico», doctrina con la que estaban familiarizados los lectores de Lucano. Basándose en escritores de astronomía, sobre todo en Manilio, afirma que la región del cielo destínada por el poeta a Nerón, tras su muerte, es la posición central que en la bóveda celeste ocupa el signo de «los Gemelos», signo sometido a la influencia de Febo y que tiene el poder de derramar los dones de las musas sobre aquellos a los que protege, lo que estaba en consonancia con las aficiones poéticoartísticas del Emperador. El poeta «une los recuerdos de las Geórgicas a las revelaciones astrológicas de la Égloga cuarta en un desarrollo que ha pretendido particularmente ingenioso y brillante» 57 . Thompson cree, a su vez, que el elogio está inspirado en un pasaje del Hercules Oetaeus de Séneca y que el poeta, en la deificación de Nerón, lo ha asimilado a Hércules, aunque simultáneamente ha creado una asociación del Emperador con Augusto, al enriquecer la descripción de su apoteosis con reminiscencias de Virgilio, Ovidio y Manilio.
La opinión más comúnmente aceptada es que se trata de una dedicatoria «ritual», sin más transcendencia, en la línea de la dedicatoria virgiliana a Augusto al comienzo de las Geórgicas 58 , y con la fraseología oficial propia del momento, que puede constatarse en los elogios al Emperador que figuran en las Bucólicas de Calpurnio Sículo o en los Carmina Einsidlensia. Esta hipótesis de la dedicatoria convencional, no sentida, la comparten desde Pichon hasta Mariner, pasando por Nock («reproduce ideas corrientes en el tiempo»), Bardon, Gresset, Syndikus, Piacentini («fórmula convencional»), etc. Pero también se ha hecho notar, con razón (Bardon, Brisset, Mariner), que es perfectamente posible que el poeta, dada la temprana composición del elogio, compartiera sinceramente el entusiasmo que había despertado en todos el advenimiento de Nerón al trono y los primeros años de su reinado, en que aún no se había revelado el monstruo que luego llegaría a ser. Suetonio 59 habla elogiosamente de estos primeros tiempos e incluso cuenta que, al tener que firmar una sentencia de muerte, exclamó: «¡Cómo quisiera no saber escribir!» Aurelio Víctor 60 dice que «los cinco primeros años de su reinado fueron tan gloriosos… que Trajano tenía razón al repetir con frecuencia que todos los otros reinados estaban lejos de valer lo que el primer quinquenio de Nerón». Es el famoso quinquennium Neronis, en que éste se habría comportado como un príncipe ejemplar, aunque no todos los historiadores lo aceptan 61 . La influencia de Séneca debió de ser importante en estos primeros años, y sus tratados De beneficiis y De clementia, encaminados a aconsejar al príncipe un gobierno justo, parecen indicar que el comportamiento del discípulo engendraba esperanzas en el maestro con vistas a un gobierno basado en la justicia y en la generosidad.
La objeción de Griset respecto a por qué, si el elogio era sincero cuando se escribió, no fue suprimido cuando ya no tenía razón de ser y podía ser eliminado de la obra sin peligro, es decir, después de la muerte del Emperador y de su damnatio memoriae, no parece decisiva: si ya estaban publicados y en circulación los tres primeros libros, la edición definitiva, que incluía a los ya publicados y a los inéditos, tal vez no quiso mutilar la obra del poeta ni lo creyó necesario, tanto si el editor consideraba que era una dedicatoria convencional, no sentida, que nadie iba a tomar en serio, como si pensaba que Lucano había sido sincero, pero que, en la época de su composición, tenía razones para serlo y no iba, pues, en desdoro suyo mantener dicho pasaje, que todos ya conocían y comprendían, porque en aquellos tiempos habían pensado como el poeta. Cierto es que la interpretación de Levi es, tal vez, la única que se hurta a tal objeción, al ver en el elogio un programa político nacionalista. Grimal, a su vez, partidario de la sinceridad del elogio adulatorio, opina que es comprensible que los editores póstumos de Lucano, «cuidadosos de su gloria», hayan conservado este pasaje, por tratarse, como ya cité más arriba, de un pasaje astrológico particularmente brillante.
4. Ideario político de Lucano
La ideología política que se refleja en la Farsalia ha sido objeto, en las últimas décadas, de varios estudios de interés, enfocados desde distintas perspectivas, entre los que destaca, por abarcar el problema en su conjunto y hacerlo en profundidad, la obra de Brisset 62 . El tema suele ir unido, desde hace más de un siglo, al de la publicación del poema en dos etapas: parte de él en vida del autor y el resto después de su muerte.
La Vida II nos informa de que el poeta publicó «tres libros, quales uidemus»; y los otros siete fueron de publicación póstuma. La opinión más común es que los tres libros publicados por el poeta fueron los tres primeros. Esta opinión va unida, desde hace más de un siglo, a la tesis de la «dualidad ideológica» de la Farsalia. Dicha tesis, expuesta por Boissier 63 con la claridad y brillantez que le caracterizan, defiende que los tres primeros libros fueron compuestos y publicados en la época de la amistad entre el poeta y el Emperador y, por tanto, nada hay en ellos ofensivo para el Imperio, ningún punto de vista que se salga de la ideología oficial sobre la guerra civil y que no hubiera podido firmar el propio Nerón. En este contexto encaja perfectamente el elogio-dedicatoria. Pero luego sobreviene la ruptura entre ambos por los celos de Nerón respecto al talento poético de Lucano; y después de la ruptura, en el ambiente de los uiuida odia que Tácito atribuye al poeta, escribe éste los siete últimos libros, en los que destila progresivamente una rabiosa ideología antiimperial, un republicanismo cada vez más ferviente.
La tesis de Boissier fue aceptada por importantes estudiosos (entre otros, Lejay, Plessis, Terzaghi y Malcovati) y se ha mantenido hasta nuestros días. Sin embargo, entre los propios autores que aceptan la dualidad ideológica del poema, existen divergencias respecto a cuáles fueron los tres libros publicados por el poeta y en los que se mostraría favorable al régimen imperial. Ussani 64 piensa que no se trata de los tres primeros, sino de los libros I, VII y IX, mientras que Pichon 65 opina que probablemente fueron los libros II, VII y VIII. Para complicar aún más las cosas, Vitelli 66 defiende que Lucano había compuesto los libros I-VII durante su amistad con Nerón y que los pasajes antiimperiales de los libros IV-VII fueron introducidos por el poeta después de su ruptura con el Emperador, cosa que no pudo hacer con los tres primeros libros por estar ya publicados. Y Bardon 67 cree que no son los tres primeros libros, sino los cuatro primeros, los favorables a Nerón, asomando el antineronianismo sólo a finales del IV, en el apóstrofe a Curión, añadido tras la ruptura con el Emperador. Más divergencias aún: Griset 68 , aun defendiendo la tesis tradicional del cambio de ideología a partir del libro IV, opina que lo que no cambia en el poema, de principio a fin, es la postura anticesariana del poeta; mientras que Cazzaniga 69 afirma que en los tres primeros libros «la figura de César presenta claros rasgos de simpatía» por parte de Lucano.
¿Qué puede deducirse de este cúmulo de contradicciones, que podría fácilmente ampliarse? Sencillamente, la «unidad ideológica» del poema. La mejor prueba de ella son estas divergencias, en que cada estudioso ha ido encontrando e intentando explicar los pasajes proimperiales y antiimperiales en libros en los que «no debía haberlos», según la hipótesis previamente aceptada; lo cual indica que dichos pasajes existen a lo largo de toda la obra, prácticamente sin diferencias desde el libro I al X. Brisset 70 ha hecho un recuento de los pasajes, versos o alusiones contra Nerón o el Imperio en los tres primeros libros, supuestamente proneronianos, así como de las referencias favorables a Nerón o al Imperio en los libros IV-X, hasta llegar a la conclusión, que compartimos, de que «el relato de la guerra civil presenta una unidad perfecta» 71 . Mariner 72 ha puesto de relieve contra «cualquiera de las hipótesis dualistas» los pasajes anticesarianos o manifiestamente propompeyamos de los libros I-III, y viceversa de los libros IVX, haciendo notar que no hay nada tan antipompeyano como el discurso de IX 256-283, que, por si fuera poco, está puesto en boca de Catón; o el «¡vencer hubiera sido peor!», de VII 706, en cuyo caso, para Lucano, Pompeyo hubiera sido el verdugo de la libertad romana: «¡Valiente pompeyanismo, pues, que prefiere la derrota y muerte de Pompeyo a su victoria!» 73 .
No cabe duda, sin embargo, de que los pasajes favorables a Nerón en el conjunto del poema son muy escasos en comparación con los pasajes, abundantísimos, en los que clama contra la tiranía y añora y reivindica la libertad perdida. «La Farsalia es, en su espíritu general, una obra de oposición» 74 . Pese a que el poeta, con afán de objetividad, reconozca y admire a veces las cualidades y el comportamiento de César (y no sólo en los tres primeros libros; véase, p. ej., IV 254-259 o VII 566-567), es evidente que, para Lucano, la «buena causa» es la de Pompeyo y Catón. El poema, en su línea ideológica, es claramente anticesariano desde el comienzo (el elogio de Bruto y Catón, en II 234 ss., es muy revelador al respecto). El personaje más elogiado por su dignidad y su altura moral es Catón, el campeón de la libertad frente a la tiranía.
¿Quiere esto decir que el poeta fue, en su ideario político, un «republicano», bien de nacimiento, desde su primera formación, bien después de su ruptura con Nerón? La primera hipótesis no la defiende prácticamente nadie; la segunda, muchos, desde que la expusieron el citado Boissier y, poco antes que él, Girard 75 . Siguiendo a estos autores, Dolç ha llamado a Lucano «el más enérgico de los republicanos entre sus contemporáneos, quizá el único republicano que engendró verdaderamente el Imperio» 76 . Incluso hay autores que piensan no en un republicanismo teórico y añorante, sino en que creyó realmente que podía restablecerse la República si se lograba acabar con la tiranía de Nerón 77 .
No cabe duda, en efecto, de la posición antineroniana del poeta después de su ruptura con el Emperador, ruptura debida muy probablemente no sólo a un problema de celos literarios, sino también a la progresiva degeneración moral de Nerón, que chocaba frontalmente con el estoicismo profesado por Lucano y su pureza de vida 78 . Desde entonces son cada vez más claros sus ataques a la tiranía y su añoranza de la libertad, evolución de sentimientos reflejada en el poema 79 . Pero de esto no se deduce necesariamente que el poeta ataque a Nerón desde una «postura republicana». Creemos, con los razonamientos de Castresana y, sobre todo, de Brisset 80 , que nuestro poeta nunca fue republicano, como tampoco lo fue su tío Séneca, que en su tratado De clementia hace un elogio contundente del Principado; y no llegó a esta postura porque el fracaso de la tentativa de restablecimiento de la República en el año 41, tras el asesinato de Calígula, le hubiera demostrado que ya sólo era viable el régimen imperial 81 , sino que era, como demostró Pichon, «un monárquico de convicción, y no de resignación» 82 . En época neroniana el Principado no era en absoluto sinónimo de tiranía, y el concepto de Libertas estaba lejos de ser ya sinónimo de República. Eran perfectamente compatibles Principado y libertad 83 , como después pondrán de relieve expresamente Tácito y Plinio el Joven 84 , para quienes ya no se concibe otra libertad que la de vivir gobernados por un «dueño justo», un iustus Princeps 85 . Ésta era la mentalidad de la aristocracia en general, y de los estoicos en particular, en época de Nerón. Y así pensaban Séneca y Lucano, y hasta Peto Trásea 86 . Séneca se esforzó, sin conseguirlo, en inculcar en el joven Nerón el sentido de la justicia, la generosidad, el buen gobierno. Lucano estuvo unido al Príncipe en sus comunes aficiones literarias hasta que la amistad se trocó en odio. Pero ese odio no le convirtió en republicano (al menos, el poema no nos da pie para deducir tal cosa), sino en enemigo del iniustus Princeps, a quien quería ver sustituido por un Príncipe justo. Pensar otra cosa es considerar a Lucano (que, aunque joven, no era ya un adolescente) como una marioneta sin convicciones, una veleta cambiante, por puro resentimiento personal, en algo de tanta importancia como es la inclinación racional a un régimen político determinado 87 .
Lo que sí fue Lucano fue un enamorado de la «libertad», de cuya pérdida, tras la guerra civil, se lamenta en uno de los pasajes más inspirados del poema (VII 432-445), aparte de frecuentes alusiones a todo lo largo de la Farsalia. Este fervor por la libertad ha sido bien puesto de relieve en los trabajos citados de Pfligersdorffer, Schönberger y, sobre todo, en la obra de Gagliardi 88 , que nos da de Lucano una imagen de héroe romántico que lucha sin descanso por la libertad artística y política. Esta aureola de joven poeta que arremete contra la tiranía de Nerón y muere víctima de estos ataques es la que ha provocado en muchos estudiosos la defensa del republicanismo de Lucano. Creemos que es un error de perspectiva identificar amor a la libertad y republicanismo en la aristocracia romana de época de Nerón. Puede que se diera alguna excepción, pero, a nuestro juicio, no hay argumentos sólidos para pensar que Lucano fuera esa excepción. La racionalidad de lo que fue debe imponerse, en este tema, sobre el deseo de lo que debía haber sido.
5. Ideario filosófico-teológico de Lucano
Malcovati comienza de este modo el breve pero sustancioso capítulo que dedica a «Lucano frente al problema religioso» 89 : «Lucano no da crédito a las fábulas de la mitología. La postura de su espíritu frente al problema religioso está llena de contradicciones: ora niega la existencia de los dioses, ora se dirige a ellos para interrogarlos, invocarlos, fustigarlos; ora aparece atraído por la doctrina de Epicuro, ora lleno de entusiasmo por el estoicismo, ora ligado a las supersticiones del vulgo.» Pero afirma que, no obstante, el núcleo principal de su ideario filosófico-religioso es el estoicismo.
Ésta es la opinión más corriente entre los estudiosos de Lucano, que han centrado sobre todo su atención, al enfocar el problema filosófico-religioso, en la trilogía Dei-Fatum-Fortuna. Unos hacen más hincapié en las contradicciones y otros intentan explicarlas de diversos modos, para poner de relieve su adhesión fundamental al estoicismo. Ya en el siglo pasado Souriau y Girard acentuaron la mezcla en el poema de elementos estoicos, epicúreos, escépticos y supersticiones populares 90 , mientras que Millard subrayaba sus simpatías estoicas 91 . En nuestro siglo ha sido Pichon el que con más cuidado ha inventariado los elementos estoicos de la Farsalia y su coincidencia con la doctrina de Séneca 92 . Por su parte, la profesora Marti ha defendido que Lucano concibió su poema sobre la guerra civil como un modelo, a pequeña escala, de las tribulaciones de la humanidad entera en su lucha y en su difícil andadura hacia el ideal estoico de la sabiduría 93 , tesis que concede total preeminencia al estoicismo de la Farsalia, ya en su propia incubación, pero que es más sugestiva que convincente.
Está claro que Lucano no cree en los dioses de la mitología, que han sido expulsados de su poema, donde no mueven los hilos de la acción, como hacían en la epopeya tradicional. Cuando el poeta alude a los dioses individuales del panteón greco-romano lo hace como una concesión a las creencias populares y a la manera vulgar de expresarse. Lucano, siguiendo fundamentalmente las doctrinas estoicas y concretamente a su tío Séneca, parece haber pasado del politeísmo al monoteísmo, considerando a Júpiter como el «alma del mundo», que todo lo llena y lo dirige todo: «Iuppiter est quodcumque uides, quodcumque moueris» (IX 580; también II 4, V 95, X 265-267).
Por otro lado, cumplen un papel importante en el poema el Fatum y la Fortuna. El Fatum parece representar la concatenación inexorable de los hechos, una especie de ley inmutable que afecta tanto al Universo como a los humanos, pues mundo físico y mundo humano se hallan asimilados en la Farsalia 94 . Este concepto de Fatum está ya en la primera aparición del término en el poema (I 70), aunque mezclado aquí con la doctrina herodotea de la hýbris y la némesis 95 ; y en VI 98, VII 600, VIII 568-569, etc. La Fortuna parece ser con frecuencia la ejecutora de las decisiones del Fatum (I 82-84, II 131-133, IV 737-738, etc.) y, por tanto, una divinidad más cercana a los hombres, más viva y flexible, capaz, frente a la inmutabilidad del Fatum, de mostrarse caprichosa y mudable, injusta, cruel y desleal 96 . Existen también las Fortunae individuales (Fortuna Caesaris, Magni…), contrapuestas, y a veces, aunque raramente, la Fortuna es asimilable a la Týkhē griega, al azar puro y simple, tal como aparece en Salustio, César y Tito Livio 97 . Las palabras con que Schönberger designa al Fatum de la Farsalia como una resultante de los poderes divinos en el dinamismo de la acción 98 , creemos que deben aplicarse con más exactitud a la Fortuna.
Ahora bien, el Fatum y la Fortuna son, para los estoicos, manifestaciones de la Prouidentia divina, siempre justa y equitativa. ¿Cómo pueden decretar y llevar a cabo la ruina de Roma con la guerra civil? ¿Cómo pueden hacer triunfar la causa peor, la de César, que es en el poema el favorito de la Fortuna? De aquí que Lucano maldiga a veces a los dioses y al Destino cruel. Es el viejo tema de la conciliación de la Providencia con el triunfo del mal en el mundo, tema ligado a la conciliación del determinismo con la voluntad del hombre. Según los estoicos, el hombre es libre para forjarse su destino, y la uirtus está por encima de la fortuna, que nada puede contra ella. Sólo los insipientes, los que no han alcanzado la uirtus, son incapaces de remontar los obstáculos de la Fortuna.
En esta línea, la guerra civil es permitida por el Deus, y encaja dentro de la Prouidentia en cuanto que es una «expiación» por el mal uso que los romanos han hecho de su libertad y por la desmesura a que había llegado el poderío romano. El Destino intenta, pues, con la guerra civil corregir los desequilibrios, con un sentido fundamentalmente justo de la punición. La Fortuna favorece a César porque César es, en ese momento, un agente del Destino, un instrumento para conseguir un fin justo; más tarde, cumplida su misión, el Destino lo castigará a su vez 99 .
Pero no hay duda de que las contradicciones sobre los poderes divinos son frecuentes en la Farsalia. A veces los elementos de la citada trilogía parecen intercambiables; a veces se confunden los dos primeros, o los dos últimos, o el primero y el último; a veces dichos poderes se enfrentan entre ellos 100 . Además, en un famoso pasaje (VII 445-447) se niega la existencia de los dioses, y unos versos más abajo (454-455) se afirma que los dioses no se cuidan de los hombres, pasaje que unos creen netamente epicúreo y en el que otros ven una referencia a los dioses mitológicos, en los que el poeta no cree.
La explicación de conjunto a estas contradicciones la ha buscado Le Bonniec en el carácter de Lucano, alma inquieta y apasionada, y en la condición contradictoria de la vida misma 101 . Malcovati basa su explicación en las dudas filosóficas de la época y en la juventud del poeta, aún sin una sólida formación 102 . Pero, a nuestro juicio, la verdadera explicación está insinuada en las últimas palabras del citado capítulo de Malcovati: «y además era poeta, y su Farsalia es una obra de poesía». Éste es el verdadero camino, la auténtica solución, que ha sido desarrollada por Dick y por Due 103 . Dick, tras afirmar que no se trata de una crónica, sino de una epopeya, y que ésta necesita, para llamarse tal, representación dramática de los caracteres, estudia y explica las aparentes contradicciones por las necesidades dramáticas en la pintura de los distintos personajes del poema, como Mario, Alejandro, César, Pompeyo y Catón 104 . A su vez, Due rastrea los pasajes en que Lucano se aparta del estoicismo ortodoxo y concluye con estas palabras que compartimos totalmente: «Tenemos que vérnoslas con un autor que ha querido ser poeta y no filósofo, que ha escrito una epopeya nacional, no una obra filosófica; lo que importa a la hora de la interpretación es la coherencia en la estructura literaria, de la que forman parte las sentencias filosóficas. Si la filosofía expresada en la obra no fuera acorde con la estructura literaria, sería una falta literaria; pero si el poeta no fuera consecuente en su filosofía, ello no sería una falta literaria, a condición de que las inconsecuencias formaran parte de una estructura literaria coherente» 105 . Ésta es la solución: las supuestas contradicciones filosóficas no son contradicciones literarias, las únicas importantes para un poeta.
6. La «Farsalia» y la tradición épica
Se ha hecho notar que el género épico es, tal vez, el más cerradamente tradicional, y que Lucano es, de todos los épicos antiguos, el que «más palmariamente ha desdeñado esa tradición» 106 . Pero la revolución de Lucano era, no obstante, «esperada», dado el ambiente de la época y el talante del autor, como ha puesto de relieve Piacentini 107 , que, en dos breves y densos capítulos, rastrea el epos histórico y subraya, frente a él, la «nuova impostazione lucanea» 108 .
Se ha hecho especial hincapié en las semejanzas y diferencias entre Lucano y Virgilio. Para muchos, la Farsalia es la «anti-Eneida » y Lucano es, de forma consciente e intencionada, el «anti-Virgilio» 109 . Para otros, la inspiración virgiliana de la Farsalia es indubitable. Ya Heitland señaló más de 300 pasajes virgilianos imitados en la Farsalia 110 ; y luego, entre otros, han rastreado estas huellas Caspari, Plessis, Pichon, Malcovati, Guillemin y Thompson-Bruère 111 .
A nuestro juicio, la actitud de Lucano debe enmarcarse en el cuadro general de la reacción que surge en el siglo I contra el ideal del clasicismo augústeo. Frente al equilibrio, la moderación, el decorum dominante en dicho clasicismo, se alza el deseo de romper moldes, el gusto por un estilo «nuevo», más dinámico e individualizado, menos sujeto a normas y ortopedias, tanto formales como de contenido. Esta «liberación» se inicia ya con Ovidio y se acentúa en Séneca, alcanzando incluso a la prosa histórica, como la de Valerio Máximo o Quinto Curcio, decididos, con anécdotas o exotismos, a sorprender, a maravillar al lector 112 . En este contexto, la postura de Lucano es la de la aemulatio, la afirmación de una personalidad propia frente a la tradición (parádosis), que llega hasta desvincularse de las normas del género, a romper con los modelos, incluso a negar la tradición, en las formas que ésta propone y, más aún, en el espíritu que la impregna 113 . La Farsalia intenta transformar las normas de la épica por superación. No es una «anti-Aeneis », sino una «über-Aeneis », en expresión atinada de von Albrecht.
Esta ruptura lucánea con la tradición épica es visible en algunos rasgos especialmente llamativos:
A) SUPRESIÓN DEL «APARATO DIVINO ».— Se llama comúnmente «aparato divino», aunque no es una expresión muy afortunada 114 , la intervención de los dioses, que mueven los hilos de los sucesos y de los hombres. Este elemento divino es esencial a la épica, según todas las definiciones antiguas, desde Teofrasto hasta Petronio 115 . Los personajes homéricos son puros muñecos de guiñol manipulados por los dioses, hasta el punto de que se ha hablado de «los títeres de la epopeya» 116 . Los dioses homéricos, a pesar de que intervienen en las luchas de los hombres, son absolutamente libres en sus decisiones, objetivos, sin vinculaciones morales ni de ningún tipo; y, mientras más libres, mayor es el peso del aparato divino en la determinación de las acciones humanas. Virgilio, que sigue las huellas de Homero, se ha impregnado también de la epopeya helenística 117 y de los presupuestos literarios de Calímaco y de los neotéricos. En él los dioses son menos «objetivos», más «parciales». El pius Eneas tiene que ser necesariamente aprobado por Júpiter; no es el héroe homérico admirado por su aretḗ y capaz de luchar contra los dioses, sino el héroe piadoso, apoyado necesariamente por ellos 118 ; y, cuanto mayor es la parcialidad de los dioses, su necesaria vinculación a un héroe o a una empresa humana, tanto menor es la necesidad de un aparato divino 119 .
Frente a los poemas homérico-virgilianos, en la Farsalia los dioses no son, ni colectiva ni individualmente, manipuladores de la acción. Ni siquiera les dirige el poeta la tradicional invocación del comienzo, sustituida por el aludido elogio de Nerón. Entre las múltiples causas asignadas a esta eliminación de lo divino, se suele insistir especialmente en el tema tratado, plenamente histórico, desprovisto de cualquier halo mítico o legendario y en el que, por tanto, hubiera parecido ridícula la participación activa de los dioses 120 . Sea como sea, Lucano desaloja de su epopeya a los dioses e instala, en su lugar, al hombre. Su poema es antropocentrista, desde su «uictrix causa deis placuit, sed uicta Catoni» (1-128) hasta la afirmación de los soldados de César de que ellos son su fatum («nos fatum sciat esse suum», V 293). Y esta postura suponía una revolución de la épica, pese a que no debió de extrañar demasiado en un siglo en el que quiebran las ideologías filosóficas y religiosas 121 .
B) RACIONALISMO . — Es una faceta en estrecha relación con la anterior. Al eliminar a los dioses, Lucano explica por vías racionales y científicas multitud de sucesos y fenómenos que la epopeya tradicional explicaba por intervención divina. Veamos algunos ejemplos ilustrativos:
Las causas de los sucesos no tienen un origen míticoreligioso, sino natural y humano. Las causas de la guerra civil son históricas y reales: el triunvirato, las muertes de Craso y de Julia, la ambición de los caudillos, la corrupción de las costumbres, etc. 122 .
Las tempestades no se deben a la ira de los dioses, sino que se explican por causas meteorológicas naturales. Así, la más importante de la Farsalia (V 504-677) va precedida por una explicación, a cargo de Amiclas, de los indicios detallados que la anuncian (el sol, la luna, el comportamiento de diversos animales), de los vientos que la desencadenan, del lugar de donde vienen las olas, etc. 123 .
La lucha entre Hércules y Anteo (IV 590-653) presenta una gran diferencia con la paralela de Hércules y Caco (Eneida VIII 185-275), por la «esclusione dell’atmosfera mitica» y la «osservazione veristica della tecnica di lotta» 124 . Lucano describe la lucha como la de dos gladiadores de su tiempo: frotamiento previo de los miembros, hinchazón de los músculos con el esfuerzo, «llaves» de los luchadores, etc. 125 .
En esta línea se encuentran las numerosas «digresiones científicas» del poema: descripciones geográficas de la Galia (I 396-465), de los Apeninos (II 396-438), de Brindis (II 610-627), de Lérida (IV 11-23), del reino de Juba y los pueblos de Libia (IV 670-684), de Tesalia (VI 333-412), de las Sirtes (IX 303-318), sobre el Nilo y sus fuentes (X 172-331), etc. 126 ; disquisiciones filosóficas; exposiciones técnico-astronómicas (como la de VIII 172-184); despliegues científico-naturales, como el de las serpientes de Libia (IX 587-937), un minitratado de herpetología 127 ; explanaciones técnicas sobre el arte de la profecía (V 64-236), sobre la magia (VI 413-830), etc. 128 .
C) HISTORICISMO . — Desde Aristóteles se sabía que la diferencia entre el historiador y el poeta estriba en que el primero narra lo que ha ocurrido y el segundo lo que pudo ocurrir 129 . El modelo clásico de epopeya, el homérico-virgiliano, canta una historia remota, confundida con la leyenda, con incrustaciones, en el caso de Virgilio, de referencias a la actualidad, pero enmascaradas en una atmósfera mítica. Por otra parte, la epopeya romana, con Nevio y Ennio, se caracteriza por un mayor acercamiento a la historia reciente, incluso con frecuencia en su seco estilo analístico 130 . Pero Nevio se remonta a la leyenda mítica de Dido y Eneas, y Ennio se adhiere a Homero con el uso del hexámetro y con el sueño en el que se le traspasa el alma del poeta de la Ilíada.
Lucano da un paso más: elige un tema de historia reciente y viva, destierra cualquier nebulosidad mítica y narra cronológicamente los hechos, manteniéndose siempre fiel a la verdad histórica 131 , por lo que ya entre los antiguos se le consideró a veces más un historiador que un poeta. El epos de Lucano, con su historicismo y su vena realista, se aparta de la epopeya tradicional e inaugura la línea que seguirá siglos después la épica española 132 .
D) AUSENCIA DE HÉROE PROTAGONISTA . — También en esto Lucano es un caso aparte. Respecto al héroe de su poema, hay opiniones para todos los gustos: César 133 , Pompeyo 134 , Catón 135 , incluso los tres juntos 136 . Hay quien piensa que el verdadero héroe es el Pueblo Romano 137 ; o la República 138 ; o la Libertad 139 ; o un «tema» que da unidad al conjunto: el tema de la «guerra civil» 140 ; o el de la patria ruens 141 ; o el de «la lucha entre Tiranía y Libertad» 142 ; o el «núcleo estoico» 143 , etc.
Este ancho abanico de opiniones revela claramente que no existe en el poema un héroe neto y definido, a la manera tradicional 144 (Aquiles, Ulises, Eneas, etc.). Es evidente que a nuestro poeta no le gustaban los caminos trillados. Podemos aplicarle, en su postura ante la epopeya tradicional, las palabras que él, en otro contexto, asigna a César: «concessa pudet ire uia» (II 446).
7. Retórica y valor literario de la «Farsalia»
El retoricismo de Lucano es ya un tópico en cualquiera de los estudiosos de literatura latina 145 , y con razón, pues basta leer una página de la Farsalia para percibirlo. A su formación retórica contribuyó el ambiente literario de la época postaugústea y, sobre todo, su propio ambiente familiar 146 . La retórica se plasma en nuestro autor en una clara tendencia a lo patético, y el pathos se presenta en una rica gama de irisaciones personales: colosalismo, sentido trágico, paradojas y antítesis, intervención exacerbada del poeta en el relato 147 .
¿Quiere decir esto que Lucano es un puro declamador grandilocuente, pero no un poeta? De ningún modo. En primer lugar, había que preguntarse si la retórica fue, para la poesía de esta época, un puro e infecundo artificio estilístico o, más bien, un componente cualificador del nuevo gusto, con una justificación y validez histórica en sí misma 148 . En su más íntima sustancia la retórica postaugústea se constituye como la búsqueda, hasta la exasperación, de nuevos valores y presupuestos literarios, comenzando por ahondar en el «yo», analizando los propios sentimientos y descubriendo lo que en cada hombre hay de específicamente individual y humano. Se concede preferencia al aspecto individual de la creación artística, anteponiendo la emulación (zêlos ) a la imitación (mímēsis). Esta nueva poética, en la medida en que se aparta del clasicismo augústeo, revela sugestivas posibilidades de expresión de sentimientos, alucinaciones y fantasías. Origina una poesía expresionista, pero auténtica poesía.
A Lucano lo salva precisamente la «intensidad» de sus sentimientos, que lo hce derramarse en el poema, con intervenciones continuas. Arte y vida se funden y confunden en él en un único sentimiento, hasta el punto de que «non si sa definire se è retorica il suo poema o è retorica la sua vita» 149 . Cupaiuolo considera que la Farsalia es «sobre todo obra de un artista», por la grandiosidad del cuadro que despliega y por el avance irresistible de la acción, que traslada su dinamismo al propio estilo 150 . Téngase en cuenta, además, que el poeta murió muy joven y que dejó su obra inacabada, sin el último toque. Aun así, sin juzgar las posibles creaciones más perfectas de su frustrada madurez, sino únicamente la obra que alumbró su precocidad, ésta contiene valores más que suficientes como para «colocar indubitablemente a Lucano en el lugar que le corresponde: entre los poetas» 151 .
8. Pervivencia de Lucano
Aludiré brevemente a «la fortuna de Lucano» en las distintas épocas, tema sobre el que existen varios trabajos de interés 152 .
Conocidos son los juicios negativos de Petronio, ya citado, de Quintiliano («magis oratoribus quam poetis imitandus») y, centurias después, de Servio («historiam composuisse, non poema») y de S. Isidoro, que repite a Servio 153 . Pero, en contraste, los juicios positivos de Marcial y de Estacio 154 . Entre los escritores cristianos, S. Jerónimo, S. Agustín, Juvenco, Prudencio, Orosio, etc., conocen bien a Lucano, lo citan y lo imitan.
Durante la Edad Media, desde Prisciano hasta Dante, la Farsalia es, junto a la Eneida, el poema épico más popular y conocido. Prisciano toma para su Gramática tal cantidad de ejemplos de nuestro poeta que ha podido decirse, con expresiva exageración, que podría, con ellos, reconstruirse la Farsalia, si no se nos hubiera conservado 155 . En el estudio de Sanford pueden leerse numerosas citas de Lucano en autores medievales: Albertino de Musato, Abelardo 156 , Raterio de Verona, Arnulfo de Orleans, Aimerico, Gualterio de Chatillon, Mateo de Vendôme, Godofredo de Viterbo, Conrado de Hirsau, Juan de Salisbury y otros. Cerrando la Edad Media, los repetidos elogios de Dante 157 .
Los Renacimientos y Siglos de Oro mantienen el interés por Lucano. Referencias a él o influencias suyas pueden detectarse en escritores de Italia (Petrarca, Poliziano, Tasso, etc.), de Francia (Rabelais, Montaigne, Corneille, Voltaire, etc.), de España (Juan de Mena, Gómez Manrique, el Marqués de Santillana, Ercilla, Cervantes, Miguel de Carvajal, Juan de la Cueva, Cristóbal de Mesa, Góngora, Quevedo, Gracián, Jáuregui, etc.) 158 . Los humanistas, sobre todo después del descubrimiento y la publicación de la Poética de Aristóteles (1536), se inclinaron más hacia el modelo homéricovirgiliano de la épica. Algunos, como J. J. Escalígero, desprecian a Lucano, pero otros, como Grocio, lo admiran. Entre los humanistas españoles sobresalen en la admiración Luis Vives y el «Brocense».
Los escritores del Barroco conectan bien con Lucano, al que consideran como de la familia 159 . Y lo mismo sucederá con los románticos y prerrománticos, admiradores, cuando no apasionados, de nuestro poeta: Keats, Shelley, Hölderling, Fóscolo, Víctor Hugo, Goethe, etc. 160 . El siglo XIX , con su criticismo extremoso y su positivismo, desprecia generalmente a Lucano como poeta; un buen ejemplo es Nisard, que lo considera como símbolo de la «decadencia» 161 . Pero a ese siglo, en su segunda mitad, debemos una serie de obras de gran valor sobre el poeta: la edición crítica de Hosius, las investigaciones métricas de Trampe, la obra de Obermaier sobre la lengua, el estudio de las fuentes históricas por Baier, de las literarias por Christoni y Diels, de los tropos por Gregorius, de su postura política por Boissier, de su postura religiosa por Souriau y Millard, la erudita introducción de Heitland a la edición de Haskins, la magnífica edición del libro I por Lejay, etc. Bien es verdad que estos autores encaran la obra de Lucano «como cualquier cosa, menos como un poema» 162 . Y será en nuestro siglo, en los años veinte y treinta, con las obras de Gundolf, Fraenkel, Thierfelder y Eckardt, cuando se va a enfocar a Lucano desde el ángulo de sus valores poéticos.
Después de la segunda guerra mundial se produce un autentico renacimiento de los estudios lucáneos, sobre todo en Alemania: desde 1949 comienzan a aparecer allí abundantes tesis doctorales sobre el poeta, entre las que sobresale la de W. Rutz 163 . Fruto espléndido de este furor Teutonicus (para usar una de las más famosas frases de la Farsalia ) en el estudio del poeta han sido las dos bibliografías críticas aparecidas en la revista Lustrum y debidas, respectivamente, a R. Helm («Lucanus 1925-1942», Lustrum 1 [1956], 163-228) y a W. Rutz («Lucan 1943-1963», Lustrum 9 [1964], 243-334). Lo mismo debe decirse del libro publicado por la fondation Hardt en 1970 (Lucain [Entretiens…]).
También la filología italiana ha dedicado en las últimas décadas numerosos estudios a Lucano, desde que rompió el fuego, en 1940, el bello libro de E. Malcovati 164 . Y la filología de lengua inglesa, sobre todo de Estados Unidos, siguiendo las huellas de la gran especialista B. M. Marti, que publicó en 1945 un famoso estudio 165 y ha insistido en varios trabajos posteriores. En cuanto a Francia, tras la edición y los trabajos de Bourgery, el libro más importante publicado sobre nuestro poeta es el de J. Brisset, repetidamente citado. Pero hay trabajos notables de Grimal, Guillemin, Rambaud, etc.
¿Y en España? Paratore constataba, con motivo del 1900 aniversario de la muerte de nuestro poeta, que los españoles nos habíamos volcado en homenajear a Séneca, olvidando del todo a su sobrino Lucano, pese a que éste «princeps Hiberici nominis gloriam edidit atque circumtulit diuque paene principem locum inter Romanos heroi carminis auctores obtinuit» 166 . Aparte del libro de R. Castresana, citado, dos filólogos han dedicado en España especial atención al poeta en los últimos años: los también citados V.-J. Herrero y S. Mariner. El primero, con su tesis doctoral sobre Lucano en España, diversos trabajos sobre el autor y la edición crítica, con traducción, del poema. El segundo, con cursos de Doctorado sobre el poeta, dirección de trabajos sobre él y la traducción reciente de la Farsalia, que había sido precedida de una Selección de la «Farsalia», con aparato crítico y traducción, publicada en Catania, en la Col. «Poeti del mondo latino».
9. El texto
En las «Introducciones» a las ediciones críticas de Housman, Bourgery, Herrero y la Selección… de Mariner pueden verse los problemas de la transmisión del texto de la Farsalia. Aquí nos limitamos a señalar lo siguiente:
La enorme popularidad de Lucano en la Edad Media dio lugar, desde la época carolingia, a numerosos mss., de los que han llegado hasta nosotros más de 150 totales y otros muchos parciales. Aún está por hacer el estudio detallado de todos ellos, con la distribución en familias y la reconstrucción del arquetipo.
Aparte de unos fragmentos de los libros V, VI y VII conservados en dos palimpsestos que se remontan a los siglos IV o V (Palatinus Vaticanus 24, Vindobonensis 16 y Neapolitanus IV A 8), los códices más antiguos de la Farsalia que nos han llegado son de los siglos IX -X . Entre ellos cabe destacar los seis siguientes: Ζ = Parisinus Latinus 10.314; P = Parisinus Latinus 7502; M = Montepessulanus H 113; V = Vossianus Latinus XIX q. 51; U = Vossianus Latinus XIX f. 63; G = Gemblacensis-Bruxellensis 5330. Los códices de Lucano existentes en bibliotecas españolas han sido colacionados y valorados por Herrero (págs. LX-LXXI de su «Introducción»).
En nuestra traducción hemos seguido el texto de la edición de Housman, de la que únicamente nos desviamos en los siguientes pasajes:


10. Ediciones y traducciones
A) EDICIONES Y TRADUCCIONES NO ESPAÑOLAS . — La editio princeps se imprimió en Roma en 1469. A finales del propio siglo XV se publicaron los comentarios de Ognibene y de Sulpicio Verulano, que acompañarán a muchas de las ediciones italianas posteriores. En Francia, Sebastián Gryphe edita varias veces la Farsalia a lo largo del siglo XVI . Peor es a partir del XVII cuando surgen las ediciones críticas valiosas. Desde entonces, las más destacadas son:
H. GROTIUS , Amsterdam, 1610; Amberes, 1614; Leiden, 1626.
T. FARNABIUS , Amsterdam, 1618 (y muchas ediciones posteriores).
G. KORTTE (CORTIUS ), Leipzig, 1726.
F. OUDENDORP , Leiden, 1728.
P. BURMAN , Leiden, 1740.
R. BENTLEY , R. CUMBERLAND , Strawberry-Hill, 1760.
C. F. WEBER , Leipzig, 1821-1831.
W. E. HEITLAND , C. E. HASKINS , Londres y Cambridge, 1887 (larga introducción del primero y comentarios del segundo).
C. HOSIUS , Leipzig, 1892 (1905, 1913). Edición crítica muy importante, que no tuvo rival hasta que salió la de Housman.
P. LEJAY , París, 1894 (libro I, con sugestiva introducción y enjundiosos comentarios).
C. M. FRANCKEN , Leiden, 1896-1897.
J. P. POSTCATE , Cambridge, 1913 (libro VII); 1917 (libro VIII). Hay edición del libro VII, revisada y aumentada por O. A. W. DILKE , Cambridge, 1960.
A. E. HOUSMAN , Oxford, 1926 (1927, 1950, 1958, 1970). Es la mejor de las ediciones críticas del poeta.
A. BOURGERY , M. PONCHONT , 2 vols., Col. Budé, París, 1926-1930 (con traducción francesa). Buena edición crítica.
J. D. DUFF , Col. Loeb, Londres y Cambridge, 1928 (con traducción inglesa).
R. J. GETTY , Cambridge, 1940 (libro I). Edición crítica con comentario.
I. CAZZANIGA , Milán, 1956. Incluido en el libro Problemi intorno alla Farsaglia se encuentra lo siguiente: libro I (con aparato crítico), libro VIII 557-691 (con aparato crítico), libro IX 702-838 (sin aparato crítico) (págs. I-LXXVIII); traducción de los citados textos (págs. 1 A-39 A); comentario del libro I (págs. 191-261).
E. GRISET , Turín, 1960. (Selección de textos, con introducción y comentario.)
P. WUILLEUMIER , H. LE BONNIEC , París, 1962 (libro I). Algunas notas críticas y buen comentario.
R. BADALÌ , Bolonia, 1972. (Texto y comentario de los libros I y VI.)
D. GAGLIARDI , Florencia, 1975. (Libro VII, con introducción y excelente comentario.)
R. MAYER , Londres, 1979. (Libro VIII, con introducción, texto latino, traducción inglesa y comentario literario.)
P. BARRATT , Amsterdam, 1979. (Libro V, con comentario.)
A su vez, las ediciones más importantes de Escolios de Lucano son:
H. GENTHE , Scholia uetera in Lucanum e codice Montepessulano, Berlín, 1868.
H. USENER , M. Annaei Lucani Commenta Bernensia, Leipzig, 1869 (= Hildesheim, 1967).
J. ENDT , Adnotationes super Lucanum, Leipzig, 1909 (= Stuttgart, 1969).
B. M. MARTI , Arnulfi Aurelianensis Glosule super Lucanum, Roma, 1958.
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Traducciones de la Farsalia, además de las ya aludidas, pueden citarse como representativas:
Las francesas, en prosa, de MARMONTEL (1766) y HAUREAU (1837), y en verso, de DEMOGEOT (1886) y GALLOT (1894).
Las italianas de CASSI (1826), de USSANI (1899-1903: libros I, II, III, VII), de L. CARELLI (Turín, 1954).
Las inglesas de F. R. B. GODOLPHIN , ed. (Nueva York, 1949), y R. GRAVES , parcial (Londres, 1956).
B) EDICIONES Y TRADUCCIONES ESPAÑOLAS . — La primera traducción castellana de la Farsalia es anónima y se encuentra inserta en la General Estoria de Alfonso el Sabio 167 .
La segunda, y primera no anónima, es la de Martín Laso de Oropesa, publicada en el siglo XVI sin lugar ni año de impresión, aunque tal vez sea de hacia 1535 168 .
La tercera se debe a Juan de Jáuregui, de la 1.a midad del siglo XVII , y fue publicada después de su muerte. Es una versión en octavas reales, muy libre, con adiciones y omisiones desfiguradoras y con abuso de amplificaciones retóricas. El traductor quiso imitar en el estilo a Lucano, de cuya «españolidad» se sentía orgulloso, pues subtituló su versión «poema español» (hay edición moderna, Aguilar, Madrid, 1947) 169 .
Tras Jáuregui, durante siglos, y hasta fechas recientes, no vuelve a hacerse ninguna traducción ni edición nueva de la Farsalia. Ahora contamos con dos excelentes, ya aludidas:
V.-J. HERRERO , Lucano. La Farsalia, 3 vols., Col. Hispánica de Autores Griegos y Latinos. Barcelona-Madrid, 1967-1982. Edición crítica, con traducción castellana y buena introducción.
S. MARINER , Lucano. Selección de la «Farsalia», Col. «Poeti del mondo latino», Catania, 1971. Introducción, texto con aparato crítico, traducción castellana y notas explicativas.
Lucano. Farsalia, Madrid, 1978. Traducción castellana, con introducción y notas.
11. Nuestra traducción
Hemos intentado ajustarnos al texto lo más posible, conservando, cuando era viable, el estilo del poeta, pero sacrificando, siempre que entraban en conflicto, la forma al contenido. Es decir, cuando una expresión nos parecía muy «lucánea», pero no reflejaba con total exactitud el pensamiento del autor, hemos optado siempre por trasladar con la mayor precisión posible el contenido, aun en perjuicio de la forma.
Nos han sido útiles las traducciones de Duff y Bourgery-Ponchont, pero, muy especialmente, somos deudores de Herrero y Mariner. Nuestro particular agradecimiento a este último cuya traducción nos ha servido de guía y, casi siempre, de clave resolutoria en los pasajes dudosos o de especial complicación. A Herrero, a su vez, una sincera gratitud por su revisión cuidadosa de nuestra traducción y por sus acertadas observaciones, que me han servido para mejorar muchos pasajes.
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1 La edición crítica de estas Vitae , con buena bibliografía, puede verse en el denso y enjundioso librito de C. BRAIDOTTI , Le vite antiche di M. Anneo Lucano , Bolonia, 1972; también se alude en él a las Vitae de época humanística.
2 A. ROSTAGNI , Storia della letteratura latina , vol II, 3.a ed., Turín, 1964, pág. 531. Otros piensan que Vacca es de los siglos III o IV , e incluso del VI .
3 MARCIAL , VII 21-23.
4 ESTACIO , Silvas II 7 (Genethliacon Lucani ad Pollam ): «¡oh tierra en extremo feliz y venturosa!».
5 TÁCITO , Anales XV 49, 3; 56, 4; 58, 1; 70, 1.
6 ESTACIO , Genethliacon …, 24.
7 Es el Junio Galión ante el cual, siendo procónsul de Acaya, compareció S. Pablo (Hechos de los Apóst . 18, 12-18).
8 TÁC ., Anales XVI 17, lo trata peor: tras aludir a su condición de eques romanus dignitate senatoria , dice que se abstuvo de aspirar a cargos públicos por una ambición al revés, intentando igualar en poder a los cónsules desde su condición de simple caballero; y que se hizo administrador de los bienes del Príncipe (procurator ) por considerarlo el camino más corto para ganar dinero.
9 En las inscripciones de la Bética está bien representado el nombre de Acilius; véase C. CASTILLO , Prosopographia Baetica , I, Pamplona, 1965, págs. 2-6.
10 SÉNECA , Consol. a Helvia XVIII 4.
11 Véase la Vita de Persio compuesta por el gramático M. Valerio Probo y recogida en múltiples ediciones del satírico, por ejemplo, en la de la Coll. Budé.
12 Así I. CAZZANIGA , Problemi intorno alla Farsaglia , Milán, 1956, pág. 6 de la Introduzione.
13 TÁCITO , Anales XIV 16, 1. Por su parte, SUETONIO (Nerón 52) tenía mucho mejor concepto de las dotes poéticas del Emperador, del que afirma que «componía con gusto y sin esfuerzo» y asegura que sus poemas eran totalmente originales, sin colaboración alguna. Los restos conservados de la obra poética de Nerón pueden verse en H. BARDON , Les empereurs et les lettres latines d’Auguste à Hadrien , 2.a ed., París, 1968, págs. 201-212.
14 Qui primo apud imperatorem Neronem maximum potuit, adeo ut de componendis uersibus nonnumquam inter se contenderent (Vida III).
15 SUET ., Nerón 12. TÁCITO , Anales XIV 20-21.
16 BARDON , Les empereurs …, pág. 199.
17 TÁCITO , Anales XIV 51.
18 Ibid ., XV 49.
19 El desaire consistió en que, mientras el poeta recitaba en público con asistencia de Nerón, éste se retiró, con el pretexto de tomar el aire. G. PLINVAL , «Une insolence de Lucain», Latomus 15 (1956), 512-520, opina, con endebles argumentos, que la noticia de la Vida I hay que entenderla al revés: que fue Lucano el que hizo el desaire a Nerón, mientras éste recitaba ante el senado.
20 TÁCITO , Anales XV 56, 4.
21 Véase el enfoque prudente de S. MARINER , Lucano. Farsalia , Madrid, 1978, págs. 13-14. Y también, CAZZANIGA , Problemi …, páginas. 36-37.
22 TÁCITO , Anales XV 71.
23 Ibid ., XV 70.
24 V.-J. HERRERO , Lucano. La Farsalia , vol. I, Barcelona, 1967, pág. XIII.
25 Sobre la opinión de Maciejczyk, que identifica estas Laudes Neronis con los dos poemas bucólicos que conservamos y conocemos bajo el nombre de Carmina Einsidlensia , y la de Lösch, para quien las Laudes serían sólo el primero de dichos poemas, siendo el segundo los Saturnalia , también de Lucano, véanse M. SCHANZ , C. HOSIUS , Geschichte der römischen Literatur , vol. II, 4.a ed., Munich, 1967, pág. 491.
26 MARCIAL , X 64, 6.
27 ESTACIO , Silvas III 5.
28 TÁCITO , Anales XIII 44.
29 Sobre este problema del título, véanse las Introducciones a las ediciones citadas de HERRERO (págs. XV-XVI) y MARINER (págs. 17-18), así como la de A. BOURGERY en la Coll. Budé, vol. I, 3.a ed., París, 1958, pág. VIII; también CAZZANIGA , Problemi …, págs. 39-41.
30 J. BRISSET , Les idées politiques de Lucain , París, 1964, pág. 26, n. 7.
31 Véase E. MALCOVATI , M. Anneo Lucano , Milán, 1940, pág. 21, nota 4.
32 L. HERRMANN , «Le prologue de la Pharsale», Latomus 6 (1947), 91-94, ha dado la interpretación más original y osada, defendiendo que el Caesar del v. 982 no es Julio César, sino Nerón, y que estos versos debían ir, en la redacción de Lucano, inmediatamente después de I 66, como broche final del «elogio de Nerón». Véanse también las intepretaciones de M. A. LEVI , «Il prologo della Pharsalia», Riv. di Filol. e d’Istruz. Class . 27 (1949), 71-78, y de M. E. GRISET , «Lucanea. I: Le due Farsaglie», Riv. di Studi Class . 2 (1954), 111-113.
33 Interpretaciones variadas pueden verse en: V. USSANI , «Controversia lucanea», Riv. di Filol . 29 (1901), 50-58; J. P. POSTGATE , «Pharsalia nostra», Class. Review 19 (1905), 257-260; A. BARRIERA «Intorno a un titolo errato del poema di Lucano», Boll. di Filol. Class . 22 (1916), 153 y sigs.; H. C. NUTTING , «Pharsalia nostra», Class. Weekly 26 (1932), 173-174.
34 Véanse, entre otros, B. F. DICK , «Fatum and Fortuna in Lucan’s Bellum Ciuile », Class. Philol . 62 (1967), 239; W. RUTZ , Studien zur Kompositionskunst und zur epischen Technik Lucans , Kiel, 1950, pág. 32; A. GUILLEMIN , «L’inspiration virgilienne dans la Pharsale», Rev. Étud. Lat . 29 (1951), 215 y 221; M. RAMBAUD , «L’apologie de Pompée par Lucain au livre VII de la Pharsale », Rev. Étud. Lat . 33 (1956), 258.
35 M. HAFFTER , «Dem schwanken Zünglein lauschend wachte Cäsar dort», Museum Helv . 14 (1957), 118-126.
36 «Haec initia belli Alexandrini fuerunt», terminan los Commentarii de César.
37 G. PFLIGERSDORFFER , «Lucan als Dichter des geistigen Widerstandes», Hermes 87 (1959), 344-377. V. BUCHHEIT , «Lucans Pharsalia und die Frage der Nichtvollendung», Rhein. Museum 104 (1961), 362-365.
38 G. VÖGLER , «Das neunte Buch innerhalb der Pharsalia des Lucan und die Frage der Vollendung des Epos», Philologus 112 (1968), 222-268.
39 BRISSET , Les idées …, págs. 163-167.
40 R. T. BRUÈRE , «The scope of Lucan historical epic», Class. Philol . 45 (1950), 217-235. Antes de él, ya O. RIBBECK , Geschichte der römischen Dichtung , vol. III, Stuttgart, 1892, págs. 91 y sigs.
41 R. PICHON , Les sources de Lucain , París, 1912.
42 RUTZ , Studien … También, entre otros, W. WÜNSCH , Das Bild des Cato von Utica in der Literatur der neronischen Zeit , Marburgo, 1949; H. FLUME , Die Einheit der künstlerischen Personlichkeit Lucans , Bonn, 1950; W. MENZ , Caesar und Pompeius im Epos Lucans , Berlín, 1952; y P. WUILLEUMIER , H. LE BONNIEC , ed. del libro I del poema, París, 1962.
43 También defiende la epopeya de Lucano en 12 libros O. SCHÖNBERGER , «Zur Komposition des Lucan», Hermes 85 (1957), 251-254, pero con una división en «tríadas», aunque reconoce las dificultades unitarias de la tercera de ellas (libros VII-IX). Por su parte, la división en «mónadas», es decir, que cada libro forma un todo cerrado y unitario en forma y contenido, ha sido defendida por H. P. SYNDIKUS , Lucans Gedicht vom Bürgerkrieg , Munich, 1958, con argumentos poco convincentes, pues hay casos en que parece clara la difuminación de fronteras entre libros, como había probado ya muchos años antes MENZ (obra citada en la nota anterior).
44 B. M. MARTI , «La structure de la Pharsale» , en Lucain (Entretiens sur l’antiquité classique; 15), Ginebra, 1970, págs. 3-38.
45 También cree MALCOVATI (M. Anneo …, pág. 66) que el poema debía de terminar con la muerte de César.
46 MARTI , «La structure…», págs. 20-21.
47 Ed. H. USENER , Leipzig. 1869 (= Hildesheim, 1967).
48 C. F. WEBER , De duplici Pharsaliae Lucaneae exordio , Marburgo, 1860.
49 V. USSANI , «Su i versi 1-7 (lib. I) del poema lucaneo», Riv. di Filol . 31 (1903), 463-469; HERRMANN , «Le prologue…»; LEVI , «Il prologo…»; E. MALCOVATI , «Sul prologo della Farsaglia», Athenaeum 29 (1951). 100-108; E. GRISET , «Lucanea II: I proemi», Riv . di Studi Class . 2 (1954), 185-190; G. B. CONTE , «Il proemio della Pharsalia », Maia 18 (1966), 42-53.
50 Las referencias pueden verse en Ussani; tanto éste como P. LE JAY (edición del libro I, París, 1894, Introducción) intentan explicar cómo pudo surgir la confusión de la noticia.
51 A. HOLGADO , Valor estilístico de la frontera de verso en la «Farsalia » de Lucano, tesis doctoral, inédita, Madrid, 1975.
52 E. M. SANFORD , «Lucan and Civil War», Class. Philol . 28 (1933), 123.
53 Commenta Bernensia . ed. USENER , ad. loc.; Arnulfi Aurelianensis glosule super Lucanum , ed. B. M. MARTI , Roma, 1958, pág. 15.
54 B. M. MARTI , «The meaning of the Pharsalia », Amer. Journ. of Philol . 66 (1945), 274-275, que lo califica de «extravagant praise»; O. SCHÖNBERGER , «Zu Lucan. Ein Nachtrag», Hermes 86 (1958), 232, habla de «grellen Farben»; E. GRISET , «Lucanea. IV; L’elogio neroniano», Riv. di Studi Class . 3 (1955), 134-138.
55 Citemos algunos representativos: R. PICHON , Les sources de Lucain , París, 1912, pág. 185; A. D. NOCK , «The proem of Lucan», Class. Review 40 (1926), 17-18; LEVI , «Il prologo…»; G.K. GRESSETH , «The quarrel between Lucan and Nero», Class. Philol . 52 (1957), 24-27; SYNDIKUS , Lucans Gedicht …; PFLIGERSDORFFER , «Lucan als Dichter…»; P. GRIMAL , «L’éloge de Néron au début de la Pharsale est-il ironique?», Rev. Étud. Lat . 38 (1961), 296-305; U. PIACENTINI , Osservazioni sulla tecnica epica di Lucano , Berlín, 1963, págs. 19-22; BRISSET , Les idées …, págs. 196-199; L. THOMPSON , «Lucan’s apotheosis of Nero», Class. Philol . 59 (1964), 147-153; BARDON , Les empereurs …, pág. 234; MARINER , Farsalia , págs. 22-26; K. E. BOHNENKAMP , «Zum Nero-Elogium in Lucans Bellum Ciuile», Mus. Helv . 34 (1977). 235-248.
56 LEVI , «Il prologo…», pág. 77.
57 GRIMAL , «L’éloge…», pág. 305.
58 Sobre esta divinización de Augusto, pueden verse: G. WISSOWA , «Das Prooemium von Vergils Georgica », Hermes 52 (1917), 92-104; M. GOELZER, «Virgile et l’apothéose d’Octavien au livre I des Géorgiques», Transact. Amer. Philol. Ass . 60 (1929), 38-40; J. BAYET . «L’inmortalité astrale d’Auguste», Rev. Étud. Lat . 17 (1939), 141-171.
59 SUET ., Nerón 9 ss.
60 AURELIO VÍCTOR , Liber de Caesaribus 5.
61 Algunos creen que «es una leyenda fabricada por la propaganda estoica, bajo los Flavios y Trajano, para justificar el apoyo prestado por Trásea y Séneca al gobierno de Nerón en sus comienzos» (P. DUFRAIGNE , ed. de Aur. Víctor en la Coll. Budé, París, 1975, pág. 81, n. 2).
62 BRISSET , Les idées … A los trabajos sobre el tema citados por la autora en su pág. 28, n. 4, pueden añadirse: R. CASTRESANA , Historia y política en la «Farsalia» de Marco Anneo Lucano , Madrid, 1956; 0. SCHÖNBERGER , «Ein Dichter römischer Freiheit: M. Annaeus Lucanus», Altertum 10 (1964), 26-40; D. GAGLIARDI , Lucano poeta della libertà , 2.a ed., Nápoles, 1970; P. ESPOSITO , «Il VII libro della Pharsalia e l’ideologia di Lucano. Un’ipotesi interpretativa». Vichiana 7 (1978), 117-141.
63 G. BOISSIER , L’opposition sous les Césars , 3.a ed., París, 1892, págs. 272 y sigs.
64 USSANI , «Controversia…».
65 PICHON , Les sources …, Apéndice.
66 C. VITELLI , «Sulla composizione e pubblicazione della Farsaglia», Studi Ital. di Filol. Class . 8 (1900), 33-72.
67 BARDON , Les empereurs …, pág. 235.
68 M. E. GRISET , «Lucanea. III: L’anticesarismo», Riv. di Studi Class . 3 (1955), 58 y sigs.
69 CAZZANIGA , Problemi …, pág. 41.
70 BRISSET , Les idées …, págs. 186-192.
71 Ibid ., pág. 191.
72 MARINER , Farsalia …, págs. 20-22.
73 Ibid ., pág. 22.
74 BRISSET , Les idées …, pág. 191.
75 J. GIRARD , «Un poète républicain sous Néron», Rev. de Deux Mondes 10 (1875), 423-444.
76 M. DOLÇ , «Aproximación a la estética de Lucano», en Retorno a la Roma clásica , Madrid, 1972, pág. 227.
77 Así MARTLI , «The meaning…», págs. 375-376, y SCHÖNBERGER , «Zu Lucan…», págs. 233-234.
78 CAZZANIGA , Problemi …, pág. 24.
79 Véase L. PAVAN , «L’ideale politico di Lucano», Atti dell’Istit. Veneto di Scienz. Lettr. ed Arti 113 (1954-1955), 220-222.
80 CASTRESANA , Historia …, págs. 127-131; y BRISSET , Les idées …, págs. 204-223.
81 Es la tesis de R. WALTZ , La vie politique de Sénèque , París, 1909.
82 R. PICHON , «Un filósofo, ministro durante el imperio romano», en Hombres y cosas de la antigua Roma [traducción de M. ONTAÑÓN ], Madrid, 1928, págs. 179-234.
83 Véase J. BÉRANGER , Recherches sur l’aspect idéologique du Principat , Lausana, 1953, especialmente págs. 65-67.
84 TÁCITO , Historias I 1; PLINIO , Panegírico de Trajano .
85 Compárese con Cicerón, un auténtico republicano, para quien la libertad no consistía en tener un dueño justo, sino en no tener dueño: «libertas, quae non in eo est ut iusto utamur domino, sed ut nullo» (De Rep . II 23).
86 A. SIZOO, «Paetus Thrasea et le stoïcisme», Rev. Étud. Lat . 4 (1926), 229-237.
87 AI «proceso psicológico fácil de explicar» (VITELLI , «Sulla composizione…», pág. 65), según el cual nuestro poeta se convirtió de monárquico en republicano, no le vemos la fácil explicación sin ofender gratuitamente a Lucano.
88 El trabajo de PFLIGERSDORFFER se citó en la n. 37; los de SCHÖNBERGER y GAGLIARDI , en la n. 62.
89 MALCOVATI , M. Anneo …, págs. 52-59.
90 M. SOURIAU , De deorum ministeriis in Pharsalia , París, 1885; J. GIRARD , «Du rôle des dieux dans la Pharsale», Journ. des Savants (1888), 192-217 y 315-330.
91 J. E. MILLARD , Lucani sententia de deis et fato , Utrecht, 1891.
92 PICHON , Les sources …, cap. IV. También CASTRESANA (Historia y política …, cap. I) ha rastreado las ideas de Séneca sobre deus, prouidentia, fortuna, fatum y la posición de Lucano al respecto, en todo coincidente con la de su tío.
93 MARTI , «The meaning…», sobre todo pág. 355.
94 Véase F. KÖNIG , Mensch und Welt bei Lucan im Spiegel bildhafter Darstellung , Kiel, 1957.
95 Véase, al respecto, M. E. CAMPICHE , «Les causes de la guerre civile d’après Lucain», Rev. Étud. Lat . 42 (1964), 63; y A. W. LINTOTT , «Lucan and the history of the Civil War», Class. Quart . 21 (1971), 493.
96 H. LE BONNIEC , «Lucain et la religion», en Lucain (Entretiens…), pág. 170; el autor pasa revista, en un bien organizado trabajo, a la postura de Lucano frente a las ceremonias religiosas, el culto imperial, los cultos bárbaros, los dioses del panteón greco-romano, la fortuna , el fatum , la adivinación, la magia, etc.
97 BRISSET , Les idées …, págs. 57-58.
98 SCHÖNBERGER , «Zu Lucan…», pág. 235. El autor defiende también que Lucano no ha dejado de creer en los dioses tradicionales, a los que increpa como culpables de la Guerra Civil.
99 Véanse, en esta línea, las consideraciones de BRISSET , Les idées …, págs. 51-78.
100 Pueden verse los correspondientes pasajes en BRISSET , op. cit ., pág. 67.
101 Le Bonniec, «Lucan et la religion»…, págs. 194-195.
102 MALCOVATI , M. Anneo …, pág. 59.
103 DICK , «Fatum and Fortuna…», págs. 235-242. O. S. DUE , «Lucain et la philosophie», en Lucain (Entretiens…), 203-224.
104 Ya antes W. H. FRIEDRICH , «Cato, Caesar und Fortuna bei Lucan», Hermes 73 (1938), 391-423, había hecho notar que Lucano mide a sus personajes con arreglo a la actitud de éstos frente al Fatum (sobre todo, pág. 420). El término Fatum es, en la Farsalia , mucho más abundante que Fortuna: 258 veces aquél, frente a 144 éste, según el recuento en DEFERRARI , FANNING , SULLIVAN , A Concordance to Lucan , Washington, 1940 (= Hildesheim, 1965), sub uocibus .
105 DUE , «Lucain…», pág. 221.
106 M. VON ALBRECHT , «Der Dichter Lucan und die epische Tradition», en Lucain (Entretiens…), pág. 270. Véase también F. CUPAIUOLO , Itinerario della poesia latina nel I secolo dell’Impero , Nápoles, 1973, cap. III («Il poeta e la tradizione letteraria»).
107 PIACENTINI , Osservazioni …, pág. 1: «L’opera di Lucano rappresenta la rivoluzione più attesa contro la tradizione del genero epico.»
108 Op. cit ., caps. II y III.
109 «Gegen-Vergil» lo llama A. THIERFELDER , «Der Dichter Lucan», Arch. für Kulturgeschichte 25 (1935), 14.
110 W. E. HEITLAND , Introducción a la edición de Lucano por C.E. HASKINS , Londres, 1887.
111 F. CASPARI , De ratione quae inter Vergilium et Lucanum intercedat quaestiones selectae , Leipzig, 1908; F. PLESSIS , La poésie latine , París, 1909, págs. 573 y sigs.; PICHON , Les sources …, págs. 218 y sigs.; MALCOVATI , M. Anneo …, págs. 100 y sigs.; GUILLEMIN , «L’inspiration virgilienne…» (para el libro VII); L. THOMPSON , R. T. BRUÈRE , «Lucan’s use of virgilian reminiscence», Class. Philol . 63 (1968), 1-21, y «The virgilian background of Lucan’s fourth book», Class. Philol . 65 (1970), 152-172; M. TARTARI , «Lucano e la tradizione epica virgiliana; ripresa e contrapposizione nel libro IV del Bellum Ciuile», Boll. di Stud. Lat . 9 (1979), 25-39.
112 CUPAIUOLO , Itinerario …, pág. 17 y sigs.
113 Véase CONTE , «Il proemio…», pág. 46.
114 Β. SNELL , La cultura greca et le origini del pensiero europeo , Turín, 1951, pág. 17.
115 Teofrasto definía el poema épico como «conjunto de cosas divinas y humanas» (cf. DIOMEDES , en Grammatici Latini I, pág. 483). PETRONIO (Sat . 118, 6), en polémica con Lucano, defiende la obligación del poeta épico de narrar los sucesos «per ambages deorumque ministeria».
116 A. G.a CALVO , «Los títeres de la epopeya», Est . Clás . 7 (1963), 95-106.
117 Κ. ZIEGLER , Das hellenistische Epos , Leipzig, 1934.
118 W. SCHADEWALDT , «Sinn und Werden des vergilischen Dichtung», en Aus Roms Zeitwende. Vom Wesen und Wirken des augusteischen Geistes , Leipzig, 1931.
119 PIACENTINI , Osservazioni …, pág. 13; FRIEDRICH , «Cato, Caesar…», págs. 394 y sigs.
120 LE BONNIEC , «Lucain et la religion»…, pág. 166; F. MARTINS , «A crise do maravilhoso na epopeia latina», Humanitas 1 (1947), 25-76. Este autor explica de forma muy expresiva (págs 29-30) lo ridículo, anacrónico, inverosímil y sin sentido que hubiera resultado la intervención de los dioses en un asunto histórico reciente. Pero su concepto de «maravilloso» como sinónimo de «aparato divino» es discutible. En Lucano hay mucho de maravilloso, en el sentido de sorprendente, mágico, exótico.
121 PIACENTINI , Osservazioni …, pág. 18.
122 Sobre el tema pueden verse: PIACENTINI , op. cit ., págs. 22-27; y los trabajos de CAMPICHE y LINTOTT (de éste, sobre todo, págs. 493-498), citados en la n. 95.
123 El mejor estudio de conjunto sobre las cuatro tempestades principales de la Farsalia es el de M. P. O. MORFORD , The poet Lucan , Oxford, 1967, caps. III y IV. También PIACENTINI , op. cit ., págs. 29-33 (para la tempestad del libro V), y KÖNIG , Mensch und Welt … (para la tempestad de IV 48-120).
124 PIACENTINI , op. cit ., pág. 37.
125 Sobre este episodio, aunque en un enfoque distinto, puede verse P. GRIMAL , «L’épisode d’Antée dans la Pharsale», Latomus 8 (1949), 55-61.
126 Las descripciones de la Galia, los Apeninos y Tesalia las ha estudiado minuciosamente R. SAMSE : «Lukans Exkurs über Gallien», Rhein. Mus . 88 (1939), 164-179; «Lukans Exkurs über die Apenninen», ibid . 89 (1940), 293-316; «Lukans Exkurs über Thessalien», ibid . 91 (1942), 250-268, Véanse también A. BOURGERY , «La géographie dans Lucain», Rev. de Philol . 54 (1928), 25-40, y S. PUCHI , La geografia di Lucano , Palermo, 1938.
127 I. CAZZANIGA , «L’episodio dei serpi libici in Lucano e la tradizione dei Theriaka Nicandrei», Acme 10 (1957), 27-41; J. AUMONT , «Sur «l’épisode des reptiles» dans la Pharsale de Lucain», Bull. Ass. Guill. Budé , 4.a serie (1968), 103-119; R. Β. KEBRIC , «Lucan’s snake episode (IX 587-937), a historical model», Latomus 35 (1976), 380-382.
128 Sobre la profecía, B. F. DICK , The Role of Manticism in Lucan’s Epic Technique , Fordham Univ., 1962; «The Technique of Prophecy in Lucan», Transact. Amer. Philol. Ass . 94 (1963), 37-49; y «The Role of the Oracle in Lucan’s De bello ciuili», Hermes 93 (1965), 460-466. Sobre los precisos conocimientos de magia que poseía Lucano, A. BOURGERY , «Lucain et la magie», Rev. Étud. Lat . 6 (1928), 299-313; y J. VOL PILHAC , «Lucain et l’Egypte dans la scène de nécromancie de la Pharsale , VI 413-830, à la lumière des papyri grecs magiques», Rev. Étud. Lat . 56 (1978), 272-288.
129 ARIST ., Poética IX 1451a-b.
130 E. NORDEN , Ennius und Vergilius , Leipzig, 1915 (Stuttgart, 1966).
131 La fidelidad histórica de Lucano la ha puesto de relieve P. GRIMAL , «Le poète et l’histoire», en Lucain (Entretiens…), 53-117.
132 Así lo percibió ya R. MENÉNDEZ PIDAL , Los españoles en la literatura , 2.a ed., Madrid, 1971, págs. 104-105. Recientemente ha desarrollado con amplitud esta idea S. MARINER , «Epopeya e hispanidad», Est. Clás . 78 (1976), 285-341.
133 Así W. S. TEUFFEL , Geschichte der römischen Literatur II, Leipzig, 1910, pág. 266; HEITLAND , Introducción …, pág. LXII (Catón sería un héroe secundario, de tipo moral); MALCOVATI , M. Anneo …, págs. 66-67; BRISSET , Les idées …, pág. 164, n. 2.
134 CASTRESANA , Historia …, págs. 149 y 229.
135 R. PICHON , Histoire de la Littérature Latine , París, 1930, pág. 567; FRIEDRICH , «Cato, Caesar…», pág. 419.
136 J. W. DUFF , A Literary History of Rome in the Silver Age , Nueva York, 1927, pág. 328.
137 Así ya PLESSIS , La poésie …, pág. 560; más recientemente CAZ ZANICA , Problemi …, pág. 60; por su parte, PIACENTINI (Osservazioni …, pág. 40) hace notar que Lucano, en sus catálogos de pueblos, no habla nunca de jefes, sino de colectividades.
138 GIRARD , «Un poète…», pág. 427.
139 H. C. NUTTING , «The hero of the Pharsalia », Amer. Journ. Philol . 53 (1932), 41-52.
140 SANFORD , «Lucan and Civil…», pág. 123.
141 O. S. DUE , «An Essay on Lucan», Class. & Mediaev . 22 (1962), 120.
142 SYNDIKUS , Lucans Gedicht…, passim .
143 MARTI , «The meaning…», sobre todo pág. 355.
144 S. MARINER , «La Farsalia , poema sin dioses, ¿también sin héroes?», Est. Clás . 62 (1971), 133-159. Ya A. KLOTZ , Geschichte der römischen Literatur , Leipzig, 1930, pág. 258, afirmaba que «el poema, en suma, no tiene héroe ni contenido unitario».
145 Véanse, por ejemplo, SCHANZ -HOSIUS , Geschichte …, vol. II, pág. 498; ο E. NORDEN , La letteratura romana , trad. it., Bari, 1958, pág. 165.
146 Sobre el tema, puede verse el enjundioso trabajo de S. F. BONNER , «Lucan and the Declamation Schools», Amer. Journ. Philol . 87 (1966), 257-289.
147 La referencia a los trabajos y autores que se han ocupado de las diversas facetas del retoricismo y el pathos lucáneos (Fraenkel, Gundolf, Thierfelder, Eckardt, Nowak, Syndikus, Seitz, Marti, Morford…) puede verse en nuestros artículos: «El encabalgamiento versal y su tipología en la Farsalia de Lucano», Cuad. Fil. Clás . 13 (1977), 213-267 (sobre todo, 219); «Las paradojas retóricas en Lucano», en Actas del V Congr. Esp. de Est. Clásicos , Madrid, 1978, págs. 371-376; y, para una ejemplificación de dicho Pathos , nuestro «Encabalgamiento y pathos: la muerte de Pompeyo en la Farsalia (VIII 536-711)», Cuad. Fil. Clás . 15 (1978), 251-260.
148 CUPAIUOLO , Itinerario …, pág. 49, y, en general, todo el cap. II («Il nuovo stile e la poetica della retorica»). Para algunos aspectos de la retórica lucánea (sobre todo de la inuentio ), es interesante y sugestivo W. RUTZ , «Lucan und die Rhetorik», en Lucain (Entretiens…), págs. 235-265.
149 CAZZANICA , Problemi …, pág. 51.
150 CUPAIUOLO , Itinerario …, pág. 86.
151 MORFORD , The poet …, pág. 88. Son las palabras con las que el autor cierra su obra, dedicada a demostrar que la «épica retórica» de Lucano es tan válida poéticamente, dentro de los presupuestos literarios de su tiempo, como la épica virgiliana en el suyo.
152 Trabajos de conjunto, breves pero enjundiosos, son el de MALCOVATI , M. Anneo …, cap. V («La fortuna di Lucano»), y el de W. FISCHLI , Studien zum Fortleben der Pharsalia des M. Annaeus Lucanus , Lucerna, s/a. También los apartados que dedican al tema, en sus respectivas Introducciones, las ediciones de HERRERO y MARINER .
153 PETR ., 118, 6; QUINT ., X 1, 90; SERVIO , a Eneida I 382; ISID ., Oríg . VIII 7, 10.
154 MARCIAL , XIV 194 (también VII 21, 22, 23; X 64); ESTACIO , Silvas II 7. Por su parte, TÁC ., Diál. Orad . XX 5, le reconoce poeticus decor y lo asimila a Virgilio y Horacio. Para una valoración de las opiniones de los antiguos sobre Lucano, cf. E. M. SANFORD , «Lucan and his Roman Critics», Class. Philol . 26 (1931), 233-257.
155 E. M. SANFORD , «Quotations from Lucan in Mediaeval Latin Authors», Amer. Journ. Philol . 55 (1934), 17.
156 Para el uso de Lucano en la correspondencia entre Abelardo y Eloísa, que «se saben de memoria la Farsalia» , véase E. MALCOVATI , «Sulla fortuna di Lucano», Atene & Roma 8 (1963), 27-33; y también, P. VON MOOS , «Lucan und Abaelard», en Hommages à A. Boutemy , Bruselas, 1976, págs. 413-443.
157 El más conocido en Infierno IV 88-90.
158 Véase C. SCHLAYER , Spuren Lukans in der spanischen Dichtung , Heidelberg, 1927.
159 FISCHLI , Studien …, pág. 54.
160 DUE , «An Essay…», pág. 80, afirma que Goethe fue «el último gran poeta que apreció a Lucano y se dejó influir por él». Para esta época es interesante L. PAOLETTI , «La fortuna di Lucano dal Medioevo al Romanticismo», Atene & Roma 7 (1962), 144-157.
161 D. NISARD , Études de moeurs et de critique sur les poètes latins de la décadence , Bruselas, 1834 (Parte 2.a : «Lucain ou la décadence»).
162 DUE , «An Essay…», pág. 81; en las págs. 75 y sigs. de este trabajo, se nos ofrece un resumen apretado, pero sugestivo, de la suerte de Lucano en las diversas épocas.
163 RUTZ , Studien …, citado en n. 34. Otras se deben a Klien, Flume, Menz, Schnepf, Nowak, König, Metger, Syndikus, etc. Y trabajos importantes, buena parte de ellos, como las Dissert ., ya citados: Schönberger, Haffter, Opelt, Burck, Pfligersdorffer, etc.
164 La propia Malcovati ha publicado otros trabajos sobre Lucano. Otros nombres: Piacentini, Paratore, Cazzaniga, Griset, Conte, Gagliardi, Paoletti, etc.
165 MARTI , «The meaning…». Dissertationes y trabajos de Dick, Due, Tucker, Jensen, Murdock, Bruère, Philips, Morford, etc., atestiguan la actualidad de Lucano en este ámbito filológico.
166 E. PARATORE , «De Lucano poeta, ab eius morte anno undeuicies centesimo exacto», Latinitas 15 (1967), 3-19.
167 Ha sido estudiada por V.-J. HERRERO , «Influencia de Lucano en la obra de Alfonso el Sabio. Una traducción anónima e inédita», Rev. de Arch. Bibliot. y Museos 67 (1959), 697-715.
168 Así V.-J. HERRERO , «Laso de Oropesa y su traducción de la Farsalia», Rev. de Arch. Bibliot. y Museos 69 (1961), 752-773.
169 V.-J. HERRERO , «Jáuregui, intérprete de Lucano», Helmantica 5 (1964), 389-410. En la Introducción a su edición de Lucano (págs. L-LIII) puede verse el juicio crítico, esquemático y preciso, que le merecen las dos traducciones citadas: bastante positivo para Laso de Oropesa y muy negativo para Jáuregui.
LIBRO I
SINOPSIS
| 1 -66 | Proemio. Elogio de Nerón. |
| 67 -182 | Causas de la guerra civil. |
| 183 -227 | Paso del Rubicón. |
| 228 -261 | Toma de Rímini. |
| 262 -295 | Llegada de los tribunos y discurso de Curión. |
| 296 -391 | Discursos de César y de Lelio. |
| 392 -465 | Descripción de la Galia. |
| 466 -522 | Terror en Roma. |
| 523 -695 | Los prodigios. |
Guerras más que civiles 1 cantamos, libradas en las llanuras de Ematia 2 , y el crimen investido de legalidad, y un pueblo poderoso que, con su diestra vencedora, se revolvió contra sus propias entrañas; la lucha entre formaciones de la misma sangre y, rota la alianza para la tiranía 3 , el enfrentamiento, con intervención de todos los efectivos del universo trastornado, para abocar a un delito que afectó por igual a ambos bandos; enseñas alineadas frente a enseñas iguales y hostiles, idénticas águilas frente a frente y picas amenazando a idénticas picas.
¿Qué locura, ciudadanos, qué desenfrenado abuso de las armas es ése de ofrecer la sangre latina a pueblos odiados? Y, cuando debía despojarse a la orgullosa Babilonia [10] de los trofeos ausonios y la sombra de Craso andaba errante sin haber sido aún vengada 4 , ¿os plugo emprender unas guerras que no iban a proporcionaros ningún triunfo 5 ? ¡Ay, qué de tierras y mares hubieran podido conquistarse, con esta sangre que empapó las diestras de unos conciudadanos, en las regiones de donde viene Titán y en donde la noche esconde las estrellas 6 , o bien por donde el mediodía se abrasa en horas ardientes o por la parte en que el rigor invernal, incapaz de suavizarse ni con la primavera, agarrota con los fríos de Escitia un mar helado! 7 . Ya hubieran sido subyugados los seres, el Araxes bárbaro y hasta las poblaciones, si las hay allí afincadas, que conocen el nacimiento del Nilo 8 . Después, si tamañas ansias tienes, [20] Roma, de una guerra impía, una vez sometido el orbe entero a las leyes latinas, vuelve tus manos contra ti; pero hasta el momento no te han faltado enemigos en el exterior. Ahora, en cambio, el hecho es que en las ciudades de Italia amenazan ruina los edificios, con sus techumbres a medio caer; grandes bloques de piedra yacen al pie de las murallas derrumbadas, las casas se encuentran abandonadas, sin que nadie las guarde, y en las antiguas ciudades sólo vaga algún que otro habitante; el hecho es, igualmente, que Italia está erizada de malezas, no se la ha arado en muchos años y faltan manos para los campos que las reclaman; no serás tú, [30] Pirro feroz, ni será el Cartaginés 9 el responsable de tamañas calamidades: a ningún arma extraña le es posible llegar tan hondo: las profundas de verdad son las heridas de brazos de conciudadanos.
Pero si los destinos no encontraron otra vía para la llegada de Nerón y a un precio tan caro conceden los dioses los reinados perdurables; si el cielo no pudo someterse al imperio de su Tonante sino tras las guerras de los Gigantes sanguinarios 10 , entonces no nos quejamos más, oh dioses del cielo: incluso los crímenes y la impiedad los damos por buenos a cambio de esta compensación. Ya puede colmar de muertos Farsalia sus llanuras siniestras y saturarse de sangre los manes cartagineses 11 ; los últimos combates pueden ya entablarse [40] en la funesta Munda 12 ; a estas fatalidades pueden añadirse, César, el hambre de Perusa y las fatigas de Módena 13 , así como las naves que guarda sumergidas la escarpada Léucade 14 y los combates contra armadas de esclavos al pie del Etna llameante 15 : mucho es, con todo, lo que Roma debe a las guerras civiles, pues estos sucesos tuvieron como objetivo tu llegada. A ti, cuando, cumplida tu estancia en la tierra, te encamines, tarde, hacia los astros 16 , el palacio de la región celeste que tú hayas preferido te acogerá en medio de la alegría del universo; tanto si te agrada empuñar el cetro como si prefieres subir al carro inflamado de Febo e iluminar con el fuego errante la tierra, que no tiene miedo ante este cambio de sol, toda divinidad te cederá su puesto, y la naturaleza te brindará el derecho, [50] que te pertenece, de elegir qué dios quieres ser y dónde deseas establecer tu reinado sobre el mundo. Pero no deberás elegir tu asiento en el Círculo Ártico ni tampoco por donde se inclina la zona tórrida del austro, frente por frente: desde allí verías a tu querida Roma con sesgada trayectoria astral 17 . Si haces sentir tu peso sobre una parte del éter inmenso, el eje del cielo acusará la carga. En el centro de la bóveda celeste mantén en equilibrio el peso del cielo; que esa parte del éter se encuentre totalmente límpida y vacía, y que por la zona del César no se interponga ni una nube. Entonces el género humano, depuestas las armas, mire por su propia felicidad y todos los pueblos se amen entre sí; [60] que la paz, extendida por el universo, mantenga cerradas las puertas de hierro del belicoso Jano 18 . Pero tú eres ya para mí una divinidad; y, si te acojo en mi pecho como poeta inspirado, ya no quiero invocar al dios que revela los secretos de Cirra ni hacer venir a Baco desde Nisa 19 : tú bastas a darme alientos para cantos romanos.
Mi ánimo se ve impulsado a revelar las causas de tamaños sucesos, y se abre ante mí una inmensa tarea 20 : ¿qué fue lo que empujó a las armas a un pueblo enfurecido? ¿Qué sacudida arrancó la paz al universo? El celoso eslabonamiento de los destinos, la imposibilidad, [70] para lo muy elevado, de seguir en pie mucho tiempo, los graves derrumbes bajo un peso excesivo y Roma incapaz de sostenerse a sí misma. De igual modo, cuando, disuelto el ensamblaje del universo, la hora suprema haya cerrado la marcha de tantos siglos, retornando por segunda vez al antiguo caos, todas las estrellas chocarán con las estrellas en confusión, astros encendidos caerán al ponto, la tierra se negará a tender la línea de los litorales y se sacudirá al mar, Febe marchará en sentido contrario al de su hermano y, juzgando indigno de ella conducir su carro por una trayectoria oblicua, reclamará para sí el curso del día 21 ; y la discordancia total del mecanismo celeste trastornará las leyes del universo en descomposición. Lo encumbrado [80] se derrumba sobre sí mismo: éste es el límite de crecimiento que a la prosperidad han fijado los dioses. Pero en ninguna nación delega la Fortuna su ojeriza contra un pueblo con poder sobre la tierra y el mar. Tú eres la causa de tus desgracias, Roma, convertida en propiedad común de tres dueños 22 , y el pacto funesto de una tiranía que nunca, hasta ahora, había sido adjudicada a varias personas. ¡Oh vosotros, en funesta concordia y ciegos por el exceso de ambición! ¿De qué os vale unir vuestras fuerzas y copar el mundo en medio? Mientras la tierra sostenga al mar y el aire a la tierra, y unos esfuerzos prolongados acompañen la órbita de Titán, y la noche siga al día en el cielo a través del mismo [90] número de constelaciones 23 , no habrá lealtad entre los asociados para un gobierno tiránico; ningún poder consentirá ser compartido. No hace falta dar crédito a ninguna nación ni buscar lejos ejemplos de esta ley fatal: nuestras primeras murallas se empaparon con la sangre de un hermano. Y en aquella ocasión el precio de tamaña locura no era la tierra ni el mar: un pequeño refugio enfrentó a los que aspiraban a su dominio 24 .
Poco tiempo duró esta concordia discordante y la paz se mantuvo no por la voluntad de los caudillos, pues el único obstáculo de la guerra inminente era la mediación de Craso. De igual modo que el exiguo [100] Istmo 25 que corta las olas y separa dos mares, sin permitir que mezclen sus aguas, si la tierra retrocediera, haría chocar el mar Jónico contra el Egeo, así, cuando Craso, que mantenía separadas las armas crueles de los caudillos, manchó de sangre latina, con una muerte lamentable, la asiria Carras, las pérdidas sufridas con los partos desataron las furias romanas 26 . Con aquella batalla lograsteis, Arsácidas, más de lo que imagináis: procurasteis a los vencidos una guerra civil. Se reparte el poder espada en mano y la fortuna de un pueblo poderoso en posesión del mar, de las tierras, del orbe entero [110] no fue suficiente para dos. Pues las prendas de una unión por la sangre y las antorchas nupciales cambiadas en fúnebres con siniestro presagio se las llevó a los manes Julia, prematuramente arrebatada por la mano cruel de las Parcas 27 ; en efecto, si los hados te hubieran concedido una más larga estancia en la vida, tú te hubieras bastado para detener la furia de tu marido, de un lado, y de tu padre, del otro, y para arrancar las armas y unir las manos antes armadas, como las sabinas, puestas en medio, unieron a yernos con suegros 28 . Con tu muerte se trizó la lealtad y se hizo posible a los caudillos promover la guerra. Les prestó estímulos [120] la emulación en el valor: tú, Magno, temes que sus recientes proezas obscurezcan tus antiguos triunfos y que tu victoria sobre los piratas quede por debajo del sometimiento de los galos; a ti 29 , te engalla la experiencia ininterrumpida de tus empresas esforzadas y tu Fortuna, que no consiente un segundo puesto. A nadie puede ya soportar César por encima de él ni Pompeyo a un igual. Quién empuñó con más derecho las armas, es impiedad saberlo; cada uno se apoya en un poderoso valedor: la causa vencedora plugo a los dioses, pero la vencida, a Catón 30 .
Y no se enfrentaron en iguales condiciones. Uno, en el declinar de sus años hacia la vejez y menos belicoso por el uso prolongado de la toga, ha desaprendido ya [130] con la paz el oficio de jefe y, a la busca de nombradía, hace muchas concesiones al populacho, se deja arrastrar completamente por los humores del pueblo y se ufana con los aplausos de su teatro 31 ; no renueva sus efectivos y confía demasiado en su buena suerte de antaño. Se yergue, sombra de un gran nombre, como en campo fértil una enhiesta encina cargada con los despojos de un pueblo antiguo y las sagradas ofrendas de los caudillos; no está ya sujeta por fuertes raíces: su propio peso la fija al suelo; extendiendo al aire sus ramas desnudas, da sombra con su tronco, no con su follaje; y por más que vacile, amenazando caer al primer [140] soplo del Euro, mientras tantos árboles de tronco firme se alzan en su torno, a ella sola, sin embargo, se la venera. En cambio, en César no sólo se daba el renombre y la reputación de general, sino un coraje incapaz de mantenerse quieto, y su única vergüenza era vencer sin combate. Fogoso e indomable, dondequiera que le llamaran la esperanza o la cólera, acudía a actuar 32 , y jamás dudaba en manchar su espada; espoleaba sus éxitos, acuciaba al favor divino, arrollando cuanto obstaculizaba sus aspiraciones al poder supremo, gozoso de [150] abrirse camino con la destrucción, tal como el rayo arrebatado por los vientos a través de las nubes, en medio del estruendo del éter sacudido y del fragor del orbe, centellea, surca el cielo e infunde pavor en las gentes, cegándoles los ojos con su llama en zigzag; descarga con violencia sobre los lugares que consagra 33 y, sin que ninguna materia impida su curso, origina en un amplio espacio una gran catástrofe al caer, y grande también al remontarse, tras recoger sus fuegos esparcidos 34 .
Éstos eran los motivos de los caudillos; pero subyacían también en la sociedad semillas de guerra 35 , que acaban siempre por hundir a los pueblos poderosos. En efecto, cuando, con el sometimiento del mundo, la Fortuna [160] acarreó riquezas excesivas y las costumbres se rindieron ante la prosperidad, y el botín y el pillaje sobre el enemigo nos ganaron para el lujo, ya no hubo límite para el oro y las edificaciones; desdeñó el hambre los platos de antaño; vestidos apenas decentes para llevarlos las muchachas jóvenes, se los pusieron sin pudor los hombres; se huye de la pobreza, fecunda en héroes, y se hace traer de todas las partes del mundo lo que lleva a la perdición a cada uno de esos pueblos; entonces se ponen a empalmar lindes de parcelas, alargándolas, y las campiñas otrora surcadas por la dura reja de Camilo y sufridoras de los antiguos arados de los Curios 36 , las convierten en dilatados latifundios con el trabajo de colonos forasteros. No era aquel un pueblo [170] al que hiciera feliz una paz tranquila, al que su propia libertad abasteciera, sin necesidad de empuñar las armas. De aquí, fáciles las explosiones de cólera y sin importancia los actos criminales a los que inducía la pobreza; gran honra, digna de buscarse incluso con la espada, tener más poder que la propia patria: la medida del derecho era la fuerza; de aquí, las leyes y los plebiscitos aprobados por coacción y los tribunos, a la par que los cónsules, subvirtiendo el derecho; de aquí, las fasces 37 conseguidas con presión del dinero, el propio pueblo sacando a subasta sus favores, el soborno, mortal para la Ciudad, reanudando cada año los enfrentamientos en el Campo 38 venal; de aquí, la usura voraz [180] y el rédito ansioso de vencimientos 39 , la buena fe conculcada y la guerra, ventajosa para muchos.
Ya César en su marcha había rebasado los helados Alpes y concebido en su espíritu grandes levantamientos y una guerra inminente. Cuando se llegó a las aguas del insignificante Rubicón, el general tuvo la visión de una gigantesca figura de la patria estremecida: brillante en la oscuridad de la noche y con una gran tristeza en el rostro, derramando sus blancos cabellos desde una cabeza coronada de torres 40 , se erguía con la cabellera ajada y decía entrecortada de sollozos: «¿Hacia [190] dónde seguís avanzando? ¿Adónde lleváis, guerreros, unas enseñas que son mías? Si marcháis con arreglo al derecho, si como ciudadanos, hasta aquí y sólo hasta aquí os está permitido.» Entonces un escalofrío sacudió los miembros del general, se le erizaron los cabellos y, estorbando su marcha, una miedosa vacilación paralizó sus pies al borde de la ribera. Luego, dijo: «¡Oh tú, señor del trueno, que desde lo alto de la roca Tarpeya 41 contemplas las murallas de la Ciudad, y vosotros, Penates frigios de la familia Julia 42 , Quirino, misteriosamente arrebatado 43 , Júpiter Laciar, que resides en la encumbrada Alba 44 , fuegos de Vesta 45 y tú, oh Roma, parigual de la divinidad suprema, favorece mis empresas! [200] No te persigo con las armas de las Furias; heme aquí, aquí estoy yo, César, vencedor por tierra y por mar, soldado a tu servicio en todas partes (y, si se me permite, también ahora). Aquel, el culpable será aquel que me convirtiere en tu enemigo.»
Desde ese momento rompe toda dilación de la guerra y por las hinchadas aguas del río hace llevar con premura las enseñas, como en las áridas llanuras de la abrasada Libia un león, al ver cerca a un enemigo, se detiene indeciso, mientras concentra toda su cólera; luego, cuando se ha excitado con el látigo de su cola salvaje, ha erizado su crin y ha dejado escapar de sus anchas fauces un sordo rugido, entonces, si se le clava una lanza blandida por el ágil moro o se alojan los venablos [210] en su ancho pecho, sigue avanzando a través del hierro, sin preocuparse de tan grave herida.
De un manantial exiguo brota y con parva corriente se desliza el Rubicón bermejo cuando abrasa el verano candente, serpentea por valles profundos y separa, frontera cabal, las llanuras de la Galia de las que cultivan los ausonios. En aquel momento le daba pujanza el invierno, y habían engrosado su caudal la luna, preñada de lluvias en su creciente ya por tercer día consecutivo 46 , y los Alpes, al fundir sus nieves a los húmedos soplos del Euro.
Primero los caballos de pie sonoro se colocan al sesgo frente a la corriente, prestos a aguantar el embate [220] de las aguas; luego el resto de la tropa, por un vado practicable, hiende las ondas mansas del río ya domeñado.
César, cuando, franqueado el río, tocó la ribera opuesta y asentó su pie en las campiñas vedadas 47 de Italia, exclamó: «Aquí, aquí dejo la paz y el derecho profanado; a ti, Fortuna, te sigo. Lejos de aquí queden ya las alianzas; bastante hemos confiado en ellas; hay que tomar por juez a la guerra 48 .» Así dijo y, jefe acucioso, lleva raudos sus escuadrones en las tinieblas de la noche; avanza más veloz que el proyectil giratorio de la honda balear y que la flecha del parto disparada de [230] espaldas 49 . Ataca amenazador la vecina Rímini cuando los astros huían de los rayos del sol, dejando sólo a Lucífero 50 . Ya se levantaba el día que iba a presenciar los primeros tumultos de la guerra; pero bien por voluntad de los dioses, bien que el turbulento Austro las hubiera empujado, las nubes mantuvieron lúgubre el día. Tan pronto hizo alto la tropa, con órdenes de asentar las enseñas en el foro, tras su ocupación, el sonido estridente de los clarines y el clamoreo de las trompetas, junto al ronco son del cuerno, entonaron al unísono el toque de guerra impío. Se quebró el reposo de los ciudadanos y los jóvenes, empujados bruscamente fuera de sus lechos, descuelgan de un tirón las armas [240] que reposaban junto a los sagrados Penates, tal como las dejó una paz prolongada; saltan sobre unos escudos carcomidos, con la armazón ya desnuda, sobre unas picas curvadas por la punta, sobre unas espadas rugosas por la acción corrosiva de la oscura herrumbre.
Cuando refulgieron las bien conocidas águilas y enseñas romanas, y César apareció destacado en el centro de la formación, se sintieron agarrotados por el terror, el espanto se enseñorea de sus helados miembros y en el silencio de su corazón revuelven estas mudas quejas: «¡Oh murallas nuestras, en mala hora fundadas en la vecindad de los galos, condenadas, ay, por su funesto emplazamiento! Paz profunda y tranquilo reposo en todos los pueblos: nosotros, presa somos de los enfurecidos [250] y su primer campamento. Preferible sería, Fortuna, que nos hubieras brindado una morada en la zona oriental o entre los hielos del Ártico, o tiendas nómadas, antes que darnos a proteger las puertas del Lacio. Nosotros fuimos los primeros en ver los movimientos de los senones y al cimbro furioso, al Marte de Libia y las correrías de la furia teutónica 51 : siempre que la Fortuna acosa a Roma, por aquí se abre camino a las batallas.» Así se queja cada uno con callados lamentos, sin atreverse a exteriorizar su temor; ni una palabra fiaron a su congoja, sino que, como es de profundo el silencio de los campos cuando el invierno mantiene quietas a las aves, y como calla el mar, aguas adentro, sin un murmullo, así de profunda es su calma. [260]
La luz del día había disipado las gélidas sombras de la noche; y he aquí que los destinos allegan las lumbres de la guerra, espolean el espíritu indeciso de César, acuciándole a los combates, y rompen todas las dilatorias resistencias del pudor: la Fortuna se afana en justificar la insurrección del jefe e inventa excusas para la guerra. La curia, con amenazas, conculcando el derecho y evocando ostentosamente la suerte de los Gracos, expulsó sin miramientos de la Ciudad, dividida en dos bandos, a los tribunos disidentes 52 . A éstos, cuando se encaminaban hacia las enseñas, en marcha ya y próximas, del general, se les une el audaz Curión, de lengua venal, antaño voz del pueblo, que se atrevió a defender [270] la libertad y a poner al mismo nivel de la plebe a los poderosos armados 53 . Y cuando vio al jefe revolver en su pecho solicitudes diversas, le dice: «Mientras con la palabra fue posible ayudar, César, a tu partido, prorrogamos tu mando 54 , incluso con la oposición del senado, en tiempos en que me cabía el derecho de ocupar la tribuna rostral 55 e inclinar a tu bando a los romanos indecisos. Mas, una vez que las leyes han enmudecido bajo la coacción de las armas, se nos expulsa de los patrios lares y soportamos voluntariamente el destierro: tu victoria nos hará de nuevo ciudadanos. Mientras está inquieto tu partido rival 56 , sin una sólida base en [280] que apoyarse, ¡fuera dilaciones!: siempre perjudicó el retardo a los ya dispuestos. Un esfuerzo y un peligro parejos 57 , con una mayor ganancia, se van a afrontar. Dos lustros te ha retenido guerreando la Galia, ¡qué reducida porción del mundo! Si, como es hacedero, libras unos pocos combates con éxito, a tus pies pondrá Roma el orbe entero. Ahora, ni te acoge, a tu vuelta, la larga procesión del triunfo ni reclama el Capitolio los laureles sagrados: la envidia roedora te lo niega todo y a duras penas lograrás que se te perdone el haber sometido tantos pueblos extranjeros. Arrojar del poder a su suegro es la orden que ha recibido tu yerno: compartir, pues, con él el dominio del mundo, no puedes; tenerlo [290] tú solo, sí puedes.»
Tras estas palabras, al que ya de por sí estaba inclinado a la guerra, tal cólera, con todo, le sobreañadió y tanto enardeció al general, como con ei griterío se ve alentado el corcel eleo 58 , por más que ya ante la barrera cerrada se eche con impaciencia sobre las puertas y, con la cabeza baja, intente soltar las trancas.
Manda enseguida a los manípulos que formen, armados, junto a las enseñas y, una vez que puso orden suficiente con su mirada al alborotado tumulto de la turba en avalancha y ordenó silencio con un ademán de su diestra, dijo: «Compañeros de guerra, que conmigo habéis arrostrado mil peligros de Marte y lleváis ya casi diez años de victorias, ¿esto es lo que ha merecido la [300] sangre esparcida en las llanuras del Norte 59 , las heridas y las muertes, y los inviernos pasados al pie de los Alpes? Roma está violentamente sacudida por el gran rebullicio de la guerra, no menos que si hubiera franqueado los Alpes Aníbal, el cartaginés: se completan las cohortes con el refuerzo de reclutas bisoõos, para construir una flota se talan todos los bosques, se ordena acosar a César por tierra y por mar. ¿Qué pasaría si mis enseñas hubieran sido abatidas por la suerte adversa de la guerra y se abalanzaran a nuestras espaldas los feroces pueblos de la Galia? Pero justamente ahora, en el momento en que me sonríen la Fortuna y los dioses, invitándome a las más altas empresas, se me provoca. [310] Que venga ese jefe enervado por una larga paz, con su tropa improvisada, y ese partido de hombres de toga acarreados para la guerra, y Marcelo el charlatán y ese nombre vacío, Catón 60 . ¿Será cierto que unos clientes de baja extracción y conseguidos a base de dinero colmarán las ansias de Pompeyo con ese despotismo ininterrumpido a lo largo de tantos años? ¿Guiará él el carro del triunfo antes de que lo permita legalmente su edad? ¿No soltará él nunca sus cargos, una vez que los ha copado? Y ¿para qué voy ya a quejarme de la violencia impuesta a los campos en todo el mundo y del hambre que se ve forzada a la servidumbre 61 ¿Quién desconoce que asentó un campamento en el foro atemorizado, [320] cuando las espadas de brillo siniestro cercaron al tribunal acobardado por el insólito círculo de espectadores, y que, osando la tropa irrumpir en medio del proceso, las enseñas pompeyanas rodearon a Milón, el acusado 62 ? Ahora también, para que no lo coja cansado una vejez de simple particular, prepara guerras nefandas, acostumbrado como está a las discordias civiles y diestro en superar a Sila, su maestro de crímenes 63 . Y como jamás deponen su furor los fieros tigres a los que, mientras rastrean en el bosque de Hircania los cubiles de sus madres, sirve de alimento la copiosa sangre de las reses degolladas, así también a ti, habituado a lamer la espada de Sila, te dura aún, Magno, la sed. [330] No existe sangre alguna que, acogida una vez en la boca, consienta que se amansen las fauces con ella manchadas. ¿Qué término, con todo, encontrará un poderío tan prolongado? ¿Cuál es el límite de los crímenes? Que al menos tu querido Sila, tristemente famoso, te enseñe, insaciable, a descender ya de ese trono 64 . ¿Es que después de los cilicios errantes y de las campañas en el Ponto contra un rey agotado, a duras penas rematadas por el veneno bárbaro 65 , se le asignará a Pompeyo, como última misión, César, por no haber obedecido, según el senado, cuando se me ordenó deponer mis águilas victoriosas? Si a mí se me ha hurtado el premio a mis esfuerzos, que a éstos al menos, aunque sea sin [340] su jefe, se les otorguen las recompensas que merece una larga campaña; que este ejército, no importa bajo qué jefe, pueda celebrar el triunfo. ¿Adónde se refugiarán, tras las guerras, viejos y agotados? ¿Qué asiento tendrán cuando se licencien? ¿Qué tierras se darán a nuestros veteranos para que las labren, qué colonias a los fatigados? ¿O te parece mejor, Magno, convertir a los piratas en colonos? 66 . Enarbolad, enarbolad las enseñas largo tiempo victoriosas: hay que emplear las fuerzas que hemos desarrollado. Al que armas empuña, todo se lo da quien le niega lo que es justo. Y no nos faltará el apoyo de los dioses, pues mis armas no buscan [350] ni el botín ni el trono: intentamos librar de tiranos a una ciudad dispuesta a ser esclava.»
Terminó de hablar; pero la multitud, vacilante, masculla entre dientes vagos propósitos con murmullo impreciso. Un piadoso respeto a los penates paternos, aun siendo sus instintos feroces por la costumbre de matar y altaneros sus sentimientos, los quebranta; pero la siniestra afición a la espada y el miedo al general revoca sus inclinaciones. Entonces Lelio, que ejerce las funciones de primipilo 67 y porta el distintivo otorgado a sus merecimientos, una corona de encina que simboliza la recompensa por haber salvado a un conciudadano, exclama: «Si se nos permite, supremo capitán del nombre de Roma, y tenemos derecho a pronunciar palabras sinceras, [360] el que una paciencia tan premiosa haya puesto freno a tus fuerzas, eso es lo que lamentamos. ¿Es que te faltaba confianza en nosotros? Mientras la sangre cálida anima nuestros cuerpos vivos y mientras nuestros brazos robustos pueden blandir las picas, ¿soportarás tú a esos degenerados con toga y la tiranía del senado? ¿Hasta ese punto es lamentable vencer en una guerra civil? ¡Adelante! Guíanos a través de los pueblos de Escitia, a través de las inhóspitas riberas de las Sirtes, a través de las calientes arenas de la Libia sedienta; este brazo, para dejar sometido el mundo a sus espaldas, [370] ha domado con el remo las hinchadas olas del Océano y ha quebrado las espumas del Rin bajo el cielo del Norte 68 : poder cumplir tus órdenes es para mí tan obligado como querer hacerlo. No es conciudadano mío aquel contra quien yo oiga, César, sonar tus trompetas. Por tus enseñas afortunadas en diez campañas y por tus triunfos sobre cualquier clase de enemigo, yo te juro que si me ordenas hundir la espada en el pecho de mi hermano o en la garganta de mi padre o en las entrañas de mi esposa encinta, por más que lo rehúse mi diestra, todo, sin embargo, lo haré cumplidamente; si despojar a los dioses o prender fuego a los templos, la llama del taller de moneda del campamento fundirá las estatuas de las divinidades; si asentar el campamento [380] cabe las aguas del etrusco Tíber, a los campos de Italia acudiré, resuelto, a trazarlo. Sean cuales sean las murallas que tú desees derruir a ras del suelo, un ariete empujado por estos brazos míos hará saltar sus piedras, aunque la ciudad que ordenes demoler hasta los cimientos sea la propia Roma.» Las cohortes, todas a una, asintieron a estas palabras y, levantadas en alto las manos, las ofrecieron para cualquier guerra a la que él las convocara. Sube al cielo un clamoreo tan grande como grande es, cuando el Bóreas tracio se ha abatido sobre las. rocas de la pinífera Ossa 69 , el fragor que se produce en el bosque, aplastado hasta curvarse las duras [390] ramas y enderezándose de nuevo hacia el cielo.
César, cuando ve que la guerra es acogida con tan buena disposición por los soldados y que los hados le empujan, para no retrasar la Fortuna por ningún tipo de indolencia, a sus cohortes, esparcidas por los territorios de la Galia, las manda llamar, y se dirige a Roma, poniendo en movimiento desde todas partes las enseñas. Abandonaron las tiendas plantadas junto a la concavidad del Leman y el campamento que, enriscado sobre el flanco curvo de los Vosgos, ponía freno a los belicosos lingones de pintadas armas. Otros dejaron los vados del Isara, que, después de fluir con curso propio a lo largo de tantas campiñas, desemboca en un río de mayor fama 70 y no logra conservar su nombre hasta [400] las aguas del mar. Se ven libres los rubios rutenos de la guarnición romana que de largo tiempo les vigilaba; el Aude, de tranquila corriente, se alegra de no soportar ya las quillas latinas, y lo mismo el Varo, frontera de Italia desde que se adelantó la línea de demarcación 71 ; y también el paraje en que un puerto consagrado al nombre de Hércules empuja con sus cóncavas rocas el piélago: el ábrego no tiene derechos sobre él, ni el céfiro: sólo el cierzo conturba, como propios, los litorales e impide el acceso al seguro fondeadero de Mónaco 72 ; y la región en que se extiende una costa indecisa, que reivindican alternativamente la tierra y el [410] mar, cuando se derrama hacia adelante el inmenso Océano o cuando se repliega con el reflujo de sus olas 73 . ¿Es un viento de la extremidad del cielo el que así echa a rodar el piélago y lo deja, luego de empujarlo, o es que, movida por un segundo astro, la onda de la inestable Tetis se agita con las fases de la luna, o más bien el flamígero Titán, para beber sus aguas nutricias, empina el Océano y lleva sus olas hasta los astros? 74 . Indagadlo vosotros a quienes inquieta el movimiento fatigoso del universo. En cambio, por lo que a mí toca, tú, cualquiera que seas la causa que produces tan frecuentes movimientos, tal como lo han querido los dioses, permanece oculta para siempre.
Entonces, los que ocupan las campiñas de Nemetes [420] y las riberas del Adur, por donde el territorio tarbélico deja entrar al mar suavemente y lo aprisiona en su curvado litoral, ponen en marcha las enseñas; y se llenan de alegría, con la partida del enemigo, el santono y el bitúrige y los suesones, ágiles a pesar de sus largas armas; el leuco y el remo, los mejores en menear el brazo para el disparo; el pueblo sécuano, muy hábil en el manejo de las riendas para el caracoleo; y el belga, que aprendió fácilmente a conducir el carro de guerra importado; y los arvernos, que osaron fingirse hermanos del Lacio como pueblos de sangre troyana; el nervio, levantisco en demasía y manchado por el pacto del asesinato de Cota 75 , y los que te imitan, sármata, vistiendo anchas bragas 76 , los vangiones: y los bátavos brutales, [430] a quienes excitan estridentes trompetas de bronce con doble curvatura; las tierras por donde divaga el Cinca 77 en su corriente, por donde el Ródano arrebata y lleva hasta el mar con sus veloces ondas al Saona, y aquellas donde, encaramado en la cumbre de las montañas, un pueblo habita los Cebenas, que amagan con sus nevados peñascos. [Los de Poitiers cultivan, libres de tributos, sus propios campos; a los de Tours, dados al vagabundeo, ya no les coartan más los campamentos circundantes; el de Angers, que detestaba marchitarse, Mayena, entre tus nieblas, es ahora confortado por las apacibles ondas del Loira; la ínclita Orleans está del todo libre de los escuadrones de César] 78 . Tú también, [440] tréviro, estás gozoso del cambio de escenario de la guerra, y lo mismo tú, lígur, ahora rapado, antaño sobrepasando a toda la Galia cabelluda 79 con tus melenas derramadas graciosamente por la nuca; y vosotros, los que aplacáis con víctimas terribles al cruel Teutades y a Eso, pavoroso en sus salvajes altares, y a Táranis, cuya ara no es menos atroz que la de Diana escítica 80 .
Vosotros también, poetas inspirados que con vuestros elogios dirigís hacia una larga posteridad a las almas valerosas cobradas por la guerra, habéis entonado, ya sin cuitas, numerosos cantos, bardos. Y vosotros, druidas, tras soltar las armas, habéis vuelto a vuestros [450] bárbaros ritos y al hábito siniestro de vuestros sacrificios. A solos vosotros es dado conocer a los dioses y a los poderes del cielo, y a solos vosotros, ignorarlos: habitáis espesuras profundas en remotos bosques sagrados; conforme a vuestra doctrina, las sombras no emigran a las silenciosas moradas del Erebo y a los pálidos reinos del subterráneo Dite: el mismo espíritu sigue rigiendo los miembros en otra región del mundo; si moduláis doctrina verdadera, la muerte es el punto central de una larga existencia. Felices en todo caso con su error los pueblos a los que contempla la Osa: a ellos no les angustia el conocido como mayor de los [460] temores, el miedo a la muerte. De ahí la mentalidad de sus guerreros, con inclinación a precipitarse sobre la espada, unas almas dispuestas a acoger la muerte, y el sentimiento de que es una cobardía preocuparse por conservar una vida que ha de volver 81 . Y hasta vosotros, puestos como dique para apartar de las armas a los caucos de largos cabellos, os dirigís a Roma y dejáis las feroces riberas del Rin y el mundo romano abierto a los pueblos extranjeros.
César, una vez que estos inmensos efectivos, con el acarreo de lo más granado de sus tropas, le infundieron confianza para osar mayores empresas, se disemina por toda Italia y pone guarniciones completas a las ciudades cercanas. Un rumor sin fundamento vino además como añadidura a unos temores que eran reales, irrumpió en los ánimos del pueblo, presagió un desastre inminente y, veloz mensajero de una guerra ya en puertas, [470] innumerables lenguas desató en la propagación de noticias falaces. Hay quien llega a informar de que allí donde Mevania 82 se despliega en llanuras cuajadas de toros, unos pelotones de caballería se lanzan, osados, a los combates; y que por donde el Nar vierte sus aguas dentro del Tíber, realizan correrías los escuadrones bárbaros del cruel César; y que él en persona, al frente de todas las águilas y estandartes apiñados, avanza con más de una columna y con múltiples campamentos 83 . Y no le imaginan tal como le recuerdan: agigantado, lleno de ferocidad acude a sus mientes, y más salvaje que el enemigo al que él ha vencido. A éste, se dice, las poblaciones [480] que se extienden entre el Rin y el Elba, arrancadas de sus territorios del Norte y de las moradas de sus padres, le siguen a la zaga, y se ha dado orden de que la Ciudad sea saqueada por unos pueblos salvajes a la vista de los romanos. Así cada uno, con su pánico, va reforzando el rumor y, sin que nadie dé garantías de los desastres, temen los que ellos han imaginado. Y no sólo se amedrenta el vulgo, sacudido por un terror vano, sino la curia, y hasta los propios senadores saltaron de sus escaños y un senado en huida encarga a los cónsules la declaración de guerra, siempre odiosa.
Entonces, sin saber a ciencia cierta qué cobijos buscar para sentirse seguros y cuáles rehuir como peligrosos, [490] donde a cada uno le lleva la impetuosidad de la huida, allí acucian a la masa atropellada, y columnas ininterrumpidas en larga hilera rompen hacia adelante. Se creería o que nefandas antorchas habían atacado sus techos o que ya con la sacudida del derrumbamiento sus casas vacilaban tambaleantes: de tal modo la turba, enloquecida, en atropellada carrera por la ciudad, como si la única esperanza para sus aflicciones estuviera en salir de las murallas de su patria, se precipita a ciegas. Como, cuando el Austro borrascoso repele de las Sirtes líbicas al mar inmenso y cruje, al romperse, la [500] pesada mole del mástil que sostiene las velas, saltan al agua, abandonando la nave, el piloto y la marinería y, sin haberse deshecho aún el ensamblaje de la quilla, cada uno provoca su propio naufragio, del mismo modo, abandonando la ciudad, se huye precisamente hacia la guerra. A ninguno pudo hacerle volver su padre debilitado ya por los años, ni a ningún marido su esposa con sus llantos, ni los lares paternos les retuvieron siquiera el tiempo de formular sus votos por una salvación que era dudosa; ninguno se detuvo en el umbral ni, por tanto, partió saturado con la contemplación, tal vez ya la última, de la ciudad amada: se precipita, irrevocable, la masa. ¡Oh dioses, propicios en conceder lo más alto, [510] pero en permitir conservarlo, poco propicios! Una ciudad rebosante de gentes propias y de pueblos sometidos y capaz de albergar a todo el género humano, si pudiera concentrarse tal cúmulo de personas, ante la inminente llegada de César se la dejaron como fácil botín unos brazos cobardes. Cuando, urgido por el enemigo, se ve sin salida el soldado romano en extranjeras tierras, rehúye los peligros de la noche con una exigua empalizada, y un improvisado terraplén, con defensas de cepellón cogido a prisa, le brinda seguros sueños dentro de las tiendas; tú, en cambio, Roma, nada más oírse el anuncio de la guerra, quedas abandonada: ni una sola noche se tiene confianza en tus murallas. Con [520] todo, es preciso disculpar un pánico tan grande, es preciso: la huida de Pompeyo, eso les atemoriza.
Entonces, para que ni un atisbo de esperanza en el porvenir aliviara al menos los ánimos amedrentados, vino a añadirse la prueba evidente de un destino peor, y los dioses, amenazadores, llenaron de prodigios las tierras, los cielos, el mar. Desconocidos astros vieron las oscuras noches, y al polo ardiendo en llamas, y antorchas volando en sesgo por el cielo a través del vacío, y la estela del astro temible, el cometa, que trastorna los reinos en la tierra. Repetidos relámpagos centellearon en un engañoso cielo despejado y el fuego diseñó figuras [530] variadas en el aire denso: ora, con luz alargada, brilló en el cielo una jabalina, ora, con luz difusa, una lámpara. Sin ninguna nube, un rayo silencioso y que arrancaba su fuego de las regiones septentrionales, sacudió violentamente la cúspide de Júpiter Laciar 84 ; estrellas menores, habituadas a bajar y hacer su recorrido en horas nocturnas, sin luz, vinieron en pleno día, y Febe, cuando ya, unidas las puntas de sus cuernos, reflejaba con su entera redondez la luz de su hermano, embestida de repente por la sombra de la tierra, se eclipsó 85 . El propio Titán, cuando paseaba su cabeza [540] por el centro del Olimpo, ocultó su carro de fuego en oscura calígine, envolvió de tinieblas su disco y obligó a las gentes a desesperar de que fuera de día: al modo que Micenas, bajo Tiestes, atrajo sobre sí la noche, al huir el sol por Oriente 86 . El feroz Múlciber 87 abrió el cráter del Etna siciliano y no empujó las llamas hacia el cielo, sino que, con la inclinación de la cúspide, la lava ardiente cayó contra el flanco de Italia. La negra Caribdis volteó desde sus abismos un mar de sangre; lastimeros aullidos lanzaron los sañudos perros de Escila. Del altar de Vesta fue retirado el fuego, y su llama, [550] que manifiesta el acabamiento de las ferias latinas 88 , se escinde en dos partes y se eleva en un doble ápice, imitando la pira tebana 89 . Entonces la tierra se desplazó de su eje y los Alpes, al tambalearse sus cimas, sacudieron a uno y otro lado sus nieves de siglos. Tetis, acreciendo el caudal de sus aguas, cubrió la hispánica Calpe 90 y la cumbre del Atlas. Sabemos que lloraron las estatuas de los dioses indigetes 91 y que las de los Lares, con su sudor, atestiguaron el apuro de la ciudad; que los exvotos cayeron al suelo en sus templos; que siniestras aves ensuciaron el día y que las fieras, dejando las selvas al anochecer, establecieron audaces sus cubiles en el centro de Roma. Además hubo lenguas de [560] animales con facilidad para pronunciar sonidos humanos; partos monstruosos entre los hombres por el número y la dimensión de los miembros: a la madre le dio miedo su propio hijo; y los siniestros vaticinios de la profetisa de Cumas se divulgan entre el pueblo 92 . Al tiempo, los sacerdotes con tajos en los brazos, a quienes agita la salvaje Belona 93 , proclaman los designios de los dioses, y los galos 94 , haciendo girar su cabellera sanguinolenta, aullaron presagios funestos para las gentes. Urnas funerarias repletas de huesos allí enterrados emitieron lamentos. Entonces se oyó fragor de armas, y grandes gritos por los parajes intransitados de los bosques, y apariciones que se venían a las manos. Los que cultivan los campos pegados al borde de las [570] murallas huyeron en desbandada: una Furia gigantesca daba vueltas a la ciudad, sacudiendo hacia abajo un pino con la punta encendida, a más de sus cabellos estridentes 95 , cual la Euménide que empujó a la tebana Ágave o la que volteó los dardos del cruel Licurgo 96 , o como, por orden de Juno, rencorosamente injusta, Megera infundió pavor al Alcida, por más que ya hubiera visto a Dite 97 . Resonaron trompetas y, como es de enorme el griterío de las cohortes que entrechocan, ese mismo estruendo despidió la negra noche, pese al silencio de las auras. Pareciendo surgir de en medio [580] del Campo de Marte, los manes de Sila vaticinaron funestos presagios y, a su vez, alzando su cabeza junto a las heladas aguas del Anio, hecho trizas su sepulcro, Mario puso en fuga a unos campesinos 98 .
En vista de estos prodigios pareció oportuno, conforme a una añeja costumbre, hacer venir adivinos etruscos. De ellos, el más entrado en años, Arrunte, que habitaba el recinto amurallado de Luca, abandonada, bien instruido en los zigzagueos del rayo y en las venas aún calientes de las vísceras y en los avisos del vuelo que va y viene en el aire, ordena primeramente quitar de en medio los monstruos que la naturaleza, en desacuerdo con sus leyes, había producido sin semilla alguna [590] y quemar en infaustas llamas los fetos abominables de vientres estériles. Luego, ordena a los amedrentados ciudadanos dar una vuelta completa a la ciudad 99 y que, purificando los muros con solemne ceremonia lustral 100 , den también la vuelta a todo lo largo del pomerio 101 , por sus bordes extremos, los pontífices, a quienes está asignado el privilegio de las celebraciones rituales. Siguen multitud de sacerdotes de menor rango, ataviados al estilo gabino 102 , y abre la fila de las Vestales, coronada de bandeletas, la sacerdotisa, la única a la que es lícito contemplar la imagen de la Minerva troyana 103 . A continuación los que custodian los hados divinos y los oráculos misteriosos y retiran la imagen de Cibeles, una vez bañada en el exiguo Almón 104 ; y el [600] augur, ducho en observar las aves que vuelan por la izquierda 105 ; y el septénviro, encargado de los banquetes rituales 106 ; y la cofradía de los ticios 107 ; y el salio, que lleva a la espalda con alegría los escudos sagrados, y el flamen, que alza el ápice en su noble cabeza 108 .
Y mientras ellos desfilan en torno a la ciudad que se extiende en largas sinuosidades, Arrunte recoge los fuegos diseminados del rayo, los entierra musitando una lúgubre letanía y asigna a aquellos lugares la protección de una divinidad; luego, acerca a las sagradas aras un toro de cerviz bien escogida. Ya había comenzado a derramar el viho y a aplicar la harina salada con [610] la hoja del cuchillo en sesgo, y la víctima, que oponía larga resistencia a un sacrificio nada agradable, cuando los ministros del culto, recogiéndose la ropa, sujetaron sus cuernos amenazantes, dobladas por fin las rodillas, ofrecía su cuello vencido. Pero no saltó la sangre de costumbre, sino que de la ancha herida se desparramó, en lugar de sangre roja, un sucio flujo de mal agüero. Empalideció Arrunte, pasmado ante el sacrificio funesto, e indagó la cólera de los dioses en las entrañas extraídas febrilmente 109 . Ya el color mismo llenó de pánico al adivino; en efecto, las vísceras pálidas, pero moteadas de negras manchas e infectadas por coágulos sanguinosos, abigarraban con salpicaduras de sangre [620] su extraordinaria lividez. Observa el hígado empapado de podre y ve las venas amenazantes por la parte hostil 110 . Queda oculta la fibra del pulmón jadeante y una pequeña fisura corta las zonas vitales. El corazón está aplomado, las vísceras expelen sangraza por unas grietas abiertas y los intestinos revelan sus ocultas cavidades. Y —prodigio funesto que nunca apareció en las entrañas impunemente— helo aquí: observa que en la cabeza del hígado ha crecido la protuberancia de otra cabeza; una parte cuelga enfermiza y fláccida, otra irradia salud y mueve sin compasión las venas con rápidas pulsiones. Cuando por estos signos comprendió la fatalidad de grandes desgracias, exclama: «Apenas me [630] es lícito, oh dioses del cielo, revelar a las gentes todo lo que estáis maquinando; pues no he celebrado en tu honor, supremo Júpiter, este sacrificio: los dioses infernales han venido al pecho de este toro inmolado. Indecibles calamidades tememos, pero sobrevendrán mayores aún de lo que tememos. ¡Que los dioses tornen favorable lo que he visto y que no merezcan ningún crédito las vísceras, sino que eso sea una impostura de Tages, fundador de esta ciencia 111 !» Así vaticinaba el etrusco, envolviendo sus presagios en palabras sinuosas y velándolos con múltiples ambages.
Por otra parte, Fígulo 112 , cuyo afán era conocer a los dioses y los misterios del cielo, y a quien ni la egipcia Menfis igualaría en la observación de las estrellas y en los cómputos tocantes a los astros, afirma: «O bien [640] este mundo vaga sin ley alguna a través de las edades y los astros van a la deriva con un curso no determinado, o, si los rigen los destinos, para la Ciudad y para el género humano se prepara una inminente catástrofe. ¿Se abrirán las tierras y se irán al fondo las ciudades, o hará desaparecer un aire abrasador la templanza del clima? ¿Negará sus mieses la tierra, incumpliendo su cometido, o el agua toda se impregnará de ponzoñas en ella esparcidas? ¿Qué tipo de calamidades preparáis, oh dioses del cielo, con qué tribulación aprestáis vuestra cólera? Los últimos días de muchos vienen a coincidir [650] en un solo lapso de tiempo. Si en lo más alto del cielo la fría estrella de Saturno encendiera, maligna, negros fuegos, Acuario habría derramado lluvias deucalioneas 113 y la tierra entera habría desaparecido en un extenso mar. Si al salvaje león de Nemea lo oprimieras ahora tú, Febo, con tus rayos, los incendios se desatarían por todo el mundo y se habría abrasado el éter, soflamado por tu carro. No hay rastro de estos fuegos. Tú, que inflamas al Escorpión amenazador con su cola llameante y abrasas sus pinzas, tú, Gradivo 114 , ¿qué gran catástrofe preparas? Pues el benigno Júpiter está [660] hundido en las profundidades de su ocaso, la salutífera estrella de Venus está ofuscada y Cilenio 115 , de curso veloz, permanece inmóvil; así Marte, en solitario, domina el cielo. ¿Por qué las constelaciones han abandonado sus órbitas y se desplazan a oscuras por el firmamento, mientras que reluce en exceso el flanco de Orión el espadífero? Inminente es la rabia de los combates, y el poder de la espada en la mano subvertirá todo derecho; al crimen nefando se le dará el nombre de virtud, y muchos años perdurará esta locura. Pero ¿de qué sirve implorar a los dioses su acabamiento? Acompañada de un tirano viene esa paz. Prolonga, Roma, sin interrupción [670] la cadena de tus desventuras y alarga mucho tiempo el cataclismo: ya sólo eres libre mientras dure la guerra civil.»
Bastante habían amedrentado ya estos presagios a la plebe empavorecida, pero otros mayores la acucian. Pues, cual de la cima del Pindo baja corriendo la bacante edónida 116 , llena del ogigio Lieo 117 , tal, a través de la ciudad estupefacta, se precipita una matrona, revelando con estos gritos la invasión de su pecho por Febo: «¿Adónde me llevas, oh Peán 118 ? ¿En qué tierra me depositas, tras haberme arrebatado por encima del éter? Contemplo el Pangeo, blanquecino en sus cumbres nevadas, y la ancha llanura de Filipos al pie del peñasco del Hemo 119 . Explícame, oh Febo, qué locura [680] es ésta, con la que formaciones romanas entremezclan dardos y brazos, y hay guerra sin haber enemigo 120 . ¿A qué otras regiones me arrastras? Me conduces a los límites extremos del Oriente, por donde el mar cambia de aspecto con la corriente caudalosa del lágida 121 Nilo: a ese que yace, tronco desfigurado 122 , en la arena del río, lo reconozco. Me llevas en volandas sobre el mar hasta la traicionera Sirte y la reseca Libia, adonde la funesta Enio 123 ha trasladado las formaciones de Ematia. Ahora me veo arrebatada por encima de las alturas de los Alpes coronados de nubes y de los Pirineos enhiestos en el aire. Regresamos a las moradas de mi [690] ciudad paterna y guerras impías se consuman en medio del senado 124 . Resurgen por segunda vez las facciones, y nuevamente recorro el mundo entero. Dame a contemplar nuevas riberas del mar y una tierra nueva: ya he visto, Febo, Filipos 125 .» Esto dijo y, abandonada del delirio extenuante, se desplomó.

1 Otros entienden plus quam ciuilia como «no solamente civiles», por haber intervenido en ellas ejércitos extranjeros. Pero nuestra traducción nos parece más acorde con el retoricismo de Lucano ya desde el primer verso, aparte de su fundamentación real: son guerras «más que civiles» porque no se riñen sólo entre conciudadanos, sino entre parientes. Recuérdese que César y Pompeyo habían sido suegro y yerno.
2 Ematia es una región de Macedonia con cuyo nombre designa Lucano el reino entero y también a la vecina región de Tesalia, en cuyas llanuras se riñó la batalla de Farsalia.
3 La alianza que acordaron, en el año 60 a. C., César, Pompeyo y Craso y que se conoce como primer triunvirato.
4 Craso fue vencido y muerto por los partos (cuya capital era Babilonia) en el año 53 a. C. en la batalla de Carras. En poder del enemigo quedaron las enseñas del ejército romano («ausonios», por Ausonia, nombre antiguo de Italia), que no fueron recobradas hasta el año 20 a. C., bajo Augusto.
5 La celebración del triunfo sólo se concedía por la victoria contra enemigos extranjeros.
6 Expresión para indicar el Occidente, dentro de la concepción antigua de que las estrellas hacen de noche el mismo recorrido que el sol durante el día y se esconden por el Oeste cuando va a salir el sol por el lado opuesto.
7 Alude Lucano poéticamente a los cuatro puntos cardinales: la región de Titán (= el Sol, hijo del titán Hiperión = el Este), el Oeste (nota anterior), el Sur y, finalmente, el Norte, designado por la Escitia, territorio extendido al norte del Mar Negro.
8 Los seres son los chinos; el Araxes, río de Armenia, personifica a esta región; y en cuanto al nacimiento del Nilo, adonde Nerón había enviado una expedición de reconocimiento, basta para demostrar el interés de Lucano por la cuestión el largo excurso que le dedica en el canto X 172-331.
9 El cartaginés por antonomasia es Aníbal, que infligió grandes derrotas a los romanos en la segunda guerra púnica. Antes, también Pirro había llegado como enemigo al sur de Italia, en ayuda de la colonia griega de Tarento.
10 Hijos terroríficos de Urano y de la Tierra que se rebelaron contra Júpiter y a los que éste venció en terrible lucha (la Gigantomaquia), con ayuda de otros dioses y de Hércules.
11 Los cartagineses caídos en las Guerras Púnicas se ven ahora vengados con la sangre de los romanos muertos en Farsalia. Según otros, aludiría el poeta a la batalla de Tapso, en Africa, el año 46 a. C., donde los partidarios de Pompeyo fueron derrotados por César. De este modo, la venganza de los cartagineses se cumpliría en su propia tierra.
12 En la batalla de Munda, en Hispania, cerca de Córdoba, César derrotó a los hijos de Pompeyo, poniendo así fin a la guerra civil.
13 En Perusa, el año 40 a. C., sitió Octavio a Lucio Antonio, hermano de Marco Antonio, hasta conseguir su rendición por hambre. En Módena, en el 43, sitió Marco Antonio a Décimo Bruto, el cesaricida, que murió en el asedio, así como los cónsules Hircio y Pansa venidos en su ayuda.
14 En el golfo de Léucade tuvo lugar la batalla naval de Accio, el 31 a. C., en la que Octavio derrotó a Marco Antonio y a Cleopatra.
15 Sexto Pompeyo reclutó esclavos para su ejército y su flota; fue vencido en Sicilia por lugartenientes de Octavio el 36 a. C.
16 Se refiere a la «apoteosis» de Nerón.
17 Sobre la posible alusión irónica, defendida por algunos escoliastas, al estrabismo de Nerón, así como, en el verso siguiente, a su obesidad, y, en general, sobre los problemas que plantea este elogio de Nerón, véase la Introducción.
18 El templo de Jano, en Roma, sólo se cerraba en época de paz.
19 Con Cirra, localidad cercana a Delfos, se alude a Apolo, dios que emitía sus oráculos en esta última ciudad. Nisa es una ciudad de la India, donde se creía que nació y se crió Baco.
20 La exposición de las causas de la guerra civil es para el poeta una «inmensa tarea». Hay en los dos primeros versos una clara imitación de OVIDIO , Met . I 1, y de VIRGILIO , En . VII 45. La primera de estas causas es de tipo filosófico; las demás son las mismas que defienden los historiadores.
21 Febe es la Luna, hermana del Sol, y normalmente sigue el mismo curso que éste. La «trayectoria oblicua» es la «eclíptica».
22 Véase la n. 3.
23 Los doce signos del zodíaco.
24 La muerte de Remo por obra de su hermano Rómulo, en los mismos comienzos de Roma, es una buena premonición de que ni siquiera los hermanos se avienen a compartir el poder. El «refugio» (asylum ) lo estableció Rómulo para acoger a los fugitivos de los pueblos cercanos e incrementar así la escasa población de Roma.
25 El istmo de Corinto.
26 No contra los partos, autores de la derrota y muerte de Craso (véase n. 4), sino que, con la desaparición de éste, que hacía de elemento moderador, Pompeyo y César se enfrentaron en guerra civil.
27 Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, era otro elemento de concordia entre ambos. Su muerte prematura, en el 54 a. C., aceleró la guerra.
28 Las mujeres sabinas, raptadas por los romanos para tomarlas por esposas, sirvieron luego de elemento conciliador, evitando la guerra entre sus esposos y sus padres y familiares.
29 Lucano designa aquí a Pompeyo con su glorioso sobrenombre de Magno, mientras que omite el nombre de César. En esta primera referencia explícita a ambos caudillos, se ve ya hacia cuál de los dos van sus inclinaciones. Es mucho más frecuente en el poema el sobrenombre Magno que el nombre Pompeyo (193 ocurrencias frente a 81).
30 Uno de los más celebrados versos de la Farsalia , en el que Catón, el modelo de sabio estoico, es parangonado con los dioses.
31 Pompeyo hizo contruir e inauguró, en el 55 a. C., el primer teatro permanente, no desmontable, que hubo en Roma.
32 Era proverbial la rapidez de César en actuar, a la que se alude en otros pasajes del poema. Muy adecuada la comparación con el rayo, que es, por otra parte, frecuente en la poesía épica.
33 El lugar donde cae el rayo es sagrado, como tocado por Júpiter, el fulminador (véanse, más adelante, vv. 606-608 de este mismo canto).
34 Se creía que el rayo, después de caer sobre la tierra, volvía a remontarse al cielo.
35 La corrupción de las costumbres, provocada por la abundancia de riquezas, frente a la austeridad y la grandeza de la antigua Roma, es, desde finales de la República, un lugar común de historiadores, como Salustio, T. Livio o Tácito, de filósofos, como Séneca, y de poetas, como Horacio o Juvenal.
36 Camilo, que libró a Roma de los galos, y, entre los Curios, sobre todo Curio Dentato, vencedor de los samnitas y de Pirro y famoso por su austeridad, simbolizan, aquí y en otros lugares del poema (II 544, V 28, VI 786-787, VII 358, X 152), las antiguas virtudes romanas.
37 Designa el poder ejecutivo de las magistraturas superiores, sobre todo, el consulado.
38 El Campo de Marte, lugar donde se celebraban las elecciones, a menudo con sobornos y compraventa de votos.
39 Los intereses de los préstamos solían cobrarse el día de los Idus de cada mes.
40 Roma, como la diosa Cibeles, se representaba tradicionalmente con una corona de torres.
41 Es decir, desde su templo en el Capitolio. El «señor del trueno» es Júpiter.
42 La familia Julia, a la que pertenece César, se considera descendiente de Iulo, hijo de Eneas; de ahí que los Penates frigios, traídos de Troya por Eneas, sean los dioses protectores de su familia, además de serlo de Roma.
43 Quirino es sobrenombre de Rómulo, arrebatado, según la tradición, al cielo por su padre Marte.
44 Júpiter Laciar, o protector por excelencia del Lacio, tenía su santuario en el monte Albano, hoy Monte Cavo.
45 Las vestales eran las encargadas de mantener siempre encendido, en el templo de Vesta, el fuego, símbolo del poderío de Roma.
46 Hay varias interpretaciones de esta expresión que nos parecen menos adecuadas, como «en el tercer mes del invierno» (A. BOURGERY -M. PONCHOUT , ed. crít., 2 vols., Col. Budé, París, 1926-1930 [en adelante cit. BOURGERY ], ad locum ) o «la tercera noche después de la luna nueva» (P. WUILLEUMIER - H. LE BONNIEC , ed. crít., París, 1962 [libro I], ad locum; R. BADALÌ , texto y com., Bolonia, 1972 [libros I y VI], ad locum ). La que aquí damos es la defendida ad locum , en sus respectivas ediciones, por A. E. HOUSMAN (Oxford, 1926), J. D. DUFF (col. Loeb, Londres y Cambridge, 1928), y S. MARINER (Lucano. Farsalia , Madrid, 1978).
47 El senado había prohibido a César, que era procónsul de la Galia, entrar en Italia al mando de tropas.
48 Para César, la causa mejor será la del bando que resulte victorioso, pues los dioses ayudan siempre a la buena causa. De este modo intenta dar legitimidad a sus planteamientos, frente al senado y a Pompeyo.
49 Legendaria era la habilidad de los honderos baleares, así como la pericia de los partos para disparar mientras huían.
50 El lucero de la mañana, o sea, el planeta Venus, es el último en desaparecer a la salida del sol.
51 Los galos senones fueron los que tomaron Roma hacia el año 390 a. C. Los cimbros y los teutones constituyeron un grave peligro para Roma hasta que fueron vencidos por Mario en los años 102-101 a. C. El «Marte de Libia» es Aníbal.
52 Los tribunos cesarianos Marco Antonio y Quinto Casio abandonaron Roma después de que, en una sesión del senado, la curia, de mayoría pompeyana, les amenazó, según Lucano, con darles muerte, como había sucedido antaño con los hermanos Gracos, enfrentados con el poder senatorial. En aquella sesión se discutía si la presentación de César como candidato al consulado era compatible con la prórroga de su poder proconsular en la Galia con mando de tropas. Los antedichos tribunos defendían tal compatibilidad; el senado, no.
53 Curión, primero partidario de Pompeyo, pasó después, por dinero, a las filas cesarianas. En su juventud atacó a los triunviros, y el poeta parece aludir a su moción de que César y Pompeyo renunciaran ambos al mando militar, licenciando sus tropas.
54 Curión, tribuno de la plebe y, como tal, con derecho de veto, hizo uso de este privilegio para impedir que el senado nombrara un sucesor de César en la Galia.
55 Llamada así por estar adornada con los espolones (rostra ) de las naves capturadas al enemigo durante la primera guerra púnica, que terminó con una victoria naval romana. Era la tribuna de los oradores en el Foro.
56 El partido pompeyano.
57 Parejos, es decir, no mayores que los arrostrados en la guerra de las Galias.
58 El corcel de la Élide, es decir, de Olimpia, ciudad de aquella región, sede de los famosos juegos en los que también se celebraban carreras de carros.
59 Se refiere a la Galia, Germania y Britania, países nórdicos para los romanos.
60 Gayo Claudio Marcelo fue cónsul en el 49 a. C., cuando César volvía de la Galia. Catón, uno de los principales protagonistas del poema, fue acérrimo enemigo de César.
61 El pueblo hambriento forzado a someterse. En el 57 a. C., Pompeyo, nombrado praefectus annonae o encargado de la alimentación, almacenó en Roma todo el trigo con la prohibición de exportarlo, por lo que se le acusó de provocar intencionadamente la carestía para tener al pueblo sometido a su poder.
62 Se trata del proceso contra Milón, cabecilla de una banda al servicio del partido aristocrático, que había dado muerte, el 52 a. C., a Clodio, líder de la banda de la facción contraria, la popular. Fue defendido por CICERÓN (Por Milón ). Pompeyo, rodeando de tropas el tribunal, impidió que el proceso se desarrollara en las normales condiciones de tranquilidad e imparcialidad requeridas.
63 Pompeyo empezó su carrera política y militar a la sombra de Sila, pero está clara la parcialidad de estas palabras de César.
64 Sila, dueño absoluto del poder en Roma, abdicó incomprensiblemente en el 79 a. C., retirándose a la vida privada.
65 Alusión a los grandes éxitos de Pompeyo, aquí minimizados: su victoria, en el 67 a. C., sobre los piratas de Cilicia que infectaban el Mediterráneo y la que obtuvo sobre Mitrídates, rey del Ponto, que, tras su derrota, abandonado y traicionado por los suyos, se envenenó y, como el veneno tardaba en actuar, se hizo atravesar con la espada.
66 Después de su victoria sobre los piratas, a un cierto número de ellos, hechos prisioneros, los convirtió en colonos, asignándoles tierras, como a los veteranos de guerra.
67 Era el centurión de mayor categoría dentro de cada legión.
68 Véase la n. 59.
69 Monte de Tesalia. El bóreas, viento del Norte, es llamado aquí «tracio», porque la Tracia estaba al norte de Macedonia, entre ésta y el Mar Negro.
70 El Ródano.
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