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MAÑANA NO ESTÁS
Lee Child
Traducción de Aldo Giacometti

“El mejor escritor de thrillers del momento.”
The New York Times
“Si eres fanático de los thrillers y no estás leyendo las novelas de Reacher, entonces no eres fanático de los thrillers.”
Chicago Tribune
“Jack Reacher es uno de los mejores personajes de thrillers en actividad hoy en día.”
Newsweek
“Cada época tiene el héroe que se merece. En un mundo hipercomunicado y vigilado hasta la náusea,
Reacher quiere ser nadie.”
Los Inrockuptibles
“Child tiene una imaginación fértil y una responsabilidad que lo lleva a trabajar duramente en el plano informativo de cada título.”
El País
“La prosa de Child retrata atmósferas norteamericanas de policías, militares, mafiosos o granujas con la crudeza entrañable de un cuadro de Edward Hopper.”
La Nación
“Child combina la sagacidad propia del policial inglés clásico con la podredumbre y la nocturnidad ominosa del policial negro norteamericano.”
Artezeta
“Reacher aparece y la trama se gatilla, empiezan a oírse los engranajes de la anécdota, como si el protagonista viniera a instalar el policial donde hasta entonces no había nada.”
Otra Parte
“Jack Reacher es el James Bond de la actualidad, un héroe del que nunca tenemos suficiente.”
Ken Follett
“Es Lee Child, ¡cómo no habrías de leerlo!”
Karin Slaughter
“Estoy leyendo y disfrutando muchísimo las novelas de Jack Reacher.”
George Martin
“Un menú estupendo que además tiene un latido británico, disimulado pero esencial.”
Elvio E. Gandolfo
“Reacher es una figura que recuerda a Lucky Luke, que siempre camina hacia un nuevo crepúsculo, a la espera de que surja un nuevo caso.”
Antonio Lozano
Índice
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Setenta y uno
Setenta y dos
Setenta y tres
Setenta y cuatro
Setenta y cinco
Setenta y seis
Setenta y siete
Setenta y ocho
Setenta y nueve
Ochenta
Ochenta y uno
Ochenta y dos
Ochenta y tres
Ochenta y cuatro
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Sobre el autor
Créditos
Para mis cuñadas Leslie y Sally,
dos mujeres de inusual encanto y calidad
UNO
Los terroristas suicidas son fáciles de identificar. Emiten señales delatoras de todo tipo. Más que nada porque están nerviosos. Por definición todos son primerizos.
La contrainteligencia israelí redactó el manual de defensa. Nos dijeron qué es lo que tenemos que buscar. Usaron la observación pragmática y el conocimiento psicológico y con eso elaboraron una lista de indicadores de comportamiento. Yo aprendí la lista de un capitán del Ejército israelí hace veinte años. Él tenía una confianza plena en la lista. Por lo cual yo también tenía una confianza plena en la lista, debido a que en ese momento yo cumplía un período de servicio de tres semanas, mayormente a más o menos un metro de su hombro, en el mismo Israel, en Jerusalén, en la Ribera Occidental, en el Líbano, a veces en Siria, a veces en Jordania, en autobuses, en tiendas, en aceras atestadas. Mantenía los ojos en movimiento y la mente recorriendo libre los puntos de la lista.
Veinte años después todavía me sé la lista. Y mis ojos todavía se mueven. Pura costumbre. De otro grupo de tipos aprendí otro mantra: Mira, no veas, escucha, no oigas. Cuanto más te comprometes, más sobrevives.
La lista tiene doce puntos si estás frente a un sospechoso masculino. Once, si estás mirando a una mujer. La diferencia es un buen afeitado. Los hombres terroristas se quitan la barba. Les ayuda a mezclarse. Les vuelve menos sospechosos. El resultado es una piel más pálida en la mitad inferior de la cara. Ninguna exposición reciente al sol.
Pero yo no estaba interesado en los afeitados.
Estaba ocupándome de la lista de once puntos.
Estaba mirando a una mujer.
Estaba viajando en metro, en Nueva York. La línea 6, el ramal local de la avenida Lexington, en dirección al Uptown, a las dos de la mañana. Me había subido en la estación Bleecker Street por el extremo sur del andén a un vagón que estaba vacío salvo por cinco personas. Los vagones del metro resultan pequeños e íntimos cuando están llenos. Cuando están vacíos resultan vastos y cavernosos y solitarios. De noche sus luces resultan más cálidas y más brillantes, pese a que son las mismas luces que se usan de día. Son las únicas luces que hay. Yo estaba despatarrado en un asiento para dos personas al norte de las puertas del fondo hacia el lado de las vías. Los otros cinco pasajeros estaban todos al sur con respecto a mí en los asientos largos tipo banco, de perfil, vistos de costado, lejos unos de otros, con la mirada perdida a través del ancho del vagón, tres a la izquierda y dos a la derecha.
El número del vagón era el 7622. Una vez viajé ocho estaciones en la línea 6 al lado de un loco que hablaba del vagón en el que estábamos con el mismo tipo de entusiasmo que la mayoría de los hombres le dedican a los deportes o a las mujeres. Por eso sabía que el vagón 7622 era un modelo R142A, el más nuevo del sistema de Nueva York, construido por Kawasaki en Kobe, Japón, traído en barco, transportado en camión hasta los depósitos de la calle 207, montado a las vías por grúas, remolcado hasta la calle 180 y testeado. Sabía que podía andar trescientos mil kilómetros sin que se le prestara mayor atención. Sabía que el sistema de anuncios automatizado daba instrucciones con voz de hombre e información con voz de mujer, que se decía que era de casualidad pero que en realidad era porque los jefes de transporte creían que esa división del trabajo era psicológicamente convincente. Sabía que las voces venían de Bloomberg TV, pero años antes de que Mike fuera alcalde. Sabía que había seiscientos R142A rodando en las vías y que cada uno estaba una fracción por debajo de los dieciséis metros de largo y tenía un poco menos de tres metros de ancho. Sabía que la unidad sin cabina como esa en la que habíamos estado entonces y yo estaba ahora había sido diseñada para transportar un máximo de cuarenta personas sentadas y hasta 148 de pie. El loco había sido preciso en todos esos datos. Podía ver por mí mismo que los asientos del vagón eran de plástico azul, del mismo tono que un cielo de final de verano o un uniforme de la Fuerza Aérea británica. Podía ver que los paneles de las paredes estaban moldeados en fibra de vidrio antigrafiti. Podía ver las franjas gemelas de anuncios alejándose de mí donde los paneles de las paredes se juntaban con el techo. Podía ver pequeños pósters alegres pregonando con descaro programas de televisión y clases de idiomas y títulos de universidades fáciles y oportunidades de obtener grandes ganancias.
Podía ver un aviso policial que me aconsejaba: Si ve algo, diga algo.
La pasajera que estaba más cerca de mí era una mujer hispana. Estaba del otro lado del vagón, a mi izquierda, antes de la primera puerta, sola en un conjunto de asientos para ocho personas, lejos del centro. Era menuda, estaría entre los treinta y los cincuenta años, y parecía tener mucho calor y estar muy cansada. Agarrada de la muñeca tenía una bolsa de supermercado gastada y miraba hacia delante al lugar vacío del lado opuesto con ojos demasiado agotados como para estar viendo algo.
El que la seguía era un hombre al otro lado, quizás un metro y medio más lejos. Iba solo en su propio conjunto de asientos para ocho personas. Podría haber sido de la península balcánica, o del mar Negro. Pelo oscuro, piel arrugada. Era fibroso, estaba desgastado por el trabajo y el clima. Tenía los pies plantados en el suelo y estaba reclinado hacia delante con los codos en las rodillas. No dormido, pero casi. En animación suspendida, haciendo tiempo, meciéndose con los movimientos del tren. Estaba alrededor de los cincuenta años, con ropa demasiado juvenil para él. Pantalones vaqueros anchos que le llegaban solo hasta las pantorrillas y una camiseta enorme de la NBA con el nombre de un jugador que no reconocí.
La tercera era una mujer que podría haber sido de África Occidental. Estaba a la izquierda, al sur de las puertas del centro. Cansada, inerte, con la piel negra desteñida y gris por la fatiga y las luces. Tenía puesto un vestido batik muy colorido en combinación con un cuadrado de tela atado en la cabeza. Iba con los ojos cerrados. Conozco Nueva York razonablemente bien. Me considero a mí mismo como un ciudadano del mundo y a Nueva York como la capital del mundo, por lo que puedo entender la ciudad igual que un británico conoce Londres o un francés París. Estoy familiarizado con sus costumbres pero no las conozco de cerca. Pero era una suposición fácil que cualquier conjunto de tres personas como estas ya sentadas en un tren nocturno de la línea 6 más allá de Bleecker en dirección norte eran empleados de limpieza de oficinas yendo a casa después del turno de noche en los alrededores de City Hall, o trabajadores de restaurantes provenientes de Chinatown o Little Italy. Iban probablemente a Hunts Point en el Bronx, o quizás seguían hasta el final del recorrido en Pelham Bay, listos para un descanso breve y errático antes de más días largos.
Los pasajeros cuarto y quinto eran diferentes.
El quinto era un hombre. Quizás era de mi edad, y estaba instalado en una posición de cuarenta y cinco grados en el asiento para dos personas opuesto al mío en diagonal, totalmente del otro lado y al fondo del vagón. Estaba vestido de manera casual pero no barata. Pantalones chinos y un polo. Estaba despierto. Tenía los ojos fijos en algún lugar enfrente de él. El foco cambiaba y se reducía constantemente, como si estuviera alerta y especulando. Me hicieron pensar en los ojos de un jugador de béisbol. Tenían una cierta sagacidad perspicaz y calculadora.
Pero era a la pasajera número cuatro a la que yo miraba.
Si ve algo, diga algo.
Estaba sentada en el lado derecho del vagón, sola en el más alejado de los conjuntos de asientos para ocho personas, del otro lado y más o menos a mitad de camino entre la exhausta mujer de África Occidental y el hombre con los ojos de jugador de béisbol. Era blanca y estaría entre los cuarenta y los cincuenta años. Era sencilla. Tenía el pelo negro, con un corte pulcro pero no estiloso, y con un tono oscuro demasiado uniforme como para ser natural. Estaba vestida toda de negro. La podía ver bastante bien. El tipo que estaba más cerca de mí del lado derecho seguía reclinado hacia delante y el hueco en forma de V entre su espalda inclinada y la pared del vagón hacía que mi línea de visión no estuviera interrumpida salvo por un bosque de barras de agarre hechas de acero inoxidable.
No una vista perfecta, pero lo suficientemente buena como para hacer sonar todas las alarmas de la lista de once puntos. Los apartados de la lista se encendieron como cerezas en una máquina tragaperras.
Según la contrainteligencia israelí yo estaba mirando a una terrorista suicida.
DOS
Descarté el pensamiento de inmediato. No por una cuestión de perfil racial. Las mujeres blancas son tan aptas para la locura como cualquier otra persona. Descarté el pensamiento por una cuestión de implausibilidad táctica. El momento del día estaba mal. El metro de Nueva York supondría un buen objetivo para un atentado suicida. La línea 6 sería tan buena como cualquier otra y mejor que la mayoría. Tiene una estación debajo de la terminal Grand Central. A las ocho de la mañana, a las seis de la tarde, un vagón lleno, cuarenta sentados, 148 de pie, esperar hasta que las puertas se abran hacia los andenes repletos, apretar el botón. Cien muertos, un par de cientos de heridos de gravedad, pánico, daño en la infraestructura, posiblemente incendio, un centro de transporte de los más importantes cerrado por días o semanas y en el que quizás ya no se vuelva a confiar nunca más. Una anotación significativa, para personas cuyas cabezas trabajan de maneras que no podemos entender bien.
Pero no a las dos de la mañana.
No en un vagón en el que viajan apenas seis personas. No cuando los andenes de metro de Grand Central solo tendrían basura flotando de acá para allá y vasos desechables vacíos y un par de sin techo viejos sobre los bancos.
El tren se detuvo en Astor Place. Las puertas se abrieron con un silbido. No se subió nadie. No se bajó nadie. Las puertas se cerraron de vuelta con un golpe y los motores chirriaron y el tren siguió.
Los puntos de la lista seguían encendidos.
El primero era uno obvio sin mucha ciencia: vestimenta inapropiada. A estas alturas los cinturones con explosivos están tan evolucionados como los guantes de béisbol. Coge un pedazo de tela resistente de un metro por medio metro, dóblalo una vez longitudinalmente y tienes un bolsillo continuo de veinticinco centímetros de profundidad. Ajústalo alrededor del terrorista y cóselo por la espalda. Los cierres y las hebillas pueden llevar a reconsideraciones. Inserta una estacada de cartuchos de dinamita todo alrededor del bolsillo, cabléalos, rellena los huecos con clavos o rodamientos, cose la parte de arriba para que quede cerrada, añade unas correas para que sostengan el peso desde los hombros. Del todo efectivo, pero del todo abultado. La única manera práctica de esconderlo, una prenda de vestir una talla por encima de lo adecuado, como una parka de invierno acolchada. Nunca apropiada para el Medio Oriente, y plausible en Nueva York quizás tres meses de doce.
Pero era septiembre, y hacía tanto calor como si fuera verano, y bajo tierra diez grados más. Yo estaba en camiseta. La pasajera número cuatro tenía puesto un abrigo de plumas North Face, negro, grueso, brillante, un poco demasiado grande y cerrado hasta la barbilla.
Si ve algo, diga algo.
Pasé de largo el segundo de los once puntos. No inmediatamente aplicable. El segundo punto es: un andar robótico. Significativo en un puesto de control o en un mercado repleto de gente o afuera de una iglesia o de una mezquita, pero irrelevante para un sospechoso sentado en el transporte público. Los terroristas suicidas caminan de manera robótica no porque estén abrumados de éxtasis por pensar en la inminente inmolación sino porque están cargando veinte kilos extra de peso desacostumbrado, que se les está clavando en los hombros a través de las correas, y porque están drogados. El atractivo de la inmolación tiene sus limitaciones. La mayoría de los terroristas suicidas son gente simple intimidada, con una barrita de pasta de opio crudo entre la mejilla y la encía. Esto lo sabemos porque los cinturones de dinamita explotan con una onda de presión característica en forma de donut que enrolla hacia arriba el torso en una fracción de nanosegundo y hace que la cabeza salga volando limpia de los hombros. La cabeza humana no está atornillada. Solo permanece ahí por la gravedad, de alguna manera agarrada por piel y músculos y tendones y ligamentos, pero esos insustanciales sostenes biológicos no hacen mucho contra la fuerza de una violenta explosión química. Mi mentor israelí me dijo que la manera más fácil de determinar si un ataque con bombas al aire libre fue llevado a cabo por un terrorista suicida y no por un coche o un paquete bomba es registrar en un radio de veinte o treinta metros y buscar una cabeza humana cercenada, que probablemente esté extrañamente intacta e indemne, hasta el punto de conservar el pedazo de opio dentro de la mejilla.
El tren se detuvo en Union Square. No se subió nadie. No se bajó nadie. Desde el andén sopló hacia dentro aire caliente y luchó contra el aire acondicionado del interior. Después las puertas se cerraron de nuevo y el tren siguió.
Los puntos tres a seis son variaciones sobre un tema subjetivo: irritabilidad, sudor, tics y comportamiento nervioso. Aunque en mi opinión el sudor puede ser ocasionado tanto por el sobrecalentamiento físico como por los nervios. El vestuario inapropiado, y la dinamita. La dinamita es serrín empapado con nitroglicerina y moldeado en forma de bastón corto. El serrín es un buen aislante térmico. Por lo cual el sudor viene de fábrica. Pero la irritabilidad y los tics y el comportamiento nervioso son indicadores valiosos. Estas personas están en los últimos y raros momentos de su vida, ansiosas, asustadas por el dolor, atontadas con narcóticos. Son irracionales por definición. Creyendo o creyendo a medias o en verdad no creyendo para nada en el paraíso y ríos de leche y miel y pastos abundantes y vírgenes, movidas por presiones ideológicas o por las expectativas de sus pares y sus familias, de repente demasiado metidas y sin la posibilidad de echarse atrás. Hablar de manera valiente en encuentros clandestinos es una cosa. La acción es otra. De ahí el pánico reprimido, con todas sus señales visibles.
La pasajera número cuatro las dejaba ver todas. Tenía el aspecto exacto de una mujer dirigiéndose hacia el final de su vida, de manera tan cierta y segura como que el tren se dirigía hacia el final del recorrido.
Por lo tanto el punto siete: la respiración.
Estaba jadeando, bajo y en control. Inhala, exhala, inhala, exhala. Como una técnica para vencer el dolor del parto, o como el resultado de un shock horroroso, o como una última y desesperada barrera para contener gritos de espanto y miedo y terror.
Inhala, exhala, inhala, exhala.
Punto ocho: los terroristas suicidas que están por entrar en acción tienen la mirada rígidamente clavada hacia el frente. Nadie sabe por qué, pero testigos oculares que han sobrevivido y la evidencia grabada han sido del todo consistentes en sus testimonios. Los terroristas a punto de inmolarse miran recto hacia el frente. Quizás llevaron su compromiso hasta el punto problemático y temen una intervención. Quizás como los perros y los niños sienten que si no están viendo a nadie entonces nadie los está viendo. Quizás un último remanente de conciencia hace que no puedan mirar a la gente a la que están por destruir. Nadie sabe por qué, pero todos lo hacen.
La pasajera número cuatro lo estaba haciendo. Eso estaba claro. Estaba mirando fijo enfrente a la ventana vacía del lado opuesto de manera tan intensa que parecía estar por desintegrar el cristal.
Puntos uno a ocho, corroborados. Me moví en el asiento pasando mi peso hacia la parte delantera.
Luego me detuve. La idea era tácticamente absurda. La hora estaba mal.
Luego volví a mirar. Y me volví a mover. Porque los puntos nueve, diez y once también estaban todos presentes y correctos, y eran los puntos más importantes de todos.
TRES
Punto nueve: balbuceo de plegarias. Hasta la fecha todos los ataques de los que se tiene noticia han sido inspirados, o motivados, o validados, o supervisados por la religión, casi de manera exclusiva la religión islámica, y la gente islámica está acostumbrada a orar en público. Testigos oculares que han sobrevivido informan de largos ensalmos rutinarios repasados y repetidos interminablemente y más o menos inaudibles, pero con los labios visiblemente en movimiento. La pasajera número cuatro estaba haciendo exactamente eso. Sus labios se estaban moviendo por debajo de su mirada fija, en un recitado largo, jadeante, ritualista que parecía repetirse más o menos cada veinte segundos. Quizás ya se estaba presentando a sí misma a la deidad que estuviera esperando encontrar del otro lado de la línea. Quizás se estaba tratando de convencer a sí misma de que de verdad había una deidad, y una línea.
El tren se detuvo en la estación de la calle 23. Las puertas se abrieron. No se bajó nadie. No se subió nadie. Vi los carteles rojos de salida por encima del andén: 22 y Park, esquina noreste, o 23 y Park, esquina sudeste. Unas extensiones de acera de Manhattan sin mayor interés, pero de repente atractivas.
Me quedé en mi asiento. Las puertas se cerraron. El tren siguió.
Punto diez: una mochila grande.
La dinamita es un explosivo estable, siempre y cuando esté fresca. No explota por accidente. Tiene que ser accionada mediante detonadores. Los detonadores están conectados a un suministro de energía y a un interruptor mediante un cable detonante. Los detonadores grandes tipo cajas en las viejas películas del Oeste eran las dos cosas a la vez. La primera parte hacia arriba del movimiento del mango ponía en funcionamiento un dinamo, como un teléfono de campaña, y después se accionaba un interruptor. No práctico para su uso portátil. Para un uso portátil se necesita una batería, y para un metro lineal de explosivo se necesita cierto voltaje y cierto amperaje. Las pilas pequeñas AA descargan un débil voltio y medio. No alcanza, de acuerdo con las reglas generales prevalecientes. Una batería de nueve voltios es mejor, y para una descarga decente lo que uno quiere es una de las pilas grandes y cuadradas del tamaño de una lata de tomate de las que se venden para linternas importantes. Demasiado grande y demasiado pesada para un bolsillo, de ahí la mochila. La batería va en el fondo de la mochila, los cables van desde ahí hasta el interruptor, luego salen de la mochila por una discreta hendidura en la parte de atrás y luego pasan hacia arriba por debajo del dobladillo de la prenda inadecuada.
La pasajera número cuatro llevaba una mochila de tela negra como de cartero, de estilo urbano, colgada por la parte delantera de uno de los hombros y por detrás del otro, apoyada en su regazo. La manera en que la tela dura se abultaba y se hundía hacía que pareciera vacía excepto por un único objeto pesado.
El tren se detuvo en la estación de la calle 28. Las puertas se abrieron. No se subió nadie. No se bajó nadie. Las puertas se cerraron y el tren siguió.
Punto once: las manos en la mochila.
Veinte años atrás el punto once fue un añadido reciente. Previamente la lista había terminado en el punto diez. Pero las cosas evolucionan. Acción, y después reacción. Las fuerzas de seguridad israelíes y algunos miembros valientes del público habían adoptado una nueva táctica. Si algo te despertaba sospechas, no corrías. No tiene sentido, en realidad. No puedes correr más rápido que una esquirla. Lo que hacías en cambio era agarrar al sospechoso en un desesperado abrazo de oso. Le inmovilizabas los brazos a los costados. Les impedías que alcanzaran el botón. Se evitaron bastantes ataques de esa manera. Se salvaron muchas vidas. Pero los terroristas suicidas aprendieron. Ahora se les enseña que mantengan el pulgar en el botón todo el tiempo, para que el abrazo de oso sea irrelevante. El botón está en la mochila, junto a la batería. De ahí las manos en la mochila.
La pasajera número cuatro tenía las manos en la mochila. La solapa estaba plegada y arrugada entre sus muñecas.
El tren se detuvo en la estación de la calle 33. Las puertas se abrieron. No se bajó nadie. Una pasajera sola dudó y después avanzó hacia su derecha y se subió al vagón siguiente. Me giré y miré por la ventanita que estaba detrás de mi cabeza y la vi sentarse cerca de mí. Dos separaciones inoxidables, y el espacio del enganche. Quería hacerle señas para que se alejara. Podía sobrevivir en el otro extremo del vagón. Pero no le hice señas. No hicimos contacto visual y de todos modos me habría ignorado. Conozco Nueva York. Los gestos de locura en los trenes nocturnos no tienen ninguna credibilidad.
Las puertas se mantuvieron abiertas un instante más de lo normal. Durante un segundo absurdo pensé en intentar arriar a todos fuera del vagón. Pero no lo hice. Habría sido una comedia. Sorpresa, incomprensión, quizás barreras lingüísticas. No estaba seguro de saber cómo decir ‘bomba’ en español. ¿Se dice así, bomba? ¿O esa es la palabra para ‘focos de iluminación’? Un loco aullando algo acerca de los focos de iluminación no iba a ayudar a nadie.
No, foco de iluminación se decía bombilla, pensé.
Quizás.
Posiblemente.
Pero lo que seguro no sabía era ningún idioma balcánico. Ni sabía ningún dialecto de África Occidental. Aunque quizás la mujer del vestido hablara francés. Parte de África Occidental es francófona. Y yo hablo francés. Une bombe. La femme là-bas a une bombe sous son manteau. La mujer de allá tiene una bomba debajo del abrigo. La mujer del vestido podría llegar a entender. O podría captar el mensaje de alguna otra manera y simplemente seguirnos fuera del vagón.
Si se despertaba a tiempo. Si abría los ojos.
Al final solo me quedé en el asiento.
Las puertas se cerraron.
El tren siguió.
Miré a la pasajera número cuatro. Me figuré su pulgar pálido y delgado en el botón escondido. El botón probablemente vino de Radio Shack. Una pieza inocente, para un hobby. Probablemente costó un dólar y medio. Me figuré un enredo de cables, rojo y negro, encintados y enrollados y sujetados. Un grueso cable detonante, saliendo de la mochila, metido por debajo del abrigo, conectando doce o veinte detonadores en una escalada paralela larga y letal. La electricidad se mueve casi a la velocidad de la luz. La dinamita es increíblemente poderosa. En un ambiente cerrado como un vagón de metro solo la onda expansiva nos aplastaría a todos hasta volvernos pasta. Los clavos y los rodamientos serían del todo gratuitos. Como balas contra un helado. Muy poco de nosotros sobreviviría. Fragmentos de huesos, quizás, del tamaño de semillas de uvas. Posiblemente el yunque y el estribo de la parte interna del oído podrían sobrevivir intactos. Son los huesos más pequeños del cuerpo humano y por lo tanto estadísticamente los que tienen mayores probabilidades de que la nube de esquirlas no les acierte.
Miré a la mujer. No había manera de acercarse a ella. Yo estaba a diez metros de distancia. Su pulgar estaba ya listo en el botón. Los contactos de lata baratos estaban quizás separados por tres milímetros, y esa separación diminuta quizás se angostaba y se ensanchaba fraccional y rítmicamente con los latidos de su corazón y los temblores de su brazo.
Ella estaba lista para partir, y yo no.
El tren se balanceaba hacia delante, con su característica sinfonía de sonidos. El aullido de las ráfagas de aire en el túnel, el golpeteo y el repiqueteo de las juntas bajo las ruedas de hierro, el raspado del colector de corriente contra el riel electrificado, el chirrido de los motores, los chillidos secuenciales cuando los vagones se sacudían uno detrás de otro en las curvas y las pestañas de las ruedas agarrándose a las vías.
¿Adónde iba la mujer? ¿Por debajo de qué pasaba la línea 6? ¿Se podía derribar un edificio con una bomba humana? Pensé que no. ¿Entonces cuáles eran las grandes masas de gente que todavía seguían reunidas después de las dos de la mañana? No muchas. Clubes nocturnos, quizás, pero a la mayoría ya los habíamos dejado atrás, y de cualquier forma no la dejarían pasar del otro lado de una cuerda de terciopelo.
La seguí mirando.
Demasiado fijo.
Lo sintió.
Giró la cabeza, despacio, suave, como un movimiento preprogramado.
Me devolvió la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
La cara de ella cambió.
Ella sabía que yo sabía.
CUATRO
Nos miramos fijamente durante casi diez segundos. Entonces me puse de pie. Forcejeé contra el movimiento y di un paso. Iba a morir estando a diez metros de distancia, sin ninguna duda. No iba a terminar más muerto por estar más cerca. Pasé a la mujer hispana a mi izquierda. Al individuo con la camiseta de la NBA a mi derecha. A la mujer de África Occidental a mi izquierda. Sus ojos seguían cerrados. Iba pasando con las manos de una barra de agarre a la siguiente, izquierda y derecha, balanceándome. La pasajera número cuatro me miró durante todo mi recorrido, asustada, jadeando, murmurando. Las manos dentro de la mochila.
Me detuve a dos metros de ella.
—De verdad que quiero estar equivocado acerca de esto —dije.
No respondió. Sus labios se movieron. Sus manos se movieron por debajo de la tela gruesa negra. El objeto grande dentro de la mochila cambió un poco de posición.
—Necesito verle las manos —dije.
No respondió.
—Soy policía —mentí—. La puedo ayudar.
No respondió.
—Podemos hablar —dije.
No respondió.
Me solté de las barras de las que estaba agarrado y dejé caer mis manos a los lados. Así resultaba más pequeño. Menos amenazador. Tan solo un semejante. Me quedé tan quieto como me lo permitía el tren en movimiento. No hice nada. No tenía opción. Ella necesitaba una fracción de segundo. Yo necesitaba más que eso. Salvo por el hecho de que no había absolutamente nada que yo pudiera hacer. Podría haber cogido la mochila e intentado quitársela. Pero la tenía colgada alrededor del cuerpo y la correa era una banda ancha de algodón grueso. El mismo tejido que una manguera de incendios. Estaba prelavado y pregastado y preenvejecido como vienen ahora las cosas nuevas pero aún así sería muy fuerte. Habría terminado sacándola del asiento y tirándola al suelo.
Salvo por el hecho de que nunca podría haberme acercado a ella. Ella habría apretado el botón antes de que mi mano estuviera a mitad de camino.
Podría haber intentado tirar de la mochila hacia arriba y barrer por detrás con mi otra mano para arrancar de las terminales el cable detonante. Salvo por el hecho de que, en beneficio de su movilidad, habría tanto cable de más que yo habría necesitado tirar de él haciendo un arco gigante de sesenta centímetros antes de encontrar alguna resistencia. Momento para el cual ella ya habría accionado el botón, aunque solo fuera como consecuencia de un shock involuntario.
Podría haber cogido su abrigo e intentado desconectar algunos otros cables. Pero entre los cables y yo había unas gruesas acumulaciones de plumas de ganso. Un recubrimiento resbaloso de nylon. Ninguna percepción, ninguna sensación.
Ninguna esperanza.
Podría haber intentado incapacitarla. Golpearla fuerte en la cabeza, noquearla, un puñetazo, instantáneo. Pero por más veloz que yo siga siendo, un swing decente desde una distancia de sesenta centímetros habría tardado casi medio segundo. Ella tenía que mover el pulgar menos de medio centímetro.
Ella habría llegado primero a su objetivo.
—¿Me puedo sentar? ¿Al lado suyo? —pregunté.
—No, no se acerque —dijo.
Una voz neutral, inexpresiva. Ningún acento obvio. Americano, pero ella podría haber sido de cualquier parte. De cerca no parecía muy perturbada o trastornada. Solo resignada, y seria, y asustada, y cansada. Me miraba con la misma intensidad con la que había estado mirando la ventana de enfrente. Parecía completamente alerta y consciente. Me sentí completamente analizado. No me podía mover. No podía hacer nada.
—Es tarde —dije—. Debería esperar a la hora pico.
No respondió.
—Seis horas más —dije—. Ahí va a funcionar mucho mejor.
Sus manos se movieron, dentro de la mochila.
—No ahora —dije.
No dijo nada.
—Solo una —dije—. Muéstreme una mano. No necesita las dos ahí dentro.
El tren frenó fuerte. Me tambaleé hacia atrás y volví a ir hacia delante y me estiré hacia arriba para alcanzar la barra cerca del techo. Mis manos estaban húmedas. El acero se sintió caliente. Grand Central, pensé. Pero no. Miré por la ventanilla esperando luces y azulejos blancos y en cambio vi el brillo de una tenue lámpara azul. Nos estábamos deteniendo en el túnel. Mantenimiento, o señalización.
Me di la vuelta.
—Muéstreme una mano —volví a decir.
La mujer no respondió. Me estaba mirando la cintura. Con las manos en alto se me había levantado la camiseta y la cicatriz en la parte baja de la tripa quedaba a la vista por encima del pantalón. Piel blanca en relieve, dura y rugosa. Puntos grandes y crudos, como un dibujo animado. Esquirlas, de un coche-bomba en Beirut, mucho tiempo atrás. Estuve a cien metros de la explosión.
Estaba noventa y nueve metros más cerca de la mujer en el asiento.
Miraba fijamente. La mayoría de la gente pregunta cómo me hice la cicatriz. No quería que ella me preguntara. No quería hablar de bombas. No con ella.
—Muéstreme una mano —dije.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—No necesita tener dos ahí dentro.
—¿Entonces a usted para qué le sirve?
—No lo sé —dije. No sabía exactamente qué era lo que estaba haciendo. No soy un negociador de rehenes. Solo estaba hablando por hablar. Lo cual no es característico. Por lo general soy una persona callada. Habría sido estadísticamente muy poco probable para mí morir en medio de una frase.
Quizás por eso estaba hablando.
La mujer movió las manos. La vi pasar dentro de la mochila a un agarre de una sola mano con la derecha y sacó la izquierda despacio. Pequeña, pálida, débilmente recorrida por venas y tendones. Piel de mediana edad. Uñas sin pintar, cortas. Ningún anillo. No casada, no comprometida. Giró la mano, para mostrarme el otro lado. La palma vacía, roja porque tenía calor.
—Gracias —dije.
Apoyó la mano con la palma hacia abajo en el asiento de al lado de ella y la dejó ahí, como si no tuviera nada que ver con el resto de su persona. Lo cual era así, a estas alturas. El tren se detuvo en la oscuridad. Bajé las manos. El dobladillo de mi camiseta volvió a donde le correspondía.
—Ahora muéstreme qué hay en la mochila —dije.
—¿Por qué?
—Solo lo quiero ver. Sea lo que sea.
No respondió.
No se movió.
—No voy a tratar de quitárselo —dije—. Se lo prometo. Solo lo quiero ver. Estoy seguro de que lo puede entender.
El tren volvió a arrancar. Aceleración lenta, sin sacudidas, velocidad baja. Una entrada suave a la estación. Un deslizamiento lento. Quizás doscientos metros, pensé.
—Creo que al menos tengo derecho a verla —dije—. ¿No lo cree?
Hizo un gesto con la cara, como si no entendiera.
—No veo por qué usted tiene derecho a verla —dijo.
—¿No?
—No.
—Porque soy parte de esto. Y quizás puedo ver si está bien preparada. Para después. Porque esto lo tiene que hacer después. No ahora.
—Usted dijo que era policía.
—Esto lo podemos solucionar —dije—. Puedo ayudarle. —Miré por encima de mi hombro. El tren avanzaba lentamente. Luz blanca más adelante. Me di la vuelta. La mano derecha de la mujer se estaba moviendo. La estaba ajustando en un agarre más firme y la estaba sacando despacio de la mochila, todo a la vez.
Miré. La mochila se le enganchó en la muñeca y usó su mano izquierda para mover la correa. Apareció la mano derecha.
No una batería. Nada de cables. Ningún interruptor, ningún botón, ningún detonador.
Algo totalmente distinto.
CINCO
La mujer tenía un arma en la mano. Estaba apuntando directamente a mí. Hacia abajo, al medio, en una línea entre mis ingles y mi ombligo. Todo tipo de cosas necesarias en esa región. Órganos, columna, intestinos, arterias y venas varias. El arma era un Ruger Speed-Six. Un revólver .357 Magnum grande y viejo con un cañón corto de diez centímetros, capaz de hacerme un agujero lo suficientemente grande como para ver la luz del otro lado.
Pero en suma yo estaba mucho más contento de lo que había estado un segundo antes. Muchas razones. Las bombas matan a todas las personas al mismo tiempo, las armas matan de uno en uno. Las bombas no necesitan puntería, y las armas sí. El Speed-Six pesa alrededor de un kilo totalmente cargado. Mucha masa que controlar para una muñeca delgada. Y los disparos de Magnum sacan por el cañón un fogonazo fuerte y dan un culatazo riguroso. Si ella hubiera usado antes el arma lo sabría. Tendría lo que entre tiradores se conoce como el sobresalto del Magnum. Un instante antes de apretar el gatillo el brazo se le contraería y los ojos se le cerrarían y giraría la cabeza. Había una buena probabilidad de que fallara en el disparo, incluso a dos metros. La mayoría de las armas cortas erran en el disparo. Quizás no en un polígono, con protector auditivo y protector visual y tiempo y calma y nada en juego. Pero en el mundo real, con pánico y estrés y temblando y con el corazón acelerado, las armas cortas son una cuestión de suerte, buena o mala. La mía y la de ella.
Si erraba no iba a conseguir un segundo tiro.
—Tranquila —dije. Solo para emitir algún sonido. Su dedo estaba blanco ahuesado en el gatillo, pero todavía no lo había movido. El Speed-Six es un revólver de doble acción, lo cual significa que la primera mitad del movimiento del gatillo tira el martillo hacia atrás y hace girar el tambor. La segunda mitad suelta el martillo y dispara el arma. Mecánica compleja, que lleva tiempo. No mucho, pero un poco. Me quedé mirando el dedo de ella. Sentí al tipo con los ojos de jugador de béisbol, mirando. Supuse que mi espalda bloqueaba la vista en la parte de más allá del vagón.
—Usted no tiene ningún problema conmigo, señora —dije—. Ni siquiera me conoce. Baje el arma y hablemos.
No respondió. Quizás hizo algún gesto con la cara, pero yo no estaba mirando su cara. Estaba mirando su dedo. Era la única parte de ella que me interesaba. Y estaba concentrado en las vibraciones que venían del suelo. Esperando que el vagón se detuviera. El pasajero loco ese con el que viajé una vez me había dicho que los R142A pesan treinta y cinco toneladas cada uno. Pueden correr a cien kilómetros por hora. Por lo que los frenos son muy poderosos. Demasiado poderosos para sutilezas a bajas velocidades. No es posible estabilizar suavemente. Se clavan y se sacuden y rechinan. Los trenes a menudo patinan el último metro con las ruedas bloqueadas. De ahí el chillido característico mientras frenan.
Supuse que lo mismo aplicaría incluso después del andar lento con el que veníamos. Quizás más aún, relativamente hablando. El arma era esencialmente un peso en el extremo de un péndulo. Un brazo largo y delgado, un kilo de acero. Cuando los frenos mordieran los raíles, el impulso se iba a llevar el arma hacia delante. Hacia el Uptown. Las leyes de Newton. Yo estaba preparado para ir contra mi propio impulso y empujarme de las barras hacia el otro lado y saltar en dirección al Downtown. Con que el arma se moviera solo quince centímetros al norte y yo me moviera solo quince centímetros al sur estaría a salvo.
Quizás con diez centímetros ya estaría bien.
O doce y medio, para estar seguro.
La mujer preguntó:
—¿Dónde se hizo la cicatriz?
No respondí.
—¿Un disparo?
—Una bomba.
Movió la boca de la pistola, hacia su izquierda y mi derecha. Apuntó a donde el dobladillo de mi camiseta escondía la cicatriz.
El tren siguió avanzando. Ya en la estación. Infinitamente lento. Apenas a paso humano. Los andenes de Grand Central son largos. El vagón delantero estaba haciendo todo el recorrido hasta el final. Esperé a que los frenos mordieran los raíles. Supuse que iba a haber una buena sacudida.
Nunca llegamos a tanto.
El cañón volvió a mi centro de masa. Después se puso vertical. Por un instante creí que la mujer se estaba rindiendo. Pero el cañón siguió su viaje. La mujer levantó alto el mentón, como un gesto orgulloso y obstinado. Apoyó la boca de la pistola en la carne blanda de debajo. Oprimió el gatillo hasta la mitad. El tambor giró y el martillo al moverse hacia atrás raspó el nylon de su abrigo.
Después terminó de apretar el gatillo y se voló la cabeza.
SEIS
Las puertas no se abrieron por un largo rato. Quizás alguien había usado el intercomunicador de emergencia o el conductor había oído el disparo. Fuera lo que fuera, el sistema pasó a modo de bloqueo total. Era indudablemente algo ensayado. Y el procedimiento tenía mucho sentido. Mejor que una persona armada enloquecida quedara contenida en un solo vagón, en lugar de que se le permitiera andar corriendo por toda la ciudad.
Pero la espera no fue agradable. Los cartuchos del .357 Magnum se inventaron en 1935. ‘Magnum’ es grande en latín. Una munición más pesada, y mucha más carga propulsora. Técnicamente la carga propulsora no explota. Deflagra, que es un proceso químico a medio camino entre arder y explotar. La idea es crear una burbuja enorme de gas caliente que acelera la bala a lo largo del cañón, como una primavera reprimida. Normalmente el gas sale por la boca del arma detrás de la bala y se prende fuego con el oxígeno del aire alrededor. De ahí el fogonazo. Pero con un disparo a la cabeza haciendo pleno contacto como el que había elegido la pasajera número cuatro, la bala hace un agujero en la piel y el gas a continuación bombea hacia dentro. Se expande violentamente debajo de la piel y o bien se abre paso y desgarra una herida de salida enorme y con forma de estrella o hace volar del mismo hueso toda la carne y toda la piel y desenvuelve el cráneo completamente, como al pelar un plátano de arriba abajo.
Eso fue lo que pasó en este caso. La cara de la mujer quedó reducida a jirones y andrajos de carne sanguinolenta colgando del hueso destrozado. La bala había viajado verticalmente a través de la boca y había vertido su enorme energía cinética en el cráneo de la mujer, y la gran presión repentina había buscado un desahogo y lo había encontrado donde las placas del cráneo se habían sellado allá lejos en la infancia. De golpe se habían abierto de nuevo y la presión había pegado tres o cuatro fragmentos grandes de hueso por toda la pared encima y detrás de ella. De un modo u otro su cabeza básicamente había desaparecido. Pero la fibra de vidrio antigrafiti estaba cumpliendo su función. Hueso blanco y sangre oscura y tejido gris estaban chorreando por la superficie resbaladiza, sin pegarse, dejando a medida que caían un rastro de caracol. El cuerpo de la mujer había colapsado y había quedado derrumbado sobre el asiento. El dedo índice derecho estaba todavía enganchado en el guardamonte. El arma había rebotado en el muslo y había quedado en el asiento de al lado de ella.
El sonido del disparo todavía resonaba en mis oídos. Por detrás de mí podía escuchar ruidos apagados. Podía oler la sangre de la mujer. Me incliné hacia delante y revisé la mochila. Vacía. Bajé la cremallera del abrigo y lo abrí. No había nada. Solo una blusa blanca de algodón y el hedor de haber vaciado intestino y vejiga.
Busqué el tablero de emergencia y llamé yo mismo al conductor. Dije: “Suicidio por disparo de arma de fuego. Penúltimo vagón. Ya terminó. Estamos seguros. No hay más amenazas”. No quería esperar hasta que el Departamento de Policía de Nueva York juntara escuadrones de SWAT y chalecos antibala y fusiles y llegaran con el mayor sigilo. Eso podía llevar mucho tiempo.
No recibí respuesta del conductor. Pero un minuto después se oyó su voz a través del altavoz. Dijo: “Se informa a los pasajeros de que las puertas permanecerán cerradas por unos minutos debido a un incidente en curso”. Hablaba despacio. Probablemente leía de una tarjeta. Su voz era temblorosa. Nada que ver con los tonos tersos de los presentadores de Bloomberg.
Recorrí por última vez el vagón con la mirada y me senté a un metro del cadáver sin cabeza y esperé.
Se podrían haber emitido episodios enteros de programas de televisión policiacos antes de que los auténticos policías simplemente llegaran. Se podría haber extraído y analizado ADN, se podrían haber encontrado coincidencias, se podría haber salido en busca de criminales y se los podría haber atrapado y juzgado y sentenciado. Pero finalmente seis oficiales aparecieron bajando las escaleras. Estaban con chalecos y gorras y habían desenfundado sus armas. Agentes del Departamento de Policía de Nueva York del servicio nocturno, probablemente la comisaría del distrito 14 sobre la calle 35 Oeste, el famoso Midtown Sur. Avanzaron por el andén y empezaron revisando el tren por el primer vagón. Me volví a poner de pie y miré por las ventanillas por encima de los enganches, todo el tren a lo largo, como atisbando por un túnel de acero inoxidable largo e iluminado. A lo lejos la vista se volvía borrosa, debido a la suciedad y a las impurezas verdes en las capas de vidrio. Pero podía ver a los policías abriendo las puertas vagón por vagón, revisando, despejando, sacando a los pasajeros y metiéndoles prisa para que subieran y salieran a la calle. Era un tren nocturno poco lleno y no les llevó tanto tiempo llegar a nosotros. Miraron por las ventanillas y vieron el cadáver y el arma y se pusieron tensos. Las puertas se abrieron con un silbido y subieron todos juntos, dos por cada par de puertas. Todos nosotros levantamos las manos, como un reflejo.
Cada una de las entradas quedó bloqueada por un policía y los otros tres fueron directos hacia la mujer muerta. Se detuvieron y se quedaron a más o menos dos metros. No revisaron si tenía pulso o ningún otro signo de vida. No pusieron un espejo debajo de la nariz, para corroborar si respiraba. En parte porque era obvio que no respiraba, y en parte porque no tenía nariz. El cartílago había salido volando, dejando pedazos de hueso astillado entremedio donde la presión interna le había hecho saltar los globos oculares.
Un policía voluminoso con galones de sargento se giró. Se había puesto un poco pálido pero por lo demás estaba llevando a cabo una buena interpretación de una noche de trabajo más. Preguntó:
—¿Quién vio lo que pasó aquí?
Hubo silencio en la parte de adelante del vagón. La mujer hispana, el hombre con la camiseta de la NBA y la señora africana. Todos estaban sentados sin moverse y no decían nada. Punto ocho: una mirada rígida hacia el frente. Era lo que estaban haciendo todos ellos. Si yo no te puedo ver, tú no me puedes ver. El hombre del polo no dijo nada. Así que yo dije:
—Sacó el arma de la mochila y se disparó.
—¿Así como así?
—Más o menos.
—¿Por qué?
—¿Cómo lo podría saber yo?
—¿Dónde y cuándo?
—Entrando el tren a la estación. Cuando eso haya sido.
El tipo procesó la información. Suicidio por disparo de arma. El metro era responsabilidad del Departamento de Policía de Nueva York. La zona de desaceleración entre la calle 41 y la 42 era territorio del distrito 14. Su caso. Sin duda. Asintió. Dijo:
—De acuerdo, por favor todos ustedes salgan del vagón y esperen en el andén. Vamos a necesitar sus nombres y direcciones y declaraciones.
Entonces accionó su micrófono de corbata y recibió la respuesta de un fuerte estallido de estática. Él respondió a eso con una larga serie de códigos y números. Supuse que estaba llamando a los paramédicos y una ambulancia. Después de eso desenganchar el vagón y limpiarlo y normalizar el servicio iba a quedar en manos de la gente de transporte. No era difícil, pensé. Había mucho tiempo antes de la hora pico de la mañana.
Bajamos y nos encontramos en el andén con un grupo de gente que se iba reuniendo. Policías de transporte, más policías de patrulla llegando, trabajadores del metro amontonándose alrededor, personal de Grand Central apareciendo. Cinco minutos más tarde un equipo de paramédicos del Departamento de Bomberos de Nueva York bajó las escaleras haciendo ruido con una camilla. Pasaron la barrera y subieron al tren y los policías que habían llegado primero se bajaron. No vi lo que pasó después de eso porque los policías se empezaron a mover entre la gente, mirando alrededor, preparándose para buscar cada uno a un pasajero y llevárselo para más indagaciones. El sargento voluminoso me buscó a mí. Yo había respondido sus preguntas en el tren. Por lo cual me puso el primero en la fila. Me llevó muy adentro de la estación y me metió en una sala de aire caliente y viciado y azulejos blancos que podría haber sido parte de las instalaciones de la policía de transporte. Me hizo sentarme solo en una silla de madera y me preguntó el nombre.
—Jack Reacher —dije.
Lo anotó y no volvió a hablar. Solo se quedó de pie en la entrada y me miró. Y esperó. A que apareciera un detective, supuse.
SIETE
El detective que apareció era una mujer y vino sola. Tenía puestos unos pantalones y una camisa gris de manga corta. Quizás seda, quizás sintética. Brillante, en cualquier caso. La llevaba por fuera de los pantalones y supuse que los faldones le tapaban el arma y las esposas y cualquier otra cosa que estuviera llevando. Por dentro de la camisa era menuda y esbelta. Por encima de la camisa tenía un pelo negro atado hacia atrás y una cara pequeña y ovalada. No llevaba joyas. Ni siquiera un anillo de boda. Debía tener treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve años. Quizás cuarenta. Una mujer atractiva. Me gustó de inmediato. Se la veía relajada y amigable. Me mostró su placa dorada y me dio su tarjeta. La tarjeta tenía el número de su oficina y el del móvil. Tenía una dirección de e-mail del Departamento de Policía de Nueva York. Dijo para mí en voz alta el nombre que estaba ahí escrito. El nombre era Theresa Lee, con la T y la h pronunciadas juntas, como theme o therapy. Theresa. No era asiática. Quizás el Lee venía de un viejo matrimonio o era la versión Ellis Island de Leigh, o algún otro apellido más largo y complicado. O quizás era descendiente de Robert E.
Dijo:
—¿Puede decirme exactamente qué sucedió?
Habló con suavidad, con las cejas levantadas y una voz susurrante llena de cuidado y consideración, como si lo que más le preocupara fuera mi propio estrés postraumático. ¿Puede decirme? ¿Puede? Como: ¿puede soportar evocarlo? Yo sonreí, brevemente. El Midtown Sur estaba en una cantidad de homicidios por año baja y de un solo dígito, e inclusive si ella hubiera sido la única encargada de todos desde su primer día de trabajo aún yo habría visto más cadáveres que los que había visto ella. Por un múltiplo alto. La mujer del tren no había sido el más agradable, pero estaba muy lejos del peor.
Así que le dije exactamente lo que había pasado, remontándome hasta el comienzo en Bleecker Street, recorriendo la lista de once puntos, mi acercamiento tentativo, la conversación fragmentaria, el arma, el suicidio.
Theresa Lee quiso hablar de la lista.
—Tenemos una copia —dijo—. Se supone que es confidencial.
—Hace veinte años que está dando vueltas —dije—. Todo el mundo tiene una copia. Difícilmente puede considerarse confidencial.
—¿Dónde la vio?
—En Israel —dije—. Justo después de que fuera escrita.
—¿Cómo?
Así que le conté mi currículum. La versión abreviada. El Ejército de Estados Unidos, trece años como policía militar, la unidad de investigación 110 de élite, de servicio en todas partes del mundo, más períodos acá y allá, cuándo y cómo ordenaran. Después el colapso soviético, el dividendo de paz, la reducción en el presupuesto de defensa, de repente yéndome por mi cuenta.
—¿Oficial o soldado? —preguntó.
—Jerarquía final de comandancia —dije.
—¿Y ahora?
—Retirado.
—Es joven para estar retirado.
—Me dije que tenía que disfrutarlo mientras pudiera.
—¿Y lo está disfrutando?
—Como nunca.
—¿Qué estaba haciendo esta noche? ¿Ahí en el Village?
—Música —dije—. Los clubs de blues en Bleecker.
—¿Y hacia dónde se dirigía en la línea 6?
—Iba a buscar una habitación en algún lado o a ir directo a Port Authority a coger un autobús.
—¿Hacia dónde?
—A donde fuera.
—¿Una visita breve?
—Son las mejores.
—¿Dónde vive?
—En ningún lado. Mi año es una visita breve detrás de otra.
—¿Dónde está su equipaje?
—No tengo.
La mayoría de la gente hace más preguntas después de esa, pero Theresa Lee no hizo ninguna otra. En vez de eso sus ojos volvieron a cambiar de foco y dijo:
—No me deja contenta que la lista estuviera mal. Pensaba que se suponía que era definitiva. —Habló de manera inclusiva, de policía a policía, como si mi viejo trabajo para ella supusiera una diferencia.
—Estaba mal solo a medias —dije—. La parte del suicidio estaba bien.
—Supongo —dijo—. Las señales serían las mismas, imagino. Pero aún así fue un falso positivo.
—Mejor que un falso negativo.
—Supongo —volvió a decir.
Pregunté:
—¿Sabemos quién era?
—Todavía no. Pero lo vamos a averiguar. Me dicen que encontraron llaves y una cartera en la escena. Probablemente sean definitivas. ¿Pero qué hay del abrigo de invierno?
—No tengo ni idea —dije.
Se quedó en silencio, como si estuviera profundamente desilusionada. Dije:
—Estas cosas son siempre proyectos de desarrollo continuo. Personalmente, creo que deberíamos añadir además un punto doce a la lista de las mujeres. Si una mujer terrorista se quita el velo de la cabeza, va a haber una pista por el bronceado, igual que en los hombres.
—Buen punto —dijo.
—Y leí un libro que decía que la parte sobre las vírgenes es una mala traducción. La palabra es ambigua. Es de un pasaje que está lleno de imaginería de comida. Leche y miel. Probablemente significa pasas de uva. Grandes, y posiblemente acarameladas o azucaradas.
—¿Se matan por pasas de uva?
—Me encantaría ver qué cara ponen.
—¿Es lingüista usted?
—Hablo inglés —dije—. Y francés. ¿Y por qué una terrorista suicida querría vírgenes de todas formas? Muchos textos sagrados están mal traducidos. Especialmente cuando tienen que ver con vírgenes. Incluso el Nuevo Testamento, probablemente. Hay gente que dice que María era una madre primeriza, eso es todo. De la palabra hebrea. No una virgen. Los escritores del texto original se reirían, viendo lo que hemos hecho con todo eso.
Theresa Lee no hizo ningún comentario al respecto. En cambio preguntó:
—¿Está usted bien?
Me lo tomé como una indagación acerca de si había quedado conmocionado. Acerca de si me deberían ofrecer algún tipo de asistencia. Quizás porque me tomó por un hombre taciturno que estaba hablando mucho. Pero me equivoqué. Dije:
—Estoy bien.
Y ella pareció un poco sorprendida y dijo:
—De ser yo, estaría lamentando el haberme acercado. En el tren. Creo que usted la llevó al límite. Un par de estaciones más y podría haber superado lo que fuera que la estuviese haciendo sentir mal.
Después de eso nos quedamos ahí sentados en silencio por un minuto y entonces el sargento voluminoso metió la cabeza y con un gesto le dijo a Lee que saliera al pasillo. Escuché una conversación breve y en voz muy baja y después Lee volvió a entrar y me pidió que fuera con ella a la calle 35 Oeste. A la comisaría del distrito.
—¿Por qué? —pregunté.
Dudó.
—Formalismos —dijo—. Para que se tome nota de su declaración, para cerrar el expediente.
—¿Tengo alguna opción en el asunto?
—No siga por ahí —dijo—. La lista israelí tiene algo que ver. Podríamos llamar a todo esto un asunto de seguridad nacional. Usted es un testigo material, podríamos retenerle hasta que se haga viejo y se muera. Mejor simplemente cooperar como un buen ciudadano.
Así que me encogí de hombros y la seguí mientras salíamos del laberinto de Grand Central a la avenida Vanderbilt, donde tenía aparcado su coche. Era un Ford Crown Victoria no identificable, maltratado y sucio, pero funcionaba bien. Nos llevó hasta la calle 35 Oeste sin problemas. Entramos por un portal viejo y grande y me llevó escaleras arriba hasta una sala de interrogatorios. Dio un paso hacia atrás y esperó en el pasillo y me dejó pasar primero. Después se quedó en el pasillo y cerró la puerta detrás de mí y echó el pestillo por fuera.
OCHO
Theresa Lee volvió veinte minutos más tarde con las plantillas de un expediente oficial y con otro individuo. Puso el expediente en la mesa y presentó al otro individuo como su compañero. Dijo que su nombre era Docherty. Dijo que había venido con unos cuantos interrogantes que quizás deberían haber sido preguntados y respondidos al principio.
—¿Qué interrogantes? —pregunté.
Primero me ofreció café e ir al baño. Dije que sí a las dos. Docherty me escoltó por el pasillo y cuando volvimos había tres vasos desechables sobre la mesa, al lado del expediente. Dos cafés, un té. Docherty cogió el segundo café y dijo:
—Repase todo de nuevo.
Y eso hice, de manera concisa, básica, y Docherty se escandalizó un poco por el tema de que la lista israelí había dado un falso positivo, lo mismo que le había pasado a Lee. Le respondí de la misma manera que le había respondido a ella, diciendo que un falso positivo era mejor que un falso negativo, y que mirándolo desde el punto de vista de la mujer muerta, que estuviese dirigiéndose hacia una salida para ella sola o planeando llevarse a un montón gente con ella podía no alterar los síntomas personales que estaba desplegando. Durante cinco minutos estuvimos inmersos en una atmósfera catedrática, tres personas razonables discutiendo acerca de un fenómeno interesante.
Después el tono cambió.
Docherty preguntó:
—¿Cómo se sintió usted?
—¿Con qué? —pregunté.
—Cuando ella se estaba matando.
—Contento de que no me estuviera matando a mí.
—Somos detectives de homicidios —dijo Docherty—. Tenemos que revisar todas las muertes violentas. Entiende eso, ¿no? Por si acaso.
—¿Por si acaso qué? —dije.
—Por si acaso hay más de lo que parece.
—No hay. Se disparó a sí misma.
—Dice usted.
—Nadie puede decir lo contrario. Porque eso fue lo que sucedió.
—Siempre hay escenarios alternativos —dijo Docherty.
—¿Usted cree?
—Quizás le disparó usted.
Theresa Lee me miró de manera solidaria.
—No le disparé yo —dije.
—Quizás el arma era de usted —dijo Docherty.
—No era mía —dije—. Era una pieza de un kilo. No llevo mochila.
—Usted es voluminoso. Pantalones grandes. Bolsillos grandes.
Theresa Lee me volvió a mirar de manera solidaria. Como si me estuviera diciendo: Lo lamento.
—¿Qué es esto? —dije—. ¿Policía bueno, policía tonto?
—¿Cree que soy tonto? —dijo Docherty.
—Lo acaba de demostrar. Si yo le hubiera disparado con un .357 Magnum tendría residuos en mí hasta el codo. Pero usted acaba de esperarme de pie fuera del baño de hombres mientras yo me lavaba las manos. Está diciendo tonterías. No me tomaron las huellas digitales y no me leyeron mis derechos. Está tratando de confundir las cosas.
—Estamos obligados a asegurarnos.
—¿Qué dice el médico forense?
—Todavía no lo sabemos.
—Hubo testigos.
Lee negó con la cabeza:
—No sirven. No vieron nada.
—Tienen que haber visto algo.
—Su espalda les bloqueaba la visión. Además de que no estaban mirando, además de que estaban medio dormidos, y además de que no hablan mucho inglés. No tenían nada que ofrecer. Básicamente creo que querían irse antes de que empezáramos a pedirles las green cards.
—¿Y qué hay del otro hombre? Estaba enfrente de mí. Él estaba completamente despierto. Y parecía un ciudadano y que hablaba inglés.
—¿Qué otro hombre?
—El quinto pasajero. Vestido de chinos y polo.
Lee abrió el expediente. Negó con la cabeza:
—Había solo cuatro pasajeros, más la mujer.
NUEVE
Lee separó una hoja del expediente y la giró hacia mí y la deslizó sobre la mesa hasta mitad de camino. Era una lista manuscrita de testigos. Cuatro nombres. El mío, más un Rodriguez, un Frlujlov y un Mbele.
—Cuatro pasajeros —dijo otra vez.
—Yo estaba en el tren —dije yo—. Sé contar. Sé cuántos pasajeros había. —Después repasé la escena en mi cabeza. Bajando del tren, esperando en medio de la pequeña multitud en movimiento. La llegada del equipo de paramédicos. Los policías, bajándose de uno en uno del tren, moviéndose entre la gente, llevándose cada uno un codo, guiando a los testigos a salas separadas. A mí me habían agarrado primero, el sargento voluminoso. Imposible saber si detrás de nosotros venían cuatro policías, o solo tres.
—Se debe de haber escabullido —dije.
—¿Quién era? —dijo Docherty.
—Un tipo. Alerta, pero no tenía nada especial. Mi edad, no pobre.
—¿Interactuó de alguna manera con la mujer?
—No que yo viera.
—¿Le disparó él?
—Se disparó ella misma.
Docherty se encogió de hombros:
—Por lo cual no es más que un testigo reticente. No quiere papeleo que demuestre que andaba por ahí a las dos de la mañana. Quizás estaba engañando a su mujer. Pasa todo el tiempo.
—Se escapó. ¿Y usted le está dando a él vía libre y me está investigando a mí?
—Usted acaba de declarar que él no estuvo implicado.
—Yo tampoco estuve implicado.
—Dice usted.
—¿Me cree acerca del otro hombre pero no me cree acerca de mí?
—¿Por qué mentiría acerca del otro hombre?
—Esto es una pérdida de tiempo —dije. Y lo era. Era una pérdida de tiempo tan extrema y burda que de repente me di cuenta de que no era en serio. Estaba orquestada. Me di cuenta de que de hecho, a su modo, Lee y Docherty me estaban haciendo un pequeño favor.
Hay más de lo que parece.
—¿Quién era ella? —dije.
—¿Por qué iba a ser alguien? —dijo Docherty.
—Porque hicieron una identificación por sistema y los ordenadores se encendieron como arbolitos de Navidad. Alguien les llamó y les dijo que me retuvieran hasta que ellos llegaran. No querían dejarme registrado con un arresto y por eso me están retrasando con toda esta basura.
—No es que nos preocupara particularmente cómo le dejábamos registrado a usted. Simplemente no queríamos hacer todo el papeleo.
—¿Entonces quién era?
—Aparentemente trabajaba para el gobierno. Están viniendo de una agencia federal para interrogarle. No estamos autorizados a decirle de cuál.
Me dejaron encerrado en la sala. El espacio era aceptable. Sucio, caluroso, maltrecho, sin ventanas, en las paredes pósters viejos de prevención del delito y en el aire olor a sudor y ansiedad y café quemado. La mesa, y tres sillas. Dos para los detectives, una para el sospechoso. En aquellos tiempos al prisionero quizás le pegaban y lo tiraban de la silla. Quizás todavía pasaba. Es difícil saber exactamente qué pasa en una sala sin ventanas.
Conté en mi cabeza el tiempo de espera. El reloj ya había estado avanzando una hora, desde la conversación en voz baja de Theresa Lee en el pasillo de Grand Central. Así que sabía que no era el FBI el que me venía a buscar. Sus oficinas locales de Nueva York son las más grandes de la nación, ubicadas en Federal Plaza, cerca del ayuntamiento. Diez minutos para reaccionar, diez minutos para reunir un equipo, diez minutos para conducir con luces y sirenas hasta donde estábamos nosotros. El FBI habría llegado hace mucho. Pero eso dejaba muchas otras agencias de tres letras. Me aposté a mí mismo que quien fuera que estuviese viniendo iba a tener IA como dos últimas letras de la placa. CIA, DIA. Agencia Central de Inteligencia, Agencia de Inteligencia de la Defensa. Quizás otras inventadas recientemente y por el momento sin publicitar. Los pánicos en medio de la noche eran bastante su estilo.
Después de que una segunda hora se sumara a la primera supuse que debían estar viniendo desde DC, lo cual implicaba un pequeño grupo especializado. Cualquier otro habría tenido oficinas locales más a mano. Abandoné la especulación y recliné la silla hacia atrás y puse los pies encima de la mesa y me fui a dormir.
No me enteré exactamente de quiénes eran. No en ese momento. No me lo dijeron. A las cinco de la mañana tres hombres de traje entraron y me despertaron. Eran amables y formales. Sus trajes eran de precios moderados y estaban limpios y planchados. Sus zapatos estaban lustrados. Sus ojos brillaban. Sus cortes de pelo eran recientes y al ras. Sus caras eran rosadas y rubicundas. Sus cuerpos eran compactos pero tonificados. Tenían pinta de poder correr medias maratones sin problemas, pero también sin placer. Mi primera impresión fue ex militares recientes. Oficiales de carrera entusiastas, reclutados a algún edificio de piedra caliza dentro de la Circunvalación. Creyentes verdaderos, haciendo trabajo importante. Pedí ver identificaciones y placas y credenciales, pero me citaron la Ley Patriótica y me dijeron que no estaban obligados a identificarse. Probablemente cierto, y ciertamente disfrutaban diciéndolo. Consideré no decir nada en represalia, pero me vieron considerando, y me citaron un poco más de la Ley, lo cual me dejó sin ninguna duda de que al final de ese camino en particular me esperaba un mundo de problemas. Tengo miedo a muy pocas cosas, pero lidiar con los actuales aparatos de seguridad es siempre mejor si se evita. Franz Kafka y George Orwell me habrían dado el mismo consejo. Así que me encogí de hombros y les dije que siguieran adelante e hicieran sus preguntas.
Empezaron diciendo que estaban al tanto de mi servicio militar y que lo respetaban mucho, lo cual era una frase trillada, lugar común de mierda o significaba que habían sido reclutados de la Policía Militar ellos mismos. Nadie respeta a un policía militar salvo otro policía militar. Después dijeron que me iban a observar muy atentamente e iban a saber si estaba diciendo la verdad o mentía. Lo cual eran puras estupideces, porque solo los mejores entre nosotros pueden hacer eso, y estos tipos no eran los mejores entre nosotros, de lo contrario habrían estado en cargos de rango muy superior, lo cual significaría que en ese mismo momento habrían estado en casa y dormidos en algún vecindario residencial de Virginia, en lugar de estar yendo de acá para allá por la I-95 en medio de la noche.
Pero yo no tenía nada que esconder, así que les volví a decir que siguieran adelante.
Tenían tres áreas de interés. La primera: ¿Conocía yo a la mujer que se había matado en el tren? ¿La había visto antes?
Dije:
—No.
Breve y afable, tranquilo pero firme.
No siguieron con cuestiones suplementarias. Lo cual me indicó de manera brusca quiénes eran y qué estaban haciendo exactamente. Eran el equipo B de alguien, enviados al norte para poner fin a una investigación en curso. Estaban aislándola, enterrándola, marcando una línea debajo de algo que para empezar había hecho sospechar a alguien solo a medias. Querían una respuesta negativa a cada pregunta, para que el expediente se pudiera cerrar y se finalizara el asunto. Querían una ausencia positiva de cabos sueltos, y no querían llamar la atención sobre el tema volviéndolo un gran drama. Querían volver a la autopista con todo olvidado.
La segunda pregunta fue: ¿Conocía yo a una mujer llamada Lila Hoth?
Dije:
—No.
Porque no la conocía. No en ese momento.
La tercera pregunta fue más bien un diálogo sostenido. Lo abrió el agente que lideraba. El hombre principal. Era un poco más viejo y un poco más pequeño que los otros dos. Quizás también un poco más inteligente. Dijo:
—Usted abordó a la mujer en el tren.
No respondí. Estaba ahí para contestar preguntas, no para comentar afirmaciones.
El tipo preguntó:
—¿Cuán cerca llegó?
—Dos metros —dije—. Poco más o menos.
—¿Lo suficientemente cerca como para tocarla?
—No.
—Si usted hubiera estirado el brazo, y ella hubiera estirado el suyo, ¿se podrían haber tocado las manos?
—Quizás —dije.
—¿Eso es un sí o un no?
—Es un quizás. Sé cuán largos son mis brazos. No sé cuán largos eran los de ella.
—¿Ella le dio algo a usted?
—No.
—¿Tomó alguna cosa de ella después de que estuviera muerta?
—No.
—¿Alguna otra persona?
—No que yo viera.
—¿Vio que se le cayera algo de la mano, o de la mochila, o de la ropa?
—No.
—¿Ella le dijo algo?
—Nada importante.
—¿Habló con alguien más?
—No.
El tipo preguntó:
—¿Podría vaciar sus bolsillos?
Me encogí de hombros. No tenía nada que esconder. Fui a un bolsillo por vez y puse los contenidos sobre la mesa maltrecha. Un fajo doblado de dinero en efectivo, y algunas monedas. Mi viejo pasaporte. Mi tarjeta de débito. Mi cepillo de dientes plegable. La Metrocard que me había permitido subir al metro para empezar. Y la tarjeta de presentación de Theresa Lee.
El tipo revolvió un poco mis cosas con un solo dedo estirado y le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus subordinados, que se acercó para palparme. Ejecutó un trabajo semiexperto y no encontró nada más y negó con la cabeza.
El tipo más importante dijo:
—Gracias, señor Reacher.
Y después se fueron, los tres, tan deprisa como habían entrado. Yo estaba un poco sorprendido, pero lo suficientemente contento. Volví a poner mis cosas en los bolsillos y esperé a que ya no estuvieran en el pasillo y después salí. El sitio estaba tranquilo. Vi a Theresa Lee sin hacer nada en un escritorio y a su compañero Docherty guiando a un individuo a través del sector de la brigada hasta un cubículo al fondo. El individuo era de cuarenta y algo y de estatura media y estaba agotado. Tenía puesta una camiseta gris arrugada y un pantalón deportivo rojo. Había salido de su casa sin peinarse. Eso estaba claro. El pelo era canoso y se le desparramaba para todos lados. Theresa Lee me vio mirando y dijo:
—Miembro de la familia.
—¿De la mujer?
Lee asintió:
—Tenía información de contacto en la cartera. Es el hermano. Es policía. De un pueblo en Nueva Jersey. Se subió al coche y vino directo.
—Pobre hombre.
—Lo sé. No le pedimos que hiciera la identificación formal. Está demasiado destrozada. Le dijimos que era conveniente un ataúd cerrado. Lo entendió.
—¿Así que están seguros de que es ella?
Lee asintió de nuevo:
—Huellas digitales.
—¿Quién era?
—No estoy autorizada a decirlo.
—¿Ya no tengo nada más que hacer aquí?
—¿Los federales terminaron con usted?
—Aparentemente.
—Entonces váyase. Ya terminó.
Llegué a lo alto de la escalera y ella me llamó. Dijo:
—No dije en serio lo de que la llevó al límite.
—Sí lo dijo en serio —dije—. Y puede que haya tenido razón.
Salí al fresco del amanecer y doblé a la izquierda en la calle 35 y fui hacia el este. Ya terminó. Pero no había terminado. Justo en la esquina había otros cuatro tipos esperando para hablar conmigo. Con un aspecto similar a los de antes, pero no de agentes federales. Sus trajes eran demasiado caros.
DIEZ
El mundo es la misma jungla en todas partes, pero Nueva York es su destilado más puro. Lo que es útil en cualquier otro lado es vital en la gran ciudad. Ves a cuatro tipos agrupados en una esquina esperándote, o bien corres como el demonio en dirección opuesta sin titubeos o bien sigues andando sin reducir ni acelerar la velocidad ni detener el paso. Miras al frente con una neutralidad estudiada, inspeccionas sus caras, miras para otro lado, como si estuvieras diciendo ¿eso es todo lo que tenéis?
Lo cierto es que es más inteligente correr. La mejor pelea es la pelea a la que no das lugar. Pero nunca he dicho que fuera inteligente. Solo obstinado, y en ocasiones de mal carácter. Algunos matan gatos a patadas. Yo sigo andando.
Los trajes eran todos azul nocturno y parecían provenir del tipo de tienda que tiene encima de la entrada el nombre de una persona extranjera. Los hombres dentro de los trajes parecían competentes. Como suboficiales. Muy al tanto de cómo son las cosas, orgullosos de su habilidad para cumplir con su trabajo. Eran ciertamente exmilitares, o ex fuerzas de seguridad, o ex ambas cosas. Eran la clase de personas que habían dado un paso hacia arriba en lo que respecta al salario y un paso al lado en lo que respecta a las reglas y las regulaciones, y consideraban ambos movimientos igual de valiosos.
Se separaron en dos parejas cuando yo estaba todavía a cuatro pasos de distancia. Dejaron espacio para que pasara si quería, pero el tipo de delante a la izquierda levantó un poco ambas palmas y acarició el aire, en una especie de gesto doble propósito por favor pare y no somos una amenaza. El paso siguiente lo usé para decidir. No puedes permitirte quedarte atrapado en medio de cuatro tipos. O te detienes antes o te abres paso a través. En ese momento mis opciones estaban todavía abiertas. Fácil detenerse, fácil seguir adelante. Si cerraban filas mientras yo estaba todavía en movimiento iban a caer como bolos. Peso ciento quince y me estaba moviendo a seis kilómetros por hora. Ellos ni tenían ese peso ni se movían.
A dos pasos, el que estaba al mando dijo:
—¿Podemos hablar?
Me detuve. Dije:
—¿De qué?
—Usted es el testigo, ¿no es así?
—¿Pero quién eres tú?
El tipo contestó llevando hacia atrás la solapa de la chaqueta del traje, de manera lenta y no amenazante, no mostrando nada más que un forro de raso rojo y una camisa. Ningún arma, ninguna funda, ningún cinturón. Puso los dedos de su mano derecha en el bolsillo interno izquierdo y los sacó con su tarjeta de presentación. Se inclinó hacia delante y me la alcanzó. Era un producto barato. La primera línea decía: Cierto y Seguro, Inc. La segunda línea decía: Protección, Investigación, Intervención. La tercera línea tenía un número de teléfono, con un código de área 212. Manhattan.
—Kinko’s es un lugar maravilloso —dije—. ¿No? Quizás me haga unas tarjetas en las que ponga John Smith, Rey del Mundo.
—La tarjeta es fiable —dijo el tipo—. Y nosotros somos legales.
—¿Para quién trabajan?
—No se lo podemos decir.
—Entonces no les puedo ayudar.
—Mejor que hable con nosotros antes que con nuestro jefe. Podemos mantener las cosas civilizadas.
—Ahora de verdad tengo miedo.
—Solo un par de preguntas. Eso es todo. Ayúdenos. Somos simples trabajadores, intentando que nos paguen. Como usted.
—Yo no soy un trabajador, soy un caballero del ocio.
—Entonces mírenos desde las alturas de su elevada posición y ténganos piedad.
—¿Qué preguntas?
—¿Ella le dio algo a usted?
—¿Quién?
—Usted sabe quién. ¿Recibió usted algo de ella?
—¿Y? ¿Cuál es la siguiente pregunta?
—¿Ella dijo algo?
—Dijo de todo. Estuvo hablando todo el viaje de Bleecker a Grand Central.
—¿Diciendo qué?
—No escuché mucho de lo que decía.
—¿Información?
—No escuché.
—¿Mencionó nombres?
—Puede que sí.
—¿Dijo el nombre Lila Hoth?
—No que yo escuchara.
—¿Dijo John Sansom?
No respondí. El tipo preguntó:
—¿Qué?
—Escuché ese nombre en algún lugar —dije.
—¿De ella?
—No.
—¿Ella le dio algo?
—¿Un algo de qué tipo?
—Cualquier cosa.
—Dígame qué importa.
—Nuestro jefe quiere saberlo.
—Dígale que venga a preguntarme en persona.
—Mejor hablar con nosotros.
Sonreí y seguí andando, por el callejón que habían formado. Pero uno de los tipos de la derecha dio un paso al lado e intentó hacerme retroceder. Le di con el hombro en el pecho y lo saqué girando de mi camino. Me vino a buscar de nuevo y me detuve y seguí y amagué a la izquierda y a la derecha y me puse detrás de él y le empujé fuerte por la espalda para que se tropezara delante de mí. Su americana tenía una sola abertura central. Sastrería francesa. Los trajes británicos tienden a las aberturas laterales y los trajes italianos tienden a la ausencia de aberturas. Me incliné y agarré un faldón con cada mano y tiré y rompí las costuras de abajo arriba a lo largo de la espalda. Después le volví a empujar. Se tropezó hacia delante y giró bruscamente hacia la derecha. La americana le colgaba del cuello. Desabotonada por delante, abierta por atrás, como una bata de hospital.
Después corrí tres pasos y me detuve y me di la vuelta. Habría tenido mucho más estilo simplemente seguir andando despacio, pero habría sido también mucho más tonto. La despreocupación es buena, pero estar preparado es mejor. Los cuatro quedaron atrapados en un momento de verdadera indecisión. Querían venir a buscarme. Eso estaba claro. Pero estaban en la calle 35 Oeste al amanecer. A esa hora prácticamente todo el tráfico serían policías. Así que al final simplemente me miraron mal y se fueron. Cruzaron la 35 en fila india y se dirigieron hacia el sur en la esquina.
Ya terminó.
Pero no había terminado. Me di la vuelta para irme y un individuo salió de la comisaría del distrito y corrió hacia mí. Camiseta gris arrugada, pantalón deportivo rojo, pelo canoso desparramado para todos lados. El miembro de la familia. El hermano. El policía de un pueblo pequeño de Jersey. Llegó hasta donde estaba y me agarró fuerte del codo y dijo que me había visto dentro y que había imaginado que yo era el testigo. Después me dijo que su hermana no se había suicidado.
ONCE
Llevé al individuo a una cafetería en la Octava Avenida. Hace mucho tiempo me mandaron a un seminario de la Policía Militar de un día en Fort Rucker, para aprender sensibilidad en torno a las personas en duelo. A veces los policías militares tienen que llevar malas noticias a los parientes. Los llamamos mensajes de la muerte. Se admitía ampliamente que mis capacidades eran deficientes. Yo solía entrar y simplemente decirles. Pensaba que eso era lo natural de un mensaje. Pero aparentemente estaba equivocado. Así que me mandaron a Rucker. Aprendí cosas importantes ahí. Aprendí a tomarme las emociones en serio. Por sobre todas las cosas aprendí que los cafés y los restaurantes y las cafeterías eran buenos ambientes para las malas noticias. La atmósfera pública limita las probabilidades de que alguien se desmorone, y el proceso de pedir y esperar y beber puntúa el flujo de información de un modo que lo vuelve más fácil de asimilar.
Nos ubicamos en una mesa con butacas al lado de un espejo. Eso también ayuda. Uno se puede mirar con el otro en el reflejo. Cara a cara, pero no realmente. El sitio estaba casi medio lleno. Policías de la estación del distrito, taxistas camino a los garajes del West Side. Pedimos café. Yo quería comida también, pero no iba a comer si él no comía. No es respetuoso. Dijo que no tenía hambre. Me quedé sentado en silencio y esperé. Déjalos que hablen primero, habían dicho los psicólogos de Rucker.
Me dijo que se llamaba Jacob Mark. Originalmente Markakis en los tiempos de su abuelo, en aquella época en que un apellido griego no era bueno para nadie, salvo si estabas en el negocio de los ultramarinos, caso que no era el de su abuelo. Su abuelo estaba en el negocio de la construcción. De ahí el cambio. Dijo que le podía decir Jake. Yo le dije que me podía decir Reacher. Me dijo que era policía. Le dije que yo también lo había sido en algún momento, militar. Me dijo que no estaba casado y que vivía solo. Le dije que yo igual. Establece intereses comunes, habían dicho los profesores en Rucker. De cerca y mirando más allá de su desaliño físico era un hombre normal que estaba bien. Tenía el lustre cansado de cualquier policía, pero por debajo de eso había un hombre suburbano normal. Con un asesor vocacional distinto podría haber sido profesor de ciencias o dentista o gerente de un negocio de repuestos para coches. Tenía entre cuarenta y cincuenta años, estaba ya muy canoso, pero su rostro era juvenil y sin arrugas. Sus ojos estaban oscuros y grandes y fijos, pero era temporal. Unas horas antes, cuando se había ido a acostar, debió haber sido un hombre apuesto. Me agradó al verlo, y su situación me daba pena.
Tomó aire y me dijo que su hermana se llamaba Susan Mark. En algún momento Susan Molina, pero divorciada hacía muchos años y desde entonces Mark de nuevo. Ahora viviendo sola. Hablaba de ella en presente. Estaba muy lejos de la aceptación.
Dijo:
—No se puede haber matado. Es que no es posible.
—Jake, yo estuve ahí —dije.
La camarera nos trajo el café y por un momento lo bebimos en silencio. Pasando el tiempo, dejando que la realidad surtiera efecto un poco más. Los psicólogos de Rucker habían sido explícitos: las personas que acaban de perder a un ser querido de manera repentina tienen el coeficiente intelectual de un perro labrador. Poco delicados, porque eran del Ejército, pero precisos, porque eran psicólogos.
—Cuéntame entonces qué fue lo que pasó —dijo Jake.
—¿De dónde eres? —le pregunté.
Mencionó un pueblo pequeño en el norte de Nueva Jersey, dentro del área metropolitana de Nueva York, lleno de personas que hacen el viaje de ida y vuelta a diario y de dedicadas madres de clase media, gente próspera, segura, contenta. Dijo que el departamento de policía tenía un buen presupuesto, estaba bien equipado y era por lo general tranquilo. Le pregunté si su departamento tenía una copia de la lista israelí. Dijo que después de lo de las Torres Gemelas a todos los departamentos de policía del país los habían atiborrado de documentos, y que a todos los oficiales les habían obligado a aprenderse todos los puntos de todas las listas.
—Tu hermana se estaba comportando de manera extraña, Jake —dije—. Coincidía punto por punto. Parecía una terrorista suicida.
—Mentira —dijo, tal como debería un buen hermano.
—Obviamente no lo era —dije—. Pero habrías pensado lo mismo. Tendrías que haberlo hecho, con tu entrenamiento.
—Entonces la lista tiene más que ver con el suicidio que con las bombas.
—Aparentemente.
—Ella no era una persona triste.
—Debe haberlo sido.
No respondió. Bebimos un poco más. La gente iba y venía. Pagaban la cuenta, dejaban propina. En la Octava empezó a armarse el tráfico.
—Cuéntame de ella —dije.
—¿Qué arma usó? —preguntó.
—Un viejo Ruger Speed-Six.
—El revólver de nuestro padre. Ella lo heredó.
—¿Dónde vivía? ¿Aquí, en la ciudad?
Negó con la cabeza:
—Annandale, Virginia.
—¿Sabías que ella estaba por aquí?
Volvió a negar con la cabeza.
—¿Por qué vendría?
—No sé.
—¿Por qué llevaría puesto un abrigo de invierno?
—No sé.
—Unos agentes federales vinieron y me hicieron preguntas —dije—. Después me encontraron unos tipos que trabajan por su cuenta, justo antes que tú. Todos hablaron de una mujer que se llama Lila Hoth. ¿Escuchaste alguna vez a tu hermana mencionar ese nombre?
—No.
—¿Y John Sansom?
—Es un congresista de Carolina del Norte. Quiere ser senador. Un hueso duro de roer.
Asentí. Me acordé, vagamente. La temporada electoral se estaba poniendo en marcha. Había visto noticias en los periódicos y en la televisión. Sansom había entrado tarde en la política y era una estrella en ascenso. Era considerado alguien duro e intransigente. Y ambicioso. Le había ido bien con los negocios por un rato y antes de eso le había ido bien en el Ejército. Hacía pensar en una carrera glamurosa en las Fuerzas Especiales, sin proporcionar detalles suplementarios. Las carreras en las Fuerzas Especiales son buenas para ese tipo de cosas. La mayor parte de lo que hacen es secreto, o se puede decir que lo es.
—¿Mencionó tu hermana alguna vez a Sansom? —pregunté.
—No creo —dijo.
—¿Lo conocía?
—No veo cómo.
—¿De qué trabajaba? —pregunté.
No me lo dijo.
DOCE
No necesitaba decírmelo. Yo ya sabía lo suficiente como para hacer una estimación aproximada. Sus huellas digitales estaban en los expedientes y tres exoficiales de carrera rosados relucientes se habían apresurado a venir por la autopista pero se habían vuelto a ir en pocos minutos. Lo cual ponía a Susan Mark en algún lugar en el negocio de defensa, pero no en una posición elevada. Y vivía en Annandale, Virginia. Al sudoeste de Arlington, según recordaba. Un lugar que probablemente había cambiado desde la última vez que estuve. Pero probablemente todavía decente para vivir, y todavía a una distancia fácil de recorrer hasta el edificio de oficinas más grande del mundo. Ruta 244, de una punta a la otra.
—Trabajaba en el Pentágono —dije.
—Se suponía que ella no tenía que hablar de su trabajo —dijo Jake.
Negué con la cabeza:
—Si hubiera sido de verdad un secreto, te habría dicho que trabajaba en Walmart.
No respondió. Dije:
—En algún momento tuve una oficina en el Pentágono. Estoy familiarizado con el lugar. Ponme a prueba.
Hizo una pausa y luego se encogió de hombros y dijo:
—Era una empleada civil. Pero ella hacía que sonara interesante. Trabajaba para un equipo que se llamaba CGUSAHRC. Nunca me dijo demasiado al respecto. Hacía que sonara como algo confidencial. La gente no puede hablar mucho ahora, después de lo de las Torres Gemelas.
—No es un equipo —dije—. Es una persona. CGUSAHRC significa Comandante General, Ejército de los Estados Unidos, Comando de Recursos Humanos. Y no es muy interesante. Es un departamento de personal. Papeleo y documentación.
Jake no respondió. Pensé que le había ofendido, por minimizar la carrera de su hermana. Quizás el seminario en Rucker no me había enseñado lo suficiente. Quizás debería haber prestado más atención. El silencio se extendió un poco de más y se puso incómodo. Pregunté:
—¿Te contó aunque sea alguna cosa de todo esto?
—No realmente. Quizás no había mucho para contar. —Lo dijo con un dejo de amargura, como si su hermana hubiera sido descubierta en una mentira.
—Las personas adornan las cosas, Jake —dije—. Es la naturaleza humana. Y por lo general eso no hace ningún daño. Quizás solo quería competir, por lo de que tú eres policía.
—No teníamos una relación cercana.
—Igualmente erais familia.
—Supongo.
—¿Disfrutaba su trabajo?
—Parecía que sí. Y debe haber sido el indicado para ella. Tenía las habilidades adecuadas, para un departamento de documentación. Buena memoria, meticulosa, muy organizada. Era buena con los ordenadores.
Volvió el silencio. Yo empecé a pensar de nuevo en Annandale. Una comunidad agradable pero sin nada especial. Bajo las circunstancias presentes tenía solo una característica significativa.
Estaba muy lejos de la ciudad de Nueva York.
No era una persona triste.
—¿Qué? —dijo Jake.
—Nada —dije—. No es mi problema.
—¿Pero qué?
—Solo estoy pensando.
—¿En qué?
Hay más de lo que parece.
—¿Hace cuánto que eres policía? —pregunté.
—Dieciocho años.
—¿Siempre en el mismo sitio?
—Me formé con la policía estatal. Después pasé a otro lado. Como pasa en los equipos de cantera.
—¿Has visto muchos suicidios en Jersey?
—Uno o dos por año, quizás.
—¿Alguien vio alguno de esos venir?
—No realmente. Por lo general son una gran sorpresa.
—Como este.
—Así es.
—Pero detrás de cada uno tiene que haber un motivo.
—Siempre. Financiero, sexual, algo que está a punto de volverse un escándalo.
—Por lo cual tu hermana tiene que haber tenido un motivo.
—No sé cuál.
Me quedé callado otra vez. Jake dijo:
—Habla. Cuéntame.
—No me corresponde.
—Fuiste policía —dijo—. Estás viendo algo.
Asentí. Dije:
—Mi suposición es que de los suicidios que viste, quizás siete de cada diez fueron en casas, y tres de cada diez, iban conduciendo hasta alguna calle de la localidad y conectaban una manguera al tubo de escape y la metían por la ventanilla.
—Más o menos.
—Pero siempre en algún lugar conocido. Algún lugar apartado y tranquilo. Siempre en alguna especie de destino. Llegas ahí, te tranquilizas, lo haces.
—¿Qué estás queriendo decir?
—Estoy queriendo decir que nunca escuché de un suicidio en el que una persona viaje a cientos de kilómetros de su casa y lo haga cuando el viaje está todavía en curso.
—Te lo dije.
—Me dijiste que ella no se mató. Pero sí lo hizo. Yo la vi hacerlo. Pero estoy queriendo decir que lo hizo de una manera muy poco convencional. De hecho no creo haber escuchado nunca antes de un suicidio dentro de un vagón de metro. Debajo del metro, quizás, pero no en su interior. ¿Escuchaste alguna vez de un suicidio en el interior de un transporte público, durante el viaje?
—¿Entonces?
—Entonces nada. Solo estoy preguntando, eso es todo.
—¿Por qué?
—Porque sí. Piensa como un policía, Jake. No como un hermano. ¿Qué haces cuando algo está muy fuera de su lugar?
—Vas más a fondo.
—Pues hazlo.
—No va a hacer que resucite.
—Pero entender algo ayuda mucho. —Que era también un concepto que enseñaban en Fort Rucker. Pero no en la clase de psicología.
Hice que me volvieran a servir café y Jacob Mark cogió un sobre de azúcar y lo hizo girar una y otra vez en sus manos de manera tal que el polvo cayera de un extremo al otro del rectángulo de papel, repetidamente, como un reloj de arena. Podía ver su cabeza trabajando como un policía y su corazón trabajando como un hermano. Estaba todo ahí en su rostro. Más a fondo. No va a hacer que resucite.
—¿Qué más? —preguntó.
—Había un pasajero que se fue antes de que la policía hablara con él.
—¿Quién?
—Un tipo. Los agentes se figuraron que seguro no quería que su nombre quedara en el sistema. Se figuraron que quizás estaba engañando a su esposa.
—Es posible.
—Sí —dije—. Es posible.
—¿Y?
—Tanto los federales como los que trabajaban por su cuenta me preguntaron si tu hermana me había dado algo.
—¿Un algo de qué tipo?
—No especificaron. Imagino que algo pequeño.
—¿Quiénes eran los federales?
—No lo dijeron.
—¿Quiénes eran los que trabajaban por su cuenta?
Me separé un poco del asiento y saqué del bolsillo trasero la tarjeta de presentación. Cartulina barata, ya arrugada, y ya un poco azul por mis pantalones. Pantalones nuevos, tinte fresco. La apoyé y le di la vuelta y la deslicé sobre la mesa. Jake la leyó despacio, quizás dos veces. Cierto y Seguro, Inc. Protección, Investigación, Intervención. El número de teléfono. Sacó un móvil y marcó. Escuché un retraso y un animado ding-dong de tres notas y un mensaje grabado. Jake cerró el teléfono y dijo:
—Fuera de servicio. Número falso.
TRECE
Hice que me volvieran a servir café una vez más. Jake miraba a la camarera como si nunca hubiera oído una cosa tal. Finalmente ella perdió el interés y se fue. Jake deslizó la tarjeta de presentación hacia mí. La cogí y me la guardé en el bolsillo y dijo:
—No me gusta esto.
—A mí tampoco me gustaría —dije.
—Deberíamos volver y hablar con la policía.
—Se suicidó, Jake. Esa es la conclusión. Eso es todo lo que necesitan saber. No les importa cómo o dónde o por qué.
—Debería.
—Tal vez. Pero no les importa. ¿A ti te importaría?
—Probablemente no —dijo. Vi cómo sus ojos se quedaban sin expresión. Quizás estaba repasando mentalmente casos viejos. Casas adosadas, calles arboladas, abogados viviendo la gran vida a costa del dinero del fideicomiso de sus clientes, incapaces de resarcirse, escabulléndose por anticipado de la vergüenza y el escándalo y la inhabilitación. O maestros, con alumnas embarazadas. U hombres de familia, con novios en Chelsea o en el West Village. Policías locales, llenos de tacto y de una áspera simpatía, grandes e intrusivos en las viviendas pulcras y tranquilas, revisando la escena, estableciendo hechos, escribiendo informes, cerrando expedientes, olvidando, pasando a lo que viniera después, sin que les importe cómo y dónde y por qué.
—¿Tienes una teoría? —dijo.
—Es demasiado pronto para una teoría —dije—. Por el momento lo único que tenemos son hechos.
—¿Qué hechos?
—El Pentágono no confiaba del todo en tu hermana.
—Es fuerte decir eso.
—La estaban vigilando, Jake. Tiene que haber sido así. Apenas se mencionó su nombre en las comunicaciones, esos federales ensillaron sus caballos. Tres. Eso era un procedimiento.
—No se quedaron mucho.
Asentí:
—Lo cual significa que no desconfiaban tanto. Estaban siendo precavidos, eso es todo. Quizás tenían alguna cosilla en la mente, pero no se la creían demasiado. Vinieron hasta aquí para descartarla.
—¿Qué tipo de cosa?
—Información —dije—. Eso es todo lo que tiene el Comando de Recursos Humanos.
—¿Creyeron que estaba pasando información?
—Querían descartar la posibilidad.
—Lo cual significa que en algún momento esa posibilidad existió.
Asentí de nuevo:
—Quizás la vieron en la oficina equivocada, abriendo el cajón de expedientes equivocado. Quizás supusieron que había una explicación inocente, pero querían estar seguros. O quizás se perdió algo y no sabían a quién vigilar, así que los estaban vigilando a todos.
—¿Qué tipo de información?
—No tengo ni idea.
—¿La copia de un expediente o algo así?
—Más pequeño —dije—. Un papel doblado, una memoria de ordenador. Algo que pudiera pasar de una mano a otra en un vagón de metro.
—Ella era una patriota. Amaba su país. No haría eso.
—Y no lo hizo. No le dio nada a nadie.
—Entonces no tenemos nada.
—Tenemos a tu hermana a cientos de kilómetros de su casa con un arma cargada.
—Y asustada —dijo Jake.
—Usando un abrigo de invierno con treinta grados de calor.
—Con dos nombres dando vueltas —dijo—. John Sansom y Lila Hoth, sean quienes sean. Y Hoth suena extranjero.
—Igual que Markakis, érase una vez.
Se volvió a quedar callado y yo bebí un trago de café. En la Octava el tráfico se estaba volviendo más lento. Estaba llegando la hora pico de la mañana. Había salido el sol, un poco al sur del este. Sus rayos no estaban alineados con la cuadrícula de las calles. Llegaban con un ángulo bajo y proyectaban sombras diagonales y largas.
Jake dijo:
—Dime alguna pista para poder empezar.
—No sabemos lo suficiente —dije yo.
—Conjetura.
—No puedo. Podría inventar una historia, pero estaría llena de huecos. Y para empezar podría ser una historia del todo equivocada.
—Inténtalo. Dame algo. A modo lluvia de ideas.
Me encogí de hombros:
—¿Has conocido alguna vez a ex Fuerzas Especiales?
—Dos o tres. Quizás cuatro o cinco, contando los policías estatales que conocí.
—Probablemente no conociste a ninguno. La mayoría de las carreras en Fuerzas Especiales no existieron nunca. Es como la gente que dice que estuvo en Woodstock. Si les crees a todos, la multitud debe haber alcanzado los diez millones de personas. O como los neoyorquinos que vieron los aviones cuando impactaban en las torres. Todos los vieron, si les haces caso. En ese momento nadie estaba mirando para otro lado. Los que dicen que fueron Fuerzas Especiales por lo general están mintiendo. La mayoría no pasaron de la infantería. Algunos ni siquiera estuvieron nunca en el Ejército. La gente adorna las cosas.
—Como mi hermana.
—Es la naturaleza humana.
—¿Cuál es tu punto?
—Estoy elaborando con lo que tenemos. Tenemos dos nombres aleatorios, una época de elecciones que empieza y a tu hermana en el Comando de Recursos Humanos.
—¿Crees que John Sansom miente acerca de su pasado?
—Probablemente no —dije—. Pero es un área común de exageraciones. Y la política es un negocio sucio. Puedes apostar a que ahora mismo alguien está investigando al individuo que le hizo el servicio de tintorería hace veinte años, queriendo saber si tenía la green card. Así que viene dado asumir que la gente está verificando punto por punto su verdadera biografía. Es un deporte nacional.
—Así que Lila Hoth quizás sea una periodista. O una investigadora. Noticias por cable, o algo. O de la radio.
—Quizás es la rival de Sansom.
—No con ese nombre. No en Carolina del Norte.
—Vale, digamos que es una periodista o una investigadora. Quizás puso contra la pared a un empleado del Comando de Recursos Humanos por el historial de servicio de Sansom. Quizás eligió a tu hermana.
—¿Con qué la podía presionar?
—Ese es el primer gran hueco de la historia —dije. Lo cual era cierto. Susan Mark estaba desesperada y aterrorizada. Era difícil imaginar a una periodista encontrando algo que le permitiera ejercer una presión de ese tipo. Los periodistas pueden ser manipuladores y persuasivos, pero nadie les tiene particularmente miedo.
—¿Susan se interesaba por la política? —pregunté.
—¿Por qué?
—Quizás no le gustaba Sansom. No le gustaba lo que representaba. Quizás estaba cooperando. O actuando como voluntaria.
—¿Entonces por qué iba a estar tan asustada?
—Porque estaba infringiendo la ley —dije—. Debe de haber tenido el corazón saliéndosele por la boca.
—¿Y por qué tenía el revólver?
—¿Normalmente no lo llevaba?
—Nunca. Era una reliquia familiar. Lo guardaba en el cajón de los calcetines, como se suele hacer.
Me encogí de hombros. El arma era el segundo gran hueco en la historia. La gente saca las armas de los cajones de calcetines por distintos motivos. Protección, agresión. Pero nunca por si en una de esas llegan a sentir de repente el impulso de matarse lejos de casa.
—Susan no se interesaba por la política —dijo Jake.
—Vale.
—Por lo cual no puede haber una conexión con Sansom.
—¿Entonces por qué surgió el nombre de él?
—No sé.
—Susan debe de haber venido conduciendo —dije—. No se puede subir un arma a un avión. Probablemente la grúa se esté llevando su coche en este momento. Debe de haber venido por el Túnel Holland y debe de haber aparcado por Downtown.
Jake no respondió. Mi café estaba frío. La camarera ya no iba a volver a llenar la taza. Éramos una mesa no rentable. El resto de la clientela ya había cambiado dos veces. Trabajadores, moviéndose deprisa, metiéndose comida, preparándose para un día ajetreado. Me imaginé a Susan Mark doce horas más temprano, preparándose para una noche ajetreada. Vistiéndose. Cogiendo el revólver del padre, cargándolo, metiéndolo en la mochila negra. Subiéndose al coche, tomando la 236 hasta la Circunvalación, yendo en el sentido de las agujas del reloj, quizás echando gasolina, alcanzando los 150, dirigiéndose hacia el norte, los ojos grandes y desesperados, perforando al frente la oscuridad.
Conjetura, había dicho Jake. Pero de repente yo no quería. Porque podía escuchar en mi cabeza a Theresa Lee. La detective. Usted la llevó al límite. Jake me vio pensando y preguntó:
—¿Qué?
—Asumamos que tenían algo con qué presionarla —dije—. Asumamos que era totalmente convincente. Así que asumamos que Susan iba camino de entregar la información que le hubieran dicho que consiguiera. Y asumamos que esta era gente mala. Ella no confiaba en que la fueran a dejar tranquila con lo que fuera que la estaban presionando. Probablemente ella pensaba que iban a subir la apuesta y pedir más. Estaba dentro, y no veía ninguna manera de salir. Y por encima de todo, les tenía mucho miedo. Así que estaba desesperada. Así que cogió el arma. Posiblemente pensó que podía pelear para salir del lugar, pero no era optimista en cuanto a sus posibilidades. En conjunto, no pensaba que las cosas fueran a terminar bien.
—¿Entonces?
—Tenía que encargarse de esos negocios. Casi había llegado. Nunca tuvo la intención de dispararse.
—¿Pero qué hay de la lista? ¿Los comportamientos?
—La misma diferencia —dije—. Iba camino a algún lugar en el que esperaba que algún otro acabara con su vida, quizás de alguna otra manera, literal o figuradamente.
CATORCE
Jacob Mark dijo: “Eso no explica el abrigo”. Pero yo pensaba que estaba equivocado. Yo pensaba que explicaba el abrigo bastante bien. Y explicaba el hecho de que hubiera aparcado en el centro y hubiera viajado hacia el norte de la ciudad en metro. Me figuré que estaba buscando llegar a la persona con la que se tuviera que encontrar desde un ángulo inesperado, saliendo de un agujero en el suelo, armada, vestida toda de negro, lista para algún enfrentamiento en la oscuridad. Quizás la parka de invierno era el único abrigo negro que tenía.
Y explicaba también todo lo demás. El terror, la sensación de fatalidad. Quizás el balbuceo había sido su manera de ensayar súplicas, o justificaciones, o argumentos, o quizás incluso amenazas. Quizás repetirlas una y otra vez las volvía para ella más convincentes. Más plausibles. Más tranquilizadoras.
Jake dijo:
—No puede haber estado de camino a entregar algo, porque no llevaba nada encima.
—Puede haber tenido algo —dije—. En la cabeza. Me dijiste que tenía muy buena memoria. Unidades, fechas, recorridos, lo que necesitaran.
Hizo una pausa, e intentó encontrar una razón para estar en desacuerdo.
No lo logró.
—Información clasificada —dijo—. Secretos del Ejército. Dios, no me lo puedo creer.
—Estaba bajo presión, Jake.
—¿Pero qué clase de secretos tiene una oficina de personal, que valgan como para que te maten?
No respondí. Porque no tenía ni idea. En mi época el Comando de Recursos Humanos se llamaba PERSCOM. Comando de Personal, no Comando de Recursos Humanos. Había estado en servicio durante trece años sin haberle dedicado ni un pensamiento. En ningún momento. Papeleo y documentación. Toda la información interesante había estado en otro lado.
Jake se movió en su asiento. Se pasó los dedos por el pelo sin lavar y sujetó las manos sobre las orejas y movió la cabeza hasta completar todo un óvalo, como si estuviera aliviando un poco la rigidez del cuello, o interpretando algún tipo de agitación interna que le estaba haciendo girar en círculos, de vuelta a la cuestión más básica.
—¿Entonces por qué? —dijo—. ¿Por qué de golpe se disparó antes de llegar adonde estaba yendo?
Hice una pausa. Los típicos ruidos de cafetería nos envolvían. El chirrido de las zapatillas sobre el linóleo, el tintineo y los rasguños de la vajilla, el sonido de las noticias de la televisión de equipos colgados en lo alto de las paredes, el tilín de la campanita de los pedidos.
—Estaba infringiendo la ley —dije—. Estaba violando todo tipo de acuerdos y obligaciones profesionales. Y debe de haber sospechado algún tipo de vigilancia. Quizás incluso le habían avisado. Así que estaba tensa, desde el mismo momento en que se subió al coche. Durante todo el viaje había estado mirando si aparecían luces rojas en el espejo. Cada policía en cada peaje era una amenaza potencial. Cada sujeto vestido de traje que veía podría haber sido un agente federal. Y en el metro, cualquiera de nosotros podría haber estado preparándose para detenerla.
Jake no respondió.
—Y después yo me aproximé a ella —dije.
—¿Y?
—Se trastornó. Pensó que yo estaba por arrestarla. Ahí mismo, el juego había terminado. Estaba al final del camino. Hiciera lo que hiciera, saldría mal parada. No podía avanzar, no podía retroceder. Estaba atrapada. Fuera lo que fuera aquello con lo que la estaban amenazando, iba a suceder, y ella iba a ir a la cárcel.
—¿Por qué pensaría que la ibas a arrestar?
—Debe de haber pensado que yo era policía.
—¿Por qué iba a pensar que eras policía?
Soy policía, había dicho yo. La puedo ayudar. Podemos hablar.
—Estaba paranoica —dije—. Entendiblemente.
—No pareces un policía. Pareces un mendigo. Es más probable que hubiera pensado que estabas tratando de que te diera unas monedas.
—Quizás pensó que yo era de la secreta.
—Era una empleada de documentación, de acuerdo con lo que tú dices. No podría haber sabido qué aspecto tienen los policías de la secreta.
—Jake, lo siento, pero yo le dije que era policía.
—¿Por qué?
—Pensé que era una terrorista suicida con una bomba. Simplemente estaba intentando que no apretara el botón en los siguientes tres segundos. Hubiera dicho lo que fuera.
—¿Qué fue lo que dijiste exactamente? —preguntó. Así que se lo conté, y él dijo—: Dios, eso incluso suena a alguna estupidez de asuntos internos.
Yo creo que usted la llevó al límite.
—Lo siento —volví a decir.
En los minutos que vinieron después recibí por todos lados. Jacob Mark me miraba enfurecido porque yo había matado a su hermana. La camarera estaba enfadada porque podría haber vendido más o menos ocho desayunos en el tiempo que nos habíamos pasado dando vueltas alrededor de dos tazas de café. Saqué un billete de veinte dólares y lo aseguré con el platillo de mi taza. Me vio hacerlo. Las propinas de ocho desayunos, ahí mismo. Eso solucionó el problema de la camarera. El problema de Jacob Mark era más difícil. Estaba irritado y quieto y callado. Le vi mirar para otro lado, dos veces. Preparándose para irse. Finalmente dijo:
—Me tengo que ir. Tengo cosas que hacer. Tengo que encontrar una manera de contárselo a su familia.
—¿Familia? —dije.
—Molina, el exmarido. Y tienen un hijo, Peter. Mi sobrino.
—¿Susan tenía un hijo?
—¿Y eso a ti qué te importa?
El coeficiente intelectual de un perro labrador.
—Jake —dije—, hemos estado aquí sentados hablando de con qué pudieron presionarla, ¿y no se te ocurrió mencionar que Susan tenía un hijo?
Por un segundo no tuvo ninguna expresión. Dijo:
—No es un niño. Tiene veintidós años. Está cursando el último año en la USC. Juega al fútbol americano. Es más voluminoso que tú. Y no tiene una relación cercana con su madre. Vivió con su padre desde el divorcio.
—Llámalo —dije.
—Son las cuatro de la mañana en California.
—Llámalo ya.
—Voy a despertarlo.
—Espero que así sea.
—Tiene que estar preparado para esto.
—Primero tiene que atender el teléfono.
Así que Jake volvió a sacar su móvil y recorrió los contactos y apretó el botón verde en un nombre bastante abajo en la lista. Orden alfabético, supuse. P de Peter. Jake sostuvo el teléfono contra su oreja y expresó un tipo de preocupación durante los primeros cinco tonos de llamada y otro tipo de preocupación después del sexto. Mantuvo el teléfono levantado un poco más y después lo bajó despacio y dijo:
—Contestador.
QUINCE
Dije:
—Vete a trabajar. Llama al Departamento de Policía de Los Ángeles o a la policía del campus de la USC y pide algunos favores, de policía a policía. Consigue a alguien que vaya hasta allí y compruebe si está en su casa.
—Se van a reír en mi cara. Es un deportista universitario que no contesta el teléfono a las cuatro de la mañana.
—Hazlo y ya —dije.
—Ven conmigo —dijo Jake.
Negué con la cabeza:
—Yo me quedo aquí. Quiero volver a hablar con esos que trabajan por cuenta ajena.
—Nunca los encontrarás.
—Ellos me encontrarán a mí. Nunca contesté su pregunta, sobre si Susan me dio algo. Creo que la van a querer volver a preguntar.
Acordamos encontrarnos en cinco horas, en la misma cafetería. Miré cómo volvía hasta su coche y después caminé al sur por la Octava, despacio, como si no tuviera ningún lugar especial a donde ir, lo cual así era. Estaba cansado por no haber dormido mucho pero encendido por todo el café, así que en total supuse que era un empate en términos de lucidez y energía. Y supuse que los tipos que trabajaban por su cuenta estarían en el mismo barco. Todos habíamos estado despiertos toda la noche. Lo cual me dejó pensando en la hora. De la misma manera que las dos de la mañana era la hora equivocada para un atentado suicida, también era una hora rara para que Susan Mark estuviera yendo a encontrarse con alguien y entregarle información. Así que me detuve un rato en los expendedores de periódicos en la puerta de un deli y hojeé los tabloides. Encontré bien al fondo del Daily News lo que estaba esperando a medias. La noche anterior el peaje de Nueva Jersey dirección norte había estado cerrado durante cuatro horas. Un accidente con un camión cisterna, con neblina. Un derrame de ácido. Múltiples víctimas.
Me imaginé a Susan Mark atrapada en la autopista entre salidas. Un atasco de cuatro horas. Un retraso de cuatro horas. Desconfianza. Tensión creciente. Ninguna manera de ir hacia delante, ninguna manera de ir hacia atrás. La espada y la pared. El reloj, haciendo tictac. El tiempo límite, acercándose. El tiempo límite, ya excedido. Amenazas y sanciones y penalidades, ahora creyéndolas en marcha y operativas. La línea 6 a mí me había parecido rápida. Ella debe de haberla sentido horriblemente lenta. Usted la llevó al límite. Quizás fuera así, pero no había necesitado mucho empuje.
Coloqué un poco los periódicos para que estuvieran de nuevo en una condición vendible y retomé mi paseo. Supuse que el tipo con la americana rota habría ido a casa a cambiarse, pero los otros tres estarían cerca. Me habrían visto entrar a la cafetería y me habrían ido a buscar cuando salí. No los podía ver en la calle, pero realmente no los estaba buscando. No tiene sentido buscar algo cuando estás seguro de que está ahí.
En otros tiempos la Octava Avenida había sido una calle peligrosa. Las luces de la calle rotas, terrenos baldíos, locales con las persianas bajas, crack, prostitutas, ladrones. Yo había visto ahí todo tipo de cosas. Personalmente nunca me habían atacado. Lo cual no era muy sorprendente. Para hacer de mí una víctima potencial, la población mundial tendría que reducirse hasta quedar solo dos. Yo y el ladrón, y habría ganado yo. Ahora la Octava era tan segura como cualquier otro lado. Vibraba de actividad comercial y había gente por todas partes. Así que no me importaba exactamente dónde me abordaran los tres tipos. No hice ningún intento de llevarlos a un lugar de mi elección. Solo anduve. Su decisión. El día estaba en su tránsito de cálido a caluroso y los olores de las aceras se iban elevando a mi alrededor, como un calendario tosco: la basura apesta en verano y en invierno no.
Me abordaron una calle al sur del Madison Square Garden y del gran edificio del viejo Correos. Una construcción en una parcela de una esquina desviaba a los peatones por un estrecho carril vallado junto a la acera. Avancé un metro por esa pasarela y uno se puso delante de mí y uno detrás y el líder se puso a mi lado. Movimientos limpios. El líder dijo:
—Estamos preparados para olvidar lo de la americana.
—Está muy bien —dije—. Porque yo ya lo olvidé.
—Pero necesitamos saber si tienes algo que nos pertenece.
—¿Que os pertenece?
—Que le pertenece a nuestro jefe.
—¿Quiénes sois?
—Te di nuestra tarjeta.
—Y al principio me impresionó mucho. Parecía una obra de arte, aritméticamente. Hay más de tres millones de combinaciones posibles para un número de teléfono de siete dígitos. Pero no elegisteis al azar. Elegisteis uno que sabíais que no estaba en servicio. Imagino que eso no es fácil de hacer. Así que me impresionó. Pero después pensé que de hecho eso es imposible de hacer, dada la población de Manhattan. Alguien muere o se muda, su número se recicla muy rápido. Así que entonces supuse que teníais acceso a una lista de números que nunca funcionan. Las compañías telefónicas tienen algunos, para cuando un número aparece en el cine o en la televisión. No se pueden usar números de verdad para eso, porque podrían empezar a molestar a los clientes con llamadas. Así que después supuse que conocéis gente en el negocio del cine y la televisión. Probablemente porque la mayor parte de la semana os contratan como guardias de seguridad privada para trabajar en la puerta de algún local cuando hay un espectáculo en la ciudad. De modo que lo más cerca que estáis de la acción es cuando tenéis que espantar a algún cazador de autógrafos. Lo cual debe ser una decepción para tipos como vosotros. Estoy seguro de que teníais algo mejor en mente cuando os metisteis en el negocio. Y peor, eso implica una cierta erosión de las capacidades, debido a la falta de práctica. Así que ahora me preocupáis todavía menos de lo que me preocupabais antes. Así que en conjunto diría que la tarjeta fue un error, en términos de gestión de imagen.
—¿Te podemos invitar a un café? —dijo el tipo.
Nunca digo que no a un café, pero ya había estado mucho rato sentado, así que acepté solo café para llevar. Podíamos beber el café y hablar mientras andábamos. Paramos en el siguiente Starbucks que vimos, que como en la mayoría de las ciudades estaba a medio bloque de distancia. Pasé por alto todos los cafés sofisticados y pedí un café de filtro americano de la casa, grande, negro, sin margen para crema. Mi pedido estándar, en Starbucks. Un buen grano, en mi opinión. No es que me importe realmente. Para mí lo único que importa es la cafeína, no el sabor.
Salimos y seguimos por la Octava. Pero cuatro personas formaban un grupo incómodo para una conversación móvil y el tráfico era ruidoso, así que terminamos diez metros hacia el interior de una calle transversal, estáticos, conmigo en la sombra, apoyado en una baranda, y los otros tres al sol enfrente de mí e inclinados hacia mí como si tuviesen que marcar algunos puntos. A nuestros pies de una bolsa de basura rota brotaban sobre la acera animadas secciones del diario del domingo. El tipo que hablaba dijo:
—Nos estás subestimando seriamente, no es que queramos empezar a ver quién mea más lejos.
—Vale —dije.
—Eres exmilitar, ¿no?
—Ejército —dije.
—Todavía tienes el porte.
—Vosotros también. ¿Fuerzas Especiales?
—No. No llegamos hasta ahí.
Sonreí. Un hombre honesto.
El tipo dijo:
—Nos contrataron como sección local para una operación temporal. La mujer muerta llevaba un objeto de valor. Está en nuestras manos recuperarlo.
—¿Qué objeto? ¿Qué valor?
—Información.
—No les puedo ayudar —dije.
—Nuestro jefe estaba esperando unos datos en soporte digital, en un chip de ordenador, como una memoria externa USB. Nosotros le dijimos que no, que eso es demasiado difícil de sacar del Pentágono. Dijimos que tendría que ser verbal. En plan leer y memorizar.
No dije nada. Volví a pensar en Susan Mark en el metro. El balbuceo. Quizás no estaba ensayando súplicas o justificaciones o amenazas o argumentos. Quizás estaba repasando los detalles que se suponía que tenía que entregar, una y otra vez, así no se los olvidaba o los confundía a causa de su estrés y su pánico. Aprendiendo por repetición. Y diciéndose a sí misma: estoy obedeciendo, estoy obedeciendo, estoy obedeciendo. Tranquilizándose a sí misma. Esperando que todo terminara bien.
—¿Quién es vuestro jefe? —pregunté.
—No lo podemos decir.
—¿Con qué la presionaba?
—No lo sabemos. No lo queremos saber.
Bebí un poco de café. No dije nada.
El tipo dijo:
—La mujer habló contigo en el metro.
—Sí —dije—. Así es.
—Por lo que ahora la presunción operativa es que lo que fuera que ella sabía tú lo sabes.
—Es posible —dije.
—Nuestro jefe está convencido de ello. Lo cual supone un problema para ti. Unos datos en un chip de ordenador, no implican gran cosa. Podríamos darte un golpe en la cabeza y vaciarte los bolsillos. Pero algo en tu cabeza habría que extraerlo de alguna otra manera.
No dije nada.
El tipo dijo:
—Así que de verdad nos tienes que decir lo que sabes.
—¿Para que parezcáis competentes?
El tipo asintió con la cabeza:
—Para que tú sigas de una sola pieza.
Tomé un poco más de café y el tipo dijo:
—Te lo estoy pidiendo de hombre a hombre. De soldado a soldado. No se trata de nosotros. Volvemos sin nada, y sí, seguro que nos despiden. Pero el lunes por la mañana estaremos trabajando de nuevo, para alguna otra gente. Pero si nosotros nos quedamos al margen de esto, tú te quedas al descubierto. Nuestro jefe trajo todo un equipo. Ahora mismo están a raya, porque no encajan aquí. Pero si nosotros desaparecemos, ellos pasan a estar sueltos. Sin alternativa. Y en serio que no los quieres hablando contigo.
—No quiero a nadie hablando conmigo. Ni a ellos, ni a vosotros. No me gusta hablar.
—Esto no es una broma.
—Exactamente. Murió una mujer.
—El suicidio no es un crimen.
—Pero lo que sea que la haya llevado a hacerlo lo podría ser. La mujer trabajaba en el Pentágono. Eso es seguridad nacional, ahí mismo. Deberíais ser más listos y adelantaros. Deberíais hablar con el Departamento de Policía de Nueva York.
El tipo asintió con la cabeza:
—Iría a la cárcel antes que involucrarme con esta gente. ¿Escuchas lo que estoy diciendo?
—Te escucho —dije—. Os habéis acostumbrado a los cazadores de autógrafos.
—Nosotros somos los guantes de seda aquí. Deberías aprovechar.
—Vosotros no sois guantes de ningún tipo.
—¿Qué fuiste, cuando prestabas servicio?
—Policía militar —dije.
—Entonces eres hombre muerto. Nunca viste nada como esto.
—¿Quién es?
El tipo simplemente negó con la cabeza.
—¿Cuántos son?
El tipo volvió a negar con la cabeza.
—Dame algo.
—No estás escuchando. Si no hablo con la policía, ¿por qué demonios hablaría contigo?
Me encogí de hombros y me terminé el vaso y con un empujón me separé de la barandilla. Di tres pasos y arrojé el vaso en un cubo de basura. Dije:
—Llama a tu jefe y dile que él tenía razón y que vosotros estabais equivocados. Dile que la información de la mujer estaba toda en un USB, que ahora mismo está en mi bolsillo. Después renunciad por teléfono, iros a casa y alejaros de mi camino.
Crucé la calle entre dos coches en movimiento y me dirigí hacia la Octava. El líder me llamó, con un grito. Dijo mi nombre. Me di la vuelta y lo vi sosteniendo el teléfono con el brazo extendido. El teléfono apuntaba hacia mí y él estaba mirando la pantalla. Después lo bajó y los tres tipos se alejaron y una camioneta blanca pasó entre nosotros y se perdieron de vista antes de que me diera cuenta de que me habían fotografiado.
DIECISÉIS
Los locales de Radio Shack tienen una décima parte de la presencia que tienen los Starbucks, pero nunca están a más de unos bloques de distancia. Y abren temprano. Entré en el primero que vi y un chico del subcontinente indio se acercó a atenderme. Parecía entusiasmado. Quizás yo era el primer cliente del día. Le pregunté por móviles con cámara. Me dijo que prácticamente todos tenían cámara. Algunos incluso tenían vídeo. Le dije que quería ver cuán bien salían las fotos. Cogió un teléfono cualquiera y yo me paré al fondo del local y él me fotografió desde la caja. La imagen resultante era pequeña y le faltaba definición. Mis rasgos estaban borrosos. Pero mi tamaño y mi silueta y mi postura en conjunto estaban captados bastante bien. Lo suficientemente bien como para ser un problema, en todo caso. Lo cierto es que mi cara es común y corriente. Muy olvidable. Mi suposición es que la mayoría de la gente me reconoce por mi silueta, que no es común.
Le dije que no quería el teléfono. Intentó venderme en lugar de eso una cámara digital. Estaba llena de megapíxeles. Iba a sacar fotos mejores. Le dije que tampoco quería una cámara. Pero le compré una memoria extraíble. Un USB, para datos de ordenador. De la menor capacidad que tenía, el precio más bajo. Era solo para aparentar, y no quería gastar una fortuna. Era una cosa diminuta, en un paquete grande de plástico duro. Hice que el chico me lo abriera con unas tijeras. Con cosas como esas te puedes romper los dientes. El dispositivo venía con dos fundas distintas de neopreno suave para elegir, azul o rosa. Usé la rosa. Susan Mark no había tenido particularmente el aspecto de ser una mujer de las que usan rosa, pero la gente ve lo que quiere ver. Una funda rosa equivale a una propiedad de mujer. Me guardé el USB en el bolsillo junto a mi cepillo de dientes y agradecí al chico su ayuda y dejé que él se deshiciera de la basura.
Caminé a lo largo de dos manzanas y media por la calle 28. Durante todo el recorrido había mucha gente detrás de mí, pero yo no conocía a nadie, y nadie parecía conocerme. Bajé al metro en Broadway y pasé mi tarjeta. Después me perdí los siguientes nueve trenes que pasaron en dirección Downtown. Simplemente me quedé sentado al calor sobre un banco de madera y los dejé pasar. En parte para hacer una pausa, en parte para matar el tiempo hasta que abriera el resto de los negocios de la ciudad, y en parte para comprobar que no me habían seguido. Nueve grupos de pasajeros fueron y vinieron, y nueve veces estuve solo en el andén por uno o dos segundos. Nadie mostró el más mínimo interés en mí. Cuando me cansé de buscar entre la gente empecé a buscar ratas. Me gustan las ratas. Circulan muchos mitos sobre el tema. Los avistamientos son menos frecuentes de lo que la gente cree. Las ratas son tímidas. Las ratas que se ven por lo general son jóvenes o están enfermas o muertas de hambre. No mordisquean las caras de bebés dormidos solo para divertirse. Les tientan los rastros de comida, eso es todo. Lávale la boca a tu bebé antes de llevarlo a dormir y todo estará bien. Y no hay ratas gigantes grandes como gatos. Todas las ratas son del mismo tamaño.
No vi ninguna rata, y finalmente me sentí inquieto. Me paré y di la espalda a las vías y miré los pósters en la pared. Uno era un mapa de toda la red de metro. Dos eran anuncios de musicales de Broadway. Uno era una notificación oficial en la que se prohibía algo que llamaban surfear el metro. Había una ilustración en blanco y negro de un tipo agarrado como una estrella de mar al exterior de la puerta del metro. Aparentemente los ejemplares viejos de la red de Nueva York tenían rodapiés debajo de las puertas, diseñados para reducir parte del espacio entre el vagón y el andén, y pequeños vierteaguas por encima de las puertas, diseñados para evitar que entrara el agua. Yo sabía que los nuevos R142A no tenían ninguna de esas dos piezas. Mi compañero de viaje loco me lo había dicho. Pero con los vagones viejos se podía esperar en el andén hasta que se cerraran las puertas, y entonces clavar la punta de los pies en el rodapiés, y presionar con la punta de los dedos en los vierteaguas, y abrazar el vagón, y ser transportado por los túneles desde el exterior. Surfeo de metros. Muy divertido para algunos, quizás, pero ahora ilegal.
Me giré hacia las vías y me subí al décimo tren que pasó. Era uno de la línea R. Tenía rodapiés y vierteaguas. Pero yo viajé en el interior, dos paradas hasta la gran estación de Union Square.
Salí a la calle en la esquina noroeste de Union Square y me dirigí hacia una librería gigante que recordaba que estaba en la calle 17. Los políticos que están en campaña suelen publicar biografías antes de la época de elecciones, y las revistas de noticias están siempre llenas de cobertura del tema. En vez de eso podría haber buscado un cibercafé, pero no soy diestro con la tecnología y además los cibercafés ya no son tan comunes como antes. Ahora toda la gente anda con pequeños dispositivos electrónicos con nombres de frutas o árboles. Los cibercafés van en la misma dirección que las cabinas de teléfono, eliminados por nuevas invenciones inalámbricas.
La librería tenía mesas al comienzo de la planta baja. Tenían encima pilas de títulos nuevos. Busqué los lanzamientos de no ficción y no encontré nada. Historia, biografía, economía, pero no política. Fui un poco más allá y encontré lo que quería en la parte de atrás de la segunda mesa. Comentario y opinión de la izquierda y de la derecha, más autobiografías de candidatos escritas por escritores fantasma y con sobrecubiertas relucientes y fotos brillantes y retocadas. El libro de John Sansom tenía más o menos un centímetro y medio de espesor y se llamaba Siempre en una misión. Lo cogí y subí por las escaleras mecánicas hasta el tercer piso, donde el directorio del negocio me indicaba que estaban las revistas. Elegí todos los semanarios de noticias y los llevé con el libro a los estantes de historia militar. Me quedé ahí un rato con algunas publicaciones de no ficción y confirmé lo que había sospechado, que era que el Comando de Recursos Humanos del Ejército no hacía nada que no hiciera antes el Comando de Personal. Era solo un cambio de nombre. Un cambio de imagen. Nada de funciones nuevas. Papeleo y documentación, como siempre.
Entonces me senté en el alféizar de una ventana y me instalé para leer el material que había cogido. La parte de atrás de mi cuerpo estaba caliente por el sol que llegaba a través del vidrio, y la parte delantera estaba fría por el conducto de un aire acondicionado que estaba justo encima de mí. Solía sentirme mal por leer cosas en las tiendas, sin intención de comprar. Pero las mismas tiendas parecen estar lo suficientemente contentas al respecto. Incluso lo incentivan. Algunas ponen sillones con ese objetivo. Un nuevo modelo de negocios, aparentemente. Y todo el mundo lo hace. La tienda acababa de abrir, y ya todo el lugar parecía un centro de refugiados. Había gente por todos lados, sentados o tirados en el suelo, rodeados por pilas de mercancía mucho más grandes que la mía.
Todos los semanarios de noticias tenían informes sobre las campañas, metidos entre anuncios e historias sobre avances médicos y novedades tecnológicas. La mayor parte de la cobertura era sobre los candidatos más importantes de cada papeleta, pero las contiendas por la Casa Blanca y por el Senado recibían algunas líneas respectivamente. Faltaban cuatro meses para las primeras primarias y catorce para las elecciones mismas, y algunos candidatos ya eran un fracaso, pero Sansom todavía estaba firmemente en carrera. Estaba obteniendo buenos resultados en las encuestas en todo su estado, estaba recaudando mucho dinero, su estilo directo era visto como refrescante, y se decía que sus antecedentes militares lo cualificaban prácticamente para todo. Aunque en mi opinión eso es como decir que un barrendero podría ser alcalde. Quizás sea así, quizás no. La suposición no tiene lógica. Pero claramente a la mayoría de los periodistas el tipo les gustaba. Y claramente le destinaban a cosas más grandes. Se le veía como candidato presidencial en potencia para dentro de cuatro u ocho años. Un escritor incluso daba a entender que podía ser desplazado de su carrera hacia el Senado para ser postulado como candidato a vicepresidente en estas mismas elecciones. Ya era una especie de celebridad.
La cubierta de su libro era como las que están de moda. Una composición con su nombre, el título y dos fotos. La más grande era una foto borrosa y de mucha granulosidad que lo mostraba en acción y había sido ampliada lo suficiente como para conformar el fondo de toda la cubierta. Mostraba a un hombre joven con un uniforme de combate desabrochado y gastado y la cara toda pintada con camuflaje y gorro de lana. Encima había un retrato de estudio más nuevo de él mismo, muchos años después en el tiempo, de traje. Sansom, obviamente, entonces y ahora. Todo su arco, en una sola gráfica.
La foto reciente estaba bien iluminada y perfectamente enfocada y en una pose ingeniosa y dejaba ver que era un hombre bajo y esbelto, quizás de uno setenta y cinco y setenta kilos. Un whippet o un terrier más que un pit bull, lleno de resistencia y fuerza fibrosa, como siempre lo son los mejores soldados de las Fuerzas Especiales. Aunque la foto más vieja probablemente era de algún momento anterior en una unidad regular. Los Rangers, quizás. En mi experiencia los Delta de su cosecha se inclinaban por barbas y gafas de sol y pañuelos kufiyya bajados hasta el cuello. Parcialmente por los lugares en los que tendían a estar de servicio, y parcialmente porque les gustaba parecer disfrazados y anónimos, lo cual en sí mismo era en parte necesidad y en parte fantasía dramática. Pero probablemente la foto la había elegido su director de campaña, aceptando que se viera la unidad anterior a cambio de una foto que fuera reconocible, y reconociblemente americana. Quizás las personas que parecían unos hippies palestinos raros no iban a caer bien en Carolina del Norte.
La información en la solapa incluía su nombre completo y su rango militar, escrito con un grado de formalidad: Comandante John T. Sansom, Ejército de los Estados Unidos, Retirado. Después decía que había recibido la Cruz por Servicio Distinguido, la Medalla por Servicio Distinguido y dos Estrellas de Plata. Después decía que había sido un CEO exitoso, de algo llamado Sansom Consulting. Otra vez, todo el arco, ahí mismo. Me pregunté para qué era el resto del libro.
Lo hojeé y vi que estaba dividido en cinco secciones principales: su infancia, sus años de servicio, su posterior matrimonio y familia, sus años en los negocios, y su visión política para el futuro. La parte de la infancia era convencional para el género. Joven pobre de barrio, sin dinero, sin lujos, su madre como un gran apoyo, su padre con dos trabajos para llegar a fin de mes. Casi con seguridad exagerado. Si se toma a los candidatos políticos como muestra de la población, Estados Unidos es un país del Tercer Mundo. Todos crecen pobres, el agua corriente es un lujo, los zapatos escasean, una comida completa es motivo de celebración.
Pasé hasta donde conocía a su mujer y me encontré con más de los mismos lugares comunes. Ella era maravillosa, sus hijos eran geniales. Fin. No entendí mucho de la parte de los negocios. Sansom Consulting era un grupo de consultores, lo cual tenía sentido, pero no pude descubrir qué era exactamente lo que habían hecho. Habían dado recomendaciones, básicamente, y después habían invertido en las corporaciones que estaban asesorando, y después habían vendido sus acciones y se habían hecho ricos. El mismo Sansom había hecho lo que describía como una fortuna. No estaba seguro de a cuánto se refería. Yo me siento bastante bien con un par de cientos de dólares en el bolsillo. Tuve la sospecha de que Sansom se refería a mucho más que eso, pero no especificaba cuánto más. ¿Otros cuatro ceros? ¿Cinco? ¿Seis?
Eché una ojeada a la parte acerca de su visión política para el futuro y no encontré mucho que no hubiera ya averiguado en las revistas de noticias. Se reducía a darles a los votantes todo lo que quisieran. Bajos impuestos, hecho. Servicios públicos, adelante. Para mí no tenía sentido. Pero en conjunto Sansom daba la impresión de tipo decente. Sentí que iba a intentar hacer lo correcto, tanto como es posible para cualquiera de ellos. Sentí que estaba en esto por todas las razones correctas.
Había fotos en el medio del libro. Todas menos una eran instantáneas predecibles que recorrían la vida de Sansom desde los tres meses de vida hasta el presente. Eran el tipo de cosas que imagino que la mayoría de la gente puede sacar de una caja de zapatos en el fondo del armario. Padres, infancia, colegio, sus años de servicio, su prometida, sus hijos, retratos de negocios. Cosas normales, probablemente intercambiables con las fotos en todas las biografías de los otros candidatos.
Pero la foto que era diferente era extraña.
DIECISIETE
La foto que era diferente era una imagen periodística que yo ya había visto antes. Era de un político americano llamado Donald Rumsfeld, en Bagdad, dándose la mano con Saddam Hussein, el dictador iraquí, allá en 1983. Donald Rumsfeld había sido dos veces secretario de Defensa, pero en el momento de la foto había sido un enviado presidencial especial de Ronald Reagan. Había ido a lamer el culo a Saddam y darle palmaditas en la espalda y también un par de espuelas de oro puro como regalo y símbolo de la eterna gratitud de Estados Unidos. Ocho años después estábamos dando por culo a Saddam, no lamiéndoselo. Quince después de eso, lo matamos. Sansom había puesto como pie de foto A veces nuestros amigos se convierten en nuestros enemigos, y a veces nuestros enemigos se convierten en nuestros amigos. Un comentario político, supuse. O un sermón comercial, aunque no pude encontrar ninguna mención de ese episodio en el texto mismo.
Volví a su carrera de servicio, y me preparé para leer atentamente acerca de ella. Esa era mi área de especialización, después de todo. Sansom se incorporó al Ejército en 1975 y lo dejó en 1992. Una ventana de diecisiete años, cuatro años más larga que la mía, por haber empezado nueve años antes y haber renunciado cinco años antes. Una buena época, en esencia, comparada con la mayoría. El paroxismo de Vietnam había terminado, y el nuevo Ejército profesional compuesto únicamente de voluntarios estaba bien asentado y todavía bien financiado. Parecía que Sansom lo había disfrutado. Su narrativa era coherente. Describía con precisión el entrenamiento básico, describía bien la Escuela de Candidatos a Oficiales, era entretenido hablando de su primer servicio de infantería. Era franco sobre lo de ser ambicioso. Obtuvo todas las calificaciones que estaban a su alcance y se fue a los Rangers y después a la entonces naciente Fuerza Delta. Como de costumbre, dramatizó el proceso de ingreso a la Fuerza Delta, las semanas infernales, el arrepentimiento, la resistencia, el agotamiento. Como de costumbre, no criticó los defectos de la misma. La Fuerza Delta está llena de sujetos que pueden permanecer despiertos por una semana y caminar ciento cincuenta kilómetros y hacerle volar de un disparo las pelotas a una mosca tse-tsé, pero está relativamente vacía de sujetos que puedan hacer todo eso y después decirte cuál es la diferencia entre un chiita y el itinerario al baño.
Pero en total sentí que Sansom era bastante honesto. La verdad es que la mayor parte de las misiones Delta se abortan incluso antes de que empiecen, y la mayor parte de las que empiezan fracasan. Algunos sujetos nunca llegan a entrar en acción. Sansom no lo adornaba. Era sincero acerca del entusiasmo inestable, y franco acerca de los fracasos. Sobre todo no mencionó a ningún pastor de cabras, ni siquiera una vez. La mayoría de los partes operativos echan la culpa del fracaso de las misiones a arrieros itinerantes de cabras. Los tipos se infiltran en lo que ellos describen como regiones inhóspitas y prácticamente deshabitadas, e inmediatamente son descubiertos por campesinos locales con grandes rebaños de cabras. Estadísticamente improbable. Nutricionalmente improbable, dado el terreno árido. Algo tienen que comer las cabras. Quizás fue cierto en algún momento, pero desde entonces se ha vuelto un código. Mucho más paliativo decir Estábamos escondidos y nos delató un rebaño de cabras que decir La cagamos. Pero Sansom nunca mencionaba ni a los animales rumiantes ni a su personal asistente agrícola, lo cual era un gran punto a su favor.
De hecho, no mencionaba mucho de nada. Ciertamente no había mucho en la columna de éxitos. Ahí estaba lo que debía haber sido más o menos algo de rutina en África Occidental, más Panamá, más alguna búsqueda de SCUD en Irak durante la primera Guerra del Golfo en 1991. Aparte de eso, nada. Solo mucho entrenamiento y despliegue, al que siempre le seguía un repliegue y después más entrenamiento. Las suyas eran quizás las primeras memorias de las Fuerzas Especiales que yo había visto que no exageraran. Más que eso, incluso. No solo no estaban exageradas. Se les restaba importancia. Estaban minimizadas, desenfatizadas. Desprovistas de adornos, en vez de adornadas.
Lo cual era interesante.
DIECIOCHO
Tomé muchas precauciones volviendo a la cafetería de la Octava. Nuestro jefe trajo todo un equipo. Y para entonces ya todos ellos conocían más o menos mi aspecto. El chico de Radio Shack me había contado cómo las fotos y los vídeos se podían pasar por teléfono de una persona a otra. Por mi parte yo no tenía ni idea de qué aspecto tenían los oponentes, pero si su jefe se había visto forzado a contratar a individuos con trajes buenos como camuflaje local, entonces su propio equipo probablemente llevara algún otro tipo de estilo. Si no, no tenía sentido. Veía muchas personas con otros estilos. Quizás unos cientos de miles. Siempre las ves, en Nueva York. Pero ninguna mostraba ningún interés en mí. Ninguna se quedaba conmigo. No es que yo lo pusiera fácil. Cogí la línea 4 hasta Grand Central, caminé dos veces en medio de toda la gente, cogí el metro que va directo a Times Square, caminé dando una vuelta larga e ilógica de ahí hasta la Novena Avenida, y llegué al restaurante desde el oeste, poco más allá de la comisaría del distrito 14.
Jacob Mark ya estaba en el interior.
Estaba en una mesa de butacas, en la parte de atrás, limpio, peinado, con pantalones oscuros y una camisa blanca y un cortavientos azul marino. Podría haber tenido policía franco de servicio tatuado en la frente. No se le veía contento pero tampoco asustado. Me metí en la butaca enfrente de él y me senté de lado, para poder ver la calle por la ventana.
—¿Hablaste con Peter? —le pregunté.
Negó con la cabeza.
—¿Pero?
—Creo que está bien.
—¿Crees o sabes?
No respondió, porque se acercó la camarera. La misma mujer de por la mañana. Yo tenía demasiada hambre como para mostrarme sensible acerca de si Jake comería o no. Pedí un plato grande, ensalada de atún con huevos y otras cosas. Más café. Jake me siguió y pidió un sándwich de queso, y agua.
Dije:
—Cuéntame qué sucedió.
—Los policías del campus me echaron una mano —dijo—. Lo hicieron con ganas. Peter es una estrella del fútbol americano. No estaba en su casa. Así que hicieron hablar a sus colegas y se enteraron de la historia. Resulta que Peter está por ahí con una mujer.
—¿Dónde?
—No sabemos.
—¿Qué mujer?
—Una chica de un bar. Peter y los chicos salieron hace cuatro noches. La chica estaba ahí. Peter se fue con ella.
No dije nada.
—¿Qué? —dijo Jacob.
—¿Quién eligió a quién? —pregunté.
Él asintió con la cabeza:
—Eso es lo que me hace sentir bien. Él hizo todo el trabajo. Sus amigos dijeron que fue un proyecto de cuatro horas. Tuvo que dejar todo. Como un partido por el campeonato, dijeron los chicos. Así que no era una Mata Hari ni nada.
—¿Descripción?
—Un pibón. Y son deportistas universitarios los que lo dicen, así que hablan en serio. Un poco más mayor, pero no mucho. Quizás veinticinco o veintiséis. Estás en el último año de la universidad, ese es un desafío irresistible, justo ahí.
—¿Nombre?
Jake negó con la cabeza:
—Los otros mantuvieron las distancias. Es una cuestión de etiqueta.
—¿En el sitio al que suelen ir?
—En su circuito.
—¿Puta? ¿Señuelo?
—Para nada. Estos andan mucho por ahí. No son tontos. Se dan cuenta. Y Peter fue el que hizo todo el trabajo, además. Cuatro horas, todo lo que había aprendido en su vida.
—Habría terminado en cuatro minutos si ella hubiese querido.
Jake asintió de nuevo:
—Créeme, ya lo repasé cien veces. Cualquier asunto divertido, con una hora es suficiente para que acabe pareciendo tranqui. Dos, máximo. Nadie lo habría alargado hasta cuatro. Así que todo está bien. Más que bien, desde el punto de vista de Peter. ¿Cuatro días con un pibón? ¿Tú qué hacías cuando tenías veintidós?
—Te entiendo —dije. Cuando tenía veintidós tenía el mismo tipo de prioridades. Aunque una relación de cuatro días a mí me habría parecido larga. Prácticamente como estar comprometido, o casado.
—¿Pero? —dijo Jake.
—Susan estuvo retrasada cuatro horas en el peaje. Me pregunto qué tipo de momento límite se puede haber cruzado, para hacer que una madre se quisiera suicidar.
—Peter está bien. No te preocupes. Va a volver a su casa pronto, con las rodillas flojas pero feliz.
No dije nada más. La camarera se acercó con la comida. Tenía muy buen aspecto, y era una porción grande. Jake preguntó:
—¿Te encontraron los que trabajan por cuenta ajena?
Asentí y le conté la historia entre bocados de atún.
—¿Sabían tu nombre? —dijo—. Eso no es bueno.
—No es ideal, no. Y sabían que hablé con Susan en el metro.
—¿Cómo?
—Son ex policías. Todavía tienen amigos ahí. No hay otra explicación.
—¿Lee y Docherty?
—Quizás. O quizás alguien del turno de mañana que entró y leyó el expediente.
—¿Y te sacaron una foto? Eso tampoco es bueno.
—No es ideal —dije otra vez.
—¿Alguna señal de este otro equipo del que hablaron? —preguntó.
Miré hacia la vidriera y dije:
—Hasta aquí, nada.
—¿Qué más?
—John Sansom no exagera sobre su carrera. Parece que no hizo nada muy especial. Y ese tipo de constatación realmente no vale la pena refutarla.
—Callejón sin salida, entonces.
—Quizás no —dije—. Era comandante. Eso es un ascenso más dos extraordinarios por mérito. Debe haber hecho algo que les gustó. Yo también era comandante. Sé cómo funciona.
—¿Qué hiciste que les gustó?
—Algo de lo que después se arrepintieron, probablemente.
—Trayectoria de servicio —dijo Jake—. Te quedas, te ascienden.
Negué con la cabeza:
—No funciona así. Además de que el tipo ganó tres de las cuatro medallas más importantes que estaban a su alcance, una de ellas dos veces. Así que debe haber hecho algo especial. Cuatro algos, de hecho.
—Todo el mundo consigue medallas.
—No esas medallas. También yo recibí una Estrella de Plata, que para este tipo es calderilla, y sé de primera mano que no vienen con la caja de cereales. Y recibí un Corazón Púrpura, también, algo que Sansom aparentemente no. No menciona uno en su libro. Y ningún político se olvidaría de una herida en combate. Ni en un millón de años. Pero es relativamente poco común recibir una medalla al valor sin ninguna herida. Normalmente las dos cosas van de la mano.
—Por lo cual quizás esté mintiendo con las medallas.
Volví a negar con la cabeza:
—No es posible. Quizás con una lesión de combate en una condecoración por servicio en Vietnam, algo de ese estilo, pero estos son premios grandes. Este tipo recibió todo menos la Medalla de Honor.
—¿Entonces?
—Entonces yo creo que sí está mintiendo acerca de su carrera, pero en el sentido contrario. Está dejando cosas fuera, no rellenando.
—¿Por qué lo haría?
—Porque estuvo en al menos cuatro misiones secretas, y todavía no puede hablar del tema. Lo cual las vuelve muy secretas de verdad, porque el tipo está en medio de una campaña electoral, y las ganas de hablar deben de ser enormes.
—¿Qué tipo de misiones secretas?
—Podría ser cualquier cosa. Operaciones clandestinas, acciones de encubierto, contra cualquiera.
—Por lo que quizás a Susan le pidieron detalles.
—Imposible —dije—. Las órdenes para la Fuerza Delta y los registros de operaciones y los reportes operativos no están en ningún lugar cerca del Comando de Recursos Humanos. O se destruyen o se guardan bajo llave en Fort Bragg. Sin ánimo de ofender, pero tu hermana no podría haber llegado a estar ni a un millón de kilómetros de esa información.
—¿Y cómo nos ayuda esto entonces?
—Elimina la carrera de combate de Sansom. Si Sansom tiene algo que ver, es en calidad de alguna otra cosa.
—¿Tiene algo que ver?
—¿Por qué otro motivo pueden haber mencionado su nombre?
—¿En calidad de qué?
Apoyé el tenedor y vacié mi taza y dije:
—No me quiero quedar aquí. Es el punto de partida para este otro equipo. Va a ser el primer lugar en el que busquen.
Dejé una propina en la mesa y me dirigí hacia la caja. Esta vez la camarera estaba contenta. Habíamos entrado y salido en tiempo récord.
Manhattan es a la vez el mejor y el peor lugar para que te persigan. El mejor, porque está repleto de gente, y cada metro cuadrado tiene literalmente cientos de testigos alrededor. El peor, porque está repleto de gente, y tienes que examinar a todos y cada uno de ellos, por si acaso, lo cual es cansino, y frustrante, y agotador, y finalmente te vuelve o loco o perezoso. Así que por un tema de conveniencia volvimos a la 35 Oeste y anduvimos por la acera de la sombra arriba y abajo, enfrente de la hilera de coches patrulla aparcados, en lo que parecía el tramo de acera más seguro de la ciudad.
—¿En calidad de qué? —volvió a preguntar Jake.
—¿Cuáles me dijiste que eran las razones de los suicidios que viste en Jersey?
—Monetarias o sexuales.
—Y Sansom no hizo su fortuna en el Ejército.
—¿Crees que estaba teniendo un affaire con Susan?
—Es posible —dije—. Podría haberla conocido en el trabajo. Es el tipo de persona que está siempre entrando y saliendo. Ocasiones para fotos, cosas así.
—Está casado.
—Exacto. Y es temporada electoral.
—No lo veo. Susan no era así. Así que supón que no estaba teniendo un affaire con ella.
—Entonces quizás estaba teniendo uno con alguna otra persona del Comando de Recursos Humanos, y Susan era una testigo.
—Sigo sin verlo.
—Yo tampoco —dije—. Porque no veo de qué manera eso tendría algo que ver con la información. Hablar de información son palabras mayores. Un affaire es una respuesta de sí o no.
—Quizás Susan estaba trabajando con Sansom. No contra él. Quizás Sansom quería ensuciar a alguien.
—¿Entonces para qué iba a venir Susan a Nueva York, en vez de ir a DC o a Carolina del Norte?
—No sé —dijo Jake.
—¿Y por qué Sansom pediría algo a Susan, además? Tiene cien fuentes mejores que una empleada del Comando de Recursos Humanos a la que no conocía.
—¿Entonces dónde está la conexión?
—Quizás Sansom tuvo un affaire hace mucho tiempo, con alguna otra persona, cuando todavía estaba en el Ejército.
—En esa época no estaba casado.
—Pero había reglas. Quizás se estaba tirando a una subordinada. Eso alcanza repercusión ahora, en la política.
—¿Eso pasaba?
—Todo el tiempo —dije.
—¿A ti?
—Tanto como se podía. En ambas direcciones. A veces el subordinado era yo.
—¿Te metiste en problemas?
—No entonces. Pero ahora habría preguntas, si estuviese presentándome a algún cargo.
—¿Entonces crees que se dicen cosas de Sansom, y que le pidieron a Susan que las confirmara?
—Ella no podía confirmar el comportamiento. Ese tipo de cosas están en un conjunto de expedientes distinto. Pero quizás podía confirmar que la persona A y la persona B estuvieron de servicio en el mismo lugar en el mismo momento. Eso es exactamente para lo que es bueno el Comando de Recursos Humanos.
—Por lo que quizás Lila Hoth estuvo en el Ejército con él. Quizás alguien está tratando de relacionar los dos nombres, para un gran escándalo.
—No lo sé —dije—. Suena todo muy bien. Pero tengo a un tipo duro local tan asustado como para no hablar con la policía, y tengo todo tipo de amenazas graves, y tengo un relato acerca de cierto equipo bárbaro esperando a ser soltado. La política es un negocio sucio, ¿pero es para tanto?
Jake no respondió.
—Y no sabemos dónde está Peter —dije yo.
—No te preocupes por Peter. Es un adulto. Hace placajes defensivos. Va directo a la NFL. Es ciento cuarenta kilos de músculo. Se puede cuidar solo. Recuerda el nombre. Peter Molina. Un día vas a leer sobre él en los periódicos.
—Pero no pronto, espero.
—Cálmate.
—Bueno, ¿qué quieres hacer ahora? —dije.
Jake se encogió de hombros y caminó dando pisotones, a un lado y otro de la acera, un hombre inarticulado más limitado aún por la complejidad de sus emociones. Se detuvo, y se apoyó en una pared, justo del otro lado de la calle enfrente de la puerta de la comisaría del distrito 14. Miró todos los coches aparcados, de izquierda a derecha, los Impala y los Crown Vic, identificados y sin identificar, y los extraños cochecitos de regulación del tráfico.
—Está muerta —dijo—. Nada la va a resucitar.
Yo no hablé.
—Así que voy a llamar al gerente de servicios funerarios —dijo.
—¿Y después?
—Nada. Se suicidó. Saber por qué no va a ayudar. La mayoría de las veces nunca se sabe el verdadero motivo, además. Incluso cuando crees que sí.
—Yo quiero saber el motivo —dije.
—¿Por qué? Era mi hermana, no la tuya.
—Tú no estuviste ahí en persona.
No dijo nada. Solo se quedó mirando a los coches aparcados enfrente. Vi el vehículo que había usado Theresa Lee. Era el cuarto desde la izquierda. Uno de los Crown Vic no identificados más adelante en la fila era más nuevo que los otros. Más brillante. Parpadeaba al sol. Era negro, con dos antenas cortas y delgadas en la tapa del baúl, como agujas. Federal, pensé. Alguna agencia con mucho presupuesto y lo mejor a su disposición en lo concerniente a opciones de transporte. Y dispositivos de comunicaciones.
Jake dijo:
—Voy a decírselo a su familia, y vamos a enterrarla, y vamos a seguir adelante. La vida es una mierda y después te mueres. Quizás haya un motivo para que no nos importe cómo o dónde o por qué. Mejor no saberlo. No puede salir nada bueno de ahí. Solo más dolor. Solo algo malo a punto de estallar.
—Como veas —dije.
Asintió y no dijo nada más. Solo me dio la mano y se fue. Le vi entrar a un garaje en un bloque al oeste de la Novena, y cuatro minutos más tarde vi salir un pequeño todoterreno Toyota verde. Fue hacia el oeste con el tráfico. Imaginé que iba en dirección al Túnel Lincoln, y a casa. Me pregunté cuándo lo volvería a ver. Entre tres días y una semana, pensé.
Estaba equivocado.
DIECINUEVE
Todavía estaba justo del otro lado de la calle enfrente de la puerta de la comisaría del distrito 14 cuando Theresa Lee salió con dos tipos de traje azul y camisas blancas con botones en el cuello. Ella parecía cansada. Había recibido la llamada a las dos de la mañana, de lo cual se deducía que su guardia era nocturna, por lo que se debía de haber ido alrededor de las siete y estado en casa acostada sobre las ocho. Ya llevaba seis horas extra. Bueno para su cuenta bancaria, no tan bueno para cualquier otra cosa. Se paró al sol y pestañeó y se estiró y entonces me vio en la otra acera e hizo un doble movimiento clásico. Le dio un golpe en el codo al tipo que tenía al lado y dijo algo y me señaló. Estaba demasiado lejos como para oír sus palabras, pero su lenguaje corporal gritó Ey, es ese que está ahí, con un gran signo de exclamación en la vehemencia de su gesto físico.
Los tipos de traje automáticamente miraron a la izquierda para ver si venía algún coche, lo cual me hizo saber que tenían su base en la ciudad. Las calles impares van de este a oeste, los números pares suben de oeste a este. Lo sabían, lo tenían grabado. Por lo tanto eran de la ciudad. Pero estaban más acostumbrados a conducir que a andar, porque no miraron si venían en sentido contrario mensajeros en bicicleta. Simplemente se lanzaron a cruzar la calle, esquivando coches, mezclándose, separándose y viniendo hacia mí por la izquierda y por la derecha simultáneamente, lo cual me hizo saber que tenían entrenamiento de campo hasta cierto grado, y que tenían prisa. Supuse que el Crown Vic con las antenas tipo aguja era de ellos. Me quedé a la sombra y los esperé. Tenían zapatos negros y corbatas azules y sus camisetas se transparentaban a la altura del cuello, blanco debajo de blanco. El lado izquierdo de sus americanas estaba más abultado que el derecho. Agentes diestros con fundas sobaqueras. Tenían alrededor de cuarenta años, poco más poco menos. En su mejor momento. Ni principiantes, ni cerca del retiro.
Vieron que no me iba a ningún lado, así que redujeron un poco la marcha y se me acercaron a paso rápido. FBI, pensé, más parecidos a policías que a paramilitares. No me mostraron identificación. Simplemente asumieron que yo sabía lo que eran.
—Necesitamos hablar con usted —dijo el de la izquierda.
—Ya lo sé —dije.
—¿Cómo?
—Porque acaban de cruzar corriendo entre los coches para llegar hasta aquí.
—¿Sabe por qué?
—Ni idea. A no ser que sea para darme consejos por la experiencia traumática que acabo de vivir.
La boca del tipo se quedó fija en un gesto impaciente, como si estuviera a punto de increparme por mi sarcasmo. Después su expresión cambió un poco a una sonrisa irónica, y dijo:
—Vale, este es mi consejo. Responda algunas preguntas y después olvídese de que estuvo en ese tren.
—¿Qué tren?
El tipo empezó a responder, y luego se detuvo, pillando con retraso que le estaba tomando el pelo, y avergonzado por parecer lento.
—¿Qué preguntas? —dije.
—¿Cuál es su número de teléfono? —preguntó.
—No tengo número de teléfono —dije.
—¿Ni siquiera móvil?
—No ni siquiera, sino especialmente —dije.
—¿En serio?
—Soy esa persona —dije—. Enhorabuena. Me han encontrado.
—¿Qué persona?
—La única persona en el mundo que no tiene teléfono móvil.
—¿Es canadiense?
—¿Por qué sería canadiense?
—La detective nos dijo que usted hablaba francés.
—Hay mucha gente que habla francés. En Europa hay un país entero.
—¿Es francés?
—Mi madre era francesa.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo en Canadá?
—No lo recuerdo. Hace años, probablemente.
—¿Está seguro?
—Muy seguro.
—¿Tiene amigos canadienses o socios?
—No.
El tipo se quedó en silencio. Theresa Lee estaba todavía en la acera fuera de la comisaría del distrito 14. Estaba de pie al sol y nos miraba desde el otro lado de la calle. El otro tipo dijo:
—Fue solo un suicidio en el metro. Lamentable, pero nada importante. Cosas que pasan. ¿Está claro?
—¿Terminamos? —dije.
—¿Ella le dio algo?
—No.
—¿Está seguro?
—Totalmente. ¿Terminamos?
—¿Tiene planes? —preguntó el tipo.
—Me voy de la ciudad.
—¿A dónde?
—A algún otro lugar.
El tipo asintió:
—Vale, terminamos. Ahora váyase.
Me quedé donde estaba. Los dejé alejarse, de vuelta a su coche. Se subieron y esperaron a que se hiciera un hueco en el tráfico y salieron y se fueron. Imaginé que irían por la autopista del West Side hacia el centro, de vuelta a sus escritorios.
Theresa Lee estaba todavía en la acera.
Crucé la calle y pasé entre dos coches patrulla azul y blanco aparcados y me subí al bordillo y me quedé de pie cerca de ella, lo suficientemente apartado como para ser respetuoso, lo suficientemente cerca como para que me oyera, de cara al edificio para no tener el sol en los ojos. Pregunté:
—¿Qué fue todo eso?
—Encontraron el coche de Susan Mark —dijo—. Estaba aparcado en el medio del SoHo. Lo remolcaron esta mañana.
—¿Y?
—Lo revisaron, obviamente.
—¿Por qué obviamente? Están haciendo un escándalo por algo que aseguran que no es nada importante.
—No explican su manera de pensar. No a nosotros, en todo caso.
—¿Qué encontraron?
—Un pedazo de papel, con lo que creen que es un número de teléfono. Como una nota escrita garabateada. Toda hecha una bolita, como basura.
—¿Cuál era el número?
—El código de área era 600, que ellos dicen que es un servicio de móvil canadiense. Una red especial. Después un número, después la letra D, como una inicial.
—No me dice nada —dije.
—A mí tampoco. Salvo que no creo que sea un número de teléfono. No tiene prefijo de intercambio y tiene un dígito de más.
—Si es una red especial quizás no necesita tener prefijo de intercambio.
—Algo no cuadra.
—¿Entonces qué era ese número?
Me respondió llevando la mano a sus espaldas y sacando una libretita del bolsillo de atrás. No un artículo oficial de la policía. Tenía tapa dura negra y un elástico que la mantenía cerrada. La forma de la libreta estaba un poco curvada, como si pasara mucho tiempo en el bolsillo. Corrió el elástico y la abrió y me mostró una hoja ahuesada en la que aparecía 600-82219-D escrito con una letra pulcra. La letra de ella, supuse. Solo información, no un facsímil. No una reproducción exacta de una nota garabateada.
600-82219-D.
—¿Ve algo? —preguntó.
Dije:
—Quizás los teléfonos móviles canadienses tienen más números. —Sabía que a las compañías telefónicas de todo el mundo les preocupa que se les agoten. Agregar un dígito extra aumentaría la capacidad de un código de área por un factor de diez. Treinta millones, no tres. Aunque Canadá no tenía mucha población. Una gran masa de tierra, pero en su mayor parte estaba vacía. Alrededor de treinta y tres millones de personas, pensé. Menos que California. Y California se las arreglaba con números de teléfono normales.
—No es un número de teléfono —dijo Lee—. Es otra cosa. Como un código o un número de serie. O un número de expediente. Esos tipos están perdiendo el tiempo.
—Quizás no está conectado. Basura en un coche, podría ser cualquier cosa.
—No es mi asunto.
—¿Había algo de equipaje en el coche? —pregunté.
—No. Nada salvo el tipo de porquerías normales que se acumulan en un coche.
—Por lo que se suponía que fuera un viaje rápido. Ir y venir.
Lee no respondió. Bostezó y no dijo nada. Estaba cansada.
—¿Hablaron esos tipos con el hermano de Susan? —pregunté.
—No sé.
—Él parece querer barrer todo debajo de la alfombra.
—Es entendible —dijo Lee—. Siempre hay una razón, y nunca es muy atractiva. Esa ha sido mi experiencia, en todo caso.
—¿Van a cerrar el expediente?
—Ya está cerrado.
—¿Está contenta con eso?
—¿Por qué no debería estarlo?
—Estadísticas —dije—. El ochenta por ciento de los suicidios son hombres. El suicidio es mucho menos común en el este que en el oeste. Y el lugar en el que lo hizo fue raro.
—Pero lo hizo. Usted la vio. No hay ninguna duda al respecto. No está en discusión. No fue un homicidio ingeniosamente disfrazado.
—Quizás la llevaron a hacerlo. Quizás fue un homicidio indirecto.
—Entonces todos los suicidios lo son.
Miró a uno y otro lado de la calle, con ganas de irse, demasiado amable como para decirlo. Dije:
—Bueno, fue un placer conocerla.
—¿Se va de la ciudad?
Asentí:
—Me voy a Washington DC.
VEINTE
Tomé el tren en Penn Station. Más transporte público. Llegar hasta allí fue tenso. Solo un paseo de tres bloques entre la gente, pero yo buscaba personas que estuvieran examinando caras en la pantalla del móvil, y parecía como si el mundo entero tuviese algún tipo de dispositivo electrónico disponible y abierto. Pero llegué intacto y compré un billete en efectivo.
El tren como tal estaba lleno y era muy diferente de los del metro. Todos los pasajeros en filas hacia delante, y todos ellos escondidos detrás de respaldos altos. Las únicas personas a las que podía ver eran las que estaban a mis costados. Una mujer en el asiento de al lado, y dos hombres del otro lado del pasillo. Pensé que los tres eran abogados. No de las grandes ligas. Jugadores de segunda o segunda B, probablemente, socios importantes con vidas atareadas. No terroristas suicidas, en cualquier caso. Los dos hombres estaban recién afeitados y los tres eran irritables, pero aparte de eso nada despertaba sospechas. No es que el Amtrak de DC pueda atraer a terroristas suicidas. Más bien fue hecho a medida para bombas en maletas. En Penn los andenes de llegada se anuncian en el último minuto. La gente se queda dando vueltas en el vestíbulo y después se abalanza y se apelotona. No hay seguridad. Maletas negras con rueditas todas idénticas viajan colocadas en los portamaletas. Es suficientemente fácil para cualquiera bajarse en Filadelfia y dejar su maleta en el tren, y después hacerla estallar un poco más tarde, con el teléfono móvil, cuando el tren llega a Union Station ya sin él, justo en el centro de la capital.
Pero llegamos bien y logré salir indemne a la avenida Delaware. En DC hacía tanto calor como el que había hecho en Nueva York, y estaba más húmedo. Las aceras frente a mí estaban salpicadas con nudos de turistas. Grupos familiares, en su mayoría, de muy lejos. Padres responsables, hijos retraídos, todos vestidos con camisetas y pantalones cortos llamativos, mapas en las manos, cámaras listas. No es que yo estuviera bien vestido o fuera un visitante habitual. Había trabajado en la zona de vez en cuando, pero siempre a la izquierda del río. Pero sabía a dónde estaba yendo. Mi destino era inconfundible y estaba justo delante de mí. El Capitolio de Estados Unidos. Había sido construido para impresionar. La idea era que durante los primeros tiempos de la República vinieran de visita diplomáticos extranjeros y se fueran convencidos de que la nueva nación era un jugador de peso. El diseño había tenido éxito. Más allá del otro lado de la avenida Independence estaban las oficinas de la Cámara de Representantes. En una época tuve un conocimiento rudimentario de la política congresal. Las investigaciones a veces llevaban hasta los comités. Sabía que el Edificio Rayburn estaba lleno de viejos funcionarios que llevaban anquilosados en Washington toda la vida. Supuse que en cambio a alguien relativamente nuevo como Sansom le habrían dado un espacio en el Edificio Cannon. Prestigioso, pero no la cúspide.
El Edificio Cannon estaba en la intersección de Independence y la Primera, agazapándose del otro lado de la esquina más alejada del Capitolio como si estuviera rindiendo homenaje o preparando una amenaza. Tenía en la puerta todo tipo de seguridad. Le pregunté a un trabajador de uniforme si el señor Sansom de Carolina del Norte estaba adentro. El trabajador revisó una lista y dijo que sí, que estaba. Le pregunté si podía hacer que le enviaran una nota a su oficina. Dijo que sí, que podía. Me dio un lápiz y papel de un anotador especial de la Oficina y un sobre. Dirigí el sobre al Comandante John T. Sansom, Ejército de los Estados Unidos, Retirado, y añadí la fecha y la hora. En el papel escribí: Esta mañana temprano vi morir a una mujer con su nombre en la boca. No era cierto, pero estaba cerca. Añadí: Escalinatas de la Biblioteca del Congreso en una hora. Firmé Comandante Jack-nada-Reacher, Ejército de los Estados Unidos, Retirado. Había una casilla para marcar en la parte de abajo de la hoja: ¿Es usted uno de mis votantes? Marqué la casilla. No cierto en un sentido estricto. Yo no vivía en el distrito de Sansom, pero de la misma manera que tampoco vivía en ninguno de los 434 distritos restantes. Y había estado de servicio en Carolina del Norte, tres veces distintas. Así que sentí que tenía derecho. Cerré el sobre y lo entregué y volví a salir a esperar.
VEINTIUNO
Caminé en el calor de Independence hasta el Museo del Aire y el Espacio y después me di la vuelta y me dirigí hacia la biblioteca. Me senté en los escalones transcurridos cincuenta minutos de la hora. La piedra estaba caliente. Había hombres de uniforme detrás de las puertas por arriba de mí, pero no salió ninguno. Los ejercicios de valuación de riesgos deben haber ubicado a la biblioteca en la parte de abajo de la lista.
Esperé.
No esperaba que apareciera Sansom en persona. Supuse que en cambio me iban a mandar administrativos. Quizás personal de campaña. De qué edad y cuántos no lo podía imaginar. Entre uno y cuatro, quizás, juntando posgraduados y profesionales. Me interesaba saberlo. Uno joven manifestaría que Sansom no se estaba tomando mi nota muy seriamente. Cuatro altos cargos sugeriría que el tema era sensible. Y quizás algo que mantener en secreto.
El plazo de sesenta minutos llegó y transcurrió y no conseguí ni administrativos ni personal de campaña, ni jóvenes ni viejos. En vez de eso recibí a la esposa de Sansom, y a su jefe de seguridad. Diez minutos después de que se cumpliera la hora vi que una pareja dispar se bajaba de un Lincoln Town Car y hacía una pausa al pie de la escalinata y miraba alrededor. Reconocí a la mujer por las fotos del libro de Sansom. En persona tenía exactamente el mismo aspecto que debe tener la esposa de un millonario. Tenía un peinado de salón de belleza caro y buenos huesos y mucho estilo y era probablemente cinco centímetros más alta que su marido. Diez, con tacones. El tipo que estaba con ella parecía un veterano Delta de traje. Era bajo, pero duro y fibrado y fuerte. El mismo porte físico que Sansom, pero más recio de lo que Sansom había parecido en las fotos. Su traje estaba conservadoramente confeccionado con buen material, pero lo llevaba todo doblado y arrugado como un uniforme de combate con mucho uso.
Los dos se quedaron juntos y miraron alrededor a la gente que estaba cerca y eliminaron una posibilidad tras otra. Cuando yo era lo único que quedaba levanté una mano como saludo. No me puse de pie. Supuse que iban a subir y se iban a detener por debajo de mí, así que si me ponía de pie me iba a quedar mirándoles desde un metro por encima de sus cabezas. Menos amenazador quedarme sentado. Más propicio para conversar. Y más práctico, en términos de gastos de energía. Estaba cansado.
Subieron hacia donde yo estaba, la señora Sansom con buenos zapatos, avanzando con pasos delicados y precisos, y el tipo Delta a su lado siguiéndole el paso. Se detuvieron dos escalones por debajo de mí y se presentaron. La señora Sansom se llamó a sí misma Elspeth, y el tipo se llamó a sí mismo Browning, y dijo que se deletreaba como el fusil automático, lo cual me imaginé que se suponía que lo situaba en alguna clase de contexto amenazador. Él era una novedad para mí. No aparecía en el libro de Sansom. Siguió enumerando su pedigrí completo, que empezaba con la carrera militar junto a Sansom, y seguía incluyendo la carrera civil como jefe de seguridad durante los años empresariales de Sansom, y después jefe de seguridad durante los mandatos de Sansom en la Cámara de Diputados, y tenían en sus planes incluir el mismo tipo de deberes durante los mandatos de Sansom en el Senado y más allá. Toda la presentación era una cuestión de lealtad. La esposa, y el fiel sirviente. Imaginé que la idea era que yo no tuviera ninguna duda acerca de dónde estaban depositados sus intereses. Una exageración, posiblemente. Aunque sentí que mandar a la esposa desde el principio era un movimiento inteligente, políticamente hablando. La mayoría de los escándalos se complican cuando el tipo está lidiando con algo de lo que su mujer no está al tanto. Incluirla a ella desde el inicio era una declaración.
Ella dijo:
—Ganamos muchas elecciones hasta el momento y vamos a ganar muchas más. Lo que usted está intentando ya lo han intentado decenas de veces. Otros no lo han logrado y usted tampoco lo va a lograr.
—No estoy intentando nada —dije—. Y no me interesa quién gane las elecciones. Una mujer murió, eso es todo, y quiero saber por qué.
—¿Qué mujer?
—Una empleada del Pentágono. Se disparó en la cabeza, anoche, en el metro de Nueva York.
Elspeth Sansom miró a Browning y Browning asintió y dijo:
—Lo vi en internet. El New York Times y el Washington Post. Sucedió demasiado tarde como para las ediciones impresas.
—Un poco después de las dos de la mañana —dije.
Elspeth Sansom me volvió a mirar y preguntó:
—¿Qué implicación tuvo usted?
—Testigo —dije.
—¿Y ella mencionó el nombre de mi marido?
—Eso es algo de lo que tengo que hablar con él. O con el New York Times o con el Washington Post.
—¿Es una amenaza? —preguntó Browning.
—Supongo que sí —dije—. ¿Qué van a hacer al respecto?
—Recuérdalo siempre —dijo—: no haces lo que John Sansom hizo en su vida si eres blando. Y yo tampoco soy blando. Ni lo es la señora Sansom.
—Grandioso —dije—. Acabamos de establecer que ninguno de nosotros es blando. De hecho, somos todos duros como piedras. Ahora sigamos. ¿Cuándo veo a su jefe?
—¿Qué era usted cuando prestaba servicio?
—El tipo de persona a la que incluso ustedes le habrían tenido miedo. Aunque probablemente no tenían miedo. No es que eso importe. No estoy buscando hacer daño a nadie. A no ser que alguien necesite que le hagan daño, vaya.
Elspeth Sansom dijo:
—Siete en punto, esta tarde. —Mencionó lo que supuse que era un restaurante, en la rotonda Dupont—. Mi marido le va a dar cinco minutos. —Luego me volvió a mirar y dijo—: No venga vestido así o no le dejarán entrar.
Volvieron al Lincoln y se fueron. Tenía que matar tres horas. Tomé un taxi en la esquina de la calle 18 y la avenida Mass y encontré una tienda y compré un pantalón liso azul y una camisa azul a cuadros. Después anduve hasta un hotel que había visto dos manzanas al sur sobre la 18. Era un sitio grande, y bastante de lujo, pero los sitios grandes de lujo por lo general son los mejores para conseguir un pequeño aseo del que no quede registro. Hice un gesto con la cabeza al pasar frente a los empleados de la recepción y cogí un ascensor a un piso cualquiera y anduve por el pasillo hasta que encontré a una empleada de limpieza haciendo el servicio en una habitación vacía. Eran más de las cuatro de la tarde. La hora de check-in era a las dos. Por lo tanto la habitación iba a permanecer vacía esa noche. Quizás también la noche siguiente. Los hoteles grandes raramente están cien por cien llenos. Y los hoteles grandes nunca tratan muy bien a sus empleadas de limpieza. Por lo tanto a la mujer le alegró recibir treinta dólares en efectivo y tomarse una pausa de treinta minutos. Supuse que iría a la siguiente habitación de su lista y volvería después.
Ella no había llegado al baño todavía, pero había dos toallas limpias en el estante. Nadie sería capaz de usar todas las toallas que provee un hotel grande. Había un jabón todavía en su envoltorio junto al lavabo y media botella de champú en una repisa. Me lavé los dientes y me di una ducha larga. Me sequé y me puse mis pantalones y mi camisa nuevos. Pasé de uno a otro los contenidos de los bolsillos y dejé las prendas viejas en la papelera del baño. Treinta dólares por la habitación. Más barato que un spa. Y más rápido. Estaba de vuelta en la calle en el espacio de veintiocho minutos.
Caminé hasta Dupont y espié el restaurante. Cocina afgana, mesas exteriores en un patio al frente, mesas interiores detrás de una puerta de madera. Parecía ser el tipo de sitio que se iba a llenar de jugadores poderosos con ganas de gastar veinte dólares en un aperitivo que cuesta veinte céntimos en las calles de Kabul. Yo no tenía problemas con la comida pero sí con los precios. Calculé que hablaría con Sansom y después me iría a comer a algún otro sitio.
Anduve por la calle P hacia el oeste hasta el Rock Creek Park, descendí hasta quedar cerca del agua. Me senté en una piedra grande y plana y escuché la corriente por debajo de mí y el tráfico por arriba. Al pasar el tiempo el tráfico se escuchó más alto y el agua más baja. Cuando en el reloj de mi cabeza faltaban cinco minutos para las siete trepé de vuelta hacia arriba y me dirigí al restaurante.
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