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LARRY BROWN nació en 1951 en Yocona, Mississippi, cerca de Oxford, en pleno condado de Yoknapatawpha, territorio de los indios chickasaw, bajo la sombra cansina e insorteable de William Faulkner. Antes de entrar a formar parte del cuerpo de bomberos, sirvió un par de años en los marines y se ganó la vida como pintor, limpiador de alfombras, leñador y carpintero. En 1990 decidió dedicarse por entero a la literatura. Para entonces ya había escrito alrededor de cien relatos, cinco novelas y una obra de teatro que, en su mayor parte, acabaron en el cubo de la basura. Su obra, galardonada con numerosos premios, es un fiel reflejo del Sur profundo. Un crisol de vidas solitarias caracterizadas por el alcoholismo, la pobreza y la desesperación. Falleció a causa de un ataque al corazón en noviembre de 2004. Bebía, pescaba y odiaba las ciudades. Nunca consiguió un bestseller. No obstante, Harry Crews lo tuvo claro desde el principio (nosotros también): «Escriba lo que escriba, lo leeré».

JOE

JOE

Larry Brown

Traducción Javier Lucini


Título original:

Joe

Algonquin Books of Chapel Hill, 1991

Primera edición Dirty Works: Octubre 2021

© Larry Brown, 1991

© 2021 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (gracias a Fernando «Mr. Mojo Risin’» Peña, mejor copiloto EVER, y a Tomás Cobos, compañero de mil peripecias)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-24-0

Producción del ePub: booqlab

Para mi amigo del alma, Paul Hipp

El camino se extendía largo y oscuro ante ellos y el calor ya se hacía notar a través de las finas suelas de sus zapatos. De los campos pardos y secos emergían brotes tiernos de alubias, pequeñas hileras de tallos verdes que se perdían en la distancia. Avanzaban fatigosamente bajo el sol abrasador, cualquiera que los observara habría podido advertir que estaban casi rendidos. Cruzaron un arroyo seco por un puente sobre el que sus pies resonaron como precarios redobles de tambor, erráticos y desfallecidos en medio del silencio que los rodeaba. Ni un solo coche pasó junto a aquellos potenciales autoestopistas. Las contadas viviendas ruinosas que se alzaban en las laderas cubiertas de maleza eran casas abandonadas, deslomadas y escoradas, en las que solo habitaban ratones de campo y lechuzas. Era como si aquella tierra estuviera deshabitada y fuera a seguir estándolo hasta el fin de los tiempos, pero divisaron un tractor rojo faenando en un campo lejano, silencioso, seguido de una pequeña nube de polvo.

Las dos niñas y la mujer iban desfondadas por el calor. El sudor perlaba la parte superior de sus labios. Todos acarreaban bolsas de papel con sus pertenencias, salvo el viejo al que llamaban Wade, que no llevaba más que el andrajoso pañuelo rojo con el que se restregaba de vez en cuando el cuello y la cabeza para contener el flujo de sudor que ya le había oscurecido la camisa azul claro. Se le había desprendido la mitad de la suela del zapato derecho y, a cada paso, se le doblaba bajo el pie, de modo que tenía que hacer un movimiento de arrastre, alzar esa pierna de forma extraña antes de que la suela volviera a doblarse.

El chico se llamaba Gary. Era bajito, pero nadie cargaba más que él. Llevaba los brazos rebosantes de ropa informe, utensilios de cocina oxidados, colchas enmohecidas y mantas. Tenía que asomarse por encima de esa montaña de cosas para poder ver por dónde iba.

El viejo trastabilló, ejecutó una especie de ebrio paso de baile y se dejó caer a cámara lenta sobre el asfalto derretido, lanzando un débil gruñido y poniendo cuidado de no lastimarse. Se quedó tumbado, protegiéndose la cara del llameante ojo del sol con un antebrazo. Su familia continuó avanzando sin él. El viejo los vio empequeñeciéndose a lo lejos, a través de las ondas de calor que se contoneaban sobre el camino, formas desenfocadas y vacilantes de largas piernas y cabeza diminuta.

–¡Esperarme! –exclamó.

Le respondió el silencio.

–¡Niño!

Ninguna cabeza se volvió para atenderle. Si oyeron sus gritos, poco pareció importarles. Siguieron adelante, inclinando la cabeza con determinación, sus pasos fueron haciéndose cada vez menos audibles.

Los maldijo a todos con saña durante unos instantes, luego se levantó y se lanzó tras ellos con el extraño compás que marcaba la suela de su zapato. Apretó el paso hasta alcanzarlos y continuaron atravesando la sofocante tarde sin hablar, como si todos supiesen a dónde se dirigían, como si no hubiese necesidad de conversar. El camino se adentraba a lo lejos en unas colinas verdes y sombrías. Tal vez tiraba de ellos la esperanza de agua fresca y sombra profunda. Llegaron a un cruce en el que confluían campos, bosque, ganado y un pantano, y se quedaron contemplando el paisaje con expresión lúgubre y acuciante. El sol había comenzado su lento y ardiente declive.

El viejo se fijó en las latas de cerveza tiradas por las cunetas, donde una fina capa de verdín nutría las gramíneas achicharradas por el sol. Estaba sediento, pero no había nada a la vista que pudiera aplacar su sed. Él, que rara vez bebía agua, estaba casi a punto de pedirla a gritos.

Con la cabeza gacha, avanzando como una mula enjaezada, se acercó muy despacio a la espalda de su mujer, que se había detenido en medio del camino.

–Mira, ahí hay cerveza –dijo ella, señalando.

Él se dispuso a insultarla sin ni siquiera molestarse en mirar, pero al final miró. Ella seguía apuntando con el dedo.

–¿Dónde? –preguntó.

Los ojos se le movían desenfrenadamente en las órbitas.

–Ahí mismo.

Miró hacia donde le indicaba y vio tres o cuatro latas brillantes, de color rojo y blanco, anidadas entre los hierbajos como huevos de Pascua. Descendió con cuidado a la cuneta, atento a las serpientes, y se plantó junto a las latas.

–¡Válgame Dios! –dijo.

Se agachó y cogió una lata llena de Budweiser manchada de barro y ligeramente abollada, estaba sin abrir y aún era potable. Una sonrisita de júbilo arrugó por un momento su rostro. Se la metió en uno de los bolsillos del mono y se giró despacio en medio de la maleza. Localizó otras dos, ambas llenas e intactas, así que siguió buscando un rato, pero esas tres fueron las únicas que produjo aquella zanja milagrosa. Volvió al camino y se guardó una en otro bolsillo.

–Alguien la ha tirado –dijo, sin quitarle ojo de encima.

Su familia lo observaba.

–Me imagino que piensas bebértela –dijo la mujer.

–El que la encuentra, se la queda. Además, está perfecta.

–¿Entonces cómo es que la han tirado?

–Vete tú a saber.

–Bueno –dijo ella–. Pero ni se te ocurra darle una gota al niño.

–No pensaba.

La mujer se giró y reanudó la marcha. El chico esperó. Permaneció mudo y paciente con la carga en los brazos. El padre abrió la lata y la espuma comenzó a salir a borbotones. Se desbordó y le cubrió el dorso de la mano, pero no tardó ni un segundo en fruncir los labios y ponerse a sorber los blancos y espesos espumarajos con un delicado ruido de succión. Luego, con los ojos cerrados y una mano tosca y enrojecida colgando suelta a un lado, echó la cabeza hacia atrás, se llevó la lata a los labios y vertió el resto de la caldeada cerveza en su garganta. El bulto de cartílago que lucía en el cuello bombeó arriba y abajo hasta que, finalmente, separó un poco la lata de la boca y, aún con el rostro vuelto hacia las alturas, esperó a que cayera la última gota. Solo entonces la devolvió a su lugar de origen, lanzándola sin mirar por encima del hombro. Y retomó el camino.

El chico alzó un poco la carga y siguió a su padre apurando el paso.

–¿A qué sabe la cerveza? –preguntó mientras el viejo se secaba la boca.

–A cerveza.

–Hombre, ya. Pero, ¿a qué sabe la cerveza?

–¡Yo qué sé! Mierda, ¿pues a qué va a saber? A cerveza. Deja ya de preguntar tanto. Al final me veo contratando a alguien a jornada completa solo para que responda tus putas preguntas.

La mujer y las niñas se habían adelantado unos sesenta metros. El viejo y el chico no habían recorrido ni treinta cuando el primero abrió la segunda cerveza. Se la bebió más despacio, sin dejar de caminar, de cuatro o cinco tragos. Cuando llegaron al pie de la primera colina, ya se había bebido las tres.

Era ese momento del atardecer en el que el sol se ha ido pero la luz del día persiste. Los chotacabras se llamaban entre sí y se desplazaban de un lado a otro, al tiempo que los coros de ranas se congregaban en las charcas para entonar sus melancólicos cantos. Los murciélagos se escabullían veloces por encima de sus cabezas y desaparecían en la creciente oscuridad. El chico no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba en aquel momento con su familia, solo un nombre: Mississippi.

A la fresca luz del atardecer, se desviaron por un camino de grava sin ningún motivo aparente. Un territorio más agreste, también despoblado, con alambradas retorcidas y postes podridos que cercaban zonas de sorgo silvestre y asteráceas, bosques sombríos que guardaban secretos en derredor. Siguieron avanzando por el camino, el polvo iba posándose sobre sus huellas. Un coyote soltó un chillido débil y desgarrado en algún lugar; más allá de los juncales y los densos rodales de carrizo, pudieron distinguir un vago verdor al final de un terreno arado. Doblaron por un sendero al pie de un cerro de esteatita y avanzaron sorteando los espacios erosionados del suelo, junto a pinos que se erguían como centinelas solitarios, desde cuyas ramas las palomas echaban a volar cantando y batiendo sus alas de plumas grises, y zonas de helechos entre los que se escabullían ruidosamente seres invisibles.

–¿Sabes dónde estás? –preguntó la mujer.

El viejo ni se molestó en mirarla.

–¿Lo sabes tú?

–Yo me limito a seguirte.

–Pues entonces te callas.

Ella obedeció. Coronaron la última colina y ante ellos se abrió el paisaje del valle, la escasa luz que quedaba se desplegaba a lo largo de una inmensa extensión de tierra arada pero aún por sembrar. Se divisaba todo el camino hasta el río, donde los árboles se alzaban negros y sólidos.

–Es el lecho de un río –dijo el chico.

–Hay que joderse –dijo el viejo.

–No podemos cruzar un río –dijo la mujer.

–Lo sé.

–Mucho menos en la oscuridad.

El viejo la miró bajo la luz menguante y ella apartó los ojos. Él echó un vistazo a su alrededor.

–¡Qué diablos! –dijo–. En nada no se verá un pimiento. A ver si encontráis algo de leña para hacer una fogata.

El chico y las dos niñas dejaron los bártulos en el suelo. Las niñas encontraron unas puntas de pino secas junto a una vieja cerca, las arrastraron enteras hasta el camino y una vez allí se pusieron a partirlas en trozos pequeños para la hoguera.

–Mira a ver si encuentras un nudo de pino –le dijo el viejo al chico.

El chico se fue y lo oyeron abrirse paso colina arriba entre la maleza. Volvió arrastrando con una mano un trozo de madera gris y con unas cuantas ramas secas en el otro brazo. Lo tiró todo al suelo y volvió a desaparecer en la espesura. El viejo se puso en cuclillas y comenzó a liarse un pitillo, concentradísimo, ajeno a todo lo que no fuese la ínfima tarea que tenía entre manos. La mujer se quedó de pie, abrazándose a sí misma, escuchando algo en la oscuridad que tal vez solo iba dirigido a sus oídos.

El chico regresó con otra carga.

–A ver tu cuchillo –dijo.

El viejo le dio el Case con la hoja rota y el chico se puso a rasurar virutas anaranjadas del nudo. Hacía descender la hoja y desprendía las virutas junto a la base. Cuando tuvo un buen puñado, las dispuso sobre el polvo gris en una formación secreta de su propia invención.

–A ver esos palitos –le dijo a su hermana pequeña.

Ella le pasó un manojo de yesca quebradiza y él lo colocó alrededor y por encima de las virutas de pino. Se sacó del bolsillo una caja de cerillas y prendió una. Su rostro surgió de la oscuridad, curiosamente intenso y sucio a la luz de la cerilla, ahuecó las manos innecesariamente para proteger la llamita. La acercó a una de las virutas y una brizna amarilla se enroscó despidiendo un zarcillo de humo negro, como un grueso cabello ondulado.

–Eso tira mejor que una buena plasta de toro –dijo el viejo.

El pedacito de madera comenzó a crepitar y la resina rompió a hervir formando burbujas negras, las llamas empezaron a elevarse. El chico cogió otro trozo del montón y lo acercó al fuego, esperó a que se prendiera y lo añadió a la fogata. Un palo restalló y se inflamó.

–Pásame los que sean un poco más grandes –dijo el chico.

Ella se los alcanzó. Se sonrieron, él y su hermanita. Ahora comenzaron a emerger de la oscuridad, los cinco encorvados en torno al fuego con los brazos sobre las rodillas. El chico fue alimentando las llamas con los palos, de uno en uno, y la hoguera enseguida se puso a crepitar y a crecer, las ascuas rojas se desprendían y volvían a descender sobre el pequeño lecho de brasas que ya se estaba formando.

Siguió alimentándolo, atizándolo y removiéndolo. Se arrodilló, acercó la cara al fuego y sopló. Lo aireó como un fuelle, y respondió. Las llamas se precipitaron sobre los palos y ardieron más alto en la noche.

–Id poniendo los más grandes encima –dijo el chico, levantándose–. Yo voy a por más.

Las niñas arrastraron ramas y las apilaron sobre la fogata. Enseguida saltaron chispas rojas y se entrelazaron con el humo. Las estrellas salieron y cubrieron su improvisado campamento. Estaban acurrucados bajo un cielo negro junto a un bosque rebosante de ruidos. Las ranas toro de los arroyos que alimentaban el río dialogaban con voz ronca desde las orillas arcillosas con un sonido grato al oído en medio de la oscuridad.

La mujer rebuscaba en su mísero petate, apartaba con la mano los objetos inservibles de la parte de arriba. Sacó una sartén de hierro ennegrecida y una lata de judías verdes. Dejó ambas cosas en el suelo y siguió buscando.

–¿Dónde están las sardinas? –preguntó.

–Están aquí, mamá –dijo la niña mayor.

La pequeña no hablaba.

–Bueno, pues acércamelas, cariño.

El chico apareció entre los matorrales, depositó otra brazada de leña junto al fuego y volvió a marcharse. Lo oyeron rebuscar como un enorme sabueso. La mujer se había apoderado del cuchillo y estaba apuñalando la lata de judías. Consiguió abrirla y, con sumo cuidado, levantó el borde dentado con los dedos, la volteó y la sacudió para verter las judías en la sartén. Colocó la sartén junto a las brasas y se puso manos a la obra con la lata de sardinas. Una vez abierta, indagó en su bolsa y sacó un paquete de platos de papel medio envueltos en celofán, los dejó en el suelo y separó cinco. En la lata había cinco pececillos. Puso uno en cada plato.

El viejo arrimó al instante sus dedos mugrientos, se apoderó remilgadamente de una sardina y la hizo desaparecer de dos bocados.

–Esa era la suya –dijo ella.

–No haberse ido –dijo el viejo limpiándose sin dejar de masticar.

El chico se había adentrado en la maleza. Permanecieron atentos a sus idas y venidas mientras las judías se calentaban.

–¿Cuánto falta?

La mujer miraba fijamente el fuego con un rostro lúgubre y anaranjado.

–Estará cuando esté.

De repente desvió la mirada hacia la oscuridad, como si hubiera oído algo ahí fuera, su rostro, granulado como el cuero, trató de sonreír.

–¿Calvin? –llamó–. Calvin. ¿Eres tú?

–Calla –dijo el viejo, mirando en la misma dirección–. Para ya con esa mierda.

Ella le clavó una mirada de sombría desesperación, la expresión que siempre se apoderaba de su rostro al caer la noche.

–Creo que es Calvin –dijo–. Nos ha encontrado.

Se puso de rodillas y miró a su alrededor, como si buscara un arma para defenderse de la noche, y se dirigió de nuevo a la estruendosa oscuridad:

–Cariño, ven, que esto está ya casi listo, mamá ha hecho bollos.

Tomó aliento para decir algo más, pero el viejo se levantó, se acercó a ella y la sacudió por los hombros, inclinándose sobre ella con las perneras andrajosas del mono aleteando ante el fuego y las niñas silenciosas y ajenas a todo. La pequeña se alzó sobre una rodilla y puso otro palo en el fuego.

–Cállate ya –dijo el viejo–. Calla.

Ella se volvió hacia la niña mayor.

–Aún no has roto aguas, ¿verdad?

–No estoy embarazada, mamá. –Tenía la cabeza inclinada y el pelo oscuro le cubría la cara–. Ya te lo he dicho.

–Ay, Señor, hijita, si has roto aguas ya no se puede hacer nada. Una vez conocí a una negra que rompió aguas cuando no había nadie para ayudarla en dos kilómetros a la redonda. Intenté ayudarla y no quiso.

–Te estás ganando un bofetón –dijo el viejo.

–No quiso. Yo estaba allí, junto a la estación de bombeo, al final llegaron tres o cuatro y la ataron, a ella ya le asomaba, venía de culo, la cosa más grande y negra...

Y la arreó. La dejó fuera de combate de un guantazo. Ni siquiera gimió. Cayó de espaldas y se quedó con los brazos extendidos en el suelo como un testigo de Cristo alcanzado por el poder de la Sangre.

Las niñas la miraron y luego miraron las judías. Estaban casi listas. El viejo se había agachado junto a la madre, movía las manos y trasegaba.

El chico volvía a la carrera a través del bosque y la maleza, la alambrada emitió una nota aguda y estridente cuando chocó con ella. Avanzó a cuatro patas y jadeante hasta la fogata, reparó en su madre, tendida de espaldas y con su padre encima en actitud de súplica, vio a sus dos hermanas custodiando el fuego con ojos hambrientos y, haciéndose oír por encima del bullicio de las ranas toro, los desquiciantes chillidos de los grillos y el rumor del escaso caudal del arroyo, exclamó: «¡Hay una casa allí arriba!».

Joe se levantó temprano después de una noche plagada de pesadillas con armas de fuego, tacos de billar lanzados contra su cara y negros sigilosos que empuñaban cuchillos y acechaban en las esquinas oscuras con ojos estrábicos y lechosos, o bien se deslizaban a sus espaldas a hurtadillas para quitarle la vida por dinero. A las cuatro y media se preparó un café instantáneo y se bebió media taza. Metió una tanda de ropa en la lavadora y deambuló por las habitaciones intensamente iluminadas mientras fuera, a su alrededor, el vecindario dormía. Encendió el televisor para ver si echaban algo, pero no había más que nieve.

Cuando abrió la puerta, el perro lo estaba esperando en el jardín con la cabeza alzada.

–¿Qué hay, perro? –dijo–. Ven aquí.

Se agachó con las dos latas abiertas de comida para perros en las manos y las vació con una cuchara sobre el bloque de hormigón que había al pie de las escaleras. Se apartó cuando el perro se acercó y retrocedió hasta el marco de la puerta para verlo comer. Unos cuantos gruñidos y las sacudidas de su cabeza surcada de cicatrices.

El café ya estaba frío cuando volvió a la mesa. Lo tiró al fregadero, se preparó otro y se lo bebió dando pequeños sorbos con el brazo extendido sobre el tablero de metal barato y un Winston humeante entre los dedos. Para entonces ya eran las cinco. En un papel de cuaderno, doblado y castigado por la lluvia, había anotado unos cuantos números. Lo desplegó y lo alisó, repitiéndose los números en silencio. Tenía el teléfono delante, en la mesa. Levantó el auricular y marcó.

–¿Te apuntas a trabajar esta mañana? –dijo. Escuchó–. ¿Y Junior? ¿Se emborrachó anoche? –Escuchó, sonrió y tosió al teléfono–. Vale –dijo–. En treinta minutos estoy ahí. No me hagáis esperar, ¿me oyes?

Colgó sin prestar atención a la voz que seguía parloteando al otro lado de la línea. Se quedó oyendo el traqueteo de la ropa en la lavadora y el silencio en el que vivía ahora, solo roto de vez en cuando por los gemidos del perro en la puerta de atrás. Se levantó, se dirigió a la nevera y se llevó a la mesa la botella de bourbon. La sostuvo un momento en la mano, estudiándola, leyendo la etiqueta, dónde se había hecho, el tiempo de crianza. Luego la abrió y le dio un buen trago. Había también una lata de Coca-Cola medio vacía, sin gas y caliente. Se aseguró de que nadie la hubiese usado de cenicero antes de dar un sorbo. Sorbo de Coca-Cola y sorbo de bourbon, sorbo de Coca-Cola y sorbo de bourbon. Se secó la boca, le puso el tapón a la botella y se encendió otro cigarrillo.

A las cinco y cuarto apagó las luces, bajó los peldaños y cruzó por la hierba húmeda del minúsculo jardín sin que nadie lo viera marcharse. Las estrellas se habían retirado pero la luz del alba aún no había clareado el cielo. El perro gimió y comenzó a frotarle las piernas con el hocico, como si quisiera acompañarlo, pero Joe lo empujó delicadamente con el pie y le ordenó que se apartara, luego se subió a la camioneta.

–Tú te quedas aquí –dijo.

El perro volvió a meterse debajo de la casa. El bourbon debajo del asiento. Arrancó con la puerta aún abierta, pulsó el botón del limpiaparabrisas y se quedó mirando cómo batían el rocío del cristal las escobillas. La camioneta estaba vieja y oxidada y tenía un armazón roto de caravana atornillado a la plataforma, donde llevaba las garrafas de plástico y las pistolas de inyección de veneno entre guirnaldas de polvo y restos de retoños de pino del invierno pasado que se habían secado hasta convertirse en leña. Ruedas de recambio, algunas desinfladas, latas de cerveza vacías y botellas de bourbon. Revolucionó el motor hasta ponerlo al ralentí y cerró la puerta, encendió los faros y retrocedió por el camino de acceso. La camioneta tosió al enfilar la carretera, perdía aceite y daba bandazos, el único ojo rojo de la parte de atrás fue difuminándose lentamente hacia el amanecer.

Había cinco de pie al borde de la carretera con las manos en los bolsillos y las puntas anaranjadas de los cigarrillos parpadeando en sus labios. Pisó el freno, se detuvo junto a ellos y se subieron a la trasera, la camioneta osciló y tembló cuando se sentaron. Paró otras dos veces antes de llegar al pueblo, en cada parada recogió a una persona. Empezaba a hacerse de día cuando entró en el casco urbano. Se saltó el semáforo en rojo que había en lo alto de la colina y giró con la parte trasera hundida para salir a la carretera del barrio de viviendas de protección oficial. Las luces azules de los coches patrulla que se habían reunido en el aparcamiento dotaban a las paredes de ladrillo gris de un esporádico color zafiro, mientras las luces estroboscópicas destellaban y alumbraban los vehículos desguazados, la basura desparramada y los contenedores desbordados. Joe hundió el pie en el freno, detuvo la camioneta y se quedó mirando. Había tres coches patrulla y contó al menos cinco agentes. Sacó la cabeza por la ventanilla y exclamó: «¡Ey, Shorty!».

Uno de los hombres de atrás se bajó y se acercó a la cabina. Era un joven delgado con una camiseta roja.

–¿Qué está pasando ahí, Shorty? ¿Dónde está Junior?

El joven negó con la cabeza.

–Alguien la ha cagado.

–Bueno, pues corre a ver si lo encuentras. No me conviene estar cerca de esos putos polis. Seguro que me cargan el muerto.

–Voy –dijo el joven, y se puso a caminar hacia el edificio más cercano.

–Date prisa, anda –le dijo, y el chaval echó a correr.

En la acera había quince o veinte negros curioseando. La mayoría en calzoncillos o camisón. Un agente se encargaba de mantenerlos a distancia.

Joe vio que los agentes conducían a un hombre con vaqueros blancos y el torso desnudo hacia uno de los coches patrulla. Llevaba las manos esposadas a la espalda. Abrieron la puerta de atrás y un agente le puso la mano sobre la cabeza en un gesto de extraña amabilidad para evitar que se golpease con el techo al entrar. Algunos peones se bajaron de la trasera de la camioneta, pero Joe les pidió que volvieran a subir, que iban con el tiempo muy justo. Encendió un cigarrillo y divisó un resplandor rojo moviéndose entre los pinos situados tras ellos. Se giró y vio que se acercaba una ambulancia con la sirena apagada, sin prisa. Algún muerto, ninguna urgencia, sería eso. Entonces distinguió el pie. Solo uno, torcido y con los dedos hacia arriba, asomando por el lado izquierdo de uno de los coches patrulla. Un pie negro con la planta pálida inmóvil sobre el asfalto. De no haber ido tan apurado, se habría bajado a indagar. Pero la ambulancia ya se había detenido en el solar y los sanitarios estaban descargando la camilla. La llevaron rodando hasta el cadáver, dos hombres con batas blancas. Se agacharon y el pie desapareció.

–Ya estamos –dijo el joven a su lado.

Había otro joven con él.

–¿Tú eres Junior?

Dientes blancos resplandeciendo en la noche agonizante.

–El mismo. ¿Me dejas que me eche un pitillo, Joe?

Joe cogió un paquete del salpicadero y lo sacudió para ofrecerle uno.

–Joder, Junior. Pensé que lo mismo eras tú el que estaba ahí tirado. ¿Qué ha pasado?

Se lo encendió y Junior se quedó un momento callado. Fumó, bostezó y se rascó el mentón con los dedos que sostenían el cigarrillo.

–Bah, Noony, que volvió a emborracharse y a soltar las mierdas de siempre. Según mamá, le disparó el hijo de Bobby.

–Vienes delante conmigo, Junior. Vamos, Shorty. Tenemos que salir zumbando.

Puso la palanca en marcha atrás y esperó a que Junior diese la vuelta. Una vez dentro, fue incapaz de trabar la puerta.

–Cierra con fuerza –dijo Joe–. ¿Están todos dentro?

–Creo que sí. Tú dale. Me has sacado de la cama –dijo Junior.

Sin más dilación, retrocedió para dar media vuelta y cambió a primera. Salió disparado, pero las marchas se le bloquearon en cuanto trató de meter segunda. Pisó a fondo el embrague y volvió a intentarlo. Al final lo logró, pero las válvulas no dejaron de quejarse hasta que coronaron a duras penas la pendiente.

–Tengo que comprarme una camioneta nueva –dijo.

El joven negro que iba a su lado se rio como una cría.

–¿Dónde está tu gorra, Junior?

–Salí corriendo y me la dejé. Shorty me dijo que si no me daba prisa me ibas a dejar tirado.

–Joder, llegamos tarde. Se hará de día antes de que lleguemos. Porque algunos querréis parar en la tienda, claro.

–Yo tengo que pillarme algo de comer –dijo–. ¿Cuánto te darían por esta antigualla si te comprases una nueva?

–No es ninguna antigualla. Lo que pasa es que le fallan algunas cosillas.

Se detuvieron en el semáforo en rojo y esperaron a que se pusiera en verde. Otro coche patrulla subió la colina y giró con las luces rotativas parpadeando. Joe metió primera y volvió a salir disparado, se peleó con la palanca de cambios y metió tercera. La camioneta petardeó, dio un bandazo violento y se caló. Accionó la llave de contacto y las luces flaquearon hasta que decidió apagarlas.

–Me cago en la puta –dijo.

Por fin arrancó y pisó a fondo en primera hasta ponerse casi a cuarenta por hora y subir de marcha. El motor emitió un sonoro quejido, pero siguió funcionando.

–La conexión está cabrona –dijo Junior.

–A ver si le podemos echar un ojo durante el almuerzo.

–Vale.

Giraron en el cruce y tomaron la carretera que salía del pueblo. Las tiendas estaban empezando a abrir.

–¿Entonces, dices que te he sacado de la cama?

–Sí, señor. Anoche salí con Dooley y los demás. Ni me acuerdo a qué hora llegamos. Era tarde.

–Me imagino que estuvisteis dándole al bourbon.

–Hostia puta. Al bourbon y a la cerveza, a las dos cosas. Gané algo de pasta, pero luego me emborraché y la perdí.

Joe contemplaba la mañana que iba abriéndose paso. A toda velocidad.

–Mierda –dijo–. Tenemos que darnos prisa. No vais a aguantar con la que está cayendo. Hoy, mínimo, llegamos a los treinta y cinco grados.

–¿Traes hielo?

Comenzó a rozar el freno, pero luego meneó la cabeza y hundió el pie en el acelerador.

–Me cago en la puta de oros, no. Y ya no tenemos tiempo para dar la vuelta. Seguramente quede algo en la nevera. Y puede que Freddy tenga. Si es así, se lo compramos.

–¿Te puedo gorronear otro cigarrillo?

–En el salpicadero tienes un paquete, hijo. Voy a tener que empezar a descontar el tabaco y la cerveza de vuestros sueldos. La otra noche, cuando acabamos, entré en la camioneta y solo quedaba una cerveza en la nevera. Y mira que compro, cabrones, pero es que no tenéis fondo.

–Unas cervecitas fresquitas al salir del trabajo, no hay nada mejor en el mundo –dijo Junior.

–Nos ha jodido, sobre todo si te salen gratis.

Rodaron en silencio durante unos cuantos kilómetros, los árboles oscuros desfilaban a ambos lados y empezaron a aparecer luces en las casas que bordeaban la carretera. De vez en cuando tenían que sortear una zarigüeya aplastada.

–¿Y dices que al que han disparado es a Noony? ¿Ese no ha trabajado para mí? ¿Uno bajito?

–No. Ese es su hermano. Duwight. Noony es el que no ha parado de tener problemas con la ley. Creo que estuvo cerca de tres años en prisión.

–¿En serio? ¿Y eso cuándo?

–Ni idea. Ya lleva fuera tres o cuatro años.

–No sé si será al que conocí en su día. ¿Qué hizo para acabar entre rejas?

–Creo que rajó a alguien. Llegó un momento en que casi vivía en la cárcel. Ahora está en libertad condicional.

–¿Ah, sí?

–Bueno, estaba. Ahora el hijoputa está muerto.

Joe cogió el último cigarrillo, hizo un gurruño con el paquete y lo tiró por la ventanilla. Se inclinó sobre el volante, abrazándolo con los dos brazos mientras la vieja camioneta ganaba velocidad. Alcanzó a escuchar los débiles gemidos procedentes de la parte de atrás y sonrió.

–Voy demasiado rápido para esos –dijo–. ¿Y cómo es que ese chico le disparó? ¿Qué pasó? ¿Le estuvo tocando las pelotas o qué?

–Me imagino. Bueno, me consta. Ese, si no anda tocándole las pelotas a alguien, no se queda tranquilo. Una vez casi le abro la cabeza con un altavoz.

–Anda ya.

–Ya te digo. Se presentó un día en casa de mi madre diciendo que le debía dinero. Yo le dije que más le valía sacar el culo de mi casa y que allí nadie le debía una mierda. Le dije que si quería dinero que saliera a la calle a ganárselo, como todo hijo de vecino.

–Y entonces lo descalabraste.

–Le hice un boquete que te cagas. Mamá dice que le dispararon a eso de las tres. Estuvo ahí tirado hasta que lo encontraron los basureros.

–¿No te acuerdas de a qué hora llegasteis?

–No. Era tarde.

–¿Y no estaba ya ahí tirado?

–No creo. Puede que sí.

La rejilla de ventilación chirrió cuando Joe la abrió un poco para sacudir dentro la ceniza del cigarrillo.

–Bueno, pues te advierto una cosa –dijo–. La gente que anda buscando problemas suele acabar encontrándolos y, por lo general, más de los que quisiera.

Junior asintió y cruzó las piernas.

–Tienes razón –dijo–. Más razón que un santo.

Al llegar a Dogtown se bajaron de la parte de atrás como una manada de sabuesos y entraron en la tienda sin dejar de hablar ni de reírse, abriendo y cerrando las puertas de las cámaras frigoríficas para sacar leche, Coca-Colas y zumo de naranja. Joe vio cómo pululaban por la tienda mientras echaba gasolina. Los coches circulaban con las luces encendidas, transportando a la gente que fichaba en las fábricas a las siete. Él lo hizo en su día y se alegraba de haberlo dejado. Cortó el surtidor, colgó la boquilla y consultó su reloj al entrar.

–Daos prisa, venga –dijo.

Estaban comprando Moon Pies, galletas saladas, sardinas y botes de salchichas de Viena. En el mostrador, Freddy lo miró con una sonrisa asqueada mientras los hombres se alineaban frente a él con sus respectivas compras. Freddy iba apuntándoles cada día todo, comida, bebida y tabaco, y le pagaban los viernes, cuando Joe los acercaba. Guardaba los recibos en unos cuadernitos que tenía debajo del mostrador.

–¿Qué hay, Joe? –dijo. Dejó de anotar, suspiró hondo y soltó el bolígrafo–. ¿Te apetece un café?

–Ya voy yo.

Cogió un vaso de poliestireno y lo llenó hasta arriba, luego vertió un montón de azúcar y lo removió a conciencia.

–Muy bien, veamos –dijo Freddy. Examinó a Shorty con atención–. Tú eres Hilliard, ¿no?

–Shorty –dijo Shorty, y señaló a otro hombre–. Hilliard es ese.

Freddy sacudió la cabeza y miró la compra de Shorty.

–Vais a tener que empezar a poneros etiquetas con vuestros nombres. No hay día que no os confunda.

–Lo que van a tener que hacer es darse prisa –dijo Joe–. Ya son casi las seis y media. ¿Jimmy no trabaja hoy?

–A ver –dijo Freddy–. A ti ya te tengo. ¿Quién es el siguiente? ¿Quieres una bolsa para meter todo eso?

–Sí, señor. Si es tan amable.

Cogió una bolsa pequeña y empezó a meter las cosas dentro.

–Se ha ido a pescar –dijo–. Estoy a un tris de despedir a ese caradura.

–Me contó que ya lo habías despedido tres veces.

–Pero esta vez va en serio, como no empiece a ayudarme un poco, lo despido para siempre.

–¿Adónde han ido? ¿A Sardis?

–No. Yo qué sé. A cualquier condenado riachuelo. Con el lumbreras de Icky. Lo más seguro es que lleguen borrachos, sin dinero ni peces, me apostaría lo que fuera.

–¿Vas a mirar lo del hielo? –preguntó Junior.

Joe dejó el café sobre el mostrador.

–Claro. Oye, Freddy, ¿tendrías hielo?

–No lo sé. Ayer no hubo reparto, pero mira a ver en la cámara. Puede que algo quede.

–Ya lo has oído, Junior. –Volvió a consultar el reloj–. Vais a tener que espabilaros. Ya es casi de día.

–Aquí quedan dos bolsas –dijo Junior.

–Bueno, pues cógelas y mételas en la nevera. Y ya que estás, mete también más agua.

Recuperó su café y esperó dando sorbos hasta que el último peón salió por la puerta con su bolsita. Entonces volvió a dejar el vaso sobre el mostrador y aguardó a que el tendero abriera la caja registradora. Freddy levantó la vista del dinero y se dirigió a Joe, parecía contrariado.

–Te corre mucha prisa, ¿verdad?

–¿Qué pasa? ¿No lo tienes?

–Oh, sí, sí que lo tengo. Aquí mismo, ya ves. Pero es que hoy me viene el de la gasolina. Y como no compre ya puedo ir pensando en echar el cierre.

–¿Cuándo aprenderás a no apostarte lo que no tienes, Freddy?

–Nunca pensé que Duran le ganaría.

–Eso dijiste.

–¿Podría darte la mitad esta semana y el resto la próxima? Es que ella va a darse cuenta si no.

Joe dedicó unos segundos a pensar en los ganadores y en los perdedores, en los grandes apostadores y en los que aspiraban a serlo.

–Va, está bien. Dame lo que sea –dijo al final.

Freddy echó mano a la caja rápidamente, sacó trescientos dólares y se los entregó, meneando la cabeza con alivio.

–No sabes cuánto te lo agradezco, Joe. El negocio no ha ido muy bien últimamente.

–Pues no lo parece –dijo Joe.

Estaban intentando acabar un tramo de cincuenta hectáreas cerca de Toccopola en el que llevaban trabajando ocho días. Había empezado con una cuadrilla de once, pero despidió a dos y uno renunció al segundo día. Detuvo la camioneta en un camino abierto con buldócer bosque adentro, un tajo de tierra roja en lo más alto de los verdes cerros madereros. Se sentó en el portón trasero con la lima en la mano mientras Shorty y Dooley sostenían las sierras sobre su pierna para que las fuera afilando; las brillantes limaduras se le fueron acumulando en un pliegue de los vaqueros. Cuando tuvo cinco listas, le ordenó a Junior que pusiera a la cuadrilla en marcha. Shorty se había subido a la parte de atrás de la camioneta para lidiar con el bidón de veneno de ciento veinte litros y volcarlo, y ahora, con ayuda de Dooley, estaba llenando las garrafas de leche con el espeso fluido marrón.

Joe alzó la cabeza y dirigió la mirada hacia los lejanos árboles moribundos que habían inyectado tres días antes. Era como si se hubiese desatado una plaga sobre el verde esmeralda del bosque y ahora intentase llegar hasta ellos.

–De momento no necesitáis agua –dijo–. Id a donde lo dejamos ayer y empezad antes de que apriete el calor.

–No va a llover, ¿verdad? –dijo uno de ellos esperanzado.

Joe miró al cielo gris y encapotado. Se oía el rumor de los truenos en la distancia.

–No va a llover –dijo–. Al menos hasta la hora del almuerzo.

Terminó con la última sierra y trató de apurar a sus hombres todo lo posible al tiempo que ellos trataban de retrasar al máximo el momento de ponerse a trabajar rellenando las pistolas y cebando los tubos.

–Muy bien, a por ello –dijo–. Ya os habéis tocado bastante los huevos. Mañana esto tiene que estar finiquitado, aunque nos lleve todo el día.

El hombre a cargo del agua y el veneno cogió una garrafa de cada cosa y se encaminó pendiente abajo tras la cuadrilla para ponerse manos a la obra. Joe se subió a la cabina, sacó el bourbon de debajo del asiento y abrió una Coca-Cola caliente. Encendió un cigarrillo y tosió varias veces, sin prisa, luego carraspeó, se aclaró la garganta y, finalmente, soltó un escupitajo y se limpió la boca. Dio un par de tragos y tapó la botella. Se estaba comenzando a levantar un poco de viento. Débiles relámpagos arponeaban la tierra a varios kilómetros. Se tumbó en el asiento corrido con la gorra sobre los ojos y los pies asomando por la puerta. En cuestión de minutos se quedó dormido.

Se despertó al sentir unas gotitas en la cara. Abrió los ojos y vio el techo de la cabina. Se le había caído la gorra y el agua se deslizaba por el interior de la puerta hasta caerle encima. Tenía los pies mojados. El parabrisas estaba empañado por la lluvia y apenas alcanzaba a distinguir unas formas verdosas y desvaídas. Eran las nueve y diez. Se puso la gorra y se dejó escurrir por la puerta abierta, hundiendo los pies en el barro que ya se estaba formando. El nuevo terreno era blando y había aparcado al pie de una pendiente, así que volvió a meterse en la camioneta, la puso en marcha y retrocedió patinando y coleando por el fango rojo hasta que pudo maniobrar para dar la vuelta y dejarla orientada hacia el lado contrario. Acto seguido, se apeó y se adentró en el bosque en busca de la cuadrilla.

Era una lluvia fina, apenas una bruma que empalidecía todo lo que se alcanzaba a ver hasta convertirlo en una tenue penumbra gris. Los bosques verdes, las colinas rojas muertas. Tuvo que hacer equilibrios al bajar al valle, agarrándose a los arbolitos en las zonas más empinadas y manejándose como un anciano, con los miles de cigarrillos consumidos a lo largo de su vida resollándole en el pecho.

Al pie de la colina discurría un pequeño riachuelo lleno de piedras, zarzamoras y pequeños juncos, lo saltó de una zancada, aterrizó pesadamente sobre el follaje húmedo de la otra orilla y se puso a buscar hasta que dio con una cinta de plástico rosa atada a un árbol. Rodeó el tronco, localizó los cortes frescos en la madera viva y se quedó un rato mirándolos. Si la lluvia los obligaba a abandonar, no conseguirían terminar aquel tramo para el día siguiente. Sabía que ellos querrían retirarse, aunque la lluvia no fuera a hacerles ningún daño. Observó el cielo, plomizo y cargado de nubes. No iba a despejar. Tenía toda la pinta de que iba a quedarse así todo el día. Se refugió bajo un árbol imponente y encendió un cigarrillo, se acuclilló, empezó a fumar y el humo formó ante sus ojos una pequeña nube errática. Daba la impresión de que la atmósfera se había espesado.

Cogió un palito y se puso a partirlo en trocitos distraídamente, mirando el bosque por debajo de la visera de la gorra. En el momento en que la lluvia comenzó a arreciar, tomó una decisión. Se levantó y se dirigió de vuelta a la camioneta, cruzó de nuevo el riachuelo, se agachó para atravesar la maleza, una zarza le arrebató la gorra, la recogió del suelo y le quitó el barro a sacudidas antes de volver a encasquetársela concienzudamente en la cabeza.

Se apoyó en el claxon durante dos minutos seguidos, hasta asegurarse de que lo hubiesen oído. Les dio diez minutos más antes de volver a tocarlo para que se orientasen y pudieran atajar dirigiéndose directamente hacia él. Tardaron casi veinte minutos en aparecer. Llegaron en tropel, entre risas, empapados, con la ropa pegada a la piel y enormes chanclos de barro rojo cubriéndoles el calzado. Patearon y golpearon las botas contra los neumáticos y el parachoques, se las rasparon con palos.

–Salgamos de aquí antes de que la cosa se ponga peor –dijo–. Ahora mismo este camino resbala como su puta madre.

Cargaron el equipo y se acomodaron en la parte trasera. Estaban contentos y se reían, podían arreglárselas con la paga de dos horas. Oyó que alguien le gritaba algo justo cuando puso el motor en marcha, entonces Shorty se acercó a la cabina a toda prisa, chapoteando en el barro como un monigote y con una sonrisa de oreja a oreja.

–Pásanos nuestras cosas –dijo.

Las bolsas estaban apiladas a su lado en el asiento y se las pasó por la ventanilla. Shorty volvió a la parte trasera con las bolsas amontonadas en los brazos. La lluvia caía ahora con fuerza y los limpiaparabrisas batían verdaderos chorros de agua en el momento en que Joe soltó el embrague y notó que los neumáticos intentaban rodar en la arcilla. El suelo rojo se desangraba, ya se habían formado pequeños torrentes de fango que devoraban las laderas y desembocaban en el camino. Misiles de lodo bombardeaban los guardabarros con detonaciones sordas. Tuvo que mantenerse en primera, no quería arriesgarse y que le fallase la segunda al subir la pendiente. La camioneta patinó, estuvo a punto de quedarse atascada y poco le faltó para hacer un trompo, pero Joe manejó el volante con pericia y, finalmente, lograron superar la cima sin contratiempos y rodaron tranquilamente hacia la carretera. Otra jornada perdida.

Cuando pudo apañárselas con una sola mano al volante, sacó la botella de debajo del asiento y se la colocó entre las piernas. La destapó y buscó una Coca-Cola por la cabina. Empezó a llover con más intensidad.

A las diez y media ya los había dejado a todos en sus casas y a las doce ya estaba de vuelta en la suya. El perro le dio la bienvenida, se quedó mirándolo desde debajo de los peldaños, su ancha cabeza blanca abultada por masas de tejido cicatricial y unos apacibles ojos amarillos con una expresión de melancolía extrañamente humana. Habló con el perro y entró en la casa con dos bolsas. La casa ahora se sentía vacía, siempre. Sonora y hueca. Se fijó en el barro que estaba dejando sobre la alfombra y se sentó en el suelo junto a la puerta, se desanudó las botas y las dejó al lado de la nevera. En una bolsa llevaba un paquete de salchichas, unos bollos, una docena de huevos y dos cartones de seis cervezas Bud; lo metió todo en la nevera. Se sirvió un poco de Coca-Cola en un vaso, añadió tres cubitos de hielo y lo rellenó con bourbon, luego fue a sentarse a la mesa con un lápiz y un papel para hacer cuentas. Días y horas en los que vislumbraba beneficios. Incluso con mal tiempo estaba ganando más de doscientos dólares al día. Calculó lo que tendría que pagarles a sus hombres si no trabajaban al día siguiente y lo fue anotando en columnas individuales, calculó los pagos de la Seguridad Social, lo restó, apuntó los nombres y las cantidades que debía a cada uno y listo.

Quedaba un poco de mezcla aguada en el fondo del vaso, agitó los cubitos de hielo casi fundidos y se la bebió de un trago. La lluvia caía a plomo sobre el tejado y pensó en el perro embarrado, estaría tratando de encontrar un lugar seco en medio de aquel repentino mundo acuático. Se levantó, abrió la puerta trasera y miró hacia el cobertizo. El perro alzó la cabeza y lo miró de manera solemne desde su lecho de edredones podridos. Tras un leve gemido volvió a posar la cabeza sobre las patas delanteras, miró los árboles chorreantes y la hierba aplastada, parpadeó un par de veces y cerró los ojos.

Joe cerró la puerta y pensó en ponerse otra copa, pero al final fue al salón, encendió el televisor y se sentó en el sofá. Alguien estaba dando la información agrícola. Se levantó y cambió de canal. Noticias y el tiempo. Todavía no habían empezado los culebrones. Recogió la colcha rosa que había en el suelo, se envolvió en ella como si fuera una mortaja y se tumbó de lado a ver las noticias. Al cabo de un rato, se puso boca arriba y acomodó la cabeza en la almohada que siempre estaba ahí. Cerró los ojos y se impregnó de la quietud que reinaba en la casa, con las manos cruzadas sobre el pecho, igual que en un ataúd, pero con los dedos de los pies asomando por el borde de la colcha. Pensó en ella y en lo que le había dicho esa misma mañana.

Ahora estaba en la ventanilla, lo cual le venía de perlas porque así podía entrar como cualquier ciudadano y hablar con ella siempre que no se explayara demasiado. Se situó al final de la cola y esperó viéndola tratar con otras personas, observando su sonrisa. Siempre que volvía a verla tenía mejor aspecto, como si el hecho de haberle dejado la embelleciera.

La cola iba avanzando lentamente y él no sabía qué podría comprar esta vez. Sellos y más sellos, en casa ya tenía un cajón lleno. Por fin se plantó ante ella esbozando una sonrisa y tratando de disimular el pestazo a bourbon de su aliento.

–Hoy se te ve estupenda –dijo Joe–. Ya veo que no paras.

Ella no apartó la mirada de los resguardos que tenía delante y se puso a trastear con todo lo que había encima del mostrador. Levantó la vista. El dolor estaba tan profundamente marcado en aquellos ojos que casi llegaba a percibirse como un color, el color de un viejo amor frustrado, una especie de alegre tristeza por tenerlo de nuevo cerca.

–Hola, Joe.

Lo dijo sin sonreír, aquella chica delgada de pelo castaño y piel de india que había parido a sus hijos.

–¿Cómo lo llevas? ¿Todo bien? –dijo él.

–Muy bien. ¿Y tú?

Estaba decidida a no sonreír, lo único que hizo fue entrelazar sus pequeñas manos sobre el mostrador de mármol. Llevaba las uñas pintadas de rojo sangre. Él se fijó en ellas, luego la miró a los ojos.

–Yo bien. Hoy nos ha llovido y al final he tenido que llevar a todos de vuelta a casa. ¿A qué hora sales para comer?

–Hoy ni idea.

Desvió los ojos incómoda, pero enseguida volvió a fijarlos en él.

–Jean se ha puesto mala y Sheila está a punto de parir. Así que a saber cuándo puedo salir.

Joe tosió. Se llevó la mano al bolsillo del tabaco, pero enseguida se contuvo.

–Se me ocurrió pasarme por aquí a ver si querías salir a comer algo. Pensé que lo mismo te apetecería ir al Beacon o yo qué sé, a donde sea.

–No creo que haya ninguna necesidad de seguir con esto. ¿No te parece?

–Venga, no tiene nada de malo. Solo quiero invitarte a comer.

Ella cogió el lápiz que tenía en la oreja y abrió el cajón que le quedaba a la altura de la cintura. Pero nada más abrirlo volvió a cerrarlo y dejó el lápiz sobre el mostrador.

–No voy a salir contigo si eso es lo que pretendes.

–Nada más lejos de mi intención. ¿Por qué insistes en tratarme así?

–¿Así cómo?

–Te niegas a hablar conmigo. No quieres ni verme.

–Mira, Joe, no es el momento ni el lugar para discutir. No vas a entrar aquí como hiciste la última vez. El señor Harper llamará a la policía como se te ocurra volver a montar la que montaste. –Se inclinó hacia él y bajó la voz–: ¿Cómo te piensas que me hizo sentir? Lo vio todo el mundo. Es un buen trabajo y quiero conservarlo, a ver si te entra en la cabeza.

–Lo sé. Y no puedo estar más orgulloso de ti.

–Pues entonces déjame trabajar tranquila.

Joe alzó levemente las manos.

–Joder, tampoco es para ponerse así. Solo quería verte un ratito.

–Me parece muy bien, pero este no es lugar para venir a verme, ni un ratito ni un ratazo. Estoy currando.

–¿Y entonces dónde se te puede ver?

–No lo sé. ¿Vas a comprar algo o no?

–Sí. Dame sellos, anda. Un pliego.

Ella meneó la cabeza y deslizó la mano debajo del mostrador.

–Gastas más sellos que nadie que yo conozca.

–Es que me he hecho unos cuantos amigos por correspondencia –dijo él.

Ella puso los ojos en blanco y sonrió un poco.

–Sí, seguro.

Joe sacó la cartera.

–¿Qué cuestan?

–Dos cincuenta el de diez, cinco el de veinte.

–Dame el de veinte. ¿Necesitas pasta?

–No.

–Puedo dejarte algo si te hace falta.

–Me va bien. La semana pasada me ascendieron y conseguí un aumento.

–No me digas

–Sí te digo.

–¿Sales con alguien?

–No es asunto tuyo. Y si lo estuviera haciendo no te lo diría. Aquí tienes.

Dejó el pliego sobre el mostrador. Joe le dio un billete de cinco.

–Déjame que te dé algo de pasta –dijo.

Tenía tres billetes de cincuenta doblados entre los dedos. Ella echó un vistazo a su alrededor para comprobar si alguien miraba.

–No pienso aceptarlo, estaría bueno, para que luego vayas por ahí creyéndote que te debo algo.

–No me debes nada, Charlotte. Y prefiero que lo tengas tú. Yo me lo fundo enseguida. ¿De verdad que no quieres salir a comer?

Había dejado el dinero en el mostrador. Apartó las manos, sacó un cigarrillo, lo encendió, giró la cabeza y tosió.

–Ahora mismo no puedo –dijo ella.

Alguien se había puesto detrás de Joe en la cola. Una anciana sonriente que rebuscaba en su bolso sacudiendo la cabeza.

–Me he estado portando bastante bien –dijo Joe–. Hace dos semanas que no salgo.

–Eso está muy bien, Joe. Pero ahora puedes hacer lo que te salga de las narices.

–Lo único que quiero es verte.

–Mira, tengo que trabajar. Llévate el dinero –dijo ella, y arrastró los billetes hacia él.

–Hasta luego –dijo Joe.

Se dio media vuelta y se marchó.

En el sofá, giró la cabeza y miró las cosas que sucedían en la pantalla del televisor sin verlas, oyó lo que decían los actores sin escucharlos. Eran como sueños, reales sin serlo. Cerró los ojos y todo se desvaneció.

Accedieron por un umbral carcomido, dando pasos precavidos sobre los tablones secos y polvorientos, sus voces resonaban con fuerza entre las ruinas silenciosas. El suelo estaba maravillosamente alfombrado de enredaderas, gruesas plantas trepadoras de tallos rojos y hojas verdes que brotaban enmarañadas entre las rendijas. Un vetusto triciclo reposaba ante las difuntas cenizas de una chimenea cuyos viejos y toscos ladrillos, mal espaciados y con el mortero de fabricación casera desconchado fragmento a fragmento, parecían sostenerse únicamente por los nidos de las avispas alfareras que se alineaban por dentro.

–Mirad eso –dijo la mujer, señalando el triciclo–. Imaginaos los años que tiene.

En lo alto, en la bóveda que formaban las vigas, un búho basculó la cabeza hacia abajo como si fuera una pieza montada sobre rodamientos engrasados para ver mejor a los invasores, acto seguido desplegó sus pequeñas alas marrones, planeó sin ruido a través del aguilón y salió a la luminosidad primaveral.

Recorrieron la casa con el zumbido de las avispas rojas por encima de sus cabezas, hasta llegar a la habitación del fondo, donde había un nido de cerca de quince centímetros anclado a la viga más alta, una masa suspendida y vibrante de cuerpos opacos y alas negras que se arrastraban como larvas. Retrocedieron hasta la habitación principal, en silencio, con cuidado.

–Hace mucho que aquí no vive nadie –dijo el chico.

Extendió el brazo y empujó el triciclo, que rodó rígidamente por el suelo con los pedales girando y, quizá, evocando los pies de un niño muerto hacía mucho tiempo. Luego se plantó ante una ventana sin cristales, palpó la ensambladura de dos troncos entre los que apenas pasaría un folio y se maravilló de lo que habría costado levantar y encajar con tanta precisión aquellos maderos talados de treinta centímetros de grosor.

–Tendremos que poner algo en las ventanas –dijo el viejo–. Y habrá que deshacerse de todas estas enredaderas.

–Más vale que primero derribemos el nido de avispas –dijo la mujer.

Las dos niñas se habían instalado en un rincón apartado con sus bolsas. Observaban a su padre con hosca testarudez.

–Esta casa vieja es horrible –dijo la mayor.

Se llamaba Fay; la pequeña, Dorothy.

–Es mejor que una cloaca –dijo Wade.

El viejo se detuvo ante una caja fuerte de madera con el barniz desgastado y ampollado tras haber sobrevivido a un incendio en algún otro hogar. Al abrir una de las portezuelas, los goznes protestaron con un débil bostezo. Las baldas polvorientas estaban llenas de caparazones de insectos, cagarrutas de ratones y pequeños frascos de colores con los tapones oxidados.

El chico seguía fascinado con los troncos. Tocaba las superficies cortadas a hachazos, palpaba el barro seco que se agrietaba en las rendijas. Pensaba que le habría gustado vivir en los tiempos en que los hombres construían esas casas.

–Mulas –dijo–. Apuesto a que esa gente trabajaba con mulas.

El viejo estaba sacando los frascos de la caja fuerte, los había pequeños y azules y altos y verdes, de un extraño cristal ondulado y defectuoso con burbujas de aire atrapadas.

–Estos frascos viejos puede que valgan un dinero –dijo.

Había una pequeña habitación adosada al lateral de la casa. Las vigas del techo se encontraban a tan solo un metro ochenta del suelo cubierto de hojarasca, trozos amarillentos y quebradizos de papel de periódico y restos de telas podridas y descoloridas. El chico escarbó entre los desperdicios con la punta del pie, minucioso. Miró a sus padres. Estaban examinando los frascos y discutiendo en voz baja sobre ellos. Siguió apartando las ramitas y el polvo del suelo con el zapato. El moho acumulado desde tiempos inmemoriales. Se agachó y recogió un cartucho de escopeta reblandecido y verdoso. Al tocar el extremo ondulado e hinchado, el papel desteñido se le descascaró entre los dedos. Estaba lleno de pequeños perdigones grises, ya casi blancos. Lo volcó y provocó una lluvia de plomo apenas audible sobre sus zapatos. En la otra habitación murmuraban, hablaban. No había más muebles que la caja fuerte, ni siquiera una silla. Se asomó a la ventana y vio un pequeño cobertizo desmoronado y cercado por la hojarasca, construido con tablones verdes y tejas de madera cancerosa. Vio también un retrete exterior abatido. Y, un poco más allá, la muralla de pinos que recogía ya el calor inminente del día. Paseó la mirada por la habitación. Quienquiera que hubiese vivido allí, hacía años que se había largado. Volvió a la parte delantera y se reunió con sus padres.

–Podéis empezar a quitar los hierbajos –dijo su padre.

Gary se agachó sin pensárselo y comenzó a arrancarlos a puñados y a arrojarlos por la ventana.

–Ojalá tuviera una escoba –dijo su madre.

–¿Qué vamos a hacer para el agua? –preguntó Fay–. No hay agua.

–Me imagino que habrá un arroyo por aquí cerca, será cuestión de buscarlo –dijo Wade–. ¿Por qué no levantas un poco el culo y vas a ver si lo encuentras?

–¿Y por qué no vas tú?

El chico dejó lo que estaba haciendo y miró a su hermana. El viejo estaba de pie junto a ella, la mujer se acababa de girar y los observaba. La chica se incorporó poco a poco.

–Aquí no hay ni baño. Míralo. Está lleno de nidos de avispas y las malas hierbas atraviesan el suelo. Ni siquiera sabes de quién es.

El viejo le cruzó la cara. Sonó como un disparo, su mano estalló de improviso contra la mejilla de la chica haciendo que le revolotease el pelo oscuro alrededor de la cabeza. La mujer se puso en movimiento y se quedó congelada al mismo tiempo, se desplomó en el suelo con las piernas cruzadas y llevándose las manos a los cabellos. La chica levantó el puño.

–Ni se te ocurra amenazarme, niñata –dijo Wade–. De la tunda que te meto te dejo inválida.

La niña le lanzó un puñetazo a la nariz, pero falló por más de quince centímetros. El viejo la agarró del brazo y se lo retorció por la espalda. Intentó azotarla con la mano abierta al tiempo que ella intentaba patearlo. Bailotearon trazando un pequeño círculo desquiciado sobre el polvo. La más pequeña miraba con las manos encogidas sobre la boca.

El viejo intentó inmovilizarla contra la pared, pero la chica se giró y le encajó un rodillazo en los huevos. El viejo cayó mostrando los dientes. La chica agarró un palo del suelo y comenzó a golpearlo en la cabeza hasta dejarlo acurrucado y gemebundo en el suelo, tratando de rechazar los golpes que ella no podía dejar de propinarle como si estuviese sacudiendo una alfombra, implorándole que parase, joder, que dolía.

–¿Qué? ¿Te ha gustado? –dijo ella.

Pero Gary le arrebató el palo y lo tiró por la ventana.

–Ya está bien –dijo.

–¿Ahora te pones de su parte? ¿Por qué lo defiendes?

–Porque lo único que vas a conseguir es enfurecerlo más –dijo.

–Ojalá se muera –dijo ella–. Se inclinó sobre su padre–. ¿Me has oído? Te odio a muerte y ojalá te mueras. Así no tendríamos que seguir aguantándote.

El viejo gimió en el suelo con los ojos firmemente cerrados.

–No vas a poder sentarte de la paliza que te voy a meter –dijo apretando los dientes.

–Das pena –dijo ella–. Ojalá estuvieses muerto y pudriéndote en el infierno.

–Cuando acabe contigo vas a desear no haber nacido –dijo él.

–Ya basta –dijo Gary–. Vamos. Ayúdame a levantarlo.

El chico se aferró al brazo del viejo y tiró de él hasta dejarlo sentado. Se le había caído la gorra y tenía los cuatro pelos grises que le quedaban revueltos y llenos de polvo. Se mecía de un lado a otro, con las manos en la tripa. La chica seguía merodeando a su alrededor, en busca de otro hueco por donde atacar.

–Aléjate de él, Fay –dijo Gary.

–Será mejor que te largues de aquí –dijo Wade.

–Si tuviera algún sitio al que ir, ni me lo pensaría.

–Levántate, mamá.

El chico se inclinó hacia su madre y la ayudó a levantarse, primero una rodilla, después la otra. Estaba aturdida y temblorosa, se manoseaba el pelo como si quisiera peinárselo. El viejo había alzado una rodilla e intentaba ponerse de pie impulsándose con una mano. Forcejeó enseñando los dientes podridos hasta que, al final, logró incorporarse jadeante en el centro de la habitación. Se agachó, recogió la gorra y le sacudió el polvo.

–Quiero este lugar limpio antes de que anochezca –le dijo a Fay.

–Bésame el culo –dijo ella.

El viejo embistió y la agarró por el cuello. Ella no gritó. Se limitó a cerrar los ojos y a intentar zafarse de sus manos, se estamparon los dos contra la pared de troncos. El chico trató de interponerse entre ellos, la pequeña y la mujer se sumaron, los tres se pusieron a tirar de aquellas manos que la atenazaban con tanta fuerza. A la chica le entraron arcadas, rompió a toser y la cara empezó a amoratársele hasta que por fin dijo: «Vale, joder. De acuerdo», y el viejo la soltó. La chica se frotó la garganta y tosió un poco más. El viejo se plantó delante de ella, alzó un dedo y se lo puso en la cara.

–Vas a hacer lo que yo te diga –dijo.

Ella no respondió. Los dedos del viejo le habían dejado marcas rojas en el cuello.

–¿Me has oído?

Gary los observaba sin quitarse de en medio. Jadeaban como si fuesen corredores después de una carrera.

–El día menos pensado... –dijo la niña.

–¿Qué? –El viejo se acercó más–. ¿El día menos pensado qué?

–Nada.

–Muy bien. Porque no quiero seguir escuchando tus mierdas de listilla. Estoy hasta el gorro de oírte. ¿Entendido?

–Entendido.

–Pues ponte a hacer lo que te he dicho.

–¿Qué me has dicho? –preguntó ella.

El viejo gesticuló enfurecido con las manos.

–Que empieces a recoger toda esta mierda. Quiero todas estas ramas y estas hojas fuera de mi vista.

Empezaron recogiendo las hojas y los residuos que habían entrado por las ventanas rotas, lo cargaban todo hasta la puerta y lo tiraban al exterior. La mujer encontró en alguna parte los restos de una escoba y enseguida se vieron envueltos en el polvo que levantó al arremeter contra el suelo. Wade intentó decir algo, pero le entró la tos y se recostó contra la pared. Las arcadas le hicieron encorvarse. Sacó la lengua. Se puso a batir el polvo con las manos. La mujer siguió barriendo con más ímpetu y levantó un auténtico nubarrón. El viejo se llevó las manos a la garganta como si fuera a estrangularse. El polvo salía por las ventanas y se elevaba hasta las vigas. Wade sufría como una víctima de gas lacrimógeno y se arrodilló sobre los anchos tablones. Gary lo ayudó a ponerse en pie y lo acompañó fuera; parecía que iba a desgarrarse por dentro y prácticamente tuvo que sacarlo a cuestas. Se dejó guiar hasta un árbol caído y se sentó en el tronco metiendo la cabeza entre las piernas, con la lengua fuera.

–¿Estarás bien? –preguntó Gary.

Su padre no respondió, no podía hablar. Se estaba ahogando, los hombros sacudidos por violentos espasmos.

–Lo mismo tendrías que levantarte y darte una vuelta –dijo.

Se giró y observó el polvo que se extendía en oleadas por el jardín. Dentro, la difusa silueta de su madre se movía metódicamente por la estancia, barriendo sin parar. Fay salió, tosiendo, y se apoyó en el marco de la puerta con una mano.

–Hostia puta –dijo.

–¿Dónde está Dorothy?

–No lo sé. Supongo que habrá huido por el otro lado, eso si no ha muerto asfixiada. No entiendo cómo puede soportarlo mamá.

Se dirigieron al otro lado de la casa, donde estaba la otra niña sacudiéndose el polvo de la ropa.

–¿Estás bien? –preguntó Gary.

La niña asintió. Se quedaron juntos observando la polvareda que se arremolinaba hasta posarse en la hierba.

–Está como una puta cabra –dijo Fay.

–No digas eso.

–Bueno, lo está.

–Pero no hace falta que lo digas –dijo él–. Si sigues pasándote de lista con él...

–No le tengo miedo.

–Nadie ha dicho que se lo tengas. Pero de nada sirve sacarlo de quicio. Lo único que vas a conseguir con eso es empeorar las cosas.

–No se merece ni que lo matemos –dijo ella.

–Calla. –Hizo un gesto con la barbilla hacia la niña pequeña–. Te está escuchando.

–Me da igual, que lo oiga. ¿Cómo crees que vamos a vivir en esta mierda de casa? No hay agua. Ni siquiera hay ventanas.

–Las arreglaré –dijo él.

–Y una mierda que te comas. Esta pocilga no hay quien la arregle. Ni siquiera sabemos de quién es. ¿Qué haremos si al dueño le da por presentarse y nos pilla?

Él se lo pensó un rato.

–Bueno, seguro que encontramos otro sitio.

–¿Ah, sí? ¿Y se puede saber dónde?

–No lo sé. Se supone que él conoce a gente por aquí. Tal vez ellos sepan de algún lugar. Un sitio que esté un poco más cerca de una tienda o algo así. Tenemos que encontrar la manera de conseguir comida. ¿Nos queda algo?

–Lo dudo. No creo que a mamá le quede. No sé por qué tuvimos que largarnos de Texas. Allí, al menos, teníamos un huerto. Aquí no hay nada. –Miró a su alrededor con disgusto–. En mitad del bosque. Hiedra venenosa por todas partes. Te apuesto lo que quieras a que no eres capaz de encontrar a nadie en su sano juicio que quiera vivir aquí.

–Me pregunto si tendrá dinero –dijo Gary.

–¿Tú qué crees?

–Que no.

–Sabes muy bien que no. Si tuviera, ya habría encontrado una bodega en algún lugar y se lo habría gastado.

–Bueno, entonces, ¿qué vamos a hacer?

Ella se limitó a mirarlo.

–No lo sé.

Al mediodía ya se habían librado de la mayor parte de la basura, pero debían mantenerse alejados de la habitación donde colgaba el nido de avispas. Estaban sentados a la sombra de unos árboles en el jardín invadido por las madreselvas. Tal y como habrían hecho las vacas para procurarse alimento, las habían pisoteado y aplastado.

–Bueno, ¿cuánto dinero nos queda? –les preguntó el viejo con aire esperanzado.

–A mí nada –dijo Gary.

–Pues a mí ni me mires –dijo Fay.

–¿Dónde está tu bolso? –le preguntó Wade.

–Ya te he dicho que no tengo nada –dijo ella–. ¿Crees que te miento o qué?

–Solo quiero comprobarlo.

–Te acabo de decir que estoy pelada.

–Bueno, solo quiero verlo.

–Bueno, y también puedes irte a tomar por culo.

Ella se levantó y fue a por su bolso, pero él la agarró del brazo. Forcejearon unos segundos para apoderarse de él hasta que el viejo rompió la correa de un tirón y se lo arrebató. Volcó el contenido en el suelo mientras ella se desgañitaba insultándole. Un peine, un espejo, dos chicles, pinzas para el pelo, lápiz de labios. Lo sacudió, pero ya estaba vacío.

–¿Qué? ¿Satisfecho?

La chica se arrodilló y volvió a meterlo todo en el bolso, murmurando entre dientes.

–Tenemos que conseguir algo de comer –dijo el viejo.

–Deberías haberlo pensado antes de traernos aquí.

–¿Quieres que te dé un bofetón? –dijo él.

Ella no respondió.

–Algo habrá que hacer –dijo Gary–. Hay que encontrar un trabajo.

–¿Y dónde vas a encontrarlo? –preguntó el viejo.

–No lo sé. Supongo que habrá que ponerse a buscarlo. ¿A qué distancia está el pueblo?

El viejo hundió la mirada en el bosque que los rodeaba, como si en los árboles hubiera señales indicadoras que marcasen la ruta hacia la civilización.

–Calculo que a unos dieciséis kilómetros.

–¿No hay ninguna tienda más cerca?

–Hay una no muy lejos, en London Hill. O al menos la había.

–¿Crees que nos fiarán?

–Puede. Por preguntar que no quede. Lo mismo sí.

–¿Pues por qué no nos acercamos y vemos? Algo hay que hacer. No podemos pasarnos todo el día aquí sentados a verlas venir.

–Ve tú. Las piernas me están matando, apenas puedo levantarme.

La mujer no se había manifestado, pero estaba desplegando unos flácidos papelitos verdes. Uno a uno, se fueron percatando y se quedaron mirándola sin dar crédito, ahí sentada, con la cabeza gacha y los dedos ligeramente temblorosos, manipulando unos billetes arrugados. Los alisaba sobre la rodilla según los iba sacando del fajo.

–¿De dónde has sacado eso, mamá? –preguntó Gary.

–Es mío –dijo ella.

Tenía el pelo cubierto de polvo y le colgaba descuidadamente a los lados sin llegar a taparle las orejas.

–¿Cuánto tienes? –quiso saber el viejo.

Se lo quitó de la rodilla y lo contó.

–¿Ocho dólares? ¿Nada más?

Ella negó con la cabeza.

El viejo se levantó como si nada, olvidándose de pronto de sus achaques, y se metió los billetes en el bolsillo.

–Iré a la tienda –dijo–. A ver qué saco con esto.

Gary se levantó.

–Voy contigo –dijo.

–No hace falta. Puedo ir solo.

–Ve con él, Gary –dijo Fay, dándole un codazo.

–No hace falta. Volveré en un rato.

–¿Comprarás gasolina? –dijo Gary.

–¿Gasolina? ¿Para qué?

–Para el nido de avispas.

–Habrá que librarse de ese nido de avispas si queremos instalarnos aquí.

–Bueno, si encuentro un bidón para traerla, compraré un poco.

Se pusieron de pie y lo vieron alejarse a trompicones por el bosque ardiente. Cuando dejaron de oírlo, Fay se volvió hacia su madre.

–¿Se puede saber por qué le has dado todo ese dinero? Ahora se pondrá a hacer dedo para que alguien lo lleve al pueblo y se lo gastará en bourbon.

–Déjala en paz –dijo Gary–. Lo que menos necesita es que le eches la bronca.

Esa noche, a las nueve, estaban reunidos alrededor de una pequeña fogata en medio del solar, mudos bajo el estruendoso bullicio de los grillos. El pasto y los hierbajos ya empezaban a parecerse a una zona de descanso de ganado. Estaban calentando unas latas de cerdo con alubias y el viejo iba por la mitad de una botella de Old Crow. Habían ido a buscar leña y la habían amontonado junto a la casa.

Los rostros alrededor del fuego se veían demacrados, los ojos ligeramente agrandados, ligeramente aturdidos por el hambre. Permanecían silenciosos observando cómo se quemaba el papel de las latas. Cuando las alubias empezaron a borbotear, la mujer se inclinó dolorosamente sobre su cadera mala para sacar las latas del fuego con la mano envuelta en un trapo. De la cabeza le colgaban mechones de pelo apelmazados. Tomó cinco platos de papel, los dispuso en el suelo y fue vertiendo las alubias sacudiendo las latas a medida que avanzaba de plato en plato, como si estuviese sirviendo comida de perro a una mascota. En el plato destinado al viejo sirvió la ración más abundante.

El cabeza de familia estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la hierba arrasada, el bourbon bien plantado en el hueco que formaban sus piernas. Se había liado un cigarrillo y se lo llevaba regularmente a los labios, tenía los ojos soñolientos y rojos como el fuego. Estaba más que achispado. De vez en cuando se le vencían la cabeza y el pecho, y se incorporaba de una sacudida, con los ojos adormilados. Un montón de manos furtivas y mugrientas se extendieron hacia los platos en silencio, los tomaron y se alejaron del fuego hacia las zonas más oscuras del terreno. La mujer apenas probó bocado, se levantó y vertió su ración en el plato del chico.

El fuego remitió. El plato de alubias que el viejo tenía delante humeaba, pero no reparó en él. Una polilla surgió enloquecida de la noche y se posó en la salsa caliente, forcejeó un momento y se quedó inmóvil. Al viejo se le había vencido tanto la cabeza que ya no le veían la cara, solo la gorra gris manchada sobre la pechera del mono. Respiraba sonoramente, hacía ruidos. Su pecho se hinchaba y se deshinchaba. Lo acecharon como lobos. El fuego crepitaba y restallaba, de las ramas que ardían en las brasas se desprendían trocitos blancos de ceniza. Las chispas se elevaban frágiles y mortecinas, anaranjadas, como ojos de mapache en la penumbra. La ceniza se desmenuzaba y la luz decreciente arrojaba sombras aún más oscuras. El viejo se fue derrumbando poco a poco, por etapas, como un árbol podrido, hasta que se le derramó el bourbon entre las piernas. Siguieron observándolo unos minutos y, cuando estuvieron seguros, se levantaron, se acercaron al fuego, cogieron su plato y se lo llevaron de vuelta a la oscuridad.

Mediodía. El campo que bordeaba la carretera se cocía bajo un sol blanco, hileras de pequeñas plantas de color verde claro se fundían a lo lejos. La tierra parecía echar humo y no tenía color de lo seca que estaba, como si jamás hubiese conocido la lluvia. Parecía más muerta que unos huesos viejos. En el extremo sur de la plantación de alubias, un pequeño tractor azul daba la vuelta y regresaba. Se debatía contra el inmenso paisaje llano, daba la impresión de que se arrastraba centímetro a centímetro, la tierra seca no cedía, se deshacía en polvo entre los arados y poco más. El viejo frunció el ceño hacia el cielo abrasador.

–Vacía las demás –dijo.

El contenedor de metal verde junto al que se encontraba estaba instalado casi al borde de la carretera de asfalto, sobre un lecho de grava de cantera tan duro como el hormigón. Los obreros del condado habían reforzado el arcén y lo habían ensanchado, y había trozos de vidrio molido por todas partes.

El chico estaba metido en el contenedor de hierro oxidado. Seleccionó otra bolsa negra de basura y la rasgó con el cuchillo; acto seguido, inclinándose sobre la tapa abierta, hundido hasta las rodillas en la basura, la volcó hacia fuera. Se derramó un aluvión de desechos: latas de cerveza empapadas, cáscaras de huevo, una botella de bourbon de medio litro, colillas y ceniza. Trozos irreconocibles de frutas podridas y verduras infestadas de moscas. En medio, una salchicha vienesa mordisqueada por un perro o un niño pequeño. Todo cubierto de posos de café húmedos. El viejo se agachó y se puso a rebuscar entre los desperdicios. Rescató tres latas de Coca-Cola Light y catorce de Old Milwaukee y las metió en un saco de arpillera.

–¿No las aplastas? –preguntó el chico.

Wade hizo un gesto despectivo con la mano. El chico se encorvó hacia el montón de bolsas que tenía detrás. Cogió otra y dijo: «Si las aplastaras, tendrías más espacio».

El viejo se limitó a gruñir. Cada vez que se inclinaba, el chico le veía el michelín rosado y blando que le asomaba por el lado donde se abotonaba el mono. Se tambaleó, aturdido y casi desvariando de hambre, sobre los montones de basura que había entre aquellas paredes ahumadas. Movió un periódico. Un enjambre de moscas verdes alzó el vuelo desde una hebilla de bloqueo cargada de besugos que alguien había arrojado al contenedor. Los peces estaban hinchados, con los ojos blanquísimos. El vientre pálido y las escamas grises. Se le revolvió el estómago, pero lo tenía vacío.

–Date prisa –dijo el viejo.

El chico se puso de nuevo a rebuscar. Sabía que su padre quería terminar cuanto antes y alejarse de la carretera, pero aún no habían llenado ni la mitad del saco cuando apareció a lo lejos una camioneta. El chico se incorporó.

–¿Quién es? –preguntó.

–Yo qué sé. ¿Tienes alguna más por ahí?

No contestó, se quedó mirando con aprensión mientras el vehículo se aproximaba e iba reduciendo la velocidad. Se miraron y Wade dijo: «Sal de ahí».

Gary salió del contenedor aferrándose a la tapa. La camioneta había desacelerado hasta avanzar a paso de tortuga y enseguida pudieron distinguir el escudo estampado en la puerta, el emblema del condado, semejante a una cruz de Malta. La camioneta se detuvo y el conductor apagó el motor. Esperaron. Se bajó un hombre alto de pelo castaño y ropa de color caqui. Al principio no dijo nada, tan solo los observó como si fuesen niños descarriados cuya conducta inadecuada había rebasado los límites de lo razonable.

–Hola –dijo Wade–. ¿Cómo está?

El hombre se llevó las manos a las caderas y se acercó al contenedor. Miró dentro y sacudió la cabeza.

–No le importa que cojamos estas latas, ¿verdad? Pensamos que nadie las querría.

El hombre pateó los montones de basura que habían arrojado al suelo, hurgando en el revoltijo con la puntera del zapato, como si se le hubiera perdido algo en aquel pestilente montón de desperdicios. Luego alzó la vista.

–Sois de lo que no hay –dijo–. De verdad que sí. –Volvió a patear los despojos–. ¿Para qué creéis que está aquí este contenedor?

–No estamos haciendo nada malo –dijo el viejo–. Solo queremos las latas. ¿Quién es usted, de todos modos?

El hombre le clavó la mirada.

–Por Dios, soy Don Shelby. El vigilante de esta ronda. ¿Y tú quién coño eres?

Wade Jones removió con la punta del pie el mosaico de vidrio esmerilado y no dijo nada.

–Mirad la que habéis liado –dijo el hombre–. ¿Quién pensáis que va a limpiar todo esto? Cuando estaba el vertedero y procurábamos mantenerlo siempre bien apisonado, ni siquiera os molestabais en conducir hasta allí para tirar la basura. Y ahora, hay que joderse, os dedicáis a sacar la basura de los contenedores. –Miró a Gary–. ¿Sabes que puedes ir a la cárcel por esto?

–No, señor –dijo.

Se preguntó si debía salir corriendo. El bosque estaba bastante cerca.

–Bueno, pues así es, por Dios. La multa por tirar basura es de quinientos dólares. ¿Tienes quinientos dólares?

–No, señor. No los tengo.

–Bueno, pues eso es lo que te costaría la broma. Es una ley estatal. –Volvió a mirar el montón de basura como si no pudiera creerse que siguiera allí–. Mis hombres no pueden estar viniendo aquí cada cuarto de hora para ocuparse de esta basura. Tienen otras cosas que hacer. Así que ahora mismo os vais a poner a recoger toda esta porquería y la vais a meter de nuevo donde estaba. Y yo me voy a quedar aquí mirando.

–¿Dice que es el vigilante? –dijo Wade.

–Eso mismo.

–Pero no es policía –añadió con aire dubitativo.

Shelby se acercó hasta quedar a escasos centímetros de su cara.

–No, no soy policía. Mira tú por dónde me he topado con un listillo. Pero resulta que en esa camioneta tengo una radio. Y, como no hayáis recogido toda esta mierda en cinco minutos, no dudaré ni un segundo en llamar a la policía y entonces, si quieres, podrás hacerte el listillo con ellos.

Wade parpadeó.

–Vamos, hijo. –Le dio un codazo–. Mueve el culo y ponte a recoger. Mira que te dije que no montaras este estropicio.

Gary se agachó y se hizo con una buena brazada de basura.

–¿No me ayudas? –preguntó.

–Estoy en ello –dijo Wade, arrojando al contenedor una lata de sopa, un trapo y una bolsa vacía de patatas fritas. Nada que pesara demasiado. Una caja de cereales, un periódico, un cartón de huevos.

–Lo quiero igual de limpio que antes –dijo Shelby.

Observó un rato a Gary agachándose para recoger los innumerables restos de basura desperdigados.

–Espera un momento –dijo.

Volvió a la camioneta, metió el brazo en la parte de atrás y sacó una pala que todavía llevaba la etiqueta del precio pegada.

–Toma –dijo–. Utiliza esto.

–Sí, señor –dijo Gary.

Aceptó la pala y retomó la tarea. Wade se detuvo y se levantó un lado de la gorra para rascarse. Se apoyó en el capó de la camioneta, el saco medio lleno de latas tintineó débilmente. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la cara. El tractor se aproximaba por el campo con el conductor estirando el cuello para no salirse del surco, tanto él como la máquina envueltos en polvo, el légamo pulverizado rodaba por los neumáticos y se derramaba como agua entre los tacos. Al pasar junto a ellos, los saludó con la mano. Las cuchillas del arado, pulidas y brillantes como el cromo en la parte que atravesaba la tierra, subían y bajaban en el polvo inerte, y el constante resoplido del tractor rompía el silencio por encima de los raspones de la pala que manejaba el chico.

–Lo quiere bien limpio, vamos –dijo el viejo.

Gary asintió y siguió recogiendo. Shelby consultó la hora. El chico apilaba pequeños montones de basura, los arrastraba hasta el contenedor y luego llenaba la pala con la mano.

–Supongo que ya está bien así –dijo Shelby.

Gary se enderezó y lo miró, luego miró a su padre. Wade asintió. El vigilante alargó el brazo para que le devolviera la pala y el chico se la acercó.

–Que sea la última vez –dijo.

Arrojó la pala a la trasera de la camioneta provocando un fuerte estruendo. Esperó a que Wade se despegase del capó.

–Mis hombres ya tienen más que suficiente con lo que tienen. Así que si queréis latas os ponéis a buscar en los arcenes, que además es donde más hay.

–Sí, señor –dijo Gary.

Wade tenía las manos apoyadas en las caderas y miraba a su alrededor como un sordo.

Shelby abrió la puerta y se detuvo un momento con la mano apoyada en la ventanilla, los fulminó con una mirada fría, primero a uno y luego al otro.

–Estaré pendiente –dijo–. Paso por aquí casi todos los días.

Wade ni se dignó a mirarlo.

–De acuerdo –dijo–. Ya estáis advertidos.

Subió a la camioneta, puso el motor en marcha y arrancó. El viejo y el chico permanecieron junto al contenedor y lo vieron alejarse lentamente por la carretera para luego hacerse a un lado y dar media vuelta. Cuando volvió a pasar junto a ellos ya iba a setenta. Le saludaron con la mano. Él no. Siguió avanzando hasta perderse de vista y, finalmente, se extinguió también el rumor de los neumáticos. Hacía calor y reinaba la calma, el tractor estaba girando para dar otra batida.

–Muy bien –dijo Wade–. Se ha largado. Vuelve a meterte ahí.

–¿Y si vuelve?

–No va a volver. Es la hora del almuerzo.

–Pero podría volver. Podría volver en un rato para ver si seguimos aquí.

–¿No me has oído lo que te he dicho?

–Sí.

–Pues mueve el culo.

–Ya hemos cogido casi todas las latas –dijo, pero se encaramó de nuevo al contenedor.

Empleando un sistema de inspección rutinario, descubrieron un patrón. Los contenedores se vaciaban los martes y los viernes, lo que les dejaba los otros cinco días de la semana para recolectar en sus entrañas. Trasladaron sus operaciones de saqueo a la noche, amparados por la oscuridad. Parte del día lo dedicaban a patearse los arcenes, el chico se metía en las cunetas y lanzaba las latas a la carretera, el viejo arrastraba los pies e iba llenando el saco. A menudo tenía que sentarse a descansar, el chico se alejaba y volvía con los brazos cargados y el saco lleno. Volcaban las latas en un montón junto a la casa y a veces se pasaban un rato contemplando en silencio su creciente riqueza.

Un día, el viejo hizo un viaje al pueblo, lo recogió un granjero que se dirigía a la fábrica de piensos. Montó detrás, junto a un cargamento de enormes sacos de maíz desgranado que estuvieron soltando cascarilla durante todo el trayecto.

Cuando pararon, el viejo se reanimó y se bajó delante de un edificio parecido a un granero, con las paredes remendadas de chapa y anuncios de Purina. Un aparcamiento de grava lleno de baches y plagado de aperos de labranza oxidados, con las piezas móviles solidificadas por la corrosión y decoradas con diez o quince gatos. Nada más bajarse, el granjero llegó a su lado.

–Le agradezco mucho el viaje –dijo–. ¿El pueblo queda muy lejos?

El granjero era un hombre ocupado, un hombre con vaqueros y camiseta que se apresuró a descargar el pienso.

–A un kilómetro y medio, más o menos –dijo, indicándole la carretera con la barbilla.

Wade asintió. Miró, sus ojos se fijaron en la abrasadora franja de asfalto bordeada de árboles inmóviles. No corría ni el más leve soplo de aire y el sol se alzaba en lo alto como una moneda blanca incrustada en el cielo. El granjero empezó a retirar los sacos y a entregárselos a un negro que había emergido silenciosamente de las sombras del interior del edificio empujando un pesado carro de dos ruedas.

–Oiga, una cosa... –dijo Wade.

Acomodó una expresión sombría a su rostro. El granjero, aferrando con ambas manos las orejas cosidas de un saco, se detuvo y lo miró, los músculos de los antebrazos tensos como pequeñas maromas.

–¿Podría usted prestarme un dólar o dos? Tengo una niña enferma en casa y he llamado para pedir la medicina. Me dijeron que eran cinco dólares con algo, y solo tengo cuatro.

–¿Un dólar?

–Sí. Uno o dos. Lamento tener que pedírselo después de que me haya traído hasta aquí y todo eso, pero le aseguro que la niña necesita esa medicina.

Había apoyado una mano en los tablones del lateral de la camioneta y su rostro, vuelto hacia arriba, parecía desguarnecido y avergonzado.

–Pero ¿qué dice, hombre? –dijo el granjero, también parecía avergonzado–. Si ni siquiera lo conozco.

–No pasa nada –respondió el viejo al momento–. Está bien. De todas formas le agradezco el viaje.

Se dio la vuelta y emprendió la marcha, a los tres pasos el granjero lo llamó.

–Oiga, espere un momento.

Se giró.

–Sí, señor –dijo.

Esperó.

–Me cago en la puta. Vuelva aquí un momento. No me dijo nada de esa niña enferma.

Wade restregó los zapatos entre las piedrecillas.

–No me pareció bien –dijo–. Ya hizo bastante con recogerme en la carretera y eso. No quería pedirle más cosas.

El granjero y el negro lo miraban, uno desde la camioneta y el otro desde el muelle de carga. El negro tiró del carro hacia atrás, lo hizo girar y lo empujó hasta desaparecer en las penumbrosas pilas de pienso. El granjero se bajó de la parte posterior de la camioneta y se sacudió el polvo de las manos. Se acercó al viejo con expresión apenada y la mirada abatida.

–¿Está muy mal? –preguntó.

–Bueno. Casi siempre. Lleva enferma toda la vida.

El granjero asintió y se frotó la barbilla con un dedo.

–¿Qué edad tiene?

–Cuatro añitos. Y, claro, el médico siempre anda diciendo que le sorprende que haya vivido hasta ahora. Al principio decían que no llegaría a vivir tanto. –Alzó la cabeza y la sacudió ligeramente con asombro, hundiendo la mirada en el horizonte–. Pero ella nunca se queja. Al mirarla jamás pensarías que le pasa algo.

–Dios mío –dijo el granjero en voz baja–. Yo tengo una nieta de cuatro años.

Se había llevado una mano al bolsillo trasero y con la otra se frotaba el labio inferior en señal de indecisión. No se demoró mucho. Sacó la cartera y la abrió. Extrajo unos billetes y se los tendió al viejo como si le quemaran en los dedos.

–Tome –dijo–. Puede que la pobrecita necesite algo más.

Wade no miró el dinero, pero negó con firmeza.

–No podría aceptarlo –dijo–. No puedo.

El granjero sacudió los billetes ante él.

–Vamos –dijo–. Por todos los diablos. Cójalo.

–Me sabe mal, señor. Ya se ha portado muy bien conmigo.

El granjero se acercó y le metió el dinero en el bolsillo. Wade se quedó un rato mirando al suelo y negando con la cabeza. Luego se dio la vuelta, dio cinco pasos, se detuvo y se volvió. El granjero seguía de pie en la grava, mirándolo, con el rostro afectado por la compasión u algo parecido.

–Tengo un montón de cosas que hacer, si no, le acercaría al pueblo –dijo, parecía abochornado–. Pero si sigo por aquí cuando vuelva, nada me complacerá más que llevarle de vuelta a casa.

–No sabe cuánto se lo agradezco –dijo Wade–. Creo que será mejor que me ponga en marcha y vaya a solucionar cuanto antes lo de la medicina.

–Desde luego. Espero que su niña se recupere –dijo el granjero, todo amabilidad.

El viejo asintió y se marchó.

Bajo el frescor del aire acondicionado del supermercado, arrancó un pequeño racimo de uvas del expositor y cuando llegó al estante de la mantequilla de cacahuete ya se las había metido todas en la boca. En cuclillas contra los relucientes frascos de mermelada, hizo trabajar a sus mandíbulas con discreción, sacó una caja de cartón de debajo de los estantes, se la puso entre los pies, la abrió con una cuchilla y escupió dentro las semillas. Luego se dirigió a la parte delantera, sacó un carrito y cargó la bandeja posterior con latas abolladas de salchichas de Viena y de alubias de vaina púrpura que cogió de un cajón de productos dañados y rebajados a una cuarta parte de su precio original. Era un comprador minucioso, un cazador de gangas que iba sumando las cifras mentalmente, esto más esto y me llevo uno. Como un hombre de campo que mirase al vacío, se detenía de pronto en medio del pasillo con la cara alzada, como si los veloces cálculos mentales que llevaba a cabo estuviesen escritos en los paneles del techo. Hizo un alto en la sección de productos lácteos y se puso a inspeccionar la mercancía con gesto impasible, fijándose sin dar crédito en el precio de la mantequilla de verdad. Al comprobar que nadie miraba, abrió un envase de medio litro de zumo de uva y se lo bebió entero, luego volvió a colocar el cartón vacío en la estantería, detrás de los llenos. A unos metros, un joven con un delantal verde salió empujando las puertas batientes de metal que conducían a la trastienda. Echó un vistazo a la pila de fardos de harina que llegaba hasta el techo, a las tarimas de comida para perros y a los palés de cerveza y refrescos que habían colocado ordenadamente frente a la pared de bloques de cemento. Empujó el carrito hasta el expositor de la carne y examinó los pollos y las chuletas de cerdo. Los muslos estaban a veintinueve céntimos el kilo, pero pasó de ellos. Seleccionó un paquete de jamón ahumado en lonchas con la carne dorada y delicadamente marmoleada y el hueso serrado y cocido en medio. Seis dólares con noventa y siete centavos, ocho lonchas. Lo metió en el carrito. Al otro lado del cristal había media res enorme colgada de un gancho y varios carniceros trabajando alrededor de unas mesas. Vio el botón para llamar a los carniceros en la parte delantera del mostrador, empujó el carrito hasta allí y lo pulsó sin quitarles el ojo de encima. Varias cabezas se alzaron un momento, pero siguieron a lo suyo como si nada. Un joven negro con una gorra blanca de papel lo miró con disgusto apenas disimulado, se limpió las manos en una toalla de papel y salió a su encuentro. Se inclinó sobre el expositor y fue recolocando los solomillos y las espaldillas mientras se dirigía al cliente.

–¿Puedo ayudarle en algo? –dijo el carnicero cuando se plantó delante de Wade.

–¿Tienen despojos? –preguntó Wade.

–¿Despojos?

Lo miró por debajo de la gorra, movía las manos con entrenada eficiencia sobre la mercancía. Dejó de hacerlo, apoyó los antebrazos en su lado del expositor y miró hacia el pasillo.

–Sí. Ya sabe, huesos viejos o restos de carne para perros. Habrá desechos para tirar, ¿no?

El carnicero meneó la cabeza, no parecía contento.

–No sé lo que habrá. Tendría que volver ahí atrás y mirar. Hoy no hemos cortado mucho.

–Si tuvieran, querría llevármelo –dijo Wade–. Tengo unos cuantos perros en casa.

–Mire, ahora mismo estamos un poco ocupados –dijo el carnicero–. Podría mirárselo cuando acabe lo que estoy haciendo.

Acto seguido, mientras reorganizaba las piezas de carne, murmuró algo acerca de sus perros, de su padre y de los perros de su padre que Wade no alcanzó a entender del todo.

–De acuerdo, ¿dónde está el gerente? –dijo Wade–. Se lo preguntaré a él.

Comenzó a mirar a su alrededor desaforadamente. El negro se irguió al instante.

–No –dijo–. No, no vaya a preguntarle nada al gerente, hombre. Joder, ya voy yo a mirárselo.

Se dio la vuelta y se dirigió a la trastienda.

–¿Tienen baño por aquí?

El carnicero empujó una de las puertas y señaló con el pulgar hacia la derecha.

–Dentro, al fondo.

–¿Puedo usarlo?

–Usted mismo.

El carnicero pasó al otro lado golpeando las puertas.

El viejo dejó el carrito en el pasillo de los detergentes y pasó sin hacer ruido. No había nadie a la vista entre las cajas de cartón de lechugas estropeadas y plátanos ennegrecidos, fregonas húmedas, sacos de patatas y arena para gatos desparramada. A la izquierda había dos puertas blancas enormes. Caminó hasta el fondo y echó un vistazo a la derecha. Reparó en la puerta que decía «Hombres». Estaba abierta y sin luz. Saludó con un movimiento de la cabeza cuando el carnicero apareció con una caja al hombro camino de la trastienda de la carnicería, cagándose en voz baja en todos sus muertos. Wade se acercó a las puertas batientes y se asomó a la parte delantera. No había nadie. Se arrodilló frente a la puerta del segundo congelador y palpó las latas de cerveza Miller grandes. Estaban apiladas junto a la blanca escarcha que rezumaba de la junta defectuosa de la esquina inferior de la puerta y se extendía por el suelo hasta apoderarse de ellas como un hongo. Estaban frías como el hielo y sudaban gotitas de condensación. Liberó dos latas del enganche de plástico y se metió una en cada bolsillo, el champán de la cerveza enlatada, luego se levantó y se dirigió al baño, encendió la luz y cerró la puerta.

A los diez minutos salió eructando, se había fumado un par de pitillos tan a gusto y había enterrado las latas vacías en la papelera bajo un montón de papel higiénico. Recuperó el carrito y volvió al expositor de la carnicería. El mismo carnicero levantó la vista y lo vio antes de que pulsara el botón. Salió con una enorme caja de cartón en cuyo lateral habían marcado con lápiz grueso: GRATIS.

–Aquí tiene –dijo, y se la entregó.

Era una caja pesada con los lados abultados. A Wade le costó meterla en el carrito. Abrió un momento las solapas y miró dentro. Harina de huesos, falda de res en mal estado y colas de cerdo. Asintió.

–Muy bien –dijo, pero el carnicero ya había vuelto a entrar en la sala de despiece.

Miró con desprecio cómo se alejaba el viejo con el carrito y descargó el cuchillo de carnicero sobre el tajo.

La carne de cerdo con alubias estaba de oferta, cuatro latas por un dólar. Fueron a parar doce al carrito, junto con dos barras del pan más barato. Cuando se dirigió al pasillo de las cervezas, ya se lo había gastado todo en comida.

Hizo un alto y sumó mentalmente sus adquisiciones. Consideró el peso de todo lo que llevaba. Los expositores de cerveza se alineaban a ambos lados del pasillo, las baldas estaban atestadas de múltiples marcas. Ignoró las importadas y se dirigió directamente a las nacionales. El cartón de seis Budweiser de 33 cl costaba tres dólares con diecinueve centavos. Mierda, pensó. Miró el cartón de doce para ver si le salía más a cuenta. Costaba cinco dólares con noventa y nueve.

–Treinta y nueve centavos –dijo, y una mujer que estaba a su lado se sobresaltó, lo miró y se alejó.

La Busch estaba un poco mejor de precio, a dos dólares con noventa y ocho, pero aun así sacudió la cabeza. La oferta de la Old Milwaukee en lata era la mejor, a dos dólares y cuarenta y nueve centavos las de 39 cl. Pero se fijó en que las botellas de 33 cl estaban a dos con nueve. Se quedó tres o cuatro minutos inmerso en un dilema, barajando sus opciones. Por un breve instante consideró la posibilidad de devolver una barra de pan. Luego pensó en la carne de cerdo y las alubias. Su mirada iba continuamente del carrito a las cervezas. Y entonces se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en el tabaco.

–Mierda –susurró.

El chico que barría el pasillo pretendía barrer a su alrededor.

–¿Cuál es la cerveza más barata que tenéis? –le preguntó Wade.

El chico se detuvo y se rascó la cabeza. Miró a su alrededor como si estuviera viendo las bebidas por primera vez y, de hecho, así era.

–No tengo ni idea, la verdad –dijo.

–Bueno, pero a ver si puedes ayudarme. ¿Tenéis algo más barato que esta Old Milwaukee de dos cuarenta y nueve?

El chico fue de balda en balda, consultando los precios.

–Mire, creo que esta de aquí –dijo, palmeando una pila de litronas–. Está a sesenta y nueve centavos.

Wade las miró escéptico.

–¿Qué mierda es esa? –preguntó.

–A ver... pone Misterbrow. A saber.

–¿Por cuánto saldría la caja de doce? Sesenta y nueve por diez, seis noventa, más otras dos, uno treinta y ocho. Sería... –Miró al chico.

–A mí no me mire –dijo el chico.

–Ocho veintiocho.

–Más los impuestos –dijo el chico.

–Más los impuestos. Que es... ¿cuánto? ¿Cinco centavos?

–Ahora son seis.

–Seis centavos. Seis por doce, setenta y dos. –Movía levemente la cabeza de un lado a otro–. Nueve dólares.

El chico no dijo nada.

–Pero son doce litros de cerveza –le dijo Wade–. ¿No es así? ¿Doce litronas por caja?

–Supongo.

–Pero aún me falta comprar el tabaco. Más los impuestos de todo...

–Tengo que barrer el suelo –dijo el chico.

–¿Qué te dije hace un rato? Nueve dólares. Así que media caja serían cuatro y medio. Seis litros. Y esta de aquí... –Giró la cabeza y miró la Old Milwaukee–. Dos cartones de seis, cinco dólares. Treinta y nueve centilitros por doce..., dos por nueve dieciocho y me llevo una..., dos por tres seis, más uno, siete, más treinta y nueve..., cuatrocientos sesenta y ocho..., vamos, algo más de cuatro litros y medio.

El chico había renunciado a barrer. Se limitó a escucharlo.

–Media caja de esta es lo que necesitaría –dijo Wade–. ¿Podrías sacarme seis?

Al final renunció a seis latas de cerdo con alubias que dejó en la sección de congelados junto con una de las barras de pan, y acabó con cinco paquetes de cigarrillos de marca blanca en lugar de un cartón de Camel. Se puso en la cola y esperó a que la chica pusiera sus artículos en la cinta deslizante. Como un espectador de tenis, fue moviendo la cabeza de su compra a la pantallita de la caja registradora mientras ella lo iba registrando todo. Hizo una mueca de dolor cuando la chica añadió los impuestos.

–Hay que joderse –dijo–. Sois los más careros del pueblo, ¿lo sabías?

Ella se apoyó en un brazo, se puso a tamborilear sobre la caja registradora con las uñas y le dirigió una mirada fulminante mientras él sacaba el dinero. Un chaval le metió la compra en una bolsa y comenzó a empujar el carrito hacia la puerta.

–Deja, ya lo hago yo –le dijo Wade, y salió a la acera.

La compra había cabido en una sola bolsa, pero apenas podía cargar con la caja de los despojos. Miró hacia el aparcamiento al tiempo que rompía a sudar. Vio un taxi parado, empujó el carrito por la rampa y se acercó a él. Al volante había un joven blanco con coleta.

–¿Está libre?

El hombre levantó la vista del periódico y sacudió la ceniza del cigarrillo por la ventanilla. Volvió a mirar el periódico y pasó una página.

–Se supone que no, pero como ese culo negro no vuelva en menos de dos minutos, me largo a cenar.

–¿Cuánto me cobraría por llevarme a London Hill?

El taxista alzó la vista.

–¿London Hill? Coño, eso está a tomar por culo, en mitad del campo. –Meneó un poco la cabeza–. No sé.

–Más o menos –dijo Wade.

–¿A cuánto queda de aquí?

–A unos dieciséis kilómetros, lo mismo un poco más.

El taxista miró su reloj.

–Veamos –dijo. Alzó la vista y entrecerró los ojos por el sol–. Paro el taxímetro y le llevo por diez dólares.

–De acuerdo.

El taxista se bajó raudo y le abrió una de las puertas de atrás.

–Dese prisa y meta sus cosas antes de que vuelva esa negra.

Cuando el viejo se hubo acomodado en el asiento trasero rodeado de sus provisiones, hurgó en la bolsa hasta dar con una de las botellas tibias del fondo. La sacó, le quitó el tapón y se la llevó a los labios.

–Baje esa botella, por amor de Dios. Como lo vean los polis del pueblo me cae un puro que te cagas.

El viejo la bajó.

–¿Y eso? –Se dirigió a los ojos del taxista reflejados en el retrovisor.

–Mierda, amigo. En este pueblo no se puede beber cerveza en los taxis. ¿No lo sabía?

–Bueno, ¿y no tendría una taza o algo así por ahí?

–No, no tengo tazas. Espere a que salgamos del pueblo. –Cogió el micrófono–. Por lo menos hasta que lleguemos a la circunvalación... Ethel, voy a hacer un alto para ir a cenar.

Salió del aparcamiento.

–¿Recogiste a la mujer del Midtown? –dijo la radio.

–No había nadie. Esperé media hora.

Descendió la colina y giró hacia el este.

–Bueno, pues ha vuelto a llamar y ha dicho que ya está lista. Da la vuelta y llévala a casa antes de irte a cenar.

Alzó la rodilla y apretujó el micrófono, manejando el volante con una mano.

–Ahora mismo voy camino de la estación de servicio, con el depósito pidiendo auxilio. Además, este calor no hay quien lo aguante, me estoy cociendo los huevos. Podría pasarme a por ella en una hora o así. ¿Recibido?

Se detuvo en un cruce, miró a ambos lados y volvió a ponerse en marcha. La radio crepitó, un sonido parecido al del beicon friéndose en la sartén. Cortó el chisporroteo, subió por la rampa y hundió el pie en el acelerador. Buscó la mirada de Wade en el espejo.

–Muy bien –dijo–. Ya puede darse el gustazo, si quiere.

En la carretera comarcal le pisó fuerte. Wade se mecía en las curvas con la cerveza en una mano y una loncha de jamón ahumado en la otra. Las cosas habían cambiado mucho con respecto a lo que recordaba de años atrás. Viviendas nuevas, cultivos donde antes se extendía el bosque, un nuevo instituto del condado. Hasta la carretera era nueva.

–¿Y dice que vive en London Hill? –preguntó el conductor.

No se dio la vuelta.

–Justo al otro lado.

–No conocerá a Joe Ransom por casualidad, ¿verdad?

El viejo se lo pensó un rato. En su día, de joven, había conocido a unos cuantos Ransom. Hacía treinta o cuarenta años.

–No sé –dijo finalmente–. Antes conocía a un montón de gente de por allí. Pero llevo mucho tiempo fuera. ¿Cómo se llama su padre?

–Ni idea. ¿No ha oído hablar de él?

–Me temo que no.

–Yo qué sé. Se supone que vive por allí. Pensé que lo mismo lo conocería.

–Pues me temo que no –repitió Wade mientras buscaba en la bolsa otra loncha de carne.

Iba por la mitad de la segunda litrona cuando le indicó al taxista dónde tenía que desviarse.

–¿Falta mucho? –quiso saber el taxista.

–Ya casi estamos.

–Esto me marca ya cerca de veinte kilómetros –dijo mirándolo por encima del hombro.

–Le pagaré.

Los tractores se abrían paso a duras penas entre pesadas nubes de polvo. Los camiones estaban aparcados en los campos con sus cargas de abono y simiente. El taxi los iba dejando atrás a toda velocidad.

–Pues sí que hay granjeros por aquí –dijo el taxista.

–Como a un kilómetro y medio giramos. Verá un camino grande de tierra a mano izquierda, y luego monte arriba.

Eso hizo que el taxista redujera un poco la velocidad. Al doblar por el camino de tierra, el viejo lanzó la segunda botella por la ventanilla. La pista era accidentada y los bajos del coche iban rozando el suelo en las roderas.

–No me iré a quedar atascado aquí arriba, ¿verdad? –dijo el taxista.

–No. Ya estamos llegando.

Cruzaron un puente de madera sobre un arroyo poco profundo, un remolino perezoso y pardo tachonado de piedras que asomaban la cara cubiertas de musgo, puntos de apoyo para los zorros, las zarigüeyas y los mapaches, cuyas huellas jalonaban el limo arenoso de las orillas y ascendían por las laderas plagadas de cañaverales vírgenes, densos y casi impenetrables, y por encima de los toboganes construidos por los castores, agrietados ahora por el sol y fragmentados como rompecabezas de barro endurecido. A través de campos de arbustos innominados y alambradas vencidas, entre robles que se inclinaban para formar un túnel de sombra, el taxi polvoriento aceleraba tambaleante y a sacudidas, despidiendo piedras a su paso.

–Pues sí que vive usted en el quinto pino, coño –dijo el taxista.

–Ya estamos –dijo Wade, señalando–. Es ahí arriba.

El taxista paró y contempló los férreos surcos dejados por los tractores. Sacudió la cabeza.

–De aquí no paso –dijo–. Llevo más de veintidós kilómetros y al subir me dijo que no serían más de dieciséis.

–No joda, hombre, ¿qué le cuesta acercarme hasta allí?

–No me cuesta nada, pero no pienso hacerlo.

Bloqueó la caja de cambios y se bajó. Wade salió por el otro lado y dejó la caja de despojos y la bolsa de la compra en el suelo. Las botellas de cerveza tintinearon.

–Me debe catorce dólares –dijo el taxista.

Wade se quedó un rato mirándolo antes de sacar el dinero del bolsillo y ponerse a contarlo. Después de pagar el trayecto le quedaron cuatro dólares. Se agachó, se los metió en un calcetín y se incorporó. Abajo, una nube de polvo se desplazaba sobre los surcos de los campos. El taxista se guardó el dinero en el bolsillo y se subió de nuevo al coche. El viejo se puso a caminar con las manos vacías. El taxista se asomó a la ventanilla.

–¿No va a llevarse esto?

Wade se dio la vuelta y lo miró.

–Ya mandaré a alguien a buscarlo –dijo.

Curt Fowler estaba en el porche de su casa apurando el último sorbo de su última cerveza. Arrojó la lata a la lancha de aluminio que reposaba junto al porche justo en el momento en que una camioneta con módulo de caravana coronó el cerro succionando levemente el barro con los neumáticos. El vehículo patinó un poco al maniobrar para entrar en el jardín y se detuvo dando bandazos junto al único árbol que quedaba en pie, del que colgaba una cuerda. Oyó el ruido de la puerta y apareció Joe frente a la camioneta con cinco cervezas en la mano.

–¿Qué te cuentas, Curt?

Se acercó al porche y se sentó en el escalón.

–Sabía que alguien acabaría trayéndome una cerveza si me quedaba aquí fuera el tiempo suficiente –dijo Curt.

Se agenció una lata, la abrió y comenzó a vertérsela en la garganta.

–¿Hoy no vas a pescar? –dijo Joe.

–No, diablos, el agua está demasiado turbia, no sabes cómo llovió por aquí anoche, la hostia. ¿Y tú qué? ¿No trabajas?

Joe llevaba puestas unas gafas de sol, unos pantalones de punto color crema y una camisa verde nueva de velvetón con un ribete marrón en el cuello. Sus brillantes mocasines negros estaban manchados de barro.

–Mis negros se niegan a trabajar bajo la lluvia. Les debe dar miedo disolverse o algo así. De todas formas, ahora estamos en un sitio muy malo y si seguía diluviando lo mismo no podíamos salir de allí, así que nos largamos para casa. Casi todos los días la misma historia. ¿Dónde anda ese lamentable hermano tuyo?

Curt sacudió la cabeza.

–Llevo dos semanas sin saber nada de él. Creo que ha vuelto a Texas a instalar placas de pladur. Melba me dijo que ni ella sabe dónde está.

–Ojalá supiera dónde se mete ese mamón. Me debe pasta.

–¿Todavía no te ha pagado? Hay que joderse. Pensé que ya estaríais en paz.

Joe vació la lata y la arrojó a la lancha, medía cuatro metros de eslora y ya rebosaba de latas de cerveza.

–No hay manera de dar con él –dijo Joe–. Si lo ves, dile que quiero verlo.

–Se lo diré. ¿Qué plan tienes?

–No lo sé. ¿Crees que habrá partida esta noche en casa de Henry?

–Vete tú a saber. Ese hijoputa no me va a volver a avisar en la vida. Como le saqué un montón de pasta la última vez, ya puedo ir olvidándome. El día menos pensado ese cabronazo me va a pillar de malas y le voy a reventar el culo a patadas, no te digo más.

–Lo mismo te lo revienta él a ti de un disparo. A George no le cuesta mucho darle al gatillo.

–Esos no le disparan a la gente. No van a dispararme a mí.

Joe abrió otra cerveza. Sacó el paquete de tabaco.

–Déjame robarte uno –dijo Curt al momento.

–No he conocido a un cabroncete más gorrón en toda mi vida –dijo Joe, pero le dio uno.

–Es que no tengo forma de ir a la tienda.

–Lo que pasa es que eres demasiado holgazán para moverte, Curt. ¿Y Bobby?

–Todavía en la cárcel, supongo. He oído que te peleaste con Willie Russell la otra noche.

–Bah. Estuvo tocándome las pelotas y le solté un guantazo, tampoco fue para tanto. Estaba borracho. Se le fue la lengua. Ya sabes cómo es.

–Me sorprende que nadie lo haya matado aún.

–Ya caerá.

Curt dio un sorbo a su cerveza y miró hacia el fondo del jardín.

–Aunque una cosa te digo, creo que no ha vuelto a estar bien desde que se machacó las pelotas.

–Joder. Yo no me creo que se las machacase.

–¿No?

–No. He oído de todo, que solo tiene una y que se machacó las dos, sabe Dios.

–Satch cree que es marica.

–Tampoco me lo creo. Lo que pasa, creo yo, es que está tan jodido que no hay Dios que lo aguante. Por eso nunca se le ve con una mujer. No lo aguantaría ni su madre.

–Yo tuve un primo que perdió la polla –dijo Curt–. Se la enganchó con la cremallera. En fin, esas cosas que te pasan de chiquillo.

–Joder, ya te digo. Solo de pensarlo me cago encima.

–Pero él ya era mayorcito. Se subió la cremallera demasiado rápido y se enganchó la piel. Se puso a hacer el imbécil por ahí y dejó que se le infectara antes de ir al médico. Se puso como loco, ya te puedes imaginar. Pensó que iban a amputarle la polla. Tuvieron que trasladarlo a Whitfield durante una temporada. Se le acabó pudriendo.

–Bueno, ¿y al final qué hicieron?

–Su padre me contó que le hicieron un injerto de piel. Se conoce que le quitaron piel de la pierna y se la cosieron en la polla.

Joe se echó hacia atrás, dio un sorbo a la cerveza y cruzó las piernas, sintió un leve escalofrío.

–¿De la pierna? ¿Pero qué hostias? ¿Cómo va a ser eso? Yo no querría tener piel de la pierna en la polla, eso te lo aseguro.

–Si la única opción es amputártela, ya me contarás.

–Para lo que me sirve, por mí como si me la amputan ahora mismo –dijo. Se levantó como por un resorte–. ¿Tienes idea de cuándo volverá Franklin?

Curt miraba con tristeza las tres cervezas restantes.

–Con él nunca se sabe –dijo.

–Lo mismo ni se acuerda de que le dejé pasta. Estaba borracho cuando me la sacó. Odio tener que andar persiguiendo a la peña que me debe dinero.

–Me imagino –dijo Curt.

Empezó a beber más rápido.

–¿Cuándo dices que viste al viejo Van House? –dijo, tratando de ganar tiempo.

–No te he dicho que lo haya visto –dijo Joe, y bajó del porche–. Dile a Franklin cuando vuelva que quiero mi dinero. Trabajo duro para ganármelo, como todo el mundo, y no soy rico.

–Se lo diré. Oye, déjame que te pille otra cerveza de esas antes de que te vayas.

Joe apenas las miró.

–A tomar por culo, quédatelas todas. Tengo más en la camioneta. En realidad solo bebo cerveza por el calor que hace.

Ya casi estaba en la camioneta cuando Curt bajó del porche con una lata recién abierta en una mano y las dos restantes en la otra.

–No estarás pensando en ir al pueblo, ¿verdad?

–Pues no lo sé –dijo. Siguió dando la vuelta a la cabina y se puso al volante–. Si te digo la verdad no tengo ni puta idea de a dónde voy a ir. –Ahora se arrepentía de haber parado.

Sin afeitar, con el pelo alborotado y la ropa arrugada tras haber dormido con ella, el hombre del jardín se asomó a la ventanilla abierta de la camioneta para retener al visitante y aprovecharse de su infrecuente compañía.

–Déjame ir al pueblo contigo –dijo.

Joe lo miró, los ojos indescifrables tras las gafas oscuras, la mano en la llave de contacto y el pie en el embrague.

–¿Tienes dinero? Porque no pienso estar pagándote la cerveza toda la puta noche.

–Oh, algo tengo –dijo–. Tengo un cheque que podría ir a cobrar.

Ya estaba abriendo la puerta del acompañante y deslizándose al interior de la cabina. Había tres paquetes de cigarrillos en el salpicadero y una neverita en el suelo. Cerró la puerta con ímpetu y se acomodó, listo para partir.

–Enséñamelo –dijo Joe.

–¿El qué?

–Hijoputa, si no tienes dinero no vienes conmigo.

Curt dejó la cerveza en el suelo, se cacheó los bolsillos y comenzó a manosearse por todas partes con los dedos extendidos.

–Está en casa –dijo–. Voy y vengo en un segundo.

Salió y se dirigió de vuelta al porche.

–¡No te vayas! –gritó.

Joe se quedó esperando, sacudiendo la cabeza y pensando: «Y ahora toda la puñetera tarde con el culo aquí plantado hasta que el señor esté listo para irse».

Al cabo de un rato, Curt asomó la cabeza por la puerta mosquitera.

–¿Me da tiempo a un afeitado rápido? –preguntó.

–Ni de puta coña. Si quieres que te lleve mete tu culo ahora mismo en la camioneta. Me voy ya.

Hundió el pie en el embrague, arrancó y revolucionó el motor. Curt salió volando por la puerta con una camisa limpia ondeando a su alrededor y un sobre en la mano.

–Aquí lo tengo –jadeó.

Volvió a meterse en la cabina.

–Ya estoy listo. Aunque tendré que parar en algún sitio para cobrarlo.

Recuperó su cerveza y se metió la mano en el bolsillo de la camisa.

–Mierda. Me he dejado los putos cigarrillos en casa. Espérame un momento.

Abrió la puerta, pero Joe soltó el embrague y comenzaron a rodar por el jardín.

–Espera un minuto, hombre. Tengo que ir a por mis cigarrillos.

–Mira, fuma de los míos. En el salpicadero hay.

Curt cogió un paquete y cerró la puerta mientras atravesaban el jardín y avanzaban por el sendero de acceso hasta salir a la carretera. Joe consultó el reloj.

–Vale. Ni se te ocurra liármela esperando que me coma yo luego el marrón. ¿Qué clase de cheque es?

–Del gobierno –dijo Curt–. Puedo cobrarlo en cualquier sitio. Hasta en el supermercado.

–¿Y se puede saber qué haces tú con un cheque del gobierno? ¿Qué les estás sacando?

–Ah, nada, es de mamá. Siempre voy yo a cobrárselos.

–¿De cuánto estamos hablando?

–De ciento treinta dólares. Es de la pensión.

–De la pensión.

–Sí.

–¿Tu madre cobra ciento treinta dólares al mes?

–Sí. Aparte de la Seguridad Social y el subsidio.

–¿Y cómo es que lo deja en tus manos?

–No lo sabe.

Joe meneó la cabeza. Remontaron el camino de grava con el rico barro bermellón chapoteando bajo los neumáticos. Curt, dicharachero ante la promesa de más cerveza y una noche de farra en el pueblo, no dejaba de hacer comentarios. El bosque se aclaró y dio paso a una extensión de verdes colinas salpicadas de caballos y vacas y tierras de labranza que brillaban húmedas bajo el débil sol que intentaba abrirse paso entre las nubes. A lo largo de la carretera, se alineaban casuchas de tela asfáltica y casas prefabricadas que en realidad no eran más que caravanas, jardines llenos de coches desguazados, pilas de leña invadidas por la maleza, camiones madereros con las ventanillas reventadas y la parte posterior alzada sobre bidones de aceite, y Cadillacs El Dorado embarrados hasta las ventanillas y aparcados delante de porches de tosca madera del aserradero. Aquí y allá, autobuses escolares acondicionados como vivienda, con muebles, camas y toldos de fibra de vidrio fragmentada, y casas nuevas de ladrillo con vistas a viviendas que serían verdaderos polvorines en caso de incendio, con garajes abiertos abarrotados de perros, triciclos y lavadoras.

Salieron al asfalto y el barro empezó a desprenderse de los neumáticos y a repiquetear en el interior de los guardabarros. Las tierras bajas estaban sin cultivar y oscurecidas por el agua, las hileras pardas de la cosecha anterior seguían en pie entre el nuevo pasto que amenazaba con enterrarlas. Había tocones del tamaño de un Volkswagen derribados por buldóceres y amontonados en los rincones de los campos.

–¿Plantarán algo por aquí este año? –preguntó Joe.

Curt lanzó la lata por la ventanilla y cogió otra. La palpó. Miró a Joe.

–¿Llevas cerveza fría en esta nevera?

–Un cartón de seis. Estarán heladas. Coño, ¿ya te las has bebido todas?

–No. Voy a cambiarte una fresquita por esta.

Metió la cerveza tibia en la nevera, sacó una fría y la destapó.

–Hay que joderse, la que ha caído –dijo–. Ha llovido prácticamente cada semana. Intentaron segar una parte hará unas tres semanas, pero atascaron el tractor, luego trajeron una excavadora para sacar el tractor y también se les quedó atascada. Supongo que seguirá por ahí si nadie la ha robado.

Giraron en un cruce y se dirigieron de nuevo hacia las colinas.

–¿No ibas al pueblo? –dijo Curt.

–Sí. Pero antes quiero pasarme por casa de Henry para preguntarle si hay partida esta noche. A ver si puedo sacarme un poco de pasta.

Cruzaron las tierras bajas, las largas hileras desfilaban a su paso a toda velocidad, arremolinándose como los radios de una rueda. Las mariposas flotaban y revoloteaban entre la exuberante vegetación de las cunetas y las libélulas planeaban como helicópteros de combate. La carretera resplandeció y la sombra de una nube se extendió inmensa y oscura sobre parte de la tierra trazando una línea de demarcación en medio de los campos.

–Mira eso –dijo Joe–. Mañana, si es posible, tenemos que intentar trabajar. La broma me está costando un ojo de la cara.

–Joder. Ya quisiera yo tener la pasta que tú tienes, me pondría a despilfarrar como un descosido.

Joe gruñó. Esquivaba los boquetes de la carretera mientras trataba de encontrar algo de música decente en la radio. En su día, tuvo intención de hacerse con una pletina, pero lo fue dejando pasar y nunca llegó a comprarla. Pulsó un botón y sintonizó la WDIA.

–Su puta madre –dijo.

Giró el dial y la radio gimoteó y protestó entre el cacareo de unos hispanos que hablaban a toda pastilla promoviendo sus mercancías, alguien que exclamaba: ¡DINERO EN EFECTIVO! y una música country gangosa y distorsionada que lo mismo restallaba que declinaba entre rugidos, chisporroteos y ruido blanco. Al final la apagó bruscamente. La carretera serpenteaba entre pinares, colinas de frondosas verdes como el Edén. Descendieron a un pequeño valle en el que se alzaba una vieja casa sin pintar a un lado de la carretera, rodeada de tallos secos de algodón que habían invadido incluso lo que se suponía que era el jardín. Se metieron por el corto camino de acceso.

–¿Vienes? –dijo Joe, después de apagar el motor.

Curt miró la casa con recelo.

–No. Prefiero no entrar. Me quedo aquí.

–Tú mismo –dijo Joe.

Salió, cerró la puerta y subió los peldaños del porche. Aporreó la puerta mosquitera y metió la cabeza.

–¿Henry? ¡Ey, Henry!

Alguien contestó y Joe pasó al vestíbulo. La casa consistía en una galería cubierta en el centro con una habitación a cada lado. Los viejos tablones se combaron y se hundieron bajo su peso. Se asomó a la puerta de la derecha pero no había nadie. Alguien volvió a decir algo y se dirigió al fondo de la casa. La puerta que abrió daba a la cocina, donde había tres hombres de pie ante una mesa, macheteando y rebanando el cadáver de un ciervo desollado, dos lo sujetaban mientras el otro cortaba, y entre los tres intentaban evitar que se les resbalara.

–¿Cómo sabíais que no era el guardabosques? –preguntó.

–Hostia, pues porque ahora andan todos por el lago desmantelando palangres –dijo Henry–. ¿Sabes algo sobre descuartizar ciervos?

Miró la cosa dubitativo.

–Alguno que otro he despiezado. No es que sea un experto.

Se apoyó en la pared y contempló el estropicio de la mesa. Estaba cubierta de pelos cortados y embadurnada de enormes coágulos de sangre.

–¿Qué pretendéis? ¿Cortarlo en filetes o qué?

Henry agitó el cuchillo. Era un anciano de largos cabellos blancos, llevaba puesto un mono, sin camisa ni zapatos.

–Dejarlo listo para comérnoslo, sin más. Creo que podremos sacar para unos cuantos asados.

–Yo no lo cortaría todo para asados –dijo Joe–. Claro, que podéis hacer lo que os dé la gana. Si fuera mío, yo filetearía la mayor parte.

–Bueno, ¿y sabes hacerlo? Stacy dijo hace un rato que sabía y no se ha quedado manco de puto milagro.

El que estaba claramente borracho sonrió y levantó una cerveza con la mano envuelta en toallas de papel ensangrentadas. Los tres hombres eran hermanos.

–Joder, pues que lo corte George –dijo Joe–. George, tomándose su tiempo, podría hacerlo, ¿no es así, George?

–Tan bien como cualquiera de ellos –dijo el hermano ciego.

Joe se apartó de la pared y se acercó a la mesa.

–No me gustaría acabar con la ropa llena de sangre. Os cortaré los lomos y os enseñaré a cortar los jamones. Y, si queréis, podéis aprovechar las paletillas para los asados. De todas formas, no sirven para otra cosa.

Se apartaron.

–Bueno, al lío –dijo Henry.

–¿Tienes un cuchillo afilado? –preguntó, y dejó el tabaco aparte.

–Tengo uno de filetear aquí mismo –dijo Henry.

–A verlo.

Les hizo poner al ciervo de lado y probó el filo de la hoja en su pulgar.

–Esta de aquí es la mejor carne que tiene –dijo, puso la punta del cuchillo justo detrás del hombro y la hundió en la carne.

–Ahora sujetadlo bien –dijo.

Empujó el cuchillo hasta sentir que chocaba con la primera costilla, entonces lo hizo descender, rebanando el lomo desde las vértebras hasta la cadera.

–¿De dónde habéis sacado este ciervo?

–Hace nada nos lo encontramos atrapado en una valla de la vieja propiedad del señor Lee –dijo Stacy–. Henry y yo volvíamos del pueblo y lo vimos. Así que me vine para casa, cogí la pistola de George y lo maté.

–¿Qué era, ciervo o cierva?

–Cierva. Una vieja cierva enorme.

Hizo una incisión profunda justo detrás del hombro y por delante de la cadera, luego hizo avanzar el cuchillo por debajo de la carne y cortó hacia el vientre con la punta hasta que pudo agarrar una esquina del lomo y tirar hacia arriba. Movió la hoja hacia delante y hacia atrás contra las costillas, tirando de la carne hacia arriba en una sola tira y manteniendo la hoja en todo momento próxima a los huesos. Se desprendió con suavidad, el tendón blanco se arrugó sobre la carne de color burdeos oscuro, hasta que deslizó el cuchillo por el costillar y sostuvo en la mano una gruesa tira de más de medio metro. La dejó sobre la mesa.

–Aquí tenéis algo bueno –dijo–. Mirad esto.

Colocó la parte superior hacia abajo, cortó el extremo para cuadrarlo y apartó el pedazo con el cuchillo. Luego seccionó un filete de lomo de cinco centímetros de grosor y lo sajó por la mitad, de modo que cuando lo extendió con los dedos dobló su tamaño.

–Así se hace. Bistec mariposa. La mejor carne del venado.

Dejó el cuchillo, se dirigió al fregadero y se lavó las manos.

–Podéis hacer lo mismo con el resto. Solo tenéis que tajar los jamones y filetearlos. Tengo que irme. Oye, ¿cuándo montáis otra timba?

–Esta misma noche habrá una –dijo Henry.

–¿A qué hora?

–No te sé decir. Cuando llegue todo el mundo. Primero tenemos que acabar con este ciervo. Tendremos que conseguir papel para congelar en alguna parte. ¿Crees que John Coleman tendrá en su tienda?

–Sí, algo tendrá seguro. Suele guardarlo.

–Bueno, pues quédate por aquí. Stacy y George pueden terminar con esto.

Joe recogió sus cigarrillos y se encendió uno. Se apoyó en el fregadero.

–Tengo que pasarme un momento por el pueblo. –Sonrió–. Tengo a Curt en la camioneta ahí fuera.

–¿Qué le pasa? –dijo Henry–. ¿Le da miedo entrar?

–Dijo que estás mosqueado con él. Que te sacó un montón de pasta la otra noche.

–Manda huevos, ese hijoputa miente más que habla.

–Me lo imaginaba.

–Te diré por qué se cabreó. Porque fue él el que se cabreó. Se cabreó porque no quise prestarle cincuenta pavos. Se presentó aquí borracho como una cuba, pretendiendo sacarme pasta para luego apostársela conmigo. De haberle prestado cincuenta, ahora me debería cien. ¿Alguna vez has oído una cosa igual?

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Дата выхода на Литрес:
10 июля 2025
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321 стр. 3 иллюстрации
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9788419288240
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