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© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca y Deseo, n.º 293 - marzo 2022
I.S.B.N.: 978-84-1105-609-0
Índice
Créditos
Índice
En la cama del rey
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
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Secretos en Las Vegas
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Epílogo
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Capítulo 1
Abandonado.
El rey Lucca de San Calliano no soportaba esa palabra. Cada vez que la oía, apretaba los dientes con furia y se ponía tenso. Cada vez que la oía, su temperatura aumentaba de tal manera que todo le parecía de color rojo.
Habían pasado dieciocho meses desde que la prensa lo llamó el Príncipe Abandonado por primera vez. Y tras su esperada, espectacular y globalmente televisada ascensión al trono del Reino de San Calliano, los pocos que se creían inmunes a su ira le habían cambiado el apodo por el de el Rey Abandonado.
Por lo visto, sus éxitos les parecían irrelevantes. No importaba que fuera uno de los jefes de Estado más progresistas de su tiempo. No importaba que hubiera cerrado una serie de acuerdos financieros que habían devuelto la prosperidad económica a San Calliano. Ni siquiera importaba que el soltero más deseado del mundo hubiera salido con infinidad de mujeres bellas antes y después de tropezar con la mujer que había traicionado su confianza.
Una mujer que solo era bella por fuera.
–Maldita sea…
Pasara lo que pasara, siempre sería la que le había dejado plantado, la que había dado la espalda a la riqueza, la influencia y el poder. Y, por si eso fuera poco, las personas más románticas habían llegado a la conclusión de que le había partido el corazón, lo cual dañaba terriblemente su imagen de conquistador.
Sin embargo, él no tenía corazón. O por lo menos, no tenía el tipo de corazón que volvía débiles a hombres como su padre y los llevaba a cometer errores tremendos que tenían consecuencias catastróficas para sus seres más queridos, empezando por la reputación de su familia. Y él había aprendido la lección. Había decidido no comprometerse con nadie mucho antes de conocerla a ella.
Pero entonces, ¿por qué había trazado el camino de su propia desgracia?
Había permitido que el deseo nublara su juicio. Había permitido que la belleza y la inteligencia de aquella mujer le cegaran por completo. Se había dejado engatusar por su encantadora sonrisa y había olvidado todo lo que había aprendido sobre el decoro y la discreción, todo lo que le habían enseñado sus tutores de palacio y propio padre.
Durante los cuatro meses de su relación, Lucca había estado tan fuera de sí que casi no recordaba su propio nombre.
Estaba fascinado, hechizado.
Y, luego, lo abandonó.
No, definitivamente no había sido muy discreto con ella. Y lo fue aún menos cuando desapareció sin dejar rastro.
Su desconcierto se convirtió en preocupación cuando se dio cuenta de que le habían desconectado el teléfono, así que habló con sus investigadores de confianza y les ordenó que la encontraran, sin reparar en gastos. Pero la búsqueda fue un fracaso, y Lucca tomó medidas impropias del príncipe heredero de San Calliano.
En su desesperado intento por encontrarla, dispensó favores a amigos y enemigos por igual, y se colocó en una posición ridícula.
Aquella mujer había estado a punto de dejarle sin un ápice de dignidad. Pero, irónicamente, su último acto sanó esa herida: poco antes de la coronación, ella le devolvió el regalo más importante que él le había hecho, junto con una nota. Y Lucca recuperó su orgullo.
Libre al fin, se acordó del acero con el que se había forjado su Reino y lo convirtió en un país que se ganó la atención y el respeto de todos. Se acordó de que su posición implicaba deber y responsabilidades, un deber y unas responsabilidades que había olvidado en cuanto puso los ojos en ella, como si no hubiera aprendido nada de los errores de su padre.
Eso, y el propio hecho de que ahora fuera rey, era lo que había impedido que saltara del avión tres meses antes, cuando le dijeron que la habían localizado. Optó por tomarse las cosas con calma, por sopesarlas con tranquilizar y trazar un plan.
Sin embargo, las palabras de aquella nota seguían grabadas en su corazón: Lo nuestro ha terminado.
Al recordarlas, se puso furioso, pero refrenó rápidamente su ira. No debía olvidar quién era, así que relajó el ceño, respiró hondo y se giró hacia la ventana del despacho. Al fondo, las brillantes aguas turquesa del Mediterráneo rivalizaban en belleza con el despejado cielo azul.
Si Mónaco era famosa por los ricos, San Calliano lo era por poder e influencia política, una joya verdaderamente especial entre un montón de gemas normales y corrientes, un tesoro que muchos usurpadores habían intentado robar durante sus seiscientos años de historia.
Por desgracia, las tres décadas de Gobierno de su padre habían sido desastrosas para el país. Primero, por su discutibles decisiones económicas y después, por los temerarios actos de su esposa.
Hasta él había estado a punto de olvidar lo que implicaba el legado de San Calliano, hechizado por una mujer.
Pero no volvería a tropezar en la misma piedra.
Lucca respiró hondo por segunda vez y miró a su ministro de Turismo y a sus ayudantes, que estaban esperando a hablar con él. Y no era de extrañar, porque no había pronunciado ni una sola palabra desde que le habían enseñado una fotografía de la mujer que tanto daño le había hecho.
–¿Señor?
Lucca se puso tenso al instante, pero no fue por el tratamiento elegido. Puestos a elegir entre señor y majestad, prefería lo primero; sobre todo, porque majestad le recordaba a la mujer por la que había perdido la cabeza, el motivo de su tensión.
¿Cómo olvidar su primer encuentro? Le había mirado con sus irónicos ojos marrones y le había llamado majestad aunque sabía que era incorrecto, porque en aquella época no era rey, sino príncipe. Y se lo llamó mil veces durante su constante ejercicio de seducción, hasta que lo soltó en un suspiro cuando la penetró por primera vez.
Naturalmente, Lucca también la despreciaba por eso. Era otro de sus muchos pecados.
Pero, por mucho que la despreciara, había personas que estaban convencidas de que ya no significaba nada para él; personas como su ministro de Turismo, quien acababa de proponer su nombre para el inminente Festival de Cine, Arte y Cultura de San Calliano. ¿Y por qué no se lo iba a proponer? Desde su punto de vista, tenía sentido. Le había visto con varias mujeres desde entonces, a cual más impresionantes. Todo parecía indicar que lo había superado.
Y no era así.
De hecho, Lucca ardía en deseos de castigarla por su traición. Era un diplomático consumado, y sabía cuándo debía olvidar un asunto, cuándo debía mostrarse magnánimo y cuándo debía demostrar toda la fuerza de su poder. Si la dejaba sin castigo, no se libraría nunca de los cuchicheos que sonaban a sus espaldas. Si la dejaba sin castigo, sería tan débil como lo había sido su padre.
Sin embargo, su ministro le había ofrecido la forma perfecta de vengarse y de limpiar su nombre y su reputación, así que se levantó del sillón y alcanzó la fotografía que le acababa de dejar en la mesa.
La fotografía de su antigua amante.
De la traicionera Delphine Alexander.
De la mujer que se había burlado de él como si estuviera imitando los pasos de su propia madre, cuyos escándalos habían llevado la desgracia al Reino y habían convertido a su padre en un amargado.
Pero había una diferencia entre las dos. Que él no hubiera podido hacer nada en lo tocante a su madre no significaba que no pudiera hacer nada con ella.
Podía hacerlo, y lo iba a hacer.
Lucca alcanzó el informe que acompañaba a la foto y lo leyó. Conocía casi todo su contenido, y lo que no conocía aumentó su determinación de llevar a cabo su plan. Aquella mujer había dañado gravemente su reputación, y la seguiría dañando si no tomaba cartas en el asunto.
Decidido, miró al grupo de personas que estaban ante él, clavó la vista en el ministro de Turismo y dijo:
–¿Debo entender que es su candidata favorita?
El ministro asintió.
–Sí, señor. Si podemos convencerla, claro.
Lucca pensó que convencerla no sería un problema. Ya se encargaría él.
–¿Por qué se han decantado por ella?
–Bueno, las otras candidatas son ciertamente atractivas, pero la señorita Alexander tiene un aire de misterio que, en nuestra opinión, refleja la esencia de la familia real.
Lucca estuvo de acuerdo con el ministro, aunque habría preferido no estarlo. Era tan seductora que hasta su negra e impecable piel competía en brillo con los legendarios diamantes de San Calliano, que tendría que exhibir durante el festival: un acontecimiento de primera línea, con exposiciones de pintores renacentistas, purasangres árabes, coches de lujo y, por supuesto, piedras preciosas.
–Aún no han hablado con ella, ¿verdad? –preguntó, consciente de que todo el Reino estaba esperando el festival.
–No, señor. Queríamos consultárselo antes –respondió el ministro–. A fin de cuentas, la muestra incluye los diamantes de San Calliano y, por si eso fuera poco, ustedes son viejos conocidos.
Lucca apartó la vista de la fotografía de Delphine e intentó mirar las fotos del resto de las candidatas, pero le interesaron tan poco que volvió a ella. Por lo visto, le seguía gustando tanto como la primera vez, cuando le hechizó en una abarrotada sala de Nueva York.
Había un vínculo entre ellos. Y lo iba a romper.
–Tienen razón. Es la candidata adecuada –afirmó–. Pero no quiero que se pongan en contacto con ella. Seré yo quien le haga la oferta.
Un mes después
Delphie Alexander miró con asombro al rubio que estaba sentado a su lado. Parecía resacoso, pero eso no le llamó la atención. Había perfeccionado sus resacas con el paso de los años.
–¿Estás hablando en serio? ¿Has vendido tu participación en el equipo?
Hunter Buckman se encogió indolentemente de hombros y siguió disfrutando del sol de Qatar. Se habían conocido años atrás, y su actitud despreocupada había atraído a Delphie desde el principio; pero, últimamente, esa misma actitud le había empezado a desesperar.
Nunca se tomaba nada en serio.
Heredero único de un imperio petrolífero texano, era tan rico que no había trabajado en toda su vida. Casi todo el tiempo, estaba de brazos cruzados. No hacía nada en absoluto, no tenía más intereses que su hedonista estilo de vida y, por si eso fuera poco, su atención dejaba bastante que desear.
Sin embargo, Delphie había albergado la esperanza de que fuera algo más serio en esa ocasión. Pero no lo había sido.
–Lo siento, Delly. La oferta era demasiado buena. No la podía rechazar.
Ella apretó los puños, refrenando el deseo de gritar.
–Ni siquiera me has dado la oportunidad de hacerte una contraoferta –protestó.
–No te la he dado porque sabía que intentarías convencerme de que no vendiera mis acciones. O peor aún…
–¿Peor aún?
–Que intentarías comprarlas.
–¿Y qué tenía eso de malo?
Delphie no entendía nada. Ella no era como él. Estaba acostumbrada a trabajar duro. Se había tenido que esforzar a fondo desde la adolescencia, cuando se dio cuenta de que solo contaba con sus propios medios.
Hunter apartó la mirada e hizo un gesto a una criada. Los miembros del servicio conocían bien a su jefe, y la joven reapareció treinta segundos después con una botella helada de su cerveza preferida. Delphie tuvo que morderse la lengua para no informarle de que eran las nueve de la mañana.
–Sabía que harías verdaderas locuras con tal de conseguir el dinero necesario para comprarme las acciones. Y no lo podía permitir. Has sufrido demasiado.
–¿Estás diciendo que lo has hecho por mí?
Delphie se quedó horrorizada, aunque no podía negar que Hunter la había visto en sus peores días. Había estado a su lado, oyéndola llorar desconsoladamente. Primero, porque le habían partido el corazón y después, por la pérdida de su bebé.
Y, cuando por fin salió del pozo en el que había caído, Hunter no la incomodó con un sinfín de preguntas. La ayudó por el sencillo procedimiento de ser él mismo.
–¿Cuántas veces tengo que decirte que estoy bien? –prosiguió Delphie–. Ya he superado lo que pasó.
–Maldita sea… sabía que reaccionarías así –dijo él, antes de suspirar–. Mira, me han ofrecido ciento veinte millones de dólares. Una suma demasiado grande para ti.
Ella se estremeció, sorprendida. Efectivamente, era una cantidad demasiado elevada. Habría tardado varios meses, o quizá años, en conseguir los inversores necesarios para comprar las acciones. Y trabajar con demasiados inversores era un problema, porque todos tenían exigencias de lo más frustrantes.
A decir verdad, habría dado cualquier cosa por volver a la situación anterior. Le gustaba ser socia única de Hunter, aunque él tuviera el 90 por ciento de las acciones de Hunter Racing y ella, solo el 10. Le gustaba tanto que se había dedicado a la escudería en cuerpo y alma, y hasta había invertido en ella la totalidad de sus ahorros. Pero en secreto, porque no había salido de su pozo emocional hasta unos meses antes, cuando vio algo que la despertó.
Una noche, dando uno de sus paseos por Qatar, se fijó en un niño al que se le acababa de estropear la bicicleta. Estaba desconsolado, y la cara de aquel pequeño la sacó del páramo en el que vivía y le dio una nueva dirección. Una causa que no solo la ayudó a afrontar el dolor por el niño que había perdido, sino que también revivió el recuerdo de su padre, que adoraba las carreras.
Sus días como modelo habían terminado. La dirección de la escudería se convirtió en su pasión. Y ahora, esa misma escudería estaba en peligro por las decisiones de Hunter.
Frustrada, tragó saliva y dijo:
–Llegué al equipo en el segundo trimestre del año pasado. Llevo poco tiempo en él. ¿No podías haber esperado a que me adaptara? Cambiar súbitamente de socio puede ser un problema para mí.
–Oh, vamos, no me vengas con esas. Te adaptaste al equipo el primer día. Llevábamos cuatro años al final de la clasificación y, en solo seis meses, conseguiste que acabáramos quintos. Hasta hicimos tres terceros puestos en seis de las carreras.
Delphie se frotó las sienes, intentando aliviar su tensión.
–Y, sin embargo, nos abandonas.
Hunter se volvió a encoger de hombros.
–Ya no me hace feliz, Delly. No tanto como a ti.
Delphie se quedó desconcertada con su afirmación. ¿Hacerla feliz? La felicidad era un concepto que casi le resultaba ajeno.
Había llegado a Qatar con el convencimiento de que no volvería ser feliz en toda su vida. Pero, diecinueve meses después, descubrió que podía seguir adelante a pesar de su dolor. Solo tenía que mantener vivo el fragmento de su corazón que aún añoraba sus días con el padre de su difunto hijo. Solo necesitaba un motivo para seguir viviendo.
Delphie se giró y contempló las brillantes aguas del Golfo Pérsico. Hunter había comprado aquella casa porque se rumoreaba que había pertenecido a la amante preferida de un sultán. Pero se había convertido en su santuario cuando su mundo estalló.
Sin embargo, no quería pensar en eso. Lo estaba empezando a superar, y ahora podía estar varias horas sin pensar en Lucca y el bebé. Desde luego, el recuerdo le hacía tanto daño como antes, pero había aprendido a sobrellevarlo o, por lo menos, a no hundirse en la angustia cuando se presentaba.
Fuera como fuera, Hunter le había ofrecido su casa y la había ayudado sin hacer preguntas. Era un amigo de verdad, y no quería enfadarse con él; así que respiró hondo varias veces antes de formular la pregunta clave:
–¿Quién es el comprador?
Él volvió a apartar la vista.
–No lo sé. Ha preferido mantenerse en el anonimato. Cosas de las empresas de los paraísos fiscales –respondió.
Ella suspiró, intentando mantener la calma.
–Soy dueña de parte de las acciones de la compañía. Tengo derecho a conocer el nombre de mi socio.
–Por supuesto, pero no quieren hacer el anuncio oficial hasta mediados de agosto, cuando se suspenda temporalmente el campeonato. Y no preguntes el nombre de la empresa, porque tampoco te lo puedo dar. Me han obligado a firmar un acuerdo de confidencialidad.
Delphie intentó achacar su estremecimiento posterior a la brisa marina, pero la brisa no podía explicar la súbita aceleración de su pulso ni la sequedad de su boca. Su origen era muy distinto, aunque no quisiera pensar en ello.
A pesar de haber compartido cama con el príncipe Lucca de San Calliano durante cuatro meses, nunca le había confesado que le encantaban las carreras de coches. Y tampoco le había contado nada relevante sobre su familia. Por supuesto, Lucca sabía que tenía una, pero ella se había limitado a decirle que no mantenía una relación estrecha con su madre porque su trabajo de modelo le impedía ir a Londres con frecuencia.
Juntos, habían explorado su amor compartido por la cultura y la gastronomía. Y Lucca la había iniciado en el mundo del petróleo y en el apasionante círculo de los diamantes, que conocía de primera mano por las empresas de su familia, que tenía minas en Sudamérica. Pero sobre todo, se entregaban a un universo de sensualidad que les dejaba tan agotados como saciados, sin energía para nada más.
Delphie no sabía entonces que solo era un pasatiempo pasajero, y se quedó atónita cuando Lucca aceptó buscar esposa a partir de una lista de candidatas de la que ella estaba cruelmente excluida, como supo en París.
Le dijeron que no le importaba, que todas las palabras bonitas que le había susurrado al oído eran mentira, y se lo dijeron con tanta brutalidad como eficacia. Fue tan duro que no lo podría olvidar en toda su vida. Por lo visto, había una lista de mujeres esperando a ocupar su lugar. Y una de ellas sería reina de San Calliano.
La noticia la dejó destrozada, porque acababa de saber que estaba embarazada de Lucca. Y sus sueños saltaron definitivamente por los aires. O eso pensó, porque los hechos parecían demostrar que las cosas podían ser peor.
En cualquier caso, Delphie no quería plantearse la posibilidad de que Lucca tuviera algo que ver con lo sucedido en Hunter Racing. Le había devuelto el brazalete que él le había regalado, el brazalete que había tomado estúpidamente por un símbolo de compromiso; pero, en el fondo, seguía albergando la esperanza de que no la hubiera olvidado.
Se armó de valor y volvió a clavar la vista en Hunter. Se había terminado la cerveza, y estaba quitando la etiqueta a la botella.
–Hay algo más, ¿verdad? –le preguntó.
Delphie frunció el ceño. Daba la impresión de sentirse derrotado, algo increíble en Hunter Buckman, quien siempre había sido el espíritu de la fiesta, un hombre hedonista y decidido a disfrutar de la vida.
–Lo siento, Delly, pero los dos patrocinadores principales también lo van a dejar. Se irán después de agosto.
–¿Por qué? –preguntó, perpleja–. Estamos haciendo la mejor temporada de la historia de la escudería. ¿Por qué lo quieren dejar?
Él suspiró pesadamente.
–Se metieron en la empresa por mí. Pero de ti no saben nada.
Ella lo miró con furia.
–¿Se van porque soy una mujer?
Él se encogió de hombros.
–No lo sé, pero tienes un periodo de gracia antes de que se marchen.
–Sí, dos meses para encontrar un patrocinador que ponga más de tres millones sobre la mesa –ironizó.
Hunter se mantuvo impasible. Por muy juerguista que fuera, también era un hombre de negocios que dirigía un imperio económico, y ella sabía que no iba a cambiar de idea. Ni le podía convencer ni le podía pedir dinero para patrocinar la escudería.
Además, Hunter le había ofrecido un santuario cuando más lo necesitaba, sin hacer ningún tipo de preguntas. Y a pesar de ser bastante cotilla, lo mantuvo todo en secreto.
–Ya saldrá algo, Delly, Confío en ti.
Hunter sonrió, y ella se levantó y se fue como si él no hubiera destrozado sus sueños. Aún estaba reflexionando sobre las repercusiones de la decisión de su amigo cuando sonó su móvil y la sacó de sus pensamientos, recordándole que ahora era la jefa de una escudería, no la hundida amante del rey de San Calliano.
–¿Dígame?
–¡Delphie! ¡Mira que eres difícil de localizar!
Delphie se llevó una sorpresa al oír la ronca voz de Rachel, con quien no había hablado desde hacía dos años.
–¿Eres tú? ¿Rachel?
–La misma, aunque me honra que te acuerdes de mí –replicó–. Mira, no me voy a andar por las ramas. Tengo algo importante para ti.
–No –contestó, tajante.
–Pero si no has oído lo que…
–Me he retirado, Rachel. No me interesa lo que me puedas ofrecer.
Rachel suspiró y Delphie frunció el ceño. Era cierto que no le interesaba el trabajo, pero quizá no tuviera más remedio que aceptar el ofrecimiento de su antigua y formidable agente.
–Cariño, no sé lo que te pasa, pero esto es algo especial. Te pagarían tres millones, y eso es un montón de dinero. El cliente es particularmente generoso porque quiere asegurarse de que lo aceptes.
Delphie se estremeció al instante, y se alegró de haberse sentado, porque no estaba segura de que sus piernas la hubieran sostenido en ese momento.
–¿Quién es el cliente? –preguntó, aunque ya lo sospechaba.
–Técnicamente, el Ministerio de Turismo de San Calliano.
Delphie apretó el teléfono con fuerza.
–¿Técnicamente?
–Sí, porque me llamó Su Majestad en persona.
Ella tragó saliva.
–¿En qué consiste el trabajo?
–Es un encargo de una semana. Te enviaré los detalles cuando terminemos de hablar. Pero, resumiendo, tendrías que estar en palacio dentro de diez días. El Festival de Cine, Arte y Cultura empieza dentro de dos semanas –respondió Rachel–. Durante ese tiempo, tendrás que exhibir la colección real de diamantes.
–¿Solo eso?
–No, también tendrás que llevar el diamante de San Calliano el último día, en el baile de clausura –dijo–. Pero es un trabajo fácil y muy bien pagado, por no mencionar que disfrutarás de todo tipo de lujos. ¿No crees que merece que salgas de tu retiro? Sobre todo, teniendo en cuenta que lo quiere el rey en persona.
Delphie estuvo a punto de romper a reír, aunque no precisamente de felicidad. Todo el mundo estaba al tanto de su relación con el rey de San Calliano, pero pocos sabían cómo había terminado. Además, la súbita reaparición de Lucca confirmó su sospecha de que tenía algo que ver con lo sucedido en Hunter Racing.
–¿Delphie? ¿Sigues ahí?
Delphie no quería saber nada de su antiguo amante. Habría dado lo que fuera por no volver a verlo en toda su vida y, especialmente, por no volver a caer en el pozo de tristeza y desesperación donde había caído cuando le abandonó. Pero, por otra parte, no podía permitir que Lucca le arrebatara su sueño.
–¿Qué le digo? ¿Que sí? –insistió Rachel.
–No, no le digas nada. Se lo diré yo misma.
Diez días después, Delphie salió de la ducha de su suite del Gran Hotel San Calliano, decidida a no dejarse acobardar por la serie de pequeños terremotos que se habían producido tras la llamada telefónica de Rachel.
La última carrera, el Grand Prix de Gran Bretaña, tendría que haber sido especialmente placentera, porque se celebraba en su patria. Pero se convirtió en una pequeña pesadilla por culpa de los pilotos, que estaban preocupados por el futuro de la escudería y de los rumores sobre el abandono de los patrocinadores.
Como Delphie no podía decir que estaba haciendo gestiones entre bastidores, se limitó a prometer a su equipo que les daría respuestas tan pronto como las tuviera, lo cual contribuyó a aumentar su nerviosismo.
Cuanto más tiempo pasaba, más segura estaba de que el nuevo dueño le estaba complicando la vida a propósito. Además de los rumores, la prensa estaba repentina y sospechosamente bien informada sobre lo que pasaba en la escudería. Lo sabía todo, y publicaba detalles que solo podía conocer un miembro del equipo.
Ya no tenía duda de que Lucca estaba detrás y, por supuesto, eso la reafirmó en su decisión de rechazar la oferta de trabajo. Solo quedaban dos semanas para la siguiente carrera, que se iba a celebrar en Doha, y Delphie tenía intención de rechazar la oferta en persona.
Tras secarse en el cuarto de baño, regresó al dormitorio. Hasta su alojamiento era una prueba de que Lucca estaba moviendo los hilos de todo el asunto. Delphie había reservado una habitación normal; pero, cuando llegó al hotel, le dijeron que no estaba disponible y le intentaron llevar a la suite real, que costaba varios miles de dólares por noche.
Su firme negativa a aceptar la suite provocó un gran revuelo entre el personal del hotel, y Delphie tuvo que cambiar de idea cuando le informaron de que no encontraría alojamiento en ningún otro sitio. Por lo visto, el festival había despertado tanta expectativa que todos los hoteles, hostales y moteles de San Calliano estaban al completo.
Desde luego, Delphie se abstuvo de preguntar cómo era posible que, en tales circunstancias, la suite real estuviera libre. No quería que le confirmaran lo que ya sabía: que había sido cosa de Lucca.
Fuera como fuera, ahora tenía que concentrarse en la reunión con el hombre al que había intentado sacar de su corazón y su cabeza. Pero solo faltaba una hora, así que se quitó la toalla, entró en el opulento vestidor y descolgó su vestido blanco sin mangas que siempre aumentaba su confianza en sí misma. Su cuello duro y su escote pronunciado proyectaban refinamiento y profesionalismo a la vez.
Ya vestida, se puso unos zapatos de tacón a juego y se empezó a cepillar su rizado cabello. Los repetitivos movimientos la tranquilizaron y, cuando por fin dejó el cepillo, se sentía mucho mejor.
A continuación, alcanzó su perfume preferido y se puso unas gotitas en las muñecas. Y justo entonces, llamaron a la puerta.
El pulso de Delphie se aceleró al instante, como burlándose de su frágil tranquilidad y, aunque aún faltaba media hora para la cita, supo instintivamente que la persona que estaba llamando a la puerta era el rey de San Calliano.
Rápidamente, adoptó la fría compostura de la jefa de la escudería Hunter Racing, pero el corazón se le encogió en cuanto abrió las puertas dobles y clavó la vista en los ojos grises de Lucca.
¿Se habría equivocado al pensar que podía rechazar su oferta en persona? ¿Había pecado de imprudente y arrogante? Tal vez, porque enfrentarse cara a cara a su dragón personal iba a ser notablemente más difícil que hacerlo por teléfono, a miles de kilómetros de distancia.
Sin embargo, Lucca no parecía el mismo hombre que había estado con ella. Estaba distinto, y tardó unos segundos en catalogar los devastadores cambios. El tiempo había aumentado su gravedad y su carisma, acentuando el aura de su más que formidable poder y, por si eso fuera poco, su imponente metro noventa y tres de altura le hacía parecer no un rey, sino casi un dios entre los hombres.
El hecho de que la naturaleza hubiera sido particularmente generosa con su aspecto casi resultaba irrelevante en comparación con su increíble sensualidad, que había aumentado tras su ascenso al trono. Una sensualidad que había aprovechado con ella cuando se conocieron, un arma que debilitó sus defensas y la arrojó a una experiencia profundamente intensa, de la que salió destrozada cuando supo que su relación no tenía futuro.
Ella no estaba en la lista.
Pero eso era cosa del pasado, y ahora se tenía que enfrentar al elegante hombre de raíces italianas, que habría llamado la atención en cualquier sitio. Hombros anchos, caderas estrechas, cuerpo perfecto. Y todo ello, embutido en un traje hecho a mano por los sastres de palacio que enfatizaba su atractivo.
–Llegas pronto –acertó a decir.
Él la miró de arriba abajo, poniendo a prueba sus ya castigados nervios.
La miró durante un largo minuto, sin decir nada. Un minuto durante el que ella se dedicó a observar a los guardaespaldas de mandíbula pétrea que esperaban en el corredor.
Ninguno la miraba, pero Delphie supo que estaban atentos a cualquier movimiento que pudiera hacer, preparados para defender a su señor ante cualquier eventualidad. Ella lo sabía por experiencia, porque les había visto en acción dos años antes, cuando un paparazi cometió el error de acercarse a Lucca.
–Ciao, Delphine –replicó él, rompiendo por fin el silencio.
Lucca sonrió, y su tono de barítono la estremeció por dentro, recordándole sus noches de pasión.
–Se suponía que habíamos quedado abajo, dentro de media hora –protestó ella.
La protesta de Delphie no fue superflua. Por muy grande que fuera la suite real y muchas habitaciones que tuviera, seguía siendo un lugar íntimo que le recordaba demasiado a los que habían compartido en su tórrida relación. Espacios dedicados al placer, donde cualquier esquina podía ser un campo de juego para dar rienda suelta a sus apetitos sexuales. Espacios donde había gritado su nombre más veces de las que podía recordar.
Una vez más, se arrepintió de haberse empeñado en hablar con él en persona. Habría sido mejor que dejara el asunto en manos de Rachel.
Pero ya era tarde, y la experiencia le decía que huir de los problemas no hacía que desaparecieran por arte de magia. Estaba allí, delante de él, y no tenía más opción que sacar fuerzas de flaqueza y hacer lo posible por no sucumbir a ningún tipo de debilidad.
–Te has estado haciendo la dura durante dos semanas –dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos–. Quizá he llegado antes para seguirte el juego y dar la impresión de que no podía esperar ni un segundo más. O quizá, porque ardía en deseos de hacerte ver que lo que va a pasar a continuación no depende de ti.
Lucca se encogió de hombros y volvió a sonreír, arrancándole otro estremecimiento.
–Sea como sea… ¿me vas a invitar a pasar, Delphine?
Capítulo 2
Delphie quiso huir de él, pero eso habría sido tan útil como ladear la cabeza y ofrecerle la yugular para que se la seccionara, así que sacó fuerzas de flaqueza y adoptó la pose que había aprendido a los diecisiete años, bajo la estricta tutela de Rachel: le dio la espalda y entró con fingida indiferencia en el espacioso salón, desde donde se veía una de las puestas de sol más bonitas de San Lorena, la capital de San Calliano.
La impresionante ciudad era una mezcla magnífica de arquitectura clásica y moderna y, en circunstancias normales, Delphie la habría explorado a fondo. Pero, en lugar de hacer turismo, estaba haciendo esfuerzos por respirar, intensamente consciente del hombre que acababa de cerrar la puerta a sus espaldas. Era tan carismático que parecía llenar la habitación.
Al llegar a los enormes ventanales, que ocupaban toda una pared, se giró hacia Lucca, lo miró y dijo:
–Supongo que eres el responsable de todo esto.
Delphie no tenía ninguna duda. Hasta el último centímetro de la suite era un testamento del tipo de lujo que esperaban los ricos como él, desde el carísimo papel pintado veneciano hasta la pulida y antigua mesa de madera.
–Pensé que te gustaría. Siempre te han gustado las cosas elegantes.
–No, tú eres el que exige calidad suprema en todos los aspectos de tu vida. Yo me limitaba a seguirte la corriente.
Delphie pensó que había sido una corriente mucho más fuerte de lo que imaginaba al principio. Y cuando escapó de ella, ya no era la misma persona.
Lucca sonrió con sorna. La luz de la puesta de sol enfatizaba el tono moreno de su piel y le daba un brillo extraordinariamente vital, tan vital que deseó acariciarla y sentir su calor, como en los viejos tiempos.
–No interpretes el papel de aduladora tímida. Los dos sabemos que no eres ni lo uno ni lo otro –replicó.
Ella alzó la barbilla, orgullosa. No estaba dispuesta a admitir que le habría seguido a cualquier parte y que habría interpretado cualquier papel con tal de que siguiera a su lado. A fin de cuentas, no se había alejado solo de Lucca porque hubiera descubierto que no significaba nada para él, que era un simple pasatiempo, sino porque le deseaba con toda su alma.
–Piensa lo que quieras, pero yo no he pedido nada de esto.
–Rechazaste el avión que te envié, y la invitación a alojarte en el Palacio Real. Y ahora, rechazas mi generosidad.
Lucca parecía tan tenso como Delphie, quien se resistió al impulso de tragar saliva y se encogió de hombros.
–Prefiero ser yo quien afronte mis gastos.
–¿En serio? Se rumorea que no andas bien de dinero. ¿Seguro que te puedes permitir el lujo de despreciar mi hospitalidad?
–¿Cómo sabes si ando bien o mal de dinero?
Lucca le dedicó una sonrisa de arrogancia pura, como dejando claro que estaba en la cima de la cadena alimenticia y no le importaba quién lo supiera. De hecho, disfrutaba jactándose de ello.
–¿Necesitas preguntarlo, Delphine? ¿De verdad?
La sensual entonación de su nombre le recordó que él era la única persona que la llamaba así. Ella siempre habría preferido Delphie, que le parecía más suave. O al menos, lo había preferido hasta que se conocieron, cuando él alcanzó su mano, se la llevó a los labios y dijo que se llamaba Lucca y que sería su amante antes de que terminara ese fin de semana.
En realidad, Delphie tardó un poco más en acabar en su cama; pero Lucca ya se había fijado en ella, y su atención no flaqueó en ningún momento. Como tampoco flaqueaba ahora, aunque ya no tenía nada que ver con el deseo.
–He estado siguiendo tus actividades recientes. Por cierto, felicidades por el tercer puesto de la última carrera.
Ella respiró hondo, nerviosa, pero consiguió disimular su nerviosismo.
–¿Me ofreces un avión, me cambias a una suite y me felicitas por el tercer puesto sin más intención que tener la oportunidad de oír mi negativa? Puede que no hayas entendido bien a Rachel; pero, por si acaso, te lo recordaré yo misma. Ya no soy modelo.
Lucca avanzó y se detuvo a un par de metros de distancia, tan cerca que Delphie notó su aroma y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no recordar sus noches de amor. Luego, se giró hacia la ventana y se quedó mirando el distante chapitel de una iglesia.
–Tú y yo sabemos que no has venido por el simple placer de rechazar mi oferta en persona. Tenemos muchas cosas de las que hablar, Delphine –declaró él–. Pero antes, quiero que hablemos de esto.
Lucca se sacó un papel del bolsillo y se lo enseñó. Ella se estremeció al ver la nota que le había escrito meses atrás.
–¿La guardaste? –preguntó con un hilo de voz.
Él se encogió de hombros.
–Por lo visto, soy un sentimental.
Delphie estuvo a punto de soltar una carcajada sin humor. ¿Sentimental? Para ser sentimental con ella, ella tendría que haberle importado. Y no le había dado esa impresión.
–Bueno, puede que la apelación a los sentimientos no sea muy exacta –prosiguió él–. Puede que la guardara para verificarla.
Ella frunció el ceño.
–¿Verificarla?
–Sí, para mirarte un día a los ojos y asegurarme de que efectivamente fuiste tú quien escribió esta nota –replicó, adoptando un tono tan dulce como peligroso–. ¿Fuiste tú, Delphine?
Ella se puso tensa, dolorosa y absolutamente consciente de que la verdad podía destruirla.
El Lucca al que había conocido era un hombre orgulloso y arrogante; el que estaba ante ella lo era mil veces más, pero envuelto de una armadura de implacable hierro forjado. Mientras sus sensuales labios eran una promesa de placeres sin límite, su mirada y la tensión de su cuerpo hablaban a gritos de venganza.
Segundos después, él alzó la nota y se la acercó a los ojos, ocupando todo su campo de visión con las palabras que contenía: Lo nuestro ha terminado.
–Contéstame –le ordenó.
Delphie notó un fondo de rabia en su tono de voz, un eco de la herida que había causado a su orgullo.
Había oído las historias que se contaban, claro. Habían hecho lo posible por mantener su aventura en secreto, pero las actividades de un hombre tan poderoso como él terminaban por salir a la luz y, por si eso fuera poco, él mismo había extendido un sinfín de rumores durante las primeras semanas de su relación.
Al final, Delphie le paró los pies. Pero no antes de descubrir que el entonces príncipe no iba a olvidar lo que le había hecho. Estaba furioso con ella y eso tendría consecuencias.
Sin embargo, no podía mentir. A fin de cuentas, el secreto que ella ocultaba era tan grande como devastador. Y por otra parte, no quería agravar sus pecados con una falacia que él desmontaría en cuestión de minutos.
–Sí, fui yo –respondió–. Yo escribí esa nota.
Lucca guardó silencio durante un rato, aunque no hacía falta que hablara: la expresión de su cara y la tensión de su cuerpo eran suficientemente explícitas.
–Comprendo –replicó al fin–. Pero dime una cosa… mientras te dedicabas a expulsarme de tu vida, ¿no se te ocurrió que pudiera estar preocupado?
Ella lo miró con sorpresa.
–¿Cómo?
Él suspiró.
–Nuestra relación no era una tontería. Llamó la atención de muchas personas, buenas y malas –dijo–. ¿No sopesaste el efecto que tendría tu desaparición? ¿No te preguntaste cómo me sentiría al verte huir de forma tan cobarde?
–¡No te atrevas a llamarme cobarde! Si supieras lo que…
Delphie dejó la frase sin terminar. Había estado a punto de decírselo.
–¿Si supiera qué, Delphine? –la presionó–. Dímelo.
Ella sacudió la cabeza.
–No importa.
–¿Que no importa? ¿Cómo has llegado a esa conclusión? –preguntó, enojado.
–No ha sido difícil. No importa porque tú seguiste adelante con tu vida, como si no hubiera pasado nada. ¿O no es verdad que estuviste saliendo con una condesa hace seis meses? Y, antes de la condesa, tuviste una aventura con la hija de un presidente y otra, con la heredera de una empresa de tecnología.
Delphie había llegado a albergar la esperanza de que la famosa lista de candidatas fuera falsa, una mentira inventada por la persona que había hablado con ella en París. Pero su esperanza saltó por los aires cuando supo que dos de las tres mujeres que acababa de mencionar estaban esa lista, lo cual parecía confirmar su veracidad.
Delphie se había enterado por Hunter, quien se había dedicado a contarle chismes sobre Lucca con la evidente intención de lograr que reaccionara y regresara al mundo de los vivos. Su amigo ni siquiera se había dado cuenta de que, cada vez que le contaba un rumor, ella se sentía como si le acabaran de dar una puñalada.
–¿Sabes con quién he estado saliendo? –bramó él, cerrando el puño sobre la nota–. ¿Qué pasa? ¿Es que me has estado investigando? Cualquiera diría que te importo.
Ella alzó la barbilla.
–No tenía más interés que esta reunión y la necesidad de saber dónde estabas. Eso es todo.
Si Delphie pretendía ponerlo en su lugar, fracasó miserablemente. La expresión de Lucca se volvió más arrogante, y hasta se permitió el atrevimiento de sonreír.
–Eres muy vehemente con tus protestas. Pero tu comportamiento es un poco extraño, ¿no te parece? Si querías saber de mí, solo tenías que consultar mi más que pública agenda. Y, en lugar de eso, investigaste con quién estaba saliendo en privado.
La última frase de Lucca provocó que la mente de Delphie se llenara de imágenes tórridas, las correspondientes a lo que le había hecho él en privado. Era un amante increíblemente atento. Un amante magnífico.
–¿O es que tus cuestionables fuentes son alérgicas a la lectura de la prensa económica? –prosiguió él.
–Discúlpame, pero eres tú quien ha convertido esto en algo personal al usar tu poder para presionarme. Yo me he limitado a seguirte la corriente. Hasta ahora.
Él apretó los dientes.
–Y me la seguirás durante tanto tiempo como yo quiera. No olvides que eres tú quien ha pedido esta reunión.
–No lo he olvidado. Y, hablando de esta reunión, ¿no crees que deberíamos entrar en materia?
Lucca guardó silencio.
–Has estado incordiando a Rachel, quien a su vez me ha estado incordiando a mí. He venido a pedirte que me dejes en paz.
–Ya, pero esa no es la única razón, ¿verdad?
Súbitamente, Lucca le dio la espalda y entró en el despacho que estaba junto al salón. Después, avanzó hacia la inmensa y lustrosa mesa de superficies talladas con escenas de la historia de su país y, tras dejar la arrugada nota encima, se sentó en el sillón.
Delphie se estremeció cuando él la miró y le dedicó otro intenso escrutinio de los pies a la cabeza, deteniendo la vista en los lugares que más le gustaban: su cuello, la cara interna de sus codos, sus pechos, etc.
–Basta –dijo ella.
La mirada de Lucca la hizo tan dolorosamente consciente del endurecimiento de sus senos y de la repentina tensión en su abdomen que alzó un brazo de forma instintiva, como queriendo ocultar la reacción de su cuerpo, aterrorizada por la posibilidad de que él distinguiera la devastación de su alma bajo los síntomas de su excitación. La devastación de haber llevado y perdido un hijo suyo.
Estaba tan alterada que no se dio cuenta de que le había seguido al despacho hasta que rozó el dintel, momento en el cual se detuvo.
–¿Por qué? ¿Porque lo nuestro ha terminado? –preguntó él.
Lucca se pasó un dedo por el labio inferior, y ella apretó los puños en un intento de resistir el asalto a sus sentidos.
–Sí.
–¿Y has intentado decírselo a tu cuerpo? Porque, desde donde estoy, me da la sensación de que no recibió el informe.
–Lucca…
Lucca se echó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y clavó la vista en sus ojos.
–Llámame Majestad. Ya no tienes derecho a llamarme por mi nombre.
Ella se quedó boquiabierta.
–Pero…
–¿Sí?
–Pensaba que no te gustaban esas cosas. Una vez me dijiste que te parecen pedanterías protocolarias.
Él volvió a sonreír y convirtió su cara en una dura e impenetrable máscara.
–Ya no soy el hombre que conociste.
Delphie se quedó helada, pero logró disimular su inquietud. Estaba segura de ello. Ya no era el mismo hombre. Lo notaba en la implacable intensidad de sus ojos, la cruel curva de sus sensuales labios y hasta en su actitud de guerrero, que la asustaba y excitaba a la vez, alarmantemente.
–¿Ahora quieres que te adoren? –se atrevió a preguntar, con un tono que pretendía ser de desprecio y se quedó algo corto.
–En las circunstancias adecuadas y con la persona adecuada, por supuesto –replicó él.
Ella se pasó la lengua por los labios, y lamentó que ya no pudiera llamarlo por su nombre de pila. Como si ese fuera su mayor problema.
–Muy bien… Majestad.
Él chasqueó la lengua.
–No, no lo has pronunciado bien. Inténtalo de nuevo, pero con menos sorna. Tienes que parecer sincera. O lo nuestro habrá terminado de verdad.
Delphie supo que lo estaba diciendo en serio, y también supo que debía superar esa prueba para tener alguna esperanza de ir más allá. Sin embargo, se recordó que precisamente había tenido éxito en su anterior carrera por su capacidad de actuar como debía en cualquier situación. Los fotógrafos y las casas de moda adoraban que pudiera expresar la emoción adecuada y adoptar la pose correcta en cuanto se lo ordenaban.
Ser modelo era bastante más complicado que poner morritos y caminar bajo los focos. Pero ella tenía un talento natural para la pasarela, que se había manifestado mucho antes de que tuviera esa profesión. Había aprendido a fingirse feliz y ocultar sus sentimientos, sin más intención que la de mantener la paz en su hogar. Era la única forma de que su madre no tomara partido y, sobre todo, de que no lo tomara en su contra.
Al final, no sirvió de nada. Pasó a ser una paria en su propia casa, y no tuvo más remedio que asumir la dura verdad. No encajaba en el nuevo estilo de vida de su madre; no la quería y, por mucho que sonriera o muy conforme que intentara parecer, no consiguió su amor.
Pero eso era cosa del pasado, así que avanzó hacia Lucca con determinación. Y el rey perdió el control de sus emociones durante un segundo, el que dedicó a admirar sus labios y sus senos. Solo durante un segundo.
Sí, había cambiado. Los dos habían cambiado. Lo sabía desde antes de bajar del avión. Pero entonces, ¿por qué extrañaba al antiguo Lucca? No tenía sentido, porque ya no era el hombre al que creía conocer.
–Majestad, he conseguido que me concedan una hora de su precioso tiempo. Le estaría enormemente agradecida si pudiéramos empezar nuestra reunión.
Él volvió a sonreír y señaló un sillón, invitándola a sentarse.
Ella tomó asiento, aliviada. Necesitaba que la reunión terminara tan rápidamente como fuera posible. Lo necesitaba para poder poderse de inmediato con su siguiente tarea, que iba a ser difícil: expulsarlo otra vez de su vida.
Por desgracia, no podía expulsarlo del todo si era cierto que Lucca estaba detrás de la venta de las acciones de Hunter. Sin embargo, era un riesgo que estaba dispuesta a asumir. Ya había perdido demasiado, mucho más de lo que nunca había creído posible. Tenía que ser fuerte, y pensar en lo importante.
–Sé que no soy la única modelo que estáis sopesando para vuestra campaña.
–Ah, ¿otra vez tus cuestionables fuentes?
Lucca le lanzó una mirada que casi pareció de aburrimiento; pero solo casi, porque ella notó que, bajo su fachada de hielos eternos, se empezaba a despertar un volcán. El fuego estaba allí, latente. Solo tenía que provocar la erupción.
Delphie se acordó de otro tipo de erupciones, concentradas exclusivamente en ella. Eran tan magníficas que se arrojaba a su lava en cuerpo y alma.
–Me lo ha dicho Rachel. ¿Es que se equivoca?
–No, no se equivoca.
–Entonces, mi negativa no debería ser un problema.
–Es un problema si quieres que te ayude con tu pequeño negocio y empiezas las negociaciones con una actitud que me molesta. De hecho, no sé por qué te empeñas en irritarme. ¿Has olvidado lo generoso que puedo ser contigo cuando me complaces?
Durante unos traidores segundos, el pulso de Delphie se aceleró. Pero su excitación se esfumó enseguida, cuando le volvió a mirar a la cara. Por muy sensual que hubiera sido su comentario, Lucca solo estaba pensando en sus negocios.
–Majestad…
Delphie dejó la frase en suspenso al ver que él sacaba una hoja doblada de un bolsillo, y la ponía sobre la enorme mesa, sin dejar de mirarla a los ojos.
–¿Qué es eso? –preguntó ella con voz temblorosa.
–Míralo y saldrás de dudas.
Delphie casi tuvo miedo de mirar, porque sabía que aquella hoja sería otro golpe al centro de su ser. Se había engañado al pensar que podía estar a la altura de Lucca, y se sentía como si unas cuerdas se estuvieran cerrando alrededor de su cuerpo.
A pesar de ello, respiró hondo y miró la hoja. Los ojos se le humedecieron, y la palabras se volvieron borrosas; pero se quedaron grabadas en su mente.
–No… –dijo en voz baja, incapaz de creerlo.
–¿A qué se debe tu objeción? –preguntó él, jugando con ella como si fuera una presa y él, un depredador–. ¿A tener la prueba ante tus propios ojos? ¿O a que he segado la hierba bajo tus pies?
Ella alzó la vista.
–Has sido tú. Lo habías planeado –le acusó.
Lucca se llevó una mano a la boca, impidiendo que Delphie pudiera ver su sonrisa. Pero supo que estaba sonriendo. Había vencido, y no iba a desperdiciar el placer de ese momento.
–¿Qué he planeado exactamente? ¿Ofrecerte un trabajo lucrativo que te sacará temporalmente del agujero en el que tú misma te has metido? ¿O asegurarme de que lo que pase después esté bajo mi control? Porque si te refieres a eso, sí, es verdad. En los dos casos.
–No puedo creer que él…
–Supongo que te refieres a Buckman, claro –dijo Lucca.
Delphie tragó saliva. Había intentado convencerse de que Hunter no había vendido las acciones al rey de San Calliano, sino a alguno de los muchos multimillonarios del país. Pero, en el fondo de su corazón, sabía que su amigo la había traicionado. Y ahora tenía la prueba ante sus ojos.
–Has comprado sus acciones.
–Sí, todo el lote. Lo suficiente para controlar la empresa.
Ella se volvió a estremecer. Lucca le había arrebatado lo único que le importaba, lo único que había impedido que se hundiera en la desesperación.
–¿Por qué? –acertó a preguntar.
Lucca la miró con frialdad.
–Porque podía.
–¡Porque quieres que me someta a ti! –bramó ella.
Él asintió y se pasó un dedo por el labio inferior.
–Sí, cara. También por eso.
–¿Ni siquiera te vas a molestar en negarlo?
Lucca se encogió de hombros.
–¿Por qué lo voy a negar, si es la verdad?
–Pero ¿por qué? –insistió ella.
–Porque quiero que hagas exactamente lo que Rachel te ha dicho.
Delphie frunció el ceño.
–¿Has pagado ciento veinte millones de dólares para que haga un trabajo de tres millones? No tiene sentido.
–Claro que lo tiene –replicó él–. Por muy deliciosa que seas, no vales tanto dinero, cara. El festival solo será el principio. Quiero que también te encargues de otras cosas.
–¿Y si me niego?
–Si te niegas, los patrocinadores por cuyo dinero has luchado tanto serán el menor de tus problemas –declaró, tajante.
–¿Qué quieres que haga exactamente?
Él se levantó y se apoyó en la mesa, ocupando todo el centro de su visión, como si quisiera dejar bien claro que aquello iba en serio.
–Para empezar, que el rey abandonado deje de estar abandonado.
Ella lo miró con asombro.
–¿Lo has hecho por eso? ¿Por salvar tu orgullo?
–Perdiste el derecho a preguntar por mis motivos cuando desapareciste de mi vida sin molestarte siquiera en informarme.
Delphie se quedó boquiabierta. Lo había hecho por eso. Y ahora, no tenía más opción que apelar a su parte buena, si es que había alguna parte buena en un hombre tan implacable.
–Lucca, yo…
–Majestad –la interrumpió él.
–Majestad, pensé que la nota sería suficiente.
–¿La nota que me enviaste dos meses después de desaparecer, junto con el regalo que yo te había hecho?
Delphie apretó los labios e intentó refrenarse, porque sabía que todo lo que había estado conteniendo en su interior estallaría al instante si empezaba a hablar.
No quería que Lucca supiera que su relación no había sido una aventura para ella, que había albergado la esperanza de que fuera mucho más. Tampoco quería que supiera que se había ilusionado al descubrir que estaba embarazada de él, aunque sus esperanzas saltaran por los aires con la visita de aquel cruel desconocido. Y, sobre todo, no quería que fuera consciente del motivo por el que había tardado en superarlo cuando se fue a Qatar.
–Sinceramente, no imaginé que mi marcha te importara tanto –replicó–. Pensé que seguirías con tu vida.
–Ya, pero me quedé en desventaja contigo, por raro que sea. Si me hubieras dado la oportunidad, te habría dejado ir con mucho gusto, y no habría vuelto a pensar en ti. Pero no me la diste –la acusó.
–Porque no necesitaba tu bendición. Ni quería nada de ti entonces ni lo quiero ahora.
Lucca se enderezó y caminó hacia ella. Delphie notó la intensidad de su mirada, pero no alzó la vista hasta que él se detuvo a su lado y le susurró al oído:
–¿En serio? En ese caso, no hay nada que negociar. La reunión ha terminado.
La cercanía física de Lucca la excitó de tal manera que se quedó momentáneamente inmóvil, maldiciendo a su cuerpo por reaccionar así. Cuando por fin pudo reaccionar, él ya había llegado a la puerta del despacho, y estaba a punto de abrirla.
–¡Espera!
Lucca se giró con la gracia y la elegancia de un hombre más que seguro de sí mismo, de un monarca acostumbrado a que sus súbditos le obedecieran.
–Dejemos una cosa clara. Ya no soy el hombre que conociste, cara. Te sugiero que revises tu inclinación a manipularme, sea con la argucia que sea.
Delphie se volvió a poner nerviosa. Jamás había considerado la posibilidad de manipularle. No cuando estaban juntos. Desde luego, su relación había sido verdaderamente apasionada, tan apasionada que Lucca estuvo con ella mucho más tiempo del que solía estar con sus amantes; pero, a decir verdad, Delphie se había hecho ilusiones sobre su futuro.
Y al final, le había salido el tiro por la culata.
–No se me ocurriría nunca –replicó–. Créeme.
–¿Que te crea? Me engañaste una vez, pero no me volverás a engañar. No soy tonto, cara. Créeme –se burló.
Ella respiró hondo y se lamió los labios, intentando mantener la compostura.
–¿Podemos hablar como adultos? Estoy más que dispuesta a oír tu versión.
Él se la quedó mirando durante un rato y, acto seguido, volvió al salón, se sentó en el sofá y dio una palmadita al cojín de al lado, invitándola.
–Siéntate –dijo.
Todas las células del cuerpo de Delphie se alzaron en rebeldía. Deseó marcharse, ir a su habitación, hacer la maleta y mandarle definitivamente al infierno. Si conseguía plaza en el siguiente avión, estaría en su piso de Qatar a medianoche. Aunque, puestos a elegir, prefería alquilar el deportivo más rápido del lugar y conducir hasta que sus preocupaciones se esfumaran entre la adrenalina y un motor de varios cientos de caballos de potencia.
Lamentablemente, su rebelión mental no duró más de un minuto y, para empeorar las cosas, tuvo que soportar la sonrisa irónica de Lucca, que seguía dando golpecitos al cojín. Era obvio que había adivinado sus pensamientos y que estaba seguro de poder salirse con la suya.
Al final, Delphie se acercó al sofá. Pero, en lugar de sentarse donde le estaba indicando, se acomodó en el extremo más alejado.
–Aceptarás mi oferta –dijo él–. Mis consejeros afirman que eres la mejor candidata posible, y estoy de acuerdo con ellos.
Delphie no se engañó a sí misma. Aquello no era un halago. Sus intenciones eran demasiado crueles para serlo.
–Rachel me ha hablado del trabajo. ¿Seguro que no habrá cambios de última hora?
Él entrecerró los ojos.
–¿Cambios?
–Sí, como decidir que una semana se convierta en dos, o que me vea obligada a trabajar en horas intempestivas.
–Bueno, el trabajo de modelo implica cierta flexibilidad… Lo sabes de sobra, porque ha sido tu profesión –le recordó Lucca–. ¿Por qué te preocupa de repente?
–Porque tengo una vida que vivir. Una que has interrumpido con tus demandas.
Lucca la miró y dijo, con la suavidad de una serpiente invitando a un ratón a entrar en su guarida:
–Háblame de esa vida.
Delphie tuvo que hacer un esfuerzo para resistirse al deseo de revelarle su angustia.
–Esto no es una reunión social, Majestad. Mi vida es cosa mía.
Los ojos de Lucca se volvieron gélidos.
–Deberías tener cuidado, Delphine. No te conviene enemistarte conmigo. No ganarías nada –le advirtió.
–¿Ah, no? Dices que ya no eres el hombre que conocí y, por lo que he visto hasta ahora, es verdad. ¿No es lógico entonces que desconfíe de ti?
Lucca se encogió de hombros, pero sin dejar de mirarla con frialdad.
–Si no recuerdo mal, se atrapan más moscas con miel que con vinagre –comentó.
Ella ladeó la cabeza.
–¿Te estás comparando con las moscas? –dijo con sorna–. Pobrecitas.
Durante una milésima de segundo, los ojos de Lucca brillaron con humor. Y aquel destello momentáneo despertó la memoria de Delphie, quien se acordó de lo mucho que se habían reído cuando estaban juntos y de las profundas y sensuales carcajadas del hombre que estaba ante ella. Ahora era rey de San Calliano, pero antes había sido su amante, y sabía lo despreocupado y alegre que podía llegar a ser.
En cualquier caso, borró el recuerdo de sus pensamientos. Hurgar en el pasado no tenía ningún sentido.
–Si haces bien tu trabajo, nadie abusará de tu tiempo –declaró él.
Ella se sintió aliviada, aunque no hasta el extremo de relajarse. A fin de cuentas, aún no habían llegado al quid de la cuestión.
–Entonces, acepto.
Lucca se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. No parecía alegrarse de que hubiera aceptado su ofrecimiento. No había nada en su gesto que lo indicara. Tal como sospechaba Delphie, el trabajo era una excusa para ocultar sus verdaderas intenciones.
–Bene. Ya hemos puesto los cimientos de lo que viene a continuación.
Delphie se quedó helada.
–¿Y qué viene a continuación?
–La reparación del daño que causaste hace diecinueve meses con tu súbita desaparición.
Capítulo 3
Lucca contempló la miríada de expresiones que cruzó el rostro de Delphie. Asombro. Alarma. Recelo. Indignación desaforada.
La conocía bien, y no le sorprendió que su expresión más bella fuera la última. Delphine Alexander era una mujer impresionante, pero siempre estaba más atractiva cuando se enfadaba o cuando daba rienda suelta a su feroz espíritu. Y ese era el motivo de que estuviera alargando su reunión más de lo previsto.
A decir verdad, le habría gustado que Delphie hubiera perdido parte de su belleza desde que le abandonó. Pero no la había perdido. Seguía siendo increíblemente atractiva. Seguía en posesión de un encanto asombroso que parecía empapar todas las capas de su ser y que, lejos de reducirse, había aumentado.
Cualquiera se habría dado cuenta de que el paso del tiempo le había sentado bien. Había borrado la parte más infantil de su juventud y la había transformado en una mujer adulta. Era más fuerte que antes. Era mucho más segura. Y Lucca sentía el deseo de zambullirse en ella e indagar en sus experiencias.
Quería saberlo todo sobre ella. Lo necesitaba del mismo modo en que necesitaba saber por qué habían sido tan fríos con él sus propios padres y, sobre todo, su madre. ¿Por qué se había mostrado tan indiferente con lo que pasaba bajo su techo? ¿Por qué se había lanzado a una persecución de placeres hedonistas, despreocupándose de todo lo demás?
Lucca se lo sacó de la cabeza. No era el momento más adecuado para interrogarse al respecto.
–¿Es una broma? –preguntó ella.
Él quiso reír. Y quiso taparse los oídos para no escuchar aquella voz intensa y sensual que le hechizaba tanto como su cuerpo.
Ahora sabía que se había escondido en Qatar cuando le abandonó, y casi sintió celos del sol de ese país, porque había oscurecido un poco su morena piel y le había dado un tono brillante que deseó explorar durante horas. Habría dado cualquier cosa por acariciarla, besarla, lamerla y descubrir si el sol había respetado algunas de sus curvas.
Excitado, se maldijo a sí mismo por pensar en esos términos y, tras recuperar la compostura, le dedicó otra sonrisa implacable.
–Te aseguro que nada de lo que pueda decir esta noche esconde ningún tipo de sentido del humor.
–Pero… pero ya no estamos juntos, Luc.
–Majestad.
–Majestad –se corrigió ella–. ¿Por qué te empeñas en castigarme? Solo soy una exnovia que puso fin a una relación.
Lucca se hizo la misma pregunta. ¿Por qué se empeñaba? Tal vez, porque Delphie había despreciado algo único, porque había estado a punto de convertirse en su consorte, en la persona con la que habría compartido todos sus días.
A punto.
O tal vez, porque la había querido tanto que ni siquiera se había atrevido a hablarle de sus padres, por miedo a parecerle imperfecto y a que el recuerdo de su infancia manchara un lugar sagrado para él.
–Sí, solo eres eso, pero había un protocolo que observar –replicó él–. Tu abrupta desaparición provocó un verdadero caos.
Ella entrecerró los ojos.
–No lo entiendo. ¿Por qué no emitiste un comunicado de prensa? Es lo habitual en esos casos, ¿no? –dijo con amargura.
Lucca sintió una punzada de vergüenza, y la sintió porque no se le había ocurrido esa posibilidad. Su marcha le había afectado tanto que casi llegó al extremo de prohibir a sus consejeros que hablaran de Delphine.
–¿Y qué habría pasado si hubieras reaparecido después con alguna historia que vender a los periódicos? Habría sido mucho peor. Habría llamado la atención de todo el mundo.
Delphie se puso furiosa.
–¿Vender una historia a los periódicos? ¿Yo? ¿En qué momento te di la impresión de ser capaz de hacer algo así? –preguntó, clavando en él sus preciosos ojos.
Él se volvió a encoger de hombros.
–El simple hecho de que te marcharas de ese modo demuestra que yo no te conocía de verdad. ¿Cómo iba a saber si eres o no eres capaz de hacer eso?
–¡Oh, vamos! Los hombres de tu posición no actúan únicamente a partir de datos y hechos. Lo sé porque tú mismo me lo dijiste. Dijiste que actúan por instinto, y no puedo creer que hicieras una excepción conmigo.
Lucca se maldijo para sus adentros. Sí, se lo había dicho varias veces. Y ahora lo lamentaba.
–Entonces era príncipe, y ahora soy rey. Ya no puedo confiar en cualquier persona que afirme ser inocente.
Delphie se levantó de golpe, ofreciéndole una visión arrebatadora de todas las curvas y valles de su metro setenta y siete de altura. La tela de su overol enfatizaba su liso estómago, sus piernas de modelo, la orgullosa protuberancia de sus senos, la perfección de unas nalgas trabajadas con ejercicios diarios y los largos y elegantes brazos que se aferraban a él en otros tiempos, apasionadamente.
Lucca se excitó sin poder evitarlo.
–No escurras el bulto –protestó ella–. ¿Qué está pasando de verdad? ¿Qué significa eso de reparar el daño?
Él tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para refrenar el deseo, porque tenía que ser muy cauteloso con lo que estaba dispuesto a divulgar.
Sus asesores y su equipo de seguridad se habían tomado muchas molestias para impedir que se filtrara informaciones nocivas sobre las actividades de su madre; pero, para que sus planes tuvieran éxito, tenía que dejar inequívocamente claro a Delphie que no se podía negar a hacer lo que le pidiera.
–No sé si lo sabes, pero tu numerito estuvo a punto de causar un daño irreparable al Reino.
Delphie clavó en él sus ojos de color chocolate y se volvió a sentar, sorprendida.
–¿Cómo es posible? Lo único que hice fue marcharme. Comprendo que fuera algo nuevo para ti, pero de todas formas…
–No seas ingenua, Delphine. Quizá quisiste creer que nuestra relación era de lo más normal, por no sentirte abrumada con la experiencia, pero no lo era en absoluto. Yo no soy un don nadie. Y tú tenías determinadas obligaciones, empezando por la forma de separarte de mí.
Ella apretó los labios, y él se acordó de lo mucho que le gustaba mordisqueárselos cuando adoptaba ese gesto.
–En primer lugar, yo no estaba abrumada por…
–¿Ah, no? –la interrumpió.
–No –replicó, pero apartando la vista.
Lucca sonrió para sus adentros.
–En segundo lugar, no recuerdo que aceptara renunciar a mi vida a cambio de tener el honor de salir contigo –ironizó ella–. Además, no fui yo quien te buscó a ti, sino tú quien me buscaste a mí.
Él no se molestó en negarlo. Delphie se le había metido dentro desde el primer día, y de un modo tan intenso que no había tenido más remedio que dejarse llevar. De hecho, aquella pasión estaba lejos de haberse apagado. Aún la sentía en sus venas.
–Bueno, es cierto que no te expliqué la situación, pero eres una mujer inteligente. ¿No te diste cuenta de que seguíamos ciertos protocolos cuando estábamos juntos?
–¿Te refieres a no poder ir a un restaurante sin llamar por teléfono para que lo vaciaran antes de que llegáramos? ¿O a que tus guardaespaldas echaran a la clientela de las tiendas para que nosotros pudiéramos entrar? Y eso que solo eras príncipe. ¿Qué ocurre ahora, que eres rey? ¿Evacuan las ciudades para que tú puedas pisarlas?
Lucca quiso sonreír. Y tenía buenos motivos para ello, porque Delphine era la única persona que se atrevía a hablarle de aquella manera, sin miedo ni adulación. Decía lo que pensaba, y lo decía con una voz tan sexy que la encontraba irresistible.
–Por razones en las que no entraré ahora, siempre ha sido importante que mis relaciones no tengan nada que pueda parecer incorrecto –dijo él, cambiando de tema–. Tu comportamiento desató rumores que siguen socavando mi poder.
Ella frunció el ceño.
–¿Qué rumores?
Él apretó los dientes. No sabía qué le molestaba más, si el hecho de que no lo supiera o la necesidad de tener que rebajarse a contárselo.
–Rumores infundados a los que debemos poner fin –replicó.
–Y supongo que tienen algo que ver con tu oferta de trabajo, ¿verdad? Pero ¿cómo les vas a poner fin?
–Durante el festival, cuando lleves la colección de diamantes de San Calliano, me acompañarás a una serie de actos. Por supuesto, la gente lo sabrá y surgirán rumores nuevos, contra los que no haremos absolutamente nada.
Delphie se quedó perpleja.
–¿Para qué? ¿De qué te servirá?
–Pensaba que es evidente, cara. Pero, si no lo es, te lo explicaré de otra forma –dijo él–. Esta vez seré yo quien controle la narrativa. Y seré yo quien decida cuándo y dónde termina nuestra relación.
Delphie sacudió la cabeza.
–¿Pretendes que yo…?
Él guardó silencio.
–Ahora lo entiendo. No te intereso como modelo, sino como mujer. Quieres que crean que estoy perdidamente enamorada de ti.
–Sí, como la última vez.
Delphie bajó los párpados, ocultándole sus ojos. Lucca deseó que negara que todo había sido una farsa. Deseó que reconociera la pasión y la euforia que les había unido antes de que ella se marchara inexplicablemente de su vida y de su cama.
Pero se limitó a respirar hondo y a alzar su orgullosa barbilla.
–Parece que tienes un problema de relaciones públicas. Pero ¿por qué tengo que ayudarte? –dijo Delphie, desafiándolo.
–Para empezar, porque me debes una explicación. Y aún no me la has dado.
Lucca pensó que Delphie se estaba comportando como su madre, respondiendo con indiferencia cada vez que le preguntaba por qué actuaba de ese modo. Era como si no le importara en absoluto, como si él no importara. Y, para empeorar las cosas, le dio la espalda igual que lo había hecho ella en infinidad de ocasiones.
Mientras Delphie miraba las brillantes luces de la ciudad, Lucca reflexionó brevemente sobre algunos aspectos de su relación. Habían estado juntos cuando él ejercía labores diplomáticas, que le obligaban a estar en Sudamérica y los Estados Unidos. Solo habían ido una vez a San Calliano, y solo porque su padre había exigido su presencia.
Durante su estancia en el Reino, él la mantuvo en su residencia privada, lejos de palacio y, tras hablar con su padre, se la llevó de allí. No se podía decir que hubiera intentado presentarle a su familia. No precisamente. Pero ¿por qué? ¿Porque tenía miedo de que el sórdido pasado de los suyos la asustara y provocara una ruptura?
Quizá.
Pero ya no tenía importancia. Ahora era rey. Su prioridad era el pueblo de San Calliano, y debía acabar con los rumores que amenazaban al país.
–Todas las relaciones terminan en algún momento –dijo ella, girándose hacia él–. Me pareció que mi nota era bastante explícita.
–¿Explícita? Tal vez, pero solo en el sentido de que parece indicar que te sientes con derecho a romper cualquier relación amorosa sin tener la cortesía de dar explicaciones –replicó él, haciendo un esfuerzo por refrenar su enfado.
–¿Y por qué teníamos que hacer una autopsia a nuestra relación? ¿No podías aceptar que yo estaba a disgusto, simplemente? ¿No podíamos seguir con nuestras vidas, sin más?
–¿Que estabas a disgusto? –dijo Lucca, atónito–. Te recuerdo que la noche inmediatamente anterior a tu marcha hicimos el amor en mi dormitorio y te aferraste a mi espalda mientras me rogabas entre gritos y gemidos que siguiera adelante, que no me detuviera. Engáñate a ti misma si quieres, dolcezza, pero no insultes a mi inteligencia con tus mentiras.
Ella carraspeó.
–Sí, bueno, eso es cierto… pero el sexo no lo es todo.
–Puede que no, pero era algo particularmente intenso entre nosotros. Y dudo que eso cambiara de la noche a la mañana.
Delphie guardó silencio.
–¿Por qué te fuiste, Delphine? ¿Qué cambió tan repentinamente?
En lugar de responder, ella intentó pasar a su lado, pero él la agarró de la muñeca y la detuvo.
–Cuanto más te niegues a darme una explicación, más decidido estaré a conseguirla –le advirtió él.
–¿Por qué te importa tanto?
–Porque detesto los subterfugios y los secretos. Prefiero conocer el terreno que piso –contestó–. Además, no habrías terminado en esta situación si no te hubieras comportado de ese modo. Ocultarme cosas solo servirá para que yo cave más hondo. ¿Eso es lo que quieres?
–Ya no disfrutaba de tu compañía. ¿Te parece explicación suficiente?
Lucca no se dejó engañar con la nueva cortina de humo de Delphie, cuyo pulso se aceleró bajo sus dedos. Y como se había cansado de mentiras, hizo exactamente lo que se había prometido a sí mismo que no haría. ¿Cómo no, si le estaba volviendo loco con su aroma a rosas y su cercanía física, empezando por la proximidad de sus suculentos labios?
Asaltó su boca sin más intención que la de sabotear sus falsedades, pero las cosas se complicaron. Todo se complicaba con aquella mujer. Era sencillamente exquisita. Y aunque él fuera rey, seguía siendo un simple hombre.
Un simple hombre con mucha experiencia.
La besó con tanta pasión que le arrancó un suspiro de placer. Al oírlo, estuvo a punto de soltar un rugido de triunfo, pero se contuvo y llevó la mano a uno de sus senos, cuyo excitado pezón empezó a frotar.
Delphie se estremeció, tan ansiosa como él por seguir adelante. Y Lucca, que se acordaba de todas las veces que había soñado con ella durante los meses anteriores, se sintió inmensamente gratificado cuando la sintió apretarse contra su erección.
Poco a poco, el prolongado beso dejó de ser un juego y los empujó hacia otra de las abrumadoras experiencias sexuales que tenían cuando estaban juntos. Solo entonces, Lucca apartó las manos de su cuerpo, rompió el contacto con su boca y dio un paso atrás, aunque a regañadientes.
–¿Lo ves? Acabo de demostrar que no me dejaste por el sexo.
–Eres un canalla –dijo ella, furiosa.
Lucca la miró y se alejó un poco más, porque tenía miedo de dejarse llevar por el deseo si no ponía tierra de por medio.
–Esto es lo que va a pasar: Cuando termine el festival, volverás con tu equipo; y cuando termine la última carrera de verano, que si no recuerdo mal es en agosto, volverás a San Calliano y te quedarás en palacio. Será a todos los efectos como si volviéramos a ser pareja –afirmó–. Nos separaremos después, tras asegurarnos de que los rumores se han desvanecido.
–¡Eso es inaceptable! ¡No puedo renunciar a mi vida por ti!
–Por desgracia, es lo que espero y exijo.
–¿Y qué obtendré yo cuando termine la farsa?
–Me encargaré de que tu equipo no siga perdiendo patrocinadores, y añadiré unos cuantos millones más para asegurar su supervivencia –contestó Lucca–. Si os apoyo públicamente, no volveréis a tener problemas.
–Eso es extorsión –protestó ella.
–No, es una negociación. Tú tienes algo que yo quiero y yo tengo algo que tú quieres. ¿En qué se diferencia de una transacción normal?
Ella respiró hondo y, al cabo de unos segundos, dijo:
–Está bien. Pero, si acepto esa transacción, no habrá sexo entre nosotros, nada ni remotamente parecido a lo que acaba de pasar.
–¿Seguro que quieres rechazar tus propias necesidades?
–Ya me encargaré yo de mis necesidades.
Él la miró con rabia.
–Come l’inferno lo farai! ¡De ninguna manera! –bramó–. ¡Nuestro acuerdo quedará roto como se te ocurra acercarte a otro hombre! Y no solo quedará roto, sino que me aseguraré de que tú…
–Tranquilízate –lo interrumpió–. Soy consciente de que no puedo salir con otros hombres mientras finjo que estoy enamorada de ti. Al decir lo de mis necesidades me estaba refiriendo a mi vibrador.
Él la miró con asombro.
–¿Un juguete sexual?
Delphie arqueó una de sus perfectas cejas.
–Pareces sorprendido… Pero no estamos en la Edad Media, sino en el siglo XXI.
A decir verdad, Lucca estaba más que acostumbrado a los juguetes sexuales. De hecho, los había utilizado con sus amantes en alguna ocasión. Pero, curiosamente, no se le había ocurrido la posibilidad de que Delphie los utilizara.
En cualquier caso, no estaban allí para hablar de su vida sexual, así que borró las tórridas imágenes que se estaban empezando a formar en su mente.
–¿Significa eso que accedes a mis demandas?
–Sí, pero quiero que todo esté por escrito. Para que no haya malentendidos.
Lucca se sintió aliviado.
–Por supuesto.
Justo entonces, ella volvió a dudar. Sin darse cuenta de lo que hacía, clavó la vista en sus labios y, a continuación, en la abertura superior de su camisa.
Lucca lo notó, y sonrió para sus adentros.
Definitivamente, Delphine no era inmune a sus encantos. Y su negativa a acostarse con él aumentaba el interés de la pequeña farsa que iban a interpretar, porque Lucca estaba decidido a atacar una y otra vez sus defensas y conseguir dos cosas: la primera, que se tragara sus palabras y la segunda, que le diera la explicación que merecía.
Momentos después, ella alzó la vista y dijo:
–Entonces, trato hecho.
A la mañana siguiente, mientras leía los documentos del contrato, Delphie se preguntó por qué había aceptado su oferta.
Los tres abogados de aspecto estoico que estaban en la sala no le incomodaban demasiado, pero no podía decir lo mismo del hombre que lo había orquestado todo. Había alterado su mundo de tal manera que se había quedado despierta hasta altas horas de la madrugada, preguntándose si no habría cometido un inmenso error.
Lucca estaba tan elegante como la noche anterior; pero, en lugar de un traje oscuro, llevaba uno de color claro, aunque también sin corbata. Tenía barba de dos días, que enfatizaba sus masculinos labios y la hacía particularmente consciente de todas las palabras que salían de ellos. Pero lo que más le llamó la atención fue su pelo. Con el arrobamiento de la noche anterior, no se había dado cuenta de que lo llevaba más largo.
–¿Delphine?
Delphie se sobresaltó al oír la voz de Lucca.
–¿Sí?
Los abogados fruncieron el ceño, molestos sin duda con el hecho de que no le hubiera dedicado el título de Majestad, pero ella hizo caso omiso. Ya se había equivocado al aceptar ese absurdo trato. ¿Qué importaba un error más?
–¿Está todo bien? –preguntó Lucca.
Delphie notó un tono duro en su voz, pero no le extrañó. Al fin y al cabo, llevaba cinco minutos mirando los documentos. Después de haberlos leído y releído durante una hora.
Ya no podía retrasarlo más.
–Sí, lo está –contestó.
Delphie firmó en el lugar indicado. Los abogados validaron el acuerdo y, a continuación, le dieron una copia a ella, hicieron una reverencia a su rey y se fueron.
Segundos más tarde, ella se levantó de la silla y se acercó a la ventana, donde dejó que el sol matinal calentara su piel sin más intención que sobreponerse a la mirada de Lucca, quien la observaba con intensidad leonina.
Los pantalones de color dorado oscuro y el top sin mangas ni espalda que se había puesto eran perfectos para el cálido clima de San Calliano, pero el escrutinio del rey le provocó un tipo de calor muy diferente.
Las prendas que había elegido dejaban demasiada piel al desnudo y, cada vez que Lucca la admiraba, su admiración resonaba en lo más profundo de su pelvis. Era tan sensual como sus besos. Y de lo más desconcertante, porque Delphie se había llegado a convencer de que ya era inmune a sus encantos.
Desgraciadamente, se había equivocado. Lucca solo tenía que ponerle un dedo encima para excitarla sin remedio.
–Bueno, ¿qué hacemos ahora? –preguntó ella, incapaz de soportar el silencio.
–Desayunar juntos mientras mis empleados llevan tus cosas a palacio.
Ella se estremeció.
–¿Tan pronto? Creí entender que no sería necesario hasta después del festival.
Él se encogió de hombros.
–Y entendiste bien, pero me han informado de que hay problemas de alojamiento en la ciudad. Por lo visto, los hoteles no tienen suficientes habitaciones libres –replicó–. Además, la colección que tendrás que enseñar está en el palacio, y conviene que tú también estés allí, por motivos de seguridad.
Delphie estuvo a punto de perder la calma. Esperaba tener unos cuantos días de sosiego, los necesarios para recuperarse del golpe de tentación que la había tumbado la noche anterior. Pero perder la calma no serviría de nada. Había firmado un acuerdo, y solo se trataba de cumplirlo y de volver después a su nueva vida, a una nueva vida que la reconectaba con su amado padre, con el padre que había perdido.
Justo entonces, apareció el mayordomo asignado a la suite real e hizo una reverencia.
–¿Qué desean desayunar, Majestad? –preguntó.
Lucca se giró hacia ella y arqueó una ceja, invitándola a responder.
–Para mí, un café descafeinado con leche, una tortilla francesa y algo de fruta. Su Majestad tomará cereales, uvas y un café solo –dijo–. Llévelo a la terraza, por favor.
–Por supuesto, madame.
El mayordomo, que no mostró sorpresa alguna ante el hecho de que conociera los gustos del rey en materia de desayunos, hizo otra reverencia y se marchó.
Incapaz de resistirse, Delphie miró a Lucca. Estaba sonriendo.
–Vaya, disfrutas ejerciendo tu poder, ¿eh? –comentó con sorna.
–No estoy de humor para jueguecitos –dijo ella.
Delphie notó un extraño vacío en el estómago. Tal vez, porque se había traicionado a sí misma al recitar sus gustos matinales con tanta exactitud. Parecía indicar que no había olvidado nada de su relación y que no le había abandonado por falta de interés.
Ansiosa por escapar de sus propias y tumultuosas emociones, se dirigió al balcón que daba a la enorme terraza.
–Eres consciente de que la gente ya ha empezado a hablar, ¿verdad? –dijo él, siguiéndola.
–¿No es lo que querías? Cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
El rostro de Lucca perdió hasta el último atisbo de humor, dejando una dura y fascinante escultura que Delphie quiso explorar con los dedos. De hecho, salió al exterior para no caer en la tentación.
Sin embargo, Lucca llegó antes a la mesa de la terraza, y le apartó una silla. Mientras ella se sentaba, él se inclinó y se quedó tan cerca de su cara que casi se rozaban.
–Puede que tengamos un acuerdo, pero será mejor que no me busques las cosquillas, cara –dijo en voz baja.
Delphie notó su aliento en el cuello y en la curva de un hombro, y le arrancó un escalofrío que no pudo ocultar. Además, le conocía lo suficiente como para saber que nunca amenazaba en vano. Su relación había sido tan apasionada como si quisieran vivir toda una vida en unos cuantos momentos, pero eso no había impedido que captara algún destello ocasional de su férrea fortaleza, la que iba a necesitar después para dirigir el próspero Reino mediterráneo.
Uno de esos destellos había sido más flagrante que los demás. Fue poco después de que el padre de Lucca le pidiera que viajara a San Calliano. Lucca no le llegó a contar el motivo del viaje, pero se comportó de un modo tan severo durante su estancia que casi tuvo miedo de él. Y esa misma severidad brillaba ahora en sus ojos, recordándole que estaba con un depredador que sabía aprovechar cualquier debilidad.
–Supongo que no querrás prolongar esto más de la cuenta –comentó ella.
–Tengo que proteger la reputación del Reino, y puedes estar segura de que haré lo que sea necesario para conseguirlo –replicó–. Siéntate de una vez.
Ella terminó de sentarse y, a continuación, alcanzó la jarra de zumo de naranja. Luego, se la ofreció a Lucca, pero él sacudió la cabeza, así que Delphie se sirvió un vaso.
–¿Por qué te ha dado por las carreras de coches?
Delphie parpadeó, sorprendida.
–¿Cómo?
–El mundo de las carreras está en las antípodas del mundo de la moda. La mayoría de las modelos crean su propia agencia o marca de ropa, y generalmente se quedan en su sector. ¿Por qué elegiste algo tan curioso?
Ella apretó los labios. No sentía el menor deseo de darle explicaciones. En primer lugar, porque no quería compartir cosas personales con él y, en segundo, porque su animosidad era más que evidente. Pero ya le había irritado demasiado y, por si eso fuera poco, el futuro de la escudería dependía de él, así que contestó.
–Mi padre era mecánico. Podía arreglar cualquier tipo de motor, pero le gustaban especialmente los coches clásicos. Aprendí mucho de él.
Lucca entrecerró los ojos.
–¿Por qué hablas de tu padre en pasado?
Delphie suspiró.
–Porque murió cuando yo tenía doce años.
–Oh. Condoglianze…
El inesperado pésame de Lucca la relajó un poco.
–Gracias.
–¿Y tu madre?
–Sigue viva. Reside en Londres –dijo sin más.
El mayordomo reapareció con el desayuno, y ella aprovechó la corta interrupción para cambiar de conversación.
–¿Cuál es mi primera tarea?
Lucca guardó silencio durante unos segundos y dijo:
–La inauguración del festival, en el Museo de Arte de San Calliano. Se celebrará mañana por la mañana, a las diez. Interpreta bien tu papel, porque habrá un montón de periodistas.
–No te preocupes. Sé proyectar la imagen que se espera de mí –dijo con orgullo.
Lucca la miró con sorna.
–Vaya, veo que tienes talento para muchas cosas. Y no todas son apetecibles.
Su voz tenía un fondo de amargura, y Delphie sintió un nuevo tipo de inquietud, uno que surgía directamente del hombre que la había llevado a las cimas más altas de la felicidad para arrojarla después al pozo de la desesperación.
Capítulo 4
Seis horas después de su forzado desayuno, Delphie se encontraba en una suite de palacio que, comparativamente, dejaba en ridículo a la del hotel.
La residencia real de San Calliano era la quintaesencia de la elegancia y de la opulencia, pero de un tipo de elegancia y opulencia que ella solo había visto en las revistas de moda que mejoraban las fotografías digitalmente para que parecieran más bonitas. Todo era precioso, desde los inmaculados jardines hasta los ventanales policromados, y en todas las bóvedas había frescos con escenas de los amores y guerras que habían forjado el Reino.
Delphie se quedó boquiabierta cuando Lucca le enseñó algunas de las estancias principales, de ricos tapices y enormes lámparas de araña, que combinaban la decoración clásica y la moderna. Pero, al cabo de un rato, él se excusó y la dejó en compañía de dos empleados, que le mostraron el resto del palacio, encaramado en una colina desde la que se veía San Lorena.
La actitud de Lucca había cambiado otra vez desde que estaban en el edificio. Volvía a ser imperiosa, brusca, de palabras educadas pero medidas. Aunque, por otra parte, no se podía decir que ella entendiera lo que decía, porque el idioma oficial de San Calliano era el italiano.
Lucca se había despedido de ella de forma rápida y concisa, limitándose a comentar que tenía cosas que hacer y que cenarían juntos cuando terminara. Delphie no pudo ni abrir la boca, porque él se marchó de inmediato en compañía de su jefe de Gabinete, quien le empezó a informar de todo tipo de cosas.
Tras quedarse a solas, ella se dedicó a explorar la suite. Pasó los dedos por las sedas de la paredes, por un busto de bronce que parecía ser de algún ancestro de Lucca y por el escudo real, mientras sus pies desnudos se deleitaban con la ancha alfombra dorada que cubría el suelo. Incluso había un cuadro de Botticelli.
Delphie no había querido comer hasta entonces, porque el recorrido por el palacio le había quitado el hambre. Pero, poco después de que los empleados que la acompañaban se marcharan, apareció un mayordomo con una bandeja en la que había una tetera y un plato de delicados sándwiches.
Con la esperanza de que el té le calmara los nervios, se sirvió una taza y siguió explorando la suite hasta que vio un libro sobre San Calliano en una mesita. Entonces, se sentó en un diván de color esmeralda y lo abrió por la primera página, donde vio una fotografía de Lucca con uniforme militar que la dejó sin aliento. En la nota inferior se afirmaba que se la habían tomado el día de la coronación. Estaba absolutamente magnífico.
Mientras la admiraba, se preguntó qué habría pasado si, en lugar de dejarle, hubiera permitido que las cosas llegaran a su inevitable conclusión. ¿Habría estado presente en su coronación? Y en tal caso, ¿en calidad de qué? ¿De examante que se había separado de él en buenos términos, como amigos?
No, habría sido imposible. Habían pasado demasiadas cosas antes y después de que decidiera salir de la vida de Lucca.
Fuera como fuera, siguió hojeando el libro y, a medida que pasaba las páginas, notó un detalle extraño: había muchas fotografías del padre de Lucca, pero muy pocas de su impresionante madre. Además, la información que daba sobre la reina de San Calliano era asombrosamente escasa, y todas las fotos eran de la primera época de su reinado, cuando debía de tener algo menos de treinta años.
Por supuesto, Delphie sintió curiosidad, pero olvidó el asunto y se sumergió en la historia de San Calliano, el joven y pequeño Reino que había llegado a ser poderoso gracias a sus inversiones internacionales; fundamentalmente, de diamantes y petróleo.
Aún estaba leyendo cuando alguien llamó a la puerta. Delphie se sobresaltó, pero se tranquilizó en seguida, porque Lucca había dicho que no se verían hasta la hora de cenar. Y se llevó una alegría inmensa cuando se acercó a la puerta y la abrió.
–¡Nicola! ¿Qué estás haciendo aquí?
Nicola Barbieri la tomó entre sus brazos y le dio dos besos en las mejillas. Después, retrocedió, clavó en ella sus ojos de color topacio y sonrió.
–He venido a ayudarte.
Se habían conocido seis años antes, en una de las principales casas de moda de Milán, y a Delphie le había parecido de lo más refrescante. La morena mujer era tan agradable como elegante en el trato, algo poco habitual en su agresivo sector. Pero, desgraciadamente, las dos amigas habían perdido el contacto cuando Delphie huyó a Qatar.
–Pero… ¿cómo sabías que estaba aquí?
Nicola sonrió de nuevo.
–No lo sabía. Al saber que estaban buscando casas de moda para el festival, presenté una instancia en el comité de turismo. Imagina la sorpresa que me llevé ayer, cuando me llamaron para decirme que habían elegido mis diseños y que tú eres la modelo que los va a llevar. Me sentí como si me hubiera tocado la lotería.
Delphie soltó una carcajada, aunque cada vez más inquieta. Obviamente, Lucca sabía que iba a aceptar su oferta incluso antes de que llegara al hotel.
Nicola se echó hacia atrás su larga y voluptuosa trenza y, justo entonces, aparecieron tres mujeres más: las dos primeras, empujando dos expositores de ropa y la última, un carrito de ruedas con accesorios.
–Te presento a mi equipo –dijo Nicola con orgullo–. Vendremos todas las mañanas para prepararte para el festival. Y, por supuesto, para cotillear un poco.
–¿Tienes tu propia marca de moda? –le preguntó su amiga.
Nicola asintió.
–Sí, la Casa Barbieri es pequeña, pero nos estamos abriendo camino en el sector. Este encargo nos pondrá definitivamente en el mapa.
–Bueno, hace tiempo que no ejerzo de modelo. Quizá deberías preocuparte.
Nicola hizo un gesto de desdén.
–Oh, vamos, tienes más estilo del que la mayoría de las modelos podría soñar. Tú no me preocupas en absoluto –afirmó–. ¿Empezamos?
Delphie asintió, y su entusiasta amiga se puso manos a la obra.
Tres horas después, su hasta entonces prácticamente vacío vestidor tenía tantos diseños como para vestir a todas las modelos de la semana de la moda de Londres.
Como no quería quedarse sola, Delphie invitó a Nicola a tomar una copa cuando terminaron de trabajar. La diseñadora aceptó de buena gana y, tras despedir a su equipo, le dijo en voz baja, lanzando una mirada al mayordomo que les había llevado las bebidas:
–No tengo más remedio que preguntártelo. ¿Estás saliendo otra vez con Su Majestad?
Delphie se puso tensa, y esperó a que el mayordomo se marchara.
–No, claro que no –dijo–. Esto es un simple trabajo.
En otras circunstancias, le habría dicho la verdad. Pero había hecho un trato con Lucca, y no podía ponerlo en peligro. Además, el futuro de Hunter Racing era lo más importante para ella.
–Qué lástima. Soy una romántica incurable, y me gustaría que lo vuestro fuera de cuento de hadas. Pero ¿quién sabe lo que puede pasar?
–No te hagas ilusiones, Nicola. Como acabo de decir, esto es un trabajo, nada más.
Su amiga la miró con curiosidad y se encogió de hombros.
–Bueno, tú sabrás. Por mi parte, nunca digo nunca jamás. Si pensara de otra forma, no estaría donde estoy.
Delphie tomó un poco de té para no tener que responder a Nicola y, tras unos segundos de silencio, derivó la conversación hacia asuntos menos problemáticos. Eso no impidió que coqueteara con la idea de preguntarle por la familia de Lucca y, más específicamente, por su madre, pero se abstuvo porque Nicola habría sospechado si preguntaba sobre cosas que ella debía saber mejor que nadie.
Su amiga se fue al cabo de un rato, y Delphie se dio una ducha y se vistió para cenar.
El vestido que eligió, una túnica de color verde, era tan informal como cómodo, perfecto para no dar la impresión de haberse esforzado con su aspecto. Pero, a pesar de ello, se miró una y otra vez en el espejo para asegurarse de que no enseñaba mucho las piernas y de que su peinado no resultaba demasiado evocador.
Después, se puso una gruesa cadena de plata que había comprado en su joyería preferida de Londres y que siempre le hacía sentirse más segura, se puso unos zapatos de tacón de color plateado y añadió unos cuantos accesorios más, intentando convencerse a sí misma de que podría sobrevivir a dos horas de cena con Lucca.
A las siete menos diez, llamaron a la puerta. Delphie esperaba que fuera él, y se llevó una decepción al ver a Domenica, una de sus ayudantes.
–Buenas noches –dijo, con un fuerte acento inglés–. Si tiene la amabilidad de acompañarme, la llevaré a cenar con Su Majestad.
Delphie comprendió enseguida que hubiera llegado diez minutos antes de las siete, porque tuvieron que dar un largo recorrido por palacio, atravesando un sinfín de corredores impresionantes y patios internos.
Ya había perdido la cuenta de la cantidad de frescos, cuadros y estatuas que había visto por el camino cuando llegaron a una zona de decoración más sobria y masculina, cuyo corredor central estaba lleno de retratos. Por sus caras, debían de ser familiares de Lucca, porque todos se parecían a él.
De hecho, se quedó tan absorta con el más grande de todos que no oyó al rey hasta que se detuvo a su lado y le habló en voz baja.
–Es mi bisabuelo, Gioseffo –dijo–. Era famoso por sus extravagancias, como bien demuestra este cuadro. Tenía que tener el más grande de todos y, por supuesto, se lo encargó a uno de los mejores artistas italianos de la época.
Delphie se giró y se encontró ante los implacables ojos grises de Lucca. Iba sin chaqueta, y llevaba una camisa de color azul marino que enfatizaba sus anchos hombros, sus musculosos brazos y su aerodinámico torso.
Naturalmente, sintió la tentación de bajar la mirada y seguir admirando su cuerpo, pero se refrenó y se volvió a girar hacia el cuadro. Pero, para su desgracia, el retrato de Gioseffo solo sirvió para reforzar el formidable magnetismo de todos los hombres de la casa real de San Calliano.
En ese momento, apareció el mayordomo, quien llevaba una bandeja con dos copas de champán. Lucca las alcanzó y dio una a Delphie.
–¿Brindamos? –preguntó.
Ella dudó.
–¿Por qué?
–Por conseguir lo que los dos queremos, claro.
A Delphie le pareció bien, y aceptó el brindis sin protestar.
–Ven, deje que te presente al resto del clan.
Lucca se la llevó por el largo corredor, pasando por delante de un montón de salas tan grandes como bellas.
–¿Dónde estamos exactamente? –se interesó Delphie.
–En el ala privada del rey. ¿Dónde creías que estabas?
–No sé, en algún lugar neutral.
Él arqueó una ceja.
–¿Neutral? ¿Es que esperas una guerra, Delphine?
Ella respiró hondo, intentando mantener su equilibrio emocional.
–Anoche estableciste un programa de trabajo, y yo estuve de acuerdo con él. Pero tengo la sensación de que ahora quieres alterarlo.
–¿Y eso?
–Oh, vamos… Se suponía que no vendría a palacio hasta después del festival. Y, por si eso fuera poco, me traes a tu ala privada, a sabiendas de que mi presencia provocará todo tipo de rumores –replicó.
Él la miró con humor.
–Bueno, no veo qué daño puede hacer.
–¿Siempre va a ser así? ¿Subvertirás las normas cuando te convenga, adaptándolas a tu antojo?
–Me extraña que eso te preocupe. Te conozco bien, y sé lo flexible que puedes llegar a ser, Delphine.
El comentario de Lucca fue tan descaradamente sexual que ella se quedó momentáneamente boquiabierta.
–¿Cómo te atreves a decir semejante cosa?
–¿Qué tiene de malo? ¿También vas a prohibirme que hable sobre nuestra pasada relación? ¿O quieres que finjamos que no estuvimos juntos?
–Si no te importa, prefiero que nos limitemos al presente.
Lucca la observó con detenimiento antes de hablar.
–Sí, puede que sea lo mejor. Pero no lo sé. Aún no lo he decido.
Mientras caminaban, él le fue presentando a sus ancestros de los cuadros, y le contó una breve pero cautivadora historia de cada uno. Y, justo cuando Delphie se empezaba a relajar, Lucca se detuvo delante de un cuadro que no podía tener más de veinte años y se puso tenso. Ella lo reconoció enseguida, porque lo había visto en el libro de la mesita.
–Mi padre, el rey Silvestro de San Calliano.
–Te pareces mucho a él…
Él sonrió con tristeza.
–Me gustaría creer que nuestro parecido es puramente físico.
Delphie no supo qué decir, así que preguntó:
–¿Sigue vivo?
Lucca asintió.
–Sí, abdicó por recomendación de sus médicos. Vive casi todo el año en el palacio de invierno.
–¿Y tu madre? –preguntó ella, dominada por la curiosidad.
Un gesto de angustia cruzó la cara de Lucca, pero se recuperó rápidamente y adoptó su típica expresión de frialdad.
–Falleció hace diez años.
–Oh, lo siento.
Él se encogió de hombros.
–La lloramos adecuadamente.
La declaración de Lucca le pareció de lo más insensible; pero, cuando lo miró a los ojos, se dio cuenta de que estaba más dolido de lo que aparentaba. Por lo visto, él también sabía ocultar sus sentimientos y fingirse inmune al dolor.
–¿No hay ningún retrato suyo? Hasta ahora, no he visto a ninguna mujer.
–El retrato de mi madre está entre los cuadros de las salas abiertas al público.
–¿No tienes ninguno aquí?
Lucca frunció el ceño.
–Lo creas o no, hay un protocolo que dicta dónde se ponen las cosas en palacio, y todos estamos sometidos a él, incluido el rey –respondió–. El recuerdo de mi madre está donde debe estar, empezando por mi excelente memoria.
Delphie abrió la boca para decir algo; quizá, para desafiarle y decirle que su respuesta le había revelado lo que pretendía ocultar. Pero un carraspeo, procedente del discreto mayordomo, se lo impidió.
–La cena está servida, señor.
Lucca le puso una mano en la espalda para guiarla al opulento comedor. Delphie deseó apartarse, pero se abstuvo porque habría mandado un mensaje equivocado al mayordomo y a los seis empleados que esperaban dentro, preparados para servirles.
Lucca le ofreció una silla junto a la cabecera de la enorme mesa, donde habrían cabido veinte personas. La cristalería y la vajilla de plata eran tan exquisitas y estaban tan limpias que tocarlas parecía un pecado, y Delphie se sintió aliviada cuando el mayordomo se le acercó con una bandejita vacía y miró discretamente su copa de champán, a medio terminar.
El antipasto logró que la boca se le hiciera agua, y se quedó mirando la bruschetta con jamón de Parma y pimientos asados.
–Es tu favorita, ¿no? –dijo él–. Salvo que tus gustos hayan cambiado.
Ella quiso decir que habían cambiado, pero le pareció que mentir por tan poca cosa no tenía sentido.
–Sí, me gusta mucho.
Lucca sonrió con satisfacción, alcanzó la botella de vino tinto y le sirvió una copa. Ella se preguntó si era recomendable que tomara alcohol con él, pero se acordó de la noche anterior y se despreocupó. Había demostrado que era susceptible a sus encantos en cualquier situación, tanto si estaba sobria como si no.
–Espero que tu encuentro con Nicola haya ido bien.
Delphie asintió.
–¿Has sido tú quien le ha pedido que me ayudara?
Él se encogió de hombros.
–Me acordé de que habíais trabajado juntas en el pasado, y pensé que te sentirías más cómoda con una persona conocida.
Delphie se dijo que su detalle no significaba nada, que solo buscaba las formas más fáciles de conseguir su objetivo; pero, a pesar de ello, dijo:
–Gracias.
–Prego –replicó él.
Cuando terminaron con los entrantes, Lucca lanzó una mirada al mayordomo, para hacerle saber que ya podía retirar los platos.
–Nicola me ha comentado que el festival actual es la continuación de uno que se celebraba antes –declaró ella–. ¿Por qué se dejó de celebrar?
Él miró su copa y, tras unos segundos de tenso silencio, respondió:
–Porque a mi madre le dejó de interesar y, cuando ya no quiso organizarlo, mi padre se negó a dejarlo en manos de otra persona.
–¿Y por qué perdió el interés?
Lucca echó un largo trago de vino.
–Mi madre hacía lo que quería y cuando quería. Era adorable para unos, un problema para otros y, en última instancia, perjudicial para el Reino. Decidió que organizar el festival de arte y cultura de San Calliano ya no era algo con lo que quisiera perder el tiempo, así que dejó de organizarlo.
–Por tu tono de voz, cualquiera diría que tu madre no te caía muy bien.
Él soltó una carcajada.
–Qué forma más diplomática de decirlo.
–Ya, bueno… No quiero meterme donde no me llaman, pero es importante que sepa algo de tu familia. De lo contrario, no saldrá bien.
–Pues, si te parece importante que nos conozcamos mejor, cuéntame algo de ti que yo no descubriera cuando estábamos juntos –la desafió.
Ella respiró hondo.
–No se me ocurre nada relevante…
–Cuéntame algo, y deja que decida yo si es o no es relevante –replicó Lucca, recostándose en la silla–. Al fin y al cabo, acordamos que yo tendría el control de los temas de conversación.
–Olvidas que he estado contigo en varios actos sociales, y que sé que eres un maestro en el arte de desviar las conversaciones –comentó ella–. Pero ¿por qué te molestas? Eres el rey, como no dejas de recordarme. Si no quieres que la gente se meta en tus asuntos, ordénales que no lo hagan.
–En primer lugar, desviar las conversaciones solo resulta útil si no das la impresión de que escondes algo y, en segundo, no puedo ordenar esas cosas porque la gente pensaría que soy un dictador.
El segundo plato llegó en ese momento y, aunque la conversación había empezado a ser problemática, Delphie se relajó al ver los ñoquis con calabacines y aceitunas que les sirvieron, de aspecto exquisito.
–¿Fuiste directamente a Qatar cuando te marchaste de París?
Delphie apretó el tenedor, tensa.
–Sí.
–¿En el avión de Buckman?
Ella frunció el ceño ante la mención del avión de Hunter, pero se dijo que no tenía nada de particular. Lucca habría hecho sus deberes antes de comprar la escudería y, por supuesto, habría descubierto que tenía un jet privado.
–Sí –repitió.
–¿Y por qué elegiste Qatar? ¿Por qué no fuiste a Nueva York? ¿O a Londres, que a fin de cuentas es tu hogar?
Ella dejó el tenedor en el plato y pasó los dedos por la servilleta que se había puesto en la pierna.
–Londres dejó de ser mi hogar hace mucho tiempo.
–¿Por qué? –se interesó él.
Delphie suspiró.
–¿También tienes que saber eso? Dudo que nadie espere que divulgues detalles personales sobre tu supuesta novia.
–Sí, yo también lo dudo, pero quiero saberlo. ¿Por qué dejó de ser tu hogar?
Delphie supo que Lucca no iba a dejar de insistir, y se dijo que tampoco tenía tanta importancia. Además, nada de lo que pudiera decir al respecto era tan importante como el secreto que llevaba en su corazón.
–Mi madre se volvió a casar dos años después de que mi padre muriera, y mi padrastro dejó bien claro que yo no tenía espacio en la nueva familia –le explicó ella–. Dos semanas después de que mi madre diera a luz a mi hermano pequeño, un cazatalentos de la agencia de Rachel se fijó en mí, aunque yo solo tenía diecisiete años. El resto te lo puedes imaginar.
Él apretó los labios.
–Prefiero no imaginármelo. ¿Qué pasó? ¿Tu madre se opuso a tu decisión? ¿O es que quiso controlar tu carrera?
–Mi madre se había cansado de estar atrapada entre su segundo esposo y yo. Intenté que se pusiera de mi parte por el procedimiento de amenazarla con dejar los estudios y aceptar la oferta de la agencia de modelos, pero no se opuso. De hecho, creo que se sintió aliviada.
–Es decir, que se lavó las manos en lugar de apoyar a su joven hija de diecisiete años.
–Bueno, no fue tan inmediato. Seguí con mis estudios, aunque aceptaba trabajos de modelo cuando estaba de vacaciones. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que el bebé era la prioridad absoluta de mi madre, y de que yo no sería bien recibida cuando volviera de la universidad, así que… dejé de ir a casa.
Lucca frunció el ceño.
–¿Y tu madre no intentó ponerse en contacto contigo?
Delphie volvió a suspirar.
–Olvida el asunto. No tiene importancia –contestó–. Querías saber por qué ha dejado de interesarme Londres, y ahora ya lo sabes.
–Sí, pero eso no explica que te marcharas a Qatar.
–Me fui a Qatar para esconderme del mundo.
–No. Te fuiste a Qatar para esconderte de mí.
–¿Estás hablando en serio? Por lo visto, te encantan los razonamientos que alimentan tu ego –dijo ella, molesta–. ¿No se te ha ocurrido la posibilidad de que tú fueras la última persona en la que estaba pensando cuando me marché?
Al principio, Delphie se había escondido de él porque no soportaba haber sido un simple juego, un divertimento para un hombre que estaba destinado a ser rey y que avanzaba por ese camino de forma implacable. Pero luego necesitó ocultarse porque su corazón estaba roto en mil pedazos.
–Perdóname si me cuesta creer que la mujer con la que estuve la noche anterior a tu marcha es la misma que se fue sin decir nada. No exagero al afirmar que tú estuviste tan dentro de mí como yo lo estuve de ti.
Delphie lo maldijo para sus adentros. No sabía quién era el hombre que le había informado sobre la famosa lista. No se había molestado en preguntarlo, porque estaba demasiado impactada por el descubrimiento de que se había quedado embarazada de un futuro rey que se iba a casar con otra. Y ni siquiera pensó que la información pudiera ser falsa, porque las piezas encajaban.
¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? Los síntomas estaban por todas partes, desde el hecho de que solo se vieran en impersonales habitaciones de hotel hasta el hecho de que su única visita a San Calliano hubiera estado envuelta en el secreto y bien lejos del escrutinio de la Corte. Había sido como si Lucca quisiera asegurarse de que no se hiciera ilusiones con él, de que no esperara algo que no le podía dar.
–Me temo que es una realidad a la que tendrás que acostumbrarte –replicó ella.
Decidida a poner fin a la conversación, Delphie alcanzó el tenedor con intención de seguir comiendo, pero descubrió que ya no tenía hambre.
–Deberías sentirte afortunada –dijo Lucca al cabo de unos minutos.
–¿Por qué?
–Porque tu desaparición me afectó tanto que no podía pensar con claridad. Hice todo lo que estaba en mi mano por intentar localizarte y, si hubiera descubierto que te habías ido por la simple razón de que yo ya no te interesaba, la situación no habría sido tan… civilizada.
Delphie se quedó atónita con la frialdad de sus palabras.
–Mira, comprendo que eres amo y señor de un Reino, pero sé que no tienes derecho a decir ese tipo de cosas. No estamos en la Edad Media.
Él sonrió con ironía.
–La sangre de mis antepasados corre por mis venas, cara. Y, a veces, no tengo más opción que asumir lo que soy.
Lucca la miró con intensidad, y ella tragó saliva y apartó la vista.
–¿Le apetece un postre, madame? –preguntó el mayordomo en voz baja.
Delphie supo que solo se lo había preguntado a ella porque a Lucca no le gustaban los dulces. Su único vicio conocido era el café solo, que tomaba sin azúcar y varias veces al día.
–No, gracias.
En ese momento, Lucca se levantó de la mesa y dijo:
–Ven. Seguiremos con nuestra conversación en el salón.
Mientras caminaban, Delphie se dio cuenta de que la estaba mirando con detenimiento, y quiso conocer el motivo.
–¿Qué pasa ahora?
–Nada, que llevas mi color preferido. Y te queda muy bien, por cierto.
Ella se sintió halagada, pero rechazó la emoción.
–Solo ha sido una coincidencia.
–Se lo dici tu…
–No entiendo tu idioma.
Lucca sonrió.
–He dicho que si tú lo dices…
–Pues sí, lo digo.
Él le puso una mano en la espalda y la llevó a otra sala, donde ella se detuvo, asombrada.
–¿Tienes tu propio salón de baile?
La estancia era bastante más pequeña que los salones de baile que había visto por la mañana, durante su recorrido por el palacio, pero no andaba a la zaga en esplendor.
–Sí, para fiestas más íntimas.
Sin poder evitarlo, Delphie se preguntó con cuántas mujeres habría estado saliendo y, por supuesto, él lo notó.
–¿Estás celosa, cara? Me alegra saber que tus expresiones son tan fáciles de interpretar como lo eran antes.
A Delphie se le encogió el corazón.
–Ni me importa lo que hagas con tu vida ni a quién invitas a tus habitaciones.
–Pero eso no es del todo cierto, ¿verdad? Anoche me demostraste que hay cosas que te siguen importando. Y no se puede sentir una atracción tan intensa sin ser posesivo en mayor o menor medida.
–En tal caso, es una suerte que tenga fuerza de voluntad, porque eso impide que me arroje a tus brazos constantemente –se burló ella.
–Sí, tienes razón, sería muy aburrido. Pero no me opondré si lo intentas una o dos horas al día, cuando mi trabajo lo permita.
Ella se estremeció.
–Pues será mejor que esperes sentado –replicó, tajante–. Por cierto, ¿estás saliendo con alguien?
–¿Salir con alguien? No puedo salvar la reputación del Reino si, al mismo tiempo, tengo aventuras en secreto. Sería el colmo de la estupidez.
–Quizá, pero no has contestado a mi pregunta. ¿Estás saliendo con alguien, o no? No me apetece que una pobre mujer descubra por terceros que ha perdido su posición en tu lista.
–Delphine, soy consciente de lo que dicen los periódicos, pero te aseguro que no salgo con una mujer distinta cada semana. La última persona que tuvo el honor de compartir mi cama…
–No necesito detalles –lo interrumpió.
–No, claro que no. No los necesitas porque ya no te intereso, ¿verdad?
Ella no dijo nada.
–Y estoy seguro de que, si intentara besarte ahora mismo, me odiarías con toda tu alma –continuó él.
–Sí, por supuesto. Ni lo intentes.
Lucca no lo intentó y, aunque Delphie quiso alegrarse, se sintió profundamente decepcionada cuando él volvió a asumir el papel de anfitrión y la acompañó de nuevo por las impresionantes salas de su ala privada de palacio.
Pero, a pesar de ello, él no apartó la mano de su espalda en ningún momento. Y Delphie tampoco se intentó apartar.
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