Читать книгу: «Ese chico»
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Ese chico
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Sobre la autora
Página de créditos
Ese chico
V.1: octubre de 2020
Título original: That Guy
© Kim Jones, 2018
© de la traducción, Cristina Riera Carro, 2020
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: Marko Marcello | Shutterstock
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
chic@chiceditorial.com
www.chiceditorial.com
ISBN: 978-84-17972-33-2
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Ese chico
Atractivo, rico, poderoso, enigmático y muy sexy… Jake Swagger es ese chico
Penelope es una autora en busca de inspiración y, cuando conoce a Jake, un empresario al más puro estilo Christian Grey, idea un plan muy simple: hacer que se enamore de ella, descubrir los secretos que Jake oculta tras esa fachada de tipo duro y escribir una novela con él como protagonista que la lance a la fama. Pero Penelope está jugando a un juego muy peligroso…
Llega Kim Jones, la nueva reina de la comedia romántica y erótica
«Extremadamente divertido. Encantadoramente sexy. Realmente fresco. ¡No podía dejar de leer!»
Colleen Hoover, autora best seller
Dedico este libro a todas las mujeres
que están buscando a ese chico.
Y a todas las mujeres que ya
lo han encontrado.
Capítulo 1
Nunca en la vida habría pensado que estaría corriendo por la acera con una bolsa de caca de perro calentita en la mano mientras me pisaban los talones un golden retriever muy lanzado y su dueño, fuera de sí.
La gente de Chicago se toma la mierda demasiado a pecho.
¿Quién demonios tuvo la genial idea de que todo el mundo recogiera el zurullo caliente de un perro? El parque que hay aquí incluso tiene un dispensador de esas bolsitas gratuitas con la imagen de un perro que lleva una bolsita llena de su propia caca en la boca.
En el pueblecito en el que crecí, Mount Olive, en Misisipi, a nadie le importa dónde caga tu perro. Si por casualidad pisas una mierda, restriegas el zapato en la hierba hasta que consigues eliminar la mayor parte. Si entras en una tienda y ves que la gente se pone a olisquear, como si pensara «huele a mierda de perro», la reacción habitual es que todo el mundo compruebe sus zapatos. Entonces, es de buena educación que la víctima diga «soy yo». Y todo el mundo asiente y le indica dónde está la parcela de hierba más cercana.
Sin embargo, ahora mismo me da la sensación de que estoy a miles de kilómetros de casa.
Esquivo un parquímetro y casi arrollo a una mujer que lleva un cochecito.
—¡Lo siento! —Levanto las manos y corro marcha atrás mientras me disculpo. La mujer me fulmina con la mirada y se agacha para bajar la cremallera y comprobar que su bebé está bien. Me siento fatal. Hasta que su chihuahua minúsculo estira el cuello adornado con un pañuelo hacia mí.
«Joder…».
Me cago en Chicago.
Me cago en el perro.
Me cago en la mierda.
Me cago en Luke Duchanan.
Han pasado muchos años desde que hice el ridículo en unos grandes almacenes y tuve que enrolarme en un curso de control de la ira. Sin embargo, aún oigo la vocecita del instructor cada vez que me cabreo.
«A ver, Penelope, la única culpable de que estés en esta situación no es nadie más que tú. Repasemos lo que has hecho para llegar a este punto».
Claro, venga. Repasémoslo.
Luke Duchanan le robó el corazón a mi mejor amiga cuando ella vino a Chicago en un programa de prácticas de verano. Seis meses después, se lo rompió cuando ella lo pilló con la polla metida en el culo de otra. Mi amiga volvió a Misisipi. A mi apartamento. Y he tenido que ver cómo lloraba y gimoteaba y se tragaba todo mi vino durante estas últimas dos semanas.
Así que cuando me contó que Luke tenía fobia a la caca de perro, supe qué debía hacer: llegar al límite de la tarjeta de crédito para volar a Chicago la víspera del peor tormentazo de nieve que ha asolado el estado de Illinois, poner un poco de caca de perro en una bolsita, prenderle fuego en el porche de casa de Luke y grabar cómo intentaba apagarla.
Luego, subo el vídeo, se vuelve viral y le arruino la vida a Luke. Hago que mi mejor amiga, Emily, sonría. Nos vamos a un bar. Se lo explica a un chico que está más bueno que Luke. Echan un polvo en el aparcamiento. Emily supera su mal de amores. Y entonces, se muda a otra parte y me deja vivir en paz, joder ya.
Sencillo, ¿verdad?
Pues no.
¿Por qué?
Porque es complicadísimo encontrar mierda de perro en Chicago, Illinois.
Así, cuando me he acercado al montón de caca, con el brazo metido en seis bolsas de plástico gratuitas, el amo del perro me ha preguntado que qué hacía. Y yo se lo he dicho:
—Mira, hombre, de verdad que necesito la caca del perro, ¿vale?
Pero no creía que me fuera a perseguir por toda la ciudad, y en esas estamos. Y ni de coña se puede decir que nada de esto sea culpa mía.
«Me cago en el control de la ira».
Los ladridos del perro suben de decibelios. Me arriesgo a volver la vista atrás y veo que están cerca. Demasiado. Doblo enseguida la esquina a la izquierda y me meto en una calle todavía más concurrida y llena de coches. El aire abrasador me da de lleno en la cabeza y me acribillan ráfagas de viento ártico tan heladas que de verdad que noto cómo la neumonía se apodera de mis pulmones.
Sin resuello, muerta de frío, con las piernas ardiendo y un dolor en el pecho, tomo una mala decisión. Abro la puerta trasera de una limusina negra y me meto en el asiento del pasajero. En cuanto se cierra la puerta, amo y perro pasan junto al coche. Suelto un suspiro de alivio.
Que dura solo dos segundos.
Estoy en el coche de otra persona.
Todo es de cuero negro lustroso y asientos suaves. Tapicería limpia y ventanas tintadas. Hay una licorera cara llena de un líquido ambarino. La mampara de cristal también está tintada. «¿Estará el conductor al otro lado?». Pues claro.
—¿Señorita Sims? —La voz retumba por los altavoces y me deja petrificada—. El señor Swagger me ha pedido que la lleve de vuelta a su apartamento una vez haya terminado de comprar. ¿Le gustaría volver ya?
¿Señor Swagger? ¿En serio se llama Señor Arrogante?
Clavo los ojos en el interfono. Luego miro a la puerta. Luego al interfono.
—Sí, por favor.
«¿Por qué demonios he dicho eso? ¿Y encima poniendo acento? Si no soy de otro país. No estoy segura ni de dónde era el acento que he puesto. Siempre me lío…».
—De acuerdo, señorita. Enseguida llegaremos.
El coche se incorpora a la carretera y me da un ataque que me dura tres segundos:
«¿Qué acabo de hacer?».
«Soy idiota».
«Qué calentita se está en este coche».
«No me vendría mal beber algo».
A la mierda.
La bolsita de caca de perro está en el suelo y me agacho entre bamboleos en los asientos que tengo enfrente. La licorera pesa y me cuesta agarrarla. Me la meto entre las piernas y tiro con fuerza del corcho. Cuando la succión cede, se me escapa la mano y me doy un manotazo en la cara.
—¡Joder! —Me aclaro la garganta—. ¡Joder! —Repito, intentando poner el mismo acento que antes.
El whisky es tan fuerte que me escuecen los pelillos de la nariz cuando lo olisqueo con ganas. No estoy segura de si es buena o mala idea, pero me sirvo un vaso. O un dedo. Como sea que lo llamen. Me planteo añadirle hielo, sin saber cómo se supone que debería servirse.
«Ojalá hubiera cerveza».
Esta gasolina, que hay quien la llama licor, me quema de pies a cabeza. Pero tiene un sabor agradable y ahumado que perdura en la lengua. Muerta de ganas de dar el siguiente sorbo, me termino el vaso y, cuando se vacía, ya noto una sensación cálida que me invade el cuerpo entero. Y también me siento un poco más segura de las malas decisiones que me han llevado hasta aquí.
A ver, ¿qué es lo peor que puede pasar? Voy en un coche. No hay ninguna ley que impida subirse a un coche para escapar de un frío que pela. Si me pillan, pondré una carita triste y les diré que soy pobre.
Y no es mentira.
Soy pobre.
Razón de más por la que he hecho este viaje, aunque nunca lo admitiré ante Emily.
Además de mi plan de búsqueda y captura, espero encontrar mi musa perfecta para escribir al fin esa novela erótica y romántica que hace meses que tengo en la cabeza. La típica novela romántica con un protagonista al que he bautizado como ese chico.
Ya sabes, el típico director ejecutivo, poderoso y muy rico que además es sexy a rabiar. Vive en un ático de lujo. Es sensacional en la cama. Tiene chófer. La polla grande. Es un tanto imbécil, pero en realidad no lo es porque esconde un secreto inconfesable que descubres pasada la mitad de la novela, algo que explica todos sus demonios del pasado y revela por qué es como es y así, se redime por completo y hace que todos los lectores que lo detestaban lo adoren.
El coche se detiene.
—¿Señorita Sims? —Se oye por el interfono—. ¿Le gustaría que la acompañara arriba?
—N… no. No será necesario.
«¿Por qué sigo poniéndole acento?».
—Si no se siente cómoda con el conserje…
—No me importa el conserje. Gracias.
En ese momento, la puerta se abre y me encuentro con una mano enguantada. Acepto la mano que se me ofrece, agarro la bolsita de caca y salgo del coche.
La repentina ráfaga de viento glacial hace que se me salten las lágrimas. Me duelen los dedos y echo un vistazo de reojo al hombre que tengo al lado. Me brinda una sonrisa educada y asiente. Levanto la vista, cada vez más arriba, para contemplar el enorme edificio y lo vuelvo a mirar.
—¿Qué tipo de edificios tienen conserje? —El viento se lleva mi voz cuando el hombre me conduce hasta el vestíbulo. Me detengo al otro lado de la puerta y observo. La nieve y el hielo que hay en mis destrozadas Uggs se están deshaciendo sobre la alfombra oscura mientras asimilo dónde estoy. Con la mandíbula colgando como si fuera idiota, recorro con los ojos la entrada y toda su opulencia.
Los muebles lisos de color crema están colocados en un semicírculo alrededor de una chimenea de piedra gris que se alarga hasta el extremo del alto techo. Las llamas anaranjadas y rojas dentro del hogar bailan y oscilan acompañadas de la tenue música clásica que envuelve la estancia. Me entran ganas de meter las manos y el culo, que los tengo helados, en el fuego, y luego tumbarme despatarrada como un gato sobre la alfombra gruesa que hay delante.
—Por aquí, señorita Sims.
Sigo al hombre por la estancia. Las botas chirrían sobre el suelo de mármol y voy dejando una estela de agua sucia. Giro la cabeza a ambos lados y la levanto para contemplar el techo. Todo es de cristal y dorado, acentuado con toques de amarillo y gris. Desde los jarrones hasta las lámparas colgadas, las esculturas y los cuadros, todo irradia una magnificencia superior a cualquier cosa que una chica de pueblo como yo haya visto nunca.
—Si necesita cualquier cosa, no dude en llamarme. —Alfred (juro que eso es lo que pone en su placa) se detiene delante de una enorme puerta de ascensor. El color sólido y apagado contrasta soberanamente con las demás cuatro puertas de ascensor, que son de cristal con efecto espejo tintado dorado. Cuando el hombre pasa una tarjeta por un lector pequeño y negro que hay junto a la puerta con una gran Á inscrita, aprovecho para mirarme en uno de los espejos.
El cabello rizado y castaño me brota de la cabeza como si llevara ramitas rotas y me cae por los hombros hasta media espalda. Mi chaqueta «impermeable» que sirve para todo en Misisipi no es más que un simple chubasquero en Chicago. Y mis tejanos, que parecían tan modernos, ahora me cuelgan empapados y pesados de la cadera. Están tan estirados y holgados de llevarlos tantas horas que cualquiera pensaría que una nidada de codornices me acaba de salir volando del culo de los pantalones.
Las puertas del ascensor se abren suavemente y Alfred me indica con un gesto que entre. Vuelvo a la realidad.
—Alfred… —Alargo la mano y lo agarro del brazo.
Las comisuras de los labios se contraen en una mueca y abre mucho los ojos.
—Tengo que confesar algo.
Me da unas palmaditas en la mano y su preocupación desaparece y da paso a una sonrisa cálida.
—No diga más. Ya lo sé.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Y no se preocupe… señorita Sims. —Se inclina hacia delante y susurra—: Su secreto está a salvo conmigo. —Se yergue y me guiña el ojo—. El señor Swagger no volverá hasta mañana al mediodía. Tiene la casa para usted. Disfrute.
«¿Puede haberse enterado de que no soy la señorita Sims?».
«¿Suele dejar que desconocidos entren en casa de este hombre sin preguntar?».
«¿Qué tipo de persona es este tal Alfred?».
Entro en el ascensor. Las puertas se cierran y sube disparado hasta la cima del edificio a tal velocidad que tengo que apoyarme en la barandilla para no caerme.
Detesto los ascensores. Tiene un no sé qué aterrador estar en un espacio cerrado, colgando sobre el suelo en una caja de metal suspendida en el aire solo mediante cables y poleas… ¿y si se va la luz?
Engancho la nariz a la pared. Cierro los ojos y me agarro fuerte mientras tarareo mi canción favorita para evitar desmayarme. Por fin, se oye el ¡din! informativo y las puertas se abren. Salgo a un vestíbulo pequeño con una mesa decorada con el jarrón más grandioso que he visto en la vida. Hay una puerta de madera maciza con un pomo dorado y brillante detrás de la mesa.
Sin la presión de un chófer ni de un conserje ni de un amo con su perro, tengo tiempo de pararme a pensar en todo este marrón.
Si abro la puerta, podría acabar en prisión. Y aunque sé que la cárcel también es una probabilidad si Luke Duchanan me pilla en su propiedad, la invasión de la propiedad privada no es tan grave como un delito de allanamiento de morada.
Llamo a Emily.
—¿Sí?
Joder. No suena nada bien.
—Hola, Em. ¿Cómo lo llevas?
Sorbe por la nariz varias veces y oigo un ruido que podría ser el de un portátil que se cierra.
—Luke acaba de colgar un foto en la que sale con su nueva putilla en Facebook.
—¿Sí? Bueno, pues es fea.
—No, no lo es.
—¿Quieres que le pegue un puñetazo? ¿Que la vuelva fea?
Emily suspira y se suena los mocos.
—No. Están en una cita. Parece que nuestra broma no va a funcionar. Seguramente estarán fuera toda la noche. —Se le rompe la voz en la última palabra.
—Puedo hacerlo mañana también. —Mi tono esperanzador no ayuda a calmarla. Quiere que lo deje estar. Que vuelva a casa para que podamos beber vino y comer chocolate. Pero no me puedo ir. Mi curiosidad me exige que descubra qué hay al otro lado de la puerta. La investigación me lo pide. Dios Nuestro Señor me lo pide.
Clavo los ojos en el pomo dorado de la puerta. Refulge como la aureola de un ángel.
Este tipo de cosas no ocurren sin un poco de intervención divina. Quizá este es su plan para mí. Quizá el perro estaba en ese parque por una razón. Quizá el amo era un ángel que me ha perseguido hasta llegar al lugar donde yo debía estar. ¿Ese coche? No estaba esperando a la señorita Sims. Me estaba esperando a mí. ¿Alfred? También podría ser un ángel. ¿Y si el señor Swagger es ese chico?
De pronto lo entiendo todo.
He recibido un regalo del cielo.
Se lo explicaría a Emily, pero no lo entendería. Me diría que no puedo seguir dejándome llevar por la imaginación. «¿Por qué la he llamado siquiera?». Está demasiado susceptible como para ser de ayuda.
He tomado una decisión.
—Tengo que colgar, Em. Estoy en mi habitación.
—¿Tienes una habitación? ¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo?
Pongo los ojos en blanco al oír estas preguntas.
A Emily le gusta ceñirse al plan. Es una de esas personas que usa el calendario. Nunca se desvía de lo que tiene apuntado. Si Jesús se le aparece el mismo jueves que tiene cita en el dentista, no tengo la menor duda de que le dirá que deberá esperarse: «Lo siento, Jesús. No estás apuntado en el calendario».
Yo no tengo calendario. Mis planes cambian en función de las circunstancias. Se supone que tengo que esperar a mi vuelo en un aeropuerto lleno de gente. Pero la Fortuna ha decidido que me quede en un apartamento de lujo. Las circunstancias han cambiado a mi favor y me niego a ignorarlas y negarme esta oportunidad.
—Penelope…
—¿Qué?
—No puedes permitirte una habitación.
—Claro que sí.
—¿Cómo?
—He hecho una llamada y he aumentado el límite de la tarjeta. —Qué mentirosa. Pero la verdad conllevaría preguntas que no quiero responder. Y eso, a su vez, comportaría más mentiras.
—Pero… ¿cómo?
—No cuestiones lo inexplicable, Em. Acéptalo, ¿vale? Tengo que hacer el check-in. Te llamo mañana. Que den por culo a Luke Duchanan.
Se produce una pausa y luego suspira.
—Que den por culo a Luke Duchanan.
Cuelgo.
Coloco la mano en la puerta.
Elevo al cielo una plegaria de agradecimiento, una disculpa por todo lo malo que he hecho y la promesa de no soltar tantas palabrotas en el futuro como muestra de agradecimiento por lo que estoy a punto de recibir.
Entonces, giro el pomo y entro.
—Me cago en la puta.
Capítulo 2
Me gustaría confesar que he mentido.
Pero, de verdad… ¿qué se esperaba Dios?
Acabo de entrar en la mente de millones de lectores. Este sitio es el ático de lujo por antonomasia de todo protagonista rico de cualquier novela romántica. Un espacio diáfano. Ventanales que van del suelo hasta el techo con vistas al centro de Chicago. Suelos de madera noble. Una escalera de espiral con pasamanos de cristal. Una chorrada artística cuelga del techo y estoy bastante segura de que se trata de una manguera antiincendios que alguien ha rociado con pintura dorada.
Tiro la chaqueta al suelo y me saco de una patada las botas y los pantalones. Vestida con nada más que el jersey, me adentro en la estancia. Acaricio la parte posterior del sofá de cuero blanco y recorro con los dedos la mesa de caoba que hay al lado. Poso la mano sobre el cristal curvo que se extiende a lo largo y ancho de la pared. Está templado. Y no frío, como había imaginado.
Las vistas.
Madre mía, qué vistas.
Las luces parpadean y resplandecen sobre el telón de fondo de un cielo negro y despejado. Los edificios de distintas alturas iluminados con toda una gama de colores descollan sobre las calles, punteadas con las luces de los coches que circulan. Es casi abrumador. La idea de levantarse con estas vistas por la mañana y ver cómo el sol despunta por detrás de los edificios es…
«Vale tanto la pena ir a la cárcel por esto».
Si el resto de la casa es tan maravilloso como las vistas, quizá me tendré que quedar hasta que el señor Swagger vuelva. Entonces, haré que se enamore de mí. No debería llevar mucho tiempo. Soy un partidazo.
Tiro la bolsita de caca en la barra y abro la enorme nevera de acero inoxidable. Está llena de productos que solo se pueden comprar en una tienda de esas de alimentos orgánicos e integrales.
Con las dos puertas abiertas de par en par, tomo una fotografía. Las cierro y saco más fotos de la cocina y del arte que la decora en todo su esplendor. Luego, le hago una foto a las vistas. Al salón. A la larga mesa de comedor de cristal.
—Así me gusta. —Me dejo caer sobre una rodilla para tomarla desde otro ángulo—. Así, perfecto. Sonríele al pajarito.
A la derecha de la cocina hay un cuartito de baño que podría estar un poco más elaborado, la verdad, pero no está nada mal. Otra puerta del salón conduce a un despacho. Reconozco el olor de las especias y el toque de eucalipto. El señor Swagger fuma cigarros.
Me imagino a ese chico sentado ante el escritorio, desnudo, con un cigarro en la mano y una sonrisa y el deseo me invade. Me entran ganas de follarme su silla y restregar la vagina por las paredes para marcar el territorio.
«Tranquilízate, pervertida».
Dejo que mis ojos se paseen por los altos estantes repletos de libros que hay a ambos lados de la puerta. El escritorio de madera, inmenso, se alza en el extremo opuesto de la habitación, mirando a la entrada. Me siento en la silla voluminosa de cuero. Doy vueltas hasta que me mareo y luego inspecciono todos los cajones. Están cerrados a cal y canto.
No hay ordenador. No hay artículos de papelería. No hay bolígrafos personalizados. Alzo la piedra grande y gris que hay en una esquina del escritorio y que supongo que es un pisapapeles. Toco la lámpara y se enciende. La vuelvo a tocar y aumenta de intensidad. Al cabo de otros seis toques empieza a atenuarse. Entonces, tengo que tocarla ocho veces más para que la maldita lámpara se apague. El único otro objeto presente en el escritorio es un teléfono elegante y negro sin cable que debe de haber salido del futuro.
Hago una foto.
En la planta de arriba, hay una habitación para invitados con más mierdas decorativas de esas. Ruedo por la cama, en la que seguramente no ha dormido nadie, y, al hacerlo, se desordenan las almohadas. Me doy un golpe en el codo con la mesita de noche de color gris claro que hace juego con el resto de los muebles de la estancia. Duele que te cagas.
Acaricio las cortinas blancas y suaves que cubren la pared opuesta a la cama. Esconden otras vistas del centro de la ciudad. Es otra parte, pero siguen siendo tan bonitas como las del salón.
De nuevo en el vestíbulo, paso por delante de una puerta más grande que las demás y que tiene un pequeño teclado numérico justo al lado. Suelto un chillido cuando trato de abrirla y resulta estar cerrada.
«Madre mía…».
Es una habitación del placer.
Lo sé.
Estará llena de todo tipo de elementos de tortura y bancos de azotes. Las paredes serán de color rojo. Habrá grilletes, cruces y pinzas para pezones. ¡Madre mía!
Me dirijo hacia la última puerta y por poco me meo encima. Es la habitación principal. O la suite. Es el arquetipo del dormitorio de un director ejecutivo. Cama de matrimonio extragrande. Con tonos azul marino, plata y madera. Más vistas. Una silla descomunal y un otomano donde ese chico se sienta a leer el periódico. Donde se pone los zapatos. O donde cuida de una sumisa después de haberla azotado hasta la saciedad.
Hay un vestidor lleno de trajes de ejecutivo. Los olisqueo. Hay cajones de corbatas y relojes y calcetines doblados y botones blancos de camisa y calzoncillos bóxer. Lo toco todo. Hay zapatos en los que me veo reflejada. Los pringo al acariciarlos.
—Una mezcla entre Ray Donovan y Christian Grey.
Me saco un selfie con todas esas cosas molonas de fondo. La subiré más tarde a Instagram.
#adivinaddóndeestoy
El cuarto de baño principal es de otro mundo. No podía faltar una ducha en la que cabrían tranquilamente veinte personas. Además, hay un jacuzzi descomunal. Un calentador de toallas. Vanidad al cuadrado. Un armario para toallas y sábanas que es lo suficientemente grande como para dormir dentro. Pero nunca se habla del retrete.
Nunca.
¿Y este retrete?
Es un retrete digno de un rey.
No solo está colocado a la altura perfecta, sino que se alza en un rinconcito con una puertecita para darle más privacidad. Hay un revistero. El portarrollos más alucinante que he visto en la vida. Y si cierras la puerta, hay un televisor detrás.
Un televisor.
«Un televisor, joder».
En el cuarto de baño.
«En el puñetero cuarto de baño».
Me paso las siguientes dos horas de mi vida en el cuarto de baño. Primero, en ese retrete tan maravilloso que viene equipado con un chorrito de cortesía. Luego, en la ducha. Y después, me doy un buen baño caliente en el jacuzzi.
De vez en cuando, los nervios se apoderan de mí y la realidad se abre paso en mi cabeza con preguntas estúpidas:
¿Y si aparece la señorita Sims de verdad?
¿Y si el señor Swagger regresa antes de tiempo?
Con cada preocupación encuentro algo nuevo que me distraiga. Como el botón que hay a un lado del jacuzzi y que enciende una pantalla táctil que me permite controlar la temperatura del agua, la luz, la música y el ritmo de los chorros.
Me dejo llevar por la música melodiosa e instrumental y los chorros me calman de forma que casi me duermo, hasta que estoy arrugada como una pasa. Entonces, salgo. Pongo un poco de Maroon 5. Agarro una toalla del calentador. Casi me muero de un ataque al corazón. Me estiro en el suelo del pasillo para tranquilizarme porque las baldosas del baño tienen calefacción incorporada. Y luego, me paseo desnuda por el vestidor y elijo una de las camisas blancas con cuello abotonado que son mil por cien de algodón y parece que vaya vestida con una nube.
Suena «Sugar»: ¡me encanta esta canción!
Salto en la cama como si de un trampolín se tratara. Me dejo caer sobre la espalda y miro al techo. Me pregunto si esto es lo que haría la señorita Sims. Es evidente que no vive aquí. O, si vive aquí, no se viste aquí. A no ser que su habitación sea la que está cerrada a cal y canto. ¿Y si regresa?
«No sigas por ahí».
«No va a aparecer por aquí».
«Son los designios del Señor».
«Dios no dejará que regrese aquí».
Pero ¿y si el señor Swagger no es el señor Swagger cuyos hijos quiero tener? Podría rozar los noventa años. Estar chaladísimo. Podría oler a naftalina, algo que dudo mucho, puesto que su ropa desprende el mejor olor a limpio que haya olido jamás, con un toque de esa colonia que no puedes comprarte en unos grandes almacenes cualquiera.
«No es un viejo».
«Es imposible».
«Son los designios del Señor».
Confío en Dios. De verdad, confío en Él. Pero de todos modos, inspecciono el apartamento en busca de una foto del señor Swagger. Solo para asegurarme. Después de rebuscar en todos los cajones y mirar en todas las habitaciones menos en la que está cerrada, acabo con las manos vacías.
En el despacho, uso el teléfono y pulso el botón etiquetado como «Conserje» y Alfred descuelga al segundo tono.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita Sims?
—¿Tenéis algún restaurante aquí que esté abierto?
—No, señorita. No disponemos de restaurante en el edificio. Pero le puedo indicar alguno que esté en esta zona, faltaría más.
—Vaya, no tengo muchas ganas de salir. Y parece que los únicos restaurantes de esta zona de la ciudad son muy caros… —«¿Qué clase de edificio tiene conserje pero no un restaurante?».
Me echo el pelo tras el hombro. «Qué cutres».
—En ese sentido no debe preocuparse, señorita Sims. Le puedo asegurar que no hay ni un solo restaurante en la ciudad en el que no pueda pedir para llevar. Puede pedir lo que quiera.
Madre mía. El señor Swagger está muy bien conectado. Lo que significa que yo, como invitada suya, también.
—¿Puedo sugerirle Alinea? Ofrecen el mejor salmón y terrina de todo Chicago.
«¿Qué cojones es una terrina?».
—Eh… Bueno, es que ya lo he comido en el almuerzo. ¿Conoces algún sitio donde ofrezcan buena pizza?
—Por supuesto, señorita Sims. —Oigo cómo sonríe—. Dígame qué tipo de pizza prefiere y le diré cuál es la mejor.
—Vale, es que me encanta la de pepperoni con mucho mucho queso. Y mucho mucho pepperoni. Ah, y Dr. Pepper.
—Perfecto, señorita. Enseguida lo encargo y la llamo antes de subírselo.
Cuelgo el teléfono, me doy una vuelta en la silla, voy a trompicones hasta el salón y me acurruco en el sofá con la enorme manta suave y esponjosa que está tendida sobre el otomano. Ahora lo mejor sería ver una película de terror. Pero soy incapaz de descubrir cómo demonios se enciende el televisor. Todavía estoy peleándome con el dichoso aparato cuando Alfred llega con mi pizza.
Él enciende el televisor, me enseña cómo atenuar las luces e incluso se ofrece a traerme un vaso de la cocina para que me tome la bebida. Después, se marcha con la frase habitual de que lo llame si necesito cualquier cosa.
«Joder, con Alfred… Qué majo es».
Si algún día me decido a escribir una de esas novelas de juegos de rol con el típico hombre atractivo y mayor que hace de «papi» de la chavala de veinte años, lo usaré como inspiración.
Tan solo tardo una hora en comprender que no es buena idea mirar una película de terror en un ático que tiene ventanales que ocupan toda la pared sin persianas ni cortinas.
Cada pocos minutos, vuelvo la vista atrás y me da un miniataque al imaginar que la zorra espeluznante de la película me devuelve la mirada. Entonces, me doy cuenta de que solo se trata de mi reflejo, no de un esperpento a quien le vendría bien una ducha y una buena mascarilla para el pelo.
Me repantigo en el sofá, que parece salido de la nave estelar Enterprise de Star Trek, pero que en realidad es cómodo. Dejo la pierna colgando por un lado y me subo la manta hasta la barbilla: estoy preparada para taparme los ojos a la próxima que algo o alguien aparezca de golpe en un pasillo oscuro de la película.
Estoy totalmente preparada para que me haga cagarme en las bragas. Pero no estoy nada preparada para oír la voz que oigo al otro lado de la puerta ni el suave ruidito seco de la cerradura cuando esta se abre.
¿Sabes ese momento en que eres presa del pánico? ¿Cuando se te hace un nudo en el estómago y se te para el corazón y oyes un leve silbido en el oído porque te estás matando para descubrir qué es el ruido que te ha aterrorizado?
Pues así estoy.
«Pero ¿qué…?».
No puedo tener más miedo del que tengo ahora mismo. Quizá por eso, mi cerebro activa el modo supervivencia y se centra en otra cosa que no sea mi miedo: la grave voz de tenor que retumba a mi alrededor. Entonces, se enciende una luz que me deja ciega unos segundos y después de pestañear del susto, mi cerebro empieza a comprender a quién pertenece la voz.
Y joder, madre de Dios.
Es él.
Es ese chico.
Capítulo 3
Te podría decir que solo de verlo se me han puesto los pezones duros.
Se me han contraído los muslos.
El corazón se me ha partido.
Y ahí abajo estoy empapada.
Sin embargo, no hay ninguna necesidad.
Porque en cuanto ves a este hombre, te pasa lo mismo seguro.
«Ahora es cuando suena una música de retirada». Quizá algo de The Weekend. O la banda sonora de Tiburón.
Y aquí, con un metro ochenta y ocho centímetros, ciento cuatro kilos, vestido con traje de Armani y una mirada que me mataría si fuera letal, tenemos a…
«Mierda».
—¿Eres el señor Swagger?
Se pone las manos en las caderas.
—Sí. Soy Jake Swagger. ¿Quién cojones eres tú? ¿Y qué demonios haces en mi casa?
—Un momentito. —Levanto el dedo y me dejo caer de nuevo en el sofá, sin aliento.
«Jake, Jake Swagger».
Más sexy ya no puede ser.
—¿Perdona? —«La madre, si es que es incluso más sexy cuando está confundido».
—Solo… Solo necesito un momentito para la cabeza. Es algo que hacemos los escritores. No lo entenderías.
Hago caso omiso de su incredulidad. Paso por alto su enfado. Ignoro toda lógica. ¿Cómo no lo iba a hacer en un momento así?
Ante mí se alza un hombre con el pelo despeinado y del color del carbón. Ya sabes, de ese tipo de pelo por el que se pasa la mano. El tipo de pelo que agarras con fuerza cuando él te chupa ahí abajo.
Sus mandíbulas tienen todas esas características para las que los escritores usan expresiones como marcadas, fuertes, cuadradas, salpicadas de pelos como si llevara una barba de tres días, para describirlas.
Tiene los mismos labios que Tom Hardy.
Tiene una nariz indescriptible porque ¿cómo diantres se describe una nariz sexy?
¿Y esos ojos? Azules como el océano, tal vez. No los veo bien. Y los tiene entrecerrados debido a… ¿La curiosidad? ¿El deseo? Seguramente sea la ira…
Bajo los ojos. Me fijo en el hoyuelo que tiene en la barbilla. Sigo por la nuez, que sobresale levemente cuando traga. Sigo por el poco pecho que queda al descubierto en la abertura del cuello de la camisa blanca.
El traje oscuro le abraza los largos brazos. Resigo con los ojos sus hombros hasta las muñecas. «Qué cabrón, lleva gemelos». Y un cinturón. Por encima, se adivina una barriga plana y musculosa. Por debajo, se adivina un buen paquete.
Tiene las piernas largas.
Los muslos definidos.
Las zapatos brillantes.
Te lo puedes imaginar. Pero, por si acaso, te diré que Jake Swagger está buenísimo de cojones.
Y cabreado de lo lindo.
—¿Quién coño eres?
Me saco la tontería de encima y me pongo de pie enseguida. La caja de pizza a medias me resbala del regazo y cae al suelo boca arriba, junto a las servilletas sucias y la botella de dos litros de Dr. Pepper.
Estoy de pie ante él y un escalofrío de miedo ante la ira silenciosa que irradia me recorre la columna. Quiero desaparecer dentro de mi cerebro de escritora. Salir corriendo de la realidad y construir el mundo de ficción perfecto en el que se convierte en ese chico y yo, en la protagonista de su vida. Pero es imposible escapar de su escrutinio.
Vestida solo con su camisa, puede verme las piernas enteras. La clavícula. La parte superior de los pechos. Y Jake Swagger no se limita a pasar los ojos por encima de mi cuerpo. Repasa con fruición cada centímetro de piel desnuda. Puede que esté enfadado, pero no hay ninguna duda de que es un hombre a quien le gusta lo que ve.
Como debería ser.
Me he estado matando en el gimnasio. Ya era hora que alguien lo apreciara. ¿Y quién mejor para hacerlo que ese chico?
Centra su atención en mi rostro.
—¿Te conozco? —Trata de evocarme en algún recuerdo. Como si me hubiera visto antes. «Solo puede haber una explicación razonable».
—Quizá me conoces de Para siempre tuya. Es un libro que escribí hace años. Se podría decir que soy una autora conocida. A ver, no he escrito nada desde hace un tiempo, pero todavía tengo fans y un montón de seguidores en las redes sociales. Y grabé un podcast también. Allá por 2014.
—No, no te conozco. ¿Llevas mi camisa?
Miro con una mueca la salsa de pizza que mancha su camisa. Me chupo el dedo y restriego la mancha. «Me cago en la película de terror, que me ha hecho tirarlo todo».
Mientras estoy frotando, ese chico gira sobre los talones y desaparece por las escaleras sin mediar palabra.
Miro a la puerta principal, que está abierta de par en par. Sería el momento perfecto para salir corriendo. Pero, en realidad, me muero por olerlo y ver si puedo descubrir a qué huele. Mi investigación ya ha llegado hasta aquí. No tiene sentido abandonar ahora. Además, si realmente es ese chico, le daré lástima y nos enamoraremos perdidamente antes de que pueda enterarse de todo lo que he hecho.
He doblado la manta y la estoy colocando sobre el respaldo del sofá cuando baja las escaleras.
—¿Has revisado mi casa entera?
—¿Qué? —Suelto una risa por la nariz, algo que siempre hago cuando necesito ganar tiempo para pensar una respuesta—. Em… No. —Me enrollo los dedos con el dobladillo de la camisa y evito mirarlo a los ojos—. A ver, quiero decir, no mucho. Una cosa… —Inclino la cabeza y me encuentro con su mirada—. ¿Qué hay detrás de esa puerta cerrada? ¿Eres un dominante?
No lo admite, pero cuando se pone derecho y deja caer las manos de las caderas para apretarlas en un puño a ambos lados del cuerpo, lo sé.
Y me muero de la excitación.
—¿Cómo has entrado en mi casa? —No es una pregunta. Lo dice de un modo con el que me informa de que me estrangularía hasta matarme si no se lo digo.
—Bueno, todo ha empezado cuando me he metido sin querer en el coche equivocado.
—¡Me cago en la puta!
Explota y me quedo quieta en silencio mientras él saca el móvil. Se pone a chillarle a alguien que suba ahora mismo, cuelga y llama a otra persona. Debe de saltarle el contestador, porque le dice que lo llame.
Se mete el teléfono en el bolsillo y entonces se fija en la bolsita.
La que he dejado en la barra.
Va a agarrarla.
—Yo de ti no…
Me lanza una mirada que dice «cállate la boca». Creo que tiene los ojos más bien gris oscuro. O verdes. Debería acercarme más. O mantener las distancias, puesto que ahora mismo está agarrando la bolsita.
Y se la acerca a la cara.
La huele…
—¿Es…?
—Es caca de perro.
Suelta la bolsita como si fuera veneno. Recobra la compostura, se aclara la garganta y se limpia las manos en un paño que saca de un cajón.
—¿Hay alguna razón por la que tengas una bolsa de mierda de perro en mi barra? ¿La barra donde como, joder?
—Uau —suspiro mientras sacudo la cabeza, maravillada—. Tienes una voz preciosa, de verdad. Muy controlada y grave. Deberías ser locutor.
—¿Por qué cojones has puesto una bolsa de mierda en mi barra? ¿Estás mal de la cabeza o qué?
«Pues vaya con el control».
—Eh, chaval. —Levanto las manos—. Solo es caca de perro. No tienes que ser tan imbécil. Hay quien recorrería todo Chicago en plena tormenta de nieve por esa misma bolsa de caca de perro.
Puede que vuelva a explotar.
¿Sabes cómo en las novelas románticas la protagonista siempre «sabe» que el protagonista nunca le haría daño? ¿Como si pudiera percibirlo o algo parecido? Pues lo estoy buscando en este hombre. Y no estoy nada segura de que lo perciba.
La puerta se abre y los dos nos volvemos para descubrir a un hombre de mediana edad con un traje y un sombrero como los que llevan los chóferes de limusina.
—¿Quería verme, señor Swagger?
«Señor Arrogante». De verdad que el nombre le viene que ni pintado.
Extiende un dedo largo, con la uña arreglada y posiblemente muy diestro, y me señala.
—Ross, ¿quién demonios es esta?
Ross me mira y vuelve a mirar al señor Swagger.
—¿La señorita Sims, señor?
—¿De veras crees que esta «pueblerina cateta, palurda y provinciana» podría ser la señorita Sims? No se parece a la señorita Sims. No habla como la señorita Sims.
Me ofendería su intento de sonar como una pueblerina cateta, palurda y provinciana si no hiciera tanta gracia. O si no me sintiera obligada a defender a Ross, quien ahora sé que es el chófer.
—No me ha visto. Y le he hablado con acento. —Ambos me miran—. Bueno, a ver, las probabilidades de haber acertado su acento son ínfimas. Y ni siquiera soy buena imitando acentos. No sé ni cuál he puesto. Por cierto, ¿quién es esa tal señorita Sims? Quiero decir, ¿no tiene otro nombre?
Me miran como si yo fuera la chiflada cuando Alfred entra en la estancia.
—Señor Swagger, le aseguro que se trata de un terrible malentendido. —Alfred me fulmina con la mirada. La decepción que veo reflejada en sus ojos me hace sentir culpable de verdad por primera vez desde que he llegado aquí—. Nunca he visto a la señorita Sims. —«Pero ¿qué puñetas? ¿En serio nadie sabe cómo es esa mujer?»—. Cuando el coche ha llegado, he supuesto que la señorita que había dentro era ella. Y ha tratado de…
—He tratado de convencerlo para que me diera la llave, pero no lo ha hecho —tercio. Si mis suposiciones sobre que Jake es ese chico son correctas, también es el típico imbécil que va a despedir a Alfred. Claro que lo volverá a contratar cuando descubra que se ha equivocado y que Alfred solo ha hecho su trabajo. Pero no quiero que este señor mayor se quede sin trabajo hasta que Jake entre en razón.
—Fuera de mi casa. Ahora mismo.
Los hombres me dirigen una mirada fría. Parecen enfadados. Conmigo. Con la persona que les acaba de salvar el culo.
Yo también me tendría que ir. Pero necesito la bolsita de caca que reposa a los pies de Jake. Avanzo para agarrarla y me hace parar en seco levantando un dedo.
—Tú no. Tú no te vas hasta que no sepa exactamente qué ha ocurrido.
—Vale, pero primero tienes que dejar de hablar en este tono. De verdad, es que…
—Que te expliques —me espeta.
Su tono me intimida.
—¡De acuerdo! Vale… Bueno, pues mi mejor amiga estaba haciendo unas prácticas aquí. Conoció a un chico y salieron juntos durante todo el verano y cuando se acabaron las prácticas, ella volvió a casa, pero mantuvieron la relación a distancia. Pero todos sabemos que eso nunca sale bien. —Hago una pausa para que asienta o algo. Sin embargo, se muestra impertérrito.
Me aclaro la garganta.
—Vino a verle y descubrió que la estaba engañando con una chavala que él había tenido en Chicago durante toda la relación. Así que como soy muy buena amiga, he venido a vengarme de su pobre corazón roto.
Señalo la bolsita que hay en el suelo.
—He robado esta caca de perro para poder prenderle fuego delante de su casa. Porque, verás, resulta que él tiene una fobia muy rara, a la caca de perros. Sea como sea, el perro y su amo me han perseguido por toda la ciudad. Y cuando he torcido la esquina y he visto el coche ahí aparcado, esperando, me he metido dentro para esconderme. Estaba a punto de bajar, pero entonces Ross le ha ofrecido a la misteriosa señorita Sims que nadie ha visto traerla hasta aquí y he aceptado, porque necesitaba alejarme de ese tipo chiflado y de su perro tanto como pudiera.
»Cuando he llegado aquí, me iba a marchar. Pero es que justo estoy escribiendo un libro sobre un ejecutivo millonario que tiene un apartamento como este. Me está costando mucho encontrar la inspiración y… ¡Es que mira qué casa! ¿Has visto qué ventanales?
Señalo los ventanales y Jake Swagger se limita a observarme con esa mirada, ya sabes cuál.
—Eh, vale, bueno, sí, claro que los has visto. Bueno, ¿puedes culparme por quedarme aquí para investigar? Creo que no. Sobre todo porque me iba a marchar antes de que volvieras, que se suponía que tenía que ser mañana al mediodía. Pero has vuelto antes de tiempo. Así que me temo que si todo esto es culpa de alguien, es tuya, señor Swagger.
Me mira de hito en hito. Un tanto atónito, creo. No soy buena interpretando las reacciones de la gente. Pero le tiembla la mandíbula. Y tiene el cuello rojo. Le ha aparecido una venita en la frente, justo encima del ojo derecho.
Vale. Quizá no está sorprendido. Quizá está furioso.
—Vete.
¿No es extraño que tenga una voz tan tranquila cuando está temblando literalmente de la rabia?
O del deseo.
No, qué va. Es rabia.
—¿Sabes? No me importaría quedarme a cenar —me ofrezco, aunque son las tres de la madrugada.
Se pone rígido. Me mira boquiabierto, como si estuviera loca. No lo estoy, de verdad. Solo soy oportunista. Hablando de oportunidades, he conseguido acercarme unos pasos a él con la esperanza de descubrir de qué color tiene los ojos. Ahora que estoy a un metro o así, veo que sus ojos son de un gris verde azulado.
—Tienes suerte de que no llame a la policía.
Escucho en silencio cómo se pone a despotricar mientras inspiro profundamente para olerlo. En las novelas parece tan fácil. Es mentira. A poco más de medio metro, no huelo nada.
Doy un paso más. Él se aleja otro.
—¿Qué haces?
—Me encantaría decírtelo, pero casi que mejor que no. Estoy segura de que te pondrías como loco, porque eres ese chico, ¿sabes?
—¿Ese chico?
—¡Sí, hombre, ese chico! —Lo señalo. Él en todo su esplendor. Justo como lo describen en los libros. E intimida que te cagas. Incluso tiene el pelo como toca. La postura. La altura. La anchura. La amplitud de la espalda. Es tan perfecto. Como si acabara de salir de una de esas…
—Sal de mi casa. Y asegúrate de que no te vuelva a ver jamás.
Regreso a la realidad con ese gruñido enfadado y asiento rápidamente.
—Lo entiendo, de verdad. ¿Y si te doy un abrazo? —«Así seguro que lo huelo», ¿sabes? Para mi investigación. Quizá sea la única oportunidad que tengo.
Con los brazos abiertos, doy otro paso hacia adelante. Él retrocede otro.
—¡Que salgas de mi casa, joder! —«¡Pero qué genio!».
—Por Dios. Vale. —«Y cómo me pone. Puaj. ¿Por qué me gustan los tipos difíciles?».
—¡Y llévate tu caca de perro!
—¡Eso hago! —Le dirijo una mirada asesina y agarro la bolsa de caca de perro.
Me alejo pisando fuerte. Descalza. Medio desnuda. Cachonda…
Mi mala cara se convierte en una mueca. Abro los ojos, hago que me tiemble el labio y le ofrezco mi mejor cara de pena.
—¿Señor Swagger? —«Uau. Incluso me tiembla la voz. Pero qué buena soy…»—. ¿Le importa si uso su secadora? Se me han mojado los tejanos y…
Se acerca a mí con una intención clara. «¿Matarme?». Me niego a arriesgar la vida por olerlo, así que salto por encima del sofá y salgo corriendo hacia la puerta sin olvidarme de recoger mi ropa con las prisas.
Durante unos segundos, incluso me planteo fingir que me caigo solo para ver si me ayudaría a levantarme. Lo descarto en cuanto me tiene a su alcance.
—¡Espera! ¡El móvil! —grito, antes de que cierre de un portazo.
Él agarra mi móvil de la mesa a toda velocidad y me lo tira. Manoseo con torpeza las botas y la chaqueta y me lanzo para alcanzar el cacharro. Lo atrapo al vuelo porque soy una ninja, pero eso no quita que me cabree.
—¡De verdad que eres un imbécil!
Cierra de un portazo sin molestarse siquiera en mirarme a los ojos porque está concentrado en su móvil. Lanzo las botas contra la puerta y me invade cierta satisfacción al ver el barro seco que se esparce por doquier con el golpe.
Observo la puerta mientras me pongo los tejanos mojados como puedo y me calzo las botas húmedas. Solo debería llevarme unos segundos, pero lo alargo. Una parte de mí espera que abra la puerta para ver si aún sigo aquí. Incluso aunque lo haga para pegarme gritos, no me importaría volver a ver su rostro una última vez antes de irme. Tal vez incluso podría sacarle una foto.
La puerta no se abre en ningún momento. Decepcionada, pero sin sorprenderme, me meto en el ascensor y acerco la nariz a la esquina. Trato de no pensar demasiado en lo que pasaría si los frenos de este trasto fallaran y me centro en lo afortunada que soy.
No ha llamado a la policía.
Ha dejado que me vaya.
¿Qué habría pasado si yo hubiese vuelto a casa y me hubiese encontrado con alguien en mi apartamento? Me habría dado un ataque. A menos, claro está, que el intruso fuera alguien con el aspecto de Jake Swagger. Entonces, lo habría obligado a acostarse conmigo a cambio de no llamar a la policía.
En el momento en que salgo como puedo de esa trampa mortal, me recibe un Alfred que todavía está cabreado. Me mira con desdén y tengo que morderme la mejilla para no decirle lo feo que es.
—El señor Swagger quiere que abandone el edificio enseguida. Así que en vez de esperar un taxi, ha ordenado a Ross que la lleve a su hotel.
El enfado de Alfred me hace sentir como una mierda. Podría haber perdido el trabajo por mi culpa. Todavía podría sufrir las consecuencias de algo que he hecho yo.
—Lo siento mucho, Alfred. De verdad. No quería causarle problemas a nadie.
Se le ablanda la mirada un poquitín. No demasiado, pero algo es algo. Asiente una vez y gira sobre los talones. Lo sigo hasta el vestíbulo. Al otro lado del cristal que se extiende por la fachada del edificio, todo es de color blanco. La nieve sigue cayendo en diagonal y a montones.
«Vaya, así que esto es una tormenta de nieve».
Cualquier otra mujer quizá se pondría a llorar si estuviera en mi situación.
Pero yo no lloro.
Nunca.
¿Estoy desanimada? ¿Me siento un tanto derrotada?
Sí.
Pero se necesita mucho más que un montón de nieve y un imbécil buenorro para hacerme llorar.
Alfred me mira por encima del hombro. Su desaprobación es patente. Desaparece por una puerta y regresa con un sombrero y una chaqueta.
—No es la última moda, pero es mejor que lo que tiene.
Acepto las prendas que me ofrece sin mirarlas mientras él descuelga el teléfono que hay junto al estrado.
—¿Cómo se llama su hotel?
—No tengo hotel. Mi avión despega en tres horas.
Asiente.
—Ross, ¿te importaría llevar a… la señorita al aeropuerto, por favor? Sí. De acuerdo. Gracias.
—No voy a ir al aeropuerto, Alfred.
De nuevo, me mira con aire de desaprobación. Pero su enfado se ha disipado.
—¿No? Pues no le queda mucho tiempo para hacer otras cosas.
—Me da igual. Vine a Chicago por algo y es lo que pienso hacer.
—¿De verdad? ¿A qué vino?
Levanto la bolsita que llevo en la mano.
—A prenderle fuego a la caca.
Capítulo 4
Estoy agradecida por el sombrero y la chaqueta que Alfred me ha dado.
De verdad. Mucho.
Pero parezco una idiota.
La «chaqueta» no es para nada una chaqueta. Es una de esas gabardinas largas hasta el suelo que tiene tantos bolsillos como botones. Y el «sombrero» no es una gorrita o una gorra de béisbol. Es un sombrero de copa, con unas orejeras calentitas. Añádelo a mis botas destrozadas, los pantalones mojados y la camisa blanca del señor Swagger y me tienes a mí, que parezco una puñetera vagabunda.
Me he disculpado con Ross en cuanto me he subido al coche. Él me ha respondido preguntándome la dirección a la que tenía que ir. Se la he dado y a medio camino, he reparado en que no tenía encendedor. Ni una bolsa de papel. Cuando le he pedido a Ross que se detuviera en un supermercado de 24 horas, me ha fulminado con la mirada a través del retrovisor. No obstante, se ha detenido ante uno sin decir nada. No me esperaba que siguiera ahí cuando he salido, pero ha resultado que sí.
Quizá ese ha sido su modo de aceptar mis disculpas.
Separo la bolsa de papel de la botella y me la meto en un bolsillo de la gabardina para mantenerla seca. Cuando lo hago, algo afilado me pincha el dedo. Es la esquina de una tarjeta de visita. La saco y la inspecciono mientras me bebo la cerveza.
«Jake Swagger».
El nombre parece aún más sexy de lo que suena grabado en letras plateadas en la tarjeta negra. La única otra cosa que hay en la tarjeta es un número.
Igual que a la bolsa de caca que tengo al lado, me entran ganas de prenderle fuego a la tarjeta. Sin embargo, me la meto en el bolsillo frontal de la gabardina. No porque quiera recordar el momento en que conocí a Jake Swagger, sino porque puede servirme para mi investigación. Diseñaré la tarjeta de visita de ese chico para que parezca tan elegante y seductora como esta.
El coche se detiene ante la casa de Luke Duchanan. Ross clava la vista enfrente sin dedicarme ni una sola mirada. Aprieta los labios.
—Ross, de verdad que lo siento. No quería causarle problemas a nadie. Tienes pinta de ser un tipo majo. —Al cabo de un momento, se aclara la garganta y asiente con tirantez, sin mirarme a los ojos aún.
Salgo y cierro la puerta. El coche desaparece y me quedo de pie en la nieve, a las tres de la madrugada, borracha y completamente sola en una gran ciudad. La calle oscura me intimida. Pero la luz del porche de Luke brilla como un faro y me recuerda que toda la mierda por la que he pasado en este viaje valdrá la pena solo para ver a Emily sonreír.
Y explicarle la historia a un desconocido.
Y follárselo en un aparcamiento.
Y enamorarse.
Y mudarse a otro sitio, joder.
«Qué buena amiga soy».
Me resbalo y casi me rompo el cuello en los escalones helados. Antes de llegar al rellano, el resto de la botella se me vacía en la parte delantera de la chaqueta. Por fin en el porche, tiro la botella por la barandilla, me saco la bolsa de papel del bolsillo, desato la de plástico, cambio la mierda de perro de bolsa y agarro el encendedor.
El toldito que hay sobre la puerta no me protege de las capas de hielo y nieve que el viento arrastra en diagonal. Así que me arrodillo y uso la gabardina para cortar el viento mientras prendo fuego a la bolsa.
La caca prende muy bien. Arde que da gusto y con unas llamaradas calientes que dan miedo. Saco el teléfono y empiezo a grabar. Entonces, pico el timbre y aporreo a la puerta una vez tras otra hasta que oigo pasos dentro y oigo que Luke Duchanan me pide que espere un momento, joder.
Mi plan sale a pedir de boca.
Luke abre la puerta. Ve el fuego. Se pone a pisotear la bolsa con sus zapatillas elegantes de estar por casa. Entonces, los gases repugnantes de la caca de perro calentita llenan el aire y la garganta de Luke Duchanan justo cuando este inspira fuerte de la conmoción.
Empieza a tener arcadas.
Ser testigo de cómo este hombre hecho y derecho se pone a chillar como una niñita entre arcadas y lágrimas es mejor de lo que había imaginado.
Y lo tengo todo grabado.
Y es insuperable.
Incluso yo, futura escritora superventas extraordinaria, no podría habérmelo inventado.
Estoy tan entretenida con el espectáculo que no me doy cuenta de que se me han acercado dos policías hasta que los tengo al lado. Mientras me meto el teléfono en el bolsillo, trato de esquivarlos, pero el porche es pequeño. Y son grandullones.
—De acuerdo, señora. Venga. Ya hemos avisado a los de su calaña de que no vengan a husmear por aquí —dice el policía que me agarra del brazo izquierdo.
El otro agente me agarra del derecho.
—Le huele el aliento a alcohol. ¿Cuánto ha bebido esta noche? ¿Va drogada? —Me ilumina los ojos con una linterna.
—¿Conoce a esta mujer, señora?
Parpadeo para hacer desaparecer las chiribitas de mi campo de visión y miro a la mujer que hay en la puerta. Debe de ser la nueva zorra. Emily tenía razón. «No es nada fea». De hecho, es muy guapa. Es monísima y sofisticada con su bata de satén y unos pezones frescos que tratan de atravesar la tela.
—No. Nunca la he visto. Y tampoco creo que mi prometido la conozca. —«¿Prometido?»—. Se lo preguntaré, pero seguro que es otra vagabunda.
—¿Podemos hablar con él, señora?
—Es que… ahora mismo está indispuesto. —En algún lugar de la casa oigo cómo Luke tiene arcadas y no puedo hacer otra cosa que esconder la sonrisa. La mujer me mira con los ojos entrecerrados. Caray. Tiene unas pestañas alucinantes.
Bajo la cabeza. Si ha investigado a Emily tanto como Emily ha hecho con ella, quizá me reconozca de las fotos de Facebook de Emily. Por mucho que quiera colgarme la medalla por haber conseguido que la broma más vieja del mundo saliera bien y que Luke sepa que he sido yo quien le ha provocado el ataque, soy lo suficientemente lista para saber que el hecho que todo el mundo haya asumido que soy una vagabunda borracha puede que sea lo mejor. Además, ya se enterará de que he sido yo cuando cuelgue el vídeo en internet.
—Lo hemos visto mucho por este vecindario. El clima frío siempre hace que los más escurridizos salgan de su escondite. Estábamos patrullando en esta zona cuando hemos visto el fuego. Suerte que no ha sido peor.
—Sí, menos mal —dice la prometida mientras estira el cuello como una jirafa, la jodida, para tratar de verme mejor. Me apoyo en el agente que tengo a la derecha y hundo aún más la cabeza.
—Nos la llevaremos a comisaría a que se le pase la borrachera. Si quiere denunciar, tiene que hacerlo antes de las nueve de la mañana.
—No creo que lo hagamos.
Debería estar agradecida, pero me ha mosqueado su tono indignante: como si no valiera la pena perder su tiempo conmigo. Que la jodan. Soy lo suficientemente buena como para que me denuncien.
—Que tenga un buen día, señora. —Pillo al agente comiéndose sus tetas con la vista y pongo los ojos en blanco. Sigue mirándola más de lo que lo haría un caballero y luego me hace bajar las escaleras. Echo un último vistazo al montón de cenizas y de zurullo de perro sin quemar y me invade una tristeza extraña.
Había creado un vínculo con esa bolsita de caca. La echaré de menos.
Me veo obligada a mirar a otro lado cuando el agente me pone las esposas. Entonces, con una mano en la cabeza, me obliga a agacharme para entrar en el coche.
Cuando la adrenalina se disipa y dejo de estar aturdida, me doy cuenta de lo congelada que estoy. Tiemblo y tirito de frío. Me castañetean los dientes y me palpita la cabeza. Todo esto solo ayuda a la credibilidad de mi fachada como vagabunda alcohólica e incluso me hace ganarme una mirada comprensiva de los agentes, que hablan como si yo no estuviera en el coche.
—¿Era mierda de perro o humana?
—Uno nunca lo sabe con esta gente.
—¿Has visto cómo se ha puesto el gilipollas de Duchanan? Ha sido lo más gracioso que he visto desde hace tiempo.
—¿Quién demonios pica con esa broma? Es la más vieja del mundo.
—Oye, maja… —Hago caso omiso del agente—. Te compraré el alcohol que te puedes tomar en una semana si haces la misma broma en el número 2189 de la calle West Beutreau. Qué digo, ver a mi mujer intentar apagar una bolsa de mierda en llamas bien vale dos semanas de alcohol.
Se echan a reír, pero no saben lo difícil que es encontrar caca de perro por estos lares.
Justo cuando empiezo a entrar en calor, me sacan al frío y me meten en comisaría. He estado en la cárcel un par de veces. Nada grave, pero he pasado unas cuantas noches en el calabozo del condado por multas sin pagar y me han arrestado una o dos veces por alteración del orden público. Así que me sorprende que no me pidan las pertenencias. Ni que me tomen una foto. Ni que se apunten mi nombre.
Se limitan a acompañarme hasta una celda grande que da a las oficinas frontales. Hay literas por toda la pared, pero solo una está ocupada. Me dan una almohada, una sábana y una manta y me empujan con tacto hasta dentro y cierran la celda de golpe, de forma que despiertan a la otra persona detenida.
Es tan alta como una casa. Y parece tan mala como una serpiente de cascabel. Cuando trato de colocarme en la litera que hay enfrente de ella (para poder vigilarla en todo momento), me dice que no con la cabeza. Me dirijo a la litera siguiente. Vuelve a sacudir la cabeza. Y así continúa: me detengo ante las literas, la miro para que me dé permiso, niega y paso a la siguiente para evitar que me reviente la cabeza.
En la última cama, en la punta de la celda, suelta un gruñido y se gira hacia el otro lado. Me subo a la litera como puedo y me meto en la cama vestida de pies a cabeza. No me lleva mucho tiempo descubrir por qué me ha obligado a dormir aquí. Hace más frío que en el polo norte.
Saco el móvil. Me queda un uno por ciento de batería. Así que miro el vídeo en el que Luke Duchanan pierde los papeles hasta que se me acaba la batería.
Y son los mejores treinta y siete segundos de mi vida.
Capítulo 5
Despierto y me encuentro con mi compañera de celda mirándome de hito en hito.
Está de pie y tengo su cara frente a la mía.
Esta mujer me acojona.
—Roncas.
Detesto cuando alguien ronca. Sé lo mucho que puede molestar. Así que me disculpo:
—Lo siento. Me pondré de lado.
Empiezo a hacerlo, pero niega con la cabeza.
—Tengo una idea mejor.
—¿De verdad? Ponerme de lado suele funcionar. Mi abuela solía pedirle a mi abuelo…
—Deja de respirar.
La miro confundida. Sus ojos me dicen que si no puedo dejar de respirar por mí misma, ella puede ayudarme a conseguirlo.
Inspiro una bocanada de aire y lo guardo en la boca. Ella asiente con satisfacción y regresa a su litera con pasos firmes. Los muelles chirrían bajo su peso cuando se gira de forma que pueda verme.
Justo antes de que yo pierda la consciencia, se abre la puerta de la celda.
—Tú. —El agente me señala—. Vamos.
Me deshago de la manta y bajo de un salto. Cuando paso junto a mi compañera de celda, que me dedica un gruñido seguramente porque ha oído que estoy respirando, cometo una estupidez:
—Te huele el aliento a pedo —le siseo y le hago un corte de mangas. Antes de que se pueda levantar de la litera, he salido de la celda y la puerta se ha vuelto a cerrar de forma que ella se ha quedado dentro. Sonrío porque soy una mujer libre y no puede matarme.
—Siéntate. —El agente de policía me señala una silla plegable de metal que hay en el pasillo junto a su cubículo. Me siento mientras él sirve café en una taza y me lo ofrece. Además, me tira una cucharilla de plástico, un par de sobres de azúcar y un poco de leche en polvo.
Me acabo de preparar el café mientras el agente se sienta y empieza a aporrear las teclas del teclado con solo dos dedos. Parece aburrido. El uniforme le va pequeño. Lleva las gafas manchadas. Y el pelo peinado por encima de una zona de calvicie.
Se repantiga en la silla, cruza las manos detrás de la nuca y me mira de hito en hito.
—Los chicos que te recogieron nos dijeron que te habías montado un fuego en el porche de alguien.
Asiento y tomo otro trago de café.
—¿Quieres explicármelo?
Le ofrezco una parte de la verdad, empiezo con la parte en la que llego a casa de Luke. Me lleva un rato contar la historia porque no puede parar de reírse. Y no deja de interrumpirme repitiendo todo lo que le cuento formulado como una pregunta. Cuando termino, le cuesta sofocar las ganas de reír y a mí me entran ganas de darle un puñetazo en la cara.
—Mira —me dice una vez consigue hablar sin sonreír—. Como te arrestaron solo por una infracción menor, voy a dejar que te marches… Si viene alguien a buscarte.
—¿Y no puedo irme sola?
Niega con la cabeza y me mira con dureza.
—Te estoy haciendo un favor. No te pases.
—¿Y si no tengo a nadie para que me venga a buscar?
—En tal caso, tendré que ficharte. Y alimentarte. Y todo eso cuesta dinero. Y no quiero tener que hacerlo.
No me importaría que me ficharan. Cumpliría mi sentencia, tendría algo para desayunar y podría usar el tiempo encerrada para pensar en cómo demonios voy a volver a casa, puesto que mi vuelo ha despegado hace tres horas. El problema es que he cabreado a mi compañera de celda. Así que ahora, o encuentro alguien que me venga a buscar o me matará.
Mis ojos se posan en el bolsillo delantero de la gabardina. Una parte de mi cerebro me grita que es mala idea. La otra, que es mejor que morir.
El agente arrastra el teléfono por el escritorio y me lo coloca delante y luego se marcha tras decirme que volverá enseguida.
Descuelgo el auricular y aprieto los números rápido mientras aún me atrevo. Alguien contesta después del primer tono.
—Oficina del señor Swagger. —La mujer usa uno de esos tonos molestos, agudos, que solo poseen las guapas.
—Hola, soy Penelope Hart. Soy amiga del señor Swagger. —Me ha salido así. No he podido evitarlo.
—¿Cómo puedo ayudarla, señorita Hart? —La mujer parece aburrida. Me siento estúpida. Seguro que no soy la primera persona que llama a su oficina y dice que es su «amiga».
—Pues… verá…
«No puedo».
Mis manos temblorosas toquetean con torpeza el auricular hasta que consigo colgarlo.
¿Cómo he podido ser tan imbécil?
¿Tan insensata?
¿Tan… sí, imbécil?
Jake Swagger no vendría a recogerme. Me detesta.
«Él se lo pierde».
Si me hubiese invitado a quedarme a cenar, habría podido conocerme mejor. Podría haberlo conquistado. Hacer que me quisiera. Entonces, me habría acabado obligando a pedir una orden de alejamiento, porque los hombres suelen apegarse a las mujeres que son como yo.
Sin embargo, se perdió lo muy fabulosa que soy y optó por quedarse solo con lo malo: como que me metí en su casa y dejé una bolsa de caca de perro en su encimera. Así que lo único que Jake Swagger haría por mí sería mandarme a su abogado para denunciarme. Se aseguraría de que mis últimos minutos fueran al lado de la Gran Berta, quien, sin duda, se me sentará encima y me respirará en la cara hasta que me cause una muerte lenta y agonizante.
Ya voy por la tercera taza de café. No tengo ni idea de dónde se ha metido el agente. El reloj de la pared me revela que lleva media hora desaparecido. Seguramente, podría colarme por la puerta sin que nadie se enterara, si no fuera porque llevo este ridículo sombrero de copa que me ha hecho ganar un montón de miradas raras por parte de todos los presentes en comisaría.
«Muchas gracias, Alfred».
Clavo los ojos en la tarjeta que tengo en la mano y me planteo llamar al número de teléfono móvil que aparece en el dorso. Es el teléfono de Jack. Podría oír su voz. Quizá disculparme. O podría esperarme a llegar a casa y llamarlo cuando esté borracha. Si es que llego alguna vez.
«¡Piensa, Penelope!».
Emily.
Emily conoce a gente en Chicago, ¿verdad? Realizó las prácticas aquí. Seguro que hizo algún amigo o unos cuantos, más allá de Luke Duchanan. Quizá podría llamar a alguno y pedirles que me vengan a buscar. Entonces, podría pedirle a mi madre que me mande un poco de dinero para volver a casa. Sé que no va sobrada, pero sin duda me ayudará. Puedo vender mi cuerpo a hombres desesperados para devolvérselo. O venderle mi alma al diablo. O mi fama inminente a los illuminati.
—¿Penelope?
Alzo los ojos y me encuentro con un hombre de pie a mi lado. Y me quedo mirándolo. Es como el mejor amigo buenorro de ese chico. Ese que siempre tiene una media sonrisa en los labios. Que es un pícaro. Que tiene la mirada sexy. Ese que esperas que se enrolle con la mejor amiga de la protagonista para que haya un segundo libro.
Pongo los ojos en blanco ante este despliegue de pensamientos de escritora.
—¿Sí?
Me examina, desde el sombrero de copa hasta las botas sucias, inspecciona la tarjeta que tengo en la mano unos segundos y luego se encuentra con mi mirada. Levanta una ceja.
—¿Tú eres Penelope? —No estoy segura de si usa un tono divertido o escéptico. Siempre me confundo.
—Sí. Y tú debes de ser míster Obvio.
Se echa a reír y agarra una botella de agua que hay junto a la cafetera. Mientras me da la espalda, aprovecho para darle un buen repaso.
Tiene un buen culo. Buena complexión. Pies grandes. Es simpático. Encantador. Parece el tipo de hombre con el que te lo podrías pasar bien. Sin embargo, hay algo que no termina de cuadrar. Lleva pistola, pero no placa. Un traje y no un uniforme. «¿Será detective?». Pero el traje es de calidad. A medida. No de esos baratos que llevan la mayoría de los detectives. Y no tiene barriga. Ni arrugas de preocupación o cansancio en el rostro.
—Puedo sacármela y dejar que le eches un vistazo. —Aparto los ojos de su entrepierna y miro su cara sonriente. Estaba mirándole el culo. Y se ha dado la vuelta. No ha sido culpa mía.
—Lo siento, no me he traído las gafas de cerca.
Me regala otra de sus carcajadas sexys y guturales. Si no estuviera tan centrada en la visión de ese chico, usaría a este monumento como inspiración.
—Touché, señorita Hart. ¿Lista para irte?
—¿Quién eres?
Sonríe y me ofrece la mano. Se la estrecho. Evidentemente, es cálida, fuerte y todas esas características maravillosas que poseen las manos varoniles.
—Cam Favre.
—¿Detective? ¿Agente? ¿Teniente?
—Solo Cam. Pero puedes llamarme señor, si quieres.
Hago caso omiso del gesto que hace con las cejas.
—Entonces, si no eres policía, ¿qué eres?
—Soy un niño de verdad —dice, con una imitación impresionante de la voz de Pinocho que me hace sonreír—. Venga, vamos. Jake te ha preparado el desayuno.
«Hostia».
—¿J… Jake te ha mandado a recogerme?
—Sí. —Señala la tarjeta que tengo en la mano—. Me ha dicho que has llamado a la oficina. Pero la línea se ha cortado. Debe de ser por la tormenta. Pero hemos averiguado que la llamada procedía de aquí.
—¿Habéis rastreado la llamada? —«Madre de Dios. ¿Qué tipo de hombre es Jake Swagger para poder rastrear un número y tener a alguien que pueda venir a buscarme en menos de una hora?».
—Identificador de llamadas, encanto. ¿No te suena?
«Pero qué idiota soy».
Seguramente, debería seguir preguntando. Como por ejemplo, ¿quién es este tío en realidad? ¿Qué es de Jake? ¿Su abogado? ¿Su hermano? ¿Su amigo? ¿Su novio? ¿Y por qué demonios Jake querría que yo fuera a su casa? ¿Por qué me ha preparado el desayuno? Debería tener una cocinera que lo hiciera. Una mujer de mediana edad que tiene una aventura con Ross. O con Alfred.
—Bueno, ¿vienes o vas a quedarte?
—Voy, voy.
Me dedica una sonrisilla sexy mientras me observa de pies a cabeza.
—Incluso bajo toda esta ropa, sé que hay un cuerpazo sensacional que va a conjunto con esa cara bonita y la lengua descarada que tienes. Ahora entiendo por qué Jake se muere por hacértelo.
«¿Hacérmelo? ¿Hacerme el qué?».
«¿Qué quiere decir con eso?».
No puedo darle vueltas porque Cam está caminando y suficiente tengo con tratar de no mirarle el culo.
No lo consigo.
Pero solo se lo miro un segundo.
Hay un SUV con el motor en marcha aparcado junto a la comisaría. No es el típico coche de policías. Es un Range Rover con las llantas oscuras, ventanas tintadas y un parachoques que podría llevarse por delante un tanque.
Abre la puerta del pasajero y me asalta el olor de colonia y cuero. Qué embriagador. Qué erótico. Qué… Cómo me moja las bragas, tanto que echo un vistazo a los asientos traseros mientras me pregunto que si me desnudo y me estiro ahí sería suficiente para convencer a Cam de que me esposara a la puerta y me hiciera lo que quisiera.
«Tengo que parar de leer esos libros guarros, jolín».
Miro por la ventanilla, el paisaje blanco, para evitar mirar a Cam. Pero no hemos salido aún del aparcamiento cuando su voz me hace volverme para mirarlo.
—Eres… diferente.
—¿Qué quieres decir?
Sus ojos se separan de la carretera y se centran en mi sombrero.
Me lo quito y me arreglo el pelo.
—Es una larga historia.
—Me da a mí que debes de tener un montón de buenas historias, dada tu profesión. —Me guiña un ojo, como si supiera algún gran secreto.
Estoy segura de que Jake le ha dicho que soy escritora. Sin duda, habrá buscado en Google el título de mi libro en cuanto me fui. Seguramente, así ha descubierto cómo me llamo. Quiero decirle a Cam que nada indica que un escritor pueda tener un montón de buenas «historias». Pero no quiero quedar como una imbécil.
—Sí, supongo que sí. —Me encojo de hombros y vuelvo a observar la ciudad.
Suena el móvil de Cam y por mucho que quiero escuchar la conversación, no puedo sacarme de la cabeza que hay algo en todo esto que no cuadra. ¿Por qué iba a salvarme Jake? ¿Por qué se muere por hacerme algo? ¿Por qué iba a permitir que volviera a su casa después de las maneras con las que me ha echado? ¿Me ha preparado el desayuno porque se siente culpable por haberme negado la cena?
—Jake se va a cabrear, Lance —dice Cam, riéndose. Como si la ira de Jake lo divirtiera. Y puesto que la ira de Jake tiene un efecto similar en mí, me pongo a escuchar la conversación. Y como no podía ser de otra manera, se termina en cuanto lo hago.
—¿Por qué se va a cabrear Jake?
—La Administración Federal de Aviación no deja que despegue ningún avión en Chicago.
Bien. Quizá podré cambiar el horario de mi vuelo sin tener que pagar más. Lo que significa que no tendré que atracar una tienda de vinos y licores antes de irme.
—Ah, ¿Jake tenía que ir a algún sitio? —Finjo que no me importa.
Cam me dirige una mirada incrédula y pone los ojos en blanco.
—Qué va. Ha alquilado unos burros para que los uséis. —«¿Perdona?»—. Esperábamos que se cancelaran solo los vuelos comerciales, pero acaban de anunciar que ningún avión puede despegar. Lo que significa que el todopoderoso Jake Swagger no ha obtenido autorización para hacer volar a su pajarito.
—¿Tiene un avión?
Me vuelve a mirar de reojo.
—¿Estás bien?
«¿Lo estoy?».
Tengo un poco de frío. Estoy muy cansada. Empiezo a notarme resfriada.
—Sí. —No necesita el resto de información.
Cam vuelve a estar al teléfono. Habla sobre un generador que tiene que sustituirse cuanto antes. «Qué aburrimiento». Pero pongo la antena. ¿Sabías que los generadores de reserva pueden tener generadores de reserva? «¿Qué pasará cuando el reserva del reserva se apaga?».
Nos detenemos ante el edificio de Jake y Alfred es todo sonrisas. Hasta que abre la puerta y me ve. Sin amilanarme ante su mala cara, le ofrezco mi mejor sonrisa de modelo mientras salgo del coche.
—Buenos días, Alfred. Qué bien volverte a ver. Por cierto, este sombrero está de puta madre. Me han llovido los cumplidos.
Cam se ríe y sale a mi lado mientras da vueltas a la anilla del llavero con el dedo y empuja la puerta. Alfred me ofrece un gruñido por toda respuesta y nos abre la puerta del edificio a regañadientes. No nos sigue hasta el ascensor esta vez. Se coloca detrás del estrado y descuelga el teléfono de mala gana. Mientras Cam y yo avanzamos por el vestíbulo, oigo que dice:
—Están a punto de subir, señor.
—Nunca había visto que Alfred le pusiera mala cara a alguien. —Cam levanta una ceja mientras nos metemos en el ascensor. Entonces, como si acabara de ocurrírsele, me dedica una sonrisilla voraz—. ¿Habéis tenido un rollo o algo?
—O algo.
En el ascensor, pego la nariz a la pared y me pongo a tararear mientras subimos a toda velocidad al trigésimo piso. Cam no dice nada, pero veo que sonríe cuando salimos al recibidor.
Tengo el estómago revuelto y encogido. Creo que vomitaré. No de miedo, como haría una persona normal. Sino del entusiasmo. Como haría la loca que soy. Bueno, vale, quizá sí que tengo un poco de miedo también.
«¿Jake se va a disculpar por haberse comportado como un estúpido?».
«¿Me pedirá que le pague la camisa?».
«¿Me agarrará y me abrazará?».
«¿Me venderá como esclava sexual?».
«¿Me culpará de alguna mierda que le haya desaparecido? Algo secreto. Que ha perdido. Y ahora pretende incriminarme y que me lleve yo las culpas…».
Cam abre la puerta y… beicon.
Huele a beicon.
A un montón de beicon.
Se me hace la boca agua y suelto un gemido. Luego suelto otro por una razón completamente distinta.
Ante mí se yergue Jake Swagger. Está delante de los fogones. Vestido con tan solo unos pantalones de franela de pretina baja y la espátula en la mano. Los músculos de la espalda se tensan bajo la piel morena. Tiene los hombros anchos. Las caderas estrechas. Todo su cuerpo está cincelado y esculpido, pero aun así es suave y terso. El crepitar de la grasa del beicon y la voz baja del presentador de las noticias son los únicos ruidos de la estancia.
Enseguida me imagino este momento como una escena sacada de una película romanticona mientras la nieve cae al otro lado de la ventana. Todo es cálido y hogareño. Acabo de salir de la cama y, soñolienta, admiro a mi príncipe, que se ha levantado temprano para prepararme el desayuno.
Claro que solo me imagino esta escena porque previamente ya he escudriñado la habitación buscando a mafiosos y gente con aspecto turbio que puedan querer matarme por haber robado algo que no he robado. No hay nadie. Solo yo. Jake. Y nuestro aguantavelas, Cam. Aire. Oportunidades…
Mi mente salta de una película apta para niños a una triple X en cuestión de segundos cuando los músculos de Jake se contraen al echarse un paño de cocina sobre el hombro. Me imagino a mí sobre su hombro. Con las piernas rodeándole el cuello. Con la vagina en su cara.
Gira sobre los talones para mirarme. Sonrío. Me sonrojo por todas las guarradas que me estoy imaginando. Tengo los ojos entornados del deseo. Pero puedo disimular. Como si me acabara de despertar de una siesta. Como en la película romanticona que me he imaginado. Me dirá: «Buenos días, preciosa». Me comportaré de forma tímida y mona. Me dirá que estoy guapa cuando me sonrojo. Entonces, me besará y me dejará sin respiración…
«Ay».
No puedo creer que realmente esté aquí, yo, Penelope Hart. Escritora en desarrollo. En la cocina de un ático de lujo en las alturas con ese chico medio desnudo.
Y el hombre que podría ser su mejor amigo buenorro.
Sin mafia.
Con beicon.
Ni siquiera la intervención divina podría arruinarme este momento.
Capítulo 6
Jake Swagger no es Dios.
Pero no veas si sabe arruinar el momento…
No me ofrece una sonrisa. Al contrario, me topo con una mirada que refleja un horror y un asco absolutos. Tampoco hay un «Buenos días, preciosa». Solo un:
—¿Qué cojones hace esta aquí?
—¿Qué? —pregunta Cam. Jake y yo nos observamos de hito en hito mientras él sigue hablando. Jake parece a punto de estallar. Me fijo en los dos puntitos rojos que tiene en el segundo y el sexto abdominal. «¿Salpicaduras de la grasa del beicon?». Seguramente. «¿Quién demonios se pone a freír beicon sin camiseta?».
—Me has dicho que la fuera a buscar y la trajera a casa. He asumido que con «casa» te referías a aquí. ¿Querías que la llevara al otro apartamento?
«¡Toma ya! ¡Que tiene dos pisos!».
Jake se serena. Crece uno o dos centímetros. Se le tensan los músculos. La vena de la frente empieza a sobresalir. Cierra los puños. «Es todo un dominante».
—Tú eres Penelope Hart.
Me abstengo de volver a usar la broma de míster Obvio. Y de preguntarle si le puedo tocar el pecho. O de pedirle que abandone este tono grave y tranquilo y pronuncie otra vez mi nombre como si se estuviera corriendo.
—Sí.
—Has llamado a la oficina.
—Sí.
—Les has dicho que eras una amiga.
—La gente usa esa palabra con demasiada ligereza. Creo que la culpa es de Facebook. Porque a ver, ¿cuántos de tus amigos de Facebook son realmente amigos tuyos?
—Tú y yo no somos amigos de Facebook.
—No, cierto.
—Tampoco somos amigos en la vida real. No somos ni conocidos. Ni siquiera eres la amiga de un amigo.
Ladeo la cabeza y lo miro con los ojos entrecerrados.
—¿Estás seguro de eso? Estoy convencida de que soy amiga de Facebook de un amigo tuyo de Facebook. De verdad que el mundo es un pañuelo, te sorprendería. Sobre todo cuando tienes una presencia en redes sociales como la mía. Tengo como unos cuatro mil me gusta en mi página. Y he llegado al límite máximo de amigos: cinco mil.
Se suceden unos cuantos segundos de silencio. Hasta que Jake señala la puerta con la espátula.
—Vete.
—No. No voy a irme. —Me cruzo de brazos para esconder cómo me tiemblan los dedos—. No hasta que me contéis qué pasa. Tú eres quien ha querido venir a recogerme. Quiero saber por qué.
—Porque creía que eras otra persona.
—¿Cómo? ¿Conoces a otra chica que se llama Penelope Hart?
—Creía que eras la señorita Sims.
Ahora sí que estoy hecha un lío.
—Pero si les he dicho que me llamo Penelope. Y me acabas de preguntar si soy Penelope Hart, así que sabías que no era la señorita Sims.
—Me cago en la leche. —Se pasa la mano por el pelo y suelta un bufido de exasperación—. Me he confundido, ¿vale?
—¿Y cómo demonios confundes «Pe-ne-lo-pe Hart» con «señorita Sims»?
—¡Es un alias! ¡Señorita Sims es un alias! —grita con los ojos puestos en el techo—. Hostia, mujer. ¡Eres un maldito disco rayado!
Sonrío. No puedo evitarlo.
—¿De lo mucho que te gusta oírme?
Jake cierra los ojos. Está tratando de controlar su carácter. Y lo está consiguiendo, caray. El silencio se puede cortar con un cuchillo. La risotada de Cam lo rompe.
—Espera —dice, entre mordiscos de beicon y carcajadas sexys—. ¿Que ella no es la señorita Sims? —Me señala y observa a Jake, que lo fulmina con la mirada. Seguramente está pensando lo mismo que yo: «¿Y hasta ahora no te has dado cuenta, genio?»—. Entonces, ¿quién es? ¿De qué la conoces? —Detiene la mano a medio camino de la boca y sus ojos me recorren de pies a cabeza.
—¡Eres la falsa señorita Sims! —Su atención se centra entonces en un Jake silencioso e inquietante para que se lo confirme—. ¿Esta es la chica que engañó a todo el mundo? ¿La que entró en tu casa? ¿Esta chica? ¿Esta? ¿Esta es la que dices que está como una puta cabra? —Contonea el dedo señalándome de nuevo.
—Bueno, a ver, espera un momento, caray. —Levanto las palmas ante cada uno de ellos—. A ver si lo he entendido bien. Has mandado un coche a recoger a una mujer cuyo nombre no conoces y cuya cara no has visto nunca. Le has dado acceso completo a tu ático de lujo. Le has ordenado al personal que satisfaga todas sus necesidades. Estabas dispuesto a pagarle la fianza… ¿a hacerle beicon y crees que la loca soy yo?
—Ha sido Jake quien te ha llamado loca, guapa. Yo no.
—¡Basta ya! —espeta Jake con el grado de maldad suficiente en la voz como para borrarme la sonrisa de la cara y darme escalofríos—. Saca a esta mujer de mi casa, Cam. Y encuentra a la señorita Sims. —Tira la espátula en el fregadero y con una tranquilidad turbadora, sale de la cocina y se mete en el despacho. Me tenso al esperar que dé un portazo, pero solo la cierra con un clic.
—Vaya, menudo anticlímax —refunfuño, mosqueada porque no se ha puesto en evidencia. Ni me ha abrazado…
La risita de Cam me devuelve a la realidad. Está apoyado en la encimera. Niega con la cabeza mientras se saca el móvil del bolsillo.
—Estás chalada, ¿lo sabes?
Me encojo de hombros porque… Sí que estoy un poco chalada, sí.
—¿Y ahora qué?
—Ahora voy a encontrar a la señorita Sims. —Cruza la estancia y se para delante de mí—. Y tú, Penelope Hart, podrás salir de aquí sabiendo que eres la única mujer en toda la historia que se ha colado en la poderosa fortaleza de Jake Swagger y ha salido ilesa.
Ilesa.
«¿Significa eso que las demás mujeres que han estado aquí han sido atadas a un banco de azotes y han catado su cinturón de cuero y luego se las ha follado hasta llevarlas a otro universo? ¿Se han ido de aquí en ese estado nebuloso postorgasmo sin nada más que los azotes en el culo y el dolor entre las piernas para recordarlo?».
—Tú, chiflada… ¿lo has pillado?
—¿Eh?
Pone los ojos en blanco.
—Tengo que hacer unas llamadas y luego buscaremos el modo más rápido de que vuelvas a casa, ¿vale?
Asiento.
Se pone serio y usa un tono de voz de «no hagas tonterías»:
—No toques nada. ¿Queda claro?
—De acuerdo. ¿Puedo ir al baño, al menos?
—Claro. —Señala el que está al lado de la cocina—. Pero que sea rápido. Vuelvo enseguida.
—¿Te vas?
—No, salgo de la cocina para hacer unas llamadas.
—Ah, vale, bueno. ¿Y qué hago cuando salga Jake y me mate porque sigo en su apartamento?
—Estará ahí dentro un buen rato. —Cam me da unas palmaditas en el sombrero y me lo baja de modo que me tapa los ojos—. Ya sabes, perro ladrador, poco mordedor. No te preocupes, no te va a matar.
Sonrío y me levanto el sombrero para mirarlo.
—¿Porque en el fondo le gusto?
—No, guapa. Porque no quedaría bien en los periódicos.
«Vaya».
—¿Jeff? Soy Cam Favre. Necesito que me hagas un favor… —La voz de Cam se va apagando cuando sale de la cocina.
Me zampo el resto del beicon y me sirvo un vaso de zumo. Echo un vistazo a la mesa y luego a la puerta del despacho de Jake. Terminarme el desayuno en el cuarto de baño me parece la opción más segura, así que me encierro allí y me pongo a comer con la espalda contra la pared.
Trato de descubrir qué está pasando con esta tal señorita Sims, tan misteriosa. ¿Por qué iba a usar un alias? ¿Qué relación tiene con Jake? Es evidente que no es nadie importante. Quiero decir, ni siquiera saben qué cara tiene. Con todo, Jake ha hecho lo imposible por ella. ¿Quizá es su clienta? ¿A qué se dedica este hombre, para empezar?
«Me cago en el móvil».
Si no lo tuviera sin batería, podría buscarlo en Google.
Cuando termino de comer, cansada de pensar, me quito la ropa, sucia, y dejo correr el agua de la ducha. Me da la sensación de que pasa una eternidad antes de que el agua caliente me caldee los huesos congelados. Solo cuando lo consigo, me pongo a lavarme el pelo y tengo que añadir agua a la botella de champú porque está casi vacía y a fuerza de frotar, me deshago de la peste de la cárcel.
Limpia, reluciente y oliendo a algo maravilloso, me envuelvo en una toalla grande, suave y esponjosa y limpio el vaho del espejo con la mano. Tengo un aspecto natural, cansado. La cabellera castaña, que suele ser una maraña rizada, ahora está lisa por el peso del agua y me cuelga por la espalda. La piel olivácea brilla en tonos aún más oscuros al contrastar con la toalla blanca y hace que las motitas doradas de mis ojos de color avellana centelleen todavía más.
Rebusco por los cajones que hay junto al lavabo y encuentro un cepillo de dientes sin estrenar y pasta de dientes. Entonces, me escurro el pelo con la toalla y me seco el agua que me queda en la piel.
Vestida con nada más que una toalla, me asomo por la puerta del baño y descubro que estoy sola. Jake debe de estar aún en el despacho. Cam estará haciendo lo que sea a lo que se dedica. Y el miedo que tenía de que Jake me fuera a matar si me encontraba en su casa debe de habérselo llevado el agua de la ducha, porque de pronto, la idea de mirar la televisión envuelta en esta toalla calentita, hecha un ovillo en el sofá no me da ningún pavor.
A pesar del agua hirviendo de la ducha y de la cálida temperatura del salón, todavía tengo frío. Tengo la nariz tapada. Me duele la cabeza. Me duelen los huesos. Rezo por estar pillando un buen resfriado. Me encanta hacerme la damisela en apuros y aunque ese chico ha demostrado ser un grano en el culo cada vez que nos hemos visto, estoy segura de que le daré pena y me cuidará hasta que me ponga bien.
Entre las escenas que me imagino, en las que sale de su despacho y me envuelve entre sus brazos, la realidad se abre paso y me veo obligada a pensar como una persona adulta.
El día de hoy se podría haber desarrollado de una forma muy distinta. ¿Y si no hubiese llamado a la oficina de Jake? ¿Y si siguiera encerrada en esa celda con la Gran Berta? ¿Y si Jake hubiese llamado a la policía y me hubiesen arrestado cuando llegó a casa anoche? ¿O cuando he aparecido aquí esta mañana? ¿Y si lo hace en cuanto descubra que todavía sigo aquí?
Necesito un cargador de móvil. Tengo que llamar a Emily. Colgar el vídeo. Cambiar la fecha de mi vuelo. Hacer que Jake se enamore de mí. Escribir un superventas sobre mí y ese chico. Presentarle Cam a Emily. Escribir otro superventas sobre ellos dos. Encontrar un estafador que me preste dinero hasta que me haga rica.
Alguien llama a la puerta. Hago caso omiso de la juez Judy, que sale en la tele, y miro de reojo el despacho de Jake esperando que salga echo una furia para ver quién ha venido. Cuando vuelven a llamar y nadie da señales de ir a abrir, creo que me toca a mí hacerlo (porque claro, abrir la puerta en una casa que no es la tuya es justo lo que hace la gente sin sentido común).
El hombre que hay al otro lado de la puerta es Jake Swagger, pero dentro de unos cuarenta años. Más allá del pelo canoso y las arrugas que enmarcan su boca y sus ojos, es clavadito a él. Complexión fuerte. Mandíbulas marcadas. Expresión inquietante. Ojos como el mar. Incluso él también me mira con irritación y desagrado. Seguramente porque solo llevo una toalla, pero aun así… Todas estas puñeteras miradas asesinas me están cansando ya.
—Hola, señor Swagger. —Hay algo en el hecho de saber quién es sin saberlo realmente que me hace sentir menos inferior a él.
—Déjame adivinar… Eres la señorita Sims.
«Ya estamos otra vez con el mismo rollo».
Sin esperar mi respuesta, me empuja para pasar. Al hacerlo, hace un ruidito con la garganta… ¿Desaprobación? ¿Asco? ¿Ambas?
—De hecho, soy la señorita Hart. Pero puede llamarme Penelope.
—¿Dónde está mi nieto?
«¡Lo sabía!». Quiero sonreír. Lanzar el puño al aire porque tenía razón. Pero me reprimo. No dejaré que mi pequeña victoria interfiera con mi misión: causar una buena impresión al Jake Swagger que ha venido del futuro.
—Está atendiendo una llamada en el despacho. —«Quizá»—. ¿Puedo ofrecerle algo para beber? —sugiero. Pero el yayo Swagger se mueve como si estuviera en su casa. Abre el aparador del mueble del televisor y saca la licorera y un vaso.
Me quedo quieta (no quiero empezar a moverme con nerviosismo) mientras se sirve un vaso y se vuelve hacia mí. Me observa mientras da sorbos al whisky. Son las ocho de la mañana. Pero eh, ¿quién soy yo para juzgarlo?
—¿Acaso no tienes ropa?
Me sonrojo y suelto una risita nerviosa.
—La verdad es que es una historia divertida…
—Dudo que me haga gracia cualquier cosa que tenga que ver con tu profesión, señorita Sims. Así que, por favor, ahórrate los detalles sobre cómo has terminado abriendo la puerta de una casa que no es tuya vestida con tan solo una toalla.
Cuesta mucho no perder la actitud y mostrarte orgullosa cuando vas vestida como voy yo mientras miras a un hombre que tiene un porte autoritario. No autoritario como Steve Jobs. No autoritario como Henry Frick. Autoritario como Hitler, diantres. Suerte que no me asusto con facilidad.
—Me llamo Penelope.
Vuelve a hacer ese puñetero ruidito. No estoy tan dispuesta a pasarlo por alto como hace unos minutos. A la próxima…
—Estoy seguro de que te paga bien. Aunque no puedo imaginarme que haya una cantidad de dinero suficiente que pueda pagar la dignidad de una persona. —Me mira de pies a cabeza mientras niega lentamente. Se le curva el labio en la misma mueca que hizo Jake cuando descubrió que la bolsita que había en la barra estaba llena de caca de perro.
«¿Qué demonios…?».
Frunzo el ceño, confundida.
—No estoy segura de haberlo entendido.
—Pues deberías. He usado palabras sencillas.
«¿Por qué este viejo desgraciado…?».
—¿Insinúa que soy idiota, señor Swagger?
No responde. Me mira fijamente con esa expresión tan suya, estoica y dura. Su intento de hacerme sentir inferior me aviva el orgullo. El orgullo espolea la rabia. La rabia elige las palabras. Y las palabras me salen disparadas antes de que pueda detenerlas:
—Le he hecho una pregunta, señor Swagger. Me gustaría recibir una respuesta.
La ceja le tiembla un poco. El movimiento es tan diminuto que podría no haberlo advertido de no ser porque estoy examinando su expresión al milímetro.
—Tu acento es auténtico. Tu orgullo también. —Se sienta en una de las sillas de cuero mullidas, se cruza de piernas como si fuera una señorita, pero hace que parezca muy varonil—. Sin duda, no habrá sido barato, pero estoy seguro de que vales lo que te paga. —Levanta el vaso hacia mí, como si me acabara de lanzar un piropo o algo.
—No me paga.
—¿También te paga para que digas eso?
Aquí pasa algo. Hay un montón de razones por las que todavía no lo he descubierto: extenuación, deshidratación, síntomas de resfriado, un día de mierda. Pero poco a poco voy encontrando las piezas del puzle. Y estoy bastante segura de que la misteriosa y desaparecida señorita Sims es una…
—Si no estás aquí porque Jake te ha contratado, entonces ¿por qué estás aquí?
«Porque me colé en su casa. Me echó. Prendí fuego a una bolsa de caca de perro. He ido a la cárcel. He llamado a Jake a la oficina. Se ha pensado que yo era la señorita Sims, pero usando mi nombre real. Ha enviado a alguien a buscarme. Ha descubierto la verdad. Y ahora estoy esperando a que Cam encuentre el personal contratado para que me lleve a casa antes de que Jake me mate».
No parece el tipo de hombre que quiere escuchar todo esto. Además, ha demostrado ser un imbécil sentencioso y no estoy segura de cuántos insultos más puedo aguantar.
—¿De cuánto tiempo dispone? —pregunto, entreteniéndolo para ganar tiempo y que se me ocurra una mentira creíble.
—El suficiente, Penelope.
Me amilano ante su mirada severa. Y me ablando porque se ha acordado de mi nombre. Es todo un detalle. Ya he empezado a perdonarle que sea tan cretino.
Se abre la puerta del despacho de Jake y me salva de contarle la verdad. Además, me honra con nuevas vistas de su torso desnudo.
—Abuelo. —Jake le dedica un asentimiento antes de comerme con la vista. Me realiza un examen minucioso. Muy lento. Lento como la leche cuando se cuaja. Lento como cuando viertes crema de cacahuete. En pocas palabras, Jake Swagger (el joven, el buenorro) me está repasando los brazos, piernas y parte descubierta del pecho como si su abuelo no estuviera y dispusiera de todo el tiempo del mundo.
¿He dicho ya que su escrutinio pausado me pone cachonda? Cachonda tipo qué calor que hace de golpe. Cachonda tipo tírame a la hoguera y deja que me desintegre entre cenizas. Su mirada sugiere que quiere comerme. Centro todos mis esfuerzos en no arrancarme la toalla del cuerpo y estirarme en el sofá blanco impoluto como si yo fuera un bufé libre.
—Así que esta es la chica, ¿no? —pregunta el abuelo, con un tono que no consigo descifrar—. Es muy distinta a las mujeres con las que te suelo ver. —Me sonrojo ante tal… ¿cumplido? ¿Quizá?—. Estoy impresionado. Es encantadora. Educada. Auténtica…
Jake se yergue un poco y esa chispa de fogosidad desaparece de sus ojos.
—¿Y lo has descubierto en menos de cinco minutos?
El abuelo se pone en pie y se tira de los puños de la chaqueta.
—No creo que haya sido tanto rato. Por eso estoy impresionado. En ese mismo intervalo de tiempo, cuando lo he pasado con las mujeres con las que sueles codearte, llego a conclusiones muy distintas. Se creen con derecho. Son egoístas. Maleducadas. Son… putas demasiado caras, Jake. Y todo el mundo lo sabe.
Otra pieza del puzle que encaja.
Jake atraviesa la estancia descalzo hasta la licorera y se sirve un vaso. «¿Esta gente sabe que solo son las ocho de la mañana?».
—Nunca me ha importado lo que piensa la gente. A estas alturas ya deberías saberlo.
—Con todo, aprecio que hayas tenido el detalle.
—¿Sí? ¿Qué detalle?
—Que tengas la gentileza de remover suelo y tierra para contratar a alguien que sí puede pasar por una señorita.
Jake resopla al oírlo.
Me entran ganas de dedicarle un corte de mangas. Y de volver a recordarle al abuelo que a mí no me está pagando. Ahora bien, este interviene antes de que pueda hacerlo yo.
—Tal vez no te importe lo que piensa la gente, Jake, pero tus acciones repercuten en la imagen de todos nosotros.
—Querrás decir en tu imagen.
—Exacto. —El abuelo me echa un vistazo mientras una sonrisa le aletea en los labios. Pero su mirada sigue siendo dura. Fría. Estoy segura de que tiene algo de maldad. Y su actitud, añadida al enfrentamiento de estos dos hombres poderosos, hace que, como escritora que soy, el cerebro me vaya a todo trapo.
Jake seguramente trabaja para la empresa de su abuelo. El abuelo va a jubilarse. Quiere que Jake se haga cargo de la empresa. Que haga las cosas como él quiere. Pero Jake tiene otros planes. Sin embargo, no puede hacerlos realidad hasta que sea el presidente. Lo que significa que tiene que hacer lo que le pida el abuelo hasta que se libere de su yugo metafórico. Incluso si eso comporta convertirse en alguien que no es. Lo que explicaría, probablemente, por qué Jake es un imbécil. Por qué reprime sus verdaderos sentimientos. En el fondo es un buen chico, pero tiene que ser un cabrón para aplacar al abuelo y no parecer un debilucho.
«El libro va a ser tan bueno, joder…».
Vuelvo a conectar con la conversación, que se ha vuelto más frívola, pero sigue siendo tensa. El abuelo se saca algo del bolsillo. No veo qué es exactamente, pero parece una tarjeta de visita. Me acerco.
—Sé que tienes debilidad por los emprendedores de poca monta. —El abuelo le da lo que ahora sí que sé que es una tarjeta de visita.
—Canton dijo que no iba a venderla nunca.
—No le queda otra opción. Ha invertido todo su capital en otra idea y lo ha perdido contra una patente comprobada de finales de los noventa. Su empresa no me interesa demasiado. Pero con un poco de ayuda por tu parte, aún se podría hacer algo. Con todo, será una compra difícil. Es muy orgulloso. —Y con esta última frase, sus ojos se centran en mí. Bajo la mirada y me analizo las uñas.
—Lo llamaré la semana que viene.
—Hablarás con él en la fiesta de esta noche. —El tono del abuelo no deja margen para la negociación. Jake aprieta las mandíbulas pero no replica—. Nos vemos allí. —Dirige un asentimiento a Jake, luego a mí, gira sobre sus talones y se dirige hacia la puerta con pasos largos y firmes.
En cuanto se va, me vuelvo hacia Jake:
—La señorita Sims es una puta, ¿verdad?
—Me lo preguntas como si esperaras que te fuera a contestar.
Levanto las manos.
—Pues claro que espero que me contestes, más teniendo en cuenta que se ha pensado que era yo. ¿Sabes qué me ha preguntado cuando le he dicho que no me pagabas? Que si también me pagabas para decir eso.
Jake no me está escuchando. Tiene los ojos clavados en mis pechos. Bajo la mirada. Las tetas se me están a punto de salir de la toalla. Me cruzo de brazos y me siento en el sofá. Tiro del extremo de la toalla en un intento por cubrirme un poco más las piernas desnudas.
«¿Dónde demonios está la manta esa?».
—¿Entonces qué? ¿Es puta?
—Penelope, por favor… —tercia Cam, entrando en el salón—. Usar puta ha quedado obsoleto y es vulgar. Jake prefiere la palabra escort. —Se deja caer en el otomano sin apartar la vista ni un segundo del teléfono.
Jake niega con la cabeza.
—¿Te callarás algún día?
—¿Qué? Es verdad.
—¿Y por qué no hablamos de lo que importa realmente? Por ejemplo, ¿qué cojones hace ella todavía aquí? Te he dicho que se fuera.
Cam se encoge de hombros.
—También me has dicho que encontrara a la señorita Sims. Creo que eso tiene prioridad. Así que siéntate. Y tranquilízate, hostia. Déjame trabajar, después me desharé de ella.
«Me desharé de ella…».
Mierda.
¿Qué va a hacer? ¿Sacarme de la ciudad o convertirme en comida para peces?
El discursito de Cam ha apaciguado a Jake. Al menos un poco. Se pasa las manos por esos rizos negros preciosos y se sienta en la otra punta del sofá.
Nos separa un cojín.
Así de cerca estamos.
Tan cerca que estoy segura de que podría olerlo.
Mientras él está centrado en Cam, inspiro profundamente por la nariz. El orificio izquierdo produce un ruido peculiar y mocoso antes de taponarse por completo y privarme de oxígeno. Es lo más asqueroso del mundo.
Quizá Jake no lo ha oído.
Sí que lo ha oído.
Me regala su mirada asesina habitual. No repulsiva, sino cargada de su ira. O parece más odio puro, sin adulterar.
No dice nada mientras se levanta y se va con aire arrogante, como indica su apellido, hacia el despacho. Espero a que cierre de un portazo, pero vuelve cargado con una americana de traje. Tira la americana sobre una silla y recupera su asiento.
Entonces, para mi espanto y diversión, me ofrece un pañuelo.
Uno de verdad.
Quiero decir, uno de tela.
Lo acepto y me pregunto si es la primera vez que se le presenta la oportunidad de usarlo. Estoy segura de que siempre lleva uno encima con la esperanza de que aparezca una mujer que moquea y haga que valga la pena acordarse cada día de metérselo en el bolsillo.
Escondo la sonrisa con el pañuelo y me doy toquecitos en la nariz. Quiero sonarme como si no hubiera mañana, pero tendrá que esperar hasta que alcancemos ese nivel de confianza que todas las parejas adquieren después de enamorarse. Para nosotros, supongo que eso ocurrirá en un par de días.
La juez Judy trata de idiota a una mujer. Me centro en el televisor en vez de en los ojos que me atraviesan un lado de la cabeza. Se me pone la piel de gallina. Ojalá pudiera decir que es por su mirada glacial. Pero, en realidad, es porque me muero de frío.
—¿Tienes frío? —El tono de voz de Jake es monótono, indiferente y aburrido como si solo me lo preguntara porque está obligado a hacerlo. Sin embargo, me embarga una timidez espontánea ante este intento por ser… educado.
—Un poco.
Sin mediar palabra, agarra la manta del suelo y me la da. Trato de rozarme con sus dedos, ya sabes, para describir la «chispa» que notaré con nuestra conexión. Pero me lo arruina al apartar la mano antes de conseguirlo.
—Gracias.
Niega con la cabeza.
—No.
Me arrebujo bien el cuerpo y las piernas con la manta hasta que lo único que queda fuera es la cabeza.
—No, ¿qué?
—No finjas ser cándida e inocente. No te comportes ahora con timidez y sumisión…
«Sumisión».
«Ha dicho sumisión».
«Es un dominante».
«¡Lo sabía, joder!».
—… habrá engañado a mi abuelo, pero a mí no.
—¿Eh? —«Tengo que dejar de soñar despierta, puñetas»—. Perdona. ¿Podrías repetir eso último?
Aprieta los labios e inspira profundamente por la nariz. «Qué daría yo porque se le taponara la nariz…».
—He dicho que el numerito que has montado habrá engañado a mi abuelo, pero a mí no.
—¿Qué dices? ¿Qué numerito?
—He visto tu verdadera forma de ser. Tenlo presente.
Tiro la cabeza hacia atrás y lo miro como si hubiese perdido la chaveta. Estoy segura de que debe de parecer que tengo tres barbillas colocada así, pero no me importa. «¿Tu verdadera forma de ser? ¿Quién demonios habla así? ¿Qué quiere decir con eso?».
—Te paseas como Pedro por su casa por mi apartamento, vestida con mi toalla, abres mi puerta y encandilas a mi abuelo para que se crea que eres una santita, hostia. —Se clava el dedo en el pecho cada vez que dice mi. Observo el puntito rojo que se le está formando. Sin duda, le saldrá un moratón.
Debo de haberlo dicho en voz alta. Porque se echa a reír. Sin rastro de alegría. ¿Crees que es imposible? No lo es. Es una risotada que parece un ladrido que la gente hace cuando algo les parece alucinante y no saben qué decir. Claro que Jake siempre tiene algo que añadir.
—Joder, lo tuyo es increíble.
—Eh… No. Lo que es increíble es que ser un imbécil sea hereditario. Deberías estar orgulloso. Tú y tu abuelo habéis demostrado una teoría. Quiero decir, incluso aunque yo fuera una escort, no tenía que comportarse como un capullo. Me alegro de que la señorita Sims no haya estado aquí para oír todas las barbaridades que ha dicho sobre ponerle precio a la dignidad de una persona.
—¿Has terminado ya?
—No, todavía no. ¿Por qué necesitas contratar los servicios de alguien? Si eres… rico. Y estás bueno. Podrías salir con cualquier mujer de Chicago.
—Déjame a mí, Jake. —Cam se inclina hacia delante y apoya los codos en las piernas—. Verás, Penelope, la gente importante como Jake, aquí presente, no tiene rollos. Ni siquiera tiene amigas. Qué digo, apenas tiene amigos hombres. Él solo trabaja, no se divierte. Por eso es tan conveniente como necesario que use un servicio de acompañantes privado, exclusivo y muy discreto cuando necesita a una acompañante. Por ejemplo, en eventos. Bailes, galas, fiestas con fines benéficos… —Mira a Jake y esboza una sonrisilla—. La ceremonia de jubilación del abuelo.
Sin embargo, Jake me está mirando a mí. Como si esperara mi reacción. Trato de mostrarme indiferente. En el fondo, me he montado una fiesta.
—¿Así que contrató a la señorita Sims para que lo acompañara a la ceremonia de jubilación de su abuelo?
—Sí, pero señorita Sims es un nombre genérico que usamos. Suena mejor que acompañante o escort. O… puta.
—Sigo sin entender por qué no se lo puede pedir a una amiga o compañera. ¿O por qué no va solo?
—Estoy aquí sentado —interviene Jake y joder, no quiero, pero me giro para mirarlo. Y cuando veo su rostro cincelado y precioso no puedo dejar de preguntar. Sé que no debería. Sé que lo voy a cabrear. Pero es importante. Tengo que saberlo.
—¿Usas un servicio de escorts porque tienen que firmar un acuerdo de confidencialidad? —Frunce el ceño, confundido, pero no me pide que me explique. No lo necesita—. ¿Es porque tienes un fetiche sexual secreto y no quieres que la gente lo sepa? Entiendo que la discreción sea tan importante para un hombre de tu… estatus. —Se pone rígido. Debería tranquilizarlo—. No te juzgo. —Cruzo los dedos sobre el corazón—. Juro que solo lo necesito para mi investigación.
—¿Tu investigación?
—Sí, ya sabes… Para el libro.
Jake asiente lentamente como si acabara de recordar que soy escritora con un libro publicado con cuatro mil seguidores y ochenta y tres reseñas en Goodreads. Con una media de cuatro estrellas, ya te digo.
—El último no te salió demasiado bien. ¿Por eso quieres ponerme en este? ¿Esperas que la gente lo compre?
Hago caso omiso de su provocación.
—No quiero ponerte a ti en el libro. Solo a un personaje como tú.
—¿Como yo?
—Eso es lo que acabo de decir.
—¿Sabes siquiera quién soy?
—Por supuesto —miento.
—A ver, asómbrame.
«Mierda».
—Bueno, a ver, quiero decir… sé cómo son los hombres como tú.
—¿Como yo?
Me encojo de hombros.
—Ricos. Solteros. Trabajan demasiado. Se toman la vida demasiado a pecho. Son controladores. Ambiciosos. En el fondo, generosos. —Inspiro—. Eres determinado. Independiente. Leal. Tienes debilidad por tu madre. Un problema con tu padre. Y te has pasado la vida tratando de escapar de la sombra de tu abuelo.
—No soy inferior a nadie.
—Pero no te has ganado el respeto de tu abuelo.
—Sí que me lo he ganado.
Ladeo la cabeza y lo observo con los ojos entornados.
—¿Seguro?
Sonríe, pero el gesto no se le refleja en la mirada. Ni en la vena de la frente, que está a punto de estallarle.
—Yo también te he calado, Penelope Hart.
Creía que me iba a derretir al oírle pronunciar mi nombre. Pero lo único que siento es un nudo de nervios en la garganta que amenaza con ahogarme. Le he soltado todo lo que pensaba sobre su vida personal sin tener en cuenta cómo podía hacerle sentir. Y ahora está a punto de devolverme la pelota.
«De acuerdo».
Aplaco las preocupaciones y le sonrío.
—¿Qué sabes sobre mí? Más allá de lo que ha dicho tu abuelo. —Me pongo el dedo en la barbilla—. ¿Qué ha dicho? No me acuerdo… Sé que no ha añadido irresistible, pero es que eso ya es evidente…
—Recuerdo perfectamente lo que ha dicho. —Habla con un tono gélido.
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