Читать книгу: «El poder de la integridad»
Título original: INTEGRITY ADVANTAGE
Traducido del inglés por Antonio Luis Gómez Molero
Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.
Diseño y maquetación de interior: Toñi F. Castellón
© de la edición original
2017 Kelley Kosow
Publicado con autorización de Sounds True, Inc.
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
www.editorialsirio.com
I.S.B.N.: 978-84-17399-89-4
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¡A las mujeres extraordinarias de mi vida!
Tengo la fortuna de teneros junto a mí, de aprender y reír con vosotras, de contar con vuestro apoyo. En particular quiero rendir un homenaje a cinco mujeres muy especiales.
A mi madre, Eleanor Kosow, por tu fuerza, tu estilo y tu fe que me alientan cada día. ¡Admiro a la mujer en la que estás convirtiéndote!
A mis tres hijas, Chelsea, Nikki y Ryann, me siento enormemente orgullosa y afortunada de ser vuestra madre. ¡Sois la motivación, la alegría y el amor de mi vida!
A Debbie Ford, ¡una mujer valerosa, brillante y llena de fe! Transformaste radicalmente muchas vidas, especialmente la mía. Gracias por haber sido mi amiga querida, la mentora que me guiaba y mi compañera en el otro lado. ¡Con tus enseñanzas, sabiduría, honestidad y perspectiva, me diste y sigues dándome el regalo de la liberación!
Contenido
Pasar por encima de tu verdad
Cómo usar este libro
Primera parte LA INVITACIÓN Una nueva definición de integridad
De la sombra a la luz
Debbie entra en escena
Una nueva definición
Los ladrones de integridad
Ladrón de integridad N.º 1: La vergüenza
Ladrón de integridad N.º 2: La sombra
Ladrón de integridad N.º 3: El miedo
Ladrón de integridad N.º 4: Tu historia
Ladrón de integridad N.º 5: El victimismo
Ladrón de integridad N.º 6: Los deseos
Ladrón de integridad N.º 7: Gente que fomenta tu indefensión
¡Tú eres el único experto en ti!
Recupera tu poder
Deja de imponerte «deberías»
Un giro de ciento ochenta grados hacia ti mismo
Lo último en dispositivos para selfies
La integridad es un concepto personal
La integridad es un concepto fluido
La integridad depende de cada área
En la integridad no hay medias tintas
La integridad se fortalece con el uso
La integridad no es cuestión de perfección
Entusiásmate
Si siempre haces lo mismo, obtendrás siempre los mismos resultados
Retroalimentación situacional
Retroalimentación relacional
Retroalimentación corporal
La intolerancia a la mediocridad
¿Te has hartado ya de estar harto?
Del miedo a la fe y a la libertad
¿Estás preparado?
Segunda parte EL PROCESO DE LA INTEGRIDAD Primer paso: desnúdate
¡Quítate las anteojeras!
Ardid n.º 1: El pensamiento desiderativo
Ardid n.º 2: El cuento de hadas
Ardid n.º 3: Animales de costumbres
Ardid n.º 4: Nuestra personalidad perfeccionista
Ardid n.º 5: Nuestra caja de los juguetes
¡Desnúdate!
El proceso
Segundo paso: desmontando tus patrañas
Es el momento de emprender la búsqueda del tesoro
Tercer paso: las cosas cambian
Mi recorrido personal del reconocimiento a la aceptación
¡Ya basta!
Encrucijadas
Encrucijada n.º 1: Los hechos y la ficción
Encrucijada n.º 2: La verdad y los pensamientos
Encrucijada n.º 3: Las experiencias y las expectativas
Encrucijadas n.º 4 y n.º 5: Lo malo y lo bueno, la fe y el miedo
Poniéndonos en marcha
Cuarto paso: la bendición de tus excesos
Descifra tu forma de autosabotaje
Quinto paso: alimenta a tu alma
¿Qué necesitas sentir para tener una vida fabulosa?
Elimínalo
Dar voz a nuestras emociones
Aliméntate a ti mismo primero
Sexto paso: abraza tu humanidad
Tú y tu «historia de demasiado»
¿Por qué motivo sigues disculpándote?
Cultivar la compasión
Séptimo paso: el poder de SOY
Introducción a la sombra
¿Quién soy en realidad?
Tercera parte EL PLAN DE LA INTEGRIDAD La integridad en acción
La línea del alma es la línea de meta
Elimina
PRIMERA PREGUNTA: ¿de qué tareas incompletas debo ocuparme?
SEGUNDA PREGUNTA: ¿qué necesito limpiar?
TERCERA PREGUNTA: ¿qué o a quién debo dejar?
Pide
Alinéate
Mantra vital
Declaración de objetivos
Visión del futuro
Actúa
Permitir
Programa de protección de la integridad
He cambiado
La seguridad de tu territorio comienza en casa
Control fronterizo
Establece tus dos prioridades
Estructuras para el éxito
Las «preguntas correctas» para el programa de protección de la integridad
1. ¿Quién quiero ser en este momento?
2. ¿Cuál es el mayor acto de amor hacia mí mismo que puedo realizar en este momento? ¿Qué es lo mejor para mi mayor bien?
3. ¿Qué se supone que he de aprender de esto?
4. ¿Qué es lo que no hago?
5. ¿Qué nivel de conciencia estoy aportando a este momento?
6. ¿Cuáles son mi propósito y mi intención?
7. ¿Qué significado le estoy dando a esta situación acerca de mí, mi vida o el mundo?
La promesa de la integridad
Integridad colectiva
Reconocimientos
Sobre la autora
Introducción
Pasar por encima de tu verdad
¿Te has percatado de lo que sucede en el mundo actual? Creo que lo llamaría una crisis de confianza. No nos fiamos unos de otros. No nos fiamos de nuestros vecinos, de nuestros jefes ni de nuestros políticos. No confiamos en la familia, en nuestros cónyuges ni en nuestros amigos.
¿Por qué? ¿Porque estamos todos corrompidos y solo pensamos en nosotros mismos?
No.
El motivo de que no confiemos en los demás es que, en el fondo, no confiamos en nosotros mismos.
Eso es, en el fondo no nos fiamos de nosotros.
Reflexiona un poco sobre esto. No confiamos en nuestros sentimientos, por eso tratamos de reprimirlos. Elegimos la seguridad por encima de lo que nos apasiona. No confiamos en aquellas de nuestras cualidades que nos parecen inaceptables, así que las tapamos. Hacemos caso omiso a nuestra voz interior y buscamos las respuestas fuera de nosotros. Nuestra falta de confianza, nuestra tendencia a buscar en el exterior lo que debe venir de dentro, nos lleva a pasar por encima de nuestra verdad. Usaré a menudo esa expresión en este libro con el significado de no confiar en nosotros mismos. Porque muy a menudo, cuando tomamos las decisiones equivocadas, lo hacemos con conocimiento de causa. Vemos la verdad justo frente a nosotros: «Él no te conviene», «Este trabajo te amargará la vida», «No hace falta que sigas trabajando; ya has trabajado bastante, ahora vete a casa con tus hijos»... Pero hacemos caso omiso de esa verdad. No confiamos en el GPS que tenemos en nuestro interior y que nunca va a permitir que nos perdamos.
Piensa en las formas en que has traicionado las promesas que te hiciste, con lo que has provocado un estado de desconfianza permanente. Te prometiste a ti mismo alzar la voz en el trabajo, y luego, una vez más, permaneciste callado en la reunión. Te convenciste de que esta vez ibas en serio con la dieta, y para lo único que sirvió fue para ver cómo volvían a aumentar los dígitos de la báscula. Te comprometiste a cambiar, y terminaste reincidiendo en ese mismo comportamiento que tratabas desesperadamente de evitar.
Aunque en ocasiones podemos deshacer o corregir lo que hemos hecho en el exterior, la huella que esto deja en nuestra psique no se puede borrar. Es como un clavo en un trozo de madera. Puedes sacarlo, pero el agujero se quedará para siempre. Todos tenemos agujeros en nuestra alma que representan las múltiples formas en las que nos hemos traicionado, mentido o despreciado a nosotros mismos: todas las formas en las que hemos pasado por encima de nuestra verdad. Estos agujeros sirven de pruebas a nuestras psiques, ya de por sí desconfiadas: ¡no eres de fiar! Y cuando no confiamos en nosotros, no podemos escucharnos. No podemos hacer caso de esa misma orientación que nuestra alma está tratando de proporcionarnos. Nos desconectamos de nuestra propia esencia y terminamos viviendo una vida que nos parece errónea, falsa y ajena a nosotros mismos.
Este libro es una invitación a estar en el mundo de una manera totalmente distinta.
Todo momento es una invitación; de hecho, en todo momento hay un sinfín de invitaciones danzando delante de nuestros ojos, que podemos aceptar inmediatamente, y nos prometen una infinidad de nuevas oportunidades.
Este libro es una invitación a la honestidad, a ser auténtico contigo mismo, a escuchar la voz de tu interior, a aprender a confiar en ti y valorarte, en tu totalidad, no solo algunas partes de ti mismo. Lo bueno, lo malo y lo peor. He aprendido por mi propia experiencia las concesiones que debemos hacer si no nos enfrentamos a la verdad, si ignoramos lo que en el fondo sabemos. Todos lo sabemos. Siempre lo hemos sabido.
Cuando dejamos de negarlo, cuando dejamos de movernos impulsados por el miedo, podemos empezar al fin a vivir con integridad.
Integridad no significa perfección. No es una estrategia sino una manera de vivir. Es una manera de vivir en consonancia con quienes somos y con lo que queremos. La integridad es el valor más poderoso. Cuando somos íntegros, podemos empezar por fin a vivir de la manera que mejor se adecua a nosotros.
Este libro te ayudará a conectar con ese conocimiento y te proporcionará el apoyo, las herramientas y la motivación para dejarte guiar por él.
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En palabras de Richard Bach: «Lo que más necesitamos aprender es lo que mejor enseñamos».1 Mi camino hacia la integridad comenzó a los veintitantos años, cuando actué en contra de mi integridad. Era ese día con el que sueñan muchas mujeres: el día de mi boda. En Miami brillaba el sol, y el calor ya se hacía sentir cuando me senté junto a la piscina en el patio trasero, verde y exuberante, de quien pronto sería mi marido. Mientras charlaba con una de mis amigas más íntimas, que había venido en avión para la boda, mi preocupación era cómo saldría en las fotos, de manera que me eché una toalla sobre la cara e incluso me tapé los ojos para no quemarme.
Se suponía que iba a ser un día maravilloso. El día de un nuevo comienzo. Mi hermoso vestido blanco estaba listo. Se habían encargado las flores, la tarta estaba adornada también con flores hechas a mano, los camareros iban corriendo de un lado a otro sin parar, y la maquilladora y la peluquera me habían reservado un espacio en su agenda. Todo estaba minuciosamente preparado para celebrar una boda por todo lo alto.
Parecía como un cuento de hadas a punto de hacerse realidad, ¿verdad?
Pues no. Fue el día en que cometí uno de los mayores «errores» de mi vida.
Y no es que ese «error» lo descubriera más adelante. No, lo supe ese mismo día. Esa mañana ya era consciente de estar cometiendo un «error». Pongo esta palabra entre comillas porque realmente no creo que existan los errores; lo que vivimos son situaciones que forman parte de nuestro plan divino y nos proporcionan la base para crecer y evolucionar. Este «error» fue lo mejor que me ha sucedido nunca ya que gracias a él he llegado a donde estoy ahora y además me aportó lo que más quiero en la vida (a mis tres hijas), pero en la mañana de la boda, ya sabía que no amaba de verdad al hombre con el que iba a casarme, o al menos no lo amaba del modo en que necesitaba amarlo para dedicarle mi vida. Sabía que no me trataba como yo quería que me trataran. Una y otra vez había habido señales de advertencia a lo largo de nuestro noviazgo.
Pero el miedo me impedía admitir la verdad.
En lugar de hacerlo, me tapé la cabeza con aquella toalla.
Para tratar de desviar la atención de esa voz de mi interior, me centré en las fotos de la boda en lugar de en plantearme si aquel matrimonio era realmente viable.
Pasé por encima de mi verdad e ignoré lo que sabía en lo más hondo de mi ser. Decidí dejarme llevar por el plan y por mis proyectos en lugar de ser sincera conmigo misma.
¿Alguna vez lo has hecho? ¿Te has dejado arrastrar por la ilusión de cómo podrían ser las cosas en lugar de enfrentarte a como son en realidad? ¿Has sofocado esa sensación de duda que te corroe para que todo siga según lo previsto? ¿Le has dado más peso a la opinión de los demás que a lo que tú necesitabas? ¿Te has dejado llevar por la cabeza en lugar de por el corazón?
Yo siempre fui un poco perfeccionista; mi vida se desarrollaba de acuerdo con una larga lista de metas que tenía que alcanzar. Antes de comprometerme, me gradué en una universidad de la Liga Ivy (¡tachado!), asistí a la Facultad de Derecho (¡tachado!) y ya había desarrollado una buena carrera como abogada (¡tachado!). Los siguientes pasos en mi lista de la vida eran el matrimonio, los niños y esa fantasía de la casita con su porche y sus vallas blancas.
A los pocos meses de declarar al universo que estaba preparada para casarme, conocí a mi futuro marido. Y él también estaba «preparado». Era quince años mayor que yo y había estado casado dos veces, pero no tenía hijos. Estaba listo para encontrar la mujer adecuada y formar una familia.
Nos presentaron unos amigos comunes. Desde el momento en que lo conocí, me recordó a mi padre, que falleció cuando yo tenía veinticuatro años, solo tres años antes de que este hombre entrara en mi vida. Era inteligente, ingenioso y carismático. Era activo y emprendedor. Un hombre atento, divertido y responsable, al que siempre se le ocurrían grandes ideas o acciones. A nuestra primera cita le siguió una segunda, y a los pocos días empezamos a vernos todas las noches. Nos conocimos a finales de abril, a mediados de mayo me habló de casarnos y en septiembre me regaló un anillo de diamantes de cinco quilates. Fijamos la fecha de nuestra boda para el mayo siguiente.
Una petición de matrimonio, un anillo y el sueño por excelencia de una joven, una boda (¡tres objetivos de mi lista tachados de golpe!). Tenía la impresión de que había logrado todo lo que me proponía. Esa ilusión no duró mucho. Con el tiempo, desperté del sueño.
Cuando nos conocimos, yo tenía veintisiete años y él, cuarenta y dos. Aunque yo había empezado a desarrollar una carrera, él estaba mucho más establecido en nuestra comunidad, ya que llevaba dos décadas trabajando y viviendo en ella. Me dejé absorber por su mundo. Antes de que pudiera darme cuenta, estaba viviendo en su casa, relacionándome con sus amigos y siguiendo los planes y los horarios que él establecía para los dos. Me salí de mi vida y entré en la suya. Si él quería viajar, viajábamos. Si quería salir a tomar una copa antes de la cena, lo esperaba hasta que volviera a casa. Si quería jugar al tenis, jugábamos al tenis. Si quería invitar a una decena de amigos, yo dejaba lo que estaba haciendo para atenderlos.
Como me gusta pasar tiempo a solas, recuerdo que me sentía como si viviera en Disneylandia; a cada minuto había un desfile o un evento que había que planear. Si decía algo sobre ese ajetreo, me reprendía por ser antisocial o me decía que lo hacía por mí, para que pudiera conocer mejor a las esposas de sus amigos. Tras cada enfrentamiento, me echaba atrás y aceptaba su plan. A veces me divertía; sin embargo, en lo más hondo de mí sabía que algo iba mal.
Aunque yo podía concentrarme en la boda y guardar silencio sobre lo que no funcionaba en nuestra relación, mi madre no. Desde que conoció al hombre con el que pensaba casarme, sintió aversión y desconfianza hacia él. Le costaba aceptar nuestra diferencia de edad y que él, como ella decía, hubiera «fracasado dos veces» en el matrimonio. Yo iba a ser su tercera esposa. Por más que mi madre tratara de hacerme desistir, no le hacía caso. Se oponía tanto al matrimonio que ni siquiera asistió a mi despedida de soltera, se negó a ayudar a pagar la boda e incluso dejó de hablarme durante un tiempo. Como siempre fui una hija obediente, desafiar a mi madre y mantener la relación con mi prometido fue una de las decisiones más difíciles y de las luchas más duras de mi vida a nivel emocional. En la mañana de mi boda, ni siquiera estaba segura de si mi madre iba a asistir.
Tenía razón al preocuparse. Durante nuestro compromiso, mi prometido y yo habíamos establecido una pauta tóxica. Cortamos varias veces, pero tras cada ruptura, me moría de miedo pensando que terminaría quedándome sola y dejando a un lado ese plan que había creado para mi vida, por lo que siempre terminaba volviendo con él. Me deshacía en disculpas, sin importar cuáles fueran las circunstancias ni quien creía que realmente llevara la razón. Le decía lo que pensaba que él quería oír y le mandaba mensajes larguísimos en los que le prometía que iba a cambiar y que «aquello» no volvería a suceder nunca. Me rebajaba a mendigar, y sin embargo, por extraño que parezca, cada vez que él accedía a «darme otra oportunidad», ¡me sentía como si fuera yo quien había ganado!
A los pocos meses de prometernos, comenzamos a ver a un terapeuta. Y aunque soy totalmente partidaria de la terapia y las herramientas de aprendizaje que ayudan a la gente a comunicarse con su pareja, nunca llegamos a la parte de la comunicación. Nuestras sesiones eran como intervenciones quirúrgicas de emergencia para detener la hemorragia causada por cualquier explosión que se hubiera producido entre nosotros. Era como si estuviéramos intentando salvar nuestro matrimonio por el bien de nuestros hijos, ¡y eso que aún no estábamos casados ni teníamos hijos! Hubo muchas ocasiones en las que pude haberme enfrentado a la verdad y salir de lo que ya era una relación tóxica, pero seguí adelante.
Si se supone que el comienzo de una relación es la fase de luna de miel, ¡estaba claro que teníamos un problema! Nos costó trabajo llegar a la semana de nuestra boda, pero lo cierto es que no podía echarme atrás, aunque mi madre apenas me dirigía la palabra. Estaba demasiado asustada para decirle a ella o a cualquier otra persona que por dentro me estaba muriendo, y ya sabía que estaba cometiendo un terrible error.
De manera que esa mañana de mayo, me tapé la cara, en varios sentidos, con una toalla. Me escondía bajo esa toalla cuando mi prometido desaparecía y no había forma de dar con él. Me escondía bajo esa toalla cuando alguien llamaba a casa pero no dejaba ningún mensaje. Me escondía bajo esa toalla en lo referente al dinero. Me escondía bajo esa toalla cuando ignoraba lo que él llamaba sus «vicios» y todas esas promesas vacías de que las cosas iban a cambiar... mañana. Me escondía bajo esa toalla cuando se quedaba toda la noche despierto escribiendo correos electrónicos o hablando por teléfono con sus «socios comerciales». Esa toalla me tapaba los ojos en lo referente a lo que percibía como sus comportamientos, excusas, justificaciones y manipulaciones. Me esforzaba por descubrir «la verdad» pero había perdido de vista por completo mi propia verdad.
¡La magnitud de mi ceguera y mi falta de confianza en mí misma eran extraordinarias!
En mi desesperación por convencerme de que había tomado la decisión correcta o de que, con el tiempo, alguien o algo arreglaría la situación, sacrifiqué lo que sabía en el fondo de mi ser (para ser sincera, lo importante no era cuál era la «verdad», si mi marido era como yo lo veía o no. En última instancia, su comportamiento no era lo que me hacía actuar en contra de mi integridad; ¡el verdadero problema era que yo había pasado por encima de mi verdad!).
Ahora, casi veinte años después, y tras trabajar con miles de personas en mi carrera de coach integrativa, directora de talleres y profesora de crecimiento personal y maestría, sé que no soy la única persona que ha permitido que su apego a una lista de objetivos, el deseo de ser amada o el miedo al cambio la impulsaran a pasar por encima de su verdad. Piensa en las veces que te has permitido aceptar lo inaceptable. En las veces que has cedido, silenciado tu voz, entregado tu poder. Todos hemos tenido esta clase de comportamientos en nuestra vida, por muy diferentes que fueran nuestras experiencias. Yo lo llamo vivir en conflicto con lo que sabemos en nuestro interior.
Finalmente, llega un momento en que decimos «¡basta!» cuando seguir engañándonos o vendiéndonos se vuelve excesivamente doloroso, cuando ya no nos conformamos con quedarnos estancados y denigrarnos a nosotros mismos, cuando ya no podemos soportar nuestra vieja forma de ser porque sabemos que estamos destinados a ser mucho más.
Lo bueno de todo esto es que, si estás leyendo este libro, significa que estás preparado: preparado para convertirte en la mejor versión de ti mismo. ¿Cómo? Declarándole a tu ser y al universo que te mereces más, que estás listo para dejar de pisotear tu verdad y comenzar a vivir la vida con la que sueñas.
A esto lo llamo vivir con integridad.
Una persona íntegra es alguien cuya vida no está llena de contradicciones. Hace lo que dice y dice lo que hace. Es igual por dentro y por fuera, y su exterior es coherente con cómo se siente por dentro. Ha anunciado lo que es importante para ella y quién quiere ser en esta existencia. Sus acciones y sus decisiones están en consonancia con esa declaración y reflejan que se siente digna y merecedora de manifestar lo que más desea.
Ahora bien, quizá estés pensando que esa integridad es un objetivo elevado e inalcanzable para el que debes estar a la altura de cierto criterio de perfección. Estoy aquí para decirte que eso no es así. La integridad no es un destino, es una manera de vivir. ¡Es un sistema interno de orientación con el que nunca te extraviarás!
Todos nacemos con un conocimiento profundo en nuestro interior: somos conscientes de cuando algo está bien o está mal. Pero hemos aprendido a ignorar ese mecanismo de detección precoz. Es como si sonaran las alarmas de humo en nuestra casa, pero nos hubiéramos puesto tapones para los oídos, de manera que no podemos oírlas. ¡La casa se está incendiando! ¡Sal de ella antes de que sea demasiado tarde!
¡Cada vez que te muerdes la lengua, te tragas la integridad!
En las páginas que siguen te enseñaré a volver a ponerte en contacto con tu GPS interior. Es lo que denomino el monitor de alineación con la integridad, o I AM.2 Cuando aprendemos a vivir en consonancia con lo que en nuestro interior sabemos que es lo adecuado para nosotros, vivimos con integridad. Y vivir con integridad significa que dejamos de vivir una vida conflictiva, inconexa e insegura.
Piénsalo. Odiamos el trabajo que hacemos, permanecemos en matrimonios en los que nos sentimos muertos en vida, gastamos por encima de nuestras posibilidades, ocultamos nuestros verdaderos sentimientos. Vivimos en un estado de conflicto permanente, siempre enfrascados en un tira y afloja interno. ¡No es de extrañar que muchos nos sintamos exhaustos!
Este libro es una invitación a algo diferente.
Cuando por fin me separé de mi marido y me divorcié, la gente comentaba a menudo el buen aspecto que tenía. Cuando me preguntaban: «¿Qué hiciste?», les respondía: «¡Divorciarme!». Luego me di cuenta de que lo que me hacía parecer y sentir mucho más dinámica y llena de vida no era el divorcio en sí, sino que el hecho de permanecer en aquel matrimonio y vivir sin integridad había provocado que me autosaboteara y terminó convirtiéndose en un peso físico y emocional que arrastraba conmigo.
Cuando dejamos de pisotear nuestra verdad, nos desprendemos de todo el peso que nos oprimía. Podemos avanzar y empezar a vivir una vida más adecuada a nosotros.
Este libro es como un régimen de desintoxicación o una dieta. Vamos a desprendernos de todo lo que nos pesa. En palabras de la doctora Deanna Minich, autora de Whole Detox [Desintoxicación total]: «Para entender lo que son las toxinas, lo mejor es considerarlas no como venenos sino como barreras, es decir, obstáculos que nos impiden acceder a la vida y a la salud que realmente deseamos».3 Una barrera podría ser un trabajo que no es el adecuado para ti, que nunca lo ha sido, pero tienes tanto miedo que no te atreves a dejarlo. Podría ser un compromiso que asumiste y que en su momento ya sabías que no te convenía, pero no hiciste caso a tus sentimientos porque no querías decepcionar a nadie. Podría ser un problema de salud al que no quieres enfrentarte. Podría ser esa relación cuyas señales de advertencia llevas años ignorando.
El poder de la integridad trata sobre cómo empezar a vivir la vida a tu manera. Cómo enfrentarte al miedo, a la vergüenza y a esas creencias erróneas que te llevaron a esas situaciones y a partir de ahí vivir según tus principios y desde dentro de ti, porque tú eres quien mejor te conoce.
Este libro te ayudará a decidir los asuntos importantes, como qué trabajo elegir o si tener o no tener hijos. Pero pronto te darás cuenta de que vivir con integridad es una decisión que hay que tomar a cada momento. Puede enseñarte a reconocer cuáles son las opciones correctas para ti en cada situación: qué plato de la carta pedir, qué película ver, decidir entre aceptar una invitación o quedarte tranquilamente en casa, si llevar o no a un terreno más íntimo la relación con esa persona con la que estás saliendo... Te ayudará a defender tus valores, enfrentándote educadamente, por ejemplo, a alguien que habla de ti a tus espaldas o devolviendo un plato en un restaurante sin preocuparte de que te critiquen por quejarte, por ser excesivamente delicado o por creerte con más derechos que nadie. Te permitirá vivir sin complicaciones, disfrutar de una vida plena y sosegada.
Normalmente hay al menos un área de nuestra vida, ya sea el matrimonio, la salud, el trabajo o las relaciones personales, en la que ignoramos intencionalmente, o tapamos, algo que sabemos que no está bien. Ese malestar, esa ansiedad permanente, esa voz suave pero persistente que escuchamos en nuestro interior y que intenta advertirnos que cambiemos de rumbo... son todas señales de que estamos viviendo sin integridad.
Y el problema es que cuanto más perdemos el contacto con nuestra integridad, más probabilidades tenemos de seguir tomando decisiones que ensanchan la brecha y nos alejan cada vez más de ella. Imagínate que es como estar flotando a la deriva en el mar. Tu integridad es el faro en el horizonte: cuando nadas hacia la orilla, la luz del faro se vuelve más fuerte y más brillante hasta que, por fin, llegas a casa. Pero cuando te separas mucho de la costa, la marea te aleja. A medida que te vas adentrando en el mar, el faro se oscurece en la distancia. Llega un momento en que no puedes ver su luz y pierdes por completo la orientación para regresar.
Cuando nos dejamos guiar por la integridad, todo se vuelve más fácil, más claro. Es como si hubiéramos estado viviendo en la oscuridad y, de repente, alguien encendiera la luz.
Ese alguien eres tú.
Cómo usar este libro
Este libro se divide en cuatro partes. En la primera, «La invitación», te brindo mi concepción particular de integridad y en qué consiste vivir de una manera íntegra. Examinaremos lo que denomino los ladrones de la integridad, esas pautas que nos impiden vivir con integridad. Veremos cómo serían las cosas si por fin creyeras en ti, y luego te enseñaré una herramienta poderosa que tienes en tu interior para ayudarte a que dejes de pisotear tu verdad. La llamo monitor de alineamiento con la integridad, o SOY, y todos lo tenemos. Recibimos uno al nacer, pero muchos de nosotros no hemos aprendido a usarlo. En este libro, te enseñaré a hacerlo.
Tu SOY te ayudará a recalibrar tu foco de atención y tu punto de referencia para llevarlo de lo que hay en el exterior a lo que hay dentro de ti, con objeto de que puedas reconocer tu orientación interior y vivir guiándote por ella. En esta parte también aprenderás a conectar con la benevolencia del universo y llegarás a entender que es un compañero y un guía poderoso, siempre a tu lado, dándote respuestas, ayudándote a ver en qué puntos has sacrificado tu integridad y a qué tienes que enfrentarte para dar tu próximo salto evolutivo. La primera parte termina con una declaración de intenciones, «¡Ya basta!», cuando comprendemos el coste de aceptar una vida mediocre y nos comprometemos a recorrer la senda de El poder de la integridad.
En la segunda parte, «El proceso de la integridad», haremos un recorrido por los siete pasos que te ayudarán a descubrir y profundizar en todos los pensamientos negativos, las creencias limitantes, los comportamientos de autosabotaje y las estrategias inadecuadas que han afectado consciente o inconscientemente a tu integridad.
Es como una limpieza interna, para que finalmente puedas empezar a vivir una vida plena, completa y sin divisiones. Tras pasar por el proceso, te habrás desprendido de todo lo que te ha estado limitando durante años. Saldrás de él sintiéndote más ligero, más lúcido, lo suficientemente valioso como para reclamar tu grandeza y listo para zambullirte en la tercera parte de este libro.
En la tercera parte, «El plan de la integridad», pasamos de descubrir lo que sucede en tu mundo interior a elaborar conscientemente la realidad que quieres crear en tu mundo exterior. En esta sección, te guío a través de un proceso de cinco pasos que te ayudará a deshacerte de cualquier obstáculo, caos o contradicciones, para que puedas ser coherente con tus verdades más profundas y tus mayores deseos, y manifestar la vida que amas. Luego, lo mismo que quienes siguen una dieta necesitan un programa de mantenimiento para conservar sus niveles de forma física y bienestar, te enseñaré el programa de protección de la integridad. Se trata de un conjunto de estructuras y prácticas que protegen tu vibración más elevada y te apoyan para que sigas un proceso ascendente en términos de valía personal, integridad y actos y sentimientos de amor hacia ti mismo.
Por último, terminamos con «La promesa de la integridad». Cuando decides vivir desde un estado de integridad, finalmente puedes dejar de hacer concesiones. Ya no rechazas los rasgos que has ocultado durante años. Aceptas la totalidad de tu ser y te sientes completo, seguro de ti mismo y libre para ser del todo tú. Por fin puedes cambiar lo que no funciona en tu vida en lugar de taparlo con una sonrisa. Ya no te conformas con las migajas. Vives una vida que es tuya al cien por cien. Y eso es enormemente liberador.
Con el fin de seguir apoyándote en la consecución de este nivel de confianza y vitalidad auténtica, a lo largo de todo el libro encontrarás claves para la integridad e incentivadores de la integridad, así como numerosos relatos de experiencias personales tanto mías como de mis clientes y estudiantes.
Aunque cada uno sigue una senda vital única, con frecuencia compartimos los mismos problemas. Sé que, en los talleres y las clases que dirijo, aunque soy yo quien está en el escenario, lo que a menudo hace de catalizador del cambio en un participante son las experiencias personales que comparte otro. Todos los casos que contiene este libro están al servicio de tu proceso. Mantente abierto a verte a ti en la historia de otros, para que así puedas mirarte con más compasión o descubrir una nueva perspectiva de las situaciones con las que te has encontrado en tu camino.
Las claves para la integridad consisten en unas preguntas poderosas cuyo objetivo es ayudarte a emprender el camino de vuelta hacia ti mismo (hacia tu SOY) para que puedas empezar a desprenderte de las capas que te envuelven, desvelar lo que sucede y comenzar a desarrollar tus fuerzas para tomar el control de tu vida y confiar en ti. Deja que esas preguntas sean catalizadores del pensamiento, la reflexión y la escritura. Los incentivadores de la integridad también te ayudan a entrar en contacto con tu verdad. Además, apuntan a acciones que te ayudarán a integrar tus conocimientos y a activar tu evolución. Te aconsejo que uses un diario; así tendrás espacio suficiente para profundizar en las ideas que te surjan tanto en las claves para la integridad como en los incentivadores de la integridad. Puedes copiar en tu diario las tablas que usamos en los incentivadores de la integridad o emplear las de mi página web (kelleykosow.com). Ten en cuenta que estas tablas pueden usarse una y otra vez. A medida que evolucionas, evolucionarán las situaciones con las que estás tratando, así como la sabiduría que estás dispuesto a recibir. Las tablas y las preguntas utilizadas en las claves para la integridad y los incentivadores de la integridad pueden usarse permanentemente como herramientas para ayudarte a obtener claridad, descubrir tu verdad o aprovechar el poder del momento.
Recuerda que la transformación ocurre en el corazón y no en la cabeza. ¡El objetivo de todas las partes, procesos, planes, programas y prácticas de este libro es llevarte de la cabeza al corazón y hacerte sentir la experiencia de la transformación!
1 Richard Bach, Illusions: The Adventures of a Reluctant Messiah (Nueva York: Delta, 2012), edición Kindle, 48. (Publicado en castellano por Ediciones B con el título Ilusiones).
2 N. del T.: por las siglas en inglés de Integrity Alignment Monitor. I AM significa asimismo SOY, frase con un significado metafísico profundamente arraigado ya que en la Antigüedad se consideraba uno de los nombres de Dios. A partir de ahora veremos este término traducido al castellano como SOY o ESTOY, según proceda.
3 Deanna Minich, Whole Detox: A 21-Day Personalized Program to Break Through Barriers in Every Area of Your Life (Nueva York: HarperOne, 2016), 5.
Primera parte LA INVITACIÓN
1
Una nueva definición de integridad
En la mayoría de los diccionarios comunes hay dos definiciones de integridad:
1 Ser honesto y tener fuertes principios morales.
2 Ser un ser íntegro y sin divisiones.
Durante mis primeros cuarenta años de vida, solo conocí la primera definición de integridad: la cualidad de ser honesto y tener fuertes principios morales. Yo lo sabía todo acerca de los principios morales estrictos: fui educada por una madre católica italiana con unas ideas muy claras y arraigadas acerca de lo que estaba «bien» y lo que estaba «mal» que se aseguró de inculcárselas a sus tres hijos. Al ser la menor, y ver cómo castigaban a mi hermano y a mi hermana por hacer algo «malo», decidí desde el principio tomar el camino de «hacer las cosas bien». Mi personalidad de niña buena se consolidó antes de entrar en la escuela. Me había hecho una lista de lo que quería conseguir en la vida y me ceñía a ella; superaba cada objetivo y cada hito que me fijaba. Me entregaba por completo y mi productividad sobrepasaba las expectativas. Al hacerme abogada se cerró el acuerdo: luchaba por la justicia y la verdad. Como muchos otros, lucía lo que creía que era mi integridad como una especie de insignia, una prueba de mi perfección.
De la sombra a la luz
No fui consciente de la segunda definición de integridad hasta que conocí a una mujer increíble llamada Debbie Ford.
Quizá no estés familiarizado con la obra de Debbie, pero lo estarás cuando leas este libro. Transformó mi vida de tantas maneras que yo no sería quien soy hoy en día si no se hubiera cruzado en mi camino.
Antes de su fallecimiento por cáncer en 2013 a los cincuenta y siete años, Debbie fue una gran oradora y presentadora de radio, directora de talleres y fundadora del Instituto Ford, y como autora, apareció en la prestigiosa lista de los más vendidos de The New York Times. Pionera en el mundo del crecimiento personal, era conocida por su especialización en algo llamado «la sombra humana», es decir, esa parte de nosotros que consideramos inaceptable, nos causa vergüenza o sencillamente no queremos ser. Se encontraba a la vanguardia de la tendencia a llevar la luz de la conciencia a esas partes de nosotros que ocultamos en la oscuridad. En otras palabras, ayudaba a la gente a mirarse a sí misma y a su vida con otros ojos, para poder liberarse de la prisión de su pasado y de sus historias de carencia y limitación y crear la vida de sus sueños. Debbie también creó un programa transformador de vida llamado proceso de la sombra. Es un taller de fin de semana donde los participantes aprenden a aceptar todos los aspectos de su ser, a admitir tanto su yo más pequeño y más débil como su luz más fuerte y resplandeciente y a disfrutar del brillo de una autoaceptación y un amor hacia sí mismos como jamás habían sentido.
Antes de conocer a Debbie hice una gran cantidad de trabajo transformacional: leí libros y recité afirmaciones, asistí a talleres y escribí mantras en el espejo de mi cuarto de baño. Formé parte de ceremonias de renacimiento, sudé en saunas rituales, me sometí a una limpieza de aura dirigida por chamanes indios y fui a más videntes y astrólogos de los que quisiera admitir. ¡Buscaba a alguien que me arreglara o me diera respuestas! Aunque encontré toda clase de sabiduría, los cambios en mi vida seguían pareciéndome efímeros. Progresaba un poco y luego volvía a mis viejos hábitos. Cuando asistí por primera vez al taller proceso de la sombra, vi mi vida de una manera radicalmente distinta. En lugar de ser la víctima de mis experiencias pasadas, comencé a entender que todas ellas traían regalos consigo. Había sabiduría en las heridas acumuladas a lo largo del camino y podía usar todo lo que sucedía en mi vida, o dejar que me usara a mí.
No solo mis experiencias pasadas me traían regalos, sino también las partes de mí misma que siempre había considerado malas o imperfectas. Siempre sentí la presión de ser perfecta. Me pasé la vida entera esforzándome por ser inteligente, triunfadora, valiosa, creativa y divertida. Ni se me pasaba por la cabeza permitirme ser débil, dependiente, egoísta, vulnerable o estúpida. Nadie me querría si lo fuera. Había desconectado de todas esas partes de mí misma, que eran completamente humanas y naturales. En lugar de reconocerlas, seguía puliendo y perpetuando mi personalidad de niña buena, fuerte, independiente, controladora, perfeccionista y triunfadora.
Quizá estés pensando por qué querría estar en contacto con mi debilidad, mi dependencia, mi egoísmo y mi estupidez, ¿qué hay de malo en desconectarse de esos rasgos?
El problema es que cuando nos separamos de la totalidad de nuestro ser, nos quedamos paralizados, compensando exageradamente aquello de lo que creemos carecer, y nos convertimos en versiones extremas de ciertas características. Nos arriesgamos a convertirnos en caricaturas en lugar de seres humanos y completos. Puedes ver como esto sucede en toda la sociedad. Imagínate a quienes se vuelven adictos al trabajo. No tienen equilibrio. Les domina su necesidad de tener éxito y se han desconectado por completo de su capacidad para descansar o ser indolentes. En esta vida hay un momento para todo. Hay un momento para la debilidad, un momento para la pereza, un momento para la ira. Te enseñaré a acceder a la totalidad de tu ser y entender los regalos que cada parte puede aportar cuando se le permite emerger en el momento adecuado.
Como era una perfeccionista y una triunfadora, me movía impulsada únicamente por mi cabeza y separada de mi corazón. Para mí las cosas debían tener sentido. Tenían que quedar bien en teoría o vistas desde fuera. Por eso podía ignorar todas las señales que percibía sobre mi marido. Nuestro matrimonio tenía sentido. En teoría debería haber funcionado. No importaba cómo se sentía mi corazón ante sus evidentes muestras de desconsideración y ante nuestras incompatibilidades y conflictos. Mi cabeza ganaba siempre.
Cuando conocí el proceso de la sombra, comprendí lo mucho que había sacrificado por vivir desde la cabeza en lugar de desde el corazón. Me abrió los ojos a lo destructivo que es vivir completamente separado de partes esenciales de nosotros mismos y de nuestros sentimientos.
Este proceso plantó la semilla de cómo sería vivir con integridad.
Verás, la sombra representa las partes de nosotros que queremos rechazar. Temiendo que otros descubran que en nuestro núcleo poseemos cualidades «negativas», arrancamos esas partes y creamos fachadas y personalidades para demostrar que no somos aquello que no nos gusta. Esto nos impide vivir con integridad porque nos aleja de esa segunda definición que mencioné: ser un ser íntegro y sin divisiones. Aquí tienes algunos ejemplos de cómo esto puede manifestarse:
Quien se siente sin valor trata siempre de complacer a los demás. Hace todo lo posible para demostrar al mundo y a sí mismo lo mucho que vale. Está completamente desconectado de sus propias necesidades, ya que debajo de su fachada no se siente lo suficientemente valioso para hacer algo para sí mismo.
Quien siente que no merece ser amado o que hay algo malo en él porque sus padres lo abandonaron se vuelve encantador para asegurarse de ser aceptado y valorado por todos. Cuando trata de llenarse del amor y la aprobación de los demás, es como un barril sin fondo. Su creencia de no ser digno de amor le impide darse a sí mismo el amor que necesita.
El hijo de emigrantes que pasaron de tener una buena condición social en su país de origen a ser pobres en el país de acogida está decidido no solo a encajar sino a mostrarle al mundo lo maravillosa que es su vida con signos externos de riqueza como casas grandes y coches deportivos elegantes. Todo su sentido de identidad se basa en lo que es externo, ya que no quiere volver a sentir nunca más la vergüenza de la necesidad.
El niño al que se educa más como un «aprendiz» que como un niño. Tiene su lista de actividades, está sobrecargado de tareas y sufre la presión de sobresalir en todo. Lo que lo mueve es la necesidad de ser fuerte, independiente y especial. Exteriormente parece que lo tiene todo bajo control, pero por dentro sufre de ansiedad y ataques de pánico.
Cuando nos sentimos incompletos y divididos, buscamos la aprobación fuera de nosotros mismos, pero cuando buscamos en el exterior lo que necesitamos, terminamos viviendo no en la integridad sino más bien fuera de ella. Hasta que afrontemos lo que consideramos inafrontable, esas partes de nosotros mismos que nos parecen deficientes serán las que nos dirigen. ¡La sombra tiene el control, aunque permanezca oculta!
No solo repudiamos aquellas cualidades que consideramos inadecuadas o inaceptables. También rechazamos nuestra luz: todas esas magníficas cualidades que admiramos en otros, pero que no se nos ocurre que puedan encontrarse dentro de nosotros. Muchos estamos tan acostumbrados al incesante aluvión de crítica y desaprobación en nuestros cerebros, esa banda sonora continua de pensamientos negativos que oímos desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos, que jamás se nos pasaría por la cabeza pensar que todo lo que buscamos con tanto ahínco se encuentra en nuestro interior. Parece imposible.
A muchos nos cuesta más admitir el brillo, la belleza, la singularidad, la sensualidad, la grandeza total que poseemos que admitir nuestra oscuridad. Durante años nos hemos hablado de forma negativa, y nos hemos creído lo que decíamos. Es más difícil aceptar y abrazar lo positivo. Podemos ver un ejemplo de esto en la película Pretty Woman cuando el personaje de Richard Gere le dice al que interpreta Julia Roberts que ella podría ser más que una prostituta, con estas palabras: «Creo que eres una mujer muy brillante, muy especial». Y ella le responde: «Lo malo es más fácil de creer. ¿Te has dado cuenta?».
Debbie entra en escena
Antes de pasar por el proceso de la sombra, estaba desconectada de muchos de mis rasgos positivos. Aunque había logrado mucho en la vida, nunca habría dicho que era brillante, sexi, creativa o que tenía éxito. De hecho, dada la forma en que me habían educado, de haber intentado aceptar esas partes de mí, me habrían acusado de soberbia y castigado. Aceptar mi luz en lugar de verla como algo de lo que avergonzarme me hizo alcanzar unos niveles superiores de confianza y conciencia. Solo entonces pude acceder al poder que había dentro de mí para dejar mi matrimonio.
Ni que decir tiene que el proceso de la sombra y el trabajo de Debbie Ford me llevaron a descubrir una nueva vocación. Inmediatamente me apunté a un curso de formación y certificación como coach integrativa. Deseosa de compartir el regalo de liberación que había recibido, me sumergí de lleno en mi nueva vocación y me convertí en una de las coaches con más éxito de Debbie. Me invitó a unirme a su equipo. Al poco tiempo estaba dirigiendo entrenamientos y creando contenido para nuevos programas. A medida que el cáncer comenzaba a afectar a su cuerpo, y su energía disminuía, empezó a delegar cada vez más responsabilidad en mí. Pronto desarrollamos una amistad entrañable. De hecho, en diciembre de 2012, poco antes de que muriera, pasamos una semana juntas. Aunque a veces la veía muy debilitada, pensaba que era una buena señal que siguiera comprando zapatos caros. ¡Tenía decidido quedarse el tiempo suficiente para usarlos!
Poco después de Año Nuevo la hospitalizaron. Y luego, pese a que regresó a su casa, todos, incluso ella, empezamos a pensar que no volvería a salir de la cama. En los momentos en los que se encontraba con fuerzas, llamaba a la gente que amaba. Sentí que necesitaba poner fin a su historia.
Mi turno llegó el 9 de febrero de 2013, a las diez menos veinte de la noche. Estaba en la ciudad de Nueva York visitando a mi hija cuando «Debbie casa» brilló en la pantalla de mi móvil. Como sabía que estaba haciendo esas llamadas, y había perdido la oportunidad de hablar con ella cuando me llamó unos días antes, salí del ruidoso restaurante en el que me encontraba para buscar un lugar tranquilo desde el que poder mantener esa conversación tan importante.
Sonreí tan pronto como respondí y oí la voz de Debbie. La noté bien, fuerte, con esa vitalidad tan suya. ¿Cómo podía estar muriéndose?
Estaba ansiosa por charlar sobre mi viaje y mi hija. Me preguntó qué estábamos haciendo y si me gustaba el nuevo novio de mi hija, y luego añadió: «La próxima vez, quiero ir a conocerlo». Parte de mí creía que habría una próxima vez, pero la otra parte sabía que Debbie ya ni siquiera podía sentarse en la cama. En apariencia, era una conversación normal, como tantas otras. Sin embargo, por dentro, ansiaba que me dijera algo profundo..., algunos consejos sabios de una mentora a su alumna o alguna revelación personal de una amiga íntima a la otra, pero sabía que no debía estropear con mi egoísmo ese frágil momento de normalidad. Debbie quería ser mi confidente en lugar de mi amiga moribunda, así que la dejé hablar.
Finalmente, hubo una pausa. Tuvo que recuperar el aliento, y luego se lanzó a la segunda parte de la conversación: «Kelley, cuando me vaya, aparecerán los buitres. Quiero que nos protejas de ellos». Tragué saliva. No quería hablar de cuando se fuera, pero nunca la había oído usar la palabra buitre, por eso supe que decir lo que necesitaba decir le ayudaría a quedarse en paz.
Debbie era la autora de nueve libros y había creado unas enseñanzas extraordinarias. Quería que su trabajo sobreviviera, que siguiera siendo auténtico y puro, y que continuara dejando huella en miles de vidas. También quería asegurarse de que yo supiera cuáles eran sus deseos en vida: salvaguardar la integridad de su legado y asegurarse de que aquellos que amaba y en quienes confiaba serían capaces de seguir adelante con su obra tal como ella la imaginó. Que me viera como parte de ese plan me honraba, pero el hecho de estar hablando de aquello me hacía asentir silenciosamente mientras las lágrimas me caían por las mejillas.
Su respiración se volvió más pesada y su voz más débil, pero seguía repitiendo: «Se trata de la integridad. Tienes que proteger la integridad de la obra. Tienes que representar esa integridad».
«Por supuesto, Debbie», le dije, y le aseguré que haría todo lo que estuviera en mi mano para proteger su obra y mantenerla viva en el mundo. Notaba que estaba cansada y que necesitaba irse. Nos dijimos «te quiero» y me prometió que me llamaría a los pocos días.
Nunca volví a hablar con Debbie. Hizo la transición una semana después.
Como parte de sus deseos finales, Debbie dejó el legado del Instituto Ford por igual para mí y para Julie Stroud, que también era miembro de su equipo y su asistente ejecutiva. Me sentía profundamente conmovida y muy asustada de que me diera tanta responsabilidad, pero sabía que me la había confiado por una razón.
Muchos describieron sus últimas conversaciones con Debbie y los consejos que recibieron de ella como un regalo de despedida. A veces decía: «¡Adelante, cásate con él! ¡Deja de esperar!». En otras ocasiones asesoraba a la gente en sus carreras. No quería admitirlo, pero a veces me sentía defraudada. Deseaba que me hubiera guiado a mí en nuestra última llamada telefónica. ¿Por qué no me dijo: «Cásate con ese hombre»? ¿Por qué no me dijo lo que necesitábamos hacer para dirigir el Instituto Ford y liderar el proceso de la sombra? ¿Por qué no me dijo que todo iba a ir bien?
Unos meses más tarde, comprendí que me había dicho lo que tenía hacer. Me dijo exactamente qué era lo que debía hacer. Tenía que realizar el trabajo que ella siempre había pensado que era para mí: ¡ser la representante de la integridad!
Una nueva definición
Han pasado algunos años desde la muerte de Debbie, y hemos tenido problemas y éxitos. Ha habido más dificultades iniciales y brotes repentinos de crecimiento de lo que creía posible. ¡Ha sido una empresa abrumadora y una oportunidad increíble tratar de mantener el legado de alguien tan importante, influyente y amado, y al mismo tiempo decidir la senda futura de su organización, respetando a su afligida familia y a sus amigos íntimos e intentando permanecer fiel a mí misma todo este tiempo! Me he enfrentado con otras sombras de mi ser y he tenido que profundizar mucho más en mi labor con objeto de encontrar la fortaleza y la claridad necesarias para mantener la lucidez y conectar con lo que vendrá a continuación.
Al psiquiatra y psicoterapeuta suizo Carl Jung se le atribuye la frase: «Prefiero ser un individuo completo antes que una buena persona». El objetivo de hacer el trabajo de la sombra es alcanzar la plenitud, o lo que es lo mismo, aceptar todas nuestras características, emociones y experiencias. Sin embargo, desde aquel primer taller, tras trabajar con miles de personas y observar mis propias dificultades y metamorfosis, entendí que la integridad no consiste solo en esa plenitud; tienes que dar el siguiente paso: aprender a vivir dejándote guiar por la totalidad de tu ser. No basta con afirmar que estás lleno y completo, también tienes que crear tu vida a partir de esa vibración.
Vivir sin integridad significa que algo va mal, que lo que hacemos en el exterior no es coherente con cómo nos sentimos en el interior, que no vivimos en consonancia con quienes somos. Nuestra vida está llena de deseos ajenos, de cosas que pensamos que «deberíamos» hacer o que no significan nada para nosotros. Una vida sin integridad es una vida en la que nos sentimos incongruentes, sin armonía, falsos... en una palabra, mal.
Tomamos decisiones basadas en la carencia en lugar de la plenitud, en el miedo en lugar de la verdad, y en los límites de esa zona en la que nos sentimos seguros en lugar de la inmensidad de nuestros sueños más grandiosos.
Cuando entendí esto, vi la conexión que existe entre la plenitud, la verdad y los sueños, y la nueva definición de integridad:
Si no podemos aceptar nuestra plenitud, nuestra totalidad, viviremos sin integridad.
Si pasamos por encima de nuestra verdad, viviremos sin integridad.
Si no seguimos ese sueño que deseamos con toda el alma, viviremos sin integridad.
Así llegué a mi nueva definición de integridad:
La integridad consiste en aceptar todo lo que somos y vivir en consonancia con nuestras verdades más profundas y nuestros mayores deseos.
Así es. El primer paso era lo que Debbie estaba abordando con su trabajo de la sombra. Y voy a extenderme sobre este tema a lo largo de este libro. Pero hay otro nivel para vivir con integridad: aprender a vivir en consonancia con nuestras verdades más profundas y nuestros mayores deseos.
Llegó el momento de que vuelvas a conectar con tu GPS interno. Vivir una vida guiada por la integridad significa dejar de buscar fuera de ti la aprobación, la orientación, el sentido y el amor.
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La integridad no es algo que uno pueda hacer. No es una meta que alcanzar. Tampoco es una insignia o un título que puedas llevar encima. Definir tu integridad y vivir en consonancia con ella no consiste en alcanzar un objetivo ni en hacer algo esperando alguna recompensa... aunque lograrás más de lo que nunca has creído posible y te sentirás plenamente satisfecho. En última instancia, no podemos definir la integridad por lo que hacemos sino por lo que somos. La integridad no es un resultado ni un destino, sino una forma de vida.
Hay una frase de Ralph Waldo Emerson que me encanta: «Quien eres habla tan alto que no puedo oír lo que dices». Quien eres es tu integridad. No son nuestras acciones, ni nuestras palabras, ni nuestros logros los que definen nuestra vida o nuestra integridad; es nuestro ser lo que la define, y nuestras acciones, palabras y logros son una manifestación de ese ser. Reconociendo y asimilando que nuestro ser está íntegro y completo, nos sentiremos lo suficientemente merecedores para vivir nuestras verdades más profundas en consonancia con nuestros mayores deseos. Esto nos alimentará de energía de una manera que no alcanzamos a imaginar. Cuando tengamos que actuar o decidir algo, nos pondremos en primer lugar en nuestra lista de cosas por hacer, y así, en lugar de preguntarnos qué necesitan los demás, nos preguntaremos qué es lo que a nosotros nos parece bien.
En nuestro interior está todo lo que necesitamos. Voy a mostrarte cómo encontrarlo. Pero primero tendremos que entender unas cuantas cosas.
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Los ladrones de integridad
¿Cómo hemos llegado a alejarnos tanto de toda esa belleza y bondad que tenemos dentro? ¿Cómo hemos dejado de creer en quienes somos en lo más profundo de nuestro ser? ¿Por qué no estamos permanentemente en contacto con quienes somos y viviendo con integridad?
Los seres humanos somos máquinas creadoras de significado. Cuando sucede algo en nuestra vida, tanto si tenemos control sobre ello como si no, le otorgamos un significado. Si tartamudeaste al leer frente a tu clase cuando estabas en tercero y los otros niños se rieron de ti, podrías haberlo interpretado como «soy estúpido» o «ser visible es un riesgo». Si tu padre o tu madre te abandonaron durante la infancia, podrías darle el significado de «no soy digno de ser amado». Si fuiste el último que eligieron para un equipo deportivo o no te invitaron a una fiesta, seguramente pensaste «tengo algo malo» o «no soy lo bastante bueno». Si abusaron sexualmente de ti o incluso si sufriste una enfermedad grave, es posible que llegaras a la conclusión de que «estoy mal» o «no tengo arreglo». Eso lo hacemos también cuando somos adultos. Si te divorcias a los cuarenta y tantos, podrías asumir automáticamente ideas como «ya no soy atractiva», «me quedaré sola para siempre» o «le he amargado la vida a mis hijos».
Pero vuelve a leer todos esos pensamientos. Ninguno de ellos es la «verdad», ¿no te parece? Son interpretaciones creadas por tu máquina de generar significado. Y léelos otra vez. Hay algo que todos estos «significados» tienen en común. Son negativos. A menudo empiezan con «no soy...» y están imbuidos de fatalidad, tristeza y percepciones desfavorables sobre ti mismo y el mundo. La máquina de crear significados añade automáticamente una connotación negativa a todo lo que sucede, ¡incluso aunque un divorcio (como en mi caso) pueda ser lo mejor que te haya ocurrido nunca!
Como tu máquina de generar significados afecta a tu percepción de la vida y de tu propio ser, y puede dirigir tus acciones, omisiones y opciones, probablemente vivirás con algunos compañeros permanentes. Los llamo ladrones de integridad. Los ladrones de integridad reducen tu sentido de identidad y erosionan tu confianza en ti. No son «malos» ni «inapropiados». No son algo de lo que haya que deshacerse, ya que forman parte de nuestra humanidad, y si eres humano no serás capaz de deshacerte de ellos. Pero lo importante es tomar conciencia de que existen y entender que cuando no los vigilas, los ladrones de integridad te impiden tomar las mejores decisiones y lanzarte a vivir la vida con la que sueñas.
Cuando eres consciente de tus ladrones de integridad, puedes desposeerlos de su poder.
Ladrón de integridad N.º 1: La vergüenza
Como seres humanos, nos aterra que las etiquetas negativas que nos hemos otorgado a nosotros mismos sean ciertas. Y así, surge la vergüenza. Es esa vergüenza de creer que no somos lo suficientemente buenos, fuertes, inteligentes o atractivos lo que nos paraliza. Una vergüenza que generalmente surge de algún acontecimiento de la niñez y que nos enseña a ocultar quiénes somos de verdad porque tememos ser esencialmente imperfectos. La vergüenza nos hace creer que no les gustaremos a los demás si llegan a saber cómo somos de verdad en el fondo de nuestro ser; es ella la que crea nuestra personalidad externa y nos roba la autenticidad.
¿Has oído alguna vez lo siguiente? «La culpa dice: cometí un error. La vergüenza dice: yo soy el error».1 La vergüenza puede ser la más dolorosa de todas las emociones. Cuando nos sentimos avergonzados, no vemos las cualidades enterradas en esa vergüenza como parte de lo que somos; en lugar de eso, las vemos como lo único que somos. Nos identificamos exclusivamente con las partes de nosotros mismos que menos nos gustan. Con esta visión tan limitada, vamos por la vida pensando cosas como «soy el tonto de la pandilla», «soy el amigo gordo» o «soy el que no tiene suerte en el amor». En el proceso de la sombra, hacemos un ejercicio usando lo que llamamos «chips de vergüenza», es decir, placas con frases como «no soy lo suficientemente bueno», «no encajo» o «no me lo merezco». Cuando pregunto a una sala llena de gente si creen que merecen una determinada placa o un chip de vergüenza, se alzan decenas de manos. Llegan a competir entre ellos por el derecho a proclamar lo indignos e inútiles que de verdad son, lo poco que se merecen en la vida. Todo esto es consecuencia de su vergüenza.
La vergüenza nos impide ver nuestra completitud e integridad. Creyendo que somos la vergüenza que sentimos, que estamos llenos de imperfecciones que hay que arreglar, que no se puede confiar en nosotros y que debemos ocultarnos, frenamos nuestros deseos y no nos esforzamos por lograr resultados extraordinarios. ¿Por qué? Porque no creemos que merezcamos nada extraordinario ni que podamos lograrlo. Por encima de todo, no queremos sentir el dolor de nuestra vergüenza si arriesgamos en algo y fallamos. El tictac de la bomba de tiempo de nuestra vergüenza suena amenazadoramente y nos mantiene estancados y tratando de pasar por la vida sin hacer mucho ruido. Nos deja paralizados, temiendo el rechazo, esperando otra decepción, ocultando quiénes somos y manteniéndonos lejos de alcanzar la vida que soñamos y que sabemos que estamos destinados a vivir. La vergüenza está en la esencia de todos los demás ladrones de integridad, especialmente el número dos, la sombra.
Ladrón de integridad N.º 2: La sombra
Nuestra vergüenza da origen a nuestra sombra. Como expliqué en el capítulo uno, nuestra sombra comprende esas partes de nosotros mismos que nos avergüenzan tanto que las repudiamos. Nos juzgamos tan implacablemente que no podemos entender la posibilidad de que nuestra faceta de sombra o características indeseadas vivan dentro de nosotros. ¿Cómo podría ser débil, un cero a la izquierda como mi madre? ¿Infiel o mentiroso como mi ex? ¿O malo y maltratador como mi padre? Como nuestras cualidades negativas y características son tan desagradables o representan a alguien que nos hiere profundamente, las repudiamos y nos desprendemos de ellas. ¡Nos juramos que no somos ni seremos nunca así! Nuestra necesidad de enterrar estas partes de nosotros mismos, y negar su existencia, causa automáticamente estragos en nuestra integridad. No podemos ser íntegros y estar completos si hemos perdido el acceso a la totalidad de nuestros rasgos y emociones. No podemos vivir en nuestra verdad si nos ocultamos y les ocultamos a los demás la existencia de todas estas partes de nosotros mismos.
Ladrón de integridad N.º 3: El miedo
Nuestra vergüenza, nuestra creencia de que «soy eso...» da origen a nuestra sombra, nuestra creencia de que «no quiero ser eso...», que a su vez da lugar a otro ladrón de integridad: vivir en un estado constante de miedo. ¡Tememos a cada momento de nuestra vida que alguien descubra nuestras faltas y nuestra bajeza! Esto, junto con ese bucle de significado negativo que se reproduce sin parar en nuestras mentes, nos paraliza. Vemos la vida a través de las lentes del miedo. El miedo impregna cada área de nuestro ser. Abrigamos temores sobre nosotros mismos: «No soy lo suficientemente bueno, atractivo o competente», sobre la vida: «La vida es injusta. La vida es sobre la lucha» o sobre los demás: «La gente me decepcionará. No se puede confiar en nadie. Todo el mundo me deja». Nos dan miedo incluso las «cosas buenas»: «El amor duele. La felicidad no existe. Nada dura para siempre».
Este estado constante de miedo se convierte en la base de nuestro estado mental: el lugar desde el cual interpretamos la vida, generamos pensamientos y sentimientos y determinamos acciones y comportamientos. Un gran porcentaje de mis clientes vienen a verme porque están paralizados por el miedo y han permanecido así durante años y a veces incluso décadas. Han seguido casados por temor a la inseguridad económica o por miedo a estar solos o a que los juzguen. No han perseguido sus sueños ni han aprovechado oportunidades por miedo al fracaso o al cambio. Han permanecido en segundo plano por temor a ser avergonzados o a ser vistos. Otros están estancados porque giren en la dirección que giren, su miedo los golpea en la cara. Tienen tanto miedo a ser invisibles como a ser visibles. Temen parecer tontos, o excesivamente inteligentes. Tener éxito y no tenerlo. Estar enamorados y amar porque les aterra desenamorarse y sentirse indignos de ser queridos. ¡Les da miedo moverse en cualquier dirección, y se quedan quietos!
Al vivir en nuestra nube de miedo, sentimos frecuentemente la pérdida o el rechazo que más tememos, porque nuestro miedo no solo nos paraliza sino que también nos separa. Nos separamos de los demás temiendo que descubran que no somos dignos de amor o que no nos merecemos nada. Nos separamos de nuestra realidad cotidiana evadiéndonos de ella y dedicándonos a toda clase de conductas adictivas que nos impiden sentir el dolor, la vergüenza y el miedo que albergamos.
Nos separamos de nuestra integridad (de nuestras verdades más profundas) porque nos da mucho miedo que los demás las descubran y nos juzguen. Nos separamos de nuestros mayores deseos porque tememos que nunca se hagan realidad o que no seamos lo suficientemente buenos para llevarlos a cabo. Desgraciadamente, con esta estrategia de intentar separarnos de lo que tememos solo conseguimos disminuir nuestra confianza en nosotros mismos y sentir más dolor y... ¡miedo!
No podemos protegernos para siempre de la enfermedad, los accidentes, la pérdida del amor o nuestra propia muerte. Si lo piensas, algunos de nuestros peores miedos ya se hicieron realidad. ¡Y sobrevivimos! Sin embargo, el miedo es probablemente el ladrón de integridad más escurridizo porque impregna cada pensamiento y se incorpora a la narración en la que se basa el siguiente ladrón de integridad: tu historia.
Ladrón de integridad N.º 4: Tu historia
Todos tenemos una historia. En realidad, muchas. Consisten en todos nuestros pensamientos, creencias, diálogos internos y miedos sobre cualquier tema. Por ejemplo, los argumentos de nuestra historia pueden ir desde una idea como «jamás conseguiré lo que quiero» a otra que dice que tu suerte está decidida de antemano por tu sexo, color de piel, nivel de educación o incluso tu peso. Nuestras historias surgen de toda esa creación de significados que ponemos en marcha durante la infancia. También podemos adoptar las historias de las comunidades en las que crecemos o de quienes tenemos más cerca. Muchos tomamos esas historias de nuestros padres. Pueden convertirse en el relato de la familia que va pasando de generación en generación, anclando a la familia a un legado de escasez. Aunque estas historias no tienen por qué ser malas ni buenas, pueden ser limitantes.
También podemos meternos de lleno en las historias de cómo nos ven los demás. Como un actor que representa una escena, tomamos el papel del personaje que nos hacen interpretar o que nos sentimos inclinados a interpretar para asegurarnos nuestro papel en la película. Cuando nos identificamos excesivamente con estas caricaturas, perdemos de vista quien realmente somos.
Nuestras historias (tanto las que creamos nosotros como las que heredamos o nos hacen interpretar) describen a la persona que pensamos que somos. Vivimos el argumento asignado a nuestro personaje: «Soy el desastre de la familia, siempre meto la pata», «Soy el rebelde, por eso no puedo conformarme nunca ni hacer nada sin pelear», «Soy la buena chica, así que hago cualquier cosa por cualquiera y lo hago a la perfección». Nuestras historias tienden a determinar nuestra vida; especialmente cuando se trata de las historias de cómo nos definimos a nosotros mismos, de quiénes creemos ser o de lo que pensamos que podemos o no podemos conseguir. Nuestras historias se basan en el pasado, afectan al presente y se convierten en profecías autocumplidas en el futuro. Como en la película Atrapado en el tiempo, nuestras historias tienden a repetirse una y otra vez y con frecuencia tienen los mismos finales.
Susan era una cliente que estaba a punto de arruinar su segundo matrimonio porque no lograba salir de su historia de «no encajo». Al crecer en una familia que se mudaba muy a menudo, nunca tuvo muchos amigos. En cuanto llegaba a conocer a un grupo de niños en su escuela o en su barrio, sus padres tenían que volver a mudarse. Debido a todos esos cambios, su historia se centraba en la creencia de que no encajaba. Aunque era extrovertida y parecía hacer amigos fácilmente, Susan no sentía nunca una verdadera conexión con la gente ni creía que pudiera contar con ella. Ansiosa por encajar en algún sitio, se casó joven. El hecho de ser excesivamente inmadura para casarse, junto con su creencia de que no podía contar con nadie, condenó a este matrimonio desde el principio, y al poco tiempo se separaron.
No había transcurrido mucho desde su divorcio cuando Susan conoció a Mark, que tenía dos hijos de un matrimonio anterior que pasaban con él la mayor parte del tiempo. A Susan le encantaba vivir con Mark y sus hijos. Por primera vez en su vida sentía que la necesitaban, que la querían y que estaba en su sitio. Ambos tuvieron una hija, la guinda que faltaba. Susan se dedicó en cuerpo y alma a su papel de esposa y madre y a disfrutar plenamente de sentirse ubicada. Todo era perfecto hasta que la ex de Mark volvió a aparecer y quiso desempeñar un papel más relevante en la vida de sus hijos. Estos, que ahora eran adolescentes, estaban deseosos de recuperar la relación con su madre y enseguida aprovecharon la oportunidad. Mark, a quien le dolía que su exmujer hubiera abandonado a sus hijos, hizo todo lo posible para adaptarse a sus exigencias y a los deseos de los niños.
Cuando Susan vino a verme, ¡estaba echa una furia! Se sentía traicionada y abandonada, tenía la impresión de que de repente Mark y sus hijos jugaban en el otro equipo. Según sus cálculos, ella y su hija estaban en un lado, y su marido y sus dos hijos en el otro. Bajo su ira había una tristeza profunda. No podía soportar el dolor y la decepción de verse rechazada por todos aquellos que le importaban y a quienes tanto quería. Una vez más se sentía fuera de lugar.
Al poco tiempo de que empezáramos a trabajar juntas, traté de mostrarle a Susan el daño que su historia le hacía a esa vida tan bonita que tenía. Nadie le había dicho que aquel no era su sitio; ella misma se lo había inventado. Era ella quien creaba y perpetuaba la historia de «no encajo en ningún sitio», y de hecho esa historia apartaba a los demás, creando sensaciones de separación y causándole muchísimo dolor. Susan empezó a comprender que estaba inculcándole la misma historia a su hija, enfrentándola a su hermanastro y su hermanastra, e inculcando en esa niña inocente los mismos sentimientos con los que ella había batallado toda su vida.
Finalmente, fue capaz de ver lo que estaba sucediendo a la luz de la verdad: los hijos de su marido solo querían tener una relación con su madre biológica. Comprendió que todo el amor que quería seguía estando allí para ella, y que deseaba que ese capítulo terminara de otra forma, todo lo que tenía que hacer era salirse de su historia del pasado y entrar en la realidad del presente.
Nuestras historias pueden robarnos la felicidad que está a nuestro lado esperándonos. Todos tenemos historias. Es probable que no podamos deshacernos de ellas por completo, pero podemos verlas tal y como realmente son. Podemos elegir salirnos de ellas y empezar a vivir con integridad en lugar de seguir reaccionando ante una mentira.
Ladrón de integridad N.º 5: El victimismo
Como Susan, cuando estamos atrapados por nuestras historias, por lo general representamos el papel de la víctima. Pero en el momento en que nos prometemos vivir con integridad, nos comprometemos a hacernos radicalmente responsables de nuestra vida. Reconocemos que nuestra vida está en nuestras propias manos. Este es un punto de no retorno, un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. Significa que recuperamos nuestro poder. Significa ser responsables de nuestros pensamientos, creencias, decisiones y comportamientos y de nuestros sueños más profundos y nuestros mayores deseos. Ya no podemos permitirnos el lujo de seguir diciendo: «¡Oh, pobre de mí!», «¡Qué desgraciado soy!», «¡Olvídate de mí!» o «¡Tú me hiciste esto!».
Nuestra tendencia a culpar a los demás y asumir el papel de la víctima frustra nuestros sueños, disminuye nuestra fuerza y mina nuestra integridad. Cuando permanecemos en este estado de impotencia:
No somos enteramente quienes somos, sino que nos centramos en una pequeña parte de quienes somos o de quienes no somos.
No reivindicamos nuestro papel como cocreadores de nuestra vida, sino que en el fondo de nuestro ser vivimos una historia de victimización.
No vivimos desde nuestra verdad, sino que nos ahogamos en la resignación de no tener fuerzas para producir cambios.
No nos plantamos con firmeza para luchar por nuestros deseos, sino que nos hundimos en el pozo de nuestras excusas.
No estamos conectados con el diseño divino del universo ni confiamos en él, sino que nos sentimos divididos y a la defensiva, como si todo nos sucediera a nosotros, en lugar de para nosotros.
Para recuperar la integridad, tenemos que dejar de señalar con un dedo acusador a todo el mundo y fijarnos en los tres dedos vueltos hacia atrás que nos apuntan. Debemos dejar de culpar y mirar lo que hacen o dejan de hacer los demás y asumir la responsabilidad por lo que nosotros podemos hacer. En palabras de George Bernard Shaw: «Te oigo decir ‘‘¿Por qué?’’. Siempre ‘‘¿Por qué?’’. Miras a tu alrededor y preguntas: ‘‘¿Por qué?’’. Pero yo sueño con cosas que nunca existieron, y digo: ‘‘¿Por qué no?’’».2 Tenemos que dejar de esperar que alguien venga a sacarnos las castañas del fuego y ser sinceros sobre cómo contribuimos a crear las situaciones que estamos viviendo. Solo entonces podremos descubrir las lecciones, manifestar lo que es importante para nosotros y mirar en nuestro interior para determinar lo que viene a continuación.
Aquí tienes otro ejemplo: Eric se había convertido en la víctima de su propio éxito. Era un genio con los números y tenía una memoria fotográfica, siempre fue el número uno de su clase. A nadie le sorprendió que asistiera a una universidad de élite, trabajara en Wall Street y obtuviera un máster. Durante este periodo, se casó y tuvo una hija y un hijo.
Eric ascendió rápidamente en las filas de la empresa de corretaje en la que trabajaba. Con el tiempo, creó su propia empresa y alcanzó niveles aún más elevados de éxito. Pero como estaba decidido a seguir incrementando sus resultados, trabajaba a todas horas. Viajaba a menudo y se perdía muchos de los partidos de fútbol de su hijo y de las exhibiciones de ballet de su hija. El tiempo pasó volando, y sus hijos ya iban al instituto. Pronto se marcharían para entrar en la universidad, y Eric había estado ausente durante la mayor parte de sus vidas. Cuando una empresa de mayor envergadura se ofreció a comprar la suya, decidió que había llegado el momento. Pero una de las condiciones de la venta era que se quedara y siguiera dirigiendo su empresa hasta que encontraran un reemplazo adecuado. La empresa le prometió a Eric que cuanto más tiempo se quedara, más opciones de compra de acciones le conferirían.
Transcurrieron seis meses y luego un año. La nueva empresa estaba prosperando con la participación de Eric. Sin embargo, con cada día que pasaba, sus hijos estaban un día más cerca de marcharse a la universidad. Finalmente, su esposa le preguntó: «¿No vendiste tu empresa para poder pasar más tiempo en casa?». Eric le aseguró que la empresa lo necesitaba... y además estaban ganando mucho dinero, de manera que se quedó.
Con el tiempo, se dio cuenta de que se había convertido en alguien «tan pobre que solo tenía dinero». Estaba en su derecho de jubilarse o crear un nuevo acuerdo cuando quisiera. Había adoptado el papel de víctima cuando en todo momento tenía el poder de hacer lo que considerara mejor para su familia. Finalmente, se decidió a tomar el control de su destino y se trasladó a un puesto de asesoramiento dentro de la empresa. De esta manera podía pasar más tiempo disfrutando con su familia. Cuando llegó el día de llevar a sus hijos a la universidad, se sintió satisfecho y sin motivos para arrepentirse. Al asumir la responsabilidad de sus acciones, se convirtió en el padre que aspiraba a ser.
Adoptar el papel de víctima no fue lo único que afectó a la integridad de Eric, también la vulneró el hecho de estar en una posición en la que siempre deseaba más (prestigio, poder y dinero).
Ladrón de integridad N.º 6: Los deseos
Desear es el ladrón de integridad que más vigilo porque en cualquier momento en el que estoy en una posición de deseo puedo salirme de mi integridad. Especialmente cuando pienso en los hombres con los que he mantenido una relación (en cómo deseaba que cada uno de ellos fuera «el hombre de mi vida», deseaba que la relación funcionara, deseaba aferrarme y no dejarlos marchar, deseaba no hacerle daño a nadie), son incontables las ocasiones en las que he pisoteado mi verdad con el fin de alimentar la fantasía y convertir ese deseo en mi realidad.
Desear surge del miedo a la escasez. Ya sea consciente o inconscientemente, creemos que nos falta algo, y pretendemos que el mundo exterior satisfaga esa carencia. Son nuestro miedo y nuestro sentido de la identidad, maltratado y disminuido, los que nos revelan que hay algo de lo que carecemos y que tenemos que conseguirlo. Ese deseo se convierte en desesperación, y es verdad lo que se suele decir: la gente desesperada hace cosas desesperadas. Ignora su verdad y todas las señales de advertencia. Se cree sus propias patrañas y se adentra en situaciones que, por lo general, sabe que no acabarán bien, pero no pueden evitarlo: lo deseaban a toda costa.
Puede que desees que tu cuento de hadas termine como el mío, y por eso no haces caso de las señales que te advierten de que estás manteniendo una relación tóxica. Quizá desees tener un cuerpo «perfecto», y te matas de hambre y a hacer ejercicio, vomitas para purgarte o tienes algún otro hábito perjudicial para tu salud que crees que te hará resultar más atractiva. Quizá tu deseo sea lograr lo que crees que es «mejor» para tu ser querido, y te aferras a ese propósito, poniéndolo por encima de escuchar y respetar sus necesidades y lo que quiere hacer, con lo que al final terminas apartando de ti precisamente a quien querías tener más cerca.
Desear algo no tiene nada de malo. Pero cuando nos obsesionamos por conseguir eso que deseamos, cueste lo que cueste, dejamos de lado la integridad.
Desear amor, posesiones materiales, elogios o atención de los demás o la aprobación del mundo exterior viene de una sensación de deficiencia y desesperación. Si apreciáramos nuestra plenitud, aceptáramos nuestra integridad y tuviéramos conexión con nosotros mismos y con el universo, seríamos capaces de mantener la fe y confiar en que todo llega cuando tiene que llegar.
Tras una ruptura muy dolorosa (pero poderosa), empecé a padecer de ciática. El malestar era tan insoportable que casi no podía mover la pierna derecha. Tenía que alzarla, literalmente, con las dos manos, para pasar por encima del cable de mi ordenador. Recostada en la camilla del terapeuta, me di cuenta de que cada vez que deseaba fuertemente algo, como en esa relación, ignoraba las señales de advertencia y seguía adelante. Comprendí que el universo estaba tratando de enseñarme una lección. Al no permitirme alzar físicamente la pierna, ya no podía pasar por encima de mi verdad para alcanzar lo que deseaba. Una vez recibido ese mensaje, el malestar de la pierna comenzó a desaparecer tras seis meses de dolor crónico.
Desear que los demás cuiden de ti es una senda que te lleva de manera infalible al desempoderamiento y la desilusión. Nunca podrás sentirte verdaderamente seguro y a salvo si la fuente de tu felicidad está fuera de ti. Al hacer esto, renuncias a tu poder. Te vuelves dependiente de otros. Te conviertes en una persona dependiente: alguien que quiere e intenta desesperadamente que los demás satisfagan sus necesidades. En cualquier momento en que buscas que otros te den el visto bueno, su aprobación o su amor, estás alimentándote de ellos. Nos alimentamos de otros porque no nos damos el cariño que necesitamos. Hemos de aprender a cuidar de nosotros mismos.
Y el problema de ser dependiente es que por cada dependiente, por cada individuo que busca renunciar a su poder, hay alguien dispuesto a fomentar esa sensación de indefensión.
Ladrón de integridad N.º 7: Gente que fomenta tu indefensión
Aunque la integridad está en nuestro interior, y no es algo que los demás puedan darnos ni robarnos, puede llegar un momento en que deseemos que alguien se haga cargo de nosotros, que nos ayude, que nos salve o que se encargue de una parte de nuestra vida en la que no nos sentimos seguros o que no disfrutamos. De manera que este ladrón de integridad es como una señal de alarma: cuidado con quienes fomentan tu sensación de indefensión.
Quienes fomentan nuestra indefensión son aquellos que quieren que creamos que los necesitamos, que nuestra vida no será la misma si no están, o que será mejor y más abundante con ellos. Dicen cosas como estas:
«Nadie te amará nunca como yo».
«Nadie te hará nunca el amor como yo».
«¿Quién sino yo iba a estar siempre ahí cuando lo necesitas?».
«Te enseñé todo lo que sabes».
«Déjame que te lo haga yo que soy el único que sabe hacerlo».
«Solo yo puedo conseguir que tu libro entre en la lista de bestseller de The New York Times o ayudarte a transformar ese proyecto en un éxito extraordinario».
Su mensaje de «me necesitas para...» ser feliz, ser amado o tener éxito es lo que sacude los cimientos de nuestro ser y nos deja preguntándonos si podríamos hacerlo sin ellos. Invocan nuestra inseguridad y se aprovechan de la falta de confianza en nosotros mismos que sentimos. Agitan el señuelo de lo que más queremos delante de nosotros y hacen que nos cuestionemos si seríamos capaces de alcanzar nuestros objetivos y nuestro sueño sin ellos. ¡En resumen, se enganchan a nuestros miedos más profundos y fomentan la sensación de indefensión que sentimos en el fondo de nuestro ser! Incluso cuando suena la alarma dentro de nosotros y sentimos la necesidad imperiosa de salir corriendo, el niño asustado e inseguro que mora en nuestro interior, y que no cree que podemos hacerlo solos ni que el universo proveerá, se queda paralizado y sigue convencido de que esta gente sabe algo que nosotros no sabemos. Terminamos renunciando a nuestro poder y permitiendo que nos roben nuestra integridad.
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La integridad, como nuestro poder o incluso nuestra grandeza, puede ser un asunto espinoso. No estando muy seguros de qué hacer con ella, o pensando que la vida será mucho más dura si tenemos que aceptarla o vivirla, tratamos inconscientemente de evitarla. Procuramos desprendernos de ella, pisotearla o arrojársela a otro con la esperanza de que la recoja y complete nuestra vida. Si tenemos suerte, la persona a la que se la arrojamos la dejará caer o nos la volverá a arrojar a nosotros. Como dije antes, nunca podremos eliminar todos los ladrones de integridad, pero con suerte, al entender en qué consisten, empezaremos a verlos por lo que son: ladrones. Son la vergüenza, el miedo y las historias que nos inventamos en la infancia porque no entendíamos lo que sucedía ni sabíamos cómo interpretar las circunstancias de nuestra vida. Lo mismo que ese niño pequeño necesitaba amor, es amor lo que tienes que darles a estos ladrones de integridad. Cuando empiecen a armar ruido y a hacer que te cuestiones tu poder, tu capacidad y tu identidad, trata con compasión a tu miedo, tu vergüenza, tus sombras, tus historias, tu papel de víctima indefensa, la parte de ti que desea intensamente y que puede ser seducida por cualquiera que fomente tu sensación de indefensión. Tienes que calmarlos asegurándoles que todo lo que desean está dentro de ti.
De eso trata el siguiente capítulo.
1 Brené Brown, «Listening to Shame», charla TED, marzo de 2012.
2 George Bernard Shaw, Back to Methuselah, act I, Selected Plays with Prefaces, vol. 2, p. 7 (1949). La serpiente le dice estas palabras a Eva.
3
¡Tú eres el único experto en ti!
Todos tenemos una voz interior. Algunos quizá la llamen instinto, otros la llamarán intuición. Esta voz interior sabe lo que es mejor para nosotros y está deseosa de hablarnos si estamos dispuestos a escucharla.
Cada uno tiene una relación diferente con esta voz. Para algunos es una relación muy íntima en la que hay mucha confianza. Otros apenas son conscientes de su presencia. Algunos solo oyen su voz interior cuando se relajan lo suficiente para prestar atención. Otros desean desesperadamente escucharla, pero no pueden, por la charla constante y el incesante diálogo interno que les dice: «¡Haz esto!», «¡No, haz eso!», «¡No hagas nada!», «¡Tan solo haz lo que todo el mundo está haciendo y lo que te dicen que hagas!».
Cuando no escuchamos nuestra voz interior, buscamos la orientación fuera de nosotros, ¡incluso para saber quiénes somos!
Piensa en ello.
Compramos cosas para obtener la aprobación de los demás. Alcanzamos metas para conseguir que otros nos respeten. Nos volvemos como hámsteres en una rueda interminable, corriendo lo más rápido que podemos para hacer, tener o ser todo lo «bueno», para que los demás nos acepten. Deseamos vivir en determinados barrios, tener cierto coche, vestir prendas de marca, pertenecer a los clubes o asociaciones adecuados, codearnos con determinadas personas, mandar a nuestros hijos a escuelas prestigiosas y cenar en los restaurantes de moda. Y lo hacemos en gran medida para demostrar que estamos «bien». Con esto no estoy diciendo que esto sea «inapropiado» o «malo», ¡sobre todo si disfrutas haciéndolo, significa algo para ti o te hace sonreír!
Sin embargo, intentar estar «a la altura» de los demás automáticamente nos pone por detrás de ellos, porque actuamos desde una posición de escasez. Si estás tratando de conseguir todo eso que para el mundo es valioso, has de tomar distancia y decidir si de verdad te importa.
Cada vez que tu objetivo en la vida es conseguir la aprobación o la aceptación de los demás, terminas teniendo problemas. Sencillamente, es inviable. Se atribuye a Lily Tomlin la frase: «El problema de competir en una carrera de locos es que aunque ganes, sigues estando loco». Es una trampa que solo te llevará a la decepción, el agotamiento y a la sensación continua de que no eres suficiente. Y puedo asegurarte algo: aunque consigas todo lo que crees que quieres, un día, algo te hará dejar de correr. Mirarás todo lo que creías que te definía y te preguntarás: «¿Qué es lo que estaba persiguiendo? ¿Por qué mi vida está repleta de cosas que ni siquiera me interesan?».
Es terrible descubrir que has dedicado la vida entera a perseguir cosas que al final no te hicieron feliz.
Vivir una vida de integridad significa salir de esa carrera de locos. No dejar que otros te digan lo que debes querer.
Recupera tu poder
Tracey estaba enamorada de Jacob desde secundaria. Jacob era el hermano mayor de una amiga suya. En la época del instituto comenzaron a salir juntos y todo el mundo sabía que acabarían casándose, que es lo que hicieron al terminar la universidad. Aparentemente formaron la perfecta familia de clase media: un hijo y una hija preciosos y un golden retriever de mascota. Sin embargo, en cuanto los hijos se marcharon a estudiar a la universidad, resultó obvio que Tracey y Jacob se habían ido alejando y que tenían poco en común. Ella quería viajar, vivir aventuras y seguir una senda más espiritual. Él se sentía satisfecho quedándose en casa a ver deportes en su televisión de gran pantalla y jugando al golf los fines de semana. La distancia entre ellos se transformó en descontento, en desavenencias y por último en divorcio, a petición de Tracey.
A todo el mundo le sorprendió el curso de los acontecimientos. Los hijos estaban especialmente dolidos con su madre por causar aquella conmoción. Tracey, ansiosa por escapar de toda la tensión y queriendo empezar de cero, se dedicó en cuerpo y alma al yoga. Asistió a diferentes centros de yoga de su área, y en uno de ellos conoció a Steve. Tras verse unas cuantas veces en clase y charlar al ir y venir de esta, Steve le preguntó a Tracey si quería quedar con él. Ella dijo que sí, y pronto sintieron una conexión innegable. Empezaron a pasar todo su tiempo libre juntos.
Steve era bastante más joven que Tracey, pero a ella le encantaba porque complementaba su energía, tenía entusiasmo por la vida y compartía su deseo de explorar cosas nuevas. Steve tenía un modo de vida mucho más modesto que Tracey, y eso, combinado con su diferencia de edad, hacía que ella se preocupara de lo que sus amigos y familiares pudieran pensar de la relación. Trataba de mantenerla en secreto. Pero a medida que transcurría el tiempo, Steve se sentía cada vez más herido por la insistencia de Tracey de que siguieran viviendo por separado. Pensaba que si estaba verdaderamente comprometida con la relación, ya no debería ser un secreto. Tenían que unir sus vidas y dejar que todos supieran que eran una pareja formal.
Comprendiendo que lo perdería si seguía manteniendo su relación en secreto, Tracey aceptó presentar a Steve a sus amigos y familiares. Pero enseguida sus temores se hicieron realidad. Sus amistades tenían dudas y, «como buenos amigos», compartieron sus inquietudes con ella. Sus hijos no querían saber nada de Steve. Creían que su madre podía y debía encontrar a alguien más parecido a ella. Dejaron claro que no era bienvenido en las cenas familiares ni en las vacaciones.
Tracey no podía soportar toda la tensión y la lucha. Le preocupaba que sus amigos y su familia estuvieran viendo algo que ella no podía ver en Steve, y comenzó a poner distancia entre ambos. Él se sentía herido y acordaron separarse un tiempo para ver las cosas más claras.
En cuestión de días, Tracey se deprimió. Echaba de menos a Steve. Nunca había tenido una pareja que además fuera su amigo íntimo. Tras tres semanas de sentirse así, decidió que ya no podía dejar que otros determinaran su verdad. Llamó a Steve y le dijo cómo se sentía. Se juró a sí misma y a él que ya no sacrificaría más su felicidad para complacer a los demás y les explicó a sus amigos e hijos cómo se sentía. No hacía falta que les gustara Steve, aunque esperaba que le dieran una oportunidad, pero ya no toleraría más comentarios o preguntas malintencionados sobre él.
Con el tiempo, todos, incluso sus hijos, empezaron a ver lo feliz que estaba y se sintieron agradecidos de que tuviera a Steve en su vida. Tracey no podía creer el cambio. Al recuperar su poder y negarse a permitir que los demás decidieran lo que le convenía, podía tener todo lo que había soñado.
Deja de imponerte «deberías»
Muchos vivimos con una larga lista de «deberías». Pueden ser positivos: «Debería ser el cambio que quiero ver en el mundo. Debería poner de mi parte para cuidar el planeta». O como en el caso de Tracey: «Debería intentar llevar la paz y la armonía a mi familia». Sin embargo, con frecuencia estos «deberías» tienen un lado oscuro. Nuestros «deberías», maestros de la manipulación, nos empujan a vivir en consonancia con como otros creen que deberíamos vivir. Pueden hacernos sacrificar nuestra verdad, desconectar de nuestra visión y comprometernos excesivamente con propósitos no coherentes con nuestra integridad. Debbie Ford es quien mejor describe los «deberías»:
Los «deberías» son solo la continuación de lo que hemos vivido hasta ahora; el pegamento que nos mantiene unidos al círculo vicioso del drama y el dolor. Es como si nos chuparan la sangre y la energía, y destruyeran nuestras oportunidades de expresarnos plenamente. Son limitaciones repugnantes que la sociedad nos arroja encima continuamente, día a día, condiciones que nos apartan de lo que verdaderamente desea nuestro ser superior y nos obligan a llevar una vida poco satisfactoria».1
Cuando comprendes que eres el único experto en ti mismo, puedes escuchar las opiniones de los demás y consultar luego con tu voz interior, tu sistema interno de orientación. Es evidente que a los amigos y familiares de Tracey no les gustaba Steve. Creían que debería estar con alguien mayor, alguien con más éxito y más empuje, alguien... ¿quién sabe qué? Pero Tracey sabía que él era el adecuado. Aunque sin duda su breve ruptura fue dolorosa, el tiempo que estuvieron separados le brindó la oportunidad de oír su voz interior, y esa era la única voz que importaba.
CLAVE PARA LA INTEGRIDAD
¿Qué «deberías» te estás imponiendo? ¿Qué te dices a ti mismo sobre los siguientes asuntos?
En qué posición deberías encontrarte en la vida: «A estas alturas de mi vida, debería haber conseguido...».
Cómo debería ser tu cuerpo: «Debería ser más sexi, parecer más joven, tener unos muslos más delgados, tener unos abdominales marcados...».
Tus hijos: «Mis hijos deberían ser más...».
Tus cualidades y emociones: «Debería ser más inteligente, más disciplinado, más feliz, más tranquilo, no enfadarme tanto...».
¿Cuáles son los cinco «deberías» principales que te hacen sufrir?
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