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MARZAHN, MON AMOUR

HISTORIAS DE UNA PEDICURA


KATJA OSKAMP

MARZAHN, MON AMOUR

HISTORIAS DE UNA PEDICURA

PRÓLOGO DE BELÉN GOPEGUI

TRADUCCIÓN DE SANTIAGO MARTÍN ARNEDO


SENSIBLES A LAS LETRAS, 71

Título original: Marzahn, mon amour

Primera edición en Hoja de Lata: abril de 2021

© Hanser Berlin im Carl Hanser Verlag GmbH & Co. KG, München, 2019

© de la traducción: Santiago Martín Arnedo, 2020

© del prólogo: Belén Gopegui, 2021

© de la fotografía de la portada: Beauty On The Move, Viña del Mar, Chile

© de la fotografía de la solapa: Paula Winkler

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección: Tania Galán Álvarez

ISBN: 978-84-16537-35-8

Producción del ePub: booqlab


La traducción de esta obra ha recibido una subvención del Goethe-Institut. The translation of this work was supported by a grant from the Goethe-Institut.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para Doris y Hartmut Eisenschmidt, mis padres.

ÍNDICE

PRÓLOGO. Un acto de escucha, por Belén Gopegui

La señora Guse

El señor Paulke

La señora Blumeier

El señor Pietsch

La rusa

La señora Frenzel

El señor Hübner

Erwin Fritzsche. Cliente nuevo

Las Noll, madre e hija

Fritz

Salida de empresa

La señora Janusch

Peggy y Mirko Engelmann

Las adolescentes hijas de las escritoras

Gerlinde Bonkat

El matrimonio Huth

PRÓLOGO
UN ACTO DE ESCUCHA

Katja Oskamp nació en 1970 en la República Democrática Alemana y tendría por tanto diecinueve años cuando cayó el muro de Berlín y veinte cuando tuvo lugar la reunificación alemana y, de algún modo, la RDA dejó de existir. Sin duda, aun cuando un país pueda desaparecer jurídicamente, siguen en pie, junto con el territorio, no solo los hechos históricos, sino también prácticas, aprendizajes, las ideas y las consecuencias de las vidas de quienes se formaron allí. Muchas de las personas que habitan hoy la Alemania reunificada crecieron, se educaron, trabajaron y acaso se jubilaron en la RDA. Ahora bien, hasta qué punto se puede seguir hablando de la pertenencia a un lugar hoy inexistente como un rasgo propio de la literatura de alguien, siendo ese alguien tan joven cuando el país desapareció. Creo que en este caso se puede y se debe hacer, no solo porque la novela de Oskamp transcurra en Marzahn, un distrito en el este de Berlín, donde se construyó en los años setenta y ochenta la mayor urbanización de la RDA, y porque la protagonicen personas que pasaron allí gran parte de su vida, sino, sobre todo, por la exacta peripecia que nos narra, la actitud con que su protagonista aborda el trabajo manual aun cuando antes se haya dedicado al intelectual.

El padre de Katja Oskamp fue un oficial del NVA (Nationale Volksarmee, el Ejército de la RDA) y su madre, una directora de escuela. El hecho de que Oskamp se pusiera, tal como hace la narradora de la novela, a ejercer la pedicura porque no podía vivir de la literatura, y lo hiciera sin dramatizar el cambio, creo que tiene relación con que antes, en la RDA, un trabajo manual no significaba un descenso de clase. Al fin y al cabo, su generación, que ya era adulta cuando pasó la anexión a la RFA, ha vivido esa socialización. Las diferencias entre las dos Alemanias se notan hasta hoy en día, en la gente, su apariencia, los gestos, etc., además de en el lenguaje, menos penetrado por los anglicismos. La emigración a la parte occidental de Alemania, por la devastación económica que siguió a la llamada reunificación, sobre todo de mujeres jóvenes, y la creación de una nueva élite en la exRDA (sustitución de casi todos los catedráticos, altos funcionarios y dirigentes políticos por personas de la parte occidental), hace que paulatinamente se vayan mezclando las poblaciones, por ejemplo, en el centro de Berlín. En el campo, en cambio, se mantienen muchas de las peculiaridades y comportamientos de la RDA, solo que con la dificultad de la destrucción de la infraestructura —guarderías, escuelas, centros de salud, fábricas…— de antes.1 Que a Oskamp le haya influido no significa, por supuesto, que sienta o deje de sentir nostalgia por la RDA, y en cualquier caso no es lo que aquí se trata de dilucidar. Su libro podría situarse en la tradición de dos obras fundamentales de la literatura de la RDA: Berliner Mietshaus (1982), de Irina Liebmann, con descripciones y retratos de los habitantes de una vieja casa de vecinos de Berlín Oriental, y Guten Morgen du Schöne (1977, publicado en 2019 en España por Errata naturae como Buenos días, guapa) de Maxie Wander, una serie de testimonios de mujeres de la RDA. La diferencia estaría en que Liebmann y Wander tomaron la decisión de acercarse a sus protagonistas mientras que, en el caso de Oskamp, esas mujeres y hombres llegaron al estudio de cosmética para que les hiciera la pedicura.

Rafael Poch, en su libro La quinta Alemania,2 refiere una conversación con Christa Wolf quien, desde la tradición de Anna Seghers, atribuía «acentos diferentes» a la literatura germano-oriental respecto a su hermana del Oeste. «No quiero renunciar a eso, ni que esa tradición sucumba a cambio de una gran ampliación del mercado», decía. No conozco cómo se desarrolló exactamente la conversación con Wolf pero en cuanto a su expresión «acentos diferentes» me interesa en la medida en que designe la posibilidad de articular, mediante la literatura, experiencias e ideas y, en esa medida, formas diferentes, pues la forma, desde mi concepción, no puede separarse de la materia narrada. Si lo que allí se pensaba, se esperaba, se vivía era diferente, la literatura disponía de estructuras sensibles e inteligibles diferentes con las que trabajar. No querer que esas estructuras se pierdan significa, sin duda, asumir un punto de vista sobre lo justo y lo injusto, sobre lo útil y lo perjudicial con respecto a la situación de las personas en el mundo. Carece de sentido lamentar que se pierdan los actos de organizaciones sociales que legalizan, pongamos, la esclavitud. Preferimos que se pierdan cantos y poemas en lugar de que la esclavitud perdure. Por el contrario, el esfuerzo por construir unas relaciones políticas donde el trabajo está al servicio del aumento constante de la riqueza social y no del beneficio privado, donde se persiga el objetivo de la protección social de todas las personas, sin que el paro, el fracaso escolar o la escasa pensión de jubilación creen zonas negras y sin salida, avanzando hacia una sociedad más igualitaria —que no homogeneizadora— con respecto a los esfuerzos y las recompensas, son objetivos que difícilmente se pueden criticar. Narrar el intento, con sus errores y contradicciones, y los cambios de mentalidad logrados es algo que haría avanzar la inteligencia humana, sobre todo si se dispusiera de un tiempo equivalente al que se ha tenido para narrar la competencia, la indiferencia y la ley de la selva en nuestras sociedades capitalistas.

Desde este punto de vista, la novela de Katja Oskamp alcanza un valor único. Pues lo que pone en pie es la capacidad de la narradora para actuar sobre la realidad con criterios de alguna manera elaborados en una sociedad institucionalmente, pero no siempre materialmente, desaparecida. A su vez, su modo de actuar recae, y hace nacer historias, en muchas vidas que compartieron un pasado en ese mundo desaparecido y que no se refieren a él ni con nostalgia ni con rabia sino que dan cuenta de sus vidas hoy, y sus vidas son también lo que han sido. No se trata solo de que la narradora esté en el salón de pedicura y oiga cosas y luego decida enhebrarlas en una narración: lo que Oskamp pone en pie en su libro es un acto de escucha. En una conversación3 con Irmtraud Gutschke, crítica literaria del diario de izquierdas Neues Deutschland, Oskamp menciona lo que dio en llamarse el camino, o la manera Bitterfeld, un movimiento artístico institucional llamado así por la ciudad en que se celebraron los congresos (1959 y 1964) que establecieron las directrices para una cultura socialista cuyo objetivo era llevar a cabo una renovación cultural que daría acceso a los trabajadores a la alta cultura,4 ya enviando a novelistas y artistas plásticos a las grandes empresas para que conocieran los problemas diarios y los trataran en sus obras, como animando a las obreras y obreros a realizar obras artísticas basadas en sus experiencias.

Dedicaré unas líneas a describir esta iniciativa de la RDA que estuvo vigente entre los años 1959 y 1971, esto es, poco más de una década. Pero necesito hacer aquí un inciso. He escrito esas líneas, las he tachado y las he vuelto a escribir porque no conseguía evitar un cierto tono de disculpa. Disculparse, ¿por qué? ¿Porque existiera un movimiento que quiso ampliar los temas y las experiencias recogidas en eso tan sublime, intenso y sentimental que ha dado en llamarse literatura? ¿Por querer difundir entre quienes desempeñan los trabajos más duros y a menudo repetitivos habilidades útiles para expresarse mediante, pongamos, la construcción de ficciones? ¿Por poner en marcha para ello círculos de escritura y lectura, esos que tanto se fomentan sesenta años después en nuestro país para quienes se lo pueden pagar y alguna vez también desde las bibliotecas y otras instituciones públicas? ¿Por atreverse a formular de modo explícito que los límites de la novela se pueden romper y construir nuevos horizontes de expectativas, los cuales, puesto que la forma y la materia están unidas, pasarán entonces por narrar en formas nuevas los materiales nuevos? ¿Acaso no fue uno de los grandes saltos cualitativos en la historia de la literatura el valor de introducir personajes que no fueran aristócratas, guerreros, o hijas de reyes, acaso no fue alabada la creación de Lázaro de Tormes y la de Sancho Panza? ¿Por qué entonces se rompe el hechizo si se trata de una trabajadora o de un trabajador manual? Pero incluso sabiendo que la respuesta a esta pregunta se escamotea casi siempre, aún permanecía la necesidad de disculparse.

Perdón entonces, supongo, por fracasar, porque en el plazo de diez años no apareciera lo que cabría entender por una obra genial cuando apenas aparece una cada siglo, y no en todos los países. Me pregunto, sin embargo, si somos siquiera capaces de leer las obras que entonces se escribieron sin que el prejuicio intervenga en nuestra estimación, si somos capaces de lograr compararlas justamente con todas esas supuestas obras maestras que los suplementos literarios celebran cada mes y que al punto se disuelven en la nada, si somos capaces de reconocer su valor. Perdón entonces, quizá, por manchar las manos de los delicadísimos poetas, o por interrumpir al sesudo columnista semanal y pedirle que, en lugar de una novela inspirada en una mezcla de novelas y seriales televisivos y de sus propias novelas anteriores y de su propia vida de escritor, se asome apenas unos meses al lugar donde pasan la jornada quienes hacen su mundo, sus objetos, sus alimentos, el grifo que abre, la puerta que cierra.

O, tal vez, perdón por una literatura que se tomó en serio aseveraciones tales como: «Los grandes conflictos en la literatura y el arte no pueden ser meramente privados; se basan en contradicciones sociales reales».5 Perdón, esta vez sin ironía, por habérselo tomado tan en serio que algunas de las obras resultantes generaron recelo y algunas fueron prohibidas (así ocurrió con la novela, aún por traducir al español, Rummelplatz, de Werner Bräunig, y que el autor se negó a modificar tal como exigían las autoridades), de otras se pospuso durante años su publicación, y hubo represión. Sé que no se puede equiparar con lo que sucede hoy en nuestro país tras la ley mordaza, ni con lo que de otro modo ha venido sucediendo antes en otros ámbitos, ni con lo que no llega ni a concebirse: no se puede comparar porque, a diferencia de la nuestra, aquella era una sociedad que declaraba estar al servicio de la clase trabajadora y la exigencia ha de ser mayor.

Perdón, quizá, porque la situación económica en la RDA en esos años no era fácil, porque muchos profesionales, ingenieros, médicos, agricultores, abandonaron el país,6 y porque las escritoras y escritores que se fueron a trabajar en las fábricas sentían cansancio e impotencia y escribían en sus diarios cosas como esta de Brigitte Reimann: «El combinado (conglomerados de empresas populares del mismo sector productivo que colaboraban entre sí) empieza ya a exprimirnos intelectualmente por los ridículos ciento sesenta marcos (que dan más o menos para viajes). Leemos manuscritos, hablamos con obreros escritores, discusiones eternas; ahora nos toca revisar el estilo de un folleto. Maldita sea, no estoy aquí para eso, eso es trabajo de redacción»,7 aunque también como esta, de la misma autora: «El miércoles, primer día en la producción. Puliendo válvulas, y ni siquiera mal. Hice bastante. (Al día siguiente un poco de agujetas) La brigada muy amable conmigo, continuamente buscan una excusa para acercarse a mi torno y charlar un rato. […] Me sentí tremendamente fuerte con el mono puesto y con las manos sucias».8

Perdón, en fin, por la ingenuidad del propósito, perdón por lemas que dicen que el arte y el carbón pueden entablar una relación útil, «el arte ayuda al carbón» o «¡toma tu pluma, camarada!». Pues esto, por un motivo distinto, tampoco puede compararse con lo que sucede hoy en nuestro país. Aquí, cuando una comunidad autónoma publica un plan de fomento de la lectura y lo titula «Leer nos diferencia»,9 no hay que sentir vergüenza, ni por la ridícula lógica publicitaria que vende exclusividad masivamente, ni porque se siga asumiendo la «distinción» como un valor que conlleva desprecio a quienes no pueden «distinguirse». Tampoco hay que sentir vergüenza si un exconsejero de cultura de otra comunidad autónoma declara sobre las campañas de fomento de la lectura que su objetivo es alimentar el «tópico de que ser lector te hace mejor persona».10 No hay que sentir vergüenza de la ausencia de predicados, mejor persona para qué, mejor persona por leer qué, no hay que sentir vergüenza de que no recuerde cuántas «mejores personas» muy leídas han llevado a cabo actos dañinos a pequeña y gran escala, y cuántas no leídas no solo no han hecho daño, sino que son admirables, eso no importa. Ni hay que sentir vergüenza por la campaña ligada al Plan de Fomento de la Lectura 2017-2020, con el título: «Leer te da vidas extra».11 No hay que imaginar qué pensarán de esa frase las personas trabajadoras mal pagadas, agotadas, casi vencidas, las emigrantes sin papeles, las obligadas a trabajar en negro y las que no pueden trabajar: ¿qué tal «el dinero te da vidas extra», ¿qué tal «la inspección de trabajo te da vidas extra»?, ¿qué tal «las becas y los años sabáticos y el derecho efectivo a la vivienda y al trabajo y a la protección de las personas dependientes te dan vidas extra?». ¡Toma tu pluma, camarada capitalista, y entrega tu novela rosa o negra o ambas cosas, pero muy culta y distinguida, al trabajador precario o al desfondado o a la trabajadora sin contrato y dale una vida extra!

Hablemos entonces de la manera Bitterfeld: En 1955, las trabajadoras y trabajadores de la planta de lignito de Nachterstedt se dirigieron en una carta abierta a los escritores de la RDA: «Nos gustaría tener más libros sobre la tremenda construcción que se está llevando a cabo en todas las zonas de la República Democrática Alemana, sobre el trabajo y la vida de los trabajadores. Escribir y plasmar… el entusiasmo, nuestra pasión y el gran sentido de la responsabilidad que inspira a los trabajadores en la lucha por lo nuevo».12 La carta formaba parte de una preocupación compartida en la RDA que se concretó, en 1959, en la convocatoria de una conferencia organizada por la editorial central alemana Mitteldeutscher Verlag y por el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED). Más de ciento cincuenta escritoras y escritores y más del doble de trabajadoras y trabajadores se reunieron en la planta química de Bitterfeld para tratar de superar, o evitar, la separación entre la clase obrera y los artistas (escritores y artistas plásticos). Se decía: «Los trabajadores ya no deben ser meros receptores de lo culturalmente valioso, sino también productores de su propia literatura»13 y, al mismo tiempo, se quería involucrar al artista en el difícil camino de la construcción socialista. Ambos propósitos se concretaron, en el caso de la literatura, en medidas tales como la creación de los Zirkel Schreibender Arbeiter, talleres donde escritores profesionales ayudarían a los trabajadores, cursos de formación y concursos literarios para fomentar la creación literaria de los trabajadores, y se pidió a los autores que se sumergieran en la vida de los trabajadores y pasaran un tiempo trabajando en las fábricas y minas de carbón para experimentar la realidad socialista y poder reflejarla más fielmente en sus obras, proporcionándoles alojamiento cerca de los lugares de trabajo a los que se desplazaban.

Si bien no fueron pocos los escritores que prestaron su servicio proletario y lo plasmaron en sus obras,14 no siempre les resultó un camino adecuado. ¿Por qué había de serlo? ¿Acaso el conocimiento no procede de la relación entre la acción y la teoría: no se trata de hacer algo y ver los resultados y entonces corregirlo o probar vías mixtas o vías nuevas? Por otro lado, aunque a algunos de los escritores les pareciera que no aprendían, acaso en realidad sí aprendieron, pues no siempre las ideas se trasladan a los textos de manera directa y automática. Y, tal vez, como hoy vive en Alemania parte de la experiencia de los años de la RDA, tal vez entonces el capitalismo del país antiguo vivía en lo que estaba naciendo: el idealismo alemán, el romanticismo, toda una tradición empeñada en devolver al artista los privilegios del Antiguo Régimen no se esfuma en un soplo. No es fácil saber lo que pasó. Sin embargo, quienes deseen leer no solo sobre el mundo que hoy parece natural e inevitable, sino sobre un tiempo en que se quiso y se intentó vivir de otra manera, tienen a su disposición algunas obras traducidas y otras que se podrían traducir. Para tranquilidad de muchos, en 1971 la manera Bitterfeld se dejó oficialmente atrás. Dos décadas después, en la primavera de 1992, tras el cierre de la mayoría de las plantas de la antigua fábrica de productos químicos de Bitterfeld, tuvo lugar la tercera Conferencia de Bitterfeld en el Palacio de la Cultura, ahora propiedad de la empresa Chemie, S. A. Varios centenares de escritores y artistas de oriente y occidente, de los antiguos y los nuevos estados federales, acudieron a la convocatoria. La pregunta que entonces se convocó fue Kunst. Was soll das?, un juego con doble sentido de la expresión: ¿qué es el arte?, o bien, ¿tiene el arte algún sentido?, y tal vez sea, como da a entender Kirsten Heckmann-Janz en un artículo,15 significativo.

Katja Oskamp no había nacido cuando tuvieron lugar las dos primeras conferencias en Bitterfeld. Pero las he abordado aquí no solo porque ella las mencione, también porque estimo que las ideas que recoge la literatura no caen del cielo, tienen raíces y establecen relaciones. En este caso, y aunque lo que más se ha subrayado del libro de Oskamp, no sin motivo, son las conmovedoras historias que ella recoge al modo, casi, de un personaje colectivo, me interesa destacar a quien considero protagonista de su novela además de ser su narradora. Esa mujer que a los cuarenta y cinco años, ante la reciente dificultad para ganarse la vida mediante la escritura, decide hacer el curso que la habilitará para ejercer la pedicura. La narradora comienza a ejercer su trabajo y logra invertir el sentido del mundo o, más exactamente, recobrar un tipo de relación que había sido expropiado si es que alguna vez tuvo la libertad de existir. Devuelve al vínculo entre la persona que trabaja y lo que el capitalismo denomina su cliente una materialidad no despojada de propósito deliberado, no mediada solo por el pago aun cuando el pago siga existiendo. Las relaciones de trabajo se producen entre personas, a través de las personas, a través de las manos de la narradora y los pies de los clientes. El pago sucede pero no borra la relación, no deja a trabajadoras y clientas desposeídas de un vínculo real, no las condena al mero vínculo comercial. Esta situación está lejos de ser idealista. Llama la atención que un crítico haya calificado la novela de «romanticismo social realista».16 En realidad, no llama la atención, es la vieja táctica de aplicar al adversario los propios problemas, pues si hay hoy en día algún romanticismo social(ide)alista vigente es el que atraviesa la gran mayoría de la novela europea, un realismo bañado de artificio por todas partes, protagonizado por una clase media con trabajos privilegiados o rentista, o bien por un idealismo de los extremos, la extrema riqueza o la extrema marginalidad, y en ambos casos un romanticismo de la maldad que se corresponde tan poco con lo material como el supuesto romanticismo de un supuesto bien que no encontraría resistencias. Michael Pilz, el crítico del periódico conservador Die Welt que habla de romanticismo, titula su pieza algo así como: «¿Qué tal alquilar en los prefabricados de Marzahn?», y no deja de ser curiosa la posibilidad de elegir que lleva implícita la pregunta, al margen de cierto desprecio irónico hacia ese barrio cantado por Oskamp. El lugar donde se va a alquilar una vivienda no es una elección para una gran parte de la población, y aunque las grandes torres prefabricadas de Marzahn pudieran haber resultado demasiado uniformizadoras para algunos, y aunque no tuvieran jardines individuales ni todo el espacio deseado, partían de la búsqueda de «suficiente pan (vale decir, suficiente vivienda) para todos los seres humanos aquí abajo»17 por más que el enfoque urbanístico fuera perfectible, sobre todo debido a los graves problemas de mantenimiento que surgen en las crisis económicas tal como se ha experimentado con mayor intensidad en otras barriadas obreras que también conocieron el sueño de las «calles en el cielo», con altas torres que sacarían a las familias obreras de la oscuridad de las casas bajas, así en Escocia, como bien contaba Andrew O’Hagan en su libro Padres nuestros.18

Romantizar se utiliza en la acepción de idealizar, de apartar los detalles oscuros y embellecer los claros, pero es algo que Oskamp no hace. Su libro consigue no ser lóbrego aun cuando habla de un sector social que pocas veces aparece en el libro, no solo la clase trabajadora —en este caso la que trabajó en las VEB (empresas de propiedad popular de la RDA)— sino esa clase cuando es anciana, cuando la cercan las enfermedades y las dificultades de movilidad y las pensiones escasas. La razón de que lo consiga es, de un lado, el uso no ostentoso del humor, la extraordinaria capacidad de Oskamp para esquivar el patetismo victimista y percibir relaciones y sentidos no esperados en los hechos cotidianos. Y es también el acto de escucha que la narradora realiza en la conversación y a través de las manos, negándose a aceptar el prejuicio social según el cual hay trabajos más nobles que otros, apostando y ganando la apuesta al demostrar que tocar y cuidar los pies de las y los ancianos, brindarles eso que es tan escaso a su edad, no solo el contacto de la palabra, también el tacto, ha de tener exactamente la misma consideración social que ser juez, dirigir una empresa o participar en la construcción de un puente. Digo exactamente la misma porque querer atribuirle más contribuiría a cierto paternalismo invertido que la autora desdeña. En un capítulo memorable titulado «Salida de empresa», Oskamp relata la visita de un día a unas termas junto con su jefa Tiffy y su compañera, Flocke. Allí conocemos la historia de la dueña del estudio de belleza y de su otra empleada junto con la narradora, quien entona un himno conmovedor pero no exento de humor y crítica, un himno para el barrio de Marzahn y los clientes del salón de belleza, esa gente que «llegó allí hace cuarenta años y ahora prosiguen valerosamente sus vidas empujando un andador […] y cuando llegan al estudio […] se sienten felices porque no son tratados como si fueran los perfectos idiotas de la nación».19 Entretanto, en las termas de Saarow, las luces se multiplican en los reflejos del agua, y refulgen y centellean como la voz de la narradora de esta novela cuando alumbra vidas que no iban a ser contadas.

BELÉN GOPEGUI, marzo de 2021

1 Para escribir este prólogo hablé con el autor austriaco Erich Hackl quien, además de haber escrito obras extraordinarias por su particular forma de tratar la relación entre la realidad y la historia, conoce bien la RDA y su literatura. Sus indicaciones de lectura y su conocimiento acompañan a este texto.

2 Poch, R. La quinta Alemania. Editorial Icaria (p. 31).

3 Irmtraud Gutschke Marzahn, meine Liebe. https://www.pressreader.com/germany/neues-deutschland/20190821/281487868000295

4 «En la República Democrática Alemana la pintura es más alemana». El arte en la Alemania socialista después de la unificación. 488-17-85262-1-10-20190613.pdf

5 Bitterfelder Weg. https://www.lernhelfer.de/schuelerlexikon/deutsch-abitur/artikel/bitterfelder-weg

6 Kirsten Heckmann-Janz «Greif zur Feder, Kumpel!». https://www.deutschlandfunkkultur.de/greif-zur-feder-kumpel.984.de.html?dram:article_id=153464

7 Zubiaur, Ibon, editor. Al otro lado del muro. Ed. Errata naturae (p. 98).

8 Ibid. p. 103.

9 Plan de fomento a la lectura de la Comunidad de Madrid 2006. https://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwi4-cu2nsbvAhUKx4UKHaY3BucQFjAAegQIAxAD&url=https%3A%2F%2Fwww.madrid.org%2Fbvirtual%2FBVCM010798.pdf&usg=AOvVaw2oBDwIjmn9gBeCQeKh48ii

10 ¿Son efectivas las campañas de fomento a la lectura? https://www.lavanguardia.com/economia/management/20170707/423948580644/efectivas-campanas-fomento-lectura.html

11 Campaña «Leer te da vidas extra». https://leer.es/observatorio/novedades/detalle/-/asset_publisher/sJo2Se2HYmpW/content/campana-%E2%80%9Cleer-te-da-vidas-extra%E2%80%9D

12 Bitterfelder Weg. https://www.lernhelfer.de/schuelerlexikon/deutsch-abitur/artikel/bitterfelder-weg

13 Citado en: Anja Burkhardt. Tesis doctoral: La vida detrás del telón de acero. Autorepresentación cultural en la novela negra de la República Democrática Alemana. Universitat de Barcelona (p. 74).

14 Zubiaur, Ibon, editor. Al otro lado del muro. Ed. Errata naturae (p. 11).

15 Kirsten Heckmann-Janz «Greif zur Feder, Kumpel!». https://www.deutschlandfunkkultur.de/greif-zur-feder-kumpel.984.de.html?dram:article_id=153464

16 Wie wäre es zur Miete in der Platte von Marzahn?, Michael Pilz. https://www.welt.de/kultur/literarischewelt/article198397939/Wohnungsnot-und-Mietendeckel-Eine-Hymne-auf-die-Berliner-Platte.html

17 Reimann, Brigitte. Los hermanos. Traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Editorial Bartleby (p. 172).

18 Andrew O’Hagan. Padres Nuestros. Traducción de Luis María Broz. Editorial Debate.

19 pp. 124-125.

La mediana edad, esos años en los que ya no eres joven ni mayor, una edad difusa. Has perdido de vista la orilla de la que una vez partiste y aún no percibes con suficiente claridad la orilla a la que te vas acercando. En esos años pataleas en medio del inmenso lago, te falta el aire, medio agotada por la monotonía de los movimientos al nadar. Perpleja, te quedas parada, y giras en torno a ti misma, das un viraje, y luego otro, y luego otro. Irrumpe el miedo a hundirse a mitad de trayecto, sin explicaciones ni porqué.

Yo tenía cuarenta y cuatro años cuando alcancé la mitad del inmenso lago. Mi vida se había vuelto insulsa: la hija había levantado el vuelo, el marido había enfermado, y yo empezaba a dudar más de la cuenta de mi escritura, a la que hasta entonces había dedicado mi tiempo. Arrastraba conmigo algo amargo, completando así esa invisibilidad que afecta a tantas mujeres cuando sobrepasan los cuarenta. No deseaba ser vista. Tampoco yo quería ver, saturada de cabezas, de rostros, de consejos bienintencionados. Me zambullí.

El 2 de marzo de 2015, unos días después de cumplir los cuarenta y cinco, metí mi ropa, unos zapatos, unas toallas y una sábana bajera en una bolsa grande y desde Friedrichshain me dirigí a Charlottenburg. Cuando salí de la estación, temí encontrarme con mi agente literario, que tenía su oficina por allí cerca y que últimamente no había aceptado ninguna de mis propuestas: mis novelas habían sido rechazadas por veinte editoriales. De modo que di un par de rodeos, me escondí tras las esquinas; había llegado demasiado pronto. Cuando alcancé el portal número 6, me encontré allí con un grupo de mujeres que también llevaban bolsas grandes y maletas pequeñas con ruedas, mujeres como yo, que habían dejado atrás la juventud, la esbeltez. Pregunté tímidamente si era allí el lugar. Asintieron con la cabeza. Nos sonreímos levemente. Sí, atreverse a hacer algo nuevo, quién sabe si es lo correcto. Me fumé un cigarrillo con una apesadumbrada enfermera de Spandau. Entonces llegó la hora de entrar en el lugar. En el ascensor solo cabían dos personas. Subimos todas las escaleras a pie, planta por planta. El grupo jadeaba bajo el peso de las maletas, sin hablar, hasta que llegamos al ático. Allí nos esperaba en la puerta una mujer seca y espigada, vestida de blanco.

«Gitta», dijo sin sonreír, a todas nos ofreció su escuálida mano. «Cambiaos de ropa y extended las sábanas bajeras sobre las sillas, también sobre los reposabrazos».

Nos amontonamos junto a la esquina del cambiador, sacamos nuestras cosas, intentado no ocupar demasiado espacio, avergonzadas de nuestros cuerpos envejecidos por los años, nos quitamos los pantalones oscuros y los sustituimos por otros blancos. Extendimos las sábanas sobre las sillas y formamos torpemente una fila. No queríamos cometer errores. Éramos aprendices. Nos habíamos matriculado en el curso inicial de pedicura en una escuela de salud y de cosmética que pomposamente llamaban «la academia». Gitta era nuestra profesora.

Cometimos muchos errores. Nos olvidamos de analizar el pie, de extender la toalla sobre el regazo, de colocar la almohadilla bajo la corva. Confundimos el dedo en garra con el dedo en martillo, los alicates de corte de cutículas con las pinzas, la solución desinfectante con el alcohol. Descuidamos las prescripciones higiénicas. Desperdiciábamos el suavizador de cutículas, utilizábamos incorrectamente el bisturí, no acertábamos a colocar la hoja en el cepillo. Éramos demasiado temerosas, demasiado toscas, demasiado minuciosas, demasiado descuidadas, demasiado rápidas, demasiado lentas. Nos lastimábamos las unas a las otras. A veces una sangraba y necesitaba ser curada. Nos perdonábamos todo. Cuando a veces no sabíamos responder a una pregunta de Gitta, titubeábamos como ineptas, como torpes, como idiotas. Su tono agudo nos provocaba contracturas en la nuca.

Durante los descansos bajábamos las escaleras, nos apostábamos frente al portal número 6, nos comíamos el bocadillo y fumábamos.

Entre las alumnas se encontraba una mujer rusa con el pelo rubio que llevaba un jersey de punto entreverado de vetas doradas, su ropa de trabajo era la más vistosa de las allí presentes, una túnica ceñida, cruzada transversalmente por un adorno de botones. Sus pestañas, pintadas de negro, se arqueaban hacia arriba, y las lentes de contacto conferían a sus ojos azules un brillo especial. Estaba allí para escapar de la panda de bribones inmaduros que en casa abusaban de ella, aunque quizá también porque sus propios pies necesitaban tratamiento. Se había pasado sus tres embarazos sin bajarse de sus altos tacones.

Este pequeño torbellino provenía de Georgia, pero desde hacía un tiempo vivía en una pequeña ciudad a los pies de los montes Metálicos. Por la mañana tardaba tres horas en tren hasta llegar a Berlín y, al atardecer, otras tres horas de vuelta. Cualquier cosa era preferible antes que quedarse sentada en casa, decía, y ahora que su hijo había cumplido ya los quince años, se separaría de su marido, un oriundo de allí. En cierta ocasión le comenté que hablaba muy bien el alemán, me dijo que en el pasado había trabajado como traductora. En otra ocasión nos enseñó su lengua, a la que le faltaba un trozo: «Tuve cáncer de lengua».

La apesadumbrada enfermera de Spandau trabajaba a jornada completa, y tuvo que pedirse las vacaciones para poder hacer este curso. Su hijo de catorce años sufría de una enfermedad rara e incurable que le entorpecía la movilidad a medida que iba creciendo y estaba ganando mucho peso. Pronto sería incapaz de cargar con él, y las pastillas para el dolor de espalda habían dejado de funcionar. En dos años su jefe se jubilaría, y para entonces, como muy tarde, se convertiría en autónoma. Todavía no sabía si abriría la consulta fuera o en casa, para poder así quedarse con su hijo.

Y entonces llegaron las voluntarias, en su mayoría viejas señoronas que se concedían tres horas para que aprendices inexpertas les trataran los pies de forma gratuita. Observé las gotas de sudor que perlaban la frente del pequeño torbellino, el pelo recogido tras la cofia, los ojos tras la visera de plástico, la parte inferior del rostro parapetada tras la mascarilla blanca, como si se fuera a la guerra. Vi cómo en la mano enguantada de la apesadumbrada enfermera temblaba el cepillo antes de frotar el talón de una de las voluntarias hasta hacerlo sangrar. Vi lágrimas en los ojos de la rusa rubia por el hedor que desprendía una uña con hongos en el tercer estadio. Nos retorcíamos y nos contorsionábamos, siempre con la inquisitiva mirada de Gitta posada sobre nuestros hombros, con sus dedos puntiagudos señalando el punto de dolor, y su voz chillona en los oídos, que acababan enrojecidos por la tensión.

Ninguna había venido a parar aquí directamente, todas veníamos de probar suerte en otros sitios, o tras habernos quedado paralizadas o no haber encontrado salida. Conocíamos el sabor del fracaso. Nos habíamos sentido humilladas, retraídas, intimidadas. Deseábamos olvidar nuestras historias, borrar lo hecho anteriormente y presentarnos como hojas en blanco. Habíamos descendido a lo más bajo, a los pies, ante los que sin embargo volvíamos a fracasar. Gitta no se había quedado con nuestros nombres. Nosotras acabaríamos yéndonos y aparecerían otras mujeres, mujeres como nosotras, madres de mediana edad, trabajadoras y valientes, representantes sin nombre de una zona intermedia anónima, rebajadas a ser una nota a pie de página de nuestra propia vida.

En casa me aprendí de memoria los nombres de los veintiocho huesos del pie, la estructura de la uña, las deformaciones del pie y cómo se desarrolla una trombosis. Memoricé los materiales del cabezal cortante, los efectos de las hierbas medicinales, los tipos de cáncer de piel, las diferencias entre virus, bacterias y hongos. Las peculiaridades del pie del diabético, y la definición de fisura, rágades y varices. Por la noche mi marido me repasaba el tema en la cama, enterrados entre fichas, tarjetas y bocetos del pie.

El examen teórico fue en el ático del portal número 6. Para el examen práctico vino una doctora a la academia. Aprobamos todas, la rusa rubia al segundo intento. Nos sentimos aliviadas, incluso orgullosas. Gitta nos entregó el certificado y nos dio la mano a todas. Sonrió. Había sido una buena profesora. Nos despedimos tras tomarnos un café cerca de la estación de Charlottenburg, salimos cada una en una dirección, con un delicado sentimiento de empezar a resurgir. No sé qué habrá sido de ellas.

Cuando te vuelves invisible, puedes hacer cosas terribles, cosas maravillosas, cosas fuera de lugar. Nadie te ve. Al principio no le conté a nadie que me había reciclado. Pero cuando empecé a contarlo y con una sonrisa mostraba mi certificado, recibí a cambio repulsión, incomprensión y cierto sentimiento de compasión difícil de soportar. De escritora a pedicura: una caída fulminante. Y volvieron a colmar mi paciencia con sus cabezas, con sus rostros y con sus consejos bienintencionados.

Eso no me iba a echar para atrás. Tenía dos manos sanas para realizar un trabajo útil. El comienzo no sería fácil, pero sería bello, como todos los comienzos.

Estás en una edad en la que la juventud de tu hija te recuerda todavía a la tuya, y la enfermedad de tu marido ha convertido a la amante en una enfermera. Y tienes una amplia perspectiva, porque te hallas en medio del inmenso lago y continúas nadando, puedes ver mucho y comprender mucho y aún imaginar más. Estás en una edad en la que, cuando empieza una aventura, ya te has hecho, sin darte cuenta, una imagen de su final. La mediana edad; los años en que trabajé como pedicura en Marzahn habrían de ser buenos años.

LA SEÑORA GUSE

Con la línea del tranvía M6 atravieso catorce estaciones en dirección este, a las afueras de Berlín. El trayecto dura veintiún minutos. Cuando me bajo, percibo la diferencia de temperatura. Siempre noto en Marzahn —una de las zonas residenciales de viviendas prefabricadas más grandes de la antigua Alemania del Este— el tiempo con más intensidad que en el centro de Berlín. En Marzahn las estaciones desprenden un olor más acentuado.

Nuestro estudio de cosmética está a menos de dos minutos a pie de la parada del tranvía. Gracias a que está situado en una planta baja, pueden acceder muchos clientes con muletas, andadores o sillas de ruedas. Yo reclino la cabeza hacia atrás y me siento muy pequeña al pensar en los dieciocho pisos que descansan sobre nuestra consulta. Aquí, a los pies de este enorme edificio, llevo a cabo mi labor de pedicura.

Me pongo mi bata blanca, llevo el estuche del bocadillo a la cocina, me preparo un café, acondiciono mi espacio de trabajo, examino la agenda para ver si alguien ha anulado la cita o si la ha pedido en el último momento.

Y entonces suena el timbre. Las nueve y cuarenta y cinco. Me apresuro a abrir la puerta, le doy la vuelta al letrero, de cerrado (rojo) a abierto (verde), descorro el cerrojo y grito: «¡Señora Guse! ¡Adelante!».

La señora Guse, respirando pesadamente, aparca el andador y cuelga la chaqueta en el perchero. Con la oscilante bolsa de la compra, se interna en la sala de curas. Se sienta en la silla de tratamiento; la ayudo a quitarse los calcetines y los zapatos, le remango los dobladillos del pantalón. Entre las dos introducimos sus pies en la bañerita ya dispuesta, extraigo un par de guantes de una bolsa y, de cara a la señora Guse, los estiro para ponérmelos, mientras ella me comenta que tuvo cáncer de pecho, algo que siempre repite en este momento, y yo asiento y le respondo lo que siempre respondo en ese momento, que ya han pasado casi siete años desde que la operaron y que las pastillas que toma desde entonces tienen terribles efectos secundarios, como dificultad para respirar y diarrea. Para una aprendiz sin experiencia puede parecer una locura que yo le enumere a la señora Guse sus dolencias, que ella naturalmente conoce; pero una profesional sabe perfectamente que solo una parte de la comunicación sirve exclusivamente para el intercambio de información, el resto, de hecho la mayor parte, obedece a un fin diferente, y en ese gran resto, la señora Guse y yo nos regodeamos virtuosamente compenetradas. A mi palabra clave «diarrea», soltada en el momento preciso, ella responde, según lo previsto, que muchas veces no puede salir de casa por miedo a manchar los pantalones. La señora Guse y yo llegamos incluso a intercambiar los papeles. En cualquier caso, yo domino de memoria los dos papeles, pues cada seis semanas repetimos exactamente la misma conversación.

Eso es una tontería, le respondo, y ahora es la señora Guse la que asiente y sonríe, con su dulce media sonrisa, que ha sabido conservar incluso para los temas más escabrosos, lo que no deja de maravillarme y sorprenderme, y entonces ella añade, como si no me lo hubiera dicho ya antes: «Todo empezó con la operación, con la operación, no antes, antes no tenía nada, antes nada, todo empezó desde la operación».

Se extiende la toalla sobre el regazo cuando ve que yo empiezo a untarme las manos con la exfoliación, toalla que ha traído ella misma, señal distintiva de que se trata de una clienta habitual, siempre la trae consigo, a lo que naturalmente siempre respondo con palabras de elogio, y mientras le explico que nosotras, es decir, mis compañeras y yo, nos sentimos muy agradecidas por esta agradable colaboración por parte del cliente, que nos ayuda a reducir la carga de la colada, que se amontona sin cesar, pasamos a charlar del tema de las enfermedades al del mantenimiento de la casa, y me agacho frente a la bañerita y frente a ella, y en cuanto abro las manos, ya está sacando la señora Guse su pie izquierdo del agua, me lo ofrece, y yo comienzo a trabajar en el talón, en la planta, en la curva de la plantilla, en el empeine, introduzco mis dedos entre los suyos, arrastro los extractos de piel muerta como hiciera María Magdalena con los pies de Jesús, circunstancia esta que en modo alguno implica que en nuestra conversación los temas bíblicos ocupen un lugar central o que yo seque con mis cabellos los pies de la señora Guse, al contrario, yo los seco con una toalla, la que ella ha traído, y además lo hago pormenorizadamente.

«A partir de ahora ya se puede usted relajar», le digo, para que la señora Guse pueda suspirar a sus anchas, algo que hace por rutina antes de empezar a hablar sobre la prótesis mamaria, mientras sonríe con su dulce media sonrisa. Aunque se hizo una prótesis, nunca la ha utilizado, lo que nos lleva de nuevo al tema de las enfermedades, que yo recojo ensalzando galantemente su holgada camisa, que en modo alguno deja sospechar la ausencia de un pecho. Por supuesto, concede la señora Guse, mientras pestañea coquetamente. Le gusta llevar la ropa holgada, ligera y de alegres colores. Y así llega el momento en que finalmente convierto a la clienta en una reina: presiono mi pie sobre el pedalero, y con un suave zumbido, elevo a la señora Guse y a la silla de curas sobre la que está sentada (un trono rosa en un ambiente blanco) a una altura que siempre nos incita a hacer bromas, como que la señora Guse no tardará en darse contra el techo. Me acerco el mueblecito rodante y enciendo la lámpara lupa, manipulo su brazo flexible de modo que la luz caiga resplandeciente sobre el pie, y entonces, una vez que la señora Guse ha alcanzado su altura real, yo, como su lacaya, me acomodo en mi sillín blanco rodante, empujándolo bajo mi trasero. Las gafas puestas y a la tarea. Primero entra en acción el cortacutículas para lo más áspero.

—Si le duele —le digo.

—Entonces doy un grito —dice la señora Guse.

Luego paso a las uñas encarnadas, que amenazan con crecer por los lados, recorto los pequeños picos que sobresalen; a continuación echo mano de la sonda, escarbo en el tejido queratinizado en los bordes y extraigo los restos. Empujo con delicadeza la cutícula al interior de la matriz, hasta diez veces. Inserto el cortador en la manija, selecciono un nivel bajo de intensidad y enciendo el instrumento. Empieza a zumbar el ruido del motor y de la absorción, después de un tiempo me quedo tan sorda como mi real clienta. Guardamos silencio a causa del ruido. Por encima de las gafas observo a la señora Guse, dibuja su media sonrisa, dulce y sosegada.

La señora Guse nació en Prenzlauer Berg, Berlín, en 1933, se graduó al llegar a octavo, pero no continuó con la Formación Profesional. Obtuvo un contrato temporal como limpiadora sin cualificación. Se casó en 1953. En 1965 ya tenía cinco hijos. En 1973 murió su marido a la edad de cuarenta y cinco años. Ella sola se encargó de criar a los hijos, que, todos sin excepción, han aprendido un oficio: albañil, cerrajero o vendedora. La señora Guse se mudó desde Prenzlauer Berg a Marzahn en 1993. Ya tiene pagado su entierro («cuatro mil euros»), escogido el ataúd («de madera de roble») y la música para los funerales («Nabucco»), ha arrendado el nicho: en el cementerio al lado de su marido.

La señora Guse contempla satisfecha sus uñas limadas y resplandecientes. Apago el motor, sumerjo la cortadora en la solución desinfectante, me quito las gafas y echo mano a la paleta de los callos.

En la habitación se vuelve a hacer el silencio.

—Limando las herraduras —le digo.

—No soy ningún caballo —responde la señora Guse.

Comienzo con la cara áspera de la lima. La señora Guse me ayuda encorvando el pie y ofreciéndome el talón extendido. Poco a poco empiezan a desprenderse las escamas. Después le doy la vuelta a la lima, por la cara suave. La señora Guse apenas tiene callos, ya no utiliza mucho sus pies.

Cuando le pregunto de qué murió su marido, tan joven, siempre me responde que fue operado del estómago. Eso no es causa de defunción. Y entonces leo en sus ojos que todavía, cuarenta y cinco años después, no acierta a comprender de qué murió, de hecho, con el paso del tiempo comprende cada vez menos. También tiene problemas para recordar el nombre de sus cinco hijos, aunque al final logra acordarse: Lothar, Bärbel, Joachim, Uwe y Christine. La señora Guse no padece demencia. Simplemente se está alejando marcha atrás del mundo que ella conocía: niños, cocina, grandes almacenes.

—¿Qué tenemos hoy para comer, señora Guse?

—¿Otra vez quieres enterarte?

Nos reímos. La señora Guse se muestra maliciosa, yo inquisitiva e impaciente. Con la señora Guse se puede bromear.

—Hoy hay para… voy a hacer… lo recojo… después enseguida, en cuanto esté lista, lo recojo… medio pollo.

Se expresa con mucha gracia, con ingenio. Seguramente la señora Guse fue en el pasado una buena cocinera, ahora, tengo la impresión de que su menú va oscilando entre el kebab, el pollo y la comida china. Los fines de semana sin embargo se dedica a cocinar como una perfecta ama de casa. ¿Qué cocina? Filetes de Sajonia. En casa de la señora Guse todos los domingos se comen filetes de Sajonia. ¿Cómo los prepara? Con patatas y chucrut. ¿Y la carne? Enseguida viene, este es mi momento favorito de toda la sesión.

—Con la cortadora del pan corto en filetes la carne de Sajonia y entonces la corto con la cortadora del pan, la carne de Sajonia la corto en buenos filetes con la cortadora del pan, sí, créeme, corto con la cortadora del pan.

—¡Con la cortadora del pan! —exclamo entusiasmada, me quedo sin palabras y no quepo en mí del asombro.

—Sí —dice—. Con la cortadora del pan.

Mientras elogiamos la técnica de la señora Guse para cortar los filetes de Sajonia, con la toalla le limpio los restos del talón, que son suaves como el culo de un bebé. Puede elegir crema, ¿prefiere la de rosas o la de lavanda o quizá la de propóleos? Pero la señora Guse no prefiere ninguna, confía en mí y quiere que todo sea como siempre. Presiono el dispensador, que salpica sobre mi mano, y empiezo a trabajar sobre los pies, primero el izquierdo, después el derecho. Ella observa mi quehacer con interés y en silencio, pues yo le hago cosas que antes nadie le había hecho. Le acaricio el empeine, voy movilizando una por una las articulaciones metatarsofalángicas, dibujo círculos alrededor del maléolo, extiendo el tendón de Aquiles, froto las plantas de los pies con el puño, estiro el antepié.

—Has vuelto a hacer un buen trabajo.

Contemplamos mi labor acabada. La señora Guse tiene ochenta y cinco años, y ahora sus pies, tras el tratamiento, son la parte más joven de todo su cuerpo.

Me quito los guantes y vuelvo a bajar el trono al nivel del suelo, meto hacia dentro los reposapiés, doblo la toalla, ayudo a la señora Guse a ponerse los calcetines y los zapatos.

La señora Guse pierde el equilibrio momentáneamente al ponerse de pie, pero se agarra con fuera al reposabrazos y se estabiliza ya erguida. Coge la bolsa de la compra, arroja dentro la toalla y, oscilándola, abandona la habitación.

—¡Tendré que pagar! —grita la señora Guse.

Corro hacia detrás del mostrador. La señora Guse es muy apurada para pagar. No puede esperar ni un segundo. Al contrario que el hombre moderno que se carga de créditos, cuotas, pagos a plazos, la señora Guse no aguanta deber nada ni arrastrar deudas. Se siente mejor una vez ha logrado pagar, a veces incluso consigue pagar a la menor oportunidad, aunque el trabajo no esté todavía terminado. De hecho, ya tiene pagado su entierro. Saca su monedero con un orgullo infantil. Le cobro veintidós euros.

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Дата выхода на Литрес:
28 августа 2025
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162 стр. 4 иллюстрации
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9788416537358
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