Читать книгу: «Tras la huella de Cristo»

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Título original: Cross Bones

© Temperance Brennan, L.P., 2004.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2006.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO568

ISBN: 9788491875116

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Mapa

Citas

Hechos

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De los archivos forenses de la doctora Kathy Reichs

Agradecimentos

Notas

A SUSANNE KIRK, EDITORA EN SCRIBNER, 1975-2004

Y AL DOCTOR JAMES WOODWARD, RECTOR

DE LA UNIVERSIDAD DE CAROLINA DEL NORTE

EN CHARLOTTE, 1989-2005.

GRACIAS POR LOS AÑOS DE APOYO Y ÁNIMO.

¡QUE OS VAYA BIEN EN LA JUBILACIÓN!


Apártate del mal y haz el bien. Habla de paz y ejércela.

Sagradas Escrituras Judías,

salmo 34, 14

Y el fruto de la justicia se siembra en la paz

para aquellos que hacen la paz.

Nuevo Testamento, Santiago 3, 18

No pongáis a Dios como impedimento

de vuestro juramento de que seréis buenos,

piadosos e impondréis la paz entre los hombres.

Dios es oyente omnisciente.

Corán 2, 224

HECHOS

• Masada, reducto de la revuelta judía del siglo I contra los romanos, fue excavado entre 1963 y 1965 por el arqueólogo israelí Yigael Yadin y un equipo internacional de voluntarios. Se recogieron fragmentos y restos mezclados de aproximadamente veinticinco esqueletos en un conjunto de cuevas denominado Loci 2001/2002 situado por debajo del zócalo del perímetro amurallado, en el extremo sur de la cumbre. A diferencia de otros restos humanos hallados en el núcleo principal de las ruinas del extremo norte, no se informó inmediatamente a la prensa del hallazgo de estos huesos.

En la década de 1990 apareció la fotografía de un esqueleto intacto hallado también en Loci 2001/2002 durante las excavaciones de 1963-1965. Nicu Haas, antropólogo físico del programa de excavación, no mencionó dicho esqueleto ni hizo descripción alguna de este. Yadin tampoco habló de él en los informes que publicó ni en ninguna entrevista a la prensa.

— No se recogieron notas oficiales de campo durante la excavación de Masada, pero sí hubo sesiones informativas periódicas entre Yadin y su personal. Las transcripciones de estas se conservan archivadas en el campus de Mount Scopus de la Universidad Hebrea, pero faltan las páginas correspondientes a las fechas de descubrimiento y evacuación de Loci 2001/2002.

— En los seis volúmenes oficiales de la excavación en Masada no se menciona ni una palabra sobre los huesos de los veinticinco individuos mezclados, del esqueleto completo ni de los hallazgos en Loci 2001/2002.

— Aunque Nicu Haas tuvo en su poder los huesos durante más de cinco años, no publicó nada sobre los individuos mezclados ni sobre el esqueleto completo hallados en Loci 2001/2002. Las notas manuscritas de Haas, incluido un inventario completo de los huesos, muestran que ese esqueleto completo no llegó a sus manos.

— A finales de la década de 1960, Yigael Yadin afirmó en una conferencia de prensa que en pocas ocasiones se efectuaba la datación por el método de carbono 14 y que no era de su competencia dar curso a esa comprobación. En la revista Radiocarbon consta que Yadin envió muestras de otros yacimientos israelíes durante aquel período para someterlas a la prueba de carbono 14. A pesar de la incertidumbre a propósito de la fecha de los restos de Loci 2001/2002, Yadin no envió muestras de ellos para la datación por el método del radiocarbono.

• En 1968, durante la construcción de una carretera al norte de la Ciudad Vieja de Jerusalén, aparecieron los restos de un «hombre crucificado», Yehochanan, muerto a los veinticinco años aproximadamente en el siglo I. Incrustados en un hueso calcáneo de Yehochanan había un clavo y fragmentos de madera.

• En 1973, Donovan Joyce, periodista australiano, publicó The Jesus Scroll (Dial Press). Joyce afirmaba haber viajado a Israel, donde conoció a un miembro del equipo de la excavación realizada por Yadin, y que allí vio un pergamino del siglo I robado en Masada que recogía el testamento de «Jesús hijo de Santiago». Según Joyce, el pergamino fue sacado clandestinamente de Israel, y debió de ir a parar a la antigua URSS.

• En 1980, durante el terraplenado de una carretera al sur de Jerusalén, se descubrió una tumba que contenía osarios con inscripciones, con los nombres de Mara (María), Yehuda, hijo de Yeshua (Judas, hijo de Jesús); Matya (Mateo); Yeshua, hijo de Yehosef (Jesús, hijo de José); Yose (José) y Marya (María). La coexistencia de estos nombres en una sola tumba no es corriente. Las muestras óseas se han enviado al laboratorio para análisis de ADN.

• En 2000, el arqueólogo estadounidense James Tabor y su equipo descubrieron una tumba recientemente profanada en el valle de Hinón, en las afueras de Jerusalén, que contenía veinte osarios, todos ellos destrozados, a excepción de uno. En la cámara inferior hallaron un sudario con restos de cabello y de huesos humanos. El análisis de carbono 14 demostró que el sudario era del siglo I, y por el examen microscópico se comprobó que el cabello estaba limpio y exento de ácaros, prueba de que el inhumado era de buena posición social. Mediante análisis antropológico se determinó que eran restos de un varón adulto, y, por secuenciación del ADN, se demostró relación consanguínea de la mayoría de los individuos de dicha tumba.

• En 2002, el coleccionista de antigüedades israelíes Oded Golan reveló la existencia de un osario del siglo I con la inscripción de «Santiago, hijo de José, hermano de Jesús». En otoño, el osario fue mostrado al público. La opinión pericial coincidió en que el pequeño sarcófago de piedra era del siglo I, pero las inscripciones suscitaron controversia. La evidencia circunstancial indica que el osario procede de la zona de Hinón, posiblemente de la tumba del «sudario» inspeccionada por Tabor.

Se solicitó de la Autoridad de Antigüedades de Israel (AAI) un análisis de ADN de los huesos del osario de Santiago, ya que la secuenciación del ADN permitiría la comparación de este con los restos recuperados en la tumba del «sudario» de Hinón inspeccionada por Tabor. Pero la solicitud fue denegada.

Cuando este libro entraba en imprenta:

• En enero de 2004 se instruyó proceso legal a Oded Golan y a otras personas por falsificación de antigüedades. El señor Golan proclama su inocencia y persiste en que el osario de Santiago es auténtico. La opinión de los expertos continúa dividida.

1

Tras una cena de Pascua a base de jamón, guisantes y puré de patatas, Charles «el Cowboy» Bellemare le birló veinte dólares a su hermana, condujo su coche hasta una casa donde vendían crack en Verdún y desapareció.

En verano aquella casa se revalorizó en el mercado inmobiliario y se vendió a buen precio. En invierno, a los nuevos propietarios se los llevaban los demonios por lo mal que tiraba la chimenea. El lunes 7 de febrero, el hombre de la casa abrió el tubo de tiro y empujó hacia arriba con el deshollinador. Sobre las cenizas cayó una pierna disecada.

El hombre llamó a la policía. La policía llamó a los bomberos y a la oficina del juez de instrucción. El juez de instrucción llamó a nuestro laboratorio forense y Pelletier se hizo cargo del caso.

Una hora después del desprendimiento de la pierna, Pelletier y dos técnicos del depósito de cadáveres miraban la casa desde el césped. Decir que la escena era desconcertante sería como decir que el día D fue un día muy ajetreado. Un padre escandalizado. Una madre histérica. Unos niños crispados. Vecinos fascinados. Policías fastidiados. Bomberos perplejos.

El doctor Jean Pelletier es el decano de los seis patólogos del Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal (LSJML, por sus siglas en inglés) de Quebec. Sufre de las articulaciones, le molesta la dentadura postiza y presenta tolerancia cero ante cualquier incidente o persona que le haga perder el tiempo. Pelletier echó un vistazo y pidió un martillo de demolición.

Pulverizaron la chimenea por fuera. Extrajeron un cadáver perfectamente ahumado, que, sujeto con correas a unas parihuelas, fue trasladado a nuestro laboratorio.

Al día siguiente, Pelletier miró atentamente los restos y dijo: «Ossements». Huesos.

Aquí entro yo, Temperance Brennan, antropóloga forense de Carolina del Norte y Quebec. ¿La Belle Province y Dixie? Es una larga historia que comenzó con un intercambio entre mi universidad, la Universidad Nacional de Carolina del Norte-Charlotte (NCCC) y la McGill. Al concluir el intercambio de un año volví al sur, pero conservé el empleo de asesora en el laboratorio de Montreal. Diez años más tarde sigo yendo y viniendo, y me considero uno de los pasajeros veteranos con más horas de vuelo.

Cuando llegué a Montreal para mi turno rotativo, en febrero, me encontré sobre la mesa la demande d’expertise en anthropologie de Pelletier.

El miércoles 16 de febrero los huesos de la chimenea formaban ya un esqueleto completo sobre mi mesa de trabajo. Aunque la víctima no había sido en absoluto partidaria de hacerse revisiones dentales periódicas —por lo cual cabía descartar la existencia de ficha odontológica—, el resto de indicios óseos correspondía a Bellemare. Edad, sexo, raza y estatura aproximada, además de los clavos quirúrgicos en el peroné y la tibia derechos, me confirmaban que se trataba del Cowboy desaparecido.

Aparte de una fractura en la base craneal en el nacimiento del pelo, probablemente como consecuencia de la caída por la chimenea, no descubrí otros indicios de trauma.

Estaba considerando cómo y por qué un hombre sube a un tejado y cae por la chimenea, cuando sonó el teléfono.

—Creo que necesito su ayuda, Temperance.

Solo Pierre LaManche me llamaba por mi nombre completo cargando el acento en la última sílaba. LaManche acababa de hacerse cargo de un cadáver que yo sospechaba presentaría tejidos en descomposición.

—¿Una putrefacción avanzada?

—Oui. —Mi jefe realizó una pausa—. Y otros factores de complicación.

—¿Factores de complicación?

—Gatos.

Oh, Dios mío.

—Ahora mismo bajo.

Tras guardar en el disco el informe de Bellemare, salí del laboratorio, crucé las puertas de cristal que separaban la sección medicolegal del resto de la planta, doblé por un pasillo lateral y pulsé el botón de un ascensor solitario. Un ascensor accesible únicamente desde los dos niveles de seguridad del LSJML y desde la oficina del juez de instrucción, en la planta 11. Tenía un único destino: el depósito de cadáveres.

Durante mi descenso al sótano repasé lo que se había tratado por la mañana en la reunión de personal.

Avram Ferris, judío ortodoxo de cincuenta y seis años, había desaparecido hacía una semana. La víspera, el cadáver de Ferris apareció en un trastero del primer piso de su negocio. No había señales de allanamiento ni indicios de lucha. La empleada dijo que últimamente su comportamiento había sido extraño. La familia descartaba, sin lugar a dudas, la posibilidad de suicidio.

El juez de instrucción ordenó la autopsia. Los familiares de Ferris y el rabino se opusieron y hubo una acalorada negociación.

Ahora iba a ver a qué compromiso habían llegado.

Y la labor de los gatos.

Al salir del ascensor giré a la izquierda y luego a la derecha en dirección al depósito. Cerca de la puerta exterior del ala de autopsias, oí ruido en la sala de familiares, un triste cuarto reservado a quienes se cita para la identificación del cadáver.

Sollozos ahogados. Una voz de mujer.

Me imaginé el sombrío espacio con sus plantas de plástico, sus sillas de plástico y su ventana con discretos visillos, y sentí el dolor habitual. En el LSJML no realizábamos autopsias hospitalarias. Nada de hepatitis terminal. Nada de cáncer de páncreas.

Lo nuestro eran los homicidios, los suicidios, las muertes accidentales o repentinas e inexplicables. En la sala de familiares entraban solo aquellos que habían sido sorprendidos por lo impensable y lo imprevisto. Su duelo siempre me conmovía.

Abrí una puerta de color azul oscuro y crucé un estrecho pasillo, pasé delante de varios ordenadores, escurridores y carritos de acero inoxidable a la derecha y más puertas azules a la izquierda, todas con el letrero de SALLE D’AUTOPSIE. Al llegar a la cuarta de ellas, respiré hondo y entré.

Además de los esqueletos, yo me ocupo de los cadáveres quemados, momificados, mutilados y en estado de descomposición. Mi trabajo consiste en restablecer la identidad borrada. Suelo utilizar la sala cuarta porque tiene ventilación especial. Aquella mañana la instalación no daba abasto para eliminar el olor a podrido.

Hay autopsias que se hacen sin que nadie esté presente. Pero otras están muy concurridas. A pesar del hedor, en la autopsia de Avram Ferris había una buena asistencia.

LaManche. Su técnico ayudante, Lisa. Un fotógrafo de la policía. Dos agentes de uniforme. Un policía de la Sûrété du Québec (SQ) a quien no conocía. Un tipo alto, con pecas y más pálido que el tofu.

Otro policía de la SQ a quien sí conocía muy bien. Andrew Ryan. Un metro ochenta y cinco. Pelo color arena. Ojos azules de vikingo.

Nos saludamos con una inclinación de cabeza. El poli Ryan. La antropóloga Tempe.

Por si la representación oficial no bastara, cuatro desconocidos formaban una barrera hostil, hombro con hombro, a los pies del cadáver.

Les eché un vistazo. Varones. Dos cincuentones y dos ya casi setentones, seguramente. Pelo negro. Gafas. Barbas. Trajes negros. Solideos yarmulkes.

La barrera me dirigió una mirada estimativa. Ocho manos impasibles entrelazadas a las correspondientes espaldas rígidas.

LaManche se bajó la mascarilla y me presentó al cuarteto de observadores.

—Dado el estado del cadáver del señor Ferris, necesitamos a una antropóloga.

Cuatro miradas de estupefacción.

—La doctora Brennan es especialista en osteología —dijo LaManche en inglés—. Y está al corriente de sus requerimientos.

Aparte de un minucioso muestreo de sangre y tejidos, yo no tenía mucha idea de sus requerimientos.

—Siento mucho su pérdida —dije, apretando la carpeta portapapeles contra el pecho.

Cuatro fúnebres inclinaciones de cabeza.

«Su pérdida» ocupaba el centro del escenario, sobre una lámina de plástico extendida entre los restos y el acero inoxidable. En el suelo y alrededor de la mesa habían puesto otras láminas de plástico. En el carrito había bacines, tarros y ampollas vacías.

El cadáver estaba desnudo y lavado, pero sin incisiones. En el mostrador vi dos bolsas de papel. Me imaginé que LaManche había efectuado el examen externo con verificación de pólvora y otros rastros en las manos de Ferris.

Ocho ojos me siguieron cuando me acerqué al muerto. El observador número cuatro entrelazó las manos por delante de su bajo vientre.

Avram Ferris no parecía haber muerto hacía una semana. Parecía haber muerto en la época de Clinton. Tenía los ojos negruzcos, la lengua morada y la piel moteada, olivácea y con la textura de una berenjena. Su vientre estaba hinchado y su escroto era como dos balones.

Miré a Ryan en busca de una explicación.

—La temperatura del trastero era de casi noventa y dos grados —me informó.

—¿Tanto?

—Suponemos que un gato rozó el termostato —contestó Ryan.

Hice un cálculo rápido. Noventa y dos grados Fahrenheit eran unos treinta y ocho grados centígrados. No me extrañaría que Ferris tuviera el récord nacional de putrefacción.

Pero el calor no era el único factor crítico.

El hambre puede volver loco al más dócil de los seres. El hambre causa desesperación y nos hace prescindir de la ética. Si comemos, sobrevivimos. Es el instinto común que impulsa a las manadas, al depredador, a las caravanas de vuelta y a los equipos de fútbol. Puede convertir a un tierno gatito en un buitre.

Hasta Fido y Fluffy se vuelven unos buitres.

Avram Ferris cometió el error de morir encerrado con dos gatos, uno de pelo corto y otro siamés. Y con una parca ración de Friskies.

Rodeé la mesa.

El temporal y el parietal izquierdos de Ferris aparecían extrañamente separados. No podía ver el occipital, pero era evidente que había recibido un tiro en la nuca.

Me puse los guantes, introduje dos dedos bajo el cráneo y palpé. El hueso cedió como si fuera fango. Solo el cuero cabelludo lo sostenía por debajo.

Dejé reposar la cabeza y examiné el rostro.

No era fácil imaginarse qué aspecto habría tenido Ferris en vida. La mejilla izquierda estaba macerada, el hueso presentaba marcas de dentelladas y sobre ese horrible estofado rojizo destacaban unos fragmentos de brillos opalescentes.

Ferris conservaba casi intacta, aunque hinchada y marmórea, la parte derecha del rostro.

Me erguí y consideré la pauta de la mutilación. A pesar del calor y del hedor, los gatos no se habían aventurado más allá de la derecha de la nariz de Ferris ni más abajo, hacia el resto del cuerpo.

Comprendí por qué LaManche me necesitaba.

—¿Había una herida abierta en el lado izquierdo del rostro? —pregunté.

—Oui. Y otra en la parte posterior del cráneo. La putrefacción y la obra de los gatos impiden determinar la trayectoria de la bala.

—Me hará falta un estudio radiológico del cráneo —le dije a Lisa.

—¿Con qué orientación?

—Desde todos los ángulos. Solo el cráneo.

—No puede ser —dijo el observador número cuatro—. Hicimos un trato.

—Mi cometido es establecer la verdad en este asunto —replicó LaManche, alzando la mano enguantada.

—Dio su palabra de que no habría retención de especímenes. —Aunque el rostro del hombre era del color de la harina, una mancha rosada tiñó sus mejillas.

—Salvo en caso de que fuera absolutamente inevitable —añadió LaManche con voz persuasiva.

El observador número cuatro se volvió hacia el hombre que estaba a su izquierda. El observador número tres alzó la barbilla y miró a través de los párpados entornados.

—Déjelo hablar —dijo el rabino, impasible, aconsejando paciencia. LaManche se volvió hacia mí.

—Doctora Brennan, proceda con su análisis sin manipular el cráneo ni los huesos no traumatizados.

—Doctor LaManche...

—Si no es posible, aplique el procedimiento normal.

No me gusta que me digan cómo he de hacer mi trabajo. No me gusta trabajar sin el máximo de datos posibles ni aplicar ningún procedimiento que no sea el óptimo.

Me gusta y respeto a Pierre LaManche. Es el mejor patólogo que he conocido.

Miré a mi jefe. El viejo asintió imperceptiblemente con la cabeza; eso significaba: «Haga lo que le digo».

Miré el rostro de los cuatro observadores. Reflejaban la lucha secular entre el dogma y el pragmatismo. El cuerpo es un templo. El cuerpo tiene conductos, pus y bilis.

Los cuatro rostros reflejaban la angustia del duelo. La misma angustia que había llegado a mis oídos minutos antes.

—Por supuesto —dije—. Avíseme cuando esté listo para retirar el cuero cabelludo.

Miré a Ryan y él me hizo un guiño. Ryan el poli insinuándose como Ryan el amante.

La mujer seguía llorando cuando salí del ala de autopsias. Ahora ya no se oía a su acompañante o acompañantes.

Me sentía indecisa por temor a entrometerme en la intimidad del dolor de otro.

¿Era eso? ¿O era un simple pretexto para protegerme?

Contemplo muchas veces el dolor. He sido testigo en muchas ocasiones del brutal estado de shock de los deudos al enfrentarse al hecho de que su vida ha sido fatalmente alterada. No volverán a comer en compañía del ausente. Ya no habrá más conversaciones. Ni preciosos recuerdos que compartir.

Veo el dolor sin poder ofrecer ayuda. Soy un testigo ajeno que observa después del choque, después del incendio, después del tiroteo. Yo formo parte del aullido de las sirenas, del acordonamiento policial, del cierre de la bolsa del cadáver.

No puedo paliar ese dolor abrumador. Y detesto mi impotencia.

Había dos mujeres sentadas, una al lado de la otra, pero sin tocarse. La más joven tendría treinta o cincuenta años. Tenía el cutis blanco, cejas espesas y llevaba el pelo, negro y rizado, recogido sobre el cuello. Vestía una falda negra y un jersey negro largo con cuello alto hasta la barbilla.

La anciana tenía la piel tan arrugada que me recordó las muñecas que hacen en las montañas de Carolina con manzanas secas. Llevaba un vestido hasta los pies de un color entre negro y morado, con hebras sueltas en el lugar de los tres botones superiores.

Me aclaré la garganta.

La anciana alzó la mirada y vi brillar las lágrimas en sus innumerables arrugas.

—¿Señora Ferris?

Los dedos nudosos apretaron varias veces un pañuelo.

—Soy Temperance Brennan; estoy de ayudante en la autopsia del señor Ferris.

La anciana dejó caer la cabeza hacia un lado y se le descolocó la peluca.

—Las acompaño en el sentimiento. Comprendo por lo que están pasando.

La más joven levantó sus impresionantes ojos color lila.

—¿De verdad?

Buena pregunta.

El duelo es difícil de entender. Lo sé. Mi comprensión de él es incompleta. Eso también lo sé.

Mi hermano murió de leucemia a la edad de tres años; perdí a mi abuela ya nonagenaria, y en ambos casos el dolor fue como un ser vivo que invadió mi ser y se instaló profundamente en mi médula y en mis terminaciones nerviosas.

Kevin era apenas un bebé grande y la abuela vivía sumida en recuerdos de los que yo no formaba parte. Yo los quería y ellos me querían a mí, pero no ocupaban el centro de mi vida. Y fueron dos muertes previsibles.

¿Cómo se supera la muerte repentina de un cónyuge? ¿O la de un hijo?

No quería imaginarlo.

—No pretenda entender nuestro sufrimiento —insistió la más joven.

Innecesariamente agresiva, pensé. Un pésame de circunstancias no deja de ser un pésame.

—Por supuesto que no —dije, mirando a una y otra—. Ha sido un atrevimiento por mi parte.

Ninguna de las dos dijo nada.

—Siento mucho que hayan perdido a un ser querido.

La mujer más joven hizo una pausa tan larga que pensé que iba a replicar.

—Soy Miriam Ferris. Avram es..., era mi marido. —Alzó la mano e hizo otra pausa, como si estuviera indecisa—. Dora es la madre de Avram.

Esbozó con la mano un gesto hacia Dora y la enlazó con la otra.

—Me imagino que nuestra presencia durante la autopsia está fuera de lugar. Nosotras no podemos hacer nada —añadió Miriam con voz ronca y cargada de pesadumbre—. Todo esto es... —me espetó sin acabar la frase, clavando en mí la mirada.

Traté de encontrar alguna palabra reconfortante, de ánimo, algo puramente lenitivo. Pero, aparte de los clichés habituales, no se me ocurría nada.

—Comprendo el dolor de perder a un ser querido.

Una contracción nerviosa hizo palpitar la mejilla derecha de Dora. Sus hombros se hundieron y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Me acerqué a ella, me puse en cuclillas y le cogí la mano.

—¿Por qué Avram? —dijo entre sollozos—. ¿Por qué mi único hijo? Una madre no debe enterrar a su hijo.

Miriam dijo algo en hebreo o yidis.

—¿Qué Dios es este? ¿Por qué hace esto?

Miriam la regañó en voz baja.

Dora alzó los ojos hacia mí.

—¿Por qué no se me ha llevado a mí? Yo soy vieja y estoy dispuesta —añadió con sus arrugados y temblorosos labios.

—Yo no sé la respuesta, señora —dije con un tono de amargura.

Una lágrima de Dora mojó mi pulgar. Bajé la vista al sentir la humedad. Tragué saliva.

—¿Les apetece tomar un té, señora Ferris?

—No. Muchas gracias —contestó Miriam.

Apreté la mano de Dora. Noté que su piel era seca y sus huesos, frágiles.

Sintiéndome como una inútil, me levanté y le entregué una tarjeta a Miriam.

—Estaré unas cuantas horas arriba. Si desean algo, no dude en llamarme.

Al salir de la sala de familiares vi que uno de los observadores barbudos estaba en el pasillo.

Al llegar a su altura, el hombre me cortó el paso.

—Ha sido muy amable —dijo con un curioso tono chirriante, como la voz de Kenny Rogers en la canción Lucille.

—Una ha perdido a su hijo y la otra, a su marido.

—He visto lo que ha hecho y es evidente que es usted una persona compasiva. Una persona de honor.

¿A qué venía todo aquello?

El hombre se mostraba indeciso, como si se debatiera consigo mismo. Al fin, metió la mano en el bolsillo, sacó un sobre y me lo entregó.

—Este es el motivo de la muerte de Avram Ferris.

2

El sobre contenía una foto en blanco y negro de un esqueleto en posición supina, con el cráneo ladeado y las mandíbulas abiertas como en un grito congelado.

Giré la foto. Detrás estaba escrita la fecha, «Octubre, 1963», y una anotación borrosa. «H de 1 H», quizá.

Miré con expectación al hombre con barba que me bloqueaba el paso, pero él no dijo nada.

—¿Por qué me enseña esto, señor...?

—Kessler. Creo que es el motivo de la muerte de Ferris.

—Eso ya me lo ha dicho.

Kessler cruzó los brazos, los abrió y se restregó la palma de las manos en el pantalón. Aguardé.

—Él dijo que estaba en peligro. Dijo que si algo le sucedía sería a causa de esto —añadió Kessler, señalando con cuatro dedos la foto.

—¿Esto se lo dio el señor Ferris?

—Sí. —Kessler echó un vistazo hacia atrás.

—¿Por qué?

Kessler se encogió de hombros.

Volví a mirar la foto. El esqueleto estaba estirado, con el brazo derecho y la cadera parcialmente oscurecidos por una piedra o una cornisa. Junto a la rótula izquierda, en la tierra, había un objeto. Un objeto que me resultaba familiar.

—¿De dónde procede esta foto? —Levanté la vista.

Kessler miraba de nuevo hacia atrás.

—De Israel.

—¿El señor Ferris temía por su vida?

—Estaba aterrado. Dijo que si la foto salía a la luz pública, causaría estragos.

—¿Qué clase de estragos?

—No lo sé. —Kessler alzó las manos—: Escuche, yo no tengo ni idea de qué es la foto. No sé qué significa. Acepté guardarla y nada más. Esa es mi única intervención.

—¿Cuál era su relación con el señor Ferris?

—Éramos socios.

Le tendí la foto, pero Kessler bajó las manos a sus costados.

—Explíquele al agente Ryan lo que acaba de contarme —dije.

—Ahora sabe usted lo mismo que yo. —Kessler retrocedió un paso.

En aquel momento sonó mi móvil y lo saqué del cinturón.

Era Pelletier.

—He recibido otra llamada acerca de Bellemare.

Kessler me esquivó y se dirigió a la sala de familiares.

Yo esgrimí la foto, pero Kessler negó con la cabeza y continuó andando por el pasillo.

—¿Ha terminado con el estudio del Cowboy?

—Estoy acabando.

—Bon. La hermana está presionando para el entierro.

Cuando desconecté el móvil y me volví no había nadie en el pasillo. Bueno. Le daría la fotografía a Ryan. Él tendría una copia de la lista de observadores. Si quería seguir la pista, podría ponerse en contacto con Kessler.

Pulsé el botón del ascensor.

A mediodía terminé el informe sobre Charles Bellemare. Había llegado a la conclusión de que, por extrañas que fueran las circunstancias, el último viaje del Cowboy había sido consecuencia de su propia locura. Recibido. Sintonizado. Fuera. O hacia abajo, en el caso de Bellemare. ¿Qué haría Bellemare en aquel tejado?

A la hora del almuerzo, LaManche me informó de que había dificultad para examinar in situ las heridas craneales de Ferris. La radiografía mostraba solo un fragmento de bala e indicaba que la parte posterior del cráneo y la mitad izquierda del rostro estaban destrozadas. Me dijo también que mi análisis sería crucial, ya que la mutilación por obra de los gatos había distorsionado la disposición de los fragmentos metálicos detectables en la radiografía.

Además, Ferris había caído con las manos debajo del cuerpo y la descomposición impedía que el análisis de los residuos de pólvora fuera concluyente.

A la una y media volví a bajar al depósito.

Ahora, Ferris tenía abierto el tórax desde la garganta hasta el pubis y sus vísceras flotaban en unos recipientes. El hedor de la sala era de alerta roja.

Estaban presentes Ryan y el fotógrafo, con dos de los observadores de la mañana. LaManche aguardó cinco minutos y, a continuación, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza a su ayudante forense.

Lisa efectuó una incisión por detrás de las orejas de Ferris y en torno a la coronilla. Desprendió hacia atrás el cuero cabelludo con el escalpelo y los dedos, deteniéndose sucesivamente para que se tomaran las pertinentes fotografías del caso. A medida que se liberaban los fragmentos, LaManche y yo los examinábamos, hacíamos diagramas y los depositábamos en recipientes.

Cuando acabamos con la parte superior y trasera del cráneo de Ferris, Lisa retiró la piel del rostro y LaManche y yo repetimos el procedimiento: examen, diagramas y un paso atrás para que tomaran fotografías. Poco a poco extrajimos del destrozo lo que habían sido los huesos maxilar, cigomático, nasal y temporal de Ferris.

A las cuatro, lo que quedaba del rostro de Ferris estaba recompuesto y una sutura en forme de Y cerraba su vientre y tórax. El fotógrafo había impresionado cinco carretes. LaManche tenía un montón de dibujos y notas, y yo disponía de cinco recipientes con fragmentos óseos.

Estaba limpiando los fragmentos óseos cuando apareció Ryan por el pasillo exterior del laboratorio. Observé su llegada por la ventana de encima del fregadero.

Sus marcadas facciones y sus ojos tan azules eran mi perdición.

Al verme, Ryan apoyó la nariz y la palma de las manos en el cristal. Yo lo salpiqué con agua.

Él retrocedió y señaló la puerta. Yo vocalicé «abierta» y le hice un gesto para que entrara, sonriendo como boba.

De acuerdo. Tal vez Ryan sea lo que más me conviene. Pero esa era una conclusión a la que había llegado hacía poco.

Desde hace casi diez años, Ryan y yo nos hemos dado muchos cabezazos, reanudando y rompiendo una relación llena de altibajos, acercamientos y rechazos. Caliente, frío. Caliente, caliente.

Me sentí atraída por Ryan desde el principio, pero he tenido que superar más obstáculos para dejarme llevar por esa atracción que firmantes tuvo la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Yo soy partidaria de separar el trabajo y el placer. La señorita no admite «romances de oficina». De ningún modo.

Ryan trabaja en homicidios. Yo trabajo en el depósito de cadáveres. Es aplicable la cláusula de incompatibilidad profesional. Obstáculo número uno.

Luego, estaba el propio Ryan. Todos conocían su biografía. Natural de Nueva Escocia, hijo de irlandeses, el joven Andrew acabó recibiendo un corte con una botella de cerveza esgrimida por un motero. Al salir del coma, el muchacho ingresó en la policía y llegó al grado de teniente en el cuerpo provincial. El Andrew adulto es amable, inteligente e inflexible en lo que a su trabajo respecta. Y bien conocido como el donjuán de su patrulla. Aplicable la cláusula de incompatibilidad por semental. Obstáculo número dos.

Pero Ryan venció con su dulzura mis defensas y, tras años de resistencia, finalmente me lancé. Y así se derrumbó el tercer obstáculo, frente al fuego navideño.

Lily. Una hija de diecinueve años, con iPod, piercing en el ombligo y madre jamaicana, recuerdo de la propia sangre de Ryan de la época en que se juntaba con los chicos malos.

Aunque desconcertado y algo amedrentado por la perspectiva, Ryan aceptó el fruto de su pasado y adoptó ciertas decisiones sobre su futuro. La última Navidad se comprometió a ejercer como padre a distancia, y esa misma semana me pidió que compartiera su cama.

¡Guau! ¡Qué plan! Puse veto al plan.

A pesar de que aún comparto la cama con mi compadre felino, Birdie, Ryan y yo estamos esbozando un borrador previo de acuerdo.

Por ahora funciona. Es asunto exclusivo nuestro. Y nadie sabe nada.

—¿Qué tal, bombón? —preguntó Ryan al entrar.

—Bien —dije, añadiendo un fragmento a los que se secaban en el tablero de corcho.

—¿Es el fiambre de la chimenea? —preguntó Ryan, mirando el recipiente con los restos de Charles Bellemare.

—Del feliz viaje del Cowboy —contesté.

—¿Se suicidó?

Negué con la cabeza.

—Por lo visto se inclinó hacia donde no debía. No tengo ni idea de qué estaría haciendo sentado en una chimenea. —Me quité los guantes para enjabonarme las manos—. ¿Quién es el rubio que estaba abajo?

—Birch. Trabaja conmigo en el caso Ferris.

—¿Es un nuevo colega?

Ryan negó con la cabeza.

—Servicio temporal. ¿Crees que Ferris se suicidó?

Me volví y le dirigí una mirada que expresaba: «Lo sabes mejor que nadie».

Ray puso cara de monaguillo inocente.

—No pretendo meterte prisa —dijo.

—Dime algo acerca de él. —Arranqué varias toallas de papel del portarrollos.

Ryan apartó los restos de Bellemare y apoyó el anca en mi mesa de trabajo.

—La familia es ortodoxa.

—No me digas. —Gesto irónico de sorpresa.

—Los cuatro magníficos estaban presentes para que se hiciera una autopsia kósher.

—¿Quiénes son? —Hice un burujo con las toallas y lo tiré a la papelera.

—El rabino, miembros de la sinagoga y un hermano. ¿Quieres saber los nombres?

Negué con la cabeza.

—Ferris no era tan religioso como ellos. Tenía un negocio de importación con oficina y almacén cerca del aeropuerto de Mirabel. Le dijo a su mujer que estaría fuera el jueves y el viernes, y según... —Ryan sacó un cuaderno de espiral.

—Miriam —dije yo.

—Exacto. —Me miró con extrañeza—. Según Miriam, Ferris quería ampliar el negocio. El miércoles llamó hacia las cuatro y dijo que se iba de viaje y que volvería tarde el viernes. Como al anochecer no había llegado, Miriam pensó que algo le habría retrasado y que preferiría no conducir en sábado.

—¿Había sucedido en otras ocasiones?

Ryan asintió con la cabeza.

—Ferris no tenía costumbre de llamar a casa. Cuando Miriam vio que el sábado por la noche no aparecía, comenzó a llamar por teléfono. Nadie de la familia lo había visto. Su secretaria tampoco. Miriam ignoraba sus planes, así que decidió no decir nada. El domingo por la mañana fue a mirar al almacén y por la tarde denunció la desaparición. La policía dijo que investigaría si no aparecía el lunes por la mañana.

—¿Por ser un adulto que prolonga un viaje de negocios?

Ryan encogió un hombro.

—Ocurre a veces.

—¿Ferris no salió de Montreal?

—LaManche cree que murió poco después de llamar a Miriam.

—¿La declaración de Miriam está comprobada?

—De momento.

—¿El cadáver apareció en un trastero?

Ryan asintió con la cabeza.

—Había sangre y materia encefálica en las paredes.

—¿Qué clase de trastero era?

—Uno de la oficina, en la primera planta.

—¿Y por qué había gatos allí dentro?

—La puerta tiene una de esas trampillas basculantes. Ferris les ponía allí la comida y guardaba el cajoncito de arena.

—¿Y recogió a los gatos para pegarse un tiro?

—Tal vez estuvieran allí cuando lo hizo, o quizás entrasen después. Ferris debió de morir sentado en un taburete, pero luego cayó y bloqueó la gatera con el pie.

Reflexioné al respecto.

—¿Miriam no miró en el trastero cuando fue el sábado?

—No.

—¿No oyó rascar ni maullidos?

—A la señora no le gustan los gatos. Por eso Ferris los tenía en el trabajo.

—¿No notó mal olor?

—Parece ser que Ferris no era muy meticuloso con la higiene gatuna. Miriam dijo que si olió algo se imaginó que eran meados de gato.

—¿No notó un calor excesivo?

—No. Si un gato rozó el termostato después de estar ella, Ferris habría estado recalentándose entre sábado y martes.

—¿Ferris tenía otros empleados aparte de la secretaria?

—No. —Ryan consultó las notas de la libreta—. Courtney Purviance. Miriam la llama «secretaria», pero Purviance sostiene que es «socia».

—¿La esposa la rebaja o ella se atribuye más categoría?

—Más bien lo primero. Por lo visto, Purviance desempeñaba importantes funciones en el negocio.

—¿Dónde estaba Purviance el miércoles?

—Se marchó pronto a casa. Padece sinusitis.

—¿Por qué Purviance no encontró a Ferris el lunes?

—El lunes era una fiesta judía, y Purviance estuvo plantando árboles.

—El Tu B’Shvat.

—Et tu, Brute.

—Es la fiesta del árbol. ¿Faltaba algo?

—Purviance insiste en que allí no hay nada que merezca la pena robarse. Un ordenador viejo y una radio más vieja aún. No existe inventario. Pero ella lo está verificando.

—¿Cuánto tiempo hace que trabaja para Ferris?

—Desde el 98.

—¿Ferris tiene antecedentes muy sospechosos? ¿Socios conocidos? ¿Enemigos? ¿Deudas de juego? ¿Ha dejado plantada a una novia? ¿A un novio?

Ryan negó con la cabeza.

—¿Hay algo que sugiera que fue suicidio?

—Estoy indagando, pero de momento nada de nada. Matrimonio estable. En enero llevó a su mujer a Boca. El negocio no era brillante, pero les daba para vivir. Sobre todo desde que Purviance empezó a trabajar con él, un hecho que ella misma mencionó. Según la familia, no mostraba indicios de depresión, pero Purviance cree que en las últimas semanas estaba inexplicablemente malhumorado.

Recordé a Kessler y saqué la foto del bolsillo de mi bata de laboratorio.

—Es un regalo de uno de los cuatro magníficos. —Le tendí la foto—. Él cree que es el motivo de la muerte de Ferris.

—¿Es decir?

—Él cree que es el motivo de la muerte de Ferris.

—Eres insoportable, Brennan.

—Se hace lo que se puede.

Ryan examinó la foto.

—¿Cuál de los cuatro magníficos?

—Kessler.

Ryan enarcó una ceja, dejó la foto y hojeó su libreta.

—¿Estás segura?

—Es el nombre que me dio.

Cuando Ryan alzó la vista, la ceja estaba en reposo.

—No hay ningún Kessler inscrito como testigo de la autopsia.

3

—Estoy segura de que me dijo que se llamaba Kessler.

—¿Era un observador autorizado?

—¿Y no uno de tantos judíos ortodoxos que circulan por los pasillos?

—¿Dijo Kessler qué hacía aquí? —preguntó, omitiendo mi sarcasmo.

—No. —Sin saber por qué, la pregunta de Ryan me fastidió.

—¿Tú lo habías visto en la sala de autopsia?

—Yo...

Yo sentí pena por Miriam y Dora, y después me distrajo la llamada de Pelletier. Kessler llevaba gafas, barba y un traje negro. Mi mente no había captado más que un simple estereotipo étnico.

No es que me fastidiase Ryan. Estaba molesta conmigo misma.

—Pensé que lo había visto.

—Volvamos al principio.

Le conté a Ryan el incidente en el pasillo.

—Así que Kessler estaba en el pasillo cuando saliste de la sala de familiares.

—Sí.

—¿No viste de dónde venía?

—No.

—¿Ni adónde se dirigió?

—Pensé que iría a hacer compañía a la madre y a la viuda.

—¿Lo viste realmente entrar en la sala de familiares?

—En aquel momento yo estaba hablando con Pelletier —dije en un tono más cortante del que pretendía.

—No te pongas a la defensiva.

—No estoy a la defensiva —repliqué a la defensiva, desabrochándome el velcro de la bata de golpe con las dos manos—. Ampliaba detalles.

—¿Qué es lo que veo? —dijo Ryan, cogiendo la foto de Kessler.

—Un esqueleto.

Ryan puso los ojos en blanco.

—Kessler... —Me detuve—. El misterioso desconocido con barba me dijo que procedía de Israel.

—¿La foto procedía de Israel o la hicieron allí?

Otra metedura de pata mía.

—Esa foto tendrá más de cuarenta años. Lo más seguro es que no signifique nada.

—Si alguien dice que es el motivo de una muerte, probablemente significa algo.

Me ruboricé.

Ryan dio la vuelta a la foto igual que había hecho yo.

—¿Qué es «M de 1 H»?

—¿Crees que es una M?

Ryan no hizo caso de mi pregunta.

—¿Qué sucedió en octubre de 1963? —preguntó más bien para sí mismo.

—Que Oswald no dejaba de pensar en Kennedy.

—Brennan, eres increíble...

—Eso está claro.

Me acerqué a Ryan, giré la foto y señalé el objeto a la izquierda de la pierna.

—¿Ves esto? —pregunté.

—Es un pincel.

—Es un sustituto de flecha para señalar el norte.

—¿Qué significa?

—Es un viejo recurso de los arqueólogos. Si no hay una referencia para indicar tamaño y dirección, se coloca un objeto que señale el norte para tomar la foto.

—¿Crees que la foto la hizo un arqueólogo?

—Sí.

—¿En qué excavación?

—En un enterramiento.

—Ahora está más claro.

—Escucha, ese Kessler debe de ser un chalado. Búscalo y lo interrogas. O habla con Miriam Ferris —dije, señalando la foto con un ademán—. A lo mejor sabe por qué su marido estaba aterrado por esto —añadí, quitándome la bata blanca—. Si es que lo aterraba.

Ryan examinó la foto durante un minuto. Levantó la vista y dijo:

—¿Te has comprado las braguitas?

Me puse roja como un tomate.

—No.

—Las de satén rojo son muy sexis.

Entrecerré los ojos con un gesto de aviso de «aquí no».

—Me marcho.

Fui al armario, colgué la bata y vacié los bolsillos. Vacié mi libido.

Cuando volví, Ryan estaba de pie viendo de nuevo la foto de Kessler.

—¿Crees que alguno de tus «paleo-colegas» sabrá qué es esto?

—Puedo hacer unas llamadas.

—No vendría mal.

Desde la puerta, Ryan se volvió y movió las cejas de arriba abajo.

—¿Nos vemos después?

—El miércoles es mi día de taichí.

—¿Mañana?

—Te apunto.

Ryan me apuntó con un dedo y me guiñó un ojo.

—Las braguitas.

Mi apartamento en Montreal está en la planta baja de un edificio de poca altura en forma de U. Tiene dormitorio, estudio, dos baños, comedor-sala de estar y una cocina en la que volviendo la espalda al fregadero se alcanza la nevera. Cruzando uno de los arcos de la cocina hay un vestíbulo con puertas acristaladas que da a un patio central. El otro arco da acceso a un cuarto de estar con puertas acristaladas a un pequeño patio cerrado. También dispone de una chimenea de piedra, buena carpintería, armarios espaciosos y aparcamiento subterráneo. No es lujoso. La ventaja del edificio es que está en pleno centro. Centre-ville. Todo lo que necesito queda a dos manzanas de mi dormitorio.

Birdie no apareció al oír la llave.

—¡Hola, Bird!

Ni rastro del gato.

—Grrrec.

—Hola, Charlie.

—Grrec, grrec.

—¿Birdie?

—Grrrec, grrec, grrec, grrec, grrec. —Un silbido de piropo.

Metí el abrigo en el armario, dejé el portátil en el estudio, la lasaña en la cocina y crucé el segundo arco.

Birdie estaba en la pose de esfinge, con las patas de atrás dobladas, la cabeza alzada y las patas delanteras encogidas hacia dentro. Al sentarme en el canapé, me miró y a continuación centró la vista en la jaula a su derecha.

Charlie alzó la cabeza y me miró a través de los barrotes.

—¿Cómo están mis niños? —pregunté.

Birdie no me hizo ni caso.

Charlie saltó hasta el comedero y lanzó otro silbido de piropo seguido de un gorjeo.

—¿Mi jornada? Cansada pero sin desastres.

No mencioné lo de Kessler.

Charlie ladeó la cabeza y me miró con el ojo izquierdo.

El gato, nada.

—Me alegro de que os llevéis tan bien.

Era verdad.

La cacatúa era un regalo de Navidad de Ryan. Aunque no me había entusiasmado la idea, por mis continuos desplazamientos a ambos lados de la frontera, a Birdie le encantó desde el primer momento.

Ante mi rechazo a su propuesta de cohabitación, Ryan propuso la custodia compartida. Cuando yo estaba en Montreal, Charlie era mía. Cuando estaba en Charlotte, se la quedaba Ryan. Birdie solía viajar conmigo.

El acuerdo funcionaba, y el gato y la cacatúa hacían buenas migas.

Fui a la cocina.

Aquel día el taichí se me dio fatal, pero dormí como un tronco. La verdad es que la lasaña no es la comida ideal para «Asir la cola del gorrión» ni «La grulla blanca abre las alas», pero con «Silencio interno» se da de patadas.

Me levanté a las siete, y a las ocho estaba en el laboratorio.

Dediqué cuatro horas a identificar, marcar e inventariar los fragmentos del cráneo de Avram Ferris. No había realizado un examen minucioso, pero capté ciertos detalles que me permitían ir perfilando un cuadro. Un cuadro desconcertante.

En la reunión de personal de aquella mañana hubo la habitual lista de tristes estupideces, brutalidades y banalidades.

Un hombre de veintisiete años electrocutado al orinar sobre las vías del metro en Lucien-L’Allier.

Un carpintero de Boisbriand que aporreó a su esposa de treinta años durante una discusión sobre quién debía llevar los troncos a la chimenea.

Un hombre de cincuenta y nueve años adicto al crack muerto de sobredosis en una pensión de mala muerte cerca de la puerta de Chinatown.

No había nada para la antropóloga.

A las nueve y veinte volví a mi oficina y telefoneé a Jacob Drum, un colega de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte. Me habló el contestador. Dejé un mensaje para que me llamara.

Llevaba una hora más con los fragmentos cuando sonó el teléfono.

—¡Hey, Tempe!

Como saludo, los sureños decimos «hey», no «hola». Para alertar, llamar la atención o para objetar algo a alguien también decimos «hey», pero expulsando el aire y luego truncándolo al final. Este fue un «hey» sin aire.

—¡Hey, Jake!

—Aquí, en Charlotte, no pasamos de diez grados. ¿Hace frío ahí?

En invierno, a los del sur de la frontera les encanta preguntar qué tiempo hace en Canadá. En verano, el interés cae en picado.

—Hace frío.

La máxima prevista era bajo cero.

—Me marcho a un lugar donde el tiempo se ajuste a mi vestimenta.

—¿Te vas de excavación?

Jake era un arqueólogo bíblico que trabajaba en Oriente Medio desde hacía casi treinta años.

—Sí, señora. En la sinagoga del siglo I. Llevo meses haciendo planes y ya tengo el equipo en Israel. El sábado me reúno en Toronto con un supervisor de campo. Y ahora estoy ultimando los detalles de mi viaje. Un incordio. ¿Sabes lo peculiares que son esas excavaciones? Sinagogas del siglo I en Masada y Gamla. Figúrate.

—Es una oportunidad excepcional. Escucha, Jake, me alegro de haberte pillado en casa. Quiero pedirte un favor.

—Venga.

Le describí la foto de Kessler sin decirle cómo había llegado a mis manos.

—¿La hicieron en Israel?

—Me han dicho que proviene de Israel.

—¿Y es de los años sesenta?

—Por detrás está escrito «Octubre de 1963» y unas siglas. A lo mejor es una dirección.

—Es muy vago.

—Sí.

—Me gustaría echarle un vistazo.

—Puedo escanearla y te la envío por correo electrónico.

—No te prometo nada.

—Agradezco tu interés por examinarla.

Sabía lo que vendría a continuación. Jake recitó su rollo como un anuncio de cerveza mala.

—Tienes que venir a excavar con nosotros, Tempe. Vuelve a tus raíces de arqueóloga.

—Es lo que más desearía, pero ahora no puede ser.

—En otra ocasión.

—En otra ocasión.

Después de la llamada fui a la sección de reproducción fotográfica, hice una copia con el escáner de la foto de Kessler y la guardé en el fichero TPEG del ordenador de mi laboratorio. Después entré en la red y la envié a la cuenta de correo electrónico de Jake en la UNCC.

Volví al cráneo destrozado de Ferris.

Las fracturas craneales mostraban una enorme variabilidad de configuración. La interpretación exacta de cualquier pauta de fractura se basa en conocer muy bien las propiedades bioquímicas del hueso, así como los factores extrínsecos que intervienen en la fractura.

Sencillo, ¿no?

Como la física cuántica.

Aunque un hueso es en apariencia rígido, en realidad posee cierta elasticidad, y, por efecto de la presión, cede, cambia y se deforma; y una vez sobrepasado el límite de deformación elástica se hunde o se fractura. Eso en el aspecto bioquímico.

En un cráneo, las fracturas siguen la trayectoria de menor resistencia. Y estas trayectorias las determinan factores como la curvatura de la bóveda, las apófisis y las sinuosas suturas interóseas. Estos son los factores intrínsecos.

Entre los factores extrínsecos se cuentan el tamaño, la velocidad y el ángulo de incidencia del objeto contundente.

Puede considerarse el cráneo como una esfera con crestas, curvas y fisuras. Hay varias formas previsibles de quebrar esa esfera por efecto de un impacto. Tanto una bala del calibre 22 como una tubería de cinco centímetros son objetos contundentes, pero la bala tiene mucha mayor velocidad y menor área de impacto.

Creo que lo habéis entendido.

A pesar del destrozo generalizado, me di cuenta de que estaba observando una configuración atípica en el cráneo de Ferris. Y cuanto más lo examinaba, más me inquietaba.

Estaba colocando un fragmento de occipital bajo el microscopio cuando sonó el teléfono. Era Jake Drum. Esta vez no me saludó con su relajado «hola».

—¿De dónde me dijiste que has sacado esta foto?

—No te dije nada. Yo...

—¿Quién te la dio?

—Un tal Kessler. Pero...

—¿La tienes aún en tu poder?

—Sí.

—¿Hasta cuándo estás en Montreal?

—El sábado emprendo un breve viaje a Estados Unidos, pero...

—Si mañana hago un desvío hasta Montreal, ¿podrías enseñarme el original?

—Sí. Jake...

—Voy a telefonear a la compañía aérea —dijo con voz tan tensa como un amarre del Queen Mary—. Entretanto, esconde esa foto.

Había colgado.

4

Me quedé mirando el teléfono.

¿Qué podría ser tan importante para que Jake cambiara unos planes que le habían llevado meses?

Puse la foto de Kessler en el centro de la mesa.

Si no me equivocaba respecto al pincel, el esqueleto estaba situado en dirección norte-sur con la cara girada hacia el este, las muñecas cruzadas sobre el regazo y las piernas estiradas. Salvo cierto desplazamiento de los huesos pelvianos y de los pies, todo era anatómicamente correcto.

Demasiado correcto. Los extremos de ambos fémures estaban perfectamente encajados en la articulación rotuliana, pero las rodillas nunca encajan de esa manera. El peroné derecho estaba en el lado interno de la tibia derecha. Debería estar en el lado externo.

Conclusión: lo habían manipulado.

¿Era un arqueólogo quien había recompuesto los huesos para hacer la foto o la recomposición respondía a otra cosa?

Llevé la foto al microscopio, disminuí el aumento y conecté la luz de fibra óptica. En la tierra sobre la que descansaban los huesos se advertían pisadas, y al ampliar la imagen observé dos tipos de suela como mínimo.

Conclusión: había intervenido más de una persona.

Examiné el género. Las crestas orbitarias del cráneo eran amplias y la mandíbula, cuadrada. Solo era visible media pelvis, pero la incisura isquiática era estrecha y profunda.

Conclusión: se trataba de un individuo varón, casi con toda probabilidad.

Examiné la edad. La dentadura superior parecía relativamente completa. La inferior mostraba huecos y las piezas estaban mal alineadas. La sínfisis púbica derecha, una de las superficies sobre la que se articulan anteriormente los dos huesos ilíacos, estaba inclinada hacia la lente. Aunque la foto era granulosa, la cara de la sínfisis aparecía totalmente lisa y plana.

Conclusión: el individuo era un adulto entre joven y de mediana edad. Posiblemente.

Fantástico, Brennan. Un adulto muerto con mala dentadura y huesos recompuestos. Posiblemente.

—Ahora sí que tenemos algo —dije, remedando a Ryan.

El reloj marcaba la una cuarenta. Me moría de hambre.

Me quité la bata blanca, apagué la luz de fibra óptica y me lavé las manos. Cuando ya estaba en la puerta, me sentí indecisa.

Volví al microscopio, recogí la foto y la guardé debajo de la agenda, en el cajón de la mesa.

A las tres seguía tan confusa respecto a los fragmentos de Ferris como a mediodía. Si acaso, más frustrada.

El alcance del disparo de un suicida es limitado. Se disparan en la frente, en el temporal, en la boca o en el pecho. Nunca en la espalda o en la nuca, porque eso requiere posturas muy difíciles para apuntar y apretar el gatillo con un dedo de la mano o del pie. Es lo que suele permitir diferenciar la trayectoria de la bala de un suicidio y de un homicidio.

Al perforar el hueso, la bala desplaza pequeñas partículas del perímetro del orificio que abre, con una herida de entrada en bisel hacia dentro y otra de salida en bisel hacia fuera.

La bala entra. La bala sale. Trayectoria. Modalidad de la muerte.

¿Cuál era el problema? ¿Se había aplicado Avram Ferris una pistola a la cabeza o lo había hecho otro?

El problema consistía en que las partes afectadas del cráneo de Ferris eran como piezas revueltas de un rompecabezas. Para determinar el bisel, tenía que identificar antes lo que había entrado y por dónde.

Tras varias horas de recomposición del rompecabezas conseguí detectar un defecto ovalado detrás de la oreja derecha de Ferris, junto a las suturas del parietal, el occipital y el temporal. ¿Quedaba al alcance de Ferris? Era algo forzado. Pero vete tú a saber.

Había otro problema. El orificio presentaba bisel tanto en la superficie endocraneal como en la exocraneal.

Prescindamos del bisel. Tendría que basarme en la secuenciación de la fractura.

La función del cráneo es alojar el cerebro y una reducida cantidad de líquido. Así de simple. No cabe otra cosa.

Un balazo en la cabeza desencadena una serie de episodios, cada uno de los cuales puede estar ausente, presente o aparecer combinado con otro. Primero se produce un orificio, y con ello, una fractura de irradiación por entre la superficie craneal. La bala atraviesa el cerebro y desplaza materia gris, lo que crea un hueco antinatural. Aumenta la presión intracraneal, se desarrollan fracturas concéntricas de empuje perpendiculares a las fracturas que irradian desde la entrada y que producen un efecto palanca hacia fuera del hueso. Si hay intersección de fracturas de empuje y radiales, ¡bang!, esa parte del hueso salta en pedazos.

Existe otra posibilidad. El hueso no salta en pedazos y la bala sale por el extremo opuesto del cráneo. Se produce una onda de fractura a partir del orificio de salida que incide sobre la que irrumpe desde el orificio de entrada. La energía se disipa entre las fracturas previas de entrada y aminora las fracturas de salida.

El símil sería: la bala que atraviesa el cerebro crea energía, y esa energía atrapada busca la salida más rápida. En el cráneo, esa salida son las suturas abiertas y las grietas preexistentes. En resumen: las fracturas creadas por la salida de la bala no se cruzan con las creadas por la entrada. Ordenándolo todo, se obtiene la secuencia.

Pero ordenar la complejidad implica reconstrucción.

No había otro modo. Tenía que reunir todas las piezas del rompecabezas. Iba a necesitar mucha paciencia. Y mucho pegamento.

Saqué los recipientes de acero inoxidable, la arena y el pegamento Elmer’s. Fui pegando los fragmentos de dos en dos y coloqué la reconstrucción en la arena para que se secase bien, sin distorsiones.

La música ambiental del laboratorio enmudeció.

Las ventanas se oscurecieron.

Sonó un timbre que indicaba el cambio al turno de noche de la centralita.

Seguí trabajando, seleccionando, manipulando, pegando, probando. Me envolvía un silencio acrecentado por la ausencia de personal.

Cuando miré el reloj eran las seis y veinte.

¿Qué era lo que me inquietaba?

¡Había quedado con Ryan en mi casa a las siete!

Corrí hacia el fregadero, me lavé las manos, me quité a toda prisa la bata blanca, cogí mis cosas y salí disparada.

Caía una lluvia fría. No; qué digo. Era aguanieve. Nieve derretida que se me pegaba a la chaqueta y me abrasaba las mejillas.

Tardé diez minutos en despejar el glaciar que se había formado en el parabrisas y otros treinta para recorrer un trayecto en el que normalmente invertía quince.

Cuando llegué vi a Ryan apoyado en la pared, junto al portal, con una bolsa de compra a los pies.

Hay una ley ineluctable de la naturaleza: cuando quedo con Andrew Ryan siempre estoy hecha un desastre. Y Ryan siempre tiene aspecto de guaperas a punto de saludar a un comité de recepción de admiradoras. Siempre.

Aquella tarde llevaba una cazadora de piloto, una bufanda de lana a rayas y vaqueros desgastados.

Ryan me sonrió al verme llegar, con el bolso colgado al hombro, el portátil en la mano izquierda y la cartera en la derecha, y con las mejillas enrojecidas por el frío, el pelo empapado y pegado a la cara, y un maquillaje que parecía un estudio impresionista de aguas residuales.

—¿Los perros del trineo se hicieron un lío con el rastro?

—Cae aguanieve.

—Hay que decirles «¡Arre, arre!».

Ryan se apartó de la pared, me liberó del ordenador con una mano y con la otra me apartó el flequillo casi congelado.

—¿Has tenido un encuentro con lo sobrenatural?

—He estado pegando fragmentos —contesté, sacando las llaves.

Ryan estuvo a punto de replicar algo, pero se contuvo. Se agachó, recogió la bolsa y me siguió camino del piso.

—¿Pajarito?

—Charlie —añadió Ryan.

—Grrec, grrec, grrec, grrec, grrec.

—Tú y Charlie entreteneos un rato, que yo voy a quitarme el pegamento —dije.

—Las braguitas...

—Ryan, ni siquiera las he encargado.

En veinte minutos me duché, me lavé el pelo, me lo sequé y me maquillé hábilmente, en plan sencillo. Me embutí unos pantalones de pana rosa, un top ajustado y unos pendientes de Issey Miyaki.

Nada de braguitas, pero sí un tanga de muerte. Rosa grisáceo. Una prenda íntima que mi madre no se habría atrevido a ponerse.

Ryan estaba en la cocina. El piso olía a tomate, anchoas, ajo y orégano.

—¿Preparando tus célebres espaguetis a la puttanesca? —pregunté, poniéndome de puntillas y besándolo en la mejilla.

—¡Guau!

Me estrechó entre sus brazos y me besó en la boca. Ahuecó la cinturilla de mis pantalones y miró hacia abajo.

—No son braguitas, pero no está mal.

Lo aparté apoyando las dos manos en su pecho.

—¿De verdad que no las has encargado?

—De verdad que no las he encargado.

Apareció Birdie, nos miró con ojos de censura y siguió hacia su comedero.

Durante la cena expuse mi frustración en el caso Ferris. En el café y los postres, Ryan me puso al día sobre su investigación.

—Ferris era importador de prendas para el culto. Yarmulkes, talliths.

Ryan malinterpretó mi mirada.

—El tallith es la estola de oración.

—Me sorprende que lo sepas.

Ryan es católico, igual que yo.

—Lo miré en el diccionario. ¿Por qué has puesto esa cara?

—Porque debe de ser un mercado muy limitado.

—Ferris comerciaba también con artículos rituales para el hogar. Menorás, mezuzás, candelabros del sabbat, copas de kiddush y chales challah. Estos términos tengo que buscarlos.

Ryan me ofreció el plato de los pasteles. Quedaba un milhojas. Yo lo quería, pero negué con la cabeza. Ryan lo cogió.

—Ferris vendía en Quebec, Ontario y las Maritimes. Su negocio no era el Wal-Mart, pero se ganaba la vida.

—¿Has vuelto a hablar con la secretaria?

—Por lo visto, Purviance es algo más que una secretaria. Se encarga de la contabilidad, de las existencias y viaja a Israel y a Estados Unidos para evaluar el producto y tratar con los proveedores.

—Viajar a Israel no es ninguna bicoca en las actuales circunstancias.

—Purviance vivió en un kibutz en los años ochenta y sabe moverse. Y habla inglés, francés, hebreo y árabe.

—Impresionante.

—Su padre era francés y la madre, tunecina. En resumen, Purviance insiste en su versión. El negocio va bien y Ferris no tenía enemigos, pero ella lo encontró en los días previos a su muerte extrañamente malhumorado. Le he dado un día para que termine el inventario del almacén, y entonces volveremos a hablar.

—¿Diste con Kessler?

Ryan fue al sofá y sacó un papel de la cazadora. Volvió a la mesa y me lo tendió.

—Esta es la lista de testigos autorizados para asistir a la autopsia.

Leí los nombres.

Mordecai Ferris

Theodore Moskowitz

Myron Neulander

David Rosenbaum

—No hay ningún Kessler. —Una observación innecesaria—. ¿Has localizado a alguien que lo conociera?

—Hablar con la familia es como hablar con la pared. Ahora guardan el aninut.

—¿El aninut?

—La primera fase del duelo.

—¿Y cuánto dura?

—Hasta el entierro.

Visualicé mentalmente los fragmentos de cráneo tomando forma en mis recipientes con arena.

—Quizá tengan una larga espera.

—La esposa de Ferris me dijo que volviera cuando la familia hubiese terminado de cumplir el shiva, que dura una semana. Yo le indiqué que iría antes.

—Para ella debe de ser muy duro.

—Un dato interesante: Ferris tenía un seguro de vida de dos millones, con una cláusula por muerte accidental que duplica el importe.

—¿La beneficiaria es Miriam?

Ryan asintió con la cabeza.

—No tienen hijos.

Le expliqué a Ryan mi conversación con Jake Drum.

—No puedo creerme que se desplace hasta aquí.

—¿Tú crees que vendrá?

Reflexioné un instante.

—Tu indecisión me demuestra que albergas dudas —dijo Ryan—. ¿Es un tipo insensato?

—Jake no es un insensato. Es otra cosa.

—¿Otra cosa?

—Jake es un arqueólogo fantástico. Ha trabajado en Qumran.

Ryan me miró intrigado.

—Los manuscritos del mar Muerto. Es capaz de traducir mil lenguas.

—¿Alguna de las que se hablan en la actualidad?

Le tiré una servilleta.

Después de quitar la mesa, nos tumbamos en el sofá. Birdie se estiró junto al fuego.

Hablamos de cosas personales.

Lily, la hija, de Ryan, que vive en Halifax, salía con un guitarrista y estaba pensando en ir a vivir a Vancouver. Ryan temía que no hubiera relación entre una cosa y otra.

Mi hija, Katy, en su duodécimo y último semestre en la Universidad de Virginia, iba a estudiar cerámica y esgrima, y a seguir un curso sobre mística femenina en el cine actual. Su estudio implicaba hacer entrevistas a dueños de pubs.

Birdie ronroneaba. O roncaba.

Charlie graznaba y volvía a graznar un verso de Hard-Hearted Hannah.

El fuego chisporroteaba y la nieve azotaba los cristales. Al cabo de un rato todo quedó en silencio.

Ryan estiró el brazo y apagó la lámpara. El resplandor ámbar hizo bailar las sombras familiares de mi casa.

Ryan y yo acoplamos nuestros cuerpos como una pareja de tanguistas. Yo con la cabeza hundida en su clavícula. Olía a jabón y a los troncos que había acarreado para el fuego. Sus dedos me acariciaron el pelo. La mejilla. El cuello.

Me sentía feliz. Tranquila. A mil kilómetros de los esqueletos y de los fragmentos de cráneo.

Ryan es de contextura fibrosa, con músculos largos como sogas. Al final noté que uno de sus músculos se alargaba.

Dejamos a Birdie al cuidado del hogar.

5

Por la mañana, Ryan se marchó pronto, comentando algo sobre neumáticos, equilibrado y llantas torcidas. Yo no soy muy buena oyente a las siete de la mañana. Y no siento el menor interés por los neumáticos.

Suelo utilizar la conexión aérea entre Charlotte y Montreal, y puedo recitar de memoria los vuelos de US Airways. Sabiendo que el vuelo directo diario había sido suprimido, estaba segura de que Jake no aparecería antes de mediodía. Me di la vuelta en la cama y me hundí en el sueño.

A las ocho tomé una rosquilla y un café, y me fui al laboratorio. Iba a estar fuera cinco días y sabía que la familia Ferris ansiaba tener noticias.

Y hacerse cargo del cadáver.

Pasé otra mañana con el tubo de Elmer’s, uniendo las docenas de fragmentos pegados la víspera. Como si ensamblara átomos para formar moléculas y obtener células, logré reconstruir la bóveda.

Los huesos faciales no eran tan fáciles. El astillamiento era considerable, por obra de los gatos o por efecto de la fragilidad de los propios huesos. Era imposible reconstruir el lado izquierdo del rostro de Ferris.

No obstante, se esbozaba un patrón. Aunque las líneas eran complejas, no parecía haber fisuras cruzadas con la fractura en estrella irradiada por el orificio que se abría por detrás de la oreja derecha de Ferris. La secuencia de la fractura indicaba que ese era el orificio de entrada.

Pero ¿por qué los márgenes del orificio tenían el bisel hacia fuera del cráneo? En un orificio de entrada habría debido estar hacia dentro.

Solo se me ocurría una explicación, pero faltaban los fragmentos de la zona inmediata superior y de la izquierda. Para estar segura, me resultaba imprescindible obtener esos fragmentos.

A las dos escribí una nota a LaManche explicándole lo que me faltaba. Le recordé mi viaje para asistir al congreso anual de la Academia Americana de Ciencias Forenses en Nueva Orleans, y que volvería a Montreal el miércoles por la noche.

Durante las dos horas siguientes hice recados. Banco. Tintorería. Comida para el gato. Semillas para la cacatúa. Ryan había aceptado ocuparse de Birdie y Charlie, pero él tenía curiosas ideas respecto a la alimentación de los animales domésticos y yo quería asegurarla convenientemente.

Jake me telefoneó cuando entraba en el garaje de casa. Estaba en el portal. Corrí escaleras arriba, le abrí la puerta y nos dirigimos por el pasillo hacia mi apartamento.

Por el camino recordé la primera vez que vi a Jake Drum. Yo era nueva en la UNCC y conocía a pocos profesores ajenos a mi especialidad. Y a ninguno del departamento de estudios religiosos. Jake se presentó una tarde en mi laboratorio, en una época en que las agresiones a las estudiantes habían provocado anuncios de medidas de seguridad por los altavoces del campus.

Me puse nerviosa como un ratoncito que ve a través de un cristal una pitón con cara de hambre.

Pero mis temores eran infundados: Jake solo pretendía hacerme una pregunta sobre conservación de huesos.

—¿Quieres un té? —pregunté.

—Ya lo creo. En el avión he tomado una galletita salada y un Sprite.

—Los platos están a tu espalda.

Vi cómo Jake elegía tazas y pensé en lo bien que quedaría encarnando a un asesino. Tiene la nariz afilada y prominente, y las cejas espesas, pegadas a unos ojos tan negros como los de Rasputín. Y mide uno noventa y cinco, pesa ochenta kilos y lleva el cráneo rapado. Los testigos no olvidarían fácilmente su aspecto.

Y ese día —me imaginé— no habría faltado algún peatón que se apartara a su paso. Su nerviosismo era palpable.

Hablamos de cosas intrascendentes mientras hervía el agua.

Jake se alojaba en un pequeño hotel de la zona oeste del campus de la Universidad McGill y había alquilado un coche para ir a Toronto a la mañana siguiente. El lunes salía para Jerusalén, donde emprendería con su equipo israelí la excavación de la sinagoga del siglo I.

Jake me hizo su habitual invitación a unirme a su equipo y yo le di las gracias, lamentando no poder aceptar.

Cuando el té estuvo listo, Jake se sentó a la mesa del comedor. Yo cogí una lupa y puse la foto de Kessler sobre el cristal.

Jake miró la foto como si no la hubiera visto antes. Al cabo de un momento, la examinó detenidamente a través de la lente, con gestos discretos y deliberados.

En cierto modo, Jake y yo somos muy parecidos. Yo, cuando estoy molesta, me vuelvo arisca, cortante y respondo con sarcasmos. Cuando estoy enfadada y la furia me desborda, me invade una serenidad glacial. A Jake le ocurre lo mismo. Lo sé porque lo he oído hablar en los debates del consejo de la facultad. Esa apariencia imperturbable es mi reacción ante el miedo. Y me imagino que a Jake también le sucede.

Su cambio de actitud me produjo un escalofrío mental.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Jake alzó la cabeza y dirigió la vista al vacío, hacia donde yo estaba. Me imaginé que estaba pensando en catas, paletas y olor a tierra removida.

A continuación, dio un golpecito en la foto con su largo y delgado dedo.

Tuve un vago pensamiento. De no ser por los callos, las manos de Jake serían como las de un pianista.

—¿Hablaste con quien te la dio?

—Cuatro palabras. Estamos intentando localizarlo.

—¿Qué te dijo exactamente?

Sentí dudas respecto a qué podía divulgar desde el punto de vista ético. Los periódicos habían dado la noticia de la muerte de Ferris. Pero Kessler no me había exigido confidencialidad.

Expliqué el asunto de los disparos, la autopsia y la escena con el tal Kessler.

—Dijo que la foto procede de Israel.

—En efecto —apostilló Jake.

—¿Es una corazonada?

—Es un hecho.

—¿Tan seguro estás? —dije, frunciendo el ceño.

—¿Qué sabes de Masada?

Jake se reclinó en la silla.

—Que es una montaña de Israel donde murió mucha gente.

Los labios de Jake esbozaron una especie de sonrisa.

—Amplíelo, por favor, señorita Brennan.

Retrocedí mentalmente a tiempos remotos.

—En el siglo I antes de Cristo...

—Políticamente incorrecto. Se dice antes de la era actual.

—... la zona entre Siria y Egipto, en la antigüedad la tierra de Israel, que los romanos llamaron Palestina, formaba parte del Imperio romano. Ni que decir tiene que los judíos estaban hartos. En el siglo siguiente estallaron una serie de revueltas para expulsar a los malditos romanos. Todas fracasaron.

—Nunca lo había oído exponer de esa manera. Continúa.

—Hacia el año 66 después de Cristo, perdón, de la era actual, estalló otra revuelta en toda la región. Esta vez los romanos se pusieron nerviosos y el emperador desplegó el ejército para aplastar a los rebeldes. —Me estrujé el cerebro para precisar fechas—. Al cabo de unos cinco años de la sublevación, el general Vespasiano conquistó Jerusalén, saqueó el templo y dispersó a los supervivientes.

—¿Y Masada?

—Masada es un peñón enorme en el desierto de Judea. Al principio de la guerra, un grupo de judíos zelotes se hicieron fuertes en la cumbre. El general romano..., no me acuerdo de su nombre...

—Flavio Silva.

—Ese. A Silva no le hizo ninguna gracia. Masada representaba un desafío que no pensaba tolerar. Silva montó campamentos de asedio, construyó una empalizada alrededor de la fortaleza y una rampa lateral. Cuando sus tropas consiguieron subir un ariete y abrir una brecha en las murallas no hallaron a ningún sitiado con vida.

No mencioné mi fuente, pero recordaba una miniserie de los años ochenta sobre Masada. ¿Interpretaba Peter O’Toole a Silva?

—Excelente. Aunque tu relato carece de cierto sentido de la proporción. Silva no marchó contra Masada al mando de unos pelotones. Fue una campaña militar en toda regla, con la décima legión, tropas auxiliares y miles de prisioneros de guerra judíos. Silva estaba dispuesto a acabar con los rebeldes.

—¿Quién era su jefe?

—Eleazar ben Ya’ir. Los judíos ocupaban aquel baluarte desde hacía siete años y estaban tan decididos a resistir como el romano a aplastarlos.

Rememoré otros vagos recuerdos de la miniserie. Años antes, Herodes había realizado grandes obras en Masada. Hizo construir un recinto amurallado en la cumbre, torres de defensa, almacenes, cuarteles, arsenales y un sistema de aljibes para recoger agua de lluvia. Setenta años después de su muerte, los almacenes seguían estando llenos, los zelotes disponían de bastante comida.

—La principal fuente histórica sobre Masada es Flavio Josefo —prosiguió Jake—. Joseph ben Matatyahu, en hebreo. A principios de la sublevación del año 66, Josefo era comandante judío en Galilea, pero posteriormente sirvió con los romanos y, aparte de su lealtad o deslealtad, fue un magnífico historiador.

—Y el único cronista de su época.

—Es cierto. Pero las descripciones de Josefo son muy minuciosas. Según su relato, la noche anterior a la toma de la fortaleza, Eleazar ben Ya’ir reunió a sus seguidores. —Se inclinó hacia delante para hacer más gráfica la descripción—. Imagínate la escena. La muralla estaba ardiendo, y los romanos irrumpirían en el recinto al amanecer. No había posibilidad de huida. Ben Ya’ir convenció a los sitiados de que una muerte gloriosa era preferible a una vida de esclavitud. Lo echaron a suertes y a diez hombres les tocó matar a los demás. Otro sorteo determinó quién de los diez mataría al resto y después se suicidaría.

—¿No hubo disidentes?

—Si los hubo no les hicieron caso. Dos mujeres y varios niños se escondieron y salvaron la vida. Ellos son la fuente de gran parte de los datos de Josefo.

—¿Cuántos murieron?

—Novecientos sesenta hombres, mujeres y niños —dijo Jake con voz queda—. Para los judíos, Masada es la gesta más dramática de su historia. En particular para los judíos israelíes.

—¿Qué tiene que ver Masada con la foto de Kessler?

—La suerte de los restos de los zelotes siempre ha sido un misterio. Según Josefo, Silva dejó una guarnición en la cumbre después de conquistar Masada.

—Masada se ha excavado, claro.

—Durante años, los arqueólogos de todo el mundo babearon por un permiso de excavación que finalmente le fue concedido a un arqueólogo israelí: Yigael Yadin. Yadin trabajó dos temporadas con un equipo de voluntarios. La primera, desde octubre de 1963 hasta mayo del 64; la segunda, desde noviembre del 64 hasta abril del 65.

Presentía adónde quería ir a parar Jake.

—¿El equipo de Yadin encontró restos humanos?

—Tres esqueletos en la parte baja de la terraza del palacio de Herodes.

—¿Palacio?

—Como temía las frecuentes sublevaciones, Herodes fortificó Masada como reducto de seguridad en caso de que tuviera que huir con su familia. Pero él no estaba acostumbrado a la austeridad y, aparte de la muralla con torres de defensa, mandó construir palacios con columnatas, mosaicos, frescos, terrazas, jardines. Una maravilla.

Señalé la foto.

—¿Este es uno de los tres?

Jake negó con la cabeza.

—Según Yadin, uno de esos tres esqueletos era el de un varón de algo más de veinte años. Cerca de él encontraron el de una mujer joven con las sandalias y el cuero cabelludo perfectamente conservados. No es broma. Yo he visto fotos. El pelo de la mujer parecía como si se lo hubiera trenzado aquella misma mañana.

—La aridez mejora la conservación.

—Cierto. Pero aquellos restos no correspondían exactamente a la interpretación de Yadin.

—¿Qué quieres decir?

—No tiene importancia. Según Yadin, el tercer esqueleto era de un niño.

—¿Y ese? —Volví a señalar la foto.

—Este. Este no tenía por qué encontrarse allí —respondió Jake, relajando la tensión maxilar.

6

—¿No tenía que estar allí?

—Esa es mi teoría.

—¿La comparte alguien más?

—Algunos.

—¿Quién es?

—Ahí está el misterio.

Me recliné en el asiento, dispuesta a escuchar.

—Tras la toma de Masada, las tropas de Silva arrojaron los cadáveres por el precipicio o hicieron una gran pira en la cumbre. El equipo de Yadin efectuó algunas catas, pero no encontraron indicios de enterramiento masivo. Un momento.

Jake sacó dos objetos de una estropeada cartera de cuero y los puso en la mesa. Uno de ellos era un mapa.

Arrimé mi silla y los dos nos inclinamos sobre él.

—Masada tiene la forma de un avión Stealth, con un ala hacia el norte, la otra hacia el sur y la cabina de pilotaje hacia el oeste.

Mi mente configuró una ameba, pero no dije nada.

Jake señaló el extremo más alto de la cumbre, junto a la punta del ala sur de su avión.

—Aquí hay un conjunto de cuevas, unos metros por debajo de la muralla perimetral.

Jake sacó el segundo objeto de debajo del mapa. Era una vieja fotografía en blanco y negro: huesos y tierra con pisadas de botas. Un déjà vu de la de Kessler. No exactamente.

En esta aparecían huesos de varios individuos, esparcidos y revueltos. Además, la foto tenía una flecha oficial señalando el norte con una escala de tamaño, y en la esquina superior derecha se veían el brazo y la rodilla de un excavador limpiando con un pincel algo en la tierra.

—El equipo de Yadin encontró restos de esqueletos en una de las cuevas del extremo sur —aventuré sin apartar la vista de la foto—, y esta foto la hicieron durante la excavación.

—Sí —dijo Jake, señalando un punto del plano de Masada—. El emplazamiento fue designado como cueva 2001. Yadin lo menciona en su informe preliminar sobre las excavaciones en Masada e incluye una breve descripción de Yoram Tsafrir, el encargado de supervisar la excavación de ese lugar concreto.

—¿Cifra mínima de individuos en la cueva? —pregunté, contando cinco calaveras al menos.

—Depende de cómo interpretes lo que dice Yadin.

Levanté la vista, sorprendida.

—El número mínimo no es difícil de determinar. ¿Examinó los huesos un antropólogo físico?

—El doctor Nicu Haas de la Universidad Hebrea. Según los cálculos de Haas, en el informe de la primera temporada, Yadin señaló un total de veinticinco individuos: catorce varones, seis mujeres, cuatro niños y un feto. Pero si lees con cuidado el informe, apreciarás que a un varón muy mayor lo considera al margen de los otros varones.

—Lo que da un total de veintiséis.

—Exacto. En su libro de divulgación...

—¿El que publicó en 1963?

—Sí, Masada: Herod’s Fortress and the Zealot’s Last Stand. En él, Yadin hace prácticamente lo mismo, y dice que Haas encontró catorce varones de edades comprendidas entre los veintidós y los sesenta años, un varón de más de setenta, seis mujeres, cuatro niños y un feto.

—Entonces, ¿existen dudas acerca de si el recuento es de veinticinco o veintiséis?

—Muy sagaz.

—Arrolladora. Pero podría ser un error humano.

—Podría ser —comentó Jake en un tono que daba a entender lo contrario.

—¿Edad de las mujeres y de los niños?

—Los niños tenían entre ocho y doce años. Las mujeres eran jóvenes, entre quince y veintidós años.

—¿Crees que este es el septuagenario? —pregunté de repente, señalando la foto de Kessler.

—Llegaré a ello en un minuto. De momento, centrémonos en la cueva. En los dos informes, ni Tsafrir ni Yadin indican cuándo fue descubierta ni explorada la cueva 2001.

Aventuré:

—Será un simple descuido...

Jake me cortó en seco.

—Jamás anunciaron el descubrimiento a la prensa.

—Quizá fuese por respeto a los muertos.

—Yadin convocó una rueda de prensa cuando encontraron los tres esqueletos del palacio —replicó Jake, moviendo las manos con los dedos extendidos, como E. T.—. Gran noticia. Hemos encontrado restos de los judíos defensores de Masada. Era a finales de noviembre de 1963. La cueva 2001 fue descubierta y vaciada en octubre del mismo año, un mes antes de la conferencia de prensa. —Señaló acusadoramente la foto con el índice—. Yadin conocía el descubrimiento de los huesos de la cueva y no lo mencionó.

—Si las fechas no se hicieron públicas, ¿cómo sabes que la cueva fue descubierta y excavada?

—He hablado con un voluntario que trabajó en la excavación. Es persona de fiar y no hay motivos para que mienta. Y, créeme, me he documentado bien en los periódicos. No solo está esa conferencia de prensa, sino que durante las dos temporadas de excavaciones los medios de comunicación informaron con asiduidad sobre los descubrimientos de Masada. El Jerusalem Post conserva archivos de los artículos y he empleado muchas horas a estudiar los archivos dedicados a Masada. En ellos se mencionan los mosaicos, los pergaminos, la sinagoga y los mikvehs, los tres esqueletos del palacio norte. Pero no hay ni una palabra sobre los restos de la cueva 2001. —Estaba embalado—. Y no solo el Post. En octubre del 64, el Illustrated London News publicó un amplio reportaje con fotografías sobre Masada, donde se habla de los esqueletos del palacio, sin ningún respeto hacia los muertos, pero no se dice nada sobre los restos de la cueva.

Charlie eligió ese preciso momento para emitir su canto tirolés.

—¿Qué demonios es eso?

—Mi cacatúa. Suele hacer eso si le das cerveza.

—No me digas —comentó Jake, perplejo.

—Claro que sí. —Me levanté y recogí las tazas—. Charlie se pone muy sensiblero cuando bebe. ¿Otro té?

Jake sonrió y me tendió su taza.

—Sí, por favor.

Cuando regresé al comedor, Jake se rascaba una arruga del cuello. Me recordó a una oca.

—Vamos a ver —dije—, Yadin habló largo y tendido sobre los esqueletos del palacio, ¿y no dijo nunca nada en público sobre los huesos de la cueva?

—La única mención que he encontrado sobre la cueva 2001 es la que hizo en la conferencia de prensa que convocó Yadin después de la segunda campaña de excavaciones. Según el Jerusalem Post del 28 de marzo de 1965, dijo que lamentaba que solo se hubieran encontrado veintiocho esqueletos en Masada.

—Veinticinco de la cueva y los tres del palacio.

—Si es que eran veinticinco.

Reflexioné un instante.

—¿Quiénes eran los individuos de ese enterramiento de la cueva, según Yadin?

—Judíos zelotes.

—¿Basado en qué?

—En dos elementos. Los útiles encontrados y la similitud de los cráneos respecto al de uno encontrado en las cuevas de Bar Kochba, en Nahal Hever. En su momento se pensó que ese tipo de enterramientos correspondían a judíos muertos durante la segunda insurrección contra Roma.

—¿Y era así?

—Resultó que eran del calcolítico.

Repaso mental. Calcolítico: útiles de piedra y cobre. Cuarto milenio antes de la era actual, posterior al Neolítico y antes de la Edad de Bronce. Muy anterior a Masada.

—Los antropólogos físicos no dieron mucho crédito a la clasificación del cráneo —dije.

—Claro. Pero esa fue la conclusión de Haas, y Yadin la aceptó.

Se produjo un largo y reflexivo silencio. Lo rompí.

—¿Dónde están ahora los huesos?

—Se supone que todos esos esqueletos han vuelto a enterrarse en Masada.

—¿Se supone?

La taza de Jake cayó con un golpe seco sobre la mesa.

—Permíteme que te anticipe algo brevemente. En su libro de divulgación, Yadin menciona de pasada los restos humanos recogidos en la cueva 2001. Shlomo Lorinez, un miembro ultraortodoxo del Knéset, lo leyó y se subió por las paredes. No conocía el informe de prensa del 65 en el que se mencionaban los esqueletos y montó una protesta en el Knéset, acusando a los cínicos arqueólogos y a los investigadores médicos de violar la ley judía. Exigió saber dónde estaban los restos y un digno sepelio para los defensores de Masada.

»Hubo una gran controversia pública. El ministro de Asuntos Religiosos y los principales rabinos propusieron que los restos de Masada yacieran en un cementerio del monte de los Olivos. Yadin se opuso y opinó que debían enterrarse los tres esqueletos en Masada y los restos de la cueva 2001 en el mismo lugar del hallazgo. Yadin ganó, y en julio del 69 todos los restos volvieron a ser enterrados en el extremo superior de la rampa romana.

Me resultaba todo muy confuso. ¿Por qué se opuso Yadin al enterramiento de los huesos de la cueva en el monte de los Olivos? ¿A qué venía la propuesta de volver a enterrar los esqueletos del palacio en Masada y reubicar los otros en la cueva? ¿Era por dejar a estos fuera de suelo sagrado? ¿O le molestaba la idea de que los del palacio y los de la cueva compartiesen una misma tumba?

Charlie rompió mis reflexiones con unas notas de Hey, Big Spender.

—¿Se descubrió algo más con los huesos de la cueva?

—Muchos utensilios caseros. Cazuelas, candiles, cestería.

—Lo cual indica que las cuevas estuvieron habitadas.

Jake asintió con la cabeza.

—¿Por quiénes?

—Corrían tiempos de guerra y Jerusalén era un horno. Debieron de llegar muchos refugiados, y algunos de ellos vivirían al margen de la comunidad de zelotes.

¡Ajá!

—Entonces, ¿los de la cueva no eran judíos?

Jake asintió con gesto solemne.

—Y esa noticia no le interesaba a Israel.

—En absoluto. Masada es un símbolo sagrado. El último baluarte de los judíos, que se suicidaron antes que rendirse. El lugar era una alegoría del nuevo estado. Hasta hace poco el ejército israelí celebraba ceremonias con tropas especiales en la cumbre de Masada.

—¡Oh!

—Según Tsafrir, los huesos de la cueva estaban revueltos, con harapos, como si los cadáveres hubieran sido amontonados —dijo Jake—. No es lo habitual en un enterramiento judío.

Birdie eligió ese momento para saltar a mi regazo.

Hice las presentaciones. Jake le acarició una oreja y continuó con la historia.

—La Exploration Society de Israel ha publicado hasta ahora cinco volúmenes sobre las excavaciones de Masada, pero aparte de eso y un mapa con la indicación de la cueva 2001 no se menciona para nada que se hayan encontrado en aquel lugar ni restos humanos ni objetos. —Se reclinó en la silla y cogió la taza. Volvió a dejarla—. Espera. No. Hay un anexo al final del cuarto volumen con un informe dedicado al análisis de carbono 14 realizado sobre los restos textiles de la cueva cuatro años después. Pero nada más.

Dejé a Birdie en el suelo y saqué la foto de Kessler de debajo del plano de Masada.

—Bien, ¿qué pinta este esqueleto en todo eso?

—Eso es lo curioso. En la cueva 2001 había un esqueleto intacto y separado de los huesos revueltos. El individuo está en decúbito supino, con las manos cruzadas y la cabeza de lado —dijo Jake, atravesándome con la mirada—. Un esqueleto que no aparece mencionado en ningún informe.

—Supongo que te enterarías de ello a través del mismo voluntario que trabajó en la cueva en los años sesenta.

Jake asintió con la cabeza.

—Y ahora vas a decirme cómo el esqueleto fue vuelto a enterrar con los otros —aventuré.

—Eso es. —Jake apuró la taza—. La prensa, en las noticias sobre el reenterramiento, menciona a veintisiete individuos: tres del palacio del extremo norte y veinticuatro de la cueva.

—Ni veinticinco ni veintiséis. Tal vez no contaron el feto.

—Estoy seguro de que excluyeron al feto y al esqueleto completo.

—Vamos a ver. Lo que dices es que un excavador voluntario, un testigo presencial, te contó que él y Tsafrir encontraron un esqueleto completo en la cueva 2001, y que ese esqueleto no fue mencionado en la conferencia de prensa ni en el informe de Yadin ni en el libro de divulgación.

Jake asintió con la cabeza.

—¿Y tú crees que ese esqueleto no fue vuelto a enterrar como el resto de los huesos y los esqueletos del palacio?

Jake volvió a asentir con la cabeza.

Di unos golpecitos sobre la foto de Kessler.

—¿Recordaba el voluntario que se hubiera hecho esta foto?

—La hizo él mismo.

—¿Quién tuvo el esqueleto durante los cinco años que estuvo sin enterrar?

—Haas.

—¿Lo publicó?

—No. Y, curiosamente, Haas redactó informes exhaustivos con dibujos, tablas, medidas y reconstrucciones faciales inclusive. Su análisis de los enterramientos en Civ’at ha-Mivtar es increíblemente minucioso.

—¿Haas vive aún?

—No, sufrió una mala caída en 1975 y quedó en coma. Murió en el 87, sin recobrar el conocimiento. Y no dejó ningún informe.

—Así que Haas no podrá aclarar el recuento de esqueletos ni el misterio del esqueleto completo.

—Si no es mediante una sesión de espiritismo...

—No te pases.

Jake cambió de rumbo.

—Vamos a ver. Tú eres Yadin. Tienes en tu poder ese esqueleto raro. ¿Qué es lo primero que haces?

—¿En la actualidad?

—En los años sesenta.

—Yo estaba con dientes de leche.

—Colabora.

—Haría un test de carbono 14 para determinar la antigüedad.

—Me dijeron que esa clase de análisis no se hacía en Israel. Sitúalo en el contexto. En sus invectivas en el Knéset, Lorinez insistió en que los esqueletos de Masada habían sido enviados al extranjero.

—¿Lorinez era el ultraortodoxo que propugnaba volver a enterrar los restos?

—Sí. Y lo que dijo Lorinez tiene sentido. ¿Por qué no encargó Yadin una datación por carbono 14 de los huesos de la cueva?

—O sea, que tú crees que Lorinez tenía razón —dije.

—Sí. Pero, según Yadin, los huesos de Masada no salieron del país.

—¿Por qué no?

—En una entrevista en el Post leí que Yadin dijo que no era de su incumbencia poner en marcha ese análisis. Y, en el mismo artículo, un antropólogo atribuye esta decisión al elevado coste de la prueba.

—El análisis de carbono 14 no es tan caro. Hasta principios de los años ochenta costaba unos ciento cincuenta dólares. Es sorprendente que Yadin no lo encargase, dada la importancia de la excavación.

—No tan sorprendente como el hecho de que no redactara un informe sobre los huesos de la cueva —añadió Jake.

Me tomé un instante de reflexión y al cabo dije:

—¿Sospechas que los inquilinos de la cueva no formaban parte del núcleo de zelotes?

—Exacto.

Cogí la foto de Kessler.

—Y este es el esqueleto completo que no figura en los informes.

—Exacto.

—¿Y por qué?

—Esa es la pregunta del millón de dólares.

Cogí la foto.

—¿Dónde está actualmente?

—Esa, doctora Brennan, es la otra pregunta del millón.

7

Cada año, una desventurada ciudad se convierte en la sede del gran circo de la Academia Americana de Ciencias Forenses. Durante una semana, ingenieros, psiquiatras, dentistas, abogados, patólogos, antropólogos y un sinfín de pirados de laboratorio se reúnen como polillas en una alfombra enrollada. Ese año le tocó en suerte a Nueva Orleans.

De lunes a miércoles se celebran reuniones de la junta y del comité, además de los encuentros de negocios. Jueves y viernes, las sesiones científicas ofrecen información privilegiada sobre teoría y técnicas avanzadas. Cuando era estudiante graduada, y luego ayudante novel, acudía a estas presentaciones con el ardiente celo de una fanática religiosa. Ahora, prefiero mantener contacto informal con mis viejos amigos a través de la red.

En cualquier caso, el congreso es agotador.

En parte es culpa mía. Me ofrezco voluntaria para demasiadas cosas. Tradúzcase que no me resisto como es debido a dejarme impresionar.

Pasé el domingo trabajando con un colega con quien compartía la autoría de un artículo que iba a publicarse en el Journal of Forensic Sciences. Las tres jornadas siguientes discurrieron como una exhalación entre las Reglas de Robert, la salsa de mayonesa con mostaza y rondas de copas. Cóctel Hurricane para mis colegas bebedores discretos. Para mí, Perrier.

Los temas de conversación versaron sobre dos cuestiones: las aventurillas de cada cual y los casos raros. Lo máximo de este año en cuanto a rarezas y extravagancias fueron las piedras biliares fósiles del tamaño de palomitas de maíz, un suicidio en una cárcel con un cable de teléfono y un policía sonámbulo que se voló los sesos.

Yo esbocé los detalles del caso Ferris. Hubo diversidad de opiniones respecto al curioso bisel. La mayoría coincidía con la posibilidad que yo imaginaba.

Mi agenda no me permitía quedarme a la lectura de las comunicaciones científicas. Cuando el miércoles tomé el taxi para el aeropuerto de Nueva Orleans, estaba deshecha.

Tres cuartos de hora de retraso por problemas técnicos. Bienvenidos a los viajes aéreos en Estados Unidos. Si registras el equipaje con un minuto de retraso, el vuelo ha salido. Si lo registras un cuarto de hora antes, lo han retrasado. Problemas técnicos, problemas de personal, problemas meteorológicos, problemas de problemas. Me los sé todos de memoria.

Al cabo de una hora, cuando terminé de redactar las actas del comité en el portátil, mi vuelo de las cinco cuarenta fue retrasado hasta las ocho.

Adiós a la conexión en Chicago.

Frustrada, me arrastré hasta la cola de atención al cliente, aguardé y conseguí un vuelo alternativo. La buena noticia fue que aquella misma noche podría llegar a Montreal. La mala noticia: aterrizaría casi a medianoche. Suplemento de la mala noticia: pasaría por Detroit.

Enfadarse no sirve de nada en estas circunstancias, si no es para incrementar la tensión.

En el quiosco de prensa del aeropuerto, varios millones de ejemplares del libro superventas del año me impedía el paso. Cogí uno de la punta de la pirámide. La solapa anunciaba un misterio que haría pedazos «una antigua verdad explosiva».

¿Como la de Masada?

¿Por qué no? Todo el mundo lo estaba leyendo.

Cuando aterricé, había leído cuarenta capítulos. Vale, eran cortos. Pero la historia era intrigante.

Pensé si Jake y sus colegas leerían el libro y, en caso afirmativo, cómo valorarían la tesis.

El jueves, la alarma del despertador me sentó como un puñetazo.

Al llegar a la planta 12 del edificio Wilfrid Derome, buque insignia de la Policía provincial y de los laboratorios forenses, fui directamente a la reunión de personal.

Solo había dos autopsias. Una fue para Pelletier y la otra, para Emily Santangelo.

LaManche me dijo que, a raíz de la petición de mi nota, había encargado a Lisa la revisión del cráneo de Avram Ferris, y que ella había recogido más fragmentos y los había enviado desde el depósito al laboratorio. Me preguntó cuándo pensaba tener terminado el análisis. Calculé que a primera hora de la tarde.

Efectivamente, junto a la pila del laboratorio me esperaban siete fragmentos con el número de la etiqueta forense asignada al cadáver de Ferris.

Me puse la bata blanca, escuché los mensajes telefónicos y respondí a dos llamadas. A continuación, me senté ante los recipientes con arena y comencé a manipular los fragmentos para encajarlos en los segmentos reconstruidos.

Dos de ellos pertenecían al parietal. Otro encajaba en el occipital derecho y uno no encajaba en nada. Tres se acoplaban al borde del traumatismo oval.

Era suficiente. Ya tenía la respuesta.

Me estaba lavando las manos cuando gorjeó el móvil. Era Jake Drum, con una cobertura desastrosa.

—Parece que llames desde Plutón.

—No hay servicio... —se oían chasquidos y chisporroteos— desde que Plutón ha sido degradado de planeta a...

¿Degradado a qué?, ¿a luna?

—¿Estás en Israel?

—En París... cambiado de planes... el Musée de l’Homme.

Oí una sarta de estallidos y chasquidos transatlánticos.

—¿Me llamas con un móvil?

—... un número de acceso... falta desde... setenta.

—Jake, llámame desde un teléfono fijo. Casi no te oigo.

Por lo visto, él tampoco me oía.

—... sigo investigando... a llamarte desde un teléfono fijo.

Se oyó un pitido y la línea se interrumpió.

Colgué.

Jake había ido a París. ¿Por qué?

Para visitar el Musée de l’Homme. ¿Por qué?

De pronto caí.

Puse la foto de Kessler en el microscopio, lo encendí y observé la anotación ampliada.

«Octubre, 1963. M de l’H».

Lo que yo había creído que era el número 1 era una ele minúscula. Y Ryan tenía razón. La primera H era en realidad una M. M de l’H. Musée de l’Homme. Jake había reconocido la abreviatura, había volado a París, estaba en el museo y le habían dado un número de acceso al esqueleto de Masada.

LaManche usa zapatos de suela de goma y no lleva en los bolsillos llaves ni calderilla. Ni esposas. Nada que tintinee. Para lo grande que es, se mueve muy sigilosamente. Mi mente estaba planteándose el próximo «por qué», cuando mi nariz captó el aroma de Flying Dutchman.

Giré sobre la silla. LaManche acababa de entrar en el laboratorio de histología y estaba detrás de mí.

—¿Lo tiene listo?

—Listo.

Nos sentamos los dos y coloqué mis reconstrucciones sobre la mesa.

—Omitiré los conceptos básicos.

LaManche sonrió paternalista y yo me mordí la lengua.

Cogí el segmento formado por la parte posterior del cráneo de Ferris y señalé con el bolígrafo.

—Traumatismo en oval con fracturas estrelladas.

Señalé la tela de araña de la intersección de las fisuras en aquel segmento y en otros dos.

—Fracturas concéntricas de expansión.

—¿Con entrada inferior por debajo del oído derecho? —peguntó LaManche, mirando los segmentos.

—Sí, pero es complicado.

—Por el bisel.

LaManche había dado en el clavo.

—Sí.

Volví al primer segmento y señalé el bisel hacia fuera del traumatismo en ojal.

—Si el cañón del arma está en contacto con el cráneo, puede crearse un bisel ectocraneal por efecto del rebufo de los gases —dijo LaManche.

—No creo que sea este el caso. Mire la forma del ojal.

LaManche se inclinó más.

—Una bala que entre perpendicular a la superficie del cráneo produce un traumatismo circular —dije—. Una bala que incida tangencialmente produce una perforación irregular más ovalada.

—Mais oui. Un orificio en forma de ojo de cerradura.

—Exacto. Una porción de la bala se desprendió y se perdió fuera del cráneo. De ahí que el bisel de la entrada esté orientado hacia fuera.

LaManche alzó la vista.

—Entonces, la bala entró por detrás del oído derecho y salió por la mejilla izquierda.

—Sí.

LaManche reflexionó.

—Esa trayectoria no es corriente, aunque sí posible, en un suicidio. Monsieur Ferris no era zurdo.

—Pero hay otra cosa. Mírelo más de cerca.

Tendí una lupa a LaManche. La alzó y la situó sobre el orificio ovalado.

—El reborde está festoneado. —LaManche lo examinó durante unos treinta segundos—. Como si el círculo estuviera superpuesto al óvalo.

—O al revés. El borde del traumatismo circular es limpio en la superficie externa del cráneo. Pero mire por dentro.

Dio la vuelta al segmento.

—Bisel endocraneal —dijo él sin dudarlo—. Es una entrada doble.

Asentí con la cabeza.

—La primera bala entró perpendicular al cráneo de Ferris. De libro de texto. Borde externo limpio, borde interno en bisel. La segunda percutió sobre el mismo punto, pero en diagonal.

—Produciendo un orificio en forma de ojo de cerradura.

Asentí con la cabeza.

—Ferris movió la cabeza o al asesino le tembló la mano.

¿Cansancio? ¿Tristeza? ¿Resignación? LaManche hundió los hombros al oír mi siniestra conclusión:

—Avram Ferris recibió dos tiros en la nuca. Una ejecución.

Aquella noche, Ryan hizo la cena en mi piso. Pescado ártico, espárragos y lo que en Dixie llamamos puré de patatas. Las puso al horno, las peló y las aplastó con un tenedor, añadiendo cebolletas y aceite de oliva.

Yo lo contemplaba admirada. Me han dicho que soy ingeniosa, incluso genial. Pero en cuanto a guisar soy una nulidad. Aunque dispusiera de varios años luz para pensarlo, mi cerebro jamás concebiría el puré de patatas sin cocerlas previamente.

A Birdie le encantaron los fruits de mer de Ryan y estuvo durante toda la cena atento a los trocitos que le dábamos. Después, se tumbó junto al fuego con un ronroneo que daba a entender que no hay nada como la vida de felino.

Después de cenar, compartí con Ryan mis conclusiones sobre la muerte de Ferris. Ryan ya lo sabía. Ahora la investigación oficial era por homicidio.

—El arma es una Jericho de nueve milímetros —dijo.

—¿Dónde estaba?

—En el fondo del trastero, debajo de un carrito.

—¿Era de Ferris?

—Si era de él, nadie lo sabía.

Me serví ensalada.

—La Policía judicial recogió una bala de nueve milímetros en el trastero —prosiguió Ryan.

—¿Solo una?

Aquello no coincidía con mi hipótesis del doble impacto.

—En un panel del techo.

Ni aquello tampoco.

—¿Qué hacía esa bala a semejante altura? —pregunté.

—Tal vez Ferris se abalanzó sobre el asesino, forcejearon y la pistola se disparó.

—O tal vez el asesino se la puso a Ferris en la mano y apretó el gatillo.

—¿Para simular un suicidio? —dijo Ryan.

—Cualquiera que vea la televisión sabe que tienen que quedar restos de pólvora.

—LaManche no los encontró.

—Lo cual no quiere decir que no los hubiera.

Reflexioné al respecto. LaManche había extraído una bala de la cabeza de la víctima. La policía había encontrado otra bala en el techo. ¿Dónde estaba el resto de la evidencia balística?

—¿Dices que Ferris estaba sentado en un taburete cuando recibió los disparos? —pregunté.

Ryan asintió con la cabeza.

—¿De cara a la puerta?

—Que seguramente estaba abierta. La Policía judicial está examinando la oficina y los pasillos. No puedes ni imaginarte la cantidad de porquería que hay allí.

—¿Y los casquillos?

Ryan negó con la cabeza.

—El asesino debió de recogerlos.

Aquello tampoco tenía sentido.

—¿Por qué dejaría la pistola y se entretendría en recoger los casquillos?

—Una pregunta muy sagaz, doctora Brennan.

Lo que yo no tenía era una explicación sagaz.

Ofrecí ensalada a Ryan, pero la rehusó.

—Hoy he vuelto a ver a la viuda —dijo él, cambiando de tema.

—¿Y?

—La dama no ganaría un concurso de Miss Simpatía.

—Está afligida.

—Eso dice.

—¿No te lo crees?

—Me parece que algo la reconcome.

—Una alegoría poco afortunada —dije, pensando en los gatos.

—Tienes razón.

—¿Hay algún sospechoso?

—Una plétora.

—Qué palabra tan sexi —comenté.

—Braguitas —dijo él.

—Esa no.

En los postres le hablé a Ryan de lo que había descubierto respecto a la foto de Kessler.

—¿Así que Drum se desvió para ir a París?

—Eso parece.

—¿Está convencido de que la foto es del esqueleto de Masada?

—Y Jake no es fácil de convencer.

Ryan me dirigió una mirada extraña.

—¿Conoces bien a Jake?

—Desde hace más de veinte años.

—La pregunta era por la intimidad, no por la antigüedad de la amistad.

—Somos colegas.

—¿Solo colegas?

—¿Te lo tomas como algo personal? —dije, poniendo los ojos en blanco.

—Mmm.

—Mmm.

—Estoy pensando que podríamos juntar nuestros datos.

No tenía ni idea de a qué se refería.

—He tenido otra charla con Courtney Purviance —comentó Ryan—. Una mujer muy interesante.

—¿Simpática?

—Hasta que le hablas de Ferris o sobre detalles del negocio. Entonces se cierra como una almeja.

—¿Para proteger al jefe?

—O por temor a verse en la calle. Me dio la impresión de que no aprecia mucho a Miriam.

—¿Qué te dijo?

—No es por lo que dijo. —Ryan reflexionó un instante—. Fue más bien por su actitud. En cualquier caso, saqué en limpio que Ferris comerciaba con objetos procedentes de excavaciones de vez en cuando.

—¿De Tierra Santa? —aventuré.

—Legalmente adquiridos y transportados, sin duda.

—Hay un importante mercado negro de antigüedades —dije.

—Enorme —añadió Ryan.

Sinapsis mental.

—¿Crees que Ferris estaba implicado en lo del esqueleto de Masada?

Ryan se encogió de hombros.

—¿Y que por eso lo mataron?

—Eso piensa Kessler.

—¿Has localizado a ese Kessler?

—Lo haré.

—Podría ser una coincidencia.

—Podría ser.

Yo no lo creía.

8

Ryan me despertó poco después de las seis para un acoplamiento previo a la llegada de la aurora. Birdie salió del dormitorio. En el pasillo, Charlie entonó unas notas de Strokin, de Clarence Carter.

Mientras me duchaba, Ryan tostó unos bollos e hizo café. Durante el desayuno hablamos del proceso de reeducación de la cacatúa.

Aunque me lo callara con ocasión del canto tirolés, no me había pasado desapercibido el poco ortodoxo répertoire noir de Charlie. Pero, después de un hábil interrogatorio, Ryan confesó que había obtenido nuestro querido pajarito como consecuencia de una redada de la brigada antivicio en una empresa femenina. Al pájaro se le habían contagiado los gustos desenfadados de aquellas mujeres.

Dediqué meses a reorientar los talentos líricos de Charlie, con resultados dispares.

A las ocho puse un CD para entrenamiento de cacatúas y nos fuimos los dos al edificio Wilfrid Derome. Él se dirigió al departamento de homicidios, en el primer piso, y yo subí al ascensor de los laboratorios de la Policía judicial, en la planta 12.

Después de tomar unos primeros planos fotográficos y de redactar un informe, le dije a LaManche que los restos con que había trabajado podían ser entregados a la familia Ferris. Aunque lo habían enterrado durante mi estancia en Nueva Orleans, se había previsto la inhumación de los fragmentos craneales en una fosa contigua al féretro.

A las diez y media llamé a Ryan. Me dijo que nos veríamos en el vestíbulo cinco minutos más tarde. Esperé diez. Aburrida, entré en la cafetería a por una Coca-Cola sin azúcar para levantar el ánimo. En el mostrador cedí al impulso de comprar unos pastelitos escoceses.

Cuando salí, Ryan me aguardaba ya en el vestíbulo. Di un sorbo a la bebida y guardé los dulces en el bolso.

Durante veintisiete años, Avram Ferris había dirigido su negocio de importación en un modesto polígono industrial de la autopista de Laurentides, a medio camino entre la isla de Montreal y el aeropuerto de Mirabel.

Construido en los años setenta, Mirabel fue proyectado como la octava maravilla de la aviación comercial, y se le auguraba un brillante futuro. Sin embargo, al estar situado a casi cincuenta kilómetros de la ciudad, hubo que proyectar una línea de ferrocarril de alta velocidad que lo uniera con el centro. ¡En un santiamén en la puerta de embarque!

Pero ese ferrocarril nunca se construyó. A principios de los noventa la conexión era intolerable y cada vez iba a peor. El taxi al centro costaba sesenta y nueve dólares. Finalmente, las autoridades tiraron la toalla, dejaron aparcado Mirabel y optaron por su rival, geográficamente más adecuado. En la actualidad, a Mirabel llegan los vuelos chárter y de mercancías. Todos los vuelos nacionales, norteamericanos e internacionales aterrizan y despegan en Dorsal, rebautizado hace poco como aeropuerto Pierre Elliott Trudeau International.

A Avram Ferris no le importaba. Había iniciado Les Imports Ashkenazim cerca de Mirabel y allí siguió. Y allí murió. Vivía en Côte-des-Neiges, un barrio residencial de clase media escondido detrás del Hospital General Judío, al noroeste del centre-ville.

Ryan tomó por la autovía Décarie, que discurre hacia el este por Van Horne y luego al norte por Plamondon y Vézina. Aparcó junto al bordillo y señaló una caja de ladrillo de dos plantas en una fila de cajas de ladrillo de dos plantas.

Miré el conjunto.

Los edificios eran idénticos, a derecha e izquierda. Tenían puerta con marco de madera y balcones en la planta superior. Todos los caminos de entrada estaban limpios de nieve. Todos los setos eran altos. En todas las entradas había furgonetas Chevrolet y Ford bajo marquesinas de plástico de soporte tubular.

—No es un vecindario de Jaguars y monovolúmenes deportivos —comenté.

—Se diría que los vecinos celebraron una reunión para prohibir cualquier adorno que no fuera de color blanco.

Ryan señaló con la barbilla un edificio del fondo.

—El negocio de Ferris está en la primera planta a la izquierda. Su hermano vive debajo, y la madre y otro hermano, en el dúplex de al lado.

—Para Ferris sería un infierno ir y venir cada día al trabajo.

—Probablemente se quedaría aquí por afecto a la expresividad arquitectónica.

—¿Dijiste que Avram y Miriam no tienen hijos?

Ryan asintió con la cabeza.

—Se casaron cuando ya no eran jóvenes. La primera mujer no andaba bien de salud y murió en el 89. Ferris volvió a casarse en el 97. No hay prole.

—¿Eso no va contra sus costumbres?

Ryan me dirigió una mirada extraña.

—Por el mitzvot.

Siguió mirándome con perplejidad.

—Según la ley judía hay que tener hijos y no desperdiciar la semilla.

—Hablas como el almanaque del granjero.

Nos acercamos al pequeño pórtico. Ryan subió la escalinata y pulsó el último timbre. Aguardamos. Ryan volvió a llamar. Continuamos aguardando.

A nuestra espalda apareció una anciana tirando de un carrito de la compra que traqueteaba al ritmo de sus pisadas.

—¿La viuda no tiene que quedarse en casa? —preguntó Ryan, llamando por tercera vez.

—El shiva solo dura una semana.

—¿Y después?

—Se cumple el kaddish diario, sin fiestas y sin afeitarse ni cortar nada, pero básicamente la vida continúa.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Mi primer novio era judío.

—¿Un amor imposible?

—Se fue a vivir a Altoona.

Ryan abrió la contrapuerta y llamó con el puño.

La mujer del carrito se detuvo, se volvió y miró sin recato por encima de sus tres vueltas de bufanda.

A la derecha corrieron un visillo. Toqué a Ryan en el codo y ladeé la cabeza.

—Dora está en casa.

Ryan sonrió encantado.

—Avram era un buen judío que guardó ocho años de viudez. Tal vez tuviera mucha intimidad con su madre.

—Tal vez le dijera que se metiera en sus asuntos.

—O puede que la madre se diera cuenta de todo. —Se me ocurrió una cosa—. A las ancianas les gustan los dulces.

—Es proverbial.

Metí la mano en el bolso y saqué los pastelitos.

—La madre nos recibirá con los brazos abiertos, muéstrate afectuoso.

—¡Demonios! —dijo Ryan, volviéndose—, qué bien se nos da esto.

Pero no abrió la puerta Dora, sino Miriam. Vestía pantalones negros, blusa negra de seda y rebeca negra, y lucía un collar de perlas.

Igual que en nuestro primer encuentro, me impresionaron sus ojos. Ahora la veía ojerosa, pero no importaba. Sus iris color lavanda quitaban el hipo.

Miriam era muy consciente del impacto de sus ojos en los hombres. Tras un escueto vistazo a mi persona, volvió la mirada a Ryan y se inclinó imperceptiblemente, sujetándose por la muñeca la mano con que recogía la rebeca a la altura de la garganta.

—Agente —dijo con voz queda y algo entrecortada.

—Buenos días, señora Ferris —dijo Ryan—. Espero que se encuentre mejor.

—Gracias.

Miriam tenía un cutis palidísimo y me pareció más delgada.

—Me gustaría aclarar ciertos datos —dijo Ryan.

Miriam dirigió la mirada al vacío, hacia un punto más allá de nosotros. El carrito de la anciana sonaba mientras se alejaba. Miriam volvió a mirar a Ryan y ladeó levemente la cabeza.

—¿No podría ser en otro momento?

Ryan dejó flotar la pregunta en el espacio que configurábamos los tres.

—¿Quién es? —dijo una vocecita dentro de la casa. Miriam se volvió y contestó en yidis o en hebreo.

—Mi suegra no se encuentra bien.

—Su esposo ha muerto, y no puedo retrasar la investigación por comodidad de los familiares del difunto —replicó Ryan con cierta rudeza.

—No dejo de pensar en ello un solo instante del día. ¿Cree, entonces, que es un homicidio?

—Igual que usted, me parece. ¿Trata de eludirme, señora Ferris?

—No.

El lavanda de los ojos de ella y el azul de los ojos de Ryan se enfrentaron impávidos.

—Quiero preguntarle de nuevo sobre ese hombre llamado Kessler.

—Se lo repito. No lo conozco.

—¿No lo conocería su suegra?

—No.

—¿Cómo lo sabe usted, señora Ferris? Kessler dijo que conocía a su esposo. ¿Ha hablado de Kessler con su suegra?

—No, pero ella nunca ha mencionado ese nombre. Por su negocio, mi marido conocía a muchas personas.

—Una de las cuales pudo meterle dos balas en la cabeza.

—¿Trata de impresionarme, agente?

—¿Sabía que su esposo comerciaba con antigüedades?

Las cejas de Miriam se fruncieron imperceptiblemente.

—¿Quién le dijo eso?

—Courtney Purviance.

—Ah, ya.

—¿No es cierto?

—La señorita Purviance suele exagerar su papel en los negocios de mi marido —replicó Miriam con voz cortante.

—¿Insinúa que mintió?

—Insinúo que esa mujer no tiene otra cosa en la vida más que su trabajo.

—La señorita Purviance dio a entender que la actitud de su esposo cambió antes de su muerte.

—Eso es absurdo. Si Avram hubiese tenido preocupaciones yo lo habría advertido.

Ryan volvió a insistir.

—¿No es cierto que su esposo comerciaba con antigüedades?

—Las antigüedades eran una parte mínima del negocio de Avram.

—¿Le consta?

—Me consta.

—Usted me dijo que no estaba muy al corriente del negocio.

—Pero sí lo bastante.

Era un día despejado, con una temperatura baja por encima de cero grados.

—¿Incluirían esas antigüedades restos humanos? —preguntó Ryan.

Los ojos violeta se abrieron sorprendidos.

—Dios bendito, no.

Casi nadie se siente a gusto ante las pausas en una conversación. Frente al silencio, se busca la necesidad de llenarlo. Ryan sabe sacar partido de esa tendencia, y así lo hizo en esta ocasión. Aguardó, y funcionó.

—Eso sería chet —añadió Miriam.

Ryan mantuvo la pausa.

Miriam abrió la boca para ampliar su respuesta, cuando se oyó de nuevo la vocecita a sus espaldas. Ella giró la cabeza y habló por encima del hombro. Al mirarnos de nuevo, un rayo de sol hizo brillar cierta humedad en su labio superior.

—Tengo que ayudar a mi suegra a prepararse para el sabbat.

Ryan le tendió un tarjeta.

—Si se me ocurre algo le llamaré. De verdad, quiero que el asesino de Avram comparezca ante la justicia. —añadió, agrandando otra vez los ojos.

—Que tenga un buen día —dijo Ryan.

—Shabbat shalom —dije yo.

Cuando dábamos media vuelta para marcharnos, Miriam retuvo a Ryan del brazo.

—Agente, independientemente de lo que pueda usted pensar, yo amaba a mi marido —añadió en tono desolado y escalofriante.

Ryan y yo no dijimos una palabra hasta sentarnos en el coche.

—¿Qué crees? —preguntó él.

—No lo sé —contesté.

Los dos reflexionamos un instante.

—¿Qué es chet? —preguntó Ryan.

—Algo parecido a pecado —contesté.

—La dama no parece partidaria de la solidaridad femenina —dijo Ryan.

—Hizo como si yo no estuviera presente —comenté.

—Pero estabas —dijo Ryan.

—Digo yo —añadí.

—No es precisamente una admiradora de Purviance.

—No.

Ryan le dio al contacto y arrancó.

—Yo me considero un tanto experto en análisis de carácter —dijo.

—Me parece una observación acertada.

—Pero no acabo de entender el de Miriam. Parece afligida, y de pronto deja asomar esa actitud de absoluto rechazo. ¿Se protege de algo?

—Estaba sudando —dije.

—En un día frío —añadió Ryan.

Paramos en una esquina.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Ryan.

—El policía eres tú —contesté.

—La pistola no es de nadie. No hemos podido averiguar nada. Las indagaciones entre los vecinos de Ferris en el polígono industrial han sido infructuosas. Y lo mismo las declaraciones de la familia y de las personas relacionadas con el negocio. Estoy esperando un informe sobre impuestos y llamadas telefónicas al almacén y está en curso una investigación sobre Kessler en todas las sinagogas.

—Por lo visto, has indagado a fondo.

—He indagado como un loco, pero como si nada —replicó Ryan.

—¿Y ahora qué?

—La Policía judicial sigue analizando el escenario del crimen y Purviance continúa verificando si han robado algo. Solo nos queda almorzar.

Apenas había sacado el Whopper, cuando sonó mi móvil. Era Jake Drum, y esta vez la comunicación era audible.

—¿Así que fuiste a París? —pregunté, y vocalicé a Ryan el nombre de Jake Drum.

—Fue fácil. En vez de ir a Toronto en coche para volar directo a Tel Aviv, hice escala en el Charles de Gaulle.

—¿Tan importante es el esqueleto?

—Puede ser algo tremendo.

—¿Qué has averiguado?

Ryan desenvolvió mi hamburguesa y me la tendió. Di un mordisco, sosteniéndola con una mano.

—Mi corazonada era exacta —dijo Jake—. Un esqueleto de Masada llegó al Musée de l’Homme en noviembre de 1963. Localicé el expediente del espécimen y conseguí un número de acceso.

—Continúa.

—¿Qué estás comiendo?

—Una hamburguesa.

—La comida rápida es un sacrilegio en una ciudad como Montreal.

—Es rápida.

—Un terreno gastronómicamente resbaladizo.

Yo estaba rematando el sacrilegio con una Coca-Cola sin azúcar.

—¿Sigue ahí el esqueleto?

—No —contestó Jake con tono de decepción.

—¿No?

Di otro bocado al Whopper y me manché la barbilla de salsa de tomate. Ryan me limpió con una servilleta.

—He hablado con una mujer llamada Marie-Nicole Varin, que trabajó en el inventario de los fondos a principios de los años setenta y recuerda que había un esqueleto de Masada. Pero ahora no está en el museo. Lo hemos buscado por todas partes.

—¿Nadie lo ha vuelto a ver desde los años setenta?

—No.

—¿No hay una ficha con los movimientos de las piezas?

—Debería haberla. Pero falta parte del expediente.

—¿Qué explicación da el museo?

—C’est la vie. Del personal de entonces no queda casi nadie. Varin realizó el inventario con un estudiante graduado llamado Yossi Lerner y cree que Lerner debe de seguir viviendo en París. Y aquí viene lo bueno: Varin cree que Lerner es estadounidense o canadiense.

Me quedé con la hamburguesa ante la boca.

—Estoy tratando de localizarlo.

—Bonne chance —dije.

—Necesito algo más que suerte.

Le conté a Ryan lo que me había dicho Jake.

Escuchó en silencio.

Terminamos las patatas fritas.

De paso por Van Horne, vimos a un hombre con abrigo negro largo, sombrero negro, pantalón hasta la rodilla y calcetines blancos cruzarse con un niño con vaqueros y una cazadora de los Blue Jays.

—Estamos en pleno sabbat —dije.

—Lo cual, probablemente, no fomentará el sentido de la hospitalidad hacia nosotros por estos pagos.

—Probablemente.

—¿Has hecho alguna vez vigilancia?

Negué con la cabeza.

—Es apasionante —dijo Ryan.

—Eso he oído —contesté.

—A lo mejor, Miriam sale.

—Y deja sola a Dora.

—Yo tengo pendiente hablar a solas con Dora.

—Podríamos comprar unas flores —aventuré.

Pasamos por una floristería y regresamos a casa de Ferris cuarenta minutos después de habernos ido.

Una hora más tarde, Miriam salió de la casa.

9

Dora nos abrió a la segunda llamada. A la luz del sol su piel arrugada parecía transparente.

Ryan hizo las presentaciones.

La anciana nos miró sin comprender. Yo pensé si no estaría bajo los efectos de algún fármaco.

Ryan mostró su placa. Dora la miró impasible. Era evidente que no sabía quiénes éramos. Yo le ofrecí el ramo y los dulces.

—Shabbat shalom —dije.

—Shabbat shalom —respondió ella, casi como en un acto reflejo.

—Sentimos mucho la muerte de su hijo, señora Ferris. He estado de viaje, si no la habría visitado antes.

Dora aceptó mis obsequios y se inclinó a oler las flores. Se irguió, miró los dulces y me los devolvió.

—Lo siento, señorita, no son kósher.

Sintiéndome como una tonta, los guardé en el bolso.

Dora dirigió la mirada a Ryan y de nuevo a mí. Eran unos ojos pequeños, húmedos y enturbiados por los años.

—Usted estuvo en la autopsia de mi hijo.

Tenía un ligero acento, quizá del este de Europa.

—Sí, señora.

—En casa no hay nadie.

—Es con usted con quien queremos hablar, señora Ferris.

—¿Conmigo? —preguntó la anciana, sorprendida y un tanto atemorizada.

—Sí, señora.

—Miriam ha salido a comprar.

—Solo será un momento.

La anciana se mostró indecisa, pero al fin se volvió y nos dio paso a un vestíbulo con un espejo ahumado que conducía a una salita de estar soleada con muebles de formica.

—Voy a por un florero. Siéntense, por favor.

Se alejó por un pasillo a la derecha de la entrada.

Yo examiné el cuarto de estar. Era una muestra del mal gusto de los años sesenta. Tapicería blanca de satén. Mesas de roble laminado. Paredes con empapelado en relieve y moqueta de pelo bastante largo. Se detectaban más de diez olores. Desinfectante. Ajo. Ambientador. Y algún mueble despedía aroma a cedro.

Dora volvió arrastrando los pies y dedicó un instante a colocar las flores. Luego, se acomodó en una mecedora con almohadones en el asiento y el respaldo, estiró las piernas y se alisó el vestido. Por debajo del dobladillo asomaban unas zapatillas de deporte azules.

—Los niños están con Roslyn y Ruthie en la sinagoga.

Imaginé que eran las nueras de las otras viviendas. Dora entrelazó las manos sobre el regazo y se las miró.

—Miriam ha vuelto a la carnicería a por algo que olvidó.

Ryan y yo intercambiamos una mirada, y él asintió con la cabeza indicándome que empezara yo.

—Señora Ferris, sé que ya ha hablado con el agente Ryan.

La anciana alzó su mirada turbia e impasible.

—Lamentamos molestarla de nuevo, pero queríamos saber si desde entonces ha recordado alguna cosa más.

Dora negó despacio con la cabeza.

—¿Tuvo su hijo alguna visita fuera de lo corriente en las semanas antes de su muerte?

—No.

—¿Tuvo alguna discusión con alguien?

—No.

—¿Estaba adscrito a algún movimiento político?

—Avram dedicaba su vida a la familia. Al negocio y a la familia.

Yo no hacía más que repetir las preguntas de Ryan. El interrogatorio ciento uno. Una estratagema que a veces da resultado y desencadena recuerdos olvidados o detalles que en principio se consideraron irrelevantes. Y era la primera vez que interrogábamos a Dora a solas.

—¿Tenía enemigos su hijo? ¿Alguien que le deseara algún mal?

—Somos judíos, señorita.

—Me refería a alguna persona en concreto.

—No.

Nueva táctica.

—¿Conoce a los testigos de la autopsia de su hijo?

—Sí —contestó Dora, prestando atención y profiriendo una especie de gargarismo.

—¿Quién los designó?

—El rabino.

—¿Por qué aquella tarde solo volvieron dos de ellos?

—Sería una decisión del rabino.

—¿Conoce a un hombre llamado Kessler?

—Conocí a un tal Moshe Kessler.

—¿Estuvo él presente en la autopsia de su hijo?

—Moshe murió en la guerra.

Mi móvil eligió aquel preciso momento para sonar.

Miré la pantalla. Número privado. No atendí la llamada.

—¿Sabía usted que su hijo vendía antigüedades?

—Avram vendía muchas cosas.

Mi móvil volvió a sonar. Pedí disculpas y lo desconecté.

Impulso. Frustración. Inspiración. Un nombre bailaba en mi cabeza como una melodía inoportuna. No sé por qué hice la pregunta.

—¿Conoce a un hombre llamado Yossi Lerner?

Las arrugas que rodeaban los ojos de Dora se acentuaron y la anciana frunció sus resecos labios.

—¿Le dice algo ese nombre, señora Ferris?

—Mi hijo tuvo un amigo llamado Yossi Lerner.

—¿De verdad? —pregunté con cara de palo y voz tranquila.

—Avram y Yossi se conocieron siendo estudiantes en McGill.

—¿Cuándo fue eso? —pregunté sin mirar a Ryan.

—Hace años.

—¿Seguían en contacto? —añadí, como sin darle importancia.

—No tengo ni idea. Dios mío —añadió Dora, conteniendo la respiración—. ¿Está implicado Yossi en esto?

—Claro que no. Solo le pregunto nombres. ¿Sabe dónde vive ahora el señor Lerner?

—Hace años que no veo a Yossi.

Se oyó abrir y cerrarse la puerta de la casa. Segundos después, Miriam entraba en el cuarto de estar.

Dora sonrió.

Miriam nos miró de un modo tan inexpresivo como si viera moho. Se dirigió a Ryan.

—Le dije que mi suegra no está bien. ¿Por qué la molesta?

—Yo estoy bi... —terció Dora.

Miriam la interrumpió tajante.

—Tiene ochenta y cuatro años y acaba de perder a su hijo.

Dora profirió un sonido, como llamando la atención.

Ryan aplicó de nuevo la táctica de dar la callada por respuesta y esperar a que Miriam rompiera el silencio. Pero esta vez no dio resultado.

—No me molestan. Estábamos hablando tranquilamente —terció Dora, alzando su mano surcada de venas azules.

Miriam clavó la mirada en Ryan como si Dora no hubiese intervenido.

—¿De qué hablaban?

—De Eurípides —contestó Ryan.

—¿Se cree que tiene gracia, agente?

—De Yossi Lerner.

Observé a Miriam con atención, esperando una reacción que no se produjo.

—¿Quién es Yossi Lerner?

—Un amigo de su esposo.

—No lo conozco.

—Un compañero de estudios.

—Sería antes de casarnos.

Miré a Dora. La anciana tenía la mirada borrosa, como si estuviera contemplando recuerdos.

—¿Por qué preguntan sobre ese Yossi Lerner? —dijo Miriam, quitándose los guantes.

—Su nombre salió a relucir.

—¿En la investigación?

Los ojos violeta no mostraban la menor sorpresa.

—Sí.

—¿En qué contexto?

Oí el pitido de la alarma de un coche fuera de la casa. Dora ni se inmutó.

Ryan me miró y asentí con la cabeza.

Ryan le explicó a Miriam lo de Kessler y la foto.

Miriam escuchó impasible. No se detectaba en ella ningún interés ni emoción.

—¿Existe alguna relación entre ese esqueleto y la muerte de mi marido?

—¿Se lo digo crudamente o dorando la píldora?

—Crudamente.

Ryan fue alzando los dedos para subrayar la secuencia.

—Matan a un hombre. Un individuo presenta la foto de un esqueleto y dice que es el motivo del asesinato. Ese individuo desaparece. Y —añadió, alzando un dedo— hay pruebas de que el esqueleto de la foto procede de Masada. La víctima comercia con antigüedades israelíes. —Esgrimió otro dedo. Estiró el tercero—. El esqueleto estuvo en poder de Yossi Lerner. La víctima era amigo de Yossi Lerner.

—El otro era un cura.

Nos volvimos los tres hacia Dora.

—El otro muchacho era cura —repitió sin mirarnos—. Pero eso fue después. ¿O no?

—¿Qué otro muchacho? —pregunté en tono amable.

—Avram tenía dos amigos. Yossi, y después ese otro chico —dijo Dora, apoyando su mejilla en el puño—. Era cura. Estoy segura.

Miriam se acercó a su suegra, pero no la tocó.

Rememoré la escena en la sala de familiares del depósito de cadáveres. Las dos mujeres estaban una al lado de la otra, pero distantes. Sin tocarse. Sin abrazarse. La más joven no compartía su fuerza con la otra. La anciana no buscaba el consuelo de la joven.

—Eran muy amigos —prosiguió Dora.

—¿Su hijo y esos muchachos? —dije a guisa de estímulo.

Dora sonrió por primera vez.

—Se interesaban por todo. Siempre estaban leyendo. Se hacían siempre preguntas y discutían. A veces toda la noche.

—¿Cómo se llamaba el cura? —pregunté.

Dora negó rotundamente con la cabeza.

—Solo recuerdo que era de la Beauce. Él nos llamaba zayde y bubbe.

—¿Dónde conoció su hijo al cura?

—En la Universidad de Yeshiva.

—¿En Nueva York?

Dora asintió con la cabeza.

—Avram y Yossi acababan de graduarse en McGill. Por aquel entonces, Avram era más religioso y estudiaba para ser rabino. El cura que digo hacía estudios sobre religiones de Oriente Próximo o algo parecido. Supongo que por el hecho de ser los tres canadienses sentían afinidad.

Dora desvió la mirada.

—¿Era ya entonces cura? —dijo, como si hablara consigo misma—. ¿O se ordenó más tarde? —Apretó el puño con mano temblorosa—. Dios mío, Dios mío.

Miriam se acercó a Ryan.

—Agente, me niego a que continúen.

Ryan me miró de reojo y nos levantamos. Miriam despidió a Ryan con la misma actitud que la primera vez.

—Descubra al asesino, agente; pero, por favor, no moleste a mi suegra cuando está sola.

—En primer lugar, me parece más soñadora que molesta. Y, además, no puedo consentir semejante limitación a mis indagaciones. Pero procuraremos ser amables.

Para mí, nada.

En el coche, Ryan me preguntó por qué se me había ocurrido mencionar a Lerner.

—No tengo ni idea —dije.

—Buen impulso —comentó.

—Buen impulso —repetí.

Convinimos en que habría que investigar la pista de Lerner.

Mientras él conducía, yo leí mis mensajes. Tenía tres. De Jake Drum.

«Tengo un contacto con información sobre Yossi Lerner. Llámame».

«He hablado con Yossi Lerner. Llámame».

«Noticias extraordinarias. Llámame».

Se lo dije a Ryan.

—Llámale —dijo.

—¿Tú crees?

—Sí. Quiero saber más sobre Lerner.

—Estoy deseando saber qué ha averiguado Jake, pero no falta mucho para llegar a casa. Esperaré y hablaré por el teléfono fijo. De móvil a móvil es peor que hablar con Zambia.

—¿Tú has llamado a Zambia?

—Nunca lo consigo.

Diez minutos más tarde, Ryan me dejaba en casa.

—Tengo servicio de vigilancia este fin de semana y ya llego muy tarde. —Me cogió la barbilla y acarició mi mejilla con el pulgar—. No dejes ese asunto de Lerner y cuéntame qué ha averiguado Jake.

—Que tengas una apasionante vigilancia —dije.

—Ya sabes a quién me gustaría vigilar —replicó.

—No sé si llamarlo así.

Ryan me besó.

—Queda pendiente —dijo.

—Tomo nota —respondí.

Ryan se dirigió al edificio Wilfrid Derome y yo entré en casa.

Después de saludar a Birdie y a Charlie me puse unos vaqueros y me hice una taza de Earl Grey. Luego, llevé el teléfono al sofá y marqué el número de Jake.

Contestó inmediatamente.

—¿Todavía estás en Francia? —pregunté.

—Sí.

—Llegarás con retraso a la excavación.

—No empezarán sin mí. Soy el jefe.

—Ah, sí, claro.

—Lo que estoy descubriendo aquí es más importante.

Birdie saltó a mi regazo. Le acaricié la cabeza y él estiró una pata y se lamió la mano.

—He hablado con Yossi Lerner.

—Me lo decías en un mensaje.

—Lerner aún vive en París. Es de Quebec.

Tenía que ser el Yossi Lerner que recordaba Dora.

—Lerner trabajaba a tiempo parcial en el museo cuando estaba el esqueleto de Masada. Estaba investigando para su tesis doctoral. Ahora, escucha esto.

—No te pongas dramático, Jake.

—Te vas a quedar pasmada.

Y así fue.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 февраля 2026
Объем:
371 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788491875116
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Правообладатель:
Bookwire
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