Читать книгу: «Lunes de ceniza»
Título original: Monday Mourning
© Temperance Brennan, L. P, 2004.
© de la traducción: Claudio Molinari, 2008.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO458
ISBN: 9788491873808
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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Agradecimientos
Kathy Reichs en RBA
A DEBORAH MINER. A MI HERMANITA.
A MI HARRY.
GRACIAS POR ESTAR SIEMPRE.
«No me advertiste de lo que ocurriría el lunes por la mañana...»
JOHN PHILLIPS,
The Mamas and the Papas
1
Lunes, lunes…
No se puede confiar en ese día...
Mientras en mi mente sonaba esa melodía, el estruendo del disparo sonó en el confinado espacio bajo tierra en el que me encontraba.
Levanté la vista y vi tejidos, huesos y tripas salpicar contra la pared de piedra a tan solo tres metros de mí.
Primero el cuerpo destrozado quedó como adherido y finalmente se deslizó hacia abajo dejando una mancha de sangre y pelos.
Sentí unas gotas calientes sobre la mejilla y me las quité con el dorso de la mano enguantada.
Todavía acuclillada, me volví:
—Assez! ¡Basta!
El entrecejo del sargento de detectives Luc Claudel se elevó por los extremos formando una V. No enfundó su pistola de nueve milímetros, pero la bajó.
—Estas ratas... son las hijas del demonio. —Su francés era cortado y nasal, lo cual delataba que había nacido río arriba.
—Pues tíreles piedras —respondí bruscamente.
—Esa cabrona era tan grande que las piedras me las hubiera lanzado de vuelta.
Las horas que había pasado acuclillada en el frío y la humedad aquel lunes de diciembre en Montreal estaban haciéndose sentir. Me puse en pie y se me quejaron las rodillas.
—¿Dónde esta Charbonneau? —pregunté desentumeciendo un tobillo y luego el otro.
—Está interrogando al dueño. Le deseo suerte, porque ese subnormal tiene el coeficiente intelectual de una sopa de guisantes.
—¿Fue el dueño quien descubrió esto? —Barrí con un gesto el trozo de tierra que había detrás de mí.
—Non. Le plombier.
—¿Qué hacía un fontanero en el sótano?
—El genio descubrió una trampilla junto al fregadero y decidió hacer una exploración subterránea para familiarizarse con las tuberías de la cloaca.
Al recordar mi descenso por la endeble escalerilla, me pregunté por qué alguien correría semejante riesgo.
—¿Los huesos estaban desparramados en la superficie, sin más?
—El fontanero dijo que tropezó con algo que sobresalía del suelo. Ahí mismo —y con su barbilla Claudel apuntó a un hoyo poco profundo donde el suelo de tierra daba con la pared sur—, lo arrancó del suelo, se lo mostró al dueño y juntos fueron a revisar la colección de anatomía de la biblioteca local para averiguar si el hueso era humano. Escogieron un libro con ilustraciones bonitas y a todo color, porque seguramente no saben leer.
Estaba a punto de hacerle la siguiente pregunta cuando por encima de nosotros se oyó un clic. Claudel y yo alzamos la vista creyendo que se trataba de su compañero.
Pero en vez de Charbonneau, vimos a un tipo flaco como un espantapájaros. Llevaba un jersey largo hasta las rodillas, vaqueros anchos y sueltos, y unas deportivas Nike azules. Del borde inferior de la cinta que le envolvía la cabeza asomaban varias coletas delgadas.
Acuclillado en la entrada, el hombre apuntaba su cámara Kodak desechable en mi dirección. La V de Claudel se hizo más pronunciada y su nariz de loro se le puso más colorada aún.
—Tabarnac!
Sonaron dos clics más y, a tientas, el hombre se escabulló por un lateral.
Claudel enfundó su pistola y se aferró a la barandilla de madera:
—Hasta que venga la SIJ, puede tirar todas las piedras que quiera.
La SIJ era la Section d’Identité Judiciaire, equivalente en Quebec a la Policía Científica.
Las nalgas de Claudel, enfundado en un pantalón cortado a medida, desaparecieron a través de la estrecha abertura rectangular. Y aunque sentí la tentación de hacerlo, no le lancé ni una sola piedra.
Desde la planta de arriba llegaban voces apagadas y pisadas de botas. En el sótano solo se oía el zumbido del generador que alimentaba los focos portátiles.
Aguanté la respiración y agucé el oído.
En la oscuridad que me rodeaba no oí chillidos, ni rasguños, ni correteos.
Velozmente, paseé la vista en derredor.
No vi ojitos centelleantes, ni largos rabos rosados con escamas. Las cabronas se estarían reagrupando para la siguiente ofensiva.
No estaba de acuerdo con la manera en que Claudel resolvía el problema de los roedores, pero en algo coincidíamos: podría vivir perfectamente sin ellos.
Contenta por poder estar unos instantes sola, volví mi atención al mohoso cajón de envases que tenía a mis pies: «Tónico Dr. Energy. ¿Se siente muerto de cansancio? Dr. Energy hará que sus huesos quieran ponerse a bailar».
Pues estos no, doctor.
Contemplé el truculento contenido del cajón de envases.
Aunque la mayor parte del esqueleto seguía cubierto de barro endurecido, algunos huesos habían sido desempolvados. Bajo la luz dura de los focos portátiles, las superficies óseas mostraban un color castaño. Había una clavícula, costillas, una pelvis.
Un cráneo humano.
Maldición.
Lo había dicho media docena de veces ya, pero reiterarlo no le haría daño a nadie. Yo había llegado desde Charlotte a Montreal un día antes para preparar mi declaración el martes ante el tribunal. El hombre en cuestión había sido acusado de matar y descuartizar a su esposa y yo debía testificar sobre el análisis de las marcas de aserrado del esqueleto de la víctima. Había sido un peritaje complicado y quería repasar mi expediente del caso. Pero no, tuve que venir a helarme el culo excavando el sótano de una pizzería.
Pierre LaManche había acudido a mi despacho a primera hora de la mañana. Reconocí esa mirada y apenas la vi, adiviné lo que venía a continuación.
Mi jefe me explicó que habían hallado varios huesos en un local que vendía pizza por porciones. El dueño llamó a la policía, la policía llamó al juez de instrucción, y el juez de instrucción al laboratorio médico-legal.
LaManche quiso que me acercara a echar un vistazo.
—¿Hoy? —dije.
—S’il vous plaît.
—Mañana subo al estrado.
—¿En el juicio a Pétit?
Asentí.
—Pues lo de la pizzería no le llevará nada de tiempo —dijo LaManche en su preciso francés parisino—. Lo más probable es que solo sean restos de animales.
—¿Dónde es? —dije cogiendo un sujetapapeles.
De un papel que tenía en la mano, LaManche leyó la dirección en voz alta: rue Ste-Catherine, a unas pocas calles al este de Centre-ville, el centro de la ciudad de Montreal.
Territorio de la CUM.
Territorio de Claudel. La sola idea de tener que trabajar con él suscitó mi primera maldición de la mañana.
En las pequeñas poblaciones que rodean la isla de Montreal funcionan varias fuerzas policiales, pero las dos principales encargadas de hacer cumplir la ley son la SQ y la CUM. La Sûreté de Québec, la SQ, es la policía provincial y manda en los suburbios más virulentos y en aquellas poblaciones carentes de fuerzas policiales propias. La Police de la Communauté Urbaine de Montreal, la CUM, es la policía de la ciudad. La isla pertenece a la CUM.
Luc Claudel y Michel Charbonneau son detectives de la Brigada Criminal de la CUM. Como antropóloga forense de la provincia de Quebec, he trabajado con ambos muchas veces. Con Charbonneau, la experiencia siempre resulta un placer. Con su compañero, la experiencia siempre resulta una experiencia. Luc Claudel es buen poli, pero tiene la paciencia de un petardo, la sensibilidad de Vlad el Empalador y un escepticismo perenne en cuanto a la utilidad de la antropología forense. Aunque sabe vestir con elegancia.
Cuando yo llegué al sótano dos horas antes, el cajón de envases de Dr. Energy estaba lleno de huesos sueltos. Claudel todavía debía suministrarme muchos detalles, pero supuse que los huesos habían sido recolectados por el dueño, probablemente con ayuda del desventurado fontanero. Mi trabajo consistía en determinar si los huesos eran humanos.
Lo eran.
Ese hecho generó mi segunda maldición de la mañana.
Mi siguiente tarea fue determinar si bajo el suelo del sótano reposaba alguien más. Comencé con tres técnicas exploratorias.
La iluminación a ras del suelo con el haz de la linterna me hizo notar algunas depresiones del terreno. Mi sondeo en cada una de ellas dio con resistencia, lo que sugería la presencia de objetos bajo la superficie. Al excavar zanjas de prueba encontramos huesos humanos.
Mala suerte, ya no iba a poder repasar tranquilamente el expediente de Pétit.
Cuando Claudel y Charbonneau oyeron mi opinión, contribuyeron con las maldiciones número tres, cuatro y cinco. Y para enfatizar añadieron varios improperios en quebecois.
Llamaron a la SIJ y dio comienzo la rutina de la policía científica: colocaron los focos y tomaron fotografías. Y mientras Claudel y Charbonneau interrogaban al dueño y a su asistente, los peritos arrastraron un radar de detección subterránea por toda la superficie del sótano. El RDS mostró perturbaciones a unos diez centímetros debajo de cada depresión. Quitando eso, el sótano no ocultaba nada más.
Mientras los peritos de la SIJ se tomaban un descanso y Claudel hacía «guardia antirrata» con su semiautomática, yo demarqué dos sencillas cuadrículas con hilo, y cada una de ellas en otros cuatro cuadrados más pequeños. Cuando me disponía a atar el último hilo a su estaca, Claudel se dio el gusto de hacerse el Rambo con las ratas.
¿Qué iba a hacer? ¿Esperar a que los peritos de la SIJ decidieran regresar?
Ni loca.
Así que cogí sus equipos, tomé fotografías y grabé un vídeo. Me froté las manos para recuperar la circulación y me cambié los guantes. Me acuclillé y con una paleta empecé a extraer tierra del cuadrado 1-A.
Mientras cavaba, sentí el subidón que suele darme en la escena de un crimen: los sentidos alerta, la curiosidad intensa, la posibilidad de que no sea nada o de que realmente sea algo.
Y la preocupación.
¿Y si destrozo una sección de hueso clave?
Rememoré otras excavaciones, otras muertes. La del aprendiz de santo en una iglesia quemada hasta los cimientos. La del adolescente decapitado en el picadero de unos moteros. La de unos yonquis acribillados en una tumba, junto a un arroyo.
No sé cuánto tiempo llevaba cavando cuando regresaron los dos peritos de la SIJ. El más alto de ellos llegó sujetando un vaso de porexpán. Busqué su nombre en mi memoria.
Era alto y delgado como una raíz. Raíz... Racine. Mi regla nemotécnica funcionó.
René Racine era novato, juntos habíamos estudiado un puñado de escenas. Su compañero, el bajito, era Pierre Gilbert. Hacía una década que nos conocíamos.
Dando sorbos al café tibio, les expliqué lo que había hecho en su ausencia. Después pedí a Gilbert que grabara y acarreara tierra, y a Racine que la cribara.
Volví a mi cuadrícula.
Cuando hube extraído unos siete centímetros de tierra del cuadrado 1-A, pasé al 1-B. Después al 1-C y al 1-D.
Solo extraje tierra.
Era de esperarse, el RDS había mostrado discrepancias a partir de los diez centímetros de profundidad.
Continué excavando.
Perdí la sensibilidad en los dedos de las manos y de los pies y se me congeló hasta la médula. Perdí la noción del tiempo.
Gilbert trasladaba los cubos de tierra desde mi cuadrícula hasta la criba. Racine tamizaba. De vez en cuando Gilbert tomaba una fotografía. Cuando hube excavado todo el sector de la cuadrícula hasta los siete centímetros de profundidad, volví a empezar por el cuadrado 1-A. Y cuando llegué a los catorce centímetros, pasé al siguiente cuadrado, tal como lo había hecho antes.
Tras sacar dos paletadas del cuadrado 1-B, noté un cambio en el color de la tierra, así que pedí a Gilbert que dirigiera un foco.
Bastó un atisbo para que mi tensión diastólica subiera varios puntos.
—Bingo.
Gilbert se acuclilló a mi lado. Racine se le unió.
—Quoi? —preguntó Gilbert. ¿Qué?
Pasé la punta de mi paleta por el borde externo de la mancha que asomaba del fondo del cuadrado 1-B.
—La tierra está más oscura —observó Racine.
—Las manchas indican descomposición —expliqué.
Ambos peritos me miraron.
Señalé los cuadrados 1-C y 1-D:
—Aquí debajo alguien está pasando a mejor vida.
—¿Llamo a Claudel? —preguntó Gilbert.
—Ve, alégrale el día.
Cuatro horas más tarde, mis dedos se habían convertido en estalactitas. Y aunque llevara la cabeza cubierta con un gorro y una bufanda al cuello y mi parka marca Kanuk —garantizada para soportar temperaturas inferiores a los 40 ºC bajo cero por su forro de nailon polimerizado de poliuretano microporoso al 100%—, seguía congelándome.
Gilbert se paseaba por el sótano tomando fotografías y grabando desde varios ángulos. Racine observaba, con las manos hundidas en las axilas para mantenerlas calientes. Ambos parecían muy cómodos dentro de sus monos especiales para frío ártico.
La pareja de policías de homicidios, Claudel y Charbonneau, se encontraban de pie, uno al lado del otro, con las piernas abiertas y las manos cruzadas sobre los genitales. No estaban contentos.
Junto a la base de las paredes yacían ocho ratas muertas.
El hoyo del fontanero y las depresiones habían sido excavadas hasta convertirse en zanjas de medio metro de profundidad. En el hoyo aquel encontramos varios huesos sueltos que el fontanero y el dueño del local pasaron por alto. Lo que encontramos en las zanjas era algo muy distinto.
El esqueleto exhumado de la primera cuadrícula descansaba en posición fetal y no llevaba ropas. La pantalla del RDS no indicó que hubiese ni un solo artefacto.
El individuo hallado en la segunda cuadrícula había sido atado como un bulto y enterrado después. Las partes que pudimos ver eran huesos limpios.
Tras quitar las últimas partículas de tierra del segundo enterramiento, dejé a un lado mi pincel, me incorporé y pateé el suelo para calentarme los pies.
—¿Eso que lo cubre es una manta? —la voz de Charbonneau sonaba ronca a causa del frío.
—Más bien parece cuero —respondí yo.
Charbonneau apuntó un pulgar hacia la caja de envases de Dr. Energy.
—¿Y el resto del menda está ahí?
El sargento detective Michel Charbonneau había nacido en Chicoutimi, en una región llamada Saguenay, a seis horas de barco de Montreal, río San Lorenzo arriba. Antes de entrar en la CUM, había pasado varios años trabajando en los campos petrolíferos del oeste de Tejas. Orgulloso de su juventud vaquera, Charbonneau solía dirigirse a mí en mi lengua materna. La hablaba bien, aunque pronunciase «de» en vez de «the», acentuara las palabras en la sílaba equivocada y sus frases contuviesen suficiente argot para llenar un sombrero de diez galones.
—Eso espero —respondió.
—¿Eso espera? —Claudel exhaló una pequeña nube de vapor.
—Así es, monsieur Claudel. Eso espero.
Claudel se mordió los labios pero no dijo nada.
Una vez que Gilbert terminó de fotografiar el bulto enterrado, me arrodillé y tiré de un extremo del cuero. Se rasgó.
Cambié mis abrigados guantes de lana por unos quirúrgicos, me agaché sobre el cadáver y empecé a despegar un borde del cuero, separándolo cuidadosamente, levantándolo y finalmente enrollándolo sobre sí mismo.
Con el colgajo externo totalmente despegado y tendido a la izquierda, proseguí hacia la capa interior. En ciertos lugares, las fibras se adherían al esqueleto. Las manos me temblaban a causa del frío y los nervios, pero con un escalpelo separé el cuero podrido de los huesos que había debajo.
—¿Qué es esa cosa blanca? —preguntó Racine.
—Adipocira.
—¿Adipocira...? —repitió él.
—Grasa cadavérica —le dije, pues estaba con pocas ganas de dar una clase de química—. Después de pasar largo tiempo enterrados o sumergidos en agua, los cadáveres se descomponen en una sustancia jabonosa de calcio proveniente de los músculos y la grasa suelen cambiar su composición química.
—¿Y por qué no tiene adipocira el otro esqueleto?
—No lo sé.
Oí a Claudel resoplar irónicamente, pero lo ignoré.
Quince minutos más tarde había conseguido despegar y quitar completamente la capa interior de la mortaja, dejando el esqueleto totalmente expuesto.
A pesar de estar dañado, el cráneo era perfectamente identificable.
—Tres cabezas significan tres personas —aclaró innecesariamente Charbonneau.
—Tabarnouche —masculló Claudel.
—Maldición —dije yo.
Gilbert y Racine permanecieron en silencio.
—¿Tiene alguna idea de lo que tenemos aquí, doctora? —preguntó Charbonneau.
Me puse de pie, entre los crujidos de mis rodillas y los cuatro pares de ojos que me siguieron hasta el cajón de Dr. Energy.
Saqué y estudié por separado una de las dos mitades de pelvis y después el cráneo.
Pasé a la primera zanja y me arrodillé, extraje las mismas piezas y las inspeccioné.
«Dios bendito.»
Retorné aquellos huesos a su sitio y a cuatro patas pasé a la segunda zanja. Me incliné sobre ella y estudié los fragmentos de cráneo.
«No, otra vez no. Las víctimas universales.»
Extraje de la tierra la mitad derecha de la pelvis.
De nuestras cinco caras surgían nubes de aliento.
Me senté sobre los talones y limpié la tierra que cubría las sínfisis púbicas.
Me quedé helada por dentro.
Las muertas eran tres mujeres que apenas habían pasado la pu bertad.
2
La mañana siguiente me desperté con el pronóstico del tiempo, sabía que me aguardaba un frío asesino. No esos siete grados con humedad de los que ocasionalmente nos quejamos en Carolina del Norte al llegar enero. Este era un frío de más de 17 ºC bajo cero. Un frío ártico, la clase de frío que te congela para que te coman los lobos. Así de frío.
Yo adoro Montreal. Me encantan su montaña de menos de ciento veinte metros, su puerto antiguo, la Pequeña Italia, el barrio chino, el barrio gay, los rascacielos de acero y cristal de Centre-ville. Me encantan los barrios enmarañados con sus callejones de piedra gris y sus escaleras imposibles.
Montreal es una luchadora esquizofrénica que continuamente se enfrenta a sí misma. Es anglófona y francófona, separatista y federalista, católica y protestante, vieja y nueva. Me resulta fascinante. Me seduce su multiculturalismo, donde conviven empanada, falafel, poutine y Kong Pao; el pub irlandés de Hurley, Katsura, L’Express, los bagels de la panadería de Fairmont y la Trattoria Trastevere.
Participo de la interminable ronda de festivales que me ofrece la ciudad: Le Festival International de Jazz, Les Fêtes Gourmandes Internationales, Le Festival des Filmes du Monde y el festival de cata de bichos del Insectarium. Frecuento las tiendas de Ste-Catherine, los mercados al aire libre de Jean-Talon y Atwater, y las tiendas de antigüedades que bordean Notre-Dame. Visito los museos, hago mis picnics en los parques y recorro en bicicleta las sendas a lo largo del canal Lachine. Todo eso me seduce.
Lo que no me seduce es el clima entre noviembre y mayo.
Lo admito, he vivido en el sur demasiado tiempo y odio vivir congelada. No le tengo paciencia ni a la nieve ni al frío. Quédense sus botas, lápices de manteca de cacao y hoteles tallados en el hielo, prefiero los shorts, las sandalias y el protector solar del treinta.
Mi gato Birdie comparte mi punto de vista. Cuando me incorporé, él se puso en pie, arqueó la espalda y volvió a perderse en el túnel que habían formado las mantas. Con una sonrisa, lo observé apretujarse hasta formar un bultito compacto y redondo. Birdie: mi único y leal compañero de cuarto.
—Pienso igual que tú, Bird —le dije, mientras apagaba el ra diorreloj.
El bultito se encogió aún más.
Me fijé en los dígitos, eran las cinco y media.
Fuera estaba oscuro como boca de lobo.
Salí hacia el baño como una bala.
Veinte minutos después, me encontraba sentada en la cocina, con una jarra de café y el expediente de Pétit sobre la mesa.
MarieReine Pétit, cuarenta y dos, madre de tres hijos, vendedora de pan en una boulangerie, había desaparecido dos años atrás. Cuatro meses después de su desaparición, su torso putrefacto apareció dentro de un bolso de hockey en el cobertizo que hacía las veces de trastero familiar.
El registro del sótano del hogar de los Pétit reveló la existencia de varios tipos de sierra, de marquetería, de arco y de carpintero. Yo había analizado el aserrado de los huesos de Marie-Reine para determinar si había sido realizado con una herramienta similar a las del maridito. Bingo. Comprobé que había sido hecho con la sierra de arco. Ahora, Réjean Pétit estaba acusado de haber asesinado a su mujer.
Dos horas y tres cafés más tarde, guardé fotografías y papeles y volví a comprobar la citación.
De comparaître personnellement devant la Cour du Québec, chambre criminelle et penal, au Palais de Justice de Montréal, á 09.00 heures, le 3 décembre…
Huy, qué divertido. Me habían citado a declarar «personalmente», un trámite tan personal como una auditoría de hacienda. Nada de RSVP.
Apunté el nombre de la sala.
Me calcé las botas y me puse la parka, cogí guantes, sombrero y bufanda, encendí la alarma y me dirigí al garaje. Birdie seguía hecho un ovillo. Al parecer mi gato había disfrutado de su desayuno antes del amanecer.
Mi viejo Mazda arrancó a la primera. Buena señal.
Al llegar a la cima de la rampa, frené demasiado abruptamente y, como un chaval en un tobogán de piscina, crucé resbalando de costado hasta la otra acera. Mala señal.
Hora punta. Los atascos taponaban las calles y todos los vehículos salpicaban nieve fangosa. El sol matinal no me permitía ver a través de la sal que cubría mi parabrisas. Y aunque encendía una y otra vez limpiaparabrisas y aspersores, había trechos en los que conducía a ciegas. A las pocas calles, me arrepentí de no haber cogido un taxi.
A finales del siglo XVI, un grupo de iroqueses laurentinos vivía en un poblado que ellos llamaban Hochelaga, situado entre una pequeña montaña y un río de gran caudal, justo después del último tramo de rápidos peligrosos. En 1642, unos misioneros y aventureros franceses llegaron sin invitación y se quedaron. Los franceses bautizaron su asentamiento Ville-Marie.
Con el correr de los años, los residentes de Ville-Marie prosperaron, crecieron y trazaron calles. El pueblo tomó por nombre la montaña que se elevaba a sus espaldas, Mont Real. Al río lo bautizaron con el nombre de San Lorenzo.
Y en cuanto llegaron los europeos, desaparecieron las primeras naciones indígenas.
En la actualidad, la zona de la antigua Hochelaga/Ville-Marie lleva el nombre de Vieux-Montréal. A los turistas les encanta.
Colina arriba desde el río, la vieja Montreal es pintoresca a rabiar: hay faroles de gas, calesas tiradas por caballos, vendedores callejeros y cafés con terrazas. Los edificios de piedra maciza que alguna vez albergaron a colonos, establos, talleres y almacenes, ahora alojan mu seos, boutiques, galerías de arte y restaurantes. Las calles son estrechas y adoquinadas.
Y no hay el más mínimo espacio para aparcar.
Deseando una vez más haber cogido un taxi, dejé el coche en un estacionamiento de pago y me dirigí a toda prisa por el bulevar St-Laurent hacia el Palais de Justice, ubicado en el número 1 de la rue Notre-Dame Este, en el extremo norte del distrito histórico. La sal crujía bajo mis pies y el aliento se me congelaba al salir de la bufanda. Al verme acercarme, las palomas permanecían acurrucadas; preferían el calor animal del grupo a la seguridad de salir volando.
Mientras caminaba, pensaba en los esqueletos del sótano de la pizzería. ¿Pertenecían realmente a unas jovencitas asesinadas? Esperaba que no, pero en el fondo sabía que era la única realidad.
También pensé en Marie-Reine Pétit y sentí pena por su vida cercenada a causa de una maldad indescriptible. Me pregunté qué pasaría con los niños del matrimonio cuando a papá lo encerraran por asesinar a mamá. ¿Llegarían a reponerse alguna vez? ¿O quedarían marcados irreparablemente por el horror que les había caído encima?
De pasada, eché un vistazo al McDonald’s del bulevar St-Laurent, situado en la acera opuesta al Palais de Justice. Sus dueños habían intentado ceñirse al estilo colonial, habían hecho desaparecer los arcos amarillos y puesto toldos azules en su lugar. Estos tampoco quedaban demasiado bien, pero al menos lo habían intentado.
A los diseñadores del tribunal más importante de Montreal les importó un pimiento la armonía arquitectónica. Las primeras plantas forman una caja oblonga flanqueada por columnas verticales negras en saliente, sobre la que se apoya otra caja más pequeña con frente acristalado. Las plantas superiores se elevan al cielo como un monolito sin ninguna característica en particular. El edificio armoniza con el resto del barrio como un Hummer en una colonia amish.
Entré al Palais y estaba lleno hasta los topes: había viejecitas con abrigos de piel hasta los tobillos, adolescentes con pinta de raperos gangsteriles y prendas lo bastante grandes para abrigar a ejércitos en teros, hombres trajeados, abogados y jueces con togas negras. Algunos esperaban, otros se daban prisa. No había término medio.
Serpenteando entre grandes maceteros y soportes con luces Starburst, crucé el hall hasta llegar a una hilera de ascensores situados al fondo. Del Café Vienne llegaba el aroma a esa bebida. Iba a detenerme a tomar una cuarta taza, pero opté por no hacerlo. Ya estaba bastante estimulada.
En la planta superior vi más o menos lo mismo, pero allí la mayoría de la gente se limitaba a esperar. Aguardaba sentada en bancos de metal perforado, se apoyaba contra las paredes o conversaba en susurros. Unos pocos consultaban con sus abogados en las pequeñas salas de interrogatorio del pasillo. Ninguno de ellos parecía contento.
Tomé asiento en la puerta de la sala 4. 01 y de mi maletín extraje el expediente de Pétit. Diez minutos más tarde, Louise Cloutier surgió de la sala del tribunal. Con su larga melena rubia y sus gafas inmensas, la fiscal de la Corona aparentaba diecisiete años a lo sumo.
—Usted será mi primera testigo. —La cara de Cloutier traslucía tensión.
—Estoy preparada —respondí.
—Su testimonio será clave.
Cloutier retorcía y volvía a enderezar un clip. Había querido reunirse conmigo el día anterior pero el caso de la pizzería había dado al traste con el encuentro. La conversación que tuviéramos la noche anterior no le había asegurado a la fiscal la preparación que deseaba. Procuré tranquilizarla:
—No puedo relacionar el aserrado de los huesos con la mismísima sierra de arco de Pétit, pero puedo afirmar con toda seguridad que fueron hechas con una herramienta idéntica.
—Diga «que concuerda con» —corrigió Cloutier.
—«Que concuerdan con» —repetí.
—Su testimonio será clave. En su primera declaración, Pétite aseguró que nunca había visto ese serrucho, pero un analista de su laboratorio va a testificar que, al quitar el mango, encontró restos mi núsculos de sangre en la ranura de uno de los tornillos.
Todo eso yo ya lo sabía por nuestra conversación de última hora. Cloutier estaba repasando la acusación contra Pétit tanto para ella como para mí.
—Un experto en ADN declarará que la sangre pertenece a Pétit, eso lo relacionará con la sierra.
—Y yo relacionaré la sierra con la víctima —dije.
Cloutier asintió:
—Cuando se trata de establecer la idoneidad de lo expertos, este juez es un verdadero cabrón.
—Todos lo son.
Cloutier esbozó una sonrisa nerviosa y fugaz:
—El alguacil la llamará en unos cinco minutos.
Fueron más bien veinte.
La sala del tribunal era típica, moderna y anodina. Paredes texturadas grises y moquetas texturadas grises. Un acolchado texturado gris tapizaba los largos bancos atornillados al suelo. El poco color que había se encontraba en medio de la sala, más allá de las puertas que separaban a los espectadores de los litigantes y funcionarios: las sillas de los abogados estaban tapizadas en rojo, amarillo y marrón; también podía verse el azul, rojo y blanco de las banderas de Quebec y Canadá.
Una docena de personas ocupaba los bancos destinados al público. En mi trayecto por el pasillo central hasta el estrado, ese mismo público me siguió con la mirada. El juez se encontraba delante y a mi izquierda, el jurado delante de mí. El señor Pétit, a mi derecha.
He testificado muchas veces y me he enfrentado a hombres y mujeres acusados de crímenes monstruosos: asesinatos, violaciones, descuartizamientos. Pero al ver a los acusados siempre siento alivio.
Esta vez no fue la excepción. Réjean Pétit era un tipo de lo más corriente, tímido incluso. Hubiera podido ser mi tío Frank.
El funcionario me tomó juramento. Cloutier se puso de pie y empezó a hacerme preguntas desde el escritorio de la acusación.
—Por favor, indique su nombre completo.
—Temperance Deasee Brennan.
Dirigíamos las palabras hacia micrófonos suspendidos del techo. Nuestras voces eran los únicos sonidos que resonaban en la sala.
—¿A qué se dedica?
—Soy antropóloga forense.
—¿Cuánto hace que ejerce esa profesión?
—Aproximadamente veinte años.
—¿Dónde la ejerce?
—Soy profesora titular de la Universidad de Carolina del Norte. Cumplo funciones de antropóloga forense en la provincia de Quebec en el Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal, en Montreal, y también en Carolina del Norte, en la Jefatura Médica Forense, en Chapel Hill.
—¿Es usted ciudadana estadounidense?
—Sí, y tengo permiso de trabajo canadiense. Vivo a caballo entre Montreal y Charlotte.
—¿Por qué ejerce de antropóloga forense una estadounidense en una provincia canadiense?
—No hay ningún ciudadano canadiense que sea forense, posea certificación oficial en esa especialidad y hable francés fluidamente.
—Volveremos a la cuestión de la certificación oficial más adelante. Por favor describa sus estudios.
—Soy licenciada en Antropología por la Universidad Americana de Washington D. C., y tengo una maestría y un doctorado en Antropología Biológica por la Universidad del Noroeste, en Evanston, Illinois.
A eso le siguió una serie interminable de preguntas acerca de los temas de mi tesis doctoral, mis investigaciones, mis becas, mis artículos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con quién? ¿En qué publicaciones? Creí que Cloutier me iba a preguntar el color de las bragas que llevaba puestas el día de mi disertación.
—¿Ha escrito muchos libros, doctora Brennan?
Los enumeré.
—¿Pertenece a algún colegio profesional?
Los enumeré.
—¿Ha ocupado cargos en alguno de esos colegios?
Los enumeré.
—¿Está habilitada por alguna institución reguladora?
—Estoy habilitada por el Consejo Estadounidense de Antropología Forense.
—Por favor, explique a la corte lo que eso significa.
Describí el proceso de presentación de solicitud, el examen, la supervisión ética, y expliqué la importancia de los dictámenes facultativos a la hora de evaluar la competencia de aquellos a quienes se considera expertos.
—Además de ejercer su profesión en los laboratorios médicolegales de Quebec y Carolina del Norte, ¿lo hace usted en algún otro medio?
—He trabajado para las Naciones Unidas, para el Laboratorio Central de Identificación de las Fuerzas Armadas Estadounidenses en Honolulu, Hawaii, como instructora en la Academia del FBI en Quantico, Virginia; y como instructora en la Academia de Capacitación de la Real Policía Montada de Canadá en Ottawa, Ontario. Además soy miembro del Equipo Forense de Emergencias de la Oficina de Defensa Civil de Estados Unidos. Y en ocasiones asesoro a clientes privados.
El jurado estaba inmóvil, no sé si fascinado o comatoso. El abogado de Pétit no tomaba notas.
—Por favor, doctora Brennan, explíquenos a qué se dedica un antropólogo forense.
Me dirigí al jurado:
—Los antropólogos forenses somos especialistas en el esqueleto humano. Los patólogos suelen invitarnos a tomar parte en sus investigaciones, aunque no siempre es así. Requieren de nuestros conocimientos cuando una autopsia normal, que se centra en los órganos y tejidos blandos, se ve limitada o se hace imposible. En ese caso se deben estudiar los huesos para averiguar las cuestiones cruciales.
—¿Qué clase de cuestiones?
—Generalmente, establecer la identidad, la forma del fallecimiento, la mutilación post mortem y otros daños.
—¿Cómo puede ayudar usted a establecer una identidad?
—Al examinar los restos óseos puedo suministrar un perfil biológico que incluye edad, sexo, raza y altura del difunto. En ciertos casos puedo establecer la similitud entre las señas anatómicas observadas en un individuo desconocido y las señas visibles en una radiografía ante mortem de un individuo conocido.
—¿No suelen realizarse las identificaciones por medio de huellas dactilares, fichas dentales o ADN?
—Efectivamente. Pero para llegar a utilizar información dental o médica, primero hace falta acotar las posibilidades al número más reducido posible. Armado con un perfil antropológico, un investigador policial puede repasar los listados de personas desaparecidas, averiguar nombres y obtener fichas individuales que luego podrá comparar con los datos de los restos que tiene en su poder. Los antropólogos forenses suministramos el primer análisis de unos restos de los que, en principio, no se sabe absolutamente nada.
—¿Cómo pueden ayudar en cuestiones relacionadas con la forma de fallecimiento?
—Analizando pautas de fractura, los antropólogos forenses podemos reconstruir los acontecimientos que originaron ciertos tipos de traumatismo.
—¿Qué tipo de traumatismos suele examinar usted, doctora Brennan?
—Los que se originan tras disparos, heridas con objetos punzantes u objetos contundentes, estrangulamiento. Pero repito, estos peritajes solo se requieren cuando el cadáver se encuentra comprometido hasta el punto en que esas dudas no pueden aclararse estudiando solamente los tejidos blandos y los órganos.
—¿A qué se refiere cuando dice «comprometido»?
—Descompuesto, quemado, momificado o compuesto por restos óseos...
—¿Descuartizado?
—También.
—Gracias.
El jurado se había animado claramente. Tres de los miembros tenían los ojos como platos. En la fila de atrás, una mujer se llevó la mano a la boca.
—¿Alguna vez ha sido facultada por las cortes de la Provincia de Quebec u otras para actuar como testigo experto en juicios por asesinato?
—Sí, muchas veces.
Cloutier se volvió hacia el juez:
—Su señoría, proponemos a la doctora Temperance Brennan como experta en el campo de la antropología forense.
La defensa no protestó la moción.
Era hora de actuar.
A media tarde, Cloutier ya no tenía más preguntas que hacerme. El abogado de la defensa se puso en pie, y a mí se me encogió el estómago.
Ahora viene la parte peliaguda, me dije: la descalificación, la incredulidad y la crueldad total.
Pero el abogado de Pétit fue sistemático y cortés.
Y a las cinco había acabado.
Al final resultó que su tanda de preguntas no fue nada en comparación con la maldad con que me encontraría al lidiar con los huesos del sótano de la pizzería.
3
Cuando por fin salí del juzgado, había oscurecido. En los árboles de la rue Notre-Dame centelleaban lucecillas blancas. Una calège pasó a mi lado, el caballo que tiraba de ella lucía orejeras rojas con flecos y encima una ramita de pino. En torno a los falsos faroles de gas, flotaban copos de nieve.
Joyeuses fêtes! La Navidad había llegado a Quebec.
Una vez más, el tráfico marchaba a paso de tortuga. Me asomé con precaución y lentamente avancé hacia el norte por el bulevar St-Laurent, todavía nerviosa debido al subidón posterior a haber subido al estrado.
Tamborileaba con los dedos el volante. Mis pensamientos pasaban de un asunto a otro como rebota una bala. De mi testimonio a los esqueletos del sótano de la pizzería…, a mi hija…, a la noche que tenía por delante.
¿Qué más hubiera podido decirle al jurado? ¿Pude haber dado mejores explicaciones? ¿Me habrían entendido sus miembros? ¿Condenarían a aquel maldito cabrón?
¿Qué iba a descubrir en el laboratorio al día siguiente? ¿Confirmaría lo que ya intuía respecto de los esqueletos? ¿Se comportaría Claudel de manera detestable, como de costumbre?
¿Qué era lo que entristecía a mi hija Katy? En nuestra última conversación insinuó que no todo iba bien en Charlottesville. ¿Llegaría a completar su último año o me comunicaría en Navidad que abandonaba la Universidad de Virginia sin diplomarse?
«¿Qué averiguaré esta noche en la cena? ¿Hará implosión el amor que acabo de conocer? ¿Será realmente amor?»
Al llegar a la rue de la Gauchetière pasé por debajo del portal del dragón y entré en el Barrio Chino. Las tiendas estaban cerrando y los últimos transeúntes regresaban a casa a toda prisa, con las caras envueltas en las bufandas, encorvando la espalda para protegerse del frío.
Los domingos, el Barrio Chino se convierte en un bazar. Los restaurantes sirven dim sum, y cuando el tiempo está bueno, los comerciantes sacan tenderetes llenos de productos exóticos, paté de huevos de pescado salado, hierbas chinas. En los días festivos se representan danzas de dragones, hay exhibiciones de artes marciales y fuegos artificiales. Durante la semana, sin embargo, todo el mundo se dedica únicamente al comercio.
Mis pensamientos volvieron a desviarse hacia el tema de mi hija. A Katy le encanta el Barrio Chino, nunca se lo pierde cuando viene a Montreal de visita.
Antes de girar a la izquierda en René-Lévesque, atisbé hacia el otro lado de la intersección, hacia St-Laurent. Igual que la rue NotreDame, la Principal estaba engalanada para la Navidad.
St-Laurent, la Principal. Hace un siglo era una de las principales arterias comerciales y el primer lugar donde se establecían los contingentes de inmigrantes: irlandeses, portugueses, italianos y judíos. Independientemente de su etnia u origen, casi todos los recién llegados pasaban un tiempo en las calles y avenidas que rodeaban el bulevar St-Laurent.
Mientras esperaba que el semáforo de Peel se pusiera en verde, un hombre pasó ante los faros de mi coche. Era alto, de tez rubicunda, y el viento alborotaba su melena rubia rojiza.
Otro rebote de mi pensamiento.
Andrew Ryan, teniente de detectives, Section de Crimes contre la Personne, Sûreté de Québec. Mi primera aventura sexual tras veinte años de casada.
¿El compañero de la aventura más corta de mi vida?
Mis dedos aceleraron su ritmo de tamborileo.
Puesto que Ryan trabaja en homicidios y yo en el mortuorio, nuestras vidas profesionales a menudo se cruzan. Yo identifico a las víctimas y Ryan atrapa a los asesinos. Durante una década hemos investigado a violadores en grupo, miembros de cultos demoniacos, moteros, psicópatas y gente que no se lleva nada bien con sus cónyuges.
Durante años he oído historias sobre Ryan y su pasado. De su juventud salvaje, de cómo se pasó al lado de la ley y el orden, de su ascenso en la policía provincial.
También han llegado a mí historias de su presente. El tema no variaba nunca: al tipo le iba la marcha.
A menudo insinuaba que le gustaría meterme un poco de marcha a mí. Pero yo tengo una regla inquebrantable en lo referente al amour en el trabajo.
Ryan suele pensar distinto que yo, además le atraen los desafíos.
Él persistió, pero yo me mantuve firme. El objeto opuso resistencia a la fuerza en movimiento. Yo llevaba dos años separada y sabía que ya no volvería con Pete, mi marido. Y Ryan me gustaba, era inteligente, sensible y sexy a más no poder.
Guatemala, cuatro meses atrás. Fue una época durísima para los dos. Decidí replantearme la situación.
Invité a Ryan a Carolina del Norte, compré toda una provisión de ropa interior microscópica, un vestido negro comehombres y me lancé de cabeza. Ryan y yo pasamos una semana en la playa, pero apenas vimos el agua. Ni qué decir del vestido negro.
Cuando pienso en Ryan y en esa semana en la playa, mi estómago da ese salto que tan bien conozco.
Y para añadir otro ítem a la lista de cosas positivas: aunque sea canadiense, en la cama Ryan es el Capitán América.
Desde agosto, si bien no fuimos «una pareja» al menos seguimos teniendo «un lío». Un lío secreto, que quedó entre nosotros.
El tiempo que pasábamos juntos se asemejaba a esas secuencias tan manidas de las comedias románticas: andábamos de la mano, nos acurrucábamos junto al fuego, retozábamos en la hierba, retozábamos en la cama.
Entonces ¿por qué tenía esta sensación de que algo iba mal? Mientras giraba para tomar Guy, me puse a pensar por qué.
Cuando Ryan regresó de nuestro viaje a Montreal, conversábamos por teléfono largo y tendido. Últimamente, la frecuencia de las llamadas había disminuido.
«¿Qué importancia tiene? Vas a Montreal todos los meses», me dije.
Era cierto. Pero en mi último viaje, Ryan había estado menos accesible. Según él, estaba machacado de trabajo. Yo me preguntaba si sería verdad.
Yo había sido muy feliz con Ryan. ¿Había malinterpretado o pasado algo por alto? ¿Estaba distanciándose de mí?
¿O me lo estaba imaginando todo yo sola, rumiando como la heroína de una novela romántica barata?
Encendí la radio para distraerme.
Daniel Bélanger cantaba Sèche tes pleurs, «Seca tus lágrimas».
Buen consejo, Daniel.
La nieve empezó a caer más aprisa. Conecté el limpiaparabrisas y me concentré en conducir.
Estemos en mi casa o en la de él, quien suele cocinar es Ryan. Esta noche me ofrecí de voluntaria.
Cocino bien, pero no instintivamente. Necesito recetas.
Llegué a casa a las seis, pasé unos minutos resumiéndole mi día a Birdie, y después saqué la carpeta donde guardo los menús que recorto de The Gazette.
Tras una búsqueda de cinco minutos di con la receta ganadora. Pechugas de pollo asadas con salsa de melón. Arroz salvaje. Ensalada de rúcula con tropezones de tortilla mexicana.
La lista de ingredientes era relativamente corta. No podía ser muy difícil.
Me puse la parka y fui andando hasta Le Fauburg Ste-Catherine.
Ave, verdura de hoja, arroz... Facilísimo.
Pero ¿alguna vez se les ocurrió conseguir un melón Crenshaw en diciembre, en el ártico?
Un intercambio de ideas con el proveedor resolvió la crisis. Cambié el melón Crenshaw por un cantalupo.
A las siete y cuarto ya tenía la salsa marinándose, el arroz cociéndose, el pollo en el horno y la ensalada revuelta. Sonaba un cedé de Sinatra y yo apestaba a Chanel Nº 5.
Estaba preparada. Llevaba unos vaqueros rojos de talla cuatro, de los que requieren meter tripa para ponérselos, y el pelo estilo Meg Ryan, sujeto detrás de las orejas, la nuca despeinada y el flequillo cardado. Me pinté las pestañas color orquídea y lavanda —idea de Katy—, y me apliqué sombra lavanda sobre los ojos castaños. ¡Estaba deslumbrante!
Ryan llegó a las siete y media con un paquete de cervezas Moosehead, una baguette y una caja pequeña y blanca de pâtisserie. Estaba colorado por el frío, sobre el pelo y los hombros le brillaban los copos de nieve.
Se inclinó, me besó en la boca y me envolvió en sus brazos.
—Estás guapa —dijo apretándome contra él.
Aspiré el aroma de Irish Spring y el de su loción para después de afeitar mezclados con el olor a cuero.
—Gracias.
Me soltó, se quitó la chaqueta de aviador y la dejó caer en el sofá. Birdie dio un respingo, bajó de un salto a la alfombra y desapareció por el pasillo.
—Perdona, no vi al bichito.
—Se repondrá.
—Estás muy guapa. —Ryan me acarició la mejilla con los nudillos.
Se me revolvió el estómago.
—Usted tampoco está nada mal, detective.
Es cierto. Ryan es alto y larguirucho, tiene el pelo rubio rojizo y unos ojos de un azul inverosímil. Esa noche llevaba vaqueros y un jersey Galway.
Provengo, generación tras generación, de granjeros y pescadores irlandeses. Será culpa del ADN, digo yo, pero los ojos azules y los jerséis de ochos pueden conmigo.
—¿Qué hay en la caja? —pregunté.
—Una sorpresa para la cocinera.
Ryan arrancó una cerveza y metió las cinco restantes en la nevera.
—Esto huele bien —dijo levantando la tapa de la salsera.
—Es salsa de melón. Los melones Crenshaw son difíciles de conseguir en diciembre. —Y no dije más.
—¿Te invito a una cerveza o a una copa, bomboncito? —Ryan subió y bajó las cejas, y sacudió las cenizas de un puro imaginario.
—Sírveme lo de siempre.
Revisé el arroz. Ryan sacó una Coca-Cola Diet de la nevera, sus labios temblaron al dármela.
—¿Quién te está llamando más?
—¿Perdona? —No tenía ni idea de a qué se refería.
—¿Los representantes o los descubridores de nuevos talentos?
Mi mano se congeló a medio camino. Sabía lo que venía a continuación.
—¿Dónde he salido?
—En Le Journal de Montréal.
—¿Hoy?
Ryan asintió:
—Encabeza la página.
—¿En portada? —dije consternada.
—Catorce páginas más atrás, en color. Te encantará el ángulo de la toma.
—¿Me fotografiaron?
Entonces en mi mente se formó la imagen: un hombre negro y delgado con un jersey que le llegaba a las rodillas, la trampilla, la cámara de fotos.
Aquel mierda de la pizzería había vendido sus instantáneas.
Cuando trabajo en un caso, me niego rotundamente a conceder entrevistas a los medios. Muchos periodistas me creen una maleducada, otros me describen con términos más coloridos. Me da igual. Con los años he aprendido que las declaraciones se convierten inevitablemente en citas erróneas y las citas erróneas invariablemente se convierten en problemas.
Además, nunca salgo bien en las fotos.
—Déjame abrirla. —Ryan recuperó la lata, tiró de la lengüeta y me la devolvió.
—Seguramente habrás traído un ejemplar... —dije dejando la lata sobre la encimera y abriendo la puerta del horno.
—En bien de la seguridad de los comensales, la lectura tendrá lugar una vez se hayan despejado los cubiertos.
Durante la cena le conté a Ryan aquel día en el juzgado.
—Los comentarios son buenos —dijo.
Ryan tiene una red de informantes que hace que la CIA parezca una panda de niños exploradores. Se entera de mis movimientos antes de que se los cuente, lo cual me cabrea a más no poder.
Y la gracia que le causaba el artículo de Le Journal estaba disminuyendo aún más mi umbral de irritación.
«Pasa de ello, Brennan —me dije—. No te tomes a ti misma tan en serio.»
—¿De verdad? —dije sonriendo.
—Los críticos le dieron cuatro estrellas.
¿Solo cuatro?
—Entiendo —dije.
—Se rumorea que Pétit va a chirona.
No contesté.
—Cuéntame más sobre el caso de la pizzería —cambió de tema Ryan.
—¿No lo explican extensamente en Le Journal? —lo piqué y me serví más ensalada.
—La cobertura es un poco imprecisa. ¿Me puedo servir un poco?
Le pasé la ensaladera.
Durante tres minutos largos comimos rúcula. Ryan rompió el silencio.
—¿No me vas a contar algo de esos huesos?
Cruzamos la mirada. Su interés me pareció sincero.
Cedí, pero mi relato fue breve. Cuando hube acabado, Ryan se puso en pie y sacó de su chaqueta una sección del periódico.
Ambas instantáneas habían sido tomadas de arriba y desde la derecha. En la primera aparecía yo hablándole a Claudel, con los ojos encendidos y un dedo enguantado en alto. El pie de foto bien podría haber sido: «El ataque de la fierecilla».
La segunda captó a la fierecilla a cuatro patas y con el culo en alto.
—¿Tienes idea de cómo consiguió las fotografías Le Journal? —preguntó Ryan.
—Fue el canalla del ayudante del dueño.
—¿El caso le tocó a Claudel?
—Sí —dije yo juntando las migas de la mesa.
Ryan alargó la mano y la posó sobre la mía.
—Claudel se está comportando bien.
No contesté.
Ryan iba a decir algo, pero su móvil emitió un gorjeo.
Me apretó la mano, sacó el aparato de la funda del cinturón y comprobó quién llamaba. En sus ojos hubo un destello de frustración o de irritación, algo que no conseguí descifrar.
—Tengo que cogerlo —dijo.
Echó la silla hacia atrás, se levantó y se alejó por el pasillo.
Mientras recogía los platos llegué a oír el ritmo de la conversación. No podía discernir las palabras, pero la cadencia sugería inquietud.
Al cabo de un momento regresó.
—Lo siento, nena. Tengo que marcharme.
—¿Te vas? —me quedé atónita.
—Este es un oficio ingrato.
—No hemos probado los pasteles.
Sus ojos irlandeses esquivaron los míos.
—Lo lamento.
Y la cocinera se quedó sola, con su regalo sorpresa sin probar.
4
Desperté sintiéndome alicaída, pero no sabía por qué.
¿Era porque estaba sola? ¿Porque mi único compañero de cama era un inmenso gato blanco? Yo no lo había previsto de ese modo. Pete y yo habíamos planeado envejecer juntos, queríamos hacer juntos el viaje a la otra vida.
Pero a mi marido para toda la vida se le ocurrió prestarle el pito a una agente inmobiliaria.
Y yo también tuve una aventura, pero con la bebida.
Como dice mi hija Katy, «qué más da». La vida continúa.
El día estaba gris, el viento bramaba y no invitaba a salir. El reloj marcaba las siete y diez. Birdie había desaparecido del mapa.
Me quité la camisa de dormir, me di una ducha caliente y me pasé el secador de pelo. Birdie dio señales de vida mientras yo me cepillaba los dientes, lo saludé y sonreí al espejo preguntándome si el día merecía ponerme rimmel.
Y entonces recordé.
La marcha repentina de Ryan y su forma de mirarme.
Incrusté el cepillo de dientes en su cargador, fui hacia el dormitorio y me quedé mirando fijamente la ventana escarchada. Estaba cubierta de espirales cristalinos y copos geométricos, tan delicados, tan frágiles. ¿Como la fantasía que me había construido de una vida compartida con Ryan?
Volví a preguntarme qué estaba ocurriendo. ¿Por qué estaba interpretando el papel de segundona en una comedia de Doris Day?
—Que te den por el culo, Doris —exclamé en voz alta.
Birdie levantó la vista pero se guardó sus pensamientos.
—¡Y que te den por el culo a ti también, Andrew Ryan!
Regresé al baño y me apliqué varias capas de Revlon.
El Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal de Quebec ocupa las dos plantas superiores del Édifice WilfridDerome, una construcción de planta en T en el distrito de Hochelaga-Maissoneuve, al este de Centreville. El Bureau du Coroner, la oficina del patólogo jefe, se encuentra en el piso once, el depósito de cadáveres en el sótano. Las plantas restantes pertenecen a la SQ.
A las ocho y cuarto, la planta doce se estaba llenando de hombres y mujeres con batas blancas. Al tiempo que blandía mi pase para el área de seguridad, varios de ellos me saludaron a la entrada del vestíbulo, y los otros por las puertas de vidrio que separan el ala médico-legal del resto de la T. Devolví sus bonjour y continué camino a mi despacho. No estaba de humor para charlas, todavía estaba enfadada por el encuentro de la noche anterior con Ryan. Mejor dicho, por el desencuentro.
Tal como sucede en la mayoría de las instalaciones médico-forenses y jueces de instrucción, la jornada de trabajo en el LCJML comienza con una reunión de la plantilla de profesionales. Todavía no me había quitado la ropa de abrigo, cuando el teléfono empezó a sonar. Era Pierre LaManche. El jefe estaba ansioso por empezar, había tenido una noche movida.
Entré en la sala de reuniones. Solo LaManche y Jean Pelletier estaban sentados a la mesa. Los dos amagaron con ponerse en pie, eso que hacen los hombres mayores cuando una mujer entra en la habitación.
LaManche me preguntó sobre el juicio a Pétit. Le contesté que mi testimonio había ido bien.
—¿Y el levantamiento del lunes?
—Diría que también fue bien, salvo la ligera hipotermia y el hecho de que los huesos, que según ustedes pertenecían a animales, resultaron ser tres personas.
—¿Comenzará los análisis hoy? —preguntó LaManche con su francés de la Sorbona.
—Efectivamente. —Preferí no arriesgar nada, ya que había basado mis conclusiones en un rápido examen en el mismo sótano. Quería estar segura.
—El detective Claudel me pidió que le informara de que irá a verla hoy a la una y media de la tarde.
—El detective Claudel va a tener que esperar sentado, apenas he empezado.
Oí el gruñido de Pelletier y miré en dirección a él.
Aunque era subordinado de LaManche, Jean Pelletier llevaba una larga década en el laboratorio cuando contrataron al nuevo jefe. Era un hombre menudo y compacto, de fino cabello gris y ojeras pronunciadas.
Pelletier era lector asiduo de Le Journal. Supe lo que se avecinaba.
—Oui. —Los dedos de Pelletier tenían un color amarillento permanente, producto de medio siglo de fumar Gauloises. Ahora uno de esos dedos amarillos me apuntaba—. Oui, vista desde este ángulo está usted mucho más guapa. Así destacan más sus encantadores ojos verdes.
Le respondí mirando con mis encantadores ojos verdes al techo.
Me senté. En ese momento entraron para unirse al grupo Nathalie Ayers, Marcel Morin y Emily Santangelo. Se intercambiaron varios «Bonjour» y «Comment ça va». Pelletier alabó el corte de pelo de Santangelo. La mirada que ella le devolvió sugería que mejor sería no volver a comentar el tema. A Santangelo no le faltaba razón.
Después de distribuir copias de la lista con los cadáveres invitados de la fecha, LaManche empezó a sacar y asignar los casos.
Un hombre de cuarenta y siete años había sido hallado colgado de una viga transversal en su garaje del barrio de Laval.
Un hombre de cincuenta y cuatro años había sido apuñalado por su hijo después de una discusión sobre unas salchichas que habían sobrado del día anterior. La madre fue quien dio parte a la policía de St-Hyacinthe.
Un residente de Longueuil había estrellado su todoterreno contra un montículo de nieve en una carretera comarcal en la zona de Gatineau. Había bebido.
Una pareja que se iba a separar había sido hallada muerta a tiros en una casa de St-Léonard. Ella recibió dos tiros, él uno. El futuro ex marido dejó este mundo chupando una pistola Glock de nueve milímetros.
—Si no eres mía, no vas a ser de nadie —tabletearon las dentaduras de Pelletier.
—Típico —dijo Natalie Ayers con amargura en la voz.
Tenía razón. Todos habíamos visto la misma escena repetida hasta el hartazgo.
Una mujer joven había sido descubierta detrás de un karaoke en la rue Jean Talon. Se sospechaba que había muerto por una combinación de sobredosis e hipotermia.
A los esqueletos del sótano de la pizzería el LCJML les había asignado los números de caso 38426, 38427 y 38428.
—El detective Claudel cree que estos esqueletos son antiguos y de poco interés forense... —dijo LaManche. Aquello más que un comentario era una afirmación.
—¿Y cómo puede saber eso monsieur Claudel?
Era posible que fuese cierto, pero me fastidiaba que Claudel opinase acerca de algo que estaba fuera de su área de conocimiento.
—Monsieur Claudel es un hombre de múltiples talentos —dijo Pelletier.
Su expresión era seca, pero no me dejé engañar. El viejo patólogo sabía de la discordia entre Claudel y yo, y le encantaba picar.
—¿Claudel ha estudiado arqueología? —pregunté.
Las cejas de Pelletier se enarcaron:
—Monsieur Claudel dedica muchísimas horas a examinar reliquias antiguas.
Ya que estábamos haciendo una rutina cómica, opté por interpretar al tipo serio del dúo. Los presentes hicieron silencio esperando el remate.
—¿De veras? —dije.
—Bien sûr. Se mira la pilila todos los días.
—Gracias, doctor Pelletier —zanjó LaManche con la misma cara de palo que nosotros—. Y ya que hablaba de colgajos, ¿por qué no coge usted al ahorcado?
A Ayers le tocó el apuñalamiento, el accidente del todo terreno fue para Santangelo, el suicidio/homicidio le tocó a Morin. A medida que iba adjudicando casos, LaManche iba marcando las iniciales correspondientes en su planilla maestra: Pe. Ay. Sa. Mo.
Las iniciales Br. fueron añadidas a los dossieres 38426, 38427 y 38428, los huesos del sótano de la pizzería.
Anticipando la larga reunión que le esperaba con la junta inspectora de muertes infantiles en la provincia, LaManche no se asignó ninguna autopsia.
Nos retiramos, y yo fui a mi despacho. Unos segundos más tarde, LaManche asomó la cabeza por la puerta. Uno de los técnicos de autopsias estaba de baja con bronquitis. Con cinco puestos ocupados, las cosas se complicaban. LaManche me preguntó si me importaba trabajar sola.
Estupendo.
Mientras metía las planillas de mis tres casos en un portafolios, noté que la luz roja de mi teléfono titilaba.
Sentí un mariposeo casi imperceptible en el estómago. ¿Sería Ryan?
«Supéralo, Doris.»
Tecleé mi clave y revisé el buzón de voz.
Un periodista de Allô Police.
Un periodista de The Gazette.
Un periodista del telediario de la noche de la CTV, la Cadena de Televisión Canadiense.
Desilusionada, borré los mensajes y a toda prisa me dirigí a los casilleros de mujeres. Me puse la bata quirúrgica y por un pasillo enfilé hacia un ascensor medio escondido entre la secretaría y la biblioteca. Era un ascensor de uso restringido a personal autorizado, sus botones permitían detenerse en solo tres plantas: en el LCJML, en la oficina del patólogo jefe y en el depósito de cadáveres. Presioné la D y las puertas se cerraron.
Bajé al sótano, atravesé otra puerta de seguridad y un pasillo largo y estrecho que atraviesa de lado a lado el edificio. A mi izquierda: una sala de radiografías y cuatro salas de autopsias, tres de ellas con mesas individuales. A mi derecha: secadores, puestos de trabajo con sus respectivos ordenadores, cubas y camillas con ruedas para transportar los restos a los laboratorios de histología, patología, toxicología, ADN y odontología-antropológica, ubicados todos en las plantas superiores.
A través de sendos ventanucos en las puertas vi que en las salas uno y dos Ayers y Morin empezaban sus exámenes externos. A cada uno lo acompañaba un fotógrafo de la policía y un técnico en autopsias.
Otro técnico disponía el instrumental en la sala tres. Ese asistiría a Santangelo.
Y yo me las tenía que arreglar sola.
Y Claudel llegaría en menos de cuatro horas.
Había empezado el día alicaída, pero mi humor empeoraba minuto a minuto.
Me dirigí a la sala cuatro, mi sala. Una sala especialmente ventilada para autopsias de cadáveres descompuestos, flotantes, momificados y demás variedades aromáticas.
Al igual que las demás, la sala cuatro tiene puertas dobles que comunican con un depósito de cadáveres adjunto. Las paredes de este están cubiertas por compartimentos refrigerados, en cada uno de ellos hay superpuestas dos camillas extraíbles con ruedas.
Lancé mi sujetapapeles sobre la encimera. De un cajón saqué un mandil de plástico, de otro unos guantes y una mascarilla. Me los puse. Luego cogí un carro metálico del pasillo y abrí las puertas dobles con la espalda de un empujón.
Hice el recuento de camillas.
Seis tarjetas blancas, una de ellas con una pegatina roja.
Seis residentes, uno de ellos VIH positivo.
Localicé las tarjetas marcadas con mis iniciales: LCJML 38426. LCJML 38427. LCJML 38428. Ossements. Inconnu. Huesos. Desconocidos.
En circunstancias normales hubiera estudiado los casos consecutivamente, analizando uno a fondo antes de pasar al siguiente. Pero Don Divertido llegaría a la una y media. Así que anticipando la impaciencia de Claudel, decidí abandonar el protocolo y hacer a cada grupo de restos una rápida evaluación de edad y sexo.
Fue un error que lamentaría más tarde.
Abrí una puerta de acero inoxidable, luego una segunda y después una tercera. Seleccioné los mismos huesos que había visto en el sótano de la pizzería, los metí en el carro y los llevé a la sala cuatro.
Tras garabatear la información relevante en las casillas del informe anatómico, empecé con el 38426, los huesos hallados en el cajón de Dr. Energy.
Comencé por el cráneo.
Inserciones musculares delicadas, occipucio redondeado, mastoides pequeños, arcos supraorbitarios suaves que acaban en bordes orbitales angulosos.
Seguí con la pelvis.
Caderas amplias y abiertas. Pubis ensanchado y dotado de una mínima cresta elevada que cruza el lado abdominal. Ángulo subpúbico obtuso. Amplia escotadura ciática.
Fui marcando con una tilde estas características en las casillas de «evaluación de sexo» y escribí mi conclusión: mujer.
Pasé a la sección de «evaluación de edad». Noté que la sutura basilar, la grieta entre los huesos occipital y esfenoides, en la base del cráneo, había soldado recientemente. Eso indicaba que la mujer era una adolescente de entre quince y dieciocho años.
Volví a la pelvis.
A lo largo de la infancia, cada mitad de la pelvis está compuesta por tres huesos distintos, el ilión, el isquión y el pubiano. Al comienzo de la adolescencia, estos huesos se sueldan dentro de la cavidad cotiloidea.
Esta pelvis había visto llegar y pasar su pubertad.
Noté surcos que corrían a lo largo de las sínfisis, las caras donde las dos mitades de la pelvis se unen por delante. Di la vuelta al hueso.
El borde superior de la cresta iliaca mostraba líneas dentadas irregulares, lo que indicaba la ausencia de la medialuna que finalmente debía de unir el hueso. También había líneas dentadas irregulares en el isquión, cerca del punto donde el cuerpo se apoya al sentarse.
Sentí un frío familiar extendérseme por dentro. Comprobaría la dentadura y los huesos largos, pero todos los indicadores sustentaban mi impresión inicial.
La moradora de la caja de Dr. Energy era una muchacha que había muerto entre los quince y los dieciocho.
Volví a dejar el caso 38426 en el carro y me volví hacia los huesos que había escogido del 38427. Después pasé al 38428.
El mundo pasó a ocupar una dimensión diferente, donde teléfonos, impresoras, voces y carros desaparecían. Donde me encontraba ahora no existía nada, salvo los frágiles restos que tenía sobre la mesa.
Trabajé sin parar hasta la hora de comer; con cada observación mi tristeza iba aumentando.
A menudo se me acusa de sentir más afecto por los muertos que por los vivos. Eso no es cierto. Me entristecen los muertos que acaban en mi mesa, pero también soy muy consciente del dolor que sufren los que estos dejan detrás.
Este caso no iba a ser una excepción, sentí una gran empatía con las familias que habían amado y perdido a estas chicas.
A la una y treinta y cuatro en punto el teléfono sonó estridente. Me bajé la mascarilla y crucé hacia el escritorio.
—La doctora Brennan al habla.
—¿Ha terminado? —La voz masculina no se había identificado, pero yo sabía de quién se trataba.
—Tengo cierta información preliminar. Estoy en la sala cuatro.
—Y yo en su despacho.
Usted mismo, Claudel. Y no se preocupe por mí, haga cuenta de que está en su casa.
—¿Va a querer observar lo que he descubierto? —dije.
—No será necesario.
La aversión de Claudel a las autopsias era legendaria. Antes me aprovechaba de ello, planeaba artimañas para obligarlo a marcharse dando arcadas. Pero ya no me tomaba esas molestias.
—Necesitaré un par de minutos para limpiar aquí —dije.
—Todo este asunto es una pérdida de tiempo.
—Sinceramente espero que así sea. —Colgué.
Tranquila, me dije. Es Claudel, un hombre primitivo.
Cubrí la mesa con una sábana, me quité los guantes y subí. Sobre mi cabeza planeaba una nube de creciente terror.
Yo sabía de huesos. Sabía que tenía razón.
Y a pesar de que la arrogancia mojigata de él me pusiera enferma, deseaba que Claudel también la tuviera.
5
Lo encontré sentado mirando hacia mi escritorio, con sus cejas, nariz y boca apuntando al sur. No se puso en pie ni me saludó al verme entrar. Le devolví su cordialidad.
—¿Ya ha acabado? —dijo.
—No, monsieur Claudel, no he acabado. Apenas he empezado. —Me senté—. Pero he observado ciertos detalles inquietantes.
Claudel curvó los dedos con un gesto de «venga, cuéntemelo».
—Basándome en las características craneales y pélvicas, puedo informarle de que el esqueleto 38426 pertenece a una mujer que murió entre los dieciséis y dieciocho años. El análisis de los huesos largos me permitirá calcular la edad con más exactitud, pero es obvio que la sutura basilar acaba de soldar recientemente, la cresta iliaca...
—No quiero una lección de anatomía.
¿Y no quieres que te hunda el pie en el culo de un puntapié?
—La víctima es joven —dije fríamente.
—Continúe.
—Son todas jóvenes.
Las cejas de Claudel se arquearon como una interrogación.
—Todas mujeres, adolescentes o poco más.
—¿Qué les causó la muerte?
—Eso requerirá un examen en profundidad de cada esqueleto.
—La gente se muere.
—Pero no tan joven.
—¿Tiene idea de la raza?
—Hasta ahora no. —Tenía que verificar la ascendencia, pero las características craneofaciales indicaban que las tres eran blancas.
—O sea que quizás hemos desenterrado a Pocahontas y a sus damas de compañía.
Me mordí la lengua para no contestar. No podía dejar que Claudel me obligara a emitir un juicio tan prematuro.
—Tanto en los huesos del cajón de envases como en los de la depresión noreste no hay restos de tejidos blandos. En cambio en los restos amortajados se ven rastros de adipocira o grasa cadavérica. No estoy convencida de que las muertes hayan ocurrido en un pasado lejano.
Con las palmas hacia arriba, Claudel alzó las manos:
—¿Cuándo entonces? ¿Hace cinco años? ¿Diez? ¿Un siglo...?
—Determinar el lapso transcurrido desde la muerte requerirá más estudios. Pero ahora mismo, no descartaría que estos enterramientos sean históricos o prehistóricos.
—No necesito instrucciones sobre cómo redactar mis informes. ¿Qué es lo que me está diciendo exactamente?
—Le estoy diciendo que acabamos de exhumar tres cadáveres de muchachas jóvenes del sótano de una pizzería. A esta altura de la investigación, no sería correcto concluir que sus restos sean tan antiguos.
Durante varios segundos Claudel y yo nos desafiamos con la mirada. Acto seguido, él extrajo del bolsillo superior de la chaqueta una bolsita Ziplock y la dejó caer sobre el escritorio.
Bajé la vista lentamente.
La bolsita hermética de plástico transparente contenía tres objetos redondos.
—Sáquelos, si quiere —dijo.
Abrí el cierre y dejé caer los objetos en la palma de mi mano. Eran tres discos planos de unos tres centímetros de diámetro. Estaban corroídos, pero podía verse que todos llevaban grabados una silueta femenina en el frente, y ojetes en el dorso. Junto a cada ojete aparecían grabadas las iniciales ST.
Lancé una mirada inquisitiva a Claudel.
—Hubo que persuadirlo un poco, pero el «príncipe de la pizza» admitió que había sustraído ciertos elementos mientras encajonaba los restos.
—¿Son botones?
Claudel asintió.
—¿Y estaban enterrados con el esqueleto?
—El caballero no dio detalles de la procedencia. Pero sí, son botones, y es obvio que son antiguos.
—¿Y cómo sabe usted que son antiguos?
—No lo sé. Pero la que sí lo sabe es la doctora Antoinette Legault, del McCord.
El Museo McCord de Historia Canadiense guarda más de un millón de objetos, de los cuales más de dieciséis mil pertenecen a su colección de vestimenta y atavíos.
—¿Legault es experta en botones?
Claudel ignoró mi pregunta:
—Los botones fueron fabricados en el siglo XIX.
Antes de poder contestarle, el teléfono móvil de Claudel hizo gorgoritos. Sin disculparse, el detective se puso en pie y salió al vestíbulo.
Mis ojos volvieron una vez más a los botones. ¿Indicaban estos que los esqueletos habían estado enterrados durante un siglo o incluso más?
En menos de un minuto, Claudel regresó:
—Ha surgido algo importante.
Me estaba dando orden de retirarme.
Tengo mal carácter, lo admito, y a veces exploto. La condescendencia de Claudel me estaba provocando una de esas explosiones. Yo había realizado las evaluaciones preliminares a toda velocidad teniendo en cuenta su agenda, y suponiendo que esta investigación era de alta prioridad. Tras una averiguación superficial, Claudel me hacía a un lado.
—¿Está diciendo que este caso no es importante? —dije.
Claudel bajó la barbilla y me miró, la viva imagen de una paciencia llevada al límite.
—Soy policía, no historiador.
—Y yo una científica, no alguien dado a las conjeturas.
—Estos objetos... —dijo agitando la mano hacia a los botones— pertenecen a otro siglo.
—Pues ahora hay tres chicas muertas que pertenecen a este. —Me puse de pie abruptamente.
Claudel se puso tenso, sus ojos formaron dos rendijas:
—Una prostituta acaba de llegar al Hospital Notre-Dame con el cráneo partido y un cuchillo en la tripa. Su amiga no ha tenido tanta suerte, está muerta. Mi compañero y yo vamos a detener a cierto proxeneta para aumentar las probabilidades de que las otras damas sigan con vida. —Me apuntó con el dedo—: Eso, madame, es importante.
Dicho lo cual, salió de la estancia dando grandes zancadas.
Durante unos instantes me quedé plantada allí, roja de furia. Odio que Claudel tenga el don de ponerme explosiva, a veces ilógicamente. Pero así eran las cosas, lo había vuelto a conseguir.
Me desplomé en la silla, la hice girar, coloqué los pies sobre el alféizar y descansé la cabeza contra la pared. Doce plantas más abajo, la ciudad se extendía hasta el río. Automóviles y camiones en miniatura transitaban por el puente Jacques-Cartier en dirección a la Île SteHélène, a las urbanizaciones de la orilla sur y al estado de Nueva York.
Cerré los ojos. Hice un poco de respiración yóguica y poco a poco mi enojo amainó. Cuando volví a abrirlos, me sentí... ¿Cómo me sentí?
Abatida.
Confundida.
Las investigaciones de homicidios ya son complicadas de por sí. ¿Por qué con Claudel tenían que ser siempre el doble de complicadas? ¿Por qué no podía tener con él el intercambio fluido y profesional que tenía con otros investigadores de homicidios? Como con Ryan, por ejemplo.
Ryan.
Doris me dio unos golpecitos en el hombro. Quería que compartiéramos un par de fotogramas de Confidencias a medianoche.
Algunas cosas estaban claras. Claudel era un tipo de ideas fijas: no le gustaban las ratas, no le gustaba la pizzería y no creía que aquellos huesos merecieran su atención. Cualquier apoyo que yo necesitase para la investigación lo tendría que obtener de otras fuentes.
—¿Así que eres escéptico, visceral y altanero? Vale. Tú búrlate de mi análisis sin procurar comprenderlo. Resolveré esto sin tu ayuda.
Cogí mi portafolios y volví a bajar.
Tres horas más tarde, el inventario óseo del caso LCJML 38426 había terminado. El esqueleto estaba completo, con excepción del hioides —un hueso en forma de U que se encuentra suspendido en medio de los tejidos blandos de la garganta—, y de algunos de los huesos más pequeños de manos y pies.
Los huesos largos continúan incrementando su longitud siempre y cuando sus epífisis —las pequeñas terminaciones de sus extremos— continúen separadas del hueso mismo. El crecimiento se detiene cuando la epífisis se suelda con el hueso largo propiamente dicho. Afortunadamente para los antropólogos, cada grupo de epífisis se rige por su propio reloj.
Observando los estados de desarrollo del brazo, pierna y clavícula, pude ajustar aún más mi estimación de edad. Además, había pedido placas de rayos X de las dentaduras para observar el desarrollo de las raíces de los molares. Pero ya no tenía dudas. En el momento de su muerte, la chica del cajón de envases tenía entre dieciséis y dieciocho años de edad.
El impreso de características antropológicas de este caso tenía una docena de marcas en los casilleros de la columna que indica ascendencia europea: abertura nasal estrecha, borde nasal inferior marcadamente saliente, caballete de ángulo pronunciado, cresta nasal prominente, pómulos pegados a la cara. Cada uno de esos rasgos situaba el cráneo en la categoría caucásica. Estaba segura de que la chica era blanca.
Y diminuta. Las mediciones de los huesos indicaban que tenía una altura aproximada de un metro cincuenta y siete.
Pese a que había examinado cada hueso y cada fragmento, no había hallado ni una sola señal de violencia. Aunque bajo la lupa advertí ciertas hendiduras en forma de V alrededor del conducto auditivo, estas parecían superficiales. Sospeché que habían sido causadas tras la muerte por abrasión contra la superficie de tierra o la manipulación descuidada durante la exhumación y colocación de los restos en el cajón de envases.
La dentadura evidenciaba una higiene deficiente y carecía de arreglos dentales.
Ahora tocaba estudiar el intervalo post mortem. ¿Cuánto tiempo llevaba muerta? Contando únicamente con huesos secos, averiguar el IPM iba a ser la leche de difícil.
El cuerpo humano es un microcosmos copernicano compuesto de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno. El corazón es el sol, es la fuente de vida para cada sistema metabólico de esa galaxia.
Cuando el corazón deja de latir, sobreviene un caos citoplasmático. Las enzimas se lanzan a un banquete caníbal, cebándose en los carbohidratos y proteínas del propio cuerpo. Las membranas de las células se rompen y liberan alimentos para ejércitos de microorganismos. Las bacterias de los intestinos empiezan a comer, pero hacia fuera. Las bacterias del medioambiente, los insectos carroñeros y los animales que hurgan en busca de comida empiezan a comer hacia dentro.
El enterramiento, la inmersión o el embalsamamiento retardan el proceso de descomposición. Ciertos agentes mecánicos y químicos lo aceleran.
Entonces ¿cuánto tiempo pasa antes de que el polvo que somos se convierta en el polvo que seremos?
En condiciones de calor y humedad extremos, el tejido blando puede llegar a desaparecer en tres días. Pero eso es una plusmarca. En condiciones normales —un enterramiento de superficie, por ejemplo— un cuerpo tarda entre seis meses y un año en convertirse en esqueleto.
El enterramiento en un sótano puede ralentizar el proceso. El enterramiento en un sótano de una región subártica puede ralentizarlo muchísimo.
¿Con qué datos contaba yo?
Los cuerpos habían sido hallados a poca profundidad. ¿Fue allí donde los enterraron en un principio? ¿Cuánto tiempo pasó entre las muertes y el momento en que los cadáveres fueron depositados allí?
Dos habían sido doblados con las rodillas pegadas al pecho. Uno había sido envuelto en una mortaja de cuero. Más allá de esos detalles, no sabía nada. ¿Humedad? ¿Acidez de la tierra? ¿Fluctuaciones de temperatura?
¿Qué podía afirmar yo?
Los huesos estaban secos, desarticulados y desprovistos de carne y olor. Había ciertas manchas y restos de tierra en los senos paranasales y las cavidades de la médula. Si los botones de Claudel no guardaban relación con las jóvenes, estas habían sido encerradas desnudas y anónimas, sin ningún objeto personal.
Mi mejor estimación: habían muerto hacía más de un año y menos de un milenio. Al oírlo, Claudel se lo iba a pasar bomba. Frustrada, guardé el caso LCJML 38426, y me propuse hacer muchas más preguntas.
Cuando justo estaba sacando del depósito refrigerado el caso LCJML 38427, el teléfono que tenía a mis espaldas volvió a sonar. Molesta por la interrupción, y suponiendo que se trataba de Claudel y su cinismo arrogante, me quité la máscara de un tirón y levanté bruscamente el auricular.
—Brennan al habla.
—¿La doctora Temperance Brennan? —dijo una voz femenina temblorosa e insegura.
—Oui.
Miré mi reloj. Faltaban cinco minutos para que la centralita pasara a ocuparse de las llamadas del turno de noche.
—No esperaba que fuera a contestarme usted. Quiero decir que pensé que iba a tener que hablar con otra secretaria o con la operado...
—¿En qué puedo ayudarla? —dije pasándome también al inglés.
Hubo una pausa, como si la mujer estuviera reflexionando sobre mi pregunta. De fondo oí ruido de pájaros o algo así.
—Pues no lo sé. En realidad, yo pensé que podría ayudarla a usted...
Estupendo. Otra ciudadana ofreciéndose de voluntaria.
Los miembros de la policía científica no suelen ser científicos, sino peritos. Ellos son quienes recogen muestras de cabellos, fibras, fragmentos de cristal, restos de pintura, de sangre, semen, saliva y demás pruebas físicas, y también lo espolvorean todo en busca de huellas dactilares y toman fotografías. Pero una vez que han etiquetado sus hallazgos y tomado nota de ellos, el trabajo de la unidad ha acabado. Nada de magia de alta tecnología. Nada de vigilancias que hacen latir más aprisa el corazón. Nada de seguir una pista importante y acabar en un tiroteo. La parte científica la llevan a cabo especialistas con títulos superiores y a los malos los persiguen los polis.
Pero la «ciudad del oropel» nos ha vuelto a vender la moto. Ha engañado al público para que crea que los peritos que investigan la escena del crimen son a la vez científicos y detectives, por eso cada semana me telefonean televidentes arrobados seguros de haber desvelado un misterio. Yo intento ser amable, pero este último mito hollywoodense necesita ser refutado con una buena patada en el trasero.
—Lo siento, señora, para trabajar en este laboratorio usted debe presentar sus referencias y pasar por un proceso de contratación formal.
—Ah... —dijo la voz como inspirando.
—Si pasa por la oficina de recursos humanos, estoy segura de que existen impresos con la descripción de las tareas que...
—No, no... Usted no me entiende. Ayer vi su fotografía en Le Journal y telefoneé a su despacho.
Esta mujer era peor que una fanática de las series de detectives, era una vecina fisgona que me venía con el dato del siglo. O quizás una adicta al crack que esperaba pillar recompensa.
Dejé caer mi bolígrafo sobre el cartapacio y me repantingué en la silla. Cualquier llamada es una posibilidad remota, la de «garganta profunda» también lo fue.
—Puede que esto le suene como una locura —carraspeó—. Además, supongo que estará ocupada...
—De hecho estoy en medio de un trabajo, señora...
Una interferencia distorsionó el nombre. ¿Era Gallant, Ballant o Talent?
—... esos huesos que usted desenterró —dijo.
Hubo otra pausa y más ruido de fondo, silbidos y graznidos.
—¿Qué sabe usted de ellos? —dije.
La voz cobró fuerza:
—Siento que es mi responsabilidad moral.
No dije nada. Miraba los huesos de la camilla y me quedé pensando en las responsabilidades morales.
—Que es mi deber ayudar, aunque sea con una llamada telefónica. Es lo menos que puedo hacer antes de irme. La gente ya no se toma el tiempo, a nadie le importa nada. Nadie se quiere involucrar.
Oí voces y puertas que se cerraban en el pasillo y luego nada. Los técnicos de autopsias se habían marchado a sus casas. Me recliné. Estaba cansada, pero ansiosa por terminar la conversación y volver al trabajo.
—¿Qué es lo que quiere decirme?
—Hace mucho tiempo que vivo en Montreal. Sé lo que sucedía en ese edificio.
—¿Qué edificio?
—En el edificio donde estaban escondidos esos huesos.
La mujer había captado toda mi atención.
—¿El de la pizzería?
—Ahora es una pizzería...
—Continúe.
En ese momento sonó una campana estridente, como las que señalaban entradas y salidas en las escuelas de antaño.
Y la comunicación se cortó.
6
Di repetidas veces al botón intentando captar la atención de la operadora de la centralita.
No obtuve respuesta.
¡Maldición!
Estampé el auricular en su nuca y salí corriendo en dirección al ascensor.
Susanne, la recepcionista del LCJML vive en una pequeña población entre la frontera de Montreal y Ontario. Su viaje diario hasta la oficina consiste en coger el metro y después el tren, y respetar unos horarios tan precisos como los del acople de una estación espacial. Cuando acaba su jornada, Susanne sale disparada hacia el metro. Yo esperaba poder, por alguna suerte de milagro, interceptarla antes de que se marchara.
Los dígitos iluminados indicaban que el ascensor estaba en el piso trece.
Date prisa, date prisa.
La cabina tardó un mes en descender y otro mes en subir. Cuando llegó al piso doce, las puertas se abrieron y salí como una exhalación.
El escritorio de Susanne estaba desierto.
Volví a toda prisa a mi despacho. Rezaba por que la informante hubiese vuelto a telefonear, por que su llamada hubiese sido desviada automáticamente a mi buzón de voz.
Cuando llegué, vi que la luz roja titilaba.
¡Genial!
Una voz mecánica anunció cinco mensajes.
El de mi amiga de Carolina del Sur, Anne.
Otra vez Allô Police.
Otra vez The Gazette.
El de una novata del telediario de la CFCF, la televisión de Montreal.
Y el de Ryan.
No sabía muy bien qué pensar. Que hubiera llamado Anne, me resultaba bastante curioso. Que Ryan hubiera intentado contactar conmigo me alivió. Y que no lo hubiera hecho mi informante misteriosa, me frustró. Temí no poder volver a contactar con esa mujer nunca más.
¿Cómo se llamaba? ¿Gallant? ¿Ballant? ¿Talent? ¿Por qué no le pedí que me lo deletreara?
Me desplomé en mi silla y miré fijamente el teléfono, urgiendo a la pequeña luz cuadrada a que se encendiese para informarme de la recepción de una nueva llamada. Tamborileé en la encimera del escritorio, estiré del cable del teléfono y dejé que las espirales volvieran a ensortijarse.
¿Por qué no volvía a comunicarse esa mujer? Ya tenía el número de teléfono. ¿No dijo que ya había llamado antes? ¿Habría pensado que la ignoraba? ¿O que le había colgado? ¿Se había dado por vencida?
Abrí el cajón del escritorio, hurgué en busca de un bolígrafo, volví a cerrarlo.
¿No había dicho la mujer algo acerca de irse? ¿Se iba a ir de su casa? ¿De la ciudad? ¿De la provincia? ¿Por un día o para siempre?
Reprochándome mi descuido, me puse a dibujar triángulos y a dividirlos en triángulos más pequeños. En eso sonó mi móvil. Corrí hasta mi bolso y lo encontré.
—¿Señora Gallant?
—Me han llamado «galante», pero señora nunca.
Era Ryan.
—Pensé que eras otra persona —dije.
Y apenas lo hube dicho supe que había cometido una estupidez. La señora Gallant/Ballant/Talent había llamado a través de centralita. No había manera alguna de que tuviese mi número privado.
—Me rompe el corazón escuchar tanta desilusión en tu voz.
Volví a sentarme y esbocé la primera sonrisa del día.
—Esta desilusión está relacionada con un caso. Tú eres deslumbrante, Ryan.
—¿Qué caso?
—El de los esqueletos del sótano de la pizzería.
Mientras hablábamos seguí vigilando la luz de los mensajes. Al mínimo destello volvería a conectarme con mi buzón de voz.
—¿No has tenido hoy el placer de la compañía de Claudel?
—Estuvo aquí.
—¿Solo?
—El resto de la Waffen SS no llegó a tiempo.
—Claudel puede ser un poco duro a veces.
—Claudel es un Neanderthal. No, eso es un insulto al paleolítico, porque los hombres de Neanderthal tenían cerebros sapientes.
—El cerebro de Claudel no tiene nada de malo, solo tiende a dar demasiada importancia a experiencias pasadas y los patrones habituales. ¿Dónde estaba Charbonneau?
—Atacaron a dos prostitutas y una murió. La otra está en Hospital Notre-Dame, grave pero todavía aguanta.
—Me he enterado.
Cómo no se iba a enterar. Sentí un pellizco de irritación.
—Creo que el administrador de las señoritas fue invitado a declarar —dijo Ryan.
—Si no lo sabes tú...
Ryan ignoró o no oyó el tono de enfado en mi voz.
—¿Qué piensa hacer Claudel con tus huesos?
—Lamentablemente, no creo que vaya a hacer nada.
—Yo sé lo que haría con ellos...
—Pues ayer por la noche no eran los primeros de tu lista —soltó Doris antes de que pudiera refrenarla.
Ryan no contestó.
—Los tres esqueletos pertenecen a chicas jóvenes —cambié de tema como si nada.
—¿Muertas recientemente?
—El dueño del local había robado varios botones que, según afirmó, había encontrado junto a uno de los esqueletos. Claudel se los quitó. Una experta del Museo McCord estimó que datan del siglo XIX.
—Déjame adivinar, Claudel no está interesado porque lo considera prehistórico...
—... lo cual es curioso porque él tiene la cabeza metida en el culo desde el Neolítico.
—¿Tienes un mal día, bomboncito?
Percibí alegría en la voz de Ryan y eso me fastidió. También me fastidiaba que no me explicase su repentina partida de la noche anterior. Y también me fastidiaba mi necesidad de que me lo explicara.
¿Cuál era la filosofía de Anne? Nunca te quejes y nunca des explicaciones.
Muy bien dicho, Anne.
—Esta semana no ha sido un paseo precisamente —dije, con la vista clavada en el teléfono de mi escritorio. El cuadradito seguía frustrantemente oscuro.
—Claudel es buen poli —dijo Ryan—. Pero a veces necesita que lo convenzan, mucho más que a los que somos más intuitivos e inteligentes.
—No quiere cambiar de parecer.
—Convéncelo.
—Pues eso no se me había ocurrido.
Se hizo silencio. Ryan lo rompió:
—¿Qué edad crees que tienen esos huesos?
—No estoy segura. Ni siquiera sé si las tres chicas murieron al mismo tiempo.
—¿Hay indicios de arreglos dentales?
—No, que yo haya notado.
Más silencio.
—¿Qué te dice tu intuición?
—Que no fueron enterradas en el sótano hace tanto tiempo.
—Explícate.
—Que deberíamos tomarnos el caso en serio.
Una vez más, Ryan ignoró mi grosería.
—¿En qué basas esa intuición?
Yo llevaba tres días haciéndome la misma pregunta.
—En mi experiencia.
No mencioné a mi informador más reciente, ni la indiferencia idiota con la que la había tratado.
—Muy bien, bomboncito.
—Así es, cariño —interrumpí.
Hizo una pausa.
—Tienes que encontrar pruebas y convencer a Claudel de que está equivocado —dijo con la paciencia de un maestro que reprende a un párvulo.
Hubo otra pausa, que llené con mi respiración irritada. Una vez más, Ryan habló primero:
—Supongo que esta noche no te viene bien.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Entiendo lo cansada y frustrada que estás. Vete a casa y date uno de tus famosos baños con burbujas. Todo te parecerá mejor por la mañana.
Cortamos y yo me quedé allí sentada escuchando el zumbido del edificio vacío.
No podía negarlo: hacía tres días y tres noches que estaba en Montreal y Ryan se comportaba tan amistoso y encantador como siempre.
Y casi igual de ocupado.
No necesitaba ver un arbusto en llamas para darme cuenta: el agente Semental estaba saliendo de mi vida.
¿Y qué me quedaba a mí? Pues aguantar al detective Carapolla.
Casi se me saltaron las lágrimas, pero me refrené.
Ya había vivido sin Ryan, y volvería a hacerlo.
Ya había coexistido con Claudel, y volvería a hacerlo.
Pero ¿aquella distancia con Ryan era un invento mío? ¿Por qué estaba tan cortante con él?
El viento soplaba a rachas. Algunas plantas más abajo tres mujeres yacían en camillas de acero inoxidable.
Miré el teléfono. La señora Gallant/Ballant/Talent no quería pulsar el botón de llamada.
—Que le den por el culo al baño de burbujas —dije levantándome de un salto de la silla—. Y que te den por el culo a ti también, Andrew Ryan, dondequiera que estés.
A las nueve ya había acabado con el caso LCJML 38427, el esqueleto de la primera zanja.
Era una mujer blanca, de entre quince y diecisiete años y un metro setenta de altura. Nada de olor. Nada de pelo. Y de tejidos blandos nada de nada. Los huesos estaban en buen estado, pero secos y descoloridos, y un poco impregnados de tierra. Noté lesión craneal post mortem: fragmentación del temporal, de los huesos faciales y del tramo mandibular derecho. No encontré en el esqueleto traumas peri mortem, ni ortodoncia. Tampoco ropa u objetos personales. El caso 38427 era una copia en papel carbón del 38426.
Excepto por una diferencia, a esta jovencita la descubrí in situ y conocía algunos detalles de su enterramiento. La joven 38427 había sido tirada a un pozo desnuda y en posición fetal.
Quienes tenemos creencias judeocristianas enterramos a nuestros muertos vestidos de gala. Literalmente, los tumbamos con las piernas extendidas y las manos pegadas a los costados del cuerpo o sobre el abdomen. En cambio la postura «dormida y arropada» es más típica de nuestros hermanos nativos, aunque eso cambió tras el contacto con los europeos.
Entonces ¿confirmaba la postura en ovillo la suposición de Claudel? ¿Eran estos esqueletos antiguos?
No, no era tan sencillo.
Un cuerpo doblado sobre sí mismo requiere un agujero más pequeño, hay que cavar menos. Cuesta menos tiempo y esfuerzo. Los enterramientos en pozos también son los preferidos de aquellos que tienen prisa.
Como los asesinos, por ejemplo.
Exhausta, empujé la camilla con los huesos hasta el depósito refrigerado, me cambié de ropa y volví a comprobar la lucecilla.
No había mensajes.
Cuando terminé de fichar, ya eran las diez pasadas. Desde la esquina de Wilfrid-Derome el viento soplaba con fuerza y me atravesaba la ropa como una cuchilla. Mientras trotaba camino al coche, iba soltando nubarradas de aliento.
Durante el viaje, no conseguí dejar de pensar en las chicas del depósito de cadáveres. ¿Habrían muerto de alguna enfermedad? ¿Las habrían asesinado de un modo que no dejase marcas en los huesos? ¿Habían sido envenenadas, estranguladas?
¿Habían muerto de hipotermia?
Al llegar al semáforo de Viger, de las sombras del puente JacquesCartier, surgieron dos adolescentes. Cubiertos de tatuajes y piercings y con el pelo de pincho, levantaron sus limpiacristales con una despreocupación amenazante. Asentí con un gesto, saqué un dólar del monedero y observé cómo limpiaban mi parabrisas con agua sucia.
¿Habían sido las chicas de la pizzería rebeldes como estos jóvenes, que se dirigían al inconformismo por el camino más trillado? ¿Habían sido solitarias, víctimas de abusos por parte de tiranos dentro de la misma familia? ¿O fugitivas sobreviviendo en las calles a duras penas?
Yo no había hallado ni un solo resto de vestimenta. Es cierto que las fibras naturales como el algodón y la lana se deterioran con rapidez, pero ¿por qué no había ningún diente de cremallera, ningún ojete, ningún cierre de corpiño? Antes de sepultarlas en sus tumbas anónimas, a estas chicas las habían despojado de sus ropas.
¿Habían muerto al mismo tiempo o a lo largo de un periodo de meses o años?
Y además estaba la pregunta fundamental: ¿Cuándo exactamente? ¿Una década o un siglo atrás?
Al llegar a casa, mi jaqueca ya marchaba a todo vapor y tenía tanta hambre que me hubiera comido Lituania entera. Salvo algunas barritas energéticas de avena y gaseosas diet, no había consumido nada en todo el día.
Después de ducharme, apliqué un golpe de calor nuclear a una cena mexicana congelada, y mientras cenaba mirando a David Letterman pensé en Anne. Ella me entendería, me dejaría desahogarme y me diría cosas reconfortantes. Acababa de coger el teléfono inalámbrico, cuando el aparato me sonó en la mano.
—¿Qué tal anda Birdie? —Era Anne.
—¿Telefoneas para preguntar por mi gato?
—Me parece que al pobre no le haces demasiado caso.
El pobre se encontraba junto a mí, en el sofá, mirando fijamente la nata agria que chorreaba de lo que quedaba de mi burrito.
—Estoy segura de que Bird estaría de acuerdo.
Apoyé la bandeja en la mesa, cogí un poco de nata con el dedo y lo coloqué en las narices de Birdie. Mi gato lo limpió a lametones y acto seguido volvió a concentrarse en el plato.
—¿Qué tal tú? —preguntó.
Me quedé en blanco.
—¿Qué tal yo, en qué aspecto?
—¿Te hacen caso?
Aunque Anne tiene el instinto de un satélite de navegación, era imposible que supiera de la ansiedad que Ryan me estaba produciendo.
—Estaba a punto de llamarte —le dije.
—Pues a mí no me hacen ningún caso —prosiguió ignorando mi respuesta.
—¿De qué hablas?
—De Tom-Ted.
Anne está casada con un abogado llamado Tom Turnip. Cuando Tom llevaba dos años de socio en su bufete, uno de los socios más antiguos se pasó un mes llamándolo Ted. Desde entonces lo llamábamos Tom-Ted.
—¿Qué ocurre con TT?
—Adivina.
Quería ser comprensiva, pero estaba demasiado cansada para las adivinanzas.
—Dímelo, por favor.
—Buena idea. Iré a visitarte, llego mañana.
7
Ocho horas más tarde, me encontraba mucho mejor de ánimos. La jaqueca había desaparecido, el sol brillaba y mi mejor amiga venía a visitarme.
O quizá no. Anne tiene la costumbre de cambiar de parecer.
Hablando de cambios de parecer, Ryan tenía razón. La evidencia sobre el intervalo post mortem o IPM era la clave del debate con Claudel.
Mientras trituraba copos de maíz, recapacité sobre el problema.
A estas alturas sabía que las jóvenes 38426 y 38427 habían sido halladas en tumbas poco profundas situadas en un sótano seco. Los esqueletos estaban desprovistos de carne pero bien preservados, ninguna de sus superficies mostraba signos de estar rajándose o desmenuzándose.
Confeccioné una lista en mi mente. ¿Qué otros datos son útiles a la hora de precisar con certeza el IPM de huesos secos?
¿El deterioro de materiales adjuntos? No contaba con ninguno.
¿El análisis de insectos presentes? Tampoco contaba con ninguno.
Bird apuntó su nariz hacia mis cereales con la esperanza de recibir un poco de leche. Lo bajé a una silla. ¿Debía pasar al caso 38428 o centrarme en establecer el IPM?
Birdie se escurrió hacia la encimera de la mesa. De nuevo lo cogí y lo bajé.
Si encontraba pruebas de que los enterramientos eran antiguos, podría relajarme y notificarlo a los arqueólogos. Por otra parte, si tal como yo sospechaba, hallaba evidencias de que las muertes eran recientes, el juez de instrucción insistiría y Claudel no tendría otra opción que investigar. Él y Charbonneau podrían empezar a realizar el trabajo de calle mientras yo analizaba el tercer grupo de huesos.
Birdie intentó un tercer ascenso mientras yo me servía café. Lo devolví a su sitio, pero de un modo menos amable.
De acuerdo, no contaba ni con objetos ni con insectos. Entonces ¿qué opciones me quedaban?
Con el paso del tiempo, la composición elemental de los huesos cambia. Disminuye la cantidad de nitrógeno y aumenta la de fluoruro. Pero estos cambios son demasiado lentos, por lo que no sirven de mucho a la hora de evaluar la edad de huesos modernos.
Había leído estudios basados en radiografías histológicas, reacciones químicas y contenidos de isótopos. También estaba al tanto de estudios centrados en los aminoácidos y su utilidad para poder distinguir entre huesos antiguos y recientes.
Pero en el proceso bioquímico y físico influyen una multitud de factores: la temperatura, la humedad del suelo, la tensión de oxígeno, la actividad microbiana y el pH del suelo. Ninguna técnica es fiable al ciento por ciento. Una vez que la carne y los insectos desaparecen, el intervalo post mortem se convierte en el Triángulo de las Bermudas de la antropología forense.
Solo se me ocurrió una prueba que podía arrojar resultados definitivos, pero llevaría tiempo y dinero y solo un puñado de laboratorios la realizaban. Y dada la situación financiera actual, presionar a LaManche sería difícil.
Pero valía la pena intentarlo.
Dejé el cuenco en el suelo, cogí el bolso y el ordenador portátil y me marché.
En mi despacho, la lucecilla de los mensajes continuaba obstinadamente oscura.
La reunión de la mañana no se salió de la rutina. Un hombre había muerto por los vapores de un calentador de keroseno. Alguien se mató por conducir tras haber ingerido alcohol. Otra persona se causó una muerte autoerótica con una soga cuyo nudo corredizo había sido mal atado. Otra murió carbonizada cuando se incendió su caravana.
A Pelletier le tocó la víctima de incendio. Aunque los restos seguramente pertenecían al dueño de la caravana, me pidió que estuviera disponible por si la cosa se complicaba.
Mientras los demás salían en fila, me volví hacia LaManche.
—¿Puedo hablar un segundo con usted?
—Mais, oui. —LaManche volvió a tomar asiento.
—He examinado dos de los esqueletos del sótano de la pizzería.
Cuando LaManche alzaba las cejas, los surcos de la piel se le estiraban y se hacían más profundos. De repente me pareció más viejo, más achacoso de lo que recordaba. ¿Se debía a la fría luz matinal de la ventana que había detrás de mí? ¿Estaría enfermo? ¿O era que yo no lo había notado hasta ahora?
—Las dos víctimas que examiné son mujeres y jóvenes —dije—. Estoy segura de que la tercera también lo es.
—Ha dicho «víctima».
—Son niñas y están muertas.
Los ojos melancólicos de LaManche no se inmutaron ante mi brusquedad.
—Pero no he hallado señales de violencia —admití.
—Monsieur Claudel cree que es posible que los restos sean antiguos.
—El dueño del local halló unos botones que podrían ser del siglo XIX.
—¿Podrían ser? —Sus cejas volvieron a enarcarse.
—Claudel los llevó al Museo McCord.
—¿Y usted no está convencida?
—Aunque los botones sean genuinos, nada nos asegura que estén relacionados con los esqueletos. Su presencia en el sótano podría explicarse de mil maneras.
LaManche suspiró y se estiró la oreja.
—Monsieur Claudel también me dijo que el edificio tiene más de cien años.
—¿Ha investigado la propiedad? —Sentí que me ponía colorada—. Pues no compartió esa información conmigo.
Mi genio siempre está al límite del punto de inflamación. Era la herencia de mi padre, igual que el alcohol. La furia de mi padre a veces dirigía sus acciones y yo crecí soportando los impactos de sus arrebatos.
Como mi padre, sucumbí a la atracción de la bebida; al contrario que él, me alejé de ella, y del mismo modo aprendí a controlar mi genio. Cuando el fuego arde por dentro, por fuera me mantengo calmada.
—¿No se dio cuenta monsieur Claudel de que esa información es relevante para mi trabajo? —dije.
—Estoy seguro de que le dará todos los detalles pertinentes.
—¿Antes de que me muera de vieja?
—No se ponga a la defensiva, no estoy discutiendo con usted.
Respiré hondo:
—Hay una prueba que puede resolver la cuestión.
—La escucho.
—¿Ha oído hablar de la datación por carbono 14?
—Sé que se utiliza para determinar la edad de la materia orgánica, incluidos los huesos humanos. No sé cómo funciona.
—El radiocarbono o carbono 14 es un isótopo inestable. Como todas las sustancias radiactivas, se descompone emitiendo partículas subatómicas a un ritmo constante.
Los ojos de LaManche seguían clavados en los míos.
—En unos 5.730 años, la mitad de los átomos del radiocarbono se habrán convertido en nitrógeno.
—La media vida.
Asentí.
—Después de 11.460 años solo queda un cuarto de la cantidad original de radiocarbono. Después de otros 5.730 años, solo queda la octava parte, y así sucesivamente.
LaManche no me interrumpió.
—La cantidad de radiocarbono en la atmósfera es realmente ínfima. Solo hay un átomo de radiocarbono por cada trillón de átomos de carbono estables. Se crea constantemente debido al bombardeo cósmico de nitrógeno sobre la alta atmósfera. Parte de ese nitrógeno se convierte en radiocarbono, que de inmediato se oxida y forma CO2. Ese CO2 cae hasta la biosfera, donde es absorbido por las plantas. Humanos, animales y plantas formamos parte de la misma cadena alimenticia, por ello poseemos una cantidad constante de radiocarbono siempre y cuando estemos vivos. La cantidad real decrece gradualmente debido a la descomposición radiactiva, pero se repone a través de la ingestión de alimentos o, como en el caso de las plantas, a través de la fotosíntesis. Mientras un organismo esté vivo, ese equilibrio subsiste. Cuando el organismo muere, el único proceso activo es la descomposición. La datación por radiocarbono es un método que determina el momento en que ese desequilibrio comenzó.
LaManche alzó las palmas en señal de escepticismo:
—Usted habla de periodos de más de cinco mil años. ¿Cómo puede un proceso tan lento servir para establecer la edad de restos recientes?
—Buena pregunta. Es cierto que la datación por carbono 14 ha sido usada sobre todo por arqueólogos y que ha demostrado ser muy fiable. Pero la técnica se basa en varias suposiciones, una de las cuales es que el porcentaje de radiocarbono atmosférico ha sido constante a lo largo del tiempo. Pero hay datos que contradicen ese supuesto y que pueden usarse para aplicar la técnica de manera más amplia.
—¿Cómo exactamente?
—Aquí es donde este asunto se pone interesante. Hay estudios que documentan anomalías significativas en el datado por radiocarbono durante ciertos periodos. En los últimos ochenta años han tenido lugar dos perturbaciones derivadas de las actividades humanas.
LaManche se echó hacia atrás, entrelazó sus manos y las descansó sobre el pecho. ¿Me estaba insinuando que fuese breve? En mi mente resumí cuanto pude.
—El periodo entre 1910 y 1950 se caracteriza por una disminución del radiocarbono atmosférico, probablemente debido a la liberación a la atmósfera de los productos derivados del uso de combustibles fósiles, petróleo, carbón y gas natural.
—¿Por qué?
—A causa de su antigüedad, los combustibles fósiles no contienen cantidades detectables de radiocarbono, por tanto el porcentaje relativo de carbono 14 atmosférico decrece.
—Oui.
—Pero a comienzos de 1950, las pruebas de armas termonucleares realizadas en la atmósfera revirtieron la tendencia.
—El porcentaje de radiocarbono en los seres vivos aumentó.
—Dramáticamente. De 1950 a 1963 los valores ascendieron un 85 por ciento por encima de los porcentuales de referencia contemporáneos. En 1963, un acuerdo internacional consiguió que la mayoría de las naciones interrumpieran las pruebas de armas nucleares en la atmósfera, y el porcentaje de radiocarbono en la biosfera volvió a recobrar el equilibrio.
—Vaya locura. —LaManche meneó tristemente la cabeza.
—Esas permutaciones se conocen como «el efecto de los combustibles fósiles y de las armas nucleares».
LaManche miró su reloj de soslayo.
—El hecho es que ese carbono 14 artificial o «atómico» puede ser utilizado para determinar si alguien murió antes o después del periodo de las pruebas nucleares atmosféricas.
—¿Cómo?
—Hay dos métodos. Con la técnica radiométrica estándar, el material se analiza sintetizando la muestra de carbono con bencina y midiendo posteriormente el porcentaje de carbono 14 con un espectrómetro de centelleo.
—¿Y el otro método?
—Con el otro método, los resultados se obtienen reduciendo la muestra de carbono hasta obtener grafito. Entonces se analiza el grafito en busca de carbono 14 en un espectrómetro de masa.
Durante varios segundos, LaManche no dijo nada.
—¿Cuánto hueso hace falta? —dijo finalmente.
—Para medir la descomposición convencional, unos doscientos cincuenta gramos. Para una espectrometría por aceleración de masa, solo un gramo o incluso menos.
—¿La espectrometría de masa cuesta más?
—Sí.
—¿Cuánto?
Se lo dije.
LaManche se quitó las gafas y se apretó el caballete de la nariz.
—¿No existe ningún paso intermedio? Semejante gasto tiene que estar justificado.
—Hay una técnica que podría probar. No es del todo fiable pero es sencilla y podría indicar si la muerte ocurrió hace unos cien años aproximadamente.
LaManche quiso hablar.
—Y es gratis, y la puedo hacer yo misma —me adelanté—. Nos dirá, aunque solo aproximadamente, si los huesos tienen más o menos un siglo de antigüedad.
—Hágalo, por favor. —LaManche se colocó de nuevo las gafas y se puso en pie—. Entretanto le comentaré su propuesta al doctor Authier.
JeanFrançois Authier, el patólogo jefe, consideraba que todo gasto era excepcional. Eran muy pocos los que autorizaba.
Cogí una bata blanca de mi despacho y me dirigí al laboratorio. Morin y Ayers ya estaban haciendo incisiones en Y a dos cadáveres en la sala dos. Pedí una luz ultravioleta y esperé a que el técnico de laboratorio me la trajera. Después fui a toda prisa al depósito refrigerado y cogí los fémures izquierdos de los esqueletos 38426, 38427, 38428.
En la sala de autopsias número cuatro, apunté los respectivos números de caso en los extremos próximos y distales de los huesos de las piernas y los apoyé en la mesa de autopsias. En aquel silencio el ruido se amortiguó.
Me coloqué la máscara, enchufé una sierra Stryker y la encendí. Bisequé los fémures dejando un cono de serrín blanco sobre el acero inoxidable. La estancia se llenó de un aroma cálido y acre. Una vez más me pregunté por las jóvenes cuyos huesos estaba serruchando. ¿Habían muerto rodeadas de sus familias? Seguramente no. ¿Solas y asustadas? Eso era bastante más probable. ¿O estaban deseosas de ser rescatadas? ¿Estaban desesperadas o iracundas? Todas esas posibilidades existían. Ellas nunca tuvieron la oportunidad de contarlo.
Terminé de serruchar. Recogí los segmentos femorales y la luz ultravioleta y lo llevé todo a un armario ubicado al fondo del pasillo.
«Ojalá funcione. Por favor.»
Entré en el armario, encontré una toma y enchufé la luz ultravioleta. Después coloqué las mitades de fémur en un estante, con la superficie recién serrada mirando hacia mí.
Cerré la puerta. La oscuridad era impenetrable.
Respirando apenas, apunté la luz ultravioleta hacia los cortes transversales y le di al interruptor.
8
—¡Sí! —Mi mano libre dio unos puñetazos al aire.
Los huesos de las extremidades de hasta un siglo de antigüedad suelen volverse fluorescentes si se los ilumina con luz ultravioleta. Esta fluorescencia disminuye con el paso del tiempo, pues el tejido óseo muere desde la cavidad de la médula hacia fuera y de la superficie externa del hueso hacia dentro. En un hueso que lleva cien años muerto, el brillo amarillo-verdoso ha desaparecido por completo.
Estos huesos resplandecían como rosquillas de neón.
Muy bien, Claudel. Ya he dado el primer paso.
Devolví los fémures a sus respectivos sacos y fui en busca de mi jefe.
Se encontraba en el laboratorio de histología rebanando un cerebro. Cuchillo en mano y mandil de plástico atado a cuello y cintura, LaManche levantó la vista al verme entrar. Le expliqué lo que había hecho.
—¿Y?
—Las superficies cortadas brillaban como supernovas.
—¿Y eso qué indica?
—La presencia de componentes orgánicos.
LaManche apoyó el cuchillo sobre la tabla de corcho:
—Es decir, que no son enterramientos nativos...
—Estas chicas murieron después de 1900.
—¿Es definitivo?
—Es probable —dije con menos vehemencia.
—El edificio fue construido en torno al cambio de siglo.
No contesté.
—¿Recuerda usted los restos hallados cerca de la catedral de Marie-Reine-du-Monde?
LaManche se refería a la ocasión en que me envió a investigar «unos cuerpos» descubiertos por la cuadrilla que reparaba la red de suministro de agua. Llegué y me encontré en medio de excavadoras, camiones volquete y un enorme agujero en el bulevar RenéLévesque. Fragmentos de cráneos, costillas y huesos largos cubrían la calzada y el fondo de la zanja recién excavada. Entre los restos humanos noté astillas de madera y clavos oxidados.
Ese caso fue fácil. Se trataba de enterramientos en ataúdes.
Más tarde los arqueólogos confirmaron mi opinión. Ese solar estuvo ocupado por un cementerio hasta que, a mediados del siglo XVIII, debió de ser clausurado a causa de una epidemia de cólera. Años después, y sobre ese mismo solar, se construyó la catedral que ahora es testigo de los atascos de hora punta en el bulevar René-Lévesque. La cuadrilla de reparaciones se había topado con un par de almas olvidadas durante el traslado del cementerio.
—¿Cree que el maldito edificio fue construido sobre tumbas sin nombre? —pregunté—. Yo no encontré ninguna evidencia de que hubiera ataúdes.
Los canadienses francófonos son virtuosos del encogimiento de hombros, y utilizan manos, ojos, hombros y labios con sutiles matices para manifestar una variedad infinita de significados: «estoy de acuerdo», «me da igual», «¿qué quieres que haga?», «¿quién sabe?», «eres imbécil», «haz lo que mejor te parezca».
LaManche encogió un hombro y ambas cejas. Era el encogimiento que significaba «puede que sí, puede que no».
—¿Le ha comentado lo de la datación por radiocarbono a Authier? —pregunté.
—El doctor Authier está haciendo de anfitrión a unos visitantes del Instituto de Medicina Legal de Marruecos. Le dejé un mensaje pidiéndole que me llame.
—La prueba llevará tiempo —dije sin esconder mi inquietud.
—Temperance… —LaManche era la única persona en el planeta que se dirigía a mí de ese modo. En sus labios, mon nom llevaba tildes y rimaba con «ron»—. Usted se está tomando esto demasiado personalmente.
—No creo que esos huesos sean antiguos, no tienen ni el tacto ni el aspecto de serlo. Las circunstancias no concuerdan, pero yo...
—¿Estas chicas murieron la semana pasada? —Sus mofletes de sabueso se bambolearon suavemente.
—No.
—¿Hay alguna urgencia?
No contesté.
LaManche me miró durante tanto tiempo que pensé que estaba pensando en otra cosa, y entonces dijo:
—Usted envíe sus muestras. Yo me encargaré de hablar con el doctor Authier.
—Gracias —dije resistiendo el impulso de abrazarlo.
—Mientras tanto dedíquese al tercer esqueleto, puede que le suministre información útil.
Y con esa sugerencia tan poco sutil, LaManche volvió a rebanar el cerebro.
Eufórica, bajé y me puse la bata quirúrgica.
Lisa me detuvo cuando yo iba de camino a la sala de autopsias número cuatro. La víctima del incendio de la caravana no tenía dientes ni piezas postizas, ni dedos de los que obtener huellas. La identificación se había tornado problemática y el doctor Pelletier quería saber mi opinión.
Le dije a Lisa que en media hora acudiría a ver a Pelletier.
Trabajando a toda prisa, corté un trozo de unos dos centímetros y medio de la parte media de cada fémur, subí como una exhalación a la planta superior, me conecté a Internet y entré en la página del laboratorio de Florida que realizaría las pruebas. Con un clic abrí el formulario de datos de la muestra, lo rellené con la información requerida y pedí que realizaran la prueba de espectrometría de masa.
En la sección de entregas me detuve. El servicio estándar tardaba entre dos y cuatro semanas. Si contrataba el servicio especial, recibiría los resultados en seis días a lo sumo.
El precio era significativamente mayor.
A tomar por el culo. Si Authier se retractaba, lo pagaría yo de mi bolsillo.
Marqué la segunda casilla y di a enter.
Después de rellenar los impresos de «traslado de pruebas», le pasé la dirección a Denis y le pedí que empaquetara las muestras y las enviara por FedEx de inmediato.
Volví a bajar.
Pelletier tenía razón. El dueño de la caravana era un hombre blanco de sesenta y cuatro años. El cuerpo que yacía sobre la mesa de autopsias tenía pegados los restos chamuscados de un Wonderbra, y esposas.
Vale, el tío podía ser un pervertidillo. Pero no. Las radiografías mostraban un diafragma en el centro mismo de la pelvis.
Al caer la tarde, conseguimos resolver el enigma.
La víctima del incendio era una mujer blanca, sin dientes, con fracturas soldadas en el radio derecho y ambos huesos nasales. Llevaba en esta tierra entre treinta y cinco y cincuenta años.
¿Dónde estaba el dueño de la caravana? Eso ya era problema de la policía.
A las tres y cuarenta me lavé, me cambié de ropa y regresé arriba. De camino a mi oficina pillé una CocaCola Diet y un par de rosquillas con azúcar impalpable.
La luz del teléfono titilaba como la luz que señala las ofertas repentinas en Kmart. Desde la puerta me abalancé sobre el aparato y cogí el auricular.
Un mensaje de Anne. Su vuelo aterrizaría a las cinco y veinticinco.
Y uno de Arthur Holliday; el hombre que llevaría a cabo la prueba de carbono 14 me pedía que por favor contactara con él antes de enviar las muestras.
Fui corriendo hasta el despacho de administración y comprobé la pila de correo saliente. FedEx todavía no había recogido mi paquete. Lo recuperé, regresé a mi despacho y marqué el número del laboratorio de Florida. Estaba desconcertada, no sabía cuál era el problema.
—¿Tempe? Bien, bien. Telefoneé apenas recibí tu correo electrónico. ¿Ya has enviado las muestras?
—Están embaladas, pero siguen aquí. ¿Hay algún problema?
—No, no, en absoluto. Todo va estupendamente. Bien, oye, ¿tus sin nombre tienen dientes?
—Sí.
—Bien, bien. Escucha, estamos llevando a cabo un pequeño proyecto de investigación y me preguntaba si para vuestro caso os serviría conocer el lugar de nacimiento.
—No había pensado en esa posibilidad. Pero sí, esa información podría sernos útil. ¿Podéis averiguarlo?
—¿Hay indicios de aguas subterráneas en ese sótano?
—No, es bastante seco.
—No te prometo nada, pero estamos obteniendo resultados bastante buenos en nuestros análisis con isótopos de estroncio. Si me permites guardar los resultados en nuestra base de datos y nos telefoneas cuando hayáis identificado a los sin nombre, puedo realizar gratis esa prueba experimental a tus muestras.
—¿Gratis?
—Necesitamos ampliar nuestra base de datos de referencia.
—¿Qué debo enviar?
Me lo dijo y empezó a exponer las razones por las que necesitaba tanto las muestras de hueso como de dentadura. El reloj marcaba las tres y media. Tenía que cortar ya.
—Art, ¿podrías explicármelo cuando discutamos los resultados? Si quiero que estas muestras salgan con la recogida de FedEx de hoy, tengo que volver a sacar los esqueletos y quitarles los dientes en los próximos treinta minutos.
—Sí, sí, por supuesto. Hablaremos entonces. Oye, Tempe, puede que esto no lleve a nada, pero nunca se sabe.
Colgué, descendí al depósito, serré otros tres tacos de hueso de los fémures, devolví los huesos a cada camilla, quité las mandíbulas, regresé a mi laboratorio, las fotografié y quité el segundo molar derecho de cada una. Luego volví a embalarlo todo y retorné el paquete a la pila de correo para despachar, dando gracias al cielo por haber hecho las radiografías dentales previamente.
A las cuatro treinta ya me había reinstalado en mi despacho.
Con los tobillos cruzados y las piernas apoyadas sobre el alféizar, di unos sorbos a una gaseosa baja en calorías, unos mordisquitos a mi primera rosquilla y me obligué a pensar en otra cosa que no fueran las jóvenes del sótano de la pizzería.
Katy.
¿Y Katy? No tenía idea de lo que estaba haciendo mi hija en ese momento, ni de su paradero. Podía llamarla. Miré el reloj. Segu ramente había salido a estudiar a la biblioteca o estaba en clase. Vaya.
Según parecía, Katy estaba acudiendo a sus clases diligentemente y planeando su futuro para cuando terminara la universidad. ¿Se había convertido mi niña en una adulta? ¿De ahora en adelante, me tocaría interpretar en su vida solo el papel de una figurante?
Ese pensamiento tan alegre me llevó a pensar directamente en las tres jóvenes que ahora eran esqueletos.
¿Por qué no tenían ni una tira de ropa? ¿Había pasado yo algo por alto en la escena del crimen? ¿Hubiera debido usar un tamiz de malla más fina? ¿Había encontrado el dueño algo además de los botones? ¿Cómo se podía explicar que hubiese tres chicas enterradas en el sótano?
Di un sorbo de Coca-Cola Diet. Mi mente dio un giro de noventa grados.
Anne.
¿Por qué esta visita inesperada? ¿Qué había detrás del extraño tono de su voz?
Con la segunda rosquilla, mi mente volvió a repasar el tema de los esqueletos.
Si las tres chicas murieron al mismo tiempo, ¿por qué solo el tercero de los esqueletos tenía adipocira? ¿Por la forma en que estaba envuelto? De acuerdo. Pero ¿por qué ese enterramiento era distinto?
No. Tenía que pensar en otra cosa.
Recordé un jersey que había visto en el escaparate de Ogilvy’s, un ruido que hace el motor de mi coche y un extraño lunar marrón que me ha salido en el hombro derecho.
Cuando estaba por terminar la segunda rosquilla, mi mente volvió bruscamente a los esqueletos.
Los cuerpos habían aparecido a menos de quince centímetros de profundidad. ¿Por qué estaban tan cerca de la superficie? Los enterramientos de nativos generalmente aparecen a profundidades mucho mayores, y las tumbas históricas también.
Si Art realmente podía determinar el lugar de nacimiento de las chicas, ¿me serviría? ¿O su análisis simplemente revelaría que eran jóvenes locales?
Puede que LaManche tuviera razón. Quizás estaba obsesionándome, poniéndome nerviosa y a la defensiva. Y tampoco estaba durmiendo bien, el caso se había colado hasta en mis sueños.
Mis pensamientos dieron un giro y tomaron por otro callejón.
¿Era mi insatisfacción laboral consecuencia de mi problema con Ryan? ¿Estaba transfiriéndole a él mi ansiedad y mi frustración, propiciando yo sola la destrucción de una pareja que me interesaba?
Ryan.
Y como si un electrón errante hubiese saltado de esa sinapsis, sonó el teléfono. Giré y cogí el auricular con tanta prisa que casi derramo la bebida.
—La doctora Brennan al habla.
Susanne me informó de que un detective iba camino de mi despacho.
Claudel... Justo lo que necesitaba.
Pero no era él.
Con su metro noventa de estatura, sus pantalones caqui, su camisa beige y su americana de tweed, Ryan parecía un cruce entre Pierce Brosnan y el tipo mayor del anuncio de Adidas. Al ver mi Coca-Cola Diet y el azúcar impalpable esparcido sobre mi cartapacio, meneó la cabeza:
—Eres un remolino de contradicciones.
—Tengo gustos eclécticos.
—Tus gustos deben de confundir bastante a tu pobre páncreas.
—Pues es mi páncreas.
Ryan se mostró sorprendido ante la brusquedad de mi comentario.
—¿Te pillo en mal momento, bomboncito?
—Esperaba a otra persona —y dejé la lata sobre la mesa—, cariño.
—No es la primera vez que me dices eso.
—¿Lo de «cariño»?
—Lo de que esperabas a otra persona.
—Creí que vendría alguien a traerme información sobre un caso.
—«Una vez más, he hecho añicos sueños de los que nada sé...»
—Suenas como Winston Churchill —dije, repantingándome en mi silla.
—«Tolerar esto resultaría una torpeza que no estoy dispuesto a suscribir.»
—Sobresaliente en gramática, suspendido en claridad. —Pasé la punta de mi dedo por el azúcar impalpable.
—Pues esa sí es una frase de Winston.
—Y tú la repites.
—¿Cómo van las cosas con Claudel?
Ryan se apoyó contra el marco de la puerta y cruzó brazos y tobillos. Como de costumbre no pude evitar quedarme embobada mirando sus ojos. No importa cuántas veces lo viera, ese azul intenso de sus ojos siempre me pillaba con la guardia baja.
—Claudel funciona con un suministro limitado de neuronas —dije—. Las pocas que tiene se envían correos electrónicos para mantener el contacto.
—¿Se le ha caído el sistema?
—Hoy no he sabido nada de él. De hecho, espero ansiosa poder compartir cierta información con él.
Lamí el azúcar y volví a pasar el dedo por el cartapacio.
—¿Y no lo vas a compartir con él?
—LaManche autorizó el pago de una prueba especial que le pedí.
—¿Sin el visto bueno de Authier?
Asentí.
—LaManche puede ser muy pícaro. ¿Qué clase de prueba es?
—Una de carbono 14.
—¿El mismo que se utiliza para momias y mastodontes?
Le repetí a Ryan el curso breve que en su momento le diera a LaManche, pero decidí no mencionar el análisis con isótopos de estroncio. Era demasiado incierto.
—¿Cuánto tardarán los resultados?
—Si hay suerte, no más de una semana. LaManche sugirió que me concentre en el tercer esqueleto. Básicamente, lo que me dijo es que por ahora me olvide del intervalo post mortem.
—Es un buen consejo.
—Es frustrante.
—Son los gajes del oficio.
Sonó el busca de Ryan. Él comprobó el número y volvió a enganchar el chisme en el cinturón.
—Admito que estas chicas no murieron ni una semana ni un mes atrás —proseguí—. No puedo quitarme la sensación de que estamos perdiendo un tiempo valioso. Este caso me da mala espina.
—¿Por qué?
Le hablé a Ryan de la señora Gallant/Ballant/Talent.
—¿Y qué fue exactamente lo que te dijo?
—Que estaba al tanto de lo que ocurría en ese edificio.
—¿Y qué era lo que ocurría?
—No llegamos a ese punto.
—Puede que sea una loca.
—Puede.
—Dices que tenía voz de anciana.
—Así es.
—Y si está un poco...
—Ya he pensado en esa posibilidad, Ryan. Pero ¿y si está lúcida? ¿Y si es una mujer seria y realmente sabe algo?
—Entonces llamará de nuevo.
—No lo ha hecho.
—¿Estás haciendo localizar la llamada?
—Sí.
—¿Quieres que vea si puedo averiguar algo?
—Lo haré yo sola.
—Una viejecita no constituye una amenaza para nadie.
—Esa mujer se ha enterado de nuestro viajecito de estudios al sótano de la pizzería, y sabe Dios quién más ha leído u oído algo al respecto. No has visto Le Journal. Todos los medios se echaron encima de la noticia como buitres.
—Además de la antigüedad del edificio, ¿qué sabes sobre él?
—Que en su sótano alguien enterró a tres jóvenes.
—A veces eres un incordio, Brennan.
—Me esfuerzo.
—Cena conmigo.
—Estoy ocupada.
Un silencio ensordecedor invadió el despacho... Pasaron treinta segundos..., un minuto entero.
Ryan descruzó los tobillos y se separó del marco. Sus ojos azules se clavaron en los míos. No era una mirada alegre.
—Tendremos que hablar.
—Sí —respondí.
Al verlo desaparecer por la puerta pensé: «Adiós, vaquero».
9
No es buena idea salir en coche por Montreal entre semana al caer la tarde. Atravesé el túnel Ville-Marie y tomé la autovía 20 a una velocidad que en su momento máximo rozó unos trepidantes cincuenta kilómetros por hora. En el intercambiador Turcot, mi velocidad no pasaba de la aceleración de un coche de longitud.
La pegatina de un parachoques brilló ante mis ojos. Rezaba: «Las palizas continuarán hasta que la moral mejore». La primera vez que lo leí me hizo reír. A la décima, el contenido humorístico se había agotado. Hice mi interpretación, «el atasco continuará hasta que la impaciencia se extinga».
Para aliviar el aburrimiento, me puse a leer las vallas publicitarias. Eslóganes en mal inglés y mal francés malanunciaban a gritos teléfonos móviles, vehículos Honda, comedias de situación y laca para pelo.
Al caer la oscuridad se levantó un viento fuerte que zarandeó mi coche, como si un pie gigante lo tocara de vez en cuando con la punta de su deportiva. Por mi parabrisas veía pasar lentamente una ciudad invernal: las ventanas tenuemente iluminadas de Westmount, las sucias zonas de descarga y los almacenes de los ferrocarriles, los bungalós de los suburbios cubiertos de eléctricas porquerías navideñas compradas en tiendas de saldos.
Al pasar Ville StPierre la circulación se hizo más fluida y pude llevar el coche hasta la vertiginosa velocidad de sesenta kilómetros por hora. Tamborileé mis dedos sobre el volante. En el salpicadero ponía que eran las cinco y media de la tarde, probablemente el vuelo de Anne ya había aterrizado.
Más de una hora después de salir del laboratorio, entré finalmente en la terminal del Aeropuerto Dorval. Anne ya había pasado la aduana y se encontraba plantada al final de una rampa donde el público aguardaba a que salieran los pasajeros.
Imité un molino con los brazos. Al percatarse, Anne cogió el asa de una maleta del tamaño de un vagón de carga y la arrastró en mi dirección. De uno de sus hombros colgaba un ordenador portátil, del otro un enorme bolso de cuero.
Retrospectiva súbita: mi hermana, Harry, rodeada de suficientes maletas de Louis Vuitton para emprender una gira mundial. Harry había venido a pasar una semana, pero acabó quedándose un mes.
Uf.
Anne es muy alta y muy rubia. Muchos ojos además de los míos la siguieron mientras tiraba de su coche pullman y atravesaba el gentío de parientes. Al llegar a mí, se inclinó y me rodeó el cuello con sus brazos. El portátil que llevaba al hombro se balanceó hacia delante y me dio de lleno en las costillas.
—No te imaginas el tráfico, fue una pesadilla —dije aliviando a Anne de los bolsos que llevaba como equipaje de mano.
—Has venido a recogerme, eres divina.
—Me encanta que hayas venido.
—El piloto dijo que hacía dieciocho grados bajo cero. ¿Será posible? —La manera en que Anne arrastraba las palabras sonaba tan fuera de lugar en aquel barullo francófono como el tema de la serie Rawhide en una gala de beneficencia de Personas por la Ética en el Trato de los Animales.
—Aquí usamos grados Celsius. —No le aclaré que en su visión del mundo eso significaba muy poco por encima de cero grados Fahrenheit.
—Espero que haya una tormenta de hielo. Sería estupendo que nevara.
—¿Has traído ropa de abrigo?
Anne extendió los brazos como diciendo «mírame».
Llevaba un jersey de ochos, americana de ante, pantalones de pana verdes, orejeras color rosa de angora y un sombrero a juego. Hubiera apostado a que su bolso contenía mitones rosados y peludos que completaban el juego. Y supe lo que mi amiga pensaba: «Chic invernal».
Anne nació en Alabama y fue educada en Mississippi, pero como tantos otros sureños había viajado al norte y obtenido un conocimiento teórico de lo que es el frío. La mente es un padre sobreprotector: lo que no le interesa, lo niega. Y como muchos habitantes de las zonas subtropicales, Anne había reprimido la realidad del bajo cero mercurial.
Estábamos en Quebec y Anne iba vestida para pasar un fresco de otoño en las montañas Blue Ridge.
Al salir de la terminal, oí a la señora «chic invernal» soltar un grito ahogado. Sonriendo, la conduje rápidamente al coche. Pobre Anne, no tenía culpa de nada. Aunque yo viajaba regularmente entre Charlotte y Montreal, aquella primera ráfaga de invierno me había dejado sin aliento a mí también.
De camino a Centre-ville, Anne saltó de un tema a otro: de sus gatos a Regis y Kathie Lee, de los mellizos Josh y Lola a su hijo menor, Stuart, que se había convertido en el portavoz de los derechos de los gays. Entre arranque y arranque, dejaba de hablar y un silencio depresivo invadía el pequeño espacio que nos separaba.
De vez en cuando Anne me lanzaba una mirada de soslayo. El parpadeo de las luces de neón y de frenado iluminaba su cara formando un mosaico multicolor. No pude descifrar su expresión. No dijo una sola palabra acerca de su visita.
De acuerdo, vieja amiga. Cuéntamelo cuando te apetezca.
Una hora y media después, Anne empezó a darle vueltas a una suerte de explicación. Mientras lo hacía, noté que vacilaba, como si estuviera probando ideas al tiempo que hablaba.
Habíamos pasado por casa a dejar su equipaje y nos encontrábamos en la Trattoria Trastevere, en la parte baja del barrio del Crescent. El camarero nos acababa de traer un par de ensaladas César. Yo bebía Perrier. Anne iba por su tercer Chardonnay.
Y el Chardonnay le estaba haciendo efecto.
—Tengo cuarenta y seis años, Tempe. Si no intento encontrarle algo de sentido a esto ahora, más adelante ya no voy a encontrar nada que tenga sentido ahí fuera —y tocándose el pecho con una de sus uñas manicuradas, añadió—: ni aquí dentro.
Una vez más pensé en mi hermana. Harry había venido a Montreal en busca de paz interior, pero acabó enganchándose con unos dementes apocalípticos que querían llevársela por el camino de la paz permanente, la de la muerte. Afortunadamente sobrevivió. El discurso de Anne sonaba a gilipolleces psicológicas salidas de la misma cloaca de autoayuda.
—Entonces ¿tus hijos están bien?
—De perlas.
—¿Y Tom no hizo nada que te cabreara?
Anne me apuntó con su uña:
—Tom no me hizo nada. Hace mucho que no hace nada que no sea defender a promotores inmobiliarios capullos que quieren dejar este mundo sin árboles y se pasan el resto del tiempo buscando el hoyo en un golpe como si fuera el santo grial. Supongo que es culpa mía por haberme casado con alguien llamado «nabo».
El apellido de Tom-Ted también había sido fuente de solaz para nosotras durante años.
—He terminado con el tubérculo.
—¿Lo has dejado? —No me lo podía creer.
—Sí.
—¿Después de veinticuatro años y tres hijos?
—Esto no tiene nada que ver con los chicos.
Detuve el tenedor en el aire. Anne y yo nos clavamos los ojos.
—Sabes que no es eso lo que quiero decir —continuó—. Los chicos ya son mayores. Josh y Lola han acabado la facultad y Stuart se ha marchado a hacer eso que hace. —Anne pinchó una hoja de lechuga—. Ellos están viviendo sus vidas y yo me he quedado vendiendo casas y cultivando mis putas azaleas.
Tras completar mi doctorado en la Universidad Northwestern, Pete fue a trabajar a un bufete de Charlotte y yo acepté un puesto en la Universidad de Carolina del Norte, en Charlotte. Estaba encantada de poder largarme de Chicago y regresar a mi querida Carolina del Norte. Pero el cambio tuvo un lado negativo.
Durante el día estaba rodeada de académicos dedicados, sensibles, brillantes, sofisticados como un catálogo de semillas Burpee. Katy era un cría, y mis colegas sin hijos no tenían ni idea de las responsabilidades que conlleva ser padre.
Todas las tardes, recogía a mi bebé de la guardería y me sumergía en un anuncio de ensueño, de esos que venden las delicias de la vida en un club de campo: jardines cuidados, vehículos de gama alta, esposas como las de Las mujeres perfectas, con esa misma mentalidad de no salir nunca de casa, conversaciones de «chicas» sobre tenis, golf y cómo trasladarnos compartiendo coche.
Había perdido las esperanzas de hacer amistades femeninas interesantes, cuando en un té benéfico de mi barrio descubrí a Anne. Mejor dicho, la oí. La magnolia de acero se topó con el marinero borracho.
Enfilé directamente hacia ella y conectamos instantáneamente.
Juntas, Anne y yo hemos ayudado a nuestros hijos a reponerse de huesos y corazones rotos, nuestras familias han compartido dos décadas de acampadas y viajes de esquí, cenas de Acción de Gracias, bautizos y funerales. Hasta que mi matrimonio finalmente se vino abajo, los Turnip y los Peterson no se habían perdido ni una sola vacación en el mar. Ahora Anne y yo viajábamos a la playa solas.
—¿Qué les has dicho a los chicos? —pregunté.
—Nada. Todavía no he dejado mi casa. Estoy de licencia, de viaje.
—Pero...
—No hablemos de mí, cariño. Cuéntame de ti. ¿En qué estás trabajando últimamente?
Cuando Anne se cierra es inútil insistir.
Le hice un resumen del caso del sótano de la pizzería y le conté la frustración que me producía mi amiguete Claudel.
—Ya conseguirás hacerlo entrar en razón, siempre lo haces. Ahora pasemos a la parte jugosa: ¿estás saliendo con alguien?
—Sí, algo así.
El camarero se llevó las ensaladas y trajo los primeros. Lasaña para Anne, piccata de ternera para mí. Anne pidió otro vaso de vino, después cogió el rallador eléctrico y dejó caer espirales de queso sobre su pasta. Decidí acercarme al tema de Tom de otro modo.
—¿Y cuál es el objetivo de este nuevo programa de mejoramiento personal?
—Sentirme realizada, potenciar mi autoestima, apreciarme más. —Anne golpeó el rallador contra la mesa—. Y ni se te ocurra sugerirlo, no pienso hacer otro maldito curso más.
Comimos en silencio. Unos instantes después Anne volvió a hablar. Lo hizo en un tono más ligero y acaso más forzado.
—El macizo del 3C me ha hecho más caso que Tom Turnip en los últimos doce meses. En este momento el chaval debe de estar comprándome un ramo de gardenias. —Anne dio un buen trago de vino—. Maldita sea, mientras nosotras hablamos sus mensajes deben de estar apilándose en tu contestador.
—¿Qué chaval del 3C?
—Un semental muy jovencito y dulce que conocí en el avión.
—¿Le diste mi número de teléfono?
—Es inofensivo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Viajaba en primera clase.
—También viajaban en primera clase los majos que se incrustaron en las Torres Gemelas.
Mi amiga me miró como si le acabara de sugerir que se amputara un pie.
—No te pongas así, Tempe. No estoy pensando en salir con ese tipo.
No daba crédito a lo que oía. Suelo ser extremadamente cautelosa a la hora de dar mi número fijo. Mi amiga se lo había dado alegremente a un desconocido, que iba a telefonear a mi casa queriendo hablar con ella.
—Me había tomado un par de Manhattans —prosiguió sin caer en la cuenta de mi enfado—. Charlamos y me preguntó dónde podía contactar conmigo. Así que le apunté tus señas en una servilleta...
—¿Mis señas? ¿Quieres decir que también le diste mi dirección?
Incrédula, Anne dio un giro de ojos como para ganarse un Oscar de la Academia.
—Estoy segura de que el chaval lo tiró apenas salió por la rampa. ¿Qué tal está tu ternera?
Al contrario que nuestra conversación, mi carne estaba buenísima.
—Bien —murmuré. Así que quizás el tipo no telefoneará, solo llamará a mi puerta.
—Mi lasaña está parfait. ¿Entiendes a lo que me refiero? Ya no estoy más en Clover, Carolina del Sur, sino en otra galaxia. —Anne hizo girar su tenedor en el aire un par de veces—. ¡Québec! ¡La belle province! ¡C’est magnifique!
En ocasiones se han burlado de mí por hablar el francés de los estadounidenses del sur, pero el acento de Anne me hacía quedar como una parisina.
—¿O sea que os estáis tomando un tiempo? ¿Un periodo sabático matrimonial?
Cuando yo también estaba casada con Pete, Anne y yo solíamos bromear sobre el «sabático matrimonial». Era nuestra frase en clave para decir «nos vamos de viaje, pero sin hombres».
—Aunque yo llevara una semana muerta, Tom Turnip ni se daría cuenta. —Esta vez el tenedor me apuntó a mí—: No, he sido un poco dura. Si Tom se quedara sin papel higiénico, se pondría a gritar como loco para averiguar dónde estoy.
Anne soltó una de sus risas plenas, guturales:
—Esa sí que es una imagen bella, querida. El gran abogado, pillado en el acto de soltar un zurull...
—¡Annie!
—... Querida, el pobre ha pasado a la historia.
Durante unos momentos comimos en silencio. Cuando hube acabado, intenté sacar el tema por última vez.
—Annie, soy Tempe. Te conozco y conozco a Tom. Os he visto juntos durante veinte años. Dime qué está pasando en realidad.
Anne bajó el tenedor y se puso a acomodar la servilleta de papel que había debajo de su copa de vino. Pasó un minuto entero y entonces habló:
—Cuando Tom y yo nos conocimos no parábamos. Era como el paseo de los toreros todas las noches. Y así continuó. Los libros y los programas de entrevistas dicen que las parejas pasan del coloso en llamas a un estado tibio, y que es lo normal. A Tom y a mí eso nunca nos pasó.
Anne había empezado a arrancar trozos de servilleta dando forma a un festón con picos:
—Al menos hasta hace un par de años.
—¿Te refieres al sexo?
—Me refiero al declive total y absoluto. Tom dejó de arder de pasión y empezó a concentrarse en cualquier cosa que no fuera yo. Empecé a conformarme cada vez con menos atención por su parte. Hasta que la semana pasada caí en la cuenta de que nuestros caminos apenas se cruzaban.
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