Читать книгу: «Más patatas y menos prozac»

Las recomendaciones que se ofrecen en este libro no tienen la intención de reemplazar o entrar en conflicto con el consejo que te haya dado tu médico u otro profesional de la salud. Si tienes algún problema de salud o psicológico preexistente, o si estás tomando medicamentos, debes consultar con tu médico antes de poner en práctica los consejos y procedimientos contenidos en este libro. El hecho de proceder según los consejos alimentarios que se ofrecen en esta obra puede afectar el efecto de ciertos tipos de medicamentos; cualquier modificación de las dosis debe efectuarse de acuerdo con el médico que los recetó.
Título original: POTATOES NOT PROZAC: SIMPLE SOLUTIONS FOR SUGAR ADDICTION
Traducido del inglés por Francesc Prims Terradas
Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.
Maquetación de interior: Toñi F. Castellón
© de la edición original
1998, 2008, 2019 de Kathleen DesMaisons, PhD
Publicado con autorización de Simon & Schuster, Inc
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
www.editorialsirio.com
I.S.B.N.: 978-84-18531-27-9
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Contenido
Cubierta
Créditos
AGRADECIMIENTOS
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
La ciencia
La experiencia
EL DOCTOR JEKYLL Y EL SEÑOR HYDE
La sensibilidad al azúcar
Ponerle nombre al problema
«No hables de ello, no sientas, no lo compartas»
Refugiarse en el azúcar
Lecciones del tratamiento de las adicciones
Cómo descubrí el poder curativo de la alimentación
Así averigüé por qué funcionaba el plan alimentario
¿ERES SENSIBLE AL AZÚCAR? El diagnóstico de la sensibilidad al azúcar
Me gustan mucho los alimentos dulces
Como muchos dulces
Me gustan mucho el pan, los cereales, las palomitas de maíz o la pasta
Tengo en estos momentos, o he tenido alguna vez, un problema con el alcohol o las drogas
Uno de mis padres, o ambos, son o eran alcohólicos
A uno de mis padres, o a ambos, les encantaba especialmente el azúcar
Tengo sobrepeso y parece que no puedo perder los kilos de más fácilmente
No dejo de estar deprimido haga lo que haga
A menudo tengo reacciones exageradas frente al estrés
Tengo unos arrebatos de ira que a veces me sorprenden incluso a mí
¿Es posible ser adicto al azúcar?
CÓMO ERAS EN TU INFANCIA
Tu familia y el coste emocional
La primera búsqueda de soluciones
Cómo se enraizaron los patrones de tu comportamiento adictivo
NO ES CULPA TUYA
Tu nivel de azúcar en sangre
Sustancias químicas del cerebro: la serotonina
Sustancias químicas del cerebro: la betaendorfina
Un equilibrio delicado
LOS ALTIBAJOS EN EL NIVEL DE AZÚCAR EN SANGRE
Cómo se comporta el azúcar en sangre a un nivel normal
El impacto de la sensibilidad al azúcar
Fatiga suprarrenal
RUDIMENTOS SOBRE LA QUÍMICA CEREBRAL
Neurotransmisores: mensajeros del cerebro
Limpiar y regular el sistema
La regulación a la baja
La regulación al alza
Los síntomas de abstinencia
La serotonina
Cómo funcionan los antidepresivos
La betaendorfina
El azúcar y el incremento de la betaendorfina
El azúcar y la angustia por aislamiento
El azúcar y la indefensión aprendida
¿Por qué renegar del azúcar?
Las ansias y la recaída
El dilema de la persona sensible al azúcar
Recuperar el equilibrio
EL PRIMER PASO: COMENZAR
Esto no es una dieta
Da un paso tras otro
Los siete pasos hacia el bienestar
Paso 1: Toma un desayuno que contenga proteínas todos los días
1. Toma la cantidad adecuada de proteínas
2. Come dentro de la primera hora después de despertarte
3. Incluye un carbohidrato complejo en tu desayuno
4. Desayuna todos los días
Algunas ideas magníficas para el desayuno
EL SEGUNDO PASO: LLEVAR UN DIARIO DE ALIMENTOS Cómo empezar
Cómo escribir en el diario de alimentos
Qué hacer si no sabes cómo te sientes
Aprende a leer tu cuerpo
EL TERCER PASO: TRES COMIDAS AL DÍA Tomar una cantidad adecuada de proteínas en cada comida
Alimentos con proteínas
Una proteína que incrementa la serotonina
¿Y qué pasa con el colesterol?
Comer a intervalos regulares
Tomar tres comidas al día
Si tienes que comer sobre la marcha
Haz tres cosas solamente
Los pasos cuarto y quinto: vitaminas, patatas y alimentos «marrones»
Vitaminas para curarte
Por fin, la patata
Echar una mano al triptófano
Azúcares simples
Los alimentos blancos
Los alimentos marrones
Los alimentos verdes
Más acerca de la fruta
Cambia lo que comes
EL SEXTO PASO: LIDIAR CON LOS AZÚCARES
Prescindir de los azúcares
Tras la pista de los azúcares secretos
Tómatelo con calma
El próximo paso
Adiós a los azúcares
Planifica tu desintoxicación del azúcar
¡Manos a la obra!
EL SÉPTIMO PASO: REVIVIR
SOBRE LOS SENTIMIENTOS Y LAS EMOCIONES
Más sobre las emociones básicas
Dónde residen las cuatro emociones
Cómo se crea la herida
CONVERTIR LA ADICCIÓN EN RECUPERACIÓN
SANAR EL CUERPO
LA BASE CIENTÍFICA DE LA SENSIBILIDAD AL AZÚCAR
Los aspectos científicos
El mal funcionamiento de los carbohidratos
El nivel de serotonina afecta al estado de ánimo y el comportamiento
El nivel de betaendorfina afecta al estado de ánimo y el comportamiento
Una solución
GLOSARIO
BIBLIOGRAFÍA
RECURSOS
Sitios web
Newsletter
George’s Restore®
Herramientas motivacionales
Libros
Audios
Grupos de apoyo
Pérdida de peso
Seminarios
Clases en línea
Consultas con Kathleen
Tienda Radiant Recovery®
SOBRE LA AUTORA
ÍNDICE TEMÁTICO
NOTAS
Más patatas y menos Prozac está dedicado a las incontables personas cuyo enorme afán por sanar nos conduce a todos nosotros a profundizar en la búsqueda de una solución capaz de cambiarles la vida.
AGRADECIMIENTOS
La idea de este libro comenzó hace muchos años con un grupo de hombres y mujeres que, en el norte de California, participaron en un programa de tratamiento para conductores ebrios tras no haber obtenido resultados con su participación en otros programas. Lo habían intentado todo, se sentían muy mal y estaban dispuestos a abordar su curación de una manera nueva. Su búsqueda de recuperación me llevó a la mía. El viaje que compartimos fue el inicio de lo sucedido durante los más de veinte años transcurridos desde que Potatoes Not Prozac se publicó por primera vez. *
Cuando vio la luz la primera edición, me propuse crear una comunidad de curación en línea para facilitar que personas de todo el mundo compartieran sus experiencias entre sí. Diez años después, había leído más de medio millón de cartas y correos electrónicos llegados de todas partes. Ahora, veinte años más tarde, esta cantidad se aproxima al millón, ya que el poder de los pasos originales sigue cambiando la vida de la gente. Muchos de los que empezaron con el programa por aquel entonces siguen por aquí, presentes y ayudando a otras personas.
Y lo que es aún más importante, la curación continúa. Carolyn Reidy, de Simon & Schuster, tuvo la visión desde el inicio de esta, y su disposición a crecer con ella es un regalo para todos. Mi nueva editora, Emily Graff, puso el corazón en el desarrollo de esta nueva edición (en inglés), que muestra lo lejos que podemos llegar con el paso 7 todos los que creemos que la comida es un recurso sanador.
Un golden retriever en proceso de entrenamiento aún yace a mis pies por la mañana mientras vuestras voces se entrelazan como palabras escritas. El diálogo continúa y la sabiduría ha aumentado. Mi gratitud es extensa y profunda.
* El volumen que tienes en tus manos es la traducción de la edición revisada y actualizada del libro original (N. del T.).
PRÓLOGO
Aunque pensamos que el azúcar es un alimento, en realidad es una droga, una sustancia externa que actúa, en el cerebro y el resto del cuerpo, sobre los receptores celulares diseñados para recibir una sustancia química interna llamada glucosa. Dado que la glucosa suele ser el único combustible que el cerebro puede usar y es fundamental para la claridad mental, los estados de ánimo y la liberación controlada de energía en el organismo, me asombra la generosidad con la que ponemos su sustituto inferior, el azúcar, en todo, desde la comida que va a ser el desayuno de nuestros hijos hasta el kétchup. Si se quisiera introducir el azúcar en el mercado en la actualidad, probablemente sería difícil que superara los requisitos establecidos por la Administración de Medicamentos y Alimentos estadounidense (FDA, por sus siglas en inglés).
Al igual que muchas drogas que actúan a través de receptores, el azúcar tiene un efecto paradójico caracterizado por dos fenómenos. En primer lugar, cuanta más droga se ingiere, menos producen el cerebro y el resto del cuerpo el análogo interno de esa droga. En segundo lugar, los receptores del azúcar o de cualquier otra droga se vuelven menos sensibles, y a veces disminuyen en número, como protección contra esa sustancia que los bombardea. Es fácil que nos volvamos físicamente dependientes del azúcar exógeno para estimular el estado de ánimo, pero nuestro hábito ahora nos induce depresión en lugar de bienestar y nos produce agotamiento y ansiedad en lugar de proporcionarnos una explosión de energía. Hace tiempo que sospecho que el aumento de la depresión clínica en nuestra sociedad está relacionado con el incremento del consumo de azúcar.
Por tanto, experimenté una gran emoción cuando conocí los esfuerzos de Kathleen DesMaisons para desarrollar una hipótesis de trabajo sobre la sensibilidad al azúcar y su papel en el comportamiento adictivo. He estado al tanto de su trabajo durante muchos años. Su visión, su calidez personal y su compromiso apasionado con la búsqueda de respuestas siempre me han conmovido. Ahora, con Más patatas y menos Prozac, traslada su visión a una guía concreta y específica que lleva sus habilidades clínicas a un público más amplio.
La doctora DesMaisons tiene un don único para tomar ideas muy complejas y hacerlas accesibles para las personas normales que intentan sentirse mejor. Su tesis es persuasiva. Su combinación de experiencia clínica, honestidad personal y curiosidad científica ha aportado verdaderos beneficios a sus pacientes. Si bien los casos siguen siendo anecdóticos desde una perspectiva científica, son potentes. Como sugiere la doctora DesMaisons, algo está sucediendo en la relación entre la alimentación y el comportamiento, algo que está más allá de lo que las investigaciones científicas ya han demostrado sobre la relación entre la bioquímica y el estado de ánimo.
Como científica, nunca podría considerar que el tamaño de la bolsa para los dulces de Halloween que llevaba de niña pudiese tener algún significado. Pero como mujer que ha lidiado con algunos de los problemas de los que habla la doctora DesMaisons, no descartaría sus ideas con tanta rapidez. A veces, la ciencia se ve impulsada por pioneros que organizan los estudios de nuevas maneras y hacen preguntas desde perspectivas inesperadas. Los aspectos científicos se pondrán a prueba en el laboratorio, pero el impacto diario de Más patatas y menos Prozac se comprobará en los corazones y los cuerpos de aquellos que responden al perfil que la doctora DesMaisons ha descrito tan bien.
Los alimentos pueden actuar como drogas, y debemos ser conscientes de cómo nuestros estados de ánimo y nuestra fisiología –mental y física– están tan inextricablemente entrelazados que lo que comemos y cómo lo comemos puede tener un enorme impacto en nuestra vida. Recomiendo encarecidamente Más patatas y menos Prozac, pues creo que contiene información novedosa e importante para todos, desde el nutricionista más perfeccionista hasta el individuo de a pie que está comenzando a darse cuenta de que lo que comemos y la forma en que comemos ayuda a explicar por qué nos sentimos como nos sentimos.
CANDACE B. PERT (1946-2013)
Autora de Molecules of Emotion: Why You Feel the Way You Feel [Moléculas de la emoción: por qué te sientes como te sientes].
C. B. Pert fue neurocientífica y farmacóloga, profesora de investigación del Departamento de Fisiología y Biofísica del Centro Médico de la Universidad de Georgetown
INTRODUCCIÓN
Antes que nada, permíteme ponerte en antecedentes en cuanto a mi programa destinado a curar la sensibilidad al azúcar. A la hora de decidir si confiar o no en un programa terapéutico, es útil conocer el contexto. ¿Cómo puedes saber si este programa funciona? La ciencia, así como veinte años de experiencia directa, tienen la respuesta. Es un programa fiable, maduro y probado, y funciona como ningún otro.
La ciencia
La ciencia es una herramienta emocionante y valiosa para ayudarte a comprender el cuerpo humano. Miles de hombres y mujeres trabajan en laboratorios de todo el mundo para responder preguntas sobre cómo funciona. Cada conjunto de experimentos requiere una cuidadosa reflexión, ya que los científicos deben diseñar estudios para evaluar claramente las hipótesis y elaborar respuestas fiables. Cada vez que se publica un resultado en una revista profesional se añade una pequeña pieza al puzle de la historia que explica cómo funciona tu cuerpo.
El punto fuerte de este proceso reside en las pruebas rigurosas y el diálogo científico que tienen lugar a lo largo del tiempo. Sin embargo, una de las limitaciones que presenta es que se basa en datos más que en personas reales que viven vidas complejas y desordenadas. Los científicos a menudo examinan un solo aspecto en cada ocasión, mientras que los médicos que atienden a pacientes trabajan con el «caos» de la vida cotidiana.
Cuando inicié este programa, estaba dedicada al ejercicio práctico de la medicina en el terreno de la adicción. Puse años de escucha sobre la mesa. Había trabajado en los campos de la salud mental, la nutrición y las políticas públicas. Había puesto en marcha y administrado un centro de tratamiento para las adicciones y había trabajado con varios miles de pacientes.
Luego, empecé a investigar los aspectos científicos que hay detrás de la adicción al azúcar. Fue todo un proceso.
Mi formación no era tradicional; era interdisciplinaria. En lugar de entrar en un campo, quería crear uno. En lugar de limitar mi trabajo académico a responder una pregunta, quería encontrar la respuesta a varias. Abordé la literatura científica desde una perspectiva no ortodoxa y comencé a leer la que se publicaba en varios campos: las adicciones, la psicología, la nutrición y la neurociencia. Aquí están los hechos que reuní y sobre los que comencé a escribir en la primera edición de este libro:
El cerebro de los alcohólicos es diferente de otros cerebros. Esta configuración especial se hereda.
Hay personas que son sensibles a los carbohidratos y pasan a tener más azúcar en sangre de lo normal al comerlos.
Cuando es necesario, el cerebro libera opioides, y estos pueden afectar a nuestras elecciones alimentarias.
El azúcar actúa como una droga opioide (como la morfina y la heroína) en el cerebro.
Los tipos de alimentos que comemos y el momento en que los comemos pueden influir en nuestro estado de ánimo.
En 1996 todos estos hechos ya habían sido establecidos por la literatura científica, pero la naturaleza misma de la investigación científica, que analiza un solo aspecto en cada ocasión, implicaba que quienes realizaban los estudios sobre el alcohol no miraban los hallazgos obtenidos en el campo de la nutrición, y que quienes investigaban sobre nutrición no atendían a las cuestiones genéticas. Nadie había dado el salto de considerar que el azúcar era la droga de entrada para otras sustancias adictivas.
Debido a que mi experiencia clínica se basaba en escuchar las historias de los pacientes sobre sus vidas complejas y desordenadas, que no se podían dividir claramente en categorías científicas separadas, pude concebir una teoría que tuviese en cuenta todas las disciplinas relevantes. Mi hipótesis de trabajo era esta:
Existe una afección bioquímica hereditaria llamada sensibilidad al azúcar que tiene unos efectos predecibles y específicos sobre el cerebro y el comportamiento de la persona. Qué alimentos come un individuo sensible al azúcar y cuándo los come lo afecta profundamente.
El azúcar tiene, en el cuerpo humano, el mismo efecto analgésico y euforizante que los medicamentos opioides. Estos efectos farmacológicos del azúcar son mayores en las personas sensibles al azúcar. La adicción al azúcar, como la adicción a las drogas, es real y puede abrir la puerta a otras adicciones.
Cambiar lo que come una persona sensible al azúcar y cuándo lo come puede tener un gran efecto en su bienestar y su comportamiento.
Usando este modelo de trabajo, escribí Potatoes Not Prozac, cuyo tema, a pesar del título, era el tratamiento de la adicción al azúcar y curar la sensibilidad al azúcar. Desde la primera edición del libro en inglés, en 1998, han cambiado muchas cosas. La ciencia continuó haciendo preguntas y encontrando respuestas. A principios del año 2000, Bartley G. Hoebel, investigador jefe en la Universidad de Princeton, se enteró de la hipótesis que yo había desarrollado sobre la sensibilidad al azúcar y decidió ponerla a prueba en su laboratorio. En 2002, Carlo Colantuoni, alumno universitario de Hoebel, publicó un artículo en el que confirmaba que un conjunto de ratas se habían vuelto adictas al azúcar. Lo tituló «Pruebas de que la ingesta intermitente y excesiva de azúcar causa dependencia endógena respecto de los opioides». Al año siguiente, Nicole Avena, una de las alumnas de Hoebel recién licenciadas, empezó su carrera profesional centrándose en la adicción al azúcar. Desde entonces ha publicado más de setenta artículos sobre el tema y está a la vanguardia del planteamiento de preguntas clave sobre neurociencia nutricional.
Y se siguieron realizando estudios. En 2005, Cyrilla Wideman, profesora de la Universidad John Carroll, publicó los resultados de un estudio que demostraban que los efectos de la adicción al azúcar, su abstinencia y su recaída son similares a la adicción a las drogas, su abstinencia y su recaída. (El artículo se tituló «Implicaciones en la salud humana de un modelo animal de adicción al azúcar, abstinencia y recaída»). Actualmente no solo se usa la denominación adicción al azúcar en revistas científicas revisadas por pares, sino que se usa sin problema con los humanos. Una revisión actual de la literatura habla de la adicción al azúcar como un hecho conocido en las investigaciones realizadas con animales y humanos; además, explora el impacto de la adicción al azúcar en el comportamiento.
En 2015, los científicos mapearon las variaciones genéticas en los receptores opioides mu y su relación con la adicción a la heroína. Resulta que la heroína y el azúcar afectan a los mismos neurotransmisores.
El azúcar afecta al sistema opioide endógeno, los analgésicos propios del cerebro que mencioné en la primera edición de este libro. Candace Pert, la mujer que identificó por primera vez esos receptores, escribe en el prólogo de esta obra: «El impacto diario de Más patatas y menos Prozac se comprobará en los corazones y los cuerpos de aquellos que responden al perfil que la doctora DesMaisons ha descrito tan bien». Acuñé la denominación sensibilidad al azúcar en la primera edición de este libro para referirme a los humanos que son especialmente sensibles a los efectos del azúcar. Esta sustancia es una droga, y para quienes son sensibles a ella, la adicción al azúcar puede ser mortal.
Mientras la ciencia se ponía al día, la primera edición ofreció a sus lectores una forma de comprender lo que estaba sucediendo en su cuerpo sensible al azúcar y una manera de curarse a sí mismos. La gente encontró el libro y empezó a conectar conmigo y entre sí a través de mi sitio web Radiant Recovery ® (‘recuperación radiante’). El gran éxito que había visto con los alcohólicos en mi clínica lo estaba viendo ahora con adictos al azúcar, individuos que comían compulsivamente, personas que padecían el efecto yoyó al hacer dieta o pacientes con trastornos alimentarios, que sufrían depresión o que habían recibido muchos otros diagnósticos. Todos ellos se sintieron enormemente aliviados al descubrir que su adicción al azúcar era real, que no eran solo «golosos». Igual que ocurrió cuando Alcohólicos Anónimos redefinió el alcoholismo como una enfermedad, cuando expliqué que la adicción al azúcar es causada por un desequilibrio químico, y no tiene nada que ver con un defecto del carácter, los individuos sensibles al azúcar quedaron repentinamente libres de la condena social (y la autocondena). Pero los aspectos científicos solamente eran una parte de la historia.
La experiencia
La experiencia de las personas que han seguido mi programa ha demostrado que la adicción al azúcar no es solo un problema de nutrición, también tiene un impacto profundo en el comportamiento. Los siete pasos del programa no inciden tan solo en el cambio de dieta (como comer suficientes proteínas en cada comida), sino que implican participar en un proceso que convierte los comportamientos adictivos en habilidades de recuperación. Al seguir el programa curarás tu cerebro desequilibrado, sensible al azúcar, y lograrás más, mucho más que esto: sanarás tu comportamiento adictivo y empezarás a manifestar una recuperación radiante.
Nacer sensible al azúcar significa estar «chiflado» desde una edad temprana. Ya en la niñez puede ser que te muestres malhumorado, impulsivo, callado, retraído, terco, dramático o reactivo. Al mantenerse una alimentación inapropiada, estas respuestas tempranas se establecen como patrones de comportamiento. La gente piensa que eso es tu personalidad. Tú te lo crees, y a medida que te vas haciendo mayor, estos comportamientos van incluyendo también el pensamiento en términos de todo o nada, el ensimismamiento, la grandiosidad, la impotencia y un profundo sentimiento de inferioridad, a pesar de las apariencias externas. Desarrollas la dicotomía del doctor Jekyll y el señor Hyde de la que hablaré en el capítulo uno.
Seguir los pasos que se exponen en Más patatas y menos Prozac lentamente, en orden y como se describe, significa seguir un proceso que propicia el cambio de comportamiento y la curación bioquímica. Este es el camino hacia la recuperación. Aprenderás a escucharte a ti mismo y escuchar a los demás. Aprenderás a esperar, a tener paciencia, a planificar y a ir despacio, todo lo cual es posible que te resulte odioso ahora mismo. Aprenderás a ver las consecuencias de tus elecciones; podrás ver la conexión que hay entre lo que comes y lo que sientes. Aprenderás a pedir ayuda y a dejar que otros te guíen. Saldrás del aislamiento y descubrirás que no eres el único que tiene este problema, y que el cambio es posible. Lo que pensabas que era tu personalidad no es quien eres en absoluto. Era el resultado de tu funcionamiento bioquímico sensible al azúcar, tu desequilibrio orgánico y la forma que tenías de comer.
Cada uno de los siete pasos se basa en el anterior. El proceso es gradual. Nunca se te da más de lo que puedes hacer. A medida que trabajas con los pasos, el proceso te cura. Tu «personalidad» cambia. Disfrutarás de ser alguien inteligente, intuitivo, compasivo, tenaz, divertido, reflexivo y muy muy hábil. Te gustarás mucho a ti mismo. Y sin contrapartes negativas. Tu vida será cada vez mejor, simplemente.
Lo maravilloso es que no tienes que trabajar en todos estos aspectos del comportamiento uno por uno. No tienes que dominar tu nivel de azúcar en sangre, tu serotonina y tu betaendorfina; solamente debes «hacer la comida». Cuando «haces la comida», tu cuerpo se encarga del resto. En la primera edición original del libro, el paso 7 se presentaba como una «promesa»; ahora, es una realidad documentada. Lo que comenzó siendo una creencia intuitiva acerca de lo que podría aportar la recuperación ahora está totalmente demostrado por los años de experiencia que atesoran los miembros de la comunidad. «Hicieron la comida», permanecieron en contacto y no dejaron de hablar sobre cómo cambió su vida.
Originalmente, definimos el paso 7 como «crear una nueva vida». Hemos aprendido que la trayectoria de desarrollo sigue expandiéndose. Curamos la vieja y profunda vergüenza, así como viejas heridas y traumas. Aprendimos a vivir con alegría y a jugar. Lo que consideramos que era nuestro defecto más grande, nuestra adicción al azúcar incontrolada, se convirtió en la inspiración que ahora nos permite regirnos por nuestros puntos fuertes.
Esta edición (tercera en inglés, primera en castellano) contiene unas recomendaciones más específicas, y se ha ampliado para reflejar otros diez años de experiencia con personas sensibles al azúcar que «han hecho la comida» y han seguido el programa. Ya no estamos abriendo un nuevo camino: estamos en un camino claramente definido hacia el éxito.
Capítulo 1
EL DOCTOR JEKYLL
Y EL SEÑOR HYDE
¿Eres consciente de ti mismo, inteligente y sensible a los sentimientos de los demás? ¿Estás comprometido con tu propio crecimiento personal? ¿Te importan mucho las cosas? ¿Te valoran tus amigos y respetan tu opinión? ¿Te va bien en el trabajo? ¿Sueles estar confiado y esperanzado acerca de tu futuro?
Y... ¿ocurre a veces que tu confianza se va y te deja en medio de la duda y la desesperación? ¿Te parece una «locura» que puedas gozar de tanta claridad un día y estar tan desesperado al día siguiente? Y, peor aún, ¿puedes caer de las alturas a las profundidades el mismo día, casi como si hubiera otra persona dentro de ti?
Odias admitirlo, pero puedes ser un individuo malhumorado e impulsivo. Quieres acabar las cosas, pero tu atención se desvía. Pierdes energía y te cansas. Tienes antojos de azúcar y recurres a dulces y tentempiés para volver a ponerte manos a la obra. A veces comes de forma compulsiva. Has subido de peso. Parece que no tienes autodisciplina. A menudo te sientes deprimido y abrumado.
Es posible que hayas consultado con tu médico o que hayas buscado consejo de tu sacerdote o pastor, o de un psicoterapeuta. Probablemente te hayan recetado Prozac o algún otro antidepresivo. Tal vez las cosas mejoraron un poco durante un tiempo. Pero algo sigue yendo mal. Tu vida aún no es como quieres que sea y parece que no puedes encontrar una respuesta efectiva.
Si esta descripción se ajusta a tu caso, quizá seas sensible al azúcar. Es posible que tu organismo responda a los azúcares y ciertos carbohidratos (como el pan, las galletas, los cereales y la pasta) de manera diferente a como lo hace el organismo de otras personas. Esta diferencia, de tipo bioquímico, puede tener un gran efecto en tu estado de ánimo y tu comportamiento. La forma en que te sientes está fisiológicamente relacionada con lo que comes... y cuándo lo comes.
Conozcamos la historia de Emily:
Tenía sobrepeso, estaba deprimida y me sentía exhausta todo el tiempo. Tenía mucho que agradecer en mi vida, pero algo iba mal. ¿Por qué no me sentía mejor conmigo misma? ¿Por qué no podía vencer en mi batalla contra esos nueve kilos de más? ¿Por qué no tenía energía para hacer más en la vida? Estaba muy desanimada.
Bebía varias tazas de café al día, tomaba ositos de gominola como tentempié y comía alimentos saludables como pasta, verduras y frutas. Evitaba las grasas y los postres ricos en calorías. A veces picaba durante todo el día; en otras ocasiones, me saltaba comidas y comía una sola vez al día. Aunque había probado muchas dietas, siempre recuperaba el peso perdido. Empezaba un programa de ejercicio, lo mantenía durante unas semanas, y finalmente dejaba la dieta y también el ejercicio. Aún tenía sobrepeso, y odiaba que esto fuera así. Me sentía una fracasada en esta área de mi vida y me avergonzaba por ello.
A menudo no podía dormir y me invadían sensaciones de ansiedad. A veces mi corazón comenzaba a latir aceleradamente sin ningún motivo. Tenía estallidos de llanto o ira repentinos. Probé con ir a terapia, pensando que todo lo que ocurría era que yo «no estaba bien». Pero no fue suficiente.
Entonces fui a mi médica y le conté mi larga lista de problemas. Pareció preocupada y encargó una serie de exámenes. Yo también estaba preocupada. Tal vez se me había adelantado la menopausia; incluso temía que pudiese tener un tumor cerebral. Una semana después me llamó. «Tengo buenas y malas noticias –me dijo–. La buena noticia es que no estás entrando en la menopausia y que tampoco tienes un tumor cerebral. La mala noticia es que no sé lo que está pasando. Los resultados de las pruebas de laboratorio y del examen físico son normales».
Frustrada y deprimida, Emily entró en mi consulta privada, en la que atendía casos de adicciones alimentarias. Me dijo que era una exalcohólica que hacía nueve años que no bebía y que había oído que yo usaba la nutrición para ayudar a las personas que tenían síntomas como los suyos. Tras escuchar su historia y hacerle algunas preguntas sobre sus antecedentes y sus hábitos alimentarios, supe cuál era el problema. Era el mismo que había detectado una y otra vez en mujeres y hombres que entraban por la puerta buscando ayuda para combatir la ingesta compulsiva, el alcoholismo, la drogadicción o el mismo conjunto extraño de síntomas que tenía Emily, síntomas que no habían respondido a otros tratamientos.
Emily no padecía depresión clínica ni estaba sufriendo los efectos de una mala infancia. No tenía una voluntad débil ni era perezosa. Era sensible al azúcar. Había heredado un tipo de química corporal que hacía que fuese más vulnerable que sus amigos a las alteraciones del estado de ánimo de los alimentos dulces y los productos elaborados con harina refinada. Estaba atrapada en un círculo vicioso de altibajos emocionales controlados por sus niveles de azúcar en sangre y su química cerebral. El cuerpo de Emily respondía al azúcar como si fuera una droga.
La sensibilidad al azúcar
La sensibilidad al azúcar te convierte en el doctor Jekyll y el señor Hyde. Es como si dos personas diferentes estuviesen viviendo en el mismo cuerpo. De un momento a otro, la aguda sensibilidad y la apertura del individuo se convierten en mal humor e irritabilidad. La confianza y la creatividad se esfuman y son reemplazadas por la baja autoestima y la desesperanza. La visión en cuanto al futuro se disipa en la frustración derivada de no ser capaz de seguir adelante.
Este pimpón emocional permanece inexplicable si no se entiende la sensibilidad al azúcar. Al igual que Emily, millones de personas que han heredado un cuerpo sensible al azúcar están atrapadas en el dolor de no entender un problema que controla sus vidas. Quienes son sensibles al azúcar parecen saber instintivamente que algo está mal, pero desconocen qué puede ser.
¿Te sientes así? En este caso, tu intuición puede ser acertada. Si eres sensible al azúcar, no eres inherentemente alguien carente de voluntad o autodisciplina. Tu comportamiento refleja una química corporal desequilibrada que has tratado de corregir inconscientemente «automedicándote» con azúcares y carbohidratos simples.
Tu sensibilidad al azúcar es un problema que has heredado. No lo creaste tú. No es culpa tuya. Además, es un problema que se puede resolver. Tengo una respuesta que llevas mucho tiempo buscando. La solución a la sensibilidad al azúcar tiene mucho sentido. Cuando vayas comprendiendo cómo funcionan tus niveles de azúcar en sangre y las sustancias químicas de tu cerebro y cómo interactúan, comenzarás a apreciar el poder de tu propio cuerpo. En lugar de que tu química corporal lleve la voz cantante, empezarás a decidir tu propia vida. Encontrarás una explicación directa al comportamiento con el que has tenido problemas durante tanto tiempo y hallarás una solución basada en darle a tu cuerpo los tipos de alimentos que necesita para mantener tus emociones en equilibrio y tener una buena vida.
Este libro cuenta la historia de la sensibilidad al azúcar y cómo encontrar el brillo derivado de tener la bioquímica corporal equilibrada y al propio servicio.
Ponerle nombre al problema
La historia de la sensibilidad al azúcar proviene de mi propia historia personal y de mi trabajo con miles de pacientes en tratamiento por sus adicciones. Después de una larga carrera en el ámbito de la salud pública, creé un centro de tratamiento de las adicciones en 1988. Quería hacer algo que tuviese repercusión en la vida de la gente. La tasa de recuperación típica del alcoholismo era, y sigue siendo, muy baja. Quienes seguían un tratamiento recaían, una, otra y otra vez. Aunque los expertos en adicciones habían probado muchas alternativas, el panorama seguía siendo bastante sombrío. Una tasa de éxito del 25 % se consideraba buena. Pero no estaba dispuesta a aceptar la idea de que no podría ayudar a tres de cada cuatro personas que acudieran a mi clínica. Sabía que tenía que haber una mejor manera, y me propuse encontrarla.
Mi determinación de superar las probabilidades tenía su origen en mi historia personal. Cuando tenía dieciséis años, mi padre murió de alcoholismo a los cincuenta y uno. Era un hombre brillante y sensible que no supo abandonar la bebida. Dicen que le encantaba irse de juerga cuando era joven; cuando llegó a la mediana edad, se bebía una botella de vodka de 750 ml todos los días.
Mi padre estuvo sin beber durante un año, el de mi undécimo cumpleaños. Era militar de carrera en la Fuerza Aérea estadounidense y sus superiores habían amenazado con inhabilitarlo si no dejaba de beber. Siguió un programa de desintoxicación y rehabilitación por primera vez. De hecho, fue la única vez que siguió uno. Recuerdo bien ese año. Estando sobrio mi padre, la vida era mucho mejor para todos nosotros. Todo lo que había soñado en secreto estaba sucediendo, y finalmente vivíamos como una familia normal.
Un año después, a pesar de estar sobrio, lo dieron de baja de la Fuerza Aérea por alcoholismo. Las evaluaciones laborales anteriores lo habían perseguido y la Fuerza Aérea no reconoció su compromiso con la sobriedad, o tal vez no le dio crédito. Al perder su trabajo, la cuerda de salvamento de mi padre fue cortada. Su sobriedad y la nueva estabilidad de nuestra familia degeneraron rápidamente. Cinco años después estaba muerto.
Me llevó veinticinco años llorar la pérdida de mi padre. En ese momento solo sentí alivio: ya no tendría que seguir sintiendo vergüenza a causa de su alcoholismo. Todo lo que quería entonces era una vida adolescente normal. Después de la muerte de mi padre, todos colaboramos para crear el mito familiar de que había muerto repentinamente de pancreatitis. En realidad, el alcoholismo lo había ido deteriorando a lo largo de cinco años, pero en la familia nunca hablamos de eso. Nos limitamos a seguir adelante con nuestras vidas, ocultando nuestras heridas; cada uno tratamos de encontrarle sentido a la tragedia por nuestra cuenta.
«No hables de ello, no sientas, no lo compartas»
Mi historia me ha moldeado profundamente. Debido al comportamiento alcohólico de mi padre, aprendí a prestar mucha atención a las dinámicas interpersonales que me rodean. Aprendí a «leer» inmediatamente la temperatura emocional de casi cualquier situación. Aprendí a madurar temprano, a convertirme en una triunfadora, a ser la heroína de mi familia. Y, sobre todo, aprendí las reglas inviolables de una familia marcada por el alcoholismo:
«Lo que ves no está ocurriendo en realidad».
«Todo está bien, aunque sientas otra cosa».
«No hables de ello. No sientas. No lo compartas».
Aprendí a vivir en medio de la contradicción. Seguí confrontando la discrepancia entre lo que la gente que me rodeaba decía que era verdad y lo que experimentaba en mi cuerpo y en mi corazón. Me enfrenté a mi madre por las mentiras que impregnaban nuestra vida en familia. Me enfrenté a mis maestros religiosos por la diferencia que había entre lo que decía la Iglesia y la forma en que actuaban las personas. No paraba de hacer preguntas sobre la distancia que había entre lo ideal y lo real. Estudié todo lo que pude en mi esfuerzo por encontrar una solución a esta discrepancia. Quería vivir según lo que creía y quería que el mundo hiciera lo mismo.
A los diecinueve años, soñando todavía con la familia perfecta, me casé y tuve tres bebés muy seguidos. Pero la distancia entre mi vida ideal y mi vida real aún era grande: aunque era inteligente y me iba bien tanto en la universidad como en mi papel de madre, experimentaba cambios de humor extremos y caídas de energía repentinas. A veces rebosaba confianza en mí misma, tenía la mente clara y no experimentaba problemas de concentración. En otras ocasiones entraba en una especie de realidad imaginaria y me olvidaba de comprar leche para los niños. Mi marido pensó que se había casado con la doctora Jekyll y que también había acabado conviviendo con la señora Hyde. Se preguntaba cómo era posible que tuviese unos cambios de conducta tan rápidos. En cuanto a mí, no me daba cuenta de mis propios comportamientos, en realidad. Estaba bien entrenada para pasar por alto las disfunciones, incluidas las mías.
Mi matrimonio dejó de funcionar cuando mi hijo pequeño tenía seis meses. Ni mi joven marido ni yo sabíamos cómo hacer que una relación funcionase, y tampoco cómo pedir ayuda, por lo que el divorcio parecía la opción lógica. De nuevo soltera, regresé a la universidad, me puse a trabajar a jornada completa y abordé la tarea de criar a mis hijos. Por la noche, después de acostarlos, me sentaba en el sofá con un cubalibre y palomitas de maíz, leía filosofía y doblaba la ropa.
A los veintiséis años, padecí una mononucleosis que me dañó el hígado. Como mi hígado no estaba bien, me sentía fatal cuando tomaba alcohol y dejé de beber. Fue una decisión drástica, pero probablemente me salvó la vida. Como la mayoría de los hijos de alcohólicos, era una presa fácil para el alcoholismo. La química de mi cuerpo estaba condicionada a necesitar el alcohol; sin embargo, si hubiera seguido bebiendo, habría dejado de usarlo para consolarme, habría entrado en un estado de dependencia y habría acabado siendo alcohólica.
Refugiarse en el azúcar
Pero la abstinencia del alcohol me empujó a otro tipo de adicción. Las características de mi bioquímica cerebral y mi baja tolerancia al dolor seguían estando ahí aunque no tomase alcohol, y encontraron otra forma de manifestarse. El alcohol en sí aún no me había enganchado, pero sí lo habían hecho el azúcar, los helados, la pasta, el pan y los refrescos. Estos alimentos aparentemente inofensivos me envolvieron en un capullo tan espeso y adormecedor que nunca eché de menos el alcohol.
Cuando terminé la carrera universitaria, pasé a cursar un máster en administración y asesoramiento. Al ser hija de un alcohólico y presentar un alto rendimiento académico, me contrataron como directora de un programa no lucrativo incluso antes de terminar el máster. Dieciocho meses después me ascendieron y pasé a supervisar a cien miembros del personal. La imagen que ofrecía era la de una persona triunfadora, competente y cualificada, pero era totalmente adicta al azúcar. En mi interior, estaba huyendo de mis propios sentimientos. Había un enorme remolino de dolor debajo del desparpajo con el que me manejaba. No era consciente del impacto del alcoholismo de mi padre en mí y no tenía ni idea de que los aspectos bioquímicos estaban dirigiendo mi vida.
Finalmente, a los treinta años, no pude seguir ignorando mi dolor. Me di cuenta de que necesitaba ayuda y empecé a ir a terapia. No tenía los conocimientos que me permitiesen entender mi dolor, así que recurrí a los dónuts, me mudé a otra ciudad y conseguí un nuevo empleo. Pensé que quizá una nueva vida mejoraría las cosas. Pasé a vivir cerca del océano y encontré consuelo en el mar. Había una heladería al lado de mi nueva vivienda y hallé alivio en los helados. Engordé. Y seguía siendo la doctora Jekyll y la señora Hyde. Cuando era buena, era muy muy buena, y cuando no lo era, me desmoronaba. Hice todo lo posible para mantenerlo todo en orden, pero cuando llegué a los cuarenta, me di cuenta de que mi vida se vendría abajo si no encontraba la manera de afrontar mi dolor. La brecha que siempre había habido entre mis sentimientos internos y mi vida externa se había extendido hasta el límite.
Mi solución entonces fue mudarme a California, donde la suavidad de las colinas, el sonido del mar y la apertura de la gente me tranquilizaron. Reconecté con la niña que había dentro de mí a la que le encantaba nadar, bailar y reír. Empecé a sentirme bien conmigo misma, pero mi peso y mis cambios de humor continuaron atormentándome. Leí cientos de libros, asistí a docenas de grupos y seminarios y llené de poemas innumerables cuadernos. Pero por más trabajo interior que realizara, parecía estar librando una batalla perdida. Pensé que el problema era que me faltaba fuerza de voluntad. Cuando desarrollé la suficiente disciplina, pensé que todo iría bien; sin embargo, a medida que iba pasando el tiempo y las cosas no cambiaban, me fueron embargando sentimientos de ineptitud cada vez más profundos.
Lecciones del tratamiento de las adicciones
A pesar de, o quizá debido a, una sensación interna de desesperanza, seguí comprometida a ayudar a otros a sanar. El condado en el que trabajaba me pidió que pusiera en marcha un centro de tratamiento para alcohólicos y drogadictos. Me pareció que era como «volver a casa», y aproveché la oportunidad. Cuando la clínica estuvo operativa, a menudo salía de mi despacho para trabajar directamente con los pacientes. Los alcohólicos que acudían a nuestra clínica reflejaban tanto la historia de mi padre como la mía. Intentaban evitar que sus vidas se hundieran bajo sus pies.
Empecé a entender realmente el alcoholismo y la adicción a las drogas cuando oí las voces de esas personas y escuché sus dolorosas historias. Lo que aprendí fue que lo que estábamos haciendo (ofrecer asesoramiento y grupos de apoyo, y rogarles a los pacientes que optaran por la abstinencia) no funcionaba especialmente bien. Incluso el «buen» tratamiento dirigido por profesionales sensibles, atentos y capacitados no ayudaba mucho. Nuestros pacientes seguían recayendo a pesar de sus mejores intenciones de seguir el programa. Nuestra tasa de recuperación no superaba el promedio nacional. Necesitaba saber por qué.
Cuanto más escuchaba a nuestros pacientes, más me sorprendía la desconexión que percibía entre lo que les oía decir y lo que sentía. Sabía, en lo profundo, que la adicción al alcohol no tenía que ver con la falta de fuerza de voluntad. Sabía que la bebida no era solo una salida fácil, una forma de escapar de los sentimientos desagradables. Ocurría algo más. Y estaba convencida de que si descubría la razón de esa desconexión, nuestro programa de tratamiento del alcoholismo podría tener éxito.
Al mismo tiempo, había una discrepancia preocupante entre mi trabajo en la clínica y mi propia vida. Aunque llevaba dieciocho años sin tomar alcohol, nunca había estado en ningún tipo de programa de recuperación. No veía mi consumo compulsivo de azúcar y carbohidratos como una adicción; pensaba que mi sobrepeso derivaba de lo que había vivido en la primera infancia. Y mil dietas fallidas me habían convencido de que era un ser miserable que no podía hacerlo bien. Pero como tenía éxito en el exterior, escondía mis sentimientos de desesperación y dedicaba incluso más horas al trabajo.
Sin embargo, mientras trabajaba con nuestros pacientes, comencé a sentirme sutilmente atraída por la recuperación a otro nivel. No advertía que todas mis células estaban predispuestas al alcoholismo, pero que al estar ausente el alcohol, el -ismo se manifestaba de otras maneras. En aquel entonces no le había dado un nombre a mi historia todavía, pero comencé a ver que tendría que vivir los principios que estaba enseñando. No quería limitarme a enseñar a los demás a recuperarse; también quería recuperarme yo.
Esto significaba que tenía que afrontar mi pasado. Comencé a aprender lo que significaba ser la hija de un alcohólico, lo que significaba ser codependiente y cómo el hecho de interpretar el papel de heroína –asumir la responsabilidad de las necesidades de los demás en lugar de las propias– había moldeado mi desarrollo profesional. También me di cuenta de que el hecho de no beber no había sanado las cuestiones más profundas. Que hubiese acabado estando al cargo de un centro de tratamiento del alcoholismo no había sido accidental. Por la gracia de algo mucho más grande que yo, seguí con el proceso, trabajando en mí misma mientras trabajaba con los hombres y las mujeres que venían a la clínica. Y ello dio forma a mi propio proceso de desarrollo.
Cómo descubrí el poder curativo de la alimentación
Los doce pasos que se originaron en Alcohólicos Anónimos ponían énfasis en la rendición a un «poder superior». La idea de rendirme a un poder superior no funcionó en mi caso, pero rendirme a algo «más profundo» sí. Entregué mi vida a ese algo más profundo y pedí ayuda a partir de mi propia comprensión de lo divino.
Un día, de una forma que me pareció casual en ese momento, oí de boca de una amiga que había estado siguiendo un plan alimentario que le había ido muy bien. Lo probé. Empecé a perder peso, lo cual me sorprendió y me gustó. Pero aún más sorprendente fue lo que sucedió con mis antojos, mi estado de ánimo y mi comportamiento. Dejé de ansiar el dulce. Mis altibajos emocionales cesaron. Ya no me sentía confundida o espesa en ciertos momentos del día. Pasé a ser capaz de pensar con claridad. Lograba acabar lo que empezaba. Me ponía metas y avanzaba hacia ellas sin luchar constantemente por mantenerme enfocada.
Como había hecho tanto trabajo interior, sabía que los cambios que estaba experimentando no eran psicológicos. Eran fisiológicos. No había recuperado el control sin más. Había sucedido algo en mi cerebro y en el resto de mi cuerpo, y sentí como si hubiese encontrado la conexión perdida que había estado buscando. Había cambiado mi forma de alimentarme –ingería más proteínas y menos azúcares y almidones (de hecho, tomaba más alimentos que antes) y comía a intervalos regulares– y la consecuencia fue que experimenté un gran cambio en mi bienestar físico y emocional. Comencé a preguntarme si, siendo hija de un alcohólico, había heredado la química corporal de un alcohólico. Quizá los alcohólicos y los adictos al azúcar como yo eran hipersensibles al azúcar. Quizá mi cuerpo ansiaba fisiológicamente el azúcar de la misma manera que el cuerpo de mi padre había ansiado fisiológicamente el alcohol. En caso de ser así, razoné, ¿no sería esto también aplicable a mis pacientes alcohólicos y adictos?
Me dirigí a ellos. Al preguntarles a esos hombres y esas mujeres qué tipo de alimentos comían, sus respuestas no me sorprendieron. Los hábitos alimentarios de mis pacientes se parecían mucho a mis patrones alimentarios anteriores. ¡No es extraño que sintiera un vínculo tan grande con ellos! Casi ninguno desayunaba; pocos tomaban comidas regulares; la mayoría ingerían un porcentaje muy alto de pan blanco, pasta y cereales, y todos comían una gran cantidad de dulces. Cada vez que hablaba con pacientes que no habían podido mantenerse sobrios, descubría que estaban comiendo principalmente alimentos dulces.
Casi de inmediato, incorporé la conciencia nutricional como uno de los pasos hacia la recuperación en mi clínica. Elaboré un plan alimentario para las personas sensibles al azúcar, basado en proteínas, carbohidratos complejos (como el trigo integral, las patatas con piel y el arroz integral), frutas y verduras. Dicho plan alimentario era simple, fácil y asequible. Y continuamos con las otras partes del tratamiento, que incluían el trabajo de los doce pasos, el asesoramiento y la educación. Estaba segura de que el plan alimentario funcionaría. También incorporé un componente educativo, dirigido a sanar los comportamientos adictivos de mis pacientes.
Les informaba de que el plan de alimentación no era una dieta, sino una forma de comer de por vida. Les explicaba mi teoría sobre la sensibilidad al azúcar y cómo dicha sensibilidad podría estar predisponiéndolos al alcoholismo. Cuando les decía que comer azúcar podía ser que estuviese boicoteando su recuperación de la adicción al hacer que ansiaran el alcohol, prestaban atención. Después probaban el plan alimentario, y obtenían resultados notables.
Al cambiar su forma de alimentarse, la vida de los pacientes empezó a mejorar en varios aspectos. En comparación con otros que habíamos atendido en la clínica, superaban los síntomas de la abstinencia con mayor rapidez y les causaban menos molestias. Su estado de ánimo se apaciguó. Sus antojos disminuyeron. Su energía aumentó. Estaban más entusiasmados y comprometidos que nunca con su recuperación. Personas que nunca habían sido capaces de alcanzar la sobriedad comenzaron a lograr este objetivo y se mantuvieron sobrias.
Después de utilizar el plan de alimentación con varios cientos de alcohólicos y drogadictos, hombres y mujeres por igual, descubrí que estábamos consiguiendo un éxito inusual. Nuestros registros me indicaban que era hora de explicar científicamente los cambios que estaba obteniendo con mi plan alimentario. Decidí dejar el trabajo y vender la casa para comenzar a trabajar en mi doctorado.
Así averigüé por qué funcionaba el plan alimentario
Mi investigación para el doctorado me llevó a consultar revistas profesionales y libros de texto académicos sobre nutrición, endocrinología, psicofarmacología y psiquiatría, y también sobre las adicciones. Aprendí sobre el amplio abanico de efectos del azúcar en sangre y el potente impacto emocional de ciertas sustancias químicas cerebrales, que pueden desequilibrarse a causa del consumo excesivo de azúcar.
Una de estas sustancias químicas del cerebro, la serotonina, estaba adquiriendo cierta popularidad gracias a la aparición del Prozac, un antidepresivo que aumenta los niveles de serotonina y brinda sentimientos de optimismo, creatividad y tranquilidad. Para mi sorpresa, la otra sustancia química cerebral sobre la que me estaba informando, la betaendorfina, era tan crucial para el bienestar emocional como la serotonina, pero nadie hablaba de ella fuera de los círculos científicos. Mis lecturas me mostraron que la betaendorfina tiene un impacto directo en la autoestima, la tolerancia al dolor (incluido el dolor emocional), la sensación de conexión con los demás y la capacidad de asumir la responsabilidad personal de actuar. Más adelante te lo contaré todo sobre esta sustancia química cerebral tan increíble. Antes quiero relatarte el final de mi historia.
Mientras trabajaba en el doctorado, descubrí que todos los hechos bioquímicos que estaba aprendiendo coincidían con los resultados que había visto en mi centro de tratamiento, y que ello permitía narrar una historia bien escrita y convincente. Mi investigación confirmó mis sospechas y el nombre que le había dado a la historia de lo que vi: algunas personas eran realmente sensibles al azúcar, y la sensibilidad al azúcar tenía una base científica rigurosa. Me sorprendió que nadie se lo estuviera contando a la gente.
Para mi tesis doctoral, realicé un estudio con el fin de medir el efecto de mi plan alimentario con los participantes más difíciles que pude encontrar: los conductores ebrios reincidentes. Se trataba de personas, en su mayoría hombres de mediana edad, que no habían podido mantenerse sobrios a pesar de las grandes sanciones judiciales que se les habían impuesto y de la formación y el asesoramiento intensivos que habían recibido. Todos ellos habían pasado por un programa completo de cuarenta horas destinado a individuos que habían delinquido por primera vez, habían pagado miles de dólares en multas y honorarios, y ahora se les había quitado el carné de conducir durante dieciocho meses.
Trabajé con un grupo de treinta alcohólicos de estas características, «casos perdidos» aparentemente, durante cuatro meses, y al final de mi programa de tratamiento ambulatorio, que combinaba la nutrición con el tratamiento tradicional, el 92 % de ellos habían alcanzado la sobriedad y se habían mantenido sobrios. Ya no bebían. Por primera vez en su vida, a la vez permanecían sobrios y se estaban recuperando. Los encuesté dieciocho meses después, y solo unos pocos habían vuelto a beber en serio. El resto se habían mantenido sobrios o habían reducido significativamente su ingesta de alcohol en comparación con sus hábitos anteriores. Se siguieron obteniendo estos mismos resultados cuando el programa se expandió para atender a cerca de doscientas personas.
Mi éxito con la sensibilidad al azúcar fue mucho más allá de la ayuda a quienes querían dejar de beber. Al mismo tiempo que trabajaba con los conductores ebrios, mi consulta privada se llenó con varios perfiles de pacientes: mujeres y hombres con sobrepeso o que comían compulsivamente; hijos adultos de alcohólicos que se sentían cansados, perturbados y deprimidos, y exadictos y exalcohólicos que, aunque estaban curados y sobrios, todavía no se sentían bien.
Me llegaron a conocer como «la dama del último recurso». Cuando la gente lo había intentado todo y seguía encontrándose muy mal, acudía a mí. Les enseñaba cómo funcionaban sus niveles de azúcar en sangre y su química cerebral, y cómo usar mi plan alimentario. Cuando probaban dicho plan, experimentaban el mismo cambio milagroso que los conductores ebrios y yo habíamos experimentado. No es sorprendente que se corriera la voz. Cada vez más personas de todo el país me pedían ayuda. Prometí que escribiría un libro sobre la sensibilidad al azúcar y el papel determinante de la química cerebral.
Más patatas y menos Prozac es ese libro. Desde su primera publicación en 1998 se han vendido cientos de miles de ejemplares, y me han escrito personas de todo el mundo. Los mensajes son notablemente similares:
«Este libro me cambió la vida».
«Lloré cuando lo leí».
«Me vi en cada página. Parecía como si usted estuviera en mi cabeza».
La idea original que tenía mientras trabajaba con mi pequeño grupo de conductores ebrios ya la han puesto en práctica y aplaudido hombres, mujeres y niños de Australia a Londres, de Suecia a Chipre y de todos los estados de Estados Unidos.
Más patatas y menos Prozac te ofrece un programa sencillo para contrarrestar los efectos de la sensibilidad al azúcar y te muestra cómo hacer que este cambio milagroso tenga lugar en tu propia vida. Podrás hacer esto sin seguir otra dieta basada en la privación. No tendrás que tirar los alimentos que adoras. No te verás obligado a efectuar cambios radicales que te vayan a volver loco.
El programa de siete pasos que te enseñaré es un proceso suave y simple que respeta tu forma de ser y tus necesidades. Aprenderás a «leer» tu cuerpo y a diseñar un plan de alimentación que funcione para ti. Durante este proceso, te ayudaré a comprender la causa de sensaciones que nunca habías podido resolver. Llegarás a comprender lo que sabías intuitivamente pero no podías nombrar. Encontrarás la respuesta que has estado buscando. Y podrás aprovechar los treinta años de experiencia de nuestra comunidad para gozar de una recuperación alegre y efectiva.
Escribí este libro para todos los hijos de alcohólicos y para todos los hombres y mujeres que están cansados de presentar un buen aspecto mientras se sienten mal por dentro. Los destinatarios de esta obra son todos aquellos que están atrapados en la adicción, la depresión, la baja autoestima y el comportamiento compulsivo. Este libro es mi historia y es tu historia. Es la historia de todos los que hemos esperado tanto tiempo y nos hemos esforzado tanto por liberarnos de esos sentimientos y sensaciones perturbadores y de nuestros comportamientos «doctor Jekyll y el señor Hyde».
Capítulo 2
¿ERES SENSIBLE AL AZÚCAR?
A estas alturas es probable que ya te estés preguntando si tú también eres sensible al azúcar, y hasta qué punto lo eres.
Hay dos formas de determinar esto, y uso ambas con mis pacientes. Algunas personas prefieren el enfoque informal; a otras les gusta usar la lista de verificación que se incluye más adelante en este capítulo. Empecemos con el procedimiento informal. Cuando un paciente viene a verme víctima de la ingesta compulsiva, empiezo por hacerle una sencilla pregunta:
Imagina que llegas a casa y vas a la cocina. En la encimera hay un plato de galletas calientes con chispas de chocolate, recién salidas del horno. Su olor te impacta cuando entras. No tienes hambre. No hay nadie cerca. ¿Qué vas a hacer?
¿Te hace sonreír esta pregunta? Puedes pensar que la respuesta es obvia, pero las personas que no son sensibles al azúcar responden diciendo «voy a comprobar si tengo mensajes en el teléfono» o «subo las escaleras y me pongo el chándal». Algunas se detendrán y pensarán si van a comer una galleta. Otras pensarán, sin ninguna carga emocional, que podrían probar una. Quienes no son sensibles al azúcar tampoco tienen una respuesta emocional ante la idea de oler galletas con chispas de chocolate recién horneadas.
Las personas que sí son sensibles al azúcar se ríen cuando les hago la pregunta. Su cuerpo responde de inmediato a la sola idea de las galletas. Saben que devorarían una galleta; ¡probablemente más de una! De hecho, podrían comerse todo el plato, incluso sin tener hambre. En el caso del individuo sensible al azúcar, la motivación no es el hambre; lo que le suscita el deseo de comer es el olor de las galletas, la anticipación de las sensaciones que producirán en su boca y el calor y la dulzura del chocolate derretido. Incluso la sensación de tener una galleta en la mano le inspirará una asociación potente. Esas galletas significan amor y consuelo; son amigas y amantes.
Las personas que no son sensibles al azúcar piensan que esta respuesta a la pregunta de las galletas es extraña, tal vez incluso estúpida: «¿De qué demonios estás hablando? ¿Por qué iba a comer una galleta sin tener hambre?». Pero las sensibles al azúcar siempre saben perfectamente lo que significa esa pregunta.
Les he hecho esta pregunta a muchísimos grupos, y en todas las ocasiones he recibido las mismas respuestas. Mientras que una parte del grupo está esperando la frase final tras haberles preguntado si comerían una galleta, todas las personas sensibles al azúcar ya se están riendo. Su cuerpo está respondiendo a la imagen del plato lleno de galletas calientes que hay en la cocina. Haz este experimento con tus amigos y observa qué tipo de respuestas obtienes.
Esta es otra pregunta que hago, también muy potente:
Cuando eras pequeño y tomabas arroz inflado para desayunar, ¿comías el cereal por sí mismo o lo hacías para poder llegar a la leche y el azúcar que había en el fondo del tazón?
Las personas que no son sensibles al azúcar piensan que la leche y el azúcar que hay en el fondo del tazón son desagradables; en cambio, las que son sensibles al azúcar sonríen. Recuerdan que su verdadero objetivo era llegar al residuo de leche y azúcar. Conseguían su «subidón» al inclinar el tazón de cereales hacia su boca y tomar el azúcar acumulado en el fondo.
Tu respuesta a estas dos preguntas tal vez te sirva para confirmar lo que ya sabías. Algunas personas están muy apegadas a los alimentos dulces, y es posible que seas una de ellas.
Hay muchas otras formas en las que puedes obtener pistas sobre tu sensibilidad al azúcar. Puedes recordar el tamaño que tenía la bolsa para los dulces que llevabas en Halloween. Los niños que no eran sensibles al azúcar llevaban unas pequeñas calabazas de plástico de color naranja. Otros llevábamos fundas de almohada. Los dulces de los primeros duraban hasta Pascua. Nosotros habíamos terminado los nuestros en tres días.
El diagnóstico de la sensibilidad al azúcar
Si aún te preguntas cómo puedes saber con certeza si eres sensible al azúcar, echa un vistazo a los problemas centrales asociados con la sensibilidad al azúcar. Pon una marca de verificación al lado de cada una de las declaraciones siguientes que puedan aplicarse a tu caso:
p Me gustan mucho los alimentos dulces.
p Como muchos dulces.
p Me gustan mucho el pan, los cereales, las palomitas de maíz o la pasta.
p Tengo en estos momentos, o he tenido alguna vez, un problema con el alcohol o las drogas.
p Uno de mis padres, o ambos, son o eran alcohólicos.
p A uno de mis padres, o a ambos, les encantaba especialmente el azúcar.
p Tengo sobrepeso y parece que no puedo perder los kilos de más fácilmente.
p No dejo de estar deprimido haga lo que haga.
p A menudo tengo reacciones exageradas frente al estrés.
p Tengo unos arrebatos de ira que a veces me sorprenden incluso a mí.
¿Cuántas marcas de verificación has puesto? Si has puesto tres o más, estás leyendo el libro correcto. Si has marcado las diez frases, estás en buena compañía. Cada una de estas declaraciones tiene relación con un aspecto de la sensibilidad al azúcar. Analicémoslas una por una para ver qué nos revelan.
Me gustan mucho los alimentos dulces
El solo hecho de marcar como cierta esta afirmación indica sensibilidad al azúcar. Si te gustan mucho los alimentos dulces, puede ser que te susciten una respuesta fisiológica intensa. Quienes son sensibles al azúcar responden al hecho de probar y comer esta sustancia de una manera más pronunciada que las demás. Una persona «normal» disfruta de los dulces, pero puede comer media galleta y dejar el resto para mañana. Una persona «normal» no se sienta a cenar pensando en el postre. Una persona «normal» no se siente más segura y poderosa después de tomar alimentos dulces.
Como muchos dulces
Es probable que las personas sensibles al azúcar coman muchos dulces. Aunque pienses que no deberías hacerlo, puede ser que comas dulces, galletas o helados. Tal vez el postre sea la parte más importante de tu comida. Puede ser que prescindas de los alimentos dulces durante el día y que te des atracones de ellos por la noche.
O puede ser que te encanten los alimentos dulces pero elijas no comerlos. Lindsay, una paciente mía alta y esbelta, era sensible al azúcar. Puesto que estaba preocupada por las calorías y las grasas, había dejado de comer helados con chocolate caliente, barras de caramelo y los otros dulces que solía ansiar. Pero a pesar de haber erradicado el azúcar obvio de su alimentación, los alimentos dulces siguieron encontrando la manera de llegar a su boca. Comía barritas energéticas para desayunar. Dejó de beber Coca-Cola y se pasó a los zumos de fruta. También descubrió que le encantaba el zumo de zanahoria. Y tomaba un vaso de vino con la cena como premio para compensar lo mucho que echaba de menos sus alimentos llenos de calorías.
Pero todos los alimentos sustitutorios mencionados contienen altas cantidades de azúcar. La constitución bioquímica sensible al azúcar de Lindsay ansiaba esta sustancia y la llevaba a ingerirla incluso sin que supiera lo que estaba haciendo. Sus barritas energéticas y muchos de los otros alimentos «saludables» bajos en grasas que comía tenían un contenido muy alto en lo que en las etiquetas se denominaba «carbohidratos». El azúcar está presente bajo muchas formas, y las personas sensibles al azúcar las encuentran. En el capítulo diez, en el apartado «Azúcares simples», examino con cierto detalle la cuestión de los distintos tipos de azúcares presentes en los alimentos.
Me gustan mucho el pan, los cereales, las palomitas de maíz o la pasta
Es posible que tu cuerpo responda a los alimentos elaborados con harina blanca como si fueran azúcares. Tal vez te sientas bien poco después de comerlos, pero muy mal algo más tarde. Quizá te encante el pan. Es posible que los cereales sean un alimento básico para ti. Por la noche, no sería raro que te acomodases en el sofá con un gran tazón de palomitas de maíz.
Puntúa del uno al diez tu apego a cualquiera de estos alimentos. Tal vez te sorprenda descubrir que aunque no ingieras «azúcar» tienes un vínculo emocional muy potente con el pan, la pasta, los cereales o las palomitas de maíz. Matarías por conseguir pan francés. Y conoces todos los lugares en los que se vende pasta casera. No te asustes; es normal que te sientas así. Tu apego a estos alimentos solo nos indica lo fuerte que es tu bioquímica sensible al azúcar.
Tengo en estos momentos, o he tenido alguna vez, un problema con el alcohol o las drogas
Si has dado muestras de un comportamiento adictivo con el alcohol o las drogas en algún momento de tu vida, es muy probable que tengas una química corporal que responda más intensamente al alcohol o las drogas que la de otras personas. Tu apego al azúcar te predispone, desde el punto de vista bioquímico, a consumir alcohol, e incluso ciertas drogas, de forma adictiva.
Si te estás recuperando de la adicción al alcohol o las drogas, la sensibilidad al azúcar puede afectar a la forma en que te sientes. Esto explica gran parte del llamado síndrome de la borrachera seca. Las reacciones desproporcionadas y el comportamiento impulsivo pueden ser causados por lo que comes y cuándo lo comes. Muchos de los síntomas físicos y emocionales inexplicables que las personas dan por supuestos en la recuperación de la adicción, como la irritabilidad, los antojos, los cambios de humor y los trastornos del sueño, son el resultado de ser sensible al azúcar. Además, los sentimientos de baja autoestima pueden seguir presentes mucho después de que hayan dejado de estar justificados racionalmente. Por ejemplo, Christine, que dejó el alcohol hace cinco años, esperaba sentirse mucho más feliz y saludable de como se encuentra. Tiene un trabajo fantástico, que le encanta, la han ascendido tres veces en dos años y gana veinte mil dólares más al año que antes, pero aún le preocupa encontrarse en la indigencia en su vejez. El problema es que Christine dejó de beber pero no cambió su alimentación para compensar la sensibilidad al azúcar que experimentaba su cuerpo. Qué comes y cuándo comes puede hacer que te sientas muy mal o maravillosamente bien.
Uno de mis padres, o ambos, son o eran alcohólicos
Si tus padres bebían en exceso o como lo hacen los alcohólicos, es posible que hayas heredado un tipo específico de respuesta química cerebral al alcohol que hace que llores con facilidad y estés deprimido y emocionalmente abrumado (o enojado y beligerante) cuando te encuentras «bajo la influencia» del azúcar. También es posible heredar otros aspectos de la sensibilidad al azúcar. Tal vez tus padres eran sensibles al azúcar mucho antes de que comenzaran a beber. El 78 % de los conductores ebrios que participaron en el programa que dirigí señalaron que sus padres eran alcohólicos y que a sus madres les encantaban los dulces. Esta combinación de un padre alcohólico y una madre sensible al azúcar (o viceversa) incrementa al máximo la posibilidad de que nacieras con un cuerpo sensible al azúcar.
A uno de mis padres, o a ambos, les encantaba especialmente el azúcar
Las personas sensibles al azúcar a menudo crecen en hogares en los que abundan los dulces. Recuerdo nuestro ritual familiar consistente en ir a la heladería del barrio en las noches de verano. Los helados no solo creaban un recuerdo agradable sino que, además, había una carga emocional tremenda asociada a ellos. Hasta el día de hoy, el recuerdo de esas golosinas dulces, frías y cremosas evoca una respuesta potente y agradable en mi cuerpo.
Como ocurre con la pregunta sobre las galletas con chispas de chocolate, quienes no son sensibles al azúcar no responden de esta manera. Puede ser que tengan el recuerdo de infancia de haber ido a la heladería, pero el contenido emocional de dicho recuerdo es diferente. Su cuerpo no evoca la sensación del helado en la boca con la misma intensidad. Busca una persona que no sea sensible al azúcar y pregúntale qué recuerda sobre la comida de su infancia. Después pregúntale lo mismo a una persona sensible al azúcar. Te garantizo que sus respuestas serán muy diferentes.
Tengo sobrepeso y parece que no puedo perder los kilos de más fácilmente
Las personas sensibles al azúcar a menudo ansían carbohidratos. Este no es un antojo emocional sino fisiológico causado por la manera en que su química corporal reacciona de forma exagerada a los dulces y los carbohidratos. Les resulta difícil hacer dieta y, a menudo, no les sirve de nada a largo plazo. Restringir la ingesta calórica no las lleva a perder peso, como debería ser. Las personas sensibles al azúcar pueden comer ochocientas calorías al día solamente, pero si la fuente de esas calorías son los carbohidratos, seguirán engordando. Es posible que probaran a seguir una dieta baja en carbohidratos y les fuera bien al principio, pero probablemente, con el tiempo, empezaran a sentirse inquietas e incómodas. Luego «tuvieron un desliz» y volvieron a comer carbohidratos, no pudieron retomar la dieta y experimentaron un desastroso efecto rebote. Conoces bien el «síndrome del yoyó»: pierdes cinco kilos y recuperas siete; pierdes siete y recuperas nueve.
No dejo de estar deprimido haga lo que haga
Es posible que a las personas sensibles al azúcar les cueste activarse. Tal vez te sientas triste o apático a menudo. Quizá estés deprimido y te arrastres durante el día, con muy poca energía. En el caso de las mujeres, la depresión puede empeorar justo antes de la menstruación. A menudo, las personas sensibles al azúcar se sienten abatidas en invierno, porque la disminución de la luz del día afecta a sus sustancias químicas cerebrales ya alteradas. Es posible que te «automediques» contra la depresión ingiriendo alimentos dulces, ya que los dulces son una de las pocas cosas que te hacen sentir mejor, aunque sea temporalmente. O puede que estés tomando un antidepresivo como el Prozac pero que sigas teniendo síntomas de depresión. Si este es el caso, es probable que la sensibilidad al azúcar tenga que ver, en parte, con tu depresión, sin que tú ni tu médico lo sepáis.
A menudo tengo reacciones exageradas frente al estrés
Los niveles inestables del azúcar en sangre hacen que las personas sensibles al azúcar sean irritables y reactivas. Puede ser que pierdas los estribos o llores por cualquier cosa. Los sentimientos conflictivos que albergas no parecen tener sentido. Por ejemplo, mi paciente Shirley trabajaba como directiva en una agencia gubernamental. Era respetada, trabajaba muy bien y le gustaba su empleo. La mayoría de las veces era una persona estable y gozaba de claridad, pero había ocasiones en las que se abrumaba y quería sentarse a llorar cuando su jefe le daba su opinión sobre su trabajo. También la sorprendía el poder de su ira, que parecía salir a flote procedente de la nada. Como Shirley, tal vez pienses que eres una persona realmente agradable, y la mayoría de las veces lo eres. Pero en otras ocasiones pierdes totalmente el control. Estos cambios de humor pueden deberse a la sensibilidad al azúcar.
Tengo unos arrebatos de ira que a veces me sorprenden incluso a mí
Las personas sensibles al azúcar pueden sufrir episodios de ira que parecen sobrepasarlas sin ninguna razón. Tal vez te sientas como el doctor Jekyll y el señor Hyde. Tu lado oscuro permanece oculto la mayor parte del tiempo, pero las personas cercanas a ti saben que está ahí. Te enciendes por poca cosa y no puedes contenerte. La intensidad de tus emociones es especialmente aterradora porque no parece corresponderse con tu personalidad «real».
¿Están empezando a resultarte familiares estos patrones? ¿Coincide con tu experiencia el perfil del individuo sensible al azúcar? Las personas sensibles al azúcar a menudo se sienten reconfortadas cuando responden las preguntas enumeradas anteriormente. Ciertos patrones que no tenían sentido para ellas empiezan a encajar de pronto.
La sensibilidad al azúcar es una teoría, una hipótesis de trabajo, que se sostiene en tres pilares: mi propia observación de cómo responden al azúcar mis pacientes adictos o compulsivos, mi exhaustiva investigación de los sólidos estudios científicos que se han realizado sobre la sensibilidad a los carbohidratos y el papel que tienen las sustancias químicas cerebrales en el alcoholismo, la adicción y la nutrición.
Las investigaciones científicas llevadas a cabo desde la publicación original de este libro en 1998 han demostrado la fisiología de la adicción al azúcar y han apoyado, incidentalmente, mi hipótesis original de la sensibilidad al azúcar. Las historias que escuché al principio en boca de mis pacientes en California y las que cuenta ahora la comunidad Radiant Recovery ®, en la que hay gente de todo el mundo, indican que mi teoría está bien encaminada y que mi programa puede realmente ayudarte a sanar tu adicción al azúcar y tu desequilibrio bioquímico. A mediados de la década de los noventa, ponerle un nombre al problema de la sensibilidad al azúcar y ofrecer una solución era demasiado importante para esperar la aprobación de las autoridades científicas. Ahora, los hallazgos de los investigadores están confirmando la visión que tuve hace veinte años. Desde entonces, cientos de miles de personas han utilizado el programa que he creado para curar su sensibilidad al azúcar y entrar en el mundo de lo que llamamos recuperación radiante.
Antes de continuar, quiero subrayar que no hay nada «malo» en tener una bioquímica sensible al azúcar. Cuanto más puedas disipar los mensajes negativos que siempre has recibido sobre tu comportamiento, más libre serás para emprender este proceso de curación. Recuerda que hay millones de personas como tú: personas que saben que algo va mal, que bromean acerca de ser «adictas» al chocolate, pero que rara vez hablan de lo que está sucediendo realmente en su interior.
A medida que exploras el poder de tu sensibilidad al azúcar, te convendrá hacerte algunas preguntas. Intenta no juzgarte al hacer esto. Permítete aproximarte a tu «adicción» de una forma un poco humorística. Tal vez no mientas directamente cuando respondes a la pregunta de si comes dulces o cuándo los comes, pero ¿mientes por omisión? ¿Comes dulces cuando no hay nadie cerca solamente? ¿Pones la bolsa de golosinas dentro de otro recipiente para que los demás no puedan ver lo que llevas? ¿Estacionas tu automóvil en un lugar apartado para mordisquear tu dulce especial? ¿Escondes los envoltorios de dulces debajo de los otros desperdicios para que tu cónyuge no sepa lo que has comido? ¿Te comes las galletas de tus hijos y luego dices que no sabes lo que ha pasado con ellas? ¿Vas a los grandes almacenes, adquieres ingentes cantidades de dulces y te dices que has hecho una buena compra? ¿Te sabes el horario de la bombonería?
¿Es posible ser adicto al azúcar?
A estas alturas, deberías tener bastante clara la respuesta a esta pregunta. Sí, se puede ser adicto al azúcar, a los alimentos dulces y a los productos elaborados con harina blanca, a los que el cuerpo responde como si fuesen azúcar. Esta adicción es fisiológica y afecta a los mismos sistemas bioquímicos corporales que se ven afectados por drogas como la morfina y la heroína. De hecho, es posible tener un «colocón» de azúcar. Comerlo puede hacer que la persona se sienta eufórica inmediatamente después, y si no cuenta con su dosis regular, puede experimentar síntomas de abstinencia. Sí, es posible volverse fisiológicamente dependiente del efecto que los azúcares tienen en el organismo.
Ser sensible al azúcar significa que la química corporal funciona de forma diferente a la de las personas que tienen un funcionamiento químico «normal» en relación con el azúcar. Si presentas esta característica, tu corazón se alegra al ver una caja de dulces recién abierta; tus moléculas parecen prestar atención cuando hueles a chocolate. Esta sensación de que tu cuerpo presta atención no tiene que ver con la codicia; es la respuesta fisiológica natural de una persona sensible al azúcar cuyo cerebro acaba de liberar una potente sustancia química llamada betaendorfina en respuesta a cierto olor.
Cuando comes chocolate, ¿hay una parte de ti que siente un mayor grado de autoestima? Puede parecer una idea extravagante que el chocolate mejore la autoestima, pero el chocolate libera betaendorfina, y esta hace que los sentimientos de autoestima mejoren. Tu relación con los alimentos dulces se procesa en el ámbito celular; es mucho más potente de lo que pensabas.
En el pasado, nunca entendí por qué me sentía mucho mejor después de comer dulces. Sabía que era una actividad emocionalmente reconfortante, pero no tenía sentido que me sintiera tan bien después de hacer algo tan «malo». A veces me daba un atracón y empezaba a hacer conjeturas sobre lo que podía hacer con mi vida imbuida de una sensación de posibilidad. Escribía planes en mi diario, hacía listas y me sentía segura de que el mundo estaba bien. Unas horas más tarde, me venía abajo y sentía que nunca me iba a ocurrir nada bueno, que no se produciría ningún cambio y que terminaría siendo una vagabunda que no habría hecho nada en la vida.
Estaba muy confundida. ¿Cómo podía sentir cosas tan contradictorias en tan poco tiempo? Recuerdo el día que me senté en la biblioteca para trabajar en mi doctorado y leí por primera vez sobre el impacto de la betaendorfina en la autoestima. Se me erizó el pelo de la nuca. De pronto, vi la conexión: estaba comiendo chocolate como «automedicación» para obtener autoconfianza. En lugar de sentir que mi comportamiento era totalmente estúpido, comencé a ver que había sabiduría en él. Conscientemente quería sentirme mejor y más segura, e inconscientemente sabía que había una relación entre el chocolate y la confianza en uno mismo. Por supuesto, recurría al chocolate cuando me sentía abatida.
El problema es que la autoestima inducida por el azúcar no dura mucho. Y hacer que la autoestima desaparezca con tanta rapidez es una forma bastante frágil de vivir. La buena noticia es que puedes evocar la autoestima vinculada a la betaendorfina sin experimentar los efectos negativos y adictivos del chocolate. ¡No necesitas el chocolate! Necesitas una autoestima basada en una sensación interna de bienestar procedente del equilibrio bioquímico, la claridad y la sensación de estar sano. Lo que comes puede tener un gran efecto en lo que sientes. Te mostraré cómo diseñar un plan alimentario que pueda ayudarte a superar los inconvenientes del cuerpo sensible al azúcar que heredaste.
Puedes entender lo que está sucediendo en tu organismo. Saber más sobre la sensibilidad al azúcar te dará una perspectiva que hará que dejes de experimentar la carga negativa que has llevado todos estos años en relación con tu forma de alimentarte. Pasarás de pensar que tienes defectos de carácter a comprender que tienes unos niveles de azúcar en sangre muy inestables y unos niveles de betaendorfina y serotonina bajos. Comprenderás que tu cerebro y el resto de tu cuerpo tienen una reacción especialmente intensa frente a los alimentos dulces y que, en efecto, es posible que seas adicto al azúcar. Descubrirás que muchos de los comportamientos que odias de ti mismo derivan directamente de tu sensibilidad al azúcar. Y aprenderás cómo cambiar todo esto en función de lo que comes y cuándo lo comes.
La buena noticia en cuanto a la conducta de base bioquímica es que puede cambiar y que esto puede ocurrir en poco tiempo. No tienes que ir a psicoterapia durante años para obtener resultados. Puedes empezar a comprender tus comportamientos hoy mismo tan solo averiguando qué alimentos te afectan negativamente y por qué. Puedes comenzar a cambiar lo que comes y sentirte mejor ahora mismo. Puedes descubrir lo que muchos miles de personas han descubierto y me han dicho sobre la relación que han encontrado entre el hecho seguir el plan alimentario y los cambios profundos que han experimentado en su vida.
Pero ¿por qué no dejar que algunos de los que han seguido el programa te lo cuenten con sus propias palabras? A continuación se muestra una transcripción real de uno de nuestros chats en línea. Las mujeres con las que estaba chateando eran del Reino Unido, Dinamarca y Suecia. La que llevaba menos tiempo con el programa llevaba seis meses con él, y la que más, cinco años.
Kathleen Me gustaría hablar sobre cómo era «antes» y cómo han cambiado las cosas. ¿Cómo eran antes del paso 1?
Anna Marie Enojada, violenta, salvaje, fuera de control, ciclos de picos de BE [betaendorfina] todo el rato.
Marti Acidez estomacal.
Shelley Me sentía loca.
Chris Totalmente chiflada.
Shelley Ansiedad, depresión, atracones.
Diane Caídas del azúcar en sangre; de algunas no me enteraba.
Ivy Estoy demasiado cerca del «antes», así que creo que solo voy a escuchar :-)
Anna Marie Deprimida, con pensamientos suicidas, angustiada.
Heidi Oh cielos, ¿antes del paso 1? Era muy mental. Berrinches, crisis, depresión, desesperanza.
Lulu Irritable.
Nancy Cambios de humor, exhausta, abrumada, sola.
Anna Marie Límites y compartir inapropiados.
Suzanne Víctima.
Chris Malhumorada, enojada, sola.
Diane Yo también estaba loca, deprimida, exaltada, me daba atracones.
Heidi Enojada, mezquina, desagradable, malhumorada, cansada, aburrida, abrumada.
Ashley Loca, desquiciada, depresiva, desesperada, abrumada, fuera de control (una vez destrocé la cocina).
Suzanne Ningún tipo de límite.
Josie No entendía y me sentía muy culpable.
Chris Totalmente incapaz.
Mary Montaña rusa.
Diane Oh, sí, luego, mucha culpa.
Marti Totalmente codependiente pero sin conocer este concepto.
Anna Marie Me preguntaba si la señora Hyde estaba asumiendo el mando...
Josie Intentaba tener las cosas bajo control; me costaba mucho.
Shelley Engordaba muy rápido.
Suzanne Muuuuuy cansada, agotada por la noche.
Anna Marie No podía concentrarme.
Chris Sí, extremadamente somnolienta.
Shelley Sí, sin energía, demasiado cansada para cocinar :).
Diane Siempre estaba tratando de «ponerme al día» y «organizarme». En realidad todavía no lo he logrado del todo, pero me siento bien dando pequeños pasos hacia ahí ;).
Chris ¡Oh, sí!
Suzanne Atracones de dulces.
Kathleen ¿Todo lo anterior?
Nancy Sí, todo lo anterior.
Mannie Eso es, Kathleen.
Heidi Concentración cero.
Ashley Demasiado confundida para cocinar.
Ivy Todo lo anterior más agotamiento total y desesperación.
Heidi Confundida es una buena palabra, Ashley.
Anna Marie Cerebro espeso y confuso.
Shelley Sí, Heidi.
Mary Nunca tenía ganas de hacer nada.
Mannie Si hemos dicho pirada *..., me apunto.
Diane Oh, odio ese cerebro espeso y confuso :(
Suzanne Sí, Shelley, y nunca tenía comida en casa ni planes. «¿Qué pasa, cuerpo? ¿¿¿Vuelves a tener hambre???».
Kathleen ¿Y tratabais de tener un comportamiento normal?
Chris Intentaba fingir que era normal.
Lulu Yo incluso pensaba que era normal :)
Nancy Siempre fingiendo que las cosas eran normales.
Ashley Oh, para «el mundo» yo era una triunfadora, una persona segura y capaz.
Shelley Sí, trataba de poner buena cara.
Heidi Lograba actuar de manera normal, pero me daba atracones y me derrumbaba por la noche.
Diane Me preguntaba por qué todo el mundo parecía estar tan «alineado» y por qué yo no podía estarlo en absoluto.
Ivy Creo que pensaba que eso era normal y que todos los demás lidiaban mejor con ello.
Anna Marie Oh, sí, ponía cara de «estar alineada» delante de todos.
Josie Era una actitud de todo o nada: «Mañana seré diferente».
Ivy ¡Oh, sí, Josie!
Kathleen ¿Y vergüenza?
Anna Marie Oh, sí, esperando que todo mejorase por arte de magia.
Diane Sí, mucho de todo o nada... Aún estoy trabajando en eso.
Nancy Exacto, Josie: mañana, la semana que viene, el mes que viene, voy a...
Marti ¡Aún siento mucha [vergüenza]!
Suzanne Sí, mañana comenzaré mi nueva vida... ¡una vez más!
Mannie [Vergüenza] por no estar alineada... Sí.
Ashley Me avergonzaba de no poder controlar mi temperamento ni la bebida.
Ivy Esta palabra me pone los pelos de punta... Mucha vergüenza, sí.
Chris Un montón.
Shelley Una gran vergüenza.
Josie Y después mañana no lo hacía, y luego me sentía culpable, y muy débil e inútil.
Diane Sí, vergüenza, pero siempre pensé que era culpa. ¿Cuál es la diferencia?
Anna Marie Me avergonzaba ser un desastre; no podía contárselo a nadie ni pedir ayuda.
Suzanne Montones y montones de vergüenza por ser diabética y no poder dejarlo.
Kathleen De acuerdo; hablad de cómo estáis ahora.
Heidi Tranquila.
Anna Marie Genial.
Heidi Apacible.
Chris Feliz.
Shelley Tranquila.
Anna Marie Afrontando el pasado.
Mary Mucho más estable.
Kathleen Pensad en el otro lado.
Chris Contenta.
Nancy Contenta.
Diane Mucho más lúcida, paciente conmigo misma la mayor parte del tiempo.
Penny Estable y feliz, comprensiva.
Ashley Tranquila, estable.
Shelley Capaz.
Ivy Un alivio total, maravilloso.
Anna Marie Veo patrones.
Heidi Paciente.
Ashley Lúcida.
Suzanne Equilibrada.
Chris Alerta y vital.
Suzanne Paciente.
Diane Con ganas de resolver las cosas y aprender.
Heidi Contenta es mi mejor palabra. Feliz de ser quien soy y de hacer lo que hago.
Nancy Enfocada.
Ashley Alegre.
Ivy Plena.
Mary Más como desplazarme por colinas. **
Marti Con un propósito, más moderada.
Ashley Feliz.
Ivy Controlada.
Nancy Haciendo progresos.
Chris Emocionada (en el buen sentido).
Suzanne De acuerdo con Chris :)
Marti Veo el panorama más completo.
Heidi Capaz.
Ashley Sin miedo y dispuesta a aceptar lo que venga.
Penny Feliz, ecuánime.
Diane Sí, Nancy, haciendo progresos, ¡qué bueno!
Ivy Confiada.
Ivy En paz.
Marti Menos reactiva.
Heidi ¡Ecuánime es una buena palabra, Penny!
Josie Sigo sintiendo muchas de las mismas cosas, pero me percibo de otra manera.
Nancy Conectada.
Shelley Comprometida.
Penny Sé lo que me pasa; ya no soy un misterio para mí.
Mary Pongo límites.
Diane Cuando me siento apagada, puedo tomar cierta distancia e intentar averiguar por qué estoy así.
Josie Tengo esperanza.
Kathleen Cuando os encontrabais en el estado anterior, ¿imaginasteis que podíais llegar a estar como estáis ahora?
Shelley No, ni por asomo.
Chris ¡De ninguna manera!
Suzanne No, no pude imaginar esto.
Nancy No.
Ashley No. Solo me impliqué [con el programa] porque no me quedaba nada más por probar.
Anna Marie No; para mí, no.
Marti Me resulta difícil aceptar que he cambiado «de verdad»; siento como si yo misma pudiera lanzarme un maleficio que acabara con todo esto.
Chris Incluso si me lo hubieras dicho, [Kathleen,] no te habría creído :)
Ivy La velocidad del cambio me asombra. ¡Supongo que las moléculas «se apuntaron» tan rápido como pudieron!
Suzanne No sabía que lo tenía en mí.
Diane No pude imaginarlo de ninguna de las maneras; ¡ni siquiera sabía lo que era!
Penny No tenía ni idea. Pensaba que las cosas eran así.
Mary No; sabía que yo, simplemente, «era así».
Nancy Creía que podía llegar a evitar los cambios de humor y algo de eso, pero nunca soñé que encontraría la alegría, la paz, la concentración.
Estas son personas reales, como tú. No han hecho terapia ni han gastado dinero. Muchas de ellas nunca se han conocido. Pero seguir el plan alimentario ha cambiado sus vidas. Tan pronto como lo experimentes por ti mismo, lo que ha sido un misterio abrumador y quizá vergonzoso para ti se convertirá en un viaje fascinante de autoexploración.
* Loca, chiflada (N. del T.).
** Por oposición a sentir que está montada en una montaña rusa (N. del T.).
Capítulo 3
CÓMO ERAS EN TU INFANCIA
A ver si esto te resulta familiar: de niño, llorabas con facilidad. También eras perceptivo. Podías entrar en una estancia y captar al instante el mensaje que había debajo de lo que se estaba diciendo. Tal vez le preguntaste a tu madre por qué la tía Mae y el tío Fred no se querían. Quizá tu madre te dijo que te callaras, pero sabías que algo no iba bien. Tenías la capacidad de percibir los matices emocionales y las tensiones sutiles. Experimentabas el mundo de una manera distinta de como parecían percibirlo tus amigos. Era como si supieras cosas, sin más.
Tenías fama de ser una niña o un niño cariñoso. Eras diferente de tus amigos. Pensabas en cuestiones en las que ellos no reparaban nunca. Había temas que te conmovían profundamente: la música, el arte, ciertos lugares, ciertas personas, las mascotas... Tal vez te dijeron que no estaba bien sentir, por lo que aprendiste a acallar los sentimientos, o los guardaste en lo profundo y nunca tuviste la oportunidad de experimentar toda esa parte de tu vida.
Quizá te preguntabas si te dejaron caer desde el espacio exterior, o si fuiste adoptado y tus padres nunca te lo dijeron. Sentías que no encajabas en tu familia. No te «veían» ni entendían quién eras. Las críticas te resultaban muy dolorosas. También es posible que tuvieras cambios de humor impredecibles. A veces eras callado y retraído; otras veces eras hablador, como si estuvieras un poco borracho en una primera cita. Tal vez fuiste un bocazas o hiciste travesuras o cosas malas. Te hacías el valiente para ocultar el hecho de que te sentías muy sensible. Puede que te metieras en peleas o robaste. Es posible que albergaras una sensación de impotencia y oscuridad. Nunca le dijiste a nadie lo que sentías. Desde el principio, aprendiste a actuar como si todo estuviera bien. Quizá elegiste volverte invisible en tu mundo. Nadie te conocía de verdad o «entendía» quién eras.
Los adultos que formaban parte de tu mundo probablemente estaban demasiado ocupados o preocupados para notar que tu cuerpo sensible al azúcar necesitaba comer cada pocas horas. No tomabas una comida nutritiva en los momentos oportunos. Un día te hiciste un sándwich de mantequilla y le echaste azúcar. Te encantó. Te sentiste mejor. Adorabas el arroz inflado porque el azúcar que le ponías por encima se hundía hasta el fondo del cuenco y daba lugar a una sopa maravillosa. Gastabas en dulces todo el dinero que te daban. Es posible que robaras unas monedas del bolsillo de tu madre o de la cómoda de tu padre para comprar más dulces. Los helados eran tus mejores amigos, y el azúcar era tu alivio y tu consuelo.
Tu familia y el coste emocional
También es muy posible que tuvieras experiencias difíciles en tu infancia. Tal vez te criaste en un hogar en el que alguien era alcohólico y en el que predominaban la confusión y la disfunción. Es posible que crecieras en una casa en la que se vivía una desesperación silenciosa en lugar de que hubiese perturbaciones manifiestas. Aunque los temas difíciles estuviesen debajo de la superficie y no fuesen evidentes, te afectaban de cualquier modo. La combinación de tu intensa sensibilidad y la complejidad emocional de tus experiencias infantiles era desconcertante, incomprensible y, a veces, insoportable. No tenías forma de encontrarles sentido. Puede que te sintieras impotente o que una parte de ti estuviese siempre triste. Tal vez te volcaste hacia dentro o desconectaste totalmente de lo que estaba sucediendo a tu alrededor.
Cuando experimentabas algún tipo de abuso, pérdida, negligencia u otro trauma, tu pequeño cerebro lanzaba una sustancia química llamada betaendorfina. Esto amortiguaba tu dolor emocional y te aportaba cierto tipo de amnesia. Te adormecía frente a aquello sobre lo que no tenías control. Te hablaré mucho sobre la betaendorfina más adelante. El caso es que gracias a la liberación de esta sustancia en tu cerebro no solo dejabas de sentir el dolor emocional, sino que también lo olvidabas. Durante un rato. El problema era que el efecto calmante y adormecedor de la betaendorfina es temporal. Se desvanece. Y cuando desaparece, el dolor regresa, y también lo hacen los recuerdos.
De forma inconsciente aprendiste a buscar, con regularidad, recursos que desencadenasen la liberación de betaendorfina en tu cerebro, para que te ayudase a adormecer tu dolor emocional. Algunos de estos «recursos» tal vez fueron meterte en problemas, lastimarte o comer dulces; todo ello es útil para liberar betaendorfina. Es por eso por lo que el azúcar es como una droga de tipo analgésico. Comer azúcar –o comida basura–, o evitar comer, te hacía sentir mejor, literalmente. Pero solo durante un tiempo. Después el efecto desaparecía, como el de cualquier otro analgésico. Y cuando ocurría esto, no solo sentías el dolor; también experimentabas las molestas sensaciones asociadas a la remisión de los efectos físicos de la droga que es el azúcar.
Aunque eras pequeño, sentías todo esto profundamente en muchos niveles. No podías alejarte de los problemas familiares y no podías solucionarlos (debido a tu corta edad), por lo que probablemente desconectaste de tu cuerpo y tu mente y seguiste con tu vida normal. Este tipo de desconexión se llama disociación. Te adormece el dolor emocional, pero también te vuelve sensible a cualquier cosa que te ofrezca consuelo, sin que te des cuenta. Así empezaste a ser vulnerable frente a la adicción.
En tu infancia, te limitaste a seguir adelante. Hiciste lo que pudiste, esperaste crecer rápido y buscaste maneras de sentirte mejor. Luego vino la adolescencia y se añadieron oleadas hormonales a la mezcla. Los aumentos de tamaño embarazosos, los cambios corporales, el acné, las alteraciones de peso, la presión de los compañeros, la baja autoestima y mucha bravuconería agravaron las dificultades de tu infancia. Ahora estabas en un mundo que era tan complejo y abrumador que no podías entenderlo. Tampoco podías controlarlo. Experimentabas un horror y una desesperación silenciosos ante lo que estaba sucediendo.
La primera búsqueda de soluciones
Toma al adolescente sensible (el que siente profundamente, que es muy intuitivo, al que quizá llamaban mariquita * cuando era niño, que ha tenido experiencias duras, que se siente defectuoso), añádele la montaña rusa emocional provocada por la liberación de las hormonas propias de la adolescencia, y tendrás un joven que es un blanco fácil para algo, cualquier cosa, que pueda alejar los sentimientos difíciles que lo atormentan. Este o esta joven eras tú.
El hecho de no comer te hacía sentir atractivo y aceptado. Es posible que el alcohol o los juegos de ordenador, el sexo o el fingimiento hiciesen acto de presencia. Como el azúcar, hacían que tu cerebro se viese inundado por la betaendorfina. Y a causa de tu constitución bioquímica singular, provocaban en ti una respuesta contundente: el espesor cerebral desaparecía y te sentías aceptado. De repente, podías lidiar con tu vida. Te sentías normal. Los adolescentes que no son sensibles al azúcar no tienen esta reacción ante esos factores: experimentan, beben demasiado, vomitan y no vuelven a tener este comportamiento hasta que son mayores. Los adolescentes encuentran formas socialmente aceptables de sentirse bien. Cuando un cerebro sensible al azúcar experimenta una oleada de betaendorfina, la persona vive algo semejante a una experiencia espiritual. Es como si las nubes se separaran, una luz brillara y el mundo cambiara. Esto dura hasta que el efecto de la «droga» se desvanece. Luego, todos los receptores adicionales del cerebro que se han bañado en la reconfortante betaendorfina empiezan a gritar víctimas del síndrome de abstinencia. Cuando le ocurría esto al adolescente que eras, te sentías muy mal. Y, lo que es aún peor, te había quedado grabado el recuerdo de la euforia inducida por la betaendorfina. Necesitabas alivio, y recordabas lo que era sentirse maravillosamente bien. Querías volver a sentirte así. Esta combinación potente, seductora y a veces mortal continuó llamándote, y tú seguiste respondiendo. El ciclo se reproducía: tomabas más azúcar o algo de alcohol o hacías algo que te perjudicaba, se liberaba la betaendorfina, te sentías de maravilla, el efecto de la «droga» desaparecía, el nivel de betaendorfina bajaba, sentías el dolor agonizante de la abstinencia y buscabas de nuevo el estímulo de tu «droga».
Tal vez eras un gran triunfador de puertas afuera, pero por dentro se sentías como un impostor: tu baja autoestima no se correspondía con la aparente realidad de tu vida. Oscilabas entre la grandiosidad –el sentimiento de que podías conquistar el mundo– y el abatimiento y el mal humor. No sabías que estos sentimientos tremendamente cambiantes se hallaban conectados con lo que estabas consumiendo y cuándo lo estabas consumiendo.
Lo que comenzó con el azúcar cuando eras pequeño y avanzó hacia más azúcar –o alcohol, o la restricción de la ingesta alimentaria, o comportamientos compulsivos cuando eras adolescente– continuó hasta la edad adulta. La baja autoestima, provocada por los niveles bajos de betaendorfina, siguió torturándote. Aunque parecía que debías sentirte genial contigo mismo, esto no era así. Tal vez lograste el éxito profesional, tenías suficiente dinero y contabas con amor y apoyo en tu vida, pero por dentro estabas convencido de que todo iba a desaparecer en cualquier momento.
Los niveles bajos de betaendorfina te hacían sentir desconectado de las personas que te rodeaban. Aunque tu mente te dijera que tenías una pareja atenta, unos hijos obedientes, unos padres cariñosos y unos amigos afectuosos, seguías sintiéndote aislado, solo. Y solías estar deprimido. A veces sacudías la cabeza con incredulidad. «¿Cómo puede ser?», te preguntabas. No tenía sentido.
Cuando, al principio de la adultez, acudías a las sustancias o actividades que incitaban la liberación de la betaendorfina, te sentías normal. Esto te hacía percibir que podías manejarte en la vida. Te hacía sentir relajado, lúcido y concentrado. Te sentías socialmente aceptado, creativo, atento y conectado. De manera que seguiste teniendo esos comportamientos a pesar de que tuviesen consecuencias desagradables o te sintieses deprimido. Te decías que esas consecuencias indeseables no eran más que circunstancias desafortunadas, mala suerte, efectos del envejecimiento, o que la culpa la tenía el mercado, él, ella, ellos... Te sentías víctima de todo lo malo que te ocurría. Creías sinceramente que eran sucesos aleatorios. Nunca los vinculabas a los recursos a los que acudías, inconscientemente, para aumentar tu nivel de betaendorfina, por lo que seguías yendo cuesta abajo. Tu desmoronamiento había comenzado.
La adicción te había engañado. Te había dicho que te ayudaría a sentirte mejor, pero después de la seducción vino la caída. La vida te iba peor. Comenzaste a darte cuenta de esto, pero ya no podías detenerte. No solo dependías físicamente del efecto que estabas obteniendo; también dependías emocionalmente del olvido que te proporcionaba. Tus sentimientos dolorosos regresaban cuando el azúcar o los comportamientos desaparecían. Tu vida comenzó a venirse abajo.
Al principio aparecieron pequeñas rasgaduras en la tela de tu vida; los bordes se deshilacharon un poco. Un día perdiste tu empleo y no supiste por qué; te sentiste como si fueras víctima de las intrigas de oficina o del azar. Todo lo que iba mal era culpa de otra persona o de alguna circunstancia ajena a ti: perdiste tu empleo porque la empresa hizo una reducción de personal. Perdiste a tu marido porque encontró a otra mujer. Tu esposa se fue sin ninguna razón. Tu pareja se puso en contacto con otra persona. Tus hijos no venían a visitarte porque eran egoístas o estaban demasiado ocupados con su propia vida. No obtuviste el ascenso porque estaba amañado de antemano. Pensabas que las causas de tus problemas eran tu marido, tu jefe, tu madre, tus hijos, tu vida, tu estrés, tu salud... No podías entender cómo podía ser que, trabajando tan duro como lo hacías y siendo tan diligente, tu vida pareciese estar cada vez más fuera de control.
Eras incapaz de asumir la responsabilidad de lo que estaba sucediendo porque el azúcar provocaba que, literalmente, olvidases la conexión que había entre su consumo y sus consecuencias en tu vida. Todo lo que podías recordar eran los antojos. Llegado a ese punto, el impacto de tu dependencia comenzó a dirigir tu vida.
Cómo se enraizaron los patrones de tu comportamiento adictivo
El desmoronamiento siguió su curso. Los patrones de comportamiento derivados de tu sensibilidad innata al azúcar se veían potenciados por tu estilo de alimentación (o por el hecho de evitar comer).
Una característica distintiva de una bioquímica altamente sensible dirigida por el azúcar es la sensación de merecimiento y culpa. Te sientes una víctima porque crees que tienes derecho a las cosas. Te dices a ti mismo: «Me merezco ________________. Me lo deben». Tal vez pienses: «Esta empresa debería darme ________________ porque soy pobre y trabajo mucho, y ellos ganan mucho dinero». Sientes que los demás te hacen cosas desagradables. No te responsabilizas por lo que sucede a tu alrededor porque no te sientes empoderado. Te sientes una víctima, indefenso ante los acontecimientos. Culpas al mundo exterior de lo que no funciona en tu vida.
Recuerda que si naciste con un cerebro sensible al azúcar tu nivel de endorfina es bajo por defecto y que esto siempre ha sido así. Siempre te has sentido deficiente y has tenido dificultades para lidiar con el dolor. De manera que encontraste formas de compensarlo. Lo que comías, cuándo lo comías y cómo te comportabas se convirtió en una forma de lidiar con el dolor, al desencadenar la liberación de la relajante betaendorfina.
Pero volvamos a tu historia. Te encontrabas en un punto en el que necesitabas cada vez más azúcar, y tu vida se estaba viniendo abajo. Tal vez probaste cien dietas y recuperaste el peso en cada ocasión. Quizá el alcohol formaba parte de tu historia y te uniste a Alcohólicos Anónimos. Probablemente fuiste a terapia o asististe a conferencias de autoayuda. Es posible que leyeras muchísimos libros. Te esforzarte para poner en práctica lo que aprendiste. Pero el problema de ser sensible al azúcar seguía estando ahí. Aunque estabas haciendo lo que se suponía que debías hacer y estabas comprometido con tu recuperación, los problemas reaparecían. Pensabas que se debía a que no estabas trabajando lo suficiente en tu recuperación. Te dijeron que la transformación se producía «a veces rápidamente y a veces lentamente», por lo que pensaste que en tu caso debía de ser lenta. La alegría que esperabas sentir en la vida te eludía. Parecía que las cosas seguían sin estar bien. Sabías que faltaba algo. Una voz en tu cabeza susurraba: «¿Es esto todo lo que hay?».
Es posible que ahora te encuentres en este punto. A pesar de toda tu dedicación y todo tu esfuerzo, es posible que tu autoestima aún esté baja y que te sientas deprimido o ansioso a menudo. Aunque parezca que deberías sentirte genial, la mayor parte del tiempo no es así. Tal vez tengas éxito económico, una pareja amorosa, unos hijos que te quieren, unos padres cariñosos y unos amigos afectuosos. Cuentas con amor y apoyo en tu vida. Pero por dentro temes que todo pueda desaparecer. Aún te sientes algo desconectado de quienes te rodean, y en ocasiones te sientes aislado y solo. A veces sacudes la cabeza con incredulidad; te preguntas cómo es posible que estés viviendo las cosas de esta manera.
No te sientes mal contigo mismo todo el tiempo. En ocasiones estás listo para conquistar el mundo. Otras veces piensas que tu vida no tiene sentido. El hecho de tener una autoconfianza y una autoestima tan evasivas, tan impredecibles, puede ser una locura. No tiene sentido.
En tus oraciones o meditaciones, comienzas a anhelar comprensión. Algo en tu corazón se abre. Quieres más. Es un anhelo más suave que el que tenías cuando querías dejar de beber.
Creo que lo que anhelas es la forma en que eran antes las cosas, cuando estabas en la infancia y tenías esa conexión increíble con el universo, antes de que te sintieras herido y empezaras a acudir al azúcar o al alcohol, o a mostrarte irascible, para controlar el dolor. Tenías una sensibilidad apasionada e intensa hacia la vida, y experimentabas el mundo como un lugar maravilloso y alegre. Esa memoria sigue alojada en tus células. No se ha ido; todo lo que ocurre es que está tapada por tus medidas de escape y por el hecho de que tu bioquímica está desequilibrada.
Los pasos que se describen en este libro pueden devolverte lo que echas de menos. El solo hecho de no tomar azúcar, alcohol o drogas no cura el cerebro sensible al azúcar. Por eso, cuando decidiste prescindir de tus viejos analgésicos, la vida sin ellos pasó a ser horrorosa. ¿No sería maravilloso sanar la causa original que te condujo a necesitar esos analgésicos? ¿No sería increíble sanar lo que hay debajo de todo el problema?
Pues bien, he descubierto la siguiente fórmula, bastante simple, a partir de lo que he vivido en mi propia vida, de lo que he averiguado en el curso de mi investigación científica y de haber trabajado con cientos de miles de personas sensibles al azúcar:
Lo primero es curar la sensibilidad al azúcar por medio de lo que llamo hacer la comida (o, lo que es lo mismo, seguir el plan alimentario que propongo).
Lo segundo es aplicar las propias habilidades de recuperación a la tarea de alejarse de las otras adicciones presentes en la propia vida.
Lo tercero es curar la vieja herida que inconscientemente ha llevado a la persona a buscar alivio a su dolor acudiendo a ciertas sustancias o comportamientos.
* Afeminado (N. del T.).
Capítulo 4
NO ES CULPA TUYA
La dualidad «demencial» presente en tu vida que llamo síndrome del doctor Jekyll y el señor Hyde es el resultado de la sensibilidad al azúcar. Tal vez sientas que estás loco, pero no lo estás. El problema es bioquímico. No es culpa tuya. Te mostraré por qué te sientes como te sientes y cómo sanar tu bioquímica. A medida que avancemos, me iré refiriendo en más ocasiones al brillo, que es el nombre que le hemos dado al extraordinario estado que experimentarás al seguir el programa y cambiar tus hábitos alimentarios. La gente me dice que los resultados que han obtenido van más allá de lo que fueron capaces de imaginar. Además, a medida que realices estos cambios, no estarás solo. El apoyo con el que cuentas se extiende mucho más allá de este libro, y te respaldaremos en cada paso del camino.
Si eres sensible al azúcar, hay tres cosas en la química de tu cuerpo que contribuyen a tus sentimientos y sensaciones «incoherentes»:
El nivel de azúcar en sangre.
El nivel de serotonina (una sustancia química) en tu cerebro.
El nivel de betaendorfina (otra sustancia química) en tu cerebro.
Un desequilibrio en el nivel de cualquiera de estos tres elementos puede provocar cambios sorprendentes en la forma en que te sientes o en que te comportas. Y cuando es el nivel de los tres el que está desequilibrado, es casi imposible determinar cuál de ellos es el que te hace sentir tan mal. Primero los veremos uno por uno, y luego explicaré su efecto combinado para mostrarte por qué la sensibilidad al azúcar puede ser una fuerza tan destructiva en tu vida.
Es posible que ya hayas oído hablar del impacto del nivel del azúcar en sangre en el bienestar. También se ha hablado mucho de los efectos del bajo nivel de serotonina en los últimos años; los libros que se han escrito sobre el Prozac y varios libros centrados en el efecto de la comida sobre el estado de ánimo han examinado los beneficios que presenta elevar los niveles de esta sustancia.
Pero no se habla del potente papel de la betaendorfina fuera de los círculos científicos. La betaendorfina es una sustancia química cerebral vital que afecta a los sentimientos de autoestima, las ansias de azúcar, la capacidad de manejar las situaciones dolorosas y los sentimientos de esperanza (o desesperación) en relación con el futuro.
A medida que vayas leyendo acerca de cómo interactúan estos tres sistemas bioquímicos para producir cambios en tus emociones, sensaciones y comportamientos, no te preocupes por los cambios que efectuarás en tu forma de comer. El plan de alimentación que desarrollarás para contrarrestar el problema de la sensibilidad al azúcar no requiere privaciones ni renuncias. Podrás empezar con ese plan en el capítulo siete. Por ahora, limítate a mostrarte amable contigo mismo y permanece atento. La historia que te voy a contar es fascinante. Esto es lo que Carrie tiene que decir al respecto:
Cuando empecé con este programa, estaba realmente asustada. Tenía la presión arterial alta, que no podía controlar ni con medicamentos: sufría unos cambios de humor y unos ataques de rabia terribles, había padecido depresión toda la vida y tenía un edema tan fuerte que me dolían las piernas desde los dedos de los pies hasta las caderas. No podía caminar mucho y, desde los cincuenta y siete años, me aterraba la idea de tener un derrame cerebral o un ataque cardíaco antes de llegar al paso siete.
Tantos gurús de las dietas me habían prometido tantos éxitos (que nunca llegaron) que sabía que este programa no funcionaría. Pero personas que ya lo habían seguido me dijeron que sí me iba a funcionar, que debía tener fe, que se trataba de seguir los pasos uno por uno. No lo creí, pero seguí el programa de todas maneras porque me había quedado sin opciones, ya que había probado todas las dietas.
Cuestioné el hecho de comer carbohidratos y grasas. Pero las personas que estaban en nuestra comunidad en línea me dijeron que era correcto. Pregunté si funcionaría en mi caso, y me dijeron que sí. Puse reparos todos los días durante seis meses. No confiaba en este sistema porque me habían engañado muchas veces. Estaba deprimida, ansiosa y enojada. Pero seguí el programa.
Podría haberme ahorrado esa angustia. Cuando iba por el paso tres, comencé a perder el peso extra. En el paso seis, los kilos sobrantes habían desaparecido, e incluso adelgacé un poco más. Mis últimos análisis de sangre arrojaron unos resultados excelentes: pasé de que el médico me dijera que necesitaba tomar medicamentos para el colesterol a tener normales todos los niveles. Ya no tengo el edema y puedo caminar más lejos y mejor de lo que he podido hacerlo en años. No me deprimo y no experimento cambios de humor. Soy más honesta conmigo misma y con los que me rodean: puedo admitir que soy humana, lo cual está dando sus frutos, porque estoy descubriendo que soy una persona aceptable.
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