Читать книгу: «El jardín secreto»
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
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EL JARDÍN SECRETO, Nº 8 - julio 2012
Título original: The Lone Wolfe
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-0660-3
Editor responsable: Luis Pugni
Imágenes de cubierta:
Hombre: KONRADBAK/DREAMSTIME.COM
Jardín: MATTHEW COLLINGWOOD/DREAMSTIME.COM
ePub: Publidisa
LOS WOLFE
Una poderosa dinastía en la que los secretos y el escándalo nunca duermen.
La dinastía
Ocho hermanos muy ricos, pero faltos de lo único que desean: el amor de su padre. Una familia destruida por la sed de poder de un hombre.
El secreto
Perseguidos por su pasado y obligados a triunfar, los Wolfe se han dispersado por todos los rincones del planeta, pero los secretos siempre acaban por salir a la luz y el escándalo está empezando a despertar.
El poder
Los hermanos Wolfe han vuelto más fuertes que nunca, pero ocultan unos corazones duros como el granito. Se dice que incluso la más negra de las almas puede sanar con el amor puro. Sin embargo, nadie sabe aún si la dinastía logrará resurgir.
A mis compañeras escritoras de esta serie. ¡Gracias por hacer que fuera tan divertido!
Uno
La mansión Wolfe no era más que un bulto oscuro a lo lejos cuando el taxi de Mollie Parker se detuvo en la puerta de la finca.
–¿Adónde vamos ahora, señorita? –preguntó el conductor girando la cabeza–. Las puertas están cerradas.
–Eso parece –Mollie se incorporó y se puso recta. Estaba derrumbada contra las maletas, agotada por el vuelo, y se había quedado adormilada con el calor del taxi–. Qué raro, hacía años que no estaban cerradas.
Se encogió de hombros. Estaba demasiado cansada para considerar la situación. Tal vez algunos gamberros de la zona hubieran tirado piedras a las ventanas que quedaban y la policía se hubiera visto obligada a tomárselo en serio.
–No importa –le dijo Mollie al taxista sacando unos billetes de la cartera–. Puede dejarme aquí. Iré andando el resto del camino.
El conductor parecía escéptico, no había ni una sola luz en aquel lugar, pero se encogió de hombros y aceptó el dinero que Mollie le ofrecía antes de ayudarla a sacar las dos viejas maletas del taxi.
–¿Está segura, señorita? –le preguntó.
–Sí, mi casa está allí mismo –Mollie señaló el seto alto que flanqueaba las puertas–. No se preocupe, podría encontrar el camino con los ojos cerrados.
Había recorrido la distancia entre la casita del jardinero y la mansión muchas veces cuando Annabelle vivía allí. Su amiga apenas salía de la finca, y Mollie, la hija del jardinero, había sido uno de sus pocos contactos con el mundo.
Pero hacía ya mucho tiempo que Annabelle se había ido, igual que el resto de sus hermanos. Jacob, el mayor de todos, había iniciado el éxodo cuando le dio la espalda a su familia a los dieciocho años. Dejó la casa familiar y esta empezó a venirse abajo lentamente, sin pensar en quién podría envejecer con ella.
Mollie apartó de sí aquellos pensamientos. Pensaba así solo por el cansancio; el vuelo de Roma se había retrasado varias horas. Pero cuando el taxi se marchó y se quedó sola en la oscuridad, sin siquiera la luz de la luna para iluminar su camino, se dio cuenta de que no era solo la fatiga lo que le estaba despertando antiguos recuerdos y viejos sentimientos.
Tras seis meses viajando por Europa, seis meses que había reservado egoístamente para sí misma y su propio placer, volver a casa le resultaba duro. Nadie más que ella vivía en la mansión Wolfe desde hacía mucho tiempo.
Pero no se quedaría mucho, se dijo con determinación. Recogería las últimas cosas de su padre y encontraría un lugar en el pueblo o tal vez en la aldea más cercana. Algún lugar pequeño, limpio y alegre sin recuerdos ni remordimientos. Pensó en el cuaderno que llevaba en la maleta, en el que estaban todas sus ideas de paisajismo, una vida de energía y pensamientos que solo esperaba que le dieran alas. Y ella se las daría pronto.
Se estiró la bonita chaqueta que se había comprado en Roma y se recolocó los ajustados vaqueros que no estaba acostumbrada a llevar. Las botas italianas de piel, que le llegaban a la altura de la rodilla, todavía le resultaban extrañas. Ella solía llevar botas de agua. La ropa, igual que el cuaderno de ideas, formaba parte de su nueva vida. De su nuevo yo.
Sonriendo con decisión, Mollie arrastró las maletas hacia el alto muro de piedra que separaba la mansión del resto del mundo. El alto seto se encontraba con el muro en el ángulo adecuado, y aunque era denso espinoso, Mollie conocía cada centímetro de él. Conocía cada hectárea de la finca de los Wolfe aunque no le perteneciera. Solo había estado en la casa unas cuantas veces, era un lugar muy triste y Annabelle casi siempre prefería el calor de la casita del jardinero. Pero la tierra la conocía como la palma de la mano.
Sentía que era suya.
A mitad del seto encontró la entrada que siempre había sido su secreto. Nadie, ni siquiera los chicos del pueblo que se atrevían a acercarse hasta allí conocía aquel pequeño acceso oculto.
Se deslizó por la abertura del seto y se dirigió hacia la casa.
La casita del jardinero estaba oculta tras otro seto alto, de modo que quedaba completamente separada de la casa principal. El pequeño jardín que la rodeaba estaba sumido en la oscuridad, pero Mollie se preguntó cuánto habría crecido la maleza. Se había marchado a mitad del invierno, cuando todo estaba baldío y recubierto de un barro helado, pero a juzgar por la fragancia de las rosas que perfumaban el aire supo que su jardín, el jardín de su padre, había vuelto a la vida una vez más.
Se le formó un nudo en la garganta. Incluso en la oscuridad podía imaginar a su padre inclinado sobre sus adoradas rosas con la azadilla en la mano y la mirada perdida. El mundo había cambiado y había seguido adelante, y Henry Parker se había quedado en los decrépitos confines de su propia mente hasta el final, que se había producido siete meses atrás.
Mollie tragó saliva y buscó la llave. Tenía que empezar de nuevo, se dijo. Nuevos planes y una nueva vida.
Su casa olía por dentro a humedad y a cerrado. Era el olor de la soledad. Tendría que haberle pedido a alguien del pueblo que abriera las ventanas, pensó con un suspiro. Pero la comunicación con los demás le había resultado difícil. Buscó el interruptor y encendió.
No ocurrió nada.
Mollie parpadeó en la oscuridad, preguntándose si la bombilla se habría fundido. ¿Se habría dejado las luces encendidas seis meses por accidente? Pero al ajustar la mirada a la oscuridad se dio cuenta de que no había señal de electricidad en la cabaña. El reloj del horno estaba apagado, la nevera no emitía su familiar sonido. Todo estaba en silencio y a oscuras.
Habían cortado la luz.
Mollie gimió en voz alta. ¿Se habría olvidado de pagar la factura? Debía ser eso, aunque había pagado por adelantado antes de salir de viaje. Tal vez hubiera habido algún problema burocrático que la había dejado en la oscuridad, cuando lo único que quería hacer era tomarse una taza de té y meterse en la cama.
Suspiró, apartó las maletas de la puerta y fue en busca de la linterna que guardaba en la vieja cómoda de pino. La encontró fácilmente y la encendió, suspirando agradecida cuando un estrecho haz de luz iluminó la oscuridad.
Pero su suspiro terminó en tristeza cuando enfocó con la linterna por la casa. Todo estaba como debía: la mesa arrimada a una esquina, el sofá usado, la vieja nevera… Las botas de su padre seguían en la entrada y llenas de barro. La visión le resultó familiar y querida, y sin embargo…
Todo estaba en silencio. Vacío. En aquel momento fue consciente de lo sola que estaba. Sola en la finca Wolfe, con la casa principal vacía a escasos cien metros de allí. Estaba sola en el mundo, como la huérfana que era.
Jacob Wolfe no podía dormir. Una vez más. Estaba acostumbrado, recibía de buena gana el insomnio porque al menos era mejor que soñar.
Los sueños eran de las pocas cosas que no podía controlar. Aparecían sin previo aviso, se colaban en su cabeza y se la envenenaban de recuerdos. Al menos cuando estaba despierto tenía autoridad sobre su mente.
Salió del dormitorio y de la mansión. No quería deambular por las habitaciones que encerraban tanto dolor. No, se corrigió negándose a evitar la verdad. No era que no quisiera, sencillamente no podía. Vivir en la mansión Wolfe durante los últimos seis meses, mientras supervisaba la reforma y la venta, había sido una dura prueba.
Y ahora, mientras el sueño le esquivaba y los recuerdos amenazaban con apoderarse de él una vez más, le dio miedo estar fallando.
Pasó por delante de las habitaciones de sus hermanos, vacías y abandonadas, y se forzó a descender por la escalera de caracol que era una de las joyas de la mansión Wolfe. Pasó por delante del estudio en el que diecinueve años atrás había tomado la decisión de abandonar la casa, abandonar a su familia, abandonarse a sí mismo.
Pero no se podía huir de uno mismo.
Fuera el aire de la noche era fresco, y dio un par de bocanadas mientras buscaba la linterna que tenía en el bolsillo del pantalón. Los recuerdos de la mansión todavía resonaban en su cabeza.
«Aquí es donde mi hermano lloraba hasta que se dormía. Aquí es donde estuve a punto de pegar a mi hermana. Aquí es donde maté a mi padre».
–Basta –dijo Jacob en voz alta.
Era una advertencia a sí mismo. En los últimos diecinueve años, desde su marcha de la mansión Wolfe, había aprendido a controlar tanto su cuerpo como su cerebro. El cuerpo había sido mucho más fácil. Una prueba de fuerza física fácil comparada con la mente. El control sobre la mente, con sus susurros seductores y sus burlas crueles, era difícil y tortuoso sobre todo allí, donde sus viejos demonios y su viejo yo se alzaban para gritarle que se escapara una vez más.
Los sueños eran lo peor, porque dormido era vulnerable. Durante años había mantenido la vieja pesadilla a raya y había cesado prácticamente de dolerle. Pero desde su regreso a la mansión Wolfe, la pesadilla había vuelto con más fuerza que nunca. Jacob encendió la linterna y empezó a andar.
Ahora conocía la mayor parte del jardín, porque había tomado por costumbre caminar por él de noche. Dudaba que hubiera cubierto hasta el último tramo de la inmensa finca Wolfe, pero los cuidados caminos, que ahora estaban desatendidos, lo calmaban. El sencillo orden de las flores, los arbustos y los árboles lo calmaba.
Caminó. El aire le refrescó la piel caliente y dejó la mente en blanco durante al menos unos instantes. No pensó en nada.
«¿Reformar la mansión para venderla? Estas huyendo otra vez».
El duro reproche de su hermano Jack resonó en su interior. Jack seguía enfadado con él, así que Jacob lo esperaba. Lo entendía. Había visto las expresiones de dolor y decepción en los ojos de todos sus hermanos en las ocasiones en que se habían reunido, aunque lo hubieran perdonado. Se había reconciliado con todos excepto con Jack y, aunque se había preparado para aceptar el daño que había provocado, no se había dado cuenta de cuánto le iba a doler.
El arrepentimiento y la culpa que había apartado lejos de sí habían resurgido y amenazaban con consumirlo, hasta tal punto que no podía pensar en nada ni sentir nada más. Había abandonado a sus hermanos, y aunque había aceptado aquel hecho tiempo atrás, el dolor y la confusión de sus rostros hizo que sintiera de nuevo la vieja culpabilidad.
¿Dónde estaba su preciado control? Jacob se detuvo porque captó algo por el rabillo del ojo. Se le agudizó el instinto y giró la cabeza.
Luz. Una luz se filtraba por los árboles, bailando entre las sombras. ¿Habrían vuelto a entrar los adolescentes gamberros y habrían encendido una hoguera en el bosque? El fuego podría descontrolarse fácilmente.
Se dirigió con paso firme hacia el bosquecillo de abedules que separaba el jardín, antaño cultivado, de la zona silvestre. Se detuvo sobre sus pasos cuando salió de entre los árboles y apareció en otro jardín, más pequeño, que no conocía. En el centro había una casita de piedra con una torre en miniatura. El fuego ardía en el interior e iluminaba las ventanas con su centelleante luz.
Jacob no recordaba la existencia de aquella edificación, pero no le cabía duda de que estaba dentro de su propiedad. Igual que el intruso que se encontraba dentro. El sueño del que acababa de escapar todavía permanecía en los extremos de su mente, y alimentó la furia que le hizo dirigirse hacia la casa.
Se detuvo frente a la puerta de doble hoja y la abrió con una fuerte y efectiva patada.
Escuchó primero el grito, un grito corto y controlado. Parpadeó en la penumbra del salón y ajustó lentamente la vista. Había una mujer frente a la chimenea, inclinada mientras se ocupaba del fuego. La luz de las llamas danzaba sobre su pelo, que había adquirido el mismo color que estas.
La mujer se incorporó sosteniendo un tronco en las manos. Un arma.
Un arma que, por supuesto, no suponía ninguna amenaza. Con casi veinte años de entrenamiento en artes marciales, Jacob sabía que podía desarmar a la intrusa en cuestión de segundos. Pero no quería hacerle daño. No volvería a hacerle daño a nadie nunca.
Deslizó la mirada sobre la mujer. No era lo que esperaba. Una melena de rizos cobrizos le caía por la espalda como una cascada salvaje, y tenía la piel muy blanca. Iba vestida con un conjunto estiloso y elegante que no parecía adecuado para la vida en el campo.
¿Qué estaba haciendo allí?
Entonces los ojos de la joven, que ya estaban abiertos de par en par por el asombro, se abrieron todavía más y dejó caer el tronco.
–¿Jacob?
Mollie no había reconocido a Jacob Wolfe cuando cruzó por su puerta como un loco salido de una película de terror. Solo gritó una vez, atajó abruptamente el chillido cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando. Jacob Wolfe, el propietario de la mansión Wolfe, había regresado. Estaba mayor, por supuesto, y más fuerte. Tenía los músculos de un hombre. A pesar de la conmoción, Mollie se fijó en el modo en que la camiseta gris y los viejos vaqueros se ajustaban a su poderoso cuerpo. Llevaba el cabello revuelto y un poco largo, y tenía la mirada fría y oscura. Sostenía una linterna en la mano y la apuntaba directamente con ella.
Era imposible. Se había marchado, tal vez estuviera muerto. Había desaparecido una tarde dejando a siete hermanos con el corazón roto. No se había sabido nada de él en casi veinte años. Y de pronto estaba allí. Allí mismo. Y mientras lo miraba fijamente, sintió una confusa mezcla de emociones: sorpresa, alivio, incluso una extraña alegría. Y de pronto experimentó una profunda punzada de ira. Había visto cómo la partida de Jacob afectó a sus hermanos; desde lejos fue testigo de su dolor. También a ella le había afectado. En los largos y solitarios años transcurridos desde que se marchó, Mollie se había preguntado si la ruina de la mansión y la ruina del jardín habrían acelerado el veloz descenso de su padre hacia la demencia. Muchas veces se había preguntado qué habría pasado si Jacob se hubiera quedado, si todos los Wolfe se hubieran quedado, si se hubiera seguido cuidando la casa y los jardines.
Pero ya era demasiado tarde. Su padre estaba muerto, todos los Wolfe se habían ido y la mansión se estaba viniendo abajo. Jacob había vuelto y Mollie no sabía si se alegraba. Al verlo allí de pie y observar su rostro frío, bello y carente de emociones sintió cómo la amargura volvía a ocupar un espacio en su corazón y su mente.
–¿Me conoces? –le preguntó él sin asomo de emoción.
Mollie dejó escapar una carcajada seca.
–Sí, te conozco. Y tú me conoces a mí, aunque está claro que no me recuerdas. Sé que soy fácil de olvidar –aquello escocía.
Había visto a los hermanos Wolfe jugar juntos, y en algún rincón de su infantil corazón se había sentido celosa. Sus vidas estaban destruidas por la infelicidad y la desesperación, ¿quién no lo sabía? Pero al menos siempre se habían tenido los unos a los otros… hasta que Jacob se marchó.
Jacob entornó los ojos y deslizó la mirada por el desordenado saloncito. Todavía estaba el equipaje al lado de la puerta, y Mollie fue consciente de todas las cosas que no había tirado antes de marcharse porque no estaba preparada para hacerlo. La pipa y la bolsa de tabaco de su padre encima de la chimenea, su abrigo colgando de la puerta. Incluso el correo de su padre estaba sobre la mesa. Publicidad, facturas y cartas que nadie contestaría nunca.
–Eres la hija del jardinero.
La indignación le subió a Mollie por la boca.
–Se llamaba Henry Parker.
Jacob la miró con sus ojos fríos y grises.
–¿Se llamaba?
–Murió hace siete meses –respondió ella con tirantez.
–Lo siento –Jacob desvió la vista hacia las maletas–. ¿Acabas de regresar?
–He estado en Italia –Mollie se dio cuenta de cómo debía sonar. Su padre moría y ella se escapaba a Italia. Pero se negó a explicarse. Jacob Wolfe podía pensar lo que quisiera.
–Entiendo. ¿Y por qué has vuelto?
No era una pregunta, más bien sonaba como una acusación.
–Porque esta es mi casa –respondió Mollie–. Lo es desde que nací. Puede que tú salieras huyendo de la mansión Wolfe, pero eso no significa que los demás hiciéramos lo mismo.
Jacob se puso tenso y se quedó muy quieto. Mollie sintió su ira latente como un escalofrío. Luego él se relajó y arqueó una ceja con expresión de desprecio.
–¿La mansión Wolfe es tu casa? –inquirió con peligrosa dulzura.
Mollie sintió la furia haciendo explosión en sus venas.
–Sí, y siempre lo ha sido –le espetó–. Pero no te preocupes –se apresuró a decirle antes de que él pudiera responder–. No voy a quedarme mucho tiempo. Solo he venido a recoger mis cosas.
Jacob se cruzó de brazos.
–Muy bien –miró a su alrededor–. Eso no debería llevarte mucho tiempo.
Mollie se quedó boquiabierta al darse cuenta de lo que estaba tratando de dar a entender.
–¿Quieres que me vaya ahora mismo?
–No soy tan despiadado como pareces pensar –aseguró Jacob con frialdad–. Puedes quedarte a pasar la noche.
Mollie tragó saliva.
–¿Y después?
–Esto es una propiedad privada.
Al mirarlo en ese momento, con aquella expresión tan distante y cruel, todo el dolor que había acumulado contra Jacob Wolfe regresó a su mente y le saltó a la boca.
–Oh, entiendo –dijo en un murmullo–. No tienes suficiente espacio en la mansión. También necesitas esta casita.
–Es una propiedad privada –repitió Jacob sin variar el tono.
–Era mi casa –le espetó ella con voz algo temblorosa–. Y la casa de mi padre. Murió en la cama que hay arriba.
Detuvo las palabras y el recuerdo porque no quería compartirlo con Jacob. No quería que le tuviera lástima. Aparte de los cuatro años que había pasado estudiando horticultura, aquel había sido su único hogar. Le dolía en el corazón que Jacob Wolfe fuera a echarla sin pensárselo dos veces, teniendo en cuenta que su padre se habría dejado hasta la vida por la familia Wolfe.
No podía protestar. Había estado años viviendo allí sin pagar alquiler, y Jacob tenía razón: era propiedad privada. Nunca había sido suya. Había crecido con aquella certeza y podría soportarlo. Tragó saliva y alzó la barbilla.
–De acuerdo. Necesito un poco de tiempo para recoger las cosas de mi padre, pero la casa es toda tuya –le dolía decirlo y actuar como si no le importara, pero hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos y sostenerle la mirada.
Solo estaba adelantando unos días sus planes, nada más.
Jacob siguió mirándola con expresión meditabunda.
–¿Tienes adónde ir?
–Voy a alquilar algo en el pueblo.
–¿Y qué vas a hacer? ¿Tienes trabajo?
Mollie se mordió el labio.
–Tengo un negocio de jardinería –admitió a regañadientes–. Pero quiero ampliarlo para que incluya paisajismo y diseño de jardines.
–¿Ah, sí? –Jacob arqueó las cejas mientras asimilaba la información. Luego asintió como si hubiera tomado una decisión–. Bueno, en ese caso tal vez podamos llegar a un acuerdo que nos beneficie mutuamente.
Mollie se lo quedó mirando sin entender a qué podía referirse.
–Si quieres quedarte en esta casa –continuó Jacob–, puedes ganarte el techo. Trabajarás para mí.
Dos
Por fin la recordaba. Los seguía, a sus hermanos y a él, cuando eran pequeños, sin dientes y con el pelo revuelto. Los espiaba desde detrás de los árboles o al otro lado de un seto. Jacob apenas había reparado en ella. Tenía siete hermanos que proteger. La hija del jardinero estaba completamente fuera de su círculo de interés.
Más recientemente había visto su imagen en las paredes de la habitación de Annabelle. Su hermana debió fotografiar a Mollie Parker cientos de veces. Y entendía la razón.
Con su piel blanca y la melena cobriza, poseía una belleza renacentista que parecía como de otro mundo, sobre todo teniendo en cuenta la forma en la que había irrumpido en su encantadora casa. Había tardado un instante en reconocer en aquella interlocutora elegantemente vestida a la joven risueña y alegre de las paredes del dormitorio de su hermana, pero luego identificó su cascada de rizos y su piel de porcelana. Era preciosa, con estilo, y no tenía ni idea de por qué estaba en su propiedad.
¿Por qué se había marchado Mollie Parker a Italia en cuanto su padre murió? ¿Por qué había vuelto? ¿Y qué iba a hacer con ella? La expresión de incertidumbre y miedo de aquellos ojos marrones lo molestaba porque no quería enfrentarse a ella. No quería lidiar con una ultrajada Mollie Parker. Tenía suficientes cosas de las que preocuparse, como reformar y vender la mansión Wolfe y tratar por todos los medios de reconstruir su fracturada familia.
Preocuparse del bienestar de una desconocida no entraba en sus planes. No necesitaba experimentar lo que aquellos ojos, orgullosos y al mismo tiempo suplicantes, provocaban en él, una sensación que se movía entre la curiosidad y la compasión, algo vivo y real. No había sentido nada así desde hacía años. Diecinueve años.
Y no quería volver a sentirlo otra vez. Pero había algo en la mirada de Mollie Parker que le llegaba al alma y, a pesar de su desconfianza e incluso de su miedo, respondió a aquella llamada silenciosa.
La ayudaría y al mismo tiempo calmaría su propia conciencia. Le había encargado el trabajo de su vida.
–¿Trabajar para ti? –repitió Mollie con incredulidad. Entonces experimentó otra punzada de ira–. Mi padre trabajó para ti durante cincuenta años, y durante los últimos quince ni siquiera recibió un sueldo.
Jacob se quedó paralizado. Mollie se dio cuenta de que le había sorprendido. Se preguntó si habría pensado en su padre alguna vez durante los últimos diecinueve años. Sin duda, en ella no.
–No estoy hablando de tu padre –aseguró él tras una breve pausa–. Eres tú la que necesitas un lugar donde quedarte, y resulta que yo necesito…
–No seré tu asistenta. Ni tu cocinera. Ni…
–Una paisajista –terminó Jacob con la misma frialdad–. Me dijiste que tienes pensado empezar un negocio de diseño de jardines, y yo necesito alguien que diseñe el paisajismo de la finca.
Mollie parpadeó.
–Eso… eso es mucho trabajo –respondió con voz débil.
Jacob se encogió de hombros con indiferencia.
–¿Y?
A Mollie le latía con fuerza el corazón. No quería perder una oportunidad tan increíble, pero la conciencia le exigía que le hiciera ver a Jacob lo absurdo de su propuesta.
–Una oferta así debería ser para un paisajista con mucha más experiencia –aseguró con voz pausada–. Es un encargo muy importante.
–Lo sé –respondió Jacob con sequedad–. Al parecer tú también lo sabes y, sin embargo, estás arrojándolo a la basura.
–¿Por qué me lo ofreces a mí? –insistió ella.
No podía imaginar por qué Jacob Wolfe, tras pasar tantos años fuera, le ofrecía un trabajo tan importante sin pedirle siquiera el currículum o referencias.
–Porque estás aquí –respondió Jacob con impaciencia–. Y yo necesito una paisajista. También necesito reformar este lugar rápidamente y no tengo tiempo para revisar innumerables currículum de jardineros.
–¿Reformar? –repitió ella–. ¿Vas a vender la mansión Wolfe?
Jacob esbozó una sonrisa que era al mismo tiempo amarga y burlona, no había nada de cálido ni de divertido en ella, ni siquiera de humano. Pero la visión de aquella expresión cruel hizo que Mollie se sintiera triste. Nadie debería sonreír así. No podía ni imaginar qué sentimientos había tras aquella sonrisa.
–Demasiado espacio para una sola persona –aseguró Jacob con voz pausada.
Mollie sintió una oleada de calor en el rostro al recordar las palabras que ella le había dicho: «No tienes suficiente espacio en la mansión». Bueno, es que estaba enfadada. Y seguía sin saber de qué iba Jacob Wolfe. ¿Le estaba haciendo un favor, sentía compasión por ella?
–Pero… –empezó a decir.
–Es tarde –la atajó él–. Y sinceramente, cuando salí a dar un paseo relajante a medianoche no tenía en mente que apareciera ningún intruso. Si tanto te preocupa tu nivel, puedes mostrarme algún esbozo inicial mañana –se giró hacia la puerta que había abierto con tan pocos reparos unos instantes antes–. En caso contrario, puedes empezar a hacer las maletas esta noche.
Mollie lo vio salir. La oscuridad se tragó su alta figura y ella se apoyó contra la chimenea. Miró el fuego que había hecho hacía un rato. Solo quedaban cenizas.
La cabeza le daba vueltas. Era demasiada información para procesar: volver a casa, ver las cosas de su padre, encontrarse con Jacob Wolfe otra vez y luego ese trabajo. El pasado y el presente habían colisionado con fuerza. Mollie suspiró pesadamente, dejó a un lado sus confusos pensamientos, cerró la puerta, agarró la linterna y se dirigió hacia la parte de arriba. No le importaba que no hubiera luz, ni agua ni comida en la nevera que no funcionaba. Había sábanas en la cama y ella estaba agotada.
Se quitó las botas de piel italianas y aquella ropa en la que nunca se había encontrado realmente cómoda y se metió en la cama. Gracias a Dios, se durmió casi al instante.
Se despertó con la brillante luz del sol de verano colándose a través de las ventanas del dormitorio. Parpadeó adormilada y al instante lo recordó todo: la casa, el trabajo, Jacob.
Volvió a recostarse sobre la almohada y cerró los ojos, pero la imagen de Jacob le bailaba delante de los párpados cerrados. Lo había encontrado mucho mayor, cansado en cierto modo. ¿Qué había estado haciendo los últimos diecinueve años? ¿Por qué había regresado ahora? ¿Necesitaría dinero? ¿Era esa la razón por la que quería vender la mansión Wolfe?
Se dijo que no debía juzgarle precipitadamente. Ya lo había arrojado bastantes acusaciones la noche anterior. Ya le había juzgado muchos años atrás, cuando ni siquiera Annabelle, que como hermana menor tenía más motivos, lo había hecho. Cuando Annabelle hablaba de su familia, algo que no solía hacer, siempre parecía dispuesta a perdonar a Jacob.
¿Habría visto Annabelle a su hermano? ¿Sabría que había vuelto? ¿Estaría alguno de los hermanos Wolfe al tanto de su regreso? Muchas preguntas y ninguna respuesta. Y Mollie sabía que en realidad no era asunto suyo. Siempre había observado a la familia Wolfe de lejos, viendo cómo Jacob y Lucas se llevaban a los más pequeños de picnic o jugaban con ellos al escondite en el inmenso jardín. Nadie se preocupó nunca de su existencia hasta que Jacob se fue y Annabelle, marcada por dentro y por fuera, se refugió en la mansión negándose a mostrar su rostro en público. Entonces Annabelle se convirtió en su amiga, porque no tenía ninguna otra. Pero el resto de los hermanos Wolfe, Jacob incluido, nunca se habían dignado a mirarla. Y nunca se habían parado a pensar en lo que significaría para ella o para su padre dejar que la mansión Wolfe se fuera deteriorando de aquel modo.
Mollie apartó de sí aquellos pensamientos y se levantó de la cama. Era momento de pensar en el futuro, no en el pasado. Jacob Wolfe quería ver algunos bocetos de paisajismo antes de que acabara el día y ella se los enseñaría. No sabía cuándo había tomado la decisión de aceptar el encargo, pero cuando se despertó por la mañana se dio cuenta de que ya había aceptado. Aquello era demasiado importante como para tirarlo por la borda en un momento de orgullo, y había algo redentor en devolverle a los jardines de la mansión Wolfe su antigua gloria. No iba a hacerlo por Jacob, ni tampoco por sí misma. Lo haría por su padre.
Se puso su antigua ropa de jardinería, vaqueros y una camisa vieja de su padre, y se recogió el pelo en un moño informal. No tenía sentido tratar de impresionar a Jacob Wolfe con su elegante ropa nueva. No parecía en absoluto impresionado la noche anterior, y el esfuerzo sería en balde teniendo en cuenta que sin agua no podía darse una ducha ni lavarse, al menos, los dientes. Armada con su cuaderno de notas y un par de lápices, Mollie se puso las botas de agua y salió.
Era uno de aquellos días frescos de principios de verano, cuando los árboles se mostraban increíblemente verdes y brillantes por la luz del sol, y las flores resplandecían con las gotas de rocío. Mollie respiró hondo y se llenó los pulmones de aire fresco y húmedo. Sintió una oleada de emociones: felicidad, nostalgia, tristeza y esperanza. Y también emoción cuando salió del pequeño jardín de la casita y se dirigió a las descuidadas hectáreas de terreno que había más allá. A lo largo de los años, cuando la condición de su padre empeoró y ya no fue capaz de atender las escasas obligaciones que tenía, Mollie se encargó de lo que pudo. Mantuvo limpio el pequeño jardín que rodeaba la cabaña para que su padre pudiera vivir en su pequeño mundo de fantasía en el que la mansión estaba habitada y los jardines brillaban en todo su esplendor. Pero lo cierto era que los jardines de la finca estaban hechos una ruina, igual que la casa.
Mollie caminaba en ese instante por un sendero de piedras rotas. Los parterres de flores, antes inmaculados, estaban ahora llenos de malas hierbas. Se dio cuenta de que los árboles necesitaban desesperadamente una poda, aunque para algunos ya era demasiado tarde. Había suficientes troncos muertos como para alimentar la chimenea de la mansión durante un año entero.
El jardín de las rosas resultó particularmente decepcionante. En el pasado era el orgullo de la finca y de su padre. Fue diseñado hacía casi quinientos años, y tenía forma octogonal. En cada esquina había una variedad diferente de rosas. Henry Parker había atendido cada uno de aquellos parterres con amor y dedicación, cuidando con gesto absorto las raras especies híbridas que florecían allí.
A Mollie se le cayó el alma a los pies al ver el estado de las hermosas plantas de su padre. Cuando se inclinó a observar una de ellas vio las inconfundibles manchas amarillas que denotaban el virus del mosaico. Una vez que un rosal contraía le infección no se podía hacer mucho, y la mayoría de los arbustos del jardín parecían infectados.
Mollie se incorporó con el corazón encogido. Cuánta pérdida. Pero todavía había atisbos de esperanza entre tanta decadencia y enfermedad. Los bordes de las acacias estaban llenos de rosas silvestres y peonías; el prado era un mar de colores por las flores silvestres, la glicinia subía por las paredes de piedra del huerto extendiendo sus florecientes capullos violetas.
Encontró un banco arrumbado bajo un arbusto de lilas en el la parte infantil del jardín. Su padre conocía todos los nombres del diseño paisajístico original y se los había enseñado. El jardín de las rosas, el jardín de los niños, el jardín de agua, el bosque de campanillas. Parecían capítulos sacados de un cuento de hadas, y a Mollie le encantaban.
Sacó su cuaderno de notas, se lo puso sobre las rodillas y trató de apuntar algunas ideas, pero lo cierto era que no sabía por dónde empezar. Lo único que su mente veía eran malas hierbas y decadencia… y el rostro preocupado de su padre al pensar en que el amo William, que hacía mucho que había muerto, se llevaría una decepción al ver que no se habían arrancado las malas hierbas de los parterres.
Tal vez diseñar el paisajismo de los jardines de la finca Wolfe fuera un trabajo que le venía demasiado grande. Tenía muy poca experiencia, y la idea de excavar bajo las queridas flores de su padre le rompía el corazón. Pero estaba claro que no podía hacerse un trabajo de remiendos. El jardín de las rosas, por ejemplo, tendría que ser completamente reemplazado.
Mollie apoyó la cabeza contra el muro de piedra, cerró los ojos y dejó que el sol le calentara el rostro. Se sentía agotada, tanto física como emocionalmente. Demasiado cansada para siquiera pensar.
No supo cuánto tiempo se quedó allí sentada con la mente en blanco y los ojos cerrados, pero cuando escuchó el tono oscuro y burlón que solo podía pertenecer a una persona abrió los ojos y se puso de pie de un salto.
–Mucho trabajo, por lo que veo.
Jacob Wolfe estaba en la entrada del jardín con las manos en los bolsillos de los pantalones. Llevaba puesto un traje gris acero, la única nota de color era la corbata cobalto. Parecía lejano y arrogante, y arqueó una ceja en gesto despectivo.
–El proceso creativo no se puede acelerar –respondió Mollie con cierta aspereza, aunque sonrió levemente.
Resultaba ridículo que Jacob la hubiera pillado dando una cabezadita. Estiró la espalda, consciente de que le salían mechones del despeinado moño y que llevaba puesta ropa vieja y desaliñada. Jacob, por su parte, tenía un aspecto elegante y atractivo.
–No me atrevería a hacer algo semejante –murmuró.
Mollie sonrió todavía más. ¿Estaban teniendo una conversación civilizada… o estaban coqueteando?
–Acabo de examinar los jardines para evaluar los daños –explicó con tono un tanto forzado. El corazón le latía demasiado deprisa.
–Entonces aceptas el trabajo.
Mollie se rió abiertamente.
–Supongo que tendría que haber dicho eso lo primero.
–No importa. Me alegra que hayas ido directamente al grano.
Jacob parecía tan solemne que Mollie volvió a utilizar un tono forzado.
–Gracias. Es una oportunidad increíble.
–De nada –miró hacia aquella parte cerrada del jardín–. Creo que nunca había estado aquí antes.
–Es el jardín de los niños –le explicó ella–. Yo siempre pensé que debería tener algún elemento infantil, algún columpio.
Jacob señaló con la cabeza la fuente que presidía el centro del espacio.
–Supongo que de ahí saca su nombre.
–Eres muy sagaz –dijo Mollie con una breve risa–. A mí me costó años llegar a esa conclusión –miró hacia la fuente con los tres querubines. Cada uno de ellos trataba de agarrar una pelota que se les había escapado. Se encontraba seca y vacía, con la pila llena de hojas secas.
–¿Venías aquí de pequeña? –le preguntó Jacob.
Ella asintió.
–Mi padre me llevaba a todas partes. Conozco estos jardines como la palma de mi mano, o al menos así era –se rió con tristeza–. Para serte sincera, hace años que no los recorro como Dios manda.
Guardó un instante de silencio y, al ver que Jacob no respondía, se aclaró la garganta y trató de cambiar de tema.
–¿Cuándo crees que venderás la mansión? –preguntó con inseguridad, porque todavía no sabía cómo sentirse respecto a la venta de la propiedad.
–A finales de verano. No puedo quedarme más tiempo.
–¿Por qué no? –no pudo evitar ser curiosa. No sabía qué había hecho Jacob con su vida. ¿Tenía trabajo? ¿Un hogar? ¿Una esposa?
Mollie no supo por qué acudió aquella idea a su cabeza y por qué le hacía sentirse, en cierto modo, incómoda. Se sacudió aquella sensación.
–Tengo obligaciones –respondió él con rotundidad. Estaba claro que no iba a decir nada más–. ¿Por qué no volvemos a la mansión? Podemos hablar de lo que necesitas para empezar a trabajar y ponernos de acuerdo con las condiciones.
–De acuerdo –accedió Mollie. Bajó la vista hacia la página en blanco del cuaderno. Si Jacob quería escuchar sus ideas, no tenía ninguna todavía.
El sol empezaba a calentar con más fuerza cuando lo siguió hacia la mansión. Sintió que empezaba a sudar por la espalda y notó con cierto resentimiento que Jacob parecía completamente inmaculado, impasible y frío como el mármol.
Nada le afectaba. Nada le conmovía. ¿Sería esa la razón por la que había sido capaz de marcharse, de dejar a sus hermanos sin mirar atrás?
¿Y su padre? Mollie sintió un escalofrío al recordarlo. Ella solo tenía ocho años, pero recordaba el acoso de la prensa, las murmuraciones en el pueblo cuando Jacob fue arrestado por el asesinato de su padre. Al final fue puesto en libertad, todo el mundo estuvo de acuerdo en que había actuado en defensa propia. Y en cualquier caso, William Wolfe había sido un hombre brutal. El pueblo entero se puso del lado de Jacob, no cabía duda de que había tratado de protegerse a sí mismo y a su hermana.
Pero al caminar detrás de él, Mollie no pudo evitar pensar: «Ha matado a un hombre».
Como si hubiera adivinado la naturaleza de sus pensamientos, Jacob se detuvo en el umbral de la casa y se dio la vuelta con una fría sonrisa.
–Soy consciente de que somos las dos únicas personas que viven en la propiedad, así que tal vez te sientas vulnerable en algún momento. Pero quiero que sepas que conmigo estás completamente a salvo.
Mollie se sonrojó ante la naturaleza de sus pensamientos. No eran dignos ni de ella ni de Jacob. Tal vez estuviera un poco enfadada con él por todos aquellos años perdidos, pero no tenía ningún miedo. De hecho, había algo casi reconfortante en la firme presencia de Jacob y se dio cuenta de que, a pesar de cómo había irrumpido en su casa la noche anterior, se sentía a salvo con él. Protegida. La idea le resultó sorprendente.
–Gracias por tranquilizarme –dijo con cierta sorna para aligerar un poco el tono de la conversación–. Pero no es necesario. Sé que estoy a salvo.
Algo cruzó por los ojos de Jacob, que apretó los labios. Tal vez se sintiera a salvo con él, pero no sabía qué pensaba ni que sentía.
Jacob asintió con la cabeza y entró.
La fachada de la mansión estaba cubierta de andamios y, una vez dentro, Mollie vio que también se estaba trabajando. El suelo estaba cubierto para protegerlo y había escaleras apoyadas en varias paredes. Los muebles estaban tapados. Escuchó a lo lejos el ritmo constante de un martillo.
–Mucho trabajo, por lo que veo –dijo repitiendo las palabras que él había pronunciado.
Fue recompensada con una brevísima sonrisa. Mollie se dio cuenta de que era la primera vez que sonreía desde que se habían visto, y el gesto provocó algo extraño en su interior, como si tuviera burbujas de gas.
Entonces Jacob se dio la vuelta y se alejó, y ella se quedó desinflada.
No quería sentirse así, no quería tener ninguna reacción efervescente hacia Jacob Wolfe. Tal vez exudara aplomo, pero aquella capacidad de control ocultaba un fondo cruel. Había abandonado a su familia y sus responsabilidades sin una sola explicación, había guardado silencio durante diecinueve años, dejando que sus hermanos pensaran lo peor. No podía permitirse sentirse atraída por él, ni por un instante, a pesar de su aspecto de príncipe de cuento, aunque con el pelo oscuro y sin sonrisa.
Cuando era adolescente tampoco sonreía mucho, al menos que ella recordara. Siempre parecía serio, preocupado, como si el peso del mundo recayera sobre sus jóvenes hombros. De todos los hermanos Wolfe, Jacob era el que siempre había ejercido mayor fascinación sobre ella. Había algo en sus ojos, en su rostro bello y serio, que le llamaba la atención de niña. Él nunca se había fijado en ella.
–Por aquí –murmuró Jacob girándose otra vez hacia ella y guiándola hacia lo que parecía ser la única estancia en la que no se estaban acometiendo reformas. El estudio de William Wolfe.
Mollie miró hacia la habitación forrada de madera de roble, con su enorme escritorio a juego y los sillones de cuero, y un recuerdo surgió en su cabeza con tanto detalle que se sintió mareada. Mareada y enferma.
Tendría unos cuatro o cinco años y su padre la había llevado allí de la mano. El despacho olía de un modo extraño, a tabaco y a alcohol. Pero, por supuesto, no reconocía aquellos olores.
Jacob debió notar que reculaba de forma involuntaria al entrar en el despacho, porque se giró hacia ella y le dijo con sonrisa burlona:
–A mí tampoco me gusta particularmente esta habitación.
–Entonces ¿por qué la utilizas? –quiso saber Mollie.
Recordó que su padre había ido allí a pedir dinero. Era un hombre orgulloso y, a pesar de su corta edad, Mollie había percibido que no le gustaba hacerlo.
«Llevo seis meses sin cobrar, señor».
William Wolfe se había mostrado impaciente y burlón. Al principio se negó, pero cuando Henry Parker insistió con la cabeza baja en señal de respeto, le lanzó varios billetes y salió a toda prisa del despacho. Sin soltarle la mano a su hija, Henry se agachó para recogerlos. Mollie vio sus lágrimas y supo que algo no iba bien. Había olvidado completamente aquel episodio hasta ese día: los olores y las imágenes, y la inquietante sensación de miedo e incertidumbre.
Miró a Jacob, que estaba examinando la habitación con aire indiferente.
–Para mí está bien –dijo finalmente.
Mollie se preguntó a qué se refería, pero decidió no insistir. Avanzó por la desteñida alfombra persa con el cuaderno apretado contra el pecho como si fuera una tímida colegiala. El recuerdo no había desaparecido completamente de su mente, y le hizo darse cuenta de lo que Jacob y sus hermanos habían debido soportar por parte de su padre. Ella solo lo había vivido durante un instante; ellos durante toda una vida. Annabelle nunca le había hablado de su padre, nunca quiso hacer mención a la noche terrible que le había dejado aquella cicatriz.
Mollie estaba empezando a darse cuenta de que había muchas cosas que no sabía.
–Toma –Jacob le tendió una hoja de papel doblada–. Creo que esto es tuyo. Me he encargado de que reconecten el agua y la luz en la casita para que puedas vivir allí el tiempo que tardes en diseñar el paisajismo.
Mollie apenas escuchó lo que le decía. Había desdoblado el papel y se había quedado boquiabierta. Era un cheque por valor de quinientas mil libras.
–¿Qué…? –la cabeza le daba vueltas.
–Es lo que se debe –explicó Jacob con brevedad–. Por tu padre. No sé qué pensarás de mí, pero no soy un ladrón.
Diez años de deuda. Mollie tragó saliva. ¿Cómo sabía Jacob lo que pensaba de él? En aquel momento ni siquiera ella lo sabía. Y estaba empezando a preguntarse si no habría juzgado mal a Jacob Wolfe durante todos aquellos años. La idea hizo que sintiera una incómoda curiosidad.
–Esto es más de lo que él habría ganado –dijo finalmente–. Mucho más.
–Son los intereses –Jacob se encogió de hombros con gesto impaciente–. Créeme, puedo permitírmelo. Y ahora, ¿hablamos del paisajismo?
Mollie se preguntó qué habría estado haciendo Jacob para que medio millón de libras le resultara una cantidad insignificante de dinero. Se sentó con rigidez en el borde de la silla que ante el escritorio. Se guardó el cheque en el bolsillo; todavía no estaba segura de si iba a cobrarlo.
–Gracias –dijo con torpeza. ¿Cómo se le agradecía a alguien la entrega de una fortuna?
Jacob parecía no darle ninguna importancia.
–Entonces… –cruzó las manos sobre el escritorio y la miró fijamente–, has mencionado que hay daños. ¿Más de los que resultan obvios a simple vista?
–Parece que un virus se ha apoderado de todos los rosales. Hay muchos árboles muertos que necesitan poda y limpieza, y por supuesto hay que reemplazar los muretes.
Jacob asintió, esperando claramente a que continuara.
–No quiero alejarme de la belleza del diseño original –afirmó ella–. El paisajismo del jardín se remonta en algunos casos a más de quinientos años. Así que quiero mantenerlo.
–Por supuesto.
–Es lo mismo que estás haciendo en la casa, ¿verdad? –quiso saber Mollie.
Se hizo una brevísima pausa.
–Por supuesto –repitió–. La casa es un monumento histórico. Lo último que querría sería modernizarla sin necesidad.
–¿Quién está supervisando la reforma?
–Yo.
–Me refiero a qué empresa. ¿Has contratado un arquitecto?
Se hizo otra brevísima pausa.
–J Design.
Mollie se reclinó, impresionada.
–Son muy buenos, ¿verdad?
Jacob sonrió levemente.
–Eso he oído.
Mollie miró a su alrededor. A pesar de que las ventanas estaban abiertas al fresco día veraniego, le pareció que todavía podía aspirar la peste a tabaco, el hedor a alcohol. Sintió algo de claustrofobia, como si la casa y los recuerdos la estuvieran aplastando. No podía ni imaginar lo que debía sentir Jacob.
–¿Cuándo tienes pensado poner la mansión a la venta?
–Lo más pronto posible –Jacob apretó los labios.
–¿No la echarás de menos? –preguntó impulsivamente–. Pasara lo que pasara aquí, este era tu hogar.
–Y ya es hora de que sea el hogar de alguien más –respondió Jacob con frialdad.
Mollie se dio cuenta de que le había presionado demasiado. Jacob se levantó esperando claramente que ella hiciera lo mismo.
–Tienes libertad absoluta para pedir todo lo que necesites para empezar con tu trabajo. Puedes enviarme las facturas.
La idea resultaba increíble. Se trataba sin duda del encargo más importante que recibiría jamás, con carta blanca para hacer lo que quisiera. Era un sueño, una fantasía hecha realidad. Pero se sentía incómoda, insegura. Y más todavía cuando miró a Jacob a los ojos. Fue como mirar en un foso profundo, pensó Mollie. Un pozo de dolor.
–Gracias –dijo finalmente–. Estás depositando mucha confianza en mí.
El rostro de Jacob se inmutó durante menos de un segundo y algo parecido a la tristeza cruzó por sus ojos oscuros. Luego su expresión volvió a ser tan imperturbable como siempre.
–Hazte merecedora de ella –respondió con brusquedad–. Puedes empezar ahora mismo.
Salió del estudio sin dejar a Mollie más opción que seguirlo.
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