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«Amigas»

Relatos de amor entre mujeres, del siglo XVIII al XX

Traducción de Eva Gallud y Gloria Fortún

Prólogo de Gloria Fortún


Primera edición: noviembre de 2020

© de la traducción de Allí y aquí; Desde mi muerte; Dos amigas; Felipa; La señorita Piell y la señorita Cueero; Lilas; Martha y su señora; Max, o el retrato; Mi aparición, y Tommy es poco sentimental: Eva Gallud

© de la traducción de Anhelo del corazón; El hombre que se creía una mujer; La esposa inexplicable; La puerta que se cerraba, y Natalie: Gloria Fortún Menor

© del prólogo: Gloria Fortún Menor

© Natalie de Alice Dunbar-Nelson (The Works of Alice Dunbar-Nelson: Volume 3, Oxford Publishing Limited, 1988). Reproduced with permission of the Licensor through PLSclear

El relato Lilas de Kate Chopin, publicado en el volumen Cuentos completos (Páginas de Espuma, 2020), ha sido incluido con el permiso de la editorial

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-121428-7-7

Depósito legal: M-26467-2020

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de «Amigas» es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

Prólogo

Mary Eleanor Wilkins Freeman

Dos amigas

Sarah Orne Jewett

Martha y su señora

Kate Chopin

Lilas

Constance Fenimore Woolson

Felipa

Alice Brown

Allí y aquí

Sui Sin Far

Anhelo del corazón

Willa Cather

Tommy es poco sentimental

Jane Barker

La esposa inexplicable

Rose Terry

Mi aparición

Gertrude Stein

La señorita Piell y la señorita Cueero

Angelina Weld Grimké

La puerta que se cerraba

Alice French

Max, o el retrato

Alice Dunbar-Nelson

Natalie

Elizabeth Stuart Phelps

Desde mi muerte

Anónima

El hombre que se creía una mujer

Prólogo

Los textos literarios están vivos. Quizá es precisamente en esta idea donde habita la magia que los convierte en arte: siempre tienen algo nuevo que decirnos. La forma de leer un mismo relato (¡y de traducirlo!) cambia a lo largo del tiempo, ya que descubrimos facetas ignoradas con anterioridad debido a que su lectura se ha realizado bajo determinados supuestos (el heterosexual, por ejemplo) o porque ni siquiera ha existido hasta hace poco más de un siglo el lenguaje para nombrar lo que latía en aquellos párrafos.

Desde los años sesenta, las académicas feministas han puesto en cuestión el canon literario pretendidamente universal, y lo han hecho escuchando sus silencios y cultivando la genealogía para sacar a la luz a las escritoras que fueron desterradas al país del olvido. Asimismo, han analizado la forma en que los escritores varones han caracterizado a sus personajes femeninos, demostrándonos con su labor que la literatura es un diálogo constante entre distintas obras y entre las obras y quienes las leen.

El acto de leer está pues atravesado por las intersecciones que nos recorren —raza, género, sexualidad, clase social— y por tanto nunca es neutral. El modo de leer desde un prisma lésbico añade la posibilidad de que entre dos mujeres haya deseo sexual, amor o pasión, se explicite en el texto o no. Estamos, no obstante, ante una categoría problemática. ¿Cómo incluimos relatos en ella cuando el sexo no es siempre evidente y a veces ni siquiera tiene lugar? Además, la identidad lésbica no debería basarse únicamente en el acto sexual, pues a veces dos mujeres pueden sentir amor o atracción la una por la otra sin que tenga por qué concretarse con una relación física, lo mismo que ocurre con la identidad heterosexual. Podríamos decir que la respuesta está en su recepción. Un texto es lésbico si quien lo lee decide leerlo como tal.

Resulta sorprendente —y al mismo tiempo no— la falta de una tradición literaria del amor entre mujeres, cuando sí que podemos hallarla en lo que respecta a las relaciones homosexuales entre hombres. Además del supuesto heterosexual bajo el que se han leído los textos de autoría femenina, no debemos olvidar el enorme esfuerzo que han hecho los críticos literarios para negar la existencia lesbiana. Uno de los casos más llamativos es el de los poemas de amor de Emily Dickinson a su cuñada Susan Gilbert, atribuidos hasta hace no mucho a distintos hombres —todavía hay quien lo mantiene, extraño empeño— a pesar de su obviedad lésbica. Si quien leía estos poemas, o piezas de ficción como las que recopilamos en este volumen, tenía la sospecha de estar ante una historia de amor entre mujeres, le resultaba muy difícil corroborarlo buscando en las biografías de sus autoras, pues su lesbianismo solía ser omitido para salvar su reputación, o más bien, para salvar la reputación de la heterosexualidad obligatoria. Las propias autoras han codificado en muchos casos sus textos para que estos pudieran pasar la censura patriarcal, seguramente con la intención de que solo fueran reconocidos por aquellas embarcadas en relaciones similares.

La historiadora estadounidense Lillian Faderman fue, con su estudio Surpassing the Love of Men, de 1981, pionera en tratar de establecer esta tradición lésbica mediante la relectura de escritoras que hasta ese momento se habían considerado heterosexuales, «muy amigas», solteronas… Las relaciones intensas entre mujeres se habían vivido sin asomo de culpa hasta su verbalización como anormales por parte de los sexólogos que desplegaron sus teorías a finales del siglo XIX. Krafft-Ebing, Havelock Ellis y compañía hicieron de estas preferencias una patología que debía curarse. La permisividad anterior a esta época (Faderman encuentra textos lésbicos explícitos de ficción anglosajona que se remontan al siglo XVII) puede deberse a que las mujeres eran consideradas asexuales, además de que las relaciones entre ellas tendían a trivializarse, siempre y cuando no amenazaran el estatus y los privilegios de los hombres de sus vidas.

La amistad entre mujeres, tan variopinta, tiene consecuencias políticas. La intimidad entre mujeres —no desear a los hombres, no necesitarlos— es aún más transgresora. Se trata de lo que la poeta e intelectual Adrienne Rich denomina continuum lesbiano: una definición más amplia y menos limitada del lesbianismo que tiene que ver con el hecho de que las emociones, afectos y deseos más fuertes de las mujeres estén dirigidos a otras mujeres. Antes del siglo XX estas afinidades se describían como las de dos almas gemelas, amigas sentimentales o matrimonios bostonianos, esto último en alusión a las damas que vivían juntas en la Nueva Inglaterra decimonónica. Esta es la amistad romántica que encontraremos en este libro.

Conscientes de que el término «lésbico» es un anacronismo en lo referente a las autoras de los siglos XVIII y XIX de este volumen, hemos optado por entrecomillar la palabra «amigas» en el título con el fin de invitar a lectoras y lectores a entrar en un juego de voluptuosidad, guiños y dobles sentidos, y así descubrir las estrategias de sus autoras a la hora de construir y de ocultar ese «amor que no se atreve a pronunciar su nombre», en palabras de Oscar Wilde. Nuestra intención no es otra que invitar, no tanto a razonar, sino a sentir que estas historias nos hablan de amor romántico entre mujeres, a descubrir una sensibilidad lésbica que en muchos casos se había pasado por alto hasta ahora. La tarea de descodificación de la literatura del amor entre mujeres no es solo una cuestión de justicia y recuperación de lo silenciado, sino que nos permite comprender dimensiones de estas obras que hasta este momento habían estado ocultas, lo cual, qué duda cabe, las enriquece.

Los relatos que componen esta recopilación son tan diversos como sus autoras. El amor entre mujeres resulta explícito en algunos, mientras que está velado en otros. Lo que reconocemos en ellos como criterios para su selección, además de su calidad literaria, es que son historias de mujeres que aman a mujeres. Nos encontraremos en estas páginas mujeres enamoradas, por supuesto, como la protagonista de Martha y su señora de Sarah Orne Jewett (1897); mujeres que comparten vida, hogar y economía, como las Dos amigas de Mary Eleanor Wilkins Freeman (1887); mujeres que lloran la pérdida de su amada, como Max, o el retrato de Alice French (1899); historias de los primeros amores de la niñez y de la adolescencia, como Felipa de Constance Fenimore Woolson (1876), Anhelo del corazón de Sui Sin Far (1912) o Natalie de Alice Dunbar-Nelson (1898); poemas en prosa que invitan a jugar y descifrar, como La señorita Piell y la señorita Cueero de Gertrude Stein (1923); sin que puedan faltar los relatos sobrenaturales como Mi aparición de Rose Terry (1858), Desde mi muerte de Elizabeth Stuart Phelps (1873) y Allí y aquí de Alice Brown (1897). La fascinación victoriana por la muerte y el espiritismo fue una buena coartada para encubrir los deseos prohibidos, qué duda cabe. Resulta imprescindible en una colección así que se expongan los desafíos a los roles de género, como en el caso de Tommy es poco sentimental de Willa Cather (1896) y El hombre que se creía una mujer (1857), publicado de forma anónima pero que hemos querido incluir a modo de declaración de intenciones, así como el subgénero de historias «de internados» y tensión sexual, que tan bien ejemplifica Lilas de Kate Chopin (1896). Está presente la incomprensión del mundo ante dos mujeres que se aman, narrativa de La esposa inexplicable de Jane Barker (1723), el cuento más antiguo de la colección. En la mayor parte de los relatos podemos encontrarnos un rechazo del papel de madre, esposa y ángel del hogar adjudicado a las mujeres. Este cuestionamiento se retrata de forma aún más devastadora en La puerta que se cerraba de Angelina Weld Grimké (1919), la historia de una mujer afroamericana que no puede soportar que su bebé llegue a un mundo donde ser negro es una sentencia de muerte. La riqueza de estos textos reside en que no tienen solo «un tema». En cada lectura de los quince cuentos podemos descubrir una nueva capa, una alusión a la clase social, a la raza, al contexto cultural o al propio amor entre mujeres, en la que no habíamos reparado previamente. Ya sean alegorías, historias góticas, narrativas realistas, románticas o sobre adolescentes que descubren su sexualidad, la complejidad de estos relatos y su belleza literaria los hacen imprescindibles, no solo para completar el famélico canon heteropatriarcal, sino para cualquier persona que desee descubrir el lado más oculto de escritoras que en muchos casos conocíamos por otras obras literarias.

Contrarrestar la supresión de la existencia lesbiana convierte la búsqueda de literatura lésbica del pasado en un proyecto político, proyecto en el que nos hemos embarcado las traductoras de este libro como un acto de memoria histórica feminista y de amor por la literatura. Ojalá logremos trasmitir en su lectura el gozo que ha supuesto el hallazgo de estos textos y su traducción, y que las protagonistas de estos quince relatos acaben siendo para quien tiene este libro entre sus manos las «amigas» que faltaban en sus estanterías.

Gloria Fortún

Mary Eleanor Wilkins Freeman

Mary Eleanor Wilkins Freeman (1852-1930) nació en Randolph, Massachusetts. De estrictos padres congregacionistas, se mudó con su familia a Vermont durante la niñez. Lectora entusiasta, comenzó escribiendo versos y cuentos para niños. En 1883, tras la muerte de sus padres, regresó a su lugar de nacimiento para vivir con amigos y aquel mismo año publicó su primer relato para adultos en un periódico de Boston. Escribió sus mejores obras mientras vivió en Randolph en las décadas de 1880 y 1890. Los relatos de Freeman, narrados de forma firme y objetiva con alguna concesión al humor y la ironía, eran hábiles retratos de personas excepcionales atrapadas en situaciones adversas, con diversas reacciones. Utilizó los escenarios y dialectos de los pueblos de Nueva Inglaterra, lo que colocó sus historias en el movimiento del color local. Publicó una docena de volúmenes de relatos cortos y otras tantas novelas.

Relato publicado en Harper’s Bazaar el 25 de junio de 1887.

Dos amigas

—Podría usted mirar de nuevo al camino, señora Dunbar, y decirme si alcanza a ver a Abby de vuelta.

—No hay rastro de ella. Es un auténtico fastidio ser corta de vista, ¿verdad, Sarah?

—Supongo que sí. No me creerá si le digo que no puedo ver a alguien por el camino y decirle quién es. Puedo advertir algo que se mueve, eso es todo, a menos que tengan algo peculiar por lo que pueda distinguirles. Siempre puedo reconocer al viejo señor Whitcomb… tiene algún tipo de problema al caminar, ya sabe; y la señora Addison White siempre lleva un parasol y por eso la reconozco. Puedo ver algo balanceándose sobre su cabeza, y por eso sé quién es.

—Qué raro que lleve siempre ese parasol, ¿verdad? La he visto con él en lo más crudo del invierno, cuando lucía el sol y hacía un frío de muerte y no había necesidad de parasol…

—Tiene que llevarlo para protegerse del sol y del viento porque tiene los ojos delicados, supongo.

—¡Vaya, no sabía yo eso!

—Abby me dijo que se lo había contado. Abby se rio en su cara un día cuando la vio con el parasol.

—¡No!

—¡Como lo oye! Se rio en su cara. Dijo que no pudo evitarlo; ya sabe que Abby se ríe con mucha facilidad. Iba la señora White navegando con el parasol izado, dijo, elegante como un violín. Ya sabe que la señora White camina siempre un poco apresurada y es bastante llamativa. Y además hacía un frío terrible, y estaba nublado, me dijo Abby. No brillaba el sol, ni tampoco llovía, y no había motivo alguno para usar un parasol, que ella supiera. La señora White fue igual de rápida, según Abby, y le contó brevemente que tenía los ojos muy delicados y tenía que llevar sombrilla siempre que estuviera en el exterior; el doctor así se lo había ordenado. A Abby aquello le causó cierta confusión. No la ve llegar, ¿verdad?

—No. No obstante, veo a alguien, pero no es ella. Es el chico de los Patch, creo. Sí, es él. ¿Qué piensas de Abby, Sarah?

—¿Que qué pienso de Abby? ¿A qué se refiere, señora Dunbar?

—Bueno, quiero decir, ¿cómo crees que está? ¿Crees que la tos sigue igual de mal que antes?

Sarah Arnold, una mujercita menuda de cincuenta años, con el cuello delgado y la espalda redondeada, los ojos azules saltones en un rostro pequeño y pálido, apretó los labios y siguió con su labor. Estaba cosiendo unas rosas rojas a un sombrero de encaje negro.

—Por lo que a mí respecta, nunca he pensado que fuese una tos muy mala, en cualquier caso —dijo al fin—. No es más que una carraspera. Su madre la tenía igual. Suena un poco dura, pero no es el tipo de tos que se lleva a nadie por delante. Yo misma toso a menudo.

Sarah tosió un poco mientras hablaba.

—La señora Vane murió de tisis, ¿no?

—¡Tisis! La mismita tisis que yo tengo. La señora Vane murió de un mal de hígado. Lo sabré yo, que vivía en la misma casa.

—Claro que debes saberlo. Solo me pareció haber oído que fue eso, nada más.

—Algunos lo llamaron tisis, pero no lo era. ¿Ve a Abby?

—No. No estás preocupada por ella, ¿verdad?

—¿Preocupada…? No. No tengo razón para preocuparme, que yo sepa. Es lo suficientemente adulta para cuidar de sí misma. Es solo que la mesa para la cena lleva puesta una hora y no sé dónde está. Solo bajó a la tienda a comprar café.

—Es una noche húmeda.

—No lo suficiente para hacerle mal, supongo, sana como está.

—Tal vez no. Es un sombrero muy bonito ese que estás cosiendo.

—Sí, creo que va a quedar bastante bien. ¡Quién lo iba a decir! No tenía mucho con qué coserlo.

—Supongo que es de Abby.

—¡Por supuesto que es de Abby! No me verá a mí salir con un sombrero como este.

—¿Por qué no? No eres mayor que Abby, Sarah.

—Mi aspecto es distinto —dijo Sarah, con una mirada que podría haber significado orgullo.

Las dos mujeres estaban sentadas en una placita junto a la casa blanca de una altura y media.

Ante la casa se extendía un pequeño jardín con dos cerezos. Después estaba el camino, más allá algunos prados lisos y verdes donde cantaban las ranas. La hierba de esos prados era de un verdor húmedo y había algunas matas de lirios azules que asomaban a lo lejos. Más allá de los prados estaba el cielo del suroeste, que parecía bajo y rojizo y despejado, por el que volaban los pájaros. Eran las siete de una tarde estival.

La señora Dunbar, alta y erguida, con un rostro sombrío y curtido con las facciones marcadas con gracia, estaba sentada con delicadeza sobre una silla de madera, más alta que la mecedora de Sarah.

—A Abby le sienta bien casi cualquier cosa —dijo ella.

—Nunca la he visto probarse nada que no le quedara bien. Hay mujeres guapas, pero no hay muchas como Abby. La mayoría de la gente depende de sus sombreros, pero ella, nunca. Azul celeste o verde hierba, da igual; todo parece haber sido hecho para ella. ¿La ve venir?

La señora Dunbar giró la cabeza y su perfil oscuro resaltó en el aire transparente.

—Alguien viene, pero creo que no… Sí, sí. Es ella.

—Ya la veo —dijo Sarah, alegre, un poco después.

—Abby Vane, ¿dónde te has metido? —gritó.

La mujer que se acercaba levantó la mirada y rio.

—¿Pensabas que me habías perdido? —dijo, subiendo el escalón de la plazuela—. Fui a casa de la señora Parson y me quedé más de lo que pretendía. Agnes estaba allí, acaba de volver a casa… y… —Comenzó a toser violentamente.

—No deberías ceder ante a ese picor de garganta, Abby —dijo Sarah con brusquedad.

—Será mejor que se meta en casa y que evite este aire húmedo —dijo la señora Dunbar.

—¡Cáscaras! ¡Ni que el aire le fuese a hacer daño! Pero quizá sea mejor que entres, Abby. Quiero probarte este sombrero. Entre usted también, señora Dunbar. Quiero que vea si cree que tiene el suficiente fondo.

—¡Ya está! —dijo Sarah, después de que las tres mujeres hubieron entrado y le hubo atado el sombrero a Abby, colocando los lazos con cuidado.

—Le queda precioso —dijo la señora Dunbar.

—¡Rosas rojas en una mujer de mi edad! —rio Abby—. Sarah quiere emperifollarme como si fuese una jovencita.

Abby se quedó de pie en la salita de estar frente al espejo. Las contraventanas estaban abiertas de par en par para dejar entrar la luz de la tarde. Abby era una mujer grande y bien formada. Levantó la cabeza con el sombrero, metió la barbilla con aire de orgullo. Las rosas rojas sobresalían lo suficiente sobre su inocente y femenina frente.

—Si tú no puedes llevar rosas rojas, no sé quién puede —dijo Sarah mirándola con dignidad y resentimiento—. Podrías llevar un vestido blanco a una reunión y tener tan buen aspecto como cualquiera de ellas.

—Oye, ¿de dónde has sacado el encaje para este sombrero? —preguntó Abby, de repente. Se lo había quitado y lo estaba examinando de cerca.

—Ah, tenía algo por ahí.

—Dime ahora mismo la verdad, Sarah Arnold. ¿No lo habrás sacado de tu vestido de seda negra?

—¿Qué importa de dónde lo haya sacado?

—Sí que importa. ¿Por qué lo has hecho?

—No merece la pena hablar de ello. No me gustaba cómo quedaba en el vestido.

—¡Pero Sarah! Esto es lo que hace siempre —le dijo Abby a la señora Dunbar—. Si no la vigilara, se quedaría sin un trapo que ponerse.

Cuando la señora Dunbar se fue, Abby se sentó en una mecedora grande tapizada y recostó la cabeza. Tenía los ojos entreabiertos y se le veían los dientes. De repente tenía un aspecto terrible.

—¿Qué te duele? —dijo Sarah.

—Nada. Solo estoy un poco cansada.

—¿Por qué te sujetas el costado?

—No es nada. Me dolía un poco, eso es todo.

—A mí me ha estado doliendo toda la tarde. Será mejor que vengas a comer algo; la mesa lleva puesta una hora y media.

Abby se levantó con resignación y siguió a Sarah hasta la cocina con débil majestuosidad. Siempre había tenido una forma regia de caminar. Si Abby Vane fuese víctima de la tisis algún día, nadie podría decir que se lo había buscado por no cumplir las normas de higiene. Habían sido muchas las millas de caminos rurales que, en su día, había atravesado con su elegante paso, los hombros bien echados hacia atrás, la cabeza erguida. Se había ocupado del huerto, había quitado las malas hierbas, escardado y cavado, había cortado leña y amontonado heno, y recogido manzanas y cerezas.

Siempre había existido una pactada y amigable división del trabajo entre ambas mujeres. Abby hacía el trabajo duro, el trabajo masculino de la casa, y Sarah, con su constitución pequeña, delgada y nerviosa, el trabajo femenino. La elaboración de vestidos y sombreros era cosa de Sarah, la cocina, la limpieza y cuidado de la casa. Abby se levantaba la primera por la mañana y encendía el fuego, bombeaba el agua y traía los cubos para el aseo. Abby también llevaba el monedero. Entre las dos tenían, literalmente, uno: una cartera de cuero negro gastado. Cuando iban a la tienda del pueblo, si Sarah hacía una compra, Abby sacaba el dinero para pagar la cuenta.

La casa pertenecía a Abby, la había heredado de su madre. Sarah tenía algunas acciones en el banco del pueblo, que cubrían los gastos de comida y ropa.

Casi toda la ropa nueva que se compraba era para Abby, aunque Sarah tenía que emplear más de un subterfugio para conseguirlo. Solo ella podría desplegar la sutilidad de una diplomacia mediante la cual esa nueva prenda de cachemir era para Abby en lugar de para ella misma, o por la que un nuevo manto se ajustaba a los hombros proporcionados y generosos de Abby en lugar de a los suyos, delgados y encorvados.

Si Abby hubiera sido una emperatriz bárbara, que cortase la cabeza de su cocinero como castigo por un error, no habría encontrado un artista más fiel e inquieto que Sarah. Todas las recetas caseras de Nueva Inglaterra que a Abby le encantaban relucían ante Sarah como si estuvieran escritas en letras de oro.

La delicadeza de la medida precisa, a través de la cual el apetito no debería ni verse empalagado por la frecuencia ni embrujado por el deseo, era una cuestión de estudio constante para ella.

—He descubierto cuántas veces exactas le gusta a Abby el pastel de carne —le dijo, triunfante, a la señora Dunbar en una ocasión—. Lo he estado estudiando. Le gusta el pastel de carne dos veces por semana para disfrutarlo realmente. Lo come en otras ocasiones, pero no lo ansía de veras. Llevo contando seis semanas y puedo decir que lo sé bastante bien.

Sarah no se había comido su propia cena esa noche, así que se sentó con Abby a la pequeña mesa cuadrada colocada contra la pared de la cocina. Abby no pudo comer mucho, aunque lo intentó. Sarah la observaba, tomando apenas un bocado ella misma. Tenía la manía de tragar de forma exagerada cada vez que Abby lo hacía, tanto si estaba comiendo como si no.

—¿No vas a tomar un poco de pastel de crema? —dijo Sarah—. ¿Por qué no? Lo he hecho expresamente.

Abby se echó a reír.

—Te diré por qué, Sarah —dijo—, tan claro como pueda: tengo tantas ganas de tomar vituallas como una funda de almohada de que la rellenen de plumas.

—¿No has comido nada esta tarde?

—Nada, salvo unas cuantas cerezas antes de salir.

—Lo suficiente para quitarte el apetito. Yo no puedo comer nada entre horas sin lamentarlo después.

—Supongo que será eso. ¿Queda alguna cereza en la casa?

—Sí, hay algunas en la alacena. ¿Quieres unas pocas?

—Yo las cojo.

Sarah se puso en pie de un salto y tomó un plato de hermosas cerezas rojas y lo colocó sobre la mesa.

—Déjame ver, estas son del árbol de Sarah —dijo Abby, meditativa—. No había ninguna en el de Abby este año.

—No —respondió Sarah.

—Es raro, ¿no crees? Siempre ha dado, desde que puedo recordar.

—No veo nada raro en ello. Se heló aquel día, la última primavera; eso es lo que le ocurre.

—¡Vaya! ¿Y el otro no?

—Este está más expuesto.

Los dos cerezos del patio delantero, redondeados y simétricos, se habían llamado Abby y Sarah desde que ambas mujeres podían recordar. El capricho surgió en algún lejano momento de la infancia, y desde entonces habían sido el árbol de Sarah y el árbol de Abby. Ambos habían dado abundante fruto hasta esta temporada, cuando el árbol de Abby comenzó a mostrar sus delgadas hojas verdes cuando ya debería estar dando frutos, y las cerezas teñían de rojo solo el árbol de Sarah. Ella misma había recogido algunas aquella tarde, subida con cuidado a una silla bajo una de las ramas, con una cestita en el brazo, metiendo su pálido e inquisitivo rostro entre las hermosas hojas de su leñoso tocayo. Abby solía recoger cerezas de una forma más vigorosa, encaramada a una escalera, pero no se había ofrecido a hacerlo esta temporada.

—No pude coger muchas… no llegaba más que a las ramas más bajas —dijo Sarah esa noche, observando a Abby comerse las cerezas—. Supongo que sería mejor que sacaras la escalera mañana. Están todas maduras y los pájaros empiezan a comérselas. Hoy espanté toda una bandada.

—Bueno, lo haré si puedo —dijo Abby.

—¡Lo harás si puedes! No hay razón por la que no vayas a poder hacerlo, ¿no?

—No, que yo sepa.

A la mañana siguiente, Abby arrastró dolorosamente la larga escalera alrededor de la casa hasta el árbol y realizó la tarea asignada. Sarah salió a la puerta para observarla en una ocasión y Abby estaba tosiendo sin parar entre las ramas verdes.

—No cedas ante ese picor de garganta, por amor de Dios, Abby —gritó.

Escuchó la risa de Abby como respuesta, como una canción valiente, desde el árbol.

En ese momento llegaba la señora Dunbar por el camino; ella vivía sola y era una visitante asidua. Se quedó bajo el árbol, alta, lacia y vigorosa con su vestido de falda recta de algodón marrón.

—¡Caramba, Abby! ¿No me dirás que estás cogiendo cerezas? —gritó—. ¿Estás loca?

—¡Shh! —susurró Abby entre las hojas.

—No veo por qué ha de estar loca —dijo Sarah—; siempre las coge.

—No me verás dejar de coger cerezas hasta que cumpla los cien —dijo Abby en voz alta—. Soy un pájaro habitual de las cerezas.

Sarah entró enseguida en la casa, y Abby se bajó de la escalera de inmediato. Estaba empapada en sudor y temblaba.

—Abby Vane, se me ha acabado la paciencia —dijo la señora Dunbar.

Abby se dejó caer sobre el suelo.

—Es la última temporada de este pájaro cerecero —dijo, con un triste guiño de ojo.

—No tiene sentido que hagas esto.

—Bueno, he cogido suficientes para un tiempo, supongo.

—Dame la otra cesta —dijo la señora Dunbar, subiéndose ella misma a la escalera—. Acércamela y vete adentro.

Abby obedeció sin más palabras. Se sentó en la mecedora de la sala de estar y recostó la cabeza. Sarah estaba mariposeando por la cocina y no entró, y ella lo agradeció.

En el curso de unos meses esta anticuada silla, con su cojín verde, albergó a Abby de la mañana a la noche. Ya no volvió a salir. Se había mantenido en pie todo lo posible. Cada domingo de verano se había sentado muy elegante junto a Sarah en la iglesia, con aquellas osadas rosas rojas sobre la cabeza. Pero cuando llegó el frío, las flechas de su enemigo eran demasiado afiladas incluso para su resistente cota de malla de amor y resolución.

El comportamiento de Sarah parecía inexplicable. Incluso ahora que Abby estaba innegablemente débil, ella la instaba constantemente a hacer sus antiguas tareas. Se negaba a admitir que estaba enferma. Se rebeló cuando llamaron al doctor: «No hay ninguna necesidad de un médico», dijo.

Las cosas siguieron así hasta mediados del invierno. Abby estaba cada vez más débil, pero Sarah parecía ignorarlo. Un día fue a casa de la señora Dunbar. Uno de los vecinos estaba cuidando a Abby. Sarah entró de repente. La puerta exterior se abría directamente al salón de la señora Dunbar y una ráfaga de aire helado entró con ella.

—¿Cómo está Abby? —preguntó la señora Dunbar.

—Igual. —Sarah se sentó erguida, con la mirada fija. Solo llevaba un chal azul pálido sobre la cabeza y lo agarraba con sus dedos huesudos y enrojecidos—. Se me ha ocurrido algo —dijo— y tengo que contárselo a alguien. Me estoy volviendo loca.

—¿Qué quieres decir?

—Abby se va a morir y a mí se me ha metido algo en la cabeza. No he sido buena con ella.

—Sarah Arnold, hazme el favor de sentarte y calmarte.

—Estoy calmada. ¿Qué voy a hacer?

La señora Dunbar obligó a Sarah a sentarse y le quitó el chal.

—No deberías pensar eso —dijo—. Has dedicado toda tu vida a Abby y todo el mundo lo sabe. Sé que cuando alguien muere somos muy proclives a sentir que no nos hemos portado bien con ellos, pero no hay por qué sentirse así.

—Sé de lo que hablo. Tengo algo terrible en la cabeza. Tengo que contárselo a alguien.

—Sarah Arnold, ¿qué es lo que estás diciendo?

—Tengo que contarlo.

Hubo una mirada confusa en el rostro delgado y fuerte de la otra mujer.

—Bueno, si tienes algo que quieras contar, puedes contarlo, pero no tengo ni idea de adónde quieres llegar.

Sarah fijó la mirada en la pared a la derecha de la señora Dunbar.

—Todo comenzó hace mucho, cuando éramos unas niñas. Sabe que me fui a vivir con Abby y su madre cuando mis padres murieron. Abby y yo siempre hemos estado juntas. ¿Se acuerda de aquel John Marshall que tenía la tienda donde está ahora la de Simmons, hace unos treinta años? Cuando Abby tenía unos veinte, empezó a cortejarla. Era un buen tipo, y supongo que era inteligente, pero nunca me gustó. Estaba loco por Abby, pero a su madre no le gustaba. Habló en su contra desde el primer momento y hacía como si no existiese. Declaró que Abby no se casaría con él. Abby no dijo mucho. Se rio y le dijo a su madre que no se preocupara, pero ella le trataba bastante bien cuando venía.

»Supongo que a ella le gustaba. Yo solía observarla, y así era. Y él seguía viniendo y viniendo. Todos los tipos estaban locos por ella, en cualquier caso. Era la chica más guapa que jamás se haya visto por aquí. Ella reía y charlaba con todos ellos, pero supongo que Marshall era el elegido.

»Al final la señora Vane montó tal escándalo que él dejó de venir. Fue algo más de un año antes de que ella muriera. Nunca lo supe, pero supongo que Abby se lo dijo. Él se fue directo a México. Abby no dijo palabra, pero sé que se sintió mal. No parecía que le importase mucho tener compañía y no actuaba como era habitual en ella.

»Bueno, la señora Vane murió de repente, ya sabe. Tuvo tisis durante años, tosía desde que soy capaz de recordar, pero al final empeoró muy rápido y Abby estaba fuera. Se había ido a ver a su tío en Colebrook, para quedarse un par de días. Su tía tampoco estaba muy allá y quería verla y su madre parecía estar bien, así que pensó que podía irse. Enviamos a buscarla en cuanto la señora Vane empeoró, pero no pudo llegar a casa a tiempo.

»Así que yo estaba con la señora Vane cuando murió. Estaba consciente y le dejó un mensaje a Abby. Me dijo que le dijera que le daba su consentimiento para casarse con John Marshall.

Sarah se detuvo. La señora Dunbar esperó, con los ojos muy abiertos.

—No se lo he dicho nunca.

—¿Cómo?

—Nunca le he contado lo que dijo su madre.

—¿Por qué, Sarah, por qué no se lo dijiste?

—No podía hacerlo de ningún modo, no podía, no podía, señora Dunbar. Me sentía morir de solo pensarlo. No podía soportar que le gustara otra persona, y que se casara. No sabe por lo que he pasado. Toda mi familia había muerto antes de que yo cumpliera los dieciséis y la señora Vane también había muerto, y había sido como una madre para mí. No tenía a nadie en el mundo salvo a Abby. No podía hacerlo, no podía.

—Sarah Arnold, has estado viviendo con ella todos estos años, habéis sido tan amigas, y tú te guardabas algo así. ¿De qué estás hecha?

—¡Oh, he hecho todo lo que he podido por Abby… todo!

—Pero eso no pudiste hacerlo.

—Tampoco parece que le importara mucho.

—Eso no lo sabes.

—Claro que lo sé. Ay, señora Dunbar, ¿tengo que contárselo?

La señora Dunbar, con su rostro decidido y ascético, se enfrentó a Sarah como la conciencia hecha carne.

—¿Contárselo? Sarah Arnold, no dejes que el sol se ponga otra vez sobre tu cabeza sin habérselo contado.

—Ay, no creo que pueda.

—No esperes ni un minuto más. Ve derecha a casa ahora y díselo, si quieres seguir teniendo paz en este mundo.

Sarah se quedó en pie mirándola fijamente durante un minuto, temblorosa. Después se puso el chal sobre la cabeza y se volvió hacia la puerta.

—Bueno, ya veré —dijo.

—¡No esperes ni un minuto! —gritó la señora Dunbar de nuevo tras ella. Después se quedó observando la figura magra y patética escabullirse calle abajo. Se preguntó muchas veces después si Sarah se lo habría contado; sospechaba que no.

Sarah la evitaba y nunca volvió a mencionar la cuestión. Volvió a su filosofía de siempre.

—No es nada, Abby se recuperará —le decía a la gente—. No es cosa de los pulmones. Se repondrá en cuanto llegue el buen tiempo.

Ahora trataba a Abby con la mayor ternura. Se esforzaba por ella día y noche. Cada delicia que la mujer enferma había deseado alguna vez esperaba en los estantes de la despensa. Sarah pasó sin zapatos y ropa de franela para comprar estas cosas, aunque la posibilidad de que Abby llegara a probarlas era pequeña.

Cada momento libre que tenía cosía para Abby, y doblaba y colgaba nuevas prendas que jamás luciría. Si Abby se atrevía a protestar, Sarah se indignaba y cosía aún más; sentada durante las largas noches de invierno, hilvanaba y cosía con fiero entusiasmo. Arrasó su propio armario en busca de material y casi no le quedaron prendas que ponerse.

Hacia la primavera, cuando llegaban sus exiguos dividendos, compró tela para un nuevo vestido para Abby, un suave cachemir de un bonito color azul. Compró patrones y los ajustó y plisó con lo mejor de sus escasas habilidades.

—Ya está —dijo cuando lo terminó—. Ya tienes un vestido decente para ponerte cuando vuelvas a salir, Abby.

—Es realmente bonito, Sarah —dijo Abby con una sonrisa.

Abby no murió hasta finales de mayo. Se sentaba en la silla junto a la ventana y observaba débilmente los brotes de hierba que crecían y cómo el verdor se extendía sobre las ramas de los árboles. A lo lejos, en el jardín de un vecino, había un melocotonero. Abby podía verlo.

—Acabo de ver aquel melocotonero de allí —le susurró a Sarah una tarde. Estaba lleno de flores rosadas—. Es el primer árbol que veo florecer este año. ¿Crees que el árbol de Abby florecerá?

—Supongo —dijo Sarah—. Está dando brotes.

Abby pareció habitar en la floración del árbol de Abby. No dejaba de hablar de ello. Una mañana vio que algunos cerezos del jardín contiguo habían florecido y llamó a Sarah con impaciencia:

—Sarah, ¿has mirado a ver si ha florecido el árbol de Abby?

—Pues claro, ¿por qué lo preguntas?

El rostro de Abby estaba radiante.

—Ay, Sarah, quiero verlo.

—Bueno, espera hasta la tarde —dijo Sarah, con la voz temblorosa—. Después de cenar te llevaré hasta la puerta de la habitación de delante para que lo veas desde ahí.

La gente que aquella mañana pasaba por allí se quedaba mirando a Sarah Arnold realizando una extraña tarea en el patio delantero. No había ni una sola flor en el árbol de Abby, pero el árbol de Sarah estaba blanco. Sus delicadas ramas enguirnaldadas se agitaban suavemente y emanaban un aroma dulce. Las abejas zumbaban en torno a ellas. Sarah había colocado la escalera en el lado del camino, entre todas las flores y el dulzor, y cortaba y arrancaba las ramas blancas. Después cruzaba al otro árbol con los brazos llenos. Dejaban un rastro sobre el suelo verde, caían sobre sus hombros como bayonetas blancas. El aire a su alrededor estaba repleto de pétalos voladores. Parecía un ángel primaveral casero. Después ataba las ramas y las ramitas al árbol de Abby por el lado que daba a la casa. Trabajó mucho y rápido. Aquella tarde cualquiera que mirase al árbol desde la ventana se confundiría. Aquel lado del árbol de Abby estaba repleto de flores.

Sarah llevó a Abby en su silla hasta la habitación delantera.

—¡Ahí lo tienes! —le dijo.

—¡Oh! ¿No es hermoso? —dijo Abby.

Las ramas blancas se agitaban frente a la ventana. Abby se sentó a mirarlo con una pacífica sonrisa en el rostro.

Cuando volvió a su lugar de siempre en la sala de estar, miró a Sarah con los ojos iluminados.

—No hay por qué preocuparse —dijo—, el árbol de Abby siempre florece.

Sarah de pronto gritó:

—¡Ay, Abby, Abby! ¡Qué voy a hacer! ¡Qué voy a hacer! —Se lanzó sobre la silla de Abby y colocó el rostro sobre sus delgadas rodillas—. ¡Ay, Abby, Abby!

—Pero Sarah, no debes… —dijo Abby.

—No —dijo Sarah de inmediato. Se puso en pie y se enjugó las lágrimas—. Sé que estás mejor, Abby, y que pronto saldrás. Solo que has estado tanto tiempo enferma, que me ha afectado un poco y me ha venido todo de pronto.

—Sarah —dijo Abby, solemne—, lo que tenga que pasar, pasará. Tienes que ver las cosas desde un punto de vista razonable. Somos dos y una tendrá que irse antes que la otra; siempre lo hemos sabido. No será tan malo como te imaginas. La señora Dunbar vendrá a vivir aquí contigo. Ya lo he arreglado todo con ella. Es muy fuerte y puede hacer fuego y sacar agua y traer los cubos. Tienes cincuenta años y vivirás unos cuantos más. Pero tarde o temprano me iré, de la noche a la mañana. Puedo aceptarlo. Hay caminos que se han abierto antes y ahí delante hay gente con linternas, por así decirlo. Tú…

—¡Oh, Abby, Abby! ¡Para! —la interrumpió Sarah—. Si tú supieras. ¡No lo sabes! ¡No lo sabes! No he sido buena contigo, Abby. En absoluto. He estado ocultándote algo.

—¿Qué me has estado ocultando, Sarah?

Abby escuchó. Sarah habló. La hermosa boca de Abby siempre había mostrado un arco que le daba aspecto de dulce disfrute de la vida. Se mostró en su plenitud al final del relato de Sarah. Después se hizo más profundo. La pobre enferma se echó a reír, con un sonido encantador y alegre.

Una mirada de asombro divertido asomó al rostro desesperado de Sarah. Se quedó en pie mirándola.

—Sarah —dijo Abby—, ¡no me habría casado con John Marshall aunque hubiera venido de rodillas desde México a pedírmelo!

Sarah Orne Jewett

Sarah Orne Jewett (1849-1909) nació en South Berwick, Maine. A los diecinueve años publicó su primer relato en la revista The Atlantic Monthly. En las décadas siguientes, llegó a ser una reputada autora, representante del regionalismo literario en Estados Unidos. Entre sus obras destacan Deephaven (1877), El marido de Tom (1882), A Country Doctor (1884), Una garza blanca (1886) y la novela La tierra de los abetos puntiagudos (1896, publicada en castellano por Dos Bigotes en 2015). Mantuvo una estrecha relación con la escritora Annie Fields, esposa del editor James Fields. Desde la muerte de este en 1881, ambas vivieron juntas en Boston, convirtiendo su casa en el lugar de reunión de grandes figuras literarias.

Relato publicado en The Atlantic Monthly en octubre de 1897.

Martha y su señora
I

Un día, hace muchos años, la vieja casa del juez Pyne tenía un insólito aspecto alegre y juvenil. El jardín tras la elevada valla brillaba con las flores de junio. En el gran patio delantero, a la sombra bajo los olmos, podían verse varias sillas colocadas juntas, como solían estarlo cuando toda la familia estaba en casa y la vida continuaba feliz, llena de charlas y placeres; cuando el anciano juez, el abuelo, solía citar a su favorito, el doctor Johnson, y les decía a sus niñas: «Sed energéticas, sed espléndidas y sed visibles».

Una de las sillas tenía un chal de seda carmesí tirado despreocupadamente sobre el respaldo recto, y un paseante que mirase a través de la puerta entre los altos postes con sus urnas blancas, podría pensar que esta pieza de brillante color oriental era un enorme lirio que había florecido de pronto contra el arbusto de celindas. Había algunas ventanas que solían estar cerradas abiertas de par en par, y las cortinas flotaban libres con la ligera brisa de la tarde estival; parecía como si una gran familia hubiera regresado a la vieja casa para llenar sus mejores habitaciones y las hubiese encontrado de su agrado.

Era evidente para todos en el pueblo que la señorita Harriet Pyne, por usar la frase del lugar, tenía compañía. Era la última de su familia, y no era, de ninguna manera, un vejestorio, pero al ser la última y estar acostumbrada a vivir con gente mucho más mayor, había adquirido todos los hábitos de una persona seria y provecta. Las damas de su edad, poco más de treinta, a menudo llevaban discretas capotas aquellos días, especialmente si estaban casadas, pero al ser soltera, la señorita Harriet se aferraba a la juventud en este aspecto, haciendo la única concesión de mantener su ondulado cabello castaño todo lo suave y enrevesadamente peinado posible. Había sido la compañera diligente de su padre y su madre en sus últimos años, todos sus hermanos y hermanas mayores se habían casado y partido, o muerto y marchado de la vieja casa. Ahora que estaba ella sola, parecía lo mejor aceptar su edad de una vez y dedicarse más resueltamente que nunca a la compañía del deber y a los libros serios. Era más severa y dada a la rutina que sus mayores, como en ocasiones ocurre cuando las hijas de las gentes de Nueva Inglaterra son educadas por completo en compañía de ellos. A los treinta era más reticente a encontrarse en una situación inesperada que su madre, y sin duda más que su abuela, que había conservado algo de la alegría heredada del regocijo y cosmopolitismo de la época colonial.

Había algo en aquel chal de seda carmesí en el patio delantero que hacía sospechar que las sobrias costumbres de la mejor casa de un pueblo de la tranquila Nueva Inglaterra estaban siendo desafiadas. En cierto momento, la señora de la casa vino a quedarse en su propia puerta y tenía el aspecto de un agradecido pero preocupado invitado. En aquellos días la vida de Nueva Inglaterra estaba necesitada de dignidad y discreción en el comportamiento; había una hospitalidad sincera y un alegre alborozo en las festividades, pero en ocasiones era una hospitalidad cohibida, a la que seguía un inexorable retorno al ascetismo, tanto de dieta como de conducta. La señorita Harriet Pyne pertenecía a los tiempos más aburridos de Nueva Inglaterra, esos que quizá albergaban la mayor mojigatería por las profesiones aprendidas, la interpretación más limitada de la palabra «evangélico» y la más mínima indiferencia ante las grandes cosas. La irrupción de un deseo por una mayor libertad religiosa al principio causó la más decidida reacción hacia el formalismo e incluso el estancamiento del pensamiento y el proceder, especialmente en los pueblos pequeños y tranquilos como Ashford, inherentemente ocupados en sus propios asuntos. Era hora de que se produjese cierto aligeramiento, en este momento en que los grandes impulsos de la guerra por la libertad se habían apagado y aquellos de la próxima guerra por el patriotismo y una nueva libertad aún no habían casi despuntado, excepto como el sonido de un trueno o el destello de un relámpago que llama la atención sobre las nubes que comienzan a agruparse a través del aire inmóvil de un día de verano.

El interior oscuro, la vida cambiada de la vieja casa cuyas antiguas actividades parecían haber quedado dormidas, sin duda simbolizaba esas situaciones generales, y el leve desahogo se hacía fácilmente reconocible en la forma de una muchacha alegre. Se trataba de la prima de Boston de la señorita Harriet, Helena Vernon, quien, a medias divertida, a medias impaciente ante la innecesaria sobriedad de su anfitriona y de Ashford en general, se había entregado a la difícil actividad de la alegría. La prima Harriet observó una sucesión de ingeniosos y, en su conjunto, inocentes intentos de obtener placer, como podría haber contemplado los brincos de un gatito que fácilmente sustituye el ovillo de lana por la incertidumbre de un pájaro o una hoja llevada por el viento, y que, en cualquier momento, puede deshilachar los flecos de la borla de una cortina sagrada por preferirla a lo demás.

Helena, con sus traviesos y atractivos ojos, con sus cautivadoras canciones antiguas y su guitarra, parecía encantadora e incluso razonable, pues era muy amable con todo el mundo y porque era una belleza. Tenía el don de contar con unas maneras exquisitas. Allí estaba toda la inconsciente facilidad y elegancia adorables que provenían de su buena educación en su casa de la ciudad, donde muchas personas agradables iban y venían; no tenía miedo al individuo, uno casi diría que tampoco respeto, y no necesitaba pensar en ella misma. La prima Harriet se quedó helada de preocupación cuando vio al pastor entrando por la verja principal y se preguntó agónica si Martha estaría adecuadamente vestida para atender la puerta y si, por casualidad, escucharía llamar; fue Helena quien, encantada de que ocurriera algo, corrió a la puerta para recibir al reverendo Crofton como si fuera un amigo simpático de su misma edad. Pudo comportarse de forma más o menos adecuada durante la primera visita señorial e incluso ingeniárselas para restarle seriedad con una alegría modesta, y extraer la confesión de que el invitado tenía voz de tenor aunque tristemente le faltaba práctica, pero cuando el pastor se marchó, un tanto halagado y esperando no haberse pronunciado con demasiada contundencia para un pastor sobre los poemas de Emerson, y sintiendo la agitación inusual de la galantería en su propio corazón, fue Helena quien tomó el honrado sombrero del fallecido juez Pyne de su lugar de descanso eterno en el vestíbulo y, sujetándolo con seguridad con ambas manos, imitó la entrada cohibida del pastor. Copió su expresión pomposa y ansiosa en la entrada oscura de forma tan deliciosa que la señorita Harriet, que nunca había conseguido apagar del todo la chispa del pecado original del humor, soltó una carcajada.

—¡Querida! —clamó muy seria al momento siguiente—. ¡Me avergüenzo de que seas tan irrespetuosa! —Y volvió a reírse y tomó el sombrero viejo y lo llevó de nuevo a su sitio—. ¡No quisiera que nadie te hubiera visto! —dijo con pena mientras se giraba, ya recompuesta, hacia la salida del salón; pero Helena seguía sentada en la silla del pastor, con sus piececitos colocados como lo habían estado las botas rígidas de él, y copiando su expresión solemne antes de que empezaran a hablar de Emerson y la guitarra:

—Ojalá le hubiera preguntado si habría sido tan amable de trepar a ese cerezo —dijo Helena, inflexible ante el descubrimiento de que su prima no consentiría que se siguiera riendo—. En las ramas de arriba hay un montón de cerezas maduras. Yo puedo trepar tan alto como él, pero no puedo llegar lo suficientemente lejos sobre la última rama que aguantaría a una persona. Y el pastor es tan alto y delgado…

—No sé qué habría pensado de ti el señor Crofton; es un joven muy serio —dijo la prima Harriet, aún avergonzada por su risa—. Martha te cogerá esas cerezas, o alguno de los hombres. No me gustaría que el señor Crofton pensara que eres una frívola, una joven con tus oportunidades.

Pero Helena ya se había escapado por el vestíbulo hacia la puerta del jardín ante la mención del nombre de Martha. La señorita Harriet Pyne suspiró nerviosa y después sonrió, a pesar de su profunda convicción mientras cerraba las contraventanas e intentaba hacer que la casa pareciera solemne de nuevo.

La puerta delantera podía estar cerrada pero la puerta del jardín al otro lado del amplio vestíbulo estaba abierta de par en par hacia el gran jardín soleado, donde las últimas de las peonías rojas y blancas y los lirios dorados, y las primeras espuelas de caballero, azules y altas, prestaban sus colores de forma generosa. Los setos rectos de boj tenían todos el verde fresco y brillante de las hojas nuevas y llegaba el olor de la vida y el alma más íntima del jardín de la larga espaldera donde florecía la madreselva. Era la última hora de la tarde y el sol estaba bajo tras los grandes manzanos del final del jardín, que arrojaban sus sombras sobre el césped corto de un verde decolorado. Los cerezos estaban a un lado, aún a pleno sol, y la señorita Harriet, que llegaba en ese momento a los escalones del jardín para ver una gallina al borde del agua, vio la hermosa figura de su prima con el vestido blanco de muselina india corriendo por el césped. Iba acompañada de la presencia desgarbada y alta de Martha, la nueva criada que, impasible e indiferente a todos los demás, mostraba una sorprendente voluntad y lealtad ante la joven invitada.

—Martha debería estar ya en el comedor, con lo lenta que es; solo falta media hora para la cena —dijo la señorita Harriet, mientras se giraba y se metía en la casa a la sombra. Era obligación de Martha servir la mesa, y había habido muchos intentos y muchas derrotas en el esfuerzo por enseñarla. Martha era, sin duda, muy torpe, y parecía más torpe aún porque sustituía a su tía, una persona de lo más habilidosa, que se acababa de casar con una granja prometedora y su próspero propietario. Debe decirse que la señorita Harriet era un instructor de lo más desconcertante, y que el cerebro de su pupila se confundía fácilmente y era propensa a meter la pata. Se temía la llegada de Helena precisamente por este servicio incompetente, pero la invitada no prestó atención a los ceños fruncidos ni a los gestos fútiles en la primera cena, salvo para establecer una relación amistosa con Martha por cuenta propia mediante una sonrisa tranquilizadora. Tenían casi la misma edad y a la mañana siguiente, antes de que la prima Harriet bajara, Helena le enseñó mediante una palabra y un rápido toque la forma correcta de hacer algo que había salido mal y que había sido imposible de comprender la noche anterior. Un momento después, la ansiosa propietaria entró sin sospechar, pero los ojos de Martha mostraban tanto afecto como los de un perro, y había un nuevo gesto de esperanza en su rostro; esta temida invitada era una amiga después de todo, y no una enemiga llegada desde el orgulloso Boston para frustrar su ignorancia y pacientes esfuerzos.

Las dos jóvenes criaturas, señora y criada, corrían por el césped quemado por el sol.

—No alcanzo a las cerezas más maduras —explicó Helena educadamente— y creo que la señorita Pyne debería enviar unas cuantas al pastor. Acaba de hacernos una visita. ¡Qué pasa, Martha! ¿Has estado llorando otra vez?

—Sí —dijo Martha con tristeza—. A la señorita Pyne siempre le gusta enviarle algo al pastor —reconoció con interés, como si no deseara que le pidieran que explicase sus últimas lágrimas.

—Pondremos algunas de las mejores cerezas en un plato bonito. Te enseñaré cómo hacerlo y las llevarás a la parroquia después del té —dijo Helena alegremente, y Martha aceptó el encargo con placer. La vida comenzaba a tener momentos de algo parecido al deleite en los últimos días.

—Se va a estropear ese vestido tan bonito, señorita Helena —advirtió Martha con timidez, y la señorita Helena se quedó apartada y se recogió la falda con inusual cuidado mientras la chica de campo, con su vestido de guinga de cuadros azules, comenzó a trepar el cerezo como un muchacho.

Llovieron frutos escarlatas sobre la hierba verde.

—Corta algunas ramitas bonitas con sus hojas; ¡oh, eres un encanto, Martha! —Y Martha, sonrojada de placer, y con un aspecto de garza real solemne y delgada, bajó de nuevo entre crujidos a la tierra y recogió el botín en su delantal limpio.

Aquella noche, en la cena, durante la ausencia temporal de la criada, la señorita Harriet anunció, como si fuera una disculpa, que pensaba que Martha por fin comenzaba a comprender algo de su trabajo.

—Su tía era un tesoro, nunca tuve que decirle algo dos veces; pero Martha ha sido tan torpe como un pato —dijo la señora de la casa—. A veces he temido no poder enseñarle nada nunca. Estaba bastante avergonzada de que vinieras justo ahora y me encontraras tan poco preparada para recibir a un visitante.

—Martha aprenderá lo suficientemente rápido porque se preocupa mucho —dijo la visitante con entusiasmo—. Me parece un encanto de chiquilla. Espero que nunca se vaya. Creo que cada día hace las cosas mejor, prima Harriet —añadió Helena suplicante, desde el fondo de su amable y joven corazón.

La puerta del cuarto de la porcelana estaba abierta un poco y Martha escuchó todas y cada una de aquellas palabras. Desde aquel momento, no solo supo lo que era el amor, sino que conoció las ambiciones del amor. Haber llegado de una granja pedregosa en la colina y una pequeña casa de madera desnuda era como si un hombre de las cavernas se hubiera instalado de forma permanente en un museo de arte; tal le había parecido la complejidad y la elegancia de la forma de vida de la señorita Pyne, y el cerebro simple de Martha era lento en sus procesos y reconocimientos. Pero con esta simpática aliada y defensora, la exquisita señorita Helena que creía en ella, todas las dificultades parecían desvanecerse.

Más tarde aquella noche, ya sin echar de menos su casa o sentirse desesperada, Martha volvió de su cortés recado a casa del pastor, y se presentó con cierto aspecto triunfal ante las dos damas que estaban sentadas en la puerta principal, como si esperasen visita. Helena aún llevaba sus muselinas blancas y lazos rojos y la señorita Harriet un vestido de seda negra fina. Feliz y despreocupada por la grandeza del momento, los modales de Martha eran perfectos y parecía, por una vez, casi bonita y tan joven como era en realidad.

—El pastor salió él mismo a la puerta y envía su agradecimiento. Dijo que las cerezas siempre habían sido su fruta favorita y que les estaba muy agradecido a ambas, la señorita Pyne y la señorita Vernon. Me hizo esperar unos minutos, mientras preparaba el libro para enviárselo, señorita Helena.

—¡Pero qué dices, Martha! ¡Yo no le he enviado nada! —exclamó la señorita Pyne, muy asombrada—. ¿De qué está hablando, Helena?

—Solo han sido unas cuantas de tus cerezas —explicó Helena—. Pensé que al señor Crofton le apetecerían después de su ronda de visitas de la tarde. Martha y yo las preparamos antes de cenar y se las envié con nuestros saludos.

—¡Vaya! Me alegro de que lo hicieras —dijo la señorita Harriet, sorprendida, pero bastante aliviada—. Me temía…

—No, no era ninguna de mis travesuras —contestó Helena con osadía—. No pensé que Martha estuviera lista para ir tan pronto. Debería haberte enseñado lo bonitas que estaban entre las hojas verdes. Las pusimos en uno de tus mejores platos blancos con el borde calado. Martha te lo enseñará mañana; a mamá siempre le gusta ponerlas así.

Los dedos de Helena estaban ocupados deshaciendo el nudo del paquete.

—¡Mira esto, prima Harriet! —anunció con orgullo, mientras Martha desaparecía tras la esquina de la casa, resplandeciente por la satisfacción de la aventura y el éxito—. Mira lo que me ha enviado el pastor, un libro: Sermones sobre… ¿qué? Sermones… está tan oscuro que casi no veo.

—Debe de ser su Sermones sobre la seriedad de la vida; son los únicos que ha publicado, creo —dijo la señorita Harriet, con gran placer—. Están muy bien considerados; son discursos notablemente hábiles. Te hace un gran halago, querida. Temí que percibiera tu ligereza infantil.

—Me comporté de maravilla mientras él estuvo aquí —insistió Helena—. Los pastores no son más que hombres —dijo, pero se sonrojó complacida.

Sin duda, era importante recibir un libro de su autor, y un tributo así la convertía en algo más valioso para aquella familia reverente. El pastor no solo era un hombre, sino un hombre soltero, y Helena estaba en la edad que mejor conquista el amor; en todo caso, era agradable volver a caerle en gracia a la prima Harriet.

—¡Invita al amable caballero a cenar! Necesita animarse un poco —suplicó la sirena vestida de muselina india, mientras dejaba el brillante libro negro de sermones sobre el escalón de piedra de la entrada con aire de aprobación, pero como si casi hubiera terminado con su misión.

—Quizás lo haga, si Martha mejora tanto como lo ha hecho en estos últimos días —prometió Harriet esperanzada—. Es algo que temo siempre que estoy sola, pero creo que al señor Crofton le gusta venir. Tiene una conversación muy elegante.

II

Aquellos eran días de largas visitas, antes de que los amigos cariñosos pensaran que merecía la pena hacer un viaje de cien millas solo para comer o pasar la noche en casa del otro. Helena se quedó durante las semanas agradables de principios de verano y partió al fin, de mala gana, para unirse a su familia en White Hills, donde habían ido, al igual que otras familias de alto nivel social, para pasar el mes de agosto fuera de la ciudad. La alegre invitada dejó tras ella muchos amigos tristes y prometió a cada uno que volvería al año siguiente. Dejó al pastor como amante rechazado, así como al preceptor de la academia, pero con los orgullos intactos, y quizás con visiones más amplias del mundo y una simpatía menos estrecha por su propio trabajo en la vida y por las trabas de los vecinos. Incluso la misma señorita Harriet Pyne había perdido parte de su innecesario provincianismo y de los prejuicios que habían comenzado a endurecer su corazón, amable y de mente abierta, bueno por naturaleza. Nadie había sido nunca tan alegre, tan fascinante o tan atenta como Helena; tan llena de recursos sociales, tan sencilla y poco exigente en su amistad. La luz de su joven vida no proyectaba sombra sobre sus compañeros jóvenes o viejos, sus ropas bonitas nunca hacían parecer a las otras chicas aburridas o pasadas de moda. Cuando atravesó la calle en el carruaje de la señorita Harriet para tomar el tren lento a Boston y las alegrías de la nueva Profile House, donde su madre esperaba impaciente con un grupo de amigos sureños, parecía como si nunca fuese a volver a haber fiestas o pícnics en Ashford, y como si la gente no tuviera nada que hacer más que envejecer y prepararse para el invierno.

Martha entró en el dormitorio de la señorita Helena aquella última mañana y era fácil ver que había estado llorando; tenía el mismo aspecto que aquella primera semana triste de nostalgia y desesperación. Por amor había estado aprendiendo a hacer muchas cosas y hacerlas exactamente bien; sus ojos se habían aguzado para ver la más mínima ocasión de hacer un servicio personal. Nadie podía ser más humilde y devota; parecía años mayor que Helena y ya lucía el aire conmovedor de los cuidados.

—Me mimas, querida Martha —dijo Helena desde la cama—. No sé qué van a decir en casa, estoy tan consentida.

Martha siguió abriendo las contraventanas para dejar que entrase la luz de la mañana estival, pero no dijo nada.

—Te las estás arreglando de maravilla, ¿verdad? —continuó la joven dama—. Te has esforzado tanto que me haces avergonzarme de mí misma. Al principio ponías todas las flores apiñadas y ahora las arreglas de una forma hermosa. Anoche la prima Harriet estaba encantadísima al ver la mesa tan bien colocada, y le dije que lo habías hecho tú todo, hasta el último detalle. ¿Seguirás manteniendo las flores frescas y la casa bonita hasta que yo vuelva? Es mucho más agradable para la señorita Pyne; y darás de comer a mis gorriones, ¿verdad? Se están domesticando.

—¡Claro que sí, señorita Helena! —Y Martha pareció casi enfadada por un instante, pero después rompió a llorar y se cubrió la cara con el mandil—. No entendía nada cuando llegué aquí al principio. Nunca había estado en ningún sitio ni había visto nada, y la señorita Pyne me asustaba cuando me hablaba. Fue usted quien me hizo pensar que podía aprender. Quería conservar el puesto, por mi madre y los chicos; en casa lo necesitamos mucho. Hepsy ha sido buena en la cocina; dijo que debería tener paciencia conmigo, pues ella misma era un poco torpe cuando llegó.

Helena rio; se la veía tan bonita bajo las cortinas blancas con borlas.

—Me temo que Hepsy tiene razón —dijo—. Ojalá me hubieras hablado de tu madre. Cuando vuelva, algún día, iremos en el carruaje hasta el campo, como tú lo llamas, para verla. ¡Martha! Ojalá pensaras en mí alguna vez después de que me vaya. ¿Me lo prometes? —El joven rostro resplandeciente de repente se puso serio—. Yo también tengo malos momentos; no siempre aprendo las cosas que debo aprender; no siempre pongo las cosas bien. Ojalá no me olvides nunca y creas en mí. Me parece que eso ayuda más que cualquier otra cosa.

—No la olvidaré —dijo Martha lentamente—. Pensaré en usted cada día.

Habló casi con indiferencia, como si le hubieran pedido que limpiara el polvo de una habitación, pero se volvió hacia un lado rápidamente y tiró de la alfombrilla que había bajo la jarra de agua caliente y la dejó torcida; después se apresuró escaleras abajo hasta la entrada blanca y alargada, llorando por el camino.

III

Perder de vista a la amiga a la que has amado y por quien vivías para complacer es perder la alegría de la vida. Pero si el amor es sincero, entonces llega la alegría mayor de complacer al ideal; es decir, a la amiga perfecta. La felicidad de antes se eleva a un nivel superior. En cuanto a Martha, la chica que quedó atrás en Ashford, su vida no podía parecerles más aburrida a aquellos que no eran capaces de comprender; tenía el paso lento y la mirada casi siempre baja, como si se esforzara todo el rato; pero era sorprendente cuando levantaba la vista y te miraba, con esa luz radiante. Tenía la capacidad de ser feliz aferrándose a un gran sentimiento, la inefable satisfacción de intentar agradar a alguien a quien amaba de verdad. Nunca pensó en intentar agradar a otros; solo vivía para hacer lo mejor que podía por los demás, y cumplir con un ideal, que al final llegó a convertirse en la visión de un santo, una figura celestial pintada sobre el cielo.

Los domingos de verano por la tarde, Martha se sentaba junto a la ventana de su habitación, un cuartito de techo bajo que daba al patio lateral y las grandes ramas de un olmo. Nunca se sentaba en la vieja mecedora de madera salvo los domingos como aquel; estaba reservada para los días de descanso y de meditación feliz. Llevaba su vestido liso negro y un delantal blanco limpio, y sostenía sobre el regazo una cajita de madera, con una bisagra de cobre encima como asa. Tenía más de sesenta años y parecía incluso mayor, pero su rostro mostraba el mismo gesto que tuvo en ocasiones en su juventud. Era la misma Martha; las manos mostraban los signos de la edad y estaban ajadas por el trabajo, pero su cara aún resplandecía. Parecía que fue ayer cuando Helena Vernon se había marchado, pero de eso hacía más de cuarenta años.

La guerra y la paz habían traído sus cambios y sus grandes preocupaciones; la faz de la tierra había sido surcada por inundaciones e incendios; los semblantes de señora y criada, marcados por sonrisas y llantos, y en el cielo, las estrellas brillaron como si nada hubiera ocurrido. El pueblo de Ashford añadió algunas páginas a su insulsa historia, el pastor predicó, la gente escuchó; de vez en cuando un funeral subía por la calle, y de vez en cuando la cara de un pequeñín asomaba por el horizonte de los bancos de iglesia de una familia. La señorita Harriet Pyne había pasado con mucho las incertidumbres y ansiedades de la juventud. Había tomado sus decisiones hacía mucho tiempo y había arreglado todas las preguntas; su esquema de vida era impecable como el paisaje en miniatura de un jardín japonés, e igualmente fácil de mantener en orden. El único cambio importante que podría ser capaz de hacer alguna vez sería el cambio final hacia otro mundo mejor; y de eso se encargaría amablemente la naturaleza y su propia e inocente vida.

Casi ningún gran evento social había alterado la calmada corriente de la vida de Helena Vernon desde su matrimonio. A él asistió la señorita Pyne, con apariencia señorial y portando regalos de plata antigua familiar que llevaban el sello Vernon, pero no sin cierta protesta del corazón contra las incertidumbres de la vida matrimonial. Helena estaba tan igualmente dispuesta a la independencia feliz como a la ayuda de otras vidas que crecían dependientes de sus rápidas simpatías y decisiones instintivas, que era difícil dejar que su personalidad se hundiera en los asuntos de otra persona. Aun así, un brillante enlace inglés no carecía de atractivo para una anticuada mujer gentil como la señorita Pyne, y Helena misma estaba sorprendentemente feliz. Un día había llegado una carta a Ashford en la que su corazón parecía latir de amor y despreocupación por sí misma, para contarle a la prima Harriet de su nueva felicidad y altas expectativas. «Cuéntale a Martha todo lo que digo sobre mi querido Jack», escribió la deseosa muchacha; «por favor, muéstrale mi carta a Martha y dile que iré el próximo verano y llevaré a Ashford al hombre más guapo y mejor del mundo. Le he contado todo sobre mi casa querida y el querido jardín; nunca hubo allí un muchacho mejor para coger cerezas con su metro ochenta». La señorita Pyne, un poco asombrada, le dio la carta a Martha, que la tomó con decisión y como si ella también se asombrara, y se fue a leerla despacio a solas. Martha lloró y tuvo una extraña sensación de pérdida y dolor; le dolía un poco el corazón al leer sobre coger cerezas. Su ídolo parecía ser menos ella desde que se había convertido en el ídolo de un desconocido. Nunca había tenido en sus manos una carta así, pero al final el amor prevaleció, puesto que la señorita Helena era feliz, y besó la última página donde estaba escrito su nombre, sintiéndose muy atrevida, y dejó el sobre en el secreter de la señorita Pyne sin decir nada.

El amor más generoso solo puede esperar consuelo y Martha tenía la alegría de ser recordada. No se olvidó de ella cuando se acercó el día de la boda, pero nunca supo que la señorita Helena le había pedido a la prima Harriet que llevase a Martha a la ciudad; le gustaría tener a Martha allí para que la viera casarse. «Ayudará con las flores», dijo la feliz muchacha, «sé que le gustaría venir y le pediré a mamá que se ocupe de que alguien la lleve a conocer Boston y le haga pasar una buena estancia cuando las prisas del gran día hayan pasado».

La prima Harriet pensó que era muy amable y propio de Helena, pero Martha estaría fuera de su elemento; era imprudente e infantil pensar en algo así. A la madre de Helena no le haría ninguna gracia tener una invitada innecesaria justo en la parte más atareada de la casa, y era mejor no hablar de la invitación. Algún día Martha iría a Boston si se portaba bien, pero no entonces. Helena no se olvidó de preguntar si Martha había venido y le sorprendió la indiferencia de la respuesta. Fue lo primero que le recordó que no era la princesa de las hadas para conseguir lo que quisiera en su último día antes de casarse. Sabía que a Martha le hubiera encantado estar cerca, pues no podía evitar comprender en ese momento de felicidad propia el amor que se ocultaba en otro corazón. Al día siguiente, esta feliz y joven princesa, la novia, cortó un trozo de la espectacular tarta y lo colocó en una caja bonita que había albergado uno de los regalos de boda. Con voces ansiosas llamándola y todas sus amigas alrededor, el rostro de su madre cada vez más melancólico al pensar en su partida, ella aún se quedó y corrió a coger una o dos bagatelas de su tocador, un espejito y unas tijeritas que Martha recordaría, y uno de los delicados pañuelos bordados con su nombre de soltera. Los metió también en la caja; era un capricho extraño e infantil, pero no pudo evitar intentar compartir su felicidad, pues la vida de Martha era tan sosa y aburrida. Susurró un mensaje y dejó el paquetito en manos de la prima Harriet cuando se despidió. Le tenía mucho aprecio a la prima Harriet. Sonrió con un destello de su antigua diversión; la mirada sorprendida de Martha y su figura extraña y espigada parecían estar frente a ella, mientras le prometía volver de nuevo a Ashford. Las voces impacientes llamaban a Helena, su amor estaba en la puerta y se apresuró a salir, dejando atrás su antigua casa y su juventud con placer. Si hubiera sabido, mientras le daba un beso de despedida a su prima Harriet, que nunca volverían a verse hasta ser dos ancianas. El primer paso que dio fuera de la casa paterna aquel día, casada y llena de esperanza y júbilo, fue un paso que la alejó de los verdes olmos de Boston Common y de su país y de aquellos que más quería, hacia una vida en el extranjero mucho más variada y hacia todas las penas y casi todas las alegrías que el corazón de una mujer puede conocer.

Los domingos por la tarde, Martha solía sentarse junto a la ventana en Ashford y sostener la caja de madera que su hermano pequeño favorito, que después murió en el mar, había hecho para ella, y solía sacar aquella preciosa cajita con tapa dorada que había contenido el trozo de tarta nupcial, y las tijeritas y el trocito de espejo borroso en su marco de plata; en cuanto al pañuelo con el borde de encaje, una vez cada dos o tres años lo salpicaba con agua como si fuera una flor y lo tendía al sol sobre el césped, y se sentaba junto a los arbustos por temor a que un petirrojo o un ampelis se lo llevara.

IV

A menudo felicitaban a la señorita Harriet Pyne por la buena suerte de contar con una ayudante y amiga como Martha. Cuando el tiempo pasó por esta mujer alta y adusta, siempre flaca, siempre lenta, ganó una dignidad de comportamiento y un cariño en la mirada que le sentaban bien al encanto y honra de la antigua casa. Era inconscientemente hermosa como un santo, como un pintoresco árbol solitario que vive para dar cobijo a incontables vidas y para estar quieto en su lugar. Tenía una familiaridad rústica y constancia tales, tal poder de preocupación, tal reticencia, y tal ternura con los apenados o enfermos; Martha escondía todos estos dones y gracias en su corazón. Nunca se unió a la iglesia porque pensaba que no era lo suficientemente buena, pero la vida era tal pasión y felicidad por ser útil que le era imposible no ser devota, y siempre ocupaba su humilde puesto los domingos, en el banco de atrás junto a la puerta. Había sido educada por un recuerdo; los jóvenes ojos de Helena la miraron siempre tranquilizadores desde un rostro feliz y aniñado. Nunca olvidaría la dulce paciencia de Helena en enseñarle su propia torpeza.

—Le debo todo a la señorita Helena —decía Martha, medio en voz alta mientras se sentaba sola junto a la ventana; se lo había dicho a sí misma miles de veces. Cuando miraba el espejito de recuerdo siempre esperaba ver un velado reflejo de Helena Vernon, pero allí solo estaba su rostro tostado de siempre, ese rostro de Nueva Inglaterra, para devolverle la mirada sorprendida.

La señorita Pyne iba cada vez menos a hacer visitas a sus amigos de Boston; quedaban pocos amigos que vinieran a Ashford e hicieran largas visitas en verano, y la vida se fue haciendo cada vez más monótona. De vez en cuando llegaban noticias del otro lado del océano y mensajes de recuerdo, cartas escritas con letra muy apretada sobre finas hojas de papel que hablaban de lores y ladies, de grandes viajes, de la muerte de niños pequeños y del orgulloso éxito de los muchachos en la escuela, de la boda de la única hija de la señora Dysart; pero incluso aquello pasó hace muchos años. Estas cosas parecían lejanas y vagas, como si pertenecieran a un cuento y no a la vida real; los verdaderos lazos con el pasado eran bastante diferentes. Estaba la invariable bandada de gorriones que Helena había comenzado a alimentar; cada mañana Martha esparcía migas para ellos desde los escalones laterales mientras la señorita Pyne observaba desde la ventana del comedor; año tras año los contaban y los alimentaban.

La señorita Pyne tenía muchos hábitos, pero poca capacidad de imaginación, de modo que al final era Martha quien pensaba por su señora, y dio rienda suelta a su propio buen gusto. Después de un tiempo, sin que nadie observara el cambio, la forma en la que se hacían las cosas a diario en la casa tomó el aire señorial que en el pasado solo se usaba para recibir a los invitados. Con alegría, tanto señora como criada aprovechaban todas las oportunidades posibles para la hospitalidad, aunque la señorita Harriet casi siempre se sentaba sola ante su mesa exquisitamente preparada con sus flores frescas y la hermosa porcelana que Martha manejaba con tanto amor que no había excusa para mantenerla escondida en los estantes del armario. Cada año, cuando los viejos cerezos daban su fruto, Martha le llevaba al pastor el plato blanco redondo de Limoges con el borde calado, lleno de hojas verdes y cerezas escarlata, y su esposa nunca llegó a entender por qué cada año él se sonrojaba y parecía tan consciente del placer, y le daba las gracias a Martha como si hubiera recibido un regalo muy particular. No había sugerencia para dominar el noble arte de las labores domésticas en la limitada relación de Martha con los periódicos que ella no adoptara; no había antigua costumbre refinada de la casa Pyne que ella consintiera en abandonar. Y cada día, como había prometido, pensaba en la señorita Helena —muchas veces al día, en realidad— : si esto le gustaría, o si aquello entraría dentro de su gusto o sus ideas sobre lo adecuado. En la medida de lo posible, las escasas noticias que llegaban a Ashford por medio de una carta ocasional o la charla de los invitados pasaban a formar parte de la vida de Martha, la historia de su propio corazón. Un atlas gastado y antiguo que a menudo estaba abierto por el mapa de Europa sobre la mesilla de su habitación; un pequeño botón dorado anticuado, con un trozo de cristal como un rubí engarzado que se había roto y caído del adorno de uno de los vestidos de Helena, se usaba para marcar la ciudad donde habitaba. En los cambios de una vida diplomática, Martha seguía a su señora por el mapa. En ocasiones el botón estaba en París, a veces en Madrid; una vez, para su gran preocupación, se quedó mucho tiempo en San Petersburgo. Para ser una estudiante lenta Martha había aprendido mucho, pues todo en la vida de estas ciudades extranjeras era de interés para su fiel corazón. Satisfacía a su mente mientras lanzaba migas para domesticar gorriones; todo era parte de lo mismo y se debía a la misma cariñosa razón.

V

Un domingo por la tarde de principios de verano la señorita Harriet Pyne llegó apresurada por la entrada que llevaba a la habitación de Martha y llamó dos o tres veces antes de que su habitante pudiera llegar a la puerta. La señorita Harriet parecía inusualmente alegre y excitada, y sujetaba algo en la mano.

—¿Dónde estás, Martha? —Volvió a llamar—. ¡Ven rápido, tengo algo que contarte!

—Aquí estoy, señorita Pyne —dijo Martha, que solo se había detenido a guardar su preciada caja en el cajón y a cerrar el libro de geografía.

—¿Quién crees que viene esta misma tarde, a las seis y media? Debemos tenerlo todo lo mejor posible; debo ver a Hannah de inmediato. ¿Te acuerdas de mi prima Helena que ha vivido tanto tiempo en el extranjero? La señorita Helena Vernon, la honorable señora Dysart, se llama ahora.

—Sí, la recuerdo —contestó Martha, y palideció un poco.

—Sabía que estaba en el país y le escribí para pedirle que viniera a hacernos una visita larga —continuó la señorita Harriet, que no solía explicar las cosas, ni siquiera a Martha, aunque esta siempre era consciente del tipo de mensajes que enviaban los visitantes agradecidos—. Telegrafía para decir que tiene intención de anticipar su visita unos cuantos días y venir enseguida. Empieza a hacer calor en la ciudad, supongo. Me atrevería a decir que, con tanto tiempo en el extranjero, no le importa viajar en domingo. ¿Crees que Hannah estará preparada? Tendremos que cenar un poco más tarde.

—Sí, señorita Harriet —dijo Martha. Se preguntaba si era capaz de hablar como siempre, pues sentía un zumbido en los oídos—. Me dará tiempo a coger algunas fresas; a la señorita Helena le encantan nuestras fresas.

—¡Vaya! Lo había olvidado —dijo la señorita Pyne, un poco confusa por algo bastante poco habitual en el rostro de Martha—. Encontraremos a la señora Dysart muy cambiada, Martha; han pasado muchos años desde que estuvo aquí. No la he visto desde la boda y ha pasado por muchas cosas, pobrecita. Será mejor que abras la habitación del salón y la arregles antes de bajar.

—Creo que está lista —dijo Martha—. Puedo subir unas cuantas rosas silvestres antes de que llegue.

—Sí, siempre eres tan considerada —dijo la señorita Pyne con insólito sentimiento.

Martha no contestó. Observó con tristeza el telegrama. Nunca antes había sospechado realmente que la señorita Pyne no estuviera al tanto del amor que había albergado por Helena todos esos años; era medio doloroso medio glorioso guardar un secreto así; casi no podía soportar este instante de sorpresa.

En aquel momento las noticias pusieron alas en sus pies. Cuando Hannah, la cocinera, que no había conocido a la señorita Helena, fue al salón una hora más tarde para hacerle algún recado a su señora, descubrió que la desconocida debía de ser alguien muy importante. Nunca había visto la mesa para cenar como lucía aquella noche, e incluso en el salón había ramos frescos en antiguos jarrones indios, y lirios en el vestíbulo, flores por todas partes, como si fuera un día de fiesta grande.

La señorita Pyne se sentó junto a la ventana a observar, con su mejor vestido, con aspecto señorial y tranquilo; ya casi nunca salía y era casi la hora del carruaje. Martha justo llegaba del jardín con las fresas y con más flores en el delantal. Era una luminosa y fresca noche de junio, con los ruiseñores dorados cantando en los olmos y el sol cayendo tras los manzanos al pie del jardín. La hermosa casa antigua permanecía abierta para la visita que se esperaba desde hacía largo tiempo.

—Creo que me acercaré a la verja —dijo la señorita Pyne, mirando a Martha para obtener su aprobación. Martha asintió y bajaron juntas por el ancho camino delantero.

Hubo un ruido de caballos y ruedas sobre el suelo del camino. Al principio Martha no podía ver nada; se quedó al otro lado de la verja, detrás de los lilos blancos mientras llegaba el carruaje. La señorita Pyne estaba ahí; alargando los brazos para estrechar entre ellos a una pequeña y encorvada figura vestida de negro.

—¡La señorita Helena es una anciana como yo! —Martha sollozó de pena; nunca pensó que fuese a ser así; era lo único que no podía soportar.

—¿Dónde estás, Martha? —llamó la señorita Pyne—. Martha llevará esto adentro; ¿te acuerdas de mi buena Martha, Helena?

Helena levantó la vista y sonrió igual que solía hacer en los viejos tiempos. Los ojos jóvenes seguían ahí en aquel rostro cambiado, y la señorita Helena volvió.

Aquella noche Martha esperó en la habitación de su señora igual que hacía en el pasado, humilde y silente, y realizó todas las viejas tareas no olvidadas. Los largos años parecían días. Al final se quedó un momento intentando pensar en algo más que pudiera hacer y después se fue en silencio, pero Helena la llamó de vuelta.

—Siempre te has acordado, ¿verdad, querida Martha? —dijo—. ¿No me vas a dar un beso de buenas noches, por favor?

Kate Chopin

Kate Chopin (1850-1904) nació en San Luis, Misuri. Hija de un rico inmigrante irlandés y de madre de ascendencia francesa, fue una escritora especializada en novela y relato breve. Casada en 1870 con Oscar Chopin, vivió en Nueva Orleans y en una plantación en Luisiana. Su prosa reflejó el interés por la cultura criolla y cajún y su preocupación por el papel de la mujer en la sociedad de su época. Autora de más de cien relatos, Kate Chopin levantó ampollas con la novela El despertar (1899), en la que abordaba con franqueza la sexualidad femenina. El libro estuvo durante décadas fuera de circulación.

Relato publicado en Times-Democrat el 20 de diciembre de 1896.

Lilas

La señora Adrienne Farival nunca anunciaba su llegada, pero las amables monjas sabían muy bien cuándo buscarla. Cuando el aroma de las lilas comenzaba a impregnar el aire, la hermana Agathe se volvía hacia la ventana varias veces al día; en su rostro, la expresión feliz y beatífica con la que las almas puras y sencillas esperan la llegada de aquellos a quienes aman.

Pero no fue la hermana Agathe sino la hermana Marceline quien primero la vio cruzar el hermoso césped que subía hacia el convento. Llevaba los brazos llenos de ramos de lilas enormes que había ido recogiendo por el camino. Iba vestida por completo de marrón, como uno de los pájaros que llegan con la primavera, solían decir las monjas. Su figura era redonda y grácil, y caminaba con paso feliz y animado. El cabriolé que la había llevado hasta el convento se movía lento sobre el camino de grava que conducía hasta la imponente entrada. Junto al cochero iba su modesto baúl negro, con su nombre y dirección impresos encima con letras blancas: «Sra. A. Farival. París». Fue el crujido de la grava lo que atrajo la atención de la hermana Marceline. Entonces comenzó el revuelo.

De pronto asomaron cabezas con tocas blancas por las ventanas; ella las saludó agitando el parasol y el ramo de lilas. La hermana Marceline y la hermana Marie Anne aparecieron, agitadas y expectantes, en la puerta de entrada. Pero la hermana Agathe, la más atrevida e impulsiva de todas, bajó los escalones y corrió por el césped para recibirla. ¡Qué abrazos en los que las lilas quedaban estrujadas entre ambas! ¡Qué ardientes besos! ¡Qué rosados rubores de alegría aparecían en las mejillas de ambas mujeres!

Una vez dentro del convento, los dulces ojos castaños de Adrienne se humedecieron con ternura cuando acariciaron los objetos familiares que la rodeaban y percibieron hasta el más mínimo detalle. Los blancos tableros desnudos del suelo no habían perdido ni un ápice de lustre. Las recias sillas de madera, colocadas en filas contra las paredes del vestíbulo y el salón, parecían haber sido abrillantadas desde que ella las había visto, la pasada temporada de lilas. Y había un nuevo cuadro del Sagrado Corazón colgado sobre la mesa del vestíbulo. ¿Qué habían hecho con santa Catalina de Siena, que había ocupado aquella posición de honor durante tantos años? En la capilla —no tenía sentido intentar engañarla—, percibió al primer vistazo que el manto de san José había sido embellecido con una nueva capa de azul y que la aureola de su cabeza había sido dorada recientemente. ¡Y la Santa Virgen allí olvidada! Aún con el atuendo de la primavera anterior, que parecía casi harapiento en comparación. ¡No era justo aquel favoritismo! La Santa Madre tenía razones para estar celosa y quejarse.

Pero Adrienne no demoró más el momento de presentar sus respetos a la madre superiora, cuya dignidad no le permitía más que salir a la puerta de sus estancias privadas para dar la bienvenida a esta antigua pupila. De hecho, era la dignidad personificada: grande, intransigente, inflexible. Besó a Adrienne con calidez y discutieron temas convencionales con erudición y de modo prosaico durante el cuarto de hora que la joven pasó en su compañía.

Fue entonces cuando fue presentado para su inspección el último regalo de Adrienne, que siempre traía un hermoso presente para la capilla en su pequeño baúl negro. El año pasado fue un collar de gemas para la Santa Virgen, que la Santa Madre solo lucía en ocasiones especiales, como días de fiesta grande o de guardar. El anterior había sido un precioso crucifijo: una figura de Cristo en marfil suspendida de una cruz de ébano, cuyos extremos estaban adornados con plata labrada. Esta vez se trataba de un paño de altar bordado, de labor tan exquisita y delicada que la madre superiora, que conocía el valor de estas cosas, reprendió a Adrienne por el derroche.

—Pero querida Madre, sabe que es el mayor placer que tengo en esta vida; estar con ustedes una vez al año y traer alguna pequeña muestra de mi aprecio.

La madre superiora la despidió con esta réplica:

—Siéntase como en casa, hija mía. La hermana Thérèse atenderá sus necesidades. Ocupará la cama de la hermana Marceline al final del dormitorio, sobre la capilla. Compartirá la habitación con la hermana Agathe.

Siempre se asignaba a una de las monjas para acompañar a Adrienne durante los quince días que permanecía en el convento. Esto se había convertido casi en una regla fija. Solo durante las horas de recreo se encontraba con el resto de la congregación. Eran horas de jolgorio inofensivo bajo los árboles o en el refectorio de las monjas.

Esta vez era la hermana Agathe quien la esperaba al otro lado de la puerta de la madre superiora. Era más alta y esbelta que Adrienne, y quizás diez años mayor. Su rostro blanco se enrojecía y palidecía con cada emoción que afectaba a su alma. Ambas mujeres se tomaron del brazo y salieron juntas al aire libre.

Había muchas cosas que la hermana Agathe sentía que Adrienne debía ver. Para empezar, la ampliación del corral de aves, con sus docenas y docenas de nuevos inquilinos. Ahora ocupaba todo el tiempo de una de las novicias encargarse de ellos. No se habían hecho cambios en el huerto, pero sí, los había habido. El ojo rápido de Adrienne los detectó enseguida. El año pasado, el viejo Philippe había plantado sus coles en un gran cuadrado a la derecha. Este año estaban colocadas en un trozo alargado a la izquierda. ¡Cómo se rio la hermana Agathe al pensar que Adrienne había notado un cambio tan insignificante! Y llamó al viejo Philippe, que estaba clavando una celosía suelta no muy lejos de allí, para informarle de ello.

Él nunca fallaba en decirle a Adrienne el buen aspecto que tenía y cómo estaba más joven cada año. Además, era una delicia recordar sus escapadas juveniles y traviesas. Nunca olvidaría el día que desapareció y tuvo al convento alborotado. Y cómo al final había sido él quien la había descubierto subida a una de las ramas más altas del árbol más alto de los campos, adonde había trepado ¡para poder ver París! ¡Y el castigo posterior! Tuvo que aprenderse de memoria la mitad del evangelio del Domingo de Ramos.

—Podemos reírnos de aquello, mi buen Philippe, pero debemos recordar que madame ahora es más mayor y más sensata.

—Lo sé, hermana Agathe, uno deja de hacer locuras tras los primeros días de juventud.

Y Adrienne pareció muy sorprendida ante la sabiduría de la hermana Agathe y de Philippe, el jardinero del convento.

Poco después, cuando se sentaron sobre un banco rústico desde donde se veía el sonriente paisaje que las rodeaba, Adrienne le estaba diciendo a la hermana Agathe, que le sostenía la mano y la acariciaba con cariño:

—¿Recuerdas mi primera visita, hace cuatro años, hermana Agathe? ¡La sorpresa que supuso para todas vosotras!

—¡Como si pudiera olvidarlo, querida!

—¡Yo tampoco! Siempre recordaré aquella mañana mientras caminaba por el bulevar con un peso en el pecho, ¡oh, un peso que odio recordar! De pronto, me llegó una ráfaga del dulce olor a lilas. Una joven que había pasado junto a mí llevaba un ramo de ellas. ¿Sabías, hermana Agathe, que no hay nada que haga revivir más intensamente un recuerdo que un perfume, un aroma?

—Tienes razón, Adrienne. Porque, ahora que lo dices, puedo sentir cómo el olor del pan recién hecho, cuando la hermana Jeanne lo hornea, siempre me hace pensar en la gran cocina de ma tante de Sierge, y en Julie, la tullida, que se sentaba siempre a hacer punto junto a la ventana soleada. Y nunca huelo el dulce aroma de la madreselva sin revivir de nuevo el bendito día de mi primera comunión.

—Pues eso es lo que me ocurrió, hermana Agathe, cuando el aroma de las lilas cambió por completo el discurrir de mis pensamientos y mi desánimo. El bulevar, los ruidos, la multitud, desaparecieron ante mis sentidos como si se hubieran esfumado por arte de magia. Estaba de pie allí con mis pies hundidos en el césped como lo están ahora mismo. Podía ver la luz del sol rebotando en aquel viejo muro de piedra blanca, podía escuchar el canto de los pájaros, igual que lo oímos ahora, y el zumbido de los insectos en el aire. Y a través de todo eso podía ver y oler las flores del lilo, cabeceando de forma invitadora desde sus ramas frondosas. Pareciera que este año están más exuberantes que nunca, hermana Agathe. Y ¿sabes?, me puse como una enragée, nada me haría cambiar de opinión. No recuerdo ahora adónde me dirigía, pero me di la vuelta y rehíce mis pasos hacia casa enfebrecida por la agitación: «¡Sophie! Mi baúl pequeño, ¡rápido, rápido! El negro. ¡Unas cuantas ropas! Me voy. No me hagas preguntas. Volveré dentro de dos semanas». Y desde entonces, cada año, lo mismo. A la primera señal del aroma de las lilas ¡me voy! No hay nada que me detenga.

—¡Y cómo te espero y observo esos lilos, Adrienne! Si alguna vez no vinieras, sería como si la primavera llegase sin la luz del sol o el canto de los pájaros. Pero sabes, mi niña, que a veces he tenido miedo de que, en momentos de desánimo como el que acabas de describir, no te vuelvas como deberías hacia tu Santa Madre del Cielo, que siempre está lista para ofrecer consuelo y solaz a un corazón afligido con el precioso bálsamo de su compasión y su amor.

—Quizás no lo haga, querida hermana Agathe. Pero no puedes imaginar las molestias a las que soy sometida constantemente. ¡Solo esa Sophie y sus maneras detestables! Te aseguro que ella sola es suficiente para llevarme a Saint Lazare.1

—No me extraña. Comprendo que las dificultades de vivir en el mundo deben ser muy grandes, Adrienne, especialmente para ti, mi pobre niña, que tienes que soportarlas sola, ya que Dios Todopoderoso quiso llamar a tu querido esposo. Pero, por otra parte, vivir la vida que nuestro Señor ha trazado para cada una de nosotras debe traernos resignación e incluso cierta calma. Tienes tus deberes de ama de casa, Adrienne, y tu música, a la que, según dices, sigues dedicándote. Y después, siempre están las buenas obras, los pobres, que siempre están con nosotras, para aliviarlos, y los afligidos para confortarlos.

—¡Pero, hermana Agathe! ¿Oyes eso? ¿No es acaso La Rose caminando al borde del pasto? Me parece que me está reprochando ser una ingrata por no haber besado aún su blanca frente. ¡Venga, vamos!

Las dos mujeres se pusieron en pie y caminaron de nuevo, cogidas de la mano esta vez, sobre la mullida hierba hasta la suave pendiente que bajaba hasta el amplio y plano pasto y el límpido arroyo que fluía fresco desde los bosques. La hermana Agathe caminaba con su paso compuesto y monjil. Adrienne, con un movimiento de balanceo, un paso que era casi un brinco, como si la tierra respondiera a su ligera pisada con un impulso sutil.

Se detuvieron sobre el puente que cruzaba el arroyo estrecho que dividía las tierras del convento del prado que había más allá. Para Adrienne era un placer indescriptible estar allí conversando en voz baja y suave con la monja de rostro amable, mientras observaban el atardecer. El borboteo del agua debajo de ellas, el mugido de las vacas que llegaba desde la distancia, eran los únicos sonidos que interrumpían la quietud, hasta que los tonos distinguibles de la campana del ángelus se escucharon desde la torre del convento. Ante su tañido, ambas mujeres se pusieron de rodillas instintivamente y se persignaron. La hermana Agathe repetía la invocación habitual, a la que Adrienne respondía con un tono musical:

«El ángel del Señor se anunció a María, y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo…».

Y así siguieron, hasta el final de la breve oración, después de la cual se levantaron y deshicieron sus pasos hasta el convento.

Con un placer sutil y candoroso, Adrienne se preparó para acostarse aquella noche. La habitación que compartía con la hermana Agathe era de un blanco inmaculado. Las paredes eran blancas por completo, salvo una única estampa florida que mostraba el sueño de Jacob a los pies de la escalera, sobre la cual los ángeles subían y bajaban. Los suelos desnudos, de un blanco amarillento suave, con dos pequeños trozos de alfombra gris junto a cada cama impoluta. En el cabecero de las camas blancas había dos bénitiers que contenían agua bendita en esponjas.

La hermana Agathe se desvistió sin hacer ruido detrás de su cortina y se deslizó al interior de la cama sin haber revelado, a la débil luz de la vela, más que una sombra de sí misma. Adrienne correteó por la habitación, agitó y dobló sus ropas con gran cuidado, colocándolas sobre el respaldo de una silla, tal y como le habían enseñado a hacer en el convento en su juventud.

Pero Adrienne no se podía dormir. No tenía especial deseo de hacerlo. Aquellas horas le parecían demasiado preciosas para lanzarlas al olvido del sueño.

—¿No te duermes, Adrienne?

—No, hermana Agathe. Sabes que siempre me ocurre la primera noche. La emoción de mi llegada, o no sé qué, me mantiene desvelada.

—Reza el Ave María, querida niña, una y otra vez.

—Ya lo he hecho, hermana Agathe, pero no sirve de nada.

—Entonces quédate quieta de lado y no pienses más que en tu respiración; he oído que eso pocas veces falla.

—Lo intentaré. Buenas noches, hermana Agathe.

—Buenas noches, querida. Que la Virgen María te guarde.

Una hora más tarde Adrienne aún estaba despierta, con los ojos como platos, escuchando la respiración acompasada de la hermana Agathe. El viento que pasaba por los tejados, el incesante balbuceo del riachuelo, eran algunos de los sonidos que le llegaban veladamente a través de la noche.

Los siguientes días de aquella quincena fueron muy similares en carácter al primer día de su llegada, apacibles y sin acontecimientos, con la única excepción de que escuchaba misa devotamente cada mañana muy temprano en la capilla del convento y los domingos cantaba en el coro con su agradable y cultivada voz, que era escuchada con deleite y el más cálido aprecio.

Cuando llegó el día de la partida, la hermana Agathe no se conformó con despedirse en el portal como hicieron las demás. Caminó por el sendero junto al viejo y crepitante cabriolé, diciendo adiós con la mano en respuesta al pañuelo que Adrienne agitaba. Cuatro horas después, la hermana Agathe, que estaba preparando a las pequeñas para su primera comunión, miró el reloj del aula y murmuró:

—Adrienne ya está en casa.

Sí, Adrienne estaba en casa, París se la había tragado.

En el mismo instante en que la hermana Agathe miró el reloj, Adrienne, vestida con un encantador negligé, se reclinaba indolente en las profundidades de un lujoso sillón. La habitación iluminada estaba en su estado habitual de pintoresco desorden. Las partituras estaban esparcidas sobre el piano abierto. Sobre los respaldos de las sillas, tirados sin cuidado, había vestidos de aspecto sorprendente y misterioso.

En una gran jaula dorada junto a la ventana había un torpe loro verde. Parpadeaba tontamente ante una joven vestida de calle que se esforzaba por hacerle hablar.

En el centro de la habitación se encontraba Sophie, la piedra en el zapato de su señora. Con las manos metidas en los profundos bolsillos del delantal y el almidonado gorro blanco agitándose con cada movimiento empático de su canosa cabeza, no paraba de hablar, para evidente fastidio de las dos jóvenes.

—Dios sabe lo que he aguantado estos seis años que llevo con la señorita, pero nunca había tenido que soportar las indignidades de estas últimas dos semanas por parte de ese hombre que se hace llamar representante. Desde el primer día, tonta de mí, que le notifiqué enseguida la partida de la señorita, se presentó aquí como un ogro. Insistía en saber el paradero de la señorita. ¿Cómo voy a decirle más de lo que le diría la estatua de la plaza? ¡Y me llama mentirosa! Dice que está arruinado. Que el público no aceptará a La Petite Gilberta en el papel que ha hecho famosa a la señorita… La Petite Gilberta, que baila como un muñeco de madera y canta como una traînée en un café chantant. Si yo le contase eso a La Gilberta, que podría hacerlo fácilmente, le garantizo que no le quedaría ni un pelo de la cabeza de los pocos que le restan a ese miserable.

»¿Qué podía hacer él? Se vio obligado a informar al público de que la señorita se encontraba enferma. ¡Ahí empezó mi verdadero tormento! ¡Contestar a este y al otro con sus tarjetas, sus flores, sus fruslerías en platos tapados! Lo que, debo admitir, nos ha ahorrado cocinar un montón a Florine y a mí. Y mientras tanto tenía que decirles que el médico le había aconsejado a la señorita que descansara durante dos semanas en algún balneario, cuyo nombre había olvidado.

Adrienne había estado observando a la vieja Sophie con los ojos perplejos, a medio cerrar, mientras le lanzaba rosas de invernadero que tenía en su regazo y que arrancaba de sus delicados tallos para tal propósito. Cada rosa impactaba de lleno en el rostro de Sophie, pero no conseguían desconcertarla ni detener el torrente de su charla.

—Por Dios, Adrienne —dijo la muchacha junto a la jaula del loro—, haz que se calle; por favor. ¿Cómo va Zozo a hablar así? Ha estado a punto de decir algo una docena de veces. Te lo digo, esta mujer le abruma con su cháchara.

—Querida Sophie —dijo Adrienne, sin cambiar de actitud—, se me han acabado las rosas. Pero te aseguro que te lanzaré cualquier otra cosa que tenga a mano —dijo cogiendo despreocupada un libro de la mesa que había junto a ella—. ¿Qué es esto? ¡El señor Zola! Te lo advierto, Sophie, la pesadez del señor Zola es tal que no dudará en postrarte; deberías estar agradecida si te quedan fuerzas para ponerte de nuevo en pie.

—Las bromas de la señorita están muy bien, pero si me van a despedir, y si me va a dejar tullida, debo decir que creo que la señorita es una mujer inconsciente y sin corazón. ¡Torturar así a un hombre! ¿A un hombre? ¡Qué digo! ¡A un ángel!

»Todos los días venía con el rostro triste y el semblante mustio. “¿Hay noticias de la señorita Adrienne?”.

»“Ninguna, señor Henri”. “¿Tiene usted idea de adónde ha ido?”. “No más que la estatua de la plaza, señor”. “¿Y es posible quizás que no vuelva nunca?”, con el rostro pálido como esa cortina.

»“Le aseguro que volverá dentro de quince días. Le ruego que tenga paciencia”. Y él arrastrándose, désolé, por la habitación, cogiendo el abanico de la señorita, sus guantes, sus partituras, y dándoles vueltas y vueltas entre sus manos. La zapatilla de la señorita, que usted me tiró en la impaciencia de su partida y que a propósito yo dejé allí donde cayó sobre el chifonier, él la besó, le vi hacerlo, y después se la metió en el bolsillo creyendo que no lo veía.

»Todos los días la misma canción. Le pedía que tomase un poco de sopa que había preparado. “No puedo comer, querida Sophie”. La otra noche vino y se quedó largo rato observando las estrellas a través de la ventana. Cuando se volvió se estaba secando los ojos; los tenía rojos. Dijo que había estado cabalgando entre el polvo y se le habían inflamado. Pero bien sé yo que había estado llorando.

»Ma foi ! Yo en su lugar no aguantaría tales crueldades. Saldría por ahí a divertirme. ¿De qué sirve, si no, ser joven?

Adrienne se levantó con una carcajada. Se acercó y tomó a Sophie por los hombros y la agitó hasta que la blanca cofia se bamboleó sobre su cabeza.

—¿De qué sirve toda esta letanía, querida Sophie? ¡Todos los años lo mismo! ¿Acaso te has olvidado de que vengo de un largo y polvoriento viaje en tren y de que me estoy muriendo de hambre y sed? Tráenos una botella de Château d’Yquem y unas galletas y mi pitillera.

Sophie se había liberado y se alejaba hacia la puerta.

—¡Ah, Sophie! Si el señor Henri aún está esperando, dile que suba.

Era exactamente un año más tarde. La primavera había vuelto y París estaba embriagado.

La vieja Sophie estaba sentada en su cocina soltándole un sermón a una vecina que había venido a pedirle algún insignificante utensilio de cocina a la vieja bonne.

—¿Sabes, Rosalie? He empezado a creer que es un ataque de locura que le da una vez al año. No se lo diría a todo el mundo, pero sé que esto no saldrá de aquí. Debería tratarse, debería consultar a un médico; no está bien no ocuparse de estas cosas y dejar que sigan su curso.

»Esta mañana ha aparecido como un trueno. Como estoy aquí sentada que no ha habido ni pensamiento ni mención de un viaje. El panadero ha entrado en la cocina, ya sabes lo galante que es, siempre le tiene el ojo echado a alguna muchacha. Dejó el pan sobre la mesa y al lado un ramo de lilas. No sabía que ya hubiesen florecido. “Para la señorita Florine, con mis respetos”, dijo con su sonrisa tonta.

»Como te imaginas, no iba a distraer a la señorita Florine de su trabajo para darle las flores del panadero. Pero igualmente tampoco iba a dejar que se pusieran mustias. Me fui con ellas en la mano al comedor para coger un jarrón de mayólica que había guardado en el armario de allí, en un estante de arriba, porque tenía el asa rota. La señorita, que se levanta pronto, acababa de salir de su baño y cruzaba el vestíbulo que se abre al comedor. Tal y como estaba, con su peignoir blanco, asomó la cabeza al comedor, olisqueando el aire y exclamó: “¿Qué es ese olor?”.

»Vio las flores en mi mano y se lanzó sobre ellas como un gato sobre un ratón. Las estrechó contra sí, hundiendo el rostro en ellas durante mucho tiempo, emitiendo solo un largo “ah”.

»“Sophie, me voy. Saca el baúl negro pequeño; unos cuantos vestidos sencillos, el vestido marrón que aún no está gastado”.

»“Pero, señorita”, protesté yo, “se olvida de que ha pedido un desayuno de cien francos para mañana”.

»“¡Cállate!”, me gritó golpeando el suelo con los pies.

»“Se le olvida cómo se va a enfadar el representante”, insistí, “y cómo me vilipendiará. Y usted se irá tal cual sin una palabra de despedida para el señor Paul, que es un ángel en la tierra”.

»Te digo, Rosalie, que le salían llamas por los ojos.

»“¡Haz lo que te digo inmediatamente”, exclamó, “o te estrangularé, a ti, a tu señor Paul, a tu representante y a tus cien francos!”.

—Sí —afirmó Rosalie—, está loca. Tuve una prima que le dio un ataque igual una mañana, cuando olió el hígado de ternera friéndose con cebolla. Hicieron falta dos hombres para sujetarla antes de que cayera la noche.

—Me doy perfecta cuenta de que es locura, mi querida Rosalie, y no dije ni una palabra más, pues temía por mi vida. Simplemente obedecí cada orden en silencio. Y ahora, ¡pues se ha ido! Dios sabe dónde. Pero entre nosotras, Rosalie, no se lo diría a Florine, no creo que esté bien. Yo, en el lugar del señor Paul, haría que la observaran. Le pondría un detective para que la siguiera.

»Ahora voy a cerrar a cal y canto la casa. El señor Paul, el representante, los visitantes… ya pueden venir todos y llamar y gritar todo lo que quieran. ¡Estoy harta! Harta de que me desprecien y de que me llamen mentirosa. ¡A mi edad, Rosalie!

Adrienne dejó el baúl en la pequeña estación de tren, ya que el viejo cabriolé no estaba disponible en ese momento, y caminó complacida los kilómetros de agradable paseo que llevaban al convento. Qué calma infinita, qué pacífico encanto tenía el campo, verde y ondulante, que se extendía a ambos lados. Caminaba junto a la carretera, haciendo girar su parasol; murmurando una canción alegre, cortando aquí y allá un brote o una hoja cerosa de los setos junto al camino, y durante todo el trayecto daba enormes tragos de complacencia y contento.

Se detuvo, como siempre había hecho, a coger lilas por el camino.

Mientras se acercaba al convento se imaginó que un rostro con toca blanca había mirado fugazmente por la ventana, pero podía estar equivocada. Evidentemente, no la habían visto y esta vez las tomaría de imprevisto. Se sonrió al pensar cómo la hermana Agathe soltaría un gritito alegre de sorpresa, y en su imaginación ya sintió el calor y la ternura del abrazo de la monja. Y cómo la hermana Marceline y las demás se reirían y se burlarían de sus mangas abullonadas, pues las mangas abullonadas se habían puesto de moda desde el año pasado y los antojos de la moda siempre les ofrecían enorme diversión a las monjas. No, sin duda no la habían visto.

Subió los escalones de piedra con ligereza y tocó la campana. Pudo escuchar el agudo sonido metálico reverberar a través de las salas. Antes de que la última nota se hubiera disipado, la puerta fue abierta ligeramente, con mucho cuidado, por una seglar que se quedó allí de pie con los ojos bajos y las mejillas ardiendo. A través de la estrecha abertura le extendió a Adrienne un paquete y una carta diciendo, en tono confuso, «por orden de nuestra madre superiora», después de lo cual cerró la puerta rápidamente y giró la enorme llave del cerrojo.

Adrienne se quedó estupefacta. No era capaz de comprender el significado de tan singular recepción. Las lilas cayeron de sus brazos al pórtico de piedra sobre el que se encontraba. Giró la nota y el paquete entre las manos de forma estúpida, temiendo por instinto lo que podía revelar su contenido.

El perfil del crucifijo se podía sentir claramente bajo el envoltorio y adivinó, sin tener el valor de asegurarse de ello, que el collar y el paño de altar lo acompañaban.

Se apoyó sobre la pesada puerta de roble y abrió la carta. Pareció no leer palabra por palabra las pocas líneas amargas y llenas de reproches, esas líneas que le prohibían por siempre el acceso a aquel remanso de paz, donde su alma deseaba llegar y refrescarse. Se imprimieron como un todo en su cerebro, en su completa crueldad, no se atrevía a llamarlo injusticia.

No había ira en su corazón; eso sin duda llegaría más tarde, cuando su inteligencia nublada comenzara a buscar los orígenes de aquella traición. Ahora, solo había lugar para las lágrimas. Inclinó la cabeza sobre el sólido panel de roble y lloró con el abandono de una niña.

Bajó los escalones con paso débil y arrastrado. Una vez en el camino, se volvió para mirar la imponente fachada del convento, esperando ver un rostro familiar, una mano, incluso, que le hiciera un débil gesto de que aún era amada por algún corazón fiel. Pero solo vio las ventanas limpias mirándola como un montón de ojos fríos, brillantes y reprobadores.

En la pequeña habitación blanca sobre la capilla, una mujer se arrodillaba junto a la cama en la que Adrienne había dormido. Su rostro se apretaba sobre la almohada en el esfuerzo de silenciar los sollozos que agitaban su cuerpo. Era la hermana Agathe.

Tras unos instantes, una hermana seglar salió por la puerta con un cepillo y barrió las lilas que Adrienne había dejado caer en el pórtico.

1 Prisión-hospital de París (Nota de la Traductora).

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22 октября 2025
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9788412261714
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