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Título original: Un capitaine de quinze ans

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO355

ISBN: 9788491871750

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRIMERA PARTE. I EL BERGANTÍN GOLETA PILGRIM

II. DICK SAND

III. EL OBJETO PERDIDO

IV. LOS SUPERVIVIENTES DEL WALDECK

V. S. V.

VI. UNA BALLENA A LA VISTA

VII. PREPARATIVOS

VIII. LA YUBARTA

IX. EL CAPITÁN DICK SAND

X. LOS CUATRO DÍAS SIGUIENTES

XI. TEMPESTAD

XII. EN EL HORIZONTE

XIII. ¡TIERRA! ¡TIERRA!

XIV. LO QUE CONVIENE HACER

XV. HARRIS

XVI. LA MARCHA

XVII. CIEN MILLAS EN DIEZ DÍAS

XVIII. LA TERRIBLE PALABRA

SEGUNDA PARTE. I. LA TRATA

II. HARRIS Y NEGORO

III. EN MARCHA

IV. LOS MALOS CAMINOS DE ANGOLA

V. LECCIÓN SOBRE LAS HORMIGAS EN UN HORMIGUERO

VI. LA ESCAFANDRA

VII. UN CAMPAMENTO A ORILLAS DEL COANZA

VIII. NOTAS DE DICK SAND

IX. KAZONDE

X. UN DÍA DE GRAN MERCADO

XI. UN PONCHE OFRECIDO AL REY DE KAZONDE

XII. UN ENTIERRO REAL

XIII. EL INTERIOR DE UNA FACTORÍA

XIV. ALGUNAS NOTICIAS ACERCA DEL DOCTOR LIVINGSTONE

XV. HASTA DÓNDE PUEDE CONDUCIR UNA MANTÍCORA

XVI. UN MGANGA

XVII. A LA DERIVA

XVIII. DIVERSOS INCIDENTES

XIX. S. V.

XXXVIII. CONCLUSIÓN

NOTAS


PRIMERA PARTE I
EL BERGANTÍN GOLETA PILGRIM

El 2 de febrero de 1873, el bergantín Pilgrim se encontraba entre los 43º 57’ de latitud sur y los 165º 19’ de longitud oeste del meridiano de Greenwich.

Este barco de cuatrocientas toneladas, armado en San Francisco para la pesca de altura en los mares australes, pertenecía a James W. Weldon, rico armador de California, que desde hacía muchos años había confiado su mando al capitán Hull.

El Pilgrim era uno de los buques más pequeños, pero de los mejores de la flotilla que James W. Weldon enviaba todas las estaciones, unas veces al otro lado del estrecho de Bering, hasta los mares boreales, otras a Tasmania o al cabo de Hornos, hasta el océano Antártico. Era muy marinero. Su aparejo, muy manejable, le permitía aventurarse, con muy pocos hombres, hasta los bancos de hielo del hemisferio austral. El capitán Hull sabía desenvolverse en medio de estos hielos que durante el estío derivan hasta Nueva Zelanda o hasta el cabo de Buena Esperanza, en una latitud más baja que la que alcanzan en los mares septentrionales. Es verdad que no se trataba en aquellos mares sino de témpanos de no muy grandes dimensiones, erosionados por los choques, debilitados por las aguas templadas, y de los cuales la mayor parte van a fundirse al Pacífico o al Atlántico.

Bajo las órdenes del capitán Hull, buen marino, y también uno de los hábiles arponeros de la flotilla, estaba una tripulación compuesta de cinco marineros y un grumete. Para la pesca de la ballena, que exige un personal muy numeroso, eran pocos. Se necesita mucha gente, tanto para las maniobras de las embarcaciones de ataque, como para el descuartizamiento de la pesca capturada. Pero, a ejemplo de otros armadores, James W. Weldon encontraba más económico no embarcar en San Francisco más que el número de marineros necesario para tripular la embarcación. En Nueva Zelanda no faltan arponeros de todas las nacionalidades, desertores o de otra clase, que buscan ser contratados para la estación, y que hacen perfectamente el oficio de pescadores. Concluida la temporada de pesca, se les paga, se les desembarca y ellos esperan a que los balleneros del año siguiente vengan a reclamar sus servicios. De esta forma se ocupa mejor a los marineros disponibles, y se saca más provecho de su cooperación.

Así había sucedido a bordo del Pilgrim. El bergantín goleta acababa de terminar su temporada de pesca en el límite del círculo polar antártico; pero no había llenado sus barriles de aceite, de barbas en bruto, ni cortadas. En esta época la pesca ya era difícil. Los cetáceos, perseguidos con exceso, eran muy escasos. La ballena franca, que llamada Nord-Caper en el océano boreal, y Sulpher-Boltone en los mares del Sur, tendía a desaparecer. Los pescadores tenían que contentarse con coger el fin-back o jubarta, gigantesco mamífero al cual no se puede atacar sin correr un gran riesgo.

Esto era lo que había hecho el capitán Hull durante esta campaña, pero se prometía en su próximo viaje subir más alto en latitud y, su era necesario, ir hasta dar vista a las tierras de Clarie y Adelia, cuyo descubrimiento es disputado por el americano Wilkes, pero que en realidad pertenece al ilustre comandante del Astrolabe y de la Zetée, o sea al francés Dumont de Urville.

En una palabra, la temporada de pesca no había sido muy feliz para el Pilgrim. A principios de enero, es decir, hacia la mitad del verano austral, el capitán Hull se había visto obligado a abandonar los caladeros de pesca, aunque no era aún la época de regresar los balleneros. Su tripulación de refuerzo, conjunto de gente perdida, le buscó pretextos, como suele decirse, y tuvo que pensar en separarse de ellos.

El Pilgrim puso proa al noroeste hacia tierras de Nueva Zelanda, que avistó el 15 de enero. Llegó a Waitemata, puerto de Auckland, situado en el fondo del golfo de Chouraki, en la costa este de la isla del Norte, y desembarcó los pescadores que había contratado para la temporada de pesca.

La tripulación no estaba contenta. Faltaban para completar el cargamento del Pilgrim, lo menos doscientos barriles de aceite. Nunca habían hecho tan mala pesca. El capitán Hull regresaba visiblemente contrariado como un cazador afamado que por primera vez vuelve sin caza, o poco menos. Su amor propio, muy afectado, estaba en juego, y no perdonaba a los vagabundos, cuya insubordinación había comprometido los resultados de su campaña.

En vano trató de reclutar una nueva tripulación de pesca en Auckland; todos los marineros disponibles estaban embarcados en los demás buques balleneros. Fue necesario renunciar a la esperanza de completar el cargamento del Pilgrim, y el capitán Hull se disponía a dejar definitivamente Auckland, cuando le hicieron una petición de pasaje a que no podía negarse a admitir.

La señora Weldon, esposa del armador del Pilgrim, su hijo Jack, niño de cinco años, y un pariente de ellos a quien llamaban el primo Benedicto, estaban en Auckland. James W. Weldon, cuyas operaciones comerciales le obligaban a visitar algunas veces Nueva Zelanda, había llevado a los tres pensando volverlos pronto a San Francisco.

Pero en el momento en que toda la familia iba a partir, el pequeño Jack cayó gravemente enfermo, y su padre, reclamado imperiosamente por los negocios, tuvo que salir de Auckland, dejando a su mujer, su hijo y al primo Benedicto.

Habían pasado tres meses de larga separación, sumamente sensible para la señora Weldon. Entre tanto, su hijo se restableció y estaban ya en disposición de marchar, cuando avisaron la llegada del Pilgrim.

Ahora bien, para volver a San Francisco en esta época, la señora Weldon necesitaba ir a Australia a encontrar uno de los buques de la Compañía transoceánica del «Golden Age» que hacen el servicio entre Melbourne y el istmo de Panamá por Papeiti. Después, y una vez ya en Panamá, tendrían que esperar la salida del vapor americano, que establece una comunicación regular entre el istmo y California. De todo esto resultaban demoras, trasbordos, siempre molestos y desagradables para una mujer y un niño. Cuando pensaban en todo esto, el Pilgrim entró de arribada en Auckland. La señora Weldon no dudó ya y pidió al capitán Hull que los recibiese abordo, para llevarlos a San Francisco, a ella, a su hijo, el primo Benedicto y una vieja negra que la servía desde su infancia, y que se llamaba Nan. ¡Tres mil leguas marinas de navegación en su barco de vela! ¡Es verdad que el barco del capitán Hull estaba excelentemente servido y la estación era la mejor a ambos lados del Ecuador! El capitán Hull aceptó, y en breve puso su cámara a disposición de su pasajera. Quería que durante la travesía, que podría durar de cuarenta a cincuenta días, la señora Weldon estuviese instalada todo lo cómodamente que fuera posible a bordo del ballenero.

Había, pues, ciertas ventajas para la señora Weldon en hacer la travesía en estas condiciones. El único inconveniente que tenía era que habría que prolongar la travesía, por la circunstancia de que el Pilgrim debía ir a descargar a Valparaíso, en Chile. Una vez hecho esto, ya no habría más que subir a lo largo de la costa americana, con buenos vientos de tierra que hacen estos parajes muy agradables.

Por lo demás, la señora Weldon era una mujer valiente, a quien la mar no espantaba. De treinta años de edad a la sazón, de salud robusta, acostumbrada a los viajes por mar por haber participado con su marido de las fatigas de muchas travesías, no temía las vicisitudes del viaje a bordo de un buque de tan mediano tonelaje. Sabía que el capitán Hull era un excelente marino, en quien James W. Weldon tenía toda su confianza, y que el Pilgrim era un barco sólido, muy marinero, y muy acreditado entre los que componían la flotilla de balleneros americanos. Se presentó la ocasión: era preciso aprovecharla, y la señora Weldon la aprovechó.

El primo Benedicto, por supuesto, debía acompañarla.

Este primo era un buen hombre de unos cincuenta años aproximadamente. Pero a pesar de su edad, no hubiera sido prudente dejarle salir solo. Largo más que alto, estrecho más que delgado, de cara huesuda y enorme cráneo muy pelado, se reconocía en toda su interminable persona uno de esos dignos sabios de anteojos de oro, seres inofensivos y buenos, destinados a ser toda su vida niños grandes, y a morir muy viejos, como los centenarios que morían en lactancia. El primo Benedicto, que así se le llamaba invariablemente, aun fuera de la familia, era una de esas excelentes personas que tienen trazas de haber nacido primos de todo el mundo; el primo Benedicto, siempre mortificado con sus largos brazos y sus largas piernas, habría sido absolutamente incapaz de salir por sí solo de cualquier compromiso, aun en las circunstancias más ordinarias de la vida. No era molesto, no, sino embarazoso para los demás y para sí mismo.

Por lo demás, vivía fácilmente acomodándose a todo, olvidándose hasta de comer y beber si no le llevaban comida o bebida, insensible al frío como al calor y más parecía pertenecer al reino vegetal que al animal. Era como un árbol inútil, sin frutos y casi sin hojas, incapaz de alimentar ni de dar sombra a nadie; pero con un buen corazón.

Tal era el primo Benedicto. De buena gana hubiera hecho muchos servicios a las personas si, como diría Prudhomme, hubiera sido capaz de prestarlos.

Se le quería por su misma debilidad. La señora Weldon le miraba como hijo, como el hermano mayor de su Jack.

Conviene añadir que el primo Benedicto no estaba, sin embargo, ocioso; era, por el contrario, muy trabajador. Su única pasión, la historia natural, le absorbía todo el tiempo.

Decir «historia natural», es decir demasiado.

Se sabe que las diversas partes de que se compone esta ciencia son la zoología, la botánica, la mineralogía y la geología.

Ahora bien; el primo Benedicto no era en ningún grado ni botánico, ni mineralogista, ni geólogo.

¿Era, pues, un zoólogo en la completa acepción de la palabra; algo como una especie de Cuvier del Nuevo Mundo, que descomponía el animal por medio del análisis, o lo recomponía por medio de la síntesis, uno de esos profundos conocedores versados en el estudio de los cuatro tipos a que la ciencia moderna ha reducido toda la animalidad, vertebrados, moluscos, articulados y zoófitos? De estas cuatro especies, el sencillo, pero estudioso sabio, ¿había observado las diversas clases y escudriñado los órdenes, las familias, las tribus, los géneros, las especies, las variedades que las distinguen?

¿Se había dedicado al estudio de los vertebrados, mamíferos, aves, reptiles y peces? No.

¿Eran los moluscos, desde cefalópodos hasta los briozoarios, los que tenían su preferencia, y la malacología ya no tenía secretos para él?

Nada de eso.

¿Eran con los zoófitos, equinodermos, cacalefos, pólipos, entozoarios, espongiarios e infusorios con los que había consumido largo tiempo el aceite de su lámpara de estudio?

Tampoco eran los zoófitos, es necesario confesarlo.

Pero como no queda por citar más que una división de zoología, la de los articulados, claro es que sobre esta división se había ejercitado la pasión única del primo Benedicto.

Sí, y aun conviene precisarla.

El orden de los articulados se compone de seis clases: insectos, miriápodos, arácnidos, crustáceos, cirrópodos y anélidos.

Ahora bien, científicamente hablando, el primo Benedicto no habría podido distinguir una lombriz de una sanguijuela medicinal, un pica-pie de una bellota marina, una araña doméstica de un falso escorpión, un langostino de una ranina, un yules de una escolopendra.

Pero entonces, ¿qué era el primo Benedicto?

Un simple entomólogo y nada más.

Se contestará sin duda a esto que, en su acepción etimológica, la entomología es la parte de las ciencias naturales que comprende todos los articulados. Es verdad desde un punto de vista general; pero la costumbre ha establecido que a esta voz se la dé un sentido más restringido. No se aplica por consiguiente sino al estudio propiamente dicho de los insectos es decir: «a todos los animales articulados cuyo cuerpo, compuesto de anillos dispuestos uno después de otro, forma tres segmentos distintos, que poseen tres pares de patas, lo que les ha valido el nombre de hexápodos».

Y como el primo Benedicto se había concretado al estudio de los articulados de esta clase, no era más que un simple entomólogo.

¡Pero no hay que equivocarse! En esta clase de insectos se cuentan por lo menos diez órdenes: 1) ortópteros, 2) neurópteros, 3) himenópteros, 4) lepidópteros, 5) hemípteros, 6) coleópteros, 7) dípteros, 8) ripípteros, 9) parásitos, y 10) tisanuros.

1. Tipos: langostas, grillos, etc.

2. Tipos: hormiga-león, libélulas.

3. Tipos: abejas, avispas, hormigas.

4. Tipos: mariposas.

5. Tipos: cigarras, pulgones, pulgas, etc.

6. Tipos: saltones, gusanos de luz, etc.

7. Tipos: mosquitos, moscas.

8. Tipos: estílopes.

9. Tipos: ácaros, etc.

10. Tipos: lepismas, poduros.

Pues bien, como en algunos de estos órdenes, por ejemplo en el de los coleópteros, en el que se han clasificado treinta mil especies y setenta mil en el de los dípteros, no faltan ejemplares que estudiar, habrá de convenirse en que hay bastante con ellos para ocupar a un hombre solo.

Así toda la vida del primo Benedicto había sido entera y únicamente dedicada a la entomología.

A esta ciencia dedicaba todas sus horas, todas sin excepción, aun las del sueño, pues invariablemente soñaba con los hexápodos. No podría contarse el número de alfileres que llevaba clavados en las mangas y en el cuello de su frac, en el fondo de su sombrero y hasta en los ribetes del chaleco. Cuando el primo Benedicto volvía de algún paseo científico, su precioso sombrero de campo, particularmente, no era más que una caja de historia natural, de tal modo lo traía erizado interior y exteriormente de insectos atravesados.

Concluiremos con este ente original diciendo que su pasión entomológica le había llevado a acompañar a la familia Weldon a Nueva Zelanda. Allí su colección se había enriquecido con algunos ejemplares raros y se comprenderá que tuviese prisa por llegar a clasificarlos en los casilleros de su gabinete de San Francisco.

Y puesto que la señora Weldon y su hijo volvían a América con el Pilgrim, nada más natural que el primo Benedicto les acompañase durante esta travesía.

Pero la señora Weldon sabía que no debía contar con él jamás, si llegaba a encontrase en una situación crítica. Por fortuna, no se trataba sino de un viaje fácil de realizar durante la buena estación y en un barco cuyo capitán merecía toda su confianza. Durante los tres días de escala del Pilgrim en Waitemala, la señora Weldon hizo sus preparativos con gran prisa, porque no quería retardar la salida del bergantín goleta. Los criados indígenas que la habían servido en su casa en Auckland, fueron despedidos y el 22 de enero se embarcó en el Pilgrim llevando consigo a su hijo, el primo Benedicto y Nan, la vieja negra.

El primo Benedicto llevaba en una caja especial toda su colección de insectos. En esta colección figuraban, entre otros, algunas muestras de los nuevos estafilinos, especie de coleópteros carnívoros que tienen los ojos situados encima de la cabeza y que hasta entonces se había creído que eran propios de Nueva Caledonia. Le habían recomendado cierta araña venenosa, el «katipo» de los maoríes, cuya picadura es casi siempre mortal para los indígenas. Pero una araña no pertenece al orden de los insectos propiamente dichos, tiene su lugar entre los arácnidos, y por consiguiente no tenía precio a los ojos del primo Benedicto. Así pues, la había despreciado y la mejor joya de su colección era un notable estafilino neozelandés.

Por supuesto que el primo Benedicto pagó una fuerte suma por asegurar su cargamento, que le parecía aún más precioso que toda la carga de aceite y barbas de banana acumuladas en la bodega del Pilgrim.

En el momento de aparejar, cuando la señora Weldon y sus compañeros de viaje se encontraron sobre la cubierta del bergantín goleta el capitán Hull se aproximó a su pasajera y le dijo:


A esta ciencia dedicaba todas sus horas.

—Señora Weldon, quede sentado que si toma pasaje a bordo del Pilgrim, lo hace bajo su propia responsabilidad.

—¿Por qué me hace esta observación, señor Hull? —preguntó la señora Weldon.

—Porque no he recibido órdenes de su esposo para recibirla a bordo, y por más que yo haga, un bergantín goleta no puede ofrecerle las garantías de buena travesía que ofrecen los buques especialmente destinados al transporte de viajeros.


El 22 de enero se embarcó en el Pilgrim llevando consigo a su hijo.

—Si mi marido estuviese aquí —respondió la señora Weldon—, ¿piensa, capitán Hull, que dudaría en embarcarse en el Pilgrim con su mujer y su hijo?

—No, señora Weldon, no dudaría —dijo el capitán Hull—, como tampoco dudaría yo en su caso. El Pilgrim es un buen barco, después de todo, aun cuando no haya hecho más que una triste campaña de pesca, estoy seguro de él tanto como un marino puede estarlo del buque que manda desde hace muchos años. Lo que le he dicho, señora Weldon, ha sido para poner a cubierto mi responsabilidad y para repetirle que no encontrará a bordo las comodidades a que está acostumbrada.

—Pues si no es más que cuestión de comodidad —respondió la señora Weldon—, eso no me preocupa. No soy de esas pasajeras difíciles de contentar que se quejan constantemente de la estrechez de los camarotes o de la insuficiencia de la mesa.

Después miró la señora Weldon por algunos instantes a su pequeño Jack, que estaba cogido de su mano, y dijo:

—¡Marchemos, señor Hull!

Diéronse las órdenes de aparejar enseguida, se orientaron las velas y el Pilgrim, maniobrando de manera que pudiera salir del golfo lo antes posible, puso la proa a la costa americana.

Pero tres días después de su partida, el bergantín goleta, contrariado por fuertes brisas del este, se vio obligado a tomar amuradas a babor para ceñir el viento.

Así, el 2 de febrero, el capitán Hull se encontraba a una latitud más elevada de lo que habría querido, y en la situación de un marino que tratara más bien de doblar el cabo de Hornos, que de tomar el camino más corto para el nuevo continente.

II
DICK SAND

Sin embargo, la mar estaba serena y fuera de algunos retrasos indispensables, la navegación se hacía en condiciones muy soportables.

La señora Weldon había sido instalada con toda la comodidad que fue posible a bordo del Pilgrim. Ni toldilla ni caseta había en la popa de la cubierta, no tenía el Pilgrim ni un solo camarote a popa que pudiera recibir a la pasajera: tuvo que contentarse, por consiguiente, con el camarote del capitán Hull, el cual constituía el modesto alojamiento de un marino, y aun fue necesario que el capitán insistiera para hacérselo aceptar. Allí, en tan estrecho alojamiento, fue instalada la señora Weldon con su hijo y la vieja Nan; allí hacía su comida en compañía del capitán y del primo Benedicto, para el cual se había establecido una especie de cámara inmediata al sitio que ocupaba la señora Weldon.

En cuanto al comandante del Pilgrim, se había alojado en un camarote de la tripulación, camarote que debía ser ocupado por el segundo, si hubiera habido segundo de a bordo. Pero el bergantín goleta navegaba, como ya hemos dicho, en condiciones tales que le permitían economizar los servicios de un segundo oficial.

La tripulación del Pilgrim, buenos y fuertes marineros, se mostraban muy unidos por la comunidad de ideas y de costumbres. Esta temporada de pesca era la cuarta que hacían juntos; todos eran americanos del Oeste, se conocían desde hacía tiempo y pertenecían al mismo litoral del estado de California.

Los bravos marinos se mostraban muy deferentes con la señora Weldon, la esposa del armador, a quien profesaban un cariño sin límites. Hay que decir que, interesados con largueza en los beneficios del barco, habían navegado hasta entonces con grandes ventajas. En razón del pequeño número que constituían, no escaseaba el trabajo, pues sabían que el mayor trabajo aumentaba sus ventajas al tiempo de arreglar sus cuentas al concluirse cada temporada. Esta vez, es verdad, los beneficios serían casi nulos, y esto les hacía renegar de los bribones de Nueva Zelanda.


Era un hombre taciturno.

Sólo un hombre había a bordo entre todos que no era de origen americano. Era portugués de nacimiento, pero hablaba el inglés correctamente; se llamaba Negoro y desempeñaba las modestas funciones de cocinero del bergantín goleta.

Habiendo desertado del Pilgrim el cocinero en Auckland, Negoro, entonces sin ocupación, se presentó para reemplazarle. Era un hombre taciturno, muy poco comunicativo y que se mantenía siempre alejado de los demás, pero que desempeñaba bien su oficio. Al contratarle, parecía que el capitán Hull había tenido buen acierto, y desde su embarque el maestro cocinero no había merecido ninguna reprensión.

Sin embargo, el capitán Hull sentía no haber tenido tiempo de informarse suficientemente sobre su pasado. Su rostro, o mejor dicho su mirada, no le abonaba gran cosa, y cuando se trata de que un desconocido entre en la vida de a bordo, tan limitada, tan íntima, no se debe descuidar ninguna diligencia para asegurarse de esos antecedentes.

Negoro podía tener cuarenta años; delgado, nervioso, de mediana estatura, de cabello muy negro, un poco moreno de piel, debía ser muy robusto. ¿Había recibido alguna instrucción? Sí, y esto se veía en ciertas observaciones que se le escapaban algunas veces. Por lo demás, nunca hablaba de su pasado, jamás decía palabra de su familia. ¿De dónde venía? ¿Dónde había vivido? No se podía adivinar. ¿Cuál sería su porvenir? Nada se sabía. Sólo había anunciado su intención de desembarcar en Valparaíso. Era ciertamente un hombre singular, y en todo caso no parecía que hubiera sido marino, parecía más extraño a las cosas de la marina que lo que suele ser un maestro cocinero cuya existencia en su mayor parte transcurre en la mar.

Sin embargo, no le molestaban para nada el balanceo ni el cabeceo del barco, como suele suceder a las personas que nunca han navegado, lo cual ya era algo para un cocinero de a bordo.

En una palabra, se le veía poco. Durante el día estaba ordinariamente confinado en su estrecha cocina delante de los hornillos, que ocupaban el mayor sitio. Cuando llegaba la noche, se apagaban los hornillos y Negoro recuperaba el catre que le estaba reservado en el fondo de la cámara de la tripulación; después se acostaba enseguida y se dormía.

Ya hemos dicho más arriba que la tripulación del Pilgrim se componía de cinco marineros y un grumete.

Este joven grumete, de quince años de edad, era hijo de padres desconocidos; abandonado desde su nacimiento, este pobre ser había sido recogido por la caridad pública y educado por ella.

Dick Sand, que así se llamaba, debía ser originario del estado de Nueva York, e indudablemente de la capital de este estado.

El nombre de Dick, abreviatura de Ricardo, que habían dado al pequeño huérfano, provenía del transeúnte caritativo que le había recogido dos o tres horas después de su nacimiento. En cuanto al nombre de Sand, se le dio en recuerdo del sitio en que había sido encontrado, es decir, en la punta de Sand y Hook que forma la entrada del puerto de Nueva York en la embocadura del Hudson.

Dick Sand, cuando hubiera crecido todo lo que podía crecer, no debía pasar de una mediana estatura; pero estaba fuertemente constituido. No se podía dudar de que fuera de origen anglosajón. Sin embargo, era moreno y tenía unos hermosos ojos azules cuya pupila brillaba con un fuego ardiente. Su oficio de marino le había preparado convenientemente para las luchas de la vida. Su fisonomía inteligente respiraba energía. No era la fisonomía de un hombre audaz, sino la de un osado. Frecuentemente se citan estas tres palabras de un verso de Virgilio:

¡Audaces fortuna juvat!

pero se las cita incorrectamente, porque el poeta dijo:

¡Audentes fortuna juvat!

Es decir, que a los atrevidos, y no a los audaces, es a los que sonríe casi siempre la fortuna. El audaz puede ser irreflexivo; el osado piensa primero y enseguida obra. Ésta es la diferencia.

Dick Sand era osado. A los quince años ya sabía tomar una resolución y ejecutar hasta el fin lo que en su ánimo resuelto había decidido. Su aspecto a la vez vivo y serio, llamaba la atención. No perdía el tiempo en palabras o en gestos como ordinariamente hacen los muchachos de su edad. Muy pronto, en la época de la vida en que no se discuten los problemas de la existencia, se había encontrado frente a frente con su condición miserable, y se había prometido mejorarla por sí mismo.

Y, en efecto, la había mejorado, siendo ya casi un hombre a la edad en que los demás no son sino niños todavía.

Al mismo tiempo, Dick Sand era muy listo y muy hábil para todos los ejercicios físicos; era de esos seres privilegiados de los que se puede decir que han nacido con dos pies izquierdos y dos manos derechas. De esta manera lo hacen todo con buena mano y andan siempre con buen pie.

La caridad pública, ya lo hemos dicho, había educado al pobre huérfano. Le habían alojado primero en una de esas casas de niños en las que hay siempre en América un sitio para los pequeños abandonados. Después, a los cuatro años, empezó a leer, a escribir y a contar, en una de esas escuelas del estado de Nueva York, que tan generosamente sostienen las suscriciones caritativas.

A los ocho años la afición al mar, que le acompañaba desde su nacimiento, le hizo embarcarse como grumete en un correo de los mares del Sur. Allí aprendió el oficio de marinero, como se debe aprender, desde pequeño. Poco a poco se fue instruyendo bajo la dirección de los oficiales que se interesaban por él. Así, el grumete no debía tardar en ser aprendiz, esperando mejorar sin duda. El niño que llega a comprender desde el principio que el trabajo es la ley de la vida, el que sabe desde luego que ha de ganar su pan con el sudor de su frente (precepto de la Biblia, que es la regla de la humanidad) está predestinado probablemente a hacer grandes cosas, porque llegará un día en que tenga voluntad y fuerzas para realizarlas.

Estando Dick Sand de grumete a bordo de un barco mercante reparó en él el capitán Hull. Este bravo marino trabó pronto amistad con el niño, y más tarde lo presentó a su armador James W. Weldon; éste sintió un gran interés por el huérfano y completó su educación en San Francisco, haciéndole instruir en la religión católica, a la cual pertenecía su familia.

Durante sus estudios, Dick Sand se apasionó particularmente por la geografía y por los viajes, esperando tener edad para aprender la parte de las matemáticas que se relaciona con la navegación. Después cuidó de añadir a esta parte teórica de su instrucción la práctica y así fue cómo en clase de grumete pudo embarcarse por primera vez en el Pilgrim. Un buen marino debe conocer la pesca de altura tanto como la navegación de altura. Es una buena preparación para todas las eventualidades que lleva consigo la carrera del mar. Por lo demás, Dick Sand iba en un buque de James W. Weldon, su bienhechor, mandado por su protector el capitán Hull y se encontraba por consiguiente en las condiciones más favorables.

Decir cuánto era su afecto a la familia Weldon, a la cual debía todo lo que era, sería superfluo. Es mejor dejar hablar a los hechos. Se comprenderá, pues, cuánta sería la alegría del joven grumete cuando supo que la señora Weldon iba a tomar pasaje a bordo del Pilgrim.

Durante muchos años, la señora Weldon había sido para él una madre, y en Jack veía a un hermano menor, teniendo siempre en cuenta su situación respecto del hijo del rico armador. Pero sus protectores lo sabían bien, el buen grano que habían sembrado, había caído en una tierra generosa. Bajo la savia de su sangre, el corazón del huérfano se henchía de reconocimiento, y si un día hubiera sido preciso que diera su vida por la de los que le habían enseñado a instruirse y a amar a Dios, el joven grumete no hubiera dudado en darla. En una palabra, no tener más que quince años, pero obrar y pensar como si tuviera treinta; éste era Dick Sand.


Dick y Jack estaban casi siempre juntos.

La señora Weldon sabía lo que valía su protegido, y sin ninguna inquietud podía confiarle al pequeño Jack. Dick Sand acariciaba al niño, que viéndose querido por este hermano mayor, le buscaba. Durante esas largas horas de ocio que son frecuentes en una travesía cuando la mar está serena, cuando las velas bien izadas no exigen ninguna maniobra, Dick y Jack estaban casi siempre juntos. El joven grumete enseñaba al niño todo lo que en ese oficio podía parecerle entretenido. La señora Weldon veía sin temor a Jack en compañía de Dick Sand lanzarse a los obenques, trepar a la cofa del palo de mesana y a las bergas de juanete, y bajar como una flecha a lo largo de los brandales. Dick Sand le seguía siempre dispuesto a sostenerle o a detenerle si sus brazos de cinco años flojeaban en estos ejercicios. Todo esto aprovechaba al pequeño Jack, al que la enfermedad había demacrado algún tanto, y en breve le volvieron todos sus colores a bordo del Pilgrim, gracias a aquella gimnasia cotidiana y a las fortificantes brisas de la mar.

Así pasaban las cosas, la travesía se verificaba en estas condiciones, y a no haberles favorecido poco tiempo, ni los pasajeros ni la tripulación del Pilgrim hubieran tenido de qué quejarse.

Sin embargo, esta persistencia de los vientos del este, no dejaba de inquietar al capitán Hull, que no podía poner el barco en buen rumbo. Temía que, después, cerca del trópico de Capricornio, las calmas serían un nuevo obstáculo, esto sin hablar de la corriente ecuatorial que irresistiblemente le empujaría hacia el oeste. Estaba inquieto sobre todo por la señora Weldon, por aquellas detenciones de que, sin embargo, no era responsable. Así es que pensaba que si encontraba a su paso algún vapor transatlántico de los que hacen la carrera de América, aconsejar a su pasajera que se embarcase en él.

Desgraciadamente se encontraba detenido en muy altas latitudes para que pudiera cruzarse con un vapor de la carrera de Panamá, en esta época en que todavía las comunicaciones, a través del Pacífico entre Australia y el Nuevo Mundo, no eran tan frecuentes como después han llegado a ser.

Era necesario, por consiguiente, dejar las cosas marchar a la ventura y parecía que nada debía turbar esta monótona travesía, cuando se produjo el primer incidente, precisamente el día 2 de febrero, en la longitud y latitud indicadas al principio de esta historia.

Dick Sand y Jack, hacia las nueve de la mañana, y con un tiempo perfectamente claro, estaban instalados sobre las vergas de juanete; desde allí dominaban todo el barco y una porción del océano en un inmenso radio. A su espalda, el perímetro del horizonte no estaba oculto a su vista más que por el palo mayor, que llevaba bergantina y espiga. Este faro les ocultaba una parte del mar y del cielo. Delante veían alargarse sobre las olas el bauprés con sus foques, que, amurados a la borda, se extendían como tres grandes alas desiguales. Por debajo se redondeaba la vela de mesana, y por encima la pequeña gavia y el juanete, cuya relinga se movía a impulsos de la brisa. El bergantín goleta corría, pues, amuradas a babor ciñendo el viento lo más posible.

Dick Sand explicaba a Jack cómo el Pilgrim, perfectamente lastrado y muy bien equilibrado en todas sus partes, no podía zozobrar, aun cuando diera un bandazo demasiado fuerte sobre estribor, cuando el niño le interrumpió diciendo:

—¿Qué es lo que se ve allí?

—¿Ve usted alguna cosa, Jack? —preguntó Dick Sand en el momento en que se puso de pie sobre las vergas.

—Sí; allí —respondió Jack, mostrando con la mano un punto en la mar que se veía por el espacio que dejaban libre los estáis del gran foque y los del petifoque.

Dick Sand miró atentamente al punto señalado, y gritó con voz fuerte:

—Un objeto perdido viene hacia nosotros a estribor por avante.

III
EL OBJETO PERDIDO

Al grito dado por Dick Sand, toda la tripulación se puso en pie; los que no estaban de cuarto subieron a cubierta; el capitán Hull dejó su camarote y se dirigió a popa.

La señora Weldon, Nan y hasta el indiferente primo Benedicto, fueron a apoyarse sobre la banda de estribor, de manera que pudieran ver el objeto señalado por el joven grumete.

Sólo Negoro no abandonó el chiribitil que le servía de cocina; como siempre, entre toda la tripulación fue el único a quien no parecía interesar el encuentro de un objeto en el mar.

Todos en aquel instante miraban con atención el objeto flotante que las olas mecían a tres millas del Pilgrim.

—¿Qué podrá ser eso? —decía un marinero.

—Alguna balsa abandonada —respondía otro.

—¿Habrá acaso en esa balsa algunos desgraciados náufragos? —dijo la señora Weldon.

—Ya lo sabremos —respondió el capitán Hull—, pero ese objeto no es una balsa, es el casco de un buque escorado sobre el costado...

—¡Eh! ¿No será acaso algún animal marino, algún mamífero de gran corpulencia? —observó el primo Benedicto.

—No lo creo —respondió el grumete.

—¿Qué crees tú que sea, Dick? —preguntó la señora Weldon.

—El casco de un buque volcado, como ha dicho el capitán, señora Weldon. Aún me parece que veo su forro de cobre brillar al sol.

—Sí... en efecto... —respondió el capitán Hull.

Después, dirigiéndose al timonel, le dijo:

—Bolton, pon el timón al viento; mete un cuarto de modo que pasemos al costado de ese objeto.

—Sí, señor —respondió el timonel.

—Pero —repuso el primo Benedicto— yo estoy seguro de lo que he dicho, positivamente es un animal.

—Entonces —respondió el capitán Hull—, será un cetáceo de cobre, porque positivamente también le veo relucir al sol.

—En todo caso, primo Benedicto —añadió la señora Weldon—, habrás de concedernos que ese cetáceo está muerto, porque es bien cierto que no hace el menor movimiento.

—Eh, prima Weldon —respondió el primo Benedicto, que, obstinado en su opinión, no sería la primera vez que se encontrara una ballena durmiendo sobre la superficie de las aguas.

—En efecto —respondió el capitán Hull—, pero hoy no se trata de una ballena, sino de un barco.

—Ya lo veremos —repuso el primo Benedicto, que hubiera dado en aquel momento todo los mamíferos de los mares árticos o antárticos por un insecto de una especie rara.

—Gobierna, Bolton —gritó de nuevo el capitán Hull—, y no abordes el objeto. Pasa a distancia de un cable. Si no, nos podemos hacer gran daño con ese casco y podría causarnos alguna avería, y no me gustaría que con él chocara el costado del Pilgrim. Orza un poco, Bolton, orza.

La proa del Pilgrim, que había sido dirigida hacia el objeto perdido que se veía, varió un poco de dirección por un ligero movimiento del timón.

El bergantín goleta se encontraba entonces a una milla del casco zozobrado, y los marineros lo observaban atentamente. ¿Acaso contendría un cargamento de valor que sería posible trasladar al Pilgrim? Sabido es que en estos salvamentos la tercera parte del valor pertenece a los salvadores, y en el caso presente, si el cargamento no estaba averiado, los marineros de la tripulación habrían hecho, como ellos dicen, un buen negocio. Sería éste un desquite que les consolaría de su escasa pesca.

Un cuarto de hora después se encontraba el objeto a media milla del Pilgrim.

Era un buque que se presentaba por la banda de estribor. Sumergido hasta los parapetos, tenía tal inclinación, que hubiera sido casi imposible mantenerse sobre cubierta. De su arboladura no se veía nada; de los portaobenques colgaban algunos cabos de hilo roto y las cadenas rotas de las vigotas. Sobre la banda de estribor se abría un ancho agujero entre las cuadernas y los bordajes hundidos.

—Este barco ha sido abordado —exclamó Dick Sand.

—Sin duda —respondió el capitán Hull—, y es un milagro que no se haya sumergido inmediatamente.

—Si ha sido abordado —observó la señora Weldon—, es de creer que la tripulación de este barco habrá sido recogida por los del que le abordaron.

—Eso es de creer, señora Weldon —respondió el capitán Hull—, a no ser que su tripulación haya buscado refugio en sus mismos botes después de la colisión y en el caso en que el buque abordado hubiera continuado su camino, lo cual se ha visto por desgracia alguna vez.

—¿Es eso posible? Sería dar una prueba de una inhumanidad muy grande.

—Sí, señora Weldon... sí... y no faltan ejemplos. En cuanto a la tripulación de este barco, lo que hace creer que hace mucho tiempo que lo abandonó es que no diviso ni un solo bote, y a menos que la gente de a bordo no haya sido recogida, creo que habrán tratado de ganar tierra. Aunque a la distancia del continente americano o de las islas del océano, es de temer que no hayan podido conseguirlo.

—Tal vez —dijo la señora Weldon—, no se conozca jamás el secreto de esta catástrofe. Sin embargo, es posible que haya a bordo todavía algún hombre de la tripulación.

—Eso no es probable, señora Weldon —respondió el capitán Hull—; nuestra aproximación hubiera sido ya notada y nos habrían hecho alguna señal. Ahora nos aseguraremos.

—Orza un poco, Bolton, orza —gritó el capitán Hull indicando con la mano el camino que debía seguir.

El Pilgrim estaba sólo a tres cables del objeto y ya no podía dudarse que aquel casco había sido abandonado completamente por toda su tripulación.

Pero en aquel momento Dick Sand hizo un gesto reclamando imperiosamente el silencio.

—Escuchen, escuchen —dijo.

Todos prestaron atención.

—Oigo como un ladrido —exclamó Dick Sand.

En efecto, se oía resonar un ladrido en el interior del casco. Indudablemente, en él había un perro vivo, tal vez aprisionado, porque era posible que los pañoles estuvieran herméticamente cerrados. Pero no se podía ver; la cubierta del buque aún no era visible.

—Señor Hull —dijo la señora Weldon— aunque no haya ahí más que un perro, lo salvaremos.

—Sí... sí... —dijo Jack—, lo salvaremos... Yo le daré de comer... nos querrá mucho... mamá, voy a buscar para él un terrón de azúcar.

—Estáte quieto, hijo mío —respondió la señora Weldon sonriéndose—; creo que el pobre animal estará muriendo de hambre y que ha de agradarle más un buen pastel que tu terrón de azúcar.

—Pues bien, que le den mi sopa —exclamó Jack—; yo puedo pasar muy bien sin ella.

En aquel momento los ladridos se oían más distintamente; sólo unos trescientos pies separaban a los dos barcos; casi enseguida un perro de gran tamaño apareció sobre los parapetos de estribor y se sujetó a ellos ladrando más desesperadamente que nunca.

—Howik —dijo el capitán Hull volviéndose hacia el contramaestre del Pilgrim—, póngase al pairo y que arríen el bote pequeño.

—Tente bien, tente bien, perro mío —gritó Jack al animal, que parecía responderle con un ladrido medio ahogado.

El velamen del Pilgrim fue orientado con rapidez de manera que el buque estuviese casi inmóvil a menos de medio cable del casco sumergido.

Arriaron el bote, y el capitán Hull, Dick Sand y dos marineros se embarcaron en él enseguida.

El perro continuaba ladrando; trataba de sostenerse sobre el parapeto, pero a cada instante caía en la cubierta; habríase dicho que sus ladridos no se dirigían entonces ya a los que iban hacia él. ¿Se dirigían a marineros o pasajeros encerrados en aquel buque?

«¿Habrá a bordo algún náufrago que haya sobrevivido?» se preguntaba la señora Weldon.

El bote del Pilgrim iba a llegar en algunos golpes de remo al casco sumergido.

Pero de pronto los ladridos del perro se modificaron. A los primeros ladridos que invitaban a los salvadores a acudir sucedieron unos ladridos furiosos. Sin duda la cólera más violenta excitaba a aquel singular animal.

—¿Qué tendrá este perro? —dijo el capitán Hull, mientras el bote daba la vuelta a la popa del buque a fin de acercarse a la parte de la cubierta sumergida bajo el agua.

Lo que no podía entonces observar el capitán Hull, lo que no pudo ser observando ni aun a bordo del Pilgrim, fue que el furor del perro se manifestó precisamente en el momento en que Negoro, dejando su cocina, acababa de dirigirse hacia el castillo de proa.

¿Conocía el perro, y había reconocido éste al maestro cocinero? Era muy inverosímil. De todos modos, Negoro, cuyo entrecejo se había de pronto fruncido un instante, volvió a entrar en la cámara de la tripulación después de haber mirado al perro sin manifestar ninguna sorpresa.

Entretanto el bote había dado la vuelta a la popa del barco. Sobre ella se leía este solo nombre: Waldeck.

Waldeck y ninguna cosa más que designara el puerto a que pertenecía. Pero en las formas del casco y en ciertos detalles que un marino conoce al primer golpe de vista, el capitán Hull había reconocido que este barco era de construcción americana: su nombre lo confirmaba además. Y ahora este casco era todo lo que quedaba de un bergantín de quinientas toneladas.

En la proa del Waldeck una ancha abertura indicaba el sitio en que se había producido el choque.

Como consecuencia de haberse vuelto el casco, esta abertura se encontraba entonces a cinco o seis pies fuera del agua, lo que explicaba por qué el bergantín aún no había zozobrado.

Sobre la cubierta, que el capitán Hull veía en toda su extensión, no había nadie.

El perro, que había abandonado el parapeto, se dejaba escurrir hasta el pañol central que estaba abierto, y allí ladraba unas veces al interior y otras al exterior.

—Ciertamente que este animal no está solo a bordo —observó Dick Sand.

—No, en verdad —respondió el capitán Hull.


¿Conocía el perro, y había reconocido éste al maestro cocinero?

El bote siguió entonces a lo largo del parapeto de babor, que estaba medio sumergido. Seguramente que una mar un poco gruesa habría hecho zozobrar completamente al Waldeck.

La cubierta del bergantín estaba barrida de un extremo a otro. No quedaba sobre ella más que algunos pedazos del palo mayor y del de mesana, ambos rotos a dos pies por encima del ensamblaje y que debían haber caído al golpe, llevándose tras de sí los obenques, los brandales y las escalas de maniobra. Sin embargo, a todo lo lejos que podía extenderse la vista no se veía ningún otro objeto alrededor del Waldeck, lo cual parecía indicar que la catástrofe hacía muchos días que había ocurrido.

—Si algunos desgraciados han sobrevivido a la colisión —dijo el capitán Hull— es probable que el hambre o la sed hayan acabado con ellos, porque el agua ha debido entrar en la despensa. No debe haber a bordo más que cadáveres.

—No —exclamó Dick Sand—, no. El perro no ladraría así; ahí hay seres vivos.

En este momento el perro, respondiendo a la voz del grumete, se dejó escurrir al mar y nadó trabajosamente hacia el bote, porque parecía estar extenuado.

Al ser recogido, el animal se precipitó ardientemente, no hacia un pedazo de pan que Dick Sand le presentó primero, sino hacia un balde que contenía un poco de agua dulce.

—Este pobre animal está muerto de sed —exclamó Dick Sand.

Buscaron entonces un lugar a propósito para atracar el bote con más seguridad al Waldeck, y con ese objeto se separaron algunas brazas. El perro debió evidentemente creer que sus salvadores no querían subir a bordo, porque se agarró a la chaqueta de Dick Sand y comenzó con nueva fuerza sus lastimeros ladridos.

Le comprendieron. Su pantomima y su lenguaje eran tan claros como hubiera podido serlo la lengua de un hombre. El bote avanzó enseguida hasta la serviola de babor. Allí los dos marineros lo amarraron sólidamente, mientras que el capitán Hull y Dick Sand, poniendo el pie en la cubierta al mismo tiempo que el perro, se izaban no sin trabajo hasta el pañol que se abría entre los pedazos de los dos mástiles.

Por este pañol bajaron los dos a la bodega.

La bodega del Waldeck, medio llena de agua, no contenía ninguna mercancía. El bergantín navegaba en lastre, con lastre de arena que se había escurrido hacia babor y que contribuía a sostener el barco escorado. Por este lado no había salvamento posible.

—Aquí no hay nadie —dijo el capitán Hull.

—Nadie —respondió el grumete después de haberse adelantado hasta la parte anterior de la bodega.

Pero el perro, que estaba sobre cubierta, continuaba ladrando, y parecía llamar más imperiosamente la atención del capitán.

—Subamos —dijo el capitán Hull al grumete—, y ambos volvieron a aparecer sobre cubierta.

El perro corrió hacia ellos y trató de llevarles hacia la toldilla.

Le siguieron hasta el cuadrado; allí había cinco cuerpos, cinco cadáveres sin duda, tumbados en el suelo. A la luz del día que penetraba por la claraboya, el capitán Hull reconoció los cuerpos de cinco negros.

Dick Sand, que iba del uno al otro, creyó sentir que los infortunados respiraban aún.


El perro nadó trabajosamente hacia el bote.

—¡A bordo! ¡A bordo! —gritó el capitán Hull—, y llamaron a los dos marineros que guardaban la embarcación, los cuales ayudaron a transportar a los náufragos fuera de la toldilla, lo cual no se realizó sin trabajo; pero dos minutos después los cinco negros estaban tendidos en el bote sin que ninguno de ellos tuviera conciencia de lo que se hacía para salvarlos. Algunas gotas de cordial y un poco de agua fresca prudentemente administrada, podían tal vez volverles a la vida.

El Pilgrim se mantenía a medio cable del casco naufragado, y el bote en breve se atracó a él.

Echaron un cabo desde la berga mayor, y los negros, subidos de uno en uno, descansaron por fin en la cubierta del Pilgrim. El perro les había acompañado.

—¡Desgraciados! —exclamó la señora Weldon viendo a estas pobres gentes que no eran más que cuerpos inermes.

—¡Viven, señora Weldon! ¡Los salvaremos, sí, los salvaremos! —dijo Dick Sand.

—¿Qué les habrá sucedido? —preguntó el primo Benedicto.

—Esperad a que puedan hablar —respondió el capitán Hull—, y nos contarán su historia. Pero ante todo démosles de beber un poco de agua con algunas gotas de ron.

—Después, volviéndose —gritó:

—¡Negoro!

A este nombre el perro se irguió como si hubiera estado en acecho, con el pelo erizado y la boca abierta.

Entre tanto, el cocinero no aparecía.

—¡Negoro! —repitió el capitán Hull.

El perro dio de nuevo señales de un extremado furor.

Negoro salió de la cocina. Apenas se mostró en la cubierta cuando el perro se precipitó sobre él y quiso saltarle al cuello.

De un golpe con la badila con que estaba armado, rechazó al animal, al cual algunos marineros acudieron a contener.

—¿Es que conoce a ese perro? —preguntó el capitán Hull al maestro cocinero.

—¿Yo? —respondió Negoro—. No lo he visto jamás.

—¡Es singular! —murmuró Dick Sand.

IV
LOS SUPERVIVIENTES DEL WALDECK

Todavía se hace en gran escala la trata de negros en toda el África equinoccial. A pesar de los cruceros ingleses y franceses, muchos buques cargados de esclavos salen todos los años de las costas de Angola o de Mozambique para llevar negros a diversas partes del mundo, y aun es preciso decirlo, del mundo civilizado.

El capitán Hull no lo ignoraba. Aun cuando estos parajes no eran ordinariamente frecuentados por los negreros, se preguntaba si aquellos negros cuyo salvamento acababan de verificar, serían supervivientes de un cargamento de esclavos que el Waldeck llevara a vender a alguna colonia del Pacífico. En todo caso, si esto era así, aquellos negros quedaban libres por el hecho de haber puesto el pie a bordo de un barco, y ya le faltaba tiempo para decírselo.

Mientras esto sucedía se prodigaron a los náufragos del Waldeck los más solícitos cuidados. La señora Weldon, ayudada por Nan y por Dick Sand, les había administrado un poco de esa excelente agua de que se veían privados hacía muchos días, y esto y algún alimento bastó para volverlos a la vida.

El más viejo de aquellos negros, que podría tener unos sesenta años de edad, se encontró en breve en estado de hablar, y pudo responder en inglés a las preguntas que se le hicieron.

—¿El buque que les trasportaba —preguntó primero el capitán Hull—, ha sido abordado?

—Sí —respondió el viejo negro—. Hace diez días, nuestro buque fue abordado durante una noche muy oscura. Nosotros dormíamos...


Se prodigaron a los náufragos los más solícitos cuidados.

—Pero la tripulación del Waldeck, ¿qué ha sido de ella?

—Cuando con mis compañeros subí a cubierta, no estaban ya allí, señor.

—¿Saltaría la tripulación a bordo del buque que chocó con el Waldeck? —preguntó el capitán Hull.

—Quizá, y debemos esperarlo así.

—Y ese barco, después del choque, ¿no volvió a recogeros?

—No.

—¿Habrá tal vez naufragado?

—No, señor, no ha naufragado —respondió el viejo negro moviendo la cabeza—, porque lo vimos huir durante la noche.

Este hecho, que fue atestiguado por todos los supervivientes del Waldeck, puede parecer imposible. Sin embargo, es demasiado cierto que los capitanes, después de alguna terrible colisión debida a su imprudencia, han huido frecuentemente sin preocuparse en tratar de llevarles algún recurso a los infortunados a quienes han perdido.

Que los cocheros hagan una cosa por el estilo, y dejen a otros en la vía pública el cuidado de reparar la desgracia que ellos han causado, es condenable; pero al menos sus víctimas pueden estar seguras de encontrar socorros inmediatos. Pero que haya hombres que abandonen así en la mar a otros hombres, eso es inaudito, eso es vergonzoso.

Sin embargo, el capitán Hull conocía muchos ejemplos de semejante inhumanidad y repitió a la señora Weldon que tales hechos, tan monstruosos y todo como eran, no habían sido desgraciadamente raros.

Después, volviendo a empezar la conversación, preguntó:

—¿De dónde venía el Waldeck?

—De Melbourne.

—¿No sois esclavos?

—No, señor —respondió vivamente el viejo negro, que se estiró todo lo que le permitía su estatura—. Somos súbditos del estado de Pensilvania y ciudadanos de la libre América.

—Amigos míos —respondió el capitán Hull—, creed que no habéis comprometido vuestra libertad pasando a bordo del bergantín americano Pilgrim.

En efecto, los cinco negros que trasportaba el Waldeck pertenecían al estado de Pensilvania. El más viejo, vendido en África como esclavo a la edad de seis años, y después transportado a los Estados Unidos, había sido declarado libre después de muchos años por la ley de manumisión. En cuanto a sus compañeros, mucho más jóvenes que él, hijos de esclavos libertos antes de su nacimiento, habían nacido libres, y ningún blanco había tenido jamás derecho de propiedad sobre ellos. No hablaban siquiera esa lengua negra que no emplea el artículo, y que no conoce más que el infinitivo de los verbos, lengua que ha desaparecido poco a poco después de la guerra antiesclavista. Habían, pues, estos negros dejado libremente los Estados Unidos, y volvían también con entera libertad a ellos.

Según dijeron al capitán Hull, habían estado contratados como trabajadores en casa de un inglés que poseía una gran explotación cerca de Melbourne, en Australia meridional. Allí habían pasado tres años con gran provecho suyo, y concluido su contrato, habían querido regresar a América.

Se habían embarcado, por consiguiente, en el Waldeck, pagando su pasaje como pasajeros ordinarios. El 5 de diciembre habían salido de Melbourne, y diecisiete días después, durante una noche muy oscura, el Waldeck había sido abordado por un gran vapor.

Los negros estaban acostados. Algunos segundos después de la colisión, que fue terrible, se precipitaron a cubierta. Ya los mástiles del buque habían caído, y el Waldeck estaba tumbado sobre su costado; pero no debía zozobrar, porque el agua sólo había invadido una porción insuficiente de la bodega.

En cuanto al capitán y la tripulación del Waldeck, habían desaparecido, ya porque unos hubieran sido precipitados al mar, ya porque otros se hubiesen agarrado a los aparejos del buque abordador, que después del choque había huido para no volver.

Los cinco negros habían quedado solos a bordo sobre un casco medio zozobrado y a 1.200 millas de tierra.

El más viejo de los negros se llamaba Tom, su edad así como su carácter enérgico y su experiencia frecuentemente puesta a prueba durante una larga vida de trabajos, le constituían jefe natural de los compañeros que se habían asociado a él.

Los otros negros eran jóvenes de veinticinco a treinta años, que tenían por nombres Bat, hijo del viejo Tom, Austin, Acteón y Hércules, los cuatro bien constituidos y vigorosos y que se habrían vendido caros en los mercados del África Central. Aun cuando habían sufrido terriblemente, se podía perfectamente reconocer en ellos magníficas muestras de esa raza fuerte a la cual una educación liberal adquirida en las numerosas escuelas de América del Norte había impreso su sello.

Tom y sus compañeros se habían encontrado por consiguiente solos en el Waldeck después de la colisión, sin tener ningún medio de levantar el inerte casco y sin poder abandonarlo, pues las dos embarcaciones de a bordo se habían despedazado en el abordaje. Quedáronse, pues, reducidos a esperar el paso de un buque, mientras el casco fue derivando poco a poco a impulso de las corrientes. Esta acción explicaba por qué se les había encontrado tan fuera de su ruta, puesto que habiendo salido el Waldeck de Melbourne debía encontrarse en una latitud más baja.

Durante los diez días que transcurrieron entre la colisión y el momento en que el Pilgrim llegó a la vista del buque naufragado, los cinco negros se habían alimentado con algunas provisiones que encontraron en la despensa de la cámara. Pero no habiendo podido penetrar en la gamusa, anegada enteramente, no habían podido apagar su sed con ninguna bebida espirituosa y habían sufrido cruelmente, porque los barriles de agua que llevaban amarrados en la cubierta se habían deshecho con el choque. Desde la víspera Tom y sus compañeros, torturados por la sed, habían perdido el conocimiento, y ya era tiempo de que el Pilgrim llegase.

Tal fue el relato que hizo Tom en pocas palabras al capitán Hull. No había motivo para poner en duda la veracidad del viejo negro. Sus compañeros confirmaron todo lo que había dicho, y además los hechos abogaban por esta pobre gente.

Otro ser viviente salvado también en el casco habría hablado sin duda con la misma franqueza si hubiera tenido el don de la palabra.

Este ser era el perro, a quien la vista de Negoro parecía afectar de tan desagradable manera. Había entre ellos una antipatía verdaderamente inexplicable.

Dingo, tal era el nombre del perro, pertenecía a esa raza de mastines peculiar a Nueva Holanda. Sin embargo, no había sido en Australia donde el capitán del Waldeck lo había encontrado. Dos años antes Dingo, errante y medio muerto de hambre, había sido encontrado en el litoral oeste de la costa de África, en las inmediaciones de la desembocadura del Congo. El capitán del Waldeck recogió este hermoso animal, que era poco sociable y que parecía sentir constantemente la pérdida de algún antiguo dueño, del que hubiera sido violentamente separado y a quien le hubiera sido imposible encontrar en aquel país desierto. Dos letras, S. V., grabadas en su collar, era lo único que recordaban un pasado de este animal, cuyo misterio en vano se hubiera tratado de buscar.

Dingo, magnífico y robusto animal, mayor que los perros de los Pirineos, era por consiguiente un soberbio ejemplar de esa variedad de mastines del Nueva Holanda. Cuando se erguía echando la cabeza atrás, tenía la estatura de un hombre. Su agilidad, su fuerza muscular, habían debido hacer de él uno de esos animales que atacan sin dudar a los jaguares y a las panteras y que no temen hacer frente a un oso. De pelo espeso y con larga cola bien provista de pelo y rígida como la de un león, de color leonado oscuro, no tenía más que algunos matices blanquecinos en el hocico. Este animal, bajo la influencia de la cólera debía ser terrible, y así se comprende cuán poco satisfizo a Negoro la acogida que le había hecho aquel vigoroso individuo de la raza canina.

Sin embargo, si Dingo no era sociable, tampoco era malo. Parecía más bien triste. El viejo Tom había hecho la observación a bordo del Waldeck de que este perro no parecía muy aficionado a los negros. No trataba de hacerles daño, pero seguramente huía de ellos. Tal vez en la costa africana donde estuvo errante había sufrido algún mal tratamiento por parte de los indígenas. Así pues, aun cuando Tom y sus compañeros eran buena gente, Dingo nunca se había acercado a ellos. Durante los diez días que los náufragos habían pasado en el Waldeck, había estado apartado de ellos, alimentándose no se sabe cómo, pero sufriendo también cruelmente por la sed.

Tales eran los supervivientes de aquel casco que el primer golpe de mar iba a sumergir. Indudablemente no hubiera arrastrado consigo a las profundidades del océano más que cadáveres si la inesperada llegada del Pilgrim retardada por las calmas y los vientos contrarios no hubiese permitido al capitán Hull hacer una obra de humanidad. Esta obra debía ser completada devolviendo los náufragos del Waldeck a su país, facilitándoles los medios de llegar a él, ya que en el naufragio habían perdido sus economías de tres años de trabajo: esto es lo que iba a hacer. El Pilgrim, después de haber descargado en Valparaíso, debía remontar la costa americana hasta la altura del litoral de California. Allí Tom y sus compañeros serían bien recibidos por James W. Weldon, así se lo había asegurado su generosa esposa, y serían provistos de todo lo que necesitaran para llegar al estado de Pensilvania.

Tranquilas sobre el porvenir estas pobres gentes, no tuvieron más que dar las gracias a la señora Weldon y al capitán Hull; y en verdad que les debían mucho y que, aunque fuesen pobres negros, tal vez algún día pudieran pagarles esta deuda de reconocimiento.

V
S. V.

Entre tanto, el Pilgrim había vuelto a emprender su ruta tratando de ganar lo más pronto posible el este. Esta incómoda persistencia de las calmas no dejaba de dar cuidado al capitán Hull, no porque le inquietara una semana o dos de retraso en una travesía desde Nueva Zelanda a Valparaíso, sino a causa del aumento de fatiga que este retraso podría causar a su pasajera.

Sin embargo, la señora Weldon no se quejaba, antes al contrario, tomaba filosóficamente su mal con paciencia.

La misma tarde del 2 de febrero perdieron de vista el casco.

El capitán Hull se ocupó en primer lugar de instalar todo lo convenientemente posible a Tom y sus compañeros. El sitio de la tripulación del Pilgrim, dispuesto sobre cubierta en forma de camareta, era muy pequeño para contenerlos. Se arregló de manera que pudieran alojarse bajo el castillo de proa. Por lo demás, estas pobres gentes, acostumbradas al rudo trabajo, no podían ser muy difíciles de contentar, y con tan buen tiempo caluroso y saludable, este alojamiento debía bastarles durante toda la travesía.

La vida de a bordo, sacada por un instante de su monotonía ordinaria por este incidente, recobró pronto su curso.

Tom, Austin, Bat, Acteón y Hércules, habrían querido ser útiles a bordo, pero como los vientos eran constantes, una vez arregladas las velas no había nada que hacer. Sin embargo, cuando se trataba de una virada de bordo, el viejo negro y sus compañeros se apresuraban a ayudar a la tripulación, y hay que confesar que cuando el colosal Hércules echaba mano a una maniobra se conocía enseguida. Este vigoroso negro, de seis pies de altura, valía él solo tanto como un aparejo.

Era un gozo para Jack mirar a ese gigante. No le tenía miedo, y cuando Hércules le hacía saltar en sus brazos como si fuera un muñeco de corcho, daba grandes gritos de alegría.

—Levántame muy alto —decía Jack.

—Ya lo ve, señor Jack —respondía Hércules.

—¿Es que peso mucho?

—Ni lo siento siquiera.


Este vigoroso negro valía él solo tanto como un aparejo.

—Pues bien, entonces súbeme más alto aún, todo lo que puedas estirar los brazos.

Y Hércules, cogiendo con su ancha mano los dos pies del niño, lo paseaba como hacen los gimnastas en el circo. Jack se vía grande, grande, y esto le alegraba mucho; trataba de hacerse el pesado, pero el coloso no lo conocía siquiera.

Dick Sand y Hércules fueron los dos amigos del pequeño Jack, y no tardó en tener un tercero.

Este tercer amigo fue Dingo.


—Levántame muy alto —decía Jack.

Ya hemos dicho que Dingo era un perro poco sociable. Esto debía ser indudablemente porque la sociedad del Waldeck no le conviniera; pero a bordo del Pilgrim ya fue otra cosa. Jack probablemente supo tocar al corazón del hermoso animal. Éste en breve se aficionó a jugar con el niño, a quien el juego le agradaba, y pronto se conoció que Dingo era uno de esos perros que tienen una predilección particular por los niños. Por otra parte, Jack no le hacía daño. Su mayor placer era transformar a Dingo en rápido corcel, y la verdad es que un caballo de esta especie es muy superior a un cuadrúpedo de cartón aun cuando tenga ruedas en las patas. Jack galopaba por consiguiente sobre el perro, que lo hacía con gusto, y Jack no le pesaba ni la mitad de lo que pesa un jockey a un caballo de carrera.

Pronto Dingo llegó a ser el favorito de toda la tripulación, a excepción de Negoro, que continuó evitando encontrarse con el animal, cuya antipatía hacia él continuaba siendo tan viva como inexplicable.

Sin embargo, Jack no olvidaba por Dingo a su amigo Dick Sand, y todo el tiempo que el servicio de a bordo no reclamaba al grumete lo pasaba con el niño.

Por supuesto que la señora Weldon veía siempre con la mayor satisfacción esta intimidad.

Un día, el 6 de febrero, habló de Dick Sand con el capitán Hull, y éste la hizo el mayor elogio del joven grumete.

—Ese muchacho —dijo a la señora Weldon— llegará un día a ser un marino; yo lo garantizo. Tiene un verdadero instinto de la mar y con este instinto suple lo que ignora aún forzosamente de las cosas teóricas del oficio. Lo que ya sabe es admirable, sobre todo cuando se piensa en el poco tiempo que ha tenido para aprenderlo.

—Hay que añadir —respondió la señora Weldon—, que es un excelente sujeto, un muchacho seguro muy superior a su edad y desde que le conocemos no ha merecido jamás ni una sola reconvención.

—Sí —respondió el capitán—, es un buen muchacho, justamente apreciado y querido por todos.

—Terminada esta campaña —dijo la señora Weldon—, sé que mi marido tiene intención de hacerle estudiar un curso de hidrografía para que pronto pueda obtener un nombramiento de capitán.

—Y el señor Weldon tiene razón —respondió el capitán Hull—. Dick Sand hará un día honor a la marina americana.

—Este pobre huérfano empezó dolorosamente su vida —observó la señora Weldon—; ha tenido una escuela muy dura.

—Sin duda, señora Weldon; pero no han sido en vano las lecciones. Ha comprendido que hay que hacer algo en este mundo y está en buen camino.

—Sí, el camino del deber.

—Mírele ahora, señora Weldon —replicó el capitán Hull—. Está al timón con la vista fija en la mesana. No se distrae ni un momento de los movimientos del buque. Dick Sand tiene ya la seguridad de un viejo timonel. ¡Buen principio para un marino! Nuestro oficio, señora Weldon, es de los que necesitan comenzarse desde niño. El que no ha sido grumete, nunca llegará a ser un marino completo, al menos en la marina mercante. Es necesario que todo se convierta en lección y por tanto que sea todo al mismo tiempo instintivo y razonado en el hombre de mar, lo mismo la resolución que hay que tomar, que la maniobra que haya que ejecutar.

—Sin embargo, capitán Hull —respondió la señora Weldon—, no faltan buenos oficiales en la marina de guerra.

—No —respondió el capitán Hull—, pero, a mi parecer, los mejores han comenzado casi todos la carrera desde niños, y sin hablar de Nelson y algunos otros, los peores no son los que han empezado como grumetes.

En este momento se vio surgir por la chupeta de popa al primo Benedicto siempre absorto y tan fuera de este mundo como estará el profeta Elías cuando vuelva a la tierra.

El primo Benedicto se puso a pasear por la cubierta como un alma en pena, escudriñando con la vista los intersticios de los parapetos, huroneando bajo los gallineros, pasando su mano por entre las junturas de las tablas de la cubierta en los sitios en que la brea estaba desconchada.

—Eh, primo Benedicto —preguntó la señora Weldon—, ¿continúas pasándolo bien?

—Sí... prima Weldon... Lo paso bien sin duda, pero deseo llegar a tierra.

—¿Qué busca ahí bajo ese banco, señor Benedicto? —preguntó el capitán Hull.

—Insectos, señor —respondió el primo Benedicto—; ¿qué queréis que busque sino insectos?

—¡Insectos! No será en la mar donde enriquecerá su colección.

—¿Y por qué, señor? No es imposible encontrar a bordo alguna muestra de...

—Primo Benedicto —dijo la señora Weldon—, reniega del capitán Hull. Su barco está tan limpio que no encontrará nada que cazar.

El capitán Hull se echó a reír.

—La señora Weldon exagera —repuso—. Sin embargo, señor Benedicto, yo creo que perderá el tiempo registrando nuestros camarotes.

—Ah, lo sé perfectamente —dijo el primo Benedicto alzando los hombros—, por más que he hecho...

—Pero en la bodega del Pilgrim —replicó el capitán Hull— acaso encontrará algunas cucarachas ejemplares, por lo demás, poco interesantes.

—Poco interesantes son los ortópteros nocturnos que han incurrido en las maldiciones de Virgilio y de Horacio —respondió el primo Benedicto enderezándose—. Poco interesantes los parientes próximos del periplaneta orientalis y del kakerlac americano que habitan...

—Que infestan... —dijo el capitán Hull.

—Que reinan a bordo... —replicó orgullosamente el primo Benedicto.

—Hermoso reinado...

—¿No es usted entomólogo?

—No lo soy nunca, a costa mía.

—Vamos, primo Benedicto —dijo la señora Weldon sonriendo—, no desee que seamos devorados por amor a la ciencia.

—No deseo nada, prima Weldon —respondió el fogoso entomólogo—, sino poder añadir a mi colección algún raro ejemplar que le haga honor.

—¿No estás satisfecho con las conquistas que has hecho en Nueva Holanda?

—Verdaderamente que sí, prima Weldon. He tenido la suerte de adquirir uno de esos nuevos estafilinos que hasta ahora no se habían encontrado sino a algunos cientos de millas más lejos, en Nueva Caledonia.

En este momento, Dingo, que jugaba con Jack, se aproximó saltando al primo Benedicto.

—Largo, largo —dijo éste rechazando al animal.

—¡Amar a las cucarachas y detestar a los perros! —dijo el capitán Hull—. ¡Oh, señor Benedicto!

—Y a éste que es tan bueno —dijo Jack cogiendo con sus manecitas la enorme cabeza de Dingo.

—Sí... no digo que no... —replicó el primo Benedicto—, pero ¿qué queréis? Este diablo de animal no ha realizado las esperanzas que su hallazgo me había hecho concebir.

—¡Gran Dios! —exclamó la señora Weldon—, ¿esperabas poderle clasificar en el orden de los dípteros o de los himenópteros?

—No —respondió gravemente el primo Benedicto—. ¿Pero no es verdad que este Dingo, aunque sea de raza neozelandesa, ha sido recogido en la costa occidental de África?

—Nada más cierto —respondió la señora Weldon—, y Tom lo ha oído decir muchas veces al capitán del Waldeck.

—Pues bien, yo había pensado... yo había esperado... que este perro habría traído algunos ejemplares de hemípteros especiales de la fauna africana...

—¡Santo cielo! —exclamó la señora Weldon.

—Y que pudieran ser —añadió el primo Benedicto—, alguna pulga penetrante o irritante... de alguna especie nueva...

—¿Lo oyes, Dingo? —dijo el capitán Hull—. ¿Lo entiendes tú, pobre perro? Has faltado a tus deberes.

—En vano le he estado espulgando... —añadió el entomólogo con acento de vivo disgusto—, pero no he podido encontrar ni un solo insecto...

—Al cual habría matado inmediata e implacablemente, según creo —dijo el capitán Hull.

—Caballero —replicó con sequedad el primo Benedicto—, sepa que si sir John Franklin tenía escrúpulos de matar el menor insecto aunque fuese un cínife, cuyos ataques son más temibles que los de la pulga, pero no dudará en convenir conmigo en que sir John Franklin era un marino que sabía tanto como otro cualquiera.

—Cierto —dijo el capitán Hull inclinándose.

—Y un día después de haber sido furiosamente picado por un díptero, le dio un soplo diciéndole, sin tutearle siquiera; marchaos, el mundo es bastante grande para usted y para mí.

—¡Ah! —dijo el capitán Hull.

—Sí, señor.

—Pues bien, señor Benedicto —repuso el capitán Hull—, eso lo dijo también otro antes que Franklin.

—¿Otro?

—Sí; y ese otro fue el tío Tobías.

—¿Un entomólogo? —preguntó vivamente el primo Benedicto.

—No. El tío Tobías de Sterne fue un digno tío que pronunció estas mismas palabras echando a volar un mosquito que le incomodaba, pero a quien creía que podría tutear. Vete, pobre diablo, le dijo, el mundo es bastante grande para contenernos a ti y a mí.

—Excelente hombre era ese tío Tobías —replicó el primo Benedicto—. ¿Murió ya?

—Ya lo creo —replicó gravemente el capitán Hull—, como que no ha existido nunca.

Y todos se echaron a reír mirando al primo Benedicto.

Así, entre estas y otras conversaciones que invariablemente tenían por objeto algún punto de la ciencia entomológica siempre que tomaba parte en ella el primo Benedicto, iban pasando las largas horas de esta navegación contrariada. La mar estaba siempre serena, pero los vientos obligaban al bergantín goleta a ceñirse a ellos. El Pilgrim adelantaba muy poco hacia el este, mientras la brisa era floja y deseaba con ansia alcanzar aquellos parajes en que los vientos reinantes le serían más favorables.

Debemos decir que el primo Benedicto había tratado de iniciar al joven grumete en los misterios de la ciencia entomológica; pero Dick Sand se había mostrado demasiado refractario a estos estudios. A falta de otra cosa mejor, el sabio se había replegado hacia los negros, que no le comprendían ni una palabra. Tom, Acteón, Bat y Austin habían terminado por desertar de la clase y el profesor vio reducido su auditorio a Hércules, que le parecía tener algunas disposiciones naturales para distinguir un parásito de un tisanuro.

El gigantesco negro vivía, pues, en el mundo de los coleópteros, carnívoros, cazadores, carroñeros, zapadores, sicíndelas, cárabos, silfos, topos, gusanos, ciervos volantes, terebinos, gorgojos, cochinillas etc., estudiando toda la colección del primo Benedicto, no sin que éste temblase al ver sus frágiles muestras entre los gruesos dedos de Hércules, que tenían la dureza y la fuerza de unas tenazas. Pero el colosal discípulo escuchaba tan pacientemente las lecciones del profesor, que bien valía la pena de arriesgar alguna cosa.

Mientras que el primo Benedicto trabajaba de esta manera, la señora Weldon no dejaba que estuviera absolutamente desocupado el niño Jack; le enseñaba a leer y a escribir; respecto a los cálculos, su amigo Dick Sand era el encargado de inculcarle los primeros conocimientos.

A la edad de cinco años, no es uno más que un niño muy pequeño todavía que se instruye mejor con juegos prácticos que con lecciones teóricas, necesariamente un poco arduas.

Jack aprendió a leer no en un abecedario, sino por medio de letras movibles impresas con color rojo sobre cubos de madera, que se entretenía en arreglar de modo que formasen palabras. Algunas veces la señora Weldon tomaba los cubos y componía una palabra y después la descomponía, mezclaba las letras y Jack tenía que volverlas a poner en orden.

El niño tenía afición a aprender a leer de esta manera. Todos los días se entretenía algunas horas, ya en el camarote, ya sobre cubierta, en arreglar y desarreglar las letras de un alfabeto.

Ahora bien, este entretenimiento provocó un día un incidente tan extraordinario y tan inesperado, que interesa referirlo con algunos detalles.

Era la mañana del de 9 de febrero. Jack, medio tumbado en la cubierta, se entretenía en formar una palabra que el viejo Tom debía reconstituir después de que hubiese mezclado las letras. Tom, con la mano delante de los ojos para no hacer trampas, como conviene, no debía ver y realmente no veía nada del trabajo del niño.

Las diversas letras hasta el número de 50, eran unas mayúsculas y otras minúsculas. Además, algunos de los cubos tenían una cifra, lo que permitía aprender a formar números al mismo tiempo que palabras.

Los cubos con las letras estaban en fila en la cubierta y Jack tomaba tan pronto uno como otro para componer sus palabras, un importante trabajo en verdad.

Pasados algunos instantes, Dingo, que daba vueltas alrededor del niño, se detuvo de pronto. Sus ojos se quedaron fijos, levantó la pata y agitó la cola convulsivamente. Después, y de repente, se abalanzó a los cubos de madera, agarró uno con la boca y fue a depositarlo en la cubierta a algunos pasos de Jack.

Este cubo tenía una letra mayúscula. La letra S.

—Dingo, Dingo —gritó el niño, que temió primero que su S fuera tragada por el perro.

Pero Dingo había vuelto y comenzando la misma tarea, agarró otro cubo y fue a colocarlo al lado del primero.

Este segundo cubo era una V mayúscula.

Jack esta vez dio un grito.

A este grito acudieron la señora Weldon, el capitán Hull y el joven grumete que, paseaba por la cubierta. Jack les contó entonces lo que había pasado.

Dingo conocía las letras. Dingo sabía leer. Era seguro. Jack lo había visto.

Dick Sand quiso ir a recobrar los dos cubos a fin de devolvérselos a su amigo Jack, pero Dingo le enseñó los dientes. Sin embargo, el grumete llegó a entrar en posesión de los dos cubos y a colocarlos con los demás del juego.

Dingo se lanzó de nuevo, agarró otra vez las mismas letras y las volvió a poner aparte.

Entonces pareció decidido a guardarlas él mismo, y puso las dos patas encima de ellas. En cuanto a las demás letras del alfabeto, no parecían existir para él.

—Es curioso —dijo la señora Weldon.

—Es muy singular, en efecto —respondió el capitán Hull, que miraba las dos letras con la mayor atención.

—S. V. —dijo la señora Weldon.

—S. V. —repitió el capitán Hull—, ésas son precisamente las letras que tiene Dingo en el collar.

Y enseguida, volviéndose hacia el viejo negro, le preguntó:

—Tom, ¿no me habías dicho que este perro pertenecía desde hace poco tiempo al capitán del Waldeck?

—En efecto, señor —respondió Tom—; Dingo estaba a bordo sólo desde hace dos años.

—¿Y no me has dicho también que el capitán del Waldeck había recogido a este perro en la costa occidental de África?

—Sí, señor, en las inmediaciones de la desembocadura del Congo. Así se lo oí decir muchas veces al capitán.

—¿Y no se ha sabido nunca a quién había pertenecido, ni de dónde venía este perro?

—Nunca, señor. Un perro que se pierde es peor que un niño, porque no tiene papeles ni puede explicarse.

El capitán Hull estuvo reflexionando un rato en silencio.


Dingo agarró otro cubo y fue a colocarlo al lado del primero.

—¿Estas dos letras le traen a la memoria algún recuerdo? —preguntó la señora Weldon al capitán Hull después de haberle dejado algunos instantes entregado a sus reflexiones.

—Sí, señora Weldon, un recuerdo, o más bien una coincidencia singular.

—¿Cuál?

—Estas dos letras podrían muy bien tener un sentido y darnos algún indicio sobre la muerte de un intrépido viajero...

—¿Qué quiere decir? —preguntó la señora Weldon.

—En 1871, hace unos dos años por consiguiente, un viajero francés partió bajo los auspicios de la sociedad de geografía de París, con la intención de atravesar África de oeste a este. Su punto de partida era precisamente la desembocadura del Congo. Su punto de llegada debía ser, mientras le fuera posible, el cabo Delgado, en las bocas del Rovuma, cuyo curso debía bajar. Ahora bien, este viajero francés se llamaba Samuel Vernon.

—Samuel Vernon —repitió la señora Weldon.

—Sí, señora, y su nombre y su apellido comienzan precisamente con las dos letras que Dingo ha escogido entre todas, y que son también las que están grabadas en ese collar.

—En efecto —respondió la señora Weldon—. ¿Y ese viajero?...

—Ese viajero partió y no se han tenido noticias suyas desde que emprendió la marcha.

—¿Nunca? —preguntó el grumete.

—Nunca —respondió el capitán Hull.

—¿Y qué saca en conclusión? —preguntó la señora Weldon.

—Que Samuel Vernon no pudo evidentemente llegar a la costa oriental de África, ya porque fuera hecho prisionero por los indígenas, ya porque la muerte le sorprendiera en el camino.

—¿Y entonces este perro?...

—Este perro le pertenecería, y más feliz que su amo, si mi hipótesis es justa, habrá podido volver al litoral del Congo, puesto que allí, en la época en que estos hechos debieron suceder, fue recogido por el capitán del Waldeck.

—Pero ¿sabe si este viajero francés —observó la señora Weldon— iba acompañado a su salida por un perro? ¿O no es más que una simple suposición suya?

—No es más que una suposición, en efecto —respondió el capitán Hull—. Pero lo cierto es que Dingo conoce las dos letras S. V., que son precisamente las iniciales de los dos nombres del viajero francés. Ahora, en qué circunstancias aprendió este animal a distinguirlas, es lo que yo no puedo explicar, pero repito que las conoce ciertamente, y véale cómo las sujeta con la pata y parece invitarnos a leerlas con él.

En efecto, no podía dudarse de la intención de Dingo.

—¿Samuel Vernon estaba solo cuando dejó el litoral del Congo? —preguntó Dick Sand.

—Lo ignoro —respondió el capitán Hull—. Sin embargo, es probable que llevara consigo una escolta de indígenas.

En este momento Negoro, que salía de la cámara, se mostró en la cubierta. Nadie notó al principio su presencia, y no se pudo observar la singular mirada que lanzó al perro cuando le vio delante de las dos letras, las cuales parecía que le tenían suspenso. Pero Dingo, que vio al cocinero, comenzó a dar señales del más extremado furor.


Negoro dirigió al perro un gesto de amenaza.

Negoro volvió enseguida a la cámara de la tripulación, no sin antes dirigir al perro un gesto de amenaza.

—Aquí hay algún misterio —murmuró el capitán Hull, que no había perdido ni un detalle de esta escena.

—Pero, señor —dijo el grumete—, ¿no es muy extraño que un perro pueda conocer las letras del alfabeto?

—¡Oh, no! —replicó Jack—. Mamá me ha contado muchas veces una historia de un perro que sabía leer y escribir, y aun jugar al dominó, como un verdadero maestro de escuela.

—Hijo mío —respondió la señora Weldon sonriendo—; ese perro, que se llamaba Munito, no era un sabio como tú piensas. Si he de creer lo que me han contado, no habría podido distinguir una de otra las letras que le servían para componer sus palabras. Pero su dueño, un hábil americano que había advertido que Munito tenía el oído muy fino se aplicó a ejercitarle este sentido, y a sacar de él curiosos efectos.

—¿Y cómo hacía eso, señora Weldon? —preguntó Dick Sand, a quien la historia interesaba casi tanto como a Jack.

—Ahora verás. Cuando Munito debía trabajar delante del público, las letras semejantes a aquellas con que debía hacer su trabajo, estaban colocadas sobre una mesa, sobre la cual el perro iba y venía, esperando sólo una palabra, ya fuese dicha en alta voz, ya en voz baja. Había una condición esencial solamente, y era que su amo debía conocer la palabra.

—¿De modo que en ausencia de su amo?... —preguntó el grumete.

—El perro no hacía nada, y he aquí por qué. Las letras estaban extendidas sobre la mesa, y Munito se paseaba por entre el alfabeto. Cuando llegaba a aquella de las letras que debía escoger para formar la palabra pedida, se detenía, pero si se detenía era porque oía el ruido, imperceptible a los demás, de un mondadientes que el americano hacía chasquear en su bolsillo. Este ruido era para Munito la señal de coger la letra y venir a colocarla en el orden convenido.

—Y he ahí todo el secreto —exclamó Dick Sand.

—Ése es todo el secreto —respondió la señora Weldon—. Es muy sencillo, como todo lo que se hace en materia de prestidigitación. En ausencia del americano, Munito no hubiera sido Munito. Estoy admirada de que Dingo haya podido reconocer estas dos letras no estando aquí su amo, suponiendo, por supuesto, que Samuel Vernon haya sido su amo.

—En efecto —respondió el capitán Hull—, es muy extraño, pero note bien que se trata aquí de dos letras solas, de dos letras especiales, y no de una palabra escogida al azar. Después de todo, el perro que llamaba a la puerta de un convento para apoderarse de la comida destinada a los mendigos, y el otro que estaba encargado al mismo tiempo que uno de sus semejantes de dar vueltas al asador cada tercer día, y que rehusaba hacer su oficio cuando no le tocaba la vez, estos dos perros, digo yo, iban aún más lejos que Dingo en ese dominio de la inteligencia que está reservada al hombre. Por lo demás, estamos en presencia de un hecho indiscutible. De todas las letras de ese alfabeto, Dingo no ha escogido más que esas dos S. y V. Las demás no parece conocerlas. Es necesario convencerse de que por una razón cualquiera que no comprendemos se ha hecho fijar especialmente su atención sobre estas dos letras.

—Ah, capitán Hull —respondió el joven grumete—, si Dingo pudiera hablar... tal vez nos diría lo que significan esas dos letras, y por qué guarda rencor contra nuestro maestro cocinero.

—Y qué rencor —respondió el capitán Hull—, en el momento en que Dingo abría la boca mostrando sus formidable colmillos.

VI
UNA BALLENA A LA VISTA

Como es natural, este singular suceso fue más de una vez objeto de las conversaciones entre la señora Weldon, el capitán Hull y el joven grumete en la popa del Pilgrim. Este último, particularmente, sentía una desconfianza instintiva hacia Negoro, cuya conducta, sin embargo, no merecía ninguna censura.

A proa se hablaba también de lo mismo, pero las consecuencias que se sacaban no eran idénticas. Allí, entre la tripulación, Dingo pasaba simplemente por ser un perro que sabía leer, y aun tal vez escribir mejor que un marinero de a bordo. En cuanto a hablar, si no lo hacía, sería porque probablemente tendría razones para guardar silencio.

—Pero el mejor día —dijo el timonel Bolton—, vendrá este perro a preguntarnos a dónde llevamos la proa, si el viento es oeste-noroeste medio cuarto al norte, y habrá que responderle.

—Hay animales que hablan —replicó otro marinero—, los periquitos y los loros. Pues bien, ¿por qué un perro no ha de hacer lo mismo si quiere? Más difícil es hablar con un pico que con una boca.

—Sin duda —respondió el contramaestre Howik—, sólo que esto no se ha visto nunca.

Cómo se hubieran admirado estas buenas gentes si se les hubiera dicho que, al contrario, esto se ha visto ya y que hubo cierto sabio danés que poseía un perro que pronunciaba distintamente una veintena de palabras. Pero de esto a que el animal entendiese lo que lo que decía, había un abismo. Evidentemente, este perro, cuya glotis estaba organizada de tal modo que podía emitir sonidos regulares, no daba más sen-


No hay que creer que sólo los perros tengan el privilegio de ser inteligentes.

tido a sus palabras que el que dan a las suyas los loros y los grajos. La frase entre estos animales no es otra cosa que una especie de canto o de gritos hablados tomados de una lengua extraña cuya significación no tienen.

De cualquier modo, Dingo había llegado de ser el héroe de a bordo, de lo cual no se prevalía para mostrarse orgulloso.

Muchas veces, el capitán Hull repetía el experimento. Colocaba delante de Dingo los cubos de madera del alfabeto, e invariablemente, sin dudar y sin equivocarse, el singular animal escogía entre todas las dos letras S. y V., mientras que las demás nunca le llamaron la atención.

En cuanto al primo Benedicto, este experimento, que muchas veces fue repetido delante de él, nunca llegó a interesarle.

Un día, sin embargo, se dignó decir:

—No hay que creer que sólo los perros tengan el privilegio de ser inteligentes de esta manera. Otros animales les igualan sin más que seguir su instinto. Los ratones, por ejemplo, que abandonan los buques próximos a zozobrar; los castores, que saben prever la crecida de las aguas y aumentan la altura de sus diques. Los caballos de Nicomedes de Scanderberg y de Oppion, cuyo dolor fue tal que murieron cuando murieron sus amos. Los asnos, tan notables por su memoria, y tantos otros animales, en fin, que han sido el honor de la animalidad; ¿no habéis visto esas aves maravillosamente educadas que escriben sin equivocarse las palabras que les dictan sus profesores; las cacatúas, que cuentan tan bien como un calculador de la sección de longitudes, el número de personas presentes en una sala? ¿No ha existido un loro por el cual pagaron cien escudos de oro, que recitaba sin equivocarse en una palabra, al cardenal su amo, todo el Símbolo de los Apóstoles? Por último, el legítimo orgullo de un entomólogo, no debe llegar a su colmo cuando ve a simples insectos dar pruebas de una inteligencia superior, y afirmar elocuentemente el axioma:

In minimis maximus Deus.

Esas hormigas que se parecen a los ediles de las grandes ciudades; esos arginorséticos acuáticos, que fabrican campanas de buzos, sin haber aprendido nunca mecánica; esas pulgas que tiran de carruajes como verdaderos caballos, que hacen el ejercicio tan bien como los fusileros, que tiran con el cañón mejor que los artilleros con título de West-Point. No, este Dingo no merece tantos elogios, pues si está tan fuerte en el alfabeto, es porque indudablemente pertenece a una especie de mastines, aún no clasificada por la ciencia zoológica, el canis alphabeticus de Nueva Zelanda.

A pesar de estos y otros discursos del envidioso entomólogo, Dingo no perdió nada en la estimación pública y continuó siendo tratado como un fenómeno en las conversaciones de proa.

Es probable, sin embargo, que Negoro no participase del entusiasmo de a bordo respecto al animal, acaso le encontraba demasiado inteligente. Pero sea de ello lo que fuere, el perro continuó mostrando la misma animosidad al cocinero, el cual le hubiera sin duda jugado alguna mala pasada a no haber sido porque el animal tenía trazas de saber defenderse bien, y además porque estaba protegido por las simpatías de toda la tripulación.

Negoro evitaba por consiguiente cuanto podía encontrarse en presencia de Dingo; pero Dick Sand no había dejado de observar que desde el incidente de las dos letras, la antipatía recíproca del hombre y del perro se había aumentado. Esto era verdaderamente inexplicable.

El 10 de febrero el viento del nordeste, que hasta entonces era el que había sucedido siempre a las largas y desesperadas clamas durante las cuales el Pilgrim se quedaba inmóvil, empezó a amainar sensiblemente. El capitán Hull tuvo la esperanza de que iba a producirse un cambio en la dirección de las corrientes atmosféricas. Tal vez el bergantín goleta podría marchar al impulso de sus velas. Sólo hacía diecinueve días que habían salido del puerto de Auckland. El retraso no era aún muy considerable, y con un viento de través el Pilgrim, con su buen velamen, fácilmente debía recobrar el tiempo perdido. Pero aún había que esperar algunos días antes de que las brisas del oeste soplaran convenientemente.

Esta parte del Pacífico continuaba desierta. No se veía por estos parajes ningún barco; era una latitud verdaderamente abandonada por los navegantes; los balleneros de los mares australes todavía no se disponían a pasar el trópico. El Pilgrim, al que circunstancias particulares habían obligado a dejar los caladeros de pesca antes de concluir la temporada, no debía esperar cruzarse con ningún buque que llevara su mismo destino.

En cuanto a los vapores transpacíficos, ya lo hemos dicho, no frecuentan jamás un paralelo tan elevado en sus travesías entre Australia y el continente americano.

Sin embargo, por lo mismo que la mar está desierta, no hay que renunciar a observarla hasta en los últimos límites del horizonte. Por monótona que pueda parecer a los caracteres de los observadores, es infinitamente variada para los que la saben comprender. Sus más insensibles cambios encantan a las imaginaciones que sienten la poesía del océano. Una yerba marina que flota ondulando, una rama de sargazos cuya ligera estela surca la superficie de las aguas, un resto de tabla cuya historia se quisiera adivinar, bastan para ocupar la imaginación. Ante este infinito, el espíritu no se detiene por nada, y la imaginación tiene campo libre. Cada una de esas moléculas de agua que a consecuencia de la evaporación se cambian continuamente entre el mar y el cielo, encierra acaso el secreto de una gran catástrofe. Hay que envidiar por tanto aquellos cuyo pensamiento íntimo sabe interrogar los misterios del océano, aquellos genios que se elevan desde su movible superficie hasta las alturas del cielo.

Por lo demás, la vida se manifiesta siempre tanto encima como debajo de los mares. Los pasajeros del Pilgrim podían ver cebarse en la persecución de los pececillos las bandas de esas aves que huyen del duro invierno de los climas polares. Y más de una vez Dick Sand dio pruebas de su maravillosa destreza en manejar el fusil o la pistola matando alguno de esos rápidos volátiles, en cuyo ejercicio, como en otros, le había adiestrado el señor Weldon.

Unas veces mataba petreles blancos, otras petreles cuyas alas estaban festoneadas por una raya amarilla; algunas veces también pasaban bandadas de tableros, otras de pájaros bobos cuya marcha hacia tierra es a la vez tan pesada y tan ridícula. El capitán Hull hacía observar, sin embargo, que estas aves se sirven de sus muñones como verdaderas aletas y pueden desafiar a nadar a los peces más veloces, hasta tal punto que los marinos lo han confundido algunas veces con los atunes.

En lo alto se cernía en el aire agitando sus grandes alas de diez pies de envergadura, el gigantesco albatros, y descendía enseguida para ponerse sobre la superficie de las aguas, que registraba a picotazos para buscar en ellas su alimento.

Todas esas escenas constituían un espectáculo variado que sólo pueden encontrar monótono aquellos caracteres cerrados a los encantos de la naturaleza.

La señora Weldon se paseaba ese mismo día por la popa del Pilgrim, cuando un fenómeno bastante curioso llamó su atención; las aguas del mar se habían cubierto repentinamente de un matiz rojizo. Hubiérase podido creer que acaban de teñirse de sangre, y este tinte inexplicable se extendía tan lejos como la vista podía abarcar.

Dick Sand estaba en aquel momento con Jack cerca de la señora Weldon.


Dick Sand dio pruebas de su maravillosa destreza en manejar el fusil.

—Dick —dijo ésta al grumete—, ¿ves qué extraño color han tomado las aguas del Pacífico? ¿Será acaso debido a la presencia de alguna yerba marina?

—No, señora Weldon —replicó Dick Sand—, ese color lo producen millones de millones de pequeños crustáceos que ordinariamente sirven de alimento a los grandes mamíferos. Los pescadores llaman a esto, no sin razón, manjar de ballenas.

—¡Crustáceos! —dijo la señora Weldon—, pero si son tan pequeños que casi se les puede llamar insectos de mar. El primo Benedicto se alegraría mucho de formar con ellos una colección.

Y llamándolo, gritó:

—¡Primo Benedicto!

El primo Benedicto apareció saliendo de la chupeta casi al mismo tiempo que el capitán Hull.

—Primo Benedicto —dijo la señora Weldon—, mira ese inmenso banco rojizo que se extiende hasta perderse de vista.

—Ése es —dijo el capitán Hull— el manjar de ballenas. Señor Benedicto, magnífica ocasión para estudiar este curioso género de crustáceos.

—¡Pche! —dijo el entomólogo.

—¿Cómo pche? —exclamó el capitán—. No tiene derecho a mostrar tal indiferencia. Esos crustáceos pertenecen a una de las seis clases de los articulados, si no me engaño, y como tales...

—¡Pche! —volvió a decir el primo Benedicto sacudiendo la cabeza.

—Le encuentro bastante desdeñoso para ser entomólogo.

—Entomólogo, sea —respondió el primo Benedicto—, pero especialmente hexapodista, capitán Hull, no debe olvidarlo.

—En todo caso —respondió el capitán Hull—, pase que no le interesen estos crustáceos, pero otra cosa sería si poseyera un estómago de ballena. ¡Qué regalo entonces! Vea, señora Weldon, cuando los balleneros durante la temporada de pesca, llegamos a ver un banco de estos crustáceos, ni aun tiempo tenemos para preparar nuestros arpones y sedales. Estamos ciertos de que la pesca no está lejos.

—¿Y es posible que animales tan pequeños puedan alimentar a otros tan grandes? —dijo Jack.

—Ah, niño mío —replicó el capitán Hull—, los granitos de sémola, la harina, el polvo de otras féculas, ¿no hacen una buena sopa? Sí; y la naturaleza ha querido que así fuera. Cuando una ballena flota en medio de estas aguas rojas tiene servida la sopa, no tiene más que abrir su inmensa boca y millares de millones de crustáceos penetran por ella, las numerosas ballenas de su barba con las que tiene cubierto el paladar, se extienden como las redes en la casa de los pescadores, de modo que no pueda salir ninguno, y la masa de crustáceos va a hundirse en el estómago de la ballena lo mismo que tú engulles la sopa cuando comes.

—Crea, Jack —observó Dick Sand—, que la señora ballena no pierde el tiempo en mondar uno a uno los crustáceos como usted monda los langostinos.

—Debo añadir —dijo el capitán Hull—, que cuando el enorme glotón está ocupado de esta suerte, es precisamente cuando se puede más fácilmente acercar a él sin excitar su desconfianza. Es, pues, el momento favorable para que el arponero le ataque con éxito.

En aquel momento, y como para dar la razón al capitán Hull, se oyó la voz del serviola de proa que gritaba:

—Una ballena por la proa a babor.

El capitán Hull se irguió.

—Una ballena —gritó.

E impulsado por su instinto de pescador, se lanzó al castillo del Pilgrim.

La señora Weldon, Jack, Dick Sand y hasta el primo Benedicto le siguieron inmediatamente.

En efecto, a cuatro millas en la dirección del viento se veía una especie de hervidero que indicaba que un gran mamífero marino se movía en medio de las aguas rojas. Los balleneros no podían equivocarse.

Pero la distancia era aún demasiado considerable para que fuera posible reconocer la especie a que pertenecía este mamífero, pues las especies son muy distintas.

¿Era una de esas ballenas francas buscadas particularmente por los pescadores de los mares del Norte? Estos cetáceos, a los que falta la aleta dorsal pero cuya piel está cubierta por una espesa capa de grasa, pueden alcanzar una longitud de ochenta pies, aun cuando las del tamaño mediano no pasan de sesenta, y uno solo de estos monstruos basta para llenar hasta cien barriles de aceite.

¿Era, por el contrario, un hump-back perteneciente a la especie de los balenópteros, nombre cuya terminación debía valerle la estimación del entomólogo? ¿Poseía aletas dorsales, blancas y tan largas como la mitad del cuerpo, de esas que se parecen a un par de alas y le dan el aspecto de una ballena volante?

¿No era lo que tenían a la vista más verosímilmente un fin-back, mamífero conocido también con el nombre de yubarta, provisto de una aleta dorsal y cuya longitud puede igualar a la de la ballena franca?

El capitán Hull y su tripulación no podían determinarlo todavía fijamente, pero miraban al animal con más avidez que admiración.

Si es verdad que un relojero no puede estar en un salón ante un péndulo sin sentir cierto irresistible deseo de darle cuerda, ¡cuánto mayor debía ser el imperioso deseo de los balleneros ante una ballena, por apoderarse de ella! Los que se dedican a la caza mayor se dice que son más fogosos que los que se dedican a la caza menor. Luego, cuanto mayor es el animal, más excita la codicia. ¿Cuánta no deben sentir los cazadores de elefantes y los pescadores de ballenas? Y además hay que tener en cuenta la contrariedad que experimentaba toda la tripulación del Pilgrim por volver con un cargamento incompleto.

Entre tanto, el capitán Hull trataba de reconocer el animal que había sido señalado a lo lejos. Aún no era muy visible a esta distancia; sin embargo, la vista ejercitada de un ballenero no podía engañarse en ciertos detalles más fáciles de conocer a distancia.

En efecto, el surtidor, es decir, esa columna de vapor de agua que la ballena arroja por sus narices, debía llamar la atención del capitán Hull y hacérsela fijar en la especie a que aquel cetáceo pertenecía.

—No es ésa una ballena franca —dijo—; su surtidor, si lo fuera, se elevaría más y tendría un volumen menos considerable. Por otra parte, si el ruido que hace el surtidor al vaciarse pudiera compararse al ruido lejano de un cañón, podría creerse que esta ballena pertenecía a la especie de los hump-backs, pero no hay nada de eso, y prestando oído se puede asegurar que ese ruido es de una naturaleza muy diferente.

—¿Cuál es tu opinión respecto a esto, Dick? —preguntó el capitán Hull volviéndose hacia el grumete

—Creo, capitán —respondió Dick Sand—, que tenemos que habérnoslas con una yubarta. Vea si no cómo sus tubos arrojan violentamente al aire esa columna líquida. ¿No le parece también que tengo razón y que su surtidor contiene más agua que vapor condensado? Y si no me engaño es una particularidad especial de la yubarta.

—En efecto, Dick —respondió el capitán Hull—, lo que flota sobre las aguas rojas, ya no hay duda posible, es una yubarta.

—Magnífico —exclamó Jack.

—Sí, hijo mío. ¡Y cuando se piensa que ese gran animal está ahí dispuesto a almorzar y que no recela de que los balleneros la observen!

—Me atrevería a afirmar que es una yubarta de gran tamaño —observó Dick Sand.

—Seguro —respondió el capitán Hull, que poco a poco se iba animando—; yo no le doy menos de setenta pies de longitud.

—Bueno —añadió el contramaestre—, bastaría con media docena de ballenas de ese tamaño para llenar un buque tan grande como el nuestro.

—Sí, bastaría —replicó el capitán Hull, que en aquel momento se subía al bauprés a fin de ver mejor.

—Y con ésta —añadió el contramaestre—, embarcaremos en algunas horas la mitad de los doscientos barriles de aceite que aún nos faltan.

—Sí... en efecto... sí —murmuró el capitán Hull.

—Es verdad —replicó Dick Sand—, pero algunas veces es una ruda tarea el atacar estas enormes yubartas.

—Muy ruda, muy ruda —replicó el capitán Hull—; estos ballenópteros tienen unas colas formidables con las que no es fácil aproximarse sin precaución. La más sólida piragua no resistiría a un coletazo bien aplicado, pero en cambio el provecho que se saca de ellos, compensa el trabajo que se tiene de cogerlos.

—Bah —dijo uno de los marineros—, de todos modos una hermosa yubarta es una buena captura.

—Y productiva —respondió otro.

—Lástima sería no saludarle a su paso.

Era evidente que aquellos bravos marinos se animaban al contemplar la ballena, que suponía todo un cargamento de barriles de aceite que flotaba a su alcance. Sin duda alguna que al oírles se hubiera creído que no había que hacer más que colocar estos barriles en la bodega del Pilgrim para completar el cargamento.

Algunos de los marineros, subidos en los obenques de mesana, lanzaban gritos de codicia. El capitán Hull, que permanecía en silencio, se roía las uñas. Tenía delante un irresistible imán que atraía al Pilgrim y a toda la tripulación.

—Mamá, mamá —exclamó entonces Jack—, quisiera tener la ballena para ver cómo está hecha.

—Ah, ¿conque quieres esa ballena, hijo mío?

—¿Y por qué no se la hemos de dar, amigos míos? —replicó el capitán Hull— cediendo al fin a su secreto deseo.


—Ah, ¿conque quieres esa ballena, hijo mío?

—No tenemos pescadores de refuerzo, es verdad, pero nosotros solos nos bastamos.

—Sí, sí —exclamaron los marineros a una voz.

—No será la primera ocasión en que yo haya hecho el oficio de arponero —añadió el capitán Hull—, y ahora veréis si aún sé lanzar el arpón.

—Hurra, hurra, hurra —respondió la tripulación.

VII
PREPARATIVOS

Se comprenderá la excitación que la vista de aquel prodigioso mamífero produjo en la tripulación del Pilgrim.

La ballena que flotaba en medio de las aguas rojas parecía enorme y era muy tentador el capturarla y completar con ella el cargamento. ¿Podían los pescadores dejar escapar una ocasión semejante?

Sin embargo, la señora Weldon creyó deber preguntar al capitán Hull si había algún peligro para él y sus hombres en atacar a una ballena en tales condiciones.

—Ninguno, señora Weldon —respondió el capitán Hull—. Más de una vez me ha sucedido ir a pescar la ballena con una sola embarcación, y siempre he acabado por apoderarme de ella. Se lo repito, no hay ningún peligro para nosotros y por consiguiente para usted.

Tranquila ya con esto la señora Weldon, no insistió.

El capitán Hull tomó inmediatamente sus disposiciones para capturar a la yubarta. Sabía por experiencia que la persecución de este balenóptero no deja de ofrecer dificultades y quería prevenirlas.

Lo que dificultaba más la captura era que la tripulación del bergantín goleta no podía trabajar sino con una sola embarcación, a pesar de que el Pilgrim tenía una chalupa colocada sobre cubierta entre el palo mayor y el de mesana y tres botes balleneros, dos de ellos suspendidos de los pescantes de babor y estribor y el tercero a popa fuera del coronamiento.

Ordinariamente, estos tres balleneros se empleaban simultáneamente en la persecución de los cetáceos, lo cual podía hacerse como ya hemos dicho, porque se tomaba en Nueva Zelanda una tripulación de refuerzo que durante la temporada de pesca ayudaba a los marineros del Pilgrim.

Pero en las circunstancias actuales el Pilgrim no podía disponer más que de los cinco marineros de a bordo, es decir, que sólo podía armar uno de los botes balleneros. Utilizar el concurso de Tom y de sus compañeros, que desde luego se habían ofrecido, era imposible porque las maniobras de una piragua pesquera exigen marinos muy particularmente prácticos. Una guiñada del timón o un golpe de remo en falso bastan para comprometer la suerte del ballenero durante el ataque.

Por otra parte, el capitán Hull no quería dejar a su buque sin que quedase en él a lo menos un hombre de la tripulación en quien tuviera confianza; era necesario prevenir cualquier eventualidad.

Ahora bien, obligado el capitán Hull a escoger a los marineros más fuertes para tripular el bote, forzosamente tenía que dejar el cuidado de guardar el Pilgrim al grumete.

—Dick —le dijo—, te encargo de que quedes a bordo durante mi ausencia, que será corta, según espero.

—Bien, señor —respondió el grumete.

Dick Sand hubiera querido tomar parte en esta pesca que tenía para él un gran atractivo; pero comprendió por una parte, que los brazos de un hombre hecho valían más que los suyos para el servicio del ballenero y, por otra parte, que él podía reemplazar al capitán Hull. Se resignó por consiguiente.

La tripulación del ballenero debía componerse de los cinco hombres, incluso el contramaestre Howik, que formaban la tripulación del Pilgrim. Los cuatro marineros debían ponerse a los remos y Howik tomaría el remo de popa, que sirve para gobernar una embarcación de este género. En efecto, un simple timón no tendría una acción tan pronta, y en el caso de que los remos de las bandas se pusieran fuera de servicio, el remo de popa, bien manejado, podía poner al ballenero fuera del alcance del monstruo.

Quedaba por tanto el capitán Hull, que se había reservado la plaza de arponero, y que, como ya él había dicho, no era ésta la primera vez que la desempeñaba. Él, por consiguiente, debía lanzar primero el arpón, después cuidar del desarrollo del largo sedal fijo a su extremo, y por último concluir con el animal a lanzadas cuando volviera a la superficie del océano.

Los pescadores de ballenas emplean algunas veces armas de fuego para este género de pesca. Por medio de una máquina especial (especie de pequeño cañón colocado a bordo del buque, en la proa del bote ballenero), lanzan o un arpón al que va unida en su extremidad una cuerda, o balas explosivas que producen gran destrozo en el cuerpo del animal.

Pero el Pilgrim no iba provisto de semejantes aparatos, que son, por lo demás, de mucho coste y muy difíciles de manejar; y como los pescadores son pocos amigos de las innovaciones, prefieren emplear las armas primitivas, de las que se sirven hábilmente, es decir, el arpón y la lanza.

El capitán Hull iba a intentar, por consiguiente, por los medios ordinarios capturar a la yubarta señalada a cinco millas de su buque.

El tiempo, por lo demás, debía favorecer esta expedición; la mar muy tranquila era a propósito para las maniobras de un bote ballenero. El viento tendía a calmarse y el Pilgrim no debía derivar de una manera sensible mientras su tripulación estuviera ocupada a distancia.

El bote ballenero de estribor fue arriado y los cuatro marineros se embarcaron en él.

Howik hizo poner en el bote dos de esos grandes venablos que sirven de arpones, y además dos largas lanzas con punta muy aguzada. A estas armas ofensivas añadió cinco paquetes de cuerda flexibles y resistentes que los balleneros llaman sedales y que miden seiscientos pies de longitud. No se necesita menos, porque frecuentemente sucede que estas cuerdas, unidas por los extremos, no bastan para lo que se necesita; tanta es la profundidad a que la ballena se sumerge.

Tales fueron los diversos aparatos cuidadosamente colocados en la proa de la embarcación.

Howik y los cuatro marineros no esperaban más que la orden de soltar la amarra.

Un solo lugar estaba libre en la proa del ballenero, el que debía de ocupar el capitán Hull.

Por supuesto que la tripulación del Pilgrim antes de salir de a bordo había puesto el buque al pairo, o de otro modo habían braceado las vergas, de manera que las velas, contrariando su acción mutua, mantuvieran al bergantín goleta casi inmóvil.

En el momento de embarcarse, el capitán Hull echó una última mirada a su buque. Se aseguró de que todo estaba en orden, las drizas bien amarradas y las velas convenientemente orientadas; toda vez que dejaba al grumete a bordo durante una ausencia que podía durar muchas horas, quería con razón que Dick Sand no tuviera que ejecutar ni una sola maniobra a no ser en caso de urgencia.

En el momento de partir le dio sus últimas instrucciones.

—Dick —le dijo—, te dejo solo. Vela por todo, y si, lo que no es posible, fuera necesario que pusieras en marcha el barco en el caso de que nosotros fuéramos arrastrados demasiado lejos en la persecución de esta yubarta, Tom y sus compañeros podrán perfectamente ayudarte. Indicándoles bien lo que han de hacer, estoy seguro de que lo harán.

—Sí, capitán Hull —respondió el viejo Tom—, el señor Dick puede contar con nosotros.

—Mande, mande —gritó Bat—, tenemos gran deseo de serle útiles.

—¿De dónde hay que tirar? —preguntó Hércules remangándose las anchas mangas de su blusa.

—Por ahora de ninguna parte —respondió Dick Sand sonriendo.

—A sus órdenes —replicó el coloso.

—Dick —dijo el capitán—, el tiempo es bueno, el viento ha amainado, nada indica que vuelva a refrescar. Sobre todo, suceda lo que suceda, no eches ningún bote al mar, ni dejes el buque.

—Comprendido.

—Si fuera necesario que el Pilgrim fuera a buscarnos, te haré una señal izando una bandera en el extremo de un bichero.

—Vaya tranquilo, capitán; no perderé de vista el ballenero —respondió Dick Sand.

—Bien, hijo mío —replicó el capitán Hull—, valor y serenidad, ya eres capitán interino; haz honor a tu grado; nadie a tu edad lo ha tenido semejante.

Dick Sand no respondió, pero se sonrojó sonriéndose. El capitán Hull comprendió su sonrojo y se echó a reír.

—El bravo muchacho —dijo para sí—, es todo modestia y buen humor.

A pesar de todas estas recomendaciones, era visible que aunque ningún peligro había para hacerlas, el capitán Hull no dejaba con gusto su barco, ni aun por unas pocas horas. Pero un irresistible instinto de pescador, y sobre todo el ardiente deseo de completar su cargamento de aceite, y de no quedar mal con los compromisos contraídos por James W. Weldon en Valparaíso, le impulsaban a intentar la aventura. Por otra parte, una mar tan serena se prestaba perfectamente a la persecución de un cetáceo. Ni su tripulación ni él habrían podido resistir a semejante tentación. La campaña de pesca podría al fin completarse, y esta última consideración sobrepujaba a todas en el corazón del capitán Hull.

Se dirigió, pues, a la escala.

—Buena suerte —le dijo la señora Weldon.

—Gracias, señora.

—Le ruego que no haga mucho daño a la pobre ballena —gritó Jack.

—No, hijo mío —replicó el capitán Hull.

—Cójala suavemente, señor.

—Sí, Jack, con guantes.

—Algunas veces —observó el primo Benedicto— se suelen recolectar insectos muy curiosos sobre el dorso de esos grandes mamíferos.

—Pues bien, señor Benedicto —respondió riendo el capitán Hull—, tendrá el derecho de entomologizar cuando la yubarta se encuentre a bordo del Pilgrim.

Y volviéndose hacia Tom, le dijo:

—Tom, cuento contigo y con tus compañeros para que nos ayudéis a descuartizar la ballena cuando esté amarrada al casco del buque, lo cual no tardará en suceder.

—Siempre a su disposición, señor —respondió el viejo negro.

—Bien —replicó el capitán Hull—. Dick, esta buena gente te ayudará a preparar los barriles vacíos; durante nuestra ausencia, que los suban sobre cubierta, y de este modo la tarea se concluirá pronto a nuestra vuelta.

—Así se hará, capitán.

Para los que lo ignoren, conviene decir que, una vez muerta la yubarta, debía ser remolcada hasta el Pilgrim, y amarrada sólidamente a su costado de estribor. Después los marineros, calzados de botas con garfios, debían instalarse sobre el dorso del enorme cetáceo, y despedazarlo metódicamente cortándolo en tiras paralelas, dirigidas desde la cabeza a la cola. Estas tiras serían enseguida cortadas en trozos de pie y medio, y después divididas en pedazos más pequeños, los cuales, tras haber sido bien estibados en los barriles, serían enviados al fondo de la bodega.

Ordinariamente los buques balleneros, cuando ha concluido la pesca, maniobran de manera que puedan acercarse a tierra lo antes posible, a fin de concluir sus manipulaciones. La tripulación baja a tierra, y allí procede a la fusión de la grasa, la cual bajo la acción del calor deja toda su parte utilizable, es decir, el aceite.

Pero en las circunstancias actuales, el capitán Hull no podía pensar en volver atrás para concluir esta operación. Pensaba no fundir este complemento de grasa hasta llegar a Valparaíso. Por lo demás, con los vientos, que no podían tardar en soplar del oeste, esperaba haber reconocido la costa americana antes de veinte días, y esta pérdida de tiempo no podía comprometer los resultados de su pesca.

Llegó el momento de partir. Antes de que el Pilgrim se hubiera puesto al pairo, se había acercado un poco al lugar en que la yubarta continuaba señalando su presencia por los surtidores de vapor de agua.

La yubarta continuaba flotando en medio de aquel vasto campo, rojo de crustáceos, abriendo automáticamente su ancha boca, y absorbiendo a cada aspiración millones de animalitos.

Al decir de los inteligentes de a bordo, no había temor de que pensara escapar. Era, a no dudar, una ballena de combate.

El capitán Hull traspasó los parapetos y bajando la escala de cuerda, saltó a la proa del bote ballenero.

La señora Weldon, Jack, el primo Benedicto, Tom y sus compañeros, se despidieron por última vez del capitán, deseándole buena suerte.

Hasta el mismo Dingo, enderezándose sobre sus patas y asomando su cabeza por entre las cuerdas, parecía querer dar un adiós a la tripulación del ballenero. Enseguida acudieron todos a proa, a fin de no perder ninguna peripecia de tan admirable pesca.

El ballenero se separó de a bordo y bajo el impulso de sus cuatro remos vigorosamente manejados, empezó a alejarse del Pilgrim.

—Mucho cuidado, Dick, mucho cuidado —gritó por última vez el capitán Hull al grumete.

—Cuente conmigo, señor.

—No pierdas de vista el buque, ni tampoco al ballenero en que vamos, hijo mío, no lo olvides.

—Así lo haré, capitán —respondió Dick Sand, que fue a colocarse junto al timón.

Ya la ligera embarcación se encontraba a muchos cientos de pies del buque, y el capitán Hull de pie en la proa, no pudiendo hacerse oír, renovaba sus recomendaciones con gestos expresivos.

Entonces Dingo, con las patas apoyadas sobre las vagras, dio una especie de ladrido lastimero, que hubiera impresionado desfavorablemente a la gente algún tanto supersticiosa.


—Mucho cuidado, Dick —gritó por última vez el capitán Hull.


—Lo vigilaré —respondió sencillamente Hércules.

Este ladrido hizo estremecer aun a la misma señora Weldon.

—Dingo —le dijo—, Dingo, ¿es así como das valor a unos amigos? Vamos, da un ladrido bien claro, bien alegre.

Pero el perro no ladró, y dejándose caer sobre las patas, fue lentamente hacia la señora Weldon, y le lamió cariñosamente la mano.

—No mueve la cola... —murmuró Tom a media voz—. ¡Mala señal, mala señal!

Pero casi enseguida, Dingo se irguió y dio un aullido de cólera.

La señora Weldon volvió la cara.

Negoro acababa de dejar su puesto y se dirigía hacia el castillo de proa, con la intención, sin duda, de seguir él también con la vista las maniobras del ballenero.

Dingo se lanzó al cocinero dominado por el más vivo e inexplicable furor.

Negoro cogió un espeque y se puso a la defensiva.

El perro iba a saltarle al cuello.

—Aquí, Dingo, aquí —gritó Dick Sand que, abandonando por un instante su sitio de observación, corrió hacia proa.

La señora Weldon por su parte trató de calmar al perro.

Dingo obedeció, no sin repugnancia, y volvió gruñendo sordamente hacia donde estaba el grumete.

Negoro no había pronunciado ni una palabra, pero su rostro había palidecido un instante. Dejó caer su espeque y volvió a su camarote.

—Hércules —dijo Dick Sand—, le encargo muy especialmente que vigile a ese hombre.

—Lo vigilaré —respondió sencillamente Hércules, cuyos enormes puños se cerraron en señal de asentimiento.

La señora Weldon y Dick Sand volvieron entonces la vista hacia el ballenero que marchaba rápidamente al impulso de sus cuatro remos.

Visto desde el buque no formaba ya casi más que un punto sobre el mar.

VIII
LA YUBARTA

El capitán Hull, experimentado pescador de ballenas, no debía dejar nada al azar. La captura de una yubarta es cosa difícil; no debe descuidarse ninguna precaución, y en esta ocasión no se olvidó ninguna.

Primeramente maniobró de manera que se aproximaron a la ballena por sotavento a fin de que ningún ruido pudiera denunciarle la aproximación del bote.

Howik dirigió el ballenero siguiendo la curva demasiado prolongada que delineaba el banco rojizo, en medio del cual flotaba la yubarta. De este modo debían darle la vuelta.

El contramaestre destinado para esta maniobra era un marino de gran serenidad que inspiraba mucha confianza al capitán Hull, y del cual no había que temer ni una duda ni una distracción.

—Atención a gobernar, Howik —dijo el capitán Hull—, probaremos a sorprender a la yubarta, no nos descubramos hasta que no estemos a distancia de poderla arponear.

—Comprendido, señor —respondió el contramaestre—, seguiremos la curva de las aguas rojizas de modo que siempre estemos a sotavento.

—Bueno —dijo el capitán Hull—. Muchachos, el menor ruido posible al bogar.

Los remos, provistos de palletes, maniobraban a la sordina.

La embarcación, diestramente dirigida por el contramaestre, había llegado al ancho banco de crustáceos. Los remos de estribor se mojaban todavía en el agua verde y límpida, mientras que los de babor levantaban el líquido rojizo y parecían chorrear gotas de sangre.

—Vino y agua —dijo uno de los marineros.

—Sí —respondió el capitán Hull—, pero ni esa agua ni ese vino se pueden beber. Vamos, muchachos, no hablemos más y a remar firme.

El ballenero, dirigido por el contramaestre, se deslizaba sin ruido por la superficie de las aguas medio grasientas como si flotara sobre una balsa de aceite.

La yubarta no se movía ni parecía haber visto todavía la embarcación que describía un círculo a su alrededor.

Describiendo este círculo, el capitán Hull se separaba necesariamente del Pilgrim, al que la distancia hacía cada vez menor.

Éste es un admirable efecto de la rapidez con que los objetos disminuyen en la mar. Parece que se los mira por el extremo mayor de unos anteojos. Esta ilusión óptica depende evidentemente de que no hay punto de comparación en tan grandes espacios. Así sucedía respecto del Pilgrim, cuyo tamaño iba disminuyendo a la vista del capitán y parecía mucho más alejado de lo que realmente estaba.

Media hora después de haber dejado el buque, el capitán Hull y sus compañeros se encontraban precisamente a sotavento de la ballena, de tal modo que ésta ocupaba un punto intermedio entre el buque y el bote.

Era, pues, el momento de aproximarse haciendo el menor ruido posible. No era por tanto imposible acercarse a ella por el costado antes de despertar su atención y arponearla desde una distancia conveniente.

—Bogad más despacio, muchachos —dijo el capitán Hull en voz baja.

—Me parece —replicó Howik— que la yubarta ha oído alguna cosa. Sopla con menos violencia que lo hacía hace poco.

—Silencio, silencio —repitió el capitán Hull.

Cinco minutos después el bote ballenero se encontraba a un cable de la yubarta.

El contramaestre, de pie en la popa, maniobró de manera que pudiera aproximarse por el costado izquierdo del mamífero, pero evitando con el mayor cuidado pasar al alcance de la formidable cola, un solo golpe de la cual hubiera bastado para destrozar la embarcación.

El capitán Hull iba a proa con las piernas un poco abiertas para sostenerse mejor, llevando en la mano el instrumento con el que iba a lanzar el primer golpe.

Podía contarse con su destreza para fijar el arpón en la masa espesa que sobresalía de las aguas.

Cerca del capitán, en una tina, estaba enroscado el primero de los cinco sedales sólidamente sujeto al arpón, y al cual se irían empalmando sucesivamente los otros cuatro, si la ballena se sumergía a grandes profundidades.

—¿Estamos ya, muchachos? —murmuró el capitán Hull.

—Sí —respondió Howik, asegurando fuertemente el remo en sus anchas manos.

—Atraca, atraca.

El contramaestre obedeció la orden y el bote se puso a menos de diez pies del animal.

Éste no se movía y parecía dormir. Las ballenas que son sorprendidas así durante el sueño, ofrecen una caza fácil, y sucede muchas veces que basta lanzarles un golpe para herirlas mortalmente.

—Es muy extraña esta inmovilidad —pensó el capitán Hull—. La pícara no debe dormir, y sin embargo... Aquí hay algo raro.

Éste era también el pensamiento del contramaestre, que trataba de ver el costado opuesto del animal.

Pero no era el momento para reflexionar, sino para atacar.

El capitán Hull, agarrando el arpón por el centro de la caña, lo balanceó muchas veces a fin de asegurar mejor la certeza del golpe, apuntando mientras tanto al costado de la yubarta. Después lo proyectó con toda la fuerza de su brazo.

—Atrás, atrás —gritó enseguida.

Y los marineros, remando a un tiempo, hicieron retroceder rápidamente el bote con la intención de ponerlo prudentemente al abrigo de las sacudidas de la cola del cetáceo.

Pero en aquel momento un grito del contramaestre hizo comprender la causa a que se debía que la ballena hubiera estado tanto tiempo y tan extraordinariamente inmóvil en la superficie del mar.

—¡Un ballenato! —dijo.

En efecto, la yubarta, después de haber sido herida por el arpón, se había vuelto completamente sobre el costado, descubriendo de este modo un ballenato, al cual estaba dando de mamar.

El capitán Hull sabía perfectamente que esta circunstancia había de hacer mucho más difícil la captura de la yubarta. La madre se defendería evidentemente con más furor, tanto por ella misma como para proteger a su pequeñuelo, si es que se puede dar este epíteto a un animal que no mediría menos de veinte pies.


El bote ballenero se encontraba a un cable de la yubarta.

Sin embargo, la yubarta no se precipitó inmediatamente sobre la embarcación, como se hubiera podido temer, y no hubo ocasión de cortar bruscamente el sedal que la retenía al arpón, a fin de tomar la huida. Por el contrario, y como sucede la mayor parte de las veces, la ballena, seguida del ballenato, se sumergió primero trazando una línea muy oblicua; después, levantándose de un salto formidable, comenzó a nadar entre dos aguas con una extrema rapidez.

Pero antes de que hubiera podido sumergirse la primera vez, el capitán Hull y el contramaestre, ambos de pie, habían tenido tiempo de verla y apreciar, por consiguiente, su justo valor.

En realidad era la yubarta un balenóptero de las mayores dimensiones. Desde la cabeza a la cola medía lo menos ochenta pies. Su piel, de un color oscuro amarillento, estaba como salpicada de numerosas manchas de un color pardo más oscuro.

Verdaderamente hubiera sido lástima, después de un ataque tan felizmente principiado, verse en la necesidad de abandonar tan rica presa.

La persecución, o mejor dicho el remolque, había comenzado; el bote ballenero, cuyos remos se habían levantado, seguía a la ballena con la velocidad de una flecha. Howik lo mantenía imperturbablemente a pesar de sus rápidas y espantosas oscilaciones.

El capitán Hull, siempre en la proa, no cesaba de hacer oír su eterno consejo:

—Vigila bien, Howik, vigila bien.

Y podía estar seguro de que no faltaría ni por un instante la vigilancia del contramaestre.

Entre tanto, como el bote ballenero no marchaba tan deprisa como la ballena, el sedal del arpón se desarrollaba con tal velocidad, que pudo temerse que con el frote sobre las bordas se prendiera fuego. El capitán Hull tuvo, pues, el cuidado de conservar el sedal mojado, llenando de agua la tina en cuyo fondo estaba arrollado.

Como la yubarta no parecía detenerse en su huida, ni querer moderarla, hubo que amarrar el segundo sedal al extremo del primero, que no tardó en ser arrastrado con la misma velocidad.

Al cabo de cinco minutos hubo que empalmar el tercer sedal, que también se sumergió en el agua.

La yubarta no se detenía. Evidentemente, el arpón no había penetrado en ninguna parte vital de su cuerpo. Podía observarse también por la oblicuidad que acusaba el sedal, que, en lugar de volver a la superficie, el animal se sumergía cada vez más en los abismos profundos.

—Diablo —exclamó el capitán Hull—, esta pícara nos va a llevar los cinco sedales.

—Y nos arrastrará a mucha distancia del Pilgrim —respondió el contramaestre.

—Por fuerza ha de volver a respirar a la superficie —respondió el capitán Hull—. No es un pez cualquiera y tendrá que hacer su provisión de aire como un simple particular.

—Aguantará la respiración para correr mejor —dijo riendo uno de los marineros.

En efecto, el sedal continuaba desarrollándose con la misma velocidad. En breve al tercero fue preciso añadir un cuarto, lo cual no dejó de inquietar algún tanto a los marineros respecto a su futura parte en la presa.

—Diablo, diablo —murmuró el capitán Hull—, no he visto nunca una cosa como ésta. ¡El demonio de la yubarta!

Por fin, hubo que poner el quinto sedal, y ya iba largada más de la mitad cuando la velocidad pareció detenerse.

—Bueno, bueno —dijo el capitán Hull—, el sedal tiene menos tensión; la yubarta se fatiga.

En este momento el Pilgrim se encontraba a más de cinco millas a sotavento del ballenero. El capitán Hull izó una bandera al extremo del bichero haciendo señales de aproximarse.

Casi enseguida se vio a Dick Sand, ayudado por Tom y sus compañeros, comenzar a bracear las vergas procurando orientarlas al viento lo mejor posible.

Pero la brisa era muy escasa y mal orientada. No soplaba sino a intervalos de muy corta duración, y ciertamente que el Pilgrim tendría gran trabajo en reunirse con el bote, si es que podía alcanzarle.

Entre tanto, y como se había previsto, la yubarta volvió a respirar a la superficie del agua con el arpón siempre fijo en su costado. A poco se quedó casi inmóvil, como esperando a su ballenato, al que esta carrera furiosa debió dejar muy lejos.

El capitán Hull hizo forzar los remos a fin de aproximarse a él, y en breve no le separó más que una corta distancia.

Se levantaron dos remos y dos marineros se armaron, como ya lo había hecho el capitán, con largas lanzas destinadas a herir al animal.

Howik entonces maniobró hábilmente manteniéndose dispuesto a hacer girar rápidamente la embarcación, en el caso en que la ballena se volviese bruscamente sobre ellos.

—Atención —gritó el capitán Hull—; que no se pierda ni un golpe. Apuntad bien, muchachos. ¿Estamos, Howik?

—Estoy preparado, señor; pero una cosa me atormenta. Es que el animal, después de haber huido tan rápidamente, está en este momento demasiado tranquilo.

—En efecto, Howik, esto me parece sospechoso.

—Desconfiemos.

—Sí, pero demos de proa.

El capitán Hull se animaba cada vez más. La embarcación siguió aproximándose.

La yubarta no hacía más que revolverse en su sitio. Quizá trataba de encontrar a su ballenato que no estaba junto a ella. De repente hizo un movimiento con la cola, que lo alejó unos treinta pies.

¿Iba a huir otra vez y habría que continuar la interminable persecución por la superficie de las aguas?

—Atención —gritó el capitán Hull—, el animal va a tomar carrera para lanzarse sobre nosotros. Gobierna, Howik, gobierna.

En efecto, la yubarta había maniobrado de tal modo que se presentaba de frente al ballenero. Enseguida, batiendo violentamente el mar con sus enormes aletas, se precipitó hacia delante.

El contramaestre, que esperaba este golpe directo, maniobró de tal suerte que la yubarta pasó de largo junto a la embarcación, pero sin tocarla.

El capitán Hull y los dos marineros le arrojaron tres vigorosas lanzadas a su paso, tratando de herirla en algún órgano vital.

La yubarta se detuvo, y arrojando a una gran altura dos columnas de agua mezclada con sangre, volvió de nuevo sobre la embarcación, dando saltos y con un aspecto espantoso.

Era necesario que estos marinos fuesen pescadores determinados para no perder la cabeza en esta ocasión.

Howik evitó otra vez diestramente el ataque de la yubarta, lanzando la embarcación hacia un costado.

Tres nuevos golpes diestramente dirigidos hicieron en el animal otras tres nuevas heridas. Pero al pasar golpeó tan fuertemente el agua con su formidable cola, que levantó una enorme ola, tal que parecía que el mar se había desconcertado súbitamente.

El bote estuvo a punto de zozobrar, y el agua, entrando por encima, lo llenó hasta la mitad.

—El balde, el balde —gritó el capitán Hull.

Los dos marineros, abandonando sus remos, se pusieron a vaciar rápidamente el bote, mientras que el capitán cortaba el sedal, que ya entonces era inútil.

No; el animal, furioso por el dolor, no pensaba en huir. A su vez atacaba, y su agonía amenazaba ser terrible.


El bote estuvo a punto de zozobrar.

Por tercera vez se volvió, como dicen los marinos, frente a frente, y se precipitó de nuevo sobre la embarcación.

Pero el bote ballenero, medio lleno de agua, no podía maniobrar con la misma facilidad. En estas condiciones, ¿cómo evitaría el choque que le amenazaba? Si no gobernaba, con mayor razón no podría huir.

Y además, por veloz que hubiera sido la embarcación, la rápida yubarta la habría alcanzado con algunos saltos. No había más remedio en este caso que atacar, no había más que defenderse.

El capitán Hull no se engañó.

El tercer ataque del animal no pudo evitarlo completamente. Al pasar rozó al ballenero con su enorme aleta dorsal, pero con tal fuerza que Howik fue derribado de su banco.

Esta vez las tres lanzas, desgraciadamente desviadas por la oscilación, no dieron en el blanco.

—¡Howik! ¡Howik! —gritó el capitán, que se había sostenido en pie con gran dificultad.

—¡Presente! —respondió el contramaestre levantándose.

Pero entonces vio que en su caída se había roto por medio el remo de popa.

—Otro remo —dijo el capitán Hull.

—Ya está —respondió Howik.

En este momento se produjo bajo las aguas una especie de hervidero a algunas toesas solamente de la embarcación.

El ballenato acababa de reaparecer. La yubarta le vio y se precipitó hacia él.

Esta circunstancia no podía hacer otra cosa más que dar a la lucha un carácter más terrible. La yubarta iba a batirse por dos.

El capitán Hull miró hacia donde estaba el Pilgrim, su mano agitó frenéticamente el bichero con la bandera.

¿Qué podía hacer Dick Sand que ya no hubiera hecho desde la primera señal del capitán? Las velas del Pilgrim estaban orientadas, y el viento comenzaba a hincharlas. Desgraciadamente, el bergantín goleta no tenía una hélice cuya acción pudiera aumentarse para marchar con más rapidez. Echar una de las embarcaciones al mar y correr en socorro del capitán con ayuda de los negros, habría sido una pérdida de tiempo considerable, y además el grumete tenía orden de no abandonar el buque sucediera lo que sucediera. Sin embargo, hizo descolgar de los pescantes la canoa de popa y la llevó a remolque a fin de que el capitán y sus compañeros pudiesen refugiarse en ella si era necesario.


La yubarta se revolvió, saltó y con su cola removió formidablemente las aguas.

En este momento, la yubarta, cubriendo al ballenato con su cuerpo, había vuelto a la carga. Esta vez maniobró de manera que pudiera alcanzar directamente a la embarcación.

—Atención, Howik —gritó por última vez el capitán Hull.

Pero el contramaestre estaba, por así decirlo, desarmado. En vez de una palanca, cuya longitud le daba fuerza, no tenía en la mano más que un remo relativamente corto. Trató de virar de bordo. Fue imposible.

Los marineros comprendieron que estaban perdidos, y dando un grito terrible, que debió ser oído en el Pilgrim, todos se levantaron.

El monstruo acababa de dar al bote un terrible coletazo en la quilla.

La embarcación, lanzada al aire con una violencia irresistible, cayó rota en tres pedazos en medio de las olas furiosamente agitadas por los saltos de la ballena.

Los infortunados marineros, aunque gravemente heridos, tal vez habrían tenido fuerza para sostenerse aún, ya nadando, ya agarrándose a alguno de los restos flotantes.

Esto mismo fue lo que hizo el capitán Hull, al que se vio un instante izar al contramaestre sobre los restos del bote.

Pero la yubarta, en los últimos grados de su furor, se revolvió, saltó y con su cola tal vez en la agitación de una agonía terrible, removió formidablemente las aguas turbadas en las que nadaban aún aquellos desgraciados.

Durante algunos instantes no se vio más que una tromba líquida esparcirse en haces por todos lados.

Un cuarto de hora después, cuando Dick Sand, que seguido por los negros se había precipitado a la canoa, llegó al teatro de la catástrofe, todo ser viviente había desaparecido. No quedaban más que algunos restos del bote ballenero en la superficie de las aguas teñidas de sangre.

IX
EL CAPITÁN DICK SAND

La primera impresión que experimentaron los pasajeros del Pilgrim ante la terrible catástrofe fue una mezcla de compasión y de horror. No pensaron más que en la espantosa muerte del capitán Hull y de sus cinco marineros. Esta terrible escena había ocurrido casi a su vista y sin que ellos hubieran podido hacer nada para salvarlos. No habían podido ni aun llegar a tiempo para recoger la tripulación del bote ballenero, sus desgraciados compañeros heridos, pero aún vivos, ni para oponer el casco del Pilgrim a los formidables golpes de la yubarta. El capitán Hull y sus hombres habían desaparecido para siempre.

Cuando el bergantín goleta llegó al lugar del siniestro, la señora Weldon cayó de rodillas levantando las manos al cielo.

—Oremos —dijo la piadosa señora.

A sus oraciones se unieron las de Jack, que se arrodilló llorando cerca de su madre. El pobre niño lo había comprendido todo. Dick Sand, Nan, Tom y los demás negros se mantuvieron en pie con la cabeza inclinada. Todos repitieron la misma oración que la señora Weldon dirigió a Dios encomendando a su infinita bondad a los que acababan de presentarse ante Él.

Después la señora Weldon, volviéndose hacia sus compañeros, les dijo:

—Y ahora, amigos míos, pidamos al cielo fuerzas y valor para nosotros mismos.

Sí, bien podían implorar la ayuda de Aquel que todo lo puede, porque su situación era de las más graves.

El buque que los llevaba no tenía ni capitán que lo dirigiese ni tripulación que lo gobernara, se encontraba en medio de ese inmenso océano Pacífico a centenares de millas de todas las tierras y a merced de los vientos y de las olas.

¿Qué fatalidad había puesto aquella ballena en el paso del Pilgrim? ¿Qué fatalidad mayor aún había impulsado al desgraciado capitán Hull, tan prudente de ordinario, a arriesgarlo todo para completar su cargamento? ¡Y qué catástrofe que añadir a las más raras de los anales de la pesca de altura, catástrofe que no había permitido salvar ni a uno solo de los marineros del bote!

Sí, era una terrible fatalidad.

En efecto, a bordo del Pilgrim no había un solo marinero.

Había uno solo, Dick Sand, pero éste no era más que un grumete, un muchacho de quince años.

Capitán, contramaestre, marineros, toda la tripulación, puede decirse, se resumía ahora en él.

A bordo se encontraban unos pasajeros, una madre y un hijo, cuya presencia debía hacer la situación más difícil aún.

Había además algunos negros, buena gente, valientes y celosos, y sin duda dispuestos a obedecer a quien estuviera en estado de mandarles, pero desprovistos hasta de las más sencillas nociones del oficio de marinero.

Dick Sand se quedó inmóvil con los brazos cruzados mirando el lugar en que acababa de sumergirse el capitán Hull, su protector, a quien tenía un afecto de hijo. Después recorrió con la vista el horizonte intentando descubrir algún buque a quien pedir ayuda y asistencia y al que al menos haber podido confiar la señora Weldon.

Ciertamente que por esto él no hubiera abandonado el Pilgrim, sin antes intentarlo todo para llevarlo a puerto; pero al menos la señora Weldon y su niño se hubieran salvado y no tendría nada que temer por estos dos seres a quienes se había consagrado en cuerpo y alma.

El océano estaba desierto. Desde la desaparición de la yubarta nada venía a alterar su superficie, todo era cielo y agua alrededor del Pilgrim. El joven grumete sabía muy bien que se encontraba fuera de la ruta seguida por los buques mercantes, y que los demás balleneros navegaban aún muy lejos en los caladeros de pesca.

Entre tanto, había llegado el caso de contemplar de frente la situación y de ver las cosas tales como eran. Esto fue lo que hizo Dick Sand, pidiendo a Dios desde lo más hondo de su corazón ayuda y socorro.

¿Qué resolución iba a tomar? En este momento apareció Negoro sobre cubierta, de la que se había alejado después de la catástrofe. Lo que había sentido este ser tan enigmático ante aquella irreparable desgracia nadie hubiera podido decirlo. Había contemplado el desastre sin hacer un gesto y sin salir de su mutismo. Su vista había devorado ávidamente todos los detalles de la tragedia. Pero si en tal momento se hubiera pensado en observarle, hubiera llamado la atención que ni un solo músculo se hubiera contraído en su rostro impasible. De todos modos, y como si no lo hubiera oído, no había respondido al piadoso llamamiento de la señora Weldon para orar por la tripulación ahogada.

Negoro se adelantó hacia popa, hacia el lugar en que Dick Sand se mantenía inmóvil, y se detuvo a tres pasos del grumete.

—¿Tiene que hablarme? —preguntó Dick Sand.

—Tengo que hablar al capitán Hull —respondió fríamente Negoro—, o en caso de faltar él, al contramaestre Howik.

—Sabe perfectamente que ambos han perecido —exclamó el grumete.

—¿Quién manda ahora a bordo? —preguntó insolentemente Negoro.

—Yo —respondió sin dudar Dick Sand.

—¿Usted? —dijo Negoro, encogiéndose de hombros—, un capitán de quince años.

—Un capitán de quince años —respondió el grumete yendo hacia el cocinero.

Éste retrocedió.

—No lo olvide —dijo entonces la señora Weldon—. No hay aquí más que un capitán... el capitán Sand, y es conveniente que sepan todos que sabrá hacerse obedecer.

Negoro se inclinó murmurando con tono irónico algunas palabras que no pudieron oírse, y se volvió a su sitio.

Como se ve, Dick había tomado su resolución.

Entre tanto, el bergantín goleta, bajo la acción de la brisa que empezaba a refrescar, había traspasado el banco de crustáceos.

Dick Sand examinó el estado de las velas, después su vista recorrió la cubierta y entonces sintió que si en el porvenir pesaba sobre él tan tremenda responsabilidad era necesario que tuviera fuerzas para aceptarla. Se atrevió a mirar a los sobrevivientes del Pilgrim cuyos ojos en aquel momento estaban fijos en él, y leyendo en sus miradas que podía contar con ellos, les dijo en dos palabras que ellos a su vez también podían contar con él.

Dick Sand, con toda sinceridad, había hecho su propio examen de conciencia.

Si era capaz de modificar o de poner bien las velas del bergantín goleta según las circunstancias, empleando para ello los brazos de Tom y de sus compañeros, evidentemente no poseía aún los conocimientos necesarios para determinar su situación por el cálculo.

Con cuatro o cinco años más Dick Sand habría conocido a fondo el magnífico y difícil oficio de marino. Habría sabido servirse del sextante, de ese instrumento que manejaba todos los días la mano del capitán Hull y que le daba la altura de los astros. Habría leído en el cronómetro la hora del meridiano de Greenwich y habría deducido la longitud por el ángulo horario. El sol todos los días habría sido su consejero. La luna y los planetas le habrían dicho: allí, en ese punto del océano, está tu buque. Este firmamento en el cual las estrellas se mueven como las agujas de un reloj perfecto que no está sujeto a descomposiciones ni sacudidas, y cuya exactitud es absoluta, ese firmamento le habría enseñado las horas y las distancias. Por las observaciones astronómicas habría reconocido, como lo reconocía todos los días su capitán, el lugar que ocupaba el Pilgrim, con una milla de diferencia, y el camino recorrido, así como el que faltaba por recorrer.

Ahora debía únicamente preguntar su camino a la estima, es decir, al espacio medido por la corredera sumado por el compás y después de corregida la desviación.

Sin embargo, no se doblegó ante las circunstancias.

La señora Weldon había comprendido todo lo que pasaba en el resuelto corazón del joven.

—Gracias, Dick —le dijo con una voz nada temblorosa—. El capitán Hull ya no existe; toda su tripulación ha perecido con él. La suerte del buque está en tus manos. Dick, tú salvarás el barco y a los que conduce.

—Sí, señora Weldon —respondió Dick Sand—, sí; lo intentaré con la ayuda de Dios.

—Tom y sus compañeros son buenas gentes y en ellos puedes fiarte absolutamente.

—Ya lo sé; yo les haré marineros y maniobraremos juntos. Con buen tiempo esto será fácil. Con mal tiempo... pues bien; con mal tiempo lucharemos y os salvaremos aún, señora Weldon, a vos y a vuestro Jack, a todos. Sí, sé que lo haré.

Y repitió:

—Con la ayuda de Dios.

—Ahora, Dick, ¿puedes saber cuál es la posición del Pilgrim? —preguntó la señora Weldon.

—Fácilmente —respondió el grumete—, no tengo más que consultar la carta de a bordo en la cual fijó ayer el punto el capitán Hull.

—Y ¿podrás tú poner el buque en buen rumbo?

—Sí; podré poner la proa al este, poco más o menos al punto del litoral americano donde debamos arribar.

—Pero Dick —replicó la señora Weldon—, ¿no comprendes que esta catástrofe puede y aun debe modificar nuestros primeros proyectos? Ya no se trata de conducir el Pilgrim a Valparaíso. El puerto más próximo de la costa de América debe ser ahora su puerto de destino.

—Sin duda, señora Weldon —replicó el grumete—, pero no tema. No podemos dejar de encontrar esa costa americana que se prolonga mucho hacia el sur.

—¿Dónde está situada? —preguntó la señora Weldon.

—Allí, en esta dirección —respondió Dick Sand señalando con el dedo el este según la dirección que había visto marcada en la brújula.

—Pues bien, Dick, que lleguemos a Valparaíso o a cualquier otro punto del litoral poco importa. Lo que necesitamos es llegar.

—Y llegaremos, señora Weldon, y la desembarcaré en lugar seguro —respondió el joven con voz firme—. Por lo demás, al dirigirnos a tierra no renuncio a la esperanza de encontrar alguno de esos barcos que hacen el cabotaje en la costa. Ah, señora Weldon, el viento comienza a soplar del noroeste; quiera Dios que se mantenga así y haremos un buen camino. Lo tomaremos a un buen largo y todas nuestras velas irán trabajando, desde la cangreja hasta el petifoque.

Dick Sand había hablado con la confianza del marino que conoce que tiene bajo sus pies un buen buque y del cual es dueño de todas las maneras. Iba a tomar el timón y a llamar a sus compañeros para orientar convenientemente las velas, cuando la señora Weldon le recordó que debía ante todo conocer la posición del Pilgrim.

En efecto, era la primera cosa que había que hacer, y Dick Sand fue a coger en la cámara del capitán la carta en que el día anterior había marcado la situación. Pudo, pues, enseñar a la señora Weldon que el bergantín goleta se encontraba a los 43º 35’ de latitud y a los 164º 13’ de longitud, porque desde hacía 24 horas no podía decirse que hubiese andado nada.

La señora Weldon se había inclinado sobre la carta. Miró la tinta oscura que figuraba la tierra a la derecha de aquel vasto océano; era el litoral de América del Sur, inmensa barrera levantada entre el Pacífico y el Atlántico desde el cabo de Hornos hasta las costas de Colombia. Considerando así esta carta, en la cual tenía un océano entero, debía pensar que sería fácil que los pasajeros del Pilgrim volvieran a su patria. Era ésta una ilusión que invariablemente se reproduce en todos los que no están familiarizados con las escalas a que se refieren las cartas marítimas. Y en efecto, parecíale a la señora Weldon que la tierra debía estar a la vista como lo estaba en aquel pedazo de papel.

Y sin embargo en medio de esta página blanca, el Pilgrim figurado en una escala exacta, habría sido más pequeño que el más microscópico infusorio.

Este punto matemático sin dimensiones apreciables hubiera parecido perdido como en realidad lo estaba en la inmensidad del Pacífico.

Por su parte, Dick Sand no había experimentado la misma impresión que la señora Weldon. Sabía perfectamente lo lejana que estaba la tierra y que ni cientos de millas bastarían para medir la distancia que les separaba de ella. Pero había tomado su resolución: se había hecho hombre bajo el peso de la responsabilidad que había contraído.

Llegó el momento de obrar, había que aprovechar aquella brisa del noroeste que refrescaba. El viento contrario había cedido el puesto al viento favorable y algunas nubes esparcidas por el cenit en forma de cirros indicaban que continuaría al menos durante algún tiempo.

Dick Sand llamó a Tom y a sus compañeros.

—Amigos míos —les dijo—, nuestro buque no tiene más tripulación que vosotros; sin vuestra ayuda no puedo maniobrar. No sois marinos; pero tenéis buenos brazos, ponedlos al servicio del Pilgrim y podremos dirigirlo. Va la salvación de todos en que a bordo marche todo bien.


La señora Weldon se había inclinado sobre la carta.

—Señor Dick —le respondió Tom—, mis compañeros y yo somos vuestros marineros, buena voluntad no ha de faltarnos. Todo lo que hombres pueden hacer mandados por usted lo haremos.

—Bien dicho, viejo Tom —dijo la señora Weldon.

—Sí, bien dicho —añadió Dick Sand—, pero es necesario ser prudente y a fin de no comprometer nada, no he de forzar las velas. Un poco menos de velocidad pero más seguridad es lo que exigen las circunstancias. Yo os indicaré, amigos míos, lo que cada cual tendrá que hacer en la maniobra. En cuanto a mí, permaneceré en el timón mientras que la fatiga no me obligue a abandonarlo; algunas horas de sueño me bastarán de vez en cuando para descansar; pero durante estas horas es necesario que uno de vosotros me reemplace. Tom, yo le indicaré cómo se gobierna por medio de la brújula, esto no es difícil, y con un poco de atención aprenderá enseguida a mantener la proa del buque en buena dirección.

—Cuando quiera señor Dick —respondió el viejo negro.

—Pues bien —respondió el grumete—, quedaos junto a mí en el timón hasta el fin del día, y si la fatiga me vence podréis reemplazarme por algunas horas.

—¿Y yo —dijo Jack—, no podré ayudar un poco a mi amigo Dick?

—Sí, querido mío —respondió la señora Weldon estrechando a Jack en sus brazos—, te enseñarán a gobernar y estoy segura de que mientras tú estés al timón tendremos buen viento.

—Seguro, seguro, mamá yo te lo prometo —respondió el niño batiendo las manos.

—Sí —dijo el grumete sonriendo—, los buenos grumetes saben conservar el buen viento. Esto es muy sabido de los marinos viejos.

Enseguida, dirigiéndose a Tom y a los demás negros, les dijo:

—Amigos míos, vamos a bracear las vergas a un buen largo. Vosotros no tendréis más que hacer que lo que yo os diga.

—A sus órdenes —respondió Tom—, a sus órdenes, capitán Sand.

X
LOS CUATRO DÍAS SIGUIENTES

Dick Sand era, pues, el capitán del Pilgrim, y sin perder un instante adoptó las medidas necesarias para poner el buque en marcha con todas sus velas.

Por supuesto que los pasajeros no podían tener más que una esperanza: la de llegar a un puerto cualquiera del litoral americano, ya que no a Valparaíso. Lo que Dick Sand quería hacer era reconocer la dirección y la velocidad del Pilgrim, a fin de obtener un término medio. Para esto le bastaba trazar todos los días en la carta el camino recorrido, lo cual, como se ha dicho, podía hacer con la corredera y la brújula. Había precisamente a bordo una de esas correderas de patente con cuadrante y hélice que marcan tan exactamente la velocidad en un tiempo determinado. Este útil instrumento, de un uso muy fácil, podía prestar los mayores servicios y los negros eran perfectamente aptos para manejarlo.

No tendría más que una causa de error: las corrientes. Para combatirla, la estima era insuficiente y sólo las observaciones astronómicas podían dar una situación exacta. Pero el joven grumete, no estaba todavía en estado de hacer observaciones.

Dick Sand tuvo un momento la idea de llevar el Pilgrim a Nueva Zelanda. La travesía era menos larga y seguramente lo hubiera hecho, si el viento, que hasta entonces había sido contrario, no se hubiera cambiado en favorable. Era, pues, mejor dirigirse a América.

En efecto, el viento se había invertido, en la actualidad soplaba del noroeste con tendencia a refrescar. Era necesario aprovecharlo y andar el mayor camino posible.

Dispúsose, pues, Dick Sand a poner el Pilgrim a un buen largo.

En un bergantín goleta, el palo trinquete tiene cuatro velas cuadras: la mesana bajo el palo; por encima la gavia, sobre el mastelero de gavia, después sobre el mastelero de juanete un juanete y un perico.

El palo mayor, por el contrario, está menos cargado de velas. No lleva más que una bergantina y encima una de flecha. Entre los dos palos, y sobre los estáis que lo sostienen por avante, se puede colocar además un triple orden de velas triangulares.

Por último, a proa, sobre el bauprés y hacia la parte exterior de este palo, se amarran los tres foques.

Los foques, la bergantina, la flecha y las velas de los estáis son muy fáciles de manejar. Pueden ser izadas desde la cubierta sin que sea necesario subir a los masteleros, puesto que no están sujetas a las vergas por medio de embargues que sea necesario soltar primero.

Por el contrario, la maniobra de las velas del trinquete exige mayor práctica en el oficio de marinero. Es necesario, cuando se las quiere poner en posición, trepar por los obenques ya a la gavia del trinquete ya a los palos del juanete o ya a la encapilladura de dicho palo, y esto hay que hacer lo mismo cuando se van a largar o recoger, que para disminuir su superficie tomando rizos. De aquí la necesidad de andar por los marchapiés (cuerdas movibles tendidas por debajo de las vergas) y de trabajar con una mano agarrándose con la otra, maniobra muy peligrosa para el que no está acostumbrado a ella. Las oscilaciones del balanceo y del cabeceo recrudecidas por la longitud de la palanca, el batir de las velas bajo una brisa un poco fresca, tienen bastante fuerza para arrojar a un hombre por encima de la borda.

Era, pues, ésta una operación peligrosa para Tom y sus compañeros.

Afortunadamente, el viento soplaba con moderación; no había tiempo para que se hubiera levantado la mar y los balanceos se mantenían en una amplitud moderada.

Cuando Dick Sand, a la señal que le hizo el capitán Hull, se dirigió hacia el lugar de la catástrofe, el Pilgrim no llevaba más que los foques, la bergantina, la mesana y la gavia. Para pasar del pairo a la bolina, el grumete no había necesitado nada más que utilizar, es decir, contrabracear el faro de mesana. Los negros le habían ayudado fácilmente en esta maniobra.

Ahora, para tomar un buen largo y para completar la maniobra de las velas, se trataba de izar el juanete, el perico, la flecha y las velas de estáis.

—Amigos míos —dijo el grumete a los cinco negros—, haced lo que os mande y todo irá bien.

Dick Sand se había quedado en la rueda del timón; desde allí gritó:

—Vamos, Tom, largue vivamente esa maniobra.

—¿Largar? —dijo Tom, que no comprendía esta expresión.

—Sí, soltarla. Y tú, Bat, haz lo mismo... Bueno... Hala... Otra vez... Vamos, tirad con fuerza.

—¿Así? —dijo Bat.

—Sí, así va muy bien... vamos, Hércules... fuerza... Un buen golpe.

Decir fuerza a Hércules era un poco imprudente. El gigante dio un tirón tremendo.

—¡Eh! No tan fuerte, buen mozo —gritó Dick Sand sonriéndose—; vas a echar el mástil abajo.

—Apenas he tirado —respondió Hércules.

—Pues bien, conténtate con hacer como que tiraras, y eso bastará... Bien, templad... Largad... Corred la mano... Amarrad... Atad así... ¡Bueno!... Con igualdad... Halad...

Y todo el faro del palo mesana, cuyas brazas de labor se habían aflojado, se volvió lentamente. El viento hinchó entonces las velas e imprimió cierta velocidad al buque.

Dick Sand hizo entonces aflojar las escotas de los foques. Después llamó a los negros a popa.

—Vedlo, amigos míos, ya está hecho y bien hecho. Ocupémonos ahora del palo mayor; pero no rompas nada, Hércules.

—Trataré de hacerlo —respondió el coloso sin querer obligarse a nada.

La segunda maniobra fue bastante fácil. Se largó a escota de la guía con suavidad, y la bergantina tomando el viento más normalmente, añadió su poderosa acción a la de las velas de proa.

Colocóse entonces la flecha por encima de la bergantina, y como estaba solamente cargada no hubo que tesar la drisa para amurarla a la borda. Pero Hércules tesó tan bien, ayudado por su amigo Acteón y de Jack, que estaba junto a ellos, que la drisa se rompió en seco.

Los tres cayeron de espaldas sin que afortunadamente se hicieran ningún daño. Jack estaba entusiasmado.


Los tres cayeron de espaldas.

—Eso no es nada, eso no es nada —gritó el grumete—. Empalmad provisionalmente los dos extremos e izad con cuidado.

Todo esto se había hecho a la vista de Dick Sand sin que hubiera tenido que abandonar el timón. El Pilgrim marchaba ya rápidamente con la proa al este sin que fuese necesario hacer más que mantenerle en esta dirección. Nada más fácil, puesto que el viento era manejable y no había que temer las guiñadas.

—Bien, amigos míos —dijo Dick—, seréis buenos marinos antes de que concluya la travesía.

—Haremos lo que podamos, capitán Sand —respondió Tom.

La señora Weldon cumplimentó también a esta buena gente, y hasta el mismo Jack recibió su parte de elogios por lo bien que había trabajado.

—Creo, señor Jack —dijo Hércules sonriendo—, que fue usted el que rompió la drisa. ¡Qué buenos puños tiene! Sin usted no habríamos hecho nada bueno.

Y Jack, satisfecho de sí mismo, sacudió vigorosamente la mano de su amigo Hércules.

La instalación del velamen del Pilgrim no se había completado aún. Faltaban las velas altas cuya acción no es de despreciar cuando se marcha a un buen largo. El bergantín goleta debía adelantar sensiblemente llevando los juanetes, los pericos y las velas de los estáis, y Dick Sand resolvió ponerlas.

Esta maniobra debía ser más difícil que las demás, no por las velas de los estáis, que podían izarse y amurarse a la borda desde abajo, sino por las velas cuadras del palo trinquete. Para largarlas era menester, subir hasta los masteleros, y Dick Sand, no queriendo que se expusiera ninguno de su tripulación improvisada, se ocupó de hacerlo personalmente.

Llamó, pues, a Tom y lo puso a la rueda del timón, enseñándole cómo debía conservar el barco. Enseguida colocó a Hércules, Bat, Acteón y a Austin, a unos en las drisas del perico, a otros en las del juanete, y se lanzó a la arboladura. Trepar por las flechaduras de los obenques del trinquete y a los de la gavia fue cosa de juego para el joven grumete. En un minuto se encontró sobre el marchapié de la verga de juanete, y desde él largó los embergues que sujetaban la vela.

Después se apoyó en los extremos del palo y trepó a la verga de perico, desde donde largó rápidamente la vela.

Dick Sand había concluido su tarea, y agarrándose a uno de los brandales de estribor se dejó deslizar hasta la cubierta. Allí, merced a sus indicaciones, se amuraron vigorosamente a la borda las dos velas, y enseguida se izaron a un tiempo las dos vergas. La maniobra quedó terminada con la colocación de las velas de estáis entre el palo mayor y el trinquete.

Esta vez Hércules no había roto nada.

El Pilgrim izaba entonces todas las velas de que se componía su aparejo.

Dick Sand habría podido añadir aún las alas y arrastraderas de la mesana a babor pero era una maniobra difícil en las circunstancias actuales y si hubiera sido necesario arriarlas en caso de chubasco no se habría podido hacer con bastante rapidez.

El grumete no las izó. Entonces Tom fue relevado de su puesto en la rueda del timón y Dick Sand volvió a ocuparlo.

La brisa refrescaba. El Pilgrim, escorado ligeramente sobre la banda de estribor, se deslizaba rápidamente por la superficie del mar dejando detrás de sí una estela bien llana que atestiguaba perfectamente la pureza de sus líneas de agua.

—Henos ya en buen rumbo, señora Weldon —dijo Dick Sand—, y ahora que Dios nos conserve este viento favorable.

La señora Weldon apretó la mano del grumete. Después, fatigada por las emociones de aquella última hora, entró en su camarote y cayó en una especie de adormecimiento penoso que no era enteramente el sueño.

La nueva tripulación permaneció en la cubierta del bergantín goleta vigilando sobre el castillo de proa y dispuesta a obedecer las órdenes de Dick Sand, es decir, a modificar la orientación de las velas según las variaciones del viento. Pero mientras la brisa se conservase con la misma fuerza y dirección que tenía no habría necesidad de hacer absolutamente nada.

Durante todo este tiempo, ¿qué había sido del primo Benedicto?

El primo Benedicto se ocupaba en estudiar con la lupa un articulado que al fin había descubierto a bordo, un simple ortóptero cuya cabeza desaparecía bajo el protórax, un insecto de élitros planos, de abdomen redondeado, con las alas muy largas, que pertenecía a la familia de las cucarachas, a la especie de las cucarachas americanas.

Precisamente escudriñando la cocina de Negoro era donde había hecho este precioso hallazgo, y en el momento en que el cocinero iba a aplastar implacablemente con el pie a dicho insecto. Con esto se encolerizó el primo, cólera que Negoro ignoró fríamente.

Pero el primo Benedicto sabía el cambio que se había producido a bordo desde el momento en que el capitán Hull y sus compañeros habían comenzado la funesta captura de la yubarta. Sí, indudablemente. Se encontraba en cubierta cuando el Pilgrim llegó a la vista de los restos del bote ballenero. La tripulación del bergantín goleta había por tanto perecido a su vista.

Pretender que esta catástrofe no le había impresionado sería acusar a su corazón. Esa compasión que todo el mundo siente ante las desgracias ajenas ciertamente que él la había experimentado e igualmente le había impresionado la situación en que se encontraba su prima. Se acercó, pues a la señora Weldon y le estrechó la mano como para decirle: «No temas, aquí estoy yo. Te quedo yo aquí».

Enseguida el primo Benedicto había vuelto a su camarote con el fin sin duda de reflexionar sobre las consecuencias de este desastroso suceso y sobre las medidas enérgicas que convenía adoptar.


Jack sacudió vigorosamente la mano de su amigo Hércules.

Pero a su paso había encontrado la cucaracha de que se trata y como su pretensión (justificada por lo demás contra ciertos entomólogos) era probar que las cucarachas del género Foraspes notables por sus colores, tienen costumbres muy diferentes de las cucarachas propiamente dichas, se había puesto a estudiarla, olvidándose de si había allí un capitán Hull que mandara el Pilgrim y de si este infortunado acababa de perecer con su tripulación. La cucaracha le absorbía por completo. No la admiraba menos y no la hacía menos caso que si este horrible insecto hubiera sido un escarabajo de oro.

La vida a bordo había, pues, recobrado su curso habitual, aunque todos debieron quedar impresionados por mucho tiempo por tan terrible y tan imprevista catástrofe.

Durante este día Dick Sand se multiplicó a fin de que todo se pusiera en su orden y pudiera atenderse a las menores eventualidades. Los negros le obedecían siempre con celo. El orden más completo reinaba, pues, a bordo del Pilgrim. Se podía creer que todo marcharía sin tropiezo.

Por su parte, Negoro no volvió a hacer otra tentativa para sustraerse a la autoridad de Dick Sand. Parecía haberla reconocido tácitamente. Ocupado como siempre en su estrecha cocina, no se le volvió a ver más alrededor de popa.

Por lo demás, a la menor infracción, al menor síntoma de falta de sumisión que éste hubiera intentado, Dick Sand se encontraba resuelto a mandarle a la bodega para que hiciera en ella el resto de la travesía. Solamente con una señal suya, Hércules hubiera sujetado al maestro cocinero por el cuello, lo cual no hubiera tardado mucho en hacer.

En este caso, Nan, que sabía cocinar, le hubiera reemplazado en sus funciones. Negoro debió, pues, decirse a sí mismo que no era indispensable, y como se le vigilaba de cerca parecía no querer dar lugar a que se tomara con él ninguna medida.

Habiendo continuado refrescando el viento hasta la tarde, el velamen del Pilgrim no necesitó ningún cambio. Su sólida arboladura, su aparejo de hierro, que estaba en buen estado, le hubiera permitido soportar en esta situación hasta una brisa más fuerte.

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Дата выхода на Литрес:
19 февраля 2026
Объем:
486 стр. 78 иллюстраций
ISBN:
9788491871750
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